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09 Mar 24

El documento presenta reflexiones sobre la relación con Dios, enfatizando que la verdadera humildad y dependencia de la misericordia divina son más valiosas que los sacrificios y rituales. A través de la parábola del fariseo y el publicano, se ilustra que la justificación ante Dios proviene de reconocer la propia miseria y buscar su compasión. Se concluye que el amor y la humildad son fundamentales en la vida espiritual, superando la mera observancia de normas.

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09 Mar 24

El documento presenta reflexiones sobre la relación con Dios, enfatizando que la verdadera humildad y dependencia de la misericordia divina son más valiosas que los sacrificios y rituales. A través de la parábola del fariseo y el publicano, se ilustra que la justificación ante Dios proviene de reconocer la propia miseria y buscar su compasión. Se concluye que el amor y la humildad son fundamentales en la vida espiritual, superando la mera observancia de normas.

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1️⃣

SÁBADO 9 DE MARZO DE 2024.

Antes de las 4:00p.m.

Sábado de la III Semana de Cuaresma feria // Misa de la feria, Prefacio de


Cuaresma.

1️ª Lectura: Os 6,1️b-6; Salmo: Sal 50; Evangelio: Lc 1️8,9-1️4.

¿PODEMOS CALCULAR NUESTRA RELACIÓN CON DIOS?

Los números, las matemáticas y el cálculo son realidades completamente


humanas. Sin embargo, cuando las utilizamos para nuestra relación con Dios
pueden ser “arriesgadas”. Es lo que ejemplifica el personaje del fariseo en
nuestro Evangelio. Cuenta los ayunos que hace, computa el porcentaje de las
compras que paga como diezmos, y suma todo para calcular su santidad. No
hay razón para dudar de su sinceridad. El problema es que pone su confianza
en esos esfuerzos suyos que enumera tan cuidadosamente. El otro personaje,
el cobrador de impuestos, evita el cálculo que probablemente hace cada día
en el trabajo opresivo en que se encuentra atrapado. Simplemente depende
de la misericordia divina. Claro que estos dos son figuras estereotipadas, pero
demuestran, una de manera negativa y la otra de manera positiva, la actitud
correcta hacia Dios, a saber, golpeándonos en el pecho y pidiendo misericordia.

Santa Francisca Romana, religiosa conmemoración // Misa de la memoria:


se dice la oración colecta propia y el resto de la feria.

Santa Francisca, religiosa, que casada aún adolescente, vivió cuarenta años en
matrimonio, siendo excelente esposa y madre de familia, admirable por su
piedad, humildad y paciencia. En tiempos calamitosos distribuyó sus bienes
entre los pobres, asistió a los atribulados y, al quedar viuda, se retiró a vivir
entre las oblatas que ella había reunido bajo la Regla de san Benito, en Roma.
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LITURGIA DE LAS HORAS: de la feria.

Después de las 4:00 p.m.

IV Semana de Cuaresma

Misa Vespertina del IV Domingo de Cuaresma: Laetare Ierusalem

LITURGIA DE LAS HORAS: TOMO II; SEMANA IV DEL SALTERIO; I Vísperas


del Domingo.

2⃣

PRIMERA LECTURA

Yo quiero misericordia y no sacrificios.

Del libro del profeta Oseas: 6, 1️-6:

Esto dice el Señor: “En su aflicción, mi pueblo me buscará y se dirán unos a


otros: Vengan, volvámonos al Señor; él nos ha desgarrado y él nos curará; él
nos ha herido y él nos vendará. En dos días nos devolverá la vida, y al tercero,
nos levantará y viviremos en su presencia. Esforcémonos por conocer al Señor;
tan cierta como la aurora es su aparición y su juicio surge como la luz; bajará
sobre nosotros como lluvia temprana, como lluvia de primavera que empapa
la tierra. ¿Qué voy a hacer contigo, Efraín? ¿Qué voy a hacer contigo, Judá? Su
amor es nube mañanera, es rocío matinal que se evapora. Por eso los he
azotado por medio de los profetas y les he dado muerte con mis palabras.
Porque yo quiero misericordia y no sacrificios, conocimiento de Dios, más que
holocaustos.”

COMENTARIO

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Ésta es la fórmula que debería recitar Israel si se llegara a convertir, fórmula


que es al mismo tiempo proyecto de vida. Pero, ¿qué sucede? En la dificultad
se acuerdan del Señor y le prometen su adhesión; sin embargo, la promesa
desaparece como «nube mañanera», como «rocío que se evapora al alba» (4).
Por eso no hay respuesta positiva del Señor, porque ellos creen que con
sacrificios y ritos externos lo van a conmover, cuando lo que manifiestan es, en
realidad, un total desconocimiento de Dios, pues su vida no es coherente con
la voluntad del Dios liberador (6).

3⃣

SALMO RESPONSORIAL

Del salmo 50, 3-4. 1️8-1️9. 20-21️ab

R/. MISERICORDIA QUIERO, NO SACRIFICIOS, DICE EL SEÑOR.

Por tu inmensa compasión y misericordia, Señor, apiádate de mí y olvida mis


ofensas. Lávame bien de todos mis delitos, y purifícame de mis pecados. R/.

Tú, Señor, no te complaces en los sacrificios y si te ofreciera un holocausto, no


te agradaría. Un corazón contrito te presento, y a un corazón contrito, tú nunca
lo desprecias. R/.

Señor, por tu bondad, apiádate de Sión, edifica de nuevo sus murallas. Te


agradarán entonces los sacrificios justos, ofrendas y holocaustos. R/.

COMENTARIO

El hombre, ante Dios, tiene que reconocer su propia «injusticia» e invocar la


misericordia; entonces Dios le da su propia justicia, lo «justifica», que es lo
mismo que salvarlo. Este es el gran juicio de Dios, juicio que comienza
acusando, obligando al hombre a una especie de muerte o sacrificio espiritual,
para salvarlo desde esa profundidad. En el gran juicio de Cristo, Dios quiere
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que su Hijo se haga solidario del hombre, hasta la última consecuencia del
pecado, que es la muerte. Pero el Padre salva a su Hijo, demostrando la
«justicia» de Jesucristo y convirtiéndolo en nuestra justicia. Este juicio de
Cristo, que es muerte y resurrección, se repite en el juicio de la penitencia
cristiana.

4⃣

EVANGELIO

El publicano regresó a su casa justificado y el fariseo no.

Del santo Evangelio según san Lucas: 1️8, 9-1️4

En aquel tiempo, Jesús dijo esta parábola sobre algunos que se tenían por
justos y despreciaban a los demás: “Dos hombres subieron al templo para orar:
uno era fariseo y el otro, publicano. El fariseo, erguido, oraba así en su interior:
Dios mío, te doy gracias porque no soy como los demás hombres: ladrones,
injustos y adúlteros; tampoco soy como ese publicano. Ayuno dos veces por
semana y pago el diezmo de todas mis ganancias. El publicano, en cambio, se
quedó lejos y no se atrevía a levantar los ojos al cielo. Lo único que hacía era
golpearse el pecho, diciendo: Dios mío, apiádate de mí, que soy un pecador.
Pues bien, yo les aseguro que éste bajó a su casa justificado y aquél no; porque
todo el que se enaltece será humillado y el que se humilla será enaltecido.”

COMENTARIO

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Esta nueva parábola de Jesús va dirigida a «algunos que se tenían por justos y
despreciaban a los demás» (9). Quienes se creían buenos y justos lo hacían a
partir de una serie de normas y preceptos que cumplían a cabalidad, y desde
aquí se sentían con todo el derecho de presentar en su oración una especie de
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«cuenta de cobro» a Dios por las cosas buenas que hacían. Jesús desenmascara
esta actitud y abiertamente declara justificado al hombre que delante de Dios
se siente absolutamente indigente, necesitado del amor y de la compasión
divinos. El otro no logra esa justificación, no porque Dios se la niegue, sino
porque cree que no la necesita y por tanto, no la pide.

5⃣

MEDITACIÓN

EL QUE SE HUMILLA...

«¡Oh Señor!, tú salvas al humilde y humillas a los altaneros» (Sal 1️8, 28).

1️) La parábola del fariseo y del publicano la contó el Señor «por algunos que,
teniéndose por justos, se sentían seguros de sí mismos y despreciaban a los
demás» (Lc 1️8, 9). Es fácil para el hombre caer en esta tentación, y puede serlo
particularmente para aquellos que hacen profesión de vida devota. El hecho
de observar la ley de Dios, de practicar los ejercicios de piedad, de hacer
limosnas, y tal vez algunas penitencias, puede suscitar en un espíritu no
purificado de orgullo un cierto sentido de suficiencia: un presentarse a Dios
con la cabeza erguida, con la secreta convicción de tener cierto derecho a ser
escuchado con preferencia a tantos otros que son «ladrones, injustos,
adúlteros» (ibid 1️1️). Pero Dios piensa de distinta manera, y sobre el fariseo
lleno de sí, da la preferencia al publicano, que es pecador, pero humilde: «no
se atrevía ni a levantar los ojos al cielo; sólo se golpeaba el pecho diciendo:
"¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador"» (ibid 1️3). A juzgar por su
conducta externa, la postura moral del fariseo es, sin duda alguna, mejor que
la del publicano; pero lleva en su corazón el gusano del orgullo que mata a la
caridad: este hombre no ama a Dios, ni al prójimo. En lugar de alabar a Dios y
testimoniarle su amor, se ama a sí mismo y ama la propia excelencia; en vez de
amar al prójimo, desprecia al publicano. Tampoco en este último existe la
caridad, porque el desorden moral la ha destruido; pero hay humildad: es
consciente de su miseria, se duele de ella, se arrepiente, invoca la misericordia
de Dios. Y Dios, que ve los sentimientos sinceros de su corazón, le justifica; la
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humildad realiza el gran milagro: le restablece en la caridad. Con el fariseo


acaece lo contrario: permanece cerrado en su orgullo, y la gracia de Dios no le
alcanza. «Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla
será enaltecido» (ibid 1️4). La parábola es una vigorosa llamada al valor de la
humildad, que ninguna otra virtud moral puede suplir. La oración misma no le
es agradable a Dios, si no sale de un corazón humilde que reconoce con
sencillez y franqueza la propia miseria en presencia del Altísimo.

2) «Dios resiste a los soberbios, pero a los humildes da la gracia» (Sant 4, 6).
He aquí toda la importancia de la humildad; limpia el corazón humano del
orgullo, del amor propio, y le abre a Dios, a su amor, a su gracia. La santidad
consiste en el amor, porque sólo el amor puede unir al hombre con Dios; sin
embargo, la humildad es su fundamento, porque prepara el terreno a la
caridad, cava los cimientos. La humildad es al amor lo que los cimientos son al
edificio. Cavar los cimientos de una casa no es construirla, pero es el trabajo
preliminar. Cuanto más profundos son los cimientos, cuanto más firmes, tanta
mayor altura puede alcanzar la casa sin peligro de venirse abajo. «La humildad
—dice santa Teresa de Ávila— es el cimiento del edificio [de la vida espiritual];
y si no hay ésta muy de veras, aun por vuestro bien no querrá el Señor subirlo
muy alto, porque no dé todo en el suelo» (7 M 4, 8).

A medida que la humildad va vaciando al alma de las vanas y orgullosas


pretensiones del propio yo, va dando lugar a Dios. Y cuando la persona
espiritual «viniere a quedar resuelta en nada, que será la suma humildad,
quedará hecha la unión espiritual entre el alma y Dios, que es el mayor y más
alto estado a que en esta vida se puede llegar» (san Juan de la Cruz, 2 S 7, 1️1️).
En consecuencia, cuanto más alto es el ideal de santidad y de unión con Dios a
que el hombre aspira, tanto más debe descender, es decir, cavar en sí mismo
el abismo de la humildad que atrae el abismo de la misericordia infinita. Es
necesario, por lo tanto, humillarse «bajo la poderosa mano de Dios» (1️Pe 5, 6),
reconocer sinceramente la propia nada, tomar conciencia de la propia
indigencia; y quien quiera gloriarse, que se gloríe solo —como dice san Pablo—
de sus debilidades, para que habite en él la fuerza de Cristo. Pues cuando el
hombre es débil y se reconoce tal, entonces es cuando es fuerte (2Cor 1️2, 9-
1️0).
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El sublime ideal de la unión con Dios supera totalmente la capacidad humana;


si el hombre puede aspirar a ella, no es porque pueda confiar en sus propias
fuerzas, sino sólo porque confía en la ayuda de Dios, el cual «ensalza a los
humildes; a los hambrientos los llena de bienes, y a los ricos los despide vacíos»
(Lc 1️, 52-53).

6⃣

ORACIÓN

¡Oh Señor!, ¿qué bien he merecido yo, pecador? ¿Qué bien he merecido yo,
inicuo? De Adán procede Adán, y de Adán se originan muchos pecados. Soy
hijo de Adán..., y con mi mala vida he añadido pecados al pecado de Adán.
¿Qué bien merecía yo, que era otro Adán? Con todo, tú, el Misericordioso, me
amaste, no por mi hermosura, sino para hacerme hermoso. (In Ps, 1️32, 1️0). Si
busco lo que de mí hay en mí, hallo el pecado. Si busco lo que de mí hay en mí,
hallo la mentira. Fuera del pecado, todo lo que encuentre en mí es tuyo. (Sr 32,
1️0).

No a mí, ¡oh Señor!, sino a tu nombre daré gloria. Vivifícame por tu nombre,
Señor: según tu justicia, no según la mía; no porque lo haya merecido, sino
porque tú eres misericordioso. Si yo presentase mi mérito, no merecería de ti
otra cosa sino el suplicio. Arrancaste de raíz mis méritos e introdujiste tus
dones. (San Agustín, In Ps 1️42, 1️8).

7⃣

CONTEMPLACIÓN

¡Oh Rey del cielo!, no hay dama que así te haga rendir como la humildad. Esta
te trajo del cielo en las entrañas de la Virgen, y con ella te traeremos nosotras
de un cabello a nuestras almas. Y quien más humildad tuviere, más te tendrá,
y quien menos, menos. (Cf. Santa Teresa de Jesús, C. 1️6, 2).
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8⃣

Es amor lo que Dios espera de mí, no una lista interminable de cumplimientos.

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