ESCUELAS HELENÍSTICAS
Tras la muerte de Alejandro Magno en el 323 a.C., el mundo griego entró en una nueva etapa conocida como periodo
helenístico, que se extenderá hasta la invasión romana de Macedonia en el 148 a.C. Durante este tiempo, las polis
griegas pierden su autonomía política y económica, mientras que Atenas deja de ser el centro hegemónico que fue
durante los siglos anteriores. En su lugar, surgen grandes monarquías helenísticas que reorganizan el mundo conocido en
torno a nuevos poderes centralizados. Esta pérdida de la polis como referencia vital y política hace que el individuo se
replantee su papel en el mundo. Ya no se entiende al ser humano como un “animal cívico”, como sostenía Aristóteles,
sino más bien como un “animal social” que busca su autosuficiencia en la relación con la naturaleza y no tanto en la vida
política.
En este contexto de inestabilidad, las escuelas filosóficas del periodo helenístico adoptan un carácter práctico: su
principal preocupación ya no es tanto el conocimiento abstracto o metafísico, sino cómo vivir bien, cómo alcanzar la
felicidad o al menos la tranquilidad interior. El ideal del sabio ya no es el que domina una ciencia teórica, sino aquel que
sabe conducirse con equilibrio en la vida. Por ello, se desarrolla una filosofía moral dividida clásicamente en lógica, física
y ética, pero subordinada en todas sus partes a la finalidad práctica de alcanzar la paz del alma. En este marco destacan
tres grandes escuelas filosóficas: el epicureísmo, el estoicismo y el escepticismo, cada una con su propia respuesta al
problema de la felicidad.
El epicureísmo, fundado por Epicuro de Samos, se centra en una ética del placer entendida de forma racional y
moderada. Epicuro consideraba que el objetivo fundamental del ser humano es alcanzar la felicidad, la cual se logra a
través del placer. No obstante, no se refiere a un placer grosero o desmedido, sino a un estado de ausencia de dolor físico
(aponía) y perturbación mental (ataraxia). El verdadero placer consiste en saber disfrutar de lo necesario y natural —
como el pan y el agua— y evitar los deseos vanos como la fama o la riqueza. Epicuro clasificó los deseos en tres tipos:
naturales y necesarios, naturales pero no necesarios, y los que no son ni naturales ni necesarios. Solo los primeros
conducen a la auténtica felicidad. Además, Epicuro propone una actitud despreocupada ante la muerte y los dioses, pues
estos no intervienen en el mundo humano. Su receta para la felicidad se resume en el llamado Tetrafarmakon: no temer
a los dioses, no temer a la muerte, saber que lo bueno es fácil de alcanzar y que lo terrible es soportable.
Por otro lado, el estoicismo, iniciado por Zenón de Citio y desarrollado más tarde por figuras como Séneca, Epicteto o
Marco Aurelio, propone una vida guiada por la razón y conforme a la naturaleza. Para los estoicos, todo está regido por
un destino inalterable, una razón universal (logos) que da sentido a lo existente. El sabio estoico no trata de cambiar el
curso del destino, sino de aceptar con serenidad lo que le ocurre, manteniendo siempre el dominio sobre sus pasiones.
La virtud es entendida como la disposición permanente a actuar racionalmente, y no admite grados: se es virtuoso o no
se es. Frente a las pasiones (pathos), que son vistas como errores de juicio y fuentes de desequilibrio, el sabio cultiva la
apatía, es decir, la imperturbabilidad frente a los vaivenes del mundo. No obstante, esto no implica resignación pasiva: el
estoico actúa para cambiar aquello que puede, pero acepta lo inevitable con ecuanimidad. Su ideal es una libertad
interior que no depende de las circunstancias externas.
Finalmente, el escepticismo, cuya figura fundacional es Pirrón de Elis, se caracteriza por la desconfianza hacia la
posibilidad de alcanzar verdades absolutas. Los escépticos creen que todo conocimiento es relativo, que solo accedemos
a apariencias y no a la realidad misma. Por tanto, es imposible tener certeza de ningún juicio. Esto lleva a una actitud de
suspensión del juicio, conocida como epojé, la cual permite alcanzar la ataraxia, el sosiego interior que se deriva de no
tomar partido de forma dogmática. Esta postura no pretende negar toda búsqueda de la verdad, sino más bien fomentar
una actitud de humildad, tolerancia y prudencia intelectual frente a la diversidad de opiniones y la imposibilidad de
certidumbre total. En un mundo cambiante y confuso, esta renuncia al dogmatismo es vista como una vía razonable para
vivir con paz interior