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margen N° 3 – agosto 1993
Alcoholismo: La grieta
Por Amanda Sánchez
Amanda Sánchez. Psicóloga, psicoterapeuta. Departamento Drogadependencia, Dirección de Salud Mental, Minis-
terio de Salud de la Provincia de Buenos Aires, Argentina.
Trabajo presentado en el Encuentro Latinoamericano de Escuelas de Trabajo Social Regional
Cono Sur, Santiago de Chile, mayo de 1993
De modo introductorio
El alcoholismo circula sobre el territorio de alcoholización de una sociedad, como un río de
montaña: estridente, veloz, cíclico. Acuñado a principios de siglo por el campo de la medicina -
siguiendo el modelo de las ciencias naturales- el concepto de alcoholismo sólo daría sentido a
acontecimientos específicos dentro de ese territorio.
Por su amplitud e impresión -del mismo modo que sucede con el término "Droga"- suele
generarse confusión acerca de la realidad a la que se desea hacer referencia. Es frecuente escuchar
tanto en los grupos de trabajo como a través de los medios de comunicación que ambos términos
son usados indiscriminadamente como "comodines" que se adaptan fácilmente al juego de
discursos de variada procedencia e intereses.
Si empezamos a trabajar sobre estos temas, comenzamos revisando lo que se quiere decir cada
vez que usamos los conceptos "drogadicción" o "alcoholismo", seguramente avanzaríamos en el
análisis y en la acción.
Detrás del efecto ilusorio de una unidad de sentido, podemos hallar matices, diferencias
cualitativas y cuantitativas que resultan de gran importancia conceptual y práctica.
Procesos de alcoholización
Proceso de alcoholización -1- es un concepto dinámico que intenta dar cuenta de esa compleja
red cultural donde circula el alcohol como mercancía. A mi criterio, resulta un concepto macro, que
nos abre una llave interdisciplinaria, cuando intentamos pensar sobre los múltiples efectos de un
proceso, que no solamente produce e insume bebidas alcohólicas, sino que implica necesariamente
producción de subjetividad; "de consumo, demanda y goce" -2-
Parados culturalmente sobre el mismo cauce de alcoholización todo fenómeno nos parecerá
normal o accidental según el registro de nuestra experiencia de vida.
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Esta especie de disociación se tiende a desestimar y excluir dicha experiencia cuando se está
procediendo desde roles laborales-profesionales. Esta situación se produce, entre otras causas,
como medida de protección o bien, por prejuicios acerca de cómo debe ser un procedimiento que se
precie de racional y científico.
Si nos cuestionamos o no conducir luego de haber ingerido alcohol; si nuestros progenitores
mojaban con vino el chupete de los chicos; si sólo nos llama la atención la borrachera y no así los
problemas metabólicos de quien bebe en exceso sin llegar a embriagarse; en fin, si nos repugna,
conmueve, nos resulta indiferente, somos permisivos o indulgentes con las conductas de
alcoholización, son informaciones que merecen ser tenidas en cuenta cuando acudimos a nuestra
caja de herramientas conceptuales de trabajo.
Alcoholismo
Cuando el problema acontece dentro del sector donde se asiste la enfermedad, se define en el
sentido estricto el concepto de Alcoholismo.
En la práctica solemos encontrarnos que lo que realmente "problematiza" al sistema de salud y
lo pone en "rojo" son, por un lado:
1. las demandas de atención con episodios críticos agudos. Intoxicaciones y cuadros de
abstinencia que frecuentemente caen en el registro de los cuadernos de guardia como
etilismo. Posteriormente esa información será anotada en los registros de estadísticas como
"Síndrome de dependencia al alcohol" (303. P) y resultará casi el único dato directo de
morbilidad y mortalidad en alcoholismo con que contamos si se intenta realizar algún
estudio de corte epidemiológico.
2. las demandas de atención cíclicas de alcohólicos crónicos, con todo el abanico de
signos y síntomas lesionales y funcionales que lo caracterizan y que resultan (del mismo
modo que las crisis agudas), un apremio de derivación. En esa fuerza centrípeta que ejerce
el Sistema de Salud sobre los alcohólicos, convergen múltiples causas que merecen -por
su importancia y complejidad- un estudio aparte.
Si pasamos una rápida lectura sobre los (cuestionados) números, podemos obtener un panorama
significativo: Año 1989, en la provincia de Buenos Aires, (estadísticas sobre el total de egresos
hospitalarios): de cada cien personas que circularon con trastornos mentales, veinte de ellas
ingresaron al sistema de salud por Síndrome de Dependencia al Alcohol. La más joven de ellas
está registrada dentro del intervalo de edad promedio de 15 a 24 años.
Casi todos han llegado cuando poco podía hacerse: de 410 muertes por trastornos mentales,
210 están registrados como causa del síndrome -3-.
Si transitamos por otros Servicios del Hospital General, el panorama no es alentador: en Clínica
Médica, por ej., el 8% de la población tratada mayor de 15 años, ingresó con síntomas habituales
en los alcohólicos: hemorragias gastrointestinales y trastornos de los líquidos y del equilibrio ácido
básico.
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Antes de "convertirse" en alcohólica, la persona en cuestión suele haber transitado por años por
varios Servicios del Hospital general: problemas gastrointestinales, hepáticos, neurológicos,
traumatismos por violencia o accidentes, etc.
Lo que nos resulta difícil es agudizar la percepción de estos indicadores, en quienes
seguramente retornarán al Sistema cuando el proceso se torne casi irreversible.
Alcohólicos
Retomando la imagen inicial, si el Alcoholismo atraviesa el territorio de alcoholización de esta
cultura, como un río de aguas estruendosas y de caudal cíclico, entonces a los alcohólicos suele
encontrárseles sobreviviendo con aparente despreocupación sobre los peñascos, o
desbarrancándose entre las grietas y los torrentes con una desgraciada indiferencia ante la
posibilidad de su muerte.
Actores que presentifican los signos y los síntomas de un cuerpo biológico y social maltratado y
exhausto, desfilan por la galería de la historia expulsados hacia los márgenes, inhabilitados, entre
castigos ejemplares, conventos rigurosos, Ordenes de Caridad y Templanza, celdas, hospitales,
cárceles, pabellones psiquiátricos.
Los alcohólicos presentifican la singularidad dentro del territorio de alcoholización de nuestra
cultura. Esta especie de "encarnación" de la diferencia, acontece como grieta en algún borde del
fenómeno de alcoholización y produce un salto cualitativo, del que intentan dar cuentas las
diferentes disciplinas.
Hijos de casamientos dudosos entre discursos éticos, morales, religiosos, legales o médicos,
estos actores aparecen sentados en la silla del estigma: son para algunos, los borrachos, los
enfermos, viciosos, delincuentes, villeros, irresponsables, víctimas, adictos, en fin, son los
diferentes.
Si hablamos con ellos, solemos escuchar que -tenían que ser buenos padres y madres de
familia-; -jóvenes, hermosos y felices-; también -buenos trabajadores-; productivas ovejas del
rebaño que han descarriado.
Algo falló, algo se quebró y se derrumbaron perplejos entre la superficie de la grieta. Suelen
verse algunos científicos, preocupados, buscando entre los escombros, una especie de "caja negra
biológica" que dé cuenta de alguna causa, algún factor x, desconocido aún, que otorgue sentido a
tanta desgracia.
El acontecimiento que impulsa la incapacidad de detenerse -4-, adquiere forma de lenguaje con
posterioridad a la ingesta: -un pozo sin fondo, que no puedo llenar-, -una sed tremenda-, - no sé
lo que me pasó- -5-. El acontecimiento adquiere una fuerza que se significa desde afuera hacia
adentro: -me pasó-, -dijeron que hice...-, -me trajeron, no me acuerdo-, -lo encontraron
tirado-. -6-
La angustia se transfiere a una acción que siempre es interpretable a posteriori. A veces el
alcohol suele ser vivido como la única condición por la que se sostiene el deseo de estar vivo.
Paradójicamente en el juego del beber, la muerte es el árbitro que detiene la jugada o le da fin al
partido: un paciente comentó que en el bar que frecuentaba, había una pizarra donde escribían con
tiza los nombres de los habitués. A esa lista de nombres le llamaban "el banco de los suplentes".
Los "titulares" ya habían recibido sus correspondientes coronas en el sepelio.
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Cuando intentamos acercarnos a cada alcohólico en su singularidad, el abanico de las diferencias
se multiplica.
Sólo nos queda, ante la mirada clínica, la generalidad de una biología que adquiere cierta
simetría. Se materializa las grietas y ya fuera del campo del sentido, los surcos de la corteza
cerebral se ensanchan, las conexiones sinápticas se colapsan, los palimpsestos se olvidan.
Es territorio del goce, nos dice el psicoanálisis desde la frontera de las pulsiones.
Tal vez, embriagados culturalmente por la orgía dionisíaca que suponemos que acontece en la
superficie de las grietas -7-; tal vez enojados por tanta irresponsabilidad y obscenidad hedonista; de
todas maneras los alcohólicos se las ingenian para dejarnos fuera del encuentro, haciéndonos cargo
de los interrogantes sin respuesta.
Seremos siempre "los otros", los que siempre contemplarán desde la diferencia, cómo se les
abren las grietas de una cultura que los produce desde sus múltiples escenas.
Notas Bibliográficas
-1- Menéndez, Eduardo L.: Cura y Control. La apropiación de lo social por la práctica
psiquiátrica. México. Nueva imagen. 1979.
-2- Barenblit, Gregorio: Breves notas para una conceptualización de la Problemática Trabajo y
Salud Mental. Año III -7- Sinopsis/37.
-3- Estadísticas del Departamento de Drogadependencia de la Dirección de Salud Mental.
Ministerio de Salud de la Provincia de Buenos Aires (Conurbano y resto) 1988.
-4- O.M.S. C.I.E. (Clasifiación Internacional de las Enfermedades) Novena Revisión. Lista
tabular V: Trastornos Mentales.
-5- El alcohólico, ¿Judas o Cristo? Hasenbalg, María; Medrano Mónica; Sánchez, Amanda.
Artículo no publicado.
-6- Fragmentos de sesiones clínicas con pacientes alcohólicos.
-7- G. Deleuze. Lógica del Sentido. (Porcelana y Volcán), Paidós, 1989.
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