Modulo 0 Introductorio
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que dará lugar en los siglos siguientes a la práctica del Grand Tour), la lucha por
un estilo de vida que incluya casa, servidumbre, carruaje y símbolos sociales
expresivos al margen de los blasones y las armas, aunque, en todo caso, los me-
nos favorecidos económicamente difícilmente pueden aspirar a formar parte de
la «internacional nobiliaria» que se reconocerá como tal a todo lo largo del
Antiguo Régimen.
El clero, tanto católico como protestante, se renovó a lo largo del siglo XVI,
en un movimiento que se prolongaría, con las lógicas variantes, durante los dos
siglos siguientes. Del lado católico, el nuevo clero nació del Concilio de Trento.
Por un lado, se asignó un papel diferente a los obispos, que gozaron de una re-
novada autoridad, dedicaron una mayor atención al gobierno de sus diócesis,
renunciaron al absentismo característico de la época anterior a las reformas y
progresaron en su formación teológica y en su actividad pastoral. Algo similar
ocurrió con el clero parroquial, que mejoró en sus condiciones materiales (con-
siguiendo la independencia económica al ver garantizados unos ingresos míni-
mos), del mismo modo que progresó en su formación intelectual, mediante los
estudios realizados en los nuevos seminarios conciliares, la asistencia regular a
los sínodos eclesiásticos y la obligatoria aceptación de las visitas pastorales para
el control de la actuación sacerdotal. La reforma también alcanzó a las órdenes
religiosas, que, según Gabriele de Rosa, «fueron un elemento esencial de las
relaciones entre la Iglesia y la sociedad». Sólo queda añadir que también el
mundo protestante conoció un progreso de su condición, tanto en el terreno
material, como intelectual y pastoral.
El clero siguió conservando un enorme patrimonio económico y una enor-
me influencia social a todo lo largo del siglo XVI y del Antiguo Régimen. En el
mundo católico, sus ingresos proceden en primer lugar del diezmo (cuyo pago
es universal para el campesinado), de las rentas de la propiedad agraria, la pro-
piedad inmueble y los derechos señoriales, del sistema beneficial (es decir, los
beneficios eclesiásticos, con sus rentas anejas, tan típicos del Antiguo Régimen),
de las primicias (normalmente en manos de los párrocos) y de su ejercicio pas-
toral (estipendio de la misa, ofrendas en bautizos y matrimonios, etc.), lo que
finalmente permite a la Iglesia católica recobrar el esplendor material que
escandalizara a Lutero: basta admirar la exuberancia y la riqueza de las igle-
sias, de los palacios episcopales o de las grandes abadías de los tiempos mo-
dernos. Sin embargo, también aquí, las diferencias de clase son extremada-
mente llamativas: los cardenales romanos, los prelados de las diócesis más
opulentas llevan un nivel de vida que en nada se parece al de los párrocos rura-
les (realmente expoliados por los grandes potentados eclesiásticos) y el de los
capellanes y ordenados de menores, que llegan a constituir un verdadero «pro-
letariado clerical».
Bloque I Siglo XVI: Europa
La burguesía puede definirse como la clase social que detenta los medios de
producción mercantiles, financieros, industriales e intelectuales. Y precisamen-
te el ascenso de la burguesía es una de las novedades del siglo. Nacida con el
desarrollo de las ciudades en la época bajomedieval, la burguesía de negocios
adquiere ahora un primer momento de madurez gracias a su control de los me-
dios de producción de los sectores más dinámicos de la economía urbana.
Catapultada por el éxito económico, pronto alcanza las más altas instancias del
gobierno de la ciudad y entra a formar parte de lo que habitualmente se conoce
como oligarquía local o patriciado urbano. Sin embargo, salvo en contados ca-
sos, como el de la «república de mercaderes» de las Provincias Unidas, esta
burguesía no se erige en alternativa política y social de la vieja aristocracia, sino
que establece un tácito compromiso y se inserta en las filas de la nobleza. Esta
presunta aceptación de la sociedad estamental y sus valores, esta aparente bús-
queda de la solución particular más cómoda, ha dado origen al concepto histo-
riográfico de la «traición de la burguesía». Hoy día, sin embargo, sabemos que
la burguesía ascendente del siglo XVI carecía de toda oportunidad para plantear
una alternativa al sistema económico, social y político del tardofeudalismo, ya
que ni su escaso número, ni su riqueza modesta en comparación con la nobilia-
ria, ni su posición social y política subordinada, ni su insuficiente conciencia de
clase le permitían más que perseguir una situación más favorable dentro de un
sistema que tenía perfectamente asignado a cada cual su sitio y su papel.
La burguesía comercial, la primera clase de la burguesía, basa su riqueza,
como hemos señalado, en el ejercicio de las actividades mercantiles (exporta-
ción e importación) y financieras (préstamos a los particulares y a los Estados),
pero también en la inversión en la incipiente industria nacida al margen de los
gremios. Otra fuente de ingresos es el arriendo de rentas y de servicios públicos
(abastecimiento de productos a las ciudades, gestión de impuestos estatales y
municipales), todo lo cual contribuye a dar a la burguesía la imagen del «merca-
der polivalente» del Antiguo Régimen. Sus ingresos vuelven a reinvertirse en los
mismos sectores, pero pueden también dedicarse a la adquisición de tierras o a
la compra de oficios públicos venales, caminos que pueden conducir al ennoble-
cimiento, a través de la formación de un mayorazgo y la vinculación de la pro-
piedad agraria, o a través de los servicios prestados desde el nuevo cargo, que a
veces puede incluso adjudicar directamente la nobleza (como en el caso de los
cargos annoblissants de Francia).
Otra burguesía menos significada es la burguesía intelectual o profesional.
La mayor parte posee un título universitario y se dedica por tanto al ejercicio de
la abogacía o de la medicina. Sin embargo, el estudio del derecho conduce ha-
Tema 3 Las estructuras sociales
mundo rural europeo. Incluso aquí el campesino está sometido a una serie de
exacciones que dejan mermados sus pobres recursos: hay que pagar los diezmos
y primicias a la Iglesia, el alquiler (en metálico, en especie o en trabajo o en todo
a la vez) al propietario, el censo al señor, el quinto (o el cuarto) de las semillas a
la cosecha siguiente, el tercio o la mitad de los cultivos al barbecho y, finalmente,
una serie de diversos gravámenes a la Corona, que además impone el alojamien-
to de soldados, el abastecimiento de las tropas y otras cargas varias. Exacciones
que apenas si se compensan con el disfrute de los bienes de propios de los ayun-
tamientos (que dan para pagar a un albéitar y, en contadas ocasiones, a un mé-
dico o un maestro) y los comunes, que permiten aprovecharse de algo de pasto,
de leña, de carbón y de algunos frutos silvestres (castañas, bellotas) para com-
pletar un condumio extraordinariamente parco que pocas veces calma por com-
pleto un hambre permanente. Situación que se sobrelleva en las épocas de bo-
nanza (como en buena parte del siglo XVI), pero que se descompone en tiempo
de malas cosechas, cuando se ponen en marcha los cuatro jinetes apocalípticos.
minorías étnicas (por ejemplo, los gitanos), las religiosas (los protestantes en
países católicos y viceversa) y las étnico-religiosas, como es el caso de los judeo-
conversos o los moriscos en la España de la época, presas favoritas de los tribu-
nales, las cárceles y las hogueras del Santo Oficio de la Inquisición.
Otro grupo marginado por definición es el de los esclavos, gentes sin ningún
derecho, sometidas a la voluntad arbitraria de sus amos, a los que sirven de
mera fuerza de trabajo sin remunerar. En este caso, es preciso, sin embargo,
diferenciar muy claramente la esclavitud en Europa de la esclavitud en el mun-
do colonial. En Europa la esclavitud es un fenómeno que opera sobre todo en el
ámbito mediterráneo, como práctica derivada del corso ejercido por las poten-
cias musulmanas y sus adversarias cristianas. Son conocidas las razzias contra
las costas y las naves cristianas desde las repúblicas berberiscas de Argel y
Túnez, así como esos grandes depósitos de esclavos cuya más famosa represen-
tación es la de los baños de Argel, del mismo modo que la figura del esclavo
moro es una imagen común en el mundo cristiano a lo largo de todo el siglo XVI.
Este esclavo es objeto de comercio por una y otra parte y genera una práctica
bien conocida en la época: los rescates pagados por su libertad a las potencias
islámicas, llevadas a cabo preferentemente por las órdenes especializadas de los
mercedarios y los trinitarios. Distinta es la esclavitud colonial (a la que hemos
de referirnos por extenso más adelante), con el claro predominio del negro afri-
cano empleado en la economía de plantación, aunque algunos componentes de
este grupo también pudieron integrarse en el servicio doméstico de las grandes
casas europeas, en alguna de cuyas ciudades llegaron a representar un porcen-
taje no desdeñable de la población a lo largo de la centuria.
Finalmente, otros grupos de excluidos se sitúan en los linderos imaginarios
de las ciudades. Por un lado son los presidiarios y condenados, muchos de ellos
pertenecientes a las minorías marginales ya aludidas: los delincuentes pasan a las
prisiones, los pobres de la Europa noroccidental son encerrados en los asilos y
entregados al trabajo forzado, los gitanos son empleados en las minas, los moros
conviven con los cristianos como galeotes de las galeras reales, las prostitutas son
segregadas en ghettos (como las mancebías españolas), las brujas son conducidas
a la hoguera, aunque aparecen más frecuentemente en el mundo rural que en el
urbano. Las exclusiones sexuales también funcionan: son objeto de persecución
y de condena todas las conductas desviadas de la normalidad definida, como son
la homosexualidad (masculina, pues apenas se concebía en las mujeres) o el bes-
tialismo (también un fenómeno campesino y no urbano). Al mismo tiempo se
castigan las prácticas contrarias al matrimonio monógamo: la relación preconyu-
gal, la bigamia, el amancebamiento, el adulterio (aquí más el femenino que el
masculino) y hasta la defensa en este campo de ideas contrarias a la ortodoxia,
impuesta cada vez de modo más riguroso a medida que se expanden las olas de
Bloque I Siglo XVI: Europa
4. LA CONFLICTIVIDAD SOCIAL
Una sociedad tan compartimentada por estamentos y por clases, con unas
diferencias tan abismales entre los diversos grupos (tanto a nivel de status como
de fortuna) necesariamente debía experimentar serios conflictos en su convi-
vencia. Muchas de las disfunciones cotidianas eran canalizadas a través de la
justicia ordinaria y de la represión silenciosa, aunque todo ello implicara un
grado de violencia que en la mayoría de los casos quedaba como un malestar
larvado, en estado de latencia. Sin embargo, en algunos momentos esta violen-
cia latente rompía las barreras y daba lugar a diferentes tipos de revueltas, los
momentos privilegiados de la lucha de clases. Y ello ocurría tanto en el campo
como en la ciudad.
En el campo, la respuesta ordinaria a la injusticia era el bandolerismo o ban-
ditismo, una de las formas características de la rebeldía primitiva definida hace
tiempo por Eric Hobsbawm. Otras veces, sin embargo, la situación desemboca-
ba en la rebelión campesina, en la jacquerie (según un término tomado del
Medievo francés), un fenómeno que jalona toda la geografía y toda la cronolo-
gía de la Europa de la Edad Moderna. A la espera de los grandes movimientos
franceses del siglo XVII (las revueltas de los va-nu-pieds y de los croquants) o de
las grandes revueltas rusas del siglo XVIII (como la de Iemelián Pugachev), el
siglo XVI conoció una de las mayores revueltas de los tiempos modernos, la gue-
rra de los campesinos alemanes de 1525 (la Bauernkrieg), que terminó con el
exterminio de sus protagonistas (con su dirigente Thomas Münzer a la cabe-
za), los cuales se creyeron amparados por las proclamas evangélicas de Martín
Lutero pero no contaron con la airada condena del reformador religioso y la
implacable represión de la nobleza alemana.
A propósito hay que decir que los levantamientos campesinos se inspiraron
muchas veces en las promesas de los evangelios y presentaron unas reclamacio-
nes teñidas de contenido religioso, lo que les sirvió de poco a la hora de enfren-
tarse a la cerrada defensa de los poderosos. Del mismo modo, algunos grandes
conflictos esencialmente políticos tuvieron una vertiente de reivindicación so-
cial, como podemos comprobar en muchos ejemplos, como al analizar la com-
Tema 3 Las estructuras sociales
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Atenas
18º 16º 14º Sicilia
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S I R I A
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28ϒ Chipre
0 200 400 600 Km TÚNEZ Rodas
Creta © UNED
MARRUECOS
Europa, ca. 1500 (Atlas Histórico y Geográfico Universitario, UNED, pág. 125, núm. 1).
C
omo ya se adelantó, la más incuestionable novedad del siglo XVI, a los
ojos de la mayor parte de los historiadores, es la aparición de la
Monarquía Absoluta. En efecto, si bien debe tenerse en cuenta que el
Estado Moderno no aparece construido de una pieza y por lo tanto es suscepti-
ble de evolución y de perfeccionamiento a lo largo de los siglos siguientes, no
por ello cabe admitir la existencia de una etapa previa al absolutismo pleno que
pudiera llamarse tímidamente Monarquía Autoritaria o Monarquía Estamental.
El siglo XVI nos ofrece una formación política de nuevo cuño, que asume ínte-
gramente la soberanía, que se pone al servicio de las viejas clases privilegiadas
conteniendo las aspiraciones del campesinado y la burguesía, que se dota de los
instrumentos necesarios para cumplir sus funciones y que progresivamente ad-
quiere una mayor independencia respecto a sus bases sociales. A partir de aquí
no hay ningún cambio cualitativo en la Monarquía Absoluta, que evoluciona
lentamente (y no sin retrocesos y peligros) hacia una mayor preponderancia
(siempre limitada) sobre los privilegiados (que mantienen sus señoríos jurisdic-
cionales), sobre el conjunto del reino (que mantiene sus instituciones represen-
tativas) y sobre las provincias cuyo agregado constituye el marco espacial de su
soberanía (que mantienen sus leyes y sus instituciones particulares).
Con la última expresión de Peter Kriedte se puede poner punto final a esta
reflexión sobre los orígenes del Estado Moderno. La Monarquía Absoluta cada
vez fue conquistando mayor autonomía respecto de sus bases sociales. Porque,
si bien es verdad, como dice Fernand Braudel (siguiendo en esto a Marx), que
«es imposible controlar una sociedad sin la complicidad de una clase dominan-
te», también es cierto que el Estado tiene que guardar sus distancias respecto
de dicha clase (e incluso interesar a otras en el proyecto político) para evitar un
funcionamiento patológico. En nuestro caso, podemos remitirnos a las palabras
de Boris Porchnev:
A medida que la sociedad feudal [tardofeudal] evoluciona, que la lucha de
clases se profundiza y se acentúa, el poder del estado se aleja cada vez más de la
clase dominante nobiliaria: en su última fase, se ha convertido en una fuerza
relativamente independiente.
Relativamente sólo, pues, si no, no hubiera sido necesaria la Revolución
Francesa.
toda una serie de tribunales superiores para juzgar en segunda instancia, mien-
tras se dejaba la apelación final en manos del propio rey, como señor de la gracia
y de la justicia. Ya se habló suficientemente de los órganos representativos como
la forma más paradigmática del diálogo entre el rey y el reino y como uno de los
(escasos) instrumentos de control de la Monarquía Absoluta.
Finalmente, la Monarquía Absoluta se dotó de un ejército profesional, que
pronto rompió todo vínculo con la organización militar del pasado. En efecto,
los soldados fueron mercenarios pagados por la hacienda real frente al recluta-
miento nobiliario de la hueste medieval, al tiempo que la infantería plebeya
sustituía a la caballería aristocrática por motivos fundamentalmente técnicos,
avanzándose así por el camino de la revolucionaria transformación del arte de la
guerra. Guerra que, al margen de sus motivaciones, persiguió siempre el en-
grandecimiento territorial de los Estados dentro de la lógica tardofeudal que
hacía depender la riqueza de las naciones del número de los hombres y de la
extensión de las tierras dedicadas a la agricultura.
Así, el reclutamiento de tropas dejó de ser una acción improvisada para ha-
cer frente a cada amenaza concreta y se convirtió en una preocupación cotidia-
na de la administración, y naturalmente en una partida fija y cada vez más
onerosa de la contabilidad real. En todo caso, los únicos grandes ejércitos del
siglo XVI (si dejamos para otro apartado el ejército otomano) fueron los de
España y Francia, los dos mayores estados absolutistas, aunque todas las poten-
cias contaron con unas fuerzas armadas que fueran capaces de defender su te-
rritorio y constituyeran una aportación militar de cierta consideración a cual-
quiera de las múltiples alianzas y coaliciones que se anudaron a lo largo de la
centuria. El mando de las tropas se entregó a generales normalmente salidos de
las filas de la nobleza, mientras la oficialidad se nutría esencialmente de segun-
dones de la aristocracia o miembros de la baja nobleza (como los hidalgos cas-
tellanos) y los soldados mercenarios se reclutaban en Alemania, Suiza, Italia y
los Paises Bajos del sur (particularmente los valones de habla francesa), aunque
en muchos casos hubo una aportación de dentro de las propias fronteras que fue
confiriendo a los ejércitos un cierto carácter confesional y protonacional, como
ocurrió con el español en tiempos de Felipe II o con el sueco de Gustavo II
Adolfo en el siglo XVII durante la guerra de los Treinta Años. Ejércitos sin duda
muy costosos, tanto por el aumento del número de los efectivos implicados, que
llegan a ser de varias decenas de miles de soldados en la segunda mitad del siglo
(casi cuarenta mil, por ejemplo, en la campaña de Felipe II en Portugal), como
por el costo de una guerra que sustituye a las huestes a caballo por la infantería
(el ejército francés contaba en Estrasburgo en 1552 con 4.500 hombres a caba-
llo frente a 32.000 soldados de infantería) y, singularmente, que necesita caras
armas de fuego (arcabuces y, sobre todo, cañones) para tener una oportunidad