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El Problema

El documento describe un mundo distópico donde la contaminación y la desigualdad son la norma, reflejando la lucha interna de un profesor atrapado en su rutina y su relación con un vecino optimista, Farfo. A medida que la historia avanza, el protagonista se enfrenta a su propia complicidad en el sistema opresivo y a la revelación de una inminente revolución tras la trágica muerte de Farfo. La narrativa culmina en una reflexión sobre la culpa y la esperanza en medio de un entorno desolador.

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El Problema

El documento describe un mundo distópico donde la contaminación y la desigualdad son la norma, reflejando la lucha interna de un profesor atrapado en su rutina y su relación con un vecino optimista, Farfo. A medida que la historia avanza, el protagonista se enfrenta a su propia complicidad en el sistema opresivo y a la revelación de una inminente revolución tras la trágica muerte de Farfo. La narrativa culmina en una reflexión sobre la culpa y la esperanza en medio de un entorno desolador.

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EL PROBLEMA

En un mundo gobernado por rutinas y juicios sin premisas, las personas se encuentran
atrapadas en situaciones tan peculiares como penosamente inevitables. Es el precio de las
normas contemporáneas, esas que nos transforman en cascarones huecos, disfraces que
engañan incluso al espejo.

Para dar contexto, debo decir que el mundo nunca estuvo tan sucio. Y no es una metáfora,
aunque, irónica y cruelmente, también podría serlo.

Nadie se sorprende ya de que el cielo sea naranja o de que los tanques de oxígeno se
disfruten como si fueran un chocolate lujoso. Es grotesco. Este es el legado del capitalismo:
un mundo donde unos pocos poseen más tierra de la que podrían recorrer en una vida
caminando, mientras otros apenas sobreviven en sectores abarrotados, sin agua ni comida.

Afortunadamente, yo soy profesor. Enseño trigonometría a un niño rico; historia, geografía,


e incluso ética, con tal de justificar mi sueldo. Vivo en un pequeño departamento en la gran
torre central. Este lugar es un microcosmos de un mundo roto. Desde mi ventana, observo
el horizonte naranja extendiéndose como una mancha de aceite sobre la ciudad. Abajo, los
pobres luchan por subsistir; arriba, los derrochadores respiran aire filtrado y beben agua
purificada en copas de cristal.

Por las mañanas, el cielo se tiñe de ese mismo tono oxidado que ya no sorprende a nadie:
una pintura corroída, una mezcla de ciencia, progreso y decadencia. El mundo nunca
estuvo tan sucio, pero eso ya no importa. La realidad dejó de ser un tema de conversación
hace años. Solo la gente muy vieja parece interesarse en recordarnos cómo eran las cosas
antes, cuando aún había nieve, cielos azules y mares sin desechos. Para el resto, esas
historias no son más que lamentos. Para mí, son ruido de fondo.

En mi piso tengo un vecino, Farfo. Es un hombre gordo, siempre con una sonrisa demasiado
amplia y con un aire grasoso de “suertudo”. Nació en estos pisos intermedios y nunca ha
conocido el hambre ni los paros respiratorios por la mala calidad del aire. Trabaja desde
casa como asesor de una compañía minera, lo que le permite mantener su burbuja de
comodidad.

Ayer por la tarde, al recoger la correspondencia, Farfo me abordó como de costumbre.


—¡Por fin llegas! —me dijo, con su voz vibrante, siempre al borde de lo innecesariamente
entusiasta—. Estuve esperándote todo el día. Deberías venir a mi casa. Tengo un par de
cervezas, y dicen que los niveles de contaminación hoy permitirán ver algunas estrellas.
¿Quién sabe? Tal vez hasta la luna llena.

Siempre habla como si el mundo no se estuviera desmoronando a su alrededor. Lo miro,


intentando procesar lo que acaba de decir. La idea de que algo tan trivial como “ver
estrellas” pueda emocionar a alguien me parece absurda. Pero también siento una punzada
de algo que no quiero admitir: curiosidad.

Mis labios apenas esbozan una respuesta.

—No sé si sea el mejor momento… —murmuro, pero mi voz no tiene fuerza, y lo sabe.

—Anda, hombre —insiste, como si me conociera mejor de lo que yo me conozco—. Un


poco de aire “menos sucio” y cerveza no le hacen mal a nadie.

Lo miro por un segundo más, queriendo negarme. Pero mi departamento me espera, con
su silencio opresivo y mis pensamientos autodestructivos, y por un instante, la idea de
escapar, aunque sea por una noche, parece tentadora.

—De acuerdo —cedo, más por resignación que por interés.

Farfo sonríe, esa sonrisa suya que me irrita y me intriga a partes iguales.

El departamento de Farfo se encuentra a unos 200 metros del mío, en el mismo pasillo
pálido y silencioso; y los pasillos se vuelven aún más silenciosos cuanto más arriba
estamos. Farfo vive en el 201 del piso 27 y yo en el 270 del mismo piso.

Al cruzar la puerta de su departamento, entendí el porqué de su actitud: su casa era un


refugio, un rincón ajeno al caos y desmoronamiento de allá afuera.

La decoración parecía sacada de otra época: un sillón de tapiz marrón impecable, una
alfombra roja que cubría el centro del salón y lámparas con luz cálida que suavizaban las
sombras. En la mesa de centro, una pila de libros de pasta gruesa captó mi atención.
—¿Ya los leíste? —pregunté, señalándolos con la mirada.

—Sí, los días sin cerveza me dedico a leer. Te recomiendo este —dijo, tomando un libro del
medio de la pila.

—¿Enciclopedia, Volumen 3? —leí en voz alta, frunciendo el ceño.

—Sí, es raro. Habla de historia, pero parece más ciencia ficción. No sé si creer que el mundo
era como lo describen.

Mientras Farfo iba a la cocina a buscar cervezas, arrastré una silla hasta la ventana. Afuera,
la nube de humo de las grandes máquinas ocultaba las estrellas que él tanto mencionaba.
Por más que buscara, el cielo seguía siendo una masa uniforme de gris y naranja.

Farfo regresó con las cervezas, interrumpiendo mis pensamientos. Me ofreció una y se dejó
caer en su sillón con una familiaridad que me irritaba y, a la vez, me tranquilizaba.

—¿Qué tal? ¿Se ve algo? —preguntó, abriendo su lata con un chasquido.

—Nada. El cielo está igual que siempre.

Tomó un trago largo antes de responder.

—Tal vez. Pero a veces me gusta imaginar que detrás de todo ese humo hay algo más.
Algo que valga la pena.

Lo miré de reojo. Su sonrisa había desaparecido, reemplazada por una expresión vaga,
casi melancólica. Tal vez Farfo no era tan ajeno a la decadencia como yo pensaba.
Dimos un par de sorbos en silencio. Afuera, la ciudad continuaba ardiendo bajo su capa de
contaminación. Dentro, todo parecía quieto, como si el tiempo se hubiera detenido solo para
nosotros.

El silencio fue interrumpido por el comentario más acertado que había escuchado de Farfo:

—La gente se conforma con tener a quien echarle la culpa de la mierda que vivimos.

Le miré con extrañeza.

—¿Por qué? —dije casi abruptamente.

—Todo es culpa del Estado, de la familia o de la religión. Nadie tiene agallas para aceptar
que ellos forman parte del problema.

—No entiendo —le dije, al mismo tiempo que me volteaba hacia él.

—La gente le teme al cambio. Porque enfrentarse a ellos sería enfrentarse a uno mismo. Y
nadie quiere mirar al espejo y descubrir que, en el fondo, es igual que los que están allá
arriba. Es más cómodo vivir como víctimas, ¿no crees?

Lo que dijo me dejó en silencio. Farfo hablaba con una lucidez que nunca había notado en
él, como si toda esa actitud despreocupada y sonriente fuera solo una fachada para ocultar
algo más profundo, algo que quizá compartíamos, aunque no quisiera admitirlo.

—¿Y tú? —pregunté finalmente—. ¿Crees que eres parte del problema?

Farfo me miró, y por primera vez vi en sus ojos algo que no era ni burla ni entusiasmo, sino
una especie de resignación mezclada con desafío.

—Claro que lo soy. Todos lo somos, ¿no? Pero al menos trato de hacer que este infierno
sea un poco más soportable, aunque sea para mí mismo. Y si puedo arrastrar a alguien
más conmigo, mejor.

El silencio volvió a envolvernos, pero esta vez no era incómodo. Era un silencio lleno de
preguntas que no me atrevía a formular, de respuestas que aún no sabía si quería escuchar.
Afuera, la ciudad seguía siendo un cementerio de sueños, un monumento al fracaso
colectivo. Pero dentro del departamento de Farfo, por primera vez en mucho tiempo, sentí
que algo se movía en mi interior: una chispa, una duda.
Tal vez, detrás del humo y del gris del cielo, no hubiera estrellas, sino algo más. Y aunque
aún no sabía qué, esa posibilidad era suficiente para mantenerme despierto esa noche,
pensando en sus palabras y en mi lugar en este mundo roto.

Cuando finalmente regresé a mi departamento, me senté junto a la ventana, mirando el


horizonte naranja. Farfo tenía razón: era más fácil culpar al mundo que aceptar que, en
algún nivel, yo también era culpable.

Pero mientras la ciudad respiraba su propia podredumbre, una idea empezó a tomar forma
en mi mente, una idea que no podía ignorar, aunque me aterrara: tal vez, solo tal vez, era
hora de dejar de mirar el cielo en busca de estrellas y empezar a buscar algo más aquí
abajo.

Al día siguiente, volví a mi rutina: enseñar trigonometría, historia y ética al hijo de un hombre
que me llamaba “casi de la familia”, mientras ignoraba que yo apenas podía pagar el agua
que él desperdiciaba. Me ofrecieron fruta fresca y, aunque intenté rechazarla, terminé
cediendo. Porque, al final, incluso los que odiamos este sistema encontramos formas de
aprovecharnos de él. La injusticia, cuando se presenta en forma de un almuerzo gratuito,
se digiere más fácilmente.

Al llegar a casa, noté que la contaminación en el horizonte dejaba entrever el antiguo


estadio de la ciudad. Me hizo recordar la última vez que se utilizó para algún evento. Yo
apenas era un niño, pero aún podía rememorar el entusiasmo de la gente uniéndose para
ver un evento deportivo. Ahora, esas imágenes solo se conseguían en los libros. Mientras
el tiempo pasaba, no podía dejar de mirar esa estructura averiada, desgastada por el tiempo
y el descuido.

Algo en la distancia captó mi atención. Un sutil movimiento, como el del suelo que creemos
firme, pero que está repleto de diminutas hormigas que avanzan en silencio. Eran personas
subiendo la cima del estadio, pequeñas luces parpadeando en la oscuridad. En un primer
momento, pensé que era un espejismo, un llamado o una visión nacida del cansancio que
me envolvía. Pero, de pronto, todas esas luces brillaron simultáneamente. No era un
resplandor cegador, pero sí lo suficiente como para romper la quietud del aire y arrancar mi
mirada del vacío. Fue entonces cuando comprendí, con una claridad inquietante, que esas
luces no eran simples destellos lejanos. No, no estaban allí por casualidad. Solo podía
verlas porque, de alguna manera, iluminaban mi piso… ¿o acaso mi ventana?
Era como si, en ese instante, el universo hubiera dejado de ser abstracto para volverse una
presencia palpable, un reflejo de algo más grande que yo.

En ese instante, algo en mi pecho se apretó, como si el aire mismo hubiera salido de mis
pulmones a voluntad. Las luces continuaron parpadeando, ahora con un ritmo más errático,
como si intentaran comunicar algo urgente, algo que me atravesaba pero que no lograba
descifrar. No eran solo destellos lejanos, sino señales de un despertar, un titilar frenético
como el latido de un corazón a mitad de un ataque. Cada destello parecía romper el silencio,
como si cada chispazo fuera una palabra rota, una súplica que pedía ser escuchada.

Una intuición inquietante me invadió: esas luces no solo me iluminaban, ni solo buscaban
llamar mi atención. Estaban pidiendo algo más, algo que resonaba con la esencia de lo que
había sido olvidado. No era una llamada de auxilio común, sino el susurro de una revolución
inminente, un movimiento que se gestaba en las sombras, a la espera de su despertar. Y lo
supe de inmediato: ese destello, ese caos de luces, no era solo un reflejo de desesperación,
era un grito ancestral, una vibración que se alzaba contra la pasividad, contra las estructuras
que nos habían mantenido sumidos en la quietud.

Ideas vagas se entrelazaban en mi mente; no entendía cómo no me había dado cuenta


antes. Pensé que podría ir con Farfo; me pareció muy natural suponer que él tendría algo
de información adicional, o quizá su para nada sutil y ecuánime opinión.

Al llegar a su apartamento, la puerta estaba abierta y de ella salía una nube densa de humo
de cigarro. Toqué suavemente para no ser imprudente con mi presencia. Al no recibir
respuesta, decidí entrar.

Farfo estaba mirando al techo, con un cigarro casi consumido colgando de su mano.

—Hola —dije, anunciando mi presencia.

—¿Vienes por las luces? —preguntó sin apartar la vista del techo.

—Pensé que estaba delirando, que era una especie de llamado.

—Sí, lo es —respondió, levantándose del sofá con el cuerpo encorvado y dirigiéndose a su


habitación.
Me quedé paralizado. Tres palabras que me quitaron las mías en ese instante. Ahora, todo
el escenario de edificios rotos, que el viento acariciaba con su melodía decadente, me
mostraba su verdadero sentido. Melodías de decadencia que servían como gritos de guerra
para los de abajo. Ahora lo entendí: los de abajo planean algo, y no sé si formo parte de
ello.

—¿Pero eso qué significa? —pregunté casi gritando, esperando que Farfo me escuchara
desde su habitación.

Pero no recibí respuesta. Al acercarme a la puerta de su habitación, escuché un disparo. El


sonido me ensordeció por un momento, y la confusión no me permitió pensar. Abrí la puerta
de golpe.

Farfo yacía en la cama, con la cabeza esparcida por toda la habitación. La sangre brillaba
en el piso, y el gran charco que quedó en la cama parecía palpitar. Sentí un sabor metálico
en la garganta. No supe qué hacer ni cómo reaccionar. Fue entonces cuando vi que, entre
sus dedos, había un papel doblado en cuatro partes. En ese momento supe que su muerte
estaba, de alguna manera, relacionada con las luces y las cervezas que habíamos
compartido días atrás.

La muerte de Farfo me golpeó como un viento frío. No fue un grito ni una llamada, sino
simplemente otro cadáver en el suelo; otro recordatorio de lo que somos: simples marcas
en un mundo que ya no reconoce el valor de lo humano.

Con cuidado, tomé el papel y salí del apartamento. Mientras caminaba de regreso a mi
casa, una oleada de desesperación e impotencia inundó mi pecho. No sabía qué hacer.
Había perdido a alguien que apenas comenzaba a comprender, a alguien con quien había
compartido algo genuino. Entre lágrimas y sollozos, desplegué el papel. En él decía:

“Yo les di la información, será sangre a cambio de revolución.”

Me tumbé en el piso, apoyando mi espalda contra la pared. Mis manos temblaban y mis
labios se sentían electrificados. Tenía miedo de entender lo que ese papel significaba, de
saber que, al amanecer, todo acabaría.
Por primera vez en muchos años decidí no dormir. Me miré al espejo, casi sin reconocer mi
rostro derrotado. Comencé a llorar desconsoladamente mientras repetía: “Siempre son
problemas”. Y es que, ahí, en medio de la oscura y contaminada noche que acumula
silencios y rencores, recordé todas las veces que tuve tiempo para preocuparme.

Recordé todas las veces que normalicé el hambre, la angustia y la injusticia. Pero era más
que eso. Por primera vez me reconocí como culpable de todas las veces que mi mente me
condenó a pecar. He cometido el mayor de los pecados en este mundo en el que nací. Por
casi toda mi vida creí que los problemas tenían solución; creí erróneamente en la
esperanza.

Entre lágrimas, esperé el amanecer. Mientras la noche se aclaraba, el ruido aumentaba.


Primero eran murmullos, luego gritos, luego el sonido seco de algo golpeando las paredes
y el suelo, como una tormenta que se acercaba desde lo más hondo del edificio. Sabía lo
que significaba. Sabía que no habría sobrevivientes ni presos. Nadie sería juzgado ese día.

Los gritos subían por los pisos como una marea oscura. Eran pasos apresurados, golpes
en las puertas, disparos secos que apagaban nombres y rostros en la nada. Cuando
llegaron a mi piso, un silencio denso se instaló por un instante, como si el edificio contuviera
la respiración. Luego, la puerta de algún departamento se abrió con estrépito. El caos
estaba a un susurro de distancia.

Mi reflejo en la ventana era un espectro: ojeras profundas, piel pálida, un rostro


desconocido. Me miré a los ojos y supe que la respuesta siempre había estado ahí, que la
angustia y la esperanza eran solo las dos caras de la misma mentira.

Agarré la nota que había tomado del cuerpo de Farfo. La volteé y, con una mano
temblorosa, escribí algo al reverso. Un ruido metálico me hizo girar la cabeza: pasos en el
pasillo, una sombra alargada tras la rendija de la puerta. Cerré los ojos por un instante. No
importaba.

Abrí la ventana. Un aire denso, casi eléctrico, me recibió. Afuera, la ciudad parecía arder en
la distancia, no en llamas, sino en una vibración muda, en un temblor de algo que aún no
se rompía por completo.

Subí un pie al borde. Un estruendo en la puerta me hizo comprender que ya era tarde.
Me lancé.

Durante los segundos de caída, sentí algo distinto. No miedo. No alivio. Era la certeza de
haber escapado de algo sin nombre, de haber roto una cadena invisible.

Y en ese último instante, mientras aceleraba, entendí que jamás había visto la torre central
desde afuera.

El papel voló de mi mano, arrastrado por el viento.

—El problema es creer que existe solución.

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