CAPÍTULO VI
EL DESTINO MANIFIESTO Y LA EXPANSIÓN TERRRITORIAL DE ESTADOS
UNIDOS
Los primeros años de vida independiente de la joven república
estadounidense se caracterizaron por los esfuerzos diplomáticos para
consolidar la independencia. Luego, los que van de 1825 a 1861 se
distinguieron por la expansión territorial. La adquisición de nuevos
territorios no es exclusiva de este período.
En la época colonial, Gran Bretaña intentó ampliar sus territorios a
expensas de Francia y de España. Durante la lucha independentista, las
trece colonias trataron de anexarse Canadá. Entre 1783 y 1825,
aumentó sus dominios de 869,735 millas cuadradas a 1,763,215 por
medio de la compra de La Louisiana a Francia en 1803; de la ocupación
de la Florida Occidental hasta llegar al río Perdido, entre los años de
1810 a 1813 y por medio de la adquisición del resto de la Florida
Oriental a través de un tratado con España, del 22 de febrero de 1819.
Sin embargo, será la década de los cuarenta del siglo XIX la testigo de la
ola expansionista que se produjo en Estados Unidos hacia el sur y oeste
del continente y que culminaría con la adquisición Texas, Oregón y
California. Esta marcha incontrolable estuvo inspirada en la fe
inquebrantable de que ellos estaban destinados a cumplir una misión
sagrada: llevar la civilización y el progreso hacia los pueblos
“incivilizados” y menos desarrollados.
En ese sentido, Leopold Richard afirma que Estados Unidos: “Tomando
ventajas de la debilidad de sus vecinos, entre 1825 y 1861 agregó otras
1,234,087 millas cuadras por medio de la incorporación de Texas el 29
de diciembre de 1845, la adquisición de Oregón a través de un acuerdo
con Inglaterra el 15 de junio de 1846, la toma de California y otros
territorios del sur, mediante el tratado Guadalupe-Hidalgo del 2 de
febrero de 1848 y por la compra de Gadsden el 30 de diciembre de
1853.”
Por esta última región se construiría el ferrocarril transcontinental.
Según dicho autor, antes de 1825, además de las ideas del Destino
Manifiesto prevalecientes en los habitantes de la Unión Americana,
había tres argumentos que impulsaban a los estadounidenses a la
conquista de nuevos territorios hacia el sur y oeste. Esos tres criterios
eran:
1). El territorio estadounidense tenía que ser rescatado. Los conflictos
limítrofes con Gran Bretaña y Francia debían resolverse para impedir que
Londres continuase con su política de obstaculizar la marcha de los
pioneros hacia el oeste, mediante el establecimiento de un «estado
tapón» en el valle del Ohio. Al referirse al tema, Julius Pratt sostiene que
la presencia de los británicos en la región y su apoyo a los indígenas fue
una de las causas de la guerra de 1812 entre las dos naciones
anglosajonas.
2). Estados Unidos debería obtener grandes beneficios de esas ricas
regiones cultivables y con excelentes ríos navegables.
3). Había que reforzar la seguridad del país; la expansión debería
debilitar la influencia europea, proveer mejores fronteras defensivas, a la
vez que eliminar el pillaje de los indios.
Con la posesión de Las Floridas y las costas del golfo de México, Estados
Unidos controlaría las bocas de los ríos que desaguan en el Caribe y que
eran vitales para los norteamericanos y, de paso, se desmantelarían los
refugios de los esclavos que escapaban de las plantaciones del sur.
En la década del cuarenta, algunos de esos argumentos ya habían
desaparecido, pero los beneficios económicos y las condiciones
estratégicas todavía persistían. A medida que el país maduraba, los
expansionistas hablaron más en términos de determinismo geográfico,
superioridad racial y de extender los dominios de la libertad y la
democracia hacia otros pueblos. Esta visión de ser una nación
excepcional habría que buscarla en el año de 1630 cuando el puritano
inglés, John Winthrop hablaba de que el Nuevo Mundo (la ciudad en la
cima) servía de modelo al Viejo Mundo.
La década que se comenta fue muy activa para los norteamericanos.
¿Qué motivó ese dramático impulso hacia la región occidental? ¿Acaso,
la tradicional ambición territorial? ¿Idealismo? ¿Interés comercial?
Las respuestas a estas interrogantes difieren según los historiadores y
autores que se consulten. En esta parte de este trabajo se exponen
algunas ideas del periodista y editor John L. O’Sullivan, considerado
como el popularizador de la idea del Destino Manifiesto. También se
resalta la importancia de Oregón, Texas y California para Estados Unidos
y las causas de la guerra contra México.
1. JOHN L. O’SULLIVAN Y EL DESTINO MANIFIESTO John L. O’Sullivan es
considerado como el popularizador de la idea del “Destino Manifiesto”. El
señor O’Sullivan era un periodista y editor del periódico Democratic
Review y editor y propietario del New York Morning News. Este articulista
vaticinó un inmenso futuro para el pueblo norteamericano quien, según
él, tenía una misión sagrada que cumplir. Esos criterios de O’Sullivan
fueron dados a conocer en su obra The Great Nation of Futury —La Gran
Nación del Futuro— publicado en 1839 y, reeditado por el el New York
Morning News, en 1845, a raíz de la controversia con la Gran Bretaña
por el territorio de Oregón.
El término de Destino Manifiesto aparece por primera vez en el artículo
“Anexión” de O’Sullivan, publicado en la revista Democratic Review de
New York, julio -agosto de 1845. En ese momento él decía que era el
manifiesto destino de su país extenderse por todo el continente
cumpliendo una misión asignada por la providencia para imponer la
libertad y el autogobierno. En esta oportunidad se dio por el debate que
había por la anexión de Texas a la Unión Americana. La segunda vez que
aparece esa expresión fue el 27 de diciembre de 1845, en medio de la
disputa que tenía Estados Unidos y la Gran Bretaña por los territorios de
Oregón.
El periodista O’Sullivan sostenía que el pueblo estadounidense, siendo
originario de muchas otras naciones y dado que su declaración de
independencia se basaba en el principio de la igualdad humana,
demostraba, una vez más, su discrepancia y posición en relación con
todas las otras naciones. Ello demostraba, en realidad, que Estados
Unidos tenía poca conexión con el pasado de ninguna de aquéllas y,
mucho menos aún, con sus glorias y/o crímenes. Por el contrario, el
nacimiento de ese país fue el inicio de una nueva historia de formación y
progreso; de un inédito sistema político que lo separaba del pasado y lo
conectaba sólo con el futuro; con el desarrollo de los derechos naturales
del hombre, en moral, en política y en la vida nacional.
Por todo ello, los estadounidenses asumían, secreta e íntimamente
quizá, que su país estaba destinado a ser la gran nación del futuro,
porque el fundamento en el que se basaba su sistema y marcaba su
destino era perfecto y universal; en ello consistía su incomparable gloria,
en que carecían de registros de batallas campales sino solo, en defensa
de la humanidad y de las naciones oprimidas, por el derecho a la
libertad individual y a decidir. Los anales de la historia norteamericana
no describían páginas de horribles matanzas, en las que los hombres
fueran conducidos por millares a matarse unos a otros, engañados por y
víctimas de emperadores, reyes, nobles y otros demonios en forma
humana, llamados héroes.
Los estadounidenses han tenido patriotas para defender sus hogares,
sus libertades, pero no aspirantes a coronas o tronos; tampoco ha
tenido, este pueblo, que sufrir la situación de ser conducido por la
malvada ambición de despoblar la tierra, de expandir la desolación tan
lejos y ancho como le fuere posible, por cuya razón se halla colocado en
el sitial de la supremacía.
La población norteamericana no tenía interés en los hechos del pasado
sino, solamente, como lecciones para evitar sus malos ejemplos; entraba
a un espacio conquistado con la verdad de Dios en sus mentes, benéfico
objeto de sus corazones y con una clara conciencia no mancillada por el
ayer.
Estados Unidos era la nación del progreso humano, y, ¿quién podría
poner límites a su marcha hacia adelante? La Providencia estaba con
ellos, afirmaba O’Sullivan, y ningún poder terrenal les detendría. Los
estadunidenses miraban hacia la eterna verdad de la primera página de
su declaración de independencia y ellos proclamaban a los millones de
hombres, en otros países, que «las puertas del infierno» —los poderes de
la aristocracia y la monarquía— no prevalecerían contra de esos
principios libertarios.
Lo lejano, el futuro no comprometido, sería la era de grandeza de
Estados Unidos. En su magnificente dominio del espacio y del tiempo, la
nación de muchas naciones estaba destinada a manifestar a la
humanidad la excelencia de sus divinos principios; establecer en la
Tierra el más noble templo, nunca dedicado a la adoración de los más
altos ideales: lo sagrado y la verdad. Su fondo, su base, debía ser el
hemisferio; su techo, el firmamento salpicado de estrellas y su
congregación una unión de muchas repúblicas, conteniendo a cientos de
seres humanos felices, perteneciendo no a un amo, sino gobernados por
un Dios natural y la ley moral de equidad, la ley de la hermandad, la paz
y la buena esperanza entre los humanos.
“Si, nosotros somos la nación del progreso, de la libertad individual, de
la libertad universal”, señalaba O’Sullivan, la igualdad de derechos era el
centro de la unión en Estados Unidos, el gran ejemplo de la correlativa
igualdad y mientras la verdad derramara su bondad, los
estadounidenses no retrocederían, sin disolver uno y desvirtuar al otro.
Avanzarían hacia el cumplimiento de su misión, hacia el total desarrollo
del principio de su sistema político —libertad de conciencia, libertad
individual, libertad de comercio, universalidad de libertad e igualdad—.
Ese era su destino y una natural ley de causa y efecto debía
acompañarla. Todas estas esperanzas serían su futura historia: ayudar a
establecer en la Tierra la dignidad moral y la salvación del hombre, la
inmutable verdad y beneficencia de Dios. Para esa santa misión hacia
las naciones del mundo es que América ha sido escogida. ¿Quién,
entonces, puede dudar que nuestro país está destinado a ser la Gran
Nación del Futuro?, se preguntaba O’Sullivan.
Las ideas de este periodista y escritor calaron en la conciencia de
muchos estadounidenses, quienes estaban convencidos que la raza
anglosajona era superior y que la misma estaba destinada a expandir las
fronteras de su civilización a otros pueblos. Entre los fronterizos también
había la sed por nuevos territorios para proveerse de nuevas
oportunidades socioeconómicas. Los ricos territorios españoles, la
debilidad e incapacidad de España para defender sus posesiones y la
disposición de los pioneros, los impulsaron hacia el suroeste de Estados
Unidos, durante la década del cuarenta del siglo XIX. Estas ideas de
O’Sullivan se compaginan con la del excepcionalismo que ha regido la
conducta de muchos estadounidenses por más de 200 años.
En la actualidad, los neoconservadores la utilizan para imponer sus
valores y su visión del mundo al resto de los países. Este sentido de
misión que representa el Destino Manifiesto es imprescindible para
mantener vivo el poder militar estadounidense y establecer una
conexión entre esta misión sagrada y los valores de la nación.
Los neoconservadores parten del hecho que el Destino Manifiesto de los
Estados Unidos consiste en la sagrada misión de difundir sus valores
globalmente, haciendo de la exportación de la democracia el eje
fundamental de la política exterior de este país. En este sentido, Manuel
Iglesias Cavicchioli dice:
“Íntimamente ligada al excepcionalismo americano se halla la llamada
doctrina del Destino Manifiesto, que en rigor viene a ser una idea
derivada de aquél. Es decir, el hecho de ser una nación excepcional es la
razón de que los Estados Unidos tengan una misión especial en el
mundo, un destino manifiesto que cumplir. De este modo, la doctrina del
Destino Manifiesto es una expresión del carácter excepcional de los
Estados Unidos, es decir, un instrumento que permite poner en práctica
el excepcionalismo americano.”
El historiador William E. Weeks ha resaltado la existencia de tres temas
que han utilizado los que defienden las ideas del Destino Manifiesto para
justificar las acciones de Estados Unidos en su expansión territorial y
alrededor del mundo. Ellas son:
La virtud de las instituciones y de los ciudadanos de Estados Unidos.
La misión para extender estas instituciones, rehaciendo el mundo a
imagen y semejanza de la nación norteamericana.
La decisión de Dios de encomendar a los Estados Unidos el
cumplimiento de esa misión.
2. La República de Texas y el Destino Manifiesto
En las primeras décadas del siglo XIX, la producción algodonera se
extendió rápidamente a todo lo largo del golfo de México y la Florida
Occidental. Estimulados por la gran demanda de las industrias textiles
de Francia y Gran Bretaña, así como la de Estados Unidos, los
productores de algodón y sus esclavos llegaron hasta los límites
occidentales de este último país, en los albores de la independencia de
México. Para los primeros años de la década del veinte, un gran número
de emprendedores granjeros estadounidenses visualizaron la posibilidad
de obtener las fértiles tierras del este de Texas para la siembra de
algodón.
Según Arthur S. Link, dos hechos impulsaron a los pioneros a ir a Texas:
Primero, el congreso aprobó una ley en 1820 que requería el pago
efectivo de $1.25 el acre de tierra pública. Previamente las mismas
habían sido vendidas a crédito. Esta nueva medida se aplicó en
momentos en que la sociedad norteamericana experimentaba una
profunda crisis económica, iniciada en 1819. Los pioneros buscaban
nuevos horizontes moviéndose hacia el suroeste.
Segundo, México estimuló su establecimiento en tierras texanas durante
la década del veinte. Este país concedió grandes extensiones de tierras
a los líderes de Estados Unidos como Moses Austin y a su hijo Stephen
Frank Austin, con la condición de que ellos y sus seguidores
reconociesen la autoridad de México sobre esos territorios.
Muy pronto surgieron fricciones entre los recién llegados y el gobierno
mexicano. Los inmigrantes mantuvieron un fuerte sentimiento de unidad
hacia su país de origen y no se sometieron fácilmente a las leyes
mexicanas. Por otro lado, había presiones de la administración del
presidente Andrew Jackson para que México les vendiera Texas. Como
una reacción a esas acciones y temiendo perder sus territorios, el
gobierno mexicano decidió actuar. En 1829, prohibió la entrada de más
esclavos a Texas. También intentó detener el tráfico comercial entre
Texas y Estados Unidos, a través de la imposición de altas tarifas
aduaneras. Sin embargo, los inmigrantes continuaron llegando a la
región.
En 1830, México prohibió toda inmigración hacia Texas, procedente de
Estados Unidos y en 1835, la administración mexicana envió tropas
hacia Texas para imponer la ley. El resultado fue la guerra entre la
población de Texas contra tropas del gobierno mexicano.112 El 1° de
marzo de 1836, aprovechando que los gobernantes mexicanos habían
impuesto un gobierno centralizado, los texanos declararon su
independencia de México.
El general Antonio López de Santa Anna los derrotó en la batalla del
Álamo; pero días más tarde, Sam Houston venció a Santa Anna en la
batalla de San Jacinto, el 12 de abril de 1836. Los texanos, luego de
asegurada su emancipación, adoptaron la constitución de Estados
Unidos y escogieron a Sam Houston como su presidente. En el nuevo
estado había un fuerte sentimiento para ser parte de la Unión
Americana. Para ser parte de esa nación había que tener la aprobación
del congreso de ese país. Se hizo la solicitud, pero el mismo fue
bloqueado por las fuerzas que se oponían a la esclavitud en el senado de
Estados Unidos.
El presidente Andrew Jackson quiso anexar Texas, al igual que su
antecesor Martin Van Buren, pero ambos llegaron a la conclusión que la
situación no era la mejor para dar ese paso, porque el mismo conduciría
a una guerra con México. Luego de 1837, Estados Unidos fue azotado
por una profunda crisis económica, lo que motivó que ellos se
concentrasen más en sus problemas internos y se olvidaran de Texas.
Por otro lado, y quizás más importante, cualquier intento de agregar
Texas a la Unión, reviviría el viejo debate entre el norte y el sur, sobre la
esclavitud.
En 1844, el gobernante John Tyler y su secretario de Estado, John
Calhoun, sometieron el tema de la anexión al senado para su
aprobación. Para que la propuesta fuera aprobada, se requerían dos
tercios de los votos de esta institución, pero la misma fue derrotada por
un margen de 35 votos a 16, en junio de 1844. Ese mismo año hubo
elecciones, las cuales fueron ganadas por James K. Polk, quien había
basado su campaña en la anexión de Texas.
El mandatario saliente, Tyler, interpretó la victoria de Polk como una
aprobación por parte de su pueblo para la anexión de Texas y,
nuevamente sometió el tema de su incorporación al congreso. Pero, esta
vez, lo hizo mediante una resolución conjunta que requería la aprobación
de una simple mayoría y no los dos tercios del senado y de la cámara de
representantes. Esta última aprobó la resolución, pero el primero se
mantuvo vacilante, hasta que Polk, ya en el poder, consiguió los votos
necesarios, señalando que él buscaría luego una solución pacífica al
problema limítrofe con México. El senado aprobó la anexión por un
margen de 27 a 25 votos, pasando Texas a formar parte de la Unión, el
29 de diciembre de 1845.
Para Polk, la unión de Texas a Estados Unidos era muy importante
porque quedaría bajo la protección del poderoso ejército
estadounidense. Los inmensos recursos que poseía este nuevo estado,
así como su admirable clima. podrían ser desarrollados rápidamente. A
su vez, la seguridad del puerto de Nueva Orleáns y toda la frontera sur
sería protegida contra las agresiones hostiles, lo mismo que los intereses
de toda la nación serían aumentados por la adquisición de esos ricos
territorios. Tal era el pensamiento del presidente, en ese momento, y las
razones que esgrimía ante el pueblo de su país para tomarse este
territorio de su vecino México.
3. El Destino Manifiesto y los territorios de Oregón
El movimiento de los fronterizos hacia los territorios de Oregón
comenzó en la década del treinta. Había cuatro elementos que les
atraían: primero, el magnífico clima y los excelentes recursos naturales;
segundo, las extraordinarias posibilidades portuarias; tercero, el
espléndido comercio con el oriente; y, cuarto, el celo misionero de
convertir a los nativos a la religión de los nuevos invasores.
Nathaniel J. Wyeth, de Massachusetts, organizó una empresa comercial
en el valle del río Columbia en 1831 y, al año siguiente, dirigió una
pequeña expedición hacia dicho lugar. En la primavera de 1845, en los
territorios de Oregón vivían aproximadamente, unos 3,100 habitantes;
de ellos, dos tercios se encontraban al sur del río Columbia y el resto se
hallaba al norte. Alrededor de las 2,100 personas, que moraban al sur,
1,200 eran estadounidenses y 900 canadienses, la mayoría de estos
emparentados con franceses y naturales del área.
Al norte del Columbia habitaban aproximadamente 1,000 almas, casi
todas británicas o canadienses, quienes laboraban en la Compañía de la
Bahía de Hudson o en la Compañía Agrícola de Puget’s Sound.
Una población de esta naturaleza no era como la de Texas para
determinar el futuro del país. En el otoño (septiembre-noviembre) de
1845 llegó un numeroso contingente de estadounidenses a la región y
se establecieron al sur del Columbia. Esta nueva oleada migratoria
prácticamente dobló la población de Oregón y creó la posibilidad de que,
en pocos años ellos, fueren mayoría en estos territorios.
Un elemento para tomarse en cuenta para la autodeterminación fue el
carácter de los colonizadores. Los ciudadanos de Estados Unidos,
situados al sur del río, eran mayoritariamente occidentales. Ellos tenían
la fama de ser emprendedores y enemigos de la Compañía de la Bahía
de Hudson. Muchos de estos pioneros creían que la compañía era una
intrusa en el territorio de Oregón, que era responsable de instigar a los
amerindios a que atacasen a los cazadores en las montañas y, además,
responsable también de la muerte de, por los menos, quinientos
colonos.
Aunado a todo esto, asumían que la empresa evitaba el establecimiento
de los estadounidenses al norte del Columbia; que la misma retenía las
armas a quienes las necesitaban para defenderse de los ataques de los
naturales. Todos estos cargos eran negados por los responsables de la
compañía. Los pioneros sostenían que ellos tenían derechos para ocupar
el lugar y que habían rescatado a los cazadores de las manos de los
indígenas de la región y limitado la venta de armas para evitar su
reventa.
El centro de gravedad de las disputas se encontraba en el valle del
Willamette. En el verano de 1845 se llegó a un acuerdo con los
representantes de la compañía, al norte del Columbia. Según este
acuerdo, la empresa retendría el control administrativo al norte del río
en compensación por el reconocimiento y el pago de impuestos al
gobierno provisional, que se había formado en 1843.
Para la compañía, este arreglo tenía el valor que el mismo protegía los
derechos adquiridos, preservaba el orden y le permitía recuperar los
préstamos que se tenía con ella por medio de la Corte, si era necesario.
En ese mismo verano de 1845, la región norte del mencionado río se
dividió en dos distritos, con el nombre de Vancouver y dejó su
administración en manos de la compañía. Ello parecía un tácito
reconocimiento de que el norte pertenecía a la mencionada empresa.
El memorial, dirigido al congreso de Estados Unidos, el 28 de junio de
1845, fue muy flexible en relación con la presencia de los ingleses en la
región. Ahí se admitía que, por motivo del tratado de 1827, tanto los
norteamericanos como los británicos tenían derechos a usufructuarlos.
Sin embargo, Frederick Merk, sostiene que la razón de la aparente
condescendencia hacia la compañía habría que buscarla en otras
causas. Por ejemplo, que el único mercado que tenía la gente para
vender su trigo era la Hudson’s Bay Company. Ella era la única fuente de
crédito, en caso de que la necesitaran; al igual que los medios de
protección en contra de los naturales, también se los proporcionaba.
Entre los pioneros, el poder era muy importante y, este, residía en la
empresa e, incluso en la marina británica, que operaba en las aguas del
Pacífico. El exceso de nacionalismo no tenía cabida en la región de
Oregón y, por lo tanto, la tesis de la nueva colonización no se podía
aplicar contra de los británicos. En esos tiempos, el Destino Manifiesto y
la suposición de que Norteamérica estaba predestinada, por la
providencia, a ser propiedad exclusiva de Estados Unidos, se encontraba
en boga.
Se pensaba que el país era la representación del sistema republicano y
que debería enfrentar al sistema monárquico, representado por los
gobiernos europeos. Las ideas de John L. O’Sullivan tenían mucha cabida
en la conciencia de los habitantes de Oregón. En opinión de muchos
expansionistas demócratas, los británicos eran intrusos en los territorios
de Oregón, en dos sentidos: primero, se habían embarcado en una
nueva colonización, en abierta violación de uno de los principios de la
Doctrina Monroe; y, en segundo lugar, estaban ocupando territorios que
le pertenecían a Estados Unidos.
Uno de esos demócratas que tenían esa opinión era James Knox Polk
quien, a su arribo a la presidencia, puso sobre el tapete el problema de
Oregón. En su discurso inaugural, sostuvo que los derechos de Estados
Unidos sobre dichos territorios eran claros e incuestionables y que,
además, su país tenía legítimos derechos en esa región. Los ciudadanos
norteamericanos, continuamente, colonizaban esas tierras y al gobierno
no le quedaba otra opción que proteger a sus ciudadanos a donde quiera
que ellos fueran.
La jurisdicción de las leyes y los beneficios de las instituciones
republicanas deberían extenderse a todos esos ciudadanos, inclusive a
las más remotas regiones. Las crecientes facilidades de comunicación
harían que ese territorio formara parte de la Unión sin ninguna demora.
Sin embargo, el presidente de Estados Unidos, antes de tomar una
decisión, en torno a este problema, consultó al senador Thomas Hart
Benton, quien era un experto en los temas del lejano oeste y, a la vez,
estaba considerado uno de los voceros del grupo que ambicionaban
conquistar dichos territorios. En estas circunstancias, el presidente invitó
al senador, el 20 de octubre de 1845, la Casa Blanca para intercambiar
ideas sobre el particular. En aquella reunión, el mandatario planteó que
no sería posible seguir con las negociaciones sobre Oregón con Gran
Bretaña; afirmó que propuso a los británicos compartir los territorios
situados a lo largo del paralelo 49. Él sostuvo que dicha oferta la realizó
por deferencia hacia sus antecesores que también la plantearon; no
obstante, se rechazó. Consecuentemente, solicitó al congreso que
abrogara el tratado de 1827 y que la jurisdicción norteamericana se
extendiera a todos los ciudadanos de la región. Según el diario personal
de Polk, este le informó. al senador Benton. que tenía interés en
reafirmar los principios de la Doctrina Monroe, para impedir la
colonización de nuevos territorios en el continente por otros países.
El senador sostuvo que los británicos tenían el mismo derecho sobre el
río Frazer —por descubrimiento, exploración y poblamiento— que los
norteamericanos sobre el Columbia. La idea de Benton sobre nuevas
colonizaciones al norte del paralelo 49 era que, dichas incursiones eran
viejas. Así lo demuestran los nombres, y sus correspondientes
toponimias, tales como las de Alexander McKenzie, George Vancouver,
Simón Frazer y David Thomson y muchos otros exploradores. Es decir,
que cuando todavía los estadounidenses no habían llegado a esa región,
ya los británicos habían llegado a ese lugar, incluso mucho antes de que
las trece colonias obtuvieran su independencia.116 Si ello era sí, ¿cómo
aceptar la aseveración de que la presencia de los británicos en esa
región era nueva, como decía el presidente? Por otra parte, dicha tesis,
la de que la estadía de los británicos en Oregón era antigua, se sustenta
en los repetidos ofrecimientos hechos por Washington a Gran Bretaña
para compartir los territorios ubicados en el paralelo 49.
Al sur de la línea del paralelo 49, los reclamos de los norteamericanos sí
estaban bien fundamentados. Hasta ese lugar había llegado Robert
Gray, quien exploró el río Columbia; así como Meriwether Lewis y William
Clark quienes recorrieron el interior de la región, mientras que John
Jacob Astor, fundó Astoria.
Sin embargo, durante la guerra de 1812, los británicos ocuparon estos
territorios, pero luego los devolvieron. En consecuencia, ellos tenían
viejos reclamos al sur del río Columbia (paralelo 49). En dicha zona,
estaban bien establecidas la compañía de la bahía de Hudson y su
subsidiaria, la Puget’s Sound.
Algunos políticos norteamericanos sostenían que, aquellas personas que
se habían establecido en esas regiones, donde no existía una soberanía
bien definida, tenían el derecho de decidir por sí mismos si permanecían
independientes o si se unían a la Unión. Eso era lo que los
estadounidenses llamaban la autodeterminación y había resultado en el
caso de Texas para sumarse al país y la misma contaba con la
aprobación del presidente Polk y este en su discurso anual al congreso,
en 1845, dijo:
“Nosotros debemos siempre mantener el principio de que el pueblo de
este continente tiene el derecho de decidir sobre su propio destino. Si
alguna parte de este hemisferio, constituido en Estado independiente,
quiere unirse a nuestra Confederación, ese debe ser un problema entre
ellos y nosotros, sin ninguna interferencia de potencias extranjeras.”
Hacia 1846 se presentó un proyecto para fijar los límites de los
territorios de Estados Unidos y los de los británicos en Oregón. Los
mismos correrían desde las montañas Rocosas, a lo largo del paralelo
49, hasta los lechos del río; luego partiría desde la isla de Vancouver
hacia el mar, por el estrecho de Juan de Fuca. A la compañía de la bahía
de Hudson se le otorgaría el derecho de usar el río Columbia, al sur del
paralelo 49°. Ella, al igual que la Agrícola de Puget’s Sound, sería
protegida en sus derechos posesorios al sur del paralelo 49°.
Esta propuesta fue enviada al gobierno de Estados Unidos, a donde llegó
en junio de 1846. Para ese momento, ya había iniciado la guerra contra
México. En dichas circunstancias, Polk no tuvo más remedio que ceder.
La proposición se convirtió en un tratado formal y el senado lo ratificó.
De esta forma, ambas naciones buscaron una solución negociada a su
diferendo limítrofe sobre los territorios de Oregón.
4. El Destino Manifiesto y el interés por California
A finales de la década del veinte y comienzos de la del treinta del siglo
XIX, la California mexicana comenzó a ser un área de gran interés para
Estados Unidos. En esa región, el ímpetu principal vino también de los
comerciantes, principalmente de Nueva Inglaterra, quienes
intercambiaban mercancías por cueros y pieles.
En 1830, este territorio, escasamente poblado por aborígenes nómadas
y deficientemente administrado por funcionarios mexicanos, fue
atrayendo a comerciantes, a hombres de la frontera y a una variedad de
aventureros quienes llegaron a él. Tales comerciantes negociaban y se
quedaban en esas tierras en abierta violación de las leyes mexicanas.
Mientras tanto, en 1835 la administración de Jackson comenzó a exigir a
México que le vendiera California.
En 1842, las intenciones expansionistas de Estados Unidos fueron
reveladas cuando sus barcos de guerra tomaron Monterrey, aduciendo
rumores bélicos; Sin embargo, cuando se demostró de que esas
afirmaciones no eran ciertas, el gobierno estadounidense lo devolvió y
pidió disculpas por el error cometido. Según Leopold, quizá, el episodio
más conflictivo de la diplomacia norteamericana, en el marco de la era
del Destino Manifiesto, fue la adquisición de California.
En junio de 1846, ciudadanos del valle del Sacramento se rebelaron
contra México y fundaron The Bear Flag Republic119 (La República de la
Bandera del Oso). Debido a que Polk deseaba la anexión de California y
como, recientemente, había empezado la guerra contra México, esta
insurrección pareció una calculada agresión del gobierno
estadounidense.
Las acciones del capitán John C. Frémont, un oficial del ejército y yerno
del senador Beneton, de mentalidad expansionista, parecían implicar al
gobierno de Estados Unidos. Frémont condujo una expedición armada
hacia California, durante la primavera, y le causó grandes problemas al
gobierno mexicano. Declaró que recibía órdenes del secretario personal
de Polk y ofreció ayuda a los rebeldes. Las acciones de Frémont
parecieron empañar la estrategia del presidente.
El mandatario Polk deseaba la anexión de California, pero de forma
pacífica. Dio la bienvenida a la insurrección contra México, pero insistió
en que la misma debía ser dirigida por los habitantes de California y no
por extranjeros. Esperaba que los residentes de la costa oeste solicitaran
su incorporación a la Unión Americana, como lo habían hecho los
texanos. Sin embargo, la imprudencia de Frémont contrarió a los
californianos y obligó a Washington a tomar el territorio por la fuerza y
no por ofrecimiento, como lo había hecho con Texas. El tratado del 2 de
febrero de 1848 completó la anexión de California.
5. La guerra contra México
En 1845 surgen graves problemas entre la República de Texas y el
gobierno de México. En efecto, Texas hizo reclamos sobre las fronteras
en el sur. Los texanos reclamaban que todos los territorios al sur del río
Grande les pertenecían, a pesar de que, incluso, durante el período
colonial, la región tenía sus límites en las márgenes del río Nueces, que
desembocaba en el golfo de México, a casi 100 millas del río Grande.
El presidente Polk, que en su campaña presidencial había prometido
que apoyaría los reclamos fronterizos de los texanos, envió como
emisario diplomático a México a John Slidell, no solo para reclamar la
región entre los ríos Nueces y Grande, sino para comprar California y
Nuevo México. Sin embargo, ni el gobierno de José Joaquín Herrera, ni el
del general Mariano Paredes, quien lo sucedió a finales de 1845,
estuvieron dispuestos a negociar con la nación que les había arrebatado
Texas.
En enero de 1846, después del fracaso de la misión de Slidell, Polk envió
tropas a la región, bajo las órdenes del general Zachary Taylor para que
ocupara el área en disputa entre los ríos Nueces y Grande. Tres meses
más tarde, el general Paredes interpreta esa acción como una violación
del territorio mexicano por Estados Unidos y, también, destacó tropas a
la zona en disputa. El resultado fue un encuentro armado y, el 13 de
mayo de 1846, el presidente de Estados Unidos solicitó al congreso una
declaración de guerra, la cual fue aprobada inmediatamente.
El motivo del enfrentamiento entre Washington y México conlleva algo
más que el espíritu expansionista y la disputa de límites. Estaban
involucradas las largas demandas estadounidenses en contra del vecino
del sur. Las mismas fueron falladas por una comisión binacional en 1843,
pero México suspendió la promesa de pagos durante 1844. Además, en
el país existía una facción de halcones de la guerra, encabezada por el
general Paredes.
Cuando éste tomó el poder en 1845, la posibilidad de una solución
pacífica entre ambos países se hizo más difícil.
En ningún momento las fuerzas combatientes fueron parejas. El
poderoso ejército de Estados Unidos rápidamente capturó todos los
territorios que deseaba de manos de su débil y desorganizado
adversario. Una columna armada fue enviada por tierra hacia el oeste
para apoderarse de Arizona, Nuevo México y California. Una expedición
naval se tomó las costas de California. Mientras tanto, el ejército del
general Taylor marchó directamente hacia el Sur. La fuerza principal
invasora llegó por mar, bajo las órdenes del general Winfield Scott. Esta
columna invasora se tomó Veracruz, en 1847, y seis meses más tarde, la
capital mexicana fue capturada por las tropas norteamericanas.
Bajo los términos del tratado Guadalupe-Hidalgo, del 2 de febrero de
1848, México fue despojado de cerca de un tercio de su territorio.
Estados Unidos tomó el inusual camino de pagarle al vecino del Sur la
suma de $15 millones por el territorio arrebatado. También asumió los
reclamos de sus propios conciudadanos (que totalizaban $3 millones), en
contra del gobierno.126 Todo el episodio de la guerra entre ambos
Estados dejó un legado de amarguras y resentimientos que enturbió las
relaciones entre ambos países por muchas generaciones.
Posteriormente, Estados Unidos adquirió otro pedazo de territorio
mexicano en la región sur de Arizona y Nuevo México, al sur del río Gila.
La zona, en mención, se hallaba en la ruta por donde debería pasar el
ferrocarril transcontinental. La misma fue adquirida por la suma de $10
millones, por el embajador norteamericano en México, James Gadsden,
de manos del gobierno del general Santa Ana, en diciembre de 1853.
Ese lugar se conoce hoy día como la región de Gadsden.