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Isaza

El documento explora la posibilidad de un gobierno que responda a las preferencias de los ciudadanos como un indicador de la calidad de la democracia. Se analizan las discusiones teóricas sobre la democracia y se concluye con una agenda de investigación sobre la responsividad gubernamental. El artículo destaca la complejidad de medir la calidad democrática y los desafíos conceptuales y empíricos asociados a la respuesta del gobierno.

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El documento explora la posibilidad de un gobierno que responda a las preferencias de los ciudadanos como un indicador de la calidad de la democracia. Se analizan las discusiones teóricas sobre la democracia y se concluye con una agenda de investigación sobre la responsividad gubernamental. El artículo destaca la complejidad de medir la calidad democrática y los desafíos conceptuales y empíricos asociados a la respuesta del gobierno.

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¿ES POSIBLE UN GOBIERNO QUE RESPONDA?

¿Es posible un gobierno que responda? DOI: 10.4067/S0718-090X2023005000104


VOLUMEN 43 / N° 1 / 2023 / 73-92

Dilemas en los conceptos de calidad de la ISSN: 0718-090X


Revista de Ciencia Política
democracia cienciapolitica.uc.cl

Is a responsive government possible? Dilemmas in


quality of democracy concepts

CAROLINA ISAZA
Universidad Externado de Colombia

RESUMEN
El presente es un trabajo teórico en el campo de la teoría democrática. Se revisan
las discusiones sobre uno de los elementos propuestos para medir la calidad de
las democracias: la respuesta del gobierno a las preferencias de los ciudadanos. Se
analizan las discusiones teóricas sobre democracia, calidad de la democracia y en
particular el debate sobre si la respuesta o responsiveness sirve o no para medir la
calidad, qué retos implica y cuáles son sus límites tanto conceptuales como empí-
ricos. Se concluye con una agenda de investigación en este tema.

Palabras clave: democracia, calidad de la democracia, respuesta del gobierno, res-


ponsividad, teoría política.

ABSTRACT
This is a theoretical paper in the field of democratic theory. It reviews the discussions on one
of the elements proposed to measure the quality of democracies: government responsiveness
to citizens’ preferences. It analyses theoretical discussions on democracy, quality of democ-
racy and in particular the debate on whether responsiveness is useful to measure quality,
what challenges it implies and what are its conceptual and empirical limits. It concludes
with a research agenda on this topic.

Keywords: democracy, quality of democracy, responsiveness, political theory.

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Co-sharing 4.0 International” (CC-BY-SA). Any total or partial reproduction of the material must cite its origin.
CAROLINA ISAZA

I. INTRODUCCIÓN

Hay extensas discusiones sobre la calidad de la democracia y sobre los atri-


butos que hacen que una democracia sea sustantiva y no solo “de papel”. Si-
multáneamente, se habla desde hace décadas de una crisis de la democracia
representativa, la cual parece empeorar con la globalización, la masificación de
las redes sociales y la comunicación digital global. En este marco, tanto la teoría
política normativa como la ciencia política empírica han hecho aportes para en-
tender los complejos problemas de la democracia moderna y contemporánea.
Esta se alimenta de varias tradiciones de pensamiento.

Por un lado, se apropia de las ideas griegas de la polis, en particular los concep-
tos de isegoría (igualdad de todos los ciudadanos para participar en el debate
público) e isonomía (igualdad ante la ley) (Dahl 1971; Roiz 2003). Por otro lado,
combina estas ideas con la tradición republicana (de Aristóteles a Maquiavelo
a Thomas Jefferson), la cual, aunque compuesta en sí misma de elementos muy
heterogéneos, tiene como puntos en común, “una concepción de la libertad
en contraposición a la tiranía, la convicción de la preeminencia de la comuni-
dad política acompañada de una dignificación de la actividad política y, por
supuesto, la postulación de virtud civil para el florecimiento personal el buen
funcionamiento de la vida colectiva” (Vargas-Machuca, 2006, p. 70). Los últi-
mos dos elementos que alimentan la democracia moderna son las instituciones
representativas y el principio de igualdad política, el cual se diferencia de la
isegoría en que es mucho más incluyente y se extiende a casi todos los habitan-
tes del territorio (Dahl, 1989).

Autoras como Hannah Arendt, Chantal Mouffe, Nadia Urbinati, y otros pensa-
dores en los siglos XX y XXI han planteado dilemas y retos de las democracias,
presentes incluso en los países que se consideraban, hasta hace poco, demo-
cracias consolidadas. Arendt habla del debilitamiento de la esfera pública y
de la colonización de esta por el mercado, a la vez que la esfera privada y la
vida íntima adquieren en la modernidad una preponderancia que aleja a los
ciudadanos de las discusiones democráticas sobre la vida en común (Arendt
1993 [1958], 2006).

Mouffe está preocupada por el resurgimiento de ideologías extremas de las


dos orillas ideológicas, que amenazan la democracia pluralista con un regreso
del totalitarismo. Propone la idea de democracia radical para profundizar la
democracia desde el reconocimiento del oponente político como un adversario
y no un enemigo (agonismo pluralista) (Isaza 2019; Mouffe 2000). Por su parte,
Nadia Urbinati señala el auge de los partidos y líderes populistas que están
logrando llegar al poder en democracias consolidadas y las están debilitando y
desinstitucionalizando (Urbinati 2014, 2019). Como lo han señalado diferentes
autores, la democracia parece encontrarse permanentemente en estado de cri-
sis. Estos aportes teóricos son fundamentales para permitir entender los cam-
bios que vivimos en la política y los retos democráticos de nuestra época.
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¿ES POSIBLE UN GOBIERNO QUE RESPONDA?

Sin embargo, más allá de la teoría política, las discusiones en la ciencia política
han tomado un camino diferente, que busca observar diferencias entre regíme-
nes considerados democráticos en un sentido amplio. Así, este trabajo se centra
en las discusiones sobre la calidad de la democracia. Estas han surgido en los
estudios de política comparada como intentos por medir la democracia y poder
comparar qué casos se acercan más a una visión ideal o, al menos, suficiente de
esta. En particular, se aborda en este trabajo una de las variables que se han uti-
lizado para medir la calidad: la respuesta (responsiveness) de los gobernantes a
las demandas de los gobernados. Entre todas las características de la calidad de
la democracia, esta es en la que parece haber menos coincidencia entre autores
y la que ha resultado más difícil de operacionalizar. Para algunos autores, como
Lauth, simplemente, este no debería ser un aspecto de la calidad, o resultaría
útil si fuese posible medirlo. Pero, en la práctica, tanto los conceptos como los
indicadores mezclan diferentes fenómenos al mismo tiempo.

En este artículo se va a profundizar en esa discusión, con miras a explorar los


aspectos teóricos, conceptuales, cualitativos y cuantitativos de la “respuesta”
de los gobiernos y para reflexionar sobre si valdría la pena conservar esa di-
mensión analítica para entender mejor la democracia. El artículo toma como
insumos los conceptos y sus definiciones, las proposiciones y argumentos
elaboradas por otros autores con respecto a la calidad de la democracia y la
respuesta como aspecto de la misma. En este sentido, el artículo es teórico y
conceptual, se sitúa en el mundo de las ideas, lo cual no quiere decir que estas
ideas estén desconectadas de datos empíricos, pues se convierten en variables
e indicadores que son aplicadas para clasificar países reales y medir la calidad
de sus democracias.

La estructura del argumento es la que sigue. En primer lugar, se presenta la


conceptualización sobre calidad de la democracia y sus componentes. En se-
gundo lugar, se recogen las ideas sobre respuesta o responsiveness y, por último,
se discute críticamente sobre las mismas y se plantean lineamientos para conti-
nuar con la investigación en el tema.

II. ¿QUÉ ES LA CALIDAD DE LA DEMOCRACIA?

La discusión sobre la calidad de la democracia es inseparable de las definicio-


nes de democracia, en particular aquellas basadas en el trabajo de Robert Dahl.
Para este, la democracia es un sistema ideal en el cual los ciudadanos pueden
libremente: formular sus preferencias políticas, indicar esas preferencias a los
otros y al gobierno de forma individual y colectiva y el gobierno toma en cuen-
ta sus preferencias por igual y sin discriminación al tomar decisiones públicas.
Así, las características definitorias de una democracia son dos: la existencia de
debate público y competencia política, y el derecho de todos los hombres y mu-
jeres adultos a participar en las elecciones, en el debate público y en el gobierno
(participación inclusiva). Para que esto sea posible, se requieren, al menos, las
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CAROLINA ISAZA

siguientes condiciones: participación política efectiva, igualdad en la votación,


adquisición de conocimiento, control final de la agenda por los ciudadanos,
inclusión de todos y derechos políticos universales (Dahl 1971).

Pero este ideal con todos los componentes plenamente realizados es difícil de
alcanzar en sistemas políticos concretos. Por esta razón, Dahl propone su famo-
so concepto de poliarquía, como un sistema en el que se intenta constantemen-
te acercarse al ideal democrático y en donde la libertad e igualdad políticas se
expresan en instituciones políticas pluralistas.

Con base en esas ideas, se encuentran definiciones más concretas, como esta de
la democracia “plena”:

“Régimen de gobierno en el que el acceso al poder se establece a través de elec-


ciones periódicas y competitivas, con igualdad de oportunidades tanto respec-
to al ejercicio del derecho al voto como a poder presentarse como candidatos
a dichas elecciones. Los gobernantes están sujetos a responsabilidad política
en el ejercicio de sus funciones y son capaces de dar respuesta a las demandas
básicas de los ciudadanos. La única restricción que se establece al pluralismo y
a la participación en la esfera social y política es aquella que suponga un aten-
tado a los principios legales y constitucionales. Este régimen se fundamenta
en la aceptación mayoritaria de las reglas de juego político y en el respeto a las
minorías” (Vida 2010, 117).

A partir de estas conceptualizaciones, diversos autores han construido plan-


teamientos para operacionalizar esos componentes teóricos de la democracia y
construir variables medibles que permitan clasificar y calificar las democracias
realmente existentes. En primer lugar, existen amplios desarrollos teóricos y
criterios empíricos (como Polity) que permiten diferenciar entre un régimen
democrático y uno no democrático (Barreda 2011). Pero una vez superada esta
clasificación dicotómica, dentro de los regímenes democráticos se puede abor-
dar la discusión sobre su “calidad”, la cual busca examinar la cercanía con el
ideal de democracia a partir de los criterios fundacionales de Robert Dahl. Así,
una pregunta fundamental en esa literatura es ¿Qué hace que una democracia
tenga mayor o menor calidad?

Sin embargo, no todos los autores coinciden en las dimensiones para medir
la calidad de las democracias. Además, los diferentes aspectos del concepto
pueden entrar en contradicción entre sí: “la definición de calidad democrática
con sus dimensiones, también en contraste la una con la otra: donde privilegiar
una dimensión o bien una calidad de la democracia puede significar poner en
segundo plano otra calidad” (Morlino 2007, 4).

Se encuentran en la literatura varias formas de clasificar las definiciones y los


aspectos de la calidad democrática, a continuación dos de las más relevantes,
de Duhem y de Morlino, respectivamente. Duhem plantea tres grupos de defi-
niciones de la calidad:
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¿ES POSIBLE UN GOBIERNO QUE RESPONDA?

• La visión centrada en los procedimientos

• Según la legitimidad y eficacia (como en Jauregui)

• Desde el papel de los ciudadanos (autores como Schmitter) (Duhem, citado


en de la Fuente et al., 2020).

La primera es una visión institucional. Una buena democracia, o de calidad, es


la que tiene las instituciones políticas para garantizar la igualdad y la libertad,
tales como derechos políticos y reglas del juego sobre la competencia por el
poder y el respeto al pluralismo político. Esta es la visión más tradicional y más
cercana al planteamiento del mismo Dahl. La comparten autores como Schmidt
& Lijphart, (1997).

La segunda, en cambio, considera que una democracia es de calidad si los go-


biernos son legítimos y los resultados de sus acciones son eficaces. Autores
como Lipset o Plattner han escrito sobre los problemas de la efectividad del go-
bierno o la gobernanza (Plattner 2004). Esta visión “sustantiva” (Barreda 2011),
tiene el problema de cruzarse con otros conceptos, como el de buen gobierno o
calidad del gobierno (La Porta et al. 1999; Longo 2008), o con los estudios sobre
legitimidad y confianza (Ramírez Brochoud 2010), desempeño de los gobiernos
(Foweraker y Krznaric 2002) o resultados de las políticas públicas (García y
García 2011). Podría existir una democracia de calidad institucional alta, pero
cuyos gobiernos produzcan resultados políticos subóptimos o no logren legi-
timidad debido a su desempeño, por ejemplo, económico. Si se considera que
muchos de los resultados de los gobiernos dependen de factores que escapan
a su control (por ejemplo, la globalización), esta segunda visión parece volver
aún más inalcanzable la construcción de una democracia de calidad alta.

La tercera visión mide la calidad de la democracia principalmente desde el rol


que juegan los ciudadanos en la vida política, qué tanto participan y qué tanto
efecto tienen sus preferencias en las acciones públicas o cuánto control político
pueden hacer. Esta puede cruzarse con la legitimidad, hasta cierto punto, pero
el énfasis está puesto en la participación efectiva y en la respuesta; el tema de
interés en este trabajo.

Otra parte importante de la discusión en este tema se ha ocupado de las varia-


bles y los indicadores que se pueden usar para medir la calidad. Las variables
que se han señalado como aspectos de la calidad de la democracia son, en tér-
minos de Morlino, de procedimiento, contenido y resultado:

De procedimiento:

• estado de derecho,

• accountability electoral,

• accountability interinstitucional,

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CAROLINA ISAZA

• participación política y

• competencia política;

Nótese que la rendición de cuentas o accountability horizontal y vertical han


sido consideradas por otros autores como aspectos diferentes a los de proce-
dimiento, por ejemplo, se han incluido en una categoría aparte denominada
control político por autores como Barreda (2011).

De contenido: cuando las democracias “gozan en medida superior a los mí-


nimos de libertad e igualdad (se da una calidad con respecto al contenido)”
(Morlino 2007, 6); los aspectos de libertad e igualdad.

De resultado: responsiveness o capacidad de respuesta1 (Morlino 2007, 2015). “la


responsiveness o bien reciprocidad no es una dimensión procedimental como
las anteriores, sino una dimensión que tiene que ver con el resultado en el sen-
tido de la capacidad de respuesta que encuentra la satisfacción de los ciudada-
nos y de la sociedad civil, más en general” (Morlino 2007, 7).

Sobre las variables de procedimiento y de contenido se ha discutido amplia-


mente y una buena parte de la literatura en este tema se ocupa de los desarro-
llos de variables, de listados de países según estas variables y de análisis de
cada uno de los aspectos. Sin embargo, existe mucha menos discusión y pro-
ducción académica sobre la tercera categoría y en particular sobre el concepto
de respuesta, como una dimensión de la visión de la democracia que se apoya
en los resultados de los gobiernos, pero también en el rol de los ciudadanos, o
mejor, en la relación entre ciudadanos, sus preferencias, y las acciones de los
gobiernos –que responden o no a esas preferencias.

III. ¿QUÉ ES LA RESPUESTA DEL GOBIERNO?

La palabra responsiveness y el adjetivo responsive no tienen traducción al espa-


ñol. Algunos la han traducido como responsividad (Cantú 2019), pero se pueden
traducir simplemente como respuesta. La respuesta, en el lenguaje coloquial, es
una reacción rápida u oportuna de un agente ante un estímulo de otro agente
(Beck 2021). En el contexto de la ciencia política, la respuesta es siempre res-
puesta del gobierno democrático a la opinión pública o la población.2

En la teoría democrática contemporánea, para que la democracia sea realmente


el gobierno del pueblo, es necesario que los gobernantes consideren los intere-
ses y preferencias de los ciudadanos y actúen de formas que respondan a los
mismos. En su obra clásica “La poliarquía” Robert Dahl plantea en la primera

1
Se ha traducido como reciprocidad o responsividad, pero, para efectos de este trabajo, se hablará de res-
puesta del gobierno.
2
También puede haber respuesta del gobierno a la población en contextos no democráticos, para mantener
legitimidad o control, de acuerdo con Beck 2021, pero esos escenarios se salen del marco de este trabajo.

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¿ES POSIBLE UN GOBIERNO QUE RESPONDA?

página: “Asumo que una característica de la democracia es la respuesta con-


tinuada del gobierno a las preferencias de sus ciudadanos considerados como
iguales políticos” (Dahl, 1971, p.1, subrayado añadido).3

En ese trabajo, el politólogo parte de que la facilidad de respuesta del gobierno


a los ciudadanos es la única característica necesaria para que un régimen sea
democrático. Esto, plantea Dahl, puede ser un ideal inalcanzable, pero sirve
para contrastar los casos empíricos con respecto a su distancia del mismo. Sin
embargo, su teoría de la poliarquía nos muestra que el concepto es mucho más
complejo de lo que parece a simple vista. Los requisitos que se necesitan para
que el gobierno responda todo el tiempo a las preferencias de los ciudadanos
son complejos.

Primero, se requiere que los ciudadanos puedan formular sus preferencias, ma-
nifestarlas hacia los demás y hacia el gobierno. Esto involucra la existencia de,
al menos, siete derechos civiles y políticos. Segundo, es necesario también que
el gobierno tome en consideración esas preferencias de forma equitativa en su
toma de decisiones y formulación de políticas públicas. Esto a su vez implica
que existan “instituciones para hacer que las políticas gubernamentales depen-
dan de los votos y otras expresiones de preferencia.” (Dahl, 1971, p. 3). Este se
puede considerar el punto de mayor interés en la discusión sobre el gobierno
que responde.

Sobre los puntos de libertades para formar opiniones y expresarlas se ha habla-


do mucho; no solo Dahl, sino otros autores que trabajan sobre la democracia,
han ahondado en el pluralismo, la liberalización y las libertades civiles. El tra-
bajo ya mencionado se centra en estudiar las formas en que la liberalización y la
inclusión de más grupos como ciudadanos se cruzan para producir la democra-
tización en diferentes trayectorias históricas. Pero el punto de las instituciones
para que los gobiernos respondan queda sin desarrollar. Se puede introducir
una diferencia relevante entre el desempeño político, que comprende el desem-
peño de los inputs o institucional, y el desempeño procedimental, que incluye
el desempeño en los outputs o capacidad administrativa.

En otro lugar, Dahl se refiere también al control de la agenda por parte de los
ciudadanos, el cual en la práctica ocurre a través de los partidos políticos y las
elecciones, más que de forma directa. También la agenda de gobierno y legisla-
tiva puede ser influenciada por los movimientos sociales y la opinión pública.
En la atrás citada definición de Vida de democracia plena se señalaba también
que los gobiernos “son capaces de dar respuesta a las demandas básicas de los
ciudadanos.” (ver supra).

Cuando se entra en la literatura sobre calidad de la democracia, aparece nueva-


mente el concepto de respuesta como una de las características que la conforman.

3
T. propia. El original: “I assume that a key characteristic of a democracy is the continuing responsiveness of
the government to the preferences of its citizens, considered as political equals.”

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CAROLINA ISAZA

Se suele citar a Putnam, “cuya noción de calidad de la democracia se refiere al


desempeño institucional, es decir, una medida objetiva de respuesta guberna-
mental y los niveles de producción.” (de la Fuente et al., p 26). Levine y Molina
advierten contra entrar a incluir una evaluación de las políticas públicas y sus
resultados o las nociones de un buen gobierno en la calidad de la democracia. En
efecto, hay que tomar con cuidado los aspectos que se incluyen en la idea de res-
ponsiveness, pues sería fácil extenderlo hasta confundirlo con otros conceptos,
como la capacidad del Estado o la eficacia (Levine y Molina 2007).

Se introduce entonces un debate sobre si la respuesta es un aspecto de la calidad


de la democracia, si es un asunto procedimental o si es un asunto de resultado.
Para Morlino, según una definición de calidad que no es ni de procedimientos
ni de contenidos, la “calidad del producto o el servicio deriva indirectamente
de la satisfacción expresada por el cliente” (Morlino 2015, 15), de manera que
es también una calidad de resultado. En esta idea se basan quienes incluyen la
respuesta del gobierno como indicador de calidad de la democracia. Sin embar-
go, esta parece estar equiparada a la legitimidad y eficacia:

“Sostiene Morlino que el método más eficaz para evaluar la respuesta


sea probablemente examinar la legitimidad del gobierno, es decir, la
respuesta percibida por los ciudadanos, más que la respuesta real. La
propagación de actitudes favorables a las instituciones democráticas
existentes y la aprobación de sus actividades sugeriría satisfacción e, in-
directamente, que la sociedad civil percibe cierto nivel de respuesta.”
(Gloria de la Fuente, Marianne Kneuer, y Leonardo Morlino 2020, 45).

El argumento de este trabajo es que la satisfacción, la legitimidad y la eficacia


del gobierno son cada una de ellas variables diferentes, aunque interrelaciona-
das, pero ninguna de ellas es tampoco idéntica a la respuesta del gobierno, tal
como lo identifican de la Fuente et al, en la cita anterior cuando hablan de “la
respuesta real”. ¿Qué es y cómo se mide la respuesta real del gobierno? Eso no
está suficientemente claro en la literatura.

De la misma manera, la respuesta se relaciona con la rendición de cuentas ver-


tical, es decir, del gobierno a los ciudadanos, e influye en qué tan satisfechos
estarán los ciudadanos con el desempeño de la democracia (Diamond y Morli-
no 2004). Esta relación teórica entre la respuesta, el control social o la rendición
de cuentas vertical y la legitimidad hace más complejo medir la calidad de la
democracia, pues crea indicadores traslapados y confunde el procedimiento
con el resultado.

IV. ANÁLISIS DEL CONCEPTO DE RESPUESTA

Para intentar desenredar esta maraña conceptual y separar la democracia de la


legitimidad, se puede analizar una secuencia, similar a la “cadena de respues-
ta” de Powell (Powell 2004) y separar en los siguientes pasos lo que debería
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¿ES POSIBLE UN GOBIERNO QUE RESPONDA?

ocurrir para que un gobierno responda a los ciudadanos, en los momentos pre
y post electorales:

1. Las elecciones se celebran para que los ciudadanos puedan expresar sus
preferencias por programas de gobierno.

2. Los candidatos y sus representantes hacen campaña para ganar las eleccio-
nes presentando sus plataformas y promesas al público. Gana un programa
de gobierno

3. Los elegidos y sus funcionarios traducen el programa en políticas públicas


y decisiones concretas

4. Una vez pasadas las elecciones, los ciudadanos articulan y comunican sus
preferencias actualizadas o sus inconformidades al gobierno, ya sea a tra-
vés de peticiones o declaraciones públicas o de protestas y movilizaciones
(Bobbio, Norberto 1976; Cantú 2019), y

5. A continuación, el gobierno responde, es decir, tiene en cuenta estas prefe-


rencias e inconformidades para tomar decisiones que estén en consonancia
con lo que desean los ciudadanos.

Se procederá a explicar cada uno de estos pasos con sus supuestos y los obstá-
culos para que ocurra una respuesta efectiva del gobierno. En la etapa 1, los ciu-
dadanos no siempre pueden identificar las soluciones que reflejan sus intereses.
Los partidos políticos no son capaces de articular de forma coherente o exitosa
las preferencias y muchas veces ofrecen mensajes genéricos que no se traducen
fácilmente en políticas concretas. La integración de preferencias múltiples es un
problema que no tiene solución (teorema de la imposibilidad de Arrow) (Arrow,
Sen, y Suzumura 2010). Es decir, los programas de los partidos no son “políticas
nacionales coherentes”, y la ideología funciona como un mecanismo de simplifi-
cación y agrupación de temas políticos basada más en la lealtad que en posicio-
nes específicas, aunque un pequeño número de temas polémicos sí configuran
posturas que cimientan esa lealtad. Además, los ciudadanos cambian de priori-
dades rápidamente (Morlino 2015), lo cual remite al paso 4.

En la etapa 2, hay un dilema entre preferencias de corto y largo plazo y las


preferencias sobre múltiples asuntos se agregan en un solo voto, de manera
que quienes ganan las elecciones no saben cuáles de sus políticas reflejan la
voluntad de los ciudadanos. Con una herramienta muy limitada, un solo voto,
los ciudadanos intentan expresar mucha información sobre sus percepciones
de los candidatos, su aprobación de las propuestas que presentan en diferentes
ámbitos, y eventualmente su comportamiento pasado en todas las áreas de go-
bierno, de forma que el buen desempeño en la mayoría de los temas puede ser
opacado por el mal desempeño en un solo asunto de especial interés (Stokes,
Przeworski, y Manin 1999). Las emociones y las campañas negativas muchas
veces influyen más en el voto que todo lo anterior (Isaza, 2020; Zamora Medina
& Zurutuza Muñoz, 2014).
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CAROLINA ISAZA

En la etapa 3, la primera dificultad consiste en identificar a cuáles preferencias


responder. Cantú (2019) revisa perspectivas diferentes del concepto de respues-
ta (o responsividad democrática) y señala que hay una mirada electoral del
problema, en donde los ciudadanos expresan su voz mediante el voto y los
gobiernos responden a esas preferencias mediante políticas públicas. Sin em-
bargo, identifica diferencias frente a quiénes son los ciudadanos a los que el
gobierno responde. En sistemas proporcionales, se trata de responder al mayor
número de grupos y en los mayoritarios simplemente a la mayoría electoral.

La segunda dificultad es que formular políticas es diferente a implementarlas


(Fontaine 2014), los problemas son complejos y las soluciones a un problema
pueden contrarrestar las soluciones a otro problema (Head 2008). Además hay
otros retos, por la existencia de gobiernos que manipulan (o fuerzan las prefe-
rencias), recursos limitados, la necesidad de gobernar de forma responsable y
tomar decisiones difíciles y las limitaciones a la soberanía por actores interna-
cionales (Levine y Molina 2007). Para enfrentar este último punto, Stokes et al.
(1999) señalan que la respuesta a la voluntad popular se debe usar para referir-
se a la formulación de las políticas y no a los resultados.

En estas etapas, la distancia con respecto a las “preferencias de los ciudadanos”


va aumentando a pasos agigantados. Esta discusión se relaciona tanto con la
crisis de los partidos políticos, debida a su pérdida de legitimidad y capacidad
de representación, como con la insatisfacción general con los gobiernos y la
pérdida de confianza en las instituciones (Morlino 2015).

En el paso 4 se incluye un repertorio de acciones por fuera de los momentos


electorales. “Estas acciones permiten la expresión de demandas (o envío de “se-
ñales”) y refuerzan la vinculación del gobierno con los ciudadanos más allá de
las elecciones (Kuklinski y Stanga, 1979; Cleary, 2003, 2007; Franklin, 2009; Mo-
reno Jaimes, 2007; Ura y Ellis, 2008; Morales, 2014; Grimes y Esaiasson, 2014).”
(Cantú 2019, 5).

Los pasos 4 y 5 presentan otras dificultades: cuando los ciudadanos protestan o


tratan de comunicar al gobierno sus preferencias actualizadas o sobre asuntos
más específicos durante períodos no electorales, no está garantizado que a)
comuniquen efectivamente sus preferencias, b) sea posible establecer qué tan
mayoritaria es la preferencia expresada y, c) el gobierno escuche el mensaje y
quiera responder. De nuevo, dependerá en parte del tipo de sistema político y
de la forma en que el gobierno interprete quiénes son las mayorías o minorías
que debe escuchar.

Para el paso 5 nuevamente surgen las dudas sobre qué medida específica satis-
face la demanda ciudadana y cómo se interpretan las preferencias expresadas.
Morales (2014) señala que el gobierno puede adoptar cambios menores/mode-
rados, o profundos/sustanciales.

Finalmente, incluso si se pudieran dejar de lado estos argumentos sobre las


dificultades para que los gobiernos respondan o para poder analizar si lo hacen
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¿ES POSIBLE UN GOBIERNO QUE RESPONDA?

o no, existen dificultades prácticas para medir la respuesta de los gobiernos. La


satisfacción de los ciudadanos se mide con sondeos, como lo hace, entre otros,
Barreda (2011). La legitimidad también se puede medir con encuestas de opi-
nión y de confianza en las instituciones (Morlino, 2015). De igual forma, se han
usado los indicadores de efectividad del gobierno del Banco Mundial, como,
entre otros, Tusell Collado (2015).

Pero estas mediciones basadas en opinión y recolectadas vía encuestas tienen


problemas intrínsecos de confiabilidad y son problemáticas como variables
para medir la respuesta del gobierno, como afirma este autor frente a las de
satisfacción con la democracia: “Es un indicador con limitaciones, sobre todo,
porque se corre el riesgo de medir la opinión ciudadana respecto al funciona-
miento de varias instituciones más que realmente de la democracia (Powell,
2004) o de medir el nivel de aprobación de los resultados de la gestión del
gobierno (Levine y Molina, 2007).” (Barreda, 2011, p. 9). Se profundiza en estas
críticas a continuación.

V. CRÍTICAS

Se ha visto entonces cómo, desde las definiciones de democracia, desde las ca-
tegorías conceptuales que se incluyen en la calidad de la democracia y desde
las variables e indicadores para medirla, existe una confusión recurrente entre
la democracia como procedimiento, la percepción de los ciudadanos sobre el
desempeño de los gobiernos y de las instituciones, y los resultados de las accio-
nes de los gobiernos y de las políticas públicas. El concepto de respuesta está
en esa intersección teórica y presenta tantas ambigüedades que muchos autores
que trabajan la calidad de la democracia han preferido dejarlo de lado en sus
mediciones. Sin embargo, la idea persiste a pesar de esto.

En primer lugar, existen tensiones entre respuesta y responsabilidad (Lauth


2011; Linde y Peters 2020). La respuesta es un requisito básico: que las deci-
siones democráticas tengan en cuenta las preferencias de los ciudadanos; pero
también lo es la responsabilidad: gobernar de forma que se preserve la demo-
cracia en el largo plazo y se proteja el interés general, pues se puede justificar
ignorar de vez en cuando a la opinión pública en nombre del interés general
(Pitkin, citada en (Beck 2021). Si bien la respuesta se ha vuelto central a cómo
los ciudadanos evalúan la democracia, no siempre una baja respuesta indica
una baja calidad de la democracia. A veces optar por la responsabilidad es lo
que indica alta calidad y sostenibilidad.

En ese mismo sentido, Plattner desarrolla la tensión entre la calidad de la go-


bernanza y la calidad de la democracia, en particular, la respuesta. Si se incluye
la gobernanza al medir la calidad de la democracia terminamos juzgando la
democracia en términos de desempeño que no tienen estrictamente relación
con la democracia misma. Pero si se excluye totalmente la gobernanza, se pue-
de dar una alta calidad democrática a un gobierno que falla en entregar todos
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CAROLINA ISAZA

los bienes y servicios básicos o dar buenos resultados. Más aún, una respuesta
“perfecta” del gobierno puede llevar a muy malos resultados, pues los ciuda-
danos, como los gobiernos, se pueden equivocar en cuanto a las políticas desea-
bles y sus efectos. Esto significa que hay una tensión inevitable entre respuesta
y efectividad del gobierno (Plattner 2004).

Ahora bien, esta tensión se inclina de maneras diferentes según el sistema po-
lítico. “The conventional wisdom concerning the choice between majoritarian
electoral systems and proportional representation (PR) – and, more broadly,
between majoritarian and consensus forms of democracy – is that there is a
trade-off: PR and consensus democracy provide more accurate representation
and better minority representation, but majoritarianism provides more effecti-
ve government” (Schmidt y Lijphart 1997).

Para profundizar en estas críticas del concepto de respuesta, se pueden dife-


renciar tres dimensiones de la respuesta del gobierno: primera, la posibilidad
de identificar la respuesta, es decir, comprender cuáles son las preferencias de los
ciudadanos y definir a cuáles de estas se quiere responder. Segunda, la capa-
cidad de respuesta, que tiene que ver con la capacidad del Estado y burocrática
y, tercera, la voluntad de respuesta, relacionada con las dinámicas políticas, la
necesidad de obtener aprobación y legitimidad y las relaciones con grupos de
interés y de votantes.

Identificar las preferencias

La primera dificultad, para cualquier gobierno, es determinar a quiénes debe


responder, teniendo en cuenta el pluralismo y la complejidad de las sociedades
contemporáneas.

“En primer lugar, se encuentra la cuestión del acceso a la información,


pues este modelo asume que, por un lado, los gobiernos tienen una idea
de las preferencias ciudadanas (desde las encuestas) y, por otro, los ciu-
dadanos tienen tanto información sobre las acciones de gobierno como
cierto nivel de conocimientos para manejar dicha información y así for-
mar sus preferencias (Soroka y Wlezien, 2008)” (Cantú 2019).

Hay diferentes grupos que esperan diferentes tipos de respuestas e incluso los
mismos grupos pueden cambiar su opinión durante un gobierno. Como ya se
mencionó, la literatura incluye varias discusiones sobre la dificultad para que
las preferencias individuales sean agregadas, publicitadas, reconocidas e inte-
gradas por los gobiernos. Los partidos políticos, en la teoría, serían los actores
responsables de hacer esta tarea, en un proceso que puede ser top – down o bot-
tom –up: ya sea los partidos establecidos formulan una serie de planteamientos
ideológicos y programáticos que son acogidos por grupos de ciudadanos que
se sienten identificados con los mismos, o bien los ciudadanos se reúnen con
84
¿ES POSIBLE UN GOBIERNO QUE RESPONDA?

otros con ideas similares y forman movimientos que eventualmente se convier-


ten en partidos o acceden al poder.

En un sistema de partidos consolidado, las preferencias sobre los temas que


ya están en la agenda pública se encuentran usualmente divididas de forma
relativamente coherente a lo largo de las líneas partidistas. Cuando un nuevo
tema surge, los partidos toman una posición frente al mismo. Ahora bien, esta
es una visión idealizada, que muchas veces no corresponde con la realidad, en
particular en sistemas políticos con partidos débiles, inestables, fragmentados,
etc., como sería el caso de Colombia. En este tipo de sistemas, muchos ciuda-
danos votan en cada elección por un partido diferente o por un individuo que
consideran capaz de gobernar, pero sus preferencias políticas relacionadas con
la agenda pública suelen ser inconsistentes con la plataforma de un solo parti-
do, por ejemplo, pueden compartir la postura sobre la economía con el partido
A, pero estar más cerca de la postura ecológica del partido B.

En este caso, para los gobiernos se vuelve menos claro a qué preferencias deben
responder y se acude mucho más a las encuestas de opinión y a mecanismos
plebiscitarios para conocer las opiniones predominantes y poder, si es el caso,
tomarlas en cuenta y “responder” a estas. Incluso en sistemas de partidos con-
solidados, el recurso a este tipo de estrategias para entender mejor las preferen-
cias de los ciudadanos se ha vuelto más común, no siempre con los resultados
esperados (p. ej. Brexit, (Blick y Salter 2021)). O se espera a que haya moviliza-
ciones sociales que envíen señales de urgencia al sistema político.

La dificultad con este asunto de identificar preferencias es que un gobierno


deberá decidir con qué criterio incorpora las de diferentes grupos, ya sea las de
partidos diferentes al suyo, o las de grupos de ciudadanos minoritarios. De esta
forma, incluso si las preferencias de diferentes grupos sobre un asunto están
claramente identificadas, la respuesta del gobierno va a depender, en primer
lugar, de una decisión altamente subjetiva sobre a quiénes se quiere “compla-
cer” en cada uno de los temas de la agenda, teniendo en cuenta que el plura-
lismo implica posiciones e intereses encontrados entre grupos de ciudadanos
y que rara vez se puede complacer a todos. Puede ocurrir que los grupos que
“hablen más fuerte” y logren movilizar protestas tengan mayor atención por
parte del gobierno, pero también puede que los grupos que hacen lobby en la
sombra sean los más escuchados al momento de tomar decisiones.

Capacidad de respuesta

Es innegable que la capacidad de un gobierno para responder a las preferencias


de los ciudadanos, independientemente de la manera en que estas se definan,
se identifiquen o hagan visibles públicamente, depende de la capacidad ge-
neral que tengan tanto las instituciones estatales como las organizaciones del
sector público y la administración. Existen muchas aproximaciones sobre el
asunto de la capacidad del Estado (Isaza et al., 2015). Primero, la capacidad ge-
85
CAROLINA ISAZA

neral del Estado para mantener el monopolio legítimo de la fuerza, el Estado de


derecho y la soberanía, en el nivel más general (Tilly 2007). Segundo, la capaci-
dad de las organizaciones públicas para cumplir con sus objetivos, o capacidad
burocrática (Isaza, 2020), la cual se termina traduciendo en el desempeño de las
organizaciones y, por extensión, de los gobiernos. Se ha constatado, sin embar-
go, que el desempeño de los Estados y gobiernos es difícil de medir y las medi-
ciones existentes son altamente polémicas, por lo cual muchas veces se opta por
estudiar las percepciones subjetivas sobre la misma (Pharr & Putnam, 2000).

Por otra parte, de acuerdo con Cantú (2019), los sistemas políticos y electorales
pueden tener efectos diferentes sobre la respuesta, así como las relaciones entre
niveles de gobierno o entre distintos poderes. En la conclusión de su trabajo
este autor considera que la respuesta se debe entender principalmente en tér-
minos de capacidad:

“se considera entonces la responsividad como la capacidad de la auto-


ridad pública (en sus distintos niveles) para ofrecer respuestas a alguna
necesidad o problema —que puede asumir la forma de una preferencia
agregada o de una demanda particular— de los ciudadanos con faculta-
des para exigirlas, ya sea a través de su voto en los procesos electorales o
de otras formas de participación política.” (Cantú, 2019, p. 17).

Sin embargo, esa capacidad depende de la capacidad del Estado y de la ad-


ministración pública en última instancia. En efecto, un Estado débil con poca
capacidad de hacer respetar el contrato social o con una burocracia ineficiente
y fragmentada no podrá responder, ya no solamente a la voluntad popular,
sino incluso a las orientaciones políticas del gobierno de turno y a los planes de
gobierno. Es decir, la baja capacidad burocrática es un obstáculo que impide,
naturalmente, la respuesta del gobierno a los ciudadanos.

Como ya se indicó, en relación con el planteamiento de Plattner, el asunto


de la relación entre calidad de democracia y de la gobernanza es crucial y no
ha sido muy explorado, aunque por supuesto se ha estudiado la relación de
democracia y el estado de derecho (Stokes, Przeworski, y Manin 1999) o tam-
bién el asunto del desempeño sistémico o institucional (Pharr y Putnam 2018;
Putnam et al. 1983). Sin embargo, estos trabajos no abordan el desempeño
administrativo y los que han abordado la relación entre burocracia y demo-
cracia (Weber o Bobbio) demuestran las contradicciones y complejidades de
dicha relación.

Un gobierno con capacidad de respuesta tendrá entonces buenas políticas pú-


blicas, servicios públicos y otros bienes y servicios de calidad. Esto no significa
que una alta capacidad sea suficiente para que exista respuesta del gobierno.
Para ello, se necesita también la voluntad de responder más allá de la agenda
partidista y de gobierno e incorporar las preferencias de los ciudadanos. Pero
antes de entrar en esa última discusión, se debe señalar que, en términos es-
trictos, la capacidad de respuesta no debería ser un aspecto de la calidad de la
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¿ES POSIBLE UN GOBIERNO QUE RESPONDA?

democracia, pues es algo que depende de otros factores ajenos a la democracia


misma; puede incidir sin duda en el funcionamiento de la democracia, pero
se cruza y entra en el terreno de otros conceptos, como calidad del gobierno o
de la gobernanza, capacidad burocrática, gobernabilidad, desempeño, etc. Los
indicadores como el de efectividad del gobierno que ha usado Tusell no debe-
rían ser usados para medir la calidad de la democracia, porque miden otras
variables bien diferenciadas.

El argumento con respecto a la capacidad no es que no sea importante o no


tenga relación con la democracia, pues sin duda afecta la percepción y la satis-
facción de los ciudadanos con esta última. Se trata más bien de afirmar que la
capacidad del gobierno se compone de aspectos que son independientes de la
democracia, pues pueden existir gobiernos no democráticos de alta capacidad
o gobiernos de alta calidad democrática pero baja capacidad de implementar y
entregar resultados.

Voluntad de respuesta

En este último punto, incluso si las preferencias se pueden identificar, priorizar


y existe la capacidad para responder a las mayorías, el gobierno no necesaria-
mente querrá hacerlo para un tema determinado. No solamente porque, por
ejemplo, pueda tener una posición que sea minoritaria entre la población y de-
cida defenderla, sino también porque puede decidir que lo que resulta respon-
sable en el largo plazo o técnicamente correcto no sea necesariamente lo que
la población desea. Sin embargo, los gobiernos democráticos deberían como
mínimo responder a sus promesas de campaña y sus planes de gobierno, con
los cuales fueron elegidos por los votantes. Y en principio, se asume que si los
propusieron es porque planean cumplirlos.

En este punto está tal vez el centro de la discusión sobre la respuesta como
un aspecto de la calidad democrática. Es acá en donde una democracia puede
fallar, incluso si los procedimientos electorales, partidistas, etc. funcionan de la
forma esperada y si los ciudadanos tienen voz.

Pero la construcción teórica, empírica y de indicadores para este tema es prácti-


camente inexistente. ¿Hasta qué punto un gobierno democrático puede o debe
actuar de una forma que vaya directamente en contra de una opinión mayori-
taria o de sus propias promesas de campaña? Claramente en una democracia el
gobierno puede hacerlo y existirán muchas condiciones en las que incluso deba
hacerlo, como se mencionó en el asunto sobre la responsabilidad. Esto no lo hace
menos democrático. Pero ¿Debería responder en cada coyuntura a las opiniones
(cambiantes, por lo demás) de un electorado o gobernar por plebiscito? Esta pre-
gunta se suele contestar siempre negativamente, con excepción de la defensa de
Rousseau de la democracia directa bajo ciertas condiciones (Bobbio, 1976).
87
CAROLINA ISAZA

Las dinámicas políticas entre el gobierno, su partido, el congreso y los otros


partidos y fuerzas políticas pueden determinar la voluntad de respuesta, por
ejemplo, entre más actores políticos o sociales organizados expresen una prefe-
rencia y la defiendan, mayor probabilidad de que el gobierno responda a esta.
Puede haber gobiernos que respondan estratégicamente solo a intereses pode-
rosos, lo cual no sería muy democrático. Pero la necesidad de obtener aproba-
ción y legitimidad, de salir bien librado en las encuestas de opinión, también
podrá ser un determinante de la voluntad de respuesta, y no necesariamente
un condicionante de la calidad democrática. El problema es que, para la opi-
nión pública, el cumplimiento de promesas y de metas no siempre es suficiente.
Parecería que también se debe tener capacidad de responder a imprevistos y
garantizar un mínimo de bienestar y bienes públicos básicos para que exista
una percepción de respuesta adecuada.

Esto nos lleva de nuevo a los temas de la capacidad y de los resultados de las
políticas. De esta forma, si bien teóricamente podemos separar estas dimen-
siones de la respuesta, en la mente de los ciudadanos que van a juzgar a un
gobierno, las mismas se encuentran inevitablemente mezcladas, y la percep-
ción de los ciudadanos se ve afectada también por factores como el carisma del
gobernante y de sus ministros, el éxito de sus estrategias de comunicación, el
estado de la economía global y del éxito subjetivo que cada persona tenga en
su propia vida. Incluso, la relación entre la satisfacción de los ciudadanos y las
medidas de desempeño es problemática (Swindell y Kelly 2000).

Por todo lo anterior, el concepto de respuesta no es adecuado para medir


la calidad de la democracia. A manera de propuesta, dentro de la discusión
sobre la calidad de la democracia, el único asunto que debería ser relevante
para identificar y, eventualmente, medir, la voluntad de respuesta de un go-
bierno, sería el diseño institucional. Se propone que se analice si este diseño
da algunas garantías para que un gobierno no pueda ignorar completamente
sus promesas de campaña y la voluntad de los ciudadanos, ya sean mayorías
partidistas, grupos de interés o movimientos sociales. Pero no es aconsejable
medir la voluntad de respuesta (como aspecto de la calidad democrática) se-
gún la legitimidad y los niveles de aprobación, como en efecto lo han hecho
diversos autores ya citados. La calidad no puede depender de algo tan tenue
y frágil como la popularidad.

En los sistemas parlamentarios, la voluntad de respuesta está incentivada por


la posibilidad de disolver el gobierno cuando no se acoge a las mayorías del
parlamento. Pero en los sistemas presidenciales, no existe un mecanismo claro
que permita incentivar este comportamiento democrático. Por esta razón, el
indicador de respuesta tendría que construirse con una escala que valore la
existencia y la eficacia de consecuencias institucionalizadas en caso de que el
gobierno se aleje demasiado de las preferencias de los ciudadanos (definidas ya
sea como compromisos electorales o como posiciones mayoritarias de grupos
organizados políticamente).

88
¿ES POSIBLE UN GOBIERNO QUE RESPONDA?

VI. CONCLUSIÓN Y LÍNEAS DE INVESTIGACIÓN FUTURA

Después de hacer un recorrido por la teoría de la democracia y por los plan-


teamientos sobre calidad de la democracia, este trabajo se ocupó de analizar el
concepto de respuesta del gobierno. Se revisó la literatura para dar cuenta de
unas contradicciones y vacíos en el uso de este concepto, tanto en lo teórico,
como en los métodos cuantitativos que se han usado para medirlo. Los enfo-
ques usuales dentro de esta literatura se basan principalmente en indicadores
cuantitativos que no siempre permiten dar cuenta de los procesos concretos,
los aspectos cualitativos y las posturas críticas que se han señalado en este do-
cumento.

En particular, se propuso entonces diferenciar tres aspectos que intervienen en


la respuesta del gobierno: la posibilidad de identificar las preferencias de los
ciudadanos y dentro de estas, las que sean mayoritarias, la capacidad de dar
respuesta a las mismas y la voluntad del gobierno de hacerlo.

El primero, la identificación de preferencias, hace referencia a aspectos que ya


están contemplados en la calidad de la democracia en otros indicadores, por
ejemplo, relativos al sistema de partidos y al sistema político, o a la literatura
de movilizaciones sociales y voz ciudadana.

El segundo, la capacidad de respuesta, pertenece en sentido estricto a discusio-


nes ajenas a las de la democracia, relacionadas, por un lado, con la gobernanza
y el desempeño institucional y, por otro, con la disciplina de políticas públicas
y administración pública. Sin embargo, es claro que estos conceptos influyen
directamente en la percepción que tienen los ciudadanos de la democracia y
en última instancia, es comprensible que se hayan incluido en la calidad de la
democracia. Se mantiene en este trabajo la postura de que deberían tratarse de
forma separada, no porque no tengan relación, sino porque pueden generar
traslape y confusión conceptual.

Finalmente, la voluntad de respuesta es problemática si se la mira desde las


encuestas de opinión. En muchos casos, puede estar midiendo las caracterís-
ticas de un gobierno particular, y no las de la democracia en su conjunto. Se
podría pensar que la democracia es un conjunto de instituciones que permiten
que los ciudadanos elijan tanto gobiernos que responden como gobiernos que
no responden. La democracia no asegura que los gobiernos respondan, pero se
asume que, si hay democracia, los gobiernos tienen incentivos para responder
a (al menos algunos grupos de) ciudadanos, y para mantener su popularidad,
legitimidad, etc. Por esto se sostiene que el accountability es un mejor mecanis-
mo para medir la calidad de la democracia que la respuesta.

Por consiguiente, se plantea que, a diferencia de la literatura existente, los indi-


cadores de efectividad del gobierno y los de percepción, confianza, legitimidad
o popularidad en general no deberían usarse para medir la respuesta o, al me-
nos, no como componentes de la calidad de la democracia. La idea de calidad

89
CAROLINA ISAZA

de resultados genera muchas dificultades conceptuales y empíricas. Es preferi-


ble quedarse con una idea de democracia basada en procesos, procedimientos
y contenidos institucionales. Pero para ello, la respuesta también tendría que
medirse desde otros puntos de vista. Por un lado, el enfoque institucional y, por
otro lado, en las intersecciones con otras literaturas afines, pero separadas, de
la ciencia política.

Unos lineamientos para investigaciones futuras incluirían un análisis más de-


tallado de los puntos en los cuales la literatura sobre agendamiento de políticas
públicas puede traslaparse con la pregunta sobre la respuesta del gobierno. Por
ejemplo, el enfoque de coaliciones de causa explica las formas variadas en que
los actores sociales se unen para presionar al gobierno sobre temas que quieren
incluir en la agenda pública y sobre las soluciones concretas de política que pre-
fieren sean adoptadas. Esta línea de investigación podría partir de la pregunta
¿A quiénes responde tal gobierno? O ¿Qué tan mayoritarios son los grupos
que reciben respuestas del gobierno? Se podría comparar entre gobiernos de
un mismo país en tiempos diferentes o incluso entre diferentes momentos y
puntos de la agenda pública para identificar actores que reciben más atención
y respuesta por parte del mismo gobierno. Eventualmente, la respuesta a esas
preguntas se puede cruzar con la satisfacción o la legitimidad para ver si hay
correlación.

Por otra parte, la literatura de administración pública ha trabajado los temas


de capacidad administrativa, efectividad de la burocracia y otros que pueden
servir, no para medir la calidad de la democracia, pero sí para explicar en forma
más detallada cómo una democracia de alta calidad puede llegar a tener bajo
desempeño o resultados negativos, o a ser percibida como una democracia que
no responde a los ciudadanos. Si se quisiera profundizar, los estudios compara-
dos podrían ser una alternativa interesante para examinar casos de democracias
de alta y baja calidad con casos de desempeño alto y bajo y encontrar tipologías
o casos atípicos y relaciones entre estas variables. Autores como Vigoda-Gadot
(2007) han abordado ya algunos aspectos de la relación entre gobernanza, ad-
ministración pública y democracia, esta segunda línea de investigación podría
profundizar en esto y clasificar en las cuatro tipologías que saldrían de la su-
gerencia anterior: democracia de alta calidad y alto desempeño, baja calidad
bajo desempeño, alta calidad bajo desempeño y baja calidad alto desempeño.
Al hacer este ejercicio se podría probar la hipótesis que se desprende de este
artículo, según la cual la alta calidad democrática no coincide necesariamente
con la alta capacidad administrativa y alto desempeño del gobierno.

De esta manera, el tema de la respuesta se encuentra en el cruce entre diferentes


literaturas de la ciencia política y sus áreas afines: la capacidad del Estado y
burocrática, el desempeño y la gobernabilidad, la calidad del gobierno y de la
gobernanza, el agendamiento de políticas públicas y formación de problemas
públicos, y la legitimidad y confianza de los ciudadanos en los gobiernos. Pero
para ser útil conceptualmente como parte de una discusión sobre la democracia
hay que desentramarla de estos campos cercanos y centrarse más en los aspec-
90
¿ES POSIBLE UN GOBIERNO QUE RESPONDA?

tos que directamente pueden ayudar a entender si una democracia en particu-


lar es de alta o baja calidad desde la forma en que está diseñada, es decir, desde
una perspectiva institucionalista.

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Recibido: julio, 2022.


Aceptado: febrero, 2023.

Carolina Isaza. PhD en Gobierno y Administración pública, es docente investigadora de la


Universidad Externado de Colombia, trabaja temas de democracia, corrupción y administración
pública y análisis interpretativo. Email: [email protected]
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