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El documento analiza el Antiguo Régimen en el siglo XVIII, caracterizado por una sociedad precapitalista con una economía agraria y una división estamental rígida entre nobleza, clero y estado llano. Se destaca la creciente movilidad social y la aparición de nuevas clases, como la burguesía, que buscaban acceder a posiciones de poder, mientras que el campesinado empobrecido amenazaba el orden establecido. La influencia del Humanismo y la secularización también transformaron la cultura, promoviendo el racionalismo y la democratización del arte y la literatura.

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El documento analiza el Antiguo Régimen en el siglo XVIII, caracterizado por una sociedad precapitalista con una economía agraria y una división estamental rígida entre nobleza, clero y estado llano. Se destaca la creciente movilidad social y la aparición de nuevas clases, como la burguesía, que buscaban acceder a posiciones de poder, mientras que el campesinado empobrecido amenazaba el orden establecido. La influencia del Humanismo y la secularización también transformaron la cultura, promoviendo el racionalismo y la democratización del arte y la literatura.

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Módulo introductorio: el Antiguo Régimen

Nuestra historia comienza en el siglo


XVIII. Siglo complejo, marcado por
numerosas transformaciones. Desde el
punto de vista socioeconómico, podría
decirse que Europa era en el siglo XVIII
una sociedad precapitalista. La
agricultura seguía siendo extensiva y de
bajo rendimiento. La manufactura era, en
su mayor parte, artesanal y regida por los
estatutos gremiales. El comercio, si bien de
largo alcance, manejaba aún volúmenes
limitados. Sin embargo, también se habían
producido cambios importantes. Los siglos
previos asistieron al afianzamiento del
capitalismo mercantil, que implicaba el
mayor dinamismo de las economías
urbanas y la generación de capitales que
podrían invertirse en otras actividades, de
aparecer la oportunidad.
Desde el punto de vista de la
organización social, la Edad Moderna
hereda del pasado la división estamental
(nobleza, clero y estado llano) justificada
por las distintas funciones que teóricamente competen a cada orden (defensa militar, atención
espiritual y sustento material) y sancionada jurídicamente mediante el sistema de privilegios (o
sea, de leyes diferentes para cada uno de los grupos).
Ahora bien, esta división heredada convivía con otra, que articulaba a los grupos humanos
según sus mayores o menores recursos económicos, según su posición en el sistema de
producción y distribución de los bienes y según los medios de producción disponibles (fuerza de
trabajo, capitales, conocimientos técnicos). El equilibrio entre los criterios de organización
estamentales y clasistas era sumamente precario, ya que el crecimiento de la economía y el
avance del capitalismo mercantil había producido ciertos desajustes. Favoreciendo la acumulación
de tierras en manos de propietarios no nobles (burgueses, campesinos ricos), había empobrecido
y despojado a gran parte de la población rural. El campesinado empobrecido, que se expresa en
un permanente estado de rebeldía, amenazaba con alterar el orden interno y por esto fue
duramente reprimido por los ejércitos monárquicos.
Por otra parte, las nuevas clases emergentes, singularmente la burguesía, veía
sistemáticamente impedido el acceso a los sectores más altos del sistema social. Las
monarquías autoritarias eran esencialmente máquinas para garantizar el dominio de las
clases privilegiadas tradicionales sobre el resto de la población. Organismo complejo, la
monarquía tiende al monopolio de la soberanía, a la centralización administrativa y a la autonomía
de su gestión frente a la ingerencia de otros poderes. Sin embargo, deberá pactar con los grupos
dominantes (aristocracia, alto clero) y con los órganos representativos del reino (asambleas y
parlamentos). De todos modos, no logrará impedir el estallido revolucionario en Francia, cuyos
ecos se prolongarán de modo imparable a través de toda Europa a partir de los primeros años del
siglo XIX.
Desde el punto de vista cultural, el Humanismo había planteado una nueva cosmovisión
que situaba al hombre en el centro del universo, lo convertía en la medida de todas las cosas y
proclama el carácter antropocéntrico de la creación cultural. Esta declaración de confianza en el
hombre viene acompañada de una tendencia a la secularización de la actividad humana, que
reclama su independencia respecto de los dogmas religiosos y busca sus propias reglas de
conducta al margen de los imperativos sobrenaturales. Como consecuencia, se establece el
primado de la razón como vía suprema de conocimiento de la realidad y como criterio de
comportamiento del individuo, de modo que el racionalismo, como corriente que fluye abierta o
soterradamente según las circunstancias, inspira todas las creaciones culturales del periodo. La
vertiente cívica del Humanismo alumbraría una nueva concepción del hombre como ciudadano y
no como súbdito y generaría al mismo tiempo un sentimiento favorable a la tolerancia ideológica.
Durante el siglo XVIII se produce una relativa descristianización: la propuesta secularizadora
insistía en la separación entre razón y fe, y la liberalización del pensamiento respecto de los
dogmas revelados.
La creación literaria y artística se nutría del descubrimiento del valor ejemplar de los
modelos clásicos. La admiración por las obras de la antigüedad griega y romana impondrá en el
mundo europeo la difusión de las formas clásicas en la literatura y en las artes plásticas. Pero
además, el siglo XVIII asiste a un proceso de difusión de la cultura mediante el avance de la
alfabetización, la democratización del arte (a través del grabado, de la estampa, de la
representación teatral), la elevación del nivel de vida y, por tanto, la generalización del disfrute de
los bienes intelectuales y de los placeres estéticos.

Para comprender estos procesos, en este bloque leeremos:


-Obligatorio: Alfonso Mola, M. & Martínez Shaw, C.: Historia moderna: Europa, África, Asia y
América. UNED, Madrid, 2015. Pp. 49-57 y 60-66.
-Optativo: Bianchi, S.: Historia Social del Mundo Occidental. Del feudalismo a la sociedad
contemporánea. UNQui, Bernal, 2010. Cp. 2.
E
sta renovación de la economía no podía sino traslucirse en una conside-
rable movilidad social. Una movilidad observable a varios niveles.
Primero, dentro de los propios estamentos. Aunque todos gozan de pri-
vilegios similares (exenciones fiscales, justicias privativas, altos cargos en el
ejército y la corte), la diferencia de status se acentúa entre la nobleza titulada y
los privilegiados de rango inferior tan bien representados a todo lo largo de
Europa, al tiempo que la aristocracia tradicional debe aceptar la irrupción
de la nueva nobleza de servicio, que ha comprado su ejecutoria a partir de sus
funciones burocráticas o financieras a favor de la Monarquía. Del mismo
modo, el clero, que mantiene en su conjunto intereses comunes derivados de
sus funciones de celosos guardianes de la palabra y exclusivos dispensadores
de los sacramentos, asiste a la multiplicación de las situaciones diversas, según
su dedicación preferente a la vida monacal o a la vida conventual, a la cura de
almas en parroquias rurales o en parroquias urbanas, al servicio divino en las
catedrales o en las colegiatas, al disfrute de capellanías o de beneficios ecle-
siásticos. Sin embargo, nada es comparable con la proteica transformación del
Tercer Estado, donde conviven campesinos de las más variadas condiciones
(propietarios de sus tierras, enfiteutas, arrendatarios, aparceros, jornaleros),
artesanos acomodados y humildes, mercaderes y financieros, profesionales
cualificados y obreros sin cualificación o pobres de solemnidad sin oficio ni
beneficio, por no hablar de los grupos no asimilados, como las minorías étni-
cas o religiosas.
Pero, además de este explosivo cuarteamiento de cada estamento, las líneas
divisorias entre uno y otro orden dejan de ser rígidas, se vuelven más flexibles
con los nuevos tiempos. El clero ha admitido siempre un reclutamiento casi in-
discriminado, mientras ahora los grupos más encumbrados del estado llano ven
franqueadas las puertas de la aristocracia, en unos casos gracias a la compra de
cargos ennoblecedores, en otros gracias a la recompensa real por sus servicios,
en otros mediante el oportuno matrimonio interestamental, en otros mediante
la adquisición de un título por mecanismos complicados pero eficaces en defini-
tiva. Así se multiplican las situaciones intermedias de la nobleza comerciante, la
nobleza de toga o la burguesía ennoblecida.
Bloque I Siglo XVI: Europa

1. LOS PRIVILEGIADOS: LA NOBLEZA Y EL CLERO

En cualquier caso, las aristocracias siguen ocupando el primer lugar en las


sociedades del Antiguo Régimen. Desde el punto de vista económico el funda-
mento de su poder es la propiedad agraria, que conservan a través de mecanis-
mos que garantizan su inalienabilidad (derecho de primogenitura, vinculación
al título), pero también la posesión de otros bienes (palacios, casas, carruajes,
ajuares), la recaudación de los tributos y la explotación de los monopolios en sus
señoríos y el disfrute de los más importantes cargos en la Corte, de los más al-
tos empleos en el ejército y en la marina, de las funciones más elevadas en los
consejos de gobierno y de las más codiciadas prebendas en el aparato eclesiásti-
co (obispados con sus cuantiosas rentas, encomiendas de las órdenes militares),
además de la práctica de las operaciones financieras y mercantiles consideradas
compatibles con la nobleza.
La aristocracia surge en la Edad Media de la función militar, aunque esta
práctica vaya en retroceso a lo largo de los tiempos modernos. La nobleza más
antigua (y más característica) es la nobleza de sangre, que se transmite
por derecho de sucesión (como, por otra parte, ocurre con todas las aristo-
cracias), y que viene a equivaler a la nobleza de origen militar (la noblesse d’épée
en Francia).
La aristocracia más moderna suele ser ennoblecida por el rey como recom-
pensa por diversos servicios a la Corona, entre los que destacan los cortesanos,
los administrativos o los financieros, por lo que se la suele llamar nobleza de
servicio (noblesse de robe, en Francia). Ambas comparten, junto con el clero, una
serie de privilegios, que son honoríficos (porte de espada, exhibición de blaso-
nes, deferencias penales como la muerte por el hacha y no en la horca),
de servicio (puestos reservados en las fuerzas armadas, en los distintos cuerpos
de la Monarquía o en los municipios) y, sobre todo, privilegios fiscales,
ya que están exentos del pago de buena parte de los impuestos decretados por
la Real Hacienda.
La nobleza admite, dentro de la igualdad jurídica de todos sus miembros
por razón del estamento, diferentes situaciones. En el vértice se sitúa la nobleza
titulada (duques, marqueses, condes y, en lo más alto, la Grandeza, como ocu-
rre en España), seguida de la nobleza sin título pero bien asentada económica-
mente, que mira desde su altura a la baja nobleza urbana o rural de más escasos
medios y más baja consideración, pero que no ejerce ningún tipo de trabajo
mecánico que llevaría consigo la derogación de su status: son los gentlemen in-
gleses, los hobereaux franceses, los hidalgos castellanos, la szlachta polaca, etc.
Todos ellos tienden a compartir una cierta «civilización aristocrática», mediante
la adquisición de conocimientos, la formación de sus hijos en el extranjero (lo
Tema 3 Las estructuras sociales

que dará lugar en los siglos siguientes a la práctica del Grand Tour), la lucha por
un estilo de vida que incluya casa, servidumbre, carruaje y símbolos sociales
expresivos al margen de los blasones y las armas, aunque, en todo caso, los me-
nos favorecidos económicamente difícilmente pueden aspirar a formar parte de
la «internacional nobiliaria» que se reconocerá como tal a todo lo largo del
Antiguo Régimen.
El clero, tanto católico como protestante, se renovó a lo largo del siglo XVI,
en un movimiento que se prolongaría, con las lógicas variantes, durante los dos
siglos siguientes. Del lado católico, el nuevo clero nació del Concilio de Trento.
Por un lado, se asignó un papel diferente a los obispos, que gozaron de una re-
novada autoridad, dedicaron una mayor atención al gobierno de sus diócesis,
renunciaron al absentismo característico de la época anterior a las reformas y
progresaron en su formación teológica y en su actividad pastoral. Algo similar
ocurrió con el clero parroquial, que mejoró en sus condiciones materiales (con-
siguiendo la independencia económica al ver garantizados unos ingresos míni-
mos), del mismo modo que progresó en su formación intelectual, mediante los
estudios realizados en los nuevos seminarios conciliares, la asistencia regular a
los sínodos eclesiásticos y la obligatoria aceptación de las visitas pastorales para
el control de la actuación sacerdotal. La reforma también alcanzó a las órdenes
religiosas, que, según Gabriele de Rosa, «fueron un elemento esencial de las
relaciones entre la Iglesia y la sociedad». Sólo queda añadir que también el
mundo protestante conoció un progreso de su condición, tanto en el terreno
material, como intelectual y pastoral.
El clero siguió conservando un enorme patrimonio económico y una enor-
me influencia social a todo lo largo del siglo XVI y del Antiguo Régimen. En el
mundo católico, sus ingresos proceden en primer lugar del diezmo (cuyo pago
es universal para el campesinado), de las rentas de la propiedad agraria, la pro-
piedad inmueble y los derechos señoriales, del sistema beneficial (es decir, los
beneficios eclesiásticos, con sus rentas anejas, tan típicos del Antiguo Régimen),
de las primicias (normalmente en manos de los párrocos) y de su ejercicio pas-
toral (estipendio de la misa, ofrendas en bautizos y matrimonios, etc.), lo que
finalmente permite a la Iglesia católica recobrar el esplendor material que
escandalizara a Lutero: basta admirar la exuberancia y la riqueza de las igle-
sias, de los palacios episcopales o de las grandes abadías de los tiempos mo-
dernos. Sin embargo, también aquí, las diferencias de clase son extremada-
mente llamativas: los cardenales romanos, los prelados de las diócesis más
opulentas llevan un nivel de vida que en nada se parece al de los párrocos rura-
les (realmente expoliados por los grandes potentados eclesiásticos) y el de los
capellanes y ordenados de menores, que llegan a constituir un verdadero «pro-
letariado clerical».
Bloque I Siglo XVI: Europa

2. EL TERCER ESTADO: BURGUESES, ARTESANOS Y CAMPESINOS

La burguesía puede definirse como la clase social que detenta los medios de
producción mercantiles, financieros, industriales e intelectuales. Y precisamen-
te el ascenso de la burguesía es una de las novedades del siglo. Nacida con el
desarrollo de las ciudades en la época bajomedieval, la burguesía de negocios
adquiere ahora un primer momento de madurez gracias a su control de los me-
dios de producción de los sectores más dinámicos de la economía urbana.
Catapultada por el éxito económico, pronto alcanza las más altas instancias del
gobierno de la ciudad y entra a formar parte de lo que habitualmente se conoce
como oligarquía local o patriciado urbano. Sin embargo, salvo en contados ca-
sos, como el de la «república de mercaderes» de las Provincias Unidas, esta
burguesía no se erige en alternativa política y social de la vieja aristocracia, sino
que establece un tácito compromiso y se inserta en las filas de la nobleza. Esta
presunta aceptación de la sociedad estamental y sus valores, esta aparente bús-
queda de la solución particular más cómoda, ha dado origen al concepto histo-
riográfico de la «traición de la burguesía». Hoy día, sin embargo, sabemos que
la burguesía ascendente del siglo XVI carecía de toda oportunidad para plantear
una alternativa al sistema económico, social y político del tardofeudalismo, ya
que ni su escaso número, ni su riqueza modesta en comparación con la nobilia-
ria, ni su posición social y política subordinada, ni su insuficiente conciencia de
clase le permitían más que perseguir una situación más favorable dentro de un
sistema que tenía perfectamente asignado a cada cual su sitio y su papel.
La burguesía comercial, la primera clase de la burguesía, basa su riqueza,
como hemos señalado, en el ejercicio de las actividades mercantiles (exporta-
ción e importación) y financieras (préstamos a los particulares y a los Estados),
pero también en la inversión en la incipiente industria nacida al margen de los
gremios. Otra fuente de ingresos es el arriendo de rentas y de servicios públicos
(abastecimiento de productos a las ciudades, gestión de impuestos estatales y
municipales), todo lo cual contribuye a dar a la burguesía la imagen del «merca-
der polivalente» del Antiguo Régimen. Sus ingresos vuelven a reinvertirse en los
mismos sectores, pero pueden también dedicarse a la adquisición de tierras o a
la compra de oficios públicos venales, caminos que pueden conducir al ennoble-
cimiento, a través de la formación de un mayorazgo y la vinculación de la pro-
piedad agraria, o a través de los servicios prestados desde el nuevo cargo, que a
veces puede incluso adjudicar directamente la nobleza (como en el caso de los
cargos annoblissants de Francia).
Otra burguesía menos significada es la burguesía intelectual o profesional.
La mayor parte posee un título universitario y se dedica por tanto al ejercicio de
la abogacía o de la medicina. Sin embargo, el estudio del derecho conduce ha-
Tema 3 Las estructuras sociales

bitualmente al desempeño de un oficio público, al ingreso en la burocracia, ca-


racterística de los tiempos modernos, ya sea en la administración estatal, ya sea
en la administración municipal: se trata de los funcionarios de nivel medio.
Aquí el ascenso se consigue a través del incremento de los ingresos que permite
la adquisición de un oficio municipal y así el salto al grupo dominante de las
oligarquías urbanas, pero el camino siempre es más largo hasta alcanzar los
escalones inferiores de lo que los franceses llamaban la noblesse de cloche, es de-
cir, la «nobleza de campanario». Normalmente, cuando encontramos a un juris-
ta encumbrado es porque ya antes formaba parte del grupo dominante local o
porque ha recibido un favor especial del rey, que le ha nombrado consejero o
incluso secretario personal.
Descendiendo en la escala social, nos tropezamos con el numeroso grupo
urbano de los artesanos. También aquí debemos distinguir las clases de los
maestros, de los oficiales y de los aprendices. Mientras las dos últimas clases
aspiran a convertirse en maestros, la clase superior, la élite de los artesanos,
disfruta tanto de la propiedad de sus (modestos) medios de producción como,
en conjunto, dentro de cada población, del monopolio de la producción y de la
comercialización de cada uno de los ramos reconocidos. La principal novedad
del siglo XVI es el proceso de oligarquización de los gremios protagonizado por
los maestros y operado mediante distintos mecanismos, como el cierre del acce-
so a la profesión (costosas «obras maestras», nepotismo) o el control de la ad-
quisición de materia prima. Llegado a este punto, el maestro se enfrenta a la
disyuntiva de asumir el papel del nuevo empresario (Verleger) o quedar a expen-
sas de la concurrencia de estos nuevos agentes que dan la materia prima a tra-
bajar en el campo consiguiendo unos géneros más baratos y disputan los merca-
dos a los productores tradicionales. En cualquier caso, el siglo XVI supone el
momento de máximo esplendor y al mismo tiempo el de irremisible decadencia
del sistema artesanal heredado de la Edad Media.
El mundo campesino, al que ya nos hemos referido en apartados anteriores,
es naturalmente otro mundo muy compartimentado socialmente y muy condi-
cionado por la geografía y por la distribución histórica de la propiedad y de la
tenencia de la tierra. De esta manera, como una clave interpretativa general,
podemos decir que el este y el oeste van a experimentar una evolución divergen-
te: en el primer caso, la segunda servidumbre de la gleba conduce prácticamen-
te a la esclavitud en las postrimerías del Antiguo Régimen (caso de Rusia),
mientras que, en el segundo caso, el progreso agrícola permitirá la emancipa-
ción del campesinado respecto de sus condiciones más onerosas (en Inglaterra
en la mejor versión o en los países mediterráneos de modo más atenuado).
En todo caso, no resulta envidiable la situación de la inmensa mayoría del
campesinado europeo, ni siquiera en la mitad occidental y más evolucionada del
Bloque I Siglo XVI: Europa

mundo rural europeo. Incluso aquí el campesino está sometido a una serie de
exacciones que dejan mermados sus pobres recursos: hay que pagar los diezmos
y primicias a la Iglesia, el alquiler (en metálico, en especie o en trabajo o en todo
a la vez) al propietario, el censo al señor, el quinto (o el cuarto) de las semillas a
la cosecha siguiente, el tercio o la mitad de los cultivos al barbecho y, finalmente,
una serie de diversos gravámenes a la Corona, que además impone el alojamien-
to de soldados, el abastecimiento de las tropas y otras cargas varias. Exacciones
que apenas si se compensan con el disfrute de los bienes de propios de los ayun-
tamientos (que dan para pagar a un albéitar y, en contadas ocasiones, a un mé-
dico o un maestro) y los comunes, que permiten aprovecharse de algo de pasto,
de leña, de carbón y de algunos frutos silvestres (castañas, bellotas) para com-
pletar un condumio extraordinariamente parco que pocas veces calma por com-
pleto un hambre permanente. Situación que se sobrelleva en las épocas de bo-
nanza (como en buena parte del siglo XVI), pero que se descompone en tiempo
de malas cosechas, cuando se ponen en marcha los cuatro jinetes apocalípticos.

3. LOS MARGINADOS Y LOS EXCLUIDOS

Sin embargo, a pesar de su brillo y de la tentación que suscita, la ciudad no


siempre es una solución. La ciudad también está habitada por pobres, subem-
pleados y desempleados. Los pobres son una constante en el mundo urbano,
que recibe a los emigrantes expulsados del campo en tiempos de carestía y a
toda población sin recursos que confía en la capacidad asistencial de la ciudad.
Sin embargo los recursos de la beneficencia son limitados: las caridades ecle-
siásticas se dispensan en los propios templos («sopas bobas» de las iglesias y
los conventos), mientras se crean hospitales para los enfermos, pero es imposi-
ble atender a todos los menesterosos, que además son vistos con recelo por la
población estable, a cuyos ojos son desarraigados, vagabundos, cuando no po-
tenciales delincuentes. Es el momento de la represión contra unos grupos que,
acosados por sus problemas de subsistencia, empleo, vivienda o salud, son pre-
sa a menudo de la tentación de la violencia, de la organización delictiva o sim-
plemente del robo o el engaño por razones de mera supervivencia (como en el
caso del «pícaro» español). En definitiva, los pobres son un grupo social más,
que representa siempre un tanto por ciento de la población urbana, variable
pero, en algunos casos, cuantificado, como en el Amiens industrializado estu-
diado por Pierre Deyon: seis mil sobre una población de treinta mil, es decir, el
20%, la quinta parte.
Junto a los pobres, las ciudades también cuentan con grupos marginados o
excluidos por la propia sociedad. Entre ellos, deben figurar en primer lugar las
Tema 3 Las estructuras sociales

minorías étnicas (por ejemplo, los gitanos), las religiosas (los protestantes en
países católicos y viceversa) y las étnico-religiosas, como es el caso de los judeo-
conversos o los moriscos en la España de la época, presas favoritas de los tribu-
nales, las cárceles y las hogueras del Santo Oficio de la Inquisición.
Otro grupo marginado por definición es el de los esclavos, gentes sin ningún
derecho, sometidas a la voluntad arbitraria de sus amos, a los que sirven de
mera fuerza de trabajo sin remunerar. En este caso, es preciso, sin embargo,
diferenciar muy claramente la esclavitud en Europa de la esclavitud en el mun-
do colonial. En Europa la esclavitud es un fenómeno que opera sobre todo en el
ámbito mediterráneo, como práctica derivada del corso ejercido por las poten-
cias musulmanas y sus adversarias cristianas. Son conocidas las razzias contra
las costas y las naves cristianas desde las repúblicas berberiscas de Argel y
Túnez, así como esos grandes depósitos de esclavos cuya más famosa represen-
tación es la de los baños de Argel, del mismo modo que la figura del esclavo
moro es una imagen común en el mundo cristiano a lo largo de todo el siglo XVI.
Este esclavo es objeto de comercio por una y otra parte y genera una práctica
bien conocida en la época: los rescates pagados por su libertad a las potencias
islámicas, llevadas a cabo preferentemente por las órdenes especializadas de los
mercedarios y los trinitarios. Distinta es la esclavitud colonial (a la que hemos
de referirnos por extenso más adelante), con el claro predominio del negro afri-
cano empleado en la economía de plantación, aunque algunos componentes de
este grupo también pudieron integrarse en el servicio doméstico de las grandes
casas europeas, en alguna de cuyas ciudades llegaron a representar un porcen-
taje no desdeñable de la población a lo largo de la centuria.
Finalmente, otros grupos de excluidos se sitúan en los linderos imaginarios
de las ciudades. Por un lado son los presidiarios y condenados, muchos de ellos
pertenecientes a las minorías marginales ya aludidas: los delincuentes pasan a las
prisiones, los pobres de la Europa noroccidental son encerrados en los asilos y
entregados al trabajo forzado, los gitanos son empleados en las minas, los moros
conviven con los cristianos como galeotes de las galeras reales, las prostitutas son
segregadas en ghettos (como las mancebías españolas), las brujas son conducidas
a la hoguera, aunque aparecen más frecuentemente en el mundo rural que en el
urbano. Las exclusiones sexuales también funcionan: son objeto de persecución
y de condena todas las conductas desviadas de la normalidad definida, como son
la homosexualidad (masculina, pues apenas se concebía en las mujeres) o el bes-
tialismo (también un fenómeno campesino y no urbano). Al mismo tiempo se
castigan las prácticas contrarias al matrimonio monógamo: la relación preconyu-
gal, la bigamia, el amancebamiento, el adulterio (aquí más el femenino que el
masculino) y hasta la defensa en este campo de ideas contrarias a la ortodoxia,
impuesta cada vez de modo más riguroso a medida que se expanden las olas de
Bloque I Siglo XVI: Europa

las reformas protestante y católica. Situación especial es la de los extranjeros,


cuyo tratamiento depende de la situación económico-social: los extranjeros ricos
son personas bien consideradas a las que se les permite el ejercicio profesional
y se les facilita la posibilidad de la naturalización, mientras los extranjeros pobres
son mirados con recelo, cuando no son objeto de una abierta hostilidad, que en
ocasiones puede degenerar en verdaderos estallidos de xenofobia.

4. LA CONFLICTIVIDAD SOCIAL

Una sociedad tan compartimentada por estamentos y por clases, con unas
diferencias tan abismales entre los diversos grupos (tanto a nivel de status como
de fortuna) necesariamente debía experimentar serios conflictos en su convi-
vencia. Muchas de las disfunciones cotidianas eran canalizadas a través de la
justicia ordinaria y de la represión silenciosa, aunque todo ello implicara un
grado de violencia que en la mayoría de los casos quedaba como un malestar
larvado, en estado de latencia. Sin embargo, en algunos momentos esta violen-
cia latente rompía las barreras y daba lugar a diferentes tipos de revueltas, los
momentos privilegiados de la lucha de clases. Y ello ocurría tanto en el campo
como en la ciudad.
En el campo, la respuesta ordinaria a la injusticia era el bandolerismo o ban-
ditismo, una de las formas características de la rebeldía primitiva definida hace
tiempo por Eric Hobsbawm. Otras veces, sin embargo, la situación desemboca-
ba en la rebelión campesina, en la jacquerie (según un término tomado del
Medievo francés), un fenómeno que jalona toda la geografía y toda la cronolo-
gía de la Europa de la Edad Moderna. A la espera de los grandes movimientos
franceses del siglo XVII (las revueltas de los va-nu-pieds y de los croquants) o de
las grandes revueltas rusas del siglo XVIII (como la de Iemelián Pugachev), el
siglo XVI conoció una de las mayores revueltas de los tiempos modernos, la gue-
rra de los campesinos alemanes de 1525 (la Bauernkrieg), que terminó con el
exterminio de sus protagonistas (con su dirigente Thomas Münzer a la cabe-
za), los cuales se creyeron amparados por las proclamas evangélicas de Martín
Lutero pero no contaron con la airada condena del reformador religioso y la
implacable represión de la nobleza alemana.
A propósito hay que decir que los levantamientos campesinos se inspiraron
muchas veces en las promesas de los evangelios y presentaron unas reclamacio-
nes teñidas de contenido religioso, lo que les sirvió de poco a la hora de enfren-
tarse a la cerrada defensa de los poderosos. Del mismo modo, algunos grandes
conflictos esencialmente políticos tuvieron una vertiente de reivindicación so-
cial, como podemos comprobar en muchos ejemplos, como al analizar la com-
Tema 3 Las estructuras sociales

ponente antiseñorial de las Comunidades de Castilla o las aspiraciones gremia-


les de las Germanías de Valencia o al estudiar la rebelión de los Países Bajos
contra Felipe II, donde, como veremos, se entretejen inextricablemente los ar-
gumentos políticos (autonomía frente a absolutismo), religiosos (ortodoxia ca-
tólica frente a libertad de cultos a favor del calvinismo ascendente) y sociales
(apoyo de los artesanos, los obreros textiles y los marineros holandeses y zelan-
deses a la causa defendida por los nobles condes de Egmont y de Hoorn).
En las ciudades, el proceso de oligarquización de las corporaciones gremia-
les produjo el movimiento de resistencia de los excluidos y desplazados, los
aprendices. Se trató primero de la formación de los compagnonnages, que se
presentaban como asociaciones de socorro mutuo, pero que poseían también
una vertiente de defensa de los intereses «horizontales» frente a los maestros y
frente a las sociedades rivales de «contratistas». Disponían de una organización
muy elaborada, con un personal permanente, una correspondencia activa, un
distintivo particular y un ceremonial para la admisión de nuevos miembros. Los
medios de acción eran el interdit o boicot dirigido contra los talleres y la huelga
dirigida contra los patronos. Si en el siglo XVI dieron ya pruebas de su existen-
cia, las grandes huelgas (como el famoso Grand Tric de Lyon, que se extendió de
1639 a 1642) fueron ya cosa del siglo siguiente.
Otra modalidad bien definida y característica de la contestación urbana fue
el motín de subsistencias. El hambre permanente de las poblaciones (la preocu-
pación más acuciante era garantizarse el pan cotidiano) producía un sobresalto
multitudinario cuando una mala cosecha (normalmente en el momento de la
soudure printanière, en esos meses de primavera en que se ha terminado el trigo
almacenado el verano anterior y todavía no se ha recogido el de la siguiente es-
tación, y además se han agotado las reservas de los silos municipales) ponía en
pie de guerra a los pobres y los menos pobres, castigados por la crisis súbita
contra los supuestos responsables de la carestía (los poderosos, los magistrados,
los acaparadores). El ciclo de la revuelta era siempre el mismo: el levantamiento
de las clases populares trataba de devolver las cosas a su orden natural (a la
«economía moral» según la terminología de Edward Palmer Thompson) y ata-
caba a los culpables, pero las debilidades del movimiento (carencia de un pro-
grama de largo alcance, entrega del liderazgo a un notable de la ciudad, respeto
suicida por la autoridad) terminaba por poner en marcha los mecanismos repre-
sivos de las clases dominantes y, después de un periodo de satisfacción inmedia-
ta del hambre mediante recursos extraordinarios (irrupción en las alacenas de
los ricos, asalto a las cillas eclesiásticas donde se guarda el trigo procedente de
los diezmos, embargo de los cargamentos que se acercan a los límites de la ciu-
dad), la represión se pone en marcha y se restaura la normalidad ciudadana
hasta la próxima crisis frumentaria.
20º 10º 0º 10º

I. Feroe

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0 200 400 600 Km TÚNEZ Rodas
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MARRUECOS

Casa de Habsburgo Estados eclesiásticos Monarquía Hispánica

Venecia Unión de Kalmar Fronteras del Imperio

Europa, ca. 1500 (Atlas Histórico y Geográfico Universitario, UNED, pág. 125, núm. 1).
C
omo ya se adelantó, la más incuestionable novedad del siglo XVI, a los
ojos de la mayor parte de los historiadores, es la aparición de la
Monarquía Absoluta. En efecto, si bien debe tenerse en cuenta que el
Estado Moderno no aparece construido de una pieza y por lo tanto es suscepti-
ble de evolución y de perfeccionamiento a lo largo de los siglos siguientes, no
por ello cabe admitir la existencia de una etapa previa al absolutismo pleno que
pudiera llamarse tímidamente Monarquía Autoritaria o Monarquía Estamental.
El siglo XVI nos ofrece una formación política de nuevo cuño, que asume ínte-
gramente la soberanía, que se pone al servicio de las viejas clases privilegiadas
conteniendo las aspiraciones del campesinado y la burguesía, que se dota de los
instrumentos necesarios para cumplir sus funciones y que progresivamente ad-
quiere una mayor independencia respecto a sus bases sociales. A partir de aquí
no hay ningún cambio cualitativo en la Monarquía Absoluta, que evoluciona
lentamente (y no sin retrocesos y peligros) hacia una mayor preponderancia
(siempre limitada) sobre los privilegiados (que mantienen sus señoríos jurisdic-
cionales), sobre el conjunto del reino (que mantiene sus instituciones represen-
tativas) y sobre las provincias cuyo agregado constituye el marco espacial de su
soberanía (que mantienen sus leyes y sus instituciones particulares).

1. LA APARICIÓN DEL ESTADO MODERNO

Ya hemos señalado que la aparición del Estado Moderno obedeció a un


complejo haz de motivaciones. Ciertos historiadores han puesto el acento en
sus orígenes medievales y en las especiales circunstancias que se habían produ-
cido o estaban produciéndose a fines de la Edad Media, como señala, por ejem-
plo, Joseph Strayer:
Algunos, especialmente los pequeños hacendados, habían sufrido tanto
como los pobres a causa de la violencia interna y, como los pobres, deseaban paz
y seguridad. Algunos advertían que podían beneficiarse más plenamente de la
naciente recuperación económica apoyando gobiernos estatales. Algunos podían
haber quedado impresionados por el fracaso de la mayor parte de las revolucio-
nes de finales del siglo XV.
Bloque I Siglo XVI: Europa

En realidad, esta argumentación es demasiado genérica y, al mismo tiempo,


mezcla elementos heterogéneos que debieran considerarse por separado. Por un
lado, nos encontramos efectivamente con la insuficiencia de las formaciones
feudales para garantizar la seguridad interna de las sociedades ante la violencia
ejercida desde numerosas instancias. Una variante sería la adelantada por otros
autores sobre la función del absolutismo en la solución de los conflictos entre
los diversos territorios y las diversas corporaciones que habían de convivir en el
seno de las monarquías, como en la expresión de Roland Mousnier:
La necesidad de un fuerte poder [central] proviene de la misma composi-
ción de las naciones que son una yuxtaposición de comunidades territoriales,
provincias, países [aquí en el sentido de regiones], municipalidades, comunida-
des aldeanas y estructuras corporativas, tales como las órdenes militares, los
cuerpos de funcionarios, las universidades, los gremios […]. El rey tenía que ser
bastante fuerte para arbitrar sus conflictos y coordinar sus esfuerzos con vistas
al bien común.
Por otro lado, sólo una formación más extensa, más compacta y más pode-
rosa sería capaz de oponerse a las agresiones provenientes de enemigos exterio-
res. De este modo, la protección dentro y fuera de las fronteras sería una de las
razones que habrían operado a favor de la aparición del Estado Moderno.
Ahora bien, al margen de esta universal salvaguarda de la paz y del orden y
de esta capacidad de enfrentamiento frente a las amenazas de unos vecinos
potencialmente hostiles, la Monarquía Absoluta nació para preservar los intere-
ses de las clases dominantes precisamente frente a la amenaza que suponía la
protesta campesina. Erik Molnar lo expresó de manera contundente:
Todas las formas del absolutismo europeo han servido a los intereses de la
clase de los nobles o terratenientes y han expresado su dominación política sobre
las otras clases de la sociedad, ante todo sobre el campesinado, que era la clase
más numerosa.
La tesis de una Monarquía Absoluta al servicio exclusivo o prioritario de los
nobles admite poca contestación, aunque sí muchos matices. Tal vez resulta
excesivo hablar, como ha hecho algún autor, de la Monarquía Absoluta como
«una mera organización interna de la clase dominante», es decir, como poco
más que un sindicato de la nobleza. Sin embargo, no es posible situarse en el
lado opuesto del ascenso del Estado Moderno a costa de la sumisión de los no-
bles, tal como manifiesta Antonio Domínguez Ortiz para el caso español:
Una leyenda tenaz pretende que los Reyes Católicos, aliados con el pueblo,
derrocaron el poder de la malvada nobleza: el estudio cuidadoso de las crónicas
y de la documentación pemite afirmar, por el contrario, que los reyes se apoya-
ron constantemente en los nobles […].
Tema 4 El Estado Moderno

No obstante, la sola confrontación nobleza/campesinado no basta para ex-


plicar la aparición de la Monarquía Absoluta. La creciente complejidad de la
vida económica (que pronto necesitaría de un poder organizador que armoni-
zase los distintos sectores para la construcción de la economía nacional bajo el
sistema mercantilista) y el dinamismo de la economía urbana, que se constituía
como un riesgo para la hegemonía de las clases privilegiadas tradicionales (cu-
yas bases materiales se hallaban en la propiedad agraria) pero al mismo tiempo
se hacía imprescindible para garantizar el progreso material y hasta para regu-
lar las finanzas de los potentados (incluido el rey), son factores relevantes para
explicar el fenómeno. Así se expresa en el análisis de Perry Anderson:
Cuando los estados absolutistas quedaron constituidos en Occidente, sus
estructuras estaban determinadas fundamentalmente por el reagrupamiento
feudal [aquí en el sentido de nobiliario] contra el campesinado tras la disolución
de la servidumbre [que seguía en la Europa oriental], pero estaba sobredetermi-
nado secundariamente por el auge de una burguesía urbana que, tras una serie
de avances técnicos y comerciales, estaba ya desarrollando las manufacturas
preindustriales en un volumen considerable.
De este modo, otros autores han puesto de relieve el interés de la burguesía
comercial en el auge del Estado Moderno. Es el caso de Alexandra Lublínskaya,
aunque se refiera al siglo XVII:
La burguesía industrial y comercial, numerosa ya pero no bastante rica y sí
desprovista de privilegios políticos y fiscales, espera sortear los obstáculos econó-
micos con la ayuda del absolutismo y de sus medidas proteccionistas (es decir,
mercantilistas), así como el desenlace de su lucha contra las fuerzas reaccionarias.
Por otra parte, los monarcas absolutos también necesitan de la burguesía,
como señala Immanuel Wallerstein: «De no haber sido por la expansión del co-
mercio y el ascenso de la agricultura capitalista, difícilmente hubiera habido base
económica para financiar las ampliadas estructuras burocráticas del Estado».
En suma, el precio pagado por la aristocracia y por la burguesía fue la trans-
ferencia de la soberanía política a manos de un Estado poderoso, que si siempre
estuvo a favor de la aristocracia, también hubo de tener en cuenta la aportación
de la nueva economía urbana (industria, comercio, finanzas) a la economía na-
cional e incluso a la conservación del propio Estado. Una situación perfecta-
mente analizada por Peter Kriedte:
A medida que se fueron desarrollando las fuerzas productivas, el estado
adquirió, sin embargo, un carácter cada vez más contradictorio, ya que trataba
de satisfacer al mismo tiempo dos exigencias: garantizar el dominio de la clase
feudal [la nobleza] y acelerar el crecimiento económico. Se convirtió en un refle-
jo de la coexistencia de diversos modos de producción y se acrecentó su relativa
autonomía.
Bloque I Siglo XVI: Europa

Con la última expresión de Peter Kriedte se puede poner punto final a esta
reflexión sobre los orígenes del Estado Moderno. La Monarquía Absoluta cada
vez fue conquistando mayor autonomía respecto de sus bases sociales. Porque,
si bien es verdad, como dice Fernand Braudel (siguiendo en esto a Marx), que
«es imposible controlar una sociedad sin la complicidad de una clase dominan-
te», también es cierto que el Estado tiene que guardar sus distancias respecto
de dicha clase (e incluso interesar a otras en el proyecto político) para evitar un
funcionamiento patológico. En nuestro caso, podemos remitirnos a las palabras
de Boris Porchnev:
A medida que la sociedad feudal [tardofeudal] evoluciona, que la lucha de
clases se profundiza y se acentúa, el poder del estado se aleja cada vez más de la
clase dominante nobiliaria: en su última fase, se ha convertido en una fuerza
relativamente independiente.
Relativamente sólo, pues, si no, no hubiera sido necesaria la Revolución
Francesa.

2. LOS INSTRUMENTOS DEL ABSOLUTISMO

En el siglo XVI además la Monarquía Absoluta pone a punto sus instrumen-


tos: la hacienda real, la administración centralizada y el ejército profesional. La
hacienda real fue un instrumento clave para la autonomía política del Estado
Moderno, que supo encontrar recursos por los más diversos medios y según las
circunstancias: impuestos directos e indirectos sobre los súbditos, aranceles
aduaneros sobre el comercio, utilización en su beneficio de los bienes de las
iglesias (bula de cruzada, subsidio para la lucha contra los turcos y excusado o
mayor diezmo de cada parroquia en un país católico como España, apropiación
directa de las tierras y los edificios eclesiásticos en los países protestantes des-
pués de abrazar la Reforma), subvenciones concedidas por los parlamentos para
necesidades extraordinarias, etc. La expansión del tesoro público (que se bene-
ficiaba además de la regalía o exclusiva de la acuñación y emisión de moneda),
la urgencia de obtener esa «renta centralizada» rompió a favor de la hacienda
pública el necesario equilibrio, ejerciendo una presión desmesurada sobre los
contribuyentes y dañando la actividad económica. La «voracidad fiscal» del
Estado Moderno fue una consecuencia extrema de la creciente arrogación de
atribuciones para el desempeño de sus objetivos iniciales: la creación de una
administración a su servicio y el reclutamiento de una milicia que garantizase la
paz interior y las campañas bélicas en el exterior.
Aunque unos ingresos de tal envergadura componían sobre el papel una
suma considerable para las arcas reales, las condiciones de su recaudación dis-
Tema 4 El Estado Moderno

minuían con frecuencia su valor, ya que era necesario recurrir a arrendadores


para el cobro de impuestos, asentistas para la gestión de los servicios financie-
ros y prestamistas para atender a las emergencias y, a veces, incluso los meros
gastos ordinarios de los soberanos, que con frecuencia se vieron obligados a
emitir deuda pública con la garantía de las propias rentas estatales, cuyos inte-
reses constituyeron una pesada hipoteca sobre la hacienda real, que en determi-
nados momentos hubo de declararse en quiebra, de decretar la suspensión de
pagos. Salir adelante de tales situaciones implicaba muchas veces el recurso a
expedientes de dudosa rentabilidad y de perniciosos efectos sobre la actividad
económica y sobre la vida cotidiana de las poblaciones: la subida de los im-
puestos, el recorte de los sueldos, la manipulación monetaria y la petición de
ayuda económica a unos parlamentos reticentes que en ocasiones se negaron
a cumplimentar la voluntad regia, dando lugar a situaciones conflictivas, e in-
cluso a enfrentamientos políticos de graves consecuencias, como ocurriría
en Inglaterra, cuyos monarcas nunca dispusieron de los medios financieros de
Francia o de España.
Una parte del dinero recaudado sirvió para pagar los gastos de la administra-
ción pública, atendida por una indispensable burocracia de funcionarios, que ser-
vían también a la causa de la autonomía de la Monarquía Absoluta, ya que de-
pendían directamente (en su nombramiento, retribución y rendición de cuentas)
de la Corona, y que procedían generalmente del tercer estamento por la evidente
necesidad del Estado Moderno de alejar a su personal de la influencia de los pri-
vilegiados, aunque la aristocracia continuara ostentando los puestos claves en la
Corte junto al rey, así como los cargos de mayor prestigio en las más altas insti-
tuciones. Estos organismos se multiplicaron igualmente a lo largo del siglo XVI.
En primer lugar, las Monarquías Absolutas generaron una serie de órganos
centrales de gobierno, que incluyeron un personal político a inmediata disposi-
ción del rey (son los secretarios o privados, figuras todavía en fase de institucio-
nalización en el transcurso de la centuria) y una serie de consejos destinados,
por un lado, al asesoramiento del rey en los diversos asuntos del gobierno (polí-
tica interior y exterior) y, por otro, a la resolución de las cuestiones que afecta-
ban a los diversos territorios que integraban las monarquías compuestas. El rey
necesitó también de un representante de su autoridad en las diversas provincias
e incluso en las principales ciudades, lo que obligó a crear nuevos cargos, pro-
pios de cada uno de los Estados, especialmente de los más avanzados, que fue-
ron los de la Europa occidental: son los virreyes y corregidores en España o los
gobernadores e intendentes en Francia. Las monarquías absolutas se preocupa-
ron también de garantizar la justicia, pues no en vano su administración era uno
de los atributos más característicos de la figura regia en el imaginario colectivo,
de forma que no sólo los jueces son de nombramiento real, sino que se crearon
Bloque I Siglo XVI: Europa

toda una serie de tribunales superiores para juzgar en segunda instancia, mien-
tras se dejaba la apelación final en manos del propio rey, como señor de la gracia
y de la justicia. Ya se habló suficientemente de los órganos representativos como
la forma más paradigmática del diálogo entre el rey y el reino y como uno de los
(escasos) instrumentos de control de la Monarquía Absoluta.
Finalmente, la Monarquía Absoluta se dotó de un ejército profesional, que
pronto rompió todo vínculo con la organización militar del pasado. En efecto,
los soldados fueron mercenarios pagados por la hacienda real frente al recluta-
miento nobiliario de la hueste medieval, al tiempo que la infantería plebeya
sustituía a la caballería aristocrática por motivos fundamentalmente técnicos,
avanzándose así por el camino de la revolucionaria transformación del arte de la
guerra. Guerra que, al margen de sus motivaciones, persiguió siempre el en-
grandecimiento territorial de los Estados dentro de la lógica tardofeudal que
hacía depender la riqueza de las naciones del número de los hombres y de la
extensión de las tierras dedicadas a la agricultura.
Así, el reclutamiento de tropas dejó de ser una acción improvisada para ha-
cer frente a cada amenaza concreta y se convirtió en una preocupación cotidia-
na de la administración, y naturalmente en una partida fija y cada vez más
onerosa de la contabilidad real. En todo caso, los únicos grandes ejércitos del
siglo XVI (si dejamos para otro apartado el ejército otomano) fueron los de
España y Francia, los dos mayores estados absolutistas, aunque todas las poten-
cias contaron con unas fuerzas armadas que fueran capaces de defender su te-
rritorio y constituyeran una aportación militar de cierta consideración a cual-
quiera de las múltiples alianzas y coaliciones que se anudaron a lo largo de la
centuria. El mando de las tropas se entregó a generales normalmente salidos de
las filas de la nobleza, mientras la oficialidad se nutría esencialmente de segun-
dones de la aristocracia o miembros de la baja nobleza (como los hidalgos cas-
tellanos) y los soldados mercenarios se reclutaban en Alemania, Suiza, Italia y
los Paises Bajos del sur (particularmente los valones de habla francesa), aunque
en muchos casos hubo una aportación de dentro de las propias fronteras que fue
confiriendo a los ejércitos un cierto carácter confesional y protonacional, como
ocurrió con el español en tiempos de Felipe II o con el sueco de Gustavo II
Adolfo en el siglo XVII durante la guerra de los Treinta Años. Ejércitos sin duda
muy costosos, tanto por el aumento del número de los efectivos implicados, que
llegan a ser de varias decenas de miles de soldados en la segunda mitad del siglo
(casi cuarenta mil, por ejemplo, en la campaña de Felipe II en Portugal), como
por el costo de una guerra que sustituye a las huestes a caballo por la infantería
(el ejército francés contaba en Estrasburgo en 1552 con 4.500 hombres a caba-
llo frente a 32.000 soldados de infantería) y, singularmente, que necesita caras
armas de fuego (arcabuces y, sobre todo, cañones) para tener una oportunidad

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