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El Corazón Más Bello Del Reino

El primer capítulo de 'El Corazón Más Bello del Reino' presenta a Eislind, la hija de Blancanieves y el príncipe Florian, quien vive en el reino de Wolkensberg y siente una atracción por un joven cazador en el enigmático Bosque de los Espejos. Este bosque, lleno de dualidades, alberga tanto belleza como peligros, con criaturas oscuras que acechan en sus sombras. A pesar de las advertencias de su familia sobre los horrores que pueden surgir del lado oscuro del bosque, Eislind siente una curiosidad irresistible por los secretos que esconde.

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El Corazón Más Bello Del Reino

El primer capítulo de 'El Corazón Más Bello del Reino' presenta a Eislind, la hija de Blancanieves y el príncipe Florian, quien vive en el reino de Wolkensberg y siente una atracción por un joven cazador en el enigmático Bosque de los Espejos. Este bosque, lleno de dualidades, alberga tanto belleza como peligros, con criaturas oscuras que acechan en sus sombras. A pesar de las advertencias de su familia sobre los horrores que pueden surgir del lado oscuro del bosque, Eislind siente una curiosidad irresistible por los secretos que esconde.

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“El Corazón Más Bello del Reino”

Capítulo 1: El Amanecer de un Corazón

El sol se alzaba perezosamente sobre el reino de Wolkensberg , perforando la niebla matutina


que se cernía como un velo sobre el paisaje. El aire, impregnado del aroma de musgo y tierra
húmeda, susurraba secretos de tiempos antiguos a quien tuviera oídos para escuchar. En un
rincón alejado de “El Bosque de los espejos”, la vida de Eislind, la hija de Blancanieves y el
príncipe Florian, comenzaba a tomar un giro inesperado.

Eislind, de dieciocho años, era poseedora de una belleza que desafiaba la fragilidad de su edad.
Su piel, blanca como el más puro alabastro, contrastaba con el rebelde cabello negro que caía
en ondas sueltas alrededor de su rostro. Los ojos de Eislind reflejaban la profundidad del agua
helada y de la nieve de esas frías tierras alemanas, un azul intenso que parecía absorber la luz
misma, y en su mirada había una mezcla de maravilla e inseguridad que solo un corazón joven
podía comprender.

Había algo en su andar que parecía estar en sintonía con la naturaleza misma. Cada paso que
daba resonaba con la cadencia del bosque; las hojas susurraban su nombre y los pájaros la
seguían en un canto melodioso. Sin embargo, un peso latente se asentaba en su pecho, un
deseo ferviente que sólo ella conocía y que la llenaba de confusión. La atracción por el joven
cazador real, un muchacho de ojos como el bosque y sonrisa que encendía su corazón, era un
fuego que ardía en su interior.

Eislind había seguido a su madre, Blancanieves, en sus andanzas por los senderos del bosque,
aprendiendo a reconocer los tipos de flores silvestres y a conversar con las criaturas del lugar.
Sin embargo, este consejo infalible no la preparó para los sentimientos que germinaron en ella
por el cazador, quien se encontraba a menudo en el claro, lanzando flechas con una destreza
que encandilaba. Cada vez que el joven cazador ascendía su arco, la niña se sentía como la
protagonista de un cuento de hadas, atrapada entre la reverencia y el temor de ser descubierta.

El Bosque de los Espejos, en dónde Eislind caminaba junto a su madre, sus límites eran inciertos,
y los aldeanos susurraban que es un reino aparte, donde las leyes del tiempo y la naturaleza se
retuercen como ramas entrelazadas.

Cuando una persona penetraba en el bosque, la niebla lo envolvía como un abrazo gélido. Era
una niebla densa, impenetrable, que ocultaba los senderos y distorsionaba las formas. Los
árboles, altos y retorcidos, emergían de la bruma como guardianes silenciosos. Los pájaros
apenas se atrevían a cantar aquí; sus trinos se desvanecían en la neblina antes de llegar a los
oídos humanos. Los viajeros temían perderse en esta parte del bosque, pues dicen que aquellos
que se extravían quedan atrapados en un eterno crepúsculo, vagando sin rumbo.

Pero, como si el destino quisiera equilibrar la balanza, el Bosque de los Espejos también
albergaba un rincón soleado y esperanzador. Al cruzar una invisible línea, la niebla se disipa
como un sueño al despertar. Aquí, los rayos del sol penetraban entre las hojas, creando un tapiz
de luces y sombras en el suelo. Los arroyos murmuraban melodías cristalinas, y las flores
desplegaban sus pétalos hacia la luz. Es un lugar donde los corazones cansados encontraban
alivio, y los secretos se desvanecen bajo la caricia del sol.

En el centro del bosque, un antiguo manzano se alza como un testigo de los tiempos. Sus ramas
retorcidas sostienen manzanas rojas y verdes, y se dice que cada una de ellas tiene un
propósito: la manzana roja otorga sabiduría, mientras que la verde concede esperanza. Los
habitantes del reino vienen a este árbol en busca de respuestas, dejando ofrendas y plegarias.

El invierno en Wolkensberg era implacable, cubriendo el reino bajo una capa de hielo y nieve
que parecía absorber todo calor. Las montañas que rodeaban el castillo, altas y majestuosas, se
alzaban como gigantes de piedra, sus picos envueltos en niebla perpetua. El viento gélido
soplaba a través de los valles, llevando consigo el lamento de almas perdidas, o al menos eso
creían los aldeanos, quienes rara vez se atrevían a salir después del atardecer. El cielo gris se
extendía como un manto de plomo, y los días se fundían en noches interminables, donde el
crepitar de los troncos en la chimenea era el único consuelo contra el frío que invadía hasta los
huesos.

El Bosque de los Espejos en invierno adquiría un aire particularmente ominoso. Los árboles,
altos y retorcidos, semejaban manos esqueléticas que se alzaban hacia el cielo, buscando
aferrar cualquier rayo de luz que se atreviera a cruzar la espesa bruma. Los troncos estaban
cubiertos de musgo negro, resbaladizo y húmedo, y las hojas marchitas crujían bajo los pies
como susurros de advertencia. Los caminos se volvían invisibles, consumidos por la niebla, y
cualquiera que se adentrara más allá de lo permitido corría el riesgo de perderse para siempre.
Criaturas demoníacas poblaban este lado oscuro del bosque. Uno de los más temidos era el
Erlkönig, un espíritu ancestral que acechaba en las noches más frías. Se decía que este rey de los
elfos oscuros emergía de la niebla con sus ojos brillando como brasas encendidas, montado en
un caballo negro como el azabache. Su risa resonaba entre los árboles, y los viajeros que lo
escuchaban sentían cómo su vitalidad era drenada lentamente, hasta caer muertos por el frío.
Nadie había visto su rostro completo, pues siempre estaba envuelto en un velo de sombras,
pero sus manos huesudas y susurros seductores eran inconfundibles. Él atraía a los incautos
con promesas de refugio y calor, solo para arrebatarles la vida.

Otra criatura que aterrorizaba a los aldeanos era la Nachzehrer, un espíritu vampírico que
vagaba entre las tumbas cubiertas de escarcha, devorando las almas de aquellos que morían sin
paz. Se decía que su aliento podía congelar el alma misma, y sus ojos, vacíos y negros como el
carbón, buscaban constantemente a los vivos para alimentarse de su miedo. En las noches de
luna nueva, su presencia era advertida por los cuervos que graznaban con desesperación, y el
sonido de sus pasos, arrastrando las hojas secas del invierno, indicaba que la muerte caminaba
cerca.

El espíritu de la Perchta, una vieja bruja del folclore germánico, también deambulaba por el
bosque. Con su rostro deformado y cubierto por un velo sucio, arrastraba una capa de ropas
viejas mientras buscaba a niños perdidos o viajeros que se hubieran atrevido a cruzar el bosque
después de la medianoche y sin permiso. Perchta castigaba con violencia a quienes no seguían
las antiguas tradiciones, abriendo sus vientres y llenándolos con piedras y paja, dejando que
murieran lentamente. Su risa aguda perforaba la calma invernal, y su sombra se movía con
rapidez entre los árboles, apareciendo y desapareciendo como un mal presagio.

Con la llegada de la primavera, el reino de Wolkensberg experimentaba un cambio. Los días se


alargaban y las nieves comenzaban a derretirse, revelando prados llenos de flores silvestres que
se asomaban tímidamente bajo los últimos restos de hielo.

Sin embargo, el Bosque de los Espejos seguía siendo un lugar de dualidades. Aunque los
primeros rayos de sol conseguían abrir brechas entre las ramas, la oscuridad nunca se retiraba
por completo. La frontera entre lo luminoso y lo tenebroso era más clara, pero también más
engañosa.

En esta estación, criaturas más pequeñas y tiernas se asomaban en el lado luminoso del
bosque. Ciervos de pelaje suave, acompañados de sus crías, se movían con gracia entre los
claros iluminados, pastando en los pequeños brotes verdes. Los conejos de orejas largas
saltaban entre los matorrales, mientras los petirrojos y ruiseñores llenaban el aire con trinos
melodiosos que parecían absorber toda la tristeza. Las mariposas revoloteaban en parejas,
danzando con el viento suave que cargaba el aroma de las flores recién abiertas.

Sin embargo, en contraste con esta serenidad, los espíritus demoníacos del lado oscuro del
bosque continuaban acechando. Las Waldgeister, o "espíritus malignos del bosque", con sus
figuras informes y rostros vacíos, vigilaban en las sombras. Estos seres podían cambiar de forma
a voluntad, transformándose en niebla o asumiendo el aspecto de animales para confundir a los
viajeros y llevarlos a la muerte. A veces, se les veía reflejados en los espejos naturales del
bosque, como si intentaran penetrar el mundo de los vivos.

Más profundo aún, bajo el manto del bosque oscuro, moraban las Alraune, criaturas nacidas de
mandrágoras y manzanas podridas y envenenadas por el sufrimiento de aquellos que habían
muerto injustamente. Las Alraune eran malévolas y vengativas, y se decía que sus raíces podían
atrapar a los vivos y absorber su vida lentamente, dejando sus cuerpos desecados. Estas
criaturas se movían lentamente bajo la tierra, pero sus gritos eran insoportables para aquellos
lo suficientemente desafortunados como para escucharlas.

Mientras que los animales inocentes del lado luminoso huían de cualquier peligro, las criaturas
del lado oscuro buscaban con ansias nuevas víctimas. Los espíritus cazadores de la noche, o
Nachtjäger, descendían en bandadas, volando en silencio con sus enormes alas negras. Eran
conocidos por capturar a los animales más pequeños, devorándolos en las sombras antes de
que el amanecer pudiera tocarlos. Incluso los aldeanos más valientes evitaban aventurarse en
esta parte del bosque en primavera, ya que la belleza de la estación era solo una ilusión,
encubriendo los horrores que acechaban en las profundidades.

Eislind sentía el peso de estos secretos cada vez que caminaba por los senderos del Bosque de
los Espejos. Aunque amaba el lado luminoso, con sus suaves criaturas y la paz que brindaba,
sabía que el otro lado, oscuro y corrupto, siempre estaba presente, esperando el momento
adecuado para invadir la luz.

Desde pequeña, Eislind creció bajo una estricta vigilancia, no solo por ser la hija de Blancanieves
y el príncipe Florian, sino por el peligro siempre latente que acechaba más allá de los muros del
castillo. Desde sus primeros años, las advertencias acerca del Bosque de los Espejos le fueron
grabadas con palabras de preocupación y afecto, en un esfuerzo conjunto entre su madre, su
padre, y todos los sirvientes del castillo.

Blancanieves, quien conocía de primera mano los horrores que podían surgir del mal en la
naturaleza, le habló a Eislind con dulzura pero con firmeza. Desde que tenía memoria, su madre
le susurraba al oído historias de las criaturas oscuras que vivían en las sombras del bosque. "Mi
pequeña flor", le decía mientras la arropaba en las noches frías, "nunca debes cruzar al lado
oscuro del bosque, ni de día ni de noche. Allí habitan seres que no entienden el amor ni la
bondad, y se alimentan del miedo y de la tristeza". Blancanieves le contaba, no para infundir
terror, sino para proteger a su hija de los mismos peligros que ella había enfrentado. "El bosque
siempre parece hermoso desde lejos, pero recuerda, lo que esconde puede ser más peligroso
de lo que imaginas".

Por su parte, el príncipe Florian también se aseguraba de que Eislind conociera los límites que
no debía cruzar. Él, un hombre práctico y sensato, le hablaba con más franqueza. "El lado oscuro
del Bosque de los Espejos no es como los cuentos que te cuenta tu madre, hija", le decía
mientras la llevaba de la mano por los jardines del castillo. "Allí hay criaturas que cazan en
silencio, que te esperan incluso en la más luminosa de las mañanas. El bosque no conoce
estaciones ni horas. En primavera, cuando todo florece, los peligros están más cerca de lo que
piensas; y en invierno, el frío esconde horrores que ningún fuego puede ahuyentar". Florian
quería que Eislind comprendiera el peligro, pero sobre todo, quería que supiera que su familia la
protegería siempre, aunque el bosque tratara de tentarla con sus misterios.

Los sirvientes del castillo también jugaban un papel crucial en la educación de Eislind. Matilde,
su niñera, había estado presente desde el momento de su nacimiento y la cuidó como si fuera
su propia hija. Era una mujer de rostro bondadoso, pero siempre vigilante. "Mi niña, los cuentos
del Bosque de los Espejos no son solo historias para asustar a los niños. Yo misma he oído los
gritos en la noche cuando era joven. Algo despierta en esas tierras, y no debes ir jamás, ¿me
oyes? Aunque escuches voces dulces, aunque te llamen las criaturas que parecen inofensivas,
no te acerques. Los espejos en el bosque te muestran cosas que no son reales, te engañan para
atraparte". Matilde reforzaba estas advertencias día tras día, asegurándose de que Eislind no
olvidara la gravedad de la situación.

Hugo, el jefe de la cocina real, un hombre robusto con manos grandes y una risa contagiosa,
también contribuía a la educación de Eislind, aunque con un tono más directo. Mientras
amasaba la masa para el pan o preparaba guisos para el banquete real, le lanzaba advertencias
veladas entre historias de sus propios tiempos como joven cazador. "Escucha, niña, el lado
oscuro del bosque está lleno de trampas. Los árboles pueden parecer tranquilos, pero sus raíces
esconden secretos, y las flores que florecen allí son venenosas. Conozco a hombres fuertes que
entraron en ese bosque y nunca volvieron. Si alguna vez te acercas, sentirás el aire cambiar,
volverse frío, como si el mismo bosque estuviera respirando. Y si lo sientes, no sigas adelante.
Da media vuelta y corre hacia la luz".

Incluso los guardias del castillo, cuando Eislind jugaba cerca de los muros que bordeaban el
bosque, la observaban de cerca. Uno de ellos, Friedrich, un veterano de muchas batallas, había
visto con sus propios ojos lo que el bosque podía hacer. "Señorita Eislind, ese bosque no es un
lugar para gente noble como usted. Solo los locos o los desesperados se atreven a cruzar la
línea invisible que separa el día de la noche en esos árboles. Mi consejo es que nunca te
acerques demasiado. Los espíritus allí te vigilan, esperando que des un paso en falso".

Eislind creció rodeada de estas advertencias, y aunque a menudo sentía curiosidad por los
secretos que el bosque oscuro ocultaba, el peso de las palabras de su madre, su padre, y
aquellos que la cuidaban, la disuadían de cualquier intento de explorar más allá de lo permitido.
Aun así, en lo más profundo de su ser, había una atracción inexplicable hacia ese lado del
bosque, como si algo en su destino estuviera entrelazado con los misterios oscuros que allí se
ocultaban.

Desde su niñez, Eislind fue educada no solo con palabras de advertencia, sino con reglas claras y
concretas sobre cómo debía conducirse en las inmediaciones del Bosque de los Espejos.
Blancanieves, siendo una madre cuidadosa y con el recuerdo de su propia juventud, se
aseguraba de que Eislind comprendiera la importancia de cada instrucción. Cada palabra estaba
cargada de la experiencia y el amor protector de una madre que había sobrevivido a los peores
peligros.

Blancanieves fue la primera en enseñarle a Eislind las señales visibles que indicaban el límite
entre el lado luminoso y el oscuro del bosque. Le explicó cómo, al llegar a la línea donde la luz
solar ya no penetraba entre los árboles, debía detenerse inmediatamente. "Eislind, nunca cruces
donde la niebla comienza a espesarse. Si ves que la niebla se mueve como si tuviera vida propia
o se arremolina sin viento, es una señal de que el lado oscuro está cerca. Siempre debes
regresar de inmediato al claro más cercano. La luz es tu guía, y en cuanto la pierdas, sabrás que
has llegado demasiado lejos".

El príncipe Florian, más pragmático en su enfoque, insistía en que Eislind nunca se acercara al
bosque sola, ni siquiera al lado luminoso. "Escucha bien, Eislind", le decía mientras paseaban
cerca de los primeros árboles. "Si alguna vez necesitas cruzar el bosque, debes hacerlo
acompañada de un adulto o un guardia. Jamás camines sola por los senderos. Y si estás en
compañía, asegúrate de mantener la vista al frente y el sol a tu espalda. El lado oscuro siempre
te tentará desde las sombras, pero si sientes que el aire se vuelve frío de repente, es señal de
que estás demasiado cerca. Da media vuelta y vuelve sobre tus pasos".

Matilde, su niñera, tenía un enfoque más emocional y espiritual al respecto. "Nunca hables con
lo que no puedas ver, Eislind", le decía mientras la arropaba para la siesta. "Los aldeanos del
reino saben que los espíritus del lado oscuro pueden imitar voces, incluso las de tus seres
queridos. Si alguna vez escuchas un susurro que parece llamarte por tu nombre, no respondas.
No importa cuán dulce o familiar te suene. Haz como te enseñé: cúbrete los oídos y camina
hacia el sol, hacia los pájaros. Recuerda que las criaturas del lado luminoso son tus amigos, pero
las sombras solo traen engaños".

Hugo, el jefe de cocina, tenía una manera directa y práctica de enseñar a Eislind las
precauciones. "Siempre lleva un poco de sal contigo, niña", le decía mientras le daba un
pequeño saquito cada vez que salía a pasear. "La sal mantiene alejados a los espíritus y criaturas
que rondan cerca de la frontera. Si ves que los animales pequeños y tiernos del lado luminoso
desaparecen o se esconden, es una señal de que algo del lado oscuro está cerca. Entonces, deja
caer un poco de sal en el suelo y vuelve al castillo. No intentes buscar a los animales, ellos saben
cuándo es seguro regresar".

El viejo guardia Friedrich le enseñaba a identificar los puntos de referencia dentro del bosque
que debían servirle como límite. "Eislind", le decía en sus caminatas diarias, "los árboles del lado
oscuro son retorcidos, como si tuvieran manos que intentan atraparte. Pero los árboles del lado
luminoso siempre están rectos y robustos. Si en algún momento notas que los troncos se
inclinan hacia ti, en lugar de hacia el cielo, ya habrás cruzado una línea peligrosa. Nunca sigas un
sendero que se vuelva sinuoso. Los caminos del lado luminoso son claros y directos, y si te
encuentras en uno que parece cambiar bajo tus pies, regresa al claro más cercano".

Los aldeanos también habían compartido con la familia real ciertos secretos del pueblo para
navegar con seguridad el lado luminoso. Era bien sabido que los animales pequeños y tiernos,
como los conejos y los pájaros cantores, eran los guardianes del lado bueno del bosque.
Blancanieves se aseguraba de que Eislind supiera que siempre debía buscar la compañía de
los animales. "Si los animales huyen, es porque el lado oscuro está demasiado cerca. Si ves que
los ciervos o los conejos empiezan a alejarse, es hora de que tú también lo hagas. No sigas el
camino si los animales dejan de acompañarte. Ellos sienten el peligro antes que tú".

Además, los aldeanos siempre repetían una advertencia que se transmitía de generación en
generación: "Nunca entres al bosque al atardecer, ni siquiera al lado luminoso". Este era un
consejo que tanto Blancanieves como Florian reforzaban en Eislind. "El crepúsculo es el
momento en que los límites entre lo luminoso y lo oscuro son más confusos", le explicaba su
padre. "Es el momento en que los espíritus del lado oscuro se aventuran a buscar víctimas. A
esa hora, incluso el lado luminoso se vuelve peligroso. Solo cruza el bosque cuando el sol esté
alto en el cielo y siempre regresa antes de que los últimos rayos desaparezcan".

Finalmente, todos en el castillo insistían en que Eislind nunca debía ignorar los primeros
signos de peligro. Ya fuera el repentino silencio de los animales, el frío inexplicable en el aire, o
los árboles que parecían cambiar de forma. "El lado oscuro no te atrapa de repente", le decía
Hugo con seriedad. "Primero intenta confundirte, hacerte dudar de lo que ves. Si algo parece
diferente, raro o fuera de lugar, no te detengas a investigar. Solo sigue el sol y vuelve al castillo".

Así, Eislind fue instruida meticulosamente a lo largo de los años. Cada consejo era claro y
específico, diseñado para evitar que, incluso por accidente, cruzara los límites entre lo luminoso
y lo oscuro. Cada miembro de la familia y cada sirviente, desde su niñera hasta los guardias,
contribuyeron a su formación, asegurándose de que jamás olvidara las reglas que la
mantendrían a salvo.

La relación entre Eislind y Blancanieves con el Bosque de los Espejos estaba cargada de un
profundo significado. Para Blancanieves, ese bosque era a la vez un refugio y un recordatorio de
los años más oscuros de su vida, cuando la Reina Grimhilde la había obligado a huir para salvar
su propia vida. Sin embargo, también era un lugar donde la naturaleza había sido su protectora,
y los pequeños animales del bosque habían jugado un papel crucial en su supervivencia.

Cuando Eislind cumplió 16 años, su creciente curiosidad por el lado luminoso del bosque se
alineó con la necesidad de su madre de volver a conectar con esos recuerdos de su pasado.
Blancanieves veía en el bosque no solo una fuente de nostalgia, sino también una oportunidad
para mostrarle a su hija el lugar donde había encontrado consuelo y refugio en su juventud. La
naturaleza, los animales pequeños y tiernos que allí habitaban, eran una extensión de la
bondad y el amor que Blancanieves siempre había querido enseñarle a su hija. A menudo le
decía a Eislind: "Estos animales me salvaron, y al hacerlo, también me enseñaron a confiar en lo
que es puro y bueno. Este lado del bosque es un santuario, donde la oscuridad no puede
alcanzarnos si seguimos las reglas".

Conforme Eislind crecía, su madre la guiaba en visitas al lado luminoso del bosque, siempre
asegurándose de que solo lo hicieran durante las horas de luz más segura. Blancanieves era
estricta con los horarios. Al amanecer o al atardecer, el bosque se tornaba incierto, y ningún
margen de error era aceptable. “El crepúsculo es el momento más peligroso, cuando lo oscuro
intenta apoderarse del luminoso”, le repetía Blancanieves. Así que las excursiones se realizaban
siempre durante el mediodía, cuando el sol bañaba los claros y los pequeños animales
danzaban entre las sombras tranquilas de los árboles.

Estas visitas, sin embargo, nunca se realizaban sin la presencia de un soldado guardia. Este
soldado, a menudo un veterano del castillo que había visto los horrores del lado oscuro del
bosque, era uno de los pocos que podía contar haber sobrevivido a los misterios y peligros del
lugar. Su rostro curtido por las experiencias siempre estaba en guardia, observando cada
movimiento en el bosque. Este hombre no solo era un protector; era un testigo vivo de las
tragedias que el lado oscuro del bosque había traído a quienes, por accidente o necesidad,
cruzaban sus límites.

El guardia, que había rescatado a las pocas almas que habían logrado regresar con vida,
siempre compartía sus advertencias con Blancanieves y Eislind. Les recordaba que, aunque
algunas personas lograban sobrevivir al oscuro bosque, sus relatos eran fragmentos de
pesadilla. Niños abandonados por padres crueles, sirvientes enviados por sus amos como
castigo, o aldeanos imprudentes que se adentraban en los límites oscuros por error, eran solo
algunas de las historias que él había presenciado. Estos pocos supervivientes solían ser
encontrados en estado de confusión y horror, incapaces de contar en su totalidad lo que
habían visto, y, en muchos casos, apenas sobrevivían unos días antes de sucumbir a sus heridas
o al terror que habían experimentado.

Blancanieves, profundamente conmovida por estos relatos, se aseguraba de inculcarle a


Eislind un profundo respeto por el bosque. Mientras acariciaban a los pequeños ciervos o
recogían flores silvestres, Blancanieves le susurraba advertencias veladas. "Este bosque tiene
dos caras, mi querida. Aquí, donde estamos ahora, la bondad reina, pero si cruzas esa frontera
invisible, el bosque te devora. Lo mismo que salvó mi vida, también podría arrebatártela".

Eislind, fascinada y a la vez aterrada por las historias, seguía cada instrucción de su madre al
pie de la letra. Las visitas al lado luminoso del bosque se convirtieron en momentos sagrados
entre madre e hija, llenos de reverencia por la naturaleza y por los pequeños animales que
seguían tratando a Blancanieves como su protectora. Sin embargo, las advertencias constantes
del guardia y los relatos de los pocos supervivientes agregaban una capa de tensión en cada
caminata. Blancanieves y Eislind sabían que el bosque era impredecible, y que incluso la más
mínima distracción o error podría llevarlas a los límites oscuros, donde la luz no podía
alcanzarlas.

Estas visitas al bosque eran una forma de mantener viva la conexión de Blancanieves con su
pasado, pero también una manera de enseñar a Eislind la importancia de respetar los
peligros que acechaban más allá de la luz.

Este temor reverente por el lado oscuro del Bosque de los Espejos formaba parte de su vida
diaria. Cada lección, cada historia, cada advertencia le recordaba que aunque era libre de
caminar por los claros llenos de luz y vida, había un límite que nunca debía cruzar. La línea que
dividía el bosque luminoso del oscuro era una frontera intangible pero infranqueable para ella,
una barrera que todos a su alrededor le habían inculcado desde la cuna.

De vuelta en el reino de Wolkensberg, junto a su madre, la reina Blancanieves, Eislind sentía


cómo la luz del día se filtraba a través de los altos ventanales del castillo, donde las sombras
bailaban sutilmente en las paredes decoradas con intrincados tapices que narraban la historia
de la familia real. En el corazón de ese hogar, Eislind había crecido rodeada de un amor que
parecía sortear las adversidades, pero que, bajo la calidez de ese afecto, ocultaba las cicatrices
de eventos pasados que todavía resonaban en la vida cotidiana de sus padres.

Blancanieves, ahora con 27 años, era una madre que había conocido tanto el dolor como la
redención. Sus ojos, aunque iluminados por una chispa eterna de bondad, llevaban consigo el
peso de sus experiencias pasadas; el eco de sus sufrimientos, y la amarga memoria de la
maldad de la Reina Grimhilde. Esta maldad la había perseguido, pero su salvación llegó en la
forma de un amor eterno. Con el Príncipe Florian, de ahora treinta y dos años, encontró no solo
un compañero, sino un refugio del dolor. Sin embargo, la trágica pérdida de los padres de
Florian, quienes los habían acogido con brazos abiertos, dejó huellas indelebles en sus almas.

La ausencia de esos abuelos, figuras tan cruciales en su historia, se manifestaba en momentos


delicados y silenciosos. Aunque la tristeza permanecía en el aire, también había una fuerza
renovada, un compromiso de construir un hogar que honrara su memoria. Eislind, en su
inocencia, sabía que sus abuelos nunca la habían conocido, pero sentía su presencia en las
historias que su madre le contaba. Aquellas narraciones la conectaban no solo con sus raíces,
sino también con los sacrificios que fueron necesarios para preservar la paz en el reino.

La relación de Eislind con Blancanieves era un entrelazado de afecto y complicidad, marcado por
la admiración profunda que la niña sentía por su madre. Blancanieves no solo era una figura
maternal, sino una heroína de leyenda. Eislind pasaba horas escuchando las historias sobre la
valentía de su madre frente a la maldad y, aunque esas narraciones a menudo llevaban un matiz
sombrío, en su corazón brotaba el orgullo. Sin embargo, en medio de la admiración, también
habitaba un deseo ferviente de proteger a su madre, de aliviarla de cualquier rastro de la
tristeza que le invadía.

Los momentos compartidos en la cocina, donde el aroma de manzanas y especias danzaba en el


aire, eran sagrados para Eislind. Mientras ayudaba a su madre a preparar delicias para los días
de fiesta, los abrazos cálidos y las sonrisas intercambiadas creaban un refugio. En esas sencillas
interacciones, Eislind podía sentir la esencia de la fortaleza de Blancanieves; cada risa
compartida desterraba las sombras del pasado, y cada lágrima que la madre derramaba, tejía
un lazo aún más fuerte entre ambas.

El vínculo que Eislind compartía con su padre, el Príncipe Florian, era igualmente profundo,
aunque matizado de una forma particular. Florian, un hombre afectuoso pero que a menudo se
mostraba perdido en sus pensamientos, batallaba con su propio duelo. La pérdida de sus
padres le había enseñado sobre la fugacidad de la vida y el precio del amor. Se mostraba
protector con Eislind, prudente en sus palabras y gestos, como si cada interacción fuera una
joya, deseándose salvaguardar. En su mirada había un brillo de orgullo cuando se trataba de su
hija, pero también una sombra de culpa, el recuerdo de sueños no cumplidos por el dolor que
había vivido.

Los momentos que pasaban juntos en el jardín, donde Eislind solía correr tras las mariposas,
eran momentos de dulce desahogo para Florian. Al observarla jugar, sentía que la historia de su
familia comenzaba de nuevo, uno de los ciclos de la vida que, a pesar de las pérdidas, prometía
un futuro lleno de esperanza. Florian se sentaba en una piedra, a veces dejando que sus
pensamientos vagaran, inmerso en la contemplación. Aún así, cuando Eislind le pedía que la
siguiera o que le enseñara sobre la vida en el bosque, él respondía con seriedad y amor,
encontrando en su hija la motivación para seguir adelante.

La dinámica familiar, tejida de amor, pérdida y resiliencia, se convirtió en un refugio para Eislind,
quien, al igual que su madre, comenzó a darse cuenta de que el luchar contra las sombras del
pasado era una batalla permanente. Inevitablemente, la historia de su familia estaría marcada
por el retorno de la Reina Grimhilde, cuya maldad aún latía en los rincones oscurecidos del
reino, como recordatorio del miedo que una vez había coexistido con el amor.

Eislind anhelaba un día ser una heroína como su madre, deseando deshacerse del lastre del
miedo y la pérdida que parecían persistir en su hogar. Cada día, mientras caminaba entre los
altos árboles verdes y fuertes de “El bosque de los Espejos”, soñaba con las formas en que
podría demostrar su propio valor, y al mismo tiempo, proteger a su familia del pasado. En su
corazón, llevaba un peso: el amor era tan vital como temible, y en esta dualidad, Eislind
encontró el hilo que ataba su historia a la de sus padres, la herencia que significaba ser parte de
una familia marcada por la lucha y el amor indomable que siempre había triunfado.

Así, en la calidez del castillo, entre risas y recuerdos, Eislind vivía el amor de sus padres, tejida en
un abrazo que prometía un futuro esperanzador, mientras los ecos del pasado susurraban tanto
advertencias como la promesa de un nuevo destino.

El príncipe Florian nunca pudo borrar de su memoria aquella visión devastadora. Recordaba con
dolor la vez en que, aún joven y lleno de esperanza, había encontrado el cuerpo sin vida de
Blancanieves, su amada, encerrada en un ataúd de cristal en el claro más puro del lado
luminoso del Bosque de los Espejos.

El ataúd había sido construido por manos pequeñas y diligentes, las de los enanitos que la
habían amado como una hermana. Pero no estaban solos. Hadas benignas y espíritus de luz,
habitantes del lado más brillante del bosque, habían colaborado en la creación de ese
monumento para honrar la caída de la bondad y la pureza frente a una maldad que parecía
imbatible. Florian había escuchado los susurros de los espíritus del bosque, reconociendo su
dolor, y las lágrimas de las hadas brillaban en el aire mientras revoloteaban alrededor del
cuerpo inmóvil de Blancanieves.

El ataúd de cristal no solo era una tumba, sino un símbolo de lo que había ocurrido. La Reina
Grimhilde, con su poder oscuro, había logrado lo impensable. Los aldeanos más sabios y viejos,
aquellos que conocían las leyendas más antiguas, hablaban en voz baja, afirmando que
Grimhilde había hecho un pacto terrible, uno que sellaba su alma con Satanás y sus demonios.
"Ella vendió su humanidad", decían, "y recibió a cambio un poder que ningún mortal debía
tener. Un poder que no podía ser vencido por la simple bondad". Esta alianza con las fuerzas del
mal no solo había permitido que Grimhilde lograra envenenar a Blancanieves, sino que había
traído consigo un sufrimiento indecible al reino.

Florian, al encontrarse frente a ese ataúd, sintió que el tiempo se detuvo. Blancanieves, de
apenas 18 años, yacía allí como si simplemente estuviera dormida, su piel aún pálida y perfecta,
su cabello oscuro enmarcando su rostro angelical. Pero no había vida en ella, no quedaba ese
brillo que había cautivado su corazón. La bondad había sido derrotada, y en ese momento,
Florian entendió que el mal de Grimhilde había vencido. No había lugar para la esperanza en ese
instante.

Los enanitos lloraban, y los espíritus del lado luminoso del bosque se reunían, formando una
guardia silenciosa alrededor del ataúd. Era como si todo el bosque compartiera el dolor por la
pérdida de aquella joven que representaba todo lo puro y bueno. El viento susurraba entre los
árboles, pero ya no era el viento alegre que acompañaba a Blancanieves en sus cantos. Era un
viento de duelo, que parecía llevar consigo el eco de su risa perdida.

Ese día, frente al ataúd, Florian juró que no permitiría que la maldad de Grimhilde definiera el
destino de Blancanieves ni el suyo propio. Aunque en ese momento, la reina Grimhilde
parecía invencible, Florian sintió que la bondad, aunque derrotada momentáneamente,
encontraría su camino de regreso. Fue ese juramento el que lo llevó a besar a Blancanieves en
un acto de amor desesperado, el mismo amor que acabó por romper el hechizo oscuro que la
mantenía atrapada entre la vida y la muerte.

El príncipe Florian recordó al mirar a su hija Eislind, con gran claridad el momento en que todo
cambió. Después de meses de desesperación y duelo, el beso de amor verdadero no fue solo un
acto de desesperación, sino la última chispa de esperanza en un mundo oscurecido por la
maldad de la Reina Grimhilde. Cuando sus labios tocaron los de Blancanieves, sintió como si
algo profundo e indescriptible se liberara. El hechizo se rompió, pero lo que él no sabía en ese
momento era que la batalla por el alma de Blancanieves había sido mucho más larga y peligrosa
de lo que cualquiera podría haber imaginado.

Durante los largos meses de invierno, mientras Blancanieves yacía en el ataúd de cristal, su alma
no estaba completamente en paz. Los espíritus benignos y malignos del Bosque de los
Espejos libraban una lucha silenciosa, pero feroz, por su destino. Por un lado, los espíritus
oscuros, engendros del mal y los demonios que Grimhilde había invocado, intentaban arrastrar
su alma a las profundidades de la oscuridad eterna, reclamándola como un trofeo de su pacto
infernal. Por otro, las fuerzas de la luz, representadas por las hadas y los enanitos, junto con los
espíritus benévolos del bosque, hacían todo lo posible para protegerla.

Los enanitos que habían amado a Blancanieves no se limitaron a velar su cuerpo. Montaron
guardias eternas junto a las hadas, que no descansaban ni de día ni de noche, formando un
escudo místico para evitar que las sombras se apoderaran de su alma. El invierno en el Bosque
de los Espejos fue particularmente duro ese año; el frío parecía morder con más fuerza, como si
las fuerzas malignas del lado oscuro del bosque hubieran intensificado su influencia en
respuesta al cuerpo inerte de Blancanieves.

Sin embargo, no estaban solos en su lucha. Desde el más allá, desde el lugar donde las almas
buenas encontraban su descanso eterno, el espíritu de la madre de Blancanieves observaba
con un profundo dolor e impotencia. Aunque no podía intervenir directamente en la batalla que
se libraba por el alma de su hija, su amor y compasión eran tan fuertes que las hadas lograron
canalizar su magia. En un acto de compasión y amor profundo, las hadas y el espíritu de su
madre lanzaron un hechizo sagrado sobre el cuerpo de Blancanieves. Este conjuro hizo que, a
pesar de estar muerta, su cuerpo no se descompusiera ni envejeciera. La piel de Blancanieves
permanecía tan blanca y perfecta como siempre, y su belleza, a pesar de la tragedia, seguía
intacta, como si el tiempo mismo hubiera sido suspendido.

Mientras la magia de la luz mantenía su cuerpo a salvo de la corrupción, el alma de


Blancanieves continuaba luchando. Era una batalla constante entre las fuerzas malignas que
querían arrastrarla hacia las tinieblas y los espíritus luminosos que la defendían. Esta lucha no
era visible para el mundo mortal, pero Florian siempre había sentido que algo más profundo
estaba ocurriendo. Cada vez que visitaba el claro, donde yacía su amada, sentía una tensión en
el aire, un peso invisible que solo la pureza de su amor podía contrarrestar.

Aquella lucha terminó finalmente al llegar la primavera con el beso de Florian, que no solo
rompió el hechizo, sino que liberó el alma de Blancanieves de la disputa que la mantenía
atrapada entre el bien y el mal. Los espíritus de luz prevalecieron, y el alma de Blancanieves,
libre de la influencia oscura de Grimhilde, regresó al cuerpo que había sido protegido por tanto
tiempo. Fue entonces cuando la magia de la vida volvió a florecer en su interior, y Blancanieves
abrió los ojos, resucitada por el poder del amor verdadero.

El recuerdo de ese momento seguía vivo en Florian, grabado en su corazón como un


recordatorio de lo que estaba en juego: el amor y la bondad siempre estarían en peligro
frente a las fuerzas oscuras, pero también siempre habría esperanza mientras existiera la
capacidad de amar profundamente.

El príncipe Florian guardaba en su memoria cada detalle de aquel día milagroso, el día en que el
amor triunfó sobre la muerte. Recordaba la fragilidad de Blancanieves al despertar del letargo, y
cómo en ese instante supo que algo sobrenatural había ocurrido. El milagro de su "vencimiento
a la muerte" no solo fue una victoria personal, sino también un triunfo del bien sobre las fuerzas
oscuras que habían intentado arrebatarle su vida.

Los enanitos, que habían cuidado de Blancanieves con tanto cariño, fueron los primeros en
celebrar su regreso a la vida. Con lágrimas en los ojos y sonrisas radiantes, los pequeños
guardianes del bosque dieron gritos de alegría y danzaron alrededor del ataúd de cristal. Los
animales del bosque, aquellos que la habían acompañado durante su exilio, también parecían
sentir la felicidad del momento. Ciervos, conejos, y ardillas, que habían estado observando
desde las sombras del claro, se acercaron con timidez para unirse a la celebración. Parecía que
toda la naturaleza se regocijaba por el triunfo del bien, como si el bosque mismo respirara
aliviado tras el regreso de Blancanieves.

Florian, profundamente agradecido, trabajó con los enanitos para atender a la ahora vulnerable
pero recuperada princesa. Le ofrecieron abrigos para protegerla del frío y le dieron de comer
y beber, restaurando lentamente su fuerza. El príncipe sabía que su viaje de regreso al castillo
sería largo y agotador, pero no imposible. Aunque el castillo de Wolkensberg estaba lejos, con
la ayuda de los enanitos y los animales del bosque, estaba decidido a llevar a Blancanieves a
salvo hasta su hogar.

Los enanitos, siempre dispuestos a ayudar, se organizaron de inmediato. Con gran sabiduría,
decidieron que la mejor ruta sería a través del lado luminoso del Bosque de los Espejos,
evitando los terribles peligros del lado oscuro, donde los espíritus malignos todavía acechaban.
Fue Sabio, el único enanito que sabía leer y escribir en varios idiomas, quien tomó la iniciativa
de enviar una carta urgente a los padres de Florian, los reyes de Wolkensberg.

Sabio, con su pluma precisa y su mente ágil, redactó una carta clara y detallada que sería
enviada por los pajaritos veloces del bosque, fieles mensajeros de los enanitos.

La carta debía llegar a las manos de los reyes sin demora. En ella, Sabio relataba el increíble
suceso del regreso de Blancanieves y solicitaba refuerzos para escoltar a su hijo y a la princesa
de regreso al castillo. Los soldados del reino eran necesarios para garantizar que ningún
peligro los acechara en el camino, especialmente mientras cruzaban las áreas más traicioneras
del bosque.

Florian no podía evitar sentirse agradecido por la lealtad y el esfuerzo de los enanitos, y sabía
que sin ellos el regreso a casa sería mucho más difícil. En ese momento, mientras preparaban
todo para el viaje, se dio cuenta de que el milagro no había sido solo la resurrección de
Blancanieves, sino también el poder del amor, la bondad y la solidaridad de aquellos que
estaban dispuestos a luchar por lo que era correcto.

A medida que el sol comenzaba a descender en el horizonte, iluminando el bosque con tonos
dorados y cálidos, los preparativos para el viaje estaban en marcha. Blancanieves, aún débil
pero con una sonrisa que iluminaba su rostro, se aferraba a la mano de Florian mientras los
enanitos, con precisión y cuidado, ultimaban los detalles de la travesía. El camino de regreso a
casa había comenzado, y aunque sería arduo, Florian sabía que, con el amor que compartía
con Blancanieves, superarían cualquier obstáculo.

En medio de sus recuerdos, el príncipe Florian podía evocar cada detalle de aquel día tan
esperado y cargado de emociones. El momento en que se encontraron con los soldados
enviados por su padre, el rey de Wolkensberg, permanecía vívido en su mente como una
imagen de alivio y esperanza.
El encuentro tuvo lugar en los límites del Bosque de los Espejos, donde los soldados,
alertados por la carta urgente enviada por los enanitos, estaban esperando con impaciencia.
Estos hombres, valientes y disciplinados, habían sido instruidos para garantizar la seguridad de
Florian y Blancanieves en el resto de su viaje. Cuando finalmente vieron aparecer a Florian y a
Blancanieves, acompañados por los enanitos y algunos animales del bosque, el alivio fue
palpable entre ellos.

Los soldados rápidamente tomaron el control de la situación. Organizaron el grupo de manera


eficiente, estableciendo un perímetro de seguridad alrededor de la comitiva para protegerlos
de cualquier amenaza que pudiera surgir. Cuidaron de Blancanieves con la misma dedicación
que si fuera una reina, asegurándose de que tuviera todo lo necesario para recuperarse durante
el viaje. El príncipe Florian, aunque exhausto, sentía un profundo agradecimiento hacia
ellos, reconociendo que sin su ayuda, el trayecto hasta su hogar habría sido aún más
desafiante.

A medida que avanzaban fuera del bosque, el camino se volvía menos peligroso, pero no menos
arduo. Blancanieves, aunque débil, mostró una valentía silenciosa, y Florian, en cada paso
del camino, se esforzaba por mantener su espíritu en alto, consagrándose a su lado y
compartiendo palabras de aliento.

Finalmente, al acercarse al reino de Wolkensberg, la anticipación creció. La noticia de la llegada


de Florian y Blancanieves había sido enviada por mensajeros a los reyes. Cuando los padres de
Florian recibieron la noticia de que su hijo y la princesa estaban cerca, su preocupación y
esperanza se transformaron en una acción rápida y emotiva.

El momento en que llegaron al reino fue una mezcla de agotamiento y alegría. Los portones
del castillo se abrieron con rapidez y los reyes, con lágrimas en los ojos y sonrisas de alivio,
salieron a recibir a su hijo y a la mujer que había capturado su corazón. La escena era un retrato
de amor y gratitud; los reyes se acercaron corriendo con los brazos abiertos, su amor y
preocupación visibles en cada gesto.

El abrazo de bienvenida fue una mezcla de alivio y emoción. Los reyes envolvieron a Florian y a
Blancanieves en un abrazo cálido y protector, sus corazones llenos de un amor abrumador al
ver a su hijo finalmente a salvo. La escena estaba cargada de lágrimas, sonrisas y el
reconfortante sentido de hogar que solo la familia puede ofrecer.

Los cuidados y atenciones que recibieron al llegar al castillo fueron extensos. Blancanieves
fue recibida en una sala de descanso, donde los médicos y sirvientes se aseguraron de que
estuviera bien atendida y recuperada. Mientras tanto, Florian y sus padres compartieron el
relato de su viaje y el milagro de la resurrección, reviviendo cada momento con una mezcla de
asombro y gratitud.

Unos días después de la llegada de Blancanieves al castillo de Wolkensberg, el rey Gottfried,


padre de Florian, tomó una decisión crucial y llena de determinación. Sabía que, para completar
la restauración del orden y la paz en el reino, debía enfrentar y resolver el caos que había
surgido en el castillo de la reina Grimhilde.

El rey de Wolkensberg, con una expresión grave de resolución, ordenó a sus soldados
prepararse para una misión importante. No deseaba arriesgarse a atravesar el Bosque de los
Espejos, cuyas sombras aún albergaban peligros desconocidos. En lugar de eso, optó por una
ruta alternativa, un camino largo y tortuoso que se extendía alrededor de la base de la
montaña en la que se encontraba el castillo de Grimhilde.

El camino era mucho más largo y arduo en comparación con el recorrido directo a través del
bosque. Sin embargo, era también menos peligroso, permitiendo que los soldados avanzaran
con seguridad mientras evitaban los territorios traicioneros que aún persistían alrededor del
bosque. El rey envió un destacamento de soldados experimentados, bien preparados para
las dificultades del viaje y con instrucciones precisas para llevar a cabo la misión con firmeza y
justicia.

Mientras tanto, el castillo de la reina Grimhilde, una fortaleza imponente y soberbia erigida
sobre una montaña escarpada, había sido el hogar de Blancanieves en su infancia. Ahora, sin
embargo, estaba envuelto en caos y desorden. La muerte misteriosa de la reina Grimhilde
había dejado un vacío en el castillo, y los rumores se esparcían rápidamente. Los sirvientes y
habitantes del castillo se encontraban en un estado de confusión y temor, sin saber a quién
seguir o qué esperar.

El rey de Wolkensberg entendía la importancia de liberar a los sirvientes que aún pudieran estar
en el castillo. Sabía que muchos de ellos habían estado atrapados en una situación de
servidumbre y miedo bajo el dominio de la reina Grimhilde, y su liberación era esencial para
restaurar el orden y la justicia.

Los soldados partieron al amanecer, con sus corazones llenos de propósito. La travesía era
dura y el terreno, desafiante, pero la determinación de los soldados se mantenía firme. A
medida que avanzaban, se enfrentaban a un paisaje desolado y áspero, sin la protección de los
bosques, pero también sin el peligro de sus sombras.

Finalmente, después de días de viaje, el destacamento llegó a la base de la montaña donde se


erguía el castillo de Grimhilde. La fortaleza, aún majestuosa en su desolación, se alzaba sobre
ellos con una presencia fría y distante. Las puertas del castillo, antes imponentes y bien
cuidadas, ahora mostraban signos de abandono y desgaste. El caos que reinaba en su
interior era evidente desde el momento en que los soldados cruzaron el umbral.

Los sirvientes del castillo, al ver la llegada de los soldados, experimentaron una mezcla de
miedo y alivio. Habían estado esperando una resolución, y la llegada del destacamento fue el
primer indicio de que el caos podría estar llegando a su fin. Los soldados, siguiendo las órdenes
del rey, se encargaron de restaurar el orden, asegurar la fortaleza, y empezar el proceso de
liberar a todos los sirvientes que habían estado bajo el yugo del régimen de Grimhilde.
Los soldados comenzaron a limpiar el castillo de sus vestigios de maldad y desorden. Se
esforzaron en garantizar que todos los sirvientes fueran tratados con dignidad y respeto,
brindándoles la oportunidad de recuperar sus vidas. El castillo, aunque aún impone con su
estructura fría y severa, comenzó a transformarse bajo la acción de los soldados y la promesa
de un nuevo amanecer para sus habitantes.

La misión, aunque ardua, marcó el comienzo de una nueva era de justicia para todos aquellos
que habían sido oprimidos bajo el dominio de Grimhilde. El rey Gottfried de Wolkensberg, al
recibir noticias del éxito de la misión, sintió un profundo alivio y satisfacción. Sabía que, aunque
el camino hacia la restauración completa de la paz sería largo, cada paso dado hacia adelante
era una victoria en sí misma.

La liberación de los sirvientes y la restauración del orden en el castillo de Grimhilde eran ahora
una realidad tangible, y el reino de Wolkensberg comenzaba a sanar de las heridas infligidas por
el pasado.

Ahora, años después, cada vez que miraba a Eislind, Florian recordaba esa promesa. Ella, como
su madre, llevaba en sí la pureza y la bondad que él había visto perderse en aquel claro. Pero
también sabía que el mal acechaba siempre, y que la oscuridad que Grimhilde había traído al
mundo no se había desvanecido del todo.

CAPÍTULO II:

El príncipe Florian, inmerso en sus recuerdos, estaba sumido en una melancólica contemplación
del pasado. Sus pensamientos viajaban por los oscuros caminos del tiempo, evocando la imagen
de Blancanieves en el ataúd de cristal y el milagro que la trajo de vuelta a la vida. Cada detalle de
aquellos momentos estaba grabado en su memoria con una claridad dolorosa, y el peso de la
historia y la pérdida parecía casi tangible a su alrededor.

De repente, una voz familiar lo sacó de su ensimismamiento, una voz que irrumpió en sus
recuerdos como un rayo de sol atravesando nubes oscuras. Era la voz de su hija, Eislind, quien
acababa de regresar con su madre, Blancanieves, y el soldado Edward, de una de sus visitas
semanales al lado luminoso del Bosque de los Espejos.

“¡Padre, mira lo que encontré!” exclamó Eislind, su entusiasmo resonando en cada palabra. Se
acercó con la cesta llena de flores exóticas y mágicas que había recogido, su rostro iluminado
por una sonrisa de satisfacción. La cesta estaba rebosante de colores vibrantes y formas
inusuales, cada flor una joya única que había agregado a su creciente "Enciclopedia de Flores",
un proyecto en el que estaba trabajando con la ayuda de su madre.

El príncipe Florian se volvió hacia su hija, la calidez de su mirada contrastando con la tristeza de
sus pensamientos recientes. A pesar de la alegría que Eislind traía consigo, una sombra de
preocupación cruzó su rostro. La presencia del bosque, aunque encantadora desde el lado
luminoso, todavía evocaba en él recuerdos dolorosos y temores profundos.
“Eislind,” comenzó Florian con un tono suave pero firme, “me alegra ver que has encontrado
más maravillas para tu enciclopedia. Pero, debes entender que, para mí, la idea de que vayas al
bosque, incluso al lado luminoso, es… difícil de aceptar.”

Eislind, aún radiante con el entusiasmo de su descubrimiento, frunció el ceño, percibiendo la


seriedad en la voz de su padre. Blancanieves, que estaba a su lado, observó con una mezcla de
comprensión y tristeza. Había presenciado muchas de las luchas internas de Florian, y sabía
cuán profundamente lo afectaban las sombras del pasado.

“Padre, ¿por qué?” preguntó Eislind, sus ojos llenos de curiosidad y una pizca de confusión.
“Siempre hemos ido al bosque con madre. Ella dice que el lado luminoso es seguro y lleno de
belleza.”

Florian suspiró, su mirada volviendo a perderse en la distancia mientras intentaba encontrar las
palabras adecuadas. Cada vez que pensaba en el bosque, veía más allá de las flores y los
arroyos, y recordaba las sombras que habían marcado su vida y la de su familia.

“Es cierto, Eislind,” dijo finalmente, “que el lado luminoso del bosque es hermoso y mágico. Pero
para mí, cada paso que das allí… me recuerda a las pérdidas y los peligros que enfrentamos. El
bosque, aunque hermoso, está lleno de recuerdos dolorosos para mí, y me preocupa que… que
puedas encontrarte con algo que no podemos controlar.”

Blancanieves se acercó y posó una mano reconfortante en el hombro de su esposo. “Florian, sé


que tus miedos son comprensibles. Pero el bosque también ha sido un lugar de sanación y
belleza para nuestra familia. Eislind está aprendiendo y explorando, y debemos confiar en que
lo que hemos aprendido sobre el bosque y nuestras propias experiencias serán suficientes para
protegerla.”

El príncipe Florian asintió lentamente, sabiendo que la preocupación de su hija por aprender y
explorar era tan válida como su propio deseo de protegerla. Mientras observaba a Eislind
mostrar con orgullo sus flores, una mezcla de orgullo y preocupación se instaló en su corazón.
Aunque sus recuerdos eran dolorosos, también sabía que debía encontrar un equilibrio entre su
temor y el apoyo que su hija necesitaba.

“Eislind,” dijo Florian finalmente, “te pido que tengas cuidado. Apreciamos tu curiosidad y amor
por el bosque, pero siempre recuerda las historias que te hemos contado y los peligros que aún
pueden acechar. Confío en ti para que actúes con sabiduría y respeto por el bosque.”

Eislind asintió, comprendiendo la seriedad de las palabras de su padre. Aunque su deseo de


explorar el bosque seguía siendo fuerte, sabía que debía hacerlo con la precaución y el respeto
que su familia le había enseñado.
En la cálida cocina del castillo, el aroma a manzanas recién horneadas llenaba el aire, mezclado
con el dulce olor de la canela y el azúcar. Eislind, con sus manos enfaradas y su cabello recogido
en un moño desordenado, estaba concentrada en preparar pasteles junto con su madre,
Blancanieves, y Hugo, el robusto jefe de cocina. La cocina estaba en un bullicio alegre, con el
fuego de la chimenea crepitando y el sonido constante de utensilios de cocina en movimiento.

“Eislind, asegúrate de que la mezcla de las manzanas esté bien sazonada,” dijo Hugo, mientras
removía una gran olla con una cuchara de madera. “Las manzanas no solo son deliciosas, sino
que también tienen propiedades medicinales. Mis abuelos solían decir que una manzana al día
mantiene a los médicos alejados.”

Blancanieves sonrió y se acercó con una bandeja llena de manzanas recién peladas. “Es cierto,
las manzanas tienen muchas propiedades beneficiosas. Recuerdo que en mis días de huida, las
manzanas del bosque eran mi sustento y un consuelo. A veces, me sentía como si fueran un
regalo de la naturaleza para mantenerme viva.”

Eislind, que estaba concentrada en decorar un pastel, asintió sin levantar la vista. “Sí, madre.
Aunque, cuando pienso en las manzanas, me acuerdo de la historia… de cómo la reina
Grimhilde usó una manzana para envenenarte.”
El ambiente en la cocina cambió ligeramente, la mención de la reina Grimhilde siempre evocaba
una mezcla de tristeza y tensión. Blancanieves dejó escapar un suspiro mientras continuaba su
tarea. “Sí, es una historia que siempre está presente, aunque preferiría no hablar demasiado de
ella. La reina Grimhilde… era alguien con una oscuridad profunda que desafió incluso a las
bondades del bosque.”

Hugo, al notar el cambio en el tono de la conversación, trató de suavizar el ambiente. “Pero al


menos los enanitos y las hadas lograron defenderte, Blancanieves. La luz siempre encuentra
una manera de prevalecer, incluso en los tiempos más oscuros.”

Eislind, sin embargo, comenzó a mostrar signos de impaciencia. “A veces me pregunto si todo
esto de la oscuridad del bosque no es solo una exageración. Me parece que están exagerando
un poco. ¿Por qué no podemos explorar y ver por nosotros mismos?”

Blancanieves la miró con una mezcla de sorpresa y preocupación. “Eislind, el bosque tiene su
lado luminoso, sí, pero también tiene una oscuridad que puede ser muy peligrosa. Es
importante recordar que lo que enfrenté no fue solo un malentendido. La maldad de la reina
Grimhilde fue real y poderosa.”

Eislind frunció el ceño, su voz se volvió más desafiante. “Pero no puedo vivir toda mi vida
encerrada aquí, temiendo algo que ni siquiera he visto. Es como si el miedo estuviera más
presente que la realidad.”

Hugo, que estaba comenzando a sentirse incómodo, intentó intervenir. “Quizás deberíamos
enfocarnos en los pasteles y dejar estos temas pesados para otro momento. La cocina siempre
ha sido un lugar para disfrutar y compartir, no para debatir sobre lo que no podemos cambiar
pequeña.”

La discusión se intensificó, con Eislind y Blancanieves subiendo el tono de sus voces mientras el
ambiente en la cocina se volvía cada vez más tenso. Justo en ese momento, la puerta de la
cocina se abrió y el príncipe Florian entró, cargado con cajas de frutas exóticas y mercadería que
había recibido como regalo de un reino lejano.

“¡Saludos!” exclamó Florian con una sonrisa, tratando de aligerar el ambiente. “ “He traído un
regalo para todos nosotros. La reina Leah y el rey Stefan, de Francia, nos han enviado estas
frutas exóticas como muestra de agradecimiento por nuestra amistad. Además, me han invitado
al bautizo de su hija, Aurora, que acaba de nacer hace dos días.”

La llegada de Florian trajo un respiro de alivio. Eislind, aún molesta, trató de ocultar su
frustración y se giró hacia su padre, tratando de poner una sonrisa en su rostro. Blancanieves,
igualmente aliviada, se acercó para ayudar a Florian con las cajas.

“¡Qué maravilla!” dijo Blancanieves, intentando cambiar de tema mientras ayudaba a Florian a
colocar las frutas sobre la mesa. “Estas frutas son una delicia. Gracias por traerlas, Florian. Son
un gran regalo para todos nosotros.”
Florian, notando la tensión en el aire, miró a Eislind con una expresión de preocupación. “¿Todo
está bien aquí? “Pareciera que la cocina está en plena revolución.”

Eislind, visiblemente agitada, dejó caer la cuchara que estaba usando y se dio la vuelta para
mirar a su padre. “Solo estábamos hablando sobre las manzanas y… cosas del pasado,” dijo con
un tono sarcástico y frustrado.

Eislind, sintiendo la mirada de su padre, se limitó a asentir. “Sí, padre. Solo estábamos hablando
de cosas que, a veces, se vuelven difíciles de manejar.”

La mención de la invitación trajo un ligero cambio en el ambiente. “El bautizo será en diez días,”
continuó Florian. “Me gustaría que todos fuéramos. Es una ocasión importante y una
oportunidad para fortalecer nuestras alianzas con otros reinos.”

Blancanieves miró a su esposo con una mezcla de tristeza y preocupación. Sabía que la
invitación era una excelente oportunidad, pero también entendía la gravedad de la situación con
Eislind.

“Lo agradecemos mucho,” dijo Blancanieves, “pero… la situación con Eislind es complicada en
este momento. Quizás deberíamos enfocarnos en resolver nuestros propios problemas antes
de hacer un viaje largo.”

Florian asintió, comprendiendo que los problemas familiares eran complicados, y se dirigió a
ayudar a los sirvientes con la distribución de las frutas. Mientras el ambiente en la cocina
comenzaba a relajarse, Eislind no pudo evitar sentir una mezcla de alivio y desasosiego. La
discusión con su madre y el constante recordatorio del pasado oscuro parecían ser sombras
que no podía ignorar.

La cocina, una vez llena de aromas y calidez, se convirtió en un refugio temporal donde las
tensiones se disiparon momentáneamente, pero Eislind sabía que los conflictos internos y las
decisiones que debía tomar estaban lejos de resolverse. Con cada palabra y cada mirada, la
batalla entre su deseo de explorar y el miedo que sentía su familia se hacía más evidente, y su
futuro parecía estar cada vez más en la cuerda floja.

Con el ambiente aún cargado de emociones, el príncipe Florian comenzó a distribuir las frutas
exóticas, intentando cambiar el foco de la conversación hacia algo más positivo. Sin embargo, el
conflicto entre Eislind y sus padres seguía presente, una sombra que se mantenía latente en el
fondo de sus corazones.

Eislind, sintiéndose cada vez más atrapada en la discusión y en sus propias frustraciones, soltó
un suspiro irritado. Se acercó a la puerta de la cocina, murmurando entre dientes mientras se
alejaba. “Preferiría hacer un picnic en el lado oscuro del bosque que ir a conocer a una bebita.”

Su comentario, aunque apenas audible, resonó con una mezcla de desdén y desesperación,
dejando a sus padres y a Hugo en silencio mientras se marchaba.
Con pasos firmes, Eislind subió las escaleras del castillo, el sonido de sus zapatos resonando en
las frías y silenciosas piedras. Cada peldaño parecía una carga adicional, un recordatorio de su
creciente resentimiento y frustración. El castillo, un inmenso y oscuro bastión de piedra, parecía
envolverse aún más en sombras a medida que ascendía.

Las paredes del castillo, con sus antiguos muros de piedra, estaban adornadas con tapices
desgastados y candelabros que proyectaban una luz tenue y parpadeante. Los pasillos eran
largos y lúgubres, acentuados por el eco de sus pasos. La fría brisa que se colaba por las
ventanas sin vidrios susurraba historias de tiempos pasados, mientras Eislind se dirigía a su
habitación.

Al llegar a la puerta de su dormitorio, la madera maciza y tallada parecía más imponente que
nunca, casi como un guardián de sus propios pensamientos y emociones. Eislind empujó la
puerta con una mezcla de fuerza y frustración, el chirrido resonando en el pasillo vacío. La
habitación estaba envuelta en sombras, con los rayos del atardecer apenas colándose a través
de las cortinas pesadas.

Eislind se dejó caer sobre su cama con un suspiro pesado, sus pensamientos enredados en una
maraña de emociones y dudas. El peso del conflicto interno, el deseo de explorar el bosque y el
dolor por el pasado familiar se entrelazaban en su mente, creando un nudo complicado que
parecía difícil de deshacer. Mientras miraba al techo, un sentimiento de aislamiento la envolvía,
y en ese momento de soledad, se preguntaba si alguna vez encontraría un equilibrio entre sus
propias aspiraciones y las expectativas de su familia.

Claro, aquí tienes una versión ampliada del pasaje en el que Eislind enfrenta el conflicto entre su
deseo de explorar el bosque y los temores de su padre, con un enfoque en el desarrollo gradual
del miedo y la introducción de la oscuridad interna de Eislind:

Eislind cerró la puerta de su habitación con un golpe sordo que resonó en los pasillos desiertos
del castillo. La habitación, aunque lujosamente amueblada, parecía ahora un refugio sombrío.
Las paredes estaban cubiertas con tapices en tonos oscuros que reflejaban la poca luz que se
filtraba a través de las cortinas pesadas. El cuarto estaba envuelto en una penumbra espesa,
con solo un débil rayo de luz vespertina que se colaba por una rendija en la ventana,
proyectando sombras alargadas en el suelo de piedra.

Se dejó caer en el borde de su cama, la colcha de lana áspera contra su piel. Cada músculo de su
cuerpo parecía tenso, como si estuviera esperando el próximo golpe. La discusión con sus
padres aún retumbaba en sus oídos, cada palabra cargada de emociones encontradas y
frustraciones no dichas.

Miró alrededor de la habitación, sintiendo una creciente incomodidad. Los muebles, aunque
elegantes, parecían pesar sobre ella con una presencia casi opresiva. El antiguo reloj de péndulo
en la esquina de la habitación hacía su tic-tac metódico, el sonido marcando el paso del tiempo
con una cadencia inquietante. A veces, el tic-tac parecía ralentizarse, como si el tiempo mismo se
estuviera deteniendo para escuchar sus pensamientos oscuros.

Eislind se levantó de un salto y se acercó a la ventana, tratando de captar algo de la luz del
atardecer. A medida que la brisa fría se colaba por la rendija, un escalofrío recorrió su espalda.
Miró hacia el bosque, su mente llena de imágenes del lado luminoso. Pero a medida que la
noche se asentaba, la oscuridad del bosque parecía expandirse, amenazando con engullir todo
lo que estaba cerca.

A través de la ventana, las sombras de los árboles se estiraban como dedos oscuros,
arrastrándose hacia el castillo. Eislind sintió una punzada de inquietud, un temor inexplicable
que crecía en su pecho. Recordó las historias que su madre le había contado sobre el bosque y
los peligros que acechaban más allá de la luz. Sin embargo, en su corazón, había una atracción
irresistible hacia el bosque, una curiosidad que la empujaba a explorar sus secretos.

Mientras trataba de despejar su mente, oyó un leve golpe en la puerta de su habitación. Un par
de sirvientas, con rostros preocupados, entraron tímidamente en la habitación. Sus ojos se
encontraron con los de Eislind, llenos de una mezcla de curiosidad y preocupación.

“Señorita Eislind, ¿todo está bien?” preguntó una de las sirvientas, su voz temblando
ligeramente. “Hemos escuchado un ruido y pensamos que… que podríamos verificar.”

Eislind forzó una sonrisa, intentando parecer tranquila. “Sí, estoy bien. Solo necesitaba un
momento para estar sola. Agradezco que vinieran, pero no es necesario que se preocupen.”

Las sirvientas intercambiaron miradas de duda, pero se inclinaron y salieron lentamente,


dejando a Eislind en su silenciosa prisión. La puerta se cerró con un leve clic, y el silencio volvió a
invadir la habitación, interrumpido solo por el continuo tic-tac del reloj.

Eislind se tumbó nuevamente en la cama, sintiendo cómo la tensión en sus músculos se relajaba
un poco, pero la sensación de incomodidad persistía. Cerró los ojos, intentando ignorar el frío
que parecía emanarse de las paredes mismas del castillo. El silencio de la noche era profundo,
pero la mente de Eislind estaba llena de susurros de temores antiguos y nuevos.

Mientras intentaba relajarse, la sensación de que algo estaba a punto de suceder la invadía. Se
sentó nuevamente, mirando alrededor de su habitación. La sombra de una figura parecía
deslizarse en el borde de su visión, pero cada vez que se giraba para mirarla, no había nada allí.

Se levantó de un salto y caminó hacia el espejo en la esquina de la habitación. El reflejo en el


cristal parecía distorsionado, como si el propio espejo estuviera distorsionando la realidad.
Eislind sintió un escalofrío recorrer su espalda al ver su propio rostro, con ojos que reflejaban
una mezcla de incertidumbre y deseo.

El conflicto entre su deseo de explorar el bosque y el miedo que sentía hacia lo desconocido se
había convertido en una tormenta interna. Sabía que había algo dentro de ella, algo que la atraía
hacia la oscuridad del bosque, pero también entendía que había una sombra que la seguía, una
parte de ella misma que no podía ignorar.

Finalmente, se tumbó de nuevo en la cama, las sábanas frías a su alrededor. A medida que la
oscuridad se hacía más profunda, Eislind cerró los ojos, buscando consuelo en el sueño. Sin
embargo, el miedo y la inquietud seguían acechando en el rincón de su mente, como una
presencia invisible que aguardaba el momento adecuado para manifestarse.

La noche había caído en el castillo, envolviendo cada rincón en un manto de sombra y silencio.
Blancanieves, preocupada por su hija, se dirigió hacia la habitación de Eislind con una bandeja
cuidadosamente preparada. El aroma del pastel de queso y espinaca, junto con el dulzor del
jugo de frutilla y el rico aroma del pie de manzana, llenaba el pasillo, un contraste agradable con
la oscuridad que envolvía el castillo.

Cuando Blancanieves abrió la puerta de la habitación de Eislind, un pequeño crujido anunció su


entrada. La escena que encontró fue una mezcla de ternura y preocupación: su hija estaba
dormida en la cama, aún vestida con su ropa de día, la cual se arrugaba contra las sábanas
desordenadas. Las cortinas pesadas estaban parcialmente abiertas, permitiendo que la luz de la
luna se filtrara en la habitación, proyectando patrones plateados en el suelo de piedra.

Blancanieves avanzó con pasos suaves para no despertar a Eislind. Se acercó a la cama y notó
que la joven dormía con una expresión de agotamiento en su rostro, sus labios ligeramente
entreabiertos. La preocupación de Blancanieves aumentó al ver que Eislind no se había
cambiado a la ropa de dormir y que su cabello estaba desordenado, un claro signo de su estado
de agitación emocional.

Colocó la bandeja cuidadosamente sobre la mesa junto a la ventana y se inclinó para ajustar la
manta sobre su hija. El frío de la noche había hecho que el ambiente de la habitación se volviera
aún más helado. Blancanieves sintió un escalofrío cuando el aire frío de la ventana abierta le
acarició la piel, intensificando la sensación de inquietud que ya había comenzado a sentir.

A medida que ajustaba la manta, notó que la piel de Eislind estaba fría al tacto. El contraste con
la calidez que había experimentado con el pastel recién horneado y el jugo era marcado.
Blancanieves sintió una punzada de preocupación, preguntándose si el estrés y la tensión de la
discusión con su padre habían afectado a su hija más de lo que había imaginado.

La noche se había hecho aún más profunda cuando Blancanieves se inclinó sobre la cama de
Eislind para despertarla con un susurro suave y maternal. La luz de la luna, filtrada por la
ventana entreabierta, proyectaba sombras largas y temblorosas en las paredes de piedra de la
habitación. A pesar de la suavidad de la voz de Blancanieves, Eislind se sacudió de su sueño con
una expresión de sorpresa y confusión.

“Eislind, despierta, querida,” dijo Blancanieves con una voz llena de ternura y preocupación. “Es
hora de que te prepares para la noche.”
Eislind se desperezó lentamente, sus ojos aún nublados por el sueño. Se incorporó
parcialmente, mirando a su madre con una mezcla de incomodidad y resistencia. Blancanieves
notó el desorden en su cabello y la ropa arrugada de su hija, y sintió una ola de tristeza al ver
cómo el estrés había afectado a Eislind.

Antes de que Blancanieves pudiera hacer más, la puerta se abrió suavemente y una joven
sirvienta entró. La sirvienta, con su delantal impecable y su cabello recogido en un sencillo
moño, entró con una expresión de preocupación. Había oído los murmullos de la conversación y
había decidido venir a ver si todo estaba bien.

Blancanieves asintió agradecida cuando la sirvienta se acercó, y juntas comenzaron a preparar


la habitación para ayudar a Eislind a cambiarse y relajarse antes de dormir. La sirvienta
comenzó a encender las velas con una cerilla, y la cálida luz parpadeante llenó el espacio,
proyectando un resplandor dorado que se mezclaba con las sombras que danzaban en las
paredes.

Mientras las llamas de las velas aumentaban en intensidad, Blancanieves se dirigió a la ventana,
que había estado abierta y permitía que una brisa fría entrara en la habitación. Con un ligero
tirón, la cerró completamente, el suave crujido de los goznes resonando en el silencio nocturno.
La habitación, ahora sin la invasión del aire helado, parecía un poco más acogedora, aunque el
ambiente seguía impregnado de una inquietante calma.

La sirvienta, mientras tanto, se dirigió hacia el pequeño lavabo en una esquina de la habitación.
Con movimientos rápidos y eficientes, preparó agua caliente, el vapor elevándose y llenando la
habitación con un suave aroma a frescura. Blancanieves se acercó con una pequeña toalla y
comenzó a limpiar el rostro y las manos de Eislind con un cuidado delicado. El calor del agua,
mezclado con el toque suave de la tela, proporcionaba un breve alivio a la fría piel de la joven.

Eislind, aún medio adormecida, dejó que su madre y la sirvienta la atendieran, aunque una
sombra de malestar cruzó su rostro al sentir la intervención inesperada. Sus pensamientos
seguían enredados en la discusión de antes y el deseo de escapar de la presión que sentía en
casa. La atmósfera de la habitación, a pesar de la calidez de las velas y el agua, seguía estando
cargada de un aire de tensión.

Blancanieves, notando el desasosiego de su hija, intentó aligerar el ambiente con palabras


suaves y tranquilizadoras. “Eislind, sé que hoy ha sido un día difícil. Solo quiero que te sientas
cómoda y que descanses bien. Aquí tienes tu cena, y cuando termines, puedes intentar relajarte
un poco más.”

La sirvienta, viendo que la limpieza y el cambio de ropa estaban casi completos, preparó la
bandeja con la cena. Colocó el pastel de queso y espinaca, junto con un vaso de jugo de frutilla y
el trozo de pie de manzana, sobre la mesa cerca de la cama. Los aromas reconfortantes llenaron
el aire, una promesa de consuelo en medio de la inquietante noche.
Eislind, ahora completamente despierta y sentada en la cama, aceptó la bandeja con una mirada
de cansancio. El pastel y el pie de manzana, aún tibios, ofrecían una sensación de calidez y
cuidado. Mientras tomaba un bocado, el ambiente de la habitación parecía cambiar lentamente,
con la comida brindando una breve distracción del peso de sus pensamientos.

La sirvienta, con una última mirada de preocupación, salió de la habitación, dejando a


Blancanieves y Eislind solas. Blancanieves, al ver a su hija comer y comenzar a relajarse, sintió
una mezcla de alivio y tristeza. Sabía que la noche estaba lejos de ser tranquila y que los
conflictos internos de Eislind aún necesitaban ser abordados con paciencia y amor.

Claro, aquí tienes la escena con los detalles adicionales que has solicitado:

Blancanieves, con un gesto de gratitud en su rostro, se volvió hacia la joven sirvienta, quien
estaba de pie cerca de la puerta. La calidez de la habitación contrastaba con la frialdad que
todavía envolvía el pasillo exterior.

“Gracias por tu ayuda,” dijo Blancanieves con una sonrisa sincera. “Has sido de gran ayuda esta
noche. Antes de que te vayas, quisiera saber si tú también has podido cenar bien y si todo está
en orden.”

La sirvienta, con su delantal aún inmaculado, respondió con un aire de alivio en su rostro. “Sí,
señora, he tenido la oportunidad de comer antes de venir aquí. Me preparaba para tomar un
baño rápido después de un día largo y agotador. Me vendrá bien un poco de descanso.”

Blancanieves asintió, satisfecha con la respuesta. “Me alegra saber que todo está bien. Y muchas
gracias por tu amabilidad y apoyo. Si necesitas algo o te surge algún inconveniente durante la
noche, no dudes en acudir a Eislind .”

La sirvienta asintió con una expresión de comprensión. “Por supuesto, señora. Mi habitación
está cerca de la de la princesa Eislind. Si surge cualquier cosa durante la noche, ya sea que se
sientan enfermas, necesiten algo o incluso si tienen pesadillas, estaré disponible para ayudar.
Solo háganmelo saber.”

Se volvió hacia Eislind con un guiño cálido y reconfortante. “Y, princesa Eislind, si te sientes
incómoda o inquieta en cualquier momento, no dudes en llamarme. Estaré cerca para asistirte.”

Blancanieves sonrió, mostrando confianza y calidez en su mirada. “Astrid, quiero que sepas que,
si en algún momento te sientes incómoda o inquieta, puedes pedir ayuda a Eislind también. Ella
está aquí para apoyarte, y si el asunto es muy grave, no dudes en despertarnos a Florian y a mí,
así como a Marie, la sirvienta que está cerca de nuestra alcoba real. Todos estamos aquí para
ayudar y asegurarnos de que todos estén bien.”

Eislind, aunque aún algo afectada por el reciente conflicto y las emociones de la noche,
agradeció el gesto con un pequeño asentimiento y una sonrisa cansada. La preocupación por su
bienestar era palpable, y el ofrecimiento de la sirvienta añadía un toque de consuelo en medio
de sus pensamientos agitados.

Blancanieves hizo una pausa antes de que la sirvienta se fuera. Su mirada se volvió grave
mientras consideraba las palabras que estaba a punto de decir. “Debes saber, Astrid, que
aunque nuestro castillo es sólido y está protegido, no estamos completamente exentos de los
peligros que acechan en el reino. A veces, al llegar la noche, y especialmente durante ciertos
periodos del año, el mal sobrenatural puede intentar infiltrarse, buscando desestabilizar nuestra
paz. El bosque y sus alrededores, aunque hermosos, están plagados de viejas leyendas y
amenazas que incluso los muros de nuestro castillo no siempre pueden repeler.”

Astrid asintió solemnemente, comprendiendo la seriedad de las palabras de Blancanieves. “Lo


entiendo, señora. Estaré atenta a cualquier signo de problemas.”

Blancanieves la miró con un toque de preocupación en sus ojos. “Nosotros, como familia,
debemos estar siempre alerta. No solo para protegernos de los peligros físicos, sino también de
aquellos que podrían intentar aprovecharse de nuestra vulnerabilidad en los momentos de
debilidad. Si necesitas ayuda durante la noche, incluso si es por una sensación inquietante o un
mal presentimiento, no dudes en avisarnos. La seguridad de todos es nuestra prioridad.”

Astrid asintió con firmeza. “Lo haré, señora. Gracias nuevamente por su preocupación. Buenas
Noches a ambas, que descansen.”

La sirvienta se inclinó ligeramente en señal de respeto y, con una última mirada y una sonrisa
tranquilizadora, salió de la habitación. El suave cierre de la puerta indicó su partida, dejando a
Blancanieves y Eislind en una atmósfera más tranquila, aunque la noche seguía cargada de
tensiones y emociones no resueltas.

Blancanieves, observando cómo Eislind comenzaba a comer y relajarse, sintió una mezcla de
alivio y ansiedad. Sabía que el camino hacia la paz y la comprensión sería largo, pero el esfuerzo
por cuidar de su hija y mantener el equilibrio en su hogar continuaría siendo una prioridad.
Mientras se dirigía hacia la puerta para despedirse, no pudo evitar una última mirada hacia su
hija, deseando en silencio que la noche trajera un descanso reparador y una nueva perspectiva
para los desafíos que estaban por venir.

En la oscuridad de su habitación, el suave resplandor de las velas titilaba apagándose y


desvaneciendose finalmente dejando a oscuras la mesita junto a su cama, pero para Eislind, ese
calor era insignificante ante el frío que la rodeaba.

La cama, donde descansaba Eislind, se veía pequeña en comparación con la inmensidad de la


cámara, pero lo que realmente reducía su presencia era el frío que emanaba de los rincones
más oscuros.
Estaba profundamente dormida, su respiración apenas perceptible bajo las pesadas mantas,
cuando las sombras comenzaron a retorcerse en su mente. Eislind dormía profundamente, pero
su rostro estaba crispado, con el ceño fruncido.

En su mente, el bosque la envolvía. Caminaba descalza, la hierba húmeda y fría bajo sus pies la
hacía estremecerse. La luz del día, difusa y pálida, apenas se filtraba entre los árboles, pero
pronto, esa luz comenzó a desvanecerse, sumergiéndola en la penumbra. El viento susurraba
palabras ininteligibles, un murmullo que le llenaba el pecho de una sensación de angustia.

Eislind se encontraba en el bosque, un lugar que conocía demasiado bien, pero que ahora
parecía transformado. Los árboles se alzaban más altos y deformes, sus ramas retorcidas se
estiraban hacia el cielo como dedos esqueléticos. El viento susurraba con voces que no lograba
comprender, pero que claramente estaban llenas de malicia. La luna, que solía ser su guía en las
noches claras, apenas se asomaba entre las nubes negras que cubrían el cielo como un manto
opresivo.

Eislind caminaba, o mejor dicho, se veía arrastrada hacia el corazón del bosque, donde una
presencia oscura y sin nombre la llamaba. Cada paso que daba la sumergía más en la
penumbra, mientras sus pies descalzos sentían el suelo húmedo y frío, cubierto de hojas
muertas que crujían bajo su peso. El aire estaba denso, pesado, y con cada inhalación sentía una
presión creciente en su pecho.

A lo lejos, el canto de un cuervo resonó, agudo y siniestro. Sus alas negras surcaron el cielo,
eclipsando los últimos rayos de sol. El bosque, el mismo que tanto la intrigaba en la vida real, se
volvía hostil, desconocido. Las ramas se alargaban hacia ella, intentando atraparla, y a cada paso
que daba, el suelo bajo sus pies parecía ceder, como si intentara devorarla.

El miedo comenzó a apoderarse de ella. El aire se volvía más denso, como si algo invisible
estuviera envolviéndola.

Entonces, lo vio. Frente a ella, un espejo, tan grande como el más majestuoso de los robles que
la rodeaban. Pero este espejo no era como los que había visto antes. La superficie no reflejaba
su imagen; en su lugar, una silueta oscura, sin rostro, emergía lentamente del cristal. A medida
que se acercaba, la figura parecía extender una mano hacia ella, una mano hecha de sombras y
ceniza, tratando de alcanzarla.

El corazón de Eislind latía con fuerza, el miedo subiendo por su garganta hasta ahogarla. Intentó
gritar, pero no podía emitir ningún sonido. El frío se filtraba a través de su piel, invadiendo sus
huesos, y entonces lo sintió: una oscura mancha en su interior, algo que siempre había estado
allí, enterrado profundamente, pero que ahora comenzaba a brotar. Era como si el bosque la
reconociera, como si esa oscuridad dentro de ella respondiera al llamado de algo mucho más
antiguo y maligno.

La figura oscura habló, pero su voz no provenía del espejo. Venía de dentro de ella, susurrando
promesas de poder, tentándola con el conocimiento de secretos prohibidos. "No puedes
escapar de lo que eres", murmuraba la voz, resonando en sus pensamientos. "Eres parte de
esto. Siempre lo has sido."

Eislind intentaba correr, pero sus piernas no respondían. Sentía el peso de la criatura
acercándose, el frío intenso de su proximidad.

"¡No!", gritó Eislind, su voz ahogada por el viento gélido del sueño. La figura oscura extendió su
mano hacia ella, y al rozar su piel, un escalofrío paralizante la recorrió de pies a cabeza. El suelo
bajo sus pies se quebró, y Eislind cayó en un abismo sin fin.

De repente, sintió un tirón brusco en su cuerpo, como si alguien la hubiera arrancado del sueño.

Eislind se despertó con un jadeo. La oscuridad de su habitación la envolvía, y aunque las velas
aún ardían, su luz parecía tenue y distante. Su piel estaba empapada en sudor frío, y su corazón
latía tan rápido que podía oírlo en sus oídos. Los ecos del sueño seguían persiguiéndola, las
palabras de la figura aún resonaban en su mente. Se llevó las manos a la cara, tratando de
calmarse, pero el miedo seguía aferrado a su pecho.

De pronto, el sonido suave de la puerta abriéndose la sacó de su trance. Era Astrid, la joven
sirvienta, que había entrado silenciosamente, preocupada por el movimiento inquieto de Eislind.
Con una lámpara en la mano, se acercó a la cama con pasos cautelosos.

"¿Princesa Eislind? ¿Está todo bien?", preguntó Astrid con voz suave, sus ojos reflejando
preocupación al ver el estado agitado de la joven.

Eislind, aún atrapada entre el sueño y la realidad, no pudo responder de inmediato. Su mirada
se perdió en la ventana, que estaba ahora cerrada, pero que en su pesadilla había estado
abierta, dejando entrar algo más que el frío de la noche.

Astrid, percibiendo la angustia de la princesa, colocó la lámpara sobre la mesita de noche y se


acercó más, tocando con delicadeza su brazo. "¿Tuviste un mal sueño, pequeña?"

Eislind finalmente asintió, pero no podía encontrar las palabras para describir lo que había
experimentado. Se limitó a asentir mientras intentaba controlar su respiración, sintiendo aún el
frío penetrante del sueño en su piel.

"Voy a traer agua caliente para que puedas lavarte la cara," dijo Astrid con calma. "Y si lo deseas,
puedo quedarme contigo un rato hasta que te sientas mejor."

Mientras la sirvienta se movía rápidamente para cumplir su tarea, Blancanieves apareció en la


puerta, con una expresión de preocupación que trataba de disimular. "Astrid, ¿todo está bien
aquí?" preguntó suavemente.

Astrid asintió. "Parece que la princesa tuvo una pesadilla, su majestad. Estoy trayendo agua
caliente."
Blancanieves se acercó a la cama de su hija, y sin decir una palabra, se sentó junto a ella. Sus
ojos, llenos de amor maternal, buscaron los de Eislind, quien intentaba recuperar la calma.
“Estoy aquí, hija,” murmuró Blancanieves, acariciando su cabello con delicadeza. “No hay nada
que temer.”

Pero Eislind sabía que no era tan simple. La oscuridad que había sentido en su sueño no era
solo un producto de su imaginación. Había algo más profundo, algo que la había estado
acechando desde siempre, y por primera vez, lo había sentido verdaderamente real.

Astrid volvió con el agua caliente y un paño limpio. Blancanieves ayudó a su hija a mojarse por el
rostro, el contacto del agua tibia sirviendo como un pequeño ancla que la traía de vuelta a la
realidad. Sin embargo, el miedo persistía, como una sombra que se negaba a desaparecer del
todo.

Astrid, acercándose con una toalla húmeda, comenzó a limpiar el rostro de Eislind con
delicadeza. La suavidad del paño y el calor de las manos de su madre empezaron a calmarla
poco a poco. “Si necesitas algo más, estaré en la habitación contigua,” dijo Astrid con una sonrisa
tranquilizadora.

Blancanieves la miró y, con una sonrisa llena de confianza, añadió: “Recuerda, si también tienes
alguna pesadilla o te sientes inquieta, también puedes venir con nosotras. Todos aquí estamos
para ayudarnos.”

Astrid asintió, agradecida, mientras se retiraba de la habitación. La puerta se cerró suavemente


tras ella, dejando a Blancanieves y Eislind en el silencio de la noche. Pero ahora, aquel silencio
parecía más pesado, cargado de secretos y miedos ocultos que ambas intentaban ignorar.

Blancanieves, a pesar de sus palabras tranquilizadoras, no pudo evitar mirar por la ventana,
hacia la vastedad del bosque más allá de los muros del castillo. Sabía que, aunque el mal
sobrenatural no siempre era visible, su amenaza permanecía, como una oscura nube que nunca
se alejaba por completo. Sabía que el castillo no estaba completamente a salvo, y que ni siquiera
ella, con toda su fortaleza, podía proteger a su hija de todas las sombras que acechaban en el
mundo.

CAPITULO III:

Wolfarr se movía con agilidad entre los árboles del lado luminoso del Bosque de los Espejos, su
cuerpo de veinte años fuerte y resistente, acostumbrado a las demandas de la cacería. Jager, el
lobo blanco, corría a su lado, sus patas golpeando el suelo cubierto de hojas con una gracia que
sólo un depredador nato podía mostrar. La mañana estaba fresca, el aire impregnado de la
humedad que quedaba después de la ligera lluvia de la noche anterior. El bosque, aunque aún
rodeado de una energía salvaje, parecía menos amenazante en esta zona iluminada. Era aquí
donde Wolfarr se sentía más en control, más conectado a la naturaleza y al lobo que había
entrenado desde cachorro.
Cada movimiento que hacía, cada paso silencioso que daba, reflejaba los años de
entrenamiento como cazador real. Sus ojos oscuros, afilados y atentos, escrutaban el entorno
en busca de señales de vida. Era un cazador experto, un rol que había asumido con orgullo,
aunque sabía que este mismo título lo había alejado de algo que alguna vez significó mucho
más para él: su amistad con Eislind.

Recordaba aquellos días de infancia como una bruma cálida en su mente. Eislind y él corriendo
por los jardines del castillo, riendo mientras se revolcaban en el lodo, compartiendo manzanas
robadas de los árboles frutales. Ella siempre había sido más que una princesa para él entonces.
Su compañera de travesuras, su amiga más cercana. Pero los años y sus respectivos roles en el
castillo los habían distanciado.

Ahora, la única razón por la que cruzaban palabras era Jager, el lobo que ambos habían
encontrado juntos en el bosque cuando era solo un cachorro. Aunque Eislind era la dueña
oficial, había sido Wolfarr quien lo había domesticado, entrenado y cuidado. Y aunque amaba al
lobo, no podía evitar sentir que este era el único vínculo que les quedaba. Ya no eran los niños
que se reían sin preocupaciones, ahora ella era la princesa y él el cazador real, y ese abismo
parecía ensancharse más con cada encuentro.

La cercanía que compartían se había esfumado con los años, reemplazada por la distancia de
sus deberes en el castillo. Ahora, cuando la veía, la veía como una princesa, alguien que estaba
por encima de él. Eislind siempre le sonreía cuando hablaban de Jager, pero esos intercambios
eran fugaces, formales, y la camaradería de antaño parecía un eco lejano.

Wolfarr se arrodilló junto al arroyo donde Jager bebía agua, sus ojos oscuros reflejando las
estrellas que ya empezaban a borrarse del cielo mientras amanecía y la noche quedaba en el
olvido. El silencio del bosque lo rodeaba, pero no era un silencio pacífico. Siempre había algo en
la profundidad de ese lugar que lo inquietaba, una presencia que no podía ignorar. El viento
sopló, trayendo consigo un escalofrío que le recorrió la espalda. No era solo el bosque. Algo más
había cambiado.

Recordaba la última vez que había visto a Eislind, la forma en que ella lo había mirado cuando él
la llevó al patio para ver a Jager. Había algo en su mirada que le hacía sentir un tirón en el
corazón. La conocía desde pequeña, pero esa chispa que había entre ellos, esa complicidad
infantil, ahora parecía haber sido reemplazada por una tensión latente.

Mientras caminaba por el bosque, Wolfarr no podía sacudirse la sensación de que algo había
definitivamente cambiado en Eislind. En cada breve conversación que tenían sobre Jager, notaba
en sus ojos un brillo diferente, algo más profundo, casi oscuro. Y aunque ella le sonreía como
siempre, había algo en su sonrisa que le dejaba un rastro de inquietud. Esa tensión era palpable,
como si ambos estuvieran atrapados en un juego que ninguno de los dos comprendía del todo.

El viento sopló entre los árboles, trayendo consigo el aroma de la tierra húmeda y de las flores
que apenas comenzaban a brotar. Pero incluso en el lado luminoso del bosque, había algo más.
Un leve escalofrío recorrió la espalda de Wolfarr. Sabía que el lado oscuro del bosque, con sus
criaturas sobrenaturales y leyendas de peligro, estaba a kilómetros de distancia, pero la
influencia de ese lugar maldito nunca estaba realmente lejos. Sentía su presencia, como una
sombra al acecho en la periferia de su mente.

Jager levantó la cabeza, olisqueando el aire con desconfianza, como si también percibiera algo
inusual. Wolfarr frunció el ceño y acarició el cuello del lobo, buscando calmarlo. No había nada
evidente en el entorno que pudiera justificar el nerviosismo de Jager, pero él había aprendido a
confiar en los instintos del animal. Algo estaba mal.

—Tranquilo, chico —murmuró, su voz apenas un susurro entre los árboles.

Pero aunque trataba de mantener la calma, su propio corazón latía con más fuerza. La
sensación de que el bosque los observaba desde las sombras, que algo los seguía, no
desaparecía. Intentaba distraerse, concentrarse en la cacería, pero su mente seguía volviendo a
Eislind. A las veces que ella lo miraba con esa mezcla de desafío y nostalgia, como si ambos
supieran que había algo sin resolver entre ellos, algo que ambos evitaban enfrentar.

De repente, Jager levantó la cabeza, sus orejas agitándose. El lobo comenzó a emitir un gruñido
bajo, y Wolfarr se puso de pie de inmediato, su mano instintivamente yendo hacia la daga en su
cinturón. Su corazón latía con fuerza en su pecho, y el aire parecía volverse más pesado. El
viento susurraba entre los árboles, pero no era un sonido natural, sino más bien un lamento,
como si el propio bosque advirtiera de un peligro inminente.

Wolfarr se tensó. Estaba acostumbrado a los peligros del bosque, a las criaturas salvajes que
merodeaban en la oscuridad, pero esto era diferente. Sentía como si el propio suelo bajo sus
pies estuviera cargado de una energía maligna. Algo antiguo y oscuro. Y en su mente, sin saber
por qué, pensó en Eislind.

Wolfarr sabía que debía mantener una distancia apropiada con ella. Después de todo, era la
princesa. Pero ese abismo que los separaba no podía borrar los recuerdos que compartían. Y
últimamente, en cada encuentro, sentía algo más, algo que no había querido admitir. El amor
que había florecido de la amistad de la infancia aún persistía en algún rincón de su ser, a pesar
de que lo había negado durante años. Pero ahora, ese amor parecía entrelazarse con una
inquietud, un temor inexplicable de que algo oscuro estaba creciendo en ella, algo que él no
podía ignorar.

El bosque a su alrededor se volvió más silencioso. Los sonidos de los pájaros cesaron de
repente, y el aire se volvió denso. Wolfarr se detuvo, alerta, mientras Jager emitía un nuevo
gruñido bajo. Sus ojos oscuros se movieron rápidamente entre los árboles, buscando cualquier
signo de peligro. Pero no había nada. Solo el silencio, y la sensación creciente de que algo
acechaba desde las sombras, observándolos.

Wolfarr se encontraba ajustando la cuerda de su arco mientras Jager se adelantaba unos pasos,
olfateando el aire inquieto. El día había empezado con relativa calma, pero había algo en el
ambiente que le erizaba la piel. La sensación de ser observado, de estar en presencia de algo
que no debería estar ahí. La luz del sol, filtrada entre las copas de los árboles, proyectaba
sombras alargadas sobre el suelo del bosque. El sonido de las hojas crujientes bajo sus pies lo
mantenía alerta.

De repente, Jager soltó un gruñido bajo, que lo sacó de su concentración. Al levantar la vista, la
figura de una joven emergió entre los árboles, deslizándose con una gracia casi antinatural hacia
él. La reconoció al instante, aunque hubiera preferido no hacerlo.

Lilith.

Su piel blanca como el mármol parecía brillar bajo la luz tenue del bosque, y su cabello, rubio y
casi translúcido, se derramaba sobre sus hombros como la leche recién vertida. Su porte era
imponente, como si cada paso que daba fuese calculado para dejar huella en quienes la
observaban. Sus ojos grises, fríos y vacíos de emoción, se clavaron en los de Wolfarr con una
intensidad perturbadora.

—Vaya, vaya... —murmuró ella con una voz dulce, pero teñida de sarcasmo—. Si no es el joven
cazador real.

Wolfarr apretó la mandíbula, sintiendo la tensión crecer en su cuerpo. Lilith era hermosa, sí,
pero detrás de esa belleza perfecta, había algo cruel, algo sádico que siempre lograba encender
en él una chispa de desagrado. Su fama la precedía. Los aldeanos hablaban en susurros sobre
los horrores que, supuestamente, ocurrían en su mansión. Gritos de dolor, de tortura, los ecos
de sufrimiento atrapados entre las gruesas paredes de piedra. Se decía que los sirvientes que
trabajaban para su familia no vivían mucho tiempo, y los pocos que escapaban jamás hablaban
de lo que ocurría allí dentro. Pero los rumores persistían, oscuros y densos como el aire que
ahora lo rodeaba.

—Lilith —respondió Wolfarr secamente, intentando mantener la calma.

Jager se quedó inmóvil a su lado, su mirada fija en la joven, como si también percibiera el peligro
que emanaba de ella.

Lilith dio un paso más cerca, su vestido largo de rojo pálido apenas rozaba el suelo del bosque, y
su expresión cambió de una sonrisa burlona a una de fingida inocencia.

—¿Cazando, Wolfarr? Qué rudo y viril... —Su voz tenía un toque seductor, pero él no mordió el
anzuelo.

Sabía lo que hacía Lilith. Era conocida en todo el reino, no solo por su belleza, sino por cómo
jugaba con los sentimientos de los jóvenes. Hijos de nobles, príncipes de reinos lejanos, incluso
muchachos humildes caían bajo su hechizo, sólo para ser cruelmente humillados después.
Wolfarr había oído historias de cómo se besaba con ellos en secreto, los dejaba soñando con un
romance imposible, para luego reírse de su ingenuidad frente a todos. Esa crueldad, esa
indiferencia hacia el dolor ajeno, era lo que más le desagradaba.
—No estoy interesado en tus juegos, Lilith —dijo él con firmeza, su voz más grave de lo habitual.

—Oh, vamos. ¿Por qué tan frío? —replicó ella, acercándose aún más. Su tono se tornó más
agudo, casi hiriente—. Pensé que eras más... divertido cuando eras niño. Pero supongo que la
vida de cazador te ha endurecido demasiado.

Wolfarr sintió que sus músculos se tensaban, pero no por el comentario en sí, sino por la
sensación creciente de que Lilith estaba jugando un juego que él no comprendía del todo. Había
algo más oscuro en ella ahora, algo que no estaba ahí cuando eran más jóvenes.

—¿Qué quieres? —preguntó, sin apartar la mirada de sus ojos grises, sabiendo que cualquier
distracción podría costarle caro.

Lilith sonrió, una sonrisa que no llegó a sus ojos.

—Nada de ti, cazador. Solo disfrutaba de mi paseo... aunque ahora que lo pienso, tal vez sí
quiera algo. Quizás un poco de diversión. ¿Por qué no me acompañas?

El bosque pareció oscurecerse alrededor de ellos. El viento dejó de soplar, y el silencio que se
instaló fue espeso, opresivo. Wolfarr sabía que debía marcharse, pero la presencia de Lilith lo
mantenía atrapado, como si la misma naturaleza estuviera en su contra.

—No puedo —dijo, dando un paso hacia atrás—. Tengo cosas más importantes que hacer.

Lilith ladeó la cabeza, su expresión cambiando una vez más a algo más... sombrío.

—Oh, ¿más importante que acompañar a una amiga de la infancia? Qué triste, Wolfarr. —Su
tono se volvió frío, y la dulzura desapareció—. Pero no importa. Supongo que puedo encontrar
diversión en otro lado.

Sus palabras, aunque superficiales, tenían un filo que Wolfarr no pudo ignorar. Sabía que ella no
era alguien a quien se pudiera despreciar sin consecuencias. Lilith disfrutaba destruyendo a los
que se cruzaban en su camino, sin importar quiénes fueran. El poder de su linaje y la riqueza de
su familia la protegían de cualquier castigo, y eso la hacía más peligrosa de lo que cualquier
criatura del bosque pudiera ser.

—No juegues conmigo, Lilith —advirtió Wolfarr, su voz más firme de lo que él esperaba.

Ella se echó a reír, una risa hueca que resonó entre los árboles.

—Yo no juego, cazador. Simplemente... gano.

Con esas palabras, se giró, dejando tras de sí una sensación de inquietud que se instaló en el
pecho de Wolfarr. Jager, que había estado observando en silencio, emitió un pequeño gruñido,
como si compartiera el sentimiento de su amo.
Wolfarr observó a Lilith desaparecer entre los árboles, su figura desvaneciéndose como un
susurro en la oscuridad. Pero el malestar permanecía. Sabía que este no sería su último
encuentro con ella. Y sabía que, de alguna manera, Lilith estaba jugando a un juego mucho más
peligroso de lo que él podría imaginar.

El viento volvió a soplar, pero ya no era el mismo.

Wolfarr se apoyó en un árbol grueso, el musgo fresco bajo sus dedos era reconfortante. A su
lado, Jager, el lobo blanco que había criado junto a Eislind, se agitaba en la hierba como si
pudiera sentir el alivio que finalmente dominaba a su amo. Wolfarr dejó escapar una risa baja y
nerviosa, todavía sacudiéndose la incomodidad que le había dejado el encuentro con Lilith. Su
presencia había sido perturbadora. La belleza de la joven era indiscutible, pero en sus ojos
grises había algo afilado, algo que cortaba el aire, como un cuchillo invisible que siempre estaba
listo para herir. No podía entender cómo alguien podía mezclar una apariencia tan angelical con
una crueldad tan evidente.

Wolfarr, mientras caminaba junto a Jager por el lado luminoso del bosque, sentía cómo el alivio
comenzaba a reemplazar el malestar provocado por su encuentro con Lilith. La joven de linaje
noble siempre lo dejaba con una sensación incómoda y pesada en el pecho. Aún podía recordar
la frialdad en sus ojos grises, esos que parecían mirar a través de él, como si no fuera más que
un juguete en sus manos. Sin embargo, Jager, su fiel lobo blanco, corría alegremente a su lado,
liberando parte de la tensión que todavía se aferraba a él.

Riendo bajo, Wolfarr pasó una mano por el pelaje espeso de Jager, mientras murmuraba: "No sé
cómo logras mantener la calma, amigo. Lilith... es como una sombra que no se aparta, siempre
presente donde menos la esperas." Jager le respondió con un suave gruñido y un movimiento
juguetón de la cabeza. El cazador agradeció la compañía, disfrutando el consuelo silencioso que
le brindaba.

Mientras avanzaba hacia los límites del bosque, el sol comenzaba a declinar, lanzando sombras
alargadas sobre el camino. A pesar del alivio momentáneo que sentía, su mente no tardó en
volver a Eislind. Sabía que la princesa solía pasar las tardes solitarias, y la idea de invitarla a
cabalgar en las praderas floreadas cercanas al castillo se le cruzó por la cabeza. Sin embargo,
algo en él lo hacía titubear. Sabía que debía pedir permiso a Blancanieves o al príncipe Florian,
pero la idea de enfrentarse a ellos, de justificar su interés por pasar tiempo con la princesa, lo
ponía nervioso.

"¿Qué les digo? No es solo... un paseo," se dijo a sí mismo. "Quizá debería inventar algo... una
excusa razonable, algo que no levante sospechas." Sus pensamientos vagaban entre ideas
torpes y justificaciones poco convincentes, mientras caminaba hacia el castillo. Sabía que lo que
sentía por Eislind era más que simple amistad, y eso complicaba todo. En su mente, la imagen
de Eislind con su cabello negro como la madera de ébano, sus ojos azules como el hielo y los
labios rojos como la sangre lo perseguía, reviviendo recuerdos de la infancia, cuando todo era
más sencillo.
Ahora, ella era una princesa, alguien a quien debía tratar con respeto. Pero había algo en esos
momentos compartidos, en las sonrisas y en sus charlas sobre Jager, que lo hacían dudar de esa
barrera invisible que los roles del castillo habían levantado entre ellos.

Había sido demasiado tiempo desde que se acercó a ella como cuando eran niños, cuando
compartían risas y aventuras sin preocupaciones. Ahora, cada interacción parecía estar cargada
de expectativas, de diferencias insalvables. Pero, ¿y si... intentara revivir algo de eso? De repente,
la idea de invitarla a cabalgar en las praderas floreadas, aquellas que se extendían como un mar
de colores justo más allá del castillo, lo llenó de una mezcla de emoción y temor.

Se enderezó, sacudiendo la tierra de su capa. Podía imaginarse a Eislind, su cabello negro


ondeando y estrellándose con su piel blanca al viento mientras los dos cabalgaban bajo el cielo
amplio y despejado. El simple pensamiento de verla sonreír, sin las preocupaciones que siempre
parecían pesarle últimamente, hacía que su corazón latiera más rápido. Pero con esa idea surgía
otro problema: ¿Cómo convencerla?

No podía simplemente aparecer y pedirle que lo acompañara. Eislind era una princesa, y él,
aunque cazador real, no dejaba de ser alguien con un estatus muy inferior. Además, Florian y
Blancanieves estaban siempre atentos a la seguridad de su hija, especialmente cuando se
trataba de alejarse demasiado del castillo.

—¿Qué opinas, Jager? —murmuró, agachándose para frotar el lomo del lobo—. ¿Crees que
debería pedir permiso primero?

Jager le ladró suavemente, como si entendiera la encrucijada en la que estaba su amo. Wolfarr
sonrió, aunque su nerviosismo seguía presente. Tenía que pensar en algo que no levantara
sospechas. Tal vez podía mencionar que había notado el clima perfecto y que una cabalgata le
haría bien a la princesa. No era del todo mentira, después de todo, los prados eran un lugar
tranquilo, alejado de las sombras del bosque, del peligro de Lilith, y sobre todo, del lado oscuro
del Bosque de los Espejos.

Tomó una decisión, aunque su estómago se revolvía de nervios ante la posibilidad de ser
rechazado o, peor aún, de parecer demasiado ansioso por estar cerca de Eislind. ¿Qué pensaría
ella? A veces, cuando hablaban brevemente sobre Jager, ella le sonreía con una calidez que
recordaba los viejos tiempos. Pero otras veces, su postura era tan distante, tan formal, que
Wolfarr se sentía como si hubiera una barrera invisible entre ellos.

Con esa mezcla de inquietud y determinación, comenzó a caminar hacia el castillo, Jager
siguiéndolo de cerca, sus patas suaves moviéndose con facilidad entre las raíces y el suelo
irregular. El bosque luminoso empezaba a desvanecerse detrás de él, y el cielo sobre el castillo
se veía cada vez más claro. Al acercarse, el nerviosismo volvió a apoderarse de él. Sentía el peso
de la decisión que acababa de tomar: invitar a Eislind a cabalgar sin parecer descarado, sin que
su interés en ella pareciera demasiado evidente.
Ya casi podía ver las torres del castillo alzándose, grises y majestuosas, cuando su mente
comenzó a repasar cómo iba a formular la invitación. Tal vez podría decirle que el día era
perfecto para entrenar a Jager, y que su presencia haría que la criatura respondiera mejor... Sí,
esa podría ser una excusa razonable.

Pero, ¿y si se negaba? ¿Y si lo rechazaba como lo había hecho antes, con esa sonrisa sincera,
tierna y dulce cómo una manzana nueva, lo hacía sentir aún más distante de ella?

Wolfarr sacudió la cabeza, intentando dejar de lado esos pensamientos. Esta vez, sería diferente.
Tenía que serlo. Lo que sentía por ella... Aunque nunca lo admitiera en voz alta, lo que Eislind
significaba para él iba más allá de la amistad de la infancia. Y aunque sabía que ella era una
princesa, y él un cazador, siempre había creído en la posibilidad de algo más.

Eislind acariciaba suavemente el cuello del caballo blanco, su piel pálida contrastando con el
brillo del pelaje del animal. El mediodía había traído un leve calor que se filtraba a través de las
ventanas del establo, y el olor a heno y tierra mojada la envolvía. Mientras acariciaba al caballo,
dejó escapar una suave melodía de sus labios: "Someday My Prince Will Come". Era una
canción que su madre, Blancanieves, le había cantado desde la cuna, pero nunca había
reparado en la profundidad de sus palabras hasta ese momento.

Cantaba mecánicamente, cada palabra fluyendo con una dulzura casi automática, como si la
melodía fuera parte de su esencia. Pero ahora, al estar sola con el animal, las letras comenzaron
a adquirir otro significado. ¿De verdad esperaba un príncipe que llegara a salvarla? ¿Era eso lo
que ella deseaba? Sentía que algo dentro de ella se resistía a la idea de depender de otro para
su propio destino.

El caballo relinchó suavemente, respondiendo a su toque, y Eislind sonrió, aliviada. La mañana


había sido reparadora. Después de su terrible pesadilla, que la había dejado con una sensación
de opresión en el pecho, el desayuno con sus padres había sido una oportunidad para exorcizar
los miedos que la acosaron durante la noche. Blancanieves y Florian la escucharon con
paciencia mientras relataba los horrores que había soñado. Las sombras, los ecos de voces
maliciosas, y la opresión que sentía dentro de sí misma, como si algo oscuro intentara emerger.
Sin embargo, hablarlo con ellos había sido como un bálsamo, ayudando a disipar las tensiones
del día anterior, especialmente la discusión con su madre en la cocina.

Acababa de disculparse con Hugo también. Recordaba el rostro del robusto jefe de cocina
cuando la discusión se salió de control; se había mantenido en silencio, pero ella sabía que lo
había incomodado. Al disculparse, él había respondido con una sonrisa cálida y la promesa de
preparar su postre favorito en la cena. Esa reconciliación le había dado cierta paz.

Acariciando la crin del caballo, Eislind sentía la brisa cálida que entraba por las rendijas del
establo. El mundo a su alrededor parecía más tranquilo ahora. Las montañas del fondo,
cubiertas de pinos oscuros, se alzaban imponentes, pero no tan amenazantes como la
oscuridad del bosque que tanto la intrigaba. Había algo en esos árboles que la llamaba, como
un susurro lejano en lo profundo de su mente. Pero aquí, a la luz del sol, junto a su caballo y en
el castillo donde había crecido, ese llamado parecía tan distante como un mal sueño.

La calidez del mediodía la reconfortaba. Sentía que, por ahora, estaba en control.

Eislind seguía acariciando al caballo, sumergida en la familiar melodía de "Someday My Prince


Will Come", tan ensimismada en el ritmo de sus propios pensamientos que apenas se dio
cuenta de lo sola que estaba en el establo. El suave aliento del animal, el crujir del heno bajo sus
pies y el eco lejano de las aves creaban una atmósfera tranquila, casi hipnótica, bajo la cálida luz
del mediodía. Todo parecía en calma, como si los temores de la noche anterior fueran solo una
sombra que ya se había desvanecido.

El caballo agitó su cabeza y relinchó suavemente, interrumpiendo su canto. Eislind sonrió, sus
dedos deslizando por la crin del animal, agradeciendo el calor que emanaba de su cuerpo. El
silencio del establo solo era roto por su respiración, pero pronto sintió una leve inquietud que
comenzó a colarse bajo su piel. Había algo en la quietud del lugar que parecía fuera de lugar,
algo demasiado... inmóvil. No era la quietud pacífica de una tarde tranquila, sino una que
cargaba con el peso de lo inesperado.

De repente, un ruido detrás de ella, leve pero inconfundible, hizo que se tensara. El sonido de
botas sobre la madera y el leve roce de ropa rozando las paredes. Eislind giró de inmediato, el
corazón golpeándole en el pecho como un tambor. Frente a ella, en la penumbra del establo, la
figura de Wolfarr emergió de entre las sombras, caminando con una agilidad que apenas
parecía perturbar el silencio.

El cazador real se detuvo al ver la expresión de sorpresa en el rostro de Eislind. Él también


parecía sobresaltado, sus oscuros ojos parpadeando con confusión. No esperaba encontrar a
nadie allí.

Eislind llevó una mano a su pecho, tratando de calmar el ritmo acelerado de su corazón. El calor
del mediodía ya no le parecía reconfortante; de hecho, sentía una leve frialdad reptando por su
piel a pesar de los rayos de sol que se colaban por las ventanas. Su mirada se encontró con la de
Wolfarr, y por un instante, el espacio entre ellos se llenó de una tensión palpable, como si algo
no dicho flotara en el aire.

—No esperaba encontrarte aquí —dijo Wolfarr, su voz baja, casi ronca, como si el silencio del
establo lo hubiera contagiado. Eislind notó que llevaba a Jager a su lado, el lobo blanco que
habían encontrado juntos de niños, aunque ahora, mucho más grande y temible, con su pelaje
resplandeciendo bajo el sol que se colaba por el techo del establo.

Eislind intentó sonreír, aunque aún sentía el nudo en su estómago, el eco de la sorpresa
resonando en su interior. —Yo tampoco esperaba verte —respondió, su voz un poco más baja
de lo habitual, tratando de recuperar la compostura.

El caballo a su lado resopló y movió sus patas inquieto, como si también sintiera el cambio en el
ambiente. La luz del día seguía bañando todo a su alrededor, pero de alguna manera, la
presencia de Wolfarr en ese lugar solitario parecía traer consigo una sombra que no pertenecía
a esa hora del día.

Wolfarr avanzó un paso, dejando que su mirada descansara sobre el caballo, pero Eislind sabía
que estaba más enfocado en ella. El silencio que siguió fue incómodo, ambos conscientes de la
distancia que los había separado durante años, y de lo poco que quedaba de aquella cercanía
infantil. Ahora, Wolfarr la trataba con el respeto y la distancia que uno le otorga a una princesa,
y ella no estaba segura de cómo romper ese muro que parecía haber crecido entre ellos.

—Jager... ha estado inquieto últimamente —murmuró Wolfarr, acariciando el pelaje del lobo,
rompiendo el silencio con una excusa que no convenció a ninguno de los dos.

Eislind asintió, mirando al lobo con una ternura que no podía ocultar. Jager era el único vínculo
que todavía compartían, y aunque Wolfarr había sido quien lo entrenó, ella sentía que el lobo
pertenecía a ambos, como un recuerdo de los días en los que eran inseparables. Los días en los
que todo parecía más simple, sin las sombras que ahora acechaban sus vidas.

—Siempre lo has cuidado bien —respondió ella, su voz más suave. Sentía que las palabras no
eran suficientes para llenar el espacio entre ellos, para borrar la incomodidad.

Wolfarr la observó por un momento más largo, su expresión impenetrable. Parecía que algo le
pasaba por la mente, pero antes de que pudiera decir nada, el caballo de Eislind volvió a
agitarse, como si percibiera la tensión.

Eislind sintió un escalofrío recorrer su espalda. No estaba segura de si era la sombra de su


pesadilla aún persiguiéndola o si había algo más en ese momento, algo que flotaba entre las
palabras no dichas y las miradas furtivas.

Eislind sintió que el aire en el establo se volvía más denso, como si cada partícula flotante de
polvo fuera un susurro que no podía descifrar. Había algo intangible entre ella y Wolfarr, algo
que se movía en ese espacio vacío como las alas de una mariposa atrapada en una red invisible.
La tensión que flotaba entre ambos era tan palpable que podría haberla cortado con la espada
de su padre. Sin embargo, no era una tensión meramente incómoda; era la danza silenciosa
entre lo prohibido y lo deseado, entre lo que había sido y lo que nunca se atrevieron a imaginar.

El sol de mediodía iluminaba el polvo suspendido en el aire, cada motita brillante flotando como
pequeños encantos dorados, hechizos diminutos y luminosos que parecían envolverlos en una
burbuja irreal. Los dedos de Eislind se deslizaron suavemente por la crin del caballo blanco, pero
su mente estaba lejos, muy lejos de aquel establo. Su pecho palpitaba con un latido sordo,
rítmico, un eco de un deseo que ni siquiera sabía cómo nombrar. Era como si las palabras de su
madre, "Someday My Prince Will Come", resonaran en cada rincón de su mente, llenándola
con promesas vagas y deseos que nunca había considerado hasta ahora.

"¿Él? ¿Wolfarr? No, no puede ser...", pensaba, aunque no podía evitar preguntarse si aquellos
sueños que siempre parecieron tan lejanos pudieran haber estado más cerca de lo que creía.
Wolfarr era un cazador, alguien forjado por el frío acero y las duras tareas del bosque, pero
había algo en él que la atraía de manera que ningún otro joven del reino lo hacía. En su mirada
oscura y profunda había un misterio, una amenaza latente, pero también una promesa de
devoción inquebrantable, como los caballeros de las historias antiguas, aquellos que lo daban
todo por la doncella a la que amaban en silencio.

Sus pensamientos eran un laberinto oscuro, enredado en metáforas que la atrapaban como
espinas de una rosa encantada. No había nada claro en sus sentimientos, excepto el pulso
constante que sentía en su cuello, como si su corazón quisiera decirle algo que su mente no
podía procesar. Los labios de Wolfarr, siempre serios y firmes, parecían un enigma en sí
mismos. ¿Cómo sería un beso robado bajo la luz tenue de la luna, entre las sombras de los
árboles que sabían todos sus secretos?.

La presencia de Wolfarr era un hechizo oscuro en sí mismo. Donde él estaba, la naturaleza


parecía callar, como si lo reconociera como parte de ella, como si el viento se inclinara para
escuchar sus palabras no dichas. Pero lo que más la perturbaba, lo que hacía que su corazón
latiera con fuerza en su pecho, era la posibilidad de que él también estuviera atrapado en el
mismo hechizo. ¿Lo sabía? ¿Sentía él las mismas redes invisibles tensándose entre ellos?

Mientras acariciaba al caballo, el animal pareció notar su agitación. Movió la cabeza hacia ella, su
aliento cálido contra la piel fría de Eislind. Ella cerró los ojos, buscando refugio en esa pequeña
conexión terrenal, algo que la anclara a la realidad. Pero incluso con los ojos cerrados, podía
sentir a Wolfarr detrás de ella, su presencia tan tangible como una sombra bajo la luna llena.
Abrió los ojos lentamente, volviendo a enfrentarse a la luz que entraba a través de las grietas en
las paredes del establo.

Cuando por fin levantó la mirada, encontró a Wolfarr observándola, y en ese instante, algo
profundo se encendió entre ellos, una chispa oculta que ni el más oscuro de los encantamientos
podría apagar. Sus ojos, oscuros como el bosque más profundo, parecían contarle secretos que
solo ella podía escuchar. Se sentía como si todo el establo, las paredes, el techo, el mundo
entero, estuviera suspendido en ese momento entre ellos, en ese fino hilo de tensión que
podía romperse o encenderse en llamas.

—Debería irme —murmuró Wolfarr, su voz grave y rasposa, como si el simple acto de hablar
fuera un esfuerzo en medio de aquella tensión. Pero no se movió.

Eislind asintió, pero sus pies permanecieron firmes, enraizados en el suelo. Había algo en él
que la hacía querer quedarse, algo que la atraía como un imán, y el aire en el establo
parecía lleno de flores invisibles, flotando a su alrededor, contrastando con los oscuros
pensamientos que revoloteaban en su mente. Las flores que imaginaba eran delicadas,
etéreas, iluminadas por una luz fantasmal. Pero había espinas también, ocultas en la belleza,
como los hechizos de los cuentos, dulces en apariencia, pero cargados de peligro.

El silencio entre ellos era como un sortilegio que nadie se atrevía a romper. Eislind sintió su
pecho levantarse y caer con cada respiración, consciente de cada centímetro de su cuerpo, de la
ligera brisa que rozaba su cuello, del suave roce del heno bajo sus pies, del calor que irradiaba
de Wolfarr a pesar de la distancia que los separaba. Había algo mágico, algo sobrenatural
flotando en el aire, como si en cualquier momento el día pudiera oscurecerse y el bosque
pudiera tragárselos en un susurro.

Finalmente, Wolfarr dio un paso hacia atrás, rompiendo el hechizo, pero no del todo. Aún había
algo entre ellos, algo que no se desvanecía con la distancia. Él inclinó la cabeza levemente, una
despedida que parecía contener mil palabras que ninguno de los dos se atrevió a pronunciar.

—Cuida de Jager —fue todo lo que dijo, antes de desaparecer entre las sombras del establo,
dejando a Eislind con un corazón que latía más rápido de lo que le hubiera gustado admitir.

El establo volvió a estar en silencio, pero ya no era el mismo. Había algo en el aire, algo entre
la luz y la sombra, una promesa, un hechizo aún no lanzado. Eislind se quedó mirando el lugar
donde Wolfarr había estado, sabiendo que ese encuentro era solo el inicio de algo que ni
siquiera ella podía comprender del todo.

Eislind permaneció quieta, sus dedos aún rozando la crin del caballo blanco, pero su mente ya
no estaba en el establo. El espacio vacío que Wolfarr había dejado tras su partida parecía
estirarse en todas direcciones, llenando el aire de una sensación de incompletitud. La luz cálida
del mediodía, que antes se sentía reconfortante, se volvió incómoda, pesada, como si el sol
mismo hubiera dejado de observarla. La tensión que se había tejido entre ambos no se
disolvió con su partida; al contrario, flotaba en el aire como un eco sordo, un susurro que
no quería callarse.

"¿Por qué huyó tan rápido?" se preguntaba, sintiendo una punzada en su pecho, algo entre la
curiosidad y el dolor. Era extraño lo que Wolfarr provocaba en ella: una mezcla de frustración y
atracción, como una melodía a medias que nunca alcanzaba el clímax.

El caballo, ajeno a sus pensamientos, frotó su hocico contra su brazo, buscando más atención.
Eislind dejó escapar un suspiro, pero su mente no podía centrarse en la criatura a su lado. Su
voz, suave pero firme, salió sin que lo planeara, como si las palabras hubieran estado esperando
ser pronunciadas todo ese tiempo.

—¿Por qué siempre te vas así? —murmuró, aunque Wolfarr ya no estaba allí para escucharla.
Pero en su mente, él estaba tan presente como si nunca se hubiera ido, y su figura oscura aún
rondaba el espacio del establo. Los sonidos de su partida seguían resonando en sus oídos: el
crujido de sus botas en la paja, la respiración contenida de alguien que guarda secretos.

El caballo la miró con ojos grandes y tranquilos, pero Eislind no podía encontrar esa calma
dentro de sí misma. Su corazón estaba acelerado, como si hubiera estado corriendo por el
bosque en plena oscuridad, buscando algo que ni siquiera sabía que había perdido.

—Wolfarr... —dijo su nombre más fuerte esta vez, como si al pronunciarlo pudiera hacer que
volviera, como si su voz pudiera devolverlo a su lado. Pero, por supuesto, solo quedó el eco de
su propio sonido. Se sentía tonta, como si estuviera hablando con sombras, con algo que
nunca iba a ser real.

Eislind dio un paso hacia la puerta del establo, casi impulsada por una fuerza invisible. Había
algo en el aire, algo mágico, sobrenatural incluso, como si el bosque que los rodeaba
tuviera vida propia y se alimentara de las emociones que ella intentaba contener. Las
flores en el borde del establo ondeaban bajo el viento, sus pétalos blancos y delicados, pero
también había algo oscuro en ellas, algo inquietante que no podía ignorar. Era como si la
naturaleza reflejara su propia confusión interna: belleza envuelta en sombras.

Las palabras que su madre solía decirle resonaban en su mente, recordándole que el
amor verdadero era paciente y puro. Pero, ¿qué era esto que sentía por Wolfarr? No podía
llamarlo amor, no aún, pero había una intensidad en ello, algo oscuro y atrayente que no
encajaba con los cuentos de hadas. Esto no era la dulce espera de un príncipe en un castillo;
esto era algo más salvaje, más peligroso, como una bestia que acechaba entre los árboles.

Sintió el viento acariciar su rostro, un contraste frío con el calor del sol. Sus dedos temblaban
mientras los bajaba por la crin del caballo una vez más, buscando algún tipo de consuelo físico
en el contacto. Pero nada parecía aliviar la inquietud dentro de ella. Todo lo que quería hacer
era correr tras Wolfarr, detenerlo antes de que desapareciera, confrontarlo, decirle... ¿decirle
qué?

—”¿Por qué te escondes de mí?” —quiso gritar. ¿Por qué, cuando sus miradas se cruzaban, él
parecía distante, como si hubiera un muro invisible que no le permitía acercarse más? Y al
mismo tiempo, cuando estaban cerca, podía sentir la electricidad que corría entre ambos, un
hilo invisible que los mantenía conectados a pesar de los silencios y las distancias.

La incomodidad de su huida repentina la envolvía como un hechizo que no podía romper. Había
algo en su partida que la dejaba con más preguntas que respuestas, algo que despertaba en ella
sensaciones que ni siquiera sabía cómo nombrar.

"Las flores más bellas del bosque siempre tienen espinas," le había dicho su madre una vez,
y ahora esas palabras se sentían más ciertas que nunca. Wolfarr era como una de esas flores,
bello pero peligroso, inalcanzable pero atrayente.

—No puedo seguir así —susurró, aunque no estaba segura de lo que quería decir. No podía
seguir en ese vaivén de emociones sin respuestas. No podía seguir esperando sin saber si
él sentía lo mismo.

Eislind dejó escapar un suspiro profundo, como si con él pudiera liberar algo de la tensión
acumulada en su cuerpo. Dio un paso hacia la puerta del establo, decidida a seguir adelante. Tal
vez había llegado el momento de enfrentar lo que sentía, de romper el hechizo de
incertidumbre y buscar las respuestas que tanto necesitaba.

Pero justo cuando estaba a punto de salir al aire libre, un sonido familiar la detuvo: el crujido
de ramas a lo lejos, en el borde del establo, y supo que Wolfarr no estaba tan lejos como
pensaba.

Su corazón dio un vuelco, la mezcla de miedo, emoción y deseo la sacudió por completo.

Inspiró profundamente y, por un instante, pensó en volver atrás, en refugiarse en las paredes
seguras del castillo. Pero el crujido de las ramas la mantenía anclada, como si la presencia
invisible de Wolfarr fuera un imán del cual no podía desprenderse. Era como un
encantamiento que la llamaba a seguirlo, aunque no sabía si era un hechizo de amor o
algo más oscuro.

“Wolfarr…” susurró su nombre de nuevo, más para sí misma que para él. No había nadie que
pudiera escucharla, excepto el viento que hacía temblar las hojas de los árboles. Pero sabía que
él estaba cerca, y la posibilidad de su cercanía despertaba en ella algo más profundo, un deseo
de respuestas, de entender qué era aquello que los mantenía alejados a pesar de la conexión
evidente.

Con paso decidido, Eislind salió del establo, sus zapatos resonando ligeramente en la hierba
mientras el sol brillaba sobre su cabello negro como el ébano. Su corazón latía con fuerza, pero
esta vez, no era solo miedo o incertidumbre; era la tensión de saber que algo estaba por
cambiar.

Cuando llegó al claro donde las ramas habían crujido, no lo vio de inmediato. El espacio estaba
bañado por la luz del sol, las flores danzaban suavemente bajo la brisa, y los árboles se alzaban
majestuosos a su alrededor, como guardianes de un secreto que ella aún no comprendía del
todo. Había algo en esa belleza que la inquietaba, como si la misma naturaleza tuviera un lado
oscuro, oculto bajo su resplandor.

—¿Estabas huyendo de mí? —preguntó, su voz apenas un susurro entre el murmullo de las
hojas.

De entre las sombras, Wolfarr apareció, su figura destacándose entre la maleza como una
sombra que no pertenecía a ese lugar de luz. Su rostro mostraba una mezcla de sorpresa y
tensión, pero también algo más, algo que Eislind no podía descifrar del todo.

Él era como las flores del bosque, hermosas pero con espinas escondidas, siempre en
guardia, siempre distante. Su presencia, sin embargo, le despertaba una sensación cálida,
como si en el fondo, más allá de las dudas y los silencios, hubiera algo verdadero que no se
atrevía a salir a la superficie.

Wolfarr la miró durante lo que parecieron siglos, su silencio pesaba entre ellos como un velo
invisible. Finalmente, dio un paso hacia ella, pero sus ojos no se encontraban con los suyos.

—No estaba huyendo… —dijo en voz baja—. Solo… no esperaba verte aquí.

Eislind sintió una punzada en el pecho. ¿Era su presencia algo incómodo para él? La
posibilidad la hirió más de lo que quería admitir, pero, al mismo tiempo, había algo en su voz, en
la forma en que evitaba su mirada, que le hacía pensar que había más detrás de esas palabras.
Algo que él no quería o no podía decir.

—¿Y si te dijera que yo sí esperaba encontrarte? —replicó ella, sorprendiéndose a sí misma


por la sinceridad de su confesión.

Wolfarr finalmente levantó la mirada, y por un instante, el mundo pareció detenerse. Sus ojos
oscuros eran como un espejo del bosque: profundos, misteriosos, llenos de secretos.
Eislind sintió que en ese momento, entre ambos se desvanecía la distancia de años, de silencios,
de roles impuestos. Ya no era la princesa y el cazador; eran dos personas atrapadas en el mismo
tiempo, buscando respuestas en medio de la incertidumbre.

El viento sopló con más fuerza, revolviendo las flores, levantando polvo que danzaba en el
aire como pequeñas hadas. Eislind no apartaba la mirada de Wolfarr, su corazón latía
desbocado, no de miedo, sino de una extraña anticipación. Había algo en ese encuentro que
se sentía inevitable, como si estuviera escrito en las estrellas mucho antes de que ellos se
dieran cuenta.

—Wolfarr… —comenzó de nuevo, su voz apenas un susurro—. ¿Por qué siempre me miras
como si tuvieras miedo de decir lo que realmente piensas?

La pregunta quedó flotando en el aire, y por primera vez, vio un destello de vulnerabilidad en los
ojos del cazador. Tal vez, al final, ambos estaban atrapados en sus propios hechizos,
incapaces de romper el silencio que los separaba.

Wolfarr no respondió de inmediato, pero dio un paso más hacia ella, acercándose lo suficiente
para que sus dedos casi rozaran los suyos. Eislind sintió una chispa en el aire, como si en ese
pequeño gesto se escondiera todo lo que no habían dicho durante años.

—No es miedo, Eislind… —susurró finalmente—. Es otra cosa. Algo que no sé si puedo
controlar.

El silencio se hizo denso al volver al establo, interrumpido solo por el suave resoplar del caballo
blanco que Eislind acariciaba. Las paredes de madera parecían absorber las palabras no dichas
entre ella y Wolfarr, atrapándolas en el aire como un eco perdido en el tiempo. Eislind sentía
cómo la tensión flotaba entre ambos, tan palpable como el polvo en los rayos de luz que se
filtraban por las rendijas del establo. Era una sensación extraña, como si estuvieran solos en su
propio universo, desconectados del mundo exterior, atrapados en un hechizo del cual ninguno
sabía cómo salir.

Wolfarr se encontraba cerca de la puerta, sus manos jugando nerviosamente con una cuerda
que colgaba de uno de los establos vacíos. Sus ojos oscuros seguían los movimientos delicados
de Eislind, pero evitaban el contacto directo. No era la primera vez que lo hacía, pero hoy, la
distancia entre ellos parecía más significativa, cargada de una energía diferente, casi eléctrica.
Eislind se volvió hacia él, sintiendo una mezcla de curiosidad y expectación. Las palabras que
había pronunciado seguían resonando en su mente, especialmente la última frase de Wolfarr:
“Es otra cosa. Algo que no sé si puedo controlar.” Se preguntaba qué significaba realmente, pero
no se atrevía a presionarlo más. Había algo en la forma en que sus hombros se tensaban, en el
modo en que su respiración parecía acelerarse ligeramente, que la inquietaba tanto como la
intrigaba.

—Wolfarr, yo… —comenzó, pero se interrumpió cuando el caballo blanco resopló y giró su
cabeza hacia ella, como si intentara calmarla, recordándole que no estaba sola en ese momento
de incertidumbre.

El calor del mediodía llenaba el espacio con una calma envolvente, pero dentro de Eislind, el
latido de su corazón era un tambor que marcaba el tiempo de manera errática. La naturaleza
siempre había sido su refugio, un lugar donde podía pensar con claridad, pero ahora, ante
Wolfarr, sentía que todo lo que creía saber se desmoronaba lentamente. Había algo en él que
despertaba sentimientos profundos, complicados, algo que no había experimentado antes.

Wolfarr dio un paso más hacia ella, esta vez con una lentitud deliberada, como si cada
movimiento fuera una decisión consciente. El suave crujido de la paja bajo sus botas resonó en
el aire, y el leve roce de su presencia hizo que Eislind se estremeciera. Sentía el peso de su
mirada, aunque él seguía evitando sus ojos.

—Eislind… no sé si esto es lo correcto —murmuró él, con voz baja y quebrada. Era como si cada
palabra le costara un esfuerzo monumental, como si hablar en ese momento significara romper
una barrera invisible que había construido durante años.

Eislind dejó de acariciar al caballo y, lentamente, giró para enfrentarlo. Había algo en el modo en
que él estaba de pie allí, tan cerca y al mismo tiempo tan distante, que la empujaba a hablar, a
decir lo que sentía. La tensión era como un hilo tirante entre ambos, a punto de romperse o de
unirlos más que nunca.

—No tienes que saber si es lo correcto —respondió finalmente, su voz suave pero firme—. A
veces, las cosas simplemente… son. Como cuando encontramos a Jager. No pensamos si era lo
correcto, solo lo hicimos porque sentimos que era lo que debíamos hacer.

Wolfarr bajó la mirada por un segundo, y Eislind pudo ver cómo sus puños se apretaban
ligeramente, sus nudillos blancos a la luz del día. Era una tensión contenida, un conflicto interno
que él no podía o no quería expresar en voz alta.

—Esto no es como Jager —dijo él, con una nota de urgencia en su voz—. Esto es... más peligroso.

La palabra “peligroso” quedó suspendida entre ellos, flotando en el aire como una advertencia,
pero Eislind no sintió miedo. Al contrario, su corazón latía con más fuerza, un calor subiendo por
su pecho y extendiéndose por su piel.
—¿Y qué pasa si el peligro es lo que lo hace real? —respondió, sorprendida por sus propias
palabras.

Wolfarr levantó la mirada al instante, sus ojos finalmente encontrando los de Eislind. El mundo
pareció detenerse en ese momento. Los rayos de luz que se filtraban por las rendijas parecían
iluminar solo sus rostros, creando un contraste entre la suave calidez del sol y las sombras
oscuras que los rodeaban.

—Eislind… —comenzó, pero su voz se quebró y se quedó en silencio.

Ella sintió que algo cambiaba en el aire, como si el destino mismo estuviera a punto de tomar
una decisión por ellos. Cada fibra de su ser estaba consciente de la cercanía de Wolfarr, del
espacio reducido entre ambos, de las emociones que habían permanecido ocultas durante tanto
tiempo.

—Dime qué es lo que no puedes controlar, —susurró Eislind, dando un pequeño paso hacia él,
casi desafiando la distancia que todavía los separaba—. Déjame entenderlo.

Wolfarr la miró con una intensidad que la dejó sin aliento. Su cercanía era abrumadora, y a la
vez reconfortante. Era como si toda la naturaleza a su alrededor se hubiera confabulado para
llevarlos a ese momento, a esa confesión inminente.

—Tú… —dijo finalmente, su voz apenas un murmullo—. Eres lo que no puedo controlar.

Las palabras quedaron suspendidas entre ellos como una verdad que ambos habían estado
evitando. Eislind sintió un nudo formarse en su garganta, pero no de miedo, sino de una
emoción más profunda, más intensa.

El caballo blanco, como si percibiera la tensión entre ambos, resopló y movió su cabeza hacia el
lado, dejando un vacío que parecía reflejar lo que quedaba entre ellos dos: una decisión por
tomar, un destino por enfrentar.

—Wolfarr… —comenzó ella, acercándose aún más—. Si soy lo que no puedes controlar,
entonces tal vez… no deberías intentarlo.

Sus palabras eran un susurro de valentía y deseo, una invitación a romper las barreras que
ambos habían construido a su alrededor. Wolfarr no dijo nada, pero el modo en que la miraba,
con sus ojos oscuros y profundos, hablaba más que cualquier palabra que pudiera pronunciar.

El calor del mediodía parecía aumentar a su alrededor, el aire cargado de posibilidades. Eislind
sentía que, en ese momento, el mundo les pertenecía solo a ellos, y que, por primera vez en
mucho tiempo, estaban listos para enfrentarlo juntos, sin importar lo que el destino les tuviera
preparado.

El silencio entre ellos creció, pero no era incómodo, sino cargado de una tensión tan densa que
parecía detener el aire en el establo. Los ojos de Eislind estaban fijos en los de Wolfarr, y su
corazón martillaba en su pecho con cada segundo que pasaba. Sentía el calor de su mano sobre
la suya, la cercanía de su cuerpo, y algo más, algo que no podía explicar del todo, pero que la
llenaba de un anhelo que no había sentido antes.

Wolfarr la miraba de una manera que le hacía temblar las rodillas, pero al mismo tiempo, podía
percibir su conflicto interno. Lo conocía lo suficientemente bien como para saber que él también
lo sentía, esa atracción que los había mantenido enredados desde la infancia, pero que ahora,
como adultos, tenía un peso mucho mayor.

Sus miradas se encontraron de nuevo, y por un momento, Eislind creyó que él se inclinaría hacia
ella, que la distancia entre ellos desaparecería y que sus labios finalmente se unirían en el
beso que había esperado secretamente desde hacía tanto tiempo. Sentía cómo su propia
respiración se volvía más rápida, sus pensamientos eran un caos, el mundo exterior parecía
desvanecerse.

Pero entonces, justo cuando el deseo parecía alcanzar su punto más alto, Wolfarr se apartó
ligeramente. El brillo en sus ojos cambió, transformándose de una tentación intensa a algo
más contenido, más controlado. Su rostro, aunque tierno, se llenó de una resolución
firme, como si estuviera tomando una decisión difícil.

—No puedo —murmuró, su voz ronca, cargada de emoción—. No así… no ahora.

Eislind sintió que algo se rompía en su interior, una punzada de decepción y confusión que la
dejó inmóvil. ¿Por qué no? La pregunta colgaba en su mente, pero antes de que pudiera decir
algo, Wolfarr la atrajo suavemente hacia él, envolviéndola en un abrazo protector, casi fraternal.
El calor de su cuerpo era reconfortante, su abrazo firme, pero lleno de cuidado.

—Tú eres… demasiado importante para mí —susurró él, su voz apenas audible contra su oído
—. No puedo hacerte daño, Eislind. No puedo arriesgarme a aprovecharme de este
momento, de tu vulnerabilidad. No soy ese tipo de hombre, y tú mereces algo mejor que
un impulso pasajero.

El corazón de Eislind latía con fuerza, sus emociones eran un torbellino, y aunque
entendía lo que él estaba diciendo, una parte de ella deseaba gritar, rogarle que no se
contuviera. Sin embargo, no lo hizo. En lugar de eso, se dejó envolver por el calor de su abrazo,
cerrando los ojos mientras sus emociones luchaban entre sí.

Wolfarr se apartó ligeramente, lo suficiente como para mirarla a los ojos de nuevo, pero no lo
suficiente como para romper el contacto por completo. Lentamente, bajó la cabeza y plantó
un beso suave en su mejilla, su aliento cálido y dulce contra su piel. Fue un gesto lleno de
ternura, más íntimo de lo que Eislind había imaginado. El beso fue un susurro de promesas,
un toque que transmitía más de lo que las palabras podrían expresar.

Luego, sin apresurarse, la besó en la frente, un gesto que irradiaba protección y devoción.
Ese beso no era de pasión, sino de compromiso, de algo más profundo que el simple deseo.
—Prometo que estaré aquí para ti —dijo él en voz baja, su frente aún apoyada en la de ella—.
Te protegeré, te cuidaré, y esperaré… esperaré lo que sea necesario. No quiero apresurar
esto, no quiero que ni tú ni yo suframos por decisiones tomadas en el calor del momento.

Eislind sintió una mezcla de emociones, una lucha interna entre el alivio y la frustración.
Parte de ella quería más, quería que él la besara como lo había soñado en sus noches más
solitarias. Pero otra parte sabía que Wolfarr tenía razón. Él no solo estaba protegiéndola a
ella, sino que también se estaba protegiendo a sí mismo. Su miedo no era solo por lo que
podría pasar entre ellos, sino por las repercusiones que podría tener en sus vidas, en su familia,
en todo lo que los rodeaba.

El peso de su herencia, el legado de su madre, el fantasma de la Reina Grimhilde… todo eso


flotaba en el aire entre ellos, como sombras invisibles que siempre amenazaban con
envolverlos.

—Sé que hay tantas diferencias entre nosotros —continuó él, su voz un poco más firme
ahora, aunque llena de vulnerabilidad—. Yo soy solo un cazador, tú eres una princesa. La
gente hablará, siempre lo hace. Y lo último que quiero es que te veas atrapada en algo
que no puedas controlar. Yo… —hizo una pausa, su mirada fija en ella—, te respeto
demasiado como para ponerte en esa posición. Y a tu familia también.

Eislind lo escuchó en silencio, su mente girando con cada palabra que él decía. Pero a pesar
de todo, en el fondo, ella sabía que no le importaban esas diferencias. No le importaba que él
fuera un cazador y ella una princesa. No le importaba lo que dijeran los demás. Su corazón era
rebelde, y aunque no siempre lo demostraba, había algo en ella que ansiaba romper las
cadenas que la ataban a su destino.

—No me importan esas diferencias, Wolfarr —dijo ella finalmente, su voz suave pero cargada
de una convicción que sorprendió incluso a ella—. No me importa lo que los demás piensen.
No me importa que seas un cazador y yo una princesa. Lo único que me importa es lo que
siento, lo que sentimos.

Wolfarr la miró con una mezcla de sorpresa y admiración. Había esperado que ella dijera
algo así, pero escucharlo en voz alta lo llenaba de un miedo nuevo, un miedo a lo que vendría
después.

—Eislind… —empezó a decir, pero ella lo interrumpió.

—No quiero vivir en las sombras de lo que los demás esperan de mí. He vivido toda mi vida bajo
el peso de mi herencia, de lo que se supone que debo ser. Y tal vez todavía no sepa
exactamente quién soy o qué quiero, pero sé que no quiero dejar que el miedo me detenga. No
quiero dejar que la oscuridad que nos rodea dicte mis decisiones.

El silencio volvió a caer entre ellos, pero esta vez no era tenso. Era un silencio lleno de
posibilidades, de algo que estaba creciendo, lentamente, como una flor que florece en medio de
la oscuridad. Wolfarr, aún temblando ligeramente, acarició suavemente el cabello de Eislind, su
mano se deslizó por su mejilla.

—Entonces, esperaré —dijo finalmente, su voz un susurro—. Esperaré el momento en que las
sombras se disipen, cuando ambos estemos listos para lo que sea que venga. Pero mientras
tanto… estaré aquí, a tu lado.

Eislind sonrió suavemente, su corazón latiendo con fuerza, pero esta vez no por la tensión, sino
por la promesa que flotaba entre ellos.

Wolfarr seguía sosteniéndola en sus brazos, sintiendo el calor de Eislind contra su pecho,
pero dentro de él, las emociones eran una tormenta. Cada vez que cerraba los ojos, el recuerdo
de la oscuridad del Bosque de los Espejos asomaba, la maldad latente, los susurros de sombras
ancestrales que amenazaban con tragar todo lo que amaba. Sabía que la luz de Eislind
brillaba intensamente, pero también que esa misma luz atraía a las fuerzas más oscuras. Era
inevitable; ella era hija de Blancanieves, heredera de una historia marcada por el bien y el mal,
y él no podía evitar sentir que al estar cerca de ella, también arrastraba con él las sombras de su
propio pasado.

Sus pensamientos volvían una y otra vez a esa primera vez que la vio entre los árboles, cuando
aún eran niños. Ella estaba riendo, persiguiendo mariposas entre las flores silvestres mientras
él, más cauteloso, la seguía a una distancia segura. Incluso entonces, ella irradiaba una
libertad que él nunca había sentido. Wolfarr había crecido bajo la sombra de las
responsabilidades y las expectativas, pero Eislind… Eislind siempre fue diferente. Ella rompía
con las reglas, ignoraba las normas. Y ahora, más que nunca, él sentía el peso de esa
diferencia.

Mientras la abrazaba, podía oler el aroma a tierra y flores que emanaba de su cabello, el
perfume de la naturaleza impregnado en su piel pálida como la nieve, y eso lo aterraba más
de lo que podría admitir. Sabía que esa conexión con el mundo natural era su mayor fortaleza,
pero también su mayor debilidad. El Bosque de los Espejos no perdonaba a quienes se
adentraban demasiado. Los recuerdos de las vidas que había visto perderse allí aún lo
perseguían en sus sueños.

La sensación de peligro lo invadió. No era solo el bosque, no era solo la oscuridad que
rondaba a Eislind desde el día en que nació. Era algo más, algo que Wolfarr no podía identificar
del todo. Tal vez era la creciente cercanía entre ellos, la intensidad del sentimiento que se había
desarrollado de forma casi imperceptible, pero que ahora ardía con una fuerza incontrolable.

Sus ojos, oscuros como la noche, la observaron con un anhelo reprimido, mientras su
mente luchaba por encontrar equilibrio entre el deseo y la razón. Sabía que besarla en ese
momento lo cambiaría todo, lo destruiría todo. El miedo al rechazo de su familia, el miedo a
perder su amistad, el miedo a que los demás los miraran con recelo, como si él, un simple
cazador, no mereciera estar cerca de una princesa. Pero lo que más le aterraba era el
pensamiento de que, si cedía a ese deseo, ambos serían devorados por las fuerzas oscuras que
ya parecían merodear su destino.

Eislind suspiró, su respiración cálida contra su cuello, y él casi cedió. Casi. Pero no podía.

Se apartó, lentamente, con una suavidad que apenas fue perceptible, como si su alma gritara
por mantenerse junto a ella. Pero en lugar de ceder a ese impulso, la besó en la frente, un
gesto que no era menos íntimo, pero infinitamente más controlado. Era su forma de prometer
sin decir nada.

Wolfarr se quedó en silencio un instante, saboreando el dulce dolor de ese beso contenido,
mientras el eco de las palabras de Eislind resonaba en su mente. Ella no tenía miedo de las
diferencias entre ellos. Eso lo supo desde siempre. Su rebeldía era uno de los aspectos de su
personalidad que más lo atraía y a la vez lo asustaba. Sabía que Eislind no entendía del todo
el peso de sus responsabilidades, de lo que implicaba ser una princesa en un mundo corrupto,
plagado de oscuridad y amenazas. Pero él sí lo entendía.

—Yo también estoy cansado de vivir en sombras —susurró él, sin apartar la mirada de los
ojos de ella—. Pero esa misma oscuridad es la que siempre está esperando al acecho. El
bosque… las cosas que he visto… no puedo dejar que te hagan daño.

Eislind lo observó con intensidad, sus ojos reflejando algo más profundo que simple
comprensión. Era como si en ese momento compartieran un secreto antiguo, un pacto
tácito entre sus almas.

—No puedes protegerme siempre, Wolfarr —dijo ella, su voz suave pero firme—. Yo sé lo
que acecha en el bosque, sé lo que está allí fuera, lo que ronda nuestras vidas. Lo he
sentido desde pequeña. No soy la niña inocente que jugaba entre las flores. He crecido. Y
no puedes cargar con todas esas sombras tú solo.

Sus palabras perforaron el alma de Wolfarr. Quería protegerla de todo, de los monstruos que
acechaban en el bosque, pero también de las responsabilidades que venían con ser la hija de
Blancanieves. Quería ser su escudo, su refugio. Pero al mismo tiempo, la idea de ser esa
figura tan central en su vida lo llenaba de dudas. ¿Qué derecho tenía él, un simple cazador,
de ofrecerse como protector de una princesa?

—No puedo permitirme ser la razón de tu dolor —murmuró, su voz quebrada por la tensión
emocional—. No podría soportar perderte, Eislind.

Eislind avanzó un paso, sus manos acariciando el pelaje de Jager, que se había acercado,
buscando consuelo. El lobo blanco se recostó junto a ella, como si también percibiera la
gravedad de la conversación, sus ojos brillantes reflejando la luz del mediodía que se filtraba a
través de las rendijas del establo.

El mundo afuera parecía detenerse, el silencio cargado de expectativas, pero allí dentro,
entre las paredes de madera vieja, solo existían ellos dos, Jager y el eco de sus miedos
compartidos.

Eislind lo miró fijamente. Sabía que detrás de sus palabras había una verdad más profunda,
un miedo más grande que el de los monstruos del bosque. Era el miedo de perderse el uno al
otro, el miedo a los cambios que su cercanía inevitablemente traería.

—Nunca serás mi dolor, Wolfarr —dijo finalmente, con una firmeza en su voz que lo
estremeció—. Tú eres mi refugio, mi verdad en medio de todo lo que parece perderse en la
oscuridad.

Eislind lo veía como algo más que un cazador, más que las diferencias sociales que
intentaban mantenerlos separados. Para ella, Wolfarr era su ancla, su conexión a algo puro, real,
en medio de la creciente tormenta de responsabilidades, deberes y oscuridad.

Wolfarr sintió un nudo formarse en su garganta. El peso de la herencia de Eislind era algo que
él entendía bien, aunque desde lejos. Los demonios de su linaje, la batalla que llevaba en su
interior, no solo contra la oscuridad externa sino contra las sombras que intentaban reclamar su
corazón, eran luchas que él respetaba profundamente. Y más que nunca, se dio cuenta de que
no estaba solo en ese viaje.

Wolfarr respiró hondo, su pecho subiendo y bajando lentamente mientras aún sentía el peso de
las palabras de Eislind, el eco de su declaración resonando en su mente. Nunca serás mi dolor.
Esas palabras, aunque dichas con dulzura, también traían consigo una responsabilidad que le
parecía demasiado pesada. El deseo de protegerla, de mantenerla a salvo en un mundo lleno de
oscuridad y peligros, solo se intensificaba.

Miró a los ojos de Eislind, notando la mezcla de resolución y vulnerabilidad en su mirada. Sabía
que no podía quedarse allí mucho más tiempo sin que sus emociones lo sobrepasaran. El
deseo de besarla aún quemaba en su interior, pero se aferró al control que apenas había
logrado mantener. Eislind era más fuerte de lo que él a veces reconocía, pero también era
consciente de su propio papel en su vida, uno que debía manejar con cuidado.

—Es hora de que volvamos al castillo —dijo con una suavidad que lo sorprendió, su voz apenas
un susurro en el aire espeso del establo. Sabía que no podía mantenerla en este momento
de cercanía por más tiempo, no aquí, donde las emociones se entremezclaban con
recuerdos y deseos no resueltos.

Eislind lo miró, ligeramente confundida, pero no opuso resistencia. Ella confiaba en él, y eso solo
aumentaba la presión que Wolfarr sentía en su pecho. Debía ser prudente, no solo por ella,
sino también por la familia real y por todo lo que representaba. Su lugar, después de todo, no
era junto a una princesa, no en la forma en que su corazón secretamente anhelaba.

Mientras comenzaban a caminar hacia la salida del establo, Jager los siguió de cerca, su pelaje
blanco como la nieve brillando bajo los últimos rayos del sol del mediodía. El viento comenzó a
soplar ligeramente, trayendo consigo el aroma de las flores silvestres y el sonido distante del
bosque. El bosque de los espejos, pensó Wolfarr, un recordatorio constante de los peligros que
siempre estaban al acecho.

—Mañana por la mañana —dijo finalmente, rompiendo el silencio mientras caminaban—,


quiero llevarte a las praderas floreadas. Sé que te encantará.

Eislind giró la cabeza para mirarlo, una chispa de sorpresa en sus ojos. La tensión entre ellos
seguía presente, pero las palabras de Wolfarr parecían cambiar el aire, alivianando la
atmósfera por un momento. La idea de la excursión era un respiro necesario de la constante
oscuridad que los rodeaba.

—¿Las praderas? —preguntó ella, su voz llena de curiosidad—. Hace tiempo que no voy allí.

El miedo latente en el corazón de Wolfarr aún no desaparecía. Sabía que las sombras del
bosque siempre acechaban, y aunque las praderas floreadas eran un refugio en comparación,
no podía evitar sentir esa inquietud constante. Pero esta vez, se prepararía mejor, no dejaría
que ningún peligro los tomara por sorpresa.

—Hablaré con el príncipe Florian y con la reina Blancanieves —continuó, con una firmeza nueva
en su voz—. Les pediré permiso para llevarte conmigo. Prometo que te protegeré durante el
día, estaré contigo en todo momento.

Eislind lo miró en silencio, procesando sus palabras. La familiaridad entre ellos, esa conexión de
años, había cambiado de forma en los últimos meses. Wolfarr ya no era solo el cazador que
había crecido con ella; era alguien más. Ella sentía la tensión entre lo que su corazón
anhelaba y las responsabilidades que ambos compartían.

—No es solo una simple salida —añadió Wolfarr, sin mirarla directamente—. Quiero que sea
algo especial. Pediré que en la cocina nos preparen suficiente comida, y hablaré con tu
padre para equipar los caballos con agua y medicinas. Quiero que estemos seguros, que
nada nos falte.

Sabía que debía asegurarse de que todo estuviera en orden, no solo para protegerla de los
peligros del camino, sino también para demostrar a la familia real que podía ser confiable, que
su relación con Eislind, aunque más cercana de lo que debía, estaba basada en algo más puro,
algo más profundo que simples sentimientos adolescentes.

Wolfarr bajó la mirada mientras el camino de tierra crujía bajo sus botas. El temor de lo que
dirían los demás siempre estaba allí, latente, como una sombra. Las diferencias entre él y
Eislind eran evidentes. Él, un cazador, un hombre sencillo; ella, una princesa, destinada a
grandes cosas. Pero cuando estaban juntos, cuando la miraba y la veía tan libre y tan llena de
vida, todo eso parecía desvanecerse, aunque solo fuera por un momento.

—No me importa lo que digan los demás —murmuró Eislind de repente, rompiendo sus
pensamientos. Su voz era suave, pero había una fuerza en ella que le dio a Wolfarr una especie
de alivio.
Él la miró, sorprendido por sus palabras.

—Sé que todos tienen expectativas, sé que piensan que debemos cumplir con nuestros
deberes y roles —continuó ella, su mirada fija en el horizonte—. Pero yo quiero más que eso.
Quiero vivir, sentir. Y contigo, Wolfarr, siempre he sentido que soy yo misma, no la princesa,
no la hija de Blancanieves, sino simplemente… yo.

Sus palabras resonaron profundamente en el corazón de Wolfarr. La carga de la


responsabilidad que él mismo había sentido, el miedo a no ser suficiente, parecía disiparse un
poco. Eislind veía más allá de las diferencias sociales, más allá de lo que las personas
esperaban de ellos.

—Entonces haremos de mañana algo especial —dijo finalmente, una leve sonrisa en su rostro
—. Iré al castillo ahora mismo, y hablaré con ellos. Quiero que estén tranquilos, quiero que
sepan que estarás a salvo conmigo.

Su promesa quedó suspendida en el aire, tan clara como la luz del sol que caía sobre ellos.
No era solo una promesa de protección, sino también una promesa de tiempo, de compartir
algo más profundo, de vivir ese momento juntos, aunque fuera breve.

La tarde en el establo se tornó más ligera a medida que Eislind y Wolfarr conversaban, alejando
poco a poco las sombras que habían nublado su encuentro inicial. Jager, el lobo blanco, seguía
pidiendo atención con insistencia. Sus ladridos y gruñidos juguetones rompían la solemnidad
del momento, añadiendo una nota de calidez a la atmósfera.

Eislind observó a Jager con una sonrisa. "¿Recuerdas cuando era tan pequeño que apenas podía
saltar? Ahora parece que tiene la energía de un toro salvaje."

Wolfarr rió, su risa resonando con una sinceridad que había sido rara en sus conversaciones
recientes. "Sí, y no solo eso, sino que en lugar de ser una criatura tímida, ahora parece que cree
que puede desafiar a cualquier cosa en el bosque."

Jager, al recibir la atención que buscaba, comenzó a moverse en círculos alrededor de Eislind y
Wolfarr, mostrando su alegría con un entusiasmo que parecía contagioso. Eislind se agachó para
acariciar a Jager, mientras él intentaba, con poco éxito, lamerle la cara.

"¿Alguna vez te has preguntado qué haría Jager si se encontrara con una criatura mágica del
bosque?" preguntó Eislind, todavía con la mirada fija en el lobo.

Wolfarr se inclinó un poco hacia adelante, con una expresión pensativa. "Probablemente
intentaría hacerse amigo de ella, o al menos darle un buen susto. Jager siempre ha sido valiente,
incluso si no siempre sabe qué hacer con ese coraje."

Eislind rió, y por un momento, la tensión se desvaneció en un juego de bromas y risas


compartidas. "¿Recuerdas aquella vez en que trató de atrapar una mariposa y terminó con la
cara llena de barro? Fue una de las pocas veces que vi a mi padre reírse a carcajadas."
"Sí, y esa mariposa nunca supo qué le pasó. Estoy seguro de que Jager sigue pensando en cómo
'capturó' su presa más allá del barro," dijo Wolfarr con una sonrisa, mientras acariciaba a Jager
en la cabeza.

La conversación continuó en una mezcla de nostalgia y humor. Eislind comenzó a relatar una
serie de anécdotas sobre sus encuentros con los enanitos, quienes siempre le hablaban de
historias divertidas y aventuras menores en el bosque. Aunque no los conocía personalmente,
las historias de sus hazañas y bromas la habían entretenido durante mucho tiempo.

"Mi madre siempre decía que los enanitos tenían una forma especial de hacer que todo
pareciera menos temible," comentó Eislind. "A veces creo que ella los veía como pequeños
guardianes del bosque."

Wolfarr asintió, recordando su propia experiencia con los enanitos. "Sí, siempre han sido buenos
con nosotros, protegiendo el bosque de cualquier cosa que pueda causar daño. Aunque, según
dicen, pueden ser bastante traviesos si uno no tiene cuidado."

La conversación se desvió hacia recuerdos infantiles compartidos y momentos de diversión con


Jager como cómplice. Aunque Eislind y Wolfarr estaban en un lugar distinto ahora, con
responsabilidades y expectativas diferentes, esos momentos de ligereza ayudaban a suavizar las
tensiones entre ellos.

Finalmente, Eislind se levantó, sonriendo con una luz renovada en sus ojos. "Gracias por este
momento, Wolfarr. Realmente necesitaba esto."

Wolfarr la miró con una mezcla de afecto y determinación. "Me alegra haber podido hacerlo.
Mañana, te prometo que te mostraré las praderas. Será una oportunidad para despejar la
mente y disfrutar de la belleza del mundo. Y si alguna vez necesitas más momentos así, siempre
estaré aquí para ti."

Eislind asintió, sintiendo que el peso de sus preocupaciones se había aligerado, aunque la
complejidad de su situación aún permanecía. Mientras se preparaban para regresar al castillo, el
aire se sentía más fresco, y el sol de la tarde lanzaba sombras suaves sobre el paisaje. La
promesa de un nuevo día y la posibilidad de reconectar con alguien tan especial como Wolfarr le
brindaba una esperanza renovada.

Jager se quedó atrás, contento con la atención y con una última mirada hacia Eislind y Wolfarr
antes de que se dirigieran de vuelta al castillo. La tarde había sido un respiro en medio de la
tensión, y aunque el camino por delante era incierto, Eislind sentía que había dado un paso
hacia adelante.

Cuando Eislind y Wolfarr llegaron al castillo, la atmósfera parecía cargada de una energía
distinta. Los pasos de ambos resonaban suavemente en el pasillo que los llevaba a la cocina, y
Jager trotaba detrás de ellos, pero el ruido alegre del lobo blanco no lograba disipar el pesado
ambiente que invadía el lugar.
Al abrir la puerta de la cocina, el murmullo de los sirvientes cesó de golpe. Hugo, el jefe de la
cocina, estaba de pie en el centro, con la mirada fija en una hoja de pergamino que sostenía
entre sus manos. Sus ojos, normalmente llenos de calidez y energía, reflejaban preocupación.
Eislind sintió un escalofrío recorrer su columna vertebral al notar las caras tensas de todos los
presentes. Wolfarr la observó de reojo, sintiendo también el cambio de aire.

Hugo levantó la vista y al ver a Eislind, tragó saliva antes de hablar, como si lo que tuviera que
decir fuese demasiado duro para sus propios labios. "Princesa, cazador… hay malas noticias."

El silencio en la cocina era tan denso que parecía que hasta el fuego en el hogar había decidido
dejar de crepitar.

"¿Qué ha pasado?" preguntó Eislind, acercándose. Podía notar cómo el ambiente frío y oscuro
del bosque se filtraba de alguna manera en el castillo.

Hugo le entregó el pergamino, pero antes de que pudiera leer, decidió explicar él mismo. "El
príncipe Florian ha recibido una carta de parte del rey Stefan y la reina Leah. Están advirtiendo a
los reinos sobre una grave amenaza… Maléfica."

Eislind frunció el ceño. Había escuchado leyendas acerca de Maléfica, pero lo que Hugo estaba a
punto de revelar la haría palidecer aún más.

"Durante el bautizo de la pequeña Aurora, Maléfica apareció," continuó Hugo, bajando la voz
casi a un susurro. "Le lanzó una maldición terrible: cuando cumpla 16 años, se herirá con el
huso de una rueca y caerá en un sueño eterno, del que solo podrá ser despertada por un beso
de amor verdadero."

Eislind sintió cómo su corazón se aceleraba. La piel de sus brazos se erizó al imaginar la inocente
bebé destinada a un destino tan cruel. Se giró hacia Wolfarr, que observaba la escena en
silencio, con el rostro tenso.

"No solo eso," dijo Hugo, temblando ligeramente mientras hablaba. "El rey Stefan confesó algo
que, hasta ahora, era un secreto. Maléfica no siempre fue un ser lleno de oscuridad. Hace años,
cuando Stefan era un campesino, la joven hada se enamoró de él. Pero él la traicionó… cortó sus
alas y las entregó a cambio del poder de convertirse en rey."

Eislind notó cómo el peso de esa revelación aplastaba la atmósfera aún más. Maléfica no era
simplemente un ser maligno nacido de las sombras. Había sido herida, su alma corroída por la
traición y el dolor. Esa verdad la golpeó profundamente, despertando en su pecho una mezcla
de compasión y temor.

"La describe como… un ser imponente, con cuernos que una vez representaron su conexión con
los árboles del bosque, pero que ahora son símbolos de crueldad bestial," explicó Hugo con voz
temblorosa. "El rey Stefan habla de ella como un ser altivo, orgulloso y cruel, sin límites en su
sed de venganza. Dice que ronda los bosques en forma de animales, especialmente como un
ave negra de ojos verdes, acechando a sus enemigos bajo una luz verde que emana de su
báculo de madera."

Las palabras resonaron en el silencio que había llenado la cocina. Eislind sintió una punzada de
temor al imaginar esa figura oscura vagando por los bosques, buscando a su próxima víctima.

"Stefan también advirtió que, aunque Maléfica parece estar confinada a los bosques de Francia
por su obsesión con Aurora, eso no significa que su poder esté limitado. Y aunque su enfoque
esté en la bebé, no podemos descartar la posibilidad de que busque venganza en otros reinos...
incluidos los nuestros." Hugo dio un paso atrás, como si el peso de lo que había dicho lo
debilitara.

Eislind miró a Wolfarr, cuyas facciones se habían endurecido, reflejando su propia preocupación.
Era evidente que la amenaza de Maléfica se extendía más allá de las fronteras francesas, y ahora
su propia familia, sus amigos, incluso ella misma, podrían estar en peligro.

"Eislind…" Wolfarr habló por fin, su voz baja y grave. "Debemos hablar con tu padre. Si lo que
dice esta carta es cierto, debemos tomar precauciones. El rey Stefan aconseja destruir o
esconder todas las ruecas de hilar para proteger a los hijos de la realeza. No podemos permitir
que algo así suceda aquí."

El corazón de Eislind latía con fuerza. Sabía que su padre, el príncipe Florian, tomaría esto en
serio. Pero la idea de que una fuerza tan oscura, tan despiadada como Maléfica, pudiera algún
día acechar también sus vidas… era casi insoportable.

Wolfarr, con su instinto protector, ya estaba trazando planes en su mente. "Debemos


asegurarnos de que el castillo esté a salvo. Hablaré con tu padre y organizaremos una excursión
para recoger hierbas y otros suministros de las praderas. Además, debemos estar vigilantes. Si
Maléfica alguna vez se aventura más allá de Francia, debemos estar preparados."

Mientras los sirvientes continuaban susurros preocupados en la cocina, Eislind y Wolfarr sabían
que algo sombrío había comenzado a acechar su mundo. El eco de la maldición de Aurora
parecía reverberar más allá de los bosques franceses, y ahora la oscuridad no solo amenazaba a
una princesa, sino a todos los reinos.

Con un último gesto de agradecimiento a Hugo por la información, ambos se giraron para salir
de la cocina, conscientes de que este era solo el principio de una batalla que podría decidir el
destino de muchas vidas, incluida la suya.

Wolfarr y Eislind ingresaron en la sala del trono, donde el príncipe Florian y Blancanieves los
esperaban con rostros tensos. Florian tenía en sus manos la carta que anunciaba el oscuro
destino de la princesa Aurora, y aunque sus ojos revelaban la angustia que sentía, mantenía la
compostura de un rey.

—He tomado una decisión —anunció Florian, su voz firme pero cargada de preocupación—. A
partir de ahora, ningún miembro de esta familia, incluida tú, Eislind, podrá visitar el Bosque de
los Espejos. Ni el lado oscuro ni el luminoso, salvo que sea absolutamente necesario, y en ese
caso, sólo en compañía de Firedrich.

Eislind sintió un nudo de rabia formarse en su garganta. El bosque siempre había sido su
refugio, su conexión con el mundo más allá del castillo. Era injusto que la privaran de esa
libertad.

—¿Por qué? —preguntó Eislind, cruzando los brazos, su tono desafiante—. El lado luminoso
nunca ha sido peligroso para mí. Madre y yo hemos ido tantas veces...

Blancanieves miró a su hija con una mezcla de tristeza y comprensión. Florian, sin embargo, se
mantenía firme.

—No se trata de si el lado luminoso es peligroso o no, Eislind. Se trata de la creciente amenaza
de lo que ocurre más allá de este reino. Maléfica... Su poder no tiene límites claros, y no quiero
arriesgarme a que algo se desate sobre ti —explicó Florian, su voz suavizándose al mencionar el
nombre de la hada oscura.

Wolfarr, que había estado en silencio, se adelantó un paso. Había visto el dolor en los ojos de
Eislind, y aunque entendía la preocupación de Florian, también sentía la necesidad de
protegerla.

—Su majestad —dijo, inclinando la cabeza ligeramente—. Si lo permite, me ofrezco como


guardaespaldas personal de la princesa Eislind. Conozco el bosque, tanto el lado luminoso como
el oscuro. He pasado años entrenando allí y sé cómo evitar sus peligros. Si alguna vez Eislind
necesita cruzarlo, puedo asegurar su seguridad.

Florian lo miró por un momento, su rostro endurecido por la decisión que tenía que tomar.
Aunque confiaba en Wolfarr, la idea de enviar a su hija al bosque le atormentaba.

—Aprecio tu oferta, Wolfarr —respondió finalmente Florian—, pero sólo en una situación de
vida o muerte permitiría que Eislind entrara en ese bosque. Lo último que deseo es perderla
como... —Su voz se quebró, y de inmediato, él se corrigió—. Quiero que todos estén a salvo.

Eislind, incapaz de contener su frustración, dejó escapar un suspiro exasperado. Sin decir más,
se dio la vuelta y salió rápidamente de la sala. Los pasos resonaban con fuerza en el suelo de
piedra mientras subía las escaleras hacia su habitación, las lágrimas llenando sus ojos.

Una vez dentro, cerró la puerta de golpe, sintiendo cómo la impotencia y la ira crecían dentro de
ella. Wolfarr intentó seguirla, pero se detuvo en la entrada, sabiendo que Eislind necesitaba
espacio.

En su corazón, sabía que Florian solo quería protegerla, pero no podía soportar la idea de ser
encerrada en las paredes del castillo, lejos de todo lo que amaba. Y, por encima de todo, la
presencia constante de la sombra de la Reina Grimhilde, el oscuro legado que nunca la
abandonaba del todo.
Wolfarr observó a Eislind desaparecer por las escaleras, sus pasos resonando como un eco en
su mente. El peso de su propia responsabilidad lo invadía, pero también sentía la urgencia de
hacer algo por ella, de devolverle un poco de la libertad y alegría que parecían haberle
arrebatado. No podía dejar que la soledad y la tristeza la consumieran.

Miró a Blancanieves y al príncipe Florian, quienes se habían quedado en la sala, sus rostros
marcados por la preocupación. La tensión en el ambiente era palpable, pero Wolfarr decidió
hablar.

—Majestad, mi señora —comenzó, inclinando la cabeza con respeto—. Entiendo sus


preocupaciones, especialmente tras la carta que recibieron hoy. Pero también he visto lo que
esta sobreprotección está haciendo a Eislind. Ella se siente atrapada, y temo que el encierro sólo
la lleve a buscar formas más peligrosas de escapar.

Blancanieves lo miró con una mezcla de tristeza y comprensión. Era claro que como madre,
deseaba proteger a su hija, pero también entendía la lucha interna de Eislind. Florian, sin
embargo, se mantenía firme, aunque sus ojos reflejaban el agotamiento de tantas decisiones
difíciles.

—¿Qué propones, Wolfarr? —preguntó finalmente el príncipe, su tono sereno pero expectante.

Wolfarr respiró hondo, el peso de sus palabras resonando en su mente antes de pronunciarlas.

—Propongo hacerle más compañía. No solo como su guardián, sino como su amigo —dijo,
sabiendo lo delicado de su propuesta—. Puedo sacarla a pasear por las praderas floreadas del
reino. Son seguras, lejos de la amenaza del bosque, y creo que estar en contacto con la
naturaleza podría aliviar su ánimo. No se sentiría tan sola ni tan restringida.

Blancanieves lo miró con un brillo de esperanza en sus ojos, pero antes de que pudiera decir
algo, Florian intervino.

—¿Y cómo garantizarías su seguridad? —preguntó el príncipe, sus ojos oscuros observando a
Wolfarr con intensidad—. No es solo el bosque lo que me preocupa, Wolfarr. Hay peligros en
todas partes, y Eislind, como princesa, siempre será un blanco.

—Me comprometo a protegerla —respondió Wolfarr con firmeza—. Equiparíamos bien a los
caballos, con agua, medicinas, y todo lo necesario. Pediríamos a la cocina que nos prepararan
comida suficiente para las excursiones, y me aseguraría de que nada le faltara. Con su permiso,
claro, majestad, quisiera solicitar su autorización para estas salidas.

Blancanieves, que había estado escuchando en silencio, finalmente habló.

—Eislind siempre ha sido una niña curiosa, deseosa de explorar el mundo más allá del castillo.
No quiero verla consumida por la tristeza o la frustración... y sé que tú la conoces mejor que
nadie, Wolfarr. Si alguien puede devolverle esa alegría, eres tú.
Florian suspiró, su mirada oscureciéndose por un momento. Sabía que mantener a su hija
encerrada era como apagar una llama brillante. Pero la amenaza de Maléfica, la oscuridad que
acechaba en los bosques, todo parecía demasiado peligroso.

—Si te doy mi permiso para estas excursiones —dijo Florian lentamente—, necesito que me
prometas que nunca bajarás la guardia. Incluso en las praderas más floreadas, incluso bajo el
sol más brillante, no puedes relajarte. El mal que acecha fuera de estos muros no tiene forma
definida, puede estar en cualquier parte. Y no puedo perderla, Wolfarr. No puedo.

Wolfarr asintió con determinación.

—Lo prometo, majestad. Nunca bajaré la guardia. Cada paso que demos, lo haré con la
seguridad de Eislind como prioridad.

Blancanieves sonrió débilmente, acercándose a su esposo y tomando su mano. Había tanto


miedo en sus corazones, pero también un deseo profundo de ver a su hija feliz.

—Quizás un paseo por las praderas le devuelva algo de esperanza —murmuró Blancanieves,
susurrando más para sí misma que para los demás.

Wolfarr miró al príncipe y la reina, sintiendo la gravedad de su misión. Sabía que estaba
pidiendo mucho, pero también sabía que si Eislind se quedaba en el castillo, encerrada y
vigilada, su espíritu se marchitaría.

—Hablaré con la cocina, prepararé todo lo necesario, y nos aseguraremos de que las salidas
sean durante el día —continuó Wolfarr, manteniendo la compostura, aunque su corazón latía
con fuerza—. Además, puedo planear las rutas más seguras, lejos del bosque y de cualquier
peligro potencial.

Florian finalmente asintió, aunque su rostro aún reflejaba duda.

—Confío en ti, Wolfarr. Pero recuerda, mi hija es lo más preciado que tengo. Si algo le pasa...

—Nada le pasará —interrumpió Wolfarr con firmeza—. Haré todo lo que esté en mi poder para
que Eislind esté segura. Y más allá de eso, quiero que recupere su alegría, su espíritu.

Blancanieves, tomando aire profundamente, asintió, permitiendo que un leve destello de


esperanza cruzara por su rostro.

—Confío en ti —dijo, y su voz, aunque suave, tenía la fuerza de una madre que quiere lo mejor
para su hija—. Wolfarr, eres lo que Eislind necesita ahora.

Con esas palabras, Wolfarr sintió el peso de una promesa en su corazón, una promesa no solo a
sus reyes, sino también a Eislind. Sabía que la vida de la princesa estaba en sus manos, no solo
en términos de protección física, sino también emocional.
Wolfarr se quedó quieto por un instante, su mente procesando cada palabra que acababa de
pronunciar, cada promesa que había hecho frente a Blancanieves y al príncipe Florian. Sentía la
presión envolviéndolo, como si el aire mismo se hiciera más denso en la habitación. Había
aceptado una responsabilidad enorme, más allá de cualquier otra que había enfrentado como
cazador. Proteger a Eislind no era una tarea común, no se trataba de enfrentar a una bestia o de
cazar un venado en los bosques. Protegerla implicaba mucho más que su destreza física. Era
cuidar su corazón, su espíritu, y mantenerla a salvo de la sombra de la oscuridad que rondaba
cada rincón de sus vidas.

"Eislind…" Su nombre resonaba en la mente de Wolfarr como un eco, una melodía que nunca
dejaba de repetirse. Años atrás, cuando jugaban en el barro, él nunca hubiera imaginado que un
día tendría que sostener su vida en sus manos. La princesa, la hija del príncipe Florian y
Blancanieves, pero para él, ella seguía siendo la niña rebelde que recogía manzanas y lo retaba a
ser más valiente.

Los ojos de Blancanieves lo escrutaban, suaves pero cargados de una preocupación maternal
profunda. Florian, sin embargo, lo miraba con la intensidad propia de un padre que había
enfrentado la muerte de la mujer que amaba y había regresado para verla viva otra vez. Sabía
que ese hombre, a pesar de su compostura externa, cargaba con cicatrices invisibles que lo
hacían desconfiar de todo lo que pudiera amenazar su familia.

Wolfarr sentía esa tensión bajo su piel. Sabía que Florian no se lo había dicho explícitamente,
pero estaba claro en su mirada: si algo le sucedía a Eislind, Wolfarr no solo sería responsable,
sino que perdería la confianza del príncipe para siempre.

"Nunca bajaré la guardia…" Esa promesa resonaba en su mente con fuerza, mientras su
pecho se contraía bajo el peso de lo que estaba en juego. Y, sin embargo, algo más profundo se
agitaba en él. Un sentimiento que había tratado de reprimir, de ignorar, porque sabía que no
debía florecer, pero que era imposible de evitar. Amaba a Eislind.

Era un amor silencioso, peligroso, y, en muchos sentidos, prohibido. La brecha entre ellos era
vasta; él, un cazador, un hombre que caminaba entre los márgenes de la oscuridad, que conocía
los peligros del Bosque de los Espejos mejor que cualquier otro, y ella, la hija de un rey,
destinada a una vida de privilegios y decisiones que él jamás podría comprender
completamente. Pero cada vez que la miraba, cada vez que escuchaba su risa o veía la luz en sus
ojos cuando estaba rodeada de naturaleza, todo eso se desvanecía. Se sentía como dos
personas en el mundo, solo ellos dos, como si las barreras de estatus y destino no existieran.

"Tienes que protegerla", se recordó a sí mismo, sintiendo el peso de esa contradicción entre el
deber y el deseo. Wolfarr no podía permitirse el lujo de actuar sobre esos sentimientos. Sabía
que cruzar esa línea pondría a Eislind en peligro. No físico, sino emocional. La relación entre
ellos debía ser de respeto y amistad, no de romance. No podía arriesgarse a perderla. Y sin
embargo, esa misma tarde, había sentido cómo sus labios se inclinaban casi instintivamente
hacia los suyos. En el establo, había sentido la tentación, el impulso de sellar con un beso lo que,
en su corazón, era una verdad latente.

—Wolfarr, ¿estás bien? —La voz de Blancanieves lo sacó de su trance.

—Sí, mi señora —respondió, sacudiéndose ligeramente el nudo en su pecho. Sentía cómo su


máscara de calma se volvía a colocar en su rostro.

Sabía que tenía que hablar con Florian. Había que planear cada detalle de esas excursiones.
Pero más que eso, necesitaba asegurarse de que lo que estaba sintiendo no nublara su juicio.
Eislind lo necesitaba como su protector, no como alguien que complicaría su vida con
emociones prohibidas.

Mientras Florian daba algunas instrucciones adicionales a los sirvientes, Wolfarr pensaba en las
praderas floreadas. Sabía que Eislind las amaba, y quizás, en ese lugar abierto, alejado del peso
del castillo y de las sombras del bosque, podría ayudarla a encontrar algo de paz. Los campos,
llenos de flores y de viento fresco, podían ofrecer un respiro para su mente inquieta.

Sin embargo, en el fondo de su ser, sentía una inquietud que no podía ignorar. Sabía que las
amenazas no siempre eran visibles. Maléfica acechaba en Francia, pero ¿y si algo similar ocurría
en su propio reino? El Bosque de los Espejos no era el único lugar lleno de oscuridad. El mundo
estaba lleno de fuerzas más allá de lo comprensible, y Wolfarr sabía que a veces, la mayor
amenaza era la que no se podía ver.

—Entonces, ¿te prepararás para la salida? —preguntó Florian, interrumpiendo los pensamientos
de Wolfarr.

—Sí, majestad —respondió—. Me encargaré de todo. Estaré con Eislind en todo momento, y
prometo que no dejaré que nada le suceda.

El príncipe lo miró durante un largo momento antes de asentir. Blancanieves le sonrió con un
dejo de tristeza, como si supiera que esa promesa traería consigo más desafíos de los que
Wolfarr estaba preparado para enfrentar.

Cuando se retiró de la sala, Wolfarr sintió el frío del pasillo. El castillo siempre le había parecido
un lugar seguro, pero ahora, las sombras que proyectaban las antorchas parecían más largas,
más amenazantes. Todo lo que había pasado en ese día —las palabras de Florian, la carta sobre
Maléfica, y sobre todo, Eislind— le recordaban que nada estaba garantizado.

Y mientras caminaba hacia las cocinas, sintió una certeza: su vida y la de Eislind estaban a punto
de cambiar irrevocablemente. Ya no había vuelta atrás.

Pero al final, si lograba protegerla, si lograba cumplir su promesa, eso sería suficiente. O al
menos, eso esperaba.

La noche había caído sobre la mansión de Lilith, envolviéndola en una capa de oscuridad tan
espesa que parecía asfixiar el aire mismo. La luna apenas lograba penetrar las gruesas nubes
que se arremolinaban sobre el cielo, proyectando sombras retorcidas que se arrastraban como
criaturas vivientes en las paredes de la mansión. Las antorchas parpadeaban en las esquinas,
luchando contra una negrura que parecía demasiado intensa, casi tangible.

Lilith entró en su morada con pasos firmes, sus tacones resonando como truenos en el suelo de
mármol pulido. Rabia. Odio. Frustración. Cada emoción burbujeaba dentro de ella,
envenenando su mente y endureciendo su rostro en una máscara de puro desdén. Su sola
presencia hacía que los sirvientes se encogieran a su alrededor, tensos, temblorosos. No se
atrevieron a mirarla directamente a los ojos; sabían lo que les ocurría a aquellos que se
cruzaban en su camino cuando estaba así.

El ambiente sombrío y pesado de la mansión parecía vibrar con la expectativa de algo ominoso,
como si la oscuridad supiera que se avecinaba algo peor. Los murmullos de los sirvientes eran
apenas audibles, un susurro temeroso, mientras Lilith cruzaba la sala principal con sus ojos
encendidos por una furia mal contenida. Su cabello negro como la medianoche caía alrededor
de su rostro pálido, y sus labios, rojos como la sangre, se tensaban en una delgada línea de odio.

Uno de los sirvientes, un hombre mayor con el rostro marcado por años de servicio, se acercó
tímidamente para ofrecerle una copa de vino.

—¿Señora Lilith? —dijo con una voz temblorosa, sus manos temblando mientras sostenía la
bandeja.

Lilith lo miró con un destello de rabia pura en sus ojos. Apenas un parpadeo, pero suficiente
para que el hombre sintiera un escalofrío que le recorrió la espalda, dejándole una sensación de
frío en los huesos. El vino en la copa parecía moverse de manera extraña, como si la tensión en
el aire mismo lo afectara. La mirada de Lilith, fría y calculadora, lo hizo retroceder.

—Fuera de mi vista —espetó Lilith, su voz como un veneno que se extendía lentamente.

El sirviente dejó caer la copa y huyó torpemente, el vidrio estrellándose contra el suelo y
esparciendo el líquido oscuro sobre las baldosas. Pero Lilith no le prestó atención; su mente
estaba en otro lugar. En su rabia, en sus planes fallidos, y en aquellos que se atrevían a
desafiarla.

El aire en la mansión se volvió denso, pesado, como si una fuerza invisible apretara el pecho de
cada uno de los que estaban dentro. El calor sofocante de la chimenea no podía contrarrestar el
frío antinatural que se filtraba desde las paredes, un frío que parecía emanar de Lilith misma.
Los sirvientes se movían con rapidez, tratando de no hacer ruido, de no atraer la atención de su
señora. Sabían que si lo hacían, si cometían el más mínimo error, la furia de Lilith sería desatada
sobre ellos.

Lilith se detuvo frente a un gran espejo, su reflejo mirándola con una intensidad que casi le
devolvía la mirada. El cristal parecía retorcerse bajo su presencia, como si la misma realidad
temiera romperse ante la oscuridad que portaba. Los dedos de Lilith, largos y elegantes, se
posaron sobre el borde del espejo, y por un momento pareció que las sombras mismas se
estiraban hacia su toque, hambrientas de su poder. Los sirvientes no sabían lo que ocurría
cuando Lilith se quedaba sola frente al espejo, pero temían que fuera peor de lo que podrían
imaginar.

Uno de los sirvientes más jóvenes, Mira, apenas una niña de quince años, se encontraba cerca,
viendo la escena desde las sombras. El miedo en su pecho era tan intenso que sentía que
apenas podía respirar. Había oído historias sobre Lilith, sobre lo que hacía cuando estaba
enfadada, pero nunca había visto algo así. El ambiente era tan pesado que parecía que el aire
mismo zumbaba en sus oídos, y cada paso de Lilith resonaba en su mente como un presagio de
algo terrible.

Lilith habló al espejo, susurrando palabras en un idioma antiguo, uno que los oídos de Mira no
podían entender, pero que llenaba el aire con una sensación de maldad pura. La joven sirvienta
dio un paso atrás, apretando los puños con fuerza para no hacer ruido, pero el leve crujido del
suelo bajo sus pies fue suficiente.

—¿Quién está ahí? —La voz de Lilith se alzó, afilada como un cuchillo, y el corazón de Mira casi
se detuvo.

El miedo se apoderó de la chica, paralizándola. Lilith se giró lentamente, sus ojos oscuros fijos
en el rincón donde Mira trataba desesperadamente de esconderse. El tiempo pareció detenerse
cuando Lilith avanzó hacia ella, cada paso metódico, cada movimiento cargado con una
amenaza silenciosa.

—No quise… no quise interrumpir, señora —tartamudeó Mira, su voz apenas un susurro
mientras sus piernas temblaban.

Lilith la observó por un largo momento, y en los ojos de la niña vio reflejada toda la fragilidad de
su existencia. Podía aplastarla con una sola palabra, podía deshacerse de ella sin esfuerzo, y
nadie la extrañaría. Los otros sirvientes se quedarían en silencio, esperando el mismo destino si
cometían un error. Pero, en lugar de estallar, Lilith sonrió, una sonrisa cruel, vacía de toda
calidez.

—No lo vuelvas a hacer —dijo suavemente, pero con una amenaza tan palpable que Mira casi se
desmayó de alivio cuando Lilith se apartó.

El miedo en la mansión era casi tangible, impregnando las paredes, los muebles, los corredores
oscuros. Lilith se alimentaba de ello, lo disfrutaba, lo cultivaba como una viña de veneno. Sabía
que su poder no solo venía de la oscuridad, sino también del miedo que inspiraba en aquellos a
su alrededor. El caos la seguía dondequiera que iba, y eso le daba control. Pero en su rabia, en
su frustración, también había un vacío que la consumía lentamente.

De nuevo sola en la sala, Lilith se acercó a la ventana. La vista de los jardines oscuros apenas era
visible bajo la luz tenue de la luna, pero para ella, todo estaba claro. Sentía la presencia de la
oscuridad más allá de las paredes de su mansión, acechando en los lugares más profundos del
bosque, esperando a que su poder se desatara.

Sabía que el momento se acercaba. Algo más estaba en juego, algo que cambiaría el destino de
todos ellos.

Y mientras el viento aullaba fuera de la mansión, arrastrando consigo un murmullo oscuro,


Lilith sabía que pronto, muy pronto, ese poder se desataría completamente.

La rabia bullía bajo su piel pálida, tensando sus manos mientras las cerraba en puños pequeños
y elegantes. Los sirvientes evitaban su mirada, agachando la cabeza cuando pasaba a su lado,
conscientes de que cualquier desaire, por mínimo que fuera, podría desatar la furia de su ama.
Sabían que, cuando Lilith se enojaba, el castigo era tan cruel como imprevisible.

La mansión, un monumento al linaje de su familia de más de cien años de nobleza, emanaba


una atmósfera de grandeza sombría. Los tapices viejos y raídos colgaban de las paredes, sus
colores desvaídos por los años y el descuido. El aire dentro era pesado, cargado de perfume y
polvo, sofocante como si se negara a moverse más allá de las puertas.

Las paredes estaban adornadas con retratos de antepasados, todos nobles de linaje impecable,
cuyos ojos pintados parecían seguirla a donde quiera que fuera. El aire era denso, cargado con
el perfume de velas de cera costosa y la lejana fragancia de incienso exótico. En sus manos, Lilith
llevaba una pequeña caja de terciopelo rojo, dentro de la cual yacían las joyas más finas que
había comprado ese día, diamantes importados desde tierras tan lejanas como África y Asia.
Pero lo que más pesaba sobre ella no eran las joyas, sino el rechazo que había recibido de
Wolfarr. Era un insulto que aún palpitaba en su pecho como una herida abierta, cada latido
alimentando su rabia.

Al llegar a la sala privada de su madre, empujó las grandes puertas de roble con un movimiento
calculado, sus ojos fulgurantes reflejaban la molestia que se negaba a ocultar. Su madre, una
mujer cuya presencia imponía respeto, estaba sentada frente a un enorme espejo dorado,
mientras dos sirvientas le ajustaban el pesado collar de esmeraldas que adornaba su cuello. Al
notar la entrada abrupta de su hija, las sirvientas se apresuraron a salir sin decir palabra,
sabiendo bien lo que una mirada de Lilith podía significar.

—Madre —dijo Lilith, con la voz fría y contenida—. Hoy me ha ocurrido algo... inesperado.

Su madre, sin levantar la vista del espejo, esbozó una ligera sonrisa, ajustándose los guantes de
encaje.

—¿Inesperado? —repitió ella, en un tono tan controlado como el de su hija—. Espero que se
trate de algo que podamos solucionar, querida.

Lilith avanzó hacia su madre, dejando caer la caja de terciopelo sobre la mesa con un gesto
despreocupado.
—Estaba en el pueblo con una sirvienta, eligiendo las joyas más finas, cuando me encontré con
él. Wolfarr —el nombre salió de sus labios como si quemara—. El único chico que tiene el
descaro de no inclinarse ante mí. Se atrevió a ignorarme, madre. A mí.

El silencio que siguió fue denso. Su madre dejó de ajustar los guantes y, por primera vez, apartó
la vista de su reflejo para mirar directamente a Lilith. Había algo en sus ojos, un brillo oscuro
que mostraba más interés que preocupación.

—¿Ignorarte? —repitió lentamente, como si degustara la palabra—. Qué imprudente de su


parte.

Lilith asintió, el veneno en su voz volviéndose más palpable.

—No me interesa como los demás chicos. No es su amor lo que deseo, ni su compañía —
continuó, sus palabras se deslizaban como serpientes—. Simplemente no puedo soportar la
idea de que alguien me rechace. —hizo una pausa, esbozando una sonrisa perversa—

La madre de Lilith, una mujer curtida en la manipulación y el poder, observó a su hija con un
leve orgullo. Ambas entendían, sin necesidad de palabras, que no se trataba de sentimientos
genuinos. Lo que Lilith deseaba era posesión, control, el placer de ver a Wolfarr ceder,
doblegarse ante ella. Su madre la había criado bien, enseñándole que la vida era un juego de
poder y que los corazones ajenos solo eran piezas para manipular.

—Ese cazador es un obstáculo interesante —musitó la madre, levantándose lentamente de su


silla y caminando hacia su hija—. Pero, querida, tú sabes cómo tratar con los obstáculos. ¿No es
así?

Lilith sostuvo la mirada de su madre, sintiendo el peso de su herencia sobre sus hombros. No
había necesidad de que dijeran más. Ambas sabían lo que implicaba el rechazo de Wolfarr: una
afrenta que debía ser corregida, una lección que debía ser impartida.

El ambiente de la habitación comenzó a cambiar, como si una corriente fría e invisible hubiera
entrado, haciendo que la luz de las velas parpadeara de forma errática. El aire, que hasta ese
momento había estado cargado con el perfume de rosas, ahora tenía un toque agrio, algo sutil
pero inquietante. Los pequeños indicios de lo siniestro siempre habían estado presentes en esa
casa, como un susurro oscuro que recorría los pasillos.

La madre de Lilith, ahora de pie junto a su hija, colocó una mano enguantada sobre su hombro.
El gesto, aunque aparentemente cariñoso, tenía una frialdad calculada, como si fuera más un
recordatorio que una muestra de afecto.

—Recuerda, Lilith —susurró la madre, su voz apenas audible—. No hay nada ni nadie que esté
fuera de tu alcance, a menos que tú lo permitas. Y tú... nunca has sido alguien que permita que
otros decidan su propio destino.
Lilith sonrió, su mente ya trabajando en cómo hacer que Wolfarr pagara por su insolencia. No
sería rápido, ni fácil para él. La caza era lo que él hacía mejor... pero esta vez, él sería la presa. Su
madre se dio cuenta de su pensamiento sin necesidad de palabras. Las dos compartían una
misma naturaleza, un entendimiento silencioso que no necesitaba ser verbalizado.

—Madre, —dijo Lilith, con una voz más suave—. Sabes que no será solo él quien sufra. Todos a
su alrededor aprenderán que ignorarme tiene consecuencias.

La madre inclinó ligeramente la cabeza, una aprobación silenciosa, mientras la oscuridad que las
rodeaba parecía volverse más densa, más palpable. Había un acuerdo tácito entre ellas, un
entendimiento profundo de lo que significaba el poder, la manipulación y, sobre todo, el control.

Lilith se despidió de su madre con un simple gesto, saliendo de la habitación con la misma
elegancia fría con la que había entrado. A medida que caminaba por los pasillos, las sombras
parecían moverse con ella, alargándose como si fueran una extensión de su voluntad. No había
miedo en su corazón, solo la certeza de que Wolfarr, como todos los demás, se arrodillaría ante
ella tarde o temprano.

Lilith siempre había tenido una relación peculiar con el amor. Desde temprana edad, había sido
educada para creer que todo y todos a su alrededor existían para satisfacer sus deseos. Los
chicos, en particular, eran juguetes; valían tanto como su belleza les permitiera. Una vez que
esos juguetes comenzaban a hablarle de sentimientos, de corazones rotos o de sueños
compartidos, su interés se desvanecía con una risa cruel. Les arrancaba cualquier ilusión que
hubieran tenido, exponiéndolos y humillándolos sin piedad. Para ella, los hombres no eran más
que adornos, como las finas joyas de diamantes que tanto adoraba coleccionar.

Mientras caminaba por los pasillos de la mansión, los tacones de Lilith resonaban de forma
lenta y calculada. Su cabello caía perfectamente sobre sus hombros, cada mechón en su sitio,
impecable. La luz de las velas danzaba sobre las paredes de piedra, proyectando sombras largas
y distorsionadas que parecían seguir sus pasos como si el mismo ambiente compartiera su
oscuridad interna. Aunque todo estaba en silencio, había algo en el aire que transmitía una
inquietud, un susurro invisible que se filtraba a través de las grietas.

Wolfarr. El pensamiento de su nombre la hizo apretar los dientes por un momento, pero
también provocó una sonrisa torcida en sus labios. Era hermoso, enigmático. Como un
diamante incrustado en una montaña nevada y tormentosa, inaccesible para la mayoría. Y eso
lo hacía irresistible para Lilith. Su obsesión por él había crecido como una sombra, imparable y
cada vez más densa. Pero no era amor, aunque en su mente retorcida ella lo llamaba así. Lilith
no comprendía el amor tal como lo entendían los demás. Para ella, el amor no era más que un
impulso de posesión, una necesidad de obtener y destruir, de controlar y moldear.

Caminó hacia la enorme ventana de la sala, donde las cortinas de terciopelo estaban
ligeramente abiertas. Afuera, el cielo comenzaba a oscurecerse, y las primeras estrellas
aparecían tímidamente en el horizonte. El viento golpeaba las ventanas, produciendo un sonido
sibilante que parecía murmurar secretos, como si las sombras del mundo compartieran su
malsana obsesión. El jardín, normalmente cuidado con esmero, se veía distorsionado bajo esa
luz tenue, como si cada árbol y planta ocultara algo más profundo, algo peligroso.

Lilith nunca había sido capaz de ver a las personas por lo que realmente eran. Para ella, la
belleza física era todo lo que importaba. Sus amantes pasados, chicos que ella había escogido
con una precisión casi clínica, habían sido poco más que trofeos, marionetas en su teatro de
crueldad. Al principio, disfrutaba de su devoción, de cómo intentaban impresionarla con
palabras dulces o regalos costosos. Pero en el momento en que esas palabras se volvían más
profundas, en cuanto mencionaban algo sobre el amor verdadero o la posibilidad de compartir
una vida juntos, Lilith los destruía. Los dejaba vacíos, desechos, con el corazón roto y el ego
hecho trizas. Y ella lo disfrutaba.

Wolfarr, sin embargo, era diferente. No porque fuera más especial que los demás, sino porque
se le había negado. Y eso era algo que Lilith no podía permitir. En su retorcido concepto del
amor, él era su próxima "víctima". Pero no lo veía así. En su mente, su atracción hacia él era
legítima, una conexión más intensa que cualquier otra que hubiera sentido. Su "amor" por él
era como una tormenta, destructiva e inevitable, algo que ella creía que no podía controlar.

El corazón de Lilith latía más rápido cada vez que pensaba en él. No porque lo amara en el
sentido común de la palabra, sino porque lo veía como un desafío, una joya por comprar, un ser
que, al igual que sus otros amantes, debía caer a sus pies. Lo quería no por quién era, sino por
lo que representaba: una belleza inalcanzable, algo que solo ella podía poseer y destruir a su
antojo. Wolfarr no era más que un diamante bruto que aún no había sido moldeado por sus
manos. Y eso la excitaba.

De repente, el sonido del viento se intensificó, y las cortinas ondearon con violencia. Una
sensación fría se arrastró por su espalda, haciendo que el vello en su nuca se erizara. La
habitación, aunque cálida, parecía impregnada por un escalofrío que no podía explicarse. Lilith
sintió un pequeño temblor en su interior, algo que rara vez experimentaba: una mezcla de
anticipación y una sombra de inquietud. Pero ella no creía en los presagios ni en las
advertencias del destino. Había sido criada para creer que su voluntad era la única ley que debía
seguir.

Regresó al espejo y observó su reflejo. Sus ojos verdes brillaban con una intensidad fría, sus
labios finos y pintados de un rojo profundo formaban una sonrisa vacía. Era perfecta, como una
muñeca de porcelana con vida.

"Wolfarr será mío." Pensó para sí misma, observando cómo la luz de las velas hacía que sus
pupilas se dilataran. No había ningún obstáculo en su mente que pudiera evitar que esto
sucediera. Solo faltaba planear cómo lograrlo, cómo hacer que él cayera en la misma trampa en
la que habían caído tantos antes. Pero había algo diferente con él. Algo en su resistencia la
irritaba, pero al mismo tiempo alimentaba su obsesión.

Afuera, la noche avanzaba, y las sombras parecían moverse con más libertad. Las ramas de los
árboles golpeaban las ventanas, como si quisieran advertirle algo que Lilith no quería escuchar.
Para ella, nada de eso importaba. No entendía que, en su camino de crueldad, se estaba
acercando a algo más oscuro, algo que no podría controlar como lo hacía con los chicos que
había destrozado antes.

Pero Lilith no veía peligro en su obsesión. Solo un deseo insaciable de obtener lo que quería, de
demostrar, una vez más, que su poder y belleza eran inquebrantables.

El problema, claro, es que las montañas más hermosas a veces ocultan los abismos más
profundos. Y los diamantes más preciosos también pueden cortar la piel más fina sin que uno lo
vea venir.

El viento golpeó la ventana con fuerza, haciendo temblar los cristales, pero Lilith apenas lo notó.
Su mente estaba en Wolfarr, y su corazón oscuro latía con la misma frialdad que siempre.

Lilith había vivido toda su vida alimentada por una única certeza: su belleza era su poder, y no
había mayor placer que usarlo para doblegar a quienes ella consideraba inferiores. No sólo era
cuestión de ser más hermosa, sino de aplastar cualquier posible amenaza, de reafirmar su
posición en lo más alto de esa pirámide cruel que ella misma había construido. Cada mirada,
cada palabra calculada, estaba diseñada para mantener a las demás chicas a sus pies, ya fuera a
través de la admiración forzada o del más profundo desprecio.

La mansión en la que vivía, tan vasta y opulenta como su ego, se levantaba en medio de la
noche con una atmósfera pesada. El aire olía a cera de velas y perfume caro, pero bajo esa
fachada de lujo había algo más: una oscuridad que parecía filtrarse en las paredes, como si la
misma casa compartiera el alma retorcida de su dueña.

Lilith caminaba por el pasillo central, con los muros altos y adornados con retratos de sus
antepasados. Nobles, elegantes, inmortales en sus lienzos, pero ninguno tan hermoso como
ella. Sentía una satisfacción cruel al pasar junto a sus imágenes, como si incluso aquellos que
habían vivido siglos antes debieran inclinarse ante su perfección. Nadie era su igual. Ni siquiera
las chicas que se atrevían a vestir con las mejores telas, a intentar replicar su porte. Las veía
como sombras, espectros débiles que osaban soñar con alcanzar su luz. Y ella las aplastaba.

“¿Dónde están todas ahora?” Pensó Lilith, mientras sonreía con una malicia contenida.
Recordaba con detalle los rostros de las chicas que había humillado, algunas en público, otras
con susurros venenosos que se filtraban como veneno en los pasillos del castillo, en los eventos
sociales, o en sus propias mansiones. Para Lilith, no había mayor deleite que ver cómo las
sonrisas de esas chicas se desmoronaban lentamente, cómo sus miradas antes confiadas se
apagaban, incapaces de soportar su juicio.

La última fue una muchacha de cabello castaño y grandes ojos que intentaba hacerse notar en
la corte. Dara, de una familia noble pero de carácter frágil. Lilith la había destrozado sin
esfuerzo. Al principio, se había acercado a Dara con amabilidad fingida, el tipo de dulzura que
sólo alguien como Lilith podría interpretar. Pero en cuanto la joven había comenzado a hablarle
sobre sus sueños y esperanzas, sobre sus anhelos de ser admirada, Lilith dejó caer la máscara.
Con comentarios afilados y una sonrisa torcida, había reducido a Dara a una sombra de sí
misma. “Tan ingenua,” pensaba Lilith. “¿Cómo alguien como ella podría siquiera atreverse a
competir conmigo?”

Lilith disfrutaba particularmente cuando las chicas que destruía no tenían grandes debilidades
económicas, sino de carácter. Para ella, el dinero no era el factor decisivo. Era la fortaleza
interior lo que le importaba. Y la debilidad de espíritu, de voluntad, era lo que más despreciaba.
Las débiles eran su alimento. Ver cómo una chica, aparentemente fuerte, se desmoronaba
bajo su mirada crítica, cómo perdía toda confianza en sí misma por un simple comentario, era
una delicia que Lilith saboreaba con cada encuentro.

"Pobre Dara," pensaba, mientras pasaba sus dedos por un collar de perlas que colgaba de su
cuello, frío al tacto, pero brillante, como su mirada vacía. "Qué fácil fue quebrarla. Sólo
necesitaba un empujón."

El salón principal se encontraba justo al final del pasillo, iluminado por candelabros que
colgaban de lo alto. La luz, en lugar de aportar calidez, parecía realzar el frío de la estancia,
haciendo que las sombras se alargaran y danzaran a cada parpadeo de las llamas. La sirvienta,
Anna, esperaba en la esquina, con la cabeza gacha, como era habitual. Sabía mejor que nadie lo
que ocurría cuando alguien se cruzaba con Lilith en un mal momento.

Lilith la miró de reojo, observando cómo temblaba ligeramente, y no pudo evitar disfrutar del
miedo que la sirvienta trataba de ocultar. Anna era el tipo de persona que Lilith despreciaba
más: callada, sumisa, siempre dispuesta a obedecer sin rechistar. Una mosca. A Lilith le divertía
jugar con ella, tensando los hilos de su miedo hasta romperlos, pero nunca lo suficiente como
para deshacerse de ella. No todavía.

—Anna, —dijo Lilith con voz sedosa, caminando lentamente hacia ella—. ¿Has limpiado mi
habitación hoy?

Anna asintió rápidamente, aunque su expresión dejaba ver que la pregunta no era tanto una
solicitud como una trampa. Lilith se acercó más, saboreando la tensión en el aire.

—Perfecto, —continuó Lilith, levantando su mano y acariciando una de las mejillas de Anna—.
Sabes, siempre haces un trabajo... decente. No excelente, pero decente.

La sirvienta tragó saliva, su piel pálida brillaba bajo la luz tenue.

—Gracias, señorita, —dijo Anna en voz baja.

Pero Lilith no se había movido, y la cercanía empezaba a ser demasiado insoportable. La


atmósfera a su alrededor parecía volverse más densa, más sofocante. Incluso el aire olía
diferente, como si algo podrido se filtrara entre las finas paredes de la mansión.

—Pero, —añadió Lilith, dejando caer la palabra como una sentencia—. Encontré polvo en mi
tocador. ¿Acaso te has vuelto perezosa?
El silencio cayó como una losa. Anna abrió la boca para disculparse, pero Lilith levantó la mano,
deteniéndola. La diversión en sus ojos era palpable. Este era su juego, y la sirvienta estaba
cumpliendo su papel a la perfección. Una presa indefensa, atrapada en la red.

Lilith se dio la vuelta, el sonido de su vestido de seda rozando el suelo llenó la sala. "Wolfarr
será diferente," pensó mientras caminaba hacia el ventanal, mirando la oscuridad que cubría el
paisaje. Pero, en realidad, no lo sería. Ya lo sabía en lo más profundo de su ser, aunque se
negara a admitirlo. Wolfarr no era más que otro desafío, otra joya que debía añadir a su
colección. Y cuando lo tuviera, lo destruiría, como había hecho con todos los demás.

Lo que Lilith no comprendía, o quizás no quería ver, era que el objeto de su obsesión no era un
simple chico fácil de manipular. Wolfarr tenía una fortaleza que ella aún no conocía, y, aunque
Lilith no lo sabía, estaba jugando con algo más peligroso de lo que jamás había imaginado.

Pero en ese momento, todo lo que importaba era su reflejo en el cristal, la belleza fría e
imperturbable que veía. Nadie podría igualarla. Nadie podría negarle lo que quería.

Lilith permanecía junto al ventanal, observando la noche que se extendía ante la vasta
propiedad de su familia. Los jardines oscuros parecían infinitos, un laberinto de sombras que
escondían secretos y tragedias bajo su fachada perfecta. La brisa nocturna rozaba las ventanas,
pero en el interior de la mansión, el aire se mantenía denso, cargado de la opulencia sofocante
que impregnaba cada rincón. Las velas titilaban débilmente, proyectando formas danzantes en
las paredes, como si las sombras quisieran liberarse y cobrar vida.

De pronto, un leve crujido detrás de ella rompió el silencio. Uno de los sirvientes, temblando al
extremo de la puerta, había llegado con malas noticias. Su rostro, apenas iluminado por la luz
tenue, estaba pálido y sudoroso. Había aprendido a temer cada palabra que pronunciaba frente
a su joven ama, porque sabía que cualquier error, cualquier titubeo, podía costarle más que una
reprimenda.

—S-señorita Lilith, —murmuró, su voz apenas un susurro que parecía ahogarse en el aire
pesado—. Tengo... tengo que informarle de algo.

Lilith no se volvió de inmediato. Permaneció inmóvil, con la mirada fija en el paisaje oscuro que
se extendía más allá del ventanal. La tensión en la sala aumentó a medida que el sirviente
esperaba, nervioso, sintiendo el frío que provenía de la misma presencia de Lilith. Cuando
finalmente habló, lo hizo con una calma inquietante.

—Habla, —ordenó, sin apartar la vista del horizonte, sus palabras como hielo en el aire.

El sirviente tragó saliva, tratando de encontrar las palabras adecuadas.

—Es sobre... la joven sirvienta Lei Min. —Hizo una pausa, buscando una forma de suavizar la
noticia, pero sabía que no había manera de hacerlo—. La encontraron... muerta, en los jardines.
El silencio que siguió fue ensordecedor, como si el tiempo mismo se hubiera detenido dentro de
la habitación. Lilith no se movió, ni mostró ninguna reacción visible. Solo el sutil cambio en la
atmósfera dejó claro que algo había cambiado en ella. Una oscuridad latente, siempre presente,
comenzó a filtrarse en su ser.

—¿Cómo ocurrió? —preguntó, su voz fría y sin emoción, como si estuviera preguntando por un
detalle trivial.

El sirviente se estremeció bajo su mirada ausente. Su piel estaba pegajosa de sudor, y podía
sentir el peso de las sombras a su alrededor, como si la misma mansión lo envolviera en una fría
prisión invisible.

—Se... se arrojó desde el último piso, —dijo en voz baja—. Hace dos semanas, la encerraron allí
por... por castigo. Hoy la encontraron... en el jardín.

La confesión llenó la sala con una sensación inquietante. Las paredes parecían cerrarse más, y la
luz de las velas se volvió aún más tenue, como si la misma mansión quisiera absorber la tragedia
en su oscuro vientre. Las llamas parpadearon de manera inestable, proyectando sombras
alargadas sobre Lilith y el sirviente, dándole a la escena un aura espectral.

Lilith, sin embargo, seguía impasible, inmersa en sus propios pensamientos. La información
resbalaba por su mente como agua sobre mármol. No había dolor, ni compasión, ni siquiera
curiosidad. Para ella, la muerte de la joven sirvienta no era más que otro incidente insignificante
en el curso de su vida. Un inconveniente, tal vez. Un recordatorio de lo frágiles que eran las
vidas de aquellos que no poseían su fuerza, su belleza.

—Es una pena, —murmuró, sus ojos finalmente apartándose del paisaje para dirigirse al
sirviente—. Pero no me sorprende. Las débiles siempre caen.

El sirviente se estremeció, como si esas palabras hubieran cortado el aire a su alrededor. El


miedo estaba en sus ojos, y no por la muerte de la joven asiática, sino por la fría indiferencia con
la que Lilith lo había recibido. En ese momento, comprendió que para Lilith, las vidas humanas
eran como joyas: algunas brillaban más que otras, pero todas eran reemplazables.

Ella se dio la vuelta lentamente, acercándose al sirviente, sus zapatos resonando suavemente
contra el suelo de mármol. Su sombra, alargada por la luz vacilante, parecía la de una criatura
mucho más grande, mucho más oscura. Cuando estuvo frente a él, inclinó ligeramente la
cabeza, como si lo estuviera examinando.

—Asegúrate de que todo esto se resuelva rápidamente, —dijo con voz firme—. No quiero que
los rumores se extiendan. Y limpia los jardines. Que no quede ni rastro de su... caída.

El sirviente asintió apresuradamente, temblando mientras sentía cómo la mansión misma


parecía respirar con dificultad a su alrededor, como si las paredes susurraran en su contra. Se
inclinó ligeramente antes de retroceder, deseando huir de esa atmósfera sofocante, sabiendo
que cada segundo que pasaba allí lo acercaba más al borde del abismo que Lilith y su familia
habían cavado a su alrededor.

Lilith, por su parte, observó cómo el hombre desaparecía por el pasillo, y una sonrisa apenas
perceptible cruzó su rostro. Una menos. La joven sirvienta había sido débil, inútil desde el
momento en que llegó. Había esperado que se quebrara, y lo hizo. Ahora, solo quedaba
asegurarse de que ningún murmullo perturbara su mundo perfecto.

De alguna manera, la caída de esa sirvienta era solo otro recordatorio de lo que Lilith ya sabía:
en su mundo, los débiles no tenían lugar. Y ella, sin duda, en su mundo, era ella la más fuerte y
bella de todas.

Lilith, envuelta en su abrigo de terciopelo, salió lentamente al jardín. El aire nocturno era frío y
cortante, y la oscuridad que la rodeaba parecía aún más densa, como si el mismo cielo hubiera
decidido apagar todas sus luces para dejarla sola con sus pensamientos. Sin embargo, no estaba
realmente sola. Una pequeña libélula, de alas translúcidas y brillantes, revoloteaba cerca de su
cabeza, atrapando su atención como un espejismo. Sin pensarlo demasiado, comenzó a
seguirla, sus pasos apenas audibles sobre la hierba húmeda.

Mientras avanzaba entre las sombras de los árboles altos, la luna se asomaba brevemente entre
las nubes, iluminando sus pasos. El jardín, que de día parecía un lugar ordenado y lleno de vida,
ahora tenía algo siniestro en su silencio. Los arbustos perfectamente recortados parecían
bestias inmóviles, vigilando su avance. Cada sombra proyectada por las ramas retorcidas
sugería un movimiento furtivo, algo que acechaba, invisible pero presente. Y sin embargo, Lilith
seguía caminando, indiferente al miedo que un lugar así podría generar en cualquiera.

No en ella.

Reflexionaba, mientras seguía la trayectoria impredecible de la libélula. Su mente,


habitualmente ocupada en humillar o manipular, ahora se volvía hacia sí misma, hacia esa
extraña verdad que llevaba años ignorando. Nunca había sentido dolor. No el tipo de dolor
que veía en otros, al menos. Jamás había sentido el corazón roto, ni la desesperación, ni la
tristeza profunda que parecía afligir a las personas comunes. A veces, miraba a los sirvientes, a
los aldeanos, y se preguntaba cómo soportaban vivir con tan poco, cómo podían seguir adelante
con tan poco brillo en sus vidas, y sin embargo… algunos parecían ser felices. Felices de verdad.

El pensamiento le provocó una ligera molestia, no porque envidiara a esas personas, sino
porque no lograba entenderlo. ¿Cómo podían ser felices sin lo que ella tenía? Con sus casas
humildes y sus ropas gastadas, con sus manos llenas de callos. Los había observado reír, incluso
bromear, como si tuvieran algo que ella no tenía. Algo que ni las joyas más finas, ni los vestidos
más caros, ni las fiestas más lujosas podían comprar.

La libélula revoloteó más alto, y Lilith se detuvo un momento bajo un ciprés, el aire a su
alrededor impregnado de humedad y del tenue aroma de la tierra. Observó cómo el pequeño
insecto se posaba en una flor nocturna. Ella no había sentido tristeza, pero tampoco había
sentido felicidad. Nunca. A pesar de todos sus lujos, de su belleza inigualable, de su poder
sobre otros, había una constante en su vida que ahora se le hacía evidente: un vacío helado,
como una grieta interminable que la separaba del mundo.

Era como si estuviera anestesiada emocionalmente, flotando por la vida sin experimentar ni lo
uno ni lo otro. Un adormecimiento emocional, sí, eso era. Nada le importaba lo suficiente para
lastimarla, pero tampoco había nada que la llenara de alegría. Y ahora, en medio de la noche,
bajo la inmensidad del cielo oscuro, ese pensamiento le pareció más perturbador que cualquier
otra cosa que hubiera considerado antes.

Lilith miró alrededor del jardín, las sombras retorcidas del lugar que, de repente, ya no parecían
tan controladas, tan suyas. El viento susurraba a través de las ramas, y en ese susurro, ella sintió
una presencia invisible, algo antiguo y enterrado profundamente en su alma. ¿Era eso lo que la
hacía tan diferente a los demás? ¿Esa incapacidad de sentir lo que todos buscaban? El vacío
que sentía en el pecho era tan profundo, tan gélido, que ni siquiera podía darle un nombre.

La libélula se alejó volando de nuevo, internándose en la parte más oscura del jardín. Lilith la
siguió, sin prisa, pero sin detenerse tampoco. No sabía a dónde la estaba llevando ese pequeño
insecto, pero algo en la forma en que se movía, tan ajena al mundo que la rodeaba, le recordaba
a sí misma. Hermosa, brillante… pero efímera. Un simple aleteo entre las sombras, incapaz de
encontrar un verdadero propósito.

Caminó más allá de la fuente que decoraba el centro del jardín, ahora vacía y abandonada, sus
bordes desgastados por el tiempo. Lilith sintió el frío ascender desde el suelo, como si la tierra
misma intentara succionarla hacia abajo, hacia un lugar aún más oscuro, más vacío que su
propio interior.

De repente, un sonido detrás de ella la detuvo. Un crujido en la maleza, algo moviéndose entre
las sombras. Su mirada se endureció y giró levemente la cabeza, esperando ver algún sirviente o
un animal nocturno, pero no había nada. Solo el silencio pesado del jardín. No sentía miedo,
claro está. ¿Qué podría asustarla a ella?

Pero el aire... había algo en el aire. Algo más pesado que antes, algo que parecía llevar consigo el
eco de una tragedia reciente. Y fue entonces, en ese momento, que uno de los sirvientes se
acercó rápidamente, visiblemente nervioso, su rostro pálido y sus manos temblando.

—Señorita Lilith... —dijo con la voz quebrada—, han encontrado... han encontrado a la joven
sirvienta... la que llegó de Asia hace poco.

Lilith lo observó, impasible, mientras él tragaba saliva, luchando por continuar.

—La encontraron... en el jardín. —El sirviente hizo una pausa—. Muerta. Se... se arrojó desde el
último piso donde estaba encerrada.

El silencio que siguió a sus palabras fue profundo, casi tangible. El viento que antes parecía
susurrar, ahora se había detenido por completo, y el jardín entero quedó en una quietud
inquietante. Lilith no apartó la mirada del sirviente, pero su mente voló más allá de las palabras,
más allá del destino de la joven. La idea de la muerte, de una vida extinguida tan fácilmente, no
le provocaba más que una ligera curiosidad. Otra vida débil que se había perdido en el vasto
mundo. No era la primera, ni sería la última.

—Límpialo, —fue todo lo que dijo, su voz firme y clara, sin emoción alguna.

El sirviente asintió, apresurándose a cumplir con su tarea, mientras la libélula reaparecía una vez
más, girando en círculos alrededor de la cabeza de Lilith. Y entonces, mientras la seguía con la
mirada, un pensamiento le cruzó la mente, frío y distante como el vacío en su pecho.

Quizás, después de todo, la debilidad y la felicidad estaban más conectadas de lo que


jamás podría entender.

Pero eso no la inquietaba. Al fin y al cabo, ella no necesitaba ni lo uno ni lo otro.

La libélula seguía revoloteando frente a Lilith, sus alas brillando débilmente en la oscuridad del
jardín. Como si conociera el camino, el pequeño insecto la guió hacia una parte olvidada de la
mansión. Allí, entre la sombra de un antiguo rosal y los muros cubiertos de musgo, Lilith vio la
puerta de madera envejecida que conducía al sótano, un lugar que no había visitado en años. El
aire alrededor de la puerta era denso, frío, y olía a tierra húmeda y madera podrida. Al abrirla, el
chirrido oxidado de las bisagras resonó en la noche, como un grito lejano.

Lilith respiró hondo y descendió, cada escalón crujía bajo su peso, los ecos de sus pasos
resonando en las paredes de piedra. Una oscuridad espesa la envolvía, interrumpida solo por
la luz parpadeante de la libélula, que se mantenía justo delante, guiándola hacia lo más
profundo del sótano. El aire se volvía más pesado, más frío, mientras bajaba. A medida que
descendía, el silencio era sofocante, como si el tiempo mismo se hubiera detenido en ese rincón
olvidado de la mansión.

Al llegar al final de la escalera, se encontró en una gran sala apenas iluminada por el resplandor
pálido de la luna que se filtraba a través de un ventanuco polvoriento. El sótano estaba lleno de
muebles viejos cubiertos con sábanas desgastadas por el tiempo. En una esquina, Lilith vio una
colección de baúles, cada uno cuidadosamente cerrado, guardando recuerdos de una vida que
alguna vez fue brillante y próspera. Las reliquias de su infancia.

Ella se acercó a un mueble antiguo, quitando lentamente el polvo que cubría una caja de cristal.
Dentro, estaban sus muñecas, juguetes de porcelana que su madre había guardado
celosamente, como testigos de la época dorada de la familia. Lilith se agachó y observó las
muñecas de cerca. Sus rostros inmaculados, sus ojos vacíos. Por un momento, se quedó allí,
inmóvil, y se permitió recordar los días en los que esos objetos eran su única compañía.

Las muñecas de cristal, con sus vestidos finamente bordados, alguna vez fueron los únicos
"seres" a los que Lilith permitió entrar en su vida. Frías, inertes, pero perfectas. Como ella. No
tenían corazón, no lloraban, no sentían dolor. Eran eternas, a diferencia de las personas. En
ellas, Lilith encontró lo más cercano a un vínculo. Pero ese vínculo no era afecto, ni amor. Era
posesión. Control. Ellas eran suyas, completamente suyas, sin demandas, sin expectativas. Su
madre le había enseñado desde pequeña que las cosas bellas estaban destinadas a ser
poseídas, y Lilith lo había aceptado sin cuestionarlo jamás.

Con un gesto brusco, abrió uno de los baúles y comenzó a buscar entre los libros antiguos que
su madre había guardado. Libros polvorientos, de tapas de cuero ajadas. Algunos eran
diarios de contabilidad, otros trataban sobre el arte del protocolo, pero fue al encontrar un
tomo más grueso, forrado en piel negra, que su curiosidad se despertó. Lo abrió lentamente,
sintiendo el peso de las páginas, y lo primero que vio fueron ilustraciones detalladas y
perturbadoras: instrumentos de tortura, describiendo técnicas precisas, crueles y metódicas.
La madre de Lilith, en su juventud, había sido tan despiadada como hermosa. Estos eran los
mismos métodos que utilizaba para castigar a sus sirvientes, una práctica que la joven Lilith
había visto con sus propios ojos más de una vez.

Sus dedos se detuvieron sobre una página que describía la tortura del “cinturón de hierro”, y
una pequeña sonrisa torcida apareció en sus labios. Lilith no sentía horror al ver esas imágenes,
no. Sentía una especie de morbosa fascinación, una extraña mezcla de poder y superioridad. Era
algo que su madre había perfeccionado: la capacidad de causar sufrimiento sin sentir un
ápice de culpa.

Pero entonces, entre los libros de tortura, algo más llamó su atención. Un volumen más
delgado, cubierto de polvo. Un libro que nunca había visto antes. Era viejo, mucho más que
los otros, y al abrirlo, las páginas crujieron como si hubieran estado selladas por siglos. Dentro,
en lugar de las ilustraciones meticulosas que había visto hasta ahora, encontró algo
completamente diferente. Runas. Oscuras, extrañas. Símbolos que parecían moverse bajo la luz
tenue, retorciéndose en la página como si estuvieran vivos.

La piel de Lilith se erizó, y por primera vez en mucho tiempo, una sensación desconocida
recorrió su columna. Era un libro de magia, pero no de la clase de cuentos de hadas que alguna
vez le contaron. Esto era brujería negra. Palabras que susurraban en lenguas olvidadas,
rituales de poder que prometían más de lo que la riqueza o la belleza podían ofrecer. Lilith, con
la misma calma con la que examinaba una joya preciosa, recorrió las páginas, cada vez más
absorta en lo que leía.

Los rituales prometían lo que Lilith siempre había buscado, aunque jamás lo había articulado.
Control absoluto. Sobre otros. Sobre la vida. Sobre la muerte. Y mientras leía, mientras sus
ojos se hundían en las letras arcaicas, sintió que algo en su interior comenzaba a despertar. Algo
que había estado dormido durante años, enterrado bajo capas de indiferencia y frialdad.

El sótano estaba en completo silencio. La libélula ya había desaparecido, como si su propósito


hubiera sido llevarla hasta este libro y nada más. El aire se sentía denso, casi sofocante, y Lilith,
por primera vez, tuvo que detenerse para respirar hondo. Pero no era miedo lo que sentía. No,
Lilith no conocía el miedo. Lo que sentía era expectación. Como si algo, algo más allá de su
comprensión, estuviera a punto de revelarse.
Cerró el libro y lo sostuvo entre sus manos, el cuero envejecido frío al tacto. Sus ojos vacíos
miraron el sótano oscuro una vez más. Las muñecas, perfectas en sus estantes, la observaban
desde sus lugares asignados, tan silenciosas y sumisas como siempre. Y Lilith, al mirarlas, se dio
cuenta de algo más.

Siempre había tratado a todos como objetos, incluso a los humanos que la rodeaban. Y
ahora, con este libro en sus manos, ese control, esa fría indiferencia, estaba a punto de escalar
a un nivel mucho más profundo.

Subió las escaleras lentamente, cada paso más firme que el anterior, la oscuridad del sótano
quedando atrás.

El amanecer aún no había mostrado el primer rayo de luz cuando Wolfarr se despertó. Un
escalofrío recorrió su cuerpo al levantar las mantas, pero no fue solo el frío el que lo sacó de la
cama, sino una mezcla de responsabilidad y algo más profundo que no terminaba de admitir. Se
preparaba para un día junto a Eislind, algo que había anticipado con una mezcla de emoción y
preocupación. Sabía que la salida hacia las praderas floreadas, aunque segura, también traía
consigo una sensación de protección constante.

Mientras ajustaba las monturas de los caballos en las cuadras del castillo, sintió el peso de la
misión. Cada cuerda que ataba, cada bolsa que aseguraba con comida y agua para el largo
camino de 20 kilómetros, lo hacía con una precisión casi militar. Pero en su mente, las imágenes
de Eislind flotaban, su sonrisa apagada en los últimos días y la manera en que el brillo de sus
ojos parecía apagarse. A pesar de que las praderas eran un lugar hermoso, en su interior sabía
que su mayor preocupación no eran los peligros del entorno, sino el de acompañar a una joven
que cargaba mucho más que un simple apellido real.

El establo olía a heno fresco, mezclado con el aroma terroso del cuero mojado. Los caballos,
inquietos por la madrugada, resoplaban suavemente. "Jasper," murmuró al acercarse al lobo
blanco que, fiel a su naturaleza, lo observaba con ojos atentos. Wolfarr le lanzó un trozo de
carne seca, el único sonido en la penumbra mientras las armas, flechas y un par de túnicas
extras eran organizadas con precisión. Sabía que no esperaban batallas, pero su entrenamiento
lo obligaba a prepararse para lo inesperado.

El silencio del amanecer antes de romper en el canto de los pájaros lo envolvía como un manto.
La oscuridad aún abrazaba el paisaje, y mientras la brisa acariciaba su rostro, Wolfarr no podía
evitar sentir una leve tensión en el aire. No había nada que temer en las praderas, y sin
embargo, la carga de ser responsable por Eislind lo hacía más consciente de cada decisión, de
cada detalle. "Un error no es opción," se recordó a sí mismo, ajustando las correas de la bolsa
de flechas.

Ajustó una daga en su cintura, asegurándose de tener suficiente comida para el camino de ida y
vuelta. Incluso había preparado una cantidad generosa para el almuerzo en las praderas,
confiando en que el aire libre y el sol podrían aliviar parte de la presión que sentía sobre sus
hombros. Pero lo que más deseaba era que el viaje sirviera para levantar el ánimo de Eislind,
para romper la coraza que parecía haberse formado en torno a su corazón.

Mientras trabajaba en silencio, recordó sus momentos de infancia con ella, más
despreocupados. La imagen de una joven Eislind riendo junto a él al encontrar a Jasper,
corriendo por los campos, le arrancó una sonrisa tenue. Pero aquella niña estaba lejos ahora, y
en su lugar quedaba una princesa con más peso sobre sus hombros del que debería soportar.

"Todo listo," murmuró para sí mismo, repasando mentalmente la lista de lo necesario para la
travesía. Sin embargo, el peso en su pecho no se aligeraba. Sabía que la jornada de hoy no solo
era una oportunidad para proteger a Eislind, sino también para estar cerca de ella.

su mente estaba lejos de estar tranquila. Cada movimiento, aunque preciso, llevaba consigo una
corriente subterránea de nerviosismo. Las manos que aseguraban las riendas de los caballos
temblaban levemente, no por el frío del amanecer, sino por la tensión acumulada en su pecho.
Sabía que el día sería crucial, más allá de una simple cabalgata. Sería el primer momento real en
mucho tiempo en que estaría a solas con ella, lejos del bullicio del castillo, de las miradas
constantes de los sirvientes y del ojo vigilante de sus padres.

El aire fresco que llenaba el establo olía a tierra húmeda y madera envejecida. Cada respiración
profunda que tomaba era un intento de calmarse, pero en el fondo sabía que lo que sentía era
más que nervios. Era la intensa atracción que sentía por Eislind, una mezcla de deseo y temor
que lo consumía. La había visto crecer, la había cuidado desde lejos, siempre protegiéndola,
pero ahora, verla como algo más que la niña que corría por los pasillos del castillo, lo llenaba de
una emoción tan abrumadora como desconocida.

Apretó la cincha del caballo un poco más de lo necesario, sus pensamientos desbordándose.
Eislind no era como las demás. Su belleza era algo que lo dejaba sin aliento, pero era su fuerza
lo que lo atraía. Esa mezcla de delicadeza y determinación, la sombra de tristeza que a veces
cruzaba su rostro, todo lo hacía sentir más cerca de ella, como si pudiera comprender el peso
que ella llevaba. Y, sin embargo, había una distancia, una barrera invisible entre ellos que lo
inquietaba.

Se movió hacia las alforjas, asegurándose de que la comida estuviera lista, incluyendo el pan
recién horneado y la fruta que había pedido especialmente a la cocina. Sentía que lo que estaba
haciendo no era solo una simple preparación práctica; era un acto de cuidado. Cada flecha, cada
cuchillo afilado que colocaba en su sitio, lo hacía con la idea de protegerla, pero también con la
esperanza de que ese día ella pudiera abrirse a él, aunque fuera solo un poco.

El corazón le palpitaba en el pecho, acelerado, y sus pensamientos volvieron a ella. La forma en


que el viento acariciaba su cabello negro como el ébano, los labios rojos que a veces se
curvaban en una sonrisa que rara vez le dirigía. Lo inquietaba y lo fascinaba a partes iguales.
¿Podría hoy acercarse a ella de una forma que no había logrado antes? El simple hecho de estar
solos, lejos del control de sus padres, le hacía preguntarse si podría mostrarle cómo se sentía
realmente. Pero ese pensamiento traía consigo el miedo.
Jasper lo miraba desde la esquina, con sus ojos penetrantes, como si entendiera los
pensamientos que lo consumían. Wolfarr se agachó para acariciar al lobo blanco, buscando en
su pelaje un consuelo momentáneo. El animal había sido un lazo entre él y Eislind en el pasado,
y a veces se preguntaba si el lobo sabía más de lo que mostraba. "Cuidaremos de ella, ¿verdad?"
murmuró, como si el lobo pudiera responderle, y en ese momento se sintió un poco más
seguro.

Pero la tensión persistía, como una sombra constante. Recordaba cómo había tratado de
mantener la distancia por tanto tiempo, por respeto, por el deber que sentía hacia la princesa,
pero cada día le resultaba más difícil. La idea de estar cerca de ella, de sentir su presencia
mientras cabalgaban a través de las praderas floreadas, lo llenaba de un anhelo incontrolable.
Sabía que hoy no solo sería un paseo más. Hoy, algo podría cambiar.

El sol comenzaba a asomar tímidamente en el horizonte, tiñendo el cielo de un tenue color


dorado, y el aire fresco de la madrugada comenzaba a llenarse de vida. Las primeras aves
despertaban con sus cantos. Pero en el corazón de Wolfarr, una batalla interna se libraba.
Mientras ajustaba las botas, sentía cómo el suelo bajo sus pies parecía más incierto que nunca.
Estaba al borde de algo que no terminaba de comprender del todo.

Tomó una última mirada a las monturas, asegurándose de que todo estuviera listo. Sus dedos
pasaron por la piel curtida de los caballos, el tacto le recordaba la suavidad de la piel de Eislind.

Wolfarr ajustaba las últimas correas de las monturas con manos firmes, aunque internamente,
sus pensamientos danzaban entre el nerviosismo y la anticipación. Cada nudo que ataba, cada
flecha que revisaba, era un intento desesperado de mantener el control sobre sus emociones,
de concentrarse en la tarea en lugar de dejar que su mente vagara hacia Eislind. Pero no podía
evitarlo. Su imagen lo perseguía con la fuerza de una tormenta que arrastra todo a su paso.

Recordaba la última vez que habían hablado, cuando ella, con esa firmeza que lo dejaba sin
palabras, le había dicho que no le importaba lo que pensaran los demás sobre ellos dos. "No me
importa lo que digan, Wolfarr", le había dicho, sus ojos azules fijos en los de él con una
intensidad que lo había desarmado. "No me importa lo que piensen." Esas palabras habían sido
como un fuego dentro de él, alimentando una llama que había tratado de mantener bajo control
durante tanto tiempo. Ahora, mientras preparaba todo para su salida hacia las praderas, esas
palabras resonaban en su mente como un eco constante.

El establo estaba silencioso, salvo por los suaves resoplidos de los caballos y el crujido de la
madera bajo sus botas. El aire frío de la madrugada le quemaba la piel, pero apenas lo notaba,
inmerso en sus pensamientos. ¿Podía realmente creerle? ¿Podía permitir que esas palabras se
convirtieran en su realidad? Había pasado tanto tiempo convencido de que su lugar era servirla
desde la distancia, ser su protector y nada más, que ahora la idea de estar a su lado, como algo
más que un simple cazador, le resultaba imposible de procesar.

Acarició el suave pelaje de Jasper, el lobo blanco que había sido su compañero y el único puente
que lo conectaba con Eislind durante esos años de distancia. Jasper lo miraba con sus ojos
penetrantes, como si entendiera el conflicto que se libraba dentro de Wolfarr. "Ella dijo que no
le importa", murmuró, pero incluso mientras pronunciaba las palabras, una parte de él se
resistía a creerlo. Sabía que los ojos del castillo siempre estaban sobre ellos, observando,
juzgando. Los nobles, los sirvientes, incluso los guardias; todos tenían una opinión sobre lo que
una princesa debía o no debía hacer. Y él, un simple cazador, no era parte de ese mundo.

Pero cuando Eislind lo miraba, cuando lo desafiaba con su valentía y su libertad, parecía que
esas barreras se desvanecían. Wolfarr sentía el peso de sus responsabilidades, la lealtad que le
debía a su familia, al castillo, pero también sentía algo más profundo, algo que lo arrastraba
hacia ella con una fuerza incontrolable. Su amor por ella no era solo admiración, no era solo
atracción física; era una necesidad de estar a su lado, de protegerla y de ser la persona en quien
ella pudiera confiar, alguien a quien ella realmente viera.

Mientras ajustaba las alforjas, sus dedos temblaban ligeramente, recordando el tono en su voz
cuando ella le había dicho aquellas palabras. Esa mezcla de determinación y vulnerabilidad,
como si, en el fondo, ella también necesitara creer lo que decía. Wolfarr no podía dejar de
pensar en ello. La idea de que ella pudiera estar dispuesta a desafiar el mundo por él lo llenaba
de esperanza, pero también lo aterraba.

El cielo comenzaba a iluminarse ligeramente en el horizonte, anunciando el amanecer. La luz


dorada empezaba a filtrarse a través de las rendijas del establo, proyectando sombras largas y
alargadas que se movían suavemente con el viento. Wolfarr se detuvo por un momento,
observando cómo el polvo flotaba en el aire, iluminado por los primeros rayos del sol. Algo en
ese momento le hizo darse cuenta de lo cerca que estaba de un cambio, de algo que podría
alterar para siempre la relación entre él y Eislind.

Respiró profundamente, sintiendo cómo el aire frío llenaba sus pulmones. Aunque intentaba
mantenerse enfocado en lo que debía hacer, su mente seguía volviendo a ella. ¿Qué significaba
realmente lo que había dicho? "No me importa lo que piensen." Para él, esas palabras eran todo
lo que había deseado escuchar, pero también lo llenaban de incertidumbre. Había una libertad
en su voz, una valentía que él mismo no estaba seguro de poseer. Ella parecía tan segura, tan
decidida, pero ¿podía él seguirla en ese camino? ¿Podía arriesgarlo todo por un sentimiento que
lo consumía cada vez más?

Sus manos se movían mecánicamente, preparando el agua, revisando las armas, mientras sus
pensamientos se enredaban cada vez más en las posibilidades. Sentía su corazón latir con
fuerza, como si cada momento que pasaba lo acercara a una decisión inevitable. ¿Podría dejar
de lado sus dudas, sus miedos, y simplemente seguirla? ¿Podría atreverse a creer que las
palabras que ella le había dicho eran más que un capricho pasajero?

Jasper se acercó a él, empujando suavemente su cabeza contra la pierna de Wolfarr. El cazador
sonrió levemente, agradecido por la presencia tranquilizadora del lobo. Era como si el animal
supiera que estaba a punto de enfrentarse a algo grande, algo que no solo cambiaría la
dinámica entre él y Eislind, sino que también desafiaría todo lo que había conocido hasta ahora.
"Hoy será diferente", pensó mientras daba un último vistazo a las provisiones. El nerviosismo
aún estaba allí, palpitante bajo la superficie, pero junto con él, también sentía una oleada de
esperanza. Las palabras de Eislind resonaban en su mente, y, aunque no podía predecir el
futuro, sabía que hoy algo cambiaría.

Eislind se encontraba en su habitación, ajustando el fino cinturón de cuero alrededor de su


túnica. La tela suave rozaba su piel, pero su mente estaba muy lejos de esos pequeños detalles.
Su corazón latía con fuerza, cada latido un eco de la emoción y los nervios que sentía ante la
salida con Wolfarr. No era la primera vez que lo veía, claro, pero hoy había algo diferente, algo
en el aire que le hacía sentir que esta vez sería especial. Su respiración era ligera, pero sus
manos temblaban un poco mientras recogía un mechón suelto de su cabello oscuro.

A través de la ventana, el sol apenas comenzaba a iluminar el cielo, pintando las nubes de un
suave tono rosado. Las praderas les aguardaban, un lugar lleno de flores silvestres y aire fresco.
Pero lo que la emocionaba no era solo el paisaje, sino la posibilidad de estar a solas con Wolfarr.
Sus pensamientos volvían una y otra vez al momento de la noche anterior, cuando él casi, casi la
besa.

Ella recordaba perfectamente cómo se habían acercado después de ajustar las monturas. El
lobo blanco, Jasper, los había observado con su calma habitual, mientras Wolfarr y ella
quedaban uno frente al otro, más cerca de lo que normalmente se permitirían. Los labios de él
apenas a unos centímetros de los suyos. Eislind podía sentir el calor de su respiración
mezclándose con el frío de la noche. Había algo en su mirada, en cómo sus ojos oscuros se
habían fijado en los de ella, que la había hecho olvidar el mundo exterior por un instante.

"Casi..." pensó, con una mezcla de frustración y anticipación. Su corazón había dado un vuelco, y
por un segundo, estuvo segura de que él se inclinaría hacia ella, que sus labios finalmente se
encontrarían. Pero en el último momento, Wolfarr había retrocedido, como si algo lo detuviera,
algo invisible y poderoso que mantenía la distancia entre ellos. Aún podía sentir la tensión en el
aire, como si estuviera suspendida, esperando un desenlace que nunca llegó.

Mientras ajustaba la capa ligera sobre sus hombros, Eislind no podía dejar de revivir esa escena
en su mente. Su piel aún ardía donde sus manos habían rozado las de él, su cuerpo vibrando
con la intensidad de un deseo no cumplido. Sabía que había algo entre ellos, algo que iba más
allá de la simple amistad o del respeto que siempre se profesaban. Y, sin embargo, había algo
que lo contenía, algo que lo hacía retroceder justo cuando el momento se volvía más íntimo.

“Hoy no se escapará,” se dijo a sí misma en silencio, con una sonrisa tímida que ella misma se
sorprendió de tener. Quería que este día fuera diferente, que algo cambiara entre ellos, que él
dejara de tratarla como una princesa intocable y la viera como realmente era: una joven llena de
deseos y sentimientos intensos.

El castillo estaba en silencio mientras descendía las escaleras, y el sonido de sus botas resonaba
en los pasillos de piedra. Mientras caminaba hacia el establo, sintió el aire fresco de la mañana
acariciando su rostro, un recordatorio de que estaba a punto de emprender una aventura que
podría cambiarlo todo. Cada paso la acercaba más a Wolfarr, y con cada paso, su corazón latía
más rápido.

Cuando llegó al establo, lo vio de espaldas, ajustando los últimos detalles de las monturas, su
figura fuerte e imponente destacando entre las sombras. Eislind se detuvo por un momento,
observándolo. El movimiento preciso de sus manos, la forma en que su cuerpo parecía
perfectamente sincronizado con los caballos, los objetos, incluso con el propio Jasper. Todo en él
irradiaba fuerza y control, pero ella sabía que detrás de esa fachada de cazador seguro, había
algo más. Había un hombre que luchaba con sus propios sentimientos, con su propia atracción
hacia ella, aunque intentara ocultarlo.

Sus ojos se encontraron cuando él se dio la vuelta, y durante un breve momento, el mundo
pareció detenerse. El aire estaba cargado, como si una tormenta silenciosa estuviera a punto de
desatarse entre ellos. Eislind sintió el familiar calor en su pecho, una sensación de vértigo que
solo él le provocaba. Era como si cada fibra de su ser le rogara que cerrara la distancia entre
ellos, que hiciera lo que ambos sabían que deseaban.

"Estás lista," dijo Wolfarr con su voz profunda, aunque había algo en su tono, una leve vacilación,
como si también sintiera la tensión que los rodeaba.

"Sí," respondió Eislind, apenas un susurro, mientras su mirada se mantenía fija en los ojos de él.
Estaba tan cerca. Podía ver cada detalle de su rostro, la sombra de la barba que comenzaba a
aparecer en su mentón, la seriedad en sus ojos que solo se suavizaba cuando la miraba. Y en
ese momento, más que nunca, deseó que él rompiera esa barrera invisible, que la besara como
ambos sabían que querían.

Pero Wolfarr mantuvo la compostura, su respiración apenas más profunda que de costumbre,
aunque ella notaba el leve temblor en sus manos, una señal de que él también estaba luchando
contra sus propios deseos.

Eislind ajustaba el lazo de su capa con manos temblorosas, no tanto por el frío de la mañana,
sino por los nervios que recorrían su cuerpo. Sus dedos parecían torpes, como si el nudo
sencillo que tantas veces había hecho de repente se hubiera vuelto más complicado de lo
normal. Sus pensamientos no estaban en los detalles del viaje, ni en las provisiones que habían
preparado cuidadosamente la noche anterior. No, su mente estaba enfocada en Wolfarr, en la
tensión palpable que se había colado entre ellos desde hacía días, desde aquella noche en la
que casi, casi la besa.

Había algo magnético en él que la atraía sin remedio, algo más allá de su apariencia fuerte y
decidida. Cada vez que sus miradas se encontraban, era como si el mundo se quedara en
silencio por un segundo, solo para ellos dos. No podía evitarlo, el nerviosismo y la emoción se
mezclaban dentro de ella, creando una sensación vertiginosa en su pecho que la hacía desear
que el viaje no fuera solo una simple salida a las praderas, sino algo más, algo que marcara un
antes y un después entre ellos.
Mientras ajustaba la alforja del caballo, sus ojos buscaban los de Wolfarr, quien estaba ocupado
asegurando la montura. Su perfil, iluminado por la suave luz del amanecer, parecía más serio de
lo habitual. Ella lo conocía desde hacía tanto tiempo, desde la infancia, pero en este momento se
sentía como si lo estuviera viendo por primera vez. El cazador que había crecido junto a ella era
ahora un hombre, y el cambio la llenaba de un deseo que no podía controlar.

Wolfarr se dio la vuelta en ese instante, y sus ojos oscuros se encontraron con los suyos. Fue un
segundo, un parpadeo de miradas intensas, pero para Eislind fue suficiente. El aire entre ellos se
cargó de una energía inexplicable, casi palpable. Podía sentir la atracción, el deseo, pero
también la barrera invisible que él mantenía firme, como si algo lo contuviera, como si le tuviera
miedo a lo que pudiera pasar si cruzaba esa línea.

Ella tragó saliva, consciente del silencio que los rodeaba, de la quietud del castillo aún dormido y
del canto suave de los pájaros que apenas comenzaban a despertar. Por un momento, sintió
que debía decir algo, romper ese muro que se alzaba entre ellos. Pero las palabras se atascaban
en su garganta, como si fueran demasiado pesadas para ser pronunciadas.

Finalmente, fue él quien habló, con su voz profunda y serena. "¿Estás lista?"

"Lo estoy", respondió Eislind, aunque sabía que no era del todo cierto. No estaba lista, no para
este tipo de viaje, no para lo que sentía por él. Pero sus palabras eran la única manera de
mantener la compostura, de evitar que sus emociones se desbordaran. Bajó la mirada un
segundo, luchando contra la urgencia de acercarse a él, de tocar su brazo, de sentir el calor de
su piel.

Entonces, sin saber por qué, dejó que sus pensamientos se tradujeran en palabras. "Quizás...
debería despedirme de mis padres antes de partir."

Wolfarr alzó una ceja, su mirada fija en ella, como si estuviera buscando algo en sus ojos. Sabía
que ella no solía ser tan cautelosa, ni tan tradicional en estos pequeños rituales de despedida.
Pero en el fondo, Eislind sabía que no se trataba solo de una despedida; era su manera de ganar
tiempo, de posponer el momento en el que partirían, el momento en que estarían solos, lejos de
la protección de las murallas del castillo.

"Es una buena idea," dijo Wolfarr, su tono neutral, pero había algo en su expresión, una sombra
de duda, tal vez. "No sabemos cuánto tiempo estaremos fuera."

Eislind asintió, agradecida de que él no le hubiera hecho más preguntas, pero al mismo tiempo,
deseando que hubiera leído entre líneas, que entendiera el motivo real detrás de su propuesta.
Se giró hacia el castillo, sintiendo la presión en su pecho aumentar con cada paso que daba,
consciente de que Wolfarr la seguía con la mirada.

El viento sopló suavemente, arrastrando consigo el aroma fresco de las flores del jardín. Sus
manos se apretaron en los pliegues de su capa mientras avanzaba por el patio hacia las puertas
principales. En su mente, las imágenes de la noche anterior, de esos momentos en los que casi
cruzaron una línea, la asaltaban una y otra vez. ¿Qué habría pasado si no se hubiera detenido?
¿Si él no hubiera retrocedido?

El frío de la mañana rozaba su piel, pero lo único que Eislind podía sentir era el calor en su
pecho, ese mismo calor que aparecía cada vez que pensaba en Wolfarr. Estaba nerviosa, mucho
más de lo que le gustaría admitir. Pero más que nerviosa, estaba ansiosa, ansiosa por lo que
podría pasar.

Eislind ajustó con cuidado la correa de su capa, sus dedos temblando levemente, pero no por el
frío del amanecer, sino por la mezcla de nervios y emoción que invadían su cuerpo. La imagen
de Wolfarr, tan cerca de ella, con su piel pálida como la luna bajo la luz suave de la madrugada,
su cabello castaño y su mirada penetrante, la había mantenido en vilo durante toda la
preparación. Había algo magnético en la firmeza de su figura, en la forma en que su cuerpo
parecía siempre listo para moverse, para proteger, como si llevara consigo una fuerza contenida
bajo su piel. Eislind sentía su corazón latir con fuerza cada vez que lo miraba de reojo.

Mientras ajustaba la montura del caballo, sus pensamientos volvieron una y otra vez a la
intensidad de sus emociones. Desde la niñez, Wolfarr había estado allí, un amigo, un compañero
de juegos, pero ahora era diferente. Se había convertido en un hombre, uno que irradiaba una
fuerza que ella no podía ignorar. Cada vez que lo veía, la atracción era más intensa, más difícil
de disimular. No solo era su aspecto físico lo que la cautivaba, aunque la blancura de su piel y la
firmeza de sus músculos le resultaban irresistibles, sino también esa sensación de seguridad
que siempre parecía rodearlo.

Finalmente, con un suspiro leve y un último vistazo a Wolfarr, decidió que era hora de
despedirse de sus padres. Caminó hacia el castillo, sintiendo los pasos de Wolfarr detrás de ella,
siempre cerca pero manteniendo una distancia prudente, como si ambos supieran que algo
entre ellos había cambiado, pero ninguno se atrevía a dar el primer paso para cruzar esa línea
invisible.

Al llegar al salón principal, sus padres los esperaban. Blancanieves, con su suave sonrisa
maternal, la abrazó con dulzura, dándole un beso en la frente. Florian, en cambio, estaba más
serio, sus ojos reflejaban una preocupación que no había podido disimular desde que Eislind le
había contado de su salida.

“Ten cuidado, hija,” dijo Florian en voz baja, mirando de reojo a Wolfarr. “Sé que estás con
Wolfarr y él te protegerá, pero recuerda lo que te dije sobre los peligros que siempre acechan.
No confíes demasiado en lo que parece seguro.”

Eislind asintió, sabiendo que su padre hablaba más de los peligros emocionales que del viaje en
sí. Pero a pesar de sus advertencias, no podía evitar la emoción que sentía. Se despidió de
ambos con un abrazo cálido, prometiéndoles que estaría de vuelta pronto. Luego, con el
corazón latiendo más rápido de lo que quería admitir, salió al patio donde los caballos ya
estaban preparados.
Wolfarr la esperaba, su semblante tranquilo y sereno como siempre. Cuando sus ojos se
encontraron, Eislind sintió un escalofrío recorrer su cuerpo, como si en ese instante nada más
importara. Subió a su caballo con movimientos ágiles, consciente de la presencia cercana de
Wolfarr y de cómo su propio cuerpo reaccionaba a esa proximidad. Los guardias del castillo ya
estaban preparados para escoltarlos hasta la salida de los dominios del reino, pero después de
eso, estarían solos.

El aire fresco de la mañana les rozaba la piel mientras los caballos empezaban a moverse. A
medida que el castillo quedaba atrás, la tensión entre ellos parecía volverse más palpable.
Eislind miraba de vez en cuando a Wolfarr, que cabalgaba a su lado en silencio, sus ojos oscuros
fijos en el camino, pero con una quietud en su rostro que le daba un aire de misterio.

“¿Estás nervioso?” preguntó Eislind en un tono bajo, intentando romper el silencio que se
extendía entre ellos como una niebla.

Wolfarr giró la cabeza hacia ella, sorprendido por la pregunta. Una leve sonrisa apareció en sus
labios, pero su mirada seguía siendo intensa. “No lo sé. Tal vez un poco.”

Ella rió suavemente, sintiendo cómo la tensión en su pecho se aflojaba ligeramente. “Es curioso,
yo también lo estoy… un poco.”

Wolfarr la observó durante unos segundos, como si sus palabras llevaran un significado más
profundo del que ella había querido admitir. “No hay razón para estar nerviosa,” dijo finalmente.
“Estaremos bien.”

Pero Eislind sabía que no era el viaje lo que la ponía nerviosa. Era él, la cercanía, la posibilidad
de que algo pudiera pasar entre ellos, algo que cambiara la naturaleza de su relación para
siempre. Mientras cabalgaban bajo el cielo gris de la mañana, la atracción que sentía hacia
Wolfarr crecía con cada segundo.

Mientras el caballo de Eislind avanzaba al paso junto a Wolfarr, sus pensamientos vagaban
enredados en emociones que apenas podía entender. La fría brisa de la mañana acariciaba su
rostro, pero lo único que la mantenía conectada con el mundo físico era la figura de Wolfarr a su
lado. Sus manos temblaban ligeramente mientras sujetaba las riendas, aunque no sabía si era
por el frío o por la intensidad de lo que sentía.

Miró de reojo a Wolfarr, tratando de no ser demasiado obvia. Había algo en él que siempre la
había atraído. Su piel blanca, que parecía capturar la luz del sol en matices tenues, era un
contraste fascinante con su cabello castaño oscuro que caía desordenadamente sobre su frente.
Sus hombros eran anchos, su postura firme, y había una fuerza contenida en cada uno de sus
movimientos. Incluso el leve sonido de su respiración a veces lograba acallar los latidos
acelerados de su propio corazón.

Eislind no podía negar lo que sentía. El nerviosismo de estar tan cerca de él, la sensación de que
un roce casual podría desencadenar una tormenta dentro de ella. ¿Estará él pensando lo
mismo? Su mente regresaba una y otra vez a esa duda, a esa esperanza. Las pocas veces que
sus miradas se encontraban, el tiempo parecía detenerse, y todo el peso de la realidad se
disolvía, como si nada más importara.

Su relación con Wolfarr siempre había sido compleja. Desde la infancia, cuando compartían risas
y aventuras en los jardines del castillo, hasta ahora, en que parecían dos extraños con recuerdos
compartidos. Él había crecido, transformándose de un joven cazador a un hombre, y esa
transformación la había tomado por sorpresa. Recordaba claramente el día en que lo vio por
primera vez después de meses de no cruzarse con él. Su cabello más largo, su postura más
firme, y esos ojos oscuros que ahora parecían tener secretos. Desde entonces, no podía dejar de
mirarlo, aunque siempre intentaba disimularlo.

El sol apenas se asomaba en el horizonte, tiñendo el cielo de un azul pálido que presagiaba un
día claro. Las sombras del amanecer proyectaban figuras extrañas sobre el suelo, alargando los
árboles y las colinas. Sin embargo, la atmósfera no tenía el brillo cálido y reconfortante que
Eislind recordaba de otras salidas matutinas. Había una sensación de tensión en el aire, una
inquietud que no podía explicar del todo, pero que sentía latente bajo la superficie.

Mi madre siempre hablaba del amor verdadero como algo sencillo y puro, pensó, mientras
el viento sacudía levemente su capa. Su madre, Blancanieves, había vivido un cuento de hadas, o
al menos eso creía Eislind. El amor de sus padres era inquebrantable, un ejemplo de lo que
debía ser la verdadera conexión entre dos almas. Pero ¿podía ella aspirar a algo así? Cada vez
que veía a Wolfarr, sentía que se le escapaba el aire, pero a la vez, no podía imaginarse
compartiendo su vida con alguien de la misma manera en que lo hacían sus padres.

Aún así, su mirada se deslizó nuevamente hacia él. La firmeza de su cuerpo, la manera en que
cada movimiento suyo parecía calculado y decidido. Incluso su silencio la afectaba; era como si
las palabras no fueran necesarias para comprenderse, pero esa comprensión silenciosa era
también lo que la llenaba de una mezcla de miedo y deseo. Había algo primitivo, algo
inexplicablemente intenso en la atracción que sentía hacia él.

Wolfarr... Su nombre resonaba en su mente como un eco, siempre presente, siempre cargado
de una emoción que no podía nombrar. Recordaba claramente cómo, hacía unas semanas, él se
había acercado a ella en los jardines, y por un momento, había parecido que iba a besarla. El
roce de sus manos, accidental, había sido suficiente para hacer que todo su cuerpo se
estremeciera. Había esperado, anticipado ese beso con una mezcla de terror y anhelo, pero él se
había detenido. ¿Qué lo había retenido? ¿Era el peso de su título, de su responsabilidad hacia
ella como princesa?

A pesar de todo, Eislind no podía dejar de pensar en él. Había algo en la forma en que la miraba,
una intensidad en sus ojos oscuros que la hacía sentir vulnerable, pero al mismo tiempo,
segura. Sabía que Wolfarr haría cualquier cosa por protegerla, pero deseaba más que eso.
Deseaba ser más que una responsabilidad para él. Quería que la viera no como princesa, sino
como mujer. Como alguien que compartía con él algo más profundo que el deber.
Mientras avanzaban, el lobo blanco, Jager, trotaba junto a ellos, siempre fiel. Su presencia le
daba una sensación de continuidad, de conexión con el pasado que compartían, pero también
un recordatorio de todo lo que había cambiado entre ellos. El lobo era casi como un puente
entre el niño que Wolfarr había sido y el hombre que ahora era.

Las palabras de despedida de su padre esa mañana resonaban en su mente. "Ten cuidado,"
había dicho Florian, su voz tensa, su rostro marcado por una preocupación que iba más allá del
simple temor por la seguridad física de su hija. Sabía que su padre desconfiaba de Wolfarr, no
porque no creyera en su habilidad para protegerla, sino porque temía lo que pudiera surgir
entre ellos. Florian siempre había sido un hombre protector, a veces en exceso, pero Eislind
entendía su preocupación. Sin embargo, eso no la detenía. Sentía que este viaje, esta salida
junto a Wolfarr, era más que una simple excursión. Era un paso hacia lo desconocido, hacia algo
más grande que ella misma.

El viento seguía soplando suave, pero firme, y mientras cabalgaban, Eislind dejó que sus
pensamientos la invadieran. Sabía que estaba enamorada de Wolfarr, aunque no podía decirlo
en voz alta. El miedo, la incertidumbre, todo se entrelazaba en su corazón. Pero por primera vez,
en mucho tiempo, sentía que estaba dispuesta a arriesgarse.

Wolfarr ajustó su postura en la montura, sintiendo el cuero frío bajo sus dedos mientras el
viento de la mañana helada le azotaba el rostro. Jager trotaba unos metros por delante, con los
sentidos alerta, como si también percibiera el peso de la conversación que había surgido entre
ellos. El bosque de los Espejos estaba muy lejos, pero su presencia se sentía de alguna manera,
como si la sombra de su oscuridad pudiera alargarse hasta cubrir cada rincón de sus
pensamientos. Y ahora, la mención de Maléfica, la poderosa hada oscura de Francia, añadía una
nueva capa de inquietud.

Miró a Eislind, que cabalgaba a su lado con el ceño ligeramente fruncido, sumida en sus propios
pensamientos. La imagen de ella, con su cabello negro como la noche cayendo en cascadas
sobre sus hombros, era una mezcla de fuerza y vulnerabilidad que le aceleraba el corazón. Pero,
por muy atraído que se sintiera hacia ella, ahora mismo, había algo más oscuro que invadía su
mente.

—Nunca pensé que un hada pudiera corromperse —dijo Wolfarr, rompiendo el silencio con voz
grave—. Siempre crecimos escuchando historias de cómo las hadas eran protectoras, de su
bondad, de cómo ayudaron a tu madre... Pero Maléfica... ella lo cambió todo. Ahora, no
sabemos en quién confiar.

Eislind lo miró, sus ojos azules brillando con una intensidad que lo desconcertaba. Wolfarr sintió
que el aire a su alrededor se volvía más denso, como si las palabras que estaban a punto de
intercambiar tuvieran el poder de desvelar una verdad aún más oscura.

—¿Qué fue lo que la corrompió? —preguntó Eislind en voz baja, como si temiera que el solo
hecho de decir esas palabras pudiera traer consigo una respuesta terrible.
Wolfarr inhaló profundamente, el frío aire de la mañana llenando sus pulmones mientras
trataba de ordenar sus pensamientos.

—El odio, quizás. O el dolor. Nadie lo sabe con certeza. Pero lo que sí sabemos es que Maléfica
fue una de las hadas más poderosas de su tiempo, y que ahora... ahora se ha convertido en el
ser más temido en Francia.

Wolfarr notó cómo la tensión en el rostro de Eislind crecía. Ella siempre había sido fuerte, pero
este tipo de peligro, la oscuridad tan absoluta como la que representaba Maléfica, era algo
diferente. Wolfarr no podía dejar de comparar el terror que ella sembraba en Francia con el
miedo que sus propios compatriotas sentían por el Bosque de los Espejos.

—La gente en Francia teme a Maléfica de la misma manera que nuestra gente teme al lado
oscuro del Bosque de los Espejos —dijo Wolfarr, su voz baja pero firme—. Hay algo en la
oscuridad de ambos lugares que parece... viva. Como si se alimentara del miedo, como si
creciera con cada susurro de terror.

Eislind asintió, su expresión grave mientras procesaba sus palabras.

—Pero Maléfica y Grimhilde... ellas eran diferentes, ¿no es así? —preguntó, sus ojos buscándolo
a él, deseando una respuesta que calmara sus miedos—. La Reina Grimhilde... mi abuela, ella
pactó con fuerzas oscuras, pero no era un ser mágico como Maléfica.

Wolfarr sabía que esa distinción era importante para Eislind. Ella había crecido escuchando las
historias de la maldad de su abuela, pero Maléfica representaba un tipo de amenaza distinta,
algo que no podía comprender del todo.

—Es cierto, son diferentes. Grimhilde buscó el poder a través de pactos y magia oscura, pero no
tenía la naturaleza intrínseca de un ser mágico como Maléfica. Grimhilde era un ser humano con
posición real que usaba la magia, pero Maléfica... ella es la magia. Eso la hace aún más
peligrosa, impredecible.

El ambiente que los rodeaba, aunque aún lleno del aire fresco del amanecer, parecía
oscurecerse con la conversación. Los árboles altos y desnudos, con ramas retorcidas, parecían
sombras que los observaban, que los escuchaban. Wolfarr sintió un escalofrío recorrer su
espalda, no solo por el frío, sino por la naturaleza de lo que estaban discutiendo.

—Es aterrador pensar que una fuerza tan pura como la de las hadas pueda corromperse —
continuó Wolfarr, bajando la mirada hacia las riendas que sostenía—. Si una hada puede ser
consumida por la oscuridad, ¿qué nos dice eso del resto de nosotros?

Las palabras pesaban en el aire. Él no lo dijo, pero estaba claro que se preguntaba lo mismo
sobre Eislind y sobre sí mismo. Su linaje estaba marcado por la maldad de Grimhilde, y aunque
Eislind había crecido con la pureza de Blancanieves, el miedo de que esa oscuridad aún viviera
en su sangre era innegable.
Eislind lo miró en silencio, como si también luchara con esos mismos pensamientos. En ese
momento, Wolfarr sintió una oleada de empatía por ella. No era solo una princesa. Era una
joven atrapada entre la luz y la oscuridad, entre la bondad heredada de su madre y las sombras
que su abuela había dejado tras de sí.

—No dejaré que el miedo nos consuma —dijo de repente, su voz más firme de lo que esperaba
—. Ni a ti, ni a mí. Lo que sea que venga, ya sea la oscuridad de Maléfica o la del bosque, lo
enfrentaremos juntos.

Wolfarr sintió cómo su corazón latía con fuerza mientras pronunciaba esas palabras. Estaba
siendo honesto. No podía prometerle a Eislind que el peligro se desvanecería, pero sí podía
prometerle que no la dejaría sola en esa batalla.

Sus miradas se encontraron de nuevo, y durante unos segundos, el mundo exterior


desapareció. Solo estaban ellos, juntos en ese momento, compartiendo una promesa tácita de
protección y confianza. Pero también había algo más, algo que iba más allá de la amistad o del
deber. La atracción, la conexión, ese vínculo silencioso que crecía entre ellos.

Wolfarr sintió un ardor en el pecho, una mezcla de nerviosismo y deseo que lo desconcertaba.
Cada vez que miraba a Eislind, no solo veía a una princesa, veía a la persona con la que había
compartido su infancia, con la que había reído y jugado. Y ahora, la veía como algo más. Algo
que lo atraía de una manera que no podía controlar.

El sonido de Jager, el lobo blanco, acercándose interrumpió el momento. El animal, siempre


alerta, olfateó el aire con inquietud, como si hubiera captado algo en la brisa. Wolfarr miró al
lobo y luego a Eislind, sus ojos llenos de una mezcla de alerta y cariño.

—Debemos seguir adelante —dijo él, volviendo a enfocarse en la tarea en mano, aunque la
tensión entre ellos era innegable.

Eislind asintió, su mirada suave, pero consciente de la seriedad del viaje que emprendían. Y
mientras continuaban su camino, escoltados por la brisa fría y la sombra del bosque en la
distancia, Wolfarr no pudo evitar sentir que lo que les aguardaba era mucho más que una
simple travesía hacia las praderas. Era un enfrentamiento con su propio destino, y con la
oscuridad que, de alguna manera, siempre había estado cerca de ellos.

Wolfarr cabalgaba en silencio, escuchando el susurro del viento mientras la conversación entre
él y Eislind se sumergía en lo más profundo de la oscuridad que ambos sentían, aunque
estuviera aún lejos de ellos. Sus pensamientos volvían a Francia, a los rumores que habían
viajado a través de los reinos como un eco en la neblina, susurrando el nombre de Maléfica con
una mezcla de asombro y terror.

—Dicen que su apariencia es tan imponente como su poder —comenzó Wolfarr, su voz
resonando baja pero firme, intentando disipar su propio nerviosismo mientras miraba a Eislind
de reojo—. Algunos aseguran que la han visto entre la neblina del bosque, con sus cuernos
oscuros alzándose por encima de ella como si fueran una corona de maldad.

El aire alrededor de ellos se volvió más frío, o al menos así le pareció a Wolfarr, mientras
describía los relatos que había escuchado. Las historias de Maléfica eran casi inverosímiles, pero
había una verdad en ellas que helaba la sangre.

—Dicen que, cuando la luz verde de su magia atraviesa la neblina, los incautos que se pierden
en el bosque sienten una atracción casi irrefrenable. Como si ella los llamara con su voz suave,
seductora... —continuó, la imagen de la figura imponente de Maléfica formando un cuadro
mental en su mente—. Como una mariposa que flota entre la hierba, moviéndose entre las
sombras, con su largo cabello cayendo como si fuera un ángel caído.

Se detuvo un momento, tragando saliva ante lo que estaba por decir, recordando cómo aquellos
valientes que se habían acercado demasiado contaban otra historia, una mucho más espantosa.

—Pero aquellos que la han visto de cerca, esos que lograron escapar con vida, dicen que no hay
nada angelical en ella. Que su verdadera forma es peor que una cabra negra poseída, con ojos
llenos de odio y orgullo... como si estuviera observando el mundo desde lo alto, dispuesta a
aplastar a cualquiera que ose desafiarla.

Eislind permanecía en silencio, procesando las palabras, pero su rostro revelaba que la historia
la había impactado. Wolfarr no podía culparla. El contraste entre la belleza seductora de
Maléfica y su naturaleza infernal era desconcertante, incluso para él, que había escuchado
cuentos de monstruos y seres oscuros toda su vida. Pero Maléfica... era algo más. Algo que no
encajaba con las normas del bien y del mal que él entendía.

—¿Cómo puede algo tan horrible parecer tan... hermoso al mismo tiempo? —murmuró Eislind,
su voz temblando ligeramente. Wolfarr notó que ella apretaba las riendas de su caballo con más
fuerza.

—Quizás esa es su verdadera arma —respondió Wolfarr, su tono suave pero sombrío—. Hacer
que la gente baje la guardia, que se acerque lo suficiente para quedar atrapada por su magia
antes de darse cuenta de lo que realmente es.

El bosque a su alrededor se espesaba a medida que cabalgaban, y las sombras que las ramas
desnudas proyectaban sobre el suelo parecían cada vez más oscuras, como si reflejaran los
pensamientos de ambos. Wolfarr sentía la tensión en sus hombros, como si algo los estuviera
observando, aunque sabía que todo eso estaba en su mente, alimentado por las historias que se
habían cruzado entre ellos.

Eislind finalmente rompió el silencio con una voz suave pero cargada de recuerdos.

—Mi madre... —dijo ella, su voz apagada, como si cada palabra fuera un esfuerzo—. Mi madre
también fue engañada por una apariencia seductora. La Reina Grimhilde, mi abuela... ella no
usó cuernos ni una luz verde, pero se transformó en algo horripilante para envenenarla.
Wolfarr sintió un escalofrío recorrer su espina dorsal. Recordaba la historia, claro, pero nunca la
había oído directamente de Eislind. Saber que la madre de Eislind, Blancanieves, había sido
víctima de la crueldad de su propia abuela hacía que todo lo que él consideraba sobre el bien y
el mal se tambaleara.

—¿Cómo era...? —preguntó en voz baja, sabiendo que las palabras no eran suficientes para
describir lo que Eislind había heredado en su historia familiar.

—Horrible —respondió Eislind, con un temblor en su voz—. Horrible y patética. Mi abuela se


transformó en una anciana frágil y demoniaca, encorvada, con una voz aguda y quebrada... Su
aspecto era una mezcla de lo grotesco y lo inofensivo. Pero sus ojos... esos ojos eran lo que
realmente asustaba. Eran oscuros, vacíos, llenos de una maldad pura que no podía esconder
bajo su disfraz.

Wolfarr se estremeció. La descripción de Grimhilde, una anciana aparentemente inofensiva pero


con el corazón lleno de oscuridad, le recordaba de alguna manera a Maléfica. Aunque las dos
eran completamente diferentes en poder, ambas compartían la habilidad de usar la apariencia
para engañar a sus víctimas.

—Es curioso —dijo Wolfarr—. Maléfica y tu abuela son como dos caras de la misma moneda.
Una usa su belleza para atraer y engañar, la otra se disfrazó de fealdad para ocultar su maldad.
Pero al final, ambas buscan lo mismo... destruir lo que es bueno.

La oscuridad en sus palabras resonó en el aire, y Wolfarr sintió que la tensión en su pecho crecía
con cada paso de su caballo. No solo por lo que Maléfica o Grimhilde representaban, sino por lo
que significaba para él estar aquí, tan cerca de Eislind, enfrentando estos pensamientos juntos.
Había algo en su historia, en la carga que ella llevaba, que lo hacía querer protegerla más de lo
que jamás había querido proteger a nadie.

Jager emitió un bajo gruñido, como si también percibiera la creciente tensión a su alrededor. El
lobo se detuvo un momento, olfateando el aire, antes de seguir caminando junto a los caballos.
Wolfarr lanzó una rápida mirada a Eislind, quien lo observaba con una mezcla de emoción y
preocupación.

—No te preocupes —dijo, intentando suavizar el ambiente—. Mientras estemos juntos, nada
podrá tocarnos.

Eislind le devolvió una débil sonrisa, pero Wolfarr supo que el peso de sus historias compartidas
aún colgaba sobre ellos como una sombra oscura. Y aunque la presencia física de Maléfica
estaba lejos, el temor a la oscuridad, la corrupción, y lo que esas fuerzas podrían desatar en sus
propias vidas los acompañaba en cada paso de su viaje.

Wolfarr se inclinó ligeramente hacia Eislind, tratando de captar cada una de sus palabras.
Mientras ella hablaba de la Reina Grimhilde, su voz parecía cargada con el peso de los recuerdos
ajenos, como si cada sílaba trajera consigo ecos de una tragedia antigua que aún no había sido
del todo entendida.

El aire se tornó más denso, y el bosque alrededor de ellos parecía estrecharse, como si las
sombras se alargaran con cada palabra que caía de los labios de Eislind. Wolfarr no podía dejar
de mirarla, observando cómo sus ojos azules brillaban, no solo con la tristeza de lo que relataba,
sino con la intensidad de alguien que había vivido con esta historia durante toda su vida. Era la
historia de su madre, pero también era su propia herencia.

—Dijo que la Reina Grimhilde se transformó en algo grotesco —comenzó Eislind, su voz
temblando levemente—. Algo que apenas podía describirse como humano, y sin embargo, era...
inofensivo, en apariencia.

Wolfarr sentía su piel erizarse. El mero hecho de imaginar a una criatura que, en su horror, aún
mantenía la capacidad de engañar con una falsa debilidad le resultaba espeluznante. Podía
imaginar a Grimhilde, una anciana encorvada, arrastrando los pies por el bosque, vestida con
harapos y sosteniendo en sus manos la manzana envenenada. Era una imagen que tenía el
poder de engañar incluso al más cuidadoso.

—Parecía... —Eislind vaciló, buscando las palabras adecuadas—. Patética, como si no


representara una amenaza real. Pero sus ojos, Wolfarr... sus ojos eran otra cosa. Oscuros, fríos.
Había maldad pura en ellos, como si todo el odio del mundo se hubiera concentrado en ese
pequeño cuerpo decrépito.

Wolfarr sintió un nudo formarse en su estómago. La imagen que Eislind pintaba era aterradora
no por la apariencia externa de Grimhilde, sino por lo que se escondía detrás de esa fachada.
Era la encarnación del engaño, de cómo el mal podía disfrazarse de indefensión para atacar a
los que se atrevieran a confiar. Las manos de Wolfarr se apretaron sobre las riendas de su
caballo, cuyos cascos resonaban sordamente contra la tierra del sendero, cada paso más lento,
más pesado.

—La Reina Grimhilde se acercó a mi madre con esa apariencia... —continuó Eislind, y su voz
parecía cada vez más frágil, como si revivir la historia la desgastara—. Blancanieves no pudo
verla por lo que era en realidad. Solo vio a una anciana necesitada, y fue entonces cuando... —su
voz se apagó por un momento—, le ofreció la manzana.

El silencio que siguió era casi insoportable. Wolfarr notaba que hasta los sonidos del bosque se
habían desvanecido, como si incluso las criaturas a su alrededor contuvieran la respiración. El
ambiente estaba impregnado de una tensión inquietante, un presagio oscuro que amenazaba
con engullirlos. La brisa fría acariciaba su rostro, pero no traía alivio; era como si trajera consigo
el eco de la maldad de Grimhilde.

Eislind respiró hondo antes de continuar, y Wolfarr pudo ver cómo sus manos temblaban
ligeramente sobre las riendas.
—Lo que sucedió después fue una pesadilla —dijo ella, casi en un susurro—. Mi madre cayó
muerta, y todo porque confió en alguien que parecía inofensivo.

La voz de Eislind se quebró, y Wolfarr sintió un impulso protector crecer en su interior. Quería
decir algo, cualquier cosa que pudiera aliviar el dolor en su corazón, pero no encontraba las
palabras. En su lugar, dejó que el silencio hablara, permitiendo que Eislind procesara sus
pensamientos.

Los árboles se cernían sobre ellos como vigías oscuros, sus ramas desnudas extendiéndose
hacia el cielo gris como dedos largos y retorcidos. Wolfarr sentía que el entorno reflejaba la
oscuridad que Eislind describía: un mundo que parecía tan familiar y tranquilo en la superficie,
pero que ocultaba horrores inimaginables bajo su calma exterior.

—Y pensar... —dijo Wolfarr finalmente, con la voz baja y profunda—, que alguien podría
esconder tal maldad detrás de una máscara de debilidad.

Sus palabras flotaron en el aire entre ellos, impregnadas de una mezcla de asombro y horror. El
frío en el ambiente se intensificó, y Wolfarr se dio cuenta de que estaba aferrándose a las
riendas como si necesitara algo sólido para evitar que sus pensamientos se desbordaran. La
historia de Eislind le había mostrado una vez más que el mal no siempre aparecía de manera
obvia, y ese conocimiento lo inquietaba profundamente.

—Es como si el bosque mismo lo supiera —murmuró Eislind, mirando a su alrededor—. Como si
estuviera lleno de susurros, de promesas vacías que parecen inocentes, pero que esconden un
veneno. Igual que Grimhilde.

Wolfarr asintió, observando cómo Jager se mantenía alerta, sus orejas moviéndose de un lado a
otro como si también captara algo en el viento que ellos no podían ver. Era como si el lobo, en
su sabiduría instintiva, comprendiera la amenaza que flotaba en el aire.

El silencio que cayó sobre ellos no era el silencio cómodo de la compañía compartida, sino algo
más profundo, más oscuro. Wolfarr no podía apartar la sensación de que estaban siendo
observados, no por alguna criatura física, sino por el eco de las historias de oscuridad que
ambos compartían.

Eislind miró a Wolfarr, sus ojos reflejando una mezcla de miedo y esperanza. Había algo en su
mirada que lo conmovió profundamente, una vulnerabilidad que no mostraba a menudo. Era la
hija de Blancanieves, la heredera de una historia que estaba marcada por la traición y el engaño,
y sin embargo, ahí estaba, enfrentando esos recuerdos con valentía.

—No dejaremos que esa oscuridad nos toque —prometió Wolfarr en voz baja, y aunque sabía
que no podía hacer tal juramento contra la maldad que existía en el mundo, sintió que debía
decirlo—. No como lo hizo con tu madre.

Eislind lo miró fijamente, como si quisiera creer en esa promesa, aunque ambos supieran que
las fuerzas oscuras, como las de Grimhilde y Maléfica, no eran tan fáciles de evitar. Pero en ese
momento, mientras el viento se intensificaba y las sombras se movían a su alrededor, el simple
acto de prometer protección parecía ser suficiente.

El viaje continuaría, pero las historias que habían compartido quedaban impregnadas en el aire,
como un recordatorio constante de que el mal, ya fuera en forma de una anciana frágil o de una
hechicera imponente, siempre encontraría la manera de filtrarse, incluso en los corazones más
puros.

Wolfarr sintió que la conversación había alcanzado un punto en el que la oscuridad de las
historias y los recuerdos empezaba a volverse insoportable. Las palabras sobre la Reina
Grimhilde y el envenenamiento de Blancanieves habían dejado un rastro sombrío en el aire, uno
que incluso el viento frío del bosque no podía disipar. Miró a Eislind de reojo, notando la tensión
en su expresión. Había un brillo apagado en sus ojos azules, y aunque mantenía una postura
firme, podía percibir su vulnerabilidad.

Sintiendo el peso de la conversación y queriendo devolverle algo de paz, Wolfarr decidió


cambiar de tema, lentamente, como quien mueve una hoja seca de un lugar oscuro hacia la luz
sin romperla.

—Tu madre, Blancanieves... —comenzó, con voz suave y casi reflexiva—. He oído tantas historias
sobre ella, no solo por su belleza, sino por su corazón. Es raro escuchar sobre alguien cuyo
mayor tesoro no está en su rostro, sino en su alma.

Eislind levantó la mirada hacia él, sus ojos todavía cargados de recuerdos oscuros, pero ahora
con una chispa de curiosidad. Wolfarr mantuvo la mirada, queriendo asegurarse de que ella
entendiera la sinceridad en sus palabras.

—Mi padre siempre dice lo mismo —respondió Eislind, su voz un poco más suave ahora, menos
temblorosa—. Siempre habla de cómo se enamoró de su pureza, de cómo, incluso en los
momentos más oscuros, ella nunca dejó de ver lo bueno en el mundo.

Wolfarr asintió, como si entendiera completamente el significado de esas palabras. De alguna


manera, sentía que eso era lo que también veía en Eislind, esa luz inquebrantable, esa pureza
que incluso el bosque y sus sombras no podían apagar.

—Florian... —murmuró, casi probando el nombre en sus labios—. Él no la amaba solo por su
belleza, ¿verdad? Había algo más. Algo... más profundo.

Eislind lo miró más de cerca, como si quisiera saber a dónde iba con ese pensamiento. Los
caballos seguían avanzando lentamente por el sendero, sus cascos resonando en la tierra dura y
fría. El aire era más denso, impregnado de humedad, como si el bosque mismo estuviera
esperando a que continuaran la conversación. Jager, el lobo blanco, caminaba a su lado, su
presencia silenciosa añadiendo una sensación de vigilancia constante, como si también
estuviera pendiente de las palabras que intercambiaban.
—Siempre he admirado esa clase de amor —continuó Wolfarr, con la voz baja—. Un amor que
no depende de lo que se ve por fuera, sino de lo que uno siente en lo profundo. Es... raro, pero
real. Florian vio a Blancanieves, no solo como una princesa hermosa, sino como alguien con un
alma pura, un corazón inquebrantable.

Wolfarr notó que Eislind estaba escuchando con atención, su mirada fija en él, pero algo en su
postura era más relajado ahora, menos tenso. Quizás el tema del amor la reconfortaba,
alejándola de las sombras que antes llenaban el espacio entre ellos. O quizás, el hecho de que él
hablaba sobre el amor de sus padres la hacía reflexionar sobre el tipo de persona que era ella
misma.

—Eislind... —dijo Wolfarr, el nombre de ella saliendo con una suavidad que lo sorprendió—, tú
también llevas eso en ti. Ese mismo corazón, esa misma luz. No es algo que puedas esconder,
aunque lo intentes.

La princesa bajó ligeramente la cabeza, como si estuviera procesando lo que él acababa de


decir. Wolfarr sentía una especie de nerviosismo creciente, pero no del tipo que provocaba
miedo o desconfianza. Era un nerviosismo más sutil, casi tímido, pero lleno de una emoción más
profunda. Quería que ella entendiera lo que realmente estaba tratando de decir, aunque sus
palabras parecieran torpes o incompletas.

El viento sopló con más fuerza, levantando pequeñas hojas secas que bailaban a su alrededor, y
el bosque, aunque oscuro y frío, parecía menos amenazante en ese momento. Los árboles ya no
parecían extender sus ramas hacia ellos, sino simplemente observar desde su inmovilidad.

—El amor de tu padre por tu madre no era solo devoción —continuó Wolfarr, su voz volviéndose
más baja, más íntima—. Era admiración. Admiraba quién era ella, no solo su belleza exterior,
sino todo lo que representaba. Su bondad, su capacidad de ver la luz incluso en los momentos
más oscuros.

Eislind sonrió levemente, aunque su sonrisa era pequeña, como si apenas se atreviera a dejarla
florecer completamente. La oscuridad de la conversación anterior todavía se cernía sobre ellos,
pero ahora parecía más lejana, menos intensa.

—Supongo que esa es la verdadera fuerza, ¿no? —preguntó Eislind, pensativa—. Ver lo bueno en
los demás cuando nadie más puede hacerlo.

Wolfarr asintió, sintiendo un calor inesperado en su pecho. Había algo en esa conversación que
lo hacía sentir más conectado a ella, como si en esas palabras sobre el amor de Florian y
Blancanieves estuvieran compartiendo algo más profundo entre ellos.

—Eso es lo que vi en ti desde que éramos niños —admitió Wolfarr, casi sin darse cuenta de lo
que estaba revelando—. Esa misma luz. Esa misma bondad. A veces, me pregunto si sabes lo
fuerte que eres en realidad.
Eislind lo miró, y por un momento, el bosque alrededor de ellos pareció desaparecer. Solo
estaban ellos dos, compartiendo algo que iba más allá de las palabras, más allá de las historias
de hadas malvadas y reinas traicioneras. Era un momento de conexión pura, una unión de
almas que se reconocían mutuamente.

Wolfarr desvió la mirada, sintiendo un rubor ascender por su cuello. Sabía que debía decir algo
más, algo para suavizar el momento, pero no encontraba las palabras adecuadas.

—No quería que nuestra charla se quedara en la oscuridad —dijo finalmente, su voz un poco
más firme ahora—. A veces es fácil olvidar que, incluso en medio de tanta maldad, hay amor,
hay luz. Como el de tus padres. Como el que tú llevas dentro.

Eislind no respondió de inmediato, pero su sonrisa se hizo un poco más amplia, y eso fue
suficiente para Wolfarr.

Wolfarr y Eislind avanzaron lentamente por el sendero que serpenteaba hacia el valle
montañoso. A medida que se acercaban, el aire se tornó más cálido y ligero, como si el sol
estuviera esperando con impaciencia a iluminar su camino. Cuando finalmente cruzaron la
última colina, el espectáculo que se desplegó ante ellos les robó el aliento.

El valle se extendía como un lienzo vibrante, lleno de flores que danzaban suavemente al ritmo
de la brisa. Pétalos de colores brillantes —amarillos, lilas, rosas— se entrelazaban en un abrazo
armonioso, y la fragancia dulce de la naturaleza los envolvía, creando una sensación de paz que
contrastaba con las sombras del bosque del que habían huido. Eislind sintió cómo su corazón se
aceleraba, no solo por la belleza del paisaje, sino por la compañía de Wolfarr a su lado.

El sol brillaba intensamente, proyectando una luz dorada que transformaba cada hoja y cada
pétalo en joyas preciosas. Eislind se permitió un momento para cerrar los ojos y dejar que la
calidez del sol la envolviera, sintiendo cómo la energía de la tierra se filtraba en ella. Pero, a
pesar de la belleza que la rodeaba, había una extraña sensación en su estómago, como un eco
lejano de la oscuridad que había dejado atrás.

Wolfarr la observaba con atención, sintiendo una mezcla de admiración y ansiedad. La imagen
de Eislind, con el sol iluminando su piel blanca como la nieve y sus cabellos oscuros brillando a
la luz, le hacía desear acercarse más, pero algo en la atmósfera lo mantenía alerta. Su mirada se
desvió hacia el horizonte, donde una sombra se cernía, pero su atención se centró de nuevo en
Eislind, cuya sonrisa iluminaba su rostro.

—Es hermoso, ¿verdad? —preguntó Eislind, girando hacia él, con una chispa de alegría en sus
ojos.

—Es un lugar mágico —respondió Wolfarr, aunque su voz llevaba un matiz de preocupación—.
Pero hay algo en el aire…

Eislind sintió el cambio en su tono. Mientras su corazón se llenaba de felicidad por el entorno,
una sombra de inquietud atravesó su mente. Se acercó a Wolfarr, buscando en sus ojos una
respuesta, un alivio.

—¿Qué sucede? —preguntó, su voz un susurro entre el canto de los pájaros y el murmullo del
viento.

Wolfarr dudó, queriendo protegerla de sus propios temores, pero la preocupación en su mirada
era inconfundible. Finalmente, decidió abrirse un poco.

—A veces, en lugares tan bellos, siento que lo que se esconde bajo la superficie puede ser aún
más peligroso. Es como si esta belleza tuviera un precio.

Eislind miró a su alrededor, sintiendo que la alegría se mezclaba con el temor. Las flores
parecían susurrar secretos, pero no podía negar la atracción que sentía por el lugar. A su lado,
Wolfarr, con su piel blanca como la luna y sus intensos ojos oscuros, representaba tanto su
anhelo como su miedo. Su presencia era un ancla en medio de la tormenta de emociones que la
asaltaban.

—¿Crees que podamos encontrar algo aquí? —preguntó Eislind, sin poder evitar sonreír. Había
algo reconfortante en compartir su curiosidad con él.

Wolfarr esbozó una sonrisa, aunque se sentía dividido. La felicidad en el rostro de Eislind
iluminaba su propia oscuridad interna, y en ese momento, todos los pensamientos sobre las
sombras en el horizonte parecieron desvanecerse.

—Tal vez podamos. Pero, ¿qué tal si exploramos un poco más? —sugirió, dejando de lado sus
dudas.

Eislind asintió con entusiasmo, y juntos comenzaron a adentrarse en el valle. Las flores parecían
bailar a su paso, como si la naturaleza celebrara su llegada. Wolfarr no podía evitar robar
miradas furtivas a Eislind, admirando su belleza y la alegría que irradiaba. Cada vez que sus
manos se rozaban accidentalmente, una chispa de energía atravesaba el aire entre ellos,
electrizando el ambiente y haciendo que su corazón latiera más rápido.

Mientras se movían por el valle, la luz del sol se filtraba a través de las nubes, creando un juego
de sombras que se movía y cambiaba a su alrededor. Había algo inquietante en esa belleza: era
perfecta, pero la sensación de que había algo más, algo oscuro al acecho, nunca desaparecía del
todo.

—¿Sabes? —comenzó Wolfarr, intentando mantener la conversación ligera mientras el viento


jugaba con sus cabellos—. Cada vez que veo un lugar como este, no puedo evitar pensar en lo
efímero que es. Un momento de alegría, y luego… todo puede cambiar.

Eislind lo miró, su expresión seria por un instante. Podía entender la profundidad detrás de sus
palabras. En su vida, había aprendido que la felicidad a menudo venía acompañada de una
sombra.
—Sí, a veces me asusta lo que no podemos controlar —respondió, sintiendo cómo el peso de
sus pensamientos se mezclaba con la frescura del aire—. Pero creo que es en esos momentos
donde encontramos la fuerza.

Wolfarr la observó con admiración, notando la sabiduría en sus ojos. Ella tenía razón; a pesar de
la incertidumbre, la belleza de aquel lugar y la compañía de Eislind le daban una razón para
seguir adelante.

Mientras se aventuraban más lejos, el paisaje se volvía cada vez más encantador, pero también
más extraño. Una brisa más fría atravesó el valle, trayendo consigo un leve murmullo que
parecía arrastrar susurros del bosque. Wolfarr sintió una punzada en su estómago, como si la
naturaleza misma estuviera advirtiéndoles de algo.

Pero no podía permitir que ese temor arruinara el momento. Al mirar a Eislind, vio el brillo de la
emoción en su rostro, y supo que debía ser fuerte, no solo por él, sino por ella.

—Vamos —dijo, tomando la iniciativa—. Exploremos juntos. Al final, siempre habrá sombras,
pero eso solo hace que la luz brille con más fuerza.

Con un gesto firme, Wolfarr extendió la mano hacia ella, y Eislind, con una sonrisa que iluminaba
el paisaje, la tomó con confianza. Juntos, se adentraron en el corazón del valle, entrelazando sus
caminos en una danza de esperanza y temor, rodeados de una belleza que, aunque inquietante,
parecía prometer más de lo que ocultaba.

Wolfarr extendió una manta sobre la suave hierba del valle, creando un pequeño oasis en medio
de la esplendorosa naturaleza. La luz del sol se filtraba entre las hojas, creando un patrón de
sombras danzantes que se movía suavemente con el viento. Mientras desempacaban la comida
que les había enviado el castillo, la brisa traía consigo el aroma fresco del pan recién horneado y
la dulzura de las frutas.

Eislind se sentó a su lado, su mirada brillante y llena de anticipación. Las pequeñas canastas de
mimbre estaban repletas de panes crujientes y frutas de colores vibrantes: melocotones
jugosos, ciruelas moradas y fresas rojas como el atardecer. Cada bocado era una celebración de
la naturaleza, y el sabor era aún más delicioso al compartirlo con Wolfarr.

—¡Prueba esto! —exclamó Eislind, ofreciendo un trozo de pan con un poco de miel que brillaba
a la luz del sol—. Te prometo que no te decepcionará.

Wolfarr tomó el pan y mordió, dejando que el sabor se deslizara por su paladar. —Es increíble —
dijo, con una sonrisa—. Tal vez deberían enviarnos más a menudo.

Eislind rió, una risa clara y melodiosa que resonó en el aire como un canto de aves. Wolfarr se
sintió más ligero al escucharla, olvidando por un momento las sombras que siempre parecían
acechar en su mente. Jager, el lobo blanco, se acercó, moviendo la cola y mirándolos con ojos
brillantes. Sin dudarlo, Eislind le ofreció un trozo de fruta, y Jager lo tomó con gracia, disfrutando
de su recompensa.

Mientras compartían risas y pequeñas bromas, la tensión romántica entre ellos se volvió
palpable. Wolfarr no podía evitar robarle miradas a Eislind, observando cómo su cabello caía en
ondas suaves sobre sus hombros, resaltando su piel clara y sus ojos que brillaban con la alegría
del momento. Cada vez que se encontraban, era como si el mundo se desvaneciera a su
alrededor, dejando solo a los dos y a la vibrante naturaleza.

—¿Te imaginas vivir aquí, lejos de todo? —preguntó Eislind, su voz llena de sueños—. Solo
nosotros, la naturaleza y Jager.

Wolfarr sonrió ante la idea, sintiendo un anhelo profundo en su corazón. —Podría ser un lugar
perfecto —respondió—. Pero también sé que, aunque este lugar sea hermoso, siempre habrá
algo oscuro en el horizonte.

Eislind frunció el ceño, recordando las palabras que habían compartido antes. Pero en ese
momento, decidió dejar de lado sus preocupaciones. —Vamos a disfrutar de este día —dijo,
tomando su mano—. Solo hoy.

Mientras seguían almorzando, comenzaron a jugar, lanzando trozos de pan a Jager, quien corría
tras ellos con alegría, sus patas levantando pequeñas nubes de polvo. Wolfarr se sintió libre,
riendo y corriendo junto a ellos, dejando que la luz del sol y la felicidad invadieran su corazón.

La atmósfera seguía siendo inquietante, con un leve susurro de viento que parecía llevar consigo
los ecos de lo desconocido, pero en ese instante, todo se desvanecía ante la calidez de la
compañía y la belleza del lugar. Wolfarr y Eislind compartían un vínculo que, aunque amenazado
por la oscuridad, brillaba intensamente en la luz del día.

Finalmente, después de que Jager se cansó de jugar y se acomodó a su lado, Eislind se recostó
sobre la manta, mirando el cielo. Las nubes se movían suavemente, formando figuras que
parecían danzar en la lejanía. Wolfarr la miraba, sintiendo cómo su corazón se llenaba de un
amor que era tanto poderoso como aterrador. La felicidad de aquel momento era un dulce
recordatorio de lo que estaban luchando por proteger.

—Gracias por este día —dijo Eislind, sin apartar la mirada del cielo—. Me hace olvidar las
sombras, aunque sea por un momento.

Wolfarr sintió una oleada de ternura y, sin pensarlo, se inclinó un poco más cerca de ella. —
Siempre quiero que tengas momentos como este, Eislind. Aun cuando la oscuridad se acerque,
siempre habrá luz si estamos juntos.

Las palabras quedaron suspendidas en el aire, y en ese instante, el mundo parecía detenerse.
Eislind lo miró, sus ojos reflejando un mar de emociones. Era un momento cargado de
promesas y vulnerabilidad, de amor y miedo, mientras la naturaleza a su alrededor continuaba
su danza interminable, ajena a las sombras que acechaban en el bosque.
Wolfarr terminó su almuerzo, sintiendo una energía renovada que lo empujaba a compartir algo
más que risas con Eislind. Mientras caminaban por el pequeño sendero que bordeaba el río, con
el murmullo del agua fluyendo suavemente a su lado, una idea brilló en su mente.

—Eislind —dijo, mirando a su alrededor, disfrutando del juego de luces y sombras que los
árboles frondosos proyectaban sobre el camino—. ¿Qué te parece si te enseño a usar el arco y la
flecha? Y tal vez también a luchar con la espada.

Eislind se detuvo, sus ojos azules se iluminaron con curiosidad y emoción. —¿En serio? —
preguntó, su voz un susurro lleno de entusiasmo.

—Sí —respondió Wolfarr, sintiendo cómo la tensión romántica comenzaba a envolverlos de


nuevo—. No solo se trata de protegerte. Es una habilidad que podría serte útil, especialmente
con lo que acecha en el bosque.

Ella asintió, y él no pudo evitar sonreír. Sabía que en su interior había una chispa de valentía que
deseaba encender. Mientras caminaban más cerca del río, las ramas de los árboles se inclinaban
hacia ellos, como si el bosque mismo estuviera escuchando su conversación.

—Vamos a encontrar un lugar adecuado —dijo Wolfarr, guiándola hacia un claro donde el sol
iluminaba el suelo cubierto de flores silvestres. El aroma fresco de la tierra y el agua se mezclaba
con el canto de los pájaros, creando una sinfonía natural que elevaba el espíritu.

Una vez en el claro, Wolfarr buscó algunas ramas rectas que podían servir como improvisados
arcos. Mientras se agachaba para recoger una, sintió la mirada de Eislind sobre él. Su piel blanca
brillaba a la luz del sol, y sus ojos reflejaban una mezcla de admiración y nerviosismo. Wolfarr se
sintió repentinamente consciente de su propio latido, un ritmo acelerado que parecía
sincronizarse con la energía del momento.

—Esto es lo que harás —dijo, mientras se levantaba y le mostraba la rama—. Con estas,
aprenderás a apuntar y disparar. Pero primero, necesitamos practicar la postura.

Eislind le observó atentamente mientras él le demostraba cómo sostener la rama, sus dedos
moviéndose con confianza. Ella imitó sus movimientos, pero su cuerpo era un poco más rígido,
como si la presión de hacer bien las cosas pesara sobre ella. Wolfarr se acercó un poco más,
sintiendo la calidez de su presencia.

—Relájate —le dijo suavemente—. Imagina que eres parte de la naturaleza. El viento, el río, todo
es un solo flujo.

Mientras hablaba, Wolfarr la guió en su postura, acercándose un poco más, sus manos rozando
las de Eislind. Ella contuvo la respiración, un escalofrío recorriéndole la columna. En ese
instante, el bosque pareció contener el aliento, y el murmullo del río se hizo más suave, como si
esperara el desenlace de su conexión.
Una vez que Eislind se sintió más cómoda, Wolfarr le entregó una flecha y, juntos, se acercaron
al río, donde un pequeño tronco se alzaba como un improvisado objetivo. Él le mostró cómo
alinear la flecha con su objetivo, y Eislind asintió, concentrándose en cada palabra que él decía.

—Ahora, respira —dijo, su voz baja y tranquilizadora—. Visualiza el tiro y suelta.

Eislind se concentró, sintiendo la vibración de la flecha entre sus dedos, y cuando finalmente
disparó, el viento pareció cambiar de dirección. La flecha voló por el aire, aunque se desvió un
poco y se hundió en la tierra a un lado del tronco.

—No está mal para un primer intento —dijo Wolfarr, aunque en su interior sabía que lo
importante era que ella intentara de nuevo. La risa de Eislind iluminó el aire, y él sonrió al verla
disfrutar del momento.

Mientras continuaban practicando, Wolfarr comenzó a hablarle sobre la espada, sus


movimientos fluidos y el arte de la defensa. Eislind escuchaba atentamente, sus ojos brillando
con la luz del sol y la emoción de aprender algo nuevo. Cuando llegó el momento de practicar,
Wolfarr tomó una rama más larga y le mostró cómo empuñarla.

Mientras luchaban, sus cuerpos se movían con gracia, casi como un baile. Cada movimiento
estaba cargado de energía, y Wolfarr se dio cuenta de que la cercanía de Eislind lo hacía sentir
más vivo que nunca. Ella era valiente, sus ojos ardían con determinación, y su risa resonaba en
el aire, llenando el claro con una alegría que contrastaba con la inquietud que siempre acechaba
en su mente.

Eislind hizo un movimiento audaz, intentando un golpe rápido, y Wolfarr se vio obligado a
pararlo. En ese momento, sus miradas se encontraron, y el aire se volvió espeso. El río seguía
fluyendo, pero en ese instante, el mundo se detuvo. Las emociones se agolpaban en sus
corazones, llenando el espacio entre ellos con una promesa de algo más.

La luz del sol se filtraba a través de las hojas, creando un ambiente mágico y etéreo, mientras
sus sonrisas se volvían más suaves, y el miedo y la tensión se mezclaban con el calor de un
nuevo amor floreciente. Era un momento en el que la naturaleza y el corazón de dos jóvenes se
entrelazaban, dejando atrás la oscuridad que acechaba en el horizonte.

Wolfarr dejó caer las ramas que habían estado usando como espadas, el sonido sutil de la
madera chocando contra el suelo se perdió en el murmullo del río. Se sintió abrumado por la
intensidad del momento, por la cercanía de Eislind, cuyo aliento se mezclaba con el aire fresco y
perfumado de flores silvestres que los rodeaba.

Ella estaba tan cerca que podía ver la profundidad de sus ojos azules, que reflejaban un
torbellino de emociones. Wolfarr sintió que su corazón latía con fuerza, luchando contra el
impulso de inclinarse hacia ella y capturar sus labios. Pero en lugar de ceder a la tentación,
decidió que lo mejor era abrazarla, encontrando refugio en su calidez.
Cerraron los ojos juntos, la luz del sol se filtraba entre las hojas, creando un aura dorada que los
envolvía. En ese instante, el mundo exterior se desvaneció; solo existían ellos, la naturaleza y la
conexión palpable entre sus corazones. Wolfarr sentía el latido de Eislind contra su pecho, un
ritmo tranquilo que lo calmaba y lo llenaba de una dulce angustia.

Cuando finalmente decidió abrir los ojos, se encontró con el reflejo de su propia lucha en el
rostro de Eislind. Ella parecía tan vulnerable y, al mismo tiempo, tan fuerte. La tension se cortó
en un susurro. —Aún no, princesa —dijo, su voz baja, pero firme.

Eislind exhaló un suspiro que resonó en el aire, una mezcla de alivio y deseo. Había un brillo de
comprensión en su mirada, y, al ver su expresión, Wolfarr sintió que su corazón se encogía de
ternura. Ella asintió lentamente, atrapada en la respiración entrecortada, y en ese momento, el
mundo se volvió un poco más ligero, aunque el miedo seguía acechando en el horizonte.

—No me siento así desde hace mucho tiempo —susurró Eislind, y sus palabras cayeron como
una lluvia suave en el ambiente. Entonces, de repente, se entregó a él, abrazándolo con fuerza.
Wolfarr pudo sentir la calidez de su cuerpo, el consuelo que buscaba en un mundo lleno de
incertidumbre.

Pero de pronto, el silencio se rompió por un suave sollozo. Wolfarr la sintió temblar en sus
brazos, su cuerpo vibraba con una tristeza que parecía no tener fin. Ella lloraba silenciosamente,
y cada lágrima que caía era un eco de las batallas que había librado en su interior. En ese
instante, la fragilidad de Eislind se hizo evidente; no solo era la princesa, sino una joven con un
corazón que había sufrido, y que finalmente encontraba un refugio en él.

Wolfarr la abrazó con más fuerza, deseando poder protegerla de todo el dolor que había llevado
consigo. El aroma a tierra húmeda y flores se mezclaba con el llanto de Eislind, y él la sostuvo,
sintiendo cómo su tristeza se colaba en su propia alma. Era un momento entre la luz y la
oscuridad, donde la felicidad del ahora chocaba con las sombras del pasado.

La naturaleza a su alrededor continuaba su danza, pero en su pequeño mundo, todo parecía


detenido. Wolfarr deseaba que el tiempo se congelara, que este instante de conexión y consuelo
se extendiera para siempre. Sabía que había un peligro latente, pero también que juntos podían
enfrentarlo, fortalecidos por la sinceridad de sus emociones.

Eislind se apartó un poco, sus ojos aún brillantes por las lágrimas, pero la fragilidad de su risa
comenzó a asomarse entre sus labios. En ese momento, Wolfarr se dio cuenta de que no solo se
trataba de protección; se trataba de sanar, de encontrar la luz en medio de la oscuridad. Y en su
abrazo, en su conexión, ambos comenzaban a descubrir lo que significaba ser verdaderamente
felices, a pesar de lo que pudiera acechar en el horizonte.

Wolfarr sostuvo a Eislind con firmeza, sus brazos rodeando su figura temblorosa mientras ella
lloraba desconsoladamente en su pecho. El sonido de sus sollozos se mezclaba con el murmullo
del río cercano, creando una sinfonía de tristeza que resonaba en el aire fresco del valle. Los
árboles frondosos, con sus hojas vibrantes, parecían absorber el dolor que emanaba de ella, sus
ramas meciéndose suavemente como si estuvieran tratando de consolarla.

La piel de Wolfarr ardía donde su cuerpo se tocaba con el de Eislind. El aroma a hierbas frescas y
flores silvestres lo envolvía, y en medio de la naturaleza radiante, la tristeza de Eislind era un
contraste perturbador. Ella estaba tan frágil, tan expuesta en esos momentos de vulnerabilidad,
y eso encendía en él un deseo ardiente de protegerla de cualquier sombra que pudiera
atormentarla.

—Shh... está bien, Eislind —susurró, su voz suave como el viento que soplaba entre los árboles.
Intentó calmarla, rodeándola con su calidez. Quería ser su refugio, su ancla en medio de la
tormenta emocional que la asolaba. Cada sollozo parecía rasgar su corazón, y él sabía que no
era solo el dolor de su madre lo que la afectaba, sino el peso de una herencia oscura que
parecía pesar más en su alma.

Eislind se aferró a él con desesperación, sus manos enterrándose en la tela de su tunica,


buscando consuelo en su presencia. Wolfarr sintió la presión de sus lágrimas empapando su
ropa, y aunque no podía borrar su dolor, quería ser el guardián que le recordara que aún había
luz en su vida. La tensión romántica que había flotado entre ellos se intensificaba, no solo como
un deseo, sino como una promesa silenciosa de que estaría a su lado en cada paso que dieran.

—No estás sola —le dijo, separándose un poco para mirar sus ojos enrojecidos por el llanto. Ella
parpadeó, tratando de contener la tristeza, y eso solo hizo que su corazón se acelerara. Wolfarr
se sintió impotente ante su dolor, pero sabía que no podía permitir que la oscuridad la
consumiera. —Estoy aquí contigo. Siempre.

Mientras hablaba, el aire a su alrededor se volvió más denso, como si la naturaleza misma
estuviera sopesando el peso de su tristeza. Las flores que los rodeaban parecían más vibrantes,
más vivas, y él deseó que su belleza pudiera llenar el vacío que el sufrimiento había dejado en su
corazón. La luz del sol se filtraba entre las ramas, iluminando el rostro de Eislind, y en esa luz,
Wolfarr vio no solo la tristeza, sino también una chispa de esperanza, un destello de la fuerza
que sabía que llevaba dentro.

—¿Te acuerdas de la primera vez que jugamos juntos en este valle? —preguntó él, intentando
llevar su mente a un lugar más feliz. Su voz era un susurro suave, y Eislind asintió lentamente,
como si su mente intentara aferrarse a ese recuerdo.

—Sí... —su voz temblaba, y Wolfarr continuó.

—Corríamos entre las flores, riendo, sin preocupaciones —dijo, tratando de invocar esa risa que
había compartido con ella en el pasado. —Prometimos que siempre nos cuidaríamos
mutuamente.

La mirada de Eislind se suavizó un poco, y aunque las lágrimas aún rodaban por sus mejillas,
había un atisbo de gratitud en sus ojos. Wolfarr sintió que el aire se llenaba de un calor
reconfortante. Deseaba ser el bálsamo que sanara sus heridas, el guerrero que enfrentara las
sombras del pasado.

—Así que no te preocupes, princesa. Juntos, enfrentaremos lo que venga. Porque cada lágrima
que derramas es una parte de ti que dejas ir, y te prometo que siempre habrá luz al final del
camino.

Con esas palabras, Eislind se aferró aún más a él, y aunque el miedo y la tristeza seguían
acechando en su interior, por un momento, en sus brazos, encontró un refugio, un respiro, y el
comienzo de una esperanza renovada.

A medida que los sollozos de Eislind se tornaban en suaves suspiros, comenzó a recuperar la
compostura. Wolfarr la sostuvo con firmeza, pero ahora sintió cómo la tensión en su cuerpo se
aflojaba lentamente, como si las sombras que la perseguían estuvieran disipándose con cada
latido de su corazón. Las lágrimas aún brillaban en sus mejillas, reflejando la luz del sol que se
filtraba a través de las hojas, como si la naturaleza misma le ofreciera un abrazo cálido.

—Lo siento —dijo Eislind, limpiándose la cara con el dorso de la mano, aunque las marcas de
sus lágrimas seguían ahí, evidentes y vulnerables. —No sé qué me pasó.

Wolfarr sonrió, intentando aligerar el ambiente. —A veces, las emociones son como tormentas;
llegan sin aviso y nos dejan empapados. Lo importante es que después de la lluvia, el sol vuelve
a brillar.

Eislind lo miró, y una chispa de diversión comenzó a encenderse en sus ojos. —¿Así que ahora
eres un poeta, cazador? —preguntó, con una leve sonrisa que apenas desdibujaba la tristeza de
su rostro.

—Podría ser, si me das una razón para hacerlo —respondió él, guiñándole un ojo mientras el
aire se llenaba de un ambiente ligero, como las nubes que se desvanecían después de una
tormenta.

Mientras caminaban hacia el pequeño arroyo, las flores silvestres a su alrededor parecían
danzar con la brisa, sus colores vibrantes contrastando con la suave luz del día. El murmullo del
agua fluyendo les ofrecía una melodía que acompañaba su conversación, creando un telón de
fondo perfecto para su alivio mutuo.

—Nunca me imaginé que el cazador real también pudiera ser tan gracioso —dijo Eislind, riendo
por primera vez, su risa resonando en el aire como un canto de aves. Wolfarr se sintió triunfante
al ver que su esfuerzo había valido la pena.

—Solo trato de asegurarme de que mi princesa no se hunda en su tristeza —respondió él,


inclinándose levemente para recoger una flor de colores brillantes y ofrecérsela. —¿Qué te
parece esta? ¿Acaso no es hermosa?
Eislind tomó la flor con delicadeza, sus dedos rozando los de Wolfarr, y una corriente eléctrica
pareció recorrer su piel. —Es hermosa, pero no tanto como tú, cazador.

Las palabras de Eislind lo sorprendieron y, por un instante, la atmósfera se tornó densa, cargada
de una tensión romántica palpable. Sus miradas se encontraron, y el tiempo pareció detenerse
mientras el entorno a su alrededor se desvanecía. El canto de los pájaros se volvió un eco lejano,
y el murmullo del arroyo se transformó en un susurro distante.

Wolfarr tomó un respiro profundo, sintiendo el peso de su mirada. —Eislind, creo que…

Pero la risa de ella lo interrumpió, y la luz volvió a brillar entre ellos. —¡Vamos! ¡Tienes que
enseñarme más sobre el arco y la flecha! Prometiste que hoy sería un día de diversión.

Wolfarr sonrió, agradecido por su renovada energía. —Está bien, pero solo si prometes que no
te quejarás cuando te muestre cómo cazar. Es un arte que requiere mucha paciencia y, a veces,
puedes terminar con un poco de barro en los zapatos.

—¡No te preocupes! Estoy lista para todo, siempre que tú estés a mi lado —respondió ella,
sonriendo con una confianza renovada.

Mientras se dirigían hacia el claro donde habían dejado sus armas, Eislind notó cómo el viento
acariciaba su piel, llevándose consigo las últimas huellas de tristeza. Su corazón latía más rápido,
no solo por la emoción de lo que estaba por venir, sino también por la compañía de Wolfarr,
quien había estado a su lado en los momentos más oscuros y ahora iluminaba su mundo con
risas y promesas de aventura.

Jager, su fiel lobo, apareció corriendo hacia ellos, salpicando agua y tierra en su camino. Eislind
soltó una risita, y la tensión romántica se transformó en un sentimiento de complicidad. Era un
día soleado, un refugio de felicidad en medio de la incertidumbre, y mientras el cielo se extendía
ante ellos, Eislind supo que juntos enfrentarían cualquier sombra que se interpusiera en su
camino.

El sol comenzaba a descender lentamente en el horizonte, tiñendo el cielo de tonos dorados y


anaranjados mientras Eislind y Wolfarr emprendían el camino de vuelta. El prado quedaba atrás,
y a medida que avanzaban, las flores silvestres y los campos abiertos se transformaban en los
primeros signos del Bosque de los Espejos. Aquí, el aire era más fresco, más denso, y una
sensación de incertidumbre empezó a envolverlos mientras las sombras de los árboles
alargaban sus formas sobre el suelo.

Eislind, aún con las mejillas ligeramente sonrojadas por las risas del día, comenzó a caminar más
cerca de Wolfarr. Jager trotaba delante de ellos, olfateando el aire y manteniendo su actitud
alerta, pero con la ligereza de un animal aún despreocupado. Las ramas de los árboles
frondosos crujían suavemente bajo la brisa, pero la atmósfera se sentía más pesada, como si
algo en el aire hubiera cambiado con su entrada al bosque.
—Siento que la luz aquí es diferente —murmuró Eislind, su voz apenas audible en medio del
crujido de las hojas. Observaba cómo los rayos del sol se filtraban a través del follaje, pero a
diferencia del campo abierto, la luz aquí era más tenue, como si algo invisible estuviera
devorando su brillo.

Wolfarr, atento al entorno, asintió con seriedad. —Este lugar tiene una energía distinta. Incluso
el lado luminoso del bosque puede jugar con tu mente. Hay que estar alerta.

La brisa que antes acariciaba sus rostros ahora parecía más fría, como si hubiera tomado un
carácter ominoso, y las sombras proyectadas por los árboles formaban figuras que se movían
con el vaivén de sus pasos. De repente, Jager se detuvo en seco, sus orejas alzadas y su cuerpo
tenso.

Un ruido inesperado se alzó en la distancia, un crujido de ramas que no parecía ser causado por
el viento. Wolfarr se detuvo de golpe, su mano inmediatamente dirigiéndose hacia el arco que
llevaba en la espalda. Los músculos de su cuerpo se tensaron, y su mirada afilada se movió
entre los árboles cercanos, tratando de identificar la fuente del ruido.

Eislind sintió un escalofrío recorrerle la columna. Su respiración se volvió superficial, y su pulso


empezó a acelerarse mientras se acercaba más a Wolfarr, buscando la seguridad que su
presencia le ofrecía. Los sonidos se intensificaron; los pasos eran claros ahora, como si algo o
alguien caminara deliberadamente hacia ellos.

—¿Escuchaste eso? —preguntó ella, su voz temblorosa, aunque intentaba mantener la calma.

—Sí —respondió Wolfarr, su voz baja, cargada de tensión. Sus ojos oscuros no dejaban de
examinar el bosque que los rodeaba, y su mano apretaba con fuerza el arco, preparándose para
lo que pudiera venir.

El ruido de pasos continuaba acercándose, más rápido esta vez, como si algo hubiera notado su
presencia. Las sombras parecían moverse a su alrededor, y el ambiente antes pacífico del
bosque ahora estaba cargado de una inquietud palpable. Incluso los pájaros habían dejado de
cantar, y el viento había cesado, dejando solo un silencio sepulcral interrumpido por esos pasos
que resonaban cada vez más cerca.

Eislind tragó saliva, intentando mantener la calma. —¿Podría ser algún animal? —preguntó en
un susurro, sus ojos clavados en la penumbra entre los árboles.

Wolfarr sacudió la cabeza ligeramente, sus instintos diciéndole que aquello no era un animal
común. Había algo distinto en la cadencia de los pasos, algo que no cuadraba. No era el andar
despreocupado de un ciervo, ni el acecho silencioso de un depredador. Esto era diferente, más...
intencional.

—No lo sé —dijo, sus palabras bajas y tensas, mientras sacaba una flecha y la colocaba en su
arco. —Pero sea lo que sea, no vamos a esperar para averiguarlo de cerca.
Jager gruñó de forma casi inaudible, y sus ojos brillaban en la penumbra del bosque, reflejando
la última luz del día.

El corazón de Eislind latía con fuerza, su mano aferrándose al brazo de Wolfarr. A su alrededor,
todo parecía contener el aliento, como si el bosque mismo estuviera esperando el desenlace de
lo que fuera a suceder. El sonido de los pasos se detuvo de repente, justo cuando estaba a
punto de alcanzarlos, como si aquello que los había seguido se hubiera percatado de su
atención.

El silencio fue aún más aterrador. Ambos permanecieron inmóviles, el único sonido el del
susurro de las hojas bajo sus pies y la respiración entrecortada de Eislind.

—¿Qué hacemos? —preguntó ella, su voz rota por la incertidumbre.

—Mantente detrás de mí —ordenó Wolfarr con firmeza, sin apartar la vista de los árboles. Sabía
que cualquier movimiento en falso podría desatar lo peor, pero también sabía que debía
proteger a Eislind a toda costa.

De repente, un ruido más suave, como el roce de la tela o de la piel sobre la corteza de un árbol,
rompió el silencio. Wolfarr tensó el arco, su mirada fija en la dirección de donde provenía el
sonido. El miedo y la tensión en el aire eran tan densos que casi podían palparse. Eislind sentía
que su corazón iba a estallar, y aunque confiaba en Wolfarr, no podía evitar el terror que ahora
la inundaba por completo.

El bosque, que había sido su refugio, ahora parecía convertirse en una prisión de sombras,
donde lo desconocido acechaba entre las sombras.

Mientras Eislind y Wolfarr permanecían inmóviles, el sonido de los pasos se acercaba más,
haciendo que el aire se volviera pesado y cada segundo se sintiera como una eternidad. Las
sombras parecían moverse entre los árboles, dibujando figuras inquietantes en el suelo. Eislind
contenía la respiración, aferrándose a la seguridad que Wolfarr le ofrecía, mientras su corazón
martillaba en su pecho.

De repente, Jager, el lobo blanco, emitió un leve gruñido, pero no era un sonido de agresión,
sino de reconocimiento. Antes de que pudieran reaccionar, una figura emergió de las sombras,
caminando con una mezcla de lentitud y confianza. El hombre que apareció ante ellos tenía un
aire excéntrico, diferente a cualquier cosa que Eislind hubiera esperado ver en esa parte del
bosque. Llevaba una túnica larga y oscura, con intrincados broches de plata que brillaban
levemente bajo la luz tenue del sol. Su barba gris y enmarañada caía sobre su pecho, y sobre su
cabeza descansaba un sombrero de ala ancha, decorado con símbolos que Eislind no alcanzaba
a descifrar.

Wolfarr relajó ligeramente la tensión del arco al reconocer la figura. —Gottfried... —susurró, casi
con alivio, pero sin bajar completamente la guardia.
El hombre, que no parecía para nada perturbado por la atmósfera cargada de tensión, ajustó las
gafas redondas que colgaban torpemente en la punta de su nariz y sonrió de manera cómica y
despreocupada.

—¡Ah, joven Wolfarr! ¡Y nuestra querida princesa Eislind! —exclamó con un tono de voz
melodiosa y ligeramente irónica, que resonaba en el aire como si se burlara de la propia
gravedad del momento. Su presencia, aunque extraña, trajo una sensación de alivio inmediato.
—¡Qué agradable coincidencia encontrarme con ustedes aquí, en este encantador rincón del
bosque! Aunque, si me permiten, sugiero no permanecer mucho más tiempo en este lado a
estas horas.

Eislind parpadeó, aún atrapada por la tensión del encuentro, y su voz salió temblorosa. —
¿Gottfried? ¿Qué estás haciendo aquí?

Gottfried von Schattenberg, el consejero y bibliotecario del castillo, parecía fuera de lugar en el
bosque, pero al mismo tiempo, algo en su porte sugería que este hombre había caminado entre
sombras mucho más antiguas y peligrosas de las que rodeaban el Bosque de los Espejos. Su
mirada sagaz, aunque escondida tras las gafas, parecía percibir más de lo que decía. Como si su
visión alcanzara más allá de lo visible.

—Oh, querida niña, siempre la misma pregunta —dijo con una sonrisa juguetona, ajustando su
sombrero mientras su mirada se deslizaba con calma hacia el entorno. —Digamos que un viejo
bibliotecario como yo siempre tiene sus razones para caminar en tierras encantadas. Además,
Anselm necesitaba un poco de aire fresco, ¿verdad? —Dio una palmada suave sobre su hombro,
y una urraca negra salió revoloteando desde la profundidad de su capa, aterrizando sobre una
rama cercana. El ave lo miraba con la misma atención que un estudioso observa un libro
antiguo.

Wolfarr bajó finalmente su arco, pero no por completo, aún desconfiando del entorno, aunque
sabiendo que en presencia de Gottfried estaban más seguros de lo que podrían estar solos. —
No es seguro estar aquí —advirtió con seriedad.

—Precisamente por eso he venido, querido muchacho. Las tierras de los von Schattenberg
tienen una conexión particular con estos bosques —explicó Gottfried con una calma que casi
parecía cómica ante la gravedad del momento. —La magia en estos lugares es profunda,
antigua, y no todos los que se adentran aquí salen ilesos, pero afortunadamente no estoy aquí
para asustarles... sino para advertirles. Algo se está moviendo en las sombras más allá de lo que
imaginamos, y su madre, Eislind, ha comenzado a inquietarse.

Eislind sintió un escalofrío recorrerle la espalda, no solo por el tono enigmático de Gottfried,
sino por la mención de su madre. —¿Mi madre? —preguntó con la voz quebrada. —¿Qué tiene
que ver ella con esto?

Gottfried se acercó, su expresión ahora más seria, más en sintonía con la gravedad del
momento. —Blancanieves siempre ha tenido un vínculo especial con este bosque, como tú, mi
niña. Y ese vínculo... se está despertando. Hay fuerzas antiguas que no se han movido en siglos,
pero que ahora, al parecer, están comenzando a agitarse de nuevo. Las leyendas de tu familia y
la mía no son solo historias para dormir. Y cuanto más profundo te adentres, más sentirás su
poder.

Eislind sintió que sus piernas temblaban ligeramente. Era como si el peso de las palabras de
Gottfried trajera consigo un peso invisible, algo que hacía que el aire a su alrededor pareciera
más denso, más difícil de respirar.

Wolfarr dio un paso adelante, su mandíbula tensa. —¿A qué te refieres con que "se está
despertando"?

Gottfried soltó un suspiro pesado, sus ojos se suavizaron, y su tono se volvió más amable pero
lleno de advertencia. —A fuerzas que hemos temido desde los días en que Merlín caminaba por
este mundo. Y, querido cazador, hay tiempos en los que no basta con ser fuerte, sino también
con ser sabio. Este bosque, como sabes, no perdona la arrogancia.

Eislind observó cómo las sombras parecían moverse de nuevo entre los árboles. El miedo que
había sentido momentos antes, cuando pensaba que una amenaza física se acercaba, ahora era
reemplazado por algo más profundo, algo mucho más aterrador: el temor de lo desconocido, de
una historia más antigua que la suya propia, y de un destino que comenzaba a entrelazarse con
su vida de una manera que apenas empezaba a comprender.

—Es hora de volver al castillo —dijo Gottfried finalmente, su tono inquebrantable, pero amable.
—La oscuridad no espera a nadie, y ustedes tienen muchas preguntas, pero hay tiempo para
eso. Ahora, dejemos que la luz nos guíe, en lugar de las sombras.

El sol ya comenzaba a descender en el horizonte mientras Eislind, Wolfarr, y Gottfried


cabalgaban en silencio, bordeando a lo lejos el límite del lado luminoso del Bosque de los
Espejos. El aire se tornaba más denso a medida que se alejaban del claro, donde el prado
floreado aún parecía brillar a lo lejos. Sin embargo, el cambio en la atmósfera era innegable: el
sonido del viento susurrando a través de los árboles tenía una cualidad inquietante, como si las
ramas mismas intentaran comunicarse con ellos en un lenguaje olvidado. Cada paso resonaba
sobre la tierra húmeda, amortiguado por el musgo, pero el silencio era ensordecedor.

Eislind observaba a Wolfarr con fuerza, buscando en él un ancla para su mente que se sentía
extrañamente inquieta. El temor del bosque, de lo que acechaba más allá de los árboles
oscuros, comenzaba a entrelazarse con un nerviosismo más profundo. Las palabras de Gottfried
sobre su madre, el Bosque, y las antiguas fuerzas que se movían despertaban en ella un miedo
que era ancestral, como si algo en su sangre la estuviera llamando a entender algo que aún no
comprendía.

—Ese lugar siempre me ha dado escalofríos —murmuró Eislind finalmente, rompiendo el


silencio. Su voz, aunque suave, resonaba con el eco de sus propios pensamientos. Su mirada
recorría los árboles, esperando ver figuras entre las sombras, pero no quería admitirlo.
Gottfried, quien caminaba a su lado, con su paso tranquilo y sus manos cruzadas detrás de la
espalda, soltó un leve bufido cómico. —Ah, el Bosque de los Espejos, mi querida niña. ¡Un lugar
fascinante! Algunos lo temen, otros lo reverencian... y luego estoy yo, que simplemente me
pregunto qué tal estaría tener una pequeña cabaña aquí, entre los árboles. Imagínate, un retiro
perfecto, con nada más que el canto de los pájaros... o, en su defecto, los gritos de las almas
perdidas. —Su risa ligera rompió la tensión del momento, pero no lo suficiente como para
calmar completamente los nervios de Eislind.

Wolfarr frunció el ceño, aunque un atisbo de sonrisa se dibujó en su rostro, como si a pesar del
miedo no pudiera evitar sentirse reconfortado por la excentricidad de Gottfried. —No creo que
sea el mejor lugar para construir una cabaña, Gottfried. A menos que te guste vivir con la
amenaza constante de las criaturas que acechan más allá del límite.

Gottfried lo miró por encima de sus gafas con una expresión que oscilaba entre la seriedad y la
burla. —Ah, querido Wolfarr, con el debido respeto, he sobrevivido a cosas mucho peores que
una bandada de criaturas del bosque. Aunque, claro, no niego que tener un buen hechizo
protector no vendría mal.

Eislind no pudo evitar sonreír levemente ante la actitud despreocupada de Gottfried, aunque la
ansiedad aún palpitaba en su pecho. Mientras avanzaban, el lado luminoso del bosque brillaba
débilmente a su izquierda. Podían ver cómo la luz dorada caía a través de las hojas de los
árboles, creando destellos etéreos en el aire. Pero incluso en la parte más "segura" del bosque,
había algo que no podía ser ignorado. Las sombras bailaban de forma extraña aún a lo lejos de
lo que se veía del bosque en el suelo, moviéndose de maneras que no parecían naturales.

—A veces me pregunto qué es lo que realmente habita ese bosque —dijo Eislind en voz baja.
Sus dedos aún entrelazados con los de Wolfarr, pero sintiendo la urgencia de no parecer tan
vulnerable frente a él. —¿Son solo leyendas, o hay algo... más?

Gottfried detuvo su paso un momento y miró a los árboles, con una expresión que sugería que
él ya conocía la respuesta. Se quedó callado por unos segundos, el único sonido era el suave
aleteo de Anselm, la urraca, que se movía de rama en rama por encima de ellos.

—No todo son leyendas, Eislind —dijo con una voz más suave, su tono ahora desprovisto de su
habitual humor. —Ese bosque ha guardado secretos desde mucho antes de que nosotros
existiéramos. La magia que lo atraviesa no es ni buena ni mala, pero quienes la tocan... pueden
ser moldeados por ella. No es de sorprender que tantos hayan perdido el camino.

El aire frío comenzó a envolverlos, y Eislind notó cómo su respiración formaba pequeños nubes
blancas en el aire. Su corazón comenzó a latir más rápido, aunque no había una razón visible
para ello. Era como si el bosque mismo estuviera pulsando a su alrededor, latiendo al ritmo de
algo oscuro y antiguo que despertaba.

—¿Y tú? —preguntó Eislind, con un leve temblor en la voz. —¿Cómo conoces tanto sobre este
lugar?
Gottfried sonrió, esta vez con una mezcla de nostalgia y melancolía. —Mi familia ha tenido la...
suerte —dijo, eligiendo la palabra con cuidado— de estar conectada con la magia desde hace
muchas generaciones. Mi linaje, como te he contado antes, se remonta al gran Merlín, el sabio
consejero del rey Arturo. Y, por supuesto, Merlín sabía bien que la magia siempre tiene un
precio. Pero no siempre se paga en el momento en que se usa.

La respuesta de Gottfried no hizo más que avivar las dudas de Eislind, pero antes de que
pudiera preguntar más, Anselm emitió un graznido agudo desde una rama baja, lo que hizo que
todos detuvieran su avance. El silencio cayó sobre ellos, y por un instante solo se escuchó el
latido acelerado del corazón de Eislind en sus oídos. Había algo en la forma en que el bosque se
había quedado en calma, como si estuviera conteniendo la respiración.

Wolfarr dio un paso adelante, escudriñando las sombras con sus ojos oscuros. —Algo nos sigue
—dijo en un susurro, colocando una mano sobre la empuñadura de su espada. —Lo siento...
como si hubiera algo más allá de los árboles, observándonos.

Gottfried frunció el ceño, pero luego, con su usual estilo excéntrico, alzó un dedo al aire como si
acabara de recordar algo importante. —Oh, lo siento, olvidé mencionarlo. No es nada de qué
preocuparse. —Su voz adquirió un tono juguetón mientras se inclinaba hacia Wolfarr. —
Probablemente solo sea uno de esos espíritus del bosque, queriendo asegurarse de que no
olvidemos sus buenos modales. ¿Verdad, Anselm? —La urraca graznó de nuevo, como si
estuviera de acuerdo.

Wolfarr no parecía tan convencido, pero dejó que Gottfried mantuviera la calma en ese
momento. Eislind, aún entre la tensión y la incomodidad, encontró un pequeño respiro en la
ironía del bibliotecario. El miedo no había desaparecido, pero su presencia le recordaba que
incluso en los momentos más oscuros, había lugar para la ligereza.

—Sea lo que sea —dijo Wolfarr, mirándolos a ambos con seriedad—, no bajemos la guardia.

Y con esas palabras, continuaron su camino, mientras el bosque seguía susurrando misterios en
la distancia.

El crepúsculo bañaba el sendero mientras Eislind, Wolfarr y Gottfried cabalgaban en silencio,


bordeando el lado luminoso del Bosque de los Espejos. La luz dorada del sol, filtrada a través de
las hojas de los árboles, creaba un ambiente casi etéreo, pero a la vez, un velo de misterio y
peligro seguía cubriendo el bosque. Jager, el fiel lobo de Eislind, caminaba con agilidad a su lado,
alerta ante cada sonido o movimiento en la espesura. Anselm, la urraca de Gottfried, volaba en
círculos alrededor, soltando ocasionales graznidos que rompían el silencio.

"¡Ah! No hay nada como un paseo al atardecer... para recordarnos cuán absurdamente fácil es
perdernos en un bosque encantado," dijo Gottfried, su tono socarrón resonando en el aire. Su
sombrero de estilo académico rebotaba suavemente con el trote de su caballo mientras
ajustaba sus gafas y miraba con curiosidad los árboles.
Wolfarr sonrió de lado, aunque sus sentidos permanecían alerta. "Quizás sea tu excéntrica
compañía la que mantiene alejados a los espíritus del bosque, Gottfried."

Eislind, quien había permanecido pensativa durante gran parte del trayecto, miró de reojo a su
mentor. El sonido del galope acompasado de los caballos, junto con las sombras que crecían a
medida que el sol descendía, creaba una atmósfera cargada de incertidumbre.

O quizás es Jager quien realmente nos protege. Después de todo, él tiene más sentido común
que algunos de nosotros," agregó Eislind, esbozando una pequeña sonrisa.

"Eso es discutible," replicó Gottfried, tocándose la barba gris con teatralidad. "Anselm, por
ejemplo, tiene un intelecto sin igual, aunque su sentido común sea... digamos, flexible." La
urraca soltó un graznido como si aprobara las palabras de su dueño.

Wolfarr, notando la tensión en la voz de Eislind, intentó suavizar el ambiente. "Ya hemos
hablado suficiente de sombras por hoy," dijo, inclinándose levemente hacia ella. "Dime, ¿cómo
te sientes después de nuestro entrenamiento?"

Eislind miró a Wolfarr, sus labios todavía curvados en una leve sonrisa. "Aún tengo mucho que
aprender, pero me siento más fuerte. Aunque estoy segura de que podrías haberme ganado en
cualquier momento."

Wolfarr sonrió ampliamente, su expresión más relajada. "Tal vez... o tal vez estabas demasiado
concentrada en enseñarme una lección."

Gottfried, quien había estado observando la interacción entre ambos, sonrió con malicia. "Ah, el
viejo arte del coqueteo durante el combate... siempre eficaz para distraer a los oponentes,
aunque dudo que esa fuera tu verdadera intención, Wolfarr."

Los ojos de Wolfarr se encontraron con los de Eislind, y por un momento, todo el miedo y la
tensión parecieron disolverse en esa conexión silenciosa. Jager, sintiendo la calma de su dueña,
trotó más cerca, su pelaje blanco brillando con la luz menguante.

Anselm, con su aguda mirada, graznó nuevamente, como si quisiera recordarles que aún no
estaban fuera de peligro. Gottfried suspiró. "Aunque, en serio, debería advertirles... los espíritus
del bosque pueden ser impredecibles. Lo último que queremos es encontrarnos con uno de
ellos cuando la luz se apaga por completo."

Eislind levantó la vista hacia los árboles, sus pensamientos enredados entre la sensación de
seguridad que Wolfarr le ofrecía y la presencia siempre latente del bosque a su alrededor. "No
nos perderemos, no mientras estemos juntos."

Wolfarr asintió, sus dedos rozando los de Eislind por un instante antes de que ambos retomaran
el control de sus caballos. Mientras se adentraban un poco más en la penumbra del bosque, las
bromas de Gottfried y los graznidos de Anselm parecían mantener a raya cualquier oscuridad
que pudiera acechar.
La luz tenue del amanecer se filtraba a través de las gruesas cortinas de terciopelo del castillo,
creando sombras largas y sinuosas en los pasillos mientras Eislind apresuraba sus pasos. El eco
de sus botas resonaba en las paredes de piedra, acompañándola en su carrera matutina hacia la
cocina. Su respiración era agitada, pero el frío aire del corredor le daba una especie de frescura
que contrastaba con la agitación que sentía por dentro. Tenía que llegar a tiempo para su
primer día de clases con Gottfried en la biblioteca, una maratón académica que incluía latín,
teología, literatura y astronomía. El pensamiento de llegar tarde le arrancó una mueca de
preocupación.

Las paredes del castillo siempre parecían estar vivas de alguna manera: el viento que se colaba
por las ventanas entreabiertas hacía que las cortinas y tapices se movieran como si tuvieran vida
propia. Las sombras proyectadas parecían danzar a su alrededor, y aunque la luz del día ya
comenzaba a asomarse, algo en ese lugar siempre tenía un toque inquietante. Como si los
secretos y las antiguas historias de su familia estuvieran allí, observándola.

Eislind llegó a la cocina con los cabellos negros enmarañados por la prisa, su respiración
acelerada y el estómago protestando por la falta de desayuno. El aroma familiar de pan recién
horneado y leche de cabra hervida llenaba el aire, una mezcla acogedora en medio de la tensión
de la mañana. Hugo, el cocinero del castillo, la miró desde su puesto junto al horno con una ceja
arqueada, sonriendo mientras extendía una rebanada de pan y un trozo de queso.

“Llegas tarde otra vez, princesa,” dijo con una sonrisa amistosa, mientras le acercaba el pan
envuelto en un paño limpio.

Eislind sonrió en respuesta, algo avergonzada, mientras mordía con apuro el trozo de pan.
"Gracias, Hugo. No sé qué haría sin ti."

“Probablemente morir de hambre antes de resolver una ecuación de geometría,” bromeó Hugo,
y Eislind soltó una pequeña risa, después de terminar su enorme tazón de leche y sintió sus
nervios aliviándose momentáneamente.

Con el desayuno en la mano y la mente todavía llena de pensamientos caóticos sobre sus clases,
Eislind salió de la cocina y comenzó a recorrer los interminables pasillos hacia la biblioteca. Las
paredes altas y las ventanas estrechas del castillo permitían que el frío de la mañana se sintiera
en sus mejillas, pero lo que más le llamaba la atención eran los susurros del viento que parecían
seguirla. A veces, cuando iba sola por esos corredores, juraba que escuchaba pasos adicionales
tras los suyos, aunque cuando miraba atrás, no veía a nadie.

Cuando finalmente llegó al ala de la biblioteca, la puerta de madera maciza estaba entreabierta.
Empujó con suavidad y fue recibida por el familiar olor a libros antiguos y pergaminos. La
biblioteca era imponente, con estanterías que se elevaban hasta el techo abovedado y escaleras
de madera que conectaban diferentes niveles. Todo el lugar irradiaba una majestad imponente
y un aire de sabiduría ancestral.
En una de las grandes mesas de madera oscura, Gottfried ya estaba sentado, inclinado sobre un
libro con las gafas ligeramente torcidas en la nariz y su inconfundible sombrero académico
apoyado a un lado. Anselm, la urraca, estaba posado en su hombro, observando a Eislind con
curiosidad mientras ella se acercaba.

"¡Ah, mi querida Eislind! Siempre tan puntual... excepto cuando no lo eres," dijo Gottfried,
sonriendo con picardía mientras sus ojos brillaban detrás de sus lentes. "Espero que hayas
desayunado, porque tenemos un día cargado. Latín, botánica, teología de Lyon... una delicia
para el intelecto."

Eislind, todavía recuperando el aliento, se dejó caer en una silla junto a él. "Intenté no
retrasarme, pero el castillo parece... diferente esta mañana," comentó, con una ligera sensación
de inquietud todavía persiguiéndola.

Gottfried levantó una ceja, y Anselm graznó como si respondiera en su lugar. "¿Diferente? Mi
querida, el castillo siempre es un lugar de misterio. Si escuchas susurros, probablemente sean
las voces de generaciones de sabios que susurran desde los libros que nunca terminaron de
escribir." Sonrió, evidentemente intentando aliviar la tensión con un toque de humor, aunque
Eislind no pudo evitar sentir un escalofrío.

Las clases comenzaron de inmediato, con Gottfried paseándose por la biblioteca mientras
hablaba sobre los orígenes del latín y las conexiones entre la mitología y la teología medieval.
Eislind intentaba concentrarse, pero a veces su mirada se desviaba hacia las sombras en las
esquinas de la biblioteca. Las estanterías más alejadas parecían oscurecerse de manera
antinatural, como si la luz del día no pudiera alcanzarlas.

"¡Eislind!" La voz de Gottfried rompió el hechizo de sus pensamientos, y ella volvió a enfocarse
en él. "Si no prestas atención, te haré traducir toda el Confessio Fidei Valdensis esta semana,"
bromeó, aunque su tono llevaba un aire de advertencia.

"Lo siento," dijo ella rápidamente, su corazón acelerado por la vergüenza. "Es solo que... a veces
siento que este lugar tiene una vida propia."

"Eso es porque lo tiene," dijo Gottfried, sin perder la oportunidad de jugar con la idea. "Pero no
temas, mi joven estudiante. Aquí en la biblioteca estamos bajo la protección de la sabiduría. Y de
Anselm, por supuesto." La urraca graznó como si confirmara la declaración.

Mientras continuaban las clases, Eislind sintió que la tensión inicial en su pecho comenzaba a
disiparse. La combinación del sentido del humor excéntrico de Gottfried y la rigurosidad de las
materias, que exigían toda su atención, lograba mantener a raya los pensamientos oscuros. Sin
embargo, algo en el aire de la biblioteca, en los rincones más oscuros y en las sombras de los
estantes, siempre parecía estar al acecho. Como si, en cualquier momento, un antiguo secreto
pudiera revelarse, esperando solo el momento adecuado.
Gottfried continuó hablando, su tono cómico salpicado con dosis de sabiduría mientras se
movía entre libros polvorientos. “Recuerda, Eislind, los libros pueden ser más peligrosos que las
espadas. Y también más difíciles de dominar.”

Eislind miró a Gottfried con curiosidad, el sonido suave de las páginas de los libros siendo
movidas por el aire llenaba la gigantesca biblioteca. Las paredes estaban revestidas de estantes
colmados de libros polvorientos, iluminados por la luz matinal que se filtraba a través de las
altas ventanas de cristal emplomado. Aunque la biblioteca siempre había sido un refugio de
conocimiento para ella, hoy el aire parecía distinto, cargado de una energía densa, como si los
misterios del castillo y del Bosque de los Espejos acecharan justo fuera del alcance de la
comprensión humana.

"Gottfried…" empezó Eislind, su voz tranquila pero cargada de curiosidad. "He estado pensando
en el Bosque de los Espejos… sobre cómo el lado luminoso y el oscuro parecen ser opuestos
absolutos, pero conectados de alguna forma. ¿Qué sabes realmente sobre su origen?"

Gottfried, que estaba hojeando un grueso tomo de teología, alzó la vista con una sonrisa que
revelaba tanto su amor por el conocimiento como su deleite ante una pregunta tan profunda.
Se quitó las gafas con un gesto pausado y, mientras Anselm graznaba desde su hombro, cerró el
libro con un golpecito seco.

“Ah, mi querida Eislind, una pregunta formidable. El Bosque de los Espejos... un enigma tan
antiguo como el reino mismo. Su origen se mezcla con la Filosofía Natural, la botánica, la
teología y, claro, la magia que lo envuelve. Ven, toma asiento, te contaré lo que sé, o al menos lo
que los libros más antiguos han logrado desenterrar.”

Eislind se sentó en una silla tallada de roble, frente a Gottfried, mientras él empezaba a buscar
un conjunto de pergaminos y mapas antiguos. La atmósfera en la biblioteca se hizo más densa,
las sombras en las esquinas parecían volverse más profundas. A medida que hablaba, la voz de
Gottfried resonaba en la sala con una gravedad que llenaba cada rincón de la gigantesca
habitación.

“El Bosque de los Espejos,” comenzó, extendiendo un mapa descolorido sobre la mesa, “fue
alguna vez un solo territorio, sin las divisiones entre luz y oscuridad que conocemos hoy. Pero
en los textos más antiguos, aquellos escritos en latín arcaico, encontramos referencias a algo
llamado 'Lumen et Umbra'—Luz y Sombra. Aquí es donde la Filosofía Natural y la botánica juegan
un papel interesante.”

Eislind observaba el mapa, sintiendo un escalofrío recorrer su espalda. Había algo extraño en la
forma en que las sombras parecían moverse alrededor del borde del papel, como si el propio
bosque respirara a través de los antiguos trazos de tinta.

“La botánica del bosque es única,” continuó Gottfried, “las plantas del lado luminoso prosperan
bajo una luz mágica, una luz que no proviene del sol como la que ves aquí fuera, sino de una
fuente más antigua y... espiritual. En latín, a menudo se hace referencia a ella como 'Lux Anima,'
o 'la luz del alma'. Mientras tanto, en el lado oscuro, tenemos lo opuesto: la 'Umbra Animi,' una
oscuridad que no es simplemente la ausencia de luz, sino una manifestación del miedo, del odio
y del poder destructivo de la magia negra.”

Eislind sintió una opresión en el pecho. Recordaba el lado luminoso, donde había recogido flores
exóticas y escuchado el canto de los animales tiernos. Pero el lado oscuro del bosque siempre
había sido un misterio aterrador, algo que sus padres le prohibían explorar.

“Entonces… ¿cómo se originó esa magia?” preguntó Eislind, con una mezcla de temor y
fascinación en su voz.

Gottfried se inclinó hacia adelante, su tono más bajo ahora, como si los secretos que estaba a
punto de compartir fueran demasiado poderosos para ser pronunciados en voz alta. “Aquí es
donde la teología de Lyon entra en juego. Según los textos antiguos, el bosque fue tocado por
dos fuerzas divinas, reflejando el eterno conflicto entre el bien y el mal. Lumen Anima fue
bendecida por espíritus de luz, tal vez las mismas hadas que custodiaron el cuerpo de tu madre,
Blancanieves. Pero el Umbra Animi, esa oscuridad...”

El ambiente se tensó. Anselm graznó inquieto en el hombro de Gottfried, y Eislind sintió una
corriente fría recorriendo su piel. La mirada de Gottfried se oscureció por un momento.

“Se dice,” continuó con un susurro, “que fue creada por un pacto. Un pacto tan antiguo que ni
los primeros habitantes del reino se atreven a mencionarlo. En los textos de la teología alemana,
específicamente en las escrituras que estudian el folclore oscuro, se menciona una figura que
hizo este pacto: Grimhilde.”

Eislind sintió su corazón acelerarse. La mención del nombre de la Reina Grimhilde, responsable
de la muerte de su madre, siempre la llenaba de un terror profundo. Gottfried lo notó y sonrió
suavemente, intentando aliviar la tensión.

“Pero no te preocupes, mi joven princesa. Aunque el pacto aún tiene su eco en el lado oscuro del
bosque, hay una barrera. La magia de la luz siempre ha protegido el reino del dominio total de
esa oscuridad. Y bueno, además de barreras mágicas, tenemos a Anselm.” El ave graznó una vez
más, como si estuviera de acuerdo con esa afirmación.

Eislind soltó una leve risa, pero no pudo sacudirse la sensación de inquietud. “¿Qué crees que
sucedería si alguien cruzara esa barrera? ¿O si... esas fuerzas oscuras intentaran expandirse?”

Gottfried se recostó en su silla, pensativo. “Eso es algo que la filosofía natural y la teología no
pueden prever del todo. Pero,” añadió con un brillo en los ojos, “no nos adelantemos. Por ahora,
tus clases de botánica serán sobre las plantas del lado luminoso. Aprenderemos a identificar las
Herba Lucis y otras especies que solo crecen bajo la influencia de la luz mágica. Las flores que
recogiste no son solo hermosas... contienen propiedades curativas que podrían salvar vidas.”

“Y las del lado oscuro,” murmuró Eislind, incapaz de evitarlo, “¿qué podrían hacer?”
Gottfried inclinó la cabeza. “Bueno, esas son para otro tipo de lecciones, lecciones que espero
no necesites jamás. Algunas plantas pueden curar, otras… tienen el poder de destruir el alma
misma. Pero recuerda siempre esto, Eislind: la oscuridad y la luz, aunque opuestas, están
conectadas. Ninguna puede existir sin la otra.”

El ambiente se volvió más pesado con esas palabras, la luz del sol parecía menos brillante, y las
sombras en la biblioteca más profundas. Anselm agitó sus alas inquieto, como si sintiera lo
mismo. Gottfried, sin embargo, se levantó de repente y añadió con una sonrisa radiante: “¡Pero
basta de filosofar! Vamos, que tenemos un mundo lleno de plantas mágicas por descubrir.
Anselm y yo hemos desarrollado un sistema brillante para diferenciar el veneno de una simple
raíz. Y si fallamos… bueno, lo sabrás de inmediato.”

Eislind soltó una risa involuntaria mientras el alivio cómico de Gottfried suavizaba la atmósfera
opresiva. A pesar del peso del conocimiento que acababa de recibir, sentía que el humor
excéntrico de su maestro siempre era un bálsamo en medio del terror.

La biblioteca era un laberinto de libros, mapas y manuscritos que, a pesar de su antigüedad,


parecían contener el peso de secretos olvidados. Eislind se sentía pequeña, envuelta por las
estanterías interminables que ascendían hacia el techo abovedado. La tenue luz del sol de la
mañana, filtrándose a través de los vitrales, dejaba patrones coloreados en las mesas de
madera oscura, mientras el aire olía a papel viejo y a cera de vela. Anselm, la urraca de Gottfried,
observaba desde lo alto de un atril, sus ojos negros brillando con inteligencia inquietante.

Gottfried cerró con suavidad un tomo de teología de Lyon, su sonido un eco distante que resonó
en la silenciosa inmensidad. Eislind se sentó en una silla tallada, sus manos apoyadas sobre el
borde de la mesa, sintiendo el frío del mármol bajo sus dedos. Sabía que la conversación que
estaba por tener con Gottfried sería profunda, y quizás perturbadora. Había algo en la mirada
del erudito que sugería más de lo que había dicho hasta ahora.

"El Bosque de los Espejos, como ya hemos hablado, es mucho más que una división de luz y
oscuridad," comenzó Gottfried con un tono grave pero cargado de emoción, como quien está a
punto de contar una historia secreta, transmitida solo a quienes están listos para escucharla.
"Para entender su verdadero origen, debemos primero conectar el mundo físico con el
espiritual, la naturaleza y la fe, y ahí es donde la teología de Lyon tiene mucho que decir."

Se puso de pie y caminó hacia un estante alto, sacando de él un libro encuadernado en cuero
antiguo, marcado con letras doradas que apenas se veían. "La escuela de Lyon estudió no solo la
fe cristiana, sino la interacción entre lo divino y lo terrenal. En este contexto, el bosque es un
reflejo de esas dos fuerzas opuestas: lo celestial y lo infernal."

Eislind sentía una presión creciente en su pecho, como si el aire se volviera más espeso. Sus ojos
siguieron a Gottfried mientras este extendía el libro en una mesa cercana y pasaba las páginas
amarillentas con dedos ágiles. "En los primeros escritos teológicos, los clérigos de Lyon creían
que el mundo físico estaba impregnado por lo que llamaban 'magna lux et magna umbra', la gran
luz y la gran sombra. El Bosque de los Espejos es, en esencia, la manifestación más pura de esa
dicotomía."

Gottfried alzó la vista, sus ojos verdes brillando bajo la luz. "El lado luminoso, como sabes, está
vinculado a lo divino. Las hadas, los espíritus protectores, incluso las plantas que florecen bajo
una luz sobrenatural. Este lado del bosque ha sido bendecido por fuerzas más allá de nuestra
comprensión humana. La teología lo describe como un espacio donde las oraciones y las almas
puras resuenan con el cielo, protegiendo la vida."

Eislind escuchaba con atención, pero no podía ignorar la creciente inquietud que la rodeaba.
Sabía lo que venía a continuación, y no podía evitar que su mente divagara hacia el lado oscuro
del bosque, hacia los miedos que su familia siempre había querido mantener alejados.

Gottfried continuó, esta vez con una nota más oscura en su voz. "El lado oscuro, en cambio, está
marcado por un pacto. No uno con Dios, sino con entidades mucho más oscuras. Aquí es donde
la magia y la teología se entrelazan. Los escritos antiguos hablan de un ser conocido como
Umbrae Rex, el Rey de las Sombras, un ser cuyo poder está entrelazado con los demonios y los
espíritus caídos que se rebelaron contra la luz."

Las palabras resonaron en la mente de Eislind, cada una más pesada que la anterior. No era
solo una historia de magia, sino de maldiciones y pactos oscuros que se remontaban a los
tiempos de la creación del bosque. "Se cree que Grimhilde, en su desesperación por dominar el
reino y la vida de Blancanieves, recurrió a este lado oscuro, buscando el poder que solo el pacto
con Umbrae Rex podía otorgarle. Ese pacto, Eislind, es lo que transformó el lado oscuro del
bosque en lo que es hoy."

La biblioteca se sentía más fría ahora, y Eislind se abrazó a sí misma, sintiendo un escalofrío
recorrer su espalda. "Pero, ¿cómo pudo una reina como Grimhilde acceder a un poder tan
antiguo?" preguntó, su voz temblando levemente.

"El lado oscuro del bosque no es solo un lugar, sino una puerta," explicó Gottfried, acercándose
para mostrarle un grabado en el libro, una imagen antigua de árboles enredados y sombras que
tomaban formas casi humanas. "Una puerta que se abre con el sacrificio y el odio. Grimhilde lo
entendió, y usó su magia negra para invocar a esas fuerzas. La oscuridad respondió, y desde
entonces, el lado oscuro del bosque ha sido una manifestación de ese pacto."

Eislind sentía como si el aire se hubiera vuelto más denso, difícil de respirar. Su mente
visualizaba las palabras de Gottfried con una claridad aterradora: Grimhilde, sola en la
profundidad del bosque, haciendo un pacto con las sombras mismas. El lado luminoso era solo
un vestigio de lo que alguna vez había sido un bosque completo, ahora partido en dos por las
fuerzas más antiguas que la magia misma.

Gottfried, notando la tensión en su rostro, dejó escapar un suspiro y suavizó su tono. "Pero,
como ya hemos hablado, no todo es oscuridad. El lado luminoso sigue siendo fuerte, sigue
protegiendo. Y mientras las reglas del bosque se respeten, la luz mantendrá la oscuridad a
raya."

Anselm graznó suavemente desde su percha, como si intentara aliviar la atmósfera. Gottfried
sonrió y, con un toque de su característica ligereza, dijo: "Y si todo falla, Anselm aquí ha
prometido guiarnos fuera del bosque... o al menos, darnos unos buenos picotazos para que no
nos durmamos en él."

Eislind soltó una leve risa, agradecida por el momento de alivio. La tensión en su pecho
disminuyó ligeramente, pero el peso de la historia permanecía. "Entonces, si Grimhilde invocó
esas fuerzas... ¿pueden ser desatadas de nuevo?"

Gottfried se detuvo por un momento, como si sopesara la pregunta. "Esa, mi querida Eislind, es
la pregunta más importante de todas. Y temo que la respuesta depende no solo de la magia,
sino de las decisiones que tú y otros podrían tomar en el futuro. El lado oscuro del bosque
siempre está al acecho, esperando que alguien lo invoque de nuevo."

Las palabras flotaron en el aire, cargadas de incertidumbre. Eislind sintió una mezcla de miedo y
responsabilidad, como si el futuro del bosque, de su familia y del reino, estuviera
intrínsecamente ligado a sus propias acciones.

Gottfried se inclinó hacia ella con una sonrisa que parecía intentar consolarla, pero aún cargada
con la verdad de sus palabras. "Pero no te preocupes ahora. Aún tenemos tiempo. Y antes de
que la oscuridad intente otra vez reclamar su lugar, tenemos muchas clases de latín y teología
por delante."

Eislind se dejó llevar por la pequeña broma, aunque la seriedad de la conversación pesaba
sobre su corazón.

Gottfried se levantó de su asiento, caminando con pasos suaves hacia un rincón de la gigantesca
biblioteca, donde los volúmenes más antiguos y desgastados descansaban en estantes de
madera que crujían bajo el peso del conocimiento olvidado. Los altos ventanales dejaban entrar
la luz filtrada por las nubes grises de la mañana, iluminando apenas las polvorientas estanterías
y proyectando sombras alargadas que parecían moverse por sí solas.

Eislind lo observaba desde su asiento, sus dedos temblando ligeramente al pasar las páginas de
un libro sobre botánica que estaba leyendo antes de que Gottfried empezara su clase. No sabía
si era el aire frío de la biblioteca, siempre helado a esa hora, o las historias que Gottfried estaba
a punto de contarle, pero una sensación de inquietud se aferraba a su pecho.

Gottfried regresó con un tomo grueso en la mano, envuelto en una cubierta de cuero agrietado
por los siglos. Lo colocó sobre la mesa de roble frente a Eislind y, sin decir una palabra, abrió el
libro con un movimiento deliberado, como si deseara que cada página resonara en el aire. "El
Bosque de los Espejos," comenzó, "es más antiguo de lo que cualquiera de nosotros podría
imaginar. Sus raíces no solo se hunden en la tierra, sino también en las historias más antiguas
de la humanidad. Y para entender su división entre luz y oscuridad, debemos ir hasta el
principio... hasta el Jardín del Edén."

Eislind levantó una ceja, intrigada pero también confusa. No esperaba que Gottfried conectara
algo tan aparentemente pagano como la magia del bosque con un relato bíblico. La pregunta
asomó a sus labios, pero Gottfried, siempre agudo, la anticipó.

"Sí, sé lo que estás pensando. ¿Cómo puede un lugar como este tener algo en común con la
historia de Adán y Eva?" dijo, dándole un ligero toque cómico a su tono. "Bueno, no estoy
diciendo que el Bosque de los Espejos sea el Jardín del Edén, claro está, pero el principio de la
historia es el mismo: el equilibrio entre la luz y la oscuridad, el bien y el mal, se originan en la
decisión humana."

Anselm graznó suavemente desde su perchero, rompiendo el silencio denso que se formó en la
sala. Gottfried le lanzó una mirada de aprobación, como si su mascota entendiera la gravedad
del tema, y luego continuó: "En la teología de Lyon, la caída del hombre y su expulsión del Edén
es vista como el punto de inflexión en la historia de la humanidad. Cuando Eva toma el fruto del
Árbol del Conocimiento, elige la oscuridad. Elige el poder sobre la inocencia."

Eislind sintió un escalofrío recorrer su espalda al oír la palabra poder. Esa palabra resonaba en
su mente, recordándole las leyendas sobre la Reina Grimhilde y su insaciable deseo de poder
sobre todo lo demás, incluso sobre la vida misma.

"En ese momento, según las escrituras, la humanidad pierde su conexión directa con Dios y
queda sujeta a la tentación de lo oscuro," prosiguió Gottfried, su voz baja, casi reverente. "De la
misma manera, el Bosque de los Espejos está dividido entre aquellos que eligieron la luz y
aquellos que fueron seducidos por la oscuridad. El lado luminoso del bosque es como el Edén
perdido, un paraíso protegido por seres que representan la pureza y la vida. Pero el lado
oscuro..." Hizo una pausa, mirando profundamente a los ojos de Eislind, "es el reflejo de la
caída. Es donde la magia corrupta, alimentada por el deseo de poder y control, retuerce todo lo
que toca."

La biblioteca parecía oscurecerse a medida que Gottfried hablaba. Eislind se frotó las manos,
sintiendo la piel fría y tensa. "¿Y Grimhilde?" preguntó en un susurro, casi temiendo la respuesta.
"¿Ella también eligió ese fruto?"

Gottfried asintió lentamente. "Grimhilde, como muchos otros antes que ella, no pudo resistir la
tentación de controlar la oscuridad. La magia negra que invocó en su tiempo fue un eco de esa
misma elección primordial. Al igual que Eva, Grimhilde fue tentada, pero en lugar de buscar
sabiduría, ella buscó inmortalidad y poder sobre la vida misma. El lado oscuro del bosque es el
fruto de su pacto con las fuerzas que, en sus raíces, vienen del mismo mal que destruyó el
Edén."

Eislind tragó saliva, sintiendo el peso de esas palabras. El bosque que ella tanto había ansiado
explorar ahora se sentía más peligroso, más vivo en su malignidad. "Pero el lado luminoso sigue
ahí," murmuró, casi como una pregunta.

"Exactamente," dijo Gottfried, con un toque de optimismo que intentaba aliviar la tensión. "El
lado luminoso sigue siendo fuerte, porque al igual que la humanidad sigue luchando por
redimirse después de la caída, la luz en el bosque nunca se ha apagado por completo. Los
espíritus de luz, las hadas, y las criaturas que lo habitan, están allí para proteger esa pureza,
para resistir la corrupción."

Anselm, como si sintiera la gravedad de la conversación, se lanzó de su perchero y se posó en la


mesa frente a Eislind, observándola con sus ojos oscuros y penetrantes. "Incluso nuestro amigo
aquí," dijo Gottfried con una sonrisa, "tiene sus raíces en el lado luminoso del bosque. Aunque
no lo parezca, es una criatura de equilibrio. En su naturaleza está tanto la luz como la sombra,
como en todos nosotros."

Eislind acarició suavemente el plumaje negro de Anselm, tratando de encontrar consuelo en su


suavidad. Pero las palabras de Gottfried seguían resonando en su mente, especialmente la
conexión con la historia de Adán y Eva. No podía dejar de pensar que, como Eva, cualquier paso
en falso en el bosque podría desencadenar una catástrofe. Era como si el lugar estuviera
esperando a que alguien tomara nuevamente ese fruto prohibido.

"¿Crees que el lado oscuro puede redimirse?" preguntó Eislind en voz baja.

Gottfried guardó silencio por un largo momento, su expresión tornándose más seria de lo que
Eislind había visto en él hasta ahora. "Eso, querida Eislind, es algo que ni siquiera los más sabios
pueden responder. La oscuridad siempre existirá, pero también la luz. Lo que podemos hacer es
mantener el equilibrio, resistir la tentación, y recordar siempre que nuestras acciones definen lo
que somos. Tanto en el bosque, como en la vida."

Anselm graznó, rompiendo el silencio nuevamente, esta vez de forma más enérgica, como si
intentara restarle peso a la oscura reflexión. Gottfried, notando el ambiente tenso, soltó una
pequeña carcajada y palmeó suavemente a Anselm en la cabeza. "¿Ves? Incluso la oscuridad
necesita un buen humor de vez en cuando."

Eislind sonrió levemente, agradeciendo el alivio momentáneo, pero sabiendo que las palabras
de Gottfried quedaban grabadas en lo más profundo de su mente. Lo que antes parecía solo un
bosque lleno de misterios ahora se había convertido en una batalla entre lo divino y lo
demoníaco, y ella estaba, inevitablemente, atrapada en medio.

Gottfried permanecía inmóvil, su rostro surcado de sombras que parecían moverse con la
parpadeante luz de las velas. A medida que hablaba, las llamas se retorcían sobre las mesas de
la vasta biblioteca del castillo, proyectando figuras extrañas en las paredes y el techo, como si
espíritus invisibles se agitaran entre las estanterías. Eislind sentía el peso de cada palabra
resonar en el silencio ominoso de la sala, su piel erizándose a medida que Gottfried ahondaba
en los misterios más oscuros del Bosque de los Espejos.
"El lado oscuro del bosque," comenzó nuevamente, su tono más sombrío y rasgado, "es mucho
más antiguo de lo que la gente cree. Lo que habita allí... no es simplemente maldad humana o
los restos de la brujería de Grimhilde. Es una presencia que ha existido desde antes de los
tiempos de los reinos, antes de los castillos y las coronas. Es el eco de una guerra celestial, la
misma que, según las antiguas leyendas, se libró cuando Lucifer fue arrojado de los cielos junto
a sus seguidores."

Eislind tragó saliva, sus manos entrelazadas empezaron a tensarse. Las paredes de piedra de la
biblioteca parecían cerrarse sobre ellos, como si el aire mismo se volviera más denso y el
espacio más pequeño. Anselm, desde su posición alta, agitó las alas inquieto, emitiendo un
pequeño graznido que resonó en la penumbra.

Gottfried prosiguió, su voz cada vez más baja, como si lo que estaba por contar fuera un secreto
prohibido. "Cuando Blancanieves huyó al bosque, Grimhilde creyó que su amenaza había sido
eliminada, confiada en el corazón que el cazador le presentó. Pero, en su maldad, no podía
soportar la idea de que otra belleza igualara la suya. Autorizó entonces una de las acciones más
atroces que se recuerdan: la matanza de todas las mujeres jóvenes desde los catorce años.
Aquellas que, en su retorcida mente, pudieran representar una amenaza para su reinado. Ni
siquiera la más hermosa y pura debía quedar viva."

Eislind sintió cómo el aire se volvía más frío, y un estremecimiento recorrió su espalda.
Recordaba esas historias de su infancia, los susurros que decían que la reina Grimhilde había
enviado a sus soldados en la oscuridad, recorriendo aldeas enteras, cazando a las jóvenes que
respondieran a su cruel estándar de belleza. El horror de aquellas masacres quedó grabado en
las mentes de las generaciones que siguieron, pero pocas veces se hablaba de ello con tanto
detalle.

Gottfried tomó un profundo aliento, como si las palabras que estaba a punto de pronunciar
tuvieran un peso insostenible. Su voz, baja y gutural, resonó con una gravedad ancestral que
erizaba la piel.

"La masacre que ordenó Grimhilde no fue simplemente un acto de crueldad, sino una
abominación cuidadosamente planeada. No era suficiente para ella eliminar a las jóvenes que
representaban una amenaza para su vanidad. Quería que cada una de ellas sufriera, que el
terror penetrara en sus almas antes de la muerte. Los soldados no tenían misericordia;
recibieron órdenes precisas de arrastrar a las muchachas, una por una, a las celdas oscuras del
castillo. Esas mazmorras no eran solo prisiones; eran sitios de tormento, lugares donde las
víctimas podían sentir la desesperación hasta en el aire. Sabían que la muerte allí no sería
rápida, ni misericordiosa.”

Eislind sintió un frío helado correr por sus venas. Podía imaginar a esas mujeres, jóvenes y
bellas, enfrentándose a su destino en manos de los brutales soldados de Grimhilde. El silencio
en la sala se hizo más profundo, casi tangible. El crepitar de las velas parecía un eco lejano. Una
corriente de aire pasó por la ventana cerrada, haciendo temblar las cortinas y lanzando sombras
erráticas por la habitación. El corazón de Eislind latía en su pecho, tenso por las imágenes que se
formaban en su mente.

“Lo que pocas personas saben,” continuó Gottfried, “es que, en su desesperación, algunas
madres, enfrentadas con el horror de lo que les aguardaba, tomaron la decisión más
impensable. No podían soportar la idea de ver a sus hijas sufrir bajo la crueldad de Grimhilde.
Entonces… las envenenaron. Les dieron frutas empapadas en veneno para que murieran
rápidamente, sin dolor. Preferían ese final a la certeza de un tormento prolongado y cruel. La
muerte, en esos casos, era un alivio. Una misericordia negra.”

Eislind cerró los ojos por un momento, como si al hacerlo pudiera protegerse del terror de esa
historia. Pero las palabras de Gottfried parecían penetrar en su mente, como si cobraran vida
por sí mismas, arrastrándola a un abismo de sufrimiento ancestral. Sentía el peso de esa
desesperación ajena, como si resonara a través de los siglos, alcanzándola ahora.

“Sin embargo,” Gottfried prosiguió, “no todas sucumbieron. Hubo quienes decidieron luchar de
maneras insospechadas. Entre las que tenían conocimientos en medicina y curación, algunas
descubrieron una estrategia siniestra y macabra para salvarse. Las marcas. Hicieron pequeños
cortes en sus mejillas, justo en puntos específicos donde el dolor era intenso, pero no lo
suficiente para causar desangramiento ni infección. Marcas que las harían parecer menos
hermosas a los ojos de los soldados. No era una solución perfecta, pero en muchos casos
funcionó. Los soldados no querían tocar a una mujer ‘desfigurada’, aunque fuera solo
superficialmente. Era una forma de sobrevivir en medio de la desesperación.”

Eislind sintió un nudo en la garganta. La imagen de esas jóvenes, cortándose la piel en un último
acto de rebelión, era brutal y desesperada. El miedo tangible que debieron haber sentido le
oprimía el pecho, y su respiración se hizo más corta. El ambiente de la biblioteca parecía
haberse cerrado sobre ellos, como si las paredes se hubieran acercado, envolviendo cada
palabra de Gottfried en una densa niebla de tragedia.

"Las que sobrevivieron," continuó Gottfried en un susurro, "no solo lo hicieron por el acto físico
de desfigurarse. Había algo más en juego. Algunas niñas, más ágiles y astutas, lograron
esconderse en lugares imposibles de imaginar. Se ocultaron en las sombras del bosque, bajo las
raíces de los árboles, o en cuevas secretas que solo los ancianos conocían. Se movían como
sombras, sin dejar rastro, desapareciendo ante los ojos de los soldados. Era como si el mismo
bosque, la parte aún no contaminada por la oscuridad, las protegiera.”

El crujir de la madera de la biblioteca resonó de forma inquietante, y Eislind, por un momento,


pensó haber visto una figura moverse en la penumbra entre las estanterías. Sus manos se
tensaron, y sus ojos recorrieron las sombras, buscando la fuente del sonido. Pero no había
nada, solo la oscuridad que parecía viva, vigilante.

“La magia,” Gottfried añadió, observando la reacción de Eislind con ojos penetrantes, “no
siempre proviene de rituales o conjuros complejos. A veces, el acto más simple, como un corte
en la carne o una oración al viento, puede ser un conjuro en sí mismo. Las mujeres que
sobrevivieron tenían una conexión con algo más grande, algo antiguo. Sabían dónde y cómo
esconderse porque sus madres, sus abuelas, les habían enseñado las leyendas del bosque.
Sabían qué lugares estaban protegidos, cuáles no debían cruzarse. Ellas comprendían que el
Bosque de los Espejos, aunque en su mayoría oscuro y maldito, también tenía sus propios
guardianes invisibles.”

Eislind sintió que las palabras de Gottfried la envolvían como un hechizo, susurrando secretos
que nadie más podría conocer. Las leyendas, los sacrificios, la magia... todo parecía tan distante
y a la vez tan presente, como si esas historias vivieran entre ellos, acechando desde las sombras.

“Y no olvides,” agregó Gottfried, bajando aún más la voz, casi como si temiera que las paredes
pudieran escuchar, “que las pocas mujeres que sobrevivieron y portaban esas marcas... No
todas lo hicieron indemnes. Algunas dicen que esas cicatrices llevaban algo más con ellas, una
un pacto con las mismas fuerzas benignas que habitan el lado luminoso más profundo del
bosque.

El silencio que siguió era tan denso que parecía que incluso Anselm había dejado de moverse.
Las palabras de Gottfried quedaron suspendidas en el aire como un veneno lento, permeando
cada rincón de la sala. Eislind sintió el peso de ese conocimiento en sus hombros, como si
acabara de ser testigo de algo prohibido, algo que no debía saber. Pero, al mismo tiempo,
comprendía que estas historias formaban parte de su legado, de lo que inevitablemente tendría
que enfrentar.

Gottfried la miró con gravedad, sus ojos oscuros llenos de sabiduría y advertencia. "Eislind, la
oscuridad siempre acecha, incluso en los lugares donde creemos estar a salvo. Lo que sucedió
con esas mujeres es solo una advertencia de lo que la ambición y el poder pueden desatar.
Nunca subestimes el alcance de lo que Grimhilde dejó tras de sí. Porque su legado no murió con
ella.”

Eislind asintió, pero dentro de ella el miedo había echado raíces profundas. Sabía que el tiempo
de enfrentarse a ese legado estaba cada vez más cerca, y cuando llegara el momento, no podría
huir. Las sombras del bosque la llamarían, y tendría que responder.

"Esos actos," continuó Gottfried, "no son nuevos en el curso de la historia. La historia de
Grimhilde recuerda otras matanzas, antiguas como las estrellas. Piensa en la masacre de
Herodes, quien, temeroso de que su reinado fuera amenazado por un niño profetizado, ordenó
la muerte de todos los varones recién nacidos en Belén. O el faraón de Egipto, quien, por miedo
a los hebreos, ordenó que los bebés varones fueran arrojados al Nilo. Y más tarde, el
emperador Nerón, quien no solo incendió Roma para reconstruirla según su capricho, sino que
culpó a los cristianos y los lanzó a los leones para divertirse con su sufrimiento. El corazón
humano, cuando está corrompido por el miedo y la envidia, es capaz de los actos más oscuros,
los que ni el propio diablo podría haber ideado mejor."

Las palabras de Gottfried parecían clavar un peso en el pecho de Eislind. La crueldad de la reina
Grimhilde, y la forma en que se asemejaba a las más antiguas y siniestras historias, hacía que
todo pareciera mucho más real, más cercano. ¿Acaso las sombras que se escondían en los
rincones de la biblioteca no eran reflejos de esa misma maldad? ¿Cuánto de lo que se decía
sobre Lucifer, Herodes y Nerón no estaba también presente en los rincones más oscuros del
Bosque de los Espejos?

Anselm graznó de nuevo, esta vez más fuerte, rompiendo el denso silencio que se había
formado. Su sombra danzaba inquieta entre las estanterías, y Gottfried giró la cabeza hacia él,
como si estuviera esperando alguna señal.

"La historia del lado oscuro del bosque no es solo una maldición antigua. Hay algo mucho más
profundo en sus raíces. Algo más que la caída de un ángel o los horrores de una reina maldita."
Gottfried se levantó lentamente de su asiento y caminó hacia una de las estanterías
polvorientas. Allí, entre decenas de libros encuadernados en piel desgastada, extrajo un tomo
de aspecto venerable. Lo abrió lentamente, sus dedos deslizándose con familiaridad por las
amarillentas páginas, antes de mostrarle una ilustración.

Eislind se acercó, sus ojos encontrándose con una imagen sombría: un árbol negro, retorcido,
cuyas raíces parecían extenderse en todas direcciones, entrelazándose con figuras demoníacas
y espectros de almas perdidas. "El Árbol Oscuro," dijo Gottfried en voz baja, como si el nombre
mismo tuviera poder. "Este es el corazón del Bosque de los Espejos. Un vestigio de los tiempos
más oscuros, donde las almas caídas y los demonios encuentran refugio, y desde donde
extienden su corrupción hacia el resto del bosque. No es solo una leyenda, Eislind, es una
realidad que ha sido documentada por los antiguos.

Eislind se estremeció al ver la ilustración, sintiendo cómo un frío inusual la atravesaba. Sabía
que había algo más en ese bosque de lo que jamás había imaginado, pero escuchar sobre el
Árbol Oscuro lo hacía aún más aterrador. "¿Por qué Blancanieves nunca me habló de esto?"
preguntó, su voz apenas un susurro.

Gottfried cerró el libro con un chasquido, el sonido reverberando en el aire, cortando el silencio.
"Porque hay verdades que incluso una madre quiere proteger de su hija. Blancanieves conocía
los peligros del bosque, pero ella misma nunca entendió completamente la profundidad de su
oscuridad. La Reina Grimhilde había sido atraída por ese poder, por la promesa de inmortalidad
y poder absoluto. Su alma fue devorada, al igual que Lucifer, por el mismo pecado que lo llevó a
la caída."

Gottfried se volvió hacia Eislind, sus ojos oscuros y profundos. "Pero recuerda esto, Eislind: así
como la oscuridad ha reclamado su parte del bosque, la luz sigue resistiendo. El equilibrio entre
ambas fuerzas no se sostiene solo por la voluntad de los dioses, sino por la elección de los
hombres. La magia benigna, la bondad, la compasión... todo ello tiene su lugar en esta lucha. No
es una cuestión de religión, es una cuestión de alma.

Eislind sintió un escalofrío recorrer su cuerpo. Las palabras de Gottfried eran claras, pero lo que
implicaban le causaba un nudo en el estómago. El Bosque de los Espejos, con sus terrores y
misterios, parecía mucho más peligroso de lo que jamás había imaginado. Sin embargo, en
medio de ese miedo, había también una chispa de esperanza.

Anselm graznó una vez más, como si estuviera al tanto del destino que se avecinaba. Gottfried
lo miró, su expresión más suave ahora, y asintió ligeramente. "El bosque no está completamente
perdido, pero su redención dependerá de quienes tengan el coraje de enfrentar sus demonios.
Tanto los del exterior... como los que llevamos dentro."

La biblioteca se sumió en el más absoluto silencio una vez más, dejando a Eislind con el peso de
las revelaciones que acababa de escuchar, y la comprensión de que su destino estaba más
entrelazado con el bosque de lo que jamás había imaginado.

La biblioteca de Gottfried seguía envuelta en la penumbra de las primeras luces del día. Eislind
aún podía sentir el peso de las historias oscuras que su tutor había compartido, y el aire parecía
cargado de una energía extraña, casi sofocante. El leve parpadeo de las velas continuaba
proyectando sombras inquietas sobre las estanterías de libros, como si algo acechara en la
profundidad del saber oculto.

Eislind, aún sumergida en pensamientos sobre las mujeres que se marcaron para sobrevivir, no
pudo evitar preguntar con cierta cautela.

—¿Entonces… hay mujeres que aún llevan esa marca? —inquirió, mientras sus ojos brillaban con
una mezcla de fascinación y horror. Anselm, la urraca, graznó desde lo alto de una estantería,
como si la pregunta hubiera perturbado la quietud de la sala.

Gottfried la observó un momento, sus ojos oscurecidos por el peso de lo que sabía y lo que no
deseaba decir. Finalmente, su voz surgió como un eco de la misma sombra que los rodeaba.

—Sí, Eislind. Todavía hay algunas mujeres, adultas e incluso ancianas, que llevan esa marca en
sus mejillas. No son muchas, y las que la poseen la ocultan bien, bajo velos o sombras de sus
arrugas. Pero, aquellas que llevan la cicatriz no lo hacen solo como un recuerdo de su
sufrimiento, sino también como un símbolo de que sobrevivieron a la peor oscuridad
imaginable. Unos pocos cortes, precisos y en los músculos correctos, pudieron salvarlas... pero
no cualquiera puede hacerlo.

Eislind inclinó la cabeza, intrigada. Había algo en su tono que sugería más misterio.

—¿Qué músculo es ese que es inmune al daño? —preguntó, acercándose ligeramente, como si
al moverse más cerca de Gottfried pudiera obtener una respuesta más clara.

El anciano maestro esbozó una pequeña sonrisa, casi imperceptible, pero su expresión seguía
siendo grave. Una brisa fría recorrió la habitación, levantando apenas las hojas de un libro
abierto sobre la mesa. Anselm graznó de nuevo, como si intuyera algo ominoso.

—El músculo canino —dijo Gottfried lentamente, arrastrando las palabras—, ubicado justo en la
mejilla, entre la mandíbula y el ojo. Un corte preciso en ese músculo permite que el rostro
parezca desfigurado, pero sin causar un daño real. Sin embargo, no es algo que cualquiera
pueda hacer. Ese corte solo lo sabían, y lo saben aún, aquellas mujeres que han dedicado sus
vidas al estudio de la medicina natural y la magia blanca. Son conocimientos antiguos,
transmitidos de generación en generación por aquellas sabias que entienden tanto el cuerpo
humano como los secretos de la naturaleza.

Eislind frunció el ceño, tratando de imaginar a esas mujeres, con su sabiduría oculta, sus manos
expertas trazando cortes en la piel para salvar vidas. Un escalofrío recorrió su espalda. El peso
de la magia, la ciencia y la desesperación que acompañaba ese acto parecía imposible de medir.

—¿Magia blanca? —preguntó, susurrando casi sin querer.

Gottfried asintió lentamente.

—Sí, la medicina y la magia natural están entrelazadas. Esos cortes, aunque aparentemente
simples, llevan consigo una protección... casi mágica. No era solo habilidad lo que salvaba a esas
mujeres. Era algo más profundo, algo que conectaba el conocimiento humano con la voluntad
del bosque y de las fuerzas benignas que lo habitan. Era un privilegio reservado solo para unas
pocas. Aquellas que sabían cómo manipular tanto las plantas como las energías de la
naturaleza. Y realizar ese corte... debía ser alguien con una vida de experiencia en el manejo de
la magia benigna y la medicina botánica.

Gottfried hizo una pausa, sus ojos perdidos en la distancia. Era como si reviviera, por un
instante, algún recuerdo enterrado, algo oscuro y antiguo. Anselm agitó las alas, inquieto, como
si incluso él sintiera la gravedad de las palabras.

—Por eso, esas mujeres son tan pocas —continuó, bajando la voz aún más—. Y aquellas que lo
lograron no son vistas como heroínas, sino como sombras de su antiguo ser. El mundo es cruel
con quienes desafían a la muerte... y sobreviven. La marca no es solo física. De alguna forma,
siempre las perseguirá.

El silencio que siguió a las palabras de Gottfried era denso, tangible. Eislind sintió una mezcla de
admiración y terror. La simple idea de un corte, un acto de autodefensa tan cargado de
significado, la llenaba de preguntas. Pero antes de que pudiera seguir preguntando, Gottfried se
levantó lentamente de su silla, estirando sus largas piernas con un crujido de huesos que
resonó en la sala como si el mismo castillo respondiera.

—Creo que ya es suficiente por hoy —dijo, con una sonrisa sardónica—. No queremos que tu
primer día de lecciones te deje sin dormir por una semana, ¿verdad? Aunque… tal vez eso no sea
tan malo para quien desea entender los secretos del bosque.

El comentario hizo que Eislind se riera suavemente, rompiendo un poco la tensión de la sala.
Pero la risa de Gottfried también era un alivio cómico, como si el peso de las historias macabras
pudiera disiparse con un toque de ironía.
—Además, es media mañana, y apenas hemos probado algo de comer. —Gottfried se acercó a
la puerta, llamando a Astrid con un gesto suave—. Pediré a la señorita Astrid si puede traernos
el desayuno. No creo que estas historias de magia y muerte se digieran bien con el estómago
vacío.

Eislind lo observó con una mezcla de asombro y alivio, mientras Astrid entró y salió se
apresurándose a cumplir el pedido. La habitación, aunque aún envuelta en sombras, parecía
menos sofocante de repente. Sin embargo, las palabras de Gottfried sobre la marca, las
mujeres, y la magia blanca seguían pesando en su mente, como una espina enterrada.

El sonido de los pasos de la sirvienta alejándose, y el graznido de Anselm moviéndose


nerviosamente por los estantes, crearon una atmósfera casi surrealista.

Gottfried volvió a sentarse, ahora relajado, y observó a Eislind, que aún parecía absorta en sus
pensamientos.

—No dejes que todo esto te abrume demasiado. No todas las verdades son para ser
comprendidas de una sola vez. Algunas se desvelan con el tiempo. Y otras... bueno, otras nunca
lo hacen.

La comida llegó poco después: leche caliente, pan fresco, frutas, quesos y miel, un contraste
perfecto con las historias oscuras que acababan de compartir. Mientras comían, el ambiente se
relajó aún más, y Gottfried, con una chispa cómica en los ojos, comentó:

—Y no te preocupes, Anselm no suele contar estos secretos a los demás. —Señaló a la urraca
con una sonrisa—. Al menos, no sin recibir algo de pan a cambio.

Eislind rió, y aunque las historias aún la perseguían, se sintió un poco más ligera, sabiendo que
incluso en las sombras más oscuras, había espacio para la camaradería y el consuelo. Pero algo
le decía que la historia de las marcas no era ni mucho menos el final de lo que Gottfried tenía
por enseñarle.

El salón principal del castillo estaba sumido en una inquietante calma mientras los preparativos
para el gran banquete avanzaban. La luz del día apenas atravesaba las gruesas cortinas de
terciopelo que cubrían los ventanales, dándole a la estancia un tinte casi sepulcral, como si el
invierno se aferrara todavía a sus últimas horas de oscuridad. Blancanieves observaba desde el
centro de la sala, rodeada por las tapicerías y candelabros de bronce que, aunque destinados a
brindar calidez, parecían en ese momento estar bañados por una luz pálida e incierta. El eco de
las pisadas resonaba en el mármol, amplificando la sensación de vacío en el vasto salón.

A su lado, Florian revisaba la lista de invitados. Aunque intentaba mostrarse concentrado, su


mente viajaba a otros lugares. Sus ojos se posaron sobre Blancanieves, quien parecía perdida en
sus propios pensamientos, quizás preocupada por el peso de la tradición o por algo más
profundo, algo invisible que flotaba en el aire. Sabía que, aunque este banquete estaba
destinado a ser una celebración de la primavera, ambos sentían una inquietud que no podían
descartar fácilmente.

—¿Todo bien, mi amor?—preguntó Florian, con una sonrisa que no alcanzaba a borrar sus
propias dudas.

Blancanieves asintió lentamente, sus dedos acariciando el terciopelo del sillón donde se
encontraba sentada.

—Es solo el aire... parece que el invierno no se ha ido del todo—respondió, casi en un susurro.

Wilhelm, el mayordomo, caminaba con paso firme desde la entrada del salón, llevando en la
mano un pergamino enrollado con los detalles finales del banquete. Se detuvo ante la pareja
real y, haciendo una ligera reverencia, les entregó el informe.

—Majestades, todo está en orden para la preparación del evento. El menú ha sido confirmado
con el jefe de cocina, y los guardias ya han sido informados de las disposiciones de seguridad—
dijo, su tono firme pero carente de calidez.

Detrás de Wilhelm, Frau Hildegard, la ama de llaves, supervisaba a los sirvientes que pulían los
candelabros y ordenaban las mesas. Su figura, delgada pero rígida, contrastaba con la suavidad
de sus movimientos mientras ajustaba cada detalle con una precisión casi obsesiva.

—Todo tiene que estar perfecto—murmuraba Hildegard para sí misma—. No podemos dejar
que nada falle... no este año.

El eco de sus palabras resonaba en el salón vacío, añadiendo un toque de tensión al ambiente
ya enrarecido. Cada año, la llegada de la primavera representaba una batalla ganada contra la
oscuridad del invierno, pero esta vez, había algo más, una sensación subyacente de que el
invierno había dejado cicatrices profundas.

A lo lejos, Hugo, el chef principal, entró agitado, sus mejillas sonrosadas por el calor de las
cocinas. En su habitual modo desenfadado, comenzó a hablar antes de que siquiera se diera
cuenta de la solemne atmósfera.

—¡Majestades! Espero que estéis listos para probar las mejores tartas de fresas que hayáis visto
jamás—anunció con una sonrisa ancha, rompiendo la tensión en la sala como si su presencia
misma pudiera disipar la inquietud.

Florian, agradecido por el cambio de humor, rió entre dientes.

—Espero que no haya tartas "voladoras" este año, Hugo—dijo, refiriéndose al incidente del
banquete anterior, cuando una bandeja completa de pasteles terminó estrellándose contra un
invitado.

Hugo soltó una carcajada contagiosa.


—¡No, no! Este año me aseguraré de que las tartas permanezcan donde deben... en los platos.

El alivio momentáneo fue palpable, pero no lo suficiente como para borrar completamente la
sombra que parecía cernirse sobre el castillo. Blancanieves apenas logró sonreír antes de que su
mente volviera a sus preocupaciones. Algo en la preparación del banquete, en los rituales
repetidos año tras año, sentía más pesado esta vez, como si cada detalle estuviera cargado de
una responsabilidad mayor.

Wolfarr, el cazador real, llegó en silencio, con su figura imponente y su expresión estoica. Había
pasado toda la mañana recorriendo los alrededores del castillo, inspeccionando los senderos
para asegurarse de que todo estuviera en orden. A su lado, Jager, el lobo blanco de Eislind,
caminaba con la misma cautela. Ambos parecían una extensión del paisaje del Bosque de los
Espejos, como si lo salvaje y lo domesticado se fundieran en uno solo.

—Todo está despejado en las cercanías—informó Wolfarr, dirigiéndose a Florian—. Pero debería
enviar más hombres al bosque. Este año, los caminos están más oscuros de lo habitual.

Florian asintió, agradecido por la vigilancia de Wolfarr, aunque sabía que los verdaderos peligros
nunca venían por los caminos visibles.

Mientras la conversación giraba en torno a los preparativos y la seguridad, Frau Hildegard se


acercó a Blancanieves, rompiendo la pequeña burbuja de soledad en la que la reina se había
sumido.

—Majestad—dijo con voz baja—. Algunas de las sirvientas han comenzado a organizar las
canastas de provisiones. ¿Desea supervisar la selección de los regalos?

Blancanieves parpadeó, como si despertara de un sueño.

—Sí, por supuesto—respondió, levantándose del sillón. Su gesto era firme, pero en sus ojos aún
brillaba una sombra de preocupación.

Mientras caminaba hacia el grupo de mujeres que trabajaban en silencio en una esquina del
salón, preparando las canastas para los más necesitados, una sensación la envolvió. Los regalos,
las provisiones, todo parecía correcto, pero no podía evitar sentir que el verdadero desafío aún
estaba por llegar, y no sería algo que la primavera pudiera curar.

El viento sopló de repente desde una de las ventanas entreabiertas, haciendo que las cortinas
ondearan como fantasmas. Blancanieves se detuvo por un instante, observando cómo la luz del
sol luchaba por entrar en la sala, como si el propio día temiera lo que podría estar escondido en
las sombras.

Anselm, la urraca de Gottfried, graznó desde un rincón, su canto agudo quebrando el silencio
con un eco inquietante.
Blancanieves frunció el ceño, la inquietud volviéndose palpable en el aire del gran salón, donde
la luz del sol apenas lograba disipar las sombras de sus preocupaciones. El bullicio del banquete
en preparación parecía distante mientras se giraba hacia Wilhelm, el mayordomo, con una
expresión de creciente preocupación.

—¿Dónde está Eislind?—preguntó, casi en un susurro, como si temiera que el aire mismo
pudiera llevar su inquietud a oídos indeseados.

Wilhelm, manteniendo su compostura habitual, respondió con respeto, aunque una ligera
preocupación se reflejaba en sus ojos.

—Su Alteza se encuentra en la biblioteca—dijo con firmeza—. Está en clases con el anciano
Gottfried. Y, de hecho, hace unos minutos, pidió que se le llevara otro desayuno abundante.

El alivio inundó a Blancanieves al escuchar que Eislind estaba bien alimentada, confiando
plenamente en la capacidad de Gottfried para guiar a su hija. Sin embargo, no pudo evitar una
sonrisa al pensar en el anciano, conocido por sumergirse en los libros de una manera casi
cómica, como si el tiempo y el mundo exterior no existieran más allá de sus páginas
amarillentas.

—Eso me tranquiliza—respondió Blancanieves, con una ligera risa entre dientes—. Pero,
Wilhelm, por favor, ve a preguntarle a Gottfried en cuánto tiempo más se la devolverá. Sabes
cómo se sumerge en sus estudios; puede que no se dé cuenta de que el tiempo ha pasado
volando.

Wilhelm asintió, comprendiendo el trasfondo de la solicitud.

—Así lo haré, Majestad—respondió, su voz firme y eficiente.

—Y también—continuó Blancanieves, con un gesto decidido—, dile a Astrid que la acompañe y


la atienda en las clases de forma permanente.

La expresión de Wilhelm se tornó seria, reconociendo la necesidad de proteger a Eislind en un


entorno que, aunque familiar, podía volverse abrumador.

—Como ordene, Majestad—afirmó, inclinándose levemente antes de girar sobre sus talones y
salir rápidamente del salón, su figura perdiéndose en la bruma de sirvientes que corrían de un
lado a otro, cada uno con sus propias tareas.

Al mencionar a Astrid, Blancanieves se sintió un poco más tranquila. La idea de que su hija
tuviera una compañía en ese misterioso mundo de libros le otorgaba un ligero respiro. Mientras
Wilhelm se retiraba, ella se permitió un momento para absorber la atmósfera alegre y
perfumada del salón. Las risas de los sirvientes, el tintineo de platos y el bullicio de preparativos
para el banquete resonaban a su alrededor, pero había algo inquietante en el aire, como si el
castillo mismo estuviera al tanto de sus pensamientos.
Blancanieves se permitió un momento de calma, la preocupación disminuyendo mientras el
bullicio del banquete comenzaba a inundar su mente nuevamente. Sin embargo, la imagen de
su hija perdida entre los polvorientos tomos y el silencio de la biblioteca permanecía, como un
eco distante que no podía ignorar.

—¿Te sientes mejor?—preguntó Florian, notando la transición en la expresión de su esposa.

—Un poco—admitió Blancanieves, aunque sabía que no podría despojarse completamente de


su inquietud hasta que Eislind regresara. El gran salón, adornado con guirnaldas de flores
frescas y risas despreocupadas, le brindaba consuelo, pero no podía evitar preguntarse si su hija
también se sentía tan atrapada entre los libros como ella en ese momento.

Cuando Wilhelm cruzó el umbral de la biblioteca, el aire se llenó de una mezcla de fragancia a
libros antiguos y los colores vibrantes de las pinturas esparcidas por el suelo. La luz que se
filtraba a través de las ventanas creaba un mosaico de sombras y colores, mientras que el
murmullo de Eislind y Gottfried resonaba como una melodía de descubrimiento.

Eislind, con su cabello negro ondeando como una cortina de noche, estaba arrodillada en el
suelo, concentrada en pintar una gran tela que ocupaba casi toda la habitación. Los colores
saturados, desde el rojo ardiente hasta el azul profundo, danzaban entre sí mientras ella
mezclaba la pintura con entusiasmo. A su lado, Gottfried, el anciano maestro, luchaba por
limpiar sus anteojos manchados de pintura azul, sus manos temblorosas intentando en vano
quitar los rastros del color que parecían haberse adueñado de su rostro y su vestimenta.

—¡Cuidado, Gottfried!—exclamó Eislind, riendo mientras empujaba un pincel hacia él—. No te lo


pongas en la nariz esta vez.

—¡Por los cielos!—respondió el anciano, frunciendo el ceño, tratando de enfocar la vista a través
de los cristales resbaladizos. Pero en un momento de torpeza, al girarse para buscar un trapo,
limpió accidentalmente su anteojo en las suaves alas de Anselm, la urraca que lo había estado
observando pacientemente desde su perchero.

El ave, sorprendentemente tranquila ante el inusual contacto, emitió un grazioso “caw” que
resonó en la biblioteca, como si se riera del inusual espectáculo. Anselm aleteó, intentando
quitarse el resto de la pintura que había quedado en su plumaje. Eislind se rió aún más al ver la
expresión de desdén en el rostro del pájaro.

—Gottfried, tal vez deberías usar un delantal en lugar de intentar limpiarte con Anselm—sugirió
Eislind, mientras una burbuja de risa escapaba de sus labios.

—Es lo que se llama improvisación creativa, mi querida—dijo Gottfried, sonriendo a pesar de su


fracaso. La chispa de alegría en su mirada era contagiosa, iluminando la habitación.

La biblioteca, con sus estanterías repletas de libros y la luz danzante que se filtraba a través de
las ventanas, parecía cobrar vida con cada trazo de pintura. Las letras del abecedario en latín
comenzaron a tomar forma en la tela, cada una llena de color y vida. Eislind se sentía vibrante,
como si cada letra la conectara más con su madre, con su legado de aprendizaje y creatividad.

Sin embargo, a pesar de la alegría que la envolvía, había un leve trasfondo de inquietud. La
sensación de que el tiempo no se detenía y que el mundo exterior continuaba girando
pesadamente más allá de las paredes de la biblioteca creaba una leve sombra en su felicidad.
Aun así, ese instante, lleno de risas y colores, parecía ofrecerle un refugio, un pequeño rincón de
alegría en un universo incierto.

—Wilhelm—dijo finalmente Gottfried, al ver al mayordomo asomarse por la puerta—, ¿qué te


trae por aquí? ¿Necesitas también un poco de pintura?

—No, gracias—respondió Wilhelm, tratando de contener la risa—. Solo venía a ver cuánto
tiempo más se quedaría Eislind aquí con usted.

—Hasta que terminemos de pintar el abecedario en latín, por supuesto—respondió Gottfried,


con un guiño. La respuesta provocó una nueva oleada de risa entre los dos, la atmósfera tan
ligera que casi parecía desafiar la inquietante realidad que aguardaba más allá de las puertas de
la biblioteca.

Eislind miró a su alrededor, sintiendo que, por un momento, todo estaba bien. En esa mezcla de
colores y risas, se sintió más cerca de su madre, como si la esencia de Blancanieves habitara en
cada pincelada. Pero aún así, el eco de los eventos que se aproximaban en el castillo la
mantenía alerta, consciente de que la vida era una danza entre la luz y la sombra, y que cada
rayo de sol traía consigo un susurro de misterio.

Eislind y el anciano Gottfried estaban arrodillados en el suelo, rodeados de pinceles, botes de


pintura y una tela gigantesca extendida en el centro de la sala. Las paredes de la biblioteca,
generalmente solemnes, estaban ahora iluminadas por los colores brillantes que salpicaban la
tela y, en especial, por las letras del alfabeto en latín que habían pintado desordenadamente
sobre el lienzo. Anselm, la urraca, observaba todo desde su perchero, con una mirada suspicaz,
mientras algunas de sus plumas estaban manchadas de pintura azul.

Gottfried, con el rostro concentrado y los anteojos apenas equilibrándose sobre su nariz,
levantó la vista y notó la presencia del mayordomo. Con una sonrisa torpe, sacó el pañuelo lleno
de pintura que había usado antes, pero al intentar limpiar sus gafas, accidentalmente se limpió
en las alas de Anselm, lo que provocó un grito de protesta del ave.

—¡Oh! Perdonen, buen Wilhelm. —dijo Gottfried, enderezándose torpemente y haciendo que
una de sus rodillas crujiera. Su gesto solemne quedó rápidamente empañado por una risa ligera
y algo nerviosa—. Estamos en medio de una clase innovadora, como puedes ver —señaló el
lienzo con un gesto exagerado—. ¡Una forma... visual de aprender el latín! ¿Qué mejor manera
de memorizar las letras que pintarlas en grandes proporciones, no crees?

El anciano se acercó, aún con manchas de pintura en los dedos, y continuó con su habitual
entusiasmo:

—Eislind está haciendo avances notables. —Se volvió hacia la princesa, quien había estado
pintando concentrada pero ahora observaba la interacción con una sonrisa que contenía una
mezcla de diversión y satisfacción—. Su pronunciación ha mejorado muchísimo, y su memoria...
¡Oh, la memoria de la juventud! No como la mía, que me falla en todo momento.

Eislind, que hasta ese momento había estado en silencio, dejó el pincel a un lado y se rió por lo
bajo.

—Lo estás haciendo bien, Gottfried. —dijo con una sonrisa, sus ojos brillando de gratitud por el
esfuerzo que el anciano ponía en sus clases.

Wilhelm, aún algo perplejo, se aclaró la garganta antes de hablar:

—La reina Blancanieves me ha enviado para saber cuánto más durará esta clase. Está ansiosa
por saber cuándo la princesa regresará con ella. También pidió que Astrid acompañe a la
princesa en sus futuras lecciones.

Gottfried hizo un gesto de reconocimiento, sacudiéndose una pequeña mota de pintura que
había caído en su túnica.

—Entiendo, entiendo. No queremos preocupar a la reina, claro está. —respondió el anciano,


acariciándose la barba pensativamente—. Dígale que en unos quince minutos más estaremos
listos. Solo queremos terminar de repasar las últimas palabras del día. Y que no se preocupe,
Eislind está aprendiendo a un ritmo excelente. Su madre puede estar tranquila.

Wilhelm asintió con una sonrisa cortés, observando el caos creativo en la sala. Las estanterías
llenas de libros antiguos, el olor a pergamino y tinta mezclado con el ligero aroma a pintura
fresca, creaban un contraste curioso entre lo académico y lo artístico. Anselm, sacudiéndose
indignado, volvió a su postura estoica, mientras Gottfried intentaba disimuladamente limpiar el
desastre que había hecho sobre el plumaje del ave.

Eislind, aún en el suelo, observaba a Gottfried y Wilhelm, sintiendo un calor en el pecho. A pesar
de la peculiaridad de la clase y el caos de la pintura, la atmósfera de la biblioteca le resultaba
extrañamente reconfortante, casi como si en medio de la confusión creativa y las risas
accidentales, hubiera una especie de magia antigua y misteriosa que la rodeaba. Como si, de
alguna manera, estuviera aprendiendo algo más allá de las palabras y las letras.

La biblioteca del castillo se alzaba imponente, una catedral de piedra fría y sombría que parecía
haber sido esculpida directamente de las entrañas de la tierra. Los muros de granito oscuro,
toscamente tallados, respiraban antigüedad y misterio, su estructura sólida y gélida evocaba
tiempos de leyendas olvidadas y secretos sellados bajo el peso de los siglos. Los estantes, de
madera vieja y desgastada, se elevaban hasta el techo abovedado, repletos de volúmenes
encuadernados en cuero y pergaminos descoloridos, escritos en lenguas arcaicas y con títulos
apenas legibles por el paso del tiempo.
A pesar de la vastedad del espacio, la biblioteca era un lugar de sombras. Los rincones más
lejanos, donde las estanterías formaban pasadizos angostos, estaban sumidos en la penumbra,
apenas tocados por los rayos del sol que se filtraban a través de los vitrales coloridos. Estos
cristales, con intrincados dibujos de criaturas mágicas, árboles retorcidos y figuras humanas,
proyectaban manchas de luz carmesí, ámbar y esmeralda sobre el suelo de piedra, creando un
efecto que fluctuaba entre lo etéreo y lo inquietante.

El frío era palpable, a pesar de ser primavera. A lo largo del invierno, la única fuente de calor en
la biblioteca había sido la chimenea central, una vasta boca de piedra negra con relieves góticos
de dragones y bestias, que aún conservaba el olor a leña quemada y ceniza. Sin embargo, ahora,
sin el fuego, la biblioteca conservaba una atmósfera helada que erizaba la piel, y el eco de cada
paso reverberaba en el salón como un susurro persistente, como si las piedras mismas
guardaran las voces de aquellos que, siglos atrás, habían recorrido esos mismos pasillos.

Eislind, agachada sobre el gran lienzo que ocupaba el centro del salón, sentía la extraña mezcla
de alegría y extrañeza que el lugar le provocaba. Estaba acostumbrada a la solemnidad del
castillo, pero la biblioteca tenía una cualidad distinta, como si el pasado estuviera siempre
presente, observando, acechando desde las sombras. El olor a pergamino envejecido y tinta
seca se mezclaba con el aroma fresco de la pintura, creando un contraste peculiar. Aunque la luz
que entraba por los vitrales aportaba un toque de color al ambiente, la sensación de estar
rodeada por algo más profundo y oscuro no se desvanecía.

Anselm, la urraca de Gottfried, permanecía inquieta, sacudiendo sus alas manchadas de pintura
azul, como si también percibiera la tensión latente en el aire. Gottfried, ajeno al peso de la
atmósfera, seguía absorto en su innovadora lección de latín, frotando distraídamente sus
manos, ahora también cubiertas de manchas de pintura.

—Este método —dijo el anciano mientras intentaba limpiar sus gafas nuevamente—, es perfecto
para reforzar el aprendizaje visual. ¡Nada mejor que conectar las letras con el arte!

Eislind lo escuchaba, pero su mirada se deslizaba hacia las esquinas más oscuras de la sala,
donde las estanterías parecían perderse en la penumbra. Aunque la clase con Gottfried tenía un
tono alegre y casi caótico, sentía una ligera incomodidad que no podía ignorar. Los susurros del
viento que se filtraban por las pequeñas rendijas en los muros de piedra parecían imitar voces, y
en más de una ocasión había pensado que veía sombras moverse entre los libros, solo para
descubrir que era el efecto de la luz del sol que variaba con las nubes en el exterior.

Gottfried, sin embargo, seguía con su habitual entusiasmo, explicando al mayordomo Wilhelm
cómo la mente joven de Eislind absorbía el conocimiento como una esponja.

—Es una niña brillante, Wilhelm. —dijo, enderezándose con orgullo mientras dejaba a un lado el
pincel—. Solo necesita tiempo y paciencia. ¡Y quizás algo de calor, por supuesto! —rió, lanzando
una mirada hacia la apagada chimenea. El frío parecía haberse apoderado de sus huesos en los
últimos minutos.
Wilhelm, observando la escena, no pudo evitar una sonrisa ante el caos ordenado que solo
Gottfried podía crear. Sin embargo, su naturaleza siempre alerta le impedía relajarse
completamente. En los márgenes de su visión, las sombras en la biblioteca parecían alargarse, y
aunque sabía que la imaginación podía jugarle malas pasadas, no pudo evitar sentir un ligero
escalofrío recorrer su espalda.

Eislind, por su parte, se inclinó sobre el lienzo, tratando de concentrarse en la lección, pero la
inquietud seguía presente. Aunque se sentía cómoda con Gottfried, el ambiente de la biblioteca,
con su mezcla de solemnidad y misterio, la mantenía alerta, como si el lugar guardara secretos
que nadie más podía percibir, y que solo estaban esperando el momento adecuado para
revelarse.

Eislind tomó un pincel con cuidado, trazando una letra más en el lienzo, pero su mente estaba
lejos de las formas y los colores. El murmullo sutil del viento, el crujido ocasional de las viejas
estanterías, y el eco de sus propios pensamientos en ese inmenso salón le parecían voces del
pasado, como si los fantasmas de las páginas antiguas quisieran compartir sus secretos. A su
lado, Gottfried seguía hablando con entusiasmo, y Wilhelm observaba con su postura siempre
erguida, pero en el fondo, los tres parecían sentir lo mismo: algo se cernía, algo desconocido y
profundo que aguardaba entre las sombras de esa biblioteca.

Wilhelm se inclinó ligeramente antes de retirarse, sabiendo que debía informar a Blancanieves
que su hija estaba bien y en buenas manos, aunque con un toque de caos que solo Gottfried
podía aportar.

Al cerrar la puerta de la biblioteca, el mayordomo no pudo evitar esbozar una pequeña sonrisa
debido a la inusual clase que acababa de presenciar.

Por otro lado, Eislind suspiró y levantó la mirada hacia los vitrales, donde los colores del sol se
mezclaban con el polvo en el aire, formando imágenes fugaces y caprichosas. Por un momento,
pensó que había visto una figura entre las luces, pero al parpadear, desapareció. Y así, entre
risas y conversaciones cómodas, Eislind y Gottfried fingieron sin intención no notar lo que la
biblioteca ocultaba, aunque en su interior, cada uno lo sabía.

El cielo se teñía de rojo y dorado cuando el mensajero del castillo partió, con el aire frío del
atardecer golpeando su rostro. Cabalgaba solo, cruzando los campos vacíos y el bosque que
comenzaba a llenarse de sombras alargadas. Los cascos de su caballo resonaban en el camino
de piedra como un eco lúgubre que parecía responder al murmullo del viento entre los árboles.
El mensajero, un joven de rostro pálido y ojos inquietos, sentía el peso del pergamino en su
bolsa, como si llevara consigo algo más que un simple mensaje: un deber ancestral.

La invitación al baile de primavera, firmada con los sellos dorados de la reina Blancanieves y el
rey Florian, era la última en ser entregada. Esta vez, su destino lo llevaba a la mansión de la
familia de Lilith, un lugar apartado, envuelto en historias sombrías. A medida que avanzaba, el
paisaje a su alrededor parecía cambiar. Los árboles del bosque se retorcían de manera
antinatural, sus ramas secas como garras intentando atrapar los últimos rayos de sol. El joven
caballero no podía evitar pensar en las historias de espíritus y criaturas que acechaban al
anochecer, contadas por los aldeanos más ancianos, susurradas como advertencias en noches
frías.

Las sensaciones físicas lo invadían. Su corazón comenzó a latir con fuerza, cada vez más rápido,
mientras el sudor frío se deslizaba por su espalda. Apretó las riendas del caballo con más fuerza,
intentando calmar la ansiedad que crecía en su interior. A cada paso, las sombras parecían
moverse, serpenteando entre los troncos oscuros, como si algo o alguien lo estuviera siguiendo
desde los rincones más profundos del bosque.

Finalmente, la mansión apareció en la distancia. Alta y oscura, se erguía como una silueta
amenazante contra el cielo crepuscular, rodeada por una verja de hierro forjado oxidado. El
lugar, aunque imponente, parecía dormido bajo una maldición, con sus ventanas cerradas y su
jardín invadido por la maleza. Al acercarse, el silencio se volvió palpable, un manto sofocante
que lo envolvía. Ni siquiera los pájaros se atrevían a cantar.

El caballo relinchó nerviosamente, inquieto por la extraña atmósfera que rodeaba la mansión. El
mensajero tragó saliva, con la garganta seca, y desmontó con manos temblorosas. Caminó hacia
la puerta principal, sintiendo el crujido de las hojas secas bajo sus botas. Golpeó con el pesado
aldabón de hierro, cuyo sonido resonó como un eco vacío, perdiéndose en la inmensidad de la
mansión.

Mientras esperaba, se dio cuenta de algo extraño: no había luces encendidas dentro. El
atardecer casi había desaparecido, y la oscuridad ya se cernía sobre el lugar, envolviéndolo por
completo. Algo en su interior le gritaba que volviera, que se marchara de inmediato. Pero el
deber le impedía huir.

Finalmente, la puerta se abrió con un chirrido lento y agónico. Una figura delgada, casi espectral,
lo recibió en la penumbra. Era un sirviente de rostro inexpresivo, vestido con un atuendo negro
que parecía haber visto mejores días. El mensajero le entregó el pergamino con manos
temblorosas, intentando ocultar su nerviosismo. El sirviente asintió levemente, tomando la carta
sin una palabra. Pero antes de que pudiera marcharse, la puerta se cerró bruscamente detrás
de él.

Mientras subía a su caballo, sintió el peso de las miradas invisibles sobre él. Las ramas de los
árboles cercanos crujieron como si algo o alguien se estuviera moviendo entre ellas. No se
atrevió a mirar atrás. Espoleó al caballo y salió al galope, con el corazón latiendo a mil por hora.
El viento frío cortaba su piel, y las sombras del bosque parecían alargarse, persiguiéndolo hasta
que las luces del castillo finalmente se vislumbraron en el horizonte.

Pero el mensajero sabía que algo más lo acompañaba en su regreso. Algo oscuro y antiguo que
acechaba en la oscuridad, esperando el momento adecuado para hacerse presente.

El mensajero espoleó su caballo con más fuerza, el viento helado cortaba su rostro como
diminutas cuchillas afiladas. El sol estaba descendiendo, y los colores dorados del atardecer
comenzaban a desvanecerse bajo un velo de sombras violetas y negras. El tiempo corría en su
contra, y sabía que solo le quedaban dos horas antes de que el sol se escondiera
completamente detrás de las montañas. El camino de regreso al castillo tomaría al menos una
hora, y no podía permitirse llegar más tarde.

Los árboles del bosque parecían oscurecerse con cada paso, sus formas torcidas y nudosas
transformándose en figuras amenazantes que lo acechaban desde los bordes del sendero. La
sensación de estar siendo observado crecía con cada latido de su corazón. El viento susurraba
entre las ramas, pero en su mente, se transformaba en murmullos siniestros, palabras antiguas
que no lograba entender, pero que llenaban el aire de una inquietud insoportable.

El Bosque de los Espejos no estaba lejos, y aunque el mensajero planeaba bordearlo por el lado
luminoso, la sola idea de estar cerca de ese lugar lo hacía temblar. Sabía que los espíritus del
bosque, aunque menos maliciosos en el lado iluminado, seguían siendo caprichosos, y que la
frontera con el lado oscuro podía cambiar de un instante a otro, arrastrando a los
desprevenidos hacia su negrura sin fondo. La posibilidad de cruzar solo por esa región creaba
un nudo de miedo en su estómago.

A lo lejos, distinguió una figura a caballo. Al principio, su corazón dio un vuelco, temiendo que se
tratara de algún espectro o criatura surgida de las leyendas del bosque. Pero cuando se acercó
lo suficiente, reconoció el uniforme del castillo. Era otro mensajero. Con un suspiro de alivio, tiró
de las riendas, guiando su caballo para unirse al desconocido.

—¡Por fin alguien más! —murmuró entre dientes, sus nervios aún latentes.

El otro mensajero, de aspecto igual de agotado y con una expresión tensa, asintió sin decir una
palabra por unos momentos. A medida que cabalgaban juntos, un cierto alivio se instaló en el
pecho del joven. Tener compañía al menos le daba la sensación de seguridad, aunque no era
más que una frágil ilusión.

—¿También vas de regreso al castillo? —preguntó el primer mensajero, su voz baja, casi como si
temiera romper el silencio que pesaba sobre el ambiente.

—Sí. —El segundo hombre habló en un susurro casi ahogado—. Entregué una carta en la
mansión de los von Elsenberg... la familia del conde Gerhart von Elsenberg.

Ambos mensajeros intercambiaron una mirada cargada de significado. El simple nombre de esa
mansión era suficiente para evocar historias de terror.

—¿La encontraste tan vacía y... fría como dicen? —preguntó el primero, aunque ya conocía la
respuesta.

El segundo mensajero sacudió la cabeza, apretando las riendas con fuerza.

—Es peor. Es como si el tiempo se detuviera allá dentro. El aire es más pesado, como si
estuvieras respirando a través de una neblina invisible. Ni siquiera los sirvientes hablan mucho...
y cuando lo hacen, sus voces suenan huecas. No me quedé más tiempo del necesario.

El otro hombre asintió, sintiendo cómo se le erizaba la piel.

—El aire alrededor de la mansión... parece más denso. Como si algo estuviera ahí, vigilando.

El bosque a su alrededor seguía oscureciéndose, pero la presencia del otro mensajero le daba
un pequeño consuelo. Aún así, cada sombra que veían moverse entre los árboles provocaba
que ambos hombres se tensaran, con los nervios a flor de piel. Sabían que la caída de la noche
traía consigo los verdaderos peligros del Bosque de los Espejos, tanto del lado oscuro como del
luminoso.

El sonido de sus caballos resonaba con mayor fuerza en el silencio que los envolvía. Mientras se
acercaban al bosque, los colores se apagaban a su alrededor, y la luz dorada se volvía un
recuerdo lejano. Ya no hablaban, no querían atraer la atención de lo que pudiera estar
acechando entre las sombras. Sentían cómo el bosque respiraba, cómo se movía a su alrededor,
vivo y observador.

Las ramas de los árboles crujían y se mecían, pero el viento apenas soplaba. Los dos mensajeros
compartieron una mirada de puro terror, conscientes de que no estaban solos. Mientras
apuraban el paso, el otro mensajero rompió el silencio, con una voz temblorosa.

—Dicen que la familia del conde tiene secretos oscuros... que su mansión está maldita. Algunos
sirvientes nunca regresan si van allí de noche.

El primero tragó saliva, su estómago se revolvió al recordar las leyendas. Ambos sabían que esas
historias tenían un origen real, aunque muchos pretendieran no creerlas.

La presión del miedo les impulsaba a galopar más rápido. Sabían que si caía la noche antes de
alcanzar las puertas del castillo, el bosque se tornaría en una trampa mortal. Y aunque ahora
cabalgaban juntos, los murmullos del viento seguían, como una advertencia susurrada desde el
corazón de las sombras, siempre acechante.

Cuando finalmente divisaron las torres del castillo a lo lejos, un escalofrío final recorrió sus
espinas. Estaban a salvo, al menos por ahora, pero ambos sabían que algo oscuro los había
estado observando desde el borde del bosque, como una promesa no cumplida... aún.

El viento helado del atardecer rozaba la piel del mensajero mientras cabalgaba aliviado por
haber encontrado a su compañero en el camino de regreso. Las sombras del Bosque de los
Espejos, que bordeaban el horizonte, se alargaban peligrosamente. Ambos habían apretado el
paso, conscientes de que el sol se pondría en menos de dos horas, y una hora de luz no les
garantizaba suficiente seguridad para evitar lo que pudiera acechar más allá de los árboles. El
castillo de Blancanieves se divisaba a lo lejos, una silueta que, por primera vez en mucho
tiempo, les brindaba consuelo.
"¿Has oído los rumores sobre los von Elsenberg?" comentó el mensajero más joven, rompiendo
el silencio con una voz temblorosa.

El mensajero mayor, de semblante curtido y barba rala, asintió sin apartar la vista del camino.
"¿Quién no los ha oído? Se dice que esa familia está maldita."

"Maldita no solo por sus actos, sino por su sangre", continuó el joven, con una mezcla de
fascinación y horror. "Dicen que los padres de Lilith, el conde Gerhart y la condesa Adelheid...
eran hermanos."

El mensajero mayor frunció el ceño, sus ojos oscuros brillando con una mezcla de repulsión y
escepticismo. "Eso es solo un rumor. Pero lo que sí es cierto es que en esa familia el incesto
corre desde hace generaciones. Es por eso que son tan... extraños."

El viento parecía haberse enfriado aún más al mencionar la palabra "extraños". Las hojas caídas
en el suelo crujían bajo los cascos de los caballos, resonando en el silencio del bosque. Los
árboles del Bosque de los Espejos, aunque en el lado luminoso, no dejaban de parecer
guardianes sombríos, como si observaran a los hombres, esperando el momento en que la luz
fallara.

"La piel de esa familia... es demasiado blanca, más pálida que la nieve misma. Y esos ojos
grises... vacíos, como si no tuvieran alma", continuó el más joven, mirando de reojo hacia el
bosque, donde una extraña neblina comenzaba a asentarse entre los troncos.

"Se dice que es una maldición... o peor, que es el resultado de una enfermedad causada por su
linaje impuro", añadió el mayor, recordando las historias que circulaban en las tabernas y en los
mercados. "Algunos creen que es una señal de que llevan dentro algo maligno, algo que no
pertenece a este mundo."

El sol comenzaba a desaparecer, tiñendo el cielo de un ominoso color rojizo, y ambos


mensajeros sintieron una tensión creciente en el aire. El susurro del viento entre los árboles
sonaba como voces lejanas, apenas discernibles, pero lo suficientemente presentes como para
inquietar sus mentes ya cargadas de terror.

"Dicen que torturan a sus sirvientes en los calabozos bajo la mansión", añadió el joven con la voz
temblorosa, como si al decirlo en voz alta esas mismas criaturas pudieran oírlos desde la
distancia. "Se habla de gritos que se escuchan por la noche, de gente desaparecida que nunca
volvió a ser vista."

El mayor apretó las riendas, su semblante serio. "Esas historias son antiguas, pero los von
Elsenberg han vivido en esa mansión por siglos. Nadie sabe qué ocurre tras sus muros. Pero lo
que sí se sabe es que no son como el resto de nosotros."

El castillo de Blancanieves estaba ahora mucho más cerca, y la conversación bajó de tono
mientras los caballos avanzaban hacia el refugio de la fortaleza. Pero las sombras a su alrededor
seguían alargándose, como si quisieran retenerlos en ese reino de tinieblas un poco más.

"Se dice que su sangre está manchada... no solo por el incesto, sino por algo más oscuro",
murmuró el mayor, más para sí mismo que para su compañero. "Quizás algo... demoníaco."

Ambos mensajeros intercambiaron una mirada. El aire estaba cargado de un silencio sofocante.
Mientras avanzaban, el bosque quedaba atrás, pero la sensación de ser vigilados no los
abandonaba.

El castillo de Blancanieves ya estaba en la línea del horizonte, pero el temor no abandonaba a


los mensajeros. A medida que sus caballos avanzaban, un frío sobrenatural parecía emanar del
camino que habían dejado atrás, envolviendo sus pensamientos con una oscuridad latente. Los
dos hombres, aunque agradecidos por la compañía mutua, no podían evitar seguir hablando en
voz baja, casi como si temieran que las sombras pudieran oírlos si hablaban demasiado fuerte.

"¿Has oído hablar de la fortuna de los von Elsenberg?" preguntó el joven mensajero con un
susurro apenas audible. "Dicen que es… inimaginable. Nadie sabe exactamente cuántas tierras
poseen, cuántos cofres de oro ocultan en sus bóvedas. Pero lo que sí se sabe es que su riqueza
ha pasado de generación en generación, como si fuera parte de una maldición."

El mensajero mayor entrecerró los ojos, observando las siluetas de los árboles mientras el
último rayo de sol se desvanecía detrás de las colinas. El cielo ya era de un color púrpura oscuro,
y las primeras estrellas comenzaban a brillar, aunque ninguna de ellas parecía lo
suficientemente fuerte para disipar la creciente sensación de peligro.

"Dicen que su fortuna es tan vasta que podría alimentar a todo el reino durante décadas",
continuó el mayor. "Pero esa riqueza no es natural... Se cuenta que proviene de un pacto hecho
hace mucho tiempo. Algunos afirman que fue uno de los antepasados de Lilith quien se entregó
a las fuerzas oscuras a cambio de oro, tierras... y poder inmortal. Desde entonces, la fortuna ha
crecido, pero la sombra sobre ellos también."

Ambos hombres sintieron un escalofrío recorrerles la espalda. Era como si la mera mención de
los von Elsenberg invocara algo más en el ambiente, un peso invisible que oprimía sus pechos y
les hacía más difícil respirar. Los cascos de los caballos resonaban sordamente contra el suelo
empedrado, mientras el bosque se desvanecía detrás de ellos, dejando una neblina que se
alzaba lentamente, como un manto de incertidumbre.

"Los cofres de oro de la familia... algunos creen que están llenos de monedas que no fueron
acuñadas por manos humanas", añadió el joven con un temblor en la voz. "Monedas forjadas en
algún lugar del infierno, en las mismas forjas del diablo. Y por eso esa fortuna nunca se agota. Es
como si el dinero maldito se multiplicara en las sombras."

La mansión de los von Elsenberg, con sus muros altos y ventanas como ojos vacíos, emergía en
sus mentes. A medida que hablaban, parecía tomar forma incluso en la distancia, como si su
oscura presencia se manifestara a través del simple acto de mencionarla.
"Pero, ¿a qué precio?" preguntó el mensajero mayor, su voz grave y pesada, casi como si ya
supiera la respuesta. "Los rumores hablan de sacrificios. De sangre derramada en rituales
ocultos, de almas condenadas a vagar por sus tierras como sombras sin descanso."

El cielo se oscurecía cada vez más, y las sombras de los árboles parecían alargarse hacia ellos,
como dedos esqueléticos queriendo atraparlos. La conversación continuó, pero la voz de los
mensajeros se volvió más baja, susurrada, como si hasta el viento les advirtiera que debían
callar.

"Se dice que los sirvientes que desaparecen... nunca se van realmente," dijo el más joven,
mirando de reojo hacia los bordes del camino, donde el Bosque de los Espejos parecía
susurrarles desde la distancia. "Quedan atrapados allí, entre este mundo y el siguiente. No
muertos, pero tampoco vivos."

Los caballos, inquietos, empezaron a trotar con más rapidez, sintiendo la urgencia de sus jinetes
de llegar al castillo. Las luces cálidas del castillo de Blancanieves brillaban cada vez con más
claridad, un faro de esperanza en medio de la creciente oscuridad.

El mensajero mayor exhaló, dejando escapar el aire que había contenido inconscientemente.
"Algunos dicen que esa riqueza no les trae más que maldiciones. Y aunque poseen todo lo que
podrían desear... no pueden escapar de lo que acecha en su propia sangre."

Finalmente, el castillo de Florian y Blancanieves se alzaba ante ellos, grande y majestuoso, un


bastión de luz en medio de la creciente oscuridad.

Las palabras colgaban en el aire como una advertencia silenciosa mientras las primeras
antorchas del castillo se encendían en la distancia. Y aunque estaban a punto de llegar a un
lugar seguro, las sombras de los von Elsenberg seguían acechando en sus pensamientos, como
un espectro que no podían dejar atrás.

La noche se cernía sobre el castillo von Elsenberg, como un sudario que cubre un cadáver
olvidado. Un frío inhumano se arrastraba por los muros de piedra, susurrando maldiciones
antiguas y promesas rotas. Las antorchas, que normalmente llenaban los pasillos con una luz
dorada, parpadeaban inestables, como si el mismo fuego temiera lo que acechaba en la
oscuridad. En lo alto, las bóvedas góticas resonaban con el crujir de la estructura, un sonido
hueco, casi como si los viejos fantasmas del lugar estuvieran ajustándose a la nueva visita.

Lilith se hallaba en su recámara, rodeada de sombras que danzaban en la penumbra de la


habitación. La luz del atardecer se filtraba a través de las ventanas polvorientas, tiñendo el aire
con un tono anaranjado que apenas podía penetrar la densa oscuridad que parecía anidar en
cada rincón. A pesar de la llegada de la primavera, un escalofrío persistente se colaba por su
piel, un recordatorio de que la mansión von Elsenberg estaba imbuida de una esencia sombría
que jamás desaparecía del todo.
Fue entonces cuando escuchó un murmullo. Un susurro extraño, suave y escalofriante, que
parecía deslizarse por los muros como una serpiente. Lilith frunció el ceño, sintiendo cómo su
corazón se aceleraba. Su padre estaba lejos, en Inglaterra, y la sola idea de que su madre
pudiera estar en peligro hizo que el aire se volviera más pesado, casi opresivo. Sin poder
evitarlo, un impulso irresistible la llevó hacia la puerta.

Lilith caminaba rápidamente por los corredores que la conducían a la habitación de su madre.
Su piel, de un pálido cadavérico, se erizaba bajo el toque invisible de las sombras. Algo oscuro la
llamaba, un tirón en lo más profundo de su ser. Lo había sentido desde que, días antes, al pasar
por los aposentos prohibidos de la condesa, había vislumbrado un destello en las sombras, un
objeto oculto que reflejaba un brillo antinatural.

Los pasos de sus sirvientes parecían distantes, como si se movieran en un plano diferente,
ajenos a la inquietante atmósfera que la envolvía. Se acercó lentamente a la puerta de la
habitación de su madre, la condesa Adelheid, y la empujó con delicadeza, temiendo que el
crujido de la madera pudiera despertar algo en las sombras.

La habitación estaba iluminada tenuemente por el resplandor de unas pocas velas, sus llamas
parpadeando con una vida propia que apenas lograba combatir la negrura de las paredes. El
aire estaba impregnado de un olor a cera derretida y algo más —una fragancia amarga, como el
rastro de un ritual olvidado. Lilith se adentró, el silencio era casi tangible, una presencia que la
rodeaba y la oprimía.

La luz de unas pocas velas titilaba desde el interior. Lilith se acercó cautelosa, asomando la
cabeza justo lo suficiente para ver el interior.

Su madre estaba allí, de pie, frente a algo que Lilith no había visto antes en esa habitación. Era
alto, imponente, con un marco dorado ennegrecido por el tiempo, adornado con figuras
grotescas que se entrelazaban en una danza macabra de sufrimiento y horror. Algo que parecía
latir en el aire alrededor de él, como si el propio espacio estuviera distorsionado.

Al llegar al umbral de la puerta, el aire pareció espesar, cargado de una presión invisible que
aplastaba sus pulmones. Lilith respiraba con dificultad, pero su curiosidad mórbida la empujaba
hacia adelante. Empujó la puerta lentamente, las bisagras oxidadas chirriando como un lamento
agónico. La habitación de su madre estaba sumida en una penumbra densa, casi tangible. La
enorme cama de dosel estaba vacía, sus cortinas carmesí ondeaban suavemente como si un
viento espectral las tocara. Pero la habitación no estaba vacía. Lo sintió. Lilith sintió el peso de
una presencia, algo antiguo, algo que no pertenecía a este mundo.

Allí, al fondo de la habitación, cubierto por un velo grueso y oscuro, estaba el espejo.

Un escalofrío recorrió la espina dorsal de Lilith. La superficie del espejo parecía absorber la luz
en lugar de reflejarla. No era un espejo común; no era un objeto destinado a la vanidad.
A medida que avanzaba, sus ojos se fijaron más en el objeto en el centro de la habitación: un
espejo alto, de un marco dorado que parecía brillar con un fulgor febril en la penumbra. Era
como si la luz estuviera atrapada en su superficie, destilando una esencia inquietante, casi
hipnótica. Lilith sintió un tirón en su estómago, una mezcla de curiosidad y terror. Sabía que
aquel espejo no era común, pero no podía recordar por qué.

Su madre estaba de pie frente a él, sus labios se movían, pero las palabras eran ininteligibles, un
murmullo que parecía brotar de lo más profundo de su ser. A medida que se acercaba, un
escalofrío la atravesó, y pudo escuchar un eco distante, como si el espejo estuviera vivo y
respondiera a la voz de su madre.

Lilith contuvo la respiración. La superficie del espejo se distorsionó, revelando no un reflejo, sino
una sombra oscura y retorcida. Era un espectro que parecía moverse con una voluntad propia, y
en sus ojos ardían luces rojas y malignas, como si el mismo infierno estuviera atrapado en aquel
cristal.

La condesa Adelheid estaba murmurando algo, sus labios moviéndose rápidamente, pero en un
idioma que Lilith no conocía.

El corazón de Lilith palpitaba con fuerza, y la mente se llenó de preguntas que jamás se había
atrevido a formular. ¿Qué estaba haciendo su madre? ¿Qué era aquel espejo que vibraba con la
oscuridad?

Lilith, en su horror, dio un paso atrás, pero el suelo crujió, rompiendo el frágil silencio. La mirada
de su madre se volvió hacia ella, sus ojos grises destellaban una mezcla de sorpresa y desdén.

—¿Quién está ahí? —preguntó la condesa, su voz ahora imbuida de una intensidad aterradora.

Lilith se quedó paralizada, sintiendo que la oscuridad de la habitación la envolvía como una
mortaja. Era un momento que se extendía, un instante que parecía congelarse en el tiempo. La
luz de las velas temblaba, proyectando sombras que se retorcían como serpientes en las
paredes.

La condesa se volvió lentamente hacia el espejo, ocultando lo que había en su interior con un
paño oscuro que parecía absorber la luz, pero no antes de que Lilith vislumbrara un destello de
desesperación en su rostro.

En ese momento, un movimiento repentino la hizo girarse bruscamente. Su madre, la condesa


Adelheid, estaba de pie en la puerta, su rostro severo y pálido, casi cadavérico bajo la tenue luz.
Sus ojos, dos pozos oscuros de vacío, la miraban con una intensidad aterradora.

—No te acerques al espejo, Lilith —su voz era un susurro afilado, como el filo de una daga
deslizándose por la piel—. Él está dormido. No debe despertar.

Lilith se quedó inmóvil, pero algo dentro de ella se rebelaba. Había una sed en su interior, un
hambre por poder y conocimiento que nunca había podido saciar. Pero, ¿por qué? ¿Por qué
tanto miedo? Su madre siempre había sido despiadada, insensible al dolor ajeno, y ahora
temía... ¿al espejo?

—¿Por qué, madre? —la voz de Lilith temblaba, no de miedo, sino de desafío—. ¿Qué me
ocultas?

Adelheid se acercó, el sonido de sus pesados vestidos arrastrándose por el suelo era como el de
una serpiente reptando hacia su presa. Su mirada era de furia contenida, pero algo más brillaba
detrás: terror. No era miedo por Lilith, ni por el castillo. Era miedo por ella misma.

Lilith supo que había cruzado una frontera que jamás debió tocar. Ya había visto demasiado. La
atmósfera se volvió densa, opresiva, cargada con el peso de secretos y sombras que
amenazaban con consumirla. La oscuridad en el espejo había despertado algo en el aire, algo
que la hacía desear escapar, pero no podía. Estaba atrapada en un mundo donde la magia y el
horror se entrelazaban, y su madre, la figura que siempre había creído protectora, se había
convertido en la guardiana de un abismo aterrador.

La pesada puerta de la habitación de su madre crujía al abrirse, un sonido que parecía resonar
en la penumbra del pasillo, como si las paredes mismas fueran testigos de su llegada. Lilith se
detuvo en el umbral, el corazón palpitante en su pecho, un tamborileo frenético que parecía
sincronizarse con el eco de sus pensamientos oscuros. La luz tenue de las antorchas arrojaba
sombras alargadas que danzaban en la piedra fría, y el aire estaba impregnado de un olor a cera
derretida y hierbas secas, un aroma que evocaba secretos ocultos y antiguas maldiciones.

—Madre —increpó, su voz un susurro tenso, tembloroso como una hoja al viento—. ¿Qué
guardas en esta habitación? He encontrado cosas… cosas aterradoras en el ático. Objetos, libros
de brujería. Lo vi todo.

Su mirada se desvió hacia la puerta cerrada, que parecía contener más de lo que estaba
dispuesto a revelar. Una inquietante sensación se apoderó de ella, un escalofrío que recorrió su
columna vertebral. Las palabras fluyeron de sus labios, impulsadas por un temor profundo y
una curiosidad insaciable.

—¿Es el espejo? —preguntó, aunque en su interior, una voz sombría le decía que no debía
querer saber. Su madre, la condesa Adelheid, siempre había mantenido ese secreto en la
oscuridad, ocultando algo tan inmenso que podía cambiar el curso de sus vidas.

La condesa apareció en la penumbra, su figura esbelta se recortaba contra el fondo grisáceo de


la habitación. Sus ojos, dos orbes helados, capturaron la luz de manera inquietante, y Lilith
sintió una mezcla de fascinación y repulsión. La angustia y la desesperación que había
presenciado aquella noche en el ático, cuando la sirvienta se había quitado la vida en un
arrebato de locura, volvían a ella como un eco lejano, convirtiéndose en un murmuro tenebroso
en su mente.

—¿Por qué? —exigió Lilith, su voz alzándose en un crescendo de furia y miedo—. ¿Qué haces
con esos objetos? ¿Qué poder deseas?

La condesa, con una calma inquietante, avanzó hacia ella. El aire entre ellas se volvió denso,
lleno de promesas y amenazas. Lilith podía sentir la tensión, como un hilo fino que amenazaba
con romperse en cualquier momento. Sabía que su madre había vivido a la sombra de un linaje
maldito, uno que había coqueteado con fuerzas oscuras durante siglos, y ahora esa oscuridad
parecía acecharlas a ambas.

—Lo que te he enseñado —dijo la condesa, con una voz suave pero firme— es sólo la punta del
iceberg. La verdad está más allá de la razón, más allá de la luz.

Lilith sintió un escalofrío, la voz de su madre reverberando en su cabeza, como un canto


hipnótico. La atmósfera se volvió densa y opresiva, un velo de secretos antiguos que amenazaba
con devorarla. El eco de su propia angustia resonó en su pecho, mientras un sudor frío
comenzaba a brotar de su frente.

Las sombras del pasillo parecían alargarse, y los murmullos de su mente se convertían en gritos
sutiles. Mientras miraba a su madre, se preguntaba si realmente estaba lista para descubrir la
verdad, si podía soportar el horror que se avecinaba. La habitación era un abismo, y ella se
encontraba al borde, lista para caer en la oscuridad.

La habitación de su madre, que antes le había parecido un refugio, ahora se sentía como una
celda cargada de secretos. El aire estaba viciado, impregnado de un aroma a cera y hierbas
marchitas, y las sombras danzaban inquietantes en las esquinas, como si los propios muros
temieran lo que estaba por revelarse.

—Madre —su voz salió entrecortada, como un susurro temeroso—, ¿por qué le hablas al
espejo?

El tono de Lilith era agudo, casi desafiante, pero sus ojos, reflejando el temor que la consumía,
se aferraron a la figura de su madre. La condesa, con su porte elegante, se movió lentamente,
como un felino acechante. Sus ojos grises brillaban con una intensidad que desbordaba lo
humano, y por un momento, Lilith temió que el alma de su madre estuviera más conectada con
lo oscuro de lo que había imaginado.

—¿Por qué ese espejo? —insistió, su voz ahora un hilo de voz que cortaba el silencio. Su mente
recordaba las visiones aterradoras que había tenido aquella noche en el ático, la imagen de la
sirvienta derramando su vida en un último suspiro, sus ojos llenos de un terror que había
helado la sangre de Lilith.

La condesa sonrió, pero no era una sonrisa cálida; era fría, como un manto de nieve que
ocultaba lo que había debajo. La tensión entre ambas era palpable, un aire cargado de verdades
no dichas y secretos envenenados.

—Ese espejo, querida, tiene una historia… —su voz era un susurro seductor, y al mismo tiempo,
un eco de advertencia. Sus dedos se movieron suavemente por la superficie de una mesa
cubierta de reliquias de tiempos antiguos, cada objeto resonando con un poder que Lilith podía
sentir pulsar en el aire—. Fue un regalo de tu padre, quien lo adquirió en el mercado prohibido.

La mente de Lilith giraba. Recordaba las historias susurradas en la oscuridad. La condesa


continuó, su voz transformándose en un murmullo hipnótico.

—Tu padre, astuto y ambicioso, lo compró en una noche oscura, entre los murmullos de un
traficante de joyas que lo había desenterrado. Lo ofreció como el tesoro de la reina.

Lilith sintió que el aire se espesaba a su alrededor, como si cada palabra de su madre tejiera un
manto de terror. Las imágenes de la sirvienta, su rostro pálido y ojos vacíos, regresaban a su
mente, y el frío la invadía. Una sensación de inquietud se aferró a su pecho, como una mano
esquelética que apretaba con fuerza.

—Él te devoraría, Lilith —susurró, deteniéndose a escasos centímetros de su hija. Su aliento


era gélido, impregnado de algo rancio y antiguo—. Es un esclavo, sí. Pero no siempre lo fue.
Ese demonio... esa cosa, vive para consumir. Cuando ella murió, se selló en ese espejo. No
está muerto, solo dormido. Si despiertas su consciencia, si lo llamas... no podrás
controlarlo. Te hundiría en la oscuridad, te arrastraría consigo.

Pero Lilith no podía apartar la mirada del espejo. Algo en su interior rugía, una voz que no era
suya, que la empujaba a desobedecer, a tocar esa superficie fría y maldita. Había poder allí, un
poder que su madre temía, pero que ella podía reclamar. Podía ser suyo. ¿Qué más podría
hacerle el mundo que no le hubieran hecho ya? ¿No la habían enseñado desde pequeña a ser
despiadada, a nunca mostrar debilidad?

—No me asusta —murmuró, su voz en apenas un hilo de sonido, mientras sus dedos
comenzaban a alzarse, extendiéndose hacia el velo que cubría el espejo.

—¡Lilith, no! —el grito de Adelheid fue un rugido desesperado, lleno de algo más que furia. Era
pánico, un sentimiento desconocido en su madre, y eso la detuvo por un instante.

Pero el instante pasó. Lilith tiró del velo, y la habitación se sumió en una oscuridad tan profunda
que incluso el resplandor de las antorchas en los pasillos pareció extinguirse. La superficie del
espejo ya no estaba vacía. Algo se movía en su interior, una sombra amorfa que parecía tomar
forma lentamente, con movimientos viscosos y retorcidos.

La fría penumbra de la habitación se apoderó de todo. El aire, espeso como si estuviera hecho
de sombras palpables, envolvía a Lilith mientras sus dedos temblorosos sostenían el velo que
había cubierto el espejo. La superficie bruñida, antes vacía y oscura, comenzaba a agitarse. Algo
se movía en su interior. Una sombra viscosa y retorcida que parecía luchar por liberarse, por
tomar forma, por existir más allá de esa prisión de cristal. El reflejo de la luz parpadeante de las
antorchas se distorsionaba, como si la misma realidad estuviera cediendo ante la presencia de
aquella cosa que se despertaba.
Un escalofrío recorrió la espalda de Lilith, pero el pavor que sentía no estaba acompañado por
prudencia. No podía apartar la mirada. Sus ojos se fijaron en la figura que empezaba a
emerger del vidrio; algo en su interior, oscuro y retorcido como las raíces de un árbol milenario,
la llamaba hacia él.

La sombra del demonio se agitó, suforme inhumana delineándose lentamente, como si la


realidad misma se rompiera al contenerla. Sus ojos, dos vacíos insondables, se abrieron con un
resplandor maligno. Una voz gutural y lejana, como el eco de mil condenados, empezó a
formarse en su mente, aunque no lograba entender las palabras. Su cuerpo tembló, el miedo
calando hasta sus huesos, pero había algo más: curiosidad, ansia. Sentía que ese poder oscuro
podía ser suyo.

Pero en el instante en que esa criatura estaba a punto de volverse completamente visible, algo
sucedió.

Un sonido desgarrador rompió el aire.

—Atrum vinctum! Submerge in tenebris! Cessa vocem tuam! —la voz de la condesa Adelheid
resonó como un látigo en la oscuridad, cada palabra rasgando el espacio como un hechizo
prohibido, susurrado en un idioma ancestral, olvidado por todos excepto por aquellos que
habían traficado con las más oscuras fuerzas del inframundo.

Lilith giró la cabeza justo a tiempo para ver a su madre, su rostro desfigurado por una furia casi
inhumana, mientras levantaba las manos hacia el espejo. Su cuerpo parecía haberse tornado en
una figura fantasmagórica, un espectro en pie de guerra contra algo mucho más antiguo y
maligno que cualquiera de ellas. El sonido de su voz no era humano, era áspero, grave, como el
crujir de los árboles en un bosque antiguo y muerto.

Las palabras arcanas se entrelazaban en el aire, torcidas y gélidas, hasta que las sombras dentro
del espejo comenzaron a retorcerse con violencia, luchando por liberarse. El demonio. Lilith
pudo ver un atisbo de su verdadero rostro: ojos vacíos y profundos, piel tensa y ajada como
cuero viejo, y dientes largos y filosos, brillando a través de una sonrisa retorcida. Era él.

Pero entonces, de repente, la criatura se desvaneció con un gruñido gutural, como si hubiera
sido arrancada de vuelta a su prisión por la fuerza de las palabras malditas. El espejo volvió a su
estado oscuro y opaco.

Con un último susurro agónico, todo quedó en silencio. Adelheid, jadeando como si acabara de
librar una batalla, se apresuró a cubrir el espejo con el pesado velo de terciopelo negro. Las
antorchas volvieron a brillar, pero la luz parecía más débil, como si algo invisible hubiera
drenado su energía.

La condesa giró sobre sus talones y se acercó a su hija, los ojos ennegrecidos por algo que Lilith
jamás había visto en su madre: terror puro.
—Jamás... jamás vuelvas a mirar ese espejo —susurró, pero su voz estaba impregnada de
una autoridad que dejaba clara la gravedad de sus palabras. No era una petición, era una orden
teñida de desesperación.

Lilith, sin embargo, sentía una mezcla de emociones en su interior: miedo, sí, pero también...
algo más. Fascinación. Atracción. ¿Por qué su madre le prohibía ese poder? ¿Qué temía que
encontrara?

—Ese demonio, es un esclavo, no es un sirviente. No es una herramienta para usar, Lilith


—Adelheid continuó, su voz gélida—. Es una fuerza pura de destrucción. No entiende la
obediencia, no reconoce los lazos familiares. Si despierta... te devorará el alma.

Lilith sintió que el suelo se hundía bajo sus pies. ¿Su madre había tratado con el demonio? Su
madre, siempre controlada, implacable, había enfrentado a aquella criatura. Pero algo en la
mirada de Adelheid era diferente ahora: no era la frialdad distante que Lilith conocía bien. Era
algo más... vulnerable.

—¿Por qué, madre? —su voz era apenas un susurro—. ¿Por qué no puedo controlarlo yo? ¿Qué
es lo que tanto temes?

Adelheid la miró, sus ojos como dos abismos insondables.

—Porque si lo despiertas, no habrá forma de devolverlo a su sueño —dijo finalmente—.


Grimhilde lo encadenó con magia oscura que sólo ella comprendía. Yo he mantenido su sello,
pero apenas... Apenas consigo que se mantenga dormido. Si él vuelve a despertar, te arrastrará
al abismo. Y no habrá nadie que pueda salvarte, ni siquiera yo.

Las palabras quedaron flotando en el aire, cargadas de una promesa velada y terrible. Adelheid
se acercó aún más, sus manos heladas se posaron sobre los hombros de Lilith con fuerza, casi
dolorosamente.

—Este espejo no es un juguete, Lilith. Ni una herramienta para tus ambiciones —dijo con
voz grave, cargada de una advertencia oscura—. Es una maldición, y aquellos que lo buscan,
acaban consumidos por él. Incluso Grimhilde... incluso ella, al final, no pudo escapar.

Lilith tragó saliva, pero en su interior, una semilla de duda y ansia había sido plantada. El espejo
la llamaba, aunque ahora estuviera silenciado. Y, mientras su madre la apretaba con manos
temblorosas, ella sabía que ese poder oscuro aún aguardaba... esperando el momento en que
alguien más decidiera despertarlo.

La oscuridad envolvía la cámara de la condesa, el aire cargado de algo más denso que el simple
frío de la noche. Las antorchas titilaban débilmente, incapaces de disipar la sombra abrumadora
que parecía emanarse del espejo, ahora cubierto nuevamente con el terciopelo negro. El aliento
de Lilith se cortaba en su garganta, como si las palabras malditas que su madre acababa de
pronunciar se hubieran anudado en su pecho.
La criatura demoníaca del espejo, apenas un susurro de una horrible y retorcida presencia, se
había desvanecido en el éter, pero el eco de su existencia seguía ahí, latente. Aunque "dormido",
Lilith podía aún escuchar, en los recovecos de su mente, los murmuros inhumanos, voces
deformes hablando en idiomas turbios y olvidados. Parecían salir de las profundidades del
infierno, condenados, atrapados entre dimensiones, implorando, riendo de manera grotesca.
Almas de antiguos demonios, y tal vez incluso personas, resonaban como un coro espectral,
aunque a través de velos impenetrables de sombras.

Lilith apretó las manos con fuerza, los nudillos blancos como la nieve, mientras el terror y la
fascinación luchaban dentro de ella. Su cuerpo temblaba no solo de miedo, sino de una extraña
y mórbida atracción. Ese poder oscuro... Su alma ansiaba tocarlo, dominarlo. Pero en ese
mismo instante, el espectro de la advertencia de su madre la sujetaba, como grilletes invisibles.

—¿Por qué no puedo controlarlo? —murmuró Lilith, casi para sí misma. Su voz, temblorosa, se
desvanecía en la vasta oscuridad de la habitación, consumida por la negrura.

La condesa, con los ojos aún nublados por el sudor frío de haber invocado el conjuro, se acercó
a ella lentamente. El silencio entre ambas era denso, casi tangible. No era solo miedo lo que la
condesa sentía; había algo más, algo oculto bajo su mirada vacía y su rostro demacrado por la
luz parpadeante.

—Porque no entiendes lo que realmente es —murmuró Adelheid con una frialdad que
cortaba como un cuchillo. Su voz, baja y susurrante, se sentía como el crujido de hojas secas
bajo los pies de alguien que no quería ser escuchado—. Ese demonio no te obedecería. No
responde a nadie, salvo a sí mismo. Grimhilde lo encadenó, pero ni siquiera ella pudo
controlar lo que desató. Lo que pide... no es servidumbre, Lilith. Pide el alma de quien lo
invoque. Y si te acercas demasiado, se la llevará, como se llevó tantas otras.

Lilith abrió la boca para responder, pero en ese preciso momento, un dolor agudo atravesó su
cabeza. El eco de las voces en su mente aumentaba, más fuertes, más urgentes. Era como si
aquellas almas condenadas aún suplicaran por su liberación, arrastrando sus lamentos hacia los
rincones más oscuros de su ser. Y por un momento, lo vio de nuevo: el rostro del demonio, sus
ojos vacíos y hambrientos, sus dientes afilados brillando en la penumbra del espejo antes de
desvanecerse.

El aire en la cámara de la condesa se espesaba con cada segundo, denso como si una niebla
invisible se cerniera sobre las figuras que habitaban ese oscuro rincón del castillo. Las antorchas
parpadeaban como si fueran a extinguirse, y las sombras que proyectaban parecían moverse de
manera independiente, como si la oscuridad misma fuera un ente que acechaba.

Lilith, aún temblando por el reciente encuentro con la criatura del espejo, sentía cómo su cuerpo
intentaba adaptarse a la presencia inquietante de su madre. Los murmullos de las almas
condenadas resonaban en su mente como el eco de una canción olvidada, torturándola en un
lenguaje que no comprendía. Podía escuchar sus gritos, susurros y lamentos entremezclados en
una sinfonía macabra.

El cuerpo de Lilith se desplomó hacia adelante, tambaleándose, pero antes de caer, las manos
gélidas de su madre la atraparon. Una fragancia nauseabunda emanaba de la condesa, una
mezcla de humedad estancada y algo más, algo a lo que Lilith no podía poner nombre. El
contacto de las manos de su madre no era reconfortante; era un recordatorio de la fragilidad de
todo lo que la rodeaba, de que incluso aquellas manos podrían estar contaminadas por los
pactos oscuros que había hecho en el pasado.

—Debes descansar —ordenó Adelheid en un tono imperioso, sin una pizca de cariño. Sus ojos,
sin embargo, se entrecerraron con una chispa de algo que Lilith reconoció. ¿Era preocupación?
¿Miedo? No, era control. La condesa deseaba controlar a su hija tanto como al demonio que
dormía en el espejo.

La tensión en el aire aumentó cuando ambas escucharon los pesados pasos de alguien
subiendo las escaleras de la torre, resonando en el eco sombrío del castillo. Lilith apenas podía
concentrarse, con su mente aún dividida entre el horror reciente y la confusa fascinación que el
demonio había dejado en ella. Pero su madre, siempre alerta, había sentido esa presencia antes
de que los pasos empezaran a ser audibles.

La condesa se enderezó lentamente, ajustándose el vestido como si recuperara su compostura


rota. Su mirada se dirigió hacia la puerta, pero no hizo ningún movimiento inmediato. En
cambio, esperó.

Lilith, jadeando suavemente por el esfuerzo de mantenerse consciente, percibió la intención en


los ojos de su madre. Adelheid sabía quién venía. Los pasos se hicieron más lentos y
retumbantes mientras el sirviente se acercaba, un silencio denso llenando el espacio.

—Un mensaje... ha llegado —dijo la condesa, su tono calculado y frío, mientras mantenía la
mirada fija en el espejo, como si esperara ver algo más. Su mano se alzó ligeramente,
deteniendo a Lilith en su lugar. El sirviente todavía no había llegado a la puerta, y la condesa no
tenía prisa por atenderle. Sabía que el mensaje era importante, y precisamente por eso no se
apresuraba.

El sirviente, un hombre robusto pero sombrío, subía las escaleras lentamente, cargando un
pergamino envuelto en cintas doradas. Lilith, aún luchando por liberarse de la niebla en su
mente, percibió el retorcido retardo en las acciones de su madre. El espejo vibraba suavemente,
como si aún quedaran ecos de las sombras en su interior. Adelheid estaba esperando algo.

El sonido de las botas del sirviente, resonando en el corredor de piedra, finalmente se detuvo a
las puertas de la habitación. La condesa Adelheid, de pie junto al espejo cubierto, no se inmutó,
aunque su presencia imponente y controlada llenaba el espacio con una sensación de sofoco. Se
volteó lentamente hacia la puerta, su rostro pálido como la luna en una noche de tormenta, y el
silencio se rompió solo cuando habló con una voz que parecía raspar el aire.
El sirviente finalmente llegó, pero no entró de inmediato. Se detuvo frente a la puerta,
golpeando tres veces. El sonido era hueco, resonante, como si su eco se extendiera más allá de
las paredes físicas del castillo, adentrándose en lo profundo de las sombras.

—¿Lo tienes? —preguntó sin apartar la vista de la sombra que se perfilaba bajo el marco de la
puerta.

El sirviente, un hombre de mirada vacía y manos curtidas por años de trabajo en las tierras
ásperas del condado, dio un paso adelante. Su expresión era tan sombría como el ambiente que
lo rodeaba. Sacudió ligeramente la cabeza, como si tratara de ahuyentar el peso invisible de la
tensión que lo rodeaba, antes de asentir con la cabeza.

—Sí, mi señora —respondió con voz baja y reverente—. Esta mañana cazamos al jabalí
salvaje. Lo atrapamos en el claro oscuro del bosque, donde las bestias más temibles se
esconden al amanecer. Lo desmembramos... —el sirviente hizo una pausa, sus ojos
parpadeando como si la escena aún lo atormentara— ...sacamos el corazón mientras aún
palpitaba en mis manos. Los restos fueron lanzados a la ladera lejana, donde los lobos
salvajes ya se están alimentando. No quedará rastro.

El silencio que siguió a sus palabras era aún más espeso que antes. Lilith, que hasta ese
momento había estado intentando recobrar el aliento, sintió una náusea retorcida crecer dentro
de ella. El corazón de un jabalí, arrancado mientras la bestia aún respiraba, palpitando en las
manos de este sirviente insensible. Un sacrificio más para la oscuridad que su madre tan
cuidadosamente tejía a su alrededor.

La condesa sonrió, pero no era una sonrisa de alivio. Era una sonrisa fría, vacía de cualquier
emoción humana. Su satisfacción parecía provenir de un lugar mucho más profundo y retorcido
que el simple cumplimiento de un deber. Lilith podía sentirlo: la oscuridad que se agazapaba en
el alma de su madre, oscura como la noche misma. Ese corazón no era para un festín
cualquiera. Era un símbolo, un acto deliberado y antiguo, ligado a algo mucho más siniestro.

—Bien —murmuró la condesa, casi para sí misma—. Es solo el comienzo.

Pero su atención se desplazó rápidamente, con la mirada aguda de un halcón que detecta
cualquier falla en su entorno.

—¿Y la invitación? —continuó con una voz afilada—. Te demoraste demasiado en traerme
ese pergamino. ¿Qué ocurrió en la entrada?

El sirviente se tensó, como si el peso de la pregunta lo aplastara. Levantó la mirada hacia la


condesa, sabiendo que cada palabra que pronunciara sería medida y sopesada. Podía sentir la
tensión en el aire, como si los mismos muros del castillo escucharan, ansiosos por el más
mínimo error que pudiera cometer.

—Mi señora, hubo… ciertas medidas de precaución. El pergamino fue inspeccionado


cuidadosamente en la entrada del castillo, tanto por la posibilidad de falsificación como por
envenenamiento en la tinta o el papel. El sello parecía intacto, pero no dejamos nada al azar. Los
mensajeros que lo trajeron también fueron cuestionados minuciosamente. No queríamos que
nada… indeseado llegara a sus manos.

Un suspiro largo y controlado escapó de los labios de la condesa. Su mirada se endureció por un
momento, y su silueta se recortó en la penumbra como un espectro aferrado al control absoluto
de todo a su alrededor.

—Bien hecho —dijo, aunque sus palabras no contenían gratitud—. Vivimos tiempos oscuros,
y no podemos permitirnos ni el más mínimo desliz. Este baile… —sus ojos oscuros, afilados
como puñales, se volvieron hacia Lilith, quien aún estaba sumida en una mezcla de fascinación y
horror— ...será una oportunidad para algo mucho más grande que una simple celebración
de primavera.

Adelheid tomó el pergamino del sirviente con movimientos lentos, como si su vida misma fuera
un juego de intrigas. Un gesto sutil, un momento más de control. Lo abrió frente a Lilith,
saboreando el suspenso, disfrutando de su debilidad.

Lilith se estremeció al sentir los ojos de su madre sobre ella. Había algo en esa mirada, algo
insondable y peligroso. Era como si detrás de las palabras de la condesa se escondiera un plan
tan oscuro y profundo que incluso Lilith, con toda su obsesión por el poder, no podía llegar a
comprender del todo.

El sirviente hizo una reverencia torpe y retrocedió unos pasos, sabiendo que su presencia ya no
era requerida. Mientras se alejaba, los murmullos de los demonios y las almas condenadas
parecían seguirlo, como si la oscuridad que habitaba en ese castillo se hubiera adherido a su
piel. Cada uno de sus pasos resonaba en las paredes como un eco fantasmagórico, como si él
también hubiera sido marcado por las sombras que gobernaban esa casa maldita.

Y mientras la puerta se cerraba con un chirrido casi sobrenatural, la condesa volvió a voltear
hacia el espejo, esa presencia siniestra y oculta bajo el terciopelo negro. Lilith, aunque aún
aterrorizada, sentía una atracción que no podía resistir. Sabía que algo mucho más grande y
oscuro estaba por desatarse. Y lo peor de todo es que lo deseaba.

El silencio era agobiante, pero esta vez, la oscuridad ya no era un simple manto de la noche. Era
algo vivo, algo consciente, algo que había comenzado a tejer su red alrededor de Lilith,
envolviéndola lentamente en sus garras.

—Debes prepararte —dijo, una sonrisa retorcida surgiendo en sus labios—. La oscuridad no
descansa... pero las máscaras, hija mía, son nuestras mejores aliadas en la corte.

Y mientras esas palabras se deslizaban entre las sombras, Lilith supo que el verdadero peligro
no venía solo del demonio que dormitaba en el espejo, sino de la propia red de manipulaciones
que su madre tejía alrededor de ella, una telaraña invisible que se volvía más oscura y densa con
cada palabra. El baile sería solo el comienzo.
El viento gélido de la noche medieval susurraba por los pasillos de piedra, acariciando las
gruesas paredes del castillo como los dedos de un espectro invisible. El crepitar de las antorchas
era la única fuente de luz que iluminaba el oscuro camino hacia los aposentos de Lilith. Las
sombras, estiradas y alargadas, se retorcían con vida propia, danzando de manera irregular
mientras la joven caminaba con paso lento, casi ceremonioso, en dirección a su habitación. El
eco de sus tacones resonaba en el corredor, pero no era ella quien cargaba el peso de su
marcha: un séquito de sirvientas la rodeaba, como una procesión fúnebre, silenciosa y sumisa,
con sus ojos hundidos y apagados, guiadas por un miedo profundo que emanaba tanto de la
oscuridad que las envolvía como de la figura de Lilith misma.

Algunas de ellas portaban cicatrices en sus rostros, desgarraduras que parecían contar historias
olvidadas, marcas de haber sobrevivido al reinado de terror de la Reina Grimhilde. Años atrás,
cuando la oscuridad se cernía sobre el reino, estas mujeres habían sido testigos y víctimas del
odio implacable de la reina, y ahora, con esos mismos rostros heridos, eran las sirvientas de la
hija de una condesa cuyo corazón no conocía piedad. Lilith las miraba de reojo, no con
compasión, sino con una satisfacción oscura, casi morbosa. El control que ejercía sobre esas
almas rotas era palpable, como si cada una de ellas fuera una extensión de su propia voluntad
retorcida.

Las puertas de su habitación se abrieron con un chirrido agudo y prolongado, como si los
mismos goznes protestaran ante lo que estaba por suceder. La habitación estaba impregnada
de un lujo oscuro y decadente: cortinas negras y púrpuras colgaban pesadamente de las
ventanas, cubriendo la luz exterior, mientras candelabros de hierro retorcido sostenían velas
que proyectaban una luz espectral, insuficiente para disipar la densidad de las sombras que
parecían danzar a su alrededor.

Las sirvientas, sin pronunciar palabra alguna, comenzaron el ritual de atender a su señora. Cada
gesto era deliberado, cada movimiento cargado de una reverencia absurda y exagerada,
como si la vida de cada una de ellas dependiera de satisfacer hasta el más mínimo
capricho de Lilith.

Dos de ellas se acercaron a Lilith con cuencos de leche, humeante y perfumada con especias
traídas de tierras lejanas, de antiguos y misteriosos mercados egipcios. Lilith, como una estatua
de mármol, permanecía inmóvil mientras estas mujeres vertían el líquido sobre su piel blanca.
La leche caía en finos hilos desde lo alto, formando riachuelos sobre su cuerpo antes de
reunirse en el suelo de piedra bajo sus pies, convirtiendo la estancia en una escena de
purificación ancestral, pero también de sometimiento absoluto. La leche estaba mezclada con
pétalos de flores exóticas que solo crecían en los rincones más inaccesibles del lado luminoso
del Bosque de los Espejos, un lugar que pocos se atrevían a explorar. La cantidad utilizada en
el baño era insultante, suficiente para alimentar a decenas de familias hambrientas del
reino, pero en este espacio, era solo una herramienta más de lujo macabro.
Una de las sirvientas más jóvenes, con manos temblorosas, comenzó a aplicar aceites sobre el
largo cabello negro de Lilith. El aroma de las esencias era tan denso que se sentía como una
bruma, casi irrespirable, embriagando los sentidos de todos en la habitación. Cada
mechón era peinado con una devoción fanática, las manos de la muchacha rozaban la piel de
Lilith como si temiera ser castigada por un roce mal calculado. Las otras mujeres, con los rostros
demacrados y la mirada ausente, le servían frutas exóticas en bandejas de plata oscurecida,
trozos carnosos y brillantes que alimentaban a Lilith directamente en la boca, como si su
posición elevada la hiciera incapaz de realizar los actos más básicos de supervivencia por sí
misma.

El contraste era brutal. Las sirvientas, marcadas por el sufrimiento y el pasado tenebroso del
reino, despojadas de cualquier vestigio de orgullo o autonomía, ahora servían a una joven cuya
crueldad no conocía límites, una joven cuyo poder sobre ellas no provenía de una varita mágica
o un encantamiento, sino de su posición. En los ojos de Lilith se podía percibir algo más que
simple satisfacción por su estatus. Había un deleite oscuro, una conciencia retorcida del
sufrimiento y la desigualdad que ella misma alimentaba.

A medida que el ritual continuaba, el ambiente en la habitación se volvía cada vez más pesado,
sofocante. El aire parecía adquirir una densidad distinta, como si las paredes de la estancia
estuvieran impregnadas de los murmullos de los espectros de las almas que una vez sufrieron
bajo el reinado de Grimhilde. Los susurros apenas perceptibles se colaban por entre las
paredes, susurros de desesperación que parecían resonar solo en los oídos de aquellas mujeres
marcadas por el dolor.

Lilith, con los ojos cerrados, permitía que la bañasen, peinasen y alimentasen, su expresión
permanecía inmutable, como si estos actos no le generaran placer ni incomodidad, sino
simplemente existieran para recordarle su control sobre todas las almas que la rodeaban. Cada
gesto era un testimonio del poder absoluto y el horror del sistema en el que vivían, un eco de la
misma crueldad que su madre, la condesa, había heredado de tiempos aún más oscuros.

La oscuridad en la habitación de Lilith parecía un ser vivo, una presencia tangible que se
arrastraba desde las esquinas hasta el borde de la cama, devorando el tenue resplandor que
alguna vez habitó entre las paredes de piedra. Cada movimiento de la brisa fuera de la ventana
traía consigo un crujido, un lamento. Los antiguos tapices, que colgaban pesadamente como
cadáveres olvidados, parecían murmurar secretos a la distancia. Lilith, tumbada entre las
sábanas, se encontraba en un estado de vigilia insomne, sus pensamientos errantes como
sombras que se arrastraban detrás de ella, sin forma definida, sin rostro, pero siempre
presentes.

El eco de las pisadas de la sirvienta se desvaneció hace mucho, y con su partida, la última vela
sucumbió a la oscuridad. No había nada más. Nada, excepto el silencio sofocante que envolvía
su cuerpo, su mente. Pero dentro de ese silencio, algo siempre se movía, algo sin nombre, algo
que la observaba.
No lo veía, pero sentía su peso, como si la estuviera esperando desde algún rincón profundo de
su subconsciente, listo para emerger. Esa presencia se infiltraba lentamente, deslizándose en su
mente, buscando grietas en su fortaleza. El viento silbó, y por un momento, Lilith creyó escuchar
un murmullo bajo su almohada, un susurro que no debía estar allí.

Intentó pensar en otra cosa. El baile de primavera. Sí, los recuerdos de aquella noche deberían
ser suficientes para disipar la sensación de acecho que la envolvía. Intentó ver los colores
vibrantes de los vestidos, las risas de las jóvenes, la música... pero las imágenes eran opacas,
como si fueran vistas a través de un cristal empañado. Entre la multitud, una figura débilmente
iluminada comenzó a formarse, pero al principio era solo una sombra más, insignificante.
Eislind.

Lilith cerró los ojos, intentando aferrarse a las sensaciones agradables del baile, pero en lugar de
la calidez, un frío inexplicable comenzó a arrastrarse desde la base de su cráneo. El rostro de
Eislind, con su delicada belleza, surgió con una claridad inquietante, pero era un recuerdo
difuso, antiguo, desvanecido entre los años. ¿Cómo había sido en aquel entonces? ¿Una niña
introvertida, casi invisible? Los detalles se mezclaban, y en su lugar, solo quedaba una sensación
desagradable, como el tacto de una seda demasiado fina, que irrita la piel.

El rostro de Eislind apareció y desapareció en su mente como una llama que titubea en una
ráfaga de viento. Era hermosa, lo sabía, pero… algo en su forma de ser hacía que los chicos más
guapos y ricos no la buscaran. Algo ingenuo, infantil, casi torpe. Lilith recordaba las miradas de
aquellos chicos, sus sonrisas burlonas, las risitas ahogadas que se escondían tras los abanicos
de las damas más frívolas. Pero esos recuerdos no traían satisfacción, solo un vacío incómodo.

La figura de Eislind seguía presente, su pureza intocable, rodeada de un halo que Lilith no
comprendía. No era deseada como Lilith lo era, no buscada con la misma intensidad carnal,
pero aún así... algo en ella despertaba en los demás un respeto que Lilith nunca había
entendido del todo. Los más vulgares, los que buscaban el placer en rincones oscuros, nunca se
atrevían a burlarse de ella de frente. A sus espaldas, sí, pero en persona, había algo en su
torpeza que los desarmaba.

La mente de Lilith saltaba entre recuerdos, fragmentos que parecían romperse al contacto con
algo más oscuro, más profundo. Los murmullos de las jóvenes en los banquetes, las miradas
furtivas, las risas vacías que siempre la rodeaban. Los chicos más apuestos, aquellos que ella
manipulaba con tanta facilidad, nunca se acercaban a Eislind de la misma manera. Pero
Wolfarr... Wolfarr siempre estaba allí, en la periferia de esos recuerdos, como un lobo silencioso
vigilando. No parecía pertenecer al mismo mundo, su lealtad era extraña, su amistad con los
más inseguros y humildes algo que Lilith no podía comprender del todo.

El frío en la habitación se intensificó, penetrando su piel como una daga helada. Lilith se
removió bajo las sábanas, su corazón comenzando a latir con un ritmo irregular. El demonio del
espejo, el recuerdo de sus ojos, la acechaba en la oscuridad, pero ahora, en lugar de la presencia
diabólica, lo que la inquietaba más era esa otra cosa, ese otro sentimiento sin nombre que la
enredaba con más fuerza cuanto más pensaba en Eislind. Esa sensación, profunda y retorcida,
que no lograba identificar.

¿Por qué...? La pregunta flotaba en el aire, nunca formulada del todo. ¿Por qué, a pesar de todo,
había algo en Eislind que Lilith no podía sacudir? Algo que la mantenía despierta en noches
como esta, cuando el frío y el silencio se volvían insoportables. Los recuerdos de las risas de los
chicos, las miradas de envidia de las otras chicas, su propia satisfacción en manipular a aquellos
más débiles, se sentían ahora vacíos. Todo era vacío.

El viento golpeó la ventana con una fuerza repentina, y por un momento, Lilith creyó que la
oscuridad misma había tomado forma, arrastrándose hacia ella desde las esquinas de la
habitación. Cerró los ojos, pero el vacío persistía. Sentía que el demonio del espejo aún la
miraba, no desde el vidrio, sino desde dentro de ella, habitando en lo más profundo de sus
pensamientos, alimentándose de cada emoción sin nombre, cada sensación de vacío que la
envolvía.

Lilith cerró los ojos, no para dormir, sino para escapar de la opresiva realidad de su habitación.
Pero lo que le esperaba tras los párpados cerrados no era el consuelo del sueño, sino un
laberinto de recuerdos, sensaciones inconexas que se retorcían y saltaban de una imagen a
otra. El demonio del espejo seguía latente en algún rincón de su mente, acechando, pero su
sombra comenzaba a desvanecerse lentamente, sustituida por un goteo de recuerdos que
caían, uno tras otro, como gotas de agua que resbalan lentamente de una hoja tras una
tormenta. Pequeños, casi imperceptibles, pero presentes.

La figura de Eislind, tan tenue al principio, comenzó a materializarse con lentitud, pero no de
manera clara, no como un recuerdo nítido, sino como un espectro que flotaba en el aire. Lilith
sentía algo en su pecho, algo que no sabía nombrar, pero no era tristeza, al menos no la clase
de tristeza que había conocido alguna vez. Las sonrisas vacías de los chicos guapos que se
agolpaban a su alrededor, buscando su atención. Pero había algo diferente en esos recuerdos,
una especie de vacío que no lograba llenar con la adulación de aquellos que la rodeaban.

Lilith no comprendía por qué Eislind estaba en su mente esta noche. Su imagen surgía y
desaparecía como el débil resplandor de una vela a punto de apagarse. Los recuerdos se
desvanecían tan rápido como llegaban, dejándola con una sensación de incomodidad, un roce
leve en su interior que no lograba identificar del todo.

sin embargo, la presencia de Eislind en sus pensamientos traía consigo una incomodidad sutil,
un cosquilleo en su mente que no desaparecía.

Los fragmentos de risas burlonas, las miradas furtivas que ella solía compartir con los más
vulgares, aquellos que se reían de la ingenuidad de Eislind, emergían uno tras otro, pero al
intentar aferrarse a ellos, se desvanecían en el aire como humo. Había algo que no encajaba en
esos recuerdos, una especie de distorsión que los hacía inquietantes. Los chicos guapos y ricos
que tanto la deseaban a ella nunca buscaban a Eislind, nunca la miraban con la misma lujuria
con la que la observaban a ella. Y, sin embargo, en algún lugar de su interior, Lilith sentía una
leve punzada, como una herida que jamás había notado.

El viento volvió a golpear la ventana, y el frío que se filtraba a través de las rendijas trajo consigo
una sensación extraña, casi gélida. Lilith se estremeció ligeramente, pero no por el frío. No
comprendía por qué esos recuerdos parecían tan vacíos, tan carentes de significado. Intentó
recordar las veces en que se había aprovechado de aquellos más débiles, de los chicos
inseguros que la miraban con ojos suplicantes, esperando un gesto de afecto que ella nunca les
había dado. En ese momento, la imagen de Wolfarr nuevamente apareció en su mente, no como
un recuerdo claro, sino como una presencia en la penumbra. Él no era como los demás, nunca
lo había sido.

Su lealtad, su amistad con los más humildes y torpes, aquellos que Lilith manipulaba, siempre la
había desconcertado.

¿Por qué alguien como él, que no discriminaba entre nobles o plebeyos, fuertes o débiles, se
mantenía tan distante de ella? Esa pregunta latía en su mente, pero no tenía respuesta.

Las sensaciones se entrelazaban lentamente, como hilos de una telaraña invisible que se iba
tejiendo en su interior. La incomodidad, el vacío, del que nunca lograba desprenderse por
completo, comenzaban a calar hondo y Lilith ni siquiera lo notaba conscientemente. Su mente
se sumergía en el silencio, en esa bruma sin forma que la envolvía. Los recuerdos perdían su
nitidez, las emociones se diluían como gotas en el agua, y, poco a poco, el cansancio empezó a
pesar en sus párpados.

La oscuridad se sentía menos amenazante, más acogedora, como un manto que la envolvía en
una calma artificial. Los murmullos de su propia mente se volvían más débiles, más distantes.
No entendía lo que sentía, ni siquiera sabía si era capaz de sentirlo, pero las sensaciones
persistían, arrastrándola suavemente hacia el abismo del sueño. Al final, las sombras de su
mente se mezclaron con las de la habitación, y Lilith, sin comprender del todo lo que la
atormentaba, sucumbió al letargo.

El Equinoccio de Primavera era una tradición que había sido celebrada en el reino de
Wolksemberg desde hacía más de doscientos años, un evento que, en su origen, conmemoraba
el perfecto equilibrio entre la luz y la oscuridad en el mundo. Este ritual marcaba no solo el
comienzo de la primavera en el hemisferio norte, sino también el inicio del otoño en las tierras
lejanas del sur, un momento cargado de significado tanto para los seres mortales como para las
entidades mágicas que habitaban en las sombras.

A lo largo de los siglos, el equinoccio había evolucionado desde una simple celebración agrícola
hasta convertirse en un evento profundo, lleno de simbolismo, magia antigua y misterios
inexplorados. Para la nobleza, el Equinoccio de Primavera era un recordatorio del ciclo eterno
de la vida, la muerte y la renovación, y del delicado balance que mantenía el reino a salvo de las
fuerzas oscuras que acechaban más allá del Bosque de los Espejos.
Representaba la igualdad entre la luz y la oscuridad, un punto de inflexión donde ambas fuerzas
se encontraban, si solo por un instante, en una tregua. El reino celebraba este frágil equilibrio,
pero también lo temía, pues los viejos cuentos hablaban de cómo, en ese breve instante de
armonía, las fuerzas oscuras podían cruzar al lado luminoso si se les daba la oportunidad.

Con la llegada de la primavera, la naturaleza renacía. Sin embargo, no solo la tierra florecía; los
espíritus de luz, las hadas benevolentes y los guardianes invisibles del bosque también
despertaban, extendiendo su influencia para proteger la vida nueva. Pero al mismo tiempo, las
sombras también se agitaban, buscando corromper ese renacimiento. El equinoccio marcaba el
paso de una estación a otra, pero también era un momento de incertidumbre, donde todo
podía cambiar de repente. En el reino, se temía este cambio tanto como se celebraba, pues las
transiciones eran terreno fértil para los espíritus inquietos y los males antiguos.

Durante esta celebración, las clases sociales se unían brevemente en actos de caridad.
Blancanieves, años atrás, había instaurado la tradición de enviar canastas con provisiones a los
más necesitados, pero incluso este gesto de bondad tenía un toque de solemnidad, pues se
hacía con la esperanza de apaciguar a los espíritus hambrientos que, según las leyendas,
rondaban en busca de justicia o venganza.

El castillo se decoraba con flores primaverales en tonos pálidos y ramas secas que recordaban el
invierno recién dejado atrás. Guirnaldas de lirios y espinos se entrelazaban con velas
encendidas, iluminando tenuemente los corredores y creando un juego de sombras que
inquietaba a los sirvientes. Las ventanas permanecían cubiertas, como si quisieran evitar la
mirada de algo que acechaba desde fuera, desde el oscuro borde del bosque.

A lo lejos, en los límites del Bosque de los Espejos, las criaturas de la oscuridad se mantenían al
acecho. Aquellos que alguna vez se habían aventurado en sus sombras volvían con historias de
susurros inhumanos, ojos brillantes que observaban desde la espesura, y formas que solo
podían ser vislumbradas en el rabillo del ojo antes de desaparecer en la penumbra. A pesar de
la celebración, el temor a lo que podría emerger de esas sombras persistía, como un peso
constante sobre los corazones de quienes sabían demasiado.

El Equinoccio de Primavera, una celebración que marcaba el equilibrio perfecto entre la luz y la
oscuridad, se había convertido en uno de los eventos más importantes en el reino de
Wolksemberg. Era una tradición de más de dos siglos, cuando los primeros reyes establecieron
la fecha para honrar no solo el cambio de estación, sino el equilibrio entre las fuerzas de la
naturaleza y la justicia en el reino. Con la llegada de Blancanieves al trono, el festival adquirió un
nuevo matiz: la celebración de la bondad, la generosidad y el deber hacia los más necesitados.

El evento, que originalmente solo involucraba a las familias nobles, se transformó bajo la
influencia de Blancanieves. Ella, al recordar los días en los que había encontrado refugio entre
criaturas humildes y bondadosas en el bosque, quiso extender la generosidad del reino a todos
sus habitantes. Así, instauró la tradición de confeccionar canastas llenas de provisiones de la
mejor calidad, para enviarlas a las familias más pobres. Las flores más hermosas y las frutas
más dulces eran cuidadosamente seleccionadas y dispuestas con esmero, simbolizando el
florecimiento no solo de la tierra, sino del corazón. Junto a Florian, la reina visitaba
personalmente las casas más oscuras y olvidadas del reino: hospicios abarrotados de
huérfanos, ancianos olvidados, y aquellos pobres que habían perdido el rumbo. Pero la ayuda
no se limitaba a ese único día. Blancanieves tomaba notas detalladas de las necesidades de cada
lugar, asegurándose de que la corona destinara fondos para mejorar no solo la comida y los
refugios, sino también las oportunidades de empleo para estas personas. Era una labor
constante, impulsada por un profundo sentido de responsabilidad.

Este acto de bondad era, de alguna manera, un reflejo del equilibrio que simbolizaba el
Equinoccio de Primavera: el balance entre la luz de la generosidad y la oscuridad de la miseria, la
promesa de renovación en un mundo a menudo cruel. Pero, a medida que las celebraciones se
intensificaban, algo oscuro y profundo se cernía sobre el reino. Este equilibrio, que parecía tan
frágil, estaba amenazado por fuerzas más allá de la comprensión humana.

Mientras Blancanieves y Florian caminaban por los pasillos de los hospicios oscuros y sombríos,
las sombras parecían alargarse y retorcerse de una manera que no era natural. Las
habitaciones, apenas iluminadas por velas titilantes, exudaban una sensación de vacío que no
provenía de la pobreza material, sino de una ausencia más profunda. Blancanieves, con su
corazón siempre sensible a los espíritus, notaba una presencia inquietante, como si el velo entre
su mundo y otro más oscuro estuviera a punto de rasgarse. Florian, normalmente racional y
firme, no podía evitar la angustia que se arremolinaba en su pecho cada vez que pisaba esos
lugares. Sentía el peso de las miradas de los ancianos, vacías y desesperadas, y a veces, juraba
que susurros inaudibles llenaban el aire.

Eislind, que ese año acompañaba a sus padres en el recorrido, caminaba en silencio por esas
casas sombrías, sintiendo un escalofrío que le recorría la espalda. El aire estaba denso, cargado
de una energía que no comprendía del todo, pero que la llenaba de una ansiedad creciente.
Incluso en las casas más modestas, donde las canastas llenas de comida y flores deberían haber
traído alegría, había una sensación de inquietud, como si algo estuviera acechando, esperando
el momento adecuado para emerger.

La visita anual de la familia real a los huérfanos y familias más necesitadas en el día del
Equinoccio de Primavera siempre era uno de los momentos más esperados del reino. Tras los
largos y crueles meses de invierno, cuando la nieve sepultaba aldeas enteras y el frío calaba
hasta los huesos, Blancanieves y el príncipe Florian hacían su recorrido por las casas de acogida
y los hogares más empobrecidos, llevando esperanza y calor a aquellos que apenas habían
sobrevivido.

Los niños huérfanos, despojados de padres por el hambre o la enfermedad, esperaban ansiosos
en las puertas de los hospicios oscuros y fríos. Sus rostros, marcados por la desnutrición, se
iluminaban al ver acercarse a la reina, una figura de bondad que, aunque de apariencia frágil,
portaba consigo el poder de cambiar sus vidas, aunque fuera por un breve instante. Las
ancianas cuidadoras, agotadas por las noches interminables de invierno, se esforzaban por
limpiar lo poco que tenían, queriendo mostrar respeto al recibir a la realeza, aunque no podían
ofrecer más que sonrisas genuinas y lágrimas de gratitud.

Cuando Blancanieves entraba en esos lugares, lo hacía con una presencia tan cálida que parecía
llevar consigo el resplandor del sol mismo. Florian, siempre a su lado, mantenía su compostura,
pero había algo en su mirada que delataba su compasión. Se inclinaba a hablar con los
ancianos, algunos de los cuales tenían más de 150 o 200 años, con sus ojos opacos y sus manos
temblorosas, supervivientes de inviernos que la mayoría no podría imaginar. Estos ancianos,
arrugados por el tiempo, contaban historias que se hundían en la memoria del reino, susurros
de tiempos olvidados, llenos de nostalgia y amargura.

Blancanieves, con una ternura maternal que parecía no tener fin, se arrodillaba junto a los
niños. Les hablaba suavemente, tocando sus pequeñas manos frías, escuchando sus historias
sin hogar, sus miedos nocturnos bajo el peso de la nieve. Había una conexión entre ella y estos
pequeños, un lazo invisible que trascendía las diferencias de clase. Algunos de los niños apenas
podían contener las lágrimas al sentir su toque, su sonrisa; la reina, después de todo, no solo
traía comida y ropa, sino algo mucho más preciado: esperanza.

A pesar de la pobreza extrema, la alegría de recibir a la familia real era inmensa. Las personas
más necesitadas los recibían con una gratitud que trascendía lo material, con sonrisas genuinas
y lágrimas que fluían desde lo más profundo de sus corazones. Los niños corrían por las salas
estrechas, aferrándose a las faldas de Blancanieves, como si en ella encontraran la madre que el
invierno les había arrebatado. Los ancianos se levantaban con esfuerzo, algunos temblando con
la fragilidad de sus años, para ofrecer reverencias, sus ojos empañados por la emoción. Y
aunque no había banquetes ni lujos en esas casas, la bondad y la gratitud eran tan palpables
que parecían llenar cada rincón oscuro.

Pero, mientras la luz de la bondad brillaba intensamente en esos momentos, algo más se
agitaba en las sombras. Mientras la familia real ofrecía consuelo, una sensación inquietante
comenzaba a arrastrarse en los bordes de su conciencia. El viento, que en otras estaciones traía
consigo la fragancia de flores recién brotadas, soplaba ahora con un silbido extraño y lúgubre.
Las ventanas vibraban con cada ráfaga, y en los rincones oscuros de las casas, las sombras
parecían moverse por voluntad propia.

Al caer la noche y comenzar el baile del Equinoccio en el castillo, la atmósfera cambiaba. Las
festividades, que celebraban la llegada de la primavera y el equilibrio entre la luz y la oscuridad,
siempre habían estado marcadas por una nota de magia, con los espíritus del lado luminoso del
bosque presentes de manera sutil.

El Equinoccio de Primavera siempre había sido una celebración de luz y renacimiento, pero ese
año, para Eislind, todo adquiría un matiz más oscuro y ominoso. Era su primera vez viviendo la
transición de la infancia a la adultez; justo unas semanas atrás había cumplido dieciocho años.
La estación, que prometía renovación y esperanza, también parecía cargar con un peso invisible,
como si en el cambio de las estaciones hubiera algo más acechando, algo profundo y oscuro
que solo aquellos lo suficientemente sensibles podían percibir.

Desde pequeña, Eislind había admirado las acciones bondadosas de sus padres, pero ese año, al
observarlos repartir provisiones y consuelo a los más necesitados, algo dentro de ella comenzó
a cambiar. Había una belleza en la generosidad de Blancanieves y Florian que siempre la
conmovía; ver cómo se inclinaban para hablar con los ancianos, cómo tomaban en brazos a los
huérfanos y compartían sonrisas cálidas con aquellos que habían sobrevivido al cruel invierno,
la llenaba de un sentimiento que mezclaba amor con un indescriptible temor.

El viaje a las casas de acogida esa mañana había sido especialmente conmovedor. La nieve
apenas comenzaba a derretirse, dejando tras de sí un paisaje gélido y húmedo, donde la muerte
aún se sentía en el aire. Sin embargo, dentro de las casas, los huérfanos y ancianos los
recibieron con sonrisas genuinas y lágrimas de alegría. Los niños, algunos demasiado ágiles
para su edad, abrazaban a su madre con tal fervor que parecía que temían que se desvaneciera
en el aire. Eislind podía ver la luz en los ojos de Blancanieves, pero también el cansancio oculto
en sus gestos. Aunque su madre ofrecía consuelo, algo en el aire parecía resistirse a la luz, como
si el invierno se negase a ceder por completo su dominio.

Mientras los ancianos, algunos de más de ciento cincuenta años, contaban sus historias, Eislind
sentía que sus palabras estaban teñidas de un eco lejano. Susurros de épocas antiguas se
deslizaban por los márgenes de su mente, como si el viento mismo llevara voces de espíritus
que no pertenecían a ese mundo. El Bosque de los Espejos, que tanto temía, parecía estar más
presente que nunca en los relatos de esos supervivientes del tiempo. Y mientras los oía hablar,
no podía evitar imaginar raíces oscuras y retorcidas que crecían bajo los suelos de esas casas,
esperando el momento adecuado para surgir y reclamar lo que les pertenecía.

Cuando la familia real regresó al castillo para continuar de organizar la próxima gran
celebración del baile, la atmósfera había cambiado. Aunque las decoraciones eran tan
espléndidas como siempre, con flores recién cortadas adornando cada rincón y candelabros
dorados iluminando el salón, Eislind sentía una creciente inquietud. La primavera era un
símbolo de vida, pero en su corazón algo oscuro florecía, una sombra que se extendía
lentamente por su interior, como las ramas de un árbol antiguo y malévolo. Se decía que, en la
noche del equinoccio, el velo entre el mundo de los vivos y los espíritus benevolentes del lado
luminoso del bosque era más delgado.

Las paredes del castillo, que siempre le habían parecido sólidas y protectoras, parecían ahora
respirar con una vida propia. Las sombras en los rincones del salón no se limitaban a
permanecer inmóviles; se retorcían y cambiaban de forma, como si en el límite de la luz algo
estuviera acechando, observando a todos con ojos invisibles.

Un frío inexplicable comenzó a recorrer su cuerpo. Los susurros, que al principio pensó que
venían de las conversaciones a su alrededor, se hacían cada vez más claros. No entendía las
palabras, pero el tono era inequívocamente maligno. Eislind buscó a su madre con la mirada,
pero Blancanieves, aunque siempre tan alerta, parecía ajena al cambio. Los labios de la reina
seguían curvados en una sonrisa amable, pero sus ojos mostraban un destello de inquietud.
Florian, de pie a su lado, también parecía afectado; su semblante estaba tenso, como si
estuviera escuchando algo que nadie más podía oír.

De repente, una ráfaga de viento frío atravesó el salón, apagando varias velas a la vez. Las luces
parpadeantes proyectaron sombras que parecían danzar en las paredes, pero no con alegría,
sino con una amenaza latente. Eislind sintió que algo estaba cerca, algo que no debería estar
allí. El Bosque de los Espejos. Aunque estaba lejos del castillo, podía sentir su presencia, como
si las raíces de aquel lugar maldito se extendieran hasta el corazón del reino.

El aire mismo parecía denso, como si algo invisible lo estuviera llenando, y el suelo bajo sus pies
vibraba con una energía que no era natural. Cerró los ojos por un momento, tratando de
ahuyentar el temor que la invadía, pero en la oscuridad de sus párpados cerrados, vio algo que
la hizo estremecerse: una figura, alta y oscura, que la observaba desde la distancia, desde el
mismo límite entre la luz y la sombra.

El tiempo parecía ralentizarse a su alrededor, y Eislind sintió que el equinoccio, en lugar de ser
un símbolo de equilibrio y renacimiento, era ahora una puerta. Una puerta que se estaba
abriendo, lentamente, dejando pasar no solo la primavera, sino algo más, algo que llevaba
mucho tiempo aguardando en la oscuridad.

Eislind sentía el aire enrarecido a su alrededor, un frío invisible que se aferraba a su piel a pesar
del calor de las antorchas que iluminaban el salón. La sombra que había percibido no era solo
un juego de luces o el fruto de su imaginación; lo sabía, lo sentía. Aquella presencia era real,
aunque parecía moverse entre los rincones más oscuros del castillo, siempre al borde de la
visión. Miró alrededor, buscando en los rostros de los sirvientes que ayudaban con los
preparativos algún signo de reconocimiento, algún gesto que confirmara que ellos también lo
habían visto, pero nadie reaccionaba.

Los murmullos llenaban el aire como si nada hubiera cambiado, sus padres, la reina
Blancanieves y el rey Florian continuaban conversando con el mayordomo del castillo y Friedrich
acerca de los preparativos y la decoración del jardín en conjunto con la cantidad de antorchas
que se utilizarían para el baile.

con sonrisas amables y cálidas palabras, ajenos a lo que Eislind acababa de presenciar. Una
opresión silenciosa envolvía su corazón, como si las paredes del castillo se cerraran
lentamente sobre ella, sofocando su respiración. Con pasos cuidadosos, se acercó a su padre,
sus dedos fríos apretando su brazo con una leve pero insistente presión.

—Padre, he visto... algo —le susurró, sus ojos brillando con una mezcla de miedo y urgencia.

Florian, sorprendido por el tono de su hija, la miró con seriedad. Sabía que Eislind no solía ser
víctima de fantasías ni de ilusiones. A lo largo de su vida, la había visto enfrentarse con valentía a
muchas pruebas, pero ahora su voz temblaba con una verdad indescriptible. Florian asintió
lentamente, tratando de mostrar calma.
—Cuéntame —le dijo en un susurro, inclinándose hacia ella para que nadie más oyera.

Eislind respiró hondo y le contó lo que había visto: aquella sombra alargada, oscura, que parecía
observarla desde las profundidades del salón. Habló de la manera en que las velas habían
parpadeado, y cómo el frío había invadido su cuerpo sin razón aparente. Florian, al oír las
palabras de su hija, frunció el ceño. No descartaba lo que ella decía, pero sabía que no era el
momento para alarmarse frente a todos los presentes. El Equinoccio de Primavera,
especialmente en el cumpleaños número dieciocho de Eislind, no era un evento común.

—Eislind, querida —dijo suavemente, mirándola a los ojos con una expresión de comprensión—,
lo que estás experimentando... tal vez haya más en juego de lo que parece. Quiero que hables
con el maestro Gottfried sobre lo que has visto. Él entiende estas cosas mejor que yo. Pero
antes de eso, ven conmigo. Quiero hablar contigo en privado.

Florian la tomó suavemente del brazo y la guió hacia el jardín exterior, un lugar apartado del
bullicio de los sirvientes preocupados y ansiosos.

La luna llena se asomaba entre las nubes, iluminando el paisaje con una luz plateada, mientras
una leve brisa mecía las hojas de los árboles. A pesar de la serenidad del jardín, Eislind sentía
una inquietud creciente. Las sombras de los arbustos se alargaban de manera antinatural, como
si estuvieran vivas, como si algo en la oscuridad las estuviera controlando.

Cuando estuvieron lo suficientemente lejos del salón, Florian se detuvo, girando hacia su hija
con una expresión grave pero serena.

—Este año, el Equinoccio no es solo una celebración —empezó a decir, su voz baja pero firme—.
Marca también tu transición a la adultez, Eislind. Lo que significa que este baile tiene una
connotación más profunda. Este es un momento de renovación, pero también de pruebas.
Deberás enfrentarte a algo que muchos antes de ti han enfrentado: una prueba de valentía.

Eislind frunció el ceño, sin estar segura de lo que su padre quería decir.

—¿Una prueba...? ¿A qué te refieres?

Florian respiró hondo, buscando las palabras adecuadas.

—Al cumplir los dieciocho años y celebrar el Equinoccio, se espera que realices un duelo de
espadas frente a la corte. Es una tradición que data de mucho tiempo atrás, una prueba de tu
posición como princesa y de tu fortaleza. No es solo una prueba física; es también un símbolo
de tu transición de la infancia a la adultez. Un rito de paso, si lo prefieres.

El corazón de Eislind latió con fuerza al escuchar esas palabras. Nunca había empuñado una
espada frente a una audiencia de nobles, y mucho menos en un duelo. La presión de su estatus
como princesa pesaba sobre ella como una losa.

—Pero… padre, yo no estoy lista para algo así. No he entrenado lo suficiente.


Florian asintió, pero su rostro permanecía serio.

—Lo sé. Pero esta prueba no es solo una cuestión de habilidad. Es una prueba de valentía, de
espíritu. Y hay más en juego de lo que parece. Si no logras superar este duelo, no perderás tu
título, pero... las consecuencias sociales serán pesadas. Los nobles, la corte… te verán de otra
manera. Es una prueba pública, y no hay protección, ni armadura. Solo tú, una espada, y tu
oponente.

Eislind sintió el frío recorrer su espalda nuevamente. ¿Cómo podría enfrentarse a eso? Las
expectativas de la corte, los murmullos de los nobles, el peso de su propia familia… Todo se
combinaba en su mente, creando una sensación de asfixia. La luna, alta sobre sus cabezas,
brillaba con una intensidad extraña, y por un momento, le pareció ver pequeñas luces danzando
entre las hojas de los árboles. Las hadas del lado luminoso del bosque. Siempre se decía que
en noches como esa, cuando el velo entre los mundos se hacía más delgado, las criaturas
benevolentes del bosque podían ser vistas por los que tenían los ojos abiertos. Y, sin embargo,
esas luces que parpadeaban no traían consigo consuelo, sino un eco lejano de advertencia.

—Padre… —murmuró, mirando las sombras que se alargaban alrededor de ellos—. No se siente
bien. Hay algo más aquí, algo que no podemos ver.

Florian miró a su hija, notando la tensión en su voz, y por un momento sintió el mismo
escalofrío que ella.

Este año… todo parecía diferente. Las estrellas en el cielo no brillaban como solían hacerlo. El
aire, normalmente cálido con la promesa de la primavera, seguía gélido, como si algo antiguo y
oscuro estuviera observando desde la profundidad del bosque.

—Lo sé, Eislind. Lo sé. —Florian puso una mano en su hombro—. Pero este es tu destino. La
primavera trae renovación, pero también desafíos.

El príncipe Florian se encontraba junto a Eislind en el jardín privado del castillo, donde las
sombras de los árboles viejos danzaban con el viento, y los aromas de las flores recién florecidas
se mezclaban con una quietud inquietante. Los últimos rayos de sol se filtraba a través de las
ramas, creando patrones ondulantes en el suelo cubierto de musgo, mientras pequeñas motas
de polvo flotaban en el aire como si fueran partículas de magia suspendidas. Sin embargo, había
una tensión que lo llenaba todo, como si los ecos de algo oscuro acecharan en los límites de ese
lugar sagrado.

Florian se inclinó hacia su hija, su expresión era de una mezcla de amor inquebrantable y
preocupación paternal. Su voz, cálida pero cargada de algo indescriptible, rompió el silencio con
una suavidad casi irreal.

"Eislind," comenzó, acariciándole la mejilla con una mano temblorosa, "si supieras cuánto te
amamos tu madre y yo... Mi amor por ti va más allá de cualquier título, más allá de cualquier
expectativa que la corte o el reino pueda imponer sobre ti." Hizo una pausa, sus ojos buscaban
en los de ella alguna señal de alivio, alguna chispa de entendimiento. "Eres mi hija, mi más
preciado tesoro, y eso no cambiará, sin importar lo que ocurra en ese duelo."

El susurro de las hojas y el murmullo del viento parecían responder a sus palabras, envolviendo
la conversación en una atmósfera casi sobrenatural. La conexión entre la naturaleza y la familia
de Eislind era profunda, y Florian lo sabía. No se trataba solo de linaje o deber; había algo más,
algo más allá de este mundo.

"Escucha con atención," continuó Florian, su voz adquiriendo un tono más grave. "No debes
tener miedo. Sé que este duelo te pesa, sé que sientes la presión de lo que significa para la
corte, para el reino... Pero, Eislind, eres más fuerte de lo que crees. Si tu madre sobrevivió a la
muerte, no fue por casualidad, no fue un mero accidente." Se detuvo, observando cómo su hija
absorbía sus palabras. "La naturaleza, los espíritus benevolentes del bosque, las hadas que
cuidan el lado luminoso, todas ellas ayudaron a tu madre, le dieron la fortaleza para vencer no
solo a la muerte, sino a las sombras más profundas."

Los ojos de Florian brillaban con un recuerdo lejano, como si estuviera hablando no solo de
Blancanieves, sino de algo mucho más antiguo, algo conectado con los ritmos eternos de la
naturaleza y el bosque que rodeaba su hogar. "No fue casualidad que llegaras al mundo, hija.
Fuiste elegida por las fuerzas que están más allá de lo que podemos comprender. Has heredado
más que la belleza de tu madre, Eislind; has heredado su bondad, su fuerza. No solo para
enfrentar los obstáculos cotidianos de la vida, como este duelo, sino para luchar contra las
sombras que acechan en los rincones más oscuros del mundo... y de ti misma."

Eislind lo escuchaba en silencio, su corazón latiendo con fuerza mientras la sensación de


responsabilidad se apoderaba de ella. Pero también, bajo ese peso, había una chispa de
esperanza. La misma chispa que había guiado a su madre a través del lado oscuro del Bosque
de los Espejos. Era un eco de algo más grande, algo más profundo que ella misma.

Florian se inclinó hacia adelante, hablándole más suavemente, "Wolfarr te entrenará durante los
próximos diez días. Te prepararás para el baile del Equinoccio de Primavera, pero, Eislind... este
baile es más que una simple celebración. Este año, especialmente, tiene un significado
poderoso." El aire alrededor de ellos parecía densificarse, como si las palabras de Florian
hubieran despertado algo dormido en la tierra misma. "El cambio de estación, el equinoccio, no
es solo un ritual para la corte. Es un momento de transición, de renovación. Y no es coincidencia
que cumplas 18 años justo ahora. Estás entrando en una nueva fase de tu vida, dejando atrás la
infancia y abrazando la adultez. Este baile es más que un evento social. Es un umbral hacia lo
desconocido, un portal hacia el poder antiguo que rige este reino."

Los ojos de Florian eran ahora profundos pozos de emoción contenida, y el viento que los
rodeaba había adquirido un tono inquietante, como si algo se moviera más allá de los árboles, al
acecho. "Durante este baile, los espíritus benevolentes del bosque estarán presentes, las hadas
del lado luminoso, aquellas que salvaron a tu madre... Pero recuerda, donde hay luz, también
hay sombras. Las mismas fuerzas que bendicen el equinoccio, también observan. Y tú, mi hija,
debes enfrentarte a las sombras, tanto dentro como fuera de ti. Pero no estás sola en esto."

Eislind sintió un escalofrío recorrer su espalda, no solo por las palabras de su padre, sino por la
sensación palpable de algo más presente en ese jardín. Los árboles parecían respirar, las flores
susurraban antiguos secretos, y las sombras que rodeaban el lugar se alargaban lentamente,
como si algo oscuro estuviera acechando en los bordes de su conciencia.

Florian tomó una respiración profunda, su expresión se suavizó por un instante. "No quiero que
pienses que te amo por tu título. Eres mucho más que la princesa de este reino, eres mi hija, y
eso es lo único que importa. No importa lo que pase en ese duelo, siempre te amaré, Eislind."

El ambiente parecía llenarse de un brillo etéreo, y por un momento, Eislind sintió que algo más
allá de su comprensión la rodeaba. Las hadas del bosque, los espíritus antiguos, estaban ahí,
observándola, esperando. El viento se llevó las últimas palabras de su padre, mezclándolas con
el murmullo de las hojas y el susurro de algo más profundo, algo oscuro que acechaba, siempre
presente, pero al mismo tiempo, más allá de la vista.

Eislind cerró los ojos por un momento, sintiendo el peso de todo lo que su padre le había dicho.
La transición había comenzado. No solo el cambio de estación, sino el cambio dentro de ella
misma. Lo que vendría después sería tanto una prueba de su valor como de su fortaleza. Y las
sombras que acechaban en el bosque, y dentro de ella, tendrían que enfrentarse.

En ese momento, el reino entero parecía contener la respiración, como si supiera que algo
grande estaba por ocurrir. Las sombras se alargaban, pero la luz, aunque tenue, nunca
desaparecía del todo.

Eislind despertó lentamente, atrapada en un sueño oscuro donde sombras susurrantes se


arrastraban a través de un bosque siniestro, cuyas ramas se extendían como garras sobre ella.
De repente, sintió un peso en su pecho, algo húmedo y cálido acariciando su rostro. Parpadeó,
aún atrapada entre el sueño y la vigilia, hasta que la suavidad familiar de una lengüita rasposa
sobre su mejilla la devolvió al presente. Era Jager, su leal lobo blanco, cuya brillante pelaje
parecía reflejar una luz que no pertenecía a este mundo.

Con un gruñido suave y juguetón, el lobo empujó su enorme cabeza bajo su barbilla, insistente
en despertarla. Los ojos de Jager, brillantes y casi místicos, la miraban con una inteligencia que
siempre la había desconcertado, como si comprendiera más de lo que cualquier animal debería.
Eislind sonrió, empujando suavemente al lobo mientras lo acariciaba detrás de las orejas. "Está
bien, Jager, ya estoy despierta", murmuró, aún sintiendo el peso de los sueños que la habían
perturbado.

La luz que entraba por la ventana de su habitación era tenue, un amanecer envuelto en neblina.
Afuera, el día apenas rompía, pero había algo inquietante en esa luz, algo que la hacía pensar en
las historias de su padre sobre los espíritus del bosque. Un susurro de viento atravesó la
habitación como si una presencia invisible se deslizará por la ventana, rozando las cortinas de
manera sobrenatural. El castillo, aunque cálido, estaba impregnado de una quietud poco
natural, como si los mismos muros guardaran secretos más antiguos que el propio reino.

Eislind apartó las mantas, levantándose con lentitud. Sentía una tensión en su pecho, un eco de
la oscuridad de la noche anterior que aún no la abandonaba por completo. Jager, al parecer más
consciente que ella misma de lo que debía hacer, se dirigió con elegancia hacia la puerta,
empujándola con su hocico.

"Tu madre dijo que podrías tener a Jager contigo en la habitación, al menos hasta el duelo",
había comentado Wolfarr la noche anterior con una sonrisa. Fue idea de él. Sabía que Jager era
más que un compañero, un protector, quizás una extensión de las fuerzas que gobernaban el
bosque, especialmente el lado luminoso. Eislind siempre había sentido que Jager estaba
vinculado de algún modo con las criaturas mágicas que protegían a su madre tantos años atrás.

Aún desperezándose, Eislind notó un leve resplandor que se filtraba por la ventana, algo más
allá de la luz del amanecer. Por un momento, creyó ver pequeños destellos de color verde y azul
revoloteando en el aire, como si diminutas hadas estuvieran jugando entre los rayos de luz.
Sabía que aquellas criaturas benevolentes, aunque tímidas, a veces mostraban su presencia en
los momentos más inesperados. Sin embargo, su mente aún se hallaba cargada con los
pensamientos de la pesadilla, por lo que descartó la visión, asumiendo que era un residuo del
sueño.

Al ponerse en pie y comenzar a vestirse, escuchó un leve golpeteo en la puerta. Era Astrid, su
sirvienta personal, con su habitual mirada serena, aunque sus ojos reflejaban una preocupación
que Eislind captó de inmediato.

"Mi señora", dijo Astrid, haciendo una pequeña reverencia. "Wolfarr ha indicado que deben
entrenar hoy. Ha solicitado que os encontréis en el llano verde, junto al riachuelo, para
comenzar con el entrenamiento de espadas. Está a un kilómetro del castillo, no muy lejos."

Eislind asintió, mientras ajustaba su capa de piel sobre los hombros. Sabía que no tenía otra
opción, no después de las palabras de su padre la noche anterior. Los próximos días serían
vitales, no solo para prepararse para el duelo, sino para enfrentar lo que la aguardaba más allá,
algo que se sentía mucho más importante y peligroso que un simple combate de espadas.

Salió de la habitación, con Jager a su lado, y caminó hacia el gran salón. El castillo, que solía
vibrar con vida a esas horas, parecía extrañamente silencioso. Los pasillos resonaban con ecos
distantes, el crujido de las viejas puertas y el viento que a veces se colaba entre las paredes de
piedra. Había una humedad en el aire que le recordaba los inviernos más largos, aquellos que
hacían que los huesos dolieran y el alma se sintiera más pesada.

Al llegar al comedor, donde una mesa larga estaba puesta con frutas, pan y un poco de carne
ahumada, Eislind apenas tocó el desayuno. Había un nudo en su estómago que no podía
deshacer. La vista de la neblina envolviendo el castillo, cubriendo los campos más allá, la hacía
sentir como si estuviera observando el mundo a través de un velo, uno que separaba lo natural
de lo sobrenatural. Jager observaba, silencioso, como si compartiera ese mismo presentimiento.

Finalmente, después de un breve desayuno, Astrid le alcanzó un odre de agua y una pequeña
bolsa con frutas para el camino. "Ten cuidado, mi señora," le dijo la sirvienta, su tono más serio
de lo habitual. "Este lugar, incluso en el día, tiene sus... misterios." Astrid evitó mirarla a los ojos,
y sus palabras flotaron en el aire como un eco lejano de advertencia.

Eislind, ahora completamente vestida y con la espada a su lado, salió del castillo junto a Jager. La
niebla lo cubría todo como una manta pesada y gris, silenciando el mundo. A medida que
avanzaba hacia el llano verde, sintió cómo una presencia invisible los seguía, una presión en el
aire que apenas podía definir, pero que estaba allí, como una sombra detrás de cada árbol.

El llano verde, al que llegaron tras una caminata de media hora, parecía haber sido arrancado
de un sueño. El riachuelo que serpenteaba por el borde era cristalino, pero había algo en su
sonido que resultaba perturbador, como si el agua susurrara secretos olvidados por el tiempo.
Las hojas de los árboles parecían vibrar con vida propia, y los colores de la naturaleza, aunque
vivos, tenían un tinte espectral bajo la luz difusa del sol.

Wolfarr ya estaba allí, esperando con la espada en mano. Al verla, le dirigió una sonrisa, pero
incluso él parecía más serio de lo habitual.

Pero algo en el aire cambió repentinamente. Una ráfaga de viento frío, casi glacial, atravesó el
llano. Eislind y Wolfarr se giraron instintivamente hacia el bosque, desde donde emanaba un
susurro oscuro, profundo. Jager gruñó bajo, con el pelaje erizado, mientras el viento traía
consigo una sensación que hacía que la piel de Eislind se erizara.

Wolfarr estaba arrodillado junto al riachuelo, sus manos firmemente aferradas a las riendas de
su caballo gris oscuro, el cual bebía con tranquilidad del agua cristalina. La brisa helada del
amanecer jugaba con su cabello castaño, y el aire, cargado de la humedad del bosque, se sentía
pesado, casi asfixiante. El sol apenas se asomaba a través de una bruma espesa que parecía
querer devorar el día antes de que pudiera comenzar. Un presagio en la luz, pálida y distante,
tan débil que apenas lograba romper las sombras que se aferraban a los árboles cercanos.

El mundo parecía haberse detenido, como si el bosque entero estuviera en un estado de


suspenso, observando. Wolfarr no estaba solo; lo sabía, lo sentía. Había algo en el viento que
traía murmullos de voces invisibles, quizás de espíritus benevolentes, hadas, o criaturas del lado
luminoso del bosque. El riachuelo reflejaba destellos de colores iridiscentes que no pertenecían
al amanecer, como si diminutas figuras danzaran sobre el agua, riéndose suavemente, apenas
audibles. Pero por cada risa, había un susurro más oscuro en las sombras, como una
advertencia que apenas rozaba su conciencia.

Entonces, la vio.
Eislind caminaba lentamente hacia él, emergiendo de la niebla con una presencia etérea, casi
irreal. Su cabello negro, oscuro como la medianoche, caía en ondas suaves sobre sus hombros,
contrastando con su piel pálida, blanca como la luna. Sus ojos, azules como el hielo, reflejaban
una frialdad que parecía haber absorbido el silencio del bosque mismo. A su lado, Jager, el
imponente lobo blanco, avanzaba con pasos silenciosos, su pelaje reluciendo bajo la tenue luz
como una sombra hecha de nieve.

Wolfarr se levantó lentamente, su corazón dando un pequeño salto al verla. Habían pasado
tantos años desde que jugaban en los jardines del castillo, cuando la vida era simple y las
preocupaciones no existían. Ahora, ella estaba aquí, no como la niña que recordaba, sino como
una mujer. La transición había sido casi invisible, como el cambio de estación que traía consigo
el final del invierno. Eislind acababa de cumplir 18 años, y, en el reino, esa edad marcaba el
inicio de algo mucho más profundo: el paso de la infancia a la adultez, un rito que coincidía con
el cambio de estación. Pero esta primavera no traía consuelo; había algo más, algo oscuro que
se cernía sobre ellos, más antiguo que cualquier tradición.

Wolfarr la observó caminar hacia él, y por un momento, se permitió imaginarla como parte del
paisaje, como si perteneciera a este extraño umbral entre la luz y la oscuridad, entre lo
mundano y lo sobrenatural. Sentía una mezcla de emociones que no podía explicar del todo. La
admiración por su belleza había madurado en algo más, algo que le costaba admitir incluso ante
sí mismo. Pero no podía ignorar el aire de peligro que la rodeaba.

Mientras avanzaba, pequeños destellos comenzaron a aparecer alrededor de Eislind. Eran


apenas visibles, como si diminutas hadas o espíritus juguetones se manifestaran brevemente
para saludarla, tocando su cabello, sus manos, y luego desvaneciéndose con una risa apenas
perceptible. La conexión de Eislind con el lado luminoso del bosque siempre había sido más
fuerte de lo que ella misma entendía, pero Wolfarr lo veía con claridad. Mientras Jager caminaba
a su lado, el lobo se detuvo momentáneamente, observando el riachuelo con una mirada que
sugería que también percibía algo más allá de lo visible.

Wolfarr sonrió, solo un instante, permitiéndose un respiro del peso que sentía en su pecho.
"Siempre llegas rodeada de magia, Eislind", dijo en un intento de alivio cómico, aunque la
tensión en su voz lo traicionaba.

Eislind respondió con una sonrisa apenas perceptible, pero sus ojos, tan profundos como un
abismo inexplorado, parecían distraídos, como si algo más la acechara, algo que ella no estaba
dispuesta a compartir. Mientras se acercaba, Wolfarr notó cómo el ambiente a su alrededor se
tornaba más frío, la neblina más espesa. Era como si el bosque mismo reaccionara a su
presencia, como si las sombras, siempre al acecho, la observaran con avidez.

"El riachuelo parece encantador hoy", comentó Eislind, su voz tan suave como la brisa que
agitaba su capa de piel. "Y no en el buen sentido." Sus palabras eran una mezcla de broma y
verdad, un eco de la inquietud que también sentía Wolfarr.
"Este lugar siempre ha tenido... algo", respondió Wolfarr, mirando hacia el agua que fluía
lentamente, como si fuera consciente de cada palabra que pronunciaban. El riachuelo, bajo la
luz pálida, parecía algo más que un simple cuerpo de agua. Había algo en su corriente, un
murmullo subyacente, que le recordaba al sonido de las risas infantiles que habían
desaparecido demasiado rápido. Como si el bosque guardara memoria de las sombras que lo
habitaban, y estuviera esperando.

Entonces, un susurro más fuerte que los anteriores cruzó el aire, esta vez distinto, más claro. No
venía de las hadas ni de los espíritus benevolentes. Era un eco lejano, una voz que provenía de
lo profundo del bosque oscuro, al otro lado del Bosque de los Espejos. Una voz que traía
consigo la promesa de algo antiguo y peligroso.

Jager emitió un gruñido bajo, y el lobo se puso en guardia, sus orejas erguidas, sus ojos fijos en
la línea de árboles. Wolfarr sintió que el frío penetraba en su piel, como si la oscuridad misma
estuviera acercándose.

"Quizás deberíamos empezar con el entrenamiento", dijo Wolfarr, su voz más seria de lo que
había pretendido. "No quiero que la oscuridad tenga tiempo para acercarse más de lo
necesario."

Eislind asintió, pero su mirada seguía perdida en el horizonte, en la niebla que cubría los
árboles. Wolfarr no podía evitar sentir que, con cada día que pasaba, Eislind estaba siendo
arrastrada hacia algo que ninguno de los dos comprendía del todo. Algo que estaba más allá de
las historias que les contaron de niños.

Aún con el caballo a su lado, y la espada a punto de ser desenvainada, Wolfarr no pudo
sacudirse la sensación de que el verdadero duelo no sería entre ellos, sino entre la luz y la
oscuridad que acechaba, siempre esperando, siempre observando.

Wolfarr levantó su espada lentamente, sintiendo el peso familiar del acero en su mano, el frío
metal vibrando con la energía que sólo los guerreros experimentados podían percibir. El
riachuelo a sus espaldas murmuraba con su incesante fluir, pero los sonidos del bosque,
usualmente tan presentes, se habían desvanecido en un silencio inquietante. Incluso el viento,
que había jugado entre las ramas momentos antes, parecía haber sido tragado por la quietud
que los rodeaba.

Frente a él, Eislind sostenía su propia espada, pero sus manos temblaban. No era un temblor
visible, apenas perceptible, pero Wolfarr lo notó. Cada movimiento de ella era una batalla entre
su deseo de complacer, de ser fuerte, y el miedo que la carcomía por dentro. Sus ojos, esos ojos
azules que normalmente brillaban como hielo bajo la luz del sol, ahora estaban opacos, llenos
de duda. El entrenamiento recién había comenzado, pero la presión que sentía ya la aplastaba.

La tierra bajo sus pies estaba fría, húmeda, y el aire que respiraban llevaba consigo un toque de
humedad, como si la niebla misma se hubiera incrustado en sus pulmones. El bosque los
observaba. Wolfarr podía sentirlo, podía sentir las sombras entre los árboles, los espíritus que
los acechaban desde el límite del Bosque de los Espejos. El lado luminoso del bosque era su
refugio, pero incluso ahí, algo oscuro siempre estaba al acecho. Los rumores sobre la Reina
Grimhilde y su pacto maldito no eran fáciles de ignorar.

—Debes mantener la guardia alta —dijo Wolfarr, su voz grave, pero cuidadosa. No quería
presionarla más, no quería añadir más peso a la carga que ya llevaba. Pero había una urgencia
en sus palabras, una necesidad de que Eislind aprendiera rápido.

Eislind asintió, mordiéndose el labio, levantando su espada un poco más, aunque sus brazos
parecían ya agotados. Wolfarr dio un paso hacia ella, sus botas aplastando la hierba mojada, y
lanzó un golpe suave, calculado, hacia su costado. Eislind levantó su espada para bloquear, pero
fue demasiado lenta. El filo de la espada de Wolfarr rozó su costado, no lo suficiente para
hacerle daño, pero lo suficiente para hacerla tambalearse.

Su respiración era pesada, entrecortada, como si llevara días corriendo. Wolfarr la observó
detenidamente, sus ojos oscuros recorriendo su expresión. No era solo el agotamiento físico lo
que la consumía. Era el miedo. Lo veía en la forma en que sus manos se aferraban a la
empuñadura de su espada, como si temiera soltarla y ser devorada por las sombras que se
movían, siempre en los bordes de su visión.

—No necesitas ser perfecta hoy —dijo Wolfarr, intentando suavizar la tensión, pero incluso él
sentía la presión del tiempo, del peligro que acechaba. Sabía que ella sentía lo mismo.

—Pero tú eres tan… —Eislind comenzó a decir, pero se detuvo, frunciendo el ceño. Un brillo de
frustración cruzó su rostro, y dio un paso atrás, bajando la espada. Sus ojos se fijaron en el
suelo, y el temblor en sus manos aumentó.

Wolfarr sintió un nudo formarse en su estómago. La conocía demasiado bien. Sabía que no era
solo el duelo, no solo la espada. Era algo más profundo, algo que la estaba desgarrando desde
adentro. El peso de ser la hija de Blancanieves, de la luz que siempre se esperaba que irradiara,
y, más aún, la sombra de la Reina Grimhilde que aún perseguía su destino. Ella lo llevaba todo
sobre sus hombros, y Wolfarr se dio cuenta de que, en ese momento, ella no sabía cómo
liberarse de esa carga.

—Eislind —susurró, con una suavidad que raramente usaba. Dio un paso hacia ella,
acercándose lo suficiente para sentir su respiración errática, para ver las gotas de sudor que
brillaban en su frente—. Esto no es sobre ser la mejor espadachina del reino. No hoy. No
conmigo.

Los árboles alrededor crujieron, como si algo invisible pasara entre ellos. Wolfarr miró de reojo
hacia las sombras, sabiendo que no estaban solos. Siempre había algo más, algo que los
observaba desde la distancia. Pero debía mantener la calma por ella.

—Tienes miedo —dijo finalmente, sin rodeos, aunque su voz era más suave de lo que pretendía.
Eislind levantó la vista hacia él, sus ojos brillando con una mezcla de rabia y tristeza, una
emoción que Wolfarr reconoció, porque también la había sentido. Pero no dijo nada.

Una ráfaga de viento helado sopló entre los árboles, y, por un segundo, el aire alrededor de
ellos cambió. Wolfarr vio pequeñas luces parpadear en la periferia de su visión, destellos de
hadas o espíritus que parecían querer tranquilizarlos. Las pequeñas criaturas revolotearon
alrededor de Eislind, casi como si intentaran animarla, pero el frío se mantuvo. Era un frío que
no pertenecía a este mundo. Era como si algo o alguien estuviera tirando de las cuerdas de ese
momento, una sombra que acechaba más allá de lo visible.

—No soy tú, Wolfarr —murmuró ella, su voz apenas un susurro, como si las palabras fueran
más difíciles de pronunciar que el propio entrenamiento—. No soy fuerte.

Eislind apretó los puños, y sus ojos se llenaron de lágrimas que luchaba por contener. Wolfarr
sintió un dolor profundo, una herida que no sabía cómo curar. Él había sido entrenado para la
guerra, para la lucha, pero esto… esto era una batalla interna, y no estaba seguro de cómo
ayudarla a ganarla.

—No necesitas ser fuerte como yo —respondió él, dando un paso más cerca, su voz firme pero
cálida—. Tienes algo más dentro de ti. Algo que yo nunca tendré.

—¿Qué podría tener yo que tú no? —Eislind lo miró con escepticismo, su voz cargada de
frustración.

Wolfarr sostuvo su mirada, sintiendo el peso de las palabras no dichas. Porque lo que ella tenía
era lo que siempre había admirado de ella: una luz, una inocencia que él había perdido hacía
mucho tiempo. Pero esa misma luz estaba siendo puesta a prueba, oscurecida por las sombras
que rodeaban su destino.

—Tú… —empezó a decir, pero las palabras murieron en su garganta.

Entonces, un ruido en el bosque los interrumpió. Fue un crujido, suave, pero distinto. Como si
algo más estuviera allí, observándolos. Wolfarr se giró rápidamente, sus sentidos alerta. Jager,
que había estado descansando cerca, levantó la cabeza y emitió un gruñido bajo. Las sombras
entre los árboles parecían más densas, más presentes, y el frío se hizo más intenso.

—Vámonos —dijo Wolfarr, tomando a Eislind de la mano sin esperar una respuesta. Sabía que el
peligro estaba más cerca de lo que podían ver, y que el entrenamiento tendría que esperar.

La tarde se oscureció repentinamente, como si el sol, que hasta entonces se había posado
cálidamente sobre el bosque, hubiera sido tragado por una sombra abrumadora. Wolfarr se
detuvo en seco, su instinto de cazador despertando una alarma que vibraba en el aire. Jager, su
fiel compañero de pelaje blanco, se erguía con la cola tensa y los ojos brillantes, mirando en
dirección a la densa vegetación. Algo se movía entre los árboles, algo que no pertenecía a este
mundo.

Y entonces, lo vio.
Un lobo negro emergió del manto oscuro de la maleza, sus movimientos fluidos y felinos, pero
lo que hizo que el corazón de Wolfarr se detuviera fue la mirada del animal: unos ojos rojos
como brasas ardientes que parecían devorar la luz a su alrededor. No era un lobo ordinario. La
criatura parecía estar hecha de sombra y pesadilla, su pelaje ondulando con destellos de un azul
profundo y grisáceo, como si un hechizo maligno se entrelazara con su ser. Espuma espesa y
espantosa se acumulaba en sus mandíbulas, burbujeando como si la oscuridad misma hubiera
tomado forma tangible.

Eislind, a su lado, se quedó paralizada, la espada olvidada en su mano mientras el miedo se


apoderaba de su rostro. Wolfarr se movió con rapidez, su cuerpo respondiendo a la adrenalina
que corría por sus venas.

—Eislind, retrocede —gritó, sintiendo cómo su voz resonaba en el aire helado. No había tiempo
para dudar. No podía dejar que la desesperación la consumiera. Jager se puso en posición
defensiva, un rugido profundo emergiendo de su pecho como un eco de la feroz determinación
de su dueño.

El lobo negro avanzó, su andar silencioso y calculado, un depredador que sabía que el miedo de
sus presas era la clave de su victoria. Wolfarr se interpuso entre Eislind y la criatura, levantando
su espada con firmeza, aunque sabía que un ataque frontal era una locura. No había fuerza que
pudiera competir con aquella entidad demoníaca.

—No te acerques —dijo Wolfarr, su voz ahora un susurro tembloroso, como si hablara a un
espectro. El lobo se detuvo, su respiración pesada y cargada de ferocidad, y Wolfarr pudo sentir
el aliento caliente y maloliente que emanaba de su boca. El mundo a su alrededor pareció
congelarse, cada hoja, cada sombra, cada susurro del viento se silenciaron ante la amenaza
palpable.

El aire se volvió espeso, denso con una sensación de peligro inminente, y Wolfarr sintió un
escalofrío recorrer su columna vertebral. Miró a Eislind, su expresión era de puro terror, y en
ese instante, entendió que no solo enfrentaba al lobo. Era una manifestación de todos sus
miedos, sus dudas y la oscuridad que siempre había estado acechando, esperando su
momento. La Reina Grimhilde no estaba muerta; su esencia permanecía, y el lobo negro era su
heraldos, una sombra enviada para llevarlos a la perdición.

—Wolfarr, ¿qué hacemos? —la voz de Eislind se rompió, el pánico impregnando cada palabra.

El lobo rugió, un sonido que resonó como un trueno, vibrando en los huesos de Wolfarr,
sacudiendo la tierra bajo sus pies. Fue un llamado de advertencia, un presagio de lo que estaba
por venir. Wolfarr no podía fallar. No podía dejar que el miedo la arrastrara hacia la oscuridad.

Con un grito, el lobo negro saltó hacia ellos, sus garras deslizándose por el suelo como cuchillas.
Jager se lanzó hacia adelante, sus propios instintos de protector en acción, pero el lobo era más
rápido. Las sombras que lo rodeaban parecían extenderse, como si el mismo bosque lo
estuviera ayudando, trayendo consigo un aura de maldad.
Wolfarr sintió la adrenalina surgiendo de lo más profundo de su ser. Con un giro rápido,
bloqueó el ataque del lobo con su espada, el metal chocando contra el cráneo del animal en un
destello de luz y oscuridad. Una explosión de energía recorrió su brazo, y el lobo retrocedió
momentáneamente, sus ojos ardiendo con furia. Pero esa breve victoria solo lo impulsó a atacar
con más ferocidad.

—¡Corre! —gritó, dándose la vuelta y extendiendo la mano hacia Eislind, que estaba paralizada
por el miedo.

Wolfarr sabía que no podían quedarse allí. Cada segundo perdido era una oportunidad para que
la oscuridad los atrapara. Sin embargo, cuando se dio la vuelta para recoger su espada y
asegurarse de que Eislind le siguiera, notó que ella estaba luchando. Estaba tratando de agarrar
su espada, pero sus manos temblaban, la presión del duelo y la presencia del lobo negro hacían
que su cuerpo se volviera lento y pesado.

Wolfarr sintió un destello de frustración. No había tiempo. Con un tirón de su mano, se apresuró
hacia ella, sintiendo la fuerza del aire frío empujarle hacia atrás. El lobo negro estaba de pie, con
su pelaje brillante en tonos sobrenaturales, como si un brillo oscuro lo envolviera, dispuesto a
atacar de nuevo.

—¡Eislind, ven! —rugió, su voz resonando a través de la atmósfera cargada de tensión. Sin
pensar en las consecuencias, Wolfarr tomó la mano de Eislind y comenzó a correr, dejando su
espada detrás.

El lobo lanzó un aullido de furia, y el bosque pareció vibrar a su alrededor, como si la misma
naturaleza estuviera respondiendo a su llamado. Las sombras se agitaron y los árboles se
cerraron a su paso, formando un laberinto en el que la oscuridad parecía cobrar vida,
amenazando con devorarlos.

Eislind tropezó, y Wolfarr la sostuvo con fuerza, sintiendo su fragilidad en medio de la intensidad
de la carrera. No podía mirar atrás; no podía permitir que la sombra los atrapara. Las ramas
rasguñaban sus brazos mientras corrían, los ecos de sus corazones palpitando con un terror
palpable. La respiración de Eislind era un susurro entre sus labios, y Wolfarr supo que debía
hacer todo lo posible para protegerla, incluso si eso significaba arriesgar su propia vida.

El castillo se vislumbraba a lo lejos, y Wolfarr empujó a Eislind hacia adelante, la determinación


surgiendo en su pecho, un fuego que luchaba contra el frío terror que los seguía. Con cada paso,
una parte de él sabía que la oscuridad estaba más viva que nunca, que la lucha no había hecho
más que comenzar, y que este encuentro era solo una muestra de lo que les aguardaba en el
oscuro futuro.

Wolfarr sintió que el mundo se desvanecía mientras la desesperación lo abrazaba. La risa del
lobo negro resonaba en el aire, una mezcla de burla y malicia, mientras Eislind luchaba por
liberarse de su agarre. Era una risa profunda, casi humana, que erizaba la piel de Wolfarr,
trayendo consigo un eco de lo sobrenatural que lo llenaba de inquietud. La criatura que una vez
había sido un lobo ahora se desvanecía en una sombra viva, y ante él apareció un elfo
demoníaco.

El ambiente cambió abruptamente. Los árboles parecían encorvarse, sus ramas retorcidas como
si intentaran protegerse de la oscuridad que se desataba. El elfo tenía una belleza macabra, sus
ojos rojos brillando como brasas en la penumbra, su risa resonando como un trueno que
retumbaba en el pecho de Wolfarr. La piel del elfo, de un gris ceniciento, parecía brillar con una
luz interna, mientras su figura esbelta se movía con la gracia inquietante de un depredador que
disfrutaba del juego.

Eislind, atrapada en su abrazo helado, gritó con una mezcla de miedo y sorpresa. El lobo
demoníaco se había adueñado de su pie, y con un movimiento ágil, comenzó a arrastrarla a
través de los árboles, dejando tras de sí un rastro de oscuridad. Wolfarr sintió como si su
corazón se detuviera, cada latido retumbando en sus oídos como un tambor de guerra. Jager,
feroz y decidido, se lanzó hacia adelante, su gruñido profundo reverberando en la noche, pero el
elfo demoníaco solo se burló, desvaneciéndose y apareciendo en un giro que dejó al lobo blanco
desorientado.

—¡Eislind! —gritó Wolfarr, la desesperación empujando su voz hacia la estridencia. Se abalanzó


hacia ella, pero el elfo la sostenía firmemente, riendo de una manera que mezclaba lo burlón
con lo siniestro. La imagen de Eislind siendo llevada hacia la oscuridad alimentaba un fuego en
su interior, un instinto de protección que lo instaba a actuar.

Con cada paso que daba, el suelo parecía temblar bajo sus pies, como si la tierra misma
estuviera consciente del horror que se desplegaba. Las sombras se retorcían a su alrededor,
susurrando secretos y amenazas que llenaban el aire con un sentido de desolación. Wolfarr
sintió la frialdad del terror recorrer su columna, mientras se acercaba, su mano extendida hacia
Eislind. En su mente, el pensamiento de perderla era un peso que amenazaba con aplastarlo.

—¡No! ¡No te lo lleves! —exclamó, su voz resonando con una fuerza que parecía desvanecerse
en la nada. Pero el elfo demoníaco simplemente sonrió, un gesto que dejaba entrever colmillos
afilados, y con un tirón rápido, Eislind fue arrastrada aún más, llevada a través del oscuro
sendero del bosque.

Wolfarr sintió el ardor de la frustración. Se lanzó hacia adelante, pero el elfo se movía como un
espectro, siempre un paso por delante, disfrutando del caos que sembraba. Jager intentó
morderlo, pero sus colmillos no podían atravesar la forma etérea de la criatura. Era como
intentar herir una sombra.

—¡Eislind! —gritó Wolfarr una vez más, su voz llena de agonía y determinación. Ella lo miraba
con ojos llenos de miedo, y en ese instante, supo que debía actuar. Se agachó, preparándose
para lanzar su cuerpo contra el elfo, pero el horror que había ante él lo paralizaba.

Fue entonces cuando una figura apareció a su lado. Klaus, el enano minero, avanzó
rápidamente, sus ojos llenos de sabiduría y urgencia. Wolfarr apenas lo notó en su
desesperación, pero Klaus estaba armado con el conocimiento antiguo que podría salvarlos.

—¡Atrás! —gritó Klaus, levantando su mano con un brillo mágico que emanaba de su palma. Sus
palabras fueron un conjuro, resonando en el aire con una fuerza que parecía alterar la realidad
misma. Wolfarr sintió cómo la atmósfera vibraba, como si el bosque mismo respondiera a la
llamada del enano.

El elfo demoníaco, sintiendo el poder que se acercaba, giró su mirada hacia Klaus, pero era
demasiado tarde. Con un grito de rabia y frustración, comenzó a transformarse nuevamente, su
forma oscura y retorcida colapsando en un torbellino de sombras. Wolfarr vio cómo los rasgos
demoníacos se desvanecían, dejando solo al lobo negro, que se convulsionaba en un
sufrimiento evidente.

Eislind fue liberada, cayendo al suelo, y el lobo negro aulló, su lamento reverberando en el aire
como una advertencia, antes de desaparecer en la oscuridad del bosque, huyendo con dolor,
sus patas humeando como si las llamas del infierno lo consumieran desde dentro.

Wolfarr se arrodilló junto a Eislind, sintiendo su respiración entrecortada y el calor de su cuerpo,


mientras el terror comenzaba a desvanecerse. Jager se acercó, lamiendo la mano de Eislind, su
presencia tranquilizadora contrastando con la inquietante transformación que acababan de
presenciar.

—¿Estás bien? —preguntó Wolfarr, su voz más suave ahora, el temor aún vibrando en su pecho.
No sabía si ella podía responder, pero el alivio comenzó a sustituir a la desesperación que lo
había consumido.

Eislind se giró hacia él, sus ojos brillantes llenos de miedo y confusión, pero había algo más. Un
destello de determinación, una chispa que iluminaba la oscuridad que los rodeaba.

—¿Lo has visto? —susurró ella, su voz temblorosa.

—Lo hemos enfrentado juntos —respondió Wolfarr, sintiendo la conexión entre ellos, una
fuerza que había sobrevivido a la oscuridad. La noche aún estaba llena de ecos inquietantes,
pero al menos ahora estaban juntos, y el elfo demoníaco había sido expulsado, al menos por el
momento.

Klaus se acercó, su mirada aún fija en el bosque, asegurándose de que el peligro había pasado.
Wolfarr supo que, aunque habían sobrevivido esta vez, el mal nunca estaba lejos. La oscuridad
siempre acechaba, esperando su momento para volver a atacar. Pero juntos, con Jager a su
lado, enfrentarían cualquier sombra que se interpusiera en su camino.

Wolfarr se arrodilló sobre la tierra húmeda, su corazón palpitando en un ritmo frenético


mientras sus ojos se posaban en el talón de Eislind. La herida sangrante en su pie era un terrible
eco del terror que acababa de enfrentar. Dos marcas de colmillos, profundas y crueles, se
destacaban contra su piel tan pálida como la luna llena en una noche sin nubes. El rojo intenso
de la sangre contrastaba vívidamente con el blanco níveo de su talón, como si la oscuridad
misma hubiera dejado su huella.

Eislind sollozaba, el sonido era una mezcla de dolor y miedo que resonaba en el silencio
inquietante del bosque. Sus ojos azules, normalmente tan radiantes, estaban empañados por
las lágrimas que caían como perlas sobre su rostro delicado. Wolfarr sintió una punzada en su
pecho al ver cómo su vulnerabilidad se manifestaba de manera tan visceral. Se inclinó más
cerca, su aliento se entrelazaba con el aroma a tierra y a musgo, mientras su mente luchaba
entre la necesidad de protegerla y la rabia contenida hacia aquella criatura demoníaca que
había intentado llevársela.

Klaus, un enano robusto con la piel curtida por el trabajo en las profundidades de la tierra, se
movía a su lado con una agilidad sorprendente. En sus manos, llevaba un pequeño frasco de
vidrio lleno de un ungüento de un color verdoso, que brillaba con una luz inquietante, como si
contuviera el mismo aliento de la naturaleza. Murmuraba palabras antiguas, en un dialecto
tosco que resonaba como un eco de tiempos perdidos. Las sílabas danzaban en el aire, flotando
alrededor como un canto de sirena, pero con una tonalidad más grave y sombría, cargada de un
poder ancestral que parecía temblar con la misma tensión que emanaba del bosque.

—Cierra los ojos, Eislind —susurró Wolfarr, su voz un murmullo entre la oscuridad, como un
faro de esperanza en un mar de desesperación. El simple acto de sus manos entrelazándose
con las de ella se sentía como un refugio en medio de la tormenta. Sus dedos temblaban, no
solo por el miedo, sino por la necesidad de mantenerla a salvo, de anclarla a este mundo, lejos
del horror que había acechado en las sombras.

Eislind obedeció, sus párpados cayeron con un gesto de fragilidad que desgarró el corazón de
Wolfarr. Klaus comenzó a aplicar el ungüento sobre la herida, su rostro arrugado y concentrado.
Wolfarr sintió el aire cambiar a su alrededor, la atmósfera se tornó aún más pesada, como si el
bosque mismo contuviera la respiración en un instante suspendido. Los susurros de los árboles
parecían acercarse, y Wolfarr podía casi escuchar los ecos de las risas de las sombras que se
ocultaban entre las ramas.

—Esto es sólo una herida, Eislind —dijo Wolfarr, tratando de infundirle coraje, pero su voz
sonaba temblorosa incluso para él—. No dejes que te aterre. Estás aquí conmigo, y no te dejaré
ir.

Klaus siguió murmurando los conjuros, el aire a su alrededor comenzó a vibrar con una energía
palpable. La luz tenue que se filtraba a través de las copas de los árboles parecía intensificarse,
como si el mismo bosque respondiera a la voluntad del enano. Wolfarr observaba con la
respiración contenida, sintiendo cómo el miedo y la esperanza luchaban en su interior. La herida
de Eislind brillaba tenuemente, como si el ungüento comenzara a hacer efecto.

Pero el silencio fue interrumpido por un crujido en la lejanía, una señal de que la oscuridad aún
acechaba, esperando su momento para desatarse nuevamente. Wolfarr levantó la vista, su
corazón se detuvo un instante mientras el viento traía consigo un susurro helado. La tensión
crecía, apretando su pecho como un lazo implacable.

—¿Wolfarr? —la voz de Eislind tembló, su mirada fija en él, la confianza y el miedo luchando en
su expresión. En ese instante, él se dio cuenta de lo mucho que dependía de él, no solo su vida,
sino también su esperanza.

—Siempre estaré aquí —prometió, sintiendo el peso de la verdad en sus palabras. No era solo
un juramento; era una declaración de guerra contra la oscuridad que amenazaba con
separarlos. Él era su protector, su vínculo con la luz, y no permitiría que nada ni nadie la
lastimara otra vez.

Mientras Klaus terminaba de aplicar el ungüento, el ambiente se sintió más ligero, pero la
sombra de la amenaza permanecía. La batalla no había terminado, y Wolfarr sabía que el
verdadero terror aún acechaba en los límites de su visión. Pero con Eislind a su lado, la
oscuridad no podía ganar. En ese momento, entre el temor y la esperanza, él se convirtió en el
guardián de su luz, y no había poder en el mundo que lo alejara de su misión.

El camino real hacia el castillo serpenteaba entre un paisaje de rocas irregulares y árboles
nudosos, una senda que parecía fluir como un río oscuro en medio de una tierra hostil. Las
sombras se alargaban entre los troncos de los árboles, cuyas ramas retorcidas se asemejaban a
garras que intentaban atrapar a quienes se atrevían a cruzar su territorio. Los ecos de los pasos
resonaban como un lamento, y Wolfarr sintió que cada sonido se amplificaba en el silencio
inquietante que los rodeaba.

Las rocas, afiladas como cuchillos, emergían del suelo como dientes de una criatura antigua, y la
tierra misma parecía inclinarse hacia ellos, un terreno inestable que amenazaba con tragarlos
en cualquier momento. El aire estaba impregnado de un olor terroso, de algo más que tierra y
hojas muertas; una mezcla de descomposición y vida que parecía susurrar secretos oscuros. Era
un recordatorio constante de que, aunque estaban alejados del bosque, la oscuridad aún los
acechaba, ansiosa por devorarlos.

a su lado, su rostro aún pálido de la reciente herida. La tensión en su cuerpo era palpable, como
si cada músculo estuviera en guardia, esperando el próximo ataque de un enemigo invisible.
Wolfarr podía sentir el peso de su dolor, no solo por la herida que marcaba su piel, sino por el
temor que brillaba en sus ojos.

la ansiedad de ella parecía expandirse en el aire, llenándolo de un tipo de terror que iba más allá
del físico; era un miedo ancestral, que pulsaba en su interior como un tambor en la oscuridad.

—¿Crees que regresaremos a salvo? —preguntó Eislind, su voz temblando entre la bruma que
los envolvía. Había un matiz de incertidumbre en su tono, una fragilidad que Wolfarr deseaba
proteger. No podía permitir que la desesperación se apoderara de ella. En su respuesta, se
esforzó por enmascarar su propia inquietud.
—Siempre hay un camino hacia la luz, Eislind —dijo él, su voz más firme de lo que se sentía.
Miró hacia adelante, escaneando el camino rocoso con la esperanza de detectar cualquier señal
de peligro. La atmósfera era densa, el aire cargado con una energía extraña que lo hacía sentir
observado, como si los propios árboles murmurasen entre sí, compartiendo secretos
inquietantes.

murmuraba un antiguo canto en voz baja, como un hechizo que podría mantener a raya a los
espíritus del bosque. Las palabras resonaban con un eco profundo, cada sílaba un peso en el
aire. Wolfarr se sintió momentáneamente reconfortado por la presencia del enano, pero sabía
que la verdadera seguridad no estaba en los encantamientos, sino en su propia voluntad de
proteger a Eislind a toda costa.

Las sombras de la tarde se alargaban, transformándose en figuras distorsionadas que parecían


moverse a su alrededor, proyectando un manto de desasosiego. Wolfarr se obligó a mantenerse
alerta, su mente luchando contra visiones de horror que lo asaltaban en cada giro del camino.
La sensación de que algo los observaba, algo que se ocultaba entre las sombras, hizo que su piel
se erizara.

—Wolfarr —la voz de Eislind interrumpió sus pensamientos, una nota de vulnerabilidad que
resonó profundamente en su interior—. ¿Qué haremos si la oscuridad nos encuentra?

La pregunta lo golpeó como un rayo, un recordatorio de que la verdadera batalla apenas


comenzaba. Su mirada se encontró con la de ella, y en ese instante, el mundo se detuvo. Había
un entendimiento tácito entre ellos, una conexión que trascendía las palabras. Wolfarr deseaba
decirle que todo estaría bien, que la luz siempre prevalecería sobre la oscuridad, pero en su
corazón sabía que las sombras eran insidiosas, capaces de devorar incluso la más pura de las
luces.

—No lo sé —respondió finalmente, sus palabras un susurro, tan sombrío como el paisaje que
los rodeaba—. Pero lucharé por ti.

Las palabras flotaron en el aire como un juramento sagrado, un lazo entre ellos que se sentía
más fuerte que el propio miedo. Eislind sonrió débilmente, pero Wolfarr pudo ver la
incertidumbre danzando en sus ojos.

cada sombra un recordatorio de los horrores que acechaban en la penumbra, mientras el


castillo se alzaba, distante, como un faro en medio de la tormenta que se cernía sobre ellos.

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