Significación
Significación
1. Introducción
Señala Wittgenstein, tanto en el Cuaderno azul como en el Cuaderno marrón, que
el significado «es una de esas palabras de las que se puede decir que desempeñan
funciones extrañas en nuestro lenguaje. Pertenece a uno de esos conceptos primarios
como pueden ser vida, espíritu, relación, verdad, etc.». Esoterismos aparte, me
interesan resaltar de la cita señalada tres aspectos que entiendo claves: a) la
dificultad de definir de forma precisa la noción de significado, dificultad doble: por el
objeto en sí a definir, y por la multitud de aproximaciones que sobre el mismo se han
hecho; b) el reconocimiento de la significación como un hecho central a la naturaleza
humana, en correspondencia con la comunicación; c) el giro lingüístico de la filosofía
del siglo XX, representado por el hecho mismo de citar a Wittgenstein, bajo la idea de
1
que sólo es posible dar cuenta del conjunto de fenómenos complejos que llamamos
pensamiento o conciencia dando cuenta del lenguaje que los exterioriza.
Dicho lo anterior, y teniendo en cuenta que la perspectiva que nos guía es
lingüística, no estrictamente filosófica, debemos señalar como uno de los
presupuestos generales de los que partimos, y sin necesidad de retrotraernos a
Cassirer, que el lenguaje es de naturaleza simbólica: el hombre hace uso de un
conjunto de signos o expresiones lingüísticas cada una de las cuales asocia una
representación semántica y una representación fonológica. Pero esta concepción del
lenguaje como de naturaleza simbólica afecta no sólo al léxico, sino que puede afectar
también a la gramática: tanto las estructuras morfológicas como las sintácticas pueden
ser entendidas como inherentemente simbólicas: la gramática sería simplemente la
estructuración y simbolización del contenido semántico, pues al ser el lenguaje un
sistema integrado en el que cualquier cosa suministra significación, es el instrumento
con el que se crea la significación. Desde la naturaleza simbólica del lenguaje se
deduce la importancia de la significación para todos los aspectos lingüísticos, pues la
significación es lo que hace al lenguaje ser lo que es.
Llegados a este punto, y teniendo en cuenta que la semántica es, en el sentido más
amplio, la investigación de los contenidos lingüísticos, puesto que todo el lenguaje es
por definición «semántico», la semántica, tendría por objeto a todo el lenguaje. Al
primar el significado en relación a la expresión, estamos focalizando que las lenguas
son esencialmente estructuraciones semánticas del mundo extralingüístico y, en
consecuencia, las identidades y diferencias en la expresión no son más que el medio
de manifestación de las distinciones semánticas, de las identidades y diferencias en el
plano del contenido. Pero no hay semántica que sea pura representación, y por ello
independiente de la actividad pragmática de los sujetos socialmente determinados.
A. López García ha señalado que la lingüística de finales del siglo pasado ha
llegado a planteamientos casi unánimes que, por encima de la multiplicidad de teorías
y escuelas, tienen en común una base cognitiva de índole totalizadora por la que los
distintos fenómenos lingüísticos se ven como configuraciones perceptivas en las que
una parte —la figura— predomina sobre las otras —el fondo—. Es así como se
entiende, por ejemplo, el ámbito semiótico (la semiosis ilimitada): como el significado
es suscitado por un cierto significante y no existe con anterioridad al mismo, se sigue
que estará en disposición de asumir funciones descriptivas respecto de los
significantes o significados ajenos a su primitiva entidad, y también de que lo
describan nuevos significados del campo semiótico circundante. En términos
2
gestálticos se dirá entonces que un significado es un fondo suscitado por una figura
significante que, sin embargo, puede hacer resaltar otras figuras, o bien convertirse en
figura de una nueva percepción; es decir, los significados son creados y recreados
continuamente en el uso de la lengua cuando los suscitan los significantes, o bien
cuando se convierten en significantes suscitadores de nuevos significados.
A este respecto, López García ha establecido cinco clases de semántica —
siguiendo la delimitación del significado en Coseriu— a las que deben corresponder
otras tantas clases de significado: la semántica léxica, es decir, el estudio
paradigmático de los sememas de una lengua, los cuales conllevan una determinación
por parte del mundo referencial; la semántica sintáctica, que se preocupa de la
determinación de los contenidos categoriales de la cláusula («adjetivo», «sustantivo»,
etc.); la semántica formal, que trata de la determinación de los contenidos formales,
funcionales, de la cláusula («sujeto», «objeto directo», etc.); la semántica actancial,
que se ocupa de la determinación de los contenidos actanciales de la cláusula
(«agente», «instrumento», etc.); la semántica construccional, interesada en los
contenidos construccionales de la cláusula («pasiva», «activa», etc.). Pero estos cinco
tipos de significado no constituyen una clase heterogénea, podría decirse que es el
significado léxico el que determina todos los demás: el origen de todos los significados
se halla en el mundo referencial, que es quien orienta el significado léxico; ciertos
rasgos de éste favorecen a su vez un determinado significado categorial, que por su
parte cuaja en unos significados formales, actanciales y construccionales concretos.
2. Conceptos previos
Sin ánimo de parecer extravagante, vamos a empezar definiendo, y defendiendo,
una concepción del significado: el significado es la convencionalización de un
concepto. Al hacerlo estamos articulando la significación en torno a tres aspectos
determinantes: el concepto, y, por ello, la referencia, el sistema, en tanto que es el
resultado de una convencionalización, y la sociedad, en tanto que son los hablantes
quienes se ponen de acuerdo en lo convencionalizado. No obstante, para llegar a esta
definición, y a lo que ello implica, hemos de partir de distinciones previas importantes,
o, utilizando un símil estructuralista diríamos que necesitamos saber qué no es
significado para poder delimitar lo que es el significado. Es importantísimo diferenciar
claramente los conceptos de designación, significado y sentido. Es más, la
delimitación del significado frente al conjunto de los dos planos señalados constituye
el problema fundamental del análisis semántico: el significado no es exactamente el
3
referente de una entidad, o su concepto o designación. De igual forma, el significado
también debe diferenciarse del sentido. Estas dos delimitaciones constituyen los
fundamentos de una semántica, que necesita diferenciarse del mundo referencial, y de
la visión representacionalista, o formalista, del significado que supone, y del uso
concreto, y, por tanto, de sus interrelaciones con la pragmática.
El magisterio de Coseriu distinguió claramente entre a) el lenguaje como actividad
humana universal, considerada independientemente de sus determinaciones
históricas (hablar en general); b) las tradiciones históricas del hablar dadas en
comunidades lingüísticas históricamente constituidas (lengua); c) un acto de hablar o
una serie de actos de hablar de un individuo en una situación determinada (texto). Los
tres planos anteriores, con sus categorías funcionales, corresponden a planos
semánticos diferentes: designación, significado y sentido. La designación es la
referencia a lo extralingüístico, ya se trate de un estado de cosas real o de un
contenido de pensamiento. El significado es el contenido dado en cada caso por la
lengua empleada en el acto de habla. Y el sentido es el particular contenido lingüístico
que, en un determinado texto, se expresa por medio de la designación y del
significado y más allá de la designación y del significado como tales.
La designación de la puerta está cerrada y la puerta no está abierta puede ser la
misma, pero parece obvio que su significado es distinto. De igual forma, una
construcción como ¿has sacado el perro a pasear?, a partir de las circunstancias
contextuales, puede tener dos sentidos diferentes según se considere como una
simple pregunta o como una recriminación.
Coseriu, a partir de la clásica distinción entre significado léxico y significado
gramatical, reorganiza la noción de significado en cinco posibles tipos, dando lugar a
los cinco tipos de semántica de López García antes reseñados: a) significado léxico:
corresponde al qué de la aprehensión lingüística del mundo, es decir, qué contenidos
diferenciamos en la realidad: por ejemplo, diferenciamos entre la noción de frío y la de
calor, independientemente de que se nos manifiesten como sustantivos, adjetivos,
verbos, etc. (caliente, calor, calienta…). b) Significado categorial, correspondiente al
cómo de la aprehensión lingüística del mundo. Se trata del significado de las
categorías verbales propiamente dichas; por ejemplo, caliente y calor difieren en su
significado categorial, pese a que su significado léxico es equivalente en ambos
casos. c) Significado instrumental: es el significado propio de los morfemas,
independientemente de si son palabras o no. Por ejemplo, «s», en español, es marca
de plural, o el artículo «el» tiene un significado de determinante actualizador. d)
4
Significado estructural (o sintáctico): es el significado propio de las combinaciones de
palabras lexemáticas y categoremáticas con morfemas dentro de la oración. Por
ejemplo, la oración puede tener un valor de singular o plural, activa, presente, etc. e)
Significado óntico: corresponde al valor existencial que se asigna al estado de cosas
designado en una oración: afirmativa, interrogativa, etc.
Es claro que las precisiones de Coseriu en torno a la distinción entre significado
léxico y significado gramatical, sea éste léxico, morfemático u oracional, podría seguir
desarrollándose, pero la propuesta de Coseriu es valiosa no ya, o no sólo, en sí
misma, sino por lo que significa como intento diferenciador. De igual forma, organiza el
léxico en tres tipos de clases de palabras: 1) lexemáticas, que tendrán significado
léxico y categorial, y su función consiste en estructurar y representar la realidad
extralingüística. 2) Categoremáticas: sólo tienen significado categorial, y tienen por
función presentar sólo la forma de estructuración de lo extralingüístico, pero no
representan ninguna materia extralingüística determinada. 3) Morfemáticas (o
instrumentales): no funcionan como configuradotas del mundo, sino sólo en relación
con otras palabras. Sin embargo, a pesar de la correspondencia hecha con los tipos
de significado, no es posible hacer una identificación exclusiva: las palabras
morfemáticas tienen exclusivamente significado instrumental, pero el significado
instrumental se da en todos los morfemas gramaticales (y en las palabras que los
incorporan), no sólo en las palabras morfemáticas. Las palabras categoremáticas
también pueden tener significado instrumental, así esta tesis tiene un significado
singular y femenino dado por el término categoremático esta. Las palabras
lexemáticas se clasifican como tal por el significado léxico, pero tienen también
significado categorial y, además, pueden funcionar como instrumentos.
5
situación particular seleccionada por dicha expresión lingüística. La referencia, pues,
estaría conformada por la relación que media entre un signo y los elementos a los que
es aplicable, e incluiría también el conjunto de elementos a los que es aplicable. Por
contra, con la noción de referente queremos señalar el objeto del acto de referencia
llevado a cabo en un texto determinado. La referencia de árbol es el conjunto de
elementos a los que les podemos aplicar con verdad dicha denominación, pero árbol
como tal no tiene referente, lo tendrá en un texto determinado: una vez actualizado y
puesto en discurso podrá referirse a un árbol en concreto.
6
La teoría semántica propuesta por el empirismo moderno no debe considerarse, en
principio, una teoría del significado de las lenguas históricas. El ámbito de aplicación
de la teoría son sistemas lingüísticos artificiales o lenguajes formales. Frege, Russell o
el primer Wittgenstein aspiraban a proponer un sistema lingüístico formal, un
simbolismo lógico, construido según reglas precisas que eviten las insuficiencias de
las lenguas históricas. El desarrollo de la lógica moderna ha estado vinculado a estos
procedimientos de construcción, y ello explica que se la adoptase como el método
fundamental del análisis semántico-formal del lenguaje.
Los logros más importantes de la lógica del siglo XX han estado vinculados al
problema de la fundamentación de las matemáticas, pues para estudiar las teorías
matemáticas era preciso desarrollar lenguajes formales. Durante la primera mitad del
siglo XX hubo una fuerte tendencia entre los lógicos a considerar estos lenguajes
formales como lenguajes ideales, y los únicos susceptibles de un análisis matemático
estricto. De la misma forma, se tendió a considerar el lenguaje natural como una
realidad empírica excesivamente vaga, no apropiada para una formalización correcta.
No obstante, con el devenir de los años, ha habido planteamientos que han
propuesto una cooperación positiva entre lingüistas y lógicos. La Gramática Universal
de Chomsky ha intentado desarrollar modelos matemáticos para el lenguaje natural, y
lógicos como Montague y Cresswell han avanzado en el análisis lógico de las lenguas
naturales. Es más, a finales del siglo pasado fueron naciendo nuevas propuestas que
intentaban combinar métodos fértiles de lingüística matemática con la gramática
lógica, así la gramática de estructura sintagmática generalizada, la gramática de
cláusula definida, y la gramática categorial dinámica.
Propuestas como las de Montague o Cresswell han tenido el inconveniente de su
adscripción a la idea formalista de que todos los fenómenos del lenguaje natural
podían modelarse a partir de alguno de los formalismos disponibles en lógica
matemática, lo que llevaba a considerar que los lenguajes formales ocupan una
posición central, siendo las matemáticas fuente de todo paradigma universal para la
descripción lógicamente correcta del lenguaje. Pero este enfoque impide un estudio
serio de fenómenos específicamente lingüísticos (a la vez que el desarrollo de nuevos
sistemas y métodos lógicos), pues se restringe a formalismos prefabricados de lógica
simbólica: los sistemas lógicos propuestos como formalismos universales para la
semántica de las lenguas históricas tienen un exceso de capacidad expresiva que los
hace metodológicamente estériles, residiendo el problema en elegir estructuras e
7
interpretaciones lingüísticamente adecuadas, pues estos sistemas no proporcionan un
criterio claro de selección.
Actualmente, parece haberse renunciado al ideal de un único formalismo universal
que pueda representar la solución para cada problema de las lenguas históricas; en
vez de ello, se sigue considerando que los métodos lógicos pueden iluminar muchos
aspectos significativos de la relación entre lógica y lenguaje, pero para cada caso
dentro de los límites de un área específica de aplicación y, por tanto, más allá de la
posibilidad de proporcionar una formalización satisfactoria de la totalidad. Así, por
ejemplo, los lenguajes lambda-categoriales y la gramática categorial. Junto a estas
aproximaciones de gramática lógica (una gramática que utiliza la lógica para explicar
las estructuras sintácticas y semánticas de las expresiones de las lenguas históricas),
la lógica filosófica sigue un camino más abstracto: crea sistemas lógicos especiales
capaces de expresar determinados aspectos del lenguaje natural, como el significado
de expresiones y construcciones particulares. La teoría de cuantores generalizados, la
lógica de preguntas y respuestas, o la semántica de situaciones son ejemplos de este
último tipo.
8
construir unas representaciones simbólicas de los conocimientos, de manera que
puedan operar sobre estas representaciones. Este paradigma actualiza una
concepción traductora del significado: el sentido de un símbolo es una traducción en
otros símbolos. Es más, el innatismo generativista supone que comprender un texto
consiste en traducir sus enunciados en un lenguaje mental; dos palabras de lenguas
distintas con el mismo significado son simplemente dos códigos diferentes para la
misma entrada en el lenguaje mental. Además, el pensamiento mismo es asimilado al
lenguaje, de ahí la tesis de que una representación mental es un continuo de símbolos
de una lengua mental descrito como una especie de lenguaje formal. Conocer será
transformar en bits. Lingüísticamente este planteamiento teórico entraña dos
principales consecuencias: a) el significado es denotativo: los símbolos lingüísticos
designan objetos del mundo; b) la tarea de la lingüística consiste en representar los
símbolos de las lenguas naturales en símbolos de lenguajes formales —apoyándose
epistemológicamente en la filosofía lógico-positivista—.
La teoría extensional de la significación concierne a los lenguajes formales, pero
queda por demostrar cómo se puede aplicar de forma coherente a las lenguas
(Rastier, 1991). Además, no es específica de los sistemas de signos, pues
estrictamente hablando, son los conceptos los que están dotados de una extensión
(que puede o no ser expresada por unos signos). La lingüística reconoce como signo
mínimo el morfema, y a la mayor parte de ellos no se les puede asignar extensión: la
extensión se da a partir de la palabra, por ello la semántica extensional no puede
fundar la semántica lingüística. Si admitimos —con Frege— que la intensión determina
la extensión, sólo una teoría puramente intensional fundamentará la semántica
lingüística. El estudio de la extensión no permite discernir la especificidad relativa de
las lenguas —el que la referencia sea definida en un modelo o en un mundo posible
no cambia nada el asunto—. Esta visión supone un cierto logicismo en la psicología,
según Rastier, pues presenta el nivel conceptual como articulado por un lenguaje
formal mental —a lo Fodor— o poblado de modelos mentales construidos y utilizados
por algoritmos. Así pues, la forma generalmente adoptada para resolver el problema
de la correspondencia entre el nivel lingüístico y el conceptual consiste en concebir el
nivel conceptual como un lenguaje formal, el lenguaje del pensamiento. Este
dispositivo no deja lugar a la semántica, al ser el significado un contenido
representativo: al ser el lenguaje un sistema de representaciones regido por una
gramática, no hay diferencia entre lengua y lenguaje. De este modo, los signos
lingüísticos no se distinguen de los símbolos de los lenguajes formales y obtienen su
9
significado en su interpretación. Esta perspectiva impide a la semántica pertenecer a
la lingüística, situándola bajo la dependencia de una ontología, única capaz de ligar la
palabra con el mundo por mediación de los conceptos. La consideración de una
referencia directa, que ligue expresiones y objetos, niega la existencia de un nivel
semántico propio de cada lengua, lo cual puede convenir a los lenguajes formales,
pero no a las lenguas históricas, cuyos signos tienen un significado distinto de su
referencia.
El tratamiento de la sintaxis por parte del lógico se aplica a las formas lógicas a
partir de las cuales se pueden deducir todas las inferencias relativas a la verdad
lógica, de forma que al operar con lenguas naturales los lógicos suelen dar por
sentado que la explicación sintáctica de una lengua, como la de la lógica, debe
consistir en una descripción de las formas lógicas de dicha lengua. Para un lógico será
condición indispensable de la sintaxis de los lenguajes formales y de las lenguas
naturales, que sean un instrumento a partir del cual se puedan hacer generalizaciones
o interpretaciones semánticas. Sin embargo, esto no se debe hallar en la concepción
de los lingüistas, ya que un lenguaje formal está hecho de símbolos ininterpretados. El
uso de este lenguaje formal se caracteriza según los procesos de manipulación de
símbolos. La comprensión de un lenguaje formal se caracteriza por el conocimiento
que tenemos de sus elementos, por el conocimiento de su uso, es decir, mediante el
conocimiento de cómo realizar manipulaciones simbólicas tales como deducciones,
mediante el conocimiento de qué oraciones siguen a otras según manipulaciones, etc.
Desde esta perspectiva podemos conocer un lenguaje y comprender su
funcionamiento y uso, sin considerar la significación: la significación es el estudio de la
manera en que podemos dar interpretaciones a un lenguaje. Pero esta separación del
lenguaje y de su interpretación implica una inadecuación en la caracterización de la
significación. La gente no manipula símbolos sin significados, sino que usa unos
símbolos que siempre significan algo, y piensa con esos símbolos que dan cuenta de
la significación: el modelo matemático es inconsistente para las necesidades de la
teoría de la significación. Y ello sin haber considerado algunas de las famosas razones
de Tarski que nos muestran las diferencias entre una semántica formal y una supuesta
semántica lingüística 1. Además, a diferencia nuevamente de los lenguajes artificiales,
1
Nos referimos fundamentalmente a los tres motivos siguientes (Tarski, 1991: 275-313): a) la
estructura sintáctica de las lenguas naturales no está tan definida como la de los lenguajes
formales de la lógica matemática, no es algo acabado, cerrado, limitado por fronteras claras. b)
Una lengua natural es universal, en tanto que omnipotente: todo lo que puede ser dicho en un
lenguaje artificial puede ser dicho también en uno natural, pero no al contrario. La pujanza
semántica de las lenguas naturales entraña la imposibilidad de encontrar un metalenguaje más
10
no es posible dar cuenta de todas las significaciones de los elementos lingüísticos en
todas las situaciones posibles; independientemente de la tipologización de las
situaciones, las extensiones metafóricas y metonímicas nos hacen la precisión
imposible. Una sintaxis autónoma es por ello poco adecuada, necesitando una teoría
sintáctica en la que las categorías sintácticas estén motivadas semánticamente, y las
construcciones gramaticales tengan significación.
En la perspectiva formalista, estructura semántica se suele identificar con
estructura conceptual, manteniendo un nivel de semántica-interiorizada paralelo a la
propuesta de una gramática-interiorizada, universal. Pero la estructura semántica no
es universal: si los significados se identificaran con los conceptos construidos sobre
los referentes, al ser los referentes independientes de los individuos, todos tendríamos
los mismos significados, y si bien la traducción nos dice que todo lo que se dice en
una lengua se puede decir también en otra, ello no quiere decir que se haga de una
forma equivalente lingüísticamente. Las diferencias entre lenguas no radican
únicamente en los medios o maneras de «trocear los conceptos» que son los mismos,
la significación depende de la experiencia humana, y una experiencia que debemos
entender en el más amplio sentido posible: natural, cultural, histórica. Los significados
derivan de la experiencia del funcionamiento como seres de un cierto tipo en un
entorno de un cierto tipo. El no identificar metateóricamente un nivel significativo
dependiente de una lengua supone, en cierta forma, malinterpretar la noción de
«semántica», al encubrir y proseguir con la pretensión de que la estructura semántica
es un componente interpretativo, entendiendo interpretación según la tradición
generativista, pues ese nivel parece recaer exclusivamente en la Forma Lógica, que
trata de representar las propiedades del significado determinadas por la estructura
sintáctica, y que continúa en la concepción refencialista del significado. La noción de
forma lógica surge al inicio de los debates generativistas de la relación entre sintaxis y
semántica, con la consideración de que una representación semántica era semejante
en su función a la forma lógica de una oración. Decía Davidson que las teorías de la
verdad podrían proporcionar una semántica formal para las lenguas naturales
equiparable al tipo de sintaxis formal que ha prevalecido entre los lingüistas a partir de
Chomsky, manteniéndose todavía el supuesto de que los significados de las
expresiones particulares sólo pueden determinarse a partir de la contribución
11
sistemática de éstas cuando se incorporan a un sistema de relaciones formales con
otras expresiones. La representación de la FL de una oración es una estructura que
permite determinar sus implicaciones lógicas. En un sistema lógico una fórmula no es
sino una representación estructural, y al aplicar las reglas de inferencia del sistema se
generarán la clase de oraciones que posibilite. Si las relaciones de implicación
pudieran definirse de acuerdo con las representaciones semánticas, entonces éstas
se equipararían con las fórmulas lógicas, y los mecanismos gramaticales con las
reglas lógicas de inferencia. Así pues, una gramática de una lengua natural resultará
muy semejante a un sistema lógico, diferenciándose únicamente en que debe
contener ciertas reglas fonológicas y determinadas transformaciones sintácticas para
resultar empíricamente adecuada, y no en el tratamiento del significado.
La Forma Lógica representa todas las propiedades de la forma sintáctica que son
pertinentes para la interpretación semántica, es decir, los aspectos de la estructura
semántica que se manifiestan en la sintaxis, o, en pocas palabras, la contribución de
la gramática al sentido. La FL es un nivel de representación sintáctico que puede ser
interpretado semánticamente. El papel de esta FL es facilitar la comprensión de la
oración. Por ello el proceso de derivar la FL de la forma sintáctica es, obviamente,
parte fundamental del proceso de comprensión de la oración en cuestión —
evidentemente, la idea subyacente es que un mensaje lingüístico es una secuencia de
símbolos, esencialmente una forma sintáctica—.
Una representación FL es una representación parcial del significado de una
oración, que representa determinado «significado estructural», sin considerar el
significado léxico ni factores pragmáticos; es decir, trata de ser independiente de la
situación en que se expresa, lo que supone una división entre semántica y pragmática
y una semántica, claro, referencial. En este sentido, entonces, la FL se muestra como
una subteoría coherente y, fundamentalmente, discreta, de la teoría general del
significado, pero ¿existe tal subteoría?, ¿puede caracterizarse el significado
estructural independientemente de otros aspectos del significado?, ¿cómo se
relaciona la subteoría con la teoría general? Es por ello que más que una teoría se
trata de un punto de vista, y un punto de vista muy clarificador, puesto que concierne a
la consideración de la interpretación semántica como cálculo de predicados: las
palabras se corresponden a las letras mínimas en el cálculo de predicados; los
aspectos del significado que se representan en la FL son básicamente los que se
presentan en el cálculo de predicados: el alcance de los operadores y cuantificadores,
la identidad o diferencia entre variables y la estructura de predicado y argumento. Así
12
pues, la FL determina una cierta interpretación semántica, interpretación que se ve
limitada a lo que llaman «significado estructural», pero ¿por qué limitar de esta
manera la interpretación semántica?, ¿para qué sirve si no es dentro de una teoría
general de la significación o de la interpretación semántica?.
13
expresiones son necesarias para su descripción. Es por ello que Lyons concluya la
coincidencia de Morris y Carnap de que (independientemente de cualquier distinción
entre semántica y pragmática puras, y de que se considerara la semántica pura
modelo para la semántica descriptiva) el análisis del significado en las lenguas
naturales contendrá necesariamente consideraciones pragmáticas, e incluso que la
distinción entre postulados analíticos y sintéticos depende de los significados
aceptados por los hablantes. Es más, el carácter esencialmente pragmático de las
lenguas históricas será puesto de manifiesto por Bar-Hillel, al señalar
programáticamente que ninguna expresión lingüística es completamente
independiente del contexto pragmático.
Así pues, la tripartición puede ser adecuada para explicar el funcionamiento de los
lenguajes formales, pero difícilmente puede hacerlo sin distorsionar su objeto respecto
de las lenguas históricas.
Heger ha criticado la definición morrisiana de sintaxis, pues si por «relación entre
los signos» entendemos cualquier tipo de signo —y no sólo los mínimos—, nos
encontraríamos una sintaxis que englobaría a otras subdisciplinas, como la morfología
y la lexicología, por ejemplo. Además, con el término «relación» sólo parece querer
decirse relaciones sintagmáticas, no paradigmáticas. Por otra parte, Heger critica la
concepción unilateral —no simbólica— entrañada en la definición de signo, concebido
desde unos planteamientos lógicos. Así, parece claro que por «relación entre los
diversos signos» no debemos entender a) ni relación entre diferentes significantes, lo
que reduciría la sintaxis a una tactémica, donde las únicas relaciones serían las dadas
entre lo que precede y lo que sigue a los signos, b) ni relación entre diferentes
significados, pues identificaría la sintaxis con la semántica. Por tanto, parece que lo
que se quiere decir con «relación entre los diversos signos» son correspondencias
biunívocas entre las relaciones entre diferentes significantes, por una parte, y las
relaciones entre los significados correspondientes, por otra. Pero tales
correspondencias constituirían un fenómeno que puede encontrarse fácilmente dentro
de una lengua artificial, dado que se construye de forma que obedezca a todo lo que
se le quiera imponer, pero que, evidentemente, no se aplica en una lengua histórica.
Así pues, lo que queremos destacar con estas palabras, es cómo una tripartición
metodológica, apta para los lenguajes formales, se ha convertido en punto de partida
de diversas metodologías lingüísticas.
La división sintaxis-semántica-pragmática quizás puede convenir a los lenguajes
formales, pero difícilmente a las lenguas históricas. En lingüística la perspectiva
14
autonomista conduce a algunos problemas: a) una semántica de preferencia
extensional, incluso, a veces, ontológica, que estudia las cosas tanto como los signos
que las denotan; b) posiblemente a una pragmática preferentemente psico- y/o socio-
lingüística, que estudiará al emisor y al receptor en cuanto seres psíquicos y sociales
tanto como a los signos que ellos emplean; c) una división del objeto en signos
referenciales opuestos a los signos pragmáticos; d) una división de la teoría
semántica: la semántica vericondicional y la pragmática rivalizan en el tratamiento del
significado, delegándose mutuamente los problemas que no pueden resolver; e) una
imposibilidad de producir semánticas específicas para cada lengua, pues la
procedencia de la división es de la filosofía del lenguaje, siendo su objeto, por tanto, el
lenguaje, no las lenguas.
La perspectiva semántica morrisiana posibilitó la aparición de una semántica formal,
pero no porque produjera cálculos formales en el sentido técnico de la palabra, sino
porque sólo da cuenta de las formas y no de los significados. Además, la frecuente
equiparación entre concepto y significado ha sido una característica constante de las
tríadas inspiradas por la filosofía del lenguaje, lo que ha supuesto, entre otras cosas,
que las semánticas sean, fundamentalmente, universales, como consecuencia de la
universalidad tradicionalmente atribuida a los conceptos. Frente a ello, Rastier
proclama el carácter convencional de los significados, lo que supone, aparte de su
vinculación con determinadas normas socioculturales, su carácter sistemático, patente
por su valor opositivo, mediante la elaboración de campos semánticos, lo que conduce
a un semema no universal sino relativo a una lengua, y que dé cuenta de su variedad
contextual, que supone, claro, que sus rasgos siempre sean relativos a una lengua y
motivados por un determinado dominio cognitivo.
Y es el significado, y no la referencia, el objetivo de una teoría lingüística que
actualice las anteriores distinciones, lo que supone una ruptura epistemológica que
posibilite una semántica específica. La semiótica morrisiana y la teoría de los
lenguajes formales, a diferencia de una semiótica general y comparada, que hubiera
permitido recoger la especificidad de los diversos sistemas de signos, se conforman
con el antimentalismo del empirismo lógico, concibiendo las lenguas históricas a
imagen de los lenguajes formales, desprovistos sus signos de significados
convencionales, de sus condiciones sociohistóricas y de su propia diacronía.
El desmembramiento de la tríada, evidentemente, se debe acompañar del
abandono de algunas de las tesis filosóficas que lo habían constituido y mantenido a
través de los siglos. Rastier se centra fundamentalmente en tres: a) una concepción
15
realista de la significación, b) la consideración de que el contenido de un signo es un
concepto —y no ligado a una lengua determinada— c) la tendencia a reducir la
significación lingüística a la significación de la palabra. Cada uno de estos tres
postulados ha impedido —a su manera— el desarrollo de la lingüística: el postulado
realista niega la autonomía de la lingüística e impide, por ello, constituir las lenguas
como dominio de objetividad. Desconsiderando la naturaleza lingüística del significado,
el postulado conceptualista imposibilita la constitución de una semántica lingüística
propiamente dicha. Privilegiando las palabras impide la creación de una semántica
contextual y textual. La significación no se define ni en relación a la palabra, ni a la
frase, ni al texto, sino en la interacción de estas tres unidades.
16
lingüístico, entonces la pragmática es una parte de la teoría de la actuación. Sin
embargo, si no hubiera forma alguna de conocimiento que nos permitiera saber
cuándo una enunciación es adecuada, nunca sabríamos si algo es adecuado o no, y
tampoco podríamos interpretar los contenidos implícitos de forma adecuada, es decir,
debe haber algún tipo de esquema de expectativas que rija la interacción
comunicativa. Así pues, también el uso del lenguaje revela la existencia de algún tipo
de conocimiento que lo guía, con lo que podría inscribirse dentro del estudio de la
competencia.
e) Pragmatismo. Establece que no hay que imponer límites artificiales entre
significados pragmáticos y significados denotativos, y reconoce la naturaleza
antropocéntrica de las lenguas históricas, donde el hombre es la medida de todas las
cosas, y donde los aspectos objetivos de la significación están inextricablemente
unidos con aspectos subjetivos e interaccionales.
f) Semanticismo. Las lenguas históricas son sistemas para suministrar significación,
de ahí que semántica lingüística y pragmática lingüística sean una, agrupadas, claro,
bajo la semántica. La pragmática no tiene por qué tener autonomía si se trata de una
semántica bien hecha, que describe el conjunto de normas que actúan en toda
comunicación.
g) Perspectivismo. La pragmática es una perspectiva sobre cualquier aspecto del
lenguaje y en cualquier nivel de su estructura: la perspectiva pragmática se centra
alrededor de la adaptabilidad del lenguaje, la propiedad fundamental del lenguaje que
nos capacita para centrarnos en la actividad de hablar que consiste en la constante
realización de elecciones en cualquier nivel de la estructura lingüística, en armonía con
los requerimientos de la gente, sus creencias, deseos e intenciones, y las
circunstancias del mundo real en que viven. Al no ser la pragmática un componente de
la teoría lingüística, sino una perspectiva definida en términos de nociones funcionales,
no habrá una unidad básica de análisis, sino muchas unidades, actos de habla,
conversación, etc., pudiendo aplicarse a cualquier aspecto de la estructura del
lenguaje, pues cualquier aspecto tiene alguna función relacionada con la
comunicación.
17
privilegiada, pues el lenguaje no sirve meramente para describir hechos, junto a esos
usos se sitúan otros como dar órdenes, prometer, saludar, etc., es decir, Wittgenstein
descubre el carácter de acción de las expresiones lingüísticas. Más tarde, Austin, a
partir de los verbos realizativos explícitos, intentó sistematizar y ordenar los posibles
usos del lenguaje dentro de unos pocos modos de empleo básicos. Ello le permitió
analizar el doble rendimiento de los actos de habla: por medio de ellos el hablante, al
tiempo que dice algo, hace algo con palabras.
Wittgenstein considera que el lenguaje tiene sentido, no porque se refiera a cosas o
porque sea lógicamente coherente, sino porque es un instrumento de comunicación.
La lengua no sirve para transmitir un saber dado que le sería exterior, es parte
constituyente de ese saber. No es una descripción de hechos, sino un medio de
coordinar los actos de varios sujetos operantes. Ya no se tratará de mostrar la forma
lógica, sino la estructura de los usos concretos del lenguaje: toda expresión tiene
múltiples usos en función del contexto en que se utilice, variando su sentido en cada
caso; esta tesis supone el abandono de la idea de una estructura lógica homogénea
para toda la realidad y el lenguaje; la estructura del lenguaje no se puede obtener a
partir de una teoría lógica abstracta, sino a través de una investigación antropológica
del uso que hacemos del lenguaje, del lenguaje cotidiano. El sentido se define, pues,
por el uso, en tanto que el lenguaje es puesto en correspondencia con unas
situaciones. Pero la situación de comunicación es aquella que engloba, además de la
comunicación lingüística, las comunicaciones no lingüísticas y el conjunto de sujetos
que participan en estas comunicaciones. Para evitar una interpretación subjetiva de
estas situaciones, se pueden señalar dos tipos de invariantes interindividuales: la
situación de aprendizaje, ya que el niño aprende su lengua en la comunidad lingüística
a través de prácticas comunes, no en un diccionario; y el carácter sistemático de la
lengua: ni Wittgenstein ni los sucesores de Saussure abandonan la idea de sistema,
sino que es ahora un sistema que incluye el uso. Concluye Wittgenstein que la
ambigüedad entre dos enunciados es levantada no por una diferencia entre los
significantes sino por la situación en que son empleadas. La significación así
concebida no es siempre absolutamente unívoca, se la podría definir como lo que es
comprendido en medio de tal situación sociocultural. El signo es inerte, sólo el uso le
da vida, dice Wittgenstein. La lengua no sólo viene usada para la descripción del
mundo, sino también en acciones lingüísticas, en «juegos de habla», que son
introducidos en una forma de vida. El lenguaje se aprende, pues, actuando,
aprendiendo las reglas sociales del lenguaje, aprendiendo los distintos juegos del
18
lenguaje; cada juego tiene sus reglas propias en función de las formas de vida en las
que se usan, conduciendo a distintos tipos de conducta.
La afirmación de Wittgenstein de que el significado de una palabra consiste en su
uso según ciertas reglas puede tener distintas interpretaciones. Así, puede entenderse
que las palabras cumplen una función instrumental en el contexto de determinadas
actividades y en contextos de interacción, de modo que permiten al hablante realizar
sus propósitos gracias a la coordinación de la acción que esas herramientas
lingüísticas permiten, lo que aproximaría el planteamiento a una semántica intencional.
No obstante, cuando Wittgenstein habla del uso no entiende la acción como la
actuación teleológica de un sujeto que se mueve según sus propios fines: los juegos
de lenguaje son modos de comportamiento y de acción formados por expresiones
lingüísticas y actividades no lingüísticas. El vínculo entre formas de actividad y actos
de habla es la concordancia regular en el interior de una forma de vida
intersubjetivamente compartida, regulada por usos e instituciones comunes. Aprender
a hablar una lengua es inseparable de la integración en una forma de vida, que
establece una conexión regular entre el uso de palabras y expresiones, y posibles
objetivos y acciones. De esta forma, frente a la propuesta intencionalista (que subraya
el carácter instrumental del lenguaje desde el punto de vista de un sujeto orientado por
fines), se destaca la vinculación del lenguaje con una praxis interactiva que se refleja
en una forma de vida, con lo que la referencia al mundo de la expresión lingüística
retrocede hasta situarse por detrás de la relación que establecen entre sí hablante y
oyente, siendo esta relación reflejo de prácticas previamente establecidas en común.
Cabe hacer, por tanto, otra interpretación de la teoría de Wittgenstein: el juego en
que los actos de habla prestan soporte a la práctica interactiva es de un modo muy
distinto al prestado antes por las actividades coordinadas previas. La emisión de un
acto de habla entraña al mismo tiempo la comunicación del tipo de acción que el
hablante está llevando a cabo, y el oyente puede identificar el acto de habla como la
realización de una determinada acción. Esta estructura reflexiva del lenguaje vincula el
contenido proposicional comunicado con un compromiso del hablante, con la manera
en que cuenta su acto de habla. De esta manera, el significado pragmático del habla
se explica en términos de un conjunto de dimensiones de validez, que han de verse
como pretensiones de reconocimiento intersubjetivo.
Esta teoría intersubjetivista del significado parte de una reelaboración crítica de la
teoría de actos de habla e intenta integrar lo que considera la aportación fundamental
de las teorías semantistas, a fin de determinar qué quiere decir entender el sentido de
19
una expresión simbólica gramaticalmente bien formada. Así, Habermas parte del
esquema propuesto por Bühler para las funciones del lenguaje para defender que en
el uso comunicativo del lenguaje se hacen posibles tres funciones: expresar la
intencionalidad del hablante, representar estados de cosas, y entablar una relación
con un interlocutor. Las teorías intencionalistas son reductivas porque parten de una
concepción instrumentalista del lenguaje, y consideran al hablante desde el punto de
vista de un agente que actúa instrumentalmente, con lo que los signos lingüísticos se
consideran únicamente instrumentos para representar estados de cosas e influir sobre
los otros, con lo que se ignora la fuerza del vínculo intersubjetivo que, gracias a la
base racional del habla, la comunicación hace posible.
Las teorías formalistas parten de una intuición distinta: el significado depende de
propiedades formales y reglas de construcción que permiten reconstruir, en términos
de condiciones de verdad, la relación interna entre el significado y la verdad de las
proposiciones. Sin embargo, este planteamiento es insuficiente ya que el tipo de
abstracción semántica que se lleva a cabo impide dar cuenta de otros usos del
lenguaje y de otras dimensiones de validez y de crítica: las múltiples funciones del
lenguaje sólo se hacen accesibles al análisis en términos de la forma de oraciones
asertorias que cumplen una función representativa, y el significado de las oraciones no
asertorias se explica recurriendo también a las condiciones que hacen a una oración
verdadera. Las limitaciones de este análisis se ponen de manifiesto cuando se
considera, por ejemplo, la asimetría entre el modo enunciativo y el modo imperativo:
un oyente sólo puede entender una oración como un mandato si conoce las
condiciones bajo las cuales el hablante puede esperar imponer su voluntad y lograr su
objetivo respecto de la conducta del interlocutor; el conocimiento de estas condiciones
de éxito del imperativo sólo puede explicarse en términos pragmáticos, por referencia
a una autoridad que lo respalde. Por ejemplo, un enunciado como tírate por la
ventana, dependerá de la cualificación intersubjetiva de los sujetos hablantes para que
pueda ser entendido, o no, como orden según las circunstancias comunicativas. De
igual forma, un enunciado como hace calor, dependerá también de la cualificación
intersubjetiva de los sujetos hablantes para que pueda ser entendido, o no, como
orden (abrir la ventana, marcharse del lugar, etc.) según las circunstancias
comunicativas.
20
Desde una perspectiva «representacionalista», un enunciado producto de la
enunciación de una expresión lingüística en un contexto es un hecho, pero este hecho
no es considerado como tal, ya que remite al estado de cosas que significa o
representa, de modo que la enunciación está como puesta entre paréntesis en favor
de lo significado por su intervención. Oponiéndonos a la concepción identificadora del
sentido del enunciado con lo que éste representa, defendemos que el sentido del
enunciado está constituído —además de su contenido representativo— por las
indicaciones que reflexivamente atañen al hecho de su enunciación. La enunciación no
debe ser puesta entre paréntesis para que el enunciado signifique puesto que se
refleja en el sentido del enunciado, distinguido de su contenido representativo. La
comprensión del mundo no es ninguna copia, ninguna reproducción de una estructura
de la realidad, sino que entraña una libre actividad del espíritu. Se puede definir el
sentido de un enunciado como una descripción de su enunciación: una especie de
imagen que reconstituye el hecho histórico en que consiste la aparición del enunciado.
Todos los enunciados —en tanto objeto de una enunciación— son actos de
discurso, y un enunciado se convierte en acto lingüístico al recorrer la instancia de la
enunciación, distinguiendo entre lo que se dice y el hecho de decirlo, pero el sentido
de un enunciado no puede considerarse independiente del hecho de su enunciación.
El enunciado refleja su propia factualidad de ejemplar, ésta, en cierto modo, forma
parte de lo que significa. Es el ejemplar resultante de su enunciación en un contexto
determinado el que indica cómo debe tomarse un enunciado y transmite la
significación adicional, no la oración tipo. Al significado del tipo se opone el significado
del ejemplar y éste está constituido por el suplemento que aporta al sentido de un
enunciado, es decir, por la mostración de sí mismo que efectúa reflexivamente gracias
a un cierto número de indicadores. Debido a estos indicadores reflexivos (entonación,
mímica, situación) el enunciado significa en principio que significa, teniendo también
que significar lo que significa. Por ser a la vez tipo y ejemplar, todo enunciado puede
desarrollarse, a la vez, en dos dimensiones distintas, la del acontecimiento y la del
significado.
Es imposible determinar el contenido proposicional de un enunciado si no se
considera, además de lo que el «tipo» significa, lo que el contexto de enunciación
muestra; y ciertas expresiones que figuran en la oración, al reflejar el hecho de la
enunciación tienen precisamente como función incitar a tomar en consideración dicho
contexto. Estas expresiones, denominadas ejemplar-reflexivas por H. Reichenbach,
como, por ejemplo, los deícticos, reflejan la enunciación del ejemplar tanto como los
21
indicadores modales que añaden al contenido proposicional del enunciado el valor de
enunciación, pero la reflexión del ejemplar que ellos efectúan es constitutiva del
contenido proposicional del enunciado y, por lo tanto, no se limita a añadirle un
incremento de sentido. La opacidad de las expresiones ejemplar-reflexivas es una
condición sine qua non de su transparencia: no podemos acceder a lo que ellas
representan sin tomar en consideración lo que son; y ellas mismas nos muestran lo
que son, al reflejar su propia factualidad de ejemplares.
Todo enunciado, en tanto ejemplar resultante de la enunciación de una expresión
lingüística en un contexto determinado, muestra, con o sin ambigüedad, qué acto de
discurso constituye; es por ello que al reflejar todo enunciado lo que es en tanto
ejemplar puede denominarse ejemplar-reflexivo. Si las expresiones ejemplar reflexivas
son sistemáticamente ambiguas, al depender del contexto de su enunciación, también
lo son las oraciones que contienen tales enunciados: la reflexividad del ejemplar se
transmite de las palabras a los enunciados.
Una expresión ejemplar-reflexiva, en tanto tipo, no tiene un sentido determinado,
sino una significación que se transforma en un sentido determinado cuando la
enunciación tiene lugar en el contexto de un ejemplar particular de esta expresión;
entonces, lo que significa el tipo es completado por lo que el ejemplar muestra, que
refleja el hecho de su propia enunciación y apela a tomar en consideración el contexto
del que proviene. Por tanto es necesario considerar estos enunciados como hechos,
como acontecimientos, para acceder a su sentido. Todo enunciado refleja, explícita o
implícitamente, su ejemplar, el acontecimiento singular como acto de discurso inserto
en un contexto: todo enunciado se muestra reflexivamente y muestra cómo debe ser
captado, indicando, por ejemplo, el aspecto ilocutivo del que está dotado. Así pues,
para saber qué contenido expresa una persona mediante una oración determinada, es
necesario considerar el contexto en el que la oración es expresada.
Contrariamente a las ciencias exactas, que aspiran a ofrecer una información
exhaustiva y autónoma a un interlocutor completamente ignorante del contexto, el
lenguaje ignora todo detalle inútil para sus fines inmediatos y explota al máximo el
conocimiento común de los participantes del discurso. Este saber común representa la
trama indispensable sobre la que se incribe el lenguaje. La contextualidad es no sólo
una de las más fundamentales características de las lenguas naturales, es también
uno de los eslabones centrales entre lenguaje, percepción y cognición: lo que es
significado cuando algo es expresado depende de la forma lingüística de la expresión,
de los rasgos de la situación percibida y del conocimiento general. Podríamos resumir
22
cognitivamente lo dicho señalando que el contexto es el fondo o base sobre el que se
proyecta la expresión lingüística, entendida como figura.
El juego implica un uso que se atiene a unas reglas, las cuales están sometidas a
las variaciones que la práctica del juego puede introducir, de modo que ninguna de
esas reglas es rígida. Esto ilustra el caso del lenguaje, pues se estructura como un
conjunto de reglas presentes en los diferentes usos lingüísticos. La multiplicidad de
juegos del lenguaje hace que la comprensión de un término sólo se pueda llevar a
cabo donde haya un acuerdo sobre el modo de usar el lenguaje. Esta dimensión
pragmática trasciende y se convierte en condición de posibilidad para la comprensión
del lenguaje y del mundo acerca del cual versa; no se hace referencia a un sujeto
trascendental, sino que se acude a la utilización interindividual del lenguaje. Dentro de
ella los juegos del lenguaje aparecerán como unidades de uso lingüístico, praxis de
conducta y descubrimiento de situación. Las reglas no pueden ser privadas, porque su
obediencia es una práctica, de modo que no es posible obedecerlas privadamente: se
requiere el acuerdo en una práctica común. Elementos de la noción de regla son tanto
el acuerdo general sobre el uso de expresiones como los criterios comunes para su
aplicación práctica.
La lengua no es una simple y mera transmisión de información: cuando el hombre
usa el lenguaje para establecer una relación consigo mismo o con sus semejantes, el
lenguaje no es simplemente un instrumento, un medio, es una manifestación del ser
íntimo y del vínculo psíquico que nos une al mundo y a nuestros semejantes. Ese
«algo más» de la lengua es lo que nos hace considerarla como un juego, o más
exactamente como las reglas de un juego, y de un juego que se confunde
normalmente con la existencia cotidiana. El uso de la lengua no sólo es un acto
específico, sino una parte integral de la interacción social.
El juego lingüístico da una especial relevancia al hecho de que el uso lingüístico se
atiene a reglas específicas según los distintos contextos vitales, que a distintos juegos
lingüísticos corresponden distintos sistemas de reglas. La regularidad del uso
lingüístico es un supuesto para la intercomunicación mediante el lenguaje, sin reglas
para el empleo no podrá haber tampoco un significado fijo. Los juegos lingüísticos son
maneras particulares, reales o imaginarias, de usar el lenguaje, que tienden a mostrar
cuáles son las reglas de un uso lingüístico. Sin embargo, no hay un número infinito e
indefinido de juegos lingüísticos o usos del lenguaje.
Así pues, en la mayor parte de los casos en los que hablamos del significado de las
palabras, éste puede explicarse hablando del uso que hacemos de ellas. El uso de las
23
palabras en el lenguaje, en los juegos lingüísticos, está sometido a reglas; es la
conexión regular entre los sonidos y las acciones lo que testimonia la existencia de un
lenguaje. Son las reglas, por su parte, las que nos permiten hablar de corrección e
incorrección en el uso del lenguaje, y las que nos permiten preveer el comportamiento
lingüístico de los demás.
Así pues, parece ir dibujándose una concepción del discurso como práctica entre
otras prácticas, lo cual supone una incidencia no ya en lo que el discurso dice o
manifiesta, sino en lo que hace al decir. Lo específico del hacer semiótico no es ya la
aplicación de una teoría de los signos, sino el examen de la significación como
proceso que se realiza en textos donde emergen e interactúan sujetos.
24
pueda interpretar; aunque el significado de los signos se haya establecido
genéticamente en la conciencia colectiva por un proceso de inducción, una vez
establecido ha dejado de funcionar como abstracción para convertirse en el punto de
vista o criterio a través del cual entendemos o intuimos tales o cuales objetos de la
realidad. Si bien los significados se comportan en gran medida como unidades no
analizables, se encuentran absolutamente identificados en el seno de la competencia
de los hablantes; si habla Trujillo de intuición reconoce que es para precisar que, pese
a la imposibilidad de definición o de descripción de los objetos semánticos, éstos se
hallan siempre perfectamente delimitados en el seno del saber lingüístico de los
usuarios; lo cual significa que la imposibilidad de definición es, en todo caso, un
problema de la teoría, del que no se deduce en absoluto ninguna propiedad relativa a
la existencia ni a la naturaleza de los significados
Así pues, siendo toda unidad anterior a sus realizaciones, éstas sólo pueden
interpretarse como realizaciones suyas, de forma que los usos no son más que
aplicaciones de los significados a las cosas concretas o a las clases de cosas. El
significado es una realidad de intuición, las intuiciones idiomáticas constituyen los
verdaderos significados de los signos.
Las palabras de Trujillo nos recuerdan la noción kantiana de esquema como
intuición inmediata: un esquema no es una imagen, sino un modelo que subyace a la
capacidad para formar una imagen. El esquematismo es la respuesta dada por Kant a
la aporía empirista de los conceptos generales, como puede verse en D. Hume: Kant
sometió la doctrina empirista de la formación de conceptos a una crítica profunda y
minuciosa, que puede ser brevemente resumida en un punto: la objetividad. Para el
empirismo, la simple acumulación de impresiones o imágenes daría por resultado una
unidad psicológica subjetiva, pero no un concepto como unidad real. Si el empirismo
no explica la objetividad de los conceptos, es porque cree que no hay más objetividad
que la impresión. Pero el conocimiento deja de ser algo subjetivo desde que en la
elaboración del conocimiento hay una originaria actividad del entendimiento, una
actividad a priori, y ello es lo que resuelve Kant con el «esquematismo de los
conceptos puros del entendimiento».
Lo propio de un concepto es subsumir un diverso, es decir, reducir una diversidad a
la unidad: la subsunción de una intuición bajo los conceptos puros. Kant señala que
hay que investigar cómo pueden aplicarse los conceptos puros del entendimiento
(categorías) a la experiencia. Las categorías recordemos que las entiende en tanto
que condiciones de posibilidad: las categorías no pueden referirse a cosas en sí, de
25
las cuales no podemos saber (racionalmente) nada. Son modos de ordenar y
conceptuar los fenómenos. Si los significados los queremos entender como categorías
a las que llegamos —y de las que salimos— mediante la esquematización, queda, de
nuevo, destacado su carácter metodológico, en tanto que posibilidad de descripción,
no como paráfrasis de usos. Se plantea entonces (y para luchar en el plano lingüístico
contra la fijación y estatismo de los significados, frente al hecho dinámico del uso del
lenguaje, constante creación) la cuestión de redesplegar en un movimiento converso
el semantismo del concepto en una unidad diversa construida que permita encontrar la
diversidad dada inicialmente. Kant llama esquematización al procedimiento (de la
imaginación) que permite, como él dice «procurar a un concepto su imagen», es decir,
descender del entendimiento a la intuición. Según Kant, debe haber un elemento que
sea homogéneo, por un lado, con la categoría y, por otro, con la apariencia, de
manera que se haga posible la aplicación de la primera a la segunda. Se trata de un
elemento «mediador», de una «representación mediadora» que sea intelectual y,
también sensible. Tal representación es el esquema trascendental.
El esquema es siempre un producto de la imaginación pero no una imagen, sino un
modelo que subyace a la capacidad para formar una imagen. El esquema de un
concepto es, según Kant, la idea de un procedimiento universal de la imaginación que
hace posible una imagen del concepto. Mientras «la imagen es un producto de la
facultad empírica de la imaginación reproductiva», el «esquema de los conceptos
sensibles, tales como las figuras en el espacio, es un producto, y, por así decirlo, un
monograma de la pura imaginación a priori» por medio de la cual se hacen posibles
las imágenes. La esquematización de las categorías las transforma en principio de
experiencia y garantiza su valor objetivo y su aplicabilidad a los fenómenos.
Así pues, el significado viene entendido como el modelo que subyace a la
capacidad para crear usos, sentidos. Este modelo el hablante lo tiene como intuición
inmediata, y su realidad no es puesta en duda. El problema es cómo representarlo el
analista, pues a ese significado modélico, que permite los distintos usos, sólo nos
podemos acercar mediante aproximaciones (de ahí la inefabilidad del significado, de la
que ha hablado, entre otros, Trujillo), por ejemplo como hace el diccionario, dándonos
cuenta de los usos más significativos.
El significado para el analista es una invariante de contenido, frente a los distintos
usos o sentidos, que son las variantes de la invariante. Al entender que sólo hay usos,
el significado es una construcción y abstracción metodológica que debe dar cuenta de
los distintos usos, y el modelo de teoría lingüística que trate de dar cuenta de esos
26
significados no debe eliminar el contexto, simplemente tratar de esquematizar su
papel de intervención en la unidad en cuestión. Los significados no existen en el
discurso cotidiano, los construimos y usamos, y en algunos casos no pueden ser
considerados independientemente de la situación comunicativa, lo que implica
también una construcción y abstracción de ésta. Lo que en realidad tenemos, pues,
son usos, siendo los significados esquemas. Esos esquemas, dependiendo del tipo de
unidad lingüística de que se trate (palabra, oración, texto…), pueden considerarse
más o menos independientes del contexto, pero siempre existirá la dependencia, e
incluso en el nivel monemático, donde la independencia del contexto parece más
clara, podemos encontrarnos con casos paradigmáticos en los que se necesita el
contexto para la delimitación de su significado: las expresiones ejemplar-reflexivas.
La distancia existente entre significado, en tanto convención, y uso debemos
entenderla en un sentido sancionador, lo cual da buena cuenta del sentido creador del
lenguaje, por lo que de cambio lingüístico puede ser explicado mediante esa noción
dinámica de «distancia», y los constituyentes sociales, sistemáticos y de formalización
del conocimiento que intervienen en la significación en tanto que convencionalización
de un concepto. En la medida en que una estructura-objeto concuerde con las
unidades convencionales de la gramática, se dice que estas unidades sancionan su
uso. Lo normal es que más que con una sanción total, nos encontremos con que las
expresiones lingüísticas subespecifican la conceptualización que codifican. La
sanción, en definitiva, puede verse reducida a la categorización: una unidad
conceptual define una categoría, y sanciona una estructura-objeto en la medida en
que ésta última es considerada por un hablante miembro de una categoría. La
categorización, a su vez, depende de una relación de esquematicidad. En este
sentido, entonces, se denominará a la estructura superordinada un esquema, y a la
subordinada una elaboración o instanciación del esquema. Una instanciación es
totalmente compatible con las especificaciones de su esquema, pero es caracterizada
con mayor detalle. Como la categorización en general, la sanción es un asunto de
grado, y depende del juicio del hablante, de ahí que sea factible la sanción parcial. La
categorización basada en la sanción parcial es el tipo descrito por el modelo
prototípico, donde una categoría es descrita en términos prototípicos.
Una invariante de contenido es una abstracción, en definitiva un esquema, un
miembro superordinado que guarda una relación de esquematicidad con los miembros
subordinados de esa invariante, que son los distintos usos que vienen dados como
variantes y que incorporan, junto a los rasgos específicos de la invariante, otros rasgos
27
propios del uso en cada contexto. La invariante y las variantes guardan una estructura
radial, en términos de Lakoff. Las distintas variantes de la invariante forman
categorías, y estos sentidos constituyen parecidos familiares unos con otros. Un
parecido familiar puede ser entendido como una combinación de elementos, sin que
ninguno de ellos sea necesario ni suficiente. Pero si en las variantes descubrimos la
invariante es porque hay algunos rasgos comunes a todas las variantes, y es en este
sentido como podemos hablar de la invariante como prototipo, pero un prototipo que
es una abstracción y construcción, y toda variante guarda unas relaciones de
graduabilidad con el prototipo: los prototipos deben ser considerados
metodológicamente, más que como entidades estrictamente psicológicas (no así si
nos situamos ene. punto de vista del hablante).
uso-1
Sdo. 1 uso-2
uso-n
Ste-1 Sdo. 2
Sdo. n
Expresión Ste-2 Sdo. n uso-n
28
convencionalización que supone todo filtro de difusión es la que posibilita el cambio o
creación de significados, distinguiéndose por ello de las innovaciones de sentido o
variaciones en los usos. Evidentemente el significado —construcción metodológica—
tendrá su razón de ser en su validez descriptiva y explicativa, desde la sanción. Y todo
ello desde una perspectiva sincrónica, pues históricamente se encuentran
relacionados cognitivamente todos los significados, lo que es decir todos los usos.
Una vez hechas estas precisiones respecto a las invariantes y variantes, es cuando
tiene validez la propuesta de Lakoff de que los sentidos de cada signo forman una
categoría radial, con un miembro central —prototipo— y ligazones definidas por
transformaciones de esquemas de imágenes y metáforas. Los sentidos no centrales
no pueden ser predichos desde los centrales, pero no son arbitrarios, están motivados
por los casos centrales, las transformaciones de esquemas de imágenes y los
modelos metafóricos .
El sentido, evidentemente hace referencia al uso, y por ello es necesario el texto en
su contexto emitido, pero el significado hace referencia al esquema, un esquema
identificado con una invariante relativa a una situación estereotipada, que puede
establecerse ya en un nivel léxico, oracional o textual. El significado también tiene una
razón de ser no sólo por su evidencia en un paradigma semántico, al conformar
semióticamente una sustancia, sino porque las situaciones también constituyen
categorías en tanto que prototipos; el significado descontextualizado alude a una
situación prototípica. Las significaciones son determinadas por las situaciones, y las
situaciones identificadas y delimitadas con la ayuda de las significaciones prototípicas,
pero ya dijimos que no debemos verlo como un «círculo vicioso», sino como un
ejemplo de la historicidad del hombre.
Las significaciones prototípicas son un intento de representar significaciones
ideales junto con transformaciones que adaptan y extienden este ideal a un conjunto
de usos, y estas transformaciones toman una variedad de formas de transferencias. El
nudo central de una categoría prototípica, de una invariante de contenido, no es otra
cosa que una convencionalización metodológica que trata de dar cuenta de las
convenciones sociales, y cuya periferia más alejada está formada por las
idiosincrasias individuales.
5. Recapitulación
Son muchas las teorías del significado de las que no he hecho exposición
(intencionalista, mentalista, conductista, situacionista, etc.), y me he limitado,
29
simplemente, a un enfrentamiento teórico entre una visión formalista del significado
frente a una visión pragmática del significado. Las razones no sólo han sido de
espacio, sino también de relevancia e impacto en la lingüística. Además, desde el
principio, he señalado mi parcialidad, en tanto que me he decantado por una visión
pragmática del significado, lo que me ha conducido a una definición del mismo como
convencionalización de un concepto. Por ello que el tema se haya desarrollado
alrededor de esta definición, oponiendo el significado a la referencia así como al
sentido.
Referencias bibliográficas:
Alston, W. P. (1974): Filosofía del lenguaje, Madrid: Alianza.
Austin, J. L. (1971): Palabras y acciones, Buenos Aires: Paidós.
Cifuentes Honrubia, J. L. (1994): Gramática cognitiva. Fundamentos críticos, Madrid:
Eudema.
Corredor Lanas, C. (1999): Filosofía del lenguaje. Una aproximación a las teorías del
significado del siglo XX, Madrid: Visor.
Coseriu, E. (1977): Principios de semántica estructural, Madrid: Gredos.
Escandell Vidal, M. V. (2004): Fundamentos de semántica composicional, Barcelona:
Ariel.
García Murga, F. (2002): El significado. Una introducción a la semántica, Munich:
Lincom.
Geeraerts, D. (1985): Paradigm and paradox, Lovaina: Leuven University Press.
Gutiérrez Ordóñez, S. (1989): Introducción a la semántica funcional, Madrid: Síntesis.
Habermas, J. (1987): Teoría de la acción comunicativa, Madrid: Taurus.
Habermas, J. (2001): On the pragmatics of sicial interaction: preliminary studies in the
theory of communicative action, Cambridge: The MIT Press.
Hierro S. Pescador, J. (1982): Principios de filosofía del lenguaje, Madrid: Alianza.
Lakoff, G. (1987): Women, fire and dangerous things, Chicago: University of Chicago
Press.
Langacker, R. W. (1987): Foundations of cognitive grammar, I, Stanford: Stanford
University Press.
López García, Á. (1989): Fundamentos de lingüística perceptiva, Madrid: Gredos.
Lyons, J. (1980): Semántica, Barcelona: Teide.
Moreno Cabrera, J. C. (1994): Curso uniersitario de lingüística general II: semántica,
pragmática, morfología y fonología, Madrid: Síntesis.
30
Picardi, E. (2001): Teorías del significado, Madrid: Alianza.
Ramón Trives, E. (1979): Aspectos de semántica lingüístico-textual, Madrid: Istmo-
Alcalá.
Rastier, F. (1991): Sémantique et recherches cognitives, París: PUF.
Récanati, F. (1981): La transparencia y la enunciación, Buenos Aires: Hachette.
Searle, J. R. (1980): Actos de habla, Madrid: Cátedra.
Simpson, T. M. (ed.) (1973): Semántica filosófica: problemas y discusiones, Buenos
Aires: Siglo XXI.
Tarski, A. (1991): «La concepción semántica de la verdad y los fundamentos de la
semántica», in L. M. Valdés Villanueva (ed.), págs. 275-313.
Trujillo, R. (1988): Introducción a la semántica española, Madrid: Arco Libros.
Trujillo, R. (1996): Principios de semántica textual. Los fundamentos semánticos del
análisis lingüístico, Madrid: Arco Libros.
Valdés Villanueva, L. (ed.) (1991): La búsqueda del significado, Madrid: Tecnos-
Universidad de Murcia.
Von Kutschera, F. (1979): Filosofía del lenguaje, Madrid: Gredos.
Wittgenstein, L. (1988): Investigaciones filosóficas, Barcelona: Crítica.
31