EZANGA!
Por cinco días y cinco noches nos asedia, nos persigue incansable un cazador invisible,
un depredador que parece acechar desde un flanco distinto cada vez, todos los indicios llevan la
marca del tigre gigante de los dientes de sable, arbustos tronchados y aplastados contra el suelo,
la ausencia repentina del antílope azul, el impala y el kudú que antes se dejaban ver a distancia
sin aprensión; pero sobre todo el silencio, el mutismo felino que se impone a gran distancia a la
redonda de un devora-hombres que espera al momento en que el hambre y el aburrimiento de un
juego que no da para más haga rugir su entrañas y se abalance a saciar el apetito más legendario
de la sabana.
Tumbado bajo la sombra circular de la aplanada copa de una acacia, yo tiemblo. Desde
hace días estoy siendo arrastrado por el suelo sobre una manta de cuero desgastada y repleta de
agujeros, incapaz de incorporarme, convulso, febril, cubierto en sudor, hostigado por delirios y
pesadillas, incapaz de dormir, una carga para mis congéneres que avanzan a través de incontables
bosques, secarrales y malezas, mirando constantemente sobre sus hombros, poseídos hasta el
tuétano por el miedo a la bestia merodeadora, miedo que bulle y que sube hasta sus ojos y que
brota de ellos y hace a sus miradas dar latigazos en todas direcciones a todas horas del día, un
terror sin descanso y una sombra de sospecha que veo en sus párpados entrecerrados al mirarme,
la sospecha evidente de que cargar mi cuerpo inútil les hace vulnerables, les hace lentos y les
deja exhaustos para el momento inexorable del enfrentamiento, de una inminente lucha breve y
salvaje de la que sólo cabía dudar una cosa, y era quiénes caerían en las garras y quiénes
lograrían huir por ventura o capricho de los dioses; una lucha perdida de antemano en la que
puntas de sílex y garrotes no servirían para nada.
A veces está el pálpito de que le hemos dado esquinazo, quizá solo una impresión, un
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brevísimo autoengaño de la mente colectiva para aliviar cerebros y recopilar fuerzas,
evidentemente ahí sigue el cazador, nos tiene en su punto de mira detrás de aquel promontorio o
entre ese parche de espigas, no deja de clavar sus pupilas verticales en nuestra espalda ni un
momento, regodeándose. Cuando esos momentos de autoengaño coinciden con una bajada en mi
fiebre y recobro algo de lucidez y mi conciencia consigue abrirse paso entre nieblas y
espejismos, veo que invariablemente están peleándose por mi, mis congéneres. Es una discusión
constante, al parecer uno de ellos, uno de los dos que tiran de las cuerdas para arrastrarme (los
demás se niegan a hacerlo) está empeñado en llevarme con ellos y la verdad, por mucho que lo
pienso cuando puedo pensar, no logro entender por qué. Otro miembro del grupo, uno más
achatado pero también más fornido, le empuja provocativamente y profiere gritos y gruñidos
guturales demostrando su rotunda reprobación. Se enzarzan, caen al suelo y se levanta una nube
de polvo y se propinan golpes y yo, viendo todo aquello según agonizo, no logro sentir nada, ni
culpa ni vergüenza ni odio por mi mismo por el hecho de ser yo el motivo del conflicto que
sacude al grupo. Al final de cada pelea, invariablemente, el que se opone a seguir cargando con
medio muerto contagioso se rinde por esta vez, una vez más, y antes de retirarse a lamerse la
heridas escupe en mi dirección una de sus miradas de odio; el criterio de mi defensor se ha
impuesto una vez más, quizá la última, las mujeres gritan meneando la lengua, escupen, me
lanzan piedras. Una de ellas golpea en mi sien y una telaraña de sangre se extiende ante mi
cubriéndolo todo antes de desvanecerme, y por eso sí me siento agradecido.
Al despertar noto la pasta entre las piernas, me vine del vientre todo negro y con sangre,
me ocurre ya varias veces al día y cuando no, estoy vomitando agua y un líquido amarillo y
amargo como amarguísimas son algunas raíces que usamos al preparar carnes que han perdido el
sabor a carne y de las que solo hay que echar un pellizco, pues bien, parece que hubiese
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masticado y tragado tubérculos descompuestos de esas raíces que se han mezclado con coágulos
de plasma desangrados de mis entrañas y mis respiraderas y ahora saliese todo regurgitado por
arriba y por abajo, no entiendo cómo no me vacío, me escuece y me queman esfínter y garganta,
algo me taja las carnes desde dentro con sus garras y me emponzoña con sus gases, sí, yo comí
carne del brazo de un gorila que encontré muerto en una expedición solitaria, estaba podrido así
que allí lo dejé, y sí, creo que desde ahí fue que saltó el espíritu invisible del vampiro de la
sabana, el gemo que viaja de huésped en huésped por entre todas las criaturas salvajes desde
tiempos inmemoriales con ansias de sajarnos la piel desde dentro y escupir sus ácidos en nuestras
vísceras inflamadas y palpitantes de infección. El gorila estaba muerto, sí, no podía hacerme
nada el gorila, pero en mis labios se posó el beso del fantasma que habita en la sangre y la saliva
del gran simio y en el guano de los murciélagos de cabeza de martillo desde hace millones de
años, el fantasma nacido en la noche del tiempo y bombeado por corazones de todos los tamaños,
el viento que trae la peste y la muerte; ahora para mis semejantes yo soy Ezanga, el nombre del
espíritu maligno con apariencia humana que inflige enfermedad a los hombres. ¡Yo, Ezanga!
Momentos de descanso junto a la hoguera. Veo a mis congéneres mirarme con
suspicacia, por los rabillos de veinte ojos, tan solo dos pares de ellos me observan con
conmiseración y, ahora ya sí, un principio de duda. Uno de ellos se aparta del fuego y guardando
las distancias me ofrece agua en un cuenco de madera que no quiere que le devuelva, ojalá
pudiese agradecérselo de algún modo, de mi boca solo salen gruñidos, quisiese que los hombres
tuviésemos algo parecido a un lenguaje para poder decirnos las cosas más importantes como ten
cuidado, gracias, te debo una. Las mujeres son las que se sientan más lejos de mi, no quieren que
el gemo salte desde el efluvio de mi sudor hasta las fosas nasales de sus vástagos, que aun tan
jóvenes ya se parecen a las bestias que son sus adultos, de rostros anchos y toscos, mentones
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prominentes, craneo aplanado y breve frente, todos ya cubiertos con una pelusa de vello, son la
viva imagen de la repulsión en ambas direcciones. El pinchazo muscular en todo el cuerpo que
me producen su odio y el mío me obliga a intentar disipar la atención y orientarla hacia la
naturaleza y su belleza nocturna y su caos perenne, me fijo en las hierbas que crecen en la tierra,
los troncos oscuros y desecados de los árboles, las escasas pero descomunales polillas que
revolotean atraídas por el brillo del fuego y que pugnan por entrar en tus cálidas orejas o dormir
bajo tus párpados, los murciélagos que cuelgan sobre nuestras cabezas como bolsas negras
descansando en su camino entre alguna cueva y alguna arboleda alfombrada de fruta madura y
caída y pudriéndose dulcemente en el cálido suelo de esta tierra hermosa e impía.
Vuelven los ruidos, al dientes de sable no le disuade el pequeño dios del fuego en
absoluto, se desata el pánico entre los humanos, hay sonidos que se aproximan, el follaje se agita
en la noche, las hojas suspiran y crujen como huesecitos, hay que salir corriendo de nuevo, se
monta un revuelo como de pájaros espantados, hay que retomar la huida. El que llamo mi
defensor agarra un extremo del cuero que tengo debajo e intenta arrastrarme pero se rasga la piel
en sus manos y se queda sin dónde aferrar, no quiere acercarse demasiado a mi y en su última
mirada descifro un mensaje que dice lo siento, he de abandonarte, y girándose se pierde en la
oscuridad de la noche con el resto del grupo. Mi sien palpita, vuelvo a vomitar sangre. Al cabo
de unos minutos, los ruidos cesan. Me quedo solo flotando en la oscuridad y el silencio de mi
aflicción.
Pasan las horas, agonizo, me voy del vientre casi sin cesar ni un momento, huele a
excremento y al metal dulce de la sangre, al pasarme la mano por mi cuerpo la piel que toca se
quema y la piel tocada se congela. Algunas cavidades, las axilas, las ingles, están empapadas de
sudor; otras, la boca, los ojos, están secos e irritados, como heridas profundas disecadas. Por el
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tiempo pasa lo que podría ser la mitad de una noche o acaso una vida entera. Veo visiones,
elefantes en piltrafas putrefactas, nubes de veneno que bajan hasta la tierra en madrugada. Justo
cuando creo que voy a morir bajo esta luz de luna cáustica y corrosiva, el hombre que me
abandonó resurge de entre las sombras con otra manta de cuero, la tiende a mi lado, me hace
rodar de una patada sobre ella, me envuelve con la piel y trabajosamente me arrastra hasta una
gruta en un collado próximo, mira en todas direcciones como quien hace algo clandestino,
secreto, los otros deben de haber acampado e intentado dormir al cerciorarse de que la bestia no
les seguía, evidentemente este hombre no quiere que el resto sepa que ha venido a ayudarme, me
ofrece un poco de comida y más agua, me susurra ezanga, ezanga, como si ese nombre no le
diera miedo, y me resucita suavemente con su mantra, cuidándose de no tocarme ni acercarse a
mis emanaciones. Parece somnoliento y al mismo tiempo excitadísimo, muy alterado, si los
demás se enteran de lo que está haciendo acaso intenten acabar con él. Y es que el espíritu pasa
de un hombre a otro por el aire que respiran y puede adueñarse alma a alma de todo el grupo y
no dejar más que los despojos de un par de decenas de cadáveres; en realidad, entiendo su
reticencia. Este hombre debe de estar loco o sentir morbosos placeres tentando a la muerte, y no
cualquier muerte.
Oímos sonidos en la distancia, sonidos que salen de bocas humanas. Nos miramos y
nuestros ojos dicen no es un dientes de sable, son hombres, nos ha estado asediando y
persiguiendo un grupo de hombres. Yo jamás he visto a dueños de otras voces que no fuesen
miembros de mi grupo. Pero estos hombres emiten sonidos musicales con los labios y las lenguas
y los techos de sus bocas, sonidos que se dirigen los unos a los otros, y oímos el choque enfático
entre sus armas, largos palos de madera a cuyo extremo hay montadas puntas parecidas a
nuestras medialunas de sílex; son audaces, cómo es que a nosotros no se nos ocurrió hacer eso
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antes. Son muy negros y tienen ojos de leche. De dónde han sacado los colores que trepan por
sus larguísimos cuerpos hasta cubrir sus rostros. Mi amigo y yo temblamos bajo sus miradas
penetrantes que parecen estar observando dos presas de caza que han caído en la trampa, pero
sus ojos se abren muchísimo cuando empiezo a toser de nuevo, esa tos que parece arrancar del
mismísimo fondo de un pozo, esa tos intercalada por arranques de un hipo compulsivo que me
impide respirar entre expectoraciones. En efecto, los negros han mirado cara a cara al ezanga,
tres de ellos se postran de una rodilla ante el demonio y bajan la cabeza en humillación mientras
el resto, al menos una decena, se distribuye y montan una guardia en semicírculo alrededor de la
gruta, quedando en posición de firmes con sus armas en alto. Yo me desmayo al instante
siguiente.
Al alba, mis párpados se abren al fulgor aterciopelado de un nuevo día sin raspar contra
los ojos como han hecho durante días, no duelen los brazos, no duelen las piernas, por primera
vez no tiemblo. Estoy curado, el gemo abandonó mi cuerpo, mi hermano me ha salvado. Tengo
tiempo para ver cómo aquellos hombres negros y alargados levantan la guardia y se disponen a
dar la vuelta en su camino, es evidente que abandonan su persecución, vuelven por donde
vinieron. No quieren saber nada de nosotros.
El hombre y yo nos miramos.
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