O.20. - Mas Que Vencedores
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1. El texto
Romanos 8:31-39
31 ¿Qué, pues, diremos a esto? Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros?
32 El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo
no nos dará también con él todas las cosas? 33 ¿Quién acusará a los escogidos de Dios?
Dios es el que justifica. 34 ¿Quién es el que condenará? Cristo es el que murió; más aun,
el que también resucitó, el que además está a la diestra de Dios, el que también intercede
por nosotros. 35 ¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Tribulación, o angustia, o
persecución, o hambre, o desnudez, o peligro, o espada? 36 Como está escrito: Por causa
de ti somos muertos todo el tiempo; Somos contados como ovejas de matadero. 37 Antes,
en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó. 38 Por
lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potesta-
des, ni lo presente, ni lo por venir, 39 ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa crea-
da nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro.
2. Introducción
Este es uno de los pasajes más líricos del apóstol Pablo. Aquí hay una maravillosa alusión
que impactaría a cualquier judío que conociera bien el Antiguo Testamento: “Por amor a
nosotros Dios no escatimó ni el dar a su propio Hijo; no cabe duda de que esa es la garantía
definitiva de que nos ama lo suficiente para suplir todas nuestras necesidades”.
Las palabras que usa Pablo refiriéndose a Dios son las mismas que Dios usó acerca de
Abraham, que le demostró su lealtad a ultranza cuando estuvo dispuesto a sacrificarle a su
propio hijo único Isaac cuando Dios se lo mandó. Dios le dijo: «No te has negado a darme
a tu hijo, a tu único hijo». Pablo parece decir: “Considera el ejemplo más grande del mun-
do que ha dado un hombre de su lealtad a Dios; así es la lealtad de Dios contigo”. De la
misma manera que Abraham fue tan leal a Dios que estuvo dispuesto a sacrificarle lo más
precioso que tenía, Dios es tan leal a los hombres que estuvo dispuesto a sacrificar a su
propio Hijo único por ellos. Sin duda podemos confiar en una lealtad así para todo.
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Lo que Pablo quiere decir es, “¿A qué conclusión nos llevan estas cosas?” Es probable que
la expresión “qué pues diremos a esto” se refiera a todo lo que el apóstol ha escrito hasta
ahora en esta epístola. ¿Cuál es, entonces, el resumen de lo que Pablo ha estado diciendo
en esta carta?
Él ha indicado que lo que el pecador necesita por sobre todas las cosas es una posición jus-
ta ante Dios y que esta justa posición no puede ser obtenida por ningún esfuerzo o mérito
humano. Esa bendición inestimable es el don gratuito de Dios y hay una sola manera de
obtenerla, a saber, por la fe. La bendición de la salvación ha sido obtenida para todos aque-
llos—sean judíos o gentiles—que, por medio de la fe, pongan su confianza en el Salvador
y reciban por gracia de Dios el regalo de tal salvación. Fue Él quien ganó la salvación para
su pueblo por el derramamiento de su sangre. Son salvados por su muerte vicaria. Su resu-
rrección así lo confirma y su intercesión nos sostiene de forma perseverante.
Entonces, si Dios es por nosotros, como lo ha demostrado claramente por medio de lo que
hizo y hace por nosotros, ¿quién está contra nosotros? Claro, no es como si todos los
enemigos ya hubiesen sido barridos, pero ¿qué puede lograr cualquier enemigo contra no-
sotros, si Dios está por nosotros?
Cuando Pablo dice: “Si Dios es por nosotros”, él no está poniendo en tela de juicio el cui-
dado protector, el amor y las promesas de Dios. Muy al contrario, este “si” significa: “Si ...
¡como ciertamente lo está!”
A la luz de todo esto, la pregunta inicial: “¿Qué, pues, diremos en respuesta a estas cosas?”
deberá ser contestada con un vigoroso: “Nada tenemos que temer. Ciertamente la victoria
está de nuestro lado”.
Pero el apóstol mismo da una respuesta mucho más completa. El comienzo de esta respues-
ta se encuentra en el próximo versículo:
a. Dios, el Juez, tiene un Hijo, un único Hijo, muy querido. Dicho Hijo nunca cometió pe-
cado alguno. En todo lo que hacía, complacía a su Padre.
b. Todos nosotros nos extraviamos como ovejas, cada uno de nosotros se apartó por su
propio camino. Tal y como dijo el profeta:
Isaías 53:6
Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su camino; mas
Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros.
Sobre este querido y amado Hijo, Dios ahora pronuncia la sentencia que nosotros mere-
cíamos. Es una sentencia inconmensurable en su severidad y es ejecutada en todo detalle.
Dios no escatimó a su Hijo, no mitigó la severidad de la sentencia en manera alguna y el
Hijo mismo concordó con el Padre y el Espíritu en todo esto. Él, el Hijo, cargó totalmente
con esa horrenda maldición. Tomó la copa de la inexpresable agonía hasta la última gota.
Preguntamos: “¿Por qué fue la maldición quitada de nuestros hombros y transferida al Hijo
de Dios?” La respuesta es: Tan profunda, intensa y maravillosamente amó Dios al mundo
que dio a su Hijo, el unigénito, para que todo aquel que en Él cree no se pierda, mas tenga
vida eterna. ¿No es ese el significado de Juan 3:16?
Hay, por supuesto, una semejanza entre: “Tú [Abraham] no me rehusaste tu hijo, tu único
hijo” (Génesis 22:12-16) y “El [Dios] no escatimó ni a su propio Hijo (Romanos 8:32).
Con todo, no es la semejanza lo que llama nuestra atención en primer lugar. Es el contraste.
Abraham fue rescatado a último momento y también su hijo Isaac. Pero Cristo cargó con la
ira total y voluntariamente.
“... por todos nosotros”. En consonancia con el contexto que antecede en forma inmediata,
el apóstol debe haber estado pensando en todos aquellos que aman a Dios, que habían sido
conocidos de antemano y predestinados, que fueron (o iban a ser) llamados, justificados y
glorificados. A esto se pueden agregar las expresiones similares que hay en las afirmacio-
nes que vienen a continuación; a saber, los escogidos, aquellos por quienes Cristo interce-
de, los que son “más que vencedores”. Fue a estas personas, a todas ellas y solamente a
ellas, a quienes los méritos de la muerte de Cristo les habían sido, o les estaban siendo, o
les iban a ser, aplicados salvíficamente.
Nuevamente aquí, no es improbable que cuando Pablo dice: “El [Dios] le entregó [a su Hi-
jo] por todos nosotros”, él incluya en su pensamiento esta idea: “Dios entregó a su Hijo
tanto por el judío como por el gentil”, por todos sus amados hijos sin restricción de raza,
sexo, nacionalidad, posición social, etc.
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¿cómo no nos dará también con él todas las cosas? El argumento va de mayor a menor.
Jamás podría haber un don mayor que el regalo de Cristo a la iglesia. Ese don está clara-
mente implícito en la afirmación: “Dios no escatimó a su propio Hijo, sino que lo entregó
por todos nosotros”. Además, aunque entregar a este Hijo fue un sacrificio inconmensura-
ble según lo indican claramente las palabras “Dios no escatimó”, sin embargo, nunca es un
don solitario: ¿cómo no nos dará también con Él en su misericordia—es decir, de buena
gana, gratuitamente, gozosamente, generosamente—todas las cosas?
No vemos ninguna buena razón para limitar la expresión “todas las cosas” a bendiciones
espirituales, como lo hacen algunos. Pablo era un hombre muy práctico. Sabía que la gente
a la que se dirigía eran personas de carne y hueso, que a veces se sentían acosados por
preocupaciones de índole terrenal. La expresión “todas las cosas” debe entenderse conse-
cuentemente en un sentido irrestricto: cosas materiales tanto como espirituales; donde tiene
el mismo significado amplio.
5. Nuestro intercesor
33 ¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica. 34 ¿Quién es el que
condenará? Cristo es el que murió; más aun, el que también resucitó, el que además está a
la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros.
Este texto es probablemente un eco intencional de las palabras que declaró el profeta
Isaías:
Isaías 50:8-9
8 Cercano está de mí el que me salva; ¿quién contenderá conmigo? Juntémonos. ¿Quién
es el adversario de mi causa? Acérquese a mí. 9 He aquí que Jehová el Señor me ayudará;
¿quién hay que me condene?...
Las preguntas retóricas ¿Quién acusará a los escogidos de Dios...?” “¿Quién es el que
condenará?”—implican una vigorosa negación contra la sugerencia que haya algún cargo
o condenación que tenga validez. ¿No son éstos los escogidos de Dios? ¿No es eso lo que
se implica el texto anterior: “conocidos de antemano ... predestinados”?
La naturaleza lógica de esta respuesta resalta aún más claramente por las palabras que si-
guen, a saber: “Cristo es el que murió; más aun, el que también resucitó, el que además es-
tá a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros.”
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Notemos aquí en forma especial la frase “más aun” insertada entre la referencia a la muerte
de Cristo y su resurrección. Es probable que la misma exprese no solamente la relación se-
cuencial entre los dos primeros elementos, sino entre todos los elementos de la serie. Por
cierto, por medio de la muerte de Cristo fueron borrados los pecados de su pueblo. Pero es-
te hecho fue establecido y puesto fuera del alcance de toda exitosa contradicción posible
por medio de la resurrección de entre los muertos. Y la exaltación del Hijo de Dios a la
diestra de Dios que simboliza el honor, el poder y la autoridad otorgados a Él como recom-
pensa por su obra mediadora plenamente lograda, fortalece aún más esta conclusión.
El clímax de la certeza es alcanzado en la cláusula: “el que también intercede por noso-
tros” porque, ¿cómo se podría imaginar que el Padre se negaría a atender las oraciones in-
tercesoras del Hijo que tan plena, maravillosa y gloriosamente cumpliera la tarea que le fue
dada? ¿Acaso no le dijo el Hijo mismo al Padre: “Yo sabía que siempre me oyes”?
6. La separación imposible
35 ¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Tribulación, o angustia, o persecución, o
hambre, o desnudez, o peligro, o espada?
He aquí otra pregunta que quiere decir: “Nadie podrá jamás separarnos del amor que Cristo
tiene por nosotros”. La referencia no es a nuestro amor por Cristo, sino al amor de Cristo
por nosotros, como lo indica claramente el texto: “por medio de aquel que nos amó”.
Dar una descripción o definición adecuada de ese amor de Cristo es imposible. Todo lo que
podemos hacer es balbucear. Podríamos decir, por ejemplo, que es aquella generosa dispo-
sición del compasivo corazón de Cristo que se reveló en la acción más maravillosa y abne-
gada que se hizo jamás. Dios es amor, y dado que Cristo es Dios, también Cristo es amor.
Pablo enumera siete circunstancias que podrían ser traídas a consideración al contestar la
pregunta de si algo nos podría separar del amor de Cristo:
a. tribulación, (b) angustia. No sólo es “tribulación” una buena traducción de la primera
de las siete palabras griegas, sino que hasta está relacionada etimológicamente a la
misma. Aunque la palabra aparece más de cuarenta veces en el Nuevo Testamento, el
apóstol recurre a ella solamente cuatro veces. En los primeros tres casos, ambas pala-
bras, tribulación y angustia, figuran juntas. El hecho de que Pablo use ambas palabras
indica que en su mente había una distinción entre ellas. La sugerencia de varios exposi-
tores que las dos palabras usadas en el original se refieren respectivamente a aflicción
externa y a angustia interna, probablemente sea correcta. En el Nuevo Testamento Pa-
blo es el único escritor que usa la palabra angustia, y aun en sus epístolas se encuentra
solamente cuatro veces.
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c. persecución. En el Nuevo Testamento este vocablo aparece por primera vez en el Ser-
món del Monte y luego en la parábola del sembrador.
d. hambre. La palabra en el original significa hambre, hambruna. Aparece por vez prime-
ra en el evangelio de Mateo cuando Jesús habla de los últimos tiempos: “Habrá hambres
y terremotos en diversos lugares”. Aunque la palabra es utilizada una docena de veces
en el Nuevo Testamento, Pablo sólo la usa aquí y en la segunda carta a los Corintios.
e. desnudez. Muchas veces el significado de esta palabra es más general de lo que desnu-
do podría sugerir; por ello necesitado de ropa es a veces una mejor traducción.
f. peligro. Este sustantivo ocurre aquí y ocho veces en la segunda carta a los corintios.
No debemos olvidar que Pablo, al hablar de estas adversas circunstancias que Satanás y
otros enemigos de la cruz usaban para efectuar una separación entre los creyentes y su Se-
ñor, no lo hacía como teólogo académico o como filósofo. Al contrario, él ya había sufrido
las primeras seis de estas siete tribulaciones antes de redactar la carta a los romanos. Ade-
más, por medio de la séptima, es decir, la espada, él sería ejecutado. El apóstol hablaba no
sólo por inspiración sino también por experiencia; por ello, al decir que ninguna de estas
cosas puede causar una separación entre los creyentes y su Señor, ¡él sabía de qué hablaba!
Además, al implicar que “nada nos separará del amor de Cristo”, ¿no estaba también di-
ciendo: “Al contrario, el sufrir por amor a Cristo nos acercará a Él y a su amor”? A los Fi-
lipenses les escribió: “Porque a vosotros os ha sido concedido por causa de Cristo, no sólo
creer en él, sino también sufrir por él”.
7. El sufrimiento victorioso
36 Como está escrito: Por causa de ti somos muertos todo el tiempo; Somos contados co-
mo ovejas de matadero.
Al citar Salmo 44:22, Pablo demuestra que nada hay de extraño o inesperado respecto al
sufrimiento de hoy en día por causa del Señor. El salmista confiaba en Dios. ¿Cómo hubie-
ra podido de otra manera exclamar: “¿Tú eres mi Rey, oh Dios”? ¿Y cómo hubiera podido
decir: “En Dios nos gloriamos todo el día”?
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Con todo, él no obtenía de sufrimiento el consuelo que Pablo tenía en sus experiencias do-
lorosas. De otro modo no hubiera podido decir: “¡Despiértate, oh Señor! ¿Por qué duer-
mes? ¡Despierta! No nos rechaces para siempre”.
El apóstol, por otra parte, entendió que sufrir por Cristo significaba entrar en una comunión
más estrecha con Él. Tal sufrimiento era una ganancia, no una pérdida. ¿Dónde aprendió
Pablo esta lección? ¿Será posible que él la haya aprendido no sólo de su experiencia y por
inspiración directa, sino también de la tradición, por haberle transmitido los primeros cre-
yentes las palabras de Jesús? Fue Jesús quien había dicho en el Sermón del Monte:
Mateo 5:10-12
10 Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia, porque de ellos
es el reino de los cielos.
11 Bienaventurados sois cuando por mi causa os vituperen y os persigan, y digan toda cla-
se de mal contra vosotros, mintiendo.
12 Gozaos y alegraos, porque vuestro galardón es grande en los cielos; porque así persi-
guieron a los profetas que fueron antes de vosotros.
8. La separación imposible
37 Antes, en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos
amó. 38 Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principa-
dos, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, 39 ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna
otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nues-
tro.
¿Qué quiere el apóstol decir cuando llama a los creyentes “más que vencedores”? ¿Quiso
decir: ¿Estamos logrando una victoria total y rotunda”? Sin duda quiso decir eso. ¿Pero es
eso todo lo que quiso decir? Las palabras, al fin y al cabo, deben interpretarse a la luz de su
contexto. El apóstol dice: “en todas estas cosas”. La referencia apunta, por supuesto, a las
cosas enumeradas antes. Otras “cosas” y “seres” serán añadidas en un momento, las que se
mencionan más adelante: la muerte, la vida, los ángeles, etc. La estructura de la frase indi-
ca que éstas también han de añadirse.
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Hay una estrecha relación entre los versículos 28 y 37. La semejanza se hace más evidente
cuando ambas líneas son colocadas la una bajo la otra:
Versículo 28
“Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien,”
Versículo 37
“Antes, en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó”
Visto que nuestro amor por Dios nace de su amor por nosotros—secuencia que nunca falla,
ya que por naturaleza no amamos a Dios—las dos afirmaciones se parecen la una a la otra
también en esto. No son iguales, pero ciertamente son similares.
Una vez que esta estrecha relación es captada, comenzamos a entender que lo que Pablo
está diciendo es que no se trata solamente de que estas diversas dificultades y fuerzas no
nos dañan, sino que en realidad nos ayudan: todas ellas colaboran para bien. Es por esta ra-
zón que él afirma que en conexión con ellas somos más que vencedores. Un vencedor es
una persona que derrota al enemigo. El que es más que vencedor hace que el enemigo sea
una ayuda.
Si alguien conoció el significado de ser “más que vencedores”, esa persona debe haber sido
Pablo. Él fue precisamente el apóstol “más que vencido” por Dios ¡De acérrimo persegui-
dor había pasado a ser un entusiasta partidario! Con razón él podía decir: “Estoy convenci-
do”. ¡¿y cómo no?!
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Los nombres de ángeles, las diversas categorías en que debían ser clasificados
y la adoración que no se les debía, eran algunos de los temas sobre los cuales
los herejes especialmente centrarían su atención.
Lo que Pablo dice en el presente contexto es simplemente esto: que aun los
ángeles, sean buenos o malos, reales o irreales (estos últimos como referencia
a clases de espíritus supra mundanos que existen solamente en la imaginación
de la gente), nada pueden hacer para separarnos del amor de Dios en Cristo.
Desde el versículo 1 al 8, Pablo explica que en estrecha relación con el párrafo que inme-
diatamente le antecede—notemos “Gracias a Dios por medio de Jesucristo nuestro Señor”,
como también con el contenido de toda la epístola hasta el presente momento, este capítulo
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comienza con una exclamación triunfante: “Por tanto, ya no hay condenación para los que
están en Cristo Jesús”. La expiación vicaria de Cristo ha quitado la culpa de sus pecados.
En lo referente al poder contaminador del pecado, la operación eficaz del Espíritu Santo,
que mora en sus corazones y que es la influencia gobernante de sus vidas, los “ha hecho li-
bres de la ley del pecado y de la muerte”.
Dios hizo por ellos lo que la ley, operando por sí misma, nunca podría haber logrado. De-
bido al pecado, la ley era incapaz de salvar. Pero Dios, por medio de la muerte vicaria de
su Hijo, obró la salvación. Lo hizo sin sacrificar de manera alguna la demanda de la justi-
cia divina según la cual el pecado no puede dejar de ser castigado. Solamente aquella gente
cuya meta es vivir según las demandas del Espíritu pueden derivar consuelo de esta gran
verdad. Por otra parte, aquellos que están “en la carne”, es decir, que permiten que sus vi-
das sean gobernadas básicamente por su naturaleza humana pecadora, no tienen este con-
suelo. No pueden “agradar a Dios”.
Nuestra meta debe ser, entonces, vivir en armonía con la dirección que el Espíritu da a
nuestras vidas. Aquellos que lo hacen, verdaderamente vivirán. Los que no lo hacen están
condenados a morir. Todos aquellos, y solamente aquellos, cuyas vidas demuestran que es-
tán siendo guiados por el Espíritu, son verdaderamente hijos de Dios.
Estas personas no son esclavos sino hijos. El Espíritu añada su propio testimonio a la voz
de su conciencia regenerada, dándoles así una doble seguridad de que son hijos de Dios. Y
si son hijos, son entonces también herederos. Su testador es Dios. Es él quien les conferirá
una gloriosa herencia, una herencia que compartirán con Cristo, quien, siendo el Hijo de
Dios por naturaleza, es el principal heredero. Ellos son coherederos, es decir, herederos
junto con él. Los que aquí y ahora comparten los sufrimientos de Cristo compartirán más
adelante su gloria.
Desde el versículo 19 al 27, Pablo explica que toda la creación subhumana anhela ardien-
temente el día de esta gloria futura de los hijos de Dios. Así como el gemir de una mujer
que tiene dolores de parto indica a la vez dolor y esperanza, del mismo modo lo indica el
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Pero este no es el único gemir que ocurre. “No sólo esto, sino que también nosotros mis-
mos, que poseemos las primicias del Espíritu, aun nosotros mismos gemimos en nuestro in-
terior mientras esperamos ansiosamente nuestra adopción, es decir, la redención de nues-
tros cuerpos”.
No sólo gime la naturaleza y gemimos nosotros, sino que “el Espíritu también nos ayuda
en nuestra debilidad, porque no sabemos qué es lo que debemos orar, pero el Espíritu mis-
mo intercede por nosotros con gemidos indecibles”.
Tal gemir no es ineficaz. Dios discierne y concede el ardiente deseo del Espíritu para que
la plena salvación para el cuerpo y para el alma nos llegue.
Del versículo 28 al 30, el apóstol explica que esto se hace cierto no por el amor de los san-
tos por Dios, sino por su amor por ellos: “... a aquellos que aman a Dios todas las cosas
cooperan para bien; es decir, a los que son llamados según su propósito”.
Además, esta cooperación de todas las cosas para bien no es algo que solamente sucede
ahora, sino que siempre ha sido así: “Porque a los que de antemano conoció, también los
predestinó a ser hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que él pudiera ser el pri-
mogénito entre muchos hermanos; y a los que predestinó, a éstos también llamó; y a los
que llamó, a éstos también justificó y continuará siendo así: “y a los que justificó, a éstos
también glorificó”, es decir “a éstos él muy ciertamente glorificará también”. Tan cierto es
este hecho que se usa el tiempo pasado, ¡cómo si ya hubiese sucedido!
Del versículo 31 al 39, Pablo se expande en el concepto: “somos son más que vencedores”.
“Si Dios está por nosotros, ¿quién está contra nosotros?”
Es Dios quien da. Lo cierto es que Él ni escatimó a su propio Hijo, sino que lo entregó por
todos nosotros. “¿Cómo no nos dará también con él todas las cosas?”
Del versículo 31 al 34 Pablo nos afirma que es Dios quien perdona. Él borra nuestros peca-
dos tan completamente que ningún cargo sostenible puede ser presentado contra los esco-
gidos de Dios. “Es Dios quien justifica. ¿Quién es el que condena?” La certeza de que
nuestros pecados han sido borrados no está, empero, basada solamente en que Cristo murió
por nosotros, sino también en que el Padre además le resucitó de entre los muertos, demos-
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trando con ello que su muerte había sido aceptada como una expiación totalmente adecua-
da de nuestros pecados. Para que nuestra certeza sea mayor aun somos consolados por el
hecho que el Salvador está sentado a la diestra de Dios. Allí él intercede por nosotros, ocu-
pándose sin cesar de que los méritos de su sacrificio nos sean plenamente aplicados.
10. Conclusión
En este texto, se establecen dos grandes verdades: La primera, Dios nos ha declarado no
culpables; por tanto, nadie nos puede condenar. La segunda, Cristo ha resucitado; por tan-
to, no hay nada que nos pueda separar de Él. Entonces, si Dios nos ha declarado no culpa-
bles ¿quién nos puede condenar? Y la respuesta es que Jesucristo es el Juez de toda la hu-
manidad, el único que tiene derecho a condenar, pero, lejos de condenar, está a la diestra
de Dios intercediendo por nosotros; así que estamos a salvo. Pablo está diciendo algo ma-
ravilloso. Afirma cuatro cosas acerca de Jesús:
a. Que murió.
b. Que resucitó.
c. Que está a la diestra de Dios.
d. Que allí intercede por nosotros.
Ahora bien: el primer credo de la Iglesia Cristiana, que sigue siendo la quintaesencia de
todos los credos, dice:
a. Fue crucificado, muerto y sepultado;
b. al tercer día resucitó de la muerte,
c. está sentado a la diestra de Dios;
d. de allí vendrá a juzgar a los vivos y los muertos.
Tres afirmaciones de la declaración de fe de Pablo coinciden con las del credo de la Iglesia
Primitiva: que Jesús murió, que resucitó y que está sentado a la diestra de Dios. Pero la
cuarta es diferente. En el credo es que Jesús vendrá como Juez de vivos y muertos. En Pa-
blo, que Jesús está a la diestra de Dios defendiéndonos como nuestro Abogado. Es como si
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Pablo dijera: «Creéis que Jesús es el Juez que está ahí para condenaros; y bien pudiera,
porque tiene derecho. Pero os equivocáis. No está ahí como Fiscal, sino como Abogado
encargado de nuestra defensa.»
En un tremendo salto de pensamiento, Pablo contempla a Cristo, no como Juez, sino como
Amador de las almas de los hombres. Con fervor de poeta y en rapto de amante, Pablo pro-
sigue cantando que nada nos puede separar del amor de Dios.
Ni la aflicción, ni las penalidades de la vida, ni el peligro. Los desastres del mundo no se-
paran de Cristo al que es Suyo, sino le acercan más a Él. Ni la vida ni la muerte. En la vida,
vivimos con Cristo; en la muerte, morimos con Él; y como morimos con Él, también resu-
citamos con Él. La muerte, lejos de ser una separación, es solamente un paso hacia una más
íntima unión; no es el final, sino «la puerta en el Cielo» que nos da acceso a Jesucristo.
Los poderes angélicos no nos pueden separar de Él. En aquel tiempo, los judíos habían
desarrollado mucho la creencia en los ángeles. Todo tenía su ángel: había ángeles de los
vientos, de las nubes, de la nieve, del granizo y de la escarcha, del trueno y del rayo, del
frío y del calor, y de las estaciones. Los rabinos decían que no había nada en el mundo, ni
siquiera una brizna de hierba, que no tuviera su ángel. Según los rabinos había tres rangos
de ángeles: el primero incluía tronos, querubines y serafines; el segundo, poderes, señoríos
y fuerzas, y el tercero, ángeles, arcángeles y principados. Pablo se refiere a estos ángeles en
más de una ocasión.
Ahora bien: los rabinos creían que los ángeles eran poco amigos de los humanos. Creían
que se habían enfadado cuando Dios creó a los hombres; se habían puesto celosos, porque
no querían compartir a Dios con otra especie. Los rabinos tenían la leyenda de que, cuando
Dios se apareció en el monte Sinaí para darle la Ley a Moisés, estaba rodeado de sus ejér-
citos de ángeles, que no estaban de acuerdo con que se diera la Ley a Israel y asaltaron a
Moisés cuando subía a la montaña y le hubieran impedido llegar arriba si Dios mismo no
hubiera intervenido. Así es que Pablo, haciéndose eco de las ideas de su tiempo, dice que
«ni siquiera los mezquinos y celosos ángeles nos pueden separar del amor de Dios, por
mucho que lo intenten.»
No hay época de la Historia que nos pueda separar de Cristo. Pablo habla de cosas presen-
tes y cosas por venir. Sabemos que los judíos dividían el tiempo en esta era presente y la
era por venir. Pablo está diciendo: «En este mundo presente no hay nada que nos pueda se-
parar de Dios en Cristo; llegará el día cuando este mundo será sacudido y amanecerá la
nueva era. Pero no importa; porque entonces tampoco, cuando se acabe este mundo y se
haga realidad el nuevo, el lazo de unión con Cristo permanecerá.»
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Ninguna influencia maligna (poderes) nos separará de Cristo. Pablo menciona específica-
mente altura y profundidad. Son términos de astrología usados en aquel tiempo por la gente
del Medio Oriente. El mundo antiguo estaba obsesionado con la idea de la tiranía de las es-
trellas. Creían que todas las personas nacemos bajo una cierta estrella que decide nuestro
destino. Todavía hay algunos que creen en la influencia de las estrellas; pero en el mundo
antiguo era una creencia más general y obsesiva.
La altura (hypsóma) era cuando una estrella estaba en su cenit y se suponía que su influen-
cia era máxima; profundidad (hathos) era cuando estaba en su punto más bajo, dispuesta a
empezar a ascender y ejercer su influencia en alguna persona. Pablo dice a los que estaban,
y a los que están obsesionados con estas cosas: «Las estrellas no te pueden hacer ningún
daño. En su subir y bajar son impotentes para separarte del amor de Dios.»
Ni ningún otro mundo nos podrá separar de Dios. La palabra que usa Pablo para otro es
“héteros”, que significa realmente diferente. Está diciendo: «Supongamos que, inexplica-
blemente, como por arte de magia, os encontrarais en otro mundo totalmente diferente de
éste. Estaríais a salvo: seguiría envolviéndoos el amor de Dios.» Aquí tenemos una visión
que despeja toda soledad y todo temor. Pablo está diciendo: «Podéis pensar en cualquier
cosa aterradora que pueda producir este mundo o cualquier otro mundo diferente: ninguna
de ellas conseguirá separar al cristiano del amor de Dios que se encuentra en Jesucristo,
que es Señor de todo terror y de todo mundo.» En Él se hace realidad la seguridad que
anunciaba proféticamente el salmista:
Salmo 27-1:
Jehová es mi luz y mi salvación, ¿de quién temeré? Jehová es la fortaleza de mi vida, ¿de
quién he de atemorizarme?
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