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Globalismo

El globalismo es un nuevo régimen político que busca gobernar a nivel mundial, debilitando la soberanía nacional en favor de entidades supraestatales. Este fenómeno se manifiesta a través de organizaciones internacionales y la 'gobernanza global', que promueven un poder político que desdibuja las fronteras y subordina al Estado nación. La investigación presentada en el documento examina la naturaleza, objetivos y medios del globalismo, así como su impacto en la política contemporánea.

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Globalismo

El globalismo es un nuevo régimen político que busca gobernar a nivel mundial, debilitando la soberanía nacional en favor de entidades supraestatales. Este fenómeno se manifiesta a través de organizaciones internacionales y la 'gobernanza global', que promueven un poder político que desdibuja las fronteras y subordina al Estado nación. La investigación presentada en el documento examina la naturaleza, objetivos y medios del globalismo, así como su impacto en la política contemporánea.

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De manera muy reciente, una nueva palabra ha irrumpido en

nuestro vocabulario político: globalismo. A diferencia de la voz


globalización, que apuntaba sobre todo a un fenómeno de tipo
económico, la índole del globalismo es incontrastablemente
política. Con esta palabra se quiere indicar la novedad de un
régimen político que convierte la totalidad del globo en su teatro
de operaciones, y que se consolida mediante la sustracción de la
soberanía nacional en favor de entidades supraestatales.

El globalismo se institucionaliza en organizaciones que, por


definición, no tienen ni patria, ni territorio ni pueblo. Esas
organizaciones a veces son completamente públicas, otras veces
completamente privadas, pero en la mayoría de los casos son
hibridaciones público-privadas. Esas organizaciones a veces se
llaman «Organizaciones Internacionales Públicas», a veces se
llaman «ONG» y a veces toman el nombre de «Foros globales».
Con independencia de la forma jurídica y la naturaleza específica
con que se hayan constituido, todas ellas comparten una misma
convicción: la de que, en el actual momento de la globalización, el
mundo debería ser gobernado por instituciones de carácter global.

A esta inédita forma del poder político la han denominado


«gobernanza global». Al tomar el término «gobernanza» del
lenguaje de la administración de empresas, revelaron la
privatización de lo político que está teniendo lugar en el seno del
poder. Con arreglo al vocablo «global», revelaron, a su vez, el
alcance literalmente total de las pretensiones del régimen en
construcción. Al llamarse a sí mismos «ciudadanos globales», los
actores globalistas reivindicaron para sí un estatus exclusivo y
totalmente desconocido en el pasado, una nueva manera de
relacionarse con el poder y de ejercerlo, que nada tiene que ver
con el viejo ciudadano nacional, cuya identidad estaba anclada a
un territorio y a una patria. Por medio de una invocación
permanente a «la Humanidad» como objeto de la «gobernanza
global» de los «ciudadanos globales», expusieron, por fin, la
índole antidemocrática del flamante régimen: el demos, el pueblo,
siempre particular, cede ante un abstracto y universal sujeto en el
que todos, por fin, somos «incluidos».

El globalismo es el más ambicioso proyecto de poder político


jamás visto. Desborda toda frontera, real o imaginaria; traspasa
tanto la geografía como la cultura, hasta convertirlas en algo
irrelevante; subordina al Estado nación, la organización más
característica de toda nuestra modernidad política; subvierte todos
nuestros dispositivos de limitación del poder, tales como la
división de poderes, la representación democrática y la publicidad
de los actos gubernamentales; postula nuevas formas de
legitimación del poder basadas en la tecnocracia y en la
«filantropía», es decir, en el gobierno de los «expertos» y los
multimillonarios que «aman» a «la Humanidad»; por todo esto,
deja a las naciones fuera del juego político, estableciendo de arriba
abajo agendas uniformizantes e imponiendo ideologías
disolventes.

Laje y Milei, en una exposición juntos en la Feria del Libro


El globalismo es el punto de llegada de una visión ingenieril de la
política, según la cual la labor del poder político consiste en
aplicar la razón abstracta sobre la sociedad para imprimir en ella
una forma que existe en la cabeza de quienes poseen el poder. El
ingeniero social toma al hombre real como su materia prima, lo
concibe como un ente abstracto y lo moldea a la fuerza, lo
formatea, se apodera de su corazón y conquista su mente, lo
atraviesa por completo y lo tuerce en la dirección que corresponde
a la Idea.
El ingeniero social es un creador, tanto de hombres como de
sociedades: rediseña costumbres y hábitos; redefine valores y
principios; censura unas creencias e impone otras que él ha
seleccionado cuidadosamente para los demás; irrumpe en el
dominio del lenguaje, postulando todo un nuevo vocabulario y
desterrando el anterior; disuelve las relaciones y los vínculos
establecidos entre las personas, para reemplazarlos a continuación
por otras formas de relación social. Si el pasado le estorba, lo hace
añicos, y si el presente le condena, somete la realidad al peso de la
ficción mediante un relato impuesto a fuerza de propaganda. Lo
espontáneo le agobia y lo imprevisible le aterra; cada nuevo saber
y cada nueva técnica que aumentan y facilitan su capacidad de
control exacerban su arrogancia. Su sueño es someter todo a su
planificación, y su promesa es crear hombres y sociedades
mejores. Desorbitado por su insaciable sed de poder, a veces llega
hasta la dimensión de los instintos, procurando ser, incluso, el amo
del inconsciente humano, donde se guardan los más preciados
secretos de la dominación sobre los hombres.

El ingeniero social es una creación de nuestra modernidad


política; es el producto de un saber-poder muy concreto. Fue
parido a finales del siglo xviii por el acontecimiento político más
importante de la Modernidad: la Revolución francesa. A lo largo
del siglo xix, fue dando forma a sus doctrinas más características
(socialismo, marxismo, eugenismo, racismo, sociologismos), y
contempló el impresionante desarrollo del Estado nación por
doquier. En el siglo xx, el ingeniero social fue el gran protagonista
de la desmesura totalitaria. Habiendo descubierto, según él, la
«clave» de la historia, ya fuera en la clase social o en la raza —lo
mismo da—, reclamó la totalidad del poder para bajar el paraíso a
la tierra. Todo lo que logró, por cierto, fue traer el infierno al reino
de los vivos. Pero en nuestro siglo xxi, el ingeniero social vuelve a
la carga, aunque armado con un lenguaje novedoso, con nuevas y
variopintas ideologías, con tecnologías que parecen de ciencia
ficción, apoyándose en nuevas formas de legitimidad, en nuevas
instituciones y, sobre todo, articulando la pretensión más
desquiciada que le hemos conocido hasta la fecha: gobernar sobre
el globo entero, gobernar los asuntos de «la Humanidad».

Este libro es una investigación sobre este tipo particular de


ingeniero social que impulsa un tipo particular de régimen político
que, en los últimos años, se ha empezado a llamar «globalismo».
Quiero entender quién es, de dónde surge, qué piensa, qué quiere,
qué propone, de qué medios dispone, cómo se articula; quiero
comprender cuáles son las instituciones en las que actúa, cuál es
su naturaleza, sobre qué reglas funcionan, qué tipo de poder
ejercen; quiero saber qué tipo de legitimidad reivindican, en qué
basan sus títulos de poder, qué significa el nuevo lenguaje político
que utilizan («gobernanza global», «ciudadanía global», «riesgos
globales», «desafíos globales», «foros globales», «agendas
globales», «consensos globales», «cultura global», «diversidad»,
«inclusión», etcétera).

Debo reconocer que esta investigación me ha llevado más lejos de


lo que imaginaba. El libro que el lector tiene entre las manos
duplica el tamaño previsto, lo que pone de manifiesto que el tema
ha sido más complicado de lo que creía inicialmente. Al articular
mis esfuerzos teóricos con mis investigaciones empíricas, que es
lo que hago en todos mis libros, me daba cuenta de que ambas
dimensiones se iban ensanchando recíprocamente en un círculo
expansivo que no paraba de crecer. Reparando en los hechos más
característicos del nuevo régimen de poder, trabajaba a
continuación sobre el plano de la teoría política globalista; pero
este trabajo suscitaba reflexiones que me devolvían al plano de los
hechos, iluminando otras áreas antes vedadas, que me reenviaban
nuevamente, a su vez, al plano de la teoría, y así sucesivamente. El
resultado fue esta investigación, que revela mucho de nuestro
pasado y presente político, de las perspectivas de futuro y de la
resistencia venidera.

En el cierre de campaña del año pasado para la segunda vuelta,


Agustín Laje estuvo acompañando a Milei en el escenario en
Córdoba
En términos metodológicos, esta investigación ha distinguido sus
momentos teóricos de sus momentos empíricos. En el plano
teórico, reparé especialmente en la índole de los conceptos
políticos, inspirado en la importancia que a este objeto de estudio
le conceden distintas escuelas de la investigación politológica; en
particular, la historia de los conceptos (Begriffsgeschicht) de
Reinhart Koselleck. Así, busqué en conceptos como Estado,
soberanía, despotismo, totalitarismo, etcétera, momentos de
definición y redefinición, elementos de permanencia y de
transformación, que desde siglos anteriores, desde otros «estratos
del tiempo» llegan a nosotros. En el plano empírico, a su vez, me
concentré en revisar documentación pública y oficial de
organismos internacionales, ONG, fundaciones, empresas
multinacionales, foros globales, etcétera. De manera secundaria,
me apoyé en las publicaciones de los medios hegemónicos de
prensa. En un tema en el que hay demasiada charlatanería, que tan
fácilmente suscita acusaciones de ser «teorías de la conspiración»,
me he cuidado de citar absolutamente todo a pie de página, para
que el lector pueda revisarlo si lo desea.

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