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Libro de Juan Carlos Kusneetzoff 1

El documento aborda la evolución de la sexualidad humana en la era posmoderna, destacando la liberación y el cambio en las percepciones sociales y culturales sobre el sexo. Se discute cómo la sexualidad ha sido influenciada por factores económicos y mercantiles, convirtiéndose en un intercambio social que refleja tanto deseos individuales como presiones del mercado. Además, se analizan diferentes tipos de relaciones sexuales y su significado en la actualidad, subrayando la crisis de los ideales románticos y la naturalización de diversas formas de amor y sexualidad.

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Libro de Juan Carlos Kusneetzoff 1

El documento aborda la evolución de la sexualidad humana en la era posmoderna, destacando la liberación y el cambio en las percepciones sociales y culturales sobre el sexo. Se discute cómo la sexualidad ha sido influenciada por factores económicos y mercantiles, convirtiéndose en un intercambio social que refleja tanto deseos individuales como presiones del mercado. Además, se analizan diferentes tipos de relaciones sexuales y su significado en la actualidad, subrayando la crisis de los ideales románticos y la naturalización de diversas formas de amor y sexualidad.

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Juan Carlos Kusnetzoff

Soluciones para el buen sexo

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ISBN 978-987-678-192-3
Publisher: Vi-Da Global S.A.
Copyright: Vi-Da Global S.A.
Domicilio: Costa Rica 5639 (CABA)
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Érase una vez un hombre que contrató un curso de musculación por correspondencia.
Cuando hubo terminado, escribió a la empresa que se lo suministró, diciendo:
“Señores, ya he terminado las lecciones. Por favor, envíenme los músculos”.

I. Shah, Humor Sufí. El poder espiritual de la risa.


Palabras preliminares

Luego de leer este libro, muchos lectores sentirán que poseen el conocimiento necesario
para aliviar los problemas sexuales de las personas que los consultan. De la misma manera,
luego de hacer un curso de sexualidad humana, los alumnos reclaman el certificado
correspondiente; creen que allí está la habilitación para ejercer la sexología. Al escuchar que
los milagros se asocian con la religión, creen que las cosas son milagrosas cuando en realidad
no lo son, o intentan encontrar lo milagroso a expensas de la verdad. Hay un dicho antiquísimo
que dice: no escucharían a una fuente de conocimiento, aunque estuvieran sentados en las
ramas de un árbol con ella.
1. Algunas hipótesis acerca de la
sexualidad humana

Reflexionar y efectuar hipótesis acerca de la sexualidad humana no es fácil y suele provocar


algunas polémicas muy interesantes y otras estériles.
En esta época denominada “posmoderna” existen fenómenos psicológicos que afectan la
conducta sexual -entre muchos otros, la caída de las “verdades eternas” en el sentido religioso
del término, un descreimiento en la institución matrimonial y cambios en las costumbres
sexuales en todas las edades, con un acentuado énfasis en la obtención de placer- que se
corresponden con algunos dictámenes predominantes en nuestra cultura. La posmodernidad
se caracteriza por sus ambigüedades, contradicciones, su falta de límites y rupturas de todo
tipo en el ámbito social en relación con el fenómeno sexual, escenario que dificulta mucho la
definición de este último y, lógicamente, suele desconcertar al usuario individual de la
sexualidad.

Citemos a Kéller Hals:

Parece que una clave muy útil de interpretación reside en el uso de una dialéctica histórica que
mostraría hasta qué punto la liberación de la sexualidad y la pérdida parcial de su sentido, o su
limitación, son simultáneas por tener su origen en los mismos fenómenos históricos y porque
mantienen entre sí una relación de estimulación recíproca. En resumen, se trata de una
dialéctica del descubrimiento y de la pérdida, que se condicionarían recíprocamente. Esta
manera de tratar el problema tiene como consecuencia la desarticulación parcial de los juicios
maniqueístas, en beneficio de un análisis de casos”.[1]

Hoy, en pleno siglo XXI, se constatan algunos fenómenos relativos a la sexualidad humana.
El ejercicio de la sexualidad es hoy infinitamente más “suelto” y goza de la liberación en todas
sus dimensiones y en cualquier parte del mundo. Las condiciones de cercenamiento, opresión
y falta de libertad que la sexualidad tuvo desde antaño tiene algunas características:

• las instituciones sociales que le dan un marco de contención y legitimidad, como el


matrimonio, han declinado fuertemente su función social;
• se ha producido un desprendimiento de la “mochila” religiosa, es decir, de los
pensamientos conservadores y tradicionales que predisponen, con presiones diversas, a
la inmovilidad, a la no innovación, a ver a la sexualidad como una actividad reproductiva
y relacionada con el pecado, con la supuesta condena al infierno;
• desde el punto de vista biológico, la amenaza de un embarazo no deseado que privaba
a los jóvenes del ejercicio de las relaciones sexuales se encuentra sumamente
controlada.

En ese sentido, hoy los individuos disfrutan de un margen de maniobra muy importante. El
fenómeno sexual se vive y se desarrolla en forma mucho más libre, pero eso le otorga también
un valor sociológico de intercambio. Es, al final de cuentas, una mercancía (en el sentido
sociológico del término: algo que puede negociarse).
Sexualidad instintiva y condicionamiento social
La coincidencia de la finalización de la Segunda Guerra Mundial y el comienzo de la era
posmoderna convirtió a la sexualidad y sus fenómenos en un motor económico y un elemento
vinculante de la vida de los individuos de la sociedad en general.
Hoy, los bienes del mercado son instrumentados -mediante la promoción y propaganda en
los medios, por ejemplo- sobre la base del placer que supuestamente obtendrán los individuos
en la medida en que compren bebidas, cremas cosméticas, automóviles o paquetes turísticos
determinados. Para decirlo sin tapujos: el placer sexual y sus derivados se compran. Crean el
mercado, edifican motivaciones y se utilizan en la radio, la televisión y los medios gráficos
como carriers de lo que supuestamente quiere el público, pero también moldean la realidad a
desear.
Es esta condición de mercancía lo que sostiene al imaginario sexual. Una estrategia sutil, en
medio de este juego de realidades deseantes que, sin embargo, tiene objetivos mercantiles:
hace creer que la valía, la autoestima pasan por tener buenas relaciones sexuales -con
excelente rigidez peneana y eyaculación controlada y prolongada- y por demandar buen sexo,
y que esto es suficiente para que las personas se liberen. De hecho, lo hacen, pero para seguir
comprando. La libertad no se encuentra en la esencia del individuo, sino que está
condicionada por factores casi nunca explícitos o fácilmente detectables.
Como puede advertirse, en el imaginario social las relaciones sexuales no sólo se efectúan
en la cama, en la intimidad de un cuarto, sino que también se llevan a cabo, especularmente,
entre los que ofertan sexo y aquellos que lo demandan.
Entonces, aunque parezca que la sexualidad humana tiene raíces en la actividad instintiva
pura, no es así. Se encuentra moldeada, condicionada y muchas veces dirigida por las
necesidades mercantiles. Satisface los apetitos y las necesidades individuales, pero en un
medio cultural dirigido por un mercado que desea “saciar” la sed económica que lo sustenta.
La teoría esencialista hace que la sexualidad aparezca como un hecho absoluto, dado,
inmodificable, unívoco: el sexo es el destino, casi una fatalidad. Somos lo que deseamos y
deseamos lo que somos: el deseo está “soldado” a nuestra identidad. La angustia a la que el
mundo actual nos expone en relación con las sexualidades (así, en plural) lleva a refugiarse en
absolutos de orden político o moral, al empeño en encontrar la verdad, el absoluto sexo, a
toda costa. No hay una respuesta. Hay numerosas y variadas respuestas. La sexualidad
plantea desafíos, muy alejados de los engañadores y ansiolíticos monopolios ideológicos.
Una tendencia al reduccionismo
Se admite hoy que las relaciones sociales pueden ser generales, masivas, englobantes,
amplias y fuertemente ligadas a la conciencia colectiva. Coexisten con relaciones mucho más
pequeñas, en sectores mucho más funcionales y mucho menos participantes en la conciencia
colectiva. Durkheim distingue entre relaciones de solidaridad mecánica y solidaridad
orgánica.[2] En la sociedad mecánica tiene poca importancia la relación individual. Su fuerza
se basa en la cohesión interna de la conciencia colectiva. En las sociedades de solidaridad
orgánica la división del trabajo convierte a los hombres en individualidades diferenciadas que
cumplen tareas específicas y desarrollan una “vocación”. La cohesión interna es el resultado en
este caso de la complementariedad de las funciones y del nuevo tipo de valores en torno al
concepto de la persona humana.
Hay una similitud cultural en los individuos que se relacionan según la solidaridad orgánica:
no necesitan la explicitación del lenguaje, de la historia común. Hay un parentesco cultural que
facilita la unión de los individuos: la relación de vecindad en el barrio o -lo que nos interesa- la
relación entre el comprador y el vendedor de la sexualidad antes aludida. El intercambio entre
las personas, entonces, es independiente de los valores generales; es fundamental lo que se
intercambia y no las características del contexto, muy ajenas al propósito de los usuarios.
Estas relaciones (sexuales y no sexuales) hoy gozan de una transitoriedad, de una
vertiginosidad; son mucho más breves que antes. Hay muchos contactos brevísimos, como los
que se producen en un transporte público o en un espectáculo. Hay, a todas luces, una
entronización, un elogio del instante, en detrimento de las relaciones antes consideradas
“eternas” y fuertemente perdurables. La carencia de convencionalismos y códigos
predeterminados es otra importante característica de esta época.
El cuerpo: residencia de la sexualidad
Los cambios alcanzan también a las significaciones del cuerpo. La primera impresión es
visual: ¿gordo?, ¿flaco?, ¿feo?, ¿hermoso?, ¿hombre?, ¿mujer? No son pocas las veces en
que el “conocimiento” del otro se detiene sólo en estas percepciones iniciales. Y esto deriva, a
mi entender, de la dimensión mayúscula que tiene el cuerpo en esta época posmoderna.
El cuerpo suele ser un pasaporte inicial, un intermediario privilegiado que conduce hacia
conocimientos mucho más profundos. De allí surge su sobrevaloración y, por ende, la de la
sexualidad.
Se pueden distinguir dos tipos de relaciones sexuales:[3]

1) La relación símbolo: en este caso la relación sexual se convierte en la culminación


significativa de la integración de la pareja en el sistema familiar, comunitario y/o religioso.
Integrantes de dos familias, dos historias, se funden en el acto sexual. El placer sexual no
es una añadidura, una premisa de exigencia, porque la relación sexual es un “símbolo”
de esta fusión trascendente, y es ajena a la duración y permanencia del vínculo.
2) La relación para-sí: es completamente diferente a la anterior. No es permanente, no
tiene rituales, como el matrimonio, que la consagren; es conciente del límite y de su
finitud. El placer de esta relación sexual es efímero, circunstancial, ocasional, y se
constituye en el centro de la motivación: es el objeto del “contrato”. Las exclusiones de
las resonancias afectivas de este tipo de vínculo son notables, ya que lo que se busca es
la obtención del placer que el contacto genital proporciona, como sucede en muchas
relaciones ocasionales o en el encuentro con prostitutas. En este sentido, el juicio moral
de este tipo de relación es altamente comprensible.

El intercambio sexual de los dos tipos de relaciones mencionados tiene consecuencias


filosóficas en el pensamiento occidental. En la relación símbolo el intercambio sexual se
concibe en total compromiso con el ser, determinado para siempre y trascendente a la pareja
misma. Es, según Weeks, esencial.[4] El casamiento como institución se encuentra
ritualmente frente a la permanencia de Dios. El fundamento de la relación es sin dudas el amor
y, lógicamente, se denuncian las actitudes desviacionistas de su objeto.
Hoy se encuentra en plena crisis ese maravilloso sentimiento mayor, considerado un ideal a
alcanzar, pero de ninguna manera imprescindible o necesario. Aunque las sensaciones iniciales
de los vínculos suelen tener características perennes (“Contigo voy hasta el final” o “Eres la/el
única/o”), una voluntad activa en las conductas se ha vuelto difícil y, muchas veces,
excepcional. La relación sexual se justifica en la medida en que satisface a la pareja
convocada al ritual.[5] Esta filosofía se niega a la idealización del acto sexual y lo inserta en la
cotidianeidad.
Asistimos, sin duda alguna, a la naturalización de lo que antiguamente se denominaba
“desviación” o “transgresión”: matrimonios de homosexuales, amores homosexuales, adopción
por parte de matrimonios homosexuales, relaciones extramatrimoniales, adulterios, etc.
El liberalismo en materia sexual permite describir la proximidad -muy estrecha en variadas
ocasiones- y, simultáneamente, cierta indiferencia. En términos generales, diríamos que,
teóricamente, admitimos, enseñamos y difundimos esta actitud liberal. Claro que para los
otros. Otra cosa, y muy diferente, es cuando nos toca de cerca o personalmente.
El imaginario social en relación con la sexualidad humana
Hablaremos acerca de la visión prometeica o heroica en sexualidad humana. La experiencia
clínica nos pone en contacto con hombres y/o mujeres -más hombres que mujeres- que son
arquetipos biológicos o antropológicos, muy apartados de la realidad cotidiana, que relatan
hazañas casi deportivas de la relación sexual. Casi siempre, en ruedas de amigos, en el mítico
café o en confidencias de la esquina un hombre relata experiencias sexuales “maravillosas”,
excepcionales, con mujeres “despampanantes” que suspiran y gritan estruendosamente con
cada orgasmo; admite llegar a tener tres orgasmos en el escaso tiempo de una noche,
encuentros con mujeres que se insinúan y se meten en la cama por sorpresa... Y así, ad
infinitum.
Estos relatos provocan en el auditorio circunstancial profundas movilizaciones afectivas,
porque se da crédito “a pie juntillas” a lo relatado. Las angustias provocadas por estas
hazañas, que nunca se pueden comprobar, y que en manera alguna se comparan con la
pobreza de nuestra propia, sufrida y penosa sexualidad cotidiana, son proverbiales. En estas
representaciones o “hazañas superheroicas” todo sale naturalmente, sin esfuerzo, sin que se
necesite voluntad para lograrlo. No hay fracasos ni frustraciones. Son los soberanos e
imperiales relatos prometeicos de hazañas nunca comprobadas, que adquieren el nivel de
leyendas urbanas. Sus protagonistas son superhombres que han emergido de las revistas de
aventuras parailusionarnos y desencantarnos al comprobar que no nos parecemos -ni por
asomo- a ellos.
Los amigos o parientes “consumidores” de estas heroicidades responden a los deseos
incumplidos y son siempre insatisfechos crónicos de la sexualidad común y corriente, que no
merece ser mencionada. El relator de turno, el protagonista central de las hazañas antes
comentadas, “trabaja” sobre nuestras frustraciones, sobre las ilusiones nunca alcanzadas de la
sexualidad cotidiana: asume un ideal que encuentra ilusos creyentes que usan el relato como la
bibliografía fundamental que justifica sus reclamos.
La intensidad cuantitativa de las relaciones sexuales
La sexualidad humana se ha hecho social. Ocupa, con pleno derecho, las conversaciones
cotidianas, los programas de radio y televisión; penetra en las subjetividades, inunda los libros
de autoayuda, las revistas “del corazón” y las columnas de Internet. Todas estas instancias se
multiplican y se sinergizan unas a otras.
La participación comunitaria de los individuos en las grandes urbes se ha reducido
muchísimo. La sexualidad es el último refugio, la última frontera disponible. La utilización del
sexo en propagandas o promociones intenta invadir ese bastión pero obviamente no lo
consigue. Muchas veces, la relación sexual es un “ansiolítico y/o un antidepresivo natural”, el
único refugio para la felicidad anhelada frente a las penurias económicas, sociales y políticas, la
falta de empleo y la lucha por conseguir lo elemental para la subsistencia.

En general, no hay, en las civilizaciones tradicionales, vida sexual que constituya un polo
opuesto a la vida espiritual. El hombre tiene, desde su más tierna edad, conciencia de hallar
en su sexo, no una fuente de placeres ilícitos, sino el medio por el cual su vida adquirirá un
sentido haciéndolo participar en la ciudad de los hombres, integrándolo en la vida del cosmos.
El acoplamiento es, en todas las civilizaciones, un acto fundamental susceptible de provocar la
acción de las fuerzas invisibles que mueven el universo.[6]

Se oscila, permanentemente, entre un relativismo absoluto, o sea, “quedar bien con Dios
y con el diablo” -un modo, alentado por los medios masivos de comunicación, que casi nunca
permite encontrar un lenguaje común-, y una generalización universalista, esencialista,
cuyo sentido es falso: sostiene que sexualmente somos todos iguales, en cualquier época, en
cualquier lugar geográfico, a cualquier edad... Esta última postura ideológica buscó una “única
verdad monopolizadora” sobre la sexualidad y sobre el cuerpo. Todo esto ha llevado -durante
mucho tiempo- a una negación de la diversidad humana, ha limitado la autonomía individual y
ha convertido los placeres que la sexualidad convoca en un secreto indecente.[7]
Durante las últimas décadas, los temas sexuales han adquirido un interés creciente. Grupos
interesados “luchan” para parecer influyentes, se muestran fuertemente en las páginas de los
periódicos. En fin, hacen política. La reiterada e insistente santidad de la familia, la prédica
hacia la vida homosexual (tanto a favor como en contra), los novedosos procedimientos
quirúrgicos para los transexuales, entre otros, intentan “ganar puntos” y reformulan nuestros
conceptos de normalidad y anormalidad en la vida sexual. El desconcierto, la ambigüedad en
las definiciones, la dilución de antiguos preceptos dominan la escena de muchos individuos y,
por supuesto, de los profesionales médicos o psicólogos.
Significados diversos de “sexo”
Es muy interesante recorrer la historia de la sexualidad.[8] Desde los tiempos de Platón, la
sexualidad y la verdad tuvieron vínculos con la naturaleza de la virtud -por supuesto, antes del
triunfo del cristianismo-. Se supuso siempre que a través de nuestro sexo se ponía a prueba
nuestra virtud, que se podía encontrar la felicidad y nuestro lugar en el mundo. Desde la
Antigüedad, el concepto de la sexualidad ha pasado por las disquisiciones cristianas sobre la
“carne”, ha sido intermediado por la confesión y el testimonio protestante frente a Dios, y tuvo
su apoteosis durante el siglo XIX. Simultáneamente, la medicina y la psicología, la sexología
incipiente y la pedagogía se hicieron cargo, conjuntamente con los grupos confesionales, de
establecer normas morales y sociales y de dictaminar qué es normal y qué no lo es. No es
casual que en muchas ocasiones se compare a la medicina con un “sacerdocio”. De hecho,
durante el siglo XIX ese atributo identificaba a los sacerdotes con los médicos profesionales.
Sin embargo, en relación con la sexualidad, los últimos cien años ofrecen al panorama
sociológico nuevas perspectivas, nuevos desafíos: no sólo el control moral y su reverso, la
transgresión, el desvío sexual, sino también su significado político, su trascendencia en la
globalización actual. La discusión, la enseñanza y la difusión de las prácticas de la sexualidad
cotidiana irrumpen en los intercambios intelectuales, en las universidades, en los colegios y en
las conversaciones cotidianas. Sin embargo, no han disminuido los prejuicios, que adoptan
nuevos y sutiles disfraces. Hay, para decirlo sin tapujos, “una voluntad flexible de no
saber”,[9] que se apoya en una premisa muy profunda en nuestra cultura: la sexualidad es el
aspecto más espontáneo y natural que poseemos. Foucault la denomina “la verdad de
nuestro Ser”.[10]

Ahora bien, el sexo... ¿es natural o antinatural? Es una pregunta que todos nos hacemos
desde muy jóvenes. ¿Y qué decir del “sexo opuesto”? ¿Y “el sexo” entre gente del “mismo
sexo” es “antinatural”? Podemos advertir la complejidad del fenómeno con sólo examinar la
multiplicidad de significados en todas estas expresiones encomilladas. El sexo es... ¿una
categoría de persona?, ¿una práctica? o ¿un género? La tendencia biológica predominante,
que pone el acento en la actividad reproductiva, dice que la “decencia”, lo “natural”, “lo
correcto” del comportamiento erótico es el coito entre hombres y mujeres.
Durante el siglo XVI, de acuerdo con las definiciones platónicas, el sexo se refería a esa
escisión y división tajante entre hombres y mujeres. Es decir, una división de género. Hoy,
desde hace ya mucho tiempo, “tener sexo” es sinónimo de relación sexual.[11] La extensión
del significado en el uso y las costumbres en nuestra cultura actual indica un cambio que
alcanza también al término “sexualidad”.
Se constata a diario el “imperativo biológico”, sobre todo el masculino, esa fuerza
incontrolable que arrasa con todo y se instala en la punta de una pirámide donde el coito
heterosexual domina todo, incluso las parafilias más extrañas e infrecuentes. Este “imperativo
biológico” justifica los hechos más aberrantes: la violación, la pedofilia, la degradación
femenina y el trato discriminatorio hacia las llamadas “minorías sexuales”. Durante los dos
últimos siglos, esta visión ha sido sostenida y apoyada, directa o indirectamente, por
renombrados científicos: Krafft-Ebing, Havelock Ellis, Hirschfeld, Freud. Lo que trataron de
descubrir es el auténtico significado del sexo en sus diversas manifestaciones: sexualidad
infantil, relaciones entre los sexos, influencia del “plasma germinal”, hormonas y cromosomas,
la naturaleza del “instinto sexual” y las causales múltiples de las hoy denominadas parafilias
sexuales. No llegaron a ninguna conclusión, aunque debemos reconocer que gracias a ellos
tenemos muchos más conocimientos y elementos para discutir y desentrañar ese “misterio” del
sexo.
La marginalidad de la práctica sexual
Muchos autores han enfatizado que la relación sexual moderna es la única fuente de
felicidad, cualquiera sea la acepción que le otorguemos a este concepto. El tiempo dedicado al
ocio o el tiempo libre se consideran accesorios o secundarios. La permisividad-compulsión
es notable; en otras palabras, se trata de la obligación del placer (concretamente, de la
relación sexual). Esta compulsión se vuelve obligatoria, imperativa y reiterada, y se mide de
acuerdo con la experiencia de los superhombres arquetípicos, se juzga por el rendimiento
obtenido (en términos cuantitativos: ¿cuántos orgasmos? ¿Cuántas veces? ¿Cuántas parejas?
¿Cuánto tiempo?) o se compara con lo que muestran los medios televisivos, pornográficos, las
revistas, los periódicos o los anuncios comerciales (¿Cuántos centímetros? ¿Cuán normal-
anormal es?).[12]
Todo esto es producto de la alienación, es decir, de vestir ropajes -compuesto por
preguntas casi no respondidas, hipocresía social, aprendizajes y enseñanzas imposibles, la
apariencia de que se sabe mucho del tema, cuando en realidad todo se ignora- donde los
individuos ocultan sus pesares, sus conflictos; en suma: su problemática. Se vislumbra apenas
la necesidad de ser amado, el impulso de tener satisfacción sexual, pero como si fuera una
pulsión “natural”.
Al contrario del imaginario social, la práctica concreta de la relación sexual es pequeña,
desconocida, sobrevalorada; en pocas palabras, marginal. Sólo ocupa una porción pequeña
de la vida y tiene un carácter repetitivo que la vuelve tediosa, insulsa, plagada de conflictos y
contradicciones muy alejadas de lo que todo el mundo desea, piensa y anhela.
2. Acerca de la noción de normalidad en
la sexología

Todos los días, en el consultorio, algún paciente, o en ocasiones incluso un profesional


colega, me pregunta: “¿Esto es normal?”.
¿Qué es normal? El concepto de lo que es normal y sus elementos habitualmente
connotados -normalidad, norma, normativa- suele precipitarse en el entrecruzamiento de lo
filosófico, lo estadístico, lo sociológico y lo psicológico. Desde el punto de vista práctico,
decirle a un paciente que es normal, por lo general produce un alivio notable. Es lógico. En el
ámbito médico-biológico, lo que le decimos a un paciente se remite a su salud. Efectivamente,
en estos ámbitos, “normal” quiere decir sano o enfermo.
Pero, si el que consulta tiene un problema sexual, que raya en lo delictivo, lo “normal” ya
remite a si lo se que ha relatado es punible o no punible. Sin embargo, si el relato se hace
frente a un sacerdote, un pastor o un rabino, la respuesta podría ser que se trata de algo
“bueno” o “malo”, y en estos casos lo normal entra en el ámbito siempre ríspido de la ética o
la moral.
El propio Freud, en las postrimerías de su vida, admitió la dificultad de establecer una clara
demarcación entre lo que es normal y lo que no lo es. Y que el valor otorgado a ese concepto
es sólo de carácter convencional. Dicho de una manera más explícita, lo “normal” de
determinada conducta no puede formularse así como así. Es necesario y, por momentos
imperioso, considerar sus fundamentos biológicos, psicológicos y sociales.
Seguiremos a Haynal y Kocher:[13]
1) El término “normalidad” tiene una clara referencia a lo filosófico y ético-moral. Lo
anormal inmediatamente deriva en una desviación, una transgresión a determinada regla,
instrucción o indicación. O, incluso, a un ideal compartido en determinado grupo
humano.
2) El término “normalidad” suele tomarse en sentido estadístico del término, y constituye
un promedio de la tendencia general de un grupo o comunidad determinada. Claude
Bernard lo dice explícita y nítidamente:”En la realidad, no hay entre ambas maneras de
ser -lo normal y lo patológico- más que diferencias de grado; la exageración, la
desproporción, la desarmonía de los fenómenos normales constituyen el estado de la
enfermedad”.[14]
3) El término “normalidad” se refiere también al funcionamiento de un órgano o de un
organismo en su totalidad.[15]
Sexualidad: un concepto construido
El erotismo forma parte de la vida de la pareja. Desde que abandonamos el estado
cuadrúpedo y adquirimos la bipedestación, la posibilidad de abrazos, besos y el abandono de
los períodos de celo han permitido que la actividad sexual se volviera permanente. Y hoy
tiene, sin dudas, un sentido social y no únicamente reproductivo.
Deberemos reconocer que la sexualidad impregna y atraviesa nuestras vidas, mucho más
allá del conocimiento anatómico diferencial, del placer orgásmico o de tal o cual desvío del
comportamiento. Aunque no lo percibamos con nitidez, “lo sexual” se encuentra presente en lo
que pensamos, lo que creemos, lo que escribimos o producimos en general. Nosotros
“somos”, “pensamos” y “actuamos” en la vida a partir de un sexo determinado; esto es
inevitable y -como diría Sartre- casi una condena. Pero a partir de allí, todo se diversifica,
todo se relativiza según el momento, la situación, el significado, la época, el país, la región. No
es lo mismo ser varón o mujer en Colombia, la Argentina o el Brasil que en Florida o
Tennesee. Muchas más diferencias o un gran desconocimiento tenemos con respecto a los
chinos o japoneses. Tampoco fue lo mismo ser hombre o mujer en el siglo XIX que en la
actualidad, sin mencionar en la Alemania nazi o en la Francia de posguerra.
Nuestra sexualidad y la forma de “llevarla” no son totalmente innatas y tampoco somos
seres sexuales a partir de la pubertad. La evolución sexual es un proceso gradual, que se
extiende durante toda nuestra vida. Y de cómo se viva, se sienta y se incorpore la sexualidad
en la infancia, dependerá la importancia de las repercusiones en la conducta futura del
individuo. Somos seres sexuales desde que nacemos hasta que morimos. La sexualidad ocupa
un lugar fundamental y básico en nuestra identidad personal y en las relaciones interpersonales.
De hecho, desde el punto de vista científico, debemos reconocer que a finales del siglo XX se
han hecho avances insospechados, previos a la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo,
también tenemos que admitir que la ignorancia con respecto a estos temas aún es muy grande
y lo peor es que se recubre con “las hojas de parra” de los prejuicios, los conceptos erróneos
y los malentendidos que, a la postre, desinforman, y deforman y transforman un saber que a la
humanidad le costó miles de años adquirir.
La supervivencia de la sociedad depende de la función sexual del hombre y de la mujer, ya
que los seres humanos nos reproducimos sexualmente. Pero no se trata tan sólo de la
reproducción de la especie -concepto biológico obvio, extendido y acentuado por demás en
nuestra sociedad-, sino de la reproducción del placer, de la autoestima y el respeto a la
intimidad de aquellos que fueron convocados por la naturaleza a cumplir el rito ancestral y
fundamental de la unión del hombre y la mujer.
Como hemos visto, entonces, el conocimiento sobre la sexualidad humana es construido.
La construcción de este “edificio” comprende numerosas facetas o “ladrillos”. El acento que
pongamos en una u otra faceta dependerá de nuestra especialidad o nuestro interés. Lo que
podemos asegurar es que cada hecho sexual puede atravesarse desde múltiples ópticas -o
desde lo que también llamamos “perspectivas”-, y es casi imposible que nos quedemos sólo
con una, so pena de efectuar una “mutilación reduccionista” que terminará por enceguecernos
y, finalmente, crear la ilusión de que “la parte es el todo”.
La pareja y la normalidad
Todo el conocimiento adquirido alcanza, indudablemente, a la concepción actual de la
pareja humana. La sociología da cuenta de una serie de transformaciones producidas en el
modelo familiar actual:

1) La familia extensa se ha convertido apenas en una familia pequeña.


2) La pareja es hoy el “blanco preferido” de la mayoría de los conflictos.
3) Los abuelos viven separados, y los hijos, en la medida en que crecen y se producen
alternativas para que ganen su propio sustento, se separan de la familia nuclear.
4) La pareja ya no debe permanecer junta “hasta que la muerte la separe”. La institución
del divorcio ha proporcionado alivio a numerosas parejas que estaban separadas de
hecho.
5) Hoy, la institución de “vivir en pareja” se produce en dos sentidos: por un lado, a una
edad más temprana que en la época de nuestros padres y, por el otro, mucho antes de
la propuesta matrimonial formal.

El descenso de la iniciación sexual es marcado. Hoy, en la ciudad de Buenos Aires, la edad


promedio de iniciación es de 15 años.[16] En Alemania, en 1973, la mitad de los jóvenes
habían tenido relaciones sexuales antes de los 16 años, y una buena cantidad de estos jóvenes,
pese a estar suficientemente informados, no incorporaban comprimidos anticonceptivos ni
ningún otro método. Tanto en Buenos Aires como en París se constatan los mismos
fenómenos[17] y hay indicios de insatisfacción en las relaciones sexuales.[18]
Hace más de medio siglo Erickson advirtió que la normalidad ideal es la genitalidad
“utópica”, y que debería incluir:

1) La reciprocidad del orgasmo, no la simultaneidad.


2) Amor mutuo.
3) Heterosexualidad.
4) Confianza.
5) Sintonía del ciclo de: a) trabajo, b) procreación, c) recreación.
6) La seguridad de un desarrollo satisfactorio de los hijos.[19]

El propio Erickson, en el mismo trabajo, advierte que el logro resulta totalmente utópico y
que en manera alguna puede considerarse que los problemas son exclusivamente sexuales. La
clínica cotidiana en la materia confirma esos dichos.
Desde el punto de vista del psicoanálisis, la “conflictuología” es un término acertado,[20] ya
que se considera que el hombre mismo se encuentra constituido conflictivamente. Y esto es
normal en la medida en que no alcance cierta intensidad y que el sujeto pueda soportarlo. En
muchas ocasiones, el carácter permanente del conflicto humano nos obliga a considerar los
casos de cierta gravedad, es decir, a introducir una noción cuantitativa, que es sumamente
difícil de definir o precisar.
En cada cuadro psicopatológico deberíamos indagar si el problema es evolutivo,
circunstancial o estructural. Por otra parte, en un trastorno sexual común, como una falla
eréctil u orgásmica femenina, ¿se trata de un problema evolutivo porque el paciente tiene
alrededor de veinte años? ¿O porque ha atravesado circunstancias no adecuadas de tiempo
y/o lugar, y en este caso es apenas algo momentáneo, circunstancial? ¿O se trata de un
problema endocrino, que compromete al conjunto de la vida sexual y se encuentra deteriorada
la estructura?
Por otra parte, en el siglo XXI, la distribución de los roles que deben cumplir el hombre y
la mujer también ha sido modificada:

La articulación subjetiva del cuerpo es un proceso en el que lo biológico va tomando forma y se


va definiendo según las diferentes pautas culturales que los sujetos van incorporando. En las
condiciones materiales hasta aquí descriptas, se desarrolla una experiencia particular de la
corporalidad. Creemos que es posible postular que, en esta fracción de los sectores
populares, la representación del cuerpo es más inmediata e instrumental que en los sectores
medios; se organiza en torno de creencias y normas según las cuales el cuidado no funciona
como valor y, en consecuencia, da lugar a pautas de crianza, formas de la sexualidad y
conductas menos preocupadas por cuestiones vinculadas con la salud.[21]
Genitalidad y pregenitalidad
En la Antigüedad clásica, el amor estaba representado por Afrodita y Eros. Estas dos
divinidades representan una dualidad dicotómica que llega hasta nuestros días: Afrodita es una
mujer y personifica el sentimiento amoroso característico; Eros, en cambio, es un niño travieso
y burlón y representa el aspecto lúdico del amor, es decir, los juegos previos o la
pregenitalidad.
Las fijaciones de las parafilias, que antes se llamaban “perversiones”, se encuentran
justamente en la sexualidad pregenital -el placer pregenital incluye toques, caricias, besos,
abrazos, pellizcos, suspiros y gritos- y no llegan casi nunca a la genitalidad.
Gracias a la píldora anticonceptiva, en la década de 1960 las mujeres pudieron liberarse de
la actividad procreativa predominante hasta ese momento -relacionada estrictamente con la
sexualidad genital-, y esto permitió que el erotismo aflorara en toda su dimensión. No
obstante, tanto la sexualidad femenina como la masculina se encuentran siempre vinculadas
con las transgresiones, las prohibiciones y las amenazas; por otra parte, los ritos de pasajes,
de cambios evolutivos, los ritos iniciáticos se encuentran siempre reglamentados socialmente.
Muchas veces, el ejercicio de la sexualidad humana se encuentra vinculado con la soledad,
con el temor a la muerte y al compromiso afectivo y con la huida de la cotidianeidad. Esta
“mecanización” de la sexualidad convierte a la vida posmoderna en un “neo-puritanismo”.
El “consumo de sexo” puede llegar a ser adictivo... Nuevamente nos preguntamos: ¿Cuánto
sexo? ¿Dónde está el límite?
Según Freud, el hombre entra en la civilización si es capaz de tener una “frustración óptima”
y eficaz. Esta inhibición de sus impulsos hace que pueda “saltar” del mundo animal al humano,
y es extremadamente variable de un individuo a otro.
La frustración fundamental, que lideralas frustraciones posteriores, es el “tabú del incesto”,
es decir, el impedimento de la consumación del acto sexual entre los hijos y sus padres... Una
característica estructural, descubierta y descripta por Lévi-Strauss. El padre de la antropología
moderna define así el pasaje de la naturaleza a la cultura:

No hay, no existe, ninguna agrupación del Homo Sapiens, que permanezca indiferente al
comportamiento sexual de los hombres que la constituyen. En todas partes, las uniones son
juzgadas. Unas son encomiadas, otras admitidas o excusadas, otras desterradas de la
sociedad y reprimidas. La prohibición del incesto, comprendida bajo esta forma -no de
promiscuidad sexual integral, sino de control social en las relaciones entre los sexos- es
universal, incluso, si su forma difiere de una sociedad a otra (en una, la relación está
autorizada entre hermano y hermana y prohibida entre primos paralelos, mientras que en otra,
la prohibición toma otras formas). Un abismo separa al Homo Sapiens de las especies
animales más próximas. Se ve, entre los antropoides, embriones de organización familiar y de
relaciones monogámicas que alternan con relaciones poligámicas. Pero, no se encuentra de
ninguna manera una prohibición análoga a la prohibición del incesto.[22]

Partiendo de esta constatación -únicamente entre los hombres se da el caso de que no


todas las uniones biológicamente posibles son aceptadas por la sociedad-, Lévi-Strauss define
la prohibición del incesto como “el proceso por el cual la naturaleza se adelanta”, y concluye:
“Ella opera, y por sí misma constituye, el advenimiento de un orden nuevo”.[23]
Conclusiones
“Normalidad”, entonces, ¿qué es? ¿En qué consiste?
A lo largo de este capítulo, hemos intentado analizar diversas acepciones del término.

1) Hay una normalidad ideal. Por ejemplo, la normalidad de una pareja humana que
quiere reproducirse... y un poco más.
2) Existe una normalidad estadística, liderada por A. Kinsey, que se opuso en su
momento a la normalidad ideal.
3) También se puede hablar de una normalidad funcional, que puede incluir dos
puntos de vista: a) importancia del conflicto al que convoca toda sexualidad, en tanto
no exceda determinados límites, y b) la noción de genitalidad, a la que se llega luego de
las etapas pregenitales y se agrupa, responsablemente, en evoluciones maduras de la
sexualidad adulta.
4) Una sexualidad normal o que se ejerce sin problemas no puede prescindir de los
conceptos relativos a la reglamentación social, la prohibición y la transgresión, que
forman parte de la sexualidad de hecho.
3. El comportamiento erótico

Introducción
El sistema sexual en el ser humano incluye: el cerebro, el sistema nervioso central, el sistema
circulatorio, el sistema neurológico y los órganos genitales internos y externos. El impulso
sexual, la energía que pone en movimiento este sistema, se manifiesta en forma inequívoca en
la adolescencia pero ya está presente desde el nacimiento y nos acompaña toda la vida, hasta
el último hálito. Aunque cualquier persona saludable tiene la capacidad de responder al
estímulo sexual y de experimentar el placer del orgasmo, esta capacidad no siempre se
actualiza. Esto se debe a la complejidad de la conducta sexual y a los múltiples factores que
intervienen y/o influyen en el comportamiento erótico.[24]
Complejidad del comportamiento erótico
El comportamiento erótico cubre varios aspectos, entre ellos: el proceso de responder al
estímulo, el tipo de actividad sexual y la frecuencia, la preferencia del género de la pareja, las
reacciones fisiológicas durante la actividad sexual y los aspectos psicológicos subjetivos de la
experiencia sexual.
La conducta erótica tiene varios aspectos o ángulos principales:

1) Puede ser conciente o inconsciente, innata o adquirida.


2) No hay fragmentos de conducta erótica. La conducta como tal expresa al organismo
como un todo, y toda su historia está incluida en el acto en que se expresa.
3) Toda conducta erótica es parte de un eslabonamiento histórico, y se inició en otro lugar
y en otro momento. Es decir, tiene historia.
4) Toda conducta erótica está multideterminada. No puede reducirse a un estímulo. Tiene
determinaciones psicológicas, biológicas y contextuales-sociales.

Nuestro conocimiento científico sobre todos estos aspectos son limitados, debido al tabú
que ha existido siempre sobre el sexo y que no ha permitido que se observe y se estudie a
fondo esta conducta humana.
Nos dice Zwang al respecto:

No se concibe el cuerpo humano sino sexuado y si más de dos milenios de censura


occidental han hecho borrar o velar el sexo de los hombres o de las mujeres pintados o
esculpidos, ha sido por error de civilización, preconcebido antierotismo; la prueba está en la
supresión electiva de la hendidura vulvar cerrada, característica de sexo débil, despreciado,
frente a la relativa frecuencia de las figuraciones del pene y las bolsas, mucho más complejas
para modelar. Pero son los gloriosos órganos del macho, del que hace el cuadro o la estatua:
puede recrearse en la representación de sí mismo, mientras que millares de artistas han
tenido la mano paralizada, inhibida, en el momento de figurar aunque sólo fuera el trazo vertical
que hiende la entrepierna de las mujeres. En cuanto a los detalles complicados de las ninfas y
del clítoris, parecen haber supuesto un verdadero pánico, desde Fidias hasta Bourdelle, desde
los pintores pompeyanos hasta Leonor Fini. Lamentable desdén, que hace perder una gran
parte de su valor puramente estético a millares de obras de arte.

Los hombres y las mujeres no pueden considerarse hermosos sino provistos de su sexo, en
la integridad de su presencia en el mundo.[25]
¿Qué se sabe sobre el comportamiento erótico?
La mayor parte del conocimiento que tenemos sobre el comportamiento erótico de las
personas se basa en las investigaciones que se han realizado en las últimas décadas. El
profesor Alfred Kinsey y sus colaboradores son autores de la encuesta más abarcadora sobre
la conducta sexual: entrevistaron alrededor de 5300 hombres y 5940 mujeres estadounidenses
en los años 1948 y 1953 respectivamente. Los hallazgos de estos análisis estadísticos de
actividad erótica fueron recopilados en sus dos libros básicos: Conducta sexual del hombre
y Conducta sexual de la mujer.[26] A pesar de las limitaciones -la utilización de una
muestra no representativa y la posible falta de confiabilidad en las respuestas-, estos estudios
tienen un gran significado porque sacaron a la luz pública un tema tan secreto y tabú. Ellos
fueron los responsables de inaugurar “el espacio público del encuentro” con respecto a la
sexualidad. Aun hoy pueden extraerse valiosas conclusiones de sus resultados.
Con posterioridad, otros investigadores han contribuido al conocimiento de la sexología,
como William Masters y Virginia Johnson, quienes hicieron observaciones en laboratorios,
bajo condiciones controladas, sobre las reacciones orgánicas durante la actividad sexual.
Estos estudios se llevaron a cabo durante diez años, de 1954 a 1964, en la Escuela de
Medicina de la Universidad de Washington, en Missouri, Estados Unidos. Alrededor de 694
de personas de ambos sexos participaron en el estudio, y sus resultados fueron publicados en
La respuesta sexual humana, de 1966. Posteriormente a estas dos grandes investigaciones,
se han realizado varias encuestas y múltiples estudios experimentales en los Estados Unidos y
en Europa, para lograr una mayor comprensión de la conducta sexual en los seres humanos.
Entre ellos, podemos citar, en los Estados Unidos, las encuestas de Hunt de 1974 (2026
hombres y mujeres) y el estudio de mujeres de Hite (3019 mujeres) de 1976.
Las fantasías sexuales
Las variaciones individuales en el comportamiento erótico se reflejan en las diferencias con
respecto a los estímulos que nos excitan, el tipo y frecuencia de la actividad sexual y la
selección de pareja. Gracias a su imaginación, el ser humano puede crear, experimentar y
probar variantes casi ilimitadas en su comportamiento erótico.
Precisamente, las fantasías sexuales son imágenes mentales de contenido erótico. Antes de
que ocurra la interacción sexual, en general la persona ya ha tenido algún tipo de fantasía o
sueños eróticos.
Las fantasías se reconocen como una actividad sexual en sí, ya que pueden provocar parte
o todo el ciclo de la respuesta sexual, esto es, las cuatro fases descritas por primera vez por
Masters y Johnson: deseo, excitación, orgasmo y resolución. Por cierto, la fantasía es una de
las fuentes primarias de la excitación sexual y, en algunas circunstancias, puede ser más
excitante que la actividad sexual misma.[27]
Las fantasías sexuales puede ser claras y definidas, impresiones indefinidas o imágenes que
no pueden evocarse con facilidad; pueden surgir de manera espontánea o evocarse deliberada
y conscientemente; pueden ocurrir cuando la persona está despierta (ensoñación conciente) o
durante el sueño (imágenes oníricas). Surgen mayormente durante la masturbación, pero
también tienen lugar durante el coito y otras actividades sexuales, o en ausencia de cualquier
actividad sexual. De las investigaciones surge que la fantasía sexual es más frecuente entre los
hombres que entre las mujeres. Según Kinsey, el 89% de los hombres fantaseaban durante la
masturbación, y en el caso de las mujeres el porcentaje se reducía al 64% de las
entrevistadas.[28]
Durante el acto sexual mismo, un incremento de las fantasías es empleado regularmente por
una enorme cantidad de parejas.[29] Las estadísticas sobre la práctica de esta actividad en los
años setenta, en comparación con las de los años cincuenta, reflejan una aparente incremento
en la incidencia de fantasías en las mujeres.[30] Este aumento podría ser real o reflejar meras
diferencias en los estudios con respecto a una mayor disposición para admitirlas.
Aunque se han llevado a cabo investigaciones sobre el contenido de las fantasías sexuales,
ha sido difícil llegar a conclusiones precisas debido a que para muchas personas resulta
amenazante compartirlas. En un importante estudio de Hunt, se encontraron diferencias
generales entre las fantasías de los hombres y de las mujeres: las del hombre son más eróticas
e impersonales y con frecuencia están ligadas a experiencias genitales concretas; las de la
mujer son más personales y románticas, abarcan situaciones de encuentro, no necesariamente
genitalizadas. Por otro lado, hay temas comunes a ambos sexos, entre ellos: tener relaciones
sexuales con un extraño, hacer cosas que jamás se atreverían a hacer en la práctica y tener
relaciones sexuales con más de una persona a la vez. También aparecieron diferencias en las
fantasías de acuerdo con la edad de las personas.[31]
Beneficios de las fantasías
Aunque hay personas que no aceptan las fantasías como parte de la actividad sexual
normal y otras que se sienten culpables y avergonzadas por tenerlas cuando su contenido no
se ajusta a sus principios morales y éticos, como hemos visto, cumplen un papel
importantísimo en la vida sexual de las personas.[32] Entre sus beneficios, podemos señalar
los siguientes:

1) Enriquecen la vida sexual, ya que aumentan la excitación y preparan a la persona


para la actividad sexual.[33]
2) Son una fuente de información sobre las preferencias sexuales y deseos propios.
3) Le dan variedad a la vida sexual si se las comparte en momentos apropiados.[34]

Es importante recordar que la fantasía sexual existe sólo en la imaginación y que cada uno
decide si desea mencionarla o no. Pertenece, por lo tanto, al ámbito privado del individuo.
Hay personas que se refugian en las fantasías sexuales y evitan la interacción sexual. En estos
casos, las fantasías sustituyen la actividad sexual y pueden ser perjudiciales si la persona
carece de contacto con otras personas. En estos casos extremos, y contrariamente a lo que
suele afirmarse, la fantasía no es responsable de la situación de aislamiento de la persona, sino
un conjunto de problemas de su personalidad; es decir, la fantasía es apenas el vehículo que
conduce al aislamiento y no su causa.
La masturbación
Podemos definir la masturbación como cualquier tipo de autoestimulación deliberada del
cuerpo, capaz de provocar una respuesta sexual. La raíz de la palabra masturbación proviene
del latín masturbare y quiere decir “contaminar” o “perturbar con las manos” Existen,
además, muchos términos populares y vulgares para esta actividad, y otros que denotan una
actitud peyorativa y denigrante hacia la masturbación, como “abuso de sí mismo”, “vicio de
contaminación propia”, “abuso sexual” y “onanismo” Este último procede de una
interpretación del relato bíblico del Antiguo Testamento, en el cual Onán fue castigado por
Jehová por echar el semen al suelo, en vez de hacerlo en la vagina de la viuda de su hermano.
Lo que quiero subrayar es que, lamentablemente, el término “masturbación” tiene un
enorme desprestigio en nuestra cultura. Su sola enunciación suele paralizar, inundar de angustia
o vergüenza o convocar sentimientos displacenteros cargados en la memoria de culpa o
inhibiciones de diverso tipo. Si lo sustituyéramos por “autocaricias”, o “caricias autoeróticas”,
por ejemplo, se reduciría notablemente su poder agresivo. O, simplemente, podríamos
describir la masturbación sin colocarle ningún rótulo. Así, pasaría casi inadvertida y no tendría
las connotaciones de castigo, pecado, enfermedad y denigración que la rodean habitualmente.
Tipos de masturbación
La masturbación se lleva a cabo de múltiples formas, aunque la más usual, tanto para
hombres como para mujeres, es la estimulación manual. En general, a partir de la pubertad, la
masturbación está encaminada a lograr el orgasmo.
En un estudio sobre la sexualidad femenina de 3019 mujeres, entre 14 y 78 años, las
mujeres encuestadas identificaron seis tipos de masturbación:[35]

1) Estimulación de la zona clitorideana/vulvar con la mano, mientras el cuerpo descansa


boca arriba (73%).
2) Estimulación de la zona clitorideana/vulvar con la mano, con el cuerpo tendido boca
abajo (5,5%).
3) Presionando y penetrando la zona clitorideana/vulvar contra un objeto blando (4%).
4) Apretando los muslos rítmicamente: a veces incluye también penetración vaginal
(3%).
5) Masaje con ducha en la zona clitorideana/vulvar (2%).
6) Penetración vaginal, con diferentes objetos (1,5%).[36]

Alrededor de un 11% de las mujeres se masturban en más de una de las formas arriba
citadas. También se usan vibradores u otros objetos mecánicos para estimular el área de los
genitales. En un gran número de casos, tanto de hombres como de mujeres, la masturbación
se acompaña con lecturas de revistas o libros eróticos, con videos pornográficos y fantasías
sexuales.
La masturbación es practicada por hombres y mujeres de todas las edades: niños,
adolescentes, adultos casados o solteros, personas mayores y ancianos. Es la actividad
sexual más practicada después del coito heterosexual.
Según los estudios que se conocen, la incidencia de la masturbación es mayor en el hombre
que en la mujer, no importa la edad. De acuerdo con Kinsey y sus colaboradores, el 92% de
los hombres y el 58% de las mujeres de todos los grupos etarios, al menos una vez en su vida,
se habían masturbado hasta alcanzar el orgasmo. Encuestas más recientes indican un aumento
en la actividad y menos diferencia entre hombres y mujeres. Por ejemplo, el 82 % de las
mujeres entrevistadas en el estudio de Hite informaron haberse masturbado.[37] Cabe
señalar aquí también que las estadísticas pueden reflejar una mayor disposición a
admitir la práctica de la masturbación, más que un aumento real de la misma.
A pesar de la frecuencia con que se practica, la masturbación es una de las actividades más
condenadas por la sociedad y la religión y una de las que más vergüenza y culpa crea en los
individuos que la practican.
Beneficios de la masturbación
La masturbación, al igual que otros tipos de actividad sexual, tiene un significado particular
para cada persona y en cada etapa de la vida. Para la mayoría de las personas, la
masturbación es una actividad placentera, capaz de activar una parte o todo el ciclo de la
respuesta sexual, y de culminar en el orgasmo. Por lo tanto, se puede practicar tantas veces
como el individuo lo desee. Es una forma efectiva de descargar tensiones y de satisfacer el
impulso sexual.
A continuación enumeramos algunos efectos beneficiosos de la masturbación en diferentes
etapas de la vida:

1) En la niñez: se adquiere la capacidad de darse placer a sí mismo y autosuficiencia. Se


accede también al conocimiento del cuerpo propio.
2) En la adolescencia: es un modo de aprender a controlar y dirigir los impulsos sexuales
y de satisfacerlos, sin necesidad de tener relaciones sexuales.
3) En la adultez: es un modo de conocer la respuesta sexual propia y de acceder a la
satisfacción sexual en situaciones donde no hay pareja. También es una técnica para
desarrollar la capacidad del orgasmo en la mujer y para evitar la eyaculación prematura
en el hombre.
4) En la vejez: brinda la posibilidad de obtener satisfacción sexual en situaciones donde
no hay pareja. En caso de ataques cardíacos -o de cualquier otra afección incapacitante
temporaria o definitiva- es un modo de reiniciar la actividad sexual.

Además ofrece otra opción de actividad sexual con pareja cuando el coito con penetración
no se desea, o no es posible por razones de salud.
Los mitos atribuidos a la masturbación
La actitud negativa que hoy prevalece hacia la masturbación proviene, en buena medida, de
las pautas morales de la culturajudeo-cristiana y de las creencias de la ciencia médica.
Apartir del siglo XVIII, y debido principalmente a los escritos de Tissot en Francia, la
ciencia médica le atribuye a la masturbación un sinnúmero de enfermedades físicas y mentales,
incluyendo epilepsia, raquitismo, gonorrea, locura y parálisis infantil. Estas creencias se
difunden en otros países y se desarrolla la noción de “locura masturbatoria”, una condición
que supuestamente puede llegar a ocasionarle la muerte a aquellas personas que se masturban
(¡!). Como consecuencia de esta idea, se desarrollaron extensos tratamientos para curar dicha
“enfermedad”, incluyendo medidas tan extremas como la clitoridectomía[38] en la mujer y la
castración en el hombre.[39]
Recién a fines del siglo XIX la ciencia médica reconoce que no hay evidencia para
sustentar estas creencias y acepta la masturbación como una actividad fisiológicamente
saludable, que forma parte de la vida evolutiva normal de una persona y que, como tal, es
psicológicamente sana.
Sin embargo, los mitos y las actitudes negativas de tantos siglos aún persisten en la
sociedad latinoamericana. Muchas personas han internalizado estos mensajes negativos y se
sienten culpables al practicar la masturbación, a pesar de que -obviamente- tales sentimientos
carecen de explicación racional. Para otros, la masturbación es una actividad condenable por
sus propias convicciones morales o éticas. Expongamos algunos de los mitos referidos a la
masturbación.

1) La masturbación es propia de individuos inmaduros: todos los estudios científicos


realizados en los últimos 45 años no han podido demostrar este argumento. Más del
50% de los varones solteros universitarios, entre 22 y 30 años de edad, se masturban
con regularidad. El porcentaje es algo menor en las mujeres. La experiencia clínica
enseña que varones y mujeres de edades intermedias y de la “tercera edad” se
masturban, incluso, alternando esta práctica con la vida sexual regular.[40]
2) La masturbación es una práctica antisocial: no hay manera de refutar que la
masturbación recibe nombres tales como “práctica solitaria”, precisamente, porque casi
nunca se realiza en compañía. Pero se olvida que, por lo general, el individuo se aísla
para cualquier práctica sexual; muy rara vez exige público para ello. Si alguien muy
introvertido y tímido se masturba, no es la práctica de la masturbación lo que lo vuelve
así, sino todo lo contrario. Por otra parte, una persona extrovertida, con un contacto
social pleno, no se vuelve introvertida, huraña y solitaria por masturbarse.
3) La masturbación excesiva produce fatiga, debilitamiento y enfermedades
incapacitantes: justamente cuando el placer -de cualquier actividad instintiva- se
alcanza, el ser humano se siente satisfecho y tiende a rechazar, a apartarse de la fuente
que minutos antes le proporcionó esa satisfacción. Aunque uno se acerque a los
estímulos nuevamente, no se siente lo mismo que antes. Ésta es la razón por la cual los
así llamados “excesos” en materia de actividad sexual son extremadamente raros. La
práctica sexual se regula como cualquier otra actividad física: produce cansancio, o
relajación extrema, al igual que cuando se hace deporte con una regularidad más o
menos intensa. Si se practica un deporte en exceso, el cuerpo comenzará a bajar el
rendimiento, aparecerán calambres, etc.
4) La masturbación, acompañada de fantasías, es malsana: cualquier actividad
sexual se acompaña de fantasías. Es posible que los individuos que la practican no
recuerden con nitidez la actividad fantasiosa, pero ésta existe. Diríamos que sin fantasías
es imposible tener actividad sexual, excitación y orgasmo. El problema de las fantasías
es igual al de la propia masturbación: si la persona que fantasea reemplaza casi
totalmente la fantasía por la vivencia de la realidad cotidiana, tendremos un autismo casi
rayano en lo patológico, que debe ser tratado de manera adecuada. Pero eso no es
atribuible a la fantasía o a la masturbación. Sería como atribuir la obesidad de una
persona al deficiente uso de los tenedores o cuchillos. No hay que confundir los medios
con los fines.

Entre otros muchísimos mitos, podemos señalar los siguientes: “la masturbación fomenta la
homosexualidad”, “impide el desarrollo normal sexual de las personas”, “produce
debilitamiento”, “causa ceguera y locura”, “refleja una actitud narcisista” y “provoca acné en la
piel”.
Peligros de la masturbación
Hay ocasiones en que la masturbación puede usarse como modo de escape, como sustituto
de la interacción sexual, o de forma compulsiva, interfiriendo con el funcionamiento de la
persona en otras áreas de su vida. En estos casos, al igual que sucede con la fantasía, es
importante darle atención al problema subyacente.
Para muchas personas, sin embargo, el problema mayor de la masturbación consiste en los
sentimientos de culpa que surgen debido a los principios morales y preceptos culturales que
condenan esta actividad. En estos casos, la persona necesita resolver este conflicto de una
manera u otra, conflicto que representa -en la mayoría de los casos- una tensión interior entre
figuras de autoridad (los padres), las necesidades instintivas y el ser adulto.
Las relaciones sexuales
Uno de los mitos más populares es creer que las relaciones sexuales son equivalentes al
coito. Hemos señalado ya que hay dos tipos de relaciones sexuales (la relación símbolo y la
relación para-sí), con el agregado de múltiples tipos de caricias y juegos que conforman un
continuo de intimidad física sexual:[41]

1) Reconocimiento de la propia sexualidad, manifestada a través de la ropa, la postura,


los gestos, el maquillaje y otras señales.
2) Conversación sobre temas sexuales.
3) Tomarse de las manos.
4) Tocarse el cuerpo en forma afectiva, abrazo ligero y superficial.
5) Besarse con pasión, en la boca. Beso “francés”, con la lengua.
6) Abrazo intenso, con ropa. Contacto de todo el cuerpo.
7) Tocar el cuerpo-senos de la mujer y genitales de ambos, por encima de la ropa.
8) Tocar el cuerpo-senos de la mujer, genitales de ambos, por debajo de la ropa.
9) Abrazo intenso, desnudo, contacto de todo el cuerpo.
10) Contacto genital con penetración pene-vagina: el coito.

Las relaciones sexuales son actos de mucha intimidad y, como tales, impactan en todos los
niveles, tanto físicos como psicosociales, de las personas. Que una persona tenga la capacidad
física de responder al estímulo sexual y el deseo del placer sexual no implica que esté
capacitada para tener relaciones sexuales en forma responsable.
Para lograr una relación sexual madura, son deseables las siguientes condiciones: 1) aceptar
el propio cuerpo y el placer sexual, así como el de la pareja; 2) tener comunicación con la
pareja, sobre todo escuchar y expresar sentimientos de intimidad emocional; 3) hacerse
responsable por las consecuencias de las relaciones sexuales: el embarazo, las enfermedades
de transmisión sexual, los sentimientos; 4) respetar a la otra persona siendo honesto,
reconociendo sus necesidades y no usando la coerción o la fuerza para tener relaciones
sexuales.
Todo lo anterior indica que, aunque la relación sexual es una actividad natural, requiere que
se lleve a cabo en forma consciente y responsable.
Diferencias en el comportamiento erótico
Según los estudios de Masters & Johnson, el comportamiento erótico de hombres y
mujeres tiene más aspectos en común que diferencias. El ciclo de la respuesta sexual (deseo,
excitación, orgasmo y resolución) es una evidencia de esta similitud. Sin embargo, existen
algunas diferencias fundamentales que deseamos destacar.
En el aspecto físico, podemos señalar que la sexualidad en la mujer está mucho más
vinculada con la reproducción que en el hombre. Una vez que éste eyacula y deposita el
semen en la vagina, su función a nivel fisiológico ha terminado, mientras que la mujer atraviesa
por el proceso del embarazo y el alumbramiento. Por eso, la sexualidad tiene un mayor
impacto en la vida de la mujer que en la del hombre. Otra consecuencia de esto es que la
maternidad es segura, mientras que la paternidad no lo es: el hombre no puede saber con
certeza si el hijo que ha nacido es suyo o no.
Otra diferencia estriba en que, para que ocurra la reproducción, tiene que darse la erección
y la eyaculación en el hombre, mientras que la mujer puede permanecer en una actividad
“contemplativa”, y ser penetrada y fecundada. Esto afecta la ansiedad de la ejecución que a
menudo manifiesta el hombre al sentirse obligado a tener una erección.[42]
Existen, además, diferencias en cuanto a la frecuencia y la variedad de actividad sexual y el
número de parejas entre los hombres y las mujeres. Los estudios que se han llevado a cabo
reflejan una mayor actividad sexual en el hombre en estas tres áreas. Sin embargo, la
capacidad erótica de la mujer suele ser mayor, ya que ella no tiene el período refractario que
presenta el hombre y puede tener relaciones sexuales y orgasmos consecutivamente. En otras
palabras, y sin ánimos de que esto se tome “al pie de la letra”, la mujer tiende a ser más
cualitativa, en tanto el hombre, a ser más cuantitativo.[43]
Existe también una diferencia en la edad en que se manifiesta con mayor fuerza el impulso
sexual: en el hombre esto sucede alrededor de los 18 a 22 años, mientras que en la mujer se
produce entre los 35 y 40 años.[44]
Otro aspecto que cabe señalar es que, para las mujeres, la actividad sexual generalmente
requiere mayor intimidad y sentimiento, mientras que para el hombre el sexo puede estar más
aceptado por su valor en sí. Se ha señalado que el hombre siente una atracción compulsiva
por la relación sexual y que luego se relaciona en otras dimensiones. La mujer, por el
contrario, establece primero la relación interpersonal y luego se abre a la relación sexual.
Cambios de conducta
El comportamiento erótico, tanto de hombres como de mujeres, ha manifestado cambios a
partir de los años sesenta. Los estudios y encuestas realizadas en los Estados Unidos reflejan
un aumento significativo en tres áreas: 1) sexo premarital 2) sexo extramarital y 3) relaciones
bucogenitales. Las siguientes estadísticas reflejan este aumento.
En el estudio de Kinsey y colaboradores de 1954, el 48% de las mujeres encuestadas
sostuvieron relaciones premaritales, mientras que veinte años más tarde, en 1974, el
porcentaje trepó al 81%. De parte de los hombres, los porcentajes han variado de un 85% a
un 95%.[45]
El sexo extramarital también ha tenido un aumento, aunque las estadísticas no son tan
claras. Kinsey concluye que un 26% de las mujeres y un 50% de los hombres sostuvieron
relaciones extramaritales. Los estudios recientes reflejan muchas diferencias, que dependen de
la edad de las personas y otras variables, de manera que no podemos dar una cifra en este
caso. Cabe señalar aquí que el hombre siempre ha tenido, socialmente, más “permiso” para
esta actividad, de manera que el cambio mayor se ha producido en las mujeres.
Finalmente, las relaciones orales han aumentado, especialmente, en el caso de las personas
menores de 35 años. Kinsey halló que el 40% de las mujeres practicaban el fellatio y entre un
5% y 50% de los hombres practicaban el cunnilingus (dependiendo de su educación: a
mayor grado de escolaridad, más frecuencia), mientras que estudios recientes[46] indican que
el 80% de las personas solteras y 90% de las parejas casadas practican la relación buco-
genital.
Problemas sexuales
Las dificultades mayores para el hombre tienen que ver con la erección, o sea, con la fase
de excitación, mientras que en el caso de la mujer se relacionan con el orgasmo.
Diferentes estudios sobre la frecuencia del orgasmo en la mujer reflejan que alrededor del
10% no lo logra nunca y que menos del 20% lo logra regularmente mediante la relación coital,
sin estimulación adicional del clítoris.[47] Por lo tanto, para muchas mujeres (al menos en el
60% de los casos), la estimulación manual u oral de la zona clitoridiana/vulvar parece ser
necesaria para lograr el orgasmo, con o sin penetración. El hombre, sin embargo, raras veces
tiene inconvenientes para alcanzar el orgasmo, salvo a partir de los 50-60 años, donde son
frecuentes las dificultades en la eyaculación, que en algunas ocasiones se convierte en
aneyaculación (ausencia de orgasmo y/o de eyaculación).
Aspectos psicológicos del comportamiento erótico
La satisfacción sexual en los seres humanos tiene dos aspectos: el placer físico de la
excitación sexual y el placer psicológico de la intimidad emocional y de la entrega a la pareja.
Estas experiencias son subjetivas, ya que cada persona experimenta distintos grados de
satisfacción en cada situación, y dependen de múltiples factores.
Aunque la persona saludable generalmente responde al estímulo experimentando la
excitación sexual, esto no siempre ocurre así debido a la existencia de factores inhibidores.
La respuesta sexual es compleja e involucra, además de los órganos genitales, la actividad del
cerebro y del sistema nervioso central. Primero se recibe el estímulo; luego, los mensajes del
estímulo sexual son transmitidos por terminaciones nerviosas hacia el encéfalo; de ahí, pasan al
centro que controla los impulsos sexuales en la médula espinal. Este proceso puede ser
interrumpido por algún bloqueo físico o psicológico, lo que impide que se produzca la
respuesta sexual. Por este motivo, los accidentes o traumas físicos en la espina dorsal afectan
la capacidad sexual. Estos centros inhibidores se encuentran en el cerebro y están conectados
a otras partes del encéfalo, y pueden ser afectados por memorias de experiencias pasadas,
creencias y emociones. Entre los factores inhibidores más comunes se encuentran los
recuerdos de experiencias traumáticas pasadas, las emociones de ansiedad, temor e ira y los
sentimientos de culpa.
Por otra parte, hay factores activadores que facilitan y aumentan la respuesta sexual. El
amor y los sentimientos de afecto resultan poderosos activadores de la respuesta sexual.
También colaboran las fantasías sexuales, el baile, la música y los estímulos visuales. No
obstante, además de estos factores activadores, la satisfacción sexual requiere condiciones
específicas que son particulares para cada individuo: el lugar donde se tienen las relaciones
sexuales, el momento, el grado de privacidad, el aseo personal, la tensión o el
relajamiento, entre otros. Las condiciones adecuadas facilitan la respuesta sexual; en
contrapartida, las inadecuadas pueden inhibir o minimizar la excitación sexual. Cada persona
necesita identificar sus propias condiciones adecuadas para poder determinar, junto a su
pareja, cuál es la mejor situación para tener relaciones sexuales, si es que éstas no surgen
espontáneamente.
Zonas erógenas
Las zonas erógenas son las partes del cuerpo capaces de recibir o transmitir estímulos
sexuales por tener más terminaciones nerviosas que otras. Además, hay zonas erógenas
socialmente definidas así como zonas erógenas psicológicas que responden a asociaciones y
experiencias particulares. La estimulación de estas zonas produce excitación sexual y, en
algunos casos, puede provocar el orgasmo.
Es cierto que el clítoris en la mujer y el glande del pene en el hombre son los centros de
máxima excitación sexual, pero existen zonas erógenas en todo el cuerpo. Es más, las zonas
erógenas “máximas” que mencionamos deben ser abordadas en secuencia, luego de haber
pasado por todas las demás.
Aunque existen amplias diferencias individuales, hay zonas erógenas que, en general, son
comunes a todos los individuos:

1) Boca, labios y lengua. El beso tiene un gran contenido sexual.


2) Senos y tetillas.
3) Orejas, especialmente con contacto de la boca.
4) Cuello y hombros.
5) Los muslos, en especial la parte interna.
6) El ano y el perineo, tanto del hombre como de la mujer.
7) Los codos, las caderas y las axilas.
La fase preparatoria
La interacción sexual no siempre fluye en forma espontánea: usualmente requiere una fase
de transición que le permite al individuo pasar de otras actividades a la intimidad sexual. Este
proceso de transición puede denominarse fase preparatoria o primaria y, en general, incluye
cuatro aspectos: inquietud, opciones, negociaciones y anticipación.

1) Inquietud: La persona siente deseo de aliviar cierta tensión sexual o tiene urgencia
por satisfacer el apetito o impulso sexual. Puede tener deseo de contacto físico íntimo o
sentir atracción física hacia otra persona.
2) Opciones: La persona examina si desea o no tener relaciones sexuales. Toma la
decisión interna de abrirse o cerrarse a esta posibilidad o de posponerla para otra
ocasión. En esta decisión está implícito el hecho de asumir la responsabilidad por los
propios actos.
3) Negociaciones: Si se ha optado por la interacción sexual, la persona se acerca a la
pareja. Puede invitarla de forma verbal o no-verbal. En este momento, además, se
pueden tomar decisiones sobre el lugar, el momento y otras condiciones para el
encuentro.
4) Anticipación: Es la fase de la preparación psicológica y física que precede a la
interacción sexual. La persona lleva a cabo distintas actividades, como las fantasías
sobre el encuentro y la preparación del ambiente. Este proceso varía de persona a
persona. En los casos de insatisfacción sexual es importante explorar si la ausencia de
este proceso es un factor significativo.
El placer psicológico
Muchos científicos reconocen que la expresión sexual es más satisfactoria cuando existe
intimidad emocional entre las personas involucradas. Además, la incapacidad de desarrollar
intimidad emocional por temor al rechazo o al abandono a menudo contribuye a que las
relaciones sexuales sean mecánicas y superficiales. En otras ocasiones se usa la relación
sexual, un acto de intimidad física, como sustituto de la intimidad emocional. Cuando el acto
sexual se da sin la intimidad emocional, se crea insatisfacción.
Para muchas personas las relaciones sexuales tienen que estar acompañadas por
sentimientos de amor; para otras, el amor y el sexo no tienen que estar ligados. Sin embargo,
existe un ciclo de refuerzo mutuo entre amor y sexo. El amor genera el deseo de unión con la
persona amada y la unión se logra, entre otras formas, mediante las relaciones sexuales. El
placer que se deriva de las relaciones sexuales con la persona amada incrementa el deseo de
unión, lo cual lleva a la relación sexual. Y así sucesivamente: uno se refuerza con el otro y el
ciclo se repite.
Tacto y sexo
Todo ser humano necesita ser tocado y tener experiencias de caricias físicas afectivas.[48]
Existen estudios que señalan los efectos negativos que resultan de la privación de experiencias
táctiles, tanto en niños como en personas adultas y hasta en algunos animales. Debido a que en
nuestra sociedad hay actitudes negativas hacia el contacto físico, a menudo las personas se
privan de esta experiencia. En la sociedad latinoamericana esta privación suele ser mayor entre
los hombres, ya que a las mujeres se les permite más expresiones físicas de afecto.
Con frecuencia se confunde la necesidad táctil con el deseo sexual. Como consecuencia, se
utilizan las relaciones sexuales para sustituir caricias, abrazos, besos o meramente para llenar la
necesidad de calor humano por el contacto físico de los cuerpos. La contrapartida es la
situación en que el tacto se malinterpreta como señal para tener relaciones sexuales y se priva
a las personas de vivir experiencias sensuales.
El reflejo orgásmico
Además de la influencia de los factores psicológicos mencionados, la satisfacción sexual
está íntimamente ligada a la experiencia del orgasmo, ya que éste es el punto máximo de
placer físico. Existe en toda persona saludable la capacidad de responder al estímulo sexual y
de lograr el orgasmo. Sin embargo, esta capacidad no siempre se actualiza: la falta de
orgasmo, por ejemplo, es una experiencia común en muchas mujeres. La comprensión de este
mecanismo puede ser útil para aquellas personas que desean lograrlo o tener un orgasmo más
intenso.
En el proceso de excitación sexual ocurre el fenómeno llamado tumescencia:[49] el cuerpo
se “carga” de energía por la excitación. En la medida en que la excitación continúa llega un
punto donde ya la carga es tan grande que requiere la “descarga”, esto es, el orgasmo. Esto
implica que la persona tiene que “dejarse ir”, abandonarse, para que ocurra este fenómeno. A
menudo la carga no es suficiente o la persona no se deja ir y, por lo tanto, no se da el
orgasmo. El siguiente cuadro ilustra este proceso.

Cuadro 1. El reflejo orgásmico


Estímulos internos Estímulos externos
Respiración Movimientos sensoriales
Fantasías Tacto (caricias)
Carga Descarga
El grado de placer que se obtiene depende de muchos factores psicológicos. Si la persona
está bien relajada y se permite fluir con esta energía, el orgasmo es una experiencia que
impacta en todo el cuerpo. Es lo que se ha llamado el orgasmo total. Aunque esta experiencia
es subjetiva e individual, se pueden distinguir algunas condiciones que se manifiestan durante la
misma:

1) El aumento en la concentración, de manera tal que se pierde el sentido consciente de


uno mismo.
2) La sensación de que el tiempo no existe.
3) La sensación de “perderse” en la actividad y dejarse ir completamente.

El temor a la entrega y la ansiedad por lograr el orgasmo son dos factores comunes que
impiden o limitan esta experiencia. La importancia exagerada dada a los genitales y la poca
conexión con el propio cuerpo también afectan la calidad del orgasmo.
Un párrafo aparte, merece el orgasmo femenino, por la variedad para lograr su obtención,
por las diferentes necesidades que se satisfacen, a partir de tener (o no) uno o varios
orgasmos.

La gama efectiva de las preferencias sexuales de la mujer normal es muy amplia. Hay mujeres
casadas que se satisfacen con uno o dos coitos por semana, en tanto que otras necesitan una
frecuencia diez veces mayor. Algunas mujeres declaran que lo más importante que obtienen
del coito es la experiencia del orgasmo. A otras, les resulta mucho más gratificante la
proximidad física y la intimidad que les proporciona el coito. También difieren de manera
sorprendente las formas en que les resulta más fácil y más placentero llegar al orgasmo en
compañía de una pareja sexual masculina. Hay quien encuentra indispensable la estimulación
directa del clítoris, en tanto que a otra, tal estimulación le parece dolorosa y todo su placer
deriva del hecho de la penetración vaginal. Hay quien necesita un prolongado período de juego
erótico, que signifique una generosa estimulación sensorial de muchas áreas del cuerpo,
antes de que el contacto con el pene produzca el orgasmo. Otras, en cambio, prefieren que la
excitación orgásmica sea rápida y súbitamente generada por la introducción del pene. Algunas
mujeres prefieren que los coitos tengan lugar durante el período del flujo menstrual, pero a
otras les disgusta y se sienten inhibidas para tener relaciones en este momento del ciclo; el
momento en que se sienten más excitables es después de terminada la menstruación.[50]

La abstinencia sexual
A diferencia de otros apetitos del ser humano, como beber y comer, la actividad genital no
es absolutamente necesaria para la supervivencia del individuo. Por ese motivo, este impulso
puede ser controlado y dirigido, y la energía puede canalizarse. La abstinencia sexual,
temporaria o permanente, es una opción válida. Para que no sea perjudicial para el individuo
debe responder a una decisión propia y no a la represión sexual impuesta desde afuera. Un
aspecto de la salud sexual es precisamente la integración de la sexualidad a la persona, lo cual
requiere disciplina interna y tomar decisiones responsables sobre la expresión sexual.
El hombre y los problemas sexuales
En el ámbito de la sexualidad humana al hombre se le ha asignado el rol de iniciador de la
mujer en la vida sexual, de aquel que la introduce en el mundo del placer; es el que detentaría
el poder en la relación. Es él -se supone- el que debe transmitirle su experiencia en este
campo... Ahora bien, ¿al hombre, quién le enseña?
Este complejo problema tiene consecuencias. Cuando el hombre tiene problemas sexuales,
aparte de las dificultades de orden físico que presenta, su identidad personal, su rol en relación
con la mujer y su papel en el campo social se ven profundamente afectados.
Una condición anatómica -tener los órganos sexuales a la vista y al tacto- determinará,
entre otros problemas, la enorme dependencia de la atención vuelta hacia su pene y su
funcionalidad eréctil, el volumen de su semen, la duración de su coito o el número de
orgasmos en un determinado lapso de tiempo. Siempre importa cuánto... nunca cómo.
La atención de la mujer, al tener sus órganos genitales predominantemente internalizados,
no está focalizada entre las piernas, sino en la globalidad de la piel. Los problemas orgánicos
en el hombre son fácilmente detectados, pero no ocurre lo mismo con los de las mujeres.
Todo va a quedar en ella: menstruación, semen, gravidez, parto, lactancia.
“En un sentido idéntico o análogo, la presencia de erecciones ofrecerá al muchacho o al
hombre adulto una suerte de certeza visible, palpable de su excitación y su disponibilidad para
el funcionamiento sexual.”[51] Esa misma visibilidad y constatación se mostrará débil y
fundamentalmente frágil, muy vulnerable a las situaciones traumáticas y a los desencantos
emocionales.
En particular, la sociedad latinoamericana le ha destinado al hombre un papel que es un
“mix” de fortaleza, actividad, agresividad, un gran rechazo a la debilidad y mucha reserva en la
expresión de sus afectos. Fuera de los accesos ocasionales coléricos, “no le está permitido” al
hombre expresar sus sentimientos. La pasividad en general y la poca expresividad emocional
hacen que el hombre sea acusado de homosexual.
Lo que aquí se explica en forma muy sencilla es la aparición de la exigencia, de la culpa, del
tremendo malestar que un hombre puede padecer frente a las fallas de su vida sexual. Dos
elementos aparentemente antitéticos nos depara la psicología masculina. Por un lado, la queja
repetida: “¡Doctor, mi mujer es lenta!” Por el otro, se siente acosado o mínimamente
incómodo o asustado frente a una demanda insistente de relacionamiento sexual por parte de
la mujer. Estas dos características se complementan con la evasiva de proporcionar ternura -
del hombre hacia la mujer- en la fase posterior al orgasmo masculino.
El hombre se excita sexualmente con “puntualidad reconfortante”.[52] En cambio, para la
mujer la excitación sexual es un hecho imprevisible. Puede presentarse en momentos
inesperados, o incluso desaparecer, y siempre ser escasa desde la visión y percepción
masculinas. En líneas generales, entonces, el hombre tiene cierto ritmo en sus deseos sexuales
y excitaciones, del cual la mujer usualmente carece.[53] No es casual que la mayor parte de
las consultas por disfunciones sexuales sean masculinas en cualquier servicio de sexología de
cualquier parte del mundo. La falta de erección suficiente y la eyaculación precoz dominan el
panorama epidemiológico, y son quejas que lideran las estadísticas, a cualquier edad: tanto en
los adolescentes o jóvenes que recién se inician en la vida sexual como en hombres de edad
avanzada.
Pocas dudas existen de los componentes orgánicos, tanto neurológicos como hormonales,
que determinan fallas eréctiles. Pero es necesario subrayar que cuanto más orgánico el
problema se presenta, mucho más psicológico es. Si el problema es, por ejemplo, una
enfermedad diabética (hecho frecuente), el individuo podrá tener problemas que se
desprenden de la enfermedad en sí misma: la evolución de la diabetes, inestabilidad glucémica,
complicaciones oftálmicas y circulatorias... Y, en simultáneo, problemas de tipo sexual:
hipofunción del deseo sexual, baja producción eréctil, eyaculación precoz oretardada, baja
sensibilidad a la excitación sexual.
Hoy no existen más los problemas sexuales psicológicos u orgánicos. Hoy los problemas
sexuales son psicológicos y orgánicos. Luego de la Segunda Guerra Mundial, el avance
científico “decretó” la muerte del cartesianismo.[54]
La eyaculación precoz
La eyaculación precoz es una entidad que se presenta independientemente de los segundos
o minutos de iniciada la penetración. Este hecho -el conteo del reloj- carece de importancia.
La investigación ha determinado que el problema común es el no control conciente,
voluntario de la eyaculación. Y el origen, la patogenia de la eyaculación precoz, denuncia lo
siguiente. En los inicios de la función eyaculatoria, durante la adolescencia, la naturaleza
privilegia la reproducción. Nuestra herencia animal así lo determina, y llena “hasta el borde”
los conductos eyaculatorios con semen. La inestabilidad de estos líquidos se manifiesta a la
noche, cuando el sueño “apaga las luces” de la corteza cerebral y libera los centros inferiores.
En tal situación, sobreviene la llamada “polución nocturna” y se mojan las sábanas (“sueños
húmedos”) para desesperación de los chicos y los adultos.
Un mecanismo común dispone la naturaleza para la evacuación temporaria del semen: la
masturbación. Sin embargo, este acto elemental, heredado del mundo de los animales, efectivo
en su finalidad de eliminación del semen, tropieza con la acción ideológica judeo-cristiana,
instrumentada por los padres, de reprimir, de prohibir, de castigar al joven por su actitud “tan
perversa”. Esto lleva, inevitablemente, a masturbarse a “escondidas”, a espaldas de los
mayores. La culpa por la transgresión, la ansiedad provocada por ella, la velocidad en el acto
masturbatorio, la clandestinidad del hecho y el alivio tensional que se presenta, forman un
conjunto compacto que acompaña el acto eyaculatorio. Ya a los 20, 30 o 40 años, cada vez
que el sujeto va a eyacular se presentan, en velocidades rápidas, la ansiedad, el descontrol y
los sentimientos de rabia e impotencia que se han estereotipado y repetido desde la lejana
adolescencia.
Sólo queda ahora disminuir la ansiedad, construir un nuevo reflejo, donde impere el control,
el goce por el aumento de la excitación sexual y el voluntario despliegue eyaculatorio,
independientemente del tiempo que ello lleve.
El cuadro común de evitar y espaciar las eyaculaciones sólo lleva a agravar el problema.
Cuanto más extensa sea la frecuencia entre una y otra eyaculación, mucho más -
proporcionalmente- será la velocidad eyaculatoria.
El control social del comportamiento erótico
Toda sociedad establece normas de conducta para controlar el comportamiento sexual de
los individuos. A aquellas personas que acatan estas normas se las cataloga como “normales”.
Como ya hemos señalado, estos criterios de normalidad varían según la cultura y la época. De
ahí que la desviación sexual es socialmente definida y responde a los principios y valores de
cada sociedad.
Para controlar la conducta sexual de los individuos, la sociedad ejerce presión de varias
formas. Podemos distinguir cuatro mecanismos de represión de la conducta sexual de aquellos
individuos que se apartan de la norma social establecida: 1) se los ridiculiza y se los rechaza
como personas raras y excéntricas; 2) se los juzga como inmorales de acuerdo con las
estructuras religiosas; 3) se los condena como delincuentes o criminales de acuerdo con las
estructuras legales; 4) se los diagnostica como
“inmaduros”, “perversos”, “desviados”, e incluso como “degenerados” o “psicóticos”, de
acuerdo con las estructuras médico-psiquiátricas.[55]
Criterios de normalidad
Muchos conflictos sobre la sexualidad tienen su origen en los juicios que hace la sociedad
sobre lo que es normal (o no) en la vida sexual.[56] A menudo, cuando se argumenta, no se
especifica el criterio que se ha utilizado para hacer el juicio. En nuestra cultura, el criterio moral
ha sentado las bases para determinar la normalidad de los actos. Sin embargo, existen otros
criterios: el estadístico, que sostiene que lo normal es lo que hace la mayoría; el filogenético,
que sostiene que lo normal es lo que practican el resto de los animales en la escala evolutiva
cercana al ser humano; el psicológico, que acepta como normal aquella conducta que
conlleva al desarrollo armónico y al bienestar del individuo, y el social, que sostiene como
normal aquella conducta que contribuye al desarrollo armónico de la sociedad. Un factor
importante sobre el criterio moral en nuestra cultura es que está fundado en un sistema de
moral absolutista basado en la fe.
El siguiente cuadro resume los distintos modelos de desviación, según los define la cultura
latinoamericana.

Cuadro 2. Modelos de parafilias


Atributos Religioso Legal Médico-psicológico
Desplazamiento,
Causa Posesión demoníaca Conducta criminal
inmadurez psicosexual
Conflictos edípicos no
Significado Pecado, herejía
resueltos
Médico psicoanalista,
Autoridad Sacerdote Juez, abogado
psicólogo
Objetivo del Salvar el alma, Determinar si es Elaboración de conflictos
tratamiento expiación de la culpa punible/no punible no resueltos.
Fuente: Adaptado de Haeberie, E., The Sex Atlas, Nueva York, The Seabury Press, 1978, p. 71.

Como puede observarse en la tabla adjunta, un supuesto “mismo fenómeno” no es


observado, estudiado y formalizado de igual manera por un médico, un abogado o un
sacerdote. Las conclusiones, la visión y las consecuencias serán bastante diferentes.
Hoy se debate el derecho de imponer normas sexuales, reconociendo el carácter pluralista
de la sociedad y el derecho del individuo a expresar su sexualidad según sus propias
preferencias. Se ha sugerido que la legislación sobre conducta sexual debe limitarse a aquellos
actos que incluyen el uso de coerción o fuerza o que de alguna manera ofenden la moral por
llevarse a cabo en público, pero que los actos sexuales en privado entre adultos que dan
su consentimiento no deben ser materia de legislación.
4. Historia de la sexología científica[57]

El antecedente más claro de la sexología científica fue Sigmund Freud (1856-1939), quien
postuló la primera teoría sobre el desarrollo sexual progresivo del niño para explicar la
personalidad normal y anormal. Le asignó a la sexualidad un papel determinante de otras
conductas del ser humano y valoró el deseo sexual, consciente o inconsciente, como un
condicionante de la salud individual y de las patologías que podrían generarse. También
Havelock Ellis (1859-1939) se enfrentó a su época afirmando que la masturbación era una
conducta habitual y lógica en el individuo, que la homosexualidad no era una enfermedad o
una inmoralidad, que la ausencia del deseo sexual en la mujer decente era un mito y que
muchos problemas sexuales tenían un componente psicológico.
De hecho, la investigación de la sexualidad no comienza hasta mediados del siglo pasado.
Ya hemos mencionado a otro precursor:
Kinsey (1894-1956). Él y los sucesores del instituto que lleva su nombre analizaron
mediante entrevistas los diferentes comportamientos sexuales, y observaron las diferencias
entre el comportamiento socialmente deseado y exigido y el comportamiento real. Master y
Johnson (1966) valoraron en el laboratorio y con diferente instrumental la fisiología y clínica
sexuales y diseñaron tratamientos novedosos en los problemas sexuales que actualmente
siguen en vigor. Otros informes de entrevistas relevantes fueron los de Hite (1976), donde se
resumen las conductas y actitudes sexuales.
La sexología clínica
La Organización Mundial de la Salud (OMS) llamó la atención en 1974 acerca de la falta
de formación sobre sexualidad humana, de personas capaces de ejecutar los programas
educativos donde se pretendía dar información, proponer tratamientos y formar docentes para
la asistencia materno-infantil, centros de planificación familiar, de salud mental y comunitaria.
De ahí se desprende la necesaria especialización del profesional médico o psicólogo como
asesor en educación sexual, experto en terapia sexual y en investigación.
Salud sexual
La salud sexual hace referencia a la experiencia como proceso continuo de bienestar físico,
psicológico y sociocultural relacionado con la sexualidad. No se trata sólo de la ausencia de
disfunción, enfermedad o discapacidad: la salud sexual se observa en las expresiones libres y
responsables que propician un bienestar armónico personal y social, y enriquecen la vida
individual y social.
La OMS define la salud sexual o la sexualidad sana como la

aptitud para disfrutar de la actividad sexual y reproductiva, amoldándose a criterios de ética


social y personal. La ausencia de temores, de sentimientos de vergüenza, culpabilidad, de
creencias infundadas y de otros factores psicológicos que inhiban la reactividad sexual o
perturben las relaciones sexuales. Y la ausencia de trastornos orgánicos, de enfermedades y
deficiencias que entorpezcan la actividad sexual y reproductiva.

El médico o psicólogo como asesor en educación sexual


Los avances en el conocimiento de los distintos aspectos de la sexualidad, el surgimiento de
la pandemia de VIH, el avance en el tratamiento de otras enfermedades de transmisión sexual,
el reconocimiento del placer sexual como hecho social, la salud reproductiva, el intento de
evitar la violencia de género, el reconocimiento de los derechos sexuales como parte de los
derechos humanos, el respeto a las minorías y el desarrollo de medicamentos eficaces para
problemas sexuales: todo esto da cuenta de la necesidad de una buena educación sexual.
Dicha educación sexual intenta estar abierta a los sectores de población (escuela,
facultades, minorías con discapacidades y étnicas, grupos especiales de la población,
profesionales de la salud, entre otros) y está encaminada a:

• Promover un comportamiento sexual responsable mediante la ejecución de programas


de educación a la población y el uso de diversos medios para prevenir la explotación,
acoso, manipulación y discriminación sexual.
• Eliminar el temor, el prejuicio, la discriminación y el odio relacionado con la sexualidad
y las minorías sexuales, conociendo y respetando las identidades sexuales masculina y
femenina, y las diferentes conductas y orientaciones sexuales (homosexualidad,
bisexualidad, heterosexualidad).
• Eliminar la violencia de género, reconociendo las diversas formas de la violencia sexual
y los diferentes tipos de prevención de las mismas.
• Integrar programas de salud sexual dentro de la salud pública mediante evaluaciones
generales y protocolos de intervención.
El médico o psicólogo como terapeuta sexual
Las respuestas sexuales fallan muchas veces por razones emocionales. La conducta sexual,
las fantasías siempre tienen un impacto individual en la persona: puede sentirse satisfecha y
relajada, o quizá la ignorancia, la culpabilidad y los deseos ocultos produzcan una ansiedad
que entorpecerá la respuesta sexual. De hecho, gran parte de las disfunciones sexuales tienen
causas psíquicas, y la mayoría de ellas pueden tratarse con éxito. De ahí la importancia que
tiene la terapia sexual llevada a cabo por el profesional especialista en sexología.
Wolpe (1958) fue el que afirmó que la mayor parte de los problemas sexuales derivan de
las actitudes negativas del sujeto ante la actividad sexual, lo que produce una ansiedad
condicionada frente a la actividad sexual que inhibe la respuesta sexual del individuo. La
resolución de estos problemas pasaría, por tanto, por una corrección de las actitudes erróneas
del sujeto y por algún tipo de terapia educativa o conductual dirigida a eliminar los mitos y
prejuicios así como disminuir la ansiedad.
Los problemas de salud sexual provienen de situaciones (personales, de la relación de
pareja o sociales) que deberían identificarse y darle un tratamiento adecuado. Actualmente se
recomienda un enfoque donde se dé relevancia a los síntomas o síndromes clínicos que alteran
la salud sexual del individuo o de la relación de éste con su pareja.
Los problemas sexuales pueden tener diferentes causas (orgánicas, psicológicas y sociales)
y el terapeuta sexual es quien tiene que descartar y valorar las diferentes incidencias. El
terapeuta sexual ha de realizar inicialmente una evaluación de la conducta sexual, la historia del
problema y luego podrá valorar un diagnóstico y evaluar un posible tratamiento. Muchas
veces, el hecho de que la persona que presenta -o cree presentar- un problema sexual pueda
superar el sufrimiento secreto es el inicio de la solución.
El terapeuta sexual descarta en principio si el problema sexual planteado tiene una causa
médica. Si sospecha que pudiera ser así, derivará el paciente al especialista médico pertinente
(urólogo, ginecólogo, andrólogo...). Si se descarta una patología orgánica, se continúa con la
terapia sexual intentando modificar un problema de comportamiento.
Un problema sexual existe cuando un individuo realiza una actividad sexual que lo hace
infeliz o coarta su libertad o si la misma representa alguna molestia o algún peligro para sí
mismo o para las demás personas de su entorno o grupo social de referencia. Esta
anormalidad puede estar relacionada de manera causal tanto con alteraciones orgánicas como
con anomalías o trastornos funcionales o psicológicos.
Los principales problemas de salud sexual se pueden englobar en:

• Alteraciones del funcionamiento sexual (disfunciones sexuales): deseo sexual


hipoactivo, aversión sexual, disfunción orgásmica, dispareunia o dolores sexuales. En la
mujer se trata de una disfunción de la excitación sexual, vaginismo, y en el hombre, de la
disfunción eréctil y la eyaculación precoz. La mayoría de los problemas sexuales se
engloban y se sitúan en las diferentes fases de la conducta sexual (deseo, excitación u
orgasmo).
• Trastornos del vínculo afectivo (parafilias): exhibicionismo, fetichismo, frotaurismo,
pedofilia, masoquismo y sadismo sexual, travestismo fetichista y voyerismo.
• Comportamiento sexual compulsivo: búsqueda de parejas múltiples, fijaciones,
aventuras amorosas y comportamiento compulsivo en la relación.
• Conflictos de identidad de género: disforias en la niñez, adolescencia o la edad adulta
e intersexualismo.
• Situaciones relacionadas con la violencia y victimización: abuso, acoso y violación
sexual, fobias sexuales y otras conductas de riesgo. Estas conductas se realizan o se
sufren mediante una actividad sexual con otra persona sin su consentimiento.
El sexólogo como investigador en sexología
La investigación es necesaria para aumentar la comprensión del sexo, la sexualidad, la salud
sexual y el comportamiento sexual, así como para evaluar la eficacia de estrategias de
prevención, programas, cursos y tratamientos. Así, las principales vías de investigación irían
encaminadas a: 1) Impulsar la investigación sobre la salud sexual de personas y grupos de
población. La evaluación se encaminaría a recopilar datos para tomar decisiones y valorar la
eficacia de programas de educación sexual. 2) Promover la sexología como una disciplina de
investigación en sí misma y con relación a otras disciplinas (medicina, psicología, enfermería,
sociología, antropología, epidemiología). Se pretende mejorar los conocimientos y renovar la
percepción de las cuestiones complejas de la sexualidad y de la salud sexual. 3) Difundir los
conocimientos científicos para crear una base para nuevas experiencias de calidad en el futuro.
Diferentes enfoques de la terapia sexual
Resulta paradójico que, por diferentes problemas, una fuente de placer como el sexualidad
no funcione o funcione mal y provoque angustia, dolor psíquico y gran malestar.
Es conocida la dificultad que tienen los pacientes de cualquier edad, sexo y condición social
para solicitar ayuda. También son conocidas las tendencias a “curarse” lo más rápidamente
posible, con escasa inversión de tiempo, de dinero y/o de sufrimiento. Esta calidad en la
presentación de los síntomas se encuentra, casi en el 100% de las personas que consultan a un
profesional.
La participación del profesional -sea médico o psicólogo- es siempre activa. No caben
aquí posiciones especulativas de retracción, en las que predomine el silencio. El paciente con
síntomas sexológicos sufre y desea ser escuchado, atendido y, en última instancia, contenido
psicológicamente.
Vuelvo a repetir: una cosa es la queja, y otra, muy diferente, el motivo de consulta. La
queja es la “materia prima” que será trabajada con el interrogatorio y los exámenes
complementarios, y de allí surgirá el resultado final: el motivo de consulta.
El paciente puede quejarse por presentar síntomas de eyaculación precoz, pero esto
deberá confirmarse, o no, mediante un adecuado interrogatorio. También puede quejarse de
falta de deseo sexual o de orgasmo, pero esto también deberá ser confirmado o desmentido
por el interrogatorio especializado. La orientación terapéutica dependerá de ello.
La metodología de la investigación clínica responde a dos aspectos íntimamente
relacionados: los deficitarios y los productivos.[58] Entre los aspectos deficitarios, en
primer lugar, nos encontramos con el estado de salud en general, las deficiencias de tipo
hormonal, las inhibiciones de tipo físico y/o emocional. Entre los aspectos productivos
podremos considerar trabas o imposibilidades prácticas de concretar la función sexual, el
predominio de la agresividad y/o el resentimiento, los beneficios secundarios de la disfunción,
como la presentación del síntoma, en vez de confesar o manifestar el rechazo al compañero o
compañera.
Knigth estableció, hace muchos años ya, que existían tres tipos de abordajes del marco
psicoterapéutico:[59]
• Terapias por support: sostén, contención, desculpabilización y desdramatización del
problema.
• Terapias por rapport: vinculación emocional, transferencia.
• Terapias por import: insight, interpretación, con posible desplazamiento para dejar al
descubierto estructuras subyacentes, como los procesos depresivos.

¿Cómo se forma un terapeuta sexual?[60]


En sus inicios, desde los años cincuenta hasta mediados de los setenta, la psicoterapia en la
Argentina, y en América Latina en general, estuvo dominada netamente por la teoría
psicoanalítica. El insight era el objetivo central. Los textos freudianos fueron leídos,
estudiados y difundidos como si fueran la Biblia. Fue un modelo hegemónico. Con el tiempo, a
partir del entendimiento de que ningún modelo podía abarcar la totalidad de los problemas que
presentaba la realidad clínica, los modelos teóricos se multiplicaron. El insight le cedió el paso
al support y al rapport.
Los profesionales, entonces, giraron sus ejes de interés hacia la práctica y sus resultados.
Las minucias técnicas hicieron ilusionar a la mayoría de los terapeutas hasta entender que el
vínculo entre profesional y paciente era la clave común a toda teoría y toda técnica.[61]
La habilidad terapéutica ocupó y sigue ocupando el centro de atención de los
profesionales. Cada nuevo peldaño -escalera que se inicia luego de la Segunda Guerra
Mundial- incluye los logros obtenidos. Así, el psicoanálisis fue modificado por la teoría
sistémica, y ésta se multiplicó en recursos, tareas y obtención de resultados. Para decirlo de
manera más explícita: el terapeuta sistémico, que venía del “peldaño” psicoanalítico, enriqueció
su visión con su práctica.
Hoy ningún “muestrario” de recursos o habilidades para el cambio en psicoterapia se agota
en la formación de un terapeuta. La terapia sexual se “nutrió” de la teoría freudiana, pero la
consideró insuficiente a la hora de los resultados demandados por los pacientes sexológicos,
debido a que era muy prolongada y el “buceo” por el inconciente no se mostró eficaz a la hora
de los resultados que los pacientes sexológicos demandaban. Los recursos sistémicos se
mostraron mucho más adecuados, y la terapia sexual “compró” rápidamente la cantidad de
recursos facilitadores de la mejoría sintomática sexual, apoyados en los avances
farmacológicos, y la visión sistémica en las relaciones de parejas.
La efectividad del terapeuta sexual
Hay tres atributos que hacen efectivo al terapeuta sexual relacionados con las disposiciones
básicas y las condiciones de actuación en la relación con el paciente sexológico:[62]
• Empatía;[63]
• disposición para motivar incentivos y esperanzas;
• inteligencia.

La capacidad de generar motivación se desprende de la energía, “de las ganas” que en ese
momento tenga el terapeuta para elevar la expectativa de curación del paciente.
Un profesional inteligente tiene alternativas. No intenta una y sólo una manera de abordar la
problemática del paciente sexológico.
Si se me permite la comparación, Maradona no necesitó entrenamiento especial alguno.
Tuvo dotes absolutamente naturales para lo cual ha sido y es un “dotado”. Salvando las
distancias, para un profesional de la psicoterapia se trata de cualidades intrínsecas y
relacionales que tiene y vuelca intuitivamente en la tarea con su paciente. Un sistema de
entrenamiento eficiente puede ayudar a incrementar esas habilidades naturales en un
profesional.
Competencias adquiridas
No existe un terapeuta ideal que sea capaz de enfrentar exitosamente todas las demandas
sexuales que presentan los pacientes. Un procedimiento muy interesante y útil para el
aprendizaje y la práctica es el “psicodrama pedagógico”.

Esta realidad social que vivimos, presa de un frenesí de transformación, no concuerda con una
enseñanza cultural primaria. Lo que tenemos que entender claramente es que el lenguaje es
un factor formador en la relación dialéctica, indiscutida entre pensamiento y palabra. Se hace
necesario, por lo tanto, e imprescindible, diría, ubicar al hombre en la sociedad que lo rodea y
tratar de ejercer una acción colectiva para lograrlo.[64]

En la formación de terapeutas sexuales utilizamos el psicodrama pedagógico en tres


situaciones:
• para comprender un conocimiento ya adquirido mediante medios tradicionales;
• para evaluar un tema;
• para repasar conocimientos olvidados.

Específicamente, en terapia sexual el psicodrama pedagógico se emplea para:


• ensayar distintos modelos de entrevistas sexológicas;
• poner a prueba estilos diferentes de abordaje terapéutico;
• observar alternativas frente a las dificultades más comunes.
La efectividad de la terapia sexual
Las dificultades que enfrenta la psicoterapia con respecto a los problemas que se deben
enfrentar sintomáticamente, la urgencia por resolverlos y la calidad psicopatológica de los
consultantes constituyen ejes principales para la evaluación de su efectividad.
El conocimiento de la temática sexual es princeps en la efectividad de la terapia sexual.
He aquí la razón central por la cual importantes y hábiles terapeutas de cualquier orientación
tienden a fracasar con los pacientes que presentan síntomas sexológicos.[65]
El paciente que presenta síntomas sexuales (problemas de erección, eyaculación o deseo
sexual, anorgasmia femenina, dispareunia y trastornos del deseo sexual) desea, reclama,
solicita resolver con urgencia la problemática: “para ayer”. Esgrime argumentos imperiosos:
“Estoy a un tris de divorciarme”; “No tuve erección en los últimos seis meses”; “Ningún
hombre quiere tener relaciones sexuales conmigo. No siento nada”. Por otro lado, el paciente
sexo-lógico siempre se encuentra en una situación difícil, como un hombre que está solo, que
acaba de separarse de su pareja, que siente que nunca más podrá tener erecciones como
cuando tenía 20 años, o que se siente culpable de la falta de orgasmo de su mujer, o que
siente que ella se dedicó siempre a él, pero que él nunca se dedicó a ella...
La motivación y la averiguación del motivo por el cual el paciente ha concurrido a nuestro
consultorio juegan un papel importante en la terapia sexual:

No todos los consultantes vienen con el mismo grado de motivación. Algunos esperan curas
milagrosas; algunos quieren venir a hablar y que así el terapeuta les solucione el problema,
otros vienen para que el terapeuta les cambie algo de su pareja sin tener que hacer ellos nada;
y hay quienes dudan entre solucionar el tema ahora o seguir postergándolo, porque no hay un
estímulo verdaderamente intenso que los haga ponerse a trabajar ya.[66]

Algunos procedimientos de la terapia estratégica aplicados a la terapia


sexual
La moderna teoría sistémica ya no pregunta por qué: “¿Por qué me sucede esto? ¿Cuál es
el origen de estos síntomas tan molestos? Si encuentro el origen... ¿solucionaré los síntomas?”
Hoy, en el siglo XXI, corresponde preguntarse: ¿qué solución el paciente ensaya para eliminar
el o los síntomas? El que tiene un problema eréctil plantea una pausa en su relación sexual
“hasta que el problema mejore”; esa “solución” se muestra totalmente inefectiva. La mujer
joven que tiene falta de deseo sexual rechaza al compañero cada vez que él intenta tener
relaciones sexuales; esa “solución” se muestra totalmente inefectiva. El eyaculador precoz
sigue las indicaciones que encuentra en Internet; esa “solución” se muestra totalmente
inefectiva. La mujer con vaginismo y dispareunia consulta tres ginecólogos, quienes, frente al
problema, le administran calmantes, sedantes, psicofármacos antidepresivos; esa “solución” se
muestra totalmente inefectiva.
Los problemas sexuales que queremos resolver no están relacionados con las propiedades
de los objetos o de las situaciones (erecciones, eyaculaciones precoces, vaginismos) que
Bateson denominó realidad dura (también llamada de primer orden), es decir, la realidad
fácilmente perceptible, material, concreta, observable. La más difícil de explicar es la realidad
blanda (o de segundo orden), es decir, la realidad de las relaciones, del valor que hemos
atribuido a estas relaciones.[67]
Toda la terapia sexual consiste en operar cambios en las diferentes e infinitas modalidades
en que los pacientes han construido su realidad, a la que consideran verdadera (el
disfuncional eréctil está convencido de que no se curará jamás, la mujer con vaginismo piensa
que el compañero la abandonará, el eyaculador precoz siente que su compañera no tiene
orgasmos por penetración a causa de él).
En el psicoanálisis, al operar en las causalidades directas (el síntoma actual es producido
por lo que le sucedió en la infancia), se utiliza el lenguaje indicativo, que explica e interpreta.
Éste es el lenguaje de la ciencia y la causalidad lineal.
En terapia sexual se utiliza el lenguaje imperativo. La música, las recetas de cocina
pertenecen a este universo, donde hay una serie de indicaciones para poner en práctica: cómo
ejecutar un instrumento o qué pasos seguir para hacer una torta.

En otras palabras, si logramos motivar a alguien a que emprenda una acción, por sí misma
siempre posible, pero que no ha llevado a cabo porque en su realidad de segundo orden o
realidad blanda no veía ni sentido ni razón en cumplirla, entonces a través de la misma
realización de esta acción experimental [verá] algo que nunca explicación o interpretación
alguna habría podido inducirlo a ver o experimentar. Y con esto hemos llegado a Heinz von
Foerster y a su imperativo: Si quieres ver, aprende a obrar.[68]

Pensamientos deformados
Casi siempre, gran parte del sufrimiento humano es innecesario. Hay infinidad de
acontecimientos cotidianos, entre ellos, los problemas sexuales. Las autointerpretaciones que
hacen sufrir a las personas forman el origen de la ansiedad, de los malentendidos, de las
reacciones coléricas y, muchas veces, de la depresión.
Albert Ellis y Aaron Beck han contribuido, y mucho, a esclarecer un “manojo” de
distorsiones cognitivas, en este caso, aplicadas a la vida sexual.[69]
Describiré a continuación los quince tipos de pensamientos deformados en las quejas
sexuales.
1) Filtraje: esta distorsión -sumamente común en consultas sexológicas- consiste en
una visión de túnel. Sólo se ve un elemento, con exclusión del resto. Cada persona tiene
“un túnel particular” desde donde observa el mundo. La gente ansiosa, en particular los
que portan una queja sexual, “ve” peligros. Peligros, por ejemplo, de disolución de los
vínculos afectivos, de no curarse jamás. Los pensamientos se dramatizan y se
magnifican. Esta exageración ocupa todo el espacio psíquico. Todo es terrible,
apocalíptico, horroroso...
2) Pensamiento polarizado: pensar de forma extrema es la característica de esta
distorsión. Los pensamientos, las personas, las situaciones son maravillosos u horribles,
buenos o malos. La permanente oscilación emocional es una constante. La persona con
un problema sexual se siente “un desastre”. Él o ella siempre se sintieron “perfectos”, sin
falla sexual alguna. Tener una falla eréctil, o carecer de un orgasmo, los precipita a la
depresión preocupante: “Nunca nadie querrá acostarse conmigo”, “Soy un/a inútil”.
3) Sobregeneralización: un solo elemento simple -una falla eréctil eyaculatoria u
orgásmica- precipita al paciente a una extensión generalizada desmedida: “Nunca seré
feliz sexualmente”, “Estoy enfermo y no me curaré”. La vida social, entonces, comienza
a restringirse. Las expresiones típicas son: nunca, siempre, nadie, todos, ninguno...
4) Interpretación del pensamiento: son suposiciones de cómo se sienten los demás.
La proyección del pensamiento psico-analítico silvestre tiene aquí una expresión cabal:
“Como fracasó sexualmente con la novia, está claro que la melancolía se precipitó en el
yo”. Las interpretaciones psicoanalíticas fuera del contexto terapéutico no son teorías
causales; apenas son hipótesis. Las interpretaciones del pensamiento llevan a conductas
erradas, sin ningún fundamento, y pueden lograr que una terapia sexual concluya
desastrosamente.
5) Visión catastrófica: en general, acompaña las distorsiones anteriores. La falla
orgásmica femenina determina:
“Seré infeliz sexualmente, con cualquier hombre”, “Seguramente tengo fallas en la
eyaculación porque tengo problemas orgánicos graves”.
Es muy frecuente que los pensamientos catastróficos comiencen con “y si...”: “Tengo
problemas para penetrar... ¿Y si tuviera un problema grave?”.
6) Personalización: en las parejas que consultan por problemas sexuales se ve esta
distorsión con suma frecuencia: “El problema es todo mío...” (en un intento de exculpar
a la compañera). “Él, pobre, sufre por el problema que tengo única y exclusivamente
yo”. Cada señal, cada palabra, cada gesto son una ocasión para asumir el punto de vista
personal y valorarse protagónicamente a sí mismo.
7) Falacias de control: “Existen dos formas en que puede distorsionarse el sentido de
poder y control de una persona. Una persona puede verse a sí misma impotente y
externamente controlada, u omnipotente y responsable de todo lo que ocurre
alrededor”.[70] La persona que se siente controlada en el ejercicio de la sexualidad se
bloquea. No cree que pueda manifestar sus deseos, sus preferencias. Y se siente víctima
de los deseos y controles de los otros. En la falacia del control omnipotente, en cambio,
la persona se siente responsable de todo lo que ocurre. Cree que si no toma la iniciativa,
si no acaricia, si no sugiere, el otro no funcionará y la pareja sufrirá un derrumbe.
8) La falacia dejusticia: este pensamiento distorsionado, aplicado a la sexualidad,
hace gala de normatividad legal y contractual para definir relaciones interpersonales. Es
casi imposible saber lo que es justo o injusto, porque esto queda casi siempre sujeto a la
subjetividad de cada uno: “Si me amara... yo no tendría problemas sexuales”, “Es
injusto no tener orgasmos cuando lo amo con locura”.
9) Razonamiento emocional: lo que se siente pertenece al área emocional. Esta
distorsión señala que si se siente, entonces, es verdadero. La convicción de este sentir lo
vuelve verdadero. Sin embargo, las emociones por sí mismas no tienen validez, son
productos del pensamiento.
10) Falacia del cambio: en casi todas las parejas que solicitan atención clínica debido
a problemas sexuales se constata lo siguiente: el deseo es que el otro cambie. Y es un
error muy frecuente. La única persona que cambia es uno mismo. La esperanza
instalada es que la otra persona satisfaga nuestras necesidades. La exigencia, la
agresividad y el echar la culpa son parte de la estrategia para que el otro,
“pigmaliónicamente”, se transforme en el objetivo de nuestros deseos.
11) Etiquetas globales: las situaciones o las personas son etiquetadas; si alguien no se
dedica suficientemente a la compañera en el acto sexual, es “porque nítidamente es un
egoísta”; si viene tarde del trabajo, “es una excusa” para no estar con ella.
12) Falacia de culpabilidad: buscar un culpable es algo que las parejas efectúan con
frecuencia, casi como un deporte.
Incluso, una expresión muy usada en las primeras entrevistas de la terapia sexual es la
siguiente: “Pero, doctor, ¿quién es el culpable de lo que nos ocurre?”. Es muy difícil
asumir la responsabilidad de lo que ocurre. Algunas personas insisten en sentirse
culpables por todo: se sienten incompetentes, o insensibles, o despreocupadas de lo que
le ocurre a la otra persona,
13) Los debería: reglamentos inflexibles que -según las personas que aplican esta
distorsión del pensamiento- tendrían que regir para todas las personas. La persona se
siente juez, y juzga. Los demás suelen irritarla: deberían conocer y seguir las reglas. Un
hombre debería saber todo lo relativo al sexo. Y debería enseñárselo a su compañera.
El que utiliza estos códigos inflexibles no sólo hace sufrir a otros, sino también a sí
mismo.
• Debería amar a mi esposo o esposa..
• Debería tener relaciones sexuales más seguido.
• Debería durar mucho tiempo dentro de la vagina de ella.
• Debería ser multiorgásmica. De esa manera, él me querría más.
14) Falacia del tener razón: es una posición netamente defensiva. El punto de vista de
esta distorsión es siempre el correcto, actualizado y altamente razonable. A la persona
que aplica esta falacia no le interesa la opinión de los otros, sino sólo la suya propia.
15) La falacia de la recompensa divina: la persona espera una recompensa por sus
acciones supuestamente correctas. Se sacrifica y se esfuerza hasta quedar extenuado/a:
“Algún día, alguien superior reconocerá el sacrificio que hice por vos”.
La aserción encubierta
Algunos pacientes piden ayuda porque viven buena parte del día “torturados” internamente
por pensamientos que no pueden controlar y los perturban en el trabajo, en el estudio y en las
relaciones afectivas.
Si alguien ha tenido una falla eréctil, o eyaculatoria, u orgásmica femenina, siempre tiene la
“chance” de seguir probando y mejorar con lentitud. Sin embargo, lamentablemente no
siempre es así. La “catarata” de pensamientos, de prevenciones, de sucesivas imágenes del
momento en que se fracasó persiguen al hombre o la mujer y, lógicamente, precipitan un
nuevo fracaso. Será necesario detener esa “catarata” o, por lo menos, enlentecerla.
Graficaré la técnica de la “aserción encubierta” con un ejemplo clínico:

Caso 1: Eduardo tiene 28 años y se ha recibido de contador público hace tres meses. Relata
que ignora cómo preparó las últimas materias y cómo enfrentó los exámenes.
Hace un año y medio rompió un noviazgo que llevaba cuatro años. Desde ese momento pasa
todo el día pensando sobre la relación sexual con la novia, en principio, porque a eso atribuye
la ruptura. El esfuerzo, el gasto energético empleado para luchar contra ese conjunto de
pensamientos le impedían estudiar, asistir a clases teóricas y, finalmente, concentrarse. Por
eso dice que no sabe “cómo” y “de qué manera” se recibió. Lo considera “un milagro” Le
propongo el siguiente ejercicio: una vez por día y no más de diez a quince minutos por vez
deberá aislarse en algún lugar tranquilo de su casa. Poco a poco, se concentrará allí en los
pensamientos “torturantes”, sin evitarlos. Todo lo contrario. En un momento determinado, si
fuera posible, deberá gritar: “¡BASTA!”. Luego continúa teniendo el conjunto de pensamientos
“torturantes” y vuelve a gritar dos o tres veces más. Una vez que finaliza el ejercicio continuará
con sus tareas habituales.

Esta técnica simple interrumpe los pensamientos obsesivos y también es útil en las fobias.
Es muy útil cuando la obsesividad o las fobias son predominantemente cognitivas, mucho más
que comportamentales.
El comportamiento “como sí” o la apuesta de Pascal
Pascal examina un problema de raíz teológica, pero muy próximo a una problemática de la
terapia sexual: ¿cómo un no creyente puede tener acceso a la fe? Pascal responde:
comportándose como si ya fuera creyente: rezando, yendo a la iglesia, recibiendo los
sacramentos, usando agua bendita y cosas similares. La fe seguirá a causa de estas acciones.
He aquí la famosa apuesta de Pascal.
El tema está envuelto en paradojas. No se puede creer en algo si uno tiene presente la
decisión de que simulará creer. O sea, al apagar el acto voluntario de simular creer emerge la
voluntad involuntaria de creer.

Caso 2: Se trata de una pareja en la que ambos tienen 42 años. Desde hace dos años
mantienen relaciones sexuales esporádicas porque ella manifiesta que tiene falta de deseo
sexual. No tiene “ganas”, y esa actitud ha puesto en peligro una relación matrimonial de
muchos años. Luego de los análisis correspondientes habituales, se les indicó que todas las
noches, durante un mes, se abrazaran, se acariciaran y se “mimaran” al acostarse, como si
fueran las primeras veces, cuando estaban de novios, veinte años antes. Este encuentro
duraría sólo 15 minutos, y debían imaginar que hacía poco tiempo que se conocían. Las
relaciones sexuales estaban prohibidas. Transgredieron la consigna en una oportunidad. El
ejercicio se siguió manteniendo durante algunos meses, y fue incorporado como iniciador de
cada relación sexual.

Por supuesto que la pareja puede negarse, resistirse a efectuar un ejercicio. La


manifestación más común es negarse porque a la pareja le parecen ficticios todos y cada uno
de los detalles prescriptos. Otra objeción es que, aunque se pueda hacer y tener cierto éxito,
los resultados positivos no durarán mucho. Ocurre que obramos siempre sobre presupuestos
nunca probados “científicamente”, y que de manera asombrosa producen resultados concretos
y prácticos.
Este argumento puede ser un fuerte impedimento a la creatividad, a la falta de esfuerzo por
probar y una premisa basada en la soberbia que provoca la teoría más perfecta. Los grandes
pensadores de la humanidad y la ciencia lo experimentaron acabadamente. Pensemos en
Freud, en Einstein, en Copérnico, en Newton.
La idea de la raíz cuadrada de -1 es totalmente ficticia. No sólo es intelectualmente
inimaginable, sino que viola también los principios fundamentales de la aritmética; y sin
embargo, matemáticos, físicos, ingenieros y programadores de computación y demás aceptan
sin excesivas preocupaciones esta ficción en sus ecuaciones llegando a resultados muy
concretos, como la moderna electrónica.[71]

El pensamiento de tipo dogmático es claramente contrario a los objetivos de la terapia


sexual. Cuando decimos dogmático, pensamos en la rigidez e inamovilidad de los conceptos
admitidos, aceptados y sancionados como “verdaderos” de algunas escuelas de psicoterapia.
Este pensamiento dogmático tiende a afirmar que sólo una realidad es la verdadera, la
“científica” y la que se debe admitir. Lo cierto es que existen tantas verdades como puntos de
vista apliquemos sobre el fenómeno a estudiar. Al observar la salida y la puesta del sol, el ser
humano primitivo creía que, efectivamente, era el sol el que se trasladaba, el que se movía.
Muchos siglos después se demostraba exactamente lo contrario.
En cuanto a los postulados generales, nuestra concepción se enfoca en aquello que
denominamos realidad blanda o realidad de segundo orden: nos interesa la funcionalidad
de los problemas sexuales, la convivencia de las personas con esos problemas “duros” o “de
primer orden”. No nos interesa la materialidad de la cerradura (si es de plata, de platino
iridiado o de oro y diamantes), sino la combinación, que es lo permitirá “abrir la puerta”.[72]

Cuadro 3. Sistemas teóricos y sistemas abiertos


Sistemas teóricos cerrados Sistemas teóricos abiertos
Verdad “científica” Probabilidad
Causalidad lineal determinista Causalidad circular elástica
Ortodoxia Duda metódica
Actitud del creyente Actitud desengañada del investigador
Arquitectura teórica, Acciones heurísticas, capacidad de intervención real, eficacia
“profundidad” de los análisis y eficiencia aplicada a los problemas
Averiguación del porqué Averiguación del “cómo” se mantienen los problemas.

El pensamiento (consciente) como obstáculo a la solución de los problemas sexuales


Lo primero que una persona con síntomas sexuales determina hacer es pensar sobre los
problemas que han sobrevenido y cómo dominarlos, para lo cual piensa y piensa cada vez con
más intensidad. No se da cuenta de que la sexualidad humana es un proceso de base instintiva
y, por lo tanto, dominado y sostenido por el sistema nervioso autónomo. Es decir,
involuntario. Por lo tanto, pensar sobre esos problemas sexuales va a producir modificaciones
similares a pensar sobre el latido cardíaco, el movimiento intestinal o la respiración, por
mencionar algunos de los movimientos fisiológicos más comunes.
Este accionar alcanza una altura paradigmática en los problemas de erección. Los hombres
y las mujeres creen que el pene, al ser un órgano -similar al corazón o los pulmones- que está
“afuera”, al alcance de la visión y de la mano, puede dominarse voluntariamente. Y este error -
sumamente común, por otra parte- lleva a pensar reiterada, terca y obsesivamente en
controlar, dominar, hacer esfuerzos energéticos extraordinarios para solucionar un problema
que -claro está- no tiene salida de manera voluntaria. Pensar no es útil para solucionar su
problema eréctil. Y este error común está emparentado con todas las terapias que se apoyan
en la premisa de que el origen de los problemas se encuentra en la infancia y/o la adolescencia,
y que verbalizar, descubrir, indagar sobre ellos llevará a la solución de los conflictos sexuales
en el presente. Así, pasan años de prolongadas sesiones donde la minuciosa búsqueda del
“origen” implica un gasto de tiempo y dinero y no se soluciona el problema que motivó
inicialmente la búsqueda.
Una consecuencia para nada menor se observa y se constata en muchos casos de personas
con disfunciones sexuales que pasaron un largo tiempo discurriendo en prolongadas sesiones
la búsqueda del origen. Los pacientes hablan en “psicologés”: “Mi madre fue una castradora”;
“El cariño hacia mi padre se desplazó edípicamente hacia mi hermana menor”; “Debido a
verdaderas actitudes superyoicas no pude tener acceso a la verdad de la ‘novela familiar’”;
“Es así como la elección de pareja se hizo sobre la planificación edípica, y la repetición de los
problemas infantiles fue la norma”.[73]
Cuando las personas que padecen disfunciones sexuales hacen una consulta, suelen
escuchar que el problema sexual “es psicológico”.
Entran entonces en un proceso terapéutico psicológico prolongado. En verdad, ese
proceso soluciona en buena medida numerosos problemas angustiosos, depresivos o
conflictivos. Pero lo que no puede ser solucionado son los problemas sexuales.[74]
La resistencia al cambio es inherente a la persona humana. La psicoterapia tradicional, al
acentuar interpretativamente el origen infanto-juvenil de los problemas sexuales, aumenta esa
resistencia. Tomar conciencia de la intención de cambiar antes de que el cambio se produzca
pone en guardia al sistema. De allí proviene la intención estratégica de romper o quebrar el
sistema perceptivo-reactivo de las soluciones ensayadas hasta ese momento, fuera de la
conciencia del paciente, con el objetivo de no activar la resistencia.

Caso 3: Esteban tiene 31 años. Frente a fracasos sexuales reiterados desde los 20 años, su
conducta se ha retraído fuertemente. No sale de la casa, y se le presentan ideas obsesivas de
querer anular voluntariamente, con el pensamiento, las actividades automáticas de la erección
y los deseos de salir a encontrarse con una mujer. Seis años de investigación psicológica, dos
veces por semana, no pudieron aliviar este sufrimiento. Se le prescribe la tarea de limpiar un
patio interior de la casa con agua, jabón y detergente, y de secarlo hasta “la última gota”. Tiene
que hacerlo cada vez que aparezcan, durante el día o la noche, las ideas persistentes y
obsesivas de eliminación de las actividades sexuales. Durante los primeros días cumplió con
la consigna: limpió el patio entre dos y cuatro veces cada 24 horas. En dos oportunidades,
durante la madrugada. Bruscamente, dejó de efectuar la tarea asignada. “Me cansé”, dijo. Se
mostró asombrado y desconcertado a la vez, porque notó una franca disminución de los
“ataques obsesivos”. Hubo días en que no se presentaron.

Una tarea encomendada puede quebrar, a la manera de un “conflicto benéfico”, el sistema


rígido de percepción de la realidad que se desencadena en “piloto automático”. La evidencia
de que se puede mejorar el sufrimiento de años es una “inyección de confianza” para el
paciente, y permite expandir modificaciones de otras áreas de su vida personal.
El proceso terapéutico estratégico se desarrolla con sucesivas evaluaciones de nuevas
tareas a asignar, si el caso lo requiere. No es posible anticipar esas tareas. La creatividad del
terapeuta se pone de manifiesto en cada uno de los diferentes momentos de la terapia. Las
combinaciones de las propuestas aparentemente ilógicas son infinitas y deberán adaptarse a
cada momento de la relación con el paciente. La terapia sexual estratégica es una manera de
influir -beneficiosamente- sobre la conducta patológica del paciente: “no es una concepción o
una teoría particular, sino un nombre para aquellos tipos de intervención terapéutica en los que
el psicoterapeuta asume la responsabilidad de influir directamente en las personas”.[75]
La reestructuración o redefinición
Una sutil manera de influir sobre las personas es mediante la nueva codificación de la visión
y la concepción que la persona tiene sobre sus síntomas o sus problemas. Se cambia la
estructura, no el significado del problema. Un ejemplo clínico lo aclarará.

Caso 4: Mercedes tiene 29 años. Se queja de anorgasmia. Describe que alcanza niveles altos
de excitación sexual siempre, y que en un momento determinado esa excitación se corta
bruscamente. Ha consultado a ginecólogos y psicoterapeutas. Y el problema, que se presenta
desde el comienzo de su vida sexual, continúa. Cuando se masturba, el patrón estructural de la
excitación sexual continúa de la misma manera. Le digo lo siguiente:
“Vos tenés orgasmos. Sólo que los tenés de una manera diferente a la que te has imaginado.
Creés que un orgasmo es un placer enorme, una conmoción interior y exterior muscular, como
un “tsunami”. Al no producirse el modelo de la expectativa que tenés, creés que no tenés
orgasmo, lo cual, a su vez, te presiona internamente mucho más”

Lo que cambia es el punto de observación desde donde el sujeto mira y evalúa. Cuando
cambia el punto de vista, cambia la misma realidad. La reestructuración instala una duda que
cuestiona y desafía la estructura rígida de la expectativa (que seguramente se ha formado a
partir de la lectura de artículos periodísticos de divulgación o del relato de amistades
femeninas).
Uso de una metáfora siempre efectiva
La metáfora es un recurso muy importante; sobre todo, para sugerir a los pacientes
masculinos que están “obsesionados” por pensar continuamente en dominar, controlar la
ausencia de erección o eyaculación. Tanto la metáfora como el cuento y la alusión son
mensajes indirectos. No someten al paciente a resistencias, ya que no necesita de respuestas u
opiniones. El mensaje llega en forma velada.

Caso 5: Ricardo es un hombre de 38 años, casado y con dos hijos, que luego de un período de
años de vida sexual regular con su mujer, entre dos y tres veces por semana, ha declinado su
erección y a veces no ha podido penetrar vaginalmente. Ha comenzado a estar muy atento a su
actividad eréctil y pasa mucho tiempo con pensamientos tales como: “¿No tendré un problema
orgánico? ¿Será que soy impotente definitivamente? ¿Y si salgo a ‘probarme’?”, y cosas por el
estilo. Le comunico lo siguiente: “Cuando salgas de este consultorio, no tomes el ascensor.
Bajá por la escalera y hacé como el ciempiés. Concentrate al máximo en el movimiento de las
piernas y los pies. Focalizá, con el equilibrio correspondiente, en el apoyo firme de los pies en
cada escalón. Difícilmente podrás descender sin tropezar”. Responde: “Yo no necesito pensar
en ese movimiento. Es automático. Si pienso mucho, probablemente me caeré”. Le digo:
“Exactamente. Pensar todo el día en la acción automática involuntaria de un órgano como es el
pene hace que se acentúe aún más la falla eréctil”.

Me gusta el término “hereje” Acuñado por las religiones monoteístas, marca con fuerza de
condena a aquellos que no respetan las verdades absolutas. Hereje, en su versión
etimológica, significa “posibilidad de elección”[76] Entonces, de elegir se trata, y aquellos que
persisten en complicaciones de corte psicológico deben tener en cuenta lo siguiente:

Como el exceso de informaciones anula el conocimiento, así el exceso de elaboración


complica más que resuelve los problemas. Concentrarse en procedimientos complicados nos
incapacita para realizar acciones rápidas, simples y directas para defendernos de las
maniobras del adversario. Es prerrogativa del maestro encontrar la solución más sencilla,
puesto que será la más rápida y la menos costosa. Sólo en el caso de que lo simple no
funcione, se pasa a lo complejo.[77]
Desplazamiento del foco de atención del síntoma a la tarea prescripta
La tarea para el hogar, instrumentada en los intervalos entre una entrevista y otra, es una
acción terapéutica típica de la terapia estratégica o sistémica que la terapia sexual ha adoptado
plenamente. Si los pacientes acuden a una entrevista sexológica es porque directa o
indirectamente desean cambiar. Pues, entonces, deben trabajar sobre experiencias concretas.
Las tareas indicadas, sin la presencia del profesional, en el marco de su “ecología
cotidiana”, tienen efectos estructurantes positivos de la autoestima del paciente. Son
demostrativas de que se puede modificar de manera significativa un cuadro angustioso,
deprimente o de inhibición: “Una vez vivida, esta experiencia se constituye en prueba tangible
e indiscutible, concreta y real de superar las propias dificultades”[78]
Además de elevar la autoestima, las tareas producen un impulso de expansión en otras
áreas de la conducta, ayuda a romper los círculos viciosos y a ensayar alternativas
beneficiosas para los problemas presentados. Examinaremos tres tipos de tareas a prescribir:
1) tareas directas, 2) tareas indirectas y 3) tareas paradójicas.
Las tareas directas son muy útiles, pero sólo pueden aplicarse con éxito en pacientes
colaboradores, con escasa resistencia al cambio. Con parejas muy discutidoras, en
verdaderas escaladas de agresiones directas o sutiles, indicar que uno de los dos asienta todo
lo que el otro reprocha suele finalizar la pelea. Dice el proverbio portugués: “Quando um nao
quer, dois nao brigam” [“Cuando uno no quiere, dos no pelean”].
Las tareas indirectas son -para decirlo llanamente- una “gambeta”. Hay un objetivo, pero
se encuentra enmascarado, semioculto. De este tipo es la creación de un “conflicto vicariante”,
un desplazamiento del problema principal. Por ejemplo, anotar minuciosamente en un papel o
cuaderno dedicado exclusivamente a ello, los actos y pensamientos frente a las conductas:

Caso 6: Raúl tiene 34 años, está casado y tiene un hijo. Presenta una disfunción eyaculatoria
prácticamente desde siempre. Apenas penetra y, en escasos minutos, eyacula. Nunca
consultó. Le indico que adquiera un cuaderno, dibuje columnas verticales, y que anote en cada
casillero el día, la hora, las sensaciones antes del coito, las sensaciones durante el coito y las
sensaciones después del mismo. Debe dejar un casillero especial para observaciones.
El paciente realiza la tarea indicada durante la primera semana. En la próxima consulta
expresa la culpa por no haber continuado la tarea por más tiempo. Sin embargo, y con
asombro no disimulado, refiere que ha podido “aguantar” más desde que comenzó a escribir
los detalles de cada coito. Dice que no cree en la magia, que el síntoma se va a presentar
nuevamente, que quiere que la mejoría sea definitiva. Por supuesto, apoyo calurosamente que
la mejoría “en manera alguna es definitiva” y que el síntoma se le presentará -sin duda alguna-
en tanto no acepte retomar la tarea de escribir.

En este caso, la atención se ha desplazado, netamente, del molesto síntoma a la tarea


indicada. Pero lo más importante es que esto le demuestra al paciente que es capaz de
controlar la eyaculación, y, por si fuera poco, el efecto dañino de “pensar obsesivamente” en
el tiempo eyaculatorio y de haber dejado de tener relaciones sexuales en espera de que la
situación mejore con el tiempo.
Las tareas paradójicas son indicaciones muy frecuentes y clásicas: la prescripción del
síntoma. El síntoma sexual, como casi todos los síntomas, es involuntario, inconsciente. La
prescripción lo vuelve voluntario, consciente. Se coloca al paciente en una situación paradójica
en la que tiene que realizar voluntariamente un síntoma que es involuntario e incontrolable y
que, por lo tanto, siempre ha intentado evitar.

Caso 7: Elsa, de 28 años, tiene dos hijos y está casada desde hace ocho años. Desde su
último parto tiene dificultades para llegar al orgasmo. Frente a los requerimientos de su
marido, trata de evitar la relación sexual, que se ha espaciado significativamente. Antes era de
una o dos veces por semana. Ahora -en el mejor de los casos- es de una vez por mes. La
pareja ha entrado en crisis, hay enojos y conflictos frecuentes. Los exámenes ginecológicos no
demuestran alteraciones. Le indico la tarea de volver a tener relaciones sexuales una o dos
veces por semana, de excitarse, pero sin culminar con un orgasmo. Elsa protesta: “Eso es lo
que me está sucediendo y no entiendo cómo se le ocurre indicármelo”. Finalmente, la tarea se
cumple. Elsa viene a la consulta siguiente con rabia, porque no entiende qué le ha ocurrido:
“¡Tuve orgasmo cada vez que mantuve relaciones!”.

Una importante salvedad. Las prescripciones de tareas paradójicas no deben ser


mecánicas, frías, “al paso”. El empleo de un clima apropiado, sugestivo, con el entorno
explicativo adecuado en cada caso es importantísimo para la eficacia de la tarea. El fracaso de
la misma deberá ser atribuido al apresuramiento de tipo mecánico en su instrumentación y al
escaso estudio de cada caso.
Estas prescripciones deben ser administradas con un lenguaje pausado, medido, muy
similar a las inducciones hipnóticas. Los rituales simples o complejos para determinados
acontecimientos, como los rituales de casamiento, graduación, premiación, tienen la misma
estructura preparatoria del acto en sí mismo.
Proyección al futuro[79]
Se postula que problema y solución son categorías discontinuas. Es decir, dos personas
que acuden a terapia con una queja similar (y que, por ejemplo, podrían ser diagnosticadas
por un psiquiatra como depresivas) pueden generar soluciones muy diferentes al final de la
terapia (por ejemplo, una puede dedicarse más al trabajo y a ampliar su círculo de amistades;
otra, centrarse más en la familia y ser más selectiva con sus amigos). Y a la inversa: puede
haber soluciones muy similares para “casos” muy distintos (por ejemplo, un paciente que
acude con un problema sexual y al mismo tiempo sufre una enfermedad física crónica puede
plantear objetivos y desarrollar líneas de acción muy similares a los que propone una chica
tartamuda).
Las implicaciones de este punto de vista radical (y tan contrario a las premisas tradicionales
que comparten la inmensa mayoría de las psicoterapias) son claras: no hace falta conocer el
problema para solucionarlo.
Retomemos la idea de Shazer:[80] para abrir una puerta no es necesario tener una llave
que se corresponda exactamente con la forma de la cerradura, sino que es suficiente con usar
una ganzúa que abra el mecanismo. Por tanto, en una terapia centrada en soluciones no
consideramos necesario tener información sobre el problema, ni conocer su frecuencia o su
naturaleza, ni tampoco su historia ni su génesis. El terapeuta puede pasar directamente a hablar
de las soluciones: identificar qué es lo que quieren conseguir los pacientes; detectar sus
recursos y/o los de la red social y/o profesional; ayudarlos a encontrar formas de conseguirlo;
buscar modos de mantener en marcha estos logros...
Las técnicas de proyección al futuro se emplean para construir lo que denominamos
“objetivos útiles o bien formados”, es decir, objetivos relevantes para los pacientes, pequeños,
concretos, expresados en positivo, interaccionales y alcanzables. Así, “no estar siempre
‘caliente’”, “no descontrolarme con las mujeres” o “tener más armonía en la pareja” no serían
considerados objetivos útiles (los dos primeros, porque están expresados en negativo, como
ausencia de algo; el tercero, porque no es un objetivo concreto, observable). En cambio,
“estar más activo en mis relaciones sexuales y salir con los compañeros de la infancia”, “volver
a tener relaciones sexuales dos o tres veces por semana” o “salir a cenar con mi compañera/o
por lo menos una vez por semana” sí constituyen objetivos bien formados. Como tales,
servirán para guiar el proceso de la terapia, y ayudarán al paciente a identificar las cosas que
ya van bien o sus avances progresivos.
Una de las prácticas de proyección al futuro es la “pregunta del milagro”. No es en realidad
una pregunta, sino una secuencia de preguntas que puede ocupar toda una entrevista.
Solemos iniciar esta secuencia de la forma siguiente: “Suponga que esta noche, mientras está
durmiendo, sucede una especie de milagro y los problemas que lo han traído aquí se
resuelven, no como en la vida real, poco a poco y con el esfuerzo de todos, sino de repente,
de forma milagrosa. Como está durmiendo, no se da cuenta de que este milagro se produce.
¿Qué diferencias va a notar mañana? ¿Cómo se dará cuenta de que este milagro se ha
producido?”. Ésta es la formulación habitual, pero lógicamente caben adaptaciones a
situaciones concretas.
Esta intervención, que se ha constituido en una “marca de fábrica” de la terapia breve, es
un clásico de la “proyección al futuro” Y es más que evidente que el resultado permite
aproximar las soluciones que deberíamos intentar, y que se apunta a las soluciones mucho
antes que a sus antecedentes principales.[81]
Otra de las técnicas, la “bola de cristal”, fue empleada inicialmente por Milton Erikson y
desarrollada por De Shazer precisamente en pacientes que se quejaban de problemas
sexuales. Proyecta al paciente hacia el futuro, en el cual tiene éxito y los motivos de queja que
lo han llevado a la consulta han desaparecido.

Los pasos de la técnica son los siguientes:


1) Se le pide al paciente que recuerde un día cualquiera en el pasado, donde no tenía
problema sexual alguno.
2) Debe describir, lo más detalladamente posible, sus conductas y las de su
compañero/a en esos momentos.
3) El paso más importante es pedirle al paciente que se vea luego de haber solucionado
el problema sexual, y que tenga una visión detallada sobre su conducta y la de su
compañero/a en esas circunstancias.
4) En este paso se le solicita al paciente que describa los métodos con los cuales se
encontraron las soluciones al problema sexual.

Caso 8: Adela tiene 31 años. Está casada desde hace tres años y se queja de no tener
orgasmo de ninguna manera. De hecho, nunca los tuvo. En el primer paso, le pido que
recuerde -a manera de una “bola de cristal”- la vez en que “casi estuvo a punto de tener
orgasmo”. Me dice: “No fue con mi marido. Fue hace mucho tiempo, con un primo lejano con
quien jugábamos a tocarnos. Yo tendría 17 años recién cumplidos. Él tenía la misma edad.
Recuerdo que estaba muy mojada y que luego tenía una vergüenza bárbara. El me tocaba, me
acariciaba y yo me movía mucho. Él me lo pedía y eso me excitaba más”. Le solicito que vea en
“la bola de cristal” una relación sexual con su marido actual, en la que él le pide que se mueva
y, a medida que es acariciada en los genitales, se producen los hechos que me relatara con el
primo. Luego de algunos minutos (cruza y descruza repetidamente las piernas), me dice: “Sí, él
me toca, a mí me gusta... Lo hace como nunca me lo hizo” (se entusiasma). Le pido entonces
que me describa que ocurrió en la visión de la “bola de cristal” para alcanzar ese nivel de
excitación: “Es fácil... Mi primo me tocaba como mi marido no lo hace. Probablemente, mi primo
tenía miedo. Miedo a que nos descubran. Y eso hacía que no todo el tiempo estuviera
acariciándome. Había interrupciones y, entonces, él me pedía que me moviera sobre los
dedos de él”.

El ejercicio de la “bola de cristal” pone de manifiesto la técnica preferida por la paciente


para excitarse y, probablemente, tener orgasmos. Sin denunciar el origen del problema, en
entrevistas futuras se les indica a ambos, a ella y a su marido, que practiquen intensas caricias
genitales, interrumpidas, y que en ese momento él sugiriera un movimiento adecuado en ella
sobre sus dedos.
Ampliar los efectos beneficiosos: anclar
Llamamos “anclar” a una determinada conducta del paciente especialmente beneficiosa:
cambios que sean percibidos por el paciente, y que no hayan sido producidos por casualidad,
con el deseo de que se reproduzcan. Suelen conceptualizarse estos cambios no planificados
como “excepciones” a las quejas iniciales.

Caso 9: Cecilia tiene 32 años. Vive con su novio desde hace 6 años. Tienen relaciones
sexuales una o dos veces por semana. Según sus palabras, le cuesta mucho llegar a un
orgasmo: “Termino agotada casi siempre”. Le pregunto si siempre le sucede eso, si alguna
vez tiene un orgasmo: “Sí. Alguna vez...”. Le pido que me cuente cómo sucede, si ocurre algo
cosa especial durante el día en conexión con el orgasmo: “Generalmente cuando estoy
tranquila, descansada, y no hay apuro por parte de ninguno de los dos”.

En este caso, tener orgasmo es una excepción. Ampliar esa excepción y “anclarla” permite
repetir la experiencia, al saber -como en este caso- que es lo que la facilita y la produce. La
“receta” consistirá en tener relaciones sexuales en el horario o en las condiciones en que la
paciente se sienta descansada, relajada y tranquila.
Gran parte de los efectos beneficiosos del anclaje consistirá en incluir al contexto personal
en donde se produce. En este caso, al compañero de Cecilia: ¿él percibe cuando ella está
relajada? ¿Ella se lo comunica? ¿Qué otras cosas inciden en la obtención del orgasmo? “No
se debe infravalorar la importancia de la pregunta “¿qué más?”, ya que es precisamente la
perseverancia del terapeuta lo que permite a los consultantes ir más allá de su primera
respuesta o incluso sorprenderse ellos mismos al descubrir nuevos matices.”[82]
Sólo se necesita un pequeño cambio
En general, todo profesional espera que sus intervenciones, la administración de tareas, las
sugerencias específicas y los medicamentos que pueda prescribir produzcan cambios
espectaculares, que los pacientes se muestren satisfechos y agradecidos y que les envíen
futuros pacientes. Parecería obvio, a esta altura, decir que cuanto más el profesional ansíe esa
respuesta, mucho menos se producirá.
Un pequeño cambio deberá ser subrayado, felicitado y elogiado. Un pequeño cambio, casi
siempre puede, “pasito a pasito”, ser ampliado. Aunque deberemos reconocer que, en
ocasiones, ese pequeño cambio es el único que podremos lograr luego de mucho esfuerzo. Lo
que no es poco, ya que facilitará la relación con el paciente y estimulará a seguir nuevos pasos
y a realizar nuevas tareas.

Caso 10: Beatriz, de 38 años, y su compañero Juan Pablo, de 39 años, se encuentran en


tratamiento por las dificultades de ella frente a la penetración. Presenta vaginismo y
dispareunia. Desean tener hijos. Luego de los pasos habituales en estos casos en un lapso
de 40 días
(observación de los genitales de ella, caricias genitales por parte de ella, ejercicios de
relajación de Kegel), ellos se muestran desilusionados porque “él apenas pudo colocar el
dedo índice en la vagina sin molestias y sin dolor”.
Hasta ese momento, él no había podido penetrar o introducir dedos en la vagina de Beatriz,
quien reaccionaba con dolor ante cada intento. Dije: “El hecho de colocar un dedo y no tener
molestias es muy auspicioso. Ha transcurrido apenas algo más de un mes”. Me muestro
asombrado por el esfuerzo y los logros conseguidos en tan corto tiempo. Habitualmente, los
pacientes en similares condiciones demoran, por lo menos, el doble.

Las soluciones en la terapia sexual breve suelen ser mínimas. Y deben ser alentadas,
porque es sumamente habitual que continúen en progreso paulatino, fuera de la relación
terapéutica. Según De Shazer, “una solución es una solución que es una solución”.[83]
Si se observa bien el caso 8, se verá que el ejercicio de la “bola de cristal” tiene objetivos,
metas que no son dispuestas por el profesional, sino por la paciente. Claro está que el
terapeuta ayuda a generar y clarificar esas expectativas.
Esta “futurización” artificial, ficcional, permite tener acceso al mundo supuesto de felicidad
diseñado y soñado por el paciente, un mundo que permite focalizarse en tareas con miras a
lograrlo.
Algunas tareas a prescribir, con resultados óptimos
Anteriormente hemos descrito algunas tareas aplicadas a determinados casos de pacientes
que presentaban problemas sexuales. Sin embargo, apoyados en autores con mucha
experiencia, a manera de un “cerrajero experto”, podemos diseñar algunas “ganzúas” que
suelen abrir “puertas” que dan paso a los cambios de conducta.
1) Escribir: un ritual muy útil. Para quien se acerca por vez primera a la terapia sexual, la
escritura -ya sea de los síntomas o de la historia que lo ha llevado a la consulta- suele ser un
procedimiento que sorprende por las bondades que representa. Es fácil entender por qué. En
primer lugar, externaliza algo que presiona internamente. “Verlo” afuera alivia y permite pensar
al respecto. El papel escrito, al convertirse en un objeto concreto, sirve para hacer diferentes
cosas. Se puede archivar, romper, quemar, etc.
Caso 11: Luis Alberto tiene 26 años. Se acaba de graduar en la universidad. Hace dos meses,
luego de un noviazgo tumultuoso de cuatro años, rompió definitivamente con la novia. A partir
de ese momento, sus pensamientos se han vuelto reiterados, obsesivos y lo llenan de
angustia. Los pensamientos giran en torno a episodios donde las peleas con ella eran
frecuentes. Además, piensa en todo lo que podría haberle dicho la última vez que se
encontraron. Cree que nunca más podrá tener relaciones sexuales con otra persona diferente
de ella. Le indico que escriba en un papel o cuaderno sus pensamientos, y -sobre todo- que
haga un listado de cosas que tendría que haberle dicho cuando se separaron.
Quince días después trae un cuaderno escrito hasta la mitad. Se presenta con ánimo diferente.
Le comunico que, pese a estar interesado en todo lo relativo al episodio que le preocupaba
mucho, me interesa sobremanera su estado de ánimo. Me dice: “A medida que iba
escribiendo, se me iban ocurriendo más y más cosas. Hubo una noche en que me levanté dos
veces para seguir escribiendo... En verdad, me sentí mucho mejor”.
Le sugiero entonces que envuelva en papel celofán las hojas escritas y las coloque bien
dobladas en un sobre adecuado, y que luego busque un árbol o un pequeño terreno cercano a
la casa de la ex novia para enterrar el sobre sin ser visto. Debe cuidar que en el escrito no
puedan identificarse el destinatario ni el remitente.
Así lo hizo, y treinta días después me señaló: “No sé por qué, pero ya escribiendo me sentía
mejor. Y mucho mejor, luego de que enterré el sobre. Será magia, será... ¡Qué sé yo que será!
En verdad, me siento mejor y eso es lo que me importa. He vuelto a tener erecciones de
mañana, y pienso que podré estar con una chica cuando se me presente la oportunidad”.

2) La tarea de “hacer algo diferente” Es muy frecuente que las parejas, luego de un
tiempo que puede ser variable, se hundan en la rutina, se aburran y se quejen de que todo es
igual.

Caso 12: Perla y Julio son un matrimonio joven. Viven juntos desde hace cinco años. Al
principio tenían relaciones sexuales varias veces por semana, pero desde hace un año,
aproximadamente, esa frecuencia ha declinado. Ignoran por qué y no existen “terceros” ni
acontecimientos significativos a los que atribuir este problema. Consultan para ver si pueden
modificar la situación, porque confiesan, enfáticamente, que se aman. Y mucho.
Les digo: “En las próximas oportunidades en que tengan relaciones sexuales cada uno de
ustedes va a hacer ‘algo diferente. Sin necesidad, por supuesto, de que el otro se entere por
anticipado”. Un mes después, en la próxima consulta, dicen: “Primero, no sabíamos qué
hacer...”. Perla confiesa que estaba esperando que él hiciera algo, pero decidió tomar la
iniciativa de buscarlo a él (aclara que no lo hace nunca). Julio acota: “Me di cuenta de que eso
era lo diferente para ella. Yo, por lo tanto, decidí hacerme el pasivo total. No moverme, casi
hacerme el dormido. Llegó un momento, en que ya no pude más y tuvimos relaciones muy
buenas. Seguimos empleando esas conductas diferentes las próximas veces... Nos
olvidamos de que usted nos había indicado eso”.

La “llave maestra” -haga algo “diferente”- se ajusta a situaciones particulares, y sin


embargo, es tan general que puede ser transferida de situación a situación, sin grandes
variaciones. Las quejas parecen tener una estructura muy similar en situaciones múltiples. Un
pequeño cambio “espontáneo” en respuesta a una indicación generalizada (“haga algo
diferente”) puede impulsar las soluciones. Es muy frecuente que el terapeuta no pueda
predecir qué respuestas diferentes desplegarán espontáneamente los pacientes”.[84]
3) El uso subjetivo de escalas. Es un recurso simple que intenta “objetivar” un síntoma,
una queja, un progreso y/o una mejoría en el tratamiento: “En una escala de 1 a 10, en la cual
el 10 es el máximo nivel y el 1, el mínimo... ¿Usted qué puntaje le pondría a su mejora? ¿A
cuánto quiere llegar? En vez de los 8 puntos que usted anhela... ¿Aceptaría progresar hasta 6?
Cuando el profesional atiende a una pareja, le pregunta: “En una escala de 1 a 10, ¿cuánto
creen ustedes que incide el problema sexual? Casi siempre, el hombre tiende a decir que 8 o
10, y la mujer, muchísimo menos.
4) Certeza y no condicional. En terapia sexual no acostumbramos a decir: “si
modificamos esto... ¿qué cosas ocurrirían? Preferimos la certeza implícita de decir: “si
modificamos esto, ¿cuándo ocurrirá aquello?

Caso 13: Rubén tiene 21 años. Padece de eyaculación precoz. Es medicado luego del
interrogatorio habitual. Ha estado en tratamiento por el mismo problema en dos oportunidades
anteriores. No le habían administrado medicaciones; sólo ejercicios, sin resultado. Al final de
la primera entrevista, pregunta: -Esto que usted me receta, ¿me hará bien?
-Decirme, por favor, ¿cuándo te hará efecto para tu problema de eyaculación? -le respondo.
-No lo sé. Yo quisiera que sea lo más rápido posible.
—¿Qué modificaciones se producirán primero? -le pregunto. -Y... durar mucho más tiempo... —
¿Y luego? ¿En segundo lugar?
—Tener más confianza en mí mismo. Cosa que ahora no tengo. —Sugiero que observes bien
cuándo se producen las modificaciones: si luego de la primera relación sexual, o de la
segunda o la tercera...

Remarcar el cuándo ubica al profesional del lado del paciente y da a entender que el
cambio es inevitable.
5. El modelo de Jack Annon

Disociación entre teoría y práctica


La diferencia entre lo que se ha enseñado y aprendido en las aulas universitarias y la
instrumentación práctica con los pacientes concretos es un clásico problema. Se lo conoce
como la disociación entre teoría y práctica.[85]
Muchos problemas de índole sexual, que se conocen como disfunciones sexuales, tienen en
su desarrollo elementos que pueden ser aliviados y en muchos casos mejorados con un
abordaje simple. A ello contribuye la falta de una educación sexual durante la infancia y la
adolescencia, el modelo médico predominante que sobrevuela la vida sanitaria de la población
latinoamericana y una creencia ideológica en los modelos psicoanalíticos en materia de
asesoramiento psicológico.
La consecuencia clara es que no todo problema sexual deberá recibir tratamiento
psicoanalítico. Y mucho menos una psicoterapia que se extienda por meses o años. No
negamos que la mayoría de los problemas sexuales tiene sus raíces en la infancia y/o
adolescencia. Sin embargo, muchos de esos problemas pueden aliviarse con asesoramientos
focalizados o, en el mejor de los casos, pueden ser las primeras puertas a abrir que luego se
convertirán en un tratamiento psicoterapéutico prolongado.
La segunda cuestión tiene que ver con la primera. El modelo médico y psicológico
imperante observa y excursiona en busca de la patología y de esta manera pasa por alto las
conductas adecuadas, fisiológicamente sanas y habituales que conforman a las personas, que
no las alteran y que no siempre desembocan en la patología.
Hay conductas que necesitan ser aclaradas. Por ejemplo, la queja habitual de los hombres:
“Doctor, mi esposa es lenta”. Esta queja pone de manifiesto la enorme diferencia sexual entre
un hombre y una mujer, y la necesidad de diferenciación, aprendizaje y comprensión de la
fisiología sexual en ambos miembros convocados a la relación sexual. Una aclaración de la
diferencia fisiológica puede explicar un mal entendido que se extiende por años y una probable
disfunción sexual desarrollada.
Los procedimientos que se explicarán pueden desarrollarse o ser aplicados en diferentes
niveles de saber: profesionales médicos, psicólogos, enfermeras, asistentes sociales, abogados
o autoridades de los diferentes credos podrán asesorar y, en el mejor de los casos, ofrecer
“una oreja” atenta para quien esté preocupado o angustiado por un problema sexual.
El lugar de trabajo clínico
La privacidad es importante para el trabajo clínico, y mucho más para evacuar las consultas
sexológicas. El ser humano desarrolla su vida sexual en la privacidad, y es el único mamífero
que se caracteriza por ello. Todos los demás desarrollan su vida sexual públicamente, sin
tapujos y -obviamente- sin vergüenza.
A menos que el paciente se encuentre en una situación aguda o de crisis, requerirá
privacidad para exponer sus problemas sexuales. Sin embargo, en los más de veinte años que
trabajo en el ámbito de un hospital casi no se han presentado inconvenientes. Es necesario
considerar que es un hospital universitario donde se dictan cursos de grado y posgrado. En
casi la totalidad de las veces, me acompañan entre dos a cuatro profesionales médicos o
psicólogos para observar y escuchar las consultas clínicas. Excepcionalmente, intervienen con
algún comentario o una pregunta a los pacientes. Un porcentaje de consultantes tienen sus
reservas iniciales sobre la entrevista, pero la actitud amable, muchas veces teñidas de
comentarios de humor de parte del entrevistador, hace que en escasos minutos el obstáculo se
supere.
Contrariamente al preconcepto que se pueda tener, en el decurso de las entrevistas en tales
circunstancias se confiesan numerosos síntomas que son, con claridad, del ámbito íntimo,
privado y sumamente secreto. No creemos que sea necesario acentuar que la actitud
dispuesta y abierta del profesional entrevistador, con una fuerte disposición al humor, es un
elemento esencial para conseguir este efecto.
El abordaje inicial de la entrevista
En la clínica sexual, el tiempo entra en consideración en las entrevistas. Si el médico clínico
no dispone del tiempo suficiente, si el gineco-obstetra no tiene tiempo para dedicar a la
problemática sexual y se encuentra mucho más preocupado por la cantidad de personas en su
sala de espera, si el psicólogo clínico no dispone de tiempo extra para escuchar las quejas
sexuales, si el urólogo dedica escaso tiempo a indagar y escuchar los problemas funcionales
de los que acudieron a la consulta por infecciones, ardores o dolores urinarios, es mucho
mejor no indagar ni mostrarse interesado en escuchar la problemática sexual de los pacientes.

La relación médico-paciente es un aspecto muy importante, porque la tarea del médico se


desenvuelve sobre una “persona” y no sobre un “objeto”. La reacción de subordinación objeto-
sujeto es una mala relación. Es necesario que la confianza y la cordialidad medien en esta
relación, y que exista una razón dialógica con un interlocutor simétrico. Hay que superar la
concepción cientificista y reduccionista. No es recomendable la atención fundada en un diálogo
breve y dirigido, con una exploración física insuficiente, y donde el déficit en la anamnesis y en
la semiotecnia procura subsanarse con el uso (a veces abuso) de la aparatología de última
generación.[86]

El profesional siempre se arriesga a preguntar si el paciente tiene algún problema sexual. El


riesgo consiste en que el paciente puede creer que el relato y la escucha consiguiente serán el
primer paso para la resolución de su viejo problema sexual. Si el profesional rápidamente se
da cuenta de que el paciente tiene la necesidad de consultar sobre la temática, y que se
aprestará a relatar extendidamente su problemática sexual, mira abiertamente a su reloj y dice
que no tiene tiempo suficiente y que habría que dejar esos problemas para otro momento. Se
produce entonces una situación penosa, dramática, que -como mínimo- puede ser calificada
de descortesía o -como máximo- de desinterés manifiesto.
La manera de referirse a los problemas sexuales, las preguntas que se realizan son bastante
más importantes que el contenido en sí mismo. Mirar el rostro y los gestos del paciente,
mostrarse muy atento a su relato, asintiendo con la cabeza ante cada aseveración, le da a
entender el profesional está prestando sincera atención a lo que él expone. Una de las maneras
más habituales es decir: “¿En qué le podríamos ayudar en materia sexual?” o “Las personas
que consultan aquí suelen tener problemas de variada índole, incluso sexuales. ¿Usted tendría
también problemas en ese sentido y de los cuales le agradaría hablar?” o “Muchos de los
pacientes que consultan, al principio, se sienten intimidados, o con vergüenza, en especial por
hablar, decir, exponer sobre temas sexuales. Esto es sumamente común y estoy dispuesto a
escuchar todo lo que a usted pueda preocuparle en este sentido”.
Una maniobra importante es -luego de cierto tiempo- interrumpir el relato y resumir lo que
se dicho hasta ese instante. Esto le da a entender al paciente que el entrevistador estuvo muy
ligado al relato y que quiere estar seguro de lo que ha oído.
La práctica de la escucha
Uno de los problemas más importantes que puede tener el profesional en relación con el
paciente es no escuchar lo suficiente o estar desatento al relato, o, directamente, estar apurado
y no prestar atención a lo que cuenta. Lo mismo sucede si interrumpe al paciente o saca
conclusiones apresuradas.
Se pueden hacer preguntas de este tipo: 1)”No me quedó claro... ¿Podrías repetirme
desde cuándo tenés este problema?”; 2) “Me agradaría que especifiques cuándo te sucede
eso: ¿es siempre o algunas veces?”; 3) “Lo que me has relatado ¿fue siempre un problemas
para vos o sólo últimamente? “Si fue últimamente, cuáles son las cosas que han sucedido que
pueden estar vinculadas con los síntomas?
La escucha atenta ayuda a definir con aceptable exactitud la queja y el motivo de consulta,
sus vinculaciones más importantes y, casi siempre, el significado que tiene para el consultante.
El lenguaje a emplear
El lenguaje suele ser un problema para el que se acerca a la problemática sexológica.
Formado en la estricta sintaxis gramatical médica o psicológica, el que estudia sexología clínica
puede hacer gala de un conocimiento “florido”, empleando definiciones científicas exactas con
cifras estadísticas o informaciones abundantes. Pero, lamentablemente, será poco práctico,
pecará de “oscuro” e incomprensible y en definitiva no podrá ayudar a su paciente.
Captar el estilo y el vocabulario del paciente es la primera elección comunicativa del
profesional. Muchas veces, en la primera entrevista el paciente no dispone de ninguna palabra
elevada científicamente para decir que no tiene erección: “Doctor, no se me ‘para’” o
“Doctor, me cuesta acabar” o “Tengo ‘relaciones’ complicadas”.
Muchas veces, la confusión se origina por el uso del mismo término. Lo ejemplificaré con
una anécdota: un ginecólogo intentaba saber si el novio de una paciente era circuncidado. La
paciente afirmaba que no lo sabía, a pesar de haber dicho que tenía abundantes relaciones
sexuales con él y con maniobras tales como el sexo oral mutuo. Luego de varias insistencias, la
joven le dice: “Disculpe, realmente no lo sé. Yo nunca le pregunté a él cuál es su religión”.
Otro episodio insólito: un paciente de apenas 20 años, homosexual, encuentra una mujer de
alrededor de 23 años que, luego de un cierto período de tiempo, le manifiesta que desea
modificar su orientación homosexual. El joven recibe indicaciones generales sobre el
relacionamiento con una mujer. Se muestra ignorante y desconcertado porque nunca se había
relacionado sexualmente con alguien del sexo femenino. Se entera de que encontrar la zona
clitoridiana y acariciarla podría excitar a su compañera y -eventualmente- conseguir que tenga
orgasmos. El joven mantiene dos encuentros sexuales con ella, y le relata a su profesional
sexólogo que “había fallado las dos veces”. Desconcertado y con la sospecha de que sucede
algo raro, el profesional busca una lámina de un libro y le solicita al paciente que señale el
clítoris que había acariciado. La sorpresa fue que el joven... ¡señaló el ombligo! Y admitió:
“Yo siempre pensé que el término clítoris era la denominación dada al ombligo”.
La necesidad que tienen el paciente y el profesional de averiguar y establecer un lenguaje
común se ilustra en este último ejemplo.
La rotulación
Aplicar un diagnóstico a manera de rótulo a una persona o a un comportamiento
determinado no siempre es una conducta aceptable que ayudará a la persona con problemas
sexuales. Rotular no le permite al profesional identificar con claridad comportamientos de tipo
sexual o dificultades específicas. Clasificar a una persona con un término tan amplio como
“neurótica” no especifica nada sobre su comportamiento sexual, ni sus pensamientos, actitudes
o sentimientos.[87]
Decir que una persona es “introvertida” o “extrovertida” puede ser importante, pero a
todas luces es insuficiente. Puede que en algunos contextos se presente de una manera, pero si
el contexto cambia, se puede presentar de otra.
En algunos diagnósticos clásicos de orden médico, clasificar y rotular puede ayudar a la
terapéutica, por ejemplo: “sífilis”, “neumonía”, “glomerulonefritis”. Pero en el campo de la
sexualidad humana la especificidad se impone. Y se impone como atributo. El término
“anorgasmia”, por ejemplo, refiere a la falta de orgasmo femenino, pero no aclara desde
cuándo se presenta, cómo, en qué circunstancias y, mucho menos, con quién.
Cuando un paciente hombre dice que es “impotente” o una mujer afirma que es “frígida”, lo
que escuchamos es un rótulo que nos dice muy poco sobre lo que les ocurre sexualmente. Lo
mismo sucede con los términos “normal” o “anormal”. ¿Son definiciones médicas? ¿Son
definiciones legales? ¿Son definiciones psiquiátricas? Muchas veces, términos como
“perversión” o “desviación” tienen fuertes connotaciones negativas, discriminatorias. Tanto los
profesionales como los pacientes deberán esforzarse por especificar circunstancias y formas
en que se presentan estos cuadros, ya que ello ayudará al vínculo profesional-paciente y
apuntará a una mejoría, independientemente de las tareas a cumplir.
La investigación bibliográfica revela que algunos términos de índole sexual, como
“impotencia” o “frigidez”, entre otros, no son claros en su definición, y esto se traslada
inevitablemente a los pacientes que consultan. Por el momento, y en la espera de un acuerdo
científico preciso, corresponde solicitarle a cada paciente que describa y especifique su
problema lo mejor posible, mucho antes de atribuirle un diagnóstico.
Un aspecto del problema de la rotulación es la utilización de juicios de valor, ya sea por
parte del paciente o por parte del profesional. Juicios de valor como “bueno”, “malo”, “cierto”
o “errado” no contribuyen al marco terapéutico. Es muy habitual que los pacientes que
consultan por un problema sexual usen juicios de valor al describir sus propios
comportamientos, mezclando ansiedades y conflictos varios que son producidos por los
síntomas. Será necesario evitar la utilización de designaciones basadas en valores absolutos y
reemplazarlas por descripciones y especificaciones con respecto a la queja del paciente. Un
ejemplo clásico puede ayudar a aclarar ese asunto: un joven puede preguntar: “Doctor, me
masturbo varias veces a la semana. ¿Es malo eso?, porque no tengo una buena erección”. El
sexólogo puede responder: “No se trata de si es “malo” o “bueno” Creo que el problema es si
ayuda o no a conseguir erecciones adecuadas para la relación sexual”.
Al utilizar términos como “apropiado o no”, “útil o no”, el sexólogo evita los riesgos y las
dificultades que acompañan a un sistema de valores. De tal modo, el profesional le
proporciona al paciente un modelo mucho más productivo para evaluar su propio
comportamiento frente a los síntomas.
Semiología de la intimidad
Las quejas de los pacientes en terapia sexual son construcciones más bien complejas que
involucran muchos elementos. El propio paciente puede subrayar algunos más que otros.
Veamos algunas quejas en consultas sexológicas:

“No tengo erección”; “No tengo orgasmo” (se trata de un fragmento de conducta
sexual, en general, con un compañero o compañera).
“Me parece que es todo de la cabeza”; “La culpa es de mi marido” (se atribuyen
diferentes significados a la situación, habitualmente negativos).
“Esto me sucede siempre, cada vez que tengo relaciones sexuales” (la frecuencia de la
conducta es motivo de queja).
“Me pasa en la casa de ella”; “Cuando estamos de vacaciones, no me sucede” (se
plantea que el inconveniente es el lugar físico donde se produce esa conducta).
“Pienso, pienso, pero igual sucede”; “Si logro estar tranquila y no “rumiar” con el
pensamiento, estoy mejor” (alusión al grado en que el problema se produce en forma
involuntaria).
“Pienso que si probara con otras, mejoraría”; “Me sucede sólo con él. Con otros, no”
(hay terceras personas significativas involucradas en la queja).
“Yo me culpo por la falta de orgasmo de ella”; “Creo que yo no lo excito” (la pregunta
que se plantea es quién tiene la culpa).
“Este año fue agotador. A eso atribuyo los problemas sexuales”; “El embarazo, el
parto, la lactancia, los otros hijos... Es mucho” (referencia a los factores ambientales: el
trabajo, el estrés, el estatus económico, el hábitat en que se vive).
“Con depresión, no puedo gozar de nada”; “Si los chicos no se durmieron, no puedo
concentrarme en el placer” (se alude al estado fisiológico o de las sensaciones
involucradas).
“Fui abusada cuando tenía 9 años”; “Nunca tuve educación sexual. En casa, no se
hablaba de eso” (la influencia del pasado).
“Estamos casi por separarnos”; “Si no logro controlar la eyaculación, la pierdo”
(horribles predicciones sobre el futuro).
“Vengo a que me dé el medicamento”; “En un mes, me curo” (expectativas utópicas).

Las quejas suelen “solaparse”. Nunca son independientes, o una sola. De allí que cambiar o
modificar una produce el cambio o la modificación de las otras.
Como parte inexcusable de la exploración de los síntomas sexuales deberemos
concentrarnos en la experiencia sexual concreta, tanto de la pareja como del paciente
individual. Una vez que se recibe la queja (o el conjunto de quejas) del paciente y se toma
nota detalladamente, deberemos reconocer la diferencia existente entre queja y motivo de
consulta. La queja es el vehículo que ha motivado solicitar la consulta. Funciona a manera de
“materia prima”: es como la madera que proviene del árbol y necesita ser trabajada por la
mano del hombre y sus instrumentos. El saber del profesional, que indaga a través de
preguntas alusivas, “trabaja” la materia prima para confirmar o desestimar el precario
diagnóstico que, según el paciente, lo ha traído a la consulta.

Caso 14: Sergio y Marisa concurren a la consulta. “Venimos porque Marisa no puede llegar al orgasmo. Se
excita, pero no llega nunca”, se quejan. —Veamos. ¿Con qué frecuencia tienen relaciones sexuales? -les
pregunto.
—Casi siempre, entre dos y tres veces por semana.
—Y el problema ¿se presenta siempre o algunas veces? -consulto.
—Diríamos que casi siempre...
Trato de especificar un poco más:
—Cuando dicen que no llega al orgasmo, ¿se refieren a “no llegar” de ninguna manera o a que llegan con otras
modalidades? —Ah, eso sí... Se llega al orgasmo, pero no de manera normal, sino por caricias o toques en el
clítoris.

El diálogo pone en evidencia que si nos quedáramos con la queja inicial de la apertura de la
entrevista, el diagnóstico de “anorgasmia” puede pasar inadvertidamente. La acción de la
intervención del sexólogo, que “trabaja” la materia prima de la queja, pone en evidencia que
no se obtiene orgasmo con la penetración, pero sí con caricias clitoridianas. El diagnóstico
inicial de “anorgasmia” se transforma en “anorgasmia parcial”, lo cual implica una estrategia
terapéutica específica, diferente de la inicial.
Me centraré ahora específicamente en el tema de la intimidad sexual. Cuando un paciente le
refiere a un médico uno o varios síntomas, como el dolor, este último interroga
minuciosamente cómo es ese dolor, dónde se localiza, si es fijo o no, si se calma en
determinadas posiciones o ingiriendo algún producto, si se corre, si tiene periodicidad o
permanece todo el tiempo, sus diferentes modalidades. Todo esto da cierta aproximación a
cuál es el o los órganos afectados y la posible gravedad del síntoma. El interrogatorio se
completa con el examen físico, que dará resultados mucho más aproximados a la certeza
diagnóstica sobre la puntualización del dolor, la dureza de la tensión de las paredes del
órgano, los alivios o agravamientos producidos por el examen físico. Toda esta acción se
denomina semiología (del griego semeion, que significa “signo”).
En sexología clínica, la obtención de datos con cierta precisión sobre las quejas
sintomáticas de los pacientes constituye un factor decisivo para el diagnóstico y la orientación
terapéutica. Además -y esto tiene una enorme importancia- nos proporciona nociones del
ambiente subjetivo que rodea a toda actividad sexual.
Es obvio que responder a la queja del paciente sin interesarse en colocar la mirada
“microscópica” en las circunstancias y el contexto específico en que las acciones de la
conducta sexual se desarrollan es totalmente insuficiente para la precisión diagnóstica y la
eficacia terapéutica. En relación con la experiencia sexual, he aquí una significativa diferencia
con los interrogatorios en psicología, en psicoanálisis y psiquiatría clínica. Por una fuerte
influencia del pensamiento psicoanalítico, el profesional se focaliza en los antecedentes
históricos e infantiles del problema presentado. Sin descartar su importancia, hay que destacar
que esto deberá complementarse con una visión actualizada, con el mayor detalle posible, de
la actividad sexual que motiva la consulta del paciente.
A manera de síntesis, podemos decir que solicitar una visión casi “fílmica” de la actividad
sexual del individuo o la pareja nos dará un panorama de su comportamiento sexual, con una
descripción detallada de las relaciones causales inmediatas de lo que surge como queja
sintomática.

Caso 15: María y Gustavo, ambos aproximadamente de 50 años, consultan juntos en el ámbito
del hospital.
Les pregunto en qué los puedo ayudar y Gustavo me contesta: “Soy impotente”.
Le pido entonces que se pare y camine ida y vuelta hacia la puerta. El paciente se pone de pie, camina
lentamente y vuelve a sentarse. —Compruebo que camina bien, decididamente, y que no tiene impotencia
alguna -le digo.
—No, no, digo “impotencia sexual”. No se me “para” bien. -Ah... Consulta por un problema de erección...
Correcto.... Las preguntas iniciales son las acostumbradas sobre el tiempo del problema, las modalidades
generales de la presentación sintomática y otros detalles. Hasta esos momentos, la esposa permanece atenta
pero callada. Les manifiesto que me agradaría que me cuenten algunos detalles sobre sus relaciones sexuales:
quién toma la iniciativa, dónde se realizan, cómo comienzan y cómo siguen, y todas las acciones que puedan
aclarar el diagnóstico del problema. Gustavo responde:
—Bueno... Hasta hace uno o dos años me acercaba a ella y ya estaba dispuesto a penetrar...
Fue declinando progresivamente la erección, y hoy ya no se produce.
Me dirijo entonces a María:
—Cuénteme un poquito, ¿usted se acerca, lo abraza?
María me interrumpe y dice:
—¡Yo no masturbo a nadie!
—Discúlpeme, no dije masturbar, dije acercarse, acariciar, abrazar -le contesto sorprendido.
—Usted no me ha entendido... ¡Yo no masturbo a nadie! -vuelve a decir enfáticamente.
Luego de repetir la aclaración sobre el malentendido, y encontrar la misma respuesta enfática, me dirijo a
Gustavo: —Si su señora lo tocara, lo acariciara, lo abrazara fuertemente...
El paciente me interrumpe:
—Ah... Si me tocara, si me acariciara “allí abajo”, yo no tendría problemas: ¡se me para
inmediatamente!

El fragmento que acabamos de exponer, que por supuesto pertenece a un caso extremo,
ilustra algunas cosas antedichas. La queja del paciente es una materia prima “sin trabajar”. La
indagatoria simple del profesional pone de manifiesto las circunstancias de la intimidad, en
donde la ausencia elemental de estímulos provoca el síntoma-queja y desnuda lo insólito de la
circunstancia. El diagnóstico cambia radicalmente: ya no se trata de un problema eréctil, sino
de una falta de estímulos elementales que conlleva un malentendido básico. Además, lo que no
siempre se sabe es que a medida que avanza la edad, las fantasías, las imaginaciones y los
automatismos que antes provocaban “cascadas” de reacciones, sólo se desencadenan con el
tiempo mediante estímulos concretos, directos y prolongados.
Al solicitar detalles objetivos y no quedarse sólo con la queja, se muestra con cierto
dramatismo las razones causales de la falta de erección. Obviar este paso puede provocar un
error diagnóstico y una indicación terapéutica errada. Por supuesto, un detallado análisis de
este fragmento del interrogatorio acerca de la intimidad pone de manifiesto los efectos de una
historia personal donde la falta de información adecuada en la temática sexual, los
malentendidos, la ausencia de aclaraciones y la abundancia de mitos hunden sus raíces en la
infancia y adolescencia de María, con consecuencias en los vínculos actuales con Gustavo. De
más está decir que el marido comparte la ignorancia manifiesta, los malentendidos y las
confusiones que llegan hasta el error diagnóstico.
Debo puntualizar aquí que todos los detalles de la historia de esta pareja que consulta
sobre un problema sexual concreto son pura especulación, guiada por la teoría, pero con casi
ninguna posible acción terapéutica actual. El examen semiológico de la intimidad permite
vislumbrar dónde y de qué manera se producen las condiciones de ausencia de la erección,
independientemente de las causas históricas, sobre las cuales es imposible actuar, aunque sí
especular.
Como se ha puesto de manifiesto, el examen de la semiología de la intimidad permite poner
al descubierto las condiciones actuales donde se producen los fenómenos, identificando las
razones de orden psicológico-educacionales que inciden directamente en la aparición de una
disfunción sexual aparente.

Caso 16: Adela y Horacio son una pareja joven, de alrededor de 30 años de edad. Hace cinco
años que conviven, y ella se queja de no tener orgasmos.
Les pido que me cuenten, a la manera de un filme o un video, una relación sexual típica en la
que se produce el síntoma que los trae a la consulta.
Adela dice: “Tenemos relaciones dos o tres veces por semana... A veces, él me besa en la
cocina o el pasillo y yo me doy cuenta de que apenas nos acostemos me buscará y tendremos
relaciones sexuales”. “Yo -dice Horacio- tengo rápidas erecciones.” Y Adela dice con énfasis:
“Sí, éste es un problema que hemos hablado muchas veces. Para él, tener erección es casi
sinónimo de intentos de penetración... y la verdad es que ¡así no puedo excitarme! Me falta
tiempo”.
Horacio confiesa que el penetra porque tiene miedo de que se le baje. Le pregunto si alguna
vez sucedió eso, y él me responde: “Pocas veces con ella, pero sí muchas en dos o tres
relaciones con otras mujeres... Y quedé con miedo... No lo puedo evitar”.

El interrogatorio detallado y focalizado en la intimidad de la pareja pone de manifiesto la


casi nula actividad de los llamados “juegos sexuales previos”, provocadores de la excitación
de la respuesta sexual humana, esenciales para cualquier mujer. El examen de la semiología de
la intimidad permite “palpar”, “auscultar” el tono y los gestos paraverbales de la pareja. El
énfasis en determinados detalles permite deducir al profesional las escenas inferidas, no
relatadas, y deducir hipótesis que necesitarán de otros momentos del interrogatorio para
confirmarse.
Es muy importante que el profesional sepa que la intimidad sexual está casi siempre
celosamente custodiada. Como hemos mencionado, el ser humano es el único mamífero de la
corteza terrestre que se oculta para tener relaciones sexuales. Los otros mamíferos, en
especial los cuadrúpedos, lo hacen abiertamente. Todo esto apunta a considerar que
prácticamente nadie expresa sin tapujos lo que sucede en la intimidad de un dormitorio. De allí
surge la necesidad de ser cauteloso y prudente y abordar el examen semiológico de la
intimidad luego de una preparación a manera de worming en la primera parte de la entrevista.
La siguiente guía, que no es exhaustiva, permite orientar las preguntas:

¿Siempre se da cuenta si va a tener relaciones sexuales ese día?


Si no se da cuenta, o no advierte señal alguna, ¿cómo procede?
Si tiene sensaciones de excitación sexual, ¿cómo procede?
Si no las tiene, ¿cómo reacciona ante las insinuaciones o provocaciones del
compañero/a?
¿Habla? ¿Propone?
¿Cómo reacciona frente a una posible negativa? ¿Insiste?
¿Sabe usted cuáles son los gustos o preferencias de su compañero/a?
¿Los acontecimientos ocurridos durante el día pueden incidir en tener o no relaciones
sexuales?
¿Todo termina en la penetración? ¿Hay oportunidades en que sólo haya juegos
sexuales?
¿Usted accede a los gustos especiales de su compañero/a en los momentos de
excitación: relatos eróticos, fantasías de infidelidad, fantasías de prostitución, entre
otros?

Este tipo de preguntas permite acceder a zonas no muy claras de la intimidad y delimitan
fuertemente el espacio íntimo, la fase de la respuesta sexual que se encuentra débil o
deteriorada, y proporciona una idea aproximada de las tareas a incluir como parte de la
terapia sexual.

Caso 17: Cynthia es una mujer agradable, de 31 años, casada desde hace seis años. La
queja que motiva la consulta es la falta de deseo sexual, que se desarrolla luego del
nacimiento de la hija del matrimonio, hace casi tres años. Aun desmotivada y sólo para
complacer al esposo, Cynthia tiene relaciones sexuales una o dos veces por semana. Le pido
que me cuente una relación sexual donde el síntoma que la trae a la consulta se presenta.
—Me doy cuenta cuando vamos a tener relaciones. Eduardo se pone mimoso, cariñoso; me
acaricia, me abraza y me besa... Yo siento, pero muy poco. Por eso, tampoco hago nada por
tomar la iniciativa, responder con firmeza. En realidad, deseo que se termine lo más rápido
posible. Pocas veces me excito suficientemente como para culminar con un orgasmo. Sin
embargo, antes del embarazo e incluso durante el mismo era multiorgásmica y casi siempre
terminaba pidiendo más. —¿Eduardo está al tanto de todo esto? -le pregunto. —Sí, y sufre
mucho. Hemos discutido alguna vez. Me impulsó a consultar con el ginecólogo, quien me hizo
una serie de análisis hormonales, cuyo resultado no arrojó nada significativo. —Voy a relatarte
una pequeña anécdota alusiva: vos me invitás a cenar a tu casa esta noche. Yo acepto. Una
hora antes de llegar a tu casa, paso por un kiosko y me como dos tabletas de chocolate...
Obviamente, cuando llego a tu casa, no tengo apetito alguno. Pero huelo lo que has preparado
durante toda la tarde. Me siento a la mesa, viene la comida con todos los arreglos y colores
posibles. Me decís: “Pruebe doctor, pruebe”. Primero pruebo lentamente, para no ser
descortés, y de manera progresiva termino comiendo todo el plato y también los
subsiguientes. No con el entusiasmo que tenía antes de comer el chocolate, pero termino
comiendo. Si has entendido la metáfora. Vos relatás que no tenés ganas de hacer el amor...
Pero, si te provocan...
¿te encuentran?
—Ah... ¡sí! Casi siempre reacciono... Casi todas las veces termino con un orgasmo... Pero
doctor yo estoy esperando tener las ganas que tenía antes, y eso no viene. Y tengo miedo de
que no venga nunca más -me contesta.
—Pues quiero decirte que hay un pequeño malentendido. No tienes falta de deseo sexual...
Tienes falta de la espontaneidad del deseo. Esa espontaneidad es típica de la adolescencia y
la primera juventud. Pero, a medida que se desarrollan los acontecimientos vitales de nuestra
vida, absolutamente normales y comunes, tales como el embarazo, el parto, el puerperio, la
ocupación intensa con el nuevo ser, modificaciones del empleo, el estudio, las mudanzas, los
cambios de hábitos en la comida o las costumbres, la espontaneidad del deseo sexual se
apaga... Ya las fantasías, las expectativas de placeres que nos esperan no se presentan como
antaño. Y las personas definen eso como “falta de deseo sexual”. Luego de esos
acontecimientos normales, la fantasía deja lugar a los estímulos concretos: abrazos, besos,
caricias no genitales y genitales... Casi siempre deben haber “verdaderas sesiones” de
encuentros erotizantes bajo las sábanas durante algunas semanas. Todo esto sin penetración
y sin coito alguno... Amedida que avanza la edad y las diferentes y variadas vicisitudes que nos
ofrece la vida, las “ganas” son sustituidas por los estímulos concretos.

El examen de la semiología de la intimidad ha puesto de relieve una modalidad de la


llamada falta de deseo sexual, sumamente común. Es un procedimiento casi indispensable para
aclarar detalles del contexto sintomático, precisar su fenomenología, y que pone de manifiesto
la secuencia de estímulos necesarios para desencadenar las respuestas sexuales.
En el caso de los trastornos del deseo sexual, el procedimiento semiológico permite
internarse en el pensamiento y las fantasías de los pacientes: “yo estoy esperando tener las
ganas que tenía antes... y eso no viene... y tengo miedo de que no venga nunca más”. Esto
permite un diagnóstico diferencial entre hipofunción del deseo sexual de base orgánica,
generalmente hormonal, y la falta de espontaneidad del deseo sexual, casi siempre modificable
con algunas indicaciones y aclaraciones. En la medida en que los pacientes estén ansiosos, ya
que esperan el “llamado del instinto” y éste no aparece, el cuadro suele teñirse de elementos
depresivos y ansiosos, con creencias de trastornos orgánicos irreversibles, en tratamientos
psicológicos con escasa o nula modificación del problema, el cual tiende a la cronicidad.
El esquema conceptual de Jack Annon para la terapia sexual breve
El esquema que se describirá a continuación tiende a ser lo opuesto a la actitud de muchos
terapeutas sexuales, psicólogos o médicos que hacen un interrogatorio exhaustivo, y muchas
veces profundo, pero terminan aplicando el mismo esquema terapéutico. Se sabe, por
supuesto, que el tratamiento de muchos problemas sexuales es prolongado, oneroso y
dificultoso, y que los resultados no siempre son medianamente exitosos.

Gráfico 1. Modelo PILSETI, deJack Annon

Como puede observarse, el modelo propuesto en el gráfico 1 ofrece cuatro niveles de


complejidad creciente. Cada letra o par de letras designa un determinado método
recomendado para el tratamiento de las preocupaciones sexuales de los pacientes que
consultan. La representación visual de las pequeñas líneas verticales da cuenta de las distintas
aplicaciones. Annon considera que los primeros tres niveles -Permiso, Información Limitada y
Sugerencias Específicas- se encuentran dentro de la psicoterapia sexual breve. El cuarto nivel
-Terapia Intensiva- se reserva a psicoterapias especializadas y prolongadas.
Lo interesante de este modelo es que puede ser usado en diferentes contextos y adaptado
al tiempo y la profesión del terapeuta. Cada vez que se avanza al nivel siguiente (es decir, cada
vez que se baja más en el esquema) se exigen grados de conocimiento y entrenamiento
progresivamente mayores por parte del profesional que aplica el modelo.
El esquema Pilseti permite que cada persona que lo aplica pueda detenerse en el nivel más
adecuado a su competencia. Este “mapa” permite llegar a determinar cuándo un paciente
necesita ser derivado a quien domine el nivel que se necesita abordar, según la queja
sintomática del paciente.
Lo que es importante considerar es que el modelo permite una estructura de discriminación
entre problemas sexuales que requieren ayuda simple y otros que necesitan terapias mucho
más complejas, o que no responden a las terapias sexuales breves.
El primer nivel: el permiso
Para ilustrar el primer nivel, relataré el siguiente caso:

Caso 18: Carlos Alberto tiene 29 años y hace aproximadamente cuatro meses que se casó con
Amanda, luego de tres años de noviazgo. Pide una consulta con su médico clínico, a quien
conoce desde mucho tiempo atrás. Resumidamente, se desarrolla el siguiente diálogo en el
consultorio.
Carlos: Doctor, como usted sabe, hace más o menos cuatro meses que estoy feliz por
haberme casado con la que considero la mujer de mi vida. Todo va muy bien, pero debo decir
que hay algo que me preocupa. Profesional: Muy bien. Contame qué es lo que te preocupa.
Paciente: Mis relaciones sexuales con Amanda son excelentes. Diría que muchas de ellas son
mejores que en los años anteriores. Pero
-siempre hay un pero- me masturbo. Y no he dejado de hacerlo desde la adolescencia.
Profesional: Contame cuántas veces por semana tenés relaciones sexuales y cómo son.
Paciente: Son por lo menos dos veces por semana y quizá una o dos veces más los fines de
semana. Como dije antes, son excelentes, muy satisfactorias para ambos, y ella es
multiorgásmica. Profesional: Muy bien. ¿Y cuándo y cuántas veces te masturbas? Paciente: Es
variable, pero en general lo hago por lo menos dos veces por semana. Si la frecuencia de las
relaciones sexuales disminuye, me masturbo una vez más que lo habitual.
Profesional: Bien. Te diría, como resumen, que tu relación matrimonial marcha “viento en
popa”, lo cual es una satisfacción y una alegría para vos y tu mujer. Y también te preocupa que,
pese a todo, no has dejado de masturbarte como antes.
Paciente: Exactamente, doctor. Creo que me ha entendido bien. Pese a que le digo que la amo
con todas las fuerzas, no entiendo por qué me tengo que masturbar. Yo siempre supe que si
me casaba con la persona adecuada, si era feliz, eso se me retiraría. Profesional: Me parece
que lo que sentís es que no es correcto lo que hacés. Pero debo decirte que muchos hombres
casados y felices se siguen masturbando, como en etapas de la adolescencia. Desde ese
punto de vista, diría que lo que te sucede es absolutamente normal. Paciente: (sorprendido)
¿O sea que lo que me ocurre también le ocurre a otros que se encuentran en mi misma
condición? Profesional: Dejame decirte que muchos hombres se masturban a cualquier edad
y en cualquier condición social. Que la masturbación no es pecado alguno, pese a estar
mencionado en la Biblia. La Biblia fue escrita en una época donde la Tierra era un páramo y
había que poblarla; por lo tanto, Dios castigaba a quien -por cualquier circunstancia o
procedimiento- no cumplía con los mandatos reproductivos. Pero, estamos en el siglo XXI y no
en aquellos muy lejanos tiempos. Si la masturbación fuera dañina, disminuiría la frecuencia
del relacionamiento sexual con Amanda. Me parece que es usada, en tu caso, para aliviar las
tensiones del trabajo o de tu estudio.
Paciente: No sabe lo aliviado que estoy. Muchas gracias por ayudarme.

Éste es un simple ejemplo del primer nivel de abordaje de los problemas de consulta
habituales. El permiso. Lo que casi todas las personas siempre desean saber es si lo que les
ocurre es... normal. Que no causará daño, que no son “pervertidos”, “anormales” o
“degenerados”. Diríamos, en primera instancia, que ya lo saben. Lo han leído en algún libro o
lo han visto en una entrevista televisiva, pero quieren oírlo de un profesional en forma directa.
El encuentro con un profesional actúa como caja de resonancia y sirve, como catarsis, de
alivio a sus preocupaciones.
El permiso facilita que el consultante no considere patológico, intratable o raro el síntoma
que presenta como queja; le garantiza que puede continuar sin culpa la acción sexual por la
cual viene a consultar. Dar permiso es tanto una técnica preventiva como de tratamiento. No
debe pensarse de ninguna manera que resuelve todos los problemas, pero puede solucionar
algunos, y facilitar además el acceso a confidencias en la medida en que actúa como un ligero
ansiolítico.
La técnica del permiso permite ser utilizada en contextos ajenos a la estricta privacidad del
consultorio: en ámbitos docentes, en reuniones informales, en un encuentro de negocios. Exige
una preparación mínima por parte de las personas o profesionales a quienes se consulta
habitualmente.
El permiso en cuanto a pensamientos, fantasías y sueños
Las preocupaciones relativas a pensamientos o fantasías y sueños son extremadamente
comunes. No es extraño que hombres o mujeres que están en pareja tengan pensamientos o
fantasías sobre mujeres u hombres diferentes. Hacer saber a los pacientes que estos
pensamientos son comunes provoca un alivio considerable tanto de la ansiedad como de la
culpa por ser “anormales”. Solamente cuando los pensamientos o fantasías ocupan mucho
espacio mental y tiempo, casi a nivel reiterativo y obsesivo, comienzan a interferir en la vida
cotidiana de las personas. Es allí cuando constituyen un problema.

Caso 19: Se trata de una mujer de alrededor de 29 años, casada. En la entrevista inicial estaba
visiblemente preocupada, con niveles de ansiedad evidentes. Consideraba la posibilidad de
divorciarse de su marido, con quien está casada desde hace seis años. Un interrogatorio
minucioso muestra que ha comenzado con un pensamiento o grupo de pensamientos
pasajeros desde hace dos meses, luego de un evento social, donde había unas 40 personas,
al que había concurrido con su marido.
Tuvo una conversación casual con un señor a quien no conocía, mayor que ella, y luego de
unos minutos de estar con él, ya a solas, se preguntaba insistentemente cómo sería estar en
la cama con él y tener relaciones sexuales. En poco tiempo cayó en la cuenta de que sus
pensamientos eran producto de sus fantasías, pero esto la dejaba muy preocupada.
No era frecuente en ella esta actividad fantaseada, y la llenó de angustia; se sintió avergonzada
y se decía a sí misma “pecadora”. Esa noche, cuando el esposo se aproximó en la cama para
tener relaciones sexuales, ella lo rechazó porque consideraba que le había sido “infiel”. Para
ella, pensar y/o fantasear era lo mismo que actuar. A medida que los días pasaban se ponía
más y más ansiosa. El insomnio la comenzaba a torturar, y tampoco podía ocuparse de sus
tareas habituales. Consideraba que la único honesto que podía hacer era dejar al marido y a
sus dos hijos, lo que aumentaba sensiblemente su ansiedad y preocupación.
El marido se encontraba desconcertado. Ignoraba qué le sucedía o qué había ocurrido con
ella, ya que la encontraba reticente a tener relaciones sexuales y su carácter se había
modificado. Finalmente, le contó al marido su intención de separarse. Asombro, sufrimiento,
desconcierto y cólera fueron los sentimientos del hombre. Finalmente, ella aceptó consultar
con un profesional.
El permiso inicial le aseguró a ella que tales pensamientos y fantasías eran sumamente
comunes y normales. Eso alivió gran parte de la ansiedad y la culpa. El caso era algo más
complicado, y el permiso se mostró evidentemente insuficiente.
Comencé a sugerir una tarea específica en el seno del hogar, a solas. Una vez por día, y no
más de diez minutos por vez, se iría a relajar, lo más profundamente posible, e imaginar una y
otra vez a aquel hombre teniendo relaciones sexuales con ella. Durante toda la semana haría
este ejercicio, una vez por día.
Cuando regresó a la consulta, una semana después, se encontraba aliviada, sin angustia.
Relató que su matrimonio había entrado en la calma anterior, y que los dos primeros días tuvo
fuertes dificultades para concentrarse e imaginar las escenas... A partir del tercer día le fue
relativamente accesible el ejercicio. Luego del quinto día, se dijo a sí misma: “¿Cómo pude
pensar una cosa así? Me parece muy ridículo”.

Los sueños repetitivos en los se tienen relaciones sexuales totales o parciales con personas
desconocidas, e incluso con personas del mismo sexo, son muy comunes. Es importante
asegurar en este nivel la absoluta normalidad y habitualidad de estas manifestaciones y que no
son “anormalidades” o “patologías”. Muchas veces, esto detiene la repetición onírica.
Sensaciones frente al desempeño sexual
No es raro que las personas reaccionen con diferentes manifestaciones de ansiedad frente a
algunas actividades sexuales. Así, hay muchos hombres jóvenes que tienen fallas eréctiles o
eyaculatorias en sus primeras relaciones sexuales con compañeras desconocidas o que apenas
conocen. En otras ocasiones, los jóvenes se vuelven muy ansiosos frente a la erección que no
decae luego de la eyaculación y el orgasmo. O cuando viajan en un transporte público, o a
caballo, o en bicicleta de asiento deportivo. O cuando las mujeres piensan en objetos eróticos
o artistas preferidos y sienten que sus pechos se vuelven erectos.
Explicar detalladamente a un paciente, hombre o mujer, especialmente ansioso a causa de
excitaciones sexuales en contextos o situaciones “no apropiadas” suele ser adecuado para
solucionar en este nivel el problema presentado. Sin duda, el problema de la ansiedad en
zonas o situaciones no apropiadas tiene raíces en el pasado del paciente. Y, probablemente,
en el pasado infantil o adolescente. Pero llevaría mucho tiempo desentrañar este origen y es
mucho más apropiado, como elemento inicial, subrayar el “efecto de aprendizaje” que
condicionó en su momento los estímulos a esas respuestas.
El permiso en conductas
Hasta qué punto el especialista sexólogo puede permitir ciertas conductas es determinado
por muy diversos factores. La consulta para saber si el número de relaciones sexuales por
semana es adecuado o “normal” es sumamente frecuente, y varía de persona en persona y de
pareja en pareja. En general, el profesional avala y sostiene que la frecuencia que presenta el
paciente o la pareja es “normal”. Puede, si lo desea, incluir algún promedio estadístico,
mencionando un organismo internacional vinculado a la salud. Es muy difícil explicar, sin
embargo, que los promedios estadísticos no dejan de ser un número y que no dicen nada de la
edad, de las actitudes o de los sentimientos de cada uno de los elementos estudiados. En
sexología clínica, convengamos, es casi imposible dar crédito real a números de estadística; las
relaciones sexuales se efectúan en la intimidad y la respuesta al encuestador no suele ser veraz.
Numerosos ejemplos de este primer nivel de permiso permiten saber lo incierto de algunas
respuestas, que ponen en aprietos al profesional de la sexología: las preguntas sobre cuánto
debe durar el espacio de los “juegos sexuales previos”, hechas por mujeres que en un corto
lapso de tiempo pueden tener varios orgasmos, desencadena preocupaciones de “patologías
ninfomaníacas”; el hombre que desea que la mujer, cuando tiene relaciones sexuales, le
introduzca los dedos en el ano, y se siente por eso en la frontera de la homosexualidad; la
pareja que se siente mal porque ya no puede alcanzar “simultáneamente” el orgasmo; la joven
pareja que tenía actividad orgásmica mutuamente, con contactos oro-genital muy
satisfactorios, y pregunta si eso es una conducta “perversa”; la mujer que se niega a tener
coito anal con su compañero, porque le resulta doloroso y, en algunos casos, por cuestiones
de higiene o por las convicciones cuyas raíces están en la familia o en la educación recibida.
Limitaciones del nivel de permiso
Otorgar permiso para continuar haciendo lo que se está haciendo, casi siempre teñido de
ansiedad o culpa, tiene ciertas ventajas: 1) se adapta a casi todos los contextos y exige
relativamente escaso tiempo de preparación por parte del sexólogo; 2) puede ayudar a
superar numerosos inconvenientes sexuales, evitando que aparezcan otros problemas; 3)
puede ser aplicado en conjunto con los otros niveles del modelo PILSETI. De hecho, el
primer abordaje de cualquier problema consultado es dar permiso.
Aunque es importante conceder permiso, se necesita casi siempre de información y
anticipación de las consecuencias de determinada conducta.
Si se alienta la persistencia de la fantasía de una mujer de tener relaciones sexuales con otra
persona ligada o vinculada con su pareja, pero no se advierten posibles problemas vinculares
con la propia pareja, puede pasarse del “permiso” a cierta acusación de “aliento” a la
infidelidad. O la fantasía muy común de introducción de un tercero en la relación sexual puede
concretarse sin la protección frente a enfermedades de transmisión sexual, embarazos o
conflictos relacionales inherentes al hecho.
Orientación teórica y sistema de valores
La orientación teórica del profesional de la sexología juega un papel nada despreciable en
el acto inicial de otorgar permiso. Permiso para un pensamiento, para una fantasía o para una
determinada conducta sexual. Si el sexólogo tiene una fuerte formación psicoanalítica, tenderá
a no otorgar permiso y sí a analizar en determinado contexto de discurso las afirmaciones o los
miedos del consultante.
Sabemos que, en teoría, los sexólogos, no pueden transmitir ni directa ni indirectamente su
propio sistema de valores al paciente. Pero esto suele ser difícil de llevar a la práctica. ¿Qué
ocurre si un profesional es consultado, por ejemplo, por un hombre o una mujer que se
encuentran recientemente casados y fantasean con introducir otra pareja en la cama? ¿Qué
contestará cuando le pregunten si es “normal” o “correcto” llevar a cabo esa fantasía?
El autopermiso. La importancia de decir “no sé”
Es importantísimo otorgarse a sí mismo permiso para no ser un experto, un perito, una
eminencia en sexología clínica. En última instancia, para no saber. La sexología es una
disciplina relativamente nueva o no muy correctamente difundida, y muchas de las numerosas
preguntas -aparentemente pertinentes- son de muy difícil respuesta. También se hacen
preguntas que no pueden responderse, tales como:

¿Está “bien” acceder al sexo anal?


¿”Se puede” tener fantasías con otra persona?
¿Es “admisible” tener conductas sexuales diferentes, por ejemplo, homosexuales?
¿Cuántas veces por día es “normal” masturbarse?
Si me opongo a la posición de “perrito” porque me resulta dolorosa, ¿él me
abandonará como dice?
Luego de la operación de próstata, ¿es normal que el hombre no quiera tener más
relaciones sexuales porque considera que ya finalizó la etapa de la sexualidad?

Es importante otorgarse el permiso de decir “no sé”. La temática sexual es tan amplia que
nadie puede tener respuestas para cualquier tipo de preguntas que los consultantes hacen.[88]
Un antiguo proverbio oriental lo especifica muy bien: “Pregunta lo que ignoras y pasarás por
tonto cinco minutos; no lo preguntes, y serás tonto la vida entera”.
Casi siempre, lo único que puede ofrecer el sexólogo es una escucha atenta que demuestre
un fuerte interés en lo que escucha, comprensión, respeto y la certeza de que no rotulará ni
juzgará al paciente.
El segundo nivel: la información limitada
Deberemos admitir que la Información Limitada (IL) se otorga casi siempre conjuntamente
con el primer nivel de permiso. En vez de aceptar la queja inicial o el “rótulo” con el cual se
presenta el paciente, suele ser necesario solicitar una descripción lo más completa posible del
problema que lo aqueja.
Sin una descripción ciertamente minuciosa por parte del paciente, podemos fácilmente
equivocarnos y dar sugerencias o tareas que -claro está- no tendrán efecto alguno sobre el
sufrimiento planteado. Es el propio paciente el que define con exactitud el problema; no el
profesional.

Caso 20: En el ámbito del hospital, dos pacientes mujeres llegan a la consulta. Tienen
alrededor de 25 años. Dicen que es la primera vez que tienen relaciones sexuales y que están
constituidas como pareja y que conviven. Relatan que ninguna de las dos tienen orgasmos.
Ambas se excitan mucho, con caricias, sexo oral mutuo o alternativo, pero cuando llega un
momento determinado, en el que alcanzan cierta altura de excitación sexual, ésta cae
bruscamente. Y que siempre, sin excepción, sucede lo mismo. Y ahora, debido a lo que ocurre,
la frecuencia de relaciones sexuales ha disminuido sensiblemente. Les digo que, pese a su
descripción, me parece que tienen orgasmos. Solo que están esperando ansiosamente
tenerlo como dicen las revistas “del corazón”: en forma intensa, espectacular. Les indico que
ambas, por separado, durante no más de diez minutos por día, se concentren, se relajen y
sientan sensaciones similares de progresiva vasodilación, excitación sexual y que imaginen
que tienen orgasmo, no espectacular, sino en la medida de la desaparición de la excitación.
Cuando vuelven al consultorio, dos semanas más tarde, me cuentan que la respuesta fue muy
positiva. Tuvieron relaciones sexuales de la manera habitual y alcanzaron el orgasmo... Una de
ellas es multiorgásmica.

La utilización de los dos niveles, tanto el permiso como la información limitada o focalizada,
puede resolver algunos problemas que sólo con el permiso no se pueden resolver.
A medida que se avanza en la utilización de los diversos niveles, se requerirá experiencia,
pericia y conocimientos para tener intervenciones eficaces. Al contrario de la intervención en el
primer nivel de permiso, que consiste en expresarle al paciente que lo que hace está bien, la
información limitada le proporciona al paciente datos específicos destinados a la queja que
motiva la consulta.
Tal como sucede con el primer nivel del permiso, la información limitada puede ser
considerada un método preventivo y una técnica de tratamiento. La información limitada debe
ser precisa y no “desbordar” la información solicitada para no obstaculizar la comprensión del
paciente. En ese sentido, no es mejor dar más información, ya que puede no resultar
beneficiosa.
Areas comunes de preocupaciones sexuales
Dar información limitada (o focalizada) es un excelente modo de eliminar o aclarar mitos.
Esos mitos pueden ser específicos, como el tamaño de los genitales masculinos o de los
pechos femeninos, o más generales.
1) Mitos sobre el tamaño. Tal como los hombres que se preocupan por el tamaño de su
pene, algunas mujeres se muestran preocupadas por el tamaño, la forma y la apariencia de sus
pechos y de sus genitales externos. Las revistas dedicadas en principio a los hombres, las
modelos de la televisión y las opiniones de programas médicos influyen en la aparición y
sostenimiento de estos mitos.
La variedad es la regla, que se opone al concepto de “medidas idealizadas”: existe una
enorme variación en el tamaño, en la forma y el aspecto de las glándulas mamarias, y es
sumamente difícil encontrar una combinación de atributos que pueda considerarse “el
promedio”. Asimismo, existen variaciones de color de la aréola mamaria. Más aún: la
combinación de mama, aréola y pezón puede variar en una misma mujer.
Los pelos de la zona púbica también tienen una enorme diferencia en cuanto a dimensiones,
distribución y cantidad. Es muy común que sean finos, o ciertamente gruesos, rígidos o
enrulados, y esta característica tiene antecedentes hereditarias.
Los genitales externos frecuentemente difieren también en cuanto a forma y dimensiones: en
algunos casos son apenas visibles los labios mayores, y en otros, los labios menores exceden
en forma de “mariposa” a los labios mayores. También es común que uno de los labios
menores sea diferente en tamaño al otro.
Muchas mujeres descubren, mirándose con un pequeño espejo, que sus genitales no son
con exactitud de la misma forma o color que aquellos que se ven en los diagramas de los
libros. El clítoris puede ser muy pequeño o estar escondido, cubierto por pliegues de tejido
que tornan difícil su localización.
Ofrecer este tipo de información es también conceder permiso para aceptar su cuerpo, en
sus partes esenciales: mamas, u órganos genitales. Se puede completar esta información con
esquemas, ilustraciones, fotografías o diapositivas. El alivio de las preocupaciones femeninas
se producirá con esta abundante información.

2) Mitos sobre la masturbación. Es muy probable que existan más mitos relacionados
con la masturbación que con cualquier otro problema de la vida sexual.
Como ya he mencionado, en diferentes épocas históricas se ha considerado que la
masturbación “causaba” tuberculosis, ampollas en las manos, raquitismo, detención del
crecimiento, caída del cabello, verrugas, disfunciones eréctiles, anorgasmia, eyaculación
precoz, dolores a lo largo y a lo ancho de los genitales, agotamiento físico y psíquico.
La aceptación tanto social como médica de la idea de que la masturbación es generalmente
inofensiva ha llevado su tiempo. Inicialmente fue “pecado”; luego, “perversión”, y más tarde,
“posiblemente normal, pero obscena”. En la actualidad se la considera absolutamente normal,
si es que no se practica en exceso. Nadie define, sin embargo, que es “en exceso”.
Es muy probable que tengamos que admitir que cerca del 98% de los seres humanos se
masturban. Obviamente, cualquiera admite que en la época de la adolescencia se masturbó. Y
que ahora, años después, no lo hace. Sin embargo, un alto porcentaje de hombres y mujeres
lo hacen a edades avanzadas.
Pocos explican que en la adolescencia la naturaleza privilegia la reproducción, llenando los
conductos eyaculatorios de semen. El exceso de semen se evacua mediante la masturbación,
mecanismo impuesto por la naturaleza frente a un adolescente que apenas puede controlar el
“aluvión” instintivo, mientras que su inmadurez psicológica y social le impide encontrar parejas
sexuales, desarrollar su espíritu de trabajo, adquirir una casa, vivir solo y contener, en todo
sentido, a los hijos, productos del desarrollo reproductivo mencionado.
La masturbación, a su vez, ha estado casi siempre rodeada de consejos, admoniciones,
castigos y “mala prensa”. Por eso, el adolescente se esconde para masturbarse. Oculto en el
baño o en su pieza, es advertido y/o señalado por algún progenitor, que “sospecha” de las
actividades “ilícitas” del joven. La ansiedad por ser descubierto, la culpa por transgredir las
indicaciones del progenitor y otros numerosos problemas relacionados forman un conjunto de
estímulos que se desencadenan y se precipitan con velocidad cuando el cerebro “se entera”
que se va a eyacular. Ésta, y no otra, es la razón y la causa de la eyaculación precoz de los
adolescentes y los no tan adolescentes.[89]
Uno de los mitos relacionados con la masturbación consiste en suponer que bastará con
casarse para que la conducta masturbatoria decline hasta desaparecer. Kinsey indicaba que
alrededor del 70% de los hombres casados se masturbaban ocasionalmente.
Otro gran mito es que las mujeres no se masturban. Ocurre que la masturbación se
encuentra muy unida a una mano que se cierra sobre un pene erecto, y esta simple descripción
no condice con la estructura anatómica femenina. La zona clitoridiana adquiere importancia,
pero no sólo producen placer y orgasmo las caricias de los dedos femeninos, sino también la
compresión de la cara interna de los muslos que roza el clítoris.
Alrededor del 30% de las mujeres con pareja se masturban a solas o frente a sus
compañeros. Según la investigación de Kinsey, tres de cada cinco mujeres casadas se
masturbaban con una frecuencia de diez veces por año. (Es aconsejable siempre proceder con
discreción y cautela cuando se comunican estas cifras estadísticas. Es conveniente adentrarse
en las costumbres sexuales de los pacientes, para que no se sientan heridos u ofendidos por la
indagación sobre la actividad masturbatoria.)
En el siglo XXI la masturbación es una técnica que se aprovecha para la enseñanza de la
sexualidad, para poder controlar la eyaculación precoz, la anorgasmia femenina y como
técnica de relajación.

3) Mitos sobre las relaciones sexuales durante la menstruación. En el pasado, se


suponía, sin ningún fundamento, que una mujer que menstruaba “echaba a perder la fruta”,
“curaba verrugas”, “avinagraba el vino” y “secaba muchas especies de plantas”. Éstas y otras
creencias le hicieron “mala prensa” a la menstruación. Si combinamos estas creencias -hoy
históricas- con información actualizada y científica sobre la menstruación, podremos descubrir
fácilmente por qué las personas evitan tener relaciones sexuales durante el período menstrual
femenino.
Tal vez sería interesante recordar que el sangrado menstrual no procede de herida alguna,
sino del desprendimiento de la mucosa uterina no fecundada. Es un líquido sanguinolento,
completamente inofensivo. No existe ninguna razón de orden fisiológico que impida tener
relaciones sexuales durante este período absolutamente normal. Quizá, en algunas mujeres, los
cólicos premenstruales o menstruales impidan tener relaciones, aunque en muchas de ellas el
coito, justamente, produce alivio. En algunos casos, las mujeres sienten que su deseo sexual
aumenta durante el período menstrual, pero sus compañeros, por cuestiones higiénicas, se
abstienen de tener actividad sexual.
Un párrafo aparte merecen los problemas infecciosos. Se sabe desde hace mucho tiempo
que la sangre es un privilegiado caldo de cultivo en microbiología. Si el varón se encuentra
infectado (uretritis benigna, cistitis o infecciones de transmisión sexual) o si la mujer padece de
uretritis, cistitis o infecciones genitales de cualquier origen, tener relaciones sexuales durante la
menstruación, además de la incomodidad y/o el posible dolor que causará, hará que la
infección se disemine. Por ese motivo, se sugiere abstenerse durante este período de tiempo o,
en el peor de los casos, usar protección con preservativo.

4) Mitos sobre el contacto oro-genital. Una creencia muy difundida dice que sólo el coito
vaginal es el correcto, el “normal”. Cualquier otro es “anormal”. En esta última categoría, entra
todo lo que se refiere al “sexo oral”. Nada es anormal en tanto ambos actores de este
antiquísimo ritual están plenamente de acuerdo. En los últimos 20 o 25 años -quizá más- ha
aumentado la frecuencia del contacto oral-genital en ambos sexos.
Estilo de abordaje en el nivel de la información limitada
Son fundamentales la preparación y el conocimiento que posea el sexólogo clínico o la
persona que se encargue de intentar dar soluciones a las quejas sexuales de las personas.
Los modos, las maneras, el timing del otorgamiento de esa información dependerán del
estilo y la percepción en el vínculo que esa persona tenga con el paciente. Un simple ejemplo:
en una ocasión, un hombre de alrededor de 40 años me preguntaba insistentemente si las
relaciones anales eran “anormales”, “perversas” o “peligrosas”. En este caso puede
responderse lo siguiente: “Esa actividad se considera habitual, no anormal, ni perversa. De
hecho, con cuidados elementales, con acuerdos previos y sin provocar molestias o dolores,
puede realizarse sin muchos inconvenientes”
Frente a un joven que pregunta si el sexo oral contagia prefiero decir: “Los infectólogos
suelen señalar que no contagia, basados estrictamente en porcentajes y en la baja cantidad de
gérmenes o virus en la saliva. Yo prefiero decir que sí, que contagia. Porque si no conocés
muy bien el pasado de esa persona (hombre o mujer) o lo desconocés directamente, la
preocupación y la angustia que sucede al hecho del sexo oral no te dejará descansar o dormir
durante muchos meses”.
Cualquiera sea el estilo de abordaje de los problemas planteados, el profesional posee dos
niveles de complejidad creciente para la aplicación de sus conocimientos al consultante. Por
una parte, conceder permiso; por otra, proceder a continuación a la aplicación de la
información limitada. Todo dependerá de la amplitud de su conocimiento.
Si la información limitada se mostrara insuficiente para resolver los problemas planteados
por el paciente, el profesional puede disponer o aconsejar una derivación a otra persona que
pueda administrar conocimientos más adecuados. O sea, a alguien que aplique el tercer nivel
de conocimientos en el esquema PILSETI.
Tercer nivel: sugerencias específicas
Las Sugerencias Específicas (SE) se pueden ofrecer si primero, y antes que nada, hemos
recogido suficiente información puntual del problema sexual planteado por el paciente.
Apresurarse y sugerir tareas antes de tener informaciones adecuadas es un error sumamente
frecuente de aquellos que se inician en el campo de la sexología clínica. El desperdicio de
tiempo y, sobre todo, la inutilidad de la administración de las sugestiones es el resultado
sumamente frecuente del apresuramiento. Sugerir procedimientos terapéuticos no apropiados
y posiblemente inútiles e ineficaces apoyados en datos insuficientes hace que el sexólogo deje
de lado otros procedimientos diagnósticos o terapéuticos mucho más pertinentes, como un
examen corporal, una solicitud de exámenes de laboratorio o, directamente, un procedimiento
instrumental o radiográfico.
Lo que el profesional de la sexología necesita es una historia de la queja del consultante,
que no debe ser confundida con una historia sexual completa. Si el profesional comienza a
confeccionar una historia sexual completa, se estará orientando hacia una terapia intensiva y no
a una terapia breve. En el nivel que estamos considerando -las sugerencias específicas- no es
necesaria una historia sexual completa.
Historia de la queja, historia del problema sexual
La premisa fundamental es: un problema es una simple dificultad a la que se le dio una
solución errada.
Veamos este caso: un paciente tiene fallas en la erección en dos relaciones sexuales.
Concurre a la farmacia de su barrio, donde le venden un inhibidor de la fosfodiesterasa-5
(sildenafil, Viagra). Obviamente, no le indican cómo tomarlo ni cuándo tomarlo. Su problema
eréctil continúa sin demasiadas variantes. La solución, claro está, lo conduce a una ansiedad
sexual, con temores a la “próxima vez” y desconfianza en la cura. Escuchar atentamente su
queja y la “solución” administrada, informarlo adecuadamente sobre los problemas planteados
y el inconveniente causado por la “solución” (permiso e información limitada) permite tener
acceso a este tercer nivel.
Historia de la queja sexual
Propongo a continuación un modelo para explorar la historia de la queja sexual que deberá
ser adaptado por cada profesional, según su estilo personal y el tiempo que se dispone para la
misma.
1) Descripción de la queja sexual
El principal y primer objetivo es evitar los rótulos prematuros y obtener descripciones
claras de la queja presentada. No será la misma situación si un hombre nunca tiene
erecciones con ninguna pareja, en ninguna circunstancia, ni siquiera en la
masturbación. O si una mujer nunca tiene orgasmo, con ninguna pareja, ni siquiera
con la masturbación o con las caricias clitoridianas. O si alguien nunca puede controlar
la eyaculación, o la ha controlado y desde hace meses perdió el control.
Para poder obtener estas informaciones es conveniente un recurso que se busca
instrumentar. Se le puede decir al paciente, en este caso mujer: “Usualmente, los que
consultan refieren que les falta el orgasmo. Veamos: falta el orgasmo siempre con la
penetración o se consigue por caricias clitoridianas, promovidas por una misma o por el
compañero. O en alguna oportunidad, con el mismo compañero o con otro, se obtuvo y
ahora falta. ¿Cuál de estas situaciones te ocurre?”. Como se puede constatar, se le
ofrece al paciente una serie de opciones en vez de abordarlo con una pregunta directa
sobre la queja.
Es importante saber cuánto es el tiempo de la queja que lleva a consultar. Las quejas
que se remontan a meses responden mucho mejor a la terapia breve que las que tienen
un desarrollo de años. Los comienzos bruscos, súbitos e inesperados orientan, en
general, hacia factores fisiológicos, y, en algunos casos, con componentes orgánicos.

Caso 21: Roberto, de 29 años, presenta una diabetes desde los 12. Es insulino dependiente y
toma dos hipoglucemiantes por vía oral. Tiene vida sexual activa con su novia de 24 años, y
llevan cuatro años de noviazgo. Desde hace aproximadamente tres meses, bruscamente, le
aparece un problema eréctil que no se había presentado hasta ese momento. Algunas
circunstancias de tensión psicológica se produjeron la semana anterior al episodio.
Un porcentaje relativamente alto de pacientes diabéticos insulinodependientes suele
presentar disfunciones eréctiles. En general, la aparición -como en el caso de Roberto- es
súbita.[90]
Comparemos este caso con el siguiente:

Caso 22: Estela tiene 32 años. Está casada desde hace seis años, y refiere que su vida sexual
ha sido intensa, sin ningún problema con el marido. Desde que él se quedó sin trabajo, hace
aproximadamente un año, vio declinar en forma progresiva sus “ganas” de tener relaciones
sexuales. Antes, tenían relaciones dos veces por semana. A veces, algo más. Ahora, su marido
la busca para tener relaciones sexuales, y desde hace algunos meses ella rehúye el contacto,
pone excusas, pese a que, con menor intensidad, puede excitarse sexualmente y algunas
veces tener un orgasmo.

Al examinar la evolución de la queja, el sexólogo focaliza su atención y las preguntas en la


modificación de la conducta sexual habitual. En el interrogatorio habitual, las circunstancias
precipitantes de la queja pueden pasar inadvertidas.
Caso 23: Un hombre de aproximadamente 46 años consulta en el ámbito del hospital,
derivado por el titular de la cátedra de Urología. Relata que desde hace siete u ocho meses
carece de erecciones cuando se dispone a tener relaciones sexuales. Es divorciado y su vida
sexual ha sido intensa siempre, sin ningún problema. Le pregunto qué ha ocurrido en su vida
durante los 12 o 15 meses anteriores a la aparición de los síntomas. Él responde -como la
mayoría de las personas- que no le sucedió nada. El interrogatorio continúa y, pocos minutos
después, interrumpe una explicación que le estaba proporcionando y me dice con asombro:
“Espere, doctor, espere. ¡Me olvidé! El año pasado a mi hija de 22 años le diagnosticaron un
proceso maligno en la piel de la espalda. El tumor es de mucha malignidad y provoca dolores y
sangrados. Imagínese la preocupación, la angustia de ella y de sus hermanos, la mía, ¡ni que
hablar! Consultas, interconsultas, propuestas de tratamiento, radioterapia, farmacoterapia
intensiva, controles, análisis de todo tipo, tomografías y resonancias magnéticas... En total,
todo duró alrededor de ocho meses... Hace siete meses, finalmente, le dieron de alta, en el
último control. A partir de ese momento, mi erección ya no fue la misma, y tres meses
después, ya no podía tener relaciones sexuales como antes”.

Varios aspectos pueden analizarse en este fragmento: el estrés como moratoria (véase más
adelante), el olvido del acontecimiento traumático y los acontecimientos estresantes que dan
nacimiento al problema sexual. Por el momento, el ejemplo muestra la necesidad de
profundizar en las circunstancias pasadas de los problemas sexuales.

2) Concepto del propio paciente sobre lo que le ocurre Es muy importante que el
sexólogo sepa lo que el paciente piensa acerca de las razones (imaginadas, pensadas,
hipotetizadas) a las cuales atribuye la aparición del síntoma. Si no esto no se cumple, el
paciente no seguirá las indicaciones o sugerencias específicas que el profesional le
indique. Habitualmente, el paciente no correlaciona acontecimientos que son
predominantemente psicológicos o emocionales con la aparición de los problemas que
lo llevan a consultar. Mucho menos, si esos acontecimientos están alejados en el tiempo.
¿El paciente consultó anteriormente? Si así fuera, ¿le indicaron pruebas específicas? ¿Lo
medicaron? ¿Cuáles fueron esos medicamentos y cuánto tiempo los tomó? ¿Cuáles
fueron los resultados?
Un dato importante: el hecho de que el paciente haya consultado o efectuado un examen
de rutina o un examen habitual ginecológico, no significa que tuvo una adecuada y
pertinente exploración del síntoma sexual que le preocupa. Lo mismo sucede si el
paciente relata que tomó determinado medicamento, indicado por un amigo o un
farmacéutico conocido. En ninguno de los dos casos hubo criterio semiológico, médico
y diagnóstico para la indicación correcta del medicamento. Incluso, tampoco la consulta
con un profesional de la medicina garantiza que la indicación terapéutica sea correcta,
porque muchas veces la administración del medicamento se hace deprisa, sin
indicaciones elementales que aseguren la eficacia del mismo.[91]
En otras oportunidades, el medicamento indicado por el profesional al que se ha
consultado anteriormente es correcto; sin embargo, el consultante no ha mencionado los
problemas sexuales al profesional que lo prescribió. Un ejemplo clásico lo pone de
manifiesto:

Caso 24: Damián tiene 56 años. Padece una insuficiencia coronaria con hipertensión arterial.
El equipo cardiológico que lo atiende, luego de los estudios pertinentes, le receta, entre otros
medicamentos, un antihipertensivo beta-bloqueante. La hipertensión se normaliza en una
semana, pero, a partir de ese momento, la erección no se produce. Le pregunto si el
cardiólogo que lo atiende sabe de este síntoma sexual. El paciente refiere que no. Le consulto
por qué no se lo comentó al cardiólogo, ya que podría cambiarse el medicamento. Refiere que
no se le ocurrió, porque era otra especialidad.

El problema puede ser abordado en forma diferente si el sexólogo constata que el paciente
ya consultó a un urólogo, a un clínico, a un ginecólogo, y si dice estar en tratamiento
psicológico desde hace bastante tiempo. Las cuestiones fundamentales son: saber si consultó,
qué formas de tratamiento le fueron administradas, los medicamentos ingeridos, si los hubo, y
sus resultados.
Desde hace una década, aproximadamente, Internet suele ocupar el lugar de un
profesional.

Caso 25: Ricardo tiene 24 años. Padece de eyaculación precoz desde el comienzo de su vida
sexual. Acostumbrado a indagar todo por Internet, “navegó” a través de sitios, portales, chats y
foros. Empeñado en no tomar ningún medicamento, practicó durante tres o cuatro meses, en
forma intermitente, con ejercicios diversos indicados detalladamente en páginas web. Sin
resultado alguno. Decidió -convencido por un amigo- probar con una medicación de origen
chino, promocionada en un foro. El resultado fue negativo, pese a que tomó dos cajas
completas.

¿Qué espera el paciente de esta consulta y/o del tratamiento a administrar? Hay pacientes
que demoran mucho tiempo en consultar por el problema sexual que los aqueja. Y en una
inmensa cantidad de oportunidades demoran porque suponen ingenuamente “que el problema
eyaculatorio se va a ir solo, que así como vino, se irá”. La magia rodea casi siempre a los
problemas sexuales. Carentes de educación sexual, sin los conocimientos científicos
adecuados para tomar decisiones correctas, a merced de los medios, del “último programa de
televisión” o de la “última sexóloga que habló tan bien”, o del aviso en el diario que promete
solucionar el problema sexual rápidamente, deciden consultar “juntando coraje”. En el mejor
de los casos, la administración del medicamento no modifica mucho el problema. En el peor
de los casos, se gasta una fortuna en la consulta y en la compra de un frasquito para
autoaplicarse una inyección en el pene... (¡!) Cuando entienden que se han equivocado, ya es
tarde.

3) Expectativas de este tratamiento (racionales e irracionales) Los objetivos del paciente


¿son ideales, vagos, ambiguos, genéricos o concretos y específicos? No es lo mismo
que digan: “Deseo ser feliz sexualmente” o “Deseo no angustiarme más cuando voy a
tener una relación sexual”, que “Quiero tener un orgasmo por penetración, no quiero
más tocarme para tenerlo” o “Quiero que él pueda penetrarme y tener hijos. No quiero
tener más dolor”.
Cuanto más concretos y específicos son los objetivos, más ayudarán al sexólogo a
administrar sugerencias concretas.
Sugerencias o indicaciones específicas
Al contrario del permiso y la información limitada, las sugerencias o indicaciones específicas
exigen que el paciente tenga una actitud activa para modificar su comportamiento.[92]
Las sugerencias específicas son tentativas directas para ayudar a los pacientes que
consultan por problemas sexuales. Se dirigen a modificar su conducta o a proponer pasos
intermedios para alcanzar otros objetivos. Siempre dentro de la estructura de la terapia breve
y focalizada en el problema. Un profesional con escaso tiempo disponible puede sacar
provecho de este modelo. También es posible utilizarlo cuando la frecuencia de visitas es
sumamente escasa.
Como los niveles anteriores, las sugerencias específicas pueden ser utilizadas como
medidas preventivas o como técnicas de tratamiento.
Tratar con sugerencias específicas la eyaculación precoz previene problemas eréctiles.
Una frase importante suele inaugurar este nivel del modelo
PILSETI: “Lo que realmente es importante a tener en cuenta es lo que vos hacés con lo
que tenés, y no simplemente lo que tenés”. Esta expresión puede ser estimulante para que el
paciente haga... y no para que piense. Otra frase que forma parte de este nivel se relaciona
con el dramatismo y la fatalidad que la falla sexual precipita en los pacientes: ellos suelen
pensar -casi siempre obsesivamente- que “nunca más” tendrán orgasmos o erecciones, o que
“nunca más” podrán controlar la eyaculación.
Es necesario ayudar al paciente a tener esperanzas. Frases como “Nunca es más oscuro
que antes de amanecer” o “nunca es la última vez” y “siempre hay otra oportunidad” suelen
aliviar la parte dramática, pesimista y apocalíptica que se desenvuelve frente a una falla sexual.
6. Sugerencias para los problemas
sexuales

Problemas asociados a la excitación sexual y la erección


La división clásica de los problemas sexuales -y particularmente de la erección- en
orgánicos o psicológicos ya no existe más. Desde hace décadas, la clásica división dualista del
filósofo francés René Descartes fue de suma utilidad durante los tres siglos en que tuvo
vigencia. Hoy ya no es así. El rótulo de “orgánico” o de “psicológico” no ayudan al paciente.
Todos los problemas sexuales son psicológicos y orgánicos, y muchas veces, sociales. Es más:
cuanto más orgánicos, más psicológicos o emocionales son. Todos los trastornos sexuales se
cursan con ansiedad, y no pocas veces con depresión, con “temor a la próxima vez” -
específicamente los problemas sexuales eréctiles-, con reiterados pensamientos que “se
imponen” como obsesiones cargadas de preguntas sin respuesta:¿Se repetirá el problema?
¿Será así toda mi vida? ¿Y si no logro mejorar?
El problema de las disfunciones eréctiles se expanden por todo el espectro de las edades.
Una de las creencias más difundidas estima que alguien de 18 o 20 años no debería tener
problemas de erección en el caso del hombre o problemas de orgasmo en el de la mujer.
Suele decirse:
“Pero... ¿qué problema puede tener?”. Y esa creencia sin fundamento acentúa la vieja
concepción de que los problemas eréctiles u orgásmicos son de las personas “de edad” o de
los “viejos”, error que ha dejado de lado a numerosos pacientes jóvenes que padecen de
estos problemas.
La experiencia clínica mundial en materia sexológica muestra que en el 80% de los casos
los problemas tienen una fuerte incidencia psicológica, emocional, y no presentan indicios de
componentes orgánicos, como la diabetes, la arteriosclerosis o los trastornos neurológicos o
circulatorios. En un alto porcentaje de esos casos el funcionamiento sexual se perturba por los
medicamentos: antihipertensivos, antigastríticos o antiulcerosos, anticolesterolémicos,
dermatológicos (como los antifúngicos o para la caída del cabello). Y muchos otros que se
investigan diariamente.
Hay que hacer una aclaración: muchas veces, los medicamentos recetados provocan
problemas sexuales, pero los pacientes no relatan esas vicisitudes porque eligen consultarlas
con otros profesionales. Es un error sumamente frecuente, ya que los profesionales que
indicaron esos medicamentos se privan de conocer sus efectos y, por lo tanto, nunca se
enteran del posible daño que pueden producir.
En otras oportunidades, los profesionales que recetaron la medicación -cardiólogos,
clínicos generales, dermatólogos- no dan crédito a la posibilidad de síntomas sexuales, porque
estiman que el miligramaje indicado es escaso y es imposible que pueda producir problemas
de esa índole. Estos profesionales olvidan que en todo tratado de farmacología no sólo se
menciona la cantidad como productora de efectos indeseables, sino también un término un
poco extraño: la idiosincrasia. O sea, la sensibilidad absolutamente individual que toda persona
tiene a un determinado fármaco. Puede ocurrir que a un paciente una dosis excesiva de un
medicamento no le produzca ningún problema lateral y que a otro escasísimos miligramos le
produzcan, desde la primera toma, todo un cortejo sintomático indeseable.
El estrés suele ser el término empleado por un gran número de consultantes como origen de
su problema sexual. Es un término que en las últimas décadas se ha banalizado tanto, que ha
perdido su esencia. El estrés es una moratoria. Esto quiere decir que uno o varios
acontecimientos penosos, dolorosos o incontenibles emocionalmente de la vida, como la
pérdida de un familiar, separaciones o divorcios, desempleo, intervenciones quirúrgicas,
enfermedades propias o de algún familiar o amigo muy querido, mudanzas, cambios de vida,
por mencionar algunos de los infinitos acontecimientos sucedidos en la vida de una persona
(stress life events), impactan en el sistema psico-biológico-social y piden un “crédito”
energético que puede extenderse hasta dos años o más. Ese “crédito” deberá pagarse. Y ese
“pago”, a la distancia de los acontecimientos que motivaron el préstamo, es el cortejo
sintomático -en este caso de los síntomas sexuales- que motiva la consulta.
Algunos problemas que se pueden encontrar en la exploración del interrogatorio a los
pacientes que consultan por disfuncionalidad eréctil (sin pretender agotar la lista) son los
siguientes:
fatiga o cansancio;
preocupaciones de toda índole (de dinero, de salud, de empleo, de relacionamiento);
depresión;
exceso de bebida;
tener un compañero/a no atractivo/a;
preocupación por eyacular demasiado prematuramente;
miedo de provocar un embarazo no deseado;
miedo al contagio de una enfermedad de transmisión sexual;
sentimientos de culpa a raíz de la masturbación;
infidelidad;
fantasías de tipo homosexual;
cualquier otro tipo de preocupación.

Es necesario tener en cuenta que la función sexual -tanto en el hombre, la mujer o la


pareja- es altamente vulnerable y frágil. Cualquiera sea el factor o los factores precipitantes,
pueden manifestarse en un defecto de la función sexual y, en particular, de la función eréctil. Y
que una vez que la función eréctil ha sido alcanzada por cualquiera de los factores
mencionados, comienza a desarrollarse en el hombre un problema lindante con un trastorno
obsesivo:

“Tengo este problema”


“No puedo salir de él”
“Ella me va a abandonar”
“Me siento poco hombre”
“Se va a ir y va a buscarse otro”
“Tengo que poder... No puedo continuar así”

Quizá el problema inicialmente no tenía o tenía muy poca repercusión psicológica o


emocional. Pero una vez que se desencadena el problema eréctil se convierte en un neto
problema psicológico. El hombre comienza a dudar de su “virilidad”, de su esencia
masculina.[93]
Muy pocos hombres son capaces de reírse o “encogerse de hombros” y considerar que un
porcentaje significativo falla “eréctilmente” una o varias veces en su vida. La falla eréctil es
vivida con dramatismo, “apocalípticamente”, en casi todos los casos. A partir de ese
momento, se pone en movimiento la llamada “ansiedad de desempeño”, el “temor a la próxima
vez”, que bloquea la espontaneidad y desarrolla una hiperfunción de alerta y vigilancia de la
posibilidad de erección. La compañera “desaparece” de la percepción masculina y en la cama
ya son tres: el hombre, la mujer y la función eréctil. Una vez que el pene se erecta, en ese
momento -y nunca antes- el hombre atiende a la compañera y se preocupa por ella.[94]
Sugerencias específicas para el hombre
La primera parte del modelo PILSETI (permiso e información limitada) es muy necesaria:
es importante que el paciente sienta que no está solo, que le ocurre a numerosos hombres, en
diferentes circunstancias. Explicar lo más detalladamente posible el encadenamiento de los
hechos y ansiedades que por lo general se presentan en quienes padecen este problema puede
producir alivio.
Todas estas explicaciones deben incluir una coherente y simple descripción de las
circunstancias que dieron lugar al síntoma sexual y lo precipitaron. Por lo general, el paciente
hombre, dolido narcisísticamente por la aparición del síntoma, desea repararlo con la mayor
urgencia posible y casi no acepta las explicaciones sobre su aparición. No cree que eso sea
importante y reclama abiertamente: “Por favor... la cura”.[95]
La cooperación de la compañera es de importancia capital. Y no siempre se consigue que
la consulta sea en pareja. En cambio, muchas veces, luego de la primera consulta con el
hombre solo, a las siguientes pueden asistir ambos por sugerencia del profesional.
Es posible asegurar la mejora (no la “cura”) con la imposibilidad de determinar en cuánto
tiempo. Mientras tanto, se deberá hacer hincapié en no “abandonar” a la compañera.[96] El
hombre, mientras espera que las indicaciones, los medicamentos y las sugerencias específicas
rindan el efecto exitoso, deberá acercarse a la mujer -no solo en la cama, sino en cualquier
momento del día- para abrazarla, acariciarla y decirle o murmurarle palabras de afecto. Si lo
desea, puede explicarle que por el momento no habrá relaciones sexuales.
Aquel que no se encuentra familiarizado con la clínica sexológica no podrá entender la
necesidad que posee una mujer de ser comprendida como tal; esto significa, ni más ni menos
(para decirlo de una manera directa y sin tapujos), que una mujer no es una vagina, y mucho
menos que se encuentra en busca de un pene erecto. Caricias, abrazos, contacto de la piel por
algunos minutos, sin necesidad inicialmente de estímulos erógenos y mucho menos de
erecciones, obrarán “milagrosamente” en el vínculo.
Será necesario desterrar del “saber popular” la infeliz idea de que “lo normal es pene
erecto en la vagina húmeda”, y que cuando eso falta, el hombre heterosexual se transforma en
homosexual o tiene un déficit importante en su hombría. El sexólogo deberá empeñarse en
demostrar, entonces, que el paciente tiene manos, brazos, labios, lengua, y que cada parte
mencionada, sola o combinada, puede proporcionar estímulos altamente gratificantes para la
mujer, independientemente de la capacidad eréctil de su pene. Esta actividad alternativa quita
la predominancia de la atención tensa sobre el pene, y muchas veces provoca la erección que
se suponía perdida para siempre.
Esta actividad descrita le mostrará al paciente las necesidades eróticas de la compañera, y
a la vez resaltará la predominancia atencional casi permanente en la posibilidad de la erección.
El BTK
Hace ya muchos años, inspirado en los ejercicios erotizantes de Master’s y Johnson,
desarrollados por Helen Kaplan, se me ocurrió la siguiente indicación para una pareja:

Una noche cualquiera, por separado, se duchan. Si lo desean, pueden perfumarse


ligeramente. Eviten desnudarse. Se deben vestir livianamente, con ropa de cama. Ella se
recuesta boca arriba, semisentada y apoyada en el respaldo de la cama, con dos o tres
almohadas debajo del cuello y los hombros. Él comienza a avanzar lentamente, desde los
pies, deslizándose en dirección cefálica. Avanzando lentamente, llega al hueco natural que
existe entre los dos pechos. Y allí se queda. Y ella ¿qué hace? Ella es mujer... Sabe qué hacer.
Puede abrazar, acariciar, besar los cabellos del compañero. Mientras tanto, él escucha, con su
oreja apoyada en la cavidad que deja el nacimiento de los pechos.

Esta actividad fue bautizada por un paciente como BTK (Baño de Teta Kusnetzoff).
Cuando explico el ejercicio, muchos preguntan: ¿qué es lo que escucha el hombre? Simple.
El latido cardíaco femenino. La actividad es netamente sedante: muchos hombres se quedan
dormidos; otros terminan haciendo el amor porque se despierta su erotismo. La mujer tiene la
libertad de reaccionar según sus sentimientos y sensaciones del momento. Esta “medicación”,
de hecho, puede repetirse a voluntad, varias veces a la semana, como lo constata mi
experiencia a lo largo de los años, espontáneamente prescripta (autoprescripta) por los
propios pacientes.[97]
Un agregado de significación importante: la posición final adoptada por la pareja, la
escucha del ritmo cardíaco, el efecto sedativo y, a veces, somnoliento, hacen recordar, y
mucho, a la posición fetal intrauterina. Recordemos que el feto recibe el impacto del latido
cardíaco de su madre como sonido potente y privilegiado.
Muchas veces, la indicación de que la mujer deslice el pene flácido con los dedos dentro
de su vagina hace que súbitamente el roce, el estímulo y la humedad vaginal provoquen una
erección. Que no siempre es completa, que no siempre finaliza con la eyaculación, pero que
alienta al hombre a seguir persistiendo en este ejercicio y perfeccionar lentamente lo obtenido
hasta ese momento.
La técnica de la respuesta sexual graduada se prescribe para eliminar la ansiedad que
regularmente acompaña a la disfunción sexual eréctil. Se solicita que el hombre acuerde con la
mujer un comienzo habitual de juegos sexuales previos. Pero la atención focalizada de él se va
a encontrar con las primeras señales de ansiedad (una palpitación, un aceleramiento de la
respiración, una ligera constricción en la garganta, una extrema sequedad de las mucosas de la
boca). En ese momento, debe detener los juegos eróticos o, incluso, si se ha conseguido la
penetración vaginal, descansar, relajarse, quizá tomar un café o una gaseosa. Una variación de
este ejercicio es que, al sentir las primeras señales de ansiedad, debe retroceder hasta el punto
donde no tenía esas señales. Y recomenzar lentamente.
Sugerencias para el paciente que está solo
Desarrollaremos algunas sugerencias de autores que se han ocupado del tema.[98] La
clave se encuentra en la autoestimulación: cada paciente sabe cuáles son las maneras que
prefiere para despertar y mantener la excitación sexual. Videos, revistas, publicaciones, libros,
fotografías o fantasías. Provocar sensaciones eróticas y mantenerlas será el paso inicial.
Cuando el paciente solo es capaz de alcanzar aproximadamente un 20% de la erección
(nunca antes), se lo autoriza a continuar la autoestimulación hasta llegar al orgasmo. Se sugiere
que en ese momento pase a masturbarse con la mano opuesta a la que utiliza habitualmente.
Las sensaciones suelen modificarse y muchos pacientes sienten que el cambio es agradable.
En las oportunidades siguientes en vez de quedarse en el 20% de la erección, la
masturbación hasta el final se hace a partir del 40%. Siguiendo con este procedimiento, de
aproximación sucesiva y progresiva, se puede alcanzar una erección completa. Es
particularmente importante que al alcanzar la erección total la fantasía predominante sea la de
tener un coito con penetración completa. Cuantos mayores sean las frecuencias de esta acción
progresiva masturbatoria, mayores serán las posibilidades de mejorar la performance de los
disfuncionales eréctiles.[99]
Sugerencias específicas para la mujer
No es infrecuente que una mujer solicite una consulta y requiera asesoramiento sexual
porque su compañero tiene problemas de erección o eyaculación.
Las sugerencias que hemos descrito para el hombre pueden ser dichas o explicadas a la
mujer, en tanto se haya obtenido una historia detallada de la queja. En el caso de la llamada
“ansiedad sexual” (miedo al desempeño, miedo a la próxima vez), la mujer puede intentar
estimular a su pareja en lugares o situaciones donde sea prácticamente imposible tener un
coito. Una piscina pública, por ejemplo, en un bar o restaurante, por debajo de la mesa, en
una sala de cine, en el asiento de atrás de un coche. Muchas veces, cuando el desempeño es
casi imposible, el hombre puede ser excitado fácilmente y, al mismo tiempo, quedar muy
sorprendido de tener una erección cuando la ansiedad se aminora.
No pocas veces, la posición adoptada de la “mujer en cuatro”, con penetración vaginal
desde atrás, facilita alcanzar una erección completa. Quizá, por quedar oculto el rostro de
ambos y no denunciar, de tal manera, los afectos y las sensaciones del momento.
Sugerencias para la pareja
Demás está decir que todas las sugerencias, tanto para el hombre como para la mujer,
pueden ser administradas a la pareja. Hay una que generalmente da buenos resultados cuando
el paciente tiene una erección incompleta o inestable. Se fundamenta en la prescripción
paradójica.
Luego de recoger la historia de la queja, de pasar por el nivel del permiso y la información
limitada, el sexólogo anuncia que dará las indicaciones de un ejercicio que la pareja deberá
efectuar en la intimidad del hogar. Se les comunica que hasta la próxima consulta, y una vez
por semana por lo menos, durante una hora aproximadamente van a explorar, investigar,
buscar maneras o conductas que puedan estimularlos y excitarlos. Y con procedimientos que
ellos puedan determinar. El objetivo es descubrir lo que les agrada o lo que más los excite
eróticamente. La privacidad deberá ser total, incluso deberán mantener los teléfonos
descolgados o apagados. Para algunas parejas realizar un ejercicio de una hora es una
exigencia que no pueden efectuar. En tales casos, y en forma progresiva, se puede comenzar
con 10 o 15 minutos por reloj, y aumentar el tiempo en la medida en que pueda ser cumplido
el objetivo planteado.
Mi sugerencia es que no se desvistan totalmente, porque las vestimentas livianas dan
seguridad y protegen de la ansiedad sin las exigencias que un cuerpo desnudo puede
provocar.[100] Se pueden usar manos, brazos, cremas, perfumes, plumas, vibradores.
Existirá una sola restricción: está prohibido el coito.
Al llegar a este punto, el hombre suele decir con una sonrisa: “No hay ningún problema...
¡si total, no se me para!”. Se puede responder que, si “de casualidad” hay alguna erección, el
coito continúa prohibido. Que lo importante de este ejercicio es concentrarse en la conducta
erótica y saber y hacer conocer qué medios y qué zonas son las más excitantes y erógenas.
Este ejercicio, una de las muchas variantes que pueden crearse a partir de los ejercicios de
placerización de Helene Kaplan, produce el alivio correspondiente por no tener que producir
una erección y/o un coito. En ese sentido, es un ejercicio ansiolítico.[101] No es extraño que
en consultas sucesivas los pacientes relaten que terminaron transgrediendo la indicación y
tuvieron erecciones y coitos. Si no hay contraindicaciones, acompañar el ejercicio con
comprimidos de sildenafil administrados una o dos horas antes suele solucionar el problema
eréctil.
Una variante de este ejercicio es indicar que una semana será ella la que explore, y a la
semana siguiente él buscará, explorará y acariciará.
Problemas asociados con la eyaculación (precoz y prolongada)
Al contrario de lo que sucede con los problemas eréctiles, no se conocen dificultades
orgánicas muy evidentes en la eyaculación precoz. En los adolescentes, el reflejo de la
masturbación se encuentra rodeado de diversos atributos: ansiedad por efectuarlo, culpa por
transgredir consejos de sus mayores u opiniones e ideologías represivas; rapidez en la
ejecución masturbatoria, que se hace en forma clandestina en casi el 100% de los casos.
Conclusión: la rapidez eyaculatoria se instala, no se corrige espontáneamente, salvo en pocos
casos. El adulto, luego de los 25-30 años de edad, padece de este problema, lo que se
acompaña de la ansiedad correspondiente. No puede controlar voluntariamente el reflejo y las
consecuencias suelen ser la insatisfacción de la pareja, el alejamiento sensible de la frecuencia
sexual y la eyaculación es mucho más rápida cuanto mayor es el plazo que ha pasado entre
una y otra.
Algunas atribuciones “causales” de la eyaculación precoz que mencionan los pacientes son:
• hipersensibilidad del glande;
• presencia de prepucio grande, que “no descubre” el pene;
• antecedentes de masturbación;
• escasa vida sexual;
• hiperexcitación sexual frente a una mujer hipersensual.

Aunque en la mitología griega se describe un caso de eyaculación precoz,[102] fue recién


en el siglo XX que este problema sexual se encaró, se describió y se difundió como un
problema a ser tratado científicamente. Importantes diferencias culturales muestran los centros
científicos y sexólogos. La búsqueda de un comprimido que solucione rápidamente el
problema -teniendo como patrón de referencia el sildenafil- ha dominado el panorama
científico en los últimos años. Helen Kaplan lo dice nítidamente:

Por lo tanto, cuando un varón joven y sano, con una historia médica negativa, se queja de
eyaculación precoz, el recurso a la terapia sexual, a título de prueba, sin entrar en mayores
honduras diagnósticas, es una estrategia acertada y congruente, ya que el riesgo de pasar por
alto una enfermedad médica grave es mínimo.[103]

En el estado actual de los conocimientos científicos es imposible hoy determinar si la


eyaculación rápida es un hecho natural o los hombres aprendieron a eyacular rápidamente -
como explicamos anteriormente- o ambas cosas. Se sabe hoy que considerar el tiempo
(segundos, minutos) como criterio no es válido. Lo mismo sucede con la cantidad de
“empujes” o movimientos intravaginales de la pelvis y el pene. Se considera que la
imposibilidad de inhibir el reflejo eyaculatorio es la patogenia de la eyaculación precoz.
Saber si el problema es congénito o adquirido tiene un interés sólo académico. Mucho más
importante es -para el profesional- el sufrimiento del paciente y la pareja por este problema.
Y, además, saber que el hombre puede aprender a controlarse y a modificar su conducta
sexual.
Para impedir el desencadenamiento del reflejo, muchos hombres “piensan en otra cosa”:
acontecimientos del día, preocupaciones familiares o laborales o, incluso, en escenas
horripilantes. Algunos hombres refuerzan la cobertura de su pene colocando dos
preservativos; otros, aconsejados incluso por profesionales, se colocan cremas con
anestésicos (ignorando que la insensibilidad se transmite a la pareja, la cual tendrá, entonces,
inhibida la sensibilidad y el orgasmo). El inconveniente mayor de estos métodos caseros es
que inhiben el goce, el placer previo a cada eyaculación.
El tratamiento se basa en tres premisas: 1) el aumento de la frecuencia eyaculatoria; 2) la
indicación de ejercicios adecuados de aprendizaje discriminativo y de aproximación sucesiva,
y 3) la administración de psicofármacos antidepresivos en bajas dosis.[104]
Sugerencias para el hombre
Como ocurre en todas las sugerencias específicas, se deberá pasar antes por el nivel del
permiso y la información limitada o focalizada.
Será necesario comunicar que cualquier hombre privado de la función sexual padece una
intensa tensión, preocupación y ansiedad que lo lleva a eyacular rápido.
También sucede en las “primeras veces” con una mujer u otro hombre, donde
prácticamente se conoce muy poco a la otra persona. Las separaciones prolongadas de una
persona (en el noviazgo, casamiento o viudez) influyen notoriamente en la causa de la
eyaculación precoz.
Sugerirle al paciente que comparta el problema y sus preocupaciones con la compañera
ayuda a aliviar la carga de ansiedad que este problema provoca.
El llamado “redireccionamiento de la atención” actúa en forma similar a la paradoja. Se le
solicita al paciente que no focalice la atención en elementos, anécdotas o pensamientos no
sexuales, sino que dirija estos pensamientos a las sensaciones o fragmentos de sensaciones
producidas por su pene en los roces con la mucosa vaginal. ¿Cuáles son las sensaciones
predominantes cuando cambia de ritmo o de posición? Esta focalización ayuda al control
futuro del reflejo eyaculatorio.
Algunas indicaciones de la respiración pueden ser útiles, sin llegar a la profundización del
tantra. Aparentemente, se sabe desde hace mucho tiempo que la contracción muscular tiende
a aumentar la posibilidad de eyaculación. La relajación hace lo contrario. Por lo tanto, respirar
hondo (si fuera posible en primer lugar deberá descender el diafragma e hinchar el abdomen)
puede alargar el tiempo de eyaculación.
También pueden sugerirse cambios de posición para la relación sexual. Como las
impulsiones o movimientos bruscos pueden desencadenar la eyaculación, para retardarla
muchos autores aconsejan parar el movimiento ante las primeras señales de su inminencia. En
mi opinión, ese momento ya es tardío. Es mucho mejor interrumpir el movimiento cuando aún
no aparece esa sensación. Y repetirlo, por lo menos dos o tres veces.
Ciertas posiciones para el coito pueden ayudar; en particular, la posición de la mujer
encima, “como sentada” sobre el hombre, que permite la relajación del hombre y la
disminución de sus movimientos. Cada hombre deberá experimentar diferentes
procedimientos, sus diferentes combinaciones, para encontrar el que resulta útil. Aumentar la
frecuencia eyaculatoria es algo inespecífico que puede ser de ayuda valiosa.
Hay una serie de ejercicios desarrollados por Kegel que, aunque fueron descritos
originalmente para las mujeres, pueden programarse para el hombre, sobre todo en casos de
eyaculación precoz.
Annon (1974) presentó un programa que consta de cinco pasos para llevar a cabo este
entrenamiento (el objetivo, en el caso de la mujer, es aumentar su capacidad de excitación y
lograr el orgasmo, así como fortalecer los músculos de las paredes vaginales, y los hombres
también pueden ver incrementada su sensibilidad y el goce de las relaciones sexuales). Se trata
de una especie de “masaje” a la próstata, las pequeñas glándulas de la uretra y otros pequeños
órganos involucrados en la eyaculación:
1) Para localizar los músculos pubococcígeos (y vaginales en el caso de la mujer), la
persona, sentada en el inodoro con las piernas abiertas, trata de detener el flujo de
orina. En esta posición el músculo pubococcígeo es el único que puede detenerla.
2) Una vez identificado, el músculo debe detener el flujo de orina en repetidas ocasiones
hasta que deje pasar una cantidad pequeña en cada relajación. Además, debe contraer
el músculo durante uno o dos segundos unas diez veces seguidas. Esta secuencia se
repite por lo menos seis veces al día durante la primera semana.
3) Durante la segunda semana el ejercicio deja de practicarse al orinar pero aumenta
a seis sesiones diarias de series de 20 contracciones con duración de uno a dos
segundos.
4) Al mismo tiempo se inician ejercicios de series rápidas de contracciones, intentando
que se parezcan a la orgásmicas. Esta serie de contracciones rápidas (aproximadamente
10 por serie) deben practicarse unas seis veces al día. A las series rápidas se les agrega
un componente erótico: se le solicita a la persona que al realizarlas tenga la fantasía que
desee. De esta manera, las contracciones pubococcígeas se asocian con la excitación
sexual.
5) En la semana siguiente se incrementa el número de repeticiones, tanto de las
contracciones de uno o dos segundos como de las series rápidas hasta llegar a 30 del
primer tipo y 10 del segundo.
Los ejercicios deben practicarse diariamente, y por un lapso no menor de seis meses.
Se trata de músculos y, por lo tanto, aumentan la circulación sanguínea local, fortalecen
la inmunidad local y favorecen la eyaculación, e, indirectamente, la erección. En las
mujeres, este ejercicio ha demostrado ser muy útil para la obtención del orgasmo al
fortalecer los músculos perivaginales.[105]

Helen Kaplan ha insistido en indagar minuciosamente al hombre con eyaculación precoz,


para determinar específicamente el origen y mantenimiento del síntoma:
• ¿Su excitación lo distrae, lo abruma, lo invade por completo?
• ¿Tiene ansiedad anticipatoria?
• ¿Teme eyacular antes de lo debido?
• ¿Es consciente de estar presionado por la tensión?
• ¿Mejora su capacidad de control con la masturbación o con el sexo oral?
• ¿En qué se diferencian las sensaciones masturbatorias y del sexo oral, con la
penetración vaginal?
• ¿Es capaz de “tolerar” el placer en otras esferas de la vida?
• ¿Come con rapidez y con ademanes bruscos y agitados?
• ¿Se muestra impaciente en otros terrenos que no sean estrictamente sexuales?

Todas estas preguntas apuntan a determinar:


• ¿La eyaculación precoz es un síntoma aislado o forma parte del modo de ser general
del individuo?
• ¿Cómo reacciona su compañera?
• ¿Lo trastorna, lo preocupa, es agresiva con usted?
• ¿La pérdida del control tiene que ver con lo que ella le dice, con el movimiento erótico
de ella, con la agitación de ella?
• ¿Eyacula rápidamente porque de esa manera puede mantener la erección?[106]

Muchos pacientes, cuando reciben el diagnóstico de que su problema eyaculatorio es


psicógeno (luego de que se realizan pruebas con la intención de buscar causales orgánicas),
deciden hacer una terapia psicológica, generalmente prolongada. Será inútil, porque de lo que
se trata es de una “insuficiencia de aprendizaje sexual”.[107]
Por lo tanto, no se trata de remarcar la hostilidad a la compañera, privarla del goce sexual,
subrayar la inmadurez psicológica o déficit en el desarrollo del complejo de Edipo: “estos
pacientes no muestran una problemática uniforme y específica”.[108]
La experiencia clínica de años muestra que los pacientes de cualquier edad y condición
social son afables y cariñosos, y en algunos casos hostiles, pero no sólo porque sea un rasgo
de su personalidad, sino, secundariamente, por que han pasado por experiencias donde no
fueron evaluados de manera conveniente y en ocasiones ni siquiera escuchados.
Sugerencias para la mujer del eyaculador precoz
Con mucha frecuencia el profesional de la sexología es consultado o por el hombre o la
mujer. Esta última reclama que “no llega” a tener un orgasmo, y ha sugerido consultar por
eyaculación precoz a un profesional. Con frecuencia suele acusar al compañero, de manera
directa o indirecta: “Él quiere frustrarme, o agredirme”, “No tiene interés en mí” o “Tiene
otra”. Un pensamiento de la mujer en estos casos suele ser: “Tengo que dedicarme por
completo a él”. En tanto, ella queda olvidada y de lado. Por lo menos, esto se presenta en el
inicio del vínculo. Poco a poco, al informarse, al compartir confidencias de las amigas, al leer
libros o folletos, desea y quiere tener actividad orgásmica. La aproximación sucesiva a la
actividad orgásmica está indicada en estos casos.
Ejercicio para la eyaculación rápida intracoital (intravaginal)
En primer lugar hay que descubrir cuál de las actividades sexuales, en los juegos sexuales
previos, le resulta más excitante a la mujer (actividad oral, caricias clitoridianas o uso de
vibradores o lubricantes). Ella contribuirá a introducir el pene en el momento que él siente que
“se viene” la eyaculación. Es muy probable que en las primeras veces no se produzcan
resultados. Se trata de no desesperar y menos de abandonar el ejercicio.
A medida que pasa el tiempo, y el ejercicio se repite, el hombre deberá introducir el pene,
progresivamente, mucho antes de la sensación de inminencia eyaculatoria. Y ésta es una
indicación importantísima: no hay que esperar que la sensación anuncie la “inminencia
eyaculatoria”. La excitación sexual deberá interrumpirse mucho antes, sin necesidad de señal
alguna. Este simple ejercicio permitirá que en el cerebro la eyaculación se prolongue por
efecto de un deseo voluntario.
Aumento de la frecuencia sexual para los problemas de eyaculación precoz
El aumento de la frecuencia sexual es una práctica inespecífica importante
independientemente de los ejercicios o tareas a desarrollar. Habitualmente, los hombres toman
la decisión de no tener relaciones sexuales “hasta que el problema se solucione”, y esta
decisión no sólo no resuelve el problema, sino que lo agrava. Es una característica central de
toda actividad instintiva: si nos obligan por cualquier razón a quedar en ayunas por cinco días,
y al sexto día nos ofrecen una comida que no nos agrada demasiado, nos “arrojaremos” de
todas maneras sobre esa comida, porque literalmente “estamos muertos de hambre”. Lo
mismo sucede -más o menos- sucede con la eyaculación.
La tarea de la aproximación sucesiva: “parada y arranque”
La “estimulación interrumpida” de Semans[109] se desarrolla en tres tiempos. Inicialmente
hay caricias, abrazos y besos. Las caricias genitales se intensifican hasta el momento en que el
hombre relata que tiene sensaciones de eyaculación inminente. La compañera, entonces, deja
de estimularlo hasta que la sensación desaparezca completamente.
Luego, reinicia la estimulación hasta que la sensación de inminencia eyaculatoria reaparece.
Así, en dos o tres oportunidades más. Este procedimiento continúa en progresivas sesiones
hasta que la eyaculación se retrasa lo suficiente. El segundo tiempo es la preparación para la
penetración vaginal. Consiste en incluir estimulación oral o lubricantes acuosos para facilitar la
penetración vaginal o repetir el primer paso. El tercer tiempo es la penetración vaginal. La
mujer, encima, “cabalga” sobre el pene erecto del hombre. La mujer repite los dos primeros
tiempos hasta que ambos estén seguros.
Una variación interesante es la técnica del “apretón”, que consistente en colocar un pulgar
sobre el frenillo y los dedos índice y medio del lado opuesto. La mujer aplica una ligera
compresión sobre el frenillo, que dura apenas dos o tres segundos. Luego, ella se introduce
lentamente el pene en la cavidad vaginal y se mantiene inmóvil. Si el hombre avisa que la
eyaculación es inminente, ella se inclina hacia él, retira el pene y le practica la compresión
digital. Luego de algunos segundos vuelve a introducir el pene en la cavidad vaginal. Luego de
haber practicado dos o tres veces estos ejercicios, el hombre puede comenzar a moverse
lentamente. Se recomienda que este último ejercicio se practique, por lo menos una vez por
semana, al mes de haber iniciado el procedimiento de Semans. Como se trata de un reflejo, no
es conveniente que se suspenda la práctica del procedimiento: debería continuarse al menos
entre seis meses y un año.
Problemas asociados con el coito doloroso
Por lo general los problemas sexuales son predominantemente psicológicos, con algunos
componentes orgánicos. Estos últimos no son predominantes. Sin embargo, hay causas
fisiológicas que exigen un cuidadoso examen ginecológico. Se trata, precisamente, de los
dolores en el área genital femenina.
Es sorprendente que el dolor y el placer se encuentren polarmente situados en el área
genital. Hay una diametral oposición masculina y femenina en relación con estas dos
sensaciones fundamentales. En la evolución hacia la madurez, en efecto,

el hombre no encuentra otra cosa que una serie de estados de embriaguez en su evolución
hacia la realización viril, a menudo narcisista, mientras que la madurez de la mujer va a
acompañada de dolores sucesivos, aunque diferentes, tanto por su nivel como por su
intensidad. Dolor de la frustración edípica, dolor del advenimiento de la menstruación en la
pubertad, con todo lo que ello entraña de fantasmas de heridas, de impureza y de
destrucción.[110]

Aunque se haya hecho el examen ginecológico correspondiente, es posible indicar algunas


tareas que pueden aliviar los problemas presentados. Una detallada historia de la queja, y una
precisión sobre el lugar del dolor, junto con las circunstancias por las cuales se presenta, se
impone en todos los casos.
Será muy importante tener en cuenta la variabilidad, que expone con sobresaltos, mucho
más que en el caso del hombre, cuándo el dolor acompaña la denominada “crisis evolutiva
normal”: dolor de la desfloración, donde el placer puede acompañar y amortiguar las molestias
dolorosas que suelen acompañar a estas acciones; el dolor de la menopausia, con falta de
lubricación: un dolor de base hormonal que, junto con la imposibilidad de procrear, repercute
inevitablemente en el área psíquica; el dolor del envejecimiento, de las diferentes renuncias,
teñidas estéticamente por la pérdida de la lozanía de la juventud.
La variabilidad de las vivencias emocionales remite a la intensidad de los diferentes
movimientos evolutivos antes comentados, los cuales obligan a la mujer a adaptaciones
continuas: iniciación de la vida sexual, menstruaciones periódicas, embarazo, parto y lactancia,
puerperio y reinicio de la vida sexual en contextos diferentes. Si a todo esto agregamos que,
desde hace 30 o 40 años, la mujer ha adquirido un rol protagónico, velocísimo, “a la par” del
hombre, que la lleva a enfrentamientos conflictivos con su pasado, no es extraño, entonces,
que muchas mujeres en etapas de transición entre el “conservadurismo” extremo de su
educación y la libertad casi sin límites de su sexualidad les soliciten exámenes iniciales de sus
genitales a sus ginecólogos no sólo para asegurarse de su integridad funcional, sino también
para tener un referente concreto que apruebe las nuevas conductas que se presentan en su
vida.
Los cambios mencionados hacen “crujir” los aparatos psíquicos de algunas mujeres y
provocan quejas que muchas veces están ocultas tras síntomas cotidianos y comunes. ¿Qué se
oculta tras un flujo crónico moniliásico o un dolor inespecífico a la penetración vaginal?
Este “crujir” puede manifestarse en diversos síntomas que suelen pasar inadvertidos para
muchos profesionales y que los sexólogos en general advierten. Los dolores pueden estar
“preñados” de significaciones, sobre todo cuando no se encuentran bases orgánicas que lo
justifiquen. Los conflictos de multicausalidad encuentran en el cuerpo un lugar privilegiado que
permite dar señales en la consulta con el profesional. Concretamente: el dolor lleva a la
consulta ginecológica. El ginecólogo primero y el sexólogo después recepcionan el pedido de
ayuda y discriminan los aspectos psicológicos de los orgánicos.
La mujer que transporta la molestia dolorosa espera la comprensión de los detalles de su
vida íntima sexual, que en la inmensa mayoría de los casos no ha podido verbalizar.

Caso 26: Ana, de 24 años, convive con su novio desde hace 19 meses. Tiene relaciones
sexuales dos o tres veces por semana, y en principio no hay un conflicto a la vista. Desde hace
tres meses, aproximadamente, tiene dolores de diferente intensidad luego de la penetración.
En apariencia, el lugar es la zona media vaginal, y se manifiesta durante toda la acción coital.
No le impide el coito ni el orgasmo, y el dolor permanece inalterado durante todo el transcurso
del coito. Ha visitado dos ginecólogos, quienes luego de los exámenes habituales le dijeron
que era “seguramente psicosomático” y le administraron sedantes. Le consulto entonces qué
sucedió en su vida unos meses antes de la aparición del dolor. Ante la pregunta, su rostro
cambia de aspecto, denuncia una ligera mueca de tristeza y, tras ello, caen profusas
lágrimas... Cuatro meses antes había perdido un embarazo (involuntario) de casi dos meses
de duración. Refiere que el embarazo fue un accidente, que no había sido buscado o anhelado.

El cuerpo es el lugar donde se expone el drama conflictivo: un embarazo que no fue


buscado. Una lectura ingenua podría argumentar, entonces, la razón del sufrimiento corporal.
No fue buscado, es cierto, pero la pérdida, inscripta en la genética ancestral femenina, se hace
sentir, y el dolor por la pérdida del embarazo busca en forma vicariante un lugar donde
manifestarse. El cerebro “sabe” que la mayoría de los profesionales entienden del dolor. El
placer, muy pocos.[111]

Es así como los dolores pueden tener implicaciones sexuales que no aparecen de entrada y
necesitan un enfoque global que se aleje del modo clásico de exploración -lo que excluye una
por una las diversas posibilidades de diagnóstico- y que se apoye en el principio de que, para
la persona enferma, cada dolor representa ante todo una experiencia en diferentes niveles de
conciencia.[112]
La imposibilidad de la penetración vaginal
Ciertos problemas femeninos en el área sexual se manifiestan con el vaginismo (contracción
espasmódica involuntaria de los músculos que rodean la entrada de la vagina) y la dispareunia
(dolor a la penetración). La paciente se queja de dolor a la penetración y generalmente
desconoce su origen y las consecuencias principales sobre sí misma y sobre la pareja. La
angustia está siempre presente y rodea los síntomas.
La imposibilidad de la penetración vaginal es la característica principal de los llamados
“matrimonios no consumados”, hoy definidos como “parejas no consumadas”.[113] La
expresión matrimonio “no consumado” o “en blanco” proviene de la literatura jurídica y
religiosa
(y era una causa de disolución del vínculo matrimonial para los católicos). Se aplicaba con
connotaciones descalificatorias frente al desempeño sexual de la pareja. Con la intención de
utilizar una terminología menos humillante y más precisa, algunos autores emplean expresiones
como “pareja no consumada”, “noviazgo no consumado” o “imposibilidad coital vaginal”.
Se define entonces como un trastorno que presenta una pareja que, pese a intentar la
realización del coito de manera regular (por lo menos una vez a la semana), no ha podido
lograr nunca la penetración intravaginal. Se establece un lapso de tiempo arbitrario: cuatro
meses.[114]
Una vez que se descarta una patología orgánica,[115] se puede decir que la presencia del
vaginismo se debe a inhibiciones emocionales, en las que suele incluirse la falta de información
y donde muchas veces se comprueban secuelas psíquicas de experiencias anteriores
traumatizantes (abuso sexual, violación). En pocas oportunidades se comprueban situaciones
como la siguiente:

Caso 27: Isabel es una mujer alta, rubia y muy linda. Tiene 32 años de edad. Es enviada a la
consulta por su gineco-obstetra, que la ha asistido en dos partos hace aproximadamente cinco
años. Presenta vaginismo y dispareunia desde hace alrededor de un año. Luego del
interrogatorio de rutina, y ante la explicación de la tensión muscular y, en algunos casos,
contractura muscular, se le propone iniciar una terapia breve de relajación muscular, la cual
inicia desde el final de la primera consulta.
Luego de la segunda y tercera consultas, donde constato que las indicaciones de relajación
fueron profundizadas en la casa, me confiesa que ha podido tener relaciones sexuales con el
esposo, sin dificultades, sin molestias y sin dolores. Incluso, con orgasmos por penetración
vaginal. Fueron solamente cuatro consultas. Al comunicarme telefónicamente con el gineco-
obstetra que me envió la paciente, con la intención de agradecer la derivación, me entero de
que los hijos nacieron por cesárea y que el profesional que había intervenido en los partos
¡ignoraba que la paciente nunca había tenido relaciones sexuales con penetración completa!
Aproximadamente 30 días después recibo un llamado telefónico del esposo de la paciente
para felicitarme y comunicarme que se iban de “luna de miel” a Europa, para disfrutar de la vida
sexual que no habían podido tener luego de tantos años.

La imposibilidad de concretar la penetración vaginal durante largos períodos genera un


problema que abarca a la pareja en su totalidad y que no puede ser abordado desde una
perspectiva individual como se consideraba tradicionalmente.
Es difícil establecer la frecuencia de los matrimonios no consumados debido a que la no
consumación puede tener duraciones muy variables y a que son muchas las parejas que no
acuden a la consulta. Estas parejas, aunque parezca sorprendente, pueden vivir juntas durante
muchos años (diez, quince o tal vez veinte) y sólo deciden consultar “porque desean tener
hijos”.
Kinsey, en una estadística realizada sobre un elevado número de casos, señala que
alrededor del 2% de las parejas en edad de copulación no consuman el acto sexual. Es cierto
que algunos se divorcian y, en vista de la situación, obtienen incluso la anulación del
matrimonio por parte de la Iglesia católica.
Sugerencias para el hombre en las parejas no consumadas
Cuando un hombre hace la consulta y refiere que su compañera tiene un coito doloroso, lo
primero y principal, en todos los casos, es recomendar que la vea y examine un médico
ginecólogo. Y si es posible, él debe acompañarla a la consulta ginecológica.
Si la pareja concurre junta a la entrevista, siempre tiene más chances de solucionar su
problema que si cada uno de los miembros hace una consulta individual. Obviamente, es
necesario interrumpir los coitos en la medida en que haya dolor. Pero se pueden permitir y
sugerir coitos no penetrativos.
Problemas asociados a la excitación sexual femenina y el orgasmo
La vida sexual de la mujer ha sido mucho menos estudiada que la del hombre. En primer
lugar, la investigación y la difusión de los conocimientos ha estado a cargo de la población
profesional masculina. Y, en segundo lugar, la mujer se ha focalizado en el fruto reproductivo
de la sexualidad y en todo lo relacionado con la estética corporal.
Si tradicionalmente se ha difundido que la mujer es menos sensual que el hombre, en las
últimas décadas la investigación ha proporcionado datos en contrario. La sexóloga Marie Jane
Shefrey ha afirmado que la intensidad de la represión sexual en la mujer está en proporción
directa a la fuerza de su impulso sexual.[116]
Desde el punto de vista genético, sabemos que todos los seres humanos somos femeninos
en potencia, a pesar de la eventual presencia de cromosomas XY (masculinos). El sexo estará
condicionado por la secreción de andrógenos: si esta secreción no se produce en el momento
y en cantidad suficiente, el individuo será femenino.
La conducta de los padres al recibir al nuevo ser, jugará un papel nada despreciable en la
identidad sexual. El deseo de los padres con respecto al sexo destinado al recién nacido
tendrá un papel importante tanto en la identidad como en la futura orientación sexual del
individuo.
La educación tradicional ha acentuado en la mujer los siguientes atributos:

• sensibilidad;
• emotividad;
• pasividad;
• necesidad de ser guiada y protegida.

La acción limitada y la negación del papel activo parecen haber contribuido a un


incremento de su vida fantasmática, de un mundo con fuertes connotaciones irreales con
escasa contribución a la lógica.
Desde los tiempos de Freud se postula que el primer objeto de vinculación y deseo de la
mujer es otra mujer (la madre) y que luego se orienta hacia el padre, mientras que en el varón
la madre permanece como objeto inicial de su deseo.
El orgasmo femenino
Informar a la paciente y a su pareja sobre las particularidades del orgasmo femenino puede
aliviar las exigencias y las expectativas desmedidas.
Resumiré a continuación un trabajo publicado en la década del ochenta que sintetiza muy
bien la diferencia en la manera de obtener orgasmos femeninos.[117] El comportamiento que
conduce al orgasmo puede ser -aparentemente- muy semejante, pero en realidad es o puede
ser muy diferente. Una mujer puede tener orgasmo por caricias clitoridianas, por penetración
vaginal, apretando y frotando sus muslos.
Desde el punto de vista fisiológico, no hay diferencias. Pero, la experiencia subjetiva del
orgasmo suele ser muy diferente, extremadamente variable e influida, netamente, por la
afectividad, el humor, las expectativas, el ambiente y otros condicionamientos.
Muchas veces, clínicamente una mujer puede quejarse de no haber experimentado nunca
un orgasmo. Sin embargo, el interrogatorio especializado, la ya señalada “semiología de la
intimidad”, pone de manifiesto que el tipo de orgasmo obtenido no es “ni por asomo” aquello
que ansiosamente se “espera”: un palpitar tenso y un éxtasis indescriptible, la “caída” desde
una considerable altura, acompañada de gemidos, gritos y un estado de semiinconciencia... Es
evidente que, en estos casos, la expectativa ansiosa anula lo poco que puede manifestarse a
nivel subjetivo o corporal.
Asombra comprobar la sorpresa, el sobresalto y muchas veces la inquietud de la pareja
ante esta información. Las mujeres, y no pocas veces sus compañeros, interpretan
erradamente algunos fenómenos que ocurren: finalización brusca de una excitación sexual
intensa, desaparición lenta de la excitación sexual, seguida por relajación general y
movimientos musculares rápidos que suelen desaparecer bruscamente pero que en general
pasan inadvertidos. aproximan, analógicamente, a lo que sucede durante el orgasmo. Si luego
se acompañan con fantasías, estos ejercicios pueden contribuir a la obtención orgásmica
durante el coito.
Tanto para las mujeres que tienen un compañero como para las que no lo tienen la
autoestimulación, con las contracciones descriptas, son altamente convenientes. Muchas
mujeres que vencen la resistencia habitual a poseer un vibrador local se benefician
notablemente, de forma individual o junto a su pareja, con el procedimiento progresivo de su
uso.
Sugerencias para el hombre
Muchísimas veces, los profesionales de la sexología somos consultados por un hombre,
que relata, entre otras dificultades, la imposibilidad de la compañera de alcanzar el orgasmo.
Resulta primordial mostrarle que presionar a su compañera no contribuye en manera alguna a
que ella tenga un orgasmo. Como en general el hombre se siente responsable o culpable de la
falta de orgasmo de su mujer, será necesario tranquilizarlo, explicándole que es un problema
de ella.
Sugerencias para la mujer
El famoso ejercicio de Kegel puede ayudar a lograr el orgasmo. Kegel fue un obstetra que
percibió, en las mujeres que habían parido un hijo o varios, cierta flojedad en los músculos que
rodean la vagina, así como un agrandamiento notable de esta cavidad. Para revertir esto se
puede entrenar el músculo pubococcígeo: si se contrae en forma lenta varias veces por día
(alrededor de treinta), e incluso durante la relación sexual, aumenta la sensibilidad de la zona
genital y se facilitan las sensaciones subjetivas. Este ejercicio se puede acompañar con la
técnica del “estremecimiento”, que consiste en hacer diez contracciones rápidas que se
Epílogo. Algunos consejos sobre la
terapia sexual en parejas

La sexualidad humana se hace de a dos: dos personas, dos estilos, dos cuerpos; en suma,
dos historias. Los conflictos, los malentendidos, los problemas de ansiedad y depresión son
frecuentes y comunes.
Por más que existan tests para evaluar la convivencia de la pareja, no se ha inventado aún
nada mejor y más adecuado que una escucha atenta y una pregunta atinada, en el momento
justo.
Los sentimientos recíprocos, el nivel de confianza en la intimidad, la pulseada por el poder
se ponen de manifiesto en la entrevista clínica. Los sentimientos y las reacciones del
profesional son un “radar” importante frente al diálogo de la pareja que consulta.
La sensación de placidez y de bonhomía caracteriza a las parejas armónicas e impulsan a
que el profesional se esfuerce en ayudarlos. Por el contrario, las parejas que transmiten
presión, inquietud e inestabilidad ponen de manifiesto que no será fácil para el profesional
llegar con precisión a un diagnóstico y, mucho menos, instrumentar una terapéutica.
Merecen destacarse las sucesivas alianzas emocionales que el profesional experimenta
frente a las parejas. Algunas veces, la presión exigente de la mujer hace que el profesional se
alíe con el hombre. En otras oportunidades ocurre lo contrario debido a las actitudes
autoritarias de la parte masculina y a la falta de reacción y cierto sometimiento de la parte
femenina. El profesional con experiencia se caracteriza por no tomar partido por ninguno de
los dos y por diseñar la tarea adecuada que la pareja deberá desempeñar en la intimidad de su
casa, con el objetivo de lograr resultados eficaces para la disolución de los síntomas sexuales.
La simplicidad en el diseño de una tarea debe predominar. Es casi un arte.
La distinción de Von Grasersfeld[118] entre copia y ajuste puede liderar el proceso de
entrevistas con la pareja: “El realista metafísico busca un conocimiento que copia la realidad
[con] alguna clase de ‘homomorfismo’, es decir, con una equivalencia de relaciones, una
secuencia o una estructura característica, algo que él pueda considerar lo mismo, porque sólo
entonces podría decir que tiene un conocimiento del mundo”.
Muchos profesionales intentan una copia de lo que escucharon en su última conferencia o,
incluso, de las tareas de este libro. Por tanto, diseñan intervenciones para las parejas o los
pacientes que acuden a su consultorio. Ese diseño puede llevarlos a la confusión o al
desconcierto caótico. El resultado puede ser la parálisis terapéutica o una hiperactividad
maníaca para eludir esa parálisis, lo que los conducirá a los tumbos y los volverá ineficaces.
Nosotros, los profesionales de la sexología clínica, buscamos apenas un ajuste. Las tareas
diseñadas y explicadas en los capítulos anteriores en manera alguna pretenden ser las únicas
indicaciones terapéuticas. Lo importante y esencial es que se ajusten a (y no copien) la
enorme variedad de problemas que la realidad clínica ofrece.
En otras palabras, hay diversos tipos de “llaves” y diferentes tipos de “cerraduras”. Por lo
tanto, las soluciones no dependen solamente de la creatividad del profesional o del paciente,
sino de la relación de co-creatividad entre ambos.
Apéndice

I. Cómo consumir sildenafil (Viagra)[119]


Hay más de diez años de experiencia en el uso del citrato de sildenafil, más conocido en el
mundo como Viagra. A continuación, ofrezco una simple reseña de su uso conjuntamente con
la terapia sexual.
Doctor, tengo miedo... ¿No me matará?
Es muy probable que en la actualidad esta premisa no se exprese verbalmente. Pero lo
cierto es que “flota en el aire”.
Cuando el famoso producto sale a la venta en 1998, los laboratorios nacionales que en
general competían con el laboratorio Pfizer, descubridores de la molécula, sabían que el
“tsunami” de la popularidad y el éxito del producto era inminente. No perdieron tiempo.
Apoyados por la difusión periodística, hicieron fuerte hincapié en los trastornos y los peligros
de muerte que el sildenafil podía traer. Se basaron en el deceso de un paciente adulto que
había ingerido más de los 100 mg recomendados, y que estaba consumiendo nitritos debido a
un problema de insuficiencia coronaria (lo cual está contraindicado). El efecto fue inmediato y
dura -curiosamente- hasta el presente: el Viagra es sinónimo de muerte.
¿Cómo se explica que a once o doce años de su lanzamiento en el mercado el Viagra sea
producido por 32 laboratorios nacionales si es un “sinónimo de muerte”?
¿Cómo es posible que no haya aparecido una sola muerte en las revistas científicas, ya sean
clínicas, cardiológicas, dermatológicas o quirúrgicas? La respuesta es, sin duda alguna, que
existe una “guerra industrial”.
Cómo encontrar la dosis justa
Se ha demostrado que el Viagra ayuda a los hombres con disfunción eréctil (DE) a lograr
erecciones más firmes. Por eso, si alguien no logra las erecciones que desea, no se debe darse
por vencido. Para algunos hombres, el Viagra comienza a funcionar la segunda o tercera vez.
Para otros, un simple ajuste en la dosis puede marcar la diferencia.
Existen tres dosis de Viagra: 25 mg, 50 mg y 100 mg.[120] Los médicos generalmente
indican a sus pacientes que comiencen con el comprimido de 50 mg, pero muchos hombres
observan que obtienen mejores resultados con la dosis de 100 mg.
Un consejo: no siempre más miligramos son mejores. El secreto es tomar los 50 mg de
forma apropiada.
¿Qué resultados se obtienen con Viagra?
La siguiente herramienta se usa en los estudios clínicos de Viagra para evaluar la firmeza
de las erecciones:
Grado 1 El pene se agranda, pero no se torna firme
Grado 2 El pene se torna firme, pero no lo suficientemente firme para la penetración
Grado 3 El pene está lo suficientemente firme para la penetración
Grado 4 El pene está completamente firme y rígido
La persona que no está satisfecha con los resultados debe consultar con su médico; es él
quien puede decidir si es necesario realizar un ajuste en la dosis.
Es indudable que el Viagra se receta para tratar la disfunción eréctil. Sin embargo, es un
problema de diagnóstico preciso. Quiero decir: muchas eyaculaciones precoces, sobre todo
aquellas que se presentan antes de la penetración, son en realidad problemas eréctiles y es por
eso que se benefician con el uso apropiado del citrato de sildenafil.
Aquellas personas que toman -todos los días o esporádicamente- medicamentos que
contienen nitratos (como la nitroglicerina para el dolor de pecho) NO deben tomar Viagra.
Una simple prueba de esfuerzo monitoreada por un cardiólogo puede descartar cualquier
problema que haga incompatible la ingesta del citrato de sildenafil. A los pacientes de más de
65 años o que sufren problemas hepáticos o renales graves el médico puede prescribirles la
dosis de Viagra más baja (25 mg). A los que toman inhibidores de la proteasa, como en los
casos de tratamiento del VIH, el médico puede recomendarles una dosis de 25 mg y limitarla
a un máximo de una sola dosis de 25 mg de Viagra en un período de 48 horas. Los que
presentan problemas de próstata o presión sanguínea alta y toman medicamentos
denominados alfabloqueantes, el médico puede indicarles comenzar con una dosis más baja
de Viagra.
Los efectos secundarios más comunes de Viagra son dolor de cabeza, rubor facial[121] y
malestar estomacal; los menos frecuentes y de más rápida resolución son visión azulina, visión
borrosa o sensibilidad a la luz. En raras ocasiones, hombres que tomaron inhibidores de la
PDE5 (medicamentos orales para la disfunción eréctil, incluido el Viagra) informaron que
sufrieron una disminución o pérdida repentina de la visión. También en raras ocasiones se ha
producido una repentina disminución o pérdida de la audición. No es posible determinar si
estos eventos están relacionados directamente con estos medicamentos u otros factores. Los
que experimentan disminución o pérdida repentina de la visión o de la audición deben dejar de
tomar los inhibidores de la PDE5, incluido el Viagra, y llamar a su médico de inmediato.
¿Cómo actúa el sildenafil?
Es un poderoso inhibidor de una enzima -la phospodiesterasa 5- que mantiene la flacidez
del pene. Inhibida esta enzima, el pene afloja los músculos que impiden el ingreso masivo de
sangre, y el pene alcanza su erección.
Pero ingerirlo no es suficiente. La experiencia clínica cotidiana muestra que muchos
individuos dicen haber consumido sildenafil y confiesan que no tuvieron el resultado esperado.
Cuando se les consulta cómo lo ingirieron y cuándo (antes, durante o después de la comida),
responden que un tiempo antes de una relación sexual, o luego de haber comido, o que no se
preocuparon por eso. Muchos consumen una muestra gratis que les entrega un profesional de
la medicina y la explicación “detallada” que le dan en ese momento es: “¡Suerte!”. Lo mismo
sucede en una farmacia, donde piden “algo” infalible para usar esa noche. Aunque el producto
dice “venta bajo receta”, todo el mundo sabe que se expende sin ella, y sin interrogatorio
mínimo, y sin precaución alguna.
Cómo tomar sildenafil
El producto es hidrosoluble, es decir: se disuelve en agua. Si se toma muy cerca de la
comida, o después de ella, no causará daño alguno, pero tampoco surtirá efecto. Por lo tanto,
la medicación deberá seguir los pasos siguientes:

• Tomar un comprimido, una hora antes de la comida, con el estómago vacío y con
mucho agua.
• Una hora después, si se lo desea, se puede comer cualquier cosa y cualquier cantidad,
porque ya el producto se metabolizó completamente.
• Luego de una hora de haberlo ingerido, el producto tendrá -aproximadamente- entre
cuatro y seis horas de acción.
• El citrato de sildenafil no provoca erección por sí mismo. El sujeto debe recibir
adecuados y acostumbrados estímulos eróticos.
• Una vez producida la eyaculación y el orgasmo, el pene adquiere en minutos la flacidez
acostumbrada.

Insistimos en que el sildenafil es un poderoso vasodilatador y, por lo tanto, en un


porcentaje alto de casos permite una segunda oportunidad de erección, luego de un tiempo
muy variable pero no menor de una hora luego del primer coito. En seis horas, ha
desaparecido de la sangre, pero, mantiene abiertas las arterias. Es por ello que, muchas veces,
pocas dosis adecuadas resuelven el problema de falta de erección en la medida en que se
practique el coito con frecuencia. En algunos casos especiales, ese efecto de vasodilatación es
aprovechado para “nutrir” órganos, tejidos y nervios.
Es lo que suele ocurrir con las intervenciones quirúrgicas prostáticas, tanto por hipertrofia
prostática benigna como para la hipertrofia prostática maligna (cáncer prostático). En estos
casos, y siempre con la guía de un médico urólogo, el sildenafil se administra varias veces por
semana aunque no se tengan relaciones sexuales. El sildenafil no es incompatible con la
medicación administrada por los médicos urólogos, como los antiprostáticos, los
descongestivos prostáticos, los antiinflamatorios o los antibióticos o quimioterápicos.
Unas palabras sobre el consumo de sildenafil como elemento recreativo en los jóvenes:
suele acompañar a las bebidas “energizantes” o directamente al alcohol. Los jóvenes deben
saber que si ingieren sildenafil y esto produce en ellos una mejoría en la calidad eréctil es
porque tenían un problema y no lo sabían. Con el tiempo -imposible especificar cuánto- la
asociación con el consumo de alcohol perturba la acción farmacológica beneficiosa del
sildenafil y se anula el efecto de la inhibición enzimática comentada, ya que el alcohol ejerce el
daño acostumbrado. El resultado es la aparición de los problemas eréctiles.
¿El Viagra crea adicción?
Es una pregunta reiterada. El citrato de sildenafil no crea adicción alguna. El Viagra no es
morfina, es decir, no deberán consumirse cada vez mayores dosis para que surta el mismo
efecto inicial (esto se denomina taquifilaxia), efecto típico de las “drogas pesadas”. Al ser un
poderoso vasodilatador, aumenta su efecto erectógeno en las ingestas sucesivas.
La forma de “dejarlo” o de suspender su consumo es habitualmente progresiva: consumirlo
una vez y otra no. No porque sea adictivo, sino por el acostumbramiento al efecto. En
realidad, el sildenafil produce confianza, que es un efecto psicológico importante, cuando el
individuo comprueba que luego de la acción del juego erótico el pene se erecta. Esto acentúa
el efecto farmacológico en un verdadero “círculo virtuoso”.
II. Cómo incrementar la capacidad orgásmica femenina
Éstas son las tres preguntas que la mayoría de las mujeres con problemas orgásmicos
alguna vez se hicieron: 1) ¿Llegaré a tener un orgasmo alguna vez?; 2) ¿Qué implica tener un
orgasmo?; 3) ¿Tener orgasmos mejorará mi relacionamiento con los hombres?
Todas las mujeres que nunca experimentaron un orgasmo creen que sólo les pasa a ellas.
Ignoran que alrededor del 30% de las mujeres les sucede lo mismo. Y un número
sensiblemente mayor tiene dificultades de alcanzar el orgasmo; no les resulta nada fácil.
La educación tiene una gran responsabilidad en que hoy el placer sea negado a muchas
mujeres. La baja autoestima, el escaso valor que cada mujer se asigna para obtener placer,
juega -indudablemente- un papel significativo. Los sentimientos, las concepciones que la mujer
ha tenido o sigue teniendo en relación con el hombre son también detalles muy importantes.
Generalmente a la mujer le han inculcado que “el hombre sólo quiere eso”. Aquí la clave es el
término “sólo”.

Muchas mujeres que acuden a nuestra consulta proceden de entornos familiares de estricta
religiosidad o tienen padres con una visión moral del sexo muy restrictiva. A veces, ello deriva
en una percepción del sexo como algo sucio, como algo de lo que no se debe hablar y que
nunca debe practicarse fuera del matrimonio. En este entorno los pensamientos y las
actividades sexuales se consideran pecaminosos y pueden ser castigados. Por eso muchas
mujeres de religiosidad muy estricta se esfuerzan por evitar hacer o incluso pensar nada que
tenga una connotación sexual; otras mujeres creyentes son más sensuales, pero se sienten
tensas al practicar el sexo y muy culpables después. Muchos de estos conflictos, no cesan de
inmediato una vez casadas.[122]

Muchas mujeres -equivocadamente- creen que tener orgasmo es casi sinónimo de


prostitución, de “mala vida”, de “marginación”, de ser “mujer de la vida”, “indigna de respeto”.
Lamentablemente, estas mujeres crecieron rodeadas de silencio y ocultamiento respecto de la
sensualidad, de la capacidad natural de toda mujer de acceder al orgasmo.
Tener orgasmos no va a alterar ningún valor personal, ni la concepción estructural del
pensamiento. Tampoco hará que la mujer salga corriendo a la calle y se entregue sexualmente
al primer hombre que pasa. Alcanzar a tener orgasmos le permitirá a la mujer que la relación
con los hombres la haga más feliz. La felicidad no reside en la capacidad orgásmica. Eso, sería
pensar en forma reduccionista. Apenas perfeccionará la felicidad, mucha o poca, que cada
mujer tenga con el hombre con quien convive bajo el mismo techo.
Por otra parte, muchas mujeres, y muchas parejas, tienen fuertes problemas con la
masturbación, palabra unida a un fuerte desprestigio. Pero es necesario saber que, aunque lo
nieguen o lo oculten, hombres y mujeres se masturban desde que eran bebes. Hoy es una
práctica normal y saludable. Agitar ideas terroríficas, anticientíficas y altamente prejuiciosas,
promueven, en el mejor de los casos, sonrisas o chistes intrascendentes.
Primera parte: mirar
Empecemos. Lo primero es lo primero. O sea: mirar.
Se necesita un pequeño espejito. Disponer de no más de 10 a 15 minutos por día, al
principio. Quedarse sola en el cuarto. Descolgar el teléfono.
Mirarse. Primero con cierta indiferencia, o con recelo, o con desconfianza. Los genitales le
pertenecen, no son de ninguna otra persona. Y, probablemente, sea una noticia-primicia
exclusiva. La mayoría de las mujeres no se siente segura sobre alguna parte de su cuerpo o la
desprecia. Los genitales suelen ser, por mayoría absoluta, esa parte. Y por eso no se han
detenido nunca a mirarlos.
Las que pueden deben mirar un esquema, una fotografía o una lámina de un libro que
muestre los genitales externos. Las que pueden y se animan, identificar con el dedo sobre la
lámina los distintos elementos, las partes de esos genitales.
Para las primeras veces, con todas las dificultades que se puedan presentar, esto es
suficiente. Parece extraño o imposible que la mujer, teniendo la propiedad de una casa, de un
cuarto, no se haya decidido nunca a visitarlo, tan siquiera mirarlo. Es suyo, repito. El genital
externo también es suyo. Y sin embargo, nunca tomó “posesión”. Tiene “escritura” que
certifica que es suyo. Sin embargo, a pesar de tenerlo legítimamente, nunca tomó “posesión”
Y si no lo hace, será muy difícil que pueda sentir. Es más, la mujer considerará erradamente
que el que quiera ocupar el lugar (el dedo o el pene de un hombre por lo regular) es un
extraño, un intruso, y por lo tanto, la insensibilidad, la falta de orgasmo, indicará que “habita”
otro pero que ella no lo siente. Es muy frecuente que la mujer se sienta sorprendida por el
tamaño del orificio de entrada de la vagina. La vagina se describe en fotos o en esquemas de
libros o revistas (así como en chistes, cuentos o palabras lunfardas o vulgares) como un
agujero bien abierto. Sin embargo, es un espacio potencial, que tiene la propiedad de ser
elástico (¡pensar que puede pasar por allí un bebe de más de tres kilos!).
Es probable que en estas primeras prácticas se note alguna secreción, que vuelve lustrosa
la superficie genital. Eso es absolutamente normal. Agua y jabón blanco (sin colores que
denuncien que tiene perfume o desodorante) son suficientes para higienizar la zona una vez por
día.
Segunda parte: tocar
El tacto juega un papel importantísimo en el disfrute de las sensaciones. Con el tacto se
completa la “posesión” de los genitales. Y la propiedad que uno tiene sobre ellos.
Mirar fue muy importante. Pero no suficiente.
Toda mujer es capaz de entrar en un local de un shopping y rozar con los dedos las
prendas que se exhiben y decir qué tipo de estructura tienen. Con los ojos cerrados: ¿es
lanilla?, ¿es seda?, ¿es shantú? La experiencia de vida, las docenas de veces que ha entrando
en diferentes shoppings le han proporcionado ese conocimiento. Sin embargo, no ha podido
tocar sus “propiedades genitales”.
Lo primero es buscar una crema acuosa, huir de los aceites y de los perfumes. Luego,
tomar una porción de la crema en uno o dos dedos y pasarla por toda la superficie genital.
Como quien le lava la cara a un niño pequeño, sin detenerse en ningún lugar.
Es posible sentir un poquito -o mucho- miedo. Debe recordar que está tomando
“posesión” de algo que le pertenece pero que nunca ha habitado. Si al tocar las diversas
partes de la superficie genital, la mujer “escucha” a su mamá diciéndole que “eso no se hace”,
que “eso es de mujeres indecentes” o “que eso está prohibido para mujeres honradas,
solteras, de alturas éticas y honorables o vírgenes de cuerpo y alma”, es importante agradecer
y murmurar -sin que escuche la mamá, por supuesto-: “Soy adulta. El genital es mío y de nadie
más. Y como es mío, tomo posesión de él. Es mío. Tomo posesión”.
Es importante percibir las diferentes “tonalidades” de las diferentes texturas, mirar las
láminas o esquemas. Así está tomando “posesión” de los genitales, que serán suyos por propia
determinación y ocupación.
Si al explorar se encuentra alguna zona más sensible que otras, eso quiere decir que la
mujer ha llegado al clítoris. Simplemente, hay que explorar su estructura, su sensibilidad
particular, notar la humedad que anticipa la entrada de la vagina, intentar contraer los músculos
que rodean la entrada. Los ejercicios de Kegel son precisamente para eso. Quizá se pueda
alcanzar, mediante uno o dos dedos, la zona sensible en el techo, que es exactamente el lado
que mira hacia el ombligo. Quizá se note una pequeña fosita o protuberancia. Sensible. Es el
famoso punto G, que, en realidad, es una zona.
Luego de tocarse una y otra vez, se sentirá placer. Hay experiencias muy variadas.
Variadas en intensidad y en sensaciones. Son intransferibles. Esto quiere decir que no se
pueden describir y que, generalmente, se resumen en una exclamación -¡Maravilloso!
¡Sensacional!- o una interjección -¡Ah...! ¡Ohhh...!-.
NOTAS:

Kéller Hals, J., “Condición cultural y vivencia subjetiva de la sexualidad. Algunas hipótesis de
interpretación”, en G. Abraham y W. Pasini (eds.), Introducción a la sexología médica, Barcelona,
Grijalbo, 1980, pp. 68 y 69.
Durkheim, E., De la división del trabajo social, Buenos Aires, Shapire, 1967.
Kéller Hals,J., ob.cit., p. 75
Weeks, J., Sexualidad, México, Paidós, 1998
En su sentido más general el rito es un acto (o un conjunto de comportamientos), individual o
colectivo, que obedece a determinadas reglas y se repite en un esquema más o menos inmutable o
que al menos está destinado a repetirse.
Servier, J., “Ritos y símbolos del acoplamiento”, Janus, nº 2, 1965, p. 57.
Weeks, J., Sexualidad, ob. cit.
Para ampliar el tema, véase Foucault, M.: Historia de la sexualidad, t. 1: La voluntad de saber,
México, Siglo XXI, 1982.
Weeks, J., ob. cit., p. 17.
“El sujeto sujetado al saber y al poder de su tiempo es asimismo el sujeto moral. Resumiendo:
1) no hay poder sin saber; 2) no hay saber sin poder; 3) no hay saber ni poder sin subjetividades
éticas”. En Diaz, E.: Michel Foucault. Los modos de subjetivación, Buenos Aires, Almagesto, 1993, p.
15.
Williams, R., Keywords. A Vocabulary of Culture and Society, Londres, Flamingo, 1983, pp. 283-
286; Quijada, O. A., Diccionario integrado de sexología, Madrid, Alhambra, 1983, pp. 343 y ss.
Esther Díaz, en Michel Foucault. Los modos de subjetivación, ob. cit., p. 41, lo expresa de este
modo: “La tarea, entonces, consiste en averiguar de qué manera el poder ejercido sobre el sexo llega a
producir discursos verdaderos. No sólo respecto de lo que es la sexualidad, sino también de lo que
soy yo como sujeto: ¿normal, anormal?, ¿observante, infractor?, ¿contenido, desordenado? Se trata,
entonces, de hacer la “historia política de una producción de verdad”.
Haynal, A. y P. Kocher, “La noción de normalidad en sexología”, en G. Abraham y W. Passini
(eds.), Introducción a la sexología médica, ob. cit.
Bernard, C., “Lecciones sobre el calor animal”, en G. Abraham y W. Passini (eds.), Introducción a
la sexología médica, ob. cit., p. 38.
Haynal, A., “La notion de normalité en psychiatrie”, Méd. et Hyg., 29, 1971.
Margulis, M. y cols., Juventud, cultura, sexualidad. La dimensión cultural en la afectividad y la
sexualidad de los jóvenes de Buenos Aires, Buenos Aires, Biblos, 2003.
Klaus, R.; Ernst, C. y cols., “La normalité”, Revué Française de Psychanalyse, nº 3, 1972.
Kusnetzoff, J. C., “Un desesperante vacío erótico”, Inconciente Argentino, nº 1, 2006, p. 36.
Erickson, E., Infancia y sociedad, Buenos Aires, Paidós, 1970.
Haynal, A. y P. Kocher, “La noción de normalidad en sexología”, en G. Abraham y W. Passini
(eds.), Introducción a la sexología médica, ob. cit.
Cecconi, S., “Cuerpo y sexualidad: condiciones de precariedad y representaciones de género”, en
M. Margulis y cols, Juventud, cultura, sexualidad. La dimensión cultural en la afectividad y la sexualidad
de los jóvenes de Buenos Aires, Buenos Aires, Biblos, 2003, p. 186.
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Ibíd.
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Kinsey, A. y cols., Conducta sexual del hombre, Buenos Aires, Ediciones Siglo XX, 1948, y
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Kinsey, A. y cols., Conducta sexual de la mujer, ob. cit.; Hunt, M., “La conducta sexual de hoy”,
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Ibíd.
Se puede comparar el valor y la importancia de la actividad de fantasear con los del sueño
mismo, ya que poseen su misma estructura. Es absolutamente normal poseer actividad onírica (tener
sueños). Es más: impedir mediante artificios que una persona tenga sueños, conduce a graves
alteraciones psíquicas.
Harris, R.; Yulis, S. y D. LaCoste, “Relationships among sexual arousability, imagery ability, and
introversion-extraversion”, J. Sex. Res., vol. 16, 1980, pp. 72 y ss.
McCary, J. L. y S. P. McCary, Sexualidad humana de McCary, 4a ed., México, Manual Moderno,
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Kinsey, A. y cols., Conducta sexual de la mujer, ob. cit.; Hite, S., El informe Hite, ob. cit.
Acto de cortar el clítoris a las niñas. Ritual o no, persiste aún en algunas tribus del África central.
Bullough, B. y B. Bullogh, Sin, Sickness, and Sanity, Nueva York, Meridian Book, 1977.
Mulligan, T. y C. R. Moss, “Sexuality and aging in male veterans: a cross-sectional study of interest,
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Ellis, A., Sex without guilt, Nueva York, Lyle Stuart, 1958; Beigel, H. G., Encyclopedia of Sex
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humana, México, C.E.C.S.A., 1983, pp. 211 y ss.
Es importante subrayar que las razones o causas de la ansiedad del desempeño son
muchísimas. La exigencia de satisfacer a la compañera es una de ellas.
Hay una especie de consenso popular, inmortalizado en obras de arte, en que a la mujer “le es
difícil excitarse” pero luego “le es difícil calmarse”.
Esta afirmación, que no es otra cosa que una repetición de lo que afirman la mayoría de los
investigadores, deberá tomarse en el sentido estricto de “la fuerza del impulso”, totalmente
independiente de la experiencia, de las vivencias individuales, de las condiciones medioambientales,
etc.
Kinsey, A. y cols., Conducta sexual del hombre, ob. cit.; Hunt, M., art. cit.
Ibíd.
Kaplan, H. S., La nueva terapia sexual, vol. 2, Madrid, Alianza, 1974, y Evaluación de los trastornos
sexuales. Aspectos médicos y psicológicos, Barcelona, Grijalbo, 1985, pp. 308 y 309; Hite, S., El informe
Hite, ob. cit.; McConaghy, N., Sexual Behavior. Problems and Management, Nueva York, Plenum Press,
1993, p. 85.
Zwang, G., Manual de sexología, Barcelona, Toray-Masson, 1978, pp. 17 y ss.
Habitualmente, la palabra “tumescencia” se emplea para la fase correspondiente que se produce
a nivel peneano, donde hay una vasocongestión intensa, pero en realidad se produce en todo el cuerpo
físico. En el clítoris de las mujeres se efectúa el mismo fenómeno.
Fisher, S., Estudio sobre el orgasmo femenino, Barcelona, Grijalbo, 1981, p. 22.
Abraham, G., “Dificultades sexuales masculinas”, en G. Abraham y W. Passini (eds.), Introducción
a la sexología médica, ob. cit., p. 221.
Ibíd., p. 226.
El personaje que interpreta el genial Woody Allen en el filme Annie Hall visita al sexólogo con su
pareja. El profesional le pregunta a Annie: “¿Con qué frecuencia tienen relaciones sexuales?”. Annie
responde: “Muy frecuentemente, tres veces por semana”. El profesional gira hacia el marido y le
pregunta lo mismo. El responde: “Casi nunca. Tres veces por semana”.
O sea, el dualismo mente-cuerpo, que reinó en la ciencia durante casi tres siglos.
Haeberle, E., The Sex Atlas, Nueva York, The Seabury Press, 1978.
Gotwald, W. H. y G. H. Golden, Sexualidad. La experiencia humana, México, Manual Moderno,
1983, pp. 476 y ss.
Parte del contenido de este capítulo ha sido publicado en el portal Psicología online
(www.psicologia-online.com).
Abraham, G. y W. Passini (eds.), Introducción a la sexología médica, ob. cit., pp. 390 y ss.
Knight, R., Psiquiatría psicoanalítica, Buenos Aires, Hormé, 1960.
Seguiremos, en líneas generales, el excelente capítulo del doctor Héctor Fernández Alvarez:
“Formación de terapeutas. Entrenamiento en habilidades terapéuticas”, en H. Mesones Arroyo, La
psicoterapia y las psicoterapias, 2ª ed., Buenos Aires, Ananké, 2003, pp. 397 y ss.
Lambert, M. J., “Psycotherapy outcome reaserch implications for implicative and eclective
therapies”, citado en H. F. Alvarez, ob. cit.
H. F. Alvarez, ob. cit., pp. 401 y ss.
“La empatía es la capacidad de establecer un puente de resonancia vivencial con el paciente que
sirva para que éste perciba la conexión que el terapeuta tiene con su problema y pueda, en
consecuencia, confiar en él” (Ibíd.).
Bustos, D. M. y E. Noseda, Manual de psicodrama en la psicoterapia y en la educación, Buenos
Aires, RV Ediciones, 2007, pp. 290 y ss.
Muchos pacientes con síntomas sexuales, al constatar que carecen de problemas orgánicos,
deducen correctamente que son entonces problemas psicológicos y comienzan un tratamiento
psicoterapéutico. En ese tratamiento solucionan todo: problemas conflictivos personales, de pareja y
familiares. Problemas en el trabajo, el estudio y con sus amistades. Todo, menos los problemas
sexuales.
Rabinovich, J., Enfoque sistémico en terapia sexual. Qué y como. Prácticas en terapia estratégica,
Buenos Aires, Dunken, 2007, pp. 199 y ss.
Simon, F. B.; Stierlin, H. y L. C. Wynne, Vocabulario de terapia familiar, Buenos Aires, Gedisa,
1988, p. 299; Watzlawick, P.; Weakland, J. y R. Fisch, Cambio. Formación y solución de los problemas
humanos, Barcelona, Herder, 1994.
Nardone, G. y P. Watzlawick, El arte del cambio, Barcelona, Herder, 1995, p. 26.
Ellis, A. y R. A. Harper, Guide to Rational Living, California, Wilshire Books, 1961; Hudson
O’Hanlon, W. y M. Weiner-Davis, En busca de soluciones. Un nuevo enfoque en psicoterapia, Buenos
Aires, Paidos, 1989.
McKay, M.; Davis, M. y P. Fanning, Técnicas cognitivas para el tratamiento del estrés, Barcelona,
Martinez Roca, 1985, p. 32.
Nardone, G. y P. Watzlawick, El arte del cambio, ob. cit., p. 30.
“Una metáfora sencilla: las quejas que los pacientes llevan al terapeuta son como cerraduras en
puertas que se abren hacia una vida más satisfactoria. El paciente ha intentado todo lo razonable,
correcto y bueno […] pero la puerta sigue cerrada; cree que lo que le ocurre está más allá de cualquier
solución. Con frecuencia, esto conduce a esfuerzos cada vez mayores para descubrir por qué la
cerradura es como es o por qué no se abre. […] Lo que aportará una solución será una llave, y no una
cerradura. […]
El hecho de que la queja sea complicada no significa que la solución deba serlo en idéntica medida
(De Shazer, S., Claves para la solución en terapia breve, Barcelona, Paidós, 1986, pp. 14 y 15).
En estos casos uno tiene la impresión de que los pacientes no pasaron por un proceso
terapéutico, sino que asistieron a un curso de psicoanálisis.
Aunque suene insólito, en muchas oportunidades los pacientes mencionan que los problemas
sexuales han sido eludidos en las prolongadas sesiones psicoterapéuticas. A veces, por vergüenza o
inhibición; otras, porque perciben rápidamente que el profesional de la psicoterapia carece de
conocimientos específicos en sexología clínica.
Haley, J., Uncommon therapy. The psychiatric techniques of M. Erickson, Nueva York, Norton and
Co., 1973.
Nardone, G., El arte de la estratagema, Buenos Aires, Del Nuevo Extremo, 2004, p. 18
Ibíd., p. 44.
Nardone, G. y P. Watzlawick, El arte del cambio, ob. cit., p. 106.
Beyebach, M., “Introducción a la terapia breve centrada en las soluciones”, disponible en línea:
<http://benjaminwebsite.tripod.com/referencias/IntroduccionTBCS.pdf>.
De Shazer, S. e I. K. Berg, “Haciendo terapia: una revisión postestructural”, en Cuadernos de
Terapia Familiar, 18, 17-30, 1991.
Beyerbach, M.: 24 ideas para la psicoterapia breve. Herder ed. Barcelona (2006), pag. 143.
Beyebach, M., art. cit., p. 134.
De Shazer, S., Claves para la solución en terapia breve, ob. cit., p. 35.
Ibíd., p. 136.
Cataldi Amatrain, R. M., Educación médica: ciencia, técnica & arte, Buenos Aires, Impresiones
Buenos Aires, 2008, p. 16.
Ibíd., p. 20.
Hegel, el insigne filósofo alemán, dice: “La justicia no existe… ¿Qué es la justicia? Una mujer de
mármol con los ojos vendados y una balanza en la mano? No. Lo que existe son actos justos o
injustos”.
Es curioso, pero la estructura de la pregunta y la respuesta es similar a la del niño que pregunta
a sus padres. Y que es totalmente legítimo y válido –en educación sexual– responder “no sé” y
proponer leer juntos, informarse juntos, buscar bibliografía pertinente. Es una respuesta que tendrá
profundas consecuencias educacionales y que se transmitirá a las generaciones posteriores.
Véase el apartado “El hombre y los problemas sexuales” (cap. 3).
El uso del citrato de sildenafil puede mejorar sensiblemente la disfunción eréctil de los
diabéticos (véase el apéndice).
Veáse el apéndice.
Un axioma sistémico dice: “El profesional debe trabajar menos que el paciente”.
Es una exageración, no hay duda alguna, pero es lo que se constata en la experiencia clínica
diaria. El pene y su erección son un objeto fetiche, donde se colocan atributos tales como la virilidad, la
potencia, el orgullo, la valentía, la conquista y numerosos elementos que sobrecargan la función.
Entender este proceso es clave. Muchos matrimonios y muchas parejas se habrían salvado, si
hubieran conocido desde su adolescencia esta “exclusión” femenina en la cama. El reiterado reproche
de una mujer “dejada de lado” por su “rival”, el pene en erección, carece de sentido y es un factor de
irritación profunda que, además, puede acentuar el problema eréctil.
Los pacientes reclaman la cura. Cuesta entender que los profesionales no curamos nada. La
palabra “cura” tiene un halo mágico. Se cree con un poco de ingenuidad que el comprimido o la
inyección administrada solucionarán el problema, y luego… ¡Nunca más aparecerá! Que esto tiene un
efecto “vacuna”.
Toda la atención, la esperanza y las expectativas del hombre se encuentran centradas de manera
predominante en el pene y su posible erección.
La oportunidad y la forma se resumen en una expresión: ¿en qué consiste la medicina? En una
“puesta en escena” y en “un saber decir” (Conferencia del doctor Ricardo Cavalcanti, aula magna de la
Facultad de Medicina (UBA), Academia Internacional de Sexología Médica, septiembre de 2006).
Annon, J. B., “The Therapeutic use of Masturbation in the Treatment of Sexual Disorders”, en R. D.
Rubin, J. P. Brady y J. D. Henderson (eds.), Advances in Behavior Therapy, vol. 4, Nueva York, Academic
Press, 1973.
No hay ningún inconveniente en utilizar dosis apropiadas de sildenafil (Viagra), para efectuar y
facilitar el ejercicio (véase el apéndice).
Esta indicación puede parecer insólita o extraña. En tiempos pasados, sin mencionar en
tiempos de nuestros padres o abuelos, ver una mujer desnuda o un hombre desnudo era excepcional.
Hoy, en la televisión, todo el mundo está –prácticamente– desnudo. Por lo tanto, deberemos ir a la
cama vestidos. Se entiende, vestidos con ropa de cama.
Kaplan, H. S., Evaluación de los trastornos sexuales, ob. cit., pp. 161 y ss.
Ehrentheil, O. F., “A Case of Premature Eyaculation in Greek Mythology, Jounal of Sex Reaserch,
1974, 10, pp. 128-131.
Kaplan, H. S., Evaluación de los trastornos sexuales, ob. cit., p. 337.
Kusnetzoff, J. C., Toco y me voy, Buenos Aires, Granica, 2006.
Heiman, J. R y J. Lo Piccolo, Alcanzar el orgasmo, Barcelona, Grupo Editorial Océano, 1987, pp.
86 y ss.
Kaplan, H. S., Evaluación de los trastornos sexuales, ob. cit., p. 339.
Kaplan, H. S., La nueva terapia sexual, ob. cit.
Kaplan, H. S., Evaluación de los trastornos sexuales, ob. cit., p. 340.
Semans, J. H, “Premature Ejaculation: a New Approach”, South Med. J., 1956, 49, pp. 352 y 353.
Senarclens, M., “Práctica ginecológica y sexualidad: del dolor al placer”, en G. Abraham y W.
Pasini (eds.), Introducción a la sexología médica, ob. cit., p. 201.
Sapir, M., La formation Psychologique du médicin, París, Payot, 1972.
Senarclens, M., “Práctica ginecológica y sexualidad: del dolor al placer”, ob. cit., pp. 203 y 204.
“El dolor, tal como lo enfocamos aquí, puede tener un nudo primario puramente orgánico, pero
también en este caso produce angustias y un halo periférico formado por la angustia concomitante del
sujeto y de su medio, incluido el profesional” (en ibíd., p. 205).
El tiempo en que una pareja no puede consumar la penetración vaginal suele sorprender a los
que recién se acercan a la sexología clínica: pueden pasar desde meses hasta muchos años, y la
consulta se suele realizar a causa de la necesidad de procrear.
Algunas de las causales orgánicas que pueden provocar vaginismo y/o dispareunia son himen
imperforado o rígido, problemas clitoridianos, dermatosis “químicas” por desodorantes íntimos,
jabones perfumados o sustancias detergentes utilizadas en la limpieza excesiva de los genitales, las
vulvovaginitis por gérmenes u hongos y la falta de lubricación vaginal.
Sherfey, M. J., “The Evolution and Nature of Female Sexuality in Relation of Psychoanalytic
theory”, en Journal of the Americ. Psychoanal. Assoc., 14, 1966, pp. 28-128.
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Anexperimental Study. Paper Presented at the Annual Meeting of the American Psychological
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Von Glasersfeld, E., “An Introduction to Radical Constructivism, en P. Watzlawick (comp.), The
Invented reality, Nueva York, Norton, 1984; De Shazer, S., “The Death of Resistance”, Family process,
23, 1984, pp. 11-21.
La información sobre la salud que se describe aquí se proporciona solamente con fines
educativos y no intenta sustituir las consultas con un profesional de atención médica. Todas las
decisiones relacionadas con la atención del paciente se deben tomar con un profesional y teniendo en
cuenta sus características únicas.
Lamentablemente, por Internet se venden falsificaciones a precios baratísimos. Muchos de
esos productos dicen tener cierta cantidad de miligramos en sus envases, pero se comprueba casi
siempre que la no respuesta –a veces total– del mismo se debe a que no contiene la dosis indicada
en el envase.
Quienes tienen estos efectos, producto de la vasodilatación, pueden consumir
simultáneamente con el sildenafil 500 mg de paracetamol.
Heiman J. R. and Lo Piccolo, J.: op. cit. pag. 46.

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