Universidad Nacional Autónoma de México
Facultad de Contaduría y Administración
Nombre: Merino Mena Eduardo Daniel
Fecha: 27 de noviembre de 2024
Ensayo: Ética de la liberación y del bien común en la
discriminación y marginación en México
Asignatura: Ética en las Organizaciones
INTRODUCCIÓN
Es increíble que en pleno año 2024, situándonos en el siglo XXl, sigan existiendo
casos de marginación y discriminación a gran escala en todo el mundo.
Centrándonos en México exclusivamente, según la Encuesta Nacional sobre
Discriminación del año 2017, el 30% de las personas ha sido marginado por su
forma de vestir, arreglo personal o por usar tatuajes; además, el 29.1% ha sido
discriminado por su peso o estatura, y el 28.7% por sus creencias religiosas. (UNAM
Global, 2023). No es complicado darnos cuenta del alto grado de marginación y
discriminación que existe en el país, tan solo debemos voltear a ver nuestro círculo
social, ¿quién no ha sido discriminado al menos una sola vez en su vida?
Es irónico, puesto que a pesar de la existencia de instancias como el Consejo
Nacional para Prevenir la Discriminación (CONAPRED) y el Consejo para Prevenir
y Eliminar la Discriminación de la Ciudad de México (COPRED), no se ha logrado
erradicar ni por lo menos controlar estos comportamientos alarmantes en nuestra
sociedad. La gravedad de estos casos ha dado pie a que varias ramas del
conocimiento hagan un análisis exhaustivo sobre esto, demostrando que es un tema
digno de investigar, cuestionarse y reflexionarse para poder comprender cómo
ocurren estos fenómenos, además de explorar sus causas profundas, sus
implicaciones éticas y cómo se podrían transformar.
El filósofo argentino-mexicano Enrique Dussel dedicó gran parte de su vida a
explicar desde un punto de vista neutro, las condiciones de opresión, exclusión y
desigualdad que afectan a los grupos marginados en la sociedad. Dussel desarrolló
una rama de la Ética para responder a las realidades de injusticia estructural y social
que predominan en América Latina y otras regiones, inspirándose en corrientes de
pensamiento como la filosofía latinoamericana, la teología de la liberación y las
ideas de filósofos anteriores como Emmanuel Levinas y Karl Marx.
El presente trabajo tendrá como objetivo, además de analizar las causas de estos
casos, ofrecer una perspectiva crítica que inspire cambios éticos en las políticas y
prácticas sociales; ampliar la visibilización a la realidad de los oprimidos y
marginados, dar voz a estos grupos, para permitir que sus experiencias sean
reconocidas en un marco ético que busca la justicia. De la misma manera, buscará
crear una reflexión crítica hacia las estructuras de poder que perpetúan la
discriminación, puesto que hay rasgos políticos, sociales y culturales que
normalizan estos comportamientos y los perpetúan, siendo las bases de las
injusticias. Por último, sería importante que, a base de este conjunto de reflexiones,
además de investigaciones previas, se pretenda pensar en realizar posibles
cambios en algunas leyes o políticas, para fomentar una cultura de respeto y
dignidad para todos. Lo ideal sería invitar a la sociedad a cuestionar las actitudes
discriminatorias adoptando una ética nueva que valore a cada persona como un ser
humano de derechos y con dignidad.
Este trabajo invita no solo a la reflexión académica, sino a la acción comprometida
en la vida diaria, cuestionando los prejuicios que, a menudo sin querer, llevamos en
nuestra propia conducta. Así, el análisis de estos temas, desde la perspectiva de la
ética de la liberación, se convierte en una herramienta transformadora que puede
guiar tanto a individuos como a instituciones hacia una sociedad más inclusiva y
equitativa. La aspiración última es que, a través de estos cambios, logremos una
cultura en la que cada persona, sin importar sus características o creencias, sea
valorada en su plena dignidad como ser humano.
DESARROLLO (DISCRIMINACIÓN Y MARGINACIÓN: ¿QUÉ SON?)
Según Kurczyn (2004), en base a la Ley Federal para Prevenir y Eliminar la
Discriminación, la discriminación se define como: “toda distinción, exclusión o
restricción que, basada en el origen étnico o nacional, sexo, edad discapacidad,
condición social o económica, condiciones de salud, embarazo lengua, religión,
opiniones, preferencias sexuales, estado civil o cualquier otra, tenga por efecto
impedir o anular el reconocimiento o el ejercicio de los derechos y la igualdad real
de oportunidades de las personas”. A grandes rasgos, discriminar se entiende
alterar o modificar la igualdad entre personas sea por reducción, exclusión o
restricción.
Este concepto no es nada nuevo ni se debe considerar reciente: este trato desigual
ha existido desde inicios de las sociedades humanas organizadas. Desde las
primeras civilizaciones como Egipto, Mesopotamia, Grecia o Roma, ya existían
divisiones sociales que promovían la discriminación, como en Egipto propiamente,
donde los extranjeros o esclavos tenían derechos limitados, y en Grecia y Roma, la
esclavitud estaba normalizada y se basaba en guerras, deudas o linaje puro. Un
poco más adelante, en la edad media, la discriminación religiosa fue prominente; ya
que los judíos fueron marginados en muchas regiones de Europa. Años después,
en el Colonialismo y Edad Moderna, la discriminación racial se institucionalizó;
puesto que se justificaron prácticas como la esclavitud trasatlántica y la opresión de
pueblos indígenas basándose en ideas de superioridad racial. Todas estas prácticas
se siguen viendo presentes en la época contemporánea (a pesar de la lucha
constante de algunos países para reducirlos).
Por otra parte, la marginación es un concepto totalmente diferente, puesto que, en
Francia, en la década de 1960, se acuñó el término marginalización o marginalidad
para referirse a los individuos que no están integrados en las redes productoras de
riqueza y de reconocimiento social (Massé, 1965; Lenoir, 1974). Sin embargo, en
México, la marginación es un fenómeno multidimensional y estructural originado, en
última instancia, por el modelo de producción económica expresado en la desigual
distribución del progreso, en la estructura productiva y en la exclusión de diversos
grupos sociales, tanto del proceso como de los beneficios de desarrollo (CONAPO,
2004). En otras palabras, es un fenómeno presente cuando un individuo o grupo
social no tiene acceso a las mismas oportunidades o servicios básicos que el
promedio. Así como existen tipos de discriminación, la marginación no es la
excepción, puesto que existen 3 principales: la marginación social (no poseer las
ismas oportunidades que los demás), la marginación económica (no existe igualdad
de oportunidades para contribuir a la economía ni beneficiarse de ella) y la
marginación política (diversos grupos de personas no pueden participar
democráticamente en el proceso de toma de decisiones).
No es necesario ser un experto en el tema para darse cuenta de que ambos
conceptos están ampliamente relacionados; puesto que se considera en algunas
ocasiones que la discriminación es una causa principal de la marginación. De la
misma manera, las personas marginadas suelen ser más susceptibles de ser objeto
de múltiples formas de marginación, es decir, pertenecen a más de un grupo
marginado. En México concretamente, ambos fenómenos están presentes en el día
a día: según una encuesta aplicada por el INEGI (Instituto Nacional de Estadística
y Geografía), del 2017 al 2022, el índice de discriminación en ambos sexos en
mayores de 18 años pasó de 20.2% a 23.7%, reflejando un aumento considerable
de este fenómeno en tan solo 5 años. Otro dato significativo, es que, en el 2017, en
el índice de discriminación por estado, predominaban Puebla con 28.4%, Colima
con 25.6% y Guerrero con 25.1%; en 2022, absolutamente todos los estados
tuvieron un aumento, siendo Yucatán con 32.1%, Puebla con 30.6%, Querétaro con
30.5% y CDMX con 29.6% los principales. Es difícil identificar los factores por los
cuáles aumentan estos números, pero algunos de ellos podrían ser el aumento de
visibilidad debido a la tecnología y las redes sociales, las crisis económicas y la
desigualdad, la polarización política y cultural, además de la notable persistencia
de estereotipos y prejuicios.
¿QUÉ ES LA ÉTICA DE LA LIBERACIÓN Y COMO SE RELACIONA CON EL
TEMA?
La ética de la liberación es una ética de responsabilidad con la vida como el cuidado
preventivo (promoviendo la vida) y como el cuidado consecuente (rescatando la
dignidad por las víctimas). La ética de la liberación, según Palta (2012), se enmarca
en la filosofía de la liberación expuesta por el filósofo latinoamericano Enrique
Dussel, quien ha elaboró desde 1960 una reflexión filosófica a partir de la
exterioridad del sistema vigente. La ética de la liberación devela los diversos
campos de opresión y desconocimiento del otro. El camino de reivindicación de los
oprimidos y excluidos, según Dussel, se gesta en la ética, una ética que procure la
liberación de los pobres y oprimidos, por lo que hace necesario el reconocimiento
del otro, como sujeto, como una corporalidad. En otras palabras, esta corriente de
la ética nos indica puntos como poner en la mira a los grupos marginados y
excluidos por las estructuras de poder, como los pobres, indígenas, mujeres,
inmigrantes, entre otros, para poder darles voz y reivindicar sus derechos frente a
sistemas que perpetúan la injusticia; también, realiza una crítica a las estructuras
económicas, políticas y culturales que generan explotación, desigualdad y
exclusión; por último, reconoce la diversidad cultural y social, buscando una
universalidad ética que respete y valore las diferencias, pero desde la perspectiva
del otro (es decir del excluido). Todo esto, con el objetivo de proponer una reflexión
ética que promueva una transformación social basada en la justicia, la igualdad y el
respeto de la dignidad humana, buscando un cambio en las relaciones humanas y
sociales que eliminen la opresión humana.
Podemos relacionar esta corriente ética con otra que, de la misma manera, busque
el beneficio de todos por igual, como lo es la ética del bien común. Propuesta por el
teólogo y economista Franz Hinkelammert, la ética del bien común es una corriente
que se centra en el respeto de los derechos de cada uno.
El concepto del bien común tiene raíces en la filosofía clásica, siendo Aristóteles
uno de los primeros en plantearlo como el fin último de la política. Posteriormente,
pensadores como Tomás de Aquino lo desarrollaron en el ámbito de la ética
cristiana, vinculándolo con principios como la justicia y la solidaridad. En épocas
más recientes, la ética del bien común ha sido reinterpretada en contextos políticos,
económicos y sociales para abordar los desafíos contemporáneos.
El fundamento “común” de la ética del bien común es sostener que el desarrollo
personal solo es pleno cuando está integrado en el progreso de la comunidad. Por
ello, el bien común incluye elementos esenciales como la justicia, la paz, la igualdad
de oportunidades, y el acceso a recursos básicos como la educación, la salud y la
vivienda. De la misma manera, de este concepto se pueden desprender campos
relevantes para la misma, como lo es la ética política, aquella que orienta a los
gobiernos a tomar decisiones que beneficien a la mayoría, fomentando políticas
públicas inclusivas y equitativas, la ética económica, que busca la distribución justa
de los recursos, destacando la necesidad de sistemas económicos que reduzcan
las desigualdades y prioricen las necesidades sociales sobre las ganancias privadas
e incluso la ética ambienta, que propone una visión sostenible del desarrollo, en la
que se reconozca el medio ambiente como un bien común que debe ser protegido
para las generaciones actuales y futuras.
Tanto la ética del bien común como la ética de la liberación ofrecen herramientas
fundamentales para abordar estas realidades: la primera, enfatizando la
construcción de una sociedad más equitativa y solidaria que priorice el bienestar
colectivo, y la segunda, centrando su atención en la crítica y transformación de las
estructuras que perpetúan la exclusión. Juntas, estas éticas proponen un camino
hacia la justicia social, donde la dignidad humana sea el eje central de las acciones
políticas, económicas y culturales.
➢ ANÁLISIS DE LA DISCRIMINACIÓN EN MÉXICO DESDE AMBOS
ENFOQUES
La ética de la liberación, parte de la premisa de que la realidad debe analizarse
desde la perspectiva de las víctimas del sistema. En el caso de México, podría
considerar visibilizar y criticar las condiciones que perpetúan la discriminación y
marginación. Los datos sobre pobreza, educación y acceso a servicios básicos
reflejan la gravedad del problema, evidenciando cómo las estructuras económicas
y políticas benefician a una minoría mientras excluyen a millones.
Un ejemplo perfecto es la situación de los pueblos indígenas, quienes enfrentan no
solo barreras económicas, sino también un racismo estructural que los coloca en
desventaja frente al resto de la población. Desde este enfoque, la transformación
requiere una crítica a las políticas públicas que no priorizan a las comunidades
marginadas y la implementación de soluciones que surjan desde las propias
comunidades afectadas. Esto incluye garantizar derechos fundamentales como el
acceso a la educación, la salud y el trabajo digno, aspectos que actualmente se ven
comprometidos en muchos sectores de la población; según el INEE (Instituto
Nacional de Evaluación Educativa), existen en el país 1.4 millones de personas
indígenas mayores de 15 años que son analfabetas, lo que representa 17.8% de
esta población, y una cifra muy superior a la media nacional que es de 5.5%.
La ética del bien común complementa este análisis al proponer un enfoque que
prioriza el bienestar colectivo sobre los intereses individuales o sectoriales. Desde
esta perspectiva, la marginación y la discriminación no son solo problemas
de los afectados, sino una señal de que el tejido social está fracturado. Una
sociedad que permite que amplios sectores vivan en condiciones de exclusión
no puede alcanzar su máximo desarrollo, ya que el progreso de unos pocos
no es suficiente para garantizar la estabilidad y la justicia social. En el caso de
México, la ética del bien común demanda políticas públicas inclusivas que aseguren
el acceso equitativo a recursos como la educación, la salud, la vivienda y el empleo.
Por ejemplo, la implementación de programas de vivienda digna o educación
gratuita y de calidad son acciones que no solo benefician a los individuos
marginados, sino que fortalecen a la sociedad en su conjunto, solo nos queda ver
que, en el país, existen 34.8 millones de viviendas de las cuales, 8.5 millones tienen
algún tipo de rezago habitacional, es decir, registran hacinamiento, falta de servicio
sanitario o carencias en los materiales de construcción.
Un caso notable es la persistente desigualdad de género, que afecta a las mujeres
en muchos ámbitos, desde el acceso a empleos bien remunerados hasta la
posibilidad de vivir libres de violencia. Según la ética del bien común, garantizar la
equidad de género no solo es un derecho humano, es una condición necesaria para
el desarrollo en armonía de la sociedad.
Desde ambas éticas, el cambio requiere acciones concretas que transformen las
condiciones de vida de los marginados y promuevan un desarrollo inclusivo.
Algunas propuestas incluyen:
• Educación como herramienta de empoderamiento: garantizar que todos los
niños, independientemente de su origen social o étnico, tengan acceso a una
educación de calidad. Esto no solo reduce la desigualdad, sino que fortalece
la cohesión social.
• Desarrollo económico inclusivo: fomentar modelos económicos que prioricen
la economía solidaria, el apoyo a pequeñas comunidades productivas y el
acceso justo al mercado para todos los sectores. Como dato, os hogares más
ricos tienen ingresos hasta 16 veces mayores que los más pobres (INEGI,
2020).
• Reformas políticas estructurales: revisar y reformar las leyes y políticas
públicas que perpetúan la exclusión, garantizando que las voces de los
sectores marginados sean escuchadas y representadas.
• Promoción de una ética ciudadana: fomentar valores como la solidaridad, el
respeto y la empatía en todos los niveles de la sociedad, para combatir
actitudes discriminatorias desde la raíz.
CONCLUSIÓN
En conclusión, tanto la discriminación como la marginación son fenómenos
profundamente arraigados en la estructura social, económica y política de México,
y su abordaje requiere un cambio integral en nuestra forma de entender y gestionar
la convivencia colectiva. A través del lente de la ética de la liberación, se visibilizan
las realidades de las víctimas del sistema, denunciando las estructuras de opresión
que perpetúan la exclusión y destacando la necesidad de un cambio profundo y
radical que coloque a los marginados en el centro del proceso de transformación
social. Por otro lado, la ética del bien común subraya la importancia de construir una
sociedad más justa y equitativa, donde el bienestar colectivo prevalezca sobre
intereses particulares, proponiendo medidas que incluyan a todos los sectores en el
desarrollo y distribución de los recursos esenciales.
Ambas éticas convergen en un propósito común: dignificar la vida humana y
erradicar las desigualdades. Su aplicación práctica exige un enfoque
multidimensional que aborde las raíces de estos problemas, como la pobreza, el
racismo, la desigualdad de género y la exclusión cultural. Las soluciones no pueden
limitarse a paliativos o políticas fragmentadas; deben surgir de un compromiso ético
que priorice la justicia, el respeto mutuo y la equidad.
El camino hacia una sociedad inclusiva y solidaria no es fácil, pero es obligatorio si
aspiramos a superar las condiciones que perpetúan la discriminación y la
marginación en México. Este esfuerzo requiere la acción concertada de ciudadanos,
gobiernos y organismos internacionales, así como un cambio de mentalidad que
promueva valores éticos centrados en la igualdad y el bien común. Solo a través de
esta transformación será posible construir un país donde todos sus habitantes
tengan la oportunidad de desarrollarse plenamente y contribuir al progreso de una
nación verdaderamente justa y equitativa.
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