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Cuento 2

Clara encuentra una maleta roja abandonada en una estación de tren, que contiene objetos que evocan recuerdos de su primer amor, Nicolás, quien murió joven. A medida que explora el contenido, Clara revive memorias olvidadas y se da cuenta de que la maleta es un puente entre su pasado y lo que ha negado. Al final, la maleta desaparece, dejando solo una piedra blanca, y Clara comienza a llenar una nueva maleta roja con sus propios recuerdos.
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Cuento 2

Clara encuentra una maleta roja abandonada en una estación de tren, que contiene objetos que evocan recuerdos de su primer amor, Nicolás, quien murió joven. A medida que explora el contenido, Clara revive memorias olvidadas y se da cuenta de que la maleta es un puente entre su pasado y lo que ha negado. Al final, la maleta desaparece, dejando solo una piedra blanca, y Clara comienza a llenar una nueva maleta roja con sus propios recuerdos.
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La maleta roja

La encontró un martes, bajo la lluvia.

El tren partía en diez minutos cuando Clara vio la maleta roja, abandonada junto a un banco
de madera en la estación. Era pequeña, de cuero, con hebillas doradas y un asa
desgastada por el tiempo. Lo extraño era que no había nadie cerca. La estación estaba
vacía salvo por un anciano dormido y una mujer que leía sin interés.

Clara dudó. Miró alrededor una vez más, y luego se acercó. La maleta no tenía etiqueta. La
tocó: estaba tibia, como si alguien la hubiese dejado hace segundos. La curiosidad venció
su prudencia. La alzó y, como si fuera suya de toda la vida, subió con ella al tren.

Durante el viaje no dejó de mirarla. Algo en esa maleta la inquietaba. Al llegar a su


departamento, la colocó sobre la mesa del comedor y la abrió.

Dentro había objetos comunes: una libreta de tapas verdes, una muñeca de trapo con un
ojo cosido de forma desigual, una piedra blanca con una flor grabada, una postal amarilla
sin sello y una medalla con la figura de San Cristóbal.

Nada de eso le pertenecía. Y sin embargo...

Abrió la libreta. Reconoció la letra. Su letra. Puso el dedo sobre la primera página: “Hoy fue
el primer día que lo vi. Tenía las manos manchadas de pintura y los ojos tristes. Se llamaba
Nicolás.”

El nombre le heló la sangre. Nicolás había sido su primer amor, muchos años atrás. Un
pintor que vivía en la casa del bosque. Murió joven, en un accidente. Clara apenas
recordaba los detalles, como si su mente hubiera querido protegerla de algo. Pero ahí
estaba, en su propia letra, narrando cada encuentro, cada conversación. Palabras que no
recordaba haber escrito.

Tomó la piedra blanca. Un aroma conocido le envolvió de inmediato: jazmines. Recordó la


caminata por el parque en primavera, la conversación sobre la muerte, el momento exacto
en que él le dio esa piedra: “Para que me recuerdes cuando todo sea gris.”

La muñeca de trapo. La postal con un dibujo del faro de Cabo Roca. La medalla que llevaba
su madre antes del accidente. Cada objeto era un eco de un recuerdo que Clara había
perdido, o sepultado.

Durante días, Clara dejó de salir. Exploró el contenido de la maleta como quien desentierra
un tesoro. Cada objeto la sumergía más en su pasado: no el que recordaba, sino el que
había olvidado. Descubrió que su historia tenía huecos, silencios deliberados. Momentos
que su mente había borrado para seguir adelante.
Entonces, lo comprendió: la maleta no era un simple baúl de recuerdos. Era un puente entre
lo vivido y lo negado. Un recipiente de memoria, quizás traído por el destino, o por algo más
misterioso.

Una noche, en sueños, vio a una mujer joven con el cabello como el suyo, dejando la
maleta en la estación. Le sonreía con tristeza.

—Es tuya ahora —dijo la mujer—. Cuídala. Yo ya no puedo.

Cuando Clara despertó, fue a buscar la maleta.

Ya no estaba.

En su lugar, sobre la mesa, había una sola cosa: la piedra blanca, aún tibia.

Desde entonces, Clara guarda sus propios objetos en una nueva maleta roja. Una libreta,
una carta sin enviar, una fotografía de su hermana, una hoja seca de aquel árbol donde se
refugiaba de niña.

Quizás, algún día, alguien la encuentre. Y entonces, también recordará.

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