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CUENTOS

El documento presenta una colección de cuentos de terror para niños, cada uno con una narrativa intrigante y elementos sobrenaturales. Las historias incluyen personajes como el señor Salcedo, quien descubre su propia muerte, y Zacarías Franco, un fantasma que busca sus calzoncillos. A través de situaciones escalofriantes y giros inesperados, los relatos exploran temas de miedo y lo desconocido, adecuados para un público joven.

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CUENTOS

El documento presenta una colección de cuentos de terror para niños, cada uno con una narrativa intrigante y elementos sobrenaturales. Las historias incluyen personajes como el señor Salcedo, quien descubre su propia muerte, y Zacarías Franco, un fantasma que busca sus calzoncillos. A través de situaciones escalofriantes y giros inesperados, los relatos exploran temas de miedo y lo desconocido, adecuados para un público joven.

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CUENTOS

DE TERROR
PARA NIÑ@S

6TO. “C”
El señor Salcedo
Versión de Paola Artmann

En una tarde de lluvia desaforada, el señor Salcedo se detuvo al borde de una


solitaria carretera, sin memoria de cómo ni cuándo había llegado a este lugar.
Continuó caminando apresuradamente con la esperanza de encontrar resguardo,
pero solo se encontró con el vacío de una carretera que ahora parecía interminable.
Al cabo de unas horas, el señor Salcedo divisó a lo lejos las luces de un carro y
agitó sus brazos para llamar su atención. El carro se detuvo, sin embargo, cuando
el señor Salcedo se acercó a la ventana, la mujer que conducía dejó escapar un
grito aterrador y aceleró el carro.
Lo mismo sucedió con otros tres autos que detuvo en el camino.
— Algo muy extraño está pasando— se dijo el señor Salcedo.
En aquel momento recordó que llevaba consigo un teléfono celular y esculcó los
bolsillos de su abrigo mojado.
Llamó a un taxi, pero con solo mirarlo, el conductor, al igual que los demás, se alejó
rápidamente.
El señor Salcedo no podía entender lo que estaba pasando. Entonces llamó a su
casa. La voz que respondió la llamada era una voz desconocida.
— ¿Puedo hablar con la señora Salcedo? —preguntó.
— No, la señora Salcedo no se encuentra —respondió la voz.
El señor Salcedo comenzó a sentir pánico.
— ¿Acaso no se ha enterado? —añadió la voz—. El señor Salcedo fue victima de
un accidente en la carretera y ella se encuentra en su funeral.
El señor Salcedo cortó la llamada sin decir una palabra y acercó el celular a su rostro
como si fuera a tomarse una foto.
Lo que vió en la pantalla fue espeluznante, su rostro era una máscara de humo
negro y de su imagen ya no quedaba nada.
Los calzoncillos del fantasma
© Versión de Paola Artmann

Zacarías Franco era un hombre larguirucho, huesudo y de extrañas costumbres.


Todos los días se acostaba exactamente a las 8:57 de la noche, sólo tomaba leche
y, a pesar de no tener un pelo en la cabeza, se cepillaba la calva con un cepillo de
bambú que guardaba meticulosamente en un pañuelo de terciopelo. Sin embargo,
la mayor de sus excentricidades era la de siempre ponerse dos calzoncillos.
Un día cualquiera, por razones aún desconocidas, su corazón dejó de latir para
siempre. Su esposa, muy angustiada le peinó la calva con el cepillo de bambú, le
puso su traje más elegante, pero olvidó enterrarlo con sus dos calzoncillos.
Después del funeral, el fantasma de Zacarías Franco seguía volviendo a la casa.
Todas las noches, exactamente a las 8:57 entraba por la puerta principal.
Su esposa estaba tan asustada que se mudó de casa, pero el fantasma de Zacarías
Franco la encontró. Entonces, se mudó de nuevo y siguió mudándose. Según los
rumores, ella debió mudarse de casa 6 u 8 veces, pero sin importar a dónde llegara;
Zacarías seguía regresando.
Finalmente, la mujer reunió todas sus fuerzas y, una noche, cuando entró el
fantasma de su esposo por la puerta principal, le preguntó:
—¿Zacarías, por qué sigues volviendo? ¿Qué es lo que esperas de mí?
Zacarías la miró durante un buen tiempo y finalmente, dijo:
—Cariño, por favor necesito mi otro par de calzoncillos.
Fue así como la mujer le tiró el otro par de calzoncillos y, hasta el día de hoy, todos
comentan que nunca lo han vuelto a ver.
La estatua del payaso
© Versión de Paola Artmann

María Luisa llegó a la casa del doctor Reyes y su esposa a eso de las 7 de la noche.
Había sido contratada para cuidar los dos hijos de la pareja mientras ellos cenaban
en un lujoso restaurante de la ciudad.

El doctor Reyes abrió la puerta y le dejó saber que los niños se encontraban
dormidos. Igualmente, la señora Reyes le pidió permanecer en la sala de estar,
cerca de la habitación de los niños, en caso de que alguno de ellos se despertara.

La pareja se despidió y María Luisa se dirigió a la sala y se sentó a jugar en su


celular. Al cabo de un rato, se aburrió y llamó a los padres para saber si era posible
ver televisión:

—Por supuesto —respondió el doctor Reyes.

Sin embargo, María Luisa tenía una solicitud final; les preguntó si podía cubrir con
una manta la estatua del payaso que permanecía en una esquina de la sala, porque
cada vez que miraba la enorme estatua de ojos espeluznantes, tenía la sensación
de que la estatua se estaba moviendo lentamente.

Por unos cuantos segundos hubo un silencio incómodo. Con voz de terror, el doctor
Reyes dijo:

—¡Despierta a los niños y salgan inmediatamente de la casa! NO TENEMOS


NINGUNA ESTATUA DE UN PAYASO.
La casa a oscuras
© Versión de Paola Artmann

Lucas entró a su nueva casa después del colegio, descargó el morral y se dirigió a
la cocina. Allí se encontró con una joven.
—Hola, debes ser Lucas, me llamo María.
Entonces, María se dirigió a la nevera y le preguntó si deseaba algo de beber.
Lucas asintió con la cabeza y se sentó a la mesa con un libro ya que debía
presentar un informe para la clase de lectura. María se acercó a él extendiéndole
un vaso de agua:
—¿Qué lees? —preguntó.
—“La casa a oscuras”—respondió Lucas, sin interés de continuar la conversación
con la nueva empleada doméstica. Había algo en ella que lo hacía sentir muy
incómodo.
—También tuve que leer ese libro en el colegio—respondió María—, pero no me
agradan las historias de fantasmas. Espero que tú tampoco creas en ellos. Me
imagino que ya conoces todos los rumores acerca de esta casa.
—Sí, conozco los rumores de que esta casa está habitada por fantasmas. Pero a
diferencia de mi papá, a mí me tienen sin cuidado. No creo en lo sobrenatural —
contestó Lucas de manera tajante, haciendo aún más evidente su desinterés por
continuar la conversación y añadió—: Este lugar está hecho un desastre, ¿puedes
por favor guardar las cosas de los antiguos dueños y desempacar nuestras cajas?
Entonces, María se dirigió hacia la sala y comenzó a desempacar. Lucas continuó
leyendo, terminó el informe y se marchó a su habitación a tomar la siesta.
Entredormido, escuchó a María despedirse desde la puerta.
Acercándose la noche, el padre de Lucas llegó a casa después del trabajo. Ambos
comenzaron a conversar.
—Hijo, creo que nunca voy a acostumbrarme a este lugar. Los rumores de que
aquí habitan fantasmas me tienen muy preocupado —dijo el padre.
—¡Nada de eso! Papá, eres el único en esta casa que cree en esas cosas. Yo no
creo en fantasmas y hasta María, la nueva empleada doméstica, tampoco cree en
ellos.
El padre se llevó la mano a la boca y dijo consternado:
—Hijo, empaca tus cosas de inmediato, ¡debemos irnos!
—Pero ¿por qué papá? —preguntó Lucas sorprendido por la extraña reacción de
su padre.
—Porque no contraté a ninguna empleada doméstica.
El Holandés Errante
© Versión de Paola Artmann

Hace algo más de 500 años, existió un hombre devoto del mar llamado Hendrik
Van der Decken. A este hombre se le encomendó la tarea de comandar un buque
conocido como El Holandés Errante. Cuando el capitán y su tripulación se dirigían
a las Indias Orientales desde Ámsterdam, con el propósito de hacer fortuna, se
vieron atrapados en medio de un desmedido temporal, que dañó seriamente la
embarcación, haciendo añicos el timón y rasgando las velas.
A eso de la medianoche, cerca al cabo de Buena Esperanza, cuando parecía que
había llegado la calma; el canto del viento se convirtió en un grito furioso que
golpeó los mástiles y sacudió el buque con tal violencia que la tripulación comenzó
a gritarle al capitán:
—¡Debemos regresar, el buque ha recibido mucho daño y nuestras vidas peligran!
Pero el capitán Van der Decken era muy codicioso y no lo afectaba poner en
peligro su vida ni la de los demás, así que respondió de manera desafiante:
—¡El viaje continúa, aunque tenga que surcar los mares hasta el fin de los
tiempos!
Después de la inesperada respuesta, los mismos marineros se rebelaron contra él,
pero el capitán rayando la locura, amenazó con tirar por la borda a quien
contradijera sus palabras. Alarmados, los hombres se arrodillaron y comenzaron a
rezar; la embarcación estaba a punto de zozobrar.
De repente, el firmamento se partió en dos y surgió una luz divina que iluminó el
mar. De la luz descendió una figura celestial que se enfrentó al capitán, diciéndole:
—Tú que pones la ambición al sufrimiento ajeno, de ahora en adelante serás
condenado a recorrer el océano eternamente entre tormentas y tempestades.
Desde hoy, solo podrás comer hierro al rojo vivo y beber hiel. Acto seguido, la
figura celestial desapareció llevándose con ella toda la tripulación.
Y fue así como el capitán Hendrik Van der Decken y el buque conocido como El
Holandés Errante, fueron convertidos en fantasmas y condenados a vagar sin
rumbo por los mares, hasta el fin de los tiempos.
Lo que se tragó la tierra
© Versión de Paola Artmann

Don Melquíades era un anciano tacaño y de corazón endurecido. Aunque tenía tres
hijas que se desvivían por él y lo colmaban de atenciones, su única felicidad
provenía de contar las diez monedas de oro que había ahorrado. Así que, cuando
sintió que se acercaba el fin de sus días, se sentó en su silla mecedora y llamó a
sus hijas para hacerles prometer que lo enterrarían con sus preciadas monedas.
A los pocos días, el anciano falleció y las hijas cumplieron su última voluntad. Sin
embargo, al cabo de unos meses, las hijas descubrieron que el padre tenía muchas
deudas que no podían saldar con lo poco que ganaban trabajando.
—¿Qué haremos? —dijo Esmeralda, la hija mayor, a sus hermanas—. Nuestro
padre yace con oro y nosotros con sus deudas. Esta noche iré al cementerio y
desenterraré las monedas. Pagaremos las deudas y viviremos tranquilas.
La joven se dirigió al cementerio con pala en mano y regresó a casa con las
monedas. Las hermanas cenaron muy felices y se acostaron a dormir.
Pero al llegar la media noche, escucharon un golpe en la puerta y una voz del más
allá decir:
—Esmeralda, Esmeralda, a tu promesa le has dado la espalda.
Esmeralda miró por la ventana y vio a su padre, don Melquíades, a quien le faltaba
una oreja y tres dedos de la mano. Presa del miedo, la joven entreabrió la puerta y
tiró las monedas.
Pasaron unos pocos meses y las deudas continuaron apilándose, las hermanas
estaban desesperadas.
—Llevo lavando ropa y limpiando casas ajenas sin disfrutar un centavo de mi
trabajo, mientras que nuestro padre descansa con un tesoro en su ataúd. Esta
noche iré al cementerio y desenterraré las monedas —dijo Gema, la hermana del
medio.
La joven se dirigió al cementerio con pala en mano y regresó a casa con las
monedas. Las hermanas cenaron felices y se acostaron a dormir.
Pero al llegar la media noche, escucharon un golpe en la puerta y una voz espectral
decir:
—Gema, Gema, te quedas con lo que no es tuyo, ¿no le ves ningún problema?
Gema miró por la ventana y vio a su padre, don Melquíades, a quien le faltaban las
dos orejas, cuatro dedos de la mano derecha y el pie izquierdo. Horrorizada y
aturdida, la joven entreabrió la puerta y tiró las monedas.
Por muchos años, las pobres hermanas vivieron sumidas en deudas, trabajando de
sol a sol para saldarlas.
—Hermanas, es hora de cambiar nuestro destino. No podemos vivir para cubrir las
deudas de nuestro padre. Tengo un plan y necesito que me ayuden —dijo Rubí, la
hermana menor.
La joven se dirigió al cementerio con pala en mano, regresó a casa con las monedas
y las escondió en un cajón de la cocina. Nuevamente, las hermanas cenaron felices
y se acostaron a dormir.
Pero al llegar la media noche, escucharon un golpe en la puerta y una
fantasmagórica voz decir:
—Rubí, Rubí, entrégame lo que es mío o nunca me iré de aquí.
Poniendo en marcha su plan, Rubí se acercó a la ventana y vio a su padre, don
Melquíades, de quien ya solo quedaba el esqueleto. La joven abrió la puerta e invitó
a su padre a pasar, las otras dos hermanas temblaban de miedo.
—Papá, siéntate en tu silla mecedora y déjanos conocer el motivo de tu visita —dijo
Rubí con un tono casual.
—Estoy aquí por que me faltan mis monedas de oro —rugió don Melquíades con
una voz aterradora.
—Pero papá, también te faltan los ojos, la nariz, la boca y las orejas. ¿Qué crees
que pasó con ellos? —dijo Rubí.
—¡Se los tragó la tierra! —respondió don Melquíades.
—Noto que también te falta el tronco, los brazos y los pies. ¿Crees saber qué pasó
con ellos? —dijo Rubí, tratando de conservar la calma.
—¡Se los tragó la tierra! —respondió don Melquíades.
—Y lo mismo pasó con tus monedas. ¡Se las tragó la tierra! —exclamó Rubí.
Dichas estas palabras, don Melquíades saltó de la silla y desapareció para siempre.
Y por fin… sin la carga de las deudas, las hermanas vivieron muy felices.
El hombre con pata de gallo
© Versión de Paola Artmann

Pedro Pablo Pérez Páramo, trabajó de sol a sol hasta que a sus 87 años y medio
cerró los ojos para siempre. Su generosidad se hizo evidente cuando a su velorio
acudieron 2875 personas. Todos lloraban y sollozaban mientras recordaban los
actos de bondad del anciano difunto:
— Pedro Pablo Pérez Páramo me arregló el tejado sin cobrar un solo centavo —
dijo doña Melba con voz entrecortada.
— Pedro Pablo Pérez Páramo me visitó en el hospital cuando me sacaron las
amígdalas —dijo Silverio, el carnicero del pueblo.
— Pedro Pablo Pérez Páramo encontró a mi gato perdido —dijo Juanito, lanzando
un chillido tan agudo que fue escuchado en el pueblo vecino.
— Pedro Pablo Pérez Páramo me ayudó a conseguir trabajo y novia —dijo Filiberto,
el panadero, mientras se tocaba el corazón.
Que Pedro Pablo Pérez Páramo esto, que Pedro Pablo Pérez Páramo aquello.
Todos tenían una historia que compartir entre lágrimas y sollozos. Sin embargo, el
que más lloró de todos no musitó una palabra; solo se quedó en una esquina
contemplando el féretro.
Todos los acudientes se conocían entre sí, sin embargo, nadie conocía al hombre
que más lloraba.
El hombre tenía dos brazos y dos piernas y vestía ropa corriente, pero había algo
en él que hacía dudar de su naturaleza humana.
A la mañana siguiente, todos fueron a enterrar a Pedro Pablo Pérez Páramo. En
medio de la ceremonia, doña Melba, sin poder resistir su curiosidad, se acercó al
hombre desconocido y le preguntó:
— ¿Es usted pariente o amigo del difunto? Se nota que lo quiso y extraña
muchísimo.
— Ni pariente ni amigo soy. Es más, nunca lo conocí ni me conoció, pero él hizo
algo muy bueno por mí —respondió el hombre con una voz etérea.
Doña Melba se alejó muy confundida, pero no le quitó el ojo en lo que quedaba de
la ceremonia.
Entonces, el hombre se agachó para rascarse la pantorrilla. Doña Melba notó
claramente que él no tenía un pie sino la pata de un gallo.
Como era bien sabido, Don Pedro Pablo Pérez Páramo todas las noches prendía
una veladora por los seres más perdidos del mundo.
Y se cree que los seres más perdidos son los fantasmas y solo ellos deambulan
errantes por el mundo con una pata de gallo.
Los dientes
© Versión de Paola Artmann

Desde muy pequeño, Juan tenía la mala fortuna de ser sonámbulo. A menudo, su
madre lo encontraba merodeando a altas horas de la noche en frente de la casa,
su mirada perdida en la oscuridad. Sin embargo, esta noche era diferente: su
madre dormía profundamente y no lo escuchó salir de casa.
Juan caminó sin prisa, pero sin pausa, con cada paso se alejaba más de la
seguridad de su hogar.
Las calles se hacían cada vez más extrañas y el barrio en el que se encontraba no
le era familiar.
Juan estaba perdido.
Al doblar la esquina, Juan encontró a un hombre. Un enorme sombrero de copa
cubría su cabello gris y espeso. Su cara, blanca como la nieve contrastaba con la
vacía negrura de sus ojos.
—Señor, ¿sabe usted cómo se llama este lugar? —preguntó Juan.
—Yo qué sé —respondió el hombre con voz áspera y agrietada por falta de uso.
Entonces, el hombre encendió un cigarrillo y al acercarlo a su rostro, la tenue luz
dejó al descubierto la más horripilante visión: ¡los dientes del hombre eran tan
largos y afilados como los de una fiera!
Preso del pánico, Juan se echó a correr.
Mientras corría, se encontró con otro hombre. El hombre preguntó:
—¿Por qué vas tan deprisa?
—Vi a un hombre cuyos dientes eran tan largos como los de una fiera —respondió
Juan.
Inmediatamente, el hombre develó sus monstruosos dientes largos y afilados entre
una sonrisa escueta y preguntó:
— ¿Cuáles son más largos, esos o los míos?
Juan siguió corriendo.
De repente, llegó a una calle que le resultaba conocida. Dobló la esquina y
encontró su casa.
Juan se despertó gritando, empapado de un sudor frío. Entonces comprendió que
estaba en su propia cama y que todo había sido una pesadilla.
Su madre abrió la puerta y se acercó a él:
—¿Qué sucede? —preguntó.
—Soñé con hombres muy extraños, con dientes largos y afilados y yo no hacía
más que correr.
Su madre esbozó una sonrisa que se hacía más y más ancha, dejando entrever
unos dientes espantosos, largos y afilados como los de una fiera.
Pobre Juan, si estaba soñando, no podía despertar… y si era realidad, ya no tenía
cómo escapar.

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