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Eje 2 Resumen Rakel

El documento aborda la adolescencia desde una perspectiva psicoanalítica, destacando la importancia del desorden y la reorganización en la construcción de la identidad. Se exploran los procesos de duelo y transformación que enfrentan los adolescentes al integrar cambios corporales y psíquicos, así como la necesidad de reconfigurar sus relaciones familiares y sociales. Además, se discuten las fases de la sexualidad y el impacto de las elecciones de pareja en la subjetividad del adolescente.

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Eje 2 Resumen Rakel

El documento aborda la adolescencia desde una perspectiva psicoanalítica, destacando la importancia del desorden y la reorganización en la construcción de la identidad. Se exploran los procesos de duelo y transformación que enfrentan los adolescentes al integrar cambios corporales y psíquicos, así como la necesidad de reconfigurar sus relaciones familiares y sociales. Además, se discuten las fases de la sexualidad y el impacto de las elecciones de pareja en la subjetividad del adolescente.

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EJE II.- UNA LECTURA PSICOANALÍTICA DE LA ADOLESCENCIA.

2.1.- Naturaleza del proceso adolescente: el trabajo de duelo y el logro de la identidad.


GRASSI, A. y CÓRDOVA, N. (2010) “Adolescencia: reorganización y nuevos modelos de subjetividad”. En “Entre niños, adolescentes y
funciones parentales”. Buenos Aires: EntreIdeas.
FERNANDEZ MOUJAN, O. (1997) “Abordaje teórico y clínico del adolescente” Ed. Nueva Visión. Cap. IV y V.
GARBARINO, M.F.de. (1992) “Identidad y adolescencia” en GARBARINO, M.F.de, y MACEDO, I.M. de (1991) "Adolescencia”. Roca Viva
2.2.- Normalidad y patología en la adolescencia. El síndrome de la adolescencia normal.
ABERASTURY, A. y KNOBEL, M. (1990) "La adolescencia normal" Ed. Paidós- Cap. II y Cap. V pág., 142 a 152.
2.3.- Surgimiento de la genitalidad: la identidad del rol sexual.
ALTERMAN, M. (2008) “La identidad del rol sexual. Los vínculos entre el hombre y la mujer”. Lugar Editorial.
. Introducción y Cap. IV

2.1 GRASSI, A. y CÓRDOVA, N. (2010) “Adolescencia: reorganización y nuevos modelos de subjetividad”


El desorden
La adolescencia como una etapa de transformaciones y cambios. Los términos organización, reorganización
y neogalización o nuevas formas de organización son claves.
En general, reorganizar significa que algo previamente ordenado cambia por medio de un
reacomodamiento que implica un desorden o alteración de lo establecido. Cuando se incorporan elementos
nuevos, esto genera un desorden que permite dar lugar a nuevas formas de organización/neoorganizacion.
Un nuevo orden puede surgir a partir de un proceso que genera desorden. La relación entre orden,
desorden y organización es compleja: el desorden es necesario para que aparezca una organización más
elevada.
"Desorden" tiene muchos sentidos, pero en relación a la adolescencia, el desorden no es simplemente lo
opuesto a orden ni resulta de un descuido, rebeldía o falta de interés del adolescente. No proviene de una
carencia del sujeto.
Es algo que debe alcanzarse mediante un trabajo psíquico, o sea, un proceso de elaboración interna, y
representa un logro positivo en la construcción de la subjetividad, es decir, la forma en que cada persona
se experimenta a sí misma y al mundo.
Se debe diferenciar desorden de desorganización, anti orden o no orden. Existen resistencias al desorden
por parte de los adultos, las instituciones e incluso por parte del propio adolescente.
Lo puberal, lo adolescente
La vida psíquica pasa por momentos en los que intenta incorporar y procesar lo heterogéneo, reordenando
o desordenando lo que ya existía. La subjetividad del adolescente trabaja provocando transformaciones.
Este proceso es llamado lo puberal-adolescente. Cuando encuentra condiciones favorables, lo puberal-
adolescente genera un desorden del estado previo que promueve nuevas organizaciones psíquicas. Varios
autores lo describen como un "segundo nacimiento".
El desorden, la reorganización y las neo-organizaciones aparecen como resultado de lo nuevo y diferente. El
trabajo puberal-adolescente busca incorporar y dar coherencia a los elementos provenientes de distintas
fuentes:
 Un campo intrasubjetivo, es decir, lo interno al sujeto, que incluye los cambios corporales y la historia
personal.
 Un campo intersubjetivo, que se refiere a las relaciones entre las personas, y abarca la familia, los pares, el
entorno y las personas con las que comparte un momento social, político e histórico.
 Un campo transubjetivo, que se refiere a lo generacional. Es el vínculo con la transmisión psíquica entre
generaciones, es decir, cómo se relaciona con estos.

Hay distintos elementos que debe metabolizar el adolescente en este período:


1. El crecimiento y el desarrollo que hackean la identidad
Los cambios corporales relativos al desarrollo y nuevo funcionamiento endocrino y hormonal producen el
crecimiento del cuerpo y la aparición de los caracteres sexuales secundarios, por lo que el psiquismo debe
realizar un trabajo de simbolización, es decir, de dar un significado a través de los procesos psíquicos.
La maduración biológica que sucede entre los 12 y 16 años replantea las identidades que estaban
enraizadas a lo somático, es decir, ligadas al cuerpo. Con el crecimiento del aparato genital, la maduración
de los órganos sexuales internos y externos, esto señala un proceso psíquico en el que la persona empieza a
integrar las diferencias de género a su identidad sexual.

Espínola Raquel
La maduración biológica y el crecimiento corporal actúan como la base o el material que el psiquismo debe
asimilar. La persona metaboliza o asimila esas transformaciones.
Los cambios corporales piden una revisión de la imagen especular, es decir, la imagen del propio cuerpo en
el espejo. Se produce un nuevo pasaje por el estadio del espejo.
Se produce un nuevo pasaje por el estadio del espejo como formador de la función del yo, es decir,
comienza a estructurar su yo o su identidad. Empieza a tomar importancia la mirada, el tacto y el tiempo
dedicado a decorar sus cambios.
Con la apertura de la genitalidad, el cuerpo pregenital queda chico o limitado para las nuevas experiencias
que está viviendo.
Con el erotismo se registran nuevas vivencias, experiencias y sensaciones que requieren de inscripciones
psíquicas para su significación o comprensión, es decir, por medio de procesos mentales, darles un
significado a estas experiencias.
Es común la aparición de trastornos digestivos, alimentarios, alteración de los ritmos del sueño, trastornos
corporales, autoagresión, automutilación y enfermedades psicosomáticas. También aparece la angustia, la
cual va acompañada de temores referidos a lo corporal. Por eso el adolescente busca unir cuerpo y mente
en una experiencia subjetiva, a través de un proceso de subjetivación, ya que no alcanza solamente con la
maduración biológica.
La subjetividad demanda reordenar y desordenar las relaciones del cuerpo infantil con la propia historia,
con los padres de la infancia, con la infancia de los padres, con el lugar en la familia. Se deben replantear
las identificaciones infantiles que están enraizadas o enlazadas a lo somático y a lo familiar.
Es decir, el adolescente necesita reorganizar cómo entiende su cuerpo y su historia. Tiene que revisar cómo
se relacionaba con sus padres cuando era chico, cómo fueron ellos en su propia infancia, y cuál era su lugar
dentro de los deseos y expectativas familiares.
También necesita cuestionar y revisar las identificaciones infantiles, es decir, los modelos que tomó cuando
era pequeño, que están muy ligados al cuerpo y la familia. Es un proceso de reordenar todo eso para
construir una identidad más propia y adulta.
Se requieren nuevas organizaciones que le den un sentido al crecimiento y a la genitalidad. La simbolización
del crecimiento del cuerpo con su genitalidad implica un trabajo psíquico en relación con el estadio del
espejo y el complejo de Edipo, que compromete a toda la estructura del aparato psíquico.
Es decir, cuando el cuerpo empieza a crecer y a volverse erógeno, capaz de sentir placer, esto no solo ocurre
a nivel físico, sino que también se activan procesos mentales. La mente tiene que hacer un trabajo para
darle sentido a estos cambios. Eso se relaciona con el estadio del espejo, cuando el niño se reconoce por
primera vez como un yo separado, lo cual está ligado a la autoimagen, a la identidad, a lo extraño que puede
sentirse el propio cuerpo.
Y también se relaciona con el complejo de Edipo, que implica cómo una persona se identifica sexualmente
y con su género (ser varón o mujer), y cómo se posiciona en relación con las otras generaciones, es decir,
como padre, hijo, etc. Todo esto afecta profundamente cómo está organizada la mente y cómo el
adolescente construye su identidad.
La adolescencia es un período de crisis y duelo: crisis de la identidad y duelo por el ser infantil. Son los
duelos de los padres de la infancia, por la historia de las relaciones infantiles, del objeto y por el self (el
conjunto de vivencias que forman la identidad), por la mismidad.
Los autores mencionan que es más apropiado nombrarlas no tanto como crisis “de”, sino crisis “en” la
adolescencia.
El fin de la infancia requiere de una caída, una muerte, pero a la vez de una conservación superadora y
transformación de lo infantil. Algo se pierde, pero los referentes simbólicos de la identidad son
resignificados: el nombre y el apellido, el sexo, el origen… todos estos entran en un proceso de
resignificación e historización, es decir, dar un sentido a la propia historia.
2. Los dos tiempos o fases de la acción (y el entretiempo)
La sexualidad humana no se da en una sola etapa, sino en dos tiempos o fases: una sexualidad infantil y una
sexualidad adulta. Son dos sexualidades diferentes: una que surge en la infancia, y otra que aparece en la
pubertad, centrada en los genitales. Los genitales se vuelven el centro del deseo y el placer.
Lo puberal-adolescente es un entretiempo de la sexuación: no se pasa automáticamente de la sexualidad
infantil a la adulta, sino que se necesita de un proceso de transformación.

Espínola Raquel
Este proceso implica cambios en la identidad (es decir, dejar la identidad infantil), cambios en el cuerpo (es
decir, reordenarlo simbólicamente) y cambios en el lugar dentro de la familia (es decir, un
reposicionamiento generacional).
Durante la adolescencia hay una urgencia de crear algo nuevo: un cuerpo distinto, un deseo que no esté
dirigido a los objetos familiares. Este momento implica una lucha entre mantener lo conocido y abrirse al
cambio.
Cuando termina el complejo de Edipo, esto puede tener diferentes efectos: a veces se logra una represión,
otras veces hay un sepultamiento. Freud señala que, si el complejo de Edipo solo fue reprimido y no
eliminado, puede seguir actuando desde el inconsciente y causar efectos más adelante.
En la adolescencia no se da automáticamente un pasaje del deseo incestuoso al deseo por un objeto nuevo.
Se necesita:
 Un nuevo deseo genital.
 Un objeto.
 Una nueva organización psíquica que lo permita.
Pero este proceso no ocurre sin conflictos: el cuerpo adolescente todavía está marcado por el "otro
familiar", y es por eso que el cuerpo ahora debe transformarse en un cuerpo genital, con deseo hacia un
objeto no familiar.
Lo puberal-adolescente es así un entretiempo de transformación, donde el cuerpo y el deseo se reorganizan
simbólicamente.
3 erotismo genital y hallazgo del objeto alteran lo familiar
La inscripción del cuerpo y la elección de un objeto hetero familiar es decir por fuera de la familia y el
vínculo a un otro o compañeros sexual marcan o inauguran en lo que a la constitución del cuerpo general se
refiere esta iniciación sexual marca un antes y un después en los procesos de subjetivación es decir el
proceso por el cual el sujeto se construye a sí mismo el cual no es sin el otro. el otro que es par y extraño
cumple una función de compañero sexual y su participación contribuye en la inscripción del cuerpo genital.
A la vez genera una profunda angustia. Es necesario que este objeto sea extra familiar.
Cobran nuevas significaciones las diferencias sexuales ahora genitales y de género y el pasaje de la
bisexualidad a la homo - heterosexualidad cobran también nuevas significaciones las diferencias
intersubjetivas.
En síntesis el momento en el que una persona empieza a vivir su cuerpo como sexual relacionado con los
genitales y cuando elige un compañero sexual fuera de su familia marca un cambio importante en cómo se
ve a sí misma y cómo se relaciona con los demás. La relación sexual hace que la persona se conecte con el
otro que es distinto y diferente, lo que provoca una sensación de separación, también se empiezan a notar
diferencias sexuales de género y de deseo y las relaciones entre las personas cambian. En estas relaciones
no solo hay una conexión sino un reconocimiento mutuo entre las personas donde ambas mantienen su
identidad, este tipo de relación es diferente de una en la que la persona pierde su identidad en el otro, el
texto también menciona a Freud y las ideas de la metamorfosis quien habla sobre cómo el deseo sexual nos
lleva hacia el otro marcando una diferencia en nuestro cuerpo, nuestra identidad de género y en nuestros
deseos
4 sucesión generacional y reordenamiento
Se produce Un nuevo emplazamiento generacional se produce el corrimiento y reubicación generacional
hijo padre abuelo. El potencial pasaje de hijo a su proyección como padre - madre y consecuentemente el
pasaje de padres abuelos etcétera. Se produce un corrimiento generacional el cual debe ser metabolizado o
asimilado, implica un deseo de muerte y asesinato de los progenitores de manera simbólica, lo que dice el
autor es que los padres tienen que sobrevivir al asesinato simbólico y deseo de muerte del cual son objeto
por parte de sus hijos y los hijos también tienen que sobrevivir a los deseos destructivos e incestuosos de los
padres. Lo puberal de los padres también genera crisis en la adolescencia Por lo cual hay un doble trabajo
psíquico que deben realizar los hijos y los padres. Que en la adolescencia se sobreviva el deseo de muerte y
asesinato es fundante del pasaje generacional para llegar a un nuevo emplazamiento se requiere que lo
adolescente simbolice dicha experiencia. Y así se produciría este nuevo emplazamiento generacional.

FERNANDEZ MOUJAN, O. (1997) “Abordaje teórico y clínico del adolescente” Ed. Nueva Visión. Cap. IV y V.

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Cap. 4
El duelo adolescente
Junto al concepto de identidad, que es una construcción psíquica que responde a la pregunta “¿quién soy?”,
aparece el concepto de duelo (proceso psíquico de elaboración de una pérdida). Podemos encontrar
distintos momentos: pubertad, mediana adolescencia y final de la adolescencia.
El proceso de duelo tiene manifestaciones clínicas más significativas, como por ejemplo el cambio de
carácter, cambio en el pensamiento y cambio en la conducta social. Los cambios tienen un cierto ritmo, y
podemos describir dónde se centra el duelo en cada uno de los períodos.
En la pubertad, se centra el duelo en el cuerpo como objeto. En la mediana adolescencia, de 15 a 17 años,
en la identidad sexual, la resolución del conflicto edípico genital y en las nuevas formas de pensar. En la
adolescencia tardía, el duelo se centra en los roles sociales.
En todos los períodos, el adolescente lucha por restablecer el equilibrio roto por el monto de pérdidas
objetivas (es decir, duelos por objetos externos como relaciones o figuras de apego) y subjetivas (es decir,
duelo por los aspectos del yo, aquellas partes internas que se modifican o pierden). A estas pérdidas se le
suman nuevas adquisiciones, desconocidas y vividas con mayor o menor persecución.
Melanie Klein describió los mecanismos inconscientes del yo para elaborar estas ansiedades de pérdida y
persecución. Por un lado, el yo trata de controlar la rabia, el vacío y la desconfianza disociándose y
proyectando hacia afuera todo lo malo, y reteniendo e introyectando todo lo bueno. Paulatinamente se van
intercalando períodos de integración que tratan de recuperar la identidad perdida.
Aparece la desesperación, ya que al unir lo amado y lo rechazado, tanto fuera como dentro del self (sujeto
como un todo), se genera tensión. En el período de protesta que menciona Bowlby, las defensas tienen el
carácter de rechazo de la situación. Se produce un incremento de conductas autoeróticas, inhibitorias,
aislacionistas y un comportamiento exagerado sobre los objetos.
Lo que el púber en realidad siente como muy peligroso es el cuerpo adulto que empieza a surgir.
A) En un nivel más visible, en el área 2, el adolescente trata de controlar su cuerpo haciendo cosas como
bailar o hacer deportes. Es una forma de manejar la ansiedad.
B) En el área 3, empiezan las identificaciones pasajeras con figuras fuera de la familia, como ídolos, grupos o
modas. Esto lo ayuda a separarse del entorno familiar y a sentirse más independiente. Estas identificaciones
le sirven a sí mismo para defenderse de ciertos modelos de identificación sexual que le propone —casi le
impone— la cultura, y consigue un tiempo de espera dentro del proceso de duelo. De esta manera, se logra
postergar el enfrentamiento con el complejo edípico genital hasta los 15 años.
Estos rasgos puberales son fenómenos transicionales o temporales, y permanecen como algo asimilado al
yo.
En el varón son frecuentes los rasgos pasivos-compulsivos, conductas repetitivas con falta de iniciativa,
también un carácter compulsivo a rebelarse con violencia o exigir valentía, testarudez. Estas formaciones
reactivas son para defenderse de esa pasividad o sumisión. Aparecen los comportamientos opuestos: se
rebelan con violencia, son valientes.
En lo que concierne a las chicas, el rasgo característico es el fálico-narcisista. Es decir, muestran un orgullo
por su cuerpo y sexualidad: son las típicas Amazonas. Aparecen rasgos narcisistas, es decir, centradas en sí
mismas por identificación con las madres. Se convierten en el objeto deseado por los varones y se vuelven
más seductoras.
A la protesta que el púber hace al encontrarse con su forma de pensar infantil, lo resuelven incrementando
un pensamiento mágico, que consiste en darle a las mismas palabras doble connotación: una abstracta y una
concreta. Consiguen satisfacción autoerótica con solo hablar o pensar. Se produce una intelectualización y
una erotización del pensamiento, donde las palabras se vuelven juguetes, sin importarles mucho que los
adultos no los entiendan. Es una forma de protesta.
A los 15 años (la adolescencia media), el duelo se centra en torno a la identidad sexual y la identidad en
general, forma de verse a sí mismo. En niveles más abstractos, posibilitados por el desarrollo del
pensamiento lógico-formal (es decir, tienen ahora una capacidad de pensar de forma más compleja),
reflexionan sobre sí mismos, tienen hipótesis del mundo y elaboraciones más simbólicas.
El yo, ya suficientemente discriminado, puede o tiene una mayor tolerancia a la ambivalencia, la culpa y la
pena. El adolescente tiene que defenderse de la desesperación que deja el vacío creado ante la pérdida de
las partes del yo, de la culpa y de la sensación de impotencia y desorientación ante los nuevos vínculos.

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Observándolo, podemos ver que presenta una fluctuación del yo. Esto consiste en una extrema facilidad
para realizar identificaciones o tomar características de otros, tanto dentro del yo como en los objetos y en
el cuerpo, de características pasajeras. Pero estas le permiten probar, discriminar y modificar aspectos de su
identidad, y adaptarse a los nuevos vínculos que va estableciendo.
La disociación del yo en la pubertad equivale, en la mediana adolescencia, a la fluctuación del yo. La
aceptación de algún aspecto del yo no necesita incluir al otro. Es decir, puede convivir con las distintas
partes o facetas de uno mismo sin conflicto: puede ser sensible y valiente.
Otro elemento para entender el proceso del duelo adolescente es la nueva forma de pensar. Puede
reflexionar de forma abstracta, lo que implica una mayor capacidad del yo para separarse de la realidad
externa. Ya que reflexiona y piensa, ya no piensa solamente en función de lo que ve o experimenta, puede
reflexionar sobre ideas internas. Tiene la creencia de que puede modificar o controlar las cosas con el
pensamiento.
Las identificaciones transitorias, que llamamos pseudoidentidades o identidades momentáneas, son formas
momentáneas de ser o maneras de presentarse o comportarse. Se usan para ensayar distintas formas de
posicionarse en el mundo, especialmente en relación a la identidad sexual y los roles adultos.
La discriminación de la identidad sexual enfrenta al adolescente con la conflictiva edípica. Las fallas en el
pensamiento y en la vida grupal con otros adolescentes son motivos frecuentes de fracaso en la elaboración
del duelo, lo que puede provocar depresiones o conductas regresivas.
El grupo de pares es una ayuda importante para sacar a los adolescentes de esta desesperación. Potencia el
pensamiento omnipotente pero lo regula al exigirle un cierto reconocimiento con la realidad, y facilita las
relaciones sociales en base a un “yo grupal”. Este le sirve de apoyo para los primeros vínculos
heterosexuales. Además de ser un grupo social, es un grupo psicológico donde pueden llevar a cabo la
función de diferentes roles.
El duelo alcanza su culminación después de los 17 años. A esta edad, la separación de la infancia se
completa y la desesperación que caracteriza la crisis adolescente se va transformando en soledad. El
adolescente comienza a aceptar la nueva realidad de estar solo frente a sus propios procesos de identidad,
dejando atrás la dependencia emocional y la familia previas.
No queda más apoyo que la propia identidad, la pareja y la comunidad mediante sus roles y vínculos
afectivos. Paulatinamente, se va tolerando que la novia o el novio no sean perfectos. Se aceptan las propias
limitaciones.
El adolescente entra a los 17 años —es decir, a la adolescencia tardía— adquiriendo en sus conductas
sentido de responsabilidad. Es también posible detectar depresiones clínicas ante fracasos y desilusiones en
los roles sociales: trabajo, estudios e ideología.
Los fracasos que no se elaboran adecuadamente pueden tener consecuencias graves, como miedos,
inseguridades o depresión. Las identificaciones proyectivas son mecanismos de defensa utilizados para
evitar la soledad y la culpa que surgen cuando no se ha procesado adecuadamente el duelo en la
adolescencia, proyectando partes del yo en otros para evitar enfrentarse al sufrimiento.
A esta edad, las consultas suelen presentarse por quejas personales como fracasos sexuales o afectivos,
depresión, desorientación, o quejas familiares por psicopatías, sociopatías o caractereopatías.
Los enemigos del duelo de la adolescencia son: el resentimiento, la protesta puberal, el miedo, la
desesperación, los pensamientos omnipotentes, las idealizaciones grupales y las pseudoidentidades. Cuando
estos elementos permanecen, el duelo se vuelve patológico. Si se idealiza un objeto perdido y se identifica
al yo con él, esto hace sentir desvalorizado al sujeto. Ante esta situación, el yo sucumbe o colapsa y surge
entonces la depresión física u otras enfermedades, con manifestación de doble fracaso: el de la elaboración
del duelo y el de la asunción de la propia identidad.
En la sociopatía, se idealiza el aspecto malo con el cual el sujeto se identifica. En la psicopatía, se produce
una fragmentación de yoes imposible de integrar. En la caractereopatía, el yo queda anulado por una
máscara externa, una fachada o un personaje que asume el rol del objeto perdido.
La conducta social, grupal o comunitaria, el pensamiento, el cuerpo, los rasgos de carácter y las
pseudoidentidades transitorias son elementos de suma utilidad para que el adolescente vaya elaborando el
proceso de duelo. Otra forma de elaboración es por medio de la actividad grupal, renunciando a la
dependencia familiar y yendo en busca de la propia identidad, al comienzo compartida.

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Cualquier exageración, rigidez y prolongación de estas conductas transitorias son índice, para nosotros, de
una mala elaboración del duelo propio de la edad, y factores predisponentes de enfermedad o patología.
1) Concepto de duelo: proceso que realiza el yo de una manera consciente e inconsciente ante la pérdida
de un objeto, persona, vínculo, rol, etc. Se considera una lucha que hace surgir en el yo dos tendencias: una
que rechaza la pérdida y crea una serie de mecanismos inconscientes, y otra que busca librarse de esa
negación y tiende a reparar el vacío producido.
Esta situación se complica cuando el odio es muy fuerte y vivido como una herida narcisista y se niega
idealizando el objeto, cuando la dependencia fue muy fuerte y genera sensación de desvalimiento, o cuando
el yo no tolera la frustración y estas deben negarse psicológicamente, lo cual genera culpa por los logros
vividos como triunfos sobre los objetos perdidos. Las complicaciones pueden ser por sentimientos de
persecución o culpa.
Las principales ayudas para transitar o elaborar el duelo son:
 Un buen lazo con la realidad externa: le permite modificar las fantasías persecutorias y restaurar la
confianza en los vínculos.
 La autoestima: alivia la culpa por la pérdida gracias a la confianza en el amor.
 El pensamiento: permite reparar sin necesidad de hacerlo inmediatamente y posibilita planear conductas
reparatorias.
La capacidad reparatoria del yo —o sea, aceptar la pérdida y afrontar nuevos riesgos— es la base para
elaborar el duelo.
2) Bowlby describió tres fases en todo duelo:
 Un período de protesta: el yo intenta recuperar el objeto.
 Un período de desesperación: el yo acepta la pérdida, pero se siente desorientado.
 Un período de separación: el yo acepta deprimirse, asumir la pérdida y comenzar un nuevo vínculo.
3) Complejo de Edipo genital: la resolución del complejo de Edipo es una de las consecuencias del duelo por
la bisexualidad. Implica aceptar la realidad externa (aceptar que los padres tienen su propia pareja), asumir
la propia identidad y aceptar la pérdida del vínculo edípico con los padres.
La reviviscencia es la reactivación inconsciente de deseos, conflictos y vínculos infantiles que no quedaron
totalmente resueltos, especialmente del Edipo. En la adolescencia, esta reactivación es intensa porque el
adolescente está construyendo una nueva identidad, lo que lo lleva a revisar y cuestionar los vínculos con los
padres, sentir deseos o rivalidades que parecían superadas, vivir duelos por esos vínculos infantiles.
Esto también afecta a los padres, ya que el hijo deja de ser niño, y por eso pueden resistirse al crecimiento
del adolescente y sentirse reemplazados, celosos o culpables.
¿Cómo se resuelve la reviviscencia? Esta no se borra, sino que se elabora a través de:
 La sublimación: depositar la energía edípica en otras actividades aceptadas.
 Identificación con aspectos valiosos del padre o la madre del mismo sexo.
 Transferencia de los afectos edípicos a nuevas figuras (pareja o amistades).
 Autonomía emocional: construir un yo más independiente.
Si esto no se resuelve, puede presentar dificultades en los vínculos amorosos y sexuales adultos, así como
conflictos en la identidad de género.

Capítulo 5: Adolescencia e identidad


El concepto de identidad
Es una construcción psíquica que tiene un carácter integrador porque reúne aspectos internos del sujeto y
se relaciona con los otros y con el mundo, y es totalizadora porque organiza toda la personalidad y la
experiencia subjetiva. El yo es quien percibe, niega o deforma esa identidad. Surge en la relación constante
del sujeto consigo mismo, con los demás y el entorno. Se vincula con una necesidad profunda del ser
humano para desarrollarse, crecer y realizarse tanto individualmente como en el vínculo con otros.
Desarrollo a "través de sí": el yo de la persona se enfrenta constantemente a cómo se ve a sí mismo y cómo
se comporta, comparándolo con lo que desea ser, el ideal de vida. Y a través de los demás podemos
referirnos a la identidad como un logro de una integración entre el ideal de la vida para el yo y el de la
sociedad en la que el hombre vive. La identidad se forma cuando una persona logra integrar lo que quiere
ser (su ideal personal) y lo que la sociedad espera. Es un proceso continuo de adaptación y ajuste entre lo
individual y lo social.

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Cuando hablamos de crisis, cambios o lucha por la identidad, se refieren a la percepción que tiene el yo de
una ruptura, no solo en el tiempo, sino también en el propio self y con su propia relación con la familia y la
sociedad. El proceso de duelo adolescente pone al yo en una situación tal que le provoca una crisis de la
identidad y lleva a los adolescentes a una lucha por la identidad, fundamentalmente para el futuro de su
desarrollo: lucha por construir el nuevo esquema corporal, lucha por construir su nuevo mundo interno y
lucha por construir su nueva sociedad.
Si bien una cara del proceso de la identidad es la integración con lo nuevo, no menos importante en esta
lucha es la separación de lo viejo. Antes, el mayor peso de la crisis de la identidad adolescente caía sobre los
mismos jóvenes, quienes soportaban un ajuste moderado a los valores impuestos por la sociedad, pero en la
actualidad, el peso de la crisis recae tanto en el adolescente como en su familia, las instituciones y la
sociedad.
Crisis de identidad
El adolescente se encuentra, por sus cambios, en un período transitorio de confusión que rompe con la
identidad infantil y enfrenta al yo con nuevos objetos, impulsos y ansiedades.
1. El adolescente percibe su cuerpo como extraño. El yo corporal es la representación que el yo tiene de su
cuerpo.
2. Se percibe a sí mismo como diferente a lo que fue; nota cambiar sus ideas, metas y pensamientos. Yo
psicológico: representación de la identidad interna y subjetiva.
3. Percibe que los demás no lo ven como antes y necesita hacer un mayor esfuerzo. Yo social: la imagen del yo
en relación con los otros.
Las funciones yoicas (capacidad del yo para percibir y controlar los impulsos, pensar) se esfuerzan por
controlar y fluctuar entre los objetos de identificación, como familiares e ideales. Con ellos se propone
tolerar las ansiedades que provocarían el sentimiento de no identidad, es decir, no sentirse uno mismo.
Las defensas esquizo-paranoides son mecanismos de defensa del yo frente a la angustia. El objetivo es
proteger a la persona de situaciones emocionales intensas. Las dos principales defensas son:
 Las identificaciones proyectivas: consisten en atribuir al otro partes propias del yo como si esas
características fueran de la otra persona.
 Las identificaciones introyectivas: es lo opuesto, incorporar al yo partes o adoptar creencias o
comportamientos de otras personas que se consideran deseables.
Las pseudoidentidades
El yo tiene la necesidad de una identidad, y es por eso que va a adoptar una identidad falsa o superficial
cuando no puede construir una identidad sólida, debido a dificultades externas o internas. Esto ocurre
porque el yo necesita de una identidad, pero enfrenta obstáculos internos (conflictos emocionales, miedos,
angustia) y externos (presiones sociales, familiares, culturales) que le dificultan la formación de una
identidad auténtica. Como resultado, adopta una identidad provisional o transitoria.
La vulnerabilidad de los adolescentes dependerá de la fluctuación que haga el yo de sus identificaciones
inauténticas. Es decir, adopta modelos de identidad que no son genuinos, y estas fluctuaciones (cambios
inestables) se dan tanto en el cuerpo como en objetos internos y externos.
 A nivel del cuerpo se pueden producir somatizaciones, sentimientos de extrañeza, fatiga que se expresan en
el cuerpo.
 Respecto de los objetos internos y el pensamiento, existe una fluctuación que se manifiesta en las
identidades negativas y pseudoidentidades.
 En el mundo exterior, cambia de objetos de amor y tiene tendencia al deportismo.
Durante el proceso, dentro del estado confusional normal, se pueden observar verdaderos cuadros de
despersonalización (es decir, sentirse ajeno a uno mismo) y hasta brotes esquizoides.
La construcción de la identidad en la adolescencia suele ser más flexible, móvil, lo que permite al
adolescente enfrentar confusiones internas sin llegar a un bloqueo total o despersonalización. El
adolescente puede disociar partes de su identidad y experimentar aspectos del yo como si no le
pertenecieran a él mismo.
La pseudoidentidad es necesaria, para enfrentar la confusión, la pérdida de la persecución que el
adolescente siente al tratar de formar su identidad. Lo fundamental es que esta ambigüedad, aunque
temporal, es una característica normal del cambio en la adolescencia. Según Winnicott, es un fenómeno

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transicional, un estado intermedio entre lo interno y lo externo que ayuda al desarrollo psíquico del
adolescente.

Vicisitudes de la identidad
La confianza es especial para el desarrollo del yo en la adolescencia. Le da al yo la capacidad de integrar su
mundo interno. Es crucial que las primeras experiencias permitan que las proyecciones se modifiquen de
manera satisfactoria. Esto da paso a las reintroyecciones (interiorización de lo proyectado, es decir, atribuir
características propias a otros), lo que modifica el mundo interno del adolescente.
A través de estas experiencias, el yo aprende que las crisis son reversibles y las pérdidas temporarias, algo
necesario para poder esperar.
Cuando la confianza está basada en idealizaciones internas y en excesivos cuidados externos, puede ocurrir
una negación de los aspectos persecutorios, lo que impide poder discriminar lo bueno de lo malo. La
confianza se vuelve falsa y dificulta el proceso de integración saludable de la identidad.
Las imágenes familiares son importantes en la formación de la identidad. Cuando el niño tiene modelos
positivos y adecuados en su familia, es más fácil para él identificarse con ellos, lo que reduce los conflictos
que suelen surgir en los momentos claves de su desarrollo y autodefinición.
Si se introyectan imágenes negativas o destructivas, sentirá la necesidad de negar parte de sí mismo y
perderá la capacidad de integrar identificaciones saludables, que son la base para construir una identidad
sólida y coherente.
Hay una incapacidad de elaborar el duelo cuando el adolescente no puede superar una pérdida o hacer el
duelo. Su yo no logra manejar bien esas emociones y experiencias. Esto se debe a las identificaciones
negativas.
El adolescente no puede liberarse de estas identificaciones negativas sin sentir que su mundo interior se
desintegra, porque no tiene suficientes identificaciones positivas que lo ayuden a sentirse seguro y
completo. Puede sentir que no puede pensar con claridad o enfrentar sus problemas de manera
organizada. Acepta identificaciones introyectivas ideales no asimiladas que le brindan al menos una fachada
de como si tuviera una identidad. Así se forman las pseudoidentidades.
Existen diferentes niveles de pseudoidentidades, que van desde imitaciones normales hasta las formas más
graves, como neuróticas o patológicas, donde el yo crea fachadas para defenderse.
En los casos de la delincuencia y de la desadaptación juvenil, tanto las pseudoidentidades como las
identidades negativas pueden tener características transitorias.
Una identidad auténtica se logra cuando hay integración, elaboración y sublimación, es decir, cuando el
adolescente transforma sus impulsos en metas socialmente aceptadas.
El concepto de identidad: tres elementos básicos
La identidad se compone de tres aspectos inseparables:
 La unidad: la necesidad del yo de integrarse y diferenciarse de su entorno.
 La mismidad: el sentimiento de ser uno mismo, que se extiende a la necesidad de ser reconocido por los
demás. Este reconocimiento dependerá de los valores familiares, sociales y culturales.
 La continuidad: la necesidad del yo de ser el mismo a lo largo del tiempo.
Cada uno de estos aspectos se manifiesta en todas las áreas de experiencia: mente, cuerpo y mundo
externo.
El sentimiento de identidad adquiere importancia recién en la preadolescencia; surge a esta edad por
primera vez en la vida. Con la llegada de la adolescencia, la mismidad infantil se rompe y surge la necesidad
de intimidad, de separarse de lo familiar, donde el proceso de mismidad es un fenómeno pasivo.

habría tres configuraciones de la identidad del yo:


1. Identidad del yo psicológico (configuración interna)
Es la que se construye internamente, a partir de las identificaciones infantiles (modelos tomados de figuras
significativas durante la infancia).
Estas identificaciones dan continuidad a las nuevas identificaciones adultas, pero en ese proceso se
enfrentan a duelos psíquicos (pérdidas, cambios, renuncias).
Se expresa como un sentimiento interno de unidad personal, de ser el mismo (mismidad) y tener
coherencia a través del tiempo (continuidad).

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Resultado: forma el sentimiento de identidad del yo psicológico, es decir, cómo uno se siente a sí mismo
como una persona única y coherente.
2. Identidad del yo social (configuración social)
Es la que se construye en el reconocimiento mutuo entre: El concepto de sí mismo (cómo uno se percibe), Y
el reconocimiento que los demás hacen de uno (cómo lo ven o validan los otros).
También incluye los sentimientos de unidad, mismidad y continuidad, pero ahora en relación con la mirada
y aceptación social.
Resultado: da lugar a la identidad del yo social, o sea, cómo uno se ubica y es reconocido en su entorno o
comunidad.
3. Identidad del yo corporal (configuración corporal)
El cuerpo, que se transforma con el crecimiento físico, la pubertad y las crisis del desarrollo.
Abarca los cambios en los esquemas corporales (la imagen que uno tiene de su cuerpo) y las vicisitudes de
la libido (energía pulsional ligada a la sexualidad).
Se manifiesta también con los sentimientos de unidad, mismidad y continuidad, pero referidos al propio
cuerpo vivido y sentido.
Resultado: da lugar a la identidad del yo corporal, o sea, la sensación de que el cuerpo es propio, familiar y
coherente en el tiempo.
El yo psicológico, el yo social y el yo corporal configuran a su vez la identidad del yo adolescente
Esta integración se va dando en el curso de toda la adolescencia. Para cada período se dan disociaciones
básicas. . Las tres disociaciones básicas
- Disociación mente-cuerpo
- Disociación pensamiento-acción
- Disociación individuo-sociedad
durante la adolescencia se producen fenómenos de disociación que pueden afectar esa identidad, y
distingue tres tipos de disociaciones principales:
Disociación mente-cuerpo:
El adolescente puede experimentar una separación entre lo que siente en el cuerpo y lo que piensa o
representa psíquicamente. Es común en el inicio de la pubertad, donde los cambios corporales irrumpen
antes de poder ser simbolizados. Ejemplo: vergüenza del cuerpo, sensación de ajenidad respecto a él.
Disociación pensamiento-acción:
Se manifiesta cuando el joven actúa sin poder anticipar o reflexionar sobre lo que hace, o cuando piensa
cosas que no puede llevar a la acción. Es un desfasaje entre el mundo interno y el comportamiento
observable. Ejemplo: conductas impulsivas que luego no puede explicar.
Disociación individuo-sociedad:
Se refiere a una desconexión entre la subjetividad del adolescente y las normas, valores o vínculos sociales.
Esto puede derivar en aislamiento, rebeldía o pertenencia a grupos que rechazan las reglas establecidas.
estas disociaciones se presentan en distintos momentos del proceso adolescente:
Adolescencia temprana o pubertaria: predominan las disociaciones mente-cuerpo, por el impacto del
cambio corporal y hormonal. El cuerpo cambia más rápido de lo que puede ser representado.
Adolescencia media: aparece con más fuerza la disociación pensamiento-acción. El sujeto tiene más
recursos cognitivos, pero aún hay conflicto entre lo que piensa, siente y hace. Aumenta la actuación.
Adolescencia tardía: si el proceso fue favorable, estas disociaciones tienden a integrarse. Si persisten,
pueden indicar obstáculos en la construcción de la identidad o patologías. Aquí se observa más la relación
individuo-sociedad: cómo se inscribe el adolescente en lo social, eligiendo valores, proyectos o vínculos más
estables.

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GARBARINO, M.F.de. (1992) “Identidad y adolescencia” en GARBARINO, M.F.de, y MACEDO, I.M.
de (1991) "Adolescencia”. Roca Viva.

Identidad y adolescencia
Todo cambio implica una interacción (interjuego) entre elementos nuevos y elementos conocidos. En el
plano cultural, esto se ve en el interjuego de generaciones sucesivas, lo cual implica integrar lo nuevo, pero
también implica una pérdida.
Esta pérdida en psicología es una forma especial de pérdida. Desde el psicoanálisis, el cambio se da a través
de una síntesis, vivida como una vivencia depresiva de la relación de objeto (experiencia emocional de
pérdida o transformación de una figura significativa con la que hay un vínculo afectivo).
En la depresión psíquica no desaparece totalmente el objeto: el objeto bueno y malo siguen presentes, pero
su estructura cambia. El devenir humano es un constante cambio, aunque a veces este cambio es más
evidente y consciente, generando crisis y angustia. En el análisis, cuando se reestructura la relación de
objeto, surge angustia porque el cambio implica una pérdida de identidad y una desubicación frente al
medio.
La adolescencia es el mejor ejemplo de este proceso: es una transición individual y social. En la pubertad,
se transforma el superyó y los ideales del yo. El adolescente debe renunciar al incesto y desprenderse de
figuras parentales autoritarias, lo cual implica un cambio interno.
Al mismo tiempo, puede absorber nuevos ideales sociales, necesarios para ingresar al mundo adulto, e
integrar valores tradicionales y modernos. Es una etapa angustiante porque hay pérdida del equilibrio y de
la identidad anterior, pero también es cuando se estructura la identidad adulta.
Además del cambio psicológico, ocurre un cambio físico: el cuerpo crece rápidamente, cambia de forma, y
surgen nuevas funciones (como la maduración sexual y los cambios hormonales). Esto exige una
reestructuración del esquema corporal (imagen mental del cuerpo).
La adolescencia implica un cambio total del ser y su mundo, a través del interjuego niño-adulto (individual)
y del interjuego generacional (cultural). El análisis se puede enfocar en dos ejes: el adolescente en relación
con su propio cuerpo y con el medio social.

Identidad previa (infancia)


El texto comienza planteando una pregunta central: ¿existe identidad en la infancia? Algunos psicoanalistas
dicen que solo aparece en la adolescencia, pero otros (como el autor) sostienen que es un proceso
progresivo que empieza en la infancia y culmina parcialmente en la adolescencia.
Aunque el niño cambia mucho de roles, eso no significa que no tenga identidad. Esas identificaciones
sucesivas (procesos mediante los cuales el niño incorpora aspectos de personas significativas, como los
padres) construyen expectativas sobre qué será en el futuro y cómo recordará su pasado. Estas expectativas
ya son parte de la identidad.
A pesar de los cambios, se identifican dos estructuras que forman la base de la identidad:
 Una personal (singular, propia del sujeto)
 Una general (estable y continua durante la infancia)
Ambas están influenciadas por factores internos (del mundo psíquico del niño) y externos (sociales y
familiares), pero lo más importante es el interjuego entre ellos. Lo que el niño vive en el mundo externo se
integra a su mundo interno y, a su vez, su mundo interno modifica el externo. Es una relación circular.
El primer paso hacia la identidad es el nacimiento, con la separación física de la madre. Aunque no hay aún
conciencia del yo y del no-yo, esta separación es fundamental para la construcción del self.
Self no es lo mismo que identidad: el self es la totalidad del ser físico y psíquico (cuerpo y mente),
mientras que la identidad es el self en relación con los otros, diferenciado, igualado y continuado por ellos.
La teoría de Margaret Mahler aporta más elementos: en la fase pre-simbiótica (etapa temprana del bebé),
hay una tensión entre una fuerza centrífuga agresiva (que tiende a separarse) y una catexia centrípeta
libidinal (que busca unirse con la madre). Esta unión forma el par simbiótico madre-hijo, primera frontera
entre lo interno y lo externo.

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La creación de la identidad comienza simbólicamente con la fantasía inconsciente del nacimiento y del
corte del cordón umbilical, lo que marca el inicio de la individuación. A esto se le suman muchas otras
experiencias hasta llegar a la latencia con una identidad infantil estructurada.
Durante la infancia, se introyectan objetos internos y externos (buenos y malos) que se organizan mediante
disociación y síntesis. También son claves:
 La adquisición del esquema corporal: cómo el niño se representa mentalmente su propio cuerpo y el de los
otros, lo que influye en su relación con el entorno.
 La fase fálica: momento en que se estructura la diferencia sexual a partir de los genitales, consolidando la
imagen corporal.
Así, la identidad infantil se forma por exigencias del mundo externo y por lo que el niño se exige a sí mismo:
el niño se estructura en función del grupo social al que pertenece.
Erikson demuestra esto al estudiar cómo varía la identidad infantil según la cultura, por ejemplo, en tribus
indias americanas. Sin embargo, hay que considerar que el mundo externo del niño es básicamente su
familia, lo que le da a su identidad un carácter reducido y adaptado a ese contexto.
Finalmente, la relación con el mundo más allá de la familia depende de cómo los padres permiten o no esa
apertura. Ni la invasión total del mundo externo ni el aislamiento completo son saludables: se necesita un
equilibrio.

El yo psicológico y el yo corporal
En la pubertad, el adolescente ya tiene una estructura psíquica (“yo”) más o menos formada, que articula
realidad, impulsos y normas, y cuya organización depende de su historia individual. Existe cierta armonía
entre el yo psicológico (la imagen mental de uno mismo) y el yo corporal (la vivencia del propio cuerpo), ya
que sus necesidades están relacionadas. En la niñez, el yo aún es inmaduro, y tanto la mente como el
cuerpo requieren protección. El esquema corporal coincide con el “yo”, otorgando unidad e identidad.
La identidad está más firme si el “yo” ha integrado objetos buenos (representaciones internas positivas de
figuras significativas). Sin embargo, hacia los 13-14 años el crecimiento corporal es brusco, aparecen
caracteres sexuales secundarios y se genera una discordancia: el cuerpo cambia, pero el psiquismo no
acompaña ese cambio con la misma velocidad. Esto provoca angustia, ya que la nueva imagen corporal no
coincide con la anterior ni con el “yo” psicológico.
Según Rascovsky, en la infancia los cambios fisiológicos se acompañan de cambios psicológicos, pero en la
adolescencia esto se desajusta. Puede haber negación (defensa que rechaza la realidad) y regresión (retorno
a modos infantiles de funcionamiento). Así, el adolescente tiene un yo inmaduro y un cuerpo ya
desarrollado, lo que genera un conflicto serio.
Además del cambio anatómico y funcional del cuerpo, hay un aumento de excitación sexual por la
maduración del aparato reproductor (menstruación, poluciones nocturnas), y los estímulos externos lo
facilitan. Pero los vínculos afectivos, o relaciones de objeto, siguen siendo los de la infancia, y están
frenados por la barrera del incesto. La masturbación, que se intensifica en esta etapa, es una vía simbólica
útil para conectar con el objeto y ensayar futuras relaciones de objeto adulto, aunque genera culpa por su
vínculo con las fantasías edípicas.
El adolescente vive una discordancia entre yo corporal y yo psicológico, lo que provoca confusión y pérdida
de identidad: no sabe si es niño o adulto. Por eso actúa de manera discordante: a veces como un bebé,
otras con madurez exagerada, incluso con escepticismo como si fuera un viejo. Esta disociación cuerpo-
mente genera angustia y lleva a defensas como consultas médicas por miedo al subdesarrollo genital, una
forma de negar el crecimiento.
Un adolescente puede evitar usar su cuerpo por temor fantaseado al fracaso. En análisis, puede verse cómo
separa cuerpo y mente (por ejemplo, en el dibujo). El dualismo cuerpo-mente se manifiesta en el desprecio
por el cuerpo y su control a través del “espíritu”. No integran cuerpo y mente como un todo porque no lo
sienten así.
Esta disociación es una defensa ante la angustia de pérdida de identidad causada por los cambios
puberales. Una defensa frecuente es la distorsión del esquema corporal, que busca evitar esa distancia
cuerpo-mente o negar el cambio corporal. Una adolescente, por ejemplo, no podía dibujar curvas (símbolo
de su cuerpo femenino), y sus dibujos pasaron de ser coherentes a objetos inconexos, reflejando una
desintegración del yo.

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Otro dibujo mostraba un pájaro pequeño con una vagina desproporcionada, lo que revela cómo la
adolescente percibe su cuerpo como pequeño para una parte sexual ya desarrollada que no puede negar.
Esta negación del cuerpo puede causar abulia (falta de energía) por temor a manejar un cuerpo grande con
un yo aún pequeño. No saben qué valor o proporción tiene su cuerpo, y sienten que algunas partes son
demasiado pequeñas o grandes, lo que alimenta temores castrativos, como el miedo a la impotencia.
Un caso clínico muestra cómo un joven de 19 años, que sufría de abulia, pasaba el día sin entusiasmo, sin
interés por actividades, sin deseo de moverse, reflejando la dificultad de poner en marcha un cuerpo adulto
con un yo psicológico aún inmaduro.

El yo y el mundo externo
Una de las funciones sociales fundamentales de la adolescencia es actuar como puente entre generaciones,
incorporando los nuevos ideales sociales y culturales. Esta tarea implica un conflicto: mientras el
adolescente busca formar una identidad propia, se enfrenta a un sistema de valores heredado de los padres,
quienes suelen estar fijados en una estructura rígida, poco permeable a los cambios del presente.
El adolescente llega a esta etapa con un mundo interno conformado por las introyecciones infantiles de las
figuras parentales. Sin embargo, al encontrarse con un mundo externo que no se ajusta a esos modelos
idealizados, puede sufrir desorientación y pérdida de identidad. Los ideales del yo del adolescente, que
aspiran a una perfección, no coinciden con la realidad ni con los valores sociales actuales, lo que genera un
conflicto con su superyó, llevando a una sensación de desubicación y malestar psíquico.
La actitud previa de los padres es clave en este proceso: su mayor o menor apertura hacia lo nuevo incide en
la capacidad del adolescente de adaptarse al entorno actual sin sentir que traiciona su identidad. Esta
tensión se ejemplifica en un caso clínico: un joven proveniente de una familia tradicional y poderosa del
interior, criado por abuelos con valores de otra época, experimenta gran dificultad para integrarse a su
grupo de pares. Aunque conscientemente critica los valores familiares, inconscientemente sigue identificado
con ellos, lo que obstaculiza su adaptación.
Este conflicto se simboliza en el relato sobre una habitación de su casa, cargada de objetos familiares
valiosos pero imposible de ordenar armónicamente. La habitación representa su yo: para integrarse, cree
que debe perder algo valioso (como el jarrón antiguo), es decir, renunciar a parte de su identidad familiar
tradicional.
Otro símbolo aparece en un sueño donde una oveja de raza (representación del yo idealizado) va a ser
cruzada con otra diferente, lo que genera angustia: teme deformarse, perder pureza si se mezcla con lo
nuevo (relaciones amorosas, integración social). En la vida real, evita vincularse y se consuela con
racionalizaciones que ocultan su sufrimiento por no poder participar de la experiencia adolescente como los
demás.

resumen
Garbarino aborda la identidad en la adolescencia como un proceso dinámico, complejo y conflictivo, que
implica una profunda transformación del self, la totalidad del ser físico y psiquico. En la adolescencia se
reactualiza y reestructura la identidad previa, aquella construida en la infancia a través de múltiples
adquisiciones simbólicas, afectivas y corporales sostenidas por figuras significativas. Esta identidad infantil
ofrecía una cierta unidad psíquica y estabilidad, pero era parcial y sostenida desde el deseo del otro. La
irrupción adolescente (puberal) pone en crisis esa unidad, generando angustia y sensación de pérdida,
pero al mismo tiempo abre la posibilidad de una reconstrucción más autónoma del sí mismo.
Dentro de este proceso se diferencian dos aspectos fundamentales del yo: el yo psicológico y el yo
corporal.
El yo psicológico refiere a la dimensión interna del sujeto, al modo en que el adolescente se representa a
sí mismo, cómo se siente, cómo se piensa y cómo se narra. En esta etapa, el yo debe reorganizarse ante
los cambios internos y externos, lo que genera conflictos, desajustes e incluso contradicciones entre lo
que el sujeto fue, lo que siente que es, y lo que desea ser. Este yo psicológico se construye en un
interjuego constante entre el self y el no self, entre el yo y el no yo, entre lo propio y lo ajeno, lo conocido
y lo extraño. El adolescente debe procesar los restos infantiles y reconfigurar sus identificaciones para

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construir un yo más autónomo, lo cual genera un movimiento intenso de búsqueda de sentido,
pertenencia y afirmación.
El yo corporal, por su parte, se ve profundamente impactado por los cambios puberales. El cuerpo ya no
es el mismo de la infancia: cambia su forma, su tamaño, su olor, su erotismo. Esta transformación impone
una nueva imagen corporal que debe ser simbólicamente elaborada. El adolescente muchas veces no
reconoce ese nuevo cuerpo como propio, lo vive como un cuerpo extraño (no yo) y debe reelaborar su
autoimagen. Esto puede provocar angustia, rechazo del cuerpo, inhibiciones o conductas compulsivas. Al
mismo tiempo, este cuerpo es ahora mirado por los otros con una carga sexual y social distinta, lo que
intensifica el conflicto entre el yo y la mirada ajena.
en la relación entre el yo y el mundo externo, la identidad no se construye solo desde lo interno, sino
también en diálogo con los otros. El adolescente busca nuevas pertenencias grupales, referencias adultas
y vínculos afectivos que le permitan reconocerse y ser reconocido. En este proceso se confronta con
normas sociales, mandatos familiares, y exigencias del entorno. Aparecen preguntas sobre el lugar que
ocupa en el mundo, su proyecto de vida, su orientación sexual, su rol de género, y su sistema de valores.
Esta tensión entre lo interno y lo externo genera conflictos identitarios, pero también posibilita la
consolidación de una identidad más auténtica, en la medida en que el sujeto logre articular su mundo
interno con las demandas del contexto.
la identidad adolescente implica un proceso de reorganización psíquica donde el self debe integrar las
experiencias infantiles, los cambios corporales y las nuevas coordenadas sociales, en un trabajo constante
entre el yo, el cuerpo y el mundo externo.

2.2.- ABERASTURY, A. y KNOBEL, M. (1990) "La adolescencia normal" Ed. Paidós- Cap. II y Cap. V

Cap 2
NORMALIDAD Y PATOLOGÍA EN LA ADOLESCENCIA
La adolescencia es una etapa del desarrollo que no puede ser entendida solo desde lo social o cultural.
La adolescencia debe ser abordada desde una perspectiva integradora.
Si bien hay elementos socioculturales que ejercen un determinismo específico sobre sus manifestaciones, no
se debe negar que el despertar de la sexualidad a nivel de la madurez genital es un fenómeno importante.
Su negación implicaría asumir erróneamente que solo los adultos poseen sexualidad.
Muchas veces, los adolescentes son traídos a consulta no solo por motivos patológicos, sino también por
conductas consideradas anormales. Sin embargo, la adolescencia se caracteriza fundamentalmente por ser
un período de transición entre la pubertad y el estadio adulto del desarrollo. En ella existen circunstancias
especiales propias del proceso adolescente, es decir, una situación que obliga al individuo a reformular los
conceptos que tiene acerca de sí mismo, a reelaborar su identidad y a abandonar su imagen infantil para
proyectarse hacia un futuro adulto.
El problema de la adolescencia debe ser comprendido como un proceso universal de cambio y
desprendimiento, aunque teñido por las connotaciones externas propias de cada cultura, que pueden
favorecerlo o dificultarlo según las circunstancias.
El destino de la adolescencia es integrarse en el mundo adulto, donde deberá aceptar su nueva
configuración como ser humano: su morfología adulta y su capacidad de ejercer la genitalidad, es decir, la
función sexual adulta orientada a la procreación.
La adolescencia es una etapa en la que la persona intenta construir su identidad adulta. Para eso, se apoya
en los vínculos afectivos que tuvo con sus padres o figuras cercanas durante la infancia (que ya tiene
incorporados en su mundo interno), y también en lo que el entorno social le ofrece. Este proceso ocurre
mientras su cuerpo y su sexualidad se están desarrollando, y busca lograr una personalidad más estable y
madura. Pero todo esto solo puede pasar si logra hacer un "duelo" por su identidad infantil, es decir, si
puede dejar atrás su forma de ser de niño o niña.

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El proceso de duelo es esencial en la adolescencia, como planteó Arminda Aberastury. considera que cierta
conducta "patológica" es propia del desarrollo normal en esta etapa, ya que el adolescente atraviesa
cambios constantes y no puede medirse con el mismo criterio de normalidad adulta.
La normalidad, además, no es un concepto fijo, sino que depende del contexto socioeconómico, político y
cultural. Por eso, se considera una abstracción útil para la investigación, la normalidad se establece sobre las
pautas de adaptación al medio, basada en normas sociales. Adaptarse al medio no implica someterse, sino
tener la capacidad de usar los recursos disponibles para lograr satisfacción, como dice Merloo. Una
personalidad bien integrada no siempre es la más adaptada, pero sí puede decidir cuándo aceptar o
modificar su conducta según lo que necesite.
El adolescente, al estar en transición, suele tener una personalidad “marginal”, entre la adaptación y el
desajuste. Anna Freud señala que es difícil diferenciar lo normal de lo patológico en la adolescencia, y
considera que el desequilibrio es parte normal del proceso.
El autor propone una "sintomatología" de la adolescencia, no como patología, sino como características
típicas del desarrollo:
 Búsqueda de sí mismo y de la identidad.
 Tendencia grupal (importancia del grupo de pares).
 Necesidad de intelectualizar y fantasear.
 Crisis religiosas, del ateísmo al misticismo.
 Desubicación temporal y pensamiento más emocional o primario.
 Evolución sexual desde el autoerotismo a la genitalidad adulta.
 Actitud social reivindicatoria, con comportamientos asociales.
 Contradicciones frecuentes, predominio de la acción sobre la reflexión.
 Separación progresiva de los padres.
 Fluctuaciones del humor y estado de ánimo.
usar la palabra síndrome al relacionarla con normalidad puede parecer contradictorio, pero explica que las
normas sociales están definidas por los adultos, y que desde su perspectiva, muchas conductas adolescentes
parecen “seminormales o semipatológicas”. Sin embargo, si se analizan desde la psicología evolutiva y la
psicopatología, resultan coherentes y normales.
Finalmente, propone que el impacto generacional no sea visto como conflicto negativo, sino como una
oportunidad de encuentro y crecimiento para la sociedad.

"síntomas":
1. Búsqueda de sí mismo y de la identidad
Desde el nacimiento (e incluso durante el período embrionario y fetal), el aparato psíquico ya está
estructurado y comienzan a elaborarse las ansiedades básicas, que son el sustrato de la personalidad. Este
proceso ocurre en un continuum hacia la madurez, lo que implica que el desarrollo debe entenderse como
algo actual, no solo como preparación para la adultez.
La adolescencia, por lo tanto, es una etapa con valor en sí misma, y no solo un tránsito hacia otra. La
identidad no se alcanza únicamente al final del proceso, sino que se manifiesta de manera diferente en cada
etapa del desarrollo.
En la adolescencia, la maduración genital (capacidad procreativa) representa un hito biopsicodinamico que
transforma profundamente la identidad. Este evento se combina con la reactivación de las etapas
pregenitales de la evolución libidinal (incluyendo la fase genital infantil), lo cual determina muchas de las
conductas adolescentes y adultas.
Durante este período, se activan procesos psíquicos fundamentales como:
Disociación: separación entre aspectos de la experiencia.
Proyección: atribución a otros de lo propio.
Introyección: incorporación de aspectos del otro.
Identificación: asunción de rasgos del otro.

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Estos procesos interactúan de forma tumultuosa y, aunque al principio generan confusión e inestabilidad en
la identidad, progresivamente dan lugar a una personalidad más definida.
El proceso adolescente conduce a la cristalización del arduo proceso de individuación, que constituye una
función esencial de esta etapa. El niño ingresa a la adolescencia con conflictos e incertidumbres que se
intensifican y reorganizan, para luego dar lugar a una personalidad adulta más estable. Se alcanza así una
entidad yoica y una autocognición entendida como el conocimiento del propio sí mismo o self,
representación interna del propio organismo.
Este proceso de autoconocimiento se manifiesta en todas las etapas del desarrollo, pero adquiere particular
relevancia durante la adolescencia. El self incluye la percepción de la propia individualidad biológica,
psicológica y social, configurando un todo biopsicosocial en constante interacción con el entorno, .
La construcción de la identidad también implica la integración del cuerpo y el esquema corporal, variables
interrelacionadas fundamentales para la definición del sí mismo y su identidad. Durante la pubertad,
ocurren transformaciones físicas en tres niveles:
Primer nivel: Activación de hormonas gonadotróficas por la hipófisis anterior, que desencadenan el
desarrollo sexual.
Segundo nivel: Efectos de la gonadotrofina hipofisiaria y de la hormona del crecimiento, junto con la
secreción de hormonas adrenocorticales, que favorecen la maduración de gametos (óvulos y
espermatozoides) y otros procesos fisiológicos.
Tercer nivel: Desarrollo de las características sexuales primarias (órganos reproductores) y secundarias
(modificaciones físicas como vello, pechos, voz), junto con los cambios generales de crecimiento en tamaño,
peso y proporciones corporales.
Todo este proceso biopsicodinámico, articulado con los movimientos psíquicos inconscientes y la vivencia
corporal, permite al adolescente configurar una identidad cada vez más definida en su dimensión individual
y social.
El esquema corporal es una resultante intrapsíquica, es decir, una formación psíquica interna que
representa mentalmente el cuerpo propio. Esta representación se construye a partir de las experiencias del
sujeto, que están en constante evolución. Se va formando desde los primeros movimientos dinámicos de
disociación (separación psíquica), proyección (atribuir al exterior lo que es interno) e introyección
(incorporar lo externo al mundo interno), que hacen posible el conocimiento del self (noción subjetiva de
uno mismo) y del mundo externo, es decir, la articulación entre el mundo interno y el externo.
En este proceso, tienen un papel central los duelos por el cuerpo infantil perdido, ya que obligan al
adolescente a modificar su esquema corporal y su conocimiento físico de sí mismo de una manera muy
particular y propia de esta etapa. Aunque este proceso se inicia desde los comienzos de la vida, se cristaliza
(se define y consolida) especialmente en la adolescencia. (Estos procesos de duelo se explican con más
detalle más adelante en el libro.)
El desarrollo del autoconcepto, o "yo", ocurre a medida que el sujeto integra las imágenes y valores de su
entorno. El psicoanálisis destaca la importancia de integrar lo vivido, lo internalizado y lo desechado con las
exigencias externas y los impulsos instintivos. Esta integración busca crear un sentimiento de continuidad y
cohesión en la identidad, permitiendo que el adolescente se sienta el mismo a lo largo del tiempo. Según
Erikson, el desafío principal de la identidad es que el yo logre mantener su unidad y continuidad frente a los
cambios. Por eso, para él, la identidad no es un sistema cerrado o fijo, sino un proceso psicosocial que
conserva algunos rasgos esenciales tanto en el individuo como en su sociedad.
La identidad en la adolescencia es un proceso de construcción interna que implica la creación de un
sentimiento de continuidad y unidad personal. Este sentimiento de "saber quién soy" es esencial para la
consolidación de la personalidad. Sin embargo, este proceso no es lineal y se enfrenta a varios desafíos.
Identidad negativa: Esta forma de identidad se da cuando el adolescente se identifica con figuras negativas
y reales, como pandillas o conductas desviadas. La identidad negativa surge cuando no existen figuras
positivas con las que identificarse, y es preferible "ser alguien", aunque sea indeseable, a "no ser nada". Esta

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identidad es una respuesta a la falta de reconocimiento social o familiar, y a menudo se observa en grupos
marginales o de riesgo.
Pseudoidentidad: La pseudoidentidad se refiere a las expresiones externas que el adolescente adopta, pero
que en realidad ocultan su identidad verdadera o latente. Estas son máscaras o roles adoptados para encajar
en expectativas sociales o de los grupos con los que se relaciona, sin que reflejen una verdadera integración
con su ser interior. Es como una especie de fachada para ocultar las inseguridades o los conflictos internos.
Identidades transitorias: Las identidades transitorias son aquellas que el adolescente adopta
temporalmente, como una forma de experimentar o explorar diferentes aspectos de sí mismo. Ejemplos
incluyen el machismo en los varones, la seducción precoz en las niñas (como en el personaje de Lolita), o el
comportamiento de "bebé" o "adulto" extremo. Estas identidades tienen una duración limitada y están
relacionadas con el proceso de exploración personal, pero no constituyen una identidad estable.
Identidades ocasionales: Las identidades ocasionales surgen en situaciones específicas y nuevas, como el
primer baile, la primera relación amorosa, o eventos que marcan hitos en la vida del adolescente. Estas
identidades son circunstancias en las que el adolescente se presenta de una manera diferente, pero
temporalmente, en respuesta a un contexto nuevo y diferente.
Identidades circunstanciales: Las identidades circunstanciales se dan cuando el adolescente adopta
diferentes identidades dependiendo del contexto social, lo que puede causar confusión en los adultos que lo
observan. Un ejemplo de esto es el adolescente que se comporta de manera diferente en casa, en la escuela
o en el club, lo que lleva a que los adultos no reconozcan un patrón coherente de comportamiento. Estas
identidades son parciales y transitorias, reflejando la búsqueda de pertenencia y aceptación en diferentes
contextos.
Este proceso de adopción de identidades sucesivas o simultáneas refleja la búsqueda del adolescente por
separarse de las figuras parentales y construir una identidad propia e independiente. A lo largo de este
proceso, el adolescente enfrenta ansiedades persecutorias y autodestructivas que fragmentan su yo y
generan cambios graduales, lo que puede llevar a microdepresiones y microduelos. Estos eventos menores
ayudan a preparar al yo para cambios más profundos y a evitar depresiones graves, facilitando la transición
hacia una identidad adulta más estable.
Las identificaciones parentales, tanto buenas como malas, ayudan a enfrentar los desafíos. El duelo por la
infancia requiere tiempo y, si no se lleva adecuadamente, puede volverse maníaco o psicopático. La
búsqueda de identidad adulta es angustiante, y el soporte proviene de las figuras parentales internalizadas,
que conforman el yo y el superyó.
Según Aberastury, un buen mundo interno facilita el reajuste emocional y la consolidación de la identidad.
La separación de los padres es necesaria en la adolescencia, iniciando el proceso de individuación. Las
figuras parentales adecuadas refuerzan el yo y permiten canalizar la sexualidad hacia la satisfacción genital,
aunque aún no se alcance el nivel genital adulto procreativo.
En la adolescencia, el individuo avanza hacia la preparación para la adultez. Los cambios biológicos
provocan una modificación irreversible en su identidad, destacando la transición del cuerpo infantil a uno
adulto. Este proceso, aunque constante en la evolución, inicia un "duelo" más evidente y significativo, que
abarca la pérdida del rol y la identidad infantiles, así como la despedida de los padres que antes eran
indispensables.
La necesidad de la presencia externa de los padres disminuye y la separación se vuelve no solo posible, sino
necesaria. Las figuras parentales se internalizan, permitiendo al adolescente iniciar el proceso de
individuación, convirtiéndose en un ser autónomo y diferenciado. La internalización adecuada de las figuras
parentales fortalece el yo, refuerza mecanismos defensivos y estructura el superyó, preparando al sujeto
para la exteriorización de su sexualidad.
Aunque la sexualidad adulta y procreativa aún no se ha alcanzado completamente, el llamado de la
satisfacción genital se vuelve una realidad fáctica, influenciada por los cambios biológicos de la adolescencia,
que impactan profundamente en la búsqueda de identidad del adolescente.

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2. La tendencia grupal
En la adolescencia, la búsqueda de identidad lleva al individuo a buscar uniformidad con sus pares (ser igual
o semejante), lo que brinda seguridad y estima personal. Surge un proceso de sobreidentificación con el
grupo, que reemplaza parcialmente la relación con la familia, y el adolescente se ve influenciado por las
modas y costumbres del grupo. Este fenómeno actúa como una forma de oposición a las figuras parentales y
facilita el proceso de individuación.
El grupo permite reforzar aspectos del "yo" y facilita el uso de mecanismos defensivos, como la disociación y
las proyecciones. Además, en momentos de crisis identitaria, el adolescente recurre al grupo para encontrar
refuerzos que le ayuden a asumir responsabilidades para las que aún no está preparado. La dependencia del
grupo refleja la lucha por la independencia, y en él el adolescente puede buscar convertirse en un líder para
ejercer poder sobre los demás.
Este fenómeno grupal también favorece la aparición de conductas típicas de la psicopatía, como agresividad,
indiferencia y falta de responsabilidad, aunque en el adolescente normal estas son transitorias y corregibles.
A diferencia del psicópata, que bloquea el pensamiento y la culpa, el adolescente normal puede reconocer la
frustración y aprender de sus experiencias. Sin embargo, los conflictos de identidad pueden generar en el
psicópata una "mala fe consciente", manifestada en conductas crueles y manipuladoras como defensa
frente al duelo por la infancia.

3. Necesidad de intelectualizar y fantasear


El adolescente recurre a la intelectualización (pensamiento lógico y abstracto) y a la fantasía (pensamientos
imaginarios) como mecanismos defensivos para enfrentar las pérdidas y frustraciones internas, como la
renuncia al cuerpo infantil, el rol y los padres. Estos mecanismos ayudan a compensar la vivencia de
impotencia frente a la realidad externa. Según Anna Freud, el ascetismo limita los impulsos, y la
intelectualización conecta los impulsos con pensamientos controlables. La identidad fluctuante del
adolescente genera angustia, llevando al refugio interior, donde las experiencias infantiles tienen un papel
clave. Arminda Aberastury destaca que una relación adecuada con objetos internos buenos y experiencias
externas positivas favorece el desarrollo de una personalidad estable. Este refugio interior fomenta la
preocupación por principios éticos y filosóficos, lo que puede llevar a actividades artísticas o políticas como
forma de reacomodación emocional ante los cambios.
Intelectualización: Es un mecanismo de defensa mediante el cual la persona se distancia de sus emociones
pensando de forma lógica o abstracta.
En la adolescencia, el joven puede empezar a razonar todo, analizar con profundidad, filosofar o volverse
muy crítico. Esto puede servirle para no conectarse directamente con sus sentimientos dolorosos. Por
ejemplo, en vez de expresar tristeza por una ruptura amorosa, puede hablar de "cómo funcionan las
relaciones humanas" o "la lógica del apego". Es una forma de protegerse del sufrimiento.
Fantasía: Consiste en recurrir a pensamientos imaginarios o mundos ideales para compensar lo que no
puede enfrentar en la realidad. Es una actividad mental imaginativa.
En la adolescencia, es común fantasear con ser alguien distinto, tener una vida completamente diferente o
vivir situaciones idealizadas. Estas fantasías ayudan a manejar frustraciones, como no sentirse aceptado,
tener conflictos familiares o inseguridades sobre uno mismo.

4. Las crisis religiosas


El adolescente puede experimentar extremos en su religiosidad, pasando de un ateísmo exacerbado a un
misticismo fervoroso, reflejo de la fluctuación interna de su mundo emocional. Según Charlotte Bühler, el
adolescente busca respuestas existenciales, preguntándose sobre su identidad y el sentido de la vida, lo que
intensifica las crisis religiosas. Estas no son simples caprichos, sino intentos de resolver su angustia al
enfrentar la muerte y la separación de los padres.
La figura de una divinidad puede ser una forma de garantizar la continuidad del "yo" y los vínculos
familiares. Si las frustraciones son intensas, el adolescente puede adoptar una postura nihilista como

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defensa. González Monclús señala que entre misticismo y ateísmo, muchos adolescentes se muestran
indiferentes ante los valores religiosos. El misticismo delirante y el nihilismo reflejan un desplazamiento de
conflictos internos a un plano religioso e intelectual, ante la impotencia frente a cambios corporales y
sociales. La construcción de ideologías y valores éticos pasa por un proceso de idealización y desidealización
de figuras importantes, lo que permite la formación de una ideología de vida más realista y madura.

5. La desubicación temporal
El adolescente vive el tiempo de manera peculiar, con una desubicación temporal que se manifiesta en
una falta de conciencia clara sobre el paso del tiempo. Esto se expresa en conductas como postergar tareas
o priorizar el presente de manera irracional, reflejando un funcionamiento psíquico primario, donde no se
distingue claramente entre presente, pasado y futuro.
Este fenómeno está relacionado con la maduración psíquica, en la que el adolescente pasa de ser un ser
dependiente a una personalidad más diferenciada. La adolescencia implica la irrupción de aspectos
psicóticos de la personalidad, lo que provoca una experiencia distorsionada del tiempo, fusionando el
pasado y el futuro en un presente devorador. En términos de Bion y Bleger, esta etapa se caracteriza por la
presencia de partes de la personalidad aún no diferenciadas, que generan crisis y ambigüedad.
A lo largo de la adolescencia, el tiempo comienza a adquirir características más discriminadas, y se
reconocen tres formas de tiempo:
Tiempo existencial: el tiempo en sí mismo.
Tiempo vivencial: el que se experimenta subjetivamente.
Tiempo conceptual: el que se comprende racionalmente.
En su relación con el tiempo, el adolescente puede espacializarlo, tratándolo como un objeto que se puede
controlar, lo que lo lleva a conductas fóbicas, obsesivas o psicóticas. Si se niega el paso del tiempo, se puede
mantener al niño interior congelado, lo que genera sentimientos de soledad y aislamiento.
El tiempo vivencial está ligado a las necesidades corporales, como comer, dormir o jugar. Sin embargo,
conforme el adolescente elabora los duelos propios de esta etapa (como la pérdida del cuerpo infantil y la
muerte de los padres), la conceptualización del tiempo empieza a desarrollarse, reconociendo el pasado, el
presente y el futuro. Esto le permite entender su propia mortalidad y la de sus padres.
La capacidad de conceptualizar el tiempo está vinculada con la integración de la identidad. El adolescente
que puede reconocer su pasado y proyectar un futuro empieza a superar las crisis de la adolescencia. De
acuerdo con Mom, la capacidad de vivenciar el tiempo como algo fluido es esencial para desarrollar
relaciones estables con los demás y para la construcción de una identidad adulta.

6. La evolución sexual desde el autoerotismo hasta la heterosexualidad


la evolución de la sexualidad desde el autoerotismo infantil hasta la heterosexualidad en la adolescencia,
con énfasis en los cambios psíquicos y biológicos que acompañan este proceso. existen varios aspectos
clave:
Autoerotismo y Heterosexualidad: La transición del autoerotismo (autoestimulación sin un objeto externo)
hacia la heterosexualidad (atracción sexual hacia el sexo opuesto) es descrita como un proceso en el que los
adolescentes alternan entre la masturbación y los primeros intentos de contacto sexual genital, que en esta
etapa son más exploratorios que reproductivos. Este proceso implica la aceptación de la genitalidad y el
inicio de la búsqueda de pareja, caracterizada por contactos sexuales que aún están lejos de la procreación.
El Enamoramiento Adolescente: El enamoramiento, un fenómeno central en la adolescencia, es descrito
como intenso pero frágil. La idealización de figuras, como actores, docentes o estrellas del deporte, refleja la
existencia de fantasías edípicas (deseo hacia el progenitor del sexo opuesto y rivalidad con el mismo sexo).
Este enamoramiento no necesariamente es correspondido, lo que puede generar frustración y reavivar
conflictos edípicos.
Relaciones Genitales en la Adolescencia: En la adolescencia tardía (aproximadamente después de los 16
años), entre el 40 y el 60 % de los jóvenes ya tuvo relaciones sexuales completas (coito). Sin embargo, estas

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relaciones suelen tener un fin exploratorio (conocer el propio cuerpo y el del otro), más que la intención de
tener hijos. Freud decía que los cambios del cuerpo en la pubertad son fundamentales para reactivar la
genitalidad, es decir, la capacidad de tener relaciones sexuales con placer. Pero para lograrlo, el adolescente
debe aceptar que ya no es un niño, dejar atrás la imagen infantil de sí mismo, y también dejar de
identificarse con el sexo opuesto (como lo hacía en algunas etapas infantiles), para poder consolidar su
propia identidad sexual
El Complejo de Edipo: En el desarrollo de la identidad sexual, el complejo de Edipo se reactivará durante la
adolescencia, donde las relaciones con las figuras parentales se intensifican. Durante la infancia, el complejo
de Edipo implica el deseo por el progenitor del sexo opuesto y la rivalidad con el del mismo sexo. Este
conflicto se resuelve parcialmente mediante la represión de los deseos incestuosos y la identificación con el
progenitor del mismo sexo.
Pero en la adolescencia, como explica Arminda Aberastury, este complejo se reactiva debido a los cambios
corporales, hormonales y psíquicos propios de la pubertad. El adolescente vuelve a experimentar deseos
incestuosos, ahora desde una posición genital, lo que genera un fuerte sentimiento de culpa. Esta culpa
empuja al sujeto a desplazar la libido (energía del deseo) hacia un objeto sexual fuera del entorno familiar.
Este desplazamiento es fundamental para resolver la conflictiva edípica: permite salir del circuito
incestuoso y comenzar a vincularse con otros desde un deseo aceptable y socializado. A la vez, se inicia un
proceso de reorganización de las identificaciones infantiles, donde el adolescente debe reelaborar las
imágenes parentales interiorizadas y construir una identidad sexual adulta y autónoma.
Aberastury subraya que este pasaje no es automático ni lineal, sino un proceso conflictivo y doloroso, que
implica duelos (por el cuerpo infantil, los padres idealizados, la identidad anterior) y momentos de
confusión. Pero si se logra elaborar adecuadamente, el adolescente puede posicionarse como sujeto
deseante, asumir su sexualidad y construir vínculos amorosos fuera de la familia.
Los Cambios Biológicos y Psíquicos: Los cambios biológicos de la adolescencia, como la menstruación en las
niñas y la aparición del semen en los varones, son percibidos como eventos imposibles de ignorar y que
marcan la transición de la infancia a la pubertad. Estos eventos generan ansiedad y procesos de duelo
psíquico en los adolescentes, quienes deben integrar los cambios en su esquema corporal.
Fantasías de Vínculo Genital: Durante la adolescencia, las fantasías de penetración, tanto en varones como
en mujeres, surgen como una representación simbólica de los roles sexuales masculinos y femeninos. La
ausencia de una figura paterna puede generar dificultades para la diferenciación sexual, lo que puede
contribuir a la homosexualidad.
La Masculinidad y Feminidad en la Adolescencia: El texto destaca la fluidez de los roles de género en la
adolescencia, señalando que durante este período pueden manifestarse características de masculinidad en
las mujeres y feminidad en los varones. Este proceso está relacionado con la resolución del complejo de
Edipo y la posterior aceptación de los roles sexuales adultos.
La Menarca y la Sexualidad Femenina: La primera menstruación (menarca) es descrita como un evento
clave en la sexualidad femenina que, dependiendo de las experiencias previas y el contexto familiar, puede
ser vivida de manera positiva o negativa. En un contexto de aceptación familiar, la menstruación se
convierte en una confirmación positiva de la sexualidad femenina.
La Responsabilidad en la Sexualidad Adolescente: Finalmente, se resalta que el ejercicio genital procreativo
sin asumir la responsabilidad correspondiente no indica madurez sexual, sino más bien una inmadurez
psíquica. El texto advierte sobre la importancia de la capacidad para asumir roles adultos en la relación de
pareja, y cómo la incapacidad para hacerlo puede llevar a fracasos en relaciones sexuales y matrimonios
adolescentes.

7. Actitud social reivindicatoria


La actitud reivindicatoria del adolescente se relaciona con su necesidad de afirmarse ante una sociedad que,
en lugar de integrarlo, muchas veces lo rechaza. Esta tensión se intensifica por el conflicto edípico que
reaparece tanto en el adolescente como en sus padres, generando una ambivalencia dual, donde ambos

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lados experimentan sentimientos contradictorios ante el desprendimiento. La adolescencia no puede
entenderse sólo desde los cambios psicobiológicos: las influencias socioculturales, económicas y familiares
también son determinantes en la construcción de la identidad.
Los adultos suelen proyectar en los adolescentes sus propias inseguridades y ansiedades, generando
estereotipos que los aíslan y reprimen. Esta hostilidad se manifiesta también en ritos de iniciación crueles o
en la negación de la sexualidad adolescente. La sociedad moderna, a pesar de sus avances tecnológicos,
impone múltiples restricciones al adolescente, obligándolo a adaptarse a estructuras mediocres, como
critica Sullivan. Si no encuentra un espacio vital donde realizarse, puede reaccionar con conductas
psicopáticas o con transformaciones revolucionarias del yo que desafían al superyó social represivo.
La subcultura adolescente, muchas veces entendida como rebelión, es en realidad un mecanismo defensivo
ante un mundo adulto hostil. Por eso, comprender la adolescencia requiere integrar las dinámicas
inconscientes con los condicionamientos sociales. En su dimensión más saludable, el adolescente puede
convertirse en motor de cambio social, canalizando reivindicaciones que también la sociedad necesita.

8. Contradicciones sucesivas en todas las manifestaciones de la conducta


Durante la adolescencia, la conducta es muy cambiante y contradictoria. El adolescente muchas veces
actúa antes de pensar, necesita hacer cosas para después entenderlas, porque su pensamiento aún no es del
todo reflexivo ni estable.
Aunque intente mantener una forma fija de ser o de comportarse, no puede sostenerla mucho tiempo
porque está muy influido por lo que pasa a su alrededor (el entorno social, familiar, cultural). Spiegel llama a
esto una personalidad “esponjosa”, porque es muy permeable, o sea, absorbe fácilmente lo que viene de
afuera (introyección) y también proyecta afuera sus propios conflictos.
Esta inestabilidad de conducta y defensas psíquicas no es algo patológico, sino que forma parte de lo que
algunos autores llaman la “normal anormalidad” de la adolescencia: es normal que sea inestable,
contradictorio, sensible, extremo. Lo que sí podría ser patológico es cuando un adolescente tiene una
conducta muy rígida, fija, sin matices (como en el caso del psicópata o el neurótico obsesivo).
El problema es que el adulto muchas veces no tolera estos cambios, contradicciones o indefiniciones y le
exige al adolescente una identidad cerrada y definida, cuando en realidad el joven aún está en proceso de
construcción de sí mismo.
Estas contradicciones, lejos de ser un problema, son necesarias para que el adolescente pueda elaborar los
duelos (por la infancia perdida, por el cuerpo infantil que cambió, por los padres idealizados que ya no lo
contienen igual) y así formar su propia identidad.

9. Separación progresiva de los padres


Uno de los duelos fundamentales en la adolescencia es la pérdida del vínculo infantil idealizado con los
padres. Esta separación es favorecida por los cambios corporales y hormonales que activan la sexualidad
madura y reactualizan aspectos de la fase genital infantil. En la adolescencia, uno de los grandes duelos es
aceptar que los padres ya no son esas figuras perfectas e ideales de la infancia. El adolescente empieza a
alejarse emocionalmente de ellos para poder crecer, tener su propia identidad y descubrir su sexualidad.
Cambios del cuerpo = reactivación de lo infantil. Los cambios físicos y hormonales (como la activación de la
sexualidad) hacen que vuelvan recuerdos y emociones de la fase genital infantil, como el complejo de Edipo.
Esto puede hacer que el vínculo con los padres se vuelva más intenso o conflictivo.

No solo le pasa al adolescente, Los padres también se angustian al ver crecer a sus hijos, y eso puede hacer
que ellos mismos revivan sus propios conflictos edípicos (como celos, inseguridad, miedo a perder al hijo).
Esto puede generar peleas o tensiones.
Amor y odio mezclados, El adolescente siente una ambivalencia: ama a sus padres, pero también los
rechaza. Si en la infancia la imagen de los padres como pareja fue confusa o violenta (por ejemplo, peleas o

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escenas sexuales no entendidas), puede verlos como persecutorios o amenazantes. En cambio, si los padres
tuvieron roles claros y afectivos, la separación se hace de forma más saludable.
Busca nuevos modelos, Si el alejamiento de los padres es muy doloroso o confuso, el adolescente busca
figuras externas para identificarse, como famosos, ídolos, personajes de series, o amigos mayores. A veces
los idealiza demasiado, y otras veces elige modelos poco sanos o psicopáticos.
Defensas normales pero intensas, Para poder alejarse de los padres y negar los deseos edípicos que le
generan culpa, el adolescente usa defensas como:
Disociación: separa partes del pensamiento o de la emoción.
Mecanismos esquizoparanoides: divide a los padres en “buenos” y “malos” (por ejemplo, mamá es una
genia y papá es un monstruo).
Estas defensas no son enfermedad, son propias de la adolescencia y ayudan a armar nuevas relaciones y una
identidad más autónoma. Dependen también del contexto cultural y social.

10. "Constantes fluctuaciones del humor y del estado de ánimo":


Durante la adolescencia, las fluctuaciones del humor y del estado de ánimo son frecuentes y normales. En
la adolescencia es normal que haya altibajos emocionales: tristeza, euforia, enojo, entusiasmo, etc. Esto no
significa que el adolescente esté enfermo, sino que está atravesando duelos importantes, como dejar atrás
la infancia o dejar de ver a los padres como seres perfectos.
Muchas veces el adolescente quiere sentirse querido o comprendido, pero no lo logra. Eso le genera
frustración, aburrimiento o ganas de aislarse. A diferencia de alguien con una patología grave, suele vivir
esto por dentro, en silencio, y no de forma violenta o delirante.
Los cambios emocionales están influenciados por mecanismos psíquicos normales como:
Introyección: meter dentro suyo lo que le pasa afuera.
Proyección: poner afuera (en otros) lo que no puede tolerar en sí mismo.
Eso hace que el adolescente pase rápido de la tristeza a la alegría, pareciendo a veces depresivo y otras
veces eufórico. Pero esto es parte de lo que se llama “síndrome de la adolescencia normal”, no una
enfermedad. Ni las idealizaciones ni las visiones negativas del adolescente ayudan; En lugar de ver al
adolescente como “problemático” o “perfecto”, el mundo adulto tiene que acompañar con comprensión, sin
juzgar. Si no lo hace, le termina proyectando sus propios conflictos no resueltos, lo que empeora el conflicto
entre generaciones.

Cap. 5 EL PENSAMIENTO EN EL ADOLESCENTE Y EN EL ADOLESCENTE PSICOPÁTICO
El proceso de la adolescencia, según el concepto de Knobel sobre el "Síndrome de la Adolescencia Normal",
incluye una cierta dosis de conductas psicopáticas (actitudes impulsivas, desafiantes, sin mucha
consideración por las normas) que son normales en esta etapa. Pero si estas actitudes se intensifican o
duran demasiado, se convierten en psicopatía (trastorno de la personalidad, en este contexto, entendido
desde una perspectiva clínica, no como enfermedad mental grave).
Según A. Aberastury, el adolescente atraviesa tres duelos (procesos psíquicos de pérdida que deben
elaborarse):
1. Duelo por el cuerpo infantil
2. Duelo por la identidad y el rol infantil
3. Duelo por los padres de la infancia
Se analiza cómo cada uno de estos duelos influye en el pensamiento.

1. Duelo por el cuerpo infantil


En la adolescencia, el cuerpo cambia sin que el adolescente pueda controlarlo. Eso le genera una sensación
de pérdida y lo lleva a refugiarse en el pensamiento, como si allí pudiera tener todo el control. Vive una
contradicción: su cuerpo cambia, pero su mente sigue siendo como la de un niño. Esto puede hacer que se
sienta raro o como si no fuera él mismo (despersonalización).

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usa el pensamiento simbólico Para compensar la pérdida del cuerpo infantil, se agarra de ideas grandes
(como religión, política o ideales) que lo hacen sentir fuerte, pero sin tener que actuar. Al principio niega la
perdida pero poco a poco, al relacionarse con otros, empieza a aceptar su nuevo cuerpo y su nueva
identidad. Si este proceso no avanza bien, puede confundir lo que piensa con la realidad y actuar como si sus
fantasías fueran reales (por ejemplo, creerse otra persona). Eso ya muestra un problema más serio.
2. Duelo por la identidad y el rol infantil
En la infancia, el niño depende de otros y se identifica con sus figuras cercanas. A través de mecanismos
como la proyección y la introyección va formando su identidad. Pero en la adolescencia ya no puede seguir
dependiendo de los demás, aunque tampoco puede ser completamente independiente. Esto le genera
confusión y un fracaso en la personificación, es decir, no logra asumirse como una persona definida.
Puede llegar a utilizar mecanismos esquizoides, es decir, un distanciamiento emocional de sí mismo y del
entorno. Se excluye de su propio pensamiento, como si no tuviera nada que ver con lo que pasa. A través
del pensamiento omnipotente cree que todo lo puede resolver solo con las ideas, y esto puede hacer
aparecer la irresponsabilidad adolescente.
Al no asumir su identidad, prueba distintas formas de relacionarse con los otros. Estas son intensas pero
breves. Por eso cambia tanto de amistades, de pasiones y de opiniones. El pensamiento empieza a funcionar
de manera grupal. Se identifica con el grupo y eso le da más estabilidad. Dentro de este se siente seguro,
adopta roles cambiantes y comparte responsabilidad con los demás.
También se fragmentan sus emociones, ya que las proyecta en otros y las vive de forma intensa pero breve.
Cuando este proceso no se elabora bien, es decir, no se resuelve el duelo por la identidad y el rol infantil,
pueden aparecer conductas psicopáticas. Es decir, trata a los demás como objetos, sin que esto le genere
culpa. El adolescente normal puede corregirlo, pero el psicópata no, y sigue actuando de manera cruel.
Queda atrapado en una falsa identidad infantil.
El adolescente normal puede dejarse arrastrar por el psicópata porque se involucra emocionalmente, pero
el psicópata actúa con una mala fe consciente, usando el pensamiento cruel como defensa ante la culpa que
no puede elaborar.
El adolescente normal logra aceptar la pérdida del cuerpo y del rol infantil.
3. Duelo por los padres de la infancia
En la adolescencia, se empieza a dejar atrás la relación infantil de dependencia con los padres, pero esto no
es fácil. El adolescente está confundido entre seguir siendo niño o empezar a ser adulto, y muchas veces
niega los cambios que vive.
Los padres también sienten una pérdida porque sus hijos ya no los obedecen como antes. Entonces, tanto
padres como hijos viven un duelo, lo que hace esta etapa más complicada.
El adolescente quiere que sus padres sigan protegiéndolo, pero también quiere independencia. Por eso
tiene actitudes contradictorias, como pedir el auto (dependencia) para salir solo (aparente independencia).
Todavía no entiende bien lo que le pasa, se confunde con la imagen que tiene de sus padres en su mente y
eso afecta el vínculo real con ellos. Para poder crecer, necesita dejar atrás la imagen idealizada que tenía de
ellos. Busca entonces estar solo, pensar y volcar sus emociones en cosas como un diario, donde puede
expresar y organizar lo que siente. Eso lo ayuda a fortalecerse.
Pero si este proceso falla, como en el caso de un adolescente psicopático, no puede tolerar la frustración
ni la pérdida de los padres ideales. Vive todo como una amenaza y reacciona de forma impulsiva, sin
pensar. Por ejemplo, si no le dan lo que quiere, puede robar o hacer algo violento.
No busca procesar lo que le pasa, sino que se une a grupos que actúan por él. No siente culpa, y usa su
inteligencia para justificar lo que hace. Vive esperando que todo le sea dado, como cuando era chico.
Todo este proceso de duelos afecta cómo piensa, cómo se ubica en el tiempo y cómo se define en lo sexual.

El tiempo en el adolescente

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El adolescente tiene problemas para entender el paso del tiempo. A diferencia del niño (que no lo percibe) y
del adulto (que ya acepta su límite), el adolescente confunde tiempo y espacio.
Esto lo lleva a extremos: o quiere todo ya o lo posterga para siempre. Este caos mental se parece al
pensamiento infantil, donde no hay lógica ni conciencia del tiempo.
Solo cuando empieza a elaborar los duelos (por el cuerpo, la identidad y los padres infantiles) logra entender
que el tiempo pasa y que la muerte existe.
En el adolescente psicopático, esto no ocurre: vive como si el tiempo no existiera, exige y posterga sin
límites. Lo que en un adolescente común es algo momentáneo, en él se vuelve permanente.
El sexo en el adolescente
Con la pubertad, aparece la sexualidad genital: ya no se trata solo del placer en uno mismo (autoerotismo),
sino del vínculo sexual con otro. Esto obliga al adolescente a hacer el duelo por el cuerpo infantil y por el
sexo infantil, ligado a la fantasía de ser ambos sexos (bisexualidad infantil).
Según Aberastury, ya desde los 6 meses el niño empieza a darse cuenta de su sexo, y usa el juego para
procesarlo.
En la pubertad, los genitales toman un nuevo sentido: además de dar placer, ahora permiten crear vida.
La masturbación en esta etapa es una forma de negar de manera omnipotente esa pérdida del "sexo
infantil".
En el psicópata, este duelo no se elabora. Vive en una fantasía de bisexualidad sin aceptarla como tal. No
logra formar vínculos amorosos reales ni establecer una pareja estable, como sí puede el adolescente
común.
También es normal que el adolescente tenga fantasías homosexuales pasajeras, que lo ayudan a procesar
estos duelos sexuales.

2.3.- ALTERMAN, M. (2008) “La identidad del rol sexual. Los vínculos entre el hombre y la mujer”. Lugar
Editorial. Introducción y Cap. IV
Alterman parte de su experiencia clínica para afirmar que la identidad del individuo está estrechamente
vinculada con la identidad del rol sexual: es decir, con la posición subjetiva desde la cual una persona se
identifica con lo masculino o lo femenino. Esta identidad es independiente del sexo biológico y también del
lugar social y cultural asignado a cada sexo.
El autor enfatiza el valor de las técnicas proyectivas (dibujos, respuestas a consignas, etc.) como
herramienta de acceso a los contenidos inconscientes del sujeto. Estas técnicas permiten detectar rasgos de
personalidad, mecanismos de defensa y conflictos inconscientes, útiles tanto para el diagnóstico como para
el abordaje terapéutico.
Uno de los principales conflictos observados tiene que ver con la dificultad para ejercer el rol sexual,
especialmente cuando hay desajustes entre el sexo biológico, la identidad del rol sexual y las exigencias
sociales y culturales. Esto puede repercutir en la conducta, en el establecimiento de vínculos, en la elección
de vida y en el bienestar emocional.
Alterman sostiene que el autoconocimiento, ya sea por psicodiagnóstico, terapia o reflexión personal,
permite acceder a la estructura del sí mismo, y con ello comprender o transformar conflictos vinculados a la
identidad sexual o de género. Esto puede traducirse en una mejor adaptación a la realidad y una mayor
calidad de vida.
Uno de los campos más reveladores fue el trabajo en psicoprofilaxis del embarazo y parto, donde se
evidenció la relación directa entre el rol femenino y la capacidad para transitar de forma saludable estos
procesos. El embarazo expone, muchas veces, la relación que cada mujer tiene con su identidad de rol
femenino, sea esta armónica (ego-sintonía) o conflictiva.
Finalmente, la maternidad aparece como un factor simbólicamente diferenciador entre los sexos, con un
fuerte impacto inconsciente tanto individual como cultural. Esta capacidad de dar vida otorga a la mujer un
valor inconsciente singular que puede ser origen de ambivalencia afectiva y otros conflictos emocionales
complejos.
Ambivalencia afectiva como núcleo de los vínculos: La coexistencia de sentimientos opuestos como el amor
y el odio (ambivalencia) está presente en todos los seres humanos, siendo una manifestación fundamental

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de la complejidad del lazo afectivo entre individuos. Esta ambivalencia se origina en el primer vínculo
emocional entre la madre y su hijo, y se traslada a todas las relaciones futuras. Asimismo, dicha
ambivalencia también está presente en la identidad personal, como afecto contradictorio hacia uno mismo,
constituyendo un rasgo común tanto en hombres como en mujeres.
Conflictos en torno a la identidad del rol femenino: Las consultas clínicas de mujeres evidencian que
muchas dificultades tienen su origen en conflictos con la asunción de la identidad del rol femenino. Este
conflicto se expresa en una ambivalencia afectiva profunda, particularmente en relación con el lugar que
ocupa la mujer en la pareja, la maternidad, el embarazo y el parto. Muchas mujeres viven su condición
biológica como un límite o una prisión, lo que genera malestar psíquico que se manifiesta de forma
encubierta a través de síntomas como dificultades con la pareja, angustia, agresividad, rivalidad o problemas
laborales y económicos.
La maternidad como punto de exposición de la identidad femenina : Durante el embarazo y el parto, la
identidad del rol femenino se expresa con particular nitidez. La maternidad representa, desde el
inconsciente, una función diferenciadora de la mujer en relación al hombre, al estar asociada
simbólicamente con la capacidad de sostener la especie. Esto tiene una fuerte carga afectiva inconsciente
que puede vivirse como una integración ego-sintónica o como un conflicto intenso. Esta función biológica, al
ser exclusiva de la mujer, se convierte también en una representación inconsciente de poder y puede ser un
eje central en conflictos emocionales difíciles de abordar terapéuticamente.
Condicionamientos culturales e históricos de la feminidad: Históricamente, la cultura ha impuesto a la
mujer una posición de subordinación. Aunque esto no es universal ni se aplica a todos los casos individuales,
sí se ha interiorizado como una representación simbólica inconsciente en la subjetividad femenina. En
contraposición, el hombre aparece culturalmente como más libre, aunque en la práctica no siempre lo sea.
La mujer, entonces, debe realizar un esfuerzo adicional para sostener su condición femenina y acceder a
derechos que históricamente le han sido negados, los cuales al hombre le han sido dados "de hecho".
Rol, condición e identidad del rol femenino
Reivindicación y visibilidad de la mujer: La creación del Día Internacional de la Mujer y de las Conferencias
Internacionales de la Mujer reflejan la necesidad de distinguir y reivindicar los derechos de las mujeres. El 8
de marzo, proclamado por la ONU en 1977, recuerda la muerte de 129 obreras en Nueva York en 1908,
hecho que evidencia la lucha histórica por sus derechos.
Interrogante central: ¿Por qué la mujer necesita ser reivindicada si forma parte de la humanidad? Porque
históricamente no ha sido considerada en términos igualitarios respecto del hombre. Su condición sigue
siendo definida culturalmente, lo cual aún hoy lleva a que muchas mujeres busquen y reclamen su lugar en
la sociedad.
Condición y rol:
o Condición: se refiere al sexo biológico.
o Rol: conjunto de conductas y expectativas que la sociedad asigna según esa condición.
o Ambos aspectos participan en la construcción de la identidad, cuya autenticidad surge cuando el sujeto
acepta libremente la coincidencia entre su condición y su rol.
Identidad: Resultado de elecciones hechas a lo largo del desarrollo evolutivo, mediante procesos de
identificación (adopción de rasgos del otro) u oposición, frente a diferentes arquetipos. La identidad se
expresa en la organización de la personalidad y en los contenidos del inconsciente, configurados por los
vínculos primarios y la realidad vivida.
Conflicto actual entre rol y condición: La transformación de las pautas socioeconómicas y la cultura de la
competitividad han generado superposición y confusión en los roles de género.
o En el pasado, los roles estaban claramente definidos: el hombre como proveedor y autoridad, la mujer como
figura pasiva, dependiente y ligada al hogar.
o Sin embargo, el rol femenino nunca fue plenamente aceptado por las mujeres, como lo evidencian voces
como la de Sor Juana Inés de la Cruz, que desafió las restricciones impuestas por su condición.
Este texto ofrece un análisis sobre las transformaciones históricas de los roles de género, especialmente en
la mujer, a lo largo del siglo XX, enfocándose en cómo los cambios sociales, económicos e industriales
reconfiguraron las expectativas y las tareas asignadas a ambos sexos. Aquí se desarrollan varios puntos
clave:

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La incorporación de la mujer al trabajo: A comienzos del siglo XX, especialmente después de la Primera
Guerra Mundial y más intensamente durante y después de la Segunda Guerra Mundial, las mujeres
comenzaron a ocupar espacios en el ámbito laboral, principalmente en fábricas e industrias, en condiciones
muy desiguales con respecto a los hombres. Aunque su trabajo fue vital para el crecimiento económico, era
desvalorizado, mal remunerado y carecía de derechos laborales.
La doble carga femenina: Durante la Segunda Guerra Mundial, las mujeres asumieron tanto sus roles
tradicionales (como cuidadoras del hogar) como los roles masculinos (trabajo industrial), enfrentándose a
una multiplicidad de responsabilidades. Este fue un cambio significativo, pues muchas mujeres comenzaron
a realizar tareas fuera del hogar, lo cual se convirtió en una costumbre más arraigada después de la guerra,
en un contexto de crecimiento económico y cambios culturales.
El hombre y la subyugación de la mujer: El texto sugiere que, históricamente, el hombre ha necesitado
subordinar a la mujer para sostener su identidad masculina. Desde una perspectiva psicoanalítica y cultural,
se menciona que el hombre ha "anulado" o "descalificado" a la mujer como una forma de preservar su
poder y evitar el sentimiento de inferioridad, lo cual desencadenó conflictos en la relación entre los sexos.
El costo psicológico para el hombre: Al subordinar a la mujer, el hombre experimentó una carga psicológica,
pues no pudo desarrollar plenamente su rol, y en vez de encontrar armonía en su rol masculino, se produjo
una "pasivización" que lo lleva a adoptar roles más dependientes y sumisos. Esto genera un conflicto interno
en el hombre, quien, por un lado, desea y necesita la pasividad que históricamente ha sido atribuida a la
mujer, pero por otro lado, no puede aceptarlo sin sentirse débil.
La rivalidad y envidia entre los sexos: Se habla de una "rivalidad" en la que ambos sexos se encuentran
atrapados, producto de roles y expectativas impuestas por la sociedad. La mujer, al tratar de alcanzar una
"igualdad" o superar al hombre, se encuentra en conflicto consigo misma, perdiendo el equilibrio de su rol,
mientras que el hombre, al verse desplazado por el empoderamiento femenino, sufre por su incapacidad de
sostener su rol tradicional.
Mitología y rol de género: El texto sugiere que los conflictos de los roles de género tienen un origen
profundo, en la mitología y las culturas primitivas, donde la lucha entre lo masculino y lo femenino se ha
manifestado simbólicamente como una necesidad de anular al otro para que uno sobreviva. De esta
manera, se construye un relato de incompatibilidad entre ambos roles, donde para que uno exista, el otro
debe ser destruido o subyugado.
En conclusión, el análisis plantea que la lucha de poder entre los sexos es un fenómeno cultural y simbólico
arraigado, y que la transformación de los roles de género, especialmente en el caso de la mujer, no solo
tiene implicancias económicas y sociales, sino también profundas raíces psicológicas que afectan las
relaciones y la estructura familiar. El reto está en encontrar un equilibrio auténtico y complementario entre
ambos géneros, donde se pueda superar la rivalidad y la envidia para construir una relación más equitativa y
armoniosa.
Capítulo 4: "¿Masculino o femenino: existe actualmente la identidad del rol?"
El capítulo aborda cómo la identidad del rol sexual, entendida como la forma en que una persona se
identifica y actúa en relación con su sexo biológico, se ve influida por factores culturales, sociales y
emocionales. La identidad de rol no solo se refiere a ser hombre o mujer según el sexo biológico, sino
también a cómo cada individuo expresa su rol en la vida, lo cual incluye tanto su individualidad como sus
relaciones con los demás.
El sexo biológico puede generar conflictos con la identidad de rol, dependiendo de las expectativas sociales,
la historia personal de la persona y sus vínculos tempranos. Si una persona se siente en armonía
(egosintonía) con su sexo biológico, puede vivir su rol sin conflictos. Sin embargo, si existe una discordancia
(egodistónica), esto puede llevar a malestar, insatisfacción e incluso a la necesidad de ayuda psicológica.
Los conflictos surgen cuando el sujeto no se ajusta a los parámetros culturales asignados a los roles de
género, lo que puede causar dificultades en la construcción de la identidad adulta y en la realización del
proyecto de vida. Esta tensión puede provenir de decisiones personales, influencias tempranas o incluso
patologías psicológicas.
Desde una perspectiva psicoterapéutica, se sugiere que los conflictos de rol sexual podrían simplificarse si se
consideran los vínculos primarios y las posiciones que el individuo adopta en relación con los demás, ya sea
por elección o patología. Por ejemplo, una persona que se ubica en una posición de pasividad o
subordinación en sus relaciones podría estar mostrando una necesidad inconsciente de sumisión.

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El capítulo concluye que la identidad de rol sexual, influenciada por factores culturales, puede generar dudas
y conflictos, especialmente cuando las expectativas sociales no coinciden con la autopercepción del
individuo. Estos conflictos pueden afectar tanto a relaciones heterosexuales como homosexuales, y son un
tema frecuente en la consulta psicoterapéutica.
Este planteo sugiere que la falta de diferenciación clara entre los roles masculinos y femeninos podría, en
ciertas circunstancias, llevar a una amenaza para la continuidad de la especie y la estructura familiar
tradicional. Si bien las distintas formas de identidad de rol sexual y relaciones de pareja no son
inherentemente patológicas, la confusión sobre qué significa ser hombre o mujer, y cómo se deben expresar
estos roles, podría tener efectos disruptivos sobre la estabilidad psíquica de los individuos y sobre el
funcionamiento social de la familia. Esta diferenciación de roles, vista como una característica
complementaria entre los sexos, históricamente ha sido percibida como un pilar fundamental para la
formación de relaciones afectivas, la organización social y la reproducción.
En términos evolutivos, el planteamiento sugiere que el modelo tradicional de familia, basado en la
complementación de roles sexuales, es esencial para la estabilidad de la sociedad y la salud mental. Por
tanto, las alteraciones en esta estructura (por ejemplo, en el caso de la confusión de roles o en las relaciones
homosexuales) podrían generar incertidumbre en cuanto al sentido de pertenencia y función dentro de la
sociedad, especialmente si se observa como una amenaza al modelo natural de procreación y desarrollo de
la especie humana.
Este análisis no niega que las nuevas formas de familia y los cambios en la percepción de los roles de género
sean valiosas y contribuyan a la diversidad social. Sin embargo, también señala que el mantenimiento de un
equilibrio en el cual las diferencias entre los géneros se reconozcan y respeten sigue siendo considerado
esencial para el bienestar psicológico y la salud social de las generaciones futuras.
Este texto aborda la evolución y transformación de las estructuras familiares y la identidad sexual,
específicamente en relación con las parejas homosexuales y la forma en que la sociedad se adapta a estos
cambios. Parte de la premisa de que históricamente, la naturaleza biológica ha dictado roles de género, lo
que implica una diferenciación clara entre los sexos para la reproducción y la continuación de la especie.
Este enfoque sugiere que la heterosexualidad, como la base de la reproducción, está "naturalmente"
vinculada a la supervivencia de la humanidad.
Sin embargo, el texto también plantea que el ser humano ha desarrollado tecnologías (como la fecundación
in vitro) que permiten modificar estos procesos naturales, lo que abre nuevas formas de procrear y redefinir
los roles sexuales, más allá de las restricciones biológicas.
A lo largo del texto, se menciona que las estructuras familiares y las normas sociales tradicionales (como la
diferencia entre los roles sexuales masculino y femenino) se ven amenazadas por cambios culturales y
sociológicos, como la aceptación de las parejas homosexuales. Aunque algunos sectores de la sociedad ven
este cambio como una "confusión" o "retroceso" histórico, el texto sugiere que estas nuevas formas de
familia pueden contribuir a una coexistencia armónica de los roles sexuales, en la que se respeten las
identidades de cada individuo.
El autor defiende la necesidad de aprender a convivir respetando las diferencias entre hombres y mujeres,
sin que estas diferencias se conviertan en motivo de confrontación o discriminación. El objetivo es lograr
una convivencia equilibrada, en la que los roles y las identidades sean respetadas y los individuos tengan la
libertad de elegir su forma de vivir, sin depender estrictamente de los parámetros biológicos y culturales
impuestos históricamente.
En resumen, el texto aboga por la aceptación de la diversidad en la identidad sexual y los roles de género,
considerando que, en la medida en que se respeten las diferencias y se logre una convivencia equitativa, la
continuidad de la especie y la armonía social pueden mantenerse.
Este texto reflexiona sobre la relación entre género, identidad y poder en el contexto de las diferencias
biológicas y sociales entre los sexos. El autor destaca cómo la cultura ha naturalizado una visión de las
diferencias sexuales como una lucha, en lugar de una convivencia complementaria y respetuosa. Según la
perspectiva planteada, el rol de género de cada persona, ya sea mujer o varón, debe ser una elección libre
basada en la vivencia de la identidad de género y no en una imposición cultural.
Se aborda la teoría psicoanalítica de Freud, especialmente el concepto de "envidia del pene", que describe el
deseo inconsciente de la mujer por el órgano masculino, como un reflejo de la histórica subordinación de la
mujer. Sin embargo, el autor sugiere que la clave no radica tanto en la posesión del pene, sino en el vacío

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que experimenta la mujer al no poder vivir la experiencia subjetiva asociada a ese órgano, el cual
históricamente ha sido cargado de poder simbólico. Esto se traduce en una sensación de incompletitud que
se busca llenar mediante la relación con el hombre.
El texto también señala que esta sensación de subordinación no es simplemente una falta o deseo
inconsciente de poder, sino una construcción culturalmente impuesta. La mujer, al sentirse insuficiente sin
la presencia del hombre, podría experimentar una dependencia que, aunque no real, se vive de manera
subjetiva y genera actitudes de competencia y rivalidad entre los géneros.
El autor cuestiona las definiciones tradicionales de dependencia y autonomía, sugiriendo que la mujer ha
luchado históricamente por encontrar una posición diferente, libre de los roles impuestos por la cultura
patriarcal. Este proceso de lucha por la igualdad de género y la reinterpretación de la sexualidad y los roles
asociados, se presenta como un cambio necesario para superar la concepción tradicional de los sexos.
Este texto aborda la complejidad de las identidades sexuales y las dificultades psicológicas derivadas de los
roles de género impuestos culturalmente. En este sentido, plantea que la lucha por la independencia de la
mujer, aunque bienintencionada, está impregnada de un conflicto emocional y psíquico que tiene su origen
en la historia de subordinación y sumisión al hombre. Este conflicto se manifiesta en la vida cotidiana a
través de sentimientos de vacío, angustia e insatisfacción, los cuales pueden traducirse en disfunciones
sexuales como frigidez o problemas relacionados con el goce sexual.
El texto también destaca cómo esta problemática no está restringida solo a las mujeres, sino que también
afecta a los hombres, especialmente en un contexto donde los cambios culturales han transformado sus
roles y expectativas sexuales. Los trastornos masculinos, como la impotencia o la eyaculación precoz, se ven
en gran medida como una consecuencia de la tensión psíquica relacionada con estos cambios y el
cuestionamiento de su identidad masculina.
Además, se reflexiona sobre las diferencias anatómicas y culturales entre los sexos. Mientras que el hombre,
por razones anatómicas y sociales, tiene una mayor facilidad para alcanzar el orgasmo, la mujer se enfrenta
a barreras culturales que dificultan su plena satisfacción sexual. Esta diferencia es vista como una
manifestación de la construcción cultural de los roles sexuales, que asignan al hombre un rol activo y a la
mujer un rol pasivo, tanto en la sexualidad como en otros ámbitos de la vida cotidiana. Este modelo cultural,
basado en roles tradicionales, sigue vigente, influyendo en la manera en que los individuos se relacionan y
construyen sus identidades de género.
La propuesta final del texto es que para alcanzar una verdadera complementariedad entre los sexos, es
necesario superar estas diferencias de roles y expectativas, entendiendo que tanto hombres como mujeres
tienen necesidades emocionales y psicológicas similares en lo que respecta a la satisfacción sexual y el
vínculo afectivo. La verdadera solución estaría en reconocer la necesidad mutua que existe entre ambos
sexos, superando los conflictos culturales y promoviendo una relación más equilibrada y libre de prejuicios
Este texto refleja una profunda reflexión sobre las dinámicas de poder entre los géneros, en especial en la
sexualidad y en los roles tradicionales. A lo largo de su desarrollo, se plantea que, culturalmente, el hombre
ha sido históricamente considerado como el sujeto activo, mientras que la mujer ha sido vista como pasiva.
No obstante, también se señala cómo la mujer, en la actualidad, ha tenido que adaptarse a nuevas
exigencias sociales y laborales, lo que la lleva a asumir roles tradicionalmente masculinos, con el costo físico
y emocional que esto conlleva.
Por otro lado, el texto analiza cómo la relación de poder y la necesidad de los géneros se entrelazan en el
ámbito sexual. Aunque el hombre puede obtener satisfacción sexual sin necesidad de la penetración,
simbólicamente, el poder masculino se sostiene en que él necesita a la mujer para reafirmar su virilidad y su
capacidad de dominar. De igual manera, la mujer, a pesar de poder alcanzar el orgasmo por medio de la
estimulación clitoriana, puede sentir la necesidad de la penetración como una forma de completud sexual, y
esto se vuelve una forma de dependencia que ha sido históricamente asignada culturalmente a la mujer.
El texto también menciona cómo estos cambios y tensiones en los roles de género han provocado una
“indiferenciación” o "individualización", donde tanto hombres como mujeres están empezando a tener más
independencia en sus identidades y relaciones. Esto se refleja incluso en el comportamiento social, estético
y sexual, con ambos sexos asumiendo características o roles de género opuestos a los tradicionales.
Finalmente, se aborda cómo estas tensiones y la adaptación a roles cambiantes pueden llevar a conflictos en
las relaciones de pareja y la estructura familiar, afectando el equilibrio emocional y psicológico de ambos

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géneros. La falta de comunicación y acuerdos sobre los roles asignados puede derivar en rupturas y malestar
dentro de la relación.
Es un análisis complejo de las relaciones de género, poder, sexualidad y los desafíos que enfrentan tanto
hombres como mujeres en un contexto de cambios sociales y culturales.
Este fragmento aborda los complejos conflictos entre los roles de género tradicionales y las nuevas
dinámicas sociales y económicas que emergen en la actualidad. El autor expone cómo la ruptura de los roles
masculinos y femeninos tradicionales genera una serie de tensiones y confusiones, tanto en las relaciones de
pareja como en el seno de la familia, que a menudo resultan en frustraciones y conflictos graves. Aquí se
destaca el proceso de "pasivilización", donde el hombre, al sentirse relegado a un rol pasivo dentro de la
relación, experimenta angustia y se defiende mediante mecanismos como la violencia o el autoritarismo. A
la par, la mujer se ve obligada a asumir un rol activo, tanto en el ámbito económico como doméstico, lo que
le genera culpabilidad y, en ocasiones, una forma de venganza emocional hacia el hombre a través del poder
económico.
En este nuevo panorama, la economía y el poder financiero sustituyen a los lazos afectivos, transformando
la relación entre los géneros en una competencia por el control, lo que puede resultar en la disolución de la
pareja o en una deshumanización de los vínculos. A pesar de que las nuevas relaciones buscan una mayor
igualdad, el texto cuestiona si este proceso de indiferenciación de los sexos es realmente beneficioso para la
salud emocional y la identidad de las personas.
El texto también señala que, a pesar de las transformaciones culturales y sociales, persisten las necesidades
emocionales tradicionales de los géneros: la mujer sigue necesitando sentirse amada y protegida, mientras
que el hombre necesita mantener su rol de protector y proveedor. Cuando estos roles se desdibujan o
invierten sin una adecuada elaboración, pueden surgir sentimientos de vacío y angustia, y los vínculos se
resienten.
Por último, el autor reflexiona sobre la necesidad humana de poder y cómo esta lucha por el poder entre los
géneros ha sido un tema central a lo largo de la historia, generando conflictos tanto a nivel personal como
estructural en la sociedad. Este afán de poder podría estar contribuyendo a la indiferenciación de los sexos,
lo que tendrá implicaciones en la salud mental y la evolución de las relaciones en las generaciones futuras.
Resumen: introducción
En la obra de Alterman, la identidad del individuo está estrechamente vinculada con la identidad del rol sexual, que no depende del
sexo biológico ni del lugar social asignado, sino de cómo la persona se identifica con lo masculino o lo femenino. Alterman destaca la
utilidad de las técnicas proyectivas (como dibujos y consignas) para acceder a contenidos inconscientes, útiles tanto para el diagnóstico
como para la terapia.
Un conflicto común es la dificultad para ejercer el rol sexual, especialmente cuando hay desajustes entre el sexo biológico, la identidad
sexual y las demandas sociales. La autorreflexión y el autoconocimiento pueden ayudar a resolver conflictos de identidad sexual y
mejorar el bienestar emocional. El embarazo, por ejemplo, expone cómo la mujer vive su rol femenino, pudiendo manifestarse de
manera armónica o conflictiva.
La maternidad es un factor simbólicamente diferenciador entre los sexos, y su capacidad para dar vida genera un impacto inconsciente
profundo. Alterman también menciona la ambivalencia afectiva, donde el amor y el odio coexisten, algo que se inicia en la relación
madre-hijo y se extiende a futuras relaciones.
En cuanto al rol femenino, muchas mujeres enfrentan conflictos derivados de la asunción de su identidad de género, especialmente en
relación con la maternidad, el embarazo y el parto. Estas tensiones pueden generar malestar emocional y síntomas relacionados, como
dificultades en la pareja o problemas laborales.
Alterman también aborda los condicionamientos culturales e históricos de la feminidad, destacando la subyugación histórica de la
mujer y el esfuerzo necesario para acceder a derechos que el hombre ha tenido "de hecho". Los roles de género, históricamente bien
definidos, hoy están sujetos a transformación debido a los cambios socioeconómicos y la cultura de la competitividad, lo que ha
generado confusión en los roles masculinos y femeninos.
El texto destaca la incorporación de la mujer al ámbito laboral durante el siglo XX y cómo, a pesar de desempeñar un papel crucial, su
trabajo fue desvalorizado y mal remunerado. Durante la Segunda Guerra Mundial, las mujeres asumieron tanto los roles tradicionales
como los industriales, lo que marcó un cambio cultural. Alterman también examina cómo la subordinación de la mujer por parte del
hombre ha afectado la identidad de ambos géneros, creando conflictos internos y externos.
Finalmente, la mitología y las culturas primitivas reflejan simbólicamente la lucha entre lo masculino y lo femenino, que sigue
generando rivalidad y envidia, lo que plantea un desafío para la construcción de relaciones equitativas y armoniosas entre los sexos.
Capítulo 4: "¿Masculino o femenino: existe actualmente la identidad del rol?"
Este capítulo aborda cómo la identidad de rol sexual, entendida como la forma en que una persona se identifica y actúa según su sexo
biológico, está influenciada por factores culturales, sociales y emocionales. La identidad de rol no solo se refiere a ser hombre o mujer,
sino a cómo cada individuo expresa su rol en la vida, lo cual incluye su individualidad y sus relaciones interpersonales.
La discordancia entre el sexo biológico y la identidad de rol puede generar conflictos, especialmente si la persona no se ajusta a los
parámetros culturales establecidos. Si la persona siente armonía con su sexo biológico, puede vivir su rol sin conflictos, pero si existe
discordancia, puede experimentar malestar, insatisfacción e incluso buscar ayuda psicológica.

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Los conflictos surgen cuando las expectativas sociales no coinciden con la autopercepción de la persona, lo que puede afectar la
construcción de la identidad adulta y el proyecto de vida. Desde una perspectiva psicoterapéutica, se sugiere que estos conflictos de rol
pueden simplificarse si se consideran los vínculos primarios y las posiciones adoptadas en relación con los demás.
El capítulo también explora cómo los cambios en la estructura familiar y los roles de género, como la aceptación de parejas
homosexuales, pueden generar incertidumbre sobre el sentido de pertenencia y la función en la sociedad. Aunque se reconoce que
estas nuevas formas de identidad sexual no son patológicas, también se señala que la falta de diferenciación clara entre los géneros
puede generar efectos disruptivos sobre la estabilidad psíquica y la estructura social.
El autor menciona cómo históricamente se ha asociado la heterosexualidad con la reproducción y la continuidad de la especie, pero
también se reconoce que los avances tecnológicos han permitido modificar estos procesos biológicos. El texto reflexiona sobre cómo
las nuevas formas de familia y las alteraciones en la percepción de los roles sexuales pueden contribuir a la diversidad social, siempre
que se respete la diferencia entre los géneros.
En términos psicoanalíticos, el texto plantea la teoría de Freud sobre la "envidia del pene" como una manifestación de la subordinación
histórica de la mujer. También se reflexiona sobre cómo la mujer ha luchado por una posición libre de los roles impuestos por la cultura
patriarcal, un proceso que ha causado conflictos emocionales y psíquicos, como disfunciones sexuales y sentimientos de vacío.
El texto también aborda cómo los cambios en los roles de género afectan a los hombres, especialmente en un contexto de adaptación a
nuevas exigencias sociales. Las tensiones en los roles sexuales pueden generar dificultades en la satisfacción sexual y en las relaciones
de pareja. La solución para lograr una complementariedad real entre los géneros es reconocer las necesidades emocionales similares de
ambos, superando los conflictos culturales y promoviendo relaciones equilibradas y libres de prejuicios.
Finalmente, se reflexiona sobre el poder y la dependencia entre los géneros, cuestionando la igualdad en los roles y sugiriendo que el
proceso de indiferenciación de los géneros puede afectar la salud emocional y la identidad de las personas, generando tensiones que
podrían afectar las relaciones en generaciones futuras.

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