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RJW Glorfut

Robert J. Wieland reflexiona sobre la Asamblea de la Asociación General de 1888 y la importancia del mensaje de justicia por la fe, enfatizando la relevancia de las enseñanzas de Waggoner y la aprobación de Ellen White. A través de testimonios y escritos, se destaca cómo este mensaje revolucionario puede transformar la comprensión del evangelio y preparar a un pueblo para la segunda venida de Cristo. Wieland argumenta que la salvación es accesible para todos y que el mensaje de 1888 es fundamental para el adventismo.
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RJW Glorfut

Robert J. Wieland reflexiona sobre la Asamblea de la Asociación General de 1888 y la importancia del mensaje de justicia por la fe, enfatizando la relevancia de las enseñanzas de Waggoner y la aprobación de Ellen White. A través de testimonios y escritos, se destaca cómo este mensaje revolucionario puede transformar la comprensión del evangelio y preparar a un pueblo para la segunda venida de Cristo. Wieland argumenta que la salvación es accesible para todos y que el mensaje de 1888 es fundamental para el adventismo.
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Nuestro glorioso futuro

Robert J. Wieland

Debo parecer muy viejo, porque algunos me han preguntado si fui delegado en la sesión
de la Asociación General de 1888. Supongo que nadie de los aquí presentes estuvo. No
hay necesidad de que pida que levantéis las manos a ese respecto. Pero querría haceros
una pregunta: ¿Cuántos de vosotros habéis tenido el privilegio de tener una entrevista
personal con alguien que estuvo en aquella asamblea de la Asociación General? ¿Podéis
levantar las manos? Querría verlas, por favor. [ninguna mano]
Bien, entonces supongo que tengo un privilegio singular, ya que mantuve una entrevista
con alguien que estuvo presente en aquella Asamblea. Pasé horas entrevistándole. La
persona entrevistada resultó ser un amigo personal muy íntimo de la hermana White.
Se trataba del hermano J.S. Washburn. Había cumplido ya los 90 años cuando lo
entrevisté junto al pastor Short. Su memoria estaba muy clara. Podéis preguntaros:
¿Qué valor puede tener un testimonio tal? El hermano Washburn leyó y releyó, hizo
correcciones y firmó su declaración. A lo largo de los años que han seguido, White Estate
ha ido publicando diversa documentación que la hermana White escribió. Hacia 1988 se
publicó un libro de 1.800 páginas [The Ellen G. White 1888 Materials]. He encontrado
vez tras vez que se corroboraba todo cuando me dijo el pastor Washburn en la entrevista
de 1950. Fue así:
“Lo recuerdo como si fuese ayer. Era en aquella pequeña iglesia en Minneapolis.
Recuerdo cómo la hermana White estaba sentada en la primera fila. Cuando
Waggoner predicaba, el rostro de ella estaba radiante. Decía: ¡Amén, hermano.
Hay gran luz en esto! Y entonces, cuando el hermano Morrison se levantaba para
rebatir lo que decía Waggoner, la hermana White se mostraba abatida y
apesadumbrada”.
Por cierto, el hermano Washburn fue sincero y nos manifestó de forma franca que él
estuvo en el bando equivocado, que rechazó el mensaje en Minneapolis. Quizá por ser
sobrino del presidente de la Asociación General: una razón, quizá. Otra fue que estaba
sufriendo una tragedia humana, como es común con muchos de nosotros. Habló
personalmente con la hermana White unos meses más tarde, en un descanso de una
reunión en Arkansas, en la tienda de ella. Y nos explicó que ella le preguntó:
“¿Sabe cuál fue verdaderamente el tema principal, en Minneapolis?
Él respondió: Sí, por supuesto: la ley en Gálatas.
Ella respondió: –De ninguna manera. Ese no fue el tema principal. El tema principal
fue la justicia por la fe.
Y luego añadió algo sorprendente:
–Waggoner la puede enseñar más claramente de lo que yo puedo hacerlo”.
Entonces el hermano Washburn le preguntó sorprendido:
“¿Quiere decir, hermana White, que con toda su edad y experiencia, y siendo
profetisa, Waggoner puede enseñarla mejor que usted misma?
Ella dijo: –Sí. Dios ha puesto en él una responsabilidad especial que no ha puesto
en mí”.

1
Podemos corroborar todo ello leyendo los escritos de Ellen White. En el manuscrito 5
de 1889, cuando oyó hablar a Waggoner, dijo: ‘Esa fue la primera exposición clara del
evangelio que jamás oyera de labios humanos, excepto por ciertas conversaciones
privadas con mi marido’.
Por lo que respecta a la expresión luminosa de su rostro y los “¡Amén!” de asentimiento
ferviente, leemos cómo refirió: ‘Cada fibra de mi corazón decía: ¡Amén!, cuando oí a
Jones y Waggoner hablar’.
Hace algunos años recopilé a partir de documentos encontrados aquí y allá, 200
declaraciones de apoyo de Ellen White a ese preciosísimo mensaje. Tras la publicación
del libro “The Ellen G. White 1888 Materials”, la cantidad supera las 300. Son incontables
las declaraciones de apoyo hacia ese mensaje. Si sólo hubiese sido una, habría sido ya
significativo; dos, muy importante; pero ¡se cuentan por cientos!
¿Por qué amó tanto Ellen White ese mensaje? Hubo dos ocasiones en que la hermana
White se sintió desbordantemente feliz. Una fue el clamor de media noche de 1844.
Estaba tan gozosa que no podía dormir por la noche. La segunda fue con ocasión del
mensaje de 1888. Dijo estar tan gozosa que en la noche no podía conciliar el sueño.
¿Por qué lo amó de esa manera?
Siempre digo que debo figurar el último en la lista de todos los santos. No soy teólogo,
pero hay una cosa que conozco por experiencia. Mucho antes de saber que existía 1888,
cuando no tenía la menor idea de quién era el pastor Waggoner, tuve la ocasión de leer
el libro The Glad Tidings (Las Buenas Nuevas. Gálatas, versículo a versículo), escrito por
Waggoner.
Yo era el único adventista en la escuela, y durante 4 años tenía luchas constantes por
guardar el sábado. Tuve que aprender a mantenerme sólo en mis convicciones. En mi
adolescencia leía con voracidad. Leí El Deseado de todas las gentes, El conflicto de los
siglos, El Camino a Cristo, etc. Pero no fue sino hasta diez años después de mi bautismo
cuando creo haber comprendido por primera vez cuán buenas son las buenas nuevas.
Podéis pensar que algo iba mal en mi caso. Puede ser, pero sin saber quién era
Waggoner reconocí un preciosísimo mensaje en ese libro, incluso antes de conocer la
existencia de las declaraciones de apoyo por parte de Ellen White. Creo que puedo
comprender el porqué de la felicidad desbordante de Ellen White a propósito de ese
mensaje. Es algo así como si giráis la llave de contacto de un extraordinario automóvil,
y comenzáis a oír el interesante sonido de su motor, pero si no engranáis la primera
velocidad, el movimiento no se produce. Ellen White, durante más de treinta años, puso
en marcha, preparó y dejó a punto el automóvil. Ahora, al oír ese mensaje, reconoció
que allí estaba la palanca de cambios. Allí estaba el mensaje que proveería el poder que
iba a transformar esos imperativos adventistas en capacitaciones evangélicas.
Reconoció en ese mensaje el principio del fuerte clamor de Apocalipsis 18. Más aun, el
comienzo del derramamiento del Espíritu Santo en la lluvia tardía. Sí; es cierto, el fin
habría podido venir antes de 1888, pero nunca antes de que fuese derramada la lluvia
tardía, y en absolutamente ninguna otra ocasión en la larga carrera de Ellen White
identificó ninguna otra cosa como el comienzo de la lluvia tardía, del fuerte pregón.

2
En 1856 tuvo una visión estando en una reunión en Battle Creek. Un ángel le dijo: ‘De
los aquí reunidos, algunos serán comida para los gusanos, algunos pasarán por las siete
últimas plagas, y algunos estarán vivos y serán trasladados cuando el Señor regrese’.
Todos los allí reunidos descansan hoy en sus tumbas. Ninguno está vivo ni ha sido
trasladado. Algunos dicen: eso prueba que Ellen White era una falsa profetisa. Yo no
pienso así.
Bien en el período de la vida de aquellos presentes en 1856, sólo 32 años después, vino
el comienzo del movimiento final: el fuerte pregón, la lluvia tardía. Incluso la ley
dominical nacional estuvo a punto de ser aprobada por el Congreso americano. Jones y
Waggoner, mientras sufrían la oposición de sus propios hermanos, fueron empleados
por el Señor para deshacer la propuesta dominical del senador Blair. Si dicha ley hubiese
sido aprobada y hubiese comenzado la persecución religiosa hace cien años, la nación
americana no habría gozado jamás de este siglo de comparativa paz y prosperidad. ¡Si
América pudiese darse cuenta de lo que debe a esos nobles hombres! Dios los empleó
de una forma maravillosa.
El Señor Jesucristo quería regresar. Lo quería hacer ya hace tiempo. Pero no lo hizo sobre
las nubes de los cielos hasta estar seguro de que hubiese un pueblo preparado para
darle la bienvenida. Y fue así como vino a los dirigentes de esta iglesia en una aparición
probatoria. No personalmente, sino en la persona de dos jóvenes mensajeros. Una y
otra vez Ellen White nos dice: ‘Cuando estos dos jóvenes mensajeros y su mensaje
fueron rechazados, los hermanos estaban rechazando a Cristo’.
Esa venida probatoria debía despertarnos el sentido respecto a cuál es nuestra auténtica
necesidad. Nos llamamos adventistas del séptimo día, pero parece que con el pasar del
tiempo la segunda venida se sitúa cada vez más lejos en las sombras del futuro. Amigos,
tened presente que un adventista es aquel que no sólo cree en la segunda venida, sino
que la ama; que quiere que el Señor venga pronto. Hermanos, eso es en lo que consiste
este mensaje: la preparación de un pueblo para la traslación, para la venida del Señor
Jesús. Es un mensaje distinta y singularmente adventista.
¿Cuál fue el mensaje? ¿Qué justifica toda aquella revolución?
Fue algo que ni Lutero, ni Calvino, ni Wesley comprendieron jamás realmente. Estos
tuvieron la luz para sus días. Hicieron una obra maravillosa. Pero Lutero, Calvino y
Wesley, como los otros reformadores, no proclamaron “el mensaje del tercer ángel, en
verdad”. Hace algunos años, L.R. Conradi intentó persuadirnos de que Lutero ya predicó
el mensaje del tercer ángel en verdad, y si eso es así, no tenemos ninguna razón de
existir como pueblo [en consonancia con eso, Conradi apostató del adventismo, y se
convirtió en uno de sus más acerbos opositores]. Pero poseemos realmente un mensaje
único, el mensaje del tercer ángel, y el mensaje de 1888 fue el comienzo de su
cumplimiento.
Alguien se podrá preguntar: ‘¿Cómo es posible que un grupito minúsculo de creyentes,
unos 90 delegados en Minneapolis, pocos miembros y casi nada allende el mar, pudiesen
“alumbrar toda la tierra con su gloria”?’
El plan de Dios era que fuesen como David con sus cinco piedrecillas, derrotando a
Goliat. Era el plan de Dios que ese pequeño pueblo humilde tuviese un mensaje que
alumbrara la tierra con gloria. No son nuestras instituciones, no es nuestro dinero,

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nuestros planes, no es nuestra educación. Es nuestro mensaje lo que el mundo debe oír.
Y ese mensaje era algo especial. Era una idea revolucionaria. Un romper con siglos de
oscuridad, para llegar a una luminosa recuperación de la justificación por la fe
claramente expuesta en el Nuevo Testamento.
La justificación por la fe que presenta la Biblia es una verdad estremecedora,
emocionante. Jones y Waggoner vieron realmente lo que significaba de la forma en que
Pablo la enseñó. Echemos un breve vistazo a la singularidad de ese mensaje. Leamos en
Romanos 5, versículo 18. Es un texto-problema que ha hecho cavilar a los cristianos por
cientos de años. De hecho, podemos hablar de cuatro interpretaciones básicas de ese
versículo.
“De la manera que por un delito [de Adán] vino la culpa a todos los hombres para
condenación, así [de forma equivalente] por una justicia [de Cristo] vino la gracia
a todos los hombres para justificación de vida”.
1. El calvinismo tiene un problema con ese versículo, porque enseña que la gracia de
Cristo es irresistible y que la expiación de Cristo es limitada. Según eso, Pablo debió
haber dicho más bien:
“Por la justicia de Cristo, el don de la justificación vino solamente sobre los elegidos”;
todos los demás quedan excluidos.
2. El universalismo dice:
“Lo que Pablo dijo es exacto, y todo el mundo va a ser salvo. Podéis asesinar a seis
millones de judíos; eso no hace ninguna diferencia. Todos se van a salvar”.
Pero la Biblia dice muy claramente que algunos, de hecho, muchos, se perderán.
3. La tercera interpretación es la del arminianismo. El arminianismo es una reacción
contra el calvinismo, porque este último estaba rindiendo un fruto muy amargo hacia
finales del siglo XVI. Según el arminianismo, lo que Pablo debió haber dicho es: “Por la
justicia de Cristo, se hizo provisión para todos los hombres, según la cual es posible… que
todos los hombres sean justificados, si… si… si hacen algo bien”. Por décadas, el
adventismo ha sido arminiano en su comprensión. Y está bien, ya que el calvinismo está
en el error. Y había que corregirlo.
4. Viene el mensaje de 1888 con una idea diferente: lo que dijo Pablo es exactamente
tal como lo dice: “Por la justicia de Cristo, es un hecho que el don gratuito de la
justificación de vida vino a todos los hombres”. Cuando Cristo murió en la cruz, hizo algo
por todo hombre, mujer y niño. Cristo gustó la muerte por todos.
Desde que el mundo existe, ¿cuantas personas han muerto? Cuando preguntaba eso,
los africanos me respondían: –¡Quién puede saberlo!; desde que el mundo existe, miles
y miles han muerto. Les respondía: –Estáis equivocados: desde que el mundo existe,
solamente un Hombre ha muerto verdaderamente. Todos los demás han pasado al
descanso. Nadie ha gustado todavía la muerte segunda, excepto el Hijo de Dios. Y gustó
la muerte segunda por cada alma de los aquí reunidos. “No hay razón bajo el cielo por
la que toda alma en el mundo no sea salva para vida eterna -dijo Waggoner- excepto
porque todos no lo recibirán”. Y la única razón por la que alguien pueda perderse, dice
el mensaje de 1888, es porque rechaza y resiste cuanto Cristo ha hecho ya por él.
[Tomando un libro en sus manos, en representación del don gratuito]

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a/ Calvinismo: a algunos se les da, a otros no.
b/ Arminianismo: aquí está el libro, como provisión para que lo obtengas, si te portas
bien y vienes a buscarlo. Si no lo logras, tanto peor para ti. Estás perdido.
c/ El mensaje de 1888: las buenas nuevas son mejores que eso. El Señor Jesús pone ya
el don en tus manos. El sacrificio es real y eficaz. Si tuviésemos que llevar por nosotros
mismos el peso de nuestros pecados, moriríamos inmediatamente. No podríamos seguir
vivos, amigos.
“Dios estaba en Cristo reconciliando el mundo a sí, no imputándole sus pecados”
(2 Cor 5:19).
No le imputaba al mundo sus pecados debido a que se los estaba imputando a Cristo. La
única forma en la que podemos perdernos es despreciando ese don.
A eso le llamo “buenas nuevas”.
Algo que aparece de forma natural y lógica es un concepto nuevo y distinto de lo que el
Señor está haciendo por nosotros: no está procurando impedirnos la entrada al cielo.
¡Está intentando llevarnos a él! Nos está cogiendo de la mano, y nos dice ¡Venga!,
¡Vamos! Si le permites que él coja tu mano, si le permites que te guíe, te conducirá a lo
largo de todo el camino hasta el reino de Dios.
Otra singularidad que es piedra de tropiezo para muchos es la verdad del Nuevo
Testamento de que es fácil salvarse y difícil perderse.
–¡Usted hace demasiado buenas las buenas nuevas!, piensan algunos.
Algunos parecen pensar que no debieran creer lo que el Señor Jesucristo dice, a menos
que Ellen White lo autorice. Pero debo deciros que Ellen White jamás se habría atrevido
a contradecir las palabras de Jesús. Fue Cristo mismo quien dijo algo que voy a intentar
repetir de memoria. Si me equivoco, me corregís:
“Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, que yo os daré fatigas.
Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de
corazón; y hallaréis agonía y tormento para vuestras almas. Porque mi yugo es
difícil, y mi carga pesada”...
Esa es exactamente la manera en la que muchos de nuestros jóvenes entienden el
evangelio. Los adolescentes rechazan la religión por culpa de eso. En encuestas hechas
en centros de estudios se aprecian una y otra vez respuestas como esta: –Querría ir al
cielo, pero he de esforzarme demasiado para alcanzarlo. Quisiera ser un buen cristiano,
pero ¡es tan difícil!
¿De dónde han sacado esa idea? No del mensaje de 1888, desde luego. Hay en él mucho
mejores nuevas que esas.
Pero ¿no nos dice Ellen White que debemos esforzarnos continuamente, que debemos
ejercitar cada facultad, etc? Tengo nuevas para vosotros. Quizá sean malas nuevas: por
tanto tiempo como sigáis vivos, tendréis que respirar. Incluso si os vais a dormir, tendréis
que seguir respirando sin cesar. ¿No os parece terrible? Sabéis que la oración es la
respiración del alma. ¿Os parece algo penoso, el respirar? ¿Y el orar? Si no encontráis
placer en orar, no habéis descubierto todavía lo buenas que son las buenas nuevas.
Tengo otra nueva para vosotros: por tanto tiempo como viváis, tendréis que comer una

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y otra vez. ¿No es terrible? Leo la Biblia, no porque mis hermanos me dicen que tengo
que leerla, ni tampoco porque Ellen White me lo dice. ¡La leo porque estoy hambriento!
El Señor os da el don del hambre y la sed de justicia. Hambre de su palabra.
Algunos dicen: –Sí, pero es tan difícil estar crucificado con Cristo… Es terrible…
Si tuviésemos que estar crucificados solos, eso sería realmente difícil; estamos de
acuerdo. Pero es mil veces más fácil estar crucificado con Cristo, y eso nos lleva a otro
punto, que constituye el tema de esta meditación.
¿Cuál fue el centro del mensaje de 1888? No fue un forum teológico para propiciar las
discusiones doctrinales. Fue un mensaje para subyugar el corazón. Fue como el mensaje
que tocó el corazón de Wesley en 1738. El asunto es que nunca somos crucificados solos.
El ego, el yo, está crucificado con Cristo. Significa una apreciación profunda de cuanto
sucedió en la cruz del Calvario. Eso nos lleva también a la relación singular de este
mensaje de 1888 con el concepto distintivo adventista de la purificación del santuario
celestial: nuestra santa convocación. Un concepto depende del otro.
El ministerio del gran Sumo Sacerdote en la obra de la expiación final en el lugar
santísimo, es un ministerio que concede a los corazones de quienes lo siguen por la fe
el precioso don del amor. Y ese amor es el concepto bíblico de amor, que es
enteramente diferente de lo que ordinariamente pensamos que es el amor. Ese amor,
que en el original se escribía agape, es un amor que se ministra exclusivamente desde
el lugar santísimo del santuario celestial (ver Primeros Escritos, 55-56), ya que solo allí
está Jesús para impartirlo.
Nuestro amor humano, aquel con el que nacemos, el que trae consigo toda persona, es
un amor que depende siempre de la belleza o la bondad de su objeto. El agape es un
tipo de amor enteramente diferente. Ese agape fue el tipo de amor que revolucionó el
mundo. Un concepto radicalmente nuevo de amor con el que nadie había soñado
anteriormente. Ningún filósofo ni poeta había jamás imaginado algo semejante, hasta
que se manifestó en la cruz del Calvario.
El agape es un amor que no depende de la belleza o bondad de su objeto amado, sino
que es capaz de amar a lo vil, a lo deforme. Incluso es capaz de amar a sus enemigos.
Nuestro amor humano descansa siempre en un sentido de necesidad. Dos amigos se
aman porque se necesitan mutuamente. El marido ama a su esposa porque la necesita,
y viceversa. Decimos: te quiero, te necesito. El agape es enteramente diferente. Dios no
nos ama porque nos necesite. Dios nos ama por una gran razón: porque “Dios es agape”,
como escribió Juan (1 Juan 4:8). “Ya sabéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que por
amor de vosotros se hizo pobre” (2 Cor 8:9). Nuestro amor natural es un amor que
siempre depende del valor del objeto amado. Invitamos y ayudamos a aquellos de
quienes esperamos de alguna forma una compensación. El agape no es como el amor
humano. No depende del valor de lo amado, sino que crea valor en el objeto amado.
Amigo, tu valor no depende ti mismo, sino del sacrificio que el Hijo de Dios hizo por ti.
Se dio a sí mismo por ti, lo que te concede un valor que se mide con el valor del Hijo de
Dios. Ahí está el secreto del respeto propio desprovisto de orgullo.
Nuestro amor humano contiene la noción pagana, está entrelazada en nosotros y
muchos cristianos la albergan todavía, de que Dios está escondido en alguna parte y es
nuestra tarea esforzarnos en buscarlo. Es como tener que ir en busca del médico para

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que nos visite. Nunca he conocido un médico que vaya por las casas con su maletín,
preguntando ‘¿hay alguien enfermo por ahí?’ Al contrario, hay que ir a buscarlo, y
esperar y esperar hasta que finalmente esté a nuestra disposición. Así piensa mucha
gente de Dios: que se está intentando esconder en alguna parte, y solamente aquellos
que son más perseverantes y determinados pueden finalmente encontrarlo. Es la noción
pagana. Pero el hecho es, amigos, que el agape revela un Dios que está a la búsqueda
del hombre. Podéis leer vuestras Biblias de principio a fin: no encontraréis ninguna
parábola de una oveja perdida que tenga que ir a buscar a su pastor. Pero encontraréis
una parábola del buen Pastor que va a la búsqueda de su oveja perdida. Vuestra
salvación no parte de vuestra búsqueda del Señor. Depende de vuestra fe en que el
Señor os está buscando y os encuentra.
Podemos decir categóricamente que la salvación es por la fe. No por las obras. Pero no
despreciamos de modo alguno las obras. La fe de la Biblia es una fe que obra. No somos
salvos por la fe y las obras. Somos salvos por la fe que obra: que obra por el amor (Gál
5:6). La fe es una apreciación sincera y profunda del amor del buen Pastor por nosotros,
de lo que hizo y hace por nosotros en Cristo.
Por último, nuestro amor humano es un amor que procura siempre escalar posiciones.
No he conocido nunca un niño que estudie segundo nivel, que prefiera descender al
primero. Pregunto la edad a un niño y no me dice nunca los años que tiene, me dice los
que va a cumplir. Siempre escalando. Pero agape es un amor dispuesto a descender
hasta lo más bajo.
Debo confesar que no descubrí el agape en el seminario. Lo descubrí en África. Los
africanos solían desafiarme así: Muéstrenos el agape, ¡queremos verlo! Creo que
comprendo lo que querían decir: mientras que muchos de ellos iban descalzos a la
iglesia, yo iba con mi lujoso Volkswagen “escarabajo”, vestido con traje y llevando un
par de zapatos. Desde luego, no era cómodo responder a eso. Allí descubrí un más
profundo significado del agape en la cruz de Cristo. Les decía: Este traje no es mío.
Tampoco los zapatos. No nací con ellos. No hay nada que yo tenga, de lo que pueda decir
que es mío. Una sola cosa es mía por derecho: mi sepulcro. Todo lo demás me ha sido
concedido por la gracia de Dios. Les decía a los africanos: Si queréis ver el agape, no me
miréis a mí. Id a Filipenses 2, del 5 al 8. Si prestáis atención, descubriréis ahí siete pasos
que dio el Señor Jesús en su condescendencia.
“Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús: el cual,
siendo en forma de Dios, no tuvo por usurpación ser igual a Dios. Sin embargo, se
vació de sí mismo tomando forma de esclavo, hecho semejante a los hombres”.
Leemos de Adán que superaba en más del doble nuestra talla. Si Jesús hubiese venido
con esa estatura, un hombre así habría llamado sin duda la atención. Pero no: esperó
cuatro mil años hasta que la raza decreció en estatura física, mental y moral. El mundo
romano era más cruel, licencioso y malvado que el de nuestros días. Puede que cueste
creerlo, pero por más que nos sorprenda la violencia en la televisión, los romanos se
gozaban en asistir a los coliseos y contemplar cómo los seres humanos peleaban entre
ellos hasta la muerte. Los restaurantes romanos tenían algo que no tiene ningún
restaurante hoy en día: el vomitorio. No es aventurado suponer que Jesús salvó el
planeta de un suicidio prematuro. Toda bendición conocida y experimentada hoy por el
mundo es una compra del sacrificio de Cristo. Y Cristo vino en ese momento de

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degradación de la humanidad para tomar sobre sí mismo nuestra forma, nuestra
semejanza.
Versículo 8: “Y hallado en la condición como hombre, se humilló a sí mismo”.
Podría haber nacido en el palacio del César, pero ¿dónde nació? ¿Alguien puede aquí
decir que nació entre gallinas, asnos y vacas? Así es como nació Jesús. Estuvo a punto
de morir cuando era un bebé. No era el 25 de diciembre, como se cree. Era a final de
verano o a principio de otoño. Debía haber moscas por todas partes. Su madre le dijo
más tarde: Estuviste a punto de morir cuando eras un bebé. Dios te salvó. “Se humilló a
sí mismo”.
“Hecho obediente hasta la muerte”. El único ser humano que ha sido obediente hasta
la muerte es Cristo.
Eso no es todo: “Y muerte de cruz”.
¿Qué significa muerte de cruz? –‘Sí, ya sabemos: uno es puesto desnudo sobre una cruz,
se le clavan las manos y los pies al madero y se lo suspende verticalmente en medio de
una terrible angustia y agonía física por el dolor. Además, la gente se burla y hiere al
crucificado. Es terrible’.
Sí, es terrible, pero muchos mártires han pasado por esa situación. Vosotros podríais
pasar por eso. Podríais resistir estar clavados a un madero y soportar las burlas e
imprecaciones con entereza, si sabéis que Dios está con vosotros. Pero Jesús no tuvo ese
consuelo. Jesús no era como un actor que hubiese aprendido su papel. Del interior de
su corazón quebrantado y sangrante surgió el clamor: “Dios mío, ¿por qué me has
abandonado?” Jesús gustó algo que ningún ser humano ha gustado jamás, ni siquiera
Hitler o Mussolini: las horribles tinieblas del alma que se dan cuando cada célula del
cuerpo siente la condenación y la culpabilidad, porque “Jehová cargó sobre él el pecado
de todos nosotros”. Murió por ti el equivalente a la muerte segunda. El agape es un
amor que está dispuesto a descender hasta el “infierno”. Es lo que Cristo hizo para
rescatarte a ti y a mí.
¿Qué tiene esto que ver con la justicia por la fe?
Hasta que no comprendemos en qué consiste la fe, no estaremos en condiciones ni
siquiera de comenzar a entender lo que es la justicia por la fe.
La fe no es una confianza egocéntrica basada en la esperanza de recompensa o el temor
al castigo o la perdición. Jesús definió la fe muy claramente, cuando dijo:
“De tan manera amó [con agape] Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito,
para que todo aquel que en él cree no se pierda, mas tenga vida eterna”.
Así definió Jesús la fe: como una apreciación de lo que Dios dio y cómo amó al mundo, a
ti y a mí. Cuando miramos a la cruz y vemos la longitud, la anchura y la profundidad del
amor revelado allí, algo sucede inmediatamente: surge la fe que obra por el amor. Es
todo cuanto Dios nos pide. Dios no nos pide que seamos crucificados como lo fue Cristo.
Nos pide que apreciemos su cruz. Entonces, nuestro orgullo, nuestra suficiencia, nuestro
egoísmo, se esfuman. Es todo cuanto Dios nos pide. Es todo cuanto pidió a Abraham.
Abraham creyó a Dios, y su fe le fue contada por justicia. El resultado de una fe tal es la
inmediata puesta en acción, haciendo al creyente obediente a todos los mandamientos
de Dios.

8
No puedo acabar sin daros mi texto favorito. Está en 2 Cor 5:14-15. Lo leo dondequiera
que voy.
Podemos imaginar a los amigos de Pablo diciéndole: –Pablo, ya eres muy mayor. Mejor
debes retirarte y descansar. Deja que los jóvenes continúen en la brecha. Bastante has
tenido de apedreamientos, prisiones, hambres, desnudez, naufragios, peligros de
muerte y aflicción.
Pero Pablo dijo: –Me es imposible parar.
Y cuando la sombra de muerte se ciñó finalmente sobre él, este debió ser el
pensamiento que le animó hasta el fin:
“El amor de Cristo nos constriñe, pensando esto: Que si uno murió por todos,
luego todos son muertos; y por todos murió para que los que viven, ya no vivan
para sí, mas para aquel que murió y resucitó por ellos”.
Pablo tenía dos cosas: (a) tenía una mente clara, lógica, que razonaba con inteligencia,
y (b) un corazón sensible y amante. Dijo: –Esa es la razón por la que nos constriñe el
amor de Cristo: que si Uno murió por todos… Eso significa que si no hubiese muerto,
¡todos estaríamos muertos! Pertenezco a mi tumba, dice Pablo, pero ¡estoy vivo!
Y así, en el versículo 15 dice: Por todos murió, para que los que vivan, encuentren a partir
de ahora imposible seguir viviendo para sí mismos. Ahora se sienten constreñidos a vivir
para Aquel que murió por ellos y resucitó.
Amigos, si comprendéis y creéis el mensaje de 1888 de la justicia de Cristo, os garantizo
que encontraréis imposible ser tibios miembros de iglesia. El amor de Cristo os
constreñirá -os motivará- a vivir por Cristo y a estar preparados para su venida.
Tened buen ánimo. La luz puede más que las tinieblas. El amor es más fuerte que el odio.
El evangelio es más poderoso que el legalismo. El Espíritu Santo es más fuerte que la
carne, y donde el pecado abundó, sobreabundó la gracia.

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