0% encontró este documento útil (0 votos)
26 vistas11 páginas

La Fijación de La Creencia (Peirce) - Selección

En 'La fijación de la creencia', Charles S. Peirce explora la importancia de la lógica y la ciencia en la formación de creencias, argumentando que la verdadera indagación surge de la duda y la necesidad de establecer opiniones. Peirce distingue entre la duda, que provoca inquietud, y la creencia, que guía acciones y deseos, enfatizando que el fin de la indagación es alcanzar una opinión firme, independientemente de su veracidad. Además, critica los métodos de fijación de creencias, proponiendo que la influencia social y la educación son fundamentales para mantener las creencias en una comunidad.

Cargado por

F.B.I
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
26 vistas11 páginas

La Fijación de La Creencia (Peirce) - Selección

En 'La fijación de la creencia', Charles S. Peirce explora la importancia de la lógica y la ciencia en la formación de creencias, argumentando que la verdadera indagación surge de la duda y la necesidad de establecer opiniones. Peirce distingue entre la duda, que provoca inquietud, y la creencia, que guía acciones y deseos, enfatizando que el fin de la indagación es alcanzar una opinión firme, independientemente de su veracidad. Además, critica los métodos de fijación de creencias, proponiendo que la influencia social y la educación son fundamentales para mantener las creencias en una comunidad.

Cargado por

F.B.I
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

LA FIJACIÓN DE LA CREENCIA

Charles S. Peirce (1877)

Traducción castellana de José Vericat (1988)

I. Ciencia y lógica

1. Hay pocas personas que se preocupen de estudiar lógica, porque todo el mundo se
considera lo suficientemente experto ya en el arte de razonar. Observo, sin embargo, que
esta satisfacción se limita a la capacidad de raciocinio de uno mismo, no extendiéndose a la
de los demás hombres.

2. La posesión plena de nuestra capacidad de extraer inferencias, la última de todas


nuestras capacidades, es algo que hay que alcanzar, ya que no es tanto un don natural como
una arte prolongado y difícil. La historia de su práctica constituiría un importante tema para
un libro. Los escolásticos medievales, siguiendo a los romanos, considerándola como muy
fácil, hicieron de la lógica el primero de los estudios de un niño después de la gramática.
Así es como la entendieron. El principio fundamental para ellos era el de que todo
conocimiento reposa bien sobre la autoridad, bien sobre la razón; pero que todo lo que se
deduce por la razón depende, en última instancia, de una premisa derivada de la autoridad.
Consiguientemente, tan pronto como un niño dominaba perfectamente el procedimiento
silogístico se consideraba que había completado ya su pertrechamiento intelectual.

3. Para aquella admirable mente que fue Roger Bacon, casi un científico en la mitad del
siglo XIII, la concepción que los escolásticos tenían del raciocinio representaba
estrictamente un obstáculo a la verdad. El vio que sólo la experiencia enseña algo, una
proposición ésta que a nosotros nos parece fácil de entender, pues desde generaciones nos
ha sido transmitido un concepto diferenciado de experiencia; pero que a él le pareció por
igual perfectamente clara porque no se habían presentado aún sus dificultades. De todos los
tipos de experiencia pensó que el mejor era el de la luz interior, ya que enseña muchas cosas
sobre la naturaleza que los sentidos exteriores no podrían nunca descubrir, tal como la
transubstanciación del pan.

4. Cuatro siglos después, el Bacon más célebre, en el primer libro de su Novum


Organum, daba una clara explicación de la experiencia como algo que tenía que estar
abierto a verificación y comprobación. Pero si bien la idea de Lord Bacon era superior a
otras anteriores, con todo a cualquier lector moderno que no se deje impresionar por su
grandilocuencia le chocará enormemente lo inadecuado de su concepción del proceder
científico. ¡Vaya idea, la de que basta con realizar algunos rudos experimentos para plasmar
esquemas de los resultados en algunas fórmulas vacías, proceder metódicamente con estas
comprobando todo lo desaprobado y estableciendo las alternativas, y que en pocos años se
completaría así la ciencia física! Bacon, en efecto, como dijo aquel científico genuino que
fue Harvey, "escribió sobre la ciencia como un Lord Canciller".

5. Los primeros científicos, Copérnico, Tycho Brahe, Kepler, Galileo, Harvey y


Gilbert, utilizaron métodos más parecidos a los de sus colegas modernos. Kepler se planteó
trazar una curva que uniese las diferentes posiciones de Marte y establecer los tiempos que
tardaba el planeta en describir las diferentes partes de esa curva; pero quizá su mayor
servicio a la ciencia fue el de grabar en la mente de los hombres que lo que había que hacer,
si querían progresar en astronomía, no era limitarse a investigar si un sistema de epiciclos
era mejor que otro, sino que había que ceñirse a los números y averiguar cuál era en
realidad la curva. (…)

6. Por lo mismo, toda obra científica lo suficientemente importante como para que se la
tenga que recordar durante unas pocas generaciones constituye un cierto ejemplo de los
defectos del arte de razonar de la época en que fue escrita; y cada paso importante en la
historia de la ciencia ha sido una lección de lógica. Lo fue cuando Lavoisier y sus
contemporáneos emprendieron el estudio de la química. La vieja máxima del químico había
sido "Lege, lege, lege, labora, ora, et relege". El método de Lavoisier no fue leer y orar, sino
soñar que un cierto proceso químico, largo y complicado, debería tener un cierto efecto,
ponerlo en práctica con monótona paciencia, soñar tras su inevitable fracaso que con una
cierta modificación daría lugar a otro resultado, y terminar publicando el último sueño
como un hecho: lo peculiar suyo fue llevar su mente al laboratorio y hacer literalmente de
sus alambiques y retortas instrumentos del pensamiento, dando una nueva concepción del
razonar como algo que había que hacer con los ojos abiertos, manipulando cosas reales en
lugar de palabras y quimeras.(…)

III. Duda y creencia

13. En general sabemos cuándo queremos plantear una cuestión y cuándo queremos
realizar un juicio, ya que hay una desemejanza entre la sensación de dudar y la de creer.

14. Pero esto no es todo lo que distingue la duda de la creencia. Hay una diferencia
práctica. Nuestras creencias guían nuestros deseos y conforman nuestras acciones. Los
"Asesinos", o seguidores del Viejo de la Montaña, solían a la más mínima orden lanzarse a
la muerte, porque creían que la obediencia hacia él les garantizaba la felicidad perpetua. De
haberlo puesto en duda no habrían actuado como lo hacían. Pasa lo mismo con toda
creencia, según su grado. El sentimiento de creer es un indicativo más o menos seguro de
que en nuestra naturaleza se ha establecido un cierto hábito que determinará nuestras
acciones La duda nunca tiene tal efecto.

15. No podemos tampoco pasar por alto una tercera diferencia. La duda es un estado de
inquietud e insatisfacción del que luchamos por liberarnos y pasar a un estado de creencia;
mientras que este último es un estado de tranquilidad y satisfacción que no deseamos eludir
o cambiar por una creencia en otra cosa. Al contrario, nos aferramos tenazmente no
meramente a creer, sino a creer precisamente lo que creemos.

16. La duda y la creencia tienen así efectos positivos en nosotros, aunque de tipo muy
diferente. La creencia no nos hace actuar automáticamente, sino que nos sitúa en
condiciones de actuar de determinada manera, dada cierta ocasión. La duda no tiene en lo
más mínimo un tal efecto activo, sino que nos estimula a indagar hasta destruirla. Esto nos
recuerda la irritación de un nervio y la acción refleja producida por ello; mientras que como
análogo de la creencia en el sistema nervioso tenemos que referirnos a las llamadas
asociaciones nerviosas –por ejemplo, a aquel hábito de los nervios a consecuencia del cual
el aroma de un melocotón hace agua la boca.

IV. El fin de la indagación

17. La irritación de la duda causa una lucha por alcanzar un estado de creencia.
Llamaré a esta lucha indagación, aunque debo admitir que no es esta con frecuencia una
designación muy adecuada.

18. La irritación de la duda es el solo motivo inmediato de la lucha por alcanzar la


creencia. Lo mejor ciertamente para nosotros es que nuestras creencias sean tales que
verdaderamente puedan guiar nuestras acciones de modo que satisfagan nuestros deseos; y
esta reflexión hará que rechacemos toda creencia que no parezca haber sido formada de
manera tal que garantice este resultado. Pero sólo lo hará así creando una duda en lugar de
aquella creencia. La lucha, por tanto, empieza con la duda y termina con el cese de la duda.
De ahí que el solo objeto de la indagación sea el establecer la opinión. Podemos elucubrar
sobre que esto no nos basta, y que lo que buscamos no es meramente una opinión, sino una
opinión verdadera. Pero si sometemos a prueba esta elucubración se probará como carente
de base; pues tan pronto como alcanzamos una creencia firme nos sentimos totalmente
satisfechos, con independencia de que sea verdadera o falsa. Y está claro que nuestro objeto
no puede ser nada que esté fuera de la esfera de nuestro conocimiento, pues nada que no
afecte a la mente puede ser motivo de esfuerzo mental. Lo máximo que se puede afirmar es
que buscamos una creencia que pensaremos que es verdadera. Pero que es verdadera lo
pensamos de cada una de nuestras creencias, y, en efecto, el afirmarlo es una mera
tautología.
Que el establecimiento de opinión es el solo fin de la indagación es una muy
importante proposición. Hace desaparecer automáticamente diversos conceptos vagos y
erróneos de prueba. Podemos señalar aquí unos pocos.

19. 1) Algunos filósofos han imaginado que para iniciar una indagación era sólo
necesario proferir una cuestión, oralmente o por escrito, ¡e incluso nos han recomendado
que empecemos nuestros estudios cuestionándolo todo! Pero el mero poner una proposición
en forma interrogativa no estimula a la mente a lucha alguna por la creencia. Tiene que ser
una duda viva y real, y sin esto toda discusión resulta ociosa.

2) Una idea muy común es la de que una demostración tiene que basarse en ciertas
proposiciones absolutamente indudables y últimas. Según una escuela, éstas son primeros
principios de naturaleza general; según otra, son sensaciones primeras. Pero, de hecho, una
indagación, para que tenga aquel resultado completamente satisfactorio llamado
demostración, tiene sólo que empezar con proposiciones perfectamente libres de toda duda
actual. Si las premisas no se ponen de hecho en duda en absoluto, no pueden ser más
satisfactorias de lo que son.

3) A algunos parece que les gusta argüir algo después de que todo el mundo esté
completamente convencido de ello. Pero no puede realizarse ningún ulterior avance.
Cuando la duda cesa, la acción mental sobre el tema llega a su fin, y si continúa sería sin
propósito alguno.

V. Métodos de fijar la creencia

20. Si el solo objeto de la indagación es el establecimiento de opinión, y si la creencia


tiene la naturaleza de un hábito, ¿por qué no podríamos alcanzar el fin deseado tomando
como respuesta a nuestra cuestión cualquiera de las que podamos elucubrar, reiterándonosla
constantemente a nosotros mismos, deteniéndonos en todo lo que puede conducir a tal
creencia, y aprendiendo a alejarnos con desprecio y aversión de todo lo que pueda
perturbarla? Este método, simple y directo, es el que persiguen realmente muchos hombres.
Recuerdo una vez que se me encarecía no leer un cierto periódico por miedo a que pudiese
cambiar mi opinión sobre el librecambio. "Por miedo a que pudiese quedar atrapado en sus
falacias y falsedades", era la expresión. "Tú no eres, decía mi amigo, un especialista en
economía política. Puedes quedar por tanto fácilmente embaucado por argumentaciones
falaces sobre el tema. Si lees este artículo puedes llegar a creer, pues, en el proteccionismo.
Pero tú admites que el librecambio es la doctrina verdadera, y no deseas creer lo que no es
verdad". Sé que con frecuencia este sistema se ha adoptado de forma deliberada. Y que con
mayor frecuencia aún el desagrado instintivo hacia un estado indeciso de la mente,
magnificado en un vago espanto hacia la duda, hace que los hombres se aferren
espasmódicamente a las ideas que ya tienen. El hombre siente que sólo se encontrará
plenamente satisfecho si se adhiere sin vacilar a su creencia. Y no puede negarse que una fe
firme e inamovible depara una gran paz mental. Ciertamente puede tener algunos
inconvenientes, tal como en el caso de un hombre que se mantenga resuelto a creer que el
fuego no le quema, o que se condenará eternamente de no tomar sus ingesta sólo a través de
una sonda estomacal. Pero el que adopta dicho método no permitirá que los inconvenientes
superen a las ventajas. Se dirá: "Me mantengo resueltamente en la verdad, y la verdad es
siempre saludable". Y en muchos casos puede ser muy cierto que el placer que deriva de su
tranquila fe compense cualquiera de los inconvenientes que resulten de su carácter
fraudulento. Así, si es verdad que la muerte es aniquilación, entonces el hombre que cree
que al morir irá con toda seguridad directo al cielo, supuesto que haya cumplido ciertos
simples requisitos en su vida, disfruta de un placer fácil no enturbiado por el más mínimo
desengaño23. En cuestiones religiosas muchas personas parecen haber realizado una
consideración parecida, ya que con frecuencia oímos decir: "Oh, no podría creer así-o-asá
porque de hacerlo me sentiría muy desgraciado". Cuando un avestruz al acercarse el peligro
entierra su cabeza en la arena, muy probablemente adopta la línea más acertada. Oculta el
peligro y dice entonces con toda tranquilidad que no hay ningún peligro, y si se siente
perfectamente seguro de que no lo hay ¿por qué habría de levantar la cabeza para mirar? Un
hombre puede ir por la vida manteniendo sistemáticamente apartado de la vista todo aquello
que pueda llevarle a un cambio de sus opiniones, y si le resulta –basando su método, tal
como lo hace, en dos leyes psicológicas fundamentales- no veo qué es lo que puede
objetarse a ello. Sería una impertinencia egotista objetar que este procedimiento es
irracional, pues esto es sólo tanto como decir que su método de establecer creencia no es el
nuestro. El no se propone ser racional, y, en efecto, hablará con frecuencia con desprecio de
la débil e ilusoria razón del hombre. Dejémosle pues que piense como quiera.

21. Pero este método de fijar la creencia, que puede llamarse el método de la tenacidad,
en la práctica resulta incapaz de mantener sus bases. El impulso social va contra él. Quien
lo adopta se encuentra con que otros piensan de modo diferente a él, y en algún momento de
mayor lucidez será proclive a pensar que las opiniones de éstos son tan buenas como las
suyas propias, quebrantándose así su confianza en su creencia. Esta concepción de que el
pensamiento o el sentimiento de otro hombre pueda ser equivalente al de uno mismo
constituye claramente un nuevo paso, y de gran importancia. Surge de un impulso
demasiado arraigado en el hombre como para suprimirlo sin poner en peligro la destrucción
de la especie humana. A menos que nos transformemos en eremitas, nos influimos
necesariamente en las opiniones unos a otros; de manera que el problema se transforma en
cómo fijar la creencia, no meramente en le individuo, sino en la comunidad.

22. Dejemos, pues, actuar la voluntad del estado en lugar de la del individuo. Que se
cree una institución que tenga por objeto mantener correctas las doctrinas ante la gente,
reiterarlas perpetuamente, y enseñarlas a los jóvenes; teniendo a la vez poder para evitar
que se enseñen, defiendan, o expresen, doctrinas contrarias. Que se alejen de la perspectiva
de los individuos todas las causas posibles de un cambio mental. Mantengámosles
ignorantes, no sea cosa que por alguna razón aprendan a pensar de modo distinto a como lo
hacen. Asegurémonos de sus pasiones, de manera que vean con horror y hostilidad las
opiniones privadas y poco usuales. Reduzcamos entonces al silencio a todos los que
rechacen la creencia establecida. Que la gente los eche y los embadurne cubriéndolos de
plumas, o que se investigue el modo de pensar de las personas sospechosas, y que si se las
encuentra culpables de creencias prohibidas se las someta a algún castigo ejemplar. Cuando
en todo caso no se pueda conseguir una total anuencia, una masacre general de todos los
que no piensen de una determinada manera se ha acreditado como un medio muy efectivo
de establecer opinión en un país. Si se carece de poder para hacerlo, redactemos una lista de
opiniones a la que nadie con la más mínima independencia de criterio pueda asentir, y
exijamos que los fieles acepten todas estas proposiciones con objeto de aislarlos lo más
radicalmente posible de la influencia del resto del mundo.

Este método ha sido desde los primeros tiempos uno de los medios básicos de mantener
las doctrinas políticas y teológicas correctas, y de preservar su carácter católico o universal.
Se practicó especialmente en Roma, desde los tiempos de Numa Pompilio a los de Pío IX.
Es este el ejemplo más perfecto en la historia; pero ahí donde ha habido una clase sacerdotal
–y no hay religión alguna que haya carecido de ella- se ha hecho más o menos uso de este
método. Ahí donde hay una aristocracia, o un gremio, o cualquier asociación de una clase
de hombres cuyos intereses dependen, o se supone que dependen, de ciertas proposiciones,
allí se encontrarán inevitablemente trazas de este producto natural del sentimiento social.
Este sistema siempre va acompañado de crueldades; y cuando se lleva a cabo de forma
consistente, éstas se transforman en atrocidades del más horrible carácter a los ojos de
cualquier hombre racional. Y ello no debería sorprendernos, pues el funcionario de una
sociedad no se encuentra motivado a sacrificar los intereses de ésta en aras de la clemencia,
tal como puede hacerlo con sus intereses privados. Es natural por tanto que la simpatía y la
camaradería den lugar así al más despiadado poder.

23. Al juzgar este método de evaluar la creencia, que puede llamarse el método de la
autoridad, tenemos que admitir en primer lugar su inconmensurable superioridad moral y
mental respecto del método de la tenacidad. Su éxito es proporcionalmente mayor; y, de
hecho, ha dado una y otra vez los más majestuosos resultados. Ya las meras estructuras de
piedra que ha llegado a ensamblar –en Siam, por ejemplo, en Egipto y en Europa- tienen
muchas de ellas una sublimidad con la que apenas llegan a rivalizar las más grandes obras
de la naturaleza. Y, aparte de las épocas geológicas, no hay tan vastos períodos de tiempo
como los que miden algunas de estas fes organizadas. Si escudriñamos más detenidamente
la cuestión nos encontraremos con que ni uno solo de estos credos ha permanecido siempre
igual; con todo, el cambio es tan lento que resulta imperceptible a lo largo de la vida de una
persona, por lo que la creencia individual permanece sensiblemente fija. Para la masa de la
humanidad, pues, no hay quizá ningún otro método mejor que éste. Si su más alto impulso
es el de ser esclavos intelectuales, entonces deben permanecer esclavos.

24. Pero ninguna institución puede pretender regular las opiniones sobre todos los
demás. Sólo puede atender a los más importantes, dejando en el resto las mentes humanas a
la acción de las causas naturales. Esta imperfección no constituye fuente de debilidad en
tanto en cuanto los hombres se encuentren en un estado cultural en el que una opinión no
influya en otra, es decir, en tanto en cuanto no sepan sumar dos y dos. Pero en la mayor
parte de los estados tiranizados por el clero siempre hay algunos individuos que se
encuentran por encima de esta condición. Estos hombres poseen un tipo más amplio de
sentimiento social; ven que en otros países y épocas los hombres han mantenido doctrinas
muy diferentes de aquellas en las que ellos han sido educados a creer; y no pueden evitar
darse cuenta de que es meramente accidental que se les haya enseñado como se les ha
enseñado, y que se les haya dotado de los modos y asociaciones que tienen, lo que les ha
llevado a creer tal como creen y no de modo muy distinto. Y su candor no puede tampoco
resistir la reflexión de que no hay ninguna razón para considerar sus propias ideas como por
encima de las de otras naciones y otros siglos, planteando así dudas a sus mentes,

25. Percibirán también, además, que en sus mentes tienen que haber dudas como éstas
respecto de toda creencia que parezca estar determinada sea por el propio capricho, sea por
el de los que dieron lugar a las opiniones populares. Tiene por consiguiente que
abandonarse la adhesión entusiasmada a una creencia y su imposición arbitraria a otros.
Hay que adoptar un método nuevo y diferente de establecer opiniones, que no sólo
produzca un impulso a creer, sino que decida también cuál es la proposición a creer.
Liberemos pues de impedimentos la acción de las preferencias naturales, y que los hombres,
bajo la influencia de éstas, conversando unos con otros y considerando las cuestiones bajo
perspectivas diferentes, desarrollen gradualmente creencias en armonía con las causas
naturales. Este método se parece a aquél mediante el cual han madurado las concepciones
artísticas. El ejemplo más perfecto del mismo se encuentra en la historia de la filosofía
metafísica. Usualmente los sistemas de este tipo no se han basado en hechos observados, al
menos no a un cierto nivel relevante. Básicamente se han adoptado porque sus
proposiciones fundamentales parecían "agradables a la razón". Es esta una expresión
adecuada; no significa aquello que concuerda con la experiencia, sino aquello que nos
encontramos inclinados a creer. Platón, por ejemplo, encuentra agradable a la razón que las
distancias unas de otras de las esferas celestes sean proporcionales a las diferentes
longitudes de las cuerdas que producen acordes armoniosos. Muchos filósofos han llegado a
sus conclusiones fundamentales mediante consideraciones de este tipo. (…)

26. Desde el punto de vista de la razón este método es mucho más intelectual y
respetable que cualquiera de los otros dos a los que nos hemos referido. Ciertamente, en la
medida en que no pueda aplicarse ningún método mejor debe seguirse éste, pues es
entonces la expresión del instinto la que tiene que ser en todos los casos la causa última de
la creencia. Pero su fracaso ha sido de lo más patente. Hace de la indagación algo similar al
desarrollo del gusto; pero el gusto, por desgracia, es siempre más o menos una cuestión de
moda, por lo que los metafísicos no han llegado nunca a un acuerdo fijo, sino que desde los
primeros tiempos hasta los últimos el péndulo ha estado oscilando hacia adelante y hacia
atrás entre una filosofía más material y otra más espiritual. Y así, a partir de este método,
que se ha llamado el método a priori, llegamos, en frase de Lord Bacon, a la verdadera
inducción. Hemos inspeccionado este método a priori como algo que prometía liberar
nuestras opiniones de su elemento accidental y caprichoso. Pero el desarrollo, si bien es un
proceso que elimina el efecto de algunas circunstancias casuales, no hace más que
magnificar a la vez el de otras. Este método, por lo tanto, no difiere de modo muy esencial
del de la autoridad, Puede que el gobierno no haya movido un dedo para influir en mis
convicciones; puede que hacia afuera se me haya dejado en total libertad de elegir, digamos,
entre monogamia y poligamia, y que apelando sólo a mi conciencia pueda haber concluido
que esto último es algo en sí mismo licencioso. Pero cuando veo que el obstáculo
fundamental a la expansión de la cristiandad entre un pueblo de cultura tan elevada como el
de los hindúes ha sido la convicción de la inmoralidad de nuestro modo de tratar a las
mujeres, no puedo por menos de considerar que aun cuando no se interfieran los gobiernos
lo cierto es que el desarrollo de los sentimientos se encuentra fuertemente determinado por
causas accidentales. Ahora bien, hay ciertas gentes, entre las cuales tengo que suponer que
se encuentra mi lector, que en cuanto observan que alguna de sus creencias está
determinada por cualquier circunstancia extraña a los hechos, a partir de ese momento no
sólo admiten de palabra que esa creencia es dudosa, sino que experimentan una duda real,
de manera que en cierta medida deja de ser una creencia.

[Link] satisfacer nuestras dudas es necesario, por tanto, encontrar un método mediante
el cual nuestras creencias puedan determinarse, no por algo humano, sino por algo
permanente externo, por algo en lo que nuestro pensamiento no tenga efecto alguno.
Algunos místicos imaginan que disponen de un tal método en la inspiración privada
procedente de lo alto. Pero esto es sólo una forma del método de la tenacidad, en el que la
concepción de verdad como algo público no se ha desarrollado aún. Nuestro algo
permanente externo no sería, en nuestro sentido, externo si su ámbito de influencia se
redujese a un individuo. Tiene que ser algo que afecte, o pueda afectar, a cada hombre. Y
aun cuando tales afecciones son necesariamente tan diversas como lo son las condiciones
individuales, con todo el método ha de ser tal que la conclusión última de cada una sea la
misma. Tal es el método de la ciencia. Su hipótesis fundamental, expresada en un lenguaje
más familiar, es ésta. Hay cosas reales cuyas características son enteramente independientes
de nuestras opiniones sobre las mismas; estos reales afectan a nuestros sentidos siguiendo
unas leyes regulares, y aun cuando nuestras sensaciones son tan diferentes como lo son
nuestras relaciones a los objetos, con todo, aprovechándonos de las leyes de la percepción,
podemos averiguar mediante el razonar cómo son real y verdaderamente las cosas; y
cualquiera, teniendo la suficiente experiencia y razonando lo bastante sobre ello, llegará a la
única conclusión verdadera. La nueva concepción implicada aquí es la de realidad. Se me
puede preguntar cómo sé que hay reales. Si esta hipótesis es el único apoyo de mi método
de indagación, mi método de indagación no tiene que utilizarse para apoyar mi hipótesis. La
respuesta es esta: 1) si no se puede considerar que la investigación prueba que hay cosas
reales, al menos no lleva a una conclusión contraria; pero el método y la concepción en la
que se basa continúan estando en armonía. Por lo tanto, de la práctica del método no surgen
necesariamente dudas sobre el mismo, tal como ocurre con todos los demás; 2) el
sentimiento que da lugar a cualquier método de fijar la creencia es el de una insatisfacción
ante dos proposiciones incompatibles. Pero aquí hay ya una concesión vaga de que una
proposición representaría una cierta cosa. Nadie, por tanto, puede realmente poner en duda
que hay reales, pues de dudarlo la duda no sería entonces una fuente de insatisfacción. La
hipótesis, por lo tanto, es la que todo el mundo admite. De manera que el impulso social no
nos lleva a ponerla en duda; 3) todo el mundo utiliza el método científico en un gran
número de cosas, y sólo deja de hacerlo cuando no sabe cómo aplicarlo; 4) la experiencia
del método no nos ha llevado a cuestionarlo, sino que, por el contrario, ha sido la
investigación científica la que ha cosechado los más maravillosos triunfos en el modo de
establecer opinión. Estos proporcionan la explicación del no cuestionar yo el método, o la
hipótesis que éste presupone; y al no tener duda alguna, ni creer que la tenga nadie de
aquellos en los que yo pueda influir, sería una mera verborrea seguir hablando de ello. Si
hay alguien con alguna duda viva sobre el tema, que la reflexione.

28. El objeto de esta serie de artículos es describir el método de la investigación


científica. De momento sólo tengo espacio para señalar algunos puntos de contraste entre
este método de fijar la creencia y otros.

Este es el único de los cuatro métodos que presenta una cierta distinción entre una vía
recta y otra errónea. Si adopto el método de la tenacidad, y me cierro a toda influencia
exterior, todo lo que considero necesario para lograrlo es de acuerdo a este método
necesario. Lo mismo con el método de la autoridad: el Estado puede intentar sofocar la
herejía por medios que, desde un punto de vista científico, parecen altamente
contraproducentes a sus propios objetivos, pero el único test sobre la base de este
método es el que piensa el Estado; de manera que éste no puede desarrollar erróneamente el
método. Lo mismo con el método a priori. Su esencia misma es la de pensar como uno está
inclinado a pensar. Todos los metafísicos están seguros de hacer esto, con independencia de
que puedan estar inclinados a juzgarse unos a otros como obstinadamente errados. El
sistema hegeliano reconoce como lógica toda tendencia natural del pensamiento, aun
cuando vaya a estar ciertamente neutralizada por contratendencias. Hegel piensa que hay un
sistema regular en la sucesión de estas tendencia a consecuencia del cual la opinión,
después de ir a la deriva en un sentido u otro durante un largo período de tiempo, terminará
por proceder rectamente. Y es verdad que los metafísicos terminan por alcanzar las ideas
rectas; el sistema de la naturaleza, de Hegel, representa de forma aceptable la ciencia de su
época; y uno puede estar seguro de que toda investigación científica que se haya situado
fuera de toda duda dispondrá instantáneamente de la demostración a priori por parte de los
metafísicos. Pero el caso es diferente con el método científico. Puedo empezar con hechos
conocidos y observados para proceder hacia lo desconocido; y, con todo, las reglas que sigo
al hacerlo pueden no ser las que la investigación aprobaría. El test de si verdaderamente
sigo o no el método no es una apelación inmediata a mis sentimientos y propósitos, sino
que, por el contrario, ello mismo implica la aplicación del método. De ahí que sea posible
tanto un buen como un mal razonamiento; y este hecho es el fundamento del lado práctico
de la lógica.
29. No hay que suponer que los tres primeros métodos de establecer opinión no
presenten ventaja alguna sobre el método científico. Al contrario, cada uno tiene sus propias
cualidades. El método a priori se distingue por sus confortables conclusiones. La naturaleza
del procedimiento es la de adoptar cualquier tendencia a la que estamos inclinados –y hay
ciertos halagos a la vanidad humana en los que por naturaleza todos creemos- hasta que los
rudos hechos nos despiertan de nuestro placentero sueño. El método de la autoridad regirá
siempre la masa de la humanidad; y los que detentan en el estado las diversas formas de
fuerza organizada nunca se convencerán de que de alguna manera el razonamiento
peligroso no debe suprimirse. Si la libertad de expresión consiste en estar libre de las trabas
de las formas groseras de constreñimiento, entonces la uniformidad de opinión estaré
asegurada por un terrorismo moral al que la respetabilidad social dará su sistemática
aprobación. Seguir el método de la autoridad es el camino de la paz. Se permiten ciertos
inconformismos; otros (considerados inseguros) se prohíben. Estos son diferentes en
diferentes países y en diferentes edades; pero, estés donde estés, se hará saber que
mantienes seriamente una creencia tabú, y puedes estar seguro de que se te tratará con una
crueldad menos brutal pero más refinada que la de perseguirte como a un perro. De ahí que
los mayores benefactores de la humanidad no se hayan atrevido nunca, ni se atreven ahora,
a proferir todo su pensamiento; y que, por tanto, una sombra de duda prima facie se cierna
sobre toda proposición que se considera esencial a la seguridad de la sociedad. De modo
bastante peculiar, la persecución no siempre procede de afuera; sino que un hombre se
atormenta a sí mismo, llegando con frecuencia a angustiarse al máximo al descubrirse
creyendo en proposiciones que la educación recibida le llevaba a considerar con aversión.
El hombre pacífico y comprensivo encontrará en consecuencia muy difícil resistirse a la
tentación de someter sus opiniones a la autoridad. Pero el que admiro más es el método de
la tenacidad, por su fuerza, simplicidad y franqueza. Los que lo utilizan se distinguen por su
carácter decidido, que resulta muy afín a tal regla mental. No malgastan el tiempo
intentando convencerse de lo que quieren, sino que sin la menor vacilación, como
relámpagos, echan mano de la primera alternativa que se les presenta, aferrándose a ella
hasta el final, pase lo que pase. Es esta una de las espléndidas cualidades que generalmente
acompaña al éxito brillante y pasajero. Es imposible no envidiar al hombre que puede
prescindir de la razón, aun cuando sepamos lo que a la postre acaba sucediendo.

30. Tales son las ventajas que tiene la investigación científica sobre los otros métodos
de establecer opinión. El hombre debiera reflexionar sobre ellas, y considerar entonces que,
después de todo, lo que él quiere es que sus opiniones coincidan con el hecho, y que no hay
razón alguna de por qué los tres primeros métodos deban lograr esto. Conseguir esto es la
prerrogativa del método científico. En base a tales consideraciones ha de realizar su
elección –una elección que es mucho más que la adopción de una opinión intelectual, que es
una de las decisiones capitales de la vida, a la que, una vez tomada, está obligado a
vincularse. La fuerza del hábito hará a veces que el hombre se aferre a sus viejas creencias,
después de estar en situación de ver que no tienen ninguna base sólida. Pero la reflexión
sobre el caso se sobrepone a estos hábitos, por lo que debe dar todo su peso a la reflexión.
La gente, sin embargo, es reacia a actuar así, al tener la idea de que las creencias son algo
saludable y no pueden pensar que no se apoyen en nada. Pero que estas personas supongan
un caso análogo, aunque diferente del suyo propio. Que se pregunten qué es lo que dirían a
un musulmán reformado que vacilase en abandonar sus viejas ideas sobre las relaciones
entre los sexos; o a un católico reformado que tuviese reparos aún en leer la Biblia. ¿No
dirían acaso que tales personas deberían considerar la cuestión detenidamente y comprender
claramente la nueva doctrina, debiendo entonces abrazarla en toda su plenitud? Pero, sobre
todo, que se tenga en cuenta que más saludable que cualquier creencia particular es la
integridad de creencia, y que no penetrar en las bases de cualquier creencia por miedo a que
puedan aparecer podridas es algo tan inmoral como perjudicial. La persona que reconoce
que se da algo así como la verdad, que se distingue de la falsedad meramente en esto, en
que si se actúa atentamente en base a ella nos llevaría sin dilación al punto propuesto, y que
entonces, aun convencida de esto, no se atreve a conocer la verdad e intenta evitarla, esta
persona, verdaderamente, se encuentra en un triste estado mental. Sí, los otros métodos
tienen sus méritos: una conciencia lógica clara tiene su coste –como nos cuesta clara
cualquier virtud, todo lo que más ansiamos. Pero no deseamos que sea de otro modo. El
genio del método lógico de un hombre hay que amarlo y reverenciarlo como a su novia, a la
que ha escogido de entre todo el mundo. No necesita despreciar a las otras; al contrario,
puede honrarlas profundamente, y al hacerlo no hace más que honrar más a la suya propia.
Pero ella es la que él ha escogido, y sabe que ha estado acertado al hacer esta elección. Y,
una vez hecha, trabajará y luchará por ella, no lamentándose de los golpes que hay que
encajar, confiando en que haya otros tantos y tan duros por dar, esforzándose por ser el
digno caballero y campeón de ella, de la llama de cuyos esplendores extrae él su inspiración
y su coraje.

También podría gustarte