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HOBBES

Thomas Hobbes argumenta que, en un estado de naturaleza caótico, los individuos ceden su libertad a un poder absoluto, el soberano, a través de un contrato social para garantizar la paz. Su obra, El Leviatán, propone que la autoridad política es necesaria para evitar el caos y la guerra, aunque esto implique sacrificar la libertad plena. A pesar de las críticas, su teoría ofrece una justificación racional del poder político en contextos de desorden y conflicto.
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Thomas Hobbes argumenta que, en un estado de naturaleza caótico, los individuos ceden su libertad a un poder absoluto, el soberano, a través de un contrato social para garantizar la paz. Su obra, El Leviatán, propone que la autoridad política es necesaria para evitar el caos y la guerra, aunque esto implique sacrificar la libertad plena. A pesar de las críticas, su teoría ofrece una justificación racional del poder político en contextos de desorden y conflicto.
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POLÍTICO: ENTRE EL MIEDO Y LA RAZÓN

INTRODUCCIÓN

¿Qué lleva al ser humano a ceder su libertad? ¿Por qué, siendo libres por
naturaleza, elegimos vivir bajo leyes que nos limitan? ¿Y qué ocurre cuando la
anarquía amenaza con devorar toda forma de convivencia? Estas preguntas, tan
inquietantes como universales, atraviesan con fuerza la obra de Thomas Hobbes,
filósofo inglés del siglo XVII, que alzó su voz en uno de los periodos más oscuros
de la historia europea.

En un mundo desgarrado por guerras civiles, conflictos religiosos y crisis de


legitimidad, Hobbes se propuso responder, no desde la fe ni desde la tradición,
sino desde la razón: ¿cómo puede nacer un orden común entre hombres que, por
su misma naturaleza, tienden a la confrontación? Su respuesta fue tan
contundente como revolucionaria: solo un poder absoluto puede garantizar la
paz. Así, el Estado no es una prolongación de la virtud ni un reflejo de lo divino,
sino una construcción artificial, racional y necesaria, fruto de un contrato entre
individuos que, movidos por el miedo, deciden dejar de ser lobos para poder ser
ciudadanos.

ORDEN DE EXPOSICIÓN

Para comprender en profundidad la propuesta de Hobbes, comenzaremos por su


noción del estado de naturaleza, donde se manifiesta su particular visión del ser
humano. A continuación, analizaremos su contexto histórico, marcado por el
conflicto político y la fragmentación religiosa. Luego explicaremos su teoría del
contrato social y el surgimiento del Leviatán, el Estado soberano. Finalmente,
cerraremos con una reflexión crítica sobre su legado, seguida de una conclusión
abierta que conecta sus ideas con el presente.

DESARROLLO

1. El estado de naturaleza: donde todo está permitido y nada está seguro

Para Hobbes, imaginar el origen del poder político exige una reconstrucción
mental del mundo sin Estado, sin leyes, sin juez ni soberano. Este estado
hipotético es el estado de naturaleza, donde cada individuo se encuentra solo,
sin más límite que su fuerza, y con el derecho absoluto a hacer cuanto crea
necesario para sobrevivir.

En este escenario, los hombres son radicalmente iguales —nadie tiene una
fuerza o sabiduría que le dé supremacía permanente sobre los demás—, pero
también no sociales por naturaleza: no hay instinto de cooperación, sino deseo
de poder, miedo a ser atacado y ansia de reconocimiento. La libertad absoluta, sin
reglas ni mediaciones, se convierte pronto en una amenaza constante. El
resultado es la temida “guerra de todos contra todos”, donde la vida es “solitaria,
pobre, desagradable, brutal y breve”.

Aquí, conceptos como justicia, propiedad o ley no tienen sentido. Donde no hay
ley, no hay injusticia, dice Hobbes. Y donde no hay un poder común, no puede
haber ley. Así, la libertad sin norma deviene en caos, y el derecho a todo se
transforma en derecho a nada. ¿Cómo salir entonces de este infierno?

2. Un siglo de fracturas: guerra civil y conflicto religioso

Hobbes no filosofa en el vacío: escribe El Leviatán en 1651, en plena Guerra Civil


inglesa, un conflicto que desangró al país y enfrentó al Parlamento contra la
monarquía. La muerte del rey Carlos I y la aparición de nuevos poderes religiosos
hicieron tambalearse el antiguo orden. Para Hobbes, la proliferación de ideas, la
descentralización del poder y la libertad religiosa no eran promesas de progreso,
sino síntomas de disolución y violencia.

En este contexto, el filósofo rechaza la legitimación divina del poder —herencia de


la Edad Media— y propone una fundamentación racional del Estado. Su mayor
ruptura, sin embargo, es con la religión: defiende que la autoridad civil debe
controlar también el discurso religioso, para impedir que las diferencias
doctrinales acaben en guerras santas. Así, la fe se convierte en una cuestión
privada, subordinada al orden político.

En la figura del Leviatán, el soberano asume incluso el control de la verdad


pública. No porque la verdad no importe, sino porque sin paz, ni siquiera la
verdad puede sobrevivir.

3. Las leyes de la naturaleza y el nacimiento del contrato

¿Es posible salir del estado de guerra? Sí, responde Hobbes, gracias a la razón.
Aunque el ser humano es pasional, también es racional, y puede reconocer que
hay ciertas leyes naturales —principios racionales de autopreservación— que le
indican el camino hacia la paz. Entre ellas, Hobbes destaca tres: buscar la paz,
renunciar al derecho a todo y cumplir los pactos.

Pero hay un problema: en el estado de naturaleza no hay fuerza que obligue a


cumplir estos pactos. Por eso, aunque los hombres pueden comprender lo que
es justo, no lo practican. Así, para que las leyes naturales sean efectivas, debe
crearse un poder coercitivo, común y superior.

Aquí nace el contrato social: un pacto mediante el cual cada individuo renuncia a
su derecho a gobernarse por sí mismo y lo transfiere a un tercero —una persona o
asamblea— que será el soberano. Este contrato se da entre los individuos, no con
el soberano, quien queda fuera del pacto y no limitado por él.

El resultado es la creación del Leviatán, un cuerpo político unificado, artificial,


cuya única finalidad es garantizar la paz y la seguridad común. El soberano
concentra todo el poder: no se le puede dividir, controlar ni derrocar, ya que eso
significaría volver al estado de guerra.

4. ¿Paz sin libertad o libertad sin paz?

La propuesta de Hobbes ha sido duramente criticada por justificar el absolutismo


y negar la participación del pueblo en el poder. Pero sería injusto reducir su
pensamiento a una apología del autoritarismo. Hobbes no exalta el poder por sí
mismo, sino que lo ve como un mal necesario para evitar uno mayor: el caos.

El soberano no está por encima de la ley porque sea sagrado, sino porque es la
única fuente de ley. Y la libertad, lejos de ser suprimida, se redefine: libre es
aquel que vive bajo reglas previsibles, sin miedo al ataque ajeno. El Estado no
anula la libertad, sino que la hace posible. Una libertad sin poder común es como
un río sin cauce: desborda, destruye y se pierde.

RESUMEN

Thomas Hobbes parte de una concepción pesimista del ser humano y de su vida
en estado de naturaleza, donde reina el miedo, la inseguridad y la guerra de todos
contra todos. Para escapar de esta situación, los hombres, guiados por la razón,
pactan entre sí la creación de un poder absoluto —el soberano— al que
transfieren sus derechos. Así nace el Leviatán, Estado fuerte, indivisible e
incuestionable, que garantiza la paz, aunque al precio de la libertad plena. Su
teoría, nacida en un contexto de guerra y desorden, ofrece una justificación
racional y secular del poder político.

CONCLUSIÓN ABIERTA

¿Es preferible vivir con miedo en libertad o vivir seguro bajo una autoridad sin
límites? Esta pregunta, planteada por Hobbes hace más de tres siglos, sigue
resonando hoy con una inquietante actualidad. En un mundo donde resurgen los
extremismos, donde la autoridad se diluye y la confianza en las instituciones se
erosiona, la figura del Leviatán vuelve a emerger.

Pero, ¿puede existir un Estado fuerte que no sea opresivo? ¿Es posible un
equilibrio entre orden y justicia, entre seguridad y derechos? Hobbes no nos da
respuestas cómodas, pero nos obliga a mirar de frente el precio de la paz. Y quizá,
en esa tensión entre el miedo y la razón, siga latiendo el corazón mismo de lo
político.

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