Pablo
gr. «Paulos», lat. «Paulus», «pequeño»).
El apóstol de los gentiles.
(a) Origen y familia.
Su nombre judío era Saulo (heb. «Shã'ûl», gr. «Saulos»). A partir de
la conversión de Sergio Paulo, procónsul de Chipre, Saulo recibe en Hechos el
nombre de Pablo («Paulos»; cfr. Hch. 13:9). En sus epístolas, el apóstol siempre se
llama a sí mismo Pablo. Se ha venido a suponer, por parte de algunos, que eligió el
nombre de Pablo debido a la conversión del procónsul. Se trata de una afirmación
muy poco probable, y que no tiene en cuenta la manera en que Lucas introduce en los
Hechos el nombre romano del apóstol; de hecho, lo emplea a partir del instante en
que da comienzo entre los gentiles la obra de aquel a quien ellos conocían como
Pablo. Lo más plausible es que ya desde el principio Pablo habría tenido ambos
nombres. Éste era el caso con muchos otros judíos, especialmente entre los de la
Diáspora (Hch. 9:11; 21:39; 22:3). Era miembro de la tribu de Benjamín (Fil. 3:5).
No se conoce con certeza la razón de que su familia se estableciera en Tarso. Una
tradición muy antigua informa que salieron de Gischala, en Galilea, cuando los
romanos se apoderaron de esta ciudad. Hubiera podido ser posible que en tiempos
anteriores esta familia hubiera formado parte de una colonia que alguno de los
reyes sirios estableciera en Tarso (cfr. Ramsay, «St. Paul the Traveler», p. 31).
Es posible también que la familia emigrara voluntariamente, por necesidades de la
profesión de comercio, como era el caso con muchas otras familias judías. Los
parientes de Pablo parecen haber sido numerosos e influyentes. En Ro. 16:7, 11,
Pablo hace saludar a tres de sus parientes: dice de Andrónico y de Junias que son
muy estimados entre los apóstoles y que fueron antes que él en Cristo. En Hch.
23:16 se nos informa que el hijo de la hermana de Pablo (que parece que residía en
Jerusalén, posiblemente con su madre), denunció ante el tribuno el complot tramado
contra su tío. Este episodio permite suponer que el joven estaba emparentado con
alguna de las familias implicadas. Lo importante del papel de Pablo, a pesar de su
juventud, durante el martirio de Esteban, apoya esta suposición. Es indudable que
Pablo era ya miembro del sanedrín (Hch. 26:10), y el sumo sacerdote le encomendó la
misión de que persiguiera a los cristianos (Hch. 9:1, 2; 22:5). Las mismas palabras
del apóstol (Fil. 3:4-7) prueban que, siendo un personaje importante, y teniendo en
el comienzo mismo de su carrera la perspectiva de honores y fortuna, no pertenecía
precisamente a una familia oscura. Criado en la obediencia a la Ley y en la piedad
judía tradicional, por cuanto su padre era un fariseo estricto (Hch. 23:6), Pablo
poseía también, por nacimiento, la ciudadanía romana. No se sabe en virtud de qué
fue concedido este derecho a uno de sus ascendientes, si como recompensa por
servicios prestados al Estado, o como privilegio adquirido mediante el pago de una
gran suma de dinero. Es posible que ello dé explicación del nombre latino de Pablo.
En todo caso, su condición de ciudadano romano le fue de utilidad en su apostolado
y le salvó la vida en más de una ocasión.
(b) Formación moral e intelectual.
Tarso, una de las capitales intelectuales de la época, era un foco de
cultura griega. Estaba entonces de moda el estoicismo. Sin embargo, es muy poco
probable que Pablo acudiera a escuelas griegas; sus padres, austeros judíos, lo
enviaron de joven a estudiar en Jerusalén. Los jóvenes judíos aprendían una
profesión, y Saulo hizo el aprendizaje de fabricación de tiendas (Hch. 18:3). Dice
él (Hch. 22:3) que había sido criado en Jerusalén, a donde tuvo que llegar muy
joven. La educación recibida lo arraigó profundamente en las tradiciones del
fariseísmo. Fue instruido en el conocimiento preciso de la ley de sus padres (cfr.
Hch. 22:3). Su maestro fue uno de los más célebres rabinos de su época, Gamaliel.
Un discurso de Gamaliel (Hch. 5:34-39) convenció al sanedrín a no condenar a los
apóstoles a muerte. Aunque era fariseo, el gran rabino no rechazaba del todo la
cultura griega, y mostraba un espíritu tolerante. A sus pies, el joven Saulo no
estudió solamente el AT, sino también las sutilezas de las interpretaciones
rabínicas. Se lanzó ardorosamente dentro del seno del judaísmo, animado de un
excesivo celo por las tradiciones de sus padres (Gá. 1:14). Versado en la religión
y en la cultura judías, sumamente dotado, miembro de una familia distinguida, el
ferviente joven fariseo estaba preparado para grandes logros en el seno de su
pueblo.
(c) Saulo el perseguidor.
Los falsos testigos que lapidaron a Esteban encargaron al joven Saulo
que guardara sus ropas (Hch. 7:58). Si el papel de Saulo no tuvo un carácter
oficial, el relato implica, no obstante, que el joven participó en el deliberado
propósito de llevar a cabo aquella muerte (Hch. 8:1). Saulo fue seguramente uno de
los judíos helenistas mencionados en Hch. 6:9-14 como instigadores del martirio. Es
evidente que Pablo ya aborrecía entonces a los adeptos de aquella nueva secta,
menospreciando a su Mesías, y que los estimaba peligrosos tanto sobre el plano
político como sobre el religioso. Lleno de un fanatismo firme y acerbo, estaba
dispuesto a llevarlos a todos a la muerte. Acto seguido después de la muerte de
Esteban, Saulo organizó la persecución contra los cristianos (Hch. 8:3; 22:4;
26:10, 11; 1 Co. 15:9; Gá. 1:13; Fil. 3; 1 Ti. 1:13). Su conciencia ofuscada lo
llevó a actuar con el encarnizamiento de un inquisidor. No contento con actuar en
Jerusalén, pidió cartas del sumo sacerdote para las sinagogas de Damasco, a fin de
llevar presos a Jerusalén a los cristianos de origen judío ,a los que quería llevar
cargados de cadenas (Hch. 9:1, 2).Los judíos tenían una gran autonomía en sus
asuntos internos, con la autorización de los romanos. En Damasco, que estaba bajo
el control de Aretas, rey de los nabateos, el gobernador era particularmente
favorable hacia los judíos (Hch. 9:23, 24; 2 Co. 11:32); así, es totalmente
plausible la intervención de Pablo en esta ciudad. El testimonio formal de Lucas,
corroborado por el propio Pablo, revela que éste, hasta el mismo momento de su
conversión, aborrecía a los cristianos, y creía estar sirviendo a Dios al
perseguirlos.
(d) La repentina conversión de Saulo en el camino de Damasco (Hch. 9:1-
19).
El perseguidor y sus compañeros siguieron, probablemente a caballo,
el camino que iba de Galilea a Damasco, a través de regiones desérticas. Hacia el
mediodía llegarían a las bellas campiñas irrigadas que rodeaban Damasco; el sol
estaba en su cenit (Hch. 26:13). Repentinamente apareció en el cielo una luz
fulgurante, empalideciendo la del sol, y los viajeros cayendo al suelo (Hch.
26:14). Pablo se quedó postrado, al parecer, en tanto que sus compañeros se
levantaban (Hch. 9:7). Una voz saliendo del resplandor dijo en hebreo: «Saulo,
Saulo, ¿por qué me persigues? Dura cosa te es dar coces contra el aguijón» (Hch.
26:14). Saulo le dijo: «¿Quién eres, Señor? Y el Señor dijo: Yo soy Jesús, a quien
tú persigues» (Hch. 26:15). «Levántate y entra en la ciudad, y se te dirá lo que
debes hacer» (Hch. 9:6; 22:10). Los compañeros de Pablo oyeron algo (Hch. 9:7),
pero sólo él entendió lo que la voz decía (Hch. 22:9). La luz dejó ciego a Pablo.
Así, entró en Damasco conducido por la mano, y fue llevado a la casa de un cierto
Judas (Hch. 9:11), donde estuvo tres días sin ver, y sin comer ni beber. Estuvo
orando (Hch. 9:9, 11), tratando de comprender el significado de lo que le había
sucedido. Al tercer día, el Señor ordenó a Ananías, cristiano de origen judío, que
se dirigiera a Pablo y que le impusiera las manos para que recobrara la vista.
Ananías dudaba, porque temía al perseguidor. El Señor le dio seguridades,
revelándole que Pablo había sido advertido por una visión, y Ananías obedeció.
Saulo confesó su fe en el Señor Jesús, recobrando la vista y recibiendo el
bautismo. Con su energía característica, y para confusión de los judíos, se puso de
inmediato a proclamar en las sinagogas que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios
(Hch. 9:10-22).
En Hechos se dan tres relatos de esta conversión: el relato de Lucas
(Hch. 9:3-22); el de Pablo a los judíos (Hch. 22:1-16), y por último su testimonio
ante Festo y Agripa (Hch. 26:1-20). Los tres registros concuerdan entre sí, aunque
cada uno de ellos remarca unos detalles que no aparecen en los otros. El narrador
tiene en cada caso un propósito diferente. En las epístolas, Pablo hace frecuente
alusión a su conversión, que él atribuye a la gracia y al poder de Dios (1 Co. 9:1,
16; 15:8-10; Gá. 1:12-16; Ef. 3:1-8; Fil. 3:5-7; 1 Ti. 1:12-16; 2 Ti. 1:9-11). Así,
los testimonios más convincentes dan prueba de esta conversión. Así, es cierto que
no sólo se dignó Jesús dirigir la palabra a Saulo, sino que se le apareció (Hch.
9:17, 27; 22:14; 26:16; 1 Co. 9:1). La forma de Su aparición no nos ha sido
descrita, pero es evidente que fue gloriosa: el fariseo se dio cuenta de que el
Crucificado era el Hijo de Dios. Habla de la «visión celestial» (Hch. 26:19),
expresión esta que se menciona sólo en Lc. 1:22 y 24:23; y que describe una
manifestación angélica y sobrenatural. La pretensión de que Pablo fuera el juguete
de una ilusión es algo que carece de todo fundamento. Pero tampoco fue la sola
aparición de Cristo lo que provocó su conversión. Ésta se produjo evidentemente
gracias a la obra del Espíritu en el corazón de Saulo, hecho por ello capaz de
comprender y aceptar la verdad, que le había sido revelada (cfr. en particular Gá.
1:15 ss.). En fin, Dios se sirvió de Ananías para poner al nuevo convertido en
relación con la naciente iglesia. Las diversas teorías racionalistas que intentan
explicar la conversión de Saulo sin tener en cuenta la intervención personal y
sobrenatural de Cristo, esquivan el testimonio del apóstol. Él declara que, hasta
el momento mismo de su conversión, consideraba que era su deber perseguir a los
cristianos para ser leal al judaísmo. Él afirma que su conversión se debió al poder
y a la gracia soberana de Dios, que, sin saberlo el mismo Saulo, lo había preparado
para su tarea futura. Su condición de ciudadano romano, la educación rabínica que
había recibido, y sus dotes intelectuales, hacían de él un instrumento calificado.
Se cree, con razón, que Saulo, a pesar de su celo, no había hallado en el judaísmo
la paz que su alma necesitaba (Ro. 7:7-25). Lo repentino de su conversión debió
hacerle consciente de que la salvación se debe totalmente a la gracia de Dios
manifestada en Cristo. Su misma experiencia religiosa contribuyó a hacer de él el
gran intérprete del Evangelio, a proclamar que sólo por la fe personal en la obra
expiatoria de Cristo justifica Dios al pecador.
(e) Inicio de su vida cristiana.
Desde su conversión, Saulo empezó a anunciar el Evangelio. Su
carácter enérgico le llevaba a ello, así como la revelación de los propósitos de
Dios, que lo llamaba al apostolado (Hch. 9:15; 26:16-20; Gá. 1:15, 16). Predicó a
Cristo en las sinagogas de Damasco (Hch. 9:20-22). Los judíos de la ciudad,
apoyados por el gobernador, decidieron eliminar a Saulo (2 Co. 11:32). Los
discípulos le salvaron la vida bajándolo de noche por el muro dentro de una canasta
(Hch. 9:23-25; 2 Co. 11:33). En lugar de volver a Jerusalén, se dirigió a Arabia, y
volvió después a Damasco (Gá. 1:17). Se desconoce el lugar de Arabia en el que
estuvo Pablo, o el tiempo que se quedó, o lo que hiciera allí; lo probable es que
se diera a la meditación y a la oración en soledad. Tres años después de su
conversión fue de Damasco a Jerusalén para conocer a Pedro (cfr. Gá. 1:18). Estuvo
solamente quince días en Jerusalén, y no vio a ningún otro apóstol, excepto a
Jacobo, el hermano del Señor (Gá. 1:19). Lucas ofrece algunos detalles
suplementarios (Hch. 9:26-29). Los cristianos de Jerusalén tenían miedo de Pablo, y
no creían que se hubiera convertido en discípulo de Cristo. Pero Bernabé, con la
generosidad que le caracterizaba, presentó a Pablo a los apóstoles, y les relató su
conversión y los sufrimientos que había tenido que sufrir a causa de su cambio
radical. El antiguo perseguidor anunciaba enérgicamente el Evangelio y quería
convencer a los judíos helenistas, sus amigos de otros días (Hch. 9:26-29), que
intentaron darle muerte. Por esta razón, los discípulos enviaron a Pablo a Cesarea,
desde donde se dirigió a Tarso (Hch. 9:29, 30; Gá. 1:21). El Señor se le apareció
en el Templo, en Jerusalén, y le reveló que su apostolado iba a tener lugar entre
los paganos (Hch. 22:17-21). Hay exegetas que han pretendido que los pasajes de
Hechos que relatan esta visita a Jerusalén no concuerdan con los de la Epístola a
los Gálatas. Sin embargo, es fácil ver la armonía de ambos relatos. Es muy probable
que Saulo, queriendo trabajar de acuerdo con los doce, quiso visitar a Pedro, que
tenía un lugar prominente. La desconfianza de los cristianos de Jerusalén con
respecto al antiguo fariseo era bien natural; y el gesto de Bernabé, judío
helenista como Pablo, está muy de acuerdo con su actitud posterior. Por otra parte,
dos semanas transcurridas en Jerusalén fueron suficientes para el desarrollo de los
hechos relatados en Hechos. La orden de partir que le dio el Señor a Saulo confirma
la brevedad de esta visita (Hch. 22:18). El pasaje de Lucas, mencionando que
Bernabé «lo trajo a los apóstoles», no contradice en absoluto la afirmación de Gá.
1:18, 19, según la cual Saulo sólo vio a Pedro y a Santiago. Estas dos personas (el
segundo recibe asimismo el nombre de «columna» Gá. 2:9) representaban en esta
ocasión a todo el cuerpo apostólico. Éste es el significado de la afirmación de
Lucas en Hechos. En todo caso, Saulo y los dirigentes de la iglesia en Jerusalén
comprendieron entonces con claridad que Cristo destinaba al nuevo discípulo a ser
el apóstol de los gentiles. No parece que en este momento nadie se preocupara de la
actitud que tomarían los convertidos provenientes del paganismo hacia la Ley de
Moisés. Ni tampoco nadie podía suponer la importancia que tendría la misión de
Pablo, pero reconocieron el mandato que le había sido dado. Conscientes de que su
vida peligraba, los enviaron a Tarso (Hch. 9:30).
(f) Saulo en Tarso y en Antioquía de Siria.
Son escasos los datos acerca del comienzo de este período. Es probable
que la estancia de Saulo en Tarso durara de 6 a 7 años (véase el apartado
cronología al final de este artículo [PABLO (III)]). Es indudable que el nuevo
testigo llevó a cabo una obra misionera y que fundara las iglesias de Cilicia,
mencionadas de manera incidental en Hch. 15:41. En Tarso seguramente se encontró
frente a diversas corrientes intelectuales; ya se ha mencionado que la ciudad era
un foco de la filosofía estoica. El encuentro del apóstol con los epicúreos y los
estoicos en Atenas da evidencia de que conocía bien los sistemas de ambos (Hch.
17:18-19). Anunciando el evangelio en Tarso, es indudable que Pablo se atendría a
lo que el Señor le había mostrado acerca del carácter de su ministerio. Algunos
cristianos de origen judío-helenista, que habían sido ahuyentados de Jerusalén por
la persecución que siguió al martirio de Esteban, llegaron a Antioquía de Siria,
sobre el Orontes, al norte del Líbano. El gobernador romano de la provincia de
Siria vivía entonces en esta ciudad, que había sido anteriormente la capital del
reino de Siria. Antioquía contaba con más de medio millón de habitantes. Una de las
principales ciudades del imperio, y centro comercial con una población muy
mezclada, ejercía una poderosa influencia. Cerca de Palestina, y a las puertas del
Asia Menor, y manteniendo relaciones comerciales y políticas con todo el resto del
imperio, esta ciudad constituía una base desde donde la nueva fe, destinada a
separarse del judaísmo, debía partir hacia todo el mundo. Los cristianos refugiados
en Antioquía anunciaron el Evangelio «a los griegos» (Hch. 11:20). Hubo numerosas
conversiones. Y así es como nació, en la metrópolis de Siria, una iglesia de
cristianos salidos del paganismo. Cuando la iglesia en Jerusalén lo supo, enviaron
a Bernabé a Antioquía. Con una hermosa grandeza de visión, se dio cuenta de que el
Señor estaba otorgando Su bendición a la iglesia en Antioquía, aunque sus miembros
no estuvieran circuncidados. Después, discerniendo indudablemente que el propósito
de Dios era que Pablo fuera a Antioquía, fue a Tarso a buscar al antiguo
perseguidor, y lo llevó a la capital, donde trabajó un año con él (Hch. 11:21-26).
Es en Antioquía donde los discípulos recibieron por vez primera el nombre de
«cristianos», lo que demuestra el carácter no judío de esta comunidad. La aparición
de una comunidad compuesta de cristianos surgidos del paganismo marca una gran
etapa en la historia de la Iglesia. Éste sería el punto de partida de las misiones
de Pablo al mundo pagano.
Un profeta de Jerusalén, Agabo, predijo a la asamblea que habría un
período de hambre (Hch. 11:27, 28). Los hermanos de Antioquía decidieron ayudar a
los cristianos de Judea. Este testimonio de solidaridad demuestra que estos
gentiles se sentían obligados hacia los que les habían transmitido la nueva fe. Su
gesto revela asimismo que el Evangelio destruyó ya en su comienzo las barreras de
razas y de clases. Bernabé y Saulo llevaron a los ancianos de la iglesia en
Jerusalén los dones de los cristianos de Antioquía para los de Judea (Hch. 11:29,
30). Esta visita de Saulo a Jerusalén se sitúa probablemente alrededor del año 44
d.C., o algo después. La carta a los gálatas no la menciona, indudablemente porque
Pablo no se encontró entonces con ninguno de los apóstoles. Hay exegetas que han
tratado de identificar esta visita con la referida en Gá. 2:1-10, pero es evidente
que este pasaje de Gálatas se refiere a otro viaje, posterior a la discusión acerca
de la circuncisión de los gentiles. Y Lucas sitúa el inicio de esta controversia
(Hch. 15:1, 2) en una época posterior al año 44. Pablo, escribiendo a los gálatas,
sumariza las ocasiones en las que presentó su evangelio ante los apóstoles que
habían sido antes que él, y que lo aprobaron. Según Lucas (Hch. 11:30), Pablo sólo
se encontró en esta ocasión con los ancianos de la iglesia de Jerusalén, y se
limitó a entregarles los fondos. El argumento de Pablo en Gá. 2:1-10 no exige la
mención de una simple visita de caridad. Él y Bernabé se volvieron a Antioquía
junto con Juan, de sobrenombre Marcos (Hch. 12:25).
(g) Primer viaje misionero de Pablo.
El Espíritu Santo reveló a los profetas de la iglesia en Antioquía
que Pablo debía emprender un apostolado itinerante (Hch. 13:1-3); les ordenó
asimismo que pusieran aparte a Bernabé y a Pablo para la obra a la que Dios los
había llamado. Se desconoce la fecha precisa de este viaje, aunque es situado entre
los años 45 y 50 d.C.; es posible que tuviera lugar entre el 46 y el 48. Tampoco se
sabe cuánto tiempo duró. Bernabé, que era mayor, dirigía la misión, pero Pablo, más
elocuente, se destacó pronto; Juan Marcos los acompañaba. El pequeño grupo se
dirigió de Antioquía a Seleucia, en la desembocadura del Orontes. De allí se
embarcaron hacia Chipre, país de origen de Bernabé. Los tres misioneros
desembarcaron en Salamina, sobre la costa oriental de Chipre, y empezaron a
predicar el Evangelio en las sinagogas. Así atravesaron toda la isla, llegando al
puerto de Pafos, en el suroeste. Sergio Paulo, el procónsul romano, residía en esta
ciudad; interesándose en conocer el Evangelio, intentó oponerse a ello un falso
profeta judío, Bar-jesús, que tenía por sobrenombre Elimas (el mago), que gozaba
del favor del procónsul. La vehemencia de su oposición a la Palabra de Dios indignó
a Pablo, que apostrofó al mago, anunciándole que el Señor lo heriría de ceguera.
Testigo de esta intervención divina, y atento a las enseñanzas de los misioneros,
abrazó de corazón la fe cristiana (Hch. 13:6-12).
El grupo, dirigido ahora por Pablo (cfr. Hch. 13:13), se embarcó
hacia Asia Menor, llegando a Perge, en Panfilia. Allí es donde Juan-Marcos rehusó
proseguir el viaje, volviéndose a Jerusalén. Se desconocen sus motivos. No parece
que Pablo y Bernabé se quedaran en Perge; dirigiéndose al norte, entraron en
Frigia, llegando a Antioquía de Pisidia, capital de la provincia romana de Galacia.
Los misioneros acudieron a la sinagoga, donde los principales les invitaron a
hablar. Entonces Pablo pronunció el gran discurso registrado en Hch. 13:16-41.
Después de afirmar que Dios había conducido a Israel y que lo había preparado para
recibir al Mesías, Pablo recordó el testimonio dado por Juan el Bautista y el
rechazamiento de Jesús por parte de las autoridades judías. Dijo el apóstol que
Dios había resucitado a Jesús, en quien se cumplían todas las antiguas promesas
hechas a Israel, añadiendo que sólo la fe en Jesús justifica al pecador; exhortó a
continuación a los judíos a que no asumieran la misma actitud que los príncipes
homicidas de Jerusalén. Este discurso suscitó la hostilidad de los notables judíos,
pero convenció a muchos de los israelitas piadosos, y especialmente a muchos de los
gentiles que habían sentido la influencia del judaísmo. Estos prosélitos
permitieron que Pablo hallara en todas partes el nexo entre la sinagoga y el mundo
gentil. El sábado siguiente, los misioneros, injuriados, rompieron el contacto con
la sinagoga, y se dirigieron directamente a los gentiles.
El Evangelio se expandió por todo el país, pero las autoridades de
Antioquía de Pisidia, alertadas por los judíos, expulsaron a Pablo y Bernabé (Hch.
13:50). Se dirigieron entonces a Iconio, ciudad frígica, donde hubo numerosas
conversiones de judíos y gentiles (Hch. 13:51-14:1). Los judíos, que mantenían una
postura de hostilidad, sublevaron a una parte de la ciudad contra los misioneros,
que partieron hacia Listra, y después a Derbe, ciudades importantes de Licaonia
(Hch. 14:2-6). En Listra, Pablo curó milagrosamente a un hombre paralítico de
nacimiento. La multitud, que creía que se trataba de los dioses Júpiter y Mercurio,
les querían ofrecer sacrificios. Bernabé y Pablo se opusieron a ello, y Pablo
pronunció su discurso contra la idolatría, resumido en los versículos 15-18. Éste
es el segundo de los discursos de Pablo que nos refiere Lucas. La conversión de
Timoteo se produjo indudablemente en Listra (cfr. Hch. 16:1; 2 Ti. 1:2; 3:11). Los
judíos de Antioquía y de Iconio amotinaron entonces al populacho. Pablo fue
lapidado, sacado de la ciudad, y dejado por muerto (Hch. 14:19). Sin embargo, Dios
lo reanimó, y se dirigió con Bernabé a Derbe, posiblemente sobre el limite
suroriental de la provincia de Galacia (Hch. 14:20).
Al llegar a Cilicia por las montañas, los misioneros hubieran podido
dirigirse a Tarso y llegar directamente a Antioquía de Siria, después de haber
hecho un itinerario circular. Pero deseaban confirmar las nuevas iglesias antes de
volver a Antioquía de Siria. Así, volvieron de Derbe a Listra, a Iconio, a
Antioquía de Pisidia, y a Perge, consolidando las iglesias y confirmando los ánimos
de los discípulos. Se detuvieron en Perge para predicar, lo que probablemente no
habían hecho en su anterior viaje. A continuación descendieron a Atalía, puerto de
Perge, y allí embarcaron rumbo a Antioquía de Siria (Hch. 14:21-26). Así finalizó
el primer viaje misionero de Pablo, en el que había recorrido los centros
inmediatamente al oeste de aquellos en los que el Evangelio estaba ya implantado.
El método del apóstol era el de presentar el Evangelio en primer lugar a los
judíos, y después a los paganos. Descubrió que el judaísmo había influenciado ya a
un gran número de gentiles, y que habían quedado preparados para aceptar el mensaje
de Cristo. En este método se daba también la fundación de iglesias en las
principales ciudades, a las que era fácil el acceso gracias a las excelentes
carreteras que el imperio romano había hecho construir para unir entre sí las
diversas guarniciones militares. La lengua griega estaba esparcida por todas
partes. Es así que Dios había abierto el camino al heraldo del Evangelio.
(h) El conflicto con los cristianos judaizantes: conferencia de Jerusalén.
El éxito de la obra de Pablo entre los gentiles provocó entonces un
conflicto en el seno de la Iglesia. Ciertos cristianos de origen judío, todavía
aferrados a la Ley de Moisés, fueron de Jerusalén a Antioquía con el fin de
anunciar a los convertidos salidos de la gentilidad que la salvación dependía de la
circuncisión (Hch. 15:1). Algunos años atrás, Dios se había servido de Pedro para
revelar a la Iglesia que no tenían que obligar a los discípulos de origen gentil a
observar la Ley mosaica (Hch. 10:1-11:18). Pero los cristianos judaizantes, en su
mayor parte fariseos convertidos (Hch. 15:5), no siguieron las instrucciones de
Pedro. Cuando la iglesia de Antioquía vio lo que éstos enseñaban, envió a Pablo,
Bernabé y a otros hermanos a Jerusalén, a fin de que sometieran la cuestión a los
apóstoles y ancianos (Hch. 15; Gá. 2:1-10; estos dos relatos concuerdan totalmente,
a pesar de la diferencia de perspectiva entre ambos redactores).
Pablo dice que se puso en marcha después de una revelación directa de
Dios (Gá. 2:2). Estaba en juego el porvenir del testimonio cristiano. Triunfaron la
fidelidad a la doctrina cristiana y el amor. Pablo y Bernabé expusieron ante la
iglesia de Jerusalén la obra que Dios había llevado a cabo por medio de ellos. Los
cristianos judaizantes respondieron insistiendo en la necesidad de la circuncisión
y de la Ley de Moisés, lo que obligó a los apóstoles y ancianos a reunirse para
estudiar el problema (Hch. 16:6-29). Pedro les recordó que Dios había revelado Su
voluntad a este respecto cuando Cornelio había sido convertido, y que los mismos
judíos no habían podido llevar el yugo de la Ley. Pablo y Bernabé mostraron
asimismo cómo Dios había bendecido su obra entre los gentiles. Santiago, el hermano
del Señor, declaró que los profetas del AT habían preanunciado que los gentiles
serían llamados. Se resolvió reconocer como hermanos a los convertidos
incircuncisos, liberándolos de la Ley, pero demandándoles sin embargo que
respetaran unas prohibiciones necesarias por su universalidad (de la idolatría, de
sangre y de comer animales ahogados, prohibiciones éstas impuestas a Noé y su
descendencia, cfr. Gn. 9:3, 4; y de fornicación). Estas prohibiciones no eran
ninguna concesión a los escrúpulos judíos, como algunos expositores han alegado. No
tendrían ningún sentido como mera concesión después de haber negado la necesidad de
la circuncisión, de importancia capital para ellos. La base sobre la que se dan
estas prohibiciones a los cristianos surgidos de la gentilidad es la de la voluntad
expresa de Dios a «nivel universal», tratándose de «cosas necesarias» (Hch. 15:28,
29).
En la Epístola a los Gálatas, Pablo afirma que la iglesia en
Jerusalén le prestó su apoyo contra los «falsos hermanos», y que Jacobo, Pedro y
Juan le dieron la mano de comunión, reconociendo que Dios, que les había dado a
ellos el apostolado entre los judíos, había comisionado a Pablo y a Bernabé para
que evangelizaran a los gentiles. Así, Pablo quedó en comunión con los apóstoles, y
también en libertad para cumplir su misión. Los judaizantes mostraron entonces su
encarnizamiento, manifestando más tarde hostilidad e incluso odio contra Pablo,
cuya opinión había prevalecido. Los argumentos del antiguo fariseo habían
salvaguardado la unidad de la Iglesia y la libertad de los convertidos
incircuncisos. La decisión emitida daba la exacta relación de los cristianos de
origen gentil con la Ley, que era su libertad de ella, poniéndolos sin embargo en
guardia contra unas prácticas que afectaban a la relación de toda la descendencia
de Noé con el Dios único soberano de este mundo, salvaguardando Sus derechos sobre
Sí mismo (no adoración a falsos dioses), sobre la Creación (permiso a Noé y a su
descendencia para comer la carne de los animales, pero no su sangre), y sobre el
hombre mismo (el cuerpo no es para la fornicación, sino para el Señor).
Sin embargo, la controversia se volvió a desencadenar poco después en
Antioquía (Gá. 2:11-21). Pedro, que había llegado a la capital de Siria,
participaba al igual que Pablo en las comidas de los creyentes incircuncisos.
Después de la llegada de ciertos judíos de Jerusalén, Pedro, e incluso Bernabé,
dejaron de comer con los gentiles convertidos. Pablo reprendió públicamente a
Pedro, y reafirmó los principios doctrinales sobre los que reposaban los derechos
de los gentiles en la Iglesia: la salvación sólo se obtiene por la fe en Cristo,
por cuanto el cristiano, crucificado con Cristo, está muerto a la Ley de Moisés. Al
morir, Cristo ha cumplido por Su pueblo todas las obligaciones legales. Es
suficiente poner la fe en Cristo para venir a ser cristiano; no hay ninguna otra
condición a cumplir. Pablo sabía que no se trataba sólo de preservar la unidad de
la Iglesia, sino de mantener la base fundamental del Evangelio. Al defender el
principio de la salvación por la fe y al dar a conocer por todas partes la Buena
Nueva, Pablo contribuyó más que nadie a imprimir el carácter universal del
testimonio cristiano. El concilio de Jerusalén tuvo lugar probablemente alrededor
del año 48 o 49 d.C. (Véase Cronología al final de este artículo).
(i) Segundo viaje misionero.
Poco después del concilio de Jerusalén, Pablo propuso a Bernabé que lo
acompañara en su segundo viaje (Hch. 15:36). Pero, al rehusar Pablo a Juan Marcos
como acompañante, Bernabé decidió no acompañar al apóstol, que se llevó consigo a
Silas (véase SILAS). Los misioneros visitaron al principio las iglesias en Siria y
Cilicia, y después cruzaron los desfiladeros del Taurus con el fin de visitar las
comunidades que Pablo había fundado durante su primer viaje. Llegaron a Derbe,
dirigiéndose a continuación a Listra, donde el apóstol circuncidó a Timoteo, para
evitar escandalizar a los judíos, porque Timoteo, a quien quería llevar de
acompañante, era hijo de padre griego. Pablo hizo así muestra de sus deseos de
conciliación, aunque no cedió ni un ápice en la cuestión de principio. Timoteo era
de ascendencia judía por parte de madre, por lo que no era lo mismo que si hubiera
sido un creyente de origen totalmente gentil. De Listra fueron, según parece, a
Iconio y Antioquía de Pisidia.
La continuación de su viaje ha suscitado controversias entre los
comentaristas, y ha dado lugar a dos interpretaciones:
(A) Ramsay y otros exegetas creen que las iglesias del
primer viaje son las «iglesias de Galacia», a las que más tarde se dirigió la
Epístola a los Gálatas (véanse GALACIA, GÁLATAS [EPÍSTOLA A LOS]). Estos
comentaristas sostienen que Pablo fue directamente a Antioquía de Pisidia, al
norte, y que atravesó la provincia romana de Asia, pero sin predicar, porque «les
fue prohibido por el Espíritu Santo predicar la palabra en Asia» (Hch. 16:6).
Habiendo llegado a Misia (Hch. 16:7), los misioneros intentaron entrar en Bitinia,
pero de nuevo se vieron impedidos. Dejando entonces Misia a un lado, se dirigieron
al oeste, atravesando o pasando junto a Misia, para llegar a Troas.
(B) La interpretación más aceptada es que, de Antioquía de
Pisidia, los viajeros se dirigieron a la Galacia propia. Pablo cayó enfermo, pero
aprovechó esta detención en Galacia para anunciar el Evangelio y fundar las
iglesias de Galacia (Gá. 4:13-15). La orden de no predicar en la provincia de Asia
determinó este itinerario de Antioquía de Pisidia hacia el noreste. Cuando Pablo
hubo acabado de predicar en la Galacia propiamente dicha, intentó entrar en
Bitinia, pero el Espíritu Santo se opuso nuevamente a sus intenciones. El apóstol
se dirigió entonces hacia el oeste (la segunda interpretación se une aquí con la
primera) atravesando Misia o rodeándola para llegar a Troas. Lucas habla muy poco
de este período. El Espíritu Santo estaba dirigiendo a los misioneros hacia Europa,
y el relato de Lucas es tan precipitado como el ímpetu con el que se movían.
En Troas, Pablo tuvo la visión de un varón macedonio suplicando que
los ayudara (Hch. 16:9). En respuesta a este llamamiento, los misioneros, a los que
se unió Lucas, emprendieron la travesía hacia Europa, desembarcando en Neápolis, y
dirigiéndose acto seguido hacia la importante ciudad de Filipos. Allí Pablo fundó
una iglesia (Hch. 16:11-40), y esta iglesia sería especial objeto de su afecto
(Fil. 1:4-7; 4:1, 15). Fue también en esta ciudad que fue entregado por primera vez
a los magistrados romanos y que constató cómo su ciudadanía romana podía ser de
utilidad para ayudarle en su obra (Hch. 16:20-24, 37-39). Dejando a Lucas en
Filipos, Pablo se dirigió a Tesalónica junto con Silas y Timoteo. El breve relato
de Hch. 17:1-9 acerca de la iglesia en Tesalónica se completa mediante los datos
que se dan en las epístolas a los Tesalonicenses. En esta ciudad el apóstol ganó
para Cristo a muchos griegos, poniendo con mucho cuidado las bases de la iglesia,
dando ejemplo de trabajo y de frugalidad, fabricando tiendas para no ser una carga
para nadie (1 Ts. 2, etc.). Pero los judíos de Tesalónica desencadenaron una
persecución contra Pablo. Los hermanos lo hicieron partir entonces con Silas hacia
Berea, donde la predicación suscitó numerosas conversiones, incluso entre los
judíos. De allí, Pablo se dirigió a Atenas. Esta ciudad frustró sus esfuerzos. Hch.
17:22-31 da el resumen del discurso que pronunció ante los filósofos, sobre la
colina de Marte (Areópago). Pablo expuso las verdades comunes al estoicismo y el
Evangelio, proclamando fielmente ante un auditorio sumamente crítico que ellos
debían volverse al Dios verdadero, arrepintiéndose y creyendo en Cristo, con vistas
al juicio que había de venir, y a la resurrección.
Acto seguido partió para Corinto, quedándose allí dieciocho meses, y
ganando a numerosas almas para la fe. Allí conoció a Aquila y a Priscila,
hospedándose en la casa de ellos (Hch. 18:1-3). La predicación de Pablo provocó la
ira de los judíos; dejó entonces de frecuentar la sinagoga y desde aquel momento
anunció el Evangelio en casa de uno llamado Justo, cuya casa estaba junto a la
sinagoga (Hch. 18:5-7). En Hch. 18:8, 10 y 1 Co. 2:1-5 se hace alusión a los
sufrimientos morales de Pablo en Corinto, en su resolución de anunciar en Grecia,
como en todos los otros lugares, el Evangelio del Crucificado; 1ª Corintios revela
su éxito, así como también las tentaciones de los cristianos de Corinto, objeto de
la solicitud del apóstol. La situación en las otras iglesias también le provocaba
inquietudes. Es en Corinto que redactó las dos epístolas a los Tesalonicenses, con
instrucciones prácticas, y poniéndolos en guardia contra ciertos errores
doctrinales. La hostilidad de los judíos no cesaba. Hicieron comparecer a Pablo
ante Galión, nuevo procónsul de Corinto. El descubrimiento, en 1905, de la «Piedra
de Delfos» permite situar el proconsulado de Galión entre mayo del año 51 y el 52,
lo que permite así establecer la fecha de la estancia de Pablo en Corinto. Galión
declaró que la misma sinagoga debía resolver estas diferencias, por cuanto el
apóstol no había violado ninguna ley romana. Así, en aquella época Roma protegía a
los cristianos al identificarlos con judíos. Pablo pudo quedarse en Corinto sin ser
molestado. De todas las misiones de Pablo, la de Corinto fue una de las más
fructíferas. Acto seguido pasó a Éfeso; no se quedó allí, aunque prometió su
vuelta, y se embarcó rumbo a Cesarea, desde donde sin duda fue a Jerusalén (Hch.
18:22) para saludar a la iglesia, volviendo de allí a Antioquía de Siria, el punto
de partida de este segundo viaje (Hch. 18:22), en el curso del cual había llevado
el cristianismo a Europa, al evangelizar Macedonia y Acaya. El Evangelio había dado
un gran paso para introducirse de lleno en el Imperio Romano.
(j) Tercer viaje misionero.
Después de una corta estancia en Antioquía, Pablo emprendió su tercer
viaje, probablemente en el año 53 d.C. Recorrió «la región de Galacia y de Frigia,
confirmando a todos los discípulos» (Hch. 18:23), llegando después a Éfeso. El
Espíritu Santo le permitiría ahora a Pablo predicar la Palabra en la provincia de
Asia, en tanto que le había sido prohibido durante su segundo viaje. El apóstol
hizo de Éfeso, capital de Asia Menor, su base de operaciones a lo largo de tres
años (Hch. 19:8, 9; 20:31). Enseñó durante tres meses en la sinagoga (Hch. 19:8), y
después, durante dos años, en una escuela o sala de conferencias de uno llamado
Tiranno (Hch. 19:9).
Características de su apostolado en Éfeso:
Extensión y profundidad de su enseñanza (Hch. 20:18-31);
milagros extraordinarios (Hch. 19:11, 12);
un triunfo tan grande que todos los habitantes de la región
oyeron la Palabra del Señor (Hch. 19:10);
actitud amistosa de algunos de los principales funcionarios de
la provincia de Asia para con Pablo (Hch. 19:31).
Oposición constante e incluso encarnizada (Hch. 19:23-40; 1
Co. 4:9-13; 15:32);
cuidado del apóstol hacia todas las iglesias (2 Co. 11:28).
Son numerosos los episodios de la vida de Pablo durante este período
que no figuran en Hechos. Sabiendo que había judaizantes que atacaban su doctrina y
que la desacreditaban en Galacia, Pablo escribió su Epístola a los Gálatas, en la
que defiende su apostolado. Ésta es la primera epístola en la que se define y
expone la doctrina de la gracia. La iglesia de Corinto escribió a Pablo para pedir
su definición acerca de importantes cuestiones. Informes posteriores revelaron
otros desórdenes en la iglesia de Corinto, a la que el apóstol envió entonces la
epístola que recibe el nombre de Primera Epístola a los Corintios. Los cristianos
de Corinto recibieron, mediante este escrito, instrucciones prácticas y decisiones
disciplinarias que evidencian la sabiduría de Pablo. Sin embargo, los elementos
sediciosos prosiguieron su labor de zapa. Son numerosos los exegetas que piensan
que el padre espiritual de esta joven iglesia les hizo una breve visita para
restablecer el orden, después de haber enviado 1 Corintios (cfr. 2 Co. 12:14;
13:1). Antes de abandonar Éfeso, el apóstol envió a Tito a Corinto. Tito debía
después de ello reunirse con Pablo en Troas (2 Co. 2:12), lo que no sucedió.
Inquieto, el apóstol se dirigió a Macedonia (Hch. 20:1), donde volvió a encontrarse
con Timoteo y Erasto, que había enviado antes allí (Hch. 19:22). Por fin llegó Tito
(2 Co. 2:12-14; 7: 5-16), con la noticia de que los corintios estaban cumpliendo
fielmente las instrucciones de Pablo. Entonces les escribió 2 Corintios, que es la
epístola en la que se hallan más detalles autobiográficos de Pablo. Allí se
regocija de la obediencia de los corintios, les recomienda la colecta para los
santos en Jerusalén, e insiste en la defensa de su apostolado. De Macedonia, Pablo
se dirigió a Corinto, pasando allí el invierno del año 56 al 57, acabando de
disciplinar y de organizar a la iglesia de esta ciudad. Es entonces que escribió su
exposición más completa de la doctrina de la salvación, la Epístola a los Romanos.
El apóstol deseaba vivamente ejercer su ministerio en Roma (Hch. 19:21; Ro. 1:11-
15; 15:23-28), pero no podía ir enseguida porque debía llevar a Roma los dones de
los gentiles convertidos. Los introductores del Evangelio en Roma habían sido
especialmente amigos y discípulos de Pablo (cfr. Ro. 16). Mediante su Epístola a
los Romanos, Pablo los instruyó plenamente en la doctrina que él proclamaba.
La siguiente etapa iba a conducirlo por última vez a Jerusalén. Sus
compañeros representaban a diversas iglesias de gentiles convertidos (Hch. 20:4).
Los judíos estaban ferozmente opuestos a la evangelización de los gentiles. En
cuanto a los cristianos surgidos del judaísmo, ellos mismos desconfiaban de Pablo y
de su obra. Ésta es una de las razones de que el apóstol pidiera a las iglesias de
la gentilidad que probaran su lealtad mediante el envío de una generosa ofrenda a
los cristianos pobres de Judea. Pablo y sus amigos dejaron Corinto con el fin de
llevar estos dones a Jerusalén. Enterándose de que los judíos le querían tender una
celada (Hch. 20:3), renunciaron a embarcarse e ir directamente a Siria. Dieron un
rodeo por Macedonia (Hch. 20:3). Pablo se quedó en Filipos mientras sus compañeros
se dirigían a Troas. Lucas se reunió con él en Filipos (Hch. 20:5). Después de la
Pascua, Pablo y Lucas se embarcaron en Neápolis, un puerto de Filipos, para volver
a encontrar a sus amigos en Troas, donde pasaron siete días (Hch. 20:6). Allí había
una iglesia. Lucas refiere los acontecimientos que tuvieron lugar inmediatamente
antes de la partida del apóstol (Hch. 20:7-12). Pablo fue de Troas a Asón por
tierra, lo que era una distancia de unos 32 Km. En Asón se encontró con sus
compañeros de viaje, que lo habían precedido por vía marítima (Hch. 20:13). Su nave
llegó a continuación a Mitilene, en la costa oriental de la isla de Lesbos, pasando
luego hacia el sur entre la isla de Quios y la costa de Asia Menor, tocó al día
siguiente la isla de Samos, y llegó a Mileto al cabo de otros días (Hch. 20:14,
15). Ciertos mss. indican que el grupo hizo «escala en Trogilio» después de haber
salido de Samos. Mileto estaba a 58 Km. al suroeste de Éfeso. Pablo, que se
apresuraba a ir a Jerusalén, no había querido ir a Éfeso, pero envió a buscar a los
ancianos de aquella iglesia. Acudieron ellos a Mileto, donde el apóstol les dirigió
sus últimas exhortaciones, que nos revelan la profundidad de su consagración, de su
amor hacia los convertidos, y de su conocimiento profético (Hch. 20:18-35).
Abandonando Mileto, la nave se dirigió hacia la isla de Cos (Hch. 21:1), a 64 Km.
al sur. Al día siguiente llegó a Rodas, capital de la isla de este nombre, a unos
80 Km. al sureste de Cos. De Rodas la nave tocó Patara, sobre la costa de Licia
(Hch. 21:1), donde el grupo misionero efectuó un cambio de naves, emprendiendo
viaje hacia Fenicia (Siria) (Hch. 21:2). Pasaron a la vista de Chipre, que dejaron
a mano izquierda, y arribaron a Tiro (Hch. 21:3). El apóstol y sus amigos se
quedaron allí por siete días; los cristianos de Tiro suplicaron a Pablo en vano que
no fuera a Jerusalén (Hch. 21:4). Después de haber orado con ellos (Hch. 21:5, 6),
el apóstol y sus compañeros subieron a una nave que iba a Ptolemais (la actual
Akko, San Juan Acre en tiempos de los cruzados). Se quedaron allí un día con los
hermanos en esta localidad, y después llegaron a Cesarea por la carretera (Hch.
21:7, 8). Se quedaron en casa de Felipe el evangelista. Agabo, el profeta que había
predicho una época de hambre durante la primera estancia del apóstol Pablo en
Antioquía de Siria (Hch. 11:28), se ató los pies y las manos, y anunció que los
judíos atarían de aquella manera a Pablo y lo entregarían a los gentiles. A pesar
de estas advertencias y de las lágrimas de la comunidad, Pablo, y algunos de sus
discípulos, subieron a Jerusalén (Hch. 21:11-14). Así acabó el tercer viaje
misionero.