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Para Entender A Judith Butler

Judith Butler, filósofa influyente, argumenta que el sexo es una construcción social y no una categoría natural, lo que desafía el binarismo de género y la heterosexualidad obligatoria. Su obra 'El género en disputa' establece la teoría de la performatividad del género, donde la identidad se forma a través de actos y normas sociales, y propone una 'igualdad radical' que trasciende la lucha por la igualdad de género. Butler también enfatiza la importancia de la interseccionalidad y la diversidad en la experiencia humana, abogando por una comprensión más amplia de la identidad y la opresión en contextos socioeconómicos y políticos.
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Para Entender A Judith Butler

Judith Butler, filósofa influyente, argumenta que el sexo es una construcción social y no una categoría natural, lo que desafía el binarismo de género y la heterosexualidad obligatoria. Su obra 'El género en disputa' establece la teoría de la performatividad del género, donde la identidad se forma a través de actos y normas sociales, y propone una 'igualdad radical' que trasciende la lucha por la igualdad de género. Butler también enfatiza la importancia de la interseccionalidad y la diversidad en la experiencia humana, abogando por una comprensión más amplia de la identidad y la opresión en contextos socioeconómicos y políticos.
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Curso de Filosofía – Fundación Secom 2024

Para entender a Judith Butleri…

“La categoría de sexo no es ni invariable ni natural, más bien es una utilización

especialmente política de la categoría de naturaleza

que obedece a los propósitos de la sexualidad reproductiva.”

Judith Butler se doctoró en Filosofía en 1978 y obtuvo una plaza como profesora en la Universidad de California
de Berkeley en 1993. Entre esas dos fechas publicó las que hoy son algunas de sus obras más conocidas y
discutidas, como El género en disputa (1990). Su pensamiento es de rabiosa actualidad en un contexto en el que
la liberación sexual, la lucha por los derechos LGTB+ y el cuestionamiento al binarismo de género están a la orden
del día de los debates filosóficos y políticos.

En los años previos a la publicación de El género en disputa, Butler ya cuestionaba que en la sexualidad hubiera
algo esencial. En sus obras se pregunta cómo es posible, por tanto, que formemos una identidad sexual y cuál es
el proceso por el cuál esto sucede.

Para la reflexión se sirve de los planteamientos del filósofo John Austin, quien había considerado la dimensión
performativa del lenguaje; esto es, su dimensión creativa, como algo que no solo refleja el pensamiento, sino que
lo crea y transforma el mundo. La dimensión performativa del sexo será uno de los asuntos clave de su
pensamiento.

Durante los años 60 y 70 del siglo XX, el feminismo conocido como de la segunda ola cuestionó el carácter
individual del patriarcado y lo convirtió en un asunto global. El problema de las sociedades patriarcales no era,
por tanto, la dimensión individual del agresor o de la víctima, sino que se consideró que existía todo un sistema
de opresión a la mujer al que había que enfrentar.

Con el auge de otros movimientos sociales, el feminismo se nutrió de los enfoques del antirracismo, el ecologismo
y el pacifismo, sin perder su vinculación con la lucha por el socialismo y el fin del sistema capitalista, como
muestran las obras de Angela Davis, Bell Hooks o el Colectivo Combahee River. Esto le permitió tener una visión
más global del capitalismo patriarcal, imperialista y racista e identificarlo como enemigo a combatir.

Durante los años 90 se desarrolló una nueva ola del feminismo. Basándose en las conquistas de derechos civiles
alcanzadas durante los años precedentes, las feministas de la tercera ola hicieron hincapié sobre la diversidad y
la interseccionalidad, desde una perspectiva más individualista.

Es en este contexto en el que surge el pensamiento de Judith Butler, una de las exponentes de la tercera ola del
feminismo. En su obra trata de dar cuenta de la necesidad de seguir indagando en la diversidad humana en torno
al sexo, desde el punto de vista de la experiencia individual. Butler contribuye, además, a descentrar el debate de
la sexualidad de la opción que tenemos los seres humanos a la hora de relacionarnos y lo centra en la relación
que tenemos con nosotros mismos y con nuestra autodeterminación.

• ¿Qué es el género?
Una de las primeras críticas que va a plantear está relacionada a la teoría que sostiene que el sexo es
natural, dado biológicamente, mientras que el género es construido socialmente. Ella explica que esta
teoría solamente nos permite pensar dentro de la lógica del binarismo del género, es decir, que solo
existen dos géneros (masculino y femenino) y que esto a su vez presupone la heterosexualidad. La idea de
un “sexo natural” que se organiza solamente en base a dos opciones opuestas y complementarias,
perpetúa y sujeta el modelo heteronormativo que rige la sociedad. Este modelo impone solo dos opciones
a los cuerpos: ser mujeres y hombres, comportarse femenina o masculinamente, respectivamente, y

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desear solo al sexo opuesto. Quienes no se conforman con este modelo se consideran “no normales”1 y
así se perpetúa la homofobia y la transfobia en nuestra sociedad.
Para Butler, cuestionar la “naturalidad del sexo” no significa negar la materialidad del cuerpo o decir que
el cuerpo no existe, sino que hay que pensar al cuerpo como un campo de relaciones dependiente e
interdependiente. No hay un acceso directo a la materialidad del cuerpo sino es a través del discurso, que,
sin embargo, tampoco puede capturar al cuerpo por completo.
Dicho esto, cabe preguntarnos: ¿cómo pueden ser reconocidos los cuerpos cuándo no se ajustan a la
norma social de lo que deben ser?
Según Butler cuando se piensa en la vida de las mujeres y de las personas disidentes de género, no se
pueden obviar los aspectos relativos a la economía del momento, la situación política, la psicología, el
trabajo concreto de esa persona y las cuestiones relativas a su sexualidad. Todas ellas contribuyen al
estudio de género y se interrelacionan. Por eso, sostiene que el estudio del género debe ser interdisciplinar
recogiendo elementos de la filosofía, la sociología, la economía y la psicología, entre otras.
La propuesta política de Judith Butler es de «igualdad radical», es decir, que vaya más allá de la lucha por
la igualdad de las mujeres respecto de los hombres y acabe con toda desigualdad basada en el sexo y en
el género.

• Performatividad de género.
Recogiendo la idea de «performatividad lingüística» del filósofo John Austin2, el género se convierte, para
Judith Butler, en un actuar. “La unidad del género es el efecto de una práctica reguladora que intenta
uniformizar la identidad de género mediante una heterosexualidad obligatoria”. Entonces, el género no es
algo que se tiene o que se es, sino algo que se hace y son estas normas las que dictan el “hacer de un
género”. Por eso, “la reproducción del género siempre es una negociación con el poder”, es decir, la
actuación del género que una persona deviene es el efecto de esta negociación.
No existe, para Judith Butler, un cuerpo sin género, porque todo cuerpo está siempre sexuado y tanto sexo
como género son constructos sociales. El género se construye a través de la acción, el habla y los
comportamientos. Los rasgos relativos al género están mediados por una estructura lingüística que
consolida la impresión de ser una cosa u otra, como si nuestro género fuera una realidad interna
«verdadera». La producción y reproducción continua del género se realiza a través de normas y leyes
controladas por los poderes instituidos, así como por otras prácticas informales que contribuyen a
uniformar la identidad de género y a imponer una heterosexualidad obligatoria.
El pensamiento de Butler se enmarca en un idealismo, en el que se hace pasar el pensamiento y el lenguaje
por praxis, y en el que la cuestión material en torno al género (por ejemplo, como es funcional al sistema
económico capitalista porque sobreexplota a una parte de la población) se dejan de lado. Es tal vez por
eso que en su propuesta política Judith Butler hablará más de resistir y de negociar con el poder antes que
de combatirlo.

1
El vocabulario y conceptos de este artículo han sido supervisado y revisados por la Doctora María Inés La Greca, egresada de la UBA y coordinadora de la
Red Interdisciplinaria de Género.
2 Para John Langshaw Austin, el lenguaje no tiene únicamente una utilidad descriptiva del mundo o de los pensamientos de cada persona, sino que también

una cualidad performativa. El lenguaje permite una conexión con el mundo, y por lo tanto las palabras actúan sobre el mundo, son performativas. Significa
que implican consecuencias e implican una responsabilidad para la persona que las pronuncia.
Según J.L. Austin, todos los enunciados tienen tres actividades o actos. En primer lugar, el enunciado tiene una actividad locutiva es decir la acción de hablar
en lugar de callarse. Podemos también hablar del acto ilocutivo, que crea una nueva realidad por medio del enunciado. Por fin, un acto perlocutivo es el
hecho de causar sentimientos deseados o imprevistos con el auditor o la auditora según la manera en la que esta persona recibe la información. Así, la
performatividad del lenguaje permite entender como eso no solamente describe la realidad, sino que cree también nuevas normas y una nueva realidad. El
lenguaje toma su significado como herramienta dentro diferentes movimientos de luchas que buscan a construir o deconstruir las realidades sociales.
La performatividad del lenguaje es una herramienta con un gran valor en las luchas feministas porque se opone a la visión tradicional del lenguaje como una
representación sencilla del mundo y permite una crítica de la “ilusión de la naturalidad de las relaciones sociales y de la dominación”, según la doctora en
filosofía Mona Gérardin-Laverge. Las luchas feministas tratan de deconstruir y contestar la naturalización de la opresión y de la dominación, que se traduce
con un silenciamiento de las personas oprimidas y con una dominancia de ciertos discursos. Esta naturalización puede ser contestada por la toma de palabra
donde el idioma tiene un lugar primordial.

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• La identidad es un devenir.

“No hay una sola identidad; yo viajo de una a otra.”

La discusión en torno al género es, para Judith Butler, una discusión en torno a la identidad. Sus preguntas
acerca de esta última categoría formaron parte de una reflexión más amplia de repensar al sujeto, un
problema tradicionalmente filosófico. Es por este motivo que, de la concepción posestructuralista y
performativa del género, Judith Butler sostiene que el individuo es una estructura lingüística en
permanente formación.
La identidad, para Butler, no es única en cada ser humano. Existen múltiples identidades en una persona
(por ejemplo, ella se entiende como mujer, pero también como estadounidense, como judía) y todas ellas
forman parte del sujeto. Asumir solo una de ellas oprime al sujeto múltiple que somos. No hay necesidad
de fijar una identidad, sino que hemos de aceptar el devenir que somos y que estamos en un proceso
interminable de autodeterminación.

• “Teoría queer”.

“El feminismo debe estar comprometido con la libertad de género,

la igualdad radical y las alianzas con otras posiciones minoritarias o disidencias sexuales.”

La obra de Butler se considera fundante del campo disciplinar que surgió en los años noventa, llamado
“teoría queer”. Estos estudios parten de la consideración de que la orientación sexual y la identidad sexual
o de género de las personas son el resultado de una construcción social y que, por lo tanto, no existen
papeles sexuales esenciales o biológicamente inscritos en la naturaleza humana, sino formas socialmente
variables de desempeñar uno o varios papeles sexuales. La Teoría Queer rechaza la clasificación de los
individuos en categorías universales como “homosexual “, “heterosexual “, “hombre” o “mujer”,
sosteniendo que dichas categorías esconden un número enorme de variaciones culturales, ninguna de las
cuales sería más fundamental o natural que las otras.
La reflexión en torno al cuerpo y su materialidad tiene una fuerte vinculación con la forma en que
entendemos a las minorías y las poblaciones que han sido históricamente oprimidas, según Butler. Y es
que tanto las mujeres como aquellas personas disidentes de género o no binarias son oprimidas porque
su cuerpo no está socialmente reconocido, y se le condena a una marginación de su existencia. Tanto la
excesiva patologización (es decir, la asunción de que la disidencia es un «desorden psiquiátrico» o una
enfermedad) como la violencia económica, los prejuicios e insultos, son formas de condenar a una parte
de la población a vivir como «fantasmas». Retoma así Judith Butler el planteamiento de Michel Foucault
en torno al poder: la educación, el derecho y las instituciones son formas de contener todo aquello que
se salga de la «normalidad», esto es, de lo que conviene a los poderes.

“El género en disputa”.

Editado en 1990, El género en disputa posicionó a la pensadora estadounidense, Judith Butler, como una de las
filósofas más influyentes de la escena cultural contemporánea. Con este texto, la autora cuestionó el sexo como
configuración natural y argumentó que el género es más bien una construcción social. El libro rápidamente se
convirtió en una de las obras fundacionales de lo que se conoció como la “teoría queer” y los “estudios de género”,
en tanto campos interdisciplinarios de análisis.

Antes de la publicación de El género en disputa, las posturas se dividían a grandes rasgos entre los que entendían
al género como la interpretación cultural del sexo y aquellas que insistían en la inevitabilidad de la diferencia

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sexual. Ambas presuponían que el “sexo”, entendido como un elemento tributario de una anatomía que no era
cuestionada, era algo “natural”, que no dependía de las configuraciones socio-históricas. Butler plantea que el
“sexo” entendido como la base material o natural del género, como un concepto sociológico o cultural, es el efecto
de una concepción que se da dentro de un sistema social ya marcado por la normativa del género. En otras
palabras, que la idea del “sexo” como algo natural se ha configurado dentro de la lógica del binarismo del género.
Butler desestabilizo esta situación al entender el género como algo performativo, es decir, el género como una
"actuación" reiterada que se realiza en función de cierta convención social preexistente. El sujeto no es el dueño
de su género, y no realiza simplemente la “performance” que más le satisface, sino que se ve obligado a “actuar”
el género en función de una normativa genérica que promueve y legitima o sanciona y excluye. En esta tensión, la
actuación del género que una deviene es el efecto de una negociación con esta normativa.

La obra de Judith Butler impuso una suerte de giro copernicano con el que los conceptos de sexo, identidad,
género, política, performatividad, homosexualidad, heteronormatividad y deseo, entre otros, comenzaron a
repensarse desde otras perspectivas.

El objetivo que Butler se había propuesto era reformular las categorías de género por fuera de la llamada
“metafísica de la sustancia”, lo cual implicaba dejar atrás las pretensiones de definición ontológica —por ejemplo,
la pregunta sobre el “ser” de la mujer— y basarse, en cambio, en la idea acuñada por Nietzsche de que no hay
ningún “ser” detrás del hacer, porque el sujeto no tiene ninguna esencia y se define por sus actos. O sea: actuamos,
nos vestimos, nos movemos y hablamos de determinadas maneras que consolidan, día tras día, la impresión de
ser un hombre o una mujer. Actuamos como si ese “ser hombre” o ese “ser mujer” fueran una esencia, pero Butler
plantea que es un fenómeno producido y reproducido culturalmente, a partir de la existencia de lo que ella llama
“normas de género”. La idea principal de este libro se basaba en que no hay una identidad de género “detrás” de
las expresiones de género, sino que la identidad se construye performativamente mediante esas expresiones.
Esa fue la tesis más resonante de El género en disputa: su teoría de la performatividad del género, que proponía
visualizar y analizar la dimensión performática —de algún modo teatral— de nuestras identidades.

La performance sería la autorrepresentación —la manera en que cada persona se presenta a sí misma en la vida
diaria—, la construcción del género como un modo singular de encarnar la performatividad. Por el contrario, la
performatividad remite justamente a las “normas de género”, y esas normas se definen por ser algo que se nos
impone, que viene con la cultura. La performatividad alude a la repetición forzosa de la norma, que responde a
patrones y restricciones que impulsan y sostienen determinados modelos de lo “femenino” y lo “masculino”
aceptados culturalmente. De ahí se desprende que nadie realiza simplemente la performance de género que más
le satisface porque, en todo momento, respondemos a normas y expectativas que condicionan nuestra manera
de actuar.

Butler sostiene entonces que, en nuestra cultura, la expectativa social presupone una relación causal entre sexo,
género y orientación sexual. Los géneros son interpretados en el marco de un sistema normativo que es binario y
heterosexual, o sea, un marco en el que existen dos opuestos (masculino/femenino), que se atraen entre sí.
Políticamente, el hecho de que este sistema normativo traiga aparejada la suposición de reglas de continuidad y
coherencia entre sexo, género y orientación sexual sería la causa de que haya personas que quedan condenadas
a ser pensadas en términos de discontinuidad e incoherencia. Básicamente, aquellas personas que no se adecúan
a las normas hetero-cis3, y que por eso han sido históricamente discriminadas.

De la obra podemos arribar a dos conclusiones.

• En primer lugar, si los atributos y actos de género son performativos, si no hay una esencia interna con
la que pueda medirse un acto o un atributo, entonces no sería posible sostener que haya actos o
atributos de género verdaderos o falsos, ni correctos o desviados.

3 “cis” género significa que la identidad de género que se te asigna al nacer (“¡es una niña!, ¡es un niño!”) es la misma con la que te identificas como
individuo.

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• La segunda conclusión es que, si esto es así, significa también que es posible que existan no solo los dos
géneros establecidos, sino diversas identidades de género que pueden ser construidas. En ese sentido,
su producción ha brindado argumentos para luchar por la despatologización y por la transformación de
concepciones culturales que generan consecuencias tan crueles como la discriminación, la marginación y
la violencia que atraviesan las vidas de muchísimas personas.

i
REFERENCIAS:

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OTROS ENLACES INTERESANTES:

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