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Deserción 2

El caso 'C., G. c/ M., C. K. S. y otro s/ daños y perjuicios' se refiere a una apelación sobre una sentencia que condenó a los demandados a pagar indemnizaciones por daños y perjuicios tras la fallida compra de un inmueble. La demandante, G. C., argumenta que se le debe compensar por pérdida de chance y daño moral, pero el tribunal considera que sus argumentos no son suficientes para modificar la decisión de primera instancia. La sentencia de julio de 2023 fue en parte confirmada, aunque se discuten aspectos específicos de la responsabilidad de los co-demandados.
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El caso 'C., G. c/ M., C. K. S. y otro s/ daños y perjuicios' se refiere a una apelación sobre una sentencia que condenó a los demandados a pagar indemnizaciones por daños y perjuicios tras la fallida compra de un inmueble. La demandante, G. C., argumenta que se le debe compensar por pérdida de chance y daño moral, pero el tribunal considera que sus argumentos no son suficientes para modificar la decisión de primera instancia. La sentencia de julio de 2023 fue en parte confirmada, aunque se discuten aspectos específicos de la responsabilidad de los co-demandados.
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“C., G. c/ M., C. K. S.

y otro s/ daños y perjuicios”

Expte. n.° 72.148/2018


Juzgado Civil n.° 68

En la ciudad de Buenos Aires, capital de la República


Argentina, a los 12 días del mes de noviembre del año dos mil veinticuatro,
reunidos en acuerdo los señores jueces de la Sala “A” de la Excma. Cámara
Nacional de Apelaciones en lo Civil, para conocer en el recurso de apelación
interpuesto en los autos caratulados: “C., G. c/ M., C. K. S. y otro s/ daños
y perjuicios”, respecto de la sentencia de fecha 12 de julio de 2023, se
establece la siguiente cuestión a resolver:
¿SE AJUSTA A DERECHO LA SENTENCIA
APELADA?
Practicado el sorteo, resultó que la votación debía realizarse
en el siguiente orden: señores jueces de cámara doctores: CARLOS A.
CALVO COSTA – RICARDO LI ROSI – SEBASTIÁN PICASSO.
A LA CUESTIÓN PROPUESTA, EL DR. CARLOS A.
CALVO COSTA DIJO:
I. En la sentencia de fecha 12 de julio del 2023 se hizo lugar
a la demanda interpuesta por G. C. y, en consecuencia, se condenó, por un
lado, a C. K. S. M. a abonar a aquella la suma de $ 5.014 y U$S 2.200, y por
el otro, a J. A. G. a abonar a la Sra. C. la suma de U$S 44.000, ello con más
intereses y costas.
La demandante, quien apeló la decisión el día 30 de agosto
de 2023, expresa sus agravios mediante su presentación de fecha 6 de
septiembre del corriente año, los que no son replicados por los demandados.
II. Aclaro, en forma previa a ingresar en el estudio de los
agravios presentados, que los jueces no tienen el deber de analizar todas y
cada una de las argumentaciones de las partes, así como tampoco la totalidad
de las pruebas producidas en los asuntos sometidos a su decisión, sino solo
las conducentes y relevantes para poder brindar una solución a la cuestión
planteada. Asimismo, tampoco están obligados los magistrados a brindar
tratamiento a todas las cuestiones expuestas que no resulten ser decisivas
para la resolución de la causa (art. 386 in fine, Código Procesal Civil y
Comercial de la Nación; CSJN, Fallos: 258:304, 262:222, 272:225, entre
muchos otros).
III. En resguardo de un adecuado orden expositivo,
corresponde efectuar un breve relato de los hechos alegados por las partes.
G. C. inició una demanda contra C. K. S. M. y J. A. G. por
daños y perjuicios. Relató que en primer término se comunicó con la
inmobiliaria “P. B.” (de titularidad de la co-demandada M.), en virtud de que
ofertaba a la venta un inmueble sito en esta ciudad en la calle Montes de Oca
n.° XXX, X° piso, depto. X, el que la actora se decidió a comprar.
Paralelamente, se contactó con el Banco Ciudad a fin de solicitar la
celebración de un mutuo con garantía hipotecaria por la suma de U$S 55.000
y, al aprobarse dicha solicitud, la entidad bancaria le impuso como condición
para la celebración del mutuo que el acto escriturario se realice el día 31 de
agosto de 2016 ante el escribano M. F. B. En ese contexto, señaló que el día
29 de abril del 2016 entregó en concepto de seña el monto de U$S 2.000, a
la que le añadió las sumas de U$S 3.000 y U$S 5.000 (entregadas los días 5
de mayo y 10 de junio del año indicado, respectivamente). En julio de 2016
celebró, en calidad de compradora, un contrato de compraventa con el co-
demandado G., en su carácter de vendedor, por el indicado inmueble de la
calle Montes de Oca, en presencia de un escribano de apellido G. y la
emplazada M., ocasión en la cual entregó U$S 12.000, con más U$S 2.200 a
favor de M. en concepto de honorarios y $ 3.000 a título de gastos.
Prosiguió señalando que la escrituración correspondiente no
se pudo realizar en la fecha fijada por la entidad bancaria, en virtud de que
los emplazados no presentaron oportunamente el título de propiedad del
inmueble. Frente a ello, refirió la actora que ella solicitó nuevamente un
mutuo hipotecario ante la misma entidad bancaria, la que admitió la solicitud
y estableció como nuevo límite para la realización de la escritura el día 31
de octubre del 2016. Fue allí cuando se descubrió, a partir de ciertos informes
solicitados, que sobre el inmueble recaían dos hipotecas y, además, que el
co-demandado G. era parte en dos juicios relativos a cobros de expensas. Al
constatar lo anterior, la Sra. C. –siempre según sus dichos– compareció ante
la inmobiliaria, en donde se encontró con que M. “se había fugado”.
Con sustento en los hechos descriptos, la actora solicitó, a
título de resarcimiento, las sumas de U$S 24.200 (equivalente a la cantidad
de dólares estadounidenses que ella entregó) y $ 5.014, o lo que en más o en
menos resulte de la prueba a producirse (fs. 63 vta.). Luego, al referirse
concretamente a las partidas indemnizatorias solicitadas, la demandante
solicitó la reparación de la pérdida de chance y del daño moral (fs. 65 y vta.).
Los emplazados, pese a ser notificados (vid. fs. 78 en el caso
de G., y la cédula incorporada con fecha 21 de octubre del 2021 en el caso
de M.), no contestaron la demanda. La co-demandada M., incluso, fue
declarada rebelde en la resolución de fecha 9 de noviembre del 2021.
En su sentencia, como ya lo adelanté, no sin antes valorar la
prueba producida en el expediente, el magistrado de primera instancia
decidió admitir la acción interpuesta, en relación a lo cual aclaró que “el
reclamo de daños y perjuicios hecho contra la codemandada M., resulta de
responsabilidad civil aquiliana o extracontractual, derivada de una
conducta ilícita –delictiva– siendo en cambio un supuesto de
responsabilidad civil contractual u obligacional el del codemandado G.”.
Sobre esa base, el magistrado concluyó que corresponde ordenar a G. a
restituir la suma de U$S 22.000 –por ser dicho co-demandado quien recibió
dicha suma–, como efecto propio de la resolución contractual; y respecto de
la emplazada M. ordenó la restitución a la actora de U$S 2.200 y $ 5.014, a
título de daño emergente. En cuanto a los rubros pérdida de chance y daño
moral, juzgó que respecto de G. corresponde aplicar la cláusula penal
compensatoria prevista en la cláusula 7ª del contrato de compraventa, en
virtud de la cual dispuso conceder a favor de la demandante la suma de U$S
22.000 por todo concepto. Por otro lado, el resarcimiento de los rubros
pérdida de chance y daño moral fue rechazado en relación a la co-demandada
M-, en tanto el sentenciante consideró que dichos daños no fueron
debidamente demostrados (vid. la sentencia del 12 de julio del 2023).
En esta instancia, la demandante cuestiona tres aspectos de
la decisión apelada, todos referidos a su pretensión dirigida contra la co-
demandada M.: (i) se queja del rechazo del pérdida de chance, a propósito
de lo cual efectúa una definición de dicho ítem resarcitorio; (ii) cuestiona,
por otro lado, el rechazo del daño moral, a cuyo efecto, luego de transcribir
diversas conceptualizaciones, sostiene que el sentenciante no consideró “lo
difícil que es para una persona en su vida financiera solicitar un crédito
hipotecario. Al menos a mí, teniendo en cuenta mi vida, empezar de nuevo a
ahorrar para poder pagar una vivienda propia, se hace muy difícil. Al
resolver como lo hace, no tiene en cuenta en la dificultad que ello conlleva
para un trabajador, poder juntar nuevamente una suma que le permita
conseguir comprar una vivienda” (sic); y (iii) finalmente, controvierte que
no se haya condenado a la mencionada emplazada a restituir la suma de U$S
22.000, respecto de lo cual pone énfasis en que de la causa penal iniciada
con motivo del hecho delictivo cometido por M. surge que fue esta última
quien recibió aquella suma, por lo que corresponde ordenar a ella su
devolución.
Bajo estas condiciones, en pos de una mayor claridad, aclaro
que la responsabilidad atribuida en la sentencia apelada a los co-demandados
G. y M. arriba a esta instancia firme y consentida por las partes, en tanto
únicamente hay controversia acerca de la admisión, en relación a la
pretensión dirigida contra la segunda de las emplazadas mencionadas, de
ciertos rubros indemnizatorios (art. 271, in fine, Código Procesal Civil y
Comercial de la Nación).
IV. Pérdida de chance
Respecto del cuestionamiento de la actora relativo al rechazo
de este rubro indemnizatorio, considero que no solventa siquiera
mínimamente con los requisitos exigidos por el art. 265 del Código Procesal
Civil y Comercial de la Nación. En efecto, esa norma se relaciona con la
carga que le incumbe al apelante de motivar y fundar su queja, señalando y
demostrando, punto por punto, los errores en que se hubiere incurrido en el
pronunciamiento, o las causas por las cuales se lo considera contrario a
derecho (Gozaíni, Osvaldo A., Código Procesal Civil y Comercial de la
Nación. Comentado y Anotado, La Ley, Buenos Aires, 2006, t. II, p. 101/102;
Kielmanovich, Jorge L., Código Procesal Civil y Comercial de la Nación.
Comentado y Anotado, Lexis Nexis, Abeledo-Perrot, Buenos Aires, 2003, t.
I, p. 426). De allí que la insuficiencia de la expresión de agravios, por no
contener una crítica concreta y razonada de las conclusiones de la sentencia
apelada, es un motivo de su deserción (Palacio, Lino E., Derecho Procesal
Civil, 5ª ed., Abeledo-Perrot, Buenos Aires, 2022, t. III, p. 2232, n.° 677).
Con arreglo a esas condiciones, advierto que la quejosa
sostiene, de un modo ciertamente genérico y sin una mínima alusión a las
particulares constancias del expediente, que el rubro en cuestión debe ser
admitido, sin explicar por qué razones la decisión apelada no es ajustada a
derecho, ni menos aún señalar los motivos que la conducen a entender que
el razonamiento sobre el cual se sostuvo este aspecto de la decisión –
consistente en que, teniendo la carga de hacerlo, la actora no probó haber
sufrido el daño– es errado o equívoco. De tal modo, resulta manifiestamente
claro que la recurrente únicamente exterioriza su disconformidad con la
decisión del juez, sin hacer referencia alguna a los elementos de prueba
obrantes en autos, ni a las particulares circunstancias del presente caso, por
lo que las afirmaciones de la Sra. C. se vislumbran ciertamente dogmáticas
carentes de aptitud para constituir una crítica concreta y razonada de la
resolución apelada.
Consecuentemente, queda claro que es exigible a quien
intenta revisar un fallo indicar por qué esa decisión judicial no lo conforma,
poniendo de manifiesto lo que considera errores de derecho o de hecho,
omisiones, defectos, vicios o excesos (Podetti, Ramiro J., Derecho procesal
civil, comercial y laboral, Ediar, Buenos Aires, 1958, t. V, p. 164, n.° 67);
en el presente caso, en cuanto a esta partida, la recurrente no ha explicado
adecuadamente en qué consiste o cuál es el yerro del juicio realizado por el
sentenciante.
Con ello, advierto que este tramo de la expresión de agravios
merece ser declarado desierto, por no contener una crítica concreta y
razonada de las conclusiones del fallo que se estima equivocadas (arts. 265
y 266, Código Procesal Civil y Comercial de la Nación).
V. Daño moral
Según anticipé, en cuanto a la pretensión dirigida contra M.,
el juez de grado rechazó la presente partida por considerar que el perjuicio
no fue debidamente acreditado. En su expresión de agravios, la actora se
queja al respecto y solicita su admisión, en tanto comprende –con razón,
anticipo desde aquí– que los requisitos para su procedencia se hallan
reunidos.
Sobre el particular es necesario indicar, primero, que el daño
extrapatrimonial se identifica con la lesión de intereses de la persona humana
que no son susceptibles de apreciación pecuniaria. Sobre la premisa de que
los derechos –cuyo objeto sea patrimonial o extrapatrimonial– pueden
permitir a la persona conseguir un regocijo espiritual o sentimental, el
ordenamiento jurídico habilita a que la víctima, frente a un menoscabo en
tales derechos que provoque un deterioro de las afecciones legítimas,
obtenga una indemnización tendiente a revertir la alteración negativa sufrida
en su modo de sentir o estar (Bustamante Alsina, Jorge, Teoría general de la
responsabilidad civil, 9ª ed., Abeledo-Perrot, Buenos Aires, 1997, p. 205;
Zavala de González, Matilde, Resarcimiento de daños, Hammurabi, 1996,
Buenos Aires, t. IV, p. 178; Mosset Iturraspe, Jorge, Responsabilidad por
daños, Ediar, Buenos Aires, 1985, t. V, p. 41, n.º 18).
De naturaleza exclusivamente resarcitoria, este concepto
constituye la minoración en la subjetividad de la persona derivada de la
lesión a un interés no patrimonial, o “una modificación disvaliosa del
espíritu, en el desenvolvimiento de su capacidad de entender, querer o sentir,
consecuencia de una lesión a un interés no patrimonial (…) que habrá de
traducirse en un modo de estar diferente de aquel al que se hallaba antes del
hecho, como consecuencia de éste y anímicamente perjudicial” (Bueres,
Alberto J., Derecho de Daños, Hammurabi, Buenos Aires, 2001, p. 306).
Quedan comprendida bajo este rubro, entonces, la lesión de todo interés –no
censurado por el ordenamiento jurídico– que no revista naturaleza
patrimonial (Calvo Costa, Carlos A., Daño resarcible, Hammurabi, Buenos
Aires, 2005, p. 97, n.° 6).
En el sub lite no hay controversia en cuanto a que la co-
demandada M. incurrió en responsabilidad civil con motivo del hecho
relatado por la actora en su demanda (vid., en particular, el anteúltimo
párrafo del considerando III de la sentencia del 12 de julio del 2023). Es así
que el juez de primera instancia, teniendo en cuenta la condena penal recaída
en el marco de la causa “M., C. K. S. s/ defraudación por retención indebida”,
n.° 52.032/2016 (que en este acto tengo a la vista), concluyó que la conducta
delictiva llevada a cabo por dicha emplazada (defraudación por
administración infiel y estafa; arts. 172 y 173, inc. 7°, Código Penal) es
suficiente para tener por acreditado el hecho y la autoría de la Sra. M., con
arreglo a lo establecido en el art. 1776 del Código Civil y Comercial (vid. fs.
387 de la aludida causa penal, y fs. 390/405 de la causa penal conexa n.°
62.593/2015 que también tengo a la vista).
Subrayo que la maniobra de engaño realizada por la referida
emplazada tuvo lugar en el marco de una operación inmobiliaria, por medio
de la cual la damnificada pretendía adquirir la propiedad de un inmueble con
la intención de que constituya su hogar. A la trascendencia que por sí misma
conlleva toda compraventa inmobiliaria con destino a vivienda, se añade el
hecho de que la demandante paralelamente tuvo que iniciar los trámites
correspondientes ante una entidad bancaria a fin de celebrar un mutuo para
lograr cubrir la totalidad del precio convenido. Además, al haberse frustrado
la primera fecha estipulada por la entidad bancaria para la realización del
acto escriturario, la Sra. C. tuvo que realizar nuevamente las gestiones
pertinentes ante dicha tal entidad a fin de celebrar el mutuo, lo que
nuevamente se frustró por no haberse contado con la documentación
necesaria para llevar a cabo la escritura traslativa de dominio.
La corredora inmobiliaria, vale decir, se desvió en el
acometimiento de las obligaciones asumidas respecto de la compradora, en
tanto con el propósito de lograr una ventaja personal engañó a la compradora.
De allí que la co-demandada M., en su carácter de corredora, incumplió el
deber de ser exacta, precisa y clara al proponer el negocio en el cual
intermedió (art. 1347, incs. “b” y “c”, Código Civil y Comercial), al inducir
a engaño a la demandante, y no caben dudas de que frente a ese
incumplimiento ella es responsable ante el perjudicado por los daños
causados (Calderón, Maxilimiano R., en Sánchez Herrero, Andrés (dir.),
Tratado de derecho civil y comercial, La Ley, Buenos Aires, 2016, t. V, p.
425/426; Mosset Iturraspe, Jorge – Moisset de Espanés, Luis, Contratación
inmobiliaria, Hammurabi, Buenos Aires, 1980, p. 57; Alterini, Ignacio E. –
Aicega, María V., en Alterini, Ignacio E. – Aicega, María V. (dirs.), Derecho
de consumo inmobiliario, La Ley, Buenos Aires, 2021, t. I, p. 425/426).
De allí que se sostenga, con corrección, que los corredores
son responsables, por su propio incumplimiento, cuando realizan
afirmaciones falsas o inducen a error a los contratantes, de acuerdo con lo
que resulta del art. 1347, en sus incisos “b” y “c”, del Código Civil y
Comercial (Di Chiazza, Iván, en Heredia, Pablo D. – Calvo Costa, Carlos A.
(dirs.), Código Civil y Comercial comentado y anotado, La Ley, Buenos
Aires, 2022, t. V, p. 602/603; CNCom., Sala A, 8/4/2022, “Abadie, Ana M.
c/ Indev S.A. y otro”, LL online: AR/JUR/2239/2022).
En razón de esto último, no coincido con el temperamento
del sentenciante de grado según el cual la Sra. M. incurrió en responsabilidad
aquiliana frente a la actora, en orden a que, según entiendo, entre ellos existía
–de acuerdo a lo que se deduce del relato de la actora, no controvertido por
los emplazados, y las demás constancias de este expediente civil y de los
penales mencionados ut supra– una convención que los unía, de la cual
emergía la obligación indicada. Merece decirse que la calificación jurídica
establecida por el juez de primera instancia no hace cosa juzgada, incluso
cuando –como en el sub iudice– las partes no la discuten, puesto que solo las
afirmaciones de hecho que la sentencia realiza, no impugnadas por ninguna
de las partes, es lo que integra la res judicata (arts. 271 y 277, Código
Procesal Civil y Comercial de la Nación; Gozaíni, Osvaldo, “El concepto de
sentencia definitiva y la revisión de sentencias”, LL, 11/3/2021, 1; Falcón,
Enrique M., Tratado de derecho procesal civil y comercial, Rubinzal-
Culzoni, Santa Fe, 2009, t. VIII, p. 228 y ss.).
De todos modos, huelga señalar que el daño
extrapatrimonial no experimenta ninguna diferencia según haya sido
causado por el incumplimiento de una obligación o por la violación al deber
general de no dañar, pues el ordenamiento jurídico vigente impone tratarlo
del mismo modo, independientemente de la génesis de la responsabilidad
(Bueres, Alberto J., Derecho de Daños, cit., p. 464, n.º 67; Márquez, José F.,
“El daño moral contractual: interpretación, facultades de los jueces y
prueba”, RCyS 2020-VII, 63; Picasso, Sebastián, La singularidad de la
responsabilidad contractual, Abeledo-Perrot, Buenos Aires, 2011, p. 97/99;
idem, “Daño extrapatrimonial contractual”, RDD, 2018-3, p. 137 y ss.;
Brebbia, Roberto H., “El resarcimiento del daño moral después de la reforma
del decreto ley 17.711”, ED 58-244; Sandoval, Esteban, “Principales
aspectos del daño moral en el incumplimiento contractual”, LLC 1986-395).
En ese contexto, considero que el hecho de que haya
fracasado la transmisión del dominio del inmueble sito en la calle Montes de
Oca, lo que implicó el desembolso de gastos y la necesidad de realizar
trámites diversos, entre ellos los correspondientes al mutuo ante Banco
Ciudad, presumiblemente conllevó un malestar emocional en la víctima, al
no concretarse, por motivos atribuibles –al menos en parte– a la co-
demandada M., la compraventa en cuestión (esta sala, 19/12/2022, “G.”,
expte. n.° 40.343/2017, LL online: AR/JUR/179409/2022).
No paso por alto que, en cuanto a su prueba, este rubro no
escapa de la regla según la cual –como principio– el daño ha de ser
acreditado por quien lo invoca. Empero, tampoco puede soslayarse que, en
general, no es posible la prueba directa de este particular ítem, sino que
resulta de presunciones hominis de acuerdo con las circunstancias
particulares del caso y con atención a los derechos comprometidos del
afectado. Tal es así que en ciertos supuestos, con arreglo al adagio res ipsa
loquitur, puede resultar acreditado cuando de los propios hechos resulta
notorio e indiscutible la repercusión en los sentimientos de la víctima (arts.
377 del Código Procesal Civil y Comercial de la Nación, y 1744 del Código
Civil y Comercial; CSJN, Fallos: 317:1921, 322:2002, 330:563; Mayo,
Jorge A., “La prueba del daño. Presunciones. La carga”, RDD, 2010-1, p.
191; Mosset Iturraspe, Jorge, Responsabilidad por daños, cit., t. V, p. 205 y
ss., n.º 70/73, y p. 267, n.º 98; Bustamante Alsina, Jorge, “Equitativa
valuación del daño no mensurable”, LL 1990-A-655).
En el sub iudice, la circunstancia de haber visto frustrada la
realización de dos actos escriturarios tendientes a producir la transmisión del
dominio de cierto inmueble destinado a cubrir necesidades habitacionales,
según es notorio, implica una experiencia desagradable para cualquier
persona, por lo que considero correspondiente presumir que la demandante
ha sufrido daño moral como consecuencia del hecho. Es que por la relevancia
que en el común de las personas tiene la celebración de un contrato de
compraventa de un inmueble, en razón de significar una trascendencia
jurídica y económica particular para sus otorgantes, es inferible que la no
concreción de dichos actos escriturarios aparejó para la quejosa un malestar
en sus afecciones legítimas.
Sentado lo anterior, resta determinar el quantum de esta
partida, en torno a lo cual el art. 1741, in fine, del Código Civil y Comercial
expressis verbis determina el método: “El monto de la indemnización debe
fijarse ponderando las satisfacciones sustitutivas y compensatorias que
pueden procurar las sumas reconocidas”. Por lo tanto, tal como lo sostiene
la corte federal (CSJN, 12/4/2011, “Baeza”, Fallos: 334:376; idem,
5/3/2024, “Lacave”, Fallos: 347:128, entre muchos), ha de brindarse una
suma pecuniaria suficiente a fin de que el damnificado tenga la posibilidad
de procurarse satisfacciones equivalentes a lo que ha perdido, de acuerdo a
un parámetro abstracto considerando los placeres que a una persona media
le permiten revertir el desánimo experimentado (Brebbia, Roberto, El daño
moral, Editorial Bibliográfica Argentina, Buenos Aires, 1950 p. 80/81, n.°
27; Mosset Iturraspe, Jorge, “Daño moral. Dolor”, RDD, 2018-3, p. 15/16;
Picasso, Sebastián, “El método de las satisfacciones compensatorias para
cuantificar el daño moral”, RDD, 2021-1, p. 405/417; Pizarro, Ramón D.,
Daño moral. Reparación, prevención y punición de las consecuencias no
patrimoniales, 3ª ed., Rubinzal-Culzoni, Santa Fe, 2021, t. II, p. 25, n.° 123).
Bajo tales condiciones, de acuerdo con las pautas esbozadas
en las líneas precedentes, pondero las circunstancias del caso, la envergadura
de los intereses comprometidos en el contrato de compraventa, el hecho de
haberse tenido que realizar gestiones ante una entidad bancaria a fin de
celebrar un mutuo, sumado a los padecimientos y angustias que pudo sufrir
la actora como consecuencia de no realizarse la escritura en dos
oportunidades distintas. También tengo en cuenta que, al mes de noviembre
de 2019 la pretensora pidió por este rubro la suma de U$S 5.500 (fs. 65 vta.,
en tanto reclamó, a título de daño moral y pérdida de chances, el 50% del
monto desembolsado en concepto de precio de la compraventa), y la víctima
es quien en mejores condiciones se encuentra de cifrar esta clase de
perjuicios, por el carácter subjetivo y personal del rubro. Por ese motivo,
considero que no corresponde conceder más de lo solicitado si las producidas
en el expediente no arrojan elementos adicionales a los que pudo haber
tenido en cuenta la actora al demandar respecto de este punto (esta sala,
4/2/2021, “C.”, expte. n.° 69737/2016; idem, 25/11/2022, “G.”, expte. n.°
70.927/2016; esta cámara, Sala M, 29/10/2021, “K.”, expte. n.°
34.061/2011). Sin embargo, no se me escapa que, por tratarse de una deuda
de valor, es procedente que el juez fije el importe del perjuicio
extrapatrimonial evaluando su cuantía al momento de la sentencia, aunque –
por el ya aludido carácter subjetivo del rubro– debe mantener una razonable
proporción con lo solicitado al momento de interponerse la demanda.
En este contexto, en razón de que la actora estipuló sus daños
en moneda extranjera, debo aclarar que no es admisible liquidar el valor de
la obligación resarcitoria en otra moneda que no sea de curso legal (v. gr.,
dólares estadounidenses), pues cuando la deuda de valor es de fuente legal,
la conversión en dinero de la prestación original no puede cifrarse en otra
divisa que no sea la que tiene curso legal en la República (art. 772, Código
Civil y Comercial). Dado que la moneda extranjera carece de curso legal y
forzoso, cae de maduro que toda pretensión tendiente a que el valor de la
prestación sea fijado en –por ejemplo– dólares estadounidenses resulta
improcedente (esta sala, 4/2/2022, “Agrofumigaciones S.A.”, JA 2022-II, 7).
Es que si bien actualmente la moneda extranjera califica
como dinero (art. 765 del Código Civil y Comercial, modificado por el art.
250 del DNU n.° 70/2023), lo cierto es que, excepto disposición en contrario,
la obligación resarcitoria –en oportunidad de traducir en dinero lo que ab
origine era una utilidad abstracta– siempre ha de expresarse en una moneda
con curso legal en la República, es decir, en la moneta fori, debido a que solo
la que goza de sanción y proclamación estatal es la que tiene poder
cancelatorio en estos casos (esta cámara, Sala M, 20/2/2024, “Andino”,
expte. n.° 31.978/2018). Por ello, se ha dicho que “la moneda legal [es decir,
la que tiene curso legal] es lo que se debe a falta de otra determinación, será
la misma debida en todas las ocasiones en que la obligación no derive de
negocio jurídico, sino, por el contrario, directamente de la ley” (Ascarelli,
Tullio, Introducción al derecho comercial y parte general de las
obligaciones comerciales, trad. por Santiago Sentís Melendo, Ediar, Buenos
Aires, 1947, p. 257; vid. también: Bianca, Massimo, Diritto Civile, Giuffrè,
Milán, 1993, t. IV (L’obbligazione), p. 151).
Por esas razones, considero inadmisible la solicitud de la
actora tendiente a que la suma por este concepto sea fijada en moneda
extranjera.
En esas condiciones, por aplicación del criterio legal,
considero que debe admitirse el rubro en examen y, en consecuencia,
otorgarse la suma de $ 2.000.000, que corresponde aproximadamente al
valor de un viaje a un punto turístico de nuestro país por dos semanas con
media pensión (1741, in fine, Código Civil y Comercial).
VI. Restitución de sumas
La actora pretende modificar la decisión apelada con base en
que, según sostiene, el juez no ponderó adecuadamente el hecho de que la
Sra. M. recibió la suma de U$S 22.000. A partir de ello, la interesada solicita
en esta instancia que se condene a dicha emplazada a restituir la indicada
cantidad de dólares estadounidenses.
Sobre el particular constato que la recurrente, con esto,
pretende introducir en esta instancia una pretensión que no fue expuesta ante
el juez de grado. En efecto, en su expresión de agravios, la quejosa aduce
que el error de la sentencia –en este punto– estriba en que, pese a que de la
causa penal resulta que recibió el dinero, en esta sede no se ordenó a M. a
restituirlo: “ese es el argumento que permitirá, a no dudarlo, la revocación
de esta parte de la sentencia, ordenando a M. devolver lo que ha percibido
en la negociación, cuyo incumplimiento diera lugar a este entuerto” (sic).
Con arreglo a esto último, la Sra. C. comprende que “la sentencia resuelve
parcialmente lo peticionado por mí con respecto a la pérdida de chance y
que responsabiliza a G. por la no restitución de lo entregado, cuando fue M.
quien recibió el dinero y jamás lo devolvió” (sic).
En cambio, en el apartado IV de su demanda, luego de
indicar que el obrar de los demandados implicó haber perdido los ahorros de
toda su vida y la frustración de su sueño de tener un inmueble propio, en
concreto indicó: “Por ello, también se debe tener en cuenta la pérdida de
chance y el daño moral” (fs. 65). Ante ello, más allá del empleo del vocablo
“también”, el que supone que dichos ítems resarcitorios se adicionan a otros
previamente indicados, lo cierto es que los únicos conceptos reclamados
fueron los precedentemente aludidos, es decir, la pérdida de chances y el
daño moral. Por lo tanto, la pretensión consistió en obtener una suma de
dinero suficiente para resarcir los daños mencionados, consistentes en la
pérdida de chances y el daño extrapatrimonial, pero en ningún momento se
solicitó la reparación del daño emergente, ni tampoco se requirió la
restitución de cierta suma pecuniaria de parte de C. K. S. M. Insisto, al
respecto, en que no hubo una pretensión dirigida a conseguir el efecto
jurídico que en esta instancia se busca, en orden a que de ningún pasaje del
escrito inicial resulta que la demandante haya requerido un pronunciamiento
que condene a aquella a restituir una determinada suma de dinero (Palacio,
Lino E., Derecho Procesal Civil, cit., t. I, p. 292, n.° 77).
Como es sabido, no pueden efectuarse planteos en la alzada
que no fueron sometidos a conocimiento del anterior sentenciante, pues
hacerlo importa violentar el principio de congruencia –de indudable rango
constitucional, y reflejado también en los artículos 34, inc. 4˚, y 163, inc. 3˚,
del Código Procesal Civil y Comercial de la Nación–, que exige que exista
concordancia entre la demanda, la contestación y la sentencia en lo que hace
a las personas, el objeto y la causa, de modo que las partes, al fijar el alcance
y el contenido de la tutela jurídica requerida, delimitan la actividad
jurisdiccional a las cuestiones incluidas en la pretensión de la actora y la
oposición de los demandados (CSJN, Fallos: 253:13, 256:504, 337:1142,
entre otros).
Por tal motivo, considero que esta queja no puede ser
atendida, puesto que –como queda dicho– la cuestión no fue introducida
oportunamente (art. 277, Código Procesal Civil y Comercial de la Nación).
VII. En atención al resultado de los agravios de la apelante,
en los términos del art. 68 del Código Procesal Civil y Comercial de la
Nación, juzgo que las costas de alzada deberían imponerse en el orden
causado.
VIII. En síntesis, y para el caso de que mi voto fuere
compartido, propongo al acuerdo admitir parcialmente el recurso y, en
consecuencia: 1) modificar la sentencia en el sentido de admitir el rubro
“daño moral” y conceder, por ese concepto, la suma de $ 2.000.000; 2)
confirmar el pronunciamiento apelado en todo lo demás que decide y fue
objeto de apelación y agravios; y 3) imponer las costas de alzada en el orden
causado.
A LA MISMA CUESTIÓN, EL DR. SEBASTIÁN
PICASSO DIJO:
Adhiero por los mismos fundamentos al voto del Dr. Carlos
A. Calvo Costa.
El Dr. Ricardo Li Rosi no interviene por hallarse en uso de
licencia.
Con lo que terminó el acto.

CARLOS A. CALVO COSTA


2

SEBASTIÁN PICASSO
3

Buenos Aires, 12 de noviembre de 2024.


Y VISTOS:
Por lo que resulta del acuerdo que ilustra el acta que antecede,
del que dan cuenta sus considerandos, SE RESUELVE: 1) modificar la
sentencia en el sentido de admitir el rubro “daño moral” y conceder, por ese
concepto, la suma de $ 2.000.000; 2) confirmar el pronunciamiento apelado
en todo lo demás que decide y fue objeto de apelación y agravios; y 3)
imponer las costas de alzada en el orden causado.
Los honorarios se regularán cuando se haga lo propio en la
instancia de grado.
Notifíquese a los interesados en los términos de las
acordadas 31/11, 38/13 y concordantes de la C.S.J.N., comuníquese a la
Dirección de Comunicación Pública de la C.S.J.N. en la forma de
práctica y devuélvanse. CARLOS A. CALVO COSTA - SEBASTIÁN
PICASSO.

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