Libro de Juan Carlos Kusneetzoff 1
Libro de Juan Carlos Kusneetzoff 1
Bajalibros.com
Queda rigurosamente prohibida, sin la autorización escrita de los titulares del copyright, bajo las
sanciones establecidas por las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o
procedimiento, comprendidos la fotocopia y el tratamiento informático.
ISBN 978-987-678-192-3
Publisher: Vi-Da Global S.A.
Copyright: Vi-Da Global S.A.
Domicilio: Costa Rica 5639 (CABA)
CUIT: 30-70827052-7
Érase una vez un hombre que contrató un curso de musculación por correspondencia.
Cuando hubo terminado, escribió a la empresa que se lo suministró, diciendo:
“Señores, ya he terminado las lecciones. Por favor, envíenme los músculos”.
Luego de leer este libro, muchos lectores sentirán que poseen el conocimiento necesario
para aliviar los problemas sexuales de las personas que los consultan. De la misma manera,
luego de hacer un curso de sexualidad humana, los alumnos reclaman el certificado
correspondiente; creen que allí está la habilitación para ejercer la sexología. Al escuchar que
los milagros se asocian con la religión, creen que las cosas son milagrosas cuando en realidad
no lo son, o intentan encontrar lo milagroso a expensas de la verdad. Hay un dicho antiquísimo
que dice: no escucharían a una fuente de conocimiento, aunque estuvieran sentados en las
ramas de un árbol con ella.
1. Algunas hipótesis acerca de la
sexualidad humana
Parece que una clave muy útil de interpretación reside en el uso de una dialéctica histórica que
mostraría hasta qué punto la liberación de la sexualidad y la pérdida parcial de su sentido, o su
limitación, son simultáneas por tener su origen en los mismos fenómenos históricos y porque
mantienen entre sí una relación de estimulación recíproca. En resumen, se trata de una
dialéctica del descubrimiento y de la pérdida, que se condicionarían recíprocamente. Esta
manera de tratar el problema tiene como consecuencia la desarticulación parcial de los juicios
maniqueístas, en beneficio de un análisis de casos”.[1]
Hoy, en pleno siglo XXI, se constatan algunos fenómenos relativos a la sexualidad humana.
El ejercicio de la sexualidad es hoy infinitamente más “suelto” y goza de la liberación en todas
sus dimensiones y en cualquier parte del mundo. Las condiciones de cercenamiento, opresión
y falta de libertad que la sexualidad tuvo desde antaño tiene algunas características:
En ese sentido, hoy los individuos disfrutan de un margen de maniobra muy importante. El
fenómeno sexual se vive y se desarrolla en forma mucho más libre, pero eso le otorga también
un valor sociológico de intercambio. Es, al final de cuentas, una mercancía (en el sentido
sociológico del término: algo que puede negociarse).
Sexualidad instintiva y condicionamiento social
La coincidencia de la finalización de la Segunda Guerra Mundial y el comienzo de la era
posmoderna convirtió a la sexualidad y sus fenómenos en un motor económico y un elemento
vinculante de la vida de los individuos de la sociedad en general.
Hoy, los bienes del mercado son instrumentados -mediante la promoción y propaganda en
los medios, por ejemplo- sobre la base del placer que supuestamente obtendrán los individuos
en la medida en que compren bebidas, cremas cosméticas, automóviles o paquetes turísticos
determinados. Para decirlo sin tapujos: el placer sexual y sus derivados se compran. Crean el
mercado, edifican motivaciones y se utilizan en la radio, la televisión y los medios gráficos
como carriers de lo que supuestamente quiere el público, pero también moldean la realidad a
desear.
Es esta condición de mercancía lo que sostiene al imaginario sexual. Una estrategia sutil, en
medio de este juego de realidades deseantes que, sin embargo, tiene objetivos mercantiles:
hace creer que la valía, la autoestima pasan por tener buenas relaciones sexuales -con
excelente rigidez peneana y eyaculación controlada y prolongada- y por demandar buen sexo,
y que esto es suficiente para que las personas se liberen. De hecho, lo hacen, pero para seguir
comprando. La libertad no se encuentra en la esencia del individuo, sino que está
condicionada por factores casi nunca explícitos o fácilmente detectables.
Como puede advertirse, en el imaginario social las relaciones sexuales no sólo se efectúan
en la cama, en la intimidad de un cuarto, sino que también se llevan a cabo, especularmente,
entre los que ofertan sexo y aquellos que lo demandan.
Entonces, aunque parezca que la sexualidad humana tiene raíces en la actividad instintiva
pura, no es así. Se encuentra moldeada, condicionada y muchas veces dirigida por las
necesidades mercantiles. Satisface los apetitos y las necesidades individuales, pero en un
medio cultural dirigido por un mercado que desea “saciar” la sed económica que lo sustenta.
La teoría esencialista hace que la sexualidad aparezca como un hecho absoluto, dado,
inmodificable, unívoco: el sexo es el destino, casi una fatalidad. Somos lo que deseamos y
deseamos lo que somos: el deseo está “soldado” a nuestra identidad. La angustia a la que el
mundo actual nos expone en relación con las sexualidades (así, en plural) lleva a refugiarse en
absolutos de orden político o moral, al empeño en encontrar la verdad, el absoluto sexo, a
toda costa. No hay una respuesta. Hay numerosas y variadas respuestas. La sexualidad
plantea desafíos, muy alejados de los engañadores y ansiolíticos monopolios ideológicos.
Una tendencia al reduccionismo
Se admite hoy que las relaciones sociales pueden ser generales, masivas, englobantes,
amplias y fuertemente ligadas a la conciencia colectiva. Coexisten con relaciones mucho más
pequeñas, en sectores mucho más funcionales y mucho menos participantes en la conciencia
colectiva. Durkheim distingue entre relaciones de solidaridad mecánica y solidaridad
orgánica.[2] En la sociedad mecánica tiene poca importancia la relación individual. Su fuerza
se basa en la cohesión interna de la conciencia colectiva. En las sociedades de solidaridad
orgánica la división del trabajo convierte a los hombres en individualidades diferenciadas que
cumplen tareas específicas y desarrollan una “vocación”. La cohesión interna es el resultado en
este caso de la complementariedad de las funciones y del nuevo tipo de valores en torno al
concepto de la persona humana.
Hay una similitud cultural en los individuos que se relacionan según la solidaridad orgánica:
no necesitan la explicitación del lenguaje, de la historia común. Hay un parentesco cultural que
facilita la unión de los individuos: la relación de vecindad en el barrio o -lo que nos interesa- la
relación entre el comprador y el vendedor de la sexualidad antes aludida. El intercambio entre
las personas, entonces, es independiente de los valores generales; es fundamental lo que se
intercambia y no las características del contexto, muy ajenas al propósito de los usuarios.
Estas relaciones (sexuales y no sexuales) hoy gozan de una transitoriedad, de una
vertiginosidad; son mucho más breves que antes. Hay muchos contactos brevísimos, como los
que se producen en un transporte público o en un espectáculo. Hay, a todas luces, una
entronización, un elogio del instante, en detrimento de las relaciones antes consideradas
“eternas” y fuertemente perdurables. La carencia de convencionalismos y códigos
predeterminados es otra importante característica de esta época.
El cuerpo: residencia de la sexualidad
Los cambios alcanzan también a las significaciones del cuerpo. La primera impresión es
visual: ¿gordo?, ¿flaco?, ¿feo?, ¿hermoso?, ¿hombre?, ¿mujer? No son pocas las veces en
que el “conocimiento” del otro se detiene sólo en estas percepciones iniciales. Y esto deriva, a
mi entender, de la dimensión mayúscula que tiene el cuerpo en esta época posmoderna.
El cuerpo suele ser un pasaporte inicial, un intermediario privilegiado que conduce hacia
conocimientos mucho más profundos. De allí surge su sobrevaloración y, por ende, la de la
sexualidad.
Se pueden distinguir dos tipos de relaciones sexuales:[3]
En general, no hay, en las civilizaciones tradicionales, vida sexual que constituya un polo
opuesto a la vida espiritual. El hombre tiene, desde su más tierna edad, conciencia de hallar
en su sexo, no una fuente de placeres ilícitos, sino el medio por el cual su vida adquirirá un
sentido haciéndolo participar en la ciudad de los hombres, integrándolo en la vida del cosmos.
El acoplamiento es, en todas las civilizaciones, un acto fundamental susceptible de provocar la
acción de las fuerzas invisibles que mueven el universo.[6]
Se oscila, permanentemente, entre un relativismo absoluto, o sea, “quedar bien con Dios
y con el diablo” -un modo, alentado por los medios masivos de comunicación, que casi nunca
permite encontrar un lenguaje común-, y una generalización universalista, esencialista,
cuyo sentido es falso: sostiene que sexualmente somos todos iguales, en cualquier época, en
cualquier lugar geográfico, a cualquier edad... Esta última postura ideológica buscó una “única
verdad monopolizadora” sobre la sexualidad y sobre el cuerpo. Todo esto ha llevado -durante
mucho tiempo- a una negación de la diversidad humana, ha limitado la autonomía individual y
ha convertido los placeres que la sexualidad convoca en un secreto indecente.[7]
Durante las últimas décadas, los temas sexuales han adquirido un interés creciente. Grupos
interesados “luchan” para parecer influyentes, se muestran fuertemente en las páginas de los
periódicos. En fin, hacen política. La reiterada e insistente santidad de la familia, la prédica
hacia la vida homosexual (tanto a favor como en contra), los novedosos procedimientos
quirúrgicos para los transexuales, entre otros, intentan “ganar puntos” y reformulan nuestros
conceptos de normalidad y anormalidad en la vida sexual. El desconcierto, la ambigüedad en
las definiciones, la dilución de antiguos preceptos dominan la escena de muchos individuos y,
por supuesto, de los profesionales médicos o psicólogos.
Significados diversos de “sexo”
Es muy interesante recorrer la historia de la sexualidad.[8] Desde los tiempos de Platón, la
sexualidad y la verdad tuvieron vínculos con la naturaleza de la virtud -por supuesto, antes del
triunfo del cristianismo-. Se supuso siempre que a través de nuestro sexo se ponía a prueba
nuestra virtud, que se podía encontrar la felicidad y nuestro lugar en el mundo. Desde la
Antigüedad, el concepto de la sexualidad ha pasado por las disquisiciones cristianas sobre la
“carne”, ha sido intermediado por la confesión y el testimonio protestante frente a Dios, y tuvo
su apoteosis durante el siglo XIX. Simultáneamente, la medicina y la psicología, la sexología
incipiente y la pedagogía se hicieron cargo, conjuntamente con los grupos confesionales, de
establecer normas morales y sociales y de dictaminar qué es normal y qué no lo es. No es
casual que en muchas ocasiones se compare a la medicina con un “sacerdocio”. De hecho,
durante el siglo XIX ese atributo identificaba a los sacerdotes con los médicos profesionales.
Sin embargo, en relación con la sexualidad, los últimos cien años ofrecen al panorama
sociológico nuevas perspectivas, nuevos desafíos: no sólo el control moral y su reverso, la
transgresión, el desvío sexual, sino también su significado político, su trascendencia en la
globalización actual. La discusión, la enseñanza y la difusión de las prácticas de la sexualidad
cotidiana irrumpen en los intercambios intelectuales, en las universidades, en los colegios y en
las conversaciones cotidianas. Sin embargo, no han disminuido los prejuicios, que adoptan
nuevos y sutiles disfraces. Hay, para decirlo sin tapujos, “una voluntad flexible de no
saber”,[9] que se apoya en una premisa muy profunda en nuestra cultura: la sexualidad es el
aspecto más espontáneo y natural que poseemos. Foucault la denomina “la verdad de
nuestro Ser”.[10]
Ahora bien, el sexo... ¿es natural o antinatural? Es una pregunta que todos nos hacemos
desde muy jóvenes. ¿Y qué decir del “sexo opuesto”? ¿Y “el sexo” entre gente del “mismo
sexo” es “antinatural”? Podemos advertir la complejidad del fenómeno con sólo examinar la
multiplicidad de significados en todas estas expresiones encomilladas. El sexo es... ¿una
categoría de persona?, ¿una práctica? o ¿un género? La tendencia biológica predominante,
que pone el acento en la actividad reproductiva, dice que la “decencia”, lo “natural”, “lo
correcto” del comportamiento erótico es el coito entre hombres y mujeres.
Durante el siglo XVI, de acuerdo con las definiciones platónicas, el sexo se refería a esa
escisión y división tajante entre hombres y mujeres. Es decir, una división de género. Hoy,
desde hace ya mucho tiempo, “tener sexo” es sinónimo de relación sexual.[11] La extensión
del significado en el uso y las costumbres en nuestra cultura actual indica un cambio que
alcanza también al término “sexualidad”.
Se constata a diario el “imperativo biológico”, sobre todo el masculino, esa fuerza
incontrolable que arrasa con todo y se instala en la punta de una pirámide donde el coito
heterosexual domina todo, incluso las parafilias más extrañas e infrecuentes. Este “imperativo
biológico” justifica los hechos más aberrantes: la violación, la pedofilia, la degradación
femenina y el trato discriminatorio hacia las llamadas “minorías sexuales”. Durante los dos
últimos siglos, esta visión ha sido sostenida y apoyada, directa o indirectamente, por
renombrados científicos: Krafft-Ebing, Havelock Ellis, Hirschfeld, Freud. Lo que trataron de
descubrir es el auténtico significado del sexo en sus diversas manifestaciones: sexualidad
infantil, relaciones entre los sexos, influencia del “plasma germinal”, hormonas y cromosomas,
la naturaleza del “instinto sexual” y las causales múltiples de las hoy denominadas parafilias
sexuales. No llegaron a ninguna conclusión, aunque debemos reconocer que gracias a ellos
tenemos muchos más conocimientos y elementos para discutir y desentrañar ese “misterio” del
sexo.
La marginalidad de la práctica sexual
Muchos autores han enfatizado que la relación sexual moderna es la única fuente de
felicidad, cualquiera sea la acepción que le otorguemos a este concepto. El tiempo dedicado al
ocio o el tiempo libre se consideran accesorios o secundarios. La permisividad-compulsión
es notable; en otras palabras, se trata de la obligación del placer (concretamente, de la
relación sexual). Esta compulsión se vuelve obligatoria, imperativa y reiterada, y se mide de
acuerdo con la experiencia de los superhombres arquetípicos, se juzga por el rendimiento
obtenido (en términos cuantitativos: ¿cuántos orgasmos? ¿Cuántas veces? ¿Cuántas parejas?
¿Cuánto tiempo?) o se compara con lo que muestran los medios televisivos, pornográficos, las
revistas, los periódicos o los anuncios comerciales (¿Cuántos centímetros? ¿Cuán normal-
anormal es?).[12]
Todo esto es producto de la alienación, es decir, de vestir ropajes -compuesto por
preguntas casi no respondidas, hipocresía social, aprendizajes y enseñanzas imposibles, la
apariencia de que se sabe mucho del tema, cuando en realidad todo se ignora- donde los
individuos ocultan sus pesares, sus conflictos; en suma: su problemática. Se vislumbra apenas
la necesidad de ser amado, el impulso de tener satisfacción sexual, pero como si fuera una
pulsión “natural”.
Al contrario del imaginario social, la práctica concreta de la relación sexual es pequeña,
desconocida, sobrevalorada; en pocas palabras, marginal. Sólo ocupa una porción pequeña
de la vida y tiene un carácter repetitivo que la vuelve tediosa, insulsa, plagada de conflictos y
contradicciones muy alejadas de lo que todo el mundo desea, piensa y anhela.
2. Acerca de la noción de normalidad en
la sexología
El propio Erickson, en el mismo trabajo, advierte que el logro resulta totalmente utópico y
que en manera alguna puede considerarse que los problemas son exclusivamente sexuales. La
clínica cotidiana en la materia confirma esos dichos.
Desde el punto de vista del psicoanálisis, la “conflictuología” es un término acertado,[20] ya
que se considera que el hombre mismo se encuentra constituido conflictivamente. Y esto es
normal en la medida en que no alcance cierta intensidad y que el sujeto pueda soportarlo. En
muchas ocasiones, el carácter permanente del conflicto humano nos obliga a considerar los
casos de cierta gravedad, es decir, a introducir una noción cuantitativa, que es sumamente
difícil de definir o precisar.
En cada cuadro psicopatológico deberíamos indagar si el problema es evolutivo,
circunstancial o estructural. Por otra parte, en un trastorno sexual común, como una falla
eréctil u orgásmica femenina, ¿se trata de un problema evolutivo porque el paciente tiene
alrededor de veinte años? ¿O porque ha atravesado circunstancias no adecuadas de tiempo
y/o lugar, y en este caso es apenas algo momentáneo, circunstancial? ¿O se trata de un
problema endocrino, que compromete al conjunto de la vida sexual y se encuentra deteriorada
la estructura?
Por otra parte, en el siglo XXI, la distribución de los roles que deben cumplir el hombre y
la mujer también ha sido modificada:
No hay, no existe, ninguna agrupación del Homo Sapiens, que permanezca indiferente al
comportamiento sexual de los hombres que la constituyen. En todas partes, las uniones son
juzgadas. Unas son encomiadas, otras admitidas o excusadas, otras desterradas de la
sociedad y reprimidas. La prohibición del incesto, comprendida bajo esta forma -no de
promiscuidad sexual integral, sino de control social en las relaciones entre los sexos- es
universal, incluso, si su forma difiere de una sociedad a otra (en una, la relación está
autorizada entre hermano y hermana y prohibida entre primos paralelos, mientras que en otra,
la prohibición toma otras formas). Un abismo separa al Homo Sapiens de las especies
animales más próximas. Se ve, entre los antropoides, embriones de organización familiar y de
relaciones monogámicas que alternan con relaciones poligámicas. Pero, no se encuentra de
ninguna manera una prohibición análoga a la prohibición del incesto.[22]
1) Hay una normalidad ideal. Por ejemplo, la normalidad de una pareja humana que
quiere reproducirse... y un poco más.
2) Existe una normalidad estadística, liderada por A. Kinsey, que se opuso en su
momento a la normalidad ideal.
3) También se puede hablar de una normalidad funcional, que puede incluir dos
puntos de vista: a) importancia del conflicto al que convoca toda sexualidad, en tanto
no exceda determinados límites, y b) la noción de genitalidad, a la que se llega luego de
las etapas pregenitales y se agrupa, responsablemente, en evoluciones maduras de la
sexualidad adulta.
4) Una sexualidad normal o que se ejerce sin problemas no puede prescindir de los
conceptos relativos a la reglamentación social, la prohibición y la transgresión, que
forman parte de la sexualidad de hecho.
3. El comportamiento erótico
Introducción
El sistema sexual en el ser humano incluye: el cerebro, el sistema nervioso central, el sistema
circulatorio, el sistema neurológico y los órganos genitales internos y externos. El impulso
sexual, la energía que pone en movimiento este sistema, se manifiesta en forma inequívoca en
la adolescencia pero ya está presente desde el nacimiento y nos acompaña toda la vida, hasta
el último hálito. Aunque cualquier persona saludable tiene la capacidad de responder al
estímulo sexual y de experimentar el placer del orgasmo, esta capacidad no siempre se
actualiza. Esto se debe a la complejidad de la conducta sexual y a los múltiples factores que
intervienen y/o influyen en el comportamiento erótico.[24]
Complejidad del comportamiento erótico
El comportamiento erótico cubre varios aspectos, entre ellos: el proceso de responder al
estímulo, el tipo de actividad sexual y la frecuencia, la preferencia del género de la pareja, las
reacciones fisiológicas durante la actividad sexual y los aspectos psicológicos subjetivos de la
experiencia sexual.
La conducta erótica tiene varios aspectos o ángulos principales:
Nuestro conocimiento científico sobre todos estos aspectos son limitados, debido al tabú
que ha existido siempre sobre el sexo y que no ha permitido que se observe y se estudie a
fondo esta conducta humana.
Nos dice Zwang al respecto:
Los hombres y las mujeres no pueden considerarse hermosos sino provistos de su sexo, en
la integridad de su presencia en el mundo.[25]
¿Qué se sabe sobre el comportamiento erótico?
La mayor parte del conocimiento que tenemos sobre el comportamiento erótico de las
personas se basa en las investigaciones que se han realizado en las últimas décadas. El
profesor Alfred Kinsey y sus colaboradores son autores de la encuesta más abarcadora sobre
la conducta sexual: entrevistaron alrededor de 5300 hombres y 5940 mujeres estadounidenses
en los años 1948 y 1953 respectivamente. Los hallazgos de estos análisis estadísticos de
actividad erótica fueron recopilados en sus dos libros básicos: Conducta sexual del hombre
y Conducta sexual de la mujer.[26] A pesar de las limitaciones -la utilización de una
muestra no representativa y la posible falta de confiabilidad en las respuestas-, estos estudios
tienen un gran significado porque sacaron a la luz pública un tema tan secreto y tabú. Ellos
fueron los responsables de inaugurar “el espacio público del encuentro” con respecto a la
sexualidad. Aun hoy pueden extraerse valiosas conclusiones de sus resultados.
Con posterioridad, otros investigadores han contribuido al conocimiento de la sexología,
como William Masters y Virginia Johnson, quienes hicieron observaciones en laboratorios,
bajo condiciones controladas, sobre las reacciones orgánicas durante la actividad sexual.
Estos estudios se llevaron a cabo durante diez años, de 1954 a 1964, en la Escuela de
Medicina de la Universidad de Washington, en Missouri, Estados Unidos. Alrededor de 694
de personas de ambos sexos participaron en el estudio, y sus resultados fueron publicados en
La respuesta sexual humana, de 1966. Posteriormente a estas dos grandes investigaciones,
se han realizado varias encuestas y múltiples estudios experimentales en los Estados Unidos y
en Europa, para lograr una mayor comprensión de la conducta sexual en los seres humanos.
Entre ellos, podemos citar, en los Estados Unidos, las encuestas de Hunt de 1974 (2026
hombres y mujeres) y el estudio de mujeres de Hite (3019 mujeres) de 1976.
Las fantasías sexuales
Las variaciones individuales en el comportamiento erótico se reflejan en las diferencias con
respecto a los estímulos que nos excitan, el tipo y frecuencia de la actividad sexual y la
selección de pareja. Gracias a su imaginación, el ser humano puede crear, experimentar y
probar variantes casi ilimitadas en su comportamiento erótico.
Precisamente, las fantasías sexuales son imágenes mentales de contenido erótico. Antes de
que ocurra la interacción sexual, en general la persona ya ha tenido algún tipo de fantasía o
sueños eróticos.
Las fantasías se reconocen como una actividad sexual en sí, ya que pueden provocar parte
o todo el ciclo de la respuesta sexual, esto es, las cuatro fases descritas por primera vez por
Masters y Johnson: deseo, excitación, orgasmo y resolución. Por cierto, la fantasía es una de
las fuentes primarias de la excitación sexual y, en algunas circunstancias, puede ser más
excitante que la actividad sexual misma.[27]
Las fantasías sexuales puede ser claras y definidas, impresiones indefinidas o imágenes que
no pueden evocarse con facilidad; pueden surgir de manera espontánea o evocarse deliberada
y conscientemente; pueden ocurrir cuando la persona está despierta (ensoñación conciente) o
durante el sueño (imágenes oníricas). Surgen mayormente durante la masturbación, pero
también tienen lugar durante el coito y otras actividades sexuales, o en ausencia de cualquier
actividad sexual. De las investigaciones surge que la fantasía sexual es más frecuente entre los
hombres que entre las mujeres. Según Kinsey, el 89% de los hombres fantaseaban durante la
masturbación, y en el caso de las mujeres el porcentaje se reducía al 64% de las
entrevistadas.[28]
Durante el acto sexual mismo, un incremento de las fantasías es empleado regularmente por
una enorme cantidad de parejas.[29] Las estadísticas sobre la práctica de esta actividad en los
años setenta, en comparación con las de los años cincuenta, reflejan una aparente incremento
en la incidencia de fantasías en las mujeres.[30] Este aumento podría ser real o reflejar meras
diferencias en los estudios con respecto a una mayor disposición para admitirlas.
Aunque se han llevado a cabo investigaciones sobre el contenido de las fantasías sexuales,
ha sido difícil llegar a conclusiones precisas debido a que para muchas personas resulta
amenazante compartirlas. En un importante estudio de Hunt, se encontraron diferencias
generales entre las fantasías de los hombres y de las mujeres: las del hombre son más eróticas
e impersonales y con frecuencia están ligadas a experiencias genitales concretas; las de la
mujer son más personales y románticas, abarcan situaciones de encuentro, no necesariamente
genitalizadas. Por otro lado, hay temas comunes a ambos sexos, entre ellos: tener relaciones
sexuales con un extraño, hacer cosas que jamás se atreverían a hacer en la práctica y tener
relaciones sexuales con más de una persona a la vez. También aparecieron diferencias en las
fantasías de acuerdo con la edad de las personas.[31]
Beneficios de las fantasías
Aunque hay personas que no aceptan las fantasías como parte de la actividad sexual
normal y otras que se sienten culpables y avergonzadas por tenerlas cuando su contenido no
se ajusta a sus principios morales y éticos, como hemos visto, cumplen un papel
importantísimo en la vida sexual de las personas.[32] Entre sus beneficios, podemos señalar
los siguientes:
Es importante recordar que la fantasía sexual existe sólo en la imaginación y que cada uno
decide si desea mencionarla o no. Pertenece, por lo tanto, al ámbito privado del individuo.
Hay personas que se refugian en las fantasías sexuales y evitan la interacción sexual. En estos
casos, las fantasías sustituyen la actividad sexual y pueden ser perjudiciales si la persona
carece de contacto con otras personas. En estos casos extremos, y contrariamente a lo que
suele afirmarse, la fantasía no es responsable de la situación de aislamiento de la persona, sino
un conjunto de problemas de su personalidad; es decir, la fantasía es apenas el vehículo que
conduce al aislamiento y no su causa.
La masturbación
Podemos definir la masturbación como cualquier tipo de autoestimulación deliberada del
cuerpo, capaz de provocar una respuesta sexual. La raíz de la palabra masturbación proviene
del latín masturbare y quiere decir “contaminar” o “perturbar con las manos” Existen,
además, muchos términos populares y vulgares para esta actividad, y otros que denotan una
actitud peyorativa y denigrante hacia la masturbación, como “abuso de sí mismo”, “vicio de
contaminación propia”, “abuso sexual” y “onanismo” Este último procede de una
interpretación del relato bíblico del Antiguo Testamento, en el cual Onán fue castigado por
Jehová por echar el semen al suelo, en vez de hacerlo en la vagina de la viuda de su hermano.
Lo que quiero subrayar es que, lamentablemente, el término “masturbación” tiene un
enorme desprestigio en nuestra cultura. Su sola enunciación suele paralizar, inundar de angustia
o vergüenza o convocar sentimientos displacenteros cargados en la memoria de culpa o
inhibiciones de diverso tipo. Si lo sustituyéramos por “autocaricias”, o “caricias autoeróticas”,
por ejemplo, se reduciría notablemente su poder agresivo. O, simplemente, podríamos
describir la masturbación sin colocarle ningún rótulo. Así, pasaría casi inadvertida y no tendría
las connotaciones de castigo, pecado, enfermedad y denigración que la rodean habitualmente.
Tipos de masturbación
La masturbación se lleva a cabo de múltiples formas, aunque la más usual, tanto para
hombres como para mujeres, es la estimulación manual. En general, a partir de la pubertad, la
masturbación está encaminada a lograr el orgasmo.
En un estudio sobre la sexualidad femenina de 3019 mujeres, entre 14 y 78 años, las
mujeres encuestadas identificaron seis tipos de masturbación:[35]
Alrededor de un 11% de las mujeres se masturban en más de una de las formas arriba
citadas. También se usan vibradores u otros objetos mecánicos para estimular el área de los
genitales. En un gran número de casos, tanto de hombres como de mujeres, la masturbación
se acompaña con lecturas de revistas o libros eróticos, con videos pornográficos y fantasías
sexuales.
La masturbación es practicada por hombres y mujeres de todas las edades: niños,
adolescentes, adultos casados o solteros, personas mayores y ancianos. Es la actividad
sexual más practicada después del coito heterosexual.
Según los estudios que se conocen, la incidencia de la masturbación es mayor en el hombre
que en la mujer, no importa la edad. De acuerdo con Kinsey y sus colaboradores, el 92% de
los hombres y el 58% de las mujeres de todos los grupos etarios, al menos una vez en su vida,
se habían masturbado hasta alcanzar el orgasmo. Encuestas más recientes indican un aumento
en la actividad y menos diferencia entre hombres y mujeres. Por ejemplo, el 82 % de las
mujeres entrevistadas en el estudio de Hite informaron haberse masturbado.[37] Cabe
señalar aquí también que las estadísticas pueden reflejar una mayor disposición a
admitir la práctica de la masturbación, más que un aumento real de la misma.
A pesar de la frecuencia con que se practica, la masturbación es una de las actividades más
condenadas por la sociedad y la religión y una de las que más vergüenza y culpa crea en los
individuos que la practican.
Beneficios de la masturbación
La masturbación, al igual que otros tipos de actividad sexual, tiene un significado particular
para cada persona y en cada etapa de la vida. Para la mayoría de las personas, la
masturbación es una actividad placentera, capaz de activar una parte o todo el ciclo de la
respuesta sexual, y de culminar en el orgasmo. Por lo tanto, se puede practicar tantas veces
como el individuo lo desee. Es una forma efectiva de descargar tensiones y de satisfacer el
impulso sexual.
A continuación enumeramos algunos efectos beneficiosos de la masturbación en diferentes
etapas de la vida:
Además ofrece otra opción de actividad sexual con pareja cuando el coito con penetración
no se desea, o no es posible por razones de salud.
Los mitos atribuidos a la masturbación
La actitud negativa que hoy prevalece hacia la masturbación proviene, en buena medida, de
las pautas morales de la culturajudeo-cristiana y de las creencias de la ciencia médica.
Apartir del siglo XVIII, y debido principalmente a los escritos de Tissot en Francia, la
ciencia médica le atribuye a la masturbación un sinnúmero de enfermedades físicas y mentales,
incluyendo epilepsia, raquitismo, gonorrea, locura y parálisis infantil. Estas creencias se
difunden en otros países y se desarrolla la noción de “locura masturbatoria”, una condición
que supuestamente puede llegar a ocasionarle la muerte a aquellas personas que se masturban
(¡!). Como consecuencia de esta idea, se desarrollaron extensos tratamientos para curar dicha
“enfermedad”, incluyendo medidas tan extremas como la clitoridectomía[38] en la mujer y la
castración en el hombre.[39]
Recién a fines del siglo XIX la ciencia médica reconoce que no hay evidencia para
sustentar estas creencias y acepta la masturbación como una actividad fisiológicamente
saludable, que forma parte de la vida evolutiva normal de una persona y que, como tal, es
psicológicamente sana.
Sin embargo, los mitos y las actitudes negativas de tantos siglos aún persisten en la
sociedad latinoamericana. Muchas personas han internalizado estos mensajes negativos y se
sienten culpables al practicar la masturbación, a pesar de que -obviamente- tales sentimientos
carecen de explicación racional. Para otros, la masturbación es una actividad condenable por
sus propias convicciones morales o éticas. Expongamos algunos de los mitos referidos a la
masturbación.
Entre otros muchísimos mitos, podemos señalar los siguientes: “la masturbación fomenta la
homosexualidad”, “impide el desarrollo normal sexual de las personas”, “produce
debilitamiento”, “causa ceguera y locura”, “refleja una actitud narcisista” y “provoca acné en la
piel”.
Peligros de la masturbación
Hay ocasiones en que la masturbación puede usarse como modo de escape, como sustituto
de la interacción sexual, o de forma compulsiva, interfiriendo con el funcionamiento de la
persona en otras áreas de su vida. En estos casos, al igual que sucede con la fantasía, es
importante darle atención al problema subyacente.
Para muchas personas, sin embargo, el problema mayor de la masturbación consiste en los
sentimientos de culpa que surgen debido a los principios morales y preceptos culturales que
condenan esta actividad. En estos casos, la persona necesita resolver este conflicto de una
manera u otra, conflicto que representa -en la mayoría de los casos- una tensión interior entre
figuras de autoridad (los padres), las necesidades instintivas y el ser adulto.
Las relaciones sexuales
Uno de los mitos más populares es creer que las relaciones sexuales son equivalentes al
coito. Hemos señalado ya que hay dos tipos de relaciones sexuales (la relación símbolo y la
relación para-sí), con el agregado de múltiples tipos de caricias y juegos que conforman un
continuo de intimidad física sexual:[41]
Las relaciones sexuales son actos de mucha intimidad y, como tales, impactan en todos los
niveles, tanto físicos como psicosociales, de las personas. Que una persona tenga la capacidad
física de responder al estímulo sexual y el deseo del placer sexual no implica que esté
capacitada para tener relaciones sexuales en forma responsable.
Para lograr una relación sexual madura, son deseables las siguientes condiciones: 1) aceptar
el propio cuerpo y el placer sexual, así como el de la pareja; 2) tener comunicación con la
pareja, sobre todo escuchar y expresar sentimientos de intimidad emocional; 3) hacerse
responsable por las consecuencias de las relaciones sexuales: el embarazo, las enfermedades
de transmisión sexual, los sentimientos; 4) respetar a la otra persona siendo honesto,
reconociendo sus necesidades y no usando la coerción o la fuerza para tener relaciones
sexuales.
Todo lo anterior indica que, aunque la relación sexual es una actividad natural, requiere que
se lleve a cabo en forma consciente y responsable.
Diferencias en el comportamiento erótico
Según los estudios de Masters & Johnson, el comportamiento erótico de hombres y
mujeres tiene más aspectos en común que diferencias. El ciclo de la respuesta sexual (deseo,
excitación, orgasmo y resolución) es una evidencia de esta similitud. Sin embargo, existen
algunas diferencias fundamentales que deseamos destacar.
En el aspecto físico, podemos señalar que la sexualidad en la mujer está mucho más
vinculada con la reproducción que en el hombre. Una vez que éste eyacula y deposita el
semen en la vagina, su función a nivel fisiológico ha terminado, mientras que la mujer atraviesa
por el proceso del embarazo y el alumbramiento. Por eso, la sexualidad tiene un mayor
impacto en la vida de la mujer que en la del hombre. Otra consecuencia de esto es que la
maternidad es segura, mientras que la paternidad no lo es: el hombre no puede saber con
certeza si el hijo que ha nacido es suyo o no.
Otra diferencia estriba en que, para que ocurra la reproducción, tiene que darse la erección
y la eyaculación en el hombre, mientras que la mujer puede permanecer en una actividad
“contemplativa”, y ser penetrada y fecundada. Esto afecta la ansiedad de la ejecución que a
menudo manifiesta el hombre al sentirse obligado a tener una erección.[42]
Existen, además, diferencias en cuanto a la frecuencia y la variedad de actividad sexual y el
número de parejas entre los hombres y las mujeres. Los estudios que se han llevado a cabo
reflejan una mayor actividad sexual en el hombre en estas tres áreas. Sin embargo, la
capacidad erótica de la mujer suele ser mayor, ya que ella no tiene el período refractario que
presenta el hombre y puede tener relaciones sexuales y orgasmos consecutivamente. En otras
palabras, y sin ánimos de que esto se tome “al pie de la letra”, la mujer tiende a ser más
cualitativa, en tanto el hombre, a ser más cuantitativo.[43]
Existe también una diferencia en la edad en que se manifiesta con mayor fuerza el impulso
sexual: en el hombre esto sucede alrededor de los 18 a 22 años, mientras que en la mujer se
produce entre los 35 y 40 años.[44]
Otro aspecto que cabe señalar es que, para las mujeres, la actividad sexual generalmente
requiere mayor intimidad y sentimiento, mientras que para el hombre el sexo puede estar más
aceptado por su valor en sí. Se ha señalado que el hombre siente una atracción compulsiva
por la relación sexual y que luego se relaciona en otras dimensiones. La mujer, por el
contrario, establece primero la relación interpersonal y luego se abre a la relación sexual.
Cambios de conducta
El comportamiento erótico, tanto de hombres como de mujeres, ha manifestado cambios a
partir de los años sesenta. Los estudios y encuestas realizadas en los Estados Unidos reflejan
un aumento significativo en tres áreas: 1) sexo premarital 2) sexo extramarital y 3) relaciones
bucogenitales. Las siguientes estadísticas reflejan este aumento.
En el estudio de Kinsey y colaboradores de 1954, el 48% de las mujeres encuestadas
sostuvieron relaciones premaritales, mientras que veinte años más tarde, en 1974, el
porcentaje trepó al 81%. De parte de los hombres, los porcentajes han variado de un 85% a
un 95%.[45]
El sexo extramarital también ha tenido un aumento, aunque las estadísticas no son tan
claras. Kinsey concluye que un 26% de las mujeres y un 50% de los hombres sostuvieron
relaciones extramaritales. Los estudios recientes reflejan muchas diferencias, que dependen de
la edad de las personas y otras variables, de manera que no podemos dar una cifra en este
caso. Cabe señalar aquí que el hombre siempre ha tenido, socialmente, más “permiso” para
esta actividad, de manera que el cambio mayor se ha producido en las mujeres.
Finalmente, las relaciones orales han aumentado, especialmente, en el caso de las personas
menores de 35 años. Kinsey halló que el 40% de las mujeres practicaban el fellatio y entre un
5% y 50% de los hombres practicaban el cunnilingus (dependiendo de su educación: a
mayor grado de escolaridad, más frecuencia), mientras que estudios recientes[46] indican que
el 80% de las personas solteras y 90% de las parejas casadas practican la relación buco-
genital.
Problemas sexuales
Las dificultades mayores para el hombre tienen que ver con la erección, o sea, con la fase
de excitación, mientras que en el caso de la mujer se relacionan con el orgasmo.
Diferentes estudios sobre la frecuencia del orgasmo en la mujer reflejan que alrededor del
10% no lo logra nunca y que menos del 20% lo logra regularmente mediante la relación coital,
sin estimulación adicional del clítoris.[47] Por lo tanto, para muchas mujeres (al menos en el
60% de los casos), la estimulación manual u oral de la zona clitoridiana/vulvar parece ser
necesaria para lograr el orgasmo, con o sin penetración. El hombre, sin embargo, raras veces
tiene inconvenientes para alcanzar el orgasmo, salvo a partir de los 50-60 años, donde son
frecuentes las dificultades en la eyaculación, que en algunas ocasiones se convierte en
aneyaculación (ausencia de orgasmo y/o de eyaculación).
Aspectos psicológicos del comportamiento erótico
La satisfacción sexual en los seres humanos tiene dos aspectos: el placer físico de la
excitación sexual y el placer psicológico de la intimidad emocional y de la entrega a la pareja.
Estas experiencias son subjetivas, ya que cada persona experimenta distintos grados de
satisfacción en cada situación, y dependen de múltiples factores.
Aunque la persona saludable generalmente responde al estímulo experimentando la
excitación sexual, esto no siempre ocurre así debido a la existencia de factores inhibidores.
La respuesta sexual es compleja e involucra, además de los órganos genitales, la actividad del
cerebro y del sistema nervioso central. Primero se recibe el estímulo; luego, los mensajes del
estímulo sexual son transmitidos por terminaciones nerviosas hacia el encéfalo; de ahí, pasan al
centro que controla los impulsos sexuales en la médula espinal. Este proceso puede ser
interrumpido por algún bloqueo físico o psicológico, lo que impide que se produzca la
respuesta sexual. Por este motivo, los accidentes o traumas físicos en la espina dorsal afectan
la capacidad sexual. Estos centros inhibidores se encuentran en el cerebro y están conectados
a otras partes del encéfalo, y pueden ser afectados por memorias de experiencias pasadas,
creencias y emociones. Entre los factores inhibidores más comunes se encuentran los
recuerdos de experiencias traumáticas pasadas, las emociones de ansiedad, temor e ira y los
sentimientos de culpa.
Por otra parte, hay factores activadores que facilitan y aumentan la respuesta sexual. El
amor y los sentimientos de afecto resultan poderosos activadores de la respuesta sexual.
También colaboran las fantasías sexuales, el baile, la música y los estímulos visuales. No
obstante, además de estos factores activadores, la satisfacción sexual requiere condiciones
específicas que son particulares para cada individuo: el lugar donde se tienen las relaciones
sexuales, el momento, el grado de privacidad, el aseo personal, la tensión o el
relajamiento, entre otros. Las condiciones adecuadas facilitan la respuesta sexual; en
contrapartida, las inadecuadas pueden inhibir o minimizar la excitación sexual. Cada persona
necesita identificar sus propias condiciones adecuadas para poder determinar, junto a su
pareja, cuál es la mejor situación para tener relaciones sexuales, si es que éstas no surgen
espontáneamente.
Zonas erógenas
Las zonas erógenas son las partes del cuerpo capaces de recibir o transmitir estímulos
sexuales por tener más terminaciones nerviosas que otras. Además, hay zonas erógenas
socialmente definidas así como zonas erógenas psicológicas que responden a asociaciones y
experiencias particulares. La estimulación de estas zonas produce excitación sexual y, en
algunos casos, puede provocar el orgasmo.
Es cierto que el clítoris en la mujer y el glande del pene en el hombre son los centros de
máxima excitación sexual, pero existen zonas erógenas en todo el cuerpo. Es más, las zonas
erógenas “máximas” que mencionamos deben ser abordadas en secuencia, luego de haber
pasado por todas las demás.
Aunque existen amplias diferencias individuales, hay zonas erógenas que, en general, son
comunes a todos los individuos:
1) Inquietud: La persona siente deseo de aliviar cierta tensión sexual o tiene urgencia
por satisfacer el apetito o impulso sexual. Puede tener deseo de contacto físico íntimo o
sentir atracción física hacia otra persona.
2) Opciones: La persona examina si desea o no tener relaciones sexuales. Toma la
decisión interna de abrirse o cerrarse a esta posibilidad o de posponerla para otra
ocasión. En esta decisión está implícito el hecho de asumir la responsabilidad por los
propios actos.
3) Negociaciones: Si se ha optado por la interacción sexual, la persona se acerca a la
pareja. Puede invitarla de forma verbal o no-verbal. En este momento, además, se
pueden tomar decisiones sobre el lugar, el momento y otras condiciones para el
encuentro.
4) Anticipación: Es la fase de la preparación psicológica y física que precede a la
interacción sexual. La persona lleva a cabo distintas actividades, como las fantasías
sobre el encuentro y la preparación del ambiente. Este proceso varía de persona a
persona. En los casos de insatisfacción sexual es importante explorar si la ausencia de
este proceso es un factor significativo.
El placer psicológico
Muchos científicos reconocen que la expresión sexual es más satisfactoria cuando existe
intimidad emocional entre las personas involucradas. Además, la incapacidad de desarrollar
intimidad emocional por temor al rechazo o al abandono a menudo contribuye a que las
relaciones sexuales sean mecánicas y superficiales. En otras ocasiones se usa la relación
sexual, un acto de intimidad física, como sustituto de la intimidad emocional. Cuando el acto
sexual se da sin la intimidad emocional, se crea insatisfacción.
Para muchas personas las relaciones sexuales tienen que estar acompañadas por
sentimientos de amor; para otras, el amor y el sexo no tienen que estar ligados. Sin embargo,
existe un ciclo de refuerzo mutuo entre amor y sexo. El amor genera el deseo de unión con la
persona amada y la unión se logra, entre otras formas, mediante las relaciones sexuales. El
placer que se deriva de las relaciones sexuales con la persona amada incrementa el deseo de
unión, lo cual lleva a la relación sexual. Y así sucesivamente: uno se refuerza con el otro y el
ciclo se repite.
Tacto y sexo
Todo ser humano necesita ser tocado y tener experiencias de caricias físicas afectivas.[48]
Existen estudios que señalan los efectos negativos que resultan de la privación de experiencias
táctiles, tanto en niños como en personas adultas y hasta en algunos animales. Debido a que en
nuestra sociedad hay actitudes negativas hacia el contacto físico, a menudo las personas se
privan de esta experiencia. En la sociedad latinoamericana esta privación suele ser mayor entre
los hombres, ya que a las mujeres se les permite más expresiones físicas de afecto.
Con frecuencia se confunde la necesidad táctil con el deseo sexual. Como consecuencia, se
utilizan las relaciones sexuales para sustituir caricias, abrazos, besos o meramente para llenar la
necesidad de calor humano por el contacto físico de los cuerpos. La contrapartida es la
situación en que el tacto se malinterpreta como señal para tener relaciones sexuales y se priva
a las personas de vivir experiencias sensuales.
El reflejo orgásmico
Además de la influencia de los factores psicológicos mencionados, la satisfacción sexual
está íntimamente ligada a la experiencia del orgasmo, ya que éste es el punto máximo de
placer físico. Existe en toda persona saludable la capacidad de responder al estímulo sexual y
de lograr el orgasmo. Sin embargo, esta capacidad no siempre se actualiza: la falta de
orgasmo, por ejemplo, es una experiencia común en muchas mujeres. La comprensión de este
mecanismo puede ser útil para aquellas personas que desean lograrlo o tener un orgasmo más
intenso.
En el proceso de excitación sexual ocurre el fenómeno llamado tumescencia:[49] el cuerpo
se “carga” de energía por la excitación. En la medida en que la excitación continúa llega un
punto donde ya la carga es tan grande que requiere la “descarga”, esto es, el orgasmo. Esto
implica que la persona tiene que “dejarse ir”, abandonarse, para que ocurra este fenómeno. A
menudo la carga no es suficiente o la persona no se deja ir y, por lo tanto, no se da el
orgasmo. El siguiente cuadro ilustra este proceso.
El temor a la entrega y la ansiedad por lograr el orgasmo son dos factores comunes que
impiden o limitan esta experiencia. La importancia exagerada dada a los genitales y la poca
conexión con el propio cuerpo también afectan la calidad del orgasmo.
Un párrafo aparte, merece el orgasmo femenino, por la variedad para lograr su obtención,
por las diferentes necesidades que se satisfacen, a partir de tener (o no) uno o varios
orgasmos.
La gama efectiva de las preferencias sexuales de la mujer normal es muy amplia. Hay mujeres
casadas que se satisfacen con uno o dos coitos por semana, en tanto que otras necesitan una
frecuencia diez veces mayor. Algunas mujeres declaran que lo más importante que obtienen
del coito es la experiencia del orgasmo. A otras, les resulta mucho más gratificante la
proximidad física y la intimidad que les proporciona el coito. También difieren de manera
sorprendente las formas en que les resulta más fácil y más placentero llegar al orgasmo en
compañía de una pareja sexual masculina. Hay quien encuentra indispensable la estimulación
directa del clítoris, en tanto que a otra, tal estimulación le parece dolorosa y todo su placer
deriva del hecho de la penetración vaginal. Hay quien necesita un prolongado período de juego
erótico, que signifique una generosa estimulación sensorial de muchas áreas del cuerpo,
antes de que el contacto con el pene produzca el orgasmo. Otras, en cambio, prefieren que la
excitación orgásmica sea rápida y súbitamente generada por la introducción del pene. Algunas
mujeres prefieren que los coitos tengan lugar durante el período del flujo menstrual, pero a
otras les disgusta y se sienten inhibidas para tener relaciones en este momento del ciclo; el
momento en que se sienten más excitables es después de terminada la menstruación.[50]
La abstinencia sexual
A diferencia de otros apetitos del ser humano, como beber y comer, la actividad genital no
es absolutamente necesaria para la supervivencia del individuo. Por ese motivo, este impulso
puede ser controlado y dirigido, y la energía puede canalizarse. La abstinencia sexual,
temporaria o permanente, es una opción válida. Para que no sea perjudicial para el individuo
debe responder a una decisión propia y no a la represión sexual impuesta desde afuera. Un
aspecto de la salud sexual es precisamente la integración de la sexualidad a la persona, lo cual
requiere disciplina interna y tomar decisiones responsables sobre la expresión sexual.
El hombre y los problemas sexuales
En el ámbito de la sexualidad humana al hombre se le ha asignado el rol de iniciador de la
mujer en la vida sexual, de aquel que la introduce en el mundo del placer; es el que detentaría
el poder en la relación. Es él -se supone- el que debe transmitirle su experiencia en este
campo... Ahora bien, ¿al hombre, quién le enseña?
Este complejo problema tiene consecuencias. Cuando el hombre tiene problemas sexuales,
aparte de las dificultades de orden físico que presenta, su identidad personal, su rol en relación
con la mujer y su papel en el campo social se ven profundamente afectados.
Una condición anatómica -tener los órganos sexuales a la vista y al tacto- determinará,
entre otros problemas, la enorme dependencia de la atención vuelta hacia su pene y su
funcionalidad eréctil, el volumen de su semen, la duración de su coito o el número de
orgasmos en un determinado lapso de tiempo. Siempre importa cuánto... nunca cómo.
La atención de la mujer, al tener sus órganos genitales predominantemente internalizados,
no está focalizada entre las piernas, sino en la globalidad de la piel. Los problemas orgánicos
en el hombre son fácilmente detectados, pero no ocurre lo mismo con los de las mujeres.
Todo va a quedar en ella: menstruación, semen, gravidez, parto, lactancia.
“En un sentido idéntico o análogo, la presencia de erecciones ofrecerá al muchacho o al
hombre adulto una suerte de certeza visible, palpable de su excitación y su disponibilidad para
el funcionamiento sexual.”[51] Esa misma visibilidad y constatación se mostrará débil y
fundamentalmente frágil, muy vulnerable a las situaciones traumáticas y a los desencantos
emocionales.
En particular, la sociedad latinoamericana le ha destinado al hombre un papel que es un
“mix” de fortaleza, actividad, agresividad, un gran rechazo a la debilidad y mucha reserva en la
expresión de sus afectos. Fuera de los accesos ocasionales coléricos, “no le está permitido” al
hombre expresar sus sentimientos. La pasividad en general y la poca expresividad emocional
hacen que el hombre sea acusado de homosexual.
Lo que aquí se explica en forma muy sencilla es la aparición de la exigencia, de la culpa, del
tremendo malestar que un hombre puede padecer frente a las fallas de su vida sexual. Dos
elementos aparentemente antitéticos nos depara la psicología masculina. Por un lado, la queja
repetida: “¡Doctor, mi mujer es lenta!” Por el otro, se siente acosado o mínimamente
incómodo o asustado frente a una demanda insistente de relacionamiento sexual por parte de
la mujer. Estas dos características se complementan con la evasiva de proporcionar ternura -
del hombre hacia la mujer- en la fase posterior al orgasmo masculino.
El hombre se excita sexualmente con “puntualidad reconfortante”.[52] En cambio, para la
mujer la excitación sexual es un hecho imprevisible. Puede presentarse en momentos
inesperados, o incluso desaparecer, y siempre ser escasa desde la visión y percepción
masculinas. En líneas generales, entonces, el hombre tiene cierto ritmo en sus deseos sexuales
y excitaciones, del cual la mujer usualmente carece.[53] No es casual que la mayor parte de
las consultas por disfunciones sexuales sean masculinas en cualquier servicio de sexología de
cualquier parte del mundo. La falta de erección suficiente y la eyaculación precoz dominan el
panorama epidemiológico, y son quejas que lideran las estadísticas, a cualquier edad: tanto en
los adolescentes o jóvenes que recién se inician en la vida sexual como en hombres de edad
avanzada.
Pocas dudas existen de los componentes orgánicos, tanto neurológicos como hormonales,
que determinan fallas eréctiles. Pero es necesario subrayar que cuanto más orgánico el
problema se presenta, mucho más psicológico es. Si el problema es, por ejemplo, una
enfermedad diabética (hecho frecuente), el individuo podrá tener problemas que se
desprenden de la enfermedad en sí misma: la evolución de la diabetes, inestabilidad glucémica,
complicaciones oftálmicas y circulatorias... Y, en simultáneo, problemas de tipo sexual:
hipofunción del deseo sexual, baja producción eréctil, eyaculación precoz oretardada, baja
sensibilidad a la excitación sexual.
Hoy no existen más los problemas sexuales psicológicos u orgánicos. Hoy los problemas
sexuales son psicológicos y orgánicos. Luego de la Segunda Guerra Mundial, el avance
científico “decretó” la muerte del cartesianismo.[54]
La eyaculación precoz
La eyaculación precoz es una entidad que se presenta independientemente de los segundos
o minutos de iniciada la penetración. Este hecho -el conteo del reloj- carece de importancia.
La investigación ha determinado que el problema común es el no control conciente,
voluntario de la eyaculación. Y el origen, la patogenia de la eyaculación precoz, denuncia lo
siguiente. En los inicios de la función eyaculatoria, durante la adolescencia, la naturaleza
privilegia la reproducción. Nuestra herencia animal así lo determina, y llena “hasta el borde”
los conductos eyaculatorios con semen. La inestabilidad de estos líquidos se manifiesta a la
noche, cuando el sueño “apaga las luces” de la corteza cerebral y libera los centros inferiores.
En tal situación, sobreviene la llamada “polución nocturna” y se mojan las sábanas (“sueños
húmedos”) para desesperación de los chicos y los adultos.
Un mecanismo común dispone la naturaleza para la evacuación temporaria del semen: la
masturbación. Sin embargo, este acto elemental, heredado del mundo de los animales, efectivo
en su finalidad de eliminación del semen, tropieza con la acción ideológica judeo-cristiana,
instrumentada por los padres, de reprimir, de prohibir, de castigar al joven por su actitud “tan
perversa”. Esto lleva, inevitablemente, a masturbarse a “escondidas”, a espaldas de los
mayores. La culpa por la transgresión, la ansiedad provocada por ella, la velocidad en el acto
masturbatorio, la clandestinidad del hecho y el alivio tensional que se presenta, forman un
conjunto compacto que acompaña el acto eyaculatorio. Ya a los 20, 30 o 40 años, cada vez
que el sujeto va a eyacular se presentan, en velocidades rápidas, la ansiedad, el descontrol y
los sentimientos de rabia e impotencia que se han estereotipado y repetido desde la lejana
adolescencia.
Sólo queda ahora disminuir la ansiedad, construir un nuevo reflejo, donde impere el control,
el goce por el aumento de la excitación sexual y el voluntario despliegue eyaculatorio,
independientemente del tiempo que ello lleve.
El cuadro común de evitar y espaciar las eyaculaciones sólo lleva a agravar el problema.
Cuanto más extensa sea la frecuencia entre una y otra eyaculación, mucho más -
proporcionalmente- será la velocidad eyaculatoria.
El control social del comportamiento erótico
Toda sociedad establece normas de conducta para controlar el comportamiento sexual de
los individuos. A aquellas personas que acatan estas normas se las cataloga como “normales”.
Como ya hemos señalado, estos criterios de normalidad varían según la cultura y la época. De
ahí que la desviación sexual es socialmente definida y responde a los principios y valores de
cada sociedad.
Para controlar la conducta sexual de los individuos, la sociedad ejerce presión de varias
formas. Podemos distinguir cuatro mecanismos de represión de la conducta sexual de aquellos
individuos que se apartan de la norma social establecida: 1) se los ridiculiza y se los rechaza
como personas raras y excéntricas; 2) se los juzga como inmorales de acuerdo con las
estructuras religiosas; 3) se los condena como delincuentes o criminales de acuerdo con las
estructuras legales; 4) se los diagnostica como
“inmaduros”, “perversos”, “desviados”, e incluso como “degenerados” o “psicóticos”, de
acuerdo con las estructuras médico-psiquiátricas.[55]
Criterios de normalidad
Muchos conflictos sobre la sexualidad tienen su origen en los juicios que hace la sociedad
sobre lo que es normal (o no) en la vida sexual.[56] A menudo, cuando se argumenta, no se
especifica el criterio que se ha utilizado para hacer el juicio. En nuestra cultura, el criterio moral
ha sentado las bases para determinar la normalidad de los actos. Sin embargo, existen otros
criterios: el estadístico, que sostiene que lo normal es lo que hace la mayoría; el filogenético,
que sostiene que lo normal es lo que practican el resto de los animales en la escala evolutiva
cercana al ser humano; el psicológico, que acepta como normal aquella conducta que
conlleva al desarrollo armónico y al bienestar del individuo, y el social, que sostiene como
normal aquella conducta que contribuye al desarrollo armónico de la sociedad. Un factor
importante sobre el criterio moral en nuestra cultura es que está fundado en un sistema de
moral absolutista basado en la fe.
El siguiente cuadro resume los distintos modelos de desviación, según los define la cultura
latinoamericana.
El antecedente más claro de la sexología científica fue Sigmund Freud (1856-1939), quien
postuló la primera teoría sobre el desarrollo sexual progresivo del niño para explicar la
personalidad normal y anormal. Le asignó a la sexualidad un papel determinante de otras
conductas del ser humano y valoró el deseo sexual, consciente o inconsciente, como un
condicionante de la salud individual y de las patologías que podrían generarse. También
Havelock Ellis (1859-1939) se enfrentó a su época afirmando que la masturbación era una
conducta habitual y lógica en el individuo, que la homosexualidad no era una enfermedad o
una inmoralidad, que la ausencia del deseo sexual en la mujer decente era un mito y que
muchos problemas sexuales tenían un componente psicológico.
De hecho, la investigación de la sexualidad no comienza hasta mediados del siglo pasado.
Ya hemos mencionado a otro precursor:
Kinsey (1894-1956). Él y los sucesores del instituto que lleva su nombre analizaron
mediante entrevistas los diferentes comportamientos sexuales, y observaron las diferencias
entre el comportamiento socialmente deseado y exigido y el comportamiento real. Master y
Johnson (1966) valoraron en el laboratorio y con diferente instrumental la fisiología y clínica
sexuales y diseñaron tratamientos novedosos en los problemas sexuales que actualmente
siguen en vigor. Otros informes de entrevistas relevantes fueron los de Hite (1976), donde se
resumen las conductas y actitudes sexuales.
La sexología clínica
La Organización Mundial de la Salud (OMS) llamó la atención en 1974 acerca de la falta
de formación sobre sexualidad humana, de personas capaces de ejecutar los programas
educativos donde se pretendía dar información, proponer tratamientos y formar docentes para
la asistencia materno-infantil, centros de planificación familiar, de salud mental y comunitaria.
De ahí se desprende la necesaria especialización del profesional médico o psicólogo como
asesor en educación sexual, experto en terapia sexual y en investigación.
Salud sexual
La salud sexual hace referencia a la experiencia como proceso continuo de bienestar físico,
psicológico y sociocultural relacionado con la sexualidad. No se trata sólo de la ausencia de
disfunción, enfermedad o discapacidad: la salud sexual se observa en las expresiones libres y
responsables que propician un bienestar armónico personal y social, y enriquecen la vida
individual y social.
La OMS define la salud sexual o la sexualidad sana como la
La capacidad de generar motivación se desprende de la energía, “de las ganas” que en ese
momento tenga el terapeuta para elevar la expectativa de curación del paciente.
Un profesional inteligente tiene alternativas. No intenta una y sólo una manera de abordar la
problemática del paciente sexológico.
Si se me permite la comparación, Maradona no necesitó entrenamiento especial alguno.
Tuvo dotes absolutamente naturales para lo cual ha sido y es un “dotado”. Salvando las
distancias, para un profesional de la psicoterapia se trata de cualidades intrínsecas y
relacionales que tiene y vuelca intuitivamente en la tarea con su paciente. Un sistema de
entrenamiento eficiente puede ayudar a incrementar esas habilidades naturales en un
profesional.
Competencias adquiridas
No existe un terapeuta ideal que sea capaz de enfrentar exitosamente todas las demandas
sexuales que presentan los pacientes. Un procedimiento muy interesante y útil para el
aprendizaje y la práctica es el “psicodrama pedagógico”.
Esta realidad social que vivimos, presa de un frenesí de transformación, no concuerda con una
enseñanza cultural primaria. Lo que tenemos que entender claramente es que el lenguaje es
un factor formador en la relación dialéctica, indiscutida entre pensamiento y palabra. Se hace
necesario, por lo tanto, e imprescindible, diría, ubicar al hombre en la sociedad que lo rodea y
tratar de ejercer una acción colectiva para lograrlo.[64]
No todos los consultantes vienen con el mismo grado de motivación. Algunos esperan curas
milagrosas; algunos quieren venir a hablar y que así el terapeuta les solucione el problema,
otros vienen para que el terapeuta les cambie algo de su pareja sin tener que hacer ellos nada;
y hay quienes dudan entre solucionar el tema ahora o seguir postergándolo, porque no hay un
estímulo verdaderamente intenso que los haga ponerse a trabajar ya.[66]
En otras palabras, si logramos motivar a alguien a que emprenda una acción, por sí misma
siempre posible, pero que no ha llevado a cabo porque en su realidad de segundo orden o
realidad blanda no veía ni sentido ni razón en cumplirla, entonces a través de la misma
realización de esta acción experimental [verá] algo que nunca explicación o interpretación
alguna habría podido inducirlo a ver o experimentar. Y con esto hemos llegado a Heinz von
Foerster y a su imperativo: Si quieres ver, aprende a obrar.[68]
Pensamientos deformados
Casi siempre, gran parte del sufrimiento humano es innecesario. Hay infinidad de
acontecimientos cotidianos, entre ellos, los problemas sexuales. Las autointerpretaciones que
hacen sufrir a las personas forman el origen de la ansiedad, de los malentendidos, de las
reacciones coléricas y, muchas veces, de la depresión.
Albert Ellis y Aaron Beck han contribuido, y mucho, a esclarecer un “manojo” de
distorsiones cognitivas, en este caso, aplicadas a la vida sexual.[69]
Describiré a continuación los quince tipos de pensamientos deformados en las quejas
sexuales.
1) Filtraje: esta distorsión -sumamente común en consultas sexológicas- consiste en
una visión de túnel. Sólo se ve un elemento, con exclusión del resto. Cada persona tiene
“un túnel particular” desde donde observa el mundo. La gente ansiosa, en particular los
que portan una queja sexual, “ve” peligros. Peligros, por ejemplo, de disolución de los
vínculos afectivos, de no curarse jamás. Los pensamientos se dramatizan y se
magnifican. Esta exageración ocupa todo el espacio psíquico. Todo es terrible,
apocalíptico, horroroso...
2) Pensamiento polarizado: pensar de forma extrema es la característica de esta
distorsión. Los pensamientos, las personas, las situaciones son maravillosos u horribles,
buenos o malos. La permanente oscilación emocional es una constante. La persona con
un problema sexual se siente “un desastre”. Él o ella siempre se sintieron “perfectos”, sin
falla sexual alguna. Tener una falla eréctil, o carecer de un orgasmo, los precipita a la
depresión preocupante: “Nunca nadie querrá acostarse conmigo”, “Soy un/a inútil”.
3) Sobregeneralización: un solo elemento simple -una falla eréctil eyaculatoria u
orgásmica- precipita al paciente a una extensión generalizada desmedida: “Nunca seré
feliz sexualmente”, “Estoy enfermo y no me curaré”. La vida social, entonces, comienza
a restringirse. Las expresiones típicas son: nunca, siempre, nadie, todos, ninguno...
4) Interpretación del pensamiento: son suposiciones de cómo se sienten los demás.
La proyección del pensamiento psico-analítico silvestre tiene aquí una expresión cabal:
“Como fracasó sexualmente con la novia, está claro que la melancolía se precipitó en el
yo”. Las interpretaciones psicoanalíticas fuera del contexto terapéutico no son teorías
causales; apenas son hipótesis. Las interpretaciones del pensamiento llevan a conductas
erradas, sin ningún fundamento, y pueden lograr que una terapia sexual concluya
desastrosamente.
5) Visión catastrófica: en general, acompaña las distorsiones anteriores. La falla
orgásmica femenina determina:
“Seré infeliz sexualmente, con cualquier hombre”, “Seguramente tengo fallas en la
eyaculación porque tengo problemas orgánicos graves”.
Es muy frecuente que los pensamientos catastróficos comiencen con “y si...”: “Tengo
problemas para penetrar... ¿Y si tuviera un problema grave?”.
6) Personalización: en las parejas que consultan por problemas sexuales se ve esta
distorsión con suma frecuencia: “El problema es todo mío...” (en un intento de exculpar
a la compañera). “Él, pobre, sufre por el problema que tengo única y exclusivamente
yo”. Cada señal, cada palabra, cada gesto son una ocasión para asumir el punto de vista
personal y valorarse protagónicamente a sí mismo.
7) Falacias de control: “Existen dos formas en que puede distorsionarse el sentido de
poder y control de una persona. Una persona puede verse a sí misma impotente y
externamente controlada, u omnipotente y responsable de todo lo que ocurre
alrededor”.[70] La persona que se siente controlada en el ejercicio de la sexualidad se
bloquea. No cree que pueda manifestar sus deseos, sus preferencias. Y se siente víctima
de los deseos y controles de los otros. En la falacia del control omnipotente, en cambio,
la persona se siente responsable de todo lo que ocurre. Cree que si no toma la iniciativa,
si no acaricia, si no sugiere, el otro no funcionará y la pareja sufrirá un derrumbe.
8) La falacia dejusticia: este pensamiento distorsionado, aplicado a la sexualidad,
hace gala de normatividad legal y contractual para definir relaciones interpersonales. Es
casi imposible saber lo que es justo o injusto, porque esto queda casi siempre sujeto a la
subjetividad de cada uno: “Si me amara... yo no tendría problemas sexuales”, “Es
injusto no tener orgasmos cuando lo amo con locura”.
9) Razonamiento emocional: lo que se siente pertenece al área emocional. Esta
distorsión señala que si se siente, entonces, es verdadero. La convicción de este sentir lo
vuelve verdadero. Sin embargo, las emociones por sí mismas no tienen validez, son
productos del pensamiento.
10) Falacia del cambio: en casi todas las parejas que solicitan atención clínica debido
a problemas sexuales se constata lo siguiente: el deseo es que el otro cambie. Y es un
error muy frecuente. La única persona que cambia es uno mismo. La esperanza
instalada es que la otra persona satisfaga nuestras necesidades. La exigencia, la
agresividad y el echar la culpa son parte de la estrategia para que el otro,
“pigmaliónicamente”, se transforme en el objetivo de nuestros deseos.
11) Etiquetas globales: las situaciones o las personas son etiquetadas; si alguien no se
dedica suficientemente a la compañera en el acto sexual, es “porque nítidamente es un
egoísta”; si viene tarde del trabajo, “es una excusa” para no estar con ella.
12) Falacia de culpabilidad: buscar un culpable es algo que las parejas efectúan con
frecuencia, casi como un deporte.
Incluso, una expresión muy usada en las primeras entrevistas de la terapia sexual es la
siguiente: “Pero, doctor, ¿quién es el culpable de lo que nos ocurre?”. Es muy difícil
asumir la responsabilidad de lo que ocurre. Algunas personas insisten en sentirse
culpables por todo: se sienten incompetentes, o insensibles, o despreocupadas de lo que
le ocurre a la otra persona,
13) Los debería: reglamentos inflexibles que -según las personas que aplican esta
distorsión del pensamiento- tendrían que regir para todas las personas. La persona se
siente juez, y juzga. Los demás suelen irritarla: deberían conocer y seguir las reglas. Un
hombre debería saber todo lo relativo al sexo. Y debería enseñárselo a su compañera.
El que utiliza estos códigos inflexibles no sólo hace sufrir a otros, sino también a sí
mismo.
• Debería amar a mi esposo o esposa..
• Debería tener relaciones sexuales más seguido.
• Debería durar mucho tiempo dentro de la vagina de ella.
• Debería ser multiorgásmica. De esa manera, él me querría más.
14) Falacia del tener razón: es una posición netamente defensiva. El punto de vista de
esta distorsión es siempre el correcto, actualizado y altamente razonable. A la persona
que aplica esta falacia no le interesa la opinión de los otros, sino sólo la suya propia.
15) La falacia de la recompensa divina: la persona espera una recompensa por sus
acciones supuestamente correctas. Se sacrifica y se esfuerza hasta quedar extenuado/a:
“Algún día, alguien superior reconocerá el sacrificio que hice por vos”.
La aserción encubierta
Algunos pacientes piden ayuda porque viven buena parte del día “torturados” internamente
por pensamientos que no pueden controlar y los perturban en el trabajo, en el estudio y en las
relaciones afectivas.
Si alguien ha tenido una falla eréctil, o eyaculatoria, u orgásmica femenina, siempre tiene la
“chance” de seguir probando y mejorar con lentitud. Sin embargo, lamentablemente no
siempre es así. La “catarata” de pensamientos, de prevenciones, de sucesivas imágenes del
momento en que se fracasó persiguen al hombre o la mujer y, lógicamente, precipitan un
nuevo fracaso. Será necesario detener esa “catarata” o, por lo menos, enlentecerla.
Graficaré la técnica de la “aserción encubierta” con un ejemplo clínico:
Caso 1: Eduardo tiene 28 años y se ha recibido de contador público hace tres meses. Relata
que ignora cómo preparó las últimas materias y cómo enfrentó los exámenes.
Hace un año y medio rompió un noviazgo que llevaba cuatro años. Desde ese momento pasa
todo el día pensando sobre la relación sexual con la novia, en principio, porque a eso atribuye
la ruptura. El esfuerzo, el gasto energético empleado para luchar contra ese conjunto de
pensamientos le impedían estudiar, asistir a clases teóricas y, finalmente, concentrarse. Por
eso dice que no sabe “cómo” y “de qué manera” se recibió. Lo considera “un milagro” Le
propongo el siguiente ejercicio: una vez por día y no más de diez a quince minutos por vez
deberá aislarse en algún lugar tranquilo de su casa. Poco a poco, se concentrará allí en los
pensamientos “torturantes”, sin evitarlos. Todo lo contrario. En un momento determinado, si
fuera posible, deberá gritar: “¡BASTA!”. Luego continúa teniendo el conjunto de pensamientos
“torturantes” y vuelve a gritar dos o tres veces más. Una vez que finaliza el ejercicio continuará
con sus tareas habituales.
Esta técnica simple interrumpe los pensamientos obsesivos y también es útil en las fobias.
Es muy útil cuando la obsesividad o las fobias son predominantemente cognitivas, mucho más
que comportamentales.
El comportamiento “como sí” o la apuesta de Pascal
Pascal examina un problema de raíz teológica, pero muy próximo a una problemática de la
terapia sexual: ¿cómo un no creyente puede tener acceso a la fe? Pascal responde:
comportándose como si ya fuera creyente: rezando, yendo a la iglesia, recibiendo los
sacramentos, usando agua bendita y cosas similares. La fe seguirá a causa de estas acciones.
He aquí la famosa apuesta de Pascal.
El tema está envuelto en paradojas. No se puede creer en algo si uno tiene presente la
decisión de que simulará creer. O sea, al apagar el acto voluntario de simular creer emerge la
voluntad involuntaria de creer.
Caso 2: Se trata de una pareja en la que ambos tienen 42 años. Desde hace dos años
mantienen relaciones sexuales esporádicas porque ella manifiesta que tiene falta de deseo
sexual. No tiene “ganas”, y esa actitud ha puesto en peligro una relación matrimonial de
muchos años. Luego de los análisis correspondientes habituales, se les indicó que todas las
noches, durante un mes, se abrazaran, se acariciaran y se “mimaran” al acostarse, como si
fueran las primeras veces, cuando estaban de novios, veinte años antes. Este encuentro
duraría sólo 15 minutos, y debían imaginar que hacía poco tiempo que se conocían. Las
relaciones sexuales estaban prohibidas. Transgredieron la consigna en una oportunidad. El
ejercicio se siguió manteniendo durante algunos meses, y fue incorporado como iniciador de
cada relación sexual.
Caso 3: Esteban tiene 31 años. Frente a fracasos sexuales reiterados desde los 20 años, su
conducta se ha retraído fuertemente. No sale de la casa, y se le presentan ideas obsesivas de
querer anular voluntariamente, con el pensamiento, las actividades automáticas de la erección
y los deseos de salir a encontrarse con una mujer. Seis años de investigación psicológica, dos
veces por semana, no pudieron aliviar este sufrimiento. Se le prescribe la tarea de limpiar un
patio interior de la casa con agua, jabón y detergente, y de secarlo hasta “la última gota”. Tiene
que hacerlo cada vez que aparezcan, durante el día o la noche, las ideas persistentes y
obsesivas de eliminación de las actividades sexuales. Durante los primeros días cumplió con
la consigna: limpió el patio entre dos y cuatro veces cada 24 horas. En dos oportunidades,
durante la madrugada. Bruscamente, dejó de efectuar la tarea asignada. “Me cansé”, dijo. Se
mostró asombrado y desconcertado a la vez, porque notó una franca disminución de los
“ataques obsesivos”. Hubo días en que no se presentaron.
Caso 4: Mercedes tiene 29 años. Se queja de anorgasmia. Describe que alcanza niveles altos
de excitación sexual siempre, y que en un momento determinado esa excitación se corta
bruscamente. Ha consultado a ginecólogos y psicoterapeutas. Y el problema, que se presenta
desde el comienzo de su vida sexual, continúa. Cuando se masturba, el patrón estructural de la
excitación sexual continúa de la misma manera. Le digo lo siguiente:
“Vos tenés orgasmos. Sólo que los tenés de una manera diferente a la que te has imaginado.
Creés que un orgasmo es un placer enorme, una conmoción interior y exterior muscular, como
un “tsunami”. Al no producirse el modelo de la expectativa que tenés, creés que no tenés
orgasmo, lo cual, a su vez, te presiona internamente mucho más”
Lo que cambia es el punto de observación desde donde el sujeto mira y evalúa. Cuando
cambia el punto de vista, cambia la misma realidad. La reestructuración instala una duda que
cuestiona y desafía la estructura rígida de la expectativa (que seguramente se ha formado a
partir de la lectura de artículos periodísticos de divulgación o del relato de amistades
femeninas).
Uso de una metáfora siempre efectiva
La metáfora es un recurso muy importante; sobre todo, para sugerir a los pacientes
masculinos que están “obsesionados” por pensar continuamente en dominar, controlar la
ausencia de erección o eyaculación. Tanto la metáfora como el cuento y la alusión son
mensajes indirectos. No someten al paciente a resistencias, ya que no necesita de respuestas u
opiniones. El mensaje llega en forma velada.
Caso 5: Ricardo es un hombre de 38 años, casado y con dos hijos, que luego de un período de
años de vida sexual regular con su mujer, entre dos y tres veces por semana, ha declinado su
erección y a veces no ha podido penetrar vaginalmente. Ha comenzado a estar muy atento a su
actividad eréctil y pasa mucho tiempo con pensamientos tales como: “¿No tendré un problema
orgánico? ¿Será que soy impotente definitivamente? ¿Y si salgo a ‘probarme’?”, y cosas por el
estilo. Le comunico lo siguiente: “Cuando salgas de este consultorio, no tomes el ascensor.
Bajá por la escalera y hacé como el ciempiés. Concentrate al máximo en el movimiento de las
piernas y los pies. Focalizá, con el equilibrio correspondiente, en el apoyo firme de los pies en
cada escalón. Difícilmente podrás descender sin tropezar”. Responde: “Yo no necesito pensar
en ese movimiento. Es automático. Si pienso mucho, probablemente me caeré”. Le digo:
“Exactamente. Pensar todo el día en la acción automática involuntaria de un órgano como es el
pene hace que se acentúe aún más la falla eréctil”.
Me gusta el término “hereje” Acuñado por las religiones monoteístas, marca con fuerza de
condena a aquellos que no respetan las verdades absolutas. Hereje, en su versión
etimológica, significa “posibilidad de elección”[76] Entonces, de elegir se trata, y aquellos que
persisten en complicaciones de corte psicológico deben tener en cuenta lo siguiente:
Caso 6: Raúl tiene 34 años, está casado y tiene un hijo. Presenta una disfunción eyaculatoria
prácticamente desde siempre. Apenas penetra y, en escasos minutos, eyacula. Nunca
consultó. Le indico que adquiera un cuaderno, dibuje columnas verticales, y que anote en cada
casillero el día, la hora, las sensaciones antes del coito, las sensaciones durante el coito y las
sensaciones después del mismo. Debe dejar un casillero especial para observaciones.
El paciente realiza la tarea indicada durante la primera semana. En la próxima consulta
expresa la culpa por no haber continuado la tarea por más tiempo. Sin embargo, y con
asombro no disimulado, refiere que ha podido “aguantar” más desde que comenzó a escribir
los detalles de cada coito. Dice que no cree en la magia, que el síntoma se va a presentar
nuevamente, que quiere que la mejoría sea definitiva. Por supuesto, apoyo calurosamente que
la mejoría “en manera alguna es definitiva” y que el síntoma se le presentará -sin duda alguna-
en tanto no acepte retomar la tarea de escribir.
Caso 7: Elsa, de 28 años, tiene dos hijos y está casada desde hace ocho años. Desde su
último parto tiene dificultades para llegar al orgasmo. Frente a los requerimientos de su
marido, trata de evitar la relación sexual, que se ha espaciado significativamente. Antes era de
una o dos veces por semana. Ahora -en el mejor de los casos- es de una vez por mes. La
pareja ha entrado en crisis, hay enojos y conflictos frecuentes. Los exámenes ginecológicos no
demuestran alteraciones. Le indico la tarea de volver a tener relaciones sexuales una o dos
veces por semana, de excitarse, pero sin culminar con un orgasmo. Elsa protesta: “Eso es lo
que me está sucediendo y no entiendo cómo se le ocurre indicármelo”. Finalmente, la tarea se
cumple. Elsa viene a la consulta siguiente con rabia, porque no entiende qué le ha ocurrido:
“¡Tuve orgasmo cada vez que mantuve relaciones!”.
Caso 8: Adela tiene 31 años. Está casada desde hace tres años y se queja de no tener
orgasmo de ninguna manera. De hecho, nunca los tuvo. En el primer paso, le pido que
recuerde -a manera de una “bola de cristal”- la vez en que “casi estuvo a punto de tener
orgasmo”. Me dice: “No fue con mi marido. Fue hace mucho tiempo, con un primo lejano con
quien jugábamos a tocarnos. Yo tendría 17 años recién cumplidos. Él tenía la misma edad.
Recuerdo que estaba muy mojada y que luego tenía una vergüenza bárbara. El me tocaba, me
acariciaba y yo me movía mucho. Él me lo pedía y eso me excitaba más”. Le solicito que vea en
“la bola de cristal” una relación sexual con su marido actual, en la que él le pide que se mueva
y, a medida que es acariciada en los genitales, se producen los hechos que me relatara con el
primo. Luego de algunos minutos (cruza y descruza repetidamente las piernas), me dice: “Sí, él
me toca, a mí me gusta... Lo hace como nunca me lo hizo” (se entusiasma). Le pido entonces
que me describa que ocurrió en la visión de la “bola de cristal” para alcanzar ese nivel de
excitación: “Es fácil... Mi primo me tocaba como mi marido no lo hace. Probablemente, mi primo
tenía miedo. Miedo a que nos descubran. Y eso hacía que no todo el tiempo estuviera
acariciándome. Había interrupciones y, entonces, él me pedía que me moviera sobre los
dedos de él”.
Caso 9: Cecilia tiene 32 años. Vive con su novio desde hace 6 años. Tienen relaciones
sexuales una o dos veces por semana. Según sus palabras, le cuesta mucho llegar a un
orgasmo: “Termino agotada casi siempre”. Le pregunto si siempre le sucede eso, si alguna
vez tiene un orgasmo: “Sí. Alguna vez...”. Le pido que me cuente cómo sucede, si ocurre algo
cosa especial durante el día en conexión con el orgasmo: “Generalmente cuando estoy
tranquila, descansada, y no hay apuro por parte de ninguno de los dos”.
En este caso, tener orgasmo es una excepción. Ampliar esa excepción y “anclarla” permite
repetir la experiencia, al saber -como en este caso- que es lo que la facilita y la produce. La
“receta” consistirá en tener relaciones sexuales en el horario o en las condiciones en que la
paciente se sienta descansada, relajada y tranquila.
Gran parte de los efectos beneficiosos del anclaje consistirá en incluir al contexto personal
en donde se produce. En este caso, al compañero de Cecilia: ¿él percibe cuando ella está
relajada? ¿Ella se lo comunica? ¿Qué otras cosas inciden en la obtención del orgasmo? “No
se debe infravalorar la importancia de la pregunta “¿qué más?”, ya que es precisamente la
perseverancia del terapeuta lo que permite a los consultantes ir más allá de su primera
respuesta o incluso sorprenderse ellos mismos al descubrir nuevos matices.”[82]
Sólo se necesita un pequeño cambio
En general, todo profesional espera que sus intervenciones, la administración de tareas, las
sugerencias específicas y los medicamentos que pueda prescribir produzcan cambios
espectaculares, que los pacientes se muestren satisfechos y agradecidos y que les envíen
futuros pacientes. Parecería obvio, a esta altura, decir que cuanto más el profesional ansíe esa
respuesta, mucho menos se producirá.
Un pequeño cambio deberá ser subrayado, felicitado y elogiado. Un pequeño cambio, casi
siempre puede, “pasito a pasito”, ser ampliado. Aunque deberemos reconocer que, en
ocasiones, ese pequeño cambio es el único que podremos lograr luego de mucho esfuerzo. Lo
que no es poco, ya que facilitará la relación con el paciente y estimulará a seguir nuevos pasos
y a realizar nuevas tareas.
Las soluciones en la terapia sexual breve suelen ser mínimas. Y deben ser alentadas,
porque es sumamente habitual que continúen en progreso paulatino, fuera de la relación
terapéutica. Según De Shazer, “una solución es una solución que es una solución”.[83]
Si se observa bien el caso 8, se verá que el ejercicio de la “bola de cristal” tiene objetivos,
metas que no son dispuestas por el profesional, sino por la paciente. Claro está que el
terapeuta ayuda a generar y clarificar esas expectativas.
Esta “futurización” artificial, ficcional, permite tener acceso al mundo supuesto de felicidad
diseñado y soñado por el paciente, un mundo que permite focalizarse en tareas con miras a
lograrlo.
Algunas tareas a prescribir, con resultados óptimos
Anteriormente hemos descrito algunas tareas aplicadas a determinados casos de pacientes
que presentaban problemas sexuales. Sin embargo, apoyados en autores con mucha
experiencia, a manera de un “cerrajero experto”, podemos diseñar algunas “ganzúas” que
suelen abrir “puertas” que dan paso a los cambios de conducta.
1) Escribir: un ritual muy útil. Para quien se acerca por vez primera a la terapia sexual, la
escritura -ya sea de los síntomas o de la historia que lo ha llevado a la consulta- suele ser un
procedimiento que sorprende por las bondades que representa. Es fácil entender por qué. En
primer lugar, externaliza algo que presiona internamente. “Verlo” afuera alivia y permite pensar
al respecto. El papel escrito, al convertirse en un objeto concreto, sirve para hacer diferentes
cosas. Se puede archivar, romper, quemar, etc.
Caso 11: Luis Alberto tiene 26 años. Se acaba de graduar en la universidad. Hace dos meses,
luego de un noviazgo tumultuoso de cuatro años, rompió definitivamente con la novia. A partir
de ese momento, sus pensamientos se han vuelto reiterados, obsesivos y lo llenan de
angustia. Los pensamientos giran en torno a episodios donde las peleas con ella eran
frecuentes. Además, piensa en todo lo que podría haberle dicho la última vez que se
encontraron. Cree que nunca más podrá tener relaciones sexuales con otra persona diferente
de ella. Le indico que escriba en un papel o cuaderno sus pensamientos, y -sobre todo- que
haga un listado de cosas que tendría que haberle dicho cuando se separaron.
Quince días después trae un cuaderno escrito hasta la mitad. Se presenta con ánimo diferente.
Le comunico que, pese a estar interesado en todo lo relativo al episodio que le preocupaba
mucho, me interesa sobremanera su estado de ánimo. Me dice: “A medida que iba
escribiendo, se me iban ocurriendo más y más cosas. Hubo una noche en que me levanté dos
veces para seguir escribiendo... En verdad, me sentí mucho mejor”.
Le sugiero entonces que envuelva en papel celofán las hojas escritas y las coloque bien
dobladas en un sobre adecuado, y que luego busque un árbol o un pequeño terreno cercano a
la casa de la ex novia para enterrar el sobre sin ser visto. Debe cuidar que en el escrito no
puedan identificarse el destinatario ni el remitente.
Así lo hizo, y treinta días después me señaló: “No sé por qué, pero ya escribiendo me sentía
mejor. Y mucho mejor, luego de que enterré el sobre. Será magia, será... ¡Qué sé yo que será!
En verdad, me siento mejor y eso es lo que me importa. He vuelto a tener erecciones de
mañana, y pienso que podré estar con una chica cuando se me presente la oportunidad”.
2) La tarea de “hacer algo diferente” Es muy frecuente que las parejas, luego de un
tiempo que puede ser variable, se hundan en la rutina, se aburran y se quejen de que todo es
igual.
Caso 12: Perla y Julio son un matrimonio joven. Viven juntos desde hace cinco años. Al
principio tenían relaciones sexuales varias veces por semana, pero desde hace un año,
aproximadamente, esa frecuencia ha declinado. Ignoran por qué y no existen “terceros” ni
acontecimientos significativos a los que atribuir este problema. Consultan para ver si pueden
modificar la situación, porque confiesan, enfáticamente, que se aman. Y mucho.
Les digo: “En las próximas oportunidades en que tengan relaciones sexuales cada uno de
ustedes va a hacer ‘algo diferente. Sin necesidad, por supuesto, de que el otro se entere por
anticipado”. Un mes después, en la próxima consulta, dicen: “Primero, no sabíamos qué
hacer...”. Perla confiesa que estaba esperando que él hiciera algo, pero decidió tomar la
iniciativa de buscarlo a él (aclara que no lo hace nunca). Julio acota: “Me di cuenta de que eso
era lo diferente para ella. Yo, por lo tanto, decidí hacerme el pasivo total. No moverme, casi
hacerme el dormido. Llegó un momento, en que ya no pude más y tuvimos relaciones muy
buenas. Seguimos empleando esas conductas diferentes las próximas veces... Nos
olvidamos de que usted nos había indicado eso”.
Caso 13: Rubén tiene 21 años. Padece de eyaculación precoz. Es medicado luego del
interrogatorio habitual. Ha estado en tratamiento por el mismo problema en dos oportunidades
anteriores. No le habían administrado medicaciones; sólo ejercicios, sin resultado. Al final de
la primera entrevista, pregunta: -Esto que usted me receta, ¿me hará bien?
-Decirme, por favor, ¿cuándo te hará efecto para tu problema de eyaculación? -le respondo.
-No lo sé. Yo quisiera que sea lo más rápido posible.
—¿Qué modificaciones se producirán primero? -le pregunto. -Y... durar mucho más tiempo... —
¿Y luego? ¿En segundo lugar?
—Tener más confianza en mí mismo. Cosa que ahora no tengo. —Sugiero que observes bien
cuándo se producen las modificaciones: si luego de la primera relación sexual, o de la
segunda o la tercera...
Remarcar el cuándo ubica al profesional del lado del paciente y da a entender que el
cambio es inevitable.
5. El modelo de Jack Annon
“No tengo erección”; “No tengo orgasmo” (se trata de un fragmento de conducta
sexual, en general, con un compañero o compañera).
“Me parece que es todo de la cabeza”; “La culpa es de mi marido” (se atribuyen
diferentes significados a la situación, habitualmente negativos).
“Esto me sucede siempre, cada vez que tengo relaciones sexuales” (la frecuencia de la
conducta es motivo de queja).
“Me pasa en la casa de ella”; “Cuando estamos de vacaciones, no me sucede” (se
plantea que el inconveniente es el lugar físico donde se produce esa conducta).
“Pienso, pienso, pero igual sucede”; “Si logro estar tranquila y no “rumiar” con el
pensamiento, estoy mejor” (alusión al grado en que el problema se produce en forma
involuntaria).
“Pienso que si probara con otras, mejoraría”; “Me sucede sólo con él. Con otros, no”
(hay terceras personas significativas involucradas en la queja).
“Yo me culpo por la falta de orgasmo de ella”; “Creo que yo no lo excito” (la pregunta
que se plantea es quién tiene la culpa).
“Este año fue agotador. A eso atribuyo los problemas sexuales”; “El embarazo, el
parto, la lactancia, los otros hijos... Es mucho” (referencia a los factores ambientales: el
trabajo, el estrés, el estatus económico, el hábitat en que se vive).
“Con depresión, no puedo gozar de nada”; “Si los chicos no se durmieron, no puedo
concentrarme en el placer” (se alude al estado fisiológico o de las sensaciones
involucradas).
“Fui abusada cuando tenía 9 años”; “Nunca tuve educación sexual. En casa, no se
hablaba de eso” (la influencia del pasado).
“Estamos casi por separarnos”; “Si no logro controlar la eyaculación, la pierdo”
(horribles predicciones sobre el futuro).
“Vengo a que me dé el medicamento”; “En un mes, me curo” (expectativas utópicas).
Las quejas suelen “solaparse”. Nunca son independientes, o una sola. De allí que cambiar o
modificar una produce el cambio o la modificación de las otras.
Como parte inexcusable de la exploración de los síntomas sexuales deberemos
concentrarnos en la experiencia sexual concreta, tanto de la pareja como del paciente
individual. Una vez que se recibe la queja (o el conjunto de quejas) del paciente y se toma
nota detalladamente, deberemos reconocer la diferencia existente entre queja y motivo de
consulta. La queja es el vehículo que ha motivado solicitar la consulta. Funciona a manera de
“materia prima”: es como la madera que proviene del árbol y necesita ser trabajada por la
mano del hombre y sus instrumentos. El saber del profesional, que indaga a través de
preguntas alusivas, “trabaja” la materia prima para confirmar o desestimar el precario
diagnóstico que, según el paciente, lo ha traído a la consulta.
Caso 14: Sergio y Marisa concurren a la consulta. “Venimos porque Marisa no puede llegar al orgasmo. Se
excita, pero no llega nunca”, se quejan. —Veamos. ¿Con qué frecuencia tienen relaciones sexuales? -les
pregunto.
—Casi siempre, entre dos y tres veces por semana.
—Y el problema ¿se presenta siempre o algunas veces? -consulto.
—Diríamos que casi siempre...
Trato de especificar un poco más:
—Cuando dicen que no llega al orgasmo, ¿se refieren a “no llegar” de ninguna manera o a que llegan con otras
modalidades? —Ah, eso sí... Se llega al orgasmo, pero no de manera normal, sino por caricias o toques en el
clítoris.
El diálogo pone en evidencia que si nos quedáramos con la queja inicial de la apertura de la
entrevista, el diagnóstico de “anorgasmia” puede pasar inadvertidamente. La acción de la
intervención del sexólogo, que “trabaja” la materia prima de la queja, pone en evidencia que
no se obtiene orgasmo con la penetración, pero sí con caricias clitoridianas. El diagnóstico
inicial de “anorgasmia” se transforma en “anorgasmia parcial”, lo cual implica una estrategia
terapéutica específica, diferente de la inicial.
Me centraré ahora específicamente en el tema de la intimidad sexual. Cuando un paciente le
refiere a un médico uno o varios síntomas, como el dolor, este último interroga
minuciosamente cómo es ese dolor, dónde se localiza, si es fijo o no, si se calma en
determinadas posiciones o ingiriendo algún producto, si se corre, si tiene periodicidad o
permanece todo el tiempo, sus diferentes modalidades. Todo esto da cierta aproximación a
cuál es el o los órganos afectados y la posible gravedad del síntoma. El interrogatorio se
completa con el examen físico, que dará resultados mucho más aproximados a la certeza
diagnóstica sobre la puntualización del dolor, la dureza de la tensión de las paredes del
órgano, los alivios o agravamientos producidos por el examen físico. Toda esta acción se
denomina semiología (del griego semeion, que significa “signo”).
En sexología clínica, la obtención de datos con cierta precisión sobre las quejas
sintomáticas de los pacientes constituye un factor decisivo para el diagnóstico y la orientación
terapéutica. Además -y esto tiene una enorme importancia- nos proporciona nociones del
ambiente subjetivo que rodea a toda actividad sexual.
Es obvio que responder a la queja del paciente sin interesarse en colocar la mirada
“microscópica” en las circunstancias y el contexto específico en que las acciones de la
conducta sexual se desarrollan es totalmente insuficiente para la precisión diagnóstica y la
eficacia terapéutica. En relación con la experiencia sexual, he aquí una significativa diferencia
con los interrogatorios en psicología, en psicoanálisis y psiquiatría clínica. Por una fuerte
influencia del pensamiento psicoanalítico, el profesional se focaliza en los antecedentes
históricos e infantiles del problema presentado. Sin descartar su importancia, hay que destacar
que esto deberá complementarse con una visión actualizada, con el mayor detalle posible, de
la actividad sexual que motiva la consulta del paciente.
A manera de síntesis, podemos decir que solicitar una visión casi “fílmica” de la actividad
sexual del individuo o la pareja nos dará un panorama de su comportamiento sexual, con una
descripción detallada de las relaciones causales inmediatas de lo que surge como queja
sintomática.
Caso 15: María y Gustavo, ambos aproximadamente de 50 años, consultan juntos en el ámbito
del hospital.
Les pregunto en qué los puedo ayudar y Gustavo me contesta: “Soy impotente”.
Le pido entonces que se pare y camine ida y vuelta hacia la puerta. El paciente se pone de pie, camina
lentamente y vuelve a sentarse. —Compruebo que camina bien, decididamente, y que no tiene impotencia
alguna -le digo.
—No, no, digo “impotencia sexual”. No se me “para” bien. -Ah... Consulta por un problema de erección...
Correcto.... Las preguntas iniciales son las acostumbradas sobre el tiempo del problema, las modalidades
generales de la presentación sintomática y otros detalles. Hasta esos momentos, la esposa permanece atenta
pero callada. Les manifiesto que me agradaría que me cuenten algunos detalles sobre sus relaciones sexuales:
quién toma la iniciativa, dónde se realizan, cómo comienzan y cómo siguen, y todas las acciones que puedan
aclarar el diagnóstico del problema. Gustavo responde:
—Bueno... Hasta hace uno o dos años me acercaba a ella y ya estaba dispuesto a penetrar...
Fue declinando progresivamente la erección, y hoy ya no se produce.
Me dirijo entonces a María:
—Cuénteme un poquito, ¿usted se acerca, lo abraza?
María me interrumpe y dice:
—¡Yo no masturbo a nadie!
—Discúlpeme, no dije masturbar, dije acercarse, acariciar, abrazar -le contesto sorprendido.
—Usted no me ha entendido... ¡Yo no masturbo a nadie! -vuelve a decir enfáticamente.
Luego de repetir la aclaración sobre el malentendido, y encontrar la misma respuesta enfática, me dirijo a
Gustavo: —Si su señora lo tocara, lo acariciara, lo abrazara fuertemente...
El paciente me interrumpe:
—Ah... Si me tocara, si me acariciara “allí abajo”, yo no tendría problemas: ¡se me para
inmediatamente!
El fragmento que acabamos de exponer, que por supuesto pertenece a un caso extremo,
ilustra algunas cosas antedichas. La queja del paciente es una materia prima “sin trabajar”. La
indagatoria simple del profesional pone de manifiesto las circunstancias de la intimidad, en
donde la ausencia elemental de estímulos provoca el síntoma-queja y desnuda lo insólito de la
circunstancia. El diagnóstico cambia radicalmente: ya no se trata de un problema eréctil, sino
de una falta de estímulos elementales que conlleva un malentendido básico. Además, lo que no
siempre se sabe es que a medida que avanza la edad, las fantasías, las imaginaciones y los
automatismos que antes provocaban “cascadas” de reacciones, sólo se desencadenan con el
tiempo mediante estímulos concretos, directos y prolongados.
Al solicitar detalles objetivos y no quedarse sólo con la queja, se muestra con cierto
dramatismo las razones causales de la falta de erección. Obviar este paso puede provocar un
error diagnóstico y una indicación terapéutica errada. Por supuesto, un detallado análisis de
este fragmento del interrogatorio acerca de la intimidad pone de manifiesto los efectos de una
historia personal donde la falta de información adecuada en la temática sexual, los
malentendidos, la ausencia de aclaraciones y la abundancia de mitos hunden sus raíces en la
infancia y adolescencia de María, con consecuencias en los vínculos actuales con Gustavo. De
más está decir que el marido comparte la ignorancia manifiesta, los malentendidos y las
confusiones que llegan hasta el error diagnóstico.
Debo puntualizar aquí que todos los detalles de la historia de esta pareja que consulta
sobre un problema sexual concreto son pura especulación, guiada por la teoría, pero con casi
ninguna posible acción terapéutica actual. El examen semiológico de la intimidad permite
vislumbrar dónde y de qué manera se producen las condiciones de ausencia de la erección,
independientemente de las causas históricas, sobre las cuales es imposible actuar, aunque sí
especular.
Como se ha puesto de manifiesto, el examen de la semiología de la intimidad permite poner
al descubierto las condiciones actuales donde se producen los fenómenos, identificando las
razones de orden psicológico-educacionales que inciden directamente en la aparición de una
disfunción sexual aparente.
Caso 16: Adela y Horacio son una pareja joven, de alrededor de 30 años de edad. Hace cinco
años que conviven, y ella se queja de no tener orgasmos.
Les pido que me cuenten, a la manera de un filme o un video, una relación sexual típica en la
que se produce el síntoma que los trae a la consulta.
Adela dice: “Tenemos relaciones dos o tres veces por semana... A veces, él me besa en la
cocina o el pasillo y yo me doy cuenta de que apenas nos acostemos me buscará y tendremos
relaciones sexuales”. “Yo -dice Horacio- tengo rápidas erecciones.” Y Adela dice con énfasis:
“Sí, éste es un problema que hemos hablado muchas veces. Para él, tener erección es casi
sinónimo de intentos de penetración... y la verdad es que ¡así no puedo excitarme! Me falta
tiempo”.
Horacio confiesa que el penetra porque tiene miedo de que se le baje. Le pregunto si alguna
vez sucedió eso, y él me responde: “Pocas veces con ella, pero sí muchas en dos o tres
relaciones con otras mujeres... Y quedé con miedo... No lo puedo evitar”.
Este tipo de preguntas permite acceder a zonas no muy claras de la intimidad y delimitan
fuertemente el espacio íntimo, la fase de la respuesta sexual que se encuentra débil o
deteriorada, y proporciona una idea aproximada de las tareas a incluir como parte de la
terapia sexual.
Caso 17: Cynthia es una mujer agradable, de 31 años, casada desde hace seis años. La
queja que motiva la consulta es la falta de deseo sexual, que se desarrolla luego del
nacimiento de la hija del matrimonio, hace casi tres años. Aun desmotivada y sólo para
complacer al esposo, Cynthia tiene relaciones sexuales una o dos veces por semana. Le pido
que me cuente una relación sexual donde el síntoma que la trae a la consulta se presenta.
—Me doy cuenta cuando vamos a tener relaciones. Eduardo se pone mimoso, cariñoso; me
acaricia, me abraza y me besa... Yo siento, pero muy poco. Por eso, tampoco hago nada por
tomar la iniciativa, responder con firmeza. En realidad, deseo que se termine lo más rápido
posible. Pocas veces me excito suficientemente como para culminar con un orgasmo. Sin
embargo, antes del embarazo e incluso durante el mismo era multiorgásmica y casi siempre
terminaba pidiendo más. —¿Eduardo está al tanto de todo esto? -le pregunto. —Sí, y sufre
mucho. Hemos discutido alguna vez. Me impulsó a consultar con el ginecólogo, quien me hizo
una serie de análisis hormonales, cuyo resultado no arrojó nada significativo. —Voy a relatarte
una pequeña anécdota alusiva: vos me invitás a cenar a tu casa esta noche. Yo acepto. Una
hora antes de llegar a tu casa, paso por un kiosko y me como dos tabletas de chocolate...
Obviamente, cuando llego a tu casa, no tengo apetito alguno. Pero huelo lo que has preparado
durante toda la tarde. Me siento a la mesa, viene la comida con todos los arreglos y colores
posibles. Me decís: “Pruebe doctor, pruebe”. Primero pruebo lentamente, para no ser
descortés, y de manera progresiva termino comiendo todo el plato y también los
subsiguientes. No con el entusiasmo que tenía antes de comer el chocolate, pero termino
comiendo. Si has entendido la metáfora. Vos relatás que no tenés ganas de hacer el amor...
Pero, si te provocan...
¿te encuentran?
—Ah... ¡sí! Casi siempre reacciono... Casi todas las veces termino con un orgasmo... Pero
doctor yo estoy esperando tener las ganas que tenía antes, y eso no viene. Y tengo miedo de
que no venga nunca más -me contesta.
—Pues quiero decirte que hay un pequeño malentendido. No tienes falta de deseo sexual...
Tienes falta de la espontaneidad del deseo. Esa espontaneidad es típica de la adolescencia y
la primera juventud. Pero, a medida que se desarrollan los acontecimientos vitales de nuestra
vida, absolutamente normales y comunes, tales como el embarazo, el parto, el puerperio, la
ocupación intensa con el nuevo ser, modificaciones del empleo, el estudio, las mudanzas, los
cambios de hábitos en la comida o las costumbres, la espontaneidad del deseo sexual se
apaga... Ya las fantasías, las expectativas de placeres que nos esperan no se presentan como
antaño. Y las personas definen eso como “falta de deseo sexual”. Luego de esos
acontecimientos normales, la fantasía deja lugar a los estímulos concretos: abrazos, besos,
caricias no genitales y genitales... Casi siempre deben haber “verdaderas sesiones” de
encuentros erotizantes bajo las sábanas durante algunas semanas. Todo esto sin penetración
y sin coito alguno... Amedida que avanza la edad y las diferentes y variadas vicisitudes que nos
ofrece la vida, las “ganas” son sustituidas por los estímulos concretos.
Caso 18: Carlos Alberto tiene 29 años y hace aproximadamente cuatro meses que se casó con
Amanda, luego de tres años de noviazgo. Pide una consulta con su médico clínico, a quien
conoce desde mucho tiempo atrás. Resumidamente, se desarrolla el siguiente diálogo en el
consultorio.
Carlos: Doctor, como usted sabe, hace más o menos cuatro meses que estoy feliz por
haberme casado con la que considero la mujer de mi vida. Todo va muy bien, pero debo decir
que hay algo que me preocupa. Profesional: Muy bien. Contame qué es lo que te preocupa.
Paciente: Mis relaciones sexuales con Amanda son excelentes. Diría que muchas de ellas son
mejores que en los años anteriores. Pero
-siempre hay un pero- me masturbo. Y no he dejado de hacerlo desde la adolescencia.
Profesional: Contame cuántas veces por semana tenés relaciones sexuales y cómo son.
Paciente: Son por lo menos dos veces por semana y quizá una o dos veces más los fines de
semana. Como dije antes, son excelentes, muy satisfactorias para ambos, y ella es
multiorgásmica. Profesional: Muy bien. ¿Y cuándo y cuántas veces te masturbas? Paciente: Es
variable, pero en general lo hago por lo menos dos veces por semana. Si la frecuencia de las
relaciones sexuales disminuye, me masturbo una vez más que lo habitual.
Profesional: Bien. Te diría, como resumen, que tu relación matrimonial marcha “viento en
popa”, lo cual es una satisfacción y una alegría para vos y tu mujer. Y también te preocupa que,
pese a todo, no has dejado de masturbarte como antes.
Paciente: Exactamente, doctor. Creo que me ha entendido bien. Pese a que le digo que la amo
con todas las fuerzas, no entiendo por qué me tengo que masturbar. Yo siempre supe que si
me casaba con la persona adecuada, si era feliz, eso se me retiraría. Profesional: Me parece
que lo que sentís es que no es correcto lo que hacés. Pero debo decirte que muchos hombres
casados y felices se siguen masturbando, como en etapas de la adolescencia. Desde ese
punto de vista, diría que lo que te sucede es absolutamente normal. Paciente: (sorprendido)
¿O sea que lo que me ocurre también le ocurre a otros que se encuentran en mi misma
condición? Profesional: Dejame decirte que muchos hombres se masturban a cualquier edad
y en cualquier condición social. Que la masturbación no es pecado alguno, pese a estar
mencionado en la Biblia. La Biblia fue escrita en una época donde la Tierra era un páramo y
había que poblarla; por lo tanto, Dios castigaba a quien -por cualquier circunstancia o
procedimiento- no cumplía con los mandatos reproductivos. Pero, estamos en el siglo XXI y no
en aquellos muy lejanos tiempos. Si la masturbación fuera dañina, disminuiría la frecuencia
del relacionamiento sexual con Amanda. Me parece que es usada, en tu caso, para aliviar las
tensiones del trabajo o de tu estudio.
Paciente: No sabe lo aliviado que estoy. Muchas gracias por ayudarme.
Éste es un simple ejemplo del primer nivel de abordaje de los problemas de consulta
habituales. El permiso. Lo que casi todas las personas siempre desean saber es si lo que les
ocurre es... normal. Que no causará daño, que no son “pervertidos”, “anormales” o
“degenerados”. Diríamos, en primera instancia, que ya lo saben. Lo han leído en algún libro o
lo han visto en una entrevista televisiva, pero quieren oírlo de un profesional en forma directa.
El encuentro con un profesional actúa como caja de resonancia y sirve, como catarsis, de
alivio a sus preocupaciones.
El permiso facilita que el consultante no considere patológico, intratable o raro el síntoma
que presenta como queja; le garantiza que puede continuar sin culpa la acción sexual por la
cual viene a consultar. Dar permiso es tanto una técnica preventiva como de tratamiento. No
debe pensarse de ninguna manera que resuelve todos los problemas, pero puede solucionar
algunos, y facilitar además el acceso a confidencias en la medida en que actúa como un ligero
ansiolítico.
La técnica del permiso permite ser utilizada en contextos ajenos a la estricta privacidad del
consultorio: en ámbitos docentes, en reuniones informales, en un encuentro de negocios. Exige
una preparación mínima por parte de las personas o profesionales a quienes se consulta
habitualmente.
El permiso en cuanto a pensamientos, fantasías y sueños
Las preocupaciones relativas a pensamientos o fantasías y sueños son extremadamente
comunes. No es extraño que hombres o mujeres que están en pareja tengan pensamientos o
fantasías sobre mujeres u hombres diferentes. Hacer saber a los pacientes que estos
pensamientos son comunes provoca un alivio considerable tanto de la ansiedad como de la
culpa por ser “anormales”. Solamente cuando los pensamientos o fantasías ocupan mucho
espacio mental y tiempo, casi a nivel reiterativo y obsesivo, comienzan a interferir en la vida
cotidiana de las personas. Es allí cuando constituyen un problema.
Caso 19: Se trata de una mujer de alrededor de 29 años, casada. En la entrevista inicial estaba
visiblemente preocupada, con niveles de ansiedad evidentes. Consideraba la posibilidad de
divorciarse de su marido, con quien está casada desde hace seis años. Un interrogatorio
minucioso muestra que ha comenzado con un pensamiento o grupo de pensamientos
pasajeros desde hace dos meses, luego de un evento social, donde había unas 40 personas,
al que había concurrido con su marido.
Tuvo una conversación casual con un señor a quien no conocía, mayor que ella, y luego de
unos minutos de estar con él, ya a solas, se preguntaba insistentemente cómo sería estar en
la cama con él y tener relaciones sexuales. En poco tiempo cayó en la cuenta de que sus
pensamientos eran producto de sus fantasías, pero esto la dejaba muy preocupada.
No era frecuente en ella esta actividad fantaseada, y la llenó de angustia; se sintió avergonzada
y se decía a sí misma “pecadora”. Esa noche, cuando el esposo se aproximó en la cama para
tener relaciones sexuales, ella lo rechazó porque consideraba que le había sido “infiel”. Para
ella, pensar y/o fantasear era lo mismo que actuar. A medida que los días pasaban se ponía
más y más ansiosa. El insomnio la comenzaba a torturar, y tampoco podía ocuparse de sus
tareas habituales. Consideraba que la único honesto que podía hacer era dejar al marido y a
sus dos hijos, lo que aumentaba sensiblemente su ansiedad y preocupación.
El marido se encontraba desconcertado. Ignoraba qué le sucedía o qué había ocurrido con
ella, ya que la encontraba reticente a tener relaciones sexuales y su carácter se había
modificado. Finalmente, le contó al marido su intención de separarse. Asombro, sufrimiento,
desconcierto y cólera fueron los sentimientos del hombre. Finalmente, ella aceptó consultar
con un profesional.
El permiso inicial le aseguró a ella que tales pensamientos y fantasías eran sumamente
comunes y normales. Eso alivió gran parte de la ansiedad y la culpa. El caso era algo más
complicado, y el permiso se mostró evidentemente insuficiente.
Comencé a sugerir una tarea específica en el seno del hogar, a solas. Una vez por día, y no
más de diez minutos por vez, se iría a relajar, lo más profundamente posible, e imaginar una y
otra vez a aquel hombre teniendo relaciones sexuales con ella. Durante toda la semana haría
este ejercicio, una vez por día.
Cuando regresó a la consulta, una semana después, se encontraba aliviada, sin angustia.
Relató que su matrimonio había entrado en la calma anterior, y que los dos primeros días tuvo
fuertes dificultades para concentrarse e imaginar las escenas... A partir del tercer día le fue
relativamente accesible el ejercicio. Luego del quinto día, se dijo a sí misma: “¿Cómo pude
pensar una cosa así? Me parece muy ridículo”.
Los sueños repetitivos en los se tienen relaciones sexuales totales o parciales con personas
desconocidas, e incluso con personas del mismo sexo, son muy comunes. Es importante
asegurar en este nivel la absoluta normalidad y habitualidad de estas manifestaciones y que no
son “anormalidades” o “patologías”. Muchas veces, esto detiene la repetición onírica.
Sensaciones frente al desempeño sexual
No es raro que las personas reaccionen con diferentes manifestaciones de ansiedad frente a
algunas actividades sexuales. Así, hay muchos hombres jóvenes que tienen fallas eréctiles o
eyaculatorias en sus primeras relaciones sexuales con compañeras desconocidas o que apenas
conocen. En otras ocasiones, los jóvenes se vuelven muy ansiosos frente a la erección que no
decae luego de la eyaculación y el orgasmo. O cuando viajan en un transporte público, o a
caballo, o en bicicleta de asiento deportivo. O cuando las mujeres piensan en objetos eróticos
o artistas preferidos y sienten que sus pechos se vuelven erectos.
Explicar detalladamente a un paciente, hombre o mujer, especialmente ansioso a causa de
excitaciones sexuales en contextos o situaciones “no apropiadas” suele ser adecuado para
solucionar en este nivel el problema presentado. Sin duda, el problema de la ansiedad en
zonas o situaciones no apropiadas tiene raíces en el pasado del paciente. Y, probablemente,
en el pasado infantil o adolescente. Pero llevaría mucho tiempo desentrañar este origen y es
mucho más apropiado, como elemento inicial, subrayar el “efecto de aprendizaje” que
condicionó en su momento los estímulos a esas respuestas.
El permiso en conductas
Hasta qué punto el especialista sexólogo puede permitir ciertas conductas es determinado
por muy diversos factores. La consulta para saber si el número de relaciones sexuales por
semana es adecuado o “normal” es sumamente frecuente, y varía de persona en persona y de
pareja en pareja. En general, el profesional avala y sostiene que la frecuencia que presenta el
paciente o la pareja es “normal”. Puede, si lo desea, incluir algún promedio estadístico,
mencionando un organismo internacional vinculado a la salud. Es muy difícil explicar, sin
embargo, que los promedios estadísticos no dejan de ser un número y que no dicen nada de la
edad, de las actitudes o de los sentimientos de cada uno de los elementos estudiados. En
sexología clínica, convengamos, es casi imposible dar crédito real a números de estadística; las
relaciones sexuales se efectúan en la intimidad y la respuesta al encuestador no suele ser veraz.
Numerosos ejemplos de este primer nivel de permiso permiten saber lo incierto de algunas
respuestas, que ponen en aprietos al profesional de la sexología: las preguntas sobre cuánto
debe durar el espacio de los “juegos sexuales previos”, hechas por mujeres que en un corto
lapso de tiempo pueden tener varios orgasmos, desencadena preocupaciones de “patologías
ninfomaníacas”; el hombre que desea que la mujer, cuando tiene relaciones sexuales, le
introduzca los dedos en el ano, y se siente por eso en la frontera de la homosexualidad; la
pareja que se siente mal porque ya no puede alcanzar “simultáneamente” el orgasmo; la joven
pareja que tenía actividad orgásmica mutuamente, con contactos oro-genital muy
satisfactorios, y pregunta si eso es una conducta “perversa”; la mujer que se niega a tener
coito anal con su compañero, porque le resulta doloroso y, en algunos casos, por cuestiones
de higiene o por las convicciones cuyas raíces están en la familia o en la educación recibida.
Limitaciones del nivel de permiso
Otorgar permiso para continuar haciendo lo que se está haciendo, casi siempre teñido de
ansiedad o culpa, tiene ciertas ventajas: 1) se adapta a casi todos los contextos y exige
relativamente escaso tiempo de preparación por parte del sexólogo; 2) puede ayudar a
superar numerosos inconvenientes sexuales, evitando que aparezcan otros problemas; 3)
puede ser aplicado en conjunto con los otros niveles del modelo PILSETI. De hecho, el
primer abordaje de cualquier problema consultado es dar permiso.
Aunque es importante conceder permiso, se necesita casi siempre de información y
anticipación de las consecuencias de determinada conducta.
Si se alienta la persistencia de la fantasía de una mujer de tener relaciones sexuales con otra
persona ligada o vinculada con su pareja, pero no se advierten posibles problemas vinculares
con la propia pareja, puede pasarse del “permiso” a cierta acusación de “aliento” a la
infidelidad. O la fantasía muy común de introducción de un tercero en la relación sexual puede
concretarse sin la protección frente a enfermedades de transmisión sexual, embarazos o
conflictos relacionales inherentes al hecho.
Orientación teórica y sistema de valores
La orientación teórica del profesional de la sexología juega un papel nada despreciable en
el acto inicial de otorgar permiso. Permiso para un pensamiento, para una fantasía o para una
determinada conducta sexual. Si el sexólogo tiene una fuerte formación psicoanalítica, tenderá
a no otorgar permiso y sí a analizar en determinado contexto de discurso las afirmaciones o los
miedos del consultante.
Sabemos que, en teoría, los sexólogos, no pueden transmitir ni directa ni indirectamente su
propio sistema de valores al paciente. Pero esto suele ser difícil de llevar a la práctica. ¿Qué
ocurre si un profesional es consultado, por ejemplo, por un hombre o una mujer que se
encuentran recientemente casados y fantasean con introducir otra pareja en la cama? ¿Qué
contestará cuando le pregunten si es “normal” o “correcto” llevar a cabo esa fantasía?
El autopermiso. La importancia de decir “no sé”
Es importantísimo otorgarse a sí mismo permiso para no ser un experto, un perito, una
eminencia en sexología clínica. En última instancia, para no saber. La sexología es una
disciplina relativamente nueva o no muy correctamente difundida, y muchas de las numerosas
preguntas -aparentemente pertinentes- son de muy difícil respuesta. También se hacen
preguntas que no pueden responderse, tales como:
Es importante otorgarse el permiso de decir “no sé”. La temática sexual es tan amplia que
nadie puede tener respuestas para cualquier tipo de preguntas que los consultantes hacen.[88]
Un antiguo proverbio oriental lo especifica muy bien: “Pregunta lo que ignoras y pasarás por
tonto cinco minutos; no lo preguntes, y serás tonto la vida entera”.
Casi siempre, lo único que puede ofrecer el sexólogo es una escucha atenta que demuestre
un fuerte interés en lo que escucha, comprensión, respeto y la certeza de que no rotulará ni
juzgará al paciente.
El segundo nivel: la información limitada
Deberemos admitir que la Información Limitada (IL) se otorga casi siempre conjuntamente
con el primer nivel de permiso. En vez de aceptar la queja inicial o el “rótulo” con el cual se
presenta el paciente, suele ser necesario solicitar una descripción lo más completa posible del
problema que lo aqueja.
Sin una descripción ciertamente minuciosa por parte del paciente, podemos fácilmente
equivocarnos y dar sugerencias o tareas que -claro está- no tendrán efecto alguno sobre el
sufrimiento planteado. Es el propio paciente el que define con exactitud el problema; no el
profesional.
Caso 20: En el ámbito del hospital, dos pacientes mujeres llegan a la consulta. Tienen
alrededor de 25 años. Dicen que es la primera vez que tienen relaciones sexuales y que están
constituidas como pareja y que conviven. Relatan que ninguna de las dos tienen orgasmos.
Ambas se excitan mucho, con caricias, sexo oral mutuo o alternativo, pero cuando llega un
momento determinado, en el que alcanzan cierta altura de excitación sexual, ésta cae
bruscamente. Y que siempre, sin excepción, sucede lo mismo. Y ahora, debido a lo que ocurre,
la frecuencia de relaciones sexuales ha disminuido sensiblemente. Les digo que, pese a su
descripción, me parece que tienen orgasmos. Solo que están esperando ansiosamente
tenerlo como dicen las revistas “del corazón”: en forma intensa, espectacular. Les indico que
ambas, por separado, durante no más de diez minutos por día, se concentren, se relajen y
sientan sensaciones similares de progresiva vasodilación, excitación sexual y que imaginen
que tienen orgasmo, no espectacular, sino en la medida de la desaparición de la excitación.
Cuando vuelven al consultorio, dos semanas más tarde, me cuentan que la respuesta fue muy
positiva. Tuvieron relaciones sexuales de la manera habitual y alcanzaron el orgasmo... Una de
ellas es multiorgásmica.
La utilización de los dos niveles, tanto el permiso como la información limitada o focalizada,
puede resolver algunos problemas que sólo con el permiso no se pueden resolver.
A medida que se avanza en la utilización de los diversos niveles, se requerirá experiencia,
pericia y conocimientos para tener intervenciones eficaces. Al contrario de la intervención en el
primer nivel de permiso, que consiste en expresarle al paciente que lo que hace está bien, la
información limitada le proporciona al paciente datos específicos destinados a la queja que
motiva la consulta.
Tal como sucede con el primer nivel del permiso, la información limitada puede ser
considerada un método preventivo y una técnica de tratamiento. La información limitada debe
ser precisa y no “desbordar” la información solicitada para no obstaculizar la comprensión del
paciente. En ese sentido, no es mejor dar más información, ya que puede no resultar
beneficiosa.
Areas comunes de preocupaciones sexuales
Dar información limitada (o focalizada) es un excelente modo de eliminar o aclarar mitos.
Esos mitos pueden ser específicos, como el tamaño de los genitales masculinos o de los
pechos femeninos, o más generales.
1) Mitos sobre el tamaño. Tal como los hombres que se preocupan por el tamaño de su
pene, algunas mujeres se muestran preocupadas por el tamaño, la forma y la apariencia de sus
pechos y de sus genitales externos. Las revistas dedicadas en principio a los hombres, las
modelos de la televisión y las opiniones de programas médicos influyen en la aparición y
sostenimiento de estos mitos.
La variedad es la regla, que se opone al concepto de “medidas idealizadas”: existe una
enorme variación en el tamaño, en la forma y el aspecto de las glándulas mamarias, y es
sumamente difícil encontrar una combinación de atributos que pueda considerarse “el
promedio”. Asimismo, existen variaciones de color de la aréola mamaria. Más aún: la
combinación de mama, aréola y pezón puede variar en una misma mujer.
Los pelos de la zona púbica también tienen una enorme diferencia en cuanto a dimensiones,
distribución y cantidad. Es muy común que sean finos, o ciertamente gruesos, rígidos o
enrulados, y esta característica tiene antecedentes hereditarias.
Los genitales externos frecuentemente difieren también en cuanto a forma y dimensiones: en
algunos casos son apenas visibles los labios mayores, y en otros, los labios menores exceden
en forma de “mariposa” a los labios mayores. También es común que uno de los labios
menores sea diferente en tamaño al otro.
Muchas mujeres descubren, mirándose con un pequeño espejo, que sus genitales no son
con exactitud de la misma forma o color que aquellos que se ven en los diagramas de los
libros. El clítoris puede ser muy pequeño o estar escondido, cubierto por pliegues de tejido
que tornan difícil su localización.
Ofrecer este tipo de información es también conceder permiso para aceptar su cuerpo, en
sus partes esenciales: mamas, u órganos genitales. Se puede completar esta información con
esquemas, ilustraciones, fotografías o diapositivas. El alivio de las preocupaciones femeninas
se producirá con esta abundante información.
2) Mitos sobre la masturbación. Es muy probable que existan más mitos relacionados
con la masturbación que con cualquier otro problema de la vida sexual.
Como ya he mencionado, en diferentes épocas históricas se ha considerado que la
masturbación “causaba” tuberculosis, ampollas en las manos, raquitismo, detención del
crecimiento, caída del cabello, verrugas, disfunciones eréctiles, anorgasmia, eyaculación
precoz, dolores a lo largo y a lo ancho de los genitales, agotamiento físico y psíquico.
La aceptación tanto social como médica de la idea de que la masturbación es generalmente
inofensiva ha llevado su tiempo. Inicialmente fue “pecado”; luego, “perversión”, y más tarde,
“posiblemente normal, pero obscena”. En la actualidad se la considera absolutamente normal,
si es que no se practica en exceso. Nadie define, sin embargo, que es “en exceso”.
Es muy probable que tengamos que admitir que cerca del 98% de los seres humanos se
masturban. Obviamente, cualquiera admite que en la época de la adolescencia se masturbó. Y
que ahora, años después, no lo hace. Sin embargo, un alto porcentaje de hombres y mujeres
lo hacen a edades avanzadas.
Pocos explican que en la adolescencia la naturaleza privilegia la reproducción, llenando los
conductos eyaculatorios de semen. El exceso de semen se evacua mediante la masturbación,
mecanismo impuesto por la naturaleza frente a un adolescente que apenas puede controlar el
“aluvión” instintivo, mientras que su inmadurez psicológica y social le impide encontrar parejas
sexuales, desarrollar su espíritu de trabajo, adquirir una casa, vivir solo y contener, en todo
sentido, a los hijos, productos del desarrollo reproductivo mencionado.
La masturbación, a su vez, ha estado casi siempre rodeada de consejos, admoniciones,
castigos y “mala prensa”. Por eso, el adolescente se esconde para masturbarse. Oculto en el
baño o en su pieza, es advertido y/o señalado por algún progenitor, que “sospecha” de las
actividades “ilícitas” del joven. La ansiedad por ser descubierto, la culpa por transgredir las
indicaciones del progenitor y otros numerosos problemas relacionados forman un conjunto de
estímulos que se desencadenan y se precipitan con velocidad cuando el cerebro “se entera”
que se va a eyacular. Ésta, y no otra, es la razón y la causa de la eyaculación precoz de los
adolescentes y los no tan adolescentes.[89]
Uno de los mitos relacionados con la masturbación consiste en suponer que bastará con
casarse para que la conducta masturbatoria decline hasta desaparecer. Kinsey indicaba que
alrededor del 70% de los hombres casados se masturbaban ocasionalmente.
Otro gran mito es que las mujeres no se masturban. Ocurre que la masturbación se
encuentra muy unida a una mano que se cierra sobre un pene erecto, y esta simple descripción
no condice con la estructura anatómica femenina. La zona clitoridiana adquiere importancia,
pero no sólo producen placer y orgasmo las caricias de los dedos femeninos, sino también la
compresión de la cara interna de los muslos que roza el clítoris.
Alrededor del 30% de las mujeres con pareja se masturban a solas o frente a sus
compañeros. Según la investigación de Kinsey, tres de cada cinco mujeres casadas se
masturbaban con una frecuencia de diez veces por año. (Es aconsejable siempre proceder con
discreción y cautela cuando se comunican estas cifras estadísticas. Es conveniente adentrarse
en las costumbres sexuales de los pacientes, para que no se sientan heridos u ofendidos por la
indagación sobre la actividad masturbatoria.)
En el siglo XXI la masturbación es una técnica que se aprovecha para la enseñanza de la
sexualidad, para poder controlar la eyaculación precoz, la anorgasmia femenina y como
técnica de relajación.
4) Mitos sobre el contacto oro-genital. Una creencia muy difundida dice que sólo el coito
vaginal es el correcto, el “normal”. Cualquier otro es “anormal”. En esta última categoría, entra
todo lo que se refiere al “sexo oral”. Nada es anormal en tanto ambos actores de este
antiquísimo ritual están plenamente de acuerdo. En los últimos 20 o 25 años -quizá más- ha
aumentado la frecuencia del contacto oral-genital en ambos sexos.
Estilo de abordaje en el nivel de la información limitada
Son fundamentales la preparación y el conocimiento que posea el sexólogo clínico o la
persona que se encargue de intentar dar soluciones a las quejas sexuales de las personas.
Los modos, las maneras, el timing del otorgamiento de esa información dependerán del
estilo y la percepción en el vínculo que esa persona tenga con el paciente. Un simple ejemplo:
en una ocasión, un hombre de alrededor de 40 años me preguntaba insistentemente si las
relaciones anales eran “anormales”, “perversas” o “peligrosas”. En este caso puede
responderse lo siguiente: “Esa actividad se considera habitual, no anormal, ni perversa. De
hecho, con cuidados elementales, con acuerdos previos y sin provocar molestias o dolores,
puede realizarse sin muchos inconvenientes”
Frente a un joven que pregunta si el sexo oral contagia prefiero decir: “Los infectólogos
suelen señalar que no contagia, basados estrictamente en porcentajes y en la baja cantidad de
gérmenes o virus en la saliva. Yo prefiero decir que sí, que contagia. Porque si no conocés
muy bien el pasado de esa persona (hombre o mujer) o lo desconocés directamente, la
preocupación y la angustia que sucede al hecho del sexo oral no te dejará descansar o dormir
durante muchos meses”.
Cualquiera sea el estilo de abordaje de los problemas planteados, el profesional posee dos
niveles de complejidad creciente para la aplicación de sus conocimientos al consultante. Por
una parte, conceder permiso; por otra, proceder a continuación a la aplicación de la
información limitada. Todo dependerá de la amplitud de su conocimiento.
Si la información limitada se mostrara insuficiente para resolver los problemas planteados
por el paciente, el profesional puede disponer o aconsejar una derivación a otra persona que
pueda administrar conocimientos más adecuados. O sea, a alguien que aplique el tercer nivel
de conocimientos en el esquema PILSETI.
Tercer nivel: sugerencias específicas
Las Sugerencias Específicas (SE) se pueden ofrecer si primero, y antes que nada, hemos
recogido suficiente información puntual del problema sexual planteado por el paciente.
Apresurarse y sugerir tareas antes de tener informaciones adecuadas es un error sumamente
frecuente de aquellos que se inician en el campo de la sexología clínica. El desperdicio de
tiempo y, sobre todo, la inutilidad de la administración de las sugestiones es el resultado
sumamente frecuente del apresuramiento. Sugerir procedimientos terapéuticos no apropiados
y posiblemente inútiles e ineficaces apoyados en datos insuficientes hace que el sexólogo deje
de lado otros procedimientos diagnósticos o terapéuticos mucho más pertinentes, como un
examen corporal, una solicitud de exámenes de laboratorio o, directamente, un procedimiento
instrumental o radiográfico.
Lo que el profesional de la sexología necesita es una historia de la queja del consultante,
que no debe ser confundida con una historia sexual completa. Si el profesional comienza a
confeccionar una historia sexual completa, se estará orientando hacia una terapia intensiva y no
a una terapia breve. En el nivel que estamos considerando -las sugerencias específicas- no es
necesaria una historia sexual completa.
Historia de la queja, historia del problema sexual
La premisa fundamental es: un problema es una simple dificultad a la que se le dio una
solución errada.
Veamos este caso: un paciente tiene fallas en la erección en dos relaciones sexuales.
Concurre a la farmacia de su barrio, donde le venden un inhibidor de la fosfodiesterasa-5
(sildenafil, Viagra). Obviamente, no le indican cómo tomarlo ni cuándo tomarlo. Su problema
eréctil continúa sin demasiadas variantes. La solución, claro está, lo conduce a una ansiedad
sexual, con temores a la “próxima vez” y desconfianza en la cura. Escuchar atentamente su
queja y la “solución” administrada, informarlo adecuadamente sobre los problemas planteados
y el inconveniente causado por la “solución” (permiso e información limitada) permite tener
acceso a este tercer nivel.
Historia de la queja sexual
Propongo a continuación un modelo para explorar la historia de la queja sexual que deberá
ser adaptado por cada profesional, según su estilo personal y el tiempo que se dispone para la
misma.
1) Descripción de la queja sexual
El principal y primer objetivo es evitar los rótulos prematuros y obtener descripciones
claras de la queja presentada. No será la misma situación si un hombre nunca tiene
erecciones con ninguna pareja, en ninguna circunstancia, ni siquiera en la
masturbación. O si una mujer nunca tiene orgasmo, con ninguna pareja, ni siquiera
con la masturbación o con las caricias clitoridianas. O si alguien nunca puede controlar
la eyaculación, o la ha controlado y desde hace meses perdió el control.
Para poder obtener estas informaciones es conveniente un recurso que se busca
instrumentar. Se le puede decir al paciente, en este caso mujer: “Usualmente, los que
consultan refieren que les falta el orgasmo. Veamos: falta el orgasmo siempre con la
penetración o se consigue por caricias clitoridianas, promovidas por una misma o por el
compañero. O en alguna oportunidad, con el mismo compañero o con otro, se obtuvo y
ahora falta. ¿Cuál de estas situaciones te ocurre?”. Como se puede constatar, se le
ofrece al paciente una serie de opciones en vez de abordarlo con una pregunta directa
sobre la queja.
Es importante saber cuánto es el tiempo de la queja que lleva a consultar. Las quejas
que se remontan a meses responden mucho mejor a la terapia breve que las que tienen
un desarrollo de años. Los comienzos bruscos, súbitos e inesperados orientan, en
general, hacia factores fisiológicos, y, en algunos casos, con componentes orgánicos.
Caso 21: Roberto, de 29 años, presenta una diabetes desde los 12. Es insulino dependiente y
toma dos hipoglucemiantes por vía oral. Tiene vida sexual activa con su novia de 24 años, y
llevan cuatro años de noviazgo. Desde hace aproximadamente tres meses, bruscamente, le
aparece un problema eréctil que no se había presentado hasta ese momento. Algunas
circunstancias de tensión psicológica se produjeron la semana anterior al episodio.
Un porcentaje relativamente alto de pacientes diabéticos insulinodependientes suele
presentar disfunciones eréctiles. En general, la aparición -como en el caso de Roberto- es
súbita.[90]
Comparemos este caso con el siguiente:
Caso 22: Estela tiene 32 años. Está casada desde hace seis años, y refiere que su vida sexual
ha sido intensa, sin ningún problema con el marido. Desde que él se quedó sin trabajo, hace
aproximadamente un año, vio declinar en forma progresiva sus “ganas” de tener relaciones
sexuales. Antes, tenían relaciones dos veces por semana. A veces, algo más. Ahora, su marido
la busca para tener relaciones sexuales, y desde hace algunos meses ella rehúye el contacto,
pone excusas, pese a que, con menor intensidad, puede excitarse sexualmente y algunas
veces tener un orgasmo.
Varios aspectos pueden analizarse en este fragmento: el estrés como moratoria (véase más
adelante), el olvido del acontecimiento traumático y los acontecimientos estresantes que dan
nacimiento al problema sexual. Por el momento, el ejemplo muestra la necesidad de
profundizar en las circunstancias pasadas de los problemas sexuales.
2) Concepto del propio paciente sobre lo que le ocurre Es muy importante que el
sexólogo sepa lo que el paciente piensa acerca de las razones (imaginadas, pensadas,
hipotetizadas) a las cuales atribuye la aparición del síntoma. Si no esto no se cumple, el
paciente no seguirá las indicaciones o sugerencias específicas que el profesional le
indique. Habitualmente, el paciente no correlaciona acontecimientos que son
predominantemente psicológicos o emocionales con la aparición de los problemas que
lo llevan a consultar. Mucho menos, si esos acontecimientos están alejados en el tiempo.
¿El paciente consultó anteriormente? Si así fuera, ¿le indicaron pruebas específicas? ¿Lo
medicaron? ¿Cuáles fueron esos medicamentos y cuánto tiempo los tomó? ¿Cuáles
fueron los resultados?
Un dato importante: el hecho de que el paciente haya consultado o efectuado un examen
de rutina o un examen habitual ginecológico, no significa que tuvo una adecuada y
pertinente exploración del síntoma sexual que le preocupa. Lo mismo sucede si el
paciente relata que tomó determinado medicamento, indicado por un amigo o un
farmacéutico conocido. En ninguno de los dos casos hubo criterio semiológico, médico
y diagnóstico para la indicación correcta del medicamento. Incluso, tampoco la consulta
con un profesional de la medicina garantiza que la indicación terapéutica sea correcta,
porque muchas veces la administración del medicamento se hace deprisa, sin
indicaciones elementales que aseguren la eficacia del mismo.[91]
En otras oportunidades, el medicamento indicado por el profesional al que se ha
consultado anteriormente es correcto; sin embargo, el consultante no ha mencionado los
problemas sexuales al profesional que lo prescribió. Un ejemplo clásico lo pone de
manifiesto:
Caso 24: Damián tiene 56 años. Padece una insuficiencia coronaria con hipertensión arterial.
El equipo cardiológico que lo atiende, luego de los estudios pertinentes, le receta, entre otros
medicamentos, un antihipertensivo beta-bloqueante. La hipertensión se normaliza en una
semana, pero, a partir de ese momento, la erección no se produce. Le pregunto si el
cardiólogo que lo atiende sabe de este síntoma sexual. El paciente refiere que no. Le consulto
por qué no se lo comentó al cardiólogo, ya que podría cambiarse el medicamento. Refiere que
no se le ocurrió, porque era otra especialidad.
El problema puede ser abordado en forma diferente si el sexólogo constata que el paciente
ya consultó a un urólogo, a un clínico, a un ginecólogo, y si dice estar en tratamiento
psicológico desde hace bastante tiempo. Las cuestiones fundamentales son: saber si consultó,
qué formas de tratamiento le fueron administradas, los medicamentos ingeridos, si los hubo, y
sus resultados.
Desde hace una década, aproximadamente, Internet suele ocupar el lugar de un
profesional.
Caso 25: Ricardo tiene 24 años. Padece de eyaculación precoz desde el comienzo de su vida
sexual. Acostumbrado a indagar todo por Internet, “navegó” a través de sitios, portales, chats y
foros. Empeñado en no tomar ningún medicamento, practicó durante tres o cuatro meses, en
forma intermitente, con ejercicios diversos indicados detalladamente en páginas web. Sin
resultado alguno. Decidió -convencido por un amigo- probar con una medicación de origen
chino, promocionada en un foro. El resultado fue negativo, pese a que tomó dos cajas
completas.
¿Qué espera el paciente de esta consulta y/o del tratamiento a administrar? Hay pacientes
que demoran mucho tiempo en consultar por el problema sexual que los aqueja. Y en una
inmensa cantidad de oportunidades demoran porque suponen ingenuamente “que el problema
eyaculatorio se va a ir solo, que así como vino, se irá”. La magia rodea casi siempre a los
problemas sexuales. Carentes de educación sexual, sin los conocimientos científicos
adecuados para tomar decisiones correctas, a merced de los medios, del “último programa de
televisión” o de la “última sexóloga que habló tan bien”, o del aviso en el diario que promete
solucionar el problema sexual rápidamente, deciden consultar “juntando coraje”. En el mejor
de los casos, la administración del medicamento no modifica mucho el problema. En el peor
de los casos, se gasta una fortuna en la consulta y en la compra de un frasquito para
autoaplicarse una inyección en el pene... (¡!) Cuando entienden que se han equivocado, ya es
tarde.
Esta actividad fue bautizada por un paciente como BTK (Baño de Teta Kusnetzoff).
Cuando explico el ejercicio, muchos preguntan: ¿qué es lo que escucha el hombre? Simple.
El latido cardíaco femenino. La actividad es netamente sedante: muchos hombres se quedan
dormidos; otros terminan haciendo el amor porque se despierta su erotismo. La mujer tiene la
libertad de reaccionar según sus sentimientos y sensaciones del momento. Esta “medicación”,
de hecho, puede repetirse a voluntad, varias veces a la semana, como lo constata mi
experiencia a lo largo de los años, espontáneamente prescripta (autoprescripta) por los
propios pacientes.[97]
Un agregado de significación importante: la posición final adoptada por la pareja, la
escucha del ritmo cardíaco, el efecto sedativo y, a veces, somnoliento, hacen recordar, y
mucho, a la posición fetal intrauterina. Recordemos que el feto recibe el impacto del latido
cardíaco de su madre como sonido potente y privilegiado.
Muchas veces, la indicación de que la mujer deslice el pene flácido con los dedos dentro
de su vagina hace que súbitamente el roce, el estímulo y la humedad vaginal provoquen una
erección. Que no siempre es completa, que no siempre finaliza con la eyaculación, pero que
alienta al hombre a seguir persistiendo en este ejercicio y perfeccionar lentamente lo obtenido
hasta ese momento.
La técnica de la respuesta sexual graduada se prescribe para eliminar la ansiedad que
regularmente acompaña a la disfunción sexual eréctil. Se solicita que el hombre acuerde con la
mujer un comienzo habitual de juegos sexuales previos. Pero la atención focalizada de él se va
a encontrar con las primeras señales de ansiedad (una palpitación, un aceleramiento de la
respiración, una ligera constricción en la garganta, una extrema sequedad de las mucosas de la
boca). En ese momento, debe detener los juegos eróticos o, incluso, si se ha conseguido la
penetración vaginal, descansar, relajarse, quizá tomar un café o una gaseosa. Una variación de
este ejercicio es que, al sentir las primeras señales de ansiedad, debe retroceder hasta el punto
donde no tenía esas señales. Y recomenzar lentamente.
Sugerencias para el paciente que está solo
Desarrollaremos algunas sugerencias de autores que se han ocupado del tema.[98] La
clave se encuentra en la autoestimulación: cada paciente sabe cuáles son las maneras que
prefiere para despertar y mantener la excitación sexual. Videos, revistas, publicaciones, libros,
fotografías o fantasías. Provocar sensaciones eróticas y mantenerlas será el paso inicial.
Cuando el paciente solo es capaz de alcanzar aproximadamente un 20% de la erección
(nunca antes), se lo autoriza a continuar la autoestimulación hasta llegar al orgasmo. Se sugiere
que en ese momento pase a masturbarse con la mano opuesta a la que utiliza habitualmente.
Las sensaciones suelen modificarse y muchos pacientes sienten que el cambio es agradable.
En las oportunidades siguientes en vez de quedarse en el 20% de la erección, la
masturbación hasta el final se hace a partir del 40%. Siguiendo con este procedimiento, de
aproximación sucesiva y progresiva, se puede alcanzar una erección completa. Es
particularmente importante que al alcanzar la erección total la fantasía predominante sea la de
tener un coito con penetración completa. Cuantos mayores sean las frecuencias de esta acción
progresiva masturbatoria, mayores serán las posibilidades de mejorar la performance de los
disfuncionales eréctiles.[99]
Sugerencias específicas para la mujer
No es infrecuente que una mujer solicite una consulta y requiera asesoramiento sexual
porque su compañero tiene problemas de erección o eyaculación.
Las sugerencias que hemos descrito para el hombre pueden ser dichas o explicadas a la
mujer, en tanto se haya obtenido una historia detallada de la queja. En el caso de la llamada
“ansiedad sexual” (miedo al desempeño, miedo a la próxima vez), la mujer puede intentar
estimular a su pareja en lugares o situaciones donde sea prácticamente imposible tener un
coito. Una piscina pública, por ejemplo, en un bar o restaurante, por debajo de la mesa, en
una sala de cine, en el asiento de atrás de un coche. Muchas veces, cuando el desempeño es
casi imposible, el hombre puede ser excitado fácilmente y, al mismo tiempo, quedar muy
sorprendido de tener una erección cuando la ansiedad se aminora.
No pocas veces, la posición adoptada de la “mujer en cuatro”, con penetración vaginal
desde atrás, facilita alcanzar una erección completa. Quizá, por quedar oculto el rostro de
ambos y no denunciar, de tal manera, los afectos y las sensaciones del momento.
Sugerencias para la pareja
Demás está decir que todas las sugerencias, tanto para el hombre como para la mujer,
pueden ser administradas a la pareja. Hay una que generalmente da buenos resultados cuando
el paciente tiene una erección incompleta o inestable. Se fundamenta en la prescripción
paradójica.
Luego de recoger la historia de la queja, de pasar por el nivel del permiso y la información
limitada, el sexólogo anuncia que dará las indicaciones de un ejercicio que la pareja deberá
efectuar en la intimidad del hogar. Se les comunica que hasta la próxima consulta, y una vez
por semana por lo menos, durante una hora aproximadamente van a explorar, investigar,
buscar maneras o conductas que puedan estimularlos y excitarlos. Y con procedimientos que
ellos puedan determinar. El objetivo es descubrir lo que les agrada o lo que más los excite
eróticamente. La privacidad deberá ser total, incluso deberán mantener los teléfonos
descolgados o apagados. Para algunas parejas realizar un ejercicio de una hora es una
exigencia que no pueden efectuar. En tales casos, y en forma progresiva, se puede comenzar
con 10 o 15 minutos por reloj, y aumentar el tiempo en la medida en que pueda ser cumplido
el objetivo planteado.
Mi sugerencia es que no se desvistan totalmente, porque las vestimentas livianas dan
seguridad y protegen de la ansiedad sin las exigencias que un cuerpo desnudo puede
provocar.[100] Se pueden usar manos, brazos, cremas, perfumes, plumas, vibradores.
Existirá una sola restricción: está prohibido el coito.
Al llegar a este punto, el hombre suele decir con una sonrisa: “No hay ningún problema...
¡si total, no se me para!”. Se puede responder que, si “de casualidad” hay alguna erección, el
coito continúa prohibido. Que lo importante de este ejercicio es concentrarse en la conducta
erótica y saber y hacer conocer qué medios y qué zonas son las más excitantes y erógenas.
Este ejercicio, una de las muchas variantes que pueden crearse a partir de los ejercicios de
placerización de Helene Kaplan, produce el alivio correspondiente por no tener que producir
una erección y/o un coito. En ese sentido, es un ejercicio ansiolítico.[101] No es extraño que
en consultas sucesivas los pacientes relaten que terminaron transgrediendo la indicación y
tuvieron erecciones y coitos. Si no hay contraindicaciones, acompañar el ejercicio con
comprimidos de sildenafil administrados una o dos horas antes suele solucionar el problema
eréctil.
Una variante de este ejercicio es indicar que una semana será ella la que explore, y a la
semana siguiente él buscará, explorará y acariciará.
Problemas asociados con la eyaculación (precoz y prolongada)
Al contrario de lo que sucede con los problemas eréctiles, no se conocen dificultades
orgánicas muy evidentes en la eyaculación precoz. En los adolescentes, el reflejo de la
masturbación se encuentra rodeado de diversos atributos: ansiedad por efectuarlo, culpa por
transgredir consejos de sus mayores u opiniones e ideologías represivas; rapidez en la
ejecución masturbatoria, que se hace en forma clandestina en casi el 100% de los casos.
Conclusión: la rapidez eyaculatoria se instala, no se corrige espontáneamente, salvo en pocos
casos. El adulto, luego de los 25-30 años de edad, padece de este problema, lo que se
acompaña de la ansiedad correspondiente. No puede controlar voluntariamente el reflejo y las
consecuencias suelen ser la insatisfacción de la pareja, el alejamiento sensible de la frecuencia
sexual y la eyaculación es mucho más rápida cuanto mayor es el plazo que ha pasado entre
una y otra.
Algunas atribuciones “causales” de la eyaculación precoz que mencionan los pacientes son:
• hipersensibilidad del glande;
• presencia de prepucio grande, que “no descubre” el pene;
• antecedentes de masturbación;
• escasa vida sexual;
• hiperexcitación sexual frente a una mujer hipersensual.
Por lo tanto, cuando un varón joven y sano, con una historia médica negativa, se queja de
eyaculación precoz, el recurso a la terapia sexual, a título de prueba, sin entrar en mayores
honduras diagnósticas, es una estrategia acertada y congruente, ya que el riesgo de pasar por
alto una enfermedad médica grave es mínimo.[103]
el hombre no encuentra otra cosa que una serie de estados de embriaguez en su evolución
hacia la realización viril, a menudo narcisista, mientras que la madurez de la mujer va a
acompañada de dolores sucesivos, aunque diferentes, tanto por su nivel como por su
intensidad. Dolor de la frustración edípica, dolor del advenimiento de la menstruación en la
pubertad, con todo lo que ello entraña de fantasmas de heridas, de impureza y de
destrucción.[110]
Caso 26: Ana, de 24 años, convive con su novio desde hace 19 meses. Tiene relaciones
sexuales dos o tres veces por semana, y en principio no hay un conflicto a la vista. Desde hace
tres meses, aproximadamente, tiene dolores de diferente intensidad luego de la penetración.
En apariencia, el lugar es la zona media vaginal, y se manifiesta durante toda la acción coital.
No le impide el coito ni el orgasmo, y el dolor permanece inalterado durante todo el transcurso
del coito. Ha visitado dos ginecólogos, quienes luego de los exámenes habituales le dijeron
que era “seguramente psicosomático” y le administraron sedantes. Le consulto entonces qué
sucedió en su vida unos meses antes de la aparición del dolor. Ante la pregunta, su rostro
cambia de aspecto, denuncia una ligera mueca de tristeza y, tras ello, caen profusas
lágrimas... Cuatro meses antes había perdido un embarazo (involuntario) de casi dos meses
de duración. Refiere que el embarazo fue un accidente, que no había sido buscado o anhelado.
Es así como los dolores pueden tener implicaciones sexuales que no aparecen de entrada y
necesitan un enfoque global que se aleje del modo clásico de exploración -lo que excluye una
por una las diversas posibilidades de diagnóstico- y que se apoye en el principio de que, para
la persona enferma, cada dolor representa ante todo una experiencia en diferentes niveles de
conciencia.[112]
La imposibilidad de la penetración vaginal
Ciertos problemas femeninos en el área sexual se manifiestan con el vaginismo (contracción
espasmódica involuntaria de los músculos que rodean la entrada de la vagina) y la dispareunia
(dolor a la penetración). La paciente se queja de dolor a la penetración y generalmente
desconoce su origen y las consecuencias principales sobre sí misma y sobre la pareja. La
angustia está siempre presente y rodea los síntomas.
La imposibilidad de la penetración vaginal es la característica principal de los llamados
“matrimonios no consumados”, hoy definidos como “parejas no consumadas”.[113] La
expresión matrimonio “no consumado” o “en blanco” proviene de la literatura jurídica y
religiosa
(y era una causa de disolución del vínculo matrimonial para los católicos). Se aplicaba con
connotaciones descalificatorias frente al desempeño sexual de la pareja. Con la intención de
utilizar una terminología menos humillante y más precisa, algunos autores emplean expresiones
como “pareja no consumada”, “noviazgo no consumado” o “imposibilidad coital vaginal”.
Se define entonces como un trastorno que presenta una pareja que, pese a intentar la
realización del coito de manera regular (por lo menos una vez a la semana), no ha podido
lograr nunca la penetración intravaginal. Se establece un lapso de tiempo arbitrario: cuatro
meses.[114]
Una vez que se descarta una patología orgánica,[115] se puede decir que la presencia del
vaginismo se debe a inhibiciones emocionales, en las que suele incluirse la falta de información
y donde muchas veces se comprueban secuelas psíquicas de experiencias anteriores
traumatizantes (abuso sexual, violación). En pocas oportunidades se comprueban situaciones
como la siguiente:
Caso 27: Isabel es una mujer alta, rubia y muy linda. Tiene 32 años de edad. Es enviada a la
consulta por su gineco-obstetra, que la ha asistido en dos partos hace aproximadamente cinco
años. Presenta vaginismo y dispareunia desde hace alrededor de un año. Luego del
interrogatorio de rutina, y ante la explicación de la tensión muscular y, en algunos casos,
contractura muscular, se le propone iniciar una terapia breve de relajación muscular, la cual
inicia desde el final de la primera consulta.
Luego de la segunda y tercera consultas, donde constato que las indicaciones de relajación
fueron profundizadas en la casa, me confiesa que ha podido tener relaciones sexuales con el
esposo, sin dificultades, sin molestias y sin dolores. Incluso, con orgasmos por penetración
vaginal. Fueron solamente cuatro consultas. Al comunicarme telefónicamente con el gineco-
obstetra que me envió la paciente, con la intención de agradecer la derivación, me entero de
que los hijos nacieron por cesárea y que el profesional que había intervenido en los partos
¡ignoraba que la paciente nunca había tenido relaciones sexuales con penetración completa!
Aproximadamente 30 días después recibo un llamado telefónico del esposo de la paciente
para felicitarme y comunicarme que se iban de “luna de miel” a Europa, para disfrutar de la vida
sexual que no habían podido tener luego de tantos años.
• sensibilidad;
• emotividad;
• pasividad;
• necesidad de ser guiada y protegida.
La sexualidad humana se hace de a dos: dos personas, dos estilos, dos cuerpos; en suma,
dos historias. Los conflictos, los malentendidos, los problemas de ansiedad y depresión son
frecuentes y comunes.
Por más que existan tests para evaluar la convivencia de la pareja, no se ha inventado aún
nada mejor y más adecuado que una escucha atenta y una pregunta atinada, en el momento
justo.
Los sentimientos recíprocos, el nivel de confianza en la intimidad, la pulseada por el poder
se ponen de manifiesto en la entrevista clínica. Los sentimientos y las reacciones del
profesional son un “radar” importante frente al diálogo de la pareja que consulta.
La sensación de placidez y de bonhomía caracteriza a las parejas armónicas e impulsan a
que el profesional se esfuerce en ayudarlos. Por el contrario, las parejas que transmiten
presión, inquietud e inestabilidad ponen de manifiesto que no será fácil para el profesional
llegar con precisión a un diagnóstico y, mucho menos, instrumentar una terapéutica.
Merecen destacarse las sucesivas alianzas emocionales que el profesional experimenta
frente a las parejas. Algunas veces, la presión exigente de la mujer hace que el profesional se
alíe con el hombre. En otras oportunidades ocurre lo contrario debido a las actitudes
autoritarias de la parte masculina y a la falta de reacción y cierto sometimiento de la parte
femenina. El profesional con experiencia se caracteriza por no tomar partido por ninguno de
los dos y por diseñar la tarea adecuada que la pareja deberá desempeñar en la intimidad de su
casa, con el objetivo de lograr resultados eficaces para la disolución de los síntomas sexuales.
La simplicidad en el diseño de una tarea debe predominar. Es casi un arte.
La distinción de Von Grasersfeld[118] entre copia y ajuste puede liderar el proceso de
entrevistas con la pareja: “El realista metafísico busca un conocimiento que copia la realidad
[con] alguna clase de ‘homomorfismo’, es decir, con una equivalencia de relaciones, una
secuencia o una estructura característica, algo que él pueda considerar lo mismo, porque sólo
entonces podría decir que tiene un conocimiento del mundo”.
Muchos profesionales intentan una copia de lo que escucharon en su última conferencia o,
incluso, de las tareas de este libro. Por tanto, diseñan intervenciones para las parejas o los
pacientes que acuden a su consultorio. Ese diseño puede llevarlos a la confusión o al
desconcierto caótico. El resultado puede ser la parálisis terapéutica o una hiperactividad
maníaca para eludir esa parálisis, lo que los conducirá a los tumbos y los volverá ineficaces.
Nosotros, los profesionales de la sexología clínica, buscamos apenas un ajuste. Las tareas
diseñadas y explicadas en los capítulos anteriores en manera alguna pretenden ser las únicas
indicaciones terapéuticas. Lo importante y esencial es que se ajusten a (y no copien) la
enorme variedad de problemas que la realidad clínica ofrece.
En otras palabras, hay diversos tipos de “llaves” y diferentes tipos de “cerraduras”. Por lo
tanto, las soluciones no dependen solamente de la creatividad del profesional o del paciente,
sino de la relación de co-creatividad entre ambos.
Apéndice
• Tomar un comprimido, una hora antes de la comida, con el estómago vacío y con
mucho agua.
• Una hora después, si se lo desea, se puede comer cualquier cosa y cualquier cantidad,
porque ya el producto se metabolizó completamente.
• Luego de una hora de haberlo ingerido, el producto tendrá -aproximadamente- entre
cuatro y seis horas de acción.
• El citrato de sildenafil no provoca erección por sí mismo. El sujeto debe recibir
adecuados y acostumbrados estímulos eróticos.
• Una vez producida la eyaculación y el orgasmo, el pene adquiere en minutos la flacidez
acostumbrada.
Muchas mujeres que acuden a nuestra consulta proceden de entornos familiares de estricta
religiosidad o tienen padres con una visión moral del sexo muy restrictiva. A veces, ello deriva
en una percepción del sexo como algo sucio, como algo de lo que no se debe hablar y que
nunca debe practicarse fuera del matrimonio. En este entorno los pensamientos y las
actividades sexuales se consideran pecaminosos y pueden ser castigados. Por eso muchas
mujeres de religiosidad muy estricta se esfuerzan por evitar hacer o incluso pensar nada que
tenga una connotación sexual; otras mujeres creyentes son más sensuales, pero se sienten
tensas al practicar el sexo y muy culpables después. Muchos de estos conflictos, no cesan de
inmediato una vez casadas.[122]
Kéller Hals, J., “Condición cultural y vivencia subjetiva de la sexualidad. Algunas hipótesis de
interpretación”, en G. Abraham y W. Pasini (eds.), Introducción a la sexología médica, Barcelona,
Grijalbo, 1980, pp. 68 y 69.
Durkheim, E., De la división del trabajo social, Buenos Aires, Shapire, 1967.
Kéller Hals,J., ob.cit., p. 75
Weeks, J., Sexualidad, México, Paidós, 1998
En su sentido más general el rito es un acto (o un conjunto de comportamientos), individual o
colectivo, que obedece a determinadas reglas y se repite en un esquema más o menos inmutable o
que al menos está destinado a repetirse.
Servier, J., “Ritos y símbolos del acoplamiento”, Janus, nº 2, 1965, p. 57.
Weeks, J., Sexualidad, ob. cit.
Para ampliar el tema, véase Foucault, M.: Historia de la sexualidad, t. 1: La voluntad de saber,
México, Siglo XXI, 1982.
Weeks, J., ob. cit., p. 17.
“El sujeto sujetado al saber y al poder de su tiempo es asimismo el sujeto moral. Resumiendo:
1) no hay poder sin saber; 2) no hay saber sin poder; 3) no hay saber ni poder sin subjetividades
éticas”. En Diaz, E.: Michel Foucault. Los modos de subjetivación, Buenos Aires, Almagesto, 1993, p.
15.
Williams, R., Keywords. A Vocabulary of Culture and Society, Londres, Flamingo, 1983, pp. 283-
286; Quijada, O. A., Diccionario integrado de sexología, Madrid, Alhambra, 1983, pp. 343 y ss.
Esther Díaz, en Michel Foucault. Los modos de subjetivación, ob. cit., p. 41, lo expresa de este
modo: “La tarea, entonces, consiste en averiguar de qué manera el poder ejercido sobre el sexo llega a
producir discursos verdaderos. No sólo respecto de lo que es la sexualidad, sino también de lo que
soy yo como sujeto: ¿normal, anormal?, ¿observante, infractor?, ¿contenido, desordenado? Se trata,
entonces, de hacer la “historia política de una producción de verdad”.
Haynal, A. y P. Kocher, “La noción de normalidad en sexología”, en G. Abraham y W. Passini
(eds.), Introducción a la sexología médica, ob. cit.
Bernard, C., “Lecciones sobre el calor animal”, en G. Abraham y W. Passini (eds.), Introducción a
la sexología médica, ob. cit., p. 38.
Haynal, A., “La notion de normalité en psychiatrie”, Méd. et Hyg., 29, 1971.
Margulis, M. y cols., Juventud, cultura, sexualidad. La dimensión cultural en la afectividad y la
sexualidad de los jóvenes de Buenos Aires, Buenos Aires, Biblos, 2003.
Klaus, R.; Ernst, C. y cols., “La normalité”, Revué Française de Psychanalyse, nº 3, 1972.
Kusnetzoff, J. C., “Un desesperante vacío erótico”, Inconciente Argentino, nº 1, 2006, p. 36.
Erickson, E., Infancia y sociedad, Buenos Aires, Paidós, 1970.
Haynal, A. y P. Kocher, “La noción de normalidad en sexología”, en G. Abraham y W. Passini
(eds.), Introducción a la sexología médica, ob. cit.
Cecconi, S., “Cuerpo y sexualidad: condiciones de precariedad y representaciones de género”, en
M. Margulis y cols, Juventud, cultura, sexualidad. La dimensión cultural en la afectividad y la sexualidad
de los jóvenes de Buenos Aires, Buenos Aires, Biblos, 2003, p. 186.
Levy-Strauss, C., Les estructures elémentaires de la pareté, París-La Haya, Mounton, 1967.
Ibíd.
Mock-Montes, G., Conceptos básicos de sexualidad, San Juan de Puerto Rico, Borikén
Libros, 1990, pp. 59 y ss.; Lo Duca, J. M., “Histoire, ethnologie et sexualité”, en R. Gellman,
Actualités Sexologiques, Masson, París, 1981, pp. 1 y ss.
Zwang, G., Enciclopedia de la función sexual, Barcelona, Editorial Ate, 1980, pp. 406 y ss.
Kinsey, A. y cols., Conducta sexual del hombre, Buenos Aires, Ediciones Siglo XX, 1948, y
Conducta sexual de la mujer, Buenos Aires, Ediciones Siglo XX, 1953.
Neiger, S.: “Increasing your sex pleasure”, Sexology, mayo, 1968, p. 656.
Kinsey, A. y cols., Conducta sexual del hombre, ob. cit.
Levitt, E. E. y J. P. Brady, “Sexual preferences in young adult males and some correlates”, J. Clin.
Psychol., vol. 21, 1965, p. 347.
Kinsey, A. y cols., Conducta sexual de la mujer, ob. cit.; Hunt, M., “La conducta sexual de hoy”,
E.D.H.A.S.A., Buenos Aires, 1974.
Ibíd.
Se puede comparar el valor y la importancia de la actividad de fantasear con los del sueño
mismo, ya que poseen su misma estructura. Es absolutamente normal poseer actividad onírica (tener
sueños). Es más: impedir mediante artificios que una persona tenga sueños, conduce a graves
alteraciones psíquicas.
Harris, R.; Yulis, S. y D. LaCoste, “Relationships among sexual arousability, imagery ability, and
introversion-extraversion”, J. Sex. Res., vol. 16, 1980, pp. 72 y ss.
McCary, J. L. y S. P. McCary, Sexualidad humana de McCary, 4a ed., México, Manual Moderno,
1983, p. 123.
Hite, S., El informe Hite, Barcelona, Plaza & Janes, 1977; Levine, S., Sexual Life. A Clinician’s
Guide, Nueva York-Londres, Plenum Press, 1992, p. 114 y ss.; Kelly, M. P.; Strassberg, D. S. y J. R.
Kircher, “Attitudinal and esperiential correlates of anorgasmia”, Archives of Sexual Behavior, vol. 19,
1990, p. 165.
Leff, J. J. y M. Israel, “The Relationship between mode of female masturbation and achievement of
orgasm in coitus”, Archives of Sexual Behavior, vol. 12, 1983, p. 227 y ss.
Kinsey, A. y cols., Conducta sexual de la mujer, ob. cit.; Hite, S., El informe Hite, ob. cit.
Acto de cortar el clítoris a las niñas. Ritual o no, persiste aún en algunas tribus del África central.
Bullough, B. y B. Bullogh, Sin, Sickness, and Sanity, Nueva York, Meridian Book, 1977.
Mulligan, T. y C. R. Moss, “Sexuality and aging in male veterans: a cross-sectional study of interest,
ability, and activity”, Archives of Sexual Behavior, vol. 20, 1991, p. 17 y ss
Ellis, A., Sex without guilt, Nueva York, Lyle Stuart, 1958; Beigel, H. G., Encyclopedia of Sex
Education, Nueva York, Daye, 1952; Katchadourian, H. A. y D. T. Lunde, Las bases de la sexualidad
humana, México, C.E.C.S.A., 1983, pp. 211 y ss.
Es importante subrayar que las razones o causas de la ansiedad del desempeño son
muchísimas. La exigencia de satisfacer a la compañera es una de ellas.
Hay una especie de consenso popular, inmortalizado en obras de arte, en que a la mujer “le es
difícil excitarse” pero luego “le es difícil calmarse”.
Esta afirmación, que no es otra cosa que una repetición de lo que afirman la mayoría de los
investigadores, deberá tomarse en el sentido estricto de “la fuerza del impulso”, totalmente
independiente de la experiencia, de las vivencias individuales, de las condiciones medioambientales,
etc.
Kinsey, A. y cols., Conducta sexual del hombre, ob. cit.; Hunt, M., art. cit.
Ibíd.
Kaplan, H. S., La nueva terapia sexual, vol. 2, Madrid, Alianza, 1974, y Evaluación de los trastornos
sexuales. Aspectos médicos y psicológicos, Barcelona, Grijalbo, 1985, pp. 308 y 309; Hite, S., El informe
Hite, ob. cit.; McConaghy, N., Sexual Behavior. Problems and Management, Nueva York, Plenum Press,
1993, p. 85.
Zwang, G., Manual de sexología, Barcelona, Toray-Masson, 1978, pp. 17 y ss.
Habitualmente, la palabra “tumescencia” se emplea para la fase correspondiente que se produce
a nivel peneano, donde hay una vasocongestión intensa, pero en realidad se produce en todo el cuerpo
físico. En el clítoris de las mujeres se efectúa el mismo fenómeno.
Fisher, S., Estudio sobre el orgasmo femenino, Barcelona, Grijalbo, 1981, p. 22.
Abraham, G., “Dificultades sexuales masculinas”, en G. Abraham y W. Passini (eds.), Introducción
a la sexología médica, ob. cit., p. 221.
Ibíd., p. 226.
El personaje que interpreta el genial Woody Allen en el filme Annie Hall visita al sexólogo con su
pareja. El profesional le pregunta a Annie: “¿Con qué frecuencia tienen relaciones sexuales?”. Annie
responde: “Muy frecuentemente, tres veces por semana”. El profesional gira hacia el marido y le
pregunta lo mismo. El responde: “Casi nunca. Tres veces por semana”.
O sea, el dualismo mente-cuerpo, que reinó en la ciencia durante casi tres siglos.
Haeberle, E., The Sex Atlas, Nueva York, The Seabury Press, 1978.
Gotwald, W. H. y G. H. Golden, Sexualidad. La experiencia humana, México, Manual Moderno,
1983, pp. 476 y ss.
Parte del contenido de este capítulo ha sido publicado en el portal Psicología online
(www.psicologia-online.com).
Abraham, G. y W. Passini (eds.), Introducción a la sexología médica, ob. cit., pp. 390 y ss.
Knight, R., Psiquiatría psicoanalítica, Buenos Aires, Hormé, 1960.
Seguiremos, en líneas generales, el excelente capítulo del doctor Héctor Fernández Alvarez:
“Formación de terapeutas. Entrenamiento en habilidades terapéuticas”, en H. Mesones Arroyo, La
psicoterapia y las psicoterapias, 2ª ed., Buenos Aires, Ananké, 2003, pp. 397 y ss.
Lambert, M. J., “Psycotherapy outcome reaserch implications for implicative and eclective
therapies”, citado en H. F. Alvarez, ob. cit.
H. F. Alvarez, ob. cit., pp. 401 y ss.
“La empatía es la capacidad de establecer un puente de resonancia vivencial con el paciente que
sirva para que éste perciba la conexión que el terapeuta tiene con su problema y pueda, en
consecuencia, confiar en él” (Ibíd.).
Bustos, D. M. y E. Noseda, Manual de psicodrama en la psicoterapia y en la educación, Buenos
Aires, RV Ediciones, 2007, pp. 290 y ss.
Muchos pacientes con síntomas sexuales, al constatar que carecen de problemas orgánicos,
deducen correctamente que son entonces problemas psicológicos y comienzan un tratamiento
psicoterapéutico. En ese tratamiento solucionan todo: problemas conflictivos personales, de pareja y
familiares. Problemas en el trabajo, el estudio y con sus amistades. Todo, menos los problemas
sexuales.
Rabinovich, J., Enfoque sistémico en terapia sexual. Qué y como. Prácticas en terapia estratégica,
Buenos Aires, Dunken, 2007, pp. 199 y ss.
Simon, F. B.; Stierlin, H. y L. C. Wynne, Vocabulario de terapia familiar, Buenos Aires, Gedisa,
1988, p. 299; Watzlawick, P.; Weakland, J. y R. Fisch, Cambio. Formación y solución de los problemas
humanos, Barcelona, Herder, 1994.
Nardone, G. y P. Watzlawick, El arte del cambio, Barcelona, Herder, 1995, p. 26.
Ellis, A. y R. A. Harper, Guide to Rational Living, California, Wilshire Books, 1961; Hudson
O’Hanlon, W. y M. Weiner-Davis, En busca de soluciones. Un nuevo enfoque en psicoterapia, Buenos
Aires, Paidos, 1989.
McKay, M.; Davis, M. y P. Fanning, Técnicas cognitivas para el tratamiento del estrés, Barcelona,
Martinez Roca, 1985, p. 32.
Nardone, G. y P. Watzlawick, El arte del cambio, ob. cit., p. 30.
“Una metáfora sencilla: las quejas que los pacientes llevan al terapeuta son como cerraduras en
puertas que se abren hacia una vida más satisfactoria. El paciente ha intentado todo lo razonable,
correcto y bueno […] pero la puerta sigue cerrada; cree que lo que le ocurre está más allá de cualquier
solución. Con frecuencia, esto conduce a esfuerzos cada vez mayores para descubrir por qué la
cerradura es como es o por qué no se abre. […] Lo que aportará una solución será una llave, y no una
cerradura. […]
El hecho de que la queja sea complicada no significa que la solución deba serlo en idéntica medida
(De Shazer, S., Claves para la solución en terapia breve, Barcelona, Paidós, 1986, pp. 14 y 15).
En estos casos uno tiene la impresión de que los pacientes no pasaron por un proceso
terapéutico, sino que asistieron a un curso de psicoanálisis.
Aunque suene insólito, en muchas oportunidades los pacientes mencionan que los problemas
sexuales han sido eludidos en las prolongadas sesiones psicoterapéuticas. A veces, por vergüenza o
inhibición; otras, porque perciben rápidamente que el profesional de la psicoterapia carece de
conocimientos específicos en sexología clínica.
Haley, J., Uncommon therapy. The psychiatric techniques of M. Erickson, Nueva York, Norton and
Co., 1973.
Nardone, G., El arte de la estratagema, Buenos Aires, Del Nuevo Extremo, 2004, p. 18
Ibíd., p. 44.
Nardone, G. y P. Watzlawick, El arte del cambio, ob. cit., p. 106.
Beyebach, M., “Introducción a la terapia breve centrada en las soluciones”, disponible en línea:
<http://benjaminwebsite.tripod.com/referencias/IntroduccionTBCS.pdf>.
De Shazer, S. e I. K. Berg, “Haciendo terapia: una revisión postestructural”, en Cuadernos de
Terapia Familiar, 18, 17-30, 1991.
Beyerbach, M.: 24 ideas para la psicoterapia breve. Herder ed. Barcelona (2006), pag. 143.
Beyebach, M., art. cit., p. 134.
De Shazer, S., Claves para la solución en terapia breve, ob. cit., p. 35.
Ibíd., p. 136.
Cataldi Amatrain, R. M., Educación médica: ciencia, técnica & arte, Buenos Aires, Impresiones
Buenos Aires, 2008, p. 16.
Ibíd., p. 20.
Hegel, el insigne filósofo alemán, dice: “La justicia no existe… ¿Qué es la justicia? Una mujer de
mármol con los ojos vendados y una balanza en la mano? No. Lo que existe son actos justos o
injustos”.
Es curioso, pero la estructura de la pregunta y la respuesta es similar a la del niño que pregunta
a sus padres. Y que es totalmente legítimo y válido –en educación sexual– responder “no sé” y
proponer leer juntos, informarse juntos, buscar bibliografía pertinente. Es una respuesta que tendrá
profundas consecuencias educacionales y que se transmitirá a las generaciones posteriores.
Véase el apartado “El hombre y los problemas sexuales” (cap. 3).
El uso del citrato de sildenafil puede mejorar sensiblemente la disfunción eréctil de los
diabéticos (véase el apéndice).
Veáse el apéndice.
Un axioma sistémico dice: “El profesional debe trabajar menos que el paciente”.
Es una exageración, no hay duda alguna, pero es lo que se constata en la experiencia clínica
diaria. El pene y su erección son un objeto fetiche, donde se colocan atributos tales como la virilidad, la
potencia, el orgullo, la valentía, la conquista y numerosos elementos que sobrecargan la función.
Entender este proceso es clave. Muchos matrimonios y muchas parejas se habrían salvado, si
hubieran conocido desde su adolescencia esta “exclusión” femenina en la cama. El reiterado reproche
de una mujer “dejada de lado” por su “rival”, el pene en erección, carece de sentido y es un factor de
irritación profunda que, además, puede acentuar el problema eréctil.
Los pacientes reclaman la cura. Cuesta entender que los profesionales no curamos nada. La
palabra “cura” tiene un halo mágico. Se cree con un poco de ingenuidad que el comprimido o la
inyección administrada solucionarán el problema, y luego… ¡Nunca más aparecerá! Que esto tiene un
efecto “vacuna”.
Toda la atención, la esperanza y las expectativas del hombre se encuentran centradas de manera
predominante en el pene y su posible erección.
La oportunidad y la forma se resumen en una expresión: ¿en qué consiste la medicina? En una
“puesta en escena” y en “un saber decir” (Conferencia del doctor Ricardo Cavalcanti, aula magna de la
Facultad de Medicina (UBA), Academia Internacional de Sexología Médica, septiembre de 2006).
Annon, J. B., “The Therapeutic use of Masturbation in the Treatment of Sexual Disorders”, en R. D.
Rubin, J. P. Brady y J. D. Henderson (eds.), Advances in Behavior Therapy, vol. 4, Nueva York, Academic
Press, 1973.
No hay ningún inconveniente en utilizar dosis apropiadas de sildenafil (Viagra), para efectuar y
facilitar el ejercicio (véase el apéndice).
Esta indicación puede parecer insólita o extraña. En tiempos pasados, sin mencionar en
tiempos de nuestros padres o abuelos, ver una mujer desnuda o un hombre desnudo era excepcional.
Hoy, en la televisión, todo el mundo está –prácticamente– desnudo. Por lo tanto, deberemos ir a la
cama vestidos. Se entiende, vestidos con ropa de cama.
Kaplan, H. S., Evaluación de los trastornos sexuales, ob. cit., pp. 161 y ss.
Ehrentheil, O. F., “A Case of Premature Eyaculation in Greek Mythology, Jounal of Sex Reaserch,
1974, 10, pp. 128-131.
Kaplan, H. S., Evaluación de los trastornos sexuales, ob. cit., p. 337.
Kusnetzoff, J. C., Toco y me voy, Buenos Aires, Granica, 2006.
Heiman, J. R y J. Lo Piccolo, Alcanzar el orgasmo, Barcelona, Grupo Editorial Océano, 1987, pp.
86 y ss.
Kaplan, H. S., Evaluación de los trastornos sexuales, ob. cit., p. 339.
Kaplan, H. S., La nueva terapia sexual, ob. cit.
Kaplan, H. S., Evaluación de los trastornos sexuales, ob. cit., p. 340.
Semans, J. H, “Premature Ejaculation: a New Approach”, South Med. J., 1956, 49, pp. 352 y 353.
Senarclens, M., “Práctica ginecológica y sexualidad: del dolor al placer”, en G. Abraham y W.
Pasini (eds.), Introducción a la sexología médica, ob. cit., p. 201.
Sapir, M., La formation Psychologique du médicin, París, Payot, 1972.
Senarclens, M., “Práctica ginecológica y sexualidad: del dolor al placer”, ob. cit., pp. 203 y 204.
“El dolor, tal como lo enfocamos aquí, puede tener un nudo primario puramente orgánico, pero
también en este caso produce angustias y un halo periférico formado por la angustia concomitante del
sujeto y de su medio, incluido el profesional” (en ibíd., p. 205).
El tiempo en que una pareja no puede consumar la penetración vaginal suele sorprender a los
que recién se acercan a la sexología clínica: pueden pasar desde meses hasta muchos años, y la
consulta se suele realizar a causa de la necesidad de procrear.
Algunas de las causales orgánicas que pueden provocar vaginismo y/o dispareunia son himen
imperforado o rígido, problemas clitoridianos, dermatosis “químicas” por desodorantes íntimos,
jabones perfumados o sustancias detergentes utilizadas en la limpieza excesiva de los genitales, las
vulvovaginitis por gérmenes u hongos y la falta de lubricación vaginal.
Sherfey, M. J., “The Evolution and Nature of Female Sexuality in Relation of Psychoanalytic
theory”, en Journal of the Americ. Psychoanal. Assoc., 14, 1966, pp. 28-128.
Proctor, E. B.; N. N. Wagner y J. C. Butler, “The Diferentiation of Male and Female Orgasm:
Anexperimental Study. Paper Presented at the Annual Meeting of the American Psychological
Association. Montreal”, en J. S. Annon, Behavioral Treatment of Sexual Problems. Brief Therapy, Nueva
York, Harper & Row, 1980.
Von Glasersfeld, E., “An Introduction to Radical Constructivism, en P. Watzlawick (comp.), The
Invented reality, Nueva York, Norton, 1984; De Shazer, S., “The Death of Resistance”, Family process,
23, 1984, pp. 11-21.
La información sobre la salud que se describe aquí se proporciona solamente con fines
educativos y no intenta sustituir las consultas con un profesional de atención médica. Todas las
decisiones relacionadas con la atención del paciente se deben tomar con un profesional y teniendo en
cuenta sus características únicas.
Lamentablemente, por Internet se venden falsificaciones a precios baratísimos. Muchos de
esos productos dicen tener cierta cantidad de miligramos en sus envases, pero se comprueba casi
siempre que la no respuesta –a veces total– del mismo se debe a que no contiene la dosis indicada
en el envase.
Quienes tienen estos efectos, producto de la vasodilatación, pueden consumir
simultáneamente con el sildenafil 500 mg de paracetamol.
Heiman J. R. and Lo Piccolo, J.: op. cit. pag. 46.