Historia de la filosofía – 2º bachillerato – Antonio Andrades
9. IMMANUEL KANT (1724 - 1804)
En Kant convergen y se superan las principales líneas de pensamiento de la Edad Moderna como
son el racionalismo y el empirismo al tiempo que se responde tanto al problema del conocimiento
como al de la libertad. Kant parte de presupuestos deudores de los filósofos racionalistas ingleses
como Wolff o Leibniz, pero abandona el racionalismo a partir del estudio de la filosofía de Hume.
En palabras del propio Kant, la lectura de Hume le hizo despertar del “sueño sogmático del
racionalismo”. A partir de este momento dará comienzo su período crítico, en el que dedicará su
trabajo a investigar acerca del funcionamiento de la razón humana y sus límites.
Con su análisis de la razón Kant se propone responder a los grandes problemas de la filosofía
ocupándose a su vez de la interrelación y la unidad interna entre ellos de maneras sistemática.
Según Kant, estos problemas o cuestiones son:
-Establecer los principios y límites del conocimiento científico de la naturaleza: ¿Qué puedo
saber?
-Establecer los principios de la acción humana y las condiciones de la libertad: ¿Qué debo hacer?
-Definir el destino último del ser humano y las posibilidades y condiciones para su realización:
¿Qué puedo esperar?
Puesto que todas estas cuestiones remiten a los fundamentos y los fines de la propia razón humana,
en realidad todos los problemas pueden sintetizarse en una cuarta pregunta que engloba todas las
demás: ¿Qué es el hombre?
La respuesta a estas cuestiones supondrá la fundamentación del conocimiento humano y también de
la libertad humana. La filosofía kantiana es un proyecto de clarificación racional de los fines
últimos de la humanidad. Para llevarlo a cabo Kant empleará un método denominado método
trascendental, mediante el cual la razón se examina a sí misma para analizar su funcionamiento y
sus estructuras y determinar así sus fines y limitaciones.
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9.1 El conocimiento
La primera de las grandes preguntas de la filosofía, la de qué podemos conocer, es el objeto de la
obra más importante y conocida de Kant: la Crítica de la razón pura. Determinar los límites del
conocimiento humano supondrá decidir si la metafísica puede o no ser una ciencia. Para ello, Kant
compara la metafísica con las matemáticas y la física y tratará de averiguar si cumple las mismas
condiciones que estas dos disciplinas. De ser así, la metafísica será una ciencia; de lo contrario,
habremos encontrado unos límites claros para el conocimiento humano y la metafísica deberá ser
abandonada.
Para determinar qué clase de juicios (enunciados, verdades) son los que constituyen las leyes
científicas, Kant establece una distinción entre tres tipos de juicios:
-Juicios analíticos: son universalmente verdaderos y necesarios, es decir, poseen validez a priori
(no dependen de comprobación en la experiencia). No aumentan nuestro conocimiento, porque son
juicios explicativos: en ellos, el predicado está contenido en el sujeto, y basta examinar su forma
para determinar si son verdaderos o falsos. Son los juicios correspondientes a la lógica. Ejemplo: el
todo es la suma de las partes.
-Juicios sintéticos: Son juicios contingentes, puesto que su verdad o falsedad depende de su
correspondencia con la realidad: se trata de juicios a posteriori. Son juicios extensivos, puesto que
aumentan nuestro conocimiento de la realidad, pero no son enunciados científicos porque no son
universales. Ejemplo: Aristóteles nació en Estagira.
-Juicios sintéticos a priori: Son juicios extensivos, es decir, aumentan nuestro conocimiento de la
realidad y dependen de la experiencia, porque el predicado no está contenido en el sujeto, pero
también son universales y necesarios. Las leyes y enunciados científicos son juicios de este tipo.
Ejemplo: la distancia más corta entre dos puntos es una línea recta.
Por tanto, el objetivo de la Crítica de la razón pura será determinar cómo es posible que las
ciencias produzcan juicios sintéticos a priori y decidir si la metafísica es capaz de producirlos
también. Solo si la respuesta a esta última cuestión es afirmativa podrá aceptarse la metafísica como
ciencia.
Kant señala que si la ciencia se expresa a través de juicios sintéticos (dependientes de la
experiencia) a priori (universalmente válidos) es porque nuestro conocimiento parte de la
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experiencia, pero no se limita solo a datos de la experiencia, sino que depende de elementos a priori
aportados por la mente del sujeto. El método kantiano, por tanto, se dedicará a analizar estos
elementos y su funcionamiento. Se dice que la crítica kantiana a la metafísica supone un giro
copernicano en filosofía, porque a partir de su trabajo el estudio de la realidad se centrará en las
estructuras mentales del sujeto en lugar de en su exterior.
La Crítica de la razón pura estudiará estas estructuras de manera rigurosa. Kant no considera que la
mente humana sea una entidad simple, sino que distinguirá diferentes funciones, cada una con sus
propias estructuras a priori y a las que dedicará diferentes partes de la obra. Estas son la
sensibilidad, el entendimiento y la razón.
La sensibilidad es analizada en la “Estética trascendental”. Corresponde a la facultad de percibir
sensorialmente. El origen del conocimiento, según Kant, está en la experiencia sensible, como
afirmaban los empiristas. Cuando conocemos un objeto, por tanto, la primera facultad que actúa es
la sensibilidad, que capta las sensaciones (datos sensibles en bruto). Las sensaciones se presentan
ordenadas en espacio y tiempo, que son estructuras innatas de la mente humana. Es así como se
produce la percepción. Kant llama a las estructuras de espacio y tiempo intuiciones puras o formas
a priori de la sensibilidad.
Así pues, en la sensibilidad hay una materia (los datos sensibles) y una forma (a priori) que es la
determinada por espacio y tiempo. El resultado de la unificación de los datos sensibles y su
ordenación en espacio y tiempo son los fenómenos.
La siguiente facultad es el entendimiento, que es el objeto de la “Analítica trascendental”. La
percepción sensible aún no constituye conocimiento. La función del entendimiento consiste en
organizar los datos aportados por la sensibilidad para poder abstraer conceptos. Kant afirma que los
datos sensibles se organizan mediante una serie de estructuras mentales que él llama categorías.
Las categorías son conceptos de cualidad, cantidad, modalidad o relación que están en realidad
vacías de contenido y no tienen significado propio. Sin embargo, son innatas: no tenemos
experiencia sensible de ellas y las tenemos desde el nacimiento. Son las categorías las que
organizan y estructuran los datos sensibles, dando lugar a las ideas y al conocimiento como tal.
Las categorías señaladas por Kant aparecen sintetizadas en la siguiente tabla.
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CUALIDAD CANTIDAD MODALIDAD RELACIÓN
Realidad Unidad Posibilidad / Inherencia y
Imposibilidad subsistencia
Negación Pluralidad Existencia / Causalidad y
Inexistencia dependencia
Limitación Totalidad Necesidad / Comunidad o
Contingencia reciprocidad
Como se ha señalado, las categorías son estructuras a priori, es decir, ideas que la mente posee de
manera innata independientemente de cualquier experiencia. Las categorías son una condición
necesaria para el conocimiento y el pensamiento. A este respecto, Kant señala la perfecta
correlación entre sensibilidad y entendimiento. No se puede percibir ningún dato sensorial sin
aplicarle una categoría. Pero a su vez las categorías no son nada por sí solas y solo pueden aplicarse
a las representaciones y datos de los sentidos, es decir, no puede categorizarse nada que esté más
allá de la experiencia sensible.
Así pues, la experiencia sensible es origen y límite del conocimiento (como afirman los empiristas),
pero si constituye conocimiento es únicamente gracias a una serie de estructuras mentales que son
innatas (como decían los racionalistas). De esta forma Kant consigue sintetizar racionalismo y
empirismo.
Recuérdese que, como se ha dicho, al describir el resultado de este proceso Kant utiliza la palabra
fenómeno. Un fenómeno es una realidad percibida por los sentidos y conceptualizada por el
entendimiento mediante las categorías, es decir, es la idea o percepción que la mente puede tener de
cualquier realidad. A la realidad de la “cosa en sí” tal como es, independientemente de encuadrarse
en tiempo o espacio o aplicarse las categorías del entendimiento (es decir, sin los procesos mentales
que el sujeto aporta), Kant la llama noúmeno. Cuando percibimos o conocemos un objeto, este será
inevitablemente un fenómeno, porque no podemos conocer nada sin nuestras facultades mentales a
priori. Por tanto, el noúmeno, la “cosa en sí”, no podemos llegar a conocerla jamás.
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La última estructura de nuestra mente que queda por analizar es la razón, que constituirá el eje de la
“Dialéctica trascendental”. La razón es la facultad superior que nos permite indagar y comprender
la realidad englobando todos los conocimientos en tres ideas de la razón: el alma, que agrupa
todos los conocimientos internos del yo; el mundo, que aglutina todos los fenómenos de la realidad
externa al sujeto; y Dios, que constituye la unión de ambos.
El alma, el mundo y Dios han sido tradicionalmente los objetos de estudio de la metafísica. Sin
embargo, son ideas que van más allá del conocimiento, porque no tenemos ninguna experiencia
sensible de ninguna de ellas. No podemos llegar a conocerlas. Kant afirma que estas ideas tienen un
uso regulativo, es decir, son el horizonte de la investigación científica, impulsando a ésta a buscar
siempre totalidades mayores en su estudio de los fenómenos. Por ello pueden considerarse ideales
cuya búsqueda sirve para regular la investigación científica, impulsarla y orientarla.
Por consiguiente, la metafísica no es una ciencia y debe abandonarse. La metafísica tradicional, tal
como ha funcionado en la historia de la filosofía, es para Kant un proyecto fallido. Cuando la razón
prescinde de los fenómenos sensibles e intenta conocer las “cosas en sí” yendo más allá de los
límites de la experiencia, y trata de alcanzar conocimientos trascendentes (es decir, que están más
allá de sus propias limitaciones), como los que corresponden al alma, el mundo o Dios, cae en
antinomias, es decir, en errores y irresolubles y contradicciones consigo misma.
Sin embargo, una vez desechada la especulación científica en la metafísica, es posible que sus
objetos de estudio encuentren su utilidad en otros ámbitos de la racionalidad humana. Kant se
servirá de las ideas de alma, mundo y Dios en su tratamiento de los problemas morales.
9.2 Ética
Kant expone su filosofía moral en la Crítica de la razón práctica y en la Fundamentación de la
metafísica de las costumbres, obras en las que se propone responder a la segunda de las grandes
preguntas de la filosofía señaladas al comienzo: qué debo hacer.
Para Kant, lo verdaderamente constitutivo de la acción moral es la buena voluntad, y la buena
voluntad es aquella que actúa por deber. La teoría de Kant es deontológica: insiste en la necesidad
de cumplir siempre con nuestro deber, sean cuales sean las consecuencias. De hecho, Kant creía que
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no somos responsables de las posibles consecuencias de nuestros actos, ya que muchas veces los
efectos de nuestro comportamiento escapan a nuestro control. De lo que sí somos moralmente
responsables es de cumplir con nuestra obligación. Por eso, la actitud éticamente correcta consiste
en actuar siempre respetando el deber. En este sentido, Kant distingue entre la legalidad, que es la
conformidad con la ley moral en una acción que se ejecuta simplemente “de acuerdo con el deber”,
y la moralidad, que es la conformidad inmediata de la voluntad con la ley moral por sí misma y sin
ningún otro motivo.
Kant aspira a elaborar una propuesta que pueda servir para todos los seres humanos, sin importar su
situación ni el lugar o el momento en que viva cada uno. Pero esto solo puede lograrse
prescindiendo del contenido material de la ética (es decir, de normas concretas que debemos seguir)
y elaborando, en su lugar, una ética formal.
Kant llama a todas las éticas anteriores “éticas materiales”. La gran diferencia entre las éticas
materiales y la ética formal es que las éticas materiales dicen qué debo hacer, mientras que una ética
formal indicará cómo debo actuar. Las éticas materiales plantean, según Kant, imperativos
hipotéticos de la forma “haz X para obtener Y” (por ejemplo, “busca los placeres para obtener la
felicidad”). Son hipotéticos porque requieren la aceptación de que ese Y es, efectivamente, el bien,
y como tal, lo que deseamos conseguir. Kant se propone formular un imperativo categórico, es
decir, válido para todas las personas en todos los casos.
La teoría de Kant propone que cada persona elabore sus propias reglas de manera autónoma. Al
tratarse de una ética formal, esta teoría no nos dice cuál debe ser el contenido de estas reglas. Lo
único que nos indica Kant es el procedimiento que debemos seguir cuando elaboramos las normas
para asegurarnos de que estas reglas sean válidas. Si quiero que las normas individuales de conducta
que autónomamente he elegido resulten éticamente válidas debo asegurarme de que las he
elaborado siguiendo el procedimiento adecuado.
Este procedimiento puede enunciarse de varias maneras, aunque tal vez la más clara sea la
siguiente: “Obra sólo según una máxima de conducta tal que puedas querer al mismo tiempo
que se torne ley universal”. En otras palabras, actúa como quieras que actúe todo el mundo. Kant
llamaba imperativo categórico a este requisito básico que todas las máximas individuales deben
satisfacer. Esta formulación del imperativo categórico insiste en la importancia de elegir reglas de
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conducta que puedan ser universales.
De acuerdo con la propuesta kantiana, cuando estamos pensando en las reglas de comportamiento
que vamos a escoger tenemos que hacer un esfuerzo por imaginar qué es lo que ocurriría si todas las
personas se comportasen del mismo modo. ¿Sería deseable un mundo en el que todos se guiasen por
las mismas normas de conducta que nosotros hemos elegido? Si la respuesta es negativa, entonces
esas normas de conducta no son válidas, porque no son universalizables.
Además de la formulación anterior, existen otras maneras distintas de enunciar el imperativo
categórico kantiano. Una forma alternativa de expresar la condición que nuestras normas deben
cumplir es la siguiente: “Obra de tal manera que la voluntad pueda considerarse a sí misma
como legisladora universal”. Esta formulación hace referencia a la autonomía de la voluntad.
Mediante el imperativo categórico el ser humano se vuelve autónomo y puede considerarse
“moralmente adulto”, en lugar de seguir reglas impuestas por un poder externo (heteronomía).
Una tercera formulación dice así: “Obra de tal manera que uses la humanidad siempre como un
fin y nunca como un medio”. Según esta formulación, el respeto a la ley moral supone tratar a los
demás seres humanos como fines, y no como medios, porque ellos son también seres morales y
libres. Así pues, esta formulación enfatiza la dignidad de las personas. Las personas forman así
parte de lo que Kant considera un hipotético reino de los fines, la esfera de las relaciones morales
basadas en el respeto mutuo. Este ideal de reino de la libertad debe construirse a lo largo de la
historia.
Nótese que en la ética kantiana la razón desempeña un papel fundamental: Kant insiste en la
importancia de la autonomía del individuo, que debe ser quien elabore racionalmente sus propias
reglas. Para ser válidas, estas deben ajustarse al imperativo categórico. Sin embargo, esta condición
no nos dice cuál debe ser el contenido específico de las reglas, sino que únicamente nos señala el
procedimiento para elaborarlas. Por eso la propuesta de Kant no es una ética material, sino formal.
Por último, Kant retoma los conceptos metafísicos que ya ha demostrado que son inaccesibles
científicamente para responder a la última gran pregunta: qué puedo esperar.
Kant reconoce que la voluntad humana no es puramente racional, sino que el ser humano desea
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también alcanzar la felicidad como compensación por su acción moral. En consecuencia, el orden
moral exige la existencia de Dios como garante de que virtud y felicidad coincidirán finalmente. Por
otra parte, el carácter sensible e imperfecto del ser humano impide que llegue a alcanzar la
perfección moral a lo largo de su vida, por lo que el orden moral exige la inmortalidad del alma
como garantía de posibilidad de perfeccionamiento infinito en el cumplimiento de la ley moral. Por
último, la mera existencia de una ley moral exige la idea de libertad, puesto que no tendría sentido
que el ser humano regulara sus actos en caso de no ser libre.
Así pues, aparecen tres principios que Kant señala como postulados de la razón práctica: la
libertad, como exigencia de la ley moral y a la vez deducida de ella, la inmortalidad del alma,
como garantía de progreso en el cumplimiento de la ley moral y de posibilidad de recompensa por
ello, y Dios, como garantía de esa recompensa.
Estas ideas son postulados, es decir, principios indemostrables que se toman como verdaderos y se
usan de modo regulativo. Las ideas de libertad, inmortalidad del alma y Dios no juegan ningún
papel en el uso teórico de la razón, porque no aportan ningún conocimiento sobre los objetos a los
que se refieren, pero cumplen una función esencial en uso práctico de dicha razón, constituyéndose
como ideales prácticos que dan significado y finalidad a la acción moral del ser humano.
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