Rolheiser Antología
Rolheiser Antología
I.- ADICCIONES
109.- Más allá de los malos hábitos
137.- Atormentando el gato (adicciones)
179.- Adicción al confort
Adicción al sexo (ver castidad)
II AMOR
14.- Amor, fe y ritual. El amor profundo se manifiesta en rituales diarios
15.- Ojos de amor para ver primavera y Pascua. El amor es el ojo
16.- Amar a nuestros enemigos
17.- ¿Cómo amar en tiempos de odio?
18.- El amor ¿ilusión o realidad?
19.- El esfuerzo por amar
129.- El odio y el evangelio
III.- CASTIDAD
33.- Pasión y pureza. La gente busca códigos sexuales, pero rechaza los muy anticuados
34.- Dios y sexualidad. Ni iglesias ni mundo se toman la pasión sexual con suficiente seriedad
35.- Castidad y pureza de corazón. Es relacionarse con los otros respetando la dignidad.
36.- La pureza. No se refiere tanto al sexo como a la intención, para no manipular el sexo
37.- Espiritualidad y sexualidad. Encontrar el equilibrio entre los dos polos.
38.- La castidad y el encanto de la vida. Quebrantar la castidad supone una derrota
39.- Sexualidad: su poder y propósito
40.- La sexualidad como sacramento
41.- El reto de la castidad
171.- La paga del celibato
V.- DIOS
1.- Formas sutiles de idolatría
2.- Nuestro limitado agnosticismo
3.- Centrar nuestra vida en Dios
4.- La inefabilidad de Dios
170.- La audacia con Dios
178.- ¿Por qué la fe se siente como duda y oscuridad?
VII.- EUCARISTÍA
20.- Nuestra última fidelidad: la Eucaristía
21.- El esfuerzo por celebrar
22.- Múltiples caras de la Eucaristía. Integrarlas todas
23- Pan y vino eucarísticos, Su simbolismo
24.- Eucaristía, llamada a la justicia
25.- Eucaristía, celebración de la vida diaria
26.- En la Eucaristía Dios nos abraza
IX.- MUERTE
61.- Reconfortantes pensamientos sobre la muerte
62.- El camino de la confianza
63.- La muerte y la comunión de los santos
64.- Esperanza en la muerte. Cuando muere un amigo
65.- Cómo hablar a los que acaban de perder a un ser querido
101.- Suicidio y malentendidos. Es una enfermedad. No debemos culpabilizarnos.
167.- Los adioses dolorosos y la ascensión
176.- Luchando por entender el suicidio
X ORACIÓN
5.- Oración – Buscando Orientación de parte de Dios
6.- Orar para ver la gloria de Dios en la humanidad
7.- Orando para no desfallecer
8.- Orar buscando profundidad
9.- ¿Oramos o no oramos? ¿Cómo orar?
10.- ¿Cómo orar en tiempos de crisis?
11.- La oración como equilibrio
12.- La oración nos mantiene al margen de la gran huida
13.- La oración con garantía infalible
XV.- SUFRIMIENTO
51.- Una equiparación obsesionante: sufrimiento y valía
52.- Anatomía del sacrificio
53.- La cruz de Jesús, ¿qué significa?
54.- Viviendo frustrados y en tensión ¿Cómo?
55.- Resolviendo problemas; pérdida, dolor y obsesiones
56.- El problema del sufrimiento y del mal. No quita el sufrimiento, pero nos redime de él
165.- Piensa lo bien que te vas a ver en el madero
177.- Sobre lloriqueo y llanto
OTROS TEMAS
67.- No traicionarás.
68.- La risa como expresión de fe. Es un rumor de ángeles.
69.- El sacramento de la sonrisa
71.- Alabamos unidos a los santos
72.- Aceptar el placer sin culpa
73.- Transformar el caos en jardín pacífico
74.- Dios no juzga a nadie. El infierno
75.- Tener la respuesta correcta no es suficiente. Cuál es la energía.
76.- Tres niveles de discipulado
77.- Imperativos categóricos. Culpabilidad mala
78.- Ni deprimidos ni exhibicionistas
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79.- El proceso de sublimación
81.- Haciendo duelo por nuestras pérdidas. Elección pascual
82.- Escuchando los latidos del Corazón de Cristo. Sentir su intimidad.
85.- La fidelidad, nuestro mejor regalo para otros. Promesa de fidelidad
86.- Humildad, ego y grandeza. Importancia positiva de tener un buen ego.
88.- Felicidad y significado
89.- Piedad y recato. ¿Exhibiciones de piedad?
92.- Algunos minicredos personales
93.- Vivir en la luz. Es vivir con honestidad pura y simple. No tener nada escondido
94.- Una visión sencilla de la comunión de los santos. Mantener su recuerdo vivo.
95.- El poder de la debilidad. El niño ejerce un poder sobre nosotros, nos cambia.
96.- La nueva evangelización. Descripción de cómo se ha de realizar.
97.- Espiritualidad y el ambiente que rodea las casas de espiritualidad.
98.-.Día del Padre. El anhelo de un Padre. Principio de orden. Sostenedor. Afirma y admira
99.- Misticismo impulsa la vida.: unidad, verdad, bondad, belleza dentro del alma .
100.- Anhelo de soledad. Anhelo de difícil realización.
104.- Jesús solo a tiro de piedra. Pasó gran soledad en Getsemaní
105.- La fuerza de voluntad no es suficiente. Es necesaria la gracia.
106.- Vida nueva resucitada
107.- La soledad moral. Es necesario estar acompañados por los que tienen afinidad moral
108.- La soledad nos da una buena lección
111.- El orgullo en formas sutiles
113.-Algunas pautas para el servicio
114.- Viejos y nuevos forcejeos con la Iglesia
118.- El purgatorio como ver plenamente por primera vez
121.- Otras ovejas que no son del rebaño
122.- Las circunstancias y la necesidad nos consagran
126.- Ciencia y religión ¿reñidas?
127.- La otra cara de la ortodoxia
128.- Lo doméstico y lo monástico
130.- El misterio de dar y recibir el Espíritu
132.- Una espiritualidad de martirio
133.- Hay un tiempo para cada cosa
134.- Reconsiderando – Las directrices para un largo recorrido
135.- El éxito de nuestra imagen o apariencia
136.- No hay por qué esconderse de Dios
138.- Siguiendo a Jesús según la carta del Espíritu
139.- Madurez en las relaciones amorosas y en la oración
140.- El poder del beso o del abrazo ritual
143.- La abundancia de Dios nos invita a la generosidad
145.- Cuando tocamos fondo
146.- Sobre fariseos, potes, cazuelas y normas litúrgicas
149.- No tener celos de la generosidad de Dios con los otros
150.- La verdad nos hace libres
151.- Identidad y comunión
152.- Origen de la felicidad: actuar como Dios
153.- Una teología del deseo y la nostalgia
154.- Memoria confusa
155.- El tamaño de nuestro corazón
157.- La resurrección y el mundo físico creado
158.- Haití. ¿Dónde estaba Dios?
159.- En busca de inocencia
162.-Grandes imperativos para un discipulado maduro
163.- El envejecimiento
166.- Siete, el número de la suerte
180.- El anhelo en nuestro centro
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1.- Formas sutiles de idolatría
En mis momentos de reflexión más profunda, a veces me siento obligado a preguntarme a mí mis-
mo: ¿Me interesa Dios, realmente, o solamente me interesan las cosas relacionadas con Dios? ¿Ten-
go más interés en enseñar, hablar, escribir sobre Dios que en encontrarme de hecho con Él, de tú a tú, en
silencio y oración? ¿Me interesa más ocuparme de las cosas de Dios y de la religión, que estar recogido
y silencioso en la presencia de Dios?
Las respuestas a esas preguntas debieran ser más fáciles y más obvias de lo que son en realidad. A
primera vista parecería claramente que me interesa Dios: Trato de orar regularmente. Soy un sacer-
dote que celebra la Eucaristía cada día. Soy un teólogo y escritor que habla y escribe siempre sobre
Dios. Paso mi vida entera ocupándome de las cosas de Dios: pero, a pesar de eso, Dios no es necesaria -
mente, de hecho, el centro de estas actividades. El centro puede fácilmente estar en algún otro lugar.
Todos nos podríamos plantear esta cuestión: En nuestras actividades religiosas explícitas, ¿esta-
mos realmente interesados en tener una relación con Dios y con Jesús, o, siendo honestos, nos interesa
más una buena liturgia, una buena teología, una buena espiritualidad, una buena experiencia religiosa,
unas buenas búsquedas de oración, unas buenas prácticas pastorales, programas eclesiales exitosos, cau -
sas morales importantes, temas vitales de justicia, y recursos para facilitar la práctica religiosa? No es
que estas cosas no sean buenas, lo son; pero paradójicamente pueden convertirse precisamente en me-
dios con los que evitamos el tener que afrontar el llamado más profundo a una relación personal íntima
con Dios.
Al escritor C.S. Lewis le gusta describir esta nuestra lucha llamándola realmente por su nom -
bre, por lo que con frecuencia es: idolatría, es decir, dedicarnos a algo que es meramente piadoso o re-
lacionado con Dios, en vez de entregarnos plenamente a Dios mismo. Veamos cómo describe esto
Lewis:
En su libro “El Gran Divorcio”, el autor imagina diez escenas en las que alguien que acaba de mo-
rir es acogido, en la otra orilla, por un “ángel”. Éste intenta persuadir al recién fallecido para que le per-
mita tomarle de la mano y dirigirle al cielo. La condición para entrar en el cielo en cada caso es singular
y simple: ¡Tú sencillamente tienes que confiar en el ángel y dejarte guiar!
En una de esas escenas, Lewis describe una conversación entre uno de esos ángeles y un artista fa-
moso que justamente acaba de morir. El ángel trata de convencer al artista de ir al cielo, describiéndole
la impresionante belleza del mismo. En un principio, el artista se siente deseoso y entusiasmado, con -
templando anticipadamente con su imaginación los excelentes cuadros que podrá pintar; pero, al saber
que allí, una vez llegue al cielo, no tendrá necesidad de pintar esa belleza, se resiste y se enoja. Se supo -
ne que, más que pintar, simplemente estará inmerso en la misma belleza y gozará de ella. Así pues, el ar-
tista rehúsa ir al cielo, optando en vez permanecer allí donde puede pintar el cielo, en vez de estar dentro
de él. Pone reparos al ángel, protestando que, como artista, para él el arte mismo es un fin; “pintar por
pintar”. El ángel le replica: “La tinta, la cola y la pintura eran necesarias allá abajo (durante tu vida terre -
na), pero son también, al mismo tiempo, estimulantes peligrosos. Poetas, músicos y artistas, a no ser por
la gracia de Dios, se apartan del afecto por las cosas que cuentan, para amar simplemente el poder con -
tarlas; en el Infierno Profundo no les puede interesar Dios para nada, sino que se interesan solamente por
lo que dicen sobre Él. Y, digamos, no se trata de no estar interesado en la pintura. Bajan al abismo por
estar interesados en su propia personalidad y en nada más que no sea su propia reputación”.
Lo que afirma este ángel sobre poetas, músicos y artistas hay que afirmarlo también sobre teó-
logos, autores espirituales, sacerdotes, obispos, ministros, diáconos, liturgistas, agentes de pastoral, com-
prometidos por la justicia social, manifestantes morales de todo tipo, directores de retiros, directores es -
pirituales, líderes de grupos de oración, e incluso sobre los que, activamente y con entusiasmo, van bus-
cando profundizar en la experiencia de oración. Acecha siempre el peligro de que, como el artista que
prefiere y necesita pintar la belleza más que llegar a ser sencillamente uno con ella, nosotros también
convirtamos la actividad religiosa que estamos haciendo en un fin en sí mismo, en vez de mantener
nuestro interés y nuestro centro realmente en Dios.
Y resulta irónico que la actividad religiosa, al igual que el arte, puede constituir uno de los mayores
peligros de este tipo de idolatría. Son el predicador dotado, el gran teólogo, el liturgista brillante, el mi-
nistro enormemente popular y el obispo o administrador maravillosamente hábiles quienes experimenta-
rán la lucha mayor. Como dice Lewis: “No fabricáis demonios de malos ratones o de malas pulgas, sino
de malos arcángeles”. La falsa religión de la codicia o de la lujuria es más vil que la falsa religión del
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amor materno, del patriotismo o del arte; pero es mucho menos probable que convirtamos la lujuria o la
codicia en religión.
Cada vez que vayamos a la oración, o a ejercer nuestro ministerio, o a hacer algo religioso, es bue-
no preguntarnos a nosotros mismos: ¿De quién o de qué se trata, realmente?
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Nuestro problema es que no contemplamos porque estamos convencidos de que no hay nada que valga
la pena de contemplar. Hemos echado un vistazo y ya sabemos lo que hay allí. Y así Dios se vuelve para no-
sotros no tanto un fuego sagrado cuanto una compleja ecuación que hemos entendido más o menos.
Por esta razón a menudo nos quedamos bloqueados en un cierto nivel de agnosticismo, de cuestiona -
miento. Nos preguntamos, buscamos hacemos preguntas valientes hasta un cierto punto - el punto en el que
los caminos de Dios ya no son nuestros caminos, el punto en el que nuestro entendimiento se seca y la fe tie -
ne que tomar el mando, el punto en el que entra el misterio y se nos pide que quitarnos los zapatos ante él.
Ahí dejamos de cuestionarnos.
Pero la fe nunca nos exige que dejemos de hacer preguntas difíciles. Exige lo contrario, es decir, que
persistamos en nuestro cuestionamiento (más allá de los límites establecidos por la moda intelectual y el em -
pirismo de nuestra era) hasta que nuestra locura se convierta en sabiduría.