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Rossi Cap 2

El capítulo aborda las características y funciones del Acompañamiento Terapéutico (AT), destacando su importancia en el tratamiento de pacientes con padecimientos mentales y su integración en equipos interdisciplinarios. Se enfatiza la flexibilidad del rol del AT, que no se limita a definiciones estereotipadas, y su capacidad para operar en diversos contextos sociales y clínicos. Además, se discuten las necesidades que satisface, tanto para el paciente como para el terapeuta, y su creciente inclusión en los sistemas de salud en países como Argentina y Brasil.

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Rossi Cap 2

El capítulo aborda las características y funciones del Acompañamiento Terapéutico (AT), destacando su importancia en el tratamiento de pacientes con padecimientos mentales y su integración en equipos interdisciplinarios. Se enfatiza la flexibilidad del rol del AT, que no se limita a definiciones estereotipadas, y su capacidad para operar en diversos contextos sociales y clínicos. Además, se discuten las necesidades que satisface, tanto para el paciente como para el terapeuta, y su creciente inclusión en los sistemas de salud en países como Argentina y Brasil.

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ACOMPAÑAMIENTO TERAPÉUTICO

Lo cotidiano, las redes y sus interlocutores.


Capítulo 2

Características de la práctica: funciones habituales, posibilidades y restricciones.

En este capítulo consideraremos ítems introductorios, que no dejan de tener relevancia para pensar esta
función, y para ir a definiciones operativas de su campo laboral.
Partiremos de ideas básicas acerca de qué es el Acompañamiento Terapéutico (AT), en especial para aquellos
que recién se aproximan a esta práctica, y para quienes desconocen su utilización. Pero también para los
profesionales del ámbito de la Salud -que estarán más al tanto de la misma-, empezar por situar algunas
definiciones y lineamientos primordiales va a permitir explicitar un lenguaje en común. Desde ahí ubicaremos
lo que llamo la situación de AT: cuándo se solicita, cómo se va configurando este espacio en un tratamiento,
cuales son las coordenadas centrales para indicarlo y poder sostener esta práctica.
Una acotación previa: aunque abordaremos temas de la “técnica”, de las cuestiones empíricas, o aspectos que
hacen a la táctica del acompañante, cabe destacar que esto no es sin teoría, sin un fundamento conceptual.

Inclusiones en un tratamiento. El acompañamiento terapéutico, con y sin el psicoanálisis.

Por el desarrollo que tuvo, consignemos que el AT puede plantearse desde múltiples escuelas teórico-clínicas,
y en relación a diferentes enfoques en cuanto a su dimensión política y social. La dificultad ya mencionada,
para delimitar en sus comienzos una línea determinada de conceptualización, que otorgara alguna unidad y
permitiera mayor consistencia, hoy va pudiendo ser superada. Existen diversas propuestas de articulación de
sistemas teórico-clínicos para la práctica del AT: como rasgo positivo, de esta forma su rol no queda
únicamente asimilable a determinada escuela “psi”, sino que es un recurso incluido en su abordaje por
terapeutas que sostienen estrategias disímiles, de acuerdo a su formación y lineamientos de trabajo.
Consignemos que sucede algo similar con el rol del psicólogo, el psiquiatra, el musicoterapeuta, el terapeuta
ocupacional, etc.. Por ejemplo para el psicólogo, se sabe, la posición que tendrá al conducir un tratamiento
psicoterapéutico tendrá su particularidad según la escuela en que se oriente, aunque se supone que hay
cuestiones comunes a “todos los psicólogos” que llevan en cada país a delimitar su función, sus incumbencias,
su campo de acción, etc.
En este sentido, estamos en condiciones de pensar el AT desde diferentes escuelas, en tanto queda atrás aquella
época donde directamente no se buscaba dar cuenta de esta práctica, y se la dejaba como un recurso “menor”
que no era necesario conceptualizar. O se lo hacía con una rigurosidad escasa: “puesto a rodar” en algunas
instituciones, a veces sería utilizado para llenar vacíos -reemplazando a la familia/amistades, o al enfermero-,
o para tratar de “remendar” tiempos y espacios que de otra manera eran inmanejables para el terapeuta o la
institución.
La estrategia desde la cual se lo indique y se sostenga un determinado AT, entonces, no es únicamente la del
psicoanálisis, como tampoco en los primeros años fue únicamente la de la psiquiatría, más o menos dinámica,
ni tal o cual escuela.
Incluso desde las distintas escuelas u orientaciones del psicoanálisis se va a pensar de manera muy diferente
el lugar del acompañante terapéutico en un tratamiento, su orientación y “supervisión” o “control”.
La práctica como psicoanalistas no debe impedirnos reconocer que el rol del AT se plantea desde otras líneas
teóricas, hacia las cuales también abrimos esta interlocución.

¿De qué hablamos cuando hablamos de acompañamiento terapéutico? Los “no”, los “ni”, para ir
aproximándonos
Es común que esta función se haya confundido, y tenga habitualmente todavía en la práctica algunos puntos
de contacto o similitudes con otros vínculos interpersonales, con otras modalidades de la intersubjetividad, a
veces de lo cotidiano, y a veces de roles más tradicionales dentro de la asistencia psiquiátrica y social. Lo
llamaría los “ni”. Algo así como in-definiciones. Dan cuenta de esta característica de flexibilidad que tiene la
acción del at. A su vez, le permite dar lugar a su función en tanto significación particular, en cada caso. En
términos más poéticos, lo pensamos a la manera de cierto espacio en blanco, que queda abierto a la espera de
tener su “escritura”, a veces su “garabato”. Un espacio a ser “nombrado” en cada caso, tanto por una familia
como por un paciente, lo cual se produce en la medida en que no se le asigne a priori una figura estereotipada,
una función limitada por reglas generales.
Vuelvo con esto a una noción central, que servirá para leer tanto las “indefiniciones” como “definiciones”:
como vengo sosteniendo desde hace tiempo, la función del acompañante terapéutico se va a ir precisando en
relación a una estrategia determinada de tratamiento, y a la singularidad del caso.
Entonces. ¿Cuales son esos “ni”, aquello que el at no es? Ni psicoterapeuta, ni analista. Ni asistente o trabajador
social. Ni educador especial, ni maestra recuperadora. Ni enfermero psiquiátrico. Ni vigilante, custodio o
guardia privado. Ni secretario. Ni amigo, ni familiar.
Aunque a veces tendrá cierto “semblante” que lo acerque a estos lugares, aunque sea ubicado por el paciente
allí, paradójicamente serán estos roles de los cuales tendrá que diferenciarse. En mayor o menor medida… De
acuerdo a la particularidad del caso, con su libertad y sus restricciones a cuestas: ahí está la estrategia en la
cual se plantea ese AT.
Y estamos entonces en los “no”, lo que no es el AT. Decía “cierto” espacio en blanco, esto es, tiene sus límites,
sus coordenadas. Y acá remito al trabajo en el equipo, desde la orientación del terapeuta. Ese “no” tiene que
quedar claro en especial para quien soporta el lugar de at. Luego, maniobrará sobre aquello que “soporta”, que
el paciente deposita en cada acompañante, cuya figura tendrá significaciones negativas y positivas, más allá
de su “buena intención”.
Sin embargo, debe considerarse que -con mayor o menor detalle- esto es necesario que sea explicitado al
paciente y su familia. Al comienzo del AT en ocasiones, en el devenir del trabajo en otras, ya que si esto no
se hace puede llevar a una orientación que coloque al acompañante en un atolladero, sin margen de maniobra,
o precipite actuaciones y reacciones impulsivas por parte del paciente. Y, en tanto no pueda soportarlo, también
del at. Es importante explicitar con las familias determinadas pautas que irán delimitando su campo,
estableciendo esas diferencias con otros lugares, acotando expectativas. Valiéndose de la inscripción del AT
en la estrategia de un tratamiento.
Verán algo más sobre esto en los próximos capítulos, al abordar el vínculo con la familia, y las pautas iniciales.
Tomaremos recortes de experiencias de AT (el caso H), de los cuales aparecen modificados ciertos datos
particulares para preservarlos de su reconocimiento. Hablar de “ilustraciones” no me resulta una metáfora
conducente, aunque sí trataremos de tomar lo esencial de las situaciones que comentamos, para aproximarnos
a la cotidianeidad de esta práctica, y para situar sus coordenadas conceptuales.
Las definiciones, para salir de lo preliminar

Ahora sí, avancemos hacia el sí. Cómo definir por la positiva su función, para que esté delimitada con
precisión, o en otros términos, como puntualizar sus incumbencias, de esto se trata. Sin encerrar el tema en un
retrato estereotipado. Dejando abierta la dimensión de la singularidad, su posibilidad de ampliarse y
reinscribirse, para ser contrapuesto a los otros “lugares” que mencionaba.
Existe acá una especie de “tensión” entre dos polos, al plantear las definiciones: a) lo referente a esa función
en su singularidad, que en la práctica cotidiana debe articularse caso por caso, y b) las definiciones acerca del
rol del at, en tanto coordenadas fundamentales para situar esta práctica, a manera de elementos constantes que
son necesarios para plantear su campo profesional, y su utilidad dentro de las alternativas de tratamiento
existentes en el ámbito de la Salud Mental y la Educación especial. La existencia de una combinación dialéctica
entre ambas cuestiones permite ir definiendo su incumbencia específica.
La propuesta ahora es ubicar las coordenadas de su indicación y su particularidad.

El AT es una práctica del Campo de la Salud Mental, que opera en la cotidianeidad con personas con
padecimientos mentales, en forma articulada con el terapeuta (psicologa/psiquiatra), o el equipo terapéutico
que lo indica. Se incluye en el tratamiento interdisciplinario de pacientes severamente perturbados, en
situaciones de crisis o emergencias, y en casos recurrentemente problemáticos o que no son abordables para
las estrategias psicoterapéuticas clásicas.
Se desempeña especialmente en forma ambulatoria, en el entorno habitual -familiar y social- del sujeto:
domicilio, calle, bares, cine, clubes, parques, shopping, escuela, etc.
Busca utilizar el espacio de circulación del paciente para promover o sostener un proyecto terapéutico, y para
esto se vale de situaciones y escenas de la cotidianeidad. Su acción se desarrolla en el territorio urbano, en el
espacio y el tiempo cotidiano del paciente.
A su vez, podría decirse que complementa la tarea del profesional a cargo del caso, integrándose a la tarea del
equipo terapéutico, para intervenir en la contención del paciente y su familia. Al decir que complementa, cabe
acotar que no se trata de lograr una intervención “completa”, “íntegra o perfecta” (si tomamos las definiciones
de diccionario para el término “complementar”), lo cual no sería posible en este campo, donde la propuesta
consiste en armar redes, conectar intervenciones, sostener continuidades. Nunca completas, aunque sean
complementarias.
En términos técnico-jurídicos, se ubica como “auxiliar”, siendo en todo caso un “auxilio” que resulta
fundamental en muchas situaciones, aunque el término traiga connotaciones de una función “menor”. Puede
actuar ante situaciones de emergencia/crisis, en el momento agudo, aunque no sea exactamente un sistema de
“urgencia psiquiátrica”.
También trabaja para facilitar el lazo social, o incentivar la reinserción educativa, laboral, recreativa, en
pacientes que no se encuentran en un período de desborde o crisis. Es un elemento privilegiado, en el conjunto
de otros recursos, para evitar la estigmatización social, la segregación y la cronificación.
En el caso de su intervención con niños, se fue ampliando en este campo, donde resulta cada vez más solicitado,
desde discapacidad y trastornos graves en la infancia, hasta la integración social /escolar.
En el ámbito geriátrico, o con pacientes con enfermedades terminales, es además un recurso que promueve
estímulos acordes a las circunstancias, y para tender a mejorar la calidad de vida.
Desde la perspectiva del profesional que conduce el caso, si pensamos los efectos de esta intervención y su
utilidad, el AT le permite despejar campos diferenciados de intervención, a la vez que articulados entre sí: ya
que desde este espacio se pueden abordar situaciones y cuestiones que serían complicadas para el terapeuta
sostener por sí mismo. Cuestiones que resulta pertinente tratar, que no pueden dejarse de lado, aunque lo
indicado no sea su intervención directa. En tal sentido, funciona a manera de relevo temporo-espacial,
planteado en el marco del trabajo en equipo.
En el capítulo anterior mencionaba a la Dra. Beatriz Dorfman Lerner , a propósito del caso Renee. Realiza a
su manera una clara síntesis al referirse a la “necesidad” a la cual responde la implementación del AT. Escribe
que el AT responde a “dos necesidades”. Una necesidad terapeutica, que tiene una disponibilidad finita para
la atención de un determinado caso. Por otro lado, D. Lerner dirá que la inclusión del AT se conjuga con una
necesidad del paciente, y de la familia, que tienen el requerimiento de una atención ilimitada. Diríamos también
imperiosa, a veces cercana a una demanda infinita, a una necesidad de atención cuyo tono emocional es
sumamente absorbente.
En cuanto a la primer “necesidad” mencionada, me dirán por qué no contar con alguien que tenga una
disponibilidad “casi exclusiva”, como -en una parte del caso de Renee- parecía tener la Dra.
Sechehaye…pero no pudo. Ahora bien, esto nos lleva a responder desde dos perspectivas: es poco posible
materialmente, en principio por ejemplo por una cuestión económica en estos tiempos…, tendría que dedicarse
de manera excluyente, incluso sacrificando sus tiempos personales. Y además hay que plantear si clínicamente
es pertinente, por lo que esto generaría en el vínculo terapeuta-paciente, y -por qué no pensarlo en el caso
mencionado- con esto me refiero a lo que generaría en ambos, ya que no es un tema menor pensar qué se le
jugaría a un terapeuta con un paciente así, sostener tanta atención, en lo profesional y en lo personal.

El “Borda” y los bordes del AT: su inclusión en el sistema de salud

Su trabajo se inserta en relación a los llamados bordes de la clinica, en el abordaje de aquellos pacientes de
difícil diagnóstico y tratamiento, que de acuerdo a las escuelas teóricas pueden ser ubicados de distintas
maneras, o ser llevados al lugar de los inclasificables…
Mensuremos algo en ese infinito espacio. Desde sus inicios, el at trabajó en el siempre problemático ámbito
del tratamiento de las psicosis, tanto en la asistencia de pacientes esquizofrénicos como paranoicos. También
en casos de mania-melancolia, y en esquemas de contención con pacientes con riesgo suicida. En el terreno
del consumo de sustancias, del alcoholismo, así como del tratamiento de los trastornos de la conducta
alimentaria, la bulima y anorexia.
En términos conceptuales, hablamos en otros textos de esa insuficiencia en el saber, que caracteriza este
campo, para las distintas disciplinas, y escuelas del psicoanálisis, la psiquiatría, la psicología, y para la
extensión del trabajo en Salud Mental.
Sirve decir que ayuda a salir del “Borda” , y también a hacer más habitable el “mientras tanto” de la
internación, además de evitar en muchos casos el efecto segregacionista y de cronificación de la institución
psiquiátrica.
En este punto, tiene lo que llamamos un borde con lo social, una dimensión puesta en el terreno social, aunque
como dijimos se diferencia del trabajador social, o de la tarea que puede a veces hacer un educador especial
para la integración socio-educativa de un paciente.
Precisamente una de las vertientes a profundizar en cuanto a la utilidad del AT, es la cuestión del lazo social,
su valoración para la llamada “reinserción” social del paciente. Que sería mejor nombrar como nuevas
inscripciones sociales, en tanto lazos diferentes con su comunidad y con su entorno, ya que el paciente,
encerrado en su ambiente familiar o en la institución psiquiátrica, no está fuera de lo social 38 , esto es, no
deja de estar en “instituciones” sociales, sobre las cuales hay aún mucho por trabajar en cuanto a promover la
integración de la locura.
El AT aporta a esa red tendiente a evitar la cronificación, el aislamiento, y si resulta pertinente trabaja para
que el paciente continúe en su medio habitual, y no pierda sus actividades y sus vínculos. Quizá este espacio
de borde en que realiza su tarea, hizo que no se le diera el valor conceptual que fue teniendo por su eficacia en
la clínica, e incluso que sea algo desvalorizado al hacerse una indicación sin tomar en cuenta luego su
seguimiento, su supervisión, su articulación con la estrategia de tratamiento del profesional que lo indica.
Destacamos que en Argentina y en Brasil el AT se ha ido insertando cada vez más en el Sistema de Salud,
tanto en el sistema público y de obras sociales aquí, como en el sistema privado, aunque esto dista mucho de
estar a la altura de lo esperable. Se generan continuamente en esta inserción dificultades para ser contemplado
como parte del equipo terapéutico, así como problemas a nivel del reconocimiento de sus honorarios en el
nomenclador, y en la lista de prestaciones del sistema de salud.
Las Políticas en Salud Mental (tema que retomaremos) tampoco lo toman en cuenta como un recurso para su
planificación, aunque esto sucede así con una importante cantidad (y calidad) de recursos y herramientas que
sería necesario recategorizar en el diseño y la implementación de las políticas en salud mental. En especial lo
referente al trabajo en red, al trabajo interdisciplinario tendiente a la desintitucionalización, al tratamiento
desde un sistema ambulatorio pero con un sostén desde los recursos cotidianos económico-sociales. Con una
concepción que apele a lo comunitario al sostener en primera instancia los derechos del paciente como
ciudadano, lo cual nos lleva a la defensa de los derechos humanos como prioridad en las políticas en este
campo, en tanto estamos hablando de una concepción donde lo no segregativo sea central.
En este marco es importante señalar lo que llamamos hace tiempo “hiatos” en la continuidad terapéutica, en
tanto ruptura en la continuidad de la atención que se le brinda a un paciente, y como el AT tiene un lugar de
relevancia allí, aunque esto podría sistematizarse más.
En especial, hemos hablado del trayecto existente entre la salida de una Internación Psiquiátrica y la vuelta al
hogar, donde muchas veces no se ponderan los elementos objetivos necesarios para que permanezca allí, ni
aspectos de la subjetividad del paciente que se ponen en juego en ese momento, ni las eventuales ansiedades
familiares. A veces esa salida de un entorno de “institución total”, donde su atención era intensiva, de 24 hs.,
se pasa a cero, o cercano a nada en la asistencia diaria, y hasta semanal. Como dice J. C. Stagnaro, el paciente
“se puede encontrar de repente con un gran vacío y con una familia (generalmente de una gran implicación
afectiva) que nuevamente entra en conflicto con él y la única salida que le queda es remontar nuevamente las
etapas de recursos terapéuticos hacia el método más totalizador, que es volver a quedar internado. Hay que
proveerle entonces una gradación de recursos y el acompañante terapéutico puede jugar, en cada una de estas
etapas, un lugar importante para facilitarlas, para permitir el pasaje de unas a otras. Puede jugar allí un rol
terapéutico de bisagra y ser el puente en cada cambio de etapa”.
¿Un ejemplo?. “Un paciente con una crisis psicótica, beneficiario de una Obra Social, que no tiene cobertura
de hospitalización, entonces va a internarse en un hospital público. Allí pasa 15 ó 20 días, se compensa, lo
medican, y le dan el alta. El médico del hospital que sabe que va a tener una lista de espera larguísima en
consultorios externos y que no tiene hospital de día, le aconseja a la familia que si tiene Obra Social averigüe
si ésta cuenta con hospital de día, y si es así le escribe a un colega del mismo todo lo que pasó y la medicación
indicada y deriva al paciente. La familia va a la clínica y le dicen que no tienen plazas libres en el hospital de
día en esos momentos y que recién van a poder recibir al paciente dentro de quince días. El paciente vuelve a
la casa, el momento de la reorganización es un momento dificilísimo y en ese período se descompensa de
nuevo y vuelve al hospital. Supongamos que lo recibieron en el hospital de día, pero a la salida del mismo le
informan que no tienen turnos para consulta externa y que se terminó la prestación de la Obra Social y entonces
tienen que salir a buscar un terapeuta en el medio privado”.
Se trata de evitar esos “hiatos terapéuticos”, los intervalos en los cuales queda suspendida la necesaria
continuidad terapéutica.
Este es un tema de políticas en salud, de mayor cantidad y calidad de los hospitales de Día, o de Hospitales de
Noche o residencias para determinados casos en que ese momento se hace especialmente crítico si transcurre
en su hogar.
La Atención ambulatoria, con AT, permite otro abordaje respecto de la vida diaria del paciente, sus ansiedades
a la salida de la internación, su malestar ante la ausencia de actividades y proyectos, etc. La propuesta tendiente
a la reinserción socio-laboral, la inserción educativa, también tiene importancia en esa continuidad de un
proyecto terapéutico posterior a la crisis o a la internación. Y aquí también está el valor del AT.

La continuidad de cuidados en Salud Mental

En España, como ya mencionara, adquirió gran importancia lo atinente a la “continuidad de cuidados”, bajo
un sistema de salud diferente y con un desarrollo cada vez mayor en el campo de la Salud Mental, aunque
también se ha venido utilizando en cuidados paliativos con enfermedades terminales, entre otras problemáticas
de las políticas sanitarias.
Resulta interesante pensar también en relación a esos desarrollos el lugar del acompañamiento terapéutico,
como una instancia tendiente a facilitar la articulación tanto entre niveles asistenciales como en la interacción
de diferentes sectores o ámbitos institucionales (Salud, Justicia, Educación, Trabajo, etc.), a partir de un
vínculo personalizado. Y que posibilita esa necesaria continuidad en los cuidados que requiere un paciente en
un abordaje transversal en Salud Mental, esto es, entre los distintos sectores intervinientes.
A manera de síntesis, en un substancial libro recientemente publicado, se señala que “al hablar de continuidad
de cuidados no nos referimos exclusivamente a la red existente en el mismo sistema de atención, en este caso
el sanitario. Por continuidad de cuidados en salud mental y especialmente referido a la atención a las personas
con trastornos mentales severos y secuelas crónicas hemos de entender un entramado de recursos e
instituciones, situados en contextos o sistemas organizativos diferentes y todos ellos necesarios para garantizar
en la mayor medida las actividades de cura y cuidado o de tratamiento y trato”. Y en términos que nos acerca
a la experiencia del AT, los autores explican que “en el desarrollo de la atención comunitaria a personas con
un trastorno mental puede tener mas efectos terapéuticos el vínculo y el buen trato de una trabajadora familiar
con frecuencia en el domicilio, que la con frecuencia esporádica atención de los especialistas sanitarios ”. Lo
más razonable, dicen, es la combinación adecuada de las distintas intervenciones, sociales, psicológicas y
farmacológicas.
Al hablar del concepto de red, volveremos sobre el tema en el capítulo sobre políticas en Salud Mental.
¿QUE ES EL ENCUADRE EN UN AT? DEL DIVAN A LA CALLE.

¿Cómo pensar el encuadre en una situación tan especial, tan diversa, con numerosas variables, contextos
físicos, con escenarios y personas que cambian en el entorno, y coordenadas tan distintas en juego?
No abundaré en definiciones sobre qué significa el encuadre en un tratamiento psicoterapéutico, tema sobre el
que hay mucho escrito. También se ha escrito y debatido ampliamente en relación a qué significa el encuadre
en el dispositivo psicoanalítico, generando este tema argumentos conceptuales contrapuestos, en cuyos
extremos están, por un lado, quienes no le dan relevancia a pensarlo y pautarlo, y por otro aquellos que
intentaron darle un valor de regla, de pauta fija, hasta llegar así a formulaciones rotundamente estandarizadas.
Será retomado en los próximos capítulos.
Pero pensemos ahora algunas ideas para quienes se aproximan a la práctica del AT, que darán lugar a contar
con alguna reflexión sobre las consecuencias que pueden tener determinadas cuestiones que se pautan en el
inicio de un tratamiento, para el desarrollo del mismo.

Catastrofes: la de uno, la de muchos, la de todos.

Avanzo por un lado que sonará extraño. Voy a hacer un uso casi metafórico de un texto dedicado a la atención
en salud mental en situaciones de catástrofes. El libro se llama “Lo disruptivo. Amenazas individuales y
colectivas. El psiquismo ante guerras, terrorismos y catástrofes sociales”, de M. Benyakar. Digo casi
metafórico porque en muchos casos se trata de pensar esos desarrollos para la temática del AT, para las
situaciones de catástrofes subjetivas, singulares, que no dependen de un suceso “externo”, como una guerra,
un atentado, un terremoto, etc. Y no es para nada metafórico si recordamos las experiencias donde el recurso
del acompañamiento terapéutico se utilizó en el conjunto de una red sanitaria, de asistencia social, por ejemplo
en inundaciones que dejaron pueblos devastados.
Lo de catástrofes, aunque está usado en el texto en un sentido específico de algo disruptivo desde un suceso
social, un desastre natural, un entorno amenazante, lo enfoco acá de una manera más restringida: esto es en
términos de un sujeto. ¿Y cómo no hacer resonar esa palabra catástrofe en situaciones donde la subjetividad
se desmorona? En el momento de la crisis, se trate de una locura diagnosticada o no como psicosis, en el
impulso que lleva al intento de suicidio, a la agresión desmedida, al consumo de sustancias hasta el derrumbe.
Cómo no hablar de catástrofe. Y hasta de terremoto, cuando nos referimos al efecto que esto tiene no solamente
en términos de un sujeto, sino también en el entorno familiar…
El encuadre, dice Benyakar respecto de su experiencia, “consistió sobre todo en el tipo de relación particular”
que establecieron los terapeutas con los damnificados. Para Benyakar el encuadre debe ser estable y coherente,
pero en especial tiene que “ser flexible y servir de ´espacio transicional´ en el sentido psicológico, personal e
interpersonal.” Debe conjugarse entonces una elasticidad del encuadre con ciertas condiciones de estabilidad
y continuidad requeridas, y de ahí su complejidad.
Otro ejemplo que conecta esto con la temática del AT lo aporta una viñeta clínica, sobre un episodio que sucedió
en el trabajo con el Equipo de AT que coordino, mientras leía casualmente (¡!) este libro sobre la atención en
catástrofes. Hasta me permitió resignificarlo para nuestro tema.
Sintéticamente: se trata de un paciente con el cual se había estado realizando un acompañamiento, hacía
aproximadamente un año, luego de la salida de una breve internación. Había finalizado tras un tiempo en que
se llegó a cierta “estabilización” en la evolución de este muchacho, B., de 23 años, con un preliminar diagnóstico
de psicosis. Estudiante de música y computación, se encontraba mejor cuando finaliza el AT, y el mismo refería
que no le encontraba sentido a continuar con el acompañamiento, a partir de lo cual se decide hacer un cierre en
aquella instancia, en reunión de equipo con la terapeuta. Pese a que todavía se evaluaban cuestiones posibles a
seguir trabajando desde el AT, y en particular el tema de cierta abulia y dificultades para sostener sus actividades,
habiendo retomado clases de música. En función de haber superado el período crítico, y valorando los aspectos
subjetivos puestos en juego en ese momento en su intención de no continuar con el AT, se prioriza allí el trabajo
desde el dispositivo individual de psicoterapia. E incluso se piensa en no agotar ni desgastar este recurso, en
tanto podría ser necesario en un futuro. Hago entonces un salto en el tiempo: luego de ese año, vuelve a
solicitarse acompañamiento, debido a que se había producido un cierto “quiebre” en el paciente, quien se
encontraba por momentos muy retraído, sin respuestas cuando se le hablaba, lo cual empezó a inquietar a su
familia (madre y hermana). En la primer salida que se realiza,el día en que re-comienza el AT, cuando se dirigía
con su at y con su hermana al kiosco, B. sale corriendo, encontrándose su domicilio a una cuadra de un inmenso
parque público en Bs. As.. La at y su hermana lo corren, perdiéndolo de vista en un primer momento, llamando
en esa ocasión al coordinador y al psiquiatra. Me encontraba precisamente leyendo este texto, como les decía,
cuando recibo el llamado telefónico… Ante situaciones de catástrofe, o cuando existe un clima de amenaza para
la integridad personal, “la prioridad es ofrecer un medio físico estable que restablezca un entorno relativamente
constante y equilibrado”. Estas líneas del libro estaban refiriéndose a la guerra del Golfo. Acá nos referímos a
la guerra de Parque Avellaneda, en Bs. As. O a la guerra de B., a su pelea interna. Pudiendo suponerse que
estaba comenzando una producción alucinatoria, y al pedir a la asistencia médica que envíe una urgencia
psiquiátrica, la indicación que hice a la at fue que cuando encontrara a B. tratara de buscar algún lugar a la
manera de cierto refugio, como podrían ser algunas casillas para colectivos, un bar, o preferentemente ir a la
casa. Un espacio físico acotado -decíamos después cuando conversábamos con el equipo de AT- permitió algún
grado de contención más estable y de contornos más precisos que un insondable parque de varias hectáreas
perdido en la inmensa urbe. Se trataba de ubicar un punto de referencia, el cual (es importante señalarlo) no era
además sin la acompañante. La catástrofe en B., efectivamente, estaba desencadenándose, y al encontrarlo dirá
que sintió que “tenía que correr”. Una vez de vuelta en su casa, la situación se tranquilizó momentáneamente,
aunque la agitación volvería al poco tiempo, haciendo que en esa instancia resultara inevitable una internación
institucional. El entorno -ahora la angustia y la confusión familiar-, y el nivel de catástrofe subjetiva que se fue
ahondando, tan disruptiva, hicieron que no fuera posible otra alternativa, aunque se había evaluado inicialmente
la posibilidad de una internación domiciliaria. Igualmente, la tarea del acompañamiento, en esas horas que
transcurrieron durante y después del episodio en el parque, fue reconocido por la familia como de gran utilidad,
en especial diría que para evitar catástrofes mayores en esas horas, hasta que se produjo la internación. Teniendo
en cuenta además que años anteriores en una ocasión el paciente (al sentirse “encerrado por su familia”, según
sus palabras, en un momento de agitación) había intentado “salir por el balcón”…de un 4to. piso.

¿Qué cuadra si no es cuadrado?

Vuelvo al libro antes señalado. Benyacar escribe que toda actividad “era usada como ocasión para proveer
contención. Los encuentros no eran tomados como sesiones de psicoterapia, ni conducidos de acuerdo a las
prácticas terapéuticas habituales”.
Y esto nos deja enseñanzas para determinadas situaciones del AT. Por un lado, para las intervenciones en
momentos de crisis de un paciente. Por otra parte, es sumamente útil la noción de una actividad entendida como
contención. Una “actividad-encuadre”, esto es: que es inherente al encuadre. Porque de ello se trata con
frecuencia algunas de las circunstancias en el AT, situaciones donde la actividad misma es parte de una estrategia
tendiente a la contención, y hace al encuadre.
Y afirma algo más: “para que un lugar cualquiera se convierta en elemento del encuadre, por ejemplo, la piedra
o el arbol en la guerra de Yom Kippur con los que construíamos la intimidad necesaria para desplegar la labor
terapéutica, es necesario asimismo que el profesional encuentre el tiempo y la disposición mental necesaria para
atender en situaciones tan precarias…”
Lo fundamental: para construir esa intimidad necesaria, el profesional tiene que contar con tiempo y disposición
mental…

Veamos ahora cómo definir algunas coordenadas en la práctica del AT.


Primero: el encuadre no es entonces necesariamente el lugar físico, pese a que en otros momentos se lo
confundió (en términos de alguna corriente psicoanalítica, el consultorio, el horario, la duración de la sesión,
hasta la vestimenta del analista…, “debía” ser algo fijo). Hay casos donde el encuadre no será tampoco algo
predeterminado desde la variable temporal, de duración del tiempo de at. Sin embargo, en cuanto a la variable
temporal, debo señalar que determinar un horario de comienzo y fin del acompañamiento, en la mayoría de los
casos, especifica un contorno fijo que ayuda a ese encuadre, y que en muchas ocasiones es imprescindible.
Sea de una manera u otra, establecer un encuadre implica sobre todo que haya condiciones para que el at pueda
contar con ese tiempo y espacio necesario, que le permita contar la disposición mental acorde a la situación.
Suenan acá algunas palabras de S. Freud, cuando se refiere a la iniciación del tratamiento, que son aplicables a
esta situación: “no hay más que dejarle tiempo” –dice-, y demostrarle un “serio” y “cariñoso interés y simpatía”,
así como no “mostramos rígidamente moralizantes”. Es en tal sentido una disposición inicial básica, para generar
algo de esa empatía imprescindible, que en términos de Freud se encaminaba a instalar algo de la transferencia
“positiva”.
A partir de esto, vamos a datos y detalles pragmáticos que hacen al tema del encuadre. Se tratará de establecer
un contrato, que conformará un marco simbólico, un ordenador para la relación que se empieza a establecer.
Este marco dará las referencias para la situación de AT, desde distintas aristas: at-paciente, at-familia, at-equipo
profesional.
Se establece entonces en el inicio un conjunto de reglas, que serán explicitadas en la/las consigna/s del caso.
Los Horarios del acompañamiento, los honorarios, las actividades y el lugar donde se realiza el AT, son los
elementos básicos a considerar en ese conjunto.
Esto incluye, por ejemplo: tiempo de duración del espacio diario de AT, tipos de salidas, lo “autorizado” desde
el terapeuta a cargo, objetivos iniciales, etc. A su vez, debe quedar claro en principio para cada at -pero a veces
también para la familia-, aquellos procedimientos que puedan pautarse de antemano frente a eventuales
situaciones de urgencias, y ante cuestiones que sean evaluadas como de riesgo: algunas puntuaciones básicas
acerca de cómo manejarse con ese paciente -lo cual puede establecerse entre el equipo de at y el terapeuta, que
es quien lo conoce-, a quien llamar, condiciones para acceder y ser atendido en el sistema de salud al cual
pertenece, etc. Ejemplo: conocer cuál es el Nro. de afiliado del paciente en la obra social, puede acelerar (o en
su defecto atrasar) burocráticamente una gestión que ante la urgencia requiere de la menor perdida de minutos
y segundos posible.
En los casos en que es pertinente, también se intenta que el paciente participe en el establecimiento de algunas
coordenadas, y paulatinamente en sus variaciones. Esto ha dado buenos resultados en las experiencias en que
pudo plasmarse, tomando el paciente una posición más activa, que facilita la tarea y vuelve positivamente sobre
el vinculo con el at.
En términos generales, subrayemos: el encuadre se compone de elementos que deben ser constantes,
contemplando a su vez las variaciones que puedan darse con el transcurso del tiempo, es decir, debe tener una
vertiente variable, por las modificaciones que se harán de acuerdo al devenir que vaya teniendo el tratamiento.
Siempre tratamos de dar lugar a lo que “no cuadra”, a aquello nuevo, que surge por el lado de la “invención” en
ese encuentro terapeuta-at-paciente-familia. Para algunos autores hay un cierto “encuentro”, que se denominaría
“acontecimiento”, diría aquello que llega a sorprendernos positivamente si es que tenemos la disposición para
ello, y para permitir que se faciliten cambios necesarios en el desarrollo de un tratamiento, y de un AT.
En un principio el terapeuta, a veces de manera conjunta con el coordinador del Equipo de AT, va/n a determinar
la modalidad (donde se realiza, si hay salidas o no, etc.) y la cantidad de horas de acompañamiento para el caso.
A veces el terapeuta puede consultar al equipo acerca de las cuestiones de instrumentación más pertinente para
el caso desde la perspectiva del AT. Si hablamos de un equipo de AT, el coordinador va a ser quien determina
esas precisiones, pudiendo ser conveniente tener entrevistas previas con los familiares, para ajustar detalles
respecto del dispositivo que requiere el paciente, horarios matutinos o vespertinos, rotación y duración de turnos
de cada at, etc.
Entonces existirá a partir de esto un “contrato” que puede ser realizado por el at, el coordinador, el terapeuta o
la institución, o varios de ellos en conjunto, con la familia y/o con el paciente. Es conveniente especificar los
elementos básicos inicialmente aunque luego se re-contrate.
Es además responsabilidad del coordinador del equipo reunir la información que va transmitiendo cada at, y
realizar las reuniones que sean pertinentes. De acuerdo al caso, se establece una periodicidad en las reuniones,
pudiendo ser el mismo coordinador quien realiza la tarea de supervisión del equipo, o esta función ser asumida
por otro profesional. Centralizará asimismo la comunicación referente al AT con el terapeuta o el equipo
institucional a cargo del caso, y podrá ir evaluando en el contexto del trabajo en equipo los cambios, reducciones
de horarios, etc. que sean necesarios a medida que transcurre el acompañamiento.

Informes, pero no informantes…

Junto a lo anterior, en los cursos sobre AT surge otro interrogante: ¿Es necesario hacer informes del trabajo de
cada at? Resulta conveniente si facilita la comunicación fluida entre los miembros del equipo. Con el equipo
que coordino, cada vez más en los últimos años utilizamos los informes vía correo electrónico. Para la
comunicación con el coordinador, en el equipo y con el terapeuta, de acuerdo a lo que se paute.
Depende para quién esté dirigido, y de acuerdo a la urgencia del caso, el informe tendrá su particularidad. Se
realiza para el terapeuta, la institución, el coordinador del AT, o a veces se deja alguna nota para el at que
continúa el turno (en internaciones domiciliarias, o institucionales). Hay terapeutas que piden una información
muy breve, de los datos más relevantes que sean novedosos para ese caso, situaciones de riesgo, etc. Obviamente
que también hay información que es necesario comunicar en forma urgente y esto requiere de un llamado
telefónico. Sucede por ejemplo cuando el equipo que acompaña a un paciente está formado por varios at, que
van realizando turnos rotativos. A veces se dará alguna información de manera oral, para el acompañante que
sigue, cuando hay turnos durante 24 hs..
En las instituciones puede solicitarse alguna reseña del AT en la historia clínica del paciente. A partir de la
determinación del terapeuta, con reuniones y/o mediante informes orales y escritos, se irán reformulando los
objetivos, y la modalidad del acompañamiento en función de la evolución del paciente, a veces con entrevistas
con su familia, donde se analizan los avances del caso, y las vicisitudes que se presenten en los vínculos en el
AT.
Con la frase “Informes pero no informantes” introduzco también una temática compleja sobre la que no
ahondaremos ahora, que es la referente a la conceptualización que hacemos de esa “información”, la objetividad
o no de la misma, y del lugar del AT respecto de lo que sucede en la “realidad” cotidiana. Veamos igualmente
algunos interrogantes. Me dicen: ¿Pero qué hacer con la “información” proveniente de ese espacio?. ¿Qué se
informa? Y además, ¿esa información implica que observamos independientemente de la “realidad psíquica”?
No. Pero si lo pensamos en términos psicoanalíticos: ¿esa información tiene valor si no se ubica en términos de
lo que sucede con la “realidad” psíquica, si está por fuera de la dinámica transferencial? Poder dialogar sobre
estos temas en el equipo hará al “uso” que tendrá la/s información/es en el grupo de acompañantes, en la tarea
con el paciente. Y también respecto a la familia y los allegados. El informe puede tratarse de un simple registro
de situaciones significativas. Lo significativo incluye aquello que sucede en la dinámica del vínculo at-paciente-
familia, en las cuestiones transferenciales.
A partir de esto, en otros términos, se plantea también lo siguiente: ¿es el at es un simple informante? ¿Un
celador que vigila cuestiones de lo cotidiano, que está para informar a la autoridad representada en el terapeuta?
No se trata de eso, como irán viendo. Resuena acá la noción de “testigo”, que voy a retomar, aunque la misma
apunta a otras cuestiones, en particular en las psicosis: en principio, se es testigo de una singularidad.

Hay momentos y momentos


Otra cuestión: es necesario graduar con precisión los momentos pertinentes para hacer intervenir el
acompañamiento, los tiempos de duración del esquema planteado, para hacer variaciones, lo cual implica ir
calibrando día a día las respuestas a los requerimientos y los obstáculos que aparezcan, así como la posibilidad
de seguir contando con los esfuerzos familiares, del entorno habitual, y del equipo profesional. Su modalidad
no es la misma cuando es reciente la crisis (en un momento “agudo”), que en situaciones donde se utiliza para
mantener una continuidad ante esos “intervalos” que pueden quedar entre distintas etapas del tratamiento
(internación, centro de día, de noche, ambulatorio).
También hay que evaluar con el terapeuta si es conveniente para el caso que se compartan los tiempos y espacios
de un AT domiciliario con la familia, con algunos de sus miembros, o si es necesario resguardar al paciente del
vínculo con su padre, su madre, un hermano, etc. Todo esto nos remite al encuadre, y si es un equipo de AT es
algo atinente al coordinador.
Pensaremos diferencias en su implementación, a grandes rasgos, según dos momentos que tienen que ver con
lo agudo o lo crónico de un cuadro clínico:
-si se implementa el AT en el momento de una crisis, ante la urgencia.
-si se implementa el AT ante una problemática “crónica”, como así también en una situación en la cual el sujeto
se encuentra estabilizado, donde hay un trabajo que tendrá otra temporalidad, cabe pensar otro manejo de la
variable temporal.
Además de ser necesario pensar esta implementación de acuerdo al caso, también evaluamos el lugar de la
familia en el mismo, e incluso si es pertinente realizar un AT cuando el pedido viene de una familia sin
posibilidad de trabajo en el marco de un equipo interdisciplinario, y donde no hubo una indicación y/o un interés
por parte del terapeuta que atiende al paciente.

Acuerdos y consentimientos para el Acompañamiento Terapéutico

Hay un aspecto que determina dos dimensiones distintas también para el planteo del AT, sus modalidades y las
eventuales dificultades. Y es el siguiente: ¿qué sucede con el “consentimiento”, el acuerdo del paciente con el
AT? Diferenciemos dos situaciones:

A- casos en los que no hay un consentimiento por parte del paciente, para que se incluya AT en su tratamiento
(a veces incluso existe desacuerdo por parte de algunos miembros de la familia). Se incluye este dispositivo por
ser una indicación del terapeuta/equipo, independientemente de la voluntad o requerimiento del paciente.
B- casos en los que existe dicho acuerdo por parte del paciente y su familia.
Debemos tener en cuenta (en cada país/provincia) las polémicas legales que estos temas implican para la
psiquiatría y la salud mental, que hacen a las connotaciones y requerimientos para una internación restrictiva y
cerrada, y nos lleva a conceptos como “riesgo de daño” para sí y para terceros, y a la turbia noción de
“peligrosidad” -cada vez más cuestionada por los efectos discriminatorios que ha generado-. Se entroncan
además otras problemáticas, como ser: quién está legalmente autorizado para decidir una internación, qué sucede
cuando en la familia existe consentimiento pero hay rechazo del paciente a la indicación de un profesional, que
lugar tiene la intervención judicial, etc.
Simplemente cabe enunciarlo aquí para que no sea un tema descuidado, ya que abre hacia una temática muy
compleja. Deben analizarse antecedentes legales al respecto, por lo cual consideramos que amerita un largo
trabajo, que excede este texto.
Subrayo que estas dos situaciones generan previsiones diferentes (aunque sea a manera de hipótesis) al
conformar el dispositivo y sus consignas, y va a ser abordado en este espacio de acuerdo a la particularidad de
la situación. Se trabaja en las reuniones de equipo lo referente al rechazo que pueda aparecer por parte del
paciente hacia el dispositivo de AT. Cuando son varios acompañantes, hay que seguir con atención si se niega
al vínculo con algún at en especial, tratando de pensar la lógica en la cual se encuentran dichos vínculos, las
situaciones que se van generando, y de ser factible su articulación con lo que viene abordándose en las sesiones
con su terapeuta.

Veamos otra viñeta: en el caso de Sebastián, el diálogo recurrente de Julio, uno de los acompañantes, con el
hermano de este paciente que estaba en el domicilio en los horarios en que se realizaba el acompañamiento, fue
generando un malestar en Sebastián hacia ese at en particular, lo cual provoca situaciones posteriores de
rivalidad y tensión en las salidas. En la medida en que esto fue abordado en la reunión de equipo, y que también
una de esas situaciones fue llevada por Sebastián al espacio de terapia, el trabajo en ese marco permitió despejar
ciertas problemáticas de su historia familiar que se le jugaban a Sebastián en el vínculo con su hermano, y en la
presencia de un tercero donde se le jugaba la idea de un rival en el afecto con otros. En un equipo en que eran
varios acompañantes que estaban con Sebastián, ¿por qué esto no se produjo con otros at?. En primer término,
en los demás horarios en que estaban los ats el hermano de Sebastián no se encontraba, o estaba
esporádicamente. Por otra parte, cierta disposición de Julio hacia el diálogo en el grupo familiar, que no se había
dado en los otros acompañantes, también marcaba una diferencia significativa, generando efectos
transferenciales diferentes en el paciente. Esa disposición, que era de sentido común en el contexto familiar,
debía ser algo “calculado” especialmente en el caso, y sobre esto trabajamos en la reunión de equipo.
En la situación donde no hay acuerdo con la intervención, llega a suceder que el paciente tiene una actitud
negativa, de mayor o menor rechazo, hasta de indiferencia, resignación, etc., ante nuestra permanencia, y ante
los objetivos y consignas propuestas. También a veces esto sucede con la familia, aunque no sea en forma
explícita, sino mediante actitudes de boicot o “resistencias” a nuestra intervención. Esto sucede especialmente
en las internaciones domiciliarias, cuando los miembros de una familia experimentan ese nuevo escenario,
extraordinario, como una intrusión en su vida cotidiana. Tema para el trabajo en el equipo tratante, con la
participación del terapeuta que indica el AT.
No obstante, en muchos casos sucede para la familia todo lo contrario, es decir, la permanencia del AT en el
contexto familiar genera un fuerte alivio y tranquilidad, en tanto significa una ayuda, una contención ante
episodios que se venían reiterando, y que se les “iba de las manos”. Nos encontramos con familias angustiadas,
desbordadas, en las que los ats son “bienvenidos”. No significa en ocasiones que luego no se generen otros
obstáculos, a medida que transcurre el tiempo, y a veces esto aparece precisamente cuando el -así llamado-
paciente presenta una mejoría en su estado. ¿Cómo trabajamos esto?
Especialmente en el caso del primer punto, será primordial enfocar el trabajo inicial hacia el establecimiento de
alguna confianza en el vínculo, desde una actitud de cautela y disposición del acompañante hacia el diálogo.
Suele ser conveniente explicitar -en casos donde va a existir una gran cantidad de horas diarias de AT- que no
es necesario que el paciente esté dispuesto a hablar en todo ese tiempo, o sosteniendo la atención en el vínculo
con los ats. Decirle que haga las cosas habituales en esos horarios, obviamente siempre que ello esté dentro de
las pautas generales dadas por el terapeuta: desde leer, mirar televisión, usar la computadora, hasta dormir o
salir a caminar, etc.. Y que el at se encuentra allí para ayudarlo en los momentos en que sea necesario, o para
conversar si tiene ganas. El acompañante estará en tal caso con la “disposición mental” y el tiempo necesario,
digamos en los términos anteriores. Aunque será diferente este tema cuando en su intervención se establecen
pautas relacionadas con salidas, la búsqueda de estímulos e intereses hacia actividades posibles, etc.
Volviendo a Freud, en su correspondencia con E.Weiss, hace una “recomendación” de la cual podrán servirse:
dirá que es conveniente no mostrar “impaciencia”, y advierte también sobre la “ambición terapéutica” que puede
jugarnos en contra en estos casos, aquello que se llama el furor curandis, que resulta tan negativo en muchas
situaciones de AT, en especial con pacientes cronificados, con lesiones orgánicas, etc. Al respecto, expresa que
“debemos estar contentos de haber aprendido algo en cada caso”, apelando al deseo que ponemos en juego en
cada tratamiento, lo cual es también importante para el AT, y lo reitero en las reuniones de equipo en esos
tratamientos que resultan tan agotadores, en esas situaciones que se presentan para el at como muy “frustrantes”
-sea porque el paciente “no avanza”, sea porque interrumpe abruptamente la familia, por un actuación impulsiva,
etc.-.
¿Cuándo termina? Los finales en el Acompañamiento
Otro aspecto de las coordenadas generales del AT, es lo que se refiere al tiempo estimado de duración de un
acompañamiento. Y asociado a esto: cómo plantear el final en un proceso de acompañamiento, cómo pensar el
cierre, cómo realizar la conclusión del AT en cada caso.
Corresponde al terapeuta y/o al coordinador del equipo conversar con la familia respecto a este tema; y en los
casos que sea pertinente, con el paciente. No es conveniente plantear “a priori” un tiempo de duración. Se hace
alguna apreciación “estimada” y de manera abierta sobre la duración de un AT cuando es recomendable para la
problemática en que se encuentra el paciente y su familia, realizándose esto de acuerdo a la valoración que haga
el terapeuta o el equipo que lo indica. A lo cual desde el AT podremos aportar nuestra perspectiva y experiencia.
Aunque el tema debe ser evaluado caso por caso, considerando las ansiedades, el conocimiento o no del recurso,
las perspectivas respecto de cómo vaya a continuar el abordaje del caso, la historia previa de los vínculos
familiares, etc. Por ejemplo, no es lo mismo lo que pueda decirse sobre la eventual duración de un AT cuando
se comienza en un momento de crisis con un paciente que además no estaba en tratamiento (¿qué decir?:
prácticamente nada), que en un caso donde el AT está incluido puntualmente para sostener el pasaje de una
internación en un Hospital o Clínica psiquiátrica, a otra institución que responda más adecuadamente a las
características del paciente, y al momento que atraviesa, a la estabilización que se ha logrado. Nos sucedió en
el Hospital “Borda”, y varias veces recientemente en clínicas privadas: dicho pasaje, que con ese paciente estaba
pautado con cierto tiempo de duración, implicó también un tiempo previsto para el acompañamiento, al menos
en un “primer contrato” realizado con el paciente y su familia, resultando un proceso de tránsito que culminó
pudiendo hacerse un cierre según lo convenido, con el “objetivo logrado”. Sin embargo, más de una vez se llegó
a reconvenir luego otro esquema, de acuerdo a la situación nueva que se genera, y la evolución del caso.

En su medida y armoniosamente…
Prolongar de manera inadecuada un acompañamiento, en cuanto a la cantidad de horas que tiene cada día que
se realiza, y en su duración, en situaciones donde debiera hacerse una reducción gradual para ir hacia la
finalización, puede ser motivo de reacciones impulsivas del paciente, transgresiones, confusión en el rol, o
malestar familiar, lo cual termina “frustrando” el acompañamiento.
Por esto, en el equipo, en la supervisión que una instancia tercera realice del acompañamiento terapéutico, esto
tiene que estar presente, y trabajarse con el terapeuta que dirige el tratamiento. Para que no se vuelva
contraproducente un determinado esquema de horarios, y la persistencia de un objetivo del AT cuando ya la
situación subjetiva del paciente se han modificado, así como sus condiciones objetivas/materiales, y en lo
referente al entorno cotidiano, familiar o institucional.
Se ha dicho que muchos AT finalizan en forma abrupta, de manera inesperada, por un acting donde el paciente
precipita la conclusión, por una decisión intempestiva de la familia, etc. Es un tema que debe tener más lugar
en las capacitaciones, en los congresos, en los espacios de reflexión sobre el AT, y en la interlocución con los
terapeutas.
Por otra parte, tampoco suele ser conveniente realizar un cierre repentino del AT cuando venía realizándose
diariamente, por ejemplo. Parece obvio, pero sin embargo a veces sucede que el terapeuta plantea la finalización
repentina (o accede al pedido familiar en tal sentido), cuando en la semana previa había acompañamiento diario,
por espacio de varias horas. Allí resurge la necesidad de una articulación más precisa con el terapeuta, respecto
de las implicancias de este espacio, la valoración de lo que sostiene en términos de la subjetividad.
Entonces, en cuanto a la culminación del acompañamiento, consigno que actualmente no siempre sucede de
manera intempestiva. Asimismo, en defensa del AT: los finales intempestivos son también parte de la práctica
del terapeuta, ya que esa recurrencia tiene relación con la compleja problemática de los casos que se atiende,
en ese espacio de borde…Que no es un precipicio, pero que más de una vez está cerca de la caída. En la medida
en que tomemos en cuenta las cuestiones antes mencionadas, los tiempos y la evolución del paciente con su
correlato en los cambios o cristalizaciones familiares, se puede trabajar de otra manera el desarrollo de un
acompañamiento, y su cierre.
Será central entonces la comunicación interna y el trabajo en equipo, que requiere de la lectura del caso a cargo
el terapeuta, para acompasar el movimiento del AT, y evitar la precipitación de su conclusión inadecuada.

ANEXO: ESQUEMA BASICO SOBRE MODALIDADES DEL AT


En este cuadro se incluyen los espacios y tiempos más frecuentes en la tarea del acompañante terapéutico.
Modalidades de trabajo del acompañante terapéutico:
Según el marco de inserción
En cuanto a la procedencia de su indicación y el contexto donde se realice: 1. Acompañamiento terapéutico
dentro de un esquema institucional. Puede estar indicado por un terapeuta externo a la institución, o por un
profesional de la misma.
2. Acompañamiento terapéutico que no es indicado por un dispositivo institucional, y no está orientado
desde una institución, sino por un terapeuta privado o equipo ambulatorio.
3. AT en el Proceso de Externación institucional.
Primera etapa: salidas, para volver a la institución. Articulación con la atención ambulatoria; se hace a partir de
la estrategia de un terapeuta externo o del equipo institucional.

Según los tiempos de trabajo


En cuanto al tiempo pautado para el AT, se incluye como:
a) acompañamientos terapéuticos en una internación de 24 hs. (equipo de varios ats.).
a.1. En Instituciones
a.2. Domiciliarios
b) por algunas horas en el día.
b.1. En Instituciones. Salidas. Actividades de rehabilitación, educativas, menores de edad, cuadros críticos que
requieren otra atención más cercana, etc.
b.2. En el domicilio
Esta segunda modalidad (b) se organiza a su vez:
-Horarios diurnos varios días en la semana.
-Nocturno.
-Fines de semana.

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