CAPÍTULO 9: “Mentiras en la Piel”
La lluvia caía como cuchillas sobre el asfalto cuando abrí la puerta del
departamento de Marco. El aroma familiar a incienso y café recién
hecho me recibió como un suspiro de otra vida, una vida que ahora
parecía tan lejana como una mentira bien contada.
Marco estaba ahí, de espaldas a mí, con una taza en la mano. Su
postura relajada contrastaba con la tormenta que rugía dentro de mi
pecho.
—Sabía que vendrías —dijo sin volverse.
No contesté. Cerré la puerta tras de mí y avancé lentamente. Cada
paso parecía más pesado que el anterior. En mi bolso, aún llevaba
escondido uno de los documentos que Giulio me había entregado.
Una copia. Una prueba. Una trampa.
Marco se giró, y su sonrisa me hizo daño. Era la misma de siempre:
sincera, confiada, como si el mundo no estuviera a punto de colapsar.
—¿Qué está pasando, Luna? —preguntó con una voz suave, como si
ya supiera la respuesta.
—Dime tú —le lancé, incapaz de contener el temblor en mi voz—.
¿Dónde estuviste hace tres noches? ¿Y la semana pasada? ¿Y el mes
anterior?
Marco dejó la taza en la mesa con un golpe seco.
—¿Eso te lo preguntó Alessandro?
—No necesitas que él me lo diga. Tengo las fotos. Las transferencias.
Las conversaciones. —Saqué el sobre y lo arrojé sobre la mesa—.
¿Estás vendiendo información, Marco?
El silencio que siguió fue peor que cualquier respuesta.
—No todo es como parece —susurró al fin.
—¡Entonces explícamelo! —grité—. ¡Haz que tenga sentido, porque
ahora mismo solo pareces un traidor que me está arrastrando al
infierno sin avisarme!
Marco caminó hacia mí y me sostuvo por los brazos. Sus ojos
brillaban, pero no de culpa… sino de rabia contenida.
—No estoy traicionando a nadie. Lo que hago, lo hago por ti.
—¿Por mí? ¿Aliarte con el enemigo de Alessandro es por mí?
—¡Alessandro no es lo que tú crees! —espetó, alzando la voz por
primera vez—. Él también está jugando un juego sucio. No soy el
único con secretos.
—¿Y mentirme te pareció la mejor forma de protegerme?
Marco bajó la mirada.
—No podía contártelo… porque entonces tú también estarías en
peligro.
Mis ojos se llenaron de lágrimas. Lo había amado, confiado en él,
defendido cuando todo apuntaba en su contra. Pero ahora… ahora
todo era una niebla espesa de medias verdades.
—¿Estás trabajando con Venetti? —pregunté con voz baja.
Marco no respondió.
Eso fue todo.
Me solté de sus brazos, retrocediendo como si el suelo se quebrara
bajo mis pies.
—Luna… —murmuró.
—No me sigas. —Le di la espalda, conteniendo el llanto con cada fibra
de mi cuerpo—. No sé en qué bando estás, Marco. Pero acabas de
perderme.
Salí sin mirar atrás. La lluvia empapó mi rostro en cuanto crucé la
puerta del edificio, borrando el rastro de las lágrimas que no quería
dejar caer. Caminé sin rumbo fijo, sintiendo que todo se desmoronaba
a mi alrededor.
Pero en lo profundo de mi pecho, algo aún latía. Una sospecha, un
presentimiento. Marco no mentía del todo… pero tampoco decía la
verdad.
Y Alessandro… él sabía más de lo que dejaba ver.
La guerra que se avecinaba no sería solo de poder o traición.
Sería una batalla por el alma de todos los que alguna vez creyeron en
el amor, en la lealtad… en la redención.
Las calles de la ciudad se convertían en una corriente turbia bajo la
lluvia. Caminaba sin dirección, sin rumbo ni consuelo. El peso del
sobre ya no estaba en mis manos, pero cada palabra, cada silencio,
cada mirada de Marco me ardía en la piel como fuego invisible.
¿Cómo se suponía que debía respirar con el corazón hecho trizas?
Me refugié bajo el toldo de una cafetería cerrada. Las luces apagadas
del local parecían comprender el estado en el que me encontraba:
apagada, vacía, rota. Saqué el celular con manos temblorosas. Una
parte de mí quería llamarlo. No a Marco. A él. A Alessandro.
¿Desde cuándo se había convertido en la persona a la que quería
acudir cuando el mundo se derrumbaba?
Pero antes de marcar, lo vi.
Un mensaje no leído.
“No confíes en nadie. Venetti está más cerca de lo que imaginas.”
—Desconocido.
Fruncí el ceño. El número no estaba registrado. No había más
mensajes. Solo esa advertencia, como un eco desde la oscuridad. Mi
dedo tembló sobre la pantalla. ¿Responder? ¿Ignorar?
Guardé el teléfono sin contestar. Ya había demasiadas sombras
acechando. Lo último que necesitaba era otra más.
Esa noche no volví a casa.
No podía enfrentarme al espacio que compartía con Marco, a sus
cosas, a su aroma todavía atrapado en las sábanas. En su lugar, fui al
único sitio donde sabía que podía encontrar algo de estabilidad: la
biblioteca oculta del club clandestino de Alessandro.
Allí, entre libros antiguos, documentos en clave y olor a cuero viejo,
me sentía segura. Como si ese lugar fuese una burbuja inmune a las
mentiras del exterior.
Alessandro estaba ahí, como si supiera que vendría. Sentado en su
butaca favorita, con un vaso de whisky en una mano y su mirada de
lobo en la penumbra.
—No esperaba que vinieras esta noche —dijo sin moverse.
—Mentira —susurré, sentándome frente a él—. Tú siempre sabes.
Se hizo un silencio espeso entre los dos. Finalmente, lo miré a los
ojos.
—¿Cuánto sabías de Marco?
Él se inclinó hacia adelante, dejando el vaso sobre la mesa.
—Todo lo necesario.
—Entonces me usaste.
—No. —Su respuesta fue rápida, cortante—. Te protegí. Aunque no lo
entiendas.
Me reí, amarga.
—Qué irónico. Dos hombres asegurando que me están protegiendo
mientras destruyen todo lo que soy.
Alessandro se levantó, cruzó la habitación y se detuvo frente a mí. Su
sombra me cubría como una promesa peligrosa.
—Marco hizo su elección. Pero tú aún puedes hacer la tuya.
—¿Y cuál es esa?
—Conocer la verdad. Toda. Aunque te queme.
Sus dedos rozaron los míos, apenas un segundo. Y aunque todo en mí
quería retirarse, no lo hice.
Porque en medio del caos, de las mentiras y de los juegos de poder,
solo me quedaba una certeza: si quería sobrevivir, tendría que
sumergirme por completo en la oscuridad que hasta ahora había
temido.
Y Alessandro… era la puerta a esa oscuridad.