Había una vez una liebre y una tortuga.
La liebre era muy rápida y le gustaba correr.
La tortuga era lenta, pero muy tranquila.
Un día, la liebre se burló de la tortuga por caminar tan despacio.
—¡Eres tan lenta que podrías tardar todo el día en llegar a un
árbol! —dijo la liebre riéndose.
La tortuga no se enojó. Solo respondió con una sonrisa:
—Podemos hacer una carrera, si quieres. Veremos quién gana.
La liebre aceptó la carrera. Todos los animales del bosque vinieron
a mirar.
—¡A correr! —dijo el búho, que era el juez.
La liebre salió corriendo muy rápido. En poco tiempo, ya no podía
ver a la tortuga. Entonces pensó:
—La tortuga va tan lenta… voy a descansar un ratito bajo este
árbol.
Y se quedó dormida.
Mientras tanto, la tortuga seguía caminando.
Pasito a pasito, sin detenerse.
La liebre dormía profundamente.
La tortuga pasó junto a ella y siguió adelante.
Finalmente, llegó a la meta.
Cuando la liebre despertó, corrió lo más rápido que pudo…
¡pero ya era demasiado tarde!
La tortuga había ganado la carrera.
La liebre aprendió una lección:
no hay que burlarse de los demás, y ser rápido no siempre es lo
más importante.
Había una vez tres cerditos que eran hermanos.
Un día, decidieron construir cada uno su propia casa.
El primer cerdito hizo su casa de paja.
Terminó muy rápido y se fue a jugar.
El segundo cerdito construyó su casa de madera.
Le costó un poco más, pero también terminó pronto.
El tercer cerdito trabajó mucho y construyó su casa de ladrillos.
Tardó más tiempo, pero su casa quedó muy fuerte.
Un día, apareció un lobo hambriento.
Se acercó a la casa de paja del primer cerdito y dijo:
—¡Cerdito, cerdito, déjame entrar!
—¡No, no te dejaré entrar! —respondió el cerdito.
Entonces el lobo sopló y sopló…
¡y la casa de paja voló!
El cerdito corrió a la casa de madera de su hermano.
Pero el lobo fue tras ellos.
—¡Cerditos, cerditos, déjenme entrar!
—¡No, no te dejaremos! —dijeron los dos.
El lobo sopló y sopló…
¡y la casa de madera también se cayó!
Los dos cerditos corrieron a la casa de ladrillos del tercer hermano.
El lobo llegó a la casa de ladrillos y gritó:
—¡Cerditos, cerditos, déjenme entrar!
—¡No, no te dejaremos! —dijeron los tres.
El lobo sopló y sopló…
pero la casa de ladrillos no se movió.
El lobo intentó entrar por la chimenea…
pero los cerditos pusieron una olla con agua caliente.
¡Ay! El lobo cayó en la olla y salió corriendo, asustado.
Desde ese día, los cerditos vivieron tranquilos y aprendieron que
es mejor trabajar con cuidado que hacer todo con prisa.
Había una vez una niña que siempre llevaba una capa roja con
capucha.
Por eso todos la llamaban Caperucita Roja.
Un día, su mamá le dio una canasta con comida y le dijo:
—Llévale esto a tu abuelita, que está enferma.
Pero no hables con extraños y no te salgas del camino.
Caperucita Roja caminó por el bosque, muy contenta.
En el camino, Caperucita se encontró con un lobo.
Era grande y tenía ojos brillantes.
—¿A dónde vas, niña? —preguntó el lobo con voz suave.
—A casa de mi abuelita —respondió Caperucita—. Vive al final del
bosque.
El lobo tuvo una idea malvada.
Corrió por otro camino y llegó primero a la casa de la abuelita.
Tocó la puerta. La abuelita creyó que era Caperucita y abrió.
¡El lobo se la comió y se metió en su cama, disfrazado con su ropa!
Cuando Caperucita llegó, se sorprendió al ver a su “abuelita” tan
rara.
—¡Abuelita, qué ojos tan grandes tienes!
—¡Son para verte mejor! —dijo el lobo.
—¡Abuelita, qué dientes tan grandes tienes!
—¡¡Son para comerte mejor!! —gritó el lobo, y saltó sobre ella.
Justo en ese momento, pasó un leñador por la casa.
Escuchó los gritos y entró corriendo.
Vio al lobo, lo asustó y lo hizo huir.
El leñador ayudó a Caperucita y a la abuelita, que seguía viva.
Desde ese día, Caperucita Roja aprendió a no hablar con extraños
y a seguir siempre los consejos de su mamá.
En una granja, una mamá pata estaba esperando a que nacieran
sus patitos.
Uno a uno, los huevos se rompieron y salieron patitos amarillos y
lindos.
Pero el último huevo era más grande…
Cuando se rompió, salió un patito diferente: era gris, grande y muy
feo.
—¡Qué patito tan raro! —decían los otros animales.
Todos se burlaban de él.
Hasta sus hermanos se reían y no querían jugar con él.
El patito feo se sentía muy triste.
Un día, decidió irse de la granja.
El patito feo caminó solo por el bosque.
Buscó un lugar donde pudiera estar tranquilo.
Pasó frío, hambre y se sintió muy solo.
Los animales que encontraba también se burlaban de él.
Pasó el otoño, luego el invierno.
El patito se escondió en un lugar cálido para protegerse del frío.
Cuando llegó la primavera, el patito ya había crecido mucho.
Un día, el patito vio unos cisnes hermosos en un lago.
Eran blancos, grandes y elegantes.
—¡Qué aves tan bonitas! Ojalá pudiera ser como ellas —pensó.
Cuando se acercó al agua, vio su reflejo…
¡Ya no era un patito feo!
¡Era un cisne hermoso y brillante!
Los otros cisnes lo invitaron a volar con ellos.
Ahora todos lo admiraban y ya no se burlaban.
El patito feo por fin era feliz, porque descubrió quién era en
realidad.