Guía 1 Filosofía: La alegoría de la caverna de Platón
PLATÓN
Nacio el año 428a.c. y muerto el año 348a.c. Según los antecedentes, nació en el seno de una familia noble, un año
después de la muerte de Pericles, en una época en que había una gran crisis a nivel moral e intelectual.
Tras la muerte de Sócrates, de quién Platón y Euclides fueron discípulos, este último crea una escuela a la cual Platón
asiste. De aquí surge lo importante que es la matemática en su pensamiento. En el año 387 crea su propia Academia
(Ακαδηµία). El nombre de su escuela viene del nombre Academos que, según los griegos, habría sido el fundador de la familia
de Platón. Uno de los requisitos fundamentales para entrar a su academia, era saber matemáticas.
En cuanto a lo que se sabe de Platón, es difícil poder llegar a una conclusión certera, debido a que no se sabe si los
escritos que se tienen hasta el día de hon soy auténticamente suyos, o si existe alguna confusión con los dejados por otros
autores anónimos. Sin embargo, por consenso se piensa que habría 36 obras platónicas divididas en los cuatro periodos ya
trabajados: Juventud, transición, madurez y vejez (críticos).
ALEGORÍA DE LA CAVERNA
Luego de esa breve contextualización, se deja a continuación, el extracto de La República conocida como “La alegoría
de la caverna” (alegoría hace referencia a una representación simbólica, similar a una metáfora). Léela con atención:
Platón, República, Libro VII.
«— Ahora –proseguí – represéntate el estado de la naturaleza humana, con relación a la educación y a su ausencia, según el
cuadro que te voy a trazar. Imagina un antro subterráneo, que tenga en toda su anchura una abertura que dé libre paso a la
luz, y en esta caverna, hombres encadenados desde la infancia, de suerte que no puedan mudar de lugar ni volver la cabeza
a causa de las cadenas que les sujetan las piernas y el cuello, pudiendo solamente ver los objetos que tienen enfrente. Detrás
de ellos, a cierta distancia y a cierta altura, supóngase un fuego cuyo resplandor los alumbra, y un camino elevado entre este
fuego y los cautivos. Supón a lo largo de este camino un tabique, semejante a la mampara que los titiriteros ponen entre ellos
y los espectadores, para exhibir por encima de ella las maravillas que hacen.
— Ya me represento todo eso, dijo.
— Figúrate ahora unas personas que pasan a lo largo del tabique llevando objetos de toda clase, figuras de hombres, de
animales de madera o de piedra, de suerte que todo esto sobresale del tabique. Entre los portadores de todas estas cosas,
como es natural, unos irán hablando y otros pasarán sin decir nada.
— ¡Extraños prisioneros y cuadro singular!, dijo.
— Se parecen, sin embargo, a nosotros punto por punto, dije. Por lo pronto, ¿crees que puedan ver otra cosa, de sí mismos y
de los que están a su lado, que las sombras que el fuego proyecta enfrente de ellos en el fondo de la caverna?
— ¿Cómo habían de poder ver más, dijo, si desde su nacimiento están precisados a tener la cabeza inmóvil?
— Y respecto de los objetos que pasan detrás de ellos, ¿pueden ver otra cosa que las sombras de los mismos?
— ¿Qué otra cosa, si no?
— Si pudieran conversar unos con otros, ¿no convendrían en dar a las sombras que ven los nombres de las cosas mismas?
— Por fuerza.
—Y si en el fondo de su prisión hubiera un eco que repitiese las palabras de los transeúntes, ¿se imaginarían oír hablar a otra
cosa que a las sombras mismas que pasan delante de sus ojos?
— ¡No, por Zeus!, exclamó.
—En fin, no creerían que pudiera existir otra realidad que estas mismas sombras de objetos fabricados, dije yo.
— Es forzoso por completo, dijo.
— Mira ahora, proseguí, lo que naturalmente debe suceder a estos hombres, si se les libra de las cadenas y se les cura de su
ignorancia. Que se desligue a uno de estos cautivos, que se le fuerce de repente a levantarse, a volver la cabeza, a marchar y
mirar del lado de la luz; hará todas estas cosas con un trabajo increíble; la luz le ofenderá a los ojos, y el alucinamiento que
habrá de causarle le impedirá distinguir los objetos cuyas sombras veía antes. ¿Qué crees que respondería si se le dijese que
hasta entonces sólo había visto fantasmas y que ahora tenía delante de su vista objetos más reales y más aproximados a la
verdad? Si en seguida se le muestran las cosas a medida que se vayan presentando y a fuerza de preguntas se le obliga a
decir lo que son, ¿no se le pondrá en el mayor conflicto y no estará él mismo persuadido de que lo que veía antes era más real
que lo que ahora se le muestra?
— Mucho más, dijo.
— Y si se le obligase a mirar la luz misma, ¿no sentiría dolor en los ojos? ¿No volvería la vista para mirar a las sombras, en
las que se fija sin esfuerzo? ¿No creería hallar en éstas más distinción y claridad que en todo lo que ahora se le muestra?
— Así es, dijo.
— Si después se le saca de allí a la fuerza y se le lleva por el sendero áspero y escarpado hasta encontrar la claridad del sol,
¿qué suplicio sería para él verse arrastrado de esa manera? ¡Cómo se enfurecería! Y cuando llegara a la luz del sol,
deslumbrados sus ojos con tanta claridad, ¿podría ver ninguno de estos numerosos objetos que llamamos seres reales?
— Al pronto no podría, dijo.
— Necesitaría, indudablemente, algún tiempo para acostumbrarse a ello. Lo que distinguiría más fácilmente sería, primero,
sombras; después, las imágenes de los hombres y demás objetos reflejados sobre la superficie de las aguas, y por último, los
objetos mismos. Luego, dirigiría su mirada al cielo, al cual podría mirar más fácilmente durante la noche a la luz de la luna y de
las estrellas que en pleno día a la luz del sol. Y al fin podría, creo yo, no sólo ver la imagen del sol en las aguas y dondequiera
que se refleja, sino fijarse en él y contemplarlo allí donde verdaderamente se encuentra y tal cual es.
— Necesariamente, dijo.
— Después de esto, comenzando a razonar, llegaría a concluir que el sol es el que crea las estaciones y los años, el que
gobierna todo el mundo visible y el que es, en cierta manera, la causa de todo lo que se veía en la caverna.
—Es evidente que llegaría, después de aquéllas, a hacer todas estas reflexiones, dijo.
— Y ¿qué? Si en aquel acto recordaba su primera estancia, la idea que allí se tiene de la sabiduría y a sus compañeros de
esclavitud, ¿no se regocijaría de su mudanza y no se compadecería de la desgracia de aquéllos?
— Efectivamente.
— ¿Crees que envidiaría aun los honores, las alabanzas y las recompensas que allí, supuestamente, se dieran al que más
pronto reconociera las sombras a su paso, al que con más seguridad recordara el orden en que marchaban yendo unas delante
y detrás de otras o juntas, y que en este concepto fuera el más hábil para adivinar su aparición; o que tendría envidia a los que
eran en esta prisión más poderosos y más honrados? ¿No preferiría, como Aquiles en Homero, "trabajar la tierra al servicio de
un pobre labrador" y sufrirlo todo antes que vivir en aquel mundo de lo opinable?
— No dudo que estaría dispuesto a sufrir cualquier destino antes que vivir de esa suerte, dijo.
— Fija tu atención en lo que voy a decirte, seguí. Si este hombre volviera de nuevo a su prisión para ocupar su antiguo puesto,
al dejar de forma repentina la luz del sol, ¿no se le llenarían los ojos de tinieblas?
— Ciertamente, dijo.
— Y si, cuando no distingue aún nada, antes de que sus ojos hayan recobrado su aptitud, lo que no podría suceder en poco
tiempo, tuviese precisión de discutir con los otros prisioneros sobre estas sombras, ¿no daría lugar a que éstos se rieran,
diciendo que por haber salido de la caverna se le habían estropeado los ojos, y no añadirían, además, que sería para ellos una
locura el intentar semejante ascensión, y que, si alguno intentara desatarlos y hacerlos subir, sería preciso cogerle y matarle?
— Y bien, mi querido Glaucón, dije, ésta es precisamente la imagen que hay que aplicar a lo que se ha dicho antes. El antro
subterráneo es este mundo visible; el fuego que le ilumina es la luz del Sol; en cuanto al cautivo, que sube a la región superior
y que la contempla, si lo comparas con el alma que se eleva hasta la esfera inteligible, no errarás, por lo menos, respecto a lo
que yo pienso, ya que quieres saberlo. Sabe Dios sólo si es conforme con la verdad. En cuanto a mí, lo que me parece en el
asunto es lo que voy a decirte. En los últimos límites del mundo inteligible está la idea del bien, que se percibe con dificultad;
pero una vez percibida no se puede menos de sacar la consecuencia de que ella es la causa primera de todo lo que hay de
bello y de recto en el universo; que, en este mundo visible, ella es la que produce la luz y el astro de que ésta procede
directamente; que en el mundo invisible engendra la verdad y la inteligencia en fin, que ha de tener fijos los ojos en esta idea
el que quiera conducirse sabiamente en la vida pública y en la vida privada.»
ACTIVIDAD
Luego de la lectura, reflexione y fundamente desarrollando un breve escrito en base a las siguientes
preguntas:
a. Llevando la situación de los hombres de la caverna a su realidad contemporánea, ¿qué ejemplos
daría con respecto a la sociedad en qué vivimos?
b. ¿Qué situación del mundo actual se asemejan a la alegoría de la Caverna?
c. ¿Te has sentido dentro de una caverna, en el sentido del texto, alguna vez en tu vida?
* Pregunta extra: ¿Conoces alguna película, libro o serie que relate esta Alegoría?