1 Tema III: El teatro a principios de siglo.
Ramón María del Valle-Inclán y Federico García Lorca
1. Tendencias generales del teatro anterior a 1939
La renovación literaria que se produce en torno a 1914 en la narrativa y en la lírica españolas no
afectó de igual modo al género dramático; la incidencia del Novecentismo no obtuvo el mismo eco en
escena.
El teatro que triunfa durante gran parte de esta época se basa en modelos asentados a finales del XIX
que, no obstante, presentan ciertas innovaciones provocadas por la influencia de movimientos como el
Modernismo. Así, se desarrollan durante esta época obras herederas del teatro neorromántico de
Echegaray, de la alta comedia o del género chico. Este teatro de consumo, destinado a entretener a las
clases más populares, adquiere un notable éxito a principios del XX.
1. Derivada de la alta comedia decimonónica se desarrolla la comedia burguesa. En esta línea se
integra la mayor parte de la obra de Jacinto Benavente, creador de la nueva comedia,
caracterizada por el realismo, no exento de ironía, en los diálogos y en los ambientes y por una
crítica moderada contra las costumbres y convicciones de la burguesía española. La malquerida o
Los intereses creados son ejemplos logrados de su sabiduría dramática.
2. Así mismo, se cultiva un teatro en verso de inspiración neorromántica. Adquiere formas de la
poesía modernista, como el retoricismo o el empleo de un verso sonoro. Este teatro presenta una
ideología tradicionalista, centrada a menudo en la historia nacional. En esta línea están Eduardo
Marquina con En Flandes se ha puesto el sol o los hermanos Machado con La Lola se va a los
puertos.
3. Triunfa en esta época entre las clases populares el teatro cómico, en cuya denominación caben la
zarzuela, el café teatro y el sainete. Dentro de este teatro destaca la obra de Carlos Arniches,
creador de sainetes de acertada ambientación madrileña en los que se fijan un lenguaje y unos
personajes estereotipados. Más tarde, su teatro deriva hacia obras con mayor contenido crítico —
las tragedias grotescas— con una fusión de humor y situaciones dramáticas. Destacan en este
grupo La señorita de Trévelez o Los caciques.
También en este género destacan los hermanos Álvarez Quintero con su comedia regional, en la
que presentan una Andalucía tópica de ambientes acomodados y sin grandes conflictos, o la obra
de Pedro Muñoz Seca —La venganza de don Mendo—, creador del astracán, género basado en el
disparate y las equivocaciones.
El teatro de Jardiel Poncela comienza a desarrollarse en esta época y persistirá tras la guerra. Su
obra supone la renovación del género cómico al introducir elementos vanguardistas.
Estas tendencias de teatro comercial se mantienen hasta la llegada de la Guerra Civil y algunas de
ellas, como la comedia benaventina o el teatro derivado del astracán, renacerán después del conflicto.
4. Frente a este teatro comercial, existen intentos de renovación que se intensificarán a partir de los
años veinte. El teatro renovador anterior está constituido por una serie de tentativas aisladas de
autores próximos al 98 y a la generación del 14 —Los medios seres, de Gómez de la Serna, por
ejemplo—, que no alcanzan el éxito.
A partir de los años veinte se intensifica la tendencia renovadora en las obras de autores de
distintas generaciones. Por una parte, aparecen creaciones dramáticas innovadoras de miembros
consagrados del 98, como la trilogía Lo invisible de Azorín. Pero, sin duda, la figura más destacada
es la de Valle-Inclán, quien durante estos años crea el esperpento. Asimismo, escriben en esta
época autores vinculados a la generación del 14, como Jacinto Grau con El señor de Pigmalión.
Junto a ellos surgen las obras de la nueva Generación del 27. El autor más importante de este grupo
es Federico García Lorca. Además de la gran figura de Lorca, hay que señalar a otros dos grandes
autores: Alejandro Casona, autor de La sirena varada, y Max Aub, cuyas obras suponen la
presencia del vanguardismo y la experimentación en escena.
2. Ramón María del Valle-Inclán (1866-1936)
Figura modernista en sus inicios, para muchos es el dramaturgo más importante del siglo XX y uno de
los grandes renovadores del teatro contemporáneo. El teatro de Valle-Inclán suele dividirse en cinco
períodos:
1. Ciclo modernista. Obras como El marqués de Bradomín (1906) y El yermo de las almas (1908),
basadas en la estética y refinamiento decadente modernistas pertenecen a este período, casi como
una versión dramatizada de las Sonatas coetáneas.
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2 Tema III: El teatro a principios de siglo. Ramón María del Valle-Inclán y Federico García Lorca
2. Ciclo mítico. Partiendo de su Galicia natal, crea un mundo mítico e intemporal, a cuyos personajes
los mueven la irracionalidad, la violencia, la lujuria, la avaricia y la muerte. La trilogía de las
Comedias bárbaras —Águila de blasón (1907), Romance de lobos (1908) y Cara de plata
(1922)— y Divinas palabras (1920) pertenecen a este período.
3. Ciclo de la farsa. Se trata de un grupo de comedias recogidas en el volumen Tablado de
marionetas para educación de príncipes (1909-1920). Presentan un continuo contraste entre lo
sentimental y lo grotesco; sus personajes, marionetas de feria, anuncian la llegada del esperpento.
4. Ciclo esperpéntico. Está formado por Luces de bohemia (1920) y el volumen titulado Martes de
carnaval (1930), que contiene Los cuernos de don Friolera, Las galas del difunto y La hija del
capitán. El esperpento, más que un género literario, es una forma de ver el mundo, ya que
distorsiona la realidad para hallar la imagen auténtica que se oculta tras ella. Con este fin utiliza la
parodia (enalteciendo o degradando situaciones), humaniza los objetos y los animales y animaliza
o cosifica a los humanos. Presentados así, los personajes se deshumanizan y aparecen como
fantoches.
5. Ciclo final. En esta última etapa, lleva a su extremo las propuestas dramáticas anteriores: presencia
de lo irracional e instintivo, personajes deshumanizados, esquematizados y guiñolescos, y la
técnica distorsionante del esperpento. El Retablo de la avaricia, la lujuria y la muerte (1924) es el
logro de este ciclo, en el que se plantean las diferentes historias como cuadros autónomos de un
retablo que se relacionan temáticamente.
3. Federico García Lorca (1898-1936)
La vocación dramática del granadino fue temprana y orientada hacia el teatro poético-modernista. Sus
primeras obras —El maleficio de la mariposa, Los títeres de cachiporra— se escriben en torno a
1920. Bajo la apariencia de un teatro infantil, manifiestan ya un deseo de renovar la escena.
Su primer éxito lo consiguió con el drama histórico Mariana Pineda (1925), basado en la heroína
ajusticiada en Granada en 1831 por bordar una bandera liberal. Aún está escrito en verso, por
influencia de Marquina.
Tras el viaje a Nueva York, manifestó su intención de emprender una profunda renovación teatral en
España. Para ello contaba con el precedente de Valle-Inclán, cuyos esperpentos admiraba Lorca sin
reservas. Así, concibe piezas de corte experimental y surrealista, cuya radical innovación las ha
mantenido alejadas de la representación hasta el último cuarto del siglo XX; es el caso de Así que
pasen cinco años (1931) y El público. Sin embargo, lo verdaderamente perdurable de su producción
dramática se encuentra en sus tragedias rurales —Bodas de sangre (1933), Yerma (1934) y La casa de
Bernarda Alba (1936)—, escritas en los últimos años de su vida, que se caracterizan por los siguientes
rasgos:
Búsqueda del espectáculo total, en el que se combinan verso y prosa, elementos cultos y
folclóricos, música y plástica al servicio de la expresión de los sentimientos humanos.
Acercamiento a un receptor popular; intención que ya había manifestado con su tarea divulgativa
del teatro barroco como director del grupo teatral ambulante universitario La Barraca durante los
años de la República. Su propio teatro se impregnará de elementos populares.
Protagonistas femeninas impedidas o frustradas para la realización de sus sentimientos esenciales:
el amor (Bodas de sangre, La casa de Bernarda Alba) o la maternidad (Yerma).
Lenguaje sencillo, directo, pero dotado de incomparable aliento poético, que se manifiesta en
diálogos cuajados de imágenes, símbolos y metáforas de extraordinario lirismo.
En estas obras últimas, el autor muestra una honda preocupación social: la mujer es símbolo de
sometimiento o marginación; los pueblos o ciudades de provincias, el escenario del ambiente social
opresivo de las libertades; la muerte es el desenlace trágico y consecuente de la dialéctica
libertad/poder que simbolizan las frustraciones amorosas.
De todas las obras mayores, La casa de Bernarda Alba, acabada un mes antes de su muerte, es la que
mejor refleja las enormes posibilidades del teatro de Lorca. Subtitulada Drama de mujeres en los
pueblos de España, la obra expone el enfrentamiento entre el autoritarismo extremo de Bernarda y el
deseo de libertad de sus hijas, condenadas a forzado encierro para guardar luto tras la muerte del
padre. Su intensidad dramática, su lirismo, la hondura de los personajes y la riqueza de su lenguaje
simbólico nos obligan a lamentar, más si cabe, el asesinato de un dramaturgo todavía joven, pero a la
altura de los más grandes.