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Ayoras Falsos y Otros Cuentos

El fragmento de 'Ayoras Falsos' describe a Presentación Balbuca, un indio que, tras una conversación con un abogado, se siente perdido y reflexiona mientras camina por el pueblo. En 'Un hombre muerto a puntapiés', se narra el hallazgo de un hombre agredido que muere tras negarse a cooperar con la policía, lo que provoca una reflexión sobre la naturaleza del crimen. 'Conciencia Breve' relata un momento de tensión en un viaje en coche, donde el protagonista intenta deshacerse de un zapato encontrado, mientras lidia con la distracción de su esposa y la presencia de la policía.

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Ayoras Falsos y Otros Cuentos

El fragmento de 'Ayoras Falsos' describe a Presentación Balbuca, un indio que, tras una conversación con un abogado, se siente perdido y reflexiona mientras camina por el pueblo. En 'Un hombre muerto a puntapiés', se narra el hallazgo de un hombre agredido que muere tras negarse a cooperar con la policía, lo que provoca una reflexión sobre la naturaleza del crimen. 'Conciencia Breve' relata un momento de tensión en un viaje en coche, donde el protagonista intenta deshacerse de un zapato encontrado, mientras lidia con la distracción de su esposa y la presencia de la policía.

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AYORAS FALSOS (Fragmento)

El indio Presentación Balbuca se ajustó el amarre de los calzoncillos, tercióse el poncho colorado a grandes
ratas plomas, y se quedó estático, con la mirada perdida, en el umbral de la sucia tienda del abogado.

Este, desde su escritorio dijo aún:

-Veerás, verás no más, Balbuca.

Claro de que el juez parroquial...

¡longo simoniaco!... nos ha dado la contra; pero, ¿quiersde contra?, nosotros le apelamos.

Añadió todavía:

-No te olvidarás de las tres ayoras.

El indio Balbuca no lo atendía ya.

Masculló una despedida, escupió para adelante como las runallamas, y echó a andar por la callejuela que
trepaba en cuesta empinada hasta la plaza del pueblo.

Parecía reconcentrado, y su rostro estaba ceñudo, fosco. Pero, esto era solo un gesto. En realidad, no
pensaba en nada, absoluta mente en nada.

De vez en vez se detenía, cansado.

Estorbaba con los dedos gordos de los pies el suelo, se metía gruesamente aire en los pulmones, y lo expelía
luego con una suerte de silbido ronco, con un ¡juh! prolongado que lo dejaba exhausto hasta el babeo. En
seguida tornaba a la marcha con pasos ligeritos, rítmicos.

Al llegar a la plaza se sentó en un poyo de piedra. De la bolsita que pendía de su cuello, bajo el poncho, sacó
un puñado de máchica y se lo metió en la boca atolondrada mente.

El sabor dulcecillo llamóle la sed.

Acercóse a la fuente que en el centro de la plaza ponía su nota viva y alegre, y espantó a la recua de mulares
que en ella bebía.

- ¡Lado! ¡Lado! -gritó con la voz de los caminos- ¡Lado! Tomó el agua revuelta y negruzca en su mano
ahuecada que le sirvió de vasija.

De la Cuadra, José. Ayoras Falsos.


UN HOMBRE MUERTO A PUNTAPIÉS menos, en el misterio de por qué se mataba a un
(Fragmento) ciudadano de manera tan ridícula.

"Anoche, a las doce y media aproximadamente, el Caramba, yo hubiera querido hacer un estudio
Celador de Policía Nº 451, que hacía el servicio de experimental; pero he visto en los libros que tales
esa zona, encontró, entre las calles Escobedo y estudios tratan sólo de investigar el cómo de las
García, a un individuo de apellido Ramírez casi en cosas; y entre mi primera idea, que era ésta, de
completo estado de postración. El desgraciado reconstrucción, y la que averigua las razones que
sangraba abundantemente por la nariz, e movieron a unos individuos a atacar a otro a
interrogado que fue por el señor Celador dijo puntapiés, más original y beneficiosa para la
haber sido víctima de una agresión de parte de especie humana me pareció la segunda. Bueno, el
unos individuos a quienes no conocía, sólo por por qué de las cosas dicen que es algo incumbente
haberles pedido un cigarrillo. El Celador invitó al a la filosofía, y en verdad nunca supe qué de
agredido a que le acompañara a la Comisaría de filosófico iban a tener mis investigaciones,
turno con el objeto de que prestara las además de que todo lo que lleva humos de aquella
declaraciones necesarias para el esclarecimiento palabra me anonada. Con todo, entre miedoso y
del hecho, a lo que Ramírez se negó desalentado, encendí mi pipa -Esto es esencial,
rotundamente. Entonces, el primero, en muy esencial.
cumplimiento de su deber, solicitó ayuda de uno
de los chaufferes de la estación más cercana de La primera cuestión que surge ante los que se
autos y condujo al herido a la Policía, donde, a enlodan en estos trabajitos es la del método. Esto
pesar de las atenciones del médico, doctor Ciro lo saben al dedillo los estudiantes de la
Benavides, falleció después de pocas horas. Universidad, los de los Normales, los de los
Colegios y en general todos los que van para
"Esta mañana, el señor Comisario de la 6ta ha personas de provecho. Hay dos métodos: la
practicado las diligencias convenientes; pero no ha deducción y la inducción. (Véase Aristóteles y
logrado descubrirse nada acerca de los asesinos ni Bacon).
de la procedencia de Ramírez. Lo único que pudo
saberse, por dato accidental, es que el difunto era El primero, la deducción me pareció que no me
vicioso". interesaría. Me han dicho que la deducción es un
modo de investigar que parte de lo más conocido a
"Procuraremos tener a nuestros lectores al lo menos conocido. Buen método: lo confieso.
corriente de cuanto se sepa a propósito de este Pero yo sabía muy poco del asunto y había que
misterioso hecho". pasar la hoja.

No decía más la crónica roja del "Diario de la La inducción es algo maravilloso... (¿Cómo es?
Tarde". No lo recuerdo bien... En f in, ¿quién es el que
sabe de estas cosas?). Si he dicho bien, éste el mé
Yo no sé en qué estado de ánimo me encontraba todo por excelencia. Cuando se sabe poco, hay
entonces. Lo cierto es que reí a satisfacción. ¡Un que inducir. Induzca, joven.
hombre muerto a puntapiés! Era lo más gracioso,
lo más hilarante de cuanto para mí podía suceder. Ya resuelto, encendida la pipa y con la formidable
arma de la inducción en la mano, me quedé
Esperé hasta el otro día en que hojeé irresoluto, sin saber qué hacer.
anhelosamente el Diario, pero acerca de mi
hombre no había una línea. Al siguiente tampoco. -Bueno, ¿y cómo aplico este método maravilloso?,
Creo que después de diez días nadie se acordaba me pregunté.
de lo ocurrido entre Escobedo y García.
Palacio, Pablo. Un hombre muerto a puntapiés.
Pero a mí llegó a obsesionarme. Me perseguía por
todas partes la frase hilarante: "¡Un hombre
muerto a puntapiés!" y todas las letras danzaban
ante mis ojos tan alegremente que resolví al fin
reconstruir la escena callejera o penetrar, por lo
CONCIENCIA BREVE
Iván Egüés

Esta mañana Claudia y yo salimos, como siempre, rumbo a nuestros empleos en el cochecito que mis padres
nos regalaron hace diez años por nuestra boda. A poco sentí un cuerpo extraño junto a los pedales. ¿Una car
tera? ¿Un…? De golpe recordé que anoche fui a dejar a María a casa y el besito candoroso de siempre en las
mejillas se nos corrió, sin pensarlo, a la comisura de los labios, al cuello, a los hombros, a la palanca de
cambios, al corset, al asiento reclinable, en fin. Estás distraído, me dijo Claudia cuando casi me paso el
semáforo. Después siguió mascullando algo, pero yo ya no la atendía. Me sudaban las manos y sentí que el
pie, desesperadamente, quería transmitir el don del tacto a la suela de mi zapato para saber exactamente qué
era aquello, para aprehenderlo sin que ella notara nada.

Finalmente logré pasar el objeto desde el lado del acelerador hasta el lado del embrague. Lo empujé hacia la
puerta con el ánimo de abrirla en forma sincronizada para botar eso a la calle. Pese a las maromas que hice,
me fue imposible. Decidí entonces distraer a Claudia y tomar aquello con la mano para lanzarlo por la
ventana. Pero Claudia estaba arrimada a su puerta, prácticamente virada hacia mí. Comencé a desesperar.
Aumenté la velocidad y a poco vi por el retrovisor un carro de policía. Creí conveniente acelerar para
separarme de la patrulla policial pues si veían que eso salía por la ventanilla podía imaginarse cualquier
cosa.

«Por qué corres», me inquirió Claudia, al tiempo que se acomodaba de frente como quien empieza a
presentir un choque. Vi que la policía quedaba atrás por lo menos con una cuadra. Entonces aprovechando
que entrábamos al redondel le dije a Claudia: «Saca la mano que voy a virar a la derecha». Mientras lo hizo,
tomé el cuerpo extraño: era un zapato leve, de tirillas azules y alto cambrión. Sin pensar dos veces lo tiré por
la ventanilla. Bordeé ufano el redondel, sentí ganas de gritar, de bajarme para aplaudirme, para festejar mi
hazaña, pero me quedé helado viendo en el retrovisor nuevamente a la policía. Me pareció que se detenían,
que recogían el zapato, que me hacían señas.

—¿Qué te pasa? —me preguntó Claudia con su voz ingenua.

—No sé —le dije—, esos chapas son capaces de todo.

Pero el patrullero curvó y yo seguí recto hacia el estacionamiento de la empresa donde trabaja Claudia. Atrás
de nosotros frenó un taxi haciendo chirriar los neumáticos. Era otra atrasada, una de esas que se terminan de
maquillar en el taxi. «Chao, amor», me dijo Claudia, mientras con su piecito juguetón buscaba inútilmente
su zapato de tirillas azules.

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