Síntesis de la segunda unidad de ética, del libro Ética
General de [Link]ño (Cap. II y III, pag. 45-105)
Integrantes: Miguel Coll, Benjamín Sambataro, Astor Piña, Lucio Gómez, Joaquín Tumbarello, Fernando
Navarro, Camila Nievas, Eros Fuentes, Valentina Arenas, Albana Funes, Lucas Calvi, Rodrigo Villalobos.
La constitución de la ética como disciplina filosófica
1- EL PUNTO DE PARTIDA DE REFLEXIÓN DE LA ÉTICA:
LA EXPERIENCIA MORAL
Cuando nos referimos ciertamente al punto de partida de la ética nos referimos a la
experiencia de su objeto, es decir, la experiencia de la moral y la experiencia moral.
Podríamos decir previamente a la adyacente descripción que el fenómeno moral, antes de
ser objeto de la reflexión filosófica, es una realidad consciente vivida por el hombre, osea
que estamos refiriéndonos a un concepto que es traído de la praxis hacia la teoría, y
analizada intelectualmente desde la vivencia experimental.
La experiencia de la moral es el conocimiento de realidades morales o que tienen que ver
con la moral, (costumbres, fenómenos espirituales exteriorizados, razonamientos morales)
alcanzado por observación externa (ejemplo: la educación). Este conocimiento moral estría
sujeto a contradicciones históricas, sociales, educativas, ideológicas y filosóficas, que
pueden deformar sus contenidos y su sentido mismo.
Y la experiencia moral consiste en la actividad espontánea con que nuestra razón práctica
dirige las operaciones voluntarias desde el punto de vista del bien absoluto. Es la
experiencia de la deliberación, en la que intervienen convicciones éticas pre-científicas de
carácter universal y de carácter particular, también la experiencia del sentido del deber,
satisfacción, culpa, etc.
El papel de la experiencia moral en la metodología ética, es entonces, extremadamente
complejo. Si la experiencia es también fuente irrenunciable de la reflexión ética, la
experiencia es también fuente de ilusiones y errores, por el hecho de las pretensiones
personales, sociales, ideológicas, etc., que a veces la fuerzan y distorsionan. Digamos que
hay un camino poceado entre lo experimental, que es distorsionado por la relatividad del
accionar humano, y la conclusión cognoscente de lo objetivamente ético.
2- INTERPRETACIÓN Y FUNDAMENTACIÓN FILOSÓFICA DE LA
MORAL
Antes que nada empecemos por preguntarnos ¿Qué significa fundamentar filosóficamente
un hecho, ya se trate de un hecho físico o moral?
La ética puede ser elaborada de modo adecuado solo desde las bases de la filosofía del ser.
El objetivo inmediato es explicar cuáles son esas bases, y en que se distinguen de las bases
filosóficas que han dado lugar a la fundamentación empirista, trascendental y
fenomenológica de la moral.
La Fundamentación empirista
Se habla de una expresión que solo se entiende sino olvidamos que para el empirismo,
fundamentar filosóficamente, es en general, lo mismo que analizar. El método empirista es
el análisis, en el empirismo clásico el análisis es psicológico, en la actualidad es
fundamentalmente lingüístico.
Los empiristas, concretamente, consideran como real solo aquello que es captado
directamente por los sentidos, y en la medida exacta en que es así captado, y sostienen
además que en la inferencia de realidades no sensibles se esconde algo espurio. Para Hume
la inteligencia no es otra cosa que los sentidos debilitados…
El problema que el empirismo se le plantea es que, tanto en el lenguaje ordinario, como en
el lenguaje científico, usamos conceptos (alma) y hablamos de relaciones (finalidad) a las
que no responde una precisa sensación. Para este sistema filosófico se trata de meras
ficciones.
Analizar es reducir lo universal inteligible a lo singular observable, reducir lo complejo a lo
simple. Por ejemplo la proposición “todos los hombres son mortales” se reduciría a, “todos
los hombres que hemos conocido hasta el momento han muerto”.
La distinción entre frases lingüísticamente parecidas, que indican una acción, solo puede
ser establecida mediante el recurso a una intuición privada subjetiva y psicológica. El
análisis se hace especialmente problemático en el caso de las proposiciones morales.
¿A qué hecho sensible puede ser reducido el “ser moralmente malo o bueno”?
Los partidarios empiristas han propuesto principalmente las siguientes posturas:
- Entender la moral como expresión de una voluntad superior: arbitrario de la
voluntad de Dios en el positivismo teológico de Ockham (separación del Dios
creador del Dios legislador), o voluntad del estado en el positivismo jurídico
(fundamentación voluntarista de la obligación moral que es extrínseca al hombre).
- El psicologismo ético, para el cual la ética se reduce en último término al estudio de
la génesis y de las bases psicológicas de las ideas y estructuras éticas (ejemplo la
consciencia moral).
- Concebir lo moral como expresión de emociones subjetivas (el emotivismo ético) y
entonces desaparece la posibilidad de atribuir in fundamento racional a la moral. La
obligación, si se admite, recibiría en la práctica una fundamentación utilitarista y
hedonista.
- Reducir el bien y el mal morales (en sentido absoluto) al bien y el mal de naturaleza
extra mental (el placer y el dolor: bien y mal en sentido relativo), con lo que se
tiende a una fundamentación utilitarista. En el utilitarismo se pierde el carácter
específico del bien y del mal moral, que es el bien y mal propio del hombre en
cuanto que éste es un ser espiritual y libre.
Una de las tesis esenciales que se sostienen en el ámbito de la fundamentación empirista
de la moral es la imposibilidad de pasar del plano del ser al del bien (el deber ser), y con
ello la separación entre conocimiento y norma, entre razón teórica y razón práctica,
como si el ser y el bien no perteneciesen a un universo común.
Este postulado se conoce en filosofía como “ley de Hume”. El filósofo se preguntó si
era posible pasar enunciados del modo indicativo al modo imperativo. A quien afirma
que eso es posible se lo tacha de haber incurrido en la “falacia naturalista”.
En realidad, aquí se trata de un problema interno del empirismo. Se sabe que el
presupuesto filosófico de “ley de Hume” es que los valores (el bien) no pueden residir
en el mundo, pues si residen en él dejarían de ser valores, para pasar a ser una parte más
del mundo, osea del conjunto de hechos.
“La ley de Hume” tiene una parte de verdad. Entre el hecho y el valor, hay una
distancia evidente, así como no es menos evidente la heterogeneidad entre las ciencias
positivas y la ética. Pero esta verdad sufre una notable distensión cuando no se admite
otra experiencia de ser (ni otra dimensión del lenguaje) que la constatación de hechos
“brutos” (El agua hierve al alcanzar los 100 grados), ni otro conocimiento de ser que el
proporcionado por las ciencias experimentales.”
Solo a causa de la ilegítima reducción del ser a los hechos, se dice que en el ser, (en los
hechos), no se encuentran valores ni exigencias teleológicas. Cabe decir, por tanto, que
el postulado de Hume está ligado a una concepción mecanicista y determinista de la
realidad propia de la función natural del tiempo de Hume y de Kant, ligada a una
filosofía y a una fase del desarrollo científico hoy ya superada. En este contexto, la
explicación científica sería exclusivamente el modelo de la causalidad material y
eficiente, que omitía toda referencia a la causalidad final.
En efecto, cuando se asuman como premisas descripciones de realidades que no son
estrictamente orientadas, en las cuales, por así decir, el deber, o sea, el fin, está en algún
modo ya inscrito en el ser, o sea, en la estructura del objeto considerado, es
perfectamente legítimo decir que hayan conclusiones de tipo perspectivo en orden a la
acción, es decir, conclusiones que comprendan la indicación de las acciones que se
deben cumplir o evitar para conseguir el fin.
Si el mundo humano es un conjunto de individuos aislados que no se relacionan entre sí
ni con instancias de orden superior, y cada individuo es un flujo de sensaciones,
entonces lo bueno y lo malo no es ni puede ser más que la sensación de placer y dolor,
como si fuésemos simples animales.
A nuestro juicio se debe hacer a la ley de Hume una observación crítica más radical,
porque el supuesto mismo que contempla el paso del ser al deber ser, contiene un
malentendido. Ya hemos explicado que el punto de partida de la ética es la experiencia
moral, que es también experiencia del deber, y no la física o la metafísica. No se pasa al
deber ni desde el ser ni desde ninguna otra parte. La ética es una reflexión sobre el
deber y los juicios de deber vividos por el hombre. El deber no es puesto por la ética, se
pone por sí solo.
El deber se fundamenta en una exigencia encerrada en el ser mismo y lo que se trata de
explicar es precisamente cuál es la naturaleza de esa exigencia contenida en el ser y por
qué el ser contiene normatividad y valor.
La Fundamentación sobre la base de la filosofía del ser y de la
fundamentación trascendental
La filosofía del ser y la filosofía trascendental son dos modos distintos dentro de la
interpretación y fundamentación racional que resultan determinantes para la constitución de
la ética como ciencia filosófica.
Dos puntos de partida análogos:
Fundamentar una realidad es hacer presente su fundamento. En este caso, nos interesa la vida y la
experiencia moral, especialmente los juicios espontáneos de la razón que califican nuestras acciones
como buenas o malas. A estas valoraciones se une un impulso natural a obrar según lo que la razón
aprueba y a evitar lo que rechaza. Aunque el punto de partida pueda variar, hay un denominador
común que permite establecer una comparación válida.
El planteamiento filosófico y realista
La diferencia fundamental entre la filosofía del ser y la filosofía trascendental reside en que
la primera respeta la entera amplitud de la semántica del ser, distinguiendo sus dos
significados y la articulación que existe entre ellos. El ser real es el fundamento del ser
como verdad, mientras que la filosofía trascendental restringe la semántica del ser y lo
considera únicamente como verdad, esto es, en su presencia ante el sujeto cognoscente en
cuanto a tal.
Aquí está la raíz de las divergencias que analizamos a continuación.
Para la filosofía del ser, fundamentar filosóficamente un hecho de experiencia (en este caso
el hecho moral), significa explicar la realidad (la existencia) de tal hecho y la causa de su
realidad o existencia, que algo tiene extra mentem. Hay que explicar fundamentalmente por
qué es y por qué es así y no sólo por qué yo puedo conocerlo. La explicación se desarrolla
por eso en el plano del ser como acto de las cosas en cuanto reales. La filosofía del ser no
olvida la existencia intra mentem de las cosas. Esa existencia es esencial para la moralidad
formal, pero también poco olvida la neta distinción entre los dos sentidos del ser. Una cosa
es el ser como acto existencial, (actus essendi), y otra el ser como verdad, (el verum), o si
se prefiere, el ser en cuanto conocido. La filosofía del ser sostiene a la vez que el ser real es
la causa y la medida del ser en cuanto conocido. La inteligencia humana se conmensura
intencionalmente con el ser real.
El acto de lo conocido en cuanto conocido es la operación cognoscitiva y no el acto de ser,
y en ese sentido se sostiene que ser no equivale a ser percibido, contrariamente a cuanto
defiende el idealismo gnoseológico de Berkeley, ya que el acto por el que algo existe es
distinto del acto por el que algo es percibido.
La filosofía trascendental, en cambio, centra su atención exclusivamente en el ser como
verdad, en el ser en cuanto presente ante la conciencia cognoscente. Recordemos que la
pregunta inicial de la reflexión crítica kantiana no es ¿por qué existen las cosas? ni tampoco
¿cómo se explica su existencia? La pregunta kantiana es ¿cómo son posibles las
matemáticas y la física? Es decir, ¿cómo es posible el saber acerca de las cosas? O, lo que
es lo mismo, ¿cómo son posibles las cosas en cuanto sabidas? Lo que la filosofía kantiana
se propone explicar es el ser sabido de las cosas, no su existencia real.
La tarea que la reflexión trascendental se señala a sí misma consiste pues en explicar las
condiciones de posibilidad del ser objeto conocido. Se trata de explicar cuáles son las
estructuras del espíritu que hacen posible el saber. El método trascendental es una reflexión
sobre las estructuras subjetivas de la posibilidad de la aparición del objeto, natural o moral,
ante la conciencia. Ante la conciencia científica o ante la conciencia moral.
Podríamos decir que el problema de la consideración moral se traslada al problema del
conocimiento, y el problema del conocimiento se traslada al problema de la conciencia. Si
nos volcamos sobre el realismo tomista, la conciencia es un acto de reflexión, no una
cualidad del hombre. Para Tomás, el acto de conocer es un acto de experiencia; la
experiencia es el primer encuentro del hombre con la realidad, que se aparece como
fenómeno, y esta última es abstraída por el hombre, conociendo su esencia real.
Un gran quiebre surge a raíz de la inmanencia de la conciencia, y luego con el
inmanentismo metafísico. Para el nuevo idealismo kantiano, la conciencia es la fuente
constitutiva del ser: es la inteligencia la que determina al ser, y no el ser la que determina la
inteligencia. Las sustancias, entonces, son dependientes del conocimiento propio. Para
Kant, la experiencia es una síntesis constructiva de las formas a priori del entendimiento
con el fenómeno; y el fenómeno, a su vez, es una síntesis de las formas a priori de la
sensibilidad (espacio y tiempo) con el material fenoménico.
Es aquí cuando decimos entonces que el problema de la praxis moral, en el contexto del
inmanentismo metafísico, se convierte en un problema de orden gnoseológico. En una
filosofía como la kantiana, donde lo único accesible al conocimiento es lo que se halla en la
inmanencia de la conciencia, el valor moral no puede conocerse como algo dado en la
experiencia, ni como una propiedad objetiva de los hechos o las acciones. Así, el juicio
moral no se fundamenta en un conocimiento empírico del bien, sino que se deriva de una
estructura racional a priori.
Dado que la ética es, en sobre todo, una experiencia vivida por el hombre en su actuar
concreto, y luego objeto reflexión especulativa, Kant tuvo que encontrar un fundamento
que permitiera justificar la validez universal y objetiva de los juicios morales sin recurrir a
una instancia trascendente. Es en este contexto que el imperativo categórico aparece como
una ley moral formal, inscrita a priori en la razón práctica, que permite al sujeto legislar
moralmente desde su interioridad, con independencia de cualquier contenido empírico y
esencial.
El inmanentismo es propio del gnosticismo. El conflicto surge cuando la fundamentación
gnoseológica se convierte sin más en la única fundamentación filosófica. Afirmar la
inmanencia de la conciencia es un error, pues la conciencia no puede trascenderse a sí
misma. El primer error está en sustancializar la conciencia, identificándola con el espíritu,
cuando en realidad la conciencia es un acto. Los actos psicológicos no pueden trascender al
sujeto. Y el segundo error está en no entender lo que son los actos intencionales: la
intencionalidad es la estructura por la cual voluntad cognoscente se dirige
constitutivamente hacia otra cosa (un bien aparente), distinta del sujeto.
Algunas consecuencias ético-antropológicas
Dentro de la filosofía trascendental, el espíritu humano no debe ser explicado ni
fundamentado, porque es precisamente el espíritu humano, (y sus estructuras a priori),
aquello que fundamenta y explica las cosas (en cuanto sabidas: el saber). En este sentido,
Kant, para quien la naturaleza significa formalmente la legalidad de los fenómenos
espaciotemporales, dirá que el entendimiento humano produce y domina la naturaleza
formaliter spectata.
Se dibuja así el dualismo entre naturaleza y espíritu, o entre naturaleza y persona. La
naturaleza es lo fundamentado por el espíritu, (en plano del significado). El espíritu y la
persona es lo que fundamenta y da sentido a la naturaleza. El hecho de que en el hombre
deba reconocerse la existencia de un elemento natural, cuyo sentido y leyes serán
esclarecidas por las ciencias positivas (biología, psicología, etc.), no podrá no desembocar
en una consideración dualista del ser humano. Para la filosofía trascendental carecerá de
sentido hablar de una ley moral natural.
¿Por qué el método trascendental?
La filosofía trascendental representa la respuesta de Kant al idealismo gnoseológico y al
escepticismo teórico en el que desembocó, especialmente con Berkeley y Hume, la
interpretación empirista de la realidad.
La reflexión trascendental kantiana subraya con energía y eficacia la existencia y el carácter
absoluto e incondicionado del valor moral, pero lo hace a costa de perder la unidad de la
visión filosófica del mundo y del hombre.
La duplicación de mundos, mundo sensible y mundo inteligible, es para Kant la condición
de posibilidad de la existencia de la libertad y de la moral.
La Fundamentación última
En el campo de la ética, la filosofía del ser considera que la capacidad del hombre de
regular moralmente su conducta se explicará en último término como la participación
propia del ser racional, creado a imagen y semejancia de Dios, en el orden y en proyecto
finalizador de la inteligencia creadora.
El nexo participativo natural entre la inteligencia humana y la inteligencia divina se
establece fundamentalmente por dos canales. 1) Los primeros principios morales captados
por el hábito intelectual llamado sindéresis y 2) La naturaleza de la persona humana en su
totalidad psicofísica, que es vista como regulada por la inteligencia creadora y por
consiguiente como dotada de racionalidad moral y de indicaciones normativas.
Hemos dicho que la razón práctica humana participa del orden y del proyecto finalizador de
la inteligencia creadora. En una palabra, la creación del hombre, en cuanto obra de
inteligencia y el amor de Dios, es también finalización.
Con otras palabras, lo que Dios ha querido con la creación no es solo lo que la persona ya
es, sino la completa realización del destino personal, la plenitud de la persona que ha
colmado la infinita aspiración de conocimiento y amor puesta en ella por el acto creador.
De modo, la persona humana en su cualidad de imagen está llamada ser partícipe de la obra
creadora.
El fin de la criatura solo puede ser obtenido por ésta como término del recto despliegue de
su actividad natural, el obrar como despliegue del ser, que en el caso del hombre es
actividad libre.
La reflexión trascendental, desarrollando coherentemente su planteamiento inicial, ve la
condición de posibilidad última de la moralidad en una estructura particular del espíritu,
distintas de las que hacen posibles las esencias naturales. Se trata concretamente de la
estructura inmanente de la voluntad (o razón práctica) que el hombre posee en cuanto sujeto
inteligible (hombre nuoménico, al que se tiene acceso sólo por la reflexión trascendental).
Es la estructura que Kant designa como autonomía de la voluntad y que consiste en el
hecho de que la razón humana es inmediatamente práctica (práctica en cuanto razón pura,
sin la mediación de la apertura al ser y a su fundamento), siendo esta capacidad práctica
imparticipada y completamente incausada.
La Fundamentación Fenomenológica
La fenomenología puede ser entendida de dos formas, como un método abierto a una
ulterior fundamentación metafísica y como una forma de ser de fundamentación filosófica
alternativa a la filosofía del ser. Si se la entiende como un método propedéutico abierto a la
fundamentación metafísica, es decir, si se la concibe como un instrumento descriptivo y
analítico de la experiencia moral, utilizando de modo que pueda preparar y hacer más
comprensible la ulterior fundamentación metafísica, la fenomenología es de gran utilidad y
eficacia. Se ha dicho que la ética tiene su punto de partida en la experiencia moral, que en
cierto sentido es experiencia de valor. Esto equivale a decir que la fenomenología, siempre
y cuando no sostenga la separación entre ser y valor, constituye un momento necesario de
la ética filosófica. Pero un momento que ha de ser completado, si la fenomenología se
entiende como método de fundamentación filosófica alternativo al de la filosofía del ser,
plantea un problema bastante complicado.
Se comprende fácilmente la idea fenomenológica de fundamentación filosófica
comparándola con la kantiana. Max Scheler, por ejemplo, se muestra de acuerdo con Kant
en la necesidad del apriorismo para fundamentar la moral y, por consiguiente, en la
completa separación de ser y valor. También, para Scheler, la ética se fundamenta con
independencia de la reflexión metafísica.
Para Max Scheller, el apriorismo es el contenido propio de un contenido particular de la
experiencia. O sea, la experiencia fenomenológica, entendida como intuición de esencias.
El a priori ético de Scheller es pues material, es el contenido significativo, un eidos o
esencia ideal. Está constituido en el campo de la ética por los valores que son auténticas
cualidades objetivas alcanzadas intuitivamente (de manera directa, sin mediación de
concepto o de representación alguna) por la intencionalidad de los sentimientos espirituales,
especialmente por el amor y por eso son dados de modo previo independiente al
conocimiento racional de las cosas y de los bienes del mundo (experiencia inductiva). Los
valores constituyen el fundamento apriorístico material de la ética.
Según Max Scheller, existen valores objetivos y valores morales. Aquellos se nos dan como
ocupando un puesto más alto o más bajo en una escala jerárquica. Los valores objetivos
son, yendo de los más bajos a los más altos, los valores sensibles, (lo agradable y lo
desagradable), los valores de la percepción afectiva vital (valores vitales), los valores
espirituales (estéticos, jurídicos y filosóficos). Y por último, los valores religiosos (lo
santo). Los valores morales, por el contrario, no tienen un contenido objetivo propio, por lo
que quedan afuera de la escala anterior. El valor de lo bueno se nos da en la experiencia
cuando la persona se orienta hacia el valor objetivo que se nos da como más alto. Mientras
que lo malo está en preferir un valor objetivo más bajo a uno más alto. Es bueno, por
ejemplo, anteponer lo espiritual a lo vital. Es malo anteponer lo agradable a lo espiritual. El
valor moral no puede ser, según Scheller, fin de la obra, sino que surge como a las espaldas
de la acción. La razón es ésta. El valor moral no tiene una materia propia, sino que surge en
la experiencia emocional con ocasión de la realización de valores objetivos. Si
pretendiéramos directamente la realización de lo moral, no nos interesarían verdaderamente
los valores objetivos por sí mismos, sino parecer como buenos ante nosotros mismos.
La ética como un saber fundamentado en la experiencia fenomenológica de los valores es
un saber dotado de base experiencial (fundamentado en los contenidos de la experiencia
fenomenológica), pero no es una ciencia, ni menos aún una ciencia empírica. Tampoco es
un saber fundamentado en el ser, porque la fenomenología entiende por ser lo fáctico
existencial, el conjunto de los hechos más o menos contingentes de que se ocupan las
ciencias naturales. Mientras que la ética filosófica sería un saber de esencias,
verdaderamente a priori respecto a toda la experiencia no fenomenológica.
Detengámonos un poco para entender el sentido que la separación entre valor y ser tiene en
la fenomenología. Scheller y también von Hildebrandt captan algo verdadero. El valor no
puede reducirse a lo fáctico. Una cosa es lo que sucede y otra cosa es lo que debe suceder.
Que muchos se comporten de un cierto modo no significa que tal comportamiento sea justo.
Lo que es justo no deja de serlo porque nadie lo cumple. Lo que debe ser no pierde su valor
porque de hecho no llegue a ser. Una cosa es el hecho y otra cosa es el derecho (Questio
facti y questio iuris). Pero en su intento de superar el racionalismo y el positivismo Scheller
establece una separación indebida entre lo esencial y lo actual (Existencial), según la cual el
acto de ser (reducido a simple factum), es indiferente respecto al plano de lo eidético y
esencial. En algunas de sus obras Scheller intentará atenuar ese dualismo. Pero el dualismo
se repropone desde el momento en que el concepto de ser en general se debe someter a la
epojé, la modalidad de la existencia real, para quedarnos solo con el eidos esencial. Al
separar lo puramente eidético y lo puramente óntico, factico, se pierde lo ontológico. La
ligazón real y concreta entre esencia y ser.
Digamos que la fundamentación fenomenológica retrotrae la frase del Eclesiastés "no hay
nada nuevo bajo el sol", Husserl y, posteriormente, Scheler retoman el problema del
inmanentismo metafísico y la necesidad de una estructura a priori que fundamente la
validez del conocimiento fenomenológico. En Husserl, esta necesidad se expresa en la
constitución del yo puro, una instancia trascendental que garantiza la posibilidad de la
experiencia mediante actos intencionales. En este sentido, su planteo guarda un paralelismo
con el inmanentismo kantiano, en tanto ambos reconocen que el acceso al mundo se da
mediado por estructuras internas al sujeto.
Scheler, aunque intenta ir más allá de los límites del formalismo kantiano y de la
fenomenología trascendental de Husserl, no logra desprenderse del todo de este marco
gnoseológico, marca un dualismo ontológico. Su noción de intuición del eidos —una
aprehensión directa de las esencias y los valores— pretende superar la clausura del sujeto
propio del noúmeno kantiano. Sin embargo, Scheler no se entrega completamente a la
abstracción idealista de esencias puras, sino que mantiene una tensión entre la inmediatez
fenomenológica y la objetividad de lo intuido, lo que revela que el problema del
inmanentismo sigue operando en su pensamiento, aunque en una forma más matizada.
3- PRINCIPALES ASPECTOS DE LA METODOLOGÍA
ÉTICA
Es prudente, para proseguir con el tema hacer la siguiente pregunta: ¿Cómo se obtienen los
principios éticos?
Es preciso distinguir los primeros principios prácticos. La luz fundamental y el horizonte de
sentido de toda actividad de la razón práctica son el fruto de un conocimiento habitual, es
decir, los poseemos por el hábito de los primeros principios morales llamados comúnmente
sindéresis. Otros principios de alcance más restringidos, pero que pueden ser fundamentales
para un determinado ámbito de la conducta (para la ética económica o para la ética de la
sexualidad, por ejemplo), se obtienen siempre sobre la base de los primeros principios a
través de la inducción filosófica (distinta de la utilizada por la ciencia positiva). El
momento aplicativo de la metodología ética presupone pues una base intelectual (primeros
principios) y otra experimental (la inducción filosófica).
Los primeros principios morales giran en torno a la noción de bien, la expresión
enjuiciadora de estos principios (bonum faciendum, malum vitandum, etc.) nos dan una
idea adecuada de su naturaleza. No son un juicio más, sino que representan, en un nivel
muy superior al de la operación judicativa, la constitución misma de la razón humana como
razón práctica, la luz en la que todo objeto práctico se hace visible en cuanto práctico.
Decimos debido a esto que el proceso inductivo pasa de lo pasajero de las sensaciones
exteriores a la estabilidad de la memoria y de la multiplicidad de los recuerdos al
significado de una experiencia y de la diversidad de experiencias a la presencia común de
un mismo significado esencial.
Señalamos por último que en el lugar más arriba citado del comentario de la ética
Nicómaco de Aristóteles, Santo Tomás de Aquino, estima que la ética debe proceder de
forma figurada o verosímil, significa esto que el razonamiento ético se dirige a hombres
libres que sienten tanto el atractivo del bien como de lo que aparece como bueno (bien
aparente). El razonamiento ético no solo debe ser objetivamente válido sino que debe ser, o
también parecerlo, debe ser persuasivo, esto exige una fina sensibilidad hacia las
condiciones subjetivas de los oyentes y constituye sin duda un reto para los que cultivan la
ciencia moral. Esa deseable sensibilidad hacia las condiciones de los oyentes no debe
olvidar sin embargo que una norma ética sí expresa la verdad sobre el bien de la persona,
tiene valor por sí misma y no en virtud de un acuerdo negociado con nuestros
interlocutores, es posible y deseable una búsqueda colectiva de la verdad. Pero querer
fundamentar en el consentimiento colectivo normas válidas en sí mismas es un proyecto
contradictorio, las normas éticas o tienen valor en sí o por sí mismas, por su verdad, o
tienen valor en virtud del mutuo acuerdo, la ética busca la verdad y no solo la persuasión, la
sola persuasión es el objeto de la retórica.
Relación de la ética con otros saberes
1) ÉTICA Y PSICOLOGÍA:
La psicología estudia la facultad es humanas y sus operaciones así como las condiciones y
móviles que explican su funcionamiento.
Realidades estudiadas por la psicología como las acciones libres los hábitos o los
sentimientos son también objeto de la ética. A su vez fenómenos típicamente Morales como
el remordimiento o la conversión posee una dinámica psicológica
La ética presupone y necesita conocimiento que son la psicología puede proporcionar de
manera científica
Ética y psicología tienen objetos Morales diversos:
Psicología: Estudia la naturaleza y génesis de los actos libres desde el punto de vista de sus
leyes naturales
Ética: Estudia las acciones libres en cuanto necesitadas de una ordenación racional bajo
leyes éticas
En virtud en virtud de la diversidad de objetos formales sería ilegítimo que la psicología
tratase de dominar o de absorber a la ética reduciendo la legalidad moral a la puramente
psicológica
Las interpretaciones psicologistas terminan fácilmente por negar la originalidad de los
hechos Morales
Al establecer criterios normativos la ética debe prestar atención a lo que la psicología dice
acerca del ser del hombre. El moralista no puede ignorar el influjo de las pasiones, la
existencia de fuerzas y mecanismos inconscientes, etc. Ignorarlos sería formular una ética
abstracta y desencarnada (como la ética kantiana del deber por el deber)
Las relaciones entre psicología y ética se ven turbadas por diversos motivos:
- El dualismo antropológico
- La concepción del psiquismo humano de manera determinista, mecanicista
propuesta por las ciencias positivas post-kantianas. Y la promoción de la
explicación científica como la determinación de conexiones necesarias entre
fenómenos que permitan predecir y curar
- La tendencia metapsicológica de generar una teoría explicativa general de origen
filosófico-antropológico
Existe también un problema en el fondo de todas estas dificultades:
Es la tendencia a elaborar una antropología dualista cuando en realidad el hombre es un ser
unitario pluridimensional, unidad de materia y espíritu
Las ciencias positivas descomponen analíticamente las diversas dimensiones de la persona,
y las estudian por separado. Si esta separación metodológica no se encuadra en una
antropología integral, subordinándose a ella, se corre el riesgo de dar múltiples
explicaciones parciales que pierden la unidad y la integridad específica de la persona
humana en cuanto tal. El problema se agrava en la medida en que estas concepciones
parciales formulan criterios prácticos sobre el comportamiento humano.
Vitalismo: Nietzche y Freud
Cuando una determinada perspectiva es tenía como la fundamental para la comprensión de
la realidad tal punto de vista se eleva ipso facto al rango de perspectiva filosófica
propiamente dicha.
Tanto Nietzche como Freud llegaron a la conclusión de que solo la ciencia psicológica de
las pulsiones vitales de nuestro psiquismo puede desarrollar la función de interpretar y
aclarar de forma general el sentido de la realidad humana. La posición de Freud y Nietzche
podría considerarse como negadora de la validez de las exigencias morales
Detrás de lo que se presenta como obligación no hay más que una ilusión un error o un
engaño y bastaría conocer las causas y condiciones que generan el sentido del deber para
advertir su carácter ilusorio y real, en ambos casos los fenómenos Morales nacen y no
tienen otro sentido que la represión de una realidad fundamental de carácter pulsional: la
voluntad de Nietzche y la libido de Freud
Hasta el siglo XIX la Phisis (se traduce como naturaleza, se relaciona con el orden natural
de las cosas) del deseo está siempre asumida por el Ethos (se refiere al carácter o
costumbre, en un sentido más amplio, a los valores normas y principios que rigen el
comportamiento humano) y modulada por él a beneficio de una culminación en plenitud
del ser humano que no viene nada en términos de mera phisis.
En la primera mitad del siglo XIX la phisis del deseo deja de tener como destino su propia
superación en el ethos, y el ethos mantiene su vigencia solamente como forma legal, es
decir, queda reducido a phisis y disuelto en ella
Al absolutizar la perspectiva psicoanalítica, Freud sobrepasa el ámbito científico y asienta
de manera dogmática una tesis propiamente filosófica.
Freud ofreció útiles instrumentos para un estudio adecuado del nacimiento y de la
consciente estructuración de fenómenos religiosos y moral poniendo en manifiesto los
conflictos que comprometen su autenticidad. En esta operación Freud no solo pretende
decir la última palabra acerca de la religión sino que sucumbe ante instancias fenomenistas
y naturalistas que deberían ser rigurosamente demostradas. Si las representaciones en
general tienen una correspondencia más afectiva que real ¿Cómo ocurre eso con toda
ciencia menos con la psicoanalítica? ¿Cómo es posible que la mera constatación consciente
resuelve un equilibrio de tipo orgánico?
Por lo antes mencionado es que no encontramos para suficientes de que el material analítico
empleado por ambos autores pueda justificar taxi materialista adoptada como Punto de
partida
2) ÉTICA Y SOCIOLOGÍA:
La ética y la sociología coinciden en parte de su objeto material (que es la ética social) pero
difieren en su objeto formal
La sociología positivista describe y clasifica los hechos sociales mediante métodos
empíricos pero queda fuera de sus posibilidades metodológicas establecer lo que los
hombres deben hacer
La novedad de la sociología del siglo XIX estriba principalmente en el método. A partir de
Comte la sociología se concebirá como una ciencia positiva.
El hombre en su ser es naturalmente sociable por lo que se debería admitir que el objeto de
la sociología no es la esencia del hombre o la sociedad, sino el modo en que él se relaciona
por el hecho de ser “en relación con”
Pero entonces ¿No tomamos la consideración necesaria de la esencia de la sociología? No,
ya que centrar la atención en el estudio de fenómenos interrelacionados no significa ignorar
la esencia de las relaciones y los sujetos sociales, al contrario, es propio una correcta
fenomenología permanecer abierta al discurso sobre las esencias aunque estas sean
captadas en otro ámbito cognoscitivo
3) ÉTICA Y METAFÍSICA:
Existen dos sentidos para usar el término metafísica:
Un modo general de conseguir y plantear la fundamentación filosófica, se refiere a la
filosofía del ser. La metafísica es también una de las disciplinas filosóficas, concretamente
la que Aristóteles llamada “filosofía primera”
De las relaciones de la ética con la metafísica tomada en este segundo sentido es de lo que
vamos a tratar ahora: “La filosofía del ser opera la fundamentación ultima de la Ética con
algunos conocimientos ya establecidos por la Metafísica” En este sentido es que podemos
decir que la Ética mantiene relaciones estrechas con la Metafísica.
“Es importante aclarar qué significado tiene la relación de la ética con la metafísica, no nos
parece sostenible la opinión de quienes piensan que el bien es formalmente idéntico al ser.”
En este último párrafo no puedo estar más en desacuerdo con el autor: ya que ser y bondad
son formalmente la misma cosa.
¿Por qué es verdadero afirmar que el ser y la bondad son formalmente la misma cosa?
Ambos (ser y bondad) expresan distintas maneras de decir la misma cosa: la plenitud del
ser. Luego, afirmamos que se convierten o equivalen. Lo que es, en tanto que es, es
verdadero, es bueno y es perfecto en algún grado. Ya que el ser, en tanto cognoscible, es
verdadero. En tanto apetecible, es bueno.
Evidentemente ser y bondad se diferencian materialmente, como conceptos, como maneras
de expresar cualidades distintas de la misma cosa. Sin embargo cabe hacer ahora una
distinción no menos importante entre Ética y Metafísica, ya que pueden surgir
malentendidos al entender la equivalencia entre ser y bondad.
En la Ética a Nicómaco Aristóteles nos enseña que “El bien y el ser se dicen en las mismas
cosas” sin embargo si ser y bien se convierten o equivalen entonces podríamos llegar a
confundir la bondad con el obrar o el ser. Esta confusión resulta de no hacer la
correspondiente distinción entre el bien lógico del bien ontológico.
Breve cuadro de las posiciones sostenidas por los diversos autores y las instancias que las
inspiran:
1) La negación de la conexión de la Ética con la Teología natural corresponde a varias
instancias:
La negación de la posibilidad de un conocimiento racional de Dios, posturas ateas o
agnósticas
La completa autonomía de la Ética y del orden moral respecto del orden ontológico
Dos posibles desenlaces:
A- Una Ética sin Teología Natural, pero que tampoco postula una exclusión formal
del momento teónomo.
B- Una Ética sin Teología Natural, pero abierta al conocimiento de Dios
2) Diversos modos de concebir la fundamentación teónoma de la Ética:
a) Los que creen que toda la moral gira en torno al concepto de ley como expresión
preceptiva de la majestad divina: todo el contenido de la moral es determinado
imperativamente por Dios.
b) El voluntarismo de Okham: hace consistir la esencia de lo moral en la absoluta y
arbitraria voluntad de Dios. No existe bondad ni maldad intrínseca.
Estas dos orientaciones establecen una conexión necesaria entre la Ética y la
revelación. La voluntad de Dios constituye el fundamento mismo de la Moral y la
adecuación de nuestra voluntad con el ordenamiento divino es la misma esencia de
lo moral. Por lo tanto, sin un verdadero conocimiento de la revelación queda
imposibilitada la experiencia de lo moral.
3) Los filósofos que se mueven dentro del contexto de la filosofía del ser aceptan un
planteamiento básico común, a partir del cual llegan a soluciones concretas diversas.
Estos autores admiten que el comportamiento humano tiene una moralidad
intrínseca dotada de una estructura racional comprensible, a partir de la experiencia
moral y cuyo fundamento ultimo esta en Dios.
Las opiniones suelen dividirse entre 2 caminos:
a) Esa estructura racional es el origen inmediato de la obligatoriedad moral con
que el dictamen de la recta razón se presenta ante la persona
b) Esa obligatoriedad solo está suficientemente justificada si el dictamen de la
razón humana es visto como una participación creada de la razón divina
4) ÉTICA Y ANTROPLOGÍA:
Las normas éticas responden al bien de la persona humana en cuanto tal, expresan lo que para
ella es verdaderamente bueno. La justificación de estas normas depende por tanto del
conocimiento de lo que es bueno para el hombre. Y ciertamente, no podemos decir que algo es
apetecible para otro sin el conocimiento previo de: el bien y aquello que apetece ese bien.
Teniendo en cuenta que la pregunta ¿Qué es el bien? ya es tratada por la Ética y la Metafísica,
nos resta entonces por tratar acerca de aquello que apetece ese bien, es decir, el hombre (de
una forma análoga). La ciencia que se encarga de responder a la pregunta ¿Qué es el hombre?
no es otra que la antropología, y de esta manera ética y antropología están relacionadas, la
ética como ciencia encargada del conocimiento del bien, y la antropología como ciencia
encargada del conocimiento del hombre. Por lo tanto, la relación entre Ética y Antropología es
análoga a la existente entre bien y hombre.
5) ÉTICA FILOSÓFCIA, ÉTICA TEOLÓGICA Y ÉTICA CRISTIANA:
Trataremos primero de las relaciones entre Ética Filosófica y Ética Teológica. De ese estudio
surgirá el problema de la Ética cristiana, de la que hablaremos en un segundo momento.
Distinción entre ética teológica de ética filosófica:
La ética estudia con la luz de la razón las exigencias morales propias de la persona humana,
creada a imagen y semejanza de Dios. La ética teológica tiene en cuenta la existencia de
nuevos principios operativos intrínsecos, de una nueva ley y de nuevos medios positivos. Por
lo tanto, la misma distinción entre razón y fe es la existente entre ética filosófica y ética
teológica.
Sin embargo, no se puede hablar de razón y fe como categorías completamente diversas, sino
que es más propio el decir de razón y razón enriquecida por la fe. Es decir, la reflexión
teológico-moral puede asumir todas las verdades éticas que la razón puede encontrar por sí
misma, de suerte que la relación entre ética filosófica y teológica es la misma que la de lo
incompleto hacia lo completo.
Por todo lo anteriormente mencionado es que decimos que el estatuto de una ética puramente
filosófica es problemático, todo radica en el valor de la filosofía moral, que imperfectamente
trataría de hacerse cargo de todas las condiciones reales de la actividad humana que debe
ordenar. No podría alcanzar un enfoque verdaderamente holístico de la persona humana al
descuidar su dimensión más importante. No podría alcanzar, al menos no de forma completa,
una ordenación a la plenitud a la que el hombre ha sido destinado por Dios.
Pasamos ahora al concepto de Ética cristiana ¿Puede existir, al menos en la cultura occidental,
una ética no cristiana? Entendiendo por tal una ética que no sea deudora de los valores
introducidos en la cultura occidental por el cristianismo. La respuesta es que no, ya que aun en
aquellos lugares en donde la razón misma y los valores humanos parecen haber bastado para
guiar de manera eficiente al hombre hacia el bien, sigue siendo verdad que ha sido necesaria
una acción del cristianismo sobre la cultura pre cristiana para que se hiciese sensible hacia
valores, valores que allí en donde la acción cristiana apostólica no se ha hecho presente
tienden a desaparecer.
Distinción entre ética cristiana y teología moral:
Ética cristiana: es una pura investigación filosófica y no introduce ningún argumento
inaccesible a nuestro lumen naturalae, es una reflexión acerca de una vida moral, una cultura,
una sociedad etc. que son consecuencia de la aceptación y práctica de la fe por parte de los
hombres.
Teología Moral: se presupone la fe y la argumentación se incluye a la verdad revelada que
sobrepasa nuestra razón, presupone el ejercicio de la fe por parte de quien la elabora.