Capítulo 2
CASTIGAR: LA MULTITUD APREHENDIDA
¿A qué se llama castigar? ¿Cuál es la'dderencia entre el crimen in-
dividual y el que emana de las <wiolenciasde la plebe»? ¿De qué tipo
de represión y de prevención estamos hablando? Otras tantas pregun-
tas que movilizan a la red de crirninólogos -científicos, médicos, fo-
renses, magistrados y policías- que, a partir de la década de 1880, se
reúnen periódicamente para intercambiarlas y debatirlas con motivo
de los congresos internacionales de antropología criminal. En Roma,
por ejemplo, en 1885, o también en París, en 1889, en el marco de la
Exposición Universal.
En el centro de las controversias se encuentra la respuesta que pro-
porciona a estos interrogantes la escuela criminalista italiana con su
proyecto de replanteamiento del derecho a castigar. Entre sus princi-
pales representantes figuran Cesare Lombroso, profesor de medicina
legal en la Universidad de Turín, y Enrico Ferri, que enseña teoría pe-
nal en la Universidad de Siena y es diputado de izquierda y fundador
del periódico Auanti. Son ellos quienes están en el origen de la fórmu-
la del Congreso de Antropología Criminal. El título de la revista perió-
dica que publican da una idea de la amplitud del proyecto intelectual
de esta escuela: Archzvzo dipsichzdtria, antropologia criminale e scienze
penali per servhe allo studio dell'llomo alienato e delinquente. La cues-
tión del vínculo entre el «hombre alienado» y el «hombre dehcuente>>
recorre entonces las investigaciones de los precursores de la psiquia-
tría, tales como el británico Henry Maudsley o el alemán Rudolph Vir-
chow. Con todo, a diferencia de la escuela italiana, ninguno extrae de
ello una teoría de la pena. Al establecer una correlación entre locura y
crimen, lo que plantea la Scuola posztzva es el tema de la negación del '
libre albedrío, porque esta doble forma de degradación orgánica cere- I
bro-mental lleva a la inaplicabilidad de la teoría clásica de la responsa-
bilidad e imputabilidad de los delitos. Desde el ángulo de esta nueva
visión del crimen, el derecho a castigar adquiere un fundamento posi- '
36 Un mundo vigilado
tivo y científico. Ya no es por vengar a la sociedad -esencia del dere-
cho criminal, eco atenuado de la vieja ley del talión- por lo que se
debe impedir que el «hombre delincuente» pueda causar daño, sino en
nombre de la «defensa social)),principio basado en una ley darviniana,
el derecho que nace de la lucha por la existencia. La aplicación de la
pena, por tanto, nada tiene de absoluto. Se convierte en una cuestión
de hecho. No hay pena única, fija, inflexible e invariable para todos los
individuos sometidos a la misma acusación, sino que el castigo debe
variar según el peligro que cada tipo de delincuente entraña para la so-
ciedad. El interés social es la única medida: cuanto más elevado sea el
grado de antisociabilidad y peligrosidad del autor (nociones ambas de
contornos eminentemente borrosos), más riguroso seráel tratamiento.
Más de un siglo después, se reabrirá la polémica sobre esta doctrina de
defensa social y se comprobará nuevamente la vaguedad de este criterio
dentro del proyecto de ley sobre «retención de seguridad» elaborado
por el Gobierno francés desde una lógica de presión de la seguridad.
Una ley que permite mantener encarcelados a los condenados a más de
quince años de prisión y que ya han purgado su pena. «Un encerra-
miento no ya por los hechos que la persona haya cometido, sino por los
que podría cometer.)) ~n'encerramientoque va en contra de los «fun-
damentos de una sociedad de libertad)), toda vez que en derecho la per-
sona ingresa en prisión por ser responsable de sus actos, no de los que
pueda cometer.j3
En 1876 es cuando se publica la obra fundamental de la escuela cri-
minalista italiana, I'Uomo delinquente, de Lombroso, que lleva por
subtítulo: «Estudiado en relación con la antropología, la jurispruden-
cia y las disciplinas económicas». Para la construcción del biotipo del
«criminal» toma prestado de la frenología tanto su caracterización de
la innata inclinación al crimen, el «instinto carnicero)), ligado a un ór-
gano cerebral hipertrofiado, como su técnica de examen craneoscópi-
co, método que conjuga con aparatos de registro para medir las reac-
3 3 , Salles, A,, «Le droit pénal francais bascule rers la défense socialen, Le Mon-
de, 23 d e febrero de 2008. pág. 10.
Castigar: la multitud aprehendida 37
ciones o los distintos tipos de sensibilidad (a los perfumes, metales, fo-
tos obscenas, sonidos, armas, etc.). Como Gall, Lombroso recluta la
mayoría de los sujetos de sus observaciones en las prisiones o en los asi-
los. Los dehcuentes que observa son reclusos a los que considera re-
presentativos de todos los dehcuentes, conocidos o no, capturados o
no. Las fotografías que ilustran sus experiencias constituyen una gale-
ría de quasivzodos del crimen. Cara larga y asirnétrica, mandíbula pro-
minente, frente huidiza, cráneo en punta, arcos superchares pronun-
ciados, órbitas anchas, cigomáticos sahentes, fosa occipital media,
estrabismo que refuerza una mirada dura y feroz, dientes irregulares,
orejas separadas del cráneo y en forma de asas, cabellos negros o casta-
ños, con preferencia a los rubios, analogía de ambos sexos desde el
punto de vista de los «estigmas de degeneración», insensibilidad física
o moral, vanidad desmesurada, venganza, amor sensual, asiduo de los
«lugares de perdición». A quienes creen reconocer en este retrato-ro-
bot del criminal tipo: unos a un amigo, otros a un colega, algunos a un
allegado, Lombroso les replica: «Conviene tener presente que no es la
existencia de una o dos de estas características la que puede revelar las
tendencias criminales, sino su conjunto>>.34 De cien criminales que ob-
serva, sólo cuarenta reúnen todas las características, y sin embargo los
sesenta restantes también son «criminales natos». De ahí la objeción
que le plantean sus colegas, toda vez que a partir de un heterogéneo
conjunto de datos anatómicos, patológicos y fisiológicos, de anomalías
congénitas, confecciona el «famoso arlequín conocido con el nombre
de tipo criminal-nato».33
Más allá de los debates sobre la biotipología del «maleante» en re-
lación con la del «hombre honrado», e incluso a través de las fluctua-
ciones de su pensamiento, de las sucesivas ediciones y traducciones de
su obra, lo destacable de las investigaciones de Lombroso es el triángu-
lo crirninal/loco/salvaje, Gabriel Tarde -juez de instrucción que no
tardará en recibir el encargo de dirigir en Francia la estadística judicial
en el Ministerio de Justicia- pronto señaló el problema de esta triple
asimilación: «En vuestra obra se superponen dos tesis. La primera, la
antigua, era la del criminal equiparado con el salvaje primitivo, la del
crimen explicado por el atavismo; usted rechazaba entonces la hipóte-
34. Lombroso, C., 1887 b, pág. 231.
35. Actes du troz'sl'2rne Congres.. ., op. cit., 1983, pág. 124,
3 8 Un mundo vigilado
sis del crimen explicado por la locura. Pero luego, cediendo, según us-
ted mismo dice, a poderosas razones, ha adoptado esta última explica-
ción, sin renunciar, de hecho, a la anterior. En su obra se van alternan-
do y se diría que, a su juicio, se refuerzan mutuamente. Sin embargo,
¿acaso no resultan parcialmente contradictorias? La locura es fruto de
la civilización, cuyos avances sigue hasta un cierto punto; es casi desco-
nocida entre las clases analfabetas, y todavía más entre las poblaciones
de las razas inferiores. Si el criminal, por tanto, es un salvaje, no puede
ser un loco, del mismo modo que si es un loco, no puede ser un salva-
je. Hay que saber elegir entre estas dos tesis: porque si se establece un
compromiso entre ambas y se habla de cuasi locura (y ya puestos, ¿por
qué no también de pseudoata\ismo?), hay que tener en cuenta que la
una debilita y mutila a la otra».j6
El criminal carece de estigma particular, insiste Tarde. No hay ca-
racterísticas anatómicas netas, incuestionables; sólo hay predisposicio-
nes orgánicas y fisiológicas al crimen, que se desarrollan más o menos
fácilmente según el ambiente social. Las sociedades sólo tienen los cri-
minales que se merecen. Y venga hablar del movimiento molecular: no
pueden olvidarse los estados pasajeros que se producen en cualquier
individuo en las distintas condiciones de la vida, porque del primer
paso en falso al más atroz de los delitos hay una escala infinita. El cri-
men es una suerte de poliedro del que cada uno percibe un lado en par-
ticular. Biológico, social, jurídico, fisiológico. Sin duda es el ambiente
el que hace al criminal. Pero como el caldo que no tiene microbio, es
incapaz de hacer que germine el crimen. De suerte que microbio y cal-
do, lado biológico y lado social, son los dos aspectos fundamentales de
la ~riminalidad.~'
L'Uomo delinquente mereció una traducción al francés en 1887,
once años después de la edición original. Pero esta primera edición
francesa estaba basada en la cuarta edición italiana. Lo cual explica
por qué Lombroso pulió ciertas asperezas. Al cruzar los Alpes, el títu-
lo L'Uomo delinquente se había metamorfoseado en L'homme crimznel.
Y el subtítulo se había convertido, primero en «Estudio antropológico
y médico», para luego transformarse en «Criminal loco-nato moral-
epiléptico». La «escuela criminalista positiva», durante el congreso de
36. Tarde, G.. 1887,págs. 36-37,
37. Actes drr tioiií?i7ze Cozgr6s..., op. cit., págs. 9-10.
Casrigar: la mul~imdaprehendida 3 9
Roma, en el umbral de su internacionalización, !-a había sustituido esta
denominación de origen por la de «escuela de antropología criminal».
Y la revista, en su cabecera, había sacrificado la psiquiatría en benefi-
cio de la antropología criminal. Los criminalistas franceses que, en
1886, lanzan los Archi~esde l'anthropologie crimit~elleet des sciences
pénales (Archivos de antropología criminal y ciencias penales) adoptan
el nuevo título Archivio di antroplogia criminale e scienze penalz. Así
pues, será con el sello de la antropología criminal con el que la Scuola
positiua proseguirá su expansión. Cada cuatro años sus partidarios es-
tarán presentes en los congresos de antropología criminal que, hasta la
víspera de la primera guerra mundial, tendrán lugar en las grandes ca-
pitales europeas.
Fuera de esta esfera geográfica dejarán especialmente su huella en
el paisaje judicial argentino, donde las teorías sobre la «defensa social»
serán adoptadas e incorporadas por los discípulos de Juan X7ucetich y
la escuela de policía que lleva su nombre. En este país, que inventó el
método más avanzado de identificación mediante huellas digitales, la
influencia, en concreto, de Lombroso (su obra ha sido traducida al cas-
tellano y editada en Buenos Aires) será tan profunda que las autorida-
des policiales, como hemos visto, convertirán al «inmigrante proceden-
te de Europa» en una figura emblemática del anarquismo y la agitación
social, mientras que las obras del criminalista italiano -a diferencia de
Enrico Ferri- se centran precisamente en los «criminales políticos»
y en los sistemas preventivos y represivos que la «ciencia del gobier-
no» ha de aplicarles. Todas esas categorías que «encuentran en la satis-
facción de tendencias criminales innatas, o que, atraídas por las i i o v a -
ciones más temerarias debido a su propia naturaleza anormal, ven en
quienes los gobiernan la causa de todos sus males y &rigen hacia ellos
SUS perversos instintos».38
En 1892, durante el Tercer Congreso Internacional de Antropolo-
gía Criminal que tiene lugar en Bruselas, Tarde presenta un informe
sustancial en el que se pregunta por los «crímenes de las multitudes».
38. Lombroso, C. y R. Laschi, 1887, pág. 38.
40 Un mundo vigilado
Una problemática que se plantea, para empezar, como una carencia de
la criminología. «Tanto las nuevas como las antiguas escuelas crimina-
listas, salvedad hecha de unas pocas, han prestado excesiva atención al
crimen individual y no la suficiente al crimen colectivo, privándose así
de la luz que el estudio de este último podía arrojar sobre la verdadera
explicación de aquél [.. .l. Nunca se ha querido ver en la llamada cri-
minalidad colectiva más que una mera sumatoria de criminalidades in-
dividuales. Es un punto de vista admisible, en cierto modo, cuando los
individuos sólo han actuado de forma dispersa, pese al vínculo de aso-
ciación que los une; es un punto de vista manifiestamente falso cuando
han actuado en común y en masa, bajo el impulso de incitaciones en las
que todos participan y donde se liberan fuerzas, virtualidades, que en
situación de aislamiento permanecerían aletargadas.»j9 El texto ha de
leerse en sintonía con La Folla delinquente (La multitud delincuente)
que el italiano Scipio Sighele había publicado el año anterior y que se
había traducido inmediatamente al francés. Este profesor de la Uni-
versidad libre de Bruselas, próximo a la Scuola posztziia, se define como
«psicofisiólogo» y se sitúa en la órbita de la «sociología criminal» de
Enrico Ferri y su proyecto de elaboración de una «psicología colecti-
va». Sighele preconiza el estudio de las «relaciones anormales y transi-
torias entre los hombres, es decir, las reuniones, las colectividades, que
obedecen a la ocasión o al azar, y que no son estables ni orgánicas, sino
inorgánicas y efímeras, tales como los públicos en los teatros, las asam-
bleas: las multitudes».40
A lo largo de la década de 1890, el estudo y las polémicas sobre la
naturaleza de las multitudes como «agregados no homogéneos e inor-
gánico~»son objeto de una atención muy particular por parte de la an-
tropología criminal, así como de las incipientes ciencias sociales. Para
resumir el cambio que se produjo en el transcurso de aquellos años,
Sighele advierte en el prefacio de la segunda edición de su obra: «Pese
a la opinión de ciertos aristócratas indiriduahstas, la multitud ha con-
quistado un poder que ya no se puede negar. En efecto, el fenómeno
más característico del momento actual. el único quizá que permita dar
una definición de nuestro moribundo siglo, es la importancia que la
colectividad ha terminado por adquirir frente al individuo. Antaño el
39. Tarde. G.. i893. pág. 73
40.Sighele. S.. 1901. pág. 68.
Castigar: la multitud aprehendida 11
individuo lo era todo, en polí~icay en la ciencia. Hoy en día, el indivi-
duo está a la baja; en política, ante ese ser colecBvo que es la opinión
pública; en la ciencia psicológica, ante ese ser colectivo que es la mul-
titud.. . La psicología colectiva la comierte en un mar tempestuoso,
una temible potencia que sorprende por sus imprevistas tempestades y
por sus olas que todo lo pueden sumergir».': X través de la multitud lo
que se perfila es el debate sobre ese nuevo ser, la soczedad, dotada de le-
yes autónomas en relación con los indi~lduos.El concepto de «multi-
tud» se convierte de esta forma en la clave para la definición de las
orientaciones de las ciencias humanas: «En las colectividades humanas
hay misteriosas reacciones psíquicas, lo mismo que en cualquier orga-
nismo -que es una colectividad de células- hay reacciones quúnicas
imprevistas. La psicología colectiva debe estudiar estas extrañas fer-
mentaciones psicológicas a las que, hasta ahora, la sociología ni siquie-
ra se había dignado a dirigirles la
El debate que se entabla sobre las multitudes en movimiento se
convierte en el revelador del ejercicio de las nuevas formas de expre-
sión democrática abiertas por la libertad de prensa y las libertades de
asociación y reunión. Revelador también de los temores que suscita la
irrupción de las masas en la ciudad. Por último, permite ver la relación
con la controvertida memoria de las revueltas, los motines y movimien-
tos populares, con los prejuicios tramados en torno a las «violencias de
la plebe» a lo largo de la historia, próxima y lejana. Y más aún porque la
definición de la multitud criminal está en la confluencia de diversos
enfoques disciplinares y posturas políticas, conforme lo ilustra el deba-
te sobre la «naturaleza» de las multitudes entre Gustave Le Bon, Sci-
pio Sighele y Gabriel Tarde.
La versión que proporciona el médico psicopatólogo Gustave Le
Bon de la «psicología de las multitudes» corre paralela a una línea de
investigación anterior que la ha llevado desde finales de la década
41. Ibid.,pág.22.
42. Ibid., pág. 2 1.
42 Un mundo vigilado
de 1870 a conjugar la «cuestión criminal» con la de la jerarquización
de las civilizaciones, clases y sexos. Sus estudios, respaldados por ex-
perimentos de laboratorio, se sitúan en la línea de las investigaciones
anatómicas y matemáticas de la escuela de antropología física fundada
por Paul Broca. Este esquema que privilegia el objeto «razas huma-
nas» seduce entonces a numerosos médicos militares y administrado-
res destinados en el imperio colonial. Le Bon ha medido el volumen
del cráneo y el cerebro de personas -hombres y mujeres, adultos y ni-
ños- pertenecientes a razas «superiores» e «inferiores», pero también
a clases superiores e inferiores. Todo ello con la idea-_de --demostrar
---- _A-
la
desigual distribución de la inteligencia y la razón. Con edades, tallas y
----
pesos i g u a l i ~ t ~ v ~ 1 u r deT?iáneo
nGi del homTre y la mujer varía según
el grado de civilización. «Escasas entre las razas inferiores, las diferen-
cias se kuelven inmensas en las razas superiores. Entres estas últimas,
los cráneos femeninos, a menudo, apenas si están más desarrollados
que los de las mujeres de razas muy inferiores.» Mientras que sitúa la
media de los cráneos parisienses entre los mayores cráneos conocidos,
a los femeninos los clasifica entre los más pequeños de los cráneos ob-
servados, más o menos en el nivel de los de las chinas, apenas por enci-
ma de íos cráneos femeninos de Nueva-Caled~nia.~~ De ahí la feroz
oposición a la inmigración (;lade las categorías «inferiores», se entien-
de! ): «Los peores desastres en los campos de batalla son infinitamente
menos temibles que semejantes invasiones. Era un instinto muy fiable
el que enseñaba a los pueblos antiguos a temer a los e x t r a n j e r o s ~ . ~ ~
Le Bon no tiene palabras suficientemente gruesas para fustigar las
mezclas. Ve en ellas la causa de la «espantosa decadencia» de los países
de Latinoamérica y el dominio del Imperio británico sobre la econo-
mía del Cono Sur del subcontinente. Fustiga la «invasión» de Francia
por los emigrantes italianos. Es el momento en que los ideólogos del
«nacionalismo integral» sustraen de la historia griega la denominación
de «meteco» para denunciar al «extranjero» como un «parásito» del
que hay que «proteger a los nacionales». Es el momento en el que tam-
bién se desatan contra estos inrnigrantes considerados «inasimilables»
las campañas xenófobas, mezcladas la mayoría de las veces con un vi-
rulento antisemitismo. Le Bon, por cierto, se sitúa en el bando de los
--- - - - - - -
43.Le Bon. G.. 1894. págs. 55-56
14.Ibld, pág. 111.
Castigar: la multitud aprehendida 43
«antidreyfüsianos» y su obra sobre la multirud se con~ierteen libro
decabecera de los profesores de la escuela de guerra.'' La noción de
- - h
«alma de la multitud» en Le Bon es indisociable de la de «alma de la
raza». Ambas se caracterizan por una h b i c i ó n del pensamiento y
una exaltación de los afectos. Coj-untural para el sujeto cataléptico
«multitud», estructural para las categorías deriores (raza, pero tam-
bién mujer y niño). <<Porel solo hecho de formar parte de una multi-
tud, el hombre desciende entonces varios grados en la escala de la civi-
lización. Aislado, quizá fuera un hombre cultivado; en multitud, es un
instintivo y por consiguiente un b á r b a r ~ » . ~ X
multitud
a se asemeja a
las «formas inferiores de la evolución. como el salvaje y la mujer>>.4'
Bajo la influencia de la recíproca sugestión y de un líder que se trans-
forma en hipnotizador, la multitud se con~ierteen un «ser» irracional,
cambiante, impulsivo, emocional, irritable, móvil, intolerante, conser-
vador, autoritario, que pasa con extrema rapidez de la representación
al acto, arrastrado casi exclusivamente por el inconsciente.
Si el espectro de la Comuna atormentaba a los inventores de la po-
licía científica, es el espantajo de los acontecimientos de 1789 el que
anima a la psicología de las miltitudes, al menos tal g 7 como la conside-
ra Le Bon. La multitud, según él, es el producto del triunfo de las qui-
meras igualitarias iniciadas con la Rerolución. Su visión de la irracio-
nalidad de las multitudes está en simbiosis con la de Hippolyte Taine,
cuando, en los Origines de la F~anceContempovaine (Orígenes de la
Francia contemporánea), publicados entre 1875 y 1893, este historia-
dor estigmatiza a la «multitud revolucionaria». Esta tesis violenta en el
anatema que lanza contra la Revolución francesa, que estaría en los orí-
genes de la decadencia de la Francia moderna, puede en efecto leerse
como un fresco psicohistórico sobre la dictadura de la multitud y la pa-
tología de sus líderes. Es una de !as razones por las que los historiado-
res de la psicología de las multitudes consideran a Taine el verdadero
precursor de este movimiento de p e n ~ a m i e n t oPara
. ~ ~ Le Bon la era de
las multitudes es el horizonte apocalíptico sobre el que se diseña el fu-
turo. Las lógicas colectivas, efímeras o no -asamblea parlamentaria,
45. Nye, R.A., 1975.
46. Le Bon,G., 1894, pág. 14.
47. Id.,(1895) 1988, pág.17.
48. Van Ginneken, J.,1992.
44 Un mundo vigilado
sindicatos, asociaciones, mítines-, han tomado el poder. El pueblo-
populacho, de ahora en adelante, es soberano. Desde el populacho
hasta la chusma, la psicología de las multitudes proporcionará una re-
serva inagotable de caracterizaciones de los protagonistas de los «dis-
turbios sociales». En cuanto a la prensa, «otrora directora de la opi-
nión, ha tenido, igual que los gobiernos, que esfumarse ante el poder
de las multitudes».
Scipio Sighele es sin duda quien más ha aportado sobre los postu-
lados de la psicología de las masas y su relación con la influencia de
la prensa en la producción del criminal, aunque no por ello vive en la
nostalgia conseniadora. A diferencia de Gustave Le Bon, acepta la nue-
va apuesta del advenimiento de la era de las multitudes, pero apela a la
responsabilidad de los periodistas y escritores porque está persuadido
de que la prensa tiene un efecto crirninógeno. Desde 1892, fecha de la
primera edición de La multitud deltncuente, sostiene que la prensa --
es la.«forma de sugestión que concentra todas las demás», da origen a
--
-«ciertos
--
a ciertos actos violentos, criminales e insensatos,
-que ninguna fuerza humana puede moderar*. No deja de repetir que,
detrás de cada público, hay que lo sugestionan y lo pro-
vocan, del mismo modo que debajo de cada multitud siempre existe
una secta que casi es el germen».49Porque «el periodista no es más
que un lz'de~de su público: creado por éste, puede arrastrarlo mucho
más allá del punto al que él mismo quería llegar». Circunstancia que
aprovecha para criticar las informaciones sobre los procesos crimi-
nales.
Sighele aplica esta misma clave de lectura a la literatura. Calcula los
efectos de la «capacidad incendiaria» que pueden tener ciertas nove-
las, ciertos dramas, ciertas frases «en relación con esa paja seca que es
el público, sobre todo el público moderno, tan nervioso y excitable».50
En la obra de D ' h u n z i o se detiene en los «degenerados» (el asesino
neurasténico, el infanticida, el hermano incestuoso, la loca, etc.). En
la de Zola, en <<lasprostitutas, los alcohólicos de los peores suburbios
de París, las cínicas clases ricas, las multitudes, vívidas y agitadas, de
obreros, soldados y místicos, multitudes dderentes por sus composi-
ciones y sus fines, pero que escenifican, todas ellas, el problema espan-
19. Sighele. S..1901,págs. 211 ~ 3 1 8 .
50. Sighele. S..1908. págs. 116 y 183.
Castigar: la mukirud aprehefidida 15
tosamente oscuro del alma colectiva». En el caso de Eugene Sue, y sus
Misterios de Paris, en quien ve a un precursor directo de la antropolo-
gía criminal italiana, en <<losotros bárbaros, tan ajenos a nuestra c i ~ d i -
zación como lo son las poblaciones salvajes descritas por Fenimore
Cooper, los delincuentes». Se lamenta sobre todo del hecho de que los
escritores de finales del siglo XLX«emiten el diagnóstico pero no pro-
ponen en modo alguno el tratamiento que se debe seguir», pese a lo
mucho que el mundo moderno lo necesita porque está «indiscutible-
mente enfermo y degenerado».
Gabriel Tarde, por su parte, refuta los postulados de la psicología
de las multitudes desde su proyecto de construcción de una «inter-
psicología» o «psicología intermentah cuyo quicio lo constituyen las
leyes de la imitación. Leyes que ha expuesto ya en 1890 en una obra
epónima que lo dio a conocer a un público más extenso que aquel al
que sus publicaciones relativas a la criminología, al derecho y a la
filosofía penal lo habían acostumbrado.jl Una vez más, su informe
sobre «Los crímenes de las multitudes» resulta esencial para com-
prender el sentido de una iniciativa global: «¿Cómo se forma una
multitud? ¿En virtud de qué milagro tantas gentes, antaño dispersas,
indiferentes los unos respecto de los otros, se han solidarizado, se
han agregado en una cadena magnética, dan los mismos gritos, co-
rren juntos, actúan concertadamente? En virtud de la simpatía, fuen-
te de la imitación y principio vital de los cuerpos sociales. Un puña-
do de líderes despierta a esta potencia adormecida, la dirige hacia un
punto determinado; pero para que este impulso inicial sea seguido y
que el embrión de la multitud vaya engrosando rápidamente, es ne-
cesario que un trabajo anterior, y en el fondo muy parecido, se haya
producido en los cerebros. Un contagio lento de mente a mente, una
imitación tranquila y silenciosa, siempre ha precedido y preparado
estos contagios rápidos, estas imitaciones ruidosas y arrebatadoras
que caracterizaban a los movimientos populares.. . Una fe común,
una pasión común, un fin común: así es, gracias al doble contagio de
51. Tarde, G., 1890.
46 Un mundo vigilado
que se trata, la energía vital de ese ser animado al que denominamos
multitud».j2
Desde la guerra de los Cien Años hasta la Revolución francesa, pa-
sando por la Fronda y los «enragés» (rabiosos),las expresiones de mo-
tines y revueltas en la historia se parecen. «Granos, todos iguales en el
fondo, de una misma fiebre eruptiva, de una epidemia moral, unas ve-
ces saludable, otras desastrosa, que consiste en la conversión de todo un
pueblo, de todo un continente, a una nueva religión, a un nuevo dogma
político, y que imprime en todas las capillas de un mismo culto, en to-
dos los clubes de un mismo partido [. . .] un carácter de identidad fun-
damental, a pesar de su diversidad superficial.»j3El magistrado dicta su
sentencia lapidaria: «Por muy noble y legítima que sea la finalidad que
mueve a una multitud, su formación siempre es, por un lado, importan-
te, un verdadero retroceso en la escala de la evolución social».j4
Estos análisis provocan la indignación de numerosos colegas ex-
tranjeros de Tarde que asisten al congreso de antropología criminal de
Bruselas, ante el que presenta su texto, y le recriminan que da la impre-
sión de que «la asociación envilece al hombre». Si bien, como le ad-
vierte el profesor Moritz Benedikt de la Universidad de Viena, «para
comprender la psicología de las revoluciones y de las revueltas, hay
que pensar necesariamente en esto: que en esas ocasiones no sólo esta-
lla una emoción momentánea, sino una acumulación, un verdadero ca-
pital de odio y de pasión cuya responsabhdad, por lo general, reside
tanto en el ambiente como en los revoltosos».55Tarde les contesta: «Se
me ha reprochado que sólo enseñe el lado feo de la multitud; soy sen-
sible a este reproche y reconozco muy gustosamente los excesos que
contiene mi d o r m e a este respecto. Completo mi pensamiento, di-
ciendo que la multitud, cuando se muex7epor una idea generosa, se
vuelve a veces no ya mferior, sino superior en nobleza de alma colecti-
va y en intrepidez: no digo en razón e inteligencia 1...l. Desconfío de
las unanimidades, porque si bien la unión hace la fuerza, el unísono no
hace la armonía».j6Por principio, el creador de la interpsicología nie-
j2.Id.,i 1892)1893,pág.74.
33. Ibid.. pág.82.
34. rbid..pág.74.
J j . Actes du t~oisienzeC o v g ~ 2 s .;. . op. ni..pág.379
j6. Ibia'.. págs.381-382.
Castigar: la multitud aprehendida 47
ga las rupturas abruptas que se producen en la historia de las <&ven-
ciones humanas», uno de cuyos m ó d e s es la imitación.
En 1901, Tarde, que entre tanto ha sido designado para el Colegio
de Francia, retoma la cuestión de la multitud en su obra La opi~zióny
la multitud. Vuelve a decir que no cree en la multitud, porque su por-
venir está por detrás de ella. El pon-enir no estará formado ni por las
multitudes ni por las clases, porque «la lucha de clases que nace y se
fortalece en el transcurso de los ~ e r í o d o sde crisis engendra el espíri-
tu de clase, esa forma ampliada !- moderna del espíritu de clan; y dá
donde se refuerce el espíritu de clase. crece el desprecio por los dere-
chos de los individuos que pertenecen a una clase extranjera [.. .l. Sus-
cita atentados colectis~os,es decir. por un lado las leyes opresivas, los
crímenes de exacción, y por otro los motines, lasjacqz~eries,las rexuel-
tas sangrientas».'; La figura social del futuro será el público, una de las
manifestaciones más llamativas de las nuevas formas de sociabilidad.
Se sitúa así a contracorriente de la creencia en la fatalidad del desorden
como precio que pagar para el acceso de los más al ejercicio de la ciu-
dadanía. Al constituir públicos, la prensa y los medios de comunica-
ción a distancia en su conjunto se convierten en el espacio social de
este «mundo moderno» al que teme la psicología de las multitudes.
«Se ha hecho la psicología de las multitudes. Queda por hacer la psico-
logía del público, entendida en este otro sentido, es decir, como una
colectividad meramente espiritual, como una diseminación de indivi-
duos físicamente separados cuya cohesión es mental».'8
La primera guerra total pondrá al desnudo la cara oculta de este
nuevo vector de la modernidad democrática que es la acción sobre la
opinión.
57. Tarde, G.,1901a, pág. 203.
58. Tarde, G., 1901b, pág.2.