El Septimo Secreto
El Septimo Secreto
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El séptimo secreto
Irving Wallace
Título del original en inglés: The seventh secret
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y la siguiente…
PETICIÓN
Dos meses atrás, el doctor Ashcroft y Emily estaban dispuestos a aceptar la versión
autorizada y convencional propuesta por biógrafos e historiadores sobre la desaparición
de Hitler, tras haber efectuado ellos mismos una extensa investigación de primera mano,
hablando con testigos supervivientes en Berlín occidental y examinando en Berlín
oriental los informes médicos y las fotografías proporcionadas por la Unión Soviética a
través de su amigo y colega, el profesor Otto Blaubach.
El doctor Ashcroft, después de su anterior visita a Berlín oriental —en donde se
había dado mucha publicidad a su biografía definitiva de Hitler—, regresó a Oxford, y
cuando estaba a punto de abordar la parte final de la extensa obra recibió de Berlín
oriental una inesperada carta, asombrosa e inquietante, que le dio que pensar.
El autor de la carta era un tal doctor Max Thiel, que se identificaba a sí mismo
como el último dentista de Hitler. El doctor Thiel había leído algo sobre la importante
biografía que Ashcroft preparaba y quería, como el resto de los pocos supervivientes
que conocieron personalmente a Hitler, que el libro fuese más exacto que todos los
anteriores.
El doctor Thiel lanzaba su bomba al final de la carta.
Todas las versiones sobre la muerte de Hitler y Eva Braun podían estar
equivocadas. Hitler y Eva quizá no se suicidaron en su búnker en 1945. Tal vez los dos
se habían burlado del mundo. Quizá sobrevivieron. De hecho, el doctor Thiel tenía
pruebas para demostrarlo.
Ashcroft, después del primer impacto, comenzó a recobrar su objetividad. Las
teorías y las pistas sobre la supervivencia de Hitler y Eva Braun, como le recordó su hija
Emily, nunca habían cesado desde la muerte de ambos. Los chiflados abundaban y
persistían y el doctor Max Thiel parecía uno más. En opinión de Emily, Thiel
seguramente había presentado antes sus hipotéticas pruebas a otros biógrafos, y sin duda
éstos creyeron conveniente ignorarle. Emily recomendaba a su padre que también él lo
ignorase, que tirara la absurda carta y reanudara el trabajo para concluir finalmente la
biografía.
Sin embargo, esa carta incomodaba a Ashcroft, que siempre había sido un
perfeccionista. Había trabajado con tanto empeño que no podía pasar por alto el más
mínimo desafío a su erudición. Ashcroft, después de releer varias veces la escueta carta
del doctor Thiel, se había convencido de su sinceridad. Faltaba saber si este doctor Thiel
era realmente la persona que decía ser.
¿Había sido efectivamente el último dentista de Hitler? Al cabo de una semana de
investigaciones, Ashcroft obtuvo una desconcertante respuesta. Era cierto: el doctor
Thiel había sido el último dentista de Hitler, un especialista berlinés, en concreto un
cirujano bucal, que había tratado al Führer varias veces en los últimos seis meses de
vida del dictador. Además, el autor de la inquietante carta era el propio doctor Thiel, y
seguía vivo, a los ochenta años, en Berlín oriental.
En la carta, el doctor Thiel había escrito su número de teléfono bajo su firma, con
grandes rasgos.
El doctor Ashcroft no tenía más remedio que llamar a aquel número.
Contestó al teléfono el propio doctor Thiel, con una voz profunda, firme y serena.
Lo que tenía que decir era claro y certero. Sus palabras no parecían seniles. Sí, tenía la
prueba que mencionaba en su carta. No, no quería discutir detalles por teléfono. Sin
embargo recibiría gustosamente al doctor Ashcroft en su casa de Berlín y le permitiría
ver la prueba para que decidiera por sí mismo.
La invitación era irresistible y la curiosidad del doctor Ashcroft aumentaba por
momentos.
Ashcroft había llegado a Berlín hacía tres días, se había alojado en el hotel Bristol
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Después del entierro, Emily regresaba a Oxford sentada en el asiento trasero del
Daimler negro de la funeraria y se sentía desconsolada. Su primer instinto, su primer
deseo, era hablar a su padre del funeral. Quería contarle la ceremonia, tan concurrida
por gente importante de la universidad, incontables amigos, todos sus parientes, varios
funcionarios que habían ido desde Londres, incluso había asistido su dependiente
predilecto de la librería Blackwell's. Emily quería compartirlo con su padre, contarle
esto del mismo modo que le había contado siempre todo. Pero de repente se dio cuenta,
sobresaltada, de que eso era imposible porque él ya no estaba allí. Estaba bajo tierra. Se
había ido. Era increíble. Por primera vez en su vida, su padre no estaba con ella.
Entonces se dio cuenta de quiénes estaban allí. A su lado, en el asiento trasero del
Daimler, iba Pamela Taylor, su tímida y pelirroja secretaria y mecanógrafa, que en
aquel momento se secaba con un kleenex los hinchados ojos y la congestionada nariz.
Al otro lado de Emily, mirando hacia adelante, hacia el chófer y el paisaje, iba su tío
Brian Ashcroft, el hermano menor de su padre, de sesenta y nueve años, director de una
empresa de contabilidad en Birmingham.
Ya nadie lloraba, habían agotado sus lágrimas y sus emociones y guardaban las
pocas fuerzas que les quedaban para la recepción posterior al funeral, en la casa de su
padre —la casa de Emily— situada a unas cuantas manzanas de la universidad, donde
su padre había vivido toda una vida.
Emily recibió la espantosa noticia a media tarde, a través de una llamada telefónica
de la policía de Berlín occidental. «¿La señorita Emily Ashcroft? Ha ocurrido un grave
accidente. Se trata de su padre, sir Harrison Ashcroft, un camión le atropelló y le mató.
El conductor huyó. Su padre murió en el acto. Lo sentimos, lo sentimos muchísimo.»
Habían dicho algo más, pero Emily fue incapaz de seguir escuchando. Con una
total conmoción y cierta incredulidad, logró telefonear al viejo médico de la familia,
pensando irracionalmente que él podría salvar a su padre. Pero el doctor,
comprendiendo lo sucedido, se presentó en seguida en su domicilio, le administró un
sedante y luego llamó a Pamela para que avisara a algunos de los amigos más íntimos
del doctor Ashcroft en la facultad.
Fue un momento terrible, el peor de toda su vida.
Y ni siquiera podía acudir a Jeremy. Aquélla había sido otra muerte —no
comparable a ésta, a la de su padre—, pero en cierto modo fue un preludio de la
infelicidad. Ocurrió casi seis meses atrás, después de que Jeremy Robinson hubiera
formado parte de su vida durante todo un año. Todo comenzó cuando convocaron a
Emily a Londres para que escribiera y presentara un nuevo documental televisivo de la
BBC sobre el ascenso y la caída del Tercer Reich. El rodaje de sus escenas se había
desarrollado sin problemas, con gran profesionalidad, y cuando su colaboración hubo
finalizado, aceptó con ilusión la invitación de Jeremy a una cena de despedida para dos.
Jeremy la había atraído desde el principio. Era un hombre de mediana edad, muy
guapo y simpático. Un hombre casado, en realidad, con dos hijos pequeños. Jeremy
quiso tener una aventura con ella, pero Emily no se decidía. Había vivido otras historias
de ese tipo y sabía que sólo conducían a un callejón sin salida. Cuando Jeremy le
aseguró que estaba tramitando su divorcio y que quería casarse con ella lo antes posible,
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su resistencia cedió y se hicieron amantes, aunque ella prefirió no irse a vivir con él.
La relación que mantuvieron en el apartamento de Jeremy, situado cerca del
estudio, había sido estimulante y prometedora.
Emily había hablado a su padre de Jeremy desde el principio. Sir Harrison lo
aprobó inmediatamente, pues deseaba la felicidad de su hija. Luego, un día, seis meses
atrás, Jeremy llamó para cancelar la cita de los fines de semana que acostumbraban a
pasar juntos en el campo. Le habían encargado una versión dramática de Moll Flanders
para la BBC, interpretada por la joven actriz Phoebe Ellsmore. Era un trabajo fácil, pero
los preparativos le tendrían ocupado el fin de semana. Después de aquel día canceló tres
citas más y finalmente dejó de llamar. Al cabo de poco tiempo apareció en los
periódicos la noticia: Jeremy Robinson había obtenido el divorcio y estaba a punto de
casarse con Phoebe Ellsmore.
Aquello significó para Emily la más grosera humillación personal. Durante varios
días fue incapaz de mirar a su padre a la cara, pero después, él la consoló y le dijo que
así era mejor porque ya sabía lo que podía haberle esperado.
La herida siguió abierta, pero cada vez dolía menos. Sabía que en realidad el dolor
no lo había provocado la pérdida del amor, sino su orgullo herido. Con la distancia pudo
darse cuenta de que, en el fondo, no deseaba tanto a Jeremy como una estabilidad en el
matrimonio, un hogar, sus propios hijos, y sobre todo un cambio de escenario. Más que
Jeremy, le atraía la idea de abandonar las clases, de dejar la investigación y publicación
de textos. Desde luego, él le gustaba. Pero cuando la atmósfera se despejó, comprendió
que una boda con Jeremy hubiera sido un desastre. Cuando el dolor se hubo convertido
en aversión, el recuerdo de Jeremy comenzó a desvanecerse dejando paso a la feliz
euforia de quien se ha salvado del peligro.
A Dios gracias podía refugiarse en su trabajo. Y se lanzó con nuevas fuerzas a
terminar la biografía de Hitler. Gradualmente, el libro y su padre se fueron convirtiendo
en lo más importante de su vida.
Y ahora esto, la pérdida más devastadora de todas. Después de la llamada
telefónica que le comunicó la muerte de su padre, los vivos habían cumplido sus
obligaciones con el ser desaparecido. Emily quiso viajar a Berlín para estar junto a su
padre, para acompañarle a casa; pero se impusieron criterios más juiciosos. Alguien la
ayudó a telefonear a la comisaría central de Berlín y allí, cuando supieron quién era, la
pusieron con el jefe de policía, Wolfgang Schmidt, quien habló con ella en inglés, en un
tono afectuoso y protector. Schmidt volvió a contar los hechos del accidente, y luego
quiso entrar en detalles. El camión iba descontrolado, se subió al bordillo, golpeó al
doctor Ashcroft en la acera y le arrojó a la calzada, y después, por casualidad, le
atropelló.
El doctor Ashcroft murió en el acto. El conductor, que sin duda debía de estar
borracho, huyó con el camión. Debido a la confusión, las descripciones del vehículo
variaban, pero se estaba haciendo todo lo posible para localizarlo. El jefe Schmidt tenía
pocas esperanzas de éxito. Lamentaba profundamente el accidente.
Después, su tío la había obligado a descansar. Pamela se ocupó de llamar por
teléfono para ultimar los preparativos, y el cuerpo se envió por avión de Berlín
occidental a Oxford.
Y ahora se acabó. Su padre dormía en paz bajo tierra. Su gran obra quedaba
inacabada, y ella sola.
Emily, sin lágrimas, sin ninguna energía, sentada rígidamente en el asiento de la
silenciosa limosina, trataba de imaginarse el futuro. Pero no podía ver más allá de la
recepción de las dos próximas horas.
Se puso sobre la falda el bolso que estaba tirado a sus pies para buscar un pañuelo,
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OTTO BLAUBACH
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PETER NITZ
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La semana siguiente al funeral era noticia en todo el mundo la muerte de sir Harrison
Ashcroft y la decisión de su hija de terminar la épica biografía de Adolf Hitler. No fue
una noticia sensacional, pero despertó interés en casi todas partes.
director del Ermitage, obtuvo en préstamo todos los lienzos olvidados. No sabía aún con
qué finalidad los había amontonado en los estantes de su oficina privada, situada junto a
su despacho. Posiblemente para algún futuro artículo o folleto. Quizás incluso para
montar una especie de exposición. Su objetivo no estaba todavía claro. Solamente sabía
que había deseado tener las quince obras, y que con avidez de coleccionista deseaba
tener aún más.
Por eso aquél era un día especial; por pura casualidad, Nicholas Kirvov iba a tener
la oportunidad de echar un vistazo a la pintura de Hitler número dieciséis, una pintura
que no había visto nunca. La carta llegó de Copenhague la semana anterior. Estaba
escrita en un perfecto inglés y firmada por un tal Giorgio Ricci, que decía ser un
italoamericano con residencia en San Francisco.
El señor Ricci se presentaba como camarero del Royal Viking Sky, un buque
noruego dedicado a cruceros de lujo y con base en San Francisco, cuyo itinerario de
verano incluía escalas en Copenhague, Leningrado, Helsinki, Estocolmo, Oslo y
Londres. El señor Ricci decía poseer una modesta colección de arte, y contaba que en
una visita reciente a Berlín occidental había comprado, en una acreditada galería, un
óleo sin firma atribuido a Adolf Hitler. El señor Ricci no sabía con certeza si la pintura
era auténtica. Poco después, cayó en sus manos el artículo de una revista que hablaba de
arte nazi, y que hacía referencia a las primeras pinturas de Hitler. Mencionaba también
los nombres de varias personas que eran conocidos especialistas en la producción
artística de Hitler; y uno de estos expertos era el señor Nicholas Kirvov, un antiguo
asesor en la dirección del Museo de Bellas Artes Pushkin, en Moscú, y nombrado
recientemente director del Ermitage de Leningrado.
El señor Ricci, cuyo buque haría una escala de dos días en Leningrado, creía que
ésta era una magnífica oportunidad para bajar a tierra con su dudoso óleo de Hitler y
enseñárselo a Nicholas Kirvov del Ermitage. El señor Ricci le comunicaba la fecha de
llegada del barco, y esperaba que Kirvov estuviera en la ciudad y tuviera un momento
para él.
Kirvov, decepcionado de que Ricci no describiera el óleo de Hitler, pero interesado
por la posibilidad de que aún existiera alguna otra obra desconocida para él, telegrafió a
Ricci a la central del Royal Viking de Copenhague diciendo que le recibiría con mucho
gusto. Después Kirvov puso sobre aviso a la oficina de aduanas de Leningrado para que
dejaran pasar a Ricci con su pintura.
La cita era aquel mismo día, y, por la mañana, mientras iba de camino al trabajo,
Kirvov se había imaginado la llegada del blanco y elegante Royal Viking Sky, que en
una ocasión vio deslizarse suavemente en su entrada al puerto de Leningrado. Si no
había habido contratiempos, Giorgio Ricci estaría en su despacho, con el lienzo de
Hitler —Kirvov miró fugazmente el reloj de pared— al cabo de quince minutos.
Kirvov tiró el papel de su pirozhok y recogió las migas de encima de la mesa,
intentando recordar si debía ocuparse de algún asunto importante del museo antes de
recibir al visitante. Era muy diligente con su trabajo, ya que su nombramiento de
director había sido una sorpresa y un gran honor. Antes, las cosas le iban muy bien en
un cargo secundario del museo de Moscú, podía vivir confortablemente con su mujer y
su hijo pequeño, cuando de pronto se produjo el milagro. Director del Ermitage a los
cuarenta años. De la noche a la mañana, el ministro de cultura había convertido a
Kirvov en una de las figuras intelectuales de la Unión Soviética.
Kirvov se enamoró del Ermitage el mismo día de su llegada. De los cinco edificios
que comprendían el museo —el primitivo Palacio de Invierno, el Pequeño Ermitage, el
Gran Ermitage, el Teatro del Ermitage y el Nuevo Ermitage—, los cuatro primeros
lindaban con la ribera izquierda del río Neva. Hubiera deseado disponer de más fondos
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para arreglar el edificio principal, el Palacio de Invierno, donde se alojaban sus oficinas
—dinero para dar una mano de pintura, enyesar un poco, mejorar la iluminación—, pero
todo el disponible se había destinado a nuevas adquisiciones. Y no podía decirse que el
museo no tuviera ya lo mejor de lo mejor. Desde 1764, cuando Catalina la Grande
aprobó las primeras compras importantes —225 lienzos del marchante alemán Johann
Gotzkowsky, entre ellos un Franz Hals—, no habían cesado de llegar nuevas
adquisiciones. En 1772 comenzó a entrar arte italiano: Tiziano, Rafael, Tintoretto,
seguido de los maestros franceses Watteau y Chardin. Después, en 1865 un Leonardo da
Vinci. Más tarde, en 1931, los postimpresionistas llenaron las salas superiores del
Ermitage con treinta y siete Matisses, treinta y seis Picassos, quince Gauguins, once
Cézannes, cuatro Van Goghs, e incontables tesoros más.
El primer organizador de este torrente de pintura, en 1797, se llamó «custodio».
Hacia 1863 se incorporó un director, y poco tiempo después dos ayudantes
especializados. Poco a poco fueron apareciendo catálogos para popularizar la colección,
y finalmente se dispuso de un sofisticado equipo, incluyendo una máquina de rayos X
para detectar falsificaciones u obras maestras auténticas. En efecto, mediante rayos X se
demostró que la Adoración de los Reyes de Rembrandt que poseía el Ermitage,
considerado como una copia del original guardado en Suecia, era en realidad el propio
original.
Nicholas Kirvov era ahora el nuevo director y el museo estaba a su cargo. Había
dedicado sus primeros seis meses a disponer un lugar más adecuado para las obras
maestras y a preparar un nuevo catálogo que pondría de relieve lo mejor de las más de
ocho mil obras de arte del Ermitage. Su primera exposición iría acompañada de un
catálogo, y estaba buscando alguna forma, algún enfoque insólito, para popularizar aún
más la exposición. Cada año iban a admirar el Ermitage más de tres millones de
personas, pero Kirvov quería a más, a muchas más.
Levantó la mirada hacia el reloj de pared y se dio cuenta de que sus meditaciones
habían consumido la mayor parte de su tiempo libre y que su visitante estaría allí de un
momento a otro. En ese instante se oyó un golpecito en la puerta, y su secretaria abrió y
anunció:
—El señor Giorgio Ricci ha llegado.
—Hágale pasar —dijo Kirvov, levantándose de un salto.
Su visitante entró con cierta vacilación en el despacho, llevando bajo el brazo un
voluminoso paquete. Era un joven delgado, poco atractivo, de unos treinta años, con
unos grandes ojos redondos de italiano y una mandíbula sobresaliente. Vestía un suéter
azul pálido y unos vaqueros descoloridos. En sus dientes asomaban reflejos de oro
cuando sonreía.
—Señor Kirvov —dijo—, soy Giorgio Ricci, del Royal Viking Sky.
Kirvov avanzó hacia él con su robusto metro setenta y ocho que le hacía parecer
mucho más alto y estrechó calurosamente su mano.
—Me alegro de que pudiera venir a verme —dijo Kirvov guiando a su visitante a
una silla frente a su escritorio—. Siéntese. Póngase cómodo. ¿Puedo ofrecerle alguna
bebida, Pepsi, vodka, café, cualquier cosa?
—No, gracias, no quiero hacerle perder demasiado tiempo. Tampoco yo tengo
mucho.
—Muy bien —dijo Kirvov sentándose en su asiento detrás del escritorio—.
Entonces vayamos directamente al grano. Déjeme ver su supuesta obra de Hitler.
Ricci se llevó el paquete a las rodillas.
—En la galería de Berlín occidental me aseguraron que era obra de Hitler. Como
no estaba firmada, me la dejaron a un buen precio. Quizá me engañaron. No lo sé.
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tiempo para estudiarlo. De todas formas, puede estar seguro de que en mi opinión y en
la de mi colaborador probablemente sea auténtico.
Kirvov se puso en pie para devolver el lienzo a su visitante. El camarero del buque
también se levantó:
—Se lo agradezco mucho, quisiera darle las gracias y pagarle lo que usted...
Kirvov sonrió:
—No me debe nada. Cortesía de la casa. En realidad, soy yo quien agradezco la
oportunidad de haber podido ver una pintura desconocida de Hitler. —Alargó el lienzo a
Ricci y le dijo—: Supongo que le encantará añadir esta obra a su colección de Hitler.
Ricci no cogió el cuadro.
—Yo no colecciono Hitlers. Si le he de ser sincero no me interesa en lo más
mínimo el arte de Hitler.
—Pero, entonces, por qué... —Miró fijamente a su visitante—. ¿Quiere venderlo?
¿No es eso?
—No, en realidad no —dijo Ricci—. Lo compré para intercambiarlo por algo que
me gustaría tener, por otra cosa que colecciono desde hace varios años.
Kirvov levantó con curiosidad una ceja:
—¿Qué colecciona?
—Iconos. Iconos rusos antiguos. Me encantan. En realidad he estado antes en
Rusia en otros cruceros, establecí algunos contactos, y de momento tengo tres piezas.
Me gustaría tener más. Pero los encuentro bastante caros. —Vaciló un momento—.
Yo..., yo, le daría este cuadro de Hitler a cambio de un icono auténtico, si usted puede
ofrecerme alguno.
Kirvov pensó en la oferta. Pero no mucho rato. Deseaba tener la pintura de Hitler
que estaba sobre la mesa. Quizá fuese una rareza y sin duda aumentaría su colección.
Apenas le cabían dudas de su autenticidad. En cuanto a los iconos, tenía docenas de
sobras almacenados, varios que podían complacer a Ricci y que sin embargo eran
demasiado mediocres para exhibirlos en el Ermitage. Como director del museo, tenía
completa autonomía cuando se trataba de cambiar piezas menores o repetidas.
Kirvov esbozó una sonrisa.
—Lo acepto. Me quedo con su Hitler. Y usted tendrá mi Jesucristo.
Cinco minutos más tarde, Ricci tenía su icono: pequeño, reluciente, con un marco
plateado que contenía una cabeza de Jesús, pintada en miniatura, y un manto con un
acabado de metal dorado. El camarero del crucero estaba emocionado.
Kirvov, mientras le acompañaba a la puerta, se detuvo un momento y dijo:
—Sólo una cosa. ¿Cómo se llama la galería de Berlín occidental donde compró la
pintura?
Ricci le miró desconcertado.
—No lo recuerdo ahora. La galería estaba en algún lugar próximo al casco antiguo
de Berlín. Déjeme pensar... —Intentó recordar, al parecer sin éxito, y se encogió de
hombros—. No importa. Está escrito en el recibo que mandé a casa. Me acordaré de
enviárselo en cuanto regrese.
—Recuérdelo, por favor.
Después de que Giorgio Ricci se hubiera marchado hacia su barco, Kirvov volvió a
quedarse solo en su despacho. Caminó con lentitud hacia su mesa, cogió el óleo de
Hitler, lo contempló y sonrió alegremente.
Mientras acompañaba al camarero del crucero a la puerta, se le había ocurrido una
idea, el medio perfecto e insólito de dar publicidad y popularizar su primera exposición
importante en el Ermitage. Ahora se le representaba con absoluta claridad en la mente.
Separaría una sala de la planta superior y la titularía «EL ARTE DEL ASESINO
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Rex Foster aparcó su Chevrolet, un cupé deportivo rojo, en la plaza que tenía
reservada detrás del pequeño edificio de despachos del bulevar San Vicent, de la zona
oeste de Los Ángeles. Después de contorsionarse para lograr sacar su larguirucho
cuerpo de metro ochenta y cinco del angosto asiento del conductor, fue caminando
lentamente por el estrecho sendero que rodeaba su edificio hasta llegar a la puerta
principal.
En la puerta una placa gris anunciaba con letras doradas y negras:
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El botón del interfono del teléfono de Foster emitió una señal amarilla, y sonó la
voz de Irene diciendo:
—Señor Foster, ¿está disponible? Ha llegado la señorita Sawyer, de la revista Los
Angeles.
Foster cogió el teléfono:
—Irene, ¿tú sabías que mataron al doctor Ashcroft en Berlín la semana pasada?
Acabo de leerlo...
—¿Lo mataron? No, no lo sabía...
—Es increíble —dijo Foster, y se detuvo—. Esto lo cambia todo. Tenía una cita
con él el viernes de la semana próxima en Oxford.
—Sí. Le había reservado el vuelo.
—¿Y qué voy a hacer ahora? —preguntó desanimado—. Bueno, ya hablaremos
cuando termine la entrevista. Y ahora dame un minuto para que me aclare un poco, y
luego haz entrar a la señorita Sawyer.
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—No tan pronto. Cada licenciado tiene que pasar dos años de aprendizaje. Yo
estuve en una gran empresa de Laguna Beach. Después, cualquier candidato a arquitecto
debe superar el examen del Estado. Una semana de exámenes de dibujo y diseño y una
prueba oral de medio día. Es bastante duro, y en California un poco especial. Aquí
tenemos algunas rarezas, como el problema sísmico, y los edificios han de construirse a
prueba de terremotos. De todos modos, aprobé. Y me hice arquitecto.
—Hábleme de alguno de sus primeros proyectos.
—Al principio eran sencillos. Un centro comunitario y una sucursal de banco en un
barrio, por ejemplo. En los diseños interviene una gran parte de ingeniería, pero uno
también aprende mucho sobre requisitos prácticos, temas importantes aunque poco
atractivos, como la iluminación y la instalación de sanitarios. Con el tiempo alguien me
encargó una casa en la playa, un proyecto modesto. Y finalmente me encarrilé, y monté
mi propio negocio.
Joan Sawyer echó una mirada a su alrededor:
—Y éste es su negocio. ¿Cuánto tiempo hace que trabaja por su cuenta?
—Déjeme pensar. Ahora hace seis años.
Foster observó que la periodista estaba sacando de su bolsillo algo que parecían
notas, y las examinaba.
—Por cierto, según nuestros datos, unos cuatro años después de instalar su propio
negocio, usted se casó.
Foster dudó antes de responder:
—Sí, veo que se ha informado.
—Valerie Granich. Hija de Charles Granich. Propietario de inmobiliarias.
Multimillonario. Bel Air. Estoy en lo cierto, ¿no?
—Correcto —dijo fríamente.
—El año pasado se divorciaron.
—Es de dominio público.
Joan Sawyer levantó la mirada:
—¿Se ha vuelto a casar?
—No, gracias.
—¿Le importaría hablarme un poco de su matrimonio?, ¿del divorcio? Detalles
personales. Eso siempre va bien en un reportaje. ¿Puede contarme algo?
Foster apretó los labios.
Podía contarle muchas cosas, pero no eran para el consumo del lector. Desde el día
de su divorcio se había jurado no hablar de su corto matrimonio, nunca, ni mencionar
siquiera el nombre de Valerie, ni siquiera pensar en ella.
Sin embargo, en esos momentos estaba pensando en ella. Cuando conoció a Valerie
la encontró deslumbrante. Era una bella muchacha, morena, esbelta, elegante,
inteligente y sofisticada. Le halagó que le eligiera a él entre tantos otros, a él, casi un
don nadie.
Pero debió de haberse dado cuenta al principio que cometía un error. Estaban
juntos por motivos erróneos. Ella no tenía nada sincero que ofrecer, ni en la cama ni
fuera de ella. Ningún cariño. Para ella sólo contaba la diversión y los juegos, todo era
superficial, no había intimidad alguna. Sus intereses apenas iban más allá de las fiestas
de sociedad, o como organizadora o como asistente. Y de las celebraciones
seudoculturales: los estrenos de teatro, conciertos, exposiciones de viejos maestros en
algún museo. La vida era una noche de estreno para ella. Valerie era una auténtica hija
de papá, mimada, sin consideración hacia los demás, egocentrista. Un blanco de las
crónicas de sociedad.
Cuando el padre de Valerie se ofreció a instalar a su yerno en un despacho más
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pasando páginas.
Lo que vio le volvió a gustar. Un buen trabajo. Pero había varias páginas en blanco
al final. Correspondían a los siete planos que faltaban y cuya existencia conocía, sin que
hubiera podido encontrarlos.
Esto le hizo pensar que el doctor Harrison Ashcroft le había prometido localizarlos.
Luego recordó que el doctor Ashcroft había muerto.
Volvió a su escritorio para buscar el artículo de Los Angeles Times que había
empezado a leer, pero que no pudo terminar por la interrupción de la periodista.
Encontró la nota sobre el funeral del doctor Ashcroft y siguió leyendo en donde la había
dejado. Lo sentía por el investigador, y por la oportunidad que había perdido de
conocerle.
Llegó hasta la última línea de la noticia y se sintió reanimado de pronto. «La
señorita Emily Ashcroft, la hija del difunto, ha estado colaborando con su padre en la
realización del libro, y ha anunciado que terminaría sola la biografía de Hitler, según su
editorial de Londres.»
Rex Foster sintió un nuevo hálito de esperanza. Sin duda su problema podría
resolverse. Emily Ashcroft conocería las mismas fuentes que su padre. Podría decirle a
Foster quién, de los diez socios arquitectos de Speer, podía tener los planos que
faltaban.
Su primer impulso fue coger el teléfono inmediatamente, llamar a la señorita
Ashcroft a Oxford, fijar una cita con ella, enterarse de a quién debía ver en Alemania
occidental, y acabar de una vez por todas su obra. Antes de coger el teléfono, su mirada
se posó en el reloj de la mesa. La última hora de la mañana en Los Ángeles
correspondía en Oxford a media tarde. Una hora aceptable para telefonear. Dudó por un
momento, pensando que el accidente quizás estaba demasiado próximo para
importunarla. Luego recordó el plazo límite de su libro.
Foster llamó a Irene por el interfono y le pidió que telefoneara a casa del doctor
Ashcroft en Oxford.
Al cabo de algunos minutos, Irene hablaba de nuevo por el interfono.
—Señor Foster, alguien ha contestado en el número de Ashcroft de Oxford, pero no
es la señorita Emily Ashcroft. Al parecer no se encuentra en casa. Está al aparato una tal
señorita Pamela Taylor...
—¿Quién es?
—Es la secretaria y está viviendo en la casa desde la muerte del doctor Ashcroft.
¿Quiere hablar con ella?
—Será lo mejor.
Foster se puso al teléfono.
—¿Señorita Taylor? Aquí Rex Foster, le hablo desde Los Ángeles. No sé si le
suena mi nombre.
Una suave voz de acento británico le respondió vacilante:
—Pues..., no estoy segura.
—Mantuve recientemente correspondencia con el doctor Ashcroft. Soy el
arquitecto que necesitaba una información sobre Adolf Hitler. El estaba de acuerdo en
verme. De hecho, la semana que viene tenía una cita con él. Pero ahora... —titubeó
levemente—. Acabo de enterarme de lo que le sucedió al doctor Ashcroft. No sabe
cuánto lo siento.
—Es una terrible pérdida —manifestó Pamela Taylor—. ¿Señor Foster, dice que se
llama? Recuerdo su nombre, y su cita...
—Bien, sólo deseaba saberlo. La señorita Emily Ashcroft estaba trabajando con su
padre en la biografía...
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—Oh, sí.
—...pues había pensado que quizás ella tendría la misma información que su padre,
y que querría ayudarme igual que él. —Siguió en tono de disculpa—. Ya sé que es un
poco pronto.
—Sin duda estará encantada de colaborar.
—¿Puede usted decirme a qué hora cree que regresará esta tarde? Pamela Taylor
dijo en tono apesadumbrado:
—Me temo que no regresará esta tarde. Partió esta mañana de Londres hacia Berlín
occidental.
—¿A Berlín occidental?
—Fue a terminar el proyecto en el que habían estado trabajando su padre y ella.
—¿Cuánto tiempo estará en Berlín?
—No lo sé. Su estancia es indefinida. Sería prudente decir que pasará allí al menos
dos semanas.
—¿Puede decirme, señorita Taylor, dónde se hospeda en Berlín? Tal vez pueda
visitarla allí.
Se hizo un breve silencio al otro lado del hilo. Luego Pamela Taylor habló:
—Se supone que es un secreto...
—Señorita Taylor —dijo Foster pacientemente—. Estoy seguro de que a ella no le
importará. Al fin y al cabo, si su padre me dio una cita, estoy convencido de que ella
también lo haría.
—Sí, tiene usted razón. Muy bien. Se hospeda en el hotel Bristol Kempinski de
Berlín. A estas horas ya debe de estar inscrita.
—Gracias, señorita Taylor, se lo agradezco. Me pondré en contacto con la señorita
Ashcroft. Y de nuevo, siento muchísimo lo del accidente. Espero conocerla un día de
éstos.
Foster colgó el aparato, se levantó y salió de prisa a la recepción. Irene levantó la
vista de la máquina de escribir.
— ¿Ha habido suerte?
—Sí, eso creo. Emily Ashcroft está en Berlín occidental. El lugar perfecto para
verla y conseguir lo que necesito. Así que, Irene, empecemos a prepararnos. Resérvame
plaza en el primer vuelo disponible mañana para Berlín. Si mañana es imposible,
inténtalo para el día siguiente. Luego telefonea al hotel Bristol Kempinski de Berlín.
Que me reserven una habitación, sencilla, doble, lo que tengan.
— La reserva... ¿para cuánto tiempo?
—¿Quién sabe? Diles una semana. Pero estaré el tiempo que necesite. De momento
recemos porque Emily Ashcroft esté sana y salva. Es mi única esperanza.
Tovah Levine se había instalado en una pequeña habitación, moderna y con aire
acondicionado, de la planta onceava del hotel Guaraní de Asunción, y estaba sentada
ante el tocador leyendo La Tribuna y apurando las últimas gotas de su café matutino.
Se sentía muy refrescada después de la ducha y más tranquila, porque al cabo de
cuatro agotadoras semanas en el campo paraguayo había regresado ya a la capital.
Quería ponerse al día sobre lo sucedido en el mundo desde su partida. La palabra Hitler
destacó sobre las demás letras de fondo en la página tercera, llamó su atención y la
obligó a leer la breve noticia en español. Cualquier referencia a los nazis podía ser un
material valioso para ella.
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Abrió la maleta para ponerse algo ligero, una blusa sin mangas, una falda de
algodón y sandalias porque fuera hacía calor y la humedad estaba aumentando. Cuando
hubo salido se fue andando al parque de la Independencia. Las palachas, los árboles de
la plaza, estaban rosadas aquel día, y las avenidas, con sus filas de edificios coloniales
españoles, adornadas con jacarandás y naranjos, tenían un aspecto encantador. Por todas
partes se veían edificios modernos, altos y relucientes, y pequeñas casas encaladas, la
mayoría tiendas, con tejados de tejas rojas. Tomó nota de algunos restaurantes nuevos,
de algunos edificios oficiales recién restaurados y se detuvo para mirar los encajes que
ofrecían algunas paradas. Compró algunos pañuelos para su madre y su tía favorita.
Después de dar un rodeo se acercó a la plaza de la Constitución, contempló el
palacio del Congreso como se merecía y tomó asiento en un rincón sombreado para
refrescarse y mirar a los peatones, menos numerosos ahora, pues había empezado la
hora de la siesta.
Sentada en el banco, Tovah sintió deseos de reconstruir los últimos tres años de su
vida: los hechos que la habían llevado a aquella ciudad remota y húmeda. Antes, en la
escuela, había estudiado inglés (todos los jóvenes de Israel hablaban inglés), español
(porque era difícil) y alemán (porque sus abuelos, tanto paternos como maternos, habían
nacido, vivido y muerto en Alemania). Habían muerto en campos de concentración o
cámaras de gas, aunque antes habían enviado a sus hijos a Palestina, y éstos habían
crecido allí, se habían conocido, se habían casado y se habían convertido en sus padres).
Tovah, para mejorar su español, había pasado sus primeras vacaciones en
Suramérica, y en dos ocasiones había acompañado a su padre a Berlín occidental por
una cuestión de compensaciones. Su abuelo paterno había sido propietario de una
próspera tienda en aquella ciudad, que le fue confiscada antes de morir él mismo en la
Solución Final nazi. Tovah no acabó de congeniar con Berlín occidental, y a pesar de la
animación y vida de la ciudad, despreció lo que había sido en el pasado. A pesar de todo
consideró que los jóvenes eran personas decentes, amistosas y muy parecidas a sus
amigos israelíes. Cuando le confesó esta debilidad a su padre, éste se echó a reír y dijo:
—No te preocupes por los jóvenes. No son nuestros enemigos. Preocúpate por los
viejos, los de sesenta a ochenta años. Puedes estar segura de que la mayoría de ellos
eran nazis. Son los que dicen: «Ah, con el Führer los tiempos eran mejores. Ahora
Berlín se ha llenado de extranjeros, y nuestros estúpidos jóvenes se dejan drogar por los
americanos y por otros extranjeros. Tenemos que ser más duros con ellos. Tenemos que
limpiar toda esta porquería.» Son ellos, Tovah, quienes desean tener de nuevo un país
de rubios.
Aparte de los idiomas, la otra especialidad de Tovah en la universidad había sido el
periodismo. Ella había tenido desde siempre curiosidad de periodista y ojos de
reportero. Había obtenido resultados brillantes en sus clases de periodismo, y después
de graduarse y de servir en el ejército, había entrado fácilmente en el Jerusalem Post
como cronista colaboradora. Cuando estaba a punto de finalizar su primer año en la
empresa la llamó a su despacho el director del periódico, un acontecimiento no muy
frecuente.
—Tovah —le dijo—, tengo un encargo especial para ti, muy especial.
—¿Qué significa especial?
—Significa que el director del Mossad quiere concederte una entrevista. El Mossad
no ha hecho nunca nada semejante, no ha permitido siquiera que entrara en su edificio
de las afueras de Tel Aviv ningún periodista nuestro. Pero esta mañana el director del
Mossad nos ha hecho la propuesta correspondiente y ha pedido concretamente que
fueras tú.
Tovah quedó asombrada. Era bien conocido el secreto que envolvía esa rama del
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ocupación algo monótona y aburrida. Su vida amorosa no era nada especial, aunque
recientemente había entrado en su vida alguien especial. Pero ya tendría tiempo para eso
más tarde. Tovah ansiaba comprometerse con algo excitante, con algo que tuviera algún
sentido. Además quería viajar, escaparse de aquella apretada comunidad de sufrientes,
ver nuevos lugares, nuevas personas.
Tovah devolvió la mirada al director.
—Ya lo he pensado —dijo—. ¿Cuándo empiezo?
Tovah había estado ya en el ejército israelí. El entrenamiento con el Mossad fue un
poco más de lo mismo, quizás algo más duro, más exigente, más variado, pero
continuamente fascinador. Luego trabajó el resto del año en la central de Tel Aviv,
descifrando mensajes en código, tomando informes de agentes, interrogando a posibles
contactos.
Su primera misión en el extranjero con el nombre de Helga Ludwig fue preparar y
escribir un importante artículo de viaje sobre Paraguay. En realidad el Mossad había
descubierto una pista fresca sobre el supuestamente fallecido doctor Josef Mengele, el
médico de las SS que había enviado a la muerte a trescientas ochenta mil personas
inocentes durante el reino de terror de Hitler. Mengele había escapado de la zona
americana de Austria y se había fugado a Argentina en 1951, y con ayuda de colonos
alemanes, allí y en Paraguay había eludido a todos los cazadores de nazis. Últimamente
el Mossad había descubierto un rastro reciente. Habían visto al doctor Mengele en
Nueva Germania, una pequeña población del centro de Paraguay. Tovah recibió la
orden de verificar la noticia e informarse sobre todo lo referente a otros cinco nazis
buscados, que podían estar viviendo todavía ocultos en Paraguay. Tovah se había
enterado de muchas cosas, pero la presa principal había resultado tan escurridiza como
siempre. La misión ya estaba casi cumplida y Tovah ya podía irse de aquel país
abandonado de la mano de Dios. Tovah regresó lentamente al presente, al banco de la
plaza de Asunción.
El reloj le dijo que ya eran la una y media: el tiempo justo para regresar a su
habitación, almorzar con Ben Shertok y pasarle su informe.
Cuando salió del ascensor del hotel y se dirigió a su habitación, se encontró con
que Ben Shertok la estaba esperando ya, apoyado tranquilamente ante la puerta de su
habitación y fumando un cigarrillo. Parecía un profesional: pelo alborotado, gafas de
concha sobre una nariz de águila. Un jefe de inteligencia tranquilo y abnegado.
Plantó un beso sobre cada una de sus mejillas y se excusó por llegar con
anticipación.
—El avión no ha sido puntual, ha llegado antes de hora. Por lo que no me importa
si tienes que ir al baño.
Ella le hizo entrar en su habitación.
—Me da vergüenza vivir en este lujoso hotel, aunque sólo sea por un día. Te
aseguro, Ben, que las últimas cuatro semanas no se parecieron nada a esto.
—Me lo imagino perfectamente —dijo él—. Me tomé la libertad de encargar el
almuerzo mientras estaba abajo. No dispongo de mucho tiempo, pero tampoco quería
que comiéramos con prisas. Tengo que estar esta misma tarde en Chile.
—Me lavaré solamente la cara y las manos —dijo Tovah—. He pasado mucho
calor. ¿Qué tendremos para almorzar?
—Creo recordar que cuando cenamos en Buenos Aires dijiste que te había gustado
mucho aquel plato de maíz triturado y cebollas que habías probado cuando estuviste allí
por primera vez.
—Sopa paraguaya —dijo Tovah—. No podías haber escogido mejor.
—También un poco de vino tinto —añadió él.
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Germania, un villorrio poblado por colonos alemanes y fundado en el siglo pasado por
un maestro alemán que odiaba a los judíos. En todo caso, Mengele fue al lugar para
curar a algunos nazis supervivientes. Como recompensa recibió la protección de los
habitantes, y a mí me enviaron para descubrir si seguía viviendo allí.
Shertok tomó un sorbo de café.
—¿Sabías que esto era peligroso, Tovah?
—Sí, lo sabía.
—Pero, ¿hasta qué punto? Dos de tus predecesores, que no eran agentes del
Mossad, se acercaron demasiado a Mengele y pagaron por su curiosidad.
—No, esto lo ignoraba —dijo Tovah lentamente—. ¿A qué te refieres?
—En 1961, una atractiva dama judía llamada Nora Eldoc, a quien Mengele había
esterilizado en Auschwitz, lo descubrió en un lugar de veraneo. Llegó a hablar con él,
pero antes de que pudiera actuar, Mengele se enteró de su identidad. Poco después
encontraron su cadáver en Brasil. Luego, Herbert Cukur, un nazi rehabilitado, localizó a
Mengele en un escondrijo argentino. El cuerpo de Cukur apareció en el maletero de un
coche en Uruguay.
—En todo caso, cuando yo llegué a Nueva Germania, Mengele ya no estaba allí. Se
había marchado una semana antes. Intenté enterarme de dónde había ido y conseguí
unas cuantas pistas. Me dediqué, pues, a recorrer la región haciéndome pasar por autora
de libros de viajes. Fui a Hernandarias, Mbaracayu, San Lorenzo, etcétera, y acabé mi
recorrido en Concepción. Ni rastro de Mengele en ninguna parte. Lo cierto es que había
muchos alemanes paraguayos en todas las ciudades y pueblos. Alguien me aseguró que
eran setenta mil en total, la mayor minoría étnica de la región. Unos cuantos me
contaron que habían visto a Mengele, pero nadie dijo dónde.
—En otras palabras, que no has tenido suerte.
—No, ninguna, y lo siento, Ben.
—Bueno, por lo menos lo has intentado. Es todo lo que podemos pedir. —Shertok
se quedó pensando un momento—. Me estaba preguntando... ¿crees que encontraremos
alguna vez a Mengele?
—Yo creo que sí. Estoy convencida de ello. No creo que Mengele esté enterrado en
Brasil. Ninguna de las personas con quienes hablé se dejaría tentar nunca por una
recompensa: todos eran nazis convencidos. Pero algún día alguien más falible deseará
tener los cuatro millones. Esta será la persona que lo delatará. Estoy segura de que algún
día encontraremos a Mengele, más tarde o más temprano. Cuento con que así sea.
Shertok señaló el cuaderno de notas de Tovah.
—¿Qué hay de los demás?
Tovah apuró su taza de café y continuó informando.
—Vamos a ver. Me ordenaron que mantuviera bien abiertos los ojos y los oídos
sobre todo lo referente a Heinrich Müller, uno de los jefes de la Gestapo de Himmler.
No pude llegar a saber si Müller estaba o no en Paraguay. Alguien dijo que podía
haberse pasado a la Unión Soviética después de la segunda guerra mundial y trabajar
para la KGB. Esto era sólo un rumor.
—¿Qué hay de Josef Schwammberger y de Walter Kutschmann? Tovah estudió de
nuevo su cuaderno.
—Schwammberger. Comandante de las SS en el campo de concentración de
Przemysl, en Polonia. Es seguro que vive en Argentina, pero de modo invisible. En
cuanto a Kutschmann, el verdugo nazi de Polonia, estuvo también en Argentina, pero
varias personas opinaron que actualmente vive en Paraguay. No conseguí ninguna pista,
ni una sola.
Habían acabado ya de almorzar. Shertok se reclinó en la silla y encendió un nuevo
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cigarro.
—¿Alguien más?
—Uno más a quien tampoco vi, pero tuve noticias seguras de que estaba aquí.
—¿Quién?
—No es un criminal de guerra, sino un científico nazi. El profesor Dieter
Falkenheim. Figura en alguna de nuestras listas como desaparecido.
—¿Y has podido localizarlo?
—Estoy segura —dijo Tovah—. Falkenheim vive en algún lugar del norte de
Paraguay. ¿Quieres saber cómo escapó de Alemania? Alsos, la misión de la inteligencia
norteamericana encargada de recoger a los científicos nazis y de trasladarlos a los
Estados Unidos, descubrió que este científico nuclear, que había intentado fabricar la
bomba atómica, vivía en la ciudad de Ilm. Cuando los Alsos llegaron a su laboratorio en
Ilm lo encontraron vacío, abandonado precipitadamente. Ahora he sabido que
Falkenheim marchó clandestinamente a Dinamarca, y que desde allí Juan Domingo
Perón lo envió en avión a Argentina. Trabajó para Perón hasta el exilio de éste. Luego
se escabulló a Paraguay, y ha vivido aquí desde entonces. Se especula que pudo haber
enviado cien toneladas de uranio desde Alemania durante la caída del país. ¿Recuerdas
que los americanos encontraron cien toneladas de mineral de uranio escondido en una
mina de sal de las afueras de Stassfurt? Pues bien, quizás el total tenía que ser de mil
doscientas toneladas. Quizá Falkenheim se llevó el resto.
—Es poco probable. Sospecho que fue un error de aritmética por parte de los
americanos. De todos modos, Falkenheim no es nuestro objetivo primario.
—De todos modos es un nazi. Pensaba que sería interesante conocer su paradero.
—Quizá sí, lo ignoro. Propónselo al director cuando estés de vuelta. Hablando del
director, ¿te pidió que te interesaras por Martin Bormann mientras estabas en Paraguay?
—No, no dijo ni una palabra sobre Bormann. Creo que el Mossad acepta la teoría
de que murió en una explosión mientras intentaba escapar de Berlín. Creo que lo han
borrado de la lista.
—Es posible. —Shertok, desde detrás de una nube de humo, hizo una pregunta más
en tono casual—. ¿Y qué me dices de Hitler?
Tovah se sobresaltó.
—¿Adolf Hitler?
—En Paraguay. ¿Dijo alguien que lo había visto?
—Vamos, Ben. Me estás tomando el pelo. Hitler se pegó un tiro en el Führerbunker
en 1945. Todo el mundo lo sabe.
—No todo el mundo, Tovah. Desde luego no todo el mundo. —Shertok se inclinó
hacia ella—. ¿Te suena el nombre de sir Harrison Ashcroft?
—Ashcroft, Ashcroft —intentó recordar Tovah—. ¿No he leído yo algo sobre él en
el periódico de hoy?
—Lo leíste. Su hija, Emily Ashcroft, y sus amigos asistieron a su entierro en las
afueras de Oxford.
—¿Y...?
—Los Ashcroft estaban completando una biografía de Adolf Hitler llamada Herr
Hitler. Luego alguien proporcionó en Berlín una pista al doctor Ashcroft diciéndole que
Hitler no se suicidó en el búnker como todo el mundo cree. Este informador dijo que los
restos que los rusos desenterraron no eran los de Hitler. No había restos de Hitler. El
doctor Ashcroft fue a Berlín a investigar. El día antes de empezar las excavaciones
alrededor del búnker un conductor que luego se dio a la fuga lo atropelló; fue un
accidente extraño.
—¿Un accidente real?
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—No lo sabemos.
Tovah escrutó la seria cara de intelectual de Shertok. —Gracias por la información.
¿Qué tiene que ver esto conmigo?
—Quizá tenga algo que ver. —Shertok se movió intranquilo en la silla—. Esta
mañana recibí un mensaje en código de Chaim Golding, que dirige el Mossad en Berlín
occidental. Dice que Emily Ashcroft ha decidido terminar el trabajo por sí sola. Hoy ha
llegado a Berlín occidental. Se ha inscrito en el hotel Bristol Kempinski.
—¿Cómo sabéis todo eso?
—Chaim Golding está enterado de todo lo que pasa en Berlín, en los dos Berlines,
especialmente cuando esto tiene relación con Hitler. —Shertok dudó un momento—.
Comprendo que tu trabajo aquí ha sido duro y que estás cansada. Tienes derecho a unas
vacaciones. Ya sé que querías regresar directamente a Tel Aviv y reunirte con tus
padres y con tu amigo. Pero, bueno...
—Quieres que vaya a Berlín.
—Lo quiere Golding. También lo quiere el director. Tú conoces la ciudad.
Dominas el alemán. Sabes lo mucho que deseamos conocer la verdad, sea lo que sea,
sobre Hitler. El Mossad querría que aplazaras la vuelta a Tel Aviv. Quédate en Berlín
por lo menos una semana.
—¿Para hacer qué?
—Para hablar con Emily Ashcroft y descubrir lo que sabía su padre, o lo que ella
sabe ahora sobre la posibilidad de que Hitler no muriera cuando se supone que murió.
Puedes convertirte de nuevo en Tovah Levine. Utiliza tu antigua tapadera, el Jerusalem
Post. Quizá podrías entrevistarla.
—Ben, sabes muy bien que no tendrá interés en hablar con ningún periodista.
—Su padre lo hizo.
—Sí, Ben, pero mira cómo acabó.
—Quizás estés en lo cierto. Bueno, en cualquier caso utiliza algún pretexto para
hablar con ella, para que le caigas simpática. Averigua lo que ella sabe. No creo que se
consiga nada concreto, pero, ¿quién sabe? Tovah, debemos estar seguros de que el pez
gordo no escapó.
—Lo que tú digas. ¿Cuándo?
—Sal mañana por la mañana para Buenos Aires. Desde allí ve directamente a
Berlín occidental.
—¿Y mi hotel?
—Ya tienes reservada habitación en el hotel Bristol Kempinski.
—Muy cómodo.
—Sí. Te dije que has de estar lo más cerca posible de Emily Ashcroft. —Shertok le
entregó los billetes de avión—. Quizás en esta ocasión todo sean rosas.
—Confío que las tenga en la mano y no sobre mi tumba —dijo Tovah sonriendo
débilmente.
Evelyn Hoffmann había salido del café Wolf de Berlín occidental a las diez en
punto de una mañana gris, y se había detenido un momento junto a la librería de la
esquina de Stresemann Strasse y Anhalter Strasse a aspirar el aire fresco de la mañana.
Lo que en esos momentos estaba haciendo, y lo que haría el resto de la mañana y
parte de la tarde, era una rutina que repetía desde hacía veintidós años, casi sin variación
alguna al menos durante los últimos diez años.
Pero esa mañana, antes de comenzar su actividad rutinaria, Evelyn Hoffmann se
paró frente a la cristalera del café Wolf para mirarse en el reflejo del ventanal. Lo que
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vio no le disgustó nada. A los setenta y tres años no podía pretender parecer una chica
de veintitrés. En los viejos tiempos había sido una belleza, todos coincidían en ello. Era
más alta que la media, delgada, el cabello rubio ceniza, era reservada, tenía mucho
estilo, sus largas y bien formadas piernas le daban un aire arrogante. Aún acariciaba en
su recuerdo una descripción que el querido Keitel —el capitán general Wilhelm Keitel
— había hecho de ella después de la guerra: «Muy delgada, de aspecto elegante, bonitas
piernas: eso saltaba a la vista. No parecía que fuese tímida, sino más bien reservada y
retraída: muy bella persona.» En realidad, había posado como modelo, en desnudos,
para el gran escultor Otto Brecker, y tenía grandes esperanzas de convertirse en una
estrella de cine en Hollywood cuando el conflicto hubiera terminado. De eso hacía
mucho tiempo. Ya no importaba. Ahora, a los setenta y tres años, decidió que su figura
aún era majestuosa. Su cuerpo apenas se había encogido con el paso del tiempo, su
porte era erguido y elegante, llevaba el cabello teñido de castaño, su rostro estaba
surcado por minúsculas arrugas, pero no estaba mal para ser una mujer mayor. Su
brillantez y su memoria seguían tan afiladas como siempre. Sólo su caminar había
cedido con los años, se había vuelto más lento, más vacilante, su respiración más
entrecortada.
Ahora lo de siempre.
Evelyn Hoffmann se alejó de la cristalera del café y se dirigió hacia la angosta
tiendecita vecina, con un letrero sobre la entrada que rezaba «KONDITOREI». Esperó
su turno, y luego pidió una caja de Nurkirchen recién hechos e hizo que se la
envolviesen con un lazo para regalo.
Salió de la tienda, caminó lentamente por la calle, su bolso en una mano y la caja
de pastelillos en la otra, hasta Askanischer Platz, deteniéndose un momento en
Schöneberger Strasse para comprar el Berliner Morgenpost del día. Se había agotado y
tuvo que conformarse con un periódico más sensacionalista, el BZ o Berliner Zeitung
que no leía casi nunca, y se puso en la cola de la parada del autobús a esperar el número
29 que ya llegaba y que la llevaría al Ku'damm en veinte minutos.
En el autobús empezó a leer por encima su BZ. La fotografía y el artículo de la
portada decían que el presidente vaquero de los Estados Unidos había enviado más
misiles nucleares a Alemania occidental, con sus cabezas dirigidas hacia la Unión
Soviética. Eso le gustó, pues Evelyn odiaba aún más a los soviéticos que a los
americanos. Mientras el autobús avanzaba con estruendo, Evelyn hojeaba
distraídamente su periódico. Un titular más pequeño llamó su atención, y observó que el
primer párrafo estaba fechado en Londres:
La empresa editorial inglesa Ryan and Maxwell, Ltd. anunció ayer que llevaría
adelante el proyecto de publicar la polémica biografía de Adolf Hitler, Herr Hitler,
obra de sir Harrison Ashcroft y de su hija Emily Ashcroft, de Oxford. Se habían
planteado algunos interrogantes sobre el futuro de la obra inacabada a raíz del mortal
accidente que sufrió el doctor Ashcroft en Berlín cuando realizaba una investigación
sobre los últimos días de Hitler. Sin embargo, ayer la empresa editorial británica
anunció que Emily Ashcroft estaba decidida a completar sola la biografía que ella y su
padre habían estado preparando durante cinco años.
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donde vivían sus parientes más próximos. En el tercer piso, en un apartamento moderno
y grande, residían su querida Klara Fiebig, que trabajaba como artista, a horas, en
empresas publicitarias, y su marido, Franz Fiebig, un profesor de escuela, algo mordaz
pero brillante, que daba clases de historia moderna en el Schliesion Oberschule en el
barrio de Charlottenburg. La madre de Klara, Liesl, una mujer inválida que casi siempre
estaba sentada en una silla de ruedas, vivía con ellos. Liesl había sido doncella de
Evelyn en épocas mejores —la primera de dos doncellas con el mismo nombre—, y era
una prima lejana tres años más joven que ella. Liesl había comprado a su hija y a su
yerno aquel costoso apartamento en recompensa a sus cuidados.
Evelyn solía estar contenta cuando se aproximaba su visita semanal, con su té y su
cotilleo en familia —una familia remota, desde luego, pero la única que le había
quedado—, pero el viaje en autobús de esa mañana en cierto modo había cambiado y
enfriado su buen humor, y al llegar al apartamento se sentía pesimista y perdida en
cavilaciones.
En el salón del apartamento había una inexplicable atmósfera de alegría. Tanto
Klara, que entonces abrazaba a su tía Evelyn, como Liesl, desde la silla de ruedas,
estaban radiantes a causa de una noticia secreta y maravillosa.
—Díselo, díselo a tu tía Evelyn —gruñó Liesl desde la silla de ruedas.
Klara se llevó a su tía Evelyn a un lado y, con el rostro iluminado por una ancha
sonrisa, le dijo:
—Tiíta, estoy embarazada.
Evelyn se sintió casi desfallecer, agarró a su sobrina y la colmó de besos:
—Embarazada, embarazada —susurró—. Por fin, gracias a Dios.
Evelyn había empezado a perder la esperanza. Klara se había casado tarde, a los
treinta, y después de cinco años no había habido señal alguna de embarazo. Si pasaban
algunos años más podría ser difícil concebir, incluso imposible. Pero ahora, a los treinta
y cinco, Klara finalmente estaba embarazada ya en su sexta semana, y todo iba sobre
ruedas.
Mientras Klara preparaba el té, desbordante de optimismo, Evelyn le entregó su
simbólico regalo semanal, la cajita de pastas, deseando que con ello se diese cuenta de
que podía haber llevado algo más duradero y memorable. Luego recordó por qué ya no
regalaba a Klara y a Franz cosas caras. Fue por la mala acogida del último regalo
importante que les hizo Evelyn en el primer aniversario de su matrimonio. Les había
entregado una de sus preciadas posesiones, una valiosa reliquia de familia, el magnífico
óleo realista de un majestuoso edificio oficial. Klara lo había agradecido, pero su
marido, Franz, no había disimulado su poco entusiasmo. «Bonito, desde luego —dijo
educadamente—, pero un poco macabro. Me recuerda a todos aquellos cuadros sórdidos
del Tercer Reich. De todos modos, gracias, tía Evelyn. Muy amable de tu parte.»
Evelyn había observado después que nunca colgaron el óleo en el salón o en el
comedor, y que había sido relegado al dormitorio trasero de prima Liesl.
Así que Evelyn dejó de llevarles regalos valiosos. Después de aquello, y ya para
siempre, sus regalos fueron chocolates, pastitas o colonias.
Esa mañana eran pastitas, y Klara tarareaba alegremente mientras acercaba la
bandeja de pastas a su madre y a su tía Evelyn. Cuando Klara se sentó, Evelyn la miró
con placer, disfrutando y contagiándose de su euforia. Klara charlaba de la nueva vida
que crecía en ella, y de lo feliz que había hecho a Franz, y discutía los diferentes
nombres de niño o niña.
Evelyn escuchaba con un ojo en el reloj de mesa (no le gustaba hacer esperar a
Wolfgang Schmidt en la cita de su almuerzo semanal, pues sabía lo ocupado que estaba
siempre) y decidió que la próxima semana compraría unas botitas blancas de bebé;
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estaba segura de que un regalo así gustaría tanto a la madre como al padre.
Se despidió exactamente a las doce menos cuarto, volvió caminando hacia la
Ku'damm y luego se dirigió al restaurante Mampes Gute Stube, donde ella y Schmidt se
seguían citando para esos almuerzos semanales desde hacía tantos años.
Al acercarse al restaurante, Evelyn vio que Wolfgang Schmidt estaba ya allí. El
Mercedes negro que utilizaba el jefe de policía de Berlín, con el chófer dormitando
detrás del volante, estaba aparcado en su plaza reservada. Al ver el coche, Evelyn se dio
cuenta, una vez más, de lo afortunada que era por tener un amigo de confianza, tan
querido, y tan poderoso, en esa metrópolis que se había convertido para ella en nueva y
desconcertante.
Evelyn recordó que, en realidad, Schmidt había empezado en un humilde puesto
del cuerpo de policía, y había logrado llegar a la cima gracias exclusivamente a su
esfuerzo y capacidad. Schmidt, después de terminar su servicio en las derrotadas
Schutzstaffel, buscó un empleo apropiado para él, regresó a Berlín, su ciudad nativa, y
solicitó un trabajo en la policía. Los aspirantes tuvieron que pasar un exhaustivo examen
del nuevo gobierno democrático, pero las credenciales de Schmidt, como Camisa Negra
de las SS y a la vez antinazi secreto durante muchos años, fueron las que más
impresionaron de todas las presentadas. Entre los muchos oficiales que habían estado a
las órdenes del conde Von Stauffenberg —quien había intentado derribar a Hitler y
asesinarle en Rastenburg en julio de 1944—, Schmidt había sido el único gran
conspirador que escapó al castigo. Schmidt había esquivado todas las trampas nazis
tendidas a los conspiradores y sobrevivió para convertirse en héroe antinazi. Estas
referencias eran lo único que necesitaba la ciudad de Berlín para darle un cargo en las
fuerzas de la policía. Diez años atrás pasó a ser jefe de policía, y actualmente seguía
siéndolo. Aparte de Klara y de su prima Liesl, ésta era la persona de quien más dependía
Evelyn Hoffmann en el mundo exterior.
Evelyn entró en el Mampes Gute Stube por la terraza acristalada del café, y se
introdujo en la fría oscuridad del restaurante. Pasó junto a las banquetas tapizadas de
marrón y las mesas de superficie de cerámica hasta la solitaria mesa situada al lado de la
antigua y decorativa estufa de porcelana en el extremo izquierdo de la sala, una mesa
que la dirección mantenía aislada de las demás en atención a su cliente habitual, el jefe
de policía.
Cuando vio a Evelyn, el jefe Wolfgang Schmidt se puso en pie dificultosamente
con la gracia de un elefante. Evelyn pensó que su semblante tenía el aire prusiano de
Erich von Stroheim, sólo que Schmidt era más grande, mucho más grande, con una
reluciente calva, músculos abultados, estómago protuberante, y como siempre no iba
con uniforme, sino con un traje azul de ejecutivo.
Evelyn se sentó cómodamente enfrente suyo.
—¿Has pedido? —preguntó como siempre Evelyn.
—Ya está encargado —dijo él.
Eso significaba que la gemischter Salat, los Rühreier mit Speck Wecke y el segundo
té del día para Evelyn, y el plato de Rinderroulade o de Leberwurst, Bratkartoffeln, y la
pinta de cerveza Weihenstephan para Schmidt, llegarían en seguida.
—¿Cómo estás, Wolfgang? —preguntó.
—Mejor que nunca —respondió él—. Y tú, Effie, ¿cómo estás tú? —era la única
persona viva que se atrevía a llamarla por su apodo íntimo de antaño, y a ella le alegraba
que lo hiciese.
—Una mañana llena de incidentes —dijo Evelyn—. Tengo que contarte noticias
maravillosas. ¡Klara está embarazada!
Schmidt respondió con una ancha sonrisa y le cogió la mano.
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y bien torneadas piernas. Sin embargo, a pesar de todos estos atractivos no había
conseguido encontrar al hombre adecuado. Cuando Emily hubo acabado su licenciatura
se fugó con un profesor de literatura quince años mayor que ella, de quien se había
enamorado. Él era una persona inmadura y arrogante, y un don Juan, pero sobre todo era
un ser empalagoso. La unión duró sólo seis meses. Después Emily tuvo varias
relaciones pasajeras y algunos amantes, pero sin hondura emocional ni auténtico amor.
Poco a poco fue encontrando sus principales satisfacciones en la enseñanza y en la
creación literaria. Cinco años atrás, cuando su padre le había pedido que colaborara con
él en la investigación de Herr Hitler y que escribiera la mitad de los capítulos, Emily
aceptó emocionada. Pero de vez en cuando, y últimamente cada vez con mayor
frecuencia, echaba a faltar el amor, la compañía y el calor físico de un hombre. El
encuentro en la BBC con Jeremy Robinson le había dado algunas esperanzas, pero
ahora, desde su perspectiva actual, comprendía que le habían impulsado a sostener
aquella relación sus deseos de compañía y no sus sentimientos por el propio Jeremy. Se
había cegado a sí misma y no había querido ver que en realidad era Jeremy una
esperanza ilusoria.
Después de aquel desastre, le había dado más satisfacciones que nunca concentrar
sus energías en Adolf Hitler y en su increíble corte de bufones.
Emily echó una última mirada a su desnuda figura, se sumergió en un baño tibio de
burbujas y se preguntó si podría resolver por sí sola el enigma del fin de Hitler. Peter
Nitz era un punto de partida bastante bueno. Un periodista como él le podría
proporcionar algunas pistas. Y además contaba con el doctor Max Thiel, quien creía que
Hitler había sobrevivido a la guerra y con el profesor de Alemania oriental Otto
Blaubach, que quizá le concedería el permiso para excavar el búnker del Führer.
Cuando Emily hubo finalizado su baño y se hubo secado con la toalla del hotel
buscó unos sostenes ajustados de color carne y unas minibragas de nailon (las normales
no le gustaban), y se puso una blusa blanca sencilla, una falda plisada y fresca de color
azul, y unos mocasines. Sin medias. Acababa de maquillarse cuando oyó el timbre y
observó que Peter Nitz llegaba a la hora en punto.
Resultó ser un hombre bajo y grueso de negro y escaso cabello con grandes
entradas, unos ojitos brillantes, un escuálido bigote y un cigarrillo encendido. Tenía en
los labios una ligera sonrisa, pero Emily comprendió que pertenecía al grupo de los
serios.
Nitz se quedó en el centro de la habitación mirándola atentamente.
—Estoy encantada de que haya venido, señor Nitz —dijo ella—. ¿Quiere
almorzar? Puedo pedir que nos traigan comida.
—He almorzado ya, gracias. Pero encárguela para usted, por favor.
—Comí un bocadillo en el avión. De momento tengo suficiente. ¿Quiere beber
algo?
—Bueno...
—Hay algunas botellas sobre el televisor, y hielo.
Nitz, sin hacerse más de rogar, se acercó al televisor, descorchó la botella de
whisky, echó unos cubitos en un vaso, se sirvió dos dedos y bebió un sorbo. Se relamió,
se atusó el mojado bigote y se dirigió al sofá donde se había sentado Emily. Se sentó
cuidadosamente en el otro extremo del sofá.
—Deseaba verle sobre todo —empezó Emily— para agradecerle personalmente la
amabilidad que tuvo al enviarme aquella carta.
—Pensé que era mi obligación hacerlo. Espero no haberla molestado mucho.
—Al contrario.
—Me refiero a los detalles sobre la muerte de su padre, lo que yo vi.
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—Me alegró que fuera usted tan franco. Yo tenía mucho interés en saber lo que
sucedió en realidad. —Emily dudó un momento—. Usted daba a entender que quizás el
hecho no fue accidental.
Nitz se encogió de hombros.
—Podía haberlo sido. Y quizá no lo fue. ¿Quién puede saberlo? Pero a mí me
pareció que el atropello y la huida fueron, por decirlo así, deliberados. Sin embargo no
puedo estar seguro. ¿Habló usted con la policía de Berlín?
—Hablé con un tal Schmidt, el jefe de policía. No me prometió nada, sólo que
intentarían localizar el camión. Pero ni siquiera sabía su marca. No creo que la policía
consiga nada.
—No conseguirá nada, desde luego —repitió Nitz.
Emily estaba desconcertada.
—Pero si el accidente fue deliberado, ¿quién nudo haberlo deseado, y por qué? Mi
padre conocía a pocas personas en Berlín. Por lo que yo sé no tenía enemigos.
Nitz hizo sonar los cubitos de hielo en su vaso y bebió un trago.
—Ningún enemigo... a no ser que Adolf Hitler sobreviviera en lugar de haber
muerto.
—¿Hay alguien que crea realmente esta historia?
Nitz apuró el resto de la bebida y dejó el vaso sobre la mesita.
—Las especulaciones no han cesado nunca desde aquella tarde del 30 de abril de
1945, en la que según se dice Hitler se suicidó de un tiro en la sien y en la que al parecer
su reciente esposa, Eva Braun, se mató con cianuro de potasio. Josef Stalin siempre
creyó que Hitler se había escapado en un submarino, posiblemente rumbo a Japón. El
general Eisenhower dijo a los periodistas que había motivos para suponer que Hitler
había conseguido huir indemne. La inteligencia británica aseguró a menudo que el
cuerpo incinerado en el jardín de la Cancillería era el de un doble de Hitler. La
identificación por parte de los rusos de unos huesos, un cráneo y una mandíbula
chamuscados, que se encontraron al lado del búnker del Führer, siempre fue
contradictoria e incierta. Pero usted, señorita Ashcroft, ya está enterada de todo esto.
—Yo sólo sé una cosa —dijo Emily—, en Nuremberg no pudieron procesar a
Hitler, por lo cual un tribunal de desnazificación lo juzgó in absentia en Munich en el
otoño de 1947 para liquidar sus bienes. Cuarenta y dos testigos atestiguaron la muerte
de Hitler. El ministro bávaro de justicia anunció su conclusión en octubre de 1956. El
tribunal declaró: «No puede existir ya la más mínima duda de que Hitler se quitó la vida
el 30 de abril de 1945 en el búnker del Führer de la Cancillería del Reich en Berlín,
disparándose un tiro en la sien derecha.»
—Así es —asintió Nitz.
—En vista de eso, señor Nitz —dijo Emily mirando fijamente al periodista alemán
—, ¿cree usted posible que Hitler sobreviviera? ¿Cree que pudo escapar?
—No, yo no creo que escapara —contestó Nitz sin vacilaciones. Luego se detuvo
un momento— . Pero su padre sin duda consideraba esa posibilidad. Yo se lo oí decir
personalmente en una conferencia de prensa antes de su muerte. Permítame recordarle
que su padre hablaba de ciertos datos según los cuales la mandíbula y los dientes que
habían encontrado los rusos no pertenecieron a Hitler. Él pensaba que esto podría
demostrarse, o descartarse, después de haber excavado en la zona del búnker del Führer.
¿Sabe usted lo que estaba buscando su padre?
—No, siento decirlo pero es así. Estábamos a punto de abordar la conclusión de
nuestra biografía cuando mi padre recibió de Berlín una carta de alguien que había
estado próximo a Hitler. Esta persona afirmaba que la versión aceptada de la muerte de
Hitler era falsa. Mi padre se enteró de que este informador no era un chiflado, y
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—Quizá le asustó la sospechosa muerte de su padre y ahora prefiere callar. Tal vez
esté preocupado por los fanáticos neonazis. Oh, sí, aún existen algunos. —Nitz decidió
explicarle el tema con detalle al notar la súbita curiosidad en el rostro de Emily—.
Señorita Ashcroft, ¿le suenan a usted la Unternehmen Werwolf creada en los últimos
días de la guerra?
Emily asintió:
—La iniciativa Werwolf, grupos guerrilleros de soldados alemanes organizados por
Himmler, y entrenados por las Waffen SS después del día D. Iban vestidos de civil y su
misión era infiltrarse en las filas de los aliados y asesinar a todos los alemanes
importantes que colaborasen con el enemigo. ¿Cree usted que aún queda alguno?
—No es imposible. Eran grupos secretos de fanáticos decididos a proteger la
imagen de Hitler y su vida, claro. Quizá su informador esté preocupado por estos
neonazis, y teme que alguno de ellos pueda buscarle y matarle a él también. Sospecho
que su informador simplemente tiene miedo de verla.
—Bueno, intentaré convencerle de algún otro modo —dijo Emily con decisión—.
Voy a emplear todas las tretas de que dispongo para obligarle a que me reciba.
Nitz apagó su cigarrillo y se levantó.
—Le deseo buena suerte. Acuérdese de mí si consigue alguna noticia que yo
pudiese explotar.
—No lo olvidaré. Le debo muchas cosas... No solamente por su amabilidad, sino
también por su sugerencia de visitar a Vogel.
—Bueno, no deje que Vogel la desanime con su narración de primera mano.
Escúchele simplemente. Cuando haya oído su versión, persiga a su esquivo informador
con más insistencia. Utilice el material testimonial que consiga de Vogel coma cebo
para el otro. Esa táctica suele funcionar. Si tiene suerte, siga adelante con la
investigación del búnker. —Ya en la puerta, con el tirador en la mano, Nitz se detuvo, y
la miró de arriba abajo—. Por favor, acepte el consejo que voy a darle. Si se dispone a
seguir adelante, si decide excavar, no lo anuncie públicamente como hizo su padre. No
se arriesgue. Los atropellos accidentales en que el conductor huye no son demasiado
extraños en Berlín. Busque la verdad. Pero conserve también la vida.
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—¿En qué?
—Lleva un negocio de pedidos postales. De libros raros. Alemanes, claro. Ah, otra
cosa más. Deberá subir la voz cuando hable con él. Tiene un defecto auditivo, en los dos
oídos, debido a una herida sufrida en el búnker del Führer cuando se desencadenó el
incesante bombardeo ruso en la zona de la Cancillería. De todos modos, seguro que
estará dispuesto a verla. Puede hablarle de mí.
—No sé cómo agradecérselo, señor Nitz.
—No tiene importancia. Llame a Vogel y le dará la versión aceptada.
Emily colgó el auricular y luego marcó el número de Ernst Vogel. Después de
varios toques, contestó un hombre en voz bastante alta. Emily, recordando su defecto,
subió también la voz.
—¿Ernst Vogel, por favor?
—Sí, al aparato.
Emily se presentó y dijo que Peter Nitz, un periodista del Berliner Morgenpost, le
había entrevistado en una ocasión en relación con la muerte de Adolf Hitler y que ahora
había pensado en él como un testigo de confianza al que poder acudir. Emily añadió
precipitadamente que había ido a Berlín a concluir una investigación para una biografía
definitiva de Hitler. Luego, recitó a Vogel sus credenciales académicas.
—¿Un libro? —gritó Vogel—. ¿Está usted escribiendo un libro sobre la muerte de
Hitler?
—En realidad sobre toda su vida, pero también incluirá su muerte. Quiero que sea
muy fiel. Espero que usted pueda ayudarme. Hubo un momento de silencio.
—Sí, puedo ayudarla. Ha dado con la persona más adecuada. —Otro silencio—.
Supongo que lo debo a la posteridad. Muy bien, la recibiré. ¿Tiene usted mi dirección?
Emily se la leyó.
—Exacto —dijo él—. Venga a las cuatro en punto.
Después de aquella llamada, y como aún disponía de tiempo, Emily había pensado
en telefonear también al doctor Max Thiel, el dentista cuyas dudas sobre la muerte de
Hitler habían llevado a Berlín, primero a su padre, y después a la propia Emily. Estaba
impaciente por llamarle, pero no se decidió, recordando el consejo de Nitz de que
utilizara lo que le contara Vogel como cebo para conseguir una cita con el doctor Thiel.
En lugar de telefonear, Emily fue a buscar su maleta, llena con los ficheros de su
investigación, los sacó y los ordenó. Al final repasó las listas de alemanes que habían
conocido a Hitler o que habían estado en el búnker del Führer durante los últimos días
de Hitler, personas a las que su padre había entrevistado ya en sus visitas a Berlín. Ernst
Vogel no estaba entre ellas. «¡Qué curioso!», pensó Emily. De todos modos pronto
corregiría aquel descuido.
Tomó un taxi que en ocho minutos la dejó frente a un edificio de apartamentos de
cinco pisos en Dahlmannstrasse, una manzana y media al norte de Ku'damm. Un buzón
del pequeño vestíbulo le indicó que podía encontrar a Ernst Vogel un piso por encima
del nivel de la calle. Emily subió el tramo de escalones, entre arañadas barandillas de
caoba y paredes de un verde pálido que necesitaban una mano de pintura, hasta el
apartamento de Vogel.
Se sorprendió al ver que la recibía un hombre de baja estatura, con escasos cabellos
grises, un audífono en un oído y un rostro demacrado tipo Goebbels. Se había
imaginado que todos los guardias de la SS en el búnker del Führer eran auténticos
gigantes.
Ahora, sentada junto a Ernst Vogel, ella en un sillón pasado de moda, él en un
balancín, Emily intentaba descubrir por qué su padre no había entrevistado a aquel viejo
guardia de la SS.
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—¿Otro libro sobre Hitler? —le preguntó Vogel cuando se hubieron sentado—. Se
han escrito tantos. El tema se ha convertido ya en una industria.
—Es cierto —dijo Emily tranquilamente—, pero la mayoría de ellos se escribieron
en los años cuarenta y a principios de los cincuenta cuando no era posible entrevistar a
algunos de los miembros del círculo íntimo de Hitler. Usted seguramente recuerda que
los llevaron a la Unión Soviética para interrogarlos y confinarlos. Los soviéticos no
permitieron que los visitara nadie de fuera. Sólo estuvieron disponibles cuando los
fueron liberando poco a poco y les permitieron regresar a Alemania. Mi padre pensó
que había llegado el momento de escribir una biografía de Hitler más completa y
actualizada.
—Eso creo yo —dijo Vogel.
Emily se puso la cartera sobre las rodillas y sacó una de sus listas prendidas con un
clip.
—Estas son las personas a las que entrevistó mi padre —alargó la lista a Vogel—.
No encontré su nombre en ella.
Vogel recorrió con la mirada la lista de nombres, y devolviendo las hojas preguntó:
—¿Cuándo entrevistó su padre a estas personas?
—Comenzó hace diez años. Él y yo empezamos a escribir la biografía hace cinco
años. Pero mi padre murió recientemente, así que yo estoy terminando sola la obra.
Vogel se inclinó hacia adelante para oírla mejor.
—Hace diez años, hace cinco años, yo no concedía entrevistas. Su padre
probablemente me escribió y yo no contesté. Por entonces tenía la intención de escribir
yo mis propias experiencias. O sea que no le iba a contar mi historia a nadie. Al final me
di cuenta de que, a pesar de todas mis notas, no soy un escritor. Soy un lector y un
librero. Pero yo quería que la historia se contase, por lo que empecé a recibir a
periodistas. Este joven del Morgenpost... —trató de recordar el nombre.
—Peter Nitz.
—Sí, Nitz, él fue uno de los primeros con quien hablé hace algunos años. ¿O sea
que está escribiendo un libro sobre Hitler? Nunca me han entrevistado para un libro.
Supongo que también se publicará en alemán y recibiré algún ejemplar.
Indicó con la mano el comedor situado a sus espaldas. Las paredes estaban
revestidas con estanterías llenas de libros y por el suelo había esparcidas cajas de
embalaje por abrir.
—Algunos son libros populares, de publicación reciente, pero mi negocio principal
es el envío postal de libros viejos, libros raros. Heredé el negocio de mis padres. Ellos
murieron en un bombardeo aéreo norteamericano en Berlín mientras yo estaba en el
ejército. Los libros son mi vida, pero también tengo una afición, la caza. Soy un buen
tirador. Siempre he disparado con puntería, desde que llevaba pantalones cortos. Por eso
me fue bien en las SS. «Y por eso llegó a guardia de la SS en el búnker del Führer —
pensó Emily—. Los nazis no sólo querían gigantes, sino también tiradores expertos.»
—¿Podemos hablar de Hitler? —preguntó Emily.
—De Hitler tengo que decir lo siguiente. Fue, a su manera, un gran hombre, no hay
duda. Yo sólo tenía dos cosas contra él. No estaba de acuerdo con su antisemitismo.
Algunos de los mejores clientes de mis padres eran judíos. Siempre fueron personas
amables y honradas. Lo que también tenía contra Hitler era su pretensión de conquistar
Rusia. Hitler junto con todas sus fuerzas de tierra y aire no podían conquistar Rusia. Ése
fue el comienzo de la caída de Hitler. Pero antes de eso, era un gran hombre. ¿O sea que
usted quiere saber más cosas sobre su muerte?
—Sobre el último día o los últimos días de su vida. Tengo bastante material sobre
lo que sucedió en el búnker. Pero las informaciones sobre su muerte son muy
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contradictorias.
—Cada uno ve lo que quiere ver —dijo Vogel—. Yo sólo puedo decirle
concretamente lo que vi y oí.
—Eso es exactamente lo que quiero.
Vogel se meció con suavidad en el balancín mientras se ajustaba el audífono.
—Perdone, ¿qué ha dicho?
—He dicho que todo lo que usted esté dispuesto a decirme es lo que yo quiero
saber —dijo Emily más lentamente y con mayor claridad.
Volvió a guardar la lista en su cartera y sacó un cuaderno amarillo y una pluma.
Vogel estaba jugando de nuevo con su audífono.
—Este defecto me viene del último día, cuando más intenso era el bombardeo
soviético sobre nuestra Cancillería. Hubo una explosión y la conmoción que produjo me
tiró al suelo, creo que cerca había un camión Katyusha lanzando cohetes. Después,
durante varios días, sentí un silbido constante en los oídos, hasta que pude visitar a un
médico. —Satisfecho con el ajuste de su audífono, miró a Emily de frente—. Hitler
sabía que era el final cinco días antes de que llegara. Sabíamos que los rusos habían
rodeado Berlín y estaban empezando a penetrar en sus perímetros. Fue entonces cuando
dijo a Linge, Heinz Linge, el coronel de las SS, ayuda de cámara y jefe de su cuerpo de
guardia, que no estaba dispuesto a que le capturaran vivo. «Me pegaré un tiro. Cuando
lo haya hecho, lleva mi cuerpo al jardín de la Cancillería. Después de mi muerte, nadie
debe verme ni reconocerme. Cuando me hayan incinerado, ve a mis habitaciones
privadas del búnker, recoge todos mis papeles y quémalos también.» Hitler reafirmó su
decisión a Otto Günsche, su ayudante de las SS y chófer. «Quiero que queméis mi
cuerpo —dijo—. Después de mi muerte no quiero que me exhiban en un zoo ruso.»
Emily iba tomando notas. Vogel esperó. Ella levantó la mirada y preguntó:
—¿Así que éstas fueron sus palabras?
—Eso oí. Usted conoce casi todos los hechos del búnker, me ha dicho. Lo que
quiere son detalles del último día.
—Bueno, de los últimos dos días.
—De acuerdo, pues. Empecemos con la tarde del 28 de abril de 1945. Hitler
anunció que se iba a casar con Eva Braun, para legitimizar * su larga historia de amor y
corresponder a su lealtad, pues ella había prometido que iba a morir en el búnker con él.
Entonces Josef Goebbels encontró un juez de paz, el mismo que los había casado a él y
a Magda. Sacaron a este juez de un destacamento de Volkssturm que luchaba en la
Friedrichstrasse. Se preparó el certificado de matrimonio y lo firmaron dos testigos,
Goebbels y Martin Bormann. La ceremonia de la boda tuvo lugar después de
medianoche, hacia las doce y media del 29 de abril. Hubo ocho invitados. Todos ellos lo
celebraron luego con un pequeño banquete. Eva se emborrachó un poquito con
champaña. Hitler también bebió, y trataba de compartir el ambiente de animación. Pero
en un momento dado le oyeron murmurar: «Todo se ha acabado. La muerte será una
liberación para mí. Todos me han traicionado y engañado.» Se refería a Göring y a
Himmler, quienes, sin autoridad, habían intentado pactar la paz y salvar sus pescuezos,
y a alguno de sus generales, que le había mentido.
Vogel miraba a Emily tomar notas.
Luego continuó. Por la fluidez de su narración, Emily se dio cuenta de que había
*El verbo usado en la traducción no existe en castellano. La forma correcta es “legitimar”. (De
legítimo).
1. tr. Convertir algo en legítimo.
2. tr. Probar o justificar la verdad de algo o la calidad de alguien o algo conforme a las leyes.
3. tr. Hacer legítimo al hijo que no lo era.
4. tr. desus. Habilitar a alguien, de suyo inhábil, para un oficio o empleo. [Nota del escaneador]
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estrechando brevemente la mano de cada uno. Casi al romper el alba, Hitler se fue a
dormir con Eva.
—¿Cuándo dijo que despertó?
—A las cinco y media de la madrugada del 30 de abril. Era su último día. Le
comunicaron entonces que los rusos se acercaban a Tiergarten, que habían llegado a
Potsdamer Platz, y que una avanzadilla soviética se encontraba a no más de una
manzana de la Cancillería y del propio búnker.
—¿Y no estaba asustado?
—No, estaba muy tranquilo —dijo Vogel—. Quizás estaba catatónico. Sabía que
había llegado el fin. Ordenó a Günsche que reuniera doscientos litros de gasolina o de
petróleo...
—Da lo mismo —dijo Emily mientras seguía escribiendo.
Günsche telefoneó a Kempka, el chófer que se ocupaba de transportar suministros,
y le pidió los doscientos litros. Kempka no podía imaginarse para qué se necesitaba tal
cantidad. Dijo que no tenía a mano tantos litros y que sería arriesgado buscar más.
Günsche le dijo que reuniera los que pudiera y que llevara los bidones llenos a la puerta
del búnker del Führer que daba al jardín. Kempka consiguió finalmente ciento ochenta
litros, había unos veinte litros en cada bidón, y pidió a tres robustos guardias de las SS
que le ayudaran a llevarlos rodando hasta el jardín. Mientras sucedía esto,
aproximadamente a las dos y media de la tarde, Hitler decidió tomar tranquilamente su
último almuerzo. Dijo a sus dos secretarias favoritas, Frau Traudl Junge y Frau Gerda
Christian, y a su tímida cocinera vegetariana, Fräulein Konstanze Manzialy, que le
acompañaran. Eva Braun no estuvo con ellos. Tomaron espaguetis con salsa y una
ensalada mixta. Mientras tanto, la artillería rusa lanzaba contra la zona una cortina de
proyectiles tras otra. Un proyectil estalló cerca de la entrada del búnker, en donde yo
estaba montando guardia, y su impacto me tiró al suelo. Estaba terriblemente asustado.
Me arrastré escaleras abajo hasta el corredor para protegerme. Entonces fue cuando vi,
con mis propios ojos, la segunda y última despedida de Hitler al fondo del pasillo.
Acababa de salir de sus habitaciones privadas y Eva le seguía. Llevaba su habitual gorra
de visera, una chaqueta de campo gris con la cruz de hierro prendida y pantalones y
zapatos negros. Frau Hitler vestía un vestido de punto azul oscuro y sus zapatillas
italianas de importación. Esta vez había doce hombres y cinco mujeres en el pasillo,
según pude contar, todos alineados frente a las pinturas italianas que colgaban
enmarcadas en la pared del pasillo. Hitler estrechaba flojamente las manos de todos.
Eva estaba abrazando a las mujeres y dejaba que los hombres le besaran la mano.
Luego, Hitler y Eva volvieron a sus habitaciones y los demás se dispersaron. En ese
momento, Magda Goebbels irrumpió de sus alojamientos e intentó hablar con Hitler.
Günsche le impidió el paso. Magda gritó algo como: «Tengo que verle. No puede
suicidarse. Todavía hay tiempo para salir hacia Berchtesgaden.» Magda se mostró tan
insistente que Günsche repitió su mensaje al Führer. Hitler murmuró: «Demasiado
tarde, demasiado tarde para todo.» Linge se había acercado a Günsche, y Hitler le dijo:
«Linge, viejo amigo, quiero que te unas al grupo de fuga y que escapes.» Linge
preguntó: «¿Por qué, mi Führer?» Hitler respondió: «Para servir al hombre que me
suceda.» Luego siguió diciendo a Linge: «Cierra la puerta. Espera en la antesala. A los
diez minutos abre la puerta y entra.» Fue entonces cuando él y Eva se mataron.
—¿Pero nadie lo vio? —interrumpió Emily.
—¿Cómo podían haberlo visto si sus últimas instrucciones fueron que los dejaran
solos? —respondió Vogel malhumorado.
—¿Y cómo supieron entonces que él y Eva se mataron?
—Porque al cabo de diez minutos abrieron la puerta y los encontraron muertos a
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a Günsche, quien lo llevó escaleras arriba con la ayuda de dos hombres más de las SS.
Entre estallidos de proyectiles rusos pude oír, o sentir, por breves momentos, que algo
estaba pasando dentro del Führerbunker. Así que abandoné mi puesto y me di una
vuelta para ver qué sucedía.
—¿Los vio enterrar a los dos?
—Lo vi todo —dijo Vogel—. Los tres hombres de las SS habían salido del búnker
transportando el cuerpo de Hitler.
—¿Pudo verle la cara?
—Estaba aún cubierta. Pero pude ver claramente sus familiares pantalones negros y
sus gruesos zapatos asomando bajo la manta. A unos diez metros de la salida había una
fosa poco profunda y metieron en ella el cuerpo de Hitler. Luego llevaron a Eva Braun.
Pude ver su cara. Parecía tener una gran paz. Pude ver también sus pies, con los zapatos
de Ferragamo, sobresaliendo de la manta. Bajaron su cadáver a la fosa junto a Hitler.
Inmediatamente después, en aquella tarde ventosa, salieron del búnker nueve de ellos y
se quedaron mirando. Reconocí a Linge, Goebbels y Bormann, y también al doctor
Stumpfegger. —Vogel se estremeció con el recuerdo de aquellos momentos—. Dos
hombres de las SS avanzaron empujando los bidones, y empezaron a verter gasolina
encima de los cuerpos; creo que había unos doscientos litros. Linge intentó encender
algo y prender fuego a los cuerpos, pero la explosión de una serie de proyectiles los
mandó a todos al interior de la puerta de emergencia del búnker. Al final, Linge se las
arregló para encender una antorcha improvisada, un trozo de papel o trapo retorcido en
forma de cono, dio unos pasos y consiguió arrojarlo sobre los empapados cuerpos. Al
momento se levantó una humeante llamarada azul. Los nueve testigos que se habían
retirado hicieron con el brazo en alto el viejo saludo nazi. Las llamas crecieron más. Los
testigos volvieron al búnker y yo me arrastré hacia mi puesto.
—¿La incineración había terminado?
—No del todo. No fue tan fácil quemar dos cuerpos en una fosa poco profunda. Se
habían dado órdenes de seguir arrojando gasolina sobre los cuerpos. Así que durante
tres o cuatro horas los guardias de las SS siguieron yendo a la trinchera para verter más
bidones de gasolina sobre los cadáveres. Luego, antes del anochecer, cuando aún había
luz, decidí echar un vistazo.
—Y vio usted los restos de Hitler y Braun.
Vogel asintió.
—No había nadie por allí, así que me acerqué a la fosa sin ser visto. Las llamas
eran ya mortecinas. Conseguí distinguir los contornos del rostro de Hitler. Hacía un
calor terrible. Los dos cuerpos estaban humeantes, su carne había hervido hasta
desaparecer. La parte inferior de Hitler estaba completamente quemada, sólo pude ver el
hueso de su espinilla. Y en cuanto al cuerpo de Eva Braun, era imposible reconocerlo,
no era más que un cuerpo de mujer carbonizado. Me di la vuelta y vomité. Después de
aquello supe que habían enterrado los dos cuerpos.
—¿Le dijo alguien dónde los enterraron? —preguntó Emily.
—Me dijeron que el Brigadeführer de las SS, Johann Rattenhuber, jefe de
seguridad del búnker, ordenó a otros tres guardias de las SS que sacaran los cadáveres
de aquella somera fosa y que los enterrasen por allí cerca. Los guardias de las SS
cogieron un trozo de lona de una tienda, pusieron como pudieron lo que quedaba de los
cuerpos, los huesos y las cenizas sobre la lona, y la llevaron arrastrando hasta un cráter
de proyectil más profundo, no muy lejos de allí. Cubrieron el cráter con tierra suelta y
cascotes, y machacaron la tierra con un pisón de madera o una pala. Oí que Axmann se
acercaba y pedía a los guardias que recogieran algunas de las cenizas de Hitler y las
metieran en una caja que él se llevó Dios sabe dónde. Después de aquello, los que
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*Otro error: Cuando el verbo haber se emplea para denotar la mera presencia o existencia de
personas o cosas, funciona como impersonal y, por lo tanto, se usa solamente en tercera persona del
singular (que en el presente de indicativo adopta la forma especial hay: Hay muchos niños en el parque).
En estos casos, el elemento nominal que acompaña al verbo no es el sujeto (los verbos impersonales
carecen de sujeto), sino el complemento directo. En consecuencia, es erróneo poner el verbo en plural
cuando el elemento nominal se refiere a varias personas o cosas, ya que la concordancia del verbo la
determina el sujeto, nunca el complemento directo. Así, oraciones como ®Habían muchas personas en la
sala, ^Han habido algunas quejas o ^Hubieron problemas para entrar al concierto son incorrectas; debe
decirse Había muchas personas en la sala, Ha habido algunas quejas, Hubo problemas para entrar al
concierto. [Nota del escaneador]
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Se levantó, dio las gracias a Vogel y prometió enviarle uno de los primeros
ejemplares del libro.
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profunda del dentista había resultado firme y segura. Después de conocerlo, su padre le
había comentado que el dentista se mostró de lo más cordial con él.
Sin embargo la voz que oía ahora, una voz masculina, era algo menos que cordial,
era incluso bronca.
—¿Quién es?
—¿Doctor Thiel? Me llamo Emily Ashcroft. —Le explicó brevemente quién era y
le recordó a su padre y su libro—. Usted invitó al doctor Ashcroft a venir a verle. Él
vino, y vio que era usted amable y que estaba dispuesto a ayudarle. Yo he venido a
Berlín para llevar adelante la investigación de mi padre, doctor Thiel...
—Por favor, no vuelva a mencionar mi nombre por teléfono —dijo bruscamente.
—Lo siento. No lo haré si usted no quiere.
—No, no quiero. Es una imprudencia.
Emily pudo percibir un cierto temor en la voz del doctor y creyó que iba a colgar.
Así que habló rápidamente:
—He venido a Berlín para hablar con usted.
—Imposible.
—Pero usted vio a mi padre. Usted estaba dispuesto a ayudar a mi padre.
—Mire lo que le pasó a él —respondió el doctor Thiel más malhumorado que
antes.
—Eso fue un accidente.
La voz del doctor Thiel se suavizó ligeramente:
—Quizá. Quizá fuera un accidente. No estoy seguro —Titubeó un momento—. Lo
siento por usted. —Luego añadió con tozudez—: De todos modos, yo no quiero
arriesgarme. Por favor, no vuelva a molestarme. Usted puede escribir lo que quiera.
—Yo quiero escribir la verdad —dijo Emily exaltada. Entonces recordó lo que le
había sugerido Nitz: utilizar el relato de Vogel como cebo—. Supongo que sólo puedo
utilizar lo que Ernst Vogel me dijo...
—¿Quién?
—Ernst Vogel. Fue un sargento de las SS y guardia de honor en el búnker del
Führer. Presenció los últimos días de Hitler. Hoy le vi. Me confirmó lo que Linge,
Günsche y Kempka habían dicho bajo juramento. Vogel insiste en que Hitler se mató de
un tiro y él vio cómo le llevaban al jardín del búnker y le incineraban. Confirma la
historia aceptada. Da a entender que cualquier otra versión sobre el final de Hitler sólo
puede proceder de maniáticos y chiflados.
El doctor Thiel mordió el anzuelo.
—Vogel es un auténtico imbécil —replicó secamente y con enojo—. Cree lo que le
obligaron a creer lavándole el cerebro. Yo le conozco. Es un guardia idiota que ni
conoció a Hitler.
—¿Pero usted conoció a Hitler? —preguntó Emily inocentemente.
—Claro que le conocí. Demasiado bien.
—Y usted sabe algo más que comunicó a mi padre. Es una pena que no quiera
contarme lo que le dijo a él. Ahora me veo obligada a perpetuar la mentira, a no decir la
verdad, a dejar que la historia continúe tergiversada.
Se hizo un corto silencio.
—¿Importa eso realmente después de cuarenta años? Dejemos las cosas como
están.
—Pero usted insinuó que quizá las cosas no eran como estaban —dijo Emily
apasionadamente—. Sí, yo creo que importa, y mucho, que al final llegue a conocerse
todo sobre Hitler. Para que nunca vuelva a aparecer entre nosotros un hombre como él.
Si Hitler aún sigue vivo, debe ser desenmascarado y castigado. No debe permitírsele
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seguir en libertad. La verdad importa mucho, señor. Eso pensaba mi padre. Yo soy su
hija y pienso lo mismo. ¿Cree usted que debe permitirse a los Vogel del mundo
perpetuar sus falsos mitos, si realmente lo son? Si hay algo más que añadir a la historia,
desearía que usted me ayudara. Por respeto a mi padre. Él era una buena persona que...
—Sí, era una buena persona —asintió el doctor Thiel—. Me resultó muy agradable.
Pero era un hombre imprudente, y quizá pagó por ello. —Dudó un momento—. Bueno,
tal vez también yo sea ahora un imprudente si acepto recibirla. Quizá podamos vernos,
pero sólo un ratito. Siempre que el encuentro sea discreto y esta vez sin publicidad.
—No habrá ninguna publicidad. Seré una tumba, se lo prometo.
—Muy bien. Ya tiene mi dirección. Dispongo de una hora antes de la cena. ¿Puede
usted venir inmediatamente?
—Inmediatamente, desde luego.
Emily se sentó y se inclinó hacia adelante, en la única silla del pequeño laboratorio
dental, situado en una ala de la espaciosa casa de ladrillo de dos pisos del doctor Thiel.
La casa estaba cerca de un ancho bulevar llamado Heerstrasse, al oeste del río Havel y a
unos veinticinco minutos en taxi del hotel Kempinski. El doctor Max Thiel se sentó
enfrente, en un alto taburete blanco, con un codo apoyado sobre el mostrador de formica
que tenía detrás.
El doctor se mostró amable y cortés desde el momento de su llegada. Era un
hombre alto, encorvado, como un gran pájaro, con su fino cabello gris peinado hacia los
lados, vivaces ojos azules tras sus gafas con montura de oro, y un rostro largo y
caballuno. Llevaba un traje de verano azul, camisa blanca, corbata lisa apretada sobre
un cuello almidonado. Emily calculó que rondaría los ochenta años.
Después de conducirla hasta su laboratorio, desapareció y regresó portando una
bandeja con dos tazas de té y un plato de pastitas de parte de su esposa, la cual no se
dejó ver.
Se subió a su taburete, sorbió ruidosamente su té, y luego dejó la taza a un lado,
sobre el mostrador, antes de empezar a hablar.
—Así que aquí estamos, señorita Ashcroft. ¿Le contó su padre algo sobre nuestro
encuentro de hace unas semanas?
—Nada en realidad, sólo que lo que usted le dijo despertó su interés y le estimuló a
organizar una excavación. Dijo que era demasiado para hablarlo por teléfono y que me
lo contaría cuando regresara a Oxford. O sea que no sé nada de lo que sucedió entre
ustedes. Únicamente que era muy importante.
—Pues ahora lo sabrá —dijo el doctor Thiel.
Emily se inclinó hacia él con expectación.
—Usted sabe, claro, que los soviéticos fueron los únicos que investigaron la
hipotética muerte y entierro de Adolf Hitler.
—Sí, tenemos los datos relativos a su autopsia archivados en Oxford. No los he
revisado últimamente. Debía examinarlos cuando llegara al capítulo final de la biografía
de Hitler.
—Para aprovechar el tiempo de que disponemos, permítame que le resuma los
descubrimientos de los diversos investigadores soviéticos. Para empezar, usted ha
notado sin duda que hay una omisión importante en todas las pruebas. Nadie vio
realmente suicidarse a Hitler. Nadie vio suicidarse a Eva Braun. Nadie ha afirmado
nunca haber presenciado sus muertes. Sólo conocemos la historia que los interrogadores
soviéticos, así como los británicos, franceses y norteamericanos, oyeron de los alemanes
que se hallaban dentro y alrededor del búnker del Führer en abril de 1945. Oímos una
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Irving Wallace El séptimo secreto
declaración según la cual Hitler planeó matarse cuando vio su causa perdida y que el
Tercer Reich se desmoronaba. Después de eso oímos que él y su esposa se habían
suicidado en privado, se los había visto yacer muertos, y se los había sacado al exterior
para incinerarlos. Pero más allá de las palabras de sus colaboradores y de los guardias
de seguridad, nunca existió una prueba científica que demostrase que la pareja que se
suicidó era realmente Adolf y Eva. Para demostrar un crimen, ya sea infligido a uno
mismo o de otro tipo, suele ser norma en todos los tribunales invocar un cuerpo del
delito: la sustancia material o el cuerpo de la víctima de la violencia. En este caso no
había cuerpos, ni cadáveres, que examinar. Los cuerpos fueron incinerados
apresuradamente, reducidos a menudas cenizas y a huesos chamuscados. Sin los
cuerpos, ¿cómo podía cualquier investigador estar científicamente seguro de que Hitler
y su esposa habían acabado con sus vidas?
—Pero había algunas pruebas materiales —le interrumpió Emily.
—Algunas —reconoció el doctor Thiel—. Los investigadores soviéticos estaban
convencidos de que Hitler y Eva habían muerto. Pero yo no lo estaba de que hubieran
muerto realmente.
El corazón de Emily se sobresaltó al oír las últimas palabras. No era de extrañar
que su padre se hubiera entusiasmado. También ella se estaba empezando a entusiasmar.
Sin embargo, trató de contener sus sentimientos, e hizo un último y débil intento
para jugar el papel de abogado del diablo.
—Doctor Thiel, ¿está usted diciendo que Hitler pudo haber sobrevivido y huido? Si
eso es cierto, ¿cómo pudo escapar? Según los documentos que he consultado, ese último
día, cuando los soviéticos estaban cercando su búnker, Hitler no pudo haber huido ni a
pie ni en coche. Quizás en avión. Pero tal como nos dijo Hanna Reitsch, la piloto que le
visitó a las once, ella misma voló en el último aparato disponible, un Arado-96, para
salir de Berlín. Ni siquiera el Oberführer Hans Bauer, piloto del propio Hitler, pudo
encontrar un avión cuando estaba a punto de escapar. Tuvo que evadirse a pie y fue
capturado y retenido en Rusia hasta 1955. Además, no había campos alemanes de
aviación libres desde donde poder despegar. El coronel de las SS, Otto Skorzeny, el
comando, declaró que no había un solo aeropuerto libre para utilización de los nazis. —
Emily levantó las manos al aire—. Si Hitler hubiera sobrevivido, ¿cómo pudo escapar?
La respuesta del doctor Thiel fue sencilla.
—Yo no lo sé, Fräulein Ashcroft. Eso le corresponde a usted descubrirlo. Todo lo
que sé, y de lo que estoy seguro, es que Hitler sobrevivió a su supuesto suicidio. No fue
incinerado aquel día fatídico. Los soviéticos se equivocaron al anunciarlo. Y creo que
yo puedo demostrarlo.
Una vez más, Emily sintió una oleada de esperanza y una gran curiosidad. En
silencio, esperó la prueba del doctor Thiel.
—Permítame que le cuente lo que encontraron los soviéticos, y luego le diré lo que
hallé yo mismo —siguió diciendo el doctor Thiel—. El día anterior a la supuesta muerte
de Hitler, el comando soviético situado ya dentro de Berlín organizó un pequeño equipo
de oficiales de la NKVD del Tercer Ejército de Asalto Ruso, ayudado por una intérprete
llamada Yelena Rzhevskaya, para encontrar el paradero de Hitler y localizarlo, vivo o
muerto. El teniente coronel Ivan Klimenko, un interrogador soviético, condujo
oficialmente su propio equipo al búnker del Führer. Los rusos conocían la existencia de
este profundo búnker, y que Hitler había pasado ya ciento cinco días en su interior. Poco
después de que Klimenko iniciara su búsqueda, se mandaron al búnker otros rusos más,
incluyendo a doce mujeres médicos del Cuerpo Médico del Ejército Rojo y a unos
veinte oficiales soviéticos. No iban buscando a Hitler, sólo querían recuerdos. Estos
cazadores de botín lo confiscaron todo, desde las lámparas a la vajilla de plata con
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Irving Wallace El séptimo secreto
iniciales, hasta los sujetadores franceses de satén negro de Eva Braun. El 2 de mayo de
1945, dos días después de la anunciada desaparición de Hitler, Klimenko llegó al
búnker del Führer y lo investigó. Por la tarde había examinado un cuerpo de hombre
que otro equipo había encontrado metido en un depósito de roble.
Ordenó que lo extendieran sobre el suelo de una sala de la vieja Cancillería vecina,
y lo identificó provisionalmente como el cadáver de Hitler. Sin embargo, dos días
después, Klimenko volvió al búnker del Führer. En un cráter de bomba del jardín de la
Cancillería, un tal soldado Ivan Churakov había descubierto los restos de un hombre y
una mujer. «Desde luego —dijo Klimenko—, al principio yo ni siquiera pensé que
aquéllos podían ser los cuerpos de Hitler y de Eva Braun, pues creía que el cadáver de
Hitler estaba ya en la Cancillería y sólo era preciso identificarlo. Ordené, por lo tanto,
que envolvieran los cadáveres con mantas y los enterraran de nuevo.» Mientras tanto,
dentro de la Cancillería, oficiales alemanes y diplomáticos que habían conocido a Hitler
convenían en que ese primer cuerpo, tendido entonces sobre el suelo del vestíbulo, no
era el de Hitler. Quizás el de un doble, pero no el del Führer. Entonces Klimenko
recordó los dos cuerpos que había ordenado enterrar en el cráter de bomba a unos tres
metros de la puerta de emergencia del búnker. Klimenko se apresuró a regresar con un
equipo en jeep a aquel lugar. Permítame que le lea ahora lo que sucedió después.
El doctor Thiel abrió un cajón situado junto a él y sacó un fajo de papeles y algunos
negativos de fotografías.
—Y desenterraron de nuevo los dos cadáveres —manifestó Emily.
—Sí —asintió el doctor Thiel mientras estudiaba sus notas—. Los cuerpos estaban
aún envueltos en las mantas. Los rusos los pusieron en cajas de madera y los mandaron
en camión a un hospital de campaña en Berlín-Buch, un barrio al norte de Berlín. Allí
especialistas soviéticos iniciaron una extensa autopsia.
—¿Con los cuerpos? —preguntó Emily—. Pero si no había cuerpos.
—No había cuerpos en el sentido más estricto —respondió el doctor Thiel—. Eran
realmente restos de cuerpos. Permítame que le lea el informe soviético. En relación al
cadáver masculino dice: «En vista de que el cadáver está muy deteriorado, resulta difícil
estimar la edad del fallecido. Probablemente esté entre los cincuenta y los sesenta años.
El cadáver está muy chamuscado y huele a carne quemada. Falta parte del cráneo. Se
conservan partes del hueso occipital, el hueso temporal izquierdo y las mandíbulas
superior e inferior. Carece totalmente de piel sobre la cara y el cuerpo; sólo se
conservan restos de músculos carbonizados.» —El doctor Thiel alzó la mirada—. No
había piel, por lo tanto no se disponía de huellas dactilares. —El doctor Thiel consultó
los documentos que tenía en la mano—. El informe siguiente dice: «En vista de que las
partes del cuerpo están muy carbonizadas, es imposible describir los rasgos de la mujer
muerta. La edad de la mujer muerta se sitúa entre los treinta y los cuarenta años.»
Tampoco esta vez había huellas dactilares. Sin embargo, los especialistas soviéticos
decidieron que contaban con un medio de identificación igualmente seguro. Poseían las
mandíbulas inferiores y superiores de los cadáveres, con los dientes y las dentaduras
postizas intactas.
—¿De qué disponían exactamente para empezar?
—De los puentes dentales superior e inferior del hombre. Uno era una corona de
metal amarillo, de oro, que encajaba en los molares. Luego había un puente dorado de la
mandíbula de Eva Braun. La intérprete soviética, Yelena Rzhevskaya, pudo encontrar a
Fräulein Käthe Heusemann, que había sido ayudante del dentista de Hitler, el doctor
Hugo Blaschke, y a Fritz Echtmann, el técnico dental que había realizado los puentes.
Fräulein Heusemann llevó a los investigadores al despacho clínico del doctor Blaschke
en las ruinas de la Cancillería. Allí localizaron las últimas radiografías de los dientes de
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Irving Wallace El séptimo secreto
Hitler y de Braun, y los compararon con los puentes de los cadáveres que los soviéticos
guardaban en una vieja caja de puros dentro de una bolsa. Los puentes reales coincidían
con anteriores radiografías de los dientes de Hitler y de Braun. La Comisión Médica
Forense soviética exigía solamente diez puntos de correspondencia para una
identificación positiva, sin embargo dijeron haber hallado veintiséis puntos de
correspondencia. A partir de esta autopsia forense, los soviéticos anunciaron el 9 de
julio de 1945 que habían encontrado finalmente los restos de Adolf Hitler y de Eva
Braun.
—Pero usted discrepa —dijo Emily—. Usted no cree que encontraron a Hitler y a
Braun. ¿Por qué?
—Porque yo también fui uno de los dentistas personales de Hitler. Cuando Hitler
ya no confiaba en el doctor Blaschke para ciertos trabajos especializados, me hizo
llamar. No quería problemas con el doctor Blaschke, por lo cual mi intervención se
mantuvo en secreto. En consecuencia, como los demás desconocían mi trabajo dental,
los soviéticos no me interrogaron. Me las arreglé para conseguir copias de los informes
en donde los soviéticos explicaban su identificación positiva. Pude comparar sus
descubrimientos con el trabajo que hice a Hitler. Los puentes eran los mismos con una
minúscula diferencia. Cuando yo arreglé los puentes de Hitler añadí una diminuta grapa,
casi invisible, a la placa superior de Hitler para que se ajustara cómodamente a la corona
de oro. Esta diminuta grapa no estaba en el puente que tenían los soviéticos, según su
autopsia. Esto me hizo desconfiar del hallazgo de los rusos.
—Pero tal vez la pieza que usted añadió al puente se fundió —sugirió Emily.
—No, no —dijo gesticulando con impaciencia el doctor Thiel—. Imposible. La
grapa era de oro. Si se hubiera quemado, se habría fundido el puente entero. No. Estoy
seguro de que el cadáver del hombre que los rusos identificaron como el de Hitler era el
de un doble, con dentadura postiza recompuesta para que coincidiera con la de Hitler,
pero en la que faltaba la grapa que yo añadí. Ahora bien, si el cuerpo incinerado fue el
de un doble de Hitler, me quedaba una pregunta por responder. Si ése era un falso
Hitler, ¿qué había sido del Hitler auténtico?
—¿Por eso propuso usted a mi padre que excavara de nuevo en el jardín del búnker
del Führer?
—Yo le propuse que buscara una última vez dos elementos de prueba: otra
mandíbula con otro puente dental, el que yo arreglé para Hitler, el auténtico. Si usted,
Fräulein Ashcroft, lo encuentra, sabrá entonces que Hitler había muerto y que fue
incinerado, como tantos afirman.
—Doctor Thiel, ésa es una sola cosa que buscar. Usted dijo que habían dos. ¿Cuál
es la otra?
El doctor Thiel estaba revolviendo sus documentos. Sacó una hoja de papel y dijo:
—¿Ve esto?
Emily se acercó más. Era un tosco esbozo a pluma que parecía una especie de
camafeo representando el rostro de un hombre.
—¿Qué es? —preguntó.
—La segunda prueba que usted debe buscar si le permiten excavar en el jardín. Es
un camafeo que Hitler llevaba colgado de una cadena alrededor del cuello, en concreto
sobre el pecho. Es posible que nadie, excepto Eva que dormía con él, supiese que lo
llevaba. Yo acerté a verlo por casualidad. La última vez que operé la dentadura de
Hitler, le sometí a anestesia general. Primero, para que se sintiera más cómodo,
desabroché el botón superior de su camisa. Allí, contra su cuerpo, sobre su pecho, había
este camafeo, sin duda un amuleto.
—¿Qué era esa cara del camafeo?
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Irving Wallace El séptimo secreto
—¿Conoce usted la pintura al óleo que Hitler llevó siempre consigo allí donde
viajara durante seis años, la misma que colgaba sobre su escritorio en el búnker hasta el
mismo final y que entregó a su piloto privado Bauer para que la salvara y la guardara en
lugar seguro antes de que llegaran los rusos? Pues ese camafeo era una reproducción del
rostro representado en su óleo favorito.
—El rostro de Federico el Grande.
El alargado semblante del doctor Thiel ofreció una sonrisa de felicitación.
—El mismo. Se nos dijo que Hitler murió y fue incinerado totalmente vestido. De
ser así, él habría seguido llevando aún ese camafeo bajo su camisa cuando fue
enterrado. Nadie tuvo tiempo para mirarlo. Sin embargo, los soviéticos nunca lo
encontraron, probablemente ni siquiera sabían su existencia. O sea que si lo que
encontraron los soviéticos era realmente el cuerpo de Hitler, el camafeo debería estar
aún allí perdido entre los escombros y la tierra. Si usted excava y puede encontrar el
camafeo o el puente de oro en el que yo trabajé, habrá encontrado al auténtico Adolf
Hitler y podrá confirmar que los soviéticos tenían razón al suponer que fue quemado y
enterrado en el jardín. Pero si usted excava, hágalo más concienzudamente que nadie
hasta ahora. Si sale con las manos vacías, es muy probable entonces que Hitler no
muriera como anunciaron los soviéticos. Tendrá usted firmes pruebas de que Hitler
sobrevivió a su puesto hasta el final y escapó.
Emily tenía sólo una duda.
—¿Y si Hitler se quitó su camafeo de Federico el Grande y colgó su cadena al
cuello de su doble?
—No creo que lo pensase siquiera. Si escapó, lo hizo con el camafeo colgado
todavía al cuello. Era su eterno amuleto de la buena suerte. Y si no es el camafeo,
entonces está todavía el puente de oro que yo arreglé.
—Entonces, ¿usted cree que debería excavar? —preguntó Emily mirando fijamente
al doctor Thiel.
Éste movió lentamente la cabeza en un gesto de asentimiento:
—Excave, Fräulein Ashcroft, excave en profundidad si quiere hallar la verdad. Y
una vez tenga consigo la verdad, no se lo diga ni a un alma, hasta no estar lejos de
Berlín y dispuesta a contarlo al mundo. Sí, Fräulein, excave y guarde silencio.
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4
Así que allí estaba, sentada por fin en el asiento trasero de un Mercedes con aire
acondicionado, junto a Peter Nitz, y dirigiéndose hacia el muro que dividía los dos
mundos de Berlín oriental y occidental.
Emily Ashcroft se había levantado temprano, inspirada por su encuentro con el
dentista de Hitler y decidida a resolver el misterio de los últimos días del Führer en su
refugio.
Lo primero que hizo, después de pedir el desayuno, fue ponerse en contacto con
una telefonista especial y llamar al profesor Otto Blaubach a su despacho oficial de
Berlín oriental. Blaubach atendió a su llamada inmediatamente, y se comportó con ella
como el modelo de la cordialidad. Sí, había recibido su carta, había esperado la llamada,
y le gustaría mucho tener un encuentro con ella. Estaría encantado de volverla a ver en
Berlín oriental. ¿Le iba bien a las dos en punto de esta tarde? Emily respondió que sí,
que era una hora perfecta.
Después de desayunar recordó que sólo había visitado la zona oriental una vez, tres
años atrás, cuando acompañó a su padre. Éste se había ocupado de todo, y el cruce
fronterizo le había parecido sencillo. Ese mediodía estaría sola, iría por su cuenta. Su
destino le parecía más extraño que nunca, y preferiría ir con un acompañante, con
alguien que conociese Berlín oriental.
Cuando estaba a punto de llamar a recepción para que pidieran un coche con un
chófer experto, pensó en otra persona. Llamó al Berliner Morgenpost y encontró a Peter
Nitz en su despacho.
—Estoy buscando un guía —dijo Emily finalmente. Voy a cruzar a Berlín oriental
y eso me pone un poco nerviosa. Ya sé que es una tontería, sin embargo.
—Tiene toda la razón —dijo Nitz—. Yo puedo ayudarla. Conozco a alguien de
confianza. Es un chófer que trabaja por libre; se llama Irwin Plamp.
—¿Plamp?
—Quizá le parezca un nombre peculiar. Es como decir gordo en inglés, pero mal
pronunciado. Va a Berlín oriental casi a diario. Mi periódico lo utiliza continuamente.
Conduce un nuevo sedán Mercedes. ¿Para cuándo lo necesita?
—Para esta tarde. Tengo una cita a las dos en punto con el profesor Otto Blaubach,
el viceministro, en su despacho oficial.
—Preguntaré a Plamp si está libre. Si no lo está se lo haré saber. Y de lo contrario,
vendrá a recogerla a su hotel. Creo que debería estar lista a la una en punto.
—Perfecto.
—Supongo que intenta conseguir permiso para llevar a cabo una excavación en el
jardín próximo al búnker del Führer.
Irving Wallace El séptimo secreto
—Exactamente.
—Señorita Ashcroft, ¿ha visto usted el búnker del Führer a partir de 1961, cuando
fue cercado por el muro?
—Sí, lo he visto. Lo vi fugazmente hace tres años, y estoy bastante bien informada
sobre Alemania oriental, gracias a las investigaciones de mi padre.
—Tal vez yo pueda suministrarle alguna información más antes de su cita con el
profesor Blaubach. Sería para mí un placer servirla de guía en Berlín oriental.
—¿De verdad? Eso sería maravilloso, señor Nitz.
Y ahora estaban allí, en el asiento trasero del refrigerado Mercedes de Plamp, y
habían decidido ya tutearse, mientras se acercaban a un gran obstáculo de cemento gris
sucio situado a su izquierda.
Nitz ordenó al chófer que se detuviera.
—Die Mauer —dijo Nitz—, el Muro.
—Espantoso —exclamó Emily mirando la lúgubre barrera de cemento.
—Es difícil creer que fue construido de la noche a la mañana —dijo Nitz—. La
Deutsche Demokratische Republik, el Gobierno de Alemania oriental, ha dicho
repetidamente que lo construyó para proteger a su población de la invasión occidental.
Tú y yo lo sabemos bien. En la docena de años previos a su construcción, un quinto de
la población de Berlín este abandonó sus hogares y cruzó a Alemania occidental. De
hecho, el último mes antes de construirse el Muro, unos ciento cuarenta mil alemanes
orientales huyeron a Alemania occidental. En los años transcurridos desde entonces,
setenta y dos berlineses del este murieron cuando intentaban escalar el Muro para
penetrar en Alemania occidental. La muralla entera que divide las dos Alemanias tiene
unos ciento veinte kilómetros, o para ti setenta y cinco millas, más del ochenta y cinco
por ciento son de cemento sólido, el resto está compuesto de vallas de alambre. El Muro
entre Berlín este y oeste tiene unos cuarenta y seis kilómetros. Su altura es de tres
metros y medio. Aquí lo tenemos...
Emily vio que habían girado y que avanzaban paralelamente al Muro. Volvió a
contemplar lo que había visto en su visita anterior. El Muro estaba lleno de pintadas,
políticas y artísticas, trazadas con brocha o esprays, ocupando casi cada palmo de
superficie disponible. Estaba coronado, en toda su longitud, por una especie de tubo de
cemento.
—Más allá del Muro, como ya has visto, sobre el lado de Alemania oriental —dijo
Nitz—, hay aún una zona militar delimitada, llena de alambre espinoso y cruces
antitanques firmemente sujetas al suelo. En esta zona, denominada Zona Fronteriza de
Seguridad, hay garitas de vigía elevadas a cada tramo, todas ellas ocupadas por tres
soldados de Alemania oriental que llevan metralletas o que observan con los
prismáticos. Dentro de la zona se encuentra lo que quedó del búnker del Führer. No hay
mucho que ver, como ya sabes.
Emily observó que reducían la velocidad a medida que se acercaban a un solar
vacío con rastrojos, donde se concentraba una aglomeración de autobuses turísticos y de
vehículos pequeños, con un mercadillo, un bar y una tienda de souvenirs con
expositores giratorios de postales, diapositivas en color y mapas para la venta exterior.
En el extremo derecho, a sólo una docena de metros del Muro, había una caseta de
observación con una plataforma encima, atiborrada de turistas que miraban con
curiosidad al otro lado del Muro y dentro de la Zona de Seguridad de Berlín oriental.
—Aparcaremos aquí, en la vieja Potsdamer Platz, si te parece —dijo Nitz—. Pensé
que te gustaría echar otra ojeada al búnker del Führer desde la plataforma.
—Desde luego —asintió Emily—. Ya te dije que la última vez lo vi brevemente.
Pero ahora que el búnker del Führer es mi destino final... bueno, vamos a ver.
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Irving Wallace El séptimo secreto
Salieron del Mercedes y Emily siguió a Nitz hasta el pie de las dos escaleras
exteriores de madera y tubos que ascendían sobre el Muro, y juntos subieron unos
cuantos escalones hasta la plataforma de observación. Tuvieron que abrirse paso entre
una media docena de turistas para llegar a la barandilla del extremo de la plataforma. De
nuevo, Emily se asomó sobre aquella tierra de nadie.
En el extremo derecho había una torre de vigía con soldados y una motocicleta de
color marrón, con un sidecar ocupado que se dirigía hacia ella para descargar a varios
guardias de relevo, vestidos con uniforme verde oscuro. Había calles inutilizadas por
barreras con feas cruces metálicas de púas, y en la distancia una valla baja y una puerta
por donde pasaban los soldados de Berlín oriental.
Nitz estaba señalando hacia adelante:
—El búnker del Führer —anunció. —Emily forzó la vista.
Nitz le dirigió la mirada:
—Ahí, ¿recuerdas? Este túmulo de tierra, una especie de montículo de unos seis
metros de altura, a la izquierda del estrecho camino que utilizan los guardias, a unos
trescientos cincuenta metros de donde estamos nosotros.
—Sí, ahora lo veo.
—En 1947 los rusos lo nivelaron con máquinas, pero no del todo —dijo Nitz—. Al
parecer se limitaron a cubrirlo, porque una vez un alemán oriental que manejaba bien la
pala intentó cavar en el búnker. Creía que podría abrir un túnel para que los refugiados
de Alemania oriental pudieran escapar. El alemán fue detenido, pero descubrió que
algunas de las viejas habitaciones de Hitler estaban intactas bajo ese montón de
escombros. De todos modos, el jardín de la Cancillería, lo que tú quieres excavar, estaba
a este lado del montículo de escombros. ¿Qué te parece?
—Parece difícil —dijo Emily mirando hipnotizada el montículo—, pero se puede
hacer. Primero tengo que conseguir el permiso para seguir adelante.
—De acuerdo, entonces seguiremos adelante —dijo Nitz, cogiéndola por el codo.
Cuando hubieron abandonado el puesto de observación y estaban otra vez en el
asiento trasero del Mercedes, el chófer Plamp giró su gordinflón cuerpo desde detrás del
volante y los miró interrogativamente a través de sus gafas de sol de cristales marrones.
—¿Y ahora al punto de control Charlie?
—Punto de control Charlie, claro —dijo Emily.
Nitz no volvió a hablar hasta que no llegaron a Friedrichstrasse:
—En realidad hay otros seis puntos para entrar en Berlín oriental. Pero éste, el
punto de control Charlie, es el más importante para los alemanes.
Pasaron cerca de un letrero que rezaba: «ESTÁ USTED ABANDONANDO EL
SECTOR AMERICANO.» En los dos cobertizos metálicos próximos a él había tres
soldados. Nitz los identificó como miembros de la Policía Militar de los ejércitos
británico, francés y norteamericano. Los PM no les prestaron atención, y Plamp siguió
adelante, frenando frente a una barrera con una señal de STOP.
Un soldado uniformado de Alemania oriental, corpulento y severo, se acercó al
asiento del conductor. Plamp le mostró sus pasaportes. El soldado levantó la barrera y
Plamp avanzó. Desde la sala de control acristalada que coronaba una torre de cemento
amarillo desteñido otros dos soldados de Alemania oriental los estaban observando.
Emily vio que en el punto de control había tres caminos parcialmente adoquinados y
Plamp se metió por el de en medio, luego aparcó, bajó del Mercedes y se dirigió hacia el
primero de los tres cobertizos amarillos de la calle de su derecha.
—Esto llevará unos quince minutos —dijo Nitz volviéndose hacia Emily—. Ya
sabes, lo de siempre. Plamp les enseñará nuestros pasaportes, comprará setenta y cinco
marcos alemanes para los tres, y finalmente entregará al control de aduanas los
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Irving Wallace El séptimo secreto
Cuando Emily se sentó en la butaca frente a la encerada mesa de roble del profesor
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Irving Wallace El séptimo secreto
Blaubach, se dio cuenta de que ésa era su primera tentativa para resolver uno de los
mayores misterios del siglo XX, y que debía resolverlo con éxito para seguir adelante.
Miró al profesor Blaubach que se dirigía a un alto sillón giratorio de cuerpo negro
tras su escritorio. No había cambiado mucho desde la última vez que le vio años atrás.
Parecía algo más viejo, más lento, pero llevaba el cabello gris pulcramente peinado, y su
corbata de lazo, su traje gris oscuro y su chaleco estaban inmaculados. Sus gafas de
montura dorada se sujetaban sobre el puente de su estrecha y afilada nariz. Al saludarla,
su rostro, fruncido por amistosas arrugas, se mostró tan amable como siempre, pero sus
modales eran aún algo reservados.
Blaubach se sentó en aquel momento y se acercó más al escritorio.
—¿Quiere beber algo, señorita Ashcroft? Con alcohol o sin, como guste.
—No, gracias. No quiero hacerle perder mucho tiempo. —Emily sonrió—. Me
llamaba Emily las veces que nos vimos antes.
—¿Ah, sí? Bueno, eso era porque estaba usted con su padre y me resultaba una
persona más joven. Ahora... ahora es toda una dama, que se da a conocer a través de sus
propios programas de televisión. Pero tiene razón, pensándolo bien, llamarla señorita
Ashcroft no parece apropiado. Te llamaré Emily entonces. —Cogió de encima del
escritorio un abrecartas de acero toledano con forma de estoque en miniatura y jugando
con él dijo—: ¿Así que vas a reanudar el trabajo en donde tu padre lo dejó?
—Eso es lo que me trajo a Berlín y a usted —dijo Emily—. Mi padre estaba muy
agradecido de que usted le consiguiera el permiso para excavar, antes de su accidente.
—Ahora tú deseas hacer lo que él planeó. Quieres excavar en el jardín próximo al
búnker del Führer.
—Sí, en el jardín. —E impulsivamente añadió—: Y también en el búnker.
—¿También en el búnker del Führer? —preguntó sorprendido el profesor Blaubach
levantando las cejas.
Emily trató de comprender lo que la había impulsado a incluir también el búnker. Y
se dio cuenta de que no era sólo un impulso. Recordó las dos pruebas del doctor Thiel
que debía buscar. El auténtico puente de oro de Hitler con su minúscula grapa. El
camafeo de Hitler con el rostro de Federico el Grande. Si no los podía encontrar en la
somera fosa o en el cráter de bomba del jardín, existía aún la posibilidad de que Hitler
los hubiera dejado atrás, en algún lugar de sus alojamientos privados en su búnker
subterráneo. Si en el marco del jardín no descubría prueba alguna, quizá serviría de algo
una búsqueda en el búnker enterrado.
—Sí —repitió Emily—, para mí sería una gran cosa intentarlo en el búnker después
de haber excavado el jardín.
—Ummm. El búnker podría causarnos algún problema. Lo nivelamos con
máquinas, en realidad lo hicieron los soviéticos, cubriéndolo de tierra para quitarlo de la
vista. Siempre temieron que nazis recalcitrantes pudieran considerarlo el santuario de un
mártir. Algunos de mis colegas podrían sentirse incómodos si se excavara de nuevo.
—Profesor, yo sólo dejaría una pequeña zona al descubierto durante un día o dos,
el tiempo necesario para mi investigación. Luego lo volvería a tapar. Y quedaría como
está ahora, como un montículo de tierra. No habría lugar a ningún santuario.
Blaubach aceptó sin explicación.
—Informaré de tu intención a mis colegas del consejo. Habrá que superar las
objeciones que surjan. —Giró lentamente su abrecartas—. Interpreto que no estás
buscando una vez más los cuerpos de Hitler y de Eva Braun. Supongo que hay más,
algo más.
—¿Le dijo mi padre lo que estaba buscando?
—He de reconocer que no... Se mostró muy cauteloso. Sólo me habló de
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Irving Wallace El séptimo secreto
generalidades. Dijo que algunos antiguos ocupantes del búnker del Führer habían
revelado últimamente otros medios para determinar el momento de la muerte de Hitler.
Yo no insistí. Éramos viejos amigos. Tenía mi absoluta confianza. Pero sí, fue
cauteloso.
Ella debía serlo también, se dijo a sí misma. Su padre no había revelado el nombre
de su informador el doctor Thiel, y ella tampoco debía hacerlo. Por supuesto, en
Blaubach podía confiar. Sin embargo, había prometido al doctor Thiel que no daría a
conocer el origen de las sospechas de su padre, o de las suyas, sobre la muerte de Hitler.
—Bueno —dijo Emily de manera evasiva—, simplemente quiero hurgar un poco
buscando unos cuantos objetos, exactamente como había planeado mi padre. Quizá sea
una búsqueda aventurada, pero si tengo un poco de suerte podré decirle, o bien que
Hitler y Eva murieron tal como la historia afirma, o que ambos nos engañaron y
sobrevivieron.
Blaubach dejó caer el abrecartas sobre el escritorio.
—Por supuesto, Emily, colaboraré contigo como deseas. Sólo porque no me
gustaría verte decepcionada. Pero francamente, creo que tu empresa, que esta
excavación, será inútil.
—¿Por qué?
—Verás, cuando el Ejército soviético hubo invadido Berlín, envió al menos cinco
equipos de sus mejores soldados a recorrer la zona en busca de restos de Hitler.
Inspeccionaron la trinchera, el cráter de bomba, las habitaciones subterráneas del propio
Führerbunker. Todo lo que encontraron de Hitler y de Eva Braun, sus cuerpos, y
algunos documentos, lo hicieron público. Dudo que los rusos omitieran algo.
Emily seguía en sus trece, a pesar de todo.
—Si se me permite decirlo, profesor Blaubach, la investigación de mi padre sobre
las conclusiones soviéticas fue exhaustiva. Yo he estudiado su informe y tengo la
impresión de que los soviéticos llevaron a cabo un trabajo de investigación precipitado
y desordenado. Realmente la cuestión merece otro esfuerzo, una autopsia más.
—Quizá tengas razón en cuanto a nuestros amigos rusos —dijo el profesor
Blaubach en tono amistoso—. No siempre son tan eficaces como hacen creer. De todos
modos, me pregunto si sabes ya que no fueron ellos los últimos en excavar en el enclave
del búnker del Führer.
—Sí, sé por nuestra documentación que después hubo otros.
—Hubo otros, sí. Casi nadie sabe que cuando los rusos terminaron su investigación
en mayo y junio de 1945, los demás aliados, principalmente miembros del servicio de
inteligencia norteamericano y británico, solicitaron, el 3 de diciembre de 1945,
inspeccionar el mismo terreno de nuevo. El 30 de diciembre, los rusos les permitieron
excavar durante un día o dos. Los aliados occidentales, con ocho obreros alemanes,
revolvieron la zona y no sacaron ningún cadáver más que se pareciera al de Hitler y
Braun. Encontraron algunas piezas de ropa con las iniciales E. B., sin duda del vestuario
de Eva Braun. Desenterraron también algunos documentos pertenecientes a Josef
Goebbels, que se había suicidado también junto a su esposa y que fue enterrado cerca.
—¿Pero los norteamericanos y los británicos trabajaron sólo un día o dos? Una
búsqueda bastante superficial, diría yo.
—Bueno, si te he de ser sincero —dijo Blaubach algo incómodo—, ellos querían
excavar durante más días, pero los rusos no los dejaron. Los soviéticos los acusaron de
confiscar documentos de vital importancia que pertenecían por derecho a la Unión
Soviética, así que los rusos interrumpieron la excavación y ya no extendieron más
permisos.
—Ya veo.
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—Sin embargo, para que no consideres a los rusos tan recelosos, he de decirte que
aproximadamente un mes después, creo que fue en enero de 1946, invitaron a un grupo
de militares franceses a Berlín a visitar el búnker del Führer y reanudar la excavación en
la zona del jardín. Los franceses vinieron, y aunque no les permitieron descubrir de
nuevo la trinchera o el cráter de bomba, los dejaron excavar el terreno cercano. No
encontraron nada que les sirviera. Otras personas registraron el interior del búnker, antes
de que volaran una parte y quedara finalmente enterrado bajo los escombros. —
Blaubach añadió apresuradamente—: Pero Emily, no creas que con esto quiero
desanimarte. Quizá te encuentres con que nuestros funcionarios de Alemania oriental
son más indulgentes que los rusos. Tal vez tengas la oportunidad de verlo por ti misma.
Yo recomendaré, mediante los canales adecuados, que te concedan el permiso para
excavar.
—Se lo agradezco realmente, profesor Blaubach. —Emily se puso en pie—.
¿Tardará mucho?
—Seguramente lo sabré en seguida. Cuenta con recibir noticias mías dentro de dos
o tres días, como mucho.
Emily alargó la mano, y Blaubach se inclinó para besarla, pero cuando hubo dado
media vuelta para salir, la voz de Blaubach la alcanzó antes de que pudiera llegar a la
puerta:
—Emily...
Se detuvo, giró y le vio venir hacia ella.
—...hay algo más —le estaba diciendo—, si tienes un momento que perder podrías
hacerme un favor.
Emily, sorprendida de que ella pudiera ayudarle de alguna forma, se mostró
instantáneamente interesada.
—Desde luego. Todo lo que usted quiera.
Blaubach titubeó.
—Como experta en Hitler, puedes servir de ayuda en una cuestión que se me ha
planteado.
—Me siento halagada, profesor Blaubach, pero estoy segura de que soy mucho
menos experta en Hitler que usted.
—No, no, esto no es cierto —insistió él—. Yo tengo cierta experiencia en el Tercer
Reich y en la historia moderna de Alemania, y esto incluye un cierto grado de
conocimientos sobre el no llorado difunto Führer, sin embargo estoy seguro de que tú
posees ciertos datos que a mí se me escapan.
—Yo no estoy tan segura. En todo caso, si puedo serle de alguna ayuda...
—No es a mí —dijo Blaubach—, es a otra persona. En el despacho de al lado hay
un caballero de la Unión Soviética consultando algunos de mis propios ficheros. Es un
eminente erudito en su especialidad, las bellas artes. Se llama Nicholas Kirvov, y ha
sido nombrado recientemente director del Ermitage de Leningrado.
—Una persona eminente, desde luego —dijo Emily impresionada.
—La afición de Kirvov es coleccionar los cuadros que Hitler pintó en su primera
época. Estoy convencido de que conoces bien ese período de la vida de Hitler.
—Lo conozco bastante bien, sí —admitió Emily.
—Pues Herr Kirvov tiene pensado organizar una exposición de las pinturas de
Hitler en el Ermitage, como una especie de complemento sugestivo. Hace poco tiempo
adquirió otro óleo más no firmado. Él cree que lo pintó el propio Hitler y como es una
pieza desconocida, Herr Kirvov desea incluirla en su muestra de pinturas de Hitler. Cree
que debe hacer lo posible para autentificar todas las piezas de su exposición, pues ésta
recibirá una gran atención por parte del público y la prensa. Me trajo la obra de Hitler
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Berlín occidental para varios días. He planeado hacer algunas visitas... a edificios
oficiales. Supongo que está usted en Berlín occidental, señorita Ashcroft.
—En el Kempinski.
—Yo me alojaré en el hotel Palace, no muy lejos, pues ya lo conozco de otras
ocasiones.
Emily se levantó y guardó la fotografía en su bolso.
—Entonces le localizaré en el Palace en cuanto tenga mi archivo de fotos y lo haya
examinado. Esperemos que haya suerte. Kirvov se había levantado de un salto.
—No sabe cómo se lo agradezco.
—Agradézcamelo sólo si le puedo servir de ayuda —dijo Emily sonriendo. El
profesor Blaubach la acompañó hasta la puerta y la abrió, y bajando el tono de voz dijo:
—Te lo agradezco mucho. En cuanto a tu solicitud, no la olvidaré. Veremos lo que
podemos hacer.
Era ya media tarde cuando el Mercedes de alquiler la dejó frente a la entrada
acristalada del Kempinski.
Después de dar las gracias a Peter Nitz, que se apeó delante de ella, Emily dijo al
conductor Plamp:
—Si está disponible, necesitaría sus servicios de nuevo dentro de varios días.
Plamp, tocándose la visera de su gorra de plato, dijo:
—Estoy dispuesto a servirla en cualquier momento, Fräulein.
Emily se despidió de Nitz, luego entró apresuradamente en el hotel, y atravesó el
vestíbulo en dirección al mostrador de recepción. Tenía muchas ganas de pedir la llave
y de llegar a su habitación, desde donde podría telefonear a los excavadores que su
padre había pensado emplear en Berlín occidental y llamar a Pamela Taylor, su
secretaria en Oxford, para el asunto de Kirvov. El edificio de la pintura al óleo era uno
de aquellos pequeños enigmas que siempre hacían más excitante una investigación.
—Suite 229 —dijo el conserje.
Éste se dirigió hacia ella con la llave y un papel.
—Señorita Ashcroft —dijo—, hay alguien esperándola.
—¿Alguien? —preguntó con extrañeza leyendo el mensaje anotado en el papel:
«Señorita Ashcroft: Espero que disponga de un minuto para verme. He venido desde
Los Angeles para conocerla. Estoy en el bar Bristol.» Lo firmaba un tal «Rex Foster»,
un nombre totalmente desconocido para ella.
Emily, algo confundida, se dio media vuelta y atravesó el largo vestíbulo hasta el
salón de cócteles del hotel.
Se detuvo en la entrada del salón y echó una ojeada para ver quién había allí. No
vio a ningún hombre solo esperándola. Había tres parejas, en diferentes partes de la sala,
sentadas en butacas tapizadas de negro y copas sobre sus mesitas. Había dos mujeres
sumidas en conversación; un hombre y una mujer de edad, que parecían un matrimonio,
y dos personas más, un atractivo hombre en la treintena y una chica rubia, joven y
guapa, sentados en una mesita junto a un antiguo y majestuoso piano Steinway. El
hombre atractivo miró por encima de su pareja y se percató de la presencia de Emily.
Murmuró algo a la rubia y se levantó.
Emily le miraba acercarse hacia ella, de prisa, a grandes zancadas.
Era aquél su inesperado visitante de California, se preguntó. «¡Qué hombre tan
interesante!», pensó.
Ahora estaba junto a ella, con una sonrisa sesgada en su enjuto rostro.
—¿Es usted por casualidad, Emily Ashcroft? —preguntó.
—Sí, soy yo.
Él, señalando el mensaje que Emily tenía aún en la mano dijo:
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—Lo prometo todo —aceptó Tovah Levine, levantando también su mano derecha
en un solemne juramento— porque estoy fascinada, y porque me muero de hambre.
Emily dijo riendo:
—Una vez claras las reglas del juego, adelante. —Miró su reloj de pulsera—. Son
casi las siete. Necesito una hora para hacer varias llamadas, bañarme y cambiarme. —
Dirigió una ancha sonrisa a Foster—. ¿En el vestíbulo a las ocho?
Foster enderezó su delgada figura.
—Estaré cinco minutos antes de las ocho abajo, vigilando el ascensor, señorita
Ashcroft.
—Llámame Emily —dijo levantándose.
—Pues a mí Rex —respondió con una sonrisa—. Estaré esperándote.
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vez de ponerse el traje, buscó en el armario una blusa, una blusa de batista blanca que se
abotonaba hasta el cuello, luego se puso una falda azul marino corta y una chaqueta rosa
de Eton. El conjunto era mejor que un traje, le daba una elegancia más femenina, pero
aun así no conseguía dar el aspecto que deseaba. Se había desabrochado el botón
superior de la blusa y luego había probado a desabrocharse el segundo, y finalmente,
con más intrepidez, también el tercero. Al mover los brazos vio que enseñaba un poco el
escote.
Emily lo había conseguido. Su aspecto era recatado y natural, pero lo bastante sexi
para que Rex Foster, al verla, detuviera un momento la mirada en el tercer botón abierto
y en la ligera protuberancia de sus pechos y la felicitara. Emily lanzó una mirada de
soslayo a Tovah y vio que la chica israelí estaba imponente, con un vestido fucsia de
punto de seda, que no disimulaba ninguna de las curvas de su cuerpo bien dotado. Pero
a Emily no le importó, porque Foster sólo parecía tener ojos para ella.
Ahora, junto a él, en el Berliner Gasthaus, Emily decidió hablar más en serio de sus
asuntos profesionales y así acercarse más a Foster.
—Rex —comenzó diciendo—, querría saber qué estás buscando realmente. Me
gustaría ayudarte en todo lo que pueda. ¿Cuál es exactamente el problema de tu libro?
—¿No te importa hablar ahora del trabajo? Muy bien. Dije antes que Albert Speer
empleó a unos cuantos socios arquitectos. A diez, para ser exactos. He localizado ya la
mayoría de sus edificios, y sus planos estaban en los archivos de Speer. Pero falta un
arquitecto, el que se dedicó a construir escondites por toda Alemania para que los
utilizara Hitler cuando viajaba durante la guerra.
Creo que sé a qué escondites te refieres —dijo Emily. Lanzó una mirada a Tovah
para incluirla en la conversación—. Hitler prefería vivir en el profundo subsuelo
mientras la guerra se recrudecía en la superficie. Speer encargó a uno de sus socios más
competentes, un joven llamado Rudi Zeidler, que diseñara y construyera esos refugios
antiaéreos y búnkers en toda Alemania.
—Rudi Zeidler —repitió Foster—. Quizá sea él el arquitecto cuyos planos busco.
—Zeidler fue quien diseñó un refugio subterráneo en la ladera de una colina, bajo
un bosque, en Ziegenberg, cerca de Bad Nauheim. Había otro cuartel general
subterráneo parecido en Friedberg. —Se volvió hacia Foster del todo y preguntó—:
¿Tienes alguna información sobre ellos?
—No, Emily. Los desconocía totalmente.
—Zeidler diseñó también el propio búnker del Führer donde Hitler y Eva Braun
pasaron los últimos días de la guerra —prosiguió Emily—. El búnker del Führer estaba
a gran profundidad. Tenía dos niveles, y Hitler y Eva poseían una suite privada, con seis
habitaciones, abajo de todo. La cima de este búnker estaba cubierta con cuatro metros
de cemento y dos de tierra. Teniendo en cuenta lo compacto que era, el búnker estaba
brillantemente proyectado.
—Sí, tengo varios planos suyos —le aseguró Foster—. No sabía que Rudi Zeidler
fuese el arquitecto. Sin embargo lo que quiero son los planos de las otras seis
construcciones subterráneas. ¿Crees que sigue vivo?
—Probablemente sí. Sé que vivía hace un año y medio cuando mi padre le
entrevistó aquí, en Berlín occidental.
—¿Estará en la guía telefónica?
—No creo, la mayoría de antiguos nazis no están ya en la guía. Recuerdo que mi
padre tuvo ciertos problemas para localizarlo. Cuando por fin dio con él, Zeidler se
mostró muy solícito.
—¿Tienes idea de dónde puedo encontrarlo? —quiso saber Foster.
—No hay ningún problema. En nuestros ficheros de Oxford tenemos su dirección y
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su número de teléfono.
—¿Puedo llamar a tu secretaria para pedírselos?
Emily sonrió.
—Ya he mandado a por ellos. Enviará todo el fichero de arquitectura. No sabía lo
que querías en concreto. Zeidler está ahí dentro, y el fichero está en camino.
Seguramente lo tendré aquí mañana a primera hora de la tarde.
Foster se inclinó impulsivamente hacia adelante y cubrió con su mano la de Emily
durante un momento.
—Te estoy verdaderamente agradecido, Emily.
Ella, azorada y excitada, dijo desviando la conversación:
—Aquí llega el camarero con la cena.
Mientras servían la sopa, Foster seguía contemplando a Emily con aprecio.
—Desearía poder hacer algo por ti para devolverte el favor. Emily quería decir lo
que podía hacer por ella, pero se contuvo. Y en su lugar dijo:
—No tiene importancia... —Y de repente se le ocurrió algo práctico—. En realidad,
ahora que lo pienso, puedes hacerme un favor. No para mí, sino para un amigo.
—Todo lo que esté en mi mano, desde luego, estaré encantado de...
—Hoy, para un asunto relacionado con mi investigación, fui a Berlín oriental a ver
a un alto cargo del gobierno, el profesor Otto Blaubach, un viejo colega de mi padre a
quien ya conocía. Está intentando ayudarme y me gustaría también hacer algo por él. El
profesor Blaubach me presentó a un visitante a quien quería ayudar, y se preguntaba si
yo podría colaborar. Hablé con este visitante, un ruso realmente encantador, Nicholas
Kirvov, el actual director del museo del Ermitage en Leningrado.
Tovah abrió la boca por primera vez desde que les sirvieron las copas y exclamó:
—¡Lo que daría yo por visitar ese museo!
—Bueno, quizá puedas conocer a Kirvov y te invite a Leningrado —dijo Emily.
—Espero que sí —replicó Tovah sumergiendo la cuchara en su sopa—. Perdona la
interrupción. Estabas hablando de tu encuentro con Kirvov.
—Kirvov colecciona dibujos y pinturas de Hitler —dijo Emily volviendo de nuevo
su atención a Foster—. Quiere exponerlas en el Ermitage.
—Son horribles —dijo Foster—. Absolutamente banales.
—Estoy de acuerdo —asintió Emily—. Pero eso no es lo importante, sino que se
prestan a montar una interesante exposición anecdótica.
—Supongo que sí.
—La cuestión es que Kirvov acaba de adquirir un cuadro de Hitler sin firma, con
una especie de edificio oficial que nadie puede identificar. Kirvov quiere saber qué
edificio es antes de presentar públicamente el cuadro. Dije que intentaría echarle una
mano. Cuando telefoneé a Oxford pedí a mi secretaria que mandara nuestro archivo de
arte sobre Hitler, junto con nuestro archivo de arquitectura para ti y para el señor
Kirvov. Como tú eres arquitecto, Rex, y sabes mucho sobre arquitectura nazi, quizá
conozcas el edificio del cuadro de Kirvov. Aquí lo tengo, te lo voy a enseñar.
Emily abrió su bolso y extrajo la fotografía del óleo de Hitler que le había dado
Kirvov. Se la entregó a Foster.
Éste examinó la fotografía mientras Tovah se inclinaba hacia un lado para mirarla
también.
—¿Estás segura de que es un Hitler?
—Eso dicen los expertos.
Foster negó lentamente con la cabeza.
—No es ninguno de los edificios que recuerdo haber visto en Munich, en Frankfurt
o en Hamburgo, o en cualquier otro lugar, y eso que tengo una gran colección
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fotográfica de todos los edificios que Hitler hizo construir en su época. Sin embargo, se
parece mucho a aquellos monótonos edificios de oficinas del gobierno que Hitler
construyó después de ser canciller. Puede que haya visto algo parecido a esto una
docena de veces, pero ¿dónde? —Miró la fotografía de más cerca frunciendo los ojos—.
Parece un ejemplar más de aquel brote de edificios que Hitler mandó construir en Berlín
en sus primeros días de gobierno alemán.
—¿Berlín? —preguntó Emily—. Pero ésta es una obra de Hitler, y por lo que
sabemos, pintó exclusivamente en Linz, Viena, Munich. Nunca en Berlín.
La mirada de Foster continuaba clavada en la fotografía.
—A pesar de todo, yo seguiría votando por Berlín.
—Tal vez Kirvov pueda recorrer la ciudad en su busca —sugirió Tovah.
—Sería una búsqueda sin sentido —dijo Foster a Tovah—. Los masivos
bombardeos de los aliados hacia el final de la guerra y la ofensiva terrestre del mariscal
Zhukov arrasaron, o dejaron en ruinas, la mayoría de los edificios oficiales e
industriales del interior de la ciudad y sus alrededores. Al terminar la guerra había en
Berlín doscientos cincuenta mil edificios. De éstos, treinta mil estaban totalmente
destruidos, veinte mil muy dañados, ciento cincuenta mil parcialmente dañados. Casi
todos los edificios oficiales se contaban entre los que quedaron totalmente destruidos.
Es poco probable que este edificio exista aún. —Mostró la fotografía a Emily—. ¿Te
importa que me quede con esta copia un par de días? Quiero repasar mi carpeta y ver si
hay alguna foto antigua que se parezca a este cuadro.
—Por supuesto que no, pero déjame que la compare con mi propio archivo cuando
llegue mañana.
Emily tomó apresuradamente unas cuantas cucharadas de su sopa, pero cuando el
camarero iba a retirar los demás platos, le indicó que se llevase también el suyo. Antes
de que pudieran reanudar su conversación, empezaron a servir los solomillos calientes,
y aguardaron hasta que todo estuvo en su sitio.
Fue Tovah la primera en hablar:
—Emily, has sido muy generosa al ofrecer a Rex tu información y al ayudar a
Kirvov, pero tú eres la pieza central. Y apenas nos has dicho nada sobre ti misma.
Emily volvió a mostrarse esquiva.
—Ya sabes por qué estoy aquí. Para dar unos toques finales a la biografía que mi
padre y yo habíamos casi terminado.
—¿Qué toques finales? —insistió Tovah.
Foster dirigió a Emily una de sus increíbles sonrisas, que a ella le pareció tan dulce.
—A mí también me gustaría saber más cosas sobre lo que persigues —dijo él.
Para Emily, eso bastó. Quería contarle a Rex todo lo del mundo, todo lo que
quisiera saber sobre ella.
La sonrisa seguía iluminando el rostro de Foster.
—¿Qué te parece?
Emily miró directamente a la periodista israelí y dijo:
—Pero ¿puedo confiar en ti? Esto es un asunto confidencial. Tovah, me prometiste
que no harías público nada de lo que se dijera aquí esta noche.
—Te di mi palabra —dijo Tovah—. Ahora te la doy de nuevo. No violaría jamás
una confidencia.
—De acuerdo —dijo Emily. Se sentía agobiada por la reserva que se había
impuesto a sí misma. Estaba impaciente por ganar la confianza de Rex Foster. Quería
tener la amistad de Tovah—. Os diré lo que me trajo a Berlín.
Estaba dispuesta a hablar, y habló. Habló de los cinco años de trabajo con su padre
en la obra Herr Hitler. Hacia el final de su narración, Foster la interrumpió con
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simpatía.
—Debe de ser muy difícil escribir una biografía tan compleja.
—En realidad es fascinante —contestó ella—. No, no difícil, excepto en una cosa.
—Estaba pensando en algo que había tenido presente durante mucho tiempo y que
ahora sentía que podía expresar—. Sí, supongo que en un aspecto ha sido difícil —dijo
dirigiéndose principalmente a Foster—. Cuando llegas a conocer tan de cerca los
mínimos detalles de la vida de otra persona, existe el riesgo de considerarla un ser
humano como tú. Pero sabes que ese hombre fue un ser inhumano y una bestia cruel.
Sabes lo que hizo a otras personas a lo largo de su vida. Tratas de reconciliar la realidad
de sus actos con los hechos normales de una vida que estás descubriendo. Y no puedes,
porque eres incapaz de reconciliar las enormes contradicciones de un ser así. Sabes con
certeza que los Vernichtungslager de Hitler existieron. Los campos de exterminio.
Auschwitz, Buchenwald, Dachau, Mauthausen, Treblinka, treinta campos de exterminio
nazis en total. Sabes lo que sucedió en Auschwitz, el más eficaz de todos, con sus cuatro
grandes cámaras de ejecución: todos los días dos mil víctimas indefensas y desnudas,
ahogándose y debatiéndose en su agonía en cada cámara, y luego sacadas de su interior
a rastras para quitarles sus anillos y arrancarles los empastes dentales de oro para
enriquecer el Reichsbank; y después la incineración de los cuerpos en los crematorios, y
la venta de sus cenizas como fertilizantes. Los seis millones de judíos y otros, gaseados
y lanzados a las llamas; los veinte millones, personas de verdad, que encontraron la
muerte durante la segunda guerra mundial; la gélida indiferencia de este ser ante el
sufrimiento de sus propios seguidores, como las miles de personas que dejó ahogar
cuando hizo inundar el metro de Berlín, y el millón de soldados mutilados o muertos en
la defensa totalmente inútil de Berlín, que duró dieciséis días. Todo esto fue obra de
Adolf Hitler y de nadie más.
Emily cortó distraídamente un trozo de filete, pero luego lo dejó sin siquiera
probarlo, para encontrarse de nuevo bajo la mirada de Rex Foster.
–Sin embargo, al escribir una biografía tan detallada y en primer plano te enteras
también de su comportamiento humano normal y de sus debilidades. Te desconcierta
este amante de los perros alsacianos y de los niños pequeños de los otros, este
vegetariano no fumador, este hombre que no llevaba pijamas sino camisones, que
adoraba a su madre, y que leía y releía, y le encantaban las películas como Sucedió una
noche. Te desconcierta porque esta bestia humana también era vulnerable: le temblaba
el brazo y la mano izquierda, había perdido la visión del ojo derecho, y se medicaba
continuamente contra la enfermedad de Parkinson.
Emily tomó aire y siguió hablando:
—Tienes dificultad en resolver otras contradicciones: su atención hacia los detalles
femeninos que rodeaban a Eva Braun. Disfrutaba con ella sexualmente y le hacía el
amor siempre que no estaba demasiado exhausto o enfermo. Su dulce Eva, a la que no
permitía esquiar para que no se rompiera una pierna, ni tomar el sol para que no tuviera
cáncer de piel. Su dulce Eva, a quien le gustaba escuchar Té para dos y llevar el reloj de
platino engastado en diamantes que él le regaló, portaligas de pura seda, y el exquisito
perfume Air Bleu de Worth que él había confiscado en la conquistada París.
Emily movió la cabeza y continuó:
—Todos estos microscópicos hechos humanos por un lado. Sin embargo, por el
otro, los seis millones de hombres, mujeres y niños a los que condenó, desnudos, a la
muerte por asfixia, cada uno de ellos una madre, un padre, una hija, un hijo, un nieto,
que querían crecer y disfrutar de la vida; y no obstante cada uno de ellos indefenso y
asesinado. Hasta que por fin el derramamiento de sangre fue detenido gracias a millones
de personas mejores, más decentes que Hitler, personas que sacrificaron años, incluso
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la nueva Cancillería del Reich por Voss Strasse —dijo y luego pidió la confirmación de
Blaubach—. ¿No es cierto?
Blaubach asintió brevemente con la cabeza.
—Sí, allí estaba situado.
—Entonces el resto es sencillo —dijo Vogel con una confianza cada vez mayor—.
La vieja Cancillería estaba justamente a nuestro lado. Por lo tanto —miró
detenidamente la superficie del montón de tierra—. Vengan, síganme. Les enseñaré con
exactitud cómo estaba situado el búnker del Führer debajo del montículo. Por favor,
síganme.
Después del montículo Vogel se detuvo, y esperó a que los otros dos le alcanzaran.
Por un momento el buen humor de Vogel se desvaneció. Parecía transportado en el
tiempo. Al final dijo gesticulando:
—Ahora estamos en la nueva Cancillería, en la sala de ceremonias. Ustedes tienen
una cita para ver a Hitler, así que siguen un largo túnel hasta la vieja Cancillería situado
por aquí cerca, entran en el pasadizo Kannenberg, o la despensa del mayordomo, así
llamado por el gordo mayordomo de Hitler, Arthur Kannenberg, y descienden por una
escalera circular hasta las tres puertas reforzadas con acero, la tercera de ellas guardada
por dos soldados de las SS. Ésta conduce al nivel superior del búnker del Führer...
Vogel aterrizó de nuevo en el presente y fue midiendo con pasos la distancia desde
un trozo de bordillo hasta un punto situado justamente antes del montículo de tierra.
—...exactamente aquí —dijo Vogel, dibujando una línea en la hierba con el talón
de su zapato.
Emily se puso a su lado.
—¿Cuándo estuvo el búnker del Führer listo para ser utilizado? —quiso saber.
—El nivel superior o Vorbunker fue excavado y construido bajo la Cancillería del
Viejo Reich y su jardín en 1936. En esa época sólo había diez metros de profundidad.
Dos años después Hitler decidió que no era lo bastante grande. En 1938 ordenó
ampliarlo y así se hizo. Luego, cuando en 1943 las cosas empezaron a ir mal en la
guerra, Hitler mandó que la compañía constructora Hochtief reforzara su búnker, y al
final, en 1944, ordenó que se construyera un segundo búnker mucho más profundo bajo
el Vorbunker, el búnker normal de encima. Así que, como ve, en el búnker del Führer
hay dos plantas o niveles. El inferior, el que utilizaban Hitler y Eva Braun, estaba a
dieciocho metros por debajo del nivel del suelo.
—¿Dónde estaba la entrada del búnker? —quiso saber Emily.
Vogel pisó la línea que había trazado con el zapato.
—Aquí justamente descendía un tramo corto de escalones de cemento que
comunicaba con el nivel superior del búnker. En este nivel superior había trece
habitaciones pequeñas, sin decoraciones y con enyesados mal acabados. Seis
habitaciones a un lado, seis a otro, y el comedor al fondo. Las habitaciones de este piso
superior se destinaban a los alojamientos de los criados, depósito de leña, espacio para
almacenar alimentos, bodega, un, despacho para la agencia de prensa oficial nazi,
Deutsches Nachrichtenbüro, un receptor de radio para captar los informativos de la
BBC, un Diatküche o cocina vegetariana y un comedor comunitario con una mesa de
roble en la que comían todos. Cuando el propio Hitler se trasladó al búnker del Führer,
vivía más abajo, en el nivel inferior, y raras veces subía a la planta alta.
—¿Cómo se conseguía bajar a ver a Hitler? —preguntó Emily. Vogel removió la
punta del montículo de tierra y dijo:
—Aquí había una escalera de cemento con doce escalones que bajaban en una
pronunciada pendiente en forma de curva a la planta inferior. Se llegaba entonces al
piso de abajo, donde se desarrollaba la actividad principal.
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Werner Demke, un joven con granos en la cara, periodista del BZ, el periódico
sensacionalista de Axel Springer, llegó como cada día, a última hora de la tarde, a la
plataforma de observación de Postdamer Platz, donde solía detenerse brevemente de
regreso a su oficina. Una de sus tareas era hacer una lista de las celebridades extranjeras
que visitaban Berlín cada semana. Sus fuentes de información más productivas eran
generalmente el departamento de policía y media docena de los mejores hoteles. La
plataforma de observación del Muro no lo era tanto, pero de vez en cuando llevaban a
algún político o artista de cine para que, subido a la plataforma, echara un vistazo desde
el Muro sobre la tierra de nadie de Berlín oriental. Demke, como buen periodista
novato, creía que no debía pasar por alto ninguna posibilidad de conseguir un artículo o
reportaje.
Aparcó su Volkswagen, se acercó dando zancadas a la tienda de souvenirs y
asomando la cabeza por el quicio de la puerta preguntó a la propietaria:
—¿Ha pasado algún pez gordo por aquí esta tarde?
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rato, todos se encaminaron hacia un jeep y se marcharon. —El viejo blandió su cámara
—. Lo tengo todo filmado. Un bonito recuerdo.
El cerebro de Werner Demke se puso a toda marcha.
—¿Tomó fotos de los tres?
—Un carrete entero.
Demke tragó saliva y preguntó:
—¿Qué le parecería vender ese carrete?
—¡Venderlo! —exclamó sorprendido el viejo.
–Sí, me gustaría comprarle el carrete.
El viejo negó enérgicamente con la cabeza:
—Las fotos que saco de nuestro viaje son para mi álbum y no quiero perderlas.
—No las perderá —dijo apresuradamente Demke—. Se quedará con una copia de
cada una. Se lo aseguro. Yo también quiero una copia de cada. —No sabía exactamente
cuánto llevaba en la cartera. Quizá cien marcos. Era una apuesta arriesgada. Podía ser
que Ascher los rechazara de plano, pero a lo mejor le impresionaban—. Le daré cien
marcos por los negativos y las copias.
El viejo seguía negando con la cabeza:
—No, no.
La mujer gorda se abrió paso y se puso delante del viejo, sin duda su marido.
—Espera un momento, James, tú tranquilo. —Y encarándose a Demke preguntó—:
¿Qué es todo esto? ¿Quién es usted?
—Soy reportero de un periódico alemán —dijo Demke—. Quizás ustedes han
presenciado algo que puede servirme como reportaje. Que yo recuerde, hace mucho,
mucho tiempo que no se permite entrar a nadie en la zona de seguridad de Alemania
oriental para inspeccionar los restos del búnker de Hitler. El que la señorita Ashcroft
estuviera allí da cierto valor de curiosidad a las fotografías. Tal vez esté equivocado.
Quizá mi jefe no quiera utilizar ninguna de las fotografías. Sin embargo pagaré todo el
dinero que llevo encima para que al menos las vea. Usted se gana cien marcos y además
se queda con un juego de copias.
La mujer gorda estaba considerando la propuesta.
—¿Cuánto son cien marcos? —le preguntó su marido.
Ella se lo susurró al oído. Los ojos del viejo parpadearon repetidamente:
—¿Sólo por este carrete? —preguntó.
La mujer gorda le arrebató la cámara diciendo:
—De acuerdo, joven, tenga el carrete. Antes enséñeme el dinero y deme un recibo.
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Irving Wallace El séptimo secreto
casi una hora antes estaba ya en el centro de la ciudad. Tenía tres posibilidades: ir al
restaurante y esperar, mirar escaparates o bien dejarse caer por casa de Liesl y Klara
mientras pasaba el rato.
Había torcido por Knesebeckstrasse y se encaminaba al apartamento de los Fiebig a
visitar a sus parientes. Al entrar se dio cuenta de su extraño descuido. Debido a su
confusión había olvidado llevarle a Klara algún pequeño regalo. Pero resultó que Klara
no estaba en casa, Liesl estaba sola y eso fue un alivio para ella. Era difícil hablar de los
viejos tiempos delante de Klara, y era imposible cuando Franz estaba presente. Franz
era un joven radical que detestaba el pasado moderno de Alemania, la Alemania que
había sido la gloria de Evelyn. Ella y Liesl aprendieron en seguida a no hablar nunca de
aquellos viejos tiempos en presencia de Franz, y ni siquiera de Klara.
—¡Qué sorpresa! —había exclamado Liesl—. ¿Qué te trae hoy por aquí?
Evelyn despidió con un gesto a la asistenta de los Fiebig, hizo rodar la silla de
ruedas de Liesl hasta el cuarto de estar mientras le contaba lo del mensaje de Schmidt.
Estaba impaciente por hablar con Liesl, pero apenas había empezado cuando oyó el
ruido de una llave en la cerradura de la puerta principal.
—Klara fue a visitar al ginecólogo esta mañana —explicó Liesl. Klara entró
animadísima por la puerta principal, pero se mostró también sorprendida ante la
presencia de Evelyn.
—¡Tía Evelyn! ¡Qué alegría verte! —besó afectuosamente a Evelyn—. ¿A qué se
debe tu visita?
—Tengo una cita dentro de un ratito —dijo Evelyn vagamente—. Pero, ¿qué dijo el
doctor? Eso es lo importante.
—Todo va a la perfección —respondió con los ojos relucientes. Luego con una
mueca añadió—: Pero es probable que también tenga vómitos por las mañanas. —
Comenzó a salir de la habitación—. Voy a cambiarme para ir a la cocina, Franz va a
venir a comer. Quiere saber las últimas noticias. Espero que te quedarás para verle, tía
Evelyn.
Evelyn estaba ya de pie.
—Gracias, querida. Me encantaría quedarme, pero no puedo. Debo acudir a mi cita.
Más que nada lo que quería era marcharse antes de que Franz Fiebig apareciera.
Había conseguido escapar.
Ahora estaba en la mesa del restaurante esperando la llegada del jefe de Policía
Wolfgang Schmidt.
Primero sirvieron la ensalada, los panecillos y el té que había pedido ella, y la
cerveza para Schmidt. Había terminado de endulzar el té y estaba a punto de coger un
panecillo, cuando se percató de que el corpulento Schmidt había llegado, se estaba
inclinando encima de ella, cogiéndole la mano y besándola.
—¿Cómo estás, Effie? —preguntó, instalando su gran mole detrás de la mesa,
enfrente suyo.
—Bien, muy bien, Wolfgang —contestó—. Sólo algo inquieta por tu mensaje.
—No quise asustarte —dijo—. Pero hay algo que creo que deberíamos comentar.
—Acercó los labios a la jarra y tomó un trago—. Voy un poco justo de tiempo esta
mañana, o sea que no puedo quedarme demasiado rato. Sin embargo, esto es importante.
—¿Qué es? —quiso saber Evelyn—. ¿Qué es tan importante?
—Esto —dijo Schmidt. Sacó un periódico doblado del bolsillo de su chaqueta y
comenzó a desplegarlo—. El BZ de esta mañana. Supuse que no lo habrías visto.
—Sabes que raras veces lo leo.
—Hoy deberías leerlo —dijo, pasando la primera y la segunda páginas y
tendiéndole el periódico para que pudiera leer la tercera página—. Echa una ojeada a
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Irving Wallace El séptimo secreto
Emily había estado muy ocupada aquella mañana en su suite del Kempinski. Por
fin llegó el paquete de correos que Pamela había enviado con los ficheros desde Oxford.
Los sobres superiores contenían información dedicada a la carrera de Hitler como
artista, y el resto eran archivos fotográficos de todos los edificios oficiales construidos
en las principales ciudades alemanas bajo el gobierno de Hitler. Emily no tardó en
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Irving Wallace El séptimo secreto
llamar al hotel Palace para saber si Nicholas Kirvov se había inscrito ya, y en seguida
pudo hablar por teléfono con él.
—He recibido el material de Oxford —dijo—. Quizá pueda decirle algo más sobre
el edificio de su pintura de Hitler.
—¡Cuánto se lo agradezco! ¿Está usted libre para comer hoy? Si le parece bien
podemos ir al grill de mi hotel, y luego examinar los archivos juntos.
Emily quedó citada con él. En cuanto hubo colgado, sonó el teléfono, descolgó el
auricular, era Rex Foster. Emily sintió un deleite de adolescente al oír su voz.
—Supongo que no es de mi incumbencia —le estaba diciendo—, pero ¿me puedes
decir dónde estuviste anoche? Debí de llamarte al menos media docena de veces.
A Emily le encantó oír aquello.
—Estuve inspeccionando el lugar de la excavación hasta la hora de cenar. Luego
cené con la persona que va a dirigir la excavación, en caso de que obtenga el permiso.
Pasé la velada con él y con su esposa, explicándoles lo que había visto en el lugar del
búnker. —Se detuvo—. ¿Por qué me llamabas? ¿Ah, supongo que era para saber si
puedo ayudarte a localizar al arquitecto Zeidler.
—No, Emily, no te llamaba por eso. Sólo quería saber cómo estabas, preguntarte si
tal vez estabas libre...
—Si quieres saber cómo estoy, ¿por qué no me acompañas al hotel Palace? Voy a
comer allí con Nicholas Kirvov. ¿Te acuerdas? El director del Ermitage de Leningrado.
Intentaré ayudarle con su pintura de Hitler. Tú también puedes colaborar. Tráete tu
carpeta de arquitectura del Tercer Reich. Además, creo que te gustará conocer a Kirvov.
Tenéis muchas cosas en común.
—Estoy más interesado en lo que tenemos en común tú y yo —dijo Foster—. Así,
¿cómo quedamos?
Fijaron una hora para encontrarse en el vestíbulo.
Y ahora, a las doce y media, en la puerta del grill del Palace, Kirvov estaba
esperando a Emily, algo disgustado. Después de saludar a Foster se disculpó ante sus
invitados. El grill estaba atiborrado y no había podido reservar mesa hasta dentro de
media hora.
—Bueno, ¿y por qué no matamos el rato intentando resolver la ubicación del
edificio de su óleo de Hitler? —dijo Emily, y echó una ojeada a su alrededor—. Quizá
podríamos ir a su habitación para estar más tranquilos, si le parece bien.
—Sería lo ideal —dijo Kirvov con impaciencia—. Por favor, acompáñenme.
A los pocos minutos Emily y Foster, ella con sus archivos fotográficos y él con su
carpeta de arquitectura, estaban en la habitación de Kirvov en la cuarta planta. Era una
habitación agradable, observó Emily, con cortinas de terciopelo de color pálido en las
ventanas y en las paredes una tela de papel de arroz tostado, un televisor en color con un
jarrón de capullos de rosa amarillos encima y un edredón sobre la cama de matrimonio.
—Vayamos directamente a su óleo —propuso Emily.
—Por favor, siéntense —dijo Kirvov, llevando dos sillas hasta una mesa rinconera,
mientras Foster acercaba una tercera silla. Cuando se sentaron, Kirvov desenvolvió la
pintura y la colocó delante de sus invitados.
Emily, mirando continuamente la pintura del edificio del óleo de Hitler, iba
repasando su archivo de fotografías de los edificios oficiales del Tercer Reich en Berlín.
Mientras tanto, tomando también como referencia la pintura, Foster iba pasando las
páginas de su carpeta de arquitectura, abierta en el suelo junto a su silla.
Emily soltó un grito.
—¡Creo que lo tengo, Nicholas! —sacó una fotografía de su archivo y la puso junto
a la pintura—. ¿No es ésta?
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estaban permitiendo el lujo de jugar a las adivinanzas. Kirvov se mostró más práctico.
Había pensado que le gustaría echar un vistazo al edificio representado en el óleo de
Hitler, y Emily y Foster le prometieron guiarle a Berlín oriental para visitarlo en cuanto
tuvieran tiempo. Mientras tanto, Kirvov se dedicaría a seguir el rastro de la galería de
arte que había vendido el óleo de Hitler, ya que no había recibido aún noticias del
camarero del buque con el nombre de la galería.
A media tarde, mientras regresaban al vestíbulo del Kempinski, Foster dijo a
Emily:
—Esta mañana mencionaste a Rudi Zeidler. ¿Te mandó tu secretaria algo sobre él?
—Zeidler, el arquitecto nazi al que querías localizar. El de los planos que te
faltaban. Claro que sí. Perdóname, Rex, se me fue de la cabeza. Sí, el paquete de Pamela
contenía algunas voluminosas carpetas sobre los arquitectos de Hitler. Estoy segura de
que Zeidler está entre ellos. Repasaré las carpetas en cuanto llegue, y te llamaré. —Se
dirigió hacia el mostrador de recepción—. Espera que coja mi llave y los mensajes que
haya.
—Sí, te espero —dijo Foster—. Yo ya tengo mi llave. Voy a comprar algo para
leer. Nos vemos en el ascensor.
Emily miró a Foster girar hacia la izquierda y detenerse en el quiosco que exhibía
numerosos periódicos y revistas locales e internacionales. Ella fue hacia el mostrador de
recepción y pidió la llave de su suite. Cuando se dio vuelta, vio que Foster volvía
caminando lentamente hacia ella. Había pasado la primera página de lo que parecía un
periódico ilustrado alemán y lo sostenía abierto entre la segunda y la tercera página. De
pronto detuvo sus pasos.
Emily se preguntó qué habría llamado su atención y Foster continuó caminando
hacia ella.
La tomó por el codo y la condujo en dirección contraria al ascensor, hacia una mesa
con tres sillas del vestíbulo.
—Aquí hay algo que quiero enseñarte —dijo misteriosamente.
—¿De qué se trata, Rex? —preguntó.
—Querías mantener en secreto tu visita a esta ciudad, ¿no es cierto?
—Sí, ya lo sabes.
—¿Quién está en el ajo, quiero decir, aquí en Berlín? —insistió Rex.
—Pues sólo las personas con las que he de trabajar, como el profesor Blaubach y
otros dos o tres. Y, también, claro, unos cuantos más en los que creí que podía confiar,
como tú, Tovah Levine, Nicholas Kirvov.
—¿Pero no se lo dijiste a nadie de la prensa?
—Claro que no. Bueno, en realidad sí, a un individuo llamado Peter Nitz, del
Morgenpost. Pero él es el primero que me aconsejó que actuara en secreto. —Frunció el
entrecejo y dijo—: ¿Por qué me preguntas todo esto, Rex?
Desplegó el periódico que llevaba en la mano y respondió: —Porque ahora todo el
mundo conoce el motivo de tu estancia aquí.
—No, no lo entiendo.
Foster abrió el periódico por la tercera página y lo puso sobre el regazo de Emily.
—Léelo tú misma.
Emily levantó la edición matutina del BZ y se encontró con una fotografía de sí
misma con Blaubach y Vogel en el montículo del búnker del Führer. Durante varios
segundos se sintió aterrorizada. Clavó la mirada en el pie de fotografía.
—Saben... saben incluso mi nombre y lo que estoy intentando hacer —dijo para sí.
Levantó la cabeza—. Rex, ¿cómo consiguieron esta foto?
—No lo sé. Sin duda alguien la sacó desde la plataforma de observación sobre el
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Muro. Tal vez la prensa tenga allí a un vigía enterándose de lo que pasa al otro lado.
—Es terrible —dijo Emily bajando el periódico—. Pero no me voy a preocupar por
eso. Tengo demasiadas cosas que hacer. Simplemente haré lo que tenga que hacer y me
volveré a casa a terminar mi obra.
—Admirable —dijo Foster—; sin embargo, pienso que deberías estar prevenida.
Reconócelo, Emily. Yo no quiero atemorizarte, pero quiero que seas realista. Exponerte
de este modo puede suponer un riesgo para ti. Me refiero a que eso podría incitar a
algún fanático neonazi a detenerte, a provocar algún accidente, como le pasó a tu padre.
Emily irguió la espalda y contestó:
—No creo que pase nada. Al fin y al cabo tal vez murió en un accidente real. No
puedo creer que haya muchos nazis sueltos después de casi medio siglo.
—¿Ah, no? —preguntó Foster—. Entonces, ¿por qué pretendes excavar el búnker
del Führer? ¿Para demostrar que todos murieron cuando se dice que lo hicieron? ¿O
para descubrir si alguno de ellos sigue vivo aún?
—Eso es otro asunto —dijo Emily tozudamente—. Es una simple investigación
histórica, un examen exhaustivo del pasado. Y francamente, no creo que vaya a
descubrir nada nuevo con esto. —Se levantó—. Creo que cada uno debería seguir
adelante con su trabajo. Pero antes que nada repasaré los ficheros de arquitectura y
buscaré lo que necesitas sobre Rudi Zeidler.
Foster estaba ya en pie.
—Si insistes, de acuerdo, pero lo de Zeidler no corre prisa.
—No querrás quedarte rondando por aquí para siempre. Sabré algo sobre él antes
de cenar. Si quieres puedes venir a tomar una copa a mi suite antes de que me traigan
algo de comer. Por entonces, probablemente ya lo haya encontrado.
—¿Tienes alguna cita para la cena?
—En realidad no. Iba a pedir que me subiesen un bocadillo.
—¿Te importa que te acompañe? —Foster la estaba guiando hacia el ascensor—.
Me encantaría cenar contigo. No sólo esta noche, sino todas las noches que estés libre.
En el ascensor Emily pulsó el botón y le miró de frente. —Una atractiva propuesta.
¿Qué hay detrás de eso? ¿Intentas protegerme?
—Ese podría ser un motivo —reconoció Foster—, pero el verdadero motivo es...
que quiero estar contigo.
Emily se relajó repentinamente y sonrió diciendo:
—Mejor así. En ese caso, pásate a las ocho.
Eran las ocho menos cuarto y Foster, que estaba en su habitación, había empezado
a ponerse nervioso.
Emily Ashcroft ocupaba totalmente su mente. El hecho de que ella pudiera correr
algún peligro le hacía darse cuenta más vivamente de lo mucho que le preocupaba.
Foster reconocía en ese momento que, a pesar de su recelo hacia los lazos afectivos, lo
que sentía era algo más que una simple preocupación. Nunca había sentido eso hacia
ninguna otra mujer, el deseo de estar con ella cada minuto y de que sólo fuera suya.
Terminó de anudarse la corbata y se puso rápidamente la chaqueta. El reloj de mesa
marcaba las ocho menos catorce minutos. Decidió llegar antes de lo previsto. Si ella no
estaba lista, se tomaría una copa mientras terminaba de vestirse. Al menos estaría cerca
de ella.
Salió de su habitación, fue a esperar el ascensor, y bajó en él hasta la segunda
planta. Cuando las puertas del ascensor se abrieron deslizándose, vio que la suite
número 229 estaba al fondo del pasillo, directamente enfrente.
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Irving Wallace El séptimo secreto
Al salir del ascensor, Foster vio a un camarero del servicio de restaurante, un joven
bajo y fornido, con una bandeja de copas, que procedente de otro pasillo se dirigía a la
puerta de Emily, y sin llamar siquiera, empleaba una llave maestra para entrar.
Lo primero que se le ocurrió fue que Emily había sido tan amable de pedir algún
cóctel para tomarlo en su suite antes de la cena, y que el camarero simplemente lo
llevaba. Confiado, recorrió el pasillo despacio, esperando que el camarero saliese y se
marchase. ¡Pero el camarero no salía! Foster notó que la puerta que comunicaba con la
suite estaba parcialmente abierta, así que decidió entrar.
Al llegar al cuarto de estar, le sorprendió que estuviera vacío. El camarero no se
veía por ninguna parte, aunque había dejado la bandeja con las bebidas sobre el
escritorio. Foster, con curiosidad, se asomó al dormitorio, esperando ver al camarero
inmóvil junto a Emily, mientras ella firmaba la nota. Pero tampoco había nadie en la
habitación. Era desconcertante. Foster dio varios pasos por el dormitorio sin hacer
ruido, avanzando hacia el baño, con la intención de llamar a Emily.
Pero, ante su sorpresa, vio que la puerta del baño estaba abierta de par en par y
corrió hasta llegar a ella preguntándose qué estaba pasando. Rápidamente vio lo que
estaba pasando, y la impresión le dejó clavado junto a la puerta abierta.
El baño no estaba precisamente vacío.
Podía oír el agua correr y era evidente que Emily seguía en la ducha; pero en la
parte exterior de la puerta de cristal de la ducha, de espaldas a Foster, estaba muy quieto
el corpulento camarero.
Por un momento, Foster pensó que se trataba de un voyeur, o posiblemente de
alguien que iba a intentar una violación. En ese instante, Emily cerró el grifo de la
ducha, y entonces el camarero sacó un cuchillo de debajo de su chaqueta y tiró
bruscamente de la puerta de la ducha.
Foster oyó el grito sofocado de incredulidad de Emily. El camarero, con el cuchillo
levantado, estaba a punto de entrar en la ducha.
En ese mismo instante, Foster sintió explotar dentro suyo todos sus instintos de
agresión incubados en Vietnam, y se catapultó hacia adelante con un alarido de rabia.
El camarero, aturdido, se detuvo y se dio la vuelta, con el cuchillo aún en alto,
tratando de descubrir qué estaba sucediendo, pero Foster estaba encima suyo como un
loco, cogiéndole por la muñeca levantada hasta que la navaja cayó al suelo. Con un
rápido movimiento de experto judoca, Foster se encogió, agarró al camarero y le lanzó
hacia el aire a una cierta altura sobre su cabeza, estrellando al agresor contra el suelo de
baldosas del baño, enfrente suyo.
Después de agarrar y lanzar al tipo, Foster detuvo por un momento su mirada en
Emily que seguía en la ducha. La vio desnuda, rezumando agua, apoyada contra una
pared de la ducha, con los ojos cerrados, temblando de miedo, intentando mantener el
equilibrio.
Foster, tras asegurarse de que no estaba herida, se dio la vuelta para seguir con el
agresor. Pero el corpulento camarero había conseguido levantarse tambaleando, y sin
mirar atrás se precipitó hacia el dormitorio. Foster, jadeante, comenzó a perseguirle.
Cuando llegó a la puerta del cuarto de estar, el camarero se había ido. Foster corrió
hasta la puerta abierta de la suite, miró a un lado y a otro del pasillo del hotel. Vio al
camarero desaparecer a toda carrera doblando una esquina.
Quería perseguirle, pero sabía que el asesino habría planeado cuidadosamente su
vía de escape. No le atraparía nunca. Se preguntaba si debería llamar al vestíbulo, pero
sabía que también sería imposible interceptarle. El criminal habría encontrado otros
medios para entrar y salir del hotel.
Y lo único que preocupaba realmente a Foster en ese momento era Emily y su
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seguridad.
Volvió apresuradamente al baño para ayudarla. Aún estaba en la ducha. Había
resbalado por la pared de baldosas y yacía encogida bajo el teléfono de la ducha que
seguía goteando, en estado de colapso.
Se agachó para meterse en la ducha, se arrodilló y alcanzó su cuerpo mojado y
resbaladizo. Cuando sus brazos la rodearon por debajo intentando sostenerla
firmemente, Emily se dio cuenta de que era Foster quien la cogía y de que estaba
segura, y entonces reclinó la cabeza contra su hombro con un gemido de gratitud.
Foster la levantó del suelo de baldosas casi sin dificultad, y salió de la ducha con
Emily arrebujada estrechamente contra él, tiró de uno de los albornoces del hotel y se lo
echó por encima. La llevó con cuidado a través del baño hasta el dormitorio.
—¿Cómo estás?, ¿cómo estás? —le susurraba sin cesar.
—Gracias a Dios que viniste, gracias a Dios.
—Échate aquí —dijo Foster, sosteniéndola todavía y retirando con dificultad la
colcha y la manta al mismo tiempo. Al final lo consiguió, la depositó delicadamente
sobre la cama y cubrió su cuerpo con la manta, dejando el albornoz a un lado.
Cuando estuvo tapada, Emily comenzó a recuperar la serenidad, mientras le miraba
parpadeando:
—¿Qué pasó, Rex? ¿Quién era?
—Era un camarero del servicio del restaurante que traía las bebidas que encargaste,
o eso pensé al menos cuando le seguí hasta aquí.
—Pero yo no pedí nada al servicio de restaurante —dijo. Se enderezó, sosteniendo
la parte superior de la manta sobre sus pechos—. Ya tenía aquí bebidas para nosotros.
No creo que fuera un camarero.
—Y no lo era. Alguien vino aquí para matarte. Cuando lo vi en el cuarto de baño,
perdí los estribos. —La miró con detenimiento—. ¿Estás segura de que te encuentras
bien?
—Estoy viva —dijo—, supongo que eso es estar perfectamente. —Se detuvo—.
¿Quién puede haber sido?
Él le dirigió una media sonrisa.
—Al parecer un asiduo lector que vio la fotografía en el periódico de la mañana,
alguien a quien no le gusta que husmees en el pasado nazi.
Emily sacudió su húmedo y enmarañado cabello con incredulidad:
—Pero asesinato...— dijo.
—¿Sabes que es la mejor manera de disuadir a las personas fisgonas? —Volvió a
mirarla con preocupación—. Emily, ¿cómo te sientes?
—Aún un poco asustada, pero me voy recuperando. Estaré bien en seguida. Sin
embargo, me temo que no voy a estar en forma para cenar. Creo que he perdido el
apetito, ¿sabes? Lo único que necesito es compañía, si puedes quedarte haciéndome
compañía con el estómago vacío. Compañía y nos tomamos una buena copa. Yo quizás
un whisky. ¿Y tú?
—Compañía y una buena copa —afirmó Foster—. Y al infierno con la cena. Esto
es mucho más agradable. Creo que deberíamos celebrar tu supervivencia y el que
estemos juntos, emborrachándonos un poquito. Permíteme que sirva un par de whiskies
para empezar. —Se detuvo antes de entrar en el cuarto de estar—. Sabes, Emily, esta
noche quería decirte algo, en cuanto estuviésemos solos.
—¿Qué es?
—Que creo que te amo, sólo eso. Ahora bebamos también por esto.
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tal como la vio cuando se conocieron. La recordaba a medias como una mujer
demasiado serena, dueña de sí misma, autónoma, intimidante por su erudición e
independencia, deseable pero aparentemente inalcanzable.
Y ahora se había desnudado totalmente para él, había sucumbido a su pasión hacia
él, se había fundido con él, había pasado a formar parte de él como él había pasado a
formar parte de ella.
El amor que sentía hacia ella era casi insoportable. E igual era su felicidad.
Cuando volvió a cubrir su cuerpo con la manta se dio cuenta, más que nunca, de lo
valiosa que era para él. Sintió un estremecimiento al recordar lo que había sucedido
pocas horas antes. Alguien había intentado matarla. Alguien podía intentarlo de nuevo.
No debía permitirlo. No se arriesgaría a perderla.
Sin embargo, sabía que ella sólo podía estar segura si abandonaba la búsqueda de
Hitler e ignoraba el enigma de la muerte de su padre.
Foster comprendió con claridad que Emily no abandonaría ninguna de las dos
pesquisas, por mucho que le amara, por mucho que quisiera estar con él.
Deslizándose bajo la manta a su lado, sintió que Emily se agitaba ligeramente y que
luego cruzaba el brazo sobre su pecho. Miró su deliciosa cara en reposo, alcanzó a
apagar la lamparilla e intentó pensar qué podía hacer para protegerla, a ellos dos, a su
futuro. Esto en la oscuridad parecía insoluble. Y pronto se quedó dormido.
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su erección. Luego se dejó caer cada vez más profundamente mientras su vulva se iba
llenando con la penetración.
Luego Emily empezó a cabalgar encima suyo, moviéndose arriba y abajo y
meciéndose, mientras se agarraban y se ceñían el uno al otro sin parar.
Después de muchos minutos, fueron rodando poco a poco sobre sus costados,
colocándose cara a cara, y él comenzó a dominar los movimientos pélvicos.
Pronto estuvo encima de ella, y se aceleró el ritmo de su intenso acoplamiento.
Casi media hora después, él se soltó y la llenó con su orgasmo, y cuando hubo
terminado, ella se corrió salvajemente, sintiendo la descarga desde la punta de los dedos
hasta la punta de los pies. Al cabo de un ratito, se separó del cuerpo de Emily y vio que
tenía los ojos fuertemente cerrados y que sus caderas se mecían. Se agachó entonces y
comenzó a acariciar su clítoris. Ella se corrió en seguida otra vez. Y luego una tercera, y
una cuarta.
Cuando hubieron acabado, él la tomó en sus brazos, y ella se abrazó a él con la
cabeza sobre su velloso pecho.
Luego ella se desprendió, echó hacia atrás con la mano su largo cabello y se apoyó
en un codo mirándole.
—¿Sabes? —dijo Emily—, podemos seguir haciéndolo todo el día.
—Y toda la noche —le recordó él.
—Pero uno de nosotros ha de ser práctico —dijo ella—. Puesto que tú eres el
hombre de la casa, convendría que te pusieras a trabajar. Podrías visitar a Zeidler.
Él se sentó en la cama y preguntó:
—¿Y tú qué vas a hacer?
—Voy a tomar un gran desayuno con el hombre al que amo. Luego le voy a
despachar hacia Herr Zeidler.
—¿Y cuando me haya marchado?
—Voy a coger tu llave y voy a ir a tu habitación. Recogeré tus cosas y las
trasladaré a esta suite. Podemos estar los dos aquí por el precio de uno. Nunca viene mal
ahorrárselo. Eso si tú estás de acuerdo, claro.
—Totalmente —dijo Foster.
—Y cuando haya traído aquí tu equipaje, comenzaré de nuevo mi búsqueda de
Herr Hitler.
—Pero con cuidado.
—Con mucho cuidado.
Foster saltó enérgicamente de la cama.
—Antes déjame ducharme y vestirme. En cuanto hayamos terminado de desayunar,
antes de intentar ver a Zeidler, iré a dirección y les contaré lo del hombre del cuchillo de
anoche. No quiero que corras más riesgos, mi amor.
Ella le miró sonriendo desde la cama; él, por su parte, se inclinó para besarla y le
resultó más difícil que nunca dejar de hacerlo.
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agresión tiene implicaciones políticas como usted ha insinuado, puede estar seguro de
que el jefe Schmidt se mostrará interesado. Siente gran odio hacia los neonazis. Siempre
ha intentado eliminarlos de nuestra sociedad. Ha de saber que el jefe Schmidt fue un
héroe de la resistencia alemana antinazi: el único conspirador importante que sobrevivió
a la depuración que hizo Hitler después de que fallara el complot de Von Stauffenberg
para liquidarle. Le telefonearé diciendo que está usted de camino. Por favor infórmele
del caso sin más dilación.
* Nuevamente el mismo error: Cuando el verbo haber se emplea para denotar la mera presencia o
existencia de personas o cosas, funciona como impersonal y, por lo tanto, se usa solamente en tercera
persona del singular [Nota del escaneador].
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—Me temo que no muy bien. Todo pasó muy de prisa. Era mucho más bajo que yo.
Quizá metro sesenta y cinco. Le tiré por encima de mi hombro y puedo asegurarle que
era pesado y musculoso. Calculo que unos ochenta y siete kilos. Tenía el pelo negro, los
ojos oscuros, nariz ancha y plana, algo atezado.
Schmidt estaba escribiendo.
—¿Cree usted que era alemán? —preguntó.
—No tengo ni idea.
Schmidt dejó su bolígrafo y se recostó en su baja butaca giratoria. —Y de la
víctima en potencia, Emily Ashcroft —dijo el jefe—, ¿puede usted contarme algo más?
—¿Que le gustaría saber?
—¿Sabe usted si tiene algún enemigo en Berlín occidental?
—¿Enemigos? —preguntó Foster—. De hecho no conoce a nadie aquí. Es una
investigadora inglesa absolutamente inofensiva. No me imagino que alguien pueda tener
motivo alguno para hacerle daño.
—Entonces, está aquí como turista —dijo Schmidt bruscamente. Foster meditó la
respuesta. Si quería ayudarle, lo mejor sería decir la verdad.
—No, como turista realmente no —dijo—. Ella y su padre estaban escribiendo
juntos una biografía definitiva sobre Adolf Hitler. A su padre, el doctor Harrison
Ashcroft, le mataron en un accidente de tráfico en Berlín...
—Ya sabía que el nombre me resultaba familiar —le interrumpió Schmidt—.
Hablé con su hija por teléfono. Recuerdo que yo mismo investigué el desgraciado
accidente.
—... y después, Emily Ashcroft vino a Berlín sola para seguir algunas pistas que
tenía sobre las últimas horas de Hitler.
—¿Qué más puede descubrir aquí? —dijo Schmidt encogiéndose de hombros—.
Todo el mundo sabe que Hitler se suicidó en su búnker en 1945. Los soviéticos lo
demostraron.
—Bueno, la señorita Ashcroft es una historiadora meticulosa. Quiere verificar
todos los detalles. Existe una posibilidad de que Hitler sobreviviera y escapara.
Schmidt emitió una risa ronca.
—Sí, ya conozco todos esos descabellados rumores. El último que oí fue que
sacaron a Hitler a escondidas de Alemania y le llevaron en un submarino alemán hacia
el Japón. —Volvió a reírse—. Tal vez la señorita Ashcroft debería ir a investigar a
Japón.
Foster se sintió molesto por las burlas del jefe de policía, e instintivamente
comenzó a disgustarle aquel funcionario matón.
—Alguien intentó deliberadamente matarla aquí, en Berlín —dijo Foster sin sonreír
—. Me han dicho que aún quedan grupos de veteranos de las SS rondando por Berlín
occidental, que idolatran a Hitler y los viejos tiempos felices de su poder. Como usted
debe de saber, la fotografía de la señorita Ashcroft apareció ayer en uno de sus
periódicos berlineses. La vieron en la zona oriental visitando el lugar del búnker. Quizás
alguno de esos grupos de veteranos de las SS se dio cuenta, y para que ningún
extranjero se entrometa en el heroico final de Hitler decidió interrumpir la
investigación.
El grueso rostro de Schmidt volvió a mostrarse solemne.
—Una posibilidad poco probable. Es cierto que aún existe un puñado de soñadores
nazis, neonazis que recuerdan la gloria del Tercer Reich. Mi departamento está siempre
sobre aviso para dar con ellos. Pero los intransigentes son muy pocos, muy entrados en
años y totalmente ineficaces. Sin embargo, podría haber entre ellos algún demente.
—Y tal vez ese demente pagó a alguien para que asesinara a la señorita Ashcroft.
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Foster siguió a Rudi Zeidler a través de su casa, una casa de una planta, grande,
irregular y bien amueblada, situada aproximadamente un kilómetro al oeste de
Grunewal.
Zeidler vestía una camisa deportiva blanca, pantalones de dril blancos y zapatillas
de tenis, y era tan alto como Foster, pero más delgado, más huesudo, un hombre de gran
vivacidad para sus sesenta años. Su inglés era excelente, y lo empleaba para describir
algunas piezas de escultura y de pintura expresionista francesa que iban viendo mientras
recorrían su casa ultramoderna, amueblada con piezas danesas de teca encerada.
Al fondo llegaron a un estudio espacioso, bañado con el sol que penetraba por un
tragaluz. El estudio, aparte de un escritorio plano y de varias butacas tubulares con
respaldos de rejilla, únicamente estaba amueblado con mesas para fijar planos
arquitectónicos.
Zeidler señaló la sala con un gesto del brazo.
—Parte de mi sala de trabajo —dijo indicando las mesas—. De vez en cuando aún
tengo entre manos algunos encargos de arquitectura.
Retiró una silla para que Foster se sentara, y él se instaló detrás de la mesa
metálica. Foster observó que encima de la mesa la única pieza del equipo era un
ordenador verde.
—O sea —dijo Zeidler— que su libro es sobre arquitectura alemana. ¿Querría
hablarme de él?
—Preferiría mostrárselo —dijo Foster. Levantó su carpeta y se la tendió—. Como
puede usted ver se titula Arquitectura del milenario Tercer Reich. Lo que se hizo y lo
que se planeó, pero nunca se llevó a cabo. No tiene que molestarse en examinar el libro
entero. Sólo para darle una idea de lo que tengo. Y también para darle una idea de lo
que me falta.
Zeidler comenzó a pasar las páginas de fotografías y dibujos de la carpeta. Sin
levantar la mirada, preguntó:
—¿Qué es lo que falta?
—Los edificios y los diseños que usted realizó para Albert Speer y Hitler, cuando
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era socio de Speer. Por lo que usted me dijo por teléfono, debió de ser una época
delirante.
—Mucho —confirmó Zeidler, mientras continuaba absorto en la carpeta. Terminó
de hojearla, la cerró y la devolvió a Foster—. Sí, parece que lo tiene todo excepto lo que
yo hice.
—Quiero que este libro sea completo, señor Zeidler. Necesito conocer lo que usted
realizó.
—Más bien poco. Sin embargo, es de cierta importancia.
—Por lo que he podido saber, usted construyó y diseñó siete edificios para Hitler.
Zeidler movió afirmativamente su esquelética cabeza.
—Siete, exactamente.
—No he podido encontrar fotografías, ni siquiera dibujos, de ninguno de ellos entre
los papeles de Speer.
Zeidler arrugó su afilada nariz.
—Speer no estaba precisamente orgulloso de ellos. Así que no conservó copias. No
las encontrará en ninguna otra parte porque se suponía que eran secretos.
—¿Secretos? ¿Por qué?
—Porque los edificios eran alojamientos subterráneos ocultos destinados a Hitler
cuando se trasladaba por Alemania durante la guerra —dijo Zeidler.
—¿Y realmente fueron mantenidos en secreto? —preguntó Foster.
—Bueno, en la medida en que pueden mantenerse secretas las obras de
construcción —dijo Zeidler—. Al fin y al cabo en todas las construcciones interviene
siempre un número bastante elevado de personas. Están los obreros, aunque en la
mayoría de los casos Hitler daba estos trabajos a obreros esclavos: judíos, polacos,
checoslovacos, y después de terminar la obra se los ejecutaba. Cuando se acababa uno,
Hitler destinaba a un general de la Wehrmacht y a miembros de su estado mayor a cada
subterráneo. Los enemigos del Reich no conocieron la existencia de estos edificios
subterráneos hasta que la guerra hubo terminado.
—¿Y éstos fueron los que usted diseño y construyó? —apuntó Foster.
—Todos y cada uno de ellos —dijo Zeidler con cierto orgullo.
—¿Tiene usted fotografías?
—Desgraciadamente muy pocas. Le recuerdo que mientras se construían y se
utilizaban fueron secretos. Cuando se perdió la guerra y Alemania fue invadida, Hitler
ordenó que se evacuaran y volaran algunos de estos búnkers. Otros fueron descubiertos
y destruidos por rusos, británicos, norteamericanos y franceses. Quizá tenga algunas
fotografías de las ruinas, pero son muy poco representativas de la arquitectura
originaria. Puedo enviarle lo que tengo. ¿Dónde se aloja?
—En el Kempinski.
—Lo recibirá dentro de un día o dos.
Abrió un cajón de su escritorio metálico, extrajo un pedazo de papel y apuntó algo.
Luego palpó en el interior del cajón y sacó una pipa Meerschaum amarilla ribeteada en
blanco y un saquillo de piel. Mientras rellenaba la pipa preguntó:
—No le molesta, ¿verdad?
Foster sacó de un bolsillo de la chaqueta su gastada pipa de brezo y un paquete de
tabaco.
—Le acompaño.
Zeidler tendió su saquillo a Foster.
—Pruebe mi tabaco holandés. Es muy suave.
Foster mientras embutía el tabaco en su pipa dijo:
—Si no tiene fotografías adecuadas de sus obras, ¿tiene tal vez los dibujos
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Tovah Levine estaba tan impaciente por llegar puntualmente a la cita con su
superior que apareció en el café Carré quince minutos antes. No le importó haber
llegado tan pronto a ese lugar porque la terraza exterior del café de la Savignyplatz, algo
retirada del barrio comercial de Berlín, ofrecía un remanso de paz y una cierta
intimidad. Se sentó en una silla de acero junto a una mesa blanca en el patio cubierto de
grava, que quedaba totalmente oculto de la calle por un alto seto verde. Tovah estaba
disfrutando aquella sensación de sosiego y se sobresaltó un poco cuando de pronto
Chaim Golding se sentó enfrente suyo.
La saludó con un escueto buenos días y pidió un batido de crema. Tovah, a pesar
de que no le gustaba el batido de crema, pidió lo mismo, pues era demasiado tarde para
el desayuno y demasiado pronto para el almuerzo.
Golding dedicó los minutos siguientes a vaciar los bolsillos de su chaqueta y
examinar sus notas.
Tovah, sentada frente a él, estaba más impresionada que en su primer encuentro, al
ver que Chaim Golding parecía más bien un perfecto ario alemán que un israelí, director
de las operaciones del Mossad en Berlín occidental.
Mientras les servían los batidos de crema, Tovah contemplaba a Golding, que se
había levantado un momento para quitarse su chaqueta de algodón a rayas. La primera
vez que le vio, al poco tiempo de llegar ella a Berlín, estaba atareado detrás de su
escritorio. Con cuatro palabras le había explicado su misión: conocer a una persona
recién llegada a Berlín, la historiadora Emily Ashcroft, y descubrir más cosas sobre las
pistas que poseía respecto a la posibilidad de que Hitler y su esposa hubieran
sobrevivido al caer la ciudad.
Ahora, al solicitar este segundo encuentro, Tovah recibió una mejor impresión de
Chaim Golding. Parecía tener una altura de metro setenta y cinco, un cuerpo nervudo,
duro y atlético, con ojos de color gris claro y una nariz recta. Cuando se volvió a sentar,
Tovah observó que estaba más relajado y más cómodo que en su despacho del Mossad
durante su encuentro inicial.
—O sea —dijo sin alzar la voz, removiendo la espuma de su crema batida— que
conociste a la señorita Ashcroft de Oxford en el hotel Kempinski.
Su pregunta la cogió por sorpresa.
—Ah, ¿lo sabes?
—Mi trabajo consiste en saber —dijo sin sonreír—. ¿Te gusta ella?
—Mucho.
—¿Le gustas tú?
—Creo que sí. Incluso hemos cenado juntas.
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—No tengo la más ligera idea. Pero intentaré descubrirlo. —Se puso en pie—.
Aquí tiene una nevera con coca-colas, señorita Levine. Tómese una. En seguida vuelvo.
Tovah no tenía paciencia para tomar nada. Volvió a esperar, algo abatida, pero
interesada todavía por lo que Peter Nitz le traería.
Nitz volvió con un único recorte largo, que examinaba mientras se acercaba a la
mesa.
—De cosecha más reciente. Un recorrido por algunos de los más viejos
restaurantes y night-clubs de Berlín occidental que existen desde los años veinte.
Manfred Müller era el animador más popular de uno de ellos. Müller tenía un
extraordinario parecido con Hitler y solía regalar a su público, en la época del Führer,
con sus imitaciones de Hitler en el escenario. Un día no volvió a aparecer. No le vieron
nunca más. Ni idea de lo que le pasó. Tal vez se retiró.
—¿Me pregunto si Manfred Müller continúa con vida?
—El artículo no lo dice. Menciona el restaurante night-club donde solía actuar.
Antes se llamaba Lowendorff Club. Ahora se llama Lowendorff’s Kneipe. ¿Por qué no
se da una vuelta por allí y busca a quien pueda darle noticias sobre Müller? No es muy
prometedor, pero quizá valga la pena. Le voy a dar la dirección.
Era desde luego una cervecería al aire libre de clase media, observó Tovah. Cuando
entró en el recinto exterior formado por unas vallas y un techo de enrejado de parra que
lo aislaban un poco de la calle, vio unas cuantas mesas, dispuestas desordenadamente,
con gente joven sentada alrededor, frente a sus refrescos, cervezas o whiskies. Sobre la
entrada de la puerta interior del club había un letrero de neón, sin encender aún a esa
hora de la tarde, que rezaba en grandes letras: «LOWENDORFF'S», y debajo en
caracteres más pequeños: «FRÜHSSTÜCK SKNEIPE.»
Tovah interceptó a un camarero que venía de una mesa y se presentó como una
periodista que quería entrevistar al propietario.
—Se refiere a Herr Bree, a Fred Bree —dijo el camarero, impresionado—. Está
dentro. Venga. Se lo traeré.
Tovah siguió al camarero desde el soleado exterior a la oscura cervecería. Allí las
mesas estaban alineadas con más orden, y no había ninguna ocupada a esa hora, a media
tarde. Detrás había una pista encerada, Tovah supuso que para bailar y también para las
actuaciones, y al fondo estaban los cinco miembros de una orquesta preparados para
ensayar. Estaba hablando con ellos un hombre joven y nervudo, en mangas de camisa y
pantalones cortos de cuero bavareses* sostenidos por tirantes rojos.
Dentro de la sala, en la primera hilera de mesas, el camarero levantó el brazo para
detener a Tovah y le dijo:
—Espere aquí.
Se acercó presuroso al nervudo joven de pantalones bavareses que estaba hablando
con los músicos y le susurró algo, señalando hacia la entrada. El joven dio media vuelta
para localizar a Tovah, hizo un saludo con la cabeza y subió el pasillo en dirección suya.
—Soy Fred Bree —dijo—. ¿Desea hablar conmigo?
—Me llamo Tovah Levine. Trabajo para el Jerusalem Post, y estoy haciendo una
serie de artículos sobre el tipo de diversiones que solía haber en Berlín antes de la
guerra. Tenemos muchos lectores que emigraron desde Berlín, y que se interesan por los
reportajes nostálgicos. Me han dicho que un tal Herr Lowendorff llevaba antes este
lugar.
—Walter Lowendorff... sí, hizo muy popular este club en los años treinta —dijo
* La forma correcta del gentilicio es bávaros (del lat. Bavñrus) [Nota del escaneador].
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Bree.
—Me han dicho que tenía un número que era una atracción especial. Un
espectáculo individual donde actuaba el mimo Manfred Müller. Querría saber algo
sobre este Müller.
—Manfred Müller —masculló Bree—. Me suena, pero realmente no sé nada de él.
Yo no había nacido por entonces. Este tipo de cosas sólo las podría haber sabido Herr
Lowendorff o mi padre. Este barrio quedó muy afectado por los bombardeos de los
aliados en los últimos meses de la segunda guerra mundial. Después de la guerra,
Lowendorff no se vio con ánimos para reconstruir el club, así que se lo vendió a mi
padre, que ya era propietario de varios Kneipen. Cuando mi padre murió en 1975, yo
heredé el club y lo dirijo desde entonces.
—¿O sea que usted no sabría decirme nada sobre Manfred Müller?
—Le repito que mi padre tal vez hubiera sabido algo, pero ya no está aquí. Desde
luego es posible que Walter Lowendorff recuerde algo de sus viejos números. —Al
joven propietario se le ocurrió de pronto—: ¿Por qué no se lo pregunta al propio
Lowendorff?
Tovah, que estaba bastante decaída, sintió una oleada de esperanza.
—¿Quiere decir que el auténtico Lowendorff está vivo aún?
—Es indestructible —dijo Bree con una mueca—. Es realmente una vieja gloria,
todas las articulaciones le crujen, está algo desmemoriado, pero todavía se acuerda de
dejarse caer por su viejo club para la cervecita diaria. —Cogió a Tovah por el brazo y
dijo—: Salgamos a la terraza a ver si ha llegado ya.
Salieron a la terraza cubierta con el emparrado y Bree recorrió con la mirada los
clientes de las mesas.
—Todavía no está. —Bree consultó su reloj de pulsera—. Suele venir a las tres.
Así que tardará unos diez minutos más o menos. ¿Por qué no se sienta en una mesa,
Fräulein Levine, y le espera allí? Déjeme invitarla a una cerveza. Estaré vigilando su
llegada y se lo traeré.
—Gracias, Herr Bree.
El propietario acompañó a Tovah a una mesa vacía, chasqueó los dedos para llamar
al camarero, le ordenó que trajera una cerveza de barril y luego se fue a charlar con
otros clientes.
Tovah iba sorbiendo su espumosa cerveza cuando se dio cuenta de que habían
transcurrido quince minutos, y comenzó a tener sus dudas de si todo aquello daría algún
resultado; pero entonces vio que Bree volvía con un hombre viejo y tambaleante a
remolque.
Bree ayudó al anciano a sentarse en una silla de la mesa de Tovah, y los presentó.
—Fräulein Levine, éste es el célebre Walter Lowendorff. Ya casi le he contado qué
le trae por aquí. Sigan hablando solos mientras yo mando a por otra cerveza.
Tovah examinó al viejo arrugado con cierta desconfianza. Tenía los ojos
neblinosos, y miraba a la gente de las demás mesas como al vacío, con una sonrisa
idiota impresa en su cara de pasa.
No se inmutó por la presencia de Tovah hasta que le pusieron la cerveza delante.
Luego, finalmente, después de lamer la espuma, enfocó su mirada en Tovah.
—Estoy escribiendo sobre algunas de las actuaciones y animadores más famosos
del Berlín de los años treinta —comenzó diciendo Tovah—. Me han dicho que usted
promocionó a algunos de los mejores.
—Sí, es cierto —dijo Lowendorff—. A los mejores.
Sorbió su cerveza, mirando con atención a Tovah por encima de su jarra de cristal.
—Me interesa especialmente un espectáculo de su local que se hizo famoso —dijo
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Tovah, sacando fuerzas de flaqueza—. Creo que tuvo gran éxito Manfred Müller, un
mimo que imitaba sensacionalmente a Hitler.
—Ah, Müller, Müller —dijo Lowendorff, con la espuma prendida de los labios
mientras dejaba la cerveza en la mesa—. El mejor, el mejor de todos.
—Quiero saber más cosas sobre él —dijo Tovah—. Tengo entendido que podía
haber doblado muy bien a Adolf Hitler.
O bien la cerveza o el recuerdo de Müller pareció devolver la claridad al viejo.
—Parecía exactamente Hitler —recordó Lowendorff—. Era la imagen clavada,
desde el mechón de pelo oscuro sobre su frente hasta los fanáticos ojos azules y el
bigote en cepillo. Era el mismísimo Hitler. Y también era un cómico gracioso. Podía
representar a Hitler a la perfección, pero era satírico, muy satírico. No era cruel.
Simplemente humorístico. Desde el momento en que hizo su primera prueba, le
contraté.
El pensamiento de Lowendorff se fue a la deriva y volvió a sorber su cerveza
mientras visitaba el pasado.
Tovah intentó traerle de nuevo al presente.
—Usted contrató a Manfred Müller. Actuó aquí. Fue un éxito.
—Un enorme éxito. Cada noche sólo quedaba sitio de pie. Venían espectadores de
todas clases, desde todas partes. Manfred no tenía casi ningún fallo cuando representaba
los movimientos de Hitler. Imitaba a Hitler en la cervecería de Munich dando órdenes.
Imitaba a Hitler en la celda de su prisión dictando Mein Kampf a Hess. Hitler ordenando
el incendio del Reichstag. Era terrible, para desternillarse de risa. El negocio nunca
había ido mejor.
—Pero luego lo abandonó —le pinchó Tovah—. Sé que interrumpió sus
actuaciones cuando todavía estaba en pleno apogeo. ¿Por qué lo dejó?
El viejo intentaba comprender lo que Tovah estaba diciendo.
—¿Dejarlo, dejarlo? No, no, él no lo dejó. Manfred Müller estaba en la cima del
mundo, sí. Todo Berlín hablaba de él, hasta que le obligaron a dejarlo.
—¿Quién le obligó a dejarlo?
—Pues la banda de Hitler, claro. Una noche, después de su actuación, le estaban
esperando. Cuatro hombres de la Gestapo de Göring, ¿o era de Himmler, entonces? Ya
me he olvidado. Le agarraron, le metieron en un coche y se lo llevaron. Eso fue en la
primavera de 1936. La última vez que vi a Manfred Müller.
Tovah estaba sentada al borde de su silla.
—Pero, ¿qué le pasó?
—Nunca más oí hablar de él. Se esfumó de pronto. Tal vez le mataron por su
audacia. Quizá no. Tal vez sólo le hicieron callar.
O quizá, quizá simplemente pasó otra cosa. Un hombre que parecía Hitler, que
podía imitar a Hitler a la perfección, podría ser útil para algo más.
—Y si vivió, ¿podría estar vivo aún? —preguntó Tovah.
—Podría ser, podría ser. Era una persona joven, tendría poco más de treinta años
cuando le pillaron.
—¿Sabe usted quién podría saber lo que sucedió? —insistió Tovah.
—No, nadie, o quizá... —Lowendorff tembló un poco esforzándose por llegar a
algún escondrijo de la memoria.
—¿Quizá? —le apuntó Tovah.
Parecía que Lowendorff había hecho algún descubrimiento en su exploración del
pasado.
—Anneliese Raab. Era la ayudante de Leni Riefenstahl en las fotografías de las
Olimpiadas de Berlín. Conoció al propio Hitler, Anneliese Raab, a través de
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Irving Wallace El séptimo secreto
Riefenstahl. Anneliese tenía unos dieciocho años. Solía venir a mi club a menudo a
reírse de las bufonadas de Manfred Müller. Quizás ella le habló a Hitler de las
imitaciones de Müller. Quizás Hitler le contó a ella lo que había hecho con Müller. Sí,
sí, vaya a ver a Fräulein Raab.
—¿Tiene su dirección?
—Cualquier persona le dirá dónde encontrarla. Todavía es famosa. Sí, sí, Anneliese
Raab es la persona que podría saber qué sucedió con nuestro imitador de Hitler.
—Claro que sé lo que sucedió con Manfred Müller —dijo Anneliese Raab,
mientras caminaba con paso enérgico por el pasillo del bloque de apartamentos Eden
situado junto al hotel Palace en el Europa Center.
Anneliese confesó orgullosamente que poseía el costoso ático que acababan de
dejar y también el apartamento que estaban a punto de visitar y que ella había
convertido en su sala privada de proyecciones.
—Müller era un actor absolutamente maravilloso —aseguró a Tovah.
No resultó difícil para Tovah dar con Annaliese Raab, una mujer baja, fuerte, que
llevaba una peluca rubia y rizada y un traje sastre gris, pues era muy conocida en la
ciudad. Anneliese había aceptado cordialmente la entrevista, invitando a Tovah a ir a
verla.
En cuanto Tovah expuso el motivo de su entrevista, Anneliese telefoneó a alguien
de su sala de proyecciones, y pidió en tono enigmático a Tovah que la acompañase a ver
un carrete o dos de las filmaciones de los Juegos Olímpicos de Berlín 1936, en cuya
producción había ayudado a Leni Riefenstahl.
—Bueno, ¿y qué le pasó a Manfred Müller después de que la Gestapo lo atrapara
en el club Lowendorff aquella noche de 1936? Anneliese miró divertida a Tovah y dijo:
—Pues que se convirtió en el doble de Hitler, claro. Venga, se lo mostraré.
Tovah Levine, excitada por la inesperada revelación, siguió a la cineasta alemana al
interior de su sala de proyecciones, pequeña y bellamente decorada, con sus filas de
butacas plegadas de cuero marrón.
Anneliese se instaló en un asiento junto al cuadro de mandos e hizo señas a Tovah
para que se sentara a su lado. Anneliese apretó una tecla situada junto al micrófono y
habló a alguien que estaba encima de ellos en la sala de proyección:
—Cuando estés a punto empezamos.
—Necesito cinco minutos para montar el carrete —anunció la voz incorpórea desde
la cabina de proyección.
Anneliese se echó hacia atrás y giró un poco hacia Tovah.
—O sea que tenemos cinco minutos de explicaciones. Le diré lo que yo sé.
—Sobre el doble de Hitler —dijo Tovah con voz entrecortada.
La simple confirmación de esta posibilidad otorgaba validez inmediata a la
búsqueda de Emily Ashcroft en pos de la verdad.
—Sí, Manfred Müller fue el doble de Hitler gracias a mí —dijo distraídamente
Anneliese—. Por lo que yo dije a Hitler de él en una gran cena que el Führer celebró en
honor del aviador y héroe norteamericano Charles A. Lindbergh. Antes de la cena los
invitados se reunieron en grupos a charlar y a cotillear. Yo había conocido a Hitler en
otro acto a través de Leni Riefenstahl. Pero Goebbels me vio que estaba bebiendo sola y
me introdujo en el círculo de Hitler. Por entonces, yo era muy joven y realmente
bastante guapa. Goebbels sabía que a Hitler le gustaba rodearse de chicas guapas, así
que me llevó para que me uniera al coro de mujeres que adulaban al Führer. No
recuerdo cómo sucedió, pero por un momento me hallé al lado de Hitler, un poco
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Irving Wallace El séptimo secreto
bebida. Supongo que había tomado demasiado vino. Sea como fuere, de repente estaba
hablándole a Hitler del magnífico imitador suyo, del magnífico mimo llamado Manfred
Müller que actuaba cada noche en el Lowendorff. Cuando acabé de contarlo, temí que
se hubiera ofendido. Sin embargo, le había fascinado la historia. Me cogió por el codo y
me apartó a un lado hasta que estuvimos solos. «¿Quieres decir —dijo Hitler— que este
actor, Müller, se parece a mí?» Me di cuenta de que estaba realmente interesado, así que
dije: «No se parece a usted, mein Führer. Es usted, una réplica exacta de usted en
estatura, rasgos, movimientos. Ni siquiera creo que utilice maquillaje o medios
artificiales para parecerse a usted. Es uno de esos accidentes de la naturaleza tan
increíbles.» Entonces Hitler me pidió que repitiera dónde actuaba Manfred Müller. Se lo
dije y supe que no lo olvidaría. Después de aquello, se sirvió la cena y todos ocupamos
nuestros lugares en las mesas. La próxima vez que fui al club Lowendorff, supe que
Manfred Müller ya no estaba actuando. Me dijeron que se había retirado. Lo cual no
tenía sentido, porque era demasiado joven para haberse retirado.
—¿Cuándo supo usted que la Gestapo había cogido a Müller?
—Poco después —dijo Anneliese—. Meses antes de los Juegos Olímpicos, en
agosto de 1936, habían encargado a Leni Riefenstahl la filmación oficial de los actos, en
una película llamada Olympia. Para cubrir los dieciséis días Leni reunió un equipo de
ciento sesenta especialistas, la mitad de ellos cámaras y ayudantes de cámara, y los
preparó en los talleres Geyer. Yo fui ayudante de producción de Leni. Antes de
aquéllas, todas las filmaciones de las Olimpiadas habían sido reproducciones aburridas,
planas y unidimensionales de cada competición. Leni fue la primera en convertir una
filmación olímpica en una obra de arte, pues ya introdujo en 1936 las técnicas que hoy
en día son tan corrientes: zanjas o fosas para mantener bajos los ángulos de la cámara,
cámaras que avanzaban sobre rieles para seguir a los corredores, rodajes subacuáticos,
tomas de las actividades que se desarrollaban en tierra desde el Graf Zeppelin en el
cielo. Unos cuantos días después de haber comenzado nuestros preparativos, Leni y yo
estábamos tomando un aperitivo en la Haus Ruhwals y charlando de las actividades
sociales de Berlín. Dije en tono casual a Leni que había dejado de asistir al espectáculo
del club Lowendorff porque la atracción principal, Manfred Müller, ya no actuaba allí.
Leni asintió con la cabeza. «Lo sé —me dijo—. Porque Müller ha empezado a trabajar
para unser Führer» Me quedé asombrada. «¿A trabajar para Hitler?» Leni me lo explicó
todo. Hitler había mandado detener a Müller para que lo llevaran a su presencia y
comprobar si era cierto. Vio que Müller era su Doppelgänger. Así que sacó a Müller del
Lowendorff y lo contrató para que le hiciera de doble.
—¿Está totalmente segura? —dijo Tovah.
Annelise pulsó el timbre del cuadro de mandos.
—Ahora lo verá por sí misma.
La sala de proyecciones se oscureció.
–El metraje original de nuestro Olympia fue de cuatrocientos mil metros. Le
enseñaré solamente los dos primeros rollos, de la ceremonia de apertura. Ignore las
festividades del día de la apertura, las ciento diez mil personas aclamando a las diez mil
muchachas que actuaban en medio del campo, y a Richard Strauss dirigiendo la
orquesta que interpretaba Deutschland über alles, y fíjese en el propio Hitler que está en
la tarima oficial mirando la entrada de los competidores de las diferentes
nacionalidades.
Tovah miraba a la pantalla hipnotizada
—Allí, allí se ve a Hitler observando la entrada del equipo austriaco que le saluda
con el «Sieg Heil» nazi. Luego los franceses hacen casi lo mismo. —Los comentarios
de Anneliese continuaron sobre el sonido apagado del proyector—. Espere a ver a los
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Irving Wallace El séptimo secreto
norteamericanos, que son los últimos. No hacen el saludo nazi ni inclinan la bandera de
estrellas y franjas hacia Hitler. Verá que Hitler oculta su resentimiento, pero observará
también el descontento de los espectadores en el estadio. Ahora, fíjese bien en Hitler. Se
pregunta si es Hitler o su doble. Yo se lo puedo decir, el día de la apertura es Hitler.
Apareció en persona. Porque pensaba que podría ser una estrategia propagandística. Fue
la única vez que Hitler apareció en la Olimpiada. Sin embargo, le verá otras cuatro
veces.
Mientras la película parpadeaba sobre la pantalla, Tovah se concentró en lo que
veía.
Anneliese siguió hablando.
—Éste es el segundo día de las Olimpiadas de Berlín, pero realmente el primero de
las competiciones. Aquí verá a Hitler de nuevo. Está felicitando a Hans Völlke, nuestro
lanzador de pesa alemán y nuestra primera medalla de oro. Aquí puede ver a Hitler
felicitando a los tres finlandeses que ganaron todas las medallas en la prueba de diez mil
metros. Luego le ve felicitando a nuestras ganadoras de medalla de oro y plata en la
competición de lanzamiento de jabalina femenino. Un Adolf Hitler muy agradable. —
Anneliese hizo una pausa teatral y dijo enfáticamente—: Con la característica de que el
Führer que estaba saludando a los vencedores el segundo día no era Hitler. Era su doble
en acción. Era Manfred Müller.
—¿Cómo puede adivinarlo? —preguntó Tovah.
—No tengo que adivinarlo. Lo sé. Si pudiera señalar alguna diferencia tendría que
observar las orejas del Hitler real y del Hitler falso. La configuración varía, aunque
también ligeramente.
Después, cuando la película se hubo terminado y se encendieron las luces en la sala
de proyección, Anneliese continuó hablando con Tovah.
—Hitler estaba orgulloso de organizar los Juegos Olímpicos, sin embargo no tenía
ningún interés en los deportes. Tenía demasiadas cosas en qué pensar. Ordenó a
Manfred Müller que apareciera en su lugar. Y tan perfecta fue la actuación de Müller,
que ni un solo asistente captó nunca la diferencia. Pero no me interprete mal. Hitler
siempre aparecía en persona cuando se trataba de algún acontecimiento político
importante, como el gigantesco Rally de Nuremberg que filmamos en 1934, y que
producimos con el título de Triumph des Willens, y otras concentraciones políticas
celebradas después de que contratara a Müller. Cuando se le pedía que asistiera a algún
acto político de poca importancia solía enviar a Manfred Müller.
—Cuesta creerlo —dijo Tovah.
—Es cierto. Le diré algo que aún cuesta más de creer. Un atleta norteamericano
llamado Carson Thompson escribió unas memorias hace poco afirmando que Eva Braun
visitó la ciudad Olímpica de Berlín para conocer a los jugadores de béisbol
norteamericanos.
—¿Cómo pudo ser eso? Creía que Hitler tenía escondida a Eva Braun?
—Casi siempre sí. Pero Eva adoraba todo lo que viniera de Norteamérica.
Probablemente vio Lo que el viento se llevó media docena de veces. También le
encantaba todo lo relacionado con el deporte norteamericano, especialmente el béisbol.
Ella deseaba hacer alguno de los comentarios para el documental olímpico de Leni
Riefenstahl, y por eso quería saber más detalles sobre el béisbol. Se las arregló para ir a
conocer a los jugadores olímpicos norteamericanos de béisbol que estaban en Berlín
jugando un partido de exhibición. Pero en el último momento, Hitler no la dejó ir en
persona. Hitler envió a Hannah Wald, otra doble, en lugar de Eva, para visitar a los
americanos. Hannah era una joven y atractiva actriz de segunda fila que pasaba por Eva
Braun.
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7
reprimenda:
—Effie, por el amor de Dios, ¿cómo puede haber punto de comparación? Tú y el
Feldherr erais una pareja especial. Como si el Señor te hubiese escogido para dar
consuelo y socorro a un noble dirigente, el más grande de la historia de Alemania.
Evelyn respondió con solemne asentimiento.
—Eso pensé yo siempre, desde el mismo momento en que le conocí. —Raramente
hablaba del pasado en lugares públicos, pero ahora su mente vagaba hacia aquellos
tiempos—. Qué bien recuerdo la primera vez que le vi. Yo había empezado a trabajar
para aquel gordo, Heinrich Hoffmann, en su tienda de fotografía de Munich. En realidad
era mi cuarta semana de trabajo. Yo no sabía que mi jefe era miembro del Partido
Nacional Socialista, y que muchos de los clientes que le visitaban eran sus camaradas de
partido. Yo estaba subida a una escalera intentando coger un fichero de un estante
bastante alto, cuando entró a la tienda este amigo de Heinrich, una persona indefinida,
pensé, excepto por sus ojos que brillaban y su divertido bigote. Vestía un impermeable
ligero y llevaba un enorme sombrero de fieltro. Se sentó frente a la escalera y le pillé
mirándome las piernas. Esa misma mañana me había acortado el vestido. Cuando bajé
de la escalera Heinrich nos presentó: «Herr tal-y-cual», dijo, «le presento a nuestra
pequeña y bonita Fräulein Eva». Por supuesto, poco después supe el auténtico nombre
de Herr tal-y-cual. Luego nos encontramos en muchas ocasiones. Siempre se mostró
muy caballeroso, se inclinaba con mucha cortesía, me besaba la mano y me piropeaba.
—Evelyn emitió un corto suspiro—. Ahí es donde empezó, en la tienda de fotografía.
—Qué romántico, una historia de lo más romántico —dijo Schmidt, aunque ella
sabía que ya la había oído otras veces.
Evelyn sorbía su té y miraba por encima de su taza, con los ojos fijos en el jefe
Schmidt.
—Wolfgang, ¿te acuerdas cuando tú y yo nos conocimos?
—¿No fue en 1940?
—No, en 1941 en el Berghof, cuando el Feldherr y yo compartíamos la misma
cama —dijo riendo—. Una mañana su ayuda de cámara irrumpió en nuestra habitación
a causa de alguna emergencia, y nos encontró el uno en brazos del otro, en la cama,
juntos. Fue la única vez que alguien supo con seguridad que teníamos relaciones
amorosas.
—De todos modos —objetó Schmidt intentando arreglar su desliz— vosotros os
casasteis.
—Fue el momento más feliz de mi vida —reconoció Evelyn—. Pero tú y yo nos
conocimos cuatro años antes. Recuerdo el día que empezaste a trabajar en el Berghof
como un severo y joven soldado de las SS destinado a hacerme de niñera.
—Era para protegerte cuando paseabas sola por los bosques, Effie. El Feldherr no
te hubiera permitido ir a ninguna parte sin protección.
—Mi gran fortuna fue encontrar un amigo tan bueno y leal como tú, Wolfgang. No
puedo imaginarme qué haría hoy sin alguien como tú.
—Juré protegerte eternamente, Effie.
El rostro de Evelyn se ensombreció.
—Y ahora esta Ashcroft de Inglaterra está hurgando en nuestro pasado.
Schmidt no podía negarlo, pero prometió de nuevo:
—Te protegeré de ella como te prometí. —Schmidt pensó lo que iba a decir
después—. Ahora no será tan fácil como creí al principio. Ahora, como te he dicho, no
está sola ni siquiera un minuto. Ese Foster está junto a ella en todo momento. He
descubierto que también hay otros de su misma pandilla. Un ruso de Leningrado,
Nicholas Kirvov, y también una mujer israelí, Tovah Levine, una judía alemana que
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Irving Wallace El séptimo secreto
dice ser periodista. Todos y cualquiera de ellos la defenderán si es necesario. Debo ser
sincero, Effie, este grupo está amenazando todo lo que nosotros cuidamos y
consideramos sagrado. Han formado una especie de celoso equipo de investigadores
aficionados. Sabemos, por supuesto, el objetivo de la Ashcroft. Rex Foster es un
arquitecto de Los Ángeles que pretende reconstruir la arquitectura del Tercer Reich para
un libro ilustrado. Nicholas Kirvov ha obtenido, no sé cómo, una pintura antigua del
Feldherr y está intentando verificar su autenticidad. Tovah Levine se dedica a tratar de
descubrir un «doble de Hitler». Por sí mismos, cada uno por separado, parecen
inofensivos. Pero cuando se unieron todos detrás de la Ashcroft, la más peligrosa de
todos, para participar en su búsqueda, se convirtieron en algo más temible.
—¿No saben nada sobre el principal legado que nos dejó el Feldherr?
—Tranquilízate, Effie, porque no tienen ni idea. Sigue siendo nuestro secreto.
El rostro de Evelyn reflejó fugazmente alguna preocupación interior.
—A veces desearía que no lo fuese. Que no fuese todo secreto, quiero decir.
—Effie, ¿de qué estás hablando?
—De mis críticos, los estúpidos historiadores que siempre me han calificado de
frívola y tonta. —Le dolían aún algunas de las cosas que se habían escrito sobre ella—.
Especialmente ese juez de Nuremberg que escribió el libro sobre nosotros en 1950.
Cuando escribió sobre mí dijo que yo «carecía totalmente de intereses políticos y
económicos» y que dedicaba todo mi tiempo a «vestirme, pasearme y retozar».
—Arschloch! —soltó Schmidt. Obscenidad que puede traducirse por «cabrón»—.
Perdona mi grosería —dijo Schmidt rápidamente—. Es la única expresión que me ha
pasado por la cabeza. Si ese idiota y los demás supiesen con qué frecuencia te confiaba
el Feldherr sus pensamientos políticos y te pedía tu opinión. Si hubiesen sabido que
discutió contigo el Anschluss austríaco antes de emprenderlo, y que en 1938 quiso que
le acompañaras al encuentro político con Mussolini en Italia.
—Y que su última voluntad fue confiarme a mí lo que ahora estamos realizando.
—Seguirá siendo un absoluto secreto para el grupo de Ashcroft —prometió
Schmidt una vez más—. Mientras yo siga enterado de lo que están tramando, no me
preocupan y tú no debes preocuparte.
—¿Cómo sabes lo que están tramando? —preguntó Evelyn de repente—. ¿Cómo
sabes ya tantas cosas sobre ellos?
Schmidt contestó con una sonrisa de orgullo:
—Después del atentado de la Ashcroft, Foster vino a verme como jefe de la policía
para informarme del incidente. Yo le garanticé absoluta protección para Emily Ashcroft.
Le dije que ordenaría al hotel que apostaran guardias en el Kempinski para vigilar todas
las entradas al segundo piso.
—¿Eso hiciste?
—Inmediatamente. Como jefe, era lo único que debía hacer.
—Claro.
—También conseguí otra cosa —añadió Schmidt—. Con la excusa de enviar a uno
de nuestros técnicos del departamento para comprobar la seguridad en el interior de la
suite de la señorita Ashcroft, en ventanas y demás, intervine todos sus teléfonos.
—¿De veras hiciste eso, Wolfgang? —dijo Evelyn con admiración.
—Desde el primer momento en que la Ashcroft y Foster salieron. Los dispositivos
de escucha son seguros y están colocados discretamente. Nunca los detectarán. Ya han
empezado a dar resultados.
—Schmidt hundió una mano en el bolsillo derecho de su chaqueta y sacó un
envoltorio amarillo que alargó a Evelyn—. Aquí tienes grabadas las llamadas
telefónicas de Emily Ashcroft el primer día, las que recibió e hizo. Puedes ponerlas
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entrada actual al edificio, luego miró el edificio real y finalmente su óleo de Hitler.
Emily al ver a Kirvov se dirigió distraídamente a Tovah que estaba a su lado y dijo:
—Me pregunto qué querrá decir esa extraña expresión de Nicholas Kirvov.
La expresión del ruso era realmente extraña.
De repente levantó la vista hacia los demás y exclamó:
—¡Qué raro! ¡Desde luego es muy raro!
Kirvov les hizo señas para que se acercaran y los tres se agruparon en torno suyo.
—Mirad esto —dijo Kirvov, señalando la parte frontal de la fachada del edificio—.
¿Veis el mural de azulejos situado en la parte frontal de la entrada del ministerio, casi
oculto en las sombras detrás de las doce columnas? Ahora mirad aquí. —Sostuvo en
alto su cuadro de Hitler y señaló el mismo punto de la pintura—. Aquí vemos el mural
de cerámica otra vez, apenas se ve debido a las sombras, pero aún es visible. ¿De
acuerdo?, ahora... —Bajó el cuadro, apoyándolo contra su pierna, y sostuvo en alto la
fotografía anterior del ministerio, tomada en 1935—, fijaos bien en la fotografía del
ministerio tal como era antes de ser bombardeado y reconstruido. ¿Qué le falta? En esta
fotografía no se ve el mural de cerámica. No había ningún mural de cerámica cuando el
ministerio fue construido por primera vez. La cerámica sólo aparece en el edificio
después de ser reparado. ¡Y está también en la pintura que hizo Hitler!
—Déjame ver la foto —dijo Foster, quitándosela a Kirvov y examinándola—.
Tienes razón. No me había dado cuenta.
—¡Eso significa que Hitler no pintó el edificio original! —exclamó Emily—. ¡Lo
pintó después de ser reparado!
—¿Pero cuándo lo repararon? —preguntó Kirvov intrigado. Emily no podía
contener su excitación y dijo:
—Ya sé cómo averiguarlo. Vamos a buscar un teléfono. Volvió rápidamente hasta
el Mercedes.
—Herr Plamp —dijo al conductor que los esperaba—. Necesito un teléfono
público en seguida. ¿Hay alguno por aquí cerca?
El conductor lo pensó un momento y respondió:
—Hay varios teléfonos en el café Am Palast.
—Entonces lléveme allí —ordenó Emily.
Cuando todos hubieron subido al coche, Plamp arrancó el Mercedes y maniobró
por las calles de Berlín oriental hasta la amplia avenida de Unter den Linden. Al poco
rato se detuvo detrás del hotel Palast.
—Aquí es. El café Am Palast está a la vuelta de la esquina. Ya lo verán. Hay
teléfonos públicos en el vestíbulo de la entrada.
Los cuatro bajaron del coche, giraron la esquina y entraron en el café.
Emily señaló hacia el comedor y dijo:
—Coged una mesa. Estaré con vosotros en seguida. Voy a telefonear al profesor
Blaubach.
Emily vio con el rabillo del ojo cómo los llevaban hasta una mesa vacía mientras
ella rebuscaba en su bolso la diminuta agenda que había improvisado con los números
de teléfono locales. La encontró, la abrió por la B y allí estaba el número de teléfono del
profesor Otto Blaubach.
Rezó en silencio por que estuviera en su despacho. En menos de un minuto
Blaubach estaba al aparato.
—No tengo noticias sobre tu permiso de excavación —dijo inmediatamente—.
Pero espero saber algo esta tarde, a última hora.
—Bien, bien. Estaré en el Kempinski esperando su llamada. —Se detuvo—. No lo
he telefoneado por eso. Es por otra cuestión. Se lo explicaré todo cuando le vea la
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próxima vez. Lo que necesito ahora mismo es cierta información sobre uno de los
edificios oficiales.
—¿A qué edificio te refieres?
—A la Haus der Ministerien cerca del Muro.
—¿Quieres decir el edificio ministerial, el antiguo cuartel general de la Luftwaffe
de Göring?
—El mismo —dijo Emily.
—¿Qué deseas saber sobre él? —preguntó Blaubach.
—Creo que una tercera parte resultó dañada en un bombardeo aéreo de los aliados
antes de 1945, y que luego, cuando el gobierno de Alemania oriental lo ocupó, fue
reconstruido.
—Sí, creo que así fue.
—¿Es posible saber cuándo lo repararon?
—Umm, sí, es posible —dijo Blaubach—. Dentro de unos minutos lo sabré.
¿Dónde puedo encontrarte?
—Mejor que vuelva a llamar yo —dijo Emily.
—Muy bien, vuélveme a llamar dentro de cinco minutos.
Emily se quedó impacientemente junto al teléfono, mirando a Foster, Kirvov y
Tovah, que estudiaban sus menús. El perfil de Foster estaba fuertemente marcado y una
vez más sintió el calor de su rostro y de su cuerpo. Pero no dejaría que esa sensación
desvirtuara la excitación que sentía esperando la nueva llamada de Blaubach.
Habían pasado ya cinco minutos. Esperó que fueran seis y luego marcó otra vez el
número de la oficina de Blaubach.
Éste respondió al teléfono inmediatamente.
—Creo que tengo lo que buscas. ¿Cuándo fue reparado y reutilizado el ministerio?
—Sí, por favor —dijo Emily.
—Fue reconstruido en 1952.
Tenía que estar segura.
—Ha dicho 1952. No hay error, ¿verdad?
—Ningún error. Fue construido originalmente para Göring en 1935. En 1944 quedó
parcialmente dañado. Fue reparado y reconstruido en 1952. En los bloques de piedra de
color más claro puede verse dónde se efectuaron las reparaciones.
—Sí y se añadieron unos cuantos elementos decorativos, un mural de azulejos de
cerámica en la entrada, por ejemplo.
—No me acuerdo. Pero todos los añadidos y reparaciones se hicieron, desde luego,
en 1952.
Su corazón volvía a latir con fuerza.
—Muchas gracias, profesor.
—Me alegra poder serte útil. Supongo que volveremos a hablar esta tarde, a última
hora.
Emily colgó el aparato, dio media vuelta y se precipitó al café. Cuando se acercó a
la mesa vio que los tres esperaban sus noticias.
No se preocupó por sentarse, tenía los nervios de punta y se quedó de pie.
—Traigo noticias increíbles —anunció—. El viejo Ministerio de Göring no se
reparó hasta 1952. Fue entonces cuando se puso el mosaico de azulejos en el frontal. Sin
embargo, Hitler lo pintó e incluyó el mosaico. —Se detuvo para coger aire—. Eso
significa que Hitler sólo pudo haberlo pintado después de 1952. Siete años después de la
segunda guerra mundial. Lo cual quiere decir una cosa.
Kirvov asintió, con su rostro eslavo sofocado por la revelación.
—Eso significa que Hitler estaba vivo al menos siete años después de la guerra, tal
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vez diez, tal vez veinte o más. Eso significa que Hitler podría seguir vivo hoy.
A las ocho y media de la tarde los cuatro estaban sentados en una mesa en medio
del restaurante Kempinski, uno de los mejores de Berlín occidental.
—Tiene que ser uno de los mejores —dijo Foster abriendo la carta—. Fijaos qué
precios.
—Y la decoración de la sala —añadió Tovah.
Sobre la rica mantelería blanca, bajo un candelabro dorado, brillaban los platos de
porcelana del servicio y la cubertería de plata reluciente y pesada.
Foster cogió el scotch que acababan de dejarle delante.
—Propongo que brindemos por Emily.
Todos levantaron sus vasos.
—Por tu éxito mañana en el búnker del Führer.
Todos brindaron alegremente, y los vasos tintinearon.
Emily se sentía embriagada por su buena suerte. Tres horas antes, poco después de
volver con Foster a su suite del Kempinski, había sonado el teléfono de la salita de estar.
Era el profesor Otto Blaubach con buenas noticias. Su consejo acababa de conceder a
Emily el permiso para excavar, no sólo en el jardín de la vieja Cancillería, sino también
en el montículo de atrás que durante casi cuarenta años había ocultado lo que quedaba
del búnker personal de Hitler. La excavación podía comenzar al día siguiente y durar
una semana. Blaubach le había recordado su promesa de compartir con él y con el
gobierno de Alemania oriental lo que descubriera de posible interés histórico o político.
En cuanto colgó el teléfono, Emily propuso celebrarlo con una cena, y ella y Foster
reunieron a sus invitados.
Después de que los demás hubieran brindado con ella en el restaurante Kempinski
por el éxito de la empresa, Emily se recostó en la silla con los nervios consumidos, y
manifestó:
—Sí, lo reconozco, estoy asustada.
—No tienes que preocuparte absolutamente por nada —la tranquilizó Foster.
—Pero, ¿y si hay algo allí abajo?
—Emily, sospecho que no hay nada, ni el auténtico puente dental de Hitler ni el
camafeo. Estoy convencido de que sigues la pista correcta. Lo que sucedió esta tarde en
el Ministerio de Göring lo confirma.
Emily miró a Nicholas Kirvov que estaba sentado a su izquierda en la mesa del
restaurante. Era una persona más bien reservada, aunque su tono se había animado
sensiblemente durante el viaje de regreso de Berlín oriental. Ahora, observó Emily,
volvía a estar impasible.
—¿Cómo te sientes, Nicholas, después de tu descubrimiento de esta tarde? ¿Ha
terminado ya tu trabajo aquí?
Él pareció ponderar sus preguntas y meditar su respuesta.
—No está terminado del todo —dijo Kirvov—. ¿Quieres que te diga lo que pienso?
—Por favor —le pidió Emily.
—Es cierto, hemos descubierto que para haber pintado el óleo que yo poseo, Hitler
no se habría podido matar en 1945. Habría tenido que estar vivo en 1952 o después.
Esto es emocionante, desde luego, y de una enorme importancia. Pero todo depende de
una cosa: de que Adolf Hitler en persona pintara el óleo con su propia mano.
—Tú examinaste el óleo después de adquirirlo —dijo Foster—. Estabas seguro de
que lo había pintado Hitler.
—Y sigo creyéndolo —dijo Kirvov—. Sin embargo, lo que ha sucedido hoy socava
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haber muerto en su lugar. Te dije que indagaría este tema. Y lo hice. —Sonrió
alegremente—. Hitler tenía un doble, lo creáis o no. Podéis creerlo, porque es cierto.
Emily miró desconcertada a la muchacha israelí y no pudo menos que preguntar:
—¿Puedes demostrarlo?
—Ya lo he comprobado. Escuchad.
Con franco entusiasmo, Tovah les relató su búsqueda de un doble de Hitler en la
persona de Manfred Müller, el imitador satírico de Hitler, y terminó hablando de su
encuentro con Anneliese Raab, que había trabajado como ayudante en la filmación de la
Olimpiada de Berlín.
—Anneliese me dijo que Müller tiene un hijo en Berlín —continuó Tovah—. Me
va a conseguir una entrevista con él, Josef Müller. Tal vez él pueda decirme por fin qué
sucedió con el doble de Hitler.
Emily parecía satisfecha, pero dijo preocupada:
—Has hecho un trabajo maravilloso, Thova. Pero... ¿qué pasaría si Josef Müller te
dijera que su padre está sano y salvo y te llevara a verle?
—Entonces, me temo que habríamos perdido —dijo Tovah—. Un doble de Hitler
que siga vivo no nos sirve como doble de Hitler incinerado junto al búnker en su lugar.
Por otra parte, Josef podría decirme que su padre murió en 1945 en circunstancias
extrañas e inexplicables.
Emily se volvió hacia Foster, que estaba a su lado, y cubriendo su mano con la
suya le pidió:
—Rex, cuéntales a Nicholas y a Tovah lo de Zeidler.
Sin necesidad de que insistieran más, Foster se dirigió a Kirvov y a Tovah Levine.
Les expuso los puntos más interesantes de su entrevista con Zeidler, y habló de la
propuesta de éste de buscar el plano que faltaba del misterioso séptimo búnker en la
prisión de Spandau. Foster quería ir a ver al director norteamericano de turno de la
prisión dos días después.
Cuando se dirigió de nuevo a Emily dijo:
—Pero, desde luego, la tarea realmente crucial es la que comienza mañana por la
mañana en torno al búnker del Führer. ¿Lo tienes todo preparado, Emily?
—Todo, creo que sí. El profesor Blaubach me prometió que los permisos estarían
en regla, los permisos para que mi chófer Plamp y yo entremos con su coche en la zona
de seguridad de Alemania oriental, los permisos para que el camión de la empresa
constructora Oberstadt nos siga y para que el propio Andrew Oberstadt, con un equipo
de tres hombres, lleve a cabo la excavación. Comenzaremos a las diez de la mañana.
—Y luego la suerte está echada. —Foster hizo señas al camarero para que les
volviera a llenar las copas—. Bebamos por ti, Emily, esperando que des en el blanco.
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vio que estaban delante de media docena de guardias de Alemania oriental con
uniformes verdes. Detrás de ellos, la verja se fundía de nuevo bruscamente con el Muro.
Al aproximarse a la cancela, buscó con la mirada a Andrew Oberstadt con el camión y
el equipo que iba a traer, compuesto por tres de sus mejores obreros de la construcción.
El camión no se veía por ninguna parte, y Emily sintió un pinchazo de aprensión.
Se habían detenido varios metros antes de llegar a la fila de soldados que esperaban
eficazmente armados, como pudo observar Emily, con metralletas colgadas al hombro.
Plamp abandonó veloz el asiento del conductor para ayudar a Emily a bajar del coche.
En el momento en que se apeaba alcanzó a ver una camioneta Toyota azul que
venía hacia ella. Reconoció que el conductor musculoso, corpulento y ceñudo era
Andrew Oberstadt, con dos miembros de su equipo de excavación apretujados en la
parte delantera de la camioneta y un tercer obrero agachado detrás.
Cuando la camioneta de Oberstadt estuvo frente al Mercedes, el propietario de la
empresa constructora se asomó por la ventanilla de la cabina para llamar a Emily.
—Siento haber llegado tarde. Me retuvieron en el punto de control Charlie.
Prácticamente desmontaron el camión. Pero aquí estamos, listos para empezar. —Indicó
con la cabeza a los soldados—. Supongo que ahora tendremos que volver a pasar por lo
mismo.
—Posiblemente —dijo Emily—. Veremos si han recibido nuestros permisos de
entrada del profesor Blaubach.
Emily se dirigió hacia los soldados. Observó que a un lado, cerca de la caseta de
los guardias, había un amenazador cartel de madera que rezaba: «¡ATENCIÓN! ¡ZONA
FRONTERIZA RESTRINGIDA!»
Uno de los soldados, más alto que los demás, con gafas, vestido de uniforme,
avanzó. Emily vio que era un oficial.
—¿Fräulein Emily Ashcroft? —preguntó.
—Sí, soy la señorita Ashcroft. El profesor Blaubach tenía que dejar los permisos
para mí y para los demás. ¿Los tiene usted?
El oficial no respondió nada, en cambio extendió una mano diciendo:
—¿Su pasaporte, Fräulein?
Emily encontró su pasaporte británico en el bolso que llevaba colgado y se lo
entregó.
El oficial examinó la foto de su pasaporte, luego la comparó con su rostro. Sin una
palabra le devolvió el pasaporte. Miró por encima de ella hacia el sedán Mercedes y
luego a la camioneta Toyota.
—Cuento cinco acompañantes —dijo.
—Correcto.
—Todos ellos ciudadanos de Alemania occidental.
—Todos son de Berlín occidental. Llevan sus pasaportes. Si usted desea...
El oficial rechazó con la mano los pasaportes.
—Antes de que puedan entrar debemos hacer una inspección completa de sus
vehículos.
—Por favor, adelante —dijo Emily.
—¿Puede decir a sus amigos que bajen de los vehículos y se esperen a un lado
hasta que hayamos terminado?
—Desde luego —dijo Emily, volviendo hacia atrás. Indicó a Oberstadt y a su
equipo que bajaran de la camioneta.
Plamp reculó, y Oberstadt saltó de la camioneta haciendo señas a sus hombres.
Mientras tanto, el oficial de Alemania oriental estaba impartiendo bruscamente
órdenes a los demás guardias, quienes entraron inmediatamente en acción. Uno de los
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A primera hora de una nublada mañana de Berlín occidental, Tovah Levine se hallaba
sentada a la mesa del comedor con Josef Müller, esperando a que su esposa terminara de
servirles el desayuno.
Cuando Tovah miraba a su anfitrión no podía dejar de buscar en Josef Müller
alguna de las características de su padre, Manfred Müller, el doble de Adolf Hitler. Pero
no pudo distinguir ninguna similitud. Josef Müller, que debía rondar los cuarenta y ocho
años, tenía un rostro rollizo y abotagado, un copete grisáceo, no llevaba bigote, y
además era indistinguible de un millón de otros oficinistas alemanes.
Tovah había intentado localizarle sola, a través de la Lufthansa, pero allí le dijeron
que estaba de vacaciones. En su oficina no le dieron ni el número de teléfono ni la
dirección de su casa, y tampoco pudo encontrarlos en la guía telefónica. Pero por fin
apareció Anneliese Raab, tal como había prometido, y le dio el número de teléfono de la
casa de Müller hijo.
Cuando finalmente se puso en contacto con él, Müller acababa de regresar de sus
vacaciones familiares en la región de la Selva Negra. Tovah se había presentado como
una periodista israelí que andaba detrás de un reportaje sobre la famosa actuación de
Manfred Müller imitando a Hitler. El hijo pareció alegrarse, se mostró bastante cordial e
invitó a Tovah a desayunar al día siguiente en su casa de Waragerweg, no lejos de
Gatow.
Cuando el desayuno estuvo servido, Tovah y Josef Müller se quedaron solos con
sus fiambres y su café. Fuera había empezado a lloviznar un poco, y Josef Müller
contemplaba desde su asiento las pequeñas gotas de lluvia que se aplastaban contra los
cristales de la ventana.
Antes del desayuno, el hijo ya había respondido a las preguntas sobre la carrera
artística de su padre y le había hablado de sus éxitos imitando al Führer. Le había
enseñado también un álbum de recortes con amarillentas críticas de prensa sobre las
actuaciones de Manfred Müller, y anuncios que proclamaban su larga carrera en el club
Lowendorff. Acto seguido hablaron de la noche en que los camisas negras de la Gestapo
fueron a por Manfred Müller después del espectáculo.
—Sí, siempre fue un momento memorable en nuestra familia —reconoció Josef
Müller, aún impresionado—. Llevaron a mi padre ante el mismísimo Hitler.
—Parece ser que Hitler necesitaba un doble. ¿Lo sabía usted antes que Fräulein
Raab se lo confirmara y le enviara la filmación de las Olimpiadas, donde su padre
aparece como doble de Hitler?
—Nunca lo supe con absoluta certeza. Sólo sabía que mi padre había conocido a
Hitler y que había hecho algunos encargos para él. Pero creo que yo sospechaba
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vagamente el protagonismo de mi padre, por algunas pistas que mi madre dejaba caer de
vez en cuando. Nunca supe exactamente qué hacía mi padre para Hitler. Él evitaba
hablar sobre el tema. Además, yo era muy pequeño, tenía unos siete u ocho años,
cuando terminó la guerra. Y desde luego no entendía nada de política.
Esto formaba parte de la conversación que sostuvieron antes del desayuno, pero
con el desayuno servido, Tovah formuló la última pregunta.
—Así que Manfred Müller fue el doble de Hitler durante casi todos los Juegos
Olímpicos de 1936. Lo que yo me pregunto es si continuó actuando como su doble
después de aquello.
Josef Müller se concentró en los regueros de lluvia sobre los cristales y meditó la
pregunta. Cambió de postura, cogió el tenedor y empezó a cortar y a comer el primero
de sus fiambres.
—Sí, cuando me fui haciendo mayor sospeché que mi padre había continuado
trabajando como doble de Hitler.
—Pero nunca lo supo con seguridad.
—No del todo. Supongo que la película de las Olimpiadas lo deja bastante claro.
Tovah prosiguió con sus preguntas.
—¿Qué hizo su padre entre 1936, la fecha de las Olimpiadas, y 1939, cuando
comenzó la segunda guerra mundial? ¿Volvió a su carrera de actor?
—Pues no. Mi hermana mayor me dijo que pasaba mucho tiempo en casa, como si
estuviera disponible para algo. Pero vivíamos bien. Supongo que Hitler le tenía
contratado con algún tipo de remuneración regular. Debía de ser un buen salario porque
le repito que vivíamos con muchas comodidades. Sin embargo, cuando la guerra se puso
realmente en marcha, tal vez hacia 1940, mi padre comenzó a salir más de casa y estaba
fuera más a menudo. A veces se marchaba para varios días. Mis hermanas
continuamente preguntaban a mi madre dónde estaba papá. Nuestra madre nos decía
que trabajaba para el gobierno, a veces en misiones especiales para el Führer. Nos hizo
creer que mi padre era un mensajero. Pero yo, conociendo la carrera teatral de mi padre,
finalmente adiviné que había servido como sustituto o doble de Hitler.
—Sin embargo, ¿no conoce ningún caso real en que hubiese aparecido como doble
de Hitler?
—No —dijo Josef Müller algo triste—. Le diré lo único que sé. A medida que
aumentaba la intensidad de la guerra, mi padre se ausentaba más a menudo y durante
períodos más prolongados. En 1944 estuvo en casa sólo varias veces, y apenas abría la
boca. La última vez que vi a mi padre yo tenía unos ocho años, fue durante los últimos
meses de la guerra. Vino a casa para llevarnos a mi madre, a mis hermanas y a mí a un
lugar seguro. Decidió trasladarnos a Obersalzberg para que pasáramos allí el año
posterior a la guerra. Recuerdo vagamente que él iba a venir con nosotros a
Obersalzberg cuando una tarde aparecieron cuatro agentes de la Gestapo para volverse a
llevar a mi padre. Eran órdenes de Hitler. Nunca le volví a ver. Nunca se reunió con
nosotros en Obersalzberg. No tengo ni idea de lo que fue de él.
Tovah, controlando su excitación, preguntó:
—¿Recuerda la fecha en que se llevaron a su padre por última vez?
—La fecha exacta no, pero creo que fue en los últimos días del mes de abril de
1945. La guerra terminó aproximadamente una semana después de aquello. Pero mi
padre había desaparecido sin dejar rastro y nunca más oímos hablar de él.
Tovah inclinó la cabeza comprensivamente. Todo encajaba a la perfección. Todo
parecía formar una secuencia temporal lógica.
Examinó la expresión preocupada de Josef Müller y dejó caer su siguiente
pregunta:
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—¿Cree usted posible que llevaran a su padre a ver a Hitler en su búnker, para que
estuviera con él hasta el final?
Josef Müller pareció sorprenderse y dijo:
—¿Mi padre y Adolf en el mismo búnker? No, no lo creo. No se habría explicado
la presencia de dos Hitlers. Alguien los podía haber visto y haberlo descubierto. ¿Qué
intenta decirme?
Tovah se irguió y contestó:
—Intento decir, creo, que tal vez obligaron a su padre a pasar por Hitler y a matarse
en su lugar, para que el auténtico Hitler viviera y escapase.
Aquella posibilidad paralizó las facciones de Müller hijo.
—Pues... no lo creo posible. No me lo puedo imaginar.
—Hay algunas personas que sí se lo imaginan.
Josef Müller intentó recobrar la calma.
—¿Está usted diciendo que mi padre tuvo que pasar por Hitler y matarse, o bien le
mataron, y luego le incineraron para engañar a los vencedores? ¿Que fue una
estratagema tramada por Hitler para poder sobrevivir él? ¿Cree usted que es una
posibilidad?
Tovah dijo encogiendo los hombros:
—No lo sé. Podría ser. No estoy en condiciones de demostrarlo todavía.
Josef Müller se levantó agitado y dijo:
—Dudo que nunca pueda demostrarlo. He leído bastante sobre el último período de
Hitler en el búnker. Él estuvo allí, bajo tierra, durante semanas, y nunca salió a la
superficie. Si Manfred Müller bajó al búnker pasando por Hitler, éste tendría que haber
salido antes para poder volver después. Y no creo que eso sucediera.
—¿Está usted seguro de que Hitler no abandonó el búnker en esa última semana de
su vida? ¿O de que alguien no le vio regresar al búnker?
La agitación de Josef Müller iba en aumento.
—No estoy seguro, por supuesto. Los únicos que podían saberlo con seguridad
serían los soldados de las SS o los policías que estuvieron apostados en el exterior del
búnker en esos últimos días, suponiendo que pudieran jurar haber visto a Hitler, o
alguien parecido a él, entrar en el búnker hacia el final. Si puede usted encontrar a esa
persona, tal vez pueda demostrar lo que ha imaginado, que Manfred Müller llegó al
búnker mientras Hitler estaba aún allí y que Manfred Müller murió en lugar de Hitler. Si
puede encontrarla...
—Tal vez pueda.
—Entonces quizá pueda descubrir, de una vez por todas, lo que le sucedió a Adolf
Hitler, y... sí, también lo que le sucedió a mi padre. Le deseo suerte.
Una hora después, de regreso al hotel Kempinski, Tovah Levine fue directamente a
la segunda planta y pulsó el timbre de la puerta de Emily. Al cabo de unos segundos
pudo entrar.
—Temía que estuvieras ya en la excavación —dijo Tovah, cogiendo aire.
—Estaba a punto de salir —dijo Emily, abrochándose la gabardina. Se acercó
inquieta a la ventana y miró con pesimismo la mojada calle—. Mi equipo está ahí fuera
excavando. Creo que ya no llueve tanto. Quizá pare del todo. —Se volvió para mirar a
Tovah, que estaba de pie en medio de la sala—. Pareces preocupada, Tovah. ¿Por qué
has venido?
—Necesito tu ayuda. Creo que podemos ayudarnos mutuamente. ¿Podemos hablar
un minuto?
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sacar a pasear a su perro Blondi, o para observar a Eva y a dos de sus secretarias
practicar tiro al blanco con pistola el 10 de abril. Luego, el 20 de abril, Hitler atravesó el
túnel hasta el patio de honor de la nueva Cancillería para dejarse ver en una recepción
que celebraba su quincuagesimosexto cumpleaños, y las cámaras de los noticieros
filmaron su aparición. Acto seguido, emergió al exterior, al jardín situado junto al
búnker del Führer para entregar las condecoraciones al heroísmo a veinte huérfanos,
miembros de las Juventudes Hitlerianas. Después de aquello, bajó al búnker para
quedarse. Eso significa que permaneció en el búnker desde el 20 de abril en adelante,
sin volver a salir nunca, durante diez días, hasta el momento de su muerte. O eso dicen
al menos todos nuestros informadores, ¿es correcto?
Emily esperó en tensión la respuesta afirmativa o negativa. Oyó que Vogel decía
tozudamente:
—Todos están equivocados, todos sus informadores están equivocados. ¿Usted
dice que la última vez que Hitler salió y regresó fue el 20 de abril? Pues no, eso es
totalmente incorrecto. Yo, yo mismo, vi al Führer regresar de un paseo por el exterior
del búnker con una mujer joven, probablemente una de sus secretarias, aunque no pude
ver la cara de ella, y entrar en el búnker el 28 de abril, muy avanzada la noche.
Emily dirigió una entusiasta mirada a Tovah, que tenía el oído pegado al receptor.
—Espere un minuto, Herr Vogel —dijo Emily—. Aunque todas mis demás fuentes
de información dicen que nunca se vio salir a Hitler del búnker del Führer en los
últimos diez días de su vida, usted está diciéndome ahora que emergió a la superficie y
regresó al búnker justamente dos días antes de su muerte.
—Eso es exactamente lo que estoy diciendo. Yo estaba de guardia en el exterior
aquel día. El propio Hitler regresó de algún sitio, tal vez de dar un corto paseo, y bajó
hacia el búnker. Era muy tarde, y abajo casi todo el mundo estaba durmiendo. Me puse
en posición de firme golpeando los talones e hice el saludo al Führer. Me respondió
distraídamente con la mano y se metió dentro. Fue la última vez.
—Dos días antes de su muerte. ¿Le vio salir para dar ese paseo?
—No, mi guardia comenzó poco antes de que él regresara y entrara.
—No le vio salir, pero le vio regresar y entrar. Herr Vogel, ¿está usted seguro de
que era Adolf Hitler?
—Tan seguro como de que yo soy yo cuando me miro en el espejo. Era Adolf
Hitler, créame, Fräulein Ashcroft. Puedo demostrar que todo lo que he dicho es cierto.
Apuntaba en un libro de registro todas las llegadas y salidas importantes del búnker del
Führer, con la hora exacta de las idas y venidas. Si tiene alguna duda puedo enseñarle el
registro. Está guardado junto con mis libros especiales en el sótano. Si me concede...
pongamos dos horas, podré enseñárselo.
Emily ya no tenía ninguna duda, pero dijo:
—Gracias, Herr Vogel. Pasaré por allí dentro de dos horas. Emily colgó el teléfono
con una ancha sonrisa en el rostro y cuando topó con la mirada de Tovah le dijo:
—Ya sabes, Tovah, quién es la persona que Vogel vio entrar en el búnker dos días
antes del final de Hitler, ¿no?
—Manfred Müller y nadie más —dijo Tovah contenta.
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Irving Wallace El séptimo secreto
habían prestado y que probablemente enseñó a Rudolf Hess antes de salir de la cárcel en
1966. Quisiera encontrarlo. Lo necesito para un libro.
—Bueno, tenemos almacenados un montón de objetos que dejaron los prisioneros,
es cierto.
—Su propietario legítimo, la persona que prestó el plano a Speer, me ha dado
autorización para buscarlo —dijo Foster—. Me refiero a Rudi Zeidler, que trabajaba
como uno de los diez ayudantes de Speer. Puedo decirle que le llame...
—Ya lo ha hecho —le interrumpió el comandante Elford—. Me dejó el mensaje de
que le permitiera entrar.
—También me gustaría hablar con usted —añadió Foster.
—¿Hay algo especial?
—Sí. Mejor será contárselo personalmente.
—Bien, de acuerdo. ¿Qué tal hoy a las once y media?
—Perfecto. Allí estaré.
Colgó el teléfono, y se dirigió al dormitorio, comentando en voz alta a Emily, que
se estaba vistiendo:
—Me gustaría saber algo más sobre la prisión de Spandau. Sólo sé que los siete
nazis importantes que escaparon a la pena de muerte en los Procesos de Nuremberg
fueron enviados a Spandau, en Berlín occidental, y que entraron a cumplir sus
sentencias en julio de 1947. Odio ir tan poco informado por el mundo.
—No tienes por qué ir poco informado —dijo Emily—. Si quieres estudiar el tema
de Spandau, ve a ver a mi amigo Peter Nitz en el Morgenpost.
Y eso fue lo que hizo Foster. Nitz le recibió en su despacho editorial del edificio de
Axel Springer Verlag, fue corriendo a la sala de archivos del periódico, situada detrás
del vestíbulo principal y volvió con una voluminosa carpeta de recortes para Foster.
Éste estuvo leyendo sin parar hasta que llegó el momento de acudir a su cita con el
comandante George Elford en Spandau. Ahora, reclinado en el respaldo de un taxi,
Foster pasaba por el sector británico en las afueras de Berlín occidental, donde estaba
situada la más extraña de todas las prisiones, la de Spandau. Mientras avanzaban, Foster
repasaba lo que había estudiado en los recortes de la carpeta dedicada a Spandau.
Foster tenía ya una ligera idea y se sentía más cómodo. Spandau era una vieja
prisión construida en 1881. Los nazis la reclamaron, después de subir al poder en 1933,
y la bautizaron El Castillo Rojo. En seguida se convirtió en el lugar de detención de los
prisioneros políticos del Reich, antes de mandarlos a los campos de concentración.
Había sido originalmente una prisión con 132 celdas para 132 prisioneros, pero cuando
los cuatro aliados se apoderaron de ella en 1947 para encarcelar a los siete criminales
nazis de guerra, estaba atiborrada con 600 prisioneros.
Los aliados los sacaron a todos, remodelaron el húmedo y malsano lugar, lo
aseguraron con medidas extraordinarias, y luego encerraron a sus siete criminales de
guerra.
El control de Spandau había sido desde el principio una operación de las cuatro
potencias. Una junta de cuatro directores —de cada uno de los cuatro países: Estados
Unidos, Gran Bretaña, Francia y la Unión Soviética— dirigía la prisión y se reunía
semanalmente. Había carceleros permanentes representando las cuatro potencias dentro
de la cárcel. Los guardias del exterior que la protegían, treinta soldados de cada una de
las potencias, cambiaban de turno mensualmente.
El 18 de julio de 1947, los siete nazis condenados entraron en Spandau. Foster
intentó recordar sus nombres: Rudolf Hess, la mano derecha de Hitler; Albert Speer, su
principal arquitecto y también ministro de armamento; Erich Raeder, el almirante nazi;
Karl Dönitz, jefe de la armada nazi y dirigente de la Alemania derrotada durante la
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Irving Wallace El séptimo secreto
semana que siguió a la muerte de Hitler; Walther Funk, que dirigió el Reichsbank;
Baldur von Schirach, líder de las Juventudes Hitlerianas; Constantin von Neurath,
antiguo ministro de asuntos exteriores nazi.
Raeder, Funk y Von Neurath obtuvieron la libertad condicional antes, a causa de su
avanzada edad y sus cada vez más numerosas enfermedades, recordó Foster. Dönitz
había cumplido su sentencia de diez años y luego fue puesto en libertad. Speer y Von
Schirach, tras cumplir sus sentencias de veinte años, fueron puestos en libertad.
Allí quedaba un solo prisionero, Rudolf Hess, cumpliendo cadena perpetua. Todo
el montaje de las cuatro potencias se mantenía en funcionamiento para vigilar a un
impenitente nazi de noventa y un años.
El taxi de Foster avanzaba traqueteando por una calle estrecha y al poco rato se
detuvo frente al número 23 de Wilhelmstrasse, en la prisión de Spandau.
Foster pagó al conductor, se apeó del taxi y dio una vuelta despacio para examinar
el escenario de su cita. Había dejado de lloviznar, pero la prisión de ladrillo aún relucía
con la lluvia.
El cuadrado recinto estaba rodeado por una alambrada y por un alto muro de
ladrillos rojos. La sólida puerta de entrada doble y la fachada de ladrillo tenían un
aspecto medieval. Dentro del muro de ladrillos había torres de control de cemento,
vigiladas por soldados armados y equipados con focos gigantes. En la alambrada había
un letrero en alemán y en inglés que rezaba: «ATENCIÓN - PELIGRO - NO
ACERCARSE. LOS GUARDIAS TIENEN ORDEN DE DISPARAR.»
Foster podía distinguir la parte superior de lo que parecía una cárcel de tres pisos,
situada detrás de la caseta de centinelas de un piso.
Foster, algo intimidado, cruzó la acera hasta la puerta principal y pulsó el timbre.
Se abrió un postigo enrejado. Foster dio su nombre y dijo lo que le llevaba allí. Al cabo
de unos segundos la puerta se abrió lentamente y Foster entró. Un guardián y dos
soldados norteamericanos, uniformados de azul y con metralletas colgadas al hombro, le
estaban esperando. Le pidieron que enseñara algún documento de identidad. Mostró su
pasaporte, le registraron rápidamente y le hicieron firmar. Finalmente le pasaron a un
soldado que le acompañaría a ver al comandante George Elford.
Foster siguió al soldado a través de un patio cerrado y entró en el edificio
administrativo de la prisión. El soldado giró hacia la izquierda y señaló diciendo:
—El despacho del director de la prisión, señor.
Foster dio unos golpecitos en la puerta y una voz sorda le hizo pasar.
El despacho del director era sencillo, sin adornos, y el comandante George Elford
estaba de pie junto a una bolsa de golf apoyada contra la pared. Elford era un hombre en
la cuarentena, nervudo y de rostro curtido. Dejó caer su putter dentro de la bolsa, se
acercó a Foster, le estrechó la mano y le indicó una silla de madera. Colocó otra silla de
madera frente a Foster y se sentó.
Foster dijo señalando hacia la ventana:
—Estoy sorprendido de las medidas de seguridad que tienen aquí. Elford encogió
los hombros, turbado, y dijo:
—No estoy convencido de que estén justificadas a estas alturas. Quizá lo estaban
en 1947, cuando encerraron a aquellos siete nazis. Las cuatro potencias los metieron en
esta vieja prisión para mantenerlos apartados de la población alemana que podría verlos
como mártires. En aquellos tiempos había amenazas de que alguno de los fanáticos
nazis que aún rondaban sueltos podían intentar rescatarlos, y eso duró bastantes años.
—¿Amenazas reales?
—¡Ya lo creo! Nuestro servicio de inteligencia aliado descubrió un complot, creo
que fue en 1955: el coronel nazi Otto Skorzeny pretendía rescatar a varios criminales de
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guerra. Era experto en ese tipo de cosas. Fue uno de los que rescató a Mussolini de
nuestras tropas en Italia. Skorzeny quería mandar dos helicópteros al campo de
ejercicios de la prisión cuando los prisioneros estuviesen ahí fuera. Un grupo de
fanáticos nazis llegado con uno de los aparatos se ocuparía de rechazar a los guardias de
Spandau, mientras el otro debía coger a los prisioneros y llevárselos. Afortunadamente,
este complot se descubrió, y a raíz de aquello aumentaron nuestras medidas de
seguridad. El intento de rescate nunca se llegó a realizar. Pero el peligro ha continuado.
Todavía en 1981 atraparon a cinco incurables nazis en Karlsruhe escondiendo un alijo
de explosivos que les permitiría entrar en Spandau y sacar a Hess. Los cinco fueron
detenidos.
—Debe de ser más fácil la vigilancia ahora, en 1985, cuando sólo queda Hess en
este enorme espacio.
—Sí, el ayudante del Führer, un Hess de noventa y un años. Ahora no vale para
nada. Únicamente como un buen símbolo vivo para las bandas neonazis. Veo, pues, que
su principal interés en la prisión de Spandau es Rudolf Hess.
—No el propio Hess, como usted sabe Foster—. Lo que busco es el plano
desaparecido de un búnker, que quizás él tuvo en su poder. Le prometí explicárselo
todo, y así lo haré lo más brevemente posible. Espero que después pueda ayudarme.
El comandante Elford mordisqueaba la punta de su puro mientras intentaba
encenderlo.
—Adelante, le escucho —dijo.
Foster explicó rápidamente al oficial norteamericano quién era él, le habló del
proyecto de su libro y del plano que faltaba.
—Luego —continuó Foster— Zeidler recordó haber prestado la colección entera
de los siete planos a Speer, mientras Speer estaba aún aquí, en Spandau, cumpliendo su
sentencia. Al parecer, Speer seguía interesado en la arquitectura y quería escribir algo
sobre su obra.
—Es cierto —confirmó el comandante Elford—, Speer fue el único prisionero que
conservó intacta su salud mental, porque dedicaba su tiempo libre a leer y a escribir
sobre arquitectura.
—Bien —dijo Foster—, cuando Speer terminó el último año de sentencia, debió de
llevarse los planos de la prisión con el resto de sus pertenencias. De hecho, devolvió
todos los planos de búnkers a Zeidler, o eso pensaba él al menos. En realidad, le
devolvió solamente seis. Y pensamos que tal vez se había dejado olvidado aquí, en
Spandau, el plano del séptimo búnker.
—¿Por qué?
—Zeidler supone que fue un descuido. Él imagina que cuando Speer intentó
identificar la localización de cada búnker, tuvo problemas en situar el séptimo. Así que
mientras estaba aún aquí se lo dejó prestado a Hess, con la esperanza de que el viejo
ayudante del Führer pudiera recordar las intenciones de Hitler para ese búnker, dónde lo
había querido construir o dónde lo construyó realmente. Supongo que Hess fue incapaz
de ayudarle.
—Supone usted correctamente. El cerebro de Hess se encalló hace mucho, mucho
tiempo.
—De todos modos, Speer nunca le pidió a Hess que le devolviese el plano. —
Foster se detuvo— . Zeidler cree que todavía puede estar entre los objetos de Hess. Él
espera que yo pueda recuperarlo, para mi libro y para sus propios archivos. ¿Qué opina
usted?
El comandante Elford exhaló una nube de humo y luego apagó su puro en un
cenicero de bronce.
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Irving Wallace El séptimo secreto
—Si está aquí, puede quedarse con él. Poco nos importan a nosotros los viejos
planos.
—¿Dónde buscamos? ¿En la celda de Hess?
—No, por Dios, su celda está desnuda como la teta de una estriptís. Sólo hay un
catre, una silla, una mesa, un televisor y algunas prendas de ropa. Hace una década
sacamos los objetos más innecesarios. —El comandante Elford se levantó—. De estar
en algún sitio ha de ser en la biblioteca de la prisión. Vamos a echar una ojeada.
Dejaron el despacho del director de la prisión, y pasaron frente a la habitación del
jefe de guardias y la enfermería.
—Allí enfrente está el bloque de celdas —anunció Elford— y también la
biblioteca.
Recorrieron el pasillo hasta llegar a una celda convertida en biblioteca que
albergaba los libros de los prisioneros y entraron en ella.
Elford señaló con un gesto las estanterías.
—A los criminales de guerra se les permitía sacar cuatro libros a la vez: una Biblia,
un segundo libro religioso, un diccionario y una novela no política. A veces se les
permitía leer libros de historia, pero ninguno militar. Una vez, por error, corría por aquí
una historia de la guerra ruso- japonesa de 1901. En esa guerra los japoneses sacudieron
a los rusos. Cuando les tocó a los rusos su mes de guardia encontraron el libro y lo
tiraron. De todos modos, bajo la mesa, en esas tres cajas de cartón, es donde guardamos
las cosas de los prisioneros. Apenas hay nada de los seis que ya salieron. Casi todo eso
de ahí pertenece a Rudolf Hess.
El comandante Elford se arrodilló y sacó arrastrando las tres cajas de cartón de
debajo de la mesa.
Había una variada serie de objetos dentro de ellas. Elford comenzó a vaciar la
primera.
La mayoría son restos de la colección del espacio exterior de Hess —dijo Elford—.
Se convirtió en un aficionado después de ver por la televisión el lanzamiento de un
cohete a la Luna. Nos pidió que escribiéramos a la NASA de Texas para que le enviaran
material de lectura sobre el tema, y todos esos panfletos y folletos los mandó la NASA
para Hess. También le mandaron cuatro carteles en color de la Luna y fotografías
tomadas desde la Luna. Aún están en las paredes de la celda doble de Hess. Bueno, en
esta primera caja no hay nada.
Foster ayudó al comandante a llenarla otra vez, y luego empezaron con la segunda.
Ésta parecía contener ropas de vestir. Elford sacó un par de zapatos de lona con suelas
de madera, que, al principio, los prisioneros estuvieron obligados a llevar.
—Le voy a contar algo cómico —dijo Elford examinando los desgastados zapatos
—: Albert Speer los diseñó para los presos de los campos de concentración, cuando los
nazis estaban en el poder. Luego él tuvo que llevarlos en Spandau y un día de ejercicios
tuvo que correr con ellos puestos. Después de haber corrido un buen rato, Speer se
quejaba y decía: «Si hubiera sabido que un día me obligarían a llevarlos, les habría
añadido un poquito de cuero.»
Foster sacó una gastada gorra azul, una sucia chaqueta azul y un par de pantalones
de la caja.
—¿Y esto? —preguntó Foster.
—El uniforme carcelario que llevaban al principio todos los criminales de guerra.
Ése era el de Hess.
Foster estaba sacando de la caja una especie de uniforme militar de cuero y
preguntó:
—¿Qué es esto?
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—Un verdadero objeto histórico —dijo Elford—. Hess quería que lo guardásemos.
Es el uniforme de teniente coronel de la Luftwaffe que Hess vistió cuando voló de
Alemania a Escocia en mayo de 1941. Fue hasta allí para intentar conseguir la paz con
Inglaterra. Supongo que porque sabía ya que Hitler se enemistaría con la Unión
Soviética y la atacaría, y él confiaba en arreglar las cosas para que Hitler sólo tuviera
que luchar contra un frente. —Elford examinó el interior de la caja de cartón—. No
parece que haya ningún rollo de arquitectura aquí dentro.
—¿Y aquel papel doblado del fondo? —preguntó Foster.
El comandante Elford lo cogió y lo desdobló cuidadosamente. Cuando estuvo
parcialmente abierto, pudo verse un plano de arquitectura, firmado sin duda por Rudi
Zeidler.
—El séptimo búnker —dijo Elford—. Supongo que es esto lo que quiere.
—Es exactamente lo que quiero —asintió Foster.
Elford se puso en pie con un gruñido.
—Vamos a llevarlo a mi despacho y lo extenderemos del todo. Allí podrá verlo
bien.
Después de volver a meter a empujones las cajas de cartón bajo la mesa de la
biblioteca, volvieron rápidamente al despacho del director de la prisión.
Elford extendió el plano sobre su escritorio. Foster estaba a su lado y ambos lo
examinaron.
—Ni rastro de su identificación por ninguna parte —dijo Foster. —No, ni una
palabra —afirmó Elford.
—¡Qué extraño! —exclamó Foster perplejo—. En los otros seis se especifica su
localización. Pero en éste nada.
—¿Está seguro de que es un búnker subterráneo?
—De eso no cabe duda. Lo indica la posición de los generadores y ventiladores
para entrada y salida de oxígeno. Es uno de los búnkers adaptados para cuartel general
subterráneo de Hitler, el que faltaba. Es condenadamente grande, muy grande. Pero,
¿dónde lo construyó, suponiendo que lo construyera alguna vez?
—Imagino que era un secreto absoluto —dijo Elford, volviendo a doblar el plano,
tendiéndoselo a Foster—. Supongo que Speer lo estudió, no pudo entenderlo y se dirigió
a Hess, esperando que éste lo reconocería, tal como ha sugerido usted. Puedo asegurarle
que ya en aquel momento Hess recordaba muy poco. Cuando liberaron a Speer,
probablemente se olvidó de pedírselo a Hess. Bueno, ahora ya lo tiene. Supongo que su
única esperanza es volver a enseñárselo a Rudi Zeidler. Quizás él recuerde más.
—Quizá —dijo Foster—. Sí, Zeidler va a ser mi próxima escala. Gracias por todo,
comandante.
—¿Gracias por qué? —dijo Elford—. De todos modos, confío que no se obsesione
demasiado con el séptimo, joven —dijo enfáticamente Elford.
Cuando Rudi Zeidler abrió la puerta principal y le hizo pasar, Foster levantó el
plano doblado, y lo agitó triunfalmente.
—El búnker número siete —anunció—, lo encontré.
—Buen trabajo —dijo Zeidler satisfecho. Mientras conducía a Foster al interior de
la casa preguntó—: ¿Dónde? ¿En Spandau?
—Tal como usted sospechaba —dijo Foster—. Me gustaría que ahora le echara una
ojeada.
—Desde luego —aceptó Zeidler, abotonándose la rebeca gris que vestía con unos
frescos pantalones de lino blanco y viejas zapatillas de tenis—. Vayamos a mi estudio.
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Cuando Irwin Plamp detuvo su Mercedes frente al sucio edificio de cinco plantas
de Dahlmannstrasse donde Ernst Vogel tenía su piso y su negocio de libros por encargo,
Tovah Levine salió del coche delante de Emily.
Tovah se apresuró hacia el edificio del librero; estaba ansiosa por obtener la
confirmación definitiva de Vogel sobre la entrada de un segundo Hitler en el búnker del
Führer dos días antes del final.
Durante casi dos horas Tovah había esperado impacientemente en la suite de Emily
a que llegara el momento de visitar a Vogel. Mientras tanto, Emily había puesto a
Tovah al corriente sobre los antecedentes de Vogel. Luego había examinado las notas de
investigación que Emily le había enseñado, en donde todos los testigos coincidían en
que Hitler no había abandonado ni regresado al búnker del Führer durante los supuestos
últimos veinte días de su vida. Sin embargo, todos esos informes habían sido rebatidos
por el único guardia que realmente había visto entrar a Hitler dos días antes de su
anunciada muerte. Tovah y Emily habían coincidido una y otra vez en la existencia de
un doble de Hitler en el búnker, que se había suicidado en su lugar mientras que el
auténtico Hitler había sobrevivido y escapado.
Ahora, con Emily detrás, Tovah entró apresuradamente en el edificio intentando
encontrar el apartamento de Vogel. Emily señaló la escalera y dijo:
—Está en el piso de arriba, la primera puerta a la izquierda del rellano. Creo que
llegamos justo a tiempo.
Tovah dejó que Emily la guiara. Al llegar al rellano de la escalera ambas giraron a
la izquierda, entrando en un pasillo, y se detuvieron frente a la primera puerta marrón,
algo desconchada, que necesitaba una capa de pintura. A un lado había un timbre, Emily
lo pulsó y esperó a que la puerta se abriera. Como no se abría, Emily volvió a pulsar el
timbre. Tampoco esta vez hubo respuesta. Tovah, como para asegurarse de que había
llamado correctamente, pulsó ella misma el timbre. Llamó tres o cuatro veces, pero
tampoco hubo suerte.
—Tal vez esté cortada la luz —dijo Tovah.
—Puede ser —convino Emily—. Entonces llamemos con el viejo sistema.
Emily comenzó a golpear la puerta, Tovah hizo lo mismo y las dos a la vez
golpearon con fuerza.
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en Berlín y ponerlos al corriente. Alguien iba a por ellos, pero les faltaba encontrar y
castigar a la pieza mayor de todas.
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Oberstadt llevó a Emily a una pequeña toalla amarilla extendida sobre una roca
plana, cerca de la profunda zanja que había sido en una ocasión la somera fosa.
—Aquí está todo lo que encontramos en los dos sitios —dijo Oberstadt. Levantó de
la toalla el primero de los tres objetos—. Un hueso suelto. Creo que perteneció a un
perro.
—Muy posible —dijo Emily—. Enterraron en esta zona los perros de Hitler
después de matarlos.
—Luego esto —dijo Oberstadt, enseñándole un grumo mojado que podía haber
sido un fajo de papel.
—¿Qué es esto? —preguntó Emily.
—Imagino que debió de ser un pequeño cuaderno de notas con unas cuantas
páginas escritas dentro. Pero está completamente podrido por los años de humedad.
Emily asintió:
—Esto también encaja. Arrojaron los cuadernos y documentos de Goebbels en la
fosa y posiblemente los quemaron.
—Bueno, nadie lo sabrá nunca. —Oberstadt se inclinó sobre la toalla y con tiento
cogió un jirón de ropa calcinado—. Y finalmente esto.
—No parece que sea nada.
—Pues es algo —dijo Oberstadt—, algo que está grabado con unas iniciales que
pude leer, aunque con dificultad. Mira las dos iniciales —las señaló—. ¿Las descifras?
Son E. B.
—Eva Braun —susurró Emily. La realidad del pasado la hizo parpadear—. Debió
de ser un trozo de uno de sus pañuelos o de otra prenda. Seguimos la pista correcta,
seguro.
—¿No te indica eso que fueron Eva Braun y Hitler los que incineraron aquí?
—No necesariamente. Podían haber puesto esta tela con las iniciales, fuera lo que
fuese, en la persona que fue incinerada. Ahora bien, si hubierais encontrado aquel
puente dental o el camafeo...
—Pero no los encontramos, siento decirlo.
—No, Andrew, no te equivoques, no es nada malo. El puente o el camafeo podían
haber demostrado que realmente era Hitler quien fue enterrado aquí, y menos
probablemente un impostor. Como no desenterrasteis ninguno de los dos objetos, no
hay ninguna prueba fehaciente de que fue Hitler a quien incineraron. De momento, todo
va bien, Andrew.
Se dio media vuelta y contempló el enorme montículo de tierra, hierbajos y
escombros.
—Debemos buscar aún en otro sitio —vaciló un momento—, en el último
dormitorio y sala de estar de Hitler, para saber si el camafeo o el puente se dejaron allí
para que los utilizara el doble, pero quedaron olvidados con las prisas del entierro. Si no
están ninguno de los dos, es señal de que Hitler escapó llevándoselos.
Oberstadt, examinando el enorme montículo, negó con la cabeza y dijo:
—Aunque eso pueda demostrar algo, ¿cómo llegamos allí abajo?
—Excavando directamente desde arriba —dijo Emily.
—Imposible —dijo Oberstadt—. ¿Sabes cuánto tendríamos que excavar? —Miró
fijamente la cima del montículo—. Calculo que hay seis metros desde la cima hasta el
nivel del suelo. Además, creo que me dijiste que los alojamientos de Hitler estaban a
dieciocho metros bajo el nivel del suelo, y cubiertos con tres metros de cemento, sin
contar con los obstáculos, en cinco días, que es cuando termina tu permiso. Aunque los
rusos hayan aplastado el cemento, no podremos hacerlo con un pico y una pala.
—¿Qué te parece si utilizáis equipo pesado?
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Aquella noche, en su cama, Emily y Foster intentaron hacer el amor. Era evidente
que ninguno de los dos estaba de humor para ello, y al cabo de unos minutos
renunciaron, y Foster se tumbó junto a Emily abrazándola.
Durante la cena habían celebrado el resultado de las llamadas telefónicas
intercambiadas entre Emily y el profesor Blaubach: finalmente habían conseguido el
permiso para excavar de noche. También intentaron celebrar una vez más su deseo del
uno hacia el otro. Pero la pasión no apareció.
Foster preguntó agarrándola con fuerza:
—¿Qué te pasa, Emily? ¿Qué te preocupa?
—Ernst Vogel —dijo en voz muy baja—. Su cuerpo muerto yaciendo allí en el
balancín. No puedo apartarlo de mi pensamiento. No puedo evitar sentirme responsable.
Foster acarició su mejilla.
—Tú no eres responsable. Siento que ocurriera y que tú lo vieras. Tal vez lo mejor
que puedes hacer es dormir un poco.
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9
Rex Foster no tuvo ningún problema en encontrar el camino a su destino una vez dentro
del barrio de Weinmeister Höhe, de Berlín occidental. Pudo seguir las meticulosas
indicaciones que le había señalado el conserje del Kempinski, consultando el plano de la
ciudad extendido sobre el asiento del acompañante de su Audi alquilado. Unos cuantos
giros más y llegó a una calle residencial llamada Gotenweg donde vivía el viejo
Oberstadt.
Foster encontró la dirección de la casa que buscaba en el centro de una manzana, y
aparcó delante. Vio que se trataba de un pequeño bungalow de estuco blanco y tejas.
Estaba cercado por una valla de madera, desgastada por la intemperie, que protegía el
modesto césped y dos pinos que sobresalían del porche. Aquélla era la residencia de
Leo Oberstadt, antiguo trabajador esclavo de los nazis. El reloj del salpicadero del Audi
indicó a Foster que llegaba a su cita con diez minutos de anticipación, así que se reclinó
en el coche para fumarse tranquilamente una pipa y repasar los acontecimientos de la
mañana.
Se había despertado esa mañana al sentir los movimientos y la suavidad del cuerpo
de Emily contra su cuerpo. Notó los labios de Emily sobre su mejilla y luego sobre su
boca, y la oyó susurrar:
—Rex, ¿estás despierto? Te he echado de menos. Eché de menos tenerte anoche.
Parece que haya pasado un millón de años.
—Es que ha pasado un millón de años.
—Te amo, Rex.
La había cogido en sus brazos, abrazándola, cubriéndola de besos, deseando
consumirla. Poco a poco los jadeos de Emily se habían convertido en un gemido ronco.
Habían hecho el amor, tierna, dulce, lentamente, hasta que el fuego se apoderó de
ambos y creció en intensidad, devorándolos y consumiéndolos a los dos.
Había sido maravilloso, como una vuelta a la casa muy deseada, y Foster supo que
acariciaría el recuerdo de aquella unión para siempre.
Cuando terminaron de hacer el amor, no le sorprendió que su piel y la de Emily
estuvieran húmedas por el sudor del placer.
—Sí, estaría bien dormir —dijo bostezando.
Emily echó la manta sobre los dos, apagó la lámpara de la mesita y se tumbó de
espaldas sobre la almohada. En la oscuridad podía adivinar el perfil de Foster, y volvió
a estrecharse contra su cuerpo.
—Rex —dijo somnolienta—, esta noche tampoco tú estabas en forma. También te
preocupa algo.
Medio dormido, le resumió su visita al comandante Elford en la prisión de
Irving Wallace El séptimo secreto
Spandau. Luego le contó brevemente que había llevado el plano del búnker que faltaba
a Rudi Zeidler.
Después de aquello, el callejón sin salida. Ziedler dijo que no había nadie en la
tierra que pudiera identificar el séptimo búnker, excepto quizás uno de los trabajadores
esclavos de Hitler que podía haber ayudado a construirlo. Pero probablemente los
liquidaron a todos antes de que Alemania fuera conquistada. Si alguno sobrevivió, dijo
Zeidler, dar con él podría ser como encontrar una aguja en un pajar.
Emily, casi dormida, tenía dificultad para hablar. Sentía la boca espesa, pero logró
articular:
—¿Buscas a alguien que trabajara como obrero esclavo?
—Eso creo.
—Te he conseguido uno. El padre de Andrew Oberstadt. Obrero esclavo y todavía
vivo. Pregúntamelo por la mañana. Pregúntame por Leo Ober... no sé qué, por la
mañana. Buenas noches, querido.
Luego la llevó de la cama al baño. Abrió la ducha, esperó que el agua saliera
caliente y la dejó bajo el chorro. Se enjabonaron detenidamente uno al otro y cuando el
agua se hubo llevado la espuma, se pusieron sobre la alfombrilla de baño y se secaron
cuidadosamente.
Foster la dejó vistiéndose y fue al dormitorio a llamar al servicio de restaurante. Al
poco rato desayunaban juntos. Cuando hubieron terminado, el teléfono empezó a sonar.
Emily descolgó, y resultó que el interlocutor era Andrew Oberstadt. Emily le tranquilizó
diciéndole que había conseguido el permiso para excavar de noche. Luego, con los ojos
fijos en Foster, Emily preguntó una vez más por el padre de Oberstadt y su papel como
capataz de los trabajadores esclavos. Después de haberlo confirmado, Emily habló del
interés de Rex por conocer al viejo Oberstadt. Quince minutos después, Andrew
Oberstadt volvió a llamar, y Emily anunció satisfecha a Foster:
—Ya tienes una cita con Leo Oberstadt, Rex, esta mañana a las diez y media.
El reloj del salpicadero indicaba a Foster que ya eran las diez y media, la hora de ir
a ver a Leo Oberstadt. Salió del coche, alzó el pestillo de la verja, anduvo el estrecho
camino hasta la puerta y pulsó el timbre.
Segundos después, una mujer gorda con un caftán floreado, un rostro amable, un
tenue bigote y la barbilla hendida ocupó el umbral de la puerta. Foster se identificó y la
mujer le hizo pasar en seguida.
Oyó una voz quejumbrosa y chillona que gritaba desde la habitación vecina.
—Hilda, ¿quién es?
—Su visitante americano, Herr Oberstadt —respondió Hilda. —Hazle pasar, hazle
pasar.
Hilda condujo a Foster a una sala de estar mohosa y anticuada. Había tapetes por
todas partes, y el televisor estaba altísimo. Foster fue incapaz de localizar a Leo
Oberstadt hasta que no le vio agitar un bastón, y ordenar a Hilda que apagase la
televisión y les sirviese una cerveza fresca a cada uno. Su anfitrión estaba apoyado en la
punta de un sofá, con unas muletas metálicas junto a él. Le habían dicho que se iba a
encontrar con un inválido y había imaginado a alguien arruinado y marchito. En
realidad, el viejo Oberstadt era un hombre de poderosa constitución, que probablemente
fue musculoso, pero con las piernas inmovilizadas.
—¿Es usted el arquitecto americano Foster? —chirrió la voz de Oberstadt como si
fuera una acusación.
—Yo soy, señor, y estoy realmente agradecido de que pudiera recibirme.
El viejo Oberstadt dio unos golpecitos con su bastón en el otro extremo del sofá.
—Siéntese, joven, siéntese. —Mientras Foster se sentaba Oberstadt siguió
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Irving Wallace El séptimo secreto
hablando—: ¿Es usted amigo de la señora inglesa para quien trabaja mi hijo?
—Sí.
—¿Sabe usted en qué locura se ha metido? Quiere excavar en el búnker enterrado y
encontrar a Adolf.
—Sí, lo sé, y tal vez no sea una locura, señor.
El viejo sacó un pañuelo, escupió en él e ignoró la respuesta de Foster mientras
seguía hablando.
—Anoche mi hijo me trajo el plano original del búnker del Führer. Estudié el plano
y le di mi consejo. —Sus burlones ojos se clavaron en Foster—. ¿Está usted
familiarizado con el último búnker de aquella rata?
—Eso creo.
—Claro. Es usted el arquitecto americano que pierde el tiempo con un libro
ilustrado sobre los edificios y búnkers del Tercer Reich. Bien, veamos lo que sabe. —
Levantó un plano enrollado que tenía junto a él, quitó la goma elástica y mostró el plano
del búnker del Führer a Foster—. Dígame lo que haría para llegar a la estancia de Hitler
sin eternizarse en ello.
Foster se inclinó para examinar el plano, aunque tenía la sensación de sabérselo de
memoria. Después de algunos momentos dijo:
—Primero, tengamos en cuenta que este búnker fue construido de cemento
reforzado. Tenía que proteger a sus ocupantes de los proyectiles de artillería y de las
bombas. Así, pues, por mucho que hicieran los soviéticos, lo nivelaran, o incluso
volaran algunas partes, sospecho que el nivel inferior del búnker sigue en gran medida
intacto. Considerando esto, creo que la manera más fácil y más rápida de llegar sería
comenzar excavando el lugar donde existió la salida de emergencia superior. Esta
debería conducir a cuatro tramos de escalones de cemento que bajaban al pasillo de la
planta. Supongo que esos escalones siguen todavía allí. Si están, tal vez no haga falta
más de unos cuantos días de excavar y apuntalar para llegar abajo, a las habitaciones de
Hitler. —Levantó la cabeza—. Así es como procedería yo, señor.
La mirada de Leo Oberstadt se detuvo en Foster con un brillo de aprobación.
—Es usted un muchacho listo —dijo—. Exactamente es lo que aconsejé a mi hijo
anoche, aunque él tenía ya la misma idea. Así es cómo va a llevar adelante la
excavación. Si algo funciona, será esto. —Levantó el plano del búnker del Führer y lo
volvió a enrollar—. Bueno, bueno, joven. Ahora podemos hablar. Mi hijo me ha dicho
esta mañana que usted quería conocer a un antiguo trabajador esclavo.
—Sí, señor. Tengo unas cuantas preguntas que necesitan respuesta.
—Quizás haya dado con la persona adecuada —dijo Leo Oberstadt—. No
quedamos muchos con vida. Somos un pequeño grupo. Yo soy uno de los pocos
veteranos supervivientes, responsable de la construcción de casi todas las ratoneras de
Hitler. ¿Quiere saber cómo me convertí en un trabajador esclavo bajo el eficiente Tercer
Reich?
En un tono áspero y severo, Leo Oberstadt fue contando su historia.
Foster escuchaba, fascinado, como la recreación que hacía Oberstadt de su pasado
cobraba vida en el presente.
El padre de Leo Oberstadt era parte judío y parte luterano, y su madre era judía. Él
tenía poco más de veinte años y era ingeniero civil y socio en la modesta empresa
constructora de la familia cuando estalló la segunda guerra mundial. La conquista de
Europa de Hitler estaba ya muy avanzada cuando se descubrieron los orígenes religiosos
de los padres de Leo. Su madre, su padre y él fueron detenidos y arrojados a un campo
de concentración. Al cabo de un mes enviaron a sus padres a las cámaras de gas de
Auschwitz.
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Irving Wallace El séptimo secreto
—No los volví a ver nunca más. Yo era también un candidato a la exterminación
en Auschwitz, y ya me habían ordenado entrar en la cámara mortuoria, cuando un
oficial nazi, un médico de las SS, se fijó en los músculos de mis hombros, pecho y
bíceps, y me arrancó de la fila. Acababa de llegar una orden de parte de Albert Speer.
Hitler quería jóvenes robustos de los KZ Haftlinge (prisioneros de los campos de
concentración): judíos, polacos, checos, ucranianos, gitanos... que sirvieran como
trabajadores forzados para poder construir una serie de búnkers subterráneos por toda
Alemania.
Leo Oberstadt se deslomó como trabajador forzado en dos búnkers subterráneos de
las afueras de Berlín, haciendo un trabajo agotador, sudoroso, inhumano, con cientos de
prisioneros más, hasta que se enteraron de que en realidad era un ingeniero civil con
experiencia en el negocio de su padre. Entonces le ascendieron a capataz de la
construcción, y le obligaron a seguir las órdenes de los guardias nazis y transmitirlas a
sus compañeros prisioneros.
Cuando su última obra hubo terminado, quizás unos dos meses antes del final de la
guerra, se llevaron a todos los trabajadores esclavos, compañeros de Leo, para
liquidarlos. Solamente permitieron seguir con vida a Leo, como capataz, los últimos dos
meses para que supervisara la construcción de las habitaciones, oficinas e instalaciones
técnicas del último búnker.
El trabajo auténtico lo realizaron jóvenes y fanáticos miembros de las Juventudes
Hitlerianas. En ningún momento anterior al comienzo de las obras, ni durante los dos
meses de encarcelamiento en el búnker ya parcialmente terminado, tuvo Leo la más
remota idea sobre el lugar de Alemania donde estaba situado. Al comenzar las obras, le
habían llevado hasta allí con los ojos vendados, y mientras duraron aquellos dos meses
cada noche le sacaban del búnker también con los ojos tapados.
Una mañana le vendaron los ojos de nuevo y varios soldados de las SS le arrojaron
a la parte trasera de un camión del ejército. Desde él podía oír el tronar incesante de la
artillería a su alrededor. Le condujeron a alguna parte y pensó que le iban a ejecutar,
pero llevaba los ojos tapados y las muñecas atadas, y estaba indefenso.
Después de un lento recorrido, que según sus cálculos duró unos veinte minutos,
Leo oyó a uno de los guardias gritar: «¡Sacadlo aquí mismo! ¡Acabemos de una vez
antes de que nos tiendan una emboscada!»
Le levantaron violentamente, y sintió que le empujaban y le arrastraban hasta
tirarle del camión a la calzada. Cuando aterrizó en la calle, aturdido por el golpe, la
venda de sus ojos se soltó. Pudo ver entonces al camión alemán que comenzaba a
maniobrar mientras tres de los soldados de las SS, desde la parte trasera, apuntaban sus
rifles hacia él.
Leo se echó al suelo de cara, frenéticamente, tratando de evitar la ejecución. Pero
cuando dispararon un proyectil le alcanzó en la parte baja de la espalda. Se enderezó y
estaba a punto de perder la conciencia, cuando vio delante suyo una compañía soviética
de soldados del Ejército Rojo y tres tanques saliendo de un antiguo bosque que estaba
sembrado de cascotes y lleno de tocones, y comenzaron a disparar por encima suyo al
camión alemán que huía. Creyó oír estallar el camión, y luego se sumió en tinieblas.
—Me desperté en un hospital de campaña ruso —recordó dolorosamente Leo
Oberstadt—. La cirugía me salvó, aunque mi pierna izquierda quedó prácticamente
inutilizada. Cuando finalmente se enteraron de mi historial, me dejaron en libertad.
Restablecí la vieja empresa constructora de mi padre. Me casé. Tuve un hijo. Trabajé
mucho. Mi negocio prosperó durante la reconstrucción de Berlín. Hace unos cinco años
perdí el uso de mi otra pierna y me tuve que retirar. —Se quedó callado, agarró la pinta
de cerveza que le habían servido. Bebió, se lamió los labios, y dijo—: Ahora, señor
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Se había detenido para tomar un breve respiro, y no tanto por el agotamiento como
por el desánimo. A pesar de su pesada constitución, siempre se había enorgullecido de
la fortaleza de sus piernas y de la facilidad para subir inacabables y empinadas
escaleras. En su país siempre caminaba con entusiasmo. Allí, en Berlín, empezaba a
sentir las piernas atenazadas y los pies cansados a causa de la frustración.
El día anterior estuvo de pie y caminando durante cuatro horas, y ese día lo mismo
desde primera hora de la mañana, intentando recorrer todas las galerías de arte de la
zona del Kurfürstendamm. Pues aquel camarero del barco, Giorgio Ricci, aunque no
estaba seguro de nada más, había insistido en que compró su óleo de Hitler no lejos de
la Ku'damm. Así que la meta de Kirvov tenía que estar en algún lugar de ese barrio. Sin
embargo, todas las galerías que Kirvov había visitado rechazaron su pintura de Hitler
porque carecía de interés, y ninguna reconoció haber vendido nunca aquella obra.
Kirvov sintió que el sol asomaba por fin entre las nubes grises, y automáticamente
sacó su silla de la sombra de un árbol para calentarse un poco. Se preguntó, por un
momento, si no debía abandonar esa pesada búsqueda y volver a Leningrado para
reunirse con su esposa y su hijo que pasaban las vacaciones en Sochi. Al fin y al cabo,
se dijo a sí mismo, ya había conseguido identificar el tema de la pintura de Hitler. Sin
duda era el edificio del Ministerio del Aire de Göring. Identificación que bastaría para
satisfacer a cualquier espectador de su exposición. Sin embargo, tenía que seguir
adelante, y sabía que seguiría adelante, por otro motivo. Se suponía que Hitler había
muerto en 1945. No obstante, su pintura del Ministerio del Aire de Göring había sido
pintada en 1952 o después. En algunos aspectos, Kirvov tenía una mentalidad literal y
no se entretenía con discrepancias artísticas. Kirvov sabía que no se iría de Berlín hasta
que ese anacronismo no se explicase.
El sol le había calentado y reanimado un poco. Se bebió de un trago lo que quedaba
de su té, pagó y descendió por Kantstrasse.
Al cabo de cinco minutos, Kirvov vio el letrero junto a la puerta de la gran tienda
moderna, situada en la planta baja del edificio de oficinas de seis pisos. Rezaba así:
Kirvov miró los escaparates. Había tres grandes pinturas naturalistas, de escenas
berlinesas.
«Prometedor», pensó Kirvov, caminó hasta la entrada principal y entró en la sala.
La moqueta beige y las paredes con recubrimientos claros daban a la sala una
luminosidad que sólo contrarrestaba ligeramente con la lóbrega oscuridad de la mayor
parte de los óleos colgados por todas partes. Había un pequeño escritorio y un joven con
gafas trabajando en él. Una escalera de caracol conducía a un pequeño altillo que
también exhibía pinturas enmarcadas para vender.
Kirvov avanzó pasando bajo la araña de cristal hasta el joven que escribía en la
mesa. El joven, al notar que un cliente se acercaba, se apresuró a levantarse, apartando
de sus gafas un mechón de cabello rojizo.
—¿El señor Tisher? —preguntó Kirvov.
—Sí, yo soy Tisher. ¿En qué puedo servirle? —Sus ojos se detuvieron en el cuadro,
envuelto en fieltro, que Kirvov llevaba bajo el brazo—. ¿Trae quizás algo para vender?
Estamos siempre...
–Quiero consultar algo —dijo Kirvov. Dejó su paquete sobre la mesa, lo
desenvolvió y sostuvo en alto el cuadro—. Quiero saber si puede reconocer esto.
Tisher cogió la pintura y le echó un vistazo arrugando la nariz.
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Irving Wallace El séptimo secreto
—Una escena de Berlín, supongo. Probablemente del período del Tercer Reich. No
muy buena. —Levantó la vista—. Sí, nosotros de vez en cuando compramos cosas así, y
luego nos deshacemos de ellas.
—Confío en que ésta sea una de las que vendieron. Una galería de esta zona,
posiblemente la suya, la vendió a alguien que yo conozco. Yo la compré. Quisiera saber
más sobre la procedencia de la pintura. Quisiera saber si usted efectuó la venta.
—Así de improviso no se lo puedo decir. Sin embargo, yo no soy la persona más
apropiada para consultar estas cosas. Nuestra encargada, que se ocupa también de la
mayor parte de nuestras adquisiciones menores, tal vez pueda decírselo con más
seguridad. —Tisher dejó la pintura, hizo bocina con las manos y gritó hacia el altillo—:
¡Fräulein Dagmar! ¿Puede bajar un momento, por favor?
Kirvov esperó con nerviosismo mirando a la escalera. En seguida se hicieron
visibles un par de piernas, y luego una mujer alta de aspecto formidable, posiblemente
de más de treinta años, con facciones severas, gafas de concha y el cabello negro y
corto.
Tisher se volvió hacia ella y dijo:
—Este caballero quiere consultar algo. Tal vez puedas ayudarle. —Miró por
encima de Kirvov hacia dos clientes, una pareja joven, que acababa de entrar—. Si me
disculpa... —dijo a Kirvov y se marchó a ocuparse del negocio.
—¿Dígame? —estaba diciendo Fräulein Dagmar a Kirvov.
—He venido por esto —dijo Kirvov levantando su cuadro y tendiéndoselo—.
¿Reconoce esta obra?
Lanzó una rápida ojeada al óleo y luego miró a Kirvov.
—Claro que sí —dijo—. Tuve esta pieza en la galería durante casi un año antes de
venderla. Es una de aquellas piezas nazis que gustan a unos pocos coleccionistas
nostálgicos, al estilo del arte de Hitler, aunque no pude autentificarla definitivamente.
Para mí fue un trasto que guardaba en el almacén en espera de que algún coleccionista,
y como nadie se lo llevaba, finalmente tuve el capricho de exponerlo. Dos o tres
semanas después llegó un comprador, un extranjero, un italiano, creo recordar. Apenas
sabía de arte, pero le intrigó que lo pudiera haber pintado el propio Hitler. Y lo compró.
Kirvov sintió una gran excitación.
—Ya sé quién lo compró —dijo—. Lo que quiero saber es quién lo vendió. Es
decir, quién se lo vendió. Es decir, quién se lo vendió a usted. —Siguió presionando
más—. Usted debe de tener un recibo de la venta.
Fräulein Dagmar se irguió y dijo con menos cordialidad:
—Lo tengo. Pero me temo que no puedo revelar esto a nadie. Los negocios con los
clientes que nos venden sus piezas de arte deben mantenerse, necesariamente, como
información privada. Lo siento, pero no puedo decírselo a la primera persona que se
presente preguntando.
Kirvov, desesperado, buscó su cartera. Revolvió en su interior, y sacó su tarjeta que
alargó a la mujer, diciendo:
—Yo no soy una persona cualquiera, Fräulein, como podrá observar.
La mujer miró con desinterés la tarjeta de visita, y luego sacudió repentinamente la
cabeza y sus ojos se desorbitaron detrás de sus gruesos cristales.
—¿Usted... es usted el señor Kirvov, director del Ermitage de Leningrado?
—Sí, yo soy.
Fräulein Dagmar se mostró inmediatamente respetuosa, incluso reverencial:
—Perdóneme, lo siento. Es un honor. ¿En qué puedo servirle?
—Diciéndome simplemente cómo consiguió el cuadro, quién se lo vendió. En el
Ermitage tenemos una gran colección de las primeras pinturas y dibujos de Hitler. Son
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curiosidades históricas. Cuando yo compré éste, decidí presentarlo como parte de una
exposición que tendrá una gran asistencia. Como director del museo, creí que era mi
obligación verificar la procedencia de esta obra. Espero que usted me ayude.
—¡Lo intentaré, desde luego! —dijo Fräulein Dagmar con entusiasmo—. Usted
merece nuestra colaboración. Voy a buscar mi copia de la ficha de adquisición.
Se fue corriendo con sus largas piernas y desapareció tras la puerta de un despacho.
Kirvov, sonriendo por primera vez en todo el día, envolvió de nuevo, lenta y
cariñosamente, su tesoro en su funda de fieltro.
Apenas había terminado, cuando Fräulein Dagmar regresaba apresuradamente con
una hoja de papel en la mano.
—La persona que nos lo vendió fue una mujer alemana de más de treinta años,
imagino. Se llama Klara Fiebig. Recuerdo que me dijo haber recibido la pintura como
regalo de un amigo o pariente. No le gustaba, pero la guardaba por una cuestión
sentimental. A su marido tampoco le gustaba, porque era una obra nazi. Finalmente él
insistió en que se deshiciera de ella. Así que la señora vino a vernos, aquí a Tisher. Yo
no vi que tuviera muchas posibilidades de mercado, pero la examiné en el despacho y
me di cuenta de que podría ser un Hitler o una excelente imitación de un Hitler, así que
decidí comprarla corno una insólita obra menor. —Tendió a Kirvov la hoja de papel—.
Ésta es la dirección que me dio la señora Fiebig, en Knesebeckstrasse. Está en un barrio
residencial algo apartado de la Ku'damm, un corto trayecto en taxi desde aquí, pero
tampoco está demasiado lejos para ir caminando.
—Se lo agradezco mucho.
—Lo compré por una miseria. —Luego añadió con pesar—: Ojalá lo hubiera
vendido más caro. No sabía que era tan valioso. —Como arte, no lo es. Sólo como
historia.
Kirvov salió de la galería caminando alegremente, sus piernas volvían a estar ágiles
y fuertes.
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Klara estuvo inquieta durante todo el resto de la tarde, mientras esperaba la llegada
de su tía Evelyn Hoffmann.
En cuanto vio que el amenazador extranjero, el director ruso, salía del bloque de
apartamentos, corrió al dormitorio a despertar a su madre que estaba haciendo la siesta.
Cuando su madre estuvo totalmente despejada y sentada, Klara dijo excusándose:
—Mamá, siento molestarte de este modo, pero tenía que hacerlo. Debo contarte
algo.
—¿Qué es, Klara? Pareces asustada.
—Estoy asustada, mamá. ¿Recuerdas el cuadro del edificio oficial que tía Evelyn
nos regaló a Franz y a mí, en nuestro primer aniversario de boda? ¿Aquel que Franz
odiaba tanto y del que yo me deshice?
—Sí, claro.
—Bueno, pues acaba de estar aquí un hombre, un experto en arte, que dijo que el
cuadro lo pintó Adolf Hitler.
—¡Qué absurdo!
—Eso es lo que yo le dije. Y lo que aún es más disparatado, insistió en que Hitler
lo pintó siete años después de la guerra...
—Pero ese hombre está loco, ¿quién era?
—Ahora te lo cuento...
Klara le explicó rápidamente la visita de Nicholas Kirvov. Cuando hubo terminado,
añadió indecisa:
—Mamá, no sé qué es todo esto. Pero ese tal Kirvov va a escribir sobre el tema.
Tengo miedo de que tía Evelyn descubra que vendí su regalo. Yo... querría verla y
explicárselo antes de que se entere. La llamaré ahora mismo.
—Klara, sabes que tía Evelyn no tiene teléfono. Pero yo sé cómo ponerme en
contacto con ella. Déjame a mí.
—Quiero verla hoy mismo.
—Veremos si puede ser. Ahora, ayúdame a salir de la cama. Luego déjame aquí
sola. Yo me ocuparé de todo.
Eso había pasado dos horas antes.
Klara supo por su madre que tía Evelyn estaba informada y que iría pronto.
Esperaba a su tía en la salita con expectación, impaciente por hablar de ello, pero
asustada por tener que confesarle la venta del cuadro.
Pasaron diez minutos más, y el nerviosismo de Klara iba en aumento cuando sonó
el timbre y apareció su tía Evelyn, atractiva y sosegada, y se sentó frente a ella.
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—Siento mucho haberte molestado y haberte hecho venir de este modo, tiíta.
—No importa, no hay ningún problema. Lo único que me preocupa es que algo
pudiera irte mal. ¿Te encuentras bien? ¿Y tú embarazo?
—Estoy perfectamente, tiíta —dijo Klara—. Pero ha pasado algo raro y pensé que
sería mejor decírtelo cuanto antes. He... he de confesarte algo, y solamente espero que
no te moleste.
—Klara, querida, nada de lo que tú me digas puede molestarme —dijo Evelyn—.
Te quiero mucho. Dime lo que tienes que confesarme.
Klara tragó saliva.
—Es sobre el cuadro.
—¿El cuadro?
—El que nos regalaste a mí y a Franz en nuestro primer aniversario de boda. El del
edificio oficial de Berlín que pertenecía a la colección de arte alemán de tu marido. ¿Te
acuerdas?
Emily dijo asintiendo:
—Sí, ahora me acuerdo.
—Bueno, pues —Klara volvió a tragar saliva y luego se sonrojó—, tiíta, hace un
año lo vendí... lo vendí a una galería.
Evelyn parecía desconcertada.
—¿Lo vendiste?
—Tuve que hacerlo —contestó Klara a la acusación de su tía y continuó hablando
apresuradamente—. Te seré sincera. A Franz no le gustó nunca, pero yo lo guardaba
porque era un generoso regalo tuyo. Luego, una tarde, hace quizás un año, Franz trajo a
algunos de sus amigos, otros profesores, a jugar a las cartas. Enseñó el cuadro a uno de
sus amigos, el profesor de arte de su colegio. Este amigo preguntó a Franz qué hacía él
con aquel horroroso cuadro en casa. Franz le preguntó a qué se refería. Su amigo dijo
que el cuadro era sin duda una representación de algún edificio oficial nazi, y que
evidentemente estaba pintado por un artista nazi, y en el estilo predilecto de Hitler, y
que incluso podía ser obra del propio Hitler. En todo caso, el amigo de Franz estaba
seguro de que era una obra de arte nazi. —Klara tragó saliva—. Bien, ya sabes lo que
siente Franz por los nazis. La cuestión es que cuando sus amigos se marcharon, Franz
vino a verme y me pidió que me deshiciese de la obra. Yo le dije que no podía hacerlo,
porque era un regalo tuyo. «Da lo mismo, sácalo de aquí», insistió él. «Tu tía Evelyn no
se enterará. Pero sácalo de aquí.» Así que, aunque no quería, fui a una galería del barrio,
lo vendí y me olvidé del cuadro. —Volvió a tragar saliva llena de remordimiento—.
Espero que me perdones, tía Evelyn.
Evelyn Hoffmann permaneció serena.
—¿Por eso me querías ver, Klara? Lo entiendo perfectamente. Al fin y al cabo, tu
obligación principal es llevarte bien con tu marido. Siento que le disgustara el cuadro y
que tú tuvieras que venderlo, pero si eso es todo, ahí queda...
—Eso no es todo, tiíta —la interrumpió Klara—. Ha pasado algo más.
Por primera vez, el rostro de Evelyn Hoffmann delató una señal de preocupación, y
dijo:
—¿Algo más?
—A primera hora de esta tarde —siguió diciendo apresuradamente Klara— vino un
hombre, un director de arte de Leningrado, un hombre llamado Nicholas Kirvov, y traía
el cuadro consigo. El cuadro que tú nos regalaste. Al parecer lo vio en la galería Tisher
y lo compró. Quiere incluir el cuadro en una exposición sobre arte alemán que está
organizando en el Ermitage de Leningrado. Quería saber más cosas sobre la pintura,
para su catálogo o tal vez para un libro de arte, no estoy segura.
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—¿El cuadro?
—Hace bastante tiempo, así que quizá lo hayas olvidado. —Trató de explicarle
cómo era el cuadro—. Muchos años atrás, en una época en que el Feldherr estaba
aburrido e inquieto, tuve una idea para que se entretuviera. Saqué una fotografía, una
tarde a última hora, del Reichsluftfahrtministerium, el viejo local de Göring, y se la
entregué al Feldherr para que se entretuviera reproduciéndola en una pequeña pintura.
—Claro que me acuerdo. Luego entregaste a Klara el cuadro como regalo de
aniversario.
Evelyn esperó a que le sirvieran el vino, y durante un momento se quedó mirando
la copa pensativamente.
—Fue un error ese regalo. Nunca debí haberlo hecho.
—¿Por qué no?
—Porque Klara lo vendió. Ella, por supuesto, no tenía ni idea de su valor. A su
marido no le gustaba, así que lo vendió a una galería de la zona. Un ruso lo compró... un
ruso que es el director del Ermitage de Leningrado.
—Nicholas Kirvov —dijo Schmidt inmediatamente—. Uno de los nuevos amigos
de la señorita Ashcroft.
—Me lo temía. Sí, Kirvov. El reconoció que estaba pintado por el Feldherr. Kirvov
es un experto en estas cosas. Quiso saber más sobre la obra, y siguió la pista hasta dar
con Klara. Fue a visitarla.
—Pero ella no pudo decirle nada —dijo Schmidt—. Ella no sabe nada.
Evelyn tomó un sorbo de vino.
—Ése no es el problema, Wolfgang. Por supuesto que ella no puede decirle nada.
Pero él sí pudo decirle algo.
—¿Decirle qué?
—Antes de marcharse Kirvov le dijo que el interés del cuadro era que fue pintado
en 1952 o después, aunque se suponía que el artista había muerto en 1945.
—¿Cómo ha llegado a saber eso?
—No tengo ni idea, Wolfgang. Realmente no sé cómo se ha enterado Kirvov de
todo eso. — Tomó otro sorbo de vino—. Sólo sé que ahora Kirvov sospecha que los
sucesos de 1945 tal vez no sucedieron como los han contado.
Schmidt gruñó y rebañó automáticamente el plato mientras intentaba pensar.
—¿Crees que va en serio?
—Muy en serio.
—Posiblemente.
Evelyn suspiró y dijo:
—Debemos andar con cuidado. —Y sacudiendo la cabeza añadió—: Siento haber
dejado perder el cuadro. Puede convertirse en una prueba irrecusable.
—No debes preocuparte —la tranquilizó Schmidt—. Yo me ocuparé del cuadro.
Pronto ya no existirá tal prueba.
—¿Estás seguro?
—Te lo prometo. Mientras tanto, debo pensar más en todo este asunto, tratar de
adelantarme al próximo paso de Kirvov, tomar precauciones. —Alcanzó la mano de
Evelyn—. No te preocupes, Effie. Nos volveremos a ver mañana. Tendré algún plan de
defensa. Nuestro servicio de inteligencia es excelente. Estaremos preparados para
cualquier amenaza. Nos moveremos de prisa. —Comenzó a levantarse—. Hasta
mañana, Effie. Aquí mismo.
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Nicholas Kirvov en su Opel de alquiler la siguió lentamente hasta que la vio girar por la
Ku'damm y desaparecer en el interior de un restaurante que llevaba el nombre de
Mampes Gute Stube.
Kirvov tuvo la suerte de encontrar un aparcamiento a menos de una manzana de
distancia. Se apeó del coche apresuradamente y caminó dando zancadas hasta el
restaurante. Al acercarse pudo ver que Mampes Gute Stube era una combinación de café
con terraza cubierta y restaurante. La parte del café estaba acristalado y tenía un tejado
inclinado. Kirvov pensó que la había visto atravesar el café para entrar en el restaurante,
así que consideró más seguro quedarse en la zona del café.
En el interior descubrió un café bastante elegante, con mesas redondas instaladas
sobre una alfombra verde, y sillas tapizadas en pana verde. Miró a su alrededor y vio
una mesa libre, junto al pasillo central. Al dirigirse hacia ella observó que a través de la
puerta del restaurante se veía una barra y un comedor. La mujer no estaba a la vista.
Kirvov se sentó y aceptó el menú de un camarero. No tenía hambre, pero sabía que
debía pedir algo. Echó una ojeada a la lista de postres, se decidió por cerezas agrias con
nata y lo encargó.
Mientras fumaba un cigarrillo iba reflexionando sobre lo que había pasado aquella
tarde. Su visita a Klara Fiebig había sido infructuosa.
Sin embargo, al abandonar el apartamento seguía desconfiando. Se preguntaba si
Klara le habría mentido. No había forma de descubrirlo a menos que, asustada por su
visita, saliese de su casa para encontrarse con otra persona. Decidió esperar sentado en
su Opel, aparcado en Knesebeckstrasse, y vigilar el edificio.
Al cabo de dos horas o más su vigilancia parecía inútil. Tres personas habían
entrado en el bloque de apartamentos: un anciano cargado con una bolsa de la compra,
una mujer de edad bien parecida y un niño con libros del colegio en la mano. Nadie
había salido del edificio. Era evidente que Klara Fiebig no había encontrado motivo
para asustarse y salir. Kirvov había decidido que sus sospechas sobre ella no tenían
sentido. Había llegado a un callejón sin salida.
Cuando estaba a punto de arrancar el coche y marcharse, se detuvo al ver que la
puerta de entrada al bloque de apartamentos se abría y salían dos mujeres. Una era Klara
Fiebig cogida del brazo de la atractiva mujer de edad que había visto entrar antes en el
edificio. Klara hablaba y la mujer de edad asentía, luego se besaron. Klara volvió al
interior del edificio y la otra mujer comenzó a caminar calle abajo. A través de su
retrovisor Kirvov examinó la figura de la mujer que se alejaba. Había ido a visitar a
Klara. Tal vez la había avisado Klara. Con todo, una pista poco consistente...
Kirvov había virado y la había seguido, a cierta distancia, hasta la
Kurfürstendamm, avanzando a paso de tortuga, mientras los demás conductores le
tocaban la bocina por ir tan despacio, hasta que la vio entrar en el restaurante.
Ahora, mientras se tomaba las cerezas y la nata a cucharadas, esperaba a que la
mujer volviese a salir. No sabía adónde le iba a llevar aquello, pero tampoco tenía que ir
a ningún otro sitio. Así que comía y esperaba. Al final se puso a fumar.
Habían pasado al menos cuarenta minutos y Kirvov acababa de pagar su nota,
cuando su paciencia se vio recompensada. Allí estaba la bella anciana, avanzando por el
pasillo del café, seguida por un hombre corpulento y erguido, con aspecto de oso pardo,
un espécimen saludable para tener sesenta o setenta años. Mientras los observaba
acercarse, y luego pasar enfrente suyo, Kirvov vio a alguien con un vestido morado, una
mujer de mediana edad, levantarse de una mesa y adelantarse para llamar la atención del
hombre grandullón.
—Wolfgang —le saludó la mujer—. ¿Cómo estás?
El hombre corpulento llamado Wolfgang se detuvo y le estrechó la mano.
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Había una serie de pequeños comercios. Estaba la Modellbau, una tienda que
vendía maquetas de coches y aviones para montar. Luego Küchler, un especialista en
autorradio, luego el Gesamt-deutsches Institut, un archivo histórico que por dentro
parecía una biblioteca, luego la pizzería Selva, un local de barrio, junto a una
peluquería, y al final el café Wolf, junto a una tabacalera y una tienda de libros.
Había ventanas a cada lado de la puerta de entrada al café, y delante de ellas dos
filas de jardineras. Kirvov miró hacia el interior y pudo distinguir una barra y varios
taburetes, algunas mesas redondas y una máquina de discos. Vio a una camarera con
camiseta y tejanos sirviendo a una pareja en una mesa. Pudo ver a otra pareja hacia el
fondo. Pero no vio a Evelyn Hoffmann.
Aunque ella no supiese quién era él, Kirvov decidió no seguir buscando en el
interior y arriesgarse a llamar la atención. Tampoco quería permanecer indeciso frente
al café. Justamente al otro lado de la calle había una isla de cemento con la parada del
autobús, Askanischer Platz. A la derecha de la isla había una calle llamada Bernberger
Strasse.
Kirvov se alejó del café, volvió a cruzar la calle y se situó en Askanischer Platz,
vigilando el café Wolf mientras esperaba que Evelyn Hoffmann saliera de su último
paradero. Cuando llegó a la isla sintió que era demasiado visible, y caminó hasta la
esquina de Bernberger Strasse. Allí se puso a fumar observando con aire despreocupado
cualquier movimiento del café Wolf.
Durante media hora o más no hubo actividad alguna. El día comenzaba a declinar,
y pronto anochecería. Kirvov continuó vigilando la entrada del café. Al final salió una
de las parejas que había visto dentro. Poco después salió la otra.
Kirvov esperaba con impaciencia la aparición de Evelyn.
Salió del café Wolf un chico. Posiblemente el barman. Tal vez no. Luego la
camarera, con un jersey encima de su camiseta y aún en tejanos, salió a regar las
plantas, y pronto volvió a entrar. En seguida apareció de nuevo y se marcho.
Pero Evelyn Hoffmann no salió.
Kirvov empezó a sentirse ridículo. No tenía la más mínima prueba de que la señora
Hoffmann le fuera a llevar a ningún sitio útil, aparte de tener alguna relación con Klara
Fiebig, quien además no había reconocido la pintura de Hitler.
Ya comenzaba a anochecer y Kirvov se alarmó cuando vio apagarse las luces del
interior del café.
Decididamente el café Wolf estaba cerrado. Sin embargo, Evelyn Hoffmann, a
quien había visto entrar, no había salido. Sorprendente e inexplicable.
Kirvov intentó explicarse este insólito suceso. Quizás Evelyn Hoffmann había
salido por otra puerta trasera. Quizás era la dueña del café o estaba casada con el
propietario y vivía arriba.
Todo eran posibilidades, sin embargo algo improbables. Eso intuía él, al menos. No
había motivo para que saliera por otra puerta sin ser vista. Y por otro lado, sus vestidos
y sus maneras eran demasiado adineradas y elegantes para ser la dueña de un café de
este tipo o para alojarse en su vivienda.
Sin embargo, había entrado y no había salido.
Era un misterio que se merecía una explicación.
Cansado de estar allí de pie solo, en la oscuridad, sin nada que ver, Kirvov se
dirigió hacia su coche. Volvió a mirar de soslayo el café. Nada, cerrado a cal y canto y a
oscuras. Y Evelyn Hoffmann inexplicablemente dentro.
Kirvov tenía que contárselo a alguien y descifrarlo. Decidió consultarlo con Emily
Ashcroft y Rex Foster, que estaban tan implicados como él, cada uno por sus razones
particulares. Kirvov sabía que debía ir en seguida al Bristol Kempinski a buscarlos.
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—Tengo que hablar con vosotros de una cosa —dijo Kirvov. Había detenido a
Emily Ashcroft, a Foster y a Tovah cuando salían del Kempinski.
—Entonces vente ahora con nosotros —respondió Emily—. Esta noche cenamos
temprano. Tengo que volver al búnker del Führer mañana pronto. Oberstadt va a llevar
un turno de noche hoy y quiero ver qué tal lo han hecho.
Kirvov, a pesar de su cansancio, los había acompañado, y estaba sentado junto a los
demás en una mesa que les daba cierta intimidad, porque estaba separada con mamparas
de madera de las mesas ocupadas por otros comensales. Estaban en el restaurante de la
segunda planta del café Kranzler, en la esquina de Kurfürstendamm y de Joachimstaler
Strasse.
Vino una camarera, y todos consultaron sus menús y pidieron rápidamente. Cuando
la camarera se hubo ido, Foster se dirigió a Kirvov, y dijo:
—Nicholas, ¿qué te preocupa?
—Bueno... —Kirvov se mostró reservado de entrada—, tal vez no sea nada serio ni
útil para ninguno de vosotros. Es sólo un extraño incidente que pensé que deberíais
saber.
Todos estaban atentos cuando Kirvov comenzó a narrar sus múltiples aventuras de
todo aquel día. Les habló de su búsqueda de la galería de arte, y de cómo encontró la
que había comprado y vendido el cuadro de Hitler. Luego de su visita a Klara Fiebig, y
de su insistencia en no haber visto nunca ese cuadro.
—¿Crees que mentía? —preguntó Emily.
—Eso creo —respondió Kirvov—. Al menos eso pensé cuando la dejé, y me quedé
rondando por fuera para ver si salía a encontrarse con alguien e informarle de mi visita.
—¿Y salió? —quiso saber Emily.
—No. Pero alguien la visitó, porque después la vi acompañar a esa persona al
portal.
Kirvov describió a la persona en cuestión, una mujer de bastante buen tipo y muy
elegante, de sesenta o setenta años, llamada Evelyn Hoffmann. Desde luego tenía
alguna relación con Klara Fiebig, así que la siguió a Mampes Gute Stube, un restaurante
de la Ku'damm. Al cabo de un rato la dama salió con un tipo corpulento llamado
Wolfgang. La pareja se separó y la señora Hoffmann cogió el autobús hasta un barrio
cercano al Muro, con Kirvov detrás siguiéndola y vigilándola. Se metió en un local
llamado café Wolf en Stresemann Strasse.
—Me quedé allí fuera durante horas, esperando a que saliese para ver adónde iba
después — terminó diciendo Kirvov—. Pero no salió. El local cerró y ella no volvió a
salir. Ése es el misterio.
—¿Es posible que se aloje allí? —preguntó Tovah.
—Dudo que viva en un sitio así —dijo Kirvov—. Es demasiado distinguida para
eso.
—¿Tienes alguna explicación? —preguntó Emily.
—Ninguna. Esperaba que vosotros pudierais dármela. Emily se encogió de
hombros con impotencia:
—Yo desde luego no. Todo esto se parece a Alicia entrando en la madriguera del
conejo.
Foster se dirigió a Kirvov:
—¿Has dicho que este café Wolf está en la zona del Muro?
—En Stresemann Strasse. La calle da directamente al Muro, y el local está a una
manzana de distancia.
—Y el montículo del búnker del Führer justamente al otro lado —dijo Foster.
—Tal vez todo sean tonterías mías. ¿Creéis que vale la pena continuar persiguiendo
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a Evelyn Hoffmann?
—Puede que sea una pérdida de tiempo —dijo Foster—. Y de tiempo es de lo que
no disponemos. Consultémoslo con la almohada.
Emily asintió con la cabeza.
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El día comenzó en Stresemann Strasse con tres de ellos, y terminó con uno sólo.
Comenzó a las nueve en punto de una mañana soleada, cuando se hubieron
informado de que el café Wolf abría a esa hora. Llegaron un poco antes, Nicholas
Kirvov al volante del Opel de alquiler, Emily a su lado y Tovah en el asiento de atrás.
Aparcaron en Stresemann Strasse, a menos de media manzana de distancia del café
Wolf, en la acera de enfrente.
Su atención se centró de momento en la llegada de dos personas a la puerta del
café. Kirvov reconoció en seguida a la joven camarera y al barman. La camarera abrió
con la llave la puerta principal y los dos entraron. Kirvov dijo, negando con la cabeza:
—Empleados.
Emily continuó mirando durante un rato la entrada del café.
—Tú eres la única persona que ha visto a Evelyn Hoffmann —recordó a Kirvov—,
ni Tovah ni yo tenemos idea de su aspecto. Así que dependemos de ti, Nicholas.
—Confiad en mí —dijo Kirvov—. Estaré atento. Para mí también es un asunto
importante.
Kirvov, después de conectar la radio del coche a bajo volumen y buscar una
emisora musical para entretener a Emily y a Tovah, dedicó toda su atención a observar a
través de la ventanilla del coche la entrada del café Wolf.
Había pasado una hora y media, y Kirvov no había visto salir del café Wolf a nadie
que se pareciese a su presa, aunque vieron entrar a cuatro clientes. A las dos horas en
punto, los cuatro clientes se habían marchado cada uno por su lado, y eso había sido
todo.
Emily comenzó a inquietarse pensando en cómo le iban las cosas a Rex Foster en la
excavación, pues seguramente habían empezado ya a cavar el montículo, pero no quiso
marcharse para unirse a él.
—Quiero ver a esa Evelyn Hoffmann —afirmó Emily con determinación.
Cogió impacientemente su bolso con la intención de pintarse los labios, cuando de
pronto dijo Kirvov:
—¿Quieres ver a Evelyn Hoffmann? Ahora puedes verla. Mira.
Emily se irguió y se inclinó sobre Kirvov para mirar por la ventanilla. Tovah
también estaba mirando desde la parte de atrás.
Todos pudieron distinguir a la impresionante mujer de cabello castaño, de quizá
metro setenta, esbelta y erguida, que avanzaba con paso decidido, elegantemente vestida
con un traje azul pálido, y que cruzó la calle hasta la isla de cemento de Askanischer
Platz.
—Evelyn Hoffmann —susurró Kirvov—. Supongo que va hacia la parada de
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hacia adelante.
—El autobús —dijo sofocada Emily—. Tenías razón. Acaba de coger el autobús,
aquel que va a una manzana delante nuestro.
—Perfecto —dijo Kirvov, virando el coche y acelerando.
Se acercó al autobús manteniéndose detrás y comprobó que seguía el mismo
itinerario que había recorrido él el día anterior. Al cabo de quince minutos vieron bajar
del autobús a Evelyn
Hoffmann, cruzar Stresemann Strasse y entrar en el café Wolf.
—Ya hemos cerrado el círculo —dijo Emily mientras Kirvov aparcaba el vehículo
en un hueco, que les ofrecía una perspectiva sin obstáculos de la entrada al café Wolf.
Emily frunció el entrecejo.
—Y ahora qué hacemos?
—Esperar, Emily —dijo Kirvov—. Nos quedamos aquí sentados y esperamos a ver
si esta vez sale.
—¿Y si no vuelve a salir? ¿Qué hacemos entonces?
—No lo sé.
—Yo sí —dijo misteriosamente Emily—, pero esperemos a ver qué pasa.
Transcurrió una hora.
Al final habían transcurrido otras dos horas.
Emily se estaba poniendo cada vez más nerviosa.
—¿Cuándo cierra este maldito sitio?
—En menos de una hora.
—Esto es perder el tiempo —dijo Emily con impaciencia. Echó mano al tirador de
la puerta—. Ella no sale. Pero yo voy a entrar.
Emily estaba abriendo la portezuela del coche cuando Kirvov la agarró por el
brazo.
—Espera. No puedes entrar ahí.
—¿Por qué no? —replicó Emily—. Es un restaurante público. Yo soy el público y
quiero tomar algo. También quiero ver si Evelyn Hoffmann está ahí dentro.
—No lo hagas, Emily. Puede ser peligroso.
—Tonterías —dijo ya fuera del coche.
—Emily, lo que le pasó a tu padre no fueron tonterías. Quizás es una neonazi. Por
favor, recuerda a tu padre...
La mención de su padre hizo que Emily retrocediera hacia el coche. Se inclinó
hacia Kirvov y examinó su semblante preocupado.
—Estoy acordándome de mi padre —dijo con calma—. Por eso he de enterarme de
lo que pasa ahí dentro.
—Entonces te acompaño.
—No, Nicholas. Tú te quedas aquí. Probablemente no pase nada, haya una
explicación inocente a todo esto y podamos dar por acabada esta inútil persecución.
Pero si pasa algo... Vamos a ver, yo saldré de ahí dentro y estaré de regreso antes de que
cierren. Si no es así, entonces ya sabes qué hacer. Se lo cuentas a Rex Foster y que vaya
a la policía.
—No lo hagas, por favor —le suplicó Kirvov.
—He de hacerlo —dijo Emily.
Cerró la portezuela del coche y se dirigió hacia el café Wolf. Kirvov la miraba
como hipnotizado, y finalmente la vio entrar en el café Wolf.
Dentro del café Wolf Emily intentó orientarse. Recorrió rápidamente con la mirada
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había ido. Antes de que pudiera decidirse, la camarera se dirigió hacia la cocina.
Con un suspiro, Emily se levantó para marcharse.
Desde la puerta giratoria, la camarera se dio la vuelta y gritó:
—Auf Wiedersehen.
Y desapareció en el interior de la cocina.
Cuando ya estaba en la puerta de entrada, Emily dudó. Lanzó una mirada por
encima del hombro. La cocina era la única posibilidad que no había investigado.
¿Por qué no? Tal vez descubriría si existía otra puerta trasera por donde Hoffmann
podía haber salido. O al menos podría preguntar cualquier cosa que se le ocurriera a la
camarera. ¿Y por qué no?
Emily dio media vuelta y se dirigió resueltamente a la cocina. Sin dudarlo más
empujó la puerta giratoria y entró. Era la típica cocina de azulejos blancos. Un fregadero
de aluminio, mostradores, tajos de madera, fogones, una nevera, armarios.
Emily miró en torno suyo. La camarera no se veía por ninguna parte. Pero había
una especie de pasillo, justamente enfrente. Emily avanzó por el pasillo.
De repente, asomó gigantesco de la tenue luz indirecta del pasillo un joven alemán,
alto, musculoso y rubio, sin duda el cocinero, porque llevaba un gorro de chef y un
delantal blanco.
Emily, sobrecogida, detuvo sus pasos y le mire parpadeando.
—Fräulein —dijo amablemente—, su carnet de identidad, por favor.
—¿Mi qué?
—Su carnet de identidad. Tengo la obligación de pedirlo.
—Yo... yo no sabía que... —balbuceó.
Pero el joven alto la interrumpió preguntando con un tono duro en su voz:
—¿Quién es usted?
—¿Yo? ¿Por qué? Soy una clienta... y sólo quería... pero no, mejor me marcho.
—Mejor que no. —El joven buscó algo bajo su delantal y sacó una eficaz Mauser
7.65 automática—. Usted viene conmigo. —Esgrimió la pistola amenazadoramente—.
Camine delante de mí. Schnell.
Emily, con el corazón desbocado y las piernas atenazadas, se vio obligada a pasar
delante de él y a entrar en el terrorífico pasillo.
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Kirvov avanzó dando traspiés hacia su coche, arrancó y se fue en busca de ayuda.
Al llegar al mundo más luminoso, más normal, del hotel Bristol Kempinski, dejó su
coche al portero y corrió hacia el vestíbulo.
Mientras se dirigía a grandes zancadas a recepción para llamar a Foster, vio a una
joven rubia que iba del mostrador hacia el bar. Luego se dio cuenta de que era Tovah
Levine.
—Tovah —gritó Kirvov, corriendo para detenerla.
Ella se paró y levantó la mano con un saludo.
—Ah, hola, Nicholas.
—Tovah, ha sucedido algo terrible. Tengo que encontrar a Rex inmediatamente.
Debemos avisar a la policía.
Tovah examinó un momento su expresión angustiada, luego, con aspecto
preocupado ella también, le cogió por el brazo diciendo:
—Ahora mismo iba a encontrarme con alguien que... que conoce a la policía. Ven,
puedes contarnos a ambos lo que ha pasado. Kirvov se detuvo.
—Tovah, esto es urgente. No puedo perder ni un minuto —le urgió.
—Por favor, Nicholas —insistió ella—, ven conmigo.
Kirvov cedió de mala gana, cruzando junto a ella el largo vestíbulo. El lujoso
recinto del bar parecía estar vacío, aparte de un hombre con barba que tocaba el piano
Steinway marrón. Después, Kirvov observó que un individuo se levantaba de una de las
sillas agrupadas en torno a una mesa de un rincón oscuro de la sala.
Tovah presentó a Kirvov al hombre que estaba esperando, un tipo más alto que
Kirvov, con las facciones bronceadas y regulares de un actor de cine o un atleta.
Tovah dijo:
—Nicholas, quiero que conozcas a Chaim Golding, un amigo de Berlín. —Y
dirigiéndose a Golding dijo—: Éste es Nicholas Kirvov de Leningrado. Ya te he
hablado de él. El perseguidor de Hitler.
Golding dio un paso al frente para estrecharle la mano, pero Kirvov sostuvo su
mano sólo un momento, y luego volviéndose hacia Tovah dijo:
—Escucha, Tovah. No tengo tiempo para relaciones sociales ahora. Quizás en otra
ocasión. De momento hay problemas. Emily ha desaparecido. No sé qué ha pasado.
Debo localizar a Rex y acudir a la policía. Te lo contaré todo cuando estemos solos. —
Lanzó a Golding una mirada de nerviosismo y disculpa al mismo tiempo—. Esto es...
un asunto privado. Ahora debo marcharme.
Tovah le volvió a agarrar por el brazo y dijo:
—¿Avisar a la policía? Ni hablar... Siéntate. El señor Golding conoce a la policía.
—Pero...
—Siéntate —insistió Tovah en un tono autoritario que Kirvov nunca le había oído
—. Puedes hablar delante de Chaim Golding. —Dirigió a Golding una mirada
interrogativa, y éste asintió con un movimiento de cabeza. Tovah continuó diciendo a
Kirvov—: Si tenemos problemas, el señor Golding nos será más útil que la policía de
Berlín. —Luego añadió bajando la voz—: Nicholas, Chaim Golding es del Mossad, y
yo también.
Kirvov se mostró desconcertado por un momento.
—¿Del Mossad?
—Servicio de inteligencia israelí —dijo Tovah—. Yo soy periodista, es cierto, pero
es sólo mi cobertura como agente del Mossad. Chaim Golding es mi jefe inmediato,
director de la importante sección de Berlín.
Kirvov expresó un destello de reconocimiento.
—Mossad. Quieres decir, la operación Entebbe y todo eso. Sí he leído cosas sobre
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conferencias y dejó su maletín apoyado contra una tabla vertical que sostenía la mesa.
Cuando faltaban siete minutos para que explotara la bomba, Von Stauffenberg se
excusó diciendo que debía salir a llamar por teléfono. Mientras tanto el coronel Heinz
Brandt encontró que el maletín le molestaba y lo apartó a un lado, alejándolo de Hitler.
Luego explotaron las bombas, destrozando la sala. Murieron cuatro personas, pero
Hitler no. Sólo sufrió heridas superficiales y quemaduras. Mientras tanto, Von
Stauffenberg regresó a Berlín, creyendo que Hitler había muerto. Él y otros
conspiradores comenzaron a comunicar órdenes para la toma de posesión del gobierno.
Por supuesto, Hitler le cogió como a los demás. Se llevaron a cabo unas siete mil
detenciones, y dos mil sospechosos fueron ejecutados. Von Stauffenberg fue fusilado.
Tuvo suerte. Otros fueron agarrotados con cuerdas de piano en las barracas de
Plotzensee y luego colgados de ganchos para la carne. Según los informes del gobierno,
unos cuantos conspiradores escaparon, y uno de ellos fue Wolfgang Schmidt. Tenía
credenciales firmadas por el propio von Stauffenberg agradeciéndole su participación en
contra de Hitler. Schmidt, con esas credenciales, fue bien recibido en el departamento
de policía de Berlín y ahora es el jefe de policía. Todo en perfecto orden...
—Impresiona bastante —reconoció Kirvov.
—... excepto por un detalle —dijo Golding—. Las credenciales de Schmidt estaban
falsificadas.
—¿Eran falsas? —preguntó Kirvov.
—Wolfgang Schmidt fue desde el principio un nazi a carta cabal y sigue siéndolo
hoy. Schmidt fue uno de los guardias de las SS más leales y preferidos de Hitler en
Berghof, la residencia de Hitler situada encima de Berchtesgaden. Hitler le confió
incluso la protección de Eva Braun. Cuando el fin se aproximaba, Hitler cogió algunos
de los documentos confiscados a Von Stauffenberg, los hizo falsificar y los entregó a
Schmidt como un regalo de despedida. Con esta nueva personalidad, Schmidt
finalmente se incorporó a las fuerzas de policía de Berlín de la posguerra. Este nazi
secreto, camuflado, es hoy aquí el jefe de la policía.
—Pero si sabían todo esto...
—¿Por qué no desenmascararlo? Porque, amigo mío, no sabíamos todo esto hasta
que Tovah comprobó su identidad y nos llevó a investigar su caso. Como ve, señor
Kirvov, no podemos fiarnos de la policía de Berlín. Cualquier esfuerzo por rescatar a la
señorita Ashcroft, dondequiera que esté en el café Wolf, pasaría a través del jefe
Schmidt. Le aseguro que el jefe Schmidt encontraría algún pretexto para no colaborar.
De hecho, supondría un mayor peligro para todos ustedes. ¿Lo entiende ahora, señor
Kirvov?
Kirvov estaba horrorizado.
—Sí, sí. Lo entiendo. Pero...
—Algo hay que hacer por la señorita Ashcroft, desde luego. Debemos encontrarla
lo antes posible. Pero quienes seguirán la pista de su desaparición serán ustedes, todos
ustedes, junto con los agentes del Mossad. Aquí somos clandestinos, pero somos fuertes
y estamos bien equipados. Por nuestra parte, rodearemos inmediatamente el café Wolf y
lo mantendremos bajo vigilancia.
—¿Pero qué podemos hacer nosotros? —preguntó Kirvov.
—Usted y Tovah deben consultar con el señor Foster ahora mismo. Tovah le vio
hace un rato. Por lo que he oído, seguramente tiene algo que decir. En este caso, Tovah
nos lo comunicará. Y si no, intentaremos instigar alguna acción nosotros mismos. No
será fácil. Recuerde, cualquiera que sea el enemigo, tiene al jefe de la policía de Berlín
de su lado. Ahora, suban a hablar con el señor Foster. Espero que podamos actuar a
tiempo para... para salvar a la señorita Ashcroft del peligro.
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armamento hasta máquinas, y a todos ellos se les puede ordenar hacer lo que sea
necesario por la causa. La eliminación de los últimos vestigios del Tercer Reich es lo
único que les preocupa. De todos modos, Chaim Golding quiere saber qué crees que
puede hacerse, antes de arriesgarse a tomar medidas más patentes.
—No debemos hacer nada espectacular —dijo Foster—. Ni siquiera actuar
directamente. La policía podría interferirse y detenerlo todo. —Giró hacia su escritorio
y repasó rápidamente los planos del búnker extendidos delante suyo—. La verdad es
que tengo una idea.
Foster dijo mientras seguía estudiando el esquema del búnker del Führer:
—Hay algo verdaderamente extraño en este plano del búnker del Führer. Cualquier
arquitecto lo vería en seguida. En realidad consulté con Zeidler este proyecto suyo. Él
también notó que no era del todo correcto. Dijo que el propio Hitler le ordenó trazarlo
de este modo, y Zeidler sólo pudo seguir órdenes. Pero en realidad falta algo, y si es lo
que pienso, me indicaría la localización del séptimo búnker.
Kirvov estaba confundido:
—¿De qué séptimo búnker?
—De éste. —Foster tiró de un segundo plano situado debajo del plano del búnker
del Führer—. El búnker subterráneo que Hitler ordenó construir y que nunca ha sido
identificado. Ahora tengo una idea de dónde podría estar. Todo depende de lo que
encuentre cuando nuestra excavación penetre en el búnker del Führer.
—¿Piensas entrar en el búnker del Führer? —preguntó Tovah sorprendida.
Foster estaba poniéndose la chaqueta.
—Esta noche. Seguramente cuando vuelva a la zona fronteriza el lateral del
montículo estará ya excavado y abierto el acceso al búnker del Führer.
—¿Crees que todavía existe? —preguntó Kirvov.
—¿Por qué no? Se construyó originalmente a gran profundidad y se reforzó con
cemento y acero. Ni siquiera los bulldozers rusos pudieron después hacer mella en él, al
menos no en la zona más profunda que utilizaba Hitler, abajo de todo.
—No puedes ir solo —dijo Tovah protestando—. Tal vez yo pueda...
—Yo tengo el permiso de entrada —dijo Foster— y tú no. Tú y Nicholas quedaos
aquí, e informad a Golding de lo que voy a hacer. Si os necesito, me pondré en contacto
de alguna manera, podéis estar seguros.
En la zona fronteriza de Alemania oriental, la mayor parte del gran montículo que
cubría el búnker del Führer se perdía en la oscuridad de la noche. Solamente un lado del
montículo, el lado oeste, estaba brillantemente iluminado por tres focos gigantes.
En el borde del círculo luminoso, Andrew Oberstadt, con un mono sucio y botas
llenas de barro, estaba de pie observando a su equipo nocturno, mientras los hombres
despejaban un pasadizo más ancho que conducía a un agujero abierto en el lateral del
montículo. Cuando Foster llegó, estaban sacando a paletadas más tierra y escombros, y
volcándolos en dos montones.
Oberstadt acogió la reaparición de Foster con buen humor:
—Bueno, Rex, creo que lo acabamos de conseguir. Estará preparado para que lo
examines dentro de un momento. Ha salido bien, hemos penetrado a través de la vieja
salida de emergencia hasta el nivel inferior. Yo mismo le eché un vistazo hace un rato.
No pude resistir la tentación de ver en qué estado se encuentra. No está mal, teniendo en
cuenta los cuarenta años transcurridos y los bulldozers rusos. Al parecer el techo de
cemento ha protegido la zona inferior de Hitler. La escalera parece casi intacta. Hay
unos cuantos peldaños rotos al principio, pero por lo que pude ver con la linterna, el
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resto de los escalones parecen utilizables. ¿Quieres esperar hasta mañana para bajar?
—Quiero bajar ahora mismo, Andrew.
La reacción de Oberstadt fue de desconcierto.
—Va a ser bastante difícil buscar el camafeo y los puentes dentales en ese agujero.
Incluso con luz portátil, será difícil encontrar algo tan pequeño.
—Eso no es lo que voy a buscar esta noche, Andrew. Voy detrás de algo más
grande.
Oberstadt se encogió de hombros.
—Bueno, tú sabrás lo que haces. Supongo que la luz del día tampoco facilitará
bajar hasta ahí. ¿Cuándo quieres empezar?
—En este mismo momento.
—¿Te importa que te acompañe? —preguntó.
—Puedes servirme de ayuda en la primera parte de la operación. Sí, podría ser útil.
Si encuentro lo que busco, preferiría quedarme solo allí abajo.
—Necesitaremos algunas linternas de mano fluorescentes —dijo Oberstadt—. Una
para cada uno.
—Querría que trajeras también algo más —dijo Foster—. Algo que pueda atravesar
el cemento.
—Tengo una sierra a pilas.
Foster lo pensó y dijo:
—Tráete la sierra, y también un cincel y un martillo.
Mientras Oberstadt se marchó corriendo a avisar a un trabajador para que le echara
una mano, Foster se quedó mirando hipnotizado el agujero practicado en el montículo.
Estaba parcialmente iluminado por los faros verticales, y se acercó a ver las condiciones
en que se encontraba la vieja salida de emergencia.
Abriéndose paso entre los jadeantes trabajadores, llegó al agujero y se inclinó para
entrar en él. Recordaba haber oído que allí había un vestíbulo que conducía al exterior
desde los cuatro tramos de escalones. La mayor parte había sido aplastado, pero ahora el
equipo de Oberstadt lo había limpiado y apuntalado con maderos. Foster pudo distinguir
vagamente los escalones de cemento, muy cubiertos con tierra, algunos de la parte
superior parecían deformes y el resto se precipitaba con una gran inclinación hacia la
oscuridad.
De pronto le iluminaron por detrás poderosos rayos de luz. Oberstadt, que le seguía
de cerca, le tendió una gran linterna fluorescente, y se quedó con otra, y luego se giró
hacia uno de sus hombres para coger una bolsa de lona con las herramientas y la sierra.
—Cuando estés listo empezamos —dijo Oberstadt.
—Vamos —dijo Foster.
—Cuidado con los peldaños —le advirtió Oberstadt.
Foster abrió el paso, mientras se posaba precariamente en el primer peldaño
irregular, con una mano en la pared, y luego pisó con más seguridad el siguiente, y el
próximo, todos ellos parcialmente rotos, pero luego pudo ver que los endurecidos
peldaños estaban en buenas condiciones. Foster descendió llevando la linterna por
delante y pudo oír a Oberstadt siguiéndole de cerca.
Siguieron bajando y bajando los cuatro tramos enteros. Cuarenta y cuatro peldaños,
recordó Foster, y cuando hubo contado el número cuarenta y cuatro supo que todo iba
bien, que había llegado al nivel inferior del original búnker del Führer.
Allí, en aquel laberinto del subsuelo, a dieciocho metros bajo el punto donde había
entrado, la atmósfera era sofocante. Resultaba difícil respirar. Dio un paso y el polvo
subió arremolinado obligándole a toser.
—¿Te encuentras bien? —sonó y resonó la voz de Oberstadt.
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—No está aquí. Vamos a la siguiente habitación, que debe ser el dormitorio
privado de Hitler.
La puerta de madera del dormitorio estaba atascada. Foster tiró de ella un par de
veces y se abrió de golpe, dejando caer una cortina de polvo. Foster se tapó la nariz y la
boca esperando que el polvo se depositara. Luego entró en el dormitorio, con Oberstadt
a su lado.
Esta habitación era más pequeña que el cuarto de estar. Había una cama individual,
estrecha como un catre militar, y estaba toda desmantelada. Se habían llevado hasta el
colchón. Foster imaginó que había habido una mesita de noche y una lamparilla a su
lado.
Todos los demás muebles, del tipo que fueran, habían sido confiscados hacía
mucho tiempo. Pero al otro lado de la habitación había un escritorio con cuatro cajones,
demasiado voluminoso para poder llevárselo, y que todavía se levantaba robusto contra
la pared.
Foster examinó el techo y las paredes. Eran de cemento, y había grietas por todas
partes.
—¡Qué raro! —exclamó Foster—. Aquí hay grietas pero en el cuarto de estar no.
Sin embargo es el mismo cemento.
Oberstadt enfocó su linterna fluorescente hacia la pared, examinando una grieta.
—No lo comprendo. Ninguno de los dos debería haberse agrietado. —Encontró su
destornillador y lo introdujo en una grieta—. Sabes, no creo que estas fisuras sean
naturales. Pueden haber sido provocadas.
Foster estuvo de acuerdo.
—Simuladas —dijo tranquilamente—, una forma de camuflaje.
—¿Para qué? —preguntó Oberstadt desconcertado.
—Para que todo el mundo ignorara lo importante. Ya verás. Ayúdame a mover este
escritorio.
Ambos dejaron las linternas y sosteniendo los dos lados del escritorio lo apartaron
de la pared.
—Acerquémoslo más al centro de la habitación —dijo Foster—. Bien, ahora coge
tu linterna e ilumina la pared de detrás del mueble.
Oberstadt hizo lo que le había dicho, y Foster se arrodilló estudiando
detenidamente la pared que había estado escondida detrás del escritorio. Recorrió con el
índice cuatro partes de la pared.
—Ya está, lo que me esperaba. Pásame tu destornillador, Andrew.
Oberstadt se lo tendió y Foster lo introdujo en las rendijas que había detectado. En
seguida tomó forma un perfil sobre la pared. Parecía un entrepaño rectangular de un
metro de alto por ciento veinte centímetros de ancho.
Foster se puso de pie y dijo:
—Exactamente lo que estaba buscando.
—¿Qué era?
—Andrew, hace tiempo que soy arquitecto. No me puedo imaginar a nadie
construyendo una habitación sin ventanas, como ésta, que no tenga algún tipo de
escotilla interior de salida como complemento de la puerta.
—Pero si hay una salida de emergencia. Acabamos de bajar por ella.
—No, estoy hablando de una salida privada. No había ninguna en el plano del
búnker. No podía creerlo. Por lo tanto llegué a la conclusión de que debieron de añadirla
posteriormente. El propio Hitler. Una salida secreta.
Las facciones rojizas de Oberstadt expresaron incredulidad.
—¿Ésta es una salida secreta?
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Lo que Foster vio y detuvo su mirada fue la espalda de un guardia, un joven soldado
nazi con uniforme gris, un brazalete con una esvástica alrededor de un brazo inerte, y el
otro brazo apoyado en una metralleta. Alrededor de su cintura llevaba un cinturón con
pistolera y un arma guardada que podía ser una Luger 08.
Foster notó que la cabeza del soldado estaba inclinada hacia adelante, y la barbilla
descansaba sobre el pecho.
Respiraba profundamente y se oían unos ronquidos regulares.
Se había quedado amodorrado durante su aburrida guardia nocturna. Estaba
sentado en el rellano de una escalera que parecía bajar hasta el fondo del inmenso
búnker, y no había duda de que dormía.
Foster vio claramente el siguiente paso que debía dar. No lo pensó ni un segundo.
Sacó el martillo del bolsillo de su pantalón, lo cogió por el mango, empujó la puerta sin
hacer ruido varios centímetros más y se deslizó a través de ella.
Foster se encogió y avanzó sigilosamente, gracias a sus suelas de goma, hacia la
espalda del guardián dormido. Su visión periférica no detectó a nadie más en el búnker
que se extendía debajo.
Foster, situado casi un metro detrás del guardia sentado, intentó contener la
respiración y poco a poco se fue levantando para coger más impulso.
Estaba justamente sobre el joven nazi, mirando fijamente su greña de pelo rojizo.
Levantó el martillo por encima de su hombro y apuntó a su objetivo.
El martillo se proyectó hacia abajo y el impacto, duro e infalible, descargó un golpe
seco sobre la base del cráneo del nazi.
La víctima no profirió ningún ruido. Comenzó a desplomarse inconsciente hacia un
lado, y su metralleta, que se deslizó de encima de su pierna, estuvo también a punto de
caer.
Foster, que quería evitar a toda costa el sonido del cuerpo al derrumbarse o el
chasquido de la metralleta, alargó hacia adelante el brazo que tenía libre, lo pasó
alrededor del cuerpo del joven, lo sostuvo y a la vez extendió la mano para sujetar la
metralleta logrando agarrarla por los pelos.
Echó un nuevo vistazo a la zona inferior.
Nadie se había percatado. No había nadie a la vista.
Sin embargo, Foster sabía que no se arriesgaría a perder ni un precioso segundo. Se
encontraba en tierra subterránea del enemigo, el heredero de los más despiadados
asesinos de los tiempos modernos, y debía estar preparado. Volvió a guardar el martillo
en el bolsillo de su pantalón, agarró firmemente la metralleta con la mano derecha y con
la izquierda levantó el cuerpo inerte del guardia del rellano. Avanzando hacia atrás
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Comenzó a bajar la escalera pisando con pie firme en sus botas cortas de cuero
Wehrmacht, que le quedaban demasiado apretadas. Descendió hasta el extremo más
próximo del pasillo enmoquetado de verde oscuro.
Con confianza, prosiguió su tensa marcha a través de dos filas de puertas cerradas,
en dirección al puesto de mando. Nadie a la vista.
Y luego alguien. Recostado tranquilamente en un lateral de lo que parecía una
puerta de despacho, otro centinela nocturno, otro muchacho rubio y larguirucho, estaba
ocupado limpiándose las uñas, con su Heckler-Koch apoyada contra la pared junto a él.
Foster avanzó hacia él sin interrumpir su paso. Cuando se hallaba casi frente al
centinela, pensó por quién debía preguntar.
Por Frau Evelyn Hoffmann o por Frau Eva Braun. El instinto le hizo modificar lo
que había planeado decir.
Foster, con voz gutural, dijo al centinela en un perfectísimo alemán:
—Traigo un mensaje urgente para Número Uno.
Ningún género. Ningún nombre. El neutro Número Uno. Era seguro. O eso
esperaba.
El centinela apenas se molestó en alzar la vista.
—Probablemente está dormida ya... pero si es algo especial, mejor que vayas.
Foster saludó y con su mejor porte militar, como un soldado que llevara un mensaje
vital a su superior, continuó marchando hacia delante. Esperaba que el centinela
reflexionara y le llamara por la espalda, pero no hubo llamada.
Al llegar ante la estancia situada en el extremo del pasillo, sin aberturas, toda de
madera, absolutamente aislada, recordó el plano del séptimo búnker. Giró a la izquierda
y bajó de prisa al vestíbulo, y allí estaba la puerta.
Ignorante de lo que podía esperarle dentro, Foster puso la mano sobre el tirador y
lo hizo girar lo más silenciosamente posible.
La puerta de entrada cedió, y se encontró dentro de una pequeña sala de recepción
amueblada con un modesto escritorio, una silla giratoria y dos sillas altas. No había
nadie en la habitación. Luego otra puerta.
Se quitó las pesadas botas militares, y avanzó sigilosamente hasta la siguiente
puerta. No tenía el cerrojo puesto. La abrió. Se asomó. Dos lámparas de pie eran la
única iluminación de la sala sin ventanas. Lo que tenía delante era una combinación de
sala de estar y despacho, a la derecha había un escritorio de roble de gran tamaño y
delante un sofá y dos cómodos y mullidos sillones frente a un estante de madera que
parecía una repisa de chimenea, pero que debajo tenía estantes llenos de libros, en lugar
de una chimenea.
Por lo que pudo ver, la gran sala estaba vacía.
Pero se equivocaba.
—Rex... —llamó una sofocada voz de mujer.
Sabía que procedía de Emily, quien se afanaba por levantarse del sofá para que la
viera.
Foster corrió en calcetines hasta el sofá. Emily, atada de pies y manos, se había
hundido sobre el sofá de nuevo, y estaba tumbada boca arriba esperándole. Se arrodilló,
deshizo de prisa la fina cuerda con que la habían atado, y logró sonreír ante la
incredulidad que se dibujaba en el pálido rostro de ella. Su castaño cabello estaba
despeinado, y su falda de cuadros se había levantado por encima de las rodillas, sin
duda debido a sus esfuerzos por liberarse, pero no parecía herida.
—¿Te encuentras bien? —susurró desatando los nudos. Ella asintió con la cabeza.
—¿Hay alguien más aquí? —volvió a susurrar.
—Ssshhh —dijo—. Sí, en el dormitorio. Ten cuidado. —Luego con los brazos ya
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ADOLF HITLER
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contará.
Meditó un momento y luego susurró:
—El pentotal sódico. El que intentaron utilizar contigo. ¿Sabes dónde está?
Ella asintió.
—Schmidt lo dejó en el cajón superior a mano derecha del escritorio. Le oí decir
que la acción duraba veinticuatro horas.
—Encuéntralo, Emily. Y trae esa cuerda del sofá. La necesitaremos.
Emily sacó del escritorio una bolsa de plástico.
—Hay una aguja hipodérmica, algo para utilizar como torniquete, supongo, y una
solución amarillenta. —Le llamó en voz baja—. El pentotal sódico. Aquí está.
—El suero de la verdad. —Miró la Luger que sostenía en la mano—. Llévame al
dormitorio. Es la hora de la verdad.
Habían transcurrido quince minutos, y Eva Braun yacía extendida boca arriba sobre
la cama, con las muñecas y los tobillos atados a los barrotes metálicos de la cama, y
amordazada. Tenía los ojos abiertos, pero ya no aterrorizados, sino desenfocados.
«El pentotal sódico. Perfecto», pensó Foster, de pie a su lado.
Hasta entonces todo había sido realmente fácil, se dijo Foster a sí mismo. La súbita
aparición de ambos y las luces la habían sorprendido en su despertar inmediato. La
pistola en su sien había asegurado su sumisión y luego su silencio.
—Bien, Emily, ahora búscale algunas ropas y vístela —dijo. Cuando Emily hubo
encontrado las ropas, Foster le tendió la pistola y salió a la puerta del dormitorio.
Al volver al dormitorio encontró a Eva totalmente vestida, tumbada de nuevo, y a
Emily apuntando con la Luger.
—Segundo paso —dijo a Emily—. Dame la pistola y saca la cuerda. Después de
haberla atado a la cama, Foster le pidió a Emily el pentotal sódico.
Por primera vez Eva Braun había protestado con agitación.
—No, no, no —había suplicado, pero Foster no pudo pensar más que en los seis
millones de víctimas del holocausto que habían pronunciado las mismas palabras,
suplicando por su vida, y a quienes les fue negada.
A la esposa del monstruo, ahora ella misma un monstruo, también había que
negárselo. Foster le metió la mordaza en la boca, y luego deliberadamente se preparó a
administrarle el suero de la verdad.
Foster, extrayendo de su memoria lo que había presenciado en Vietnam, llenó la
aguja hipodérmica con la solución. Luego, empleando el torniquete, buscó una vena
visible en su muñeca. Con cuidado, introdujo la aguja en la vena, inyectando la
sustancia intravenosa.
Al sacar la aguja, miró a Eva.
—Surtirá efecto en menos de un minuto —dijo a Emily. Y ahora, al observar a Eva
tumbada, pudo ver que tenía los ojos vidriosos y que estaba ya aturdida.
—Muy bien, el efecto puede durar de una a tres horas —dijo—. Luego le daré una
dosis más fuerte. —Cogió a Emily del brazo—. Podemos dejarla unos minutos. —
Guardó la Luger en la cartuchera—. Aún tenemos algo que hacer.
Sacó a Emily de prisa del dormitorio, a través del pequeño vestíbulo hasta el cuarto
de estar.
Por un momento Foster se concentró en sus pensamientos y luego preguntó:
—Emily, ¿tienes idea de cuántos nazis hay escondidos aquí abajo? —Eva me dijo:
«Somos más de cincuenta.»
—¿Tienes idea de quiénes son?
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—También habló de eso, muy orgullosa. Un puñado del viejo círculo de Hitler que
fueron declarados desaparecidos. Muchos miembros de las Juventudes Hitlerianas
enviados aquí abajo antes de que Hitler se trasladara. La mayoría de ellos son ahora
hombres adultos con sus propias familias. No hay niños aquí dentro, nadie es menor de
dieciséis años. Envían a las mujeres embarazadas a Argentina para que den a luz allí.
Las mujeres regresan solas. A los niños los crían, educan y entrenan alemanes en
Argentina. Sólo cuando los muchachos cumplen dieciséis años los envían a Berlín para
que ocupen sus lugares en el búnker.
—¿Pero todos son nazis empedernidos?
—Peor que eso. Nazis empedernidos, sí, pero todos asesinos, entrenados para
matar.
—¿Matar a quién, Emily?
—Asesinar a cualquiera que pueda amenazarlos en la superficie. Ella habló de la
necesidad de liquidar, en sus propias palabras, a antinazis, judíos importantes, cazadores
de nazis, y extranjeros peligrosos como mi padre. —Emily parpadeó—. Reconoció que
el accidente de mi padre estaba preparado. También reconoció que sus seguidores
habían sido responsables de al menos doscientos asesinatos en los últimos veinte años.
Te liquidarían en un instante, si se enteraran de que estás aquí. Son despiadados, Rex,
absolutamente crueles.
—De acuerdo —dijo Foster—. Tengo una misión para ti. Ahora te enseñaré el
camino por donde entré, porque por ese camino vas a salir.
—¿Una misión?
—Sí. Saldrás a la superficie por debajo del montículo, desde el búnker del Führer y
a través de la vieja salida de emergencia. Aparecerás en la zona fronteriza de Alemania
oriental. Oberstadt está allí arriba. No tendrá problemas en hacerte pasar la verja.
Consigue un teléfono lo antes posible. Ponte en comunicación con Tovah en el Bristol
Kempinski. Ella y Kirvov están allí esperando. Dile que lo hemos encontrado todo y
dile que informe a Chaim Golding inmediatamente.
—¿A Chaim Golding?
—El jefe del Mossad en Berlín. Tovah es una de sus agentes. Él tiene el personal y
los medios para hacer lo que quiero que haga. Dile que quiero que exterminen a las ratas
de aquí abajo, a todas ellas, de una vez, esta misma noche.
Emily abrió los ojos desmesuradamente:
—¿Cómo, Rex?
—Del mismo modo que la pandilla de Hitler lo hizo con los judíos en Auschwitz.
Pero más exactamente, tal como había planeado Albert Speer deshacerse en una ocasión
de Hitler.
—Quería lanzar gas a través del ventilador del búnker del Führer.
—Exacto.
—Y arrojar dentro una granada de gas neurotóxico llamado Tabun. Absolutamente
mortífero.
—Con la única diferencia de que esta vez los miembros del Mossad probablemente
utilicen gas bastante más sofisticado, pero igualmente mortífero. Tovah está esperando
en nuestra suite. El plano de este búnker está en el escritorio de nuestra sala de estar.
Golding sabrá cómo llevarlo a cabo. Pero este búnker debe ser hermético. ¿Tú viniste
por la otra entrada situaba bajo el café Wolf?
—Sí. El guardia me obligó a bajar varios escalones hasta una puerta de acero,
como la de caja fuerte. La abrió con llave y me hizo pasar a empujones.
—Bien. Pues que los agentes del Mossad eliminen al guardia del café Wolf, bajen
y abran esa puerta metálica. Después que lancen el gas. En pocos minutos, será
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Al principio, con Emily a remolque, se había sentido preocupado, pero luego todo
había resultado ser más fácil que la primera vez.
Esa vez había dos guardias nazis en el pasillo, absortos en su conversación. Era
evidente que uno estaba a punto de relevar al otro y Foster, en su uniforme adornado
con la esvástica, había pasado por delante de ellos con un porte más militar y más
concentrado en sus asuntos que cuando había entrado.
Había empujado a Emily a la puerta del altillo, y la ayudó a pasar por el boquete
cuadrado hasta el túnel, diciéndole dónde debía buscar la linterna y dándole
instrucciones exactas de cómo salir y de lo que encontraría.
Y luego había regresado solo al dormitorio de Eva Braun.
Después de quitarle la mordaza, Foster se sentó en el borde de la cama. Eva tenía
los ojos abiertos, un poco brumosos, fijos en el techo. Foster no estaba seguro de cómo
había actuado el suero de la verdad, ni dónde comenzar concretamente su interrogatorio,
pero cuando estuvo en Saigón había visto usar pentotal sódico como suero de la verdad
en prisioneros del Vietcong y pensó que debía proceder del mismo modo. Había oído
decir a un capitán que era como hacer hablar a alguien en sueños. Desaparecían las
inhibiciones, se eliminaba cualquier intención de mentir, y el interrogado hablaba con
libertad desde su subconsciente. Las preguntas tenían que ser simples y directas, y si la
droga perdía su efecto demasiado pronto, tendría que administrarle una dosis más fuerte
para mantenerla amodorrada, pero evitando que quedara dormida del todo o que sufriera
un colapso.
Decidió que empezaría con algunas preguntas sencillas, para tantear, y que luego
iría directamente al núcleo de la cuestión, y saldría antes de que los agentes del Mossad
inundaran el búnker con su mortífero veneno.
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primero hay algo más importante que hacer. Hay que prepararse para cuando llegue el
momento. Alemania debe estar preparada. Alemania es lo único que importa. Fortalecer
de nuevo Alemania. Estar preparados para su reaparición.
—¿Cómo?
—Eliminando a nuestros enemigos. Schmidt eliminará mañana a los extranjeros,
igual que se ha ocupado de tantos enemigos nuestros a lo largo de los años. Luego irá a
Munich para iniciar un recorrido por toda Alemania. Se encontrará con las personas que
tienen contacto con las ciento cincuenta y ocho organizaciones de simpatizantes nazis,
como el Frente de Acción Marrón en Rosenheim y la Escena Belsen en Düsseldorf.
Pero serán más útiles sus encuentros con prohombres de Alemania respetables y dignos
de confianza, industriales, políticos, veteranos de guerra, y otros simpatizantes, para
formar el nuevo partido.
—El nuevo partido —repitió Foster con calma—. ¿Qué tipo de partido?
—Quizás absorberemos uno de los antiguos o crearemos uno nuevo. Otra vez el
Nacional Socialismo, con otro nombre. Schmidt lo decidirá.
—¿Y Schmidt estará al frente?
—Sí, Wolfgang Schmidt. De cara al público tiene que ser alguien con las mejores
credenciales antinazis. Cuando el partido se haya formado, cuando esté en marcha, y
después de que los norteamericanos y soviéticos se hayan destruido mutuamente,
reapareceremos como un núcleo para instaurar el partido, y tomar el poder.
Foster se la quedó mirando.
—¿Esto es lo que habéis estado planeando?
—Desde hace muchos años. —Eva sacudió la cabeza—. Había tanto, tanto que
hacer, y yo siempre me preocupaba porque mi marido trabajaba demasiado, en su
estado, pero envió millones de dólares americanos a Argentina, y el doctor Dieter
Falkenheim preparó los materiales nucleares, los trajo aquí al búnker, y ahora está aquí
con ellos. Todo país, para ser temido, ha de tener una capacidad nuclear.
Las palabras capacidad nuclear pronunciadas por Eva parecían poco naturales.
Como si estuviera repitiendo lo que había oído a los demás, quizás incluso a su marido
muerto.
—Eso es cierto —convino Foster—. Sin embargo, debéis empezar asumiendo el
control de Alemania. Esto no lo veo claro. Puedes contármelo otra vez... ¿cómo
actuaréis?
Ahora Eva habló con más impaciencia.
—Pues de la manera normal. Es evidente. El partido político estará preparado.
Dispondremos de mucho dinero. Hay muchos ricos en toda Alemania y Suramérica que
recuerdan los viejos tiempos, los buenos tiempos, y que quieren que vuelvan. Quieren
tener el poder otra vez. Nos ayudarán a convertirnos en el partido mayoritario. Nos
darán la bienvenida cuando reaparezcamos y lo dirijamos. Ya estábamos preparándonos
cuando mi marido murió.
—¿Y te dejó a ti para que continuaras, Eva?
Por primera vez no hubo respuesta. Volvió a preguntar, y seguía sin responder. Los
ojos de Eva comenzaban a enfocarse en su rostro.
Decidió que era el momento de una segunda dosis. Le apretó rápidamente el
torniquete, localizó una vena, inyectó la aguja hipodérmica. Luego esperó otro minuto,
rezando para que no se durmiera.
Los ojos de Eva continuaban abiertos, pero comenzaron a desenfocarse de nuevo.
Foster se inclinó más sobre ella y continuó:
—Eva, estábamos hablando de tu participación. Te encargaron seguir... llevar
adelante el plan político.
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—Estar al frente de nuestros leales aquí abajo. Pero en el exterior está Wolfgang
Schmidt que colabora con nosotros. Él conoce a todo el mundo. Tiene los contactos
adecuados. Él será nuestro... nuestro...
—Vuestro representante, vuestro líder.
Eva asintió con la cabeza.
Foster comenzó a interrogar a Eva más detenidamente sobre los detalles de la toma
de poder y ella siguió ron sus desvaríos.
Mientras Eva continuaba hablando, repitiendo las expectativas de Hitler sobre el
holocausto nuclear que presagiaba, y sobre la resurrección de otro holocausto dentro de
Alemania, Foster recordó a los perpetradores del primer holocausto de Hitler y a sus
herederos. Con un estremecimiento, miró su reloj. Si todo iba bien en la superficie, si
los agentes del Mossad no habían sido obstaculizados, los medios para terminar con
aquella locura pronto empezarían a actuar. Y si eso estaba a punto de suceder, quedaba
poco tiempo para salir del búnker, antes de que el gas mortífero del Mossad comenzara
a penetrar.
Sí, era el momento de salir, y de llevarse a Eva Braun.
—Eva —le dijo—, ¿tienes una linterna?
—Una muy potente. En el cajón de mi mesita de noche. La tengo a mano para
cuando se corta la luz.
Se levantó, abrió el cajón y sacó la linterna.
—Muy bien, Eva. Ahora voy a desatarte. Vamos a dar un paseo. Había dejado la
linterna y se inclinó para desatar los nudos de sus tobillos.
De pronto, una enorme sombra oscura se proyectó sobre la pared de enfrente.
Alarmado, Foster se dio media vuelta.
Allí, en el umbral de la habitación, ocupando totalmente el marco de la puerta,
estaba la figura gigantesca de Wolfgang Schmidt.
Por un instante, cara a cara, Schmidt se mostró igualmente sorprendido e inmóvil.
Luego volvió a cobrar vida, como un animal salvaje.
—Foster, tú aquí, ¡maldito hijo de puta! —rugió—. ¿Qué estás haciendo aquí?
¿Qué le estás haciendo?
Su gruesa cara rojiza se contrajo de ira, y comenzó a avanzar por la habitación,
implacablemente, como un gigantesco vengador.
Pero cuando fue a buscar bajo su chaqueta la pistolera, Foster gritó:
—¡No des un otro paso, Schmidt, o eres hombre muerto!
Pero Foster sabía que él no podía disparar su Luger. Sin duda el disparo habría
avisado y puesto en movimiento a media docena de guardias nazis del subterráneo.
Agarró rápidamente la linterna de encima de la cama, en el momento en que Schmidt
tiraba de su Walther P-38.
Foster, apuntando al gigante, golpeó con la linterna la mano de Schmidt que iba a
por la pistola. Schmidt emitió un doloroso resuello y soltó su automática que cayó
directamente al suelo.
Foster dio desesperadamente una patada a la pistola, lo más fuerte que pudo. La
fuerza de su pie lanzó la pistola al exterior de la habitación, rebotando en la pared del
vestíbulo, y perdiéndose de vista en dirección a la sala de estar.
Schmidt, enfurecido, golpeó con su puño bestial la cabeza de Foster, mandándole
contra el pie de la cama, donde se desplomó de rodillas.
Girando a toda velocidad, Schmidt se precipitó fuera del dormitorio para recuperar
su arma.
Foster se puso de pie tambaleando y salió rápidamente en persecución de Schmidt.
En la sala de estar pudo ver que éste le vigilaba mientras se agachaba para
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dormitorio de Eva.
No estaba seguro de lo que iba a encontrar. ¿La había despertado quizá la pelea tan
cercana, volviéndola a la normalidad?
Era increíble, pero Eva yacía allí, tan pacíficamente como la había dejado. Tenía
los ojos aún vidriosos, en un mundo perdido, felizmente ignorante de lo que acababa de
suceder fuera de la habitación.
Foster recogió la linterna, la guardó en un bolsillo y se volvió a acercar a Eva.
De pie a su lado, repitió lo que había dicho antes:
—Eva, te voy a desatar, y luego los dos vamos a dar un paseo. Ella le miró
parpadeando con incomprensión.
Lo más rápidamente posible, Foster empezó a desatarla de la cama.
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Tal vez tenga la oportunidad de verla. Por favor, vete, Emily. Me reuniré contigo en
seguida... y, por si acaso, ten cuidado.
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12
Al volante del Audi de Foster, Emily se dirigió hacia Berlín occidental. Una vez
más tuvo que detenerse en el punto de control Charlie, más rato de lo habitual debido a
la hora de su aparición, pero en cuanto la dejaron pasar apretó el acelerador, recorriendo
a toda velocidad las calles vacías en dirección a su destino.
Cuando llegó a Askanischer Platz y buscó un lugar donde aparcar sólo tenía una
cosa en la cabeza. Rezaba fervientemente porque Tovah se hubiese podido poner en
contacto con Golding, porque éste hubiera podido reunir la ayuda de los luchadores del
Mossad y porque hubiesen conseguido con éxito liquidar a los dementes ocultos bajo la
ciudad.
«¿Se ha terminado ya? —se preguntaba incesantemente—. ¿Lo han conseguido?»
Emily aparcó el Audi y se apresuró a bajar, cuando vio a Tovah corriendo del café
Wolf hacia ella.
—¡Emily, Emily! —gritó Tovah poniéndose a su lado jadeante—. Nos tranquilizó
tanto oírte. ¡Qué experiencia! ¡Mira que haber descubierto realmente su escondrijo! —Y
buscando a alguien a su alrededor añadió—: ¿Dónde está Rex?
—Vendrá dentro de un rato. Te lo contaré todo después. Lo que quiero saber ahora
es si Golding y su gente han actuado. Tovah asintió entusiasta con la cabeza.
—Sí, ya lo han hecho, sí. Pero no con el gas neurotóxico Tabun de Speer, sino con
algo más poéticamente apropiado. Encontraron el pozo de ventilación camuflado en el
plano del búnker secreto de Rex. Arrojaron infinitas cantidades de cristales Zyklon B, o
ácido prúsico, la misma sustancia que emplearon los nazis en las cámaras mortuorias de
Auschwitz para matar a ocho mil judíos al día. Nuestros agentes vertieron en el
escondrijo subterráneo suficientes cristales mortíferos para exterminar a mil nazis en
minutos. ¿Cuántos dijistes* que habían allí abajo? ¿Cincuenta o más?
—Algo así.
—Bien. Pues ahora ya están muertos, Emily, todos ellos. Chaim Golding me dio su
palabra. Sus hombres están terminando y guardando sus equipos. Dentro de un día o
dos, el ayuntamiento puede limpiar los gases, y luego el ejército entrará y sacará los
cadáveres. La pena es que no quede ningún superviviente para contarnos qué era todo
aquello.
—Rex salvó a uno —dijo Emily.
—¿De verdad?
—Se trajo consigo a Eva Braun.
—¡Eva Braun! ¡No puedo creerlo! ¿La tiene?
Emily dudó:
—La tiene y no la tiene. Déjame que te lo explique mientras esperamos a Rex.
Demos un paseo y te contaré lo que sucedió.
Cuando cogió a Tovah por el brazo y empezaron a caminar, Emily se preguntó una
vez más qué habría pasado con la esposa de Hitler y qué estaba haciendo en aquel
momento...
Desde el momento en que el americano llamado Rex Foster se había puesto a correr
en la oscuridad para prestar ayuda a su compañera conspiradora, la muchacha llamada
Emily, Eva Braun había actuado según su instinto. Un descuido de su capturador le daba
la oportunidad de ser libre, y ella lo había aprovechado.
Eva, tras arrebatar la linterna que él había dejado sobre la hierba, se sumergió en el
negro agujero, que había sido en una ocasión la salida de emergencia del búnker del
Führer. Avanzó a trompicones entre los maderos que apuntalaban el pasadizo excavado
hasta que llegó a la cavidad más profunda, cerca de la parte superior de la escalera.
Luego se intentó esconder en la oscuridad, preguntándose si estaba realmente libre y si
en ese caso podría escapar de esa tierra de nadie de Alemania oriental.
Luego oyó regresar a los conspiradores, Emily y Rex, y notó que se habían
detenido cerca de la salida. Habían estado hablando entre sí excitadamente, en especial
el hombre, en inglés, que Eva comprendía bastante bien gracias a sus clases en la
escuela y a su gran familiaridad con las bandas sonoras de las películas de Hollywood,
que su amado siempre le permitía escuchar en Berghof.
El tal Rex había hablado claramente y con conocimiento sobre sus planes políticos
secretos, sus maniobras para revivir y reconstruir la Alemania por la cual el Feldherr
había dado la vida, y que ella y Schmidt habían luchado por conservar. Desde su
escondite, Eva estaba desconcertada por la cantidad de cosas que sabía Rex. Ella, desde
luego, no se lo había contado nunca, a menos que la hubiera drogado. Sin embargo, no
recordaba ninguna droga. Tal vez había visto algunas notas sobre esto en su mesa, o
incluso lo sabía por otra persona.
Pero las noticias más terroríficas vinieron cuando oyó a Rex decir a la mujer: «De
Schmidt ya me he ocupado. Le he dejado inconsciente allí abajo.»
* Errata, nuevamente, en la traducción del libro original. La forma verbal correcta es “dijiste”, sin la ese
epéntética. [Nota del escaneador].
Luego Eva continuó escuchando y logró oír algo que era mucho más brutal.
Alguien, «el Mossad», había oído decir a Rex y a Emily, los terribles judíos estaban
vertiendo personalmente gases mortíferos en su hogar subterráneo de tantos años. Los
muy bárbaros estaban en proceso de exterminar a todos los leales, a los buenos, a
Schmidt y a todos los demás, los que habían adorado a su marido y se habían cuidado
de ella. Un acto salvaje e imposible, sin embargo no había duda de que lo estaban
realizando.
Luego había oído pronunciar bruscamente su nombre y supo que los dos acababan
de darse cuenta de que había desaparecido, de que se había esfumado. Tembló en la
oscuridad, temerosa de que adivinaran dónde había ido, y fueran con sus linternas a
buscarla y encontrarla. Le estremecía la idea de que la capturaran y la exhibieran al
público, escarnecida, injuriada y torturada, lo que su querido marido había temido
siempre y había jurado que nunca permitiría que sucediese.
Y luego había vuelto a oír las voces en el exterior, y había comprendido que ambos
se marchaban de prisa para llegar al café Wolf, comunicar la desaparición de Eva y
saber si la empresa de masacrar con gas a todos sus seguidores había terminado.
En seguida se dio cuenta de que las voces se alejaban, después de aquello se
produjo un silencio, y pensó que finalmente se habían marchado.
Eva, acurrucada allí en la oscuridad, aún tenía miedo de moverse. Debía estar
segura de que estaba a salvo, y necesitaba tiempo para pensar.
Había permanecido allí, encogida en las tinieblas de la excavación, con una única
obsesión en su mente. El futuro del partido, ya no existía. Ni Schmidt, el perfecto
heredero de su marido, el último ario, leal a sus ideales y entregado a su causa. Al igual
que el partido, también él estaba perdido.
Había algo más que la obsesionaba.
La atrocidad que estaban cometiendo los conspiradores extranjeros y sus
colaboradores gángsters y judíos con sus camaradas y seguidores, en su hogar
subterráneo. Se estaba infiltrando gas venenoso en su catacumba sellada, y en pocos
minutos todos estarían muertos, y no habría nadie que heredara la tierra cuando algún
día los soviéticos y los Estados Unidos se destrozaran entre sí.
El primer pensamiento de Eva fue intentar salvarlos, advertirlos del peligro y
rescatarlos. Podía utilizar la linterna, podría sacar el bloque de cemento, encontrar sola
el camino de vuelta al búnker y hacer sonar la alarma.
Pero después supo que era demasiado tarde, muy tarde ya. Había pasado tiempo
desde que oyó que iban a verter gas venenoso, y la ejecución en masa ya habría tenido
lugar y su hogar subterráneo se habría convertido en una tumba masiva.
Permaneció allí, desalentada, mientras la comprensión de su gran pérdida se
apoderaba de ella.
Pero al recordar, tensó los hombros y se irguió en la oscuridad.
Su marido había insistido siempre en que no debían permitir que sus bárbaros
conquistadores los atraparan con vida y los exhibieran. «Tschapperl..., pequeña —le
había dicho en una ocasión—, si nos capturasen, nos meterían en jaulas y nos colgarían
en el zoo de Moscú.» Él, gracias a su previsión y astucia, había esquivado siempre a sus
vengadores. Cuando después, desde su escondrijo, leía los procesos de Nuremberg,
deploraba siempre a aquellos enclenques que habían cooperado con el espectáculo.
Extrañamente, aquel a quien su esposo había odiado casi al final, por considerarlo un
traidor, Hermann Göring, se había hecho admirar entonces. El gordo había mostrado
valentía y verdadera lealtad, escapando al dogal y teniendo el suficiente coraje para
quitarse la vida en Nuremberg.
Eva quería aplicar las ideas de su marido a lo que sin duda sucedería pronto allí
debajo.
Dentro de uno o dos días, los asesinos bajarían. Limpiarían el gas mortífero, y
hallarían y sacarían docenas de lamentables cadáveres. Entonces se quedarían con todo
lo demás como trofeo de la guerra inacabada. Se quedarían con los preciosos restos de
su marido que reposaban en la urna, con sus recuerdos de una gran vida allí debajo.
Tendrían los diarios de Eva de tantos años, sus secretos y la verdad que los conduciría a
Klara.
Harían revisar la historia.
Tendrían su espectáculo.
Le vino a la memoria los pasos que había dado su marido para evitar esos
denigrantes sucesos.
Sí, en su última semana en el búnker del Führer le había hablado de dos palancas
secretas. Eran palancas gemelas y cada una iba conectada a cables pesados que
conducían al interior del búnker oculto. Una palanca podía activarse desde el nivel
inferior del búnker del Führer, la otra desde un punto situado en lo que actualmente era
el café Wolf. Si se activaba cualquiera de ellas, se desencadenaría una carga explosiva
dentro de su hogar subterráneo que lo haría trizas.
Pero Eva comprendió que entonces, con todo aquel gas llenando el búnker oculto,
una explosión y un incendio tendría efectos destructivos inimaginables. La explosión
arrasaría todo lo que hubiera allí abajo.
La lógica de su marido al planear este aparato destructor había sido sencilla. Si los
rusos llegaban demasiado pronto al búnker del Führer, habría tiempo suficiente para
destruir su refugio subterráneo, y así el mundo nunca sabría que habían pretendido
escapar a la captura. Con el búnker de escape destruido, él y Eva podrían quitarse la
vida heroicamente antes de caer en las garras del enemigo. Y la palanca gemela situada
en el interior del café Wolf tendría un propósito similar si conseguían escapar. En caso
de que su escondite se descubriera alguna vez durante los años posteriores a su huida, él
podría arrasar su refugio y acabar con todos.
Él nunca permitiría un espectáculo con sus personas.
Ni tampoco ella, se dijo a sí misma. Lo único que importaba era obedecer los
deseos de su marido.
La palanca del café Wolf estaba fuera de su alcance.
Pero sabía que la palanca del búnker del Führer, situada mucho más abajo, nunca
había sido descubierta, así que probablemente aún servía.
Su marido se la había enseñado en una ocasión, hacia el final de la guerra. Había
mandado instalarla a un electricista del ejército y luego había hecho liquidar al
electricista. ¿Dónde había visto esta palanca de emergencia cuarenta años atrás? Se
concentró mientras revivía su recuerdo de aquel día, de aquellos momentos.
Sí, estaba abajo, en el búnker inferior, en el cubículo de Johannes Hentschel, el
cuarto del ingeniero que con su motor diesel les había suministrado aire, agua y
electricidad. Una noche, cuando Hentschel dormía, su marido la llevó al cuarto del
ingeniero, a través del pasillo desde su dormitorio.
—Hay dos cosas importantes que debes ver, Effie —le dijo su marido—. Aquí,
encima de este contador, está el Notbremse, freno de emergencia. Si se produce algún
intento de asesinarme, tira de él. Dejará a oscuras este búnker y cerradas todas las
puertas. Pero aún hay algo más importante que debes conocer. Está bajo el suelo. —
Había sacado tirando del suelo un bloque de cemento y señaló un interruptor rojo—.
Ésta es la palanca especial, puede activar una carga de ciclonita que hará estallar y
destruirá nuestro búnker secreto, si alguna vez es preciso. —Luego añadió con
petulancia—: Siempre tengo que pensar en todo.
A pesar de los años transcurridos, Eva lo recordaba exactamente, como si se lo
acabaran de mostrar.
Rápidamente buscó y encontró las escaleras de cemento que conducían a la planta
inferior del búnker del Führer. Ni siquiera necesitaba la luz. Podía arreglárselas para
bajar a oscuras o a ciegas, ya que lo había hecho muchas veces en las últimas semanas
que pasó allí, aún tan frescas en su recuerdo.
Lo más rápidamente posible se encaminó hacia el fondo. Linterna en mano, avanzó
por el podrido y húmedo pasillo central, ignorando su suite, la suite de los dos,
directamente hacia adelante. Después caminó más despacio, recordando una vez más la
localización del cubículo de Hentschel.
Su linterna relució en la angosta habitación, y supo que debía de ser aquélla. Se
arrodilló, sosteniendo la linterna con una mano, mientras sus dedos arañaban el raspado
y sucio bloque de cemento. Al tirar de él se partió una uña, luego dos, y al final el
bloque cedió y pudo levantarlo.
Dirigió la linterna al interior del agujero, y allí, seco, sin corrosión, estaba el
interruptor rojo, la palanca especial.
Sin dudar más, se inclinó, agarró la palanca y tiró con fuerza. Se movió un poco, y
tiró con más fuerza. Oyó un clic, y supo que el sistema funcionaba y que estaba en
marcha.
En dos minutos surtiría efecto.
Cogió la linterna, se puso de pie de un salto, salió precipitadamente hacia el pasillo,
y se dirigió hacia las escaleras. Subió las escaleras, tramo a tramo, lo más de prisa que
pudo.
Acababa de llegar al interior de la salida de emergencia cuando oyó el retumbar de
la tierra. Tropezó con la abertura exterior cuando la explosión hizo estallar el gas de allí
dentro. Muchos metros de tierra temblaron delante de ella, en dirección al Muro y más
allá de éste, como si un volcán hubiese reventado su cima. Una lámina de fuego, una
cortina roja, que parecía tener trescientos metros de altura, se levantó hacia el cielo. El
rugido de la explosión hizo sonar un eco tras otro, cien veces más potente que el
estallido de la artillería rusa y los bombardeos aéreos de los aliados, que Eva había oído
en las últimas semanas de la guerra.
En la zona fronteriza y más allá, en Berlín occidental, se desencadenó un infierno
salvaje.
Delante de ella, el aire estaba negro con nubes de humo y lluvia de tierra y
escombros, y giró la cabeza para protegerse la vista.
Durante un largo rato se cubrió los ojos y esperó. Pero su corazón palpitaba
fuertemente de alegría.
—No te preocupes, querido —le dijo—, no habrá ninguna exhibición, ni ahora ni
nunca.
Solamente cuando oyó las sirenas lejanas se aventuró a entrar en la abertura. El
cielo encima suyo era un ardiente manto rojo. Los escombros y el polvo se depositaban
poco a poco, dejó la linterna e intentó ver a través de la masa gris. Luego vio lo que
quería ver y se dirigió hacia allí.
Se acercó a la despedazada sección del Muro de Berlín, había una abertura lo
bastante ancha como para atravesarla con un batallón de tanques.
Eva examinó triunfalmente la brecha.
Se dio cuenta de que era, una vez más, la Viuda Alegre. Todos sus amigos y los
restos de su amado acababan de ser arrasados, y solamente quedarían escombros debajo
de la inacabable grieta de la tierra. La Viuda Alegre, sí, viuda, sí, pero sabía que no
estaba sola.
Caminó directamente hacia adelante, salió de la zona de seguridad de Alemania
oriental, atravesó la brecha en lo que había sido el temible Muro, y entró en Berlín
occidental.
Las sirenas sonaban con más fuerza.
Eva Braun continuó caminando.
Mientras le conducían hacia Streseman Strasse, Foster se sentía cansado hasta los
tuétanos. Había estado constantemente en acción durante todo un día agotador, una
noche agitada, una madrugada salvaje, y sin descanso, y por primera vez comenzaba a
sentir agotadas todas sus fuerzas.
Además, el día cubierto, aquellas nubes bajas, contribuían a su estado de ánimo
gris.
Luego, al acercarse a su destino, comenzó a distinguir que el cielo encapotado no
estaba provocado por las nubes, sino por una capa densa de humo. De pronto le picó la
curiosidad, y se alarmó un poco.
El origen del humo podía proceder de la explosión que había oído y del fuego que
había visto a unos quinientos metros del punto de control Charlie. Cuando el conductor
redujo la marcha, Foster pudo distinguir encima y más allá de los edificios de su
izquierda la cima de una montaña continua de llamas, que se extendía en la distancia.
No era el tipo de resplandor que corresponde sólo al incendio de edificios. Era un tipo
de llamaradas que había visto en otras ocasiones, procedente de una explosión de gas.
Al pasar por Askanischer Platz, vio un gran número de espectadores. Bombas de
agua, bomberos, incontables filas de mangueras proyectando espuma, ocupaban
Stresemann Strasse, y todos los edificios se habían convertido en ruinas, mientras las
vigas de madera seguían en llamas.
De pronto comprendió y supo lo que estaba pasando. Dejó el conductor y el taxi en
la esquina y corrió hasta Askanischer Platz. Al acercarse supo lo que había ocurrido.
El secreto búnker subterráneo lleno de gas había sido destruido. El resultado era
obvio...
Götterdämmerung.
El lugar oculto, lleno de dementes partidarios de Hitler, había sido incinerado. No
quedaría del búnker subterráneo nada más que un agujero en el suelo.
Foster, abriéndose paso a través de la multitud de curiosos, vio a Kirvov, luego a
Tovah y finalmente a Emily entre los espectadores. Avanzó hacia ellos dando codazos,
agarró a Emily, la abrazó con fuerza y le devolvió sus besos.
Emily, recostada sobre Foster de nuevo, dijo respirando a fondo:
—Se ha terminado. Gracias a Dios, se ha terminado. Foster centró su atención en
los fuegos que chisporroteaban y bullían frente a ellos.
—¿Cuándo ocurrió esto, Emily?
—Aproximadamente una hora después de que los agentes del Mossad llenaran el
búnker con gas. Nadie escapó aquí abajo. Golding me lo dijo. Luego, justo antes de
amanecer, se produjo esa atronadora explosión. Todo voló por los aires, y desde
entonces las llamas no cesan. Tal vez el gas se encendió accidentalmente.
—Quizá sí —dijo Foster—. Y quizá no.
—Alguien de ahí abajo pudo provocarlo al encender un cigarrillo, por ejemplo —
especuló Emily.
Tovah negó enérgicamente con la cabeza diciendo:
—Imposible. No olvides que todos estaban muertos allí abajo mucho antes de la
explosión.
—Es verdad. —Emily encogió los hombros con impotencia—. No puedo
imaginarme lo que sucedió.
Foster miraba con atención el tramo de Stresemann Strasse que se extendía detrás
de los camiones de bomberos puestos en fila. La destrucción había sido completa, desde
el café Wolf hasta el propio Muro de Berlín. Incluso una parte del muro se había
desgarrado y desmoronado. A través del agujero, de al menos cuarenta o cincuenta
metros, podía verse el amplio cráter que se prolongaba hacia la zona de seguridad.
Foster tocó a Emily y señaló la enorme brecha del muro. —Si alguien quería salir
de ahí dentro, no tuvo más que atravesar la brecha caminando.
—Te refieres a alguien, como por ejemplo... Eva Braun.
—Sí, Eva Braun. —Foster alcanzó el brazo de Kirvov—. Nicholas, ¿dónde vive
Klara Fiebig?
—En Knesebeckstrasse, a la derecha de la Ku'damm.
—Entonces, ¿a qué esperamos? Ésa será nuestra próxima parada. Todavía podemos
echar el guante a Klara... y a Eva.
Estaban agrupados en torno a Nicholas Kirvov mientras él apretaba insistentemente
el timbre y golpeaba la puerta del apartamento.
No hubo respuesta durante un largo rato, pero finalmente oyeron a alguien dentro,
y la puerta se abrió lentamente.
Un hombre de aspecto joven, de hombros caídos, que quizás hubiera sido más alto
en otra ocasión, con el pelo oscuro enmarañado, gruesas gafas suspendidas de una nariz
ganchuda y facciones chupadas, los miraba a todos con incomprensión. Foster notó que
el hombre estaba aturdido, sus ojos aumentados por los cristales estaban enrojecidos e
hinchados, y en sus mejillas hundidas había rastros de lágrimas.
Kirvov preguntó vacilante:
—Usted... ¿es usted Franz, el marido de Klara Fiebig?
El hombre de aspecto joven les miró moviendo arriba y abajo la cabeza, lentamente
y en silencio.
—¿Dónde está Klara? —preguntó Kirvov—. Tenemos que hablar con ella.
Franz Fiebig siguió mirándolos fijamente, en realidad miraba a través suyo, y
volvieron a formarse lágrimas en sus ojos.
—Han llegado tarde —dijo, y se dio media vuelta.
Foster avanzó unos pasos, entró en la sala de estar detrás de Fiebig, y los demás le
siguieron.
Fiebig estaba de pie, desconsoladamente, en medio de la habitación, de espaldas a
ellos y se arrastró luego, casi sin rumbo, hacia la esquina dejándose caer en una butaca.
Estaba sollozando de nuevo, e intentaba encontrar un pañuelo. Foster sacó el suyo, se
acercó lentamente a él y le tendió el pañuelo.
—¿Demasiado tarde? —preguntó Foster.
—Está muerta —dijo Fiebig, moviendo la cabeza de un lado a otro con
incredulidad—. Vine a casa del colegio para almorzar con Klara. La encontré muerta en
nuestro dormitorio. Se ha suicidado.
—¿Se ha suicidado? ¿Por qué? ¿Sabe por qué?
Fiebig no contestó.
Foster se agachó sobre una rodilla, cerca de la butaca de Fiebig.
—Tal vez yo sepa por qué, Franz. Creo que todos sabemos por qué. —Se detuvo
—. Su madre vino a verla. Su madre... Eva Braun.
A través de sus gruesos cristales, Fiebig enfocó a Foster y se enjugó las mejillas.
—Sí —murmuró—, su madre... Eva Braun. Eso es lo que pasó.
—¿Cómo lo descubrió, Franz?
—Por la nota. Klara dejó una nota sobre la cómoda.
—¿La tiene?
—La rompí. La arrojé al wáter cuando vino el doctor.
—¿Puede... puede recordar lo que Klara le escribió?
Fiebig dejó caer la barbilla sobre el pecho y se quedó mirando a la alfombra. Fiebig
hablaba con voz monótona y callada.
—Evelyn... Eva... Eva Braun vino aquí apresuradamente. Dijo a Klara la verdad.
Que ella era la madre de Klara. Y su padre... —No tuvo fuerzas para pronunciar el
nombre—. Se enteró de quién era su padre. Liesl lo confirmó todo. Eva y Liesl le
dijeron que se iban, que tenían que irse, y Eva insistió en que Klara las acompañara.
Pobre Klara, mi querida Klara.
—¿Qué más escribió?
—Eva y Liesl querían que fuera con ellas, pero luego tuvieron miedo de que su
histeria pudiera delatarlas. Dijeron que antes tenía que recobrarse. Cuando lo hiciera,
tenía que encontrarse con ellas en algún lugar. Klara no dijo dónde. Si no se reunía con
ellas, le dijeron, debía desaparecer, porque le resultaría imposible vivir aquí. No podía
quedarse bajo ningún concepto. Klara escribió: «Eva dijo que mi padre lo habría
exigido así. Nunca habría permitido que me convirtiera en un espectáculo. Nunca
debían encontrarme nuestros enemigos.» Luego... luego Klara escribió que Eva y Liesl
se marcharon y que ella se quedó sola, y no tenía ningún sitio donde ir, pero sabía que
tenía que marcharse de algún modo. «Lo siento, lo siento tanto, Franz», escribió, «pero
ellas tienen razón. Algún día alguien lo descubrirá. Yo no puedo hacerte daño o marcar
a nuestro hijo para siempre. Así que me marcho. Te amaré siempre.» —Comenzó a
sacudir la cabeza—. Oh, no, no, no tenía que haberme dejado. Yo la amaba tanto. No
me hubiera importado. Ella no tenía la culpa. Ella fue una víctima. La habría amado
hasta la eternidad.
Se cubrió el rostro y comenzó a sollozar.
Foster consiguió ponerse de pie, agitado y profundamente conmovido dijo:
—El doctor..., ¿está el doctor ahí dentro, Franz?
Fiebig indicó con un gesto las otras habitaciones.
Foster atravesó penosamente el comedor hacia el vestíbulo y encontró el primer
dormitorio. Al entrar, le asaltó un olor de almendra amarga, un olor delator.
El doctor, un corpulento alemán de cabellos grisáceos, con un pañuelo en la nariz,
estaba sentado junto a la cama de matrimonio, con un bloc sobre la rodilla, escribiendo
su informe. En la cama había una figura cubierta desde la cabeza a los pies con una
sábana.
—Doctor... —dijo Foster.
El anciano médico levantó la cabeza.
—...Soy un amigo de los Fiebig, y creo que Franz necesita alguna ayuda. Está en
muy mal estado.
El doctor asintió.
—Pero, ¿qué culpa tiene él? ¿Qué otra cosa puede hacer? No se preocupe, le daré
algo y le vigilaré. —Su mirada se desvió hacia el cuerpo cubierto—. Ha sido demasiado
fuerte, demasiado, una tragedia terrible.
—Se ha matado, ¿verdad?
—Sí, no hay duda.
—¿Cómo?
—Con una cápsula de cianuro. No puedo imaginar de dónde la ha sacado.
Foster sí podía.
Salió de la habitación y volvió con los demás. Hizo una señal a Emily, Tovah y
Kirvov.
Todos le siguieron al exterior del apartamento.