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La Metamorfosis 0061

El documento describe la angustiosa transformación de Gregorio, quien se encuentra atrapado en su nueva forma y lucha por mantener su lugar en la familia. A medida que su situación se deteriora, la familia enfrenta dificultades económicas y emocionales, lo que provoca un cambio en sus dinámicas y en la percepción de Gregorio. A pesar de su sufrimiento, Gregorio anhela ser parte de la vida familiar, mientras que su familia lidia con la repugnancia y la resignación hacia su condición.
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La Metamorfosis 0061

El documento describe la angustiosa transformación de Gregorio, quien se encuentra atrapado en su nueva forma y lucha por mantener su lugar en la familia. A medida que su situación se deteriora, la familia enfrenta dificultades económicas y emocionales, lo que provoca un cambio en sus dinámicas y en la percepción de Gregorio. A pesar de su sufrimiento, Gregorio anhela ser parte de la vida familiar, mientras que su familia lidia con la repugnancia y la resignación hacia su condición.
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paseos en comun, un par de domingos al afio o en las festividades mas importantes, se abria paso hacia delante entre Gregorio y la madre, que ya de por sf andaban despacio, aun mas despacio que ellos, envuelto en su viejo abrigo, siempre apoyando con cuidado el baston, y que, cuando queria decir algo, casi siempre se quedaba parado y congregaba a_ sus acompafiantes a su alrededor? Pero ahora estaba muy derecho, vestido con un rigido uniforme azul con botones, como los que llevan los ordenanzas de los bancos; por encima del cuello alto y tieso de la chaqueta sobresalia su gran papada; por debajo de las pobladas cejas se abria paso la mirada, despierta y atenta, de unos ojos negros. El cabello blanco, en otro tiempo desgrefiado, estaba ahora ordenado en un peinado a raya brillante y exacto. Arrojo su gorra, en la que habia bordado un monograma dorado, probablemente el de un banco, sobre el canapé a través de la habitacién formando un arco, y se dirigid hacia Gregorio con el rostro enconado, las puntas de la larga chaqueta del uniforme echadas hacia atras, y las manos en los bolsillos del pantalén. Probablemente ni él mismo sabia lo que iba a hacer, sin embargo levantaba los pies a una altura desusada y Gregorio se asombr6 del tamafo enorme de las suelas de sus botas. Pero Gregorio no permanecia parado, ya sabia desde el primer dia de su nueva vida que el padre, con respecto a él, solo consideraba oportuna la mayor rigidez. Y asi corria delante del padre, se paraba si el padre se paraba, y se apresuraba a seguir hacia delante con sdlo que el padre se moviese. Asi recorrieron varias veces la habitacién sin que ocurriese nada decisivo y sin que ello hubiese tenido el aspecto de una persecucién, como consecuencia de la lentitud de su recorrido. Por eso Gregorio permanecié de momento sobre el suelo, especialmente porque temia que el padre considerase una especial maldad por su parte la huida a las paredes o al techo. Por otra parte, Gregorio tuvo que confesarse a si mismo que no soportaria por mucho tiempo estas carreras, porque mientras el padre daba un paso, él tenia que realizar un sinnumero de movimientos. Ya comenzaba a sentir ahogos, bien es verdad que tampoco anteriormente habia tenido unos pulmones dignos de confianza. Mientras se tambaleaba con la intencidn de reunir todas sus fuerzas para la carrera, apenas tenia los ojos abiertos; en su embotamiento no pensaba en otra posibilidad de salvacién que la de correr; y ya casi habia olvidado que las paredes estaban a su disposicién, bien es verdad que éstas estaban obstruidas por muelles llenos de esquinas y picos. En ese momento algo, lanzado sin fuerza, cayé junto a él, y echdé a rodar por delante de él. Era una manzana; inmediatamente siguid otra; Gregorio se quedd inmévil del susto; seguir corriendo era inutil, porque el padre habia decidido bombardearle. Con la fruta procedente del frutero que estaba sobre el aparador se habia llenado los bolsillos y lanzaba manzana tras manzana sin apuntar con exactitud, de momento. Estas pequefias manzanas rojas rodaban por el suelo como electrificadas y chocaban unas con otras. Una manzana lanzada sin fuerza roz6 la espalda de Gregorio, pero resbalé sin causarle dafios. Sin embargo, otra que la siguid inmediatamente, se incrust6 en la espalda de Gregorio; éste queria continuar arrastrandose, como si el increible y sorprendente dolor pudiese aliviarse al cambiar de sitio; pero estaba como clavado y se estiraba, totalmente desconcertado. Sdlo al mirar por ultima vez alcanzé6 a ver cémo la puerta de su habitacién se abria de par en par y por delante de la hermana, que chillaba, salia corriendo la madre en enaguas, puesto que la hermana la habia desnudado para proporcionarle aire mientras permanecia inconsciente; vio también cémo, a continuacién, la madre corria hacia el padre y, en el camino, perdia una tras otra sus enaguas desatadas, y cémo tropezando con ellas, caia sobre el padre, y abrazandole, unida estrechamente a él -ya empezaba a fallarle la vista a Gregorio-, le suplicaba, cruzando las manos por detras de su nuca, que perdonase la vida de Gregorio. La grave herida de Gregorio, cuyos dolores soport6é mas de un mes —la_ manzana permaneci6 empotrada en la carne como recuerdo visible, ya que nadie se atrevia a retirarla—, parecié recordar, incluso al padre, que Gregorio, a pesar de su triste y repugnante forma actual, era un miembro de la familia, a quien no podia tratarse como a un enemigo, sino frente al cual el deber familiar era aguantarse la repugnancia y resignarse, nada mas que resignarse. Y si Gregorio ahora, por culpa de su herida, probablemente habia perdido agilidad para siempre, y por lo pronto necesitaba para cruzar su habitacién como un viejo invalido largos minutos —no se podia ni pensar en arrastrarse por las alturas—, sin embargo, en compensaciéon por este empeoramiento de su estado, recibid, en su opinidn, una reparacién mas que suficiente: hacia el anochecer se abria la puerta del cuarto de estar, la cual solfa observar fijamente ya desde dos horas antes, de forma que, tumbado en la oscuridad de su habitaci6én, sin ser visto desde el comedor, podia ver a toda la familia en la mesa iluminada y podia escuchar sus conversaciones, en cierto modo con el consentimiento general, es decir, de una forma completamente distinta a como habia sido hasta ahora. Naturalmente, ya no se trataba de las animadas conversaciones de antafio, en las que Gregorio, desde la habitacién de su_ hotel, siempre habia pensado con cierta nostalgia cuando, cansado, tenia que meterse en la cama humeda. La mayoria de las veces transcurria el tiempo en silencio. El padre no tardaba en dormirse en la silla después de la cena, y la madre y la hermana se _ recomendaban mutuamente silencio; la madre, inclinada muy por debajo de la luz, cosia ropa fina para un comercio de moda; la hermana, que habia aceptado un trabajo como dependienta, estudiaba por la noche estenografia y francés, para conseguir, quiza mas tarde, un puesto mejor. A veces el padre se despertaba y, como si no supiera que habia dormido, decia a la madre: «jCuanto coses hoy también!», e inmediatamente volvia a dormirse mientras la madre y la hermana se sonrefan mutuamente. Por una especie de obstinacién, el padre se negaba a quitarse el uniforme mientras estaba en casa; y mientras la bata colgaba inutilmente de la percha, dormitaba el padre en su asiento, completamente vestido, como si siempre estuviese preparado para el servicio e incluso en casa esperase también la voz de su superior. Como consecuencia, el uniforme, que no era nuevo ya en un principio, empezé a ensuciarse a pesar del cuidado de la madre y de la hermana. Gregorio se pasaba con frecuencia tardes enteras mirando esta brillante ropa, completamente manchada, con sus botones dorados siempre limpios, con la que el anciano dormia muy incdmodo y, sin embargo, tranquilo. En cuanto el reloj daba las diez, la madre intentaba despertar al padre en voz baja y convencerle para que se fuese a la cama, porque éste no era un suefio auténtico y el padre tenia necesidad de él, porque tenia que empezar a trabajar a las seis de la mafana. Pero con la obstinacién que se habia apoderado de él desde que se habia convertido en ordenanza, insistia en quedarse mas tiempo a la mesa, a pesar de que, normalmente, se quedaba dormido y, ademas, sdlo con grandes esfuerzos podia convencérsele de que cambiase la silla por la cama. Ya podian la madre y la hermana insistir con pequefias amonestaciones, durante un cuarto de hora daba cabezadas lentamente, mantenia los ojos cerrados y no se levantaba. La madre le tiraba del brazo, diciéndole al oido palabras carifiosas, la hermana abandonaba su trabajo para ayudar a la madre, pero esto no tenia efecto sobre el padre. Se hundia mas profundamente en su silla. Sdlo cuando las mujeres lo cogian por debajo de los hombros, abria los ojos, miraba alternativamente a la madre y a la hermana, y solia decir: «jQué vida ésta! jEsta es la tranquilidad de mis Ultimos dias!», y apoyado sobre las dos mujeres se levantaba pesadamente, como si él mismo fuese su mas pesada carga, se dejaba llevar por ellas hasta la puerta, alli les hacia una sefal de que no las necesitaba, y continuaba solo, mientras que la madre y la hermana dejaban apresuradamente su costura y su pluma para correr tras el padre y continuar ayudandolo. éQuién en esta familia, agotada por el trabajo y rendida de cansancio, iba a tener mas tiempo del necesario para ocuparse de Gregorio? El presupuesto familiar se reducia cada vez mas, la criada acab6 por ser despedida. Una asistenta gigantesca y huesuda, con el pelo blanco y desgrefado, venia por la mafana y por la noche, y hacia el trabajo mas pesado; todo lo demas lo hacia la madre, ademas de su mucha costura. Ocurrié incluso el caso de que varias joyas de la familia, que la madre y la hermana habian lucido entusiasmadas en reuniones y fiestas, hubieron de ser vendidas, seguin se enter6é Gregorio por la noche por la conversacién acerca del precio conseguido. Pero el mayor motivo de queja era que no se podia dejar esta casa, que resultaba demasiado grande en las circunstancias presentes, ya que no sabian como se podia trasladar a Gregorio. Pero Gregorio comprendia que no era solo la consideracion hacia él lo que impedia un traslado, porque se le hubiera podido transportar facilmente en un cajon apropiado con un par de agujeros para el aire; lo que, en primer lugar, impedia a la familia un cambio de casa era, alin mas, la desesperacion total y la idea de que habian sido azotados por una desgracia como no habia igual en todo su circulo de parientes y amigos. Todo lo que el mundo exige de la gente pobre lo cumplian ellos hasta la saciedad: el padre iba a buscar el desayuno para el pequefio empleado de banco, la madre se sacrificaba por la ropa de gente extrafa, la hermana, a la orden de los clientes, corria de un lado para otro detras del mostrador, pero las fuerzas de la familia ya no daban para mas. La herida de la espalda comenzaba otra vez a dolerle a Gregorio como recién hecha cuando la madre y la hermana, después de haber Ilevado al padre a la cama, regresaban, dejaban a un lado el trabajo, se acercaban una a otra, sentandose muy juntas. Entonces la madre, sefalando hacia la habitaci6n de Gregorio, decia: «Cierra la puerta, Greta», y cuando Gregorio se encontraba de nuevo en la oscuridad, fuera las mujeres confundian sus lagrimas o simplemente miraban fijamente a la mesa sin llorar. Gregorio pasaba las noches y los dias casi sin dormir. A veces pensaba que la proxima vez que se abriese la puerta él se haria cargo de los asuntos de la familia como antes; en su mente aparecieron de nuevo, después de mucho tiempo, el jefe y el encargado; los dependientes y los aprendices; el mozo de los recados, tan corto de luces; dos, tres amigos de otros almacenes; una camarera de un hotel de provincias; un recuerdo amado y fugaz: una cajera de una tienda de sombreros a quien habia hecho la corte seriamente, pero con demasiada lentitud; todos ellos aparecian mezclados con gente extrafa o ya olvidada, pero en lugar de ayudarle a él y a su familia, todos ellos eran inaccesibles, y Gregorio se sentia aliviado cuando desaparecian. Pero después ya no estaba de humor para preocuparse por su familia, solamente sentia rabia por el mal cuidado de que era objeto y, a pesar de que no podia imaginarse algo que le hiciese sentir apetito, hacia planes sobre cémo podria llegar a la despensa para tomar de alli lo que quisiese, incluso aunque no tuviese hambre alguna. Sin pensar mas en qué es lo que podria gustar a Gregorio, la hermana, por la mafana y al mediodia, antes de marcharse a la tienda, empujaba apresuradamente con el pie cualquier comida en la habitacién de Gregorio, para después recogerla por la noche con el palo de la escoba, tanto si la comida habia sido probada como si —y éste era el caso mas frecuente— ni siquiera hubiera sido tocada. Recoger la habitacién, cosa que ahora hacia siempre por la noche, no podia hacerse mas deprisa. Franjas de suciedad se extendian por las paredes, por todas partes habia ovillos de polvo y suciedad. Al principio, cuando llegaba la hermana, Gregorio se colocaba en el rincdn mas significativamente sucio para, en cierto modo, hacerle reproches mediante esta posicién. Pero seguramente hubiese podido permanecer alli semanas enteras sin que la hermana hubiese mejorado su actitud por ello; ella veia la suciedad lo mismo que él, pero se habia decidido a dejarla alli. Al mismo tiempo, con una susceptibilidad completamente nueva en ella y que, en general, se habia apoderado de toda la familia, ponia especial atencién en el hecho de que se reservase solamente a ella el cuidado de la habitacién de Gregorio. En una ocasi6n la madre habia sometido la habitacién de Gregorio a una gran limpieza, que habia logrado solamente después de utilizar varios cubos de agua -la humedad, sin embargo, también molestaba a Gregorio, que yacia extendido, amargado e inmévil sobre el canapé-, pero el castigo de la madre no se hizo esperar, porque apenas habia notado la hermana por la tarde el cambio en la habitacién de Gregorio, cuando, herida en lo mas profundo de sus sentimientos, corrié al cuarto de estar y, a pesar de que la madre suplicaba con las manos levantadas, rompié en un mar de lagrimas, que los padres — el padre se desperté sobresaltado en su silla-, al principio, observaban asombrados y sin poder hacer nada, hasta que, también ellos, comenzaron a sentirse conmovidos. El padre, a su derecha, reprochaba a la madre que no hubiese dejado al cuidado de la hermana la limpieza de la habitacién de Gregorio; a su izquierda, decia a gritos a la hermana que nunca mas volveria a limpiar la habitacién de Gregorio. Mientras que la madre intentaba llevar al dormitorio al padre, que no podia mas de irritaci6n, la hermana, sacudida por los sollozos, golpeaba la mesa con sus pequefos pufos, y Gregorio silbaba de pura rabia porque a nadie se le ocurria cerrar la puerta para ahorrarle este espectaculo y este ruido. Pero incluso si la hermana, agotada por su trabajo, estaba ya harta de cuidar de Gregorio como antes, tampoco la madre tenia que sustituirla y no era necesario que Gregorio hubiese sido abandonado, porque para eso estaba la asistenta. Esa vieja viuda, que en su larga vida debia haber superado lo peor con ayuda de su fuerte constitucidn, no sentia repugnancia alguna por Gregorio. Sin sentir verdadera curiosidad, una vez habia abierto por casualidad la puerta de la habitacién de Gregorio y, al verle, se quedd parada, asombrada con los brazos cruzados, mientras éste, sorprendido y a pesar de que nadie le perseguia, comenzo a correr de un lado a otro. Desde entonces no perdia la oportunidad de abrir un poco la puerta por la mafana y por la tarde para echar un vistazo a la habitacion de Gregorio. Al principio le llamaba hacia ella con palabras que, probablemente, consideraba amables, como: «jVen aqui, viejo escarabajo pelotero!» o «jMiren al viejo escarabajo pelotero!» Gregorio no contestaba nada a tales llamadas, sino que permanecia inmdévil en su sitio, como si la puerta no hubiese sido abierta. jSi se le hubiese ordenado a esa asistenta que limpiase diariamente la habitacién en lugar de dejar que le molestase inutilmente a su antojo! Una vez, por la mafana temprano —una intensa lluvia golpeaba los cristales, quiza como signo de la primavera que ya se acercaba— cuando la asistenta empez6 otra vez con sus improperios, Gregorio se enfurecié tanto que se dio la vuelta hacia ella como para atacarla, pero de forma lenta y débil. Sin embargo, la asistenta, en vez de asustarse, alz6 simplemente una silla, que se encontraba cerca de la puerta, y, tal como permanecia alli, con la boca completamente abierta, estaba clara su intencién de cerrar la boca sdlo cuando la silla que tenia en la mano acabase en la espalda de Gregorio. -—jConque no seguimos adelante? — preguntd, al ver que Gregorio se daba de nuevo la vuelta, y volvid a colocar la_ silla ranquilamente en el rincon. Gregorio ya no comia casi nada. Sdlo si pasaba por casualidad al lado de la comida omaba un bocado para jugar con él en la boca, lo mantenia alli horas y horas y, la mayoria de jas veces acababa por escupirlo. Al principio pensd que lo que le impedia comer era la tristeza por el estado de su habitacién, pero precisamente con los cambios de la habitacién se reconcilid muy pronto. Se _ habian acostumbrado a meter en esta habitacién cosas que no podian colocar en otro sitio, y ahora habia muchas cosas de éstas, porque una de las habitaciones de la casa habia sido alquilada a tes huéspedes. Estos sefiores tan severos —los tes tenian barba, segun pudo comprobar Gregorio por una rendija de la puerta— ponian especial atencidn en el orden, no sdlo ya de su habitacién, sino de toda la casa, puesto que se habian instalado aqui, y especialmente en el orden de la cocina. No soportaban trastos inutiles ni mucho menos sucios. Ademas, habian traido una gran parte de sus propios muebles. Por ese motivo sobraban muchas cosas que no se podian vender ni tampoco se querian tirar. Todas estas cosas acababan en la habitacién de Gregorio. Lo mismo ocurrié con el cubo de la ceniza y el cubo de la basura de la cocina. La asistenta, que siempre tenia mucha prisa, arrojaba simplemente en la habitacion de Gregorio todo lo que, de momento, no servia; por suerte, Gregorio sdlo veia, la mayoria de las veces, el objeto correspondiente y la mano que lo sujetaba. La asistenta tenia, quiza, la intencidn de recoger de nuevo las cosas cuando hubiese tiempo y oportunidad, o quiza tirarlas todas de una vez, pero lo cierto es que todas se quedaban tiradas en el mismo lugar en que habian caido al arrojarlas, a no ser que Gregorio se moviese por entre los trastos y los pusiese en movimiento, al principio obligado a ello porque no habia sitio libre para arrastrarse, pero mas tarde con creciente satisfaccién, a pesar de que después de tales paseos acababa mortalmente agotado y triste, y durante horas permanecia inmovil. Como los huéspedes a veces tomaban la cena en el cuarto de estar, la puerta permanecia algunas noches cerrada, pero Gregorio renunciaba gustoso a abrirla, incluso algunas noches en las que habia estado abierta no se habia aprovechado de ello, sino que, sin que la familia lo notase, se habia tumbado en el rincon mas oscuro de la habitacién. Pero en una ocasién la asistenta habia dejado un poco abierta la puerta que daba al cuarto de estar y se quedo abierta incluso cuando los huéspedes llegaron y se dio la luz. Se sentaban a la mesa en los mismos sitios en que antes hab/an comido el padre, la madre y Gregorio, desdoblaban las servilletas y tomaban en la mano cuchillo y tenedor. Al momento aparecia por la puerta la madre con una fuente de carne, y poco después lo hacia la hermana con una fuente llena de patatas. La comida humeaba. Los huéspedes se inclinaban sobre las fuentes que habia ante ellos como si quisiesen examinarlas antes de comer, y, efectivamente, el sefior que estaba sentado en medio y que parecia ser el que mas autoridad tenia de los tres, cortaba un trozo de carne en la misma fuente con el fin de comprobar si estaba lo suficientemente tierna, o quiza tenia que ser devuelta a la cocina. La prueba le satisfacia, la madre y la hermana, que habian observado todo con impaciencia, comenzaban a_ sonreir respirando profundamente. La familia comia en la cocina. A pesar de ello, el padre, antes de entrar en ésta, entraba en la habitaci6n y con una sola reverencia y la gorra en la mano, daba una vuelta a la mesa. Los huéspedes se levantaban y murmuraban algo para el cuello de su camisa. Cuando ya estaban solos, comian casi en absoluto silencio. A Gregorio le parecia extrafo el hecho de que, de todos los variados ruidos de la comida, una y otra vez se escuchasen los dientes al masticar, como si con ello quisieran mostrarle a Gregorio que para comer se necesitan los dientes y que, aun con las mas hermosas mandibulas, sin dientes no se podia conseguir nada. —Pero si yo no tengo apetito -se decia Gregorio preocupado-, pero me apetecen estas cosas. jCdmo comen los huéspedes y yo me muero! Precisamente aquella noche —Gregorio no se acordaba de haberlo oido en todo el tiempo-— se escuché el violin. Los huéspedes ya habian terminado de cenar, el de en medio habia sacado un periddico, les habia dado una hoja a cada uno de los otros dos, y los tres fumaban y leian echados hacia atras. Cuando el violin comenzé a sonar escucharon con atencion, se levantaron y, de puntillas, fueron hacia la puerta del vestibulo, en la que permanecieron quietos de pie, apretados unos junto a otros. Desde la cocina se les debié oir, porque el padre grité: -gLes molesta a los sefiores la musica? Inmediatamente puede dejar de tocarse. —Al contrario —dijo el sefor de en medio-. éNo desearia la sefiorita entrar con nosotros y tocar aqui en la habitacidn, donde es mucho mas comodo y agradable? —Naturalmente -exclam6 el padre, como si el violinista fuese él mismo. Los sefiores regresaron a la habitacién y esperaron. Pronto llegé el padre con el atril, la madre con la partitura y la hermana con el violin. La hermana preparé con tranquilidad todo lo necesario para tocar. Los padres, que nunca antes habian alquilado habitaciones, y por ello exageraban la amabilidad con los huéspedes, no se atrevian a sentarse en sus propias sillas; el padre se apoyo en la puerta, con la mano derecha colocada entre dos botones de la librea abrochada; a la madre le fue ofrecida una silla por uno de los sefiores y, como la dejé en el lugar en el que, por casualidad, la habia colocado el sefior, permanecia sentada en un rincon apartado. La hermana empezo a tocar; el padre y la madre, cada uno desde su lugar, seguian con atenci6n los movimientos de sus manos; Gregorio, atraido por la musica, habia avanzado un poco hacia delante y ya tenia la cabeza en el cuarto de estar. Ya apenas se extrafaba de que en los Ultimos tiempos no tenia consideracién con los demas; antes estaba orgulloso de tener esa consideracién y, precisamente ahora, hubiese tenido mayor motivo para esconderse, porque, como consecuencia del polvo que reinaba en su habitaci6n, y que volaba por todas partes al menor movimiento, él mismo estaba también lleno de polvo. Sobre su espalda y sus costados arrastraba consigo por todas partes hilos, pelos, restos de comida... Su indiferencia hacia todo era demasiado grande como para tumbarse sobre su espalda y restregarse contra la alfombra, tal como hacia antes varias veces al dia. Y, a pesar de este estado, no sentia vergienza alguna de avanzar por el suelo impecable del comedor. Por otra parte, nadie le prestaba atencion. La familia estaba completamente absorta en la musica del violin; por el contrario, los huéspedes, que al principio, con las manos en los bolsillos, se habian colocado demasiado cerca detras del atril de la hermana, de forma que podrian haber leido la partitura, lo cual sin duda tenia que estorbar a la hermana, hablando a media voz, con las cabezas inclinadas, se retiraron pronto hacia la ventana, donde permanecieron observados por el padre con preocupaci6on. Realmente daba a todas luces la impresi6n de que habian sido decepcionados en su suposicién de escuchar una pieza bella o divertida al violin, de que estaban hartos de la funcién y sdlo permitian que se les molestase por amabilidad. Especialmente la forma en que echaban a lo alto el humo de los cigarrillos por la boca y por la nariz denotaba gran nerviosismo. Y, sin embargo, la hermana tocaba tan bien... Su rostro estaba inclinado hacia un lado, atenta y tristemente seguian sus ojos las notas del pentagrama. Gregorio avanz6 un poco mas y mantenia la cabeza pegada al suelo para, quiza, poder encontrar sus miradas. {Es que era ya una bestia a la que le emocionaba la musica? Le parecia como si se le mostrase el camino hacia el desconocido y anhelado alimento. Estaba decidido a acercarse hasta la hermana, tirarle de la falda y darle asi a entender que ella podia entrar con su violin en su habitacion porque nadie podia recompensar su musica como él queria hacerlo. No queria dejarla salir nunca de su habitaci6én, al menos mientras él viviese; su horrible forma le seria util por primera vez; queria estar a la vez en todas las puertas de su habitaci6n y tirarse a los que le atacasen; pero la hermana no debia quedarse con él por la fuerza, sino por su propia voluntad; deberia sentarse junto a él sobre el canapé, inclinar el oido hacia él, y él deseaba confiarle que habia tenido la firme intencidn de enviarla al conservatorio y que si la desgracia no se hubiese cruzado en su camino la Navidad pasada -probablemente la Navidad ya habia pasado— se lo hubiese dicho a todos sin preocuparse de réplica alguna. Después de esta confesi6n, la hermana estallaria en lagrimas de emocién y Gregorio se levantaria hasta su hombro y le daria un beso en el cuello, que, desde que iba a la tienda, llevaba siempre al aire sin cintas ni adornos. —jSefior Samsa! -grité el sefior de en medio al padre y sefiald, sin decir una palabra mas, con el indice hacia Gregorio, que avanzaba lentamente. El violin enmudecio. En un principio el huésped de en medio sonrié a sus amigos moviendo la cabeza y, a continuacion, mird hacia Gregorio. El padre, en lugar de echar a Gregorio, consider6é mas necesario, ante todo, tranquilizar a los huéspedes, a pesar de que ellos no estaban nerviosos en absoluto y Gregorio parecia distraerles mas que el violin. Se precipitd hacia ellos e intentd, con los brazos abiertos, empujarles a su habitacion y, al mismo tiempo, evitar con su cuerpo que pudiesen ver a Gregorio. Ciertamente se enfadaron un poco, no se sabia ya si por el comportamiento del padre, © porque ahora se empezaban a dar cuenta de que, sin saberlo, habian tenido un vecino como Gregorio. Exigian al padre explicaciones, levantaban los brazos, se tiraban intranquilos de la barba y, muy lentamente, retrocedian hacia su habitacion. Entre tanto, la hermana habia superado el desconcierto en que habia caido después de interrumpir su musica de una forma tan repentina, habia reaccionado de_ pronto, después de que durante unos momentos habia sostenido en las manos caidas con indolencia el

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