El silencio de las sombras
Era una noche fría y húmeda cuando tres amigos, Lucas, Sara y Mateo, decidieron explorar
el antiguo manicomio abandonado que yacía en las afueras de la ciudad. Habían oído todo
tipo de historias escalofriantes sobre aquel lugar: susurros en la oscuridad, luces que se
encendían solas y sombras que parecían moverse entre los pasillos vacíos. Pero, como
cualquier grupo de amigos adolescentes, el miedo no fue suficiente para detener su
curiosidad.
La fachada del edificio se alzaba imponente ante ellos, con sus ventanas rotas y sus
paredes cubiertas de moho. Al acercarse, Lucas notó un extraño silencio que cubría el
ambiente; no había ni rastro de sonidos de animales ni el susurro del viento. Parecía como
si el manicomio hubiera tragado todo ruido a su alrededor.
"¿De verdad vamos a entrar?" preguntó Sara, apretando la linterna en su mano. Ella era la
más reservada del grupo, pero no quería ser la única en mostrar miedo.
"Claro que sí, Sara. Vamos, no seas gallina," respondió Mateo, sonriendo de forma
nerviosa mientras trataba de esconder su propio nerviosismo. "Además, solo será un
vistazo rápido y luego nos vamos."
Lucas, el líder del grupo, avanzó primero. Empujó la puerta de hierro oxidada, que se abrió
con un chirrido estremecedor que retumbó en la noche. Al entrar, el aire era pesado y
helado, como si el edificio guardara secretos oscuros y no quisiera compartirlos. Las
linternas de los tres amigos iluminaron el largo pasillo que se extendía frente a ellos,
flanqueado por habitaciones vacías y sombrías.
“¿Se imaginan lo que habrá pasado aquí?” susurró Lucas, observando las marcas en las
paredes, como arañazos dejados por manos desesperadas.
Mateo intentó bromear para aliviar la tensión. “Quizá los pacientes querían redecorar,
¿no? Esos sí sabían de diseño de interiores.” Pero su risa sonó forzada y se desvaneció
rápidamente.
A medida que avanzaban, la atmósfera se volvía más opresiva. Las sombras parecían
moverse en las esquinas, y una sensación de ser observados comenzó a invadirlos. En
algún punto, Lucas señaló una habitación en la esquina izquierda, la más alejada y oscura
de todas. La puerta estaba entreabierta, y en el interior, solo había una silla de ruedas en
medio del cuarto.
“¿Vamos a ver?” dijo Mateo con un tono que trataba de sonar despreocupado, aunque sus
manos temblaban levemente.
Sin esperar respuesta, Lucas se adelantó y entró a la habitación, iluminando la silla de
ruedas con su linterna. Al acercarse, notó algo extraño: la silla estaba orientada hacia una
pared completamente vacía, como si alguien se hubiera sentado allí durante horas,
contemplando el muro en silencio.
“Chicos, miren esto…” murmuró Lucas, inclinándose para ver mejor. De pronto, sintió una
fría ráfaga que le erizó la piel. Era como si alguien hubiera exhalado justo al lado de su
cuello.
“¿Escucharon eso?” preguntó Sara, girando la linterna hacia la puerta. Todos se quedaron
en silencio. Desde el pasillo, un susurro apenas audible comenzó a resonar, como si
alguien repitiera sus nombres en un eco interminable: “Lucas… Sara… Mateo…”
Los tres amigos se miraron, sus rostros reflejaban la mezcla de miedo e incredulidad.
Nadie quería admitirlo, pero todos sabían que ese susurro no era solo su imaginación.
“Debe ser el viento,” dijo Lucas, aunque en su interior no estaba tan seguro. Sara lo miró
con el ceño fruncido, claramente no convencida. Aun así, ninguno de los tres se atrevió a
mencionar lo que realmente pensaban: que alguien —o algo— los estaba llamando.
Decidieron seguir avanzando por el pasillo principal. Las paredes estaban cubiertas de
carteles viejos, algunos con instrucciones para el personal médico, otros con nombres de
pacientes tachados en letras rojas. Los sonidos parecían intensificarse con cada paso. De
vez en cuando, escuchaban risas débiles que se desvanecían en el aire, como si alguien
estuviera observándolos desde la oscuridad.
Mientras se adentraban más en el edificio, Mateo notó una puerta que llevaba al sótano.
Era pesada y tenía una cadena rota colgando del pomo, como si alguien la hubiera forzado
en algún momento.
“¿Bajamos?” preguntó Mateo, intentando sonar valiente. En el fondo, la idea le
aterrorizaba, pero no quería parecer cobarde frente a sus amigos.
Lucas asintió y comenzó a bajar con cuidado, iluminando los escalones mohosos con su
linterna. El aire en el sótano era más denso, casi irrespirable, y había un olor a humedad
mezclado con algo metálico, como si el tiempo se hubiera detenido allí abajo.
Al llegar al final de las escaleras, descubrieron una serie de celdas pequeñas y cerradas
con barrotes. En el fondo de cada una había camas viejas y corroídas por el óxido, y
algunos dibujos torcidos en las paredes, hechos con crayón o… sangre. Sara se
estremeció al ver que uno de esos dibujos representaba figuras humanas deformadas con
ojos oscuros y vacíos.
“¿Por qué hay celdas aquí? Esto no se parece a ninguna otra parte del hospital,” susurró
Sara, con la voz temblorosa.
“Tal vez aquí encerraban a los pacientes más peligrosos,” contestó Lucas, aunque la idea
lo inquietaba profundamente.
De repente, un sonido metálico resonó a sus espaldas, como si alguien hubiera tirado una
cadena contra el suelo. Los tres se giraron al mismo tiempo, con el corazón acelerado, y
vieron una sombra moviéndose rápidamente entre las celdas, como si alguien estuviera
corriendo en la oscuridad.
“¡Salgan de aquí! ¡No pertenecen a este lugar!” gritó una voz ronca y desgarrada desde el
fondo del pasillo, haciendo eco en el sótano.
Mateo retrocedió, apretando la linterna contra su pecho. “¿Escucharon eso? ¡Tenemos
que irnos ya!”
Pero Lucas, como si estuviera en un trance, empezó a caminar hacia la dirección de la voz.
“No… debemos seguir. Algo… algo nos está llamando,” dijo en un susurro, con la mirada
perdida.
Sara y Mateo lo tomaron de los brazos para detenerlo. “¡Lucas, reacciona! ¡Tenemos que
salir de aquí!” insistió Sara, temiendo que algo estuviera manipulando a su amigo. Pero,
antes de que pudieran moverse, las puertas de las celdas comenzaron a cerrarse de
golpe, una tras otra, con un estruendo que retumbaba en todo el sótano.
De pronto, la luz de sus linternas comenzó a parpadear, y en el último parpadeo,
alcanzaron a ver una figura al final del pasillo. Era un hombre alto, con un uniforme de
paciente, y una sonrisa torcida que revelaba dientes podridos. Sus ojos, desorbitados,
parecían fijos en ellos, y comenzó a acercarse lentamente.
Mateo gritó, “¡Corran!” y, en un acto desesperado, los tres se soltaron y comenzaron a
correr hacia las escaleras, escuchando los pasos de la figura detrás de ellos, cada vez
más cerca, resonando en el suelo de cemento.
El pánico se apoderó de ellos mientras corrían hacia las escaleras. El eco de sus pasos
resonaba como un tambor en el silencio del sótano, pero lo que más los aterraba eran los
gritos de la figura que los perseguía, que resonaban con una mezcla de risa y
desesperación.
“¡No miren atrás!” gritó Lucas, aunque su voz apenas se escuchaba por encima del
estruendo de sus corazones palpitando al unísono. Cada escalón que subían parecía
interminable, y el aire se hacía más denso con cada paso, como si el manicomio intentara
atraparlos.
Sara fue la primera en llegar a la puerta que conducía al pasillo principal. La empujó con
fuerza, y la puerta se abrió con un chirrido agudo. Los tres se lanzaron al pasillo, pero al
girar, se encontraron con que el manicomio parecía haber cambiado. Las luces
parpadeaban y la atmósfera estaba cargada de un terror palpable.
“¿Dónde está la salida?” preguntó Mateo, buscando con su linterna cada rincón del
pasillo en la oscuridad. Pero cada vez que intentaban avanzar, parecía que el lugar se
alargaba, como si las paredes se cerraran alrededor de ellos.
“¡Vamos! ¡No podemos quedarnos aquí!” dijo Lucas, su voz temblando de miedo y
adrenalina. Se dirigió hacia el final del pasillo, donde una luz parpadeante parecía ofrecer
una esperanza.
Mientras se acercaban, el aire se volvió aún más frío, y comenzaron a escuchar susurros.
No eran los gritos aterradores del hombre del sótano, sino voces suaves que parecían
provenir de las paredes mismas, susurrando secretos olvidados y lamentos de aquellos
que habían sufrido en ese lugar.
“¿Qué están diciendo?” preguntó Sara, con un temblor en la voz. Lucas se detuvo un
momento, intentando escuchar, pero las voces se mezclaban, creando un ruido
ensordecedor en su mente.
“¡No importa! ¡Sigue!” instó Mateo, empujando a Lucas hacia adelante. Finalmente,
llegaron a la puerta que daba al exterior, pero estaba cerrada con una cadena gruesa.
“¡No puede ser!” exclamó Lucas, golpeando la puerta con frustración. “¡¿Por qué está
cerrada?!”
Las voces aumentaron en intensidad, llenando el pasillo con una cacofonía de lamentos.
De repente, la figura del hombre del sótano apareció al final del pasillo, avanzando
lentamente hacia ellos, con una expresión de locura en su rostro. Los ojos del hombre
reflejaban una desesperación y un sufrimiento inimaginables.
“¡No se vayan! ¡No se vayan!” gritó, su voz resonando con un eco escalofriante. “Este es su
hogar ahora. ¡No pueden irse!”
Sin tiempo que perder, Lucas se arrodilló y empezó a forcejear con la cadena. Sara y
Mateo se quedaron a su lado, sin saber qué más hacer. El hombre comenzó a correr hacia
ellos, y con cada paso, las luces parpadeaban más, como si el edificio estuviera a punto
de colapsar.
Finalmente, Lucas logró abrir la cadena y tiró de la puerta con todas sus fuerzas. Esta se
abrió de golpe, y un frío viento exterior los envolvió. Sin mirar atrás, los tres amigos
corrieron hacia el exterior, atravesando el umbral de la puerta que los liberaba de aquel
lugar infernal.
Una vez afuera, la brisa fresca de la noche les dio la bienvenida, y los tres se detuvieron,
respirando profundamente. Miraron hacia atrás, al manicomio que se alzaba
ominosamente detrás de ellos. Las ventanas parecían mirar fijamente, y el aire parecía
vibrar con las voces que aún resonaban en su interior.
“¿Qué fue eso?” preguntó Mateo, su voz apenas un susurro.
“No lo sé,” respondió Lucas, temblando de frío y miedo. “Pero nunca más volveré a entrar
en un lugar así.”
Sara los miró con preocupación. “No podemos contarle a nadie lo que pasó aquí. Nadie
nos creería.”
Se alejaron lentamente del manicomio, sintiendo que cada paso era un alivio. Sin
embargo, la inquietud nunca los abandonó. A partir de esa noche, las sombras del
manicomio los perseguirían en sus sueños, y las voces seguirían resonando en sus
mentes, recordándoles que algunos lugares están mejor dejados en el olvido.
Con cada día que pasaba, el terror de lo que vivieron se transformaba en una oscura
curiosidad. Se preguntaban si alguna vez podrían olvidar la figura del hombre, los susurros
de los pacientes y la sensación de ser atrapados en un mundo que no era el suyo. Pero lo
que más les preocupaba era el secreto que llevaban dentro, como un eco lejano que
nunca se desvanecería.