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Eje 1 Resumen Rakel

El documento aborda la adolescencia como un fenómeno multideterminado, destacando su evolución histórica y su conceptualización en la psicología del desarrollo. Se analizan las tensiones entre la madurez biológica y la inmadurez social de los adolescentes, así como la influencia de factores socioculturales en su identidad y desarrollo. Además, se discuten las paradojas contemporáneas que enfrentan los jóvenes en su transición hacia la adultez, reflejando un proceso complejo de cambio y subjetivación.

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Eje 1 Resumen Rakel

El documento aborda la adolescencia como un fenómeno multideterminado, destacando su evolución histórica y su conceptualización en la psicología del desarrollo. Se analizan las tensiones entre la madurez biológica y la inmadurez social de los adolescentes, así como la influencia de factores socioculturales en su identidad y desarrollo. Además, se discuten las paradojas contemporáneas que enfrentan los jóvenes en su transición hacia la adultez, reflejando un proceso complejo de cambio y subjetivación.

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EJE I.

- LA ADOLESCENCIA COMO UN FENÓMENO MULTIDETERMINADO


1.1.- La Psicología del Desarrollo. El concepto del ciclo vital y la adolescencia como parte del mismo.
- GRASSI, A. y CÓRDOVA, N. (2010) “La primavera del significante”, En “Entre niños, adolescentes y funciones
parentales”. Buenos Aires: EntreIdeas.
- GRASSI, A. y CÓRDOVA, N. (2010) “Adolescencia: reorganización y nuevos modelos de subjetividad.” En “Entre
niños, adolescentes y funciones parentales”. Buenos Aires: EntreIdeas.
- URBANO, C. y YUNI, J. (2001) “Y,…no se…”Colección Psicología y Cultura de los Adolescentes- Editorial Mi Facu .Cap. I y
II.
- URBANO, C. y YUNI, J. (2014) “Psicología del Desarrollo. Enfoques y perspectivas del Curso Vital”- Editorial Brujas.
Córdoba. Cap. II y VII
1.2.- Revisión crítica del concepto Psicología Evolutiva
- EMMANUELE, E. S. “Adolescencia, crisis y discursos sociales”. Extraído el 09 de febrero de 2014 desde
[Link]
- URBANO, C. y YUNI, J. (2014) “Psicología del Desarrollo. Enfoques y perspectivas del Curso Vital”- Editorial Brujas. Córdoba.
Cap I
1.3.- Esquema inicial de los modelos teóricos de comprensión de la adolescencia. Nuevas conceptualizaciones: aportes de
autores contemporáneos a partir de las posturas clásicas.
- DUSCHATZKY, S. (2006) “Qué es un niño, un joven o un adulto en tiempos alterados”. En Infancias y Adolescencias. Teoría y
experiencias en el borde. Graciela Frigerio (coord.). Ed. Noveduc.
- GARBARINO, [Link], y MACEDO, I.M. de (1991) "Adolescencia”. Roca Viva. Cap.1 “La adolescencia”
- LERNER, H. (2006) “Adolescencia, trauma e identidad“ en ROTHER HORSTEIN, M.C. (comp.) Adolescencias: trayectorias
turbulentas. Ed. Paidós. [Link]
- VIÑAR, M. (2013) “Mundos adolescentes y vértigo civilizatorio”. Noveduc. Bs As. Cap. I.
-
Eje 1.1 Grassi y Córdoba, en La primavera del significante

Stanley Hall en 1904, estudian esta etapa como una fase evolutiva y destacan sus características específicas.
Fue también él quien impulsó el estudio de este tema, seguido por otros autores como Freud, pero desde un
abordaje más psicoanalítico. Luego, tenemos a Walter Benjamin, quien afirma que la juventud es el centro
donde surge lo nuevo. Esta tendencia aumentó después de la posguerra, cuando los adolescentes
comenzaron a construir su propia cultura. En este contexto, la juventud empieza a tomar conciencia de sí
misma, desorganizando el orden establecido y poniéndolo en crisis. Con la expansión de los medios de
comunicación, se imponen los primeros íconos adolescentes, ya que surgen nuevas músicas, como por
ejemplo, el rock, que lidera este cambio. A partir de esto, surgen los significantes adolescentes.
El término "adolescencia" ha recorrido un largo camino. Los términos "adolescencia" y "adolescente"
provienen del verbo adolescere, que significa comenzar a crecer o estar creciendo, y "adolescente" significa
"el que está creciendo". Este término se expandió en Occidente, especialmente en tiempos recientes.
El término "adolescente" implica un proceso continuo de cambio y transformación, donde crecer es un acto
de subjetivación. Es decir, crecer es un proceso en el que el individuo se constituye como sujeto, marcado
por una fantasía inconsciente agresiva. Al enfrentar el crecimiento y los cambios, experimenta impulsos
agresivos hacia sí mismo y su entorno. Por eso, este es uno de los aspectos que hacen que la adolescencia
sea una etapa de construcción psíquica, donde surgen tensiones internas, es decir, conflictos emocionales y
psicológicos.
En la antigua Roma, se utilizaban rituales religiosos en los cuales se quemaban inciensos o realizaban
cremaciones, y el ascenso del humo hacia el cielo simbolizaba el contacto con lo divino. Hoy, solamente
queda el sentido de "crecer". Así, hoy, el significante "adolescencia" para los adultos implica un momento
vital y un recambio generacional. Al crecer, los adolescentes alteran y despiertan figuras de alteridad: el
extranjero, que es lo distinto; la muerte, que simboliza el fin de una etapa; y la sexualidad, que es lo
desconocido o disruptivo.
La palabra "adolescencia" fue objeto de manipulaciones lingüísticas y fue erróneamente asociada con el
verbo adolecer, que significa afligirse, doler o enfermar. Es decir, "adolescente" llegó a ser considerado
alguien carente, incompleto o enfermo, lo que tiende a negar el potencial creativo de los adolescentes. Esta
manipulación tiene consecuencias en la ley, la salud y la justicia, ya que representa a los adolescentes como
seres a medio camino que solo alcanzarían la plenitud cuando lleguen a la adultez. Winnicott afirma que la
adolescencia tiene un potencial creativo, pero que para que esto suceda, deben crearse las condiciones
necesarias para que dicho potencial se despliegue. Algunos no pueden aceptar que el desorden es parte
saludable del crecimiento, y por eso lo etiquetan como algo anómalo, perturbador o atípico. Es más fácil

Espínola Raquel
interpretar este desorden como sufrimiento o dolencia, que entenderlo como una condición necesaria y
propia de la subjetivación, es decir, como algo que forma parte de la construcción de la identidad del sujeto,
en su búsqueda de un lugar en el mundo.
La adolescencia es esto nuevo que llega al contexto familiar y social como un cambio generacional que
sacude el mundo adulto. Grassi sostiene que los procesos puberal y adolescente se ponen en juego en lo
que él denomina el "entretiempo de la sexuación", es decir, el periodo intermedio entre el despertar de la
sexualidad en la adolescencia y su definición en la adultez. Durante esta fase, los adolescentes atraviesan un
proceso de exploración y construcción de su identidad sexual, en el cual los roles de género y la orientación
sexual están en formación. La adolescencia es urgencia de transformar y crearse, es decir, el desorden del
cuerpo, de la identidad infantil, del orden familiar y la posición generacional. Ese impulso es necesario para
desordenar su interior y el contexto.
Este desorden también se expresa en el lenguaje. Los adolescentes necesitan crear sus propios significantes
o nuevas formas de nombrar lo que les pasa, ya que muchas veces no logran expresarse de otra manera.
Con esa finalidad, van a desordenar el lenguaje, porque no logran expresar sus vivencias o todo lo nuevo que
están experimentando. Necesitan apropiarse del lenguaje, y para eso usan su creatividad, aunque con cierta
hostilidad, para transgredir los códigos establecidos y explorar nuevas palabras y sentidos, dándoles nuevos
significados. El adolescente aún no tiene un discurso apropiado y está en proceso de separarse del otro
parental, es decir, necesita separarse del mundo adulto. Por eso crean estas palabras para expresar lo que
están viviendo. Muchas veces, tampoco encuentran en el adulto una escucha. Cuando no pueden hablar o
expresarse corporalmente, actúan. Necesitan una nueva relación con las palabras, es decir, quitarles ese
carácter sagrado y darles una nueva forma con su sentido propio y subjetivo. Desordenan el lenguaje, y esto
escandaliza a los adultos. Algo típico del adolescente es jugar con las sílabas y sonidos, alterar la forma sin
cambiar el sentido. Por ejemplo, "na boluu", crean un idioma propio para intentar expresar lo que no logran
decir con las palabras que conocen.

Texto URBANO, C. y YUNI, J. (2001) “Y,…no se…”Colección Psicología y Cultura de los Adolescentes. Cap. I
y II
CAPÍTULO 1
Empieza a estudiarse acerca de la adolescencia en el siglo XX, ya que en las sociedades antiguas y en algunas
culturas no occidentales, el paso de la niñez a la adultez no incluía una etapa intermedia. Este paso se
realizaba mediante un rito de pasaje, a partir del cual se adquirían las mismas responsabilidades,
obligaciones y derechos que cualquier otro adulto. Desde ese momento, el individuo era capaz de participar
de las tareas sociales; por ejemplo, los varones ya podían empezar a cazar, trabajar fuera del hogar,
mientras que las mujeres se dedicaban al hogar, a tener hijos y a cuidar a los niños.
En cambio, en las sociedades occidentales, los cambios sociopolíticos ampliaron el sistema educativo y, con
la prohibición del trabajo infantil y la consolidación de la familia nuclear, se extendió el tiempo en el que
una persona pasaba de la niñez a la adultez. Esto llevó al surgimiento de una etapa intermedia: la
adolescencia, en la cual el sujeto ya tiene madurez biológica, pero aún no se le reconoce una madurez social
ni autonomía para ejercer las funciones adultas. Así surge la adolescencia como una etapa de transición
entre la niñez y la adultez, un período destinado a prepararse para los roles adultos.
En las sociedades occidentales, se produjeron un conjunto de creencias, valores, códigos y lenguajes que
definieron lo que significaba ser adolescente y establecieron cómo debe comportarse, sentirse y pensar
una persona que está pasando por esta etapa de la vida. Entonces, esta etapa se ha convertido en un
momento específico y con características propias del proceso de crecimiento de las personas.
Etimológicamente, "adolescencia" proviene del latín adolescere y tiene dos significados: crecer o
desarrollarse hacia la madurez, y por otro lado, adolecer, que significa carecer de algo. Ambos sentidos
marcan un proceso de incompletud, un camino hacia la madurez, a diferencia del adulto, que se considera
crecido o completo. La adolescencia se tomaba como una etapa preparatoria, donde el adolescente era visto
como aprendiz, inmaduro, alguien que aún no está completo, que no ha alcanzado la adultez plena.
Algunas culturas tienen una visión romántica de la adolescencia, llamándola la "primavera", la "flor de la
edad", pero también existen visiones negativas, como la de la "edad del pago". François Dolto habla del
"purgatorio de la juventud" y Erik Erikson introduce el concepto de moratoria social, entendida como un

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período que se le otorga al adolescente para experimentar roles, ensayarlos y luego elegir lo que desea
asumir como adulto, especialmente en relación al mundo laboral.
Sin embargo, hoy en día hay cada vez más jóvenes que no logran independizarse económicamente de sus
familias debido a la falta de oportunidades laborales, lo que retrasa el ingreso a la adultez. Por otro lado, un
adolescente que se embaraza a los 14 años, aunque debe asumir responsabilidades en el cuidado de su hijo,
no puede considerarse un adulto. La sociedad también se muestra ambigua respecto a los derechos y
responsabilidades que se les otorgan a los adolescentes, y es por eso que surge una paradoja: se promueve
la autonomía, pero las condiciones sociales actuales hacen que cada vez sea más difícil lograrla. A la vez, los
estudios se prolongan y hay menos espacios de ocupación laboral, lo que retrasa el paso completo hacia la
adultez.
Así, los adolescentes de hoy se encuentran en una situación ambigua: maduros biológicamente, pero
inmaduros socialmente; iresponsables en algunos aspectos y sobreexigidos en otros; dependientes
económicamente, pero presionados a tomar decisiones adultas. Todas estas contradicciones y tensiones
forman parte de las paradojas socioculturales que caracterizan esta etapa evolutiva, que algunos han
definido como "tierra de nadie".

Capítulo 2
La adolescencia se considera como una etapa evolutiva dentro del ciclo vital es decir que forma parte del
desarrollo que atraviesan todas las personas a lo largo de la vida el desarrollo evolutivo es el despliegue de
las capacidades emocionales afectivas y cognitivas y sociales del individuo abarca desde el momento de la
concepción hasta la muerte estas capacidades pueden desarrollarse por un potencial biológico psicológico y
sociocultural y estas tienen una interacción mutua y continua. Los seres humanos experimentan múltiples
transformaciones en las diferentes áreas de su existencia en lo biológico cambia el cuerpo en lo social con el
paso en tiempo implica el paso del tiempo implica aprender y ocupar diferentes roles lo cual contribuye a la
construcción y transformación de la identidad y desde lo psicológico estos cambios desde lo psicológico se
producen cambios emocionales de personalidad la forma de pensar y vincularse con los demás y estos
permiten interpretar los cambios en todas las demás áreas y le da una sensación de unicidad es decir una
sensación de continuidad de ser uno mismo a pesar de las transformaciones que ocurren con el tiempo.
Todos estos conceptos forman parte de lo que hoy se conoce como la psicología del desarrollo la
adolescencia es una etapa evolutiva con características propias que implica un proceso de cambio individual
que está influido por el contexto social y que tiene un papel muy importante los valores normas y códigos
culturales que van modelando al sujeto y a su entorno. La psicología evolutiva fue una disciplina científica
que desarrolló teorías sobre los procesos psicológicos en las diferentes etapas de la vida en la primera mitad
del siglo 20 comenzó a investigar sobre la pubertad y la adolescencia estas teorías eran normativas y
universales lo cual implicaba que cualquier sujeto con un desarrollo considerado normal debería mostrar
ciertas características psicológicas propias de su edad y aquellos que no las tenían se las consideraba como
patológicos además se asumía que estas características debían aparecer sin importar el contexto
sociocultural de la persona después de la Segunda guerra mundial se produjo un cambio importante en la
forma de estudiar el desarrollo humano y se empezó a reconocer la influencia de la cultura y el entorno
social entonces el crecimiento orgánico es decir el desarrollo del cuerpo no explicaba por sí solo los cambios
psicológicos ya que estos también dependen del contexto y se comenzó a cuestionar los métodos de
investigación que se utilizaban hasta ese entonces ya que se tomaban casos clínicos individuales y luego se
los comparaban con otros sujetos pero se concluyó que la mejor forma de estudiar el desarrollo era seguir el
mismo grupo de personas durante mucho tiempo y observarlos cómo cambiaban el desarrollo humano debe
estudiarse teniendo en cuenta no solo la edad sino también los factores ambientales sociales y culturales
que influyen en cada persona y estos avances ayudaron a entender el desarrollo como un proceso integral
que atraviesa todo el ciclo vital de la persona.
El enfoque del ciclo vital
Se habla de enfoque cuando porque se trata de un conjunto de principios fundamentados en distintas
teorías que brindan claves para comprender el desarrollo es decir que no es una teoría única sino una serie
de ideas surgidas de investigación científica que nos permiten comprender analizar interpretar y describir los
procesos evolutivos que ocurren a lo largo de toda la vida este fue importante para comprender la
adolescencia como una etapa dentro de un proceso del desarrollo humano. Este enfoque rechaza las

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explicaciones de los cambios del desarrollo solamente como factores internos del sujeto o por el contrario
solo del entorno tenemos diferentes teorías primero las innatomaduracionistas que ponen en foco al sujeto
y ésta se explica en el desarrollo como un proceso interno es decir que el desarrollo está programado por la
biología esto se explica por a través de la genética y se presenta el sujeto como alguien que no puede
modificar su destino y está condicionado por lo biológico después tenemos las teorías ambientalistas que
estas atribuyen el desarrollo al entorno es decir el medio es el que provee los estímulos necesarios para
producir los cambios el individuo tiene un rol pasivo solamente recibe lo que el ambiente le da y las
diferencias entre los individuos va a estar dada por la intensidad de estímulos que recibió esta persona y
luego tenemos el enfoque del ciclo vital que propone una perspectiva en donde el sujeto y el medio
interactúan es decir el desarrollo depende tanto de los procesos del sujeto como biológico psicológicos
intelectuales y sociales como así también del medio entonces el individuo no es un receptor pasivo sino que
participa activamente en su desarrollo es decir que construye su visión del mundo y de sí mismo reelabora
su identidad entonces la niñez la adolescencia la adulteza y la vejez no son una continuidad lineal sino que
son estadios en los cuales existen transformaciones cualitativas diferentes no son iguales para los diferentes
sujetos y cada persona es distinta y cambia a lo largo de toda la vida entonces se propone que los procesos
de desarrollo que intervienen son de múltiples causas y factores de diferentes naturalezas tanto biológicos
psicológicos sociales y culturales. El enfoque del ciclo vital introduce el concepto del desarrollo evolutivo: el
desarrollo ontogenético es este proceso individual de desarrollo que va desde la concepción hasta la muerte
se produce a lo largo de toda la vida en cada estadio existen transformaciones que son producidas por la
combinación de acontecimientos que van estableciendo de esta manera una continuidad en el ciclo vital
también aparecen irrupciones o que van a generar una discontinuidad y estos desestructuran el curso vital e
impulsan al sujeto hacia la búsqueda de un nuevo equilibrio.
El interjuego entre la ganancia y la pérdida en el desarrollo
En el proceso de desarrollo a lo largo de la vida el desarrollo se produce por la ocurrencia tanto de ganancias
como ser el crecimiento maduración y adquisiciones nuevas de nuevas capacidades también así como de
pérdidas deterioro abandono de algunas funciones o características no habría un desarrollo evolutivo sin la
aparición de nuevas adquisiciones o ganancias junto con la ocurrencia de pérdidas. La adolescencia se
considera como un fenómeno de ganancia en la cual hay que perder la niñez y los atributos que tiene este el
cambio evolutivo es siempre una especialización pero este no implica un avance general en todos en todas
las características del sujeto por ejemplo puede alcanzar un alto grado de desarrollo de inteligencia motora
pero un bajo nivel de integración emocional o afectiva y en cada estadio pueden ocurrir eventos normativos
es decir esperables o comunes y eventos no normativos son aquellas situaciones inesperadas.
El desarrollo evolutivo es multidireccional
Ya que la orientación del cambio evolutivo varía según el tipo de conducta que se analice ya sea social
cognitiva afectivo o mental en cada etapa evolutiva algunos sistemas de comportamiento muestran un
incremento pero pueden mostrar que disminuyen en otro funcionamiento por ejemplo en la adolescencia
los cambios del cuerpo que se producen son un proceso más o menos general y común en todos los
adolescentes pero producen efectos diferentes en cada uno de ellos y esto tendrá relación con la
personalidad del sujeto las pautas familiares de la crianza y el nivel de información que poseen.
Plasticidad y heterogeneidad
La plasticidad es esta capacidad de adaptación del sujeto que le permiten crear respuestas nuevas y
creativas ante diferentes conflictos la capacidad de cambio genera una heterogeneidad es decir una
diversidad de respuestas entre individuos de una misma etapa evolutiva.
Influencias en el proceso histórico del desarrollo
El desarrollo está influido por las condiciones socioculturales del momento histórico considerando el
contexto histórico cultural que atraviesa cada sociedad estos cambian con el tiempo y afectan a cada
generación de una manera distinta por ejemplo las tecnologías.
Los sistemas que influyen en el desarrollo evolutivo
Existen tres sistemas que pueden llegar a influir uno son las influencias normativas de edad cronológica que
están relacionados con los cambios biológicos esperables otras son las influencias normativas históricas y
culturales está relacionado con el contexto social y la última son las influencias No normativas porque no
son iguales en todos biográficas y esta se relaciona con la historia personal de cada sujeto.
La adolescencia desde el enfoque del ciclo vital

Espínola Raquel
La adolescencia es una etapa de la vida con características propias en las cuales influyen los aspectos
biológicos psicológicos y sociales es un periodo de transición hacia la adultez es decir es un momento
intermedio entre la niñez y la adultez función su función principal es la de preparar al joven para asumir
roles sociales a partir de la formación de la identidad tanto personal como social es un proceso dinámico
que está en constante cambio comienza en la pubertad que es la que marca su inicio y sigue durante los
años siguientes es una etapa con transformaciones permanentes en los distintos aspectos del sujeto. Estos
cambios se producen por la interacción entre los factores biológicos psicológicos y sociales el entorno social
y el momento histórico que vive la adolescencia es un proceso individual el cual está condicionado por el
contexto social y cultural en la que crece cada joven estos cambios no se dan todos al mismo tiempo ni al
con el mismo ritmo al comienzo de la adolescencia los cambios físicos tienen un papel importante en las
crisis que atraviesan y hacia el final los conflictos están más relacionados con la integración social y la
elección de roles. El joven necesita realizar un trabajo psicológico para poder comprender lo que le está
pasando esta dimensión psicológica es clave porque le permite interpretar los cambios afrontarlos y resolver
los conflictos le permite entender las demandas del entorno y utilizar los recursos que tienen tanto internos
como externos para adaptarse la adolescencia no es un período uniforme es decir igual todo el tiempo
dentro de ella se pueden identificar etapas más cortas que los autores las llaman fases de la adolescencia
tienen diferentes tipos de cambio que pueden ser físicos psicológico y social según la clasificación de
Carvajal Corzo encontramos la adolescencia puberal adolescencia nuclear y adolescencia juvenil.

Adolescencia puberal:
11 a 14 años coincide con los cambios físicos producidos por la pubertad y la maduración biológica de los
órganos reproductores el eje de cambio psicológico está relacionado con resolver los conflictos que generan
esos cambios físicos y tomar conciencia de la madurez sexual el duelo principal que van a afrontar es la
pérdida del cuerpo infantil es decir aceptar que ya no tiene un cuerpo de niño y que ahora su cuerpo cambia
hacia la adultez.
Adolescencia juvenil:
17 a 25 años está marcados por las decisiones sociales importantes como la elección de una carrera
ocupación pareja y los factores sociales y culturales tienen más peso ya que se empieza a formar una
identidad social y asumir roles sociales que le permiten ingresar a la adultez el duelo de esta fase es la
pérdida del rol infantil es decir dejar atrás la dependencia de los privilegios propios de la infancia.
La adolescencia dentro del ciclo vital es interpretado como una crisis del desarrollo que hay que resolver. El
adolescente atraviesa cambios que le generan un desequilibrio y se debe alcanzar un nuevo equilibrio más
maduro crisis significa elección o decisión y esto está relacionado porque el adolescente debe tomar
decisiones importantes sobre su vida durante la adolescencia se producen transiciones o cambios en
diferentes dimensiones la edad biológica es decir el crecimiento y la maduración del cuerpo la edad
cronológica el tiempo real que pasa medido en años y la edad social las expectativas que la sociedad tiene
sobre lo que debe hacer en determinada edad hay transiciones psicoafectivas y cognitivas emocionales y
mentales la adolescencia es un proceso individual que requiere que el adolescente realice un trabajo
psicológico para resolver los diversos conflictos y estas van a dejar marcas la subjetividad es decir en la
forma en la que cada uno vive piensa y siente su experiencia la adolescencia es un fenómeno social ya que
implica el ejercicio de ciertos roles y el contexto social influye fuertemente. En una misma sociedad algunos
valores e imágenes sobre la adolescencia se vuelven dominantes y otras generaciones terminan
adoptándola a esto se le llama adolentización de la sociedad esto es cuando valores y conductas propias de
los adolescentes se imponen como un modelo social general por ejemplo los adultos toman la moda
adolescente. Los adolescentes como un grupo social tienen normas códigos y rituales y prácticas propias
esto les permiten delimitar un propio territorio es decir que existe una cultura adolescente que tiene rasgos
particulares.

URBANO, C. y YUNI “Psicología del Desarrollo. Enfoques y perspectivas del Curso Vital”- Cap. II y VII

Capítulo 7

Espínola Raquel
Una de las características de nuestro contexto sociocultural es el de la prolongación de la adolescencia. Este
se caracteriza por la adolentización de las costumbres, es decir, la tendencia de adoptar características
propias de los adolescentes. La adolescencia constituye un momento clave del desarrollo evolutivo. Frente a
la extensión de este ciclo evolutivo, se han establecido diferentes clasificaciones que permiten identificar las
fases. Tomamos la clasificación de Carvajal Corzo.
Adolescencia puberal:
Alrededor de los 10 u 11 años se produce una serie de cambios a nivel físico denominados adolescencia
puberal, ya que coincide con los cambios físicos que se producen en la pubertad. Se produce un aumento de
la actividad hormonal y modificaciones orgánicas ligadas al crecimiento, como cambios de tamaño, peso y
proporción corporal. Estos producen una alteración en la percepción de su imagen corporal. Los cambios
físicos comienzan siendo imperceptibles y los psicológicos sutiles, pero el estirón desencadena un profundo
conflicto psicológico, el cual está condicionado con lo que le atribuye el contexto sociocultural. El púber
enfrenta la angustia que le provoca la pérdida de su cuerpo infantil. No se reconoce a sí mismo y percibe su
cuerpo como extraño. Sus sentimientos de unidad, es decir, la coherencia entre su cuerpo y la identidad, se
rompe y es posible observar signos de fatiga, desgano, ansiedad y angustia que le producen estos nuevos
impulsos y sensaciones corporales. El rendimiento escolar puede verse afectado, tienen una conducta
dispersa y pueden pasar mucho tiempo durmiendo. Frente a la confusión y al desconocimiento de la propia
imagen, comienzan a explorar su cuerpo e intentan reconocer los cambios y descubren que este les produce
placer, el cual viene acompañado de culpa. Otra conducta típica del adolescente es pararse frente al espejo
a largas horas, peinándose o haciendo gestos. Esto es un intento de reafirmarse en sus cambios. Los cambios
corporales influyen en las interacciones sociales, provocando reacciones contradictorias. Pueden rechazar el
contacto físico o, a la vez, manifestar excesivamente una búsqueda de contacto. Todas estas son formas de
canalizar estas nuevas sensaciones. Estas conductas no son por caprichos, sino que son la manera que
tienen de enfrentarse con la invasión de estas nuevas sensaciones que no pueden verbalizar, ya que el
funcionamiento infantil no le sirve para enfrentar estos cambios.
Adolescencia nuclear:
Culmina el periodo de latencia. Se produce el desarrollo genital en los dos sexos y se produce la madurez
genital. Es el inicio del funcionamiento sexual reproductivo y con esto comienzan la búsqueda de
compañeros sexuales. Afloran las fantasías amorosas infantiles de conquista y competencia, los cuales
incitan a la identificación con grupos pares o personas de la misma edad y similares, que comparten los
mismos sentimientos y se busca que estos reemplacen o destronen la figura de autoridad que presentaban
los padres, porque se busca independizarse de ellos. La identidad adolescente se caracteriza por el cambio
de relación con sus padres internos y fantaseados. La presencia externa de estos ahora es imprescindible, ya
que han sido incorporadas a la personalidad del sujeto y ahora el adolescente está habilitado a realizar un
proceso de subjetivación, es decir, la construcción de su identidad personal. La adolescencia apunta a lograr
un nuevo reconocimiento de sí mismo y una independencia y autonomía de su familia. Los cambios serán
físicos y psicológicos. El cuerpo adquiere otro significado, el cual produce placer acompañado de culpa. Por
primera vez el sujeto se plantea la idea de muerte propia y de sus progenitores. Se pierde el aspecto
inmortal y sus padres empiezan a tener esta categoría de imperfectos mortales que pueden envejecer, y
esto le produce angustia, inseguridad y desprotección, por lo que pueden manifestar estos sentimientos
volviéndose de mal genio, irritables con conductas de aislamiento. Comienzan a defender su intimidad y
expresan necesidad de tener un cuarto para ellos solos. Intentan salir de la posición de niños, se vuelven
poco comunicativos, hasta monosilábicos responden “No” “Sí” bien, mal, y esto es un reflejo de su interior.
Este estado de confusión le afecta en el rendimiento habitual y repercute en el aprendizaje escolar. En esta
etapa no toleran la crítica o los mandatos y se manifiestan con mucha agresión hacia el entorno o, por el
contrario, con una sensibilidad excesiva. Cambian sus hábitos, pueden pasar a ser muy descuidados consigo
mismos o lo contrario, volverse muy estructurados con una limpieza intensificada. Ambas reacciones
constituyen intentos de controlar la angustia que le producen la invasión de las sensaciones corporales
nuevas.
Comienzan a desafiar las normas de convivencia familiar, se enfrentan a sus cambios intentando otorgarse
un nuevo significado de sí mismo y elaboran sus propias teorías de lo que significa el mundo adulto, y estas
le dan seguridad.

Espínola Raquel
Comienzan a elaborar hipótesis respecto de sus características físicas, sus habilidades motoras, sus
capacidades intelectuales y sus habilidades sociales. Empiezan a compararse con otros adolescentes y con
aquellos personajes que poseen las cualidades que ellos desean. Comienza un proceso de autoafirmación, es
decir, afianzarse en su propia identidad intentando contradecir los modelos de sus padres. Por eso surgen
conductas de imitación de amigos y de otros personajes que tienen estos atributos que ellos desean, y por lo
general estos están en oposición a los modelos progenitores. Puede que logren identificarse con personajes
de ficción. Se asocian a amigos o grupos de pares que se asemejan a los ideales que él desea; así puede
surgir la admiración por un par que tenga actitudes de líder o, por el contrario, competir por ese rol, ya que
lo que desea realmente es sustituir la autoridad que presentan los padres, es decir, pretende asumir un rol
de liderazgo.
Adquieren mayor importancia los modelos sociales respecto del cuerpo y los valores provistos por la cultura,
y estos indican lo que es ser exitoso. El adolescente se esforzará por hacer coincidir los aspectos de sí con
estos que tienen valor. En el caso de que haya coincidencia del autoconcepto, es decir, la imagen que tiene
de sí mismo, con aquellos atributos que la sociedad considera —o que el sujeto considera— que son ideales
para poseer, surgirá una autoaceptación y estima. Sin embargo, la autoevaluación que realiza de sí mismo es
fluctuante porque su estado de ánimo es variable. La inestabilidad y la contradicción son estados
característicos como fenómenos normales de esta etapa; es por eso que Aberastury lo llama “la normal
anormalidad”, es decir, que es esperable en esta etapa.
El adolescente manifiesta fluctuación de su estado de ánimo, puede pasar de la frustración al desaliento, y
esto se debe a que se encuentra en un estado de labilidad o inestabilidad emocional, ya que no puede
proyectar desde su interior hacia el exterior, es decir, cómo quiere mostrarse o actuar. “La personalidad
esponja” se la denominó porque el adolescente es hipersensible y absorbe de manera intensa, variable y
excesiva todo lo que le pasa alrededor y lo que siente dentro de sí mismo o lo que proyecta.
El permitirse fluctuar en realidad posibilita poder adquirir una identidad que responda al autoconcepto de sí
mismo. Cuando el sujeto puede hacer coincidir quién cree que es con lo que perciben los demás o el entorno
de quién es, y lo que él aspira a ser, es posible que genere un sentimiento de autoaceptación. Pero cuando
no hay posibilidades de integrar esos elementos, el adolescente elabora un concepto de sí mismo con
imágenes y creencias distorsionadas o empobrecidas, y un sentimiento de autovaloración negativa, y esto
tendrá efecto en la autoestima, el reconocimiento de sus capacidades y su seguridad.
El medio social en que vive provee otras posibilidades de incorporar pautas socioculturales y económicas.
Allí van a encontrar modelos a seguir, como pueden ser docentes, artistas, personajes políticos, quienes
presentan estos atributos estéticos, de belleza, de justicia, que le ofrecen al adolescente la posibilidad de
seleccionar y efectuar identificaciones personales que le permiten elaborar su identidad.
La cultura genera estereotipos sociales y expectativas respecto de lo que es el adolescente, y esto muchas
veces produce reacciones de rebeldía y acercamiento a grupos de pares con quienes intenta reforzar su
autoconcepto. Se produce la búsqueda de su independencia y un reconocimiento del entorno.
El desarrollo de una autoestima positiva incide en el comportamiento social del sujeto y en la posibilidad de
desarrollar sus capacidades y proyectarse a sí mismo con sentimientos de confianza. En un primer momento,
el adolescente no diferencia entre lo que significa representar un rol y lo que significa definirse a sí mismo
en un modo de ser, y en esta búsqueda de encontrar su lugar va a explorar diferentes modos de
manifestarse. A esto Erikson lo denominó “moratoria psicosocial”: esta consiste en un período admitido
socialmente en el que el sujeto puede experimentar diferentes roles y funciones sin la responsabilidad de
asumir ninguno de ellos. El adolescente aprende roles, los pone en juego y evalúa su utilidad.
Aberastury sostiene que el adolescente convive con identidades transitorias. Estas son circunstanciales o
temporales, y tienen por objetivo lograr una propia individuación o una construcción de su identidad
diferenciada. Experimentan diferentes funciones que le provean diferentes conceptos de sí mismo.
La sociedad impone estereotipos o modalidades de ser adolescente con los que trata de definir, caracterizar
y modelar sus cambios, por lo que siente que la sociedad es injusta y que debe realizar una reforma social.
Esto lo lleva a la formación de ideologías o aspiraciones vocacionales, a la definición de una orientación
sexual, y el adolescente usará su pensamiento intelectualizado y fantasioso para poder mejorar la
humanidad.
Esto con respecto a los aspectos saludables en la adolescencia.

Espínola Raquel
Cuando el adolescente pone en juego sus aspectos no tan saludables, puede tener actitudes combativas
respecto de la sociedad y actuar de forma rebelde, unirse a grupos de patotas o tener conductas violentas,
indisciplinadas y con manifestaciones de agresividad hacia un orden establecido, es decir, se produce un
rechazo al sistema.
En esta búsqueda de saber quién es, el adolescente puede mirarse a sí mismo a través de las figuras que le
transmiten cualidades positivas o, por el contrario, identificarse con figuras negativas que representan la
transgresión a las normas, ya que es preferible ser alguien, aunque sea indeseable, a no ser nada. Así se da
origen a la conformación de grupos de delincuentes, y esto tiene origen en la no aceptación de la
personalidad adquirida y en el deseo de lograr una identidad más aceptada.

La adolescencia juvenil
La elección de una carrera, la búsqueda y ejercicio de un trabajo, la conformación de una pareja, la
adquisición de derechos legales y económicos implican para el adolescente joven una inserción progresiva
en el mundo adulto y comienza a sentirse un igual, pero en ocasiones se siente excluido, lo que le genera
sentimientos de angustia o injusticia, por lo que comienza a exigir ser reconocido como adulto joven. Este
sentimiento de injusticia se da porque él desea sentir respeto mutuo, reciprocidad, y solo así estaría
dispuesto a obedecer las normas.
El adolescente joven comienza a formar una autonomía moral, es decir, la capacidad de decidir según sus
propios valores, valores individuales y sociales, por lo que comienza a proyectarse y a elaborar
planificaciones futuras. Empieza a tener reflexión sobre los sentimientos sociales y morales.
Se despiertan sus gustos por lo estético, la literatura, la música, la poesía, y necesita de certezas absolutas,
es decir, respuestas firmes que le hablen sobre el sentido de la vida, Dios, la existencia, etcétera.
Deja atrás la moratoria y realiza elecciones, tanto vocacional como de orientación sexual, y la adopción de
ideologías. En la medida en que el adolescente encuentra el camino a la realización de sus proyectos de vida,
puede introducirse al mundo de los adultos.
La crisis de la adolescencia está centrada en el logro de una identidad personal y social. La identidad
personal es la integración de las autodefiniciones que el sujeto tiene de sí mismo, es decir, la forma en que
se define como un ser único y particular, y esto le permite tener una conciencia plena de sí, de quién es uno
y a dónde pertenece.
La identidad no es algo que se dé de manera aislada, sino que surge de un proceso dinámico entre el
autorreconocimiento (la capacidad para reconocerse a sí mismo) y el heterorreconocimiento (la manera en
que los demás lo perciben y reconocen). Este interjuego e interacción entre lo que uno piensa de sí y cómo
lo ven los demás es esencial en la construcción de la identidad.
Dentro de la identidad personal se integran múltiples autoconceptos, es decir, distintas ideas que el sujeto
tiene sobre sí, que se relacionan con los diferentes roles que representa socialmente. Por eso puede
definirse como hijo, hermano, amigo.
Tendrá diferentes identidades: identidad de género, social, política, religiosa, y los diferentes conceptos de sí
mismo pueden variar con el tiempo o según la situación en la que esté ejerciendo ese rol.
La identidad personal es una construcción que implica la sensación de ser uno mismo (mismidad), de tener
una unidad interna, de que todo lo que es forma parte de un mismo ser, y una continuidad en el tiempo: ser
la misma persona a lo largo de la vida.
Esta identidad se forma a partir de cómo la persona se describe a sí misma, cómo se ve físicamente, cómo es
su personalidad, cuáles son sus habilidades, qué roles cumple (por ejemplo, hijo, estudiante) y qué lugar
ocupa en la sociedad.
Según Rice esta mirada interna permite al sujeto tener una idea coherente y estable de quién es a lo largo
del tiempo, aunque pueda ir cambiando con las experiencias.
En definitiva, como sostiene Erikson (1960), “el adolescente necesita darle a su proceso de cambios una
continuidad dentro de la personalidad, por lo que establece la búsqueda de un nuevo sentimiento de
continuidad y mismidad” (sentido de ser uno mismo a lo largo del tiempo). A partir de esto, se entiende que
la identidad no es algo fijo, sino un sistema abierto: es permeable al cambio, se transforma con el tiempo y
depende tanto de factores internos (como la personalidad, las emociones o la historia personal) como de
factores externos (como la familia, los grupos de pertenencia y las instituciones sociales como la escuela, la
iglesia, los medios, etc.).

Espínola Raquel
La identidad es lo que le permite al sujeto tener una sensación interna de quién es (mismidad) y sentir que
sigue siendo él mismo con el paso del tiempo (continuidad). Este sentimiento no solo es vivido por el propio
sujeto, sino que también puede ser reconocido por los demás, lo que permite que uno diga con seguridad:
“quién soy soy”.
Durante la adolescencia joven, la construcción de esta identidad está influenciada por las figuras parentales
internalizadas. Esto significa que las imágenes mentales de los padres que el adolescente tiene en su
interior —formadas a partir del vínculo real con ellos— le dan seguridad emocional. Estas figuras actúan
como una base que enriquece el yo, refuerza los mecanismos defensivos sanos (como la capacidad de
enfrentar conflictos sin quebrarse) y favorece el desarrollo de sus partes más equilibradas.
Gracias a esta base segura, el adolescente puede afrontar la ansiedad y la angustia que genera pasar de ser
niño a ser adulto. Y al poder elaborar emocionalmente esos cambios, fortalece su mundo interno y logra
construir una nueva imagen de sí mismo, más acorde a su etapa de vida.
El trabajo central de la adolescencia gira en torno a la búsqueda del “quién soy”, es decir, la construcción
de una identidad propia. Esta definición no se logra de la nada, sino que requiere mirar hacia atrás para
revisar y seleccionar las imágenes interiorizadas de los modelos infantiles (figuras importantes en la
infancia como padres, maestros, etc.), y al mismo tiempo adherir a nuevos modelos juveniles que están
disponibles en la cultura actual, es decir, los que la sociedad propone como ideales para los jóvenes de esa
época.
Este proceso implica una tarea psicosocial, porque involucra tanto la dimensión interna (psíquica) del
sujeto como su interacción con lo social. En este sentido, el adolescente necesita darle un sentido profundo
a su necesidad de decidir quién quiere ser (autodeterminación) y, para lograrlo, suele construir una
ideología, es decir, un conjunto de ideas que guíen sus elecciones y acciones.
Esa ideología no implica obedecer ciegamente las normas sociales ya establecidas, sino adaptarse
críticamente, eligiendo qué pautas seguir y cuáles no, de acuerdo a lo que le resulte coherente con su
búsqueda personal de identidad.
En la adolescencia juvenil, el joven empieza a poner en juego su capacidad de confiar en los demás y de
comprometerse lealmente en la realización de un proyecto compartido (una causa o ideal que puede ser de
cualquier índole ideológica). Esta etapa implica un trabajo psicosocial, porque el adolescente debe resolver
una tensión interna entre dos fuerzas opuestas: la intimidad (la necesidad de acercarse y vincularse
profundamente con otro) y el aislamiento (el miedo o dificultad de conectarse con otros).
Si logra resolver esta tensión de forma saludable, surge el amor, entendido como el sentimiento que
sostiene la adhesión comprometida a un vínculo íntimo con otro ser humano. Este vínculo es exclusivo y
recíproco: cada uno reconoce y valora la singularidad del otro (lo que lo hace único) y ambos sostienen una
comunicación basada en la cooperación y la afectividad mutua
La adolescencia concluye cuando el sujeto puede integrar su identidad personal y adoptar una identidad
social. Ello supone haber resuelto los conflictos ligados a los cambios corporales, psicológicos y sociales, y
sucede cuando el joven ha logrado elaborar una imagen de sí mismo como sujeto único, idéntico a sí mismo,
resultado de un proceso vital desplegado en el tiempo, y como parte de un grupo y de una sociedad en los
que puede ejercer los roles y gozar de los derechos que poseen los adultos.
Cuando un adolescente no logra adaptarse a las normas productivas de la sociedad (es decir, no puede
integrarse de manera saludable a las reglas y expectativas sociales), esto puede generar dificultades en el
vínculo con otros, especialmente con sus pares. Esta falta de adaptación puede provocar reacciones
extremas, como el elitismo, que es un sentimiento de superioridad sobre los demás.
Este elitismo no es una forma positiva de destacarse, sino una respuesta desadaptativa que puede llevar a
que el adolescente se agrupen en pandillas o clanes. Estos grupos, en lugar de favorecer la convivencia
social, tienden a desafiar el orden comunitario, poniendo en riesgo la libre convivencia y la armonía social.
Cuando el adolescente joven logra una claridad en su respuesta a la pregunta “¿quién soy?”, esto le
permite renovar su confianza básica (el sentimiento de seguridad interno) y, con ello, surge un sentimiento
de fidelidad. Esta fidelidad se traduce en una adhesión convencida a una ideología, que orientará su modo
de vida, así como su sentido de justicia y reciprocidad para regular las relaciones dentro de su comunidad.
La fidelidad a esa ideología le da al adolescente un marco para definir lo que él considera correcto y le
motiva a trabajar para mantenerse fiel a sus convicciones. La lealtad a una idea, entonces, se convierte en

Espínola Raquel
el motor que impulsa acciones concretas hacia la construcción de un ideal que no solo es personal, sino que
también involucra a los demás, ya que un ideal que se comparte puede incluir a otros en su realización.
Sin embargo, el riesgo de esta fase es la falta de autoconfianza. Si el adolescente no tiene suficiente
seguridad en sí mismo, le será difícil comprometerse fielmente con un proyecto compartido. Esto puede
llevar a una actitud excesivamente crítica hacia las ideologías del entorno, lo que podría generar conductas
desadaptadas. En su afán de expresar su lealtad a algo, puede optar por oponerse al orden establecido por
la oposición misma, lo que podría derivar en ideologías totalitarias (pensamiento cerrado y autoritario) o
incluso en fanatismo (extremismo ideológico).

EJE 1. 2 EMMANUELE, E. S. “Adolescencia, crisis y discursos sociales”.


ADOLESCENCIA, CRISIS Y DISCURSOS SOCIALES

Emmanuel habla de la problemática adolescente y de cómo las dificultades que atraviesa el adolescente no
pueden entenderse desde un solo aspecto, sino que involucran distintas dimensiones: psíquica, emocional,
social, familiar y cultural, que se relacionan entre sí.
La adolescencia se entiende como un período de transición entre la niñez y la adultez. El enfoque evolutivo
describe las características en cada etapa.
La psicología evolutiva parte de la idea de que el ser humano es un ser inacabado que va progresando hacia
la madurez y una identidad estable.
Se pueden distinguir dos posturas: las concepciones monádicas, donde el desarrollo se da en el interior del
individuo como si fuera independiente de los demás; y las concepciones diádicas, en donde el desarrollo se
centra en relación al otro significativo, como la madre.
Las concepciones monádicas entienden que el desarrollo humano surge desde adentro del individuo,
impulsado por fuerzas biológicas internas o endógenas. El ambiente puede influir, pero solo como algo que
favorece o interfiere, no como un elemento central del proceso.
Las concepciones diádicas surgen influenciadas por la antropología cultural y se oponen a la visión freudiana
del desarrollo como algo exclusivamente interno. Esta corriente sostiene que el comportamiento humano
está determinado por la cultura, y se empieza a reconocer que ni lo biológico ni lo social explican por sí solos
el comportamiento adolescente, ya que la adolescencia está influida por los valores y normas sociales.
El ser humano es un sujeto histórico en constante construcción, que se encuentra dentro de una cultura y
sociedad. La identidad del individuo se construye no solo por su biología, sino a través del discurso familiar y
cultural que le dan un lugar simbólico en la sociedad.

La adolescencia se entiende como un periodo de transición entre la niñez y la adultez considerado crítico y
conflictivo y este enfoque presenta imágenes y descripciones de cómo es el ser humano en cada etapa. Se
pueden distinguir dos grandes posturas las concepciones monádicas que son el desarrollo se da desde el
interior del individuo como si fuera independientes de los demás y las concepciones diádicas en donde el
desarrollo se centra en la relación con otro significativo como la madre Concepciones monarcas: entiende
que el desarrollo humano surge desde adentro del individuo impulsado por fuerzas biológicas internas o
endógenas el ambiente puede influir pero solo como algo que favorece o interfiere no como un elemento
central del proceso.
Concepciones diádicas surgen influenciadas por la antropología cultural y se opone a la visión freidiana del
desarrollo como algo exclusivamente interno esta corriente sostiene que el comportamiento humano está
determinado por la cultura y que la adolescencia No necesariamente debe ser conflictiva o sea que hay en
algunas sociedades primitivas donde esto no es común punto se empieza a reconocer que ni lo biológico ni
lo social explican por sí solos el comportamiento adolescente ya que la adolescencia está influida por los
valores y normas sociales. El ser humano es un sujeto histórico en constante construcción situado dentro de
una red cultural y social. La identidad del individuo se construye no solo por su biología sino a través del
discurso cultural y familiar qué le otorgan un lugar simbólico en la sociedad.
La adolescencia como encrucijada

Espínola Raquel
Desde la mirada tradicional la adolescencia es vista como un corte biológico ubicado en cierta edad
cronológica pero la biografía de cada sujeto se inscribe en una historia singular y esta historia está vinculada
a generaciones pasadas que ofrecen identificaciones significativas. El cuerpo biológico se transforma
constantemente a lo largo de la vida y estas tienen un impacto en el ciclismo. Pero estos cambios no son
solo físicos también afectan cómo nos sentimos como percibimos y nos relacionamos. La idea de encrucijada
señala que el ser humano está siempre atravesado por múltiples dimensiones biológicas psíquica social
cultural e histórica que se entrelazan. El cuerpo es una construcción simbólica es decir que tiene un
significado histórica porque cambia a lo largo del tiempo y subjetiva se refiere a la percepción que tenemos
de nuestro cuerpo. Está encrucijada como un cruce incierto se manifiesta durante la adolescencia y se
produce la búsqueda de identificaciones ya que la caída de identificaciones anteriores impulsa a la búsqueda
de unas nuevas por ejemplo la caída de los ideales parentales lo llevan al repudio o agresión como forma de
afrontar La angustia de la separación. Winnie code dice que el adolescente debe pasar simbólicamente
sobre el cadáver de los mayores y los adultos deben aceptar ser cuestionados y dejarse caer de esa ideal
sino de lo contrario obstaculizan la apropiación subjetiva de las funciones adultas por parte de la
adolescente es decir poder interiorizar cuáles son las características que él debe tener como adulto. Para
formar su identidad necesita del reconocimiento del otro que le confirme su imagen como un espejo y los
nombres dándole un lugar simbólico en el lenguaje y la cultura sin ese otro no es posible acceder al mundo
simbólico. El nombre propio que está ligado a su sexo biológico y a las decisiones de los padres se sienten
como ajeno por lo que el adolescente debe apropiarse subjetivamente de estos hacerlos propio durante
esta etapa el adolescente revisa todo lo dado, cuestiona lo que fue impuesto y busca redefinir su identidad.

La noción de “crisis” y los Discursos Sociales

La noción de crisis está ligada a la adolescencia tanto las concepciones monádicas y viádicas hablan de
diferentes crisis que caracterizan a la adolescencia. El origen etimológico de la palabra crisis significa juicio.
La crisis marca un momento de ruptura entre el pasado de un niño pronto por desaparecer y el futuro de un
adulto por venir. La crisis se entiende como un peligro pero a la vez como una posibilidad es decir en medio
de la inestabilidad puede surgir algo nuevo unas nuevas formas de ser. Cuando la dificultad y la magnitud de
un problema sobrepasa los recursos que se dispone en forma inmediata para enfrentarlo sobreviene la
crisis. Este se trata de un desorden o un desequilibrio que irrumpe en la supuesta armonía del orden
establecido. La visión adultocéntrica ve a la adolescencia como un peligro respecto del ideal adulto ya que el
adolescente deja de ser obediente y juicioso y esto resulta como una amenaza al orden adulto. La noción de
crisis desde una perspectiva adaptacionista esperan que la adolescente se acomode a lo que la sociedad
impone. Los discursos sociales construyen la adolescencia bajo una lógica biologicista y evolucionista
enfocadas en el cuerpo y en la edad y la madurez punto el discurso médico se centra en la maduración
biológica el discurso jurídico clasifica la población de mayor y menor y regula lo que está permitido según
una edad el discurso pedagógico organiza lo escolar y los adultos son los que enseñan y deciden qué se debe
enseñar y los jóvenes son los que deben seguir las reglas establecidas. El discurso mediático y de consumo
alimentan la una imagen distorsionada del éxito y belleza promueven el consumo de productos. A través de
estos discursos la adolescencia se ve como una crisis del cuerpo y la conducta sin tomar en cuenta la
complejidad del proceso subjetivo por el que está atravesando el adolescente y la sociedad pretende regular
qué es lo que se espera de la adolescente limitando su capacidad de apropiarse de su propia identidad.
En el epílogo hay un ejemplo donde el autor menciona un discurso que dio en un auditorio donde habló de
la adolescencia y sujetos de aprendizaje donde los docentes discutían desde una teoría o una mirada
tradicional y al momento él pregunta qué dirían ustedes que es un adolescente y él respondió diría que un
adolescente es alguien a quien se le ha roto el espejo transitoriamente no tienen dónde mirarse los
humanos que le rodean son distintos y presentan o encarnan un conjunto estructurado social que
justamente repudia con exceso de con excepción de su grupo de pares quienes tienen la condición
privilegiada de quienes pueden sostener estrictamente una imagen de iguales. Un alumno presente pidió
hablar y dijo quiero agregar que no se trata de un solo espejo son muchos espejos los que se rompen.

Espínola Raquel
URBANO, C. y YUNI, J. (2014) “Psicología del Desarrollo. Enfoques y perspectivas del Curso Vital”-
Cap 1

Psicología del desarrollo


Conceptualización de la psicología del desarrollo en el marco de la psicología
La psicología del desarrollo surge recientemente en el campo de los estudios psicológicos y es crítica a la
psicología evolutiva. Su objeto es interpretar, describir y explicar las transformaciones psicológicas
vinculadas al desarrollo humano. Este integra aportes de distintos enfoques psicológicos, como el
psicoanálisis, la psicología cognitiva y también otras disciplinas como la sociología, la antropología y la
biología. Esta integración se debe a la complejidad del psiquismo humano.
La psicología evolutiva produjo teorías sobre los procesos psicológicos en distintas etapas de la vida. Se
centraban en estudiar mentes aisladas, usando la observación y el estudio de casos. Quetelet fue precursor
de la psicología del desarrollo y él propuso que se debía estudiar el desarrollo en su totalidad, uniendo lo
biológico y lo social.
Al principio, la teoría se centró exclusivamente en la infancia y la adolescencia, y buscaba leyes universales
del desarrollo a partir de factores biológicos. Luego se empezó a considerar que el desarrollo abarca toda la
vida y que cada fase evolutiva tiene sus formas particulares de vivir, metas y ajustes a valores sociales.
Las primeras teorías de la psicología evolutiva describieron el cambio como una secuencia de etapas
necesarias desde la niñez hasta la vejez, vinculando cada etapa con conductas y características específicas
ligadas a los rangos de edad cronológica. Se basaban en estudios de casos clínicos y en la comparación entre
sujetos de distintas edades, usando pruebas para medir las diferencias. Estos estudios ayudaron a definir la
normalidad. Estas teorías entendían las etapas evolutivas como normativas y universales, y asumían que
quienes estaban dentro de la normalidad presentaban características psicológicas propias de cada edad
cronológica, sin importar el contexto sociocultural.
Luego se abandona la idea de estudiar estadios aislados y se comenzó a estudiar el ciclo vital completo. Se
entendió que el desarrollo continúa más allá de la infancia y se reconoció el rol clave de la cultura y el
entorno social en el desarrollo psicológico, y cómo influyen los procesos históricos y sociales. Se empezó a
concebir al sujeto como complejo.
Se empezaron a utilizar nuevos métodos de investigación. Se concluyó que era necesario observar, evaluar y
testear al mismo grupo durante largos periodos, es decir, se usó métodos longitudinales. Se llegó a la
conclusión de que se debía estudiar tanto lo interno como lo ambiental, lo social y cultural.
Durante el siglo XX, la psicología evolutiva avanzó hacia una visión más amplia del desarrollo humano,
influida por el aumento de las expectativas de vida.
En la última época se le dio mayor importancia a los cambios sociales e históricos en el desarrollo del
individuo. El sujeto es estudiado durante toda su existencia y el cambio se interpreta como evolución
constante en relación con el contexto.

Modelos teóricos en el estudio del desarrollo psicológico


Se conocen tres modelos generales del desarrollo evolutivo: el mecanicista, el organicista y el contextual-
dialéctico.
El modelo mecanicista: en este, el individuo se concibe como una máquina y su conducta se explica por
causas externas que actúan mediante condicionamiento. Se considera al sujeto como pasivo, el cual es
moldeado por los estímulos que recibe. El conductismo es la teoría de este modelo.
El modelo organicista: representa al individuo como un sistema, con un desarrollo biológico
predeterminado. Este dio lugar a las teorías innato-maduracionistas que explican el desarrollo por factores
genéticos y biológicos. Lo que se critica de estos dos modelos es que señalan que el desarrollo es secuencial,
o sea por etapas, en una sola dirección, irreversible y universal, o sea común para todos.
El modelo contextual-dialéctico: este analiza los cambios considerando las normas sociales, la participación
activa del sujeto y las herramientas culturales. Se lo llama contextual porque plantea esta dependencia
entre el sujeto y su entorno. Este modelo considera que los cambios son rasgos esenciales del desarrollo
humano y que lo que cambia son los factores que condicionan ese desarrollo.
Hay cinco ideas clave sobre el cambio:
 El cambio requiere un potencial o un desorden para poder transformar la estructura del sistema.

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 El sujeto se construye a sí mismo y a su realidad mediante la interacción con el entorno.
 Las personas no se definen por límites cerrados sino por un conjunto de relaciones con los demás.
 Se reconoce al sujeto como uno distinto pero conservando su historia y experiencia, con una propia
identidad.

EJE 1.3.- DUSCHATZKY, S. (2006) “Qué es un niño, un joven o un adulto en tiempos alterados”.

¿Qué es un niño, un joven o un adulto en tiempos alterados?


Hoy en día es difícil responder preguntas como “¿qué es ser niño, joven o adulto?” porque las formas de
vida cambiaron mucho. Ya no es tan claro qué significa ser madre, padre o maestro. Los nombres siguen
existiendo, pero perdieron el sentido tradicional que antes tenían (como decía Umberto Eco: quedan los
nombres, pero no lo que nombran)
Antes: La vida era más estable y previsible. Ser adulto (padre, madre, maestro) significaba tener autoridad.
Ser niño o joven era estar bajo esa autoridad (ser dependiente). Todo esto estaba sostenido por la ley: no
solo una ley escrita, sino una estructura de normas que se aprendían en la familia y la escuela. Estas
instituciones asignaban roles claros: quién era el niño, quién el adulto, qué lugar tenía cada uno.
Pero hoy: Estos roles se volvieron confusos. Las categorías fijas se rompieron. La infancia y la juventud no
son naturales, sino construcciones sociales. Es decir, dependen de cómo cada sociedad define esas etapas.
Ser niño o joven se da a través de un acto de institución, que es una acción (como un reconocimiento o
ceremonia) que da un lugar e identidad a alguien.
Este acto otorga un “derecho de ser” (reconocimiento social) pero también impone un “deber ser”
(comportamientos esperados).
A través de actos de institución, como un bautismo, un cumpleaños o una ceremonia escolar.
Estos actos: Reconocen a alguien como niño o joven. Dan derechos, pero también deberes. Tienen fuerza
simbólica: cambian cómo una persona se ve a sí misma y cómo la ven los demás. Y construyen su identidad.
En el siglo XX La psicología definió cómo debía desarrollarse un niño. La pedagogía organizó qué debía
aprender a cada edad. La literatura dio guías a padres y maestros. A los jóvenes se los pensó como una
“moratoria social”, un tiempo de espera antes de ser adultos.
Pero hoy esto ya no alcanza: Muchos jóvenes dejan la escuela, trabajan temprano, repiten grados.
Aparece una nueva idea: la moratoria vital, que no es solo una espera, sino una forma intensa de vivir el
presente sin pensar en el futuro. La juventud ya no es solo una transición: tiene valores y estilos propios.
¿Qué pasa cuando las categorías no alcanzan? Castoriadis decía que una institución da sentido a ciertos
símbolos. Así, ser niño o adulto tenía significados claros: Niño: vulnerable, sin saber, dependiente.
Adulto: fuerte, sabio, protector. Pero hoy vemos personas que no encajan, Niños sin protección. Adultos sin
autoridad. Jóvenes que no están en “espera”, sino en acción. Ya no podemos explicar todo con el modelo
“padres/hijos” ni con instituciones como la escuela o la familia.
Surgen nuevas formas de ser, que requieren nuevas formas de pensamiento.
Ejemplo 1: Luca y la murga del movimiento piquetero
Luca tiene 9 años, vive en el conurbano y se suma por su cuenta a una murga (grupo de música y baile) y a
un comedor barrial. Nadie lo lleva, él elige participar. Muchos chicos hacen lo mismo, sin que sus padres lo
autoricen.
Esto genera un debate en el movimiento: Antes, las actividades eran solo para hijos de militantes. Pero
deciden incluir a los que llegan por su cuenta: "Ellos son compañeritos, pibes, y hay que aceptarlos así."
Esto plantea preguntas:
 ¿Luca está bajo la autoridad de sus padres?
 ¿Los adultos del movimiento son figuras de ley?
 ¿Hay autoridad o es otra cosa?
 ¿Se puede pensar en una autoridad que no venga de las instituciones, sino del momento
compartido?
Lo fraterno aparece como algo clave: No es solo una unión entre pares. También puede unir a niños y
adultos de manera horizontal, sin jerarquías estrictas. Es una nueva forma de construir identidad y sentido,
donde lo importante no es solo “mandar y obedecer”, sino confiar, cuidar y emocionarse juntos.

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No reemplaza ni se opone al eje paterno-filial (la relación entre padres e hijos), sino que lo complementa,
aportando diversidad y complejidad.
Lo fraterno, como práctica que genera lazos sociales, se apoya en tres pilares:
- Confianza: activación de posibilidades y aceptación de diferencias.
- Responsabilidad: responder al otro concreto que interpela (llama, desafía).
- Afecto: capacidad de ser tocado o conmovido por un encuentro.
En esta experiencia se observa que tanto Lucas como los adultos se ven transformados. Él encuentra otra
forma de vivir su infancia y los adultos otro modo de posicionarse frente a la infancia y frente a estas nuevas
de formas de ser. Se reconoce que el mundo cambió y para describir este nuevo contexto se utilizan
distintos nombres como neoliberalismo, era de la información o era de la imagen.
La metáfora más precisa parece ser la de fluidez: estado sin forma fija o inestable.
Esta fluidez no es algo placentero ni liviano sino un desfondamiento, es decir, la pérdida de la base o sostén
de todo lo que daba estabilidad en la vida social. La fluidez representa el paso de un mundo estable a uno
inestable que no puede ser pensado con las representaciones del pasado.

Ejemplo 2: Rito de iniciación en jóvenes de un barrio excluido


Concepto de Los ritos son prácticas estructuradas cargadas de significado simbólico que marcan un pasaje,
por ejemplo, de una etapa a otra. Los ritos institucionales son transmitidos de generación en generación. En
cambio, los ritos de situación se crean en contextos específicos.
Se destaca un cambio esencial: antes era un tiempo de progreso lineal y ordenado; ahora se trata de
tiempos alterados, no lineales, marcados por la inmediatez y lo imprevisible.
Los ritos de situación surgen en un tiempo aleatorio y sin previsibilidad. En este contexto, el otro no es el
semejante, sino que es el próximo, con quien se comparte la misma situación. A quien se le debe lealtad es
al grupo. Solo se responde ante el prójimo: aquel que vive las mismas condiciones, con quien se comparten
reglas propias y fidelidades. Ya no es la autoridad simbólica quien orienta o anticipa el futuro, sino el grupo.
En el siguiente caso se plantea un rito de iniciación para ingresar al grupo delictivo, en el cual se inicia con un
robo y luego se los golpea para entrenarlos a resistir cuando los detenga la policía. Se lo inicia con un
bautismo, y esto es por si llegan a caer en reformatorios o en la cárcel, para que no hablen.
Este rito se arma con las reglas de las instituciones represivas: la policía, las instituciones carcelarias o el
reformatorio. Es interesante destacar que las reglas que dan consistencia al bautismo reproducen las
prácticas de los lugares de encierro. Y esto se realiza como un modo de restarles poder. Los chicos se
apropian de las reglas del otro represivo para anticipar el peligro.
Luego de haber superado las pruebas, esto implica haber alcanzado el estatus de responsabilidad en el
interior del grupo. Esta práctica ritual cumple la función de inscripción filial a un grupo, es decir, pertenencia.
Esto no es algo que se da en una cadena generacional.
Ambas historias nos permiten anticipar una hipótesis sobre la complejidad de la producción subjetiva, es
decir, la forma en que se construye el sujeto en contextos determinados.
La producción de los valores ha cambiado. Lo que ahora resulta valioso, lo es en condiciones particulares de
inscripción social y en circunstancias específicas de la vida. Lo valioso es la construcción situacional.
Por último, nos encontramos con que la afiliación puede ser grupal, fraterna, y no necesariamente
genealógica.

El rito: En un barrio muy pobre de Córdoba, un grupo de jóvenes organiza un rito de iniciación para entrar a
un grupo delictivo.
Es un ejemplo extremo de cómo los ritos se transforman en contextos de expulsión social.
¿Cómo es el rito? Se hace en una “casita”, en la siesta. Se elige a los más chicos “en edad de merecer” (para
robar). Comienza con un robo y luego les pegan, para entrenarlos a aguantar si los detiene la policía.
Después se produce una violación grupal como forma extrema de iniciación. Finalmente, el chico debe hacer
su primer robo.
¿Qué muestra este rito? Copian las reglas de la institución represiva (la cárcel, la policía). Se apropian de lo
que vendrá (el maltrato carcelario), como forma de defenderse: “mejor sufrirlo antes entre nosotros que
caer desprevenidos”. Así, el grupo genera su propia ley, porque la ley estatal ya no les da protección ni
sentido.

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Este rito es brutal, pero cumple una función simbólica: Marca la entrada a un grupo. Da un lugar, una
identidad: ser “el que se la banca”. Da respeto dentro del grupo. Sustituye la falta de instituciones
protectoras (familia, escuela, justicia) con algo propio, aunque doloroso.
Conclusión: un mundo fluido e incierto
Hoy vivimos en tiempos alterados: Ya no hay un orden claro. El futuro es impredecible. La autoridad
simbólica (ley, escuela, familia) perdió fuerza. Lo que manda ahora es el mercado: exige adaptarse, cambiar,
reinventarse.
Vivimos en un mundo fluido: Sin formas fijas, sin certezas. Esta fluidez no es libertad, sino inestabilidad. Lo
fraterno puede ayudar a reconstruir lazos, pero no soluciona todo. Necesitamos nuevas formas de entender
lo que significa ser niño, joven o adulto hoy.

GARBARINO, [Link], y MACEDO, I.M. de (1991) "Adolescencia”. Roca Viva. Cap.1 “La adolescencia”

La tarea principal del adolescente es crecer. Adolescere significa crecer o desarrollarse. Toda la vida puede
entenderse como un proceso continuo de pérdida y ganancia. La angustia que siente el adolescente se debe
a este crecimiento, porque crecer siempre genera ansiedad. En esta etapa, esa angustia llega a su punto más
alto, y crecer implica entrar a un mundo nuevo, desconocido y amenazante: el mundo adulto.
Cada cambio en la adolescencia afecta también a sus padres, los cuales deben adaptarse. El adolescente
deja atrás su infancia y los padres también pierden al niño que tenían. Las dificultades que afronta el
adolescente se ven reforzadas por las dificultades de los padres para aceptar que sus hijos crezcan, y se
producen conductas con tendencias regresivas o conservadoras, es decir, el deseo de volver atrás o
quedarse igual se opone al cambio. O tendencias progresivas o renovadoras: el deseo de avanzar, progresar
y cambiar.
El adolescente tiene actitudes contradictorias, ya que quiere cambiar y entrar a un mundo nuevo, pero a la
vez se resiste al cambio y desea quedarse en el mundo infantil que le da protección y seguridad. Esta
contradicción crea un conflicto que da esa imagen confusa y cambiante del adolescente, donde conviven
comportamientos infantiles y actitudes muy adultas. El adolescente debe romper los lazos infantiles para
poder integrarse en el mundo adulto.
El crecimiento tiene una base biológica, por lo que se producen cambios físicos. Estos cambios hacen que su
forma de sentir y vivir el cuerpo también cambie. Tiene que encontrar una nueva forma de poder ubicar este
cuerpo transformado en el nuevo mundo que lo rodea.
A veces se niegan estos cambios, lo que provoca una contradicción entre un cuerpo que ya cambió y una
mente que sigue siendo infantil. Cuando acepta estos cambios y busca construir una nueva forma de estar
en el mundo, surge el conflicto entre sus deseos internos y lo que el entorno espera de él.
Esta necesidad de cambiar también se expresa en su rechazo por la rutina y en su crítica al mundo adulto. Le
parece aburrido, superficial, repetitivo, y desea algo mejor para sí. Aceptar la rutina del mundo adulto sería
aceptar el fracaso de no haber logrado lo que ambiciona.
Los cambios que experimenta el adolescente también generan inestabilidad en la sociedad adulta, que ya
había alcanzado un cierto equilibrio.
Los sueños del adolescente son tan grandes que pueden llevarlo a sentirse frustrado o desanimado. El
adolescente suele quejarse de que no lo entienden, pero esta queja muestra que él mismo no logra
comprender bien el mundo ni entenderse a sí mismo. Si ese malestar se vuelve muy fuerte, pierde el interés
y cae en el aburrimiento. Este aburrimiento es la experiencia de haber fracasado en el intento de crear algo
nuevo.

El conflicto básico del adolescente


Las angustias del adolescente giran en torno al complejo de Edipo. La sexualidad se da en dos partes: la
primera es la infantil, en la cual los impulsos se dirigen a diferentes zonas del cuerpo o zonas erógenas; y en
la pubertad, el centro de todo placer es la zona genital. Las funciones sexuales están desarrolladas
completamente y el adolescente se vuelve capaz de reproducirse.
Los primeros objetos de deseo del púber son los padres, pero debido a la represión de estos deseos
incestuosos, orienta su deseo hacia otras personas.

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El complejo de Edipo no es algo nuevo, sino que se revive o reaparece en la pubertad como una reedición,
una nueva versión. El yo adolescente tiene más recursos para manejar estas angustias que el yo del niño, ya
que tiene más actividades y más vínculos. La forma en que se elabore el Edipo en la adolescencia dependerá
de cómo se vivió durante la infancia, pero no es una repetición exacta, sino una recreación, una nueva
versión influida por los cambios actuales.
Abrumado por las angustias incestuosas, lo que hará es dirigir a otras personas que se encuentren fuera del
entorno familiar estos sentimientos edípicos para controlar la ansiedad. Pueden ser profesores, artistas o
pares. También pueden aparecer sentimientos intensos de odio hacia otros. Esta proyección, de atribuirle a
otros lo que se siente propio, alivia la tensión.
A veces se aísla o se siente extraño. En algunos casos, huye de la casa, se vuelve hostil contra los padres, los
rechaza. Otra vía de defensa es el deporte, donde la competencia con los rivales se vuelve una forma
simbólica de la rivalidad con el progenitor del mismo sexo.
Las dificultades del adolescente en relación al Edipo también dependen de la actitud de los padres. Los
padres reviven su propio Edipo a través de sus hijos; si no lo resolvieron, pueden volverse cómplices de los
impulsos de sus hijos.
Cuando la represión edípica es demasiado fuerte, el adolescente entra en crisis, se daña la relación con los
padres, no puede adaptarse al mundo externo y no logra independizarse de sus padres.
Con la aparición de este deseo sexual intenso, encuentra un canal de descarga que es la masturbación, pero
esta le genera ansiedad y culpa por las fantasías incestuosas.

En la niña, el conflicto es más complejo por la menstruación, ya que le genera angustia y la interpreta como
un castigo por la masturbación o las fantasías incestuosas. También cree que la madre la ha dañado,
quitándole la capacidad de tener hijos. Pero también se puede vivir como un signo de madurez sexual.
Para que el adolescente crezca y se adapte al mundo adulto, debe revivir y elaborar el complejo edípico
infantil. El éxito de este proceso determinará si logra una inserción sana en la adultez o si se queda fijado en
una actitud adolescente permanente.

LERNER, H. (2006) “Adolescencia, trauma e identidad“ en ROTHER HORSTEIN, M.C. (comp.) Adolescencias:
trayectorias turbulentas.
Lerner – Adolescencia, trauma, identidad
Antes se ponía gran presión sobre los adolescentes para que se ajustaran a lo que se consideraba normal. Y
podía hacerse un adolescente normal, es decir, seguir las reglas, o ser alguien que se rebelaba, un
transgresor.
El adolescente normatizador.
La idea de normatización o ajuste a lo que la sociedad espera implica tener un plan de vida ya armado y fijo:
estudiar, conseguir trabajo, casarse, formar una familia, etcétera. Ese plan necesita un mundo previsible y
seguro que dé sentido a esas metas.
El adolescente navegador.
Estos surgieron porque el mundo previsible ya no es tan claro. El navegador es aquel que tiene una buena
consistencia yoica, es decir, una estructura del yo sólida, con capacidad de adaptarse sin desorganizarse.
Una plasticidad yoica, es decir, capacidad del yo para adaptarse de forma flexible sin perder su identidad.
Este adolescente puede explorar el mundo, desarrollar su creatividad y probar distintos caminos sin
quedarse atrapado en lo que el sistema le impone. Estos adolescentes navegan y no les importa tanto a
dónde van a llegar, sino lo que van haciendo en el camino.
El adolescente Yupi.
Representa la adaptación a lo que la sociedad consideraba exitoso en la década de los 80.
El adolescente de descarte.
Estos adolescentes no logran ni avanzar ni construir, y cualquier proyecto que empiezan se desmorona. En
estos casos hablamos de un problema psicopatológico.
Antes, en la modernidad, había metas claras: recibirse, casarse, tener hijos. Y si las lograbas, ganabas. Pero
hoy, aunque llegues a esa meta, ya no se siente tan valioso. Muchos adolescentes sienten que no pueden

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navegar o cambiar el rumbo. La sociedad actual se volvió un obstáculo que impide que el adolescente
construya su propia identidad.
Hablemos de trauma.
Cuanto más fuerte es un trauma, más se va a manifestar su efecto. El análisis puede ayudar a fortalecer el
yo, hacer que la estructura psíquica del sujeto sea más firme y pueda manejar mejor sus conflictos.
El trauma pone en riesgo la integridad del sujeto, la estructura psíquica, esa sensación de ser uno mismo.
Cuando aparece una situación traumática, el yo activa una señal de angustia para protegerse.
Hay una especie de equilibrio entre los peligros que vienen de afuera, como hechos violentos, y los que
vienen de adentro, como deseos e impulsos que no se pueden manejar. El yo queda atacado por ambos
lados.
"El trauma se genera cuando una situación desborda al sujeto, es decir, cuando la intensidad de lo vivido supera sus
recursos psíquicos para afrontarla o elaborarla. Esto produce un desequilibrio interno que pone en riesgo la
estructura psíquica del yo. El yo, al no poder integrar la experiencia, pierde su capacidad de sentirse como uno mismo
—de reconocerse como sí mismo—. Ante esta amenaza, el yo activa una señal de angustia como mecanismo de
advertencia y protección frente a lo que no puede manejar."
Esos peligros externos pueden destruir al yo, como aquellas situaciones sociales o contextuales que dañan
tanto al sujeto que le impiden seguir construyendo su identidad.
Lo contextual puede ser traumático e interferir en la constitución yoica. El entorno social puede generar un
trauma y afectar la construcción del yo.
Un ejemplo es cuando hablamos de Argentina en el año 2001. Ante las crisis sociales y la devaluación, la
Argentina se volvió un lugar inestable, en donde el sujeto argentino vive en crisis, ya que el sujeto se forma y
transforma en relación con el contexto. Por eso su subjetividad, su manera de hacer, sentir y pensar,
cambia.
Toda persona es alguien socializado. No se puede pensar el yo, el superyó, el ideal del yo —es decir, las
instancias psíquicas— sin tener en cuenta el proceso social en el que fueron creados.
Las personas socializadas son fragmentos individuales que caminan y hablan en una sociedad. Cada persona
vive en un tiempo y en un lugar específico, donde crea un mundo, y al mismo tiempo, ese mundo también
los crea a ellos. A este espacio de creación personal podemos llamarlo subjetividad: es algo que se
construye con otros y también con uno mismo.
La subjetividad no es otra cosa que ese proceso: la capacidad que tiene una persona de crear al otro, al
mundo y a sí mismo. Esa creación ocurre dentro de un contexto social, pero también depende de
estructuras internas. Nadie puede evitar tener subjetividad. Si cambian los acontecimientos sociales,
también cambiará la subjetividad, la manera en que la persona vive su mundo interno y externo.
La subjetividad es la forma particular en que cada persona vive, siente, piensa, recuerda y se posiciona frente al
mundo y frente a sí misma. es la manera única de ser sujeto. No es algo fijo, sino que se construye y se transforma a lo
largo de la vida.
La construcción del sujeto tiene como eje principal el narcisismo. Pero este narcisismo no se forma solo:
necesita del objeto, del otro significativo y del entorno social para desarrollarse.
El contexto emocional cotidiano es una parte clave del sostén de la identidad.
También son importantes los objetos especulares, es decir, las personas que le devuelven una imagen de sí
mismo y que los confirman como valiosos, para poder seguir siendo quienes son.
En la adolescencia es cuando más se necesita esa confirmación del grupo de pertenencia, de la tribu.
Los otros históricos, es decir, las personas significativas que fueron importantes para construir el yo,
aparecen de manera natural y progresiva. Muchos adolescentes sienten una necesidad urgente de
pertenecer, buscan establecer vínculos rápidos y sin importar cómo.
Otros, en cambio, pueden refugiarse en una especie de encierro emocional y eligen una actitud esquizoide o
de encierro depresivo.
Cuando un adolescente está construyendo su identidad, ciertos contextos sociales pueden interferir de
manera negativa en este proceso. Son considerados traumáticos por su impacto desorganizador, que impide
afirmarse en un "yo soy", es decir, sentirse auténticamente el mismo.
El adolescente necesita un suelo firme para poder experimentar y crecer. Un suelo inestable no permite la
posibilidad de construir.

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Por eso muchos adolescentes piensan en buscar un lugar en el mundo donde exista un suelo firme, donde la
construcción yoica —es decir, el proceso psíquico de la formación de una identidad sólida— vuelva a
aparecer como posible.
Lo vivido en Argentina fue traumático para los adolescentes y generó angustia. La duda no era si se podría
seguir siendo, sino si se llegaría a ser algo.
La historia de cómo se fue construyendo la subjetividad de cada persona permite que algunos yoes sean
más plásticos o capaces de adaptarse y puedan atravesar tormentas, mientras que otros se hunden en un
sufrimiento psíquico: depresiones, enfermedades psicosomáticas, adicciones.
Entra también en juego cómo fue narcisizada la persona, cómo se construyó su autoestima, cómo fue
tratada y valorada en la infancia, cómo fueron sus identificaciones y en qué contexto emocional y social se
convirtió en sujeto.
Si esta historia fue más o menos armónica, es capaz de construir proyectos, y el proceso de identificación le
permite alejarse de los riesgos de colapso.
Si un sujeto vivió experiencias de amparo y apego, tendrá más recursos que aquel que vivió en el desamparo
y el desapego.
Quienes contaron con un ambiente previsible y estable tienen más chances de que su ideal del yo no sea
algo inalcanzable. Y esto les permite afrontar los desafíos.
Quienes vivieron muchas rupturas, pérdidas, traumas graves o experiencias que impidieron una adecuada
narcisización están en desventaja.
Pero esto no significa que estén condenados al sufrimiento. Cada persona tiene múltiples oportunidades de
reconstruirse a través de encuentros intersubjetivos con los demás: como la amistad, el enamoramiento, el
grupo de pares. Es posible reparar ese yo herido.
Si existe un otro que contenga, que funcione como objeto especular e idealizado, ese vínculo puede ayudar
en la constitución del sujeto.
Hay que diferenciar entre catástrofes reales —que son eventos dolorosos— y traumas universales —que
son comunes en toda la humanidad— como el encuentro con la alteridad, la sexualidad y la mortalidad.
Un evento se vuelve verdaderamente traumático solo cuando enfrentar estas situaciones resulta más
difícil de lo habitual para el psiquismo, es decir, cuando exceden la capacidad del sujeto de elaborarlas.
Los traumas que ocurren antes de que el niño adquiera el lenguaje son especialmente delicados. Esa
comunicación solo cobra sentido si hay un otro —la madre— que escuche y atienda. Si esto no ocurre,
puede generar un suceso traumatizante.
Las situaciones traumáticas tempranas que provocan una catástrofe yoica se manifiestan como
incoherencias y vacíos en el pensamiento.
El analista no debe esperar que el paciente asocie libremente las ideas, sino que debe comprometerse
activamente y ayudar a construir lo que no fue construido. Estos pacientes ponen en juego nuestra
transferencia.
Los obstáculos que una persona enfrenta no siempre son traumáticos.
El trauma es una ruptura en la continuidad, una interrupción del desarrollo. Pero no todo lo que
interrumpe esa continuidad implica una detención del proceso.
Antes se enfocaba en la historia pasada, pero también debemos tener en cuenta lo actual: los vínculos
presentes que actúan como objetos especulares e idealizadores, personas que reflejan y sostienen al yo.
Lo que puede ser traumático para uno no lo será para otro, permitiendo usar las experiencias difíciles como
parte de la construcción del yo.
Tal vez al trauma deberíamos llamarlo simplemente "acontecimiento", en tanto que estos permitan que
surja algo nuevo, una edición original.
Lo que hará es complejizar al sistema psíquico.

EN BUSCA DEL SENTIDO DE SER, DE LA IDENTIDAD, DEL “YO SOY”

Hasta la infancia, la identidad se completaba bastante con frases como “yo pertenezco a esta familia” o “yo
soy hijo de mamá y papá”. Rota esta pertenencia, el adolescente debe salir a conquistar nuevos territorios,

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ser su propio constructor, ser él quien elija sus otros significativos, es decir, personas importantes para su
construcción subjetiva: sus compañeros de aventuras o compinches.
Al desaparecer un mundo lleno de certezas y estar inmerso en un mundo de incertidumbres, en medio de su
búsqueda de identidad, el adolescente construye su yo (su identidad subjetiva). Esta situación lo lleva a
aferrarse a todo aquello que lo aleje de la incertidumbre. Busca refugiarse en cualquier cosa para alcanzar
su identidad, y en ello se juega toda su subjetividad, es decir, su forma de vivir y pensar.
Una de las características de los adolescentes es que o se refugian en una imagen de sí mismos, como
fanáticos obsesivos que defienden su identidad, o, en cambio, están en una búsqueda permanente, porque
para ellos elegir es quedar congelados, sin la posibilidad de encontrar su identidad. Crean una trinchera o un
búnker que les dé un refugio para protegerse de los temporales de la adolescencia (pulsional, lo social o el
vacío que sienten), y a veces defienden obsesivamente ese refugio para sentirse seguros.
Hace años, el adolescente en la búsqueda de su identidad debía encontrar una vocación que era “para
siempre”. Hoy ese modelo se desmoronó, y el adolescente debe aprender a navegar y buscar su vocación, la
cual puede ser transitoria. Navegar antes era llegar a un puerto seguro, un lugar protegido; hoy pasa por
navegar en sí, ya que no hay promesa de alcanzar un puerto seguro. Lo importante no es terminar el juego,
sino su transcurso.
Antes, quien estudiaba no tenía dudas sobre su futuro laboral. Hoy no es así. Pero la sociedad también
permite circular por otros territorios que no tienen relación con lo elegido anteriormente; por ejemplo,
estudiar una carrera y ejercer otra.
El adolescente tiene como trabajo psíquico central la búsqueda de su identidad, de su proyecto
identificatorio (proceso por el cual se representa a sí mismo y elige sus ideales y valores con los que se
identifica). El adolescente deberá sentir con convicción: “yo soy este y no aquel”, sentimiento que procede
de la representación de un cuerpo unificado, la vivencia del cuerpo como uno solo, de la separación entre
el mismo y el otro, de la identificación con las imágenes, los mandatos y valores parentales, y del
sentimiento de pertenencia a una familia, a un grupo o a un pueblo o cultura.
El concepto de identidad no es freudiano, pero se incorporó al psicoanálisis. El sentimiento de identidad es
un tejido de lazos complejos y variables donde se articulan el narcisismo (amor a sí mismo), las
identificaciones (adopción de características de otro), la vida pulsional (los deseos e impulsos inconscientes)
y todo aquello que participa en la construcción del sujeto.
La identidad no es un estado, sino un proceso cuya primera fase es el júbilo extremo del bebé que se
reconoce frente al espejo. La identidad del yo se construye a lo largo de la vida, sostenida desde una matriz
básica de identificaciones que permanece y actúa como sostén y resistencia frente al impacto de
acontecimientos. Sin esta organización, podría desestructurarse el sujeto.
El trabajo de identificación no acaba nunca, porque el sujeto no solo se construye, sino que también se
transforma a través de los procesos de identificación. La identidad incluye la intersubjetividad: la relación
entre sujetos donde se influyen mutuamente, entendida como un cambio hacia una subjetividad —modo de
ser psíquico— más rica.
El grupo adolescente, que es una matriz identificatoria, un espacio donde se construyen las identificaciones,
funciona como un marco intersubjetivo, es decir, el espacio compartido entre sujetos que ayuda a construir
subjetividades. El grupo de pares, al funcionar como un espejo, ofrece contención, muestra que lo
traumático y lo angustiante es compartido, evita que se sientan solos y les muestra que hay otros que están
pasando por lo mismo. Entonces es posible llegar a ese puerto ideal.
El “yo soy” es, en la adolescencia, donde se reafirma la mismidad, la separación de ser uno mismo. El
adolescente intenta ser reconocido como un sujeto en el mundo. Quiere lograr la independencia individual,
sentirse una unidad autónoma y única. La independencia siempre es relativa, depende del contexto. El logro
del “yo soy” requiere de un contexto interdependiente, en el que haya una relación mutua. El “yo soy” solo
puede construirse dentro de un entorno intersubjetivo. Ese otro es imprescindible.
Desde el inicio de la vida se necesita de un otro significativo que cuide y satisfaga las necesidades. A lo largo
de la vida seguimos necesitando cuidados, diferentes, pero sin el otro no se forma la subjetividad.
Los objetos del self, es decir, personas importantes en nuestra estructura psíquica, son necesarios siempre
porque sostienen la autoestima. Si no hay relación con esos objetos, el self se desestabiliza y aparece una
sensación de vacío, de inutilidad y miedo. El otro y el vínculo ayudan a evitar esto.

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No se borra el trauma, pero se resignifica. Es como si se lo perdonara, en el sentido de darle otro
significado. Ese proceso se llama transferencia: un nuevo lazo afectivo con el analista transforma el
recuerdo. Este ayuda a ver la historia de otro modo, ayuda a cambiar la narrativa. Los capítulos pasados se
pueden reescribir, pero se necesita de anclajes para sentirse autor de la propia historia sin perder la
identidad.
El adulto que será no está separado del niño que fue. Hay una memoria de fondo que se conserva. El futuro
es el desarrollo de un potencial que ya estaba presente. Si el trauma impide unir estas etapas del desarrollo,
se rompe esa continuidad y aparece un self fragmentado, lo cual puede causar patologías.
Un yo débil puede vivir el fracaso como eterno, como si no hubiera futuro. El trauma queda congelado. Solo
un nuevo vínculo puede cambiar esa visión y darle nuevas posibilidades. Ahora puede tener un sentido
posible, un puerto. Ese otro que permite el cambio puede ser una pareja, amigos o un analista que ayuden a
crear una nueva historia.

Palabras finales
La adolescencia no es solo cambios corporales; es un proceso de crecimiento que necesita tiempo. Las
figuras parentales tienen la responsabilidad de acompañar, y si renuncian, los adolescentes deben madurar
demasiado rápido, cayendo en una madurez falsa.
Entran en la adolescencia tratando de dejar la dependencia para llegar a una adultez, pero el crecer no
depende solo de lo biológico, sino también del ambiente facilitador: la familia, los grupos sociales que
apoyan el desarrollo.
El adolescente necesita poder ser inmaduro y responsable, cambiante, y los adultos deben acompañar
dándole el tiempo para que llegue a la madurez. Muchos adolescentes no tienen esa posibilidad, no cuentan
con la moratoria social, y se ven forzados a crecer antes. Si los adultos abandonan su rol, los adolescentes
se convierten en adultos prematuros.
La sociedad no debe apurarlos ni cargarles de responsabilidades. El adolescente debe encontrarse a sí
mismo y definir su destino sin apuro. El adolescente es inmaduro y responsable, cambiante, alguien que
explora todo lo que lo ayude a formar su identidad a través de procesos de identificación. Para llegar a decir
“yo soy”, creando un sentimiento de identidad y conectando con el “yo era” del pasado y el “yo seré” del
futuro.

VIÑAR, M. (2013) “Mundos adolescentes y vértigo civilizatorio”. Noveduc. Bs As. Cap. I.

Capítulo 1: La mirada de las adolescencias del siglo XXI


La adolescencia no es un hecho natural, sino una construcción cultural, cuyo significado cambia con el
tiempo y según el contexto. No existe una adolescencia universal ni fija: está subordinada a las
transformaciones histórico-culturales.
En el siglo XX, con una expectativa de vida menor, los tránsitos vitales eran diferentes: se paría joven y se
asumían roles adultos antes. En cambio, en el siglo XXI, se retardan etapas como la maternidad/paternidad
por exigencias educativas o laborales. Esto muestra cómo el concepto de adolescencia está marcado por el
contexto.
El texto advierte sobre el error de objetivar o reificar la adolescencia (es decir, tratarla como una cosa
estable y universal), ignorando que lo biológico y lo cultural interactúan en forma compleja.
Si bien hay cambios hormonales en la pubertad, estos no explican por sí solos los cambios psíquicos y
sociales. Rechaza el determinismo biológico y propone pensar la pubertad como un disparador de un trabajo
psíquico y cultural inédito, diferente en cada caso.
La adolescencia es un proceso de transformación (no solo una etapa cronológica), con avances y retrocesos,
sin polaridades absolutas como sano/enfermo.
Critica las miradas reduccionistas que caen en el cientificismo o la medicalización de conductas
adolescentes. Estas prácticas son un problema del investigador que patologiza, no del adolescente.
Se destaca la necesidad de una mirada crítica y compleja por parte de quienes trabajan en salud mental,
evitando caer en etiquetas simples como “trastorno” o “normalidad” frente a las transgresiones
adolescentes.

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Una perspectiva dialógica: transformación y no etapa
La semiología de las adolescencias (en plural) requiere considerar no solo al sujeto adolescente, sino
también la mirada del observador, desde dónde observa y con qué fin. Esto configura una perspectiva
dialógica donde investigador e investigado se constituyen mutuamente. Se trata de una cuestión ética, no
solo teórica: ignorarlo puede provocar iatrogenia o mala praxis.
No se sostiene una posición antipsiquiátrica, pero sí se advierte contra el uso ligero y estigmatizante de
diagnósticos, donde se confunden rarezas con patologías. Frente a esto, los profesionales experimentados
actúan con prudencia, mientras que ciertas modas psicológicas aplican etiquetas innecesarias.
Se propone pensar la adolescencia no como una etapa cronológica fija, sino como un proceso de
transformación, con avances, retrocesos, logros y fracasos. Este proceso puede iniciarse con la menarca o
la primera polución, y no está determinado solo por la edad.
Hoy, en sectores privilegiados, la expectativa de vida y la prolongación de estudios han extendido
artificialmente la adolescencia. Se sugiere llamar adolescencia al período de 12-17 años, y luego hablar de
juventud o adolescencia tardía. En algunos casos, aparece una “adolentización”, una permanencia de
actitudes adolescentes en adultos jóvenes.
La combinación de acceso ilimitado a estímulos tecnológicos y crianzas permisivas, con dificultad para
ejercer autoridad, favorece la prolongación del tiempo adolescente. La falta de un claro punto de cierre en
este proceso es una problemática actual.
Antes existía una secuencia clara para madurar: primero trabajo (“conchabo”), luego vivienda (“rancho”) y
finalmente pareja (“china”). Esto delimitaba lo normal y lo transgresor. Hoy esa secuencia se ha desdibujado
y es menos común.
Las normas sobre lo bien/mal, lo sagrado o sacrílego, antes definidas por instituciones como la familia,
religión o Estado, han perdido autoridad. Ahora prevalece una autonomía moral individual o grupal, lo cual
amplía la libertad pero también aumenta el riesgo de confusión.
La libertad biográfica (construcción personal del propio camino) se ha autogenerado, desplazando a las
tradiciones. Este cambio puede marcar un giro civilizatorio profundo, fundamental al considerar cada caso
en salud mental o educación.
Los referentes sociales que organizan nuestra mente —como la familia, la parentalidad, el trabajo, el ocio,
las normas, la transgresión, y las formas de sexualidad— han cambiado profundamente en las últimas
décadas. Estos cambios se deben, por un lado, a la revolución informática (plano material) y, por otro, a la
emancipación de la mujer y la revolución sexual (plano simbólico), lo cual genera nuevas tensiones en el
conflicto entre generaciones.
El autor señala, con ironía, que no entiende cómo los jóvenes se comunican o escuchan música, y que podría
pensar que tienen “trastornos mentales”, si no temiera parecer un “viejo tonto”. Pero eso no es lo
importante. Lo central es si hay o no espacios de debate entre los estilos tradicionales y los actuales, porque
el conflicto generacional no tiene ganadores, y es la historia la que decide qué queda de cada época.
Lo preocupante no es el conflicto en sí, sino la falta de confrontación, es decir, la renuncia del mundo adulto
a establecer pautas, normas y límites frente a la aparente autarquía juvenil (independencia total de los
jóvenes). Un historiador afirma que los valores de la tradición y la autoridad nunca fueron tan irrelevantes
como ahora.
El desafío para una práctica dentro de la tradición freudiana es mantener los aportes de la nosografía y la
psicopatología de los siglos XIX y XX, pero también confrontarlos con los cambios culturales actuales.
Algunos docentes siguen la tradición, otros buscan interpelar lo enigmático del presente, y conciliar estas
posturas no es fácil.
Ejemplo de esto es la neurosis: sus referencias no son las mismas en la moral victoriana que hoy. Aunque
aún rechazamos la pedofilia y el incesto, han cambiado los criterios sobre temas como el adulterio o la
homosexualidad. Siempre debe existir una ley o límite, pero lo que cambia es cómo se define. No es igual
crear una nueva norma que dejar que una se disuelva por inacción.
La clínica nació con los pacientes, y debe mantener esa orientación, como decía Freud. No es una visión del
mundo, pero necesita un rumbo. La semiología debe atender al malestar en la cultura, y no aislar lo
intrasíquico, como si no fuera afectado por los cambios sociales e históricos.

Espínola Raquel
El autor menciona con sorpresa textos que muestran a Sócrates criticando a los jóvenes de su época como
amenaza para la polis, algo que se repite hoy: adultos que condenan a las nuevas generaciones. Sin
embargo, han pasado 2.500 años, y seguimos vivos y cambiando.
Esto lleva a preguntar: ¿qué combustible mantiene vivo el conflicto entre generaciones? ¿Por qué esta
rivalidad parece eterna? Porque no es algo ocasional, sino estructural y constitutivo de la historia. El
conflicto entre tradición y novedad genera tensión, pero también cambio y progreso.
El verdadero problema no es si hay o no conflicto generacional, sino cómo es ese conflicto: su calidad, su
desarrollo y su desenlace. Algunos conflictos se repiten sin transformarse, otros se convierten en una espiral
creativa gracias a la perlaboración (trabajo psíquico de transformación del conflicto).
El autor propone una lectura interesante sobre el origen de esta guerra milenaria entre generaciones, y
presenta a sus dos "contrincantes":
A) El mundo adulto: Todos los adultos guardan, aunque sea en secreto, la memoria emocional de la
adolescencia: una época de impulsos intensos, en la que se sentía que todo era posible. En esa etapa
conocimos el poder del amor, la crueldad, la sexualidad, los celos, la alegría, la tristeza y el deseo de
transgredir. Aunque muchos de esos impulsos no se actuaron, se vivieron con gran intensidad en la mente.
Esa etapa fue turbulenta y fulgurante, y permanece viva en la memoria psíquica de los adultos.
B) Las adolescencias: Vienen de la infancia, una etapa marcada por la credulidad: se creía que los adultos
sabían y podían todo (omnipotentes y omniscientes). Pero la adolescencia implica el fin de esa credulidad
infantil y la caída del “crédito” que se le daba al mundo adulto como fuente de sabiduría y autoridad. Lo que
aparece en su lugar es la sospecha y la desconfianza.
Este proceso no es tranquilo: el desprendimiento de las figuras parentales y sus reemplazos es necesario y
saludable, pero también doloroso y conflictivo. Si ese desprendimiento no ocurre, o si se da de manera
superficial y sin dolor, puede tener consecuencias graves: estupidez o incluso una patología psíquica, que
luego requerirá atención profesional. En este caso, una calma excesiva no es señal de salud, sino todo lo
contrario.

No al singular
La adolescencia no debe considerarse como un único fenómeno generalizado. Cada época histórica,
contexto geográfico y social genera adolescencias diversas, que responden a realidades y estilos personales
diferentes. Por lo tanto, la adolescencia no es una categoría uniforme, sino una unidad estallada,
fragmentada, que debe ser estudiada en la diversidad de sus contrastes. Lo importante es entender lo
singular y nuevo en cada caso. Las generalizaciones pueden ser contraproducentes, ya que tienden a ignorar
lo único de cada adolescente. La semiología (estudio de signos y síntomas) debe centrarse en las diferencias,
no en buscar regularidades como si fueran leyes fijas. En las ciencias humanas, se debe evitar el enfoque de
las ciencias naturales, que busca descubrir cualidades estables mediante la acumulación de datos. Aquí, el
objetivo es comprender los patrones de transformación y las variaciones entre los estados de los sujetos, en
un continuo cambio y diálogo.

No al determinismo
El conflicto generacional, presente desde tiempos de Sócrates, debe entenderse no como una repetición de
un conflicto fijo, sino como algo que cambia dependiendo del lugar y la época. No se puede reducir a una
simple relación de edad o impulsos hormonales, aunque los aspectos biológicos son importantes. Lo esencial
es abordar los procesos adolescentes como construcciones estructurales, culturales y psicológicas,
influenciadas por la historia, el contexto y la subjetividad de cada individuo. La tarea más compleja es
crear una semiología psicosocial para interpretar los cambios, ya que los cambios hormonales no suelen ser
patológicos, pero sí lo son las consecuencias psíquicas de la pubertad. El cuerpo biológico puede desatar un
"cuerpo fantasmático" cargado de deseos, miedos e imágenes inconscientes, lo que requiere atención por
parte de padres, educadores y profesionales de la salud.

No a la naturalización, sí a la construcción
La adolescencia no es un proceso natural o automático, sino construido. Aunque la biología acompaña el
proceso, no es su núcleo. El tránsito de la infancia a la vida adulta no es solo un cambio físico o madurativo,
sino un proceso transformacional que requiere un trabajo psíquico y cultural (procesos mentales, simbólicos

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y sociales). Esta transformación puede estancarse y fracasar si no se realiza. La adolescencia refleja los
conflictos, tensiones y contradicciones de la sociedad, siendo el lugar donde emergen con mayor intensidad
los conflictos sociales y culturales.

No a la herencia positivista
Hay conceptos en las ciencias humanas que sufren la maldición parménidea (una tendencia filosófica que
busca lo permanente y estable, heredada de Parménides). Esto implica un empeño en traducir la realidad —
que siempre es cambiante, contradictoria y múltiple— a elementos fijos y estables.
Podemos hablar de esencias (atributos fijos) en el mundo de la naturaleza, como en las maderas o los
metales, cuyos atributos son constantes. Pero vamos por mal camino si aplicamos ese mismo criterio en las
ciencias humanas, como al estudiar la adolescencia, creando entidades fijas con cualidades preexistentes
que simplemente habría que descubrir.
El camino de la investigación es otro: se lleva a cabo en el espesor de un proceso (en el desarrollo mismo del
fenómeno) que se produce performativamente (a medida que se lo estudia y se lo nombra, también se lo
transforma), como consecuencia o efecto de su propia operatoria (su forma de funcionar).
Sin embargo, muchas veces se generaliza en nombre de la sacrosanta objetividad u objetivación, lo que lleva
a la sustancialización (convertir en cosa fija) del resultado, volviéndolo estático.
Tal vez esa fijeza se pueda adjudicar a la orden neurohormonal (la instrucción biológica del cuerpo) que
produce los cambios físicos del desarrollo (como el paso de un cuerpo infantil a uno adulto y femenino).
Pero es necesario revisar el viejo debate: ¿la crisis adolescente reproduce los rasgos del escenario edípico
(conflicto infantil con las figuras parentales omnipotentes)? ¿O es un trabajo original de apropiarse de un
nuevo cuerpo, de investir (cargar de significado y deseo) figuras exogámicas (ajenas al círculo familiar), de
intentar pensar por uno mismo y retomar sobre los propios hombros un saber que antes estaba depositado
en el mundo adulto?
La oposición entre repetición y creación en el proceso adolescente parece innecesaria, porque siempre hay
convergencia de ambas. Oponerlas impide investigar lo singular de cada caso, y averiguar cuánto hay de
cada una.
Por otra parte, aprendimos con creciente convicción que en el desarrollo madurativo, historizar y resignificar
(darle sentido personal y contextual a la experiencia pasada) no son procesos lineales, sino circulares y
recurrentes. Estos procesos pueden conducir tanto a la noria de la repetición (dar vueltas sobre lo mismo sin
avanzar) como a la espiral elaborativa (crecimiento subjetivo y creativo). Esto es así no porque esté definido
por una ley (axiomático), sino porque todo acto humano significativo tiene algo de repetición y algo de
creación.
En el desarrollo y sus crisis, cada momento reproduce e innova. La sagacidad de la semiosis (la capacidad de
interpretación de los signos del proceso psíquico y social) debe dar cuenta del intervalo entre repetición y
elaboración.
Por consiguiente, habrá que entender la adolescencia como proceso (algo que ocurre y se transforma), más
que como franja etaria (etapa fija de edad), donde los logros madurativos y las transformaciones pueden
producirse o inhibirse y fracasar.
Reitero: es excesivo o arbitrario atribuir a los tumultos hormonales la causa determinante (lineal y
automática) de los efectos psicológicos y culturales. Prefiero un posicionamiento más interactivo, con
causalidades complejas (múltiples factores interrelacionados), culturales y psicológicas, que modelan
(influyen sobre) la tormenta hormonal de la pubertad para producir adolescencias múltiples, propias de
cada tiempo y lugar
Esto da lugar a saberes más efímeros y perimibles (menos definitivos, más sensibles al contexto), lo que nos
ubica en una posición más crítica y modesta, menos legislante y tutelar. Nos sitúa de otro modo en el campo
de fenómenos a estudiar: considerando al sujeto como pleno, con quien podamos establecer relaciones de
reciprocidad (intercambio mutuo), evitando la tentación de colonizarlo (imponerle nuestras experiencias y
saberes "superiores").
No a la herencia positivista
La adolescencia no debe ser vista como una entidad fija, ya que es un proceso dinámico, influenciado por factores biológicos, culturales
y psicológicos. Estudiarla de manera estática, como si fuera un fenómeno constante, es un error. Los cambios hormonales son
importantes, pero no determinan por completo la crisis adolescente, que también involucra la apropiación de un nuevo cuerpo y el
cuestionamiento de las figuras externas a la familia.

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Repetición y creación: La adolescencia no se reduce a una repetición de lo anterior ni a una creación completamente nueva; ambos
procesos coexisten. El desarrollo es cíclico, con momentos de repetición y otros de crecimiento subjetivo.
Adolescencia como proceso: La adolescencia debe verse como un proceso de transformación, no solo como una etapa de edad fija. Los
cambios pueden avanzar o estancarse, y no se deben atribuir exclusivamente a los cambios hormonales. Es el resultado de factores
culturales y psicológicos que varían según el contexto.
Saberes efímeros y reciprocidad: Es importante adoptar una postura crítica y respetuosa, considerando al sujeto como único y
estableciendo relaciones de reciprocidad, sin imponer saberes externos.

Tiempo vivencial
La velocidad de los acontecimientos y el ritmo de las experiencias actuales, impulsados por la revolución
informática, afectan profundamente nuestra capacidad de procesar y asimilar información. Mientras que la
información es accesible al instante, la mente no siempre puede procesarla a la misma velocidad.
En una sociedad basada en lo visual y efímero, ¿cómo se inscriben las experiencias en la mente,
especialmente en la infancia y durante la pubertad, cuando los cambios hormonales y físicos son rápidos?
Para procesar una experiencia, se necesitan dos tiempos: uno transitivo, cuando los acontecimientos
ocurren, y otro reflexivo, cuando se asimilan y se integran.
Hoy, los síntomas no tienen espacio para ser narrados internamente, como ocurría antes en las consultas.
Ahora, el padecimiento se expresa a través de crisis de pánico, trastornos alimentarios o conductas de
riesgo, pero no se vive como sufrimiento interior. La falta de profundidad psíquica y la imposibilidad de
reflexionar sobre uno mismo caracterizan este sufrimiento.
Es crucial considerar la historia familiar y el contexto sociocultural al analizar la psicopatología. En una
sociedad acelerada, el tiempo vivencial se vuelve fragmentado y vertiginoso, lo que afecta la psicología. Este
presente, sin conexión con el pasado o el futuro, se presenta como un ciclo repetitivo y sin pausa, lo que
impide un equilibrio entre estabilidad y transformación en la mente.

El cuerpo en la adolescencia
Los cambios corporales durante la adolescencia son fundamentales en este proceso, ya que el cuerpo físico
genera una representación psíquica, pero no debe verse como una relación simple o lineal. Los cambios
hormonales transforman la relación del sujeto con su cuerpo, antes familiar y armónico, en una zona
misteriosa y enigmática.

En esta etapa, el “yo” desea autonomía, pero está sometido a las sensaciones corporales que deben ser
descifradas, enfrentando tensiones entre deseo y prohibición. A pesar de que parte de la sexualidad puede
ser educada y socialmente aceptada, una parte permanece en la oscuridad, generando curiosidad y
exploración.
El cuerpo es también un reflejo de la autoestima, que en la adolescencia oscila entre la exaltación y la
humillación. El adolescente ve su cuerpo como algo ajeno a su psiquis, que debe ser explorado y
comprendido.
La búsqueda de placer, el hedonismo, está en constante conflicto en la sociedad entre posturas austeras y
libertinas. Las normas sociales, ya sean severas o permisivas, influyen en cómo el sujeto las procesa, ya sea
en obediencia, rebelión o emancipación. El equilibrio entre autoridad y permisividad es crucial en la
educación y la salud, especialmente en temas como las adicciones, que requieren un debate abierto y
ciudadano, no solo académico. Es necesario promover un enfoque educativo y reflexivo que fomente el
pensamiento autónomo y la discusión sobre los conflictos morales y sociales.

El espejo de los pares: Las tribus adolescentes


En la adolescencia, se da un proceso de desprendimiento de las figuras parentales, que simbolizan saber y
poder absoluto. Este proceso de separación o individualización, aunque esencial para la autonomía, es difícil
de llevar a cabo en soledad, y el adolescente se ve atraído por figuras exogámicas, ajenas a la familia, con las
que establece relaciones significativas. Estas figuras ofrecen una alteridad (lo diferente) que representa el
mundo adulto, pero el adolescente tiende a percibir este mundo como extraño, reaccionando con actitudes
de exclusión o de consumo de los "productos" del mundo adulto como algo exótico.
Una de las características destacadas de esta etapa es la formación de tribus o grupos de pares, donde el
comportamiento mimético (imitación) con los compañeros sustituye al comportamiento con los padres. Los

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amigos se convierten en confidentes y en los encargados de regular el comportamiento social, a través de
conductas que pueden incluir rituales, comportamientos hedonistas o incluso la fascinación por el trauma.
Estos grupos adquieren un poder significativo, y la figura familiar pierde su atractivo en ocasiones,
volviéndose rechazada o incluso repugnante.
Aunque se reconocen los procesos grupales en esta etapa, también es crucial entender la singularidad de
cada adolescente. Los procesos identificatorios son complejos y se vinculan con la constelación edípica, pero
aquí se aborda más bien la psicología de masas, los grupos y las multitudes. En este sentido, la sugestión o
hipnosis colectiva tienen un impacto psíquico considerable, creando lo que se puede llamar una "mentalidad
de época" o "mentalidad colectiva", conceptos que reflejan la influencia de las opiniones hegemónicas en la
psique de los individuos.
El contagio psíquico y la disposición a ser influenciado por la corriente dominante son fenómenos que van
más allá de los ejemplos históricos, como los descritos por Freud en sus estudios de la histeria. En la
adolescencia, la tensión entre ser sugestionable y pensar por cuenta propia es más intensa, y la capacidad
de resistir la presión del grupo varía según el individuo y la situación. Este tema, que toca la interacción
entre psicoanálisis, sociología y semiótica, sigue siendo un campo de investigación necesario, que debe ser
profundizado y ampliado para entender mejor los procesos psíquicos del adolescente en relación con los
grupos sociales.

Conducta de riesgo
En la adolescencia, la tendencia a adoptar y promover conductas de riesgo, tanto autoagresivas como
heteroagresivas, es un fenómeno característico de esta etapa. El entorno cultural contemporáneo, que
celebra el espectáculo y la exhibición, actúa como un incentivo para estas conductas, mientras que los
adolescentes, en su búsqueda de identidad y experiencias intensas, se sienten atraídos por ellas. Esta
combinación de un contexto social que estimula la exhibición y un sujeto dispuesto a probar los límites crea
un caldo de cultivo para la conducta de riesgo.
Una de las cuestiones clave en esta etapa es la frontera entre el "yo" y el "nosotros", lo que implica la
relación entre el mundo intrapsíquico (lo interno) y lo transpersonal (lo que excede al individuo), entre la
experiencia subjetiva del adolescente y las expectativas sociales y culturales. Esta dinámica se intensifica
durante la pubertad, cuando surgen nuevos enigmas y desafíos tanto conceptuales como prácticos, que
configuran la forma en que el adolescente se relaciona con su entorno.
Históricamente, en las culturas tradicionales, los ritos de iniciación marcaban el paso de la infancia a la
adultez, pero en la modernidad, estos ritos se han ido desvaneciendo. La desaparición de estos rituales ha
generado preguntas sobre cómo se configuran hoy estos procesos de transición. Desde el psicoanálisis, se
aborda cómo el sujeto en proceso de devenir (en su construcción como persona) se proyecta en su entorno,
más allá de las marcas edípicas tradicionales. Aunque el conflicto edípico sigue siendo relevante, el empuje
pubertario introduce un elemento nuevo que no puede ser reducido únicamente a una repetición de las
experiencias edípicas.
En el debate académico, algunos sostienen que la crisis adolescente es una repetición de las peripecias
edípicas, mientras que otros argumentan que es una creación original. Este debate, aunque interesante, no
tiene una respuesta clara y definitiva. La tarea semiológica consiste en comprender cómo se manifiestan
tanto los elementos de repetición como los de recreación, y cómo se integra este dilema en el proceso de
maduración del sujeto.

Adolescencia y proyecto de vida


Durante el proceso de construcción de la identidad en la adolescencia, los adolescentes se enfrentan a una
serie de dilemas y desafíos mientras traman su proyecto de vida. Esto incluye la exploración de su vocación,
el surgimiento de su singularidad, y la creación de un estilo propio. Este proceso es largo y difícil, marcado
por altibajos emocionales, y es más una experiencia interna que una reflexión ordenada. Se combina lucidez
y fantasía, momentos de tedio y anonadamiento, con momentos de turbulencia y fulguración, como un río
de montaña.
Este proceso, aunque puede repetirse a lo largo de la vida, es significativo en la adolescencia como la
"primera vez" en la que el individuo se compromete de forma intensa y apasionada con la búsqueda de un
"personaje significativo" en su vida. Este sentimiento de exaltación puede estar relacionado con un mundo

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globalizado que, aunque parece ofrecer muchas opciones, también genera un vacío simbólico, ya que el
adolescente se enfrenta a la sensación de que "nadie es nadie para nadie".
La influencia de los medios de comunicación y la hiperrealidad contribuyen a crear una realidad virtual que
reemplaza lo real, haciendo más inciertos los proyectos de vida. En generaciones pasadas, había una ilusión
de que el trabajo y el esfuerzo llevarían a un lugar en la sociedad, pero en el presente, con la creciente
automatización, este horizonte se vuelve más incierto. Esto está vinculado a la caída de las ideologías y la
falta de referentes, lo que genera un vacío existencial y horror al vacío en los adolescentes.
El diseño de un proyecto de vida en esta etapa es una búsqueda histórica concreta, que permite al sujeto
darle sentido y orientación a su vida práctica. La adolescencia es un espacio de tensión entre impulsos y
culturas, un proceso de lucha contra las fuerzas del entorno social y de construcción de un camino propio. El
adolescente enfrenta la necesidad de encontrar un sentido personal a su vida mientras se enfrenta a los
valores y expectativas sociales.
Este proceso de búsqueda de identidad también está relacionado con el sentimiento de pertenencia a un
grupo. El adolescente busca pertenecer a algo, ya sea en términos de música, política, deportes, o incluso
prácticas como el consumo de sustancias, que sirven para llenar el vacío existencial. Sin embargo, este deseo
de pertenecer puede llevar a formas rígidas de pertenencia que empobrecen el discernimiento, creando una
división entre lo que es nutritivo y lo que es alienante.
El relevo valórico, el cambio de valores de una generación a otra, se hace cada vez más evidente en una
sociedad que cambia rápidamente. Esto crea una distancia creciente entre los adolescentes y sus padres. La
referencia al pasado, aunque importante, puede ser tanto un faro como una prisión. La libertad biográfica, el
derecho a elegir el propio destino, es un valor central en la sociedad actual, pero también genera
incertidumbre en los adolescentes, quienes a menudo buscan encontrar su lugar en el mundo.
Este proceso de construcción de identidad se basa en experiencias emocionales intensas y encuentros
significativos con otros, como amigos, maestros o figuras importantes en la vida del adolescente. La
conjunción de la vida interior y los desafíos interpersonales es fundamental para la formación del perfil
singular del individuo.
El "yo" se forma en relación con la imagen reflejada en los demás, y el adolescente atraviesa un proceso de
identificación con sus pares y con el entorno, mientras al mismo tiempo mantiene su individualidad. Este
proceso, marcado por la intensa necesidad de pertenencia y la búsqueda de significado, puede llevar tanto a
formas de identificación saludables como a formas de fanatismo y fundamentalismo.
Finalmente, el adolescente vive una etapa de transformación donde las relaciones íntimas y los pactos de
pertenencia adquieren una gran importancia. Estos vínculos sociales son poderosos, y aunque pueden ser
conflictivos, también son una fuente de energía que puede canalizarse positivamente si los adultos dedican
más tiempo a orientar y confrontar estas dinámicas en lugar de reprimirlas.

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