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Rolheiser Antología

El documento es un índice de artículos de Rolheiser que abordan diversos temas relacionados con la espiritualidad, la religión y la vida cotidiana, incluyendo adicciones, amor, castidad, combate espiritual, y más. Cada sección contiene múltiples artículos que exploran la relación del ser humano con Dios, la moralidad, y las luchas internas. Se destaca la importancia de mantener una conexión auténtica con Dios, evitando que las actividades religiosas se conviertan en una forma de idolatría.
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Rolheiser Antología

El documento es un índice de artículos de Rolheiser que abordan diversos temas relacionados con la espiritualidad, la religión y la vida cotidiana, incluyendo adicciones, amor, castidad, combate espiritual, y más. Cada sección contiene múltiples artículos que exploran la relación del ser humano con Dios, la moralidad, y las luchas internas. Se destaca la importancia de mantener una conexión auténtica con Dios, evitando que las actividades religiosas se conviertan en una forma de idolatría.
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ÍNDICE DE ARTÍCULOS DE ROLHEISER

I.- ADICCIONES
109.- Más allá de los malos hábitos
137.- Atormentando el gato (adicciones)
179.- Adicción al confort
Adicción al sexo (ver castidad)

II AMOR
14.- Amor, fe y ritual. El amor profundo se manifiesta en rituales diarios
15.- Ojos de amor para ver primavera y Pascua. El amor es el ojo
16.- Amar a nuestros enemigos
17.- ¿Cómo amar en tiempos de odio?
18.- El amor ¿ilusión o realidad?
19.- El esfuerzo por amar
129.- El odio y el evangelio

III.- CASTIDAD
33.- Pasión y pureza. La gente busca códigos sexuales, pero rechaza los muy anticuados
34.- Dios y sexualidad. Ni iglesias ni mundo se toman la pasión sexual con suficiente seriedad
35.- Castidad y pureza de corazón. Es relacionarse con los otros respetando la dignidad.
36.- La pureza. No se refiere tanto al sexo como a la intención, para no manipular el sexo
37.- Espiritualidad y sexualidad. Encontrar el equilibrio entre los dos polos.
38.- La castidad y el encanto de la vida. Quebrantar la castidad supone una derrota
39.- Sexualidad: su poder y propósito
40.- La sexualidad como sacramento
41.- El reto de la castidad
171.- La paga del celibato

IV.- COMBATE ESPIRITUAL


91.- Las diez mayores luchas de fe hoy.
115.- Acosado por debilidades
116.- Lidiando con nuestra propia incapacidad
117.- Los que nunca se cansan
131.- La lucha por la santidad
141.- Diez tensiones con las que tenemos que cargar
142.- Pruebas para el discipulado cristiano
168.- El combate por lograr la confianza

V.- DIOS
1.- Formas sutiles de idolatría
2.- Nuestro limitado agnosticismo
3.- Centrar nuestra vida en Dios
4.- La inefabilidad de Dios
170.- La audacia con Dios
178.- ¿Por qué la fe se siente como duda y oscuridad?

VI.- DISCERNIMIENTO. TOMA DE DECISIONES


102.- Poderosas voces del interior. Cómo discernir la verdad.
112.- Lidiando con Dios: momentos en que Dios espera que pataleemos contra su voluntad
123.- Buscando a Dios entre muchas voces
125.- En nuestras batallas morales no pongamos entre paréntesis lo esencial
160.- La perla de gran precio
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168.- El combate por lograr la confianza
172.- La opción fundamental

VII.- EUCARISTÍA
20.- Nuestra última fidelidad: la Eucaristía
21.- El esfuerzo por celebrar
22.- Múltiples caras de la Eucaristía. Integrarlas todas
23- Pan y vino eucarísticos, Su simbolismo
24.- Eucaristía, llamada a la justicia
25.- Eucaristía, celebración de la vida diaria
26.- En la Eucaristía Dios nos abraza

VIII.- MIEDO, ANSIEDAD


80.- Temor santo y temor malo
119.- Vivir con menos miedo
161.- Superando la ansiedad
174.- Ansiedad

IX.- MUERTE
61.- Reconfortantes pensamientos sobre la muerte
62.- El camino de la confianza
63.- La muerte y la comunión de los santos
64.- Esperanza en la muerte. Cuando muere un amigo
65.- Cómo hablar a los que acaban de perder a un ser querido
101.- Suicidio y malentendidos. Es una enfermedad. No debemos culpabilizarnos.
167.- Los adioses dolorosos y la ascensión
176.- Luchando por entender el suicidio

X ORACIÓN
5.- Oración – Buscando Orientación de parte de Dios
6.- Orar para ver la gloria de Dios en la humanidad
7.- Orando para no desfallecer
8.- Orar buscando profundidad
9.- ¿Oramos o no oramos? ¿Cómo orar?
10.- ¿Cómo orar en tiempos de crisis?
11.- La oración como equilibrio
12.- La oración nos mantiene al margen de la gran huida
13.- La oración con garantía infalible

XI.- PARADOJA E IMPERFECCIÓN


42.- Una grieta en nuestra jarra. No vivir cómodos con nuestras faltas
43.- Siempre hay algo malo, algún límite, algún defecto. Nada es perfecto
44.- Paciencia con Dios. Por los ritmos innatos de la vida.
45.-La contingencia. Si tan solo… Lamentaciones. No impacientarse ante las contingencias
46.- En la paradoja está la virtud. In medio consistit. Dios habla paradójicamente
47.- Picaduras de mosquito: molestias que incordian
48.- Plenamente humanos
49.- El combate interior
50.- Honrando la complejidad de la vida

XII.- POBREZA Y RIQUEZA


66.- Nuestra actitud ante la riqueza
175.- Nuestra necesidad de dar a los pobres

XIII.- RELIGIÓN Y SECULARIDAD


57.- ¿En que consiste la verdadera religión?
58.- El descenso de Dios en lo secular
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59.- Empatía hacia un mundo que está aún en proceso de maduración
60.- Luchando con la secularidad

XIV.- RESPETO, TOLERANCIA, DIÁLOGO


27.- Perdonando las diferencias
28.- Necesitamos conservadores y liberales
29.- Respeto mutuo en comunidades polarizadas
30.-Honrando a un Dios abundante y desprendido
31.- Una llamada a defendernos menos
32.- Ódres pétreos y recipientes más blandos
84.- Hacer lo correcto porque es correcto, aun sin saber que Dios se esconde en los pobres
110.- Tribalismo
124.- Actitud cristiana con respecto a la salvación de los no cristianos
144.- Sensiblidad, vulnerabilidad y religión
164.- El ecumenismo nuestro mandato olvidado

XV.- SUFRIMIENTO
51.- Una equiparación obsesionante: sufrimiento y valía
52.- Anatomía del sacrificio
53.- La cruz de Jesús, ¿qué significa?
54.- Viviendo frustrados y en tensión ¿Cómo?
55.- Resolviendo problemas; pérdida, dolor y obsesiones
56.- El problema del sufrimiento y del mal. No quita el sufrimiento, pero nos redime de él
165.- Piensa lo bien que te vas a ver en el madero
177.- Sobre lloriqueo y llanto

XVI.- TRABAJO / DESCANSO


120- Trabajando demasiado
147.- Valor sagrado del trabajo
169.- Hacer espacio para el shabbat en nuestra vida
181.- Siempre con prisa

XVII.- VIDA ORDINARIA


83.- La vida cotidiana como sacramento, terreno sagrado. Bendecirla
173.- El tiempo ordinario

XVIII.- VIOLENCIA, IRA


70.- Cargando con la propia ira
87.- Creatividad como respuesta a la violencia
90.- Dios y la violencia, ira. ¿Castigo de Dios?
103.- La violencia no se derrota con violencia sino con un poder superior.
148 - Ira y justicia
156.- No matarás

OTROS TEMAS
67.- No traicionarás.
68.- La risa como expresión de fe. Es un rumor de ángeles.
69.- El sacramento de la sonrisa
71.- Alabamos unidos a los santos
72.- Aceptar el placer sin culpa
73.- Transformar el caos en jardín pacífico
74.- Dios no juzga a nadie. El infierno
75.- Tener la respuesta correcta no es suficiente. Cuál es la energía.
76.- Tres niveles de discipulado
77.- Imperativos categóricos. Culpabilidad mala
78.- Ni deprimidos ni exhibicionistas

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79.- El proceso de sublimación
81.- Haciendo duelo por nuestras pérdidas. Elección pascual
82.- Escuchando los latidos del Corazón de Cristo. Sentir su intimidad.
85.- La fidelidad, nuestro mejor regalo para otros. Promesa de fidelidad
86.- Humildad, ego y grandeza. Importancia positiva de tener un buen ego.
88.- Felicidad y significado
89.- Piedad y recato. ¿Exhibiciones de piedad?
92.- Algunos minicredos personales
93.- Vivir en la luz. Es vivir con honestidad pura y simple. No tener nada escondido
94.- Una visión sencilla de la comunión de los santos. Mantener su recuerdo vivo.
95.- El poder de la debilidad. El niño ejerce un poder sobre nosotros, nos cambia.
96.- La nueva evangelización. Descripción de cómo se ha de realizar.
97.- Espiritualidad y el ambiente que rodea las casas de espiritualidad.
98.-.Día del Padre. El anhelo de un Padre. Principio de orden. Sostenedor. Afirma y admira
99.- Misticismo impulsa la vida.: unidad, verdad, bondad, belleza dentro del alma .
100.- Anhelo de soledad. Anhelo de difícil realización.
104.- Jesús solo a tiro de piedra. Pasó gran soledad en Getsemaní
105.- La fuerza de voluntad no es suficiente. Es necesaria la gracia.
106.- Vida nueva resucitada
107.- La soledad moral. Es necesario estar acompañados por los que tienen afinidad moral
108.- La soledad nos da una buena lección
111.- El orgullo en formas sutiles
113.-Algunas pautas para el servicio
114.- Viejos y nuevos forcejeos con la Iglesia
118.- El purgatorio como ver plenamente por primera vez
121.- Otras ovejas que no son del rebaño
122.- Las circunstancias y la necesidad nos consagran
126.- Ciencia y religión ¿reñidas?
127.- La otra cara de la ortodoxia
128.- Lo doméstico y lo monástico
130.- El misterio de dar y recibir el Espíritu
132.- Una espiritualidad de martirio
133.- Hay un tiempo para cada cosa
134.- Reconsiderando – Las directrices para un largo recorrido
135.- El éxito de nuestra imagen o apariencia
136.- No hay por qué esconderse de Dios
138.- Siguiendo a Jesús según la carta del Espíritu
139.- Madurez en las relaciones amorosas y en la oración
140.- El poder del beso o del abrazo ritual
143.- La abundancia de Dios nos invita a la generosidad
145.- Cuando tocamos fondo
146.- Sobre fariseos, potes, cazuelas y normas litúrgicas
149.- No tener celos de la generosidad de Dios con los otros
150.- La verdad nos hace libres
151.- Identidad y comunión
152.- Origen de la felicidad: actuar como Dios
153.- Una teología del deseo y la nostalgia
154.- Memoria confusa
155.- El tamaño de nuestro corazón
157.- La resurrección y el mundo físico creado
158.- Haití. ¿Dónde estaba Dios?
159.- En busca de inocencia
162.-Grandes imperativos para un discipulado maduro
163.- El envejecimiento
166.- Siete, el número de la suerte
180.- El anhelo en nuestro centro

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1.- Formas sutiles de idolatría
En mis momentos de reflexión más profunda, a veces me siento obligado a preguntarme a mí mis-
mo: ¿Me interesa Dios, realmente, o solamente me interesan las cosas relacionadas con Dios? ¿Ten-
go más interés en enseñar, hablar, escribir sobre Dios que en encontrarme de hecho con Él, de tú a tú, en
silencio y oración? ¿Me interesa más ocuparme de las cosas de Dios y de la religión, que estar recogido
y silencioso en la presencia de Dios?
Las respuestas a esas preguntas debieran ser más fáciles y más obvias de lo que son en realidad. A
primera vista parecería claramente que me interesa Dios: Trato de orar regularmente. Soy un sacer-
dote que celebra la Eucaristía cada día. Soy un teólogo y escritor que habla y escribe siempre sobre
Dios. Paso mi vida entera ocupándome de las cosas de Dios: pero, a pesar de eso, Dios no es necesaria -
mente, de hecho, el centro de estas actividades. El centro puede fácilmente estar en algún otro lugar.
Todos nos podríamos plantear esta cuestión: En nuestras actividades religiosas explícitas, ¿esta-
mos realmente interesados en tener una relación con Dios y con Jesús, o, siendo honestos, nos interesa
más una buena liturgia, una buena teología, una buena espiritualidad, una buena experiencia religiosa,
unas buenas búsquedas de oración, unas buenas prácticas pastorales, programas eclesiales exitosos, cau -
sas morales importantes, temas vitales de justicia, y recursos para facilitar la práctica religiosa? No es
que estas cosas no sean buenas, lo son; pero paradójicamente pueden convertirse precisamente en me-
dios con los que evitamos el tener que afrontar el llamado más profundo a una relación personal íntima
con Dios.
Al escritor C.S. Lewis le gusta describir esta nuestra lucha llamándola realmente por su nom -
bre, por lo que con frecuencia es: idolatría, es decir, dedicarnos a algo que es meramente piadoso o re-
lacionado con Dios, en vez de entregarnos plenamente a Dios mismo. Veamos cómo describe esto
Lewis:
En su libro “El Gran Divorcio”, el autor imagina diez escenas en las que alguien que acaba de mo-
rir es acogido, en la otra orilla, por un “ángel”. Éste intenta persuadir al recién fallecido para que le per-
mita tomarle de la mano y dirigirle al cielo. La condición para entrar en el cielo en cada caso es singular
y simple: ¡Tú sencillamente tienes que confiar en el ángel y dejarte guiar!
En una de esas escenas, Lewis describe una conversación entre uno de esos ángeles y un artista fa-
moso que justamente acaba de morir. El ángel trata de convencer al artista de ir al cielo, describiéndole
la impresionante belleza del mismo. En un principio, el artista se siente deseoso y entusiasmado, con -
templando anticipadamente con su imaginación los excelentes cuadros que podrá pintar; pero, al saber
que allí, una vez llegue al cielo, no tendrá necesidad de pintar esa belleza, se resiste y se enoja. Se supo -
ne que, más que pintar, simplemente estará inmerso en la misma belleza y gozará de ella. Así pues, el ar-
tista rehúsa ir al cielo, optando en vez permanecer allí donde puede pintar el cielo, en vez de estar dentro
de él. Pone reparos al ángel, protestando que, como artista, para él el arte mismo es un fin; “pintar por
pintar”. El ángel le replica: “La tinta, la cola y la pintura eran necesarias allá abajo (durante tu vida terre -
na), pero son también, al mismo tiempo, estimulantes peligrosos. Poetas, músicos y artistas, a no ser por
la gracia de Dios, se apartan del afecto por las cosas que cuentan, para amar simplemente el poder con -
tarlas; en el Infierno Profundo no les puede interesar Dios para nada, sino que se interesan solamente por
lo que dicen sobre Él. Y, digamos, no se trata de no estar interesado en la pintura. Bajan al abismo por
estar interesados en su propia personalidad y en nada más que no sea su propia reputación”.
Lo que afirma este ángel sobre poetas, músicos y artistas hay que afirmarlo también sobre teó-
logos, autores espirituales, sacerdotes, obispos, ministros, diáconos, liturgistas, agentes de pastoral, com-
prometidos por la justicia social, manifestantes morales de todo tipo, directores de retiros, directores es -
pirituales, líderes de grupos de oración, e incluso sobre los que, activamente y con entusiasmo, van bus-
cando profundizar en la experiencia de oración. Acecha siempre el peligro de que, como el artista que
prefiere y necesita pintar la belleza más que llegar a ser sencillamente uno con ella, nosotros también
convirtamos la actividad religiosa que estamos haciendo en un fin en sí mismo, en vez de mantener
nuestro interés y nuestro centro realmente en Dios.
Y resulta irónico que la actividad religiosa, al igual que el arte, puede constituir uno de los mayores
peligros de este tipo de idolatría. Son el predicador dotado, el gran teólogo, el liturgista brillante, el mi-
nistro enormemente popular y el obispo o administrador maravillosamente hábiles quienes experimenta-
rán la lucha mayor. Como dice Lewis: “No fabricáis demonios de malos ratones o de malas pulgas, sino
de malos arcángeles”. La falsa religión de la codicia o de la lujuria es más vil que la falsa religión del

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amor materno, del patriotismo o del arte; pero es mucho menos probable que convirtamos la lujuria o la
codicia en religión.
Cada vez que vayamos a la oración, o a ejercer nuestro ministerio, o a hacer algo religioso, es bue-
no preguntarnos a nosotros mismos: ¿De quién o de qué se trata, realmente?

2.- Nuestro limitado agnosticismo


William Blake decía que si un tonto persiste en su locura eventualmente su locura se convertiría en Sab-
dom.
Lo mismo podría decirse sobre el agnosticismo de nuestro tiempo. Nuestro problema no es que nos pre -
guntamos demasiado sino que cuestionamos muy poco, especialmente acerca de las cosas de Dios. Al final,
luchamos con la religión no porque seamos lo suficientemente valientes e ilustrados para hacer preguntas di-
fíciles sino porque tenemos miedo a enfrentar la cuestión más difícil de todas, es decir, la de la santidad de
los dioses y u otreidad. Al final, carecemos de una apertura de mente y esto constituye nuestro verdadero
problema para creer en Dios. No tenemos problema para creer en Dios no porque seamos suficientemente va-
lientes para mirarle cara a cara, sino por la razón opuesta, no persistimos suficientemente en nuestro valor de
seguir preguntando.
¿Qué es lo que esto implica?
A muchos de nosotros hoy en día, por todo tipo de razones, nos resulta incómoda la santidad de Dios tal
como la Escritura la define cuando nos dice que Dios está totalmente más allá de nuestra imaginación, nues-
tros conceptos, nuestro lenguaje y sentimientos: Los caminos de Dios no son nuestros caminos. Si damos fe a
las Escrituras, Dios nunca puede ser imaginado ni intuido. Puedes agitar el puño contra Dios o puedes hincar
la rodilla en adoración, pero nunca podrás comprender a Dios. Así, al final de la jornada, ya veas bendición o
maldición, gracia o sufrimiento, amor u odio, vida o muerte, solo puedes decir esto de Dios: ¡Santo, Santo,
Santo! ... ¡Otro, otro, otro! Dios está del todo más allá de cualquier cosa que se pueda decir, pensar, imaginar
o sentir. ¡Los caminos de Dios no son mis caminos!
Esa noción, sin embargo, se nos pierde fácilmente. Como los amigos de Job, nos gusta comparar los ca -
minos de Dios con nuestros caminos y, sobre esa base, no podemos aceptar a Dios. Lo hacemos de toda clase
de formas sinceras y bien intencionadas; por ejemplo, decimos: Si hubiera un Dios Todoamoroso y Todopo-
deroso, no existiría el sufrimiento. ¡Dios nunca podría permitir esto! ¡Esto no tiene sentido! ¡Un Dios Todo-
poderoso haría algo al respecto!
Estas expresiones y las actitudes que las acompañan, parecen inteligentes, agudas y valerosas; Cierta-
mente la mayoría de la gente diría eso del libro de Harold Kushners, “Cuando a la gente buena le pasan co-
sas malas”. Religiosamente, sin embargo, esto es problemático. ¿Por qué?
Porque cuando pensamos así, en efecto, estamos creando a un Dios a nuestra imagen y semejanza. Esta-
mos utilizando las mismas categorías para comprender a Dios que para comprendernos a nosotros mismos. Y
así empequeñecemos a un Dios infinito para adaptarlo a nuestro entendimiento finito, humano. Aunque eso
podría parecer algo ilustrado, valeroso y pudiese hacer a Dios más comprensible para nuestra situación hu-
mana, efectos devastadores. Acaba llevando al ateísmo porque cada vez que se empequeñece la santidad total
(la otreidad) de Dios, a sea por la razón que sea, al final nos quedamos con una deidad empobrecida en la que
no vale la pena creer.
En pocas palabras, un Dios cuyos pensamientos son nuestros pensamientos y cuyos caminos son nues-
tros caminos, un Dios que puede entenderse, no puede ser objeto de reverencia o adoración. Es un Dios de -
masiado pequeño, demasiado común y demasiado impotente para ser objeto de fe. Asimismo un Dios así no
puede ser totalmente Creador ni Redentor y se mostrará como un opio para los que carecen de verdadero fus -
te intelectual. Si Dios no es más Santo de la manera como lo piensan muchas personas hoy en día y, entonces
Karl Marx tiene razón. Dios es una proyección de la mente humana y misterio es simplemente otra palabra
para designar la ignorancia.
No es de extrañar que tengamos dificultades con la fe y la creencia en Dios Para creer en Dios de ver -
dad, debemos tener ese un sentido de asombro que surge solo cuando concebimos a Dios como un Ser tan
asombroso y Santo que quisiéramos espontáneamente, como Isaías, purificarnos con carbones encendidos
antes de acercarnos a tal misterio.

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Nuestro problema es que no contemplamos porque estamos convencidos de que no hay nada que valga
la pena de contemplar. Hemos echado un vistazo y ya sabemos lo que hay allí. Y así Dios se vuelve para no-
sotros no tanto un fuego sagrado cuanto una compleja ecuación que hemos entendido más o menos.
Por esta razón a menudo nos quedamos bloqueados en un cierto nivel de agnosticismo, de cuestiona -
miento. Nos preguntamos, buscamos hacemos preguntas valientes hasta un cierto punto - el punto en el que
los caminos de Dios ya no son nuestros caminos, el punto en el que nuestro entendimiento se seca y la fe tie -
ne que tomar el mando, el punto en el que entra el misterio y se nos pide que quitarnos los zapatos ante él.
Ahí dejamos de cuestionarnos.
Pero la fe nunca nos exige que dejemos de hacer preguntas difíciles. Exige lo contrario, es decir, que
persistamos en nuestro cuestionamiento (más allá de los límites establecidos por la moda intelectual y el em -
pirismo de nuestra era) hasta que nuestra locura se convierta en sabiduría.

3.-¿Qué significa centrar nuestra atención en Dios?


Hace algunos años, asistí a una conferencia religiosa en la que uno de los conferenciates, una perso-
na ampliamente conocida y respetada por su trabajo entre los pobres, hizo el siguiente comentario: "No
soy un teólogo, de manera que no sé cómo funciona este pensamiento teológico, sin embargo, aquí está
la base desde la que estoy operando: yo trabajo con los pobres. En parte hago esto por filantropía, por
compasión natural, sin embargo, y en última instancia, mi motivación es Cristo. Trabajo con los pobres,
porque soy cristiano. Sin embargo, pueden pasar dos o tres años en la calle y nunca mencionar el nom-
bre de Cristo, porque creo que Dios es lo suficientemente maduro como para no exigir ser siempre el
centro de nuestra atención consciente".
¡Dios no exige ser siempre el centro de nuestra atención consciente! ¿Es eso cierto? Es evidente que
la afirmación requiere algunas precisiones y matices. Por un lado, al escuchar esto podemos experimen-
tar en nuestro interior una cierta liberación, dado que la mayoría de las veces Dios no es, de hecho, el
centro o nuestra atención consciente y, de este lado de la eternidad, probablemente nunca lo será. Sin
embargo, por otro lado, este consuelo que sentimos al oír esto desafía fuertemente el reto que nos viene
de las Escrituras, de nuestras iglesia y de escritores espirituales que nos advierten en contra de perdernos
entre ambiciones, proyectos, angustias, placeres, y las distracciones de este mundo; de dejar que nuestro
enfoque en esta vida eclipse un horizonte más amplio, Dios y la eternidad. Innumerables escritores espi -
rituales nos advierten que es peligroso estar tan inmerso en este mundo que perdamos de vista lo del más
allá. Jesús también nos advierte de este peligro.
Pero todos conocemos un montón de gente que parecen muy inmersos en esta vida, en sus matrimo-
nios, sus familias, sus trabajos, en el entretenimiento, los deportes, y en sus preocupaciones cotidianas
que no parece en absoluto que tengan a Dios como centro de su atención consciente en una parte signifi -
cativa de su vida diaria. De hecho, a veces estas personas ni siquiera van a la iglesia y con frecuencia tie-
nen muy poco, en sus vidas, de lo que podríamos llamar oración formal o privada.
Sin embargo, y esta es la aparente anomalía-, son gente buena, gente cuya vida irradia un básico (y
algunas veces un alto grado de generosidad) de honestidad, generosidad, y una sana preocupación por
los demás. Además suelen ser personas fuertes e ingeniosas, de ese tipo de gente con los que quisieras
compartir la mesa, incluso cuando parecen que viven y mueren simplemente como hijos devotos de esta
tierra, no siendo muy dados a la abstracción o la religión. Una buena reunión de familia, una victoria del
equipo de casa, una buena comida o una bebida con un amigo, y un día dedicado al trabajo saludable,