LAS SOCIEDADES INDÍGENAS EN AMÉRICA
¿Indígenas, indios, amerindios, aborígenes o pueblos originarios? ¿Es correcto hablar
de “indígenas”, o debemos decir “indios”, “amerindios”, “aborígenes” o “pueblos
originarios”?
En realidad, los conceptos indígena, aborigen o pueblos o comunidades originarias son
sinónimos: se refieren a las sociedades nativas del país donde viven (por ejemplo, “aborigen”
proviene de la frase latina ab origine: desde su origen). Pero todos tienen la característica de
que resaltan las culturas diferentes en contraste con la que actualmente puede ser la cultura
dominante. Según una definición corriente de “aborigen”: “Se dice del primitivo morador de un
país, por contraposición a los establecidos posteriormente en él”. La palabra “primitivo” denota
la cualidad de tosco, sin refinamientos o sin formación académica.
En cuanto a la palabra indio, que es el nombre con que Colóndenominó erróneamente a los
pobladores cuando tomó posede la isla Española, pensando que había llegado a “Las Indias”,
quiere significar tanto “indígena de América” como “de nacionalidad india o hindú” (o sea, de la
India). A partir de este error, con la conquista de América, la categoría “indio” fue sinónimo de
“colonizado” y designó de manera uniforme a toda la población del continente, aunque estaba
formada por una diversidad de sociedades y culturas. De este modo, el dominio colonial impuso
un vocablo para identificar y englobar a los pueblos conquistados.
Amerindio es la palabra inventada para evitar la confusión creada por el uso del término “indio”.
Con respecto al criterio de “originario”, debemos recordar que las poblaciones aborígenes
americanas provinieron de Asia y Oceanía hace miles de años pero la humanidad tuvo su raíz
en África y a lo largo de la historia los hombres se fueron trasladando de territorio en territorio.
Más allá de esto, el concepto “pueblos originarios” hace referencia a los descendientes de
poblaciones pre-existentes a la dominación colonial, considerándolos “autóctonos”. Esta
“autoctonía” es la que sustenta actualmente la especificidad jurídica de sus derechos
colectivos. Con otras palabras, esa calidad de “originarios” por haber sido los primeros seres
humanos en ocupar estas tierras, es la que les da derechos sobre las mismas, más allá de las
leyes impuestas por los conquistadores.
Se dice que no existen las malas palabras, sino las malas intenciones, pero igualmente hay
que tener cuidado con su uso, porque uno sin tener mala intención puede herir a alguien.
ARTÍCULO Agosto 09, 2017
Ser indígena y ciudadano en
Latinoamérica
Banco Mundial/iStock
Casi la mitad de los habitantes de pueblos originarios viven hoy en día en áreas urbanas de la región
pero enfrentan condiciones desventajosas
Tratemos de hacer el ejercicio: ¿Cómo imaginamos al indígena de América Latina? ¿Cómo es?
¿En qué paisaje lo ubicamos? ¿Haciendo qué? Lo más probable es que el boceto que hacemos
en nuestra mente nos lleve a una escena en canoa o en una cabaña, en un paraje sin concreto,
ni semáforos. Difícilmente, por lo menos no en un primer momento, lo imaginamos cruzando la
calle en alguna ciudad.
El dato que contrasta con esta visión es que el 49% de la población indígena de América Latina
ha migrado al entorno urbano en las últimas décadas. Sin embargo, como apunta en esta
entrevista Germán Freire, experto en Desarrollo Social del Banco Mundial, “la sola idea del
indígena urbano reta nuestra representación colectiva de lo que es ser indígena”.
A propósito de la conmemoración, este 9 de agosto, del Día Internacional de los Pueblos
Indígenas y la celebración del décimo aniversario de la Declaración de las Naciones Unidas
sobre los Derechos de los Pueblos indígenas, aprobada el 13 de septiembre de 2007, nos
acercamos a este tema que significa un reto para la región.
Pregunta. ¿Por qué los indígenas de América Latina han migrado desde sus territorios
tradicionales a las ciudades?
Respuesta. Las razones son muy variadas. En muchos casos migran por los mismos motivos
que lo hacen todos los latinoamericanos. En las ciudades hay mayores oportunidades de
empleo, de acceso a educación, salud y servicios básicos. En Perú, por ejemplo, un hogar
indígena tiene un 37% más probabilidades de ser pobre si reside en zonas rurales.
Pero las razones de más peso suelen ser el acceso a educación y salud. Si bien la escuela
primaria experimentó una expansión transcendental la década pasada, persisten brechas
significativas, especialmente a nivel de educación secundaria y terciaria. Asimismo, los servicios
de salud en zonas rurales siguen teniendo deficiencias importantes. A veces estos servicios
están presentes solo nominalmente o se prestan en condiciones que ponen barreras al acceso.
Por otro lado, los territorios indígenas han estado en constante presión por la expansión de las
fronteras agrícolas y de las industrias extractivas. Una quinta parte del Amazonas tiene
potencial minero, por ejemplo, y el 20% de estas áreas de potencial explotación coinciden con
territorios indígenas. Los conflictos internos también han afectado de manera
desproporcionada a las comunidades indígenas rurales, en países como Guatemala, Colombia
o Perú.
Todos estos factores suman, y explican en parte por qué hoy alrededor del 50% de la población
indígena de la región reside en zonas urbanas. En algunos países la proporción es mucho más
grande. En Argentina, por ejemplo, la población indígena urbana ya supera el 80%.
P. ¿Cuáles son los desafíos que deben afrontar los indígenas de América Latina que deciden
migrar a las ciudades?
R. La situación de los indígenas en las ciudades es paradójica, porque, si bien están
generalmente mejor que en sus territorios de origen, también es cierto que se insertan en el
entramado urbano en condiciones muy desventajosas. Sus conocimientos y tecnologías
tradicionales suelen tener poco valor en el mercado laboral urbano, así que tienden a
emplearse en trabajos mal pagados y del sector informal, con todo lo que eso implica en
términos de seguridad laboral y económica.
También, una vez en las ciudades, los indígenas suelen ser relegados a zonas inseguras,
insalubres, con menores oportunidades laborales, peores servicios y expuestas a desastres
naturales. La proporción de hogares indígenas viviendo en barrios marginales duplica la
proporción de hogares no indígenas.
Todo esto supone un gran reto para los gobiernos y agencias de cooperación, porque las
políticas de inclusión y prestación de servicios diferenciados para la población indígena se
diseñaron teniendo en mente comunidades rurales. La sola idea del indígena urbano, de hecho,
reta nuestra representación colectiva de lo que es “ser indígena”. Sin embargo, el número de
hogares indígenas viviendo en entornos urbanos va a seguir creciendo, a juzgar por la
tendencia de las últimas décadas.
Es decir, las ciudades ofrecen innumerables oportunidades para los indígenas, pero la
contracara de estas migraciones es que los exponen a nuevas formas de exclusión y
discriminación. La región tiene que hacer mayores esfuerzos para pensar en estrategias que
permitan cerrar las brechas laborales, educativas o de acceso a vivienda, por ejemplo, sin que
esto represente para ellos una renuncia a su identidad o su cultura. Un estudio del Banco
Mundial, señala que el sentido de dignidad es fundamental para que las políticas de inclusión
social tengan éxito.
P. ¿Qué rol juega la mujer indígena en el escenario urbano?
R. Fundamental. En muchos casos las mujeres son pioneras en los procesos de migración
rural-urbano. La migración a las ciudades a veces es una oportunidad para liberarse de roles
tradicionales y aumentar su independencia, si bien ellas enfrentan mayores retos que los
hombres. Muy a menudo las mujeres indígenas no solo ganan menos que las mujeres no
indígenas, sino que también ganan menos que los hombres indígenas. Se ha calculado que una
indígena boliviana ganaba en promedio 60 por ciento menos que una no indígena por el mismo
tipo de trabajo. No cabe duda de que son víctimas de doble discriminación, por su condición de
indígena y de mujer.
Pero, a pesar de estas brechas, el rol de las mujeres indígenas en entornos urbanos es central.
Son portadoras de conocimientos, son las que saben de medicina tradicional, por ejemplo.
También son el ancla de los niños con su propia cultura y sus lenguas. Son empresarias,
combinando aspectos de sus economías tradicionales, como la solidaridad y el trueque, con
aspectos de mercado.
Pero tan importante como todo esto es su creciente participación en el espacio público, en la
toma de decisiones a nivel local, nacional y regional. Un ejemplo notable es el de las Wayúu de
la Guajira colombo-venezolana, que han ocupado cargos de gobierno, académicos y de todo
tipo a ambos lados de la frontera. La mujer es el eje alrededor del cual giran todas las
decisiones de la familia Wayúu, y esto evidentemente lo han llevado con ellas a ciudades como
Riohacha o Maracaibo.
P. ¿Cuáles podrían ser los aportes indígenas al desarrollo urbano?
R. Muchos. Los indígenas traen consigo visiones diferentes de organización social, de
ordenamiento del espacio, de relacionamiento con el ambiente, estrategias de contención,
conocimientos médicos tradicionales, formas de participación política, propuestas
arquitectónicas, lenguas, etc. Esta diversidad suma mucho a la resiliencia del entorno urbano.
El Alto, en Bolivia, es un ejemplo conocido del potencial de la ciudad para expresar formas
indígenas de organización y participación dentro del Estado. A través de las Juntas Vecinales, los
Aymara no solo han liderado en la construcción y administración de su entorno urbano, sino
que se han convertido en actores centrales de la política nacional.
Otro ejemplo, menos conocido, está en las áreas metropolitanas de Buenos Aires y La Plata.
Poca gente sabe que ahí se concentra la mayor parte de la población indígena argentina;
aproximadamente una cuarta parte del total nacional. En La Plata, en concreto, hay una
comunidad Nam Qom, en el barrio Islas Malvinas, que es un ejemplo tremendo de dignidad y
lucha por mejorar su inclusión al entorno urbano. Con muy poco o ningún apoyo externo, esta
comunidad ha construido sus propias viviendas, organizan el espacio comunal de acuerdo a
sus visiones de solidaridad y convivencia, toman responsabilidad colectiva por la alimentación y
el cuidado de sus niños, tienen iniciativas escolares y extra-escolares para preservar su lengua y
su cultura, entre otras cosas. Ejemplos como este hay en toda Latinoamérica, pero han recibido
poca atención hasta ahora, por lo que permanecen invisibilizados.
Ese, precisamente, es el gran reto para su inclusión. No tenemos demasiado conocimiento de
las necesidades u oportunidades de la población indígena en entornos urbanos, pues hasta
hace muy poco este tema no estaba en la agenda de desarrollo de la región. El reporte
Latinoamérica Indígena en el Siglo XXI,que lanzamos el año pasado sugiere precisamente que
tenemos que empezar a pensar en la población indígena en términos de su heterogeneidad.
Los modelos de desarrollo y los instrumentos analíticos que usamos hoy para abordar sus
necesidades y sus reclamos son poco sensibles a la realidad de que la mitad de los indígenas de
la región vive en entornos urbanos, así como al hecho de que existen múltiples dimensiones de
exclusión que se superponen, pues no es lo mismo ser hombre indígena que ser mujer
indígena, niño, anciano, etc.
Lo que sí creo es que con la inclusión de los indígenas al desarrollo urbano ganamos todos. En
algunas ciudades constituyen una proporción considerable, que tiene muchísimo que aportar a
la economía local, a la toma de decisiones, a la búsqueda de soluciones a problemas críticos de
nuestras ciudades, como el uso sustentable de los recursos o la participación ciudadana. La
mayor riqueza de la región siempre ha estado en su diversidad, por lo que tiene sentido que
esa heterogeneidad de visiones y propuestas se incorporen al desarrollo urbano de la región.