DIPLOMADO INTERNACIONAL EN DERECHOS DE LA MUJER
EMPODERAMIENTO
Poder y empoderamiento
El uso acrítico que se suele hacer del término 'empoderamiento' en la teoría y
la práctica del desarrollo oculta un concepto problemático. Muchos
trabajadores y responsables de políticas de desarrollo se habrán encontrado
con esta expresión en la obra de Caroline Moser (1989) sobre el análisis de
género. Sin embargo, el desarrollo no es el único contexto en el que se
emplea. Actualmente oímos hablar del empoderamiento incluso a políticos
convencionales como Bill Clinton o John Major. Su uso en algunas disciplinas
especialmente en educación de adultos, trabajo comunitario y trabajo social es
relativamente más avanzado, aunque también en estos ámbitos se podría
tener más claridad respecto al concepto y a sus aplicaciones.
Parte de la confusión surge porque el concepto raíz el poder es también objeto
de polémica, y así se entiende y se experimenta de distinta forma por
diferentes personas. De hecho, puede que quien invoca el 'empoderamiento'
no sea consciente de las posibilidades de suscitar malentendidos que encierra
este término. El poder viene siendo objeto de numerosos debates en todas las
ciencias sociales (1). Algunas definiciones se centran, con diferentes grados
de sutileza, en la capacidad de que dispone una persona o un grupo para
lograr que otra persona o grupo haga algo en contra de su voluntad. Este
'poder' se ubica en los procesos de toma de decisiones, en el conflicto y la
fuerza, y podría describirse como poder 'de suma cero': cuanto más poder
tiene una persona, menos tiene la otra. Otras definiciones distinguen entre
varios tipos de poder, que se entiende que sirven a distintos propósitos y
tienen diferentes efectos en o sobre la sociedad.
Entre ellos se incluyen el 'poder de amenaza', el 'poder económico', el 'poder
integrador' o'el poder para crear relaciones como el amor, el respeto, la
amistad o la legitimidad, entre otros' (2).
La mayor parte de los marcos conceptuales para entender el poder parecen
ser 'neutrales'; es decir, no hacen mención a cómo se distribuye realmente el
poder dentro de una sociedad. Tampoco consideran las dinámicas de poder
que afectan al género o a la raza, a la clase, ni a ningún otro factor de
opresión. Esta ausencia es abordada por varias teóricas feministas (3).
Convencionalmente, el poder se define en relación con la obediencia el 'poder
sobre', ya que se considera que ciertas personas tienen control o influencia
sobre otras. Un análisis de género muestra que el 'poder sobre' lo ejercen
predominantemente los hombres sobre otros hombres, los hombres sobre las
mujeres, y los grupos sociales, políticos, económicos o culturales dominantes
sobre los que están marginados. Es, por tanto, un instrumento de dominación,
cuyo uso puede verse en la vida personal de la gente, en sus relaciones más
próximas, en sus comunidades y más allá de ellas.
Este tipo de poder puede ejercerse de una manera muy sutil. Diversas
autoras feministas han descrito la forma en que las personas a las que se
niega sistemáticamente el poder y la influencia en la sociedad dominante
interiorizan los mensajes que reciben sobre cómo se supone que tienen que
ser, y cómo estas personas llegan a creer que esos mensajes son ciertos
(4). Esta 'opresión interiorizada' se adopta como n u mecanismo de
supervivencia, pero se convierte en algo tan arraigado que sus efectos se
confunden con la realidad. De este modo, por ejemplo, una mujer que es
sometida a abusos violentos cuando expresa sus propias opiniones, puede
comenzar a abandonarlas, y finalmente llegará a creer que no tiene
opiniones propias.
Cuando el control se interioriza de esta forma, el uso abierto del 'poder sobre'
deja de ser necesario.
La definición de poder en términos de dominación y obediencia contrasta
con aquella otra que define el poder en términos generativos; por ejemplo,
'el poder que tienen algunas personas para estimular la actividad de otras y
elevar su estado de ánimo' (5). Un aspecto de esta definición de poder es el
tipo de liderazgo que surge del deseo de ver que un grupo alcanza todo
aquello que de lo que es capaz, donde no hay conflicto de intereses y es el
propio grupo el que fija su agenda colectiva de trabajo. Este modelo de
poder no es de suma cero; el aumento de poder de una persona no
disminuye necesariamente el de la otra. Y, como observa Liz Kelly (1992),
'sospecho que el término ‘empoderamiento’ se refiere a este ‘poder para’, y
que éste se logra aumentando la capacidad de una persona de cuestionar y
resistirse al ‘poder sobre'.
¿Qué es el empoderamiento?
El significado de 'empoderamiento' se puede ver ahora en relación con la
interpretación que el usuario hace del poder. En el contexto de la definición
convencional, el empoderamiento debe consistir en introducir dentro del
proceso de la toma de decisiones a las personas que se encuentran fuera
del mismo. Ello pone un fuerte énfasis en el acceso a las estructuras
políticas y a los procesos formalizados de toma de decisiones y, en el
ámbito económico, en el acceso a los mercados y a los ingresos que les
permitan participar en la toma de decisiones económicas. Todo ello remite a
personas capaces de aprovechar al máximo las oportunidades que se les
presentan sin o a pesar de las limitaciones de carácter estructural o
impuestas por el Estado. Dentro de la interpretación generativa de poder, el
empoderamiento también incluye el acceso a procesos intangibles de toma
de decisiones. Estos se refieren a los procesos por los que las personas
toman conciencia de sus propios intereses y de cómo éstos se relacionan
con los intereses de otros, con el fin de participar desde una posición más
sólida en la toma de decisiones y, de hecho, influir en tales decisiones.
Las interpretaciones feministas del poder nos llevan a una comprensión del
poder aún más amplia, dado que van más allá de las definiciones formales e
institucionales del poder, e incorporan la idea de que 'la dimensión personal es
política' (6). Desde la perspectiva feminista, la interpretación del 'poder sobre'
conlleva la comprensión de las dinámicas de la opresión y de la opresión
interiorizada. Puesto que éstas afectan a la capacidad de participar en la toma
de decisiones formal e informal, y de ejercer influencia de los grupos menos
poderosos, también afectan a la forma en que los individuos o los grupos se
perciben a sí mismos y perciben su capacidad de actuar e influir en el mundo
que les rodea. El empoderamiento es, por lo tanto, algo más que el simple
hecho de abrir el acceso a la toma de decisiones; también debe incluir los
procesos que llevan a las personas a percibirse a sí mismas con la capacidad
y el derecho a ocupar ese espacio decisorio. Esta noción, por lo tanto, se
superpone a las otras categorías de 'poder para' y 'poder desde dentro'.
Estas interpretaciones del empoderamiento implican dar el más amplio
alcance a toda la gama de capacidades y potencial humano. Como han
mostrado las feministas y otros científicos sociales, las capacidades que se
atribuyen a un determinado conjunto de personas son, en gran medida, una
construcción social. El empoderamiento debe implicar deshacer las
construcciones sociales negativas, de forma que las personas afectadas
lleguen a verse como poseedoras de la capacidad y el derecho a actuar y a
tener influencia.
En esta concepción ampliada del empoderamiento cabe observar tres
dimensiones:
Personal: aquí el empoderamiento supone desarrollar el sentido del
yo y de la confianza y la capacidad individual, y deshacer los efectos
de la opresión interiorizada.
Relaciones próximas: aquí el empoderamiento se refiere al
desarrollo de la capacidad de negociar e influir en la naturaleza de la
relación y de las decisiones que se toman dentro de ella.
Colectiva: cuando los individuos trabajan conjuntamente para lograr un
impacto más amplio del que podrían haber alcanzado cada uno de
ellos por separado. Esto incluye la participación en las estructuras
políticas, aunque debería abarcar también la acción colectiva basada
en la cooperación y no en la competencia. La acción colectiva puede
estar centrada tanto en el nivel local por ejemplo, en el ámbito del
pueblo o del barrio como en el nivel institucional, sea en redes
nacionales o en las Naciones Unidas.
Las profundas diferencias que existen aunque a menudo no se reconocen
en las formas de entender el poder quizás explican cómo personas y
organizaciones tan alejadas políticamente como las feministas, los políticos
occidentales y el Banco Mundial hayan adoptado el concepto con tanto
entusiasmo.
El empoderamiento en la práctica
La idea de empoderamiento se utiliza cada vez más como instrumento para
comprender qué es lo que se precisa para cambiar la situación de los
pobres y de los marginados. En este contexto, existe un acuerdo
generalizado en que se trata de un proceso; que implica cierto grado de
desarrollo personal, aunque esto no es suficiente; y que implica pasar del
conocimiento a la acción.
En un contexto psicoterapéutico, McWhirter (1991) define el
empoderamiento como:
El proceso por el que las personas, las organizaciones o los grupos
carentes de poder (a) toman conciencia de las dinámicas del poder que
operan en su contexto vital, (b) desarrollan las habilidades y la capacidad
necesaria para lograr un control razonable sobre sus vidas, (c) ejercitan ese
control sin infringir los derechos de otros y (d) apoyan el empoderamiento de
otros en la comunidad (el énfasis es nuestro).
La autora hace una distinción útil entre 'la situación de empoderamiento',
donde se cumplen estas cuatro condiciones, y 'una situación empoderadora',
en la que se dan o se están desarrollando una o más de dichas condiciones,
pero donde no están presentes todas ellas.
Todas estas definiciones tienen a la comprensión como cuestión en común.
Si uno comprende su situación, habrá más posibilidades de que actúe para
intervenir sobre ella. También es común la cuestión de la actuación
colectiva. La definición de McWhirter deja claro que la acción no se
emprende para obtener un poder con el que dominar a otros. Los
especialistas en trabajo social de grupos también insisten en que el
empoderamiento ha de emplearse en el contexto de la opresión, dado que el
empoderamiento supone trabajar para eliminar los efectos y el propio hecho
de que existan situaciones injustas de desigualdad (Ward y Mullender,
1991). El empoderamiento puede darse a pequeña escala, uniendo a
personas que viven situaciones similares mediante la autoayuda, la
educación y el apoyo, o mediante la creación de grupos y redes de acción
social; o a una escala mayor, a través de la organización de la comunidad, la
realización de campañas, el cabildeo sobre los órganos legislativos, la
planificación social y el desarrollo de políticas (Parsons 1991).
Las definiciones de empoderamiento que se emplean en educación, en
asesoramiento y en trabajo social, aunque se han desarrollado en el
trabajo en los países industrializados, son muy similares al concepto de
Freire de
concientización, que se centra en individuos que se convierten en 'sujetos' de
sus propias vidas y desarrollan una 'conciencia crítica'; es decir, la
comprensión de sus circunstancias y del entorno social que los conduce a la
acción.
En la práctica, gran parte del trabajo de empoderamiento implica formas de
trabajo en grupo. El papel del profesional externo es en este contexto el de
ayudante y facilitador; cualquier papel más directivo se ve como algo que
interfiere en el empoderamiento de las personas implicadas. Las
habilidades de facilitación exigen sutileza para ser efectivas, y esto suele
significar que los profesionales deben volver a aprender hasta cierto punto
cómo desempeñar su labor, y desarrollar habilidades de alto nivel para
tomar conciencia de sí mismos. En algunos casos, el facilitador profesional
tiene que convertirse en un miembro del grupo, y ha de estar dispuesto a
realizar el mismo tipo de aportación personal que se anima a realizar a los
demás participantes.
El profesional externo no puede pretender controlar los resultados de un
empoderamiento auténtico. Refiriéndose a la educación, Taliaferro (1991)
señala que el verdadero poder no se puede otorgar; viene de adentro.
Cualquier noción de empoderamiento en la que éste sea otorgado por uno u
otro grupo oculta un intento de mantener el control; la autora afirma que la
idea de un empoderamiento gradual es 'especialmente sospechosa'. Un
empoderamiento real podría tomar direcciones imprevistas. Los
profesionales externos, por lo tanto, han de tener claro que cualquier 'poder
sobre' que puedan tener en relación con las personas con las que trabajan
será posiblemente cuestionado por éstas. Esto plantea una cuestión ética y
política: si en realidad tienes 'poder sobre' como es el caso de las
autoridades legales o de las organizaciones económicamente poderosas,
como las organizaciones para el desarrollo resulta engañoso negar que esto
es así.
El empoderamiento en un contexto de desarrollo
¿Cuál es la forma más útil de aplicar el concepto de empoderamiento en
un contexto de desarrollo? La mayor parte de la bibliografía sobre
empoderamiento, con la excepción de Freire y Batliwala, tienen su origen
en trabajos realizados en las sociedades industrializadas. ¿Experimentan
los pobres o las mujeres y hombres marginados los mismos problemas en
los países en desarrollo? La falta de acceso a los recursos y al poder
formal es en ambos casos significativa, incluso si consideramos que los
contextos en los que se experimentan estas carencias sean muy
diferentes. La definición de empoderamiento de McWhirter parece
igualmente pertinente en cualquiera de los dos contextos. Lo más probable
es que las diferencias se nos presenten en la forma en la que éste se lleva
a la práctica, y en las actividades concretas que se realicen. Esto se
confirma en una de las pocas definiciones de empoderamiento que tiene
un enfoque específico sobre el desarrollo (Keller y Mbwewe, 1991), en la
que éste se describe como:
Un proceso mediante el cual las mujeres llegan a ser capaces de organizarse
para aumentar su propia autonomía, para hacer valer su derecho
independiente a tomar decisiones y a controlar los recursos que les ayudarán
a cuestionar y a eliminar su propia subordinación.
Srilatha Batliwala, al tratar el empoderamiento de la mujer, ha realizado un
detallado estudio sobre programas de empoderamiento de mujeres, prestando
atención al Desarrollo Rural Integrado (DRI: intervenciones económicas, toma
de conciencia y organización de mujeres) y el apoyo en Investigación,
Capacitación y Recursos (7). La autora señala que en algunos programas
(especialmente en DRI), las expresiones empoderamiento y desarrollo se
utilizan como sinónimos. A menudo se parte del supuesto de que el poder
llega automáticamente a través de la solidez económica. Podría ser así, pero
muchas veces no lo es, en función de relaciones específicas determinadas por
el género, la cultura, la clase social o la casta. Las relaciones económicas no
siempre mejoran la situación económica de las mujeres, y con frecuencia
añaden cargas extra. Todavía son frecuentes las acciones de desarrollo 'para'
las mujeres, y un enfoque centrado exclusivamente en las actividades
económicas no crea automáticamente un espacio para que la mujer analice su
propio papel como mujer, ni otros aspectos problemáticos de su vida.
Las actividades económicas y el proceso de empoderamiento
Las actividades económicas podrían ampliar la gama de opciones para las
personas marginadas, pero no necesariamente les permite alcanzar el punto
en el que puedan asumir por sí mismas la creación de las opciones entre las
que han de elegir. Para lograrlo, se necesita una combinación de confianza y
autoestima, de información, de habilidades analíticas, de capacidad para
identificar y aprovechar los recursos disponibles y de influencia política y
social, entre otros elementos. Los programas que parten de las demandas y
de los deseos de las personas que participan en ellos son un paso hacia el
empoderamiento, pero no enfrentan por sí mismos las presunciones que esas
personas (y las que están a su alrededor) ya están haciendo sobre lo que
pueden y lo que no pueden hacer: el punto en el que la opresión interiorizada,
en combinación con un contexto económico y social específico, opera para
restringir las opciones que la gente percibe como posibles y como legítimas.
Un enfoque del empoderamiento centrado en la actividad económica ha de
prestar atención a algo más que a la actividad en sí. Es necesario diseñar
deliberadamente los procesos y las estructuras a través de las cuales opera la
actividad económica con objeto de crear oportunidades para que se produzca
el proceso de empoderamiento.
El papel de los agentes externos
El papel del profesional o del agente externo en el escenario del desarrollo es
igual de importante que en los contextos de trabajo social antes descritos.
Price describe el papel crucial que desempeña el personal femenino de una
ONG de la India, poniendo como ejemplo una ocasión en la que una
trabajadora clave, al hablar de su experiencia personal, permitió que otras
mujeres hicieran lo mismo. Ello representa un marcado contraste en relación
con la tendencia observable en muchos proyectos de desarrollo, como ocurrió
en el movimiento Harambee de Kenia, que según relata Ngau (1987),
estableció unas relaciones profesional-cliente promovidas por el personal
auxiliar, que suscitaron el resentimiento y el abandono de la población local.
Esto tiene consecuencias para la forma en la que desempeña su labor el
personal de los programas y proyectos de desarrollo, así como el de las
agencias de ayuda. Un proceso de empoderamiento que trate de implicar a
los pobres y a los marginados no puede ser eficaz si la metodología es
directiva y verticalista, o fomenta la dependencia. El empoderamiento es un
proceso que no puede imponerse por actores externos, aunque un adecuado
apoyo e intervención externa pueden acelerarlo y fomentarlo. Demanda un
enfoque facilitador y una actitud de pleno respeto y confianza para con las
personas con las que se trabaja o a las que se acompaña (8). Plantea, por lo
tanto, grandes exigencias a los agentes de cambio, y podría demandar (y
contribuir a) su propio empoderamiento. Por otra parte, y dado que la mayoría
de los profesionales están capacitados para trabajar de formas que
desempoderan y por las que se dice a otros lo que deben hacer y pensar, el
empoderamiento requiere un esfuerzo consciente y sostenido para modificar
esa pauta de conducta y clarificar las expectativas mutuas.
El empoderamiento individual
Debatiendo el empoderamiento a través del proceso de concienciación y de
organización de las mujeres, Batliwala destaca un aspecto de un enfoque del
empoderamiento que plantea dificultades para muchas organizaciones que
trabajan en el ámbito del desarrollo: puede ser un proceso desesperadamente
lento. La mayor parte de las organizaciones que aportan fondos tienen una
comprensible preocupación por mostrar resultados. Pero el esfuerzo necesario
para elevar los niveles de confianza y autoestima entre los pobres y los
marginados de una forma tal que amplíe su capacidad para
asumir sus propias necesidades requiere inevitablemente mucho tiempo.
Es un proceso que cada persona ha de recorrer a su ritmo. A causa de
ello, existe la tentación de trabajar con personas que ya tienen cierto
grado de confianza en sí mismas. Este es uno de los motivos por los
cuales los programas enfocados al empoderamiento a menudo fracasan
a la hora de implicarse con los más pobres y los más marginados. Incluso
para participar en un grupo, necesitas ser mínimamente consciente de tu
valía y de tus propias capacidades, así como ser capaz de superar los
obstáculos que impiden tener el tiempo necesario para participar.
El empoderamiento colectivo
En un contexto de desarrollo, aunque el empoderamiento individual es un
ingrediente para alcanzar el empoderamiento a nivel colectivo e
institucional, no es suficiente concentrarse únicamente en los individuos.
Se precisan cambios en las capacidades colectivas de los individuos para
que asuman la identificación y la satisfacción de sus propias necesidades,
sea como unidades familiares, comunidades, organizaciones instituciones
y sociedades. Al mismo tiempo, debemos reconocer que la eficacia de tal
actividad grupal también se basa en el empoderamiento individual de al
menos algunas personas.
Los profesionales que participan en un trabajo de empoderamiento tienen
que preguntarse una y otra vez cómo está afectando la intervención de
desarrollo a los diversos aspectos de las vidas de las personas
directamente implicadas. Un proceso de seguimiento y evaluación que
refleje el proceso de empoderamiento es algo esencial. Hay que
involucrar a las personas en
la identificación de indicadores de cambio adecuados, y en el
establecimiento de criterios para evaluar el impacto. A medida que avanza
el proceso de empoderamiento, éstos tendrán inevitablemente que ser
revisados y modificados. Resulta vital esclarecer las dinámicas que
empujan a los pobres y a los marginados a quedarse dentro de lo seguro y
lo conocido, con el fin de asegurar que el proceso de empoderamiento se
mantenga correctamente enfocado. Los indicadores cualitativos y esto es
algo evidente en sí mismo son fundamentales para la evaluación de
empoderamiento.
Empoderamiento femenino
En ningún país el empoderamiento femenino se compara con el
masculino. El empoderamiento y liderazgo femenino es vital para que los
países alcancen el equilibrio económico y social. La inexistencia de data
no es una limitante para realizar esta aseveración, pero si para tener
información precisa.
La data disponible nos permite aseverar que la equidad de género y el
incremento de la participación de la mujer en los ámbitos laborales,
sociales y políticos es un requisito indispensable para empezar el extenso
y arduo camino que nos transporte a minimizar los niveles de pobreza,
que en muchos casos es consecuencia de la ignorancia, en parte
producto de la discriminación e inequidad de género.
Para lograr el objetivo la responsabilidad gubernamental es sólo de un 50%;
el otro 50% es obligación de la sociedad. Ambos sectores deben participar
conexamente en el proceso de cambios.
Estos cambios deben ser en dos líneas:
• Estructurales: Implican cambios en las estructuras jurídicas y económicas
existentes. Alcanzar este objetivo recae principalmente en diferentes áreas
del sector gubernamental, es decir en la voluntad política del poder
ejecutivo, legislativo y judicial;
• Culturales: Implican cambios en la percepción ciudadana. Alcanzar este
objetivo recae principalmente en la sociedad civil, es decir en los
comunicadores sociales, publicitas, profesores, médicos, empresas, la
sociedad en general.
En ambos casos se debe originar en una actitud interna de hombres y mujeres
decididos a luchar por un cambio y efectuarlo.
Todos estamos consientes de la necesidad de reformas a nivel gubernamental y
legislativo en los países del hemisferio para que la mujer pueda ser una fuerza
más determinante en el desarrollo social y por consiguiente el crecimiento
económico.
Sin embargo, basándonos en la ecuación del 50-50 no podemos obviar que la
participación ciudadana de hombres y de mujeres es al igual obligatoria.
Somos en muchas ocasiones los mismos padres, educadores, programas de
televisión, anuncios publicitarios, canciones y otras tantas realidades del día a día
quienes perpetuamos esquemas y valores en la conciencia de nuestros hijos. En
este tenor se nos hace obvio que la ecuación mencionada no se ha manifestado
como es de lugar: “mitad y mitad”.
La integración de los diferentes sectores (gobierno y sociedad) y la convergencia
de estos usando canales de “comunicación bilateral” es la manera más viable y
expedita para llegar a los compromisos por ambas partes. Como producto
tangible surgirían la ejecución de programas, cambios constitucionales y leyes
ejecutables. Al mismo tiempo se reforzaran las responsabilidades de los
ciudadanos.
Hoy día nos encontramos con un significativo y creciente número de mujeres en
posiciones públicas. Hemos señalado en otras ocasiones estudios de las
Naciones Unidas los cuales señalan que el número de mujeres que ocupan
posiciones legislativas en países emergentes más que aumentar ha disminuido en
los últimos años.
El índice de empoderamiento femenino, conocido internacionalmente por sus
siglas en inglés GEM, sigue siendo un indicador relativamente crudo ya que no
puede medir intangibles como la presión social que obstaculiza, obstruye y hasta
previene el ejercicio legal de los derechos de la mujer. Todavía más importante,
este índice no puede captar aspectos significativos de la posición de la mujer en
su hogar y su comunidad, especialmente en áreas rurales, donde las actividades
que desempeña son sin pago y/o del sector informal de la economía.
El anonimato y la privacidad de la esfera en la que muchas mujeres pasan sus
vidas relevadas a segundos planos es muy preocupante. Su contribución a las
empresas e instituciones a las que pertenecen son tan ignoradas, como los
aportes a su país. Asimismo es significativo considerar que la representación local
femenina en los gobierno es un indicador de la idiosincrasia del país, reflejándose
así de manera positiva o negativa en el desarrollo social y el crecimiento
económico. No se trata de tener más o menos mujeres en posiciones públicas.
Se trata de realizar trabajos en los que se tome en cuenta la perspectiva de
género y se incida directamente en los cambios estructurales y consecuentemente
culturales.
El desempeño gerencial y ejecutivo de las mujeres quizás se traduce en
pequeños salarios, pero en grandes avances para el país.
Lo que es crucial no es conseguir cierto por ciento de posiciones representativas
en la arena política y económica, sino proveer de equidad de opciones entre
hombres y mujeres. La exclusión puede estar causada por barreras estructurales
que impiden que la mujer acceda a las arenas citadas. O pueden ser el resultado
de la opción de ambos, hombre y mujeres sobre su deseo de roles sociales. Este
es un asunto que las personas de cada país deben definir sobre sus sociedades.
Hay varios aspectos que debemos tomar en cuenta para lograr este
empoderamiento y que la mujer asuma un mayor liderazgo empresarial,
económico, social y gubernamental. Entre estos aspectos tenemos primero el
Modus Operandi que permita un crecimiento personal y por tanto que se refleje
institucionalmente en sus empresas e instituciones; segundo el uso de las
tecnologías como herramientas ineludibles de gestión; y tercero, pero no menos
importante ni último aspecto, el tema del libre mercado, acuerdos internacionales y
globalización.
Conclusión
El 'empoderamiento' tiene mucho en común con otros conceptos utilizados por
los trabajadores y los planificadores del desarrollo, como 'participación',
'fortalecimiento de capacidades', 'sostenibilidad' o 'desarrollo institucional'. Existe,
sin embargo, la preocupante tentación de emplearlos dejando fuera
de escena los problemáticos conceptos del poder y de la distribución del poder.
A pesar de su atractivo, estos términos pueden convertirse fácilmente en una
forma más de ignorar o de ocultar las realidades del poder, de la desigualdad y
de la opresión. Y sin embargo, son precisamente estas realidades las que
conforman las vidas de los pobres y de los marginados, y de las comunidades
en las que viven.
El concepto de empoderamiento, si se emplea de forma precisa y deliberada,
puede contribuir a centrar el pensamiento, la planificación y la acción en el ámbito
del desarrollo. No obstante, cuando se emplea de forma descuidada,
deliberadamente imprecisa o como una mera consigna, se corre el riesgo de
degradarlo y devaluarlo.