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El Perdon

El perdón es un acto de liberación y reconciliación que implica renunciar a resentimientos y es fundamental en la vida cristiana, reflejando la naturaleza de Dios. Perdonar no es solo un acto único, sino un estilo de vida que trae bendiciones espirituales y paz. La verdadera enseñanza de Jesús sobre el perdón nos insta a amar y orar por nuestros enemigos, y a perdonarnos a nosotros mismos para experimentar el gozo de la salvación.

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El Perdon

El perdón es un acto de liberación y reconciliación que implica renunciar a resentimientos y es fundamental en la vida cristiana, reflejando la naturaleza de Dios. Perdonar no es solo un acto único, sino un estilo de vida que trae bendiciones espirituales y paz. La verdadera enseñanza de Jesús sobre el perdón nos insta a amar y orar por nuestros enemigos, y a perdonarnos a nosotros mismos para experimentar el gozo de la salvación.

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El perdón se refiere a la acción de liberar a alguien de la

culpa y la condena por sus acciones.


El perdón es un acto de liberación y reconciliación que implica
renunciar a resentimientos, enojos y deseos de venganza
hacia alguien que nos ha hecho daño.
El perdón es un tema central en la Biblia y en la vida cristiana.
Es crucial para nuestra relación con Dios y con los demás.
Con respecto a Dios el perdón se considera un acto de amor
y gracia divina, que Dios otorga a aquellos que se arrepienten
y buscan su perdón.

Colosenses 3:13 DHH-CP


13
Tened paciencia unos con otros y perdonaos si alguno tiene
una queja contra otro. Así como el Señor os perdonó,
perdonad también vosotros.

La gracia de Dios se refiere a la bondad y el favor que Dios


otorga a las personas, incluso cuando no lo merecen.
En el contexto del perdón, la gracia de Dios se manifiesta en
que Dios perdona a las personas a pesar de sus errores y
pecados, lo que significa que no castiga a las personas por lo
que merecen, sino que les da una oportunidad de
arrepentirse y cambiar su comportamiento.

El Poder del Perdón

Perdonar no es un acto de una sola vez, sino un estilo de


vida, cuyo propósito es el de adentrarnos en cada bendición
en Cristo. “Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos,
bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os
odian y orad por los que os ultrajan y os persiguen, para que
seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos,” (Mateo
5:44-45).

De acuerdo a Jesús, el perdonar no es asunto de escoger o


seleccionar a quien perdonaríamos. No podemos decir, “Me
has herido demasiado, por lo tanto no te puedo perdonar.”
Cristo nos dice, “Si amáis a los que os aman, ¿qué
recompensa tendréis? ¿No hacen también lo mismo los
publicanos?” (5:46)

No importa contra quien sea nuestro rencor. Si nos aferramos


a él, nos llevará al resentimiento que envenenará cada
aspecto de nuestras vidas. El no perdonar trae hambruna
espiritual, debilidad y una perdida de fe, afligiendo no
solamente a nosotros sino también a todos en nuestro circulo.

A través de los pasados 50 años de ministerio, he visto


terrible devastación en las vidas de quienes no perdonan.
Una vez vi a un hombre caerse muerto en una ataque de
amargura, causado por rehusarse a perdonar. Alguien le
había reprochado, y el nunca pudo dejar el dolor. Un minuto
estaba furioso sobre ello, sus puños cerrados, y sobrecogido
por todo ello, su cuerpo sin vida cayo sobre su escritorio.

Sin embargo, he visto el poder glorioso de un espíritu que


perdona. Perdonar transforma vidas, haciendo que las
ventanas del cielo se abran. Llena nuestra copa de
bendiciones espirituales hasta el borde, con abundante paz,
gozo y descanso en el Espíritu Santo. La enseñanza de
Jesús sobre este tema es muy especifico, y si quieres
moverte en esta maravillosa esfera de bendición, entonces
presta atención y acepta sus palabras.

1. El perdonar a los otros no tiene merito con Dios.


Jesús nos dice, “Por tanto, si perdonáis a los hombres sus
ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre
celestial; pero si no perdonáis sus ofensas a los hombres,
tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas.”
(Mateo 6:14-15). No te equivoques; Dios no esta haciendo un
trato con nosotros aquí. El no está diciendo, “Porque has
perdonado a otros, te perdonaré. Nunca podremos
merecernos el perdón de Dios. Solamente la sangre
derramada por Cristo merece el perdón del pecado.

Mas bien, Cristo, en esencia, está diciendo, “La confesión


total del pecado requiere que perdones a otros. Si te aferras a
cualquier falta de perdón, entonces no has confesado todos
tus pecados. El arrepentimiento verdadero requiere confesar
y olvidar cualquier ofensa, crucificando cada rastro de
resentimiento contra otros. Cualquier cosa menos, no es
arrepentimiento.”

Esto va mano en mano con su Beatitud del mismo sermón:


“Bienaventurados los misericordiosos, porque alcanzarán
misericordia.” (Mateo 5:7) Su punto: Perdona a otros, para
que puedas moverte hacia la bendición y gozo de ser hijo de
Dios. Entonces Dios puede derramar sobre ti muestras de su
amor. Ciertamente, cuando Jesús dice, “Amad y bendecid a
quienes os maldicen, para que así sean los hijos del Padre
Celestial.” (ver 5:44-45), el nos esta diciendo: “El perdón
refleja la verdadera naturaleza de los hijos de Dios. Cuando
perdonas, estás revelando al mundo la naturaleza del Padre.”

“Amad, pues, a vuestros enemigos, haced bien,… no


esperando de ello nada; [a cambio] y vuestra recompensa
será grande, y seréis hijos del Altísimo, porque él es benigno
para con los ingratos y malos. Sed, pues, misericordiosos,
como también vuestro Padre es misericordioso. … perdonad
y seréis perdonados. Dad y se os dará; … porque con la
misma medida con que medís, os volverán a medir.” (Lucas
6:35-38).

2. Estamos ordenados a perdonar a nuestros enemigos.


Según Jesús, un enemigo es alguien que te ha maldecido,
odiado usado o perseguido (vea Mateo 5:44). Por su
definición, tenemos enemigos no solamente en el mundo,
sino que también en la iglesia, y quizás también hasta en la
tumba.

Hablé con una mujer cristiana que por años había llevado
falta de perdón contra su padre. Él había fallecido hacia
mucho tiempo, pero ella no era capaz de perdonarlo por los
años de abuso. Esto causó que raíces de resentimiento
crecieran en ella, y la afectó su vida entera. Su gozo en Cristo
había disminuido, y cada vez que oraba los cielos parecían
metal. Últimamente su angustia se acrecentaba, sintiendo un
tumulto creciendo dentro de ella.

Así que comenzó diligentemente a leer la Palabra de Dios, y


las palabras de Jesús en estos pasajes la convencieron.
Lentamente comenzó a dejar todo su resentimiento. Hoy, esta
mujer camina en la esfera de la bendición, porque ella
encontró fortaleza en Cristo para perdonar a su padre. Ella
me dijo, “Le entregue ese espíritu de falta de perdón al Señor,
y no te puedo decir el gozo que ha sido liberado en mi vida.
Le doy gracias a Dios, que he visto el poder del perdón.”

Pienso en el terrible dolor causado por el divorcio y el


resentimiento que le sigue. Muchos que han atravesado por
un divorcio dicen que es peor que una muerte, porque a
menudo torna amantes y amigos en amargos enemigos.
Nuestro ministerio recibe cartas trágicas de hombres y
mujeres cristianos cuyos cónyuges abandonaron el
matrimonio, tornándose odiosos y atentando en destruir lo
que queda de la familia.
Según la Palabra de Dios, hay cuatro requerimientos para
completar el perdón:

1. Pablo primero resume dos requerimientos para el perdón.


“Soportaos unos a otros y perdonaos unos a otros, si alguno
tiene queja contra otro. De la manera que Cristo os perdonó,
así también hacedlo vosotros.” (Colosenses 3:13, itálicos
mío). Soportando y perdonando son dos asuntos distintos.
Soportando quiere decir cesando de todos los actos y
pensamientos de venganza. Dice, en otras palabras, “No
tomes asuntos en tus propias manos. En vez, soporta el
dolor. Rinde el asunto y déjalo quieto.”

Pero soportando no es un concepto solo del Nuevo


Testamento. Proverbios nos dice, “No digas: “Haré con él
como él hizo conmigo; pagaré a ese hombre según merece
su obra” (Proverbios 24:29). Recibimos un ejemplo poderoso
de esta advertencia en la vida de David.

En 1 Samuel 25, encontramos a David en una rabia vengativa


hacia un hombre malvado llamado Nabal. David y sus
hombres habían protegido las ovejas de Nabal por varios
meses, y durante ese tiempo no se llevaron ni una sola oveja.
Ahora bien, David estaba huyendo de Saúl, con sus hombres
y sus familias amontonados en una cueva, hambrientos. Así
que David mandó a algunos de sus hombres a preguntarle a
Nabal si podía prescindir de algunas ovejas para ellos.

Pero Nabal se rió, diciendo, “¿Quién es David? El no es nada


más que un sirviente fugado.” Cuando David oyó esto, se
puso rabioso, maldiciendo, “Me las pagará.” Entonces reunió
a 200 hombres y marchó hacia el campamento de Nabal para
matarlo.

Pero la esposa de Nabal, Abigail, se enteró, y rápidamente


intervino. Empacó a su mula con comida y corrió a interceptar
a David, deteniendo al guerrero con estas palabras: “No
busques venganza por tu propia mano, David. Deja que el
Señor pelee tu batalla. El se encargará de tus enemigos.
Soporta, ahora y continuaras envuelto en el abrigo de la vida
con tu Señor. Estas destinado a ser rey de Israel. Pero si
tratas de vengarte, vivirás para lamentarlo.”

David sabía que este consejo era del Señor. Así que le dio
gracias a Abigail y retrocedió diciéndole, “Me has salvado de
tomar venganza en mis propias manos.” Cuando Nabal
falleció poco después, David alabó al Señor por su
intervención: “Señor, imploraste la causa de mi reproche. No
permitiste que me vengara por mí mismo.”

David tuvo otra oportunidad para venganza fácil, cuando


encontró al que lo perseguía, Saúl en una cueva, en la cual
David mismo estaba escondido. Los hombres de David le
urgieron, “Esto es obra de Dios. Él ha entregado a David en
tus manos. Mátalo ahora, y toma venganza. Pero David
perseveró, y en vez de eso, corto un pedazo de la vestimenta
de Saúl, para luego poder probar que pudo haberlo matado.
Tales acciones sabias son la manera de Dios de avergonzar
a nuestros enemigos, y ese fue el caso cuando David le
enseñó a Saúl la vestimenta. Saúl respondió, “Más justo eres
tú que yo, que me has pagado con bien, habiéndote yo
pagado con mal” (1 Samuel 24:17). El corazón resentido de
Saúl hacia David se había derretido ahora.

Ese es el poder del perdón; avergüenza a los enemigos


odiosos, porque el corazón humano no puede entender tal
respuesta pura y amorosa.

2. Además de soportar, debemos perdonar de corazón.


Ahora llegamos a perdonar, que abarca otros dos
mandamientos: 1. amar a nuestros enemigos y 2. orar por
ellos. “Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid
a los que os maldicen, haced bien a los que os odian y orad
por los que os ultrajan y os persiguen,” (Mateo 5:44)

Un viejo predicador sabio dijo, “Si puedes orar por tus


enemigos, puedes hacer todo lo demás.” He encontrado que
esta es la verdad en mi propia vida. Al orar por aquellos que
me han herido, Cristo empieza a quitar mi dolor, mi deseo de
defenderme, y mi deseo carnal de vengarme. Y mientras él
hace esto, soy impulsado a preguntar, “Señor, ¿qué quieres
que haga para reparar esta relación?” A veces su instrucción
es hacer una llamada telefónica, escribir una carta, o
reunirme con la persona cara a cara. Cuando hago lo que me
instruye mi alma se empapa en su paz.

Claro, Jesús nunca dijo que el trabajo de perdonar sería fácil.


Cuando ordenó, “Ama a tus enemigos, “ la palabra griega
para “amar” no significa “afecto” sino “entendimiento moral.”
Simplemente, perdonando a alguien no es asunto de revolver
afecto humano, sino hacer una decisión moral para quitar el
odio de nuestros corazones.

Imagínate el profundo, profundo dolor de un joven que


escribió el relato de su vida cuando aplicó a nuestra escuela
Bíblica. Sus padres se divorciaron cuando el era muy joven, y
su madre tomó la custodia suya y su hermano. Entonces,
cuando tenía cuatro años de edad, su madre empacó dos
maletas pequeñas, las puso fuera de la puerta de su casa, y
le dijo a los niños, “Nunca mas regresen.” Los hermanos
fueron dejados sentados en la acera, confundidos y heridos.
Eventualmente, el padre vino y los recogió, y por años este
niño odiaba a la madre porque ella no lo quería. Soportó años
de resentimiento, sin poder perdonarla.

Entonces, a la edad de 13 años, fue a un campamento de la


iglesia, donde le entregó su vida a Cristo. Dios le habló
entonces diciendo, “Si perdonas a tu madre y empiezas a orar
por ella, la cambiaré. Él empezó a orar, y el Señor lentamente
cambió su corazón hacia su madre. Empezó a amarla, y en
seis meses su madre se entregó a Cristo.

Me llena de gozo que este joven esta matriculado en nuestra


escuela, queriendo ser un evangelista. Él sabe de primera
instancia el poder increíble del perdón.

3. También debemos aprender a perdonarnos.


Para mí, esta es la parte más difícil del perdón. Como
cristianos, somos rápidos en ofrecer la gracia de nuestro
Señor al mundo, pero a menudo la repartimos
miserablemente hacia nosotros mismos.

Considera al Rey David, quien cometió adulterio y entonces


mató al esposo para cubrir su ofensa. Cuando su pecado fue
expuesto, David se arrepintió, y el Señor envió al profeta
Natán para decirle, “Tu pecado ha sido perdonado.” Más,
aunque David sabía que había sido perdonado, había perdido
su gozo. Él oró, “Hazme oír gozo y alegría, y se recrearán los
huesos que has abatido…… Devuélveme el gozo de tu
salvación y espíritu noble me sustente.” (Salmo 51:8, 12)

¿Por qué estaba David tan perturbado? Este hombre había


sido justificado ante el Señor, y tenía paz a través de la
promesa del perdón de Dios. Pero, es posible tener tus
pecados borrados del Libro de Dios, pero no de tu conciencia.
David escribió este Salmo porque quería que su conciencia
dejara de condenarlo por sus pecados. Y David simplemente
no podía perdonarse. Ahora estaba soportando la penalidad
por aferrarse a la falta de perdón – una falta dirigido hacia sí
mismo – y eso es una perdida del gozo. Ves, el gozo del
Señor viene a nosotros solo como el fruto de aceptar su
perdón.
Años atrás, fui grandemente impactado por la biografía de
Hudson Taylor, el fundador de la misión Interior China. Taylor
fue uno de los misioneros más efectivos en la historia, un
hombre de Dios de oración que estableció iglesias a través
del vasto interior de China. Sin embargo, ejerció el ministerio
por años sin gozo. Él estaba deprimido sobre sus luchas,
agonizando sobre ansias secretas y pensamientos de
incredulidad. En su correspondencia a su hermana en
Londres, confesó, “Estoy plagado de pensamientos que no
son agradables al Señor. Peleo tantas batallas en mi mente y
espíritu. Me odio a mismo, mi pecado, mi debilidad.”

Entonces, en 1869, Husdon experimentó un cambio


revolucionario. El vio que Cristo tenia todo lo que necesitaba,
pero ninguna de sus propias lagrimas o arrepentimiento
podían descargar esas bendiciones en el. Le dijo a su
hermana, “No sé como obtener todo lo que Cristo prometió en
mi vasija.” Taylor reconoció que había solo un camino a la
plenitud en Cristo: a través de la fe. Cada pacto que Dios hizo
con el hombre requirió fe. Así que Taylor determino motivar
su fe, más sin embargo, aun este esfuerzo resultó en vano.
Finalmente, en su hora más oscura, el Espíritu Santo le dio
una revelación: la fe proviene no del esfuerzo, sino
descansando en las promesas de Dios. Ese es el secreto
para obtener las bendiciones de Cristo.

Ahora Taylor empezó a recitar las promesas de Jesús, una y


otra vez: “Habita en mi, y darás fruto.” “No te dejaré ni
abandonaré.” “Si no crees, me mantengo fiel.” Taylor desistió
de tratar de imitar a Cristo y en vez empezó a descansar en la
promesa de Jesús de continua unión con él. Le escribió a su
hermana, “Dios me ve como muerto y enterrado en la Cruz,
donde Cristo murió por mí. Y ahora me pide que me vea
como él me ve. Así que descanso en al victoria que su sangre
ganó para mí, y lo doy por hecho. Soy tan capaz de pecar
como nunca, pero ahora veo a Cristo conmigo como nunca
antes. Al confesar mis pecados rápidamente, creo que son
instantáneamente perdonados.”

Taylor se perdonó de los pecados que Cristo había dicho que


ya había arrojado al mar. Y porque descanso en las
promesas de Dios, pudo ser un siervo gozoso, continuamente
arrojando todos sus cuidados sobre el Señor. Esto es cuando
todos entramos en el pacto con Dios: tan pronto como
descansamos en su Palabra para nosotros, dependiendo en
sus promesas.

Tengo una pregunta final para ti.


Crees que tus pecados de los pasados años y meses han
sido perdonados. Los has confesado y aceptado la promesa
del perdón de Dios. ¿Pero crees lo mismo de los pecados de
ayer? Como Hudson Taylor, ¿los confesaste rápidamente y
creíste que fueron inmediatamente perdonados?

Dios nunca pone un limite de tiempo entre el momento de


nuestra confesión y su perdón. “El día que clamé, me
respondiste; fortaleciste el vigor de mi alma.” (Salmo 138:3).
“No recuerdes contra nosotros las maldades de nuestros
antepasados. ¡Vengan pronto tus misericordias a
encontrarnos,” (Salmo 79:8). La palabra hebrea para
“rápidamente”, aquí significa, “Envía tu compasión,
rápidamente, aun ahora.”

Dime, ¿cómo son tus mañanas? ¿Despiertas con una nube


negra sobre tu cabeza? ¿Tienes sentimientos de culpa, e
inmediatamente comienzas a repasar tus faltas? ¿Son tus
primeros pensamientos, “Soy tan débil y pecaminoso?” Aquí
tienes lo que dice la Palabra de Dios sobre como deberían
ser tus mañanas: “Cantad a Jehová, bendecid su nombre.
Anunciad de día en día su salvación;” (96:2). Las
misericordias de Dios son nuevas cada mañana. Así, que no
importa lo que hiciste ayer, o aun en esta misma hora,
cuando lo confiesas sinceramente todo esta bajo la sangre
limpiadora de Cristo.

Si crees en sus misericordias de momento a momento -- si


confías que Él está más dispuesto a perdonarte que tú lo
estás de confesarte – entonces levántate en la mañana y dile
al diablo, “Este es el primer día del resto de mi vida. Estoy
dejando atrás esas cosas en el pasado – todas mis pasadas
derrotas y pecados – y sigo hacia delante hoy, con un nuevo
comienzo. ¡Hoy es día de la salvación del Señor!

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