Sherlock
Sherlock
DE SHERLOCK HOLMES
-ARTHUR CONAN DOYLE-
EDITORIAL DIGITAL
www.imprentanacional.go.cr
COSTA RICA
LAS AV E N T UR A S DE SH E R L O C K HOLm ES
EDITORIAL DIGITAL - ImPRENTA NACIONAL
C O S T A R I CA
LAS AVENTURAS
DE SHERLOCK HOLMES
LAS AV E N T UR A S DE SH E R L O C K HOLm ES
EDITORIAL DIGITAL - ImPRENTA NACIONAL
C O S T A R I CA
ESCÁNDALO EN BOHEmIA
CAPÍTULO I
Ella es siempre, para Sherlock Holmes, la mujer. Rara vez le he oído hablar de ella aplicándole otro
nombre. A los ojos de Sherlock Holmes, eclipsa y sobrepasa a todo su sexo. No es que haya sentido por
Irene Adler nada que se parezca al amor.
Su inteligencia fría, llena de precisión, pero admirablemente equilibrada, era en extremo opuesta a
cualquier clase de emociones. Yo le considero como la máquina de razonar y de observar más perfecta
que ha conocido el mundo; pero como enamorado, no habría sabido estar en su papel. Si alguna vez
hablaba de los sentimientos más tiernos, lo hacía con mofa y sarcasmo. Admirables como tema para el
observador, excelentes para descorrer el velo de los móviles y de los actos de las personas. Pero el
hombre entrenado en el razonar que admitiese intrusiones semejantes en su temperamento delicado y
finamente ajustado, daría con ello entrada a un factor perturbador, capaz de arrojar la duda sobre todos
los resultados de su actividad mental. Ni el echar arenilla en un instrumento de gran sensibilidad, ni una
hendidura en uno de sus cristales de gran aumento, serían más perturbadores que una emoción fuerte en
un temperamento como el suyo. Pero con todo eso, no existía para él más que una sola mujer, y ésta era la
que se llamó Irene Adler, de memoria sospechosa y discutible.
Era poco lo que yo había sabido de Holmes en los últimos tiempos. Mi matrimonio nos había apartado al
uno del otro. Mi completa felicidad y los diversos intereses que, centrados en el hogar, rodean al hombre
que se ve por vez primera con casa propia, bastaban para absorber mi atención; Holmes, por su parte,
dotado de alma bohemia, sentía aversión a todas las formas de la vida de sociedad, y permanecía en sus
habitaciones de Baker Street, enterrado entre sus libracos, alternando las semanas entre la cocaína y la
ambición, entre los adormilamientos de la droga y la impetuosa energía de su propia y ardiente
naturaleza. Continuaba con su profunda afición al estudio de los hechos criminales, y dedicaba sus
inmensas facultades y extraordinarias dotes de observación a seguir determinadas pistas y aclarar los
hechos misteriosos que la policía oficial había puesto de lado por considerarlos insolubles. Habían
llegado hasta mí, de cuando en cuando, ciertos vagos rumores acerca de sus actividades: que lo habían
llamado a Odessa cuando el asesinato de Trepoff; que había puesto en claro la extraña tragedia de los
hermanos Atkinson en Trincomalee, y, por último, de cierto cometido que había desempeñado de
manera tan delicada y con tanto éxito por encargo de la familia reinante de Holanda. Sin embargo, fuera
de estas señales de su actividad, que yo me limité a compartir con todos los lectores de la prensa diaria,
era muy poco lo que había sabido de mi antiguo amigo y compañero.
Regresaba yo cierta noche, la del 20 de marzo de 1888, de una visita a un enfermo (porque había vuelto a
consagrarme al ejercicio de la medicina civil) y tuve que pasar por Baker Street. Al cruzar por delante de
la puerta que tan gratos recuerdos tenía para mí, y que por fuerza tenía que asociarse siempre en mi mente
con mi noviazgo y con los tétricos episodios del Estudio en Escarlata, me asaltó un vivo deseo de volver
a charlar con Holmes y de saber en qué estaba empleando sus extraordinarias facultades. Vi sus
habitaciones brillantemente iluminadas y, cuando alcé la vista hacia ellas, llegué incluso a distinguir su
figura, alta y enjuta, al proyectarse por dos veces su negra silueta sobre la cortina. Sherlock Holmes se
LAS AV E N T UR A S DE SH E R L O C K HOLm ES
EDITORIAL DIGITAL - ImPRENTA NACIONAL
C O S T A R I CA
paseaba por la habitación a paso vivo con impaciencia, la cabeza caída sobre el pecho las manos
entrelazadas por detrás de la espalda. Para mí, que conocía todos sus humores y hábitos, su actitud y sus
maneras tenían cada cual un significado propio. Otra vez estaba dedicado al trabajo. Había salido de las
ensoñaciones provocadas por la droga, y estaba lanzado por el husmillo fresco de algún problema nuevo
Tiré de la campanilla de llamada, y me hicieron subir a la habitación que había sido parcialmente mía.
Sus maneras no eran efusivas. Rara vez lo eran pero, según yo creo, se alegró de verme. Sin hablar apenas,
pero con mirada cariñosa, me señaló con un vaivén de la mano un sillón, me echó su caja de cigarros,
me indicó una garrafa de licor y un recipiente de agua de seltz que había en un rincón. Luego se colocó
en pie delante del fuego, y me paso revista con su característica manera introspectiva.
-Le sienta bien el matrimonio -dijo a modo de comentario-. Me está pareciendo, Watson, que ha
engordado usted siete libras y media desde la última vez que le vi.
-Siete -le contesté.
-Pues, la verdad, yo habría dicho que un poquitín más. Yo creo, Watson, que un poquitín más. Y, por lo
que veo, otra vez ejerciendo la medicina. No me había dicho usted que tenía el propósito de volver a su
trabajo.
-Pero ¿cómo lo sabe usted?
-Lo estoy viendo; lo deduzco. ¿Cómo sé que últimamente ha cogido usted mucha humedad, y que tiene a
su servicio una doméstica torpe y descuidada?
-Mi querido Holmes -le dije-, esto es demasiado. De haber vivido usted hace unos cuantos siglos, con
seguridad que habría acabado en la hoguera. Es cierto que el jueves pasado tuve que hacer una excursión
al campo y que regresé a mi casa todo sucio; pero como no es ésta la ropa que llevaba no puedo
imaginarme de qué saca usted esa deducción. En cuanto a Mary Jane, sí que es una muchacha
incorregible, y por eso mi mujer le ha dado ya el aviso de despido; pero tampoco sobre ese detalle
consigo imaginarme de qué manera llega usted a razonarlo.
Sherlock Holmes se rió por lo bajo y se frotó las manos, largas y nerviosas.
-Es la cosa más sencilla -dijo-. La vista me dice que en la parte interior de su zapato izquierdo,
precisamente en el punto en que se proyecta la claridad del fuego de la chimenea, está el cuero marcado
por seis cortes casi paralelos. Es evidente que han sido producidos por alguien que ha rascado sin ningún
cuidado el borde de la suela todo alrededor para arrancar el barro seco. Eso me dio pie para mi doble
deducción de que había salido usted con mal tiempo y de que tiene un ejemplar de doméstica londinense
que rasca las botas con verdadera mala saña. En lo referente al ejercicio de la medicina, cuando entra un
caballero en mis habitaciones oliendo a cloroformo, y veo en uno de los costados de su sombrero de
copa un bulto saliente que me indica dónde ha escondido su estetoscopio, tendría yo que ser muy torpe
para no dictaminar que se trata de un miembro en activo de la profesión médica.
No pude menos de reírme de la facilidad con que explicaba el proceso de sus deducciones, y le dije:
-Siempre que le oigo aportar sus razones, me parece todo tan ridículamente sencillo que yo mismo podría
haberlo hecho con facilidad, aunque, en cada uno de los casos, me quedo desconcertado hasta que me
explica todo el proceso que ha seguido. Y, sin embargo, creo que tengo tan buenos ojos como usted.
LAS AV E N T UR A S DE SH E R L O C K HOLm ES
EDITORIAL DIGITAL - ImPRENTA NACIONAL
C O S T A R I CA
-Así es, en efecto -me contestó, encendiendo un cigarrillo y dejándose caer en un sillón-. Usted ve, pero no
se fija. Es una distinción clara. Por ejemplo, usted ha visto con frecuencia los escalones para subir desde
Me tiró desde donde él estaba una hoja de un papel de cartas grueso y de color de rosa, que había estado
hasta ese momento encima de la mesa. Y añadió:
-Me llegó por el último correo. Léala en voz alta.
Era una carta sin fecha, sin firma y sin dirección. Decía: Esta noche, a las ocho menos cuarto, irá a
visitar a usted un caballero que desea consultarle sobre un asunto del más alto interés. Los recientes
servicios que ha prestado usted a una de las casas reinantes de Europa han demostrado que es usted la
persona a la que se pueden confiar asuntos cuya importancia no es posible exagerar. En esta referencia
sobre usted coinciden las distintas fuentes en que nos hemos informado. Esté usted en sus habitaciones a
la hora que se le indica, y no tome a mal que el visitante se presente enmascarado.
-Este si que es un caso misterioso -comenté yo-. ¿Qué cree usted que hay detrás de esto?
-No poseo todavía datos. Constituye un craso error el teorizar sin poseer datos. Uno empieza de manera
insensible a retorcer los hechos para acomodarlos a sus hipótesis, en vez de acomodar las hipótesis a los
hechos. Pero, circunscribiéndonos a la carta misma, ¿qué saca usted de ella?
Yo examiné con gran cuidado la escritura y el papel.
-Puede presumirse que la persona que ha escrito esto ocupa una posición desahogada -hice notar,
esforzándome por imitar los procedimientos de mi compañero-. Es un papel que no se compra a menos
de media corona el paquete. Su cuerpo y su rigidez son característicos.
-Ha dicho usted la palabra exacta: característicos -comentó Holmes-. Ese papel no es en modo alguno
inglés. Póngalo al trasluz.
Así lo hice, y vi una E mayúscula con una g minúscula, una P y una G mayúscula seguida de una t
minúscula, entrelazadas en la fibra misma del papel.
-¿Qué saca usted de eso? -preguntó Holmes.
LAS AV E N T UR A S DE SH E R L O C K HOLm ES
EDITORIAL DIGITAL - ImPRENTA NACIONAL
C O S T A R I CA
-Debe de ser el nombre del fabricante, o mejor dicho, su monograma.
-De ninguna manera. La G mayúscula con t minúscula equivale a Gesellschaft, que en alemán quiere
decir Compañía. Es una abreviatura como nuestra Cía. La P es, desde luego, Papier. Veamos las letras Eg.
Echemos un vistazo a nuestro Diccionario Geográfico.
-Exactamente. Y la persona que escribió la carta es alemana, como puede deducirse de la manera de
redactar una de sus sentencias. Ni un francés ni un ruso le habrían dado ese giro. Los alemanes tratan con
muy poca consideración a sus verbos. Sólo nos queda, pues, por averiguar qué quiere este alemán que
escribe en papel de Bohemia y que prefiere usar una máscara a mostrar su cara. Pero, si no me equivoco,
aquí está él para aclarar nuestras dudas.
Mientras Sherlock Holmes hablaba, se oyó estrépito de cascos de caballos y el rechinar de unas ruedas
rozando el bordillo de la acera, todo ello seguido de un fuerte campanillazo en la puerta de calle. Holmes
dejó escapar un silbido y dijo:
-De dos caballos, a juzgar por el ruido. Luego
prosiguió, mirando por la ventana:
-Sí, un lindo coche brougham, tirado por una yunta preciosa. Ciento cincuenta guineas valdrá cada animal.
Watson, en este caso hay dinero o, por lo menos, aunque no hubiera otra cosa.
-Holmes, estoy pensando que lo mejor será que me retire.
-De ninguna manera, doctor. Permanezca donde está. Yo estoy perdido sin mi Boswell. Esto promete
ser interesante. Sería una lástima que usted se lo perdiese.
-Pero quizá su cliente...
-No se preocupe de él. Quizá yo necesite la ayuda de usted y él también. Aquí llega. Siéntese en ese
sillón, doctor, y préstenos su mayor atención.
Unos pasos, lentos y fuertes, que se habían oído en las escaleras y en el pasillo se detuvieron junto a la
puerta, del lado exterior. Y de pronto resonaron unos golpes secos.
-¡Adelante! -dijo Holmes. Entró un hombre que no bajaría de los seis pies y seis pulgadas de estatura,
con el pecho y los miembros de un Hércules. Sus ropas eran de una riqueza que en Inglaterra se habría
considerado como lindando con el mal gusto. Le acuchillaban las mangas y los delanteros de su chaqueta
cruzada unas posadas franjas de astracán, y su capa azul oscura, que tenía echada hacia atrás sobre los
hombros, estaba forrada de seda color llama, y sujeta al cuello con un broche consistente en un berilo
resplandeciente. Unas botas que le llegaban hasta la media pierna, y que estaban festoneadas en los
LAS AV E N T UR A S DE SH E R L O C K HOLm ES
EDITORIAL DIGITAL - ImPRENTA NACIONAL
C O S T A R I CA
bordes superiores con rica piel parda, completaban la impresión de bárbara opulencia que producía el
conjunto de su aspecto externo. Traía en la mano un sombrero de anchas alas y, en la parte superior del
rostro, tapándole hasta más abajo de los pómulos, ostentaba un antifaz negro que, por lo visto, se había
colocado en ese mismo instante, porque aún tenía la mano puesta en él cuando hizo su entrada. A juzgar
por las facciones de la parte inferior de la cara, se trataba de un hombre de carácter voluntarioso, de labio
inferior grueso y caído, y barbilla prolongada y recta, que sugería una firmeza llevada hasta la
obstinación.
-¿Recibió usted mi carta? -preguntó con voz profunda y ronca, de fuerte acento alemán-. Le anunciaba
mi visita.
Nos miraba tan pronto al uno como al otro, dudando a cuál de los dos tenía que dirigirse.
-Tome usted asiento por favor -le dijo Sherlock Holmes-. Este señor es mi amigo y colega, el doctor
Watson, que a veces lleva su amabilidad hasta ayudarme en los casos que se me presentan
¿A quién tengo el honor de hablar?
-Puede hacerlo como si yo fuese el conde Von Kramm, aristócrata bohemio. Doy por supuesto este
caballero amigo suyo es hombre de honor discreto al que yo puedo confiar un asunto de la mayor
importancia. De no ser así, preferiría muchísimo tratar con usted solo.
Me levanté para retirarme, pero Holmes me agarró de la muñeca y me empujó, obligándome a sentarme.
-O a los dos, o a ninguno -dijo-. Puede usted hablar delante de este caballero todo cuanto quiera decirme
a mí.
El conde encogió sus anchos hombros, y dijo:
-Siendo así, tengo que empezar exigiendo de ustedes un secreto absoluto por un plazo de dos años,
pasados los cuales el asunto carecerá de importancia. En este momento, no exageraría afirmando que la
tiene tan grande que pudiera influir en la historia de Europa.
-Lo prometo -dijo Holmes.
-Y yo también.
-Ustedes disculparán este antifaz -prosiguió nuestro extraño visitante-. La augusta persona que se sirve
de mí desea que su agente permanezca incógnito para ustedes, y no estará de más que confiese desde
ahora mismo que el título nobiliario que he adoptado no es exactamente el mío.
-Ya me había dado cuenta de ello -dijo secamente Holmes.
-Trátase de circunstancias sumamente delicadas, y es preciso tomar toda clase de precauciones para
ahogar lo que pudiera llegar a ser un escándalo inmenso y comprometer seriamente a una de las familias
reinantes de Europa. Hablando claro, está implicada en este asunto la gran casa de los Ormstein, reyes
hereditarios de Bohemia.
-También lo sabía -murmuró Holmes arrellanándose en su sillón, y cerrando los ojos.
LAS AV E N T UR A S DE SH E R L O C K HOLm ES
EDITORIAL DIGITAL - ImPRENTA NACIONAL
C O S T A R I CA
Nuestro visitante miró con algo de evidente sorpresa la figura lánguida y repantigada de aquel hombre, al
que sin duda le habían pintado como al razonador más incisivo y al agente más enérgico de Europa.
Holmes reabrió poco a poco los ojos y miró con impaciencia a su gigantesco cliente.
-Si su majestad se dignase exponer su caso -dijo a modo de comentario-, estaría en mejores condiciones
para aconsejarle.
Nuestro hombre saltó de su silla, y se puso a pasear por el cuarto, presa de una agitación imposible de
dominar. De pronto se arrancó el antifaz de la cara con un gesto de desesperación, y lo tiró al suelo,
gritando:
-Está usted en lo cierto. Yo soy el rey. ¿Por qué voy a tratar de ocultárselo?
-Naturalmente. ¿Por qué? -murmuró Holmes-. Aún no había hablado su majestad y ya me había yo dado
cuenta de que estaba tratando con Wilhelm Gottsreich Sigismond von Ormstein, gran duque de Cassel
Felstein y rey hereditario de Bohemia.
-Pero ya comprenderá usted -dijo nuestro extraño visitante, volviendo a tomar asiento y pasándose la
mano por su frente, alta y blanca- ya comprenderá usted, digo, que no estoy acostumbrado a realizar
personalmente esta clase de gestiones. Se trataba, sin embargo, de un asunto tan delicado que no podía
confiárselo a un agente mío sin entregarme en sus manos. He venido bajo incógnito desde Praga con el
propósito de consultar con usted.
-Pues entonces, consúlteme -dijo Holmes, volviendo una vez más a cerrar los ojos.
-He aquí los hechos, brevemente expuestos: Hará unos cinco años, y en el transcurso de una larga
estancia mía en Varsovia, conocí a la célebre aventurera Irene Adler. Con seguridad que ese nombre le
será familiar a usted.
-Doctor, tenga la amabilidad de buscarla en el índice -murmuró Holmes sin abrir los ojos.
Venía haciendo extractos de párrafos referentes a personas y cosas, Y era difícil tocar un tema o hablar
de alguien sin que él pudiera suministrar en el acto algún dato sobre los mismos. En el caso actual
encontré la biografía de aquella mujer, emparedada entre la de un rabino hebreo y la de un oficial
administrativo de la Marina, autor de una monografía acerca de los peces abismales.
-Déjeme ver -dijo Holmes-. ¡Ejem! Nacida en Nueva Jersey en el año mil ochocientos cincuenta y ocho.
Contralto. ¡Ejem! La Scala. ¡Ejem! Prima donna en la Ópera Imperial de Varsovia... Eso es... Retirada de
los escenarios de ópera, ¡Ajá! Vive en Londres... ¡Justamente!... Según tengo entendido, su majestad se
enredó con esta joven, le escribió ciertas cartas comprometedoras, y ahora desea recuperarlas.
-Exactamente... Pero ¿cómo?
-¿Hubo matrimonio secreto?
-En absoluto.
-¿Ni papeles o certificados legales?
-Ninguno.
LAS AV E N T UR A S DE SH E R L O C K HOLm ES
EDITORIAL DIGITAL - ImPRENTA NACIONAL
C O S T A R I CA
-Pues entonces, no alcanzo a ver adónde va a parar su majestad. En el caso de que esta joven exhibiese
cartas para realizar un chantaje, o con otra finalidad cualquiera, ¿cómo iba ella a demostrar su
autenticidad?
-Esta la letra.
-¡Puf! Falsificada.
-Mi papel especial de cartas.
-Robado.
-Mi propio sello.
-Imitado.
-Mi fotografía.
-Comprada.
-En la fotografía estamos los dos.
-¡Vaya, vaya! ¡Esto sí que está mal! Su majestad cometió, desde luego, una indiscreción.
-Estaba fuera de mí, loco.
-Se ha comprometido seriamente.
-Entonces yo no era más que príncipe heredero. Y, además, joven. Hoy mismo no tengo sino treinta años.
-Es preciso recuperar esa fotografía.
-Lo hemos intentado y fracasamos.
-Su majestad tiene que pagar. Es preciso comprar esa fotografía.
-Pero ella no quiere venderla.
-Hay que robársela entonces.
-Hemos realizado cinco tentativas. Ladrones a sueldo mío registraron su casa de arriba abajo por dos
veces. En otra ocasión, mientras ella viajaba, sustrajimos su equipaje. Le tendimos celadas dos veces más.
Siempre sin resultado.
-¿No encontraron rastro alguno de la foto?
-En absoluto.
Holmes se echó a reír y dijo:
-He ahí un problemita peliagudo.
-Pero muy serio para mí -le replicó en tono de reconvención el rey.
-Muchísimo, desde luego. Pero ¿qué se propone hacer ella con esa fotografía?
LAS AV E N T UR A S DE SH E R L O C K HOLm ES
EDITORIAL DIGITAL - ImPRENTA NACIONAL
C O S T A R I CA
-Arruinarme.
-¿Cómo?
-Estoy en vísperas de contraer matrimonio.
-Eso tengo entendido.
-Con Clotilde Lothman von Saxe Meningen. Hija segunda del rey de Escandinavia. Quizá sepa usted que
es una familia de principios muy estrictos. Y ella misma es la esencia de la delicadeza. Bastaría una
sombra de duda acerca de mi conducta para que todo se viniese abajo.
-¿Y qué dice Irene Adler?
-Amenaza con enviarles la fotografía. Y lo hará. Estoy seguro de que lo hará. Usted no la conoce. Tiene
un alma de acero. Posee el rostro de la más hermosa de las mujeres y el temperamento del más resuelto
de los hombres. Es capaz de llegar a cualquier extremo antes de consentir que yo me case con otra mujer.
-¿Esta seguro de que no la ha enviado ya?
-Lo estoy.
-¿Por qué razón?
-Porque ella aseguró que la enviará el día mismo en que se haga público el compromiso matrimonial. Y eso
ocurrirá el lunes próximo.
-Entonces tenemos por delante tres días aún -exclamó Holmes, bostezando-. Es una suerte, porque en este
mismo instante traigo entre manos un par de asuntos de verdadera importancia, supongo que su majestad
permanecerá por ahora en Londres, ¿no es así?
-Desde luego. Usted me encontrará en el Langham, bajo el nombre de conde Von Kramm.
-Le haré llegar unas líneas para informarle de cómo llevamos el asunto.
-Hágalo así, se lo suplico, porque vivo en una pura ansiedad.
-Otra cosa. ¿Y la cuestión dinero?
-Tiene usted carte blanche.
-¿Sin limitaciones?
-Le aseguro que daría una provincia de mi reino por tener en mi poder la fotografía.
-¿Y para gastos de momento?
El rey sacó de debajo de su capa un grueso talego de gamuza, y lo puso encima de la mesa, diciendo:
-Hay trescientas libras en oro y setecientas en billetes. Holmes
garrapateó en su cuaderno un recibo, y se lo entregó.
LAS AV E N T UR A S DE SH E R L O C K HOLm ES
EDITORIAL DIGITAL - ImPRENTA NACIONAL
C O S T A R I CA
-¿Y la dirección de esa señorita? -preguntó.
-Briony Lodge. Serpentine Avenue, St. John’s Wood. Holmes tomó
nota, y dijo:
-Otra pregunta: ¿era la foto de tamaño exposición?
-Sí que lo era.
-Entonces, majestad, buenas noches, y espero que no tardaremos en tener alguna buena noticia para usted.
Y a usted también, Watson, buenas noches -agregó así que rodaron en la calle las ruedas del brougham
real-. Si tuviese la amabilidad de pasarse por aquí mañana por la tarde, a las tres, me gustaría charlar con
usted de este asuntito.
CAPÍTULO II
A las tres en punto me encontraba yo en Barker Street, pero Holmes no había regresado todavía. La dueña
me informó que había salido de casa poco después de las ocho de la mañana. Me senté, no obstante,
junto al fuego, resuelto a esperarle por mucho que tardase. Esta investigación me había interesado
profundamente; no estaba rodeada de ninguna de las características extraordinarias y horrendas que
concurrían en los dos crímenes que he dejado ya relatados, pero la índole del caso y la alta posición del
cliente de Holmes lo revestían de un carácter especial. La verdad es que, con independencia de la índole
de las pesquisas que mi amigo emprendía, había en su magistral manera de abarcar las situaciones, y en su
razonar agudo e incisivo, un algo que convertía para mí en un placer el estudio de su sistema de trabajo,
y el seguirle en los métodos, rápidos y sutiles, con que desenredaba los misterios más inextricables. Me
hallaba yo tan habituado a verle triunfar que ni siquiera me entraba en la cabeza la posibilidad de un
fracaso suyo.
Eran ya cerca de las cuatro cuando se abrió la puerta y entró en la habitación un mozo de caballos, con
aspecto de borracho, desaseado, de puntillas largas, cara abotagada y ropas indecorosas. A pesar de
hallarme acostumbrado a la asombrosa habilidad de mi amigo para el empleo de disfraces, tuve que
examinarlo muy detenidamente antes de cerciorarme de que era él en persona, me saludó con una
inclinación de cabeza y se metió en su dormitorio, del que volvió a salir antes de cinco minutos vestido
con traje de mezclilla y con su aspecto respetable de siempre.
-Pero ¡quien iba a decirlo! -exclamé yo, y él se rió hasta sofocarse; y rompió de nuevo a reír y tuvo que
recostarse en su sillón, desmadejado e impotente.
-¿De qué se ríe?
-La cosa tiene demasiada gracia. Estoy seguro de que no es usted capaz de adivinar en qué invertí la
mañana, ni lo que acabé por hacer.
-No puedo imaginármelo, aunque supongo que habrá estado estudiando las costumbres, y hasta quizá la
casa de la señorita Irene Adler.
-Exactamente, pero las consecuencias que se me originaron han sido bastante fuera de lo corriente. Se lo
LAS AV E N T UR A S DE SH E R L O C K HOLm ES
EDITORIAL DIGITAL - ImPRENTA NACIONAL
C O S T A R I CA
voy a contar. Salí esta mañana de casa poco después de las ocho, caracterizado de mozo de caballos, en
busca de colocación. Existe entre la gente de caballerizas una asombrosa simpatía y hermandad
masónica. Sea usted uno de ellos, y sabrá todo lo que hay que saber. Pronto di con Briony Lodge. Es una
joyita de chalet, con jardín en la parte posterior, pero con su fachada de dos pisos construida en línea
con la calle. La puerta tiene cerradura sencilla. A la derecha hay un cuarto de estar, bien amueblado,
con ventanas largas, que llegan casi hasta el suelo y que tienen anticuados cierres ingleses de ventana,
que cualquier niño es capaz de abrir. En la fachada posterior no descubrí nada de particular, salvo que la
ventana del pasillo puede alcanzarse desde el techo del edificio de la cochera. Caminé alrededor de la
casa y lo examiné todo cuidadosamente y desde todo punto de vista, aunque sin descubrir ningún otro
detalle de interés. Luego me fui paseando descansadamente calle adelante, y descubrí, tal como yo
esperaba, unos establos en una travesía que corre a lo largo de una de las tapias del jardín. Eché una
mano a los mozos de cuadra en la tarea de almohazar los caballos, y me lo pagaron con dos peniques, un
vaso de mitad y mitad, dos rellenos de la cazoleta de mi pipa con mal tabaco, y todos los informes que yo
podía apetecer acerca de la señorita Adler, sin contar con los que me dieron acerca de otra media docena
de personas de la vecindad, en las cuales yo no tenía ningún interés, pero que no tuve más remedio que
escuchar.
-Exactamente.
-Pues entonces confíe en mí.
-Magnífico. Pienso que quizá sea ya tiempo de que me caracterice para el nuevo papel que tengo que
representar.
Desapareció en el interior de su dormitorio, regresando a los pocos minutos caracterizado como un
clérigo disidente, bondadoso y sencillo. Su ancho sombrero negro, pantalones abolsados, corbata blanca,
sonrisa de simpatía y aspecto general de observador curioso y benévolo eran tales, que sólo un señor John
Hare sería capaz de igualarlos. A cada tipo nuevo de que se disfrazaba, parecía cambiar hasta de
expresión, maneras e incluso de alma. Cuando Holmes se especializó en criminología, la escena perdió
un actor, y hasta la ciencia perdió un agudo razonador.
Eran las seis y cuarto cuando salimos de Baker Street, y faltaban todavía diez minutos para la hora
señalada cuando llegamos a Serpentine Avenue. Estaba ya oscurecido, y se procedía a encender los faroles
del alumbrado, nos paseamos de arriba para abajo por delante de Briony Lodge esperando a su ocupante.
La casa era tal y como yo me la había figurado por la concisa descripción que de ella había hecho
Sherlock Holmes, pero el lugar parecía menos recogido de lo que yo me imaginé.
Para tratarse de una calle pequeña de un barrio tranquilo, resultaba notablemente animada. Había en una
esquina un grupo de hombres mal vestidos que fumaban y se reían, dos soldados de la guardia flirteando
con una niñera, un afilador con su rueda y varios jóvenes bien trajeados que se paseaban tranquilamente
con el cigarro en la boca.
-Esta boda -me dijo Holmes mientras íbamos y veníamos por la calle -simplifica bastante el asunto. La
fotografía resulta ahora un arma de doble filo. Es probable que ella sienta la misma aversión a que sea
vista por el señor Godfrey Norton, como nuestro cliente a que la princesa la tenga delante de los ojos.
Ahora bien: la cuestión que se plantea es ésta: ¿dónde encontraremos la fotografía?
-Eso es, ¿dónde?
-Es muy poco probable que se la lleve de un lado para otro en su viaje. Es de tamaño de exposición.
Demasiado grande para poder ocultarla entre el vestido. Sabe, además, que el rey es capaz de tenderle
una celada y hacerla registrar, y, en efecto, lo ha intentado un par de veces. Podemos, pues, dar por
sentado que no la lleva consigo.
-¿Dónde la tiene, entonces?
-Puede guardarla su banquero o puede guardarla su abogado. Existe esa doble posibilidad. Pero estoy
inclinado a pensar que ni lo uno ni lo otro. Las mujeres son por naturaleza aficionadas al encubrimiento,
pero les gusta ser ellas mismas las encubridoras. ¿Por qué razón habría de entregarla a otra persona? Podía
confiar en sí misma como guardadora; pero no sabía qué influencias políticas, directas o indirectas,
podrían llegar a emplearse para hacer fuerza sobre un hombre de negocios.
LAS AV E N T UR A S DE SH E R L O C K HOLm ES
EDITORIAL DIGITAL - ImPRENTA NACIONAL
C O S T A R I CA
Tenga usted, además, en cuenta que ella había tomado la resolución de servirse de la fotografía dentro de
unos días. Debe, pues, encontrarse en un lugar en que le sea fácil echar mano de la misma. Debe de estar
en su propio domicilio.
-Pero la casa ha sido asaltada y registrada dos veces.
-¡Bah! No supieron registrar debidamente.
-Y ¿cómo lo hará usted?
-Yo no haré registros.
-¿Qué hará, pues?
-Haré que ella misma me indique el sitio.
-Se negará.
-No podrá. Pero ya oigo traqueteo de ruedas. Es su coche. Ea, tenga cuidado con cumplir mis órdenes al
pie de la letra.
Mientras él hablaba aparecieron, doblando la esquina de la avenida las luces laterales de un coche. Era
este un bonito y pequeño landó, que avanzo con estrépito hasta detenerse delante de la puerta de Briony
Lodge. Uno de los vagabundos echó a correr para abrir la puerta del coche y ganarse de ese modo una
moneda, pero otro, que se había lanzado a hacer lo propio, lo aparto violentamente. Esto dio lugar a una
furiosa riña, que atizaron aún más los dos soldados de la guardia, que se pusieron de parte de uno de los
dos vagabundos, y el afilador, que tomó con igual calor partido por el otro. Alguien dio un puñetazo, y
en un instante la dama, que se apeaba del coche, se vio en el centro de un pequeño grupo de hombres que
reñían acaloradamente y que se acometían de una manera salvaje con puños y palos. Holmes se
precipitó en medio del zafarrancho para proteger a la señora; pero, en el instante mismo en que llegaba
hasta ella, dejó escapar un grito y cayó al suelo con la cara convertida en un manantial de sangre. Al ver
aquello, los soldados de la guardia pusieron pies en polvorosa por un lado y los vagabundos hicieron lo
propio por el otro, mientras que cierto número de personas bien vestidas, que habían sido testigos de la
trifulca, sin tomar parte en la misma, se apresuraron a acudir en ayuda de la señora y en socorro del
herido. Irene Adler
-seguiré llamándola por ese nombre- se había apresurado a subir la escalinata de su casa pero se detuvo
en el escalón superior y se volvió para mirar a la calle, mientras su figura espléndida se dibujaba sobre el
fondo de las luces del vestíbulo.
-¿Es importante la herida de ese buen caballero? -preguntó.
-Está muerto -gritaron varias voces.
-No, no, aún vive -gritó otra; pero si se le lleva al hospital, fallecerá antes que llegue.
-Se ha portado valerosamente -dijo una mujer-. De no haber sido por él, se habrían llevado el bolso y el
reloj de la señora. Formaban una cuadrilla, y de las violentas, además. ¡Ah! Miren cómo respira ahora.
-No se le puede dejar tirado en la calle. ¿Podemos entrarlo en la casa, señora?
-¡Claro que sí!… Éntrenlo al cuarto de estar, donde hay un cómodo sofá. Por aquí, hagan el favor.
LAS AV E N T UR A S DE SH E R L O C K HOLm ES
EDITORIAL DIGITAL - ImPRENTA NACIONAL
C O S T A R I CA
Lenta y solemnemente fue metido en Briony Lodge, y tendido en la habitación principal, mientras yo me
limitaba a observarlo todo desde mi puesto junto a la ventana. Habían encendido las luces, pero no
habían corrido las cortinas, de modo que veía a Holmes tendido en el sofá. Yo no sé si él se sentiría en
ese instante arrepentido del papel que estaba representando, pero si sé que en mi vida me he sentido yo
tan sinceramente avergonzado de mí mismo, como cuando pude ver a la hermosa mujer contra la cual
estaba yo conspirando, y la gentileza y amabilidad con que cuidaba al herido. Sin embargo, el echarme
atrás en la representación del papel que Holmes me había confiado equivaldría a la más negra traición.
Endurecí mi sensibilidad y saqué de debajo de mi amplio gabán el cohete de humo. Después de todo
pensé no le causamos a ella ningún perjuicio. Lo único que hacemos es impedirle que ella se lo cause a
otro.
Holmes se había incorporado en el sofá, y le vi que accionaba como si le faltase el aire. Una doncella
corrió a la ventana y la abrió de par en par. En ese mismo instante le vi levantar la mano y, como
respuesta a esa señal, arrojé yo al interior el cohete y di la voz de ¡fuego! No bien salió la palabra de mi
boca cuando toda la muchedumbre de espectadores, bien y mal vestidos, caballeros, mozos de cuadra y
criadas de servir, lanzaron a coro un agudo grito de ¡fuego! Se alzaron espesas nubes ondulantes de humo
dentro de la habitación y salieron por la ventana al exterior. Tuve una visión fugaz de figuras humanas
que echaban a correr, y oí dentro la voz de Holmes que les daba la seguridad de que se trataba de una
falsa alarma. Me deslicé por entre la multitud vociferante, abriéndome paso hasta la esquina de la calle, y
diez minutos más tarde tuve la alegría de sentir que mi amigo pasaba su brazo por el mío, alejándonos del
escenario de aquel griterío.
Caminamos rápidamente y en silencio durante algunos minutos, hasta que doblamos por una de las calles
tranquilas que desembocan en Edgware Road.
-Lo hizo usted muy bien, doctor -me dijo Holmes-. No hubiera sido posible mejorarlo. Todo ha salido
perfectamente.
-¿Tiene ya la fotografía?
-Sé dónde está.
-¿Y cómo lo descubrió?
-Ya le dije a usted que ella me lo indicaría.
-Sigo a oscuras.
-No quiero hacer del asunto un misterio -exclamó, riéndose-. Era una cosa sencilla. Ya se daría usted
cuenta de que todos cuantos estaban en la calle eran cómplices. Los había contratado para la velada.
-Lo barrunté.
-Pues cuando se armó la trifulca, yo ocultaba en la mano una pequeña cantidad de pintura roja, húmeda.
Me abalancé, caí, me di con fuerza en la cara con la palma de la mano, y ofrecí un espectáculo que
movía a compasión. Es un truco ya viejo.
-También llegué a penetrar en ese detalle.
-Luego me metieron en la casa. Ella no tenía más remedio que recibirme. ¿Qué otra cosa podía hacer? Y
tuvo que recibirme en el cuarto de estar, es decir, en la habitación misma en que yo sospechaba que se
encontraba la fotografía. O allí o en su dormitorio. Y yo estaba resuelto a ver en cuál de los dos. Me
LAS AV E N T UR A S DE SH E R L O C K HOLm ES
EDITORIAL DIGITAL - ImPRENTA NACIONAL
C O S T A R I CA
tendieron en el sofá, hice como que me ahogaba, no tuvieron más remedio que abrir la ventana, y tuvo
usted de ese modo su oportunidad.
-¿Y de qué le sirvió mi acción?
-De ella dependía todo. Cuando una mujer cree que su casa está ardiendo, el instinto la lleva a
precipitarse hacia el objeto que tiene en más aprecio. Es un impulso irresistible, del que más de una vez
me he aprovechado. Recurrí a él cuando el escándalo de la suplantación de Darlington y en el del
castillo de Arnsworth. Si la mujer es casada, corre a coger en brazos a su hijito; si es soltera, corre en
busca de su estuche de joyas. Pues bien: era evidente para mí que nuestra dama de hoy no guardaba en
casa nada que fuese más precioso para ella que lo que nosotros buscábamos. La alarma, simulando que
había estallado un fuego, se dio admirablemente. El humo y el griterío eran como para sobresaltar a una
persona de nervios de acero. Ella actuó de manera magnífica. La fotografía está en un escondite que hay
detrás de un panel corredizo, encima mismo de la campanilla de llamada de la derecha. Ella se plantó allí
en un instante, y la vi medio sacarla fuera.
Cuando yo empecé a gritar que se trataba de una falsa alarma, volvió a colocarla en su sitio, echó una
mirada al cohete, salió corriendo de la habitación, y no volví a verla. Me puse en pie y, dando toda clase
de excusas, huí de la casa. Estuve dudando si apoderarme de la fotografía entonces mismo; pero el
cochero había entrado en el cuarto de estar y no quitaba de mí sus ojos. Me pareció, pues, más seguro
esperar. Con precipitarse demasiado quizá se echase todo a perder.
-¿Y ahora? -le pregunté.
-Nuestra investigación está prácticamente acabada. Mañana iré allí de visita con el rey, y usted puede
acompañarnos, si le agrada. Nos pasarán al cuarto de estar mientras avisan a la señora, pero es probable
que cuando ella se presente no nos encuentre ni a nosotros ni a la fotografía. Quizá constituye para su
majestad una satisfacción el recuperarla con sus propias manos.
-¿A qué hora irán ustedes?
-A las ocho de la mañana. Ella no se habrá levantado todavía, de modo que tendremos el campo libre.
Además, es preciso que actuemos con rapidez, porque quizá su matrimonio suponga un cambio completo
en su vida y en sus costumbres. Es preciso que yo telegrafíe sin perder momento al rey.
Habíamos llegado a Baker Street, y nos habíamos detenido delante de la puerta. Mi compañero
rebuscaba la llave en sus bolsillos cuando alguien le dijo al pasar:
-Buenas noches, señor Sherlock Holmes.
Había en ese instante en la acera varias personas, pero el saludo parecía proceder de un Joven delgado
que vestía ancho gabán y que se alejó rápidamente. Holmes dijo mirando con fijeza hacia la calle
débilmente alumbrada:
-Yo he oído antes esa voz. ¿Quién diablos ha podido ser?
CAPÍTULO III
Dormí esa noche en Baker Street, y nos hallábamos desayunando nuestro café con tostada cuando el
LAS AV E N T UR A S DE SH E R L O C K HOLm ES
EDITORIAL DIGITAL - ImPRENTA NACIONAL
C O S T A R I CA
rey de Bohemia entró con gran prisa en la habitación
-¿De verdad que se apoderó usted de ella? -exclamó agarrando a Sherlock Holmes por los dos hombros,
y clavándole en la cara una ansiosa mirada.
-Todavía no.
-Pero ¿confía en hacerlo?
-Confío.
-Vamos entonces. Ya estoy impaciente por ponerme en camino.
-Necesitamos un carruaje.
-No, tengo esperando mi brougham
-Eso simplifica las cosas.
Bajamos a la calle, y nos pusimos una vez más en marcha hacia Briony Lodge.
-¡Qué mujer; oh, qué mujer! -exclamó el rey de Bohemia una vez que leímos los tres la carta-. No le dije
lo rápida y resuelta que era ¿No es cierto que habría sido una reina admirable? ¿No es una lástima que no
esté a mi mismo nivel?
-A juzgar por lo que de esa dama he podido conocer, parece que, en efecto, ella y su majestad están a un
nivel muy distinto -dijo con frialdad Holmes-. Lamento no haber podido llevar a un término más feliz el
negocio de su majestad.
-Todo lo contrario, mi querido señor -exclamó el rey-. No ha podido tener un término más feliz. Me
consta que su palabra es sagrada. La fotografía es ahora tan inofensiva como si hubiese ardido en el fuego.
-Me felicito de oírle decir eso a su majestad.
-Tengo contraída una deuda inmensa con usted. Dígame, por favor, de qué manera puedo recompensarle.
Este anillo...
Se sacó del dedo un anillo de esmeralda en forma de serpiente, y se lo presentó en la palma de la mano.
-Su majestad está en posesión de algo que yo valoro en mucho más -dijo Sherlock Holmes.
-No tiene usted más que nombrármelo.
-Esta fotografía.
El rey se le quedó mirando con asombro, y exclamó:
-¡La fotografía de Irene! Suya es, desde luego, si así lo desea.
-Doy las gracias a su majestad. De modo, pues, que ya no queda nada por tratar de este asunto. Tengo el
honor de dar los buenos días a su majestad.
Holmes se inclinó, se volvió sin darse por enterado de la mano que el rey le alargaba, y echó a andar,
acompañado por mí, hacia sus habitaciones.
Y así fue como se cernió, amenazador, sobre el reino de Bohemia un gran escándalo, y cómo el ingenio
de una mujer desbarató los planes mejor trazados de Sherlock Holmes. En otro tiempo, acostumbraba
este bromear a propósito de la inteligencia de las mujeres; pero ya no le he vuelto a oír expresarse de ese
modo en los últimos tiempos. Y siempre que habla de Irene Adler, o cuando hace referencia a su
fotografía, le da el honroso título de la mujer.
Había ido yo a visitar a mi amigo el señor Sherlock Holmes cierto día de otoño del año pasado, y me lo
encontré muy enzarzado en conversación con un caballero anciano muy voluminoso, de cara
rubicunda y cabellera de un subido color rojo. Iba yo a retirarme, disculpándome por mi entremetimiento,
LAS AV E N T UR A S DE SH E R L O C K HOLm ES
EDITORIAL DIGITAL - ImPRENTA NACIONAL
C O S T A R I CA
pero Holmes me hizo entrar bruscamente de un tirón, y cerró la puerta a mis espaldas.
-Mi querido Watson, no podía usted venir en mejor momento -me dijo con expresión cordial.
-Creí que estaba usted ocupado.
-Lo estoy, y muchísimo.
-Entonces puedo esperar en la habitación de al lado.
-De ninguna manera. Señor Wilson, este caballero ha sido compañero y colaborador mío en muchos de los
casos que mayor éxito tuvieron, y no me cabe la menor duda de que también en el de usted me será de la
mayor utilidad.
El voluminoso caballero hizo mención de ponerse en pie y me saludó con una inclinación de cabeza, que
acompañó de una rápida mirada interrogadora de sus ojillos, medio hundidos en círculos de grasa.
-Tome asiento en el canapé -dijo Holmes, dejándose caer otra vez en su sillón, y juntando las yemas de
los dedos, como era costumbre suya cuando se hallaba de humor reflexivo-. De sobra sé, mi querido
Watson, que usted participa de mi afición a todo lo que es raro y se sale de los convencionalismos y de la
monótona rutina de la vida cotidiana. Usted ha demostrado el deleite que eso le produce, como el
entusiasmo que le ha impulsado a escribir la crónica de tantas de mis aventurillas, procurando
embellecerlas hasta cierto punto, si usted me permite la frase.
-Desde luego, los casos suyos despertaron en mí el más vivo interés -le contesté.
-Recordará usted que hace unos días, antes que nos lanzásemos a abordar el sencillo problema que nos
presentaba la señorita Mary Sutherland, le hice la observación de que los efectos raros y las
combinaciones extraordinarias debíamos buscarlas en la vida misma, que resulta siempre de una osadía
infinitamente mayor que cualquier esfuerzo de la imaginación.
-Sí, y yo me permití ponerlo en duda.
-En efecto, doctor, pero tendrá usted que venir a coincidir con mi punto de vista, porque, en caso
contrario, iré amontonando y amontonando hechos sobre usted hasta que su razón se quiebre bajo su peso
y reconozca usted que estoy en lo cierto. Pues bien: el señor Jabez Wilson, aquí presente, ha tenido la
amabilidad de venir a visitarme esta mañana, dando comienzo a un relato que promete ser uno de los más
extraordinarios que he escuchado desde hace algún tiempo. Me habrá usted oído decir que las cosas más
raras y singulares no se presentan con mucha frecuencia unidas a los crímenes grandes, sino a los
pequeños, y también, de cuando en cuando, en ocasiones en las que puede existir duda de si, en efecto,
se ha cometido algún hecho delictivo. Por lo que he podido escuchar hasta ahora, me es imposible
afirmar si en el caso actual estamos o no ante un crimen; pero el desarrollo de los hechos es, desde luego,
uno de los más sorprendentes de que he tenido jamás ocasión de enterarme. Quizá, señor Wilson, tenga
usted la extremada bondad de empezar de nuevo el relato. No se lo pido únicamente porque mi amigo, el
doctor Watson, no ha escuchado la parte inicial, sino también porque la índole especial de la historia
despierta en mí el vivo deseo de oír de labios de usted todos los detalles posibles. Por regla general, me
suele bastar una ligera indicación acerca del desarrollo de los hechos para guiarme por los millares de
casos similares que se me vienen a la memoria. Me veo obligado a confesar que en el caso actual, y según
yo creo firmemente, los hechos son únicos.
El voluminoso cliente enarcó el pecho, como si aquello le enorgulleciera un poco, y sacó del bolsillo
interior de su gabán un periódico sucio y arrugado. Mientras él repasaba la columna de anuncios,
LAS AV E N T UR A S DE SH E R L O C K HOLm ES
EDITORIAL DIGITAL - ImPRENTA NACIONAL
C O S T A R I CA
adelantando la cabeza, después de alisar el periódico sobre sus rodillas, yo lo estudié a él detenidamente,
esforzándome, a la manera de mi compañero, por descubrir las indicaciones que sus ropas y su apariencia
exterior pudieran proporcionarme.
No saqué, sin embargo, mucho de aquel examen.
A juzgar por todas las señales, nuestro visitante era un comerciante inglés de tipo corriente, obeso,
solemne y de lenta comprensión. Vestía unos pantalones abolsados, de tela de pastor, a cuadros grises;
una levita negra y no demasiado limpia, desabrochada delante; chaleco gris amarillento, con albertina
de pesado metal, de la que colgaba para adorno un trozo, también de metal, cuadrado y agujereado. A su
lado, sobre una silla, había un raído sombrero de copa y un gabán marrón descolorido, con el arrugado
cuello de terciopelo. En resumidas cuentas, y por mucho que yo lo mirase, nada de notable distinguí en
aquel hombre, fuera de su pelo rojo vivísimo y la expresión de disgusto y de pesar extremados que se
leía en sus facciones.
La mirada despierta de Sherlock Holmes me sorprendió en mi tarea, y mi amigo movió la cabeza,
sonriéndome, en respuesta a las miradas mías interrogadoras:
-Fuera de los hechos evidentes de que en tiempos estuvo dedicado a trabajos manuales, de que toma rapé,
de que es masón, de que estuvo en China y de que en estos últimos tiempos ha estado muy atareado en
escribir no puedo sacar nada más en limpio.
El señor Jabez Wilson se irguió en su asiento, puesto el dedo índice sobre el periódico, pero con los ojos
en mi compañero.
-Pero, por vida mía, ¿cómo ha podido usted saber todo eso, señor Holmes? ¿Cómo averiguó, por
ejemplo, que yo he realizado trabajos manuales? Todo lo que ha dicho es tan verdad como el Evangelio,
y empecé mi carrera como carpintero de un barco.
-Por sus manos, señor. La derecha es un número mayor de medida que su mano izquierda. Usted trabajó
con ella, y los músculos de la misma están más desarrollados.
-Bien, pero ¿y lo del rapé y la masonería?
-No quiero hacer una ofensa a su inteligencia explicándole de qué manera he descubierto eso,
especialmente porque, contrariando bastante las reglas de vuestra orden, usa usted un alfiler de corbata
que representa un arco y un compás.
-¡Ah! Se me había pasado eso por alto. Pero ¿y lo de la escritura?
-Y ¿qué otra cosa puede significar el que el puño derecho de su manga esté tan lustroso en una anchura
de cinco pulgadas, mientras que el izquierdo muestra una superficie lisa cerca del codo, indicando el
punto en que lo apoya sobré el pupitre?
-Bien, ¿y lo de China?
-El pez que lleva usted tatuado más arriba de la muñeca sólo ha podido ser dibujado en China. Yo llevo
realizado un pequeño estudio acerca de los tatuajes, y he contribuido incluso a la literatura que trata de
ese tema. El detalle de colorear las escamas del pez con un leve color sonrosado es completamente
característico de China. Si, además de eso, veo colgar de la cadena de su reloj una moneda china, el
problema se simplifica aun más.
El señor Jabez Wilson se rió con risa torpona, y dijo:
LAS AV E N T UR A S DE SH E R L O C K HOLm ES
EDITORIAL DIGITAL - ImPRENTA NACIONAL
C O S T A R I CA
-¡No lo hubiera creído! Al principio me pareció que lo que había hecho usted era una cosa por demás
inteligente; pero ahora me doy cuenta de que, después de todo, no tiene ningún mérito.
-Comienzo a creer, Watson -dijo Holmes-, que es un error de parte mía el dar explicaciones. Omne
ignotum pro magnifico, como no ignora usted, y si yo sigo siendo tan ingenuo, mi pobre celebridad, mucha
o poca, va a naufragar. ¿Puede enseñarme usted ese anuncio, señor Wilson?
-Sí, ya lo encontré -contestó él, con su dedo grueso y colorado fijo hacia la mitad de la columna-. Aquí
está. De aquí empezó todo. Léalo usted mismo, señor.
Le quité el periódico, y leí lo que sigue:
«A la liga de los pelirrojos. Con cargo al legado del difunto Ezekiah Hopkins, Penn., EE. UU., se ha
producido otra vacante que da derecho a un miembro de la Liga a un salario de cuatro libras semanales
a cambio de servicios de carácter puramente nominal. Todos los pelirrojos sanos de cuerpo y de
inteligencia, y de edad superior a los veintiún años, pueden optar al puesto. Presentarse personalmente
el lunes, a las once, a Duncan Ross, en las oficinas de la Liga, Pope’s Court. núm. 7. Fleet Street.»
-¿Qué diablos puede significar esto? -exclamé después de leer dos veces el extraordinario anuncio.
Holmes se rió por lo bajo, y se retorció en su sillón, como solía hacer cuando estaba de buen humor.
-¿Verdad que esto se sale un poco del camino trillado? -dijo-. Y ahora, señor Wilson, arranque desde la
línea de salida, y no deje nada por contar acerca de usted, de su familia y del efecto que el anuncio ejerció
en la situación de usted. Pero antes, doctor, apunte el periódico y la fecha.
-Es el Morning Chronicle del veintisiete de abril de mil ochocientos noventa. Exactamente, de hace dos
meses.
-Muy bien. Veamos, señor Wilson.
-Pues bien: señor Holmes, como le contaba a usted -dijo Jabez Wilson secándose el sudor de la frente-,
yo poseo una pequeña casa de préstamos en Coburg Square, cerca de la City1. El negocio no tiene mucha
importancia, y durante los últimos años no me ha producido sino para ir tirando. En otros tiempos podía
permitirme tener dos empleados, pero en la actualidad sólo conservo uno; y aun a éste me resultaría
difícil poder pagarle, de no ser porque se conforma con la mitad de la paga, con el propósito de aprender
el oficio.
-¿Cómo se llama este joven de tan buen conformar? -preguntó Sherlock Holmes.
-Se llama Vicent Spaulding, pero no es precisamente un mozalbete. Resultaría difícil calcular los años
que tiene. Yo me conformaría con que un empleado mío fuese lo inteligente que es él; sé perfectamente
que él podría ganar el doble de lo que yo puedo pagarle, y mejorar de situación. Pero, después de todo, si
él está satisfecho, ¿por qué voy a revolverle yo el magín?
1 Ciudad de Londres.
-Naturalmente, ¿por qué va usted a hacerlo? Es para usted una verdadera fortuna el poder disponer de un
empleado que quiere trabajar por un salario inferior al del mercado. En una época como la que
atravesamos no son muchos los patronos que están en la situación de usted. Me está pareciendo que su
LAS AV E N T UR A S DE SH E R L O C K HOLm ES
EDITORIAL DIGITAL - ImPRENTA NACIONAL
C O S T A R I CA
empleado es tan extraordinario como su anuncio.
-Bien, pero también tiene sus defectos ese hombre -dijo el señor Wilson-. Por ejemplo, el de largarse por ahí
con el aparato fotográfico en las horas en que debería estar cultivando su inteligencia, para luego venir y
meterse en la bodega, lo mismo que un conejo en la madriguera, a revelar sus fotografías. Ese es el
mayor de sus defectos; pero, en conjunto, es muy trabajador. Y carece de vicios.
-Supongo que seguirá trabajando con usted.
-Sí, señor. Yo soy viudo, nunca tuve hijos, y en la actualidad componen mi casa él y una chica de
catorce años, que sabe cocinar algunos platos sencillos y hacer la limpieza. Los tres llevamos una vida
tranquila, señor; y gracias a eso estamos bajo techado, pagamos nuestras deudas, y no pasamos de ahí.
Fue el anuncio lo que primero nos sacó de quicio. Spaulding se presentó en la oficina, hoy hace
exactamente ocho semanas, con este mismo periódico en la mano, y me dijo: «
¡Ojalá Dios que yo fuese pelirrojo, señor Wilson! » Yo le pregunté: « ¿De qué se trata? » Y él me
contestó: «Pues que se ha producido otra vacante en la Liga de los Pelirrojos. Para quien lo sea equivale
a una pequeña fortuna, y, según tengo entendido, son más las vacantes que los pelirrojos, de modo que los
albaceas testamentarios andan locos no sabiendo qué hacer con el dinero. Si mi pelo cambiase de color,
ahí tenía yo un huequecito a pedir de boca donde meterme.» «Pero bueno,
¿de qué se trata?», le pregunté. Mire, señor Holmes, yo soy un hombre muy de su casa. Como el
negocio vino a mí, en vez de ir yo en busca del negocio, se pasan semanas enteras sin que yo ponga el
pie fuera del felpudo de la puerta del local. Por esa razón vivía sin enterarme mucho de las cosas de fuera,
y recibía con gusto cualquier noticia. « ¿Nunca oyó usted hablar de la Liga de los Pelirrojos? », me
preguntó con asombro. «Nunca.» «Sí que es extraño, siendo como es usted uno de los candidatos
elegibles para ocupar las vacantes.» «Y ¿qué supone en dinero?», le pregunté.
«Una minucia. Nada más que un par de centenares de libras al año, pero casi sin trabajo, y sin que le
impidan gran cosa dedicarse a sus propias ocupaciones.» Se imaginará usted fácilmente que eso me hizo
afinar el oído, ya que mi negocio no marchaba demasiado bien desde hacía algunos años, y un par de
centenares de libras más me habrían venido de perlas. «Explíqueme bien ese asunto», le dije. «Pues bien
-me contestó mostrándome el anuncio-: usted puede ver por sí mismo que la Liga tiene una vacante, y en
el mismo anuncio viene la dirección en que puede pedir todos los detalles. Según a mí se me alcanza, la
Liga fue fundada por un millonario norteamericano, Ezekiah Hopkins, hombre raro en sus cosas. Era
pelirrojo, y sentía mucha simpatía por los pelirrojos; por eso, cuando él falleció, se vino a saber que
había dejado su enorme fortuna encomendada a los albaceas, con las instrucciones pertinentes a fin de
proveer de empleos cómodos a cuantos hombres tuviesen el pelo de ese mismo color. Por lo qué he oído
decir, el sueldo es espléndido, y el trabajo, escaso.» Yo le contesté: «Pero serán millones los pelirrojos
que los soliciten.» «No tantos como usted se imagina -me contestó-. Fíjese en que el ofrecimiento está
limitado a los londinenses, y a hombres mayores de edad. El norteamericano en cuestión marchó de
Londres en su juventud, y quiso favorecer a su vieja y querida ciudad. Me han dicho, además, que es inútil
solicitar la vacante cuando se tiene el pelo de un rojo claro o de un rojo oscuro; el único que vale es el
color rojo auténtico, vivo, llameante, rabioso. Si le interesase solicitar la plaza, señor Wilson, no tiene
sino presentarse; aunque quizá no valga la pena para usted el molestarse por unos pocos centenares de
libras.» La verdad es, caballeros, como ustedes mismos pueden verlo, que mi pelo es de un rojo vivo y
brillante, por lo que me pareció que, si se celebraba un concurso, yo tenía tantas probabilidades de
ganarlo como el que más de cuantos pelirrojos había encontrado en mi vida. Vicente Spaulding parecía
tan enterado del asunto, que pensé que podría serme de utilidad; de modo, pues, que le di la orden de
echar los postigos por aquel día y de acompañarme inmediatamente. Le cayó muy bien lo de tener un día
de fiesta, de modo, pues, que cerramos el negocio, y marchamos hacia la dirección que figuraba en el
anuncio. Yo no creo que vuelva a contemplar un espectáculo como aquél en mi vida, señor Holmes.
LAS AV E N T UR A S DE SH E R L O C K HOLm ES
EDITORIAL DIGITAL - ImPRENTA NACIONAL
C O S T A R I CA
Procedentes del Norte, del Sur, del Este y del Oeste, todos cuantos hombres tenían un algo de rubicundo
en los cabellos se habían largado a la City respondiendo al anuncio. Fleet Street estaba obstruida de
pelirrojos, y Pope’s Court producía la impresión del carrito de un vendedor de naranjas. Jamás pensé que
pudieran ser tantos en el país como los que se congregaron por un solo anuncio. Los había allí de todos
los matices: rojo pajizo, limón, naranja, ladrillo, cerro setter, irlandés, hígado, arcilla. Pero, según hizo
notar Spaulding, no eran muchos los de un auténtico rojo, vivo y llameante. Viendo que eran tantos los
que esperaban, estuve a punto de renunciar, de puro desánimo; pero Spaulding no quiso ni oír hablar de
semejante cosa. Yo no sé cómo se las arregló, pero el caso es que, a fuerza de empujar a éste, apartar al
otro y chocar con el de más allá, me hizo cruzar por entre aquella multitud, llevándome hasta la escalera
que conducía a las oficinas.
-Fue la suya una experiencia divertidísima -comentó Holmes, mientras su cliente se callaba y refrescaba
su memoria con un pellizco de rapé-. Prosiga, por favor, el interesante relato.
-En la oficina no había sino un par de sillas de madera y una mesa de tabla, a la que estaba sentado un
hombre pequeño, y cuyo pelo era aún más rojo que el mío. Conforme se presentaban los candidatos les
decía algunas palabras, pero siempre se las arreglaba para descalificarlos por algún defectillo. Después
de todo, no parecía cosa tan sencilla el ocupar una vacante. Pero cuando nos llegó la vez a nosotros, el
hombrecito se mostró más inclinado hacia mí que hacia todos los demás, y cerró la puerta cuando
estuvimos dentro, a fin de poder conversar reservadamente con nosotros. «Este señor se llama Jabez
Wilson -le dijo mi empleado-, y desearía ocupar la vacante que hay en la Liga.» «Por cierto que se ajusta
a maravilla para el puesto -contestó el otro-. Reúne todos los requisitos. No recuerdo desde cuándo no he
visto pelo tan hermoso.» Dio un paso atrás, torció a un lado la cabeza, y me estuvo contemplando el pelo
hasta que me sentí invadido de rubor. Y de pronto, se abalanzó hacia mí, me dio un fuerte apretón de
manos y me felicitó calurosamente por mi éxito. «El titubear constituiría una injusticia -dijo-. Pero estoy
seguro de que sabrá disculpar el que yo tome una precaución elemental.» Y acto continuo me agarró del
pelo con ambas manos, y tiró hasta hacerme gritar de dolor. Al soltarme, me dijo: «Tiene usted lágrimas
en los ojos, de lo cual deduzco que no hay trampa. Es preciso que tengamos sumo cuidado, porque ya
hemos sido engañados en dos ocasiones, una de ellas con peluca postiza, y la otra, con el tinte. Podría
contarle a usted anécdotas del empleo de cera de zapatero remendón, como para que se asquease de la
condición humana.» Dicho esto se acercó a la ventana, y anunció a voz en grito a los que estaban
debajo que había sido ocupada la vacante. Se alzó un gemido de desilusión entre los que esperaban, y la
gente se desbandó, no quedando más pelirrojos a la vista que mi gerente y yo. «Me llamo Duncan Ross -
dijo éste-, y soy uno de los que cobran pensión procedente del legado de nuestro noble bienhechor. ¿Es
usted casado, señor Wilson? ¿Tiene usted familia?» Contesté que no la tenía. La cara de aquel hombre se
nubló en el acto, y me dijo con mucha gravedad: « ¡Vaya por Dios, qué inconveniente más grande!
¡Cuánto lamento oírle decir eso! Como es natural, la finalidad del legado es la de que aumenten y se
propaguen los pelirrojos, y no sólo su conservación. Es una gran desgracia que usted sea un hombre sin
familia. » También mi cara se nubló al oír aquello, señor Holmes, viendo que, después de todo, se me
escapaba, la vacante; pero, después de pensarlo por espacio de algunos minutos, sentenció que eso no
importaba. «Tratándose de otro -dijo-, esa objeción podría ser fatal; pero estiraremos la cosa en favor de
una persona de un pelo como el suyo.
¿Cuándo podrá usted hacerse cargo de sus nuevas obligaciones?» «Hay un pequeño inconveniente, puesto
que yo tengo un negocio mío», contesté. « ¡Oh! No se preocupe por eso, señor Wilson -dijo Vicent
Spaulding-. Yo me cuidaré de su negocio.» « ¿Cuál será el horario? », pregunté. «De diez a dos.» Pues
bien: el negocio de préstamos se hace principalmente a eso del anochecido, señor Holmes, especialmente
los jueves y los viernes, es decir, los días anteriores al de paga; me venía, pues, perfectamente el ganarme
algún dinerito por las mañanas. Además, yo sabía que mi empleado es una buena persona y que atendería a
LAS AV E N T UR A S DE SH E R L O C K HOLm ES
EDITORIAL DIGITAL - ImPRENTA NACIONAL
C O S T A R I CA
todo lo que se le presentase. «Ese horario me convendría perfectamente -le dije-. ¿Y el sueldo?» «Cuatro
libras a la semana.» « ¿En qué consistirá el trabajo?
» «El trabajo es puramente nominal.» «¿Qué entiende usted por puramente nominal?» «Pues que durante
esas horas tendrá usted que hacer acto de presencia en esta oficina, o, por lo menos, en este edificio. Si
usted se ausenta del mismo, pierde para siempre su empleo. Sobre este punto es terminante el testamento.
Si usted se ausenta de la oficina en estas horas, falta a su compromiso.»
«Son nada más que cuatro horas al día, y no se me ocurrirá ausentarme», le contesté. «Si lo hiciese, no le
valdrían excusas -me dijo el señor Duncan Ross-. Ni por enfermedad, negocios, ni nada. Usted tiene que
permanecer aquí, so pena de perder la colocación.» «¿Y el trabajo?» «Consiste en copiar la Enciclopedia
Británica. En este estante tiene usted el primer volumen. Usted tiene que procurarse tinta, plumas y
papel secante; pero nosotros le suministramos esta mesa y esta silla.
¿Puede usted empezar mañana?» «Desde luego que sí», le contesté. «Entonces, señor Jabez Wilson, adiós,
y permítame felicitarle una vez más por el importante empleo que ha tenido usted la buena suerte de
conseguir.» Se despidió de mí con una reverencia, indicándome que podía retirarme, y yo me volví a
casa con mi empleado, sin saber casi qué decir ni qué hacer, de tan satisfecho como estaba con mi buena
suerte. Pues bien: me pasé el día dando vueltas en mi cabeza al asunto, y para cuando llegó la noche,
volví a sentirme abatido, porque estaba completamente convencido de que todo aquello no era sino una
broma o una superchería, aunque no acertaba a imaginarme qué finalidad podían proponerse. Parecía
completamente imposible que hubiese nadie capaz de hacer un testamento semejante, y de pagar un
sueldo como aquél por un trabajo tan sencillo como el de copiar la Enciclopedia Británica. Vicent
Spaulding hizo todo cuanto le fue posible por darme ánimos, pero a la hora de acostarme había yo
acabado por desechar del todo la idea. Sin embargo, cuando llegó la mañana resolví ver en qué quedaba
aquello, compré un frasco de tinta de a penique, me proveí de una pluma de escribir y de siete pliegos de
papel de oficio, y me puse en camino para Pope’s Court. Con gran sorpresa y satisfacción mía, encontré
las cosas todo lo bien que podían estar. La mesa estaba a punto, y el señor Duncan Ross, presente para
cerciorarse de que yo me ponía a trabajar. Me señaló para empezar la letra A, y luego se retiró; pero de
cuando en cuando aparecía por allí para comprobar que yo seguía en mi sitio. A las dos me despidió, me
felicitó por la cantidad de trabajo que había hecho, y cerró la puerta del despacho después de salir yo. Un
día tras otro, las cosas siguieron de la misma forma, y el gerente se presentó el sábado, poniéndome
encima de la mesa cuatro soberanos de oro, en pago del trabajo que yo había realizado durante la
semana. Lo mismo ocurrió la semana siguiente, y la otra. Me presenté todas las mañanas a las diez, y me
ausenté a las dos. Poco a poco, el señor Duncan Ross se limitó a venir una vez durante la mañana, y al
cabo de un tiempo dejó de venir del todo. Como es natural, yo no me atreví, a pesar de eso, a ausentarme
de la oficina un sólo momento, porque no tenía la seguridad de que él no iba a presentarse, y el empleo
era tan bueno, y me venía tan bien, que no me arriesgaba a perderlo. Transcurrieron de idéntica manera
ocho semanas, durante las cuales yo escribí lo referente a los Abades, Arqueros, Armaduras, Arquitectura
y Ática, esperanzado de llegar, a fuerza de diligencia, muy pronto a la b. Me gasté algún dinero en papel
de oficio, y ya tenía casi lleno un estante con mis escritos. Y de pronto se acaba todo el asunto.
-¿Que se acabó?
-Sí, señor. Y eso ha ocurrido esta mañana. Me presenté, como de costumbre, al trabajo a las diez; pero la
puerta estaba cerrada con llave, y en mitad de la hoja de la misma, clavado con una tachuela, había un
trocito de cartulina. Aquí lo tiene, puede leerlo usted mismo.
Nos mostró un trozo de cartulina blanca, más o menos del tamaño de un papel de cartas, que decía lo
siguiente:
LAS AV E N T UR A S DE SH E R L O C K HOLm ES
EDITORIAL DIGITAL - ImPRENTA NACIONAL
C O S T A R I CA
Ha Quedado Disuelta
La Liga De Los Pelirrojos 9
Octubre 1890
Sherlock Holmes y yo examinamos aquel breve anuncio y la cara afligida que había detrás del mismo,
hasta que el lado cómico del asunto se sobrepuso de tal manera a toda otra consideración, que ambos
rompimos en una carcajada estruendosa.
-Yo no veo que la cosa tenga nada de divertida -exclamó nuestro cliente sonrojándose hasta la raíz de sus
rojos cabellos-. Si no pueden ustedes hacer en favor mío otra cosa que reírse, me dirigiré a otra parte.
-No, no -le contestó Holmes empujándolo hacia el sillón del que había empezado a levantarse-. Por nada
del mundo me perdería yo este asunto suyo. Se sale tanto de la rutina, que resulta un descanso. Pero no se
me ofenda si le digo que hay en el mismo algo de divertido. Vamos a ver, ¿qué pasos dio usted al
encontrarse con ese letrero en la puerta?
-Me dejó de una pieza, señor. No sabía qué hacer. Entré en las oficinas de al lado, pero nadie sabía nada.
Por último, me dirigí al dueño de la casa, que es contador y vive en la planta baja, y le pregunté si
podía darme alguna noticia sobre lo ocurrido a la Liga de los Pelirrojos. Me contestó que jamás había
oído hablar de semejante sociedad. Entonces le pregunté por el señor Duncan Ross, y me contestó que
era la vez primera que oía ese nombre. «Me refiero, señor, al caballero de la oficina número cuatro», le
dije. « ¿Cómo? ¿El caballero pelirrojo? » «Ese mismo.»
«Su verdadero nombre es William Morris. Se trata de un procurador, y me alquiló la habitación
temporalmente, mientras quedaban listas sus propias oficinas. Ayer se trasladó a ellas.» «Y ¿dónde podría
encontrarlo?» «En sus nuevas oficinas. Me dió su dirección. Eso es, King Edward Street, número
diecisiete, junto a Saint Paul.» Marché hacia allí, señor Holmes, pero cuando llegué a esa dirección me
encontré con que se trataba de una fábrica de rodilleras artificiales, y nadie había oído hablar allí del señor
William Morris, ni del señor Duncan Ross.
-Y ¿qué hizo usted entonces? -le preguntó Holmes.
-Me dirigí a mi casa de Saxe-Coburg Square, y consulté con mi empleado. No supo darme ninguna
solución, salvo la de decirme que esperase, porque con seguridad que recibiría noticias por carta. Pero
esto no me bastaba, señor Holmes. Yo no quería perder una colocación como aquélla así como así; por
eso, como había oído decir que usted llevaba su bondad hasta aconsejar a la pobre gente que lo necesita,
me vine derecho a usted.
-Y obró usted con gran acierto -dijo Holmes.
El caso de usted resulta extraordinario, y lo estudiaré con sumo gusto. De lo que usted me ha informado,
deduzco que aquí están en juego cosas mucho más graves de lo que a primera vista parece.
-¡Que si se juegan cosas graves! -dijo el señor Jabez Wilson-. Yo, por mi parte, pierdo nada menos que
cuatro libras semanales.
-Por lo que a usted respecta -le hizo notar Holmes-, no veo que usted tenga queja alguna contra esta
extraordinaria Liga. Todo lo contrario; por lo que le he oído decir, usted se ha embolsado unas treinta
libras, dejando fuera de consideración los minuciosos conocimientos que ha adquirido sobre cuantos
temas caen bajo la letra A. A usted no le han causado ningún perjuicio.
LAS AV E N T UR A S DE SH E R L O C K HOLm ES
EDITORIAL DIGITAL - ImPRENTA NACIONAL
C O S T A R I CA
-No, señor. Pero quiero saber de esa gente, enterarme de quiénes son, y qué se propusieron haciéndome
esta jugarreta, porque se trata de una jugarreta. La broma les salió cara, ya que les ha costado treinta y
dos libras.
-Procuraremos ponerle en claro esos extremos. Empecemos por un par de preguntas, señor Wilson. Ese
empleado suyo, que fue quien primero le llamó la atención acerca del anuncio, ¿qué tiempo llevaba con
usted?
-Cosa de un mes.
-¿Cómo fue el venir a pedirle empleo?
CAPÍTULO II
-Veamos, Watson -me dijo Holmes una vez que se hubo marchado nuestro visitante-. ¿Qué saca usted en
limpio de todo esto?
LAS AV E N T UR A S DE SH E R L O C K HOLm ES
EDITORIAL DIGITAL - ImPRENTA NACIONAL
C O S T A R I CA
-Yo no saco nada -le contesté con franqueza-. Es un asunto por demás misterioso.
-Por regla general -me dijo Holmes-, cuanto más estrambótica es una cosa, menos misteriosa suele resultar.
Los verdaderamente desconcertantes son esos crímenes vulgares y adocenados, de igual manera que un
rostro corriente es el más difícil de identificar. Pero en este asunto de ahora tendré que actuar con rapidez.
-Y ¿qué va usted a hacer? -le pregunté.
-Fumar -me respondió-. Es un asunto que me llevará sus tres buenas pipas, y yo le pido a usted que no me
dirija la palabra durante cincuenta minutos.
Sherlock Holmes se hizo un ovillo en su sillón, levantando las rodillas hasta tocar su nariz aguileña, y de
ese modo permaneció con los ojos cerrados y la negra pipa de arcilla apuntando fuera, igual que el pico
de algún extraordinario pajarraco. Yo había llegado a la conclusión de que se había dormido, y yo
mismo estaba cabeceando; pero Holmes saltó de pronto de su asiento con el gesto de un hombre que ha
tomado una resolución, y dejó la pipa encima de la repisa de la chimenea, diciendo:
-Esta tarde toca Sarasate2 en St. James Hall. ¿Qué opina usted, Watson? ¿Pueden sus enfermos
prescindir de usted durante algunas horas?
-Hoy no tengo nada que hacer. Mi clientela no me acapara nunca mucho.
-En ese caso, póngase el sombrero y acompáñeme. Pasaré primero por la City, y por el camino podemos
almorzar alguna cosa. Me he fijado en que el programa incluye mucha música alemana, que resulta más
de mi gusto que la italiana y la francesa. Es música introspectiva, y yo quiero hacer un examen de
conciencia. Vamos.
Hasta Aldersgate hicimos el viaje en el ferrocarril subterráneo; un corto paseo nos llevó hasta Saxe-
Coburg Square, escenario del extraño relato que habíamos escuchado por la mañana. Era ésta una placita
ahogada, pequeña, de quiero y no puedo, en la que cuatro hileras de desaseadas casas de ladrillo de dos
pisos miraban a un pequeño cercado, de verjas, dentro del cual una raquítica cespedera y unas pocas
matas de ajado laurel luchaban valerosamente contra una atmósfera cargada
2 Pablo Martín Melitón de Sarasate y Navascués (1844 - 1908) fue un violinista y compositor español de la época
romántica. de humo y adversa. Tres bolas doradas y un rótulo marrón con el nombre «Jabez Wilson», en letras
blancas, en una casa que hacía esquina, servían de anuncio al local en que nuestro pelirrojo cliente realizaba sus
transacciones. Sherlock Holmes se detuvo delante del mismo, ladeó la cabeza y lo examinó detenidamente con
ojos que brillaban entre sus encogidos párpados. Después caminó despacio calle arriba, y luego calle abajo hasta
la esquina, siempre con la vista clavada en los edificios. Regresó, por último, hasta la casa del prestamista, y,
después de golpear con fuerza dos o tres veces en el suelo con el bastón, se acercó a la puerta y llamó. Abrió en el
acto un joven de aspecto despierto, bien afeitado, y le invitó a entrar.
-No, gracias; quería sólo preguntar por dónde se va a Strand -dijo Holmes.
-Tres a la derecha, y luego cuatro a la izquierda contestó el empleado, apresurándose a cerrar.
-He ahí un individuo listo -comentó Holmes cuando nos alejábamos-. En mi opinión, es el cuarto en
listeza de Londres, y en cuanto a audacia, quizá pueda aspirar a ocupar el tercer lugar. He tenido antes de
ahora ocasión de intervenir en asuntos relacionados con él.
-Es evidente -dije yo- que el empleado del señor Wilson entre por mucho en este misterio de la Liga de
los Pelirrojos. Estoy seguro de que usted le preguntó el camino únicamente para tener ocasión de echarle
LAS AV E N T UR A S DE SH E R L O C K HOLm ES
EDITORIAL DIGITAL - ImPRENTA NACIONAL
C O S T A R I CA
la vista encima.
-No a él.
-¿A quién, entonces?
-A las rodilleras de sus pantalones.
-¿Y qué vio usted en ellas?
-Lo que esperaba ver.
-¿Y por qué golpeó usted el suelo de la acera?
-Mi querido doctor, éstos son momentos de observar, no de hablar. Somos espías en campo enemigo. Ya
sabemos algo de Saxe-Coburg Square. Exploremos ahora las travesías que tiene en su parte posterior.
La carretera por la que nos metimos al doblar la esquina de la apartada plaza de Saxe-Coburg presentaba
con ésta el mismo contraste que la cara de un cuadro con su reverso. Estábamos ahora en una de las
arterias principales por donde discurre el tráfico de la City hacia el Norte y hacia el Oeste. La calzada se
hallaba bloqueada por el inmenso río del tráfico comercial que fluía en una doble marea hacia dentro y
hacia fuera, en tanto que los andenes hormigueaban de gentes que caminaban presurosas. Contemplando
la hilera de tiendas elegantes y de magníficos locales de negocio, resultaba difícil hacerse a la idea de
que, en efecto, desembocasen por el otro lado en la plaza descolorida y muerta que acabábamos de dejar.
-Veamos -dijo Holmes, en pie en la esquina y dirigiendo su vista por la hilera de edificios adelante-. Me
gustaría poder recordar el orden en que están aquí las casas. Una de mis aficiones es la de conocer
Londres al dedillo. Tenemos el Mortimer’s, el despacho de tabacos, la tiendecita de periódicos, la
sucursal Coburg del City y Suburban Bank, el restaurante vegetariano y el depósito de las carrocerías
McFarlane. Y con esto pasamos a la otra manzana, Y ahora, doctor, ya hemos hecho nuestra trabajo, y es
tiempo de que tengamos alguna distracción. Un bocadillo, una taza de café, y acto seguido a los
dominios del violín, donde todo es dulzura, delicadeza y armonía, y donde no existen clientes pelirrojos
que nos molesten con sus rompecabezas.
Era mi amigo un músico entusiasta que no se limitaba a su gran destreza de ejecutante, sino que
escribía composiciones de verdadero mérito. Permaneció toda la tarde sentado en su butaca sumido en la
felicidad más completa; de cuando en cuando marcaba gentilmente con el dedo el compás de la música,
mientras que su rostro de dulce sonrisa y sus ojos ensoñadores se parecían tan poco a los de Holmes el
sabueso, a los de Holmes el perseguidor implacable, agudo, ágil, de criminales, como es posible concebir.
Los dos aspectos de su singular temperamento se afirmaban alternativamente, y su extremada exactitud y
astucia representaban, según yo pensé muchas veces, la reacción contra el humor poético y contemplativo
que, en ocasiones, se sobreponía dentro de él. Ese vaivén de su temperamento lo hacía pasar desde la más
extrema languidez a una devoradora energía; y, según yo tuve oportunidad de saberlo bien, no se
mostraba nunca tan verdaderamente formidable como cuando se había pasado días enteros descansando
ociosamente en su sillón, entregado a sus improvisaciones y a sus libros de letra gótica. Era entonces
cuando le acometía de súbito el anhelo vehemente de la caza, y cuando su brillante facultad de razonar se
elevaba hasta el nivel de la intuición, llegando al punto de que quienes no estaban familiarizados con sus
métodos le mirasen de soslayo, como a persona cuyo saber no era el mismo de los demás mortales.
Cuando aquella tarde lo vi tan arrebujado en la música de St. James Hall, tuve la sensación de que quizá
se les venían encima malos momentos a aquellos en cuya persecución se había lanzado.
-Seguramente que querrá usted ir a su casa, doctor -me dijo cuando salíamos.
LAS AV E N T UR A S DE SH E R L O C K HOLm ES
EDITORIAL DIGITAL - ImPRENTA NACIONAL
C O S T A R I CA
-Sí, no estaría de más.
-Y yo tengo ciertos asuntos que me llevarán varias horas. Este de Coburg Square es cosa grave.
-¿Cosa grave? ¿Por qué?
-Está preparándose un gran crimen. Tengo toda clase de razones para creer que llegaremos a tiempo de
evitarlo. Pero el ser hoy sábado complica bastante las cosas. Esta noche lo necesitaré a usted.
-¿A qué hora?
-Con que venga a las diez será suficiente.
-Estaré a las diez en Baker Street.
-Perfectamente. ¡Oiga, doctor! Échese el revólver al bolsillo, porque quizá la cosa sea peligrosilla.
Me saludó con un vaivén de la mano, giró sobre sus tacones, y desapareció instantáneamente entre la
multitud.
Yo no me tengo por más torpe que mis convecinos, pero siempre que tenía que tratar con Sherlock
Holmes me sentía como atenazado por mi propia estupidez. En este caso de ahora, yo había oído todo lo
que él había oído, había visto lo que él había visto, y, sin embargo, era evidente, a juzgar por sus
palabras, que él veía con claridad no solamente lo que había ocurrido, sino también lo que estaba a
punto de ocurrir, mientras que a mí se me presentaba todavía todo el asunto como grotesco y confuso.
Mientras iba en coche hasta mi casa de Kensington, medité sobre todo lo ocurrido, desde el
extraordinario relato del pelirrojo copista de la Enciclopedia, hasta la visita a Saxe-Coburg Square, y
las frases ominosas con que Holmes se había despedido de mí. ¿Qué expedición nocturna era aquélla, y
por qué razón tenía yo que ir armado? ¿Adonde iríamos, y qué era lo que teníamos que hacer? Holmes
me había insinuado que el empleado barbilampiño del prestamista era un hombre temible, un hombre
que quizá estaba desarrollando un juego de gran alcance. Intenté desenredar el enigma, pero renuncié a
ello con desesperanza, dejando de lado el asunto hasta que la noche me trajese una explicación.
Eran las nueve y cuarto cuando salí de mi casa y me encaminé, cruzando el parque y siguiendo por Oxford
Street, hasta Baker Street. Había parados delante de la puerta dos coches hanso, y al entrar en el vestíbulo
oí ruido de voces en el piso superior. Al entrar en la habitación de Holmes, encontré a éste en animada
conversación con dos hombres, en uno de los cuales reconocí al agente oficial de policía Peter Jones; el
otro era un hombre alto, delgado, caritristón, de sombrero muy lustroso y levita abrumadoramente
respetable.
-¡Aja! Ya está completa nuestra expedición -dijo Holmes, abrochándose la zamarra de marinero y
cogiendo del perchero su pesado látigo de caza-. Creo que usted, Watson, conoce ya al señor Jones, de
Scotland Yard. Permítame que le presente al señor Merryweather, que será esta noche compañero
nuestro de aventuras.
-Otra vez salimos de caza por parejas, como usted ve, doctor -me dijo Jones con su prosopopeya
habitual-. Este amigo nuestro es asombroso para levantar la pieza. Lo que él necesita es un perro viejo
que le ayude a cazarla.
-Espero que, al final de nuestra caza, no resulte que hemos estado persiguiendo fantasmas -comentó,
lúgubre, el señor Merryweather.
LAS AV E N T UR A S DE SH E R L O C K HOLm ES
EDITORIAL DIGITAL - ImPRENTA NACIONAL
C O S T A R I CA
-Caballero, puede usted depositar una buena dosis de confianza en el señor Holmes -dijo con
engreimiento el agente de policía-. Él tiene pequeños métodos propios, y éstos son, si él no se ofende
porque yo se lo diga, demasiado teóricos y fantásticos, pero lleva dentro de sí mismo a un detective
hecho y derecho. No digo nada de más afirmando que en una o dos ocasiones, tales como el asunto del
asesinato de Sholto y del tesoro de Agra, ha andado más cerca de la verdad que la organización policíaca.
-Me basta con que diga usted eso, señor Jones -respondió con deferencia el desconocido-. Pero
reconozco que echo de menos mi partida de cartas. Por vez primera en veintisiete años, dejo de jugar mi
partida de cartas un sábado por la noche.
-Creo -le hizo notar Sherlock Holmes- que esta noche se juega usted algo de mucha mayor importancia
que todo lo que se ha jugado hasta ahora, y que la partida le resultará más emocionante. Usted, señor
Merryweather, se juega unas treinta mil libras esterlinas, y usted, Jones, la oportunidad de echarle el guante
al individuo a quien anda buscando.
-A John Clay, asesino, ladrón, quebrado fraudulento y falsificador. Se trata de un individuo joven, señor
Merryweather, pero marcha a la cabeza de su profesión, y preferiría esposarlo a él mejor que a ningún otro
de los criminales de Londres. Este John Clay es hombre extraordinario. Su abuelo era duque de sangre
real, y el nieto cursó estudios en Eton y en Oxford. Su cerebro funciona con tanta destreza como sus
manos, y aunque encontramos rastros suyos a la vuelta de cada esquina, jamás sabemos dónde dar con
él. Esta semana violenta una casa en Escocia, y a la siguiente va y viene por Cornwall recogiendo
fondos para construir un orfanato. Llevo persiguiéndolo varios años, y nunca pude ponerle los ojos
encima.
-Espero tener el gusto de presentárselo esta noche. También yo he tenido mis más y mis menos con el
señor John Clay, y estoy de acuerdo con usted en que va a la cabeza de su profesión. Pero son ya las diez
bien pasadas, y es hora de que nos pongamos en camino. Si ustedes suben en el primer coche, Watson y
yo los seguiremos en el segundo.
Sherlock Holmes no se mostró muy comunicativo durante nuestro largo trayecto en coche, y se arrellanó
en su asiento tarareando melodías que había oído aquella tarde. Avanzamos traqueteando por un laberinto
inacabable de calles alumbradas con gas, y desembocamos, por fin, en Farringdon Street.
-Ya estamos llegando -comentó mi amigo-. Este Merryweather es director de un banco, y el asunto le
interesa de una manera personal. Me pareció asimismo bien el que nos acompañase Jones. No es mala
persona, aunque en su profesión resulte un imbécil perfecto. Posee una positiva buena cualidad. Es
valiente como un bulldog, y tan tenaz como una langosta cuando cierra sus garras sobre alguien. Ya
hemos llegado, y nos esperan.
Estábamos en la misma concurrida arteria que habíamos visitado por la mañana. Despedimos a
nuestros coches y, guiados por el señor Merryweather, nos metimos por un estrecho pasaje, y cruzamos
una puerta lateral que se abrió al llegar nosotros. Al otro lado había un corto pasillo, que terminaba en
una pesadísima puerta de hierro. También ésta se abrió, dejándonos pasar a una escalera de piedra y en
curva, que terminaba en otra formidable puerta. El señor Merryweather se detuvo para encender una
linterna, y luego nos condujo por un corredor oscuro y que olía a tierra; luego, después de abrir una
tercera puerta, desembocamos en una inmensa bóveda o bodega en que había amontonadas por todo su
alrededor jaulas de embalaje con cajas macizas dentro.
-Desde arriba no resulta usted muy vulnerable -hizo notar Holmes, manteniendo en alto la linterna y
revisándolo todo con la mirada.
LAS AV E N T UR A S DE SH E R L O C K HOLm ES
EDITORIAL DIGITAL - ImPRENTA NACIONAL
C O S T A R I CA
-Ni desde abajo -dijo el señor Merryweather golpeando con su bastón en las losas con que estaba
empedrado el suelo-. ¡Por vida mía, esto suena a hueco! -exclamó, alzando sorprendido la vista.
-Me veo obligado a pedir a usted que permanezca un poco más tranquilo -le dijo con severidad Holmes-.
Acaba usted de poner en peligro todo el éxito de la expedición. ¿Puedo pedirle que tenga la bondad de
sentarse encima de una de estas cajas, sin intervenir en nada?
El solemne señor Merryweather se encaramó a una de las jaulas de embalaje mostrando gran disgusto en
su cara, mientras Holmes se arrodillaba en el suelo y, sirviéndose de la linterna y de una lente de
aumento, comenzó a escudriñar minuciosamente las rendijas entre losa y losa. Le bastaron pocos
segundos para llegar al convencimiento, porque se puso ágilmente en pie y se guardó su lente en el
bolsillo.
-Tenemos por delante lo menos una hora -dijo a modo de comentario-, porque nada pueden hacer
mientras el prestamista no se haya metido en la cama. Pero cuando esto ocurra, pondrán inmediatamente
manos a la obra, pues cuanto antes le den fin, más tiempo les quedará para la fuga. Doctor, en este
momento nos encontramos, según usted habrá ya adivinado, en los sótanos de la sucursal que tiene en la
City uno de los principales bancos londinenses. El señor Merryweather es el presidente del consejo de
dirección, y él explicará a usted por qué razones puede esta bodega despertar ahora mismo vivo interés
en los criminales más audaces de Londres.
-Se trata del oro francés que aquí tenemos-cuchicheó el director-. Hemos recibido ya varias advertencias
de que quizá se llevase a cabo una tentativa para robárnoslo.
-¿El oro francés?
-Sí. Hace algunos meses se nos presentó la conveniencia de reforzar nuestros recursos, y para ello
tomamos en préstamo treinta mil napoleones oro al Banco de Francia. Ha corrido la noticia de que no
habíamos tenido necesidad de desempaquetar el dinero, y que éste se encuentra aún en nuestra bodega.
Esta jaula sobre la que estoy sentado encierra dos mil napoleones empaquetados entre capas
superpuestas de plomo. En este momento, nuestras reservas en oro son mucho más elevadas de lo que es
corriente guardar en una sucursal, y el consejo de dirección tenía sus recelos por este motivo.
-Recelos que estaban muy justificados -hizo notar Holmes-. Es hora ya de que pongamos en marcha
nuestros pequeños planes. Calculo que de aquí a una hora las cosas habrán hecho crisis. Para empezar,
señor Merryweather, es preciso que corra la pantalla de esta linterna sorda.
-¿Y vamos a permanecer en la oscuridad?
-Eso me temo. Traje conmigo un juego de cartas, pensando que, en fin de cuentas, siendo como somos
una partie carree, quizá no se quedara usted sin echar su partidita habitual. Pero, según he observado, los
preparativos del enemigo se hallan tan avanzados, que no podemos correr el riesgo de tener luz encendida.
Y. antes que nada, tenemos que tomar posiciones. Esta gente es temeraria y, aunque los situaremos en
desventaja, podrían causarnos daño si no andamos con cuidado. Yo me situaré detrás de esta jaula, y
ustedes escóndanse detrás de aquéllas. Cuando yo los enfoque con una luz, ustedes los cercan
rápidamente. Si ellos hacen fuego, no sienta remordimientos de tumbarlos a tiros, Watson.
Coloqué mi revólver, con el gatillo levantado, sobre la caja de madera detrás de la cual estaba yo
parapetado. Holmes corrió la cortina delantera de su linterna, y nos dejó; sumidos en negra oscuridad, en
la oscuridad más absoluta en que yo me encontré hasta entonces. El olor del metal caliente seguía
atestiguándonos que la luz estaba encendida, pronta a brillar instantáneamente. Aquellas súbitas tinieblas,
LAS AV E N T UR A S DE SH E R L O C K HOLm ES
EDITORIAL DIGITAL - ImPRENTA NACIONAL
C O S T A R I CA
y el aire frío y húmedo de la bodega, ejercieron una impresión deprimente y amortiguadora sobre mis
nervios, tensos por la más viva expectación.
-Sólo les queda un camino para la retirada -cuchicheó Holmes-; el de volver a la casa y salir a Saxe-
Coburg Square. Habrá usted hecho ya lo que le pedí, ¿verdad?
-Un inspector y dos funcionarios esperan en la puerta delantera.
-Entonces, les hemos tapado todos los agujeros. Silencio, pues, y a esperar.
¡Qué larguísimo resultó aquello! Comparando notas más tarde, resulta que la espera fue de una hora y
cuarto, pero yo tuve la sensación de que había transcurrido la noche y que debía de estar alboreando por
encima de nuestras cabezas. Tenía los miembros entumecidos y cansados, porque no me atrevía a
cambiar de postura, pero mis nervios habían alcanzado el más alto punto de tensión, y mi oído se había
agudizado hasta el punto de que no sólo escuchaba la suave respiración de mis compañeros, sino que
distinguía por su mayor volumen la inspiración del voluminoso Jones, de la nota suspirante del director
del banco. Desde donde yo estaba, podía mirar por encima del cajón hacia el piso de la bodega. Mis ojos
percibieron de pronto el brillo de una luz.
Empezó por ser nada más que una leve chispa en las losas del empedrado, y luego se alargó hasta
convertirse en una línea amarilla; de pronto, sin ninguna advertencia ni ruido, pareció abrirse un
desgarrón, y apareció una mano blanca, femenina casi, que tanteó por el centro de la pequeña superficie
de luz. Por espacio de un minuto o más, sobresalió la mano del suelo, con sus inquietos dedos. Se retiró
luego tan súbitamente como había aparecido, y todo volvió a quedar sumido en la oscuridad, menos una
chispita cárdena, reveladora de una grieta entre las losas.
Pero esa desaparición fue momentánea. Una de las losas, blancas y anchas, giró sobre uno de sus lados,
produciendo un ruido chirriante, de desgarramiento, dejando abierto un hueco cuadrado, por el que se
proyectó hacia fuera la luz de una linterna. Asomó por encima de los bordes una cara barbilampiña,
infantil, que miró con gran atención a su alrededor y luego, haciendo palanca con las manos a un lado y
otro de la abertura, se lanzó hasta sacar primero los hombros, luego la cintura, y apoyó por fin una rodilla
encima del borde. Un instante después se irguió en pie a un costado del agujero, ayudando a subir a un
compañero, delgado y pequeño como él, de cara pálida y una mata de pelo de un rojo vivo.
-No hay nadie -cuchicheó-. ¿Tienes el formón y las bolsas?... ¡Válgame Dios! ¡Salta, Archie, salta; yo le
haré frente!
Sherlock Holrnes había saltado de su escondite, agarrando al intruso por el cuello de la ropa. El otro se
zambulló en el agujero, y yo pude oír el desgarrón de sus faldones en los que Jones había hecho presa.
Centelleó la luz en el cañón de un revólver, pero el látigo de caza de Holmes cayó sobre la muñeca del
individuo, y el arma fue a parar al suelo, produciendo un ruido metálico sobre las losas.
-Es inútil, John Clay -le dijo Holmes, sin alterarse-; no tiene usted la menor probabilidad a su favor.
-Ya lo veo -contestó el otro con la mayor sangre fría-. Supongo que mi compañero está a salvo, aunque,
por lo que veo, se han quedado ustedes con las colas de su chaqueta.
-Le esperan tres hombres a la puerta -le dijo Holmes.
-¿Ah, sí? Por lo visto no se le ha escapado a usted detalle. Le felicito.
-Y yo a usted -le contestó Holmes-. Su idea de los pelirrojos tuvo gran novedad y eficacia.
LAS AV E N T UR A S DE SH E R L O C K HOLm ES
EDITORIAL DIGITAL - ImPRENTA NACIONAL
C O S T A R I CA
-En seguida va usted a encontrarse con su compinche -dijo Jones-. Es más ágil que yo descolgándose por los
agujeros. Alargue las manos mientras le coloco las pulseras.
-Haga el favor de no tocarme con sus manos sucias -comentó el preso, en el momento en que se oyó el
clic de las esposas al cerrarse-. Quizá ignore que corre por mis venas sangre real. Tenga también la
amabilidad de darme el tratamiento de señor y de pedirme las cosas por favor.
-Perfectamente -dijo Jones, abriendo los ojos y con una risita-. ¿Se digna, señor, caminar escaleras arriba,
para que podamos llamar a un coche y conducir a su alteza hasta la comisaría?
-Así está mejor -contestó John Clay serenamente. Nos saludó a los tres con una gran inclinación
cortesana, y salió de allí tranquilo, custodiado por el detective.
-Señor Holmes -dijo el señor Merryweather, mientras íbamos tras ellos, después de salir de la bodega-,
yo no sé cómo podrá el Banco agradecérselo y recompensárselo. No cabe duda de que usted ha sabido
descubrir y desbaratar del modo más completo una de las tentativas más audaces de robo de bancos que
yo he conocido.
-Tenía mis pequeñas cuentas que saldar con el señor John Clay -contestó Holmes-. El asunto me ha
ocasionado algunos pequeños desembolsos que espero que el banco me reembolsará. Fuera de eso, estoy
ampliamente recompensado con esta experiencia, que es en muchos aspectos única, y con haberme
podido enterar del extraordinario relato de la Liga de los Pelirrojos.
Ya de mañana, sentado frente a sendos vasos de whisky con soda en Baker Street, me explicó Holmes:
-Comprenda usted, Watson; resultaba evidente desde el principio que la única finalidad posible de ese
fantástico negocio del anuncio de la Liga y del copiar la Enciclopedia, tenía que ser el alejar durante un
número determinado de horas todos los días a este prestamista, que tiene muy poco dé listo. El medio
fue muy raro, pero la verdad es que habría sido difícil inventar otro mejor. Con seguridad que fue el
color del pelo de su cómplice lo que sugirió la idea al cerebro ingenioso de Clay. Las cuatro libras
semanales eran un señuelo que forzosamente tenía que atraerlo, ¿y qué suponía eso para ellos, que se
jugaban en el asunto muchos millares? Insertan el anuncio; uno de los granujas alquila temporalmente la
oficina, y el otro incita al prestamista a que se presente a solicitar el empleo, y entre los dos se las
arreglan para conseguir que esté ausente todos los días laborables. Desde que me enteré de que el
empleado trabajaba a mitad de sueldo, vi con claridad que tenía algún motivo importante para ocupar
aquel empleo.
-¿Y cómo llegó usted a adivinar este motivo?
-Si en la casa hubiese habido mujeres, habría sospechado que se trataba de un vulgar enredo amoroso.
Pero no había que pensar en ello. El negocio que el prestamista hacía era pequeño, y no había nada
dentro de la casa que pudiera explicar una preparación tan complicada y un desembolso como el que
estaban haciendo. Por consiguiente, era por fuerza algo que estaba fuera de la casa.
¿Qué podía ser? Me dio en qué pensar la afición del empleado a la fotografía, y el truco suyo de
desaparecer en la bodega... ¡La bodega! En ella estaba uno de los extremos de la complicada madeja.
Pregunté detalles acerca del misterioso empleado, y me encontré con que tenía que habérmelas con uno
de los criminales más calculadores y audaces de Londres. Este hombre estaba realizando en la bodega
algún trabajo que le exigía varias horas todos los días, y esto por espacio de meses. ¿Qué puede ser?,
volví a preguntarme. No me quedaba sino pensar que estaba abriendo un túnel que desembocaría en algún
otro edificio. A ese punto había llegado cuando fui a visitar el lugar de la acción. Lo sorprendí a usted
cuando golpeé el suelo con mi bastón. Lo que yo buscaba era descubrir si la bodega se extendía hacia la
LAS AV E N T UR A S DE SH E R L O C K HOLm ES
EDITORIAL DIGITAL - ImPRENTA NACIONAL
C O S T A R I CA
parte delantera o hacia la parte posterior. No daba a la parte delantera. Tiré entonces de la campanilla, y
acudió, como yo esperaba, el empleado. El y yo hemos librado algunas escaramuzas, pero nunca nos
habíamos visto. Apenas si me fijé en su cara. Lo que yo deseaba ver eran sus rodillas. Usted mismo
debió de fijarse en lo desgastadas y llenas de arrugas y de manchas que estaban. Pregonaban las horas
que se había pasado socavando el agujero. Ya sólo quedaba por determinar hacia dónde lo abrían. Doblé
la esquina, me fijé en que el City y Suburban Bank daba al local de nuestro amigo, y tuve la sensación de
haber resuelto el problema. Mientras usted, después del concierto, marchó en coche a su casa, yo me fui
de visita a Scotland Yard, y a casa del presidente del directorio del banco, con el resultado que usted ha
visto.
-¿Y cómo pudo usted afirmar que realizarían esta noche su tentativa? -le pregunté.
-Pues bien: al cerrar las oficinas de la Liga daban con ello a entender que ya les tenía sin cuidado la
presencia del señor Jabez Wilson; en otras palabras: que habían terminado su túnel. Pero resultaba
fundamental que lo aprovechasen pronto, ante la posibilidad de que fuese descubierto, o el oro
trasladado a otro sitio. Les convenía el sábado, mejor que otro día cualquiera, porque les proporcionaba
dos días para huir. Por todas esas razones yo creí que vendrían esta noche.
-Hizo usted sus deducciones magníficamente -exclamé con admiración sincera-. La cadena es larga, pero,
sin embargo, todos sus eslabones suenan a cosa cierta.
-Me libró de mi fastidio -contestó Holmes, bostezando-. Por desgracia, ya estoy sintiendo que otra vez se
apodera de mí. Mi vida se desarrolla en un largo esfuerzo para huir de las vulgaridades de la existencia.
Estos pequeños problemas me ayudan a conseguirlo.
-Y es usted un benefactor de la raza humana -le dije yo.
Holmes se encogió de hombros, y contestó a modo de comentario:
-Pues bien: a fin de cuentas, quizá tengan alguna pequeña utilidad. L’homme c’est rien, l’oeuvre c’est
tout, según escribió Gustavo Flaubert a George Sand.
UN CASO DE IDENTIDAD
Mi querido compañero -dijo Sherlock Holmes estando él y yo sentados a uno y otro lado de la chimenea,
en sus habitaciones de Baker Street-, la vida es infinitamente más extraña que todo cuanto la mente del
hombre podría inventar. No osaríamos concebir ciertas cosas que resultan verdaderos lugares comunes de
la existencia. Si nos fuera posible salir volando por esa ventana agarrados de la mano, revolotear por
encima de esta gran ciudad, levantar suavemente los techos, y asomarnos a ver las cosas raras que
ocurren, las coincidencias extrañas, los proyectos, los contraproyectos, los asombrosos encadenamientos
de circunstancias que laboran a través de las generaciones y desembocando en los resultados más outré,
nos resultarían por demás trasnochadas e infructíferas todas las obras de ficción, con sus
convencionalismos y con sus conclusiones previstas de antemano.
-Pues yo no estoy convencido de ello -le contesté-. Los casos que salen a la luz en los periódicos son,
por regla general, bastante sosos y bastante vulgares. En nuestros informes policíacos nos encontramos
con el realismo llevado a sus últimos límites, pero, a pesar de ello, el resultado, preciso es confesarlo, no es
LAS AV E N T UR A S DE SH E R L O C K HOLm ES
EDITORIAL DIGITAL - ImPRENTA NACIONAL
C O S T A R I CA
ni fascinador ni artístico.
-Se requiere cierta dosis de selección y de discreción al exhibir un efecto realista -comentó Holmes-. Esto se
echa de menos en los informes de la policía, en los que es más probable ver subrayadas las vulgaridades
del magistrado que los detalles que encierran para un observador la esencia vital de todo el asunto. Créame,
no hay nada tan antinatural como lo vulgar.
Me sonreí, moviendo negativamente la cabeza, y dije:
-Comprendo perfectamente que usted piense de esa manera. Sin duda que, dada su posición de consejero
extraoficial, que presta ayuda a todo aquél que se encuentra totalmente desconcertado, en toda la superficie
de tres continentes, entra usted en contacto con todos los hechos extraordinarios y sorprendentes que
ocurren. Pero aquí -y al decirlo recogí del suelo el periódico de la mañana-... Hagamos una experiencia
práctica. Aquí tenemos el primer encabezamiento con que yo tropiezo:
«Crueldad de un marido con su mujer.» En total, media columna de letra impresa, que yo sé, sin
necesidad de leerla, que no encierra sino hechos completamente familiares para mí. Tenemos, claro está, el
caso de la otra mujer, de la bebida, del empujón, del golpe, de las magulladuras, de la hermana simpática o de
la patrona. Los escritores más toscos no podrían inventar nada más vulgar.
-Pues bien: el ejemplo que usted pone resulta desafortunado para su argumentación -dijo Holmes,
echando mano al periódico y recorriéndolo con la mirada-. Aquí se trata del caso de separación del
matrimonio Dundas; precisamente yo me ocupé de poner en claro algunos detalles pequeños que tenían
relación con el mismo. El marido era abstemio, no había de por medio otra mujer y la queja que se
alegaba era que el marido había contraído la costumbre de terminar todas las comidas despojándose de su
dentadura postiza y tirándosela a su mujer, acto que, usted convendrá conmigo, no es probable que surja en
la imaginación del escritor corriente de novelas. Tome usted un pellizco de rapé, doctor, y confiese que en
el ejemplo que usted puso me he anotado yo un tanto a mi favor.
Me alargó su caja de oro viejo para el rapé, con una gran amatista en el centro de la tapa. Su
magnificencia contrastaba de tal manera con las costumbres sencillas y la vida llana de Holmes, que no
pude menos de comentar aquel detalle.
-Me había olvidado de que llevo varias semanas sin verlo a usted -me dijo-. Esto es un pequeño recuerdo
del rey de Bohemia en pago de mi colaboración en el caso de los documentos de Irene Adler.
-¿Y el anillo? -le pregunté, mirando al precioso brillante que centelleaba en uno de sus dedos.
-Procede de la familia real de Holanda, pero el asunto en que yo le serví es tan extraordinariamente
delicado que no puedo confiárselo ni siquiera a usted, que ha tenido la amabilidad de hacer la crónica de uno
o dos de mis pequeños problemas.
-¿Y no tiene en este momento a mano ninguno? -le pregunté con interés.
-Tengo diez o doce, pero ninguno de ellos presenta rasgos que lo hagan destacar. Compréndame, son de
importancia, sin ser interesantes. Precisamente he descubierto que, de ordinario, suele ser en los asuntos
sin importancia donde se presenta un campo mayor de observación, propicio al rápido análisis de causa y
efecto, que es lo que da su encanto a las investigaciones. Los grandes crímenes suelen ser los más
LAS AV E N T UR A S DE SH E R L O C K HOLm ES
EDITORIAL DIGITAL - ImPRENTA NACIONAL
C O S T A R I CA
sencillos, porque, cuanto más grande es el crimen, más evidente resulta, por regla general, el móvil. En
estos casos de que le hablo no hay nada que ofrezca rasgo alguno de interés, con excepción de uno
bastante intrincado que me ha sido enviado desde Marsella. Sin embargo, bien pudiera ser que tuviera
alguna cosa mejor antes que transcurran unos pocos minutos, porque, o mucho me equivoco, o ahí llega
uno de mis clientes.
Holmes se había levantado de su sillón, y estaba en pie entre las cortinas separadas, contemplando la calle
londinense, tristona y de color indefinido. Mirando por encima de su hombro, pude ver yo en la acera de
enfrente a una mujer voluminosa que llevaba alrededor del cuello una boa de piel tupida, y una gran
pluma rizada sobre el sombrero de anchas alas, ladeado sobre la oreja según la moda coquetona “Duquesa
de Devonshire”. Esa mujer miraba por debajo de esta gran panoplia hacia nuestras ventanas con gesto
nervioso y vacilante, mientras su cuerpo oscilaba hacia adelante y hacia atrás, y sus dedos manipulaban
inquietos con los botones de su guante. Súbitamente, en un arranque parecido al del nadador que se tira
desde la orilla al agua, cruzó apresuradamente la calzada, y llegó a nuestros oídos un violento resonar de la
campanilla de llamada.
-Antes de ahora he presenciado yo esos síntomas -dijo Holmes, tirando al fuego su cigarrillo-. El oscilar
en la acera significa siempre que se trata de un affaire de coeur. Querría que la aconsejase, pero no está
segura de que su asunto no sea excesivamente delicado para confiárselo a otra persona. Pues bien: hasta en
esto podemos hacer distinciones. La mujer que ha sido gravemente perjudicada por un hombre, ya no
vacila, y el síntoma corriente suele ser la ruptura del alambre de la campanilla de llamada. En este caso,
podemos dar por supuesto que se trata de un asunto amoroso, pero que la joven no se siente tan irritada
como perpleja o dolida. Pero aquí se acerca ella en persona para sacarnos de dudas.
Mientras Holmes hablaba, dieron unos golpes en la puerta, y entró el botones para anunciar a la señorita
Mary Sutherland, mientras la interesada dejaba ver su pequeña silueta negra detrás de aquél, a la manera de
un barco mercante con todas sus velas desplegadas detrás del minúsculo bote piloto. Sherlock Holmes la
acogió con la espontánea amabilidad que lo distinguía. Una vez cerrada la puerta y después de indicarle con
una inclinación que se sentase en un sillón, la contempló de la manera minuciosa, y sin embargo discreta,
que era peculiar en él.
-¿No le parece -le dijo Holmes- que es un poco molesto para una persona corta de vista como usted el
escribir tanto a máquina?
-Lo fue al principio -contestó ella-, pero ahora sé dónde están las letras sin necesidad de mirar.
De pronto, dándose cuenta de todo el alcance de sus palabras, experimentó un violento sobresalto, y alzó su
vista para mirar con temor y asombro a la cara ancha y de expresión simpática.
-Usted ha oído hablar de mí, señor Holmes -exclamó-. De otro modo, ¿cómo podía saber eso?
-No le dé importancia -le dijo Holmes, riéndose-, porque la profesión mía consiste en saber cosas. Es
posible que yo me haya entrenado en fijarme en lo que otros pasan por alto. Si no fuera así, ¿qué razón
tendría usted para venir a consultarme?
-Vine a consultarle, señor, porque me habló de usted la señora Etherege, el paradero de cuyo esposo
descubrió usted con tanta facilidad cuando la policía y todo el mundo lo había dado por muerto. ¡Ay señor
Holmes, si usted pudiera hacer eso mismo para mí! No soy rica, pero dispongo de un centenar de libras al
año de renta propia, además de lo poco que gano con la máquina de escribir, y daría todo ello por saber qué
ha sido del señor Hosmer Angel.
LAS AV E N T UR A S DE SH E R L O C K HOLm ES
EDITORIAL DIGITAL - ImPRENTA NACIONAL
C O S T A R I CA
-¿Por qué salió a la calle con tal precipitación para consultarme? -preguntó Sherlock Holmes, juntando unas
con otras las yemas de los dedos de sus manos, y con la vista fija en el techo.
También ahora pasó una mirada de sobresalto por el rostro algo inexpresivo de la señorita Mary
Sutherland, y dijo ésta:
-En efecto, me lancé fuera de casa, como disparada, porque me irritó el ver la tranquilidad con que lo
tomaba todo el señor Windibank, es decir, mi padre. No quiso ir a la policía, ni venir a usted y, por último, en
vista de que él no hacía nada y de que insistía en que nada se había perdido, me salí de mis casillas, me vestí
de cualquier manera y vine derecha a visitar a usted.
-¿El padre de usted? -dijo Holmes-. Se referirá, seguramente, a su padrastro, puesto que los apellidos son
distintos.
-Sí, es mi padrastro. Le llamo padre, aunque suena a cosa rara; porque sólo me lleva cinco años y dos meses
de edad.
-¿Vive la madre de usted?
-Sí; mi madre vive y está bien. No me gustó mucho, señor Holmes, cuando ella contrajo matrimonio, muy
poco después de morir papá, y lo contrajo con un hombre casi quince años más joven que ella. Mi padre
era fontanero en Tottenham Court Road, y dejó al morir un establecimiento próspero, que mi madre llevó
adelante con el capataz, señor Hardy; pero, al presentarse el señor Windibank, lo vendió, porque éste se
consideraba muy por encima de aquello, pues era viajante en vinos. Les pagaron por el traspaso e
intereses cuatro mil setecientas libras, mucho menos de lo que papá habría conseguido, de haber vivido.
Yo creía que Sherlock Holmes daría muestras de impaciencia ante aquel relato inconexo e inconsecuente;
pero, por el contrario, lo escuchaba con atención reconcentrada.
-¿Proviene del negocio la pequeña renta que usted disfruta? -preguntó Holmes.
-De ninguna manera, señor; se trata de algo en absoluto independiente, y que me fue legado por mi tío Ned,
de Auckland. El dinero está colocado en valores de Nueva Zelanda, al cuatro y medio por ciento. El
capital asciende a dos mil quinientas libras; pero sólo puedo cobrar los intereses.
-Lo que usted me dice me resulta en extremo interesante -le dijo Holmes-. Disponiendo de una suma tan
importante como son cien libras al año, además de lo que usted misma gana, viajará usted, sin duda, un
poco y se concederá toda clase de caprichos. En mi opinión, una mujer soltera puede vivir muy
decentemente con un ingreso de sesenta libras.
-Yo podría hacerlo con una cantidad muy inferior a ésa, señor Holmes; pero ya comprenderá que,
mientras viva en casa, no deseo ser una carga para ellos, y son ellos quienes invierten el dinero mío.
Naturalmente, eso ocurre sólo por ahora. El señor Windibank es quien cobra todos los trimestres mis
intereses, él se los entrega a mi madre y yo me las arreglo muy bien con lo que gano escribiendo a
máquina. Me pagan dos peniques por hoja, y hay muchos días en que escribo de quince a veinte hojas.
-Me ha expuesto usted su situación con toda claridad -le dijo Holmes-. Este señor es mi amigo el doctor
Watson, y usted puede hablar en su presencia con la misma franqueza que delante de mí. Tenga, pues, la
bondad de contarnos todo lo que haya referente a sus relaciones con el señor Hosmer Angel.
LAS AV E N T UR A S DE SH E R L O C K HOLm ES
EDITORIAL DIGITAL - ImPRENTA NACIONAL
C O S T A R I CA
La cara de la señorita Sutherland se cubrió de rubor, y sus dedos empezaron a pellizcar nerviosamente la orla
de su chaqueta.
-Lo conocí en el baile de los gasistas -nos dijo-. Acostumbraban enviar entradas a mi padre en vida de éste
y siguieron acordándose de nosotros, enviándoselas a mi madre. El señor Windibank no quiso ir, nunca
quería ir con nosotras a ninguna parte. Bastaba para sacarlo de sus casillas el que yo manifestase deseos
de ir, aunque sólo fuese a una fiesta de escuela dominical. Sin embargo, en aquella ocasión me empeñé en
ir, y dije que iría porque, ¿qué derecho tenía él a impedírmelo? Afirmó que la gente que acudiría no era
como para que nosotros alternásemos con ella, siendo así que se hallarían presentes todos los amigos de
mi padre. Aseguró también que yo no tenía vestido decente, aunque disponía del de terciopelo color
púrpura, que ni siquiera había sacado hasta entonces del cajón. Finalmente, viendo que no se salía con la
suya, marchó a Francia para negocios de su firma, y nosotras, mi madre y yo, fuimos al baile,
acompañadas del señor Hardy, el que había sido nuestro encargado, y allí me presentaron al señor Hosmer
Angel.
-Me imagino -dijo Holmes- que, cuando el señor Windibank regresó de Francia, se molestó muchísimo por que
ustedes hubiesen ido al baile.
-Pues, verá usted; lo tomó muy a bien. Recuerdo que se echó a reír, se encogió de hombros, y afirmó que era
inútil negarle nada a una mujer, porque ésta se salía siempre con la suya.
-Comprendo. De modo que en el baile de los gasistas conoció usted a un caballero llamado Hosmer Angel.
-Sí, señor. Lo conocí esa noche, y al día siguiente nos visitó para preguntar si habíamos regresado bien a
casa. Después de eso nos entrevistamos con él; es decir, señor Holmes, me entrevisté yo con él dos veces,
en que salimos de paseo; pero mi padre regresó a casa, y el señor Hosmer Angel ya no pudo venir de visita
a ella.
-¿No?
-Verá usted, mi padre no quiso ni oír hablar de semejante cosa. No le gustaba recibir visitas, si podía
evitarlas, y acostumbraba decir que la mujer debería ser feliz dentro de su propio círculo familiar. Pero,
como yo le decía a mi madre, la mujer necesita empezar por crearse su propio círculo, cosa que yo no había
conseguido todavía.
-¿Y qué fue del señor Hosmer Angel? ¿No hizo intento alguno para verse con usted?
-Pues verá, mi padre iba a marchar a Francia otra vez una semana más tarde, y Hosmer me escribió
diciendo que sería mejor y más seguro el que no nos viésemos hasta que hubiese emprendido viaje.
Mientras tanto, podíamos escribirnos, y él lo hacía diariamente. Yo recibía las cartas por la mañana, de
modo que no había necesidad de que mi padre se enterase.
-¿Estaba usted ya entonces comprometida a casarse con ese caballero?
-Claro que sí, señor Holmes. Nos prometimos después del primer paseo que dimos juntos. Hosmer, el
señor Angel, era cajero en unas oficinas de Leadenhall Street, y...
-No, porque se había puesto en camino para Inglaterra poco antes que llegase.
-¡Mala suerte! De modo que su boda quedó fijada para el viernes. ¿Iba a celebrarse en la iglesia?
-Sí, señor, pero muy calladamente. Iba a celebrarse en St. Saviour, cerca de King’s Cross, y después de la
ceremonia nos íbamos a desayunar en el St. Pancras Hotel. Hosmer vino a buscarnos en un hansom, pero
como nosotras éramos sólo dos, nos metió en el mismo coche, y él tomó otro de cuatro ruedas, porque era el
único que había en la calle. Nosotros fuimos las primeras en llegar a la iglesia, y cuando lo hizo el coche de
cuatro ruedas esperábamos que Hosmer se apearía del mismo; pero no se apeó, y cuando el cochero bajó
del pescante y miró al interior, ¡allí no había nadie! El cochero manifestó que no acertaba a imaginarse
LAS AV E N T UR A S DE SH E R L O C K HOLm ES
EDITORIAL DIGITAL - ImPRENTA NACIONAL
C O S T A R I CA
qué había podido hacerse del viajero, porque lo había visto con sus propios ojos subir al coche. Eso ocurrió
el viernes pasado, señor Holmes, y desde entonces no he tenido ninguna noticia que pueda arrojar luz
sobre su paradero.
-Me parece que se han portado con usted de una manera vergonzosa -dijo Holmes.
-¡Oh, no señor! Era un hombre demasiado bueno y cariñoso para abandonarme de ese modo. Durante toda la
mañana no hizo otra cosa que insistir en que, ocurriese lo que ocurriese, tenía yo que seguir siéndole fiel;
que aunque algo imprevisto nos separase al uno del otro, tenía yo que acordarme siempre de que me
había comprometido a él, y que más pronto o más tarde se presentaría a exigirme el cumplimiento de mi
promesa. Eran palabras que resultaban extrañas para dichas la mañana de una boda, pero adquieren sentido
por lo que ha ocurrido después.
-Lo adquieren, con toda evidencia. ¿Según eso, usted está en la creencia de que le ha ocurrido alguna
catástrofe imprevista?
-Sí, señor. Creo que él previó algún peligro, pues de lo contrario no habría hablado como habló. Y pienso,
además, que ocurrió lo que él había previsto.
-¿Y no tiene usted idea alguna de qué pudo ser?
-Absolutamente ninguna.
-Otra pregunta más: ¿Cuál fue la actitud de su madre en el asunto?
-Se puso furiosa, y me dijo que yo no debía volver a hablar jamás de lo ocurrido.
-¿Y su padre? ¿Se lo contó usted?
-Sí, y pareció pensar, al igual que yo, que algo le había sucedido a Hosmer, y que yo volvería a tener
noticias de él. Porque, me decía, ¿qué interés podía tener nadie en llevarme hasta las puertas de la iglesia,
y abandonarme allí? Si él me hubiese pedido dinero prestado, o si, después de casarse conmigo, hubiese
conseguido poner mi capital a nombre suyo, pudiera haber una razón; pero Hosmer no quería depender de
nadie en cuestión de dinero, y nunca quiso aceptar ni un solo chelín mío. ¿Qué podía, pues, haber ocurrido?
¿Y por qué no puede escribir? Sólo de pensarlo me pongo medio loca. Y no puedo pegar ojo en toda la
noche.
Sacó de su manguito un pañuelo, y empezó a verter en él sus profundos sollozos. Sherlock Holmes le dijo,
levantándose:
-Examinaré el caso en interés de usted, y no dudo de que llegaremos a resultados concretos. Descargue desde
ahora sobre mí el peso de este asunto, y desentienda por completo su pensamiento del mismo. Y sobre todo,
procure que el señor Hosmer Angel se desvanezca de su memoria, de la misma manera que él se ha
desvanecido de su vida.
-¿Cree usted entonces que ya no volveré a verlo más?
-Me temo que no.
-¿Qué le ha ocurrido entonces?
-Deje a mi cargo esa cuestión. Desearía poseer una descripción exacta de esa persona, y cuantas cartas
del mismo pueda usted entregarme.
LAS AV E N T UR A S DE SH E R L O C K HOLm ES
EDITORIAL DIGITAL - ImPRENTA NACIONAL
C O S T A R I CA
-El sábado pasado puse un anuncio pidiendo noticias suyas en el Chronicle -dijo la joven-. Aquí tiene el texto,
y aquí tiene también cuatro cartas suyas.
-Gracias. ¿La dirección de usted?
-Lyon Place, número treinta y uno, Camberwell.
-Por lo que he podido entender, el señor Angel no le dio nunca su dirección. ¿Dónde trabaja el padre de
usted?
-Es viajante de Westhouse & Marbank, los grandes importadores de clarete, de Fenchurch Street.
-Gracias. Me ha expuesto usted su problema con gran claridad. Deje aquí los documentos, y acuérdese del
consejo que le he dado. Considere todo el incidente como un libro cerrado, y no permita que ejerza
influencia sobre su vida.
-Es usted muy amable, señor Holmes, pero yo no puedo hacer eso. Permaneceré fiel al señor Hosmer. Me
hallará dispuesta cuando él vuelva.
A pesar de lo absurdo del sombrero y de su cara inexpresiva, tenía algo de noble, que imponía respeto, la
fe sencilla de nuestra visitante. Depositó encima de la mesa su pequeño lío de papeles, y siguió su camino
con la promesa de presentarse siempre que la llamase el señor Holmes.
Sherlock Holmes permaneció silencioso durante algunos minutos, con las yemas de los dedos juntas, las
piernas alargadas hacia adelante y la mirada dirigida hacia el techo. Cogió luego del colgadero la vieja y
aceitosa pipa de arcilla, que era para él como su consejera y, una vez encendida, se recostó en la silla,
lanzando de sí en espirales las guirnaldas de una nube espesa de humo azul, con una expresión de
languidez infinita en su cara.
-Esta moza constituye un estudio muy interesante -comentó-. Ella me ha resultado más interesante que su
pequeño problema, el que, dicho sea de paso, es bastante trillado. Si usted consulta mi índice, hallará casos
paralelos: en Andover, el año setenta y siete, y algo que se le parece ocurrió también en La Haya el año
pasado. Sin embargo, por vieja que sea la idea, contiene uno o dos detalles que me han resultado nuevos.
Pero la persona de la moza fue sumamente aleccionadora.
-Me pareció que observaba usted en ella muchas cosas que eran completamente invisibles para mí
-le hice notar.
-Invisibles no, Watson, sino inobservadas. Usted no supo dónde mirar, y por eso se le pasó por alto todo lo
importante. No consigo convencerle de la importancia de las mangas, de lo sugeridoras que son las uñas de
los pulgares, de los problemas cuya solución depende de un cordón de los zapatos. Veamos. ¿Qué dedujo
usted del aspecto exterior de esa mujer? Descríbamelo.
-Llevaba un sombrero de paja, de alas anchas y de color pizarra, con una pluma de color rojo ladrillo. Su
chaqueta era negra, adornada con abalorios negros y con una orla de pequeñas cuentas de azabache. El vestido
era color marrón, algo más oscuro que el café, con una pequeña tira de felpa púrpura en el cuello y en las
mangas. Sus guantes tiraban a grises, completamente desgastados en el dedo índice de la mano derecha. No
me fijé en sus botas. Ella es pequeña, redonda, con aros de oro en las orejas y un aspecto general de
persona que vive bastante bien, pero de una manera vulgar, cómoda y sin preocupaciones.
Sherlock Holmes palmeó suavemente con ambas manos y se rió por lo bajo.
LAS AV E N T UR A S DE SH E R L O C K HOLm ES
EDITORIAL DIGITAL - ImPRENTA NACIONAL
C O S T A R I CA
-Por vida mía, Watson, que está usted haciendo progresos. Lo ha hecho usted pero que muy bien. Es cierto
que se le ha pasado por alto todo cuanto tenía importancia, pero ha dado usted con el método, y posee una
visión rápida del color. Nunca se confíe a impresiones generales, muchacho, concéntrese en los detalles. Lo
primero que yo miro son las mangas de una mujer. En el hombre tiene quizá mayor importancia la rodillera
del pantalón.
Según ha podido usted advertir, esta mujer lucía felpa en las mangas, y la felpa es un material muy útil
para descubrir rastros. La doble línea, un poco más arriba de la muñeca, en el sitio donde la mecanógrafa
hace presión contra la mesa, estaba perfectamente marcada. Las máquinas de coser movidas a mano
dejan una señal similar, pero sólo sobre el brazo izquierdo y en la parte más alejada del dedo pulgar, en vez
de marcarla cruzando la parte más ancha, como la tenía ésta. Luego miré a su cara, y descubrí en ambos
lados de su nariz la señal de unas gafas a presión, todo lo cual me permitió aventurar mi observación
sobre la cortedad de vista y la escritura, lo que pareció sorprender a la joven.
-También me sorprendió a mí.
-Sin embargo, era cosa que estaba a la vista. Me sorprendió mucho, después de eso, y me interesó, al mirar
hacia abajo, el observar que, a pesar de que las botas que llevaba no eran de distinto número, sí que eran
desparejas, porque una tenía la puntera con ligeros adornos, mientras que la otra era lisa. La una tenía
abrochados únicamente los dos botones de abajo (eran cinco), y la otra los botones primero, tercero y quinto.
Pues bien: cuando una señorita joven, correctamente vestida en todo lo demás, ha salido de su casa con las
botas desparejas y a medio abrochar, no significa gran cosa el deducir que salió con mucha precipitación.
-¿Y qué más? -le pregunté, vivamente interesado, como siempre me ocurría, con los incisivos
razonamientos de mi amigo.
-Advertí, de pasada, que había escrito una carta antes de salir de casa, pero cuando estaba ya
completamente vestida. Usted se fijó en que el dedo índice de la mano derecha de su guante estaba roto,
pero no se fijó, por lo visto, en que tanto el guante como el dedo estaban manchados de tinta violeta.
Había escrito con mucha prisa, y había metido demasiado la pluma en el tintero. Eso debió de ocurrir esta
mañana, pues de lo contrario la mancha de tinta no estaría fresca en el dedo. Todo esto resulta divertido,
aunque sea elemental, Watson, pero es preciso que vuelva al asunto. ¿Tiene usted inconveniente en leerme
la descripción del señor Hosmer Angel que se da en el anuncio?
Puse de manera que le diese la luz el pequeño anuncio impreso, que decía:
«Desaparecido la mañana del día 14 un caballero llamado Hosmer Angel. Estatura, unos cinco pies y siete
pulgadas; de fuerte conformación, cutis cetrino, pelo negro, una pequeña calva en el centro, hirsuto, con
largas patillas y bigote; usa gafas con cristales de color y habla con alguna dificultad. La última vez que
se le vio vestía levita negra con solapas de seda, chaleco negro, albertina de oro y pantalón gris de paño
Harris, con polainas oscuras sobre botas de elástico. Sábese que estaba empleado en una oficina de la
calle Leadenhall Street. Cualquiera que proporcione, etc., etcétera.»
-Con eso basta -dijo Holmes-. Por lo que hace a las cartas -dijo pasándoles la vista por encima- son de lo
más vulgar. No existe en ellas pista alguna que nos conduzca al señor Angel, salvo la de que cita una vez a
Balzac. Sin embargo, hay un detalle notable, y que no dudo le sorprenderá a usted.
-Que están escritas a máquina -hice notar yo.
-No sólo eso, sino que incluso lo está la firma. Fíjese en la pequeña y limpia inscripción de Hosmer Angel
que hay al pie. Tenemos, como usted ve, una fecha, pero no la dirección completa, fuera de lo de
LAS AV E N T UR A S DE SH E R L O C K HOLm ES
EDITORIAL DIGITAL - ImPRENTA NACIONAL
C O S T A R I CA
Leadenhall Street, lo cual es bastante vago. Este detalle de la firma es muy sugeridor; a decir verdad,
pudiéramos calificarlo de probatorio.
-¿Y qué prueba?
-¿Es posible, querido compañero, que no advierta usted la marcada dirección que da al caso éste?
-Mentiría si dijese que la veo, como no sea la de que lo hacía para poder negar su firma en el caso de que
fuera demandado por ruptura de compromiso matrimonial.
-No, no se trataba de eso. Sin embargo, voy a escribir dos cartas que nos sacarán de dudas a ese respecto.
La una para cierta firma comercial de la City y la otra al padrastro de esta señorita, el señor Windibank, en
la que le pediré que venga a vernos aquí mañana a las seis de la tarde. Es igual que tratemos del caso con
los parientes varones. Y ahora, doctor, nada podemos hacer hasta que nos lleguen las contestaciones a
estas dos cartas, de modo que podemos dejar el asuntillo en el estante mientras tanto.
Tantas razones tenía yo por entonces de creer en la sutil capacidad de razonamiento de mi amigo, y en su
extraordinaria energía para la acción, que experimenté el convencimiento de que debía de tener alguna base
sólida para tratar de manera tan segura y desenvuelta el extraño misterio cuyo sondeo le habían
encomendado. Tan sólo en una ocasión le había visto fracasar, a saber: en la de la fotografía de Irene Adler
y del rey de Bohemia; pero al repasar en mi memoria el tan misterioso asunto del Signo de los Cuatro y
las circunstancias extraordinarias que rodearon al Estudio en Escarlata, tuve el convencimiento de que
tendría que ser muy enrevesada la maraña que él no fuese capaz de desenredar.
Me marché y lo dejé dando bocanadas en su pipa de arcilla, convencido de que, cuando yo volviese por allí
al día siguiente por la tarde, me encontraría con que Holmes tenía en sus manos todas las pistas que le
conducirían a la identificación del desaparecido novio de la señorita Mary Sutherland.
Ocupaba por aquel entonces toda mi atención un caso profesional de extrema gravedad, y estuve durante
todo el día siguiente atareado junto al lecho del enfermo. No quedé libre hasta que ya iban a dar las seis, y
entonces salté a un coche hansom y me hice llevar a Baker Street, medio asustado ante la posibilidad de
llegar demasiado tarde para asistir al denouément del pequeño misterio. Sin embargo, me encontré a
Sherlock Holmes sin compañía, medio dormido y con su cuerpo largo y delgado hecho un ovillo en las
profundidades de su sillón. Un formidable despliegue de botellas y tubos de ensayo, y el inconfundible y
acre olor del ácido hidroclórico, me dijeron que se había pasado el día dedicado a las manipulaciones
químicas a que era tan aficionado.
-Qué, ¿lo resolvió usted? -le pregunté al entrar.
-Sí. Era el bisulfato de barita.
-¡No, no! ¡El misterio! -le grité.
-¡Oh, eso! Creí que se refería a la sal que había estado manipulando. Como le dije ayer, en este asunto no
hubo nunca misterio alguno, aunque si algunos detalles de interés. El único inconveniente con que nos
encontramos es el de que, según parece, no existe ley alguna que permita castigar al granuja este.
-¿Y quién era el granuja, y qué se propuso con abandonar a la señorita Sutherland?
No había apenas salido de mi boca la pregunta, y aún no había abierto Holmes los labios para contestar,
cuando oímos fuertes pisadas en el pasillo y unos golpecitos a la puerta.
-Ahí tenemos al padrastro de la joven, el señor Windibank -dijo Holmes-. Me escribió diciéndome que
LAS AV E N T UR A S DE SH E R L O C K HOLm ES
EDITORIAL DIGITAL - ImPRENTA NACIONAL
C O S T A R I CA
estaría aquí a las seis... ¡Adelante!
El hombre que entró era corpulento y de estatura mediana, de unos treinta años de edad, completamente
rasurado, de cutis cetrino, de maneras melosas e insinuantes y con un par de ojos asombrosamente agudos
y penetrantes. Disparó hacia cada uno de nosotros dos una mirada interrogadora, puso su brillante
sombrero de copa encima del armario y, después de una leve inclinación de cabeza, se sentó en la silla que
tenía más cerca, a su lado mismo.
-Buenas tardes, señor James Windibank -le dijo Holmes-. Creo que es usted quien me ha enviado esta carta
escrita a máquina, citándose conmigo a las seis, ¿no es cierto?
-En efecto, señor. Me temo que he llegado con un pequeño retraso, pero tenga en cuenta que no puedo
disponer de mi persona libremente. Siento que la señorita Sutherland le haya molestado a usted a
propósito de esta minucia, porque creo que es mucho mejor no sacar a pública colada estos trapos sucios.
Vino muy contra mi voluntad, pero es una joven muy excitable e impulsiva, como habrá usted podido
darse cuenta, y no es fácil frenarla cuando ha tomado una resolución. Claro está que no me importa tanto
tratándose de usted, que no tiene nada que ver con la policía oficial, pero no resulta agradable el que se airee
fuera de casa un pequeño contratiempo familiar como éste. Además, se trata de un gasto inútil, porque,
¿cómo va usted a encontrar a este Hosmer Angel?
-Por el contrario -dijo tranquilamente Holmes-, tengo toda clase de razones para creer que lograré
encontrar a ese señor.
El señor Windibank experimentó un violento sobresalto, y dejó caer sus guantes, diciendo:
-Me encanta oír decir eso.
-Resulta curioso -comentó Holmes- el que las máquinas de escribir den a la escritura tanta individualidad
como cuando se escribe a mano. No hay dos máquinas de escribir iguales, salvo cuando son
completamente nuevas. Hay unas letras que se desgastan más que otras, y algunas de ellas golpean sólo
con un lado. Pues bien: señor Windibank, fíjese en que se da el caso en esta carta suya de que todas las
letras e son algo borrosas, y que en el ganchito de la letra erre hay un ligero defecto. Tiene su carta otras
catorce características, pero estas dos son las más evidentes.
-Escribimos toda nuestra correspondencia en la oficina con esta máquina, y por eso sin duda está algo gastada
-contestó nuestro visitante, clavando la mirada de sus ojillos brillantes en Holmes.
-Y ahora, señor Windibank, voy a mostrarle algo que constituye verdaderamente un estudio
interesantísimo -continuó Holmes-. Estoy pensando en escribir cualquier día de éstos otra pequeña
monografía acerca de la máquina de escribir y de sus relaciones con el crimen. Es un tema al que he
consagrado alguna atención. Tengo aquí cuatro cartas que según parece proceden del hombre que
buscamos. Todas ellas están escritas a máquina, y en todas ellas se observa no solamente que las ees son
borrosas y las erres sin ganchito, sino que tienen también, si uno se sirve de los lentes de aumento, las otras
catorce características a las que me he referido.
El señor Windibank saltó de su asiento y echó mano a su sombrero, diciendo:
-Señor Holmes, yo no puedo perder el tiempo escuchando esta clase de charlas fantásticas. Si usted puede
apoderarse de ese hombre, hágalo, y avíseme después.
-Desde luego -dijo Holmes, cruzando la habitación y haciendo girar la llave de la puerta-. Por eso le
LAS AV E N T UR A S DE SH E R L O C K HOLm ES
EDITORIAL DIGITAL - ImPRENTA NACIONAL
C O S T A R I CA
notifico ahora que lo he atrapado.
-¡Cómo! ¿Dónde? -gritó el señor Windibank, y hasta sus labios palidecieron mientras miraba a todas partes
igual que rata cogida en la trampa.
-Es inútil todo lo que haga, es verdaderamente inútil -le dijo con voz suave Holmes-. Señor Windibank, la cosa
no tiene vuelta de hoja. Es demasiado transparente, y no me hizo usted ningún elogio cuando dijo que me
sería imposible resolver un problema tan sencillo. Bien, siéntese, y hablemos.
Nuestro visitante se desplomó en una silla con el rostro lívido y un brillo de sudor por toda su frente,
balbuciendo:
-No cae dentro de la ley.
-Mucho me lo temo; pero, de mí para usted, Windibank, ha sido una artimaña cruel, egoísta y
despiadada, que usted llevó a cabo de un modo tan ruin como yo jamás he conocido. Y ahora, permítame
tan sólo repasar el curso de los hechos, y contradígame si en algo me equivoco.
Nuestro hombre estaba encogido en su asiento, con la cabeza caída sobre el pecho, como persona que ha
sido totalmente aplastada. Holmes colocó sus pies en alto, apoyándolos en la repisa de la chimenea, y
echándose hacia atrás en su sillón, con las manos en los bolsillos, comenzó a hablar, en apariencia para sí
mismo más bien que para nosotros, y dijo:
-El hombre en cuestión se casó con una mujer mucho más vieja que él; lo hizo por su dinero y, además,
disfrutaba del dinero de la hija mientras ésta vivía con ellos. Esta última cantidad era de importancia para
gentes de su posición, y el perderla habría equivalido a una diferencia notable. Valía la pena de realizar un
esfuerzo para conservarla. La hija era de carácter bondadoso y amable; cariñosa y sensible en sus maneras;
resultaba, pues, evidente que con sus buenas dotes personales y su pequeña renta, no la dejarían permanecer
soltera mucho tiempo. Ahora bien y como es natural, su matrimonio equivalía a perder cien libras anuales y,
¿qué hizo entonces para impedirlo el padrastro? Adoptó la norma fácil de mantenerla dentro de casa,
prohibiéndole el trato con otras personas de su misma edad. Pero pronto comprendió que semejante
sistema no sería eficaz siempre. La joven se sintió desasosegada y reclamó sus derechos, terminando por
anunciar su propósito terminante de concurrir a determinado baile. ¿Qué hace entonces su hábil padrastro?
Concibe un plan que hace más honor a su cabeza que a su corazón. Se disfrazó, con la complicidad y
ayuda de su esposa, se cubrió sus ojos de aguda mirada con cristales de color, enmascaró su rostro con un
bigote y un par de hirsutas patillas. Rebajó el timbre claro de su voz hasta convertirlo en cuchicheo
insinuante y, doblemente seguro porque la muchacha era corta de vista, se presentó bajo el nombre de señor
Hosmer Angel, y alejó a los demás pretendientes, haciéndole el amor él mismo.
-Al principio fue sólo una broma -gimió nuestro visitante-. Jamás pensamos que ella se dejase llevar tan
adelante.
-Es muy probable que no. Fuese como fuese, la muchacha se enamoró por completo, y estando como estaba
convencida de que su padrastro se hallaba en Francia, ni por un solo momento se le pasó por la
imaginación la sospecha de que fuese víctima de una traición. Las atenciones que con ella tenía el caballero
la halagaron, y la admiración, ruidosamente manifestada por su madre, contribuyó a que su impresión
fuese mayor. Acto continuo, el señor Angel da comienzo a sus visitas, siendo evidente que si había de
conseguirse un auténtico efecto, era preciso llevar la cosa todo lo lejos que fuese posible. Hubo
entrevistas y un compromiso matrimonial, que evitaría que la joven enderezase sus afectos hacia ninguna
otra persona. Sin embargo, no era posible mantener el engaño para siempre. Los supuestos viajes a Francia
resultaban bastante embarazosos. Se imponía claramente la necesidad de llevar el negocio a término de una
manera tan dramática que dejase una impresión permanente en el alma de la joven, y que la impidiese
LAS AV E N T UR A S DE SH E R L O C K HOLm ES
EDITORIAL DIGITAL - ImPRENTA NACIONAL
C O S T A R I CA
durante algún tiempo poner los ojos en otro pretendiente. Por eso se le exigieron aquellos juramentos de
fidelidad con la mano puesta en los Evangelios, y por eso también las alusiones a la posibilidad de que
ocurriese algo la mañana misma de la boda. James Windibank quería que la señorita Sutherland se ligase
a Hosmer Angel de tal manera, que permaneciese en una incertidumbre tal acerca de su paradero, que
durante los próximos diez años al menos, no prestase oídos a otro hombre. La condujo hasta la puerta de la
iglesia, y entonces, como ya no podía llevar las cosas más adelante, desapareció oportunamente,
recurriendo al viejo truco de entrar en el coche de cuatro ruedas por una portezuela y salir por la otra. Así
es, señor Windibank, como se encadenaron los hechos, según yo creo.
Mientras Holmes estuvo hablando, nuestro visitante había recobrado en parte su aplomo, y al oír esas
palabras se levantó de la silla y dijo con frío gesto de burla en su pálido rostro:
-Quizá, señor Holmes, todo haya ocurrido de esa manera, y quizá no; pero si usted es tan agudo, debería
serlo lo bastante para saber que es usted quien está faltando ahora a la ley, y no yo. Desde el principio, yo
no hice nada punible, pero mientras usted siga teniendo cerrada esa puerta, incurre en una acusación por
asalto y coacción ilegal.
-En efecto, dice usted bien; la ley no puede castigar -dijo Holmes, haciendo girar la llave y abriendo la
puerta de par en par-. Sin embargo, nadie mereció jamás un castigo más que usted. Si la joven tuviera un
hermano o un amigo, él debería cruzarle las espaldas a latigazos. ¡Por Júpiter! -prosiguió, acalorándose al
ver la expresión de mofa en la cara de aquel hombre-. Esto no entra en mis obligaciones para con mi cliente,
pero tengo a mano un látigo de cazador, y me está pareciendo que voy a darme el gustazo de...
Holmes dio dos pasos rápidos hacia el látigo, pero antes que pudiera echarle mano, resonó en la escalera
el ruido de unos pasos desatinados, se cerró con un golpe estrepitoso la pesada puerta del vestíbulo; y
nosotros pudimos ver por la ventana al señor James Windibank que corría calle adelante a todo lo que
daban sus piernas.
-¡Ahí va un hombre que hace sus canalladas a sangre fría! -exclamó Holmes riéndose, al mismo tiempo
que se dejaba caer otra vez en su sillón-. El individuo ese irá subiendo de categoría en sus crímenes, y
terminará realizando alguno muy grave, que lo llevará a la horca. Desde algunos puntos de vista, no ha
estado el caso actual desprovisto por completo de interés.
-Todavía no veo totalmente las etapas de su razonamiento -le hice notar yo.
-Pues verá usted, era evidente desde el principio que este señor Hosmer Angel tenía que tener alguna
finalidad importante para su extraña conducta, y también lo era el que la única persona que de verdad salía
ganando con el incidente, hasta donde yo podía ver, era el padrastro. También resultaba elocuente el que nunca
coincidiesen los dos hombres, sino que el uno se presentaba siempre cuando el otro se hallaba ausente.
También teníamos los detalles de los cristales de color y lo raro de la manera de hablar, cosas ambas que
apuntaban hacia un disfraz, lo mismo que las hirsutas patillas. Mis sospechas se vieron confirmadas por el
detalle característico de escribir la firma a máquina, porque se deducía de ello que la letra suya le era
familiar a la joven, y que ésta la identificaría por poco que él escribiese a mano. Comprenda usted que todos
estos hechos aislados, unidos a otros muchos más secundarios, coincidían en apuntar en la misma
dirección.
-¿Y cómo se las arregló usted para comprobarlos?
-Una vez localizado mi hombre, resultaba fácil conseguir la confirmación. Yo sabía con qué casa
comercial trabajaba este hombre. Examinando la descripción impresa, eliminé todo aquello que podía ser
consecuencia de un disfraz: las patillas, los cristales, la voz, y la envié a la casa en cuestión, pidiéndoles que
LAS AV E N T UR A S DE SH E R L O C K HOLm ES
EDITORIAL DIGITAL - ImPRENTA NACIONAL
C O S T A R I CA
me comunicasen si correspondía a la descripción de alguno de sus viajantes. Me había fijado ya en las
características de la máquina de escribir y envié una carta a nuestro hombre, dirigida a su lugar de trabajo,
preguntándole si podría presentarse aquí. Su respuesta, tal y como yo había esperado, estaba escrita a
máquina, y en ella se advertían los mismos defectos triviales pero característicos de la máquina. Por el
mismo correo me llegó una carta de Westhouse & Marbank, de Fenchurch Street, comunicándome que la
descripción respondía en todos sus detalles a la de su empleado James Windibank. Voila tout!
-¿Y la señorita Sutherland?
-Si yo se lo cuento a ella, no me creerá. Recuerde usted el viejo proverbio persa: “Es peligroso quitar su
cachorro a un tigre, y también es peligroso arrebatar a una mujer una ilusión.” Hay en Hafiz3 tanto buen
sentido como en Horacio4, e igual conocimiento del mundo.
3 Fue un poeta lírico persa, que vivió entre 1325 y 1390 aproximadamente.
4 Quinto Horacio Flaco (65 a.C - 27 a.C), conocido en el mundo como Horacio, era el principal poeta lírico romano
durante la época de Augusto.
Estábamos una mañana sentados mi esposa y yo cuando la doncella trajo un telegrama. Era de Sherlock
Holmes y decía lo siguiente:
« ¿Tiene un par de días libres? Me han telegrafiado desde el oeste de Inglaterra a propósito de la
tragedia de Boscombe Valley. Me alegraría que usted me acompañase. Atmósfera y paisaje
maravillosos. Salgo de Paddington en el tren de las 11.15 ».
-¿Qué dices a esto, querido? -preguntó mi esposa, mirándome directamente-. ¿Vas a ir?
-No sé qué decir. En estos momentos tengo una lista de pacientes bastante larga.
-¡Bah! Anstruther se encargará de ellos. Últimamente se te ve un poco pálido. El cambio te sentará bien, y
siempre te han interesado mucho los casos del señor Sherlock Holmes.
-Sería un desagradecido si no me interesaran, en vista de lo que he ganado con uno solo de ellos
-respondí-. Pero si voy a ir, tendré que hacer el equipaje ahora mismo, porque sólo me queda media hora.
Mi experiencia en la campaña de Afganistán me había convertido, por lo menos, en un viajero rápido y
dispuesto. Mis necesidades eran pocas y sencillas, de modo que, en menos de la mitad del tiempo
mencionado, ya estaba en un coche de alquiler con mi maleta, rodando en dirección a la estación de
Paddington. Sherlock Holmes paseaba andén arriba y andén abajo, y su alta y sombría figura parecía aún
LAS AV E N T UR A S DE SH E R L O C K HOLm ES
EDITORIAL DIGITAL - ImPRENTA NACIONAL
C O S T A R I CA
más alta y sombría a causa de su largo capote gris de viaje y su ajustada gorra de paño.
-Ha sido usted verdaderamente amable al venir, Watson -dijo-. Para mí es considerablemente mejor tener al
lado a alguien de quien fiarme por completo. La ayuda que se encuentra en el lugar de los hechos, o no
vale para nada o está influida. Coja usted los dos asientos del rincón y yo sacaré los billetes.
Teníamos todo el compartimento para nosotros, si no contamos un inmenso montón de papeles que
Holmes había traído consigo. Estuvo hojeándolos y leyéndolos, con intervalos dedicados a tomar notas y
a meditar, hasta que dejamos atrás Reading. Entonces hizo de pronto con todos ellos una bola gigantesca
y la tiró a la rejilla de los equipajes.
-¿Ha leído algo acerca del caso? -preguntó.
-Ni una palabra. No he leído un periódico en varios días.
-La prensa de Londres no ha publicado relatos muy completos. Acabo de repasar todos los periódicos
recientes a fin de hacerme con los detalles. Por lo que he visto, parece tratarse de uno de esos casos
sencillos que resultan extraordinariamente difíciles.
-Eso suena un poco a paradoja.
-Pero es una gran verdad. Lo que se sale de lo corriente constituye, casi invariablemente, una pista. Cuanto
más anodino y vulgar es un crimen, más difícil resulta resolverlo. Sin embargo, en este caso parece haber
pruebas de peso contra el hijo del asesinado.
-Entonces, ¿se trata de un asesinato?
-Bueno, eso se supone. Yo no aceptaré nada como seguro hasta que haya tenido ocasión de echar un vistazo
en persona. Voy a explicarle en pocas palabras la situación, tal y como yo la he entendido.
»Boscombe Valley es un distrito rural de Herefordshire, situado no muy lejos de Ross. El mayor
terrateniente de la zona es un tal John Turner, que hizo fortuna en Australia y regresó a su país natal hace
algunos años. Una de las granjas de su propiedad, la de Hatherley, la tenía arrendada al señor Charles
McCarthy, otro ex australiano. Los dos se habían conocido en las colonias, por lo que no tiene nada de
raro que cuando vinieron a establecerse aquí procuraran estar lo más cerca posible uno del otro. Según
parece, Turner era el más rico de los dos, así que McCarthy se convirtió en arrendatario suyo, pero al
parecer seguían tratándose en términos de absoluta igualdad y se los veía mucho juntos. McCarthy tenía
un hijo, un muchacho de dieciocho años, y Turner tenía una hija única de la misma edad, pero a ninguno
de los dos les vivía la esposa. Parece que evitaban el trato con las familias inglesas de los alrededores y
que llevaban una vida retirada, aunque los dos McCarthy eran aficionados al deporte y se los veía con
frecuencia en las carreras de la zona. McCarthy tenía dos sirvientes: un hombre y una muchacha. Turner
disponía de una servidumbre considerable, por lo menos media docena. Esto es todo lo que he podido
averiguar sobre las familias. Pasemos ahora a los hechos.
»E13 de junio -es decir, el lunes pasado-, McCarthy salió de su casa de Hatherley a eso de la tres de la
tarde, y fue caminando hasta el estanque de Boscombe, una especie de laguito formado por un
ensanchamiento del arroyo que corre por Boscombe Valley. Por la mañana había estado con su criado en
Ross y le había dicho que tenía que darse prisa porque a las tres tenía una cita importante. Una cita de la
que no regresó vivo.
»Desde la casa de Hatherley hasta el estanque de Boscombe hay como un cuarto de milla, y dos personas
LAS AV E N T UR A S DE SH E R L O C K HOLm ES
EDITORIAL DIGITAL - ImPRENTA NACIONAL
C O S T A R I CA
le vieron pasar por ese terreno. Una fue una anciana, cuyo nombre no se menciona, y la otra fue William
Crowder, un guarda de caza que está al servicio del señor Turner. Los dos testigos aseguran que el señor
McCarthy iba caminando solo. El guarda añade que a los pocos minutos de haber visto pasar al señor
McCarthy vio pasar a su hijo en la misma dirección, con una escopeta bajo el brazo. En su opinión, el
padre todavía estaba al alcance de la vista y el hijo iba siguiéndolo. No volvió a pensar en el asunto hasta
que por la tarde se enteró de la tragedia que había ocurrido.
»Hubo alguien más que vio a los dos McCarthy después de que William Crowder, el guarda, los
perdiera de vista. El estanque de Boscombe está rodeado de espesos bosques, con sólo un pequeño
reborde de hierba y juncos alrededor. Una muchacha de catorce años, Patience Moran, hija del guardés
del pabellón de Boscombe Valley, se encontraba en uno de los bosques cogiendo flores. Ha declarado
que, mientras estaba allí, vio en el borde del bosque y cerca del estanque al señor McCarthy y su hijo,
que parecían estar discutiendo acaloradamente. Oyó al mayor de los McCarthy dirigirle a su hijo
palabras muy fuertes, y vio a éste levantar la mano como para pegar a su padre. La violencia de la escena
la asustó tanto que echó a correr, y cuando llegó a su casa le contó a su madre que había visto a los dos
McCarthy discutiendo junto al estanque de Boscombe y que tenía miedo de que fueran a pelearse.
Apenas había terminado de hablar cuando el joven McCarthy llegó corriendo al pabellón, diciendo que
había encontrado a su padre muerto en el bosque y pidiendo ayuda al guardés. Venía muy excitado,
sin escopeta ni sombrero, y vieron que traía la mano y la manga derechas manchadas de sangre fresca.
Fueron con él y encontraron el cadáver del padre, tendido sobre la hierba junto al estanque. Le habían
aplastado la cabeza a golpes con algún arma pesada y roma. Eran heridas que podrían perfectamente
haberse infligido con la culata de la escopeta del hijo, que se encontró tirada en la hierba a pocos pasos
del cuerpo. Dadas las circunstancias, el joven fue detenido inmediatamente, el martes la investigación
dio como resultado un veredicto de «homicidio intencionado», y el miércoles compareció ante los
magistrados de Ross, que han remitido el caso a la próxima sesión del tribunal. Éstos son los hechos
principales del caso, según se desprende de la investigación judicial y el informe policial.
-El caso no podría presentarse peor para el joven -comenté-. Pocas veces se han dado tantas pruebas
circunstanciales que acusasen con tanta insistencia al criminal.
-Las pruebas circunstanciales son muy engañosas -respondió Holmes, pensativo-. Puede parecer que
indican claramente una cosa, pero si cambias un poquito tu punto de vista, puedes encontrarte con que
indican, con igual claridad, algo completamente diferente. Sin embargo, hay que confesar que el caso se
presenta muy mal para el joven, y es muy posible que verdaderamente sea culpable. Sin embargo, existen
varias personas en la zona, y entre ellas la señorita Turner, la hija del terrateniente, que creen en su
inocencia y que han contratado a Lestrade, al que usted recordará de cuando intervino en el Estudio en
Escarlata, para que investigue el caso en beneficio suyo. Lestrade se encuentra perdido y me ha pasado el
caso a mí, y ésta es la razón de que dos caballeros de edad mediana vuelen en este momento hacia el oeste,
a cincuenta millas por hora, en lugar de digerir tranquilamente su desayuno en casa.
-Me temo -dije- que los hechos son tan evidentes que este caso le reportará muy poco mérito.
-No hay nada tan engañoso como un hecho evidente -respondió riendo-. Además, bien podemos tropezar
con algún otro hecho evidente que no le resultara tan evidente al señor Lestrade. Me conoce usted lo
suficientemente bien como para saber que no fanfarroneo al decir que soy capaz de confirmar o echar por
tierra su teoría valiéndome de medios que él es totalmente incapaz de emplear e incluso de comprender. Por
usar el ejemplo más a mano, puedo advertir con toda claridad que la ventana de su cuarto está situada a
la derecha, y dudo mucho que el señor Lestrade se hubiera fijado en un detalle tan evidente como ése.
-¿Cómo demonios...?
LAS AV E N T UR A S DE SH E R L O C K HOLm ES
EDITORIAL DIGITAL - ImPRENTA NACIONAL
C O S T A R I CA
-Mi querido amigo, le conozco bien. Conozco la pulcritud militar que le caracteriza. Se afeita usted todas
las mañanas, y en esta época del año se afeita a la luz del sol, pero como su afeitado va siendo cada vez
menos perfecto a medida que avanzamos hacia la izquierda, hasta hacerse positivamente chapucero a la
altura del ángulo de la mandíbula, no puede caber duda de que ese lado está peor iluminado que el otro.
No puedo concebir que un hombre como usted se diera por satisfecho con ese resultado si pudiera verse
ambos lados con la misma luz. Esto lo digo sólo a manera de ejemplo trivial de observación y deducción.
En eso consiste mi oficio, y es bastante posible que pueda resultar de alguna utilidad en el caso que nos
ocupa. Hay uno o dos detalles menores que salieron a relucir en la investigación y que vale la pena
considerar.
-¿Como qué?
-Parece que la detención no se produjo en el acto, sino después de que el joven regresara a la granja
Hatherley. Cuando el inspector de policía le comunicó que estaba detenido, repuso que no le sorprendía
y que no se merecía otra cosa. Este comentario contribuyó a disipar todo rastro de duda que pudiera
quedar en las mentes del jurado encargado de la instrucción.
-Como que es una confesión -exclamé.
-Nada de eso, porque a continuación se declaró inocente.
-Viniendo después de una serie de hechos tan condenatoria fue, por lo menos, un comentario de lo más
sospechoso.
-Por el contrario -dijo Holmes-. Por el momento ésa es la rendija más luminosa que puedo ver entre los
nubarrones. Por muy inocente que sea, no puede ser tan rematadamente imbécil que no se dé cuenta de
que las circunstancias son fatales para él. Si se hubiera mostrado sorprendido de su detención o hubiera
fingido indignarse, me habría parecido sumamente sospechoso, porque tal sorpresa o indignación no
habrían sido naturales, dadas las circunstancias, aunque a un hombre calculador podrían parecerle la
mejor táctica a seguir. Su franca aceptación de la situación le señala o bien como a un inocente, o bien
como a un hombre con mucha firmeza y dominio de sí mismo. En cuanto a su comentario de que se lo
merecía, no resulta tan extraño si se piensa que estaba junto al cadáver de su padre y que no cabe duda de
que aquel mismo día había olvidado su respeto filial hasta el punto de reñir con él e incluso, según la
muchacha cuyo testimonio es tan importante, de levantarle la mano como para pegarle. El remordimiento
y el arrepentimiento que se reflejan en sus palabras me parecen señales de una mentalidad sana y no de
una mente culpable.
-A muchos los han ahorcado con pruebas bastante menos sólidas -comenté, meneando la cabeza.
-Así es. Y a muchos los han ahorcado injustamente.
-¿Cuál es la versión de los hechos según el propio joven?
-Me temo que no muy alentadora para sus partidarios, aunque tiene un par de detalles interesantes. Aquí la
tiene, puede leerla usted mismo.
Sacó de entre el montón de papeles un ejemplar del periódico de Herefordshire, encontró la página y me
señaló el párrafo en el que el desdichado joven daba su propia versión de lo ocurrido. Me instalé en un
rincón del compartimento y lo leí con mucha atención. Decía así:
«Compareció a continuación el señor James McCarthy, hijo único del fallecido, que declaró lo siguiente:
“Había estado fuera de casa tres días, que pasé en Bristol, y acababa de regresar la mañana del pasado
LAS AV E N T UR A S DE SH E R L O C K HOLm ES
EDITORIAL DIGITAL - ImPRENTA NACIONAL
C O S T A R I CA
lunes, día 3. Cuando llegué, mi padre no estaba en casa y la doncella me dijo que había ido a Ross con
John Cobb, el caballerizo. Poco después de llegar, oí en el patio las ruedas de su coche; miré por la
ventana y le vi bajarse y salir a toda prisa del patio, aunque no me fijé en qué dirección se fue. Cogí
entonces mi escopeta y eché a andar en dirección al estanque de Boscombe, con la intención de visitar
las conejeras que hay al otro lado. Por el camino vi a William Crowder, el guarda, tal como él ha
declarado; pero se equivocó al pensar que yo iba siguiendo a mi padre. No tenía ni idea de que él iba
delante de mí. A unas cien yardas del estanque oí el grito de ¡cuíi!, que mi padre y yo utilizábamos
normalmente como señal. Al oírlo, eché a correr y lo encontré de pie junto al estanque. Pareció muy
sorprendido de verme y me preguntó con bastante mal humor qué estaba haciendo allí. Nos enzarzamos
en una discusión que degeneró en voces, y casi en golpes, pues mi padre era un hombre de temperamento
muy violento. En vista de que su irritación se hacía incontrolable, lo dejé, y emprendí el camino de
regreso a Hatherley. Pero no me había alejado ni ciento cincuenta yardas cuando oí a mis espaldas un
grito espantoso, que me hizo volver corriendo. Encontré a mi padre agonizando en el suelo, con
terribles heridas en la cabeza. Dejé caer mi escopeta y lo tomé en mis brazos, pero expiró casi en el
acto. Permanecí unos minutos arrodillado a su lado y luego fui a pedir ayuda a la casa del guardés del
señor Turner, que era la más cercana. Cuando volví junto a mi padre no vi a nadie cerca, y no tengo ni
idea de cómo se causaron sus heridas. No era una persona muy apreciada, a causa de su carácter frío y
reservado; pero, por lo que yo sé, tampoco tenía enemigos declarados. No sé nada más del asunto:”
»El juez instructor: ¿Le dijo su padre algo antes de morir? »El testigo: Murmuró algunas palabras, pero lo
único que entendí fue algo sobre una rata.
»El juez: ¿Cómo interpretó usted aquello?
»El testigo: No significaba nada para mí. Creí que estaba delirando.
»El juez: ¿Cuál fue el motivo de que usted y su padre sostuvieran aquella última discusión?
»El testigo: Preferiría no responder.
»El juez: Me temo que debo insistir.
»El testigo: De verdad que me resulta imposible decírselo. Puedo asegurarle que no tenía nada que ver
con la terrible tragedia que ocurrió a continuación.
»El juez: El tribunal es quien debe decidir eso. No es necesario advertirle que su negativa a responder
puede perjudicar considerablemente su situación en cualquier futuro proceso a que pueda haber lugar.
»El testigo: Aun así, tengo que negarme.
»El juez: Según tengo entendido, el grito de ¡cuíi! era una señal habitual entre usted y su padre.
»El testigo: Así es.
»El juez: En tal caso, ¿cómo es que dio el grito antes de verle a usted, cuando ni siquiera sabía que
había regresado usted de Bristol?
»El testigo (bastante desconcertado): No lo sé.
»Un jurado: ¿Novio usted nada que despertara sus sospechas cuando regresó al oír gritar a su padre y
lo encontró herido de muerte?
»El testigo: Nada concreto.
LAS AV E N T UR A S DE SH E R L O C K HOLm ES
EDITORIAL DIGITAL - ImPRENTA NACIONAL
C O S T A R I CA
»El juez: ¿Qué quiere decir con eso?
»El testigo: Al salir corriendo al claro iba tan trastornado y excitado que no podía pensar más que en
mi padre. Sin embargo, tengo la vaga impresión de que al correr vi algo tirado en el suelo a mi izquierda.
Me pareció que era algo de color gris, una especie de capote o tal vez una manta escocesa. Cuando me
levanté al dejar a mi padre miré a mi alrededor para fijarme, pero ya no estaba.
»-¿Quiere decir que desapareció antes de que usted fuera a buscar ayuda?
»-Eso es, desapareció.
»-¿No puede precisar lo que era?
5 Francesco Petrarca (1304 - 1374), era un erudito italiano, poeta, y uno de los primeros humanistas. Petrarca es a
menudo llamado el “Padre del Humanismo”. Se dice que de acuerdo a una anécdota suya nació lo que hoy se conoce como
libro de bolsillo, de ahí la referencia que aquí hace el autor.
-He pedido un coche -dijo Lestrade, mientras nos sentábamos a tomar una taza de té-. Conozco su carácter
enérgico y sé que no estará a gusto hasta que haya visitado la escena del crimen.
-Es usted muy amable y halagador -respondió Holmes-. Pero todo depende de la presión barométrica.
Lestrade pareció sorprendido.
-No comprendo muy bien -dijo.
-¿Qué marca el barómetro? Veintinueve, por lo que veo. No hay viento, ni se ve una nube en el cielo.
Tengo aquí una caja de cigarrillos que piden ser fumados, y el sofá es muy superior a las habituales
abominaciones que suelen encontrarse en los hoteles rurales. No creo probable que utilice el coche esta
noche.
Lestrade dejó escapar una risa indulgente.
-Sin duda, ya ha sacado usted conclusiones de los periódicos -dijo-. El caso es tan vulgar como un palo de
escoba, y cuanto más profundiza uno en él, más vulgar se vuelve. Pero, por supuesto, no se le puede decir
que no a una dama, sobre todo a una tan voluntariosa. Había oído hablar de usted e insistió en conocer su
opinión, a pesar de que yo le repetí un montón de veces que usted no podría hacer nada que yo no hubiera
hecho ya. Pero, ¡caramba! ¡Ahí está su coche en la puerta!
Apenas había terminado de hablar cuando irrumpió en la habitación una de las jóvenes más encantadoras
que he visto en mi vida. Brillantes ojos color violeta, labios entreabiertos, un toque de rubor en sus mejillas,
habiendo perdido toda noción de su recato natural ante el ímpetu arrollador de su agitación y
preocupación.
-¡Oh, señor Sherlock Holmes! -exclamó, pasando la mirada de uno a otro, hasta que, con rápida intuición
femenina, la fijó en mi compañero-. Estoy muy contenta de que haya venido. He venido a decírselo. Sé
que James no lo hizo. Lo sé, y quiero que usted empiece a trabajar sabiéndolo también. No deje que le
asalten dudas al respecto. Nos conocemos el uno al otro desde que éramos niños, y conozco sus defectos
mejor que nadie; pero tiene el corazón demasiado blando como para hacer daño ni a una mosca. La
acusación es absurda para cualquiera que lo conozca de verdad.
-Espero que podamos demostrar su inocencia, señorita Turner -dijo Sherlock Holmes-. Puede usted confiar
en que haré todo lo que pueda.
-Pero usted ha leído las declaraciones. ¿Ha sacado alguna conclusión? ¿No ve alguna salida, algún punto
débil? ¿No cree usted que es inocente?
-Creo que es muy probable.
-¡Ya lo ve usted! -exclamó ella, echando atrás la cabeza y mirando desafiante a Lestrade-. ¡Ya lo oye!
¡Él me da esperanzas!
Lestrade se encogió de hombros.
LAS AV E N T UR A S DE SH E R L O C K HOLm ES
EDITORIAL DIGITAL - ImPRENTA NACIONAL
C O S T A R I CA
-Me temo que mi colega se ha precipitado un poco al sacar conclusiones -dijo.
-¡Pero tiene razón! ¡Sé que tiene razón! James no lo hizo. Y en cuanto a esa disputa con su padre, estoy
segura de que la razón de que no quisiera hablar de ella al juez fue que discutieron acerca de mí.
-¿Y por qué motivo?
-No es momento de ocultar nada. James y su padre tenían muchas desavenencias por mi causa. El señor
McCarthy estaba muy interesado en que nos casáramos. James y yo siempre nos hemos querido como
hermanos, pero, claro, él es muy joven y aún ha visto muy poco de la vida, y... y... bueno, naturalmente,
todavía no estaba preparado para meterse en algo así. De ahí que tuvieran discusiones, y ésta, estoy
segura, fue una más.
-¿Y el padre de usted? -preguntó Holmes-. ¿También era partidario de ese enlace?
-No, él también se oponía. El único que estaba a favor era McCarthy.
Un súbito rubor cubrió sus lozanas y juveniles facciones cuando Holmes le dirigió una de sus
penetrantes miradas inquisitivas.
-Gracias por esta información -dijo-. ¿Podría ver a su padre si le visito mañana?
-Me temo que el médico no lo va a permitir.
-¿El médico?
-Sí, ¿no lo sabía usted? El pobre papá no andaba bien de salud desde hace años, pero esto le ha acabado
de hundir. Tiene que guardar cama, y el doctor Willows dice que está hecho polvo y que tiene el sistema
nervioso destrozado. El señor McCarthy era el único que había conocido a papá en los viejos tiempos de
Victoria.
-¡Ajá! ¡Así que en Victoria! Eso es importante.
-Sí, en las minas.
-Exacto; en las minas de oro, donde, según tengo entendido, hizo su fortuna el señor Turner.
-Eso es.
-Gracias, señorita Turner. Ha sido usted una ayuda muy útil.
-Si mañana hay alguna novedad, no deje de comunicármela. Sin duda, irá usted a la cárcel a ver a James.
Oh, señor Holmes, si lo hace dígale que yo sé que es inocente.
-Así lo haré, señorita Turner.
-Ahora tengo que irme porque papá está muy mal y me echa de menos si lo dejo solo. Adiós, y que el
Señor le ayude en su empresa.
Salió de la habitación tan impulsivamente como había entrado y oímos las ruedas de su carruaje
traqueteando calle abajo.
-Estoy avergonzado de usted, Holmes -dijo Lestrade con gran dignidad, tras unos momentos de silencio-.
¿Por qué despierta esperanzas que luego tendrá que defraudar? No soy precisamente un sentimental, pero
LAS AV E N T UR A S DE SH E R L O C K HOLm ES
EDITORIAL DIGITAL - ImPRENTA NACIONAL
C O S T A R I CA
a eso lo llamo crueldad.
-Creo que encontraré la manera de demostrar la inocencia de James McCarthy -dijo Holmes-.
¿Tiene usted autorización para visitarlo en la cárcel?
-Sí, pero sólo para usted y para mí.
-En tal caso, reconsideraré mi decisión de no salir. ¿Tendremos todavía tiempo para tomar un tren a
Hereford y verlo esta noche?
-De sobra.
-Entonces, en marcha. Watson, me temo que se va a aburrir, pero sólo estaré ausente un par de horas.
Los acompañé andando hasta la estación, y luego vagabundeé por las calles.del pueblecito, acabando por
regresar al hotel, donde me tumbé en el sofá y procuré interesarme en una novela policiaca. Pero la trama
de la historia era tan endeble en comparación con el profundo misterio en el que estábamos sumidos, que
mi atención se desviaba constantemente de la ficción a los hechos, y acabé por tirarla al otro extremo de
la habitación y entregarme por completo a recapacitar sobre los acontecimientos del día. Suponiendo que
la historia del desdichado joven fuera absolutamente cierta, ¿qué cosa diabólica, qué calamidad
absolutamente imprevista y extraordinaria podía haber ocurrido entre el momento en que se separó de su
padre y el instante en que, atraído por sus gritos, volvió corriendo al claro? Había sido algo terrible y
mortal, pero ¿qué? ¿Podrían mis instintos médicos deducir algo de la índole de las heridas? Tiré de la
campanilla y pedí que me trajeran el periódico semanal del condado, que contenía una crónica textual
de la investigación. En la declaración del forense se afirmaba que el tercio posterior del parietal izquierdo y
la mitad izquierda del occipital habían sido fracturados por un fuerte golpe asestado con un objeto romo.
Señalé el lugar en mi propia cabeza. Evidentemente, aquel golpe tenía que haberse asestado por detrás.
Hasta cierto punto, aquello favorecía al acusado, ya que cuando se le vio discutiendo con su padre ambos
estaban frente a frente. Aun así, no significaba gran cosa, ya que el padre podía haberse vuelto de
espaldas antes de recibir el golpe. De todas maneras, quizá valiera la pena llamar la atención de Holmes
sobre el detalle. Luego teníamos la curiosa alusión del moribundo a una rata. ¿Qué podía significar
aquello? No podía tratarse de un delirio. Un hombre que ha recibido un golpe mortal no suele delirar. No,
lo más probable era que estuviera intentando explicar lo que le había ocurrido. Pero ¿qué podía querer
decir? Me devané los sesos en busca de una posible explicación. Y luego estaba también el asunto de la
prenda gris que había visto el joven McCarthy. De ser cierto aquello, el asesino debía haber perdido al
huir alguna prenda de vestir, probablemente su gabán, y había tenido la sangre fría de volver a
recuperarla en el mismo instante en que el hijo se arrodillaba, vuelto de espaldas, a menos de doce pasos.
¡Qué maraña de misterios e improbabilidades era todo el asunto! No me extrañaba la opinión de Lestrade,
a pesar de lo cual tenía tanta fe en la perspicacia de Sherlock Holmes que no perdía las esperanzas, en vista
de que todos los nuevos datos parecían reforzar su convencimiento de la inocencia del joven McCarthy.
Era ya tarde cuando regresó Sherlock Holmes. Venía solo, ya que Lestrade se alojaba en el pueblo.
-El barómetro continúa muy alto -comentó mientras se sentaba-. Es importante que no llueva hasta que
hayamos podido examinar el lugar de los hechos. Por otra parte, para un trabajito como ése uno tiene que
estar en plena forma y bien despierto, y no quiero hacerlo estando fatigado por un largo viaje. He visto al
joven McCarthy.
-¿Y qué ha sacado de él?
-Nada.
LAS AV E N T UR A S DE SH E R L O C K HOLm ES
EDITORIAL DIGITAL - ImPRENTA NACIONAL
C O S T A R I CA
-¿No pudo arrojar ninguna luz?
-Absolutamente ninguna. En algún momento me sentí inclinado a pensar que él sabía quién lo había
hecho y estaba encubriéndolo o encubriéndola, pero ahora estoy convencido de que está tan a oscuras
como todos los demás. No es un muchacho demasiado perspicaz, aunque sí bien parecido y yo diría que de
corazón noble.
-No puedo admirar sus gustos -comenté-, si es verdad eso de que se negaba a casarse con una joven tan
encantadora como esta señorita Turner.
-Ah, en eso hay una historia bastante triste. El tipo la quiere con locura, con desesperación, pero hace
unos años, cuando no era más que un mozalbete, y antes de conocerla bien a ella, porque la chica
había pasado cinco años en un internado, ¿no va el muy idiota y se deja atrapar por una camarera de
Bristol, y se casa con ella en el juzgado? Nadie sabe una palabra del asunto, pero puede usted imaginar
lo enloquecedor que tenía que ser para él que le recriminaran por no hacer algo que daría los ojos por
poder hacer, pero que sabe que es absolutamente imposible. Fue uno de esos arrebatos de locura lo que le
hizo levantar las manos cuando su padre, en su última conversación, le seguía insistiendo en que le
propusiera matrimonio a la señorita Turner. Por otra parte, carece de medios económicos propios y su
padre, que era en todos los aspectos un hombre muy duro, le habría repudiado por completo si se hubiera
enterado de la verdad. Con esta esposa camarera es con la que pasó los últimos tres días en Bristol, sin
que su padre supiera dónde estaba. Acuérdese de este detalle. Es importante. Sin embargo, no hay mal
que por bien no venga, ya que la camarera, al enterarse por los periódicos de que el chico se ha metido en
un grave aprieto y es posible que lo ahorquen, ha roto con él y le ha escrito comunicándole que ya tiene un
marido en los astilleros Bermudas, de modo que no existe un verdadero vínculo entre ellos. Creo que esta
noticia ha bastado para consolar al joven McCarthy de todo lo que ha sufrido.
-Eso. ¿Quién? Quiero llamar su atención muy concretamente hacia dos detalles. El primero, que el hombre
asesinado tenía una cita con alguien en el estanque, y que este alguien no podía ser su hijo, porque el hijo
estaba fuera y él no sabía cuándo iba a regresar. El segundo, que a la víctima se le oyó gritar ¡cuíi!,
aunque aún no sabía que su hijo había regresado. Éstos son los puntos cruciales de los que depende el
caso. Y ahora, si no le importa, hablemos de George Meredith6, y dejemos los detalles secundarios para
mañana.
Tal como Holmes había previsto, no llovió, y el día amaneció despejado y sin nubes. A las nueve en
punto, Lestrade pasó a recogernos con el coche y nos dirigimos a la granja Hatherley y al estanque de
Boscombe.
-Hay malas noticias esta mañana -comentó Lestrade-. Dicen que el señor Turner, el propietario, está tan
enfermo que no hay esperanzas de que viva.
-Supongo que será ya bastante mayor -dijo Holmes.
-Unos sesenta años; pero la vida en las colonias le destrozó el organismo, y llevaba bastante tiempo muy
flojo de salud. Este suceso le ha afectado de muy mala manera. Era viejo amigo de McCarthy, y podríamos
añadir que su gran benefactor, pues me he enterado de que no le cobraba renta por la granja Hatherley.
-¿De veras? Esto es interesante -dijo Holmes.
-Pues, sí. Y le ha ayudado de otras cien maneras. Por aquí todo el mundo habla de lo bien que se portaba
LAS AV E N T UR A S DE SH E R L O C K HOLm ES
EDITORIAL DIGITAL - ImPRENTA NACIONAL
C O S T A R I CA
con él.
-¡Vaya! ¿Y no le parece a usted un poco curioso que este McCarthy, que parece no poseer casi nada y deber
tantos favores a Turner, hable, a pesar de todo, de casar a su hijo con la hija de Turner, presumible
heredera de su fortuna, y, además, lo diga con tanta seguridad como si bastara con proponerlo para que
todo lo demás viniera por sí solo? Y aún resulta más extraño sabiendo, como sabemos, que el propio
Turner se oponía a la idea. Nos lo dijo la hija. ¿No deduce usted nada de eso?
-Ya llegamos a las deducciones y las inferencias -dijo Lestrade, guiñándome un ojo-. Holmes, ya me
resulta bastante difícil bregar con los hechos, sin tener que volar persiguiendo teorías y fantasías.
-Tiene usted razón -dijo Holmes con fingida humildad-. Le resulta a usted muy difícil bregar con los
hechos.
-Pues al menos he captado un hecho que a usted parece costarle mucho aprehender -replicó Lestrade,
algo acalorado.
6 George Meredith (1828 - 1909) fue un novelista y poeta inglés de la época victoriana. Sir Arthur Conan Doyle le
rindió homenaje en este cuento.
CAPÍTULO II
Era una construcción amplia, de aspecto confortable, de dos plantas, con tejado de pizarra y grandes
manchas amarillas de liquen en sus muros grises. Sin embargo, las persianas bajadas y las chimeneas sin
humo le daban un aspecto desolado, como si aún se sintiera en el edificio el peso de la tragedia.
Llamamos a la puerta y la doncella, a petición de Holmes, nos enseñó las botas que su señor llevaba en
el momento de su muerte, y también un par de botas del hijo, aunque no las que llevaba puestas
entonces. Después de haberlas medido cuidadosamente por siete u ocho puntos diferentes, Holmes pidió
que le condujeran al patio, desde donde todos seguimos el tortuoso sendero que llevaba al estanque de
Boscombe.
Cuando seguía un rastro como aquél, Sherlock Holmes se transformaba. Los que sólo conocían al
tranquilo pensador y lógico de Baker Street habrían tenido dificultades para reconocerlo. Su rostro se
acaloraba y se ensombrecía. Sus cejas se convertían en dos líneas negras y marcadas, bajo las cuales
relucían sus ojos con brillo de acero. Llevaba la cabeza inclinada hacia abajo, los hombros encorvados,
los labios apretados y las venas de su cuello largo y fibroso sobresalían como cuerdas de látigo. Los
orificios de la nariz parecían dilatarse con un ansia de caza puramente animal, y su mente estaba tan
LAS AV E N T UR A S DE SH E R L O C K HOLm ES
EDITORIAL DIGITAL - ImPRENTA NACIONAL
C O S T A R I CA
concentrada en lo que tenía delante que toda pregunta o comentario caía en oídos sordos o, como máximo,
provocaba un rápido e impaciente gruñido de respuesta. Fue avanzando rápida y silenciosamente a lo
largo del camino que atravesaba los prados y luego conducía a través del bosque hasta el estanque de
Boscombe. El terreno era húmedo y pantanoso, lo mismo que en todo el distrito, y se veían huellas de
muchos pies, tanto en el sendero como sobre la hierba corta que lo bordeaba por ambos lados. A veces,
Holmes apretaba el paso; otras veces, se paraba en seco; y en una ocasión dio un pequeño rodeo,
metiéndose por el prado. Lestrade y yo caminábamos detrás de él: el policía, con aire indiferente y
despectivo, mientras que yo observaba a mi amigo con un interés que nacía de la convicción de que
todas y cada una de sus acciones tenían una finalidad concreta.
El estanque de Boscombe, que es una pequeña extensión de agua de unas cincuenta yardas de diámetro,
bordeada de juncos, está situado en el límite entre los terrenos de la granja Hatherley y el parque privado
del opulento señor Turner. Por encima del bosque que se extendía al otro lado podíamos ver los rojos y
enhiestos pináculos que señalaban el emplazamiento de la residencia del rico terrateniente. En el lado
del estanque correspondiente a Hatherley el bosque era muy espeso, y había un estrecho cinturón de
hierba saturada de agua, de unos veinte pasos de anchura, entre el lindero del bosque y los juncos de la
orilla. Lestrade nos indicó el sitio exacto donde se había encontrado el cadáver, y la verdad es que el
suelo estaba tan húmedo que se podían apreciar con claridad las huellas dejadas por el cuerpo caído. A
juzgar por su rostro ansioso y sus ojos inquisitivos, Holmes leía otras muchas cosas en la hierba pisoteada.
Corrió de un lado a otro, como un perro de caza que sigue una pista, y luego se dirigió a nuestro
acompañante.
-¿Para qué se metió usted en el estanque? -preguntó.
-Estuve de pesca con un rastrillo. Pensé que tal vez podía encontrar un arma o algún otro indicio. Pero
¿cómo demonios...?
-Tch, tch. No tengo tiempo. Ese pie izquierdo suyo, torcido hacia dentro, aparece por todas partes. Hasta
un topo podría seguir sus pasos, y aquí se meten entre los juncos. ¡Ay, qué sencillo habría sido todo si yo
hubiera estado aquí antes de que llegaran todos, como una manada de búfalos, chapoteando por todas
partes! Por aquí llegó el grupito del guardés, borrando todas las huellas en más de dos metros alrededor
del cadáver. Pero aquí hay tres pistas distintas de los mismos pies
-sacó una lupa y se tendió sobre el impermeable para ver mejor, sin dejar de hablar, más para sí mismo
que para nosotros-. Son los pies del joven McCarthy. Dos veces andando y una corriendo tan aprisa que
las puntas están marcadas y los tacones apenas se ven. Esto concuerda con su relato. Echó a correr al ver a
su padre en el suelo. Y aquí tenemos las pisadas del padre cuando andaba de un lado a otro. ¿Y esto qué es?
Ah, la culata de la escopeta del hijo, que se apoyaba en ella mientras escuchaba. ¡Ajá! ¿Qué tenemos aquí?
¡Pasos de puntillas, pasos de puntillas! ¡Y, además, de unas botas bastante raras, de puntera cuadrada!
Vienen, van, vuelven a venir... por supuesto, a recoger el abrigo. Ahora bien, ¿de dónde venían?
Corrió de un lado a otro, perdiendo a veces la pista y volviéndola a encontrar, hasta que nos adentramos
bastante en el bosque y llegamos a la sombra de una enorme haya, el árbol más grande de los alrededores.
Holmes siguió la pista hasta detrás del árbol y se volvió a tumbar boca abajo, con un gritito de
satisfacción. Se quedó allí durante un buen rato, levantando las hojas y las ramitas secas, recogiendo en un
sobre algo que a mí me pareció polvo y examinando con la lupa no sólo el suelo sino también la corteza
del árbol hasta donde pudo alcanzar. Tirada entre el musgo había una piedra de forma irregular, que
también examinó atentamente, guardándosela luego. A continuación siguió un sendero que atravesaba el
bosque hasta salir a la carretera, donde se perdían todas las huellas.
LAS AV E N T UR A S DE SH E R L O C K HOLm ES
EDITORIAL DIGITAL - ImPRENTA NACIONAL
C O S T A R I CA
-Ha sido un caso sumamente interesante -comentó, volviendo a su forma de ser habitual-. Imagino que esa
casa gris de la derecha debe ser el pabellón del guarda. Creo que voy a entrar a cambiar unas palabras
con Moran, y tal vez escribir una notita. Una vez hecho eso, podemos volver para comer. Ustedes
pueden ir andando hasta el coche, que yo me reuniré con ustedes en seguida.
Tardamos unos diez minutos en llegar hasta el coche y emprender el regreso a Ross. Holmes seguía
llevando la piedra que había recogido en el bosque.
-Puede que esto le interese, Lestrade -comentó, enseñándosela-. Con esto se cometió el asesinato.
-No veo ninguna señal.
-No las hay.
-Y entonces, ¿cómo lo sabe?
-Debajo de ella, la hierba estaba crecida. Sólo llevaba unos días tirada allí. No se veía que hubiera sido
arrancada de ningún sitio próximo. Su forma corresponde a las heridas. No hay rastro de ninguna otra
arma.
-¿Y el asesino?
-Es un hombre alto, zurdo, que cojea un poco de la pierna derecha, lleva botas de caza con suela gruesa y
un capote gris, fuma cigarros indios con boquilla y lleva una navaja mellada en el bolsillo. Hay otros varios
indicios, pero éstos deberían ser suficientes para avanzar en nuestra investigación.
Lestrade se echó a reír.
-Me temo que continúo siendo escéptico -dijo-. Las teorías están muy bien, pero nosotros tendremos que
vérnoslas con un tozudo jurado británico.
-Nous verrons -respondió Holmes muy tranquilo-. Usted siga su método, que yo seguiré el mío. Estaré
ocupado esta tarde y probablemente regresaré a Londres en el tren de la noche.
-¿Dejando el caso sin terminar?
-No, terminado.
-¿Pero el misterio...?
-Está resuelto.
-¿Quién es, pues, el asesino?
-El caballero que le he descrito.
-Pero ¿quién es?
-No creo que resulte tan difícil averiguarlo. Esta zona no es tan populosa.
-BALLARAT.
-Exacto. Eso es lo que dijo el moribundo, pero su hijo sólo entendió las dos últimas sílabas: a rat, una
rata. Estaba intentando decir el nombre de su asesino. Fulano de tal, de Ballarat.
-¡Asombroso! -exclamé.
-Evidente. Con eso, como ve, quedaba considerablemente reducido el campo. La posesión de una prenda
gris era un tercer punto seguro, siempre suponiendo que la declaración del hijo fuera cierta. Ya hemos
pasado de la pura incertidumbre a la idea concreta de un australiano de Ballarat con un capote gris.
LAS AV E N T UR A S DE SH E R L O C K HOLm ES
EDITORIAL DIGITAL - ImPRENTA NACIONAL
C O S T A R I CA
-Desde luego.
-Y que, además, andaba por la zona como por su casa, porque al estanque sólo se puede llegar a través
de la granja o de la finca, por donde no es fácil que pase gente extraña.
-Muy cierto.
-Pasemos ahora a nuestra expedición de hoy. El examen del terreno me reveló los insignificantes detalles
que ofrecí a ese imbécil de Lestrade acerca de la persona del asesino.
-¿Pero cómo averiguó todo aquello?
-Ya conoce usted mi método. Se basa en la observación de minucias.
-Ya sé que es capaz de calcular la estatura aproximada por la longitud de los pasos. Y lo de las botas
también se podría deducir de las pisadas.
-Sí, eran botas poco corrientes.
-Pero ¿lo de la cojera?
-La huella de su pie derecho estaba siempre menos marcada que la del izquierdo. Cargaba menos peso
sobre él. ¿Por qué? Porque renqueaba... era cojo.
-¿Y cómo sabe que es zurdo?
-A usted mismo le llamó la atención la índole de la herida, tal como la describió el forense en la
investigación. El golpe se asestó de cerca y por detrás, y sin embargo estaba en el lado izquierdo.
¿Cómo puede explicarse esto, a menos que lo asestara un zurdo? Había permanecido detrás del árbol
durante la conversación entre el padre y el hijo. Hasta se fumó un cigarro allí. Encontré la ceniza de un
cigarro, que mis amplios conocimientos sobre cenizas de tabaco me permitieron identificar como un
cigarro indio. Como usted sabe, he dedicado cierta atención al tema, y he escrito una pequeña monografía
sobre las cenizas de ciento cuarenta variedades diferentes de tabaco de pipa, cigarros y cigarrillos. En
cuanto encontré la ceniza, eché un vistazo por los alrededores y descubrí la colilla entre el musgo, donde
la habían tirado. Era un cigarro indio de los que se lían en Rotterdam.
-¿Y la boquilla?
-Se notaba que el extremo no había estado en la boca. Por lo tanto, había usado boquilla. La punta estaba
cortada, no arrancada de un mordisco, pero el corte no era limpio, de lo que deduje la existencia de una
navaja mellada.
-Holmes -dije-, ha tendido usted una red en torno a ese hombre, de la que no podrá escapar, y ha salvado
usted una vida inocente, tan seguro como si hubiera cortado la cuerda que le ahorcaba. Ya veo en qué
dirección apunta todo esto. El culpable es...
-¡El señor John Turner! -exclamó el camarero del hotel, abriendo la puerta de nuestra sala de estar y
haciendo pasar a un visitante.
El hombre que entró presentaba una figura extraña e impresionante. Su paso lento y renqueante y sus
hombros cargados le daban aspecto de decrepitud, pero sus facciones duras, marcadas y arrugadas, así
como sus enormes miembros, indicaban que poseía una extraordinaria energía de cuerpo y carácter. Su
barba enmarañada, su cabellera gris y sus cejas prominentes y lacias contribuían a dar a su apariencia un
LAS AV E N T UR A S DE SH E R L O C K HOLm ES
EDITORIAL DIGITAL - ImPRENTA NACIONAL
C O S T A R I CA
aire de dignidad y poderío, pero su rostro era blanco ceniciento, y sus labios y las esquinas de los
orificios nasales presentaban un tono azulado. Con sólo mirarlo, pude darme cuenta de que era presa de
alguna enfermedad crónica y mortal.
-Por favor, siéntese en el sofá -dijo Holmes educadamente-. ¿Recibió usted mi nota?
-Sí, el guarda me la trajo. Decía usted que quería verme aquí para evitar el escándalo.
-Me pareció que si yo iba a su residencia podría dar que hablar.
-¿Y por qué quería usted verme? -miró fijamente a mi compañero, con la desesperación pintada en sus
cansados ojos, como si su pregunta ya estuviera contestada.
-Sí, eso es -dijo Holmes, respondiendo más a la mirada que a las palabras-. Sé todo lo referente a
McCarthy.
El anciano se hundió la cara entre las manos.
-¡Que Dios se apiade de mí! -exclamó-. Pero yo no habría permitido que le ocurriese ningún daño al
muchacho. Le doy mi palabra de que habría confesado si las cosas se le hubieran puesto feas en el juicio.
-Me alegra oírle decir eso -dijo Holmes muy serio.
-Ya habría confesado de no ser por mi hija. Esto le rompería el corazón... y se lo romperá cuando se
entere de que me han detenido.
-Puede que no se llegue a eso -dijo Holmes.
-¿Cómo dice?
-Yo no soy un agente de la policía. Tengo entendido que fue su hija la que solicitó mi presencia aquí, y
actúo en nombre suyo. No obstante, el joven McCarthy debe quedar libre.
-Soy un moribundo -dijo el viejo Turner-. Hace años que padezco diabetes. Mi médico dice que podría
no durar ni un mes. Pero preferiría morir bajo mi propio techo, y no en la cárcel.
Holmes se levantó y se sentó a la mesa con la pluma en la mano y un legajo de papeles delante.
-Limítese a contarnos la verdad -dijo-. Yo tomaré nota de los hechos. Usted lo firmará y Watson puede
servir de testigo. Así podré, en último extremo, presentar su confesión para salvar al joven McCarthy. Le
prometo que no la utilizaré a menos que sea absolutamente necesario.
-Perfectamente -dijo el anciano-. Es muy dudoso que yo viva hasta el juicio, así que me importa bien
poco, pero quisiera evitarle a Alice ese golpe. Y ahora, le voy a explicar todo el asunto. La acción abarca
mucho tiempo, pero tardaré muy poco en contarlo.
»Usted no conocía al muerto, a ese McCarthy. Era el diablo en forma humana. Se lo aseguro. Que Dios le
libre de caer en las garras de un hombre así. Me ha tenido en sus manos durante estos veinte años, y ha
arruinado mi vida. Pero primero le explicaré cómo caí en su poder.
»A principios de los sesenta, yo estaba en las minas. Era entonces un muchacho impulsivo y temerario,
dispuesto a cualquier cosa; me enredé con malas compañías, me aficioné a la bebida, no tuve suerte con
mi mina, me eché al monte y, en una palabra, me convertí en lo que aquí llaman un salteador de caminos,
éramos seis, y llevábamos una vida de lo más salvaje, robando de vez en cuando algún rancho, o
LAS AV E N T UR A S DE SH E R L O C K HOLm ES
EDITORIAL DIGITAL - ImPRENTA NACIONAL
C O S T A R I CA
asaltando las carretas que se dirigían a las excavaciones. Me hacía llamar Black Jack de Ballarat, y aún
se acuerdan en la colonia de nuestra cuadrilla, la Banda de Ballarat.
»Un día partió un cargamento de oro de Ballarat a Melbourne, y nosotros lo emboscamos y lo asaltamos.
Había seis soldados de escolta contra nosotros seis, de manera que la cosa estaba igualada, pero a la primera
descarga vaciamos cuatro monturas. Aun así, tres de los nuestros murieron antes de que nos
apoderáramos del botín. Apunté con mi pistola a la cabeza del conductor del carro, que era el mismísimo
McCarthy. Ojalá le hubiese matado entonces, pero le perdoné aunque vi sus malvados ojillos clavados en
mi rostro, como si intentara retener todos mis rasgos. Nos largamos con el oro, nos convertimos en
hombres ricos, y nos vinimos a Inglaterra sin despertar sospechas. Aquí me despedí de mis antiguos
compañeros, decidido a establecerme y llevar una vida tranquila y respetable. Compré esta finca, que
casualmente estaba a la venta, y me propuse hacer algún bien con mi dinero, para compensar el modo en
que lo había adquirido. Me casé, y aunque mi esposa murió joven, me dejó a mi querida Alice. Aunque
no era más que un bebé, su minúscula manita parecía guiarme por el buen camino como no lo había
hecho nadie. En una palabra, pasé una página de mi vida y me esforcé por reparar el pasado. Todo iba
bien, hasta que McCarthy me echó las zarpas encima.
»Había ido a Londres para tratar de una inversión, y me lo encontré en Regent Street, prácticamente sin
nada que ponerse encima.
»-Aquí estamos, Jack -me dijo, tocándome el brazo-. Vamos a ser como una familia para ti. Somos dos, mi
hijo y yo, y tendrás que ocuparte de nosotros. Si no lo haces... bueno... Inglaterra es un gran país,
respetuoso de la ley, y siempre hay un policía al alcance de la voz.
»Así que se vinieron al oeste, sin que hubiera forma de quitármelos de encima, y aquí han vivido desde
entonces, en mis mejores tierras, sin pagar renta. Ya no hubo para mí reposo, paz ni posibilidad de olvidar;
allá donde me volviera, veía a mi lado su cara astuta y sonriente. Y la cosa empeoró al crecer Alice,
porque él en seguida se dio cuenta de que yo tenía más miedo a que ella se enterara de mi pasado que de
que lo supiera la policía. Me pedía todo lo que se le antojaba, y yo se lo daba todo sin discutir: tierra,
dinero, casas, hasta que por fin me pidió algo que yo no le podía dar: me pidió a Alice.
»Resulta que su hijo se había hecho mayor, igual que mi hija, y como era bien sabido que yo no andaba
bien de salud, se le ocurrió la gran idea de que su hijo se quedara con todas mis propiedades. Pero aquí me
planté. No estaba dispuesto a que su maldita estirpe se mezclara con la mía. No es que me disgustara el
muchacho, pero llevaba la sangre de su padre y con eso me bastaba. Me mantuve firme. McCarthy me
amenazó. Yo le desafié a que hiciera lo peor que se le ocurriera. Quedamos citados en el estanque, a
mitad de camino de nuestras dos casas, para hablar del asunto.
»Cuando llegué allí, lo encontré hablando con su hijo, de modo que encendí un cigarro y esperé detrás de
un árbol a que se quedara solo. Pero, según le oía hablar, iba saliendo a flote todo el odio y el rencor
que yo llevaba dentro. Estaba instando a su hijo a que se casara con mi hija, con tan poca
consideración por lo que ella pudiera opinar como si se tratara de una buscona de la calle. Me volvía
loco al pensar que yo y todo lo que yo más quería estábamos en poder de un hombre semejante. ¿No
había forma de romper las ataduras? Me quedaba poco de vida y estaba desesperado. Aunque conservaba
las facultades mentales y la fuerza de mis miembros, sabía que mi destino estaba sellado. Pero ¿qué
recuerdo dejaría y qué sería de mi hija? Las dos cosas podían salvarse si conseguía hacer callar aquella
maldita lengua. Lo hice, señor Holmes, y volvería a hacerlo. Aunque mis pecados han sido muy graves,
he vivido un martirio para purgarlos. Pero que mi hija cayera en las mismas redes que a mí me
esclavizaron era más de lo que podía soportar. No sentí más remordimientos al golpearlo que si se
LAS AV E N T UR A S DE SH E R L O C K HOLm ES
EDITORIAL DIGITAL - ImPRENTA NACIONAL
C O S T A R I CA
hubiera tratado de una alimaña repugnante y venenosa. Sus gritos hicieron volver al hijo, pero yo ya me
había refugiado en el bosque, aunque tuve que regresar por el capote que había dejado caer al huir. Ésta
es, caballeros, la verdad de todo lo que ocurrió.
-Bien, no me corresponde a mí juzgarle -dijo Holmes, mientras el anciano firmaba la declaración escrita
que acababa de realizar-. Y ruego a Dios que nunca nos veamos expuestos a semejante tentación.
-Espero que no, señor. ¿Y qué se propone usted hacer ahora?
-En vista de su estado de salud, nada. Usted mismo se da cuenta de que pronto tendrá que responder de sus
acciones ante un tribunal mucho más alto que el de lo penal. Conservaré su confesión y, si McCarthy
resulta condenado, me veré obligado a utilizarla. De no ser así, jamás la verán ojos humanos; y su
secreto, tanto si vive usted como si muere, estará a salvo con nosotros.
-Adiós, pues -dijo el anciano solemnemente-. Cuando les llegue la hora, su lecho de muerte se les
hará más llevadero al pensar en la paz que han aportado al mío -y salió de la habitación tambaleándose,
con toda su gigantesca figura sacudida por temblores.
-¡Que Dios nos asista! -exclamó Sherlock Holmes después de un largo silencio-. ¿Por qué el destino les
gasta tales jugarretas a los pobres gusanos indefensos? Siempre que me encuentro con un caso así, no
puedo evitar acordarme de las palabras de Baxter y decir: «Allá va Sherlock Holmes, por la gracia de
Dios».
James McCarthy resultó absuelto en el juicio, gracias a una serie de alegaciones que Holmes preparó y
sugirió al abogado defensor. El viejo Turner aún vivió siete meses después de nuestra entrevista, pero ya
falleció; y todo parece indicar que el hijo y la hija vivirán felices y juntos, ignorantes del negro nubarrón
que envuelve su pasado.
7 William Clark Russell (1844 - 1911) fue un popular escritor estadounidense de novelas náuticas e historias de terror.
-Deme su impermeable y su paraguas -dijo Holmes-. Pueden permanecer colgados de la percha, y así
quedará usted libre de humedad por el momento. Veo que ha venido usted desde el sudoeste.
-Sí, de Horsham.
-Esa mezcla de arcilla y de greda que veo en las punteras de su calzarlo es completamente característica.
-Vine en busca de consejo.
-Eso se consigue fácil.
-Y de ayuda.
-Eso ya no es siempre tan fácil.
-He oído hablar de usted, señor Holmes. Le oí contar al comandante Prendergast cómo le salvó usted en
el escándalo de Tankerville Club.
-Sí, es cierto. Se le acusó injustamente de hacer trampas en el juego.
-Aseguró que usted se dio maña para poner todo en claro.
-Eso fue decir demasiado.
-Que a usted no lo vencen nunca.
-Lo he sido en cuatro ocasiones: tres veces por hombres, y una por cierta dama.
-Pero ¿qué es eso comparado con el número de sus éxitos?
-Es cierto que, por lo general, he salido airoso.
-Entonces, puede salirlo también en el caso mío.
-Le suplico que acerque su silla al fuego, y haga el favor de darme algunos detalles del mismo.
-No se trata de un caso corriente.
-Ninguno de los que a mí llegan lo son. Vengo a ser una especie de alto tribunal de apelación.
-Yo me pregunto, a pesar de todo, señor, si en el transcurso de su profesión ha escuchado jamás el relato
de una serie de acontecimientos más misteriosos e inexplicables que los que han ocurrido en mi propia
familia.
-Lo que usted dice me llena de interés -le dijo Holmes-. Por favor, explíquenos desde el principio los
hechos fundamentales, y yo podré luego interrogarle sobre los detalles que a mí me parezcan de la
máxima importancia.
El joven acercó la silla, y adelantó sus pies húmedos hacia la hoguera.
-Me llamo John Openshaw -dijo-, pero, por lo que a mí me parece, creo que mis propias actividades tienen
poco que ver con este asunto espantoso. Se trata de una cuestión hereditaria, de modo que, para darles
LAS AV E N T UR A S DE SH E R L O C K HOLm ES
EDITORIAL DIGITAL - ImPRENTA NACIONAL
C O S T A R I CA
una idea de los hechos, no tengo más remedio que remontarme hasta el comienzo del asunto. Deben
ustedes saber que mi abuelo tenía dos hijos: mi tío Elias y mi padre Joseph. Mi padre poseía, en
Coventry, una pequeña fábrica, que amplió al inventarse las bicicletas. Poseía la patente de la llanta
irrompible Openshaw, y alcanzó tal éxito en su negocio, que consiguió venderlo y retirarse con un
relativo bienestar. Mi tío Elias emigró a América siendo todavía joven, y se estableció de plantador en
Florida, de donde llegaron noticias de que había prosperado mucho. En los comienzos de la guerra peleó
en el ejército de Jackson, y más adelante en el de Hood, ascendiendo en éste hasta el grado de coronel.
Cuando Lee se rindió, volvió mi tío a su plantación, en la que permaneció por espacio de tres o cuatro
años. Hacia el mil ochocientos sesenta y nueve o mil ochocientos setenta, regresó a Europa y compró
una pequeña finca en Sussex, cerca de Horsham. Había hecho una fortuna muy considerable, y si
abandonó Norteamérica fue movido de su antipatía a los negros, y de su desagrado por la política del
partido republicano de concederles la liberación de la esclavitud. Era un hombre extraño, arrebatado y
violento, muy mal hablado cuando le dominaba la ira, y por demás retraído. Dudo de que pusiese ni una
sola vez los pies en Londres durante los años que vivió en Horsham. Poseía alrededor de su casa un
jardín y tres o cuatro campos de deportes, y en ellos se ejercitaba, aunque con mucha frecuencia no salía
de la habitación durante semanas enteras. Bebía muchísimo aguardiente, fumaba por demás, pero no
quería tratos sociales, ni amigos, ni aun siquiera que le visitase su hermano. Contra mí no tenía nada,
mejor dicho, se encaprichó conmigo, porque cuando me conoció era yo un jovencito de doce años, más o
menos. Esto debió de ocurrir hacia el año mil ochocientos setenta y ocho, cuando llevaba ya ocho o
nueve años en Inglaterra. Pidió a mi padre que me dejase vivir con él, y se mostró muy cariñoso conmigo, a
su manera. Cuando estaba sereno, gustaba de jugar conmigo al chaquete y a las damas, y me hacía
portavoz suyo junto a la servidumbre y con los proveedores, de modo que para cuando tuve dieciséis
años era yo el verdadero señor de la casa.
Yo guardaba las llaves y podía ir a donde bien me pareciese y hacer lo que me diese la gana, con tal que no
le molestase cuando él estaba en sus habitaciones reservadas. Una excepción me hizo, sin embargo;
había entre los áticos una habitación independiente, un camaranchón que estaba siempre cerrado con llave,
y al que no permitía que entrásemos ni yo ni nadie. Llevado de mi curiosidad de muchacho, miré más de
una vez por el ojo de la cerradura, sin que llegase a descubrir dentro sino lo corriente en tales
habitaciones, es decir, una cantidad de viejos baúles y bultos. Cierto día, en el mes de marzo de mil
ochocientos ochenta y tres, había encima de la mesa, delante del coronel, una carta cuyo sello era
extranjero. No era cosa corriente que el coronel recibiese cartas, porque todas sus facturas se pagaban en
dinero contante, y no tenía ninguna clase de amigos. Al coger la carta, dijo: «¡Es de la India! ¡Trae la
estampilla de Pondicherry! ¿Qué podrá ser?».
Al abrirla precipitadamente saltaron del sobre cinco pequeñas y resecas semillas de naranja, que
tintinearon en su plato. Yo rompí a reír, pero, al ver la cara de mi tío, se cortó la risa en mis labios. Le
colgaba la mandíbula, se le saltaban los ojos, se le había vuelto la piel del color de la masilla, y miraba
fijamente el sobre que sostenía aún en aun manos temblorosas. Dejó escapar un chillido, y exclamó luego:
«K. K. K. ¡Dios santo, Dios santo, mis pecados me han dado alcance!».
«¿Qué significa eso, tío?», exclamé. «Muerte», me dijo, y levantándose de la mesa, se retiró a su
habitación, dejándome estremecido de horror. Eché mano al sobre, y vi garrapateada en tinta roja, sobre
la patilla interior, encima mismo del engomado, la letra K, repetida tres veces. No había nada más, fuera de
las cinco semillas resecas. ¿Qué motivo podía existir para espanto tan excesivo? Me alejé de la mesa del
desayuno y, cuando yo subía por las escaleras, me tropecé con mi tío, que bajaba por ellas, trayendo en
una mano una vieja llave roñosa, y en la otra, una caja pequeña de bronce, por el estilo de las de guardar
el dinero. «Que hagan lo que les dé la gana, pero yo los tendré en jaque una vez más. Dile a Mary que
LAS AV E N T UR A S DE SH E R L O C K HOLm ES
EDITORIAL DIGITAL - ImPRENTA NACIONAL
C O S T A R I CA
necesito que encienda hoy fuego en mi habitación, y envía a buscar a Fordham, el abogado de Horsham.»
Hice lo que se me ordenaba y, cuando llegó el abogado, me pidieron que subiese a la habitación. Ardía
vivamente el fuego, y en la rejilla del hogar se amontonaba una gran masa de cenizas negras y sueltas,
como de papel quemado, en tanto que la caja de bronce estaba muy cerca y con la tapa abierta. Al mirar
yo la caja, descubrí, sobresaltado, en la tapa la triple K, que había leído aquella mañana en el sobre.
«John -me dijo mi tío-, deseo que firmes como testigo mi testamento. Dejo la finca, con todas sus
ventajas e inconvenientes, a mi hermano, es decir, a tu padre, de quien, sin duda, vendrá a parar a ti. Si
conseguís disfrutarla en paz, santo y bueno. Si no lo conseguís, seguid mi consejo, muchacho, y
abandonadla a vuestro peor enemigo. Lamento dejaros un arma así, de dos filos, pero no sé qué giro
tomarán las cosas. Ten la bondad de firmar este documento en el sitio que te indicar, el señor Fordham.»
Firmé el documento dónde se me indicó, y el abogado se lo llevó con él. Como ustedes se imaginarán, aquel
extraño incidente me produjo la más profunda impresión: lo sopesé en mi mente, y le di vueltas desde
todos los puntos de vista, sin conseguir encontrarle explicación. Pero no conseguí librarme de un vago
sentimiento de angustia que dejó en mí, aunque esa sensación fue embotándose a medida que pasaban
semanas sin que ocurriese nada que túrbase la rutina diaria de nuestras vidas. Sin embargo, pude notar un
cambio en mi tío. Bebía más que nunca, y se mostraba todavía menos inclinado al trato con nadie. Pasaba
la mayor parte del tiempo metido en su habitación, con la llave echada por dentro, pero a veces salía
como poseído de un furor de borracho, se lanzaba fuera de la casa, y se paseaba por el jardín
impetuosamente, esgrimiendo en la mano un revólver y diciendo a gritos que a él no le asustaba nadie y
que él no se dejaba enjaular, como oveja en el redil, ni por hombres ni por diablos. Pero una vez que se
le pasaban aquellos arrebatos, corría de una manera alborotada a meterse dentro, y cerraba con llave y
atrancaba la puerta, como quien ya no puede seguir haciendo frente al espanto que se esconde en el
fondo mismo de su alma. En tales momentos, y aun en tiempo frío, he visto yo relucir su cara de
humedad, como si acabase de sacarla del interior de la jofaina. Para terminar, señor Holmes, y no abusar
de su paciencia, llegó una noche en que hizo una de aquellas salidas suyas de borracho, de la que no
regresó. Cuando salimos a buscarlo, nos lo encontramos boca abajo, dentro de una pequeña charca
recubierta de espuma verdosa que había al extremo del jardín. No presentaba señal alguna de violencia, y
la profundidad del agua era sólo de dos pies, y por eso el jurado, teniendo en cuenta sus conocidas
excentricidades, dictó veredicto de suicidio. Pero a mí, que sabía de qué modo retrocedía ante el solo
pensamiento de la muerte, me costó mucho trabajo convencerme de que se había salido de su camino para
ir a buscarla. Sin embargo, la cosa pasó, entrando mi padre en posesión de la finca y de unas catorce mil
libras que mi tío tenía a su favor en un banco.
-Un momento -le interrumpió Holmes-. Preveo ya que su relato es uno de los más notables que he tenido
ocasión de oír jamás. Hágame el favor de decirme la fecha en que su tío recibió la carta y la de su
supuesto suicidio.
-La carta llegó el día diez de marzo de mil ochocientos ochenta y tres. Su muerte tuvo lugar siete
semanas más tarde, en la noche del día dos de mayo.
-Gracias. Puede usted seguir.
-Cuando mi padre se hizo cargo de la finca de Horsham, llevó a cabo, a petición mía, un registro
cuidadoso del ático que había permanecido siempre cerrado. Encontramos allí la caja de bronce, aunque
sus documentos habían sido destruidos. En la parte interior de la tapa había una etiqueta de papel, en la
que estaban repetidas las iniciales, y debajo de éstas, la siguiente inscripción: «Cartas, memoranda,
recibos y registro.» Supusimos que esto indicaba la naturaleza de los documentos que había destruido el
coronel Openshaw. Fuera de esto, no había en el ático nada de importancia, aparte de gran cantidad de
LAS AV E N T UR A S DE SH E R L O C K HOLm ES
EDITORIAL DIGITAL - ImPRENTA NACIONAL
C O S T A R I CA
papeles y cuadernos desparramados que se referían a la vida de mi tío en Norteamérica. Algunos de ellos
pertenecían a la época de la guerra, y demostraban que él había cumplido bien con su deber, teniendo
fama de ser un soldado valeroso. Otros llevaban la fecha de los tiempos de la reconstrucción de los
estados del sur, y se referían a cosas de política, siendo evidente que mi tío había tomado parte destacada
en la oposición contra los que en el sur se llamaron políticos hambrones, que habían sido enviados desde el
norte. Mi padre vino a vivir en Horsham a principios del ochenta y cuatro, y todo marchó de la mejor
manera que podía desearse hasta el mes de enero del ochenta y cinco. Estando mi padre y yo sentados en
la mesa del desayuno el cuarto día después del de Año Nuevo, oí de pronto que mi padre daba un agudo
grito de sorpresa. Y lo vi sentado, con un sobre recién abierto en una mano y cinco semillas secas de
naranja en la palma abierta de la otra. Se había reído siempre de lo que calificaba de fantástico relato mío
acerca del coronel, pero ahora veía con gran desconcierto y recelo que él se encontraba ante un hecho
igual.
« ¿Qué diablos puede querer decir esto, John? », tartamudeó. A mí se me había vuelto de plomo el
corazón, y dije: «Es el K. K. K.» Mi padre miró en el interior del sobre y exclamó: «En efecto, aquí están
las mismas letras. Pero ¿qué es lo que hay escrito encima de ellas?» Yo leí, mirando por encima de su
hombro: «Coloque los documentos encima de la esfera del reloj de sol» «¿Qué documentos y qué reloj
de sol?», preguntó él. «El reloj de sol está en el jardín. No hay otro -dije yo-. Pero los documentos deben
de ser los que fueron destruidos», « ¡Puf! -dijo él, aferrándose a su valor-. Vivimos aquí en un país
civilizado en el que no caben esta clase de idioteces. ¿De dónde procede la carta? » «De Dundee»,
contesté, examinando la estampilla de correos. «Algún bromazo absurdo -dijo mi padre-. ¿Qué me vienen
a mí con relojes de sol y con documentos? No haré caso alguno de semejante absurdo.» «Yo, desde luego,
me pondría en comunicación con la policía», le dije. «Para que encima se me riesen. No haré nada de
eso.» «Autoríceme entonces a que lo haga
yo.» «De ninguna manera. Te lo prohíbo. No quiero que se arme un jaleo por semejante tontería.» De
nadó valió el que yo discutiese con él, porque mi padre era hombre por demás terco. Sin embargo, viví
esos días con el corazón lleno de presagios ominosos.
El tercer día, después de recibir la carta, marchó mi padre a visitar a un viejo amigo suyo, el comandante
Freebody, que está al mando de uno de los fuertes que hay en los altos de Portsdown Hill. Me alegré de
que se hubiese marchado, pues me parecía que hallándose fuera de casa estaba más alejado del peligro.
En eso me equivoqué, sin embargo. Al segundo día de su ausencia recibí un telegrama del comandante
en el que me suplicaba que acudiese allí inmediatamente. Mi padre había caído por la boca de uno de los
profundos pozos de cal que abundan en aquellos alrededores, y yacía sin sentido, con el cráneo fracturado.
Me trasladé hasta allí a toda prisa, pero mi padre murió sin haber recobrado el conocimiento. Según
parece, regresaba, ya entre dos luces, desde Fareham, y como desconocía el terreno y la boca del pozo
estaba sin cercar, el jurado no titubeó en dar su veredicto de muerte producida por causa accidental. Por
mucho cuidado que yo puse en examinar todos los hechos relacionados con su muerte, nada pude
descubrir que sugiriese la idea de asesinato. No mostraba señales de violencia, ni había huellas de pies,
ni robo, ni constancia de que se hubiese observado por las carreteras la presencia de extranjeros. No
necesito, sin embargo, decir a ustedes que yo estaba muy lejos de tenerlas todas conmigo, y que casi
estaba seguro de que se había tramado a su alrededor algún complot siniestro. De esa manera tortuosa fue
como entré en posesión de mi herencia. Ustedes me preguntarán por qué no me desembaracé de la
misma. Les contestaré que no lo hice porque estaba convencido de que nuestras dificultades se derivaban,
de una manera u otra, de algún incidente de la vida de mi tío, y que el peligro sería para mí tan
apremiante en una casa como en otra. Mi pobre padre halló su fin durante el mes de enero del año
ochenta y cinco, y desde entonces han transcurrido dos años y ocho meses. Durante todo ese tiempo yo
he vivido feliz en Horsham, y ya empezaba a tener la esperanza de que aquella maldición se había alejado
de la familia, y que había acabado en la generación anterior. Sin embargo, me apresuré demasiado a
LAS AV E N T UR A S DE SH E R L O C K HOLm ES
EDITORIAL DIGITAL - ImPRENTA NACIONAL
C O S T A R I CA
tranquilizarme; ayer por la mañana cayó el golpe exactamente en la misma forma que había caído sobre
mi padre.
El joven sacó del chaleco un sobre arrugado, y volviéndolo boca abajo encima de la mesa, hizo saltar del
mismo cinco pequeñas semillas secas de naranja.
-He aquí el sobre -prosiguió-. El estampillado es de Londres, sector del este. En el interior están las
mismas palabras que traía el sobre de mi padre: «K. K. K.», y las de «Coloque los documentos encima de
la esfera del reloj de sol».
-¿Qué ha hecho usted? -preguntó Holmes.
-Nada.
-¿Nada?
-A decir verdad -y hundió el rostro dentro de sus manos delgadas y blancas- me sentí perdido. Algo así
como un pobre conejo cuando la serpiente avanza retorciéndose hacia él. Me parece que estoy entre las
garras de una catástrofe inexorable e irresistible, de la que ninguna previsión o precaución puede
guardarme.
-¡Vaya, vaya! -exclamó Sherlock Holmes-. Es preciso que usted actúe, hombre, o está usted perdido.
Únicamente su energía le puede salvar. No son momentos éstos de entregarse a la desesperación.
-He visitado a la policía.
-¿Y qué?
-Pues escucharon mi relato con una sonrisa. Estoy seguro de que el inspector ha llegado a la conclusión
de que las cartas han sido otros tantos bromazos, y que las muertes de mis parientes se deben a simples
accidentes, según dictaminó el jurado, y no debían ser relacionadas con las cartas de advertencia.
Holmes agitó violentamente sus puños cerrados en el aire, y exclamó
-¡Qué inaudita imbecilidad!
-Sin embargo, me han otorgado la protección de un guardia, al que han autorizado para que permanezca
en la casa.
Otra vez Holmes agitó furioso los cuños en el aire, y dijo:
-¿Cómo ha sido el venir usted a verme? Y sobre todo, ¿cómo ha sido el no venir inmediatamente?
-Nada sabía de usted. Ha sido hoy cuando hablé al comandante Prendergast sobre el apuro en que me
hallo, y él me aconsejó que viniese a verle a usted.
-En realidad han transcurrido ya dos días desde que recibió la carta. Deberíamos haber entrado en acción
antes de ahora. Me imagino que no poseerá usted ningún otro dato fuera de los que nos ha expuesto, ni
ningún detalle sugeridor que pudiera servirnos de ayuda.
-Sí, tengo una cosa más -dijo John Openshaw. Registró en el bolsillo de su chaqueta, y, sacando un pedazo
de papel azul descolorido, lo extendió encima de la mesa, agregando-: Conservo un vago recuerdo de
que los estrechos márgenes que quedaron sin quemar entre las cenizas el día en que mi tío echó los
documentos al fuego eran de éste mismo color. Encontré esta hoja única en el suelo de su habitación, y me
LAS AV E N T UR A S DE SH E R L O C K HOLm ES
EDITORIAL DIGITAL - ImPRENTA NACIONAL
C O S T A R I CA
inclino a creer que pudiera tratarse de uno de los documentos, que quizá se le voló de entre los otros,
salvándose de ese modo de la destrucción. No creo que nos ayude mucho, fuera de que en él se habla
también de las semillas. Mi opinión es que se trata de una página que pertenece a un diario secreto. La
letra es indiscutiblemente de mi tío.
Holmes cambió de sitio la lámpara, y él y yo nos inclinamos sobre la hoja de papel, cuyo borde irregular
demostraba que había sido, en efecto, arrancada de un libro. El encabezamiento decía:
8 Georges Chrétien Léopold Dagobert Cuvier o Jean Léopold Nicolas Frédéric Cuvier (las fuentes difieren en su
nombre) (1769 - 1832) conocido como Georges Cuvier, fue un naturalista y zoólogo francés. Cuvier fue una figura importante
en la investigación de las ciencias naturales en el siglo XIX. implica, como fácilmente comprenderá usted, la posesión
de todos los conocimientos a que muy pocos llegan, incluso en estos tiempos de libertad educativa y de
enciclopedias. Sin embargo, lo que no resulta imposible es el que un hombre llegue a poseer todos los
conocimientos que le han de ser probablemente útiles en su labor, esto es lo que yo me he esforzado por hacer en el
caso mío. Usted, si mal no recuerdo, concretó, en los primeros días de nuestra amistad, los límites precisos de esos
LAS AV E N T UR A S DE SH E R L O C K HOLm ES
EDITORIAL DIGITAL - ImPRENTA NACIONAL
C O S T A R I CA
conocimientos míos.
-Sí -le contesté, echándome a reír-. Hice un documento curioso. En filosofía, astronomía y política le puse
a usted cero, lo recuerdo. En botánica, irregular; en geología, profundo en lo que toca a manchas de
barro cogidas en una zona de cincuenta millas alrededor de Londres; en química, excéntrico; en
anatomía, asistemático; en literatura, sensacionalista, y en historia de crímenes, único; y además,
violinista, boxeador, esgrimista, abogado y autoenvenenador por medio de la cocaína y del tabaco. Esos
eran, si mal no recuerdo, los puntos más notables de mi análisis.
Holmes se sonrió al escuchar la última calificación, y dijo:
-Digo ahora, como dije entonces, que toda persona debería tener en el ático de su cerebro el surtido de
mobiliario que es probable que necesite, y que todo lo demás puede guardarlo en el desván de su
biblioteca, donde puede echarle mano cuando tenga precisión de algo. Ahora bien: al enfrentarnos con un
problema como el que nos ha sido sometido esta noche, necesitamos dominar todos nuestros recursos.
Tenga usted la bondad de alcanzarme la letra K de esta enciclopedia norteamericana que hay en ese
estante que tiene a su lado. Gracias. Estudiemos ahora la situación y veamos lo que de la misma puede
deducirse. Empezaremos con la firme presunción de que el coronel Openshaw tuvo algún motivo
importante para abandonar Norteamérica. Los hombres, a su edad, no cambian todas, sus costumbres, ni
cambian por gusto suyo el clima encantador de Florida por la vida solitaria en una ciudad inglesa de
provincias. El extraordinario apego a la soledad que demostró en Inglaterra sugiere la idea de que sentía
miedo de alguien o de algo; de modo, pues, que podemos aceptar como hipótesis de trabajo la de que fue
el miedo lo que le empujó fuera de Norteamérica. En cuanto a lo que él temía, sólo podemos deducirlo
por el estudio de las tremendas cartas que él y sus herederos recibieron. ¿Se fijó usted en las estampillas
que señalaban el punto de procedencia?
-La primera traía el de Pondicherry; la segunda, el de Dundee, y la tercera, el de Londres.
-La del este de Londres. ¿Qué saca usted en consecuencia de todo ello?
-Pues que se trata de puertos de mar, es decir, que el que escribió las cartas se hallaba a bordo de un
barco.
-Muy bien. Ya tenemos, pues, una pista. No puede caber duda de que, según toda probabilidad, una
fuerte probabilidad, el remitente se encontraba a bordo de un barco. Pasemos ahora a otro punto. En el
caso de la carta de Pondicherry transcurrieron siete semanas entre la amenaza y su cumplimiento, en el
de Dundee fueron sólo tres o cuatro días. ¿Nada le indica eso?
-Que la distancia sobre la que había de viajar era mayor.
9 A menudo abreviado KKK, es el nombre que han adoptado varias organizaciones de extrema derecha en
Estados Unidos, creadas en el siglo XIX, inmediatamente después de la Guerra de Secesión, y que promueven principalmente
la xenofobia, así como la supremacía de la raza blanca, homofobia, el antisemitismo, racismo, anticomunismo y el
anticatolicismo.
-Aquí está: «Ku Klux Klan. Nombre que sugiere una fantástica semejanza con el ruido que se produce al
levantar el gatillo de un rifle. Esta terrible sociedad secreta fue formada después de la guerra civil en los
estados del sur por algunos ex combatientes de la Confederación, y se formaron rápidamente filiales de la
misma en diferentes partes del país, especialmente en Tennessee, Louisiana, las dos Carolinas, Georgia y
Florida. Se empleaba su fuerza con fines políticos, en especial para aterrorizar a los votantes negros y
para asesinar u obligar a ausentarse del país a cuantos se oponían a su programa. Sus agresiones eran
precedidas, por lo general, de un aviso enviado a la persona elegida, aviso que tomaba formas
fantásticas, pero sabidas; por ejemplo: un tallito de hojas de roble, en algunas zonas, o unas semillas de
melón o de naranja, en otras. Al recibir este aviso, la víctima podía optar entre abjurar públicamente de sus
normas anteriores o huir de la región. Cuando se atrevía a desafiar la amenaza encontraba la muerte
indefectiblemente, y, por lo general, de manera extrañó e imprevista. Era tan perfecta la organización de
la sociedad y trabajaba ésta tan sistemáticamente, que apenas se registra algún caso en que alguien la
desafiase con impunidad, o en que alguno de sus ataques dejase un rastro capaz de conducir al
descubrimiento de quienes lo perpetraron. La organización floreció por espacio de algunos años, a pesar
de los esfuerzos del Gobierno de los Estados Unidos y de las clases mejores de la comunidad en el sur.
Pero en el año mil ochocientos sesenta y nueve, ese movimiento sufrió un súbito colapso, aunque haya
habido en fechas posteriores algunos estallidos esporádicos de la misma clase.»
LAS AV E N T UR A S DE SH E R L O C K HOLm ES
EDITORIAL DIGITAL - ImPRENTA NACIONAL
C O S T A R I CA
-Fíjese -dijo Holmes, dejando el libro- en que el súbito hundimiento de la sociedad coincide con la
desaparición de Openshaw de Norteamérica, llevándose los documentos. Pudiera muy bien tratarse de
causa y efecto. No hay que asombrarse de que algunos de los personajes más implacables se hayan
lanzado sobre la pista de aquél y de su familia. Ya comprenderá usted que el registro y el diario pueden
complicar a alguno de los hombres más destacados del sur, y que es posible que haya muchos que no
duerman tranquilos durante la noche mientras no sean recuperados.
-De ese modo, la página que tuvimos a la vista...
-Es tal y como podíamos esperarlo. Decía, si mal no recuerdo: «Se enviaron las semillas a A, B y C»; es
decir, se les envió la advertencia de la sociedad. Las anotaciones siguientes nos dicen que A y B se largaron,
es decir, que abandonaron el país, y, por último, que se visitó a C, con consecuencias siniestras para éste,
según yo me temo. Creo, doctor, que podemos proyectar un poco de luz sobre esta oscuridad, y creo
también que, entre tanto, sólo hay una probabilidad favorable al joven Openshaw, y es que haga lo que
yo le aconsejé. Nada más se puede decir ni hacer por esta noche, de modo que alcánceme mi violín y
procuremos olvidarnos durante media hora de este lastimoso tiempo y de la conducta, más lastimosa aún,
de nuestros semejantes los hombres.
A la mañana siguiente había escampado, y el sol brillaba con amortiguada luminosidad por entre el velo
gris que envuelve a la gran ciudad. Cuando yo bajé, ya Colmes estaba desayunando.
-Discúlpeme el que no le espere -me dijo-. Preveo que se me presenta un día atareadísimo en la
investigación de este caso del joven Openshaw.
-¿Qué pasos va usted a dar? -le pregunté.
-Dependerá muchísimo del resultado de mis primeras averiguaciones. Es posible que, en fin de cuentas,
me llegue hasta Horsham.
-¿No va usted a empezar por ir allí?
-No, empezaré por la City. Tire de la campanilla, y la doncella le traerá el café.
Para entretener la espera, cogí de encima de la mesa el periódico, que estaba aún sin desdoblar, y le eché
un vistazo. La mirada mía se detuvo en unos titulares que me helaron el corazón.
-Holmes -le dije con voz firme-, llegará usted demasiado tarde.
-¡Vaya! -dijo él, dejando la taza que tenía en la mano-. Me lo estaba temiendo. ¿Cómo ha sido? Se
expresaba con tranquilidad, pero vi que la noticia le había conmovido profundamente.
-Me saltó a los ojos el apellido de Openshaw y el titular Tragedia cerca del Puente de Waterloo. He aquí
el relato: «Entre las nueve y las diez de la pasada noche, el guardia de policía Cook, de la sección H,
estando de servicio cerca del puente de Waterloo, oyó un grito de alguien que pedía socorro, y el
chapaleo de un cuerpo que cae al agua. Pero como la noche era oscurísima y tormentosa, fue imposible
salvar a la víctima, no obstante acudir en su ayuda varios transeúntes. Dióse, sin embargo, la alarma, y
pudo ser rescatado el cadáver más tarde, con la intervención de la policía fluvial. Resultó ser el de
un joven, como se dedujo de un sobre que se le halló en el bolsillo, que se llamaba John Openshaw,
que tiene su casa en Horsham. Se conjetura que debió de ir corriendo para alcanzar el tren último que
sale de la estación de Waterloo, y que, en su apresuramiento y por la gran oscuridad, se salió de su
LAS AV E N T UR A S DE SH E R L O C K HOLm ES
EDITORIAL DIGITAL - ImPRENTA NACIONAL
C O S T A R I CA
camino y fue a caer al río por uno de los pequeños embarcaderos destinados a los barcos fluviales. El
cadáver no mostraba señales de violencia, y no cabe duda alguna de que el muerto fue víctima de un
accidente desgraciado, que debería servir para llamar la atención de las autoridades acerca del estado en
que se encuentran las plataformas dé los embarcaderos de la orilla del río.»
Permanecimos callados en nuestros sitios por espacio de algunos minutos. Nunca he visto a Holmes más
deprimido y conmovido que en esos momentos. Y dijo, por fin:
-Esto hiere mi orgullo, Watson. Es un sentimiento mezquino, sin duda, pero hiere mi orgullo. Este es ya
un asunto mío personal y, si Dios me da salud, he de echar mano a esta cuadrilla. ¡Pensar que vino a
pedirme socorro y que yo lo envié a la muerte!
Saltó de su silla y se paseó por el cuarto poseído de una excitación incontrolable, con las enjutas mejillas
cubiertas de rubor, y abriendo y cerrando sus manos largas y delgadas. Por último, exclamó
-Tiene que tratarse de unos demonios astutos. ¿Cómo consiguieron desviarlo de su camino y que fuese a
caer al agua? Para ir directamente a la estación no tenía que pasar por el Embankment. Aun en una noche
semejarte, estaba, sin duda, el puente demasiado concurrido para sus propósitos. Ya veremos, Watson,
quién gana a la larga. ¡Voy a salir!
-¿Va usted a la policía?
-No; me constituiré yo mismo en policía. Cuando tenga tejida la red podrán arrestar a esos hábiles
pajarracos, pero no antes.
Mis tareas profesionales me absorbieron durante todo el día, y era ya entrada la noche cuando regresé a
Baker Street; Sherlock Holmes no había vuelto aún. Eran ya cerca de las diez cuando entró con aspecto
pálido y agotado. Se acercó al aparador, arrancó un trozo de la hogaza de pan y se puso a comerlo con
voracidad, ayudándolo a pasar con un gran trago de agua.
-Está usted hambriento -dije yo.
-Muriéndome de hambre. Se me olvidó comer. No probé bocado desde que me desayuné.
-¿Nada?
-Ni una miga. No tuve tiempo de pensar en la comida.
-¿Tuvo éxito?
-Sí.
-¿Alguna pista?
-Los tengo en el hueco de mi mano. No tardará mucho el joven Openshaw en verse vengado. Escuche,
Watson, vamos a marcarlos a ellos con su propia marca de fábrica. ¡Es cosa bien pensada!
-¿Qué quiere usted decir?
Holmes cogió del aparador una naranja, y, después de partirla, la apretó, haciendo caer las semillas encima
de la mesa. Contó cinco y las metió en un sobre. En la parte interna de la patilla escribió:
«S. H. para J. C.» Luego lo lacró y puso la dirección: «Capitán James Calhoun, barca Lone Star.
Savannah, Georgia.»
LAS AV E N T UR A S DE SH E R L O C K HOLm ES
EDITORIAL DIGITAL - ImPRENTA NACIONAL
C O S T A R I CA
-Le estará esperando cuando entre en el puerto -dijo, riéndose por lo bajo-. Quizá le quite el sueño. Será un
nuncio tan seguro de su destino como lo fue antes para Openshaw:
-Y ¿quién es este capitán Calhoun?
-El jefe de la cuadrilla. También atraparé a los demás, pero quiero que sea él el primero.
-Y ¿cómo llegó usted a descubrirlo?
Sacó del bolsillo una gran hola de papel, toda cubierta de fechas y de nombres, y dijo:
-Me he pasado todo el día examinando los registros del Lloyd y las colecciones de periódicos atrasados,
siguiendo las andanzas de todos los barcos que tocaron en el puerto de Pondicherry durante los meses de
enero y febrero del año ochenta y tres. Fueron treinta y seis embarcaciones de buen tonelaje las que
figuraban en esos seis meses. La llamada Lone Star atrajo inmediatamente mi atención porque, aunque se
señalaba a Londres como puerto de procedencia, se conoce con ese nombre de Lone Star a uno de los
estados de la Unión.
10 Thomas de Quincey (1785 - 1859), periodista, crítico, y escritor británico del Romanticismo, mejor conocido por sus
“Confesiones de un Inglés Comedor de Opio” (1821) es un relato autobiográfico de su láudano (tintura alcohólica de opio), la
adicción y sus efectos en su vida. Fue la primera gran obra de De Quincey.
-¡Pero si es Kate Whitney! -dijo mi esposa, alzándole el velo-. ¡Qué susto me has dado, Kate! Cuando
entraste no tenía ni idea de quién eras.
-No sabía qué hacer, así que me vine derecho a verte.
Siempre pasaba lo mismo. La gente que tenía dificultades acudía a mi mujer como los pájaros a la luz de
un faro.
-Has sido muy amable viniendo. Ahora, tómate un poco de vino con agua, siéntate cómodamente y
cuéntanoslo todo. ¿O prefieres que mande a James a la cama?
-Oh, no, no. Necesito también el consejo y la ayuda del doctor. Se trata de Isa. No ha venido a casa en dos
días. ¡Estoy tan preocupada por él!
LAS AV E N T UR A S DE SH E R L O C K HOLm ES
EDITORIAL DIGITAL - ImPRENTA NACIONAL
C O S T A R I CA
No era la primera vez que nos hablaba del problema de su marido, a mí como doctor, a mi esposa como
vieja amiga y compañera del colegio. La consolamos y reconfortamos lo mejor que pudimos.
¿Sabía dónde podía estar su marido? ¿Era posible que pudiéramos hacerle volver con ella?
Por lo visto, sí que era posible. Sabía de muy buena fuente que últimamente, cuando le daba el
ataque, solía acudir a un fumadero de opio situado en el extremo oriental de la City. Hasta entonces, sus
orgías no habían pasado de un día, y siempre había vuelto a casa, quebrantado y tembloroso, al caer la
noche. Pero esta vez el maleficio llevaba durándole cuarenta y ocho horas, y sin duda allí seguía tumbado,
entre la escoria de los muelles, aspirando el veneno o durmiendo bajo sus efectos. Su mujer estaba segura
de que se le podía encontrar en «El Lingote de Oro», en Upper Swandam Lane. Pero ¿qué podía hacer
ella? ¿Cómo iba ella, una mujer joven y tímida, a meterse en semejante sitio y sacar a su marido de entre
los rufianes que le rodeaban?
Así estaban las cosas y, desde luego, no había más que un modo de resolverlas. ¿No podía yo
acompañarla hasta allí? Sin embargo, pensándolo bien, ¿para qué había de venir ella? Yo era el
consejero médico de Isa Whitney y, como tal, tenía cierta influencia sobre él. Podía apañármelas mejor si
iba solo. Le di mi palabra de que antes de dos horas se lo enviaría a casa en un coche si de verdad se
encontraba en la dirección que me había dado.
Y así, al cabo de diez minutos, había abandonado mi butaca y mi acogedor cuarto de estar y viajaba a toda
velocidad en un coche de alquiler rumbo al este, con lo que entonces me parecía una extraña misión,
aunque sólo el futuro me iba a demostrar lo extraña que era en realidad.
Sin embargo, no encontré grandes dificultades en la primera etapa de mi aventura. Upper Swandam Lane
es una callejuela miserable, oculta detrás de los altos muelles que se extienden en la orilla norte del río,
al este del puente de Londres. Entre una tienda de ropa usada y un establecimiento de ginebra encontré el
antro que iba buscando, al que se llegaba por una empinada escalera que descendía hasta un agujero
negro como la boca de una caverna. Ordené al cochero que aguardara y bajé los escalones, desgastados
en el centro por el paso incesante de pies de borrachos. A la luz vacilante de una lámpara de aceite
colocada encima de la puerta, encontré el picaporte y penetré en una habitación larga y de techo bajo, con
la atmósfera espesa y cargada del humo pardo del opio, y equipada con una serie de literas de madera,
como el castillo de proa de un barco de emigrantes.
A través de la penumbra se podían distinguir a duras penas numerosos cuerpos, tumbados en posturas
extrañas y fantásticas, con los hombros encorvados, las rodillas dobladas, las cabezas echadas hacia
atrás y el mentón apuntando hacia arriba; de vez en cuando, un ojo oscuro y sin brillo se fijaba en
el recién llegado. Entre las sombras negras brillaban circulitos de luz, encendiéndose y apagándose,
según que el veneno ardiera o se apagara en las cazoletas de las pipas metálicas. La mayoría permanecía
tendida en silencio, pero algunos murmuraban para sí mismos, y otros conversaban con voz extraña,
apagada y monótona; su conversación surgía en ráfagas y luego se desvanecía de pronto en el silencio,
mientras cada uno seguía mascullando sus propios pensamientos, sin prestar atención a las palabras de su
vecino. En el extremo más apartado había un pequeño brasero de carbón, y a su lado un taburete de
madera de tres patas, en el que se sentaba un anciano alto y delgado, con la barbilla apoyada en los puños y
los codos en las rodillas, mirando fijamente el fuego.
Al verme entrar, un malayo de piel cetrina se me acercó rápidamente con una pipa y una porción de
droga, indicándome una litera libre.
-Gracias, no he venido a quedarme -dije-. Hay aquí un amigo mío, el señor Isa Whitney, y quiero hablar
con él. Hubo un movimiento y una exclamación a mi derecha y, atisbando entre las tinieblas, distinguí a
LAS AV E N T UR A S DE SH E R L O C K HOLm ES
EDITORIAL DIGITAL - ImPRENTA NACIONAL
C O S T A R I CA
Whitney, pálido, ojeroso y desaliñado, con la mirada fija en mí.
-¡Dios mío! ¡Es Watson! -exclamó. Se encontraba en un estado lamentable, con todos sus nervios presa
de temblores-. Oiga, Watson, ¿qué hora es?
-Casi las once.
-¿De qué día?
-Del viernes, diecinueve de junio.
-¡Cielo santo! ¡Creía que era miércoles! ¡Y es miércoles! ¿Qué se propone usted asustando a un amigo? -
sepultó la cara entre los brazos y comenzó a sollozar en tono muy agudo.
-Le digo que es viernes, hombre. Su esposa lleva dos días esperándole. ¡Debería estar avergonzado de sí
mismo!
-Y lo estoy. Pero usted se equivoca, Watson, sólo llevo aquí unas horas... tres pipas, cuatro pipas... ya no
sé cuántas. Pero iré a casa con usted. ¿Ha traído usted un coche?
-Sí, tengo uno esperando.
-Entonces iré en él. Pero seguramente debo algo. Averigüe cuánto debo, Watson. Me encuentro incapaz.
No puedo hacer nada por mí mismo.
Recorrí el estrecho pasadizo entre la doble hilera de durmientes, conteniendo la respiración para no
inhalar el humo infecto y estupefaciente de la droga, y busqué al encargado. Al pasar al lado del hombre
alto que se sentaba junto al brasero, sentí un súbito tirón en los faldones de mi chaqueta y una voz muy
baja susurró: «Siga adelante y luego vuélvase a mirarme». Las palabras sonaron con absoluta claridad
en mis oídos. Miré hacia abajo. Sólo podía haberlas pronunciado el anciano que tenía a mi lado, y sin
embargo continuaba sentado tan absorto como antes, muy flaco, muy arrugado, encorvado por la edad,
con una pipa de opio caída entre sus rodillas, como si sus dedos la hubieran dejado caer de puro
relajamiento. Avancé dos pasos y me volvía mirar. Necesité todo el dominio de mí mismo para no soltar
un grito de asombro. El anciano se había vuelto de modo que nadie pudiera verlo más que yo. Su figura
se había agrandado, sus arrugas habían desaparecido, los ojos apagados habían recuperado su fuego, y
allí, sentado junto al brasero y sonriendo ante mi sorpresa, estaba ni más ni menos que Sherlock Holmes.
Me indicó con un ligero gesto que me aproximara y, al instante, en cuanto volvió de nuevo su rostro hacia
la concurrencia, se hundió una vez más en una senilidad decrépita y babeante.
-¡Holmes! -susurré-. ¿Qué demonios está usted haciendo en este antro?
-Hable lo más bajo que pueda -respondió-. Tengo un oído excelente. Si tuviera usted la inmensa
amabilidad de librarse de ese degenerado amigo suyo, me alegraría muchísimo tener una pequeña
conversación con usted.
-Tengo un coche fuera.
-Entonces, por favor, mándelo a casa en él. Puede fiarse de él, porque parece demasiado hecho polvo
como para meterse en ningún lío. Le recomiendo también que, por medio del cochero, le envíe una nota
a su esposa diciéndole que ha unido su suerte a la mía. Si me espera fuera, estaré con usted en cinco
minutos.
Resultaba difícil negarse a las peticiones de Sherlock Holmes, porque siempre eran extraordinariamente
LAS AV E N T UR A S DE SH E R L O C K HOLm ES
EDITORIAL DIGITAL - ImPRENTA NACIONAL
C O S T A R I CA
concretas y las exponía con un tono de lo más señorial. De todas maneras, me parecía que una vez
metido Whitney en el coche, mi misión había quedado prácticamente cumplida; y, por otra parte, no
podía desear nada mejor que acompañar a mi amigo en una de aquellas insólitas aventuras que
constituían su modo normal de vida. Me bastaron unos minutos para escribir la nota, pagar la cuenta de
Whitney, llevarlo hasta el coche y verle partir a través de la noche. Muy poco después, una decrépita
figura salía del fumadero de opio y yo caminaba calle abajo en compañía de Sherlock Holmes. Avanzó
por un par de calles arrastrando los pies, con la espalda encorvada y el paso inseguro; y de pronto, tras
echar una rápida mirada a su alrededor, enderezó el cuerpo y estalló en una alegre carcajada.
-Supongo, Watson -dijo-, que está usted pensando que he añadido el fumar opio a las inyecciones de
cocaína y demás pequeñas debilidades sobre las que usted ha tenido la bondad de emitir su opinión
facultativa.
-Desde luego, me sorprendió encontrarlo allí.
-No más de lo que me sorprendió a mí verle a usted.
-Yo vine en busca de un amigo.
-Y yo, en busca de un enemigo.
-¿Un enemigo?
-Sí, uno de mis enemigos naturales o, si se me permite decirlo, de mis presas naturales. En pocas
palabras, Watson, estoy metido en una interesantísima investigación, y tenía la esperanza de descubrir
alguna pista entre las divagaciones incoherentes de estos adictos, como me ha sucedido otras veces. Si
me hubieran reconocido en aquel antro, mi vida no habría valido ni la tarifa de una hora, porque ya lo he
utilizado antes para mis propios fines, y el bandido del dueño, un antiguo marinero de las Indias
Orientales, ha jurado vengarse de mí. Hay una trampilla en la parte trasera del edificio, cerca de la
esquina del muelle de Saint Paul, que podría contar historias muy extrañas sobre lo que pasa a través de
ella las noches sin luna.
-¡Cómo! ¡No querrá usted decir cadáveres!
-Sí, Watson, cadáveres. Seríamos ricos si nos dieran mil libras por cada pobre diablo que ha encontrado
la muerte en ese antro. Es la trampa mortal más perversa de toda la ribera del río, y me temo que Neville
St. Clair ha entrado en ella para no volver a salir. Pero nuestro coche debería estar aquí -se metió los dos
dedos índices en la boca y lanzó un penetrante silbido, una señal que fue respondida por un silbido
similar a lo lejos, seguido inmediatamente por el traqueteo de unas ruedas y las pisadas de cascos de
caballo.
-Y ahora, Watson -dijo Holmes, mientras un coche alto, de un caballo, salía de la oscuridad arrojando
dos chorros dorados de luz amarilla por sus faroles laterales-, ¿viene usted conmigo o no?
-Si puedo ser de alguna utilidad...
-Oh, un camarada de confianza siempre resulta útil. Y un cronista, más aún. Mi habitación en The Cedars
tiene dos camas.
-¿The Cedars?
-Sí, así se llama la casa del señor St. Clair. Me estoy alojando allí mientras llevo a cabo la investigación.
LAS AV E N T UR A S DE SH E R L O C K HOLm ES
EDITORIAL DIGITAL - ImPRENTA NACIONAL
C O S T A R I CA
-¿Y dónde está?
-En Kent, cerca de Lee. Tenemos por delante un trayecto de siete millas.
-Pero estoy completamente a oscuras.
-Naturalmente. Pero en seguida va a enterarse de todo. ¡Suba aquí! Muy bien, John, ya no le
necesitaremos. Aquí tiene media corona. Venga a buscarme mañana a eso de las once. Suelte las riendas
y hasta mañana.
Tocó al caballo con el látigo y salimos disparados a través de la interminable sucesión de calles sombrías
y desiertas, que poco a poco se fueron ensanchando hasta que cruzamos a toda velocidad un amplio puente
con balaustrada, mientras las turbias aguas del río se deslizaban perezosamente por debajo. Al otro lado nos
encontramos otra extensa desolación de ladrillo y cemento envuelta en un completo silencio, roto tan sólo
por las pisadas fuertes y acompasadas de un policía o por los gritos y canciones de algún grupillo rezagado
de juerguistas. Una oscura cortina se deslizaba lentamente a través del cielo, y una o dos estrellas brillaban
débilmente entre las rendijas de las nubes. Holmes conducía en silencio, con la cabeza caída sobre el pecho
y toda la apariencia de encontrarse sumido en sus pensamientos, mientras yo, sentado a su lado, me
consumía de curiosidad por saber en qué consistía esta nueva investigación que parecía estar poniendo a
prueba sus poderes, a pesar de lo cual no me atrevía a entrometerme en el curso de sus reflexiones.
Llevábamos recorridas varias millas, y empezábamos a entrar en el cinturón de residencias suburbanas,
cuando Holmes se desperezó, se encogió de hombros y encendió su pipa con el aire de un hombre
satisfecho por estar haciéndolo lo mejor posible.
-Watson, posee usted el don inapreciable de saber guardar silencio -dijo-. Eso le convierte en un
compañero de valor incalculable. Le aseguro que me viene muy bien tener alguien con quien hablar,
pues mis pensamientos no son demasiado agradables. Me estaba preguntando qué le voy a decir a esta
pobre mujer cuando salga esta noche a recibirme a la puerta.
-Olvida usted que no sé nada del asunto.
-Tengo el tiempo justo de contarle los hechos antes de llegar a Lee. Parece un caso ridículamente
sencillo y, sin embargo, no sé por qué, no consigo avanzar nada. Hay mucha madeja, ya lo creo, pero no
doy con el extremo del hilo. Bien, Watson, voy a exponerle el caso clara y concisamente, y tal vez usted
pueda ver una chispa de luz donde para mí todo son tinieblas.
-Adelante, pues.
-Hace unos años... concretamente, en mayo de mil ochocientos ochenta y cuatro, llegó a Lee un
caballero llamado Neville St. Clair, que parecía tener dinero en abundancia. Adquirió una gran
residencia, arregló los terrenos con muy buen gusto y, en general, vivía a lo grande. Poco a poco, fue
haciendo amistades entre el vecindario, y en mil ochocientos ochenta y siete se casó con la hija de un
cervecero de la zona, con la que tiene ya dos hijos. No trabajaba en nada concreto, pero tenía intereses en
varias empresas y venía todos los días a Londres por la mañana, regresando por la tarde en el tren de las
cinco catorce desde Cannon Street. El señor St. Clair tiene ahora treinta y siete años de edad, es hombre
de costumbres moderadas, buen esposo, padre cariñoso, y apreciado por todos los que le conocen.
Podríamos añadir que sus deudas actuales, hasta donde hemos podido averiguar, suman un total de
ochenta y ocho libras y diez chelines, y que su cuenta en el banco, el Capital & Counties Bank, arroja un
saldo favorable de doscientas veinte libras. Por tanto, no hay razón para suponer que sean problemas de
dinero los que le atormentan.
LAS AV E N T UR A S DE SH E R L O C K HOLm ES
EDITORIAL DIGITAL - ImPRENTA NACIONAL
C O S T A R I CA
»El lunes pasado, el señor Neville St. Clair vino a Londres bastante más temprano que de costumbre,
comentando antes de salir que tenía que realizar dos importantes gestiones, y que al volver le traería al niño
pequeño un juego de construcciones. Ahora bien, por pura casualidad, su esposa recibió un telegrama ese
mismo lunes, muy poco después de marcharse él, comunicándole que había llegado un paquetito muy
valioso que ella estaba esperando, y que podía recogerlo en las oficinas de la Compañía Naviera
Aberdeen. Pues bien, si conoce usted Londres, sabrá que las oficinas de esta compañía están en Fresno
Street, que hace esquina con Upper Swandam Lane, donde me ha encontrado usted esta noche. La señora
St. Clair almorzó, se fue a Londres, hizo algunas compras, pasó por la oficina de la compañía, recogió su
paquete, y exactamente a las cuatro treinta y cinco iba caminando por Swandam Lane camino de la
estación. ¿Me sigue hasta ahora?
-Está muy claro.
-Quizá recuerde usted que el lunes hizo muchísimo calor, y la señora St. Clair iba andando despacio,
mirando por todas partes con la esperanza de ver un coche de alquiler, porque no le gustaba el barrio en
el que se encontraba. Mientras bajaba de esta manera por Swandam Lane, oyó de repente un grito o una
exclamación y se quedó helada de espanto al ver a su marido mirándola desde la ventana de un segundo
piso y, según le pareció a ella, llamándola con gestos. La ventana estaba abierta y pudo verle
perfectamente la cara, que según ella parecía terriblemente agitada. Le hizo gestos frenéticos con las
manos y después desapareció de la ventana tan repentinamente que a la mujer le pareció que alguna
fuerza irresistible había tirado de él por detrás. Un detalle curioso que llamó su femenina atención fue que,
aunque llevaba puesta una especie de chaqueta oscura, como la que vestía al salir de casa, no tenía cuello
ni corbata.
»Convencida de que algo malo le sucedía, bajó corriendo los escalones -pues la casa no era otra que el
fumadero de opio en el que usted me ha encontrado- y tras atravesar a toda velocidad la sala delantera,
intentó subir por las escaleras que llevan al primer piso. Pero al pie de las escaleras le salió al paso ese
granuja de marinero del que le he hablado, que la obligó a retroceder y, con la ayuda de un danés que le
sirve de asistente, la echó a la calle a empujones. Presa de los temores y dudas más enloquecedores,
corrió calle abajo y, por una rara y afortunada casualidad, se encontró en Fresno Street con varios
policías y un inspector que se dirigían a sus puestos de servicio. El inspector y dos hombres la
acompañaron de vuelta al fumadero y, a pesar de la pertinaz resistencia del propietario, se abrieron paso
hasta la habitación en la que St. Clair fue visto por última vez. No había ni rastro de él. De hecho, no
encontraron a nadie en todo el piso, con excepción de un inválido decrépito de aspecto repugnante.
Tanto él como el propietario juraron insistentemente que en toda la tarde no había entrado nadie en
aquella habitación. Su negativa era tan firme que el inspector empezó a tener dudas, y casi había llegado
a creer que la señora St. Clair había visto visiones cuando ésta se abalanzó con un grito sobre una cajita
de madera que había en la mesa y levantó la tapa violentamente, dejando caer una cascada de ladrillos de
juguete. Era el regalo que él había prometido llevarle a su hijo.
»Este descubrimiento, y la evidente confusión que demostró el inválido, convencieron al inspector de que
se trataba de un asunto grave. Se registraron minuciosamente las habitaciones, y todos los resultados
parecían indicar un crimen abominable. La habitación delantera estaba amueblada con sencillez como
sala de estar, y comunicaba con un pequeño dormitorio que da a la parte posterior de uno de los muelles.
Entre el muelle y el dormitorio hay una estrecha franja que queda en seco durante la marea baja, pero
que durante la marea alta queda cubierta por metro y medio de agua, por lo menos. La ventana del
dormitorio es bastante ancha y se abre desde abajo. Al inspeccionarla, se encontraron manchas de sangre
en el alféizar, y también en el suelo de madera se veían varias gotas dispersas. Tiradas detrás de una
cortina en la habitación delantera, se encontraron todas las ropas del señor Neville St. Clair, a
LAS AV E N T UR A S DE SH E R L O C K HOLm ES
EDITORIAL DIGITAL - ImPRENTA NACIONAL
C O S T A R I CA
excepción de su chaqueta: sus zapatos, sus calcetines, su sombrero y su reloj... todo estaba allí. No se
veían señales de violencia en ninguna de las prendas, ni se encontró ningún otro rastro del señor St. Clair.
Al parecer, tenían que haberlo sacado por la ventana, ya que no se pudo encontrar otra salida, y las
ominosas manchas de sangre en la ventana daban pocas esperanzas de que hubiera podido salvarse a nado,
porque la marea estaba en su punto más alto en el momento de la tragedia.
»Y ahora, hablemos de los maleantes que parecen directamente implicados en el asunto. Sabemos que el
marinero es un tipo de pésimos antecedentes, pero, según el relato de la señora St. Clair, se encontraba al
pie de la escalera a los pocos segundos de la desaparición de su marido, por lo que difícilmente puede
haber desempeñado más que un papel secundario en el crimen. Se defendió alegando absoluta ignorancia,
insistiendo en que él no sabía nada de las actividades de Hugh Boone, su inquilino, y que no podía
explicar de ningún modo la presencia de las ropas del caballero desaparecido.
»Esto es lo que hay respecto al marinero. Pasemos ahora al siniestro inválido que vive en la segunda planta
del fumadero de opio y que, sin duda, fue el último ser humano que puso sus ojos en el señor St. Clair. Se
llama Hugh Boone, y todo el que va mucho por la City conoce su repugnante cara. Es mendigo
profesional, aunque para burlar los reglamentos policiales finge vender cerillas. Puede que se haya fijado
usted en que, bajando un poco por Threadneedle Street, en la acera izquierda, hay un pequeño recodo en
la pared. Allí es donde se instala cada día ese engendro, con las piernas cruzadas y su pequeño surtido
de cerillas en el regazo. Ofrece un espectáculo tan lamentable que provoca una pequeña lluvia de
caridad sobre la grasienta gorra de cuero que coloca en la acera delante de él. Más de una vez lo he
estado observando, sin tener ni idea de que llegaría a relacionarme profesionalmente con él, y me ha
sorprendido lo mucho que recoge en poco tiempo. Tenga en cuenta que su aspecto es tan llamativo que
nadie puede pasar a su lado sin fijarse en él. Una mata de cabello anaranjado, un rostro pálido y
desfigurado por una horrible cicatriz que, al contraerse, ha retorcido el borde de su labio superior, una
barbilla de bulldog y un par de ojos oscuros y muy penetrantes, que contrastan extraordinariamente con
el color de su pelo, todo ello le hace destacar de entre la masa vulgar de pedigüeños: También destaca
por su ingenio, pues siempre tiene a mano una respuesta para cualquier pulla que puedan dirigirle los
transeúntes. Éste es el hombre que, según acabamos de saber, vive en lo alto del fumadero de opio y fue
la última persona que vio al caballero que andamos buscando.
-¡Pero es un inválido! -dije-. ¿Qué podría haber hecho él solo contra un hombre en la flor de la vida?
-Es inválido en el sentido de que cojea al andar; pero en otros aspectos, parece tratarse de un hombre
fuerte y bien alimentado. Sin duda, Watson, su experiencia médica le habrá enseñado que la debilidad en
un miembro se compensa a menudo con una fortaleza excepcional en los demás.
-Por favor, continúe con su relato.
-La señora St. Clair se había desmayado al ver la sangre en la ventana, y la policía la llevó en coche a su
casa, ya que su presencia no podía ayudarles en las investigaciones. El inspector Barton, que estaba a
cargo del caso, examinó muy detenidamente el local, sin encontrar nada que arrojara alguna luz sobre el
misterio. Se cometió un error al no detener inmediatamente a Boone, ya que así dispuso de unos minutos
para comunicarse con su compinche el marinero, pero pronto se puso remedio a esta equivocación y
Boone fue detenido y registrado, sin que se encontrara nada que pudiera incriminarle. Es cierto que había
manchas de sangre en la manga derecha de su camisa, pero enseñó su dedo índice, que tenía un corte
cerca de la uña, y explicó que la sangre procedía de allí, añadiendo que poco antes había estado asomado
a la ventana y que las manchas observadas allí procedían, sin duda, de la misma fuente. Negó hasta la
saciedad haber visto en su vida al señor Neville St. Clair, y juró que la presencia de las ropas en su
LAS AV E N T UR A S DE SH E R L O C K HOLm ES
EDITORIAL DIGITAL - ImPRENTA NACIONAL
C O S T A R I CA
habitación resultaba tan misteriosa para él como para la policía. En cuanto a la declaración de la señora St.
Clair, que afirmaba haber visto a su marido en la ventana, alegó que estaría loca o lo habría soñado. Se lo
llevaron a comisaría entre ruidosas protestas, mientras el inspector se quedaba en la casa, con la esperanza
de que la bajamar aportara alguna nueva pista.
Y así fue, aunque lo que encontraron en el fango no era lo que temían encontrar. Lo que apareció al
retirarse la marea fue la chaqueta de Neville St. Clair, y no el propio Neville St. Clair. ¿Y qué cree que
encontraron en los bolsillos?
-No tengo ni idea.
-No creo que pueda adivinarlo. Todos los bolsillos estaban repletos de peniques y medios peniques: en total,
cuatrocientos veintiún peniques y doscientos setenta medios peniques. No es de extrañar que la marea no
se la llevara. Pero un cuerpo humano es algo muy diferente. Hay un fuerte remolino entre el muelle y la
casa. Parece bastante probable que la chaqueta se quedara allí debido al peso, mientras el cuerpo
desnudo era arrastrado hacia el río.
-Pero, según tengo entendido, todas sus demás ropas se encontraron en la habitación. ¿Es que el cadáver
iba vestido sólo con la chaqueta?
-No, señor, los datos pueden ser muy engañosos. Suponga que este tipo, Boone, ha tirado a Neville St.
Clair por la ventana, sin que le haya visto nadie. ¿Qué hace a continuación? Por supuesto, pensará
inmediatamente en librarse de las ropas delatoras. Coge la chaqueta, y está a punto de tirarla cuando se le
ocurre que flotará en vez de hundirse. Tiene poco tiempo, porque ha oído el alboroto al pie de la escalera,
cuando la esposa intenta subir, y puede que su compinche el marinero le haya avisado ya de que la policía
viene corriendo calle arriba. No hay un instante que perder. Corre hacia algún escondrijo secreto, donde
ha ido acumulando los frutos de su mendicidad, y mete en los bolsillos de la chaqueta todas las monedas
que puede, para asegurarse de que se hunda. La tira, y habría hecho lo mismo con las demás prendas de
no haber oído pasos apresurados en la planta baja, de manera que sólo le queda tiempo para cerrar la
ventana antes de que la policía aparezca.
-Desde luego, parece factible.
-Bien, lo tomaremos como hipótesis de trabajo, a falta de otra mejor. Como ya le he dicho, detuvieron a
Boone y lo llevaron a comisaría, pero no se le pudo encontrar ningún antecedente delictivo. Se sabía
desde hacía muchos años que era mendigo profesional, pero parece que llevaba una vida bastante
tranquila e inocente. Así están las cosas por el momento, y nos hallamos tan lejos como al principio de la
solución de las cuestiones pendientes: qué hacía Neville St. Clair en el fumadero de opio, qué le sucedió
allí, dónde está ahora y qué tiene que ver Hugh Boone con su desaparición. Confieso que no recuerdo en
toda mi experiencia un caso que pareciera tan sencillo a primera vista y que, sin embargo, presentara
tantas dificultades.
Mientras Sherlock Holmes iba exponiendo los detalles de esta singular serie de acontecimientos,
rodábamos a toda velocidad por las afueras de la gran ciudad, hasta que dejamos atrás las últimas casas
desperdigadas y seguimos avanzando con un seto rural a cada lado del camino. Pero cuando terminó,
pasábamos entre dos pueblecitos de casas dispersas, en cuyas ventanas aún brillaban unas cuantas luces.
-Estamos a las afueras de Lee -dijo mi compañero-. En esta breve carrera hemos pisado tres condados
ingleses, partiendo de Middlesex, pasando de refilón por Surrey y terminando en Kent.
¿Ve aquella luz entre los árboles? Es The Cedars, y detrás de la lámpara está sentada una mujer cuyos
ansiosos oídos han captado ya, sin duda alguna, el ruido de los cascos de nuestro caballo.
LAS AV E N T UR A S DE SH E R L O C K HOLm ES
EDITORIAL DIGITAL - ImPRENTA NACIONAL
C O S T A R I CA
-Pero ¿por qué no lleva usted el caso desde Baker Street?
-Porque hay mucho que investigar aquí. La señora St. Clair ha tenido la amabilidad de poner dos
habitaciones a mi disposición, y puede usted tener la seguridad de que dará la bienvenida a mi amigo y
compañero. Me espanta tener que verla, Watson, sin traer noticias de su marido. En fin, aquí estamos.
¡So, caballo, soo!
Nos habíamos detenido frente a una gran mansión con terreno propio. Un mozo de cuadras había corrido
a hacerse cargo del caballo y, tras descender del coche, seguí a Holmes por un estrecho y ondulante
sendero de grava que llevaba a la casa. Cuando ya estábamos cerca, se abrió la puerta y una mujer
menuda y rubia apareció en el marco, vestida con una especie de mousseline de soie, con apliques de
gasa rosa y esponjosa en el cuello y los puños. Permaneció inmóvil, con su silueta recortada contra la luz,
una mano apoyada en la puerta, la otra a medio alzar en un gesto de ansiedad, el cuerpo ligeramente
inclinado, adelantando la cabeza y la cara, con ojos impacientes y labios entreabiertos. Era la estampa
viviente misma de la incertidumbre.
-¿Y bien? -gimió-. ¿Qué hay?
Y entonces, viendo que éramos dos, soltó un grito de esperanza que se transformó en un gemido al ver que
mi compañero meneaba la cabeza y se encogía de hombros.
-¿No hay buenas noticias?
-No hay ninguna noticia.
-¿Tampoco malas?
-Tampoco.
-Demos gracias a Dios por eso. Pero entren. Estará usted cansado después de tan larga jornada.
-Le presento a mi amigo el doctor Watson. Su ayuda ha resultado fundamental en varios de mis casos y,
por una afortunada casualidad, he podido traérmelo e incorporarlo a esta investigación.
-Encantada de conocerlo -dijo ella, estrechándome calurosamente la mano-. Estoy segura que sabrá
disculpar las deficiencias que encuentre, teniendo en cuenta la desgracia tan repentina que nos ha
ocurrido.
-Querida señora -dije-. Soy un viejo soldado y, aunque no lo fuera, me doy perfecta cuenta de que
huelgan las disculpas. Me sentiré muy satisfecho si puedo resultar de alguna ayuda para usted o para mi
compañero aquí presente.
-Y ahora, señor Sherlock Holmes -dijo la señora mientras entrábamos en un comedor bien iluminado, en
cuya mesa estaba servida una comida fría-, me gustaría hacerle un par de preguntas francas, y le ruego
que las respuestas sean igualmente francas.
-Desde luego, señora.
-No se preocupe por mis sentimientos. No soy histérica ni propensa a los desmayos. Simplemente, quiero
conocer su auténtica opinión.
-¿Sobre qué punto?
-En el fondo de su corazón, ¿cree usted que Neville está vivo? Sherlock
LAS AV E N T UR A S DE SH E R L O C K HOLm ES
EDITORIAL DIGITAL - ImPRENTA NACIONAL
C O S T A R I CA
Holmes pareció incómodo ante la pregunta.
-¡Francamente! -repitió ella, de pie sobre la alfombra y mirándolo fijamente desde lo alto, mientras Holmes se
retrepaba en un sillón de mimbre.
-Pues, francamente, señora: no.
-¿Cree usted que ha muerto?
-Sí.
-¿Asesinado?
-No puedo asegurarlo. Es posible.
-¿Y qué día murió?
-El lunes.
-Entonces, señor Holmes, ¿tendría usted la bondad de explicar cómo es posible que haya recibido hoy
esta carta suya?
Sherlock Holmes se levantó de un salto, como si hubiera recibido una descarga eléctrica.
-¿Qué? -rugió.
-Sí, hoy mismo -dijo ella, sonriendo y sosteniendo en alto una hojita de papel.
-¿Puedo verla?
-Desde luego.
Se la arrebató impulsivamente y, extendiendo la carta sobre la mesa, acercó una lámpara y la examinó
con detenimiento. Yo me había levantado de mi silla y miraba por encima de su hombro. El sobre era
muy ordinario, y traía matasellos de Gravesend y fecha de aquel mismo día, o más bien del día anterior,
pues ya era mucho más de medianoche.
-¡Qué mal escrito! -murmuró Holmes-. No creo que esta sea la letra de su marido, señora.
-No, pero la de la carta sí que lo es.
-Observo, además, que la persona que escribió el sobre tuvo que ir a preguntar la dirección.
-¿Cómo puede saber eso?
-El nombre, como ve, está en tinta perfectamente negra, que se ha secado sola. El resto es de un color
grisáceo, que demuestra que se ha utilizado papel secante. Si lo hubieran escrito todo seguido y lo hubieran
secado con secante, no habría ninguna letra tan negra. Esta persona ha escrito el nombre y luego ha
hecho una pausa antes de escribir la dirección, lo cual sólo puede significar que no le resultaba familiar.
Por supuesto, se trata tan sólo de un detalle trivial, pero no hay nada tan importante como los detalles
triviales. Veamos ahora la carta. ¡Ajá! ¡Aquí dentro había algo más!
-Sí, había un anillo. El anillo con su sello.
-¿Y está usted segura de que ésta es la letra de su marido?
LAS AV E N T UR A S DE SH E R L O C K HOLm ES
EDITORIAL DIGITAL - ImPRENTA NACIONAL
C O S T A R I CA
-Una de sus letras.
-¿Una?
-Su letra de cuando escribe con prisas. Es muy diferente de su letra habitual, a pesar de lo cual la
conozco bien.
-«Querida, no te asustes. Todo saldrá bien. Se ha cometido un terrible error, que quizá tarde algún tiempo
en rectificar. Ten paciencia, Neville.» Escrito a lápiz en la guarda de un libro, formato octavo, sin marca
de agua. Echado al correo hoy en Gravesend, por un hombre con el pulgar sucio.
¡Ajá! Y la solapa la ha pegado, si no me equivoco, una persona que ha estado mascando tabaco. ¿Y usted
no tiene ninguna duda de que se trata de la letra de su esposo, señora?
-Ninguna. Esto lo escribió Neville.
-Y lo han echado al correo hoy en Gravesend. Bien, señora St. Clair, las nubes se despejan, aunque no me
atrevería a decir que ha pasado el peligro.
-Pero tiene que estar vivo, señor Holmes.
-A menos que se trate de una hábil falsificación para ponernos sobre una pista falsa. Al fin y al cabo, el
anillo no demuestra nada. Se lo pueden haber quitado.
-¡No, no, es su letra, lo es, lo es, lo es!
-Muy bien. Sin embargo, puede haberse escrito el lunes y no haberse echado al correo hasta hoy.
-Eso es posible.
-De ser así, han podido ocurrir muchas cosas entre tanto.
-Ay, no me desanime usted, señor Holmes. Estoy segura de que se encuentra bien. Existe entre nosotros
una comunicación tan intensa que si le hubiera pasado algo malo, yo lo sabría. El mismo día en que le vi
por última vez, se cortó en el dormitorio, y yo, que estaba en el comedor, subí corriendo al instante, con
la plena seguridad de que algo había ocurrido. ¿Cree usted que puedo responder a semejante trivialidad y,
sin embargo, no darme cuenta de que ha muerto?
-He visto demasiado como para no saber que la intuición de una mujer puede resultar más útil que las
conclusiones de un razonador analítico. Y, desde luego, en esta carta tiene usted una prueba bien
palpable que corrobora su punto de vista. Pero si su marido está vivo y puede escribirle cartas,
¿por qué no se pone en contacto con usted?
-No tengo ni idea. Es incomprensible.
-¿No comentó nada el lunes antes de marcharse?
-No.
-Y a usted le sorprendió verlo en Swandan Lane.
-Mucho.
-¿Estaba abierta la ventana?
-Sí.
LAS AV E N T UR A S DE SH E R L O C K HOLm ES
EDITORIAL DIGITAL - ImPRENTA NACIONAL
C O S T A R I CA
-Entonces, él podía haberla llamado.
-Podía, sí.
-Pero, según tengo entendido, sólo lanzó un grito inarticulado.
-En efecto.
-Que a usted le pareció una llamada de auxilio.
-Ah, Bradstreet, ¿cómo está usted? -un hombre alto y corpulento había surgido por el corredor
embaldosado, con una gorra de visera y chaqueta con alamares-. Me gustaría hablar unas palabras con
LAS AV E N T UR A S DE SH E R L O C K HOLm ES
EDITORIAL DIGITAL - ImPRENTA NACIONAL
C O S T A R I CA
usted, Bradstreet.
-Desde luego, señor Holmes. Pase a mi despacho.
Era un despachito pequeño, con un libro enorme encima de la mesa y un teléfono de pared. El inspector
se sentó ante el escritorio.
-¿Qué puedo hacer por usted, señor Holmes?
-Se trata de ese mendigo, el que está acusado de participar en la desaparición del señor Neville St. Clair,
de Lee.
-Sí. Está detenido mientras prosiguen las investigaciones.
-Eso he oído. ¿Lo tienen aquí?
-En los calabozos.
-¿Está tranquilo?
-No causa problemas. Pero cuidado que es granuja cochino.
-¿Cochino?
-Sí, lo más que hemos conseguido es que se lave las manos, pero la cara la tiene tan negra como un
fogonero. En fin, en cuanto se decida su caso tendrá que bañarse periódicamente en la cárcel, y si usted lo
viera, creo que estaría de acuerdo conmigo en que lo necesita.
-Me gustaría muchísimo verlo.
-¿De veras? Pues eso es fácil. Venga por aquí. Puede dejar la maleta.
-No, prefiero llevarla.
-Como quiera. Vengan por aquí, por favor -nos guió por un pasillo, abrió una puerta con barrotes, bajó
una escalera de caracol, y nos introdujo en una galería encalada con una hilera de puertas a cada lado.
-La tercera de la derecha es la suya -dijo el inspector-. ¡Aquí está! -abrió sin hacer ruido un ventanuco en
la parte superior de la puerta y miró al interior-. Está dormido -dijo-. Podrán verle perfectamente.
Los dos aplicamos nuestros ojos a la rejilla. El detenido estaba tumbado con el rostro vuelto hacia
nosotros, sumido en un profundo sueño, respirando lenta y ruidosamente. Era un hombre de estatura
mediana, vestido toscamente, como correspondía a su oficio, con una camisa de colores que asomaba por
los rotos de su andrajosa chaqueta. Tal como el inspector había dicho, estaba sucísimo, pero la porquería
que cubría su rostro no lograba ocultar su repulsiva fealdad. El ancho costurón de una vieja cicatriz le
recorría la cara desde el ojo a la barbilla, y al contraerse había tirado del labio superior dejando al
descubierto tres dientes en una perpetua mueca. Unas greñas de cabello rojo muy vivo le caían sobre los
ojos y la frente.
-Una preciosidad, ¿no les parece? -dijo el inspector.
-Desde luego, necesita un lavado -contestó Holmes-. Se me ocurrió que podría necesitarlo y me tomé la
libertad de traer el instrumental necesario -mientras hablaba, abrió la maleta Gladstone y, ante mi
asombro, sacó de ella una enorme esponja de baño.
LAS AV E N T UR A S DE SH E R L O C K HOLm ES
EDITORIAL DIGITAL - ImPRENTA NACIONAL
C O S T A R I CA
-¡Ja, ja! Es usted un tipo divertido -rió el inspector.
-Ahora, si tiene usted la inmensa bondad de abrir con mucho cuidado esta puerta, no tardaremos en
hacerle adoptar un aspecto mucho más respetable.
-Caramba, ¿por qué no? -dijo el inspector-. Es un descrédito para los calabozos de Bow Street, ¿no les
parece?
Introdujo la llave en la cerradura y todos entramos sin hacer ruido en la celda. El durmiente se dio media
vuelta y volvió a hundirse en un profundo sueño. Holmes se inclinó hacia el jarro de agua, mojó su
esponja y la frotó con fuerza dos veces sobre el rostro del preso.
-Permítame que les presente -exclamó- al señor Neville St. Clair, de Lee, condado de Kent.
Jamás en mi vida he presenciado un espectáculo semejante. El rostro del hombre se desprendió bajo la
esponja como la corteza de un árbol. Desapareció su repugnante color parduzco. Desapareció también la
horrible cicatriz que lo cruzaba, y lo mismo el labio retorcido que formaba aquella mueca repulsiva. Los
desgreñados pelos rojos se desprendieron de un tirón, y ante nosotros quedó, sentado en el camastro, un
hombre pálido, de expresión triste y aspecto refinado, pelo negro y piel suave, frotándose los ojos y
mirando a su alrededor con asombro soñoliento. De pronto, dándose cuenta de que le habían descubierto,
lanzó un alarido y se dejó caer, hundiendo el rostro en la almohada.
-¡Por todos los santos! -exclamó el inspector-. ¡Pero si es el desaparecido! ¡Lo reconozco por las
fotografías!
El preso se volvió con el aire indiferente de quien se abandona en manos del destino.
-De acuerdo -dijo-. Y ahora, por favor, ¿de qué se me acusa?
-De la desaparición del señor Neville St... ¡Oh, vamos, no se le puede acusar de eso, a menos que lo
presente como un intento de suicidio! -dijo el inspector, sonriendo-. Caramba, llevo veintisiete años en el
cuerpo, pero esto se lleva la palma.
-Si yo soy Neville St. Clair, resulta evidente que no se ha cometido ningún delito y, por lo tanto, mi
detención aquí es ilegal.
-No se ha cometido delito alguno, pero sí un tremendo error -dijo Holmes-. Más le habría valido confiar
en su mujer.
-No era por ella, era por los niños -gimió el detenido-. ¡Dios mío, no quería que se avergonzaran de su
padre! ¡Dios santo, qué vergüenza! ¿Qué voy a hacer ahora?
Sherlock Holmes se sentó junto a él en la litera y le dio unas palmaditas en el hombro.
-Si deja usted que los tribunales esclarezcan el caso -dijo-, es evidente que no podrá evitar la publicidad.
Por otra parte, si puede convencer a las autoridades policiales de que no hay motivos para proceder
contra usted, no veo razón para que los detalles de lo ocurrido lleguen a los periódicos. Estoy seguro de que
el inspector Bradstreet tomará nota de todo lo que quiera usted declarar para ponerlo en conocimiento de
las autoridades competentes. En tal caso, el asunto no tiene por qué llegar a los tribunales.
-¡Que Dios le bendiga! -exclamó el preso con fervor-. Habría soportado la cárcel, e incluso la ejecución,
antes que permitir que mi miserable secreto cayera como un baldón sobre mis hijos.
LAS AV E N T UR A S DE SH E R L O C K HOLm ES
EDITORIAL DIGITAL - ImPRENTA NACIONAL
C O S T A R I CA
»Son ustedes los primeros que escuchan mi historia. Mi padre era maestro de escuela en Chesterfield, donde
recibí una excelente educación. De joven viajé por el mundo, trabajé en el teatro y por último me hice
reportero en un periódico vespertino de Londres. Un día, el director quería que se hiciera una serie de
artículos sobre la mendicidad en la capital, y yo me ofrecí voluntario para hacerlo. Éste fue el punto de
partida de mis aventuras. La única manera de obtener datos para mis artículos era practicando como
mendigo aficionado. Naturalmente, cuando trabajé como actor había aprendido todos los trucos del
maquillaje, y tenía fama en los camerinos por mi habilidad en la materia. Así que decidí sacar partido de
mis conocimientos. Me pinté la cara y, para ofrecer un aspecto lo más penoso posible, me hice una buena
cicatriz y me retorcí un lado del labio con ayuda de una tira de esparadrapo color carne. Y después, con
una peluca roja y vestido adecuadamente, ocupé mi puesto en la zona más concurrida de la City,
aparentando vender cerillas, pero en realidad pidiendo. Desempeñé mi papel durante siete horas y cuando
volví a casa por la noche descubrí, con gran sorpresa, que había recogido nada menos que veintiséis
chelines y cuatro peniques.
»Escribí mis artículos y no volví a pensar en el asunto hasta que, algún tiempo después, avalé una letra de
un amigo y de pronto me encontré con una orden de pago por valor de veinticinco libras. Me volví loco
intentando reunir el dinero y de repente se me ocurrió una idea. Solicité al acreedor una prórroga de
quince días, pedí vacaciones a mis jefes y me dediqué a pedir limosna en la City, disfrazado. En diez días
había reunido el dinero y pagado la deuda.
»Pues bien, se imaginarán lo difícil que me resultó someterme de nuevo a un trabajo fatigoso por dos
libras a la semana, sabiendo que podía ganar esa cantidad en un día con sólo pintarme la cara, dejar la
gorra en el suelo y esperar sentado. Hubo una larga lucha entre mi orgullo y el dinero, pero al final ganó el
dinero, dejé el periodismo y me fui a sentar, un día tras otro, en el mismo rincón del principio,
inspirando lástima con mi espantosa cara y llenándome los bolsillos de monedas. Sólo un hombre
conocía mi secreto: el propietario de un tugurio de Swandam Lane donde tenía alquilada una habitación.
De allí salía cada mañana como un mendigo mugriento, y por la tarde me transformaba en un caballero
elegante, vestido a la última. Este individuo, un antiguo marinero, recibía una magnífica paga por sus
habitaciones, y yo sabía que mi secreto estaba seguro en sus manos.
»Muy pronto me encontré con que estaba ahorrando sumas considerables de dinero. No pretendo decir
que cualquier mendigo que ande por las calles de Londres pueda ganar setecientas libras al año
-que es menos de lo que yo ganaba por término medio-, pero yo contaba con importantes ventajas en mi
habilidad para la caracterización y también en mi facilidad para las réplicas ingeniosas, que fui
perfeccionando con la práctica hasta convertirme en un personaje bastante conocido en la City. Todos
los días caía sobre mí una lluvia de peniques, con alguna que otra moneda de plata intercalada, y muy
mal se me tenía que dar para no sacar por lo menos dos libras.
»A medida que me iba haciendo rico, me fui volviendo más ambicioso: adquirí una casa en el campo y
me casé, sin que nadie llegara a sospechar a qué me dedicaba en realidad. Mi querida esposa sabía que
tenía algún negocio en la City. Poco se imaginaba en qué consistía.
»El lunes pasado, había terminado mi jornada y me estaba vistiendo en mi habitación, encima del
fumadero de opio, cuando me asomé a la ventana y vi, con gran sorpresa y consternación, a mi esposa
parada en mitad de la calle, con los ojos clavados en mí. Solté un grito de sorpresa, levanté los brazos
para taparme la cara y corrí en busca de mi confidente, el marinero, instándole a que no permitiese a
nadie subir a donde yo estaba. Oí la voz de mi mujer en la planta baja, pero sabía que no la dejarían subir.
Rápidamente me quité mis ropas, me puse las de mendigo y me apliqué el maquillaje y la peluca. Ni
siquiera los ojos de una esposa podrían penetrar un disfraz tan perfecto. Pero entonces se me ocurrió que
LAS AV E N T UR A S DE SH E R L O C K HOLm ES
EDITORIAL DIGITAL - ImPRENTA NACIONAL
C O S T A R I CA
podrían registrar la habitación y las ropas me delatarían. Abrí la ventana con tal violencia que se me
volvió a abrir un corte que me había hecho por la mañana en mi casa. Cogí la chaqueta con todas las
monedas que acababa de transferir de la bolsa de cuero en la que guardaba mis ganancias. La tiré por la
ventana y desapareció en las aguas del Támesis. Habría hecho lo mismo con las demás prendas, pero en
aquel momento llegaron los policías corriendo por la escalera y a los pocos minutos descubrí, debo
confesar que con gran alivio por mi parte, que en lugar de identificarme como el señor Neville St. Clair,
se me detenía por su asesinato.
»Creo que no queda nada por explicar. Estaba decidido a mantener mi disfraz todo el tiempo que me
fuera posible, y de ahí mi insistencia en no lavarme la cara. Sabiendo que mi esposa estaría terriblemente
preocupada, me quité el anillo y se lo pasé al marinero en un momento en que ningún policía me miraba,
junto con una notita apresurada, diciéndole que no debía temer nada.
-La nota no llegó a sus manos hasta ayer -dijo Holmes.
-¡Santo Dios! ¡Qué semana debe de haber pasado!
-La policía ha estado vigilando a ese marinero -dijo el inspector Bradstreet-, y no me extraña que le haya
resultado difícil echar la carta sin que le vieran. Probablemente, se la entregaría a algún marinero cliente
de su casa, que no se acordó del encargo en varios días.
-Así debió de ser, no me cabe duda -dijo Holmes, asintiendo-. Pero ¿nunca le han detenido por pedir
limosna?
-Muchas veces; pero ¿qué significaba para mí una multa?
-Sin embargo, esto tiene que terminar aquí -dijo Bradstreet-. Si quiere que la policía eche tierra al asunto,
Hugh Boone debe dejar de existir.
-Lo he jurado con el más solemne de los juramentos que puede hacer un hombre.
-En tal caso, creo que es probable que el asunto no siga adelante. Pero si volvemos a toparnos con usted,
todo saldrá a relucir. Verdaderamente, señor Holmes, estamos en deuda con usted por haber esclarecido el
caso. Me gustaría saber cómo obtiene esos resultados.
-Éste lo obtuve -dijo mi amigo- sentándome sobre cinco almohadas y consumiendo una onza de tabaco.
Creo, Watson, que, si nos ponemos en marcha hacia Baker Street, llegaremos a tiempo para el desayuno.
EL CARBUNCLO11 AZUL
CAPÍTULO I
Dos días después de la Navidad, pasé a visitar a mi amigo Sherlock Holmes con la intención de
transmitirle las felicitaciones propias de la época. Lo encontré tumbado en el sofá, con una bata morada,
el colgador de las pipas a su derecha y un montón de periódicos arrugados, que evidentemente acababa de
estudiar, al alcance de la mano. Al lado del sofá había una silla de madera, y de una esquina de su respaldo
colgaba un sombrero de fieltro ajado y mugriento, gastadísimo por el uso y roto por varias partes. Una
LAS AV E N T UR A S DE SH E R L O C K HOLm ES
EDITORIAL DIGITAL - ImPRENTA NACIONAL
C O S T A R I CA
lupa y unas pinzas dejadas sobre el asiento indicaban que el sombrero había sido colgado allí con el fin
de examinarlo.
-Veo que está usted ocupado -dije-. ¿Le interrumpo?
-Nada de eso. Me alegro de tener un amigo con el que poder comentar mis conclusiones. Se trata de un
caso absolutamente trivial -señaló con el pulgar el viejo sombrero-, pero algunos detalles relacionados
con él no carecen por completo de interés, e incluso resultan instructivos. Me senté en su butaca y me
calenté las manos en la chimenea, pues estaba cayendo una buena helada y los cristales estaban cubiertos
de placas de hielo.
-Supongo -comenté- que, a pesar de su aspecto inocente, ese objeto tendrá una historia terrible... o tal vez
es la pista que le guiará a la solución de algún misterio y al castigo de algún delito.
11 Es un nombre arcaico dado a cierta gema o piedra preciosa.
-No, qué va. Nada de crímenes -dijo Sherlock Holmes, echándose a reír-. Tan sólo uno de esos
incidentes caprichosos que suelen suceder cuando tenemos cuatro millones de seres humanos
apretujados en unas pocas millas cuadradas. Entre las acciones y reacciones de un enjambre humano tan
numeroso, cualquier combinación de acontecimientos es posible, y pueden surgir muchos pequeños
problemas que resultan extraños y sorprendentes, sin tener nada de delictivo. Ya hemos tenido
experiencias de ese tipo.
-Ya lo creo -comenté-. Hasta el punto de que, de los seis últimos casos que he añadido a mis archivos,
hay tres completamente libres de delito, en el aspecto legal.
-Exacto. Se refiere usted a mi intento de recuperar los papeles de Irene Adler, al curioso caso de la
señorita Mary Sutherland, y a la aventura del hombre del labio retorcido. Pues bien, no me cabe duda de
que este asuntillo pertenezca a la misma categoría inocente. ¿Conoce usted a Peterson, el recadero?
-Sí.
-Este trofeo le pertenece.
-¿Es su sombrero?
-No, no, lo encontró. El propietario es desconocido. Le ruego que no lo mire como un sombrerucho
desastrado, sino como un problema intelectual. Veamos, primero, cómo llegó aquí. Llegó la mañana de
Navidad, en compañía de un ganso cebado que, no me cabe duda, ahora mismo se está asando en la
cocina de Peterson. Los hechos son los siguientes. A eso de las cuatro de la mañana del día de Navidad,
Peterson, que, como usted sabe, es un tipo muy honrado, regresaba de alguna pequeña celebración y se
dirigía a su casa bajando por Tottenham Court Road. A la luz de las farolas vio a un hombre alto que
caminaba delante de él, tambaleándose un poco y con un ganso blanco al hombro. Al llegar a la esquina
de Goodge Street, se produjo una trifulca entre este desconocido y un grupillo de maleantes. Uno de
éstos le quitó el sombrero de un golpe; el desconocido levantó su bastón para defenderse y, al
enarbolarlo sobre su cabeza, rompió el escaparate de la tienda que tenía detrás. Peterson había echado a
correr para defender al desconocido contra sus agresores, pero el hombre, asustado por haber roto el
escaparate y viendo una persona de uniforme que corría hacia él, dejó caer el ganso, puso pies en
polvorosa y se desvaneció en el laberinto de callejuelas que hay detrás de Tottenham Court Road.
También los matones huyeron al ver aparecer a Peterson, que quedó dueño del campo de batalla y también
LAS AV E N T UR A S DE SH E R L O C K HOLm ES
EDITORIAL DIGITAL - ImPRENTA NACIONAL
C O S T A R I CA
del botín de guerra, formado por este destartalado sombrero y un impecable ejemplar de ganso de
Navidad.
-Sin embargo, aún conserva un cierto grado de amor propio -continuó, sin hacer caso de mis protestas-.
Es un hombre que lleva una vida sedentaria, sale poco, se encuentra en muy mala forma física, de edad
madura, y con el pelo gris, que se ha cortado hace pocos días y en el que se aplica fijador. Éstos son los
datos más aparentes que se deducen de este sombrero. Además, dicho sea de paso, es sumamente
improbable que tenga instalación de gas en su casa.
-Se burla usted de mí, Holmes.
-Ni muchos menos. ¿Es posible que aún ahora, cuando le acabo de dar los resultados, sea usted incapaz
de ver cómo los he obtenido?
-No cabe duda de que soy un estúpido, pero tengo que confesar que soy incapaz de seguirle. Por ejemplo:
¿de dónde saca que el hombre es inteligente? A modo de respuesta, Holmes se encasquetó el sombrero en
la cabeza. Le cubría por completo la frente y quedó apoyado en el puente de la nariz.
-Cuestión de capacidad cúbica -dijo-. Un hombre con un cerebro tan grande tiene que tener algo dentro.
-¿Y su declive económico?
-Este sombrero tiene tres años. Fue por entonces cuando salieron estas alas planas y curvadas por los
bordes. Es un sombrero de la mejor calidad. Fíjese en la cinta de seda con remates y en la excelente
calidad del forro. Si este hombre podía permitirse comprar un sombrero tan caro hace tres años, y desde
entonces no ha comprado otro, es indudable que ha venido a menos.
-Bueno, sí, desde luego eso está claro. ¿Y eso de que era previsor, y lo de la regresión moral? Sherlock
Holmes se echó a reír.
-Aquí está la precisión -dijo, señalando con el dedo la presilla para enganchar la goma sujeta sombreros-.
Ningún sombrero se vende con esto. El que nuestro hombre lo hiciera poner es señal de un cierto nivel
de previsión, ya que se tomó la molestia de adoptar esta precaución contra el viento. Pero como
vemos que desde entonces se le ha roto la goma y no se ha molestado en cambiarla, resulta evidente que
ya no es tan previsor como antes, lo que demuestra claramente que su carácter se debilita. Por otra parte,
ha procurado disimular algunas de las manchas pintándolas con tinta, señal de que no ha perdido por
completo su amor propio.
-Desde luego, es un razonamiento plausible.
-Los otros detalles, lo de la edad madura, el cabello gris, el reciente corte de pelo y el fijador, se
advierten examinando con atención la parte inferior del forro. La lupa revela una gran cantidad de
puntas de cabello, limpiamente cortadas por la tijera del peluquero. Todos están pegajosos, y se nota un
inconfundible olor a fijador. Este polvo, fíjese usted, no es el polvo gris y terroso de la calle, sino la
pelusilla parda de las casas, lo cual demuestra que ha permanecido colgado dentro de casa la mayor parte
del tiempo; y las manchas de sudor del interior son una prueba palpable de que el propietario transpira
abundantemente y, por lo tanto, difícilmente puede encontrarse en buena forma física.
LAS AV E N T UR A S DE SH E R L O C K HOLm ES
EDITORIAL DIGITAL - ImPRENTA NACIONAL
C O S T A R I CA
-Pero lo de su mujer... dice usted que ha dejado de amarle.
-Este sombrero no se ha cepillado en semanas. Cuando le vea a usted, querido Watson, con polvo de una
semana acumulado en el sombrero, y su esposa le deje salir en semejante estado, también sospecharé que
ha tenido la desgracia de perder el cariño de su mujer.
-Pero podría tratarse de un soltero.
-No, llevaba a casa el ganso como ofrenda de paz a su mujer. Recuerde la tarjeta atada a la pata del ave.
-Tiene usted respuesta para todo. Pero ¿cómo demonios ha deducido que no hay instalación de gas en su
casa?
-Una mancha de sebo, e incluso dos, pueden caer por casualidad; pero cuando veo nada menos que cinco,
creo que existen pocas dudas de que este individuo entra en frecuente contacto con sebo ardiendo;
probablemente, sube las escaleras cada noche con el sombrero en una mano y un candil goteante en la
otra. En cualquier caso, un aplique de gas no produce manchas de sebo. ¿Está usted satisfecho?
-Bueno, es muy ingenioso -dije, echándome a reír-. Pero, puesto que no se ha cometido ningún delito,
como antes decíamos, y no se ha producido ningún daño, a excepción del extravío de un ganso, todo esto
me parece un despilfarro de energía. Sherlock Holmes había abierto la boca para responder cuando la
puerta se abrió de par en par y Peterson el recadero entró en la habitación con el rostro enrojecido y una
expresión de asombro sin límites.
-¡El ganso, señor Holmes! ¡El ganso, señor! -decía jadeante.
-¿Eh? ¿Qué pasa con él? ¿Ha vuelto a la vida y ha salido volando por la ventana de la cocina?
-Holmes rodó sobre el sofá para ver mejor la cara excitada del hombre.
-¡Mire, señor! ¡Vea lo que ha encontrado mi mujer en el buche! -extendió la mano y mostró en el centro
de la palma una piedra azul de brillo deslumbrador, bastante más pequeña que una alubia, pero tan pura
y radiante que centelleaba como una luz eléctrica en el hueco oscuro de la mano. Sherlock Holmes se
incorporó lanzando un silbido.
-¡Por Júpiter, Peterson! -exclamó-. ¡A eso le llamo yo encontrar un tesoro! Supongo que sabe lo que
tiene en la mano.
-¡Un diamante, señor! ¡Una piedra preciosa! ¡Corta el cristal como si fuera masilla!
-Es más que una piedra preciosa. Es la piedra preciosa.
-¡Hum! Hasta aquí, el informe de la policía -dijo Holmes, pensativo-. Ahora, la cuestión es dilucidar la
cadena de acontecimientos que van desde un joyero desvalijado, en un extremo, al buche de un ganso en
Tottenham Court Road, en el otro. Como ve, Watson, nuestras pequeñas deducciones han adquirido de
pronto un aspecto mucho más importante y menos inocente. Aquí está la piedra; la piedra vino del ganso
y el ganso vino del señor Henry Baker, el caballero del sombrero raído y todas las demás características con
las que le he estado aburriendo. Así que tendremos que ponernos muy en serio a la tarea de localizar a este
caballero y determinar el papel que ha desempeñado en este pequeño misterio. Y para eso, empezaremos
por el método más sencillo, que sin duda consiste en poner un anuncio en todos los periódicos de la tarde.
Si esto falla, recurriremos a otros métodos.
-¿Qué va usted a decir?
-Deme un lápiz y esa hoja de papel. Vamos a ver: «Encontrados un ganso y un sombrero negro de fieltro
en la esquina de Goodge Street. El señor Henry Baker puede recuperarlos presentándose esta tarde a
las 6,30 en el 221 B de Baker Street». Claro y conciso.
-Mucho. Pero ¿lo verá él?
-Bueno, desde luego mirará los periódicos, porque para un hombre pobre se trata de una pérdida
importante. No cabe duda de que se asustó tanto al romper el escaparate y ver acercarse a Peterson que no
pensó más que en huir; pero luego debe de haberse arrepentido del impulso que le hizo soltar el ave.
Pero además, al incluir su nombre nos aseguramos de que lo vea, porque todos los que le conozcan se lo
harán notar. Aquí tiene, Peterson, corra a la agencia y que inserten este anuncio en los periódicos de la
tarde.
-¿En cuáles, señor?
-Oh, pues en el Globe, el Star, el Pall Mall, la St. James, el Evening News Standard, el Echo y cualquier
LAS AV E N T UR A S DE SH E R L O C K HOLm ES
EDITORIAL DIGITAL - ImPRENTA NACIONAL
C O S T A R I CA
otro que se le ocurra.
-Muy bien, señor. ¿Y la piedra?
-Ah, sí, yo guardaré la piedra. Gracias. Y oiga, Peterson, en el camino de vuelta compre un ganso y
tráigalo aquí, porque tenemos que darle uno a este caballero a cambio del que se está comiendo su
familia.
Cuando el recadero se hubo marchado, Holmes levantó la piedra y la miró al trasluz.
-¡Qué maravilla! -dijo-. Fíjese cómo brilla y centellea. Por supuesto, esto es como un imán para el
crimen, lo mismo que todas las buenas piedras preciosas. Son el cebo favorito del diablo. En las piedras
más grandes y más antiguas, se puede decir que cada faceta equivale a un crimen sangriento. Esta piedra
aún no tiene ni veinte años de edad. La encontraron a orillas del río Amoy, en el sur de China, y presenta
la particularidad de poseer todas las características del carbunclo, salvo que es de color azul en lugar de
rojo rubí. A pesar de su juventud, ya cuenta con un siniestro historial. Ha habido dos asesinatos, un
atentado con vitriolo, un suicidio y varios robos, todo por culpa de estos doce quilates de carbón
cristalizado. ¿Quién pensaría que tan hermoso juguete es un proveedor de carne para el patíbulo y la
cárcel? Lo guardaré en mi caja fuerte y le escribiré unas líneas a la condesa, avisándole de que lo
tenemos.
-¿Cree usted que ese Horner es inocente?
-Entonces, ¿cree usted que este otro, Henry Baker, tiene algo que ver con el asunto?
-Me parece mucho más probable que Henry Baker sea un hombre completamente inocente, que no tenía
ni idea de que el ave que llevaba valía mucho más que si estuviera hecha de oro macizo. No obstante, eso
lo comprobaremos mediante una sencilla prueba si recibimos respuesta a nuestro anuncio.
-¿Y hasta entonces no puede hacer nada?
-Nada.
-En tal caso, continuaré mi ronda profesional, pero volveré esta tarde a la hora indicada, porque me
gustaría presenciar la solución a un asunto tan embrollado.
-Encantado de verle. Cenaré a las siete. Creo que hay becada. Por cierto que, en vista de los recientes
acontecimientos, quizás deba decirle a la señora Hudson que examine cuidadosamente el buche. Me
entretuve con un paciente, y era ya más tarde de las seis y media cuando pude volver a Baker Street. Al
acercarme a la casa vi a un hombre alto con boina escocesa y chaqueta abotonada hasta la barbilla, que
aguardaba en el brillante semicírculo de luz de la entrada. Justo cuando yo llegaba, la puerta se abrió y
nos hicieron entrar juntos a los aposentos de Holmes.
-El señor Henry Baker, supongo -dijo Holmes, levantándose de su butaca y saludando al visitante con
aquel aire de jovialidad espontánea que tan fácil le resultaba adoptar-. Por favor, siéntese aquí junto al
fuego, señor Baker. Hace frío esta noche, y veo que su circulación se adapta mejor al verano que al
invierno. Ah, Watson, llega usted muy a punto. ¿Es éste su sombrero, señor Baker?
-Sí, señor, es mi sombrero, sin duda alguna. Era un hombre corpulento, de hombros cargados, cabeza
LAS AV E N T UR A S DE SH E R L O C K HOLm ES
EDITORIAL DIGITAL - ImPRENTA NACIONAL
C O S T A R I CA
voluminosa y un rostro amplio e inteligente, rematado por una barba puntiaguda, de color castaño canoso.
Un toque de color en la nariz y las mejillas, junto con un ligero temblor en su mano extendida, me
recordaron la suposición de Holmes acerca de sus hábitos. Su levita, negra y raída, estaba abotonada
hasta arriba, con el cuello alzado, y sus flacas muñecas salían de las mangas sin que se advirtieran
indicios de puños ni de camisa. Hablaba en voz baja y entrecortada, eligiendo cuidadosamente sus
palabras, y en general daba la impresión de un hombre culto e instruido, maltratado por la fortuna.
-Hemos guardado estas cosas durante varios días -dijo Holmes- porque esperábamos ver un anuncio
suyo, dando su dirección. No entiendo cómo no puso usted el anuncio. Nuestro visitante emitió una risa
avergonzada. -No ando tan abundante de chelines como en otros tiempos -dijo-. Estaba convencido de
que la pandilla de maleantes que me asaltó se había llevado mi sombrero y el ganso. No tenía intención
de gastar más dinero en un vano intento de recuperarlos.
-Es muy natural. A propósito del ave... nos vimos obligados a comérnosla.
-¡Se la comieron! -nuestro visitante estaba tan excitado que casi se levantó de la silla.
-Sí; de no hacerlo no le habría aprovechado a nadie. Pero supongo que este otro ganso que hay sobre el
aparador, que pesa aproximadamente lo mismo y está perfectamente fresco, servirá igual de bien para
sus propósitos.
-¡Oh, desde luego, desde luego! -respondió el señor Baker con un suspiro de alivio.
-Por supuesto, aún tenemos las plumas, las patas, el buche y demás restos de su ganso, así que si usted
quiere... El hombre se echó a reír de buena gana.
-Podrían servirme como recuerdo de la aventura -dijo-, pero aparte de eso, no veo de qué utilidad me
iban a resultar los disjecta membra de mi difunto amigo. No, señor, creo que, con su permiso, limitaré
mis atenciones a la excelente ave que veo sobre el aparador.
CAPÍTULO II
Sherlock Holmes me lanzó una intensa mirada de reojo, acompañada de un encogimiento de hombros.
-Pues aquí tiene usted su sombrero, y aquí su ave -dijo-. Por cierto, ¿le importaría decirme dónde
adquirió el otro ganso? Soy bastante aficionado a las aves de corral y pocas veces he visto una mejor
criada.
-Desde luego, señor -dijo Baker, que se había levantado, con su recién adquirida propiedad bajo el
brazo-. Algunos de nosotros frecuentamos el mesón Alpha, cerca del museo... Durante el día, sabe usted,
nos encontramos en el museo mismo. Este año, el patrón, que se llama Windigate, estableció un Club del
Ganso, en el que, pagando unos pocos peniques cada semana, recibiríamos un ganso por Navidad. Pagué
religiosamente mis peniques, y el resto ya lo conoce usted. Le estoy muy agradecido, señor, pues una
boina escocesa no resulta adecuada ni para mis años ni para mi carácter discreto. Con cómica
pomposidad, nos dedicó una solemne reverencia y se marchó por su camino.
-Con esto queda liquidado el señor Henry Baker -dijo Holmes, después de cerrar la puerta tras él-. Es
indudable que no sabe nada del asunto. ¿Tiene usted hambre, Watson?
LAS AV E N T UR A S DE SH E R L O C K HOLm ES
EDITORIAL DIGITAL - ImPRENTA NACIONAL
C O S T A R I CA
-No demasiada.
-Entonces, le propongo que aplacemos la cena y sigamos esta pista mientras aún esté fresca.
-Es como robarle el dinero, porque me consta que tengo razón. Pero le apuesto un soberano, sólo para
que aprenda a no ser tan terco.
El vendedor se rió por lo bajo y dijo:
-Tráeme los libros, Bill. El muchacho trajo un librito muy fino y otro muy grande con tapas grasientas, y
LAS AV E N T UR A S DE SH E R L O C K HOLm ES
EDITORIAL DIGITAL - ImPRENTA NACIONAL
C O S T A R I CA
los colocó juntos bajo la lámpara.
-Y ahora, señor Sabelotodo -dijo el vendedor-, creía que no me quedaban gansos, pero ya verá cómo aún
me queda uno en la tienda. ¿Ve usted este librito?
-Sí, ¿y qué?
-Es la lista de mis proveedores. ¿Ve usted? Pues bien, en esta página están los del campo, y detrás de cada
nombre hay un número que indica la página de su cuenta en el libro mayor. ¡Veamos ahora! ¿Ve esta
otra página en tinta roja? Pues es la lista de mis proveedores de la ciudad. Ahora, fíjese en el tercer
nombre. Léamelo.
-Señora Oakshott, 117 Brixton Road... 249 -leyó Holmes.
-Exacto. Ahora, busque esa página en el libro mayor. Holmes buscó la página indicada.
-Aquí está: señora Oakshott, 117 Brixton Road, proveedores de huevos y pollería.
-Muy bien. ¿Cuáles la última entrada?
-Veintidós de diciembre. Veinticuatro gansos a siete chelines y seis peniques.
-Exacto. Ahí lo tiene. ¿Qué pone debajo?
-Vendidos al señor Windigate, del Alpha, a doce chelines.
-¿Qué me dice usted ahora? Sherlock Holmes parecía profundamente disgustado. Sacó un soberano del
bolsillo y lo arrojó sobre el mostrador, retirándose con el aire de quien está tan fastidiado que incluso le
faltan las palabras. A los pocos metros se detuvo bajo un farol y se echó a reír de aquel modo alegre y
silencioso tan característico en él.
-Cuando vea usted un hombre con patillas recortadas de ese modo y el «Pink ‘Un12» asomándole del
bolsillo, puede estar seguro de que siempre se le podrá sonsacar mediante una apuesta -dijo-. Me
atrevería a decir que si le hubiera puesto delante cien libras, el tipo no me habría dado una información
tan completa como la que le saqué haciéndole creer que me ganaba una apuesta. Bien,
12 The Sporting Times (fundado en 1865 y dejó de publicarse en 1932) fue un periódico se- manal
británico dedicado principalmente al deporte, y en particular a las carreras de caballos. Era conocido
informalmente como The Pink ‘Un, ya que fue impreso en papel rosa. En este relato, Sherlock Holmes
deduce que un hombre está interesado en el juego al notar que él tiene una copia de esta publicación en el
bolsillo.
Watson, me parece que nos vamos acercando al final de nuestra investigación, y lo único que queda por
determinar es si debemos visitar a esta señora Oakshott esta misma noche o si lo dejamos para mañana.
Por lo que dijo ese tipo tan malhumorado, está claro que hay otras personas interesadas en el asunto,
aparte de nosotros, y yo creo...
Sus comentarios se vieron interrumpidos de pronto por un fuerte vocerío procedente del puesto que
acabábamos de abandonar. Al darnos la vuelta, vimos a un sujeto pequeño y con cara de rata, de pie en el
centro del círculo de luz proyectado por la lámpara colgante, mientras Breckinridge, el tendero,
enmarcado en la puerta de su establecimiento, agitaba ferozmente sus puños en dirección a la figura
LAS AV E N T UR A S DE SH E R L O C K HOLm ES
EDITORIAL DIGITAL - ImPRENTA NACIONAL
C O S T A R I CA
encogida del otro.
-¡Ya estoy harto de ustedes y sus gansos! -gritaba-. ¡Váyanse todos al diablo! Si vuelven a fastidiarme con sus
tonterías, les soltaré el perro. Que venga aquí la señora Oakshott y le contestaré, pero ¿a usted qué le
importa? ¿Acaso le compré a usted los gansos?
-No, pero uno de ellos era mío -gimió el hombrecillo.
-Pues pídaselo a la señora Oakshott.
-Ella me dijo que se lo pidiera a usted.
-Pues, por mí, se lo puede ir a pedir al rey de Prusia. Yo ya no aguanto más. ¡Largo de aquí! Dio unos
pasos hacia delante con gesto feroz y el preguntón se esfumó entre las tinieblas.
-Ajá, esto puede ahorrarnos una visita a Brixton Road -susurró Holmes-. Venga conmigo y veremos qué
podemos sacarle a ese tipo. Avanzando a largas zancadas entre los reducidos grupillos de gente que aún
rondaban en torno a los puestos iluminados, mi compañero no tardó en alcanzar al hombrecillo y le tocó
con la mano en el hombro. El individuo se volvió bruscamente y pude ver a la luz de gas que de su cara
había desaparecido todo rastro de color.
-¿Quién es usted? ¿Qué quiere? -preguntó con voz temblorosa.
-Perdone usted -dijo Holmes en tono suave-, pero no he podido evitar oír lo que le preguntaba hace un
momento al tendero, y creo que yo podría ayudarle.
-¿Usted? ¿Quién es usted? ¿Cómo puede saber nada de este asunto?
-Me llamo Sherlock Holmes, y mi trabajo consiste en saber lo que otros no saben.
-Pero usted no puede saber nada de esto.
-Perdone, pero lo sé todo. Anda usted buscando unos gansos que la señora Oakshott, de Brixton Road,
vendió a un tendero llamado Breckinridge, y que éste a su vez vendió al señor Windigate, del Alpha, y
éste a su club, uno de cuyos miembros es el señor Henry Baker.
-Ah, señor, es usted el hombre que yo necesito -exclamó el hombrecillo, con las manos extendidas y los
dedos temblorosos-. Me sería difícil explicarle el interés que tengo en este asunto. Sherlock Holmes hizo
señas a un coche que pasaba.
-En tal caso, lo mejor sería hablar de ello en una habitación confortable, y no en este mercado azotado
por el viento -dijo-. Pero antes de seguir adelante, dígame por favor a quién tengo el placer de ayudar. El
hombre vaciló un instante.
-Me llamo John Robinson -respondió, con una mirada de soslayo.
-No, no, el nombre verdadero -dijo Holmes en tono amable-. Siempre resulta incómodo tratar de
negocios con un alias. Un súbito rubor cubrió las blancas mejillas del desconocido.
-Está bien, mi verdadero nombre es James Ryder.
-Eso es. Jefe de servicio del hotel Cosmopolitan. Por favor, suba al coche y pronto podré informarle de
todo lo que desea saber. El hombrecillo se nos quedó mirando con ojos medio asustados y medio
esperanzados, como quien no está seguro de si le aguarda un golpe de suerte o una catástrofe. Subió por fin
LAS AV E N T UR A S DE SH E R L O C K HOLm ES
EDITORIAL DIGITAL - ImPRENTA NACIONAL
C O S T A R I CA
al coche, y al cabo de media hora nos encontrábamos de vuelta en la sala de estar de Baker Street. No se
había pronunciado una sola palabra durante todo el trayecto, pero la respiración agitada de nuestro nuevo
acompañante y su continuo abrir y cerrar de manos hablaban bien a las claras de la tensión nerviosa que
le dominaba.
-¡Henos aquí! -dijo Holmes alegremente cuando penetramos en la habitación-. Un buen fuego es lo más
adecuado para este tiempo. Parece que tiene usted frío, señor Ryder. Por favor, siéntese en el sillón de
mimbre. Permita que me ponga las zapatillas antes de zanjar este asuntillo suyo. ¡Ya está! ¿Así que
quiere usted saber lo que fue de aquellos gansos?
-Sí, señor.
-O más bien, deberíamos decir de aquel ganso. Me parece que lo que le interesaba era un ave concreta...
blanca, con una franja negra en la cola. Ryder se estremeció de emoción.
-¡Oh, señor! -exclamó-. ¿Puede usted decirme dónde fue a parar?
-Aquí.
-¿Aquí?
-Sí, y resultó ser un ave de lo más notable. No me extraña que le interese tanto. Como que puso un huevo
después de muerta... el huevo azul más pequeño, precioso y brillante que jamás se ha visto. Lo tengo aquí
en mi museo.
Nuestro visitante se puso en pie, tambaleándose, y se agarró con la mano derecha a la repisa de la
chimenea. Holmes abrió su caja fuerte y mostró el carbunclo azul, que brillaba como una estrella, con un
resplandor frío que irradiaba en todas direcciones. Ryder se lo quedó mirando con las facciones
contraídas, sin decidirse entre reclamarlo o negar todo conocimiento del mismo.
-Se acabó el juego, Ryder -dijo Holmes muy tranquilo-. Sosténgase, hombre, que se va a caer al fuego.
Ayúdele a sentarse, Watson. Le falta sangre fría para meterse en robos impunemente. Dele un trago de
brandy. Así. Ahora parece un poco más humano. ¡Menudo mequetrefe, ya lo creo! Durante un momento
había estado a punto de desplomarse, pero el brandy hizo subir un toque de color a sus mejillas, y
permaneció sentado, mirando con ojos asustados a su acusador.
-Tengo ya en mis manos casi todos los eslabones y las pruebas que podría necesitar, así que es poco lo
que puede usted decirme. No obstante, hay que aclarar ese poco para que el caso quede completo.
¿Había usted oído hablar de esta piedra de la condesa de Morcar, Ryder?
-Fue Catherine Cusack quien me habló de ella -dijo el hombre con voz crepitante.
-Ya veo. La doncella de la señora. Bien, la tentación de hacerse rico de golpe y con facilidad fue
demasiado fuerte para usted, como lo ha sido antes para hombres mejores que usted; pero no se ha
mostrado muy escrupuloso en los métodos empleados. Me parece, Ryder, que tiene usted madera de
bellaco miserable. Sabía que ese pobre fontanero, Horner, había estado complicado hace tiempo en un
asunto semejante, y que eso le convertiría en el blanco de todas las sospechas. ¿Y qué hizo entonces?
Usted y su cómplice Cusack hicieron un pequeño estropicio en el cuarto de la señora y se las arreglaron
para que hiciesen llamar a Horner. Y luego, después de que Horner se marchara, desvalijaron el joyero,
dieron la alarma e hicieron detener a ese pobre hombre. A continuación... De pronto, Ryder se dejó caer
sobre la alfombra y se agarró a las rodillas de mi compañero.
LAS AV E N T UR A S DE SH E R L O C K HOLm ES
EDITORIAL DIGITAL - ImPRENTA NACIONAL
C O S T A R I CA
-¡Por amor de Dios, tenga compasión! -chillaba-. ¡Piense en mi padre! ¡En mi madre! Esto les rompería
el corazón. Jamás hice nada malo antes, y no lo volveré a hacer. ¡Lo juro! ¡Lo juro sobre la Biblia! ¡No
me lleve a los tribunales! ¡Por amor de Cristo, no lo haga!
-¡Vuelva a sentarse en la silla! -dijo Holmes rudamente-. Es muy bonito eso de llorar y arrastrarse ahora,
pero bien poco pensó usted en ese pobre Horner, preso por un delito del que no sabe nada.
-Huiré, señor Holmes. Saldré del país. Así tendrán que retirar los cargos contra él.
-¡Hum! Ya hablaremos de eso. Y ahora, oigamos la auténtica versión del siguiente acto. ¿Cómo llegó la
piedra al buche del ganso, y cómo llegó el ganso al mercado público? Díganos la verdad, porque en ello
reside su única esperanza de salvación. Ryder se pasó la lengua por los labios resecos.
-Le diré lo que sucedió, señor -dijo-. Una vez detenido Horner, me pareció que lo mejor sería esconder la
piedra cuanto antes, porque no sabía en qué momento se le podía ocurrir a la policía registrarme a mí y
mi habitación. En el hotel no había ningún escondite seguro. Salí como si fuera a hacer un recado y me
fui a casa de mi hermana, que está casada con un tipo llamado Oakshott y vive en Brixton Road, donde
se dedica a engordar gansos para el mercado. Durante todo el camino, cada hombre que veía se me
antojaba un policía o un detective, y aunque hacía una noche bastante fría, antes de llegar a Brixton Road
me chorreaba el sudor por toda la cara. Mi hermana
me preguntó qué me ocurría para estar tan pálido, pero le dije que estaba nervioso por el robo de joyas en
el hotel. Luego me fui al patio trasero, me fumé una pipa y traté de decidir qué era lo que más me
convenía hacer.
»En otros tiempos tuve un amigo llamado Maudsley que se fue por el mal camino y acaba de cumplir
condena en Pentonville. Un día nos encontramos y se puso a hablarme sobre las diversas clases de
ladrones y cómo se deshacían de lo robado. Sabía que no me delataría, porque yo conocía un par de
asuntillos suyos, así que decidí ir a Kilburn, que es donde vive, y confiarle mi situación. Él me indicará
cómo convertir la piedra en dinero. Pero ¿cómo llegar hasta él sin contratiempos? Pensé en la angustia
que había pasado viniendo del hotel, pensando que en cualquier momento me podían detener y registrar,
y que encontrarían la piedra en el bolsillo de mi chaleco. En aquel momento estaba apoyado en la pared,
mirando a los gansos que correteaban alrededor de mis pies, y de pronto se me ocurrió una idea para
burlar al mejor detective que haya existido en el mundo.
»Unas semanas antes, mi hermana me había dicho que podía elegir uno de sus gansos como regalo de
Navidad, y yo sabía que siempre cumplía su palabra. Cogería ahora mismo mi ganso y en su interior
llevaría la piedra hasta Kilburn. Había en el patio un pequeño cobertizo, y me metí detrás de él con uno
de los gansos, un magnífico ejemplar, blanco y con una franja en la cola. Lo sujeté, le abrí el pico y le metí
la piedra por el gaznate, tan abajo como pude llegar con los dedos. El pájaro tragó, y sentí la piedra pasar
por la garganta y llegar al buche. Pero el animal forcejeaba y aleteaba, y mi hermana salió a ver qué
ocurría. Cuando me volví para hablarle, el bicho se me escapó y regresó dando un pequeño vuelo entre
sus compañeros.
»-¿Qué estás haciendo con ese ganso, Jem? -preguntó mi hermana.
»-Bueno -dije-, como dijiste que me ibas a regalar uno por Navidad, estaba mirando cuál es el más gordo.
»-Oh, ya hemos apartado uno para ti -dijo ella-. Lo llamamos el ganso de Jem. Es aquel grande y blanco.
En total hay veintiséis; o sea, uno para ti, otro para nosotros y dos docenas para vender.
LAS AV E N T UR A S DE SH E R L O C K HOLm ES
EDITORIAL DIGITAL - ImPRENTA NACIONAL
C O S T A R I CA
»-Gracias, Maggie -dije yo-. Pero, si te da lo mismo, prefiero ese otro que estaba examinando.
»-El otro pesa por lo menos tres libras más -dijo ella-, y lo hemos engordado expresamente para ti.
»-No importa. Prefiero el otro, y me lo voy a llevar ahora -dije.
»-Bueno, como quieras -dijo ella, un poco mosqueada-. ¿Cuál es el que dices que quieres?
»-Aquel blanco con una raya en la cola, que está justo en medio.
»-De acuerdo. Mátalo y te lo llevas.
»Así lo hice, señor Holmes, y me llevé el ave hasta Kilburn. Le conté a mi amigo lo que había hecho,
porque es de la clase de gente a la que se le puede contar una cosa así. Se rió hasta partirse el pecho, y
luego cogimos un cuchillo y abrimos el ganso. Se me encogió el corazón, porque allí no había ni rastro
de la piedra, y comprendí que había cometido una terrible equivocación. Dejé el ganso, corrí a casa de mi
hermana y fui derecho al patio. No había ni un ganso a la vista.
»-¿Dónde están todos, Maggie? -exclamé.
»-Se los llevaron a la tienda.
»-¿A qué tienda?
»-A la de Breckinridge, en Covent Garden.
»-¿Había otro con una raya en la cola, igual que el que yo me llevé? -pregunté.
»-Sí, Jem, había dos con raya en la cola. Jamás pude distinguirlos.
»Entonces, naturalmente, lo comprendí todo, y corrí a toda la velocidad de mis piernas en busca de ese
Breckinridge; pero ya había vendido todo el lote y se negó a decirme a quién. Ya le han oído ustedes esta
noche. Pues todas las veces ha sido igual. Mi hermana cree que me estoy volviendo loco. A veces, yo
también lo creo. Y ahora... ahora soy un ladrón, estoy marcado, y sin haber llegado a tocar la riqueza por
la que vendí mi buena fama. ¡Que Dios se apiade de mí! ¡Que Dios se apiade de mí!
Estalló en sollozos convulsivos, con la cara oculta entre las manos. Se produjo un largo silencio, roto tan
sólo por su agitada respiración y por el rítmico tamborileo de los dedos de Sherlock Holmes sobre el
borde de la mesa. Por fin, mi amigo se levantó y abrió la puerta de par en par.
-¡Váyase! -dijo.
-¿Cómo, señor? ¡Oh! ¡Dios le bendiga!
-Ni una palabra más. ¡Fuera de aquí! Y no hicieron falta más palabras. Hubo una carrera precipitada, un
pataleo en la escalera, un portazo y el seco repicar de pies que corrían en la calle.
-Al fin y al cabo, Watson -dijo Holmes, estirando la mano en busca de su pipa de arcilla-, la policía no me
paga para que cubra sus deficiencias. Si Horner corriera peligro, sería diferente, pero este individuo no
declarará contra él, y el proceso no seguirá adelante. Supongo que estoy indultando a un delincuente,
pero también es posible que esté salvando un alma. Este tipo no volverá a descarriarse. Está demasiado
asustado. Métalo en la cárcel y lo convertirá en carne de presidio para el resto de su vida. Además,
estamos en época de perdonar. La casualidad ha puesto en nuestro camino un problema de lo más curioso
y extravagante, y su solución es recompensa suficiente. Si tiene usted la amabilidad de tirar de la
LAS AV E N T UR A S DE SH E R L O C K HOLm ES
EDITORIAL DIGITAL - ImPRENTA NACIONAL
C O S T A R I CA
campanilla, doctor, iniciaremos otra investigación, cuyo tema principal será también un ave de corral.
LA BANDA DE LUNARES
CAPÍTULO I
Al repasar mis notas sobre los setenta y tantos casos en los que, durante los ocho últimos años, he
estudiado los métodos de mi amigo Sherlock Holmes, he encontrado muchos trágicos, algunos cómicos,
un buen número de ellos que eran simplemente extraños, pero ninguno vulgar; porque, trabajando como
él trabajaba, más por amor a su arte que por afán de riquezas, se negaba a intervenir en ninguna
investigación que no tendiera a lo insólito e incluso a lo fantástico. Sin embargo, entre todos estos casos
tan variados, no recuerdo ninguno que presentara características más extraordinarias que el que afectó a
una conocida familia de Surrey, los Roylott de Stoke Moran. Los acontecimientos en cuestión tuvieron
lugar en los primeros tiempos de mi asociación con Holmes, cuando ambos compartíamos un
apartamento de solteros en Baker Street. Podría haberlo dado a conocer antes, pero en su momento se
hizo una promesa de silencio, de la que no me he visto libre hasta el mes pasado, debido a la prematura
muerte de la dama a quien se hizo la promesa. Quizás convenga sacar los hechos a la luz ahora, pues
tengo motivos para creer que corren rumores sobre la muerte del doctor Grimesby Roylott que tienden a
hacer que el asunto parezca aún más terrible que lo que fue en realidad.
Una mañana de principios de abril de 1883, me desperté y vi a Sherlock Holmes completamente vestido,
de pie junto a mi cama. Por lo general, se levantaba tarde, y en vista de que el reloj de la repisa sólo
marcaba las siete y cuarto, le miré parpadeando con una cierta sorpresa, y tal vez algo de resentimiento,
porque yo era persona de hábitos muy regulares.
-Lamento despertarle, Watson -dijo-, pero esta mañana nos ha tocado a todos. A la señora Hudson la han
despertado, ella se desquitó conmigo, y yo con usted.
-No hay misterio alguno, querida señora -explicó Holmes sonriendo-. La manga izquierda de su
chaqueta tiene salpicaduras de barro nada menos que en siete sitios. Las manchas aún están frescas. Sólo
en un coche descubierto podría haberse salpicado así, y eso sólo si venía sentada a la izquierda del
cochero.
-Sean cuales sean sus razones, ha acertado usted en todo -dijo ella-. Salí de casa antes de las seis, llegué
a Leatherhead a las seis y veinte y cogí el primer tren a Waterloo. Señor, ya no puedo aguantar más esta
tensión, me volveré loca de seguir así. No tengo a nadie a quien recurrir... sólo hay una persona que me
aprecia, y el pobre no sería una gran ayuda. He oído hablar de usted, señor Holmes; me habló de usted la
señora Farintosh, a la que usted ayudó cuando se encontraba en un grave apuro. Ella me dio su dirección.
¡Oh, señor! ¿No cree que podría ayudarme a mí también, y al menos arrojar un poco de luz sobre las
densas tinieblas que me rodean? Por el momento, me resulta imposible retribuirle por sus servicios, pero
dentro de uno o dos meses me voy a casar, podré disponer de mi renta y entonces verá usted que no soy
desagradecida.
Holmes se dirigió a su escritorio, lo abrió y sacó un pequeño fichero que consultó a continuación.
-Farintosh -dijo-. Ah, sí, ya me acuerdo del caso; giraba en torno a una tiara de ópalo. Creo que fue antes
de conocernos, Watson. Lo único que puedo decir, señora, es que tendré un gran placer en dedicar a su
caso la misma atención que dediqué al de su amiga. En cuanto a la retribución, mi profesión lleva en sí
misma la recompensa; pero es usted libre de sufragar los gastos en los que yo pueda incurrir, cuando le
resulte más conveniente. Y ahora, le ruego que nos exponga todo lo que pueda servirnos de ayuda para
formarnos una opinión sobre el asunto.
-¡Ay! -replicó nuestra visitante-. El mayor horror de mi situación consiste en que mis temores son tan
inconcretos, y mis sospechas se basan por completo en detalles tan pequeños y que a otra persona le
LAS AV E N T UR A S DE SH E R L O C K HOLm ES
EDITORIAL DIGITAL - ImPRENTA NACIONAL
C O S T A R I CA
parecerían triviales, que hasta el hombre a quien, entre todos los demás, tengo derecho a pedir ayuda y
consejo, considera todo lo que le digo como fantasías de una mujer nerviosa. No lo dice así, pero puedo
darme cuenta por sus respuestas consoladoras y sus ojos esquivos. Pero he oído decir, señor Holmes, que
usted es capaz de penetrar en las múltiples maldades del corazón humano. Usted podrá indicarme cómo
caminar entre los peligros que me amenazan.
-Soy todo oídos, señora.
-Me llamo Helen Stoner, y vivo con mi padrastro, último superviviente de una de las familias sajonas
más antiguas de Inglaterra, los Roylott de Stoke Moran, en el límite occidental de Surrey.
Holmes asintió con la cabeza.
-El nombre me resulta familiar -dijo.
-En otro tiempo, la familia era una de las más ricas de Inglaterra, y sus propiedades se extendían más allá
de los límites del condado, entrando por el norte en Berkshire y por el oeste en Hampshire. Sin embargo, en
el siglo pasado hubo cuatro herederos seguidos de carácter disoluto y derrochador, y un jugador completó,
en tiempos de la Regencia, la ruina de la familia. No se salvó nada, con excepción de unas pocas
hectáreas de tierra y la casa, de doscientos años de edad, sobre la que pesa una fuerte hipoteca. Allí
arrastró su existencia el último señor, viviendo la vida miserable de un mendigo aristócrata; pero su
único hijo, mi padrastro, comprendiendo que debía adaptarse a las nuevas condiciones, consiguió un
préstamo de un pariente, que le permitió estudiar medicina, y emigró a Calcuta, donde, gracias a su
talento profesional y a su fuerza de carácter, consiguió una numerosa clientela. Sin embargo, en un
arrebato de cólera, provocado por una serie de robos cometidos en su casa, azotó hasta matarlo a un
mayordomo indígena, y se libró por muy poco de la pena de muerte. Tuvo que cumplir una larga
condena, al cabo de la cual regresó a Inglaterra, convertido en un hombre huraño y desengañado.
»Durante su estancia en la India, el doctor Roylott se casó con mi madre, la señora Stoner, joven viuda
del general de división Stoner, de la artillería de Bengala. Mi hermana Julia y yo éramos gemelas, y sólo
teníamos dos años cuando nuestra madre se volvió a casar. Mi madre disponía de un capital considerable,
con una renta que no bajaba de las mil libras al año, y se lo confió por entero al doctor Roylott mientras
viviésemos con él, estipulando que cada una de nosotras debía recibir cierta suma anual en caso de
contraer matrimonio. Mi madre falleció poco después de nuestra llegada a Inglaterra... hace ocho años,
en un accidente ferroviario cerca de Crewe. A su muerte, el doctor Roylott abandonó sus intentos de
establecerse como médico en Londres, y nos llevó a vivir con él en la mansión ancestral de Stoke Moran.
El dinero que dejó mi madre bastaba para cubrir todas nuestras necesidades, y no parecía existir
obstáculo a nuestra felicidad.
»Pero, aproximadamente por aquella época, nuestro padrastro experimentó un cambio terrible. En lugar
de hacer amistades e intercambiar visitas con nuestros vecinos, que al principio se alegraron muchísimo
de ver a un Roylott de Stoke Moran instalado de nuevo en la vieja mansión familiar, se encerró en la casa
sin salir casi nunca, a no ser para enzarzarse en furiosas disputas con cualquiera que se cruzase en su
camino. El temperamento violento, rayano con la manía, parece ser hereditario en los varones de la
familia, y en el caso de mi padrastro creo que se intensificó a consecuencia de su larga estancia en el
trópico. Provocó varios incidentes bochornosos, dos de los cuales terminaron en el juzgado, y acabó por
convertirse en el terror del pueblo, de quien todos huían al verlo acercarse, pues tiene una fuerza
extraordinaria y es absolutamente incontrolable cuando se enfurece.
»La semana pasada tiró al herrero del pueblo al río, por encima del pretil, y sólo a base de pagar todo el
dinero que pude reunir conseguí evitar una nueva vergüenza pública. No tiene ningún amigo, a
LAS AV E N T UR A S DE SH E R L O C K HOLm ES
EDITORIAL DIGITAL - ImPRENTA NACIONAL
C O S T A R I CA
excepción de los gitanos errantes, y a estos vagabundos les da permiso para acampar en las pocas
hectáreas de tierra cubierta de zarzas que componen la finca familiar, aceptando a cambio la hospitalidad
de sus tiendas y marchándose a veces con ellos durante semanas enteras. También le apasionan los
animales indios, que le envía un contacto en las colonias, y en la actualidad tiene un guepardo y un
babuino que se pasean en libertad por sus tierras, y que los aldeanos temen casi tanto como a su dueño.
»Con esto que le digo podrá usted imaginar que mi pobre hermana Julia y yo no llevábamos una vida de
placeres. Ningún criado quería servir en nuestra casa, y durante mucho tiempo hicimos nosotras todas las
labores domésticas. Cuando murió no tenía más que treinta años y, sin embargo, su cabello ya empezaba a
blanquear, igual que el mío.
»-Bueno, en cualquier caso, no tiene gran importancia -me dirigió una sonrisa, cerró la puerta y pocos
segundos después oí su llave girar en la cerradura.
-Caramba -dijo Holmes-. ¿Tenían la costumbre de cerrar siempre su puerta con llave por la noche?
-Siempre.
-¿Y por qué?
-Creo haber mencionado que el doctor tenía sueltos un guepardo y un babuino. No nos sentíamos seguras
sin la puerta cerrada.
-Es natural. Por favor, prosiga con su relato.
-Aquella noche no pude dormir. Sentía la vaga sensación de que nos amenazaba una desgracia. Como
recordará, mi hermana y yo éramos gemelas, y ya sabe lo sutiles que son los lazos que atan a dos almas
tan estrechamente unidas. Fue una noche terrible. El viento aullaba en el exterior, y la lluvia caía con
fuerza sobre las ventanas. De pronto, entre el estruendo de la tormenta, se oyó el grito desgarrado de una
mujer aterrorizada. Supe que era la voz de mi hermana. Salté de la cama, me envolví en un chal y salí
corriendo al pasillo. Al abrir la puerta, me pareció oír un silbido, como el que había descrito mi hermana, y
pocos segundos después un golpe metálico, como si se hubiese caído un objeto de metal. Mientras yo
corría por el pasillo se abrió la cerradura del cuarto de mi hermana y la puerta giró lentamente sobre sus
goznes. Me quedé mirando horrorizada, sin saber lo que iría a salir por ella. A la luz de la lámpara del
pasillo, vi que mi hermana aparecía en el hueco, con la cara lívida de espanto y las manos extendidas en
petición de socorro, toda su figura oscilando de un lado a otro, como la de un borracho. Corrí hacia ella y la
rodeé con mis brazos, pero en aquel momento parecieron ceder sus rodillas y cayó al suelo. Se estremecía
como si sufriera horribles dolores, agitando convulsivamente los miembros. Al principio creí que no me
había reconocido, pero cuando me incliné sobre ella gritó de pronto, con una voz que no olvidaré jamás: «
¡Dios mío, Helen! ¡Ha sido la banda! ¡La banda de lunares! » Quiso decir algo más, y señaló con el dedo
en dirección al cuarto del doctor, pero una nueva convulsión se apoderó de ella y ahogó sus palabras.
Corrí llamando a gritos a nuestro padrastro, y me tropecé con él, que salía en bata de su habitación.
Cuando llegamos junto a mi hermana, ésta ya había perdido el conocimiento, y aunque él le vertió brandy
por la garganta y mandó llamar al médico del pueblo, todos los esfuerzos fueron en vano, porque poco a
poco se fue apagando y murió sin recuperar la conciencia. Éste fue el espantoso final de mi querida
hermana.
-Un momento -dijo Holmes-. ¿Está usted segura de lo del silbido y el sonido metálico? ¿Podría jurarlo?
-Eso mismo me preguntó el juez de instrucción del condado durante la investigación. Estoy convencida
de que lo oí, a pesar de lo cual, entre el fragor de la tormenta y los crujidos de una casa vieja, podría
haberme equivocado.
-¿Estaba vestida su hermana?
-No, estaba en camisón. En la mano derecha se encontró el extremo chamuscado de una cerilla, y en la
LAS AV E N T UR A S DE SH E R L O C K HOLm ES
EDITORIAL DIGITAL - ImPRENTA NACIONAL
C O S T A R I CA
izquierda una caja de fósforos.
-Lo cual demuestra que encendió una cerilla y miró a su alrededor cuando se produjo la alarma. Eso es
importante. ¿Y a qué conclusiones llegó el juez de instrucción?
-Investigó el caso minuciosamente, porque la conducta del doctor Roylott llevaba mucho tiempo dando
que hablar en el condado, pero no pudo descubrir la causa de la muerte. Mi testimonio indicaba que su
puerta estaba cerrada por dentro, y las ventanas tenían postigos antiguos, con barras de hierro que se
cerraban cada noche. Se examinaron cuidadosamente las paredes, comprobando que eran bien macizas
por todas partes, y lo mismo se hizo con el suelo, con idéntico resultado. La chimenea es bastante amplia,
pero está enrejada con cuatro gruesos barrotes. Así pues, no cabe duda de que mi hermana se encontraba
sola cuando le llegó la muerte. Además, no presentaba señales de violencia.
-¿Qué me dice del veneno?
-Los médicos investigaron esa posibilidad, sin resultados.
-¿De qué cree usted, entonces, que murió la desdichada señorita?
-Estoy convencida de que murió de puro y simple miedo o de trauma nervioso, aunque no logro
explicarme qué fue lo que la asustó.
-¿Había gitanos en la finca en aquel momento?
-Sí, casi siempre hay algunos.
-Ya. ¿Y qué le sugirió a usted su alusión a una banda... una banda de lunares?
-A veces he pensado que se trataba de un delirio sin sentido; otras veces, que debía referirse a una banda
de gente, tal vez a los mismos gitanos de la finca. No sé si los pañuelos de lunares que muchos de ellos
llevan en la cabeza le podrían haber inspirado aquel extraño término.
Holmes meneó la cabeza como quien no se da por satisfecho.
-Nos movemos en aguas muy profundas -dijo-. Por favor, continúe con su narración.
-Desde entonces han transcurrido dos años, y mi vida ha sido más solitaria que nunca, hasta hace muy
poco. Hace un mes, un amigo muy querido, al que conozco desde hace muchos años, me hizo el honor de
pedir mi mano. Se llama Armitage, Percy Armitage, segundo hijo del señor Armitage, de Crane Water,
cerca de Reading. Mi padrastro no ha puesto inconvenientes al matrimonio, y pensamos casarnos en
primavera. Hace dos días se iniciaron unas reparaciones en el ala oeste del edificio, y hubo que
agujerear la pared de mi cuarto, por lo que me tuve que instalar en la habitación donde murió mi
hermana y dormir en la misma cama en la que ella dormía. Imagínese mi escalofrío de terror cuando
anoche, estando yo acostada pero despierta, pensando en su terrible final, oí de pronto en el silencio de la
noche el suave silbido que había anunciado su propia muerte.
Salté de la cama y encendí la lámpara, pero no vi nada anormal en la habitación. Estaba demasiado
nerviosa como para volver a acostarme, así que me vestí y, en cuando salió el sol, me eché a la calle,
cogí un coche en la posada Crown, que está enfrente de casa, y me planté en Leatherhead, de donde he
llegado esta mañana, con el único objeto de venir a verle y pedirle consejo.
-Ha hecho usted muy bien -dijo mi amigo-. Pero ¿me lo ha contado todo?
LAS AV E N T UR A S DE SH E R L O C K HOLm ES
EDITORIAL DIGITAL - ImPRENTA NACIONAL
C O S T A R I CA
-Sí, todo.
-Señorita Stoner, no me lo ha dicho todo. Está usted encubriendo a su padrastro.
-¿Cómo? ¿Qué quiere decir?
Por toda respuesta, Holmes levantó el puño de encaje negro que adornaba la mano que nuestra visitante
apoyaba en la rodilla. Impresos en la blanca muñeca se veían cinco pequeños moretones, las marcas de
cuatro dedos y un pulgar.
-La han tratado con brutalidad -dijo Holmes.
La dama se ruborizó intensamente y se cubrió la lastimada muñeca.
-Es un hombre duro -dijo-, y seguramente no se da cuenta de su propia fuerza.
Se produjo un largo silencio, durante el cual Holmes apoyó el mentón en las manos y permaneció con la
mirada fija en el fuego crepitante.
-Es un asunto muy complicado -dijo por fin-. Hay mil detalles que me gustaría conocer antes de decidir
nuestro plan de acción, pero no podemos perder un solo instante. Si nos desplazáramos hoy mismo a Stoke
Moran, ¿nos sería posible ver esas habitaciones sin que se enterase su padrastro?
-Precisamente dijo que hoy tenía que venir a Londres para algún asunto importante. Es probable que esté
ausente todo el día y que pueda usted actuar sin estorbos. Tenemos una sirvienta, pero es vieja y estúpida,
y no me será difícil quitarla de en medio.
-Excelente. ¿Tiene algo en contra de este viaje, Watson?
-Nada en absoluto.
-Entonces, iremos los dos. Y usted, ¿qué va a hacer?
-Ya que estoy en Londres, hay un par de cosillas que me gustaría hacer. Pero pienso volver en el tren de
las doce, para estar allí cuando ustedes lleguen.
-Puede esperarnos a primera hora de la tarde. Yo también tengo un par de asuntillos que atender.
¿No quiere quedarse a desayunar?
-No, tengo que irme. Me siento ya más aliviada desde que le he confiado mi problema. Espero volverle a
ver esta tarde -dejó caer el tupido velo negro sobre su rostro y se deslizó fuera de la habitación.
-¿Qué le parece todo esto, Watson? -preguntó Sherlock Holmes recostándose en su butaca.
-Me parece un asunto de lo más turbio y siniestro.
-Turbio y siniestro a no poder más.
-Sin embargo, si la señorita tiene razón al afirmar que las paredes y el suelo son sólidos, y que la
puerta, ventanas y chimenea son infranqueables, no cabe duda de que la hermana tenía que encontrarse
sola cuando encontró la muerte de manera tan misteriosa.
-¿Y qué me dice entonces de los silbidos nocturnos y de las intrigantes palabras de la mujer moribunda?
-No se me ocurre nada.
LAS AV E N T UR A S DE SH E R L O C K HOLm ES
EDITORIAL DIGITAL - ImPRENTA NACIONAL
C O S T A R I CA
-Si combinamos los silbidos en la noche, la presencia de una banda de gitanos que cuentan con la
amistad del viejo doctor, el hecho de que tenemos razones de sobra para creer que el doctor está muy
interesado en impedir la boda de su hijastra, la alusión a una banda por parte de la moribunda, el hecho de
que la señorita Helen Stoner oyera un golpe metálico, que pudo haber sido producido por una de esas
barras de metal que cierran los postigos al caer de nuevo en su sitio, me parece que hay una buena base
para pensar que podemos aclarar el misterio siguiendo esas líneas.
-Pero ¿qué es lo que han hecho los gitanos?
-No tengo ni idea.
-Encuentro muchas objeciones a esa teoría.
-También yo. Precisamente por esa razón vamos a ir hoy a Stoke Moran. Quiero comprobar si las
objeciones son definitivas o se les puede encontrar una explicación. Pero... ¿qué demonio?...
Lo que había provocado semejante exclamación de mi compañero fue el hecho de que nuestra puerta se
abriera de golpe y un hombre gigantesco apareciera en el marco. Sus ropas eran una curiosa mezcla de lo
profesional y lo agrícola: llevaba un sombrero negro de copa, una levita con faldones largos y un par de
polainas altas, y hacía oscilar en la mano un látigo de caza. Era tan alto que su sombrero rozaba el
montante de la puerta, y tan ancho que la llenaba de lado a lado. Su rostro amplio, surcado por mil
arrugas, tostado por el sol hasta adquirir un matiz amarillento y marcado por todas las malas pasiones,
se volvía alternativamente de uno a otro de nosotros, mientras sus ojos, hundidos y biliosos, y su nariz
alta y huesuda, le daban cierto parecido grotesco con un ave de presa, vieja y feroz.
-¿Quién de ustedes es Holmes? -preguntó la aparición.
-Ése es mi nombre, señor, pero me lleva usted ventaja -respondió mi compañero muy tranquilo.
-Soy el doctor Grimesby Roylott, de Stoke Moran.
-Ah, ya -dijo Holmes suavemente-. Por favor, tome asiento, doctor.
-He visto el testamento de la esposa fallecida -dijo-. Para determinar el valor exacto, me he visto
obligado a averiguar los precios actuales de las inversiones que en él figuran. La renta total, que en la
época en que murió la esposa era casi de 1.100 libras, en la actualidad, debido al descenso de los precios
agrícolas, no pasa de las 750. En caso de contraer matrimonio, cada hija puede reclamar una renta de 250.
Es evidente, por lo tanto, que si las dos chicas se hubieran casado, este payaso se quedaría a dos velas; y
con que sólo se casara una, ya notaría un bajón importante. El trabajo de esta mañana no ha sido en vano,
ya que ha quedado demostrado que el tipo tiene motivos de los más fuertes para tratar de impedir que tal
cosa ocurra. Y ahora, Watson, la cosa es demasiado grave como para andar perdiendo el tiempo,
especialmente si tenemos en cuenta que el viejo ya sabe que nos interesamos por sus asuntos, así que, si
está usted dispuesto, llamaremos a un coche para que nos lleve a Waterloo. Le agradecería mucho que se
metiera el revólver en el bolsillo. Un Eley n.° 2 es un excelente argumento para tratar con caballeros que
pueden hacer nudos con un atizador de hierro. Eso y un cepillo de dientes, creo yo, es todo lo que
necesitamos.
CAPÍTULO II
En Waterloo tuvimos la suerte de coger un tren a Leatherhead, y una vez allí alquilamos un coche en la
posada de la estación y recorrimos cuatro o cinco millas por los encantadores caminos de Surrey. Era un
día verdaderamente espléndido, con un sol resplandeciente y unas cuantas nubes algodonosas en el cielo.
Los árboles y los setos de los lados empezaban a echar los primeros brotes, y el aire olía agradablemente a
tierra mojada. Para mí, al menos, existía un extraño contraste entre la dulce promesa de la primavera y la
siniestra intriga en la que nos habíamos implicado. Mi compañero iba sentado en la parte delantera, con
LAS AV E N T UR A S DE SH E R L O C K HOLm ES
EDITORIAL DIGITAL - ImPRENTA NACIONAL
C O S T A R I CA
los brazos cruzados, el sombrero caído sobre los ojos y la barbilla hundida en el pecho, sumido
aparentemente en los más profundos pensamientos. Pero de pronto se incorporó, me dio un golpecito en
el hombro y señaló hacia los prados.
-¡Mire allá! -dijo.
Un parque con abundantes árboles se extendía en suave pendiente, hasta convertirse en bosque cerrado
en su punto más alto. Entre las ramas sobresalían los frontones grises y el alto tejado de una mansión
muy antigua.
-¿Stoke Moran? -preguntó.
-Sí, señor; ésa es la casa del doctor Grimesby Roylott -confirmó el cochero.
-Veo que están haciendo obras -dijo Holmes-. Es allí donde vamos.
-El pueblo está allí -dijo el cochero, señalando un grupo de tejados que se veía a cierta distancia a la
izquierda-. Pero si quieren ustedes ir a la casa, les resultará más corto por esa escalerilla de la cerca y
luego por el sendero que atraviesa el campo. Allí, por donde está paseando la señora.
-Y me imagino que dicha señora es la señorita Stoner -comentó Holmes, haciendo visera con la mano
sobre los ojos-. Sí, creo que lo mejor es que hagamos lo que usted dice.
Nos apeamos, pagamos el trayecto y el coche regresó traqueteando a Leatherhead.
-Me pareció conveniente -dijo Holmes mientras subíamos la escalerilla- que el cochero creyera que
venimos aquí como arquitectos, o para algún otro asunto concreto. Puede que eso evite chismorreos.
Buenas tardes, señorita Stoner. Ya ve que hemos cumplido nuestra palabra.
Nuestra cliente de por la mañana había corrido a nuestro encuentro con la alegría pintada en el rostro.
-Les he estado esperando ansiosamente -exclamó, estrechándonos afectuosamente las manos-. Todo ha
salido de maravilla. El doctor Roylott se ha marchado a Londres, y no es probable que vuelva antes del
anochecer.
-Hemos tenido el placer de conocer al doctor -dijo Holmes, y en pocas palabras le resumió lo ocurrido.
La señorita Stoner palideció hasta los labios al oírlo.
-¡Cielo santo! -exclamó-. ¡Me ha seguido!
-Eso parece.
-Es tan astuto que nunca sé cuándo estoy a salvo de él. ¿Qué dirá cuando vuelva?
-Más vale que se cuide, porque puede encontrarse con que alguien más astuto que él le sigue la pista.
Usted tiene que protegerse encerrándose con llave esta noche. Si se pone violento, la llevaremos a casa
de su tía de Harrow. Y ahora, hay que aprovechar lo mejor posible el tiempo, así que, por favor, llévenos
cuanto antes a las habitaciones que tenemos que examinar.
El edificio era de piedra gris manchada de liquen, con un bloque central más alto y dos alas curvadas, como
las pinzas de un cangrejo, una a cada lado. En una de dichas alas, las ventanas estaban rotas y tapadas con
tablas de madera, y parte del tejado se había hundido, dándole un aspecto ruinoso. El bloque central
estaba algo mejor conservado, pero el ala derecha era relativamente moderna, y las cortinas de las
ventanas, junto con las volutas de humo azulado que salían de las chimeneas, demostraban que en ella
LAS AV E N T UR A S DE SH E R L O C K HOLm ES
EDITORIAL DIGITAL - ImPRENTA NACIONAL
C O S T A R I CA
residía la familia. En un extremo se habían levantado andamios y abierto algunos agujeros en el muro,
pero en aquel momento no se veía ni rastro de los obreros. Holmes caminó lentamente de un lado a otro
del césped mal cortado, examinando con gran atención la parte exterior de las ventanas.
-Supongo que ésta corresponde a la habitación en la que usted dormía, la del centro a la de su difunta
hermana, y la que se halla pegada al edificio principal a la habitación del doctor Roylott.
-Exactamente. Pero ahora duermo en la del centro.
-Mientras duren las reformas, según tengo entendido. Por cierto, no parece que haya una necesidad urgente
de reparaciones en ese extremo del muro.
-No había ninguna necesidad. Yo creo que fue una excusa para sacarme de mi habitación.
-¡Ah, esto es muy sugerente! Ahora, veamos: por la parte de atrás de este ala está el pasillo al que dan
estas tres habitaciones. Supongo que tendrá ventanas.
-Sí, pero muy pequeñas. Demasiado estrechas para que pueda pasar nadie por ellas.
-Puesto que ustedes dos cerraban sus puertas con llave por la noche, el acceso a sus habitaciones por ese
lado es imposible. Ahora, ¿tendrá usted la bondad de entrar en su habitación y cerrar los postigos de la
ventana?
La señorita Stoner hizo lo que le pedían, y Holmes, tras haber examinado atentamente la ventana abierta,
intentó por todos los medios abrir los postigos cerrados, pero sin éxito. No existía ninguna rendija por la
que pasar una navaja para levantar la barra de hierro. A continuación, examinó con la lupa las bisagras,
pero éstas eran de hierro macizo, firmemente empotrado en la recia pared.
-¡Hum! -dijo, rascándose la barbilla y algo perplejo-. Desde luego, mi teoría presenta ciertas dificultades.
Nadie podría pasar con estos postigos cerrados. Bueno, veamos si el interior arroja alguna luz sobre el
asunto.
Entramos por una puertecita lateral al pasillo encalado al que se abrían los tres dormitorios. Holmes se
negó a examinar la tercera habitación y pasamos directamente a la segunda, en la que dormía la señorita
Stoner y en la que su hermana había encontrado la muerte. Era un cuartito muy acogedor, de techo bajo y
con una amplia chimenea de estilo rural. En una esquina había una cómoda de color castaño, en otra una
cama estrecha con colcha blanca, y a la izquierda de la ventana una mesa de tocador. Estos artículos,
más dos sillitas de mimbre, constituían todo el mobiliario de la habitación, aparte de una alfombra
cuadrada de Wilton que había en el centro. El suelo y las paredes eran de madera de roble, oscura y
carcomida, tan vieja y descolorida que debía remontarse a la construcción original de la casa. Holmes
arrimó una de las sillas a un rincón y se sentó en silencio, mientras sus ojos se desplazaban de un lado a
otro, arriba y abajo, asimilando cada detalle de la habitación.
-¿Con qué comunica esta campanilla? -preguntó por fin, señalando un grueso cordón de campanilla que
colgaba junto a la cama, y cuya borla llegaba a apoyarse en la almohada.
-Con la habitación de la sirvienta.
-Parece más nueva que el resto de las cosas.
-Sí, es preciso. Deje que le explique. Aquello de allá creo que es la posada del pueblo, ¿no?
-Sí, el «Crown».
-Muy bien. ¿Se verán desde allí sus ventanas?
-Desde luego.
-En cuanto regrese su padrastro, usted se retirará a su habitación, pretextando un dolor de cabeza. Y
cuando oiga que él también se retira a la suya, tiene usted que abrir la ventana, alzar el cierre, colocar un
candil que nos sirva de señal y, a continuación, trasladarse con todo lo que vaya a necesitar a la
habitación que ocupaba antes. Estoy seguro de que, a pesar de las reparaciones, podrá arreglárselas para
pasar allí una noche.
-Oh, sí, sin problemas.
LAS AV E N T UR A S DE SH E R L O C K HOLm ES
EDITORIAL DIGITAL - ImPRENTA NACIONAL
C O S T A R I CA
-El resto, déjelo en nuestras manos.
-Pero ¿qué van ustedes a hacer?
-Vamos a pasar la noche en su habitación e investigar la causa de ese sonido que la ha estado molestando.
-Me parece, señor Holmes, que ya ha llegado usted a una conclusión -dijo la señorita Stoner, posando su
mano sobre el brazo de mi compañero.
-Es posible.
-Entonces, por compasión, dígame qué ocasionó la muerte de mi hermana.
-Prefiero tener pruebas más terminantes antes de hablar.
-Al menos, podrá decirme si mi opinión es acertada, y murió de un susto.
-No, no lo creo. Creo que es probable que existiera una causa más tangible. Y ahora, señorita Stoner,
tenemos que dejarla, porque si regresara el doctor Roylott y nos viera, nuestro viaje habría sido en vano.
Adiós, y sea valiente, porque si hace lo que le he dicho puede estar segura de que no tardaremos en
librarla de los peligros que la amenazan.
Sherlock Holmes y yo no tuvimos dificultades para alquilar una alcoba con sala de estar en el
«Crown». Las habitaciones se encontraban en la planta superior, y desde nuestra ventana gozábamos de una
espléndida vista de la entrada a la avenida y del ala deshabitada de la mansión de Stoke Moran. Al
atardecer vimos pasar en un coche al doctor Grimesby Roylott, con su gigantesca figura sobresaliendo
junto a la menuda figurilla del muchacho que guiaba el coche. El cochero tuvo alguna dificultad para
abrir las pesadas puertas de hierro, y pudimos oír el áspero rugido del doctor y ver la furia con que agitaba
los puños cerrados, amenazándolo. El vehículo siguió adelante y, pocos minutos más tarde, vimos una
luz que brillaba de pronto entre los árboles, indicando que se había encendido una lámpara en uno de los
salones.
-¿Sabe usted, Watson? -dijo Holmes mientras permanecíamos sentados en la oscuridad-. Siento ciertos
escrúpulos de llevarle conmigo esta noche. Hay un elemento de peligro indudable.
-¿Puedo servir de alguna ayuda?
-Su presencia puede resultar decisiva.
-Entonces iré, sin duda alguna.
-Es usted muy amable.
-Dice usted que hay peligro. Evidentemente, ha visto usted en esas habitaciones más de lo que pude ver
yo.
-Eso no, pero supongo que yo habré deducido unas pocas cosas más que usted. Imagino, sin embargo,
que vería usted lo mismo que yo.
-Yo no vi nada destacable, a excepción del cordón de la campanilla, cuya finalidad confieso que se me
escapa por completo.
-¿Vio usted el orificio de ventilación?
LAS AV E N T UR A S DE SH E R L O C K HOLm ES
EDITORIAL DIGITAL - ImPRENTA NACIONAL
C O S T A R I CA
-Sí, pero no me parece que sea tan insólito que exista una pequeña abertura entre dos habitaciones. Era tan
pequeña que no podría pasar por ella ni una rata.
-Yo sabía que encontraríamos un orificio así antes de venir a Stoke Moran.
-¡Pero Holmes, por favor!
-Le digo que lo sabía. Recuerde usted que la chica dijo que su hermana podía oler el cigarro del
doctor Roylott. Eso quería decir, sin lugar a dudas, que tenía que existir una comunicación entre las dos
habitaciones. Y tenía que ser pequeña, o alguien se habría fijado en ella durante la investigación judicial.
Deduje, pues, que se trataba de un orificio de ventilación.
-Pero, ¿qué tiene eso de malo?
-Bueno, por lo menos existe una curiosa coincidencia de fecha. Se abre un orificio, se instala un cordón
y muere una señorita que dormía en la cama. ¿No le resulta llamativo?
-Hasta ahora no veo ninguna relación.
-¿No observó un detalle muy curioso en la cama?
-No.
-Estaba clavada al suelo. ¿Ha visto usted antes alguna cama sujeta de ese modo?
-No puedo decir que sí.
-La señorita no podía mover su cama. Tenía que estar siempre en la misma posición con respecto a la
abertura y al cordón... podemos llamarlo así, porque, evidentemente, jamás se pensó en dotarlo de
campanilla.
-Holmes, creo que empiezo a entrever adónde quiere usted ir a parar -exclamé-. Tenemos el tiempo justo
para impedir algún crimen artero y horrible.
-De lo más artero y horrible. Cuando un médico se tuerce, es peor que ningún criminal. Tiene sangre fría y
tiene conocimientos. Palmer y Pritchard estaban en la cumbre de su profesión. Este hombre aún va más
lejos, pero creo, Watson, que podremos llegar más lejos que él. Pero ya tendremos horrores de sobra
antes de que termine la noche; ahora, por amor de Dios, fumemos una pipa en paz, y dediquemos el
cerebro a ocupaciones más agradables durante unas horas.
A eso de las nueve, se apagó la luz que brillaba entre los árboles y todo quedó a oscuras en dirección a la
mansión. Transcurrieron lentamente dos horas y, de pronto, justo al sonar las once, se encendió
exactamente frente a nosotros una luz aislada y brillante.
-Ésa es nuestra señal -dijo Holmes, poniéndose en pie de un salto-. Viene de la ventana del centro.
Al salir, Holmes intercambió algunas frases con el posadero, explicándole que íbamos a hacer una visita
de última hora a un conocido y que era posible que pasáramos la noche en su casa. Un momento después
avanzábamos por el oscuro camino, con el viento helado soplándonos en la cara y una lucecita amarilla
parpadeando frente a nosotros en medio de las tinieblas para guiarnos en nuestra tétrica incursión.
No tuvimos dificultades para entrar en la finca porque la vieja tapia del parque estaba derruida por varios
sitios. Nos abrimos camino entre los árboles, llegamos al jardín, lo cruzamos, y nos disponíamos a entrar
por la ventana cuando de un macizo de laureles salió disparado algo que parecía un niño deforme y
LAS AV E N T UR A S DE SH E R L O C K HOLm ES
EDITORIAL DIGITAL - ImPRENTA NACIONAL
C O S T A R I CA
repugnante, que se tiró sobre la hierba retorciendo los miembros y luego corrió a toda velocidad por el
jardín hasta perderse en la oscuridad.
-¡Dios mío! -susurré-. ¿Ha visto eso?
Por un momento, Holmes se quedó tan sorprendido como yo, y su mano se cerró como una presa sobre
mi muñeca. Luego, se echó a reír en voz baja y acercó los labios a mi oído.
-Es una familia encantadora -murmuró-. Eso era el babuino.
Me había olvidado de los extravagantes animalitos de compañía del doctor. Había también un guepardo,
que podía caer sobre nuestros hombros en cualquier momento. Confieso que me sentí más tranquilo
cuando, tras seguir el ejemplo de Holmes y quitarme los zapatos, me encontré dentro de la habitación. Mi
compañero cerró los postigos sin hacer ruido, colocó la lámpara encima de la mesa y recorrió con la
mirada la habitación. Todo seguía igual que como lo habíamos visto durante el día. Luego se arrastró hacia
mí y, haciendo bocina con la mano, volvió a susurrarme al oído, en voz tan baja que a duras penas
conseguí entender las palabras.
-El más ligero ruido sería fatal para nuestros planes.
Entre todos los problemas presentados a mi amigo el señor Sherlock Holmes para que les diera solución,
durante los años de nuestra relación, hubo sólo dos en los que yo fui el medio de introducción: el del
LAS AV E N T UR A S DE SH E R L O C K HOLm ES
EDITORIAL DIGITAL - ImPRENTA NACIONAL
C O S T A R I CA
pulgar del señor Hatherley y el de la locura del coronel Warburton. De ellos, el último pudo haber
proporcionado mejor campo para un observador agudo y dotado de originalidad, pero el otro fue tan
extraño en su comienzo y tan dramático en sus detalles, que bien puede ser el más merecedor de quedar
registrado por escrito, aunque diera a mi amigo menos oportunidades para practicar aquellos métodos
deductivos de razonamiento con los que conseguía tan notables resultados. Según creo, la historia ha sido
explicada más de una vez en los periódicos, pero, como ocurre con todas estas narraciones, su efecto es
mucho menos chocante cuando se presenta en bloque, en una sola media columna de letra impresa, que
cuando los hechos se desenvuelven lentamente ante nuestros ojos y el misterio se aclara de manera
gradual, a medida que cada nuevo descubrimiento representa un caso más que conduce a la completa
verdad. En su momento, las circunstancias me causaron una profunda impresión, y el paso de dos años
apenas ha podido debilitar sus efectos.
En el verano de 1889, poco después de mi matrimonio, ocurrieron los acontecimientos que ahora me
dispongo a resumir. Yo había vuelto a practicar la medicina civil y había abandonado finalmente a Holmes
en sus habitaciones de Baker Street, aunque le visitaba continuamente y a veces incluso le persuadía para
que abandonara sus hábitos bohemios hasta el punto de venir él a visitarnos. Mi clientela había
aumentado con toda regularidad y, puesto que yo vivía a poca distancia de la estación de Paddington,
conseguí unos cuantos pacientes entre sus empleados. Uno de éstos, al que le había curado una
enfermedad tan dolorosa como persistente, no se cansaba de pregonar mis talentos, ni de procurar
enviarme todo enfermo sobre el cual él tuviera alguna influencia.
Una mañana, poco antes de las siete, me despertó la sirvienta al golpear mi puerta, para anunciarme que
habían llegado de Paddington dos hombres y que esperaban en la sala de consulta. Me vestí
apresuradamente, pues sabía por experiencia que los casos que afectaban a usuarios del ferrocarril rara
vez eran triviales, y me apresuré a bajar. Aún me encontraba en la escalera cuando mi fiel aliado, el
guarda, salió de la sala de consulta y cerró con cuidado la puerta tras él.
-Lo tengo aquí -susurró, señalando con su pulgar por encima del hombro-. Está bien.
-¿De que se trata? -pregunté, pues su actitud sugería que hablaba de alguna extraña criatura a la que
hubiera encerrado en la sala.
-Es un nuevo paciente -murmuró-. He pensado que lo mejor era traerlo yo mismo, ya que de este modo
no podría escabullirse. Y aquí está, totalmente sano y salvo. Ahora debo marcharme, doctor, pues yo
tengo mis obligaciones, lo mismo que usted.
Y diciendo esto, aquel fiable individuo se retiró, sin darme tiempo siquiera para expresarle mi
agradecimiento.
Entré en mi gabinete de consulta y encontré un caballero sentado ante la mesa. Iba vestido discretamente
con un traje de mezclilla de lana y había dejado sobre mis libros una gorra de tela. Un pañuelo, todo él
manchado de sangre, envolvía su mano. Era un hombre joven, de no más de veinticinco años, hubiera
asegurado yo, con un rostro enérgico y varonil, pero estaba muy pálido.
Me dio la impresión de ser víctima de una intensa agitación que sólo dominaba recurriendo a toda su
energía.
-Siento haberle hecho levantar tan temprano, doctor -dijo-, pero durante la noche he sufrido un accidente
muy grave. He llegado esta mañana en tren y, al preguntar en Paddington dónde podía encontrar un
médico, un buen hombre me ha acompañado hasta aquí. He dado una tarjeta a la criada, pero veo que la
ha dejado sobre la mesita.
LAS AV E N T UR A S DE SH E R L O C K HOLm ES
EDITORIAL DIGITAL - ImPRENTA NACIONAL
C O S T A R I CA
La tomé para examinarla. «Victor Hatherley. Ingeniero de obras hidráulicas. Victoria Street, 16 A, 3er.
Piso.»
Tales eran el nombre, la profesión y el domicilio de mi visitante matinal.
-Lamento haberle hecho esperar -le dije, sentándome en el sillón de mi biblioteca-. Acaba usted de
realizar un viaje nocturno, por lo que tengo entendido, y esto no deja de ser obviamente una ocupación
monótona.
-¡Pero es que a mi noche nadie puede calificarla de monótona! -respondió él, y se echó a reír.
Se rió con ganas, con una nota aguda y penetrante, repantigándose en su silla y estremeciéndose de la
cabeza a los pies. Todo mi instinto médico se alzó contra esta risa.
-¡Basta! -grité-. ¡Domínese!
Le serví un poco de agua de una garrafa, pero de nada sirvió. Era presa de uno de aquellos arrebatos
histéricos que se apoderan de una naturaleza vigorosa cuando acaba de pasar por una fuerte crisis.
Finalmente, volvió a recuperar el control sobre sí mismo, pero se mostró muy fatigado y al mismo tiempo
se sonrojó intensamente.
-Me he puesto en ridículo -jadeó.
-En absoluto. ¡Bébase esto!
Añadí un poco de brandy al agua y empezó a reaparecer el color en sus mejillas exangües.
-¡Ya me encuentro mejor! -dijo-. Y ahora, doctor, quizá tenga usted la bondad de echar un vistazo a mi
pulgar, o, mejor dicho, al lugar donde estaba antes.
Retiró el pañuelo y extendió la mano. Incluso mis nervios endurecidos notaron un escalofrío cuando la miré.
Había cuatro dedos extendidos y una horrible superficie roja y esponjosa allí donde había estado el pulgar.
Éste había sido seccionado o arrancado directamente desde sus raíces.
-¡Cielo santo! -exclamé-. Esto es una herida terrible. Ha de haber sangrado muchísimo.
-Ya lo creo. Me desmayé al hacérmela, y creo que permanecí largo tiempo sin sentido. Cuando volví en
mí, descubrí que todavía sangraba, por lo que até un extremo de mi pañuelo estrechamente en torno a la
muñeca y lo aseguré con un palito.
-¡Excelente! Usted hubiera podido ser cirujano.
-Es cuestión de hidráulica, como usted sabe, y entraba en mi especialidad.
-Esto lo ha hecho -dije, examinando la herida- un instrumento muy pesado y afilado.
-Algo así como un cuchillo de carnicero -repuso.
-¿Un accidente, supongo?
-En modo alguno.
-¿Cómo, una agresión criminal?
-Y tan criminal.
LAS AV E N T UR A S DE SH E R L O C K HOLm ES
EDITORIAL DIGITAL - ImPRENTA NACIONAL
C O S T A R I CA
-Me horroriza usted.
Apliqué una esponja a la herida, la limpié, la curé y, finalmente, la cubrí con una almohadilla de algodón
y vendajes tratados con ácido carbólico. Él lo aguantó sin parpadear, aunque de vez en cuando se
mordiera el labio.
-Es fácil ver que su experiencia no ha tenido nada de vulgar, señor Hatherley -le dijo-. Por favor, siga
echado aquí y considérese absolutamente en su casa. Díganos lo que pueda, pero deténgase cuando esté
LAS AV E N T UR A S DE SH E R L O C K HOLm ES
EDITORIAL DIGITAL - ImPRENTA NACIONAL
C O S T A R I CA
fatigado y reponga sus fuerzas con un poco de estimulante.
-Gracias -dijo mi paciente-, pero me siento otro hombre desde que el doctor me hizo la cura, y creo que su
desayuno ha completado el restablecimiento. Le robaré tan poco como sea posible de su valioso tiempo,
por lo que pasaré a explicarle en seguida mi peculiar experiencia.
Holmes se acomodó en su butacón, con los párpados caídos y la expresión de cansancio que velaban su
carácter vivo y fogoso, mientras yo me sentaba ante él, y escuchamos en silencio la extraña historia que
nuestro visitante procedió a referirnos.
-Deben saber -dijo- que soy huérfano y soltero, y que vivo solo en una pensión de Londres. Tengo la
profesión de ingeniero especializado en hidráulica, y conseguí una experiencia considerable en mi
trabajo con mis siete años de aprendizaje en Venner & Matheson, la reputada empresa de Greenwich.
Hace dos años, cumplido mi período de prácticas y tras haber conseguido una sustanciosa suma de
dinero debido a la muerte de mi pobre padre, decidí establecerme por mi cuenta y alquilé un despacho
profesional en Victoria Street.
»Supongo que todo el que da sus primeros pasos, como independiente en el mundo de los negocios, pasa
por una dura experiencia. Para mí lo ha sido y con carácter excepcional. Durante tres años, me han hecho
tres consultas y se me ha confiado un trabajo de poca monta, y esto es absolutamente todo lo que me ha
aportado mi profesión. Mis ingresos brutos ascienden a veintisiete libras con diez chelines. Cada día, de
las nueve de la mañana hasta las cuatro de la tarde, esperaba en mi pequeña oficina, hasta que finalmente
empecé a perder el ánimo y llegué a creer que jamás conseguiría hacerme una clientela.
»Ayer, sin embargo, precisamente cuando pensaba abandonar el despacho, entró mi dependiente para
anunciarme que esperaba un caballero que deseaba verme por cuestiones de negocio. Me entregó
también una tarjeta con el nombre «Coronel Lysander Stark» grabado en ella. Pisándole los talones entró
el propio coronel, un hombre de talla más que mediana pero de una excesiva delgadez. No creo haber
visto nunca un hombre tan flaco. Toda su cara se afilaba para formar nariz y barbilla, y la piel de sus
mejillas se tensaba con fuerza sobre sus huesos prominentes. No obstante, este enflaquecimiento parecía
cosa natural en él, sin que se debiera a enfermedad alguna, pues tenía los ojos brillantes, su paso era firme
y su oído muy fino. Vestía con sencillez pero pulcramente, y su edad, diría yo, se acercaba más a los
cuarenta que a los treinta.
»-¿El señor Hatherley? -dijo con un vestigio de acento alemán-. Usted me ha sido recomendado, señor
Hatherley, como un hombre que no sólo es eficiente en su profesión, sino además discreto y capaz de
guardar un secreto.
»Me sentí tan halagado como podría sentirse cualquier joven ante semejante introducción.
»-¿Puedo preguntarle quién le ha dado tan buenas referencias? -inquirí.
»-Tal vez sea mejor que de momento no le diga esto. Sé, a través de la misma fuente, que es usted a la vez
huérfano y soltero, y que vive solo en Londres.
»-Es exacto -respondí-, pero me excusará si le digo que no acierto a distinguir qué tiene que ver todo
esto con mis calificaciones profesionales. Me ha parecido entender que usted deseaba hablar conmigo
acerca de una cuestión profesional.
»-Indudablemente, pero comprobará que todo lo que yo digo tiene algo que ver con el asunto. Reservo
para usted un encargo profesional, pero es esencial que usted guarde absoluto secreto,
LAS AV E N T UR A S DE SH E R L O C K HOLm ES
EDITORIAL DIGITAL - ImPRENTA NACIONAL
C O S T A R I CA
¿me entiende? Como es lógico, esto lo podemos esperar más bien de un hombre que vive solo que de otro
que viva en el seno de su familia.
»-Si yo prometo guardar un secreto -dije-, pueden estar totalmente seguros de que así lo haré.
»Me miró con gran fijeza mientras yo hablaba, y a mí me pareció que nunca había visto unos ojos tan
suspicaces e inquisitivos.
»-¿Lo promete, pues?
»-Sí, lo prometo.
»-¿Un silencio absoluto, completo, antes, durante y después? ¿Ninguna referencia al asunto, tanto oral
como por escrito?
»-Ya le he dado mi palabra.
»-Muy bien.
»Se levantó de pronto y, cruzando como un rayo la pequeña oficina, abrió la puerta de par en par. Afuera,
el pasillo estaba vacío. Todo va bien -dijo al regresar-. Sé que los empleados se muestran a veces
curiosos con los asuntos de sus amos. Ahora podemos hablar con toda seguridad. Colocó su silla muy
cerca de la mía y empezó a contemplarme de nuevo con la misma mirada interrogante y pensativa. Una
sensación de repulsión, junto con algo similar al temor, había empezado a surgir en mi interior ante la
extraña actitud de aquel hombre descarnado. Ni siquiera mi temor a perder un cliente pudo impedirme
que le mostrase mi impaciencia.
»-Le ruego que explique lo que desea, caballero -le dije-. Mi tiempo es valioso.
»Que el cielo me perdone esta frase, señor Holmes, pero así acudieron las palabras a mis labios.
»-¿Qué le parecerían cincuenta guineas por una noche de trabajo? -preguntó el coronel Stark.
»-Me parecerían muy bien.
»-Digo una noche de trabajo, pero hablar de una hora seria más exacto. Deseo simplemente su opinión
sobre una máquina estampadora hidráulica que no funciona como es debido. Si nos indica dónde radica el
defecto, pronto lo arreglaremos nosotros mismos. ¿Qué me dice de un encargo como éste?
»-Hace algún tiempo compré una pequeña propiedad, una finca pequeñísima, a diez millas de Reading, y
tuve la suerte de descubrir que en uno de mis campos había un filón de tierra de batán.
»Al examinarlo, sin embargo, observé que ese filón era relativamente pequeño y que constituía un enlace
entre dos mucho más grandes a la derecha y a la izquierda, aunque ambos se encontraban en terrenos de
mis vecinos. Esa buena gente ignoraba totalmente que sus tierras contenían lo que era tan valioso como
una mina de oro. Como es natural, a mí me interesaba comprar sus tierras antes de que descubriesen su
auténtico valor, pero desgraciadamente yo no disponía de capital que me permitiera hacerlo. No obstante,
revelé el secreto a unos pocos amigos y ellos me sugirieron que explotáramos muy discretamente nuestro
pequeño filón, y ello nos permitiría adquirir los campos vecinos. Y esto es lo que hemos estado haciendo
durante algún tiempo, y con el fin de que nos ayudara en nuestras operaciones montamos una prensa
hidráulica. Como ya le he explicado, esta prensa se ha estropeado y deseamos que usted nos aconseje al
respecto. Pero nosotros guardamos celosamente nuestro secreto, porque si llegara a saberse que vienen
ingenieros a nuestra propiedad, pronto se desataría la curiosidad y entonces, si se averiguase la verdad,
adiós a toda posibilidad de conseguir aquellos campos y llevar a la práctica nuestros planes. Por esto yo le
he hecho prometer que no dirá a nadie que va a Eyford esta noche. Espero haberme explicado con toda
claridad.
CAPÍTULO II
LAS AV E N T UR A S DE SH E R L O C K HOLm ES
EDITORIAL DIGITAL - ImPRENTA NACIONAL
C O S T A R I CA
»-Le entiendo perfectamente -aseguré-. El único punto que no acierto a comprender es qué servicio puede
prestarles una prensa hidráulica para excavar tierra de batán, que, según tengo entendido, se extrae de un
pozo, como la gravilla.
»-Si -repuso él con indiferencia-, pero es que nosotros tenemos un proceso propio. Comprimimos la
tierra en forma de ladrillos a fin de sacarlos sin revelar lo que son. Pero esto es un mero detalle. Acabo de
hacerle objeto de toda mi confianza, señor Hatherley, y le he demostrado hasta qué punto confío en usted. -
Se levantó mientras hablaba-. Le esperaré, pues, en Eyford a las once y cuarto.
»-No dude de que estaré allí.
»-Y ni una sola palabra a nadie -dijo, dirigiéndome una última y prolongada mirada inquisitiva, y acto
seguido, dando a mi mano un húmedo y frío apretón, salió presuroso de la oficina.
»Bien, cuando pude recapacitar con sangre fría me sentí estupefacto, como ustedes pueden pensar, ante
aquel encargo repentino que me había sido confiado. Por un lado, como es natural, me alegraba, pues los
honorarios eran como mínimo diez veces superiores a los que hubiera pedido de haber fijado yo precio a
mis servicios, y cabía la posibilidad de que este encargo condujera a otros. Por otro lado, el rostro y la
actitud de mi cliente me habían causado una desagradable impresión, y no me parecía que sus
explicaciones sobre la tierra de batán bastaran para explicar la necesidad de que yo llegara allí a
medianoche ni su extrema ansiedad respecto a la posibilidad de que yo hablara con alguien de mi misión.
Sin embargo, deseché todos mis temores, despaché una buena cena, tomé un coche de punto hasta
Paddington y di comienzo a mi viaje, tras haber obedecido al pie de la letra mi compromiso de guardar
silencio.
»En Reading tuve que cambiar, no sólo de vagón, sino también de estación, pero llegué a tiempo para
abordar el último tren con destino a Eyford. Poco después de las once me personé en la pequeña y mal
iluminada estación. Fui el único pasajero que se apeó en ella y en el andén no había más que un soñoliento
mozo de equipajes con una linterna. Pero al traspasar el portillo vi que mi visitante de la mañana me
esperaba entre las sombras al otro lado. Sin pronunciar palabra, aferró mi brazo y me hizo subir
apresuradamente a un carruaje cuya puerta había quedado abierta. Subió las ventanillas de ambos lados,
dio un golpecito en la estructura de madera y partimos con toda la rapidez que podía conseguir el caballo.
-¿Un caballo? -intervino Holmes.
-Sí, sólo uno.
-¿Se fijó en el color?
-Si, lo vi a la luz de los faroles laterales cuando yo subía al carruaje. Color castaño,
-¿Aspecto fatigado o fresco?
-Fresco y pelo reluciente.
-Gracias. Siento haberle interrumpido. Le ruego que prosiga su interesantísíma narración.
-Emprendimos la marcha, pues, y corrimos al menos durante una hora. El coronel Lysander Stark había
dicho que el trayecto sólo era de siete millas, pero yo creería, a juzgar por el promedio que
parecíamos llevar y por el tiempo que empleamos, que debían de ser más bien unas doce. Sentado a mi
lado, él guardó silencio en todo momento, y advertí más de una vez, al mirar en su dirección, que tenía la
LAS AV E N T UR A S DE SH E R L O C K HOLm ES
EDITORIAL DIGITAL - ImPRENTA NACIONAL
C O S T A R I CA
vista clavada en mí con gran intensidad. Las carreteras rurales no parecían muy buenas en aquella parte
del mundo, pues los baches imprimían un traqueteo terrible. Traté de mirar a través de las ventanas para
ver algo de los alrededores, pero eran cristales esmerilados y sólo pude distinguir el resplandor borroso y
ocasional de alguna luz ante la que pasábamos. De vez en cuando, me aventuraba a hacer alguna
observación para quebrar la monotonía del viaje, pero el coronel sólo contestaba con monosílabos y la
conversación no tardaba en extinguirse. Finalmente, sin embargo, las asperezas de la carretera se
convirtieron en la crujiente regularidad de un camino de grava, y el carruaje se detuvo. El coronel
Lysander Stark se apeó de un salto y, al seguirlo yo, me empujó en seguida hacia un porche que se abría
ante nosotros. De hecho, nos apeamos del coche para entrar directamente en el vestíbulo, de modo que
no me fue posible dirigir la menor mirada a la fachada de la casa. Apenas hube cruzado el umbral, la
puerta se cerró pesadamente a nuestra espalda y oí el leve traqueteo de las ruedas al alejarse el carruaje.
»Dentro de la casa reinaba una oscuridad absoluta y el coronel buscó en vano cerillas, mientras
rezongaba para sus adentros, pero de pronto se abrió una puerta al otro lado del pasillo y una larga y
dorada franja de luz avanzó en nuestra dirección. La franja se ensanchó y apareció una mujer que
sostenía una lámpara encendida por encima de su cabeza y avanzaba el cuello para mirarnos. Pude ver
que era hermosa y, por el brillo que la luz producía en su vestido oscuro, comprendí que éste era de un
género de gran calidad. Dijo unas palabras en un idioma extranjero y en el tono de quien hace una
pregunta, y cuando mi acompañante contestó con un brusco monosílabo, ella experimentó tal sobresalto
que la lámpara estuvo a punto de caérsele de la mano. El coronel Stark se acercó a ella y le quitó la
lámpara, murmurándole algo al oído, y después, empujándola hacia el cuarto del que había salido, avanzó
de nuevo hacia mí con la lámpara en la mano.
»-Le ruego que tenga la bondad de esperar unos minutos en esta habitación -me dijo, abriendo otra
puerta. Era una habitación pequeña, discreta, amueblada con sencillez, con una mesa redonda en el centro,
en la que había esparcidos varios libros en alemán. El coronel Stark puso la lámpara sobre un armario
que había junto a la puerta-. No le haré esperar mucho tiempo -me aseguró, y se desvaneció en la
oscuridad.
»Examiné los libros y, a pesar de mi ignorancia del idioma alemán, pude ver que dos de ellos eran
tratados científicos y los otros volúmenes de poesía. Entonces me dirigí hacia la ventana, esperando
poder echar un vistazo al paisaje rural, pero la cubría un porticón de madera de roble asegurado con
recios barrotes. Era una casa asombrosamente silenciosa. Un reloj antiguo dejaba oir un ruidoso tictac en
algún lugar del pasillo, pero aparte dc esto reinaba por doquier una quietud mortal. Una vaga sensación de
intranquilidad empezó a apoderarse de mí. ¿Quiénes eran aquellos alemanes, y qué hacían en un lugar tan
extraño y aislado? ¿Y dónde estaba ese lugar? A unas diez millas de Eyford era todo lo que sabía yo,
pero si era al norte, al sur, al este o al oeste, no tenía la menor idea. En este aspecto, Reading, y acaso
otras poblaciones importantes, se encontraba dentro de este radio, de modo que tal vez el lugar no
estuviera tan aislado, después de todo. No obstante, a juzgar por aquella quietud absoluta no cabía duda
de que estábamos en el campo. Paseé de un lado a otro de la habitación, entonando una cancioncilla
entre dientes para mantener el ánimo y pensando que me estaba ganando cumplidamente las cincuenta
guineas de mis honorarios.
»De pronto, y sin ningún sonido preliminar en medio del profundo silencio, la puerta de mi habitación se
abrió lentamente. La mujer se perfiló en la abertura, con la oscuridad del vestíbulo detrás de ella,
mientras la luz amarillenta de mi lámpara iluminaba su bellísima y angustiada cara. Pude ver en seguida
que estaba aterrorizada, y esta visión provocó también un escalofrío en mi corazón. Mantenía en alto un
dedo tembloroso para pedirme silencio y murmuró unas cuantas palabras entrecortadas en un inglés
vacilante, con unos ojos como los de un caballo asustado, mirando hacia atrás, hacia las tinieblas a su
LAS AV E N T UR A S DE SH E R L O C K HOLm ES
EDITORIAL DIGITAL - ImPRENTA NACIONAL
C O S T A R I CA
espalda.
»-Yo me iría -dijo, procurando, según me pareció, hablar con calma-. Yo me iría. Yo no me quedaría aquí,
quedarse no es bueno para usted.
»-Pero, señora -repuse-, todavía no he hecho lo que me ha traído aquí. No puedo marcharme sin haber
visto la máquina.
»-No merece la pena que espere -insistió ella-. Puede salir por la puerta y nadie se lo impedirá.
»Entonces, al ver que yo sonreía y meneaba la cabeza negativamente, abandonó toda compostura y dio
un paso adelante, con las manos entrelazadas.
»-¡Por el amor de Dios! -exclamó-. ¡Márchese de aquí antes de que sea demasiado tarde!
»Pero por naturaleza soy un tanto obstinado y más me empeño en hacer algo cuando se tercia algún
obstáculo. Pensé en mis cincuenta guineas, en mi fatigoso viaje y en la desagradable noche que parecía
esperarme. ¿Iba a ser todo a cambio de nada? ¿Por qué tenía yo que escabullirme sin haber realizado mi
misión y sin cobrar lo que se me debía? Que yo supiera, aquella mujer bien podía ser una monomaniaca.
Con una firme postura, por consiguiente, aunque la actitud de ella me había impresionado más de lo que
yo quisiera admitir, seguí denegando con la cabeza e insistí en mi intención de quedarme. Estaba ella a
punto de reanudar sus súplicas cuando arriba se cerró ruidosamente una puerta y se oyeron los pasos de
varias personas en la escalera. Ella escuchó unos instantes, alzó las manos en un gesto de desesperación
y desapareció tan súbitamente como silenciosamente se había presentado.
»Los recién llegados eran el coronel Lysander Stark y un hombre bajo y grueso, con una barba hirsuta
que crecía en los pliegues de su doble papada y que me fue presentado como el señor Ferguson.
»-Es mi secretario y administrador -explicó el coronel-. A propósito, yo tenía la impresión de haber dejado
la puerta cerrada hace unos momentos. Temo que le haya molestado la corriente de aire.
»-Al contrario -repliqué-, yo mismo la he abierto, porque este cuarto me parecía un poco cerrado.
»Me lanzó una de sus miradas suspicaces.
»-Pues tal vez sea mejor que pongamos manos a la obra -dijo-. El señor Ferguson y yo le
acompañaremos a ver la máquina.
»-Entonces será mejor que me ponga el sombrero.
»-No vale la pena, pues está aquí en la casa.
»-¿Cómo? ¿Extraen tierra de batán en la misma casa?
»-No, no. La máquina sólo se emplea cuando comprimimos la tierra. ¡Pero esto poco importa! Lo
único que deseamos es que la examine y nos diga qué le pasa.
»Subimos los tres, el coronel delante con la lámpara y detrás el obeso administrador y yo. Era una casa
vieja y laberíntica, con corredores, pasillos, estrechas escaleras de caracol y puertas pequeñas y bajas,
cuyos umbrales mostraban la huella de las generaciones que los habían cruzado. No había alfombras ni
señales de mobiliario más arriba de la planta baja y, en cambio, el estuco se estaba desprendiendo de las
paredes y la humedad se filtraba formando manchones de un feo color verdoso. Yo procuraba mostrar una
actitud tan despreocupada como me era posible, pero no había olvidado las advertencias de la dama,
LAS AV E N T UR A S DE SH E R L O C K HOLm ES
EDITORIAL DIGITAL - ImPRENTA NACIONAL
C O S T A R I CA
aunque las dejara de lado, y mantenía una mirada vigilante sobre mis dos acompañantes. Ferguson
parecía ser un hombre malhumorado y silencioso, pero, por lo poco que dijo, supe que era por lo menos
compatriota mío.
»El coronel Lysander Stark se detuvo por fin ante una puerta baja, cuya cerradura abrió. Había al otro
lado un cuarto pequeño y cuadrado, en el que los tres difícilmente podíamos entrar al mismo tiempo.
Ferguson se quedó afuera y el coronel me hizo entrar.
»-De hecho -dijo-, nos encontramos ahora dentro de la prensa hidráulica, y seria particularmente
desagradable para nosotros que alguien la pusiera en marcha. El techo de este cuartito es en realidad el
extremo del pistón descendente, y baja con la fuerza de muchas toneladas sobre este suelo metálico.
Afuera, hay unos pequeños cilindros laterales de agua que reciben la presión y que la transmiten y
multiplican de la manera que a usted le es familiar. La máquina se pone en marcha, pero hay una cierta
rigidez en su funcionamiento y ha perdido algo de su potencia. Tenga la bondad de examinarla y de
explicarnos cómo podemos repararla.
»Me entregó su lámpara y yo inspeccioné detenidamente la máquina. Era, desde luego, una prensa
gigantesca, capaz de ejercer una presión enorme. Cuando pasé al exterior, sin embargo, y accioné las
palancas que la controlaban, supe en seguida, por un ruido siseante, que había una ligera fuga que
permitía una regurgitación del agua a través de uno de los cilindros laterales. Un examen mostró que una de
las bandas de goma que rodeaban el cabezal de una de las barras impulsoras se había encogido y no
cubría por completo el cilindro a lo largo del cual trabajaba. Tal era, claramente, la causa de la pérdida
de potencia, y así lo indiqué a mis acompañantes, que escucharon muy atentamente mis observaciones e
hicieron varias preguntas concretas sobre lo que debían hacer para reparar la prensa. Una vez se lo hube
explicado, volví a la cámara principal de la máquina y le eché un buen vistazo para satisfacer mi
curiosidad.
»Al momento resultaba obvio que la historia de la tierra de batán no era más que un embuste, pues
resultaba absurdo suponer que se pudiera destinar una máquina tan potente a una finalidad tan
inadecuada. Las paredes eran de madera, pero el suelo consistía en una gran plancha de hierro, y cuando
la examiné detenidamente pude ver sobre ella una costra formada por un poso metálico. Me había
agachado y la raspaba para saber exactamente qué era, cuando oí una sorda exclamación en alemán y vi la
faz cadavérica del coronel que me miraba desde arriba.
»-¿Qué está haciendo aquí? -preguntó.
»Yo estaba indignado por haberme dejado engañar por una historia tan rebuscada como la que me había
contado.
»-Estaba admirando su tierra de batán -repliqué-. Creo que podría aconsejarle mejor respecto a su
máquina, si supiera exactamente con qué propósito ha sido utilizada.
»Apenas había pronunciado estas palabras, lamenté la franqueza de las mismas. El rostro del coronel
pareció endurecerse y una luz amenazadora bailó en sus ojos grises.
»-Muy bien -dijo-, pues va a saberlo todo acerca de ella.
»Dio un paso atrás, cerró de golpe la puertecilla y dio vuelta a la llave en la cerradura. Me precipité hacia
ella y forcejeé con la manija, pero era una puerta muy segura y no cedió en lo más mínimo, pese a mis
patadas y empujones.
LAS AV E N T UR A S DE SH E R L O C K HOLm ES
EDITORIAL DIGITAL - ImPRENTA NACIONAL
C O S T A R I CA
»-¡Oiga! -grité-. ¡Oiga, coronel! ¡Déjeme salir!
»Y entonces, en el silencio, oyóse de pronto un ruido que hizo agolpar la sangre en mi cabeza. Era el
chasquido metálico de las palancas y el silbido del escape en el cilindro. Había puesto la máquina en
marcha. La lámpara se encontraba todavía en el suelo metálico, donde la había colocado al
inspeccionarlo. Su luz me permitió ver que el negro techo descendía sobre mí, lentamente y a sacudidas,
pero, como nadie podía saber mejor que yo, con una fuerza que al cabo de un minuto me habría reducido
a una papilla informe. Me abalancé, chillando, contra la puerta y forcejeé con la cerradura. Imploré al
coronel que me dejara salir, pero el implacable ruido de las palancas sofocó mis gritos. El techo se
encontraba tan sólo a tres o cuatro palmos de mi cabeza; levanté la mano y pude palpar su dura y
áspera superficie. Acudió entonces a mi mente la idea de que la condición dolorosa de mi muerte
dependería muchísimo de la posición con la que yo la esperase; si me echaba boca abajo el peso
gravitaría sobre mi columna vertebral. Me estremecía al pensar en el espantoso chasquido al romperse.
Tal vez resultara más fácil hacerlo al revés, pero ¿tendría la sangre fría necesaria para contemplar,
echado, aquella mortal sombra negra que descendía, oscilante, sobre mí? Ya no me era posible
mantenerme de pie, cuando mi vista captó algo que devolvió un soplo de esperanza a mi corazón.
»He dicho que, aunque el suelo y el techo eran de hierro, las paredes eran de madera. Al dar una última y
apresurada mirada a mí alrededor, vi una fina línea de luz amarilla entre dos de las tablas, línea que se
ensanchó más y más al correrse hacia atrás un pequeño panel. Por un instante apenas pude creer que
hubiese de veras una puerta que me alejara de la muerte. Un momento después, me lancé a través de la
abertura y me desplomé, medio desmayado, al otro lado de ella. El panel se había cerrado de nuevo
detrás de mí, pero la rotura de la lámpara y, momentos después, el choque entre las dos planchas
metálicas, me indicaron bien a las claras que había escapado por los pelos.
»Me hizo volver en mí un frenético tirón en mi muñeca, y me encontré echado en el suelo de piedra de un
estrecho corredor, con una mujer agachada que tiraba de mí con la mano izquierda, mientras sostenía una
vela con la derecha. Era la misma buena amiga cuya advertencia había despreciado con tanta
imprudencia.
»-¡Vamos, vamos! -exclamó casi sin aliento-. Estarán aquí dentro de un momento y descubrirán su
ausencia. ¡Por favor, no pierda un tiempo tan precioso y venga!
»Esta vez, al menos, no eché en saco roto su consejo. Me levanté, tambaleándome, y corrí con ella a lo
largo del pasillo, para bajar después por una escalera de caracol. Esta conducía a otro pasillo ancho y,
apenas llegamos a él, oímos el ruido de pies que corrían y gritos de dos voces -una que contestaba a la
otra- desde la planta en que nos encontrábamos y desde el piso de abajo. Mi guía se detuvo y miró a su
alrededor, como la persona que llega al término de sus recursos. Abrió entonces una puerta que daba a un
dormitorio, a través de cuya ventana la luna brillaba espléndidamente.
»-Es su única posibilidad -dijo-. Es alto, pero tal vez usted sea capaz de saltar.
»Mientras hablaba, se dejó ver una luz en el extremo más distante del pasillo, y vi la magra silueta del
coronel Lysander Stark que corría hacia nosotros con una linterna en una mano y un arma parecida a un
cuchillo de carnicero en la otra. Crucé precipitadamente el dormitorio, abrí de par en par la ventana y miré
al exterior. El jardín no podía parecer más tranquilo, agradable y acogedor a la luz de la luna, y la altura
no podía superar los quince pies. Trepé al alféizar pero vacilé antes de saltar, hasta haber oído lo que
pasaba entre mi salvadora y el malvado que me perseguía. Si la maltrataba, yo estaba dispuesto, a
cualquier precio, a correr en su ayuda. Apenas acababa de imponerse este pensamiento en mi mente,
cuando él ya se encontraba en la puerta, forcejeando con la mujer para abrirse camino, pero ella le rodeó
LAS AV E N T UR A S DE SH E R L O C K HOLm ES
EDITORIAL DIGITAL - ImPRENTA NACIONAL
C O S T A R I CA
con los brazos y trató de contenerlo.
»-¡Fritz! ¡Fritz! -gritó. Y en inglés le dijo-: Recuerda lo que prometiste la última vez. Dijiste que no
volvería a pasar. ¡El no hablará! ¡Te digo que no hablará!
»-¡Estás loca, Elise! -gritó él a su vez, luchando para desprenderse de ella-. Será nuestra ruina. Ha visto
demasiado. ¡Déjame pasar, te digo!
»La empujó a un lado y, precipitándose hacia la ventana, me atacó con su pesada arma. Yo había
atravesado la ventana y me sujetaba con ambas manos, colgando del alféizar, cuando descargó su golpe.
Noté un dolor sordo, mis manos se distendieron y caí al jardín.
»Me sentí conmocionado pero no lesionado por la caída, de modo que me levanté y eché a correr con
todas mis fuerzas a través de los matorrales, pues comprendía que todavía distaba mucho de poder
considerarme fuera de peligro. Sin embargo, mientras corría me invadió de pronto una violenta sensación
de mareo, acompañada de náuseas. Miré mi mano, que experimentaba dolorosas pulsaciones, y vi entonces,
por primera vez, que mi pulgar había sido seccionado y que la sangre brotaba de mi herida. Me las
arreglé para atar mi pañuelo a su alrededor, pero noté un repentino zumbido en mis oídos y un momento
después yacía entre los rosales, víctima de un profundo desmayo.
»No me es posible decir cuánto tiempo permanecí inconsciente. Debió de ser mucho tiempo, pues al
volver en mí la luna se había puesto y despuntaba ya una radiante mañana. Mis ropas estaban empapadas
por el rocío y la manga de mi chaqueta manchada por la sangre procedente de mi pulgar amputado. El
dolor que sentía en la herida me recordó en un instante todos los detalles de mi aventura nocturna, y me
puse en pie con la sensación de que muy difícilmente podía estar a salvo de mis perseguidores. Pero, con
gran asombro por mi parte, cuando me decidí a mirar a mí alrededor, no había ni casa ni jardín a la vista.
Había estado tumbado junto a un seto próximo a la carretera; un poco más abajo había un edificio de
construcción baja y alargada que, al aproximarme, resultó ser la misma estación a la que yo había llegado
la noche anterior. De no ser por la fea herida en mi mano, todo lo ocurrido durante aquellas terribles horas
bien hubiera podido ser una pesadilla.
»Medio aturdido, entré en la estación y pregunte por el tren de la mañana. Habría uno con destino a
Reading antes de una hora. Observé que estaba de servicio el mismo mozo de estación al que vi cuando
llegué yo, y le pregunté si había oído hablar del coronel Lysander Stark. El nombre le era desconocido.
¿No había observado, la noche antes, un carruaje que me estaba esperando? No, no lo había visto. ¿Había
un puesto de policía cerca de allí? Había uno, a unas tres millas de distancia.
»Era demasiado trecho para mí, débil y enfermo como me sentía. Decidí esperar hasta volver a la
ciudad antes de contarle mi historia a la policía. Eran poco más de las seis cuando llegué, de modo que lo
primero que hice fue pedir que me curasen la herida y después el doctor ha tenido la amabilidad de
traerme aquí. Pongo el caso en sus manos y haré exactamente lo que usted me aconseje.
Los dos permanecimos sentados y en silencio un buen rato, después de oír su extraordinaria narración.
Finalmente, Sherlock Holmes extrajo de la estantería uno de los gruesos libros de aspecto corriente en
los que colocaba sus recortes.
-Hay aquí un anuncio que le interesará -dijo-. Apareció en todos los periódicos hace cosa de un año.
Escuche esto: «Desaparecido, a partir del nueve del corriente, Jeremiah Hayling, de veintiséis años,
ingeniero de obras hidráulicas. Salió de su domicilio a las diez de la noche y desde entonces no se ha
sabido de él. Vestía... » ¡Ajá! Esto indica la última vez, sospecho, que el coronel necesitó reparar su
máquina.
LAS AV E N T UR A S DE SH E R L O C K HOLm ES
EDITORIAL DIGITAL - ImPRENTA NACIONAL
C O S T A R I CA
-¡Cielos! -exclamó el paciente-. Entonces, esto explica lo que dijo la joven.
-Indudablemente. Está bien claro que el coronel es un hombre frío y desesperado, absolutamente
decidido a que nada le obstaculice el camino en su juego, como aquellos piratas encallecidos que no
dejaban ningún superviviente en el barco que capturaban. Bien, ahora cada momento es precioso, por lo
que, si usted se siente con fuerzas para ello, iremos en seguida a Scotland Yard como preliminar a
nuestra visita a Eyford.
Unas tres horas después nos encontrábamos todos en el tren, en el trayecto desde Reading hasta el
pueblecillo de Berkshire. Éramos Sherlock Holmes, el ingeniero de obras hidráulicas, el inspector
Bradstreet de Scotland Yard, un agente de paisano y yo. Bradstreet había desplegado un mapa del
condado sobre el asiento y con un compás se dedicaba a trazar un círculo con Eyford como centro.
-Ya ven ustedes -dijo-. Este círculo ha sido trazado con un radio de diez millas respecto al pueblo. El
lugar que nos interesa debe de estar próximo a esta línea. ¿Dijo diez millas, verdad, señor?
-Fue una hora de trayecto bien larga.
-¿Y usted cree que le llevaron de nuevo al punto de partida, cuando estaba inconsciente?
-Tuvieron que hacerlo. Tengo también el confuso recuerdo de haber sido levantado y conducido a alguna
parte.
-Lo que no logro comprender -dije yo- es por qué le respetaron la vida cuando lo encontraron desmayado
en el jardín. Tal vez el villano se ablandó ante las súplicas de la mujer.
-Esto no me parece nada probable. En toda mi vida he visto un rostro más inexorable.
-Muy pronto aclararemos todo esto -aseguró Bradstreet-. Bien, yo he dibujado mi círculo, y lo único que
desearía saber es en qué punto se puede encontrar a la gente que andamos buscando.
-Creo que yo podría señalarlo -manifestó tranquilamente Holmes.
-¿De veras? -exclamó el inspector-. ¿De modo que ya se ha formado su opinión? Vamos a ver quien está
de acuerdo con usted. Yo digo que está al sur, pues la campiña allí está más solitaria.
-Y yo digo al este -aventuró mi paciente.
-Yo me inclino por el oeste -observó el agente de paisano-. Hay allí unos cuantos pueblecillos muy
tranquilos.
-Y yo por el norte -declaré-, porque allí no hay colinas y nuestro amigo asegura que no notó que el coche
subiera ninguna cuesta.
-¡Vaya diversidad de opiniones! -exclamó el inspector, riéndose-. Entre todos hemos agotado las
posibilidades del compás. ¿Y usted, a quien concede su voto decisorio?
-Todos ustedes están equivocados -afirmó Holmes.
-¡Es imposible que lo estemos todos!
-Ya lo creo que sí. Este es mi punto -puso el dedo en el centro del círculo-. Aquí es donde los
encontraremos.
LAS AV E N T UR A S DE SH E R L O C K HOLm ES
EDITORIAL DIGITAL - ImPRENTA NACIONAL
C O S T A R I CA
-Pero ¿y el trayecto de doce millas? -dijo Hatherley estupefacto.
-Seis de ida y seis de vuelta. Nada puede ser más simple. Antes ha dicho que, al subir usted al carruaje,
observó que el caballo estaba tranquilo y tenía el pelo reluciente. ¿Cómo se explicaría esto, tras un
recorrido de doce millas por caminos intransitables?
-Desde luego, es un truco que no deja de ser probable -observó Bradstreet pensativo-. De lo que no puede
haber duda es acerca de la naturaleza de esta pandilla.
-Ni la menor duda -dijo Holmes-. Son falsificadores de moneda a gran escala que utilizan la máquina
para prensar la aleación que sustituye la plata.
-Sabíamos desde hace tiempo que actuaba una banda bien organizada -explicó el inspector-. Han estado
acuñando monedas de media corona a millares. Incluso les seguimos la pista hasta Reading, pero no nos
fue posible llegar más lejos, pues habían disimulado sus huellas de una manera que indicaba su gran
veteranía. Pero ahora, gracias a esta afortunada oportunidad, creo que los tenemos bien atrapados.
Pero el inspector se equivocaba, pues aquellos criminales no tenían como destino el de caer en manos de
la policía. Al entrar el tren en la estación de Eyford, vimos una gigantesca columna de humo que
ascendía por detrás de una pequeña arboleda cercana y se cernía sobre el paisaje como una inmensa
pluma de avestruz.
-¿Una casa incendiada? -preguntó Bradstreet, mientras el tren proseguía su camino.
-Sí, señor -contestó el jefe de estación.
-¿Cuándo se ha producido?
-He oído decir que ha sido durante la noche, pero ha ido en aumento y todo el lugar es una hoguera.
-¿De quién es la casa?
-Del doctor Becher.
-Dígame -intervino el ingeniero-, ¿el doctor Becher es alemán, un hombre muy delgado y con una nariz
larga y ganchuda?
El jefe de estación se rió con ganas.
-No, señor. El doctor Becher es inglés y no hay hombre en toda la parroquia que tenga mejor relleno
bajo el chaleco. Pero vive en su casa un señor, un paciente según tengo entendido, que es extranjero y
que da la impresión de que le convendría un buen bisté del Berkshire.
No había terminado su explicación el jefe de estación cuando ya nos dirigíamos todos, presurosos, hacia
el fuego. La carretera ascendía a lo alto de una colina y apareció ante nosotros un gran edificio de
paredes encaladas del que brotaban llamas por todas las ventanas y aberturas, mientras en el jardín
anterior tres coches de bomberos trataban en vano de sofocar el incendio.
-¡Es aquí! -gritó Hatherley muy excitado-. Allí está el camino de entrada, y allá los rosales donde yacía
yo. Aquella segunda ventana es la que utilicé para saltar.
-Al menos -dijo Holmes- se vengó usted de ellos. No cabe la menor duda de que fue su lámpara de aceite
la que, al ser aplastada por la prensa, prendió fuego a las paredes de madera, aunque tampoco cabe duda
de que estaban demasiado excitados persiguiéndole a usted, para darse cuenta de ello en aquel momento.
LAS AV E N T UR A S DE SH E R L O C K HOLm ES
EDITORIAL DIGITAL - ImPRENTA NACIONAL
C O S T A R I CA
Y ahora mantenga los ojos bien abiertos y busque, entre esta multitud, a sus amigos de anoche, aunque
mucho me temo que en estos momentos se encontrarán a un buen centenar de millas de distancia.
Los temores de Holmes se hicieron realidad, pues hasta el momento no se ha oído ni una sola palabra de
la hermosa mujer, el siniestro alemán o el huraño inglés. Aquella mañana, a primera hora, un campesino
había visto un carruaje en el que viajaban varias personas y que transportaba unas cajas muy
voluminosas, dirigirse con rapidez hacia Reading, pero allí desaparecía toda traza de los fugitivos, y ni
siquiera el ingenio de Holmes fue capaz de averiguar la menor pista de su paradero.
Los bomberos se habían sentido muy desconcertados ante la extraña disposición del interior de la casa, y
todavía más por el descubrimiento de un dedo pulgar humano, recientemente amputado, en el alféizar de
una ventana del segundo piso. Al atardecer, sin embargo, sus esfuerzos se vieron por fin recompensados
y lograron sofocar las llamas, pero no antes de que se hubiera derrumbado el techado y de que todo el
lugar hubiera quedado reducido a una ruina tan absoluta que, con la excepción de unos cilindros y unos
tubos metálicos retorcidos, no quedaba ni el menor vestigio de la maquinaria que tan cara le había costado
a nuestro infortunado amigo. Se descubrieron grandes cantidades de níquel y estaño en un edificio
exterior, pero no se encontraron monedas, lo que tal vez explicara la presencia de aquellas voluminosas
cajas que ya han sido citadas.
De cómo había sido trasladado nuestro ingeniero especializado en hidráulica desde el jardín hasta el
lugar donde volvió en si, tal vez se hubiera mantenido como un misterio para siempre a no ser por el
blando musgo que nos contó una versión bien sencilla. Era evidente que lo habían transportado dos
personas, una de las cuales tenía unos pies notablemente pequeños y la otra unos pies
extraordinariamente grandes. En resumidas cuentas, era lo más probable que el silencioso inglés, menos
osado o menos sanguinario que su compañero, hubiera ayudado a la mujer a transportar al hombre
inconsciente hasta un lugar menos comprometido para ellos.
-Bien -dijo nuestro ingeniero con una sonrisa forzada, al ocupar nuestros asientos para regresar a
Londres-, ¡yo sí que he hecho un buen negocio! He perdido mi dedo pulgar y también unos honorarios
de cincuenta guineas. ¿Y qué he ganado?
-Experiencia -repuso Holmes, riéndose-. Indirectamente, sepa que puede resultarle valiosa. Le basta con
traducirla en palabras para conseguir la reputación de ser un excelente conversador durante el resto de su
existencia.
EL ARISTÓCRATA SOLTERÓN
CAPÍTULO I
Hace ya mucho tiempo que el matrimonio de lord St. Simon y la curiosa manera en que terminó dejaron
de ser temas de interés en los selectos círculos en los que se mueve el infortunado novio. Nuevos
escándalos lo han eclipsado, y sus detalles más picantes han acaparado las murmuraciones, desviándolas
de este drama que ya tiene cuatro años de antigüedad. No obstante, como tengo razones para creer que
los hechos completos no se han revelado nunca al público en general, y dado que mi amigo Sherlock
Holmes desempeñó un importante papel en el esclarecimiento del asunto, considero que ninguna
LAS AV E N T UR A S DE SH E R L O C K HOLm ES
EDITORIAL DIGITAL - ImPRENTA NACIONAL
C O S T A R I CA
biografía suya estaría completa sin un breve resumen de este notable episodio.
Pocas semanas antes de mi propia boda, cuando aún compartía con Holmes el apartamento de Baker
Street, mi amigo regresó a casa después de un paseo y encontró una carta aguardándole encima de la
mesa. Yo me había quedado en casa todo el día, porque el tiempo se había puesto de repente muy
lluvioso, con fuertes vientos de otoño, y la bala que me había traído dentro del cuerpo como recuerdo de
mi campaña de Afganistán palpitaba con monótona persistencia. Tumbado en una poltrona con una
pierna encima de otra, me había rodeado de una nube de periódicos hasta que, saturado al fin de noticias,
los tiré a un lado y me quedé postrado e inerte, contemplando el escudo y las iniciales del sobre que había
encima de la mesa, y preguntándome perezosamente quién sería aquel noble que escribía a mi amigo.
-Tiene una carta de lo más elegante -comenté al entrar él-. Si no recuerdo mal, las cartas de esta mañana
eran de un pescadero y de un aduanero del puerto.
-Sí, desde luego, mi correspondencia tiene el encanto de la variedad -respondió él, sonriendo-. Y, por lo
general, las más humildes son las más interesantes. Ésta parece una de esas molestas convocatorias
sociales que le obligan a uno a aburrirse o a mentir.
Rompió el lacre y echó un vistazo al contenido.
-¡Ah, caramba! ¡Después de todo, puede que resulte interesante!
-¿No es un acto social, entonces?
-No; estrictamente profesional.
-¿Y de un cliente noble?
-Uno de los grandes de Inglaterra.
-Querido amigo, le felicito.
-Le aseguro, Watson, sin falsa modestia, que la categoría de mi cliente me importa mucho menos que el
interés que ofrezca su caso. Sin embargo, es posible que esta nueva investigación no carezca de interés. Ha
leído usted con atención los últimos periódicos, ¿no es cierto?
-Eso parece -dije melancólicamente, señalando un enorme montón que había en un rincón-. No tenía otra
cosa que hacer.
-Es una suerte, porque así quizás pueda ponerme al corriente. Yo no leo más que los sucesos y los
anuncios personales. Estos últimos son siempre instructivos. Pero si usted ha seguido de cerca los últimos
acontecimientos, habrá leído acerca de lord St. Simon y su boda.
-Oh, sí, y con el mayor interés.
-Estupendo. La carta que tengo en la mano es de lord St. Simon. Se la voy a leer y, a cambio, usted
repasará esos periódicos y me enseñará todo lo que tenga que ver con el asunto. Esto es lo que dice:
«Querido señor Sherlock Holmes: Lord Backwater me asegura que puedo confiar plenamente en su
juicio y discreción. Así pues, he decidido hacerle una visita para consultarle con respecto al
dolorosísimo suceso acaecido en relación con mi boda. El señor Lestrade, de Scotland Yard, se
LAS AV E N T UR A S DE SH E R L O C K HOLm ES
EDITORIAL DIGITAL - ImPRENTA NACIONAL
C O S T A R I CA
encuentra ya trabajando en el asunto, pero me ha asegurado que no hay inconveniente alguno en que
usted coopere, e incluso cree que podría resultar de alguna ayuda. Pasaré a verle a las cuatro de la tarde,
y le agradecería que aplazara cualquier otro compromiso que pudiera tener a esa hora, ya que el asunto
es de trascendental importancia. Suyo afectísimo,
-Está fechada en Grosvenor Mansions, escrita con pluma de ave, y el noble señor ha tenido la desgracia
de mancharse de tinta la parte de fuera de su meñique derecho -comentó Holmes, volviendo a doblar la
carta.
-Dice que a las cuatro, y ahora son las tres. Falta una hora para que venga.
-Entonces, tengo el tiempo justo, contando con su ayuda, para ponerme al corriente del tema. Repase
esos periódicos y ordene los artículos por orden de fechas, mientras yo miro quién es nuestro cliente -
sacó un volumen de tapas rojas de una hilera de libros de referencia que había junto a la repisa de la
chimenea-. Aquí está -dijo, sentándose y abriéndolo sobre las rodillas-.
«Robert Walsingham de Vere St. Simon, segundo hijo del duque de Balmoral»... ¡Hum! Escudo: Campo
de azur, con tres abrojos en jefe sobre banda de sable. Nacido en 1846. Tiene, pues, cuarenta y un años,
que es una edad madura para casarse. Fue subsecretario de las colonias en una administración anterior.
El duque, su padre, fue durante algún tiempo ministro de Asuntos Exteriores. Han heredado sangre de los
Plantagenet por vía directa y de los Tudor por vía materna.
¡Ajá! Bueno, en todo esto no hay nada que resulte muy instructivo. Creo que dependo de usted, Watson,
para obtener datos más sólidos.
-Me resultará muy fácil encontrar lo que busco -dije yo-, porque los hechos son bastante recientes y el
asunto me llamó bastante la atención. Sin embargo, no me atrevía a hablarle del tema, porque sabía que
tenía una investigación entre manos y que no le gusta que se entrometan otras cosas.
-Ah, se refiere usted al insignificante problema del furgón de muebles de Grosvenor Square. Eso ya está
aclarado de sobra... aunque la verdad es que era evidente desde un principio. Por favor, deme los
resultados de su selección de prensa.
-Aquí está la primera noticia que he podido encontrar. Está en la columna personal del Morning Post y,
como ve, lleva fecha de hace unas semanas. «Se ha concertado una boda», dice, «que, si los rumores
son ciertos, tendrá lugar dentro de muy poco, entre lord Robert St. Simon, segundo hijo del duque de
Balmoral, y la señorita Hatty Doran, hija única de Aloysius Doran, de San Francisco, California,
EE.UU.» Eso es todo.
-Escueto y al grano -comentó Holmes, extendiendo hacia el fuego sus largas y delgadas piernas.
-En la sección de sociedad de la misma semana apareció un párrafo ampliando lo anterior. ¡Ah, aquí
está!: «Pronto será necesario imponer medidas de protección sobre el mercado matrimonial, en vista de
que el principio de libre comercio parece actuar decididamente en contra de nuestro producto nacional.
Una tras otra, las grandes casas nobiliarias de Gran Bretaña van cayendo en manos de nuestras bellas
primas del otro lado del Atlántico. Durante la última semana se ha producido una importante
incorporación a la lista de premios obtenidos por estas encantadoras invasoras. Lord St. Simon, que
durante más de veinte años se había mostrado inmune a las flechas del travieso dios, ha anunciado de
manera oficial su próximo enlace con la señorita Hatty Doran, la fascinante hija de un millonario
LAS AV E N T UR A S DE SH E R L O C K HOLm ES
EDITORIAL DIGITAL - ImPRENTA NACIONAL
C O S T A R I CA
californiano. La señorita Doran, cuya atractiva figura y bello rostro atrajeron mucha atención en las
fiestas de Westbury House, es hija única y se rumorea que su dote está muy por encima de las seis
cifras, y que aún podría aumentar en el futuro.
Teniendo en cuenta que es un secreto a voces que el duque de Balmoral se ha visto obligado a vender su
colección de pintura en los últimos años, y que lord St. Simon carece de propiedades, si exceptuamos la
pequeña finca de Birchmoor, parece evidente que la heredera californiana no es la única que sale
ganando con una alianza que le permitirá realizar la fácil y habitual transición de dama republicana a
aristócrata británica».
-¿Algo más? -preguntó Holmes, bostezando.
-Oh, sí, mucho. Hay otro párrafo en el Morning Post diciendo que la boda sería un acto absolutamente privado,
que se celebraría en Saint George, en Hanover Square, que sólo se invitaría a media docena de amigos
íntimos, y que luego todos se reunirían en una casa amueblada de Lancaster Gate, alquilada por el señor
Aloysius Doran. Dos días después... es decir, el miércoles pasado... hay una breve noticia de que la boda
se ha celebrado y que los novios pasarían la luna de miel en casa de lord Backwater, cerca de Petersfield.
Éstas son todas las noticias que se publicaron antes de la desaparición de la novia.
-¿Antes de qué? -preguntó Holmes con sobresalto.
-De la desaparición de la dama.
-¿Y cuándo desapareció?
-Durante el almuerzo de boda.
-Caramba. Esto es más interesante de lo que yo pensaba; y de lo más dramático.
-Sí, a mí me pareció un poco fuera de lo corriente.
-Muchas novias desaparecen antes de la ceremonia, y alguna que otra durante la luna de miel; pero no
recuerdo nada tan súbito como esto. Por favor, déme detalles.
-Le advierto que son muy incompletos.
-Quizás podamos hacer que lo sean menos.
-Lo poco que se sabe viene todo seguido en un solo artículo publicado ayer por la mañana, que voy a leerle.
Se titula «Extraño incidente en una boda de alta sociedad».
«La familia de lord Robert St. Simon ha quedado sumida en la mayor consternación por los extraños y
dolorosos sucesos ocurridos en relación con su boda. La ceremonia, tal como se anunciaba brevemente
en la prensa de ayer, se celebró anteayer por la mañana, pero hasta hoy no había sido posible
confirmar los extraños rumores que circulaban de manera insistente. A pesar de los esfuerzos de los
amigos por silenciar el asunto, éste ha atraído de tal modo la atención del público que de nada serviría
fingir desconocimiento de un tema que está en todas las conversaciones.
»La ceremonia, que se celebró en la iglesia de Saint George, en Hanover Square, tuvo lugar en privado,
asistiendo tan sólo el padre de la novia, señor Aloysius Doran, la duquesa de Balmoral, lord Backwater,
lord Eustace y lady Clara St. Simon (hermano menor y hermana del novio), y lady
Alicia Whittington. A continuación, el cortejo se dirigió a la casa del señor Aloysius Doran, en
LAS AV E N T UR A S DE SH E R L O C K HOLm ES
EDITORIAL DIGITAL - ImPRENTA NACIONAL
C O S T A R I CA
Lancaster Gate, donde se había preparado un almuerzo. Parece que allí se produjo un pequeño
incidente, provocado por una mujer cuyo nombre no se ha podido confirmar, que intentó penetrar por la
fuerza en la casa tras el cortejo nupcial, alegando ciertas reclamaciones que tenía que hacerle a lord St.
Simon. Tras una larga y bochornosa escena, el mayordomo y un lacayo consiguieron expulsarla. La
novia, que afortunadamente había entrado en la casa antes de esta desagradable interrupción, se había
sentado a almorzar con los demás cuando se quejó de una repentina indisposición y se retiró a su
habitación.
Como su prolongada ausencia empezaba a provocar comentarios, su padre fue a buscarla; pero la
doncella le dijo que sólo había entrado un momento en su habitación para coger un abrigo y un sombrero,
y que luego había salido a toda prisa por el pasillo. Uno de los lacayos declaró haber visto salir de la
casa a una señora cuya vestimenta respondía a la descripción, pero se negaba a creer que fuera la
novia, por estar convencido de que ésta se encontraba con los invitados. Al comprobar que su hija había
desaparecido, el señor Aloysius Doran, acompañado por el novio, se puso en contacto con la policía sin
pérdida de tiempo, y en la actualidad se están llevando a cabo intensas investigaciones, que
probablemente no tardarán en esclarecer este misterioso asunto. Sin embargo, a últimas horas de esta
noche todavía no se sabía nada del paradero de la dama desaparecida. Los rumores se han desatado, y
se dice que la policía ha detenido a la mujer que provocó el incidente, en la creencia de que, por celos o
algún otro motivo, pueda estar relacionada con la misteriosa desaparición de la novia.»
-¿Y eso es todo?
-Sólo hay una notita en otro de los periódicos, pero bastante sugerente.
-¿Qué dice?
-Que la señorita Flora Millar, la dama que provocó el incidente, había sido detenida. Parece que es una
antigua bailarina del Allegro, y que conocía al novio desde hace varios años. No hay más detalles, y el
caso queda ahora en sus manos... Al menos, tal como lo ha expuesto la prensa.
-Y parece tratarse de un caso sumamente interesante. No me lo perdería por nada del mundo. Pero creo
que llaman a la puerta, Watson, y dado que el reloj marca poco más de las cuatro, no me cabe duda de que
aquí llega nuestro aristocrático cliente. No se le ocurra marcharse, Watson, porque me interesa mucho
tener un testigo, aunque sólo sea para confirmar mi propia memoria.
-El señor Robert St. Simon -anunció nuestro botones, abriendo la puerta de par en par, para dejar entrar a
un caballero de rostro agradable y expresión inteligente, altivo y pálido, quizás con algo de petulancia en
el gesto de la boca, y con la mirada firme y abierta de quien ha tenido la suerte de nacer para mandar y ser
obedecido. Aunque sus movimientos eran vivos, su aspecto general daba una errónea impresión de edad,
porque iba ligeramente encorvado y se le doblaban un poco las rodillas al andar. Además, al quitarse el
sombrero de ala ondulada, vimos que sus cabellos tenían las puntas grises y empezaban a clarear en la
coronilla. En cuanto a su atuendo, era perfecto hasta rayar con la afectación: cuello alto, levita negra,
chaleco blanco, guantes amarillos, zapatos de charol y polainas de color claro. Entró despacio en la
habitación, girando la cabeza de izquierda a derecha y balanceando en la mano derecha el cordón del que
colgaban sus gafas con montura de oro.
-Buenos días, lord St. Simon -dijo Holmes, levantándose y haciendo una reverencia-. Por favor, siéntese
en la butaca de mimbre. Éste es mi amigo y colaborador, el doctor Watson. Acérquese un poco al fuego y
hablaremos del asunto.
-Un asunto sumamente doloroso para mí, como podrá usted imaginar, señor Holmes. Me ha herido en lo
LAS AV E N T UR A S DE SH E R L O C K HOLm ES
EDITORIAL DIGITAL - ImPRENTA NACIONAL
C O S T A R I CA
más hondo. Tengo entendido, señor, que usted ya ha intervenido en varios casos delicados, parecidos a
éste, aunque supongo que no afectarían a personas de la misma clase social.
-En efecto, voy descendiendo.
-¿Cómo dice?
-Mi último cliente de este tipo fue un rey.
-¡Caramba! No tenía ni idea. ¿Y qué rey?
-El rey de Escandinavia.
-¿Cómo? ¿También desapareció su esposa?
-Como usted comprenderá -dijo Holmes suavemente-, aplico a los asuntos de mis otros clientes la misma
reserva que le prometo aplicar a los suyos.
-¡Naturalmente! ¡Tiene razón, mucha razón! Le pido mil perdones. En cuanto a mi caso, estoy dispuesto
a proporcionarle cualquier información que pueda ayudarle a formarse una opinión.
-Gracias. Sé todo lo que ha aparecido en la prensa, pero nada más. Supongo que puedo considerarlo
correcto... Por ejemplo, este artículo sobre la desaparición de la novia.
El señor St. Simon le echó un vistazo.
-Sí, es más o menos correcto en lo que dice.
-Pero hace falta mucha información complementaria para que alguien pueda adelantar una opinión. Creo
que el modo más directo de conocer los hechos sería preguntarle a usted.
-Adelante.
-¿Cuándo conoció usted a la señorita Hatty Doran?
-Hace un año, en San Francisco.
-¿Estaba usted de viaje por los Estados Unidos?
-Sí.
-Quizás demasiado. A mí me parecía que su señora le permitía excesivas libertades. Aunque, por
supuesto, en América estas cosas se ven de un modo diferente.
-¿Cuánto tiempo estuvo hablando con esta Alice?
-Oh, unos minutos. Yo tenía otras cosas en que pensar.
-¿No oyó usted lo que decían?
-La señora St. Simon dijo algo acerca de «pisarle a otro la licencia». Solía utilizar esa jerga de los
mineros para hablar. No tengo ni idea de lo que quiso decir con eso.
-A veces, la jerga norteamericana resulta muy expresiva. ¿Qué hizo su esposa cuando terminó de hablar
con la doncella?
-Entró en el comedor.
-¿Del brazo de usted?
-No, sola. Era muy independiente en cuestiones de poca monta como ésa. Y luego, cuando llevábamos
unos diez minutos sentados, se levantó con prisas, murmuró unas palabras de disculpa y salió de la
habitación. Ya no la volvimos a ver.
-Pero, según tengo entendido, esta doncella, Alice, ha declarado que su esposa fue a su habitación, se puso
un abrigo largo para tapar el vestido de novia, se caló un sombrero y salió de la casa.
-Exactamente. Y más tarde la vieron entrando en Hyde Park en compañía de Flora Millar, una mujer que
ahora está detenida y que ya había provocado un incidente en casa del señor Doran aquella misma
LAS AV E N T UR A S DE SH E R L O C K HOLm ES
EDITORIAL DIGITAL - ImPRENTA NACIONAL
C O S T A R I CA
mañana.
-Ah, sí. Me gustaría conocer algunos detalles sobre esta dama y sus relaciones con usted. Lord St.
Simon se encogió de hombros y levantó las cejas.
CAPÍTULO II
-Durante algunos años hemos mantenido relaciones amistosas... podría decirse que muy amistosas. Ella
trabajaba en el Allegro. La he tratado con generosidad, y no tiene ningún motivo razonable de queja contra mí,
pero ya sabe usted cómo son las mujeres, señor Holmes. Flora era encantadora, pero demasiado atolondrada,
y sentía devoción por mí. Cuando se enteró de que me iba a casar, me escribió unas cartas terribles; y, a
decir verdad, la razón de que la boda se celebrara en la intimidad fue que yo temía que diese un escándalo en
la iglesia. Se presentó en la puerta de la casa del señor Doran cuando nosotros acabábamos de volver, e
intentó abrirse paso a empujones, pronunciando frases muy injuriosas contra mi esposa, e incluso
amenazándola, pero yo había previsto la posibilidad de que ocurriera algo semejante, y había dado
instrucciones al servicio, que no tardó en expulsarla. Se tranquilizó en cuanto vio que no sacaría nada con
armar alboroto.
-¿Su esposa oyó todo esto?
-No, gracias a Dios, no lo oyó.
-¿Pero más tarde la vieron paseando con esta misma mujer?
-Sí. Y al señor Lestrade, de Scotland Yard, eso le parece muy grave. Cree que Flora atrajo con engaños a
mi esposa hacia alguna terrible trampa.
-Bueno, es una suposición que entra dentro de lo posible.
-¿También usted lo cree?
-No dije que fuera probable. ¿Le parece probable a usted?
-Yo no creo que Flora sea capaz de hacer daño a una mosca.
-No obstante, los celos pueden provocar extraños cambios en el carácter. ¿Podría decirme cuál es su
propia teoría acerca de lo sucedido?
-Bueno, en realidad he venido aquí en busca de una teoría, no a exponer la mía. Le he dado todos los
datos. Sin embargo, ya que lo pregunta, puedo decirle que se me ha pasado por la cabeza la posibilidad
de que la emoción de la boda y la conciencia de haber dado un salto social tan inmenso le hayan
provocado a mi esposa algún pequeño trastorno nervioso de naturaleza transitoria.
-En pocas palabras, que sufrió un arrebato de locura.
-Bueno, la verdad, si consideramos que ha vuelto la espalda... no digo a mí, sino a algo a lo que tantas
otras han aspirado sin éxito... me resulta difícil hallar otra explicación.
-Bien, desde luego, también es una hipótesis concebible -dijo Holmes sonriendo-. Y ahora, lord St.
LAS AV E N T UR A S DE SH E R L O C K HOLm ES
EDITORIAL DIGITAL - ImPRENTA NACIONAL
C O S T A R I CA
Simon, creo que ya dispongo de casi todos los datos. ¿Puedo preguntar si en la mesa estaban ustedes
sentados de modo que pudieran ver por la ventana?
-Podíamos ver el otro lado de la calle, y el parque.
-Perfecto. En tal caso, creo que no necesito entretenerlo más tiempo. Ya me pondré en comunicación con
usted.
-Si es que tiene la suerte de resolver el problema -dijo nuestro cliente, levantándose de su asiento.
-Ya lo he resuelto.
-¿Eh? ¿Cómo dice?
-Digo que ya lo he resuelto.
-Entonces, ¿dónde está mi esposa?
-Ése es un detalle que no tardaré en proporcionarle. Lord St. Simon meneó la cabeza.
-Me temo que esto exija cabezas más inteligentes que la suya o la mía -comentó, y tras una pomposa
inclinación, al estilo antiguo, salió de la habitación.
-El bueno de lord St. Simon me hace un gran honor al colocar mi cabeza al mismo nivel que la suya -dijo
Sherlock Holmes, echándose a reír-. Después de tanto interrogatorio, no me vendrá mal un poco de
whisky con soda. Ya había sacado mis conclusiones sobre el caso antes de que nuestro cliente entrara en
la habitación.
-¡Pero Holmes!
-Tengo en mi archivo varios casos similares, aunque, como le dije antes, ninguno tan precipitado. Todo el
interrogatorio sirvió únicamente para convertir mis conjeturas en certeza. En ocasiones, la evidencia
circunstancial resulta muy convincente, como cuando uno se encuentra una trucha en la leche, por citar el
ejemplo de Thoreau.
-Pero yo he oído todo lo que ha oído usted.
-Pero sin disponer del conocimiento de otros casos anteriores, que a mí me ha sido muy útil. Hace años se
dio un caso muy semejante en Aberdeen, y en Munich, al año siguiente de la guerra franco- prusiana,
ocurrió algo muy parecido. Es uno de esos casos... Pero ¡caramba, aquí viene Lestrade! Buenas tardes,
Lestrade. Encontrará usted otro vaso encima del aparador, y aquí en la caja tiene cigarros.
El inspector de policía vestía chaqueta y corbata marineras, que le daban un aspecto decididamente náutico,
y llevaba en la mano una bolsa de lona negra. Con un breve saludo, se sentó y encendió el cigarro que le
ofrecían.
-¿Qué le trae por aquí? -preguntó Holmes con un brillo malicioso en los ojos-. Parece usted descontento.
-Y estoy descontento. Es este caso infernal de la boda de St. Simon. No le encuentro ni pies ni cabeza al
asunto.
-¿De verdad? Me sorprende usted.
-¿Cuándo se ha visto un asunto tan lioso? Todas las pistas se me escurren entre los dedos. He estado todo
LAS AV E N T UR A S DE SH E R L O C K HOLm ES
EDITORIAL DIGITAL - ImPRENTA NACIONAL
C O S T A R I CA
el día trabajando en ello.
-Y parece que ha salido mojadísimo del empeño -dijo Holmes, tocándole la manga de la chaqueta
marinera.
-Sí, es que he estado dragando el Serpentine.
-¿Y para qué, en nombre de todos los santos?
-En busca del cuerpo de lady St. Simon.
Sherlock Holmes se echó hacia atrás en su asiento y rompió en carcajadas.
-¿Y no se le ha ocurrido dragar la pila de la fuente de Trafalgar Square?
-¿Por qué? ¿Qué quiere decir?
-Pues que tiene usted tantas posibilidades de encontrar a la dama en un sitio como en otro. Lestrade le
dirigió a mi compañero una mirada de furia.
-Supongo que usted ya lo sabe todo -se burló.
-Bueno, acabo de enterarme de los hechos, pero ya he llegado a una conclusión.
-¡Ah, claro! Y no cree usted que el Serpentine intervenga para nada en el asunto.
-Lo considero muy improbable.
-Entonces, tal vez tenga usted la bondad de explicar cómo es que encontramos esto en él -y diciendo esto,
abrió la bolsa y volcó en el suelo su contenido; un vestido de novia de seda tornasolada, un par de
zapatos de raso blanco, una guirnalda y un velo de novia, todo ello descolorido y empapado. Encima del
montón colocó un anillo de boda nuevo-. Aquí tiene, maestro Holmes. A ver cómo casca usted esta nuez.
-Vaya, vaya -dijo mi amigo, lanzando al aire anillos de humo azulado-. ¿Ha encontrado usted todo eso al
dragar el Serpentine?
-No, lo encontró un guarda del parque, flotando cerca de la orilla. Han sido identificadas como las
prendas que vestía la novia, y me pareció que si la ropa estaba allí, el cuerpo no se encontraría muy lejos.
-Según ese brillante razonamiento, todos los cadáveres deben encontrarse cerca de un armario ropero. Y
dígame, por favor, ¿qué esperaba obtener con todo esto?
-Alguna prueba que complicara a Flora Millar en la desaparición.
-Me temo que le va a resultar difícil.
-¿Conque eso se teme, eh? -exclamó Lestrade, algo picado-. Pues yo me temo, Holmes, que sus
deducciones y sus inferencias no le sirven de gran cosa. Ha metido dos veces la pata en otros tantos
minutos. Este vestido acusa a la señorita Flora Millar.
-¿Y de qué manera?
-En el vestido hay un bolsillo. En el bolsillo hay un tarjetero. En el tarjetero hay una nota. Y aquí está la
nota -la plantó de un manotazo en la mesa, delante de él-. Escuche esto: «Nos veremos cuando todo esté
LAS AV E N T UR A S DE SH E R L O C K HOLm ES
EDITORIAL DIGITAL - ImPRENTA NACIONAL
C O S T A R I CA
arreglado. Ven en seguida. F H. M.». Pues bien, desde un principio mi teoría ha sido que lady St. Simon
fue atraída con engaños por Flora Millar, y que ésta, sin duda con ayuda de algunos cómplices, es
responsable de su desaparición. Aquí, firmada con sus iniciales, está la nota que sin duda le pasó
disimuladamente en la puerta, y que sirvió de cebo para atraerla hasta sus manos.
-Muy bien, Lestrade -dijo Holmes, riendo-. Es usted fantástico. Déjeme verlo -cogió el papel con
indiferencia, pero algo le llamó la atención al instante, haciéndole emitir un grito de satisfacción.
-¡Esto sí que es importante! -dijo.
-¡Vaya! ¿Le parece a usted?
-Ya lo creo. Le felicito calurosamente.
Lestrade se levantó con aire triunfal e inclinó la cabeza para mirar.
-¡Pero...! -exclamó-. ¡Si lo está usted mirando por el otro lado!
-Al contrario, éste es el lado bueno.
-¿El lado bueno? ¡Está usted loco! ¡La nota escrita a lápiz está por aquí!
-Pero por aquí hay algo que parece un fragmento de una factura de hotel, que es lo que me interesa, y
mucho.
-Eso no significa nada. Ya me había fijado -dijo Lestrade-. «4 de octubre, habitación 8 chelines,
desayuno 2 chelines y 6 peniques, cóctel l chelín, comida 2 chelines y 6 peniques, vaso de jerez 8
peniques.» Yo no veo nada ahí.
-Probablemente, no. Pero aun así, es muy importante. También la nota es importante, o al menos lo son
las iniciales, así que le felicito de nuevo.
-Ya he perdido bastante tiempo -dijo Lestrade, poniéndose en pie-. Yo creo en el trabajo duro, y no en
sentarme junto a la chimenea urdiendo bellas teorías. Buenos días, señor Holmes, y ya veremos quién
llega antes al fondo del asunto -recogió las prendas, las metió otra vez en la bolsa y se dirigió a la puerta.
-Le voy a dar una pequeña pista, Lestrade -dijo Holmes lentamente-. Voy a decirle la verdadera solución
del asunto. Lady St. Simon es un mito. No existe ni existió nunca semejante persona.
Lestrade miró con tristeza a mi compañero. Luego se volvió a mí, se dio tres golpecitos en la frente,
meneó solemnemente la cabeza y se marchó con prisas.
Apenas se había cerrado la puerta tras él, cuando Sherlock Holmes se levantó y se puso su abrigo.
-Algo de razón tiene este buen hombre en lo que dice sobre el trabajo de campo -comentó-. Así pues,
Watson, creo que tendré que dejarle algún tiempo solo con sus periódicos.
Eran más de las cinco cuando Sherlock Holmes se marchó, pero no tuve tiempo de aburrirme, porque
antes de que transcurriera una hora llegó un recadero con una gran caja plana, que procedió a desenvolver
con ayuda de un muchacho que le acompañaba. Al poco rato, y con gran asombro por mi parte, sobre
nuestra modesta mesa de caoba se desplegaba una cena fría totalmente epicúrea. Había un par de cuartos
de becada fría, un faisán, un pastel de foie gras y varias botellas añejas, cubiertas de telarañas. Tras
extender todas aquellas delicias, los dos visitantes se esfumaron como si fueran genios de las Mil y Una
Noches, sin dar explicaciones, aparte de que las viandas estaban pagadas y que les habían encargado
LAS AV E N T UR A S DE SH E R L O C K HOLm ES
EDITORIAL DIGITAL - ImPRENTA NACIONAL
C O S T A R I CA
llevarlas a nuestra dirección.
Poco antes de las nueve, Sherlock Holmes entró a paso rápido en la sala. Traía una expresión seria, pero
había un brillo en sus ojos que me hizo pensar que no le habían fallado sus suposiciones.
-Veo que han traído la cena -dijo, frotándose las manos.
-Parece que espera usted invitados. Han traído bastante para cinco personas.
-Sí, me parece muy posible que se deje caer por aquí alguna visita -dijo-. Me sorprende que lord St.
Simon no haya llegado aún. ¡Ajá! Creo que oigo sus pasos en la escalera.
Era, en efecto, nuestro visitante de por la mañana, que entró como una tromba, balanceando sus lentes
con más fuerza que nunca y con una expresión de absoluto desconcierto en sus aristocráticas facciones.
-Veo que mi mensajero dio con usted -dijo Holmes.
-Sí, y debo confesar que el contenido del mensaje me dejó absolutamente perplejo. ¿Tiene usted un buen
fundamento para lo que dice?
-El mejor que se podría tener.
Lord St. Simon se dejó caer en un sillón y se pasó la mano por la frente.
-¿Qué dirá el duque -murmuró- cuando se entere de que un miembro de su familia ha sido sometido a
semejante humillación?
-Ha sido puro accidente. Yo no veo que haya ninguna humillación.
-Ah, usted mira las cosas desde otro punto de vista.
-Yo no creo que se pueda culpar a nadie. A mi entender, la dama no podía actuar de otro modo, aunque
la brusquedad de su proceder sea, sin duda, lamentable. Al carecer de madre, no tenía a nadie que la
aconsejara en esa crisis.
-Ha sido un desaire, señor, un desaire público -dijo lord St. Simon, tamborileando con los dedos sobre la
mesa.
-Debe usted ser indulgente con esta pobre muchacha, colocada en una situación tan sin precedentes.
-Nada de indulgencias. Estoy verdaderamente indignado, y he sido víctima de un abuso vergonzoso.
-Creo que ha sonado el timbre -dijo Holmes-. Sí, se oyen pasos en el vestíbulo. Si yo no puedo
convencerle de que considere el asunto con mejores ojos, lord St. Simon, he traído un abogado que quizás
tenga más éxito.
Abrió la puerta e hizo entrar a una dama y a un caballero.
-Lord St. Simon -dijo-: permítame que le presente al señor Francis Hay Moulton y señora. A la señora
creo que ya la conocía.
Al ver a los recién llegados, nuestro cliente se había puesto en pie de un salto y permanecía muy tieso,
con la mirada gacha y la mano metida bajo la pechera de su levita, convertido en la viva imagen de la
dignidad ofendida. La dama se había adelantado rápidamente para ofrecerle la mano, pero él siguió
negándose a levantar la vista. Posiblemente, ello le ayudó a mantener su resolución, pues la mirada
LAS AV E N T UR A S DE SH E R L O C K HOLm ES
EDITORIAL DIGITAL - ImPRENTA NACIONAL
C O S T A R I CA
suplicante de la mujer era difícil de resistir.
-Estás enfadado, Robert -dijo ella-. Bueno, supongo que te sobran motivos.
-Por favor, no te molestes en ofrecer disculpas -dijo lord St. Simon en tono amargado.
-Oh, sí, ya sé que te he tratado muy mal, y que debería haber hablado contigo antes de marcharme; pero
estaba como atontada, y desde que vi aquí a Frank, no supe lo que hacía ni lo que decía. No me explico
cómo no caí desmayada delante mismo del altar.
-¿Desea usted, señora Moulton, que mi amigo y yo salgamos de la habitación mientras usted se explica?
-Si se me permite dar una opinión -intervino el caballero desconocido-, ya ha habido demasiado secreto
en este asunto. Por mi parte, me gustaría que Europa y América enteras oyeran las explicaciones.
Era un hombre de baja estatura, fibroso, tostado por el sol, de expresión avispada y movimientos ágiles.
-Entonces, contaré nuestra historia sin más preámbulo -dijo la señora-. Frank y yo nos conocimos en el
81, en el campamento minero de McQuire, cerca de las Rocosas, donde papá explotaba una mina.
Nos hicimos novios, Frank y yo, pero un día papá dio con una buena veta y se forró de dinero, mientras
el pobre Frank tenía una mina que fue a menos y acabó en nada. Cuanto más rico se hacia papá, más
pobre era Frank; llegó un momento en que papá se negó a que nuestro compromiso siguiera adelante, y
me llevó a San Francisco, pero Frank no se dio por vencido y me siguió hasta allí; nos vimos sin que papá
supiera nada. De haberlo sabido, se habría puesto furioso, así que lo organizamos todo nosotros solos.
Frank dijo que también él se haría rico, y que no volvería a buscarme hasta que tuviera tanto dinero como
papá. Yo prometí esperarle hasta el fin de los tiempos, y juré que mientras él viviera no me casaría con
ningún otro. Entonces, él dijo: « ¿Por qué no nos casamos ahora mismo, y así estaré seguro de ti? No
revelaré que soy tu marido hasta que vuelva a reclamarte ». En fin, discutimos el asunto y resultó que él
ya lo tenía todo arreglado, con un cura esperando y todo, de manera que nos casamos allí mismo; y
después, Frank se fue a buscar fortuna y yo me volví con papá.
»Lo siguiente que supe de Frank fue que estaba en Montana; después oí que andaba buscando oro en
Arizona, y más tarde tuve noticias suyas desde Nuevo México. Y un día apareció en los periódicos un
largo reportaje sobre un campamento minero atacado por los indios apaches, y allí estaba el nombre de
mi Frank entre las víctimas. Caí desmayada y estuve muy enferma durante meses. Papá pensó que estaba
tísica y me llevó a la mitad de los médicos de San Francisco. Durante más de un año no llegaron más
noticias, y ya no dudé de que Frank estuviera muerto de verdad. Entonces apareció en San Francisco lord
St. Simon, nosotros vinimos a Londres, se organizó la boda y papá estaba muy contento, pero yo seguía
convencida de que ningún hombre en el mundo podría ocupar en mi corazón el puesto de mi pobre Frank.
»Aun así, de haberme casado con lord St. Simon, yo le habría sido leal. No tenemos control sobre
nuestro amor, pero sí sobre nuestras acciones. Fui con él al altar con la intención de ser para él tan buena
esposa como me fuera posible. Pero puede usted imaginarse lo que sentí cuando, al acercarme al altar,
volví la mirada hacia atrás y vi a Frank mirándome desde el primer reclinatorio. Al principio, lo tomé
por un fantasma; pero cuando lo miré de nuevo seguía allí, como preguntándome con la mirada si me
alegraba de verlo o lo lamentaba. No sé cómo no caí al suelo. Sé que todo me daba vueltas, y las palabras
del sacerdote me sonaban en los oídos como el zumbido de una abeja. No sabía qué hacer. ¿Debía
interrumpir la ceremonia y dar un escándalo en la iglesia? Me volví a mirarlo, y me pareció que se daba
cuenta de lo que yo pensaba, porque se llevó los dedos a los labios para indicarme que permaneciera
callada. Luego le vi garabatear en un papel y supe que me estaba escribiendo una nota. Al pasar junto a su
reclinatorio, camino de la salida, dejé caer mi ramo junto a él y él me metió la nota en la mano al
LAS AV E N T UR A S DE SH E R L O C K HOLm ES
EDITORIAL DIGITAL - ImPRENTA NACIONAL
C O S T A R I CA
devolverme las flores. Eran sólo unas palabras diciéndome que me reuniera con él cuando él me diera la
señal. Por supuesto, ni por un momento dudé de que mi principal obligación era para con él, y estaba
dispuesta a hacer cualquier cosa que él me indicara.
»Cuando llegamos a casa, se lo conté a mi doncella, que le había conocido en California y siempre le tuvo
simpatía. Le ordené que no dijera nada y que preparase mi abrigo y unas cuantas cosas para llevarme. Sé
que tendría que habérselo dicho a lord St. Simon, pero resultaba muy difícil hacerlo delante de su madre
y de todos aquellos grandes personajes. Decidí largarme primero y dar explicaciones después. No
llevaba ni diez minutos sentada a la mesa cuando vi a Frank por la ventana, al otro lado de la calle. Me
hizo una seña y echó a andar hacia el parque. Yo me levanté, me puse el abrigo y salí tras él. En la calle
se me acercó una mujer que me dijo no sé qué acerca de lord St. John... Por lo poco que entendí, me
pareció que también ella tenía su pequeño secreto anterior a la boda... Pero conseguí librarme de ella y
pronto alcancé a Frank. Nos metimos en un coche y fuimos a un apartamento que tenía alquilado en
Gordon Square, y allí se celebró mi verdadera boda, después de tantos años de espera. Frank había caído
prisionero de los apaches, había escapado, llegó a San Francisco, averiguó que yo le había dado por
muerto y me había venido a Inglaterra, me siguió hasta aquí, y me encontró la mañana misma de mi
segunda boda.
-Lo leí en un periódico -explicó el norteamericano-. Venía el nombre y la iglesia, pero no la dirección de
la novia.
-Entonces discutimos lo que debíamos hacer, y Frank era partidario de revelarlo todo, pero a mí me daba
tanta vergüenza que prefería desaparecer y no volver a ver a nadie; todo lo más, escribirle unas líneas a
papá para hacerle saber que estaba viva. Me resultaba espantoso pensar en todos aquellos personajes de
la nobleza, sentados a la mesa y esperando mi regreso. Frank cogió mis ropas y demás cosas de novia,
hizo un bulto con todas ellas y las tiró en algún sitio donde nadie las encontrara, para que no me
siguieran la pista por ellas. Lo más seguro es que nos hubiéramos marchado a París mañana, pero este
caballero, el señor Holmes, vino a vernos esta tarde y nos hizo ver con toda claridad que yo estaba
equivocada y Frank tenía razón, y tanto secreto no hacía sino empeorar nuestra situación. Entonces nos
ofreció la oportunidad de hablar a solas con lord St. Simon, y por eso hemos venido sin perder tiempo a su
casa. Ahora, Robert, ya sabes todo lo que ha sucedido; lamento mucho haberte hecho daño y espero que
no pienses muy mal de mí.
Lord St. Simon no había suavizado en lo más mínimo su rígida actitud, y había escuchado el largo relato
con el ceño fruncido y los labios apretados.
-Perdonen -dijo-, pero no tengo por costumbre discutir de mis asuntos personales más íntimos de una
manera tan pública.
-Entonces, ¿no me perdonas? ¿No me darás la mano antes de que me vaya?
-Oh, desde luego, si eso le causa algún placer -extendió la mano y estrechó fríamente la que le tendían.
-Tenía la esperanza -surgió Holmes- de que me acompañaran en una cena amistosa.
-Creo que eso ya es pedir demasiado -respondió su señoría-. Quizás no me quede más remedio que
aceptar el curso de los acontecimientos, pero no esperarán que me ponga a celebrarlo. Con su permiso,
creo que voy a despedirme. Muy buenas noches a todos -hizo una amplia reverencia que nos abarcó a
todos y salió a grandes zancadas de la habitación.
-Entonces, espero que al menos ustedes me honren con su compañía -dijo Sherlock Holmes-. Siempre es
LAS AV E N T UR A S DE SH E R L O C K HOLm ES
EDITORIAL DIGITAL - ImPRENTA NACIONAL
C O S T A R I CA
un placer conocer a un norteamericano, señor Moulton; soy de los que opinan que la estupidez de un
monarca y las torpezas de un ministro en tiempos lejanos no impedirán que nuestros hijos sean algún día
ciudadanos de una única nación que abarcará todo el mundo, bajo una bandera que combinará los colores
de la Unión Jack13 con las barras y estrellas.
-Ha sido un caso interesante -comentó Holmes cuando nuestros visitantes se hubieron marchado-, porque
demuestra con toda claridad lo sencilla que puede ser la explicación de un asunto que a primera vista
parece casi inexplicable. No podríamos encontrar otro más inexplicable. Y no encontraríamos una
explicación más natural que la serie de acontecimientos narrada por esta señora, aunque los resultados no
podrían ser más extraños si se miran, por ejemplo, desde el punto de vista del señor Lestrade, de Scotland
Yard.
-Así pues, no se equivocaba usted.
-Desde un principio había dos hechos que me resultaron evidentísimos. El primero, que la novia había
acudido por su propia voluntad a la boda; el otro, que se había arrepentido a los pocos minutos de
regresar a casa. Evidentemente, algo había ocurrido durante la mañana que le hizo cambiar de opinión.
¿Qué podía haber sido? No podía haber hablado con nadie, porque todo el tiempo estuvo acompañada
del novio. ¿Acaso había visto a alguien? De ser así, tenía que haber sido alguien procedente de América,
porque llevaba demasiado poco tiempo en nuestro país como para que alguien hubiera podido adquirir tal
influencia sobre ella que su mera visión la indujera a cambiar tan radicalmente de planes. Como ve, ya
hemos llegado, por un proceso de exclusión, a la idea de que la novia había visto a un americano.
¿Quién podía ser este americano, y por qué ejercía tanta influencia sobre ella? Podía tratarse de un
amante; o podía tratarse de un marido. Sabíamos que había pasado su juventud en ambientes muy rudos y
en condiciones poco normales. Hasta aquí había llegado antes de escuchar el relato de lord St. Simon.
Cuando éste nos habló de un hombre en un reclinatorio, del cambio de humor de la novia, del truco tan
transparente de recoger una nota dejando caer un ramo de flores, de la conversación con la doncella y
confidente, y de la significativa alusión a «pisarle la licencia a otro», que en la jerga de los mineros
significa apoderarse de lo que otro ha reclamado con anterioridad, la situación se me hizo absolutamente
clara. Ella se había fugado con un hombre, y este hombre tenía que ser un amante o un marido anterior;
lo más probable parecía lo último.
13 La bandera del Reino Unido se denomina también como Union Flag o Union Jack.
-Podría haber resultado difícil, pero el amigo Lestrade tenía en sus manos una información cuyo valor
desconocía. Las iniciales, desde luego, eran muy importantes, pero aún más importante era saber que
hacía menos de una semana que nuestro hombre había pagado su cuenta en uno de los hoteles más
selectos de Londres.
-¿De dónde sacó lo de selecto?
-Por lo selecto de los precios. Ocho chelines por una cama y ocho peniques por una copa de jerez
indicaban que se trataba de uno de los hoteles más caros de Londres. No hay muchos que cobren esos
precios. En el segundo que visité, en Northumberland Avenue, pude ver en el libro de registros que el
señor Francis H. Moulton, caballero norteamericano, se había marchado el día anterior; y al examinar su
factura, me encontré con las mismas cuentas que habíamos visto en la copia. Había dejado dicho que se
le enviara la correspondencia al 226 de Gordon Square, así que allá me encaminé, tuve la suerte de
LAS AV E N T UR A S DE SH E R L O C K HOLm ES
EDITORIAL DIGITAL - ImPRENTA NACIONAL
C O S T A R I CA
encontrar en casa a la pareja de enamorados y me atreví a ofrecerles algunos consejos paternales,
indicándoles que sería mucho mejor, en todos los aspectos, que aclararan un poco su situación, tanto al
público en general como a lord St. Simon en particular. Los invité a que se encontraran aquí con él y,
como ve, conseguí que también él acudiera a la cita.
-Pero con resultados no demasiado buenos -comenté yo-. Desde luego, la conducta del caballero no ha
sido muy elegante.
-¡Ah, Watson! -dijo Holmes sonriendo-. Puede que tampoco usted se comportara muy elegantemente si,
después de todo el trabajo que representa echarse novia y casarse, se encontrara privado en un instante
de esposa y de fortuna. Creo que debemos ser clementes al juzgar a lord St. Simon, y dar gracias a
nuestra buena estrella, porque no es probable que lleguemos a encontrarnos en su misma situación.
Acerque su silla y páseme el violín; el único problema que aún nos queda por resolver es cómo pasar
estas aburridas veladas de otoño.
LA CORONA DE BERILOS
CAPÍTULO I
-Holmes -dije una mañana, mientras contemplaba la calle desde nuestro mirador-, por ahí viene un loco.
¡Qué vergüenza que su familia le deje salir solo!
Mi amigo se levantó perezosamente de su sillón y miró sobre mi hombro, con las manos metidas en los
bolsillos de su bata. Era una mañana fresca y luminosa de febrero, y la nieve del día anterior aún
permanecía acumulada sobre el suelo, en una espesa capa que brillaba bajo el sol invernal. En el centro
de la calzada de Baker Street, el tráfico la había surcado formando una franja terrosa y parda, pero a
ambos lados de la calzada y en los bordes de las aceras aún seguía tan blanca como cuando cayó. El
pavimento gris estaba limpio y barrido, pero aún resultaba peligrosamente resbaladizo, por lo que se
veían menos peatones que de costumbre. En realidad, por la parte que llevaba a la estación del Metro no
venía nadie, a excepción del solitario caballero cuya excéntrica conducta me había llamado la atención.
Se trataba de un hombre de unos cincuenta años, alto, corpulento y de aspecto imponente, con un rostro
enorme, de rasgos muy marcados, y una figura impresionante. Iba vestido con estilo serio, pero lujoso:
levita negra, sombrero reluciente, polainas impecables de color pardo y pantalones gris perla de muy
buen corte. Sin embargo, su manera de actuar ofrecía un absurdo contraste con la dignidad de su atuendo
y su porte, porque venía a todo correr, dando saltitos de vez en cuando, como los que da un hombre
cansado y poco acostumbrado a someter a un esfuerzo a sus piernas. Y mientras corría, alzaba y bajaba las
manos, movía de un lado a otro la cabeza y deformaba su cara con las más extraordinarias contorsiones.
-¿Qué demonios puede pasarle? -pregunté-. Está mirando los números de las casas.
-Me parece que viene aquí -dijo Holmes, frotándose las manos.
LAS AV E N T UR A S DE SH E R L O C K HOLm ES
EDITORIAL DIGITAL - ImPRENTA NACIONAL
C O S T A R I CA
-¿Aquí?
-Sí, y yo diría que viene a consultarme profesionalmente. Creo reconocer los síntomas. ¡Ajá! ¿No se lo
dije? -mientras Holmes hablaba, el hombre, jadeando y resoplando, llegó corriendo a nuestra puerta y tiró
de la campanilla hasta que las llamadas resonaron en toda la casa.
Unos instantes después estaba ya en nuestra habitación, todavía resoplando y gesticulando, pero con una
expresión tan intensa de dolor y desesperación en los ojos que nuestras sonrisas se trasformaron al instante
en espanto y compasión. Durante un rato fue incapaz de articular una palabra, y siguió oscilando de un
lado a otro y tirándose de los cabellos como una persona arrastrada más allá de los límites de la
razón. De pronto, se puso en pie de un salto y se golpeó la cabeza contra la pared con tal fuerza que
tuvimos que correr en su ayuda y arrastrarlo al centro de la habitación. Sherlock Holmes le empujó hacia
una butaca y se sentó a su lado, dándole palmaditas en la mano y procurando tranquilizarlo con la charla
suave y acariciadora que tan bien sabía emplear y que tan excelentes resultados le había dado en otras
ocasiones.
-Ha venido usted a contarme su historia, ¿no es así? -decía-. Ha venido con tanta prisa que está fatigado.
Por favor, aguarde hasta haberse recuperado y entonces tendré mucho gusto en considerar cualquier
pequeño problema que tenga a bien plantearme.
El hombre permaneció sentado algo más de un minuto con el pecho agitado, luchando contra sus
emociones. Por fin, se pasó un pañuelo por la frente, apretó los labios y volvió el rostro hacia nosotros.
-¿Verdad que me han tomado por un loco? -dijo.
-Se nota que tiene usted algún gran apuro -respondió Holmes.
-¡No lo sabe usted bien! ¡Un apuro que me tiene totalmente trastornada la razón, una desgracia
inesperada y terrible! Podría haber soportado la deshonra pública, aunque mi reputación ha sido siempre
intachable. Y una desgracia privada puede ocurrirle a cualquiera. Pero las dos cosas juntas, y de una
manera tan espantosa, han conseguido destrozarme hasta el alma. Y además no soy yo solo. Esto
afectará a los más altos personajes del país, a menos que se le encuentre una salida a este horrible asunto.
-Serénese, por favor -dijo Holmes-, y explíqueme con claridad quién es usted y qué le ha ocurrido.
-Es posible que mi nombre les resulte familiar -respondió nuestro visitante-. Soy Alexander Holder, de la
firma bancaria Holder & Stevenson, de Threadneedle Street.
Efectivamente, conocíamos bien aquel nombre, perteneciente al socio más antiguo del segundo banco
más importante de Londres. ¿Qué podía haber ocurrido para que uno de los ciudadanos más prominentes
de Londres quedara reducido a aquella patética condición? Aguardamos llenos de curiosidad hasta que,
con un nuevo esfuerzo, reunió fuerzas para contar su historia.
-Opino que el tiempo es oro -dijo-, y por eso vine corriendo en cuanto el inspector de policía sugirió que
procurara obtener su cooperación. He venido en Metro hasta Baker Street, y he tenido que correr desde la
estación porque los coches van muy despacio con esta nieve. Por eso me he quedado sin aliento, ya que
no estoy acostumbrado a hacer ejercicio. Ahora ya me siento mejor y le expondré los hechos del modo
más breve y más claro que me sea posible.
»Naturalmente, ustedes ya saben que para la buena marcha de una empresa bancaria, tan importante es
saber invertir provechosamente nuestros fondos como ampliar nuestra clientela y el número de
depositarios. Uno de los sistemas más lucrativos de invertir dinero es en forma de préstamos, cuando la
LAS AV E N T UR A S DE SH E R L O C K HOLm ES
EDITORIAL DIGITAL - ImPRENTA NACIONAL
C O S T A R I CA
garantía no ofrece dudas. En los últimos años hemos hecho muchas operaciones de esta clase, y son
muchas las familias de la aristocracia a las que hemos adelantado grandes sumas de dinero, con la
garantía de sus cuadros, bibliotecas o vajillas de plata.
»Ayer por la mañana, me encontraba en mi despacho del banco cuando uno de los empleados me trajo
una tarjeta. Di un respingo al leer el nombre, que era nada menos que... bueno, quizá sea mejor que no
diga más, ni siquiera a usted... Baste con decir que se trata de un nombre conocido en todo el mundo... uno
de los nombres más importantes, más nobles, más ilustres de Inglaterra. Me sentí abrumado por el honor
e intenté decírselo cuando entró, pero él fue directamente al grano del negocio, con el aire de quien quiere
despachar cuanto antes una tarea desagradable.
»-Señor Holder -dijo-, se me ha informado de que presta usted dinero.
»-La firma lo hace cuando la garantía es buena -respondí yo.
»-Me es absolutamente imprescindible -dijo él- disponer al momento de cincuenta mil libras. Por
supuesto, podría obtener una suma diez veces superior a esa insignificancia pidiendo prestado a mis amigos,
pero prefiero llevarlo como una operación comercial y ocuparme del asunto personalmente. Como
comprenderá usted, en mi posición no conviene contraer ciertas obligaciones.
»-¿Puedo preguntar durante cuánto tiempo necesitará usted esa suma? -pregunté.
»-El lunes que viene cobraré una cantidad importante, y entonces podré, con toda seguridad, devolverle
lo que usted me adelante, más los intereses que considere adecuados. Pero me resulta imprescindible
disponer del dinero en el acto.
»-Tendría mucho gusto en prestárselo yo mismo, de mi propio bolsillo y sin más trámites, pero la
cantidad excede un poco a mis posibilidades. Por otra parte, si lo hago en nombre de la firma, entonces,
en consideración a mi socio, tendría que insistir en que, aun tratándose de usted, se tomaran todas las
garantías pertinentes.
»-Lo prefiero así, y con mucho -dijo él, alzando una caja de tafilete negro que había dejado junto a su
silla-. Supongo que habrá oído hablar de la corona de berilos.
»-Una de las más preciadas posesiones públicas del Imperio -respondí yo.
»-En efecto -abrió la caja y allí, embutida en blando terciopelo de color carne, apareció la magnífica joya
que acababa de nombrar-. Son treinta y nueve berilos enormes -dijo-, y el precio de la montura de oro es
incalculable. La tasación más baja fijará el precio de la corona en más del doble de la suma que le pido.
Estoy dispuesto a dejársela como garantía.
»Tomé en las manos el precioso estuche y miré con cierta perplejidad a mi ilustre cliente.
»-¿Duda usted de su valor? -preguntó.
»-En absoluto. Sólo dudo...
»-... de que yo obre correctamente al dejarla aquí. Puede usted estar tranquilo. Ni en sueños se me
ocurriría hacerlo si no estuviese absolutamente seguro de poder recuperarla en cuatro días. Es una mera
formalidad. ¿Le parece suficiente garantía?
»-Más que suficiente.
LAS AV E N T UR A S DE SH E R L O C K HOLm ES
EDITORIAL DIGITAL - ImPRENTA NACIONAL
C O S T A R I CA
»-Se dará usted cuenta, señor Holder, de que con esto le doy una enorme prueba de la confianza que
tengo en usted, basada en las referencias que me han dado. Confío en que no sólo será discreto y se
abstendrá de todo comentario sobre el asunto, sino que además, y por encima de todo, cuidará de esta
corona con toda clase de precauciones, porque no hace falta que le diga que se organizaría un escándalo
tremendo si sufriera el menor daño. Cualquier desperfecto sería casi tan grave como perderla por
completo, ya que no existen en el mundo berilos como éstos, y sería imposible reemplazarlos. No
obstante, se la dejo con absoluta confianza, y vendré a recuperarla personalmente el lunes por la mañana.
»Viendo que mi cliente estaba deseoso de marcharse, no dije nada más; llamé al cajero y le di orden de
que pagara cincuenta mil libras en billetes. Sin embargo, cuando me quedé solo con el precioso estuche
encima de la mesa, delante de mí, no pude evitar pensar con cierta inquietud en la inmensa responsabilidad
que había contraído. No cabía duda de que, por tratarse de una propiedad de la nación, el escándalo sería
terrible si le ocurriera alguna desgracia. Empecé a lamentar el haber aceptado quedarme con ella, pero ya
era demasiado tarde para cambiar las cosas, así que la guardé en mi caja de seguridad privada, y volví a
mi trabajo.
»Al llegar la noche, me pareció que sería una imprudencia dejar un objeto tan valioso en el despacho. No
sería la primera vez que se fuerza la caja de un banquero. ¿Por qué no habría de pasarle a la mía? Así
pues, decidí que durante los días siguientes llevaría siempre la corona conmigo, para que nunca estuviera
fuera de mi alcance. Con esta intención, llamé a un coche y me hice conducir a mi casa de Streatham,
llevándome la joya. No respiré tranquilo hasta que la hube subido al piso de arriba y guardado bajo llave
en el escritorio de mi gabinete.
»Y ahora, unas palabras acerca del personal de mi casa, señor Holmes, porque quiero que comprenda
perfectamente la situación. Mi mayordomo y mi lacayo duermen fuera de casa, y se les puede descartar
por completo. Tengo tres doncellas, que llevan bastantes años conmigo, y cuya honradez está por encima
de toda sospecha. Una cuarta doncella, Lucy Parr, lleva sólo unos meses a mi servicio. Sin embargo, traía
excelentes referencias y siempre ha cumplido a la perfección. Es una muchacha muy bonita, y de vez en
cuando atrae a admiradores que rondan por la casa. Es el único inconveniente que le hemos encontrado,
pero por lo demás consideramos que es una chica excelente en todos los aspectos.
»Eso en cuanto al servicio. Mi familia es tan pequeña que no tardaré mucho en describirla. Soy viudo y
tengo un solo hijo, Arthur, que ha sido una decepción para mí, señor Holmes, una terrible decepción. Sin
duda, toda la culpa es mía. Todos dicen que le he mimado demasiado, y es muy probable que así sea.
Cuando falleció mi querida esposa, todo mi amor se centró en él. No podía soportar que la sonrisa se
borrara de su rostro ni por un instante. Jamás le negué ningún capricho. Tal vez habría sido mejor para
los dos que yo me hubiera mostrado más severo, pero lo hice con la mejor intención.
»Naturalmente, yo tenía la intención de que él me sucediera en el negocio, pero no tenía madera de
financiero. Era alocado, indisciplinado y, para ser sincero, no se le podían confiar sumas importantes de
dinero. Cuando era joven se hizo miembro de un club aristocrático, y allí, gracias a su carácter simpático,
no tardó en hacer amistades con gente de bolsa bien repleta y costumbres caras. Se aficionó a jugar a las
cartas y apostar en las carreras, y continuamente acudía a mí, suplicando que le diese un adelanto de su
asignación para poder saldar sus deudas de honor. Más de una vez intentó romper con aquellas
peligrosas compañías, pero la influencia de su amigo sir George Burnwell le hizo volver en todas las
ocasiones.
»A decir verdad, a mí no me extrañaba que un hombre como sir George Burnwell tuviera tanta influencia
sobre él, porque lo trajo muchas veces a casa e incluso a mí me resultaba difícil resistirme a la fascinación
LAS AV E N T UR A S DE SH E R L O C K HOLm ES
EDITORIAL DIGITAL - ImPRENTA NACIONAL
C O S T A R I CA
de su trato. Es mayor que Arthur, un hombre de mundo de pies a cabeza, que ha estado en todas partes y
lo ha visto todo, conversador brillante y con un gran atractivo personal. Sin embargo, cuando pienso en
él fríamente, lejos del encanto de su presencia, estoy convencido, por su manera cínica de hablar y por la
mirada que he advertido en sus ojos, de que no se puede confiar en él. Eso es lo que pienso, y así piensa
también mi pequeña Mary, que posee una gran intuición femenina para la cuestión del carácter.
»Y ya sólo queda ella por describir. Mary es mi sobrina; pero cuando falleció mi hermano hace cinco
años, dejándola sola, yo la adopté y desde entonces la he considerado como una hija. Es el sol de la
casa..., dulce, cariñosa, guapísima, excelente administradora y ama de casa, y al mismo tiempo tan tierna,
discreta y gentil como puede ser una mujer. Es mi mano derecha. No sé lo que haría sin ella. Sólo en una
cosa se ha opuesto a mis deseos. Mi hijo le ha pedido dos veces que se case con él, porque la ama
apasionadamente, pero ella le ha rechazado las dos veces. Creo que si alguien puede volverlo al buen
camino es ella; y ese matrimonio podría haber cambiado por completo la vida de mi hijo. Pero, ¡ay!, ya
es demasiado tarde. ¡Demasiado tarde, sin remedio!
»Y ahora que ya conoce usted a la gente que vive bajo mi techo, señor Holmes, proseguiré con mi
doloroso relato.
»Aquella noche, después de cenar, mientras tomábamos café en la sala de estar, les conté a Arthur y Mary
lo sucedido y les hablé del precioso tesoro que teníamos en casa, omitiendo únicamente el nombre de mi
cliente. Estoy seguro de que Lucy Parr, que nos había servido el café, había salido ya de la habitación;
pero no puedo asegurar que la puerta estuviera cerrada. Mary y Arthur se mostraron muy interesados y
quisieron ver la famosa corona, pero a mí me pareció mejor dejarla en paz.
»-¿Dónde la has guardado? -preguntó Arthur.
»-En mi escritorio.
»-Bueno, Dios quiera que no entren ladrones en casa esta noche -dijo.
»-Está cerrado con llave -indiqué.
-Bah, ese escritorio se abre con cualquier llave vieja. Cuando era pequeño, yo la abría con la llave del
armario del trastero.
»Ésa era su manera normal de hablar, así que no presté mucha atención a lo que decía. Sin embargo, aquella
noche me siguió a mi habitación con una expresión muy seria.
»-Escucha, papá -dijo con una mirada baja-. ¿Puedes dejarme doscientas libras?
»-¡No, no puedo! -respondí irritado-. ¡Ya he sido demasiado generoso contigo en cuestiones de dinero!
»-Has sido muy amable -dijo él-, pero necesito ese dinero, o jamás podré volver a asomar la cara por el
club.
»-¡Pues me parece estupendo! -exclamé yo.
»-Sí, papá, pero no querrás que quede deshonrado -dijo-. No podría soportar la deshonra. Tengo que
reunir ese dinero como sea, y si tú no me lo das, tendré que recurrir a otros medios.
»Yo me sentía indignado, porque era la tercera vez que me pedía dinero en un mes.
»-¡No recibirás de mí ni medio penique! -grité, y él me hizo una reverencia y salió de mi cuarto sin decir
LAS AV E N T UR A S DE SH E R L O C K HOLm ES
EDITORIAL DIGITAL - ImPRENTA NACIONAL
C O S T A R I CA
una palabra más.
»Después de que se fuera, abrí mi escritorio, comprobé que el tesoro seguía a salvo y lo volví a cerrar
con llave. Luego hice una ronda por la casa para verificar que todo estaba seguro. Es una tarea que suelo
delegar en Mary, pero aquella noche me pareció mejor realizarla yo mismo. Al bajar las escaleras encontré
a Mary junto a la ventana del vestíbulo, que cerró y aseguró al acercarme yo.
»-Dime, papá -dijo algo preocupada, o así me lo pareció-. ¿Le has dado permiso a Lucy, la doncella, para
salir esta noche?
»-Desde luego que no.
»-Acaba de entrar por la puerta de atrás. Estoy segura de que sólo ha ido hasta la puerta lateral para ver a
alguien, pero no me parece nada prudente y habría que prohibírselo.
»-Tendrás que hablar con ella por la mañana. O, si lo prefieres, le hablaré yo. ¿Estás segura de que todo
está cerrado?
»-Segurísima, papá.
»-Entonces, buenas noches -le di un beso y volví a mi habitación, donde no tardé en dormirme.
»Señor Holmes, estoy esforzándome por contarle todo lo que pueda tener alguna relación con el caso,
pero le ruego que no vacile en preguntar si hay algún detalle que no queda claro.
-Al contrario, su exposición está siendo extraordinariamente lúcida.
-Llego ahora a una parte de mi historia que quiero que lo sea especialmente. Yo no tengo el sueño pesado
y, sin duda, la ansiedad que sentía hizo que aquella noche fuera aún más ligero que de costumbre. A eso
de las dos de la mañana, me despertó un ruido en la casa. Cuando me desperté del todo ya no se oía, pero
me había dado la impresión de una ventana que se cerrara con cuidado. Escuché con toda mi alma. De
pronto, con gran espanto por mi parte, oí el sonido inconfundible de unos pasos sigilosos en la habitación
de al lado. Me deslicé fuera de la cama, temblando de miedo, y miré por la esquina de la puerta del
gabinete.
»-¡Arthur! -grité-. ¡Miserable ladrón! ¿Cómo te atreves a tocar esa corona?
»La luz de gas estaba a media potencia, como yo la había dejado, y mi desdichado hijo, vestido sólo con
camisa y pantalones, estaba de pie junto a la luz, con la corona en las manos. Parecía estar torciéndola o
aplastándola con todas sus fuerzas. Al oír mi grito la dejó caer y se puso tan pálido como un muerto. La
recogí y la examiné. Le faltaba uno de los extremos de oro, con tres de los berilos.
»-¡Canalla! -grité, enloquecido de rabia-. ¡La has roto! ¡Me has deshonrado para siempre! ¿Dónde están
las joyas que has robado?
»-¡Robado! -exclamó.
»-¡Sí, ladrón! -rugí yo, sacudiéndolo por los hombros.
»-No falta ninguna. No puede faltar ninguna.
»-¡Faltan tres! ¡Y tú sabes qué ha sido de ellas! ¿Tengo que llamarte mentiroso, además de ladrón?
LAS AV E N T UR A S DE SH E R L O C K HOLm ES
EDITORIAL DIGITAL - ImPRENTA NACIONAL
C O S T A R I CA
¿Acaso no te acabo de ver intentando arrancar otro trozo?
»-Ya he recibido suficientes insultos -dijo él-. No pienso aguantarlo más. Puesto que prefieres insultarme,
no diré una palabra más del asunto. Me iré de tu casa por la mañana y me abriré camino por mis propios
medios.
»-¡Saldrás de casa en manos de la policía! -grité yo, medio loco de dolor y de ira-. ¡Haré que el asunto se
investigue a fondo!
»-Pues por mi parte no averiguarás nada -dijo él, con una pasión de la que no le habría creído capaz-. Si
decides llamar a la policía, que averigüen ellos lo que puedan.
»Para entonces, toda la casa estaba alborotada, porque yo, llevado por la cólera, había alzado mucho la
voz. Mary fue la primera en entrar corriendo en la habitación y, al ver la corona y la cara de Arthur,
comprendió todo lo sucedido y, dando un grito, cayó sin sentido al suelo. Hice que la doncella avisara a
la policía y puse inmediatamente la investigación en sus manos. Cuando el inspector y un agente de
uniforme entraron en la casa, Arthur, que había permanecido todo el tiempo taciturno y con los brazos
cruzados, me preguntó si tenía la intención de acusarle de robo. Le respondí que había dejado de ser un
asunto privado para convertirse en público, puesto que la corona destrozada era propiedad de la nación.
Yo estaba decidido a que la ley se cumpliera hasta el final.
»-Al menos -dijo-, no me hagas detener ahora mismo. Te conviene tanto como a mí dejarme salir de casa
cinco minutos.
»-Sí, para que puedas escaparte, o tal vez para poder esconder lo que has robado -respondí yo.
»Y a continuación, dándome cuenta de la terrible situación en la que se encontraba, le imploré que
recordara que no sólo estaba en juego mi honor, sino también el de alguien mucho más importante que yo;
y que su conducta podía provocar un escándalo capaz de conmocionar a la nación entera. Podía evitar
todo aquello con sólo decirme qué había hecho con las tres piedras que faltaban.
»-Más vale que afrontes la situación -le dije-. Te han cogido con las manos en la masa, y confesar no
agravará tu culpa. Si procuras repararla en la medida de lo posible, diciéndonos dónde están los berilos,
todo quedará perdonado y olvidado.
»-Guárdate tu perdón para el que te lo pida -respondió, apartándose de mí con un gesto de desprecio.
»Me di cuenta de que estaba demasiado maleado como para que mis palabras le influyeran. Sólo podía
hacer una cosa. Llamé al inspector y lo puse en sus manos. Se llevó a cabo un registro inmediato, no sólo
de su persona, sino también de su habitación y de todo rincón de la casa donde pudiera haber escondido
las gemas. Pero no se encontró ni rastro de ellas, y el miserable de mi hijo se negó a abrir la boca, a pesar de
todas nuestras súplicas y amenazas. Esta mañana lo han encerrado en una celda, y yo, tras pasar por todas
las formalidades de la policía, he venido corriendo a verle a usted, para rogarle que aplique su talento a
la resolución del misterio. La policía ha confesado sin reparos que por ahora no sabe qué hacer. Puede
usted incurrir en los gastos que le parezcan necesarios. Ya he recibido una recompensa de mil libras.
¡Dios mío! ¿Qué voy a hacer? He perdido mi honor, mis joyas y mi hijo en una sola noche. ¡Oh, qué
puedo hacer!
Se llevó las manos a la cabeza y empezó a oscilar de delante a atrás, parloteando consigo mismo, como
un niño que no encuentra palabras para expresar su dolor.
LAS AV E N T UR A S DE SH E R L O C K HOLm ES
EDITORIAL DIGITAL - ImPRENTA NACIONAL
C O S T A R I CA
Sherlock Holmes permaneció callado unos minutos, con el ceño fruncido y los ojos clavados en el fuego
de la chimenea.
-¿Recibe usted muchas visitas? -preguntó por fin.
-Ninguna, exceptuando a mi socio con su familia y, de vez en cuando, algún amigo de Arthur. Sir George
Burnwell ha estado varias veces en casa últimamente. Y me parece que nadie más.
-¿Sale usted mucho?
-Arthur sale. Mary y yo nos quedamos en casa. A ninguno de los dos nos gustan las reuniones sociales.
-Eso es poco corriente en una joven.
-Es una chica muy tranquila. Además, ya no es tan joven. Tiene ya veinticuatro años.
-Por lo que usted ha dicho, este suceso la ha afectado mucho.
-¡De un modo terrible! ¡Está más afectada aun que yo!
-¿Ninguno de ustedes dos duda de la culpabilidad de su hijo?
-¿Cómo podríamos dudar, si yo mismo le vi con mis propios ojos con la corona en la mano?
-Eso no puede considerarse una prueba concluyente. ¿Estaba estropeado también el resto de la corona?
-Sí, estaba toda retorcida.
-¿Y no cree usted que es posible que estuviera intentando enderezarla?
-¡Dios le bendiga! Está usted haciendo todo lo que puede por él y por mí. Pero es una tarea desmesurada.
Al fin y al cabo, ¿qué estaba haciendo allí? Y si sus intenciones eran honradas, ¿por qué no lo dijo?
-Exactamente. Y si era culpable, ¿por qué no inventó una mentira? Su silencio me parece un arma de dos
filos. El caso presenta varios detalles muy curiosos. ¿Qué opinó la policía del ruido que le despertó a
usted?
-Opinan que pudo haberlo provocado Arthur al cerrar la puerta de su alcoba.
-¡Bonita explicación! Como si un hombre que se propone cometer un robo fuera dando portazos para
despertar a toda la casa. ¿Y qué han dicho de la desaparición de las piedras?
-Todavía están sondeando las tablas del suelo y agujereando muebles con la esperanza de encontrarlas.
Mi amigo insistió en que yo los acompañara en la expedición, a lo cual accedí de buena gana, pues la
historia que acababa de escuchar había despertado mi curiosidad y mi simpatía. Confieso que la
culpabilidad del hijo del banquero me parecía tan evidente como se lo parecía a su infeliz padre, pero
aun así, era tal la fe que tenía en el buen criterio de Holmes que me parecía que, mientras él no se
mostrara satisfecho con la explicación oficial, aún existía base para concebir esperanzas. Durante todo el
trayecto al suburbio del sur, Holmes apenas pronunció palabra, y permaneció todo el tiempo con la
barbilla sobre el pecho, sumido en profundas reflexiones. Nuestro cliente parecía haber cobrado nuevos
ánimos con el leve destello de esperanza que se le había ofrecido, e incluso se enfrascó en una inconexa
charla conmigo acerca de sus asuntos comerciales. Un rápido trayecto en ferrocarril y una corta caminata
nos llevaron a Fairbank, la modesta residencia del gran financiero.
Fairbank era una mansión cuadrada de buen tamaño, construida en piedra blanca y un poco retirada de la
carretera. Atravesando un césped cubierto de nieve, un camino de dos pistas para carruajes conducía a
las dos grandes puertas de hierro que cerraban la entrada. A la derecha había un bosquecillo del que salía
un estrecho sendero con dos setos bien cuidados a los lados, que llevaba desde la carretera hasta la
puerta de la cocina, y servía como entrada de servicio. A la izquierda salía un sendero que conducía a los
establos, y que no formaba parte de la finca, sino que se trataba de un camino público, aunque poco
transitado. Holmes nos abandonó ante la puerta y empezó a caminar muy despacio: dio la vuelta a la casa,
volvió a la parte delantera, recorrió el sendero de los proveedores y dio la vuelta al jardín por detrás, hasta
llegar al sendero que llevaba a los establos. Tardó tanto tiempo que el señor Holder y yo entramos al
comedor y esperamos junto a la chimenea a que regresara. Allí nos encontrábamos, sentados en silencio,
cuando se abrió una puerta y entró una joven. Era de estatura bastante superior a la media, delgada, con
el cabello y los ojos oscuros, que parecían aún más oscuros por el contraste con la absoluta palidez de su
piel. No creo haber visto nunca una palidez tan mortal en el rostro de una mujer. También sus labios
parecían desprovistos de sangre, pero sus ojos estaban enrojecidos de tanto llorar. Al avanzar en silencio
por la habitación, daba una sensación de sufrimiento que me impresionó mucho más que la descripción
que había hecho el banquero por la mañana, y que resultaba especialmente sorprendente en ella, porque
se veía claramente que era una mujer de carácter fuerte, con inmensa capacidad para dominarse. Sin hacer
caso de mi presencia, se dirigió directamente a su tío y le pasó la mano por la cabeza, en una dulce caricia
femenina.
-Habrás dado orden de que dejen libre a Arthur, ¿verdad, papá? -preguntó.
-No, hija mía, no. El asunto debe investigarse a fondo.
-Pero estoy segura de que es inocente. Ya sabes cómo es la intuición femenina. Sé que no ha hecho nada
malo.
-¿Y por qué calla, si es inocente?
-¿Quién sabe? Tal vez porque le indignó que sospecharas de él.
LAS AV E N T UR A S DE SH E R L O C K HOLm ES
EDITORIAL DIGITAL - ImPRENTA NACIONAL
C O S T A R I CA
-¿Cómo no iba a sospechar, si yo mismo le vi con la corona en las manos?
-¡Pero si sólo la había cogido para mirarla! ¡Oh, papá, créeme, por favor, es inocente! Da por terminado
el asunto y no digas más. ¡Es tan terrible pensar que nuestro querido Arthur está en la cárcel!
-No daré por terminado el asunto hasta que aparezcan las piedras. ¡No lo haré, Mary! Tu cariño por
Arthur te ciega, y no te deja ver las terribles consecuencias que esto tendrá para mí. Lejos de silenciar el
asunto, he traído de Londres a un caballero para que lo investigue más a fondo.
-¿Este caballero? -preguntó ella, dándose la vuelta para mirarme.
-No, su amigo. Ha querido que le dejáramos solo. Ahora anda por el sendero del establo.
-¿El sendero del establo? -la muchacha enarcó las cejas-. ¿Qué espera encontrar ahí? Ah, supongo que es
este señor. Confío, caballero, en que logre usted demostrar lo que tengo por seguro que es la verdad: que
mi primo Arthur es inocente de este robo.
-Comparto plenamente su opinión, señorita, y, lo mismo que usted, yo también confío en que lograremos
demostrarlo -respondió Holmes, retrocediendo hasta el felpudo para quitarse la nieve de los zapatos-.
Creo que tengo el honor de dirigirme a la señorita Mary Holder. ¿Puedo hacerle una o dos preguntas?
-Por favor, hágalas, si con ello ayudamos a aclarar este horrible embrollo.
-¿No oyó usted nada anoche?
-Nada, hasta que mi tío empezó a hablar a gritos. Al oír eso, acudí corriendo.
-Usted se encargó de cerrar las puertas y ventanas. ¿Aseguró todas las ventanas?
-Sí.
-¿Seguían bien cerradas esta mañana?
-Sí.
-¿Una de sus doncellas tiene novio? Creo que usted le comentó a su tío que anoche había salido para
verse con él.
-Sí, y es la misma chica que sirvió en la sala de estar, y pudo oír los comentarios de mi tío acerca de la
corona.
-Ya veo. Usted supone que ella salió para contárselo a su novio, y que entre los dos planearon el robo.
-¿Pero de qué sirven todas esas vagas teorías? -exclamó el banquero con impaciencia-. ¿No le he dicho
que vi a Arthur con la corona en las manos?
-Aguarde un momento, señor Holder. Ya llegaremos a eso. Volvamos a esa muchacha, señorita Holder.
Me imagino que la vio usted volver por la puerta de la cocina.
-Sí; cuando fui a ver si la puerta estaba cerrada, me tropecé con ella que entraba. También vi al hombre
en la oscuridad.
-¿Le conoce usted?
-Oh, sí; es el verdulero que nos trae las verduras. Se llama Francis Prosper.
LAS AV E N T UR A S DE SH E R L O C K HOLm ES
EDITORIAL DIGITAL - ImPRENTA NACIONAL
C O S T A R I CA
-¿Estaba a la izquierda de la puerta... es decir, en el sendero y un poco alejado de la puerta?
-En efecto.
-¿Y tiene una pata de palo?
Para mí, era evidente que mi compañero se había formado ya una opinión sobre el caso, aunque ni
remotamente conseguía imaginar a qué conclusiones habría llegado. Durante nuestro viaje de regreso a
casa, intenté varias veces sondearle al respecto, pero él siempre desvió la conversación hacia otros temas,
hasta que por fin me di por vencido. Todavía no eran las tres cuando llegamos de vuelta a nuestras
habitaciones. Holmes se metió corriendo en la suya y salió a los pocos minutos, vestido como un vulgar
holgazán. Con una chaqueta astrosa y llena de brillos, el cuello levantado, corbata roja y botas muy
gastadas, era un ejemplar perfecto de la especie.
-Creo que esto servirá -dijo mirándose en el espejo que había sobre la chimenea-. Me gustaría que viniera
usted conmigo, Watson, pero me temo que no puede ser. Puede que esté sobre la buena pista, y puede
que esté siguiendo un fuego fatuo, pero pronto saldremos de dudas. Espero volver en pocas horas.
Cortó una rodaja de carne de una pieza que había sobre el aparador, la metió entre dos rebanadas de pan
LAS AV E N T UR A S DE SH E R L O C K HOLm ES
EDITORIAL DIGITAL - ImPRENTA NACIONAL
C O S T A R I CA
y, guardándose la improvisada comida en el bolsillo, emprendió su expedición.
Yo estaba terminando de tomar el té cuando regresó; se notaba que venía de un humor excelente, y traía en
la mano una vieja bota de elástico. La tiró a un rincón y se sirvió una taza de té.
-Sólo vengo de pasada -dijo-. Tengo que marcharme en seguida.
-¿Adónde?
-Oh, al otro lado del West End. Puede que tarde algo en volver. No me espere si se hace muy tarde.
-¿Qué tal le ha ido hasta ahora?
-Así, así. No tengo motivos de queja. He vuelto a estar en Streatham, pero no llamé a la casa. Es un
problema precioso, y no me lo habría perdido por nada del mundo. Pero no puedo quedarme aquí
chismorreando; tengo que quitarme estas deplorables ropas y recuperar mi respetable personalidad.
Por su manera de comportarse, se notaba que tenía más motivos de satisfacción que lo que daban a
entender sus meras palabras. Le brillaban los ojos e incluso tenía un toque de color en sus pálidas
mejillas. Subió corriendo al piso de arriba, y a los pocos minutos oí un portazo en el vestíbulo que me
indicó que había reemprendido su apasionante cacería.
Esperé hasta la medianoche, pero como no daba señales de regresar me retiré a mi habitación. No era
nada raro que, cuando seguía una pista, estuviera ausente durante días enteros, así que su tardanza no me
extrañó. No sé a qué hora llegó, pero cuando bajé a desayunar, allí estaba Holmes con una taza de café en
una mano y el periódico en la otra, tan flamante y acicalado como el que más.
-Perdone que haya empezado a desayunar sin usted, Watson -dijo-, pero ya recordará que estamos citados
con nuestro cliente a primera hora.
-Pues son ya más de las nueve -respondí-. No me extrañaría que el que llega fuera él. Me ha parecido oír
la campanilla.
Era, en efecto, nuestro amigo el financiero. Me impresionó el cambio que había experimentado, pues su
rostro, normalmente amplio y macizo, se veía ahora deshinchado y fláccido, y sus cabellos parecían un
poco más blancos. Entró con un aire fatigado y letárgico, que resultaba aún más penoso que la violenta
entrada del día anterior, y se dejó caer pesadamente en la butaca que acerqué para él.
-No sé qué habré hecho para merecer este castigo -dijo-. Hace tan sólo dos días, yo era un hombre feliz y
próspero, sin una sola preocupación en el mundo. Ahora me espera una vejez solitaria y deshonrosa. Las
desgracias vienen una tras otra. Mi sobrina Mary me ha abandonado.
-¿Que le ha abandonado?
-Sí. Esta mañana vimos que no había dormido en su cama; su habitación estaba vacía, y en la mesita del
vestíbulo había una nota para mí. Anoche, movido por la pena y no en tono de enfado, le dije que si se
hubiera casado con mi hijo, éste no se habría descarriado. Posiblemente fue una insensatez decir tal cosa.
En la nota que me dejó hace alusión a este comentario mío:
«Queridísimo tío: Me doy cuenta de que yo he sido la causa de que sufras este disgusto y de que, si
hubiera obrado de diferente manera, esta terrible desgracia podría no haber ocurrido. Con este
pensamiento en la cabeza, ya no podré ser feliz viviendo bajo tu techo, y considero que debo dejarte
para siempre. No te preocupes por mi futuro, que eso ya está arreglado. Y, sobre todo, no me busques,
LAS AV E N T UR A S DE SH E R L O C K HOLm ES
EDITORIAL DIGITAL - ImPRENTA NACIONAL
C O S T A R I CA
pues sería tarea inútil y no me favorecería en nada. En la vida o en la muerte, te quiere siempre.
MARY».
-¿Qué quiere decir esta nota, señor Holmes? ¿Cree usted que se propone suicidarse?
-No, no, nada de eso. Quizá sea ésta la mejor solución. Me parece, señor Holder, que sus dificultades están a
punto de terminar.
-¿Cómo puede decir eso? ¡Señor Holmes! ¡Usted ha averiguado algo, usted sabe algo! ¿Dónde están las
piedras?
-¿Le parecería excesivo pagar mil libras por cada una?
-Pagaría diez mil.
-No será necesario. Con tres mil bastará. Y supongo que habrá que añadir una pequeña recompensa.
¿Ha traído usted su talonario? Aquí tiene una pluma. Lo mejor será que extienda un cheque por cuatro
mil libras.
Con expresión atónita, el banquero extendió el cheque solicitado. Holmes se acercó a su escritorio, sacó un
trozo triangular de oro con tres piedras preciosas, y lo arrojó sobre la mesa.
Nuestro cliente se apoderó de él con un alarido de júbilo.
-¡Lo tiene! -jadeó-. ¡Estoy salvado! ¡Estoy salvado!
La reacción de alegría era tan apasionada como lo había sido su desconsuelo anterior, y apretaba contra
el pecho las gemas recuperadas.
-Todavía debe usted algo, señor Holder -dijo Sherlock Holmes en tono más bien severo.
-¿Qué debo? -cogió la pluma-. Diga la cantidad y la pagaré.
-No, su deuda no es conmigo. Le debe usted las más humildes disculpas a ese noble muchacho, su hijo,
que se ha comportado en todo este asunto de un modo que a mí me enorgullecería en mi propio hijo, si
es que alguna vez llego a tener uno.
-Entonces, ¿no fue Arthur quien las robó?
-Se lo dije ayer y se lo repito hoy: no fue él.
-¡Con qué seguridad lo dice! En tal caso, ¡vayamos ahora mismo a decirle que ya se ha descubierto la
verdad!
-Él ya lo sabe. Después de haberlo resuelto todo, tuve una entrevista con él y, al comprobar que no estaba
dispuesto a explicarme lo sucedido, se lo expliqué yo a él, ante lo cual no tuvo más remedio que reconocer
que yo tenía razón, y añadir los poquísimos detalles que yo aún no veía muy claros. Sin embargo, cuando
le vea a usted esta mañana quizá rompa su silencio.
-¡Por amor del cielo, explíqueme todo este extraordinario misterio!
-Voy a hacerlo, explicándole además los pasos por los que llegué a la solución. Y permítame empezar
por lo que a mí me resulta más duro decirle y a usted le resultará más duro escuchar: sir George
Burnwell y su sobrina Mary se entendían, y se han fugado juntos.
LAS AV E N T UR A S DE SH E R L O C K HOLm ES
EDITORIAL DIGITAL - ImPRENTA NACIONAL
C O S T A R I CA
-¿Mi Mary? ¡Imposible!
-Por desgracia, es más que posible; es seguro. Ni usted ni su hijo conocían la verdadera personalidad de este
hombre cuando lo admitieron en su círculo familiar. Es uno de los hombres más peligrosos de Inglaterra...
un jugador arruinado, un canalla sin ningún escrúpulo, un hombre sin corazón ni conciencia. Su sobrina
no sabía nada sobre esta clase de hombres. Cuando él le susurró al oído sus promesas de amor, como
había hecho con otras cien antes que con ella, ella se sintió halagada, pensando que había sido la única en
llegar a su corazón. El diablo sabe lo que le diría, pero acabó convirtiéndola en su instrumento, y se veían
casi todas las noches.
-¡No puedo creerlo, y me niego a creerlo! -exclamó el banquero con el rostro ceniciento.
-Entonces, le explicaré lo que sucedió en su casa aquella noche. Cuando pensó que usted se había
retirado a dormir, su sobrina bajó a hurtadillas y habló con su amante a través de la ventana que da al
sendero de los establos. El hombre estuvo allí tanto tiempo que dejó pisadas que atravesaban toda la capa de
nieve. Ella le habló de la corona. Su maligno afán de oro se encendió al oír la noticia, y sometió a la
muchacha a su voluntad. Estoy seguro de que ella le quería a usted, pero hay mujeres en las que el amor
de un amante apaga todos los demás amores, y me parece que su sobrina es de esta clase. Apenas había
acabado de oír las órdenes de sir George, vio que usted bajaba por las escaleras, y cerró apresuradamente
la ventana; a continuación, le habló de la escapada de una de las doncellas con su novio el de la pata de
palo, que era absolutamente cierta.
»En cuanto a su hijo Arthur, se fue a la cama después de hablar con usted, pero no pudo dormir a causa
de la inquietud que le producía su deuda en el club. A mitad de la noche, oyó unos pasos furtivos junto a
su puerta; se levantó a asomarse y quedó muy sorprendido al ver a su prima avanzando con gran sigilo
por el pasillo, hasta desaparecer en el gabinete. Petrificado de asombro, el muchacho se puso encima
algunas ropas y aguardó en la oscuridad para ver dónde iba a parar aquel extraño asunto. Al poco rato,
ella salió de la habitación y, a la luz de la lámpara del pasillo, su hijo vio que llevaba en las manos la
preciosa corona. La muchacha bajó a la planta baja, y su hijo, temblando de horror, corrió a esconderse
detrás de la cortina que hay junto a la puerta de la habitación de usted, desde donde podía ver lo que
ocurría en el vestíbulo. Así vio cómo ella abría sin hacer ruido la ventana, le entregaba la corona a
alguien que aguardaba en la oscuridad y, tras volver a cerrar la ventana, regresaba a toda prisa a su
habitación, pasando muy cerca de donde él estaba escondido detrás de la cortina.
»Mientras ella estuvo a la vista, él no se atrevió a hacer nada, pues ello comprometería de un modo terrible
a la mujer que amaba. Pero en el instante en que ella desapareció, comprendió la tremenda desgracia que
aquello representaba para usted y se propuso remediarlo a toda costa. Descalzo como estaba, echó a
correr escaleras abajo, abrió la ventana, saltó a la nieve y corrió por el sendero, donde distinguió una figura
oscura que se alejaba a la luz de la luna. Sir George Burnwell intentó escapar, pero Arthur le alcanzó y se
entabló un forcejeo entre ellos, su hijo tirando de un lado de la corona y su oponente del otro. En la pelea,
su hijo golpeó a sir George y le hizo una herida encima del ojo. Entonces, se oyó un fuerte chasquido y su
hijo, viendo que tenía la corona en las manos, corrió de vuelta a la casa, cerró la ventana, subió al
gabinete y allí advirtió que la corona se había torcido durante el forcejeo. Estaba intentando enderezarla
cuando usted apareció en escena.
-¿Es posible? -dijo el banquero, sin aliento.
-Entonces, usted le irritó con sus insultos, precisamente cuando él opinaba que merecía su más
encendida gratitud. No podía explicar la verdad de lo ocurrido sin delatar a una persona que, desde luego,
no merecía tanta consideración por su parte. A pesar de todo, adoptó la postura más caballerosa y guardó
LAS AV E N T UR A S DE SH E R L O C K HOLm ES
EDITORIAL DIGITAL - ImPRENTA NACIONAL
C O S T A R I CA
el secreto para protegerla.
-¡Y por eso ella dio un grito y se desmayó al ver la corona! -exclamó el señor Holder-. ¡Oh, Dios mío!
¡Qué ciego y estúpido he sido! ¡Y él pidiéndome que le dejara salir cinco minutos! ¡Lo que quería el
pobre muchacho era ver si el trozo que faltaba había quedado en el lugar de la lucha! ¡De qué modo tan
cruel le he malinterpretado!
-Cuando yo llegué a la casa -continuó Holmes-, lo primero que hice fue examinar atentamente los
alrededores, por si había huellas en la nieve que pudieran ayudarme. Sabía que no había nevado desde la
noche anterior, y que la fuerte helada habría conservado las huellas. Miré el sendero de los proveedores,
pero lo encontré todo pisoteado e indescifrable. Sin embargo, un poco más allá, al otro lado de la puerta de
la cocina, había estado una mujer hablando con un hombre, una de cuyas pisadas indicaba que tenía una
pata de palo. Se notaba incluso que los habían interrumpido, porque la mujer había vuelto corriendo a la
puerta, como demostraban las pisadas con la punta del pie muy marcada y el talón muy poco, mientras
Patapalo se quedaba esperando un poco, para después marcharse. Pensé que podía tratarse de la doncella
de la que usted me había hablado y su novio, y un par de preguntas me lo confirmaron. Inspeccioné el
jardín sin encontrar nada más que pisadas sin rumbo fijo, que debían ser de la policía; pero cuando llegué
al sendero de los establos, encontré escrita en la nieve una larga y complicada historia.
»Había una doble línea de pisadas de un hombre con botas, y una segunda línea, también doble, que,
como comprobé con satisfacción, correspondían a un hombre con los pies descalzos. Por lo que usted me
había contado, quedé convencido de que pertenecían a su hijo. El primer hombre había andado a la ida y
a la venida, pero el segundo había corrido a gran velocidad, y sus huellas, superpuestas a las de las botas,
demostraban que corría detrás del otro. Las seguí en una dirección y comprobé que llegaban hasta la
ventana del vestíbulo, donde el de las botas había permanecido tanto tiempo que dejó la nieve
completamente pisada. Luego las seguí en la otra dirección, hasta unos cien metros sendero adelante.
Allí, el de las botas se había dado la vuelta, y las huellas en la nieve parecían indicar que se había
producido una pelea. Incluso habían caído unas gotas de sangre, que confirmaban mi teoría. Después, el
de las botas había seguido corriendo por el sendero; una pequeña mancha de sangre indicaba que era él el
que había resultado herido. Su pista se perdía al llegar a la carretera, donde habían limpiado la nieve del
pavimento.
»Sin embargo, al entrar en la casa, recordará usted que examiné con la lupa el alféizar y el marco de la
ventana del vestíbulo, y pude advertir al instante que alguien había pasado por ella. Se notaba la huella
dejada por un pie mojado al entrar. Ya podía empezar a formarme una opinión de lo ocurrido. Un
hombre había aguardado fuera de la casa junto a la ventana. Alguien le había entregado la joya; su hijo
había sido testigo de la fechoría, había salido en persecución del ladrón, había luchado con él, los dos
habían tirado de la corona y la combinación de sus esfuerzos provocó daños que ninguno de ellos habría
podido causar por sí solo. Su hijo había regresado con la corona, pero dejando un fragmento en manos de
su adversario. Hasta ahí, estaba claro. Ahora la cuestión era: ¿quién era el hombre de las botas y quién le
entregó la corona?
»Una vieja máxima mía dice que, cuando has eliminado lo imposible, lo que queda, por muy improbable
que parezca, tiene que ser la verdad. Ahora bien, yo sabía que no fue usted quien entregó la corona, así
que sólo quedaban su sobrina y las doncellas. Pero si hubieran sido las doncellas, ¿por qué iba su hijo a
permitir que lo acusaran a él en su lugar? No tenía ninguna razón posible. Sin embargo, sabíamos que
amaba a su prima, y allí teníamos una excelente explicación de por qué guardaba silencio, sobre todo
teniendo en cuenta que se trataba de un secreto deshonroso. Cuando recordé que usted la había visto junto
a aquella misma ventana, y que se había desmayado al ver la corona, mis conjeturas se convirtieron en
LAS AV E N T UR A S DE SH E R L O C K HOLm ES
EDITORIAL DIGITAL - ImPRENTA NACIONAL
C O S T A R I CA
certidumbre.
» ¿Y quién podía ser su cómplice? Evidentemente, un amante, porque ¿quién otro podría hacerle renegar
del amor y gratitud que sentía por usted? Yo sabía que ustedes salían poco, y que su círculo de amistades
era reducido; pero entre ellas figuraba sir George Burnwell. Yo ya había oído hablar de él, como hombre
de mala reputación entre las mujeres. Tenía que haber sido él el que llevaba aquellas botas y el que se
había quedado con las piedras perdidas. Aun sabiendo que Arthur le había descubierto, se consideraba a
salvo porque el muchacho no podía decir una palabra sin comprometer a su propia familia.
»En fin, ya se imaginará usted las medidas que adopté a continuación. Me dirigí, disfrazado de vago, a la
casa de sir George, me las arreglé para entablar conversación con su lacayo, me enteré de que su señor se
había hecho una herida en la cabeza la noche anterior y, por último, al precio de seis chelines, conseguí la
prueba definitiva comprándole un par de zapatos viejos de su amo. Me fui con ellos a Streatham y
comprobé que coincidían exactamente con las huellas.
-Ayer por la tarde vi un vagabundo harapiento por el sendero -dijo el señor Holder.
-Precisamente. Ése era yo. Ya tenía a mi hombre, así que volví a casa y me cambié de ropa. Tenía que
actuar con mucha delicadeza, porque estaba claro que había que prescindir de denuncias para evitar el
escándalo, y sabía que un canalla tan astuto como él se daría cuenta de que teníamos las manos atadas
por ese lado. Fui a verlo. Al principio, como era de esperar, lo negó todo. Pero luego, cuando le di todos
los detalles de lo que había ocurrido, se puso gallito y cogió una cachiporra de la pared. Sin embargo,
yo conocía a mi hombre y le apliqué una pistola a la sien antes de que pudiera golpear. Entonces se
volvió un poco más razonable. Le dije que le pagaríamos un rescate por las piedras que tenía en su poder:
mil libras por cada una. Aquello provocó en él las primeras señales de pesar. « ¡Maldita sea! -dijo-. ¡Y
yo que he vendido las tres por seiscientas! » No tardé en arrancarle la dirección del comprador,
prometiéndole que no presentaríamos ninguna denuncia. Me fui a buscarlo y, tras mucho regateo, le
saqué las piedras a mil libras cada una. Luego fui a visitar a su hijo, le dije que todo había quedado
aclarado, y por fin me acosté a eso de las dos, después de lo que bien puedo llamar una dura jornada.
-¡Una jornada que ha salvado a Inglaterra de un gran escándalo público! -dijo el banquero, poniéndose
en pie-. Señor, no encuentro palabras para darle las gracias, pero ya comprobará usted que no soy
desagradecido. Su habilidad ha superado con creces todo lo que me habían contado de usted. Y ahora,
debo volver al lado de mi querido hijo para pedirle perdón por lo mal que lo he tratado. En cuanto a mi
pobre Mary, lo que usted me ha contado me ha llegado al alma. Supongo que ni siquiera usted, con todo
su talento, puede informarme de dónde se encuentra ahora.
-Creo que podemos afirmar sin temor a equivocarnos -replicó Holmes -que está allí donde se encuentre
sir George Burnwell. Y es igualmente seguro que, por graves que sean sus pecados, pronto recibirán un
castigo más que suficiente.
-El hombre que ama el arte por el arte -comentó Sherlock Holmes, dejando a un lado la hoja de anuncios
LAS AV E N T UR A S DE SH E R L O C K HOLm ES
EDITORIAL DIGITAL - ImPRENTA NACIONAL
C O S T A R I CA
del Daily Telegraph- suele encontrar los placeres más intensos en sus manifestaciones más humildes y
menos importantes. Me complace advertir, Watson, que hasta ahora ha captado usted esa gran verdad, y
que en esas pequeñas crónicas de nuestros casos que ha tenido la bondad de redactar, debo decir que,
embelleciéndolas en algunos puntos, no ha dado preferencia a las numerosas causas célebres y procesos
sensacionales en los que he intervenido, sino más bien a incidentes que pueden haber sido triviales, pero
que daban ocasión al empleo de las facultades de deducción y síntesis que he convertido en mi
especialidad.
-Y, sin embargo -dije yo, sonriendo-, no me considero definitivamente absuelto de la acusación de
sensacionalismo que se ha lanzado contra mis crónicas.
-Tal vez haya cometido un error -apuntó él, tomando una brasa con las pinzas y encendiendo con ellas la
larga pipa de cerezo que sustituía a la de arcilla cuando se sentía más dado a la polémica que a la
reflexión-. Quizá se haya equivocado al intentar añadir color y vida a sus descripciones, en lugar de
limitarse a exponer los sesudos razonamientos de causa a efecto, que son en realidad lo único
verdaderamente digno de mención del asunto.
-Me parece que en ese aspecto le he hecho a usted justicia -comenté, algo fríamente, porque me
repugnaba la egolatría que, como había observado más de una vez, constituía un importante factor en el
singular carácter de mi amigo.
-No, no es cuestión de vanidad o egoísmo -dijo él, respondiendo, como tenía por costumbre, a mis
pensamientos más que a mis palabras-. Si reclamo plena justicia para mi arte, es porque se trata de algo
impersonal... algo que está más allá de mí mismo. El delito es algo corriente. La lógica es una rareza. Por
tanto, hay que poner el acento en la lógica y no en el delito. Usted ha degradado lo que debía haber sido
un curso académico, reduciéndolo a una serie de cuentos.
Era una mañana fría de principios de primavera, y después del desayuno nos habíamos sentado a ambos
lados de un chispeante fuego en el viejo apartamento de Baker Street. Una espesa niebla se extendía
entre las hileras de casas parduscas, y las ventanas de la acera de enfrente parecían borrones oscuros
entre las densas volutas amarillentas. Teníamos encendida la luz de gas, que caía sobre el mantel
arrancando reflejos de la porcelana y el metal, pues aún no habían recogido la mesa. Sherlock Holmes se
había pasado callado toda la mañana, zambulléndose continuamente en las columnas de anuncios de una
larga serie de periódicos, hasta que por fin, renunciando aparentemente a su búsqueda, había emergido,
no de muy buen humor, para darme una charla sobre mis defectos literarios.
-Por otra parte -comentó tras una pausa, durante la cual estuvo dándole chupadas a su larga pipa y
contemplando el fuego-, difícilmente se le puede acusar a usted de sensacionalismo, cuando entre los
casos por los que ha tenido la bondad de interesarse hay una elevada proporción que no tratan de ningún
delito, en el sentido legal de la palabra. El asuntillo en el que intenté ayudar al rey de Bohemia, la
curiosa experiencia de la señorita Mary Sutherland, el problema del hombre del labio retorcido y el
incidente de la boda del noble, fueron todos ellos casos que escapaban al alcance de la ley. Pero, al evitar
lo sensacional, me temo que puede usted haber bordeado lo trivial.
-Puede que el desenlace lo fuera -respondí-, pero sostengo que los métodos fueron originales e
interesantes.
-¡Bah! Querido amigo, ¿qué le importan al público, al gran público despistado, que sería incapaz de
distinguir a un tejedor por sus dientes o a un cajista de imprenta por su pulgar izquierdo, los matices más
delicados del análisis y la deducción? Aunque, la verdad, si es usted trivial no es por culpa suya, porque
LAS AV E N T UR A S DE SH E R L O C K HOLm ES
EDITORIAL DIGITAL - ImPRENTA NACIONAL
C O S T A R I CA
ya pasaron los tiempos de los grandes casos. El hombre, o por lo menos el criminal, ha perdido toda la
iniciativa y la originalidad. Y mi humilde consultorio parece estar degenerando en una agencia para
recuperar lápices extraviados y ofrecer consejo a señoritas de internado. Creo que por fin hemos tocado
fondo. Esta nota que he recibido esta mañana marca, a mi entender, mi punto cero. Léala -me tiró una
carta arrugada.
Estaba fechada en Montague Place la noche anterior y decía:
«Querido señor Holmes: Tengo mucho interés en consultarle acerca de si debería o no aceptar un empleo
de institutriz que se me ha ofrecido. Si no tiene inconveniente, pasaré a visitarle mañana a las diez y
media. Suya afectísima, Violet Hunter.»
-¿Conoce usted a esta joven? -pregunté.
-De nada.
»-Parecía entusiasmado y se frotaba las manos de la manera más alegre. Se trataba de un hombre de
aspecto tan satisfecho que daba gusto mirarlo.
»-¿Busca usted trabajo, señorita? -preguntó.
»-Sí, señor.
»-¿Como institutriz?
»-Sí, señor.
»-¿Y qué salario pide usted?
»-En mi último empleo, en casa del coronel Spence Munro, cobraba cuatro libras al mes.
»-¡Puf! ¡Denigrante! ¡Sencillamente denigrante! -exclamó, elevando en el aire sus rollizas manos, como
arrebatado por la indignación-. ¿Cómo se le puede ofrecer una suma tan lamentable a una dama con
semejantes atractivos y cualidades?
»-Es posible, señor, que mis cualidades sean menos de lo que usted imagina -dije yo-. Un poco de francés,
un poco de alemán, música y dibujo...
»-¡Puf, puf! -exclamó-. Eso está fuera de toda duda. Lo que interesa es si usted posee o no el porte y la
distinción de una dama. En eso radica todo. Si no los posee, entonces no está capacitada para educar a un
niño que algún día puede desempeñar un importante papel en la historia de la nación. Pero si las tiene,
¿cómo podría un caballero pedirle que condescendiera a aceptar nada por debajo de tres cifras? Si trabaja
usted para mí, señora, comenzará con un salario de cien libras al año.
»Como podrá imaginar, señor Holmes, estando sin recursos como yo estaba, aquella oferta me pareció
casi demasiado buena para ser verdad. Sin embargo, el caballero, advirtiendo tal vez mi expresión de
incredulidad, abrió su cartera y sacó un billete.
»-Es también mi costumbre -dijo, sonriendo del modo más amable, hasta que sus ojos quedaron
reducidos a dos ranuras que brillaban entre los pliegues blancos de su cara- pagar medio salario por
adelantado a mis jóvenes empleadas, para que puedan hacer frente a los pequeños gastos del viaje y el
vestuario.
»Me pareció que nunca había conocido a un hombre tan fascinante y tan considerado. Como ya tenía
algunas deudas con los proveedores, aquel adelanto me venía muy bien; sin embargo, toda la transacción
tenía un algo de innatural que me hizo desear saber algo más antes de comprometerme.
»-¿Puedo preguntar dónde vive usted, señor? -dije.
»-En Hampshire. Un lugar encantador en el campo, llamado Copper Beeches, cinco millas más allá de
Winchester. Es una región preciosa, querida señorita, y la vieja casa de campo es sencillamente
maravillosa.
»-¿Y mis obligaciones, señor? Me gustaría saber en qué consistirían.
LAS AV E N T UR A S DE SH E R L O C K HOLm ES
EDITORIAL DIGITAL - ImPRENTA NACIONAL
C O S T A R I CA
»-Un niño. Un pillastre delicioso, de sólo seis años. ¡Tendría usted que verlo matando cucarachas con
una zapatilla! ¡Plaf, plaf, plaf! ¡Tres muertas en un abrir y cerrar de ojos! -se echó hacia atrás en su
asiento y volvió a reírse hasta que los ojos se le hundieron en la cara de nuevo.
»Quedé un poco perpleja ante la naturaleza de las diversiones del niño, pero la risa del padre me hizo
pensar que tal vez estuviera bromeando.
»-Entonces, mi única tarea -dije- sería ocuparme de este niño.
»-No, no, no la única, querida señorita, no la única -respondió-. Su tarea consistirá, como sin duda ya
habrá imaginado, en obedecer todas las pequeñas órdenes que mi esposa le pueda dar, siempre que se
trate de órdenes que una dama pueda obedecer con dignidad. No verá usted ningún inconveniente en ello,
¿verdad?
»-Estaré encantada de poder ser útil.
»-Perfectamente. Por ejemplo, en la cuestión del vestuario. Somos algo maniáticos, ¿sabe usted?
Maniáticos pero buena gente. Si le pidiéramos que se pusiera un vestido que nosotros le
proporcionáramos, no se opondría usted a nuestro capricho, ¿verdad?
»-No -dije yo, bastante sorprendida por sus palabras.
»-O que se sentara en un sitio, o en otro; eso no le resultaría ofensivo, ¿verdad?
»-Oh, no.
»-O que se cortara el cabello muy corto antes de presentarse en nuestra casa...
»Yo no daba crédito a mis oídos. Como puede usted observar, señor Holmes, mi pelo es algo exuberante
y de un tono castaño bastante peculiar. Han llegado a describirlo como artístico. Ni en sueños pensaría en
sacrificarlo de buenas a primeras.
»-Me temo que eso es del todo imposible -dije. Él me estaba observando atentamente con sus ojillos, y
pude advertir que al oír mis palabras pasó una sombra por su rostro.
»-Y yo me temo que es del todo esencial -dijo-. Se trata de un pequeño capricho de mi esposa, y los
caprichos de las damas, señorita, los caprichos de las damas hay que satisfacerlos. ¿No está dispuesta a
cortarse el pelo?
»-No, señor, la verdad es que no -respondí con firmeza.
»-Ah, muy bien. Entonces, no hay más que hablar. Es una pena, porque en todos los demás aspectos habría
servido de maravilla. Dadas las circunstancias, señorita Stoper, tendré que examinar a algunas más de
sus señoritas.
»La directora de la agencia había permanecido durante toda la entrevista ocupada con sus papeles, sin
dirigirnos la palabra a ninguno de los dos, pero en aquel momento me miró con tal expresión de disgusto
que no pude evitar sospechar que mi negativa le había hecho perder una espléndida comisión.
»-¿Desea usted que sigamos manteniendo su nombre en nuestras listas? -preguntó.
»-Si no tiene inconveniente, señorita Stoper.
LAS AV E N T UR A S DE SH E R L O C K HOLm ES
EDITORIAL DIGITAL - ImPRENTA NACIONAL
C O S T A R I CA
»-Pues, la verdad, me parece bastante inútil, viendo el modo en que rechaza usted las ofertas más
ventajosas -dijo secamente-. No esperará usted que nos esforcemos por encontrarle otra ganga como ésta.
Buenos días, señorita Hunter -hizo sonar un gong que tenía sobre la mesa, y el botones me acompañó a la
salida.
»Pues bien, cuando regresé a mi alojamiento y encontré la despensa medio vacía y dos o tres facturas
sobre la mesa, empecé a preguntarme si no habría cometido una estupidez. Al fin y al cabo, si aquella
gente tenía manías extrañas y esperaba que se obedecieran sus caprichos más extravagantes, al menos
estaban dispuestos a pagar por sus excentricidades. Hay muy pocas institutrices en Inglaterra que ganen
cien libras al año. Además, ¿de qué me serviría el pelo? A muchas mujeres les favorece llevarlo corto, y
yo podía ser una de ellas. Al día siguiente ya tenía la impresión de haber cometido un error, y un día
después estaba plenamente convencida. Estaba casi decidida a tragarme mi orgullo hasta el punto de
regresar a la agencia y preguntar si la plaza estaba aún disponible, cuando recibí esta carta del caballero
en cuestión. La he traído y se la voy a leer:
“The Copper Beeches, cerca de Winchester.
Querida señorita Hunter: La señorita Stoper ha tenido la amabilidad de darme su dirección, y le
escribo desde aquí para preguntarle si ha reconsiderado su posición. Mi esposa tiene mucho interés en
que venga, pues le agradó mucho la descripción que yo le hice de usted. Estamos dispuestos a pagarle
treinta libras al trimestre, o ciento veinte al año, para compensarle por las pequeñas molestias que
puedan ocasionarle nuestros caprichos. Al fin y al cabo, tampoco exigimos demasiado. A mi esposa le
encanta un cierto tono de azul eléctrico, y le gustaría que usted llevase un vestido de ese color por las
mañanas. Sin embargo, no tiene que incurrir en el gasto de adquirirlo, ya que tenemos uno
perteneciente a mi querida hija Alice (actualmente en Filadelfia), que creo que le sentaría muy bien. En
cuanto a lo de sentarse en un sitio o en otro, o practicar los entretenimientos que se le indiquen, no creo
que ello pueda ocasionarle molestias. Y con respecto a su cabello, no cabe duda de que es una lástima,
especialmente si se tiene en cuenta que no pude evitar fijarme en su belleza durante nuestra breve
entrevista, pero me temo que debo mantenerme firme en este punto, y solamente confío en que el aumento
de salario pueda compensarle de la pérdida. Sus obligaciones en lo referente al niño son muy llevaderas.
Le ruego que haga lo posible por venir; yo la esperaría con un coche en Winchester. Hágame saber en
qué tren llega. Suyo afectísimo, Jephro Rucastle.”
Ésta es la carta que acabo de recibir, señor Holmes, y ya he tomado la decisión de aceptar. Sin embargo,
me pareció que antes de dar el paso definitivo debía someter el asunto a su consideración.
-Bien, señorita Hunter, si su decisión está tomada, eso deja zanjado el asunto -dijo Holmes sonriente.
-¿Usted no me aconsejaría rehusar?
-Confieso que no me gustaría que una hermana mía aceptara ese empleo.
-¿Qué significa todo esto, señor Holmes?
-¡Ah! Carezco de datos. No puedo decirle. ¿Se ha formado usted alguna opinión?
-Bueno, a mí me parece que sólo existe una explicación posible. El señor Rucastle parecía ser un hombre
muy amable y bondadoso. ¿No es posible que su esposa esté loca, que él desee mantenerlo en secreto por
miedo a que la internen en un asilo, y que le siga la corriente en todos sus caprichos para evitar una crisis?
-Es una posible explicación. De hecho, tal como están las cosas, es la más probable. Pero, en cualquier
LAS AV E N T UR A S DE SH E R L O C K HOLm ES
EDITORIAL DIGITAL - ImPRENTA NACIONAL
C O S T A R I CA
caso, no parece un sitio muy adecuado para una joven.
-Pero ¿y el dinero, señor Holmes? ¿Y el dinero?
-Sí, desde luego, la paga es buena... demasiado buena. Eso es lo que me inquieta. ¿Por qué iban a darle
ciento veinte al año cuando tendrían institutrices para elegir por cuarenta? Tiene que existir una razón
muy poderosa.
-Pensé que si le explicaba las circunstancias, usted lo entendería si más adelante solicitara su ayuda. Me
sentiría mucho más segura sabiendo que una persona como usted me cubre las espaldas.
-Oh, puede irse convencida de ello. Le aseguro que su pequeño problema promete ser el más interesante
que se me ha presentado en varios meses. Algunos aspectos resultan verdaderamente originales. Si
tuviera usted dudas o se viera en peligro...
-¿Peligro? ¿En qué peligro está pensando? -Holmes meneó la cabeza muy serio.
-Si pudiéramos definirlo, dejaría de ser un peligro -dijo-. Pero a cualquier hora, de día o de noche, un
telegrama suyo me hará acudir en su ayuda.
-Con eso me basta -se levantó muy animada de su asiento, habiéndose borrado la ansiedad de su
rostro-. Ahora puedo ir a Hampshire mucho más tranquila. Escribiré de inmediato al señor Rucastle,
sacrificaré mi pobre cabellera esta noche y partiré hacia Winchester mañana -con unas frases de
agradecimiento para Holmes, nos deseó buenas noches y se marchó presurosa.
-Por lo menos -dije mientras oíamos sus pasos rápidos y firmes escaleras abajo-, parece una jovencita
perfectamente capaz de cuidar de sí misma.
-Y le va a hacer falta -dijo Holmes muy serio-. O mucho me equivoco, o recibiremos noticias suyas antes
de que pasen muchos días.
No tardó en cumplirse la predicción de mi amigo. Transcurrieron dos semanas, durante las cuales pensé
más de una vez en ella, preguntándome en qué extraño callejón de la experiencia humana se había
introducido aquella mujer solitaria. El insólito salario, las curiosas condiciones, lo liviano del trabajo, todo
apuntaba hacia algo anormal, aunque estaba fuera de mis posibilidades determinar si se trataba de una
manía inofensiva o de una conspiración, si el hombre era un filántropo o un criminal. En cuanto a
Holmes, observé que muchas veces se quedaba sentado durante media hora o más, con el ceño fruncido y
aire abstraído, pero cada vez que yo mencionaba el asunto, él lo descartaba con un gesto de la mano. «
¡Datos, datos, datos! » -exclamaba con impaciencia-. «
¡No puedo hacer ladrillos sin arcilla! » Y, sin embargo, siempre acababa por murmurar que no le gustaría
que una hermana suya hubiera aceptado semejante empleo.
El telegrama que al fin recibimos llegó una noche, justo cuando yo me disponía a acostarme y
Holmes se preparaba para uno de los experimentos nocturnos en los que frecuentemente se enfrascaba;
en aquellas ocasiones, yo lo dejaba por la noche, inclinado sobre una retorta o un tubo de ensayo, y lo
encontraba en la misma posición cuando bajaba a desayunar por la mañana. Abrió el sobre amarillo y,
tras echar un vistazo al mensaje, me lo pasó.
-Mire el horario de trenes en la guía -dijo, volviéndose a enfrascar en sus experimentos químicos. La
llamada era breve y urgente:
LAS AV E N T UR A S DE SH E R L O C K HOLm ES
EDITORIAL DIGITAL - ImPRENTA NACIONAL
C O S T A R I CA
«Por favor, esté en el Hotel Black Swan de Winchester mañana a mediodía. ¡No deje de venir! No sé qué
hacer. Hunter.»
-¿Viene usted conmigo?
-Me gustaría.
-Pues mire el horario.
-Hay un tren a las nueve y media -dije, consultando la guía-. Llega a Winchester a las once y media.
-Nos servirá perfectamente. Quizá sea mejor que aplace mi análisis de las acetonas, porque mañana puede
que necesitemos estar en plena forma.
A las once de la mañana del día siguiente nos acercábamos ya a la antigua capital inglesa. Holmes había
permanecido todo el viaje sepultado en los periódicos de la mañana, pero en cuanto pasamos los límites de
Hampshire los dejó a un lado y se puso a admirar el paisaje. Era un hermoso día de primavera, con un
cielo azul claro, salpicado de nubecillas algodonosas que se desplazaban de oeste a este. Lucía un sol
muy brillante, a pesar de lo cual el aire tenía un frescor estimulante, que aguzaba la energía humana. Por
toda la campiña, hasta las ondulantes colinas de la zona de Aldershot, los tejadillos rojos y grises de las
granjas asomaban entre el verde claro del follaje primaveral.
-¡Qué hermoso y lozano se ve todo! -exclamé con el entusiasmo de quien acaba de escapar de las nieblas
de Baker Street.
CAPÍTULO II
-Se me han ocurrido siete explicaciones diferentes, cada una de las cuales tiene en cuenta los pocos datos
que conocemos. Pero ¿cuál es la acertada? Eso sólo puede determinarlo la nueva información que sin duda
nos aguarda. Bueno, ahí se ve la torre de la catedral, y pronto nos enteraremos de lo que la señorita
Hunter tiene que contarnos.
El Black Swan era una posada de cierta fama situada en High Street, a muy poca distancia de la estación,
y allí estaba la joven aguardándonos. Había reservado una habitación y nuestro almuerzo nos esperaba en
la mesa.
-¡Cómo me alegro de que hayan venido! -dijo fervientemente-. Los dos han sido muy amables. Les digo de
verdad que no sé qué hacer. Sus consejos tienen un valor inmenso para mí.
-Por favor, explíquenos lo que le ha ocurrido.
-Eso haré, y más vale que me dé prisa, porque he prometido al señor Rucastle estar de vuelta antes de las
tres. Me dio permiso para venir a la ciudad esta mañana, aunque poco se imagina a qué he venido.
-Oigámoslo todo por riguroso orden -dijo Holmes, estirando hacia el fuego sus largas y delgadas piernas
y disponiéndose a escuchar.
-En primer lugar, puedo decir que, en conjunto, el señor y la señora Rucastle no me tratan mal. Es de
justicia decirlo. Pero no los entiendo y no me siento tranquila con ellos.
-¿Qué es lo que no entiende?
-Los motivos de su conducta. Pero se lo voy a contar tal como ocurrió. Cuando llegué, el señor Rucastle
me recibió aquí y me llevó en su coche a Copper Beeches. Tal como él había dicho, está en un sitio
precioso, pero la casa en sí no es bonita. Es un bloque cuadrado y grande, encalado pero todo manchado
por la humedad y la intemperie. A su alrededor hay bosques por tres lados, y por el otro hay un campo en
cuesta, que baja hasta la carretera de Southampton, la cual hace una curva a unas cien yardas de la puerta
principal. Este terreno de delante pertenece a la casa, pero los bosques de alrededor forman parte de las
propiedades de lord Southerton. Un conjunto de hayas cobrizas plantadas frente a la puerta delantera da
nombre a la casa.
»El propio señor Rucastle, tan amable como de costumbre, conducía el carricoche, y aquella tarde me
presentó a su mujer y al niño. La conjetura que nos pareció tan probable allá en su casa de Baker Street
resultó falsa, señor Holmes. La señora Rucastle no está loca. Es una mujer callada y pálida, mucho más
joven que su marido; no llegará a los treinta años, cuando el marido no puede tener menos de cuarenta y
cinco. He deducido de sus conversaciones que llevan casados unos siete años, que él era viudo cuando se
casó con ella, y que la única descendencia que tuvo con su primera esposa fue esa hija que ahora está en
Filadelfia. El señor Rucastle me dijo confidencialmente que se marchó porque no soportaba a su
madrastra. Dado que la hija tendría por lo menos veinte años, me imagino perfectamente que se sintiera
LAS AV E N T UR A S DE SH E R L O C K HOLm ES
EDITORIAL DIGITAL - ImPRENTA NACIONAL
C O S T A R I CA
incómoda con la joven esposa de su padre.
»La señora Rucastle me pareció tan anodina de mente como de cara. No me cayó ni bien ni mal. Es
como si no existiera. Se nota a primera vista que siente devoción por su marido y su hijito. Sus ojos
grises pasaban continuamente del uno al otro, pendiente de sus más mínimos deseos y anticipándose a
ellos si podía. Él la trataba con cariño, a su manera vocinglera y exuberante, y en conjunto parecían una
pareja feliz. Y, sin embargo, esta mujer tiene una pena secreta. A menudo se queda sumida en profundos
pensamientos, con una expresión tristísima en el rostro. Más de una vez la he sorprendido llorando. A veces
he pensado que era el carácter de su hijo lo que la preocupaba, pues jamás en mi vida he conocido criatura
más malcriada y con peores instintos. Es pequeño para su edad, con una cabeza desproporcionadamente
grande. Toda su vida parece transcurrir en una alternancia de rabietas salvajes e intervalos de negra
melancolía. Su único concepto de la diversión parece consistir en hacer sufrir a cualquier criatura más
débil que él, y despliega un considerable talento para el acecho y captura de ratones, pajarillos e insectos.
Pero prefiero no hablar del niño, señor Holmes, que en realidad tiene muy poco que ver con mi historia.
-Me gusta oír todos los detalles -comentó mi amigo-, tanto si le parecen relevantes como si no.
-Procuraré no omitir nada de importancia. Lo único desagradable de la casa, que me llamó la atención
nada más llegar, es el aspecto y conducta de los sirvientes. Hay sólo dos, marido y mujer. Toller, que así
se llama, es un hombre tosco y grosero, con pelo y patillas grises, y que huele constantemente a licor.
Desde que estoy en la casa lo he visto dos veces completamente borracho, pero el señor Rucastle parece
no darse cuenta. Su esposa es una mujer muy alta y fuerte, con cara avinagrada, tan callada como la
señora Rucastle, pero mucho menos tratable. Son una pareja muy desagradable, pero afortunadamente
me paso la mayor parte del tiempo en el cuarto del niño y en el mío, que están uno junto a otro en una
esquina del edificio.
»Los dos primeros días después de mi llegada a Copper Beeches, mi vida transcurrió muy tranquila; al
tercer día, la señora Rucastle bajó inmediatamente después del desayuno y le susurró algo al oído a su
marido.
»-Oh, sí -dijo él, volviéndose hacia mí-. Le estamos muy agradecidos, señorita Hunter, por acceder a
nuestros caprichos hasta el punto de cortarse el pelo. Veamos ahora cómo le sienta el vestido azul
eléctrico. Lo encontrará extendido sobre la cama de su habitación, y si tiene la bondad de ponérselo se lo
agradeceremos muchísimo.
»El vestido que encontré esperándome tenía una tonalidad azul bastante curiosa. El material era
excelente, una especie de lana cruda, pero presentaba señales inequívocas de haber sido usado. No me
habría sentado mejor ni aunque me lo hubieran hecho a la medida. Tanto el señor como la señora
Rucastle se mostraron tan encantados al verme con él, que me pareció que exageraban en su vehemencia.
Estaban aguardándome en la sala de estar, que es una habitación muy grande, que ocupa la parte delantera
de la casa, con tres ventanales hasta el suelo. Cerca del ventanal del centro habían instalado una silla, con
el respaldo hacia fuera. Me pidieron que me sentara en ella y, a continuación, el señor Rucastle empezó a
pasear de un extremo a otro de la habitación contándome algunos de los chistes más graciosos que he oído
en mi vida. No se puede imaginar lo cómico que estuvo; me reí hasta quedar agotada. Sin embargo, la
señora Rucastle, que evidentemente no tiene
sentido del humor, ni siquiera llegó a sonreír; se quedó sentada con las manos en el regazo y una
expresión de tristeza y ansiedad en el rostro. Al cabo de una hora, poco más o menos, el señor Rucastle
comentó de pronto que ya era hora de iniciar las tareas cotidianas y que debía cambiarme de vestido y
LAS AV E N T UR A S DE SH E R L O C K HOLm ES
EDITORIAL DIGITAL - ImPRENTA NACIONAL
C O S T A R I CA
acudir al cuarto del pequeño Edward.
»Dos días después se repitió la misma representación, en circunstancias exactamente iguales. Una vez
más me cambié de vestido, volví a sentarme en la silla y volví a partirme de risa con los graciosísimos
chistes de mi patrón, que parece poseer un repertorio inmenso y los cuenta de un modo inimitable. A
continuación, me entregó una novela de tapas amarillas y, tras correr un poco mi silla hacia un lado, de
manera que mi sombra no cayera sobre las páginas, me pidió que le leyera en voz alta. Leí durante unos
diez minutos, comenzando en medio de un capítulo, y de pronto, a mitad de una frase, me ordenó que lo
dejara y que me cambiara de vestido.
»Puede usted imaginarse, señor Holmes, la curiosidad que yo sentía acerca del significado de estas
extravagantes representaciones. Me di cuenta de que siempre ponían mucho cuidado en que yo estuviera
de espaldas a la ventana, y empecé a consumirme de ganas de ver lo que ocurría a mis espaldas. Al
principio me pareció imposible, pero pronto se me ocurrió una manera de conseguirlo. Se me había roto el
espejito de bolsillo y eso me dio la idea de esconder un pedacito de espejo en el pañuelo. A la siguiente
ocasión, en medio de una carcajada, me llevé el pañuelo a los ojos, y con un poco de maña me las
arreglé para ver lo que había detrás de mí. Confieso que me sentí decepcionada. No había nada.
»Al menos, ésa fue mi primera impresión. Sin embargo, al mirar de nuevo me di cuenta de que había un
hombre parado en la carretera de Southampton; un hombre de baja estatura, barbudo y con un traje gris,
que parecía estar mirando hacia mí. La carretera es una vía importante, y siempre suele haber gente por
ella. Sin embargo, este hombre estaba apoyado en la verja que rodea nuestro campo, y miraba con mucho
interés. Bajé el pañuelo y encontré los ojos de la señora Rucastle fijos en mí, con una mirada sumamente
inquisitiva. No dijo nada, pero estoy convencida de que había adivinado que yo tenía un espejo en la
mano y había visto lo que había detrás de mí. Se levantó al instante.
»-Jephro -dijo-, hay un impertinente en la carretera que está mirando a la señorita Hunter.
»-¿No será algún amigo suyo, señorita Hunter? -preguntó él.
»-No; no conozco a nadie por aquí.
»-¡Válgame Dios, qué impertinencia! Tenga la bondad de darse la vuelta y hacerle un gesto para que se
vaya.
»-¿No sería mejor no darnos por enterados?
»-No, no; entonces le tendríamos rondando por aquí a todas horas. Haga el favor de darse la vuelta e
indíquele que se marche, así.
»Hice lo que me pedían, y al instante la señora Rucastle bajó la persiana. Esto sucedió hace una semana,
y desde entonces no me he vuelto a sentar en la ventana ni me he puesto el vestido azul, ni he visto al
hombre de la carretera.
-Continúe, por favor -dijo Holmes-. Su narración promete ser de lo más interesante.
-Me temo que le va a parecer bastante inconexa, y lo más probable es que exista poca relación entre los
diferentes incidentes que menciono. El primer día que pasé en Copper Beeches, el señor Rucastle me
llevó a un pequeño cobertizo situado cerca de la puerta de la cocina. Al acercarnos, oí un ruido de cadenas
y el sonido de un animal grande que se movía.
»-Mire por aquí -dijo el señor Rucastle, indicándome una rendija entre dos tablas-. ¿No es una
LAS AV E N T UR A S DE SH E R L O C K HOLm ES
EDITORIAL DIGITAL - ImPRENTA NACIONAL
C O S T A R I CA
preciosidad?
»Miré por la rendija y distinguí dos ojos que brillaban y una figura confusa agazapada en la oscuridad.
»-No se asuste -dijo mi patrón, echándose a reír ante mi sobresalto-. Es solamente Carlo, mi mastín. He
dicho mío, pero en realidad el único que puede controlarlo es el viejo Toller, mi mayordomo. Sólo le
damos de comer una vez al día, y no mucho, de manera que siempre está tan agresivo como una salsa
picante. Toller lo deja suelto cada noche, y que Dios tenga piedad del intruso al que le hinque el diente.
Por lo que más quiera, bajo ningún pretexto ponga los pies fuera de casa por la noche, porque se jugaría
usted la vida.
»No se trataba de una advertencia sin fundamento, porque dos noches después se me ocurrió asomarme a
la ventana de mi cuarto a eso de las dos de la madrugada. Era una hermosa noche de luna, y el césped
de delante de la casa se veía plateado y casi tan iluminado como de día. Me encontraba absorta en la
apacible belleza de la escena cuando sentí que algo se movía entre las sombras de las hayas cobrizas. Por
fin salió a la luz de la luna y vi lo que era: un perro gigantesco, tan grande como un ternero, de piel
leonada, carrillos colgantes, hocico negro y huesos grandes y salientes. Atravesó lentamente el césped y
desapareció en las sombras del otro lado. Aquel terrible y silencioso centinela me provocó un escalofrío
como no creo que pudiera causarme ningún ladrón.
»Y ahora voy a contarle una experiencia muy extraña. Como ya sabe, me corté el pelo en Londres, y lo
había guardado, hecho un gran rollo, en el fondo de mi baúl. Una noche, después de acostar al niño, me
puse a inspeccionar los muebles de mi habitación y ordenar mis cosas. Había en el cuarto un viejo
aparador, con los dos cajones superiores vacíos y el de abajo cerrado con llave. Ya había llenado de ropa
los dos primeros cajones y aún me quedaba mucha por guardar; como es natural, me molestaba no poder
utilizar el tercer cajón. Pensé que quizás estuviera cerrado por olvido, así que saqué mi juego de llaves e
intenté abrirlo. La primera llave encajó a la perfección y el cajón se abrió. Dentro no había más que una
cosa, pero estoy segura de que jamás adivinaría usted qué era. Era mi mata de pelo.
»La cogí y la examiné. Tenía la misma tonalidad y la misma textura. Pero entonces se me hizo patente la
imposibilidad de aquello. ¿Cómo podía estar mi pelo guardado en aquel cajón? Con las manos
temblándome, abrí mi baúl, volqué su contenido y saqué del fondo mi propia cabellera. Coloqué una
junto a otra, y le aseguro que eran idénticas. ¿No era extraordinario? Me sentí desconcertada e incapaz de
comprender el significado de todo aquello. Volví a meter la misteriosa mata de pelo en el cajón y no les
dije nada a los Rucastle, pues sentí que quizás había obrado mal al abrir un cajón que ellos habían dejado
cerrado.
»Como habrá podido notar, señor Holmes, yo soy observadora por naturaleza, y no tardé en trazarme en
la cabeza un plano bastante exacto de toda la casa. Sin embargo, había un ala que parecía completamente
deshabitada. Frente a las habitaciones de los Toller había una puerta que conducía a este sector, pero
estaba invariablemente cerrada con llave. Sin embargo, un día, al subir las escaleras, me encontré con el
señor Rucastle que salía por aquella puerta con las llaves en la mano y una expresión en el rostro que lo
convertía en una persona totalmente diferente del hombre orondo y jovial al que yo estaba acostumbrada.
Traía las mejillas enrojecidas, la frente arrugada por la ira, y las venas de las sienes hinchadas de furia.
Cerró la puerta y pasó junto a mí sin mirarme ni dirigirme la palabra.
»Esto despertó mi curiosidad, así que cuando salí a dar un paseo con el niño, me acerqué a un sitio desde
el que podía ver las ventanas de este sector de la casa. Eran cuatro en hilera, tres de ellas simplemente
sucias y la cuarta cerrada con postigos. Evidentemente, allí no vivía nadie. Mientras paseaba de un lado a
otro, dirigiendo miradas ocasionales a las ventanas, el señor Rucastle vino hacia mí, tan alegre y jovial
LAS AV E N T UR A S DE SH E R L O C K HOLm ES
EDITORIAL DIGITAL - ImPRENTA NACIONAL
C O S T A R I CA
como de costumbre.
»-¡Ah! -dijo-. No me considere un maleducado por haber pasado junto a usted sin saludarla, querida
señorita. Estaba preocupado por asuntos de negocios.
»-Le aseguro que no me ha ofendido -respondí-. Por cierto, parece que tiene usted ahí una serie completa
de habitaciones, y una de ellas cerrada a cal y canto.
»-Uno de mis pasatiempos es la fotografía -dijo-, y allí tengo instalado mi cuarto oscuro. ¡Vaya, vaya!
¡Qué jovencita tan observadora nos ha caído en suerte! ¿Quién lo habría creído? ¿Quién lo habría creído?
»Hablaba en tono de broma, pero sus ojos no bromeaban al mirarme. Leí en ellos sospecha y disgusto,
pero nada de bromas.
»Bien, señor Holmes, desde el momento en que comprendí que había algo en aquellas habitaciones que yo
no debía conocer, ardí en deseos de entrar en ellas. No se trataba de simple curiosidad, aunque no
carezco de ella. Era más bien una especie de sentido del deber... Tenía la sensación de que de mi entrada
allí se derivaría algún bien. Dicen que existe la intuición femenina; posiblemente era eso lo que yo sentía.
En cualquier caso, la sensación era real, y yo estaba atenta a la menor oportunidad de traspasar la puerta
prohibida.
»La oportunidad no llegó hasta ayer. Puedo decirle que, además del señor Rucastle, tanto Toller como su
mujer tienen algo que hacer en esas habitaciones deshabitadas, y una vez vi a Toller entrando por la
puerta con una gran bolsa de lona negra. Últimamente, Toller está bebiendo mucho, y ayer por la tarde
estaba borracho perdido; y cuando subí las escaleras, encontré la llave en la puerta. Sin duda, debió
olvidarla allí. El señor y la señora Rucastle se encontraban en la planta baja, y el niño estaba con ellos,
así que disponía de una oportunidad magnífica. Hice girar con cuidado la llave en la cerradura, abrí la
puerta y me deslicé a través de ella.
»Frente a mí se extendía un pequeño pasillo, sin empapelado y sin alfombra, que doblaba en ángulo recto
al otro extremo. A la vuelta de esta esquina había tres puertas seguidas; la primera y la tercera estaban
abiertas, y las dos daban a sendas habitaciones vacías, polvorientas y desangeladas, una con dos ventanas y
la otra sólo con una, tan cubiertas de suciedad que la luz crepuscular apenas conseguía abrirse paso a
través de ellas. La puerta del centro estaba cerrada, y atrancada por fuera con uno de los barrotes de una
cama de hierro, uno de cuyos extremos estaba sujeto con un candado a una argolla en la pared, y el otro
atado con una cuerda. También la cerradura estaba cerrada, y la llave no estaba allí. Indudablemente, esta
puerta atrancada correspondía a la ventana cerrada que yo había visto desde fuera; y, sin embargo, por el
resplandor que se filtraba por debajo, se notaba que la habitación no estaba a oscuras. Evidentemente,
había una claraboya que dejaba entrar la luz por arriba. Mientras estaba en el pasillo mirando aquella
puerta siniestra y preguntándome qué secreto ocultaba, oí de pronto ruido de pasos dentro de la
habitación y vi una sombra que cruzaba de un lado a otro en la pequeña rendija de luz que brillaba bajo
la puerta. Al ver aquello, se apoderó de mí un terror loco e irrazonable, señor Holmes. Mis nervios, que ya
estaban de punta, me fallaron de repente, di media vuelta y eché a correr. Corrí como si detrás de mí
hubiera una mano espantosa tratando de agarrar la falda de mi vestido. Atravesé el pasillo, crucé la puerta
y fui a parar directamente en los brazos del señor Rucastle, que esperaba fuera.
»-¡Vaya! -dijo sonriendo-. ¡Así que era usted! Me lo imaginé al ver la puerta abierta.
»-¡Estoy asustadísima! -gemí.
»-¡Querida señorita! ¡Querida señorita! -no se imagina usted con qué dulzura y amabilidad lo decía-.
LAS AV E N T UR A S DE SH E R L O C K HOLm ES
EDITORIAL DIGITAL - ImPRENTA NACIONAL
C O S T A R I CA
¿Qué es lo que la ha asustado, querida señorita?
»Pero su voz era demasiado zalamera; se estaba excediendo. Al instante me puse en guardia contra él.
»-Fui tan tonta que me metí en el ala vacía -respondí-. Pero está todo tan solitario y tan siniestro con esta
luz mortecina que me asusté y eché a correr. ¡Hay allí un silencio tan terrible!
»-¿Sólo ha sido eso? -preguntó, mirándome con insistencia.
»-¿Pues qué se había creído? -pregunté a mi vez.
»-¿Por qué cree usted que tengo cerrada esta puerta?
»-Le aseguro que no lo sé.
»-Pues para que no entren los que no tienen nada que hacer ahí. ¿Entiende? -seguía sonriendo de la
manera más amistosa.
»-Le aseguro que de haberlo sabido...
»-Bien, pues ya lo sabe. Y si vuelve a poner el pie en este umbral... -en un instante, la sonrisa se
endureció hasta convertirse en una mueca de rabia y me miró con cara de demonio-... la echaré al mastín.
»Estaba tan aterrada que no sé ni lo que hice. Supongo que salí corriendo hasta mi habitación. Lo
siguiente que recuerdo es que estaba tirada en mi cama, temblando de pies a cabeza. Entonces me acordé
de usted, señor Holmes. No podía seguir viviendo allí sin que alguien me aconsejara. Me daba miedo la
casa, el dueño, la mujer, los criados, hasta el niño... Todos me parecían horribles. Si pudiera usted venir
aquí, todo iría bien. Naturalmente, podría haber huido de la casa, pero mi curiosidad era casi tan fuerte
como mi miedo. No tardé en tomar una decisión: enviarle a usted un telegrama. Me puse el sombrero y
la capa, me acerqué a la oficina de telégrafos, que está como a media milla de la casa, y al regresar ya
me sentía mucho mejor. Al acercarme a la puerta, me asaltó la terrible sospecha de que el perro estuviera
suelto, pero me acordé de que Toller se había emborrachado aquel día hasta quedar sin sentido, y sabía
que era la única persona de la casa que tenía alguna influencia sobre aquella fiera y podía atreverse a
dejarla suelta. Entré sin problemas y permanecí despierta durante media noche de la alegría que me daba
el pensar en verle a usted. No tuve ninguna dificultad en obtener permiso para venir a Winchester esta
mañana, pero tengo que estar de vuelta antes de las tres, porque el señor y la señora Rucastle van a salir
de visita y estarán fuera toda la tarde, así que tengo que cuidar del niño. Y ya le he contado todas mis
aventuras, señor Holmes. Ojalá pueda usted decirme qué significa todo esto y, sobre todo, qué debo
hacer.
Holmes y yo habíamos escuchado hechizados el extraordinario relato. Al llegar a este punto, mi amigo
se puso en pie y empezó a dar zancadas por la habitación, con las manos en los bolsillos y una expresión
de profunda seriedad en su rostro.
-¿Está Toller todavía borracho? -preguntó.
-Sí. Esta mañana oí a su mujer decirle a la señora Rucastle que no podía hacer nada con él.
-Eso está bien. ¿Y los Rucastle van a salir esta tarde?
-Sí.
-¿Hay algún sótano con una buena cerradura?
LAS AV E N T UR A S DE SH E R L O C K HOLm ES
EDITORIAL DIGITAL - ImPRENTA NACIONAL
C O S T A R I CA
-Sí, la bodega.
-Me parece, señorita Hunter, que hasta ahora se ha comportado usted como una mujer valiente y sensata.
¿Se siente capaz de realizar una hazaña más? No se lo pediría si no la considerara una mujer bastante
excepcional.
-Lo intentaré. ¿De qué se trata?
-Mi amigo y yo llegaremos a Copper Beeches a las siete. A esa hora, los Rucastle estarán fuera y Toller,
si tenemos suerte, seguirá incapaz. Sólo queda la señora Toller, que podría dar la alarma. Si usted pudiera
enviarla a la bodega con cualquier pretexto y luego cerrarla con llave, nos facilitaría inmensamente las
cosas.
-Lo haré.
-¡Excelente! En tal caso, consideremos detenidamente el asunto. Por supuesto, sólo existe una
explicación posible. La han llevado a usted allí para suplantar a alguien, y este alguien está prisionero en
esa habitación. Hasta aquí, resulta evidente. En cuanto a la identidad de la prisionera, no me cabe duda de
que se trata de la hija, la señorita Alice Rucastle si no recuerdo mal, la que le dijeron que se había
marchado a América. Está claro que la eligieron a usted porque se parece a ella en la estatura, la figura y el
color del cabello. A ella se lo habían cortado, posiblemente con motivo de alguna enfermedad, y,
naturalmente, había que sacrificar también el suyo. Por una curiosa casualidad, encontró usted su
cabellera. El hombre de la carretera era, sin duda, algún amigo de ella, posiblemente su novio; y al verla
a usted, tan parecida a ella y con uno de sus vestidos, quedó convencido, primero por sus risas y luego por
su gesto de desprecio, de que la señorita Rucastle era absolutamente feliz y ya no deseaba sus atenciones.
Al perro lo sueltan por las noches para impedir que él intente comunicarse con ella. Todo esto está
bastante claro. El aspecto más grave del caso es el carácter del niño.
-¿Qué demonios tiene que ver eso? -exclamé.
-Querido Watson, usted mismo, en su práctica médica, está continuamente sacando deducciones sobre
las tendencias de los niños, mediante el estudio de los padres. ¿No comprende que el procedimiento
inverso es igualmente válido? Con mucha frecuencia he obtenido los primeros indicios fiables sobre el
carácter de los padres estudiando a sus hijos. El carácter de este niño es anormalmente cruel, por puro
amor a la crueldad, y tanto si lo ha heredado de su sonriente padre, que es lo más probable, como si lo
heredó de su madre, no presagia nada bueno para la pobre muchacha que se encuentra en su poder.
-Estoy convencida de que tiene usted razón, señor Holmes -exclamó nuestra cliente-. Me han venido a la
cabeza mil detalles que me convencen de que ha dado en el clavo. ¡Oh, no perdamos un instante y
vayamos a ayudar a esta pobre mujer!
-Debemos actuar con prudencia, porque nos enfrentamos con un hombre muy astuto. No podemos hacer
nada hasta las siete. A esa hora estaremos con usted, y no tardaremos mucho en resolver el misterio.
Fieles a nuestra palabra, llegamos a Copper Beeches a las siete en punto, tras dejar nuestro carricoche en
un bar del camino. El grupo de hayas, cuyas hojas oscuras brillaban como metal bruñido a la luz del sol
poniente, habría bastado para identificar la casa aunque la señorita Hunter no hubiera estado aguardando
sonriente en el umbral de la puerta.
-¿Lo ha conseguido? -preguntó Holmes.
LAS AV E N T UR A S DE SH E R L O C K HOLm ES
EDITORIAL DIGITAL - ImPRENTA NACIONAL
C O S T A R I CA
Se oyeron unos fuertes golpes desde algún lugar de los sótanos.
-Ésa es la señora Toller desde la bodega -dijo la señorita Hunter-. Su marido sigue roncando, tirado en la
cocina. Aquí están las llaves, que son duplicados de las del señor Ruscastle.
-¡Lo ha hecho usted de maravilla! -exclamó Holmes con entusiasmo-. Indíquenos el camino y pronto
veremos el final de este siniestro enredo.
Subimos la escalera, abrimos la puerta, recorrimos un pasillo y nos encontramos ante la puerta atrancada
que la señorita Hunter había descrito. Holmes cortó la cuerda y retiró el barrote. A continuación, probó
varias llaves en la cerradura, pero no consiguió abrirla. Del interior no llegaba ningún sonido, y la
expresión de Holmes se ensombreció ante aquel silencio.
-Espero que no hayamos llegado demasiado tarde -dijo-. Creo, señorita Hunter, que será mejor que no
entre con nosotros. Ahora, Watson, arrime el hombro y veamos si podemos abrirnos paso.
Era una puerta vieja y destartalada que cedió a nuestro primer intento. Nos precipitamos juntos en la
habitación y la encontramos desierta. No había más muebles que un camastro, una mesita y un cesto de
ropa blanca. La claraboya del techo estaba abierta, y la prisionera había desaparecido.
-Aquí se ha cometido alguna infamia -dijo Holmes-. Nuestro amigo adivinó las intenciones de la señorita
Hunter y se ha llevado a su víctima a otra parte.
-Pero ¿cómo?
-Por la claraboya. Ahora veremos cómo se las arregló -se izó hasta el tejado-. ¡Ah, sí! -exclamó-. Aquí
veo el extremo de una escalera de mano apoyada en el alero. Así es como lo hizo.
-Pero eso es imposible -dijo la señorita Hunter-. La escalera no estaba ahí cuando se marcharon los
Rucastle.
-Él volvió y se la llevó. Ya le digo que es un tipo astuto y peligroso. No me sorprendería mucho que esos
pasos que se oyen por la escalera sean suyos. Creo, Watson, que más vale que tenga preparada su pistola.
Apenas había acabado de pronunciar estas palabras cuando apareció un hombre en la puerta de la
habitación, un hombre muy gordo y corpulento con un grueso bastón en la mano. Al verlo, la señorita
Hunter soltó un grito y se encogió contra la pared, pero Sherlock Holmes dio un salto adelante y le hizo
frente.
-¿Dónde está su hija, canalla? -dijo.
El gordo miró en torno suyo y después hacia la claraboya abierta.
-¡Soy yo quien hace las preguntas! -chilló-. ¡Ladrones! ¡Espías y ladrones! ¡Pero os he cogido! ¡Os tengo
en mi poder! ¡Ya os daré yo! -dio media vuelta y corrió escaleras abajo, tan deprisa como pudo.
-FIN-