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TEMA 5.8. EL TRIBUNAL CONSTITUCIONAL. EL DEFENSOR DEL PUEBLO,
EL TRIBUNAL DE CUENTAS Y EL CONSEJO DE ESTADO.
CONTENIDO
1. EL TRIBUNAL CONSTITUCIONAL.
1.1. EL TRIBUNAL CONSTITUCIONAL COMO INTÉRPRETE SUPREMO DE LA
CONSTITUCIÓN.
1.2. COMPOSICIÓN.
1.3. ORGANIZACIÓN.
1.4. COMPETENCIAS DEL TRIBUNAL CONSTITUCIONAL.
2. EL DEFENSOR DEL PUEBLO.
2.1. CONCEPTO DE “DEFENSOR DEL PUEBLO”.
2.2. NOMBRAMIENTO Y ORGANIZACIÓN.
2.3. FUNCIONES.
2.4. INSTITUCIONES ANÁLOGAS DE LAS COMUNIDADES AUTÓNOMAS.
3. EL TRIBUNAL DE CUENTAS.
3.1. NATURALEZA DEL TRIBUNAL DE CUENTAS.
3.2. LA FUNCIÓN FISCALIZADORA DEL TRIBUNAL DE CUENTAS.
3.3. LA FUNCIÓN JURISDICCIONAL.
3.4. ESTRUCTURA DEL TRIBUNAL DE CUENTAS.
4. EL CONSEJO DE ESTADO.
4.1. NATURALEZA Y FUNCIONES DEL CONSEJO DE ESTADO.
4.2. ORGANIZACIÓN.
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1. EL TRIBUNAL CONSTITUCIONAL
1.1. El Tribunal Constitucional como intérprete supremo de la Constitución
Una de las notas más características de la Constitución Española de 1978 es la su
voluntad de eficacia como norma jurídica fundamental. En consecuencia, y como instrumento
básico para afirmar esa eficacia, la propia Constitución estableció un Tribunal Constitucional (TC),
regulado en su Título IX (arts. 159-165), desarrollado esencialmente por la Ley Orgánica 2/1979,
de 3 de octubre, del Tribunal Constitucional (LOTC, prevista en el propio art. 165 CE, y que ha
sido modificada posteriormente en varias ocasiones, siendo de especial relevancia la amplia
reforma introducida por la Ley Orgánica 6/2007, de 24 de mayo, dictada más de 25 años después
de la aprobación de la LOTC para “dar respuesta a los problemas y las exigencias que se derivan
de la realidad práctica del funcionamiento y organización del Tribunal Constitucional”).
El TC nace así como una de las piezas claves del sistema de organización y distribución
del poder, siendo su función primordial la de actuar como “intérprete supremo de la
Constitución” (art. 1 LOTC).
El origen de la figura de un Tribunal Constitucional se remonta al periodo de entreguerras,
cuando el Derecho Constitucional europeo tuvo un gran desarrollo en lo que se refiere a los
instrumentos para asegurar la primacía de las Constituciones. Su principal teorizador fue Hans
Kelsen, y sus primeras plasmaciones estuvieron en las Constituciones checa y austriaca de 1920.
En nuestro país ya aparecía la figura de un “Tribunal de Garantías Constitucionales" en la
Constitución republicana de 1931, aunque el perfeccionamiento del sistema de justicia
constitucional tuvo lugar con la Constitución italiana (1947) y la Ley Fundamental de Bonn (1949),
y en todos esos modelos se inspira la Carta Magna española de 1978.
Partiendo de tales influencias, los principales rasgos del modelo español de justicia
constitucional son los siguientes:
- Se trata de una auténtica jurisdicción, aunque por su naturaleza y funciones el TC no
forme parte del Poder Judicial (se trata de un órgano independiente y sólo sometido a la
Constitución y a la Ley Orgánica del Tribunal Constitucional).
- Está configurado directamente por la Constitución (el TC es, así, un “órgano
constitucional”, de los considerados troncales para la configuración del modelo de Estado).
- La naturaleza de la jurisdicción constitucional española es concentrada, esto es, que
sólo el TC puede declarar la inconstitucionalidad de las normas con fuerza de ley (a diferencia
del modelo de control de constitucional difuso o de judicial review, cuya manifestación más
clara se da en los Estados Unidos de América). Ello no quiere decir que el TC sea el único
órgano que debe aplicar e interpretar la Norma Fundamental: ésta vincula a todos los poderes
públicos (art. 9.1 CE), lo que supone que todos los órganos jurisdiccionales tienen que aplicar e
interpretar la Constitución en su actuación diaria, como recuerda el art. 5.1 de la Ley Orgánica
6/1985, de 1 de julio, del Poder Judicial, que dispone que los jueces y tribunales “interpretarán
y aplicarán las leyes y los reglamentos según los preceptos y principios constitucionales,
conforme a la interpretación de los mismos que resulte de las resoluciones dictadas por el
Tribunal Constitucional en todo tipo de procesos” (y como queda también patente en el art. 163
CE, que regula las cuestiones de inconstitucionalidad que cualquier órgano judicial puede
interponer ante el TC).
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- Otra de las características del modelo de justicia constitucional español es el de la
amplitud competencias con que cuenta el TC: su función de interpretar la CE la desarrolla a
través de distintos procedimientos que, a su vez, están configurados en función de los diversos
tipos de conflictos constitucionales que pueden surgir (aunque, en ningún caso, pueda actuar
de oficio): recurso de inconstitucionalidad, cuestión de inconstitucionalidad, recurso de amparo,
conflictos de competencias, etc.
1.2. Composición
El art. 159.1 CE (desarrollado por los arts. 5 y 16 LOTC) dispone que el TC se compone de
12 miembros, para cuya designación se prevé la participación de los tres poderes del Estado,
dando especial preponderancia al legislativo, emanación directa de la voluntad popular. En efecto,
los 12 Magistrados son nombrados por el Rey a propuesta de los siguientes órganos:
- 4 a propuesta del Congreso de los Diputados.
- 4 a propuesta del Senado, “entre los candidatos presentados por las Asambleas
legislativas de las Comunidades Autónomas” (novedad introducida por la LO 6/2007, de 24 de
mayo, de modificación de la LOTC).
- 2 a propuesta del Gobierno.
- 2 a propuesta del Consejo General del Poder Judicial.
Aunque dicha forma de designación podría hacer pensar que la composición del TC
depende directamente de las mayorías parlamentarias existentes en cada momento, la normativa
prevé una serie de mecanismos para evitarlo: por un lado, se requieren mayorías cualificadas de
tres quintas partes en el Congreso y en el Senado para su elección; por otro lado, el mandato de
los miembros del TC es de 9 años, lo que supone que su elección no coincide con las diferentes
legislaturas. Además, aunque el mandato de todos sus Magistrados es de 9 años, el TC no se
renueva de forma global, sino que lo hace por terceras partes (esto es, cada tres años cuatro
miembros han de ser renovados, como se prevé en el art. 159.3 CE). La finalidad de tal forma de
elección y renovación del TC es la de que sus miembros sean designados con un amplio margen
de consenso entre las fuerzas políticas más representativas de cara a una mayor legitimación
democrática y a un fortalecimiento de la institución.
Además, para garantizar la independencia del TC y acorde con la naturaleza de la
institución, la Constitución (su art. 159.2, desarrollado por el art. 18 LOTC) exige, para ser
Magistrado del mismo, el cumplimiento de tres requisitos: ser jurista (Magistrados y Fiscales,
profesores de Universidad, funcionarios públicos y abogados), con un mínimo de 15 años de
antigüedad, y de “reconocida competencia” (requisito éste último que es más impreciso desde un
punto de vista jurídico).
Asimismo, existen en la CE y en la LOTC otras previsiones constitucionales para
garantizar la independencia de los Magistrados del TC: están sujetos a los principios de
independencia e inamovilidad (con excepciones muy tasadas a tales principios, art. 159.5 CE y
arts. 22 a 24 LOTC); se establecen rígidas incompatibilidades, entre ellas la prohibición expresa
de llevar a cabo cualquier otro tipo de actividad política, profesional, administrativa o mercantil,
además de las previstas para los miembros del Poder Judicial (art. 159.4 CE, y art. 19 LOTC); se
excluye la posibilidad de reelección inmediata en el cargo (art. 16.4 LOTC); y se prevé su
inviolabilidad (no pueden ser perseguidos por las opiniones expresadas en el ejercicio de sus
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funciones, art. 22 LOTC) y un fuero especial para la exigencia de responsabilidad criminal (sólo
pueden ser enjuiciados por la Sala de lo Penal del Tribunal Supremo, art. 26 LOTC).
1.3. Organización
El TC está presidido por uno de sus Magistrados, que, dada la autonomía de la institución,
es elegido por los propios Magistrados, de entre ellos, por 3 años (art. 160 CE), siendo su
reelección posible por una vez (art. 9.3 LOTC). Sus competencias son las tareas propias del cargo
(art. 15 LOTC): convoca y ordena las sesiones del Pleno, ordena el trabajo del Tribunal, ejerce su
representación, etc., destacando especialmente el “voto de calidad” que ostenta en los
procedimientos de los que conoce el Pleno del Tribunal. Existe, además, un vicepresidente, con
las funciones también propias del cargo (art. 9.4 LOTC).
Para el ejercicio de sus competencias, el TC actúa de 3 formas: en Secciones, en Salas o
en Pleno (art. 6 LOTC). Al Pleno le corresponde resolver todos los asuntos que son competencia
del Tribunal, con excepción de los recursos de amparo (art. 10 LOTC). No obstante, incluso éstos
pueden ser resueltos por el Pleno, que tiene la posibilidad de recabar para su conocimiento
cualquier asunto (art. 10.n LOTC).
Existen dos Salas, compuesta cada una por seis Magistrados (la Sala Primera la preside el
Presidente del TC, y la Segunda el Vicepresidente, art. 7 LOTC). No existe especialización de las
Salas por razón de la materia, sino simple reparto alternativo de asuntos (art. 12 LOTC).
Originariamente las Salas se ocupaban únicamente de resolver los recursos de amparo, pero tras
las modificaciones introducidas en la LOTC por la LO 6/2007 pueden también resolver ciertos
recursos de inconstitucionalidad contra las leyes y demás disposiciones con valor de ley (los de
mera aplicación de doctrina, cuyo conocimiento podrá serles atribuido a en el trámite de admisión,
arts. 10.b, 11 y 48 LOTC).
Hay, por fin, cuatro Secciones, cada una compuesta por tres Magistrados, cuya función
principal es la decisión sobre la admisibilidad de los asuntos. Tras la reforma legal de la LOTC
llevada a cabo en 2007 las Secciones pueden conocer también de aquellos recursos de amparo
para cuya resolución sea aplicable doctrina consolidada del Tribunal Constitucional y que les sean
deferidos por las Salas (arts. 8, 48 y 52 LOTC).
Para la adopción de acuerdos en cada uno de los órganos del TC se exige la presencia, al
menos, de dos tercios de sus miembros (art. 14 LOTC). Las decisiones se adoptan, a partir de la
propuesta del Magistrado ponente, por mayoría, contando el Presidente, en caso de empate, con
voto de calidad (art. 90.1 LOTC). Los Magistrados pueden manifestar sus discrepancias con la
mayoría mediante la formulación de un voto particular (art. 90.2 LOTC).
El Tribunal Constitucional, para el desarrollo de sus funciones, ha de contar con una
infraestructura material y personal suficiente, y para ello tiene la posibilidad, en ejercicio de su
autonomía como órgano constitucional, de elaborar su propio presupuesto, que se integra como
una sección independiente dentro de los Presupuestos Generales del Estado (art. 10.3 LOTC). En
este sentido, el TC cuenta con el apoyo de varias Secretarías de Justicia (dirigidas por Secretarios
Judiciales) y de un cuerpo de Letrados (bajo la jefatura del Secretario General, que dirige los
distintos servicios del TC).
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1.4. Competencias del Tribunal Constitucional
El TC cuenta con un amplio abanico de competencias, referidas a los distintos conflictos
constitucionales que pueden surgir, y que se recogen esencialmente en el art. 161 CE. Sin
perjuicio de su posterior estudio detallado, el conjunto de tales competencias puede resumirse así:
- El control de constitucionalidad de las normas con fuerza de ley, a través de los
recursos de inconstitucionalidad, cuestiones de inconstitucionalidad y control previo de los
tratados internacionales (arts. 161.1.a, 163 y 95 CE).
- La protección de los derechos y libertades reconocidos en los arts. 14-30 CE, mediante
el recurso de amparo (arts. 161.1.b y 53.2 CE).
- La garantía de la distribución territorial del poder, a través de los conflictos de
competencia entre el Estado y las Comunidades Autónomas, o las de éstas entre sí (art.
161.1.c CE). A ello se han venido a sumar las competencias del TC para resolver los conflictos
en defensa de de la autonomía local y de la autonomía foral vasca, incluidas respectivamente
por las Leyes Orgánicas 7/1999, de 21 abril, y 1/2010, de 19 de febrero, de modificación de la
LOTC.
- El control de constitucionalidad de las disposiciones y resoluciones de los órganos de
las Comunidades Autónomas, mediante las impugnaciones previstas por el art. 161.2 CE.
- El control del reparto de competencias entre los distintos poderes del Estado, a través
de los conflictos de atribuciones entre órganos constitucionales (art. 59.1.c LOTC).
Éste es el elenco de las competencias jurisdiccionales del TC, que en todo caso puede
ampliarse legalmente, ya que el art. 161.1.d CE deja abierta tal posibilidad (a través de la cual se
introdujo la última competencia señalada, los conflictos de atribuciones, o los conflictos en
defensa de la autonomía local y de la autonomía foral vasca). Además de tales competencias
jurisdiccionales, y dado su carácter de órgano constitucional e independiente, el TC cuenta con un
amplio margen de autonomía organizativa, lo que le otorga competencias de gobierno interno,
entre las que destacan las de elaboración y aprobación de su reglamento de funcionamiento
interno y la de preparar su presupuesto (que debe ser aprobado por las Cortes en el seno de los
Presupuestos Generales del Estado, como ya hemos señalado).
Veamos ahora detenidamente cada una de las competencias referidas:
a) El control de constitucionalidad de las normas con fuerza de ley (recursos de
inconstitucionalidad, cuestiones de inconstitucionalidad, declaración de constitucionalidad de
los tratados internacionales; arts. 161.1.a, 163 y 95 CE, y Títulos II y VI LOTC). Es la
competencia clásica de la justicia constitucional, que define en gran medida cada uno de los
modelos existentes, en el caso español de tipo concentrado, consistente en la reserva
realizada a favor del TC de la posibilidad de declarar la inconstitucionalidad de las normas con
fuerza de ley.
El objeto de dicho control es asegurar la supremacía de la Constitución, haciendo
prevalecer a ésta sobre las normas aprobadas por el poder legislativo. Y no se trata sólo de las
leyes formales o disposiciones de carácter general aprobadas por las Cortes o por las Asambleas
Legislativas de las Comunidades Autónomas, sino también otras normas de rango o fuerza similar
a la ley por estar situadas de manera inmediata bajo la Constitución. De ahí que el art. 161.1.a CE
extienda el control de constitucionalidad a las “leyes y disposiciones normativas con fuerza de ley”
(en este sentido, el art. 27 LOTC señala que son susceptibles de declaración de
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inconstitucionalidad los Estatutos de Autonomía, las Leyes orgánicas, las Leyes ordinarias, los
Decretos-leyes, los Decretos Legislativos, los Tratados internacionales, los Reglamentos de las
Cámaras, y las normas análogas a las anteriores categorías que puedan dictarse por las
Comunidades Autónomas).
El primer instrumento procesal para el control de la constitucionalidad de las normas con
fuerza de ley es el recurso de inconstitucionalidad (desarrollado en los arts. 31-34 LOTC), acción
jurisdiccional nacida con ese único fin y que se traduce en la impugnación directa de una norma
con fuerza de ley. Están legitimados para interponer dicho recurso un número muy restringido de
órganos o instancias políticas (señalados en el art. 162.1 CE): el Presidente del Gobierno (lo que
supone dotarle de una importante facultad en el ámbito de las relaciones Gobierno-Parlamento y
en el reparto de poder entre el Estado y las Comunidades Autónomas), el Defensor del Pueblo (en
principio para la protección de los derechos fundamentales, única tarea que le atribuye el art. 54
CE, aunque el propio TC no ha limitado su capacidad de impugnación a tal circunstancia), 50
Diputados, 50 Senadores (en ambos casos como instrumento de protección de minorías
parlamentarias frente a la acción de la mayoría), y los órganos colegiados ejecutivos y las
Asambleas legislativas de las Comunidades Autónomas (para el caso que las normas impugnadas
puedan afectar a su ámbito de autonomía).
El plazo para la interposición del recurso de inconstitucionalidad es de tres meses a partir
de la publicación de la norma impugnada, plazo ampliable en su caso por otros seis meses si se
reúne en ese tiempo una Comisión Bilateral de Cooperación entre la Administración General del
Estado y la Comunidad Autónoma implicada en la que se acuerde iniciar negociaciones para
resolver las discrepancias sobre la inconstitucionalidad de la norma en cuestión (art. 33 LOTC, en
la redacción dada al mismo por la Ley Orgánica 1/2010, de 19 de febrero).
El art. 164 CE regula los efectos de las sentencias del TC, en general, y de las que
declaran la inconstitucionalidad de las normas con fuerza de ley en concreto. Dicho precepto ha
sido desarrollado por los arts. 38 a 40 LOTC, destacando las siguientes notas: desde un punto de
vista temporal, las sentencias del TC despliegan sus efectos a partir del día siguiente a su
publicación en el Boletín Oficial del Estado; en cuanto a su contenido y alcance, las sentencias de
declaración de inconstitucionalidad suponen la “nulidad” de los preceptos afectados (art. 39.1
LOTC), “tienen plenos efectos frente a todos” (art. 164.1 CE) y “vincularán a todos los poderes
públicos” (art. 38.1 LOTC). Hay que señalar también que las decisiones del TC no pueden ser
recurridas en el ámbito interno español, y crean cosa juzgada.
El segundo instrumento procesal a través del cual es posible controlar la constitucionalidad
de las normas con fuerza de ley es la cuestión de inconstitucionalidad, que permite reaccionar
contra la inconstitucionalidad de una norma con fuerza de ley a través de su aplicación concreta:
“cuando un órgano judicial considere, en algún proceso, que una norma con rango de ley,
aplicable al caso, de cuya validez depende el fallo, pueda ser contraria a la Constitución, planteará
la cuestión ante el Tribunal Constitucional en los supuestos, en la forma y con los efectos que
establezca la ley, que en ningún caso serán suspensivos” (art. 163 CE).
El tercer instrumento procesal que existe para controlar la constitucionalidad de las normas
con fuerza de ley es el control previo de los tratados internacionales (art. 95 CE y Título VI LOTC),
con la finalidad de compaginar la supremacía constitucional con la responsabilidad internacional
del Estado, ya que impide contraer con otros sujetos de Derecho Internacional compromisos que
sean contrarios a la Carta Magna. Sólo el Gobierno o alguna de las Cámaras puede requerir dicho
control al TC, cuya decisión es vinculante: la apreciación de oposición entre Constitución y
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Tratado supone bien la necesidad de reformar la Norma Fundamental, bien la no prestación de
consentimiento por parte del Estado.
b) El recurso de amparo (arts. 161.1.b y 53.2 CE, y Título III LOTC). Es el instrumento
procesal más importante de defensa ante el TC de los derechos y libertades de los
ciudadanos. En cuanto tal cumple una doble misión, sirviendo tanto como remedio último
interno de protección de los derechos del ciudadano como de instrumento de interpretación
de los derechos fundamentales.
De acuerdo con el art. 53.2 CE, el recurso de amparo protege de cualquier acto
(“disposiciones, actos jurídicos, omisiones o simple vía de hecho”, según el art. 41.2 LOTC) de los
poderes públicos que atente contra los derechos consagrados en los preceptos siguientes: art. 14
CE (principio de igualdad), sección 1ª del Capítulo 2 del Título I CE (es decir, derechos
fundamentales y libertades públicas de los arts. 15-29), y el derecho a la objeción de conciencia
(art. 30.2 CE).
En cuanto a la legitimación, según los arts. 162.1 y 46.1 LOTC pueden interponer el
recurso de amparo cualquier persona natural o jurídica que invoque un interés legítimo, el
Defensor del Pueblo y el Ministerio Fiscal.
El TC ha recordado repetidamente que el recurso de amparo es un instrumento
“subsidiario” de protección de los derechos y libertades, señalando que a quien corresponde la
defensa de los derechos de manera inmediata es a los órganos que encarnan el Poder Judicial,
“garantes naturales” de dichos derechos. En la reafirmación del principio de subsidiariedad vino a
incidir la Ley Orgánica 6/2007, de 24 de mayo, de modificación de la LOTC, que –entre otras
cuestiones– cambió la configuración del trámite de admisión del recurso de amparo (incluyendo
mayores exigencias) e introdujo la habilitación de las Secciones del Tribunal para su resolución
(modificaciones con las que se ha querido solventar la sobrecarga que sufría el TC a la hora de
resolver estos procedimientos de garantía de los derechos fundamentales, que impedía en buena
medida el normal ejercicio del resto de sus funciones constitucionales).
Varios son los requisitos en los que se concreta este carácter subsidiario del recurso de
amparo: sólo se puede acudir en amparo ante el TC cuando se hayan agotado todos los medios
de impugnación previstos por las normas procesales para el caso concreto; sólo puede hacerlo
quien ha sido parte en el proceso judicial correspondiente (además del Defensor del Pueblo y el
Ministerio Fiscal); y se exige que el derecho supuestamente vulnerado haya sido previamente
invocado ante los órganos judiciales (art. 44 LOTC).
Las sentencias de amparo pueden tener un doble contenido: de estimación (total o parcial)
de la demanda, o de desestimación. La estimación del recurso tiene un posible triple efecto sobre
el caso concreto (existiendo la posibilidad de que la sentencia incluya más de uno): la declaración
de nulidad del acto o resolución impugnado; el reconocimiento del derecho o libertad vulnerado; y
el restablecimiento del recurrente en la integridad del derecho, debiéndose adoptar las medidas
que sean necesarias para ello (art. 55 LOTC). Al margen de estos efectos para el caso concreto,
la doctrina contenida en las sentencias de amparo en relación con los derechos y libertades tiene
la dimensión general que corresponde a la función del TC de ser el intérprete supremo de la
Constitución.
c) Conflictos de competencia. De acuerdo con el art. 161.1.c CE su objeto principal es el
de resolver las controversias que puedan surgir en torno a la interpretación del reparto de
competencias entre el Estado y Comunidades Autónomas establecido por el llamado “bloque
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de constitucionalidad” (integrado por la propia Constitución, los Estatutos de Autonomía y,
excepcionalmente, por otras normas a las que aquéllas se remiten).
Según el art. 61.1 LOTC, “pueden dar lugar al planteamiento de los conflictos de
competencia las disposiciones, resoluciones y actos emanados de los órganos del Estado o de los
órganos de las Comunidades Autónomas o la omisión de tales disposiciones, resoluciones o
actos”. No obstante, el conflicto ha de tramitarse como recurso de inconstitucionalidad cuando la
competencia controvertida hubiera sido atribuida por una norma con rango de ley (art. 67).
Existen dos tipos de conflictos de competencia: los positivos y los negativos. Los primeros
enfrentan al Estado y a la Comunidad Autónoma –o a éstas entre sí– en relación con el ejercicio
de una competencia; los segundos los enfrentan por negar ambas partes ser titulares de la
competencia.
Sólo están legitimados para plantear un conflicto de competencias el Gobierno del Estado
y los órganos ejecutivos superiores de las Comunidades Autónomas. Cuando quien suscita el
conflicto es el Gobierno de la Nación, éste puede actuar de dos formas: bien interponiendo
directamente el conflicto ante el TC, bien requiriendo antes a la Comunidad Autónoma para que
derogue o anule la disposición o actos que considera causante del conflicto (art. 62 LOTC). En el
supuesto de que quien inicie el conflicto sea una Comunidad Autónoma, ésta debe
necesariamente requerir al Estado o a la otra Comunidad Autónoma para que proceda en la forma
indicada (art. 63.1). El requerimiento previo pretende, pues, abrir una vía de entendimiento que
evite el conflicto propiamente dicho.
Las sentencias que resuelven conflictos de competencia han de determinar a quién
corresponde ejercer la competencia controvertida de acuerdo con lo dispuesto en el bloque de la
constitucionalidad. Asimismo, el art. 66 LOTC dispone que la sentencia podrá anular la
disposición, resolución o acto que dio lugar al conflicto (positivo) si estuviere viciado de
incompetencia. En cada caso el TC ha de modular los efectos que la decisión haya de tener sobre
las actuaciones creadas a partir del acto o disposición anulados.
La garantía de la distribución territorial del poder, además de llevarse a cabo a través de
los conflictos de competencia entre el Estado y las Comunidades Autónomas, o las de éstas entre
sí, previstos en el art. 161.1.c CE, se ha reforzado con dos nuevos procedimientos: los conflictos
en defensa de de la autonomía local, mediante la Ley Orgánica 7/1999, de 21 abril (que añadió un
Capítulo 4 al Título IV LOTC), y en defensa de la autonomía foral vasca, a través de la Ley
Orgánica 1/2010, de 19 de febrero (que incluyó una Disposición Adicional 5 a la LOTC). El primero
de tales procedimientos permite la impugnación ante el TC, por parte de los Entes locales, de
aquellas leyes del Estado o las Comunidades Autónomas que pudieran no resultar respetuosas
con la garantía constitucional de la autonomía local. El segundo amplía dicha posibilidad a los
territorios históricos vascos individualmente considerados.
d) Las impugnaciones de disposiciones sin fuerza de ley y resoluciones de las
Comunidades Autónomas. Dentro del esquema de organización territorial descentralizada de
poder que supone el Estado de las Autonomías, el art. 161.2 CE atribuye otra competencia al
TC: el conocimiento de las impugnaciones del Gobierno de “las disposiciones y resoluciones
adoptadas por los órganos de las Comunidades Autónomas”.
El Título V LOTC (arts. 76 y 77) y la posterior jurisprudencia del TC han ido concretando el
alcance de esta competencia: se trata de la posibilidad de recurrir actos o disposiciones con rango
infralegal de las Comunidades Autónomas que el Estado considere contrarios a la Constitución
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por motivos distintos del reparto de competencias, ya que en este último caso es el conflicto de
competencias la vía procesal adecuada para su resolución.
La primera particularidad de este tipo de impugnaciones radica en que sólo el Estado, a
través del Gobierno, puede plantearlas (a las Comunidades Autónomas, pues, no les es posible
usar esta vía procesal para recurrir actos o disposiciones del Estado). Una segunda particularidad
viene dada por la suspensión automática del acto recurrido durante cinco meses que la
impugnación trae consigo. Transcurrido ese plazo, la suspensión puede levantarse por el TC si así
lo estima conveniente, siendo posible, en todo caso, que la Comunidad Autónoma solicite el
levantamiento antes de dicho plazo.
e) Los conflictos de atribuciones entre órganos constitucionales. Regulados en el art.
59.3 LOTC y en el Capítulo 3 del Título IV de la misma norma (arts. 73 a 75), es una
competencia del TC que no está expresamente prevista por la Constitución, siendo
introducida en la LOTC (art. 10.g) en virtud de la cláusula del art. 161.1.d CE. Su objeto es
resolver las controversias que, dentro de los poderes del Estado central y, más en concreto,
dentro de los órganos constitucionales (pleno del Gobierno, Congreso de los Diputados,
Senado y Consejo General del Poder Judicial) surgen sobre el reparto de atribuciones entre
ellos.
Cualquiera de los órganos citados que considere que otro de ellos ha adoptados
decisiones asumiendo atribuciones que constitucionalmente le corresponden se lo hará saber al
órgano presuntamente invasor mediante acuerdo de su pleno, solicitando que revoque la decisión
correspondiente. Si éste último afirmare de manera expresa o tácita que ha actuado dentro de sus
atribuciones, quedará abierta la vía al planteamiento del conflicto ante el TC, que decidirá a qué
órgano corresponde la atribución constitucionalmente controvertida y, en su caso, declarará la
nulidad de los actos viciados de incompetencia.
2. EL DEFENSOR DEL PUEBLO
2.1. Concepto de “Defensor del Pueblo”
Al “Defensor del Pueblo” se refiere el artículo 54 CE, que recoge únicamente las notas
definitorias del mismo, reenviando a una ley orgánica posterior para su completa regulación
(mandato atendido mediante la aprobación de la Ley Orgánica 3/1981, de 6 de abril, del Defensor
del Pueblo, que sigue vigente hoy día con escasas modificaciones).
Como ya hemos señalado en otro lugar del tema, el Capítulo 4 del Título I CE (arts. 53-54)
trata “De las garantías de las libertades y derechos fundamentales”, entre las que podemos
distinguir unas garantías “específicas” (jurisdiccionales: el recurso de amparo, y la previsión de un
procedimiento preferente y sumario ante la justicia ordinaria, art. 53.2) y unas garantías
“genéricas” de los derechos fundamentales, entre las que se encuentra precisamente la institución
del Defensor del Pueblo (art. 54), además de otras como la aplicabilidad directa de los derechos
fundamentales, la reserva de ley para regulación de su ejercicio o la obligación legislador de
respetar su “contenido esencial” (todas ellas en el art. 53.1 CE).
En este sentido, el art. 54 CE crea la figura del Defensor del pueblo como “alto
comisionado de las Cortes Generales”, designado por éstas para la defensa de los derechos del
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Título I CE (arts. 10-55), “a cuyo efecto puede supervisar la actividad de la Administración” e
instarla a la rectificación de sus posibles violaciones de tales derechos. En realidad, el Defensor
del Pueblo no tiene competencias ejecutivas, sino “de persuasión” (directa o a través de los
informes que remite a las Cortes), con lo que en la práctica su proyección es más política o de
opinión pública que jurídica.
2.2. Nombramiento y organización
El mandato del Defensor del Pueblo es de 5 años, y es reelegible. El único requisito para
acceder al cargo es ser español mayor de edad en plenitud de disfrute de sus derechos civiles y
políticos. Su designación corresponde a las Cortes Generales, a través de un complejo
procedimiento que exige de mayorías cualificadas (arts. 2 y 3 LO 3/1981).
La ley (arts. 6 y 7 LO 3/1981) le otorga un estatus de plena autonomía para el ejercicio de
su cargo (no está sujeto a mandato imperativo alguno), además de garantizar su inviolabilidad por
sus opiniones o actos en el ejercicio de su cargo, su inmunidad (no pudiendo ser detenido sino e
caso de flagrante delito) y la existencia de un fuero especial (más o menos a imagen y semejanza
de las prerrogativas parlamentarias).
El Defensor del Pueblo está auxiliado por un Adjunto Primero y un Adjunto Segundo, en los
que podrá delegar sus funciones y que le sustituirán, por su orden, en el ejercicio de las mismas,
en los supuestos de imposibilidad temporal y cese (art. 8 LO 3/1981).
2.3. Funciones
El ámbito de competencias del Defensor del Pueblo se extiende a la defensa de los
derechos contemplados en el Título I CE frente a la actividad de toda autoridad, funcionario o
persona que actúe al servicio de las Administraciones Públicas (arts. 9 a 14 LO 3/1981). Sus
actuaciones pueden iniciarse de oficio o a instancia de cualquier persona natural o jurídica que
invoque un interés legítimo, sin ningún tipo de limitación. Sus actuaciones son gratuitas, sin
necesidad de representación ni de asistencia letrada, con el único requisito formal de la
identificación de quien acude al Defensor del Pueblo.
Cuenta con facultades inspectoras y de investigación, que incluyen la obligación legal de
todo poder público de prestarle, con carácter preferente y urgente, la colaboración que precise
para sus investigaciones. Además, si en el curso de tales investigaciones conociese la comisión
de algún delito, debe ponerlo en conocimiento del Fiscal General del Estado.
Además, al Defensor del Pueblo le cabe sugerir al órgano legislativo o Administración
competente la modificación de aquellas normas cuyo cumplimiento riguroso pudiera provocar
situaciones injustas o perjudiciales para los administrados. Y puede formular a las autoridades y
funcionarios advertencias, recomendaciones, recordatorios de sus deberes legales y sugerencias
para la adopción de nuevas medidas. Pero, sobre todo, ha de dar cuenta anualmente a las Cortes
Generales de la labor realizada, mediante informes que deben publicarse y ser presentados
oralmente ante los Plenos de ambas Cámaras.
La Ley Orgánica 1/2009, de 3 de noviembre, otorgó una nueva función al Defensor del
Pueblo, la de ser en nuestro país el “Mecanismo Nacional de Prevención de la Tortura”, en
aplicación del a Convención contra la tortura u otros tratos o penas crueles, inhumanos o
degradantes adoptada en el seno de Naciones Unidas en el año 1984.
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En todo caso, la facultad más relevante del Defensor del Pueblo es la de interponer
recursos de inconstitucionalidad y de amparo, reconocida en el art. 162.1 CE.
2.4. Instituciones análogas de las Comunidades Autónomas
Con posterioridad a la puesta en marcha de la institución, las Comunidades Autónomas
han ido creando figuras análogas al Defensor del Pueblo, algunas con distintas denominaciones
(“Ararteko” en el País Vasco, “Justicia” en Aragón, “Síndic de Greuges” en Cataluña o “Procurador
del Común” en Castilla y León), y con un ámbito de actuación restringido a la supervisión de la
Administración Pública de la propia Comunidad Autónoma.
Ello no obstante, la competencia del Defensor del Pueblo estatal se extiende también a la
supervisión de la actividad de las Administraciones públicas autonómicas. Y las instituciones de
las Comunidades Autónomas han de coordinar sus funciones con las del Defensor del Pueblo (art.
12 LO 3/1981), de acuerdo con lo establecido en la Ley 36/1985, de 6 de noviembre, dictada
expresamente para regular tal coordinación.
3. EL TRIBUNAL DE CUENTAS
3.1. Naturaleza del Tribunal de Cuentas
El Tribunal de Cuentas, reconocido en el artículo 136 de la Constitución Española (CE), se
configura como el supremo órgano fiscalizador de las cuentas y de la gestión económica del
sector público, sin perjuicio de su función jurisdiccional encaminada al enjuiciamiento de la
responsabilidad contable en que incurran quienes tengan a su cargo el manejo de fondos
públicos.
También se le atribuye el control de la contabilidad y de la actividad económico-financiera
de los partidos políticos, así como el de las aportaciones que reciban las fundaciones y
asociaciones vinculadas a las formaciones políticas con representación parlamentaria.
El Tribunal de Cuentas depende directamente de las Cortes Generales, ejerciendo sus
funciones por delegación de ellas en el examen y comprobación de la Cuenta General del Estado
(art. 136.1 CE). No obstante, el Tribunal de Cuentas disfruta de plena independencia para el
ejercicio de sus funciones, reconociéndose constitucionalmente que los miembros del Tribunal
gozarán de la misma independencia e inamovilidad y estarán sometidos a las mismas
incompatibilidades que los Jueces (art. 136.3 CE).
Las cuentas del Estado y del sector público estatal se rendirán al Tribunal de Cuentas y
serán censuradas por éste. El Tribunal, sin perjuicio de su propia jurisdicción, remitirá a las Cortes
Generales un informe anual en el que, cuando proceda, comunicará las infracciones o
responsabilidades en que, a su juicio, se hubiere incurrido (art. 136.2 CE).
De acuerdo con el art. 136.4 CE, se ha aprobado una ley orgánica que regula la
composición, organización y funciones del Tribunal de Cuentas, la Ley Orgánica 2/1982, de 12 de
mayo, que ha sido ampliamente modificada por la Ley Orgánica 3/2015, de 30 de marzo. El
ejercicio de sus funciones ha sido detallado, además, por la Ley 7/1988, de 5 de abril, de
Funcionamiento del Tribunal.
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Al margen del Tribunal de Cuentas, se han constituido diversos Órganos de Control
Externo de las Comunidades Autónomas, bajo distintas denominaciones, que ejercen una función
fiscalizadora sobre las Administraciones autonómicas y locales de sus respectivos ámbitos
territoriales, sin que ello excluya la competencia del Tribunal para fiscalizar la totalidad del sector
público español (en este sentido, el art. 153 CE enumera los controles que se ejercen sobre la
actividad de las Comunidades Autónomas y, entre ellos, incluye el control económico y
presupuestario del Tribunal de Cuentas). Sin embargo, como comentaremos más adelante, el
enjuiciamiento contable es una jurisdicción exclusiva del Tribunal de Cuentas.
3.2. La función fiscalizadora del Tribunal de Cuentas
La función fiscalizadora del Tribunal de Cuentas se refiere al sometimiento de la actividad
económico-financiera del sector público a los principios de legalidad y de buena gestión financiera
(economía, eficacia y eficiencia). Los resultados de la fiscalización se exponen mediante informes,
memorias, mociones y notas, que se aprueban por el Pleno del Tribunal y se elevan a las Cortes
Generales y, en lo que les afecte, a las Asambleas Legislativas de las Comunidades Autónomas y
a los Plenos de las Corporaciones locales.
Se trata de una fiscalización externa, porque la realiza un órgano ajeno al sujeto
fiscalizado, a diferencia del control interno que llevan a cabo los órganos de la propia
Administración pública; es permanente porque se ejerce de manera continuada en el tiempo; y
consuntiva, por su carácter de final y definitiva.
Las fiscalizaciones definen los objetivos que se pretenden conseguir y, en función de ellos,
suelen distinguirse los siguientes tipos:
- Fiscalización de cumplimiento, cuyo objetivo es verificar el cumplimiento de las
disposiciones legales y reglamentarias a que está sometida la gestión económico-financiera de
la entidad, actividad o programa que se fiscaliza.
- Fiscalización financiera, cuyo objetivo es emitir una opinión sobre la fiabilidad de la
información que suministran los estados financieros de una entidad en función de su
adecuación a los principios, criterios y normas contables de aplicación a la misma; y
- Fiscalización operativa o de gestión, cuyo objetivo es proporcionar una valoración de las
operaciones y de los sistemas y procedimientos de gestión de la entidad, programa o actividad
fiscalizada, en cuanto a su racionalidad económico-financiera y su sometimiento a los
principios de buena gestión.
La ley dispone que en los procedimientos de fiscalización de entidades singulares puedan
utilizarse las técnicas de auditoría que resulten idóneas a la fiscalización pretendida. La realidad
es que la inmensa mayoría de las actuaciones fiscalizadoras se llevan a cabo haciendo uso de
esta posibilidad, de manera que la fiscalización suele consistir en una auditoría, entendida como
actividad sistemática de revisión, verificación y evaluación de documentos contables y de
procedimientos de control y gestión, realizada siguiendo las normas técnicas establecidas al
efecto.
Una de las principales actuaciones fiscalizadoras del Tribunal de Cuentas es el examen y
comprobación de la Cuenta General del Estado, a los que procede por delegación de las Cortes
Generales. A partir de los resultados que ofrezcan el examen y comprobación referidos, el Pleno
del Tribunal aprueba la declaración, que recoge de forma clara y sucinta la opinión que finalmente
merezca la Cuenta General.
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Así, el Tribunal de Cuentas hará constar en el resultado de la fiscalización cuantas
infracciones, abusos o prácticas irregulares haya observado, con indicación de la responsabilidad
en que, a su juicio, se hubiere incurrido y de las medidas para exigirla. Asimismo, propondrá las
medidas que haya que adoptar, en su caso, para la mejora de la gestión económico-financiera del
sector público.
3.3. La función jurisdiccional
Por su parte, la función jurisdiccional del Tribunal de Cuentas, reconocida por el artículo
136 de la Constitución Española, consiste en el enjuiciamiento de la responsabilidad contable en
que incurran quienes tengan a su cargo el manejo de fondos públicos, siempre que se haya
producido un menoscabo o perjuicio en los mismos.
La jurisdicción contable conocerá, por tanto, de las pretensiones de responsabilidad que,
desprendiéndose de las cuentas que deben rendir todos cuantos tengan a su cargo el manejo de
caudales o efectos públicos, se deduzcan contra los mismos cuando, con dolo, culpa o
negligencia graves, originaren menoscabo en dichos caudales o efectos a consecuencia de
acciones u omisiones contrarias a las leyes reguladoras del régimen presupuestario y de
contabilidad que resulte aplicable a las entidades del sector público. También conocerá de las
responsabilidades en que incurran las personas o entidades perceptoras de subvenciones,
créditos, avales u otras ayudas procedentes de dicho sector.
La jurisdicción contable es compatible respecto de unos mismos hechos con el ejercicio de
la potestad disciplinaria y con la actuación de la jurisdicción penal. Cuando los hechos fueren
constitutivos de delito, la responsabilidad civil será determinada por la jurisdicción contable en el
ámbito de su competencia.
La responsabilidad contable, que puede ser directa o subsidiaria, se exige mediante tres
procedimientos jurisdiccionales, que son el juicio de cuentas, el procedimiento de reintegro por
alcance y el expediente de cancelación de fianzas.
El Tribunal de Cuentas es único en su orden y extiende su jurisdicción a todo el territorio
nacional, sin perjuicio de que las sentencias de la Sala de Justicia del Tribunal sean susceptibles
de impugnación mediante el recurso de casación –y, en su caso, extraordinario de revisión– ante
la Sala de lo Contencioso-Administrativo del Tribunal Supremo.
3.4. Estructura del Tribunal de Cuentas.
Son órganos del Tribunal de Cuentas el Presidente, el Pleno, la Comisión de Gobierno, las
Secciones de Fiscalización y de Enjuiciamiento, los Consejeros de Cuentas, la Fiscalía y la
Secretaría General. Existen, además, órganos de apoyo del Tribunal y otros órganos que actúan
en el mismo, como el Interventor, el Gabinete Técnico y el Servicio Jurídico del Estado.
El Presidente del Tribunal de Cuentas es nombrado por el Rey a propuesta del Pleno, de
entre sus miembros, por un período de tres años. La elección se realiza por los Consejeros de
Cuentas en votación secreta. Sus funciones principales son las de representar al Tribunal y
convocar y presidir el Pleno y la Comisión de Gobierno, decidiendo con voto de calidad en caso
de empate.
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El Pleno del Tribunal está integrado por los doce Consejeros de Cuentas (uno de los
cuales es el Presidente), y el Fiscal. Se reúne una vez al mes, necesitando la presencia de dos
tercios de sus integrantes para la válida constitución. Sus acuerdos se adoptarán por mayoría de
los asistentes, salvo en los casos en que, específicamente, se exija una mayoría cualificada en la
Ley.
Le corresponde al Pleno ejercer la función fiscalizadora, plantear los conflictos que afecten
a las competencias del Tribunal, conocer de los recursos contra las resoluciones dictadas por
otros órganos del mismo, y las demás funciones que le encomienda la normativa.
Por su parte, la Comisión de Gobierno está constituida por el Presidente del Tribunal y los
Consejeros de Cuentas Presidentes de Sección (que son elegidos por un período de tres años).
Se encarga fundamentalmente de las relaciones con las Cortes Generales y de distribuir los
asuntos entre las dos Secciones del Tribunal.
La Sección de Fiscalización está integrada por su Presidente y los Consejeros que tengan
a su cargo los Departamentos sectoriales y territoriales, y le corresponde la función fiscalizadora
del Tribunal, proponiendo al Pleno las Memorias o Informes, Mociones, Notas o medidas que
corresponda elevar a las Cortes Generales.
Por su parte, la Sección de Enjuiciamiento, a la que corresponden las funciones
jurisdiccionales del Tribunal, está integrada por los Consejeros titulares de los tres Departamentos
de primera o única instancia que la componen y por quien ostente la Presidencia de la Sección.
Existe en su seno, además, una Sala de Justicia, que estará compuesta, en cada caso, por el
Presidente de la Sección de Enjuiciamiento y por los dos Consejeros que no hayan conocido en
primera instancia del asunto del que verse la apelación.
Por lo que respecta a los Consejeros de Cuentas, son designados por las Cortes
Generales, seis por el Congreso de los Diputados y seis por el Senado, mediante votación por
mayoría de tres quintos de cada una de las Cámaras, por un período de nueve años, entre
Letrados y Auditores del Tribunal de Cuentas, Censores Jurados de Cuentas, Magistrados y
Fiscales, Profesores de Universidad y funcionarios públicos pertenecientes a Cuerpos para cuyo
ingreso se exija titulación académica superior, Abogados, Economistas y Profesores Mercantiles,
todos ellos de reconocida competencia, con más de quince años de ejercicio profesional.
Los Consejeros son independientes e inamovibles y están sujetos a las mismas causas de
incapacidad, incompatibilidad y prohibiciones establecidas para los Magistrados y Jueces en la
Ley Orgánica del Poder Judicial.
Como hemos indicado, forma parte también del Tribunal de Cuentas una Fiscalía, que
depende funcionalmente del Fiscal General del Estado. Sus principal función es la de tomar
conocimiento de todos los procedimientos fiscalizadores y jurisdiccionales que se sigan en el
Tribunal, a efectos de esclarecer las posibles responsabilidades contables que de ellos pudiera
derivarse, y ejercitar la acción de responsabilidad contable y deducir las pretensiones de esta
naturaleza.
Existe en el seno del Tribunal, en fin, una Secretaría General, cuyo responsable es elegido
y removido libremente por el Pleno, a propuesta de la Comisión de Gobierno, que realiza las
funciones conducentes al adecuado ejercicio de las competencias gubernativas del Presidente,
del Pleno y de la Comisión de Gobierno en todo lo relativo al régimen interior del Tribunal de
Cuentas y las de gestión, tramitación, documentación y registro de los asuntos de los mismos.
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4. EL CONSEJO DE ESTADO
4.1. Naturaleza y funciones del Consejo de Estado
El Consejo de Estado es una institución de honda raigambre en nuestro sistema jurídico,
remontándose sus orígenes al siglo XVI. Se trata actualmente de un órgano consultivo que se
inserta en la Administración del Estado. Durante el siglo XIX, junto a su actividad consultiva
desarrollaba también funciones judiciales. Sin embargo, la Ley Santa María de Paredes de 1888
inició un proceso de judicialización en el control de la Administración que culminó con la Ley
Maura de 1904, que privó al Consejo de Estado de las funciones judiciales, trasladándose las
mismas definitivamente al Tribunal Supremo (Sala Tercera, de lo Contencioso-administrativo).
Por tanto, frente a lo que acontece en otros sistemas de nuestro entorno (por ejemplo,
Francia e Italia), el Consejo de Estado en España mantiene exclusivamente funciones consultivas,
y a ello se refiere específicamente el artículo 107 de la Constitución Española (CE) al definirlo
como el “supremo órgano consultivo del Gobierno”.
El citado artículo 107 CE establece una reserva de Ley Orgánica en lo que se refiere a la
regulación de la composición y competencia del Consejo de Estado. En cumplimiento de tal
previsión se dictó la vigente Ley Orgánica 3/1980, de 22 de abril, del Consejo de Estado,
desarrollada por el Reglamento Orgánico del Consejo de Estado, aprobado por Real Decreto
1674/80, de 18 de julio.
Hay que señalar que pese a que el art. 107 CE se encuentra encuadrado en el Título IV de
la Carta Magna, referido al Gobierno y a la Administración, el Consejo de Estado no está integrado
en ninguno de los Departamentos ministeriales y, aunque la Constitución de 1978 lo califique
literalmente de órgano consultivo del Gobierno, tiene en realidad el carácter de órgano del Estado
(Sentencia del Tribunal Constitucional 56/1990, de 29 de marzo).
En su función genuinamente consultiva, el Consejo de Estado emite dictámenes que como
tales constituyen actos a través de los que expresa una opinión o juicio. En el ejercicio de esta
función, el Consejo de Estado debe apreciar la legalidad, pero también podrá valorar aspectos de
oportunidad y conveniencia cuando lo exija la índole del asunto o lo solicite expresamente la
autoridad consultante.
En los artículos 21 y 22 de la Ley Orgánica 3/1980 se recoge el listado de asuntos en los
que deberá ser consultado, ya sea en Pleno o en Comisión Permanente. Entre ellos podemos
citar los siguientes: anteproyectos de reforma constitucional; anteproyectos de leyes que hayan de
dictarse en ejecución, cumplimiento o desarrollo de tratados, convenios o acuerdos
internacionales y del derecho comunitario europeo; proyectos de Decretos legislativos;
Reglamentos o disposiciones de carácter general que se dicten en ejecución de las Leyes, así
como sus modificaciones; recursos administrativos de revisión; revisión de oficio de disposiciones
administrativas y de actos administrativos, en los supuestos previstos por las leyes; reclamaciones
que, en concepto de indemnización por daños y perjuicios, se formulen a la Administración
General del Estado en los supuestos establecidos por las leyes.
Además de lo establecido en los arts. 21 y 22 de su Ley Orgánica, la consulta al Consejo
de Estado será también preceptiva cuando así se establezca en otras Leyes (art. 2.2 Ley
Orgánica), siendo facultativa en los demás casos.
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Los dictámenes no son vinculantes, salvo que la Ley disponga lo contrario. Por otra parte,
el Consejo de Estado puede elaborar estudios, informes o memorias a petición del Presidente del
Gobierno o de un Ministro (art. 2.3 Ley Orgánica).
Junto a dicha función consultiva, el Consejo de Estado también puede elevar mociones al
Gobierno. Señala en este sentido el artículo 20.2 de la Ley Orgánica 3/1980 que el Consejo de
Estado, en Pleno o en Comisión Permanente, podrá elevar al Gobierno las propuestas que juzgue
oportunas acerca de cualquier asunto que la práctica y experiencia de sus funciones le sugiera.
4.2. Organización
Integran el Consejo de Estado en Pleno el Presidente, los Consejeros permanentes, los
Consejeros natos –es decir, aquellos que lo son por razón del cargo que desempeñan–, los
electivos y el Secretario general (art. 4.1 Ley Orgánica).
El Presidente del Consejo de Estado será nombrado libremente por Real Decreto acordado
en Consejo de Ministros entre juristas de reconocido prestigio y experiencia en asuntos de Estado
(art. 6 Ley Orgánica).
Los Consejeros Permanentes, en número igual al de las Secciones del Consejo, son
nombrados, sin límite de tiempo, por Real Decreto entre personas que están o hayan estado
comprendidas en alguna de las categorías siguientes (art. 7): Ministro; Presidente o miembro de
los Consejos Ejecutivos de las Comunidades Autónomas; Consejero de Estado; miembros de los
Consejos consultivos u órganos equivalentes de las Comunidades Autónomas; Letrado Mayor del
Consejo de Estado; Académico de número de las Reales Academias integradas en el Instituto de
España; profesor numerario de disciplinas jurídicas, económicas o sociales en Facultad
Universitaria, con quince años de ejercicio; Oficial general de los Cuerpos Jurídicos de las
Fuerzas Armadas; funcionarios del Estado con quince años de servicios al menos en Cuerpos o
Escalas para cuyo ingreso se exija título universitario; ex Gobernadores del Banco de España.
Por su parte, de acuerdo con el art. 8 de la Ley Orgánica 3/1980, de 22 de abril, quienes
hayan desempeñado el cargo de Presidente del Gobierno adquirirán la condición de Consejeros
natos de Estado con carácter vitalicio, y en cualquier momento podrán manifestar al Presidente
del Consejo de Estado su voluntad de incorporarse a él. Son, también, Consejeros natos de
Estado: el Director de la Real Academia Española y los Presidentes de las Reales Academias de
Ciencias Morales y Políticas y de Jurisprudencia y Legislación; el Presidente del Consejo
Económico y Social; el Fiscal General del Estado; el Jefe del Estado Mayor de la Defensa; el
Presidente del Consejo General de la Abogacía; el Presidente de la Comisión General de
Codificación; el Abogado General del Estado-Director del Servicio Jurídico del Estado; el Director
del Centro de Estudios Políticos y Constitucionales; el Gobernador del Banco de España.
Además de los Consejeros permanentes y los Consejeros natos, la institución está
integrada también por diez Consejeros electivos, nombrados por Real Decreto por un período de
cuatro años, entre quienes hayan desempeñado cualquiera de los siguientes cargos: Diputado o
Senador de las Cortes Generales; Magistrado del Tribunal Constitucional, Juez o Abogado
General del Tribunal de Justicia de la Unión Europea; Defensor del Pueblo; Presidente o Vocal del
Consejo General del Poder Judicial; Ministro o Secretario de Estado; Presidente del Tribunal de
Cuentas; Jefe del Estado Mayor de la Defensa; Presidente o miembro del Consejo Ejecutivo de
Comunidad Autónoma; Embajador procedente de la carrera diplomática; Alcalde de capital de
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provincia, Presidente de Diputación Provincial, de Mancomunidad Interinsular, de Cabildo Insular o
de Consejo Insular; Rector de Universidad.
Existe en el seno del Consejo una Comisión Permanente, compuesta por el Presidente, los
Consejeros permanentes y el Secretario General (art. 5.1 Ley Orgánica).
Existe también una Comisión de Estudios, presidida por el Presidente del Consejo de
Estado e integrada por dos Consejeros permanentes, dos natos y dos electivos, designados por el
Pleno a propuesta del Presidente, así como por el Secretario general (art. 5.2 Ley Orgánica).
El Consejo de Estado se organiza en Secciones para preparar el despacho de los asuntos
que son competencia de la Comisión Permanente. Las Secciones son ocho (art. 13.1 Ley
Orgánica), están presididas por un Consejero permanente e integradas, además, por un Letrado
Mayor y los Letrados que sean necesarios según la importancia de los asuntos o el número de las
consultas (art. 13.2).
El Secretario General, que es nombrado por Real Decreto, a propuesta de la Comisión
Permanente aprobada por el Pleno, entre los Letrados Mayores (art. 10.1 Ley Orgánica), es el jefe
directo del personal y del régimen interior de los servicios y dependencias del Consejo (art. 58 del
Reglamento). De él dependen los distintos servicios (administrativos, económicos, asuntos
generales, informáticos…) del Consejo.
Los Letrados del Consejo de Estado, que constituyen un Cuerpo al que se accede por
oposición entre Licenciados universitarios en Derecho (art. 15.1 Ley Orgánica), desempeñan las
funciones de estudio, preparación y redacción de los proyectos de dictamen sobre los asuntos
sometidos a consulta del Consejo (art. 14.1 Ley Orgánica).
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