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Marco teórico
2 Sedentarismo
El sedentarismo es un concepto complejo y multidimensional que ha adquirido gran
relevancia en las últimas décadas debido a su creciente prevalencia y sus consecuencias
negativas sobre la salud. En términos generales, hace referencia a un conjunto de
comportamientos de baja demanda energética que se desarrollan durante los períodos de
vigilia. De acuerdo con la definición consensuada por la comunidad científica, el
sedentarismo se refiere a “cualquier comportamiento en estado de vigilia caracterizado por
un gasto energético igual o inferior a 1.5 METs (equivalente metabólico de la tarea),
mientras se está sentado, reclinado o acostado” (Tremblay et al., 2017).
Esta definición implica que actividades como mirar televisión, trabajar frente a una
computadora, leer, conducir o participar de reuniones en posición sentada entran dentro de
esta categoría, incluso si no implican una inactividad total del cuerpo. La clave está en el
bajo gasto energético y la posición corporal sostenida, que distinguen el sedentarismo
de otras formas de pasividad o descanso.
Es importante destacar que el sedentarismo no es simplemente la ausencia de actividad
física vigorosa. Una persona puede cumplir con las recomendaciones mínimas de actividad
física establecidas por la Organización Mundial de la Salud (OMS), como realizar al menos
150 minutos semanales de actividad moderada o 75 minutos de actividad intensa, y, sin
embargo, continuar siendo sedentaria si permanece durante largas horas en una postura
inactiva, como suele suceder en trabajos de oficina, tareas administrativas o rutinas
domésticas frente a pantallas.
La OMS (2020) advierte que el sedentarismo es una de las principales causas prevenibles
de mortalidad en el mundo, asociándose directamente a enfermedades crónicas no
transmisibles como la obesidad, la diabetes tipo 2, enfermedades cardiovasculares, algunos
tipos de cáncer, y un deterioro general de la calidad de vida. A diferencia del descanso
activo o del sueño reparador, el sedentarismo prolongado no aporta beneficios fisiológicos,
sino que reduce la circulación sanguínea, disminuye el metabolismo, altera los niveles de
glucosa y favorece la acumulación de grasa abdominal, entre otras consecuencias.
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Por otra parte, autores como Pate, O’Neill & Lobelo (2008) advierten que el sedentarismo no
debe confundirse con el descanso o con la recuperación del cuerpo. El descanso activo, el
sueño nocturno o los períodos breves de pausa son necesarios para la salud, pero el
sedentarismo continuo y prolongado, sin interrupciones, produce efectos negativos tanto a
nivel físico como metabólico.
Asimismo, el sedentarismo también se entiende como un hábito que las personas adoptan
de forma constante, muchas veces sin darse cuenta. En los trabajos de oficina,
especialmente en áreas administrativas, este hábito se ha vuelto común por la forma en que
está organizado el trabajo actual, donde se pasa mucho tiempo frente a una computadora,
en un escritorio, hablando por teléfono o usando plataformas digitales. Por eso, el
sedentarismo se ha convertido en un riesgo para la salud que no siempre se nota, y que
necesita medidas específicas para prevenirlo.
Autores como Owen et al. (2010) subrayan la necesidad de diferenciar claramente entre
sedentarismo y otros conceptos como “reposo” o “ocio pasivo”, ya que el sedentarismo no es
necesariamente voluntario, ni está ligado al descanso consciente, sino que responde a
normas sociales, estructuras organizacionales y hábitos culturales que promueven la
inmovilidad prolongada. En este sentido, no basta con promover el ejercicio físico en los
tiempos libres: también es fundamental reducir el tiempo total de sedentarismo a lo largo del
día, interrumpiéndolo con pausas activas, caminatas breves o cambios de postura.
Finalmente, el sedentarismo es un fenómeno cotidiano que se ha expandido a nivel mundial,
especialmente en las sociedades urbanizadas, tecnológicas y laborales modernas. Su
reconocimiento como conducta de riesgo ha dado lugar a nuevas líneas de investigación en
salud pública, ergonomía, medicina del trabajo y educación física, orientadas a reducir sus
efectos y promover entornos que fomenten una mayor movilidad en todos los ámbitos de la
vida.
2.2. Diferencias entre sedentarismo e inactividad física
La inactividad física hace referencia a no alcanzar los niveles mínimos de actividad física
recomendados para mantener una buena salud.
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Sin embargo, el sedentarismo es un concepto distinto, que se refiere a comportamientos
caracterizados por una baja demanda energética, particularmente aquellos en los que una
persona permanece en una postura pasiva (sentado o acostado) durante períodos
prolongados mientras está despierta. Según Tremblay et al. (2017), el sedentarismo implica
un gasto energético menor a 1.5 METs (equivalente metabólico de la tarea), lo que se
observa en actividades como ver televisión, estar frente a una computadora, conducir o leer.
Este comportamiento, aunque no implique inactividad física total, tiene implicaciones
negativas para la salud, ya que el tiempo prolongado en posturas inactivas reduce la
circulación sanguínea, disminuye el metabolismo y puede contribuir a la acumulación de
grasa abdominal (Hamilton et al., 2008).
Es importante destacar que una persona puede ser físicamente activa, realizando ejercicio
de manera regular, y al mismo tiempo ser sedentaria si pasa muchas horas al día en
posturas pasivas. Por ejemplo, una persona puede hacer ejercicio tres veces por semana,
pero si trabaja más de 8 horas al día sentada frente a un escritorio o en reuniones, sigue
acumulando riesgos derivados de la falta de movimiento durante su jornada laboral. Esto
refuerza la idea de que el sedentarismo no se limita a la falta de ejercicio, sino que involucra
la cantidad de tiempo que se pasa sin moverse, independientemente de la actividad física
realizada en momentos específicos del día (Owen et al., 2010).
A su vez, la inactividad física y el sedentarismo actúan como factores de riesgo
independientes para la salud, aunque no son mutuamente excluyentes. Es decir, una
persona puede ser inactiva físicamente pero no necesariamente sedentaria, y viceversa. Por
ejemplo, un trabajador que realiza tareas de movimiento constante (como un mensajero o
personal de mantenimiento) pero no realiza actividad física estructurada, sigue siendo
inactivo, ya que no alcanza los niveles recomendados de ejercicio para la salud
cardiovascular y muscular (Prasad & Das; 2009). Por otro lado, un individuo que se ejercita
regularmente, pero pasa largos períodos sentado o acostado, mantiene un alto riesgo
relacionado con el sedentarismo.
Para ilustrar mejor las distintas posibilidades, es útil establecer algunos perfiles
conductuales:
1. Sedentario pero activo físicamente: Este perfil se refiere a individuos que realizan
ejercicio planificado, como ir al gimnasio tres veces por semana, pero pasan más de ocho
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horas diarias sentados en su trabajo. Aunque la actividad física estructurada aporta algunos
beneficios, el sedentarismo prolongado sigue representando un riesgo significativo. Como lo
establece Matsudo et al. (2012), incluso aquellos que realizan ejercicio de manera regular
pueden estar expuestos a riesgos de salud si permanecen sentados durante largos
períodos.
2. Inactivo físicamente pero no sedentario: Se trata de trabajadores que están en
constante movimiento en sus labores, como cadetes o personal de mantenimiento, pero no
incorporan rutinas sistemáticas de ejercicio, aunque el movimiento constante es beneficioso,
no alcanza a ofrecer los mismos efectos protectores que una actividad física estructurada
como el ejercicio aeróbico o el entrenamiento de fuerza.
3. Sedentario e inactivo físicamente: Este perfil Representa mayor riesgo. Se trata de una
persona que pasa la mayor parte del día sentada y, además, no realiza ninguna actividad
física por fuera del trabajo. Según diversos estudios (Thyfault & Booth, 2012). Son personas
que pasan la mayor parte del día sentadas y no realizan actividad física fuera de su jornada
laboral.
4. No sedentario y activo físicamente: El perfil más saludable es el que combina actividad
física regular y la integración de movimiento durante todo el día. Este individuo no solo
cumple con los niveles de actividad recomendados, sino que organiza su jornada laboral
para evitar largos períodos sentados, incorporando pausas activas y movimientos en su
rutina cotidiana. De acuerdo con el estudio de Dunstan et al. (2012), las pausas activas y el
evitar la inactividad prolongada pueden reducir los efectos adversos del sedentarismo.
Estrategias institucionales recomendadas:
Para abordar estos perfiles y mejorar la salud laboral, las organizaciones pueden
implementar estrategias que fomenten la actividad física durante la jornada laboral:
Pausas activas obligatorias cada 1 o 2 horas, que incluyan ejercicios de movilidad,
respiración y estiramiento, para contrarrestar los efectos negativos del sedentarismo (Owen
et al., 2010).
Escritorios elevados o ajustables que permitan a los empleados trabajar de pie, lo que
ayuda a reducir el tiempo sentado durante las jornadas laborales.
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Campañas internas de sensibilización sobre los efectos del sedentarismo, que son
fundamentales para cambiar la cultura organizacional hacia estilos de vida más activos
(Katzmarzyk., 2010).
Acceso gratuito o subsidiado a espacios deportivos fuera del horario
laboral para incentivar a los empleados a realizar ejercicio.
Promoción del transporte activo, como caminar o ir en bicicleta al trabajo, lo que ha
demostrado ser una estrategia eficaz para aumentar los niveles de actividad física (Tudor-
Locke et al., 2011).
Programas de entrenamiento funcional dentro del horario laboral, que no solo mejoran
la salud física, sino que también contribuyen al bienestar general y la productividad
(Gallegos et al. (2025).
En definitiva, es crucial entender que el ejercicio regular no elimina automáticamente los
efectos del sedentarismo. Como afirman Biswas et al. (2015), los beneficios del ejercicio
estructurado y las pausas activas deben combinarse para prevenir los riesgos de salud
asociados con el sedentarismo y la inactividad física. Las políticas de salud laboral deben
abordar ambas dimensiones de forma integrada para lograr una mejora real en la salud y el
bienestar de los trabajadores.
2.3. Causas y factores que lo favorecen
El sedentarismo no es un fenómeno simple ni atribuible exclusivamente a decisiones
personales. Se trata de una conducta influenciada por una compleja red de factores que
actúan en distintos niveles de la vida cotidiana. Comprender sus múltiples causas es
fundamental para planificar estrategias de prevención y mitigación efectivas, con un enfoque
integral e interdisciplinario.
a) Factores individuales
A nivel personal, el sedentarismo suele estar vinculado a aspectos como la falta de
motivación, el desconocimiento de sus riesgos para la salud, y la preferencia por actividades
pasivas como ver televisión, jugar videojuegos o utilizar dispositivos móviles. El cansancio
físico o mental acumulado, especialmente tras largas jornadas laborales, también limita la
disposición a realizar actividad física.
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La autoeficacia percibida —es decir, la creencia de una persona en su capacidad para iniciar
y mantener una conducta activa— influye notablemente. Según Bandura (1997), cuando una
persona no confía en su capacidad para sostener un hábito saludable, como hacer ejercicio
con regularidad, es más probable que adopte conductas sedentarias. Además, factores
como la edad, el estado de salud general o enfermedades crónicas pueden disminuir la
movilidad y generar inseguridad o resistencia frente al movimiento
b) Factores laborales
El entorno de trabajo se ha convertido en uno de los mayores promotores del sedentarismo
moderno. En especial en ocupaciones de oficina o administrativas, el uso prolongado de
computadoras, sistemas digitales y teléfonos implica pasar gran parte del día sentado.
Muchas veces, los espacios laborales no fomentan la movilidad: no se promueven pausas
activas, ni se dispone de mobiliario ergonómico o ajustable que permita cambiar de postura.
Owen et al. (2010) destacan que incluso personas que realizan actividad física moderada o
vigorosa en su tiempo libre pueden experimentar riesgos elevados si permanecen sentadas
durante períodos prolongados en su trabajo. Este tipo de sedentarismo “ocupacional” puede
verse agravado por la falta de cultura institucional orientada al bienestar físico de los
empleados.
c) Factores tecnológicos
La revolución tecnológica ha transformado radicalmente las conductas cotidianas. Desde el
uso de transporte motorizado hasta el consumo de entretenimiento digital, muchas funciones
que antes requerían movimiento han sido reemplazadas por opciones más cómodas, pero
pasivas.
Ng & Popkin (2012) sostienen que el incremento de conductas sedentarias está
directamente asociado al auge del entretenimiento digital y al uso intensivo de pantallas.
Además, la tecnología ha reducido la necesidad de realizar desplazamientos físicos: hoy se
puede trabajar, comprar, estudiar o socializar sin moverse de casa, lo cual consolida un
estilo de vida sedentario.
d) Factores ambientales y sociales
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El ambiente urbano en el que viven las personas también influye en sus niveles de actividad.
Barrios sin veredas adecuadas, escasos espacios verdes, falta de ciclovías o zonas
peligrosas dificultan o desalientan el movimiento diario. Giles-Corti et al. (2005) resaltan que
el diseño de las ciudades tiene un impacto directo sobre la salud pública: un entorno que no
favorece la caminabilidad ni brinda opciones seguras de recreación limita la posibilidad de
incorporar actividad física espontánea.
A nivel social, se observa una tendencia a normalizar hábitos sedentarios. En muchos
hogares, el tiempo libre se asocia con descansar en el sofá, mirar televisión o usar el celular,
lo cual genera un entorno familiar poco propicio para el movimiento. Del mismo modo,
cuando los grupos sociales (familiares, laborales o de amigos) no promueven estilos de vida
activos, es menos probable que un individuo adopte comportamientos saludables (Bauman
et al., 2012).
e) Condiciones socioeconómicas
El contexto socioeconómico actúa como un condicionante poderoso. Las personas con
menores ingresos o niveles educativos suelen enfrentar más obstáculos para acceder a
servicios deportivos, espacios seguros para la actividad física, o información sobre estilos de
vida saludables. Además, suelen tener menos tiempo libre debido a jornadas laborales
extensas o múltiples empleos, lo que limita su disponibilidad para ejercitarse.
Según Sallis et al. (2018), las desigualdades socioeconómicas no solo influyen en los
niveles de actividad física, sino también en la exposición a entornos desfavorables y en la
capacidad de cambiar hábitos. Las intervenciones que no consideran estas variables
estructurales tienden a fracasar, ya que responsabilizan únicamente al individuo, sin tener en
cuenta las barreras reales que enfrentan los sectores más vulnerables.
Tabla 1
INDIVIDUALES LABORALES TECNOLÓGICOS
• Falta de motivación • Jornadas prolongadas en • Uso excesivo de pantallas
• Preferencia por ocio pasivo (TV,celular) escritorio • Automatización del hogar
• Baja autoeficacia • Pocas pausas activas • Transporte motorizado
• Trabajo remoto • Entretenimiento digital
AMBIENTALES Y SOCIALES SOCIOECONÓMICOS
• Falta de espacios verdes • Bajos ingresos
• Inseguridad urbana • Poco tiempo libre
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• Infraestructura inadecuada (veredas, • Menor acceso a instalaciones deportivas
bici sendas) • Menor exposición a campañas de salud
• Normas culturales pasivas (familia,
entorno)
Fuente: Elaboración propia basada en Bandura (1997), Owen et al. (2010), Ng & Popkin (2012), Giles-Corti et
al. (2005), Bauman et al. (2012) y Sallis et al. (2018).
Por todo esto, es fundamental comprender que el sedentarismo no siempre se combate con
“más voluntad”, sino con más comprensión, apoyo, acompañamiento y estrategias
adaptadas a cada realidad. Promover la autoestima, brindar información clara y mostrar que
el movimiento es para todos —sin importar edad, cuerpo o experiencia previa— es el primer
paso para construir una sociedad más activa y saludable.
2.4. Consecuencias del sedentarismo prolongado
El sedentarismo prolongado es un problema cada vez más común en la vida moderna. Las
tecnologías y los cambios en la forma de trabajar han hecho que muchas personas pasen
gran parte del día sentadas, ya sea frente a una computadora, en reuniones, en el transporte
o viendo televisión. Esta falta de movimiento no solo implica no hacer ejercicio, sino también
mantenerse quieto durante muchas horas, lo que perjudica tanto al cuerpo como a la mente
(World Health Organization [WHO], 2020).
Estudios recientes muestran que estar sentado por más de seis horas al día puede aumentar
el riesgo de enfermedades, incluso en personas que hacen actividad física regularmente
(Tremblay et al., 2017). Por eso, además de hacer ejercicio, es fundamental reducir el
tiempo diario que pasamos sentados.
Desde el punto de vista físico, el sedentarismo debilita los músculos, sobre todo los que
ayudan a mantener una buena postura, como los de la espalda baja, el abdomen y las
piernas. Las articulaciones también se ven afectadas, ya que se vuelven rígidas y dolorosas
por la falta de movimiento. Además, la circulación de la sangre se vuelve más lenta, lo que
puede causar hinchazón, sensación de pesadez en las piernas y aumentar el riesgo de
enfermedades del corazón (Booth, Roberts & Laye, 2012).
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Otra consecuencia frecuente es el aumento de peso. Si el cuerpo gasta poca energía
durante el día y además se consume una alimentación poco saludable, se acumula grasa,
especialmente en el abdomen. Esto puede derivar en problemas como diabetes tipo 2,
hipertensión y colesterol alto (Guthold et al., 2018).
También los huesos necesitan movimiento para mantenerse fuertes. Cuando pasamos
mucho tiempo sin movernos, los huesos pierden densidad y se vuelven más frágiles, lo que
aumenta el riesgo de fracturas y osteoporosis, sobre todo en personas mayores. Incluso el
sistema inmunológico puede verse afectado, ya que el ejercicio ayuda a fortalecer nuestras
defensas (Simpson et al., 2020).
En cuanto a la salud mental, el sedentarismo se relaciona con mayores niveles de estrés,
ansiedad y depresión. El movimiento físico estimula la liberación de sustancias que mejoran
el estado de ánimo, como las endorfinas. Estar inactivos durante mucho tiempo puede
generar cansancio, apatía y falta de concentración (Schuch et al., 2018). A largo plazo, esto
puede influir en la aparición de trastornos del sueño, baja tolerancia al estrés y menor
satisfacción personal.
La postura corporal también se ve afectada por el sedentarismo prolongado. Permanecer
sentado durante muchas horas, especialmente en sillas no ergonómicas, puede generar una
mala alineación del cuerpo: los hombros se encorvan, la cabeza se adelanta y la curvatura
natural de la espalda se modifica. Con el tiempo, estas alteraciones pueden derivar en
dolores musculares persistentes y afecciones más graves, como lumbalgias o hernias de
disco.
Además, estudios recientes señalan que estar sentado por períodos prolongados sin realizar
contracciones musculares regulares puede aumentar la rigidez de los músculos lumbares, lo
que incrementa el riesgo de dolor en la parte baja de la espalda. Este hallazgo refuerza la
importancia de mantener la actividad muscular a lo largo del día, incluso mediante
movimientos ligeros, para prevenir problemas musculoesqueléticos asociados al
sedentarismo (Sichting & Kett, 2021). Si no se toman medidas preventivas, estas molestias
posturales pueden agravarse con el tiempo y limitar las actividades cotidianas, requiriendo
incluso tratamientos médicos prolongados.
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A nivel social y laboral, el sedentarismo puede provocar una baja en la autoestima,
dificultades para relacionarse y menor participación en actividades. En el trabajo, las
personas sedentarias pueden tener menos energía, faltar más seguido por problemas de
salud y rendir menos, lo que afecta tanto al individuo como a la organización (Hallgren et al.,
2020). Además, desde una perspectiva económica, el aumento de enfermedades crónicas
relacionadas con el sedentarismo incrementa los costos del sistema de salud, tanto en
atención médica como en pérdida de productividad (WHO, 2020).
Un enfoque preventivo cada vez más recomendado es la incorporación de pausas activas
durante la jornada laboral. Estas breves interrupciones, que pueden incluir estiramientos,
caminatas o ejercicios ligeros, ayudan a reducir el tiempo continuo que una persona pasa
sentada. Diversas investigaciones señalan que las pausas activas no solo disminuyen
molestias físicas como la tensión muscular o el cansancio, sino que también mejoran el
estado de ánimo, la atención y el rendimiento laboral (Straker et al., 2014). Además,
fomentar este tipo de prácticas dentro de los espacios de trabajo contribuye a una cultura
organizacional más saludable, promoviendo el bienestar general del personal.
Finalmente, el sedentarismo puede convertirse en un hábito difícil de romper. Cuanto más
tiempo pasamos sin movernos, más cómodo se vuelve ese estilo de vida. El cuerpo se
adapta a la inactividad, pierde capacidades físicas y la motivación para cambiar disminuye.
Para salir de ese círculo vicioso es necesario tener información, apoyo y, sobre todo, tomar
conciencia de que moverse es una necesidad básica para tener buena salud (WHO, 2020).
2.5. Epidemiología del sedentarismo en contextos laborales
El sedentarismo laboral se ha convertido en un problema creciente de salud pública a nivel
mundial, impulsado por la transformación de las dinámicas laborales hacia actividades
predominantemente sedentarias, especialmente en sectores administrativos y de oficina. La
epidemiología del sedentarismo en contextos laborales se ocupa del estudio de la
frecuencia, distribución y factores determinantes de este comportamiento en ambientes de
trabajo, así como de sus consecuencias para la salud de las poblaciones trabajadoras.
Según datos de la Organización Mundial de la Salud (OMS, 2020), más del 60% de la
población adulta a nivel global no cumple con los niveles mínimos de actividad física
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recomendados, y una gran parte de esta inactividad está asociada a entornos laborales
donde las tareas se realizan en posición sentada durante largos períodos. Estudios recientes
han reportado que los trabajadores de oficina pueden pasar entre 6 y 10 horas diarias
sentados, lo que representa un factor de riesgo significativo para el desarrollo de
enfermedades crónicas no transmisibles (ECNT), como enfermedades cardiovasculares,
diabetes tipo 2, trastornos musculoesqueléticos y problemas de salud mental.
En América Latina, el panorama es similar. Un estudio regional coordinado por la
Organización Panamericana de la Salud (OPS, 2021) indicó que entre el 35% y el 50% de
los trabajadores del sector público y privado realizan niveles muy bajos de actividad física
durante la jornada laboral. Esta tendencia es más pronunciada en trabajos administrativos,
donde las rutinas están altamente estructuradas y limitan la movilidad. En Argentina, la
Encuesta Nacional de Factores de Riesgo (ENFR, 2019) reveló que aproximadamente el
54% de los adultos pasan más de cuatro horas diarias sentados fuera del horario de
descanso, siendo el ámbito laboral uno de los principales contribuyentes a este
comportamiento.
Además, la epidemiología del sedentarismo en el trabajo ha identificado una correlación
significativa entre el tiempo sedentario y variables sociodemográficas como la edad, el
género, el nivel educativo y el tipo de ocupación. Por ejemplo, los hombres en puestos
administrativos de mediana edad tienden a presentar mayores niveles de sedentarismo,
especialmente cuando no existen políticas institucionales que promuevan pausas activas o
programas de bienestar laboral (Church et al., 2011).
3. Salud física
3.1. Definición de salud y salud física (OMS y otras fuentes)
3.2. Componentes y dimensiones de la salud física
3.3. Indicadores biomédicos de salud física
3.4. Factores de riesgo y enfermedades asociadas al sedentarismo
4. Relación entre actividad física y salud física
4.1. Desarrollo teórico de la relación
4.2. Evidencias científicas de la correlación
4.3. Estudios nacionales e internacionales previos
4.4. Impacto de los estilos de vida activos vs. sedentarios
12
5. Contexto laboral y comportamiento físico en Gendarmería
Nacional
5.1. Características del trabajo administrativo en Gendarmería
5.2. Demandas físicas y psicológicas del puesto
5.3. Entorno laboral, ergonomía y movilidad reducida
5.4. Riesgos psicosociales y físicos
5.5. Teorías del comportamiento físico aplicadas al ámbito laboral
5.5.1. Teoría del Comportamiento Planificado
5.5.2. Modelo Ecológico de la Actividad Física
5.5.3. Modelos de intervención en salud laboral
6. Revisión de estudios similares
6.1. Investigaciones en personal de seguridad y fuerzas armadas
6.2. Estudios en personal administrativo de organismos públicos
6.3. Aportes al diseño de estrategias preventivas y promocionales
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