El tobogán
Por Brenda Schüttke
Mariana estaba en la parte de arriba del tobogán. Sabía que cuando se deslizara todo
cambiaría. Deslizarse era como tener el corazón en la boca, como si el pecho le estuviera a
punto de explotar, con la piel de gallina y hormigas en las extremidades, como una vida
fugaz, como tener el tesoro entre las manos y se haga arena entre los dedos. Todo eso en
microsegundos. Hasta tocar el suelo. La primera vez de cada día era única. Pero ella tenía
un ritual y siempre subía y se bajaba tres.
Pasó una década y Mariana ya era joven adulta Trabajaba en la calesita. Hacía papas fritas
y escuchaba parejas discutir de qué color pintar las paredes de sus casas, mientras los
niños jugaban. Ya tendrían tiempo para discutir con sus futuras parejas si el living sería
beige o naranja.. Pensaba Mariana.
La vida de Mariana era monótona. Su pelo siempre olía a frito. La incomodidad que sentía
en sus manos grasosas era la misma incomodidad que sentía con el pasar de los días.
Cuando salía de trabajar, escribía en su diario, frente al mar, mientras las hojas se mojaban
con la gotera de su termo, y también se impregnaban de olor a algas.
Cuando Mariana no podía dormir solía escribir en su diario anécdotas del trabajo, los
compañeros que hablaban mal del jefe, parejas que no se ponían de acuerdo, y el chico
que veía pasar por la ventana todos los días a las 16. Tenía tantas teorías de la vida de ese
muchacho como la cantidad de pelos de su cabeza. Imaginaba escenarios, ella tropezaba y
él se acercaba a preguntarle si estaba bien.. ella le decía que lo conocía de algún lado,
claramente mintiendo, él también le mentía e intercambian teléfonos. Pero no. Tendría que
pensar en otra cosa. Aparte tampoco se tropezaría a propósito no ? Sería absurdo. Todo en
la cabeza de Mariana era absurdo. Y según ella su vida también.
Querido diario :
El martes pasado llovió toda la mañana. Me gusta el olor a tierra mojada, pero no que se
llenen de barro mis zapatos. Soy pésima pasando el trapo.
No me importo que el cielo caiga entero sobre mi cabeza , y salí sin paraguas. No pensé en
ninguna dirección, solo quería ver qué pasaba.
A la media hora de estar caminando termine en el parque de juegos. Ahí estaba
él.Cansado de ser un tobogán. No había un alma,asique no lo dude.. Subí las oxidadas y
resbaladizas escaleras, y me senté en la cima. Me sentí ridícula. Debo admitirlo. Aparte
estaba lloviendo. Que carajo estaba haciendo? El tobogán me quedaba chico, y ni con el
agua de la lluvia podía dejar escurrirme como las gotas, era más bien como una babosa
obesa y torpe. El descenso, fue lento, fue patético. Toque el suelo. Me llene de barro.
Volví a casa triste, y enojada. Había estado aferrada a un juego por años que ahora había
cambiado y me llevaba inexorablemente a un precipicio. Pensé todos los posibles
reemplazos de aquellos momentos felices mientras me hundía y daba manotazos, hasta
que me rendí , y caí en los brazos del abismo.
Mariana despertó sin alarma a la 7 am en punto, se vistió y se fue a trabajar sin desayunar.
El sol le acariciaba el rostro, como si supiera por lo que estaba pasando. Y las hojas de los
árboles hacían música junto a las aves como si la estuvieran alentando. Mientras pensaba
en eso, entró al bar de la calesita.
Sus compañeros siempre llegaban tarde. Esa parte de la mañana era suya, en silencio.
Se sentó en la barra, mientras observaba los deportistas madrugadores que salían a correr
junto a sus mascotas; el mar que seguía su curso indiferente a las contradicciones inútiles y
pasajeras de los humanos, el vendedor de churros que la saludaba todos los días; las
medialunas en el mostrador, tibias, intactas; los rayos del sol filtrándose por la ventana.
El chico que pasaba todos los días a las 16, ese día pasó temprano, él tampoco había
desayunado.
La hamaca
Por Brenda Schüttke
Mí cuerpo diminuto se acercaba y se alejaba de sus manos agrietadas, cansadas de
impulsarme al espacio.
Papá no tenía mucha paciencia. A veces, cuando volaba, no sabía si iba a aterrizar. Él se
cansaba y me abandonaba. Una vez se cansó y me abandonó de verdad. Dijo que se iba de
viaje. No dijo a dónde. Ni siquiera me dijo chau.
Ahora me tenía que hamacar sola. Mí cuerpo ya estaba más grande. Pero mis piernas eran
cortas. No tenía tanta fuerza. Ni para volar. Ni para frenar cuando yo quisiera. A veces la
hamaca enloquecía, yo apretaba mis manos agarrándome de las cadenas para no caer, y
las cadenas me mordían las manos y se burlaban de mí. Le decía a la hamaca por favor
que pare, pero ella hacía lo que quería y no paraba.
Algunos valientes se tiraban desde lo más alto, no les daba miedo la hamaca, y caían como
los gatos .Yo lo intente una vez pero me raspe las rodillas. No entendía porque los otros
niños podían y yo no. No entendía porque la hamaca a ellos si los quería y a mí no.
Un día papá volvió de su largo viaje, con dos maletas llenas de regalos.
- Mariana, vamos a las hamacas?
El puente
Por Brenda Schüttke
De haber sabido antes, le hubiera dicho a Dios, haber nacido en otra parte. Pero dios sabe
lo que hace -dijo mamá lavando los platos-. Y yo pensaba, cuál era el acertijo que quería
descifre. Cuando la vi, no solo la vi. Estaba seria. Pálida. Cómo yo. Yo en realidad estaba
muerto. Era un pedazo de carne errante, un vagabundo de las calles menos transitadas.
Con esto me refiero a la vida. No a las calles. Las cosas que tenía que callar para sostener
mi existencia eran de otro planeta. Aunque todos vivimos en un propio planeta. La vi, pálida,
asustada. Qué antipática pensé. Sé que ella pensó lo mismo. No hablaba mucho pero a
alguna amiga seguro se lo dijo. Yo ya había experimentado el amor, en tantas formas, de la
más aburrida hasta la más extrema, esas de las que uno camina en cuerda floja sobre un
eterno precipicio. Pero como dije. Yo estaba muerto. Esos amores me aniquilaron. Y me
aniquilaron porque ninguno fue amor.
Pero ella, pálida, seria, antipática, irritable, altanera, indescifrable, me miraba. Me miraba y
yo la miraba, pero no de esas miradas que tienen los amantes, que se encierran un par de
horas en los cuartos. No, de repente un día, empecé a sentirme nervioso. Pero ¿por qué
con ella? Pensé. Empecé a sentirme nervioso. Y entre ella y yo enfrentados crecía algo
inevitable, invisible, inefable. Yo debo estar loco, pensé, sí estoy muerto. Y las voces de ese
dios que maldije tanto tiempo empezó a ser amable conmigo, y las puertas de los cielos se
abrieron, y los ángeles descendieron, y me despertaban canciones de amor jamás oídas
antes.
Y ella, ella, que no era su cuerpo, ni su pelo, ni su voz, nada que pueda tocar con mis
manos de ella. Era ella. Eones, eones de tiempo del no tiempo, una sinfonía universal jamás
soñada. Ella era un sueño.
-Gaspar! ¡Te estoy hablando!, ¿podés secar los platos ?
- Si, ya voy
Pequeño Ricky
Por Brenda Schüttke
Ricardo. Las maestras de la primaria no lo querían a Ricky. Tenía una habilidad
extraordinaria para decirles lo que no querían escuchar, por allá a fines de los setenta,
donde muy poco se podía hablar. Ah, pero él se hablaba todo. No le importaba nada.
Conocía el talón de Aquiles de cada persona que se le acercaba, y según como esté de
humor sus palabras eran bálsamo o hiedra venenosa.
Ricardo era el Superman de las palabras. Y como Superman él también tenía una kriptonita.
Los ñoquis. Un plato de ñoquis con salsa bolognesa podía quebrar en segundos su
voluntad. Esa era el arma de Marta, su madre. Que se volvía loca porque Ricardo no paraba
de decir la verdad. Le decía la verdad a las tías, a las vecinas, al peluquero, al veterinario.
- Pero escúchame querida, ¿por qué no lo mandas a un reality show?- Le decía Mabel
mientras chupaba un mate.
- Porque no Mabel, no. Este te canta la verdad cual Mesías. ¿Qué querés, que aparezca
muerto en la zanja de guardia?- Le contestaba Marta, cansada de contestar siempre lo
mismo.
- Qué exagerada, lo domesticás un poco con comida, y de paso haces guita nena, pensá
en la guita. Tu trabajo de costurera no te va a dar jubilación y tus dedos estan que se te
caen de tanto que los usas.- dijo Mabel, siniestra, venenosa.
- Mabel, Ricardo es mí hijo, no es un perro. Y si a veces lo trato como un perro porque no
me queda otra. Pero no quiero hablar más del tema. - dijo Marta, suspirando. Frustrada.
La luna tiene dos caras
Por Brenda Schüttke
Dicen que según mí cara, las mujeres sangran. Pero me atrevería a decir que si las mujeres
sangran, no es para nada a causa de mí cara. Aparte ¿cara de qué? Nunca nadie pudo
adivinar qué cara tengo. A veces estoy brillante, a veces ni aparezco. Ah.. pero soy testigo
de cada pensamiento. A veces.. me aburro, y sí me aburro acá siendo una roca en el vasto
universo. Crean teorías sobre mí, que me puso un extraterrestre, que soy un experimento,
que fue por el big bang, que fue por dios, ¿quién sabe? Yo… no sé nada. Quizás era un
plan divino. ¿Hay algún plan divino?
Yo no entiendo a los humanos. Desde acá arriba hago de mis pasatiempos. Siempre que
los astrólogos me dicen que estoy en una alineación de escorpio o piscis. Inspiro a los
humanos antena, así los bauticé. Igual a veces no me dan importancia, eso que le llaman
intuición, a veces soy yo gritando como loca. Es real lo que siento, o es mí imaginación ? -
Ay Marianela , te lo digo en sueños, te lo digo en los carteles, te lo digo en las canciones,
hasta a veces él te lo dice…
A veces me río, estás criaturas hablan en teléfono descompuesto . Y por decisiones, como
no decir lo que sienten, ni lo que piensan, y no darle la importancia , a lo largo del tiempo,
termina significando todo…
Así fue para Candela, para Ricardo, Para Emiliano. Pero no para Marianela. Marianela en
pleno verano recostada en una cama de césped y alguna que otra hormiga, acariciaba el
pasto como si fuera el pelo de su primer amor, o quizás el último. Me miraba y no sabía que
yo también la estaba mirando, y así sería hasta el fin de sus días. Me pregunto quién será el
que mire el fin de los míos.
Estaba un poco golpeada Marianela, a su corta edad. Soñaba con ser libre, pero ¿qué es la
libertad? Si, ¿qué es la libertad?- Se dijo a sí misma.
Yo misma me sentía presa de ser testigo de las cosas más terribles, pero también las más
bellas.Marianela se despertó, o mejor dicho yo la desperté. Estaba teniendo una pesadilla.
Le dije que todo iba a estar bien
¡Todo va a estar bien Marianela! Fue una pesadilla, todo va estar bien. - pensó Marianela
mirándose al espejo en el baño, y apagó la luz.