Génesis de Añatuya
Por Guillermo Adolfo Abregú
Periodista, ensayista, ex subsecretario de Cultura de la Provincia y ex secretario de Prensa y Difusión de
la Gobernación de Santiago del Estero.
Compendio del contenido
Añatuya es una ciudad distante a 180 kilómetros al sudeste de la capital
provincial de Santiago del Estero. Es parte del gran hiterland territorial del
Chaco Santiagueño, donde comenzaron desde fines del siglo XIX, las
principales actividades forestales de la región del Noroeste argentino. Su
historia tiene visos de acontecimientos de luchas entre tribus aborígenes
establecidas al Este y al Oeste del Río Salado en tiempos precolombinos,
de posteriores enfrentamientos entre conquistadores españoles y bravíos
indígenas, que se prolongaron hasta los tiempos de la Independencia y la
Organización Nacional. Fue parte de la línea de fortines fronterizos, y de
un vertiginoso crecimiento industrial y poblacional desde que fue
transformándose de monte abierto por el ferrocarril, en paraje al comenzar
1902, en pueblo reconocido por ley al finalizar ese año, en capital del
departamento 28 de Marzo -el 15 de diciembre de 1903-, y en ciudad en
1912. El 24 de marzo de 1947, por ley 1929, el departamento pasó a
denominarse General Antonino Taboada (antes de ser departamento 28 de
Marzo, fue la parte sur de las tres secciones en que se dividió el entonces
departamento Matará). Durante seis décadas (desde 1887 a 1947) se llamó
departamento 28 de Marzo, pero su nombre ya había sido establecido en la
jurisdicción que tuvo en Matará, por el gobierno de Sofanor de la Silva, en
1885, en conmemoración por los sucesos del 28 de Marzo de 1875, día
final del mandato gubernamental de Octavio Gondra –que fuera consejero
de los Taboada e hijo de un ex ministro de Ibarra-. En esa fecha, se produjo
un levantamiento cívico que exteriorizaba el anticaudillismo en la ciudad
de Santiago, donde se profanaron las tumbas de Juan Felipe Ibarra y
Manuel Taboada en el convento La Merced (relata Alén Lascano), además
de atentados contra propiedades de ex funcionarios, bajo el lema
“liberación del régimen taboadista”. Ese 28 de Marzo de 1875, asumía
como gobernador Gregorio Santillán, caracterizado antitaboadista.
El devenir histórico, en la década de 1940, daría vuelta las posturas
políticas, reivindicando el nombre de Antonino Taboada, estableciéndoselo
al departamento añatuyense en lugar de 28 de Marzo, mediante un proyecto
de ley del diputado radical Hipólito Noriega, apuntando a “eliminar
denominaciones que constituyeren viejas y turbulentas querellas políticas
en la provincia”. Sus límites son: al norte con el departamento Juan Felipe
Ibarra, al sur con el departamento Belgrano, al este con la provincia de
Santa Fe y al oeste con el Dto. Avellaneda.
El Municipio de Añatuya es de primera categoría y cuenta con 36 mil
habitantes (cifra estimada faltando el resultado del censo 2022), en una
superficie aproximada de 6.230.000 metros cuadrados, dividida en 193
manzanas, conformadas por los barrios –entre los más populosos y
céntricos-: Centro, Roso, Rivadavia, Manzione, San Cayetano, Platense
Oeste, La Merced, Obrero, Colonia Osvaldo, Juan XXIII, Villa Abregú,
Villa Fernández, Santa Rafaela, San Jorge, Sportivo, Las Malvinas, Polo
Norte, Santa Rita, Villa Nilda, Villa María, Tiro Federal, El Triángulo, El
Bajo, Homero Manzi, Campo Rosso, La Leñera, 120 viviendas.
La Ruta Nacional Nº 34 la une con la ciudad de La Banda, Santiago y el
Norte del país, como así a Santa Fe y Buenos Aires, partiendo de la
localidad de Colonia Dora, y a la provincia del Chaco, pasando por centros
ganaderos de su área de influencia; la Ruta Nacional Nº 21, la conecta con
Tostado (Pcia. de Santa Fe), y la Ruta Nacional Nº 93 con Córdoba, a
través de Ojo de Agua.
Mirando en retrospectiva, como toda población surgente de la nada y donde
todo había que hacerlo; donde más fueron las adversidades que las
bonanzas, el año 1961 marcó una “bisagra” entre la Añatuya de los tiempos
difíciles y la ciudad de la esperanza, elegida por el entonces Papa Juan
XXIII para convertirla en la segunda Diócesis de la Iglesia Católica en la
provincia de Santiago del Estero, designando como su obispo a monseñor
Jorge Gottau (bonaerense de nacimiento), pues significó un hecho de suma
trascendencia –no sólo para un pueblo profundamente católico-, sino por la
dimensión de impacto social y político que de ahí en más le imprimiría
Añatuya a la región, por la extraordinaria labor pastoral que realizaría el
que pronto sería llamado “el pastor de los caminos”, imprimiéndole a la
nueva Diócesis una dinámica de realizaciones que extrapolaban el ámbito
religioso, con diversas obras públicas que ejecutarían distintos gobiernos de
la provincia, merced a su influencia, como así de auxilio económico del
exterior.
Para monseñor Gottau, que también merecería el reconocimiento del
pontífice Karol Józef Wojtila –hoy San Juan Pablo II- por la
implementación a nivel nacional de la colecta “Más por Menos” –entre su
incansable y vastísima obra misional-, servir a la Diócesis de Añatuya era
sinónimo de “servir a los demás por elección del Señor”.
Desde los duros tiempos de los obrajes, pasando por posteriores y
prolongadas épocas de desertificación, y hasta el día de hoy, el pueblo
añatuyense nunca se dio por vencido y prosigue luchando por el progreso
cifrado principalmente en su producción agrícola-ganadera, redoblando
esfuerzos desde que –como tantas otras poblaciones y ciudades del país-
quedaron desarticuladas, aisladas y despobladas por la emigración, cuando
durante la presidencia de Carlos Saúl Menem (1989-1999) se privatizaron
los ferrocarriles, causando el cierre de 800 estaciones y la pérdida de este
fundamental servicio de transporte vial (de carga y pasajeros) en vastas
zonas del país, provocando enormes perjuicios en las economías regionales.
Pero Añatuya –como otras ciudades santiagueñas- tuvo el necesario apoyo
gubernamental provincial –a pesar de las desigualdades en los recursos
coparticipables que postergaron por décadas al Norte y beneficiaron al
centralismo portuario-, llevando adelante acciones en pos del desarrollo
productivo (siendo el principal cultivo el algodón) para evitar el éxodo
rural y contar con las necesarias condiciones para ser una comunidad con
recursos y posibilidades para seguir creciendo.
Donde empezó a latir “el corazón del Chaco Santiagueño”
“Añatuya fue un poblaco / que haciendo gesto mohíno / tomó nombre del
zorrino / en la frontera del Chaco”, refería el escritor Carlos Abregú
Virreira sobre el origen quichua de la denominación que le dieron los
indígenas, en tiempos precolombinos, a su Añatuya entrañable.
Los primeros pobladores de “esta gran entrada al Chaco Santiagueño, junto
a la frontera del Río Salado y el País de la Selva” –como la definiera Luis
Alén Lascano, trayendo a mención el título de la épica novela de Ricardo
Rojas-, fueron los tonocotés, que provenían de las cuencas del Bermejo,
aunque también vivieron en la zona lules, juríes y matarás, así como
abipones, mocovíes y tobas del Chaco (desprendidos éstos últimos de los
guaycurúes del Paraguay) y un grupo de la tribu arawak. La lengua
prevaleciente en la región hasta los tiempos de la conquista fue la tonocoté,
pero al penetrar los españoles trajeron con los evangelizadores el quichua
del Perú (idioma aglutinador de lenguas aborígenes, impuesto con ese fin
por el Imperio Inca).
En 1810, don Leandro Taboada, informa al gobernador-intendente de Salta,
Santiago Mazeira, que en las inmediaciones del pueblo de Matará se
hallaba “un retazo de tierras realengas (como se denominaban a las
dependientes del rey de España) a las que se les daba el nombre de
Añatuya”, registrado por primera vez en actas en 1803, a raíz de una
expedición de Gerónimo Castellanos, Diego Bravo de Rueda y Fernando
Rojas en busca del “Mesón de Fierro” (como se llamaba al meteorito del
Chaco), pero ya citado por expedicionarios españoles en 1555. “Tierras
lindantes –señalaba Taboada- en el naciente por boques y montes
innominados, ocupados por indios; por el poniente con el río Salado; por el
sur, con pertenecías del maestro Dn. Juan Antonio de Paz, cura y vicario
del pueblo de Matará, y por el norte, con terrenos de propiedad de Bernardo
de Chávez”.
En 1856, Gaspar Taboada solicita posesión judicial de las tierras
informadas años atrás por su padre Leandro. Para aseverar dicha
pertenencia, fue comisionado Amadeo Jacques, quien estableció la
ubicación y extensión de las mismas, “de quince leguas cuadradas, en más
o en menos”, estableciendo mojones esquineros de su superficie en los
parajes de Sauce Bajada, Vizcacheral, Itines, Añatuya, Jaguel, Jume
Esquina, Tunasnioj, Simbol Bajada, Tres Cruces y Suncho Pozo (con el
tiempo algunas de ellas cambiarían sus nombres). Añatuya era el nombre
original que le daban a esa zona sudeste de la provincia de Santiago del
Estero, pero al sitio que hoy ocupa la ciudad, se lo conocía en esos años
como el paraje Simbol Bajo o Simbol Bajada.
En 1855, el general Antonino Taboada (hermano del gobernador Manuel),
fue comisionado por el Gobierno de la Nación, para formar una línea de
fronteras, construyendo fortines que –al decir de Orestes Di Lullo- “eran
como bastiones para contener la furia del salvaje”. Se estableció entonces
el Fortín Añatuya (como el del Bracho), que debido a la sequía de la región
quedó asentado en el bastión de Suncho Pozo, siendo asediado
permanentemente por los indios tobas del Chaco.
Los ataques aborígenes a los asentamientos, poblaciones y destacamentos
milicianos, tanto en el Tucumán como en el gran Chaco Santiagueño,
incluyendo a Añatuya en la zona Este, fueron una constante desde los
tiempos fundacionales y de expediciones españolas –que no contaban con
fortines para frenar a los “salvajes” que provenían desde las costas del
Salado, del Paraná y del Bermejo-, hasta que recién en tiempos de la
Independencia y de la Confederación Argentina, se fueron instalando
fuertes como el de Abipones (comandado por Juan Felipe Ibarra, desde el
que se dirigió a la ciudad de Santiago del Estero, en marzo de 1820, para
luchar contra las tropas tucumanas por la Autonomía, venciéndolas y
siendo proclamado como el primer gobernador de la Provincia en la
naciente Nación). El Fortín de Añatuya (entre otros en las líneas
fronterizas) quedó establecido en 1862 por Antonino Taboada, en márgenes
del río Salado para la contención de los malones indios del Chaco
Gualamba (“Tierra boscosa de cacerías”, en quichua).
En su obra “El Chaco” (1750-1950), monseñor José Alumni cuenta que en
la zona Este del Chaco Santiagueño (comprendiendo a Añatuya) “después
de más de un siglo de lucha contra los indios, los españoles se dieron por
vencidos y limitaron su acción a la defensa de las fronteras establecidas a
costa de tanta sangre, recurriendo a los misioneros para ver si la acción
civilizadora de la Iglesia modificaba esa difícil situación y solucionaba de
una vez el arduo problema de las tribus chaqueñas”.
1585 sería para el Chaco y las cercanas zonas fronterizas santiagueñas
como Añatuya, de significativa importancia por un doble motivo: el 14 de
abril de ese año, Alonso de Vera y Aragón (proveniente del Paraguay en
lucha contra los guaycurúes, y que tres años más tarde sería teniente de
gobernador de Corrientes), funda sobre las márgenes del río Bermejo la
ciudad de Concepción de la Buena Esperanza (primera capital del Chaco),
y a fines de diciembre –pasando por la región añatuyense- arriba con su
tropa a Santiago del Estero, satisfaciendo los apremiantes anhelos del
obispo del Tucumán (de la orden dominicana), monseñor Francisco de
Vitoria y de los padres jesuitas Francisco Angulo y Alonso de Barraza, para
establecer misiones evangelizadoras y curatos en las regiones del Tucumán
y el Litoral.
Concepción del Bermejo (a 330 kilómetros de Añatuya) marcaba el
esfuerzo de los conquistadores por asentar en el Chaco Santiagueño los
reales de la civilización y las bases de un progreso que vislumbraron
grandioso y que así lo hizo suponer la riqueza y el esplendor que, en su
corta vida alcanzó la primera capital chaqueña; y la entrada de los jesuitas
al Tucumán significó el propósito de organizar y proceder metódicamente,
sin ahorrar esfuerzos y sacrificios, la tarea de evangelizar las vastas
extensiones de las selvas santiagueñas y chaqueñas pobladas por una
infinidad de naciones indígenas que, si bien se diferenciaban por su raza,
lengua y costumbres, aunaban en un solo ideal sus voluntades: odio al
español y a todo aquello que significaba privación o limitación de su
“salvaje libertad”.
En más de tres siglos desde la conquista española, los abipones y los tobas
vivían para la guerra en el Chaco Santiagueño. Al decir de Mons. Alumni
“no arriesgaban nunca un combate, y si la sorpresa, su arma y método
predilecto, fracasaba, se internaban nuevamente en las selvas donde era
imposible seguirlos dada la inferioridad de los españoles en cuanto a los
caballos y el conocimiento del terreno”. Pero con el paso del tiempo y la
llegada del progreso para el aprovechamiento maderero, las correrías de los
abipones y los tobas, comenzarían a cambiar con los tendidos de las
“lenguas de acero” para el paso de los trenes, y con “los bosques
tumbados” por centenares de hacheros de cada obraje.
Hacia 1862 –año en el que se construyó el Fortín-, Añatuya era solo un
eslabón más en la línea de fortificaciones a la altura del curso medio del
Este del río Salado (en el sentido de puntos cardinales), entre itines por el
norte y vinales por el sur, pero que adquiriría una importancia vital para la
explotación forestal con la llegada del ferrocarril años más tarde.
En su ensayo Itinerario Alucinante (1948), Carlos Abregú Virreira relataba:
“Mientras la capital de la República empezaba a sentir los recios golpes de
la crisis de 1890, un verdadero ejército de obreros especializados extendía
sobre territorio santiagueño la línea férrea de San Cristóbal (provincia de
Santa Fe) a Tucumán. Dos años antes la firma Portalis, Freres, Carbonnier
y Cía. habían transferido sus derechos de explotación a la Compañía
Francesa de Ferrocarriles Argentinos, y los miembros de esa empresa
afrontaban -¡quién sabe cómo!- los derrumbes que en torno suyo se
producían a diario en la Bolsa de Valores, en el Comercio Mayorista, en el
Banco Nacional y en otras instituciones de crédito de aquella época.
“La única fe que no se había perdido estaba puesta en el porvenir de los
caminos de acero. Alrededor de 27 eran, entonces, las líneas ferroviarias
que se hallaban en construcción y explotación, aparte de los proyectos de
extensión autorizados desde 1870 a 1889 por la Legislatura de Santiago del
Estero, que no figuraban en ninguna estadística pero que mantenían en
permanente expectación a los financistas, cuyos capitales estaban
comprometidos en el trazado de aquella línea que iba a ser tan importante
en el futuro, como la inaugurada en 1876 por el Ferrocarril Central
Argentino, de Sunchales a Tucumán”.
Las líneas férreas que se construían para pasar por Añatuya con destino a
los ingenios del Norte y a la costa del río Paraná -exigiendo a los obreros
tender un kilómetro de riel por día-, iban convirtiendo a la selva -con el filo
de las hachas y los dientes de las sierras-, en espacios limpios de
quebrachos a medida que se instalaban obrajes para el desmonte, trocando
en fuentes de progreso y de riqueza el esfuerzo colectivo de los obreros de
los caminos de acero y de los peones hacheros.
De un descarrilamiento de tren
nació el pueblo y ciudad de Añatuya
Al comenzar 1890, un hecho accidental o signado por el destino para
quienes lo tomaron como un presagio de lo que debía ser, marcó el inicio
de la conversión de un punto del bosque nativo del “zorrino”, en lo que
prontamente surgiría como un pueblo de constante crecimiento, reconocido
por ley provincial el 12 de diciembre de 1902, y que 10 años más tarde, el
5 de julio de 1912, sería declarado como Ciudad de Añatuya, en el
departamento 28 de Marzo (que pasó a llamarse General Antonino Taboada
en 1947). Aquel “capricho del azar” –como lo calificara Luis Alén Lascano
y también lo relatara Abregú Virreira- consistió en que al llegar al paraje
Simbol Bajada (Añatuya), una locomotora con pocos vagones cargando
materiales, herramientas y provisiones, que se dirigía al extremo norte de
los casi 300 kilómetros de vía férrea que se llevaba construyendo hasta
entonces para el trayecto entre San Cristóbal y Tucumán (que recién se
culminaría en 1892), sufrió un descarrilamiento, sin víctimas fatales: A
falta de auxilio y reparaciones inmediatas, un vagón equipado con telégrafo
pasó a ser utilizado en el lugar como una estación improvisada, desde el
cual se transmitían y recibían comunicaciones por telégrafo para los
capataces y obreros de los obrajes, sirviendo además como refugio para
pernoctar a una cuadrilla de trabajadores ferroviarios. A medida que
pasaban los días, se fueron instalando alrededor del “vagón estación”
improvisadas casillas con maderas de quebracho. Y ya reparadas las vías y
continuando las tareas de colocar rieles y durmientes, el paraje desolado de
Simbol Bajada, comenzó a ser llamado “el nuevo Añatuya”, que fue
creciendo vertiginosamente.
En su novela “Los chumucos” (escrita entre 1958 y 1960 y que aún espera
ver la luz de ser editada), Carlos Abregú Virreira transcribe el relato de un
jefe de los operarios del tren descarrilado, de apellido Louchel.
“Cuando llegamos a Simbol Bajada –cuenta Louchel-, ya habíamos
extendido 277 kilómetros de riel y nos hallábamos a sólo tres leguas del
famoso Fortín de los Taboada. Aquel día, descarrió uno de los vagones
donde guardábamos las herramientas y las provisiones. Para facilitar la
tarea del encargado del control de comunicaciones, instalamos sobre una
mesa emplazada en el interior del vagón, la estación telegráfica. Desde
entonces estuvimos en permanente contacto con las cuadrillas de la
retaguardia destacadas en los flamantes apeaderos de Rams, Averías y
Bandera. Dos técnicos dirigían la obra: el ingeniero Rougeau y el
agrimensor Girardet, paisanos míos, franceses, como yo”. Louchel sería
uno de los primeros pobladores de la “Ciudad del zorrino y del quebracho”.
Iniciado el siglo XX, Añatuya presentaba un panorama rico en contrastes
nacidos y madurados en el medio. Hombres venidos de todas las latitudes y
unidos por una ambición de lucro y predominio se instalan en el pueblo y
alrededores, sin que nadie les preguntara de dónde llegaban y qué
buscaban.
Describe Abregú Virreira en “Los chumucos”: “Ranchos y viviendas
improvisadas se levantan en cualquier parte, sin orden ni orientación
estética. Nadie piensa en estilos arquitectónicos. La actividad febril que
preside el nacimiento y desarrollo apremiante del pueblo no lo permite.
Árabes, sirio-libaneses, moros, italianos y belgas; suizos y alemanes,
franceses y españoles alternan con el mestizo y el indio en esta confusión
de razas y religiones donde todos participan por igual de la imponente
majestuosidad del bosque virgen que tala el hacha devastadora para nutrir
la voracidad, siempre insatisfecha, de la codicia capitalista”.
Durante sus primeros años, aquel pueblo todavía inorgánico, pero
convocante para buscadores y soñadores de mejor fortuna, como lo fueron
los del “far west con la “fiebre del oro” (comparaba Abregú Virreira),
constituido por un núcleo improvisado de viviendas, en 1904, en torno a los
obrajes, desarrollaba una evolución constante de inmigrantes y trabajos,
aunque aún precaria en sus características estructurales, no obstante la
fabulosa riqueza emanada de los bosques talados, desde los que se sentía el
ininterrumpido canto de las sirenas que sonaban convocando al trabajo;
mientras se comenzaba a trazar las primeras calles y organizar los
elementales servicios públicos. El entusiasmo de los habitantes y de las
autoridades comisionadas del “nuevo Añatuya” por transformar a su pueblo
en ciudad, se demostraba en el empeño laboral, en las gestiones ante el
gobierno del Dr. Manuel Argañaráz y en las expresiones de anhelo para que
se cristalizara.
Por fin, llegó el día esperado el 5 de julio de 1912, cuando por gestiones de
reconocidos vecinos y por un proyecto presentado en la Legislatura
provincial por el diputado Felipe F. Giménez, se promulgó la ley que elevó
a la categoría de ciudad a Añatuya, pasando a ser la virtual capital del
Chaco, por la importancia que concitaba y adquiría la mayor fuerza
civilizadora de esa gran región interprovincial, antes inmensa selva
impenetrable.
Entre los más antiguos vecinos y prácticamente fundadores de la localidad,
estuvieron presentes en el acto oficial declarativo, posando bajo un
frondoso algarrobo para una histórica fotografía (daguerrotipo): Ernesto
Abregú, Pedro Vildósola, Ángel Vitetta, Abraham Abitbol, Gervasio
Campos, Manuel Álvarez, Carmelo Manzione, Enrique Casamayor, Álvaro
Gemino, Emilio Gándara, Marcos Calmon, Federico Schoneider, Silvio
Raimondi, Benjamín Scheidlin, Pablo Campos, Santiago Pérez Bufil,
Mario Orgoroso, Juan Mauri y otros –aproximadamente una veintena más
que no alcanzan a distinguirse sus rostros en la imagen registrada-.
“-Milagro, madre; aleluya! / Alegre su soledad! / Ha nacido una Ciudad! /
Ya no es un pueblo Añatuya! / La selva lejos, muy lejos… / Distante el
aserradero / y Dumas, José Ovejero / y Andrés Rebollo, muy viejos… /
Adiós burros cimarrones / que montábamos en pelo con un hijo de Sotelo
y los hermanos Manzione…”. Carlos Abregú Virreira (Añatuya y otros cantos).
Y Añatuya fue creciendo, tomando forma definida. Se abrían nuevas calles
y avenidas. Las actividades comerciales aumentaban en relación a las
necesidades de la población en diversos rubros y de los insumos para
numerosos obrajes. Ya había luz eléctrica en gran parte de la ciudad, siendo
los propietarios de la empresa con equipos generadores los señores Castro y
Cia. La vida diaria cobraba características propias de una comunidad
emprendedora, social y culturalmente motivada e interesada en las
cuestiones que hacían a su desarrollo. Los temas políticos que tanto en el
orden nacional como provincial sacudían a los partidos Unión Cívica
Radical y Conservador, se discutían acaloradamente, ligándolos al presente
y al futuro de Añatuya por las consecuencias que pudieran repercutir sobre
los negocios, emprendimientos y proyectos.
La Añatuya de Homero Manzi y Abregú Virreira
A esa altura de los tiempos, no solo los obrajes eran el centro de atención.
Se sabía que tarde o temprano la industria maderera dejaría la tierra
arrasada e improductiva con los restos de troncos y raíces hasta que algún
día lejano se pudiera recuperarla. Entonces surgieron otras industrias
pujantes: la ganadera y la agrícola –a pesar de las prolongadas sequías-.
Dos años después de fundarse la ciudad, la industria ganadera aumentó
considerablemente. Según cálculos de personas conocedoras, existían en la
jurisdicción: 20 mil cabezas de ganado vacuno; 30 mil de ganado lanar; 6
mil de cabrío; 5 mil de caballar; 4 mil de mular y 3 mil de asnar. Se habían
establecido varias estancias –cuatro grandes y otras más pequeñas
conformadas por lotes en la costa del río Salado, pertenecientes a los
señores Vicente Martínez Rufino, Lino Saldívar, Herrera Vegas y Pujol.
En “Villa Abregú”, aún con falta de riego adecuado, pero supliendo esa
carencia con agua almacenada, hubo compradores de quintas que se
dedicaban a la siembra de papas, frutas, garbanzos, arvejas, sandías,
melones y otros cultivos. Se destacaba que las tierras eran óptimas,
permitiendo producir cuanto en ellas se cultivaba para el engrandecimiento
de la región, destacándose que lo único que se esperaba era la prosecución
de la obra de construcción del canal de riego.
En su libro “Estudios de literatura santiagueña” (1987), el profesor y doctor
en Literatura, José Andrés Rivas (quien fuera miembro correspondiente de
la Academia Argentina de Letras en Santiago del Estero), en el capítulo
“La Añatuya de Carlos Abregú Virreira”, en el que desgrana las
experiencias de vida de este prolífico escritor en su amada ciudad, que
cobraron forma de relato poético en “Añatuya y otros cantos” (publicado en
1945), nos dice que bien se puede “desandar la evolución de aquel lugar,
como recrear diversas escenas que le habían impresionado a Abregú para
ser, como decía Sarmiento en su Facundo, `el cantor que está haciendo
candorosamente el mismo trabajo de crónica, costumbre, historia y
biografía´ de su amado pueblo, aportando datos para apoyo de historiadores
futuros”.
“Aquella crónica grata de sus recuerdos de Añatuya –refiere Rivas sobre
C.A.V.-, muestra en una parte que la transformación del antiguo pueblo en
ciudad está acompañada de despedidas y nostalgias. Esto le permite a
Abregú realizar cuadros evocativos por los que desfilan las antiguas
tabeadas, los reñideros de gallos, los `bailes y trincheras / de chinas
almidonadas´ (p. 39), las peleas entre criollos, las vendedoras de patos, etc.
Allí también regresan nostálgicos nombres entre los que no podrían
omitirse el de dos poetas notables: los hermanos (Homero y Luis)
Manzione” (p. 37 de Añatuya y otros cantos).
Como expresara el profesor de Estudios Latinoamericanos en las
universidades de Nueva York y Zúrich, Jens Andermann, “el paisaje, la
cuestión ambiental, la política, la economía y la cultura, se entrelazan en la
vida de los pueblos”. Y refiriéndose, precisamente, a lo que ocurría en
Añatuya a fines de la década de 1930, como ciudad del Noroeste argentino
de relevantes acontecimientos de trascendencia nacional, en crónicas
periodísticas (de los diarios Crítica y El Mundo) sobre la explotación de
los bosques, la sequía, los asaltos a los trenes transportadores de agua y
alimentos, los grandes negocios transnacionales de las empresas madereras
de la oligarquía, enriqueciéndose mientras sus trabajadores se empobrecían,
aún en una etapa de cambio de un pasado silvestre a la modernidad, de un
proceso de inserción del mundo rural a la modernidad capitalista y urbana,
en la que también surgían cambios culturales con voces que expresarían los
múltiples efectos de ese proceso crítico en parte de su realidad y de
potencial crecimiento futuro de no ser postergado por intereses políticos y
latifundistas.
Entre las voces añatuyenses que trascenderían en los planos de la cultura y
la política, que aún dejando su terruño (con años de diferencia) no lo
olvidaban sino que “se agrandaba en el recuerdo”, llevados por un destino
con metas desde las que le darían proyección a su pueblo que ya era ciudad,
se destacarían como jóvenes escritores, periodistas y poetas Homero Manzi
(Manzione , hasta llegar a Buenos Aires y popularizarse con sus tangos y
ser miembro de FORJA en 1935, junto a escritores como Arturo Jauretche,
Luis Dellepiane, Gabriel del Mazo, Atilio García Mellid y Raúl Scalabrini
Ortiz como inspirador y acompañante del grupo); Carlos Abregú Virreira
(para ser parte –a los 22 años- de los grupos literarios santiagueños “Los
Inmortales” y “La Brasa”, fundados en 1917 y 1925, respectivamente,
acompañando a Bernardo Canal Feijóo, Emilio Christensen, Horacio Rava,
Enrique Almonacid, José M. Paz, Manuel Gómez Carrillo, Emilio y
Duncan Wagner, Orestes Di Lullo, Oscar R. Juárez, Pedro Cinquegrani,
entre otros intelectuales, investigadores y artistas), y más tarde, en Buenos
Aires, periodista de Crítica, autor de numerosos libros y fundador de la
Escuela Argentina de Periodismo en 1952; como así también Roberto
Castro, que narraría en versos “la historia simple nacida por mil hachas
sonoras del Chaco Santiagueño”.
Desde la Capital Federal –al tiempo que componía “Sur” y “Nobleza de
arrabal”, entre otros temas “inmortales” que irían acrecentando su fama-,
Homero Manzi recordaba en versos su niñez hasta los 9 años en que dejó
su tierra natal: “Añatuya es un lugar / que jamás podré olvidar / porque al
fin es Aña… mía. / Tras un verde ventanal / junto al mismo algarrobal /
conocí la luz del día”.
Tanto Homero Manzi como Abregú Virreira, cronicaban en sus escritos
periodísticos sobre las historias, los cambios y necesidades de una Añatuya
que no lejos en el tiempo había sido selva, paraje, pueblo y
vertiginosamente ciudad, evocando las costumbres de antaño con
descripciones nostálgicas, evocativas, pero también objetivamente realistas
sobre la triste vida de los peones obrajeros y la necesidad de aplicar
políticas de reivindicación laboral y obras fundamentales, ya que ante el
crecimiento poblacional desmedido, los campos devastados por la
desforestación y las prolongadas sequías, el hambre y la sed causaban
estragos. Abregú Virreira, en su libro “La vida del peón en los obrajes del
Chaco Santiagueño” y posteriores artículos publicados en el diario porteño
“Crítica”, reflejaba la cruda realidad del sufrimiento y la destrucción en los
bosques para proveer de durmientes a una industria férrea y forestal, de una
oligarquía (pro-británica y francesa) que hacía sus grandes negocios
internacionales a través de los puertos del Litoral y de Buenos Aires.
Hacia fines de 1937, Homero Manzi, desde las páginas de la revista porteña
“Ahora”, expresaba la necesidad de promover a través de la prensa una
toma de conciencia sobre la decadencia del Noroeste y el favoritismo de las
políticas conservadoras hacia los contratistas extranjeros, que se venía
dando desde 1930, al comenzar “la década infame”.
Manzi logró que el escritor y periodista de los diarios Crítica y El Mundo,
Roberto Arlt (autor de “Los siete locos”), viajara a Añatuya, junto a
Ernesto Giúdici, para informar “in situ” sobre la red de explotadores que se
beneficiaban con los negocios de ultramar, en desmedro del mercado
interno.
También Raúl Scalabrini Ortiz publicaba en 1937 su ensayo “Los
ferrocarriles, factor primordial de la independencia nacional”, aludiendo a
“la oligarquía que usufructúa en los obrajes con la mentira de una
prosperidad que solo se ve en los balances del puerto”.
La causa política común hacía coincidir a las crónicas de Manzi y Arlt en
una mirada que resaltaba el impacto de escenas extremas de sufrimiento y
destrucción con el asalto a los trenes aguateros y el dolor de un pueblo que
requería respuestas políticas reparadoras.
Esas políticas recién llegarían con el advenimiento del peronismo al
gobierno en 1946 (y antes también con Juan Domingo Perón como
secretario de Trabajo y vicepresidente de la Nación con la Revolución de
1943) y sus leyes de reivindicación laboral y realización de obras públicas
con su plan quinquenal.
Añatuya no quedaría exenta de ser beneficiada con esas políticas
reparadoras, una vez estatizados los ferrocarriles y con la puesta en marcha
de planes de reforestación para cultivos alimenticios y mayores
emprendimientos ganaderos, que era la industria que se estaba esperando
para recomponer a Añatuya y sus zonas de influencia de la devastación
forestal.
Según pasaban los años, Añatuya ya no era el pago de los montes nativos
cubiertos abrumadoramente por centenarios quebrachales que parecían sin
fin. La explotación sistemática y desmedida de las empresas capitalistas,
había reducido enormemente las reservas forestales de esa naturaleza
virgen, pero aún era fuente de incalculable riqueza en esa zona de 6040
kilómetros cuadrados de superficie.
Cambios vertiginosos y abrumadores
Bien puede decirse –como lo afirmaba el Dr. Orestes Di Lullo-, que
“Añatuya fue el centro de la expansión de la provincia, cuando al tenderse
los rieles del progreso, se pensó en la enorme riqueza que la explotación de
los bosques proporcionaría a la zona. Pero la riqueza de esos inmensos
bosques explotados, calculada en miles de millones de pesos, pasó en
largos convoyes de trenes, transportada durante más de cincuenta años, sin
quedar en Santiago”. Eran tiempos de gran surgimiento productivo para la
provincia de Santiago del Estero -que le dio 400 mil trabajadores a los
obrajes durante medio siglo-, pero la vida del peón forestal era extenuante y
dolorosa, al recibir a cambio de su sacrificada labor, migajas de pago:
vales, harina y yerba en lugar de monedas.
Pero en esa Añatuya de cambios abrumadores, de invasivas confluencias
étnicas, de desproporciones sociales, con un núcleo improvisado de
viviendas en torno a los obrajes, sin un poder institucional propio para
gobernarla, había hombres probos que soñaban con convertir a su pueblo
en una ciudad progresista, ordenada comunitariamente, creciendo en su
radio habitable y jurisdiccional, y decididos a establecer una estrecha
relación con los poderes del Estado provincial (Gobierno, Justicia y
Legislatura), para establecer medidas y leyes de amparo y evolución social
y productiva.
En septiembre de 1903, el gobierno de la provincia designó al martillero
Francisco Castañeda Vega, para poner en remate terrenos considerados
fiscales, designados al Pueblo de Añatuya. Dos años después, en 1905, se
formó la primera comisión municipal, a cargo de Carlos Rosso (h),
teniendo como secretario a don Felipe Luna y como tesorero a don Diego
Espinosa.
Al finalizar 1905, el gobernador José Domingo Santillán, designa como
presidente de la segunda comisión municipal de Añatuya, al ex legislador
provincial en tiempos de la Unión Cívica, don Ernesto Abregú, cargo que
desempeñó hasta 1908. De 1913 a 1915 volvió a ocupar la misma función,
traspasándosela al señor José S. Ovejero –sin deuda y con supearávit-. En
1916 fundó el pueblo de “Villa Abregú” (uno de los actuales barrios de
Añatuya), y en diciembre de ese año fue designado jefe Político del
departamento 28 de Marzo.
Don Ernesto Abregú, en su primera gestión municipal se ocupó de trazar
las primeras calles, organizar los servicios públicos, que las casas de
material sustituyesen al rancho y la vivienda de adobe, alentando la labor
de la construcción y los emprendimientos comerciales, con la aspiración de
evitar el éxodo y crear intereses que conllevaran al arraigo de los nuevos
pobladores. Asimismo, hizo abrir avenidas, destinar terrenos a plazas, se
crearon centros deportivos como el Polígono Tiro Federal, iglesias,
cementerio; impulsó la construcción de la escuela “Florentino Ameghino”;
proyectó y estableció el primer alumbrado público a gas, como así la
extracción de agua potable del subsuelo y dos mercados. Entre otras
medidas autorizadas por el Poder Ejecutivo, se donó a la Nación un amplio
terreno para el asentamiento del Distrito Militar Nº 60.
Lo que mayor impacto causó en beneficio de la población añatuyense, fue
la provisión de agua potable mediante la detección de corrientes
subterráneas con técnicas de radiestesia y extracción por bombeo, y el
proyecto para construir un canal derivador.
En 1905, Añatuya había sufrido los efectos de una espantosa sequía. No
corría agua por las acequias. Se agotaron los pozos. Se secaron los campos.
La hacienda moría de sed y hambre. Los pobladores se vieron en el trance
de asaltar los trenes ferroviarios que llevaban tanques con el vital elemento.
La conquista del agua fue una obsesionante pesadilla. Frente a este flagelo,
don Ernesto Abregú dirigió todos los trabajos de sondeo que se hicieron en
aquellos días y la providencia favoreció sus esfuerzos concediéndole el
privilegio de dar con algunas corrientes acuíferas del subsuelo, las que
fueron aprovechadas por toda la población.
Esta conquista le hizo concebir la idea de buscar nuevas napas
subterráneas. Después que sus gestiones se habían estrellado contra la
indiferencia de los que pudieron conjugarla, tomó contacto con la empresa
del señor Einar K. With, quien tomó en cuenta el proyecto de socavación.
Con gran entusiasmo don Ernesto Abregú abrazó la nueva cruzada, hasta
tomar parte él mismo de los trabajos de sondeo.
Con personal traído de Italia por intermedio de don Augusto Di Mitri se
realizaron previamente, sorprendentes ensayos en la ciudad de Rosario de
Santa Fe, con la presencia del entonces vice gobernador de esa provincia,
doctor Ricardo Caballero.
Alentado por estas comprobaciones y oída la autorizada opinión del Dr.
Camilo L. Ducco, profesor de la Facultad de Medicina rosarina, sobre el
poder de los “sourciers” que utilizaban los alemanes y franceses para
investigar las corrientes de agua en las mismas tierras donde la Biblia
indica el lugar donde se produjo el éxodo hebreo y se recuerda el milagro
de Moisés, indicando sobre la peña de Horeb una veta salvadora, don
Ernesto Abregú recorrió las provincias de Santiago del Estero, Tucumán,
San Luis y Mendoza; pero un año después, requeridos otra vez sus
servicios por amigos personales, el comercio y las industrias de Añatuya,
regresó a esta ciudad donde volvió a ocupar el cargo de presidente de la
Comisión Municipal.
Por cuestiones políticas y económicas (eran tiempos convulsionados para el
país y particularmente para la provincia, previos a lo que se conoció como
“la década infame”), el proyecto de construcción del canal de riego público
quedó demorado, pero no sin la voluntad y los esmeros de llevarlo
adelante, apelando don Ernesto Abregú a todas las influencias posibles en
la capital santiagueña, para que la Legislatura aprobara el proyecto, lo que
hizo en septiembre de 1913. Mientras tanto, la población de Añatuya ponía
en práctica trabajos de secano, almacenando agua de lluvia en pozos,
piletones y en pequeñas cisternas –o extrayéndola desde donde se la
detectaba-, tanto para consumo humano como para riego de huertas y
determinadas hectáreas cultivadas. Desde la Comisión Municipal se había
instruido el modo de implementar regadío controlado, para que los vecinos
y los pequeños productores plantaran con sus propias manos frutas y
verduras, como así olivares, viñas; sembrando y cultivando otras especies
con óptimos resultados. La ciudad de Añatuya, que hasta 1919 -por lo
menos- se surtía de legumbres, frutas y hasta flores en los mercados de
Santa Fe y Tucumán, tuvo la satisfacción de ver premiado ese esfuerzo del
cultivo por secano, hasta que recién en 1927 se concretó la obras del primer
canal público, durante el gobierno provincial del radical don Domingo
Medina, y por iniciativa de don Ernesto Abregú.
Durante los años que transcurrieron desde la presentación del proyecto a la
construcción del primer canal de riego para Añatuya, la actividad en la
ciudad y en los campos era de constante crecimiento, a punto tal que se la
consideraba como “la capital del Chaco Santiagueño”. En este sentido, el
escritor Juan B. Guzmán, desde el periódico añatuyense A.B.C. (que
competía con “El Chaqueño”, que dirigía el periodista e intelectual español
Casimiro González Trilla, autor del libro homónimo), relataba el 13 de
septiembre de 1913: “No se vacila en aplaudir la sanción del proyecto del
canal a Añatuya. Una magna obra que marcará una nueva orientación a la
vida económica de nuestra ciudad… Este vastísimo departamento 28 de
Marzo, ofrece a simple vista una topografía perfectamente definida. En lo
general, inmensos y tupidos bosques que abarcan gran parte de su área total
y que, hasta hace poco tiempo, constituían zonas impenetrables, densas e
intocadas; pero desde 1908, fecha en que se iniciaron los grandes negocios
de madera, leña y carbón, estos montes empezaron a ser explotados en
gran escala y una vez probada la calidad y abundancia de los productos
obtenidos allí en postes y durmientes de quebracho colorado, trozos para
tanino, etc., dio motivo para la instalación de numerosos obrajes y grandes
aserraderos con modernísimas máquinas. La población aumentó
considerablemente en esta región antes desierta; se duplicaron los capitales
y los esfuerzos, tanto particulares como los de las empresas, para
contrarrestar los rigores de esa naturaleza virgen que guarda aún en su seno
incalculables riquezas”.
En otros escritos alusivos a la evolución de Añatuya, refería Guzmán: “El
ferrocarril se ha internado en una gran extensión a uno y otro rumbo de esta
importante zona (6080 kilómetros de superficie y 25.000 habitantes),
facilitando así la rápida salida de una enorme cantidad de diversas clases de
productos forestales para dentro y fuera del país. Después de la riqueza
forestal sigue en importancia la agricultura y ganadería. Abundan en sus
campos la hacienda caballar, mular, vacuna, cabría, lanar y porcina.
“Con respecto a la agricultura –remarcaba-, va tomando un notable
incremento, principalmente en la región comprendida a uno y otro lado de
las vías del Ferrocarril Central Norte Argentino… En las proximidades de
Añatuya existen grandes establecimientos agrícolas de suma importancia,
especialmente en lo relativo al cultivo del trigo, alfalfa y plantas frutales,
como así también una buena extensión de algodón y girasol”. Estos datos a
los que aludía en aquella época Juan B. Guzmán, sobre lo que comenzaba
a representar Añatuya para un intenso desarrollo rural y poblacional en el
interior de la provincia, son un espejo que a través del tiempo –pasado ya
más de un siglo-, reflejan la pujanza que alcanzó a tener la actual ciudad
cabecera del departamento General Taboada (entonces 28 de Marzo).
Claro que no todo fue como “la ilusión de un cuento fantástico plagado de
satisfacciones”, en este caso de justas retribuciones para “los esforzados
peones que terminaban condenados a la miseria y la degradación humana”
–sentenciaba Bernardo Canal Feijóo-. Esa “bonanza productiva”, tendría
sus retrocesos al comenzar la década del 40 del siglo XX, debido “a la
trágica destrucción de los bosques santiagueños, por la entrega de tierras
fiscales, de parte de los gobiernos provinciales a la `tela de araña´ de los
industriales privados” que devastaron las reservas forestales y explotaban a
los obreros sin leyes laborales que los protegiera –manifestaba Canal
Feijóo-.
En su libro “Hacha y Quebracho - Santiago del Estero, el drama de una
provincia” (1985), Raúl Dargoltz apunta: “En esa increíble devastación,
Antenor Álvarez, en el año 1941 calculaba que más de ciento cincuenta
millones de quebrachos colorados fueron destruidos, sin contar las otras
especies forestales como el quebracho blanco, el algarrobo y el itín. Esta
enorme riqueza que salió de la provincia y que nunca más volvió a ella, y que
es muy difícil cuantificar económicamente, constituye la prueba más
importante del proceso de empobrecimiento que tuvo Santiago del Estero”. El
impacto en el aspecto social y ecológico marcó un revés que sólo se fue
recomponiendo con el proceso de cambio productivo, al convertir las tierras
arrasadas por la explotación forestal, en campos adaptados para el cultivo y la
producción agrícola-ganadera. Añatuya logró levantarse en su “bosque
tumbado” y producir en esos campos reconvertidos para el desarrollo rural,
donde gracias al riego se cultiva trigo, maíz, alfalfa, lino, algodón y frutales;
y el ganado más abundante es el caprino, en una escala más reducida hay
bovinos, lanares, caballares, porcinos y asnales.
Pero otro retroceso tendría Añatuya en la última década del siglo XX -
como cuantiosas localidades en el país-, a causa del cierre de los
ferrocarriles en la etapa privatizadora del gobierno nacional de Carlos Saúl
Menem (1989-1999), provocando un enorme daño en el sistema de
transporte de cargas y pasajeros, considerado como un “ferrocidio” que
significó la pérdida de trabajo para miles de familias, por la desconexión de
los pueblos con los trenes de los que dependían para mantener su economía
en funcionamiento, resintiendo el modo de vida de esas ciudades y
poblaciones que quedaron “desanimadas” del ritmo habitual que tenían,
con sus estaciones “fantasmagóricamente desoladas”, y pequeños
productores que no pudieron continuar con sus emprendimientos o se
vieron obligados a emigrar a otras regiones.
El “espejo” de lo bueno y de
lo malo a través del tiempo
En ese “espejo” del tiempo que tiene cualquier pueblo más que centenario
en el mundo, donde se refleja lo bueno y lo malo por lo que pasó, el de
Añatuya –remontándonos a los comienzos de los trabajos en los obrajes-,
nos hace ver, a través del relato de Casimiro González Trilla en su
periódico “El Chaqueño”, cómo se padecían las necesidades. “La sequía –
relataba Trilla en 1908-, está produciendo sus naturales consecuencias de
modo afligente. En los obrajes se espera a los aguateros como al Mesías.
Los tanques son vaciados y consumidos inmediatamente. El agua se fleta,
como siempre, desde Clodomira, es decir, desde 250 kilómetros por tren.
Su flete es carísimo. Y gracias a que el servicio ferroviario no está mal
organizado, ya que de otro modo se hubieran repetido las escenas de años
anteriores. Sin embargo, en muchos campamentos se ha sufrido la sed. Los
animales van de una parte a otra husmeando los tachos. De un obraje de
Vilelas, el obrajero puso numerosos telegramas pidiendo –ya que no le dan
suficientes tanques- un tren para transportar la hacienda antes que se
muriese de sed”.
En esos días, “El Chaqueño” publicaba esta noticia: “Dos familias de
colonos se han peleado como perros de presa, arrancándose a mordiscos las
orejas, dedos y aún los pelos, hombres y mujeres. Y esto por el agua de un
pozo. Los sembrados están perdidos. Es una seca fatal que da al traste con
el optimismo. Los detractores del suelo sonríen con aire de triunfo. A esta
tierra –añadía el periódico de Añatuya- es una locura hacerla cultivar.
Solamente a unos insensatos puede ocurrírseles semejante disparate. Y los
hechos parecen confirmar esa afirmación, pues hasta la primavera atrasa su
exuberante brote”.
“El maíz –agregaba- se ha encarecido hasta llegar a cobrarse un peso
cincuenta los diez kilogramos. Las plantaciones están mustias, casi secas.
Animales del campo tan ariscos como la guasuncha, se dejan apresar junto
a los matorrales o salen al camino insolados, enceguecidos y la peonada los
mata. Todas las tardes créese que las nubes se sostendrán. Continúa
reinando el viento caliente del norte. Bajo la sombra de los árboles, los
pájaros con el pico abierto y las alas a medio desplegar arden en la fragua
del propio plumaje mientras el cielo prolonga a una jornada más la
esperanza de una lluvia que sólo se intuye en el espejismo andariego y
burlón de todos los caminos, ya próximo, ya lejano del hombre y de la sed.
“En su desesperación, la gente busca algún indicio anunciador de agua en
los pronósticos atmosféricos que la creencia popular atribuye al burro
cuando se rasca en un poste; al suri cuando sacude el plumaje y hace
gambetas sin que nadie lo exija; a la gallina si escarba y hace un hoyo en la
tierra; al retozo del ternero o del potrillo; a las vizcachas si aparecen de día
y a la chuña, la perdiz y el gallo cuando cantan, este último a deshora.
También se preocupan los pobladores de observar si aparecen aguaciles,
moscones, shishis y caranes en cantidad; si se cruza en el camino alguna
culebra o si florece el huiñaj. Pero solamente se escucha el canto del
crespín que anuncia la sequía, y por la noche salen muchos yanarkas con
igual presagio Así es como estas supersticiones hacen pensar en la
celebración de una telesiada que no prospera, porque se les dice a los
organizadores de la iniciativa que han venido a trabajar y no a andar de
farra, aunque tengan la mejor buena fe del mundo.
“El secreto de sortear el calor y resistir la fe está en llegar a destino antes
de las 10 y emprender el retorno después de la cinco de la tarde cuando el
viento amaina y el sol está menos bravo. A esta hora el paisaje es otro. Se
respira a pleno pulmón el perfume de la flora aborigen. Y todo este mundo
de seres animados o inmóviles se prepara para recibir con igual goce la
frescura bienhechora de la noche.
“Los árboles y las aves; los hombres y las bestias; acaso todos terminan de
salir de una gran experiencia moral, con el alma templada y dispuesta a
reanudar la lucha del día siguiente contra el viento y el sol. El anochecer es,
precisamente, la hora en que la soledad y el cansancio le hablan a la
conciencia con acento de derrota definitiva”, definía así las vivencias en los
obrajes.
En otra publicación, Trilla se refería a las distintas formas de explotación a
los jornaleros. “Hay formas duras de explotación laboral, y otros medios
más sutiles para no perder pingües ganancias los contratistas en acuerdos
con los operadores de descargue de madera en los playones del ferrocarril.
Por ejemplo, durante la operación de descargue de madera en la playa, el
fletero pierde deliberadamente el tiempo de acuerdo con el contratista, el
inspector de monte y el capataz. En estos casos –denunciaba Trilla en su
periódico- el peón apilador permanece inactivo y, en consecuencia, sin
percibir jornal. En cambio, está obligado a gastar en alimento que saca al
fiado de la proveeduría, invirtiendo lo poco que ahorra quién sabe a costa
de cuántos sacrificios.
Toneladas de cortes de madera (rodrigones y durmientes apilados para su transporte en tren) a pago vil para los esforzados hacheros.
“La recepción de la madera fletada representa otra pérdida para el obrero -
tal como lo dice `El Chaqueño´-. El recibidor o inspector de monte, la
clasifica como mejor conviene a sus intereses y, como esta operación
recién se lleva a efecto en la estación, los durmientes o postes
descalificados pasan a ser propiedad del obrajero sin que el peón tenga
derecho a hacer uso de ellos, aunque no se le pague.
“El régimen de la hachada está, igualmente, bien planeado por los agentes
criollos del capitalismo feudal. Las picadas en el monte, deben, en efecto,
ser abiertas por cuenta exclusiva del peón y suficientemente anchas para el
paso de las maniobras de los carros del fletero”.
Aquellas penurias vividas por los hacheros que trabajaban a destajo hasta
quedar exhaustos y sin una retribución justa que les permitiera llevar los
alimentos básicos para el sustento de sus familias, inspiraron a Carlos
Abregú Virreira en sus años de mozalbete (tenía 17), cuando se iniciaba
como periodista y escribía sus primarios versos desde las páginas de “El
Chaqueño”, a publicar en ese periódico de modesta edición pero grande por
su libertad de opinión: “La Canción de los Obrajes”:
“Rin, raz, rin, raz rechinan los dientes / de la loca sierra del aserradero /
al morder la carne dura del quebracho; / rin, raz… y repite todo el día
entero, / al cortar los postes y partir durmientes / la afilada sierra del
aserradero / que maneja el criollo fortacho. / Rin, raz, es el eco que en el
bosque vibra, / donde los ciclópeos árboles, vencidos / bajo el golpe caen
de caldeadas hachas / con sus verdes ramas y sus pobres nidos… / Rin,
raz, es el eco que en el bosque vibra, / ¡pim!, ¡paf! Les responden las
caldeadas hachas… / Todo es animado, los grandes canchones / que dirige
a gritos el cruel capataz. / Rin, rin, raz / llora el aserrín, / manda el
capataz / rin, rin / raz, raz…”.
En 1921, Casimiro González Trilla publicó sus apuntes sobre el Chaco Santiagueño, en
un descarnado relato sobre su experiencia de vida desde su llegada de España a
Añatuya, donde fundó el periódico “El Chaqueño”, de cuyas ediciones compendió parte
de los artículos publicados referentes a la explotación maderera y humana, sobre las
condiciones de vida en los obrajes, sobre el aprovechamiento patronal del esfuerzo de
los trabajadores; las críticas la “burocracia politiquera” y a los “especuladores del
vampirismo político” de la época; la colonización y la obra civilizadora –pero
devastadora de montes- del ferrocarril; sobre el hostigamiento del que fue blanco “El
Chaqueño” por sostener la libertad de prensa, poniendo de resalto que su periódico “ha
declarado la guerra a muerte a las víboras” , refiriéndose a la “ponzoña calumniadora”.
En síntesis, un aporte informático de características históricas para dejar sentado lo que
allí se vivió en esa época de la naciente ciudad de Añatuya.
Añatuya en 1916 (Daguerrotipo del Museo José Vitetta).
Antigua estación de tren de la ciudad de Añatuya (foto del Prof. Sergio Flores)
La vida del peón en los obrajes del Chaco Santiagueño, fue un conjuro de progreso industrial y
explotación humana.
Un pueblo que nunca se dio por vencido
En los años de los dos primeros gobiernos peronistas (Laborismo-
Justicialismo), cuando se estatizaron los ferrocarriles y las empresas
británicas que habían sido sostenidas y amparadas por los anteriores
gobiernos para usufructuar las riquezas argentinas, fueron desplazadas por
el nacionalismo en ciernes, en Añatuya, los cambios políticos y de intereses
gravitaron notablemente, haciendo que la ciudad y su región productiva
junto al Chaco, se reconvirtieran en un polo de paulatina transformación
hacia la explotación de la agricultura y la ganadería. Ya no se dependía
exclusivamente de los obrajes, y la población fue más expansiva e integral
de manera interprovincial, debido a los nuevos establecimientos
productivos –siendo el principal cultivo el algodón-, y al fudamental
vínculo del transporte ferroviario, uniendo Añatuya con Resistencia, con un
intenso intercambio comercial y social.
No obstante las vicisitudes que por largas décadas hicieran que en Añatuya
se confundieran el progreso industrial forestal y ferroviario con la
explotación humana a los peones, que abrían los bosques con hacha y pico,
con caballo y carreta hasta quedar exhaustos, la ciudad pudo seguir
creciendo con un impulso en el que trasuntaba la voluntad y la cultura (su
modo de ser) de un pueblo que nunca se había dado por vencido y, por el
contrario, supo imprimir y proyectar sus propias características de
identidad, costumbres valorativas sobre el trabajo, el esfuerzo común y las
aspiraciones de proyectarse con potencia y vigor hacia la segunda mitad del
siglo XX.
Añatuya seguía siendo un centro importante de trabajo. En los días de
mayor producción en los obrajes, fue considerada “la capital del Chaco”.
Pero tras venirse a menos aquel emporio que habían dominado las
empresas extranjeras del despojo y sus testaferros, sus campos, excelentes
para el cultivo en tiempos normales, comenzaron a recomponer la
economía productiva, y a mantenerse vigente como el “corazón del Chaco
Santiagueño”.
Nuevos proyectos y realizaciones en las políticas gubernamentales de la
provincia, irían paulatinamente dotando a Añatuya de las obras y recursos
elementales para consolidarse como cabecera del departamento Taboada y
centro comercial, cultural, educativo y sanitario de otras localidades
cercanas que, dicho sea de paso, tendrían un efecto “dominó” de
crecimiento por el impulso que Añatuya le daba a la zona: Matará,
(45Km.), Vilela (60 Km.), Herrera (32 Km.), Colonia Dora (20 Km.), Icaño
(28 Km.), Real Sayana (30 Km.), Bandera (70 Km.) Los Juríes (85 Km.),
Tacanitas, Pinto, Averías y Los Linares. Añatuya llegó a ocupar el tercer
lugar de mayor conglomerado después de Santiago y La Banda; hoy
disputa el cuarto con la ciudad de Frías.
Las décadas de 1960 y 1970, serían de intensa actividad comercial
interprovincial para esta ciudad donde aún hoy lo autóctono tiene vigencia
plena. En aquellos años, sus condiciones infraestructurales le permitían
superar viejas adversidades que se presentaban en tiempos de sequía o
desbordes del río Salado. Las condiciones de riego habían mejorado con la
importante obra del canal de drenaje de 37 Km., comenzando en la ruta y
terminando en las barrancas del río en Tacanitas, descargando en el cauce
del Salado. A esto se suma el tratamiento de potabilización de aguas
ribereñas para riego, abrevado de animales y consumo humano. Desde el
año 2005 el INTA Añatuya realiza estudios y tareas evaluativas sobre la
calidad del agua y los servicios que se pueden brindar.
El viejo sueño de don Ernesto Abregú, que permitió que Añatuya fuera la
primera colonia santiagueña en contar con un canal de riego (aunque
limitado en esos días, para una zona y una ciudad que crecían
constantemente), hoy se hace realidad con una agenda de desarrollo rural
que busca evitar el despoblamiento del campo, como ha ocurrido en
distintas zonas del Norte por falta de condiciones para la producción.
Casco céntrico de la ciudad de Añatuya, con vista de la Iglesia Catedral.
“Capital de la Tradición”
Añatuya es una ciudad donde aún hoy lo autóctono tiene vigencia plena.
Donde su pueblo, con un profundo sentido de pertenecía al lugar, de
sensibilidad afectiva por sus antepasados, por las experiencias de felicidad
que allí se tuvo, por esos recuerdos de empatía con vecinos y amigos
entrañables, con abuelos, padres, familiares, por lugares de encuentro con
personas queridas, por sus calles donde todo ocurría. Por esa sensación de
libertad en la niñez al correr por ellas –como recordaba Homero Manzi-;
por los relatos de antaño, por las historias asombrosas e inquietantes de
mitos y leyendas, por la naturaleza, sus aromas, su geografía interna, sus
árboles grandes y verdes, “sus aves como el Hornero que construye su casa
con trabajo y trino, el Kakuy y el Quitilipi; sus grillos, sapos y ranas; el
ladrido de los perros; la botica de Vitetta, el Chaco Hotel, la posada de
Landriel y la sastrería Salica” –como describía Abregú Virreira a la
inolvidable imagen y vida de su pueblo, que como todo pueblo que se ama,
por más chico que parezca “no cabe en el alma de tan grande” –agregaba-.
“Por eso no es denigrante / lo de poblaco, señores;… / Puesto que Añatuya
fue / en los tiempos de mi infancia, / un pueblito sin prestancia / pero de
trabajo y fe, / Allá tuvo mi destino / -digo bien y lo destaco- / por maestro a
Moratino / y por amigo el schalaco.
“Calles de polvo y de barro / en las horas de la siesta, / dieron audacia de
fiesta / a mi trompo y mi cigarro,
“Integraban la pandilla / detrás del bosque cercano, / Guillermo Bruno, mi
hermano / y a veces Víctor Mansilla.
“Montes vírgenes. Un río. / Boliches y aserraderos / y más allá, los
senderos/ de la chacra de don Pío.
“A un costado de la vía ferroviaria / la espaciosa casa de don Diego
Espinosa; / detrás, la carnicería.
“La casa cordial y tosca, / de don Antonio Corbera / y el rancho de la
`obrajera´/ doña Carlota de Mosca.
“En ese tiempo se usaba / caminar por el andén de la estación / cuando el
tren por Añatuya pasaba. / Llegaba de noche / y casi siempre a deshora”. /
Y como yo no falté jamás a dichas reuniones, / en muchísimos furgones /
mis iniciales grabé.
“Era un modo de viajar / hacia comarcas lejanas / y volver, por las
mañanas / en mi pueblo a despertar”.
Así describe Abregú Virreira, en su crónica poemática “Añatuya y otros
cantos”, parte de un cuadro evocativo sobre las costumbres, el vecindario,
los conocidos, amigos y sueños de lo que cada añatuyense –como cualquier
ser humano que siente pertenencia y amor por su “terrunio”- puede definir
como: “Mi lugar en el mundo”.
Así la sintieron a Añatuya sus primeros pobladores, y así la sienten sus
descendientes que también nacieron en esa tierra en la que forjaron su
interior y sus sueños, porque crecieron a su medida y se formaron con sus
tradiciones.
Sus poetas, cronistas, artistas y cantores, la merituaron como “Capital de la
Tradición” y con ese nombre la definieron a partir de un festival folclórico
que se inició en noviembre de 1963 en el anfiteatro Padre Suárez, que
congregó a delegaciones enviadas por municipios y comisiones
municipales provinciales, marcando diferencias notables cono otros
eventos artísticos, que fue ganando mayor prestigio con la presencia de
conjuntos, academias y cantantes consagrados a nivel nacional e
internacional. Recién en 1970 tuvo su declaración oficial del gobierno de la
provincia. Desde entonces, cada año se realiza el Festival de la Tradición
Ciudad de Añatuya, revalidando su acervo nativo y tradicionalista, porque
en su tierra se conjuga lo que culturalmente es y puede dar un pueblo, en el
que se condensan profundas raíces de lo que fue “el corazón de la selva
nativa del Gran Chaco”, con sus naciones aborígenes de Paraguay, el
Litoral, el Tucumán y el Alto Perú, confrontando o amalgamándose con el
tiempo –según los casos- con las corrientes conquistadoras y
evangelizadoras españolas y latinoamericanas. Qué es cultura y tradición
sino lo que se conserva y transmite; las costumbres, el modo de ser, la
identidad, porque los habitantes de un lugar son parte de su geografía
interior, de lo que la constituye y se graba en su identidad y en su espíritu.
La selva de Añatuya fue germen de mitos y leyendas. Su escenario de
centurias y misterios donde reinaron seres poderosos de la magia y la
mitología vernácula, cobijó y motivó hazañas y virtudes de la imaginación
aborigen y también la fantasía de los buscadores de tesoros escondidos y
ensoñados colonizadores, como en los tiempos de la conquista con el
“Mesón de Fierro”, o con evangelizadores de la Buena Nueva de Cristo.
Ritos, creencias, costumbres e ilusiones que se transformaron en
tradiciones y celebraciones, confluyeron y encarnaron en el acervo esencial
de su “génesis”.
Santiago del Estero es el país de la leyenda, pero por las oquedades de
Añatuya, ruedan las voces legendarias del tiempo. En sus contornos se
sienten los sonidos de las aves, el silbo de perdiz hacia el ocaso. Sus
montes se pueblan de animales autóctonos y sonidos extraños y particulares
que inspiraron tantas poesías, cuentos misteriosos, místicos relatos, zambas
y chacareras que no dejan de escucharse al compás de un bombo y de
guitarras.
Pero la tradición en Añatuya no sólo se limita a lo folclórico y telúrico,
porque su pueblo también está estructurado por la tradición de valores, de
ideas, de normas, de costumbres y de sentimientos que se transmiten en su
contexto social. Porque la cultura es también tangible y tan material como
la azada o un tractor para labrar la tierra. Más claro aún, la cultura y la
tradición se manifiestan en bienes materiales y espirituales. Es condición y
estímulo para recrear el alma desde el arte y para estimular las capacidades
creativas (técnicas, científicas, del conocimiento) para el trabajo, la
producción y el desarrollo, que dan forma a la coexistencia y coetaneidad
de una comunidad que siempre ha sabido superar obstáculos y perseverar
con paciencia, dedicación y firmeza, ante los desafíos de su destino. Lo
supo hacer cuando la industria expoliadora de los obrajes ya había
devastado los extensos bosques de quebracho, obligando con esfuerzo a
establecer nuevas industrias, y cuando esas nuevas industrias agropecuarias
quedaron desamparadas y aisladas por la eliminación de centenares de
estaciones de ferrocarriles en el país, durante el menemismo en la última
década del siglo XX, Añatuya volvió a “recrearse” con el empeño y la
esperanza de siempre, sin desperdiciar recursos en su contexto de
posibilidades.
La Diócesis de un “santo misionero”
En ese “recrearse” que caracterizó en determinadas etapas de su historia a
Añatuya, para salir de sus trances adversos con voluntad, resistencia,
laboriosidad y esperanza, que desde la óptica psicoanalítica se podría
calificar de “confianza constante y resiliente” (como refiere Aimee
Mullins), o bien desde el plano de la fe (que distingue a su pueblo),
aprendiendo de las enseñanzas de Jesús, en cuanto a hacer frente a la
adversidad: “Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá”
(Mateo 7:7), valga resaltar la figura de uno de los mayores luchadores por
el bienestar de vida y el progreso de la Diócesis que se le confió y por la
que se entregó de cuerpo y alma hasta el final de sus días terrenales:
Monseñor Jorge Gottau, su primer obispo, designado en 1961 por el
entonces Papa Juan XXIII. Declarado “siervo de Dios” por la Iglesia
Católica y considerado “el obispo de la promoción humana y de la lucha
contra la pobreza extrema”.
Monseñor Gottau fue un excepcional ser humano y un “apóstol”
evangelizador y propagador de obras redentoras, de servicios y
emprendimientos espirituales y materiales. Realizó en su Diócesis
parroquias, conventos, monasterios con religiosas misioneras y de clausura
–como el de las Hermanas Dominicanas Contemplativas “Madre de Dios”-,
centros asistenciales, Caritas Diocesana, fundaciones –como la que lleva su
nombre-, colegios, talleres de artes y oficios, casas de oración, hogares para
niños y ancianos, internados para jóvenes humildes, establecimientos
deportivos, huertas familiares, Colecta Nacional Más por Menos.
Desarrolló una fecunda labor de asistencia espiritual y material en diversas
localidades y parajes de su Diócesis, volcando el auxilio económico que
recibía del Episcopado de Alemania y de las organizaciones religiosas
Adveniat y Misereor (por sus estrechos vínculos personales y en
reconocimiento por su acción misional) en beneficios para los más
necesitados, acompañado por religiosas, religiosos y jóvenes (mujeres y
varones) que no dudaban en internarse en los montes para cumplir con sus
apostolados de “siervos de Dios”. En este sentido, respondiendo una vez a
una pregunta sobre su incansable y vastísima obra misional, monseñor
Jorge Gottau, puso de relieve: “Servir a la Diócesis de Añatuya es sinónimo
de servir a los demás por elección del Señor”.
Mucho más que lo señalado en estas líneas hizo este “santo misionero” por
Añatuya. Como decimos al comienzo de esta crónica, su prestancia y
abrumadora personalidad religiosa, espiritual e intelectual, “buscaba y
hallaba; llamaba y se abrían”… las puertas de despachos oficiales, de
organizaciones, empresas y diversas instituciones que correspondían a sus
pedidos por una mejor situación para Añatuya. Respecto a su relación con
los gobiernos, destacaba que “lo hacía para interesar a los gobernantes
sobre los problemas sociales” y “pedía lo que el pueblo necesitaba y
también decía lo que estaba mal”.
Gracias a la incansable y fecunda acción misional de monseñor Gottau se
construyeron obras hidráulicas, canales y derivadores de agua para lugares
inhóspitos, plantas potabilizadoras, caminos pavimentados, escuelas,
hospitales, miles de viviendas, emprendimientos productivos con fuentes
laborales, entre innumerables realizaciones y planes para el desarrollo
productivo.
En el año 2010, siendo cardenal primado de la Argentina, el entonces
obispo de Buenos Aires, monseñor Jorge Bergoglio –tres años más tarde
ungido en el Vaticano como el Papa Francisco-, receptando la propuesta de
Roberto Dabusti, a fin de postular a monseñor Jorge Gottau (1917-1994)
para su canonización, inició en la ciudad de Buenos Aires el proceso formal
de la causa, con posterior elevación de dicha solicitud a la Santa Sede,
para que la comisión de estudios históricos realizara la fase romana y
dictaminara, una vez constatado el cumplimiento de una gracia especial
peticionada a Dios por intermedio de Mons. Gottau (como la curación de
alguna persona enferma), para poder elevarlo a los altares de la Iglesia
Católica. En este sentido, la feligresía católica de la provincia de Santiago
del Estero, y de modo especial los añatuyenses, esperan ansiosamente la
pronta beatificación del “pastor de su pueblo”.
Al iniciarse la causa para su beatificación, la Iglesia Católica lo llamó
“siervo de Dios” y “obispo de la promoción humana”.
Por un “nuevo renacer”
A comienzos del año 1980, la provincia de Santiago del Estero ya contaba
con importantes avances en materia de obras hídricas, como los canales de
la Patria y de Dios, este último cruzando de oeste a este el área del Chaco
Santiagueño, que durante siglos había permanecido inactiva y
prácticamente despoblada por su improductividad. A partir de su
construcción –que para ese año alcanzó el 50% de su extensión de 310
kilómetros, totalizando su trazado principal y ramales-, junto a otros
sistemas de canales de riego, -obras en las que tuvo mucho que ver la
gestión de impulso de monseñor Jorge Gottau para su realización, el amplio
mapa territorial de la Diócesis de Añatuya, con sus 68 mil kilómetros
cuadrados (comprendiendo los departamentos Taboada, Copo, Alberdi,
Mariano Moreno, Juan Felipe Ibarra, Figueroa (E) y Belgrano),
equivalentes a la mitad de la provincia y a la suma de superficie de Bélgica,
Holanda y Luxemburgo, comenzó a tener un nuevo despertar de campos
cultivables y asentamientos poblacionales.
El 15 de mayo de 1980 se formó en Añatuya una Comisión Pro-
Canalización del Río Bermejo, en la que fue nombrado como presidente
honorario, monseñor Jorge Guttau, Obispo Diocesano, ·en reconocimiento
a sus años de lucha y preocupación por el desarrollo y progreso del Chaco
Santiagueño”, se resaltaba.
Si bien el proyecto de canalización del Río Bermejo, llevó varios años de
tratamiento sin cumplirse los objetivos trazados –siendo disuelta su
comisión al comenzar el siglo XXI-, sí se concretaron en el marco de lo
planeado, varias obras complementarias en las provincias de Jujuy, Salta,
Santiago del Estero, Santa Fe, Chaco y Formosa. En este sentido, puede
decirse que lo que hoy se definen como obras y proyectos infraestructurales
del Norte Grande (con sus 10 provincias del NOA y NEA), como el
Corredor Bioceánico (Pacífico-Atlántico). incluyendo hidrovías Paraná-
Paraguay- Santiago del Estero-Santa Fe; Bajos Submeridionales con
conexiones interprovinciales; Ferrocarriles Argentinos de Cargas o
Belgrano Cargas; autopista Santiago-Tucumán y ruta Santiago-Santa Fe (en
ejecución y licitada, respectivamente, en 2022), entre otros proyectos con
salidas portuarias para la exportación de productos regionales a países
asiáticos, africanos, americanos y europeos, conforman relevantes
emprendimientos que ligarán a Añatuya –como “corazón del Chaco
Santiagueño”-, en ese contexto de “despertar sorprendente” que está
teniendo la Región del Norte Grande que, por intereses creados y
desigualdades geo-económicas estuvo “adormecida” por un injusto
relegamiento centralista.
Hoy, Añatuya cuenta con un potencial de óptimas tierras para la labranza
en tiempos climáticos normales, con asistencias mecánicas para riego de
considerable alcance, sobresaliendo con un 80% del total de cultivos la
siembra de algodón, con miles de toneladas para la exportación, incluyendo
a Brasil, dentro de los índices que ubican a la provincia de Santiago del
Estero como la primera exportadora del Noroeste. El maíz, la alfalfa, el
trigo y otros rubros que comprenden la producción ganadera (bovina,
caprina, porcina), se circunscriben más a los mercados de consumo zonales.
Con programas de fomento productivo para pymes y emprendimientos
cooperativos y familiares, el gobierno provincial –con la asistencia de la
Nación en varios planes-, asiste técnica y económicamente a los
emprendedores rurales con el fin de generar producción y trabajo,
favoreciendo el asentamiento industrial local, frenando la emigración y
creando las condiciones para un mayor crecimiento de actividades
económicas y mejoramiento social. En este sentido, también se destacan las
nuevas obras de infraestructura que requiere una ciudad con aumento de
población, como es la construcción realizada por el gobierno provincial del
Dr. Gerardo Zamora (en 2022), del nuevo acueducto entre Estación
Simbolar (Dto. Banda) y Añatuya –de 180 kilómetros de extensión, a la par
del viejo canal de 64 años-, pasando a proveer a la “Capital de la
Tradición” de 4 a 7 millones de litros de agua potable por día, como así a
localidades colindantes.
Con visión de futuro Añatuya representa –aunque siempre lo fue- no una
zona sino una región de enorme potencial para el desarrollo productivo. El
secular “País de la Selva” del Gran Chaco Santiagueño, está cobrando
nuevo impulso con la revitalización de las políticas federales que buscan
terminar con las llamadas “asimetrías” (desigualdades) que durante tantas
décadas el centralismo portuario perjudicó –olvidando y postergando- a las
provincias del Norte, con regiones de vastas riquezas naturales que pueden
hacerlas “renacer” con mayor vitalidad y crecimiento.
Tierra de temple para el progreso
Añatuya fue una tierra de mitos, leyendas, de bosques poblados por tribus
de indígenas guerreros, adoradores del sol, del trueno y el relámpago, de
fetichismos dedicados a las fuerzas de la naturaleza, danzándole a los astros
para la guerra o para que llueva, ofrendando sacrificios hasta de muerte. En
esa selva cargada de misterios, reinaban seres alucinantes y animales que
aterrorizaban o inspiraban relatos fantásticos que motivarían inspiradas
crónicas, cantos y poesías de nuestra rica literatura vernácula.
Sobre aquellos tiempos indómitos en los que comenzarían a trazar su huella
las primeras expediciones militares y religiosas de los conquistadores
españoles, monseñor José Alumni refiere en su historia “El Chaco” (1951)
que “la predicación del Evangelio en América fue una obra titánica, pero en
ninguna región de ella como en el Chaco Santiagueño fue una tarea
verdaderamente abrumadora para la cual se requirieron hombres de temple
excepcional y almas verdaderamente apostólicas, dadas las especiales
circunstancias en que debieron actuar y las dificultades que se oponían a la
penetración del Evangelio, en las vastas extensiones de la selva poblada por
una infinidad de naciones indígenas, que tenían en común su odio al
español y a todo aquello que significara privación o limitación de su salvaje
libertad”.
Valga aclarar que en 1584, hubo parte de tribus aborígenes sometidas por
los conquistadores, como los mataraes (que eran del pueblo tonocoté), que
fueron llevadas a orillas del río Salado en el Chaco Santiagueño para
establecer reducciones bajo el mando de encomenderos, hasta 1631 en que
una coalición de tribus, encabezadas por los abipones, destruyera esos
asentamientos. Pero sin duda, ardua y valiente fue la misión de los
evangelizadores, mercedarios, franciscanos y dominicos, para lograr
asentar en la zona que comprendería más tarde Concepción del Bermejo y
Añatuya, “los reales de la civilización y las bases de un progreso que
vislumbraron grandioso”, señala Mons. Alumni (“El Chaco”, pág. 177), al tiempo
que destaca que “durante su gloriosa permanencia en Santiago del Estero,
San Francisco Solano extendiera sus correrías apostólicas hacia las tribus
del Bermejo”, en el Chaco Santiagueño, donde solo los mataraes aceptaban
la evangelización.
El temple excepcional que tuvieron los evangelizadores para doblegar la
adversidad de la selva y sus “salvajes” -al que se refiere monseñor Alumni-
, fue también el temple que demostraron tener los hacheros de los obrajes
que convirtieron la selva en tierras productivas, a costa de un inmenso
sacrificio personal, creando las condiciones para que naciera Añatuya:
Tierra de temple para el progreso.
Monseñor Jorge Gottau con el autor del presente capítulo, Guillermo Abregú, en 1986.
Bibliografía consultada y testimonios:
*Carlos Abregú Virreira: “Añatuya y otros cantos” (1945); “Los chumucos” (1960,
novela autobiográfica inédita); “La vida del peón en los obrajes Chaco Santiagueño”
(1917); “Itinerario Alucinante” (1948); “La actuación de Ernesto Abregú” (1940,
inédito).
*Informes de Ernesto Abregú al gobierno de la provincia de Santiago del Estero, como
comisionado municipal y jefe político del Departamento 28 de Marzo (entre 1905 y
1916).
*Luis Alen Lascano: “Homero Manzi: Poesía y Política” (“Todo es Historia”, Nº 46,
1971). “Historia de Santiago del Estero” (Ed, Plus Ultra 1992).
*Orestes Di Lullo: “El bosque sin leyenda”, “Viejos pueblos” (1954).
*Casimiro González Trilla: “El Chaqueño” (1921).
Amalio Castro Olmos: “El obraje” (1942).
*Bernardo Canal Feijóo: “El paisaje y el alma” (Revista Santiago del Estero, 1934). “El
obraje, la gran destrucción de los bosques sin fin”.
*Monseñor José Alumni, “El Chaco – Figuras y hechos de su pasado” (Resistencia,
1951).
*Raúl Dargoltz: “Hacha y quebracho” (1985).
*José Andrés Rivas: “Estudios de literatura santiagueña”. Capítulo: “La Añatuya de
Carlos Abregú Virreira” (1987).
*Publicaciones de los periódicos “El Chaqueño” y A.B.C. de Añatuya (entre 1906 y
1916).
*Edición de ordenanzas de la Municipalidad de la Ciudad de Añatuya (1916).
*Jens Abdermann: “El infierno santiagueño: sequía, paisaje y escritura” (Iberoamérica.
Vol.12 Num. 45, 2012).
*Notas periodísticas sobre la situación económica y política de Añatuya, publicadas en
el diario Crítica de Buenos Aires, en diciembre de 1937, por Homero Manzi, Carlos
Abregú Virreira, Ernesto Giúdici y Roberto Arlt.
*Néstor Escobar (periodista y docente añatuyense). Aportes estadísticos de la
producción industrial de Añatuya.
*Judith Farberman, “Abipones en la frontera del Chaco” (Resistencia, 2012).
*“Protagonistas del quehacer argentino”, edición 1980.
*Noticias Aica: Anhelan beatificación de monseñor Jorge Gattau (4-10-2021).
*Conversaciones personales mantenidas entre Mons. Jorge Gottau y el autor del
presente capítulo, en los años 1985, 1986 y 1987.