DIVINA
COMEDIA
INFIERNO
CANTO I
A mitad del camino de la vida, en una selva oscura me encontraba
porque mi ruta había extraviado.
¡Cuán dura cosa es decir cuál era esta salvaje selva, áspera y fuerte
que me vuelve el temor al pensamiento!
Es tan amarga casi cual la muerte; mas por tratar del bien que allí
encontré, de otras cosas diré que me ocurrieron.
Yo no sé repetir cómo entré en ella pues tan dormido me hallaba en el
punto
que abandoné la senda verdadera.
Mas cuando hube llegado al pie de un monte, allí donde aquel valle
terminaba
que el corazón habíame aterrado, hacia lo alto miré, y vi que su cima ya
vestían los rayos del planeta
que lleva recto por cualquier camino.
Entonces se calmó aquel miedo un poco, que en el lago del alma había
entrado la noche que pasé con tanta angustia.
Y como quien con aliento anhelante, ya salido del piélago a la
orilla,
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se vuelve y mira al agua peligrosa, tal mi ánimo, huyendo todavía,
se volvió por mirar de nuevo el sitio que a los que viven
traspasar no deja. Repuesto un poco el cuerpo fatigado, seguí el camino
por la yerma loma, siempre afirmando el pie de más abajo.
Y vi, casi al principio de la cuesta, una onza ligera y muy veloz,
que de una piel con pintas se cubría; y de delante no se me apartaba,
mas de tal modo me cortaba el paso, que muchas veces quise dar la
vuelta. Entonces comenzaba un nuevo día,
y el sol se alzaba al par que las estrellas que junto a él el gran amor divino
sus bellezas movió por vez primera; así es que no auguraba
nada malo de aquella fiera de la piel manchada la hora del día y la dulce
estación; mas no tal que terror no produjese la imagen de un león que
luego vi.
Me pareció que contra mí venía, con la cabeza erguida y hambre fiera,
y hasta temerle parecía el aire. Y una loba que todo el apetito parecía
cargar en su flaqueza,
que ha hecho vivir a muchos en desgracia.
Tantos pesares ésta me produjo, con el pavor que verla me causaba que
perdí la esperanza de la cumbre. Y como aquel que alegre se hace rico
y llega luego un tiempo en que se arruina, y en todo
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pensamiento sufre y llora: tal la bestia me hacía sin dar tregua,
pues, viniendo hacia mí muy lentamente, me empujaba hacia allí donde
el sol calla.
Mientras que yo bajaba por la cuesta, se me mostró delante de los ojos
alguien que, en su silencio, creí mudo.
Cuando vi a aquel en ese gran desierto
«Apiádate de mi yo le grité,
seas quien seas, sombra a hombre vivo.» Me dijo: «Hombre no soy, mas
hombre fui, y a mis padres dio cuna Lombardía
pues Mantua fue la patria de los dos. Nací sub julio César, aunque
tarde,
y viví en Roma bajo el buen Augusto: tiempos de falsos dioses
mentirosos.
Poeta fui, y canté de aquel justo hijo de Anquises que vino de Troya,
cuando Ilión la soberbia fue abrasada.
¿Por qué retornas a tan grande pena, y no subes al monte deleitoso
que es principio y razón de toda dicha?»
« ¿Eres Virgilio, pues, y aquella fuente de quien mana tal río de
elocuencia? respondí yo con frente avergonzada. Oh luz y honor de todos
los poetas, válgame el gran amor y el gran trabajo
que me han hecho estudiar tu gran volumen.
Eres tú mi modelo y mi maestro;
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el único eres tú de quien tomé
el bello estilo que me ha dado honra. Mira la bestia por la cual me he
vuelto: sabio famoso, de ella ponme a salvo,
pues hace que me tiemblen pulso y venas.»
«Es menester que sigas otra ruta me repuso después que vio mi llanto ,
si quieres irte del lugar salvaje; pues esta bestia, que gritar te
hace, no deja a nadie andar por su camino, mas tanto se lo impide que
los mata;
y es su instinto tan cruel y tan malvado, que nunca sacia su ansia codiciosa
y después de comer más hambre aún tiene.
Con muchos animales se amanceba, y serán muchos más hasta que venga
el Lebrel que la hará morir con duelo.
Éste no comerá tierra ni peltre, sino virtud, amor, sabiduría, y su cuna
estará entre Fieltro y Fieltro. Ha de salvar a aquella humilde Italia por
quien murió Camila, la doncella, Turno, Euríalo y Niso con heridas.
Éste la arrojará de pueblo en pueblo, hasta que dé con ella en el abismo,
del que la hizo salir el Envidioso.
Por lo que, por tu bien, pienso y decido que vengas tras de mí, y seré tu
guía,
y he de llevarte por lugar eterno, donde oirás el aullar desesperado,
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verás, dolientes, las antiguas sombras, gritando todas la segunda
muerte;
y podrás ver a aquellas que contenta el fuego, pues confían en llegar
a bienaventuras cualquier día;
y si ascender deseas junto a éstas, más digna que la mía allí hay un
alma:
te dejaré con ella cuando marche; que aquel Emperador que arriba
reina, puesto que yo a sus leyes fui rebelde, no quiere que por mí a su
reino subas.
En toda parte impera y allí rige; allí está su ciudad y su alto trono. iCuán
feliz es quien él allí destina!»
Yo contesté: «Poeta, te requiero por aquel Dios que tú no conociste,
para huir de éste o de otro mal más grande, que me lleves allí donde me
has dicho,
y pueda ver la puerta de San Pedro
y aquellos infelices de que me hablas.» Entonces se echó a andar, y yo tras
él.
CANTO II
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El día se marchaba, el aire oscuro a los seres que habitan en la tierra
quitaba sus fatigas; y yo sólo
me disponía a sostener la guerra, contra el camino y contra el
sufrimiento
que sin errar evocará mi mente.
¡Oh musas! ¡Oh alto ingenio, sostenedme!
¡Memoria que escribiste lo que vi, aquí se advertirá tu gran nobleza! Yo
comencé: «Poeta que me guías, mira si mi virtud es
suficiente
antes de comenzar tan ardua empresa. Tú nos contaste que el padre de
Silvio, sin estar aún corrupto, al inmortal reino llegó, y lo hizo en cuerpo y
alma. Pero si el adversario del pecado
le hizo el favor, pensando el gran efecto que de aquello saldría, el qué y el
cuál, no le parece indigno al hombre sabio;
pues fue de la alma Roma y de su imperio escogido por padre en el
Empíreo.
La cual y el cual, a decir la verdad, como el lugar sagrado fue elegida,
que habita el sucesor del mayor Pedro.
En el viaje por el cual le alabas escuchó cosas que fueron motivo
de su triunfo y del manto de los papas.
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Alli fue luego el Vaso de Elección, para llevar conforto a aquella fe que de
la salvación es el principio.
Mas yo, ¿por qué he de ir? ¿quién me lo otorga?
Yo no soy Pablo ni tampoco Eneas: y ni yo ni los otros me creen digno.
Pues temo, si me entrego a ese viaje, que ese camino sea una locura;
eres sabio; ya entiendes lo que callo.»
Y cual quien ya no quiere lo que quiso cambiando el parecer por otro
nuevo,
y deja a un lado aquello que ha empezado, así hice yo en aquella
cuesta oscura: porque, al pensarlo, abandoné la empresa que tan
aprisa había comenzado.
«Si he comprendido bien lo que me has dicho respondió del
magnánimo la sombra
la cobardía te ha atacado el alma;
la cual estorba al hombre muchas veces, y de empresas honradas le
desvía,
cual reses que ven cosas en la sombra. A fin de que te libres de este
miedo, te diré por qué vine y qué entendí desde el punto en que lástima
te tuve.
Me hallaba entre las almas suspendidas y me llamó una dama santa y
bella, de forma que a sus órdenes me puse.
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Brillaban sus pupilas más que estrellas; y a hablarme comenzó, clara y
suave, angélica voz, en este modo:
“Alma cortés de Mantua, de la cual aún en el mundo dura la memoria, y
ha de durar a lo largo del tiempo: mi amigo, pero no de la ventura,
tal obstáculo encuentra en su camino por la montaña, que asustado
vuelve: y temo que se encuentre tan perdido
que tarde me haya dispuesto al socorro, según lo que escuché de él en el
cielo.
Ve pues, y con palabras elocuentes, y cuanto en su remedio necesite,
ayúdale, y consuélame con ello.
Yo, Beatriz, soy quien te hace caminar; vengo del sitio al que volver
deseo;
amor me mueve, amor me lleva a hablarte. Cuando vuelva a
presencia de mi Dueño le hablaré bien de ti frecuentemente.” Entonces
se calló y yo le repuse:
“Oh dama de virtud por quien supera tan sólo el hombre cuanto se
contiene con bajo el cielo de esfera más pequeña, de tal
modo me agrada lo que mandas, que obedecer, si fuera ya, es ya tarde; no
tienes más que abrirme tu deseo.
Mas dime la razón que no te impide descender aquí abajo y a este
centro, desde el lugar al que volver ansías.” “ Lo que
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quieres saber tan por entero, te diré brevemente me repuso por qué
razón no temo haber bajado. Temer se debe sólo a
aquellas cosas que pueden causar algún tipo de daño; mas a las otras no,
pues mal no hacen.
Dios con su gracia me ha hecho de tal modo que la miseria vuestra no
me toca,
ni llama de este incendio me consume.
Una dama gentil hay en el cielo
que compadece a aquel a quien te envío, mitigando allí arriba el duro
juicio.
Ésta llamó a Lucía a su presencia; y dijo: «necesita tu devoto
ahora de ti, y yo a ti te lo encomiendo».
Lucía, que aborrece el sufrimiento,
se alzó y vino hasta el sitio en que yo estaba, sentada al par de la antigua
Raquel.
Dijo: “Beatriz, de Dios vera alabanza, cómo no ayudas a quien te amó
tanto, y por ti se apartó de los vulgares?
¿Es que no escuchas su llanto doliente?
¿no ves la muerte que ahora le amenaza en el torrente al que el mar no
supera?” No hubo en el mundo nadie tan ligero,
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buscando el bien o huyendo del peligro, como yo al escuchar esas
palabras. “Acá bajé desde mi dulce escaño, confiando en tu discurso
virtuoso
que te honra a ti y aquellos que lo oyeron.”
Después de que dijera estas palabras volvió llorando los lucientes
ojos, haciéndome venir aún más aprisa;
y vine a ti como ella lo quería; te aparté de delante de la fiera,
que alcanzar te impedía el monte bello.
¿Qué pasa pues?, ¿por qué, por qué vacilas?
¿por qué tal cobardía hay en tu pecho?
¿por qué no tienes audacia ni arrojo? Si en la corte del cielo te apadrinan
tres mujeres tan bienaventuradas,
y mis palabras tanto bien prometen.»
Cual florecillas, que el nocturno hielo abate y cierra, luego se levantan,
y se abren cuando el sol las ilumina, así hice yo con mi valor cansado; y
tanto se encendió mi corazón,
que comencé como alguien valeroso:
«!Ah, cuán piadosa aquella que me ayuda! y tú, cortés, que pronto
obedeciste
a quien dijo palabras verdaderas.
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El corazón me has puesto tan ansioso de echar a andar con eso que me
has dicho
que he vuelto ya al propósito primero. Vamos, que mi deseo es como el
tuyo. Sé mi guía, mi jefe, y mi maestro.» Asi le dije, y luego que echó a
andar, entré por el camino arduo y silvestre.
CANTO III
POR MÍ SE VA HASTA LA CIUDAD DOLIENTE, POR MÍ SE VA AL ETERNO
SUFRIMIENTO, POR MÍ SE VA A LA GENTE CONDENADA.
LA JUSTICIA MOVIÓ A MI ALTO ARQUITECTO. HÍZOME LA DIVINA
POTESTAD,
EL SABER SUMO Y EL AMOR PRIMERO. ANTES DE MÍ NO FUE COSA
CREADA
SINO LO ETERNO Y DURO ETERNAMENTE. DEJAD, LOS QUE AQUÍ
ENTRÁIS, TODA ESPERANZA.
Estas palabras de color oscuro vi escritas en lo alto de una puerta;
y yo: «Maestro, es grave su sentido.» Y, cual persona cauta, él me repuso:
«Debes aquí dejar todo recelo; debes dar muerte aquí a tu cobardía.
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Hemos llegado al sitio que te he dicho en que verás las gentes doloridas,
que perdieron el bien del intelecto.» Luego tomó mi mano con la suya
con gesto alegre, que me confortó,
y en las cosas secretas me introdujo. Allí suspiros, llantos y altos
ayes resonaban al aiire sin estrellas,
y yo me eché a llorar al escucharlo. Diversas lenguas, hórridas
blasfemias, palabras de dolor, acentos de ira, roncos gritos al son de
manotazos,
un tumulto formaban, el cual gira siempre en el aiire
eternamente oscuro, como arena al soplar el torbellino.
Con el terror ciñendo mi cabeza dije: «Maestro, qué es lo que yo escucho,
y quién son éstos que el dolor abate?» Y él me repuso: «Esta mísera
suerte tienen las tristes almas de esas gentes que
vivieron sin gloria y sin infamia. Están mezcladas con el coro infame de
ángeles que no se rebelaron,
no por lealtad a Dios, sino a ellos mismos.
Los echa el cielo, porque menos bello no sea, y el infierno los rechaza,
pues podrían dar gloria a los caídos.» Y yo: «Maestro, ¿qué les pesa tanto
y provoca lamentos tan amargos?»
Respondió: «Brevemente he de decirlo. No tienen éstos de muerte
esperanza,
y su vida obcecada es tan rastrera, que envidiosos están de
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cualquier suerte. Ya no tiene memoria el mundo de ellos,
compasión y justicia les desdeña;
de ellos no hablemos, sino mira y pasa.» Y entonces pude ver un
estandarte,
que corría girando tan ligero, que parecía indigno de reposo.
Y venía detrás tan larga fila
de gente, que creído nunca hubiera que hubiese a tantos la muerte
deshecho.
Y tras haber reconocido a alguno, vi y conocí la sombra del que hizo por
cobardía aquella gran renuncia. Al punto comprendí, y estuve cierto,
que ésta era la secta de los reos
a Dios y a sus contrarios displacientes. Los desgraciados, que nunca
vivieron, iban desnudos y azuzados siempre de moscones y avispas que
allí había. Éstos de sangre el rostro les bañaban, que, mezclada con
llanto, repugnantes gusanos a sus pies la recogían.
Y luego que a mirar me puse a otros, vi gentes en la orilla de un gran río
y yo dije: «Maestro, te suplico
que me digas quién son, y qué designio les hace tan ansiosos de cruzar
como discierno entre la luz escasa.»
Y él repuso: «La cosa he de contarte cuando hayamos parado nuestros
pasos en la triste ribera de Aqueronte.»
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Con los ojos ya bajos de vergüenza, temiendo molestarle con preguntas
dejé de hablar hasta llegar al río.
Y he aquí que viene en bote hacia nosotros un viejo cano de cabello
antiguo,
gritando: «¡Ay de vosotras, almas pravas! No esperéis nunca contemplar el
cielo; vengo a llevaros hasta la otra orilla,
a la eterna tiniebla, al hielo, al fuego. Y tú que aquí te
encuentras, alma viva, aparta de éstos otros ya difuntos.» Pero viendo que
yo no me marchaba, dijo: «Por otra via y otros puertos
a la playa has de ir, no por aquí; más leve leño tendrá que llevarte».
Y el guía a él: «Caronte, no te irrites: así se quiere allí donde
se puede
lo que se quiere, y más no me preguntes.»
Las peludas mejillas del barquero del lívido pantano, cuyos ojos rodeaban
las llamas, se calmaron.
Mas las almas desnudas y contritas, cambiaron el color y rechinaban,
cuando escucharon las palabras crudas. Blasfemaban de Dios y
de sus padres,
del hombre, el sitio, el tiempo y la simiente que los sembrara, y de su
nacimiento.
Luego se recogieron todas juntas, llorando fuerte en la orilla malvada
que aguarda a todos los que a Dios no temen.
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Carón, demonio, con ojos de fuego, llamándolos a todos recogía;
da con el remo si alguno se atrasa. Como en otoño se vuelan las hojas
unas tras otras, hasta que la rama
ve ya en la tierra todos sus despojos, de este modo de Adán las malas
siembras
se arrojan de la orilla de una en una, a la señal, cual pájaro al reclamo. Así
se fueron por el agua oscura,
y aún antes de que hubieran descendido ya un nuevo grupo se había
formado.
«Hijo mío cortés dijo el maestro los que en ira de Dios hallan la muerte
llegan aquí de todos los países: y están ansiosos de cruzar el río, pues la
justicia santa les empuja,
y así el temor se transforma en deseo. Aquí no cruza nunca un
alma justa, por lo cual si Carón de ti se enoja, comprenderás
qué cosa significa.»
Y dicho esto, la región oscura tembló con fuerza tal, que del espanto
la frente de sudor aún se me baña. La tierra lagrimosa lanzó un
viento que hizo brillar un relámpago rojo y, venciéndome todos los
sentidos,
me caí como el hombre que se duerme.
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CANTO IV
Rompió el profundo sueño de mi mente un gran trueno, de modo que cual
hombre que a la fuerza despierta, me repuse;
la vista recobrada volví en torno ya puesto en pie, mirando fijamente,
pues quería saber en dónde estaba.
En verdad que me hallaba justo al borde del valle del abismo doloroso,
que atronaba con ayes infinitos. Oscuro y hondo era y nebuloso,
de modo que, aun mirando fijo al fondo, no distinguía allí cosa ninguna.
«Descendamos ahora al ciego mundo dijo el poeta todo amortecido :
yo iré primero y tú vendrás detrás.» Y al darme cuenta yo de su color, dije:
« ¿Cómo he de ir si tú te asustas,
y tú a mis dudas sueles dar consuelo?» Y me dijo: «La angustia de las
gentes que están aquí en el rostro me ha pintado la lástima que tú
piensas que es miedo.
Vamos, que larga ruta nos espera.»
Así me dijo, y así me hizo entrar al primer cerco que el abismo ciñe. Allí,
según lo que escuchar yo pude, llanto no había, mas suspiros sólo, que al
aire eterno le hacían temblar.
Lo causaba la pena sin tormento que sufría una grande
muchedumbre de mujeres, de niños y de hombres.
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El buen Maestro a mí: «¿No me preguntas qué espíritus son estos que
estás viendo?
Quiero que sepas, antes de seguir, que no pecaron: y aunque tengan
méritos,
no basta, pues están sin el bautismo, donde la fe en que crees principio
tiene.
Al cristianismo fueron anteriores, y a Dios debidamente no adoraron: a
éstos tales yo mismo pertenezco. Por tal defecto,
no por otra culpa,
perdidos somos, y es nuestra condena vivir sin esperanza en el
deseo.» Sentí en el corazón una gran pena, puesto que gentes de mucho
valor
vi que en el limbo estaba suspendidos.
«Dime, maestro, dime, mi señor yo comencé por querer estar cierto
de aquella fe que vence la ignorancia :
¿salió alguno de aquí, que por sus méritos o los de otro, se hiciera
luego santo?»
Y éste, que comprendió mi hablar cubierto, respondió: «Yo era nuevo en
este estado,
cuando vi aquí bajar a un poderoso, coronado con signos de
victoria. Sacó la sombra del padre primero, y las de Abel, su hijo, y de
Noé, del legista Moisés, el obediente;
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del patriarca Abraham, del rey David, a Israel con sus hijos y su padre,
y con Raquel, por la que tanto hizo, y de otros muchos; y les hizo santos;
y debes de saber que antes de eso,
ni un esptritu humano se salvaba.» No dejamos de andar porque él
hablase,
mas aún por la selva caminábamos, la selva, digo, de almas apiñadas No
estábamos aún muy alejados
del sitio en que dormí, cuando vi un fuego, que al fúnebre hemisferio
derrotaba.
Aún nos encontrábamos distantes, mas no tanto que en parte yo no
viese cuán digna gente estaba en aquel sitio.
«Oh tú que honoras toda ciencia y arte, éstos ¿quién son, que tal
grandeza tienen, que de todos los otros les separa?»
Y respondió: «Su honrosa nombradía, que allí en tu mundo sigue
resonando gracia adquiere del cielo y recompensa.» Entre tanto una voz
pude escuchar:
«Honremos al altísimo poeta; vuelve su sombra, que marchado había.»
Cuando estuvo la voz quieta y callada,
vi cuatro grandes sombras que venían: ni triste, ni feliz era su rostro.
El buen maestro comenzó a decirme:
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«Fíjate en ése con la espada en mano, que como el jefe va delante de
ellos: Es Homero, el mayor de los poetas; el satírico Horacio luego viene;
tercero, Ovidio; y último, Lucano.
Y aunque a todos igual que a mí les cuadra el nombre que sonó en aquella
voz,
me hacen honor, y con esto hacen bien.»
Así reunida vi a la escuela bella de aquel señor del altísimo canto, que
sobre el resto cual águila vuela.
Después de haber hablado un rato entre ellos, con gesto favorable me
miraron:
y mi maestro, en tanto, sonreía.
Y todavía aún más honor me hicieron porque me condujeron en su hilera,
siendo yo el sexto entre tan grandes sabios.
Así anduvimos hasta aquella luz, hablando cosas que callar es bueno, tal
como era el hablarlas allí mismo. Al pie llegamos de
un castillo noble, siete veces cercado de altos muros, guardado entorno
por un bello arroyo. Lo cruzamos igual que tierra firme;
crucé por siete puertas con los sabios: hasta llegar a un prado fresco y
verde. Gente había con ojos graves, lentos,
con gran autoridad en su semblante: hablaban poco, con voces
suaves. Nos apartamos a uno de los lados, en un claro lugar alto y abierto,
tal que ver se podían todos ellos. Erguido allí sobre el esmalte verde,
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las magnas sombras fuéronme mostradas, que de placer me colma
haberlas visto. A Electra vi con muchos compañeros,
y entre ellos conocí a Héctor y a Eneas, y armado a César, con ojos
grifaños.
Vi a Pantasilea y a Camila,
y al rey Latino vi por la otra parte, que se sentaba con su hija Lavinia.
Vi a Bruto, aquel que destronó a Tarquino, a Cornelia, a
Lucrecia, a Julia, a Marcia;
y a Saladino vi, que estaba solo; y al levantar un poco más la vista,
vi al maestro de todos los que saben, sentado en filosófica familia.
Todos le miran, todos le dan honra: y a Sócrates, que al lado de
Platón,
están más cerca de él que los restantes; Demócrito, que el
mundo pone en duda, Anaxágoras, Tales y Diógenes,
Empédocles, Heráclito y Zenón;
y al que las plantas observó con tino, Dioscórides, digo; y via
Orfeo, Tulio, Livio y al moralista Séneca; al geómetra Euclides, Tolomeo,
Hipócrates, Galeno y Avicena,
y a Averroes que hizo el «Comentario».
No puedo detallar de todos ellos, porque así me encadena el largo tema,
que dicho y hecho no se corresponden. El grupo de los seis se partió en
dos: por otra senda me llevó mi guía,
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de la quietud al aire tembloroso
y llegué a un sitio en donde nada luce.
CANTO V
Así bajé del círculo primero al
segundo que menos lugar ciñe,
y tanto más dolor, que al llanto mueve.
Allí el horrible Minos rechinaba. A la entrada examina los pecados; juzga y
ordena según se relíe.
Digo que cuando un alma mal nacida llega delante, todo lo confiesa;
y aquel conocedor de los pecados ve el lugar del infierno que merece:
tantas veces se ciñe con la cola,
cuantos grados él quiere que sea echada.
Siempre delante de él se encuentran muchos; van esperando cada uno su
juicio,
hablan y escuchan, después las arrojan.
«Oh tú que vienes al doloso albergue me dijo Minos en cuanto me vio,
dejando el acto de tan alto oficio ;
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mira cómo entras y de quién te fías: no te engañe la anchura de la
entrada.» Y mi guta: «¿Por qué le gritas tanto?
No le entorpezcas su fatal camino; así se quiso allí donde se puede
lo que se quiere, y más no me preguntes.»
Ahora comienzan las dolientes notas a hacérseme sentir; y llego entonces
allí donde un gran llanto me golpea.
Llegué a un lugar de todas luces mudo, que mugía cual mar en la
tormenta,
si los vientos contrarios le combaten. La borrasca infernal, que nunca cesa,
en su rapiña lleva a los espíritus; volviendo y golpeando les acosa.
Cuando llegan delante de la ruina, allí los gritos, el llanto, el lamento;
allí blasfeman del poder divino.
Comprendí que a tal clase de martirio los lujuriosos eran condenados,
que la razón someten al deseo.
Y cual los estorninos forman de alas en invierno bandada larga y prieta, así
aquel viento a los malos espiritus: arriba, abajo, acá y allí les lleva;
y ninguna esperanza les conforta, no de descanso, mas de menor
pena. Y cual las grullas cantando sus lays largas hileras hacen en el aire,
así las vi venir lanzando ayes,
a las sombras llevadas por el viento. Y yo dije: «Maestro, quién son esas
gentes que el aire negro así castiga?»
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«La primera de la que las noticias quieres saber me dijo aquel entonces-
fue emperatriz sobre muchos idiomas.
Se inclinó tanto al vicio de lujuria, que la lascivia licitó en sus leyes,
para ocultar el asco al que era dada: Semíramis es ella, de quien dicen
que sucediera a Nino y fue su esposa: mandó en la tierra que el sultán
gobierna.
Se mató aquella otra, enamorada, traicionando el recuerdo de Siqueo; la
que sigue es Cleopatra lujuriosa.
A Elena ve, por la que tanta víctima el tiempo se llevó, y ve al gran Aquiles
que por Amor al cabo combatiera; ve a Paris, a Tristán.» Y a más de mil
sombras me señaló, y me nombró, a dedo, que Amor de nuestra vida les
privara.
Y después de escuchar a mi maestro nombrar a antiguas damas y
caudillos, les tuve pena, y casi me desmayo.
Yo comencé: «Poeta, muy gustoso hablaría a esos dos que vienen juntos y
parecen al viento tan ligeros.»
Y él a mí: «Los verás cuando ya estén más cerca de nosotros; si les ruegas
en nombre de su amor, ellos vendrán.»
Tan pronto como el viento allí los trajo alcé la voz: «Oh almas afanadas,
hablad, si no os lo impiden, con nosotros.» Tal palomas llamadas del
deseo,
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al dulce nido con el ala alzada, van por el viento del querer llevadas,
ambos dejaron el grupo de Dido y en el aire malsano se acercaron,
tan fuerte fue mi grito afectuoso:
«Oh criatura graciosa y compasiva que nos visitas por el aire perso
a nosotras que el mundo ensangrentamos; si el Rey del Mundo fuese
nuestro amigo rogaríamos de él tu salvación,
ya que te apiada nuestro mal perverso. De lo que oír o lo que hablar os
guste, nosotros oiremos y hablaremos
mientras que el viento, como ahora, calle.
La tierra en que nací está situada en la Marina donde el Po desciende y
con sus afluentes se reúne.
Amor, que al noble corazón se agarra, a éste prendió de la bella persona
que me quitaron; aún me ofende el modo. Amor, que a todo amado a
amar le obliga, prendió por éste en mí pasión tan fuerte que, como ves,
aún no me abandona.
El Amor nos condujo a morir juntos, y a aquel que nos mató Caína
espera.» Estas palabras ellos nos dijeron.
Cuando escuché a las almas doloridas bajé el rostro y tan bajo lo tenía,
que el poeta me dijo al fin: «tQué piensas?» Al responderle
comencé: «Qué pena, cuánto dulce pensar, cuánto deseo, a éstos
condujo a paso tan dañoso.» Después me volví a ellos y
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les dije, y comencé: «Francesca, tus pesares llorar me hacen triste y
compasivo;
dime, en la edad de los dulces suspiros
¿cómo o por qué el Amor os concedió que conocieses tan turbios
deseos?»
Y repuso: «Ningún dolor más grande que el de acordarse del tiempo
dichoso en la desgracia; y tu guía lo sabe.
Mas si saber la primera raíz
de nuestro amor deseas de tal modo, hablaré como aquel que
llora y habla: Leíamos un día por deleite,
cómo hería el amor a Lanzarote; solos los dos y sin recelo
alguno. Muchas veces los ojos suspendieron la lectura, y el rostro
emblanquecía, pero tan sólo nos venció un pasaje.
Al leer que la risa deseada era besada por tan gran amante, éste, que de
mí nunca ha de apartarse, la boca me besó, todo él
temblando. Galeotto fue el libro y quien lo hizo; no seguimos leyendo ya
ese día.»
Y mientras un espíritu así hablaba, lloraba el otro, tal que de piedad
desfallecí como si me muriese;
y caí como un cuerpo muerto cae.
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CANTO VI
Cuando cobré el sentido que perdí antes por la piedad de los cuñados, que
todo en la tristeza me sumieron, nuevas condenas, nuevos condenados
veía en cualquier sitio en que anduviera y me volviese y a donde mirase.
Era el tercer recinto, el de la lluvia eterna, maldecida, fría y densa:
de regla y calidad no cambia nunca. Grueso granizo, y agua sucia y
nieve descienden por el aire tenebroso; hiede la tierra cuando esto
recibe.
Cerbero, fiera monstruosa y cruel, caninamente ladra con tres fauces
sobre la gente que aquí es sumergida.
Rojos los ojos, la barba unta y negra, y ancho su vientre, y uñosas sus
manos: clava a las almas, desgarra y desuella. Los hace aullar la lluvia
como a perros,
de un lado hacen al otro su refugio, los míseros profanos se revuelven.
Al advertirnos Cerbero, el gusano,
la boca abrió y nos mostró los colmillos,
no había un miembro que tuviese quieto. Extendiendo las palmas de
las manos, cogió tierra mi guía y a puñadas
la tiró dentro del bramante tubo.
29
Cual hace el perro que ladrando rabia, y mordiendo comida se apacigua,
que ya sólo se afana en devorarla, de igual manera las bocas impuras
del demonio Cerbero, que así atruena las almas, que quisieran verse
sordas.
Íbamos sobre sombras que atería la densa lluvia, poniendo las plantas
en sus fantasmas que parecen cuerpos.
En el suelo yacían todas ellas, salvo una que se alzó a sentarse al punto
que pudo vernos pasar por delante.
«Oh tú que a estos infiernos te han traído me dijo reconóceme si puedes:
tú fuiste, antes que yo deshecho, hecho.»
«La angustia que tú sientes yo le dije- tal vez te haya sacado de mi mente,
y así creo que no te he visto nunca.
Dime quién eres pues que en tan penoso lugar te han puesto, y a tan
grandes males, que si hay más grandes no serán tan tristes.»
Y él a mfí «Tu ciudad, que tan repleta de envidia está que ya rebosa el
saco, en sí me tuvo en la vida serena.
Los ciudadanos Ciacco me llamasteis; por la dañosa culpa de la gula,
como estás viendo, en la lluvia me arrastro. Mas yo, alma triste, no me
encuentro sola, que éstas se hallan en pena semejante por semejante
culpa», y más no dijo. Yo le repuse: «Ciacco, tu tormento tanto me pesa
que a llorar me invita, pero dime, si sabes, qué han de hacerse de la
30
ciudad partida los vecinos, si alguno es justo; y dime la razón por la que
tanta guerra la ha asolado.» Y él a mí: «Tras de largas disensiones ha de
haber sangre, y el bando salvaje echará al otro con grandes ofensas;
después será preciso que éste caiga
y el otro ascienda, luego de tres soles, con la fuerza de Aquel que tanto
alaban.
Alta tendrá largo tiempo la frente, teniendo al otro bajo grandes pesos,
por más que de esto se avergüence y llore.
Hay dos justos, mas nadie les escucha; son avaricia, soberbia y envidia
las tres antorchas que arden en los pechos.» Puso aquí fin al lagrimoso
dicho.
Y yo le dije: «Aún quiero que me informes, y que me hagas merced de
más palabras; Farinatta y Tegghiaio, tan honrados,
Jacobo Rusticucci, Arrigo y Mosca,
y los otros que en bien obrar pensaron, dime en qué sitio están y hazme
saber, pues me aprieta el deseo, si el infierno
los amarga, o el cielo los endulza.» Y aquél: « Están entre las negras almas;
culpas varias al fondo los arrojan; los podrás ver si sigues más abajo.
Pero cuando hayas vuelto al dulce mundo, te pido que a otras mentes me
recuerdes; más no te digo y más no te respondo.»
Entonces desvió los ojos fijos,
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me miró un poco, y agachó la cara; y a la par que los otros
cayó ciego. Y el guía dijo: «Ya no se levanta hasta que suene la angélica
trompa, y venga la enemiga autoridad.
Cada cual volverá a su triste tumba, retomarán su carne y su apariencia,
y oirán aquello que atruena por siempre.»
Así pasamos por la sucia mezcla de sombras y de lluvia a paso lento,
tratando sobre la vida futura.
Y yo dije: «Maestro, estos tormentos crecerán luego de la gran sentencia,
serán menores o tan dolorosos?»
Y él contestó: «Recurre a lo que sabes: pues cuanto más perfecta es una
cosa
más siente el bien, y el dolor de igual modo,
Y por más que esta gente maldecida la verdadera perfección no encuentre,
entonces, más que ahora, esperan serlo.» En redondo seguimos nuestra
ruta, hablando de otras cosas que no cuento;
y al llegar a aquel sitio en que se baja encontramos a Pluto: el enemigo.
CANTO VII
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«¡Papé Satán, Papé Satán aleppe!» dijo Pluto con voz enronquecida;
y aquel sabio gentil que todo sabe,
me quiso confortar: «No te detenga el miedo, que por mucho que
pudiese no impedirá que bajes esta roca.»
Luego volvióse a aquel hocico hinchado, y dijo: «Cállate maldito lobo,
consúmete tú mismo con tu rabia. No sin razón por el infierno vamos: se
quiso en lo alto allá donde Miguel tomó venganza del soberbio estupro.»
Cual las velas hinchadas por el viento revueltas caen cuando se rompe el
mástil, tal cayó a tierra la fiera cruel.
Así bajamos por la cuarta fosa, entrando más en el doliente valle que traga
todo el mal del universo.
¡Ah justicia de Dios!, ¿quién amontona nuevas penas y males cuales vi,
y por qué nuestra culpa así nos triza?
Como la ola que sobre Caribdis,
se destroza con la otra que se encuentra, así viene a chocarse aquí la
gente.
Vi aquí más gente que en las otras partes,
y desde un lado al otro, con chillidos, haciendo rodar pesos con
el pecho. Entre ellos se golpean; y después cada uno volvíase hacia
atrás,
gritando «¿Por qué agarras?, ¿por qué tiras?»
33
Así giraban por el foso tétrico de cada lado a la parte contraria,
siempre gritando el verso vergonzoso.
Al llegar luego todos se volvían para otra justa, a la mitad del círculo,
y yo, que estaba casi conmovido, dije: «Maestro, quiero que me expliques
quienes son éstos, y si fueron clérigos todos los tonsurados de la
izquierda.»
Y él a mí. «Fueron todos tan escasos de la razón en la vida primera,
que ningún gasto hicieron con mesura.
Bastante claro ládranlo sus voces, al llegar a los dos puntos del círculo
donde culpa contraria los separa.
Clérigos fueron los que en la cabeza no tienen pelo, papas, cardenales,
que están bajo el poder de la avaricia.» Y yo: «Maestro, entre tales
sujetos debiera yo conocer bien a algunos,
que inmundos fueron de tan grandes males.» Y él repuso: «Es en vano lo
que piensas:
la vida torpe que los ha ensuciado, a cualquier conocer los hace oscuros.
Se han de chocar los dos eternamente;
éstos han de surgir de sus sepulcros con el puño cerrado, y éstos,
mondos; mal dar y mal tener, el bello mundo les ha
quitado y puesto en esta lucha: no empleo mas palabras en
34
contarlo. Hijo, ya puedes ver el corto aliento, de los bienes fiados a
Fortuna,
por los que así se enzarzan los humanos; que todo el oro que hay bajo la
luna,
y existió ya, a ninguna de estas almas fatigadas podría dar reposo.»
«Maestro dije yo , dime ¿quién es esta Fortuna a la que te refieres
que el bien del mundo tiene entre sus garras?» Y él me repuso:
«Oh locas criaturas,
qué grande es la ignorancia que os ofende; quiero que tú mis palabras
incorpores.
Aquel cuyo saber trasciendo todo, los cielos hizo y les dio quien los mueve
tal que unas partes a otras se ilulninan,
distribuyendo igualmente la luz;
de igual modo en las glorias mundanales dispuso una ministra que
cambiase los bienes vanos cada cierto tiempo de gente en gente y de una
a la otra sangre, aunque el seso del
hombre no Lo entienda; por Lo que imperan unos y otros caen, siguiendo
los dictámenes de aquella
que está oculta en la yerba tal serpiente.
Vuestro saber no puede conocerla;
y en su reino provee, juzga y dispone cual las otras deidades en el suyo.
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No tienen tregua nunca sus mudanzas, necesidad la obliga a ser ligera;
y aún hay algunos que el triunfo consiguen.
Esta es aquella a la que ultrajan tanto, aquellos que debieran alabarla,
y sin razón la vejan y maldicen.
Mas ella en su alegría nada escucha; feliz con las primeras criaturas
mueve su esfera y alegre se goza. Ahora bajemos a mayor castigo; caen
las estrellas que salían cuando eché a andar, y han prohibido
entretenerse.»
Del círculo pasamos a otra orilla sobre una fuente que hierve y rebosa
por un canal que en ella da comienzo. Aquel agua era
negra más que persa; y, siguiendo sus ondas tan oscuras, por extraño
camino descendimos.
Hasta un pantano va, llamado Estigia, este arroyuelo triste, cuando baja al
pie de la maligna cuesta gris.
Y yo, que por mirar estaba atento, gente enfangada vi en aquel pantano
toda desnuda, con airado rostro.
No sólo con las manos se pegaban, mas con los pies, el pecho y la cabeza,
trozo a trozo arrancando con los dientes.
Y el buen maestro: «Hijo, mira ahora
las almas de esos que venció la cólera, y también quiero que
por cierto tengas que bajo el agua hay gente que suspira, y al agua hacen
hervir la superficie, como dice tu vista a donde mire.
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Desde el limo exclamaban: «Triste hicimos el aire dulce que del sol se
alegra, llevando dentro acidïoso humo:
tristes estamos en el negro cieno.» Se atraviesa este himno en su gaznate,
y enteras no les salen las palabras. Así dimos la vuelta al sucio pozo, entre
la escarpa seca y lo de enmedio;
mirando a quien del fango se atraganta: y al fin llegamos al pie de una
torre.
CANTO VIII
Digo, para seguir, que mucho antes de llegar hasta el pie de la alta torre,
se encaminó a su cima nuestra vista, porque vimos allí dos lucecitas,
y otra que tan de lejos daba señas, que apenas nuestros ojos la veían. Y yo
le dije al mar de todo seso:
«Esto ¿qué significa? y ¿qué responde el otro foco, y quién es quien lo
hace?» Y él respondió: «Por estas ondas sucias ya podrás divisar lo que
se espera,
si no lo oculta el humo del pantano.»
Cuerda no lanzó nunca una saeta que tan ligera fuese por el aire, como
yo vi una nave pequeñita por el agua venir hacia
nosotros, al gobierno de un solo galeote,
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gritando: «Al fin llegaste, alma alevosa.»
«Flegias, Flegias, en vano estás gritando díjole mi señor en este punto ;
tan sólo nos tendrás cruzando el lodo.» Cual es aquel que gran engaño
escucha que le hayan hecho, y luego se contiene, así hizo Flegias
consumido en ira.
Subió mi guía entonces a la barca, y luego me hizo entrar detrás de él;
y sólo entonces pareció cargada. Cuando
estuvimos ambos en el leño, hendiendo se marchó la antigua proa el agua
más que suele con los otros.
Mientras que el muerto cauce recorríamos uno, lleno de fango vino y dijo:
«¿Quién eres tú que vienes a destiempo?» Y le dije: « Si vengo, no me
quedo;
pero ¿quién eres tú que estás tan sucio?» Dijo: «Ya ves que soy uno que
llora.» Yo le dije: «Con lutos y con llanto, puedes quedarte, espíritu
maldito,
pues aunque estés tan sucio te conozco.» Entonces tendió al leño las
dos manos; mas el maestro lo evitó prudente, diciendo:
«Vete con los otros perros.»
Al cuello luego los brazos me echó, besóme el rostro y dijo: «!Oh
desdeñoso, bendita la que estuvo de ti encinta!
Aquel fue un orgulloso para el mundo; y no hay bondad que su memoria
honre: por ello está su sombra aquí furiosa.
38
Cuantos por reyes tiénense allá arriba, aquí estarán cual puercos en el
cieno, dejando de ellos un desprecio horrible.»` Y yo: «Maestro, mucho
desearía
el verle zambullirse en este caldo, antes que de este lago nos
marchemos.»
Y él me repuso: «Aún antes que la orilla de ti se deje ver, serás saciado:
de tal deseo conviene que goces.»
Al poco vi la gran carnicería que de él hacían las fangosas gentes;
a Dios por ello alabo y doy las gracias.
«¡A por Felipe Argenti!», se gritaban, y el florentino espiritu altanero
contra sí mismo volvía los dientes.
Lo dejamos allí, y de él más no cuento.
Mas el oído golpeóme un llanto, y miré atentamente hacia adelante.
Exclamó el buen maestro: «Ahora, hijo, se acerca la ciudad llamada Dite,
de graves habitantes y mesnadas.» Y yo dije: «Maestro, sus mezquitas en
el valle distingo claramente, rojas cual si salido de una fragua
hubieran.» Y él me dijo: «El fuego eterno que dentro arde, rojas
nos las muestra, como estás viendo en este bajo infierno.»
Así llegamos a los hondos fosos que ciñen esa tierra sin consuelo; de
hierro aquellos muros parecían. No sin dar antes un rodeo grande,
llegamos a una parte en que el barquero
«Salid gritó con fuerza aquí es la entrada.»
39
Yo vi a más de un millar sobre la puerta de llovidos del cielo, que con
rabia decían: «¿Quién es este que sin muerte va por el reino de la gente
muerta?»
Y mi sabio maestro hizo una seña de quererles hablar secretamente.
Contuvieron un poco el gran desprecio y dijeron: « Ven solo y que se
marche quien tan osado entró por este reino; que vuelva solo por la loca
senda; pruebe, si sabe, pues que tú te quedas,
que le enseñaste tan oscura zona.» Piensa, lector, el miedo que me entró
al escuchar palabras tan malditas,
que pensé que ya nunca volvería.
«Guía querido, tú que más de siete veces me has confortado y hecho
libre
de los grandes peligros que he encontrado, no me dejies le dije
así perdido;
y si seguir mas lejos nos impiden, juntos volvamos hacia atrás los pasos.»
Y aquel señor que allí me condujera
«No temas dijo porque nuestro paso nadie puede parar: tal nos lo otorga.
Mas espérame aquí, y tu ánimo flaco conforta y
alimenta de esperanza, que no te dejaré en el bajo mundo.»
Así se fue, y allí me abandonó
el dulce padre, y yo me quedé en duda pues en mi mente el no y el sí
luchaban.
40
No pude oír qué fue lo que les dijo: mas no habló mucho tiempo con
aquéllos, pues hacia adentro todos se marcharon.
Cerráronle las puertas los demonios en la cara a mi guía, y quedó
afuera, y se vino hacia mí con pasos lentos. Gacha la vista y privado su
rostro de osadía ninguna, y suspiraba:
« ¡Quién las dolientes casa me ha cerrado!» Y él me dijo: «Tú, porque yo
me irrite, no te asustes, pues venceré la prueba, por mucho que se
empeñen en prohibirlo. No es nada nueva
esta insolencia suya, que ante menos secreta puerta usaron,
que hasta el momento se halla sin cerrojos. Sobre ella contemplaste
el triste escrito:
y ya baja el camino desde aquélla, pasando por los cercos sin escolta,
quien la ciudad al fin nos hará franca.
CANTO IX
El color que sacó a mi cara el miedo cuando vi que mi guía se tornaba, lo
quitó de la suya con presteza.
Atento se paró como escuchando, pues no podía atravesar la vista el aire
negro y la neblina densa.
«Deberemos vencer en esta lucha comenzó él si no... Es la promesa.
¡Cuánto tarda en llegar quien esperamos.»
Y me di cuenta de que me ocultaba lo del principio con lo que siguió,
pues palabras distintas fueron éstas; pero no menos
41
miedo me causaron, porque pensaba que su frase trunca tal vez peor
sentido contuviese.
« ¿En este fondo de la triste hoya bajó algún otro, desde el purgatorio
donde es pena la falta de esperanza?» Esta
pregunta le hice y: «Raramente él respondió sucede que otro
alguno haga el camino por el que yo ando. Verdad es que otra vez estuve
aquí, por la cruel Eritone conjurado,
que a sus cuerpos las almas reclamaba. De mí recién desnuda era mi
sombrío,
cuando ella me hizo entrar tras de aquel muro, a traer un alma del pozo de
Judas.
Aquel es el más bajo, el más sombrío, y el lugar de los cielos más lejano;
bien sé el camino, puedes ir sin miedo.
Este pantano que gran peste exhala en torno ciñe la ciudad doliente,
donde entrar no podemos ya sin ira.» Dijo algo más, pero no lo
recuerdo, porque mi vista se había fijado en la alta torre de cima
ardorosa, donde al punto de pronto
aparecieron tres sanguinosas furias infernales que cuerpo y porte de
mujer tenían, se ceñían con serpientes verdes;
su pelo eran culebras y cerastas con que peinaban sus horribles sienes:
42
Y él que bien conocía a las esclavas de la reina del llanto sempiterno
Las Feroces Erinias dijo mira: Meguera es esa del izquierdo lado, esa que
llora al derecho es Aleto;
Tesfone está en medio.» Y más no dijo.
Con las uñas el pecho se rasgaban, y se azotaban, gritando tan alto, que
me estreché al poeta, temeroso.
«Ah, que venga Medusa a hacerle piedra las tres decían mientras me
miraban- malo fue el no vengarnos de Teseo.»
«Date la vuelta y cierra bien los ojos; si viniera Gorgona y la mirases
nunca podrías regresar arriba.»
Asf dijo el Maestro, y en persona me volvió, sin fiarse de mis manos,
que con las suyas aún no me tapase. Vosotros que tenéis la mente
sana, observad la doctrina que se esconde bajo el velo de versos
enigmáticos. Mas ya venía por las turbias olas
el estruendo de un son de espanto lleno, por lo que retemblaron ambas
márgenes; hecho de forma semejante a un viento que,
impetuoso a causa de contrarios ardores, hiere el bosque y, sin descanso,
las ramas troncha, abate y lejos lleva; delante polvoroso va soberbio,
y hace escapar a fieras y a pastores. Me destapó los ojos:
«Lleva el nervio de la vista por esa espuma antigua,
hacia allí donde el humo es más acerbo.»
43
Como las ranas ante la enemiga bicha, en el agua se sumergen todas,
hasta que todas se juntan en tierra, más de un millar de almas destruidas
vi que huían ante uno, que a su paso cruzaba Estigia con los pies enjutos.
Del rostro se apartaba el aire espeso de vez en cuando con la mano
izquierda; y sólo esa molestia le cansaba.
Bien noté que del cielo era enviado,
y me volví al maestro que hizo un signo de que estuviera quieto y me
inclinase.
¡Cuán lleno de desdén me parecía! Llegó a la puerta, y con una varita
la abrió sin encontrar impedimento.
«¡Oh, arrojados del cielo, despreciados! gritóles él desde el umbral
horrible .
¿Cómo es que aún conserváis esta arrogancia?
¿Y por que os resistis a aquel deseo cuyo fin nunca pueda detenerse,
y que más veces acreció el castigo?
¿De qué sirve al destino dar de coces? Vuestro Cerbero, si bien recordáis,
aún hocico y mentón lleva pelados.» Luego tomó el camino cenagoso,
sin decirnos palabra, mas con cara
de a quien otro cuidado apremia y muerde, y no el de aquellos que tiene
delante.
A la ciudad los pasos dirigimos, seguros ya tras sus palabras santas.
44
Dentro, sin guerra alguna, penetramos; y yo, que de mirar estaba
ansioso todas las cosas que el castillo encierra, al estar
dentro miro en torno mío;
y veo en todas partes un gran campo, lleno de pena y reo de tormentos.
Como en Arlés donde se estanca el Ródano, o como el Pola cerca del
Carnaro,
que Italia cierra y sus límites baña, todo el sitio ondulado hacen las
tumbas,
de igual manera allí por todas partes, salvo que de manera aún más
amarga, pues llamaradas hay entre las fosas;
y tanto ardían que en ninguna fragua,
el hierro necesita tanto fuego. Sus lápidas estaban removidas, y salían de
allí tales lamentos,
que parecían de almas condenadas. Y yo: « Maestro, qué gentes
son esas que, sepultadas dentro de esas tumbas, se hacen oír con
dolientes suspiros?»
Y dijo: «Están aquí los heresiarcas, sus secuaces, de toda secta, y llenas
están las tumbas más de lo que piensas.
El igual con su igual está enterrado, y los túmulos arden más o menos.» Y
luego de volverse a la derecha, cruzamos entre fosas y altos muros.
45
CANTO X
Siguió entonces por una oculta senda entre aquella muralla y los martirios
mi Maestro, y yo fui tras de sus pasos.
«Oh virtud suma, que en los infernales circulos me conduces a tu gusto,
háblame y satisface mis deseos:
a la gente que yace en los supulcros
¿la podré ver?, pues ya están levantadas todas las losas, y nadie vigila.»
Y él repuso: «Cerrados serán todos cuando aquí vuelvan desde
Josafat
con los cuerpos que allá arriba dejaron.
Su cementerio en esta parte tienen
con Epicuro todos sus secuaces
que el alma, dicen, con el cuerpo muere.
Pero aquella pregunta que me hiciste pronto será aquí mismo satisfecha,
y también el deseo que me callas.»
Y yo: «Buen guía, no te oculta nada mi corazón, si no es por hablar
poco; y tú me tienes a ello predispuesto.»
«Oh toscano que en la ciudad del fuego caminas vivo, hablando tan
humilde,
46
te plazca detenerte en este sitio, porque tu acento demuestra que eres
natural de la noble patria aquella
a la que fui, tal vez, harto dañoso.»
Este son escapó súbitamente desde una de las arcas; y temiendo, me
arrimé un poco más a mi maestro.
Pero él me dijo: « Vuélvete, ¿qué haces? mira allí a Farinatta que se ha
alzado;
le verás de cintura para arriba.» Fijado en él había ya mi vista;
y aquél se erguía con el pecho y frente cual si al infierno mismo
despreciase.
Y las valientes manos de mi guía me empujaron a él entre las tumbas,
diciendo: «Sé medido en tus palabras.» Como al pie de su
tumba yo estuviese, me miró un poco, y como con desdén,
me preguntó: «¿Quién fueron tus mayores?» Yo, que de obedecer
estaba ansioso,
no lo oculté, sino que se lo dije, y él levantó las cejas levemente.
«Con fiereza me fueron adversarios a mí y a mi partido y mis mayores,
y así dos veces tuve que expulsarles.»
« Si les echaste dije regresaron de todas partes, una y otra vez; mas los
vuestros tal arte no aprendieron.» Surgió entonces al borde de su foso
otra sombra, a su lado, hasta la barba:
47
creo que estaba puesta de rodillas.
Miró a mi alrededor, cual si propósito tuviese de encontrar conmigo a
otro, y cuando fue apagada su sospecha, llorando dijo: «Si por esta ciega
cárcel vas tú por nobleza de ingenio,
¿y mi hijo?, ¿por qué no está contigo?» Y yo dije: «No vengo por mí
mismo, el que allá aguarda por aquí me lleva a quien Guido, tal vez, fue
indiferente.» Sus palabras y el modo de su pena su nombre ya me habian
revelado; por eso fue tan clara mi respuesta.
Súbitamente alzado gritó: «¿Cómo
has dicho?, ¿Fue?, ¿Es que entonces ya no vive?
¿La dulce luz no hiere ya sus ojos?» Y al advertir que una cierta demora
antes de responderle yo mostraba, cayó de espaldas
sin volver a alzarse. Mas el otro gran hombre, a cuyo ruego
yo me detuve, no alteró su rostro,
ni movió el cuello, ni inclinó su cuerpo.
Y así, continuando lo de antes,
«Que aquel arte me dijo mal supieran, eso, más que este lecho, me
tortura.
Pero antes que cincuenta veces arda la faz de la señora que aquí reina, tú
has de saber lo que tal arte pesa. Y así regreses a ese dulce mundo,
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dime, ¿por qué ese pueblo es tan impío contra los míos en todas sus
leyes?»
Y yo dije: «El estrago y la matanza que teñirse de rojo al Arbia hizo,
obliga a tal decreto en nuestros templos.» Me respondió moviendo la
cabeza:
«No estuve solo álli, ni ciertamente sin razón me movi con esos otros: mas
estuve yo solo, cuando todos en destruir Florencia consentían,
defendiéndola a rostro descubierto.»
«Ah, que repose vuestra descendencia yo le rogué , este nudo desatadme
que ha enmarañado aquí mi pensamiento. Parece que sabéis,
por lo que escucho, lo que nos trae el tiempo de antemano, mas usáis de
otro modo en lo de ahora.»
«Vemos, como quien tiene mala luz, las cosas dijo que se encuentran
lejos, gracias a lo que esplende el Sumo Guía.
Cuando están cerca, o son, vano es del todo
nuestro intelecto; y si otros no nos cuentan, nada sabemos del estado
humano.
Y comprender podrás que muerto quede nuestro conocimiento en aquel
punto que se cierre la puerta del futuro.» Arrepentido entonces de mi
falta,
dije: «Diréis ahora a aquel yacente que su hijo aún se encuentra con los
vivos;
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y si antes mudo estuve en la respuesta, hazle saber que fue porque
pensaba
ya en esa duda que me habéis resuelto.» Y ya me reclamaba mi maestro;
y yo rogué al espíritu que rápido me refiriese quién con él estaba.
Díjome: «Aquí con más de mil me encuentro; dentro se halla el segundo
Federico,
y el Cardenal, y de los otros callo.» Entonces se ocultó; y yo hacia el
antiguo poeta volví el paso, repensando
esas palabras que creí enemigas.
Él echó a andar y luego, caminando, me dijo: «¿Por qué estás tan
abatido?» Y yo le satisfice la pregunta.
« Conserva en la memoria lo que oíste contrario a ti me aconsejó
aquel sabio- y atiende ahora y levantó su dedo : cuando delante estés
del dulce rayo
de aquella cuyos ojos lo ven todo de ella sabrás de tu vida el viaje.
Luego volvió los pies a mano izquierda:
dejando el muro, fuimos hacia el centro por un sendero que
conduce a un valle, cuyo hedor hasta allí desagradaba.
50
CANTO XI
Por el extremo de un acantilado, que en circulo formaban peñas rotas,
llegamos a un gentío aún más doliente;
y allí, por el exceso tan horrible de la peste que sale del abismo, al abrigo
detrás nos colocamos
de un gran sepulcro, donde vi un escrito
«Aquí el papa Anastasio está encerrado que Fotino apartó del buen
camino.»
«Conviene que bajemos lentamente, para que nuestro olfato se
acostumbre al triste aliento; y luego no moleste.»
Así el Maestro, y yo: «Compensación díjele encuentra, pues que el tiempo
en balde
no pase.» Y él: «Ya ves que en eso pienso.
Dentro, hijo mío, de estos pedregales luego empezó a decir tres son los
círculos que van bajando, como los que has visto.
Todos llenos están de condenados, mas porque luego baste que los mires,
oye cómo y por qué se les encierra: Toda maldad, que el odio causa al
cielo,
tiene por fin la injuria, y ese fin
o con fuerza o con fraude a otros contrista;
51
mas siendo el fraude un vicio sólo humano, más lo odia Dios, por ello
son al fondo los fraudulentos aún más castigados.
De los violentos es el primer círculo; mas como se hace fuerza a tres
personas, en tres recintos está dividido;
a Dios, y a sí, y al prójimo se puede forzar; digo a ellos mismos y a sus
cosas, como ya claramente he de explicarte.
Muerte por fuerza y dolientes heridas al prójimo se dan, y a sus haberes
ruinas, incendios y robos dañosos;
y así a homicidas y a los que mal hieren, ladrones e incendiarios,
atormenta
el recinto primero en varios grupos. Puede el hombre tener violenta
mano contra él mismo y sus cosas; y es preciso que en el segundo recinto
lo purgue
el que se priva a sí de vuestro mundo, juega y derrocha aquello que
posee, y llora allí donde debió alegrarse.
Puede hacer fuerza contra la deidad, blasfemando, negándola en su alma,
despreciando el amor de la natura;
y el recinto menor lleva la marca del signo de Cahors y de
Sodoma,
y del que habla de Dios con menosprecio. El fraude, que cualquier
conciencia muerde, se puede hacer a quien de uno se
fía,
o a aquel que la confianza no ha mostrado.
52
Se diría que de esta forma matan el vínculo de amor que hace natura; y
en el segundo círculo se esconden hipocresía, adulación, quien hace
falsedad, latrocinio y simonía, rufianes, barateros y otros tales.
De la otra forma aquel amor se olvida de la naturaleza, y lo que crea,
de donde se genera la confianza;
y al Círculo menor, donde está el centro del universo, donde asienta
Dite,
el que traiciona por siempre es llevado.»
Y yo: «Maestro, muy clara procede tu razón, y bastante bien distingue
este lugar y el pueblo que lo ocupa: pero ahora dime: aquellos de la
ciénaga, que lleva el viento, y que azota la lluvia, y que chocan con
voces tan acerbas,
¿por qué no dentro de la ciudad roja son castigados, si a Dios enojaron?
y si no, ¿por qué están en tal suplicio?» Y entonces él: «¿Por qué se aleja
tanto dijo tu ingenio de lo que acostumbra?,
¿o es que tu mente mira hacia otra parte?
¿Ya no te acuerdas de aquellas palabras que reflejan en tu
ÉTICA las tres. inclinaciones que no quiere el cielo, incontinencia,
malicia y la loca bestialidad? ¿y cómo
incontinencia menos ofende y menos se castiga?
53
Y si miras atento esta sentencia,
y a la mente preguntas quién son esos que allí fuera reciben su castigo,
comprenderás por qué de estos felones están aparte, y a menos crudeza
la divina venganza les somete.»
«Oh sol que curas la vista turbada, tú me contentas tanto resolviendo,
que no sólo el saber, dudar me gusta. Un poco más
atrás vuélvete ahora díjele , allí donde que usura ofende a Dios dijiste, y
quítame el enredo.»
«A quien la entiende, la Filosofía hace notar, no sólo en un pasaje cómo
natura su carrera toma
del divino intelecto y de su arte; y si tu FÍSICA miras despacio,
encontrarás, sin mucho que lo busques, que el arte vuestro a aquélla,
cuanto pueda, sigue como al maestro su discípulo,
tal que vuestro arte es como de Dios nieto.
Con estas dos premisas, si recuerdas el principio del Génesis, debemos
ganarnos el sustento con trabajo.
Y al seguir el avaro otro camino, por éste, a la natura y a sus frutos,
desprecia, y pone en lo otro su esperanza. Mas sígueme, porque avanzar
me place; que Piscis ya remonta el horizonte
y todo el Carro yace sobre el Coro,
y el barranco a otro sitio se despeña.
54
CANTO XII
Era el lugar por el que descendimos alpestre y, por aquel que lo habitaba,
cualquier mirada hubiéralo esquivado. Como son
esas ruinas que al costado de acá de Trento azota el río Adigio,
por terremoto o sin tener cimientos, que de lo alto del monte, del que
bajan al llano, tan hendida está la roca
que ningún paso ofrece a quien la sube; de aquel barranco igual era el
descenso; y allí en el borde de la abierta sima,
el oprobio de Creta estaba echado que concebido fue en la falsa vaca;
cuando nos vio, a sí mismo se mordía, tal como aquel que en ira se
consume.
Mi sabio entonces le gritó: «Por suerte piensas que viene aquí el duque de
Atenas, que allí en el mundo la muerte te trajo?
Aparta, bestia, porque éste no viene siguiendo los consejos de tu
hermana, sino por contemplar vuestros pesares.»
Y como el toro se deslaza cuando ha recibido ya el golpe de muerte,
y huir no puede, mas de aquí a allí salta, así yo vi que hacía el
Minotauro;
y aquel prudente gritó: «Corre al paso;
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bueno es que bajes mientras se enfurece.»
Descendimos así por el derrumbe de las piedras, que a veces se movían
bajo mis pies con esta nueva carga.
Iba pensando y díjome: «Tú piensas tal vez en esta ruina, que vigila
la ira bestial que ahora he derrotado. Has de saber que en la
otra ocasión que descendí a lo hondo del infierno, esta roca no
estaba aún desgarrada; pero sí un poco antes, si bien juzgo, de
que viniese Aquel que la gran presa quitó a Dite del círculo primero,
tembló el infecto valle de tal modo que pensé que sintiese el universo
amor, por el que alguno cree que el mundo muchas veces en caos vuelve a
trocarse;
y fue entonces cuando esta vieja roca se partió por aquí y por otros
lados.
Mas mira el valle, pues que se aproxima aquel río sangriento, en el cual
hierve aquel que con violencia al otro daña.»
¡Oh tú, ciega codicia, oh loca furia, que así nos mueves en la corta vida,
y tan mal en la eterna nos sumerges!
Vi una amplia fosa que torcía en arco, y que abrazaba toda la llanura,
según lo que mi guía había dicho. Y por su pie corrían los centauros,
en hilera y armados de saetas,
como cazar solían en el mundo.
Viéndonos descender, se detuvieron, y de la fila tres se separaron
56
con los arcos y flechas preparadas. Y uno gritó de lejos: «¿A qué
pena venís vosotros bajando la cuesta? Decidlo desde allí, o si no
disparo.»
«La respuesta le dijo mi maestro- daremos a Quirón cuando esté cerca:
tu voluntad fue siempre impetuosa.»
Después me tocó, y dijo: «Aquel es Neso, que murió por la bella Deyanira,
contra sí mismo tomó la venganza.
Y aquel del medio que al pecho se mira, el gran Quirón, que fue el ayo de
Aquiles; y el otro es Folo, el que habló tan airado.
Van a millares rodeando el foso, flechando a aquellas almas que
abandonan la sangre, más que su culpa permite.»
Nos acercamos a las raudas fieras: Quirón cogió una flecha, y con la punta,
de la mejilla retiró la barba.
Cuando hubo descubierto la gran boca, dijo a sus compañeros; «¿No os
dais cuenta que el de detrás remueve lo que pisa?
No lo suelen hacer los pies que han muerto.» Y mi buen guía, llegándole
al pecho, donde sus dos naturas se entremezclan, respondió: «Está bien
vivo, y a él tan sólo
debo enseñarle el tenebroso valle:
necesidad le trae, no complacencia. Alguien cesó de cantar
Aleluya,
y ésta nueva tarea me ha encargado: él no es ladrón ni yo alma
57
condenada. Mas por esta virtud por la cual muevo los pasos por camino
tan salvaje, danos alguno que nos acompañe, que nos muestre por dónde
se vadea, y que a éste lleve encima
de su grupa, pues no es alma que viaje por el aire.» Quirón se
volvió atrás a la derecha,
y dijo a Neso: «Vuelve y dales guía,
y hazles pasar si otro grupo se encuentran.»
Y nos marchamos con tan fiel escolta por la ribera del bullir rojizo,
donde mucho gritaban los que hervían.
Gente vi sumergida hasta las cejas, y el gran centauro dijo: «
Son tiranos que vivieron de sangre y de rapiña: lloran aquí sus daños
despiadados; está Alejandro, y el feroz Dionisio que a
Sicilia causó tiempos penosos. Y aquella frente de tan negro pelo,
es Azolino; y aquel otro rubio, es Opizzo de Este, que de veras
fue muerto por su hijastro allá en el mundo.» Me volví hacia el poeta y él
me dijo:
«Ahora éste es el primero, y yo el segundo.»
Al poco rato se fijó el Centauro en unas gentes, que hasta la garganta
parecían, salir del hervidero.
Díjonos de una sombra ya apartada:
«En la casa de Dios aquél hirió el corazón que al Támesis chorrea.»
Luego vi gentes que sacaban fuera del río la cabeza, y hasta el pecho; y yo
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reconocí a bastantes de ellos. Asi iba descendiendo poco a poco aquella
sangre que los pies cocía,
y por allí pasamos aquel foso.
«Así como tú ves que de esta parte el hervidero siempre va bajando,
dijo el centauro quiero que conozcas que por la otra más y más aumenta
su fondo, hasta que al fin llega hasta el sitio en donde están gimiendo los
tiranos.
La diving justicia aquí castiga a aquel Atila azote de la tierra y a Pirro y
Sexto; y para siempre ordeña las lágrimas, que arrancan los hervores, a
Rinier de Corneto, a Rinier Pazzo
qué en los caminos tanta guerra hicieron.» Volvióse luego y franqueó
aquel vado.
CANTO XIII
Neso no había aún vuelto al otro lado, cuando entramos nosotros por
un bosque al que ningún sendero señalaba.
No era verde su fronda, sino oscura;
ni sus ramas derechas, mas torcidas; sin frutas, mas con púas venenosas.
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Tan tupidos, tan ásperos matojos no conocen las fieras que aborrecen
entre Corneto y Cécina los campos.
Hacen allí su nido las arpías, que de Estrófane echaron al Troyano con
triste anuncio de futuras cuitas.
Alas muy grandes, cuello y rostro humanos y garras tienen, y el vientre con
plumas;
en árboles tan raros se lamentan.
Y el buen Maestro: «Antes de adentrarte, sabrás que este recinto es el
segundo me comenzó a decir y estarás hasta que puedas ver el horrible
arenal; mas mira atentamente; así
verás cosas que si te digo no creerías.» Yo escuchaba por todas partes
ayes, y no vela a nadie que los diese,
por lo que me detuve muy asustado. Yo creí que él creyó que yo creía que
tanta voz salía del follaje,
de gente que a nosotros se ocultaba.
Y por ello me dijo: «Si tronchases cualquier manojo de una de estas
plantas, tus pensamientos también romperias.» Entonces extendí un poco
la mano,
y corté una ramita a un gran endrino; y su tronco gritó: «¿Por qué me
hieres? Y haciéndose después de sangre oscuro
volvió a decir: «Por qué así me desgarras?
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¿es que no tienes compasión alguna? Hombres fuimos, y ahora
matorrales; más piadosa debiera ser tu mano, aunque
fuéramos almas de serpientes.» Como. una astilla verde que encendida
por un lado, gotea por el otro,
y chirría el vapor que sale de ella, así del roto esqueje salen juntas sangre
y palabras: y dejé la rama caer y me quedé como quien teme.
«Si él hubiese creído de antemano le respondió mi sabio , ánima herida,
aquello que en mis rimas ha leído, no hubiera puesto sobre ti la mano:
mas me ha llevado la increible cosa a inducirle a hacer algo que me pesa:
mas dile quién has sido, y de este modo algún aumento renueve tu fama
alli en el mundo, al que volver él puede.» Y el tronco: «Son tan dulces tus
lisonjas que no puedo callar; y no os moleste
si en hablaros un poco me entretengo: Yo soy aquel que tuvo las dos
llaves que el corazón de Federico abrían
y cerraban, de forma tan suave, que a casi todos les negó el secreto;
tanta fidelidad puse en servirle que mis noches y días perdí en ello. La
meretriz que jamás del palacio
del César quita la mirada impúdica, muerte común y vicio de las cortes,
encendió a todos en mi contra; y tanto encendieron a Augusto esos
incendios que el gozo y el honor trocóse en lutos; mi ánimo, al sentirse
despreciado, creyendo con morir huir del desprecio, culpable me hizo
contra mí inocente.
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Por las raras raíces de este leño, os juro que jamás rompí la fe
a mi señor, que fue de honor tan digno. Y si uno de los dos regresa al
mundo, rehabilite el recuerdo que se duele aún de ese golpe que
asesta la envidia.» Paró un poco, y
después: «Ya que se calla, no pierdas tiempo dijome el poeta-
habla y pregúntale si más deseas.» Yo respondí: «Pregúntale tú entonces
lo que tú pienses que pueda gustarme;
pues, con tanta aflicción, yo no podría.» Y así volvió a empezar:
«Para que te haga de buena gana aquello que pediste, encarcelado
espíritu, aún te plazca decirnos cómo el alma se encadena
en estos troncos; dinos, si es que puedes, si alguna se despega de estos
miembros.» Sopló entonces el tronco fuememente trocándose aquel
viento en estas voces:
«Brevemente yo quiero responderos; cuando un alma feroz ha
abandonado
el cuerpo que ella misma ha desunido Minos la manda a la séptima fosa.
Cae a la selva en parte no elegida; mas donde la fortuna la dispara,
como un grano de espelta allí germina; surge en retoño y en planta
silvestre: y al converse sus hojas las Arpías, dolor le causan y al dolor
ventana.
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Como las otras, por nuestros despojos, vendremos, sin que vistan a
ninguna; pues no es justo tener lo que se tira. A rastras los traeremos, y en
la triste selva serán los cuerpos suspendidos,
del endrino en que sufre cada sombra.» Aún pendientes
estábamos del tronco creyendo que quisiera más contarnos,
cuando de un ruido fuimos sorprendidos, Igual que aquel que venir
desde el puesto escucha al jabalí y a la jauría y oye a las bestias y un
ruido de frondas; Y miro a dos que
vienen por la izquierda, desnudos y arañados, que en la huida,
de la selva rompían toda mata.
Y el de delante: «¡Acude, acude, muerte!» Y el otro, que más lento
parecía,
gritaba: «Lano, no fueron tan raudas en la batalla de Toppo tus piernas.» Y
cuando ya el aliento le faltaba,
de él mismo y de un arbusto formó un nudo.
La selva estaba llena detrás de ellos
de negros canes, corriendo y ladrando cual lebreles soltados de
traílla.
El diente echaron al que estaba oculto y lo despedazaron trozo a trozo;
luego llevaron los miembros dolientes. Cogióme entonces de la mano el
guía, y me llevó al arbusto que lloraba,
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por los sangrantes rotos, vanamente. Decía: «Oh Giácomo de Sant'
Andrea,
¿qué te ha valido de mí hacer refugio?
¿qué culpa tengo de tu mala vida?» Cuando el maestro se paró a su lado,
dijo: «¿Quién fuiste, que por tantas puntas con sangre exhalas tu habla
dolorosa?»
Y él a nosotros: «Oh almas que llegadas sois a mirar el vergonzoso estrago,
que mis frondas así me ha desunido, recogedlas al pie del triste arbusto.
Yo fui de la ciudad que en el Bautista cambió el primer patrón: el cual, por
esto con sus artes por siempre la hará triste;
y de no ser porque en el puente de Arno aún permanece de él algún
vestigio, esas gentes que la reedificaron
sobre las ruinas que Atila dejó, habrían trabajado vanamente. Yo de mi
casa hice mi cadalso.»
CANTO XIV
Y como el gran amor del lugar patrio me conmovió, reuní la rota fronda, y
se la devolví a quien ya callaba.
Al límite llegamos que divide el segundo recinto del tercero,
y vi de la justicia horrible modo.
Por bien manifestar las nuevas cosas, he de decir que a un páramo
llegamos,
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que de su seno cualquier planta ahuyenta.
La dolorosa selva es su guirnalda, como para ésta lo es el triste foso; justo
al borde los pasos detuvimos. Era el sitio una arena espesa y seca, hecha
de igual manera que esa otra que oprimiera Catón con su pisada.
¡Oh venganza divina, cuánto debes ser temida de todo aquel que lea
cuanto a mis ojos fuera manifiesto!
De almas desnudas vi muchos rebaños, todas llorando llenas de miseria,
y en diversas posturas colocadas: unas gentes yacían boca arriba;
encogidas algunas se sentaban, y otras andaban incesantemente.
Eran las más las que iban dando vueltas, menos las que yacían en
tormento, pero más se quejaban de sus males.
Por todo el arenal, muy lentamente, llueven copos de fuego dilatados,
como nieve en los Alpes si no hay viento.
Como Alejandro en la caliente zona de la India vio llamas que caían hasta
la tierra sobre sus ejércitos; por lo cual ordenó pisar el suelo
a sus soldados, puesto que ese fuego se apagaba mejor si estaba
aislado, así bajaba aquel ardor eterno;
y encendía la arena, tal la yesca bajo eslabón, y el tormento doblaba.
Nunca reposo hallaba el movimiento de las míseras manos, repeliendo
aquí o allá de sí las nuevas llamas.
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Yo comencé: «Maestro, tú que vences todas las cosas, salvo a los
demonios que al entrar por la puerta nos salieron,
¿Quién es el grande que no se preocupa del fuego y yace despectivo y
fiero, cual si la lluvia no le madurase?»
Y él mismo, que se había dado cuenta que preguntaba por él a mi guía,
gritó: « Como fui vivo, tal soy muerto.
Aunque Jove cansara a su artesano de quien, fiero, tomó el fulgor
agudo con que me golpeó el último día,
o a los demás cansase uno tras otro, de Mongibelo en esa negra fragua,
clamando: “Buen Vulcano, ayuda, ayuda” tal como él hizo en la lucha de
Flegra,
y me asaeteara con sus fuerzas, no podría vengarse alegremente.»
Mi guía entonces contestó con fuerza tanta, que nunca le hube así
escuchado:
«Oh Capaneo, mientras no se calme tu soberbia, serás más afligido:
ningún martirio, aparte de tu rabia, a tu furor dolor será adecuado.»
Después se volvió a mí con mejor tono,
«Éste fue de los siete que asediaron a Tebas; tuvo a Dios, y me parece
que aún le tenga, desdén, y no le implora; mas como yo le dije, sus
despechos son en su pecho galardón bastante.
Sígueme ahora y cuida que tus pies no pisen esta arena tan ardiente,
66
mas camina pegado siempre al bosque.» En silencio llegamos
donde corre fuera ya de la selva un arroyuelo, cuyo rojo color aún me
horripila: como del Bulicán sale el arroyo
que reparten después las pecadoras, t al corrta a través de aquella
arena.
El fondo de éste y ambas dos paredes eran de piedra, igual que las orillas;
y por ello pensé que ése era el paso.
«Entre todo lo que yo te he enseñado, desde que atravesamos esa
puerta cuyos umbrales a nadie se niegan, ninguna cosa has
visto más notable como el presente río que las llamas apaga antes que
lleguen a tocarle.»
Esto dijo mi guía, por lo cual
yo le rogué que acrecentase el pasto, del que acrecido me había el deseo.
«Hay en medio del mar un devastado país me dijo que se llama
Creta; bajo su rey fue el mundo virtuoso. Hubo allí una montaña que
alegraban aguas y frondas, se llamaba Ida: cual cosa vieja se halla ahora
desierta. La excelsa Rea la escogió por cuna para su hijo y, por mejor
guardarlo, cuando lloraba, mandaba dar gritos.
Se alza un gran viejo dentro de aquel monte, que hacia
Damiata vuelve las espaldas
y al igual que a un espejo a Roma mira.
Está hecha su cabeza de oro fino, y plata pura son brazos y pecho,
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se hace luego de cobre hasta las ingles; y del hierro mejor de aquí hasta
abajo, salvo el pie diestro que es barro cocido: y más en éste que en el
otro apoya.
Sus partes, salvo el oro, se hallan rotas por una raja que gotea lágrimas,
que horadan, al juntarse, aquella gruta; su curso en este valle se derrama:
forma Aqueronte, Estigia y Flagetonte; corre después por esta estrecha
espita al fondo donde más no se desciende:
forma Cocito; y cuál sea ese pantano ya lo verás; y no te lo describo.»
Yo contesté: «Si el presente riachuelo tiene así en nuestro mundo su
principio,
¿como puede encontrarse en este margen?» Respondió: «Sabes que es
redondo el sitio, y aunque hayas caminado un largo trecho hacia la
izquierda descendiendo al fondo, aún la vuelta completa no hemos dado;
por lo que si aparecen cosas nuevas, no debes contemplarlas con
asombro.» Y yo insistí «Maestro, ¿dónde se hallan
Flegetonte y Leteo?; a uno no nombras, y el otro dices que lo hace esta
lluvia.»
«Me agradan ciertamente tus preguntas dijo , mas el bullir del agua roja
debía resolverte la primera.
Fuera de aquí podrás ver el Leteo, allí donde a lavarse van las almas,
cuando la culpa purgada se borra.»
Dijo después: «Ya es tiempo de apartarse del bosque; ven caminando
detrás:
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dan paso las orillas, pues no queman,
y sobre ellas se extingue cualquier fuego.»
CANTO XV
Caminamos por uno de los bordes, y tan denso es el humo del arroyo, que
del fuego protege agua y orillas.
Tal los flamencos entre Gante y Brujas, temiendo el viento que en invierno
sopla,
a fin de que huya el mar hacen sus diques; y como junto al
Brenta los paduanos por defender sus villas y castillos, antes que
Chiarentana el calor sienta; de igual manera estaban hechos éstos, sólo
que ni tan altos ni tan gruesos, fuese el que fuese quien los construyera.
Ya estábamos tan lejos de la selva que no podría ver dónde me hallaba,
aunque hacia atrás yo me diera la vuelta, cuando encontramos un tropel
de almas que andaban junto al dique, y todas ellas nos miraban cual
suele por la noche mirarse el uno al otro en luna nueva;
y para vernos fruncían las cejas como hace el sastre viejo con la aguja.
Examinado así por tal familia, de uno fui conocido, que agarró
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mi túnica y gritó: «¡Qué maravilla!» y yo, al verme cogido por su mano fijé
la vista en su quemado rostro, para que, aun
abrasado, no impidiera, su reconocimiento a mi memoria;
e inclinando la mía hacia su cara respondí: «¿Estáis aquí, señor Brunetto?»
«Hijo, no te disguste me repuso- si Brunetto Latino deja un rato
a su grupo y contigo se detiene.» Y yo le dije: «Os lo pido gustoso;
y si queréis que yo, con vos me pare,
lo haré si place a aquel con el que ando.»
«Hijo repuso , aquel de este rebaño que se para, después cien años yace,
sin defenderse cuando el fuego quema. Camina
pues: yo marcharé a tu lado;
y alcanzaré más tarde a mi mesnada, que va llorando sus eternos
males.»
Yo no osaba bajarme del camino y andar con él; mas gacha la cabeza
tenía como el hombre reverente.
Él comenzó: «¿Qué fortuna o destino antes de postrer día aquí te trae?
¿y quién es éste que muestra el camino?»
Y yo: «Allá arriba, en la vida serena le respondí me perdí por un valle,
antes de que mi edad fuese perfecta. Lo dejé atrás ayer por la mañana;
éste se apareció cuando a él volvía, y me lleva al hogar por esta ruta.»
Y él me repuso: «Si sigues tu estrella glorioso puerto alcanzarás sin falta,
70
si de la vida hermosa bien me acuerdo; y si no hubiese muerto tan
temprano, viendo que el cielo te es tan favorable, dado te habría ayuda
en la tarea.
Mas aquel pueblo ingrato y malicioso que desciende de Fiesole de
antiguo,
y aún tiene en él del monte y del peñasco, si obras bien ha de hacerse tu
contrario:
y es con razón, que entre ásperos serbales
no debe madurar el dulce higo.
Vieja fama en el mundo llama ciegos, gente es avara, envidiosa y soberbia:
líbrate siempre tú de sus costumbres.
Tanto honor tu fortuna te reserva, que la una parte y la otra tendrán
hambre de ti; mas lejos pon del chivo el pasto.
Las bestias fiesolanas se apacienten de ellas mismas, y no toquen la
planta, si alguna surge aún entre su estiércol,
en que reviva la simiente santa
de los romanos que quedaron, cuando hecho fue el nido de tan gran
malicia.»
«Si pudiera cumplirse mi deseo aún no estaríais vos le repliqué- de la
humana natura separado;
que en mi mente está fija y aún me apena, querida y buena, la paterna
imagen vuestra, cuando en el mundo hora tras hora me enseñabais que el
71
hombre se hace eterno; y cuánto os lo agradezco, mientras viva, conviene
que en mi lengua se proclame.
Lo que narráis de mi carrera escribo, para hacerlo glosar, junto a otro
texto, si hasta ella llego, a la mujer que sabe.
Sólo quiero que os sea manifiesto que, con estar tranquila mi conciencia,
me doy, sea cual sea, a la Fortuna.
No es nuevo a mis oídos tal augurio: mas la Fortuna hace girar su rueda
como gusta, y el labrador su azada.» Entonces mi maestro la
mejilla derecha volvió atrás, y me miró;
dijo después: «Bien oye el precavido.»
Pero yo no dejé de hablar por eso con ser Brunetto, y pregunto quién son
sus compañeros de más alta fama.
Y él me dijo: «Saber de alguno es bueno; de los demás será mejor que
calle,
que a tantos como son el tiempo es corto. Sabe, en suma, que todos
fueron clérigos y literatos grandes y famosos,
al mundo sucios de un igual pecado. Prisciano va con esa turba mísera,
y Francesco D'Accorso; y ver con éste, si de tal tiña tuvieses deseo,
podrás a quien el Siervo de los Siervos hizo mudar del Arno al Bachiglión,
donde dejó los nervios mal usados.
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De otros diría, mas charla y camino no pueden alargarse, pues ya veo
surgir del arenal un nuevo humo.
Gente viene con la que estar no debo: mi “Tesoro” te dejo
encomendado, en el que vivo aún, y más no digo.» Luego se
fue, y parecía de aquellos que el verde lienzo corren en Verona
por el campo; y entre éstos parecía
de los que ganan, no de los que pierden.
CANTO XVI
Ya estaba donde el resonar se oía del agua que caía al otro círculo,
como el que hace la abeja en la colmena; cuando tres sombras juntas se
salieron, corriendo, de una turba que pasaba
bajo la lluvia de la áspera pena. Hacia nosotros gritando venían:
«Detente quien parece por el traje ser uno de la patria depravada.»
¡Ah, cuántas llagas vi en aquellos miembros, viejas y nuevas, de la llama
ardidas!
me siento aún dolorido al recordarlo.
A sus gritos mi guía se detuvo;
volvió el rostro hacia mí, y me dijo: « Espera, pues hay que ser cortés con
esta gente.
73
Y si no fuese por el crudo fuego que este sitio asaetea, te diría
que te apresures tú mejor que ellos.» Ellos, al detenernos,
reemprendieron su antiguo verso; y cuando ya llegaron, hacen
un corro de sí aquellos tres,
cual desnudos y untados campeones, acechando a su presa y
su ventaja, antes de que se enzarcen entre ellos; y con la cara vuelta,
cada uno
me miraba de modo que al contrario iba el cuello del pie
continuamente.
«Si el horror de este suelo movedizo
vuelve nuestras plegarias despreciables uno empezó y la faz negra y
quemada, nuestra fama a tu ánimo suplique que nos digas quién eres,
que los vivos pies tan seguro en el
infierno arrastras. Éste, de quien me ves pisar las huellas, aunque
desnudo y sin pellejo vaya,
fue de un grado mayor de lo que piensas, pues nieto fue de la bella
Gualdrada; se llamó Guido Guerra, y en su vida
mucho obró con su espada y con su juicio.
El otro, que tras mí la arena pisa, es Tegghiaio Aldobrandi, cuya voz en el
mundo debiera agradecerse;
y yo, que en el suplicio voy con ellos,
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Jacopo Rusticucci; y fiera esposa más que otra cosa alguna me condena.»
Si hubiera estado a cubierto del fuego, me hubiera ido detrás de ellos al
punto,
y no creo que al guía le importase; mas me hubiera abrasado, y
de ese modo
venció el miedo al deseo que tenía, pues de abrazarles yo me
hallaba ansioso. Luego empecé: «No desprecio, mas pena en mi interior
me causa vuestro estado,
y es tanta que no puedo desprenderla, desde el momento en que mi
guía dijo palabras, por las cuales yo pensaba que, como sois, se acercaba
tal gente.
De vuestra tierra soy, y desde siempre
vuestras obras y nombres tan honrados, con afecto he escuchado y
retenido.
Dejo la hiel y voy al dulce fruto que mi guía veraz me ha prometido,
pero antes tengo que llegar al centro.»
«Muy largamente el alma te conduzcan todavía me dijo aquél tus
miembros, y resplandezca luego tu memoria,
di si el valor y cortesía aún se hallan en nuestra patria tal como solían,
o si del todo han sido ya expulsados; que Giuglielmo Borsiere, el cual se
duele desde hace poco en nuestro mismo grupo,
con sus palabras mucho nos aflige.»
75
«Las nuevas gentes, las ganancias súbitas, orgullo y desmesura han
generado,
en ti, Florencia, y de ello te lamentas.» Así grité levantando la
cara;
y los tres, que esto oyeron por respuesta, se miraron como ante las
verdades.
«Si en otras ocasiones no te cuesta satisfacer a otros me dijeron ,
dichoso tú que dices lo que quieres.
Pero si sales de este mundo ciego y vuelves a mirar los bellos astros,
cuando decir “estuve allí” te plazca,
háblale de nosotros a la gente.» Rompieron luego el círculo y, huyendo,
alas sus raudas piernas parecían.
Un amén no podría haberse dicho
antes de que ellos se hubiesen perdido; por lo que el guía quiso que
partiésemos. Yo iba detrás, y no avanzamos mucho cuando el agua sonaba
tan de cerca,
que apenas se escuchaban las palabras.
Como aquel río sigue su carrera primero desde el Veso hacia el levante, a
la vertiente izquierda de Apenino, que Acquaqueta se
llama abajo, antes de que en un hondo lecho se desplome, y en
Forlí ya ese nombre no conserva, resuena allí sobre San
Benedetto,
76
de la roca cayendo en la cascada en donde mil debieran recibirle; así
en lo hondo de un despeñadero, oímos resonar el
agua roja,
que el oído ofendía al poco tiempo. Yo llevaba una cuerda a la cintura con
la que alguna vez hube pensado cazar la onza de la piel pintada.
Luego de haberme toda desceñido, como mi guía lo había mandado, se
la entregué recogida en un rollo.
Entonces se volvió hacia la derecha y, alejándose un trecho de la orilla, la
arrojó al fondo de la escarpadura.
«Alguna novedad ha de venirnos pensaba para mí del nuevo signo,
que el maestro así busca con los ojos.» iCuán cautos deberían ser los
hombres
junto a aquellos que no sólo las obras, mas por dentro el pensar también
conocen!
«Pronto dijo verás sobradamente
lo que espero, y en lo que estás pensando: pronto conviene que tú lo
descubras.»
La verdad que parece una mentira debe el hombre callarse mientras
pueda, porque sin tener culpa se avergüence:
pero callar no puedo; y por las notas, lector, de esta Comedia, yo te juro,
así no estén de larga gracia llenas, que vi por aquel oire oscuro y denso
venir nadando arriba una figura,
77
que asustaría el alma más valiente, tal como vuelve aquel que va al fondo
a desprender el ancla que se agarra
a escollos y otras cosas que el mar cela, que el cuerpo extiende y los pies
se recoge.
CANTO XVII
«Mira la bestia con la cola aguda, que pasa montes, rompe muros y armas;
mira aquella que apesta todo el mundo.»
Así mi guía comenzó a decirme; y le ordenó que se acercase al borde
donde acababa el camino de piedra.
Y aquella sucia imagen del engaño se acercó, y sacó el busto y la cabeza,
mas a la orilla no trajo la cola.
Su cara era la cara de un buen hombre, tan benigno tenía lo de afuera,
y de serpiente todo lo restante. Garras peludas tiene en las
axilas;
y en la espalda y el pecho y ambos flancos pintados tiene ruedas y lazadas.
Con más color debajo y superpuesto no hacen tapices tártaros ni turcos,
ni fue tal tela hilada por Aracne.
78
Como a veces hay lanchas en la orilla, que parte están en agua y parte en
seco; o allá entre los glotones alemanes
el castor se dispone a hacer su caza, se hallaba así la fiera detestable
al horde pétreo, que la arena ciñe.
Al aire toda su cola movía, cerrando arriba la horca venenosa,
que a guisa de escorpión la punta armaba.
El guía dijo: «Es preciso torcer nuestro camino un poco, junto a aquella
malvada bestia que está allí tendida.»
Y descendimos al lado derecho, caminando diez pasos por su borde, para
evitar las llamas y la arena.
Y cuando ya estuvimos a su lado, sobre la arena vi, un poco más lejos,
gente sentada al borde del abismo. Aquí el maestro:
«Porque toda entera de este recinto la experiencia lleves me dijo , ve y
contempla su castigo.
Allí sé breve en tus razonamientos: mientras que vuelvas hablaré con ésta,
que sus fuertes espaldas nos otorgue.» Así pues por el borde de la cima de
aquel séptimo circulo yo solo anduve, hasta llegar a los penados.
Ojos afuera estallaba su pena,
de aquí y de allí con la mano evitaban tan pronto el fuego como el suelo
ardiente:
como los perros hacen en verano, con el hocico, con el pie, mordidos de
pulgas o de moscas o de tábanos.
79
Y después de mirar el rostro a algunos, a los que el fuego doloroso azota,
a nadie conocí; pero me acuerdo que en el cuello tenía una bolsa
con un cierto color y ciertos signos, que parecían complacer su vista. Y
como yo anduviéralos mirando, algo azulado vi en una amarilla, que de un
león tenía cara y porte.
Luego, siguiendo de mi vista el curso, otra advertí como la roja sangre,
y una oca blanca más que la manteca. Y uno que de una cerda azul
preñada señalado tenía el blanco saco,
dijo: «¿Qué andas haciendo en esta fosa?
Vete de aquí; y puesto que estás vivo, sabe que mi vecino
Vitaliano
aquí se sentará a mi lado izquierdo;
de Padua soy entre estos florentinos: y las orejas me atruenan sin tasa
gritando: “¡Venga el noble caballero que llenará la bolsa con tres chivos!”»
Aquí torció la boca y se sacaba la lengua,
como el buey que el belfo lame.
Y yo, temiendo importunar tardando
a quien de no tardar me había advertido, atrás dejé las almas lastimadas.
A mi guía encontré, que ya subido sobre la grupa de la fiera estaba, y me
dijo: «Sé fuerte y arrojado. Ahora bajamos por tal escalera:
80
sube delante, quiero estar en medio, porque su cola no vaya a dañarte.»
Como está aquel que tiene los temblores de la cuartana, con las uñas
pálidas,
y tiembla entero viendo ya el relente, me puse yo escuchando sus
palabras; pero me avergoncé con su advertencia,
que ante el buen amo el siervo se hace fuerte.
Encima me senté de la espaldaza: quise decir, mas la voz no me vino como
creí: «No dejes de abrazarme.» Mas aquel que otras veces me ayudara en
otras dudas, luego que monté,
me sujetó y sostuvo con sus brazos. Y le dijo: «Gerión, muévete ahora:
las vueltas largas, y el bajar sea lento: piensa en qué nueva carga estás
llevando.»
Como la navecilla deja el puerto detrás, detrás, así ésta se alejaba; y
luego que ya a gusto se sentía, en donde el pecho, ponía la cola, y tiesa,
como anguila, la agitaba, y con los brazos recogía el aíire.
No creo que más grande fuese el miedo cuando Faetón abandonó las
riendas,
por lo que el cielo ardió, como aún parece; ni cuando la cintura el pobre
Ícaro
sin alas se notó, ya derretidas, gritando el padre: «¡Mal camino llevas!»;
que el mío fue, cuando noté que estaba
rodeado de aire, y apagada cualquier visión que no fuese la fiera;
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ella nadando va lenta, muy lenta; gira y desciende, pero yo no noto
sino el viento en el rostro y por debajo.
Oía a mi derecha la cascada
que hacía por encima un ruido horrible, y abajo miro y la cabeza
asomo.
Entonces temí aún más el precipicio, pues fuego pude ver y escuchar
llantos; por lo que me encogí temblando entero. Y vi después, que aún no
lo había visto, al bajar y girar los grandes
males,
que se acercaban de diversos lados.
Como el halcón que asaz tiempo ha volado, y que sin ver ni señuelo ni
pájaro
hace decir al halconero: «¡Ah, baja!»,
lento desciende tras su grácil vuelo, en cien vueltas, y a lo lejos
se pone de su maestro, airado y desdeñoso, de tal modo Gerión se posó al
fondo, al mismo pie de la cortada roca,
y descargadas nuestras dos personas, se disparó como de cuerda tensa.
CANTO XVIII
82
Hay un lugar llamado Malasbolsas en el infierno, pétreo y ferrugiento,
igual que el muro que le ciñe entorno. Justo en el
medio del campo maligno se abre un pozo bastante largo y hondo,
del cual a tiempo contaré las partes. Es redondo el espacio que se forma
entre el pozo y el pie del duro abismo, y en diez valles su fondo se divide.
Como donde, por guarda de los muros, más y más fosos ciñen los castillos,
el sitio en donde estoy tiene el aspecto; tal imagen los valles aquí tienen.
Y como del umbral de tales fuertes a la orilla contraria hay puentecillos,
así del borde de la roca, escollos
conducen, dividiendo foso y márgenes, hasta el pozo que les corta y les
une.
En este sitio, ya de las espaldas de Gerión nos bajamos; y el poeta
tomó a la izquierda, y yo me fui tras él.
A la derecha vi nuevos pesares, nuevos castigos y verdugos nuevos, que
la bolsa primera abarrotaban. Allí estaban
desnudos los malvados; una mitad iba dando la espalda,
otra de frente, con pasos más grandes; tal como en Roma la gran
muchedumbre,
del año jubilar, alli en el puente precisa de cruzar en doble vía, que por
un lado todos van de cara
hacia el castillo y a San Pedro marchan; y de otro lado marchan hacia el
monte. De aquí, de allí, sobre la oscura roca,
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vi demonios cornudos con flagelos, que azotaban cruelmente sus
espaldas.
¡Ay, cómo hacían levantar las piernas a los primeros golpes!, pues
ninguno el segundo esperaba ni el tercero.
Mientras andaba, en uno mi mirada vino a caer; y al punto yo me dije:
«De haberle visto ya no estoy ayuno.» Y así paré mi paso para verlo:
y mi guía conmigo se detuvo,
y consintió en que atrás retrocediera.
Y el condenado creía ocultarse bajando el rostro; mas sirvió de poco,
pues yo le dije: «Oh tú que el rostro agachas, si los rasgos que llevas no
son falsos, Venedico eres tú Caccianemico;
mas ¿qué te trae a salsas tan picantes?» Y repuso: «Lo digo de mal grado;
pero me fuerzan tus claras palabras,
que me hacen recordar el mundo antiguo.
Fui yo mismo quien a Ghisolabella indujo a hacer el gusto del marqués,
como relaten la sucia noticia.
Y boloñés no lloró aquí tan sólo, mas tan repleto está este sitio de ellos,
que ahora tantas lenguas no se escuchan que digan
"Sipa" entre Savena y Reno;
y si fe o testimonio de esto quieres, trae a tu mente nuestro
seno avaro.» Hablando así le golpeó un demonio con su
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zurriago, y dijo: « Lárgate
rufián, que aquí no hay hembras que se vendan.» Yo me reuní al momento
con mi escolta;
luego, con pocos pasos, alcanzamos un escollo saliente de la escarpa.
Con mucha ligereza lo subimos y, vueltos a derecha por su dorso,
de aquel círculo eterno nos marchamos. Cuando estuvimos ya donde se
ahueca debajo, por dar paso a los penados,
el guía dijo: « Espera, y haz que pongan la vista en ti esos otros
malnacidos,
a los que aún no les viste el semblante, porque en nuestro
sentido caminaban.» Desde el puente mirábamos el grupo que al otro
lado hacia nosotros iba,
y que de igual manera azota el látigo. Y sin yo preguntarle el buen Maestro
«Mira aquel que tan grande se aproxima, que no le causa lágrimas el
daño.
¡Qué soberano aspecto aún conserva!
Es Jasón, que por ánimo y astucia dejó privada del carnero a
Cólquida. Éste pasó por la isla de Lemmos,
luego que osadas hembras despiadadas muerte dieran a todos sus
varones: con tretas y palabras halagüeñas
a Isifile engañó, la muchachita que antes había a todas
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engañado. Allí la dejó encinta, abandonada; tal culpa le condena a tal
martirio;
también se hace venganza de Medea.
Con él están los que en tal modo engañan: y del valle primero esto te
baste
conocer, y de los que en él castiga.» Nos hallábamos ya donde
el sendero con el margen segundo se entrecruza, que a otro arco le sirve
como apoyo. Aquí escuchamos gentes que ocupaban la otra bolsa y
soplaban por el morro, pegándose a sí mismas con las manos.
Las orillas estaban engrumadas
por el vapor que abajo se hace espeso, y ofendía a la vista y al olfato.
Tan oscuro es el fondo, que no deja ver nada si no subes hasta el dorso
del arco, en que la roca es más saliente.
Allí subimos; y de allá, en el foso vi gente zambullida en el estiércol, cual
de humanas letrinas recogido.
Y mientras yo miraba hacia allá abajo, vi una cabeza tan de mierda llena,
que no sabía si era laico o fraile.
Él me gritó: « ¿Por qué te satisface mirarme más a mí que a otros tan
sucios?» Le dije yo: « Porque, si bien recuerdo,
con los cabellos secos ya te he visto, y eres Alesio Interminei de Lucca: por
eso más que a todos te miraba.» Y él dijo, golpeándose la chola:
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«Aquí me han sumergido las lisonjas, de las que nunca se cansó mi
lengua.»
Luego de esto, mi guía: «Haz que penetre dijo tu vista un poco más
delante,
tal que tus ojos vean bien el rostro de aquella sucia y
desgreñada esclava, que allí se rasca con uñas mierdosas,
y ahora se tumba y ahora en pie se pone: es Thais, la prostituta, que
repuso
a su amante, al decirle "¿Tengo prendas bastantes para ti?":
“aún más, excelsas”.
Y sea aquí saciada nuestra vista.»
CANTO XIX
¡Oh Simón Mago! Oh mfseros secuaces
que las cosas de Dios, que de los buenos esposas deben ser, como
rapaces por el oro y la plata adulteráis!
sonar debe la trompa por vosotros, puesto que estáis en la tercera
bolsa. Ya estábamos en la siguiente tumba, subidos en la parte del escollo
que cae justo en el medio de aquel foso.
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¡Suma sabiduría! ¡Qué arte muestras en el cielo, en la tierra y el mal
mundo, cuán justamente tu virtud repartes!
Yo vi, por las orillas y en el fondo, llena la piedra livida de hoyos, todos
redondos y de igual tamaño.
No los vi menos amplios ni mayores que esos que hay en mi bello San
Juan, y son el sitio para los bautismos;
uno de los que no hace aún mucho tiempo yo rompí porque en él uno se
ahogaba: sea esto seña que a todos convenza.
A todos les salían por la boca
de un pecador los pies, y de las piernas hasta el muslo, y el resto estaba
dentro.
Ambas plantas a todos les ardían; y tan fuerte agitaban las coyundas,
que habrían destrozado soga y cuerdas. Cual suele el llamear en cosas
grasas moverse por la extrema superficie,
así era allí del talón a la punta.
«Quién es, maestro, aquel que se enfurece
pataleando más que sus consortes dije y a quien más roja llama quema?»
Y él me dijo: «Si quieres que te lleve allí por la pendiente que desciende,
él te hablará de sí y de sus pecados.» Y yo: «Lo que tú quieras será
bueno, eres tú mi señor y no me aparto
de tu querer: y lo que callo sabes.» Caminábamos pues el cuarto margen:
volvimos y bajamos a la izquierda al fondo estrecho y agujereado.
88
Entonces el maestro de su lado
no me apartó, hasta vernos junto al hoyo de aquel que se dolía con las
zancas.
«Oh tú que tienes lo de arriba abajo, alma triste clavada cual madero,
le dije yo , contéstame si puedes.» Yo estaba como el fraile que confiesa al
pérfido asesino, que, ya hincado, por retrasar su muerte le reclama.
Y él me gritó: «¿Ya estás aquí plantado?,
¿ya estás aquí plantado, Bonifacio? En pocos años me mintió lo escrito.
¿Ya te cansaste de aquellas riquezas por las que hacer engaño no temiste,
y atormentar después a tu Señora?»
Me quedé como aquellos que se encuentran, por no entender lo que
alguien les responde, confundidos, y contestar no saben.
Dijo entonces Virgilio: «Dile pronto:
“No soy aquel, no soy aquel que piensas.”» Yo respondí como me fue
indicado.
Torció los pies entonces el espíritu, luego gimiendo y con voces llorosas,
me dijo: «¿Entonces, para qué me buscas? si te interesa tanto el
conocerme,
que has recorrido así toda la roca, sabe que fui investido del gran
manto, y en verdad fui retoño de la Osa,
y tan ansioso de engordar oseznos,
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que allí el caudal, aquí yo, me he embolsado.
Y bajo mi cabeza están los otros que a mí, por simonía, precedieron,
y que lo estrecho de la piedra aplasta.
Allí habré yo de hundirme también cuando venga aquel que creía que tú
fueses,
al hacerte la súbita pregunta.
Pero mis pies se abrasan ya más tiempo y más estoy yo puesto boca abajo,
del que estarán plantados sus pies rojos, pues vendrá luego de él, aún más
manchado, desde el poniente, un pastor sin
entrañas,
tal que conviene que a los dos recubra. Nuevo Jasón será,
como nos muestra MACABEOS, y como a aquel fue blando su rey, así ha de
hacer quien Francia rige.» No sé si fui yo loco en demasía,
pues que le respondí con tales versos:
«Ah, dime ahora, qué tesoros quiso Nuestro Señor antes de que a San
Pedro
le pusiese las llaves a su cargo? Únicamente dijo: “Ven conmigo”; ni Pedro
ni los otros de Matías oro ni plata, cuando sortearon
el puesto que perdió el alma traidora. Quédate ahí, que estás bien
castigado, y guarda las riquezas mal cogidas, que atrevido te hicieron
contra Carlos.
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Y si no fuera porque me lo veda el respeto a las llaves soberanas que
fueron tuyas en la alegre vida, usaría palabras aún más duras;
porque vuestra avaricia daña al mundo, hundiendo al bueno y ensalzando
al malo.
Pastores, os citó el evangelista, cuando aquella que asienta sobre el
agua
él vio prostituida con los reyes: aquella que nació con siete
testas,
y tuvo autoridad con sus diez cuernos, mientras que su virtud
plació al marido. Os habéis hecho un Dios de oro y de plata: y qué os
separa ya de los idólatras,
sino que a ciento honráis y ellos a uno? Constantino, ¡de cuánto mal fue
madre, no que te convirtieses, mas la dote que por ti enriqueció al primer
patriarca!» Y mientras yo
cantaba tales notas, mordido por la ira o la conciencia, con fuerza las dos
piernas sacudía.
Yo creo que a mi guía le gustaba,
pues con rostro contento había escuchado mis palabras sinceramente
dichas.
Entonces me cogió con los dos brazos; y luego de subirme
hasta su pecho, volvió a ascender la senda que bajamos.
No se cansó llevándome agarrado, hasta ponerme en la cima del puente
91
que del cuarto hasta el quinto margen cruza.
Con suavidad aquí dejó la carga, suave, en el escollo áspero y pino que a
las cabras sería mala trocha. Desde ese sitio descubrí otro valle.
CANTO XX
De nueva pena he de escribir los versos y dar materia al vigésimo canto
de la primer canción, que es de los reos.
Estaba yo dispuesto totalmente a mirar en el fondo descubierto,
que me bañaba de angustioso llanto; por el redondo valle vi a unas gentes
venir, calladas y llorando, al paso
con que en el mundo van las procesiones.
Cuando bajé mi vista aún más a ellas, vi que estaban torcidas por
completo desde el mentón al principio del pecho;
porque vuelto a la espalda estaba el rostro, y tenían que andar hacia
detrás,
pues no podían ver hacia delante.
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Por la fuerza tal vez de perlesía alguno habrá en tal forma retorcido,
mas no lo vi, ni creo esto que pase. Si Dios te deja, lector, coger fruto de
tu lectura, piensa por ti mismo
si podría tener el rostro seco, cuando vi ya de cerca nuestra imagen
tan torcida, que el llanto de los ojos les bañaba las nalgas
por la raja.
Lloraba yo, apoyado en una roca del duro escollo, tal que dijo el guía:
«¿Es que eres tú de aquellos insensatos?, vive aquí la piedad cuando está
muerta:
¿Quién es más criminal de lo que es ése que al designio divino se
adelanta?
Alza tu rostro y mira a quien la tierra a la vista de Tebas se tragó;
y de allí le gritaban: “Dónde caes Anfiareo?, ¿por qué la guerra dejas?”
Y no dejó de rodar por el valle hasta Minos, que a todos los agarra. Mira
cómo hizo pecho de su espalda: pues mucho quiso ver hacia adelante,
mira hacia atrás y marcha reculando.
Mira a Tiresias, que mudó de aspecto al hacerse mujer siendo varón
cambiándose los miembros uno a uno; y después, golpear debía antes
las unidas serpientes, con la vara, que sus viriles plumas recobrase.
Aronte es quien al vientre se le acerca, que en los montes de
Luni, que cultiva el carrarés que vive allí debajo,
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tuvo entre blancos mármoles la cueva como mansión; donde al mirar los
astros y el mar, nada la vista le impedía.
Y aquella que las tetas se recubre, que tú no ves, con trenzas desatadas, y
todo el cuerpo cubre con su pelo,
fue Manto, que corrió por muchas tierras; y luego se afincó donde naci,
por lo que un poco quiero que me escuches: Después de que su padre
hubiera muerto,
y la ciudad de Baco esclavizada, ella gran tiempo anduvo por el mundo. En
el norte de Italia se halla un lago,
al pie del Alpe que ciñe Alemania sobre el Tirol, que Benago se
llama. Por mil fuentes, y aún más, el Apenino ente Garda y
Camónica se baña,
por el agua estancada en dicho lago.
En su medio hay un sitio, en que el trentino pastor y el de
Verona, y el de Brescia,
si ese camino hiciese, bendijera.
Se halla Pesquiera, arnés hermoso y fuerte, frontera a bergamescos y
brescianos,
en la ribera que en el sur le cerca.
En ese sitio se desborda todo
lo que el Benago contener no puede, y entre verdes praderas se hace un
río.
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Tan pronto como el agua aprisa corre, no ya Benago, mas Mencio se
llama hasta Governo, donde cae al Po.
Tras no mucho correr, encuentra un valle, en el cual se dilata y
empantana;
y en el estio se vuelve insalubre. Pasando por allí la virgen fiera,
vio tierra en la mitad de aquel pantano, sin cultivo y desnuda de
habitantes. Allí, para escapar de los humanos,
con sus siervas quedóse a hacer sus artes, y vivió, y dejó allí su vano
cuerpo.
Los hombres luego que vivían cerca, se acogieron al sitio, que era fuerte,
pues el pantano aquel lo rodeaba. Fundaron la
ciudad sobre sus huesos; y por quien escogió primero el sitio,
Mantua, sin otro augurio, la llamaron. Sus moradores fueron abundantes,
antes que la torpeza de Casoldi,
de Pinamonte engaño recibiese.
Esto te advierto por si acaso oyeras que se fundó de otro modo mi patria,
que a la verdad mentira alguna oculte.»
Y yo: «Maestro, tus razonamientos me son tan ciertos y tan bien los creo,
que apagados carbones son los otros. Mas dime, de la gente que camina,
si ves alguna digna de noticia, pues sólo en eso mi mente se ocupa.»
95
Entonces dijo: «Aquel que desde el rostro la barba ofrece por la espalda
oscura, fue, cuando Grecia falta de varones tanto, que había apenas en las
cunas augur, y con Calcante dio la orden
de cortar en Aulide las amarras. Se llamaba Euripilo, y así canta algún
pasaje de mi gran tragedia: tú bien lo sabes pues la sabes toda.
Aquel otro en los flancos tan escaso, Miguel Escoto fue, quien en verdad
de los mágicos fraudes supo el juego. Mira a Guido
Bonatti, mira a Asdente,
que haber tomado el cuero y el bramante ahora querría, mas tarde se
acuerda;
Y a las tristes que el huso abandonaron, las agujas y ruecas, por ser magas
y hechiceras con hierbas y figuras. Mas ahora ven, que llega ya al confín de
los dos hemisferios, y a las ondas bajo Sevilla, Caín con las zarzas,
y la luna ayer noche estaba llena: bien lo recordarás, que no fue estorbo
alguna vez en esa selva oscura.»
Así me hablaba, y mientras caminábamos.
CANTO XXI
Así de puente en puente, conversando de lo que mi Comedia no se ocupa,
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subimos, y al llegar hasta la cima nos paramos a ver la otra hondonada de
Malasbolsas y otros llantos vanos; y la vi tenebrosamente oscura.
Como en los arsenales de Venecia bulle pez pegajosa en el invierno al
reparar sus leños averiados, que navegar no pueden; y a la vez
quién hace un nuevo leño, y quién embrea los costados a aquel que hizo
más rutas; quién remacha la popa y quién la proa; hacen otros los remos y
otros cuerdas; quién repara mesanas y trinquetas;
asi, sin fuego, por divinas artes, bullía abajo una espesa resina,
que la orilla impregnaba en todos lados.
La veía, mas no veía en ella
más que burbujas que el hervor alzaba, todas hincharse y explotarse
luego.
Mientras allá miraba fijamente,
el poeta, diciendo: «¡Atento, atento!» a él me atrajo del sitio en que yo
estaba.
Me volvi entonces como aquel que tarda en ver aquello de que huir
conviene,
y a quien de pronto le acobarda el miedo, y, por mirar, no demora la
marcha;
y un diablo negro vi tras de nosotros, que por la roca corriendo venía.
¡Ah, qué fiera tenía su apariencia, y parecían cuán amenazantes
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sus pies ligeros, sus abiertas alas!
En su hombro, que era anguloso y soberbio, cargaba un pecador por
ambas ancas, agarrando los pies por los tendones.
«¡Oh Malasgarras dijo desde el puente , os mando a un regidor
de Santa Zita! Ponedlo abajo, que voy a por otro
a esa tierra que tiene un buen surtido: salvo Bonturo todos son venales;
del “ita” allí hacen “no” por el dinero.»
Abajo lo tiró, y por el escollo
se volvió, y nunca fue un mastín soltado persiguiendo a un
ladrón con tanta prisa. Aquél se hundió, y se salía de nuevo;
mas los demonios que albergaba el puente gritaron: «¡No está
aquí la Santa Faz,
y no se nada aquí como en el Serquio! así que, si no quieres nuestros
garfios, no te aparezcas sobre la resina.»
Con más de cien arpones le pinchaban, dicen: «Cubierto bailar aquí
debes,
tal que, si puedes, a escondidas hurtes.» No de otro modo al pinche el
cocinero hace meter la carne en la caldera,
con los tridentes, para que no flote.
Y el buen Maestro: «Para que no sepan que estás agua me dijo ve a
esconderte tras una roca que sirva de abrigo;
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y por ninguna ofensa que me hagan, debes temer, que bien conozco esto,
y otras veces me he visto en tales líos.» Después pasó del
puente a la otra parte; y cuando ya alcanzó la sexta fosa;
le fue preciso un ánimo templado.
Con la ferocidad y con la saña que los perros atacan al mendigo, que
de pronto se para y limosnea,
del puentecillo aquéllos se arrojaron, y en contra de él volvieron los
arpones; mas él gritó: «¡Que ninguno se atreva! Antes de que me pinchen
los tridentes,
que se adelante alguno para oírme, pensad bien si debéis
arponearme.»
«¡Que vaya Malacola!» se gritaron; y uno salió de entre los otros quietos,
y vino hasta él diciendo: «¿De qué sirve?»
«Es que crees, Malacola, que me habrías visto venir le dijo mi maestro-
seguro ya de todas vuestras armas, sin el querer divino y diestro hado?
Déjame andar, que en el cielo se quiere que el camino salvaje enseñe a
otros.» Su orgullo entonces fue tan abatido que el tridente dejó caer al
suelo,
y a los otros les dijo: «No tocarlo.»
Y el guía a mí: «Oh tú que allí te encuentras tras las rocas del puente
agazapado, puedes venir conmigo ya seguro.»
99
Por lo que yo avancé hasta él deprisa; y los diablos se echaron adelante,
tal que temí que el pacto no guardaran; así yo vi temer a los infantes
yéndose, tras rendirse, de Caprona, al verse ya entre tantos enemigos. Yo
me arrimé con toda mi persona a mi guía, y los ojos no apartaba
de sus caras que no eran nada buenas. Inclinaban los garfios:
«¿Que le pinche decíanse queréis, en el trasero?»
Y respondían: «Sí, pínchale fuerte.»
Pero el demonio aquel que había hablado con mi guía, volvióse
raudamente,
y dijo: «Para, para, Arrancapelos.» Luego nos dijo: « Más andar por este
escollo no se puede, pues que yace todo despedazado el arco sexto;
y si queréis seguir más adelante podéis andar aquí, por esta escarpa: hay
otro escollo cerca, que es la ruta. Ayer, cinco horas más que en esta hora,
mil y doscientos y sesenta y seis años hizo, que aquí se hundió el camino.
Hacia allá mando a alguno de los míos para ver si se escapa alguno de
esos; id con ellos, que no han de molestaros.
¡Adelante Aligacho, Patasfrías,
él comenzó a decir y tú, Malchucho; y Barbatiesa guíe la decena.
Vayan detrás Salido y Ponzoñoso, jabalí Colmilludo, Arañaperros,
100
el Tartaja y el loco del Berrugas. Mirad en torno de la pez hirviente;
éstos a salvo lleguen al escollo que todo entero va
sobre la fosa.»
«¡Ay maestro, qué es esto que estoy viendo! dije vayamos solos sin
escolta,
si sabes ir, pues no la necesito. Si eres tan avisado como sueles,
¿no ves cómo sus dientes les rechinan, y su entrecejo males amenaza?»
Y él me dijo: «No quiero que te asustes; déjalos que rechinen a su gusto,
pues hacen eso por los condenados.» Dieron la vuelta por la orilla
izquierda, mas primero la lengua se mordieron hacia su jefe, a manera
de seña,
y él hizo una trompeta de su culo.
CANTO XXII
Caballeros he visto alzar el campo, comenzar el combate, o la revista, y
alguna vez huir para salvarse;
en vuestra tierra he visto exploradores,
¡Oh aretinos! y he visto las mesnadas, hacer torneos y correr las justas,
ora con trompas, y ora con campanas, con tambores, y hogueras en
castillos, con cosas propias y también ajenas; mas nunca con tan rara
cornamusa,
101
moverse caballeros ni pendones, ni nave al ver una estrella o la tierra.
Caminábamos con los diez demonios,
¡fiera compaña!, mas en la taberna con borrachos, con santos en la iglesia.
Mas a la pez volvía la mirada, por ver lo que la bolsa contenía
y a la gente que adentro estaba ardiendo.
Cual los delfines hacen sus señales con el arco del lomo al marinero, que
le preparan a que el leño salve, por aliviar su pena, de este modo
enseñaban la espalda algunos de ellos, escondiéndose en
menos que hace el rayo. Y como al borde del agua de un charco hay
renacuajos con el morro fuera,
con el tronco y las ancas escondidas, se encontraban así los
pecadores; mas, como se acercaba Barbatiesa, bajo el hervor volvieron a
meterse. Yo vi, y el corazón se me acongoja, que
uno esperaba, así como sucede que una rana se queda y otra salta; Y
Arañaperros, que a su lado estaba, le agarró por el pelo empegotado
y le sacó cual si fuese una nutria.
Ya de todos el nombre conocía,
pues lo aprendí cuando fueron nombrados, y atento estuve cuando se
llamaban.
«Ahora, Berrugas, puedes ya clavarle
los garfios en la espalda y desollarlo» gritaban todos juntos los malditos.
102
Y yo: «Maestro, intenta, si es que puedes, saber quién es aquel
desventurado, llegado a manos de sus enemigos.»
Y junto a él se aproximó mi guía; preguntó de dónde era, y él repuso:
«Fui nacido en el reino de Navarra. Criado de un señor me hizo mi madre,
que me había engendrado de un bellaco, destructor de si mismo y de sus
cosas.
Después fui de la corte de Teobaldo: allí me puse a hacer baratertas;
y en este caldo estoy rindiendo cuentas.» Y Colmilludo a cuya boca
asoman, tal jabalí, un colmillo a cada lado,
le hizo sentir cómo uno descosía. Cayó el ratón entre malvados gatos;
mas le agarró en sus brazos Barbatiesa, y dijo: « Estaros quietos un
momento.» Y volviendo la cara a mi maestro
«Pregunta dijo aún, si más deseas de él saber, antes que esos lo
destrocen».
El guía entonces: «De los otros reos, di ahora si de algún latino sabes
que esté bajo la pez.» Y él: «Hace poco a uno dejé que fue de allí vecino.
¡Si estuviese con él aún recubierto no temería tridentes ni garras!»
Y el Salido: «Esperamos ya bastante»,
dijo, y cogióle el brazo con el gancho, tal que se llevó un trozo desgarrado.
También quiso agarrarle Ponzoñoso piernas abajo; mas el decurión
miró a su alrededor con mala cara.
103
Cuando estuvieron algo más calmados, a aquel que aún contemplaba sus
heridas le preguntó mi guía sin tardanza:
«¿Y quién es ése a quien enhoramala dejaste, has dicho, por salir a
flote?» Y aquél repuso: «Fue el fraile Gomita, el de
Gallura, vaso de mil fraudes; que apresó a los rivales de su amo,
consiguiendo que todos lo alabasen.
Cogió el dinero, y soltóles de plano, como dice; y fue en otros
menesteres, no chico, mas eximio baratero.
Trata con él maese Miguel Zanque de Logodoro; y hablan
Cerdeña
sin que sus lenguas nunca se fatiguen.
¡Ay de mí! ved que aquél rechina el diente: más te diría pero tengo miedo
que a rascarme la tiña se aparezcan.» Y vuelto hacia el Tartaja el gran
preboste,
cuyos ojos herirle amenazaban, dijo: « Hazte a un lado, pájaro malvado.»
«Si queréis conocerles o escucharles volvió a empezar el preso temeroso-
haré venir toscanos o lombardos; pero quietos estén los Malasgarras
para que éstos no teman su venganza, y yo, siguiendo en este
mismo sitio, por uno que soy yo, haré venir siete cuando les
silbe, como acostumbramos hacer cuando del fondo sale alguno.»
Malchucho en ese instante alzó el hocico, moviendo la cabeza, y dijo: «Ved
104
qué malicia pensó para escaparse.» Mas él, que muchos trucos conocía
respondió: «¿Malicioso soy acaso, cuando busco a los míos más tristeza?»
No se aguantó Aligacho, y, al contrario de los otros, le dijo: «Si te tiras,
yo no iré tras de ti con buen galope, mas batiré sobre la pez las alas; deja
la orilla y corre tras la roca; ya veremos si tú nos aventajas.»
Oh tú que lees, oirás un nuevo juego: todos al otro lado se volvieron,
y el primero aquel que era más contrario.
Aprovechó su tiempo el de Navarra; fijó la planta en tierra, y en un punto
dio un salto y se escapó de su preboste.
Y por esto, culpables se sintieron, más aquel que fue causa del desastre,
que se marchó gritando: «Ya te tengo.» Mas de poco
valió, pues que al miedoso no alcanzaron las alas: se hundió éste,
y aquél alzó volando arriba el pecho. No de otro modo el ánade de golpe,
cuando el halcón se acerca, se sumerge, y éste, roto y cansado, se
remonta.
Airado Patasfrías por la broma, volando atrás, lo cogió, deseando
que aquél huyese para armar camorra; y al desaparecer el baratero,
volvió las garras a su camarada,
tal que con él se enzarzó sobre el foso. Fue el otro gavilán bien
amaestrado, sujetándole bien, y ambos cayeron
en la mitad de aquel pantano hirviente.
105
Los separó el calor a toda prisa, pero era muy difícil remontarse,
pues tenían las alas pegajosas. Barbatiesa, enfadado cual los otros, a
cuatro hizo volar a la otra parte, todos con grafios y muy
prestamente. Por un lado y por otro descendieron: echaron garfios a
los atrapados,
que cocidos estaban en la costra, y así enredados los abandonamos.
CANTO XXIII
Callados, solos y sin compañía caminábamos uno tras del otro,
lo mismo que los frailes franciscanos.
Vuelto había a la fábula de Esopo mi pensamiento la presente riña,
donde él habló del ratón y la rana,
porque igual que «enseguida» y «al instante», se parecen las dos si se
compara
el principio y el fin atentamente.
Y, cual de un pensamiento el otro sale, así nació de aquel otro después,
que mi primer espanto redoblaba.
Yo así pensaba: «Si estos por nosotros quedan burlados con daño y con
befa, supongo que estarán muy resentidos. Si sobre el mal la ira se
acrecienta, ellos vendrán detrás con más
106
crueldad
que el can lleva una liebre con los dientes.»
Ya sentía erizados los cabellos por el miedo y atrás atento estaba
cuando dije: «Maestro, si escondite no encuentras enseguida, me
amedrentan los Malasgarras:
vienen tras nosotros: tanto los imagino que los siento.»
Y él: «Si yo fuese de azogado vidrio, tu imagen exterior no copiaría
tan pronto en mí, cual la de dentro veo; tras mi pensar el tuyo ahora
venía, con igual acto y con la misma cara, que un único consejo hago
de entrambos. Si hacia el lado
derecho hay una cuesta, para poder bajar a la otra bolsa, huiremos de
la caza imaginada.»
Este consejo apenas proferido, los vi venir con las alas extendidas, no
muy de lejos, para capturarnos.
De súbito mi guía me cogió
cual la madre que al ruido se despierta y ve cerca de sí la llama ardiente,
que coge al hijo y huye y no se para, teniendo, más que de ella, de él
cuidado, aunque tan sólo vista una camisa.
Y desde lo alto de la dura margen, de espaldas resbaló por la pendiente,
que cierra la otra bolsa por un lado. No corre por la
aceña agua tan rauda,
para mover la rueda del molino, cuando más a los palos se
107
aproxima, cual mi maestro por aquel barranco, sosteniéndome encima de
su pecho, como a su hijo, y no cual compañero. Y
llegaron sus pies al lecho apenas del fondo, cuando aquéllos a la cima
sobre nosotros; pero no temíamos, pues la alta
providencia que los quiere hacer ministros de la quinta fosa, poder salir
de allí no les permite.
Allí encontramos a gente pintada que alrededor marchaba a lentos
pasos,
llorando fatigados y abatidos. Tenían capas con capuchas bajas hasta
los ojos, hechas del tamaño
que se hacen en Cluní para los monjes: por fuera son de oro y
deslumbrantes, mas por dentro de plomo, y tan pesadas que Federico de
paja las puso.
¡Oh eternamente fatigoso manto!
Nosotros aún seguimos por la izquierda a su lado, escuchando el triste
lloro; mas cansados aquéllos por el peso, venían tan
despacio, que con nuevos compañeros a cada paso estábamos.
Por lo que dije al guía: «Ve si encuentras a quien de nombre o de hechos
se conozca,
y los ojos, andando, mueve entorno.» Uno entonces que oyó mi hablar
toscano, de detrás nos gritó: « Parad los pasos,
los que corréis por entre el aire oscuro. Tal vez tendrás de mí lo
108
que buscabas.» Y el guía se volvió y me dijo: «Espera, y luego anda
conforme con sus pasos.»
Me detuve, y vi a dos que una gran ansia mostraban, en el rostro, de ir
conmigo, mas la carga pesaba y el sendero.
Cuando estuvieron cerca, torvamente, me remiraron sin decir palabra;
luego a sí se volvieron y decían:
«Ése parece vivo en la garganta;
y, si están muertos ¿por qué privilegio van descubiertos de la
gran estola?» Dijéronme: «Oh Toscano, que al colegio de los tristes
hipócritas viniste,
dinos quién eres sin tener reparo.»
«He nacido y crecido les repuse- en la gran villa sobre el Arno bello,
y con el cuerpo estoy que siempre tuve.
¿Quién sois vosotros, que tanto os destila el dolor, que así veo por el
rostro,
y cuál es vuestra pena que reluce?»
«Estas doradas capas uno dijo-
son de plomo, tan gruesas, que los pesos hacen así chirriar a sus
balanzas.
Frailes gozosos fuimos, boloñeses; yo Catalano y éste
109
Loderingo llamados, y elegidos en tu tierra, como suele nombrarse a
un imparcial por conservar la paz; y fuimos tales
que en torno del Gardingo aún puede verse.» Yo comencé: «Oh hermanos,
vuestros males »
No dije más, porque vi por el suelo a uno crucificado con tres palos. Al
verme, por entero se agitaba,
soplándose en la barba con suspiros; y el fraile Catalán que lo advirtió,
me dijo: «El condenado que tú miras, dijo a los fariseos que era justo
ajusticiar a un hombre por el pueblo.
Desnudo está y clavado en el camino como ves, y que sienta es necesario
el peso del que pasa por encima;
y en tal modo se encuentra aquí su suegro en este foso, y los de aquel
concilio que a los judíos fue mala semilla.»
Vi que Virgilio entonces se asombraba por quien se hallaba allí crucificado,
en el eterno exilio tan vilmente.
Después dirigió al fraile estas palabras:
«No os desagrade, si podéis, decirnos si existe alguna trocha a la derecha,
por la cual ambos dos salir podamos, sin obligar a
los ángeles negros,
a que nos saquen de este triste foso.» Repuso entonces: «Antes que lo
esperes, hay un peñasco, que de la gran roca sale, y que cruza los terribles
valles, salvo aquí que está roto y no lo salva.
110
Subir podréis arriba por la ruina que yace al lado y el fondo recubre.»
El guía inclinó un poco la cabeza: dijo después: « Contaba mal el caso
quien a los pecadores allí ensarta.»
Y el fraile: « Ya en Bolonia oí contar muchos vicios del diablo, y entre
otros que es mentiroso y padre del embuste.»
Rápidamente el guía se marchó,
con el rostro turbado por la ira; y yo me separé de los cargados,
detrás siguiendo las queridas plantas.
CANTO XXIV
En ese tiempo en el que el año es joven y el sol sus crines bajo
Acuario templa, y las noches se igualan con los días, cuando la escarcha
en tierra se asemeja a aquella imagen de su blanca hermana,
mas poco dura el temple de su pluma; el campesino falto de
forraje,
se levanta y contempla la campiña toda blanca, y el muslo se
golpea, vuelve a casa, y aquí y allá se duele, tal mezquino que no sabe
qué hacerse; sale de nuevo, y cobra la esperanza,
viendo que al monte ya le cambió el rostro en pocas horas, toma su
cayado,
y a pacer fuera saca las ovejas.
111
De igual manera me asustó el maestro cuando vi que su frente se
turbaba, mas pronto al mal siguió la medicina; pues, al llegar al derruido
puente,
el guía se volvió a mí con el rostro dulce que vi al principio al pie del
monte;
abrió los brazos, tras de haber tomado una resolución, mirando antes
la ruina bien, y se acercó a empinarme. Y como el que trabaja y que
calcula, que parece que todo lo prevea,
igual, encaramándome a la cima de un peñasco, otra roca examinaba,
diciendo: «Agárrate luego de aquélla;
pero antes ve si puede sostenerte.» No era un camino para alguien con
capa,
pues apenas, él leve, yo sujeto, podíamos subir de piedra en piedra.
Y si no fuese que en aquel recinto más corto era el camino que en los
otros,
no sé de él, pero yo vencido fuera. Mas como hacia la boca Malasbolsas
del pozo más profundo toda pende, la situación de cada valle hace
que se eleve un costado y otro baje; y así llegamos a la punta extrema,
donde la última piedra se destaca.
Tan ordeñado del pulmón estaba mi aliento en la subida, que sin fuerzas
busqué un asiento en cuanto que llegamos.
112
«Ahora es preciso que te despereces
dijo el maestro , pues que andando en plumas no se consigue fama, ni
entre colchas;
el que la vida sin ella malgasta tal vestigio en la tierra de sí deja,
cual humo en aire o en agua la espuma.
Así que arriba: vence la pereza con ánimo que vence cualquier lucha, si
con el cuerpo grave no lo impide.
Hay que subir una escala aún más larga; haber huido de éstos no es
bastante:
si me entiendes, procura que te sirva.» Alcé entonces,
mostrándome provisto de un ánimo mayor del que tenía, « Vamos dije
. Estoy fuerte y animoso.» Por el derrumbe empezamos a andar, que
era escarpado y rocoso y estrecho, y mucho más pendiente que el de
antes.
Hablando andaba para hacerme el fuerte; cuando una voz salió del otro
foso,
que incomprensibles voces profería.
No le entendí, por más que sobre el lomo ya estuviese del arco que
cruzaba: mas el que hablaba parecía airado.
Miraba al fondo, mas mis ojos vivos, por lo oscuro, hasta el fondo no
llegaban, por lo que yo: «Maestro alcanza el otro
113
recinto, y descendamos por el muro; pues, como escucho a alguno que
no entiendo,
miro así al fondo y nada reconozco.
«Otra respuesta dijo no he de darte más que hacerlo; pues que demanda
justa se ha de cumplir con obras, y callando.»
Desde lo alto del puente descendimos donde se cruza con la octava
orilla, luego me fue la bolsa manifiesta;
y yo vi dentro terrible maleza
de serpientes, de especies tan distintas, que la sangre aún me hiela el
recordarlo.
Más no se ufane Libia con su arena; que si quelidras, yáculos y faras
produce, y cancros con anfisibenas, ni tantas pestilencias, ni tan malas,
mostró jamás con la Etiopía entera,
ni con aquel que está sobre el mar Rojo.
Entre el montón tristísimo corrían gentes desnudas y aterrorizadas,
sin refugio esperar o heliotropía: esposados con sierpes a la espalda; les
hincaban la cola y la cabeza
en los riñones, encima montadas.
De pronto a uno que se hallaba cerca, se lanzó una serpiente y le mordió
donde el cuello se anuda con los hombros.
114
Ni la O tan pronto, ni la I, se escribe, cual se encendió y ardió, y todo en
cenizas
se convirtió cayendo todo entero;
y luego estando así deshecho en tierra amontonóse el polvo por si solo,
y en aquel mismo se tornó de súbito.
Así los grandes sabios aseguran que muere el Fénix y después renace,
cuando a los cinco siglos ya se acerca: no pace en vida cebada ni hierba,
sólo de incienso lágrimas y amomo, y nardo y mirra son su último nido.
Y como aquel que cae sin saber cómo, porque fuerza diabólica
lo tira,
o de otra opilación que liga el ánimo, que levantado mira alrededor,
muy conturbado por la gran angustia que le ha ocurrido, y suspira al
mirar: igual el pecador al levantarse.
¡Oh divina potencia, cuán severa, que tales golpes das en tu venganza! El
guía preguntó luego quién era:
y él respondió: «Lloví de la Toscana, no ha mucho tiempo, en
este fiero abismo. Vida de bestia me plació, no de hombre,
como al mulo que fui: soy Vanni Fucci
bestia, y Pistoya me fue buena cuadra.» Y yo a mi guía: «Dile que no huya,
y pregunta qué culpa aquí le arroja; que hombre le vi de maldad y de
sangre.»
115
Y el pecador, que oyó, no se escondía, mas volvió contra mí el ánimo y
rostro, y de triste vergüenza enrojeció; y dijo: «Más me duele que me
halles en la miseria en la que me estás viendo, que cuando fui arrancado
en la otra vida. Yo no puedo ocultar lo que preguntas:
aquí estoy porque fui en la sacristía ladrón de los hermosos
ornamentos, y acusaron a otro hombre falsamente; mas porque no
disfrutes al mirarme, si del lugar oscuro tal vez sales,
abre el oído y este anuncio escucha: Pistoya de los negros enflaquece:
luego en Florencia cambian gente y modos.
De Val de Magra Marte manda un rayo rodeado de turbios nubarrones;
y en agria tempestad impetuosa, sobre el campo Piceno habrá un
combate;
y de repente rasgará la niebla,
de modo que herirá a todos los blancos.
¡Esto te digo para hacerte daño!»
CANTO XXV
El ladrón al final de sus palabras,
116
alzó las manos con un par de higas, gritando: «Toma, Dios, te las dedico.»
Desde entonces me agradan las serpientes, pues una le envolvió entonces
el cuello, cual si dijese: «No quiero que
sigas»;
y otra a los brazos, y le sujetó ciñéndose a sí misma por delante. que no
pudo con ella ni moverse.
¡Ah Pistoya, Pistoya, por qué niegas incinerarte, así que más no dures,
pues superas en mal a tus mayores!
En todas las regiones del infierno
no vi a Dios tan soberbio algún espíritu, ni el que cayó de la muralla en
Tebas. Aquel huyó sin decir más palabra;
y vi venir a un centauro rabioso, llamando: «¿Dónde, dónde está el
soberbio?»
No creo que Maremma tantas tenga, cuantas bichas tenía por la grupa,
hasta donde comienzan nuestras formas.
Encima de los hombros, tras la nuca, con las alas abiertas, un dragón
tenía; y éste quema cuanto toca.
Mi maestro me dijo: « Aquel es Caco, que, bajo el muro del monte
Aventino, hizo un lago de sangre muchas veces. No va
con sus hermanos por la senda, por el hurto que fraudulento hizo
del rebaño que fue de su vecino; hasta acabar sus obras tan inicuas
117
bajo la herculea maza, que tal vez ciento le dio, mas no sintió el deceno.»
Mientras que así me hablaba, se marchó, y a nuestros pies llegaron tres
espíritus, sin que ni yo ni el guía lo
advirtiésemos, hasta que nos gritaron: «¿Quiénes sois?»:
por lo cual dimos fin a nuestra charla, y entonces nos volvimos hacia ellos.
Yo no les conocí, pero ocurrió, como suele ocurrir en ocasiones, que tuvo
el uno que llamar al otro,
diciendo: «Cianfa, ¿dónde te has metido?» Y yo, para que el guía se
fijase,
del mentón puse el dedo a la nariz.
Si ahora fueras, lector, lento en creerte lo que diré, no será nada raro,
pues yo lo vi, y apenas me lo creo.
A ellos tenía alzada la mirada,
y una serpiente con seis pies a uno, se le tira, y entera se le enrosca.
Los pies de en medio cogiéronle el vientre, los de delante prendieron
sus brazos,
y después le mordió las dos mejillas. Los delanteros lanzóle a los muslos y
le metió la cola entre los dos, y la trabó detrás de los
riñones.
Hiedra tan arraigada no fue nunca
118
a un árbol, como aquella horrible fiera por otros miembros enroscó los
suyos. Se juntan luego, tal si cera ardiente fueran, y mezclan así sus
colores, no parecían ya lo que antes
eran, como se extiende a causa del ardor, por el papel, ese color
oscuro,
que aún no es negro y ya deja de ser blanco.
Los otros dos miraban, cada cual gritando: «¡Agnel, ay, cómo estás
cambiando!
¡mira que ya no sois ni dos ni uno! Las dos cabezas eran ya una sola, y
mezcladas se vieron dos figuras en una cara, donde se perdían.
Cuatro miembros hiciéronse dos brazos; los muslos con las piernas,
vientre y tronco en miembros nunca vistos se tornaron.
Ya no existian las antiguas formas: dos y ninguna la perversa imagen
parecía; y se fue con paso lento. Como el lagarto bajo el
gran azote de la canícula, al cambiar de seto, parece un rayo si cruza el
camino; tal parecía, yendo a las barrigas de los restantes, una sierpe
airada, tal grano de pimienta negra y livida; y en aquel sitio que primero
toma nuestro alimento, a uno le golpea; luego al suelo cayó a sus pies
tendida.
El herido miró, mas nada dijo; antes, con los pies quietos, bostezaba,
como si fiebre o sueño le asaltase. Él a la sierpe, y ella a él
miraba;
119
él por la llaga, la otra por la boca humeaban, el humo confundiendo.
Calle Lucano ahora donde habla del mísero
Sabello y de Nasidio,
y espere a oír aquello que describo. Calle Ovidio de Cadmo y de
Aretusa;
que si aquél en serpiente, en fuente a ésta convirtió,
poetizando, no le envidio; que frente a frente dos naturalezas
no trasmutó, de modo que ambas formas a cambiar dispusieran sus
materias.
Se respondieron juntos de tal modo, que en dos partió su cola la
serpiente, y el herido juntaba las dos hormas.
Las piernas con los muslos a sí mismos tal se unieron, que a poco la
juntura
de ninguna manera se veía.
Tomó la cola hendida la figura que perdía aquel otro, y su pellejo
se hacía blando y el de aquélla, duro. Vi los brazos entrar por las axilas,
y los pies de la fiera, que eran cortos, tanto alargar como
acortarse aquéllos. Luego los pies de atrás, torcidos juntos,
el miembro hicieron que se oculta el hombre, y el misero del suyo hizo
dos patas.
Mientras el humo al uno y otro empaña de color nuevo, y pelo hace
crecer por una parte y por la otra depila,
cayó el uno y el otro levantóse,
120
sin desviarse la mirada impía, bajo la cual cambiaban sus hocicos.
El que era en pie lo trajo hacia las sienes, y de mucha materia que allí
había,
salió la oreja del carrillo liso; lo que no fue detrás y se retuvo
de aquel sobrante, a la nariz dio forma, y engrosó los dos labios, cual
conviene.
El que yacía, el morro adelantaba, y escondió en la cabeza las orejas,
como del caracol hacen los cuernos. Y la lengua, que estaba unida y
presta para hablar antes, se partió; y la otra
partida, se cerró; y cesó ya el humo. El alma que era en fiera convertida,
se echó a correr silbando por el valle,
y la otra, en pos de ella, hablando escupe.
Luego volvióle las espaldas nuevas, y dijo al otro: «Quiero que ande Buso
como hice yo, reptando, su camino.»
Así yo vi la séptima zahúrda mutar y trasmutar; y aquí me excuse la
novedad, si oscura fue la pluma.
Y sucedió que, aunque mi vista fuese algo confusa, y encogido el ánimo,
no pudieron huir, tan a escondidas
que no les viese bien, Puccio Sciancato de los tres compañeros era el
único
que no cambió de aquellos que vinieron- era el otro a quien tú, Gaville,
lloras,
121
CANTO XXVI
¡Goza, Florencia, ya que eres tan grande, que por mar y por tierra bate
alas,
y en el infierno se expande tu nombre! Cinco nobles hallé entre los
ladrones de tus vecinos, de donde me vino vergüenza, y para ti no
mucha honra.
Mas si el soñar al alba es verdadero, conocerás, de aquí a no mucho
tiempo, lo que Prato, no ya otras, te aborrece.
No fuera prematuro, si ya fuese:
¡Ojalá fuera ya, lo que ser debe! que más me pesará, cuanto envejezco.
Nos marchamos de allí, y por los peldaños que en la bajada nos sirvieron
antes,
subió mi guía y tiraba de mí. Y siguiendo el camino solitario, por los picos
y rocas del escollo, sin las manos, el pie no se valía.
Entonces me dolió, y me duele ahora, cuando, el recuerdo a lo que vi
dirijo, y el ingenio refreno más que nunca, porque sin guía de virtud no
corra;
tal que, si buena estrella, o mejor cosa, me ha dado el bien, yo mismo no
lo enturbie.
122
Cuantas el campesino que descansa en la colina, cuando aquel que
alumbra el mundo, oculto menos tiene el rostro,
cuando a las moscas siguen los mosquitos, luciérnagas
contempla allá en el valle, en el lugar tal vez que ara y vendimia;
toda resplandecía en llamaradas la bolsa octava, tal como advirtiera
desde el sitio en que el fondo se veía. Y como aquel que se vengó con
osos, vio de Elías el carro al remontarse, y erguidos los caballos a los
cielos, que con los ojos seguir no
podia, ni alguna cosa ver salvo la llama, como una nubecilla que
subiese; tal se mueven aquéllas por la boca del foso, mas ninguna
enseña el hurto, y encierra un pecador
cada centella. Yo estaba tan absorto sobre el puente, que si una roca no
hubiese agarrado, sin empujarme hubiérame caído.
Y viéndome mi guía tan atento dijo: « Dentro del fuego están las almas,
todas se ocultan en donde se queman.»
«Maestro le repuse , al escucharte estoy más cierto, pero ya he notado
que así fuese, y decírtelo quería:
¿quién viene en aquel fuego dividido, que parece surgido de la pira
donde Eteocles fue puesto con su hermano?»
Me respondió: «Allí dentro se tortura a Ulises y a Diomedes, y así juntos
en la venganza van como en la ira;
123
y dentro de su llama se lamenta
del caballo el ardid, que abrió la puerta que fue gentil semilla a los
romanos. Se llora la traición por la que, muerta, aún
Daidamia se duele por Aquiles,
y por el Paladión se halla el castigo.»
«Si pueden dentro de aquellas antorchas hablar le dije pídote, maestro,
y te suplico, y valga mil mi súplica, que no me impidas que aguardar yo
pueda
a que la llama cornuda aquí llegue; mira cómo a ellos lleva mi deseo.»
Y él me repuso: «Es digno lo que pides de mucha loa, y yo te lo concedo;
pero procura reprimir tu lengua.
Déjame hablar a mí, pues que comprendo lo que quieres; ya que serán
esquivos por ser griegos, tal vez, a tus palabras.» Cuando la llama hubo
llegado a donde lugar y tiempo pareció a mi guía,
yo le escuché decir de esta manera:
«¡Oh vosotros que sois dos en un fuego, si os merecí, mientras que
estaba vivo, si os merecí, bien fuera poco o mucho, cuando
altos versos escribí en el mundo, no os alejéis; mas que alguno me diga
dónde, por él perdido, halló la muerte.» El mayor
cuerno de la antigua llama empezó a retorcerse murmurando,
tal como aquella que el viento fatiga;
124
luego la punta aquí y acá moviendo, cual si fuese una lengua la que
hablara, fuera sacó la voz, y dijo: «Cuando
me separé de Circe, que sustrajó- me más de un año allí junto a
Gaeta, antes de que así Eneas la llamase,
ni la filial dulzura, ni el cariño del viejo padre, ni el amor debido,
que debiera alegrar a Penélope, vencer pudieron el ardor interno que
tuve yo de conocer el mundo,
y el vicio y la virtud de los humanos; mas me arrojé al profundo mar
abierto, con un leño tan sólo, y la pequeña tripulación que nunca me
dejaba.
Un litoral y el otro vi hasta España, y Marruecos, y la isla de los sardos,
y las otras que aquel mar baña en torno. Viejos y tardos ya nos
encontrábamos, al arribar a aquella boca estrecha
donde Hércules plantara sus columnas, para que el hombre más allá no
fuera: a mano diestra ya dejé Sevilla,
y la otra mano se quedaba Ceuta.»
«Oh hermanos dije , que tras de cien mil peligros a occidente habéis
llegado, ahora que ya es tan breve la vigilia
de los pocos sentidos que aún nos quedan, negaros no queráis a la
experiencia, siguiendo al sol, del mundo inhabitado.
Considerar cuál es vuestra progenie: hechos no estáis a vivir como
brutos, mas para conseguir virtud y ciencia.» A mis
125
hombres les hice tan ansiosos del camino con esta breve arenga, que no
hubiera podido detenerlos;
y vuelta nuestra proa a la mañana, alas locas hicimos de los remos,
inclinándose siempre hacia la izquierda.
Del otro polo todas las estrellas vio ya la noche, y el nuestro tan bajo
que del suelo marino no surgía. Cinco veces ardiendo y apagada
era la luz debajo de la luna, desde que al alto paso penetramos,
cuando vimos una montaña, oscura por la distancia, y pareció
tan alta cual nunca hubiera visto monte alguno. Nos alegramos,
mas se volvió llanto: pues de la nueva tierra un torbellino nació,
y le golpeó la proa al leño.
Le hizo girar tres veces en las aguas; a la cuarta la popa alzó a lo alto, bajó
la proa como Aquél lo quiso-
hasta que el mar cerró sobre nosotros.
CANTO XXVII
Quieta estaba la llama ya y derecha para no decir más, y se alejaba
con la licencia del dulce poeta, cuando otra, que detrás de ella venía, hizo
volver los ojos a su punta, porque salía de ella un son confuso.
Como mugía el toro siciliano que primero mugió, y eso fue justo,
126
con el llanto de aquel que con su lima lo templó, con la voz del afligido,
que, aunque estuviese forjado de bronce, de dolor parecía traspasado;
así, por no existir hueco ni vía para salir del fuego, en su
lenguaje las palabras amargas se tornaban. Mas luego al encontrar ya
su camino por el extremo, con el movimiento que la lengua le diera con
su paso, escuchamos: «Oh tú, a quien yo dirijo
la voz y que has hablado cual lombardo,
diciendo: “Vete ya; más no te incito”, aunque he llegado acaso un poco
tarde, no te pese el quedarte a hablar conmigo:
¡Mira que no me pesa a mí, que ardo! Si tú también en este mundo ciego
has oído de aquella dulce tierra latina, en que yo fui culpable, dime
si tiene la Romaña paz o guerra; pues yo naci en los montes entre
Urbino
y el yugo del que el Tiber se desata.» Inclinado y atento aún me
encontraba, cuando al costado me tocó mi guía,
diciéndome: «Habla tú, que éste es latino.» Yo, que tenía la respuesta
pronta,
comencé a hablarle sin demora alguna:
«Oh alma que te escondes allá abajo, tu Romaña no está, no estuvo
nunca, sin guerra en el afán de sus tiranos; mas palpable ninguna dejé
ahora.
Rávena está como está ha muchos años: le los Polenta el águila allí anida,
127
al que a Cervia recubre con sus alas. La tierra que sufrió la larga
prueba hizo de francos un montón sangriento, bajo las garras verdes
permanece.
El mastín viejo y joven de Verruchio, que mala guardia dieron a Montaña,
clavan, donde solían, sus colmillos.
Las villas del Santerno y del Camone manda el leoncito que campea en
blanco, que de verano a invierno el bando muda; y aquella cuyo flanco el
Savio baña, como entre llano y monte se sitúa,
vive entre estado libre y tiranía.
Ahora quién eres, pido que me cuentes: no seas más duro que lo fueron
otros;
tu nombre así en el mundo tenga fama.» Después que el fuego crepitó un
momento a su modo, movió la aguda punta
de aquí, de allí, y después lanzó este soplo:
«Si creyera que diese mi respuesta a persona que al mundo regresara,
dejaría esta llama de agitarse; pero, como jamás desde este
fondo nadie vivo volvió, si bien escucho, sin temer a la infamia, te
contestó: Guerrero fui, y después fui cordelero, creyendo, así ceñido,
hacer enmienda, y hubiera mi deseo realizado,
si a las primeras culpas, el gran Preste, que mal haya, tornado no me
hubiese;
128
y el cómo y el porqué, quiero que escuches: Mientras que forma fui de
carne y huesos que mi madre me dio, fueron mis obras
no leoninas sino de vulpeja; las acechanzas, las ocultas sendas todas las
supe, y tal llevé su arte,
que iba su fama hasta el confín del mundo.
Cuando vi que llegaba a aquella parte de mi vida, en la que cualquiera
debe arriar las velas y lanzar amarras,
lo que antes me plació, me pesó entonces, y arrepentido me volví y
confeso,
¡ah miserable!, y me hubiera salvado.
El príncipe de nuevos fariseos, haciendo guerra cerca de Letrán, y no con
sarracenos ni judíos,
que su enemigo todo era cristiano, y en la toma de Acre nadie estuvo
ni comerciando en tierras del Sultán; ni el sumo oficio ni las sacras
órdenes en sí guardó, ni en mí el cordón aquel
que suele hacer delgado a quien lo ciñe.
Pero, como a Silvestre Constantino, allí en Sirati a curarle de lepra, así
como doctor me llamó éste para curarle la soberbia fiebre:
pidióme mi consejo, y yo callaba, pues sus palabras ebrias parecían.
Luego volvió a decir: «Tu alma no tema; de antemano te absuelvo;
enséñame
129
la forma de abatir a Penestrino.
El cielo puedo abrir y cerrar puedo, porque son dos las llaves, como
sabes, que mi predecesor no tuvo aprecio.» Los graves argumentos me
punzaron y, pues callar peor me parecia,
le dije: “Padre, ya que tú me lavas de aquel pecado en el que caigo
ahora,
larga promesa de cumplir escaso hará que triunfes en el alto
solio.” Luego cuando morí, vino Francisco, mas uno de los negros
querubines
le dijo: “No lo lleves: no me enfades. Ha de venirse con mis
condenados, puesto que dio un consejo fraudulento, y le agarro del pelo
desde entonces;
que a quien no se arrepiente no se absuelve, ni se puede querer y
arrepentirse,
pues la contradicción no lo consiente.”
¡Oh miserable, cómo me aterraba al agarrarme diciéndome:
“¿Acaso
no pensabas que lógico yo fuese?” A Minos me condujo, y ocho veces al
duro lomo se ciñó la cola,
y después de morderse enfurecido, dijo: “Este es reo de rabiosa llama”,
por lo cual donde ves estoy perdido y, así vestido,
andando me lamento.» Cuando hubo terminado su relato,
se retiró la llama dolorida, torciendo y debatiendo el cuerno agudo.
130
A otro lado pasamos, yo y mi guía, por cima del escollo al otro arco que
cubre el foso, donde se castiga
a los que, discordiando, adquieren pena.
CANTO XXVIII
Aun si en prosa lo hiciese, ¿quién podría de tanta sangre y plagas como vi
hablar, aunque contase mochas veces? En verdad toda lengua fuera
escasa porque nuestro lenguaje y nuestra mente no tienen juicio para
abarcar tanto.
Aunque reuniesen a todo aquel gentío que allí sobre la tierra
infortunada de Apulia, foe de su sangre doliente por los troyanos y la
larga guerra
que tan grande despojo hizo de anillos, cual Livio escribe, y nunca se
equivoca; y quien sufrió los daños de los golpes por oponerse a
Roberto Guiscardo;
y la otra cuyos huesos aún se encuentran en Caperano, donde fue traidor
todo el pullés; y la de Tegliacozzo, que venció desarmado el viejo
Alardo, y cuál cortado y cuál roto su miembro mostrase, vanamente
imitaría
de la novena bolsa el modo inmundo. Una cuba, que duela o fondo
pierde, como a uno yo vi, no se vacía,
131
de la barbilla abierto al bajo vientre; por las piernas las tripas le colgaban,
vela la asadura, el triste saco
que hace mierda de todo lo que engulle. Mientras que en verlo todo me
ocupaba, me miró y con la mano se abrió el pecho diciendo: «¡Mira cómo
me desgarro! imira qué tan maltrecho está Mahoma!
Delante de mí Alí llorando marcha, rota la cara del cuello al copete.
Todos los otros que tú ves aquí, sembradores de escándalo y de cisma
vivos fueron, y así son desgarrados. Hay detrás un
demonio que nos abre, tan crudamente, al tajo de la espada,
cada cual de esta fila sometiendo, cuando la vuelta damos al camino;
porque nuestras heridas se nos cierran antes que otros delante de él se
pongan.
Mas ¿quién eres, que husmeas en la roca,
tal vez por retrasar ir a la pena, con que son castigadas tus acciones?»
«Ni le alcanza aún la muerte, ni el castigo respondió mi maestro le
atormenta; mas, por darle conocimiento pleno,
yo, que estoy muerto, debo conducirlo por el infierno abajo vuelta a
vuelta:
y esto es tan cierto como que te hablo.» Mas de cien hubo que, cuando lo
oyeron, en el foso a mirarme se pararon
llenos de asombro, olvidando el martirio.
132
« Pues bien, di a Fray Dolcín que se abastezca, tú que tal vez verás el sol en
breve,
si es que no quiere aquí seguirme pronto, tanto, que, rodeado por la
nieve,
no deje la victoria al de Novara, que no sería fácil de otro modo.»
Después de alzar un pie para girarse, estas palabras díjome Mahoma;
luego al marcharse lo fijó en la tierra.
Otro, con la garganta perforada, cortada la nariz hasta las cejas, que una
oreja tenía solamente, con los otros quedó, maravillado,
y antes que los demás, abrió el gaznate, que era por fuera rojo
por completo;
y dijo: «Oh tú a quien culpa no condena y a quien yo he visto en
la tierra latina, si mucha semejanza no me engaña, acuérdate de Pier de
Medicina,
si es que vuelves a ver el dulce llano, que de Vercelli a Marcabó desciende.
Y haz saber a los dos grandes de Fano, a maese Guido y a maese
Angiolello, que, si no es vana aquí la profecía, arrojados serán de su bajel,
y agarrotados cerca de Cattolica, por traición de tirano fementido.
Entre la isla de Chipre y de Mallorca no vio nunca Neptuno tal engaño,
no de piratas, no de gente argólica. Aquel traidor que ve con sólo uno,
133
y manda en el país que uno a mi lado quisiera estar ayuno de haber
visto, ha de hacerles venir a una entrevista; luego hará tal, que al viento
de Focara no necesitarán preces ni votos.»
Y yo le dije: «Muéstrame y declara, si quieres que yo lleve tus noticias,
quién es el de visita tan amarga.» Puso entonces la mano en la mejilla de
un compañero, y abrióle la boca, gritando: «Es éste, pero ya no habla;
éste, exiliado, sembraba la duda,
diciendo a César que el que está ya listo siempre con daño el
esperar soporta.»
¡Oh cuán acobardado parecía, con la lengua cortada en la garganta,
Curión que en el hablar fue tan osado! Y uno, con una y otra mano
mochas,
que alzaba al aire oscuro los muñones, tal que la sangre le
ensuciaba el rostro, gritó: «Te acordarás también del Mosca,
que dijo: “Lo empezado fin requiere”, que fue mala simiente a los
toscanos.» Y yo le dije: «Y muerte de tu raza.»
Y él, dolor a dolor acumulado, se fue como persona triste y loca. Mas yo
quedé para mirar el grupo, y vi una cosa que me diera miedo,
sin más pruebas, contarla solamente, si no me asegurase la conciencia,
esa amiga que al hombre fortifica en la confianza de sentirse pura.
Yo vi de cierto, y parece que aún vea, un busto sin cabeza andar lo mismo
que iban los otros del rebaño triste; la testa trunca agarraba del pelo,
134
cual un farol llevándola en la mano; y nos miraba, y «¡Ay de mí!» decía. De
sí se hacía a sí mismo lucerna,
y había dos en uno y uno en dos: cómo es posible sabe Quien tal manda.
Cuando llegado hubo al pie del puente,
alzó el brazo con toda la cabeza, para decir de cerca sus palabras,
que fueron: «Mira mi pena tan cruda
tú que, inspirando vas viendo a los muertos; mira si alguna hay grande
como es ésta.
Y para que de mí noticia lleves
sabrás que soy Bertrand de Born, aquel que diera al joven rey malos
consejos. Yo hice al padre y al hijo enemistarse:
Aquitael no hizo más de Absalón y de David con perversas punzadas: Y
como gente unida así he partido, partido llevo mi cerebro, ¡ay triste!,
de su principio que está en este tronco. Y en mí se cumple la
contrapartida.»
CANTO XXIX
La mucha gente y las diversas plagas, tanto habían mis ojos embriagado,
que quedarse llorando deseaban;
mas Virgilio me dijo: «¿En qué te fijas?
135
¿Por qué tu vista se detiene ahora tras de las tristes sombras mutiladas?
Tú no lo hiciste así en las otras bolsas; piensa, si
enumerarlas crees posible, que millas veintidós el valle abarca.
Y bajo nuestros pies ya está la luna: Del tiempo concedido queda poco,
y aún nos falta por ver lo que no has visto.»
«Si tú hubieras sabido le repuse- la razón por la cual miraba, acaso me
hubieses permitido detenerme.» Ya se marchaba, y yo detrás de él, mi
guía, respondiendo a su pregunta y añadiéndole: «Dentro de la cueva,
donde los ojos tan atento puse, creo que un alma de mi sangre llora la
culpa que tan caro allí se paga.»
Dijo el maestro entonces: «No entretengas de aquí adelante en ello el
pensamiento: piensa otra cosa, y él allá se quede;
que yo le he visto al pie del puentecillo señalarte, con dedo
amenazante,
y llamarlo escuché Geri del Bello.
Tan distraído tú estabas entonces con el que tuvo Altaforte a su mando,
que se fue porque tú no le atendías.»
«Oh guía mío, la violenta muerte que aún no le ha vengado yo repuse-
ninguno que comparta su vergüenza, hácele desdeñoso; y sin
hablarme
136
se ha marchado, del modo que imagino; con él por esto he sido más
piadoso.» Conversamos así hasta el primer sitio que desde el risco el otro
valle muestra,
si hubiese allí más luz, todo hasta el fondo. Cuando estuvimos ya en el
postrer claustro de Malasbolsas, y que sus profesos
a nuestra vista aparecer podían, lamentos saeteáronme diversos,
que herrados de piedad dardos tenían; y me tapé por ello los oídos.
Como el dolor, si con los hospitales de Valdiquiana entre junio y
septiembre, los males de Maremma y de Cerdeña,
en una fosa juntos estuvieran, tal era aquí; y tal hedor desprendía,
como suele venir de miembros muertos.
Descendimos por la última ribera del largo escollo, a la siniestra mano; y
entonces pude ver más claramente allí hacia el fondo, donde la ministra
del alto Sir, infafble justicia, castiga al falseador que aquí condena.
Yo no creo que ver mayor tristeza en Egina pudiera el pueblo enfermo,
cuando se llenó el aire de ponzoña, pues, hasta el gusanillo, perecieron
los animales; y la antigua gente, según que los poeta aseguran,
se engendró de la estirpe de la hormiga; como era viendo por el valle
oscuro languidecer las almas a montones.
Cuál sobre el vientre y cuál sobre la espalda, yacía uno del otro, y como a
gatas,
137
por el triste sendero caminaban.
Muy lentamente, sin hablar, marchábamos, mirando y escuchando a
los enfermos, que levantar sus cuerpos no podían.
Vi sentados a dos que se apoyaban, como al cocer se apoyan teja y teja,
de la cabeza al pie llenos de pústulas.
Y nunca vi moviendo la almohaza a muchacho esperado por su amo,
ni a aquel que con desgana está aún en vela,
como éstos se mordían con las uñas a ellos mismos a causa de
la saña del gran picor, que no tiene remedio; y arrancaban la sarna con
las uñas, como escamas de meros el cuchillo,
o de otro pez que las tenga más grandes.
«Oh tú que con los dedos te desuellas se dirigió mi guía a uno de
aquéllos- y que a veces tenazas de ellos haces, dime si algún latino hay
entre éstos que están aquí, así te duren las uñas eternamente para esta
tarea.»
«Latinos somos quienes tan gastados aquí nos ves llorando uno repuso ;
¿y quién tú, que preguntas por nosotros?»
Y el guía dijo: «Soy uno que baja con este vivo aquí, de grada en grada, y
enseñarle el infierno yo pretendo.» Entonces se rompió el común apoyo;
y temblando los dos a mí vinieron con otros que lo oyeron de pasada.
El buen maestro a mí se volvió entonces, diciendo: «Diles todo lo que
quieras»; y yo empecé, pues que él así quería:
138
«Así vuestra memoria no se borre de las humanas mentes en el mundo,
mas que perviva bajo muchos soles, decidme quiénes
sois y de qué gente: vuestra asquerosa y fastidiosa pena
el confesarlo espanto no os produzca.»
«Yo fui de Arezzo, y Albero el de Siena repuso uno púsome en el fuego,
pero no me condena aquella muerte. Verdad es que le dije
bromeando:
“Yo sabré alzarme en vuelo por el aire” y aquél, que era curioso a
insensato, quiso que le enseñase el arte; y sólo porque no le hice Dédalo,
me hizo arder así como lo hizo su hijo.
Mas en la última bolsa de las diez,
por la alquimia que yo en el mundo usaba, me echó Minos, que nunca se
equivoca.» Y yo dije al maestro: «tHa habido nunca gente tan vana como
la sienesa?
cierto, ni la francesa llega a tanto.» Como el otro leproso me
escuchara, repuso a mis palabras: «Quita a Stricca, que supo hacer tan
moderados gastos; y a Niccolò, que el uso dispendioso
del clavo descubrió antes que ninguno, en el huerto en que tal simiento
crece; y quita la pandilla en que ha gastado
Caccia d'Ascian la viña y el gran bosque, y el Abbagliato ha perdido su
juicio.
139
Mas por que sepas quién es quien te sigue contra el sienés, en mí la vista
fija,
que mi semblante habrá de responderte: verás que soy la
sombra de Capoccio, que falseé metales con la alquimia;
y debes recordar, si bien te miro,
que por naturaleza fui una mona.»
CANTO XXX
Cuando Juno por causa de Semele odio tenia a la estirpe tebana,
como lo demostró en tantos momentos, Atamante volvióse tan
demente,
que, viendo a su mujer con los dos hijos que en cada mano a uno
conducía, gritó: «¡Tendamos redes, y atrapemos
a la leona al pasar y a los leoncitos!»; y luego con sus garras
despiadadas. agarró al que Learco se llamaba, le volteó y le dio contra una
piedra; y ella se ahogó cargada con
el otro. Y cuando la fortuna echó por tierra la soberbia de Troya tan altiva,
tal que el rey junto al reino fue abatido, Hécuba triste, mísera y cautiva,
luego de ver a Polixena muerta,
y a Polidoro allí, junto a la orilla del mar, pudo advertir con tanta pena,
desgarrada ladró tal como un perro; tanto el dolor su mente trastornaba.
140
Mas ni de Tebas furias ni troyanas se vieron nunca en nadie tan crueles,
ni a las bestias hiriendo, ni a los hombres, cuanto en dos almas pálidas,
desnudas, que mordiendo corrían, vi, del modo
que el cerdo cuando deja la pocilga. Una cogió a Capocchio, y en el nudo
del cuello le mordió, y al empujarle, le hizo arañar el suelo con el vientre.
Y el aretino, que quedó temblando,
me dijo: « El loco aquel es Gianni Schichi, que rabioso a los otros
así ataca.»
«Oh le dije así el otro no te hinque los dientes en la espalda, no te
importe el decirme quién es antes que escape.»
Y él me repuso: «El alma antigua es ésa de la perversa Mirra, que del
padre lejos del recto amor, se hizo querida.
El pecar con aquél consiguió ésta falsificándose en forma de otra,
igual que osó aquel otro que se marcha, por ganarse a la reina
de las yeguas, falsificar en sí a Buoso Donati, testando y dando norma al
testamente.» Y cuando ya se fueron los rabiosos, sobre los cuales puse yo
la vista, la volví por mirar a otros malditos.
Vi a uno que un laúd parecería
si le hubieran cortado por las ingles del sitio donde el hombre se bifurca.
La grave hidropesía, que deforma los miembros con humores retenidos,
no casado la cara con el vientre,
141
le obliga a que los labios tenga abiertos, tal como a causa de la sed el
hético,
que uno al mentón, y el otro lleva arriba.
«Ah vosotros que andáis sin pena alguna, y yo no sé por qué, en el mundo
bajo
él nos dijo , mirad y estad atentos a la miseria de maese
Adamo: mientras viví yo tuve cuanto quise,
y una gota de agua, ¡ay triste!, ansío. Los arroyuelos que en las verdes
lomas de Casentino bajan hasta el Arno, y hacen sus cauces fríos y
apacibles, siempre tengo delante, y no es en vano; porque su imagen aún
más me reseca que el mal con que mi rostro se descarna.
La rígida justicia que me hiere se sirve del lugar en que pequé
para que ponga en fuga más suspiros. Está Romena allí, donde hice falsa
la aleación sigilada del Bautista, por lo que el cuerpo
quemado dejé.
Pero si viese aquí el ánima triste
de Guido o de Alejandro o de su hermano, Fuente Branda, por verlos, no
cambiase.
Una ya dentro está, si las rabiosas sombras que van en torno no se
engañan,
¿mas de qué sirve a mis miembros ligados?
Si acaso fuese al menos tan ligero que anduviese en un siglo una pulgada,
142
en el camino ya me habría puesto, buscándole entre aquella gente
infame, aunque once millas abarque esta fosa,
y no menos de media de través.
Por aquellos me encuentro en tal familia: pues me indujeron a acuñar
florines con tres quilates de oro solamente.»
Y yo dije: «¿Quién son los dos mezquinos que humean, cual las manos en
invierno, apretados yaciendo a tu derecha?»
«Aquí los encontré, y no se han movido me repuso al llover yo en este
abismo ni eternamente creo que se muevan.
Una es la falsa que acusó a José; otro el falso Sinón, griego de Troya: por
una fiebre aguda tanto hieden.»
Y uno de aquéllos, lleno de fastidio tal vez de ser nombrados con
desprecio,
le dio en la dura panza con el puño. Ésta sonó cual si fuese un tambor; y
maese Adamo le pegó en la cara con su brazo que no era menos duro,
diciéndole: «Aunque no
pueda moverme, porque pesados son mis miembros, suelto para tal
menester tengo mi brazo.»
Y aquél le respondió: « Al encaminarte al fuego, tan veloz no lo tuviste:
pero sí, y más, cuando falsificabas.» Y el hidrópico dijo: «Eso es bien
cierto;
mas tan veraz testimonio no diste al requerirte la verdad en Troya.»
143
«Si yo hablé en falso, el cuño falseaste dijo Sinón y aquí estoy por un
yerro,
y tú por más que algún otro demonio.»
«Acuérdate, perjuro, del caballo repuso aquel de la barriga hinchada ; y
que el mundo lo sepa y lo castigue.»
«Y te castigue a ti la sed que agrieta dijo el griego la lengua, el agua
inmunda que al vientre le hace valla ante tus ojos.»
Y el monedero dilo: «Así se abra la boca por tu mal, como acostumbra;
que si sed tengo y me hincha el humor, te duele la cabeza y tienes
fiebre;
y a lamer el espejo de Narciso, te invitarían muy pocas palabras.»
Yo me estaba muy quieto para oírles cuando el maestro dijo:
«¡Vamos, mira! no comprendo qué te hace tanta gracia.» Al oír que me
hablaba con enojo,
hacia él me volví con tal vergüenza, que todavía gira en mi memoria.
Como ocurre a quien sueña su desgracia, que soñando aún desea que
sea un sueño, tal como es, como si no lo fuese,
así yo estaba, sin poder hablar, deseando escusarme, y escusábame
sin embargo, y no pensaba hacerlo.
«Falta mayor menor vergüenza lava dijo el maestro , que ha sido la tuya;
así es que ya descarga tu tristeza.
144
Y piensa que estaré siempre a tu lado, si es que otra vez te lleva la fortuna
donde haya gente en pleitos semejantes: pues el querer oír eso es vil
deseo.»
CANTO XXXI
La misma lengua me mordió primero, haciéndome teñir las dos mejillas,
y después me aplicó la medicina: así escuché que solía la lanza de Aquiles
y su padre ser causante primero de dolor, después
de alivio, Dimos la espalda a aquel mísero valle por la ribera que en torno
le ciñe,
y sin ninguna charla lo cruzamos. No era allí ni de día ni de noche, y poco
penetraba con la vista;
pero escuché sonar un alto cuerno, tanto que habría a los truenos callado,
y que hacia él su camino siguiendo, me dirigió la vista sólo a un punto.
Tras la derrota dolorosa, cuando Carlomagno perdió la santa gesta,
Orlando no tocó con tanta furia. A poco de volver allí mi
rostro, muchas torres muy altas creí ver;
y yo: «Maestro, di, ¿qué muro es éste?» Y él a mí: «Como cruzas las
tinieblas demasiado a lo lejos, te sucede
que en el imaginar estás errado. Bien lo verás, si llegas a su vera,
145
cuánto el seso de lejos se confunde; así que marcha un poco más aprisa.»
Y con cariño cogióme la mano,
y dijo: «Antes que hayamos avanzado, para que menos raro te parezca,
sabe que no son torres, mas gigantes, y en el pozo al que cerca
esta ribera están metidos, del ombligo abajo.» Como al irse la niebla
disipando,
la vista reconoce poco a poco
lo que esconde el vapor que arrastra el aire, así horadando el aura espesa
y negra,
más y más acercándonos al borde, se iba el error y el miedo me
crecía; pues como sobre la redonda cerca Monterregión de torres se
corona,
así aquel margen que el pozo circunda con la mitad del cuerpo torreaban
los horribles gigantes, que amenaza aún desde el cielo Júpiter tronando.
Y yo miraba ya de alguno el rostro,
la espalda, el pecho y gran parte del vientre, y los brazos cayendo a los
costados.
Cuando dejó de hacer Naturaleza aquellos animales, muy bien hizo,
porque tales ayudas quitó a Marte;
Y si ella de elefantes y ballenas no se arrepiente, quien atento mira,
más justa y más discreta ha de tenerla; pues donde el argumento de la
mente
146
al mal querer se junta y a la fuerza, el hombre no podría defenderse.
Su cara parecía larga y gruesa como la Piña de San Pedro, en
Roma, y en esta proporción los otros huesos; y así la orilla,
que les ocultaba del medio abajo, les mostraba
tanto de arriba, que alcanzar su cabellera tres frisones en vano
pretendiesen; pues treinta grandes palmos les veía
de abajo al sitio en que se anuda el manto. «Raphel may
amech zabi almi», a gritar empezó la fiera boca,
a quien más dulces salmos no convienen. Y mi guía hacia él: «
¡Alma insensata, coge tu cuerno, y desfoga con él cuanta ira o
pasión así te agita! Mirate al cuello, y hallarás la
soga que amarrado lo tiene, alma turbada, mira cómo tu enorme
pecho aprieta.»
Después me dijo: «A sí mismo se acusa. Este es Nembrot, por cuya mala
idea sólo un lenguaje no existe en el mundo.
Dejémosle, y no hablemos vanamente, porque así es para él cualquier
lenguaje, cual para otros el suyo: nadie entiende.»
Seguimos el viaje caminando
a la izquierda, y a un tiro de ballesta, otro encontramos más feroz y
grande. Para ceñirlo quién fuera el maestro,
147
decir no sé, pero tenía atados delante el otro, atrás el brazo diestro,
una cadena que le rodeaba
del cuello a abajo, y por lo descubierto le daba vueltas hasta cinco veces.
«Este soberbio quiso demostrar contra el supremo Jove su potencia dijo
mi guía y esto ha merecido.
Se llama Efialte; y su intentona hizo al dar miedo a los dioses los gigantes:
los brazos que movió, ya más no mueve.» Y le dije: «Quisiera, si es posible,
que del desmesurado Briareo puedan tener mis ojos experiencia.»
Y él me repuso: «A Anteo ya verás cerca de aquí, que habla y está libre,
que nos pondrá en el fondo del infierno. Aquel que quieres ver,
está muy lejos,
y está amarrado y puesto de igual modo, salvo que aún más
feroz el rostro tiene.» No hubo nunca tan fuerte terremoto, que moviese
una torre con tal fuerza, como Efialte fue pronto en revolverse.
Más que nunca temí la muerte entonces, y el miedo solamente bastaría
aunque no hubiese visto las cadenas. Seguimos caminando hacia adelante
y llegamos a Anteo: cinco alas salían de la fosa, sin cabeza.
«Oh tú que en el afortunado valle
que heredero a Escipión de gloria hizo, al escapar Aníbal con los suyos,
mil leones cazaste por botín,
148
y que si hubieses ido a la alta lucha de tus hermanos, hay quien ha
pensado
que vencieran los hijos de la Tierra; bájanos, sin por ello
despreciarnos, donde al Cocito encierra la friura. A Ticio y a Tifeo no
nos mandes; éste te puede dar lo que deseas; inclínate, y no tuerzas el
semblante.
Aún puede darte fama allá en el mundo, pues que está vivo y larga vida
espera, si la Gracia a destiempo no le llama.»
Así dijo el maestro; y él deprisa tendió la mano, y agarró a mi guía,
con la que a Hércules diera el fuerte abrazo.
Virgilio, cuando se sintió cogido, me dijo: «Ven aquí, que yo te coja»;
luego hizo tal que un haz éramos ambos.
Cual parece al mirar la Garisenda donde se inclina, cuando va una nube
sobre ella, que se venga toda abajo; tal parecióme
Anteo al observarle
y ver que se inclinaba, y fue en tal hora que hubiera preferido otro
camino.
Mas levemente al fondo que se traga a Lucifer con Judas, nos condujo;
y así inclinado no hizo más demora, y se alzó como el mástil en la nave.
CANTO XXXII
149
Si rimas broncas y ásperas tuviese, como merecerfa el agujero
sobre el que apoyan las restantes rocas exprimiría el jugo de mi
tema
más plenamente; mas como no tengo, no sin miedo a contarlo
me dispongo; que no es empresa de tomar a juego de todo el orbe
describir el fondo,
ni de lengua que diga «mama» o «papa».
Mas a mi verso ayuden las mujeres que a Anfión a cerrar Tebas ayudaron,
y del hecho el decir no sea diverso.
¡Oh sobre todas mal creada plebe, que el sitio ocupas del que hablar es
duro,
mejor serla ser cabras u ovejas!
Cuando estuvimos ya en el negro pozo, de los pies del gigante aún más
abajo, y yo miraba aún la alta muralla,
oí decirme: «Mira dónde pisas: anda sin dar patadas a la triste cabeza de
mi hermano desdichado.»
Por lo cual me volví, y vi por delante y a mis plantas un lago que, del
hielo, de vidrio, y no de agua, tiene el rostro.
A su corriente no hace tan espeso velo, en Austria, el Danubio en el
invierno,
ni bajo el frío cielo allá el Tanais,
como era allí; porque si el Pietrapana o el Tambernic, encima le cayese,
150
ni «crac» hubiese hecho por el golpe.
Y tal como croando está la rana, fuera del agua el morro, cuando
sueña con frecuencia espigar la campesina, lívidas, hasta el sitio en que
aparece
la vergüenza, en el hielo había sombras, castañeteando el
diente cual cigüeñas. Hacia abajo sus rostros se volvían:
el frío con la boca, y con los ojos el triste corazón testimoniaban.
Después de haber ya visto un poco en torno, miré, a mis pies, a dos tan
estrechados,
que mezclados tenían sus cabellos.
«Decidme, los que así apretáis los pechos les dije ¿Quiénes sois?» Y el
cuello irguieron;
y al alzar la cabeza, chorrearon sus ojos, que antes eran sólo blandos
por dentro, hasta los labios, y ató el hielo las lágrimas entre ellos,
encerrándolos.
Leño con leño grapa nunca une
tan fuerte; por lo que, como dos chivos, los dos se golpearon iracundos.
Y uno, que sin orejas se encontraba por la friura, con el rostro gacho,
dijo: «¿Por qué nos miras de ese modo? Si saber quieres quién son estos
dos, el valle en que el Bisenzo se derrama
fue de Alberto, su padre, y de estos hijos.
151
De igual cuerpo salieron; y en Caína podrás buscar, y no encontrarás
sombra más digna de estar puesta en este hielo; no aquel a quien
rompiera pecho y sombra, por la mano de
Arturo, un solo golpe; no Focaccia; y no éste, que me tapa
con la cabeza y no me deja ver, y fue llamado Sassol Mascheroni:
si eres toscano bien sabrás quién fue.
Y porque en más sermones no me metas, sabe que fui
Camincion dei Pazzi;
y espero que Carlino me haga bueno.» Luego yo vi mil rostros por el frío
amoratados, y terror me viene,
y siempre me vendrá de aquellos hielos.
Y mientras que hacia el centro caminábamos, en el que toda gravedad se
aúna,
y yo en la eterna lobreguez temblaba, si el azar o el destino o
Dios lo quiso, no sé; mas paseando entre cabezas, golpeé con el pie el
rostro de una.
Llorando me gritó: «¿Por qué me pisas? Si a aumentar tú no vienes la
venganza de Monteaperti, ¿por qué me molestas?» Y
yo: «Maestro mío, espera un poco pues quiero que me saque éste de
dudas; y luego me darás, si quieres, prisa.»
El guía se detuvo y dije a aquel que blasfemaba aún muy duramente:
« ¿Quién eres tú que así reprendes a otros?»
152
«Y tú ¿quién eres que por la Antenora vas golpeando respondió los
rostros,
de tal forma que, aun vivo, mucho fuera?»
«Yo estoy vivo, y acaso te convenga fue mi respuesta , si es que quieres
fama, que yo ponga tu nombre entre los otros.»
Y él a mí: «Lo contrario desearía; márchate ya de aquí y no me molestes,
que halagar sabes mal en esta gruta.» Entonces le cogí por el cogote,
y dije: «Deberás decir tu nombre, o quedarte sin pelo aquí debajo.»
Por lo que dijo: «Aunque me descabelles, no te diré quién soy, ni he de
decirlo, aunque mil veces golpees mi cabeza.»
Ya enroscados tenía sus cabellos,
y ya más de un mechón le había arrancado, mientras ladraba con la vista
gacha, cuando otro le gritó: «¿Qué tienes, Bocca?
¿No te basta sonar con las quijadas, sino que ladras? ¿quién te da
tormento?»
«Ahora le dije yo no quiero oírte, oh malvado traidor: que en tu deshonra,
he de llevar de ti veraces nuevas.»
«Vete repuso y di lo que te plazca, pero no calles, si de aquí salieras, de
quien tuvo la lengua tan ligera. Él llora aquí el dinero del francés:
“Yo vi podrás decir- a aquel de Duera, donde frescos están los
pecadores.”
153
Si fuera preguntado “¿y esos otros?”, tienes al lado a aquel de
Beccaría, del cual segó Florencia la garganta. Gianni de
Soldanier creo que está allá con Ganelón y Teobaldelo,
que abrió Faenza mientras que dormía.» Nos habíamos de éstos alejado,
cuando vi a dos helados en un hoyo, y una cabeza de otra era sombrero;
y como el pan con hambre se devora, así el de arriba le mordía al otro
donde se juntan nuca con cerebro.
No de otra forma Tideo roía
la sien a Menalipo por despecho, que aquél el cráneo y las restantes
cosas.
«Oh tú, que muestras por tan brutal signo un odio tal por quien así
devoras, dime el porqué le dije de ese trato, que si tú con
razón te quejas de él, sabiendo quiénes sois, y su pecado, aún
en el mundo pueda yo vengarte,
si no se seca aquella con la que hablo.»
CANTO XXXIII
De la feroz comida alzó la boca el pecador, limpiándola en los pelos
de la cabeza que detrás roía.
Luego empezó: «Tú quieres que renueve el amargo dolor que me
atenaza
154
sólo al pensarlo, antes que de ello hable. Mas si han de ser
simiente mis palabras que dé frutos de infamia a este traidor
que muerdo, al par verás que lloro y hablo.
Ignoro yo quién seas y en qué forma has llegado hasta aquí, mas de
Florencia de verdad me pareces al oírte.
Debes saber que fui el conde Ugolino y este ha sido Ruggieri, el arzobispo;
por qué soy tal vecino he de contarte.
Que a causa de sus malos pensamientos, y fiándome de él fui puesto
preso
y luego muerto, no hay que relatarlo; mas lo que haber oído no pudiste,
quiero decir, lo cruel que fue mi muerte, escucharás: sabrás si me ha
ofendido.
Un pequeño agujero de «la Muda» que por mí ya se llama «La del
Hambre», y que conviene que a otros aún encierre,
enseñado me había por su hueco muchas lunas, cuando un mal sueño
tuve
que me rasgó los velos del futuro. Éste me apareció señor y dueño, a la
caza del lobo y los lobeznos
en el monte que a Pisa oculta Lucca.
Con perros flacos, sabios y amaestrados, los Gualandis, Lanfrancos y
Sismondis al frente se encontraban bien dispuestos.
Tras de corta carrera vi rendidos
155
a los hijos y al padre, y con colmillos
agudos vi morderles los costados.
Cuando me desperté antes de la aurora, llorar sentí en el sueño a mis
hijitos que estaban junto a mí, pidiendo pan. Muy cruel serás si no te
dueles de esto,
pensando lo que en mi alma se anunciaba: y si no lloras, ¿de qué llorar
sueles?
Se despertaron, y llegó la hora en que solían darnos la comida, y por su
sueño cada cual dudaba.
Y oí clavar la entrada desde abajo de la espantosa torre; y yo miraba la
cara a mis hijitos sin moverme. Yo no lloraba, tan de piedra era; lloraban
ellos; y Anselmuccio dijo:
«Cómo nos miras, padre, ¿qué te pasa?»
Pero yo no lloré ni le repuse
en todo el día ni al llegar la noche, hasta que un nuevo sol salía a mundo.
Como un pequeño rayo penetrase en la penosa cárcel, y mirara
en cuatro rostros mi apariencia misma, ambas manos de pena me mordía;
y al pensar que lo hacía yo por ganas de comer, bruscamente levantaron,
diciendo: « Padre, menos nos doliera si comes de nosotros; pues vestiste
estas míseras carnes, las despoja.»
Por más no entristecerlos me calmaba; ese día y al otro nada hablamos:
156
Ay, dura tierra, ¿por qué no te abriste? Cuando hubieron pasado
cuatro días, Gaddo se me arrojó a los pies tendido, diciendo: «Padre,
¿por qué no me ayudas?» Allí murió: y como me estás viendo,
vi morir a los tres uno por uno al quinto y sexto día; y yo me daba
ya ciego, a andar a tientas sobre ellos.
Dos días les llamé aunque estaban muertos: después más que el dolor
pudo el ayuno.»
Cuando esto dijo, con torcidos ojos volvió a morder la mísera cabeza,
y los huesos tan fuerte como un perro.
¡Ah Pisa, vituperio de las gentes del hermoso país donde el «sí» suena!,
pues tardos al castigo tus vecinos, muévanse la Gorgona y la
Capraia,
y hagan presas allí en la hoz del Arno, para anegar en ti a toda persona;
pues si al conde Ugolino se acusaba por la traición que hizo a tus castillos,
no debiste a los hijos dar tormento.
Inocentes hacía la edad nueva, nueva Tebas, a Uguiccion y al
Brigada
y a los otros que el canto ya ha nombrado.» A otro lado
pasamos, y a otra gente envolvía la helada con crudeza,
y no cabeza abajo sino arriba.
El llanto mismo el lloro no permite, y la pena que encuentra el ojo lleno,
157
vuelve hacia atras, la angustia acrecentando; pues hacen muro
las primeras lágrimas,
y así como viseras cristalinas, llenan bajo las cejas todo el vaso.
Y sucedió que, aun como encallecido por el gran frío cualquier
sentimiento hubiera abandonado ya mi rostro,
me parecía ya sentir un viento,
por lo que yo: «Maestro, ¿quién lo hace?,
¿No están extintos todos los vapores?» Y él me repuso: «En breve será
cuando a esto darán tus ojos la respuesta, viendo la
causa que este soplo envía.» Y un triste de esos de la fría costra
gritó: «Ah vosotras, almas tan crueles, que el último lugar os ha tocado,
del rostro levantar mis duros velos,
que el dolor que me oprime expulsar pueda, un poco antes que el llanto
se congele.»
Y le dije: «Si quieres que te ayude, dime quién eres, y si no te libro,
merezca yo ir al fondo de este hielo.» Me respondió: «Yo soy fray
Alberigo; soy aquel de la fruta del mal huerto, que por el higo el dátil he
cambiado.»
«Oh, ¿ya estás muerto díjele yo entonces?
Y él repuso: «De cómo esté mi cuerpo en el mundo, no tengo ciencia
alguna.
Tal ventaja tiene esta Tolomea, que muchas veces caen aquí las almas
158
antes de que sus dedos mueva Atropos; y para que de grado tú me quites
las lágrimas vidriadosas de mi rostro, sabe que luego que el
alma traiciona, como yo hiciera, el cuerpo le es quitado por un demonio
que después la rige, hasta que el tiempo suyo todo acabe.
Ella cae en cisterna semejante;
y es posible que arriba esté aún el cuerpo de la sombra que aquí detrás
inverna.
Tú lo debes saber, si ahora has venido: que es Branca Doria, y ya han
pasado muchos
años desde que fuera aquí encerrado.»
«Creo le dije yo que tú me engañas; Branca Doria no ha muerto todavía,
y come y bebe y duerme y paños viste.»
«Al pozo él respondió de Malasgarras, donde la pez rebulle pegajosa,
aún no había caído Miguel Zanque, cuando éste le dejó al diablo un
sitio en su cuerpo, y el de un pariente suyo que la traición junto con él
hiciera.
Mas extiende por fin aquí la mano; abre mis ojos.» Y no los abrí;
y cortesia fue el villano serle.
¡Ah genoveses, hombres tan distantes de todo bien, de toda lacra
llenos!,
¿por qué no sois del mundo desterrados?
Porque con la peor alma de Romaña hallé a uno de vosotros, por sus obras
159
su espiritu bañando en el Cocito,
y aún en la tierra vivo con el cuerpo.
CANTO XXXIV
«Vexilla regis prodeunt inferni contra nosotros, mira, pues, delante
dijo el maestro a ver si los distingues.» Como cuando una espesa
niebla baja, o se oscurece ya nuestro hemisferio,
girando lejos vemos un molino, una máquina tal creí ver entonces;
luego, por aquel viento, busqué abrigo tras de mi guía, pues no hallé otra
gruta. Ya estaba, y con terror lo pongo en verso,
donde todas las sombras se cubrían, traspareciendo como paja en vidrio:
Unas yacen; y están erguidas otras,
con la cabeza aquella o con las plantas; otra, tal arco, el rostro a los pies
vuelve.
Cuando avanzamos ya lo suficiente, que a mi maestro le plació mostrarme
la criatura que tuvo hermosa cara,
se me puso delante y me detuvo,
«Mira a Dite diciendo , y mira el sitio donde tendrás que armarte de
valor.» De cómo me quedé helado y atónito,
160
no lo inquieras, lector, que no lo escribo, porque cualquier hablar poco
sería.
Yo no morí, mas vivo no quedé:
piensa por ti, si algún ingenio tienes, cual me puse, privado de ambas
cosas. El monarca del doloroso reino,
del hielo aquel sacaba el pecho afuera; y más con un gigante me comparo,
que los gigantes con sus brazos hacen: mira pues cuánto debe ser el todo
que a semejante parte corresponde.
Si igual de bello fue como ahora es feo, y contra su hacedor alzó los ojos,
con razón de él nos viene cualquier luto.
¡Qué asombro tan enorme me produjo cuando vi su cabeza con tres caras!
Una delante, que era toda roja: las otras eran dos, a aquella unidas por
encima del uno y otro hombro, y uníanse en el sitio de la cresta; entre
amarilla y blanca la derecha
parecía; y la izquierda era tal los que vienen de allí donde el Nilo discurre.
Bajo las tres salía un gran par de alas, tal como
convenía a tanto pájaro: velas de barco no vi nunca iguales.
No eran plumosas, sino de murciélago su aspecto; y de tal forma
aleteaban, que tres vientos de aquello se movían: por éstos congelábase
el Cocito;
con seis ojos lloraba, y por tres barbas corría el llanto y baba sanguinosa.
161
En cada boca hería con los dientes
a un pecador, como una agramadera, tal que a los tres atormentaba a un
tiempo.
Al de delante, el morder no era nada comparado a la espalda, que a
zarpazos toda la piel habíale arrancado.
«Aquella alma que allí más pena sufre dijo el maestro es Judas Iscariote,
con la cabeza dentro y piernas fuera. De los que la cabeza afuera tienen,
quien de las negras fauces cuelga es Bruto:
¡mirale retorcerse! ¡y nada dice!
Casio es el otro, de aspecto membrudo. Mas retorna la noche, y ya es la
hora de partir, porque todo ya hemos visto.» Como él lo quiso, al cuello le
abracé;
y escogió el tiempo y el lugar preciso, y, al estar ya las alas bien abiertas,
se sujetó de los peludos flancos:
y descendió después de pelo en pelo, entre pelambre hirsuta y costra
helada. Cuando nos encontramos donde el muslo se ensancha y hace
gruesas las caderas, el guía, con fatiga y con angustia,
la cabeza volvió hacia los zancajos, y al pelo se agarró como quien sube,
tal que al infierno yo creí volver.
«Cógete bien, ya que por esta escala dijo el maestro exhausto y jadeante
es preciso escapar de tantos males.» Luego salió por el hueco de un risco,
162
y junto a éste me dejó sentado; y puso junto a mí su pie prudente.
Yo alcé los ojos, y pensé mirar a Lucifer igual que lo dejamos,
y le vi con las piernas para arriba; y si desconcertado me vi entonces,
el vulgo es quien lo piensa, pues no entiende cuál es el trago que pasado
había.
«Ponte de pie me dijo mi maestro : la ruta es larga y el camino es malo, y
el sol ya cae al medio de la tercia.»
No era el lugar donde nos encontrábamos pasillo de palacio, mas caverna
que poca luz y mal suelo tenía.
«Antes que del abismo yo me aparte, maestro dije cuando estuve en pie ,
por sacarme de error háblame un poco:
¿Dónde está el hielo?, ¿y cómo éste se encuentra tan boca abajo, y en tan
poco tiempo,
de noche a día el sol ha caminado?»
Y él me repuso: « Piensas todavía que estás allí en el centro, en que
agarré
el pelo del gusano que perfora
el mundo: allí estuviste en la bajada; cuando yo me volví, cruzaste el
punto
en que converge el peso de ambas partes: y has alcanzado ya el otro
hemisferio
163
que es contrario de aquel que la gran seca recubre, en cuya cima
consumido
fue el hombre que nació y vivió sin culpa;
tienes los pies sobre la breve esfera que a la Judea forma la otra cara.
Aquí es mañana, cuando allí es de noche: y aquél, que fue escalera con
su pelo,
aún se encuentra plantado igual que antes.
Del cielo se arrojó por esta parte; y la tierra que aquí antes se extendía,
por miedo a él, del mar hizo su velo,
y al hemisferio nuestro vino; y puede que por huir dejara este vacío
eso que allí se ve, y arriba se alza.» Un lugar hay de Belcebú
alejado tanto cuanto la cárcava se alarga, que el sonido denota, y no la
vista,
de un arroyuelo que hasta allí desciende por el hueco de un risco, al
que perfora su curso retorcido y sin pendiente.
Mi guía y yo por esa oculta senda fuimos para volver al claro mundo; y
sin preocupación de descansar, subimos, él primero y
yo después, hasta que nos dejó mirar el cielo un agujero, por el cual
salimos
a contemplar de nuevo las estrellas.
****
164
PURGATORIO
CANTO I
Por surcar mejor agua alza las velas ahora la navecilla de mi ingenio,
que un mar tan cruel detrás de sí abandona; y cantaré de aquel segundo
reino donde el humano espíritu se purga y de subir al cielo se hace digno.
Mas renazca la muerta poesía,
oh, santas musas, pues que vuestro soy; . y Calíope un poco se levante,
mi canto acompañando con las voces que a las urracas míseras tal golpe
dieron, que del perdón desesperaron.
Dulce color de un oriental zafiro, que se expandía en el sereno aspecto
del aire, puro hasta la prima esfera, reapareció a mi vista deleitoso,
en cuanto que salí del aire muerto, que vista y pecho contristado
había.
El astro bello que al amor invita hacía sonreír todo el oriente,
165
y los Peces velados lo escoltaban. Me volví a la derecha atentamente,
y vi en el otro polo cuatro estrellas que sólo vieron las primeras gentes.
Parecía que el cielo se gozara con sus luces: ¡Oh viudo septentrión,
ya que de su visión estás privado!
Cuando por fin dejé de contemplarlos dirigiéndome un poco al otro polo,
por donde el Carro desapareciera, vi junto a mí a un anciano solitario,
digno al verle de tanta reverencia,
que más no debe a un padre su criatura.
Larga la barba y blancos mechones llevaba, semejante a sus cabellos,
que al pecho en dos mechones le caían.
Los rayos de las cuatro luces santas llenaban tanto su rostro de luz, que le
veía como al Sol de frente.
¿Quién sois vosotros que del ciego río habéis huido la prisión eterna?
dijo moviendo sus honradas plumas.
¿Quién os condujo, o quién os alumbraba, al salir de esa noche tan
profunda,
que ennegrece los valles del infierno?
¿Se han quebrado las leyes del abismo?
¿o el designio del cielo se ha mudado y venís, condenados, a mis
grutas?» Entonces mi maestro me empujó,
y con palabras, señales y manos piernas y rostro me hizo reverentes.
166
Después le respondió: «Por mí no vengo.
Bajó del cielo una mujer rogando que, acompañando a éste, le ayudara.
Mas como tu deseo es que te explique más
ampliamente nuestra condición, no puede ser el mío el ocultarlo.
Éste no ha visto aún la última noche; mas estuvo tan cerca en su locura,
que le quedaba ya muy poco tiempo. Y a él, como te he dicho, fui
enviado para salvarle; y no había otra ruta
más que esta por la cual le estoy llevando.
Le he mostrado la gente condenada; y ahora pretendo las almas
mostrarle que están purgando bajo tu mandato.
Es largo de contar cómo lo traje; bajó del Alto virtud que me ayuda
a conducirlo a que te escuche y vea. Dígnate agradecer que
haya venido: busca la libertad, que es tan preciada, cual sabe quién a
cambio da la vida. Lo sabes, pues por ella no fue amarga en Utica tu
muerte; allí dejaste la veste que radiante será un día.
No hemos quebrado las eternas leyes, pues éste vive y Minos no me ata;
soy de la zona de los castos ojos
de tu Marcia, que sigue suplicando que la tengas por tuya, oh santo
pecho: en nombre de su amor, senos benigno. Deja que andemos por tus
siete reinos; le mostraré nuestro agradecimiento,
si quieres que te nombre allí debajo.»
167
«Tan placentera Marcia fue a mis ojos mientras que estuve allí dijo él
entonces- que cuanto me pidió le concedía.
Ahora que vive tras el río amargo, no puede ya moverme, por la ley
que cuando me sacaron fue dispuesta. Mas si te manda una
mujer del cielo, como has dicho, lisonjas no precisas: basta en su nombre
pedir lo que quieras.
Puedes marchar, mas haz que éste se ciña con un delgado junco y lave el
rostro,
y que se limpie toda la inmundicia; porque no es conveniente que
cubierto de niebla alguna, vaya hasta el primero de los ministros ya del
Paraíso.
En todo el derredor de aquella islita, allí donde las olas la combaten,
crecen los juncos sobre el blanco limo: ninguna planta que tuviera
fronda
o que dura se hiciera, viviría, pues no soportaría sus embates.
Luego no regreséis por este sitio; el sol os mostrará, que surge ahora, del
monte la subida más sencilla.»
Él desapareció; y me levanté sin hablar, acercándome a mi guía,
dirigiéndole entonces la mirada.
Él comenzó: «Sigue mis pasos, hijo: volvamos hacia atrás, que esta
llanura va declinando hasta su último margen.»
168
Vencía el alba ya a la madrugada que escapaba delante, y a lo lejos divisé
el tremolar de la marina.
Por la llanura sola caminábamos como quien vuelve a la perdida
senda,
y hasta encontrarla piensa que anda en vano.
Cuando llegamos ya donde el rocío resiste al sol, por estar en un sitio
donde, a la sombra, poco se evapora, ambas manos abiertas en la
hierba suavemente puso mi maestro: y yo, que de su intento me di
cuenta, volví hacia él mi rostro enlagrimado; y aquí me descubrió
completamente
aquel color que me escondió el infierno.
Llegamos luego a la desierta playa, que nadie ha visto navegar sus aguas,
que conserve experiencias del regreso.
Me ciñó como el otro había dicho:
¡oh maravilla! pues cuando él cortó la humilde planta, volvió a nacer otra
de donde la arrancó, súbitamente.
CANTO II
Ya había el sol llegado al horizonte que cubre con su cerco meridiano
Jerusalén en su más alto punto;
169
y la noche, que a él opuesta gira, del Ganges se salía con aquellas
balanzas, que le caen cuando ha triunfado; tal que la blanca y sonrosada
cara, donde yo estaba, de la bella Aurora mientras crecía se tornaba de
oro.
A la orilla del mar nos encontrábamos,
como aquel que pensara su camino, que va en corazón y en cuerpo se
queda. Y entonces, cual del alba sorprendido, por el denso vapor Marte
enrojece sobre el lecho del mar por el
poniente, tal se me apareció, y así aún la viera, una luz que en el mar tan
rauda iba, que al suyo ningún vuelo se parece.
Y separando de ella unos instantes los ojos, a mi guía preguntando,
la vi de nuevo más luciente y grande.
Apareció después a cada lado un no sabía qué blanco, y debajo
poco a poco otra cosa también blanca.
Nada el maestro aún había dicho, cuando vi que eran alas lo primero; y
cuando supo quién era el piloto, me gritó: « Dobla, dobla las rodillas.
Mira el ángel de Dios: junta las manos, verás a muchos de estos oficiales.
Ve que desdeña los humanos medios, y no quiere más remo ni más velas
entre orillas remotas, que sus alas. Mira cómo las
alza hacia los cielos moviendo el aire con eternas plumas, que cual
mortal cabello no se mudan.»
170
Después al acercarse más y más el pájaro divino, era más claro: y pues de
cerca no lo soportaban
los ojos, me incliné, y llegó a la orilla
con una barca tan ligera y ágil, que parecía no cortar el agua.
A popa estaba el celestial barquero, cual si la beatitud llevara escrita;
y dentro había más de cien espíritus.
«In exitu Israel de Aegipto» cantaban todos juntos a una voz,
y todo lo que sigue de aquel salmo. Después les hizo el signo de la cruz; y
todos se lanzaron a la playa:
y él se marchó tan veloz como vino. La turba que quedó, muy sorprendida
pareció del lugar, mirando en torno
como aquel que contempla cosas nuevas.
De todas partes asaeteaba al día
el sol, que había echado con sus flechas de la mitad del cielo a
Capricornio, cuando la nueva gente alzó la cara a nosotros,
diciendo: «Si sabéis, mostradnos el camino que va al
monte.» Y respondió Virgilio: « Estáis pensando que este sitio nosotros
conocemos;
mas peregrinos somos de igual forma. Llegamos poco antes que
vosotros, por camino tan áspero y tan fuerte, que ahora el subir parece
171
un simple juego.» Las almas que se dieron cuenta entonces por mi
respiración, de que vivía, maravilladas, empalidecieron.
Y como al mensajero que el olivo
trae, va la gente para oír noticias,
y de apretarse esquivos no se muestran, así a mi vista se agolparon todas
aquellas almas apesadumbradas,
casi olvidando el ir a hacerse bellas. Y yo vi que una de ellas se acercaba
para abrazarme, con tan grande afecto, que me movió a que hiciese yo
lo mismo.
¡Ah vanas sombras, salvo la apariencia! tres veces por detrás pasé mis
brazos, y tantas otras los volví a mi pecho.
Creo que enrojecí, maravillado, y sonrió la sombra y se alejaba, y yo me fui
detrás para seguirla. Suavemente me dijo que parase;
supe entonces quién era, y le rogué que, para hablarme, allí se detuviera.
«Así me respondió como te amaba en el cuerpo mortal, libre te amo:
por eso me detengo; y tú ¿qué haces?»
«Por volver otra vez, Cassella mío, adonde estoy, viajo; mas
¿por qué
le dije tantas horas te han quitado?» Y él a mí: «No me hicieron injusticia,
si aquel que lleva cuándo y a quien quiere, me ha negado el pasaje
muchas veces;
172
de justa voluntad sale la suya: mas desde hace tres meses ha traído a
quien quisiera entrar, sin oponerse.
Por lo que yo, que estaba en la marina
donde el agua del Tíber sal se hace, benignamente fui por él llevado.
El vuelo a aquella desembocadura dirigió, pues que siempre se congregan
allí los que a Aqueronte no descienden.»
Y yo: «Si no te quitan nuevas leyes la memoria o el uso de los cantos
de amor, que mis deseos aquietaban, con ellos té suplico que consueles
mi alma que, viniendo con mi cuerpo
a este lugar, se encuentra muy angustiada.» El amor que en la mente me
razona entonces comenzó tan dulcemente,
que en mis adentros oigo aún la dulzura.
Mi maestro y yo y aquellas gentes que estaban junto a él, tan
complacidas parecían, que en nada más pensaban.
Todos pendientes y fijos estábamos de sus notas; y el viejo venerable
nos gritó: «¿Qué sucede, lentas almas?
¿qué negligencia, qué esperar es éste? corred al monte a echar las
impurezas que no os permiten contemplar a Dios.» Como
cuando al coger avena o mijo, las palomas rodean el sustento,
quietas y sin mostrar su usado orgullo, si algo sucede que las amedrenta,
súbitamente dejan la comida,
173
pues un mayor cuidado las asalta; yo vi a aquella mesnada recién hecha
dejar el canto y escapar al monte, como quien va y no sabe dónde
acabe: no fue nuestra partida menos presta.
CANTO III
Por más que aquella huida repentina por la llanura a todos dispersara,
hacia el monte en que aguija la justicia, a mi fiel compañero me arrimé:
¿pues cómo habría yo sin él corrido?
¿Quién por el monte hubiérame llevado?
Le creí descontento de sí mismo:
¡Oh qué digna y qué pura concïencia con qué amargor te muerde un
leve fallo!
Cuando sus pies dejaron de ir aprisa, que a cualquier acto quítale el
decoro, mi pensamiento, empecinado antes, reanudó su discurso,
deseoso,
y dirigí mis ojos hacia el monte que al cielo más se eleva de las aguas.
El sol, que atrás en rojo flameaba, se rompía delante de mi cuerpo,
pues sus rayos en mí se detenían. Me volví hacia los lados temeroso de
estar abandonado, cuando vi sólo ante mí la
tierra oscurecida;
174
y: «¿Por qué desconfías? mi consuelo volviéndose hacia mí empezó a
decirme-
¿no crees que te acompaño y que te guío?
Es ya la tarde donde sepultado
está aquel cuerpo en el que sombra hacía; no en Brindis, sino en Nápoles
se encuentra.
Por lo cual si ante mí nada se ensombra, no debes extrañarte, igual que
el cielo no detiene el camino de los rayos.
Por sufrir penas, frías y calientes, Dios ha dispuesto cuerpos semejantes,
de modo que no quiere revelarnos.
Loco es quien piense que nuestra razón pueda seguir por la infinita
senda
que sigue una sustancia en tres personas.
Os baste con el quía, humana prole; pues, si hubierais podido verlo todo,
ocioso fuese el parto de María; y tú has visto sin frutos desearlo a tales
que aquietaran su deseo, que eternamente ahora les enluta: de
Aristóteles hablo y de Platón
y aun de otros más»; y aquí inclinó la frente, y más no dijo y quedóse
turbado.
Llegamos entretanto al pie del monte; tan escarpadas estaban las rocas,
que en vano habrá piernas bien dispuestas.
175
Entre Rurbia y Lerice el más desierto, el más roto barranco, es escalera,
comparado con éste, abierta y fácil.
«¿Ahora quién sabe en donde la pendiente deteniéndose, dijo mi
maestro-
pueda subir aquel que va sin alas?»
Y mientras meditaba con la vista baja, sobre la suerte del camino, y yo
miraba arriba del peñasco,
a mano izquierda apareció una turba de almas que venía hacia nosotros,
mas tan lentos que no lo parecía.
«Alza dije maestro, la mirada: hay aquí quien podrá darnos consejo, si
no puedes tenerlo por ti mismo.»
Entonces miró, y con el rostro sereno me dijo: «Vamos pues, que vienen
lentos;
y afirma la esperanza, dulce hijo.» Tan lejos aún estaba aquella gente,
luego de haber mil pasos caminado, como un buen
lanzador alcanzaria, cuando a las duras peñas se arrimaron de la alta sima,
quietos y apretados, cual caminante que dudoso mira.
«Felices muertos, almas elegidas Virgilio dijo por la paz aquella
que todos esperáis, según bien creo, decidnos dónde baja la montaña,
para poder subir; pues más disgusta
perder el tiempo a quien su precio sabe.»
176
Cual salen del redil las ovejillas de una, de dos, de tres y temerosas
están las otras, vista y morro en tierra; y lo que la primera hacen las
otras, acercándose a ella si se para,
simples y calmas, y el porqué no saben;
así vi que venía la cabeza
de aquella grey afortunada entonces, con recatado andar y rostro
honesto. Al ver los de delante interrumpida la luz en tierra a mi derecho
flanco
desde mí hasta la roca haciendo sombra, se detuvieron, y hacia atrás se
echaron, y todos esos que detrás venían,
no sabiendo por qué, lo mismo hicieron.
«Sin que lo preguntéis yo os comunico que este cuerpo que veis es cuerpo
humano; por lo que el sol ha interceptado en tierra.
No os debéis asombrar, pero creedme que no sin que lo quieran en el
cielo estas paredes escalar pretende.»
Así el maestro; y esas dignas gentes:
«Volved dijeron y seguid un poco», haciéndonos señales con la mano.
Y uno de aquéllos empezó: «Quien quiera que seas, vuelve el rostro
mientras andas: recuerda si me viste en la otra vida.» Volví la vista a él
muy fijamente rubio era y bello y de gentil aspecto, mas un tajo una ceja
le partía.
177
Cuando con humildad hube negado haberle visto nunca, él dijo:
«Mira» y mostróme una llaga sobre el pecho.
Luego sonriendo dijo: «Soy Manfredo: la emperatriz Constanza fue mi
abuela; y te suplico que, cuando regreses,
le digas a mi hermosa hija, madre del honor de Aragón y de
Sicilia,
la verdad, si es que cuentan de otro modo.
Después de ser mi cuerpo atravesado por dos golpes mortales, me volví
llorando a quien perdona de buen grado.
Abominables mis pecados fueron mas tan gran brazo tiene la bondad
infinita, que acoge a quien la implora.
Si el pastor de Cosenza, que a mi caza entonces fue enviado por
Clemente, la página divina comprendiera,
los huesos de mi cuerpo aún estarían al pie del puente junto a
Benevento, y por pesadas piedras custodiados.
Mas los baña la lluvia y mueve el viento, fuera del reino, casi junto al
Verde, donde él los trasladó sin luz alguna.
Mas por su maldición, nunca se pierde, sin que pueda volver, el infinito
amor, mientras florezca la esperanza. Verdad es que quien
muere contumaz, con la Iglesia, aunque al fin arrepentido, fuera
debe de estar de esta montaña, treinta veces el tiempo que viviera
en esa presunción, si tal decreto no se acorta con buenas oraciones.
178
Piensa pues lo dichoso que me harías, a mi buena Constanza revelando
cómo me has visto, y esta prohibición:
que aquí, por los de allá, mucho se avanza.
CANTO IV
Cuando algún sufrimiento o alegría de alguna facultad nuestra se adueña,
toda en ella se centra nuestra alma,
y no atiende a ninguna otra potencia y es esto contra aquel error que
opina
que un alma sobre otra alma arda en nosotros.
Por eso, cuando se oye o se ve algo que atraiga al alma fuertemente a ello,
el tiempo pasa y nada el hombre advierte; porque es una
potencia la que escucha,
y otra la que retiene al alma entera: una está casi presa, y la otra libre.
Puede experimentar de veras esto, escuchando a
aquel alma y admirando; pues bien cincuenta grados ya subido
había el sol, sin darme cuenta, cuando llegamos donde, a una, aquellas
almas gritaron: «Aquí está lo que buscáis.» Mayor
portillo muchas veces cierra con un manojo apenas de zarzales el
campesino al madurar la uva, de lo que era la senda que subimos, yo
detrás de mi guía, los dos solos al partir de
179
nosotros aquel grupo. Se va a Sanleo, a Noli se desciende,
se sube a Bismantova hasta la cumbre
a pie, pero volar aquí es preciso; digo con leves alas y con plumas del
deseo, detrás de aquel llevado,
que me daba esperanza y me alumbraba.
Por un girón subimos de la roca, cuyas paredes casi se juntaban,
y el suelo nos pedía pies y manos.
Cuando ya al borde superior llegamos de la alta base, a un sitio
descubierto
«Maestro dije ¿qué camino haremos?» Y él me dijo: «No tuerzas ningún
paso; únicamente sígueme hacia el monte, hasta que
llegue alguna escolta sabia.»
La cima, de tan alta, era invisible y aún más pina la cuesta que la raya
que une el medio cuadrante con el centro.
Estaba muy cansado y exclamé:
«Oh dulce padre, vuélvete y advierte que solo quedaré, si no te paras.»
«Hijo me contestó sube hasta allí», un repliegue más alto señalando
que por allí giraba todo el monte.
Tanto me espolearon sus palabras, que me esforcé trepando tras de él
hasta que puse pies en la cornisa.
180
Nos sentamos los dos vueltos a oriente, donde estaba el camino que
subimos, que siempre de mirar es agradable.
La vista dirigí primero abajo; luego arriba, hacia el sol, y me admiraba
que nos hería por el lado izquierdo.
Bien comprendió el poeta que yo estaba por el carro solar estupefacto,
que entre nosotros y Aquilón nacía.
Por lo cual me explicó: «Si los Gemelos fuesen en compañía de ese
espejo
que lleva la luz arriba y abajo, verías al Zodiaco enrojecido girar aún más
cercano de las Osas, si no saliera del camino usado.
Cómo pueda ocurrir, pensarlo puedes si atentamente observas que Sión
en la tierra se opone a esta montaña; un horizonte mismo tienen
ambas
y hemisferios diversos; y el camino que mal supiera recorrer
Faetonte, podrás ver cómo en ésta va por uno, y por aquella por el otro
lado,
si lo ves claro con la inteligencia.»
«Cierto maestro dije que hasta ahora no i claro, como lo discierno,
allí donde mi ingenio me faltaba, que la mitad del cielo que alto gira, que
se llama Ecuador en algún arte,
181
y entre sol y entre invierno se halla siempre, por la causa que dices, dista
tanto
respecto al Septentrión, cuanto en Judea lo contemplaban en la parte
cálida.
Mas sabría gustoso, si quisieras, cuánto habremos de andar; pues sube
el monte
más de lo que subir pueden mis ojos.» Y él me dijo: «Este monte
es de tal modo,
que siempre pesa al comenzar abajo; y cuando más se sube, menos
daña. Y así cuando le sientas tan suave, que te haga caminar ya tan
ligero como nave que empuja la corriente, habrás llegado al fin de este
sendero: reposar allí espera tu fatiga.
Más no respondo, y esto lo sé cierto.» Y después de decir estas palabras,
oímos una voz cercana: «¡Acaso necesites sentarte mucho antes!» Los
dos al escucharle nos volvimos,
y vimos a la izquierda un gran peñasco, que antes ninguno habíamos
notado.
Allí fuimos; y había allí personas que estaban a la sombra de la piedra
como se pone el hombre por vagancia.
Y uno, que fatigado parecía,
se sentaba abrazando sus rodillas, con el rostro inclinado puesto entre
ellas.
182
«Oh mi dulce señor dije contempla al que más negligente no verías
si la pereza fuese hermana suya.» Entonces se volvió, mirando atento,
levantando su rostro de los muslos:
«¡Sube tú, puesto que eres tan valiente!» Supe quién era entonces, y
el cansancio que aún el aliento un poco me cortaba, no me impidió
acercarme a él; y cuando estuve al lado, alzó la vista apenas diciendo: «
¿Has entendido cómo el sol lleva su carro por el hombro izquierdo?» Sus
gestos perezosos y sus
breves palabras me causaron leve risa; Después: «Belacqua dije no me
duelo ya de ti; pero di, ¿por qué te sientas
aquf precisamente? ¿escolta esperas, o la antigua costumbre te domina?»
Y él: «De qué sirve, hermano, el ir a arriba, pues no me dejaría ir al castigo
el ángel del Señor que está en la puerta.
Es necesario que antes gire el cielo sobre mí tantas veces, cuanto en
vida, pues que dejé para el final el llanto; si es que antes no me ayuda la
oración de un corazón surgida
que esté en gracia: porque la otra en el cielo no se escucha.» Y
ya delante de mí iba el poeta, diciendo: «Vamos ven, mira que toca
el sol el meridiano, y en la orilla cubre el pie de la noche ya
Marruecos.»
CANTO V
183
De esa sombra me había separado, y seguía los pasos de mi guía,
cuando detrás de mí, su dedo alzando, una gritó: «iMirad, que no
iluminan
los rayos a la izquierda del de abajo, y cual vivo parece comportarse!»
Volví los ojos al oír aquello,
y los vi que miraban asombrados, sólo a mí, y a la luz que
interceptaba.
«¿Tú ánimo por qué se enreda tanto dijo el maestro que el andar
retardas?
¿qué te importa lo que esos cuchichean? Deja hablar a la gente y ven
conmigo: sé como aquella torre que no tiembla nunca su cima aunque
los vientos soplen; pues aquel en quien
bulle un pensamiento sobre otro pensamiento, se extravía, porque el
fuego del uno ablanda al otro.»
¿Qué podía decir si no: « Ya voy»?
Díjelo, más cubriéndome el color que digno de perdón al hombre vuelve.
Mientras tanto a través de la ladera una gente venía hacia nosotros,
cantando el «Miserere», verso a verso.
Cuando notaron que ocasión no daba de atravesar los rayos con mi
cuerpo,
por un gran «Oh» cambiaron su cantiga; y dos de ellos, en forma de
emisarios, corrieron hacia mí y me preguntaron: «Haznos saber de
184
vuestra condición» Y mi maestro: «Bien podéis marcharos y a aquellos
que os mandaron referirles que el cuerpo de éste es carne verdadera.
Si al contemplar su sombra se pararon,
como yo creo, baste la respuesta: hacedle honor, que acaso os
aproveche.»
Tan rápidos vapores encendidos no vi rasgar el cielo en plena noche, ni
las nubes de agosto en el ocaso, como aquellos a lo alto se volvieron, y
junto a los demás dieron la vuelta,
como un tropel sin freno hacia nosotros.
«Mucha es la gente que a nosotros viene, y te quieren rogar dijo el
poeta :
mas sigue andando, y caminando escucha.»
«Oh alma que caminas con aquellos miembros con que naciste, a ser
dichoso, se acercaban gritando aquieta el paso.
Mira si a alguno de nosotros viste, para que de él allí noticias lleves:
¡Ah!, ¿por qué sigues? ¡Ah!, ¿por qué no paras?
Todos muertos violentamente fuimos, y hasta el último instante
pecadores; la luz del cielo entonces nos dio juicio y, arrepentidos,
perdonando, fuera salimos de la vida en paz con
Dios,
y el deseo de verle nos aflige.»
Y yo: «Por más que mire vuestros rostros no os reconozco: mas si deseáis
185
algo que pueda hacer, buenos espíritus, decídmelo y lo haré, por esa paz
que, detrás de los pasos de mi guía, de mundo en mundo buscar se me
hace.»
Y uno repuso: «Todos nos fiamos
de tus bondades sin que nos lo jures, si es que tu voluntad no es
impedida.
Por lo que yo que hablé antes que los otros, te ruego, que si ves esa
comarca
que está entre la Romaña y la de Carlos, que de tus ruegos me hagas
cortesía
en Fano, y que por mi bien se suplique, y las graves ofensas purgar pueda.
Allí nací, mas los profundos huecos por los que huyó la sangre en que
vivía, en tierras de Antenor me fueron hechos,
donde estar confiaba más seguro: que lo mandó el de Este,
pues me odiaba
más de lo que el derecho lo permite. Pero si hacia la Mira hubiese huido,
cuando fui sorprendido en Oriaco, aun estaría donde se respira.
Corrí al pantano, donde cieno y cañas estorbaron mi paso y me caí;
y vi mi sangre en tierra hacer un lago.»
Luego otro dijo: «¡Ay, así el deseo se cumpla que te trae a esta montaña,
con piedad bondadosa ayuda al mío! Yo nací en Montefeltro, soy
Bonconte;
186
Giovanna y los demás no me recuerdan, y sigo a estos con la frente
gacha.»
Y le dije: «¿qué fuerza o qué aventura de Campaldino te llevó tan lejos
que tu sepulcro nunca se ha encontrado?»
«Oh me repuso , al pie del Casentino
un agua corre que se llama Arquiano, nace en los Apeninos, sobre el Ermo.
Donde su nombre ya no necesita, llegué con una herida en la garganta,
huyendo a pie y ensangrentando el llano.
Allí perdí la vista, y mi palabra terminó con el nombre de María, y allí al
caer mi carne quedó sola. Te diré la verdad y tú a los vivos:
un ángel me cogió, y el del Infierno gritaba: «Oh tú, el del Cielo,
¿por qué quieres
privarme de él, llevándote lo eterno, porque una lagrimilla me lo quita?
mas yo tendré el gobierno de lo otro.»
«Bien sabes que en el aire se recoge el húmedo vapor que se hace agua,
en cuanto sube donde encuentra el frío. Llegó aquel mal querer, que
males busca con su sabiduría, y humo y viento movió con el poder de que
es dotado.
El valle entonces, cuando cayó el día, se cubrió desde el monte a
Protomagno de niebla; y todo el cielo se nubló,
187
y el aire denso convirtióse en agua; cayó la lluvia, y vino a los barrancos
toda la que la tierra no absorbía;
y como se juntara en torrenteras, tan veloz en el rfo principal cayó, que
nada pudo retenerla.
Mi cuerpo helado, en donde desemboca
halló al soberbio Arquiano: y éste al Arno lo arrastró,
deshaciendo de mi pecho
la cruz que hiciera del dolor vencido; me volteó en la orilla y en el fondo,
y me cubrió y ciñó con sus botines.»
«Ay, cuando al mundo regresado hayas, y descansado de la larga ruta
siguió un tercer espíritu al segundo recuerdame, soy Pía, me
hizo Siena, Maremma me deshizo: bien lo sabe aquel que, luego de poner
su anillo, con su gema me había desposado.»
CANTO VI
Cuando se acaba el juego de la zara, el perdedor se queda algo mohino y
triste aprende, repitiendo lances;
con el otro se va toda la gente; cuál va delante, cuál detrás le agarra,
cuál a su lado quiere darle coba; él no se para y los escucha a todos;
a quien tiende la mano, al fin le suelta; y así de aquel gentío se ve libre.
188
Tal entre aquella turba me encontraba, de aquí y de allá volviéndoles
el rostro, y prometiendo me soltaba de ellos.
Estaba el Aretino, quien del brazo fiero de Ghin de Tacco halló la muerte, y
el otro que se ahogó yendo de caza.
Suplicaba, tendiéndome las manos,
Federico Novello, y el de Pisa que hiciera parecer fuerte a
Marzucco. Vi al conde Orso y su alma separada de su cuerpo por odio y
por envidia,
como decia, y no por culpa alguna. Pier de la Broccia digo; y que provea,
mientras que aún está aquí, la de Brabante si con peor rebaño andar no
quiere.
Cuando ya me libré de todas esas sombras que suplicaban otras
súplicas, porque su salvación les llegue antes, yo
comencé: « Parece que me niegas expresamente, oh luz, en algún texto
que aplaque la oración leyes del cielo; y esta gente por ello sólo ruega:
¿es que vanas son pues sus esperanzas,
o es que no he comprendido bien tu texto?» Y él me dijo: «Es sencilla mi
escritura;
y en esperar ninguno se equivoca, si con la mente clara bien se mira; pues
la cima del juicio no se allana
porque el fuego de amor cumpla en un punto lo que satisfacer aquí se
espera;
189
y allí donde hice tal afirmación, no se enmendaba, por rezar, la
culpa, pues la oración de Dios estaba lejos. No te fijes en dudas tan
profundas sino tan sólo en lo que diga aquella que entre mente y la
verdad alumbre.
No sé si entiendes: de Beatriz te hablo; arriba la verás, sobre la cima
de este monte, dichosa y sonriendo.» Y yo: «Señor, vayamos más aprisa,
que ya no estoy cansado como antes, y ya veo que el monte arroja
sombra.»
« Caminaremos mientras dure el día él me repuso el tiempo que
podamos; mas no es la cosa como la imaginas.
Antes de estar arriba, volverás a ver aquel que oculta la ladera, de modo
que sus rayos ya no rompes. Pero mira aquel alma
que allá inmóvil, completamente sola, nos contempla: el camino más
corto ha de mostrarnos. Nos acercamos: ¡oh ánima lombarda qué altiva y
desdeñosa aparecías,
qué noble y lenta en el mover los ojos!
Ella no nos decía una palabra, mas nos dejaba andar, sólo mirando
a guisa de león cuando reposa.
Mas Virgilio acercóse a él, pidiendo que nos mostrase la mejor subida;
pero a su ruego nada respondió, mas de nuestro país y nuestra vida nos
preguntó; y mi guía comenzaba
190
«Mantua...» y la sombra, toda en ella absorta, vino hacia él del sitio en
que se hallaba diciendo: «¡Oh mantuano, soy Sordello, soy de tu misma
tierra!», y se abrazaron.
¡Ah esclava Italia, albergue de dolores, nave sin timonel en la borrasca,
burdel, no soberana de provincias!
Aquel alma gentil tan prestamente, sólo al oír el nombre de su tierra,
comenzó a festejar a su paisano,
y en ti ahora sin guerras no se hallan tus vivos, y se muerden unos a otros,
los que un foso y un muro mismo encierran.
Busca, mísera, en torno de tus costas tus playas, y después mira en el
centro, si alguna parte en ti de paz disfruta.
¿De qué vale que el freno te pusiera, Justiniano, si nadie hay en la silla?
Menor fuera sin ése la vergüenza. Ah gentes que debíais ser devotas, y
consentir al César en su trono,
si aquello que Dios manda comprendieseis, esa fiera mirad cuán
indomable,
por no ser corregida por la espuela, al poner en las riendas vuestras
manos.
¡Oh tú, tedesco Alberto, que la dejas al verla tan salvaje y tan indómita,
y debiste apretarle los ijares, caiga de las estrellas justo juicio sobre tu
sangre, y sea nuevo y claro, tal que tu sucesor le tenga
191
miedo! Pues habéis consentido tú y tu padre, por la codicia de
eso distraídos,
que el jardín del imperio esté desierto.
Ven y vé a Capuletos y Montescos, Filipeschos, Monaldos, ah, indolente,
esos ya tristes, y estos con recelos!
¡Ven, cruel, ven y vé la tirania de tus nobles, y cura sus desmanes;
verás a Santaflora tan oscura!
Ven y contempla tu Roma llorando viuda y sola, llamando noche y día:
« Oh mi César, por qué no me acompañas?»
¡Verás lo mucho que se quieren todos! y si a piedad ninguna te movemos,
ven y tendrás vergüenza de tu fama. Y si me es
permitido, oh sumo Jove que por nosotros en cruz te pusieron,
¿es que has vuelto los ojos a otra parte?
¿o te estás preparando, en el abismo de tus designios, para hacer un
bien
que se escapa del todo a nuestra mente?
Pues llenas de tiranos las ciudades están de Italia toda, y un
Marcelo
se vuelve cualquier ruin que entra en un bando.
Puedes estar contenta, ah, mi Florencia, por esta digresión que no te
alcanza, pues se las sabe solventar tu pueblo.
192
La justicia en su pecho muchos guardan, y, prudentes, disparan tarde el
arco; mas tu pueblo la tiene en plena boca.
Muchos rechazan cargos oficiales, mas tu pueblo solícito responde
sin ser llamado, y grita: «iYo lo acepto!»
¡Alégrate, porque motivos tienes: tú rica, tú con paz, y tú prudente!
De si digo verdad, están las muestras. Las Atenas y Espartas, que
inventaron las viejas leyes tan civilizadas del bien vivir, hicieron débil
prueba comparadas contigo, pues
que haces tan sutiles decretos, que a noviembre los que hiciste
en octubre nunca llegan. Hasta donde recuerdo, ¿cuántas veces leyes,
monedas, hábitos y oficios,
has mudado, y cambiado de habitantes?
Y si te acuerdas bien y lo ves claro, te verás semejante a aquella
enferma que no encuentra reposo sobre plumas, mas dando vueltas
calma sus dolores.
CANTO VII
Los saludos corteses y dichosos por tres y cuatro veces reiterados,
Sordello se apartó y dijo: «¿Quién sois?»
193
«Antes de que llegaran a este monte las almas dignas de subir a Dios,
Octavio dio a mis huesos sepultura. Yo soy Virgilio; y por culpa ninguna,
salvo el no tener fe, perdí los cielos.» Así repuso entonces mi maestro.
Como queda quien ve súbitamente algo maravilloso frente a él,
que cree y que no, diciendo «Es..., o no es...», aquel así; después bajó los
ojos,
y se volvió hacia él humildemente, y le abrazó donde el menor se agarra.
«Gloria de los latinos, por el cual mostró cuánto podia nuestra lengua, oh
prez eterna, del pueblo natal,
qué mérito o qué gracia a mí te muestra? Si de escuchar soy digno tus
palabras, dime si acaso vienes del infierno.»
«Por los recintos todos de aquel reino doliente, aquí he llegado respondió-
y, enviado del cielo, con él vengo.
Perdí, no por hacer, mas por no hacer, el ver el alto sol que tú deseas,
pues que fue tarde por mí conocido. No entristecen martirios aquel sitio
sino tinieblas sólo; y los lamentos no suenan como ayes, son suspiros.
Allí estoy con los niños inocentes del diente de la muerte antes mordidos
que de la humana culpa fueran libres.
Con aquellos estoy que las tres santas virtudes no vistieron, mas sin
vicio supieron y siguieron las restantes.
Mas si sabes y puedes, un indicio danos, con que poder llegar más
pronto a donde el purgatorio da comienzo.»
194
Respondió: «Un lugar fijo no me han puesto; y me es licito andar por
todos lados;
te acompaño cual gu(a mientras pueda.
Pero contempla cómo cae el día, y subir por la noche no se puede; será
bueno pensar en un refugio. A la derecha hay almas retiradas; si lo
permites, a ellas te conduzco, y te dará placer el conocerlas.
«¿Cómo es eso? repuso ¿quien quisiese subir de noche, se lo impediría
alguno, o es que él mismo no pudiera? Y el buen Sordello en tierra pasó
el dedo diciendo: «¿Ves?, ni siquiera esta raya pasarías después de
que anochezca:
no porque haya otra cosa que te impida subir, sino las sombras de la
noche; que, de impotencia, quitan los deseos.
Con ellas bien podrías descender y caminar en torno de la cuestra,
mientras que al día encierra el horizonte.» Entonces mi señor, casi
admirado,
«llévanos dijo donde nos contaste, pues podrá ser gozosa la demora». De
allí poco alejados estuvimos,
cuando noté que el monte estaba hendido, del modo como un valle aquí
los hiende.
«Allí dijo la sombra , marcharemos donde la cuesta hace de sí un regazo;
y esperaremos allí el nuevo día.» Entre llano y pendiente, un tortuoso
camino nos condujo hasta la parte
195
del valle de laderas menos altas. Oro, albayalde, grana y plata fina, indigo,
leño lúcido y sereno,
fresca esmeralda al punto en que se quiebra, por las hierbas y flores de
aquel valle,
sus colores serían derrotados, como el mayor derrota al más pequeño.
No pintó solamente alll natura, mas con la suavidad de mil olores,
incógnito, indistinto, uno creaba.
Salve Regina, sobre hierba y flores sentadas, vi a unas almas que
cantaban, que no vimos por fuera de aquel valle.
«Antes que el poco sol vuelva a su nido comenzó nuestro guta el
Mantuano-
no pretendáis que entre esos os conduzca.
Mejor desde esta loma las acciones y los rostros veréis de cada uno, que
mezclados con ellos allá abajo.
Quien más alto se sienta y que parece desatender aquello que debiera,
y no mueve la boca con los otros, Rodolfo fue, que pudo, con su imperio,
sanar las plagas que han matado a Italia, y así tarde el remedio de otros
llega.
Aquel que le consuela con la vista, rigió la tierra donde el agua nace
que al Albia el Molda, el Albia al mar se lleva.
Otocar se llamó, y desde la infancia fue mejor que el barbudo
Wenceslao,
196
su hijo que lujuria y ocio pace.
Y aquel chatito que charla muy junto con aquel de un aspecto tan
benigno, murió escapando y desflorando el lirio:
¡Ved allí cómo el pecho se golpea! Mirad al otro que ha hecho a su mano
de su mejilla, suspirando, lecho.
Del mal de Francia son el padre y suegro: saben su villa sucia y enviciada;
de esto viene el dolor que les lancea. Aquel tan corpulento que
acompasa su canto con aquel tan narigudo,
de toda las virtudes ciñó cuerda; y si rey después de él hubiera sido
el jovencito sentado detrás, iría la virtud de vaso en vaso.
No es lo mismo los otros herederos; tienen el trono Jaime y Federico;
mas el lote mejor ninguno tiene.
Raras veces renace por las ramas la probidad humana; y esto quiere
quien la otorga, para que la pidamos.
También esto concierne al narigudo
y no menos que a Pedro, con quien canta, de quien Pulla y Provenza se
lamentan.
Tan inferior la planta es a su grano, cuanto, más que Beatriz y Margarita,
Constanza del marido se envanece.
Mirad al rey de la vida sencilla sentado aparte, Enrique de Inglaterra:
197
el vástago mejor tiene en sus ramas.
Aquel que está más bajo echado en tierra, mirando arriba, es
Guillermo el marqués, por quien a Alejandría y sus batallas lloran el
Canavés y Monferrato.
CANTO VIII
Era la hora en que quiere el deseo enternecer el pecho al navegante,
cuando de sus amigos se despide; y que de amor el
nuevo peregrino sufre, si escucha lejos una esquila, que parece llorar el
día muerto; cuando yo comencé a dejar de oír, y a mirar hacia un alma
que se alzaba pidiendo con la mano que la oyeran. Juntó y alzó las palmas,
dirigiendo los ojos hacia oriente, de igual modo
que si dijese a Dios: «Sólo en ti pienso.»
Con tanta devoción Te lucis ante le salió de la boca en dulces notas, que
le hizo a mi mente enajenarse; y las otras después dulces y pías
seguir tras ella, completando el himno, puestos los ojos en la extrema
esfera.
A la verdad aguza bien los ojos, lector, que el velo ahora es tan sutil, que
es fácil traspasarlo ciertamente.
Yo aquel gentil ejército veía
198
callado luego contemplar el suelo, como esperando pálido y humilde; y
vi salir de lo alto y descender
dos ángeles con dos ardientes gladios truncos y de la punta
desprovistos. Verdes como las hojas más tempranas sus ropas eran, y las
verdes plumas por detrás las batfan y aventaban.
Uno se puso encima de nosotros, y bajó el otro por el lado opuesto,
tal que en medio las gentes se quedaron.
Bien distinguía su cabeza rubia; mas su rostro la vista me turbaba,
cual facultad que a demasiado aspira.
«Vinieron del regazo de María dijo Sordello a vigilar el valle,
por la serpiente que vendrá muy pronto.» Y yo, que no sabía por qué sitio,
me volví alrededor y me estreché a las fieles espaldas, todo helado.
«Ahora bajemos añadió Sordello- entre las grandes sombras para
hablarles; pues el veros muy grato habrá de serles.»
Sólo tres pasos creo que había dado y abajo estuve; y vi a uno que miraba
hacia mí, pareciendo conocerme.
Tiempo era ya que el aire oscureciera, mas no tal que sus ojos y los míos
lo que antes se ocultaba no advirtiesen. Hacia mí vino, y yo me fui hacia
él:
cuánto me complació, gentil juez Nino, cuando vi que no estabas con los
reos.
199
Ningún bello saludo nos callamos luego me preguntó: «
¿Cuándo llegaste al pie del monte por lejanas aguas?»
«Oh dije vine por los tristes reinos esta mañana, en mi primera vida,
aunque la otra, andando así, pretendo.» Y cuando fue
escuchada mi respuesta, Sordello y él se echaron hacia atrás como gente
de súbito turbada.
Volvióse uno a Virgilio, el otro a alguien sentado allí y gritó:
«¡Mira, Conrado! ven a ver lo que Dios por gracia quiere.»
Y vuelto a mí: « Por esa rara gracia que debes al que de ese modo
esconde
sus primeros porqués, que no se entienden, cuando hayas vuelto a
atravesar las ondas
di a mi Giovanna que en mi nombre implore, en donde se responde a
la inocencia.
No creo que su madre ya me ame luego que se cambió las blancas
tocas,
que conviene que, aún, ¡pobre!, las quisiera.
Por ella fácilmente se comprende cuánto en mujer el fuego de amor
dura, si la vista o el tacto no lo encienden.
Tan bella sepultura no alzaría la sierpe del emblema de Milán,
como lo haría el gallo de Gallura.» Así dijo, y mostraba señalado su
aspecto por aquel amor honesto que en el pecho se enciende con mesura.
200
Yo alzaba ansioso al cielo la mirada, adonde son más tardas las estrellas,
como la rueda más cercana al eje.
Y mi guía: « ¿Qué miras, hijo, en lo alto?»
Y yo le dije: «Aquellas tres antorchas por las que el polo todo hasta aquí
arde.»
Y él respondió: « Las cuatro estrellas claras que esta mañana vimos, han
bajado
y éstas en su lugar han ascendido» Mientras hablaba cogióle Sordello
diciendo: «Ved allá a nuestro adversario»; y para que mirase alzó su dedo.
De aquella parte donde se abre el valle había una serpiente, acaso aquella
que le dio a Eva el alimento amargo.
Entre flores y hierba iba el reptil, volviendo la cabeza, y sus espaldas
lamiendo como bestia que se limpia. Yo no lo vi, y por
eso no lo cuento, qué hicieron los azores celestiales; pero bien vi moverse
a uno y a otro. Al escuchar hendir las verdes alas, escapó la serpiente, y
regresaron
a su lugar los ángeles a un tiempo.
La sombra que acercado al juez se había cuando este la llamó, mientras la
lucha no dejó ni un momento de mirarme.
« Así la luz que a lo alto te conduce
encuentre en tu servicio tanta cera, cuanta hasta el sumo esmalte
necesites, comenzó si noticia verdadera
de Val de Magra o de parte vecina conoces, dímela, que allí fui grande.
201
Me llamaba Corrado Malaspina; no el antiguo, sino su descendiente;
a mis deudos amé, y he de purgarlo.
«Oh yo le dije por vuestras comarcas no estuve nunca; pero no hay un
sitio en toda Europa que las desconozca.
La fama con que se honra vuestra casa, celebra a los señores y a sus
tierras, tal que sin verlas todos las conocen.
Y yo os juro que, así vuelva yo arriba, vuestra estirpe honorable no
desdora el precio de la bolsa y de la espada.
Uso y natura así la privilegian,
que aunque el malvado jefe tuerza el mundo, derecha va y desprecia el
mal camino.»
y él: «Marcha pues, que el sol no ha de ocupar siete veces el lecho que
el Carnero
cubre y abarca con sus cuatro patas, sin que esta opinión tuya tan cortés
claven en tu cabeza con mayores clavos que las palabras de los otros, si
el transcurrir dispuesto no se para.»
CANTO IX
Del anciano Titón la concubina emblanquecía en el balcón de oriente,
fuera ya de los brazos de su amigo; en su frente las gemas relucían
puestas en forma del frío animal
que con la cola a la gente golpea;
202
la noche, de los pasos con que asciende, dos llevaba en el sitio en donde
estábamos, y el tercero inclinaba ya las alas; cuando yo, que de Adán algo
conservo, adormecido me tumbé
en la hierba donde los cinco estábamos sentados. Cuando a sus
tristes layes da comienzo la golondrina al tiempo de alborada, acaso
recordando el primer llanto,
y nuestra mente, menos del pensar presa, y más de la carne
separada, casi divina se hace a sus visiones, creí ver, en un sueño,
suspendida
un águila en el cielo, de áureas plumas, con las alas abiertas y dispuesta
a descender, allí donde a los suyos dejara abandonados Ganimedes,
arrebatado al sumo consistorio.
¡Acaso caza ésta por costumbre aquí –pensé-, y acaso de otro sitio
desdeña arrebatar ninguna presa!
Luego me pareció que, tras dar vueltas, terrible como el rayo descendía,
y que arriba hasta el fuego me llevaba.
Allí me pareció que ambos ardíamos; y el incendio soñado me quemaba
tanto, que el sueño tuvo que romperse.
No de otro modo se inquietara Aquiles, volviendo en torno los despiertos
ojos y no sabiendo dónde se encontraba, cuando su
madre de Quirón a Squira en sus brazos dormido le condujo, donde
después los griegos lo sacaron;
cual yo me sorprendí, cuando del rostro el sueño se me fue, y me puse
pálido,
203
como hace el hombre al que el espanto hiela.
Sólo estaba a mi lado mi consuelo, y el sol estaba ya dos horas alto, y yo la
cara al mar tenía vuelta.
«No tengas miedo mi señor me dijo ; cálmate, que a buen puerto
hemos llegado; no mengües, mas alarga tu entereza.
Acabas de llegar al Purgatorio:
ve la pendiente que en redor le cierra; y ve la entrada en donde se
interrumpe.
Antes, al alba que precede al día, cuando tu alma durmiendo se
encontraba, sobre las flores que aquel sitio adornan, vino una dama, y
dijo: «Soy Lucía; deja que tome a éste que ahora duerme; así le haré
más fácil el camino.» Sordello se
quedó, y las otras formas; Te cogió y cuando el día clareaba,
vino hacia arriba y yo tras de tus pasos.
Te dejó aquí, mas me mostraron antes sus bellos ojos esa entrada; y
luego ella y tu sueño a una se marcharon.»
Como un hombre que sale de sus dudas y que cambia en sosiego sus
temores, después que la verdad ha descubierto,
cambié yo; y como sin preocupaciones me vio mi guía, por la
escarpadura anduvo, y yo tras él hacia lo alto.
Lector, observarás cómo realzo mis argumentos, y aún con más arte
si los refuerzo, no te maravilles.
204
Nos acercamos hasta el mismo sitio que antes me había parecido roto,
como una brecha que un muro partiera, vi una
puerta, y tres gradas por debajo para alcanzarla, de colores varios,
y un portero que aún nada había dicho. Y como yo aún los ojos
más abriera, le vi sentado en la grada más alta, con tal rostro que no pude
mirarlo;
y una espada tenía entre las manos, que los rayos así nos reflejaba, que en
vano a ella dirigí mi vista.
«Decidme desde allí: ¿Qué deseáis él comenzó a decir ¿y vuestra
escolta?
No os vaya a ser dañosa la venida.»
«Una mujer del cielo, que esto sabe, le respondió el maestro nos ha dicho
antes, id por allí, que está la puerta.»
«Y ella bien ha guiado vuestros pasos cortésmente el portero nos repuso
: venid pues y subid los escalones.
Allí subimos; y el primer peldaño era de mármol blanco y tan pulido,
que en él me espejeé tal como era.
Era el segundo oscuro más que el perso hecho de piedra áspera y reseca,
agrietado a lo largo y a lo ancho.
El tercero que encima descansaba, me pareció tan llameante pórfido,
cual la sangre que escapa de las venas.
Encima de éste colocaba el ángel
205
de Dios, sus plantas, al umbral sentado, que piedra de diamante
parecía.
Por los tres escalones, de buen grado, el guía me llevó, diciendo: «Pide
humildemente que abran el cerrojo.» A los pies santos me arrojé devoto;
y pedí que me abrieran compasivos, mas antes di tres golpes en mi pecho.
Siete P, con la punta de la espada, en mi frente escribió: «Lavar procura
estas manchas me dijo cuando entres.»
La ceniza o la tierra seca eran del color mismo de sus vestiduras;
y de debajo se sacó dos llaves. Era de plata una y la otra de oro;
con la blanca y después con la amarilla algo que me alegró le hizo a la
puerta.
«Cuando cualquiera de estas llaves falla, y no da vueltas en la cerradura
dijo él esta entrada no se abre.
Más rica es una; pero la otra, antes de abrir, requiera más ingenio y
arte, porque es aquella que el nudo desata.
Me las dio Pedro; y díjome que errase antes en el abrirla que en cerrarla,
mientras la gente en tierra se prosterne.» Después
empujó la puerta sagrada, diciéndonos: «Entrad, pero os advierto que
vuelve afuera aquel que atrás mirase.»
Y al girar en sus goznes las esquinas de aquellas sacras puertas, que
de fuertes
206
y sonoros metales están hechas, no rechinó ni se mostró tan dura
Tarpeya, cuando al bueno de Metelo la arrebataron, y quedó arruinada.
Yo me volví con el sonar primero,
y Te Deum Laudamus parecía escucharse en la voz y en dulces sones.
Tal imagen al punto me venía de lo que oía, como la que suele
cuando cantar con órgano se escucha;
que ahora no, que ahora sí, se entiende el texto.
CANTO X
Y al cruzar el umbral de aquella puerta que el mal amor del alma hace
tan rara,
pues que finge derecho el mal camino, resonando sentí que la cerraban;
y si la vista hubiese vuelto a ella,
¿con qué excusara falta semejante? Ascendimos por una piedra hendida,
que se movía de uno y de otro lado como la ola que huye y se aleja.
«Aquí es preciso usar de la destreza dijo mi guía y que nos acerquemos
aquí y allá del lado que se aparta.» Y esto nos hizo
retardar el paso, tanto que antes el resto de la luna volvió a su
lecho para cobijarse,
que aquel desfiladero abandonásemos; mas al estar ya libres y
207
a lo abierto, donde el monte hacia atrás se replegaba, cansado yo, y los
dos sobre la ruta inciertos, nos paramos en un sitio más solo que un
camino en el desierto. Desde el borde que cae sobre el vacío, al pie del
alto farallón que asciende, tres veces
mediría el cuerpo humano; y hasta donde alcanzaba con los ojos, por el
derecho y el izquierdo lado,
esa cornisa igual me parecía.
Nuestros pies no se habían aún movido cuando noté que la pared
aquella, que no daba derecho de subida,
era de mármol blanco y adornado con relieves, que no ya a Policleto,
a la naturaleza vencerían.
El ángel que a la tierra trajo anuncio de aquella paz llorada tantos años,
que abrió los cielos tras veto tan largo, tan verdadero se nos presentaba
aquí esculpido en gesto tan suave, que imagen muda no nos parecía.
Jurado habria que él decía: «¡Ave!» porque representada estaba aquella
que tiene llave del amor supremo;
e impresas en su gesto estas palabras “Ecce ancilla Dei”, del
modo
con que en cera se imprime una figura.
«En un lugar tan sólo no te fijes dijo el dulce maestro, que en el lado
donde se tiene el corazón me puso.
208
Por lo que yo volví la vista, y vi tras de María, por aquella parte donde se
hallaba quien me dirigía, otra historia en la roca figurada;
y me acerqué, cruzando ante Virgilio, para verla mejor ante mis ojos.
Allí en el mismo mármol esculpido estaban carro y bueyes con el arca
que hace temible el no mandado oficio.
Delante había gente; y toda ella en siete coros, que mis dos sentidos
uno decía: «No», y otro: «Sí canta.»
Y al igual con el humo del incienso representado, la nariz y el ojo
entre el no y entre el sí tuvieron pugna.
Ante el bendito vaso daba brincos el humilde salmista arremangado,
más y menos que rey en ese instante.
Frente a él, figurada en la azotea,
de un gran palacio, Micol se asombraba como mujer despreciativa y
triste.
Moví los pies del sitio en donde estaba, para ver otra historia más de
cerca, que detrás de Micol resplandecía.
Aquí estaba historiada la alta gloria del principe romano, a quien Gregorio
hizo por sus virtudes victorioso;
hablo de aquel emperador Trajano; y de una viuda que cogióle el freno, de
dolor traspasada y de sollozos.
209
Había en torno a él gran muchedumbre de caballeros, y las águilas
áureas sobre ellos se movían con el viento. La pobrecilla entre todos
aquellos parecía decir: «Dame venganza,
señor, de mi hijo muerto, que me aflige.»
Y él que le contestaba: «Aguarda ahora a mi regreso»; y ella: « Señor mío
como alguien del dolor impacientado ,
¿y si no vuelves?» y él: «Quien en mi puesto esté, lo hará»; y ella:
« El bien que otro haga
¿qué te importa si el tuyo has olvidado?» Por lo cual él:
«Consuélate; es preciso que cumpla mi deber antes de irme:
la piedad y justicia me retienen.» Aquel que nunca ha visto cosas nuevas
fue quien produjo aquel hablar visible,
nuevo a nosotros pues que aquí no se halla.
Mientras yo me gozaba contemplando los simulacros de humildad tan
grande, más gratos aún de ver por su artesano, «Por acá vienen, mas con
lentos pasos murmuraba el poeta muchas gentes: éstas podrán llevamos
más arriba.» Mis ojos,
que en mirar se complacían por ver lá novedad que deseaban,
en volverse hacia él no fueron lentos.
Mas no quiero lector desanimarte de tus buenos propósitos si escuchas
cómo desea Dios cobrar las deudas. No atiendas a la forma del martirio:
210
piensa en lo que vendrá; y que en el peor caso, no irá más lejos de la gran
sentencia.
Yo comencé: «Maestro, lo que veo venir aquí, personas no parecen,
y no sé qué es: turbada está mi vista.» Y aquel: «La condición
abrumadora de su martirio a tierra les inclina,
y aun mis ojos dudaron al principio. Mas mira fijamente, y
desentraña quiénes vienen debajo de esas peñas: podrás verlos
a todos doblegados.» Oh soberbios cristianos, infelices, que enfermos
de la vista de la mente,
la fe ponéis en pasos que atrás vuelven,
¿no comprendéis que somos los gusanos de quien saldrá la mariposa
angélica que a la justicia sin reparos vuela?
¿de qué se ensorberbecen vuestras almas, si cual insectos sois
defectuosos, gusanos que no llegan a formarse?
Como por sustentar suelo o tejado, por ménsulas a veces hay figuras
cuyas rodillas llegan hasta el pecho, que sin ser de
verdad causan angustia verdadera en aquellos que las miran; así los vi al
mirarles más atento.
Cierto que más o menos contraídas, según el peso que portando
estaban; y aún aquel más paciente parecía decir llorando: «Ya no lo
resisto.»
211
CANTO XI
«Oh padre nuestro, que estás en los cielos, no circunscrito, sino por más
grande amor que a tus primeras obras tienes,
alabados tu nombre y tu potencia sean de cualquier hombre, como es
justo
darle gracias a tu dulce vapor.
De tu reino la paz venga a nosotros, que nosotros a ella no alcanzarnos,
si no viene, con todo nuestro esfuerzo. Como por gusto suyo hacen los
ángeles,
cantando osanna, a ti los sacrificios, hagan así gustosos los humanos.
El maná cotidiano danos hoy, sin el cual por este áspero desierto
quien más quiere avanzar más retrocede.
Y al igual que nosotros las ofensas perdonamos a todos, sin que mires el
mérito, perdónanos, benigno.
Nuestra virtud que cae tan prontamente no ponga a prueba el antiguo
enemigo, mas líbranos de aquel que así la hostiga.
Esta última plegaria, amado Dueño. no se hace por nosotros, ni hace falta,
mas por aquellos que detrás quedaron.»
212
Para ellas y nosotros buen camino pidiendo andaban esas sombras,
bajo un peso igual al que a veces se sueña, angustiadas en
formas desiguales
y en la primera cornisa cansadas, purgando las calígines del mundo.
Si allí bien piden siempre por nosotros,
¿aquí qué hacer y qué pedir podrían los que en Dios han echado sus
raíces?
Debemos ayudarles a lavarse las manchas, tal que puros y ligeros puedan
ganar las estrelladas ruedas.
«Ah, la justicia y la Piedad os libren pronto, tal que podáis mover las
alas, que os conduzcan según vuestros deseos:
mostradnos por qué parte a la escalera
más rápido se va; y, si hay más caminos, enseñadnos aquel
menos pendiente; pues a quien me acompaña, por la carga de
la carne de Adán con que se viste, contra su voluntad, subir le cuesta.»
Las palabras que respondieron a éstas que había dicho aquel que yo
seguía, de quién vinieran no lo supe; pero dijeron: «Por la orilla a la
derecha veniros, y hallaremos algún paso que lo pueda subir un hombre
vivo. Y si no fuese un estorbo la piedra que mi cerviz soberbia doma, y
tengo por esto que llevar el rostro gacho,
a aquel que vive aún y no se nombra, miraría por ver si lo conozco,
213
para hacer que este peso compadezca. Latino fui, de un gran toscano hijo:
Giuglielrno Aldobrandeschi fue mi padre; no sé si conocéis el nombre
suyo.
La sangre antigua y las gloriosas obras de mis mayores, arrogancia
tanta
me dieron, que ignorando a nuestra madre común, todos los hombres
despreciaba
y por ello morí; sábenlo en Siena, y en Campagnático todos los niños.
Soy Omberto; y no sólo la soberbia me dañó a mí , que a todos mis
parientes
ha arrastrado consigo a la desgracia. Y aquí es preciso que este peso lleve
por ella, hasta que Dios se satisfaga: Pues no lo hice de vivo, lo hago
muerto.» Incliné al escucharle la cabeza;
y uno de ellos, no aquel que había hablado, se volvió bajo el peso que
llevaba,
y me llamó al mirarme y conocerme, con los ojos fijados con gran pena,
pues andaba inclinado junto a ellos.
«Oh yo le dije ¿No eres Oderisi, honra de Gubbio, y honra de aquel arte
que se llama en París iluminar?»
«Hermano dijo ríen más las cartas que ahora ilumina Franco, el de
Bolonia; suyo es todo el honor, y en parte, mío.
214
No hubiera sido yo tan generoso mientras vivía, por el gran deseo de
superar a todos que albergaba. De tal soberbia pago aquí la pena;
y aun no estaría aquí de no haber sido que, pudiendo pecar, volvíme a
Dios.
¡Oh, vana gloria del poder humano!
¡qué poco dura el verde de la cumbre, si no le sigue un tiempo
decadente! Creisteis que en pintura Cimabue tuviese el campo, y es de
Giotto ahora, y la fama de aquel ha oscurecido.
Igual un Guido al otro le arrebata la gloria de la lengua; y nació acaso el
que arroje del nido a uno y a otro.
No es el ruido mundano más que un soplo
de viento, ahora de un lado, ahora del otro, y muda el nombre como
cambia el rumbo.
¿Qué fama has de tener, si viejo apartas de ti la carne, como si murieras
antes de abandonar el sonajero,
cuando pasen mil años? Pues es corto ese espacio en lo eterno, más que
un guiño
en el más tardo giro de los cielos. Aquel que va delante tan
despacio de mí, en Toscana entera era famoso; y de él en Siena
apenas cuchichean, en donde era señor cuando abatieron la rabia
florentina, que soberbia
fue en aquel tiempo tal como ahora es puta.
215
Color de hierba es vuestra nombradía, que viene y va, y el mismo la
marchita que la hace brotar verde de la tierra.»
Y yo le dije: «Tu verdad me empuja a la humildad, y abate mi soberbia;
pero quién es aquel de quien hablabas?»
«Es respondió Provenzano Salviati: y está aquí porque tuvo pretensiones
de llevar Siena entera entre sus manos. Anduvo así y aún anda, sin
descanso, desde su muerte: tal moneda paga aquel que en vida a
demasiado aspira.» Y yo: «Si aquel espíritu
que deja arrepentirse al fin de su existencia, queda abajo y no sube sin la
ayuda
de una buena oración, antes que pase
un tiempo semejante al que ha vivido,
¿Cómo le consintieron que viniese?»
«Cuando vivía más glorioso –dijo-, en la plaza de Siena libremente
vencida su vergüenza, se plantó
y allí para salvar a cierto amigo, en la prisión de Carlos condenado,
de tal modo actuó que tembló entero. Más no diré y oscuro sé que hablo;
pero dentro de poco, tus vecinos harán de modo que glosarlo puedas.
Esta acción le sacó de esos confines.»
CANTO XII
216
A la par, como bueyes en la yunta, con el alma cargada caminaba,
mientras lo consintió mi pedagogo.
Mas cuando dijo: «Déjale y avanza; que es menester que con alas y
remos empuje su navío cada uno», enderecé, cual para
andar conviene
el cuerpo todo, mas los pensamientos se me quedaron sencillos
y humildes. Me puse a andar, y seguía con gusto los pasos del maestro, y
ambos dos de ligereza hacíamos alarde;
y él dijo: «vuelve al suelo la mirada, pues para caminar seguro es bueno
ver el lugar donde las plantas pones».
Como, para dejar memoria de ellos, sobre las tumbas en tierra
excavadas está escrito quién era cuando vivo, y de nuevo se llora
muchas veces por el aguijoneo del recuerdo,
que tan sólo espolea a los piadosos; con mayor semejanza, pues tal era
el artificio, lleno de figuras
vi aquel camino que en el monte avanza.
Veía a aquél que noble fue creado más que criatura alguna, de los cielos
como un rayo caer, por una parte.
Veía a Briareo, que yacía
en otra, de celeste flecha herido, por su hielo mortal grave a la tierra.
Veía a Marte, a Palas y a Timbreo, aún armados en tomo de su padre,
217
mirando a los Gigantes desmembrados. Veía al pie, a Nemrot, de la gran
obra ya casi enloquecido, contemplando
los que en Senar con él fueron soberbios.
¡Oh Niobe, con qué dolientes ojos te veía grabada en el sendero,
entre tus muertos siete y siete hijos!
¡Oh Saúl, cómo con la propia espada en Gelboé ya muerto aparecías, que
no sentiste lluvia ni rocío!
Oh loca Aracne, así pude mirarte ya medio araña, triste entre los restos
de la obra que por tu mal hiciste.
Oh Roboán, no parece que asuste aquí tu efigie; mas lleno de espanto
le lleva un carro, sin que le eche nadie.
Mostraba aún el duro pavimento como Alcmeón a su madre hizo caro
aquel adorno tan desventurado.
Mostraba cómo se lanzaron sobre Senaquerib sus hijos en el templo,
y cómo, muerto, allí lo abandonaron. Mostraba el crudo ejemplo y la ruina
que hizo Tamiris cuando dijo a Ciro:
«tuviste sed de sangre y te doy sangre». Mostraba cómo huyeron
derrotados, tras morir Holofernes, los asirios,
y también de su muerte los despojos. Veía a Troya en ruinas y en cenizas;
¡oh Ilión, cuán abatida y despreciable mostrábate el relieve que veíal
¿Qué pincel o buril allí trazara
218
las sombras y los rasgos, que admirarse harían a cualquier sutil ingenio?
Muertos tal muertos, vivos como vivos: no vio mejor que yo quien vio
de veras, cuanto pisaba, al ir mirando el suelo.
¡Ah, caminad soberbios y altaneros, hijos de Eva, y no inclinéis el rostro
para poder mirar el mal camino!
Mas al monte la vuelta habíamos dado, y su camino el sol más recorrido
de lo que mi alma absorta calculaba,
cuando el que atento siempre caminaba delante, dijo: «Alza la cabeza,
ya no hay más tiempo para ir tan absorto.
Mira un ángel allí que se apresura por venir a nosotros; ve que vuelve la
esclava sexta del diario oficio. De reverencia adorna rostro y porte, para
que guste arriba conducirnos; piensa que ya este día nunca vuelve.»
Acostumbrado estaba a
sus mandatos de no perder el tiempo, así que en esa materia no
me hablaba oscuramente. El bello ser, de blanco, se acercaba, con el
rostro cual suele aparecer tremolando la estrella matutina.
Abrió los brazos, y después las alas; dijo: «Venid, cercanos los peldaños
están y ya se sube fácilmente.
Muy pocos a esta invitación alcanzan: oh humanos que nacisteis a
altos vuelos,
¿cómo un poco de viento os echa a tierra?» A la roca cortada nos
condujo;
219
allí batió las alas por mi frente, y prometió ya la marcha segura.
Como al subir al monte, a la derecha, en donde está la iglesia que
domina la bien guiada sobre el Rubaconte, del subir se interrumpe la
fatiga
por escalones que se construyeron cuando sumario y pesas eran
ciertos;
tal se suaviza aquella ladera que cae a plomo del otro repecho;
mas rozando la piedra a un lado y otro.
Al dirigirnos por ese camino Beati pauperes spiritu, de un modo
inefable cantaban unas voces.
Ah qué distintos eran estos pasos
de aquellos del infierno: aquí con cantos se entra y allí con feroces
lamentos.
Por los santos peldaños ya subíarnos y bastante más leve me
encontraba, de lo que en la llanura parecía.
Por lo que yo: «Maestro ¿qué pesada carga me han levantado, que
ninguna fatiga casi tengo caminando?»
Él respondió: «Cuando las P que quedan aún en tu rostro a punto de
borrarse, estén, como una de ellas, apagadas, tan vencidos los pies de
tus deseos
estarán, que no sólo sin fatiga, sino con gozo arriba han de llevarte.»
220
Entonces hice como los que llevan en la cabeza un algo que no saben, y
sospechan por gestos de los otros;
y por lo cual se ayudan con la mano, que busca y halla y cumple
así el oficio que no pudiera hacerlo con la vista; extendiendo los dedos de
la diestra,
sólo encontré seis letras, que en mi frente el de la llave habíame grabado:
y viendo esto sonrió mi guía.
CANTO XIII
Llegarnos al final de la escalera, donde por vez segunda se recoge el
monte, que subiendo purifica. Allí del núsmo modo una cornisa, igual
que la primera, lo rodea; sólo que el giro se completa antes.
No había sombras ni señales de ellas: liso el camino y lisa la muralla, del
lívido color de los roquedos.
«Si, para preguntar, gente esperarnos me decía el poeta mucho
temo que se retrase nuestra decisión.»
Luego en el sol clavó los ojos fijos; de su diestra hizo centro al
movimiento, y se volvió después hacia la izquierda.
«Oh dulce luz en quien confiado entro por el nuevo camino, llévanos
decía cual requiere este paraje.
221
Tú calientas el mundo, y sobre él luces: si otra razón lo contrario no
manda, serán siempre tus rayos nuestro guía.» Cuanto por una milla aquí
se cuenta, tanto en aquella parte caminamos
al poco, pues las ganas acuciaban; y sentimos volar hacia nosotros
espíritus sin verlos, que invitaban
cortésmente a la mesa del amor.
La voz primera que pasó volando “Vinum non habent” dijo claramente,
y tras nosotros lo iba repitiendo.
Y aún antes de perderse por completo al alejarse, otra: «Soy Orestes»
pasó gritando igual sin detenerse.
Yo dije: «Oh padre ¿qué voces son éstas?» Y escuché al preguntarlo una
tercera diciendo: «Amad a quien el mal os hizo.»
Y el buen maestro «Azota esta cornisa la culpa de la envidia, mas dirige
la caridad las cuerdas del flagelo. Su freno quiere ser la voz contraria: y
podrás escucharla, según creo,
antes que el paso del perdón alcances.
Mas con fijeza mira, y verás gente que está sentada enfrente de nosotros,
apoyada a lo largo de la roca.»
Abrí entonces los ojos más que antes; miré delante y sombras vi con
mantos del color de la piedra no distintos.
Y al haber avanzado un poco más, oí gritar: «María, por nosotros
222
ruega» y «Miguel» y «Pedro» y «Santos todos».
No creo que ahora existe por la tierra hombre tan duro, a quien no le
moviese a compasión lo que después yo vi;
pues cuando estuve tan cercano de ellos que sus gestos veía claramente,
grave dolor me vino por los ojos.
De cilicio cubiertos parecían
y uno aguantaba con la espalda al otro, y el muro a todas ellas aguantaba.
Así los ciegos faltos de sustento, piden limosna en días de indulgencia,
y la cabeza inclina uno sobre otro,
por despertar piedad más prontamente, no sólo por el son de las palabras,
mas por la vista que no menos pide.
Y como el sol no llega hasta los ciegos,
lo mismo aquí a las sombras de las que hablo no quería llegar la luz del
cielo;
pues un alambre a todos les cosía y horadaba los párpados, del modo
que al gavilán que nunca se está quieto.
Al andar, parecía que ultrajaba a aquellos que sin venne yo veía;
por lo cual me volví al sabio maestro.
Él sabía que, aun mudo, deseaba hablarle; y no esperando mi pregunta,
él me dijo: «Habla breve y claramente.»
223
Virgilio caminaba por la parte de la cornisa en que caer se puede,
pues ninguna baranda la rodea; por la otra parte estaban las devotas
sombras, que por su horrible cosedura
lloraban y mojaban sus mejillas.
Me volví a ellas y: «Oh, gentes confiadas yo comencé de ver la luz
suprema
que vuestro desear sólo procura, así pronto la gracia os vuelva limpia
vuestra conciencia, tal que claramente
por ella baje de la mente el río, decidme, pues será grato y amable, si hay
un alma latina entre vosotros, que acaso útil le sea el conocerla.»
«Oh hermano todos somos ciudadanos de una Ciudad auténtica; tú
dices que viviese en Italia peregrina.» Esto creí
escuchar como respuesta un poco más allá de donde estaba, por lo que
procuré seguir oyendo.
Entre otras vi a una sombra que en su aspecto esperaba; y si alguno dice
“¿Cómo?”,
alzaba la barbilla como un ciego.
«Alma que por subir te estás domando, si eres le dije ~ me
respondiste,
haz que conozca tu nombre o tu patria.»
«Yo fui Sienesa repuso y con estos otros enmiendo aquí la mala vida,
224
pidiendo a Aquél que nos conceda el verle. No fui sabia, aunque
Sapia me llamaron,
y fui con las desgracias de los otros aún más feliz que con las dichas mías.
Y para que no creas que te miento, oye si fui, como te digo, loca,
ya descendiendo el arco de mis años. Mis paisanos estaban junto a
Colle cerca del campo de sus enemigos,
y yo pedía a Dios lo que El quería. Vencidos y obligados a los
pasos amargos de la fuga, al yo saberlo, gocé de una alegría
incomparable, tanto que arriba alcé atrevido el rostro gritando a Dios: «De
ahora no te temo» como hace el mirlo con
poca bonanza. La paz quise con Dios ya en el extremo de mi vivir; y por
la penitencia
no estaría cumplida ya mi deuda, si no me hubiese Piero
Pettinaio recordado en sus santas oraciones, quien se apiadó de mí
caritativo.
¿Tú quién eres, que nuestra condición vas preguntando, con los ojos
libres, como yo creo, y respirando hablas?»
«Los ojos dije acaso aquí me cierren, mas poco tiempo, pues
escasamente he pecado de haber tenido envidia.
Mucho es mayor el miedo que suspende mi alma del tormento de allí
abajo, que ya parece pesarme esa carga.»
225
Y ella me dijo: «¿Quién te ha conducido entre nosotros, que volver
esperas?»
Y yo: «Este que está aquí sin decir nada. Vivo estoy; por lo cual puedes
pedirrne, espíritu elegido, si es preciso
que allí mueva por ti mis pies mortales.»
«Tan rara cosa de escuchar es ésta, que es signo dije, de que Dios te ama;
con tus plegarias puedes ayudarme. Y te suplico, por lo que más
quieras, que si pisas la tierra de Toscana, que a mis parientes mi fama
devuelvas. Están entre los necios que ahora esperan en Talamón, y allí
más esperanzas perderán que en la busca de la Diana.
Pero más perderán los almirantes.
CANTO XIV
«¿Quién es éste que sube nuestro monte antes de que la muerte alas le
diera,
y abre los ojos y los cierra a gusto?»
«No sé quién es, mas sé que no está sólo; interrógale tú que estás más
cerca,
y recíbelo bien, para que hable.» Así dos, apoyado uno en el otro,
conversaban de mí a mano derecha;
226
luego los rostros, para hablar alzaron.
Y dijo uno: «Oh alma que ligada al cuerpo todavía, al cielo marchas,
por caridad consuélanos y dinos quién eres y de dónde, pues
nos causas
con tu gracia tan grande maravilla, cuanto pide una cosa inusitada.»
Y yo: «Se extiende en medio de Toscana un riachuelo que nace en
Falterona,
y no le sacian cien millas de curso. junto a él este cuerpo me fue dado;
decir quién soy sería hablar en balde, pues mi nombre es aún poco
conocido.»
«Si he penetrado bien lo que me has dicho con mi intelecto me repuso
entonces
el que dijo primero hablas del Arno.» Y el otro le repuso: «¿Por qué
esconde éste cuál es el nombre de aquel río,
cual hace el hombre con cosas horribles?» y la sombra de aquello
preguntada
así le replicó: «No sé, mas justo
es que perezca de tal valle el nombre; porque desde su cuna, en que el
macizo del que es trunco el Peloro, tan preñado está, que en pocos sitios
le superan, hasta el lugar aquel donde devuelve
lo que el sol ha secado en la marina, de donde toman su caudal los ríos, es
la virtud enemiga de todos
227
y la huyen cual la bicha, o por desgracia del sitio, o por mal uso que los
mueve: tanto han cambiado su naturaleza
los habitantes del mísero valle, cual si hechizados por Circe estuvieran.
Entre cerdos, más dignos de bellotas que de ningún otro alimento
humano, su pobre curso primero endereza.
Chuchos encuentra luego, en la bajada, pero tienen más rabia que fiereza,
y desdeñosa de ellos tuerce el morro.
Va descendiendo; y cuanto más se acrece,
halla que lobos se hicieron los perros, esa maldita y desgraciada fosa.
Bajando luego en más profundos cauces, halla vulpejas llenas de
artimañas,
que no temen las trampas que las cacen. No callaré por más que éste me
oiga;
y será al otro útil, si recuerda
lo que un veraz espíritu me ha dicho. Yo veo a tu sobrino que se vuelve
cazador de los lobos en la orilla
del fiero río, y los espanta a todos.
Vende su carne todavía viva; luego los mata como antigua fiera;
la vida a muchos, y él la honra se quita.
Sangriento sale de la triste selva;
228
y en tal modo la deja, que en mil años no tomará a su estado
floreciente.»
Como al anuncio de penosos males
se turba el rostro del que está escuchando de cualquier parte que venga
el peligro, así yo vi turbar y entristecerse
a la otra alma, que vuelta estaba oyendo, cuando hubo comprendido
las palabras.
A una al oírla y a la otra al mirarla, me dieron ganas de saber sus
nombres,
e híceles suplicante mi pregunta; por lo que el alma que me habló
primero
volvió a decir: «Que condescienda quieres y haga por ti lo que por mí tú
no haces.
Mas porque quiere Dios que en ti se muestre
tanto su gracia, no seré tacaño;
y así sabrás que fui Guido del Duca. Tan quemada de envidia fue mi
sangre. que si dichoso hubiese visto a alguno, cubierto de livor me
hubieras visto.
De mi simiente recojo tal grano;
¡Oh humano corazón, ¿por qué te vuelcas en bienes que no admiten
compañía?
229
Este es Rinieri, prez y mayor honra de la casa de Cálboli, y ninguno de
sus virtudes es el heredero.
Y no sólo su sangre se ha privado, entre el monte y el Po y el mar y el
Reno,
del bien pedido a la verdad y al gozo; pues están estos límites tan llenos
de plantas venenosas, que muy tarde, aun labrando, serían arrancadas.
¿Dónde están Lizio, y Arrigo Mainardi, Pier Traversaro y Guido de
Carpigna?
¡Bastardos os hicisteis, romañoles!
¿Cuando renacerá un Fabbro en Bolonia?
¿cuando en Faenza un Bernardín de Fosco, rama gentil aun de simiente
humilde?
No te asombres, toscano, si es que lloro cuando recuerdo, con
Guido da Prata,
a Ugolin d’Azzo que vivió en Romagna, Federico Tignoso y sus amigos,
a los de Traversara y Anartagi (sin descendientes unos y los otros),
a damas y a galanes, las hazañas,
los afanes de amor y cortesía, donde ya tan malvadas son las gentes.
¿Por qué no te esfumaste, oh Brettinoro, cuando se hubo marchado tu
familia, y mucha gente por no ser perversa?
Bien hizo Bagnacaval, ya sin hijos; e hizo mal Castrocaro, y peor
230
Conio,
que tales condes en prohijar se empeña.
Bien harán los Pagan, cuando al fin pierdan su demonio; si bien ya nunca
puro
ha de quedar de aquellos el recuerdo.
Oh Ugolino dei Fantolín, seguro está tu nombre y no se espera a nadie
que, corrompido, oscurecerlo pueda.
Y ahora vete, toscano, que deseo más que hablarte, llorar; así la mente
nuestra conversación me ha obnubilado.»
Sabíamos que aquellas caras almas nos oían andar, y así, callando, hacían
confiarnos del camino.
Nada más avanzar, ya los dos solos, igual que un rayo que en el aire
hiende, se oyó una voz venir en contra nuestra:
«Que me mate el primero que me encuentre»; y huyó como hace un
trueno que se escapa, si la nube de súbito se parte.
Apenas tregua tuvo nuestro oído,
y otra escuchamos con tan grande estrépito, que pareció un tronar que
al rayo sigue.
«Yo soy Aglauro, que tornóse en piedra»,
y por juntarme entonces al poeta, un paso di hacia atrás, y no adelante.
231
Quieto ya el aire estaba en todas partes; y me dijo: «Aquel debe ser el
freno
que contenga en sus límites al hombre.
Pero mordéis el cebo, y el anzuelo del antiguo adversario, y os atrapa; y
poco vale el freno y el reclamo.
El cielo os llama y gira en torno vuestro, mostrando sus bellezas
inmortales,
y ponéis en la tierra la mirada;
y así os castiga quien todo conoce.»
CANTO XV
Cuanto hay entre el final de la hora tercia y el principio de día en esa
esfera,
que al igual que un chiquillo juega siempre tanto ya parecía que hacia el
véspero aún le faltaba al sol de su camino:
allí la tarde, aquí era medianoche. En plena cara heríannos los rayos,
pues giramos el monte de tal forma, que al ocaso
derechos caminábamos, cuando sentí en mi frente pesadumbre
de un resplandor mucho mayor que el de antes, y me asombró tan
extraño suceso;
por lo que alcé las manos por encima de las cejas, haciéndome visera
232
que del exceso de luz nos protege.
Como cuando del agua o del espejo el rayo salta a la parte contraria,
ascendiendo de un modo parecido al que ha bajado, y es tan diferente del
caer de la piedra en igual caso,
como experiencia y arte lo demuestran; así creí que la luz reflejada
por delante de mí me golpease; y en apartarse fue rauda mi vista.
«¿Quién es, de quien no puedo, dulce padre, la vista resguardar, por más
que hago,
y parece venir hacia nosotros?»
«Si celestial familia aún te deslumbra respondió no te asombres:
mensajero es que viene a invitar a que subamos. Dentro de poco el
mirar estas cosas no será grave, mas será gozoso cuanto natura dispuso
que sientas.» Cuando cerca del ángel estuvimos
«Entrad aquí nos dijo dulcemente donde hay una escalera menos
dura.»
Subíamos, dejando el sitio aquel y cantar “Beati misericordes”
escuchamos, y “Goza tú que vences” Mi maestro y yo solos
caminábamos hacia la altura; y yo al andar pensaba sacar de su palabra
algún provecho; y a él me dirigí y le pregunté:
«¿Qué ha querido decir el de Romaña. con bienes que no admiten
compañía?»
233
Y él contestó: «De su mayor defecto conoce el daño, así que no te admires
si es reprendido por que más no llore.
Porque si vuestro anhelo se dirige a lo que compartido disminuye,
hace la envidia que suspire el fuelle. Mas si el amor de la esfera suprema
los deseos volviera hacia lo alto,
tal temor no tendría vuestro pecho; pues, cuanto más allí se dice
"nuestro", tanto del bien disfruta cada uno,
y más amor aún arde en ese claustro.»
«Estoy de estar contento más ayuno dije- que si no hubiera
preguntado,
y aún más dudas me asaltan en la mente.
¿Cómo puede algún bien, distribuido en muchos poseedores, aún más
ricos hacer de él, que si pocos lo tuvieran?» Y aquel me contestó: «Como
no pones la mente más que en cosas terrenales, sacas tinieblas de luz
verdadera.
Ese bien inefable e infinito
que arriba está, al amor tal se apresura corno a un lúcido cuerpo viene el
rayo. Tanto se da cuanto encuentra de ardor; y al aumentarse así la
caridad,
sobre ella crece la eterna virtud.
Y así cuanta más gente ama allá arriba, hay allí más amor, y más se ama,
y unos y otros son como los espejos.
234
Y si lo que te digo no te sacia, verás a Beatriz que plenamente este o
cualquier deseo ha de quitarte. Procura pues que pronto
se te extingan, como han sido ya dos, las cinco heridas que cicatrizan al
estar contrito.» Cuando decir quería: «Me aplacaste», me vi llegado
al círculo de arriba,
y me hizo callar la vista ansiosa. Allí me pareció en una visión estática de
súbito estar puesto,
y ver muchas personas en un templo; y una mujer decía en los umbrales,
con dulce gesto maternal: «Oh hijo,
¿por qué has obrado esto con nosotros? Tu padre y yo angustiados
estuvimos buscándote.» Y como ella se callara,
se me borró lo que veía antes.
Después me vino otra, con el agua que en sus mejillas el dolor destila,
que un gran despecho hacia otros nos provoca diciendo: «Si eres sir de la
ciudad,
por cuyo nombre dioses contendieron, y donde toda ciencia
resplandece, véngate de esos brazos atrevidos
que a mi hija abrazaron, Pisistrato.» Y el Señor, que benigno parecía, le
respondía con templado rostro:
«¿Qué haremos a quien males nos desea, si a aquellos que nos aman
condenarnos?»
235
Luego vi gente ardiendo en fuego de ira, a pedradas matando a un
jovencito, gritando: «Martiriza, martiriza», y al joven inclinarse, por la
muerte que le apesadumbraba,
hacia la tierra, mas sus ojos alzaba siempre al cielo, pidiendo al alto Sir, en
guerra tanta, que perdonase a sus perseguidores, con ese aspecto que a
piedad nos mueve. Cuando volvió mi alma hacia las cosas que son, fuera
de ella, verdaderas,
supe que mis errores no eran falsos. Mi guía entonces, que me
contemplaba como a aquel que del sueño se despierta,
dijo: «¿Qué tienes que te tambaleas, y has caminado más de media
legua con los ojos cerrados, dando tumbos,
a guisa de quien turban sueño o vino?»
«Oh dulce padre mío, si me escuchas te contaré le dije lo que he visto,
cuando las piernas me fueron tan flojas.» Y él dijo: «Si cien máscaras
tuvieses sobre el rostro, cerrados no tendría
tus pensamientos, aun los más pequeños.
Es lo que viste para que no excuses al agua de la paz abrir el pecho, que
de la eterna fuente se derrama.
No pregunté “qué tienes”, como hiciera quien mira, sin ver nada, con los
ojos, cuando desanimado el cuerpo yace;
mas pregunté para animar tus pasos tal conviene avivar al perezoso,
236
que tardo emplea al despertar su tiempo.» Por el ocaso
andábamos, mirando hasta donde alcanzaba nuestra vista contra la luz
radiante y vespertina.
Y vimos poco a poco una humareda venir hacia nosotros, cual la noche; ni
un sitio había para resguardarnos: el aire puro nos quitó y la vista.
CANTO XVI
Negror de infierno y de noche privada de estrella alguna, bajo un pobre
cielo, hasta el sumo de nubes tenebroso,
tan denso velo no tendió en mi rostro como aquel humo que nos envolvió,
y nunca sentí tan áspero pelo.
No podía siquiera abrir los ojos por lo que, sabia y fiel, la escolta mía
vino hacia mí ofreciéndome su hombro. Como el ciego que va tras de
su guía para que no se pierda ni tropiece en obstáculo alguno, o tal
vez muera, andaba por el aire amargo y sucio, escuchando a Virgilio
aconsejarme:
«Ten cuidado y de mí no te separes».
Oía voces como que implorasen la paz y la clemencia del Cordero
de Dios que borra todos los pecados. Agnus Deí, era, pues,
como empezaban todos a un tiempo y en el mismo modo, y en completa
concordia parecían.
237
«Maestro, lo que oigo ¿son espíritus?» le dije. Y él a mí: «Bien lo
pensaste; de la iracundia van soltando el nudo.»
«¿Quién eres tú que cortas nuestro humo, y de nosotros hablas como si
aún midieses el tiempo por calendas?» Esto por una voz fue preguntado;
«Contéstale me dijo mi maestro y si hay subida por aquí pregunta.»
«Oh, criatura le dije que te limpias para volver hermosa a quien te hizo,
maravillas oirás si me acompañas.»
«Cuanto me es permitido he de seguirte; y si vernos el humo no nos deja,
nos mantendrá cercanos el oírnos.» Entonces comencé: «Con este
rostro que destruye la muerte, voy arriba,
y he llegado hasta aquí desde el infierno.
Y si Dios en su gracia me ha tomado, tanto que quiere que su corte vea
de modo inusitado en estos tiempos,
no me ocultes quién fuiste antes de muerto; dímelo, y dime si el camino
es éste;
y tus palabras sean nuestra escolta.»
«Yo fui lombardo y Marco me llamaban; del mundo supe, y amé esa virtud
a la que nadie tiende ya su arco. Para subir camina siempre
recto»
Me respondió y dijo luego: «Te pido que por mí implores cuando estés
arriba.»
238
«Por mi fe yo le dije te prometo que haré lo que me pides; mas me
estalla dentro una duda, y tengo que aclararla.
Era antes simple y ahora se ha hecho doble con tus palabras, que me dan
certeza
de lo otro, con la cual las relaciono. El mundo por completo está desierto
de cualquiera virtud, como tú dices, y de maldad cubierto y agravado;
mas la razón te pido que me digas, tal que la vea y que la enserle a otros;
que a la tierra o al cielo lo atribuyen.» Un gran suspiro que acabó en un
¡ay! lanzó primero; y luego dijo: «Herrnano, el mundo es ciego, y tú de él
has venido.
Cualquier causa achacáis los que estáis vivos al cielo, igual que si moviese
todas
las cosas él obligatoriamente. Destruido sería así en vosotros el libre
arbitrio, y no sería justo
dar la alegría al bien, y al mal dar luto. El cielo inicia vuestros movimientos;
no digo todos, mas aunque lo diga, una luz para el bien o el mal os dieron,
Y libre voluntad; que si se cansa en el primer combate contra el cielo,
luego lo vence si bien se sustenta. A mayor fuerza y a mejor natura
libres estáis sujetos; y ella cría
vuestra mente, en que el cielo nada puede.
Y por esto, si el mundo os descamina, la causa que buscáis está en
vosotros: y verdaderamente he de explicártelo: De la mano de Aquél que
239
la acaricia, aun antes de existir, cual la muchacha que llorando y riendo
juguetea,
sale sencilla el alma y nada sabe, salvo que, obra de un gozoso artista,
gustosa vuelve a aquello que la alegra.
Primero saborea el bien pequeño; aquí se engaña y corre detrás de él, si
no tuerce su amor freno ni guía. Y es necesario el freno de las leyes;
y es necesario un rey, que al menos vea de la ciudad auténtica la torre.
Hay leyes, pero ¿quién las administra?
Nadie, pues su pastor acaso rumie, mas no tiene partida la pezuña;
y la gente, que sabe que su guía
sólo tiende a aquel bien del que ella come, pace de aquel, y no busca otra
cosa.
Bien puedes ver que la mala conducta es la razón que al mundo ha
condenado, y no vuestra natura corrompida.
Solía Roma, que hizo bueno el mundo, tener dos soles que una y otra
senda,
la humana y la divina, les mostraban. Uno a otro apagó; y está la espada
junto al báculo; y una y otro unidos forzosamente,
marchan mal las cosas; porque juntos no temen uno al otro: Si
no me crees, recuerda las espigas, pues distingue las hierbas la
simiente. En la tierra que riegan Po y Adige, valor y cortesía se
encontraban,
240
antes de entrar en liza Federico.
Ahora puede cruzar sin miedo alguno cualquiera que dejase, por
vergüenza, de acercarse a los buenos o de hablarlos.
Tres viejos hay aún con quien reprende a la nueva la antigua edad, y
tardo Dios les parece en que con él les llame: Corrado
de Palazzo, el buen Gherardo, y Guido de Castel, mejor llamado
el sencillo lombardo, a la francesa. Puedes decir que la Iglesia
de Roma, por confundir en ella dos poderes
ella y su carga en el fango se ensucian.»
«Oh Marco mío –dije- bien hablaste; y ahora discierno por qué de la
herencia
los hijos de Leví privados fueron.
Más qué Gherardo es ése que, por sabio, dices, quedó de aquella raza
extinta corno reproche del siglo salvaje?» «Me engañan tus palabras
o me tientan,
-me respondió pues, hablando toscano,
del buen Gherardo nunca hayas oído. Por ningún otro nombre le conozco,
si de Gaya, su hija, no lo saco.
Quedad con Dios, pues más no os acompaño Ved el albor, que irradia por
el humo
ya clareando; debo retirarme (allí está el ángel) antes que me vea.»
241
De este modo se fue y no quiso oírme.
CANTO XVII
Acuérdate, lector, si es que en los Alpes te sorprendió la niebla, y no veías
sino como los topos por la piel,
cómo, cuando los húmedos y espesos vapores se dispersan ya, la esfera
del sol por ellos entra débilmente;
y tu imaginación será ligera en alcanzar a ver cómo de nuevo
contemplé el sol, que estaba ya en su ocaso.
Mis pasos a los fieles del maestro emparejando, fuera de tal nube
salí a los rayos muertos ya en lo bajo.
Oh fantasía que le sacas tantas veces de sí, que el hombre nada advierte,
aunque suenen en torno mil trompetas,
¿si no son los sentidos, quién te mueve?
Una luz que en cielo se conforma, por sí o por el Querer que aquí la
empuja.
De la impiedad de aquella que se hizo
el ave que en cantar más nos deleita, a mi imaginación vino la huella;
y entonces tanto se encerró mi mente en si misma, que nada le llegaba
del exterior que recibir pudiese.
242
Luego llovió en mi fantasía uno crucificado, fiero y desdeñoso en su
apariencia, y así se moría; alrededor estaba el gran Asuero,
Ester su esposa, Mardoqueo el justo, tan íntegro en sus obras y palabras.
Y como se rompiera aquella imagen por ella misma, igual que una burbuja
a la que falta el agua que la hizo, surgió de mi visión una muchacha
llorando, y dijo: «Oh reina, ¿por qué airada te quisiste matar?
Ahora estás muerta por no
querer perder a tu Lavinia; ¡Y me has
perdido! soy la que lamento antes,
madre, los tuyos, que otros males.»
Como se rompe el sueño de repente
cuando
hiere en los ojos la luz nueva, que aún antes de morir roto se agita;
así mi imaginar cayó por tierra
en cuanto que una luz hirió en mis ojos, mucho mayor de la que se
acostumbra.
Yo me volví para mirar qué fuese, cuando una voz me dijo: «Aquí se
sube», que me apartó de otro cualquier intento; y tan prestas las ganas
se me hicieron
para mirar quién era el que me hablaba, que no cejara hasta no
243
contemplarlo. Mas como al sol que ciega nuestra vista y por sobrado vela
su figura,
me faltaban así mis facultades.
«Es un divino espíritu que muestra el camino de arriba sin pedirlo,
y él a sí mismo con su luz esconde.
Nos hace igual que un hombre hace consigo; que quien se hace rogar,
viendo un deseo,
su negativa con maldad prepara. A tal invitación el paso unamos;
procuremos subir antes que venga la noche y hasta el alba
no se pueda.»
Así dijo mi guía, y yo con él nos dirigimos hacia la escalera; y cuando
estuve en el primer peldaño, sentí cerca de mí que un
ala el rostro me abanicaba y escuché: «Beati pacifici, que están sin mala
ira.» Estaban ya tan altos los postreros rayos de los que va detrás la
noche, que en torno aparecían las estrellas.
«¡Oh, por qué me abandonas, valor mío!» decía para mí, porque sentía
la fuerza de las piernas flaqueartne. Ya donde más no subía llegamos la
escalera, y allí nos detuvimos,
como la nave que ha llegado al puerto.
Puse atención un poco, por si oía
alguna cosa en este nuevo círculo; luego al maestro me volví y le dije:
244
«Mi dulce padre, dime, ¿qué pecado se purga en este círculo? Si quedos
están los pies, no lo estén las palabras.» Y él me dijo: «El amor del bien,
escaso de sus deberes, aquí se repara;
aquí se arregla el remo perezoso.
Y para que lo entiendas aún más claro, vuelve hacia mí la mente, y
sacarás algún buen fruto de nuestra dernora.» Ni el Creador ni la
criatura, nunca sin amor estuvieron él me dijo- o natural o de ánimo;
ya sabes. El natural no se equivoca nunca,
mas puede el otro equivocar su objeto, porque el vigor o poco o mucho
sea. Mientras que se dirige al bien primero, y en el segundo él mismo
se controla, no puede ser razón de mal deleite;
mas cuando al mal se tuerce, o con cuidado más o menos al bien de lo que
debe,
contra el Autor se vuelven sus acciones.
Entenderás por ello que el amor es semilla de todas las virtudes
y de todos los actos condenables. Ahora bien, como nunca de la dicha de
su sujeto amor la vista aparta,
del propio odio las cosas están libres; y como dividido no se entiende,
ni por sí mismo, a nadie del Principio, odiar a aquel ninguno puede
hacerlo.
Resta, si bien divido, que se ama el mal del prójimo; y que dicho amor
245
de vuestro fango nace en tres maneras: Quién, suprimido su vecino,
aguarda elevarse, y por esto sólo quiere
que derriben a aquel de su grandeza; quién que el poder, la gracia,
honor y fama
teme perder porque otro le supere, y se entristece y quiere lo contrario;
y hay quien por las injurias se enfurece, de la venganza se hace deseoso,
y necesita urdir el mal ajeno.
Este triforme amor aquí debajo
se llora; y ahora quiero que conozcas, el que corre hacia el bien
corruptamente. Todos confusamente un bien seguimos donde se
aquiete el ánimo, y lo ansiamos; y por lograrlo
combatimos todos.
Si lento es ese amor en dirigirse
o en conquistar a Aquel, esta cornisa, tras justo arrepentirse, le
atormenta.
Hay otro bien que hace infeliz al hombre; no es la felicidad, la buena
esencia, que es el fruto y raíz de todo bien.
El amor que a este bien se ha abandonado, sobre nosotros se purga en
tres círculos; mas cómo tripartito se organiza,
para que tú lo encuentres, me lo callo.
CANTO XVIII
246
Había terminado sus razones
mi alto doctor, mirando atentamente si en mis ojos mostraba mi contento;
y yo, a quien nueva sed atormentaba, callaba, mas por dentro me decía:
«mi preguntar acaso le molesta».
Mas el padre veraz, que se dio cuenta del medroso deseo que ocultaba
sin hablar, me alentó a que preguntase.
Y yo: «Maestro, mi visión se aviva tanto en tu luz, que ya distingo claro lo
que tu ciencia abarca o me describe: Y así te pido, caro y dulce padre,
me expliques ese Amor al que reduces cualquiera bien obrar o su
contrario.»
«Dirige dijo a mí las claras luces del intelecto, y el error verás de los
ciegos que en guía se convierten. El alma, que a amar
presta fue creada, se mueve a cualquier cosa que le place, tan pronto del
placer es puesta en acto.
La percepción, de seres verdaderos saca la imagen que despliega dentro,
e impulsa al alma a que se vuelva a ésta; y si, vuelta hacia ella, se
doblega, Amor se llama ese doblegarniento, que por gozar de
nuevo entra en vosotros.
247
Y, como el fuego a lo alto se dirige, porque su forma a subir fue creada
donde más se conserva en su materia, presa el alma se entrega así al
deseo, impulso espiritual, y no reposa
hasta que goza de la cosa amada.
Ahora comprenderás cuánto está oculta esta verdad a la gente que dice
que todo amor sea loable cosa; porque acaso parece su materia
que es siempre buena, mas no todo sello es bueno aunque la cera sea
buena.»
«Con tus palabras y mi ingenio atento le respondí ya sé qué es el amor,
pero esto de otras dudas me ha llenado; pues si el amor se ofrece
desde fuera, y el alma no procede de otro modo, no es mérito si va
torcida o recta. »
«Cuanto ve la razón puedo decirte dijo-; si quieres más, aguarda
entonces a Beatriz, pues que de fe es materia.
Cualquiera fortna sustancial, que aparte de la materia está, y está a ella
unida,
una específica virtud contiene,
la cual no es perceptible sino obrando, ni se demuestra más que
por efectos,
cual la vida en las plantas por sus frondas Mas de dónde nos vengan las
primeras nociones a la mente, lo ignorarnos,
y del primer apetecer las causas,
248
que en vosotros están, como en la abeja el arte de hacer miel; y este
deseo no merece desprecio ni alabanza.
Mas porque a éste aún otros se añaden, innata os es la virtud que
aconseja,
y el umbral guarda del consentimiento. Este es pues el principio del que
parte en vosotros el mérito, según que buen o mal amor tome o
desdeñe. Los que al fondo llegaron razonando, se dieron cuenta de
esta libertad;
y al mundo le dejaron sus morales.
Aun suponiendo que obligadamente surja el amor que dentro se os
encienda, la potestad tenéis de refrenarlo.
A esta noble virtud Beatriz la llama libre albedrío, y procurar debieras
recordarlo por si ella te habla de esto.» La luna, casi a media noche tarda,
más raras las estrellas nos hacía, como un caldero ardiendo por completo;
corriendo por el cielo los caminos que el sol inflama cuando los de Roma
lo ven caer entre Corsos y Sardos.
Y la sombra gentil, por quien a Piétola más que a la propia
Mantua se celebra me había liberado de mi peso;
y yo, que la razón abierta y llana tenía ya después de mis preguntas,
divagaba cual hombre adormilado;
mas fue esta soñolencia interrumpida súbitamente por gentes que a
espaldas nuestras, hacia nosotros caminaban. Como el
249
Ismeno y el Asopo vieron furia y turbas de noche en sus orillas, cuando a
Baco imploraban los tebanos, así por aquel círculo avanzaban,
por lo que pude ver, quienes venían del buen querer y justo
amor llevados. Enseguida llegaron, pues corriendo aquella magna turba se
movía,
y dos gritaban llorando delante:
«Corrió María apresurada al monte; y para sojuzgar Lérida
César,
tocó en Marsella y luego corrió a España.»
«Raudo, raudo, que el tiempo no se pierda por poco amor gritaban los
demás ;
que el arte de obrar bien torne la gracia.»
«Oh gente a quien fervor agudo ahora compensa neglilgencia o dilaciones
que por tibieza en bien obrar pusisteis, éste que vive, y cierto no os
engaño, en cuanto luzca el sol quiere ir arriba; decidnos pues dónde hay
una abertura.» Estas palabras díjolas mi guía;
y uno de estos espíritus: «Seguidnos detrás nos dijo y
hallaréis el paso. De movernos estamos tan ansiosos que parar no
podemos; tú perdona si la justicia te es descortesía.
Yo fui abad de San Zeno de Verona bajo el imperio del buen Barbarroja,
del cual doliente aún Milán se acuerda. Y hay alguno con un pie ya en
la fosa, que pronto llorará aquel monasterio,
250
y triste se hallará de haber mandado; porque a su hijo, mal del cuerpo
entero, y peor de la mente, y malnacido,
ha puesto en vez de su pastor legal.» Ignoro si calló o si más nos dijo,
tan lejos se encontraba de nosotros; esto escuché y me agrada el
recordarlo. Y aquel que en todo trance me ayudaba dijo:
«Vuélvete aquí y mira esos dos que vienen dando muerdos a la acidia.»
Detrás todos decían: «Antes muerto estuvo el pueblo a quien el mar se
abriera, de que el Jordán su descendencia viese.
Y aquellos que la suerte no sufrieron del vástago de Anquises hasta el
fin, a una vida sin gloria se ofrecieron.»
Luego cuando esas sombras tan lejanas estaban, que ya verse no podían,
se me introdujo un nuevo pensanmiento, del que nacieron otros y
diversos;
y tanto de uno en otro divagaba, que por divagación cerré los ojos,
y en sueño convertí mi pensamiento.
CANTO XIX
Cuando el calor diurno no consigue hacer ya tibio el frío de la luna,
por la tierra vencido y por Saturno, que es cuando los geomantes la
Fortuna
251
Mayor ven en oriente antes del alba, surgir por vía oscura poco tiempo me
llegó en sueños una tartamuda,
bizca en los ojos, y en los pies torcida, descolorida y con las manos
mancas.
Yo la miraba; y como el sol conforta los fríos miembros que la noche
oprime,
así mi vista le volvía suelta
la lengua, y bien derecha la ponía al poco, y su semblante desmayado,
como quiere el amor, coloreaba.
Después de haberse en el hablar soltado, a cantar comenzó, tal que con
pena habría de ella apartado mi mente.
«Yo soy cantaba la dulce sirena, que en la mar enloquece a los marinos;
tan grande es el placer que da el oírme. Yo aparté a Ulises de su incierta
ruta con mi cantar; y quien se me habitúa, raramente me deja: ¡Así lo
atraigo!»
Aún no se había cerrado su boca, cuando yo vi una dama santa y presta al
lado de mí para confundirla.
«Oh, Virgilio, Virgilio, ¿quién es ésta?» fieramente decía, ; y él llegaba
en la honesta fijándose tan sólo.
Cogió a la otra, y le abrió por delante, rasgándole el traje, y
mostrándole el vientre; me despertó el hedor que desprendía.
252
Miré, y el buen maestro: «¡Al menos tres voces te he dado! dijo , ven,
levanta; hallaremos la entrada para que entres.»
Me levanté, y estaban ya colmados de pleno día el monte y sus recintos;
con sol nuevo a la espalda caminábamos.
Siguiéndole, llevaba la cabeza
tal quien de pensanúentos va cargado, que hace de sí un medio
arco de puente; Cuando escuché «Venid, aquí se cruza» dicho de un
modo suave y benigno, que no se escucha en esta mortal
marca.
Con alas, que de cisne parecían, arriba nos condujo quien hablaba
entre dos caras del duro macizo. Movió luego las plumas dando aire,
Qui lugent afirmando ser dichosos,
pues tendrán dueña el alma del consuelo.
«¿Qué tienes que a la tierra sólo miras?» mi guía comenzó a decirme,
apenas sobrepasados fuimos por el ángel.
Y yo: «Me hace marchar con tantas dudas esa nueva visión, que a ella me
inclina, y no puedo apartar del pensamiento.»
«Has visto dijo aquella antigua bruja por quien se llora encima de
nosotros;
y cómo de ella el hombre se libera. Bástete así, y camina más aprisa;
vuelve la vista al reclamo que mueve el rey eterno con las grandes
253
ruedas.» Cual primero el halcón sus patas mira, y luego vuelve al grito, y
se apresura por afán de la presa que le llama,
así hice yo; y así, cuanto se parte la roca por dar paso a aquel que sube,
anduve hasta llegar donde se cruza.
Cuando en el quinto círculo hube entrado, vi por aquel a gentes que
lloraban, tumbados en la tierra boca abajo.
Adhaesit pavimento anima mea' oí decir con tan altos suspiros,
que apenas se entendían las palabras.
«Oh elegidos de Dios, cuyos sufrires justicia y esperanza hacen más
blandos, hacia la alta subida dirigirnos.»
«Si venís de yacer aquí librados,
y queréis pronto hallar vuestro camino, llevad siempre por fuera la
derecha.»
Así rogó el poeta, y contestado fue así poco delante de nosotros; y yo
descubrí en el hablar a un escondido;
y a los de mi sefíor volví los ojos: él asintió con ceño placentero,
a aquello que mi vista le pedía.
Luego que pude hacer lo que gustaba, me puse sobre aquella criatura,
cuyas palabras mi atención movieron,
«Alma diciendo en cuyo llanto eso que no puede volver a Dios madura,
deja un poco por mí el mayor cuidado.
254
¿Quién fuisteis, y por qué vuelta la espalda tenéis arriba.P
¿Quieres que te pida algo de allí de donde vengo vivo?»
Y él me dijo: «El porqué nuestras espaldas vuelve el cielo hacia sí, sabrás;
mas antes scías quod ego fui succesor Petri
Entre Siestri y Chiavani va corriendo un río hermoso, y en su nombre
tiene el título mi estirpe más preciado.
Cómo pesa el gran manto a quien lo guarda del fango, provee un mes y
poco más; plumas parecen todas otras cargas.
Mi conversión tardía fue, ¡Ay de mí!; pero cuando elegido fui romano
pastor, vi que la vida era mentira.
Vi que allí el corazón no se aquietaba, ni subir más podía en esa vida;
por lo cual me encendí de amor por ésta.
Hasta aquel punto, mísera, apartada de Dios estuvo mi alma avariciosa;
y, como ves, aquí estoy castigado. Lo que hace la avaricia, se declara en
la purga del alma convertida;
no hay en el monte más amarga pena.
Y como nuestros ojos no pusimos en alto, fijos sólo en lo terreno,
la justicia en la tierra aquí los clava. Y como la avaricia a
cualquier bien apagó nuestro amor, y nuestras obras se perdieron, nos
tiene la Justicia
de pies y manos presos y amarrados: y cuanto le complazca al justo Sir
inmóviles, tumbados estaremos».
255
Me había arrodillado y quise hablarle; mas cuanto comencé, y él se dio
cuenta, de mi respeto, sólo al escucharle,
«¿Por qué te inclinas dijo de ese modo?» y le dije: «Por vuestra dignidad
estar de pie me impide mi conciencia.»
«¡Endereza las piernas y levanta, hermano! respondió , no te
equivoques: de un poder mismo todos somos siervos.
Y si aquel santo evangélico texto que dice necque nubent, entendiste,
comprenderás por qué hablo de este modo Ahora vete, no quiero que te
pares
más, pues turbas mi llanto con tu estancia, con el cual se
madura lo que has dicho. Tan sólo una sobrina, Alagia, tengo, buena de
suyo, si es que nuestra casa
no la haya hecho a su ejemplo malvada; y ésta tan sólo de allí me ha
quedado.»
CANTO XX
Contra un mejor querer otro no lucha;
y contra mi placer, por complacerle, saqué del agua la esponja aún
sedienta.
256
Eché a andar y mi guía echó a andar por los lugares libres, siguiendo la
roca,
cual pegados de un muro a las almenas; pues la gente que
vierte gota a gota
por los ojos el mal que el mundo llena, al borde se acercaba demasiado.
¡Maldita seas tú, oh antigua loba, que más que el resto de las bestias
matas,
a causa de tus hambres desmedidas!
¡Oh, cielo, que se cree que cuando gira puede cambiar las leyes de aquí
abajo!,
¿cuándo vendrá quien a ésta le haga huir?
A paso lento y corto caminábamos, atento yo a las sombras, que sentía
llorar piadosamente y lamentarse y por ventura oí.
«¡Dulce María!»
clamar así en el llanto ante nosotros, como hace una mujer que
esté pariendo; y que seguía «Fuiste tú tan pobre cuanto se puede ver
por el cobijo
donte tu santa carga depusiste.» Oí seguidamente: «Oh buen
Fabricio,
antes virtud quisiste en la pobreza, que gran riqueza poseer vicioso.»
Estas palabras tanto me placían,
que avancé un poco más por conocer a aquel que parecía proferirlas.
Aquel hablaba aún del generoso
257
trato de Nicolás con las doncellas para guardar su juventud honesta.
«Oh espíritu que tanto bien proclamas, dime quién fuiste dije y por
qué sólo repites estas dignas alabanzas.
No quedarán tus palabras sin premio, si vuelvo a completar la corta
senda, de aquella vida que al término vuela.» Y aquél: «Te lo diré, no
porque espere consuelo en ello, sino porque tanta
gracia en ti luce aun antes de estar muerto.
Yo fui raíz de aquella mala planta que la tierra cristiana ha
ensombrecido,
tal que buen fruto rara vez se coge. Mas si Duay y Gante, Lila y Brujas
pudieran, su venganza encontrarían; yo la suplico a aquel que todo
juzga.
Hugo Capeto fui llamado abajo; de mí nacieron Felipes y Luises
por quien Francia regida fue de nuevo.
De un carnicero de París fui hijo: al extinguirse ya los viejos reyes,
salvo el que en paños grises envolvieron, me encontré entre las manos
con las riendas del gobierno, y con tanto poderío adquirido, y con
tantos partidarios,
que a la corona viuda promovida fue la cabeza de mi hijo, el cual hizo
nacer los consagrados huesos.
Mientras que la gran dote de Provenza
no quitó la vergüenza de mi estirpe, valía poco, pero mal no hacía.
258
Allí empezó con fuerza y con mentira su rapiña; mas luego, por enmienda,
Ponthieu tomó, Gascuña y Normandía. Carlos a
Italia vino y, por enmienda, víctima hizo a Corradino; y luego
a Tomás, por enmienda, empujó al cielo.
Un tiempo veo, no muy lejos de ese, en que saldrá de Francia aún otro
Carlos,
para que sepan más de él y los suyos.
Sale sin armas, con la lanza sólo con la que judas contendió, y la clava en
Florencia, y el vientre le desgarra. Tierras no, mas pecados y deshonra,
para él adquirirá, tanto más graves, cuanto más leve el daño le parezca.
A otro, que sale preso de una nave,
a su hija vender regateando veo cual los corsarios las esclavas.
¡Oh avaricia! ¿qué más hacer puedes, si de mi sangre así te has adueñado,
que no se cuida de su propia carne? Por remediar lo hecho y lo futuro, veo
en Anagi entrar la flor de lis,
y en su vicario hacer cautivo a Cristo.
Le veo nuevamente escarnecido; hiel y vinagre renovar le veo,
y entre vivos ladrones darle muerte.
Veo al nuevo Pilatos tan cruel,
que no le sacia esto, y sin decreto lleva las velas avaras al Templo.
¿Cuándo podré alegrarme, Señor mío, mirando la venganza que,
escondida, hace dulce el secreto de tu ira?
259
Lo que decía de la única esposa del Espíritu Santo, y que te hizo volverte a
mí para que te explicara, la letanía es de nuestras preces
mientras el día dura; y cuando marcha es un contrario son el que
entonarnos. A Pigmalión recordarnos entonces,
a quien traidor, ladrón y parricida hizo su desmedido afán de oro; y del
avaro Midas la miseria,
que siguió a su pedir desmesurado, que será bueno reírla por
siempre; al loco Acán después nos referimos, cómo robó el botín, tal
que la ira
de Josué parece que aún le muerda.
A Safira acusamos y al marido; de Eliodoro las coces alabamos;
y gira en todo el monte por su infamia.
Polinestor que mató a Polidoro; y para terminar se grita: "Craso
di, ¿cómo sabe el oro, pues lo sabes?" Así habla en alto el uno, en bajo el
otro; según la fuerza que nos espolea
a andar a paso lento o más ligero: Mas proclamando la virtud
diurna
no era el único; sólo que aquí cerca la voz no levantaba ningún otro.» Nos
habíamos ya ido de su lado, procurando avanzar en el camino lo que
nuestros recursos permitían, cuando escuché, como si algo se hundiera,
temblar el monte, y me asaltó tal frío como le asalta a aquel que va a la
muerte.
260
De cierto no tembló tan fuerte Delos, antes de que Latona hiciera el nido,
para alumbrar del cielo los dos ojos.
Luego un clamor se oyó por todas partes tal, que el maestro se volvió
hacia mí
«Mientras te guíe dijo no te asustes.»
Gloria in excelsis todos deo decían, por lo que escuché, de cerca, y pude
comprender lo que gritaban. Suspendidos e inmóviles estábamos,
igual que los pastores al oírlo, hasta que terminó el temblor y el canto.
Luego seguimos nuestra santa ruta, viendo yacer las sombras por la tierra,
vueltas de nuevo al llanto acostumbrado.
Con tanta guerra nunca la ignorancia de conocer me hizo deseoso,
si es que no se equivoca mi memoria, cuanta creí tener, pensando,
entonces; ni a preguntar osaba por la prisa, ni comprendía nada por
mí mismo: y marchaba asustado y pensativo.
CANTO XXI
Esa sed natural que no se aplaca sino con aquel agua que la joven
samaritana pidió como gracia,
me apenaba, y punzábarne la prisa por la difícil senda tras mi guía
doliéndome con la justa venganza.
Y he aquí que, como escribe Lucas que a dos en el camino vino
261
Cristo, salido de la boca del sepulcro,
apareció una sombra detrás de nosotros, al pie mirando la turba yacente;
y antes de percatamos de él, nos dijo:
«Oh hermanos míos, Dios os de la paz».
Nos volvimos de súbito, y Virgilio le devolvió el saludo que se debe. Dijo
después: «En la corte beata,
en paz te ponga aquel veraz concilio, que en el exilio eterno me relega.»
«¡Cómo! nos dijo, caminando aprisa :
¿si sombras sois que aquí Dios no destina, quién os ha hecho subir por su
escalera?»
Y mi doctor: «Si miras las señales que éste lleva, y que un ángel ha
marcado
verás que puede irse con los buenos. Mas como la que hila día y noche no
le había acabado aún la husada que Cloto impone y a todos apresta,
su alma, que es hermana de las nuestras, subiendo no podía venir sola,
porque no puede ver como nosotros. Y me sacaron de la gran garganta
infernal, para guiarle, y guiarele
hasta donde mi escuela pueda hacerlo. Mas, si lo sabes, dime,
¿por qué tales sacudidas dio el monte, y por qué a una parecieron
gritar hasta su base.?»
262
Así dio, preguntando, en todo el blanco de mi deseo, y con las esperanzas
aquella sed sentí más satisfecha.
Y aquel dijo: «No hay cosa que sin orden pase en la santidad de la
montaña,
o que suceda fuera de costumbre. De toda alteración esto está
libre:
uno que el cielo dio y que en él recibe puede ser la razón, y no
otra causa. Porque la lluvia, el granizo, la nieve, el rocío y la
escarcha más arriba
no caen de la escalera de tres gradas; nubes espesas no hay ni
enrarecidas, ni rayos, ni la hija de Taumente, que abajo cambia a
menudo de sitio; no sigue el viento seco
más arriba que la más alta de las escaleras, donde se sienta el vicario de
Pedro. Acaso tiemble abajo, poco o mucho,
mas por mucho que el viento allá se esconda, no sé cómo, aquí arriba
nunca tiembla.
Tiembla cuando algún alma ya limpiada se siente, y se levanta o se
encamina para subir; y tal grito la sigue.
Da prueba ese deseo de estar limpia, que, libre ya para mudar de sitio,
toma al alma y la empuja con deseo.
Antes lo quiso, y lo impidió el talento pues contra ese deseo, la Justicia,
como fue en el pecar, pone al castigo.
263
Y yo que en estas penas he yacido más de quinientos años, sólo ahora
anhelo libremente un mejor solio: por eso el terremoto y
los piadosos espíritus oisteis, alabando
a aquel Señor, que pronto los reclame.»
Así nos dijo; y tal como disfruta
más del beber quien tiene sed más grande, no podría explicar mi gran
contento.
Y el sabio guía: «Ya comprendo ahora la red que os prende y cómo
deslazarla, y por qué hay regocijos y temblores.
Ahora quién fuiste plázcate contarme, y por qué tantos siglos has yacido
aquí, muéstramelo con tus palabras.»
«En la edad que el buen Tito, con la ayuda del sumo rey, vengó los
agujeros
de aquella sangre por Judas vendida, con el nombre que más dura y más
honra
vivía yo» repuso aquel espíritu- ya bastante famoso, mas sin fe.
Tan grande fue lo dulce de mi canto, que, tolosano, a Roma me trajeron,
y merecí con mirto honrar mis sienes. Por Estacio aún la gente
me conoce: canté de Tebas y del gran Aquiles; mas quedó en el
camino la segunda. Semilla de mi ardor fueron las ascuas, que me
quemaron, de la llama santa
264
en que han sido encendidos más de miles; de la Eneida te hablo, la cual
madre
me fue, y me fue nodriza en la poesía: sin ella no valdría ni un adarme.
Y por haber vivido cuando allí vivió Virgilio, un sol consentiría más del
debido aún antes de marcharme.» Se volvió a mí
Virgilio a estas palabras con rostro que, callando, dijo: «Calla»; mas la
virtud no puede cuanto quiere,
que risa y llanto siguen tan de cerca la pasión que genera a cada uno,
que al querer menos sigue en los sinceros.
Así que sonreí como al secreto; y se calló la sombra, y me miró los ojos
que revelan más el alma; y: «así tanto trabajo en bien acabe
dijo ¿por qué hace un rato tu semblante me ha mostrado un relámpago
de risa?»
Ahora estaba cogido por dos partes una me hace callar, la otra me pide
que hable; y yo suspiro y me comprende
mi maestro, y «No tengas ningún miedo de hablar me dice ; háblale y
revela lo que con tanto afán ha preguntado» Por lo
que yo: «Quizás te maravilles de por qué me reí, oh antiguo espíritu,
pero aún quedarás más admirado. Este que arriba guía mi mirada,
es el mismo Virgilio, en quien las fuerzas tomaste de cantar dioses y
héroes.
265
Si de otra causa pareció mi risa, olvídala por falsa, y sólo vino
de las palabras que le prodigaste.»
Para abrazar los pies ya se inclinaba a mi doctor, más él le dijo:
«Hermano,
no lo hagas, porque somos los dos sombras.» Y él alzando:
«Ahora puedes comprender la cantidad de amor en que me enciendes,
cuando olvido que somos cosas vanas, y trato como sólidas las sombras.»
CANTO XXII
Ya el ángel se quedó tras de nosotros, aquel que al sexto círculo nos trajo,
una señal quitando de mi frente;
y a los que tienen ansias de justicia llamó beatos, pero sus palabras
hasta el sitiunt, no más, lo proclamaron. Y yo más leve que en los otros
pasos caminaba, tal que sin pena alguna
seguía a los espíritus veloces; cuando Virgilio comenzó: «El
Amor
prendido en la virtud, siempre a otro prende con tal de que su llama
manifieste;
desde el punto en que vino con nosotros Juvenal hasta el limbo
del infierno,
266
y cuánto te admiraba me dijera, yo fui contigo tan benevolente
como nunca con alguien que no has visto, y esta escalera me parece
corta.
Pero dime, y perdona como amigo si excesiva confianza alarga el freno, y
como amigo explícame la causa:
cómo pudo encontrar dentro de ti un sitio la avaricia, junto a tanto saber
que por estudios poseías?»
A Estacio estas palabras le causaron primero una sonrisa, luego dijo:
«Me prueba tu cariño lo que dices. En verdad muchas veces pasan
cosas que dan materia falsa a nuestras dudas, porque la causa cierta está
escondida. Tu pregunta me muestra que pensabas que en la otra vida
hubiera sido avaro, acaso pues me viste en aquel círculo. Sabe pues que
alejado de avaricia
fui demasiado; y esta desmesura miles de lunas castigada ha sido.
Y si el rumbo no hubiese enderezado, al comprender allí donde escribías,
casi irritado con el ser del hombre,
«¿Por dónde no conduces tú, maldita hambre de oro, el afán de los
mortales?» en los tristes torneos diera vueltas.
Supe entonces que mucho abrir las alas puede gastar las manos, y de esa
falta me arrepentí cual de las otras.
¿Cuántos renacerán todos pelados por ignorancia, pues quien peca en
esto, ni en vida, ni al extremo se arrepiente?
267
Y sabrás que la culpa que replica, y diametral se opone a algún pecado,
juntamente con él su verdor seca; por lo cual si con esa gente estuve que
llora la avaricia, por purgarme justo de lo contrario me encontraba.»
«Cuando contaste las peleas crueles de la doble tristeza de
Yocasta
dijo el cantor de bucólicos versos por aquello que te inspirara
Clío, no parece que fueses todavía
fiel a la fe sin la que el bien no basta. Si esto es así, ¿qué sol, qué
luminarias, disipando la sombra, enderezaron detrás del pescador luego
tus velas?»
Y aquél a éste: «Tú me dirigiste a beber en las grutas del
Parnaso;
y luego junto a Dios me iluminaste. Hiciste como aquél que va de noche
con una luz detrás, que a él no le sirve,
mas hace tras de sí a la gente sabia, cuando dijiste: «El siglo se
renueva,
y el primer tiempo y la justicia vuelven, nueva progenie de los cielos
baja.»
Por ti poeta fui, por ti cristiano: mas para ver mejor lo que dibujo, para
darle color la mano extiendo.
Preñado estaba el mundo todo entero de la fe verdadera, que sembraron
los mensajeros del eterno reino,
268
y tus palabras que antes he citado con las prédicas nuevas
concordaban; y tomé por costumbre el visitarles.
Tan santos luego fueron pareciendo, que en la persecución de
Domiciano, sin mis lágrimas ellos no lloraban;
y mientras que en mi mano hacerlo estuvo les ayudaba, y con sus rectas
vidas
me hicieron despreciar toda otra secta. Y antes de poetizar sobre los
griegos y sobre Tebas, tuve mi bautismo;
pero por miedo fui un cristiano oculto, mostrándome pagano mucho
tiempo; y esa tibieza en el recinto cuarto me recluyó por más de cuatro
siglos. Tú pues, que ya este velo
has levantado que me escondía cuanto bien he dicho, mientras
que de subir nos ocupamos, dónde está, dime, aquel Terencia antiguo,
Varrón, Plauto, Cecilio, si lo sabes:
y si están condenados y en qué círculo.»
Esos y Persio, y yo, y bastantes otros le respondió se encuentran
con el Griego
a quien las musas más amamantaron, en el primer recinto de la cárcel;
y hablarnos muchas veces de aquel monte donde nuestras nodrizas se
hallan siempre.
También están Simónides y Eurípides, Antifonte, Agatón y muchos
otros griegos que de laureles se coronan. Allí se ven
269
aquellas gentes tuyas,
Antígona, Deífile y Argía
y así como lo fue de triste, a Ismene. Vemos a aquella que mostró
Langía, a Tetis y la hija de Tiresias,
y a Deidamia con todos sus hermanos.» Ya se callaban ambos dos poetas,
de nuevo atentos a mirar en torno, ya libres de subir y de paredes;
y habían cuatro siervas ya del día atrás quedado, y al timón la quinta
enderezaba a lo alto el carro ardiente, cuando mi guía: «Creo que
hacia el borde volver el hombro
diestro nos conviene, dando la vuelta al monte cual solemos. »
Así fue nuestro guía la costumbre,
y emprendimos la ruta más tranquilos pues lo aprobaba aquel alma tan
digna.
Ellos iban delante, y solitario yo detrás, escuchando sus palabras,
que en poetizar me daban su intelecto. Mas pronto rompió las
dulces razones un árbol puesto en medio del camino, con
manzanas de olor bueno y suave; y así corno el abeto se adelgaza
de rama en rama, aquel abajo hacía, para que nadie, pienso, lo subiera.
Del lado en que el camino se cortaba, caía de la roca un licor claro,
que se extendía por las hojas altas. Al árbol se acercaron los poetas;
270
y una voz desde dentro de la fronda gritó: «Muy caro cuesta este
alimento.»
«Más pensaba María en que las bodas siguió fueran honradas, que en su
boca, esa que ahora intercede por vosotros.
Las antiguas romanas sólo agua bebían; y Daniel, que despreciaba el
alimento, conquistó la ciencia. La edad primera, bella como el oro, hizo
con hambre gustar las bellotas, y néctar con la sed cualquier arroyo. Miel
y langostas fueron las viandas que en el yermo nutrieron al Bautista; por
lo cual es tan grande y tan glorioso como en el Evangelio se demuestra.»
CANTO XXIII
Mientras los ojos por la verde fronda
fijaba de igual modo que quien suele del pajarillo en pos perder la vida, el
más que padre me decía: «Hijo, ven pronto, pues el tiempo que nos
dieron más útilmente
aprovechar se debe.» Volví el rostro y el paso sin tardarme,
junto a los sabios, que en tal forma hablaban, que me hicieron andar sin
pena alguna.
Y en esto se escuchó llorar y un canto labia mea domine, en tal modo,
cual si pariera gozo y pesadumbre.
«Oh dulce padre, ¿qué es lo que ahora escucho?», yo comencé; y él:
«Sombras que caminan
271
de sus deudas el nudo desatando.» Como los pensativos
peregrinos, al encontrar extraños en su ruta, que se vuelven a ellos sin
pararse, así tras de nosotros, más aprisa,
al llegar y pasamos, se asombraba de ánimas turba tácita y devota.
Todos de ojos hundidos y apagados, de pálidos semblantes, y tan flacos
que del hueso la piel tomaba forma. No creo que a pellejo tan extremo
seco, hubiese llegado Erisitone, ni cuando fue su ayuno más severo. Y
pensando decíame:
«¡Aquí viene la gente que perdió Jerusalén, cuando María devoró a su
hijo!
Parecían sus órbitas anillos
sin gemas: y quien lee en la cara "omo" bien podría encontrar aquí la
eme.
¿Quién pensaría que el olor de un fruto tal hiciese, el anhelo
produciendo,
o el de una fuente, no sabiendo cómo?
Maravillado estaba de tal hambre, pues la razón aún no conocía
de su piel escarnada y su flaqueza, cuando de lo más hondo de su rostro
fija su vista me volvió una sombra;
luego fuerte exclamó: "¿Qué gracia es ésta?" Nunca el rostro le hubiese
conocido; pero en la voz se me hizo manifiesto
lo que el aspecto había deformado.
272
Esta chispa encendió de aquel tan otro rostro del todo mi
conocimiento, y conocí la cara de Forese.»
«Ah, no te fijes en la seca roña que me destiñe rogaba la piel, ni por la
falta de carne que tenga;
dime en verdad de ti, y de quién son esas dos ánimas que allí te dan
escolta;
¡no te quedes aquí sin que me hables!»
«Tu cara, que lloré cuando moriste, con no menos dolor ahora la lloro
le respondí al mirarla tan cambiada. Pero dime, por Dios que así os
deshoja; no pidas que hable, pues estoy atónito; mal
podrá hablar quien otra cosa quiere.» Y él a mí «Del querer eterno baja
un efecto en el agua y en el árbol que dejasteis atrás, que así enflaquece.
Toda esta gente que llorando canta, por seguir a la gula sin medida,
santa se vuelve aquí con sed y hambre De comer y beber nos da el deseo
el olor de la fruta y del rocío que se extiende por sobre la verdura.
Y ni un solo momento en este espacio dando vueltas, mitiga nuestra pena:
pena digo y debiera decir gozo,
que aquel deseo al árbol nos conduce donde Cristo gozoso dijo 'Eli',
cuando nos redimió la sangre suya.» Yo contesté: «Forese, desde el día
que el mundo por mejor vida trocaste, cinco años aún no han
transcurrido.
273
Si antes se terminó el que tú pudieras pecar aún más, de que llegase la
hora
del buen dolor que a Dios volver nos hace,
¿cómo es que estás arriba ya tan pronto?
Yo pensaba encontrarte allí debajo, donde el tiempo con tiempo se
repara.»
Y él respondió: «Tan pronto me ha logrado que beba el dulce ajenjo del
martirio
mi Nela con su llanto sin fatiga.
Con devotas plegarias y suspiros me trajo de la playa en que se espera, y
me ha librado de los otros círculos. Tanto más cara a Dios y más dilecta
es mi viudita, a la que tanto amaba, cuanto en su bien obrar está más
sola; puesto que la Barbagia de Sicilia
es más púdica ya con sus mujeres que la Barbagia en donde la he dejado.
Dulce hermano ¿qué quieres que te diga?
Ya presiento unos tiempos venideros de que esta hora ya no está lejana,
en que será en el púlpito vedado
el que las descaradas florentinas vayan mostrando en público las tetas.
¿Qué bárbara hubo nunca o musulmanas que precisaran para andar
cubiertas disciplina en el alma o de las otras?
274
Mas si supieran esas sinvergüenzas lo que veloz el cielo les depara, ya
para aullar sus bocas abrirían;
pues si el vaticinar aquí no engaña, sufrirán antes de que crezca el bozo a
los que ahora con nanas consuelan.
Ahora ya no te escondas más, oh hermano, que no sólo yo, más toda esta
gente, mira el lugar donde la luz no pasa.»
Por lo que yo le dije: «Si recuerdas lo que fui para ti, y para mi fuiste, aún
será triste el recordar presente. De aquella vida me sustrajo aquel que va
delante, el otro día, cuando redonda se mostró la hermana de ese señalé
el sol. Y aquél por la profunda
noche llevóme de los muertos ciertos con esta carne cierta que le sigue.
De allí con sus auxilios me ha traído, subiendo y rodeando la montaña,
que os endereza a los que el mundo tuerce.
Dice que habrá de hacerme compañía hasta que esté donde Beatriz se
encuentra; allí es preciso que sin él me quede.
Virgilio es quien tal cosa me ha contado y se lo señalé ; y aquél la sombra
por quien se ha conmovido cada cuesta de vuestro reino del que ya se
marcha.»
CANTO XXIV
275
Ni hablar a andar, ni andar a aquel más lento hacía, mas hablando a
prisa íbamos
cual nao que empuja un viento favorable; y las sombras, más muertas
pareciendo, admiración ponían en las cuencas
de los ojos, sabiendo que vivía.
Y yo, continuando mis palabras dije: «Y asciende acaso más despacio de
lo que en otro momento lo haría. Mas dime de
Piccarda, si es que sabes; y dime si estoy viendo a alguien notable
entre esta gente que así me contempla.»
«Mi hermana, que entre hermosa y entre buena no sé qué fuera más,
alegre triunfa
en el Olimpo ya de su corona.»
Dijo primero; y luego: «Aquí podemos a cualquiera nombrar
pues tan mudado nuestro semblante está por la abstinencia.
Ese y le señaló es Bonagiunta, Bonagiunta de Lucca; y esa cara a su lado,
cosida más que otras.
tuvo la santa iglesia entre sus brazos: nació en Tours, y aquí purga con
ayunos el vino y las anguilas de Bolsena.»
Uno por uno a muchos me nombró; y al nombrarles contentos parecían, y
no vi ningún gesto de tristeza.
Vi por el hambre en vano usar los dientes a Ubaldín de la Pila y
Bonifacio,
276
que apacentara a muchos con su torre. Vi a Maese Marqués, que ocasión
tuvo de beber en Forlí sin sequedades,
y que nunca veíase saciado.
Mas como hace el que mira y luego aprecia más a uno que otro, hice al
luqués,
que de mí más curioso parecía.
Él murmuraba, y no sé que «Gentucca» sentía yo, donde él sentía la plaga
de la justicia que así le roía.
«Alma –dije- que tal deseo muestras de hablar conmigo, hazlo
claramente, y a los dos satisfaz con tus palabras.»
«Hay nacida, aún sin velo, una mujer él comenzó que hará que mi ciudad
te plazca aunque otros muchos la desprecien.
Tú marcharás con esta profecía:
si en mi murmullo alguna duda tienes, la realidad en claro ha de ponerlo.
Pero dime si veo a quien compuso aquellas nuevas rimas que
empezaban:
«Mujeres que el Amor bien conocéis.» Y yo le dije: «Soy uno que cuando
Amor me inspira, anoto, y de esa forma voy expresando aquello
que me dicta.»
«¡Ah hermano, ya comprendo dijo el nudo que al Notario, a Guiton
y a mí separa del dulce estilo nuevo que te escucho!
277
Bien veo ahora cómo vuestras plumas detrás de quien os dicta van
pegadas, lo que no sucedía con las nuestras;
y quien se ponga a verlo de otro modo no encontrará ninguna diferencia.»
Y se calló bastante satisfecho.
Cual las aves que invernan junto al Nilo, a veces en el aire hacen
bandadas,
y luego aprisa vuelan en hilera, así toda la gente que allí estaba,
volviendo el rostro apresuró su paso, por su flaqueza y su deseo raudas.
Y como el hombre de correr cansado deja andar a los otros, y pasea
hasta que calma el resollar del pecho, dejó que le pasara la grey santa
y conmigo detrás vino Forese, diciendo: «¿Cuándo te veré de nuevo?»
«No sé repuse-, cuánto viviré; mas no será mi vuelta tan temprano,
que antes no esté a la orilla mi deseo;
porque el lugar donde a vivir fui puesto, del bien, de día en día, se
despoja,
y parece dispuesto a triste ruina.»
Y él: «Ánimo, pues veo al más culpable, arrastrado a la cola de un caballo
hacia aquel valle donde no se purga. La bestia a cada paso va más rauda,
siempre más, hasta que ella le golpea, y deja el cuerpo vilmente
deshecho.
278
No mucho han de rodar aquellas ruedas y miró al cielo y claro habrá de
serte esto que más no puedo declararte.
Ahora quédate aquí, que es caro el tiempo en este reino, y ya perdí
bastante caminando contigo paso a paso.»
Como al galope sale algunas veces un jinete del grupo que cabalga,
por ganar honra en los primeros golpes, con pasos aún
mayores nos dejó;
y me quedé con esos dos que fueron en el mundo tan grandes mariscales.
Y cuando estuvo ya tan adelante, que mis ojos seguían tras de él, como mi
mente tras de sus palabras. vi las ramas cargadas y frondosas
de otro manzano, no mucho más lejos por haber sólo entonces hecho el
giro
Vi gentes bajo aquel alzar las manos y gritar no sé qué hacia la espesura,
como en vano anhelantes chiquitines que piden, y a quien piden no
responde, mas por hacer sus ganas más agudas, les muestra su deseo
puesto en alto.
Luego se fueron ya desengañadas; y nos aproximamos al gran árbol, que
tanto llanto y súplicas desdeña.
«Seguid andando y no os aproximéis: un leño hay más arriba que
mordido fue por Eva y es éste su retoño.» Entre las frondas no sé quién
hablaba; y así Virgilio, Estacio y yo, apretados seguimos caminando por la
cuesta.
279
Decía: «Recordad a los malditos nacidos de las nubes, que, borrachos,
con dos pechos lucharon con Teseo; y a los hebreos, por beber tan flojos,
que Gedeón no quiso de su ayuda, cuando a Madián bajó de las colinas.»
Así arrimados a uno de los bordes, oyendo fuimos culpas de la gula
seguidas del castigo miserable.
Ya en la senda desierta, distanciados, más de mil pasos nos llevaron
lejos, los tres mirando sin decir palabra.
«Solos así los tres ¿qué vais pensando?», dijo una voz de pronto; y me
agité como un caballo joven y espantado.
Alcé mi rostro para ver quién era; y jamás pude ver en ningún horno
vidrio o metal tan rojo y tan luciente, como a quien vi diciendo:
«Si os complace subir, aquí debéis de dar la vuelta; quien marcha
hacia la paz, por aquí pasa.» Me deslumbró la
vista con su aspecto; por lo que me volví hacia mis doctores,
como el hombre a quien guía lo que escucha.
Y como, del albor anunciadora, sopla y aroma la brisa de mayo, de hierba
y flores toda perfumada;
yo así sentía un viento por en medio de la frente, y sentí un mover de
plumas,
que hizo oler a ambrosía el aura toda. Sentí decir: «Dichosos los que
alumbra tanto la gracia, que el amor del gusto en su pecho
no alienta demasiado, apeteciendo siempre cuanto es justo.»
280
CANTO XXV
Dilación no admitía la subida; puesto que el sol había ya dejado la noche
al Escorpión, el día al Toro: y así como hace aquél que no se para, mas,
como sea, sigue su camino,
por la necesidad aguijonado, así fuimos por el desfiladero,
subiendo la escalera uno tras otro,
pues su estrechez separa a los que suben.
Y como el cigoñino el ala extiende por ganas de volar, y no se atreve a
abandonar el nido, y las repliega; tal mis ganas ardientes y apagadas
de preguntar; haciendo al fin el gesto que hacen aquellos que al hablar se
aprestan.
Por ello no dejó de andar aprisa, sino dijo mi padre: «Suelta el arco
del decir, que hasta el hierro tienes tenso.» Ya entonces confiado abrí
la boca,
y dije: «Cómo puede adelgazarse allí donde comer no es necesario.»
«Si recordaras cómo Meleagro
se extinguió al extinguirse el ascua aquella me dijo de esto no te
extrañarías;
281
y si pensaras cómo, si te mueves, también tu imagen dentro del espejo,
claro verás lo que parece oscuro.
Mas para que el deseo se te aquiete, aquí está Estacio; y yo le llamo y
pido que sea el curador de tus heridas.»
«Si la visión eterna le descubro repuso Estacio , estando tú delante, el no
poder negarme me disculpe.»
Y después comenzó: «Si mis palabras, hijo, en la mente guardas y recibes,
darán luz a aquel "cómo" que dijiste. La sangre pura que no es absorbida
por las venas sedientas, y se queda
cual alimento que en la mesa sobra, toma en el corazón a cualquier
miembro la virtud de dar forma, como aquella
que a hacerse aquellos vase por las venas.
Digerida, desciende, donde es bello más callar que decir, y allí destila en
vaso natural sobre otra sangre. Allí se mezclan una y otra juntas,
una a sufrir dispuesta, a hacer la otra, pues que procede de un lugar
perfecto;
y una vez que ha llegado, a obrar comienza coagulando primero, y
avivando
lo que hizo consistente su materia.
Alma ya hecha la virtud activa cual de una planta, sólo diferente
que una en camino está y otra ha llegado, sigue obrando después, se
mueve y siente, como un hongo marino; y organiza esas potencias de las
282
que es semilla. Aquí se extiende, hijo, y se despliega la virtud que salió del
corazón
del generante, y forma da a los miembros. Mas cómo el animal se vuelve
hablante no puedes ver aún, y uno más sabio
que tú, se equivocaba en este punto, y así con su doctrina separaba
del alma la posible inteligencia,
por no encontrarle un órgano adecuado. A la verdad que viene abre tu
pecho; y sabrás que, tan pronto se termina
de articularle al feto su cerebro, complacido el Primer Motor se vuelve a
esa obra de arte, en la que inspira nuevo espíritu, lleno de virtudes,
que lo que encuentra activo aquí reúne en su sustancia, y hace un alma
sola, que vive y siente y a sí misma mira. Y por que no te extrañen mis
palabras mira el calor del sol que se hace vino,
junto al humor que nace de las vidas. Cuando más lino Laquesis no tiene,
se suelta de la carne, y virtualmente
lo divino y lo humano se lo lleva. Ya enmudecidas sus otras potencias,
inteligencia, voluntad, memoria
en acto quedan mucho más agudas.
Sin detenerse, por sí misma cae maravillosamente en una u otra orilla; y
de antemano sabe su camino.
En cuanto ese lugar la circunscribe, la virtud formativa irradia en torno
del mismo modo que en los miembros vivos: y como el aire,
283
cuanto está muy húmedo, por otro rayo que en él se refleja, con
diversos colores se engalana; así el aire cercano se dispone,
y en esa misma forma que le imprime virtualmente el alma allí parada;
Y después, a la llama semejante que sigue al fuego al sitio donde vaya,
la nueva forma al espíritu sigue. Y como aquí recibe su aparencia,
sombra se llama; y luego aquí organiza cualquier sentido, incluso el de
la vista.
Por esta causa hablamos y reímos; y suspiros y lágrimas hacemos
que has podido sentir por la montaña.
Según que nos afligen los deseos y los otros afectos, toma forma
la sombra, y es la causa que te admira.» Y ya llegado al último tormento
habíamos, y vuelto a la derecha,
y estábamos atentos a otras cosas. Aquí dispara el muro
llamaradas,
y por el borde sopla un viento a lo alto que las rechaza y las aleja de él;
y por esto debíamos andar
por el lado de afuera de uno en uno; y yo temía el fuego o la caída.
«Por este sitio -guía iba diciendo- a los ojos un freno hay que ponerles,
pues errar se podría por muy poco.
Summae Deus Clamentiae en el seno del gran ardor oí cantar entonces,
que no menos ardor dio de volverme; y vi almas
284
caminando por las llamas; así que a ellas miraba y a mis pasos,
repartiendo la vista por momentos.
Una vez que aquel himno terminaron gritaron alto: «Virum no cognosco»;
y el himno repetían en voz baja.
Y al terminar gritaban: «En el bosque Diana se quedó y arrojó a Elice
porque probó de Venus el veneno.» Luego a cantar volvían; y de esposas y
de maridos castos proclamaban, cual la virtud y el matrimonio imponen.
Y de esta forma creo que les baste
en todo el tiempo que el fuego les quema:
Con tal afán conviene y en tal forma que la postrera herida cicatrice.
CANTO XXVI
Mientras que por la orilla uno tras otro marchábamos y el buen maestro a
veces
«Mira decía como te he advertido»; sobre el hombro derecho el sol
me hería, que ya, radiando, todo el occidente
el celeste cambiaba en blanco aspecto; y hacía con mi sombra más rojiza
la llama parecer; y al darse cuenta
vi que, andando, miraban muchas sombras.
285
Esta fue la ocasión que les dio pie
a que hablaran de mí , y así empezaron
«Este cuerpo ficticio no parece»; luego vueltos a mí cuanto podían,
se cercioraron de ello, con cuidado siempre de no salir de
donde ardiesen.
«Oh tú que vas, no porque tardo seas,
mas tal vez reverente, tras los otros, respóndeme, que en este fuego
ardo. No sólo a mí aproveche tu respuesta; pues mayor sed tenemos
todos de ella que de agua fría la India o la Etiopía.
Dinos cómo es que formas de ti un muro al sol, de tal manera que no
hubieses aún entrado en las redes de la muerte.»
Así me hablaba uno; y yo me hubiera ya explicado, si no estuviese atento a
otra novedad que entonces vino;
que por medio de aquel sendero ardiente vino gente mirando hacia los
otros,
lo cual, suspenso, me llevó a observarlo.
Apresurarse vi por todas partes y besarse a las almas unas a otras sin
pararse, felices de tal fiesta; así por medio de su hilera oscura
una a la otra se hocican las hormigas, por saber de su suerte o su camino.
En cuanto dejan la acogida amiga, antes de dar siquiera el primer paso, en
vocear se cansan todas ellas:
286
la nueva gente: «Sodoma y Gomorra»; los otros: «En la vaca entra
Pasifae, para que el toro corra a su lujuria.»
Después como las grullas que hacia el Rif vuelan en parte, y parte a las
arenas,
o del hielo o del sol haciendo ascos, una gente se va y otra se viene;
vuelven llorando a sus primeros cantos y a gritar eso que más
les atañe;
y acercáronse a mí, como hace poco esos otros habíanme rogado,
deseosos de oír en sus semblantes.
Yo que dos veces viera su deseo;
«Oh almas ya seguras comencé-
de conseguir la paz tras de algún tiempo, no han quedado ni verdes ni
maduros allí mis miembros, mas aquí los traigo con su sangre y sus
articulaciones.
Subo para no estar ya nunca ciego; una mujer me obtuvo la merced,
de venir con el cuerpo a vuestro mundo. Mas vuestro anhelo
mayor satisfecho sea pronto, y así os albergue el cielo que lleno
está de amor y más se espacia, decidme, a fin de que escribirlo
pueda, quiénes seáis, y quién es esa turba
que se marchó detrás a vuestra espalda.»
No de otro modo estúpido se turba el montañés, y mira y enmudece,
cuando va a la ciudad , rudo y salvaje, que en su apariencia
287
todas esas sombras; más ya de su estupor recuperadas,
que de las altas almas pronto sale,
«¡Dichoso tú que de nuestras regiones volvió a decir aquel que habló
primero , para mejor morir sapiencia adquieres!
La gente que no viene con nosotros,
pecó de aquello por lo que en el triunfo César oyó que "reina" lo
llamaban: por eso vanse gritando "Sodoma", reprobándose a sí, como has
oído,
con su vergüenza el fuego acrecentando.
Hermafrodita fue nuestro pecado;
y pues que no observamos ley humana, siguiendo el apetito como bestias,
en nuestro oprobio, por nosotros se oye cuando partimos el nombre de
aquella que en el leño bestial bestia se hizo.
Ya sabes nuestros actos, nuestras culpas: y si de nombre quieres
conocemos, decirlo no sabría, pues no hay tiempo.
Apagaré de mí, al menos, tus ganas: Soy Guido Guinizzelli, y aquí peno
por bien antes del fin arrepentirme.» Igual que en la tristeza de Licurgo
hicieron los dos hijos a su madre, así hice yo, pero sin tanto ímpetu,
cuando escuché nombrarse él mismo al padre mío y de todos, el mejor
que rimas
de amor usaron dulces y donosas; y pensativo, sin oír ni hablar,
288
contemplándole anduve un largo rato, mas, por el fuego, sin
aproximarme.
Luego ya de mirarle satisfecho, me ofrecí enteramente a su servicio con
juramentos que a otros aseguran. y él me dijo: «Tú
dejas tales huellas
en mí, por lo que escucho, y tan palpables, que no puede borrarlas el
Leteo.
Mas si en verdad juraron tus palabras, dirne por qué razones me
demuestras al [Link] y hablarme tanto aprecio.» Y yo le
dije: «Vuestros dulces versos, que, mientras duren los modernos usos,
harán preciada aun su misma tinta.»
«Oh hermano dijo, , ése que te indico y señaló un espíritu delante-
fue el mejor artesano de su lengua.
En los versos de amor o en narraciones a todos superó; y deja a los tontos
que creen que el Lemosín le aventajaba. A las voces se vuelven, no a lo
cierto, y su opinión conforman de este modo
antes de oír a la razón o al arte. Así hicieron antaño con
Guittone,
de voz en voz corriendo su alabanza, hasta que la verdad se ha impuesto a
todos.
Ahora si tienes tanto privilegio, que lícito te sea ir hasta el claustro del
colegio del cual abad es Cristo,
289
de un padre nuestro dile aquella parte, que nos es necesaria en este
mundo, donde poder pecar ya no es lo nuestro.»
Luego tal vez por dar cabida a otro que cerca estaba, se perdió en el
fuego,
como en el agua el pez que se va al fondo. Yo me acerqué a quien antes
me indicara,
y dije que a su nombre mi deseo un sitio placentero disponía.
Y comenzó a decirrne cortésmente:
«Tan m'abelfis vostre cortes deman, qu'ieu non me puesc ni voil a vos
cobrire.
Ieu sui Arnaut, que plor e vau cantan; consiros vei la passada folor,
a vei jausen lo joi que'esper, denan.
Ara voz prec, per aquella valor que vos guida al som de l'escalina, sovenha
vos a temps de ma dolor.»
Luego se hundió en el fuego que le salva.
CANTO XXVII
Igual que vibran los primeros rayos donde esparció la sangre su
Creador, cayendo el Ebro bajo la alta Libra,
y a nona se caldea el agua al Ganges, el sol estaba; y se
290
marchaba el día, cuando el ángel de Dios alegre vino. Fuera del fuego
sobre el borde estaba y cantaba: «¡Beati mundi cordi!» con voz mucho
más viva que la nuestra. Luego: «Más no se avanza, si no muerde almas
santas, el fuego: entrad en él
y escuchad bien el canto de ese lado.» Nos dijo así cuanto estuvimos
cerca; por lo que yo me puse, al escucharle, igual que aquel que meten en
la fosa.
Por protegerme alcé las manos juntas en vivo imaginando, al ver el fuego,
humanos cuerpos que quemar he visto. Hacia mí se volvió mi buena
escolta;
y Virgilio me dijo entonces: «Hijo, puede aquí haber tormento, mas no
muerte.
¡Acuérdate, acuérdate! Y si yo sobre Gerión a salvo te conduje,
¿ahora qué haría ya de Dios más cerca? Cree ciertamente que si en lo
profundo de esta llama aun mil años estuvieras, no te podría ni quitar un
pelo.
Y si tal vez creyeras que te engaño vete hacia ella, vete a hacer la prueba,
con tus manos al borde del vestido. Dejón, depón ahora cualquier
miedo; vuélvete y ven aquí. seguro entra.»
Y en contra yo de mi conciencia, inmóvil.
Al ver que estaba inmóvil y reacio, dijo un poco turbado: «Mira, hijo: entre
Beatriz y tú se alza este muro.»
Corno al nombre de Tisbe abrió los ojos Píramo, y antes de morir la vio,
291
cuando el moral se convirtió en bermejo; así, mi obstinación más
ablandada,
me volví al sabio guía oyendo el nombre que en nú memoria siempre se
renueva. Y él movió la cabeza, y dijo: «¡Cómo!
¿quieres quedarte aquí?»; y me sonreía, como a un niño a quien vence
una manzana.
Luego delante de mí entró en el fuego, pidiendo a Estacio que tras mi
viniese, que en el largo camino estuvo en medio.
En el vidrio fundido, al estar dentro, me hubiera echado para refrescarme,
pues tanto era el ardor desmesurado. Y por reconfortarme el dulce padre,
me hablaba de Beatriz mientras andaba:
«Ya me parece que sus ojos veo.» Nos guiaba una voz que al otro lado
cantaba y, atendiendo sólo a ella, llegamos fuera, adonde se subía.
'¡ Venite, benedictis patris mei!'
se escuchó dentro de una luz que había, que me venció y que no pude
mirarla.
«El sol se va siguió y la tarde viene; no os detengáis, acelerad el
paso,
mientras que el occidente no se adumbre.» Iba recto el camino entre la
roca hacia donde los rayos yo cortaba
delante, pues el Sol ya estaba bajo. Y poco trecho habíamos subido
cuando ponerse el sol, al extinguirse
292
mi sombra, por detrás los tres sentimos. Y antes que en todas sus
inmensas partes tomara el horizonte un mismo aspecto,
y adquiriese la noche su dominio, de un escalón cada uno hizo su lecho;
que la natura del monte impedía el poder subir más y nuestro anhelo.
Como quedan rumiando mansamente esas cabras, indómitas y
hambrientas antes de haber pastado, en sus picachos, tácitas
en la sombra, el sol hirviendo, guardadas del pastor que en el cayado se
apoya y es de aquellas el vigía;
y como el rabadán se alberga al raso, y pemocta junto al rebaño
quieto,
guardando que las fieras no lo ataquen; así los tres estábamos
entonces,
yo como cabra y ellos cual pastores, aquí y allí guardados de alta gruta.
Poco podía ver de lo de afuera; mas, de lo poco, las estrellas vi
mayores y más claras que acostumbran.
De este modo rumiando y contemplándolas, me tomó el sueño; el sueño
que a menudo, antes que el hecho, sabe su noticia.
A la hora, creo, que desde el oriente irradiaba en el monte
Citerea,
en el fuego de amor siempre encendida, joven y hermosa aparecióme
en sueños una mujer que andaba por el campo que recogía flores; y
cantaba:
293
«Sepan los que preguntan por mi nombre que soy Lía, y que voy
moviendo en torno las manos para hacerme una guirnalda.
Por gustarme al espejo me engalano; Mas mi hermana Raquel nunca se
aleja del suyo, y todo el día está sentada.
Ella de ver sus bellos ojos goza como yo de adornarme con las manos; a
ella el mirar, a mí el hacer complace.»
Y ya en el esplendor de la alborada, que es tanto más preciado al
peregrino, cuando al regreso duerme menos lejos, huían las tinieblas, y
con ellas
mi sueño; por lo cual me levanté, viendo ya a los maestros levantados.
«El dulce fruto que por tantas ramas buscando va el afán de los mortales,
hoy logrará saciar toda tu hambre.» Volviéndose
hacia mí Virgilio, estas palabras dijo; y nunca hubo regalo que
me diera un placer igual a éste. Tantas ansias vinieron sobre el ansia de
estar arriba ya, que a cada paso plumas para volar crecer sentía.
Cuando debajo toda la escalera quedó, y llegarnos al peldaño sumo, en
mi clavó Virgilio su mirada,
«El fuego temporal, el fuego eterno has visto hijo; y has llegado a un sitio
en que yo, por mí m. ismo, ya no entiendo.
Te he conducido con arte y destreza; tu voluntad ahora es ya tu guía:
fuera estás de camino estrecho o pino. Mira el sol que en tu frente
resplandece; las hierbas, los arbustos y las flores
294
que la tierra produce por sí sola.
Hasta que alegres lleguen esos ojos que llorando me hicieron ir a ti,
puedes sentarte, o puedes ir tras ellas.
No esperes mis palabras, ni consejos ya; libre, sano y recto es tu albedrío,
y fuera error no obrar lo que él te diga: y por esto te mitro y te
corono.»
CANTO XXVIII
Deseoso de ver por dentro y fuera la divina floresta espesa y viva,
que a los ojos ternplaba el día nuevo, sin esperar ya más, dejé su margen,
andando, por el campo a paso lento por el suelo
aromado en todas partes. Un aura dulce que jamás mudanza tenía en sí,
me hería por la frente
con no más golpe que un suave viento; con el cual tremolando los
frondajes todos se doblegaban hacia el lado en que el monte la sombra
proyectaba; mas no de su estar firme tan lejanos, que por sus copas
unas avecillas dejaran todas de ejercer su arte;
mas con toda alegría en la hora prima, la esperaban cantando
entre las hojas, que bordón a sus rimas ofrecían, como de rama en rama
se acrecienta en la pineda junto al mar de Classe,
295
cuando Eolo al Siroco desencierra.
Lentos pasos habíanme llevado ya tan adentro de la antigua selva, que
no podía ver por dónde entrara; y vi que un río el
avanzar vedaba,
que hacia la izquierda con menudas ondas doblegaba la hierba a sus
orillas.
Toda el agua que fuera aquí más límpida, arrastrar impurezas pareciera,
a ésta que nada oculta comparada, por más que ésta discurra oscurecida
bajo perpetuas sombras, que no dejan nunca paso a la luz del sol ni luna.
Me detuve y crucé con la mirada, por ver al otro lado del arroyo aquella
variedad de frescos mayos; y allí me apareció, como
aparece algo súbitamente que nos quita cualquier otro pensar,
maravillados, una mujer que sola caminaba,
cantando y escogiendo entre las flores de que pintado estaba su camino.
«Oh, hermosa dama, que amorosos rayos te encienden, si creer debo al
semblante que dar suele del pecho testimonio, tengas a bien adelantarte
ahora
díjele- lo bastante hacia la orilla, para que pueda escuchar lo que cantas.
Tú me recuerdas dónde y cómo estaba
Proserpina, perdida por su madre,
cuando perdió la dulce primavera.» Como se vuelve con las plantas
firmes en tierra y juntas, la mujer que baila,
296
y un pie pone delante de otro apenas, volvió sobre las rojas y amarillas
florecillas a mí, no de otro modo
que una virgen su honesto rostro inclina; y así mis ruegos fueron
complacidos, pues tanto se acercó, que el dulce canto llegaba a
mí, entendiendo sus palabras. Cuando llegó donde la hierba estaba
bañada de las ondas del riachuelo,
de alzar sus ojos hízome regalo.
Tanta luz yo no creo que esplendiera Venus bajo sus cejas, traspasada,
fuera de su costumbre, por su hijo. Ella reía en pie en la orilla opuesta,
más color disponiendo con sus manos, que esa elevada tierra sin semillas.
Me apartaban tres pasos del arroyo; y el Helesponto que Jerjes cruzó
aún freno a toda la soberbia humana, no soportó más odio de
Leandro cuando nadaba entre Sesto y Abido, que aquel de mí, pues no me
daba paso.
«Sois nuevos y tal vez porque sonrío en el sitio elegido dijo ella-
como nido de la natura humana, asombrados os tiene alguna duda; mas
luz el salmo Delestasti otorga,
que puede disipar vuestro intelecto. Y tú que estás delante y me rogaste,
dime si quieres más oír; pues presta a resolver tus dudas he venido.
«El son de la floresta dije , el agua, me hacen pensar en una cosa nueva,
de otra cosa distinta que he escuchado.»
Y ella: «Te explicaré cómo deriva de su causa este hecho que te asombra,
297
despejando la niebla que te ofende. El sumo bien que sólo en Él se goza,
hizo bueno y al bien al hombre en este lugar que le otorgó de paz eterna.
Pero aquí poco estuvo por su falta; por su falta en gemidos y en afanes
cambió la honesta risa, el dulce juego.
Y para que el turbar que abajo forman los vapores del agua y de la tierra,
que cuanto pueden van tras del calor, al hombre no le hiciese guerra
alguna,
subió tanto hacia el cielo esta montaña, y libre está de él, donde se cierra.
Mas como dando vueltas por entero con la primera esfera el aire gira,
si el círculo no es roto en algún punto, en esta altura libre, el aire vivo
tal movimiento repercute y hace, que resuene la selva en su espesura;
tanto puede la planta golpeada,
que su virtud impregna el aura toda,
y ella luego la esparce dando vueltas; y según la otra tierra sea digna,
por su cielo y por sí, concibe y cría de diversa virtud diversas plantas.
Luego no te parezca maravilla, oído esto, cuando alguna planta crezca
allí sin semilla manifiesta.
Y sabrás que este campo en que te hallas, repleto está de todas las
simientes,
y tiene frutos que allí no se encuentran. El agua que aquí ves no es de
venero que restaure el vapor que el hielo funde, como un río que
298
adquiere o pierde cauce; mas surge de fontana estable y cierta, que tanto
del querer de Dios recibe, cuando vierte en dos partes separada.
Por este lado con el don desciende de quitar la memoria del pecado;
por el otro de todo el bien la otorga; Aquí Leteo; igual del otro lado
Eünoé se llama, y no hace efecto
si en un sitio y en otro no es bebida: este supera a todos los sabores.
Y aunque bastante pueda estar saciada tu sed para que más no te
descubra, un corolario te daré por gracia;
no creo que te sea menos caro mi decir, si te da más que prometo.
Tal vez los que de antiguo poetizaron sobre la Edad de oro y sus delicias,
en el Parnaso este lugar soñaban. Fue aquí inocente la humana
raíz; aquí la primavera y fruto eterno;
este es el néctar del que todos hablan.»
Me dirigí yo entonces hacia atrás y a mis poetas vi que sonrientes
escucharon las últimas razones;
luego a la bella dama torné el rostro.
CANTO XXIX
Cantando cual mujer enamorada, al terminar de hablar continuó:
‘Beati quorum tacta sunt peccata.'
299
Y cual las ninfas que marchaban solas por las sombras selváticas,
buscando cuál evitar el sol, cuál recibirlo, se dirigió hacia el río,
caminando por la ribera; y yo al compás
de ella, siguiendo lentamente el lento paso. Y ciento ya no había entre
nosotros, cuando las dos orillas dieron vuelta, y me quedé mirando hacia
levante.
Tampoco fue muy largo así el camino, cuando a mí la mujer se dirigió,
diciendo: «Hermano mío, escucha y mira.» Y se vio un resplandor
súbitamente por todas partes de la gran floresta, que acaso yo pensé
fuera un relámpago. Pero como éste igual que viene, pasa,
y aquel, durando, más y más lucía, decía para mí. «¿Qué cosa es ésta;?»
Resonaba una dulce melodía
por el aire esplendente; y con gran celo yo a Eva reprochaba de
su audacia, pues donde obedecían cielo y tierra, tan sólo una mujer,
recién creada,
no consintió vivir con velo alguno; bajo el cual si sumisa hubiera estado,
habría yo gozado esas delicias inefables, aún antes y más tiempo.
Mientras yo caminaba tan absorto entre tantas primicias del eterno
placer, y deseando aún más deleite, cual un fuego encendido, ante
nosotros el aire se volvió bajo el ramaje;
y el dulce son cual canto se entendía.
300
Oh sacrosantas vírgenes, si fríos por vosotras sufrí, vigilias y hambres,
razón me urge que a favor os mueva.
El manar de Helicona necesito,
y que Urania me inspire con su coro poner en verso cosas tan abstrusas.
Más adelante, siete árboles áureos falseaba en la mente el largo trecho
del espacio que había entre nosotros; pero cuando ya estaba tan
cercano que el objeto que engaña los sentidos ya no perdía forma en la
distancia,
la virtud que prepara el intelecto,
me hizo ver que eran siete candelabros, y Hosanna era el cantar de
aquellas voces.
Por encima el conjunto flameaba más claro que la luna en la serena
medianoche en el medio de su mes. Yo me volví de admiración
colmado al bueno de Virgilio, que repuso con ojos llenos de estupor no
menos. Volví la vista a aquellas maravillas que tan lentas venían a
nosotros, que una recién casada las venciera.
La mujer me gritó: «¿Por qué contemplas con tanto ardor las vivas
luminarias,
y lo que viene por detrás no miras?» Y tras los candelabros vi unas
gentes venir despacio, de blanco vestidas;
y tanta albura aquí nunca la vimos.
301
Brillaba el agua a nuestro lado izquierdo, el izquierdo costado
devolviéndome,
si se miraba en ella cual espejo.
Cuando estuve en un sitio de mi orilla, que sólo el río de ellos me
apartaba, para verles mejor detuve el paso,
y vi las llamas que iban por delante dejando tras de sí el aire
pintado, como si fueran trazos de pinceles; de modo que en lo alto se
veían siete franjas, de todos los colores
con que hace el arco el Sol y Delia el cinto. Los pendones de atrás eran
más grandes
que mi vista; y diez pasos separaban, en mi opinión, a los de los extremos
Bajo tan bello cielo como cuento, coronados de lirios, veinticuatro
ancianos avanzaban por parejas.
Cantaban: «Entre todas Benedicta las nacidas de Adán, y eternamente
benditas sean las bellezas tuyas.» Después de que las flores y la hierba,
que desde el otro lado contemplaba, se
vieron libres de esos elegidos, como luz a otra luz sigue en el cielo,
cuatro animales por detrás venían,
de verde fronda todos coronados.
Seis alas cada uno poseía;
con ojos en las plumas; los de Argos tales serían, si vivo estuviese.
A describir su forma no dedico lector, más rimas, pues que me urge otra
302
tarea, y no podría aquí alargarme; pero léete a Ezequiel, que te
lo pinta como él los vio venir desde la fría
zona, con viento, con nubes, con fuego; y como lo verás en sus escritos,
tales eran aquí, salvo en las plumas; Juan se aparta de aquel y
está conmigo. En el espacio entre los cuatro había, sobre dos ruedas, un
carro triunfal,
que de un grifo venía conducido. Hacia arriba tendía las dos alas
entre la franja que había en el centro y las tres y otras tres, mas sin
tocarlas.
Subían tanto que no se veían; de oro tenía todo lo de pájaro,
y blanco lo demás con manchas rojas.
No sólo Roma en carro tan hermoso no honrase al Africano, ni aun a
Augusto,
mas el del sol mezquino le sería; aquel del sol que ardiera, extraviado, por
petición de la tierra devota, cuando fue Jove arcanarnente justo.
Tres mujeres en círculo danzaban en el lado derecho; una de rojo, que
en el fuego sería confundida; otra cual si los huesos y la carne
hubieran sido de esmeraldas hechos; cual purísima nieve la
tercera;
y tan pronto guiaba la de blanco, tan pronto la de rojo; y a su
acento caminaban las otras, raudas, lentas. Otras cuatro a la izquierda
solazaban,
303
de púrpura vestidas, con el ritmo de una de ellas que tenía tres ojos.
Detrás de todo el nudo que he descrito vi dos viejos de trajes desiguales,
mas igual su ademán grave y honesto.
Uno se parecía a los discípulos de Hipócrates, a quien natura hiciera
para sus animales más queridos; contrario afán el otro demostraba
con una espada aguda y reluciente, tal que me amedrentó desde mi
orilla. Luego vi cuatro de apariencia humilde; y de todos detrás un viejo
solo, que venía durmiendo, iluminado.
Y estaban estos siete como el grupo primero ataviados, mas con lirios no
adornaban en torno sus cabezas, sino con rosas y bermejas flores;
se juraría, aun vistas no muy lejos, que ardían por encima de los ojos. Y
cuando el carro tuve ya delante,
un trueno se escuchó, y las dignas gentes parecieron tener su
andar vedado,
y se pararon junto a las enseñas.
CANTO XXX
Y cuando el septentrión del primer cielo, que no sabe de ocaso ni de orto;
ni otra niebla que el velo de la culpa, y que a todos hacía sabedores
304
de su deber, como hace aquí el de abajo al que gira el timón llegando a
puerto, inmóvil se quedó: la gente santa
que entre el grito y aquel primero vino, como a su paz se dirigió hacia el
carro;
y uno de ellos, del cielo mensajero, 'Veni sponsa de Libano’, cantando
gritó tres veces, y después los otros.
Cual los salvados al último bando prestamente alzarán de su caverna,
aleluyando en voces revestidas, sobre el divino carro de tal forma cien se
alzaron, ad vocem tanti senis, ministros y
enviados del Eterno. '¡Benedictus qui venis!' entonaban, tirando flores por
todos los lados '¡Manibus, oh, date ilia plenis'
Yo he visto cuando comenzaba el día rosada toda la región de oriente,
bellamente sereno el demás cielo;
y aún la cara del sol nacer en sombras, tal que, en la tibiedad de los
vapores, el ojo le miraba un largo rato:
lo mismo dentro de un turbión de flores que de manos angélicas salía,
cayendo dentro y fuera: coronada, sobre un velo blanquísimo, de olivo,
contemplé una mujer de manto verde vestida del color de ardiente llama.
Y el espíritu mío, que ya tanto tiempo había pasado que sin verla
no estaba de estupor, temblando, herido, antes de conocerla con los
ojos,
por oculta virtud de ella emanada, sentió del viejo amor el
305
poderío. Nada más que en mi vista golpeó la alta virtud que ya me
traspasara antes de haber dejado de ser niño,
me volví hacia la izquierda como corre confiado el chiquillo
hacia su madre cuando está triste o cuando tiene miedo, por decir a
Virgilio: «Ni un adarme
de sangre me ha quedado que no tiemble: conozco el signo de la antigua
llama.»
Mas Virgilio privado nos había de sí, Virgilio, dulcísimo padre,
Virgilio, a quien me dieran por salvarme; todo lo que perdió la madre
antigua,
no sirvió a mis mejillas que, ya limpias, no se volvieran negras por el
llanto.
«Dante, porque Virgilio se haya ido tú no llores, no llores todavía;
pues deberás llorar por otra espada.» Cual almirante que en popa y en
proa pasa revista a sus subordinados
en otras naves y al deber les llama; por encima del carro, hacia la
izquierda, al volverme escuchando el nombre mío,
que por necesidad aquí se escribe, vi a la mujer que antes contemplara
oculta bajo el angélico halago, volver la vista a mí de allá del río.
Aunque el velo cayendo por el rostro, ceñido por la fronda de
Minerva, no me dejase verla claramente,
306
con regio gesto todavía altivo continuó lo mismo que quien habla y al
final lo más cálido reserva:
«¡Mírame bien!, soy yo, sí, soy Beatriz,
¿cómo pudiste llegar a la cima?
¿no sabías que el hombre aquí es dichoso?» Los ojos incliné a la clara
fuente;
mas me volvía a la yerba al reflejarme, pues me abatió la cara tal
vergüenza.
Tan severa cree el niño que es su madre, así me pareció; puesto que
amargo siente el sabor de la piedad acerba.
Ella calló; y los ángeles cantaron de súbito: 'in te, Domine, speravi';
pero del ‘pedes meos’ no siguieron.
Como la nieve entre los vivos troncos en el dorso de Italia se congela,
azotada por vientos boreales,
luego, licuada, en sí misma rezuma, cuando la tierra sin sombra respira,
y es como el fuego que funde una vela; mis suspiros y lágrimas cesaron
antes de aquel cantar de los que cantan tras de las notas del girar
eterno;
mas luego que entendí que el dulce canto se apiadaba de mí,
más que si dicho hubiese: «Mujer, por qué lo avergüenzas», el hielo que
en mi pecho se apretaba,
307
se hizo vapor y agua, y con angustia se salió por la boca y por los ojos.
Ella, parada encima del costado dicho del carro, a las sustancias pías
dirigió sus palabras de este modo:
«Veláis vosotros el eterno día,
sin que os roben ni el sueño ni la noche ningún paso del siglo en su
camino; así pues más cuidado en mi respuesta
pondré para que entienda aquel que llora, e igual medida culpa y duelo
tengan.
No sólo por efecto de las ruedas que a cada ser a algún final dirigen
según les acompañen sus estrellas, mas por largueza de gracia divina, que
en tan altos vapores hace lluvia, que no pueden mirarlos nuestros ojos,
ese fue tal en su vida temprana potencialmente, que cualquier virtud
maravilloso efecto en él hiciera.
Mas tanto más maligno y más silvestre, inculto y mal sembrado se hace el
campo, cuanto más vigorosa tierra sea.
Le sostuve algún tiempo con mi rostro: mostrándole mis ojos juveniles,
junto a mí le llevaba al buen camino. Tan pronto como estuve en los
umbrales de mi segunda edad y cambié de vida, de mí se separó y se
entregó a otra.
Cuando de carne a espíritu subí, y virtud y belleza me crecieron, fui para él
menos querida y grata; y por errada senda volvió el paso,
308
imágenes de un bien siguiendo falsas, que ninguna promesa entera
cumplen.
No me valió impetrar inspiración, con la cual en un sueño o de otros
modos
lo llamase: ¡tan poco le importaron! Tanto cayó que todas las razones
para su salvación no le bastaban, salvo enseñarle el pueblo condenado.
Fui por ello a la entrada de los muertos, y a aquel que le ha traído hasta
aquí arriba,
le dirigí mis súplicas llorando.
Una alta ley de Dios se habría roto, si el Leteo pasase y tal banquete fuese
gustado sin ninguna paga del arrepentimiento que se llora.»
CANTO XXXI
«Oh tú que estás de allá del sacro río, dirigiéndome en punta sus
palabras, que aun de filo tan duras parecieron, volvió a
decir sin pausa prosiguiendo- di si es esto verdad, pues de tan
seria acusación debieras confesarte.» Estaba mi valor tan confundido,
que mi voz se movía, y se apagaba antes que de sus órganos saliera.
Esperó un poco, y me dijo: «¿En qué piensas? respóndeme, pues las
memorias tristes
309
en ti aún no están borradas por el agua.» La confusión y el miedo
entremezclados como un «sí» me arrancaron de la boca, que fue preciso
ver para entenderlo. Cual quebrada ballesta se
dispara, por demasiado tensos cuerda y arco, y sin fuerzas la flecha al
blanco llega, así estallé abrumado de tal carga, lágrimas y suspiros
despidiendo,
y se murió mi voz por el camino.
«Por entre mis deseos dijo ella- que al amor por el bien te
conducían,
que cosa no hay de aspiración más digna,
¿qué fosos se cruzaron, qué cadenas hallaste tales que del avanzar
perdiste de tal forma la esperanza?
¿Y cuál ventaja o qué facilidades en el semblante de los otros viste,
para que de ese modo los rondaras?» Luego de suspirar
amargamente, apenas tuve voz que respondiera, formada a duras penas
por los labios.
Llorando dije: «Lo que yo veía con su falso placer me extraviaba
tan pronto se escondió vuestro semblante.»
Y dijo: «Si callaras o negases lo que confiesas, igual se sabría tu culpa: ¡es
tal el juez que la conoce! Mas cuando sale de la
propia boca confesar el pecado, en nuestra corte hace volver
contra el filo la piedra. Sin embargo, para que te avergüences
ahora de tu error, y ya otras veces
310
seas fuerte, escuchando a las sirenas, deja ya la raíz del llanto y oye:
y escucharás cómo a un lugar contrario debió llevarte mi enterrada
carne.
Arte o natura nunca te mostraron mayor placer, cuanto en los miembros
donde
me encerraron, en tierra ahora esparcidos; y si el placer supremo te
faltaba
al estar muerta, ¿qué cosa mortal te podría arrastrar en su deseo?
A las primeras flechas de las cosas falaces, bien debiste alzar la vista
tras de mí, pues yo no era de tal modo.
No te debían abatir las alas, esperando más golpes, ni mocitas, ni
cualquier novedad de breve uso.
El avecilla dos o tres aguarda;
que ante los ojos de los bien plumados la red se extiende en vano o la
saeta.»
Cual los chiquillos por vergüenza, mudos están con ojos gachos,
escuchando, conociendo su falta arrepentidos,
así yo estaba; y ella dijo: «Cuando te duela el escuchar, alza la
barba
y aún más dolor tendrás si me contemplas.» Con menos
resistencia se desgaja robusta encina, con el viento norte
311
o con aquel de la tierra de Jarba, como el mentón alcé con su mandato;
pues cuando dijo «barba» en vez de «rostro»
de sus palabras conocí el veneno; y pude ver al levantar la cara
que las criaturas que llegaron antes en su aspersión habían ya cesado; y
mis ojos, aún poco seguros,
a Beatriz vieron vuelta hacia la fiera que era una sola en dos
naturalezas. Bajo su velo y desde el otro margen a sí misma vencerse
parecía,
vencer a la que fue cuando aquí estaba.
Me picó tanto el arrepentimiento con sus ortigas, que enemigas me hizo
esas cosas que más había amado. Y tal reconocer mordióme el pecho,
y vencido caí; y lo que pasara lo sabe aquella que la culpa tuvo,
Y vi a aquella mujer, al recobrarme, que había visto sola, puesta encima
«¡cógete a mí, cógete a mí!» diciendo. Hasta el cuello en el río me había
puesto, y tirando de mí detrás venía,
como esquife ligera sobre el agua. Al acercarme a la dichosa
orilla,
«Asperges me» escuché tan dulcemente, que recordar no puedo, ni
escribirlo.
312
Abrió sus brazos la mujer hermosa; y hundióme la cabeza con su abrazo
para que yo gustase de aquel agua. Me sacó luego, y mojado me puso en
medio de la danza de las cuatro
hermosas; cuyos brazos me cubrieron.
«Somos ninfas aquí, en el cielo estrellas; antes de que Beatriz bajara al
mundo, como sus siervas fuimos destinadas.
Te hemos de conducir ante sus ojos; mas a su luz gozosa han de aguzarte
las tres de allí, que miran más profundo.»
Así empezaron a cantar; y luego hasta el pecho del grifo me llevaron,
donde estaba Beatriz vuelta a nosotros. Me dijeron:
«No ahorres tus miradas;
ante las esmeraldas te hemos puesto desde donde el Amor
lanzó sus flechas.» Mil deseos ardientes más que llamas mis
ojos empujaron a sus ojos relucientes, aún puestos en el grifo.
Lo mismo que hace el sol en el espejo, la doble fiera dentro se copiaba,
con una o con la otra de sus formas.
Imagina, lector, mi maravilla al ver estarse quieta aquella cosa, y en el
ídolo suyo transmutarse.
Mientras que llena de estupor y alegre mi alma ese alimento degustaba
que, saciando de sí, aún de sí da ganas, demostrando que de otro rango
eran en su actitud, las tres se adelantaron, danzando con su angélica
cantiga.
313
«¡Torna, torna, Beatriz, tus santos ojos decía su canción a tu devoto
que para verte ha dado tantos pasos! Por gracia haznos la gracia que
desvele a él tu boca, y que vea de este modo
la segunda belleza que le ocultas.» Oh resplandor de viva luz eterna,
¿quién que bajo las sombras del Parnaso palideciera o bebiera en su
fuente,
no estuviera ofuscado, si tratara de describirte cual te apareciste
donde el cielo te copia armonizando, cuando en el aire abierto te
mostraste?
CANTO XXXII
Mi vista estaba tan atenta y fija por quitarme la sed de aquel decenio,
que mis demás sentidos se apagaron.
Y topaban en todas partes muros para no distraerse ¡así la santa sonrisa
con la antigua red prendía! ; cuando a la fuerza me hicieron girar
aquellas diosas hacia el lado izquierdo, pues las oí decir: «¡Miras muy
fijo!»; y la disposición que hay en los ojos
que el sol ha deslumbrado con sus rayos, sin vista me dejó por algún
tiempo.
Cuando pude volver a ver lo poco (digo «lo poco» con respecto al mucho
de la luz cuya fuerza me cegara),
314
vi que se retiraba a la derecha
el glorioso ejército, llevando el sol y las antorchas en el rostro.
Cual bajo los escudos por salvarse con su estandarte el escuadrón
se gira, hasta poder del todo dar la vuelta; esa milicia del celeste reino
que iba delante, desfiló del todo
antes que el carro torciera su lanza. A las ruedas volvieron las mujeres, y
la bendita carga llevó el grifo
sin que moviese una pluma siquiera. La hermosa dama que cruzar me
hizo,
Estacio y yo, seguíamos la rueda que al dar la vuelta hizo un menor arco.
Así cruzando la desierta selva, culpa de quien creyera a la serpiente,
ritmaba el paso un angélico canto.
Anduvimos acaso lo que vuela una flecha tres veces disparada,
cuando del carro descendió Beatriz.
Yo escuché murmurar: «Adán» a todos; y un árbol rodearon, despojado
de flores y follajes en sus ramas.
Su copa, que en tal forma se extendía cuanto más sube, fuera por los
indios aun con sus grandes bosques, admirada.
«Bendito seas, grifo, porque nada picoteas del árbol dulce al gusto,
porque mal se separa de aquí el vientre.» Así en tomo al robusto árbol
gritaron
315
todos ellos; y el animal biforme:
«Así de la virtud se guarda el germen.» Y volviendo al timón del que
tiraba, junto a la planta viuda lo condujo,
y arrimado dejó el leño a su leño.
Y como nuestras plantas, cuando baja la hermosa luz, mezclada con
aquella que irradia tras de los celestes Peces, túrgidas se
hacen, y después renuevan su color una a una, antes que el sol sus
corceles dirija hacia otra estrella; menos que rosa y más que violeta
color tomando, se hizo nuevo el árbol, que antes tan sólo tuvo la
enramada.
Yo no entendí, porque aquí no usa el himno que cantaron esas gentes, ni
pude oír la melodía entera.
Si pudiera contar cómo durmieron, oyendo de Siringa, los cien ojos
a quien tanto costó su vigilancia; como un pintor que pinte con modelo,
cómo me adormecí dibujaría;
mas otro sea quien el sueño finja. Por eso paso a cuando desperté,
y digo que una luz me rasgó el velo
del dormir, y una voz: «¿Qué haces?, levanta.»
Como por ver las flores del manzano que hace ansiar a los ángeles su
fruto, y esponsales perpetuos en el cielo, Pedro, Juan y jacob fueron
llevados
316
y vencidos, tornóles la palabra
que sueños aún más grandes ha quebrado, y se encontraron sin la
compañía tanto de Elías como de Moisés,
y al maestro la túnica cambiada; así me recobré, y vi sobre mí aquella
que, piadosa conductora fue de mis pasos antes junto
al río.
Y «¿dónde está Beatriz.?», dije con miedo.
Respondió: «Véla allí, bajo la fronda nueva, sentada sobre las raíces.
Mira la compañía que la cerca; detrás del grifo los demás se marchan
con más dulce canción y más profunda.» Y si fueron más largas sus
palabras, no lo sé, porque estaba ante mis ojos
la que otra cualquier cosa me impedía.
Sola sobre la tierra se sentaba, como dejada en guardia de aquel carro
que vi ligado a la biforme fiera.
En torno suyo un círculo formaban las siete ninfas, con las siete antorchas
que de Austro y de Aquilón están seguras
«Silvano aquí tú serás poco tiempo; habitarás conmigo para siempre
esa Roma donde Cristo es romano.
Por eso, en pro del mundo que mal vive, pon la vista en el carro, y lo que
veas escríbelo cuando hayas retornado.» Así Beatríz; y yo que a pie
juntillas
317
me encontraba sumiso a sus mandatos, mente y ojos donde ella quiso
puse. De un modo tan veloz no bajó nunca de espesa nube el rayo,
cuando llueve de aquel confín del cielo más remoto, cual vi calar al
pájaro de Júpiter, rompiendo, árbol abajo, la corteza,
las florecillas y las nuevas hojas; e hirió en el carro con toda su saña;
y él se escoró como nave en tormenta, a babor o a estribor de olas
vencida.
Y luego vi que dentro se arrojaba de aquel carro triunfal una vulpeja,
que parecía ayuna de buen pasto; mas, sus feos
pecados reprobando, mi dama la hizo huir de tal manera, cuanto
huesos sin carne permitían.
Y luego por el sitio que viniera, vi descender al águila en el arca
del carro y la cubría con sus plumas; y cual sale de un pecho que se
queja, tal voz salió del cielo que decía
«¡Oh navecilla mía, qué mal cargas!» Luego creí que la tierra se abriera
entre ambas ruedas, y salió un dragón que por cima del carro hincó la
cola; y cual retira el aguijón la avispa,
así volviendo la cola maligna, arrancó el fondo, y se marchó contento.
Aquello que quedó, como de grama
la tierra, de las plumas, ofrecidas tal vez con intención benigna
y santa, se recubrió, y también se recubrieron las ruedas y el
timón, en menos tiempo
318
que un suspiro la boca tiene abierta.
Al edificio santo, así mudado le salieron cabezas; tres salieron en el
timón, y en cada esquina una. Las primeras cornudas
como bueyes, las otras en la frente un cuerno sólo: nunca fue
visto un monstruo semejante. Segura, cual castillo sobre un monte,
sentada una ramera desceñida, sobre él apareció, mirando en torno; y
como si estuviera protegiéndola,
vi un gigante de pie, puesto a su lado; con el cual a menudo se besaba.
Mas al volver los ojos licenciosos y errantes hacia mí, el feroz amante la
azotó de los pies a la cabeza.
Crudo de ira y de recelos lleno, desató al monstruo, y lo llevó a la selva,
hasta que de mis ojos se perdieron la ramera y la fiera inusitada.
CANTO XXXIII
‘Deus venerunt Gentes’, alternando ya las tres, ya las cuatro, su salmodia,
llorando comenzaron las mujeres;
y Beatriz, piadosa y suspirando,
lo escuchaba de forma que no mucho más se mudara ante la
cruz María. Mas cuando las doncellas la dejaron lugar para que
hablase, puesta en pie, respondió, colorada como el fuego:
319
«Modicum, et non videbitis me mis queridas hermanas, et iterum ,
modicum, et vos videbitis me.» Luego se puso al frente de las siete,
y me hizo andar tras de ella con un gesto, y a la mujer y al sabio que
quedaba.
Así marchaba; y no creo que hubiera dado apenas diez pasos en el suelo,
cuando me hirió los ojos con sus ojos; y con
tranquilo gesto: «Ven deprisa para que, si quisiera hablar, conigo, estés
para escucharme bien dispuesto.» Y al ir, como debía, junto a ella,
díjome: «Hermano, ¿por qué no te atreves, ya que vienes
conmigo, a preguntarme?» Como aquellos que
tanta reverencia muestran si están hablando a sus mayores, que la voz
no les sale de los dientes,
a mí me sucedió y, balbuceando, dije: «Señora lo que necesito
vos sabéis, y qué es bueno para ello.» Y dijo: «De temor y de vergüenza
quiero que en adelante te despojes,
y que no me hables como aquel que sueña.
Sabe que el vaso que rompió la sierpe fue y ya no es; mas crean los
culpables que el castigo de Dios no teme sopas.
No estará sin alguno que la herede mucho tiempo aquel águila que
plumas dejó en el carro, monstruo y presa hecho.
Que ciertamente veo, y lo relato, las estrellas cercanas a ese tiempo, de
impedimento y trabas ya seguro,
320
en que un diez, en que un cinco, en que un quinientos enviado de Dios, a
la ramera
matará y al gigante con quien peca. Tal vez estas palabras tan oscuras,
cual de Esfinge o de Temis, no comprendas, pues a su modo el intelecto
ofuscan;
Mas Náyades serán pronto los hechos, que han de explicar enigma tan
oscuro sin daño de rebaños ni cosechas.
Toma nota; y lo mismo que las digo, lleva así mis palabras a quien vive
el vivir que es carrera hacia la muerte.
Y ten cuidado, cuando lo relates,
y no olvides que has visto cómo el árbol ha sido despojado por dos veces.
Cualquiera que le robe o que le expolie, con blasfemias ofende a Dios,
pues santo sólo para su uso lo ha creado.
Por morder de él, en penas y en deseos el primer ser más de cinco mil
años anheló a quien en sí purgó el mordisco.
Tu ingenio está dormido, si no aprecia por qué extraña razón se eleva
tanto, y tanto se dilata por su cima.
Y si no hubieran sido agua del Elsa los vanos pensamientos por tu mente,
y el placer como a Píramo la mora, solamente por estas circunstancias
la justicia de Dios conocerías, moralmerite, al hacer prohibido el árbol.
Mas como veo que tu inteligencia
321
se ha hecho de piedra, y empedrada, oscura, y te ciega la luz de mis
palabras,
quiero que, si no escritas, sí pintadas, dentro de ti las lleves por lo mismo
que las palmas se traen en los bordones.» Y yo: «Como la cera de los
sellos, donde no cambia la figura impresa, por vos ya mi cerebro está
sellado.
¿Pero por qué tan fuera de mi alcance vuestra palabra deseada vuela,
que más la pierde cuanto más se obstinad»
«Por que conozcas dijo aquella escuela que has seguido, y que veas cómo
puede seguir a mis palabras su doctrina;
y veas cuánto dista vuestra senda de la divina, cuanto se separa
el cielo más lejano de la tierra.» Por lo que yo le dije: «No recuerdo
que alguna vez de vos yo me alejase, ni me remuerde nada la conciencia.»
«Si acordarte no puedes de esas cosas acuérdate repuso sonriente
que hoy bebiste las aguas del Leteo; Y si del humo el fuego se
deduce, concluye esta olvidanza claramente que era culpable tu
querer errado. Estarán desde ahora ya desnudas mis palabras, cuanto lo
necesite
tu ruda mente para comprenderlas.» Fulgiendo más y con más lentos
pasos el sol atravesaba el mediodía,
que allá y aquí, como lo miran, cambia, cuando se detuvieron, como
aquellos que van a la vanguardia de una tropa, si
322
encuentran novedades o vestigios, las mujeres, junto a un lugar sombrío,
cual bajo fronda verde y negras ramas se ve en los Alpes sobre sus
riachuelos.
Delante de él al Éufrates y al Tigris creí ver brotando de una misma fuente,
y, casi amigos, lentos separarse.
«Oh luz, oh gloria de la estirpe humana,
¿qué agua es ésta que mana en este sitio de un principio, y que a sí de sí
se aleja?»
A tal pregunta me dijeron: «Pide que te explique Matelda»; y respondió,
como hace quien de culpa se libera, la hermosa dama: «Esta y otras cosas
le dije, y de seguro que las aguas
del Leteo escondidas no le tienen.»
Y Beatriz: «Acaso otros cuidados, que muchas veces privan de memoria,
los ojos de su mente oscurecieron.
Pero allí va fluyendo el Eunoé: condúcele hasta él, y como sueles,
reaviva su virtud amortecida.»
Como un alma gentil, que no se excusa, sino su gusto al gusto de otro
pliega, tan pronto una señal se lo sugiere;
de igual forma, al llegarme junto a ella, echó a andar la mujer, y dijo a
Estacio con femenina gracia: «Ve con él.»
Si tuviese lector, más largo espacio para escribir, en parte cantaría
323
de aquel dulce beber que nunca sacia; mas como están
completos ya los pliegos que al cántico segundo destinaba,
no me deja seguir del arte el freno.
De aquel agua santísima volví transformado como una planta nueva con
un nuevo follaje renovada,
puro y dispuesto a alzarme a las estrellas.
****
PARAÍSO
CANTO I
La gloria de quien mueve todo el mundo
el universo llena, y resplandece en unas partes más y en otras menos.
En el cielo que más su luz recibe estuve, y vi unas cosas que no puede ni
sabe repetir quien de allí baja; porque mientras se acerca a su deseo,
nuestro intelecto tanto profundiza, que no puede seguirle la memoria.
En verdad cuanto yo del santo reino atesorar he podido en mi mente será
materia ahora de mi canto.
¡Oh buen Apolo, en la última tarea hazme de tu poder vaso tan lleno,
como exiges al dar tu amado lauro! Una cima hasta ahora del Parnaso me
fue bastante; pero ya de ambas ha menester la carrera que falta.
324
Entra en mi pecho, y habla por mi boca igual que cuando a Marsias de
la vaina de sus núembros aún vivos arrancaste.
¡Oh divina virtud!, si me ayudaras tanto que las imágenes del cielo en mi
mente grabadas manifieste,
me verás junto al árbol que prefieres llegar, y coronarme con las
hojas
que merecer me harán tú y mi argumento.
Tan raras veces, padre, eso se logra, triunfando como césar o poeta,
culpa y vergüenza del querer humano, que debiera ser causa de alegría
en el délfico dios feliz la fronda penea, cuando alguno a aquélla aspira.
Gran llama enciende una chispa pequeña: quizá después de mí con voz
más digna se ruegue a fin que Cirra le responda.
La lámpara del mundo a los mortales por muchos huecos viene; pero de
ése que con tres cruces une cuatro círculos, con mejor curso y con mejor
estrella sale a la par, y la mundana cera
sella y calienta más al modo suyo.
Allí mañana y noche aquí había hecho tal hueco, y casi todo allí era
blanco el hemisferio aquel, y el otro negro, cuando Beatriz hacia el
costado izquierdo vi que volvía y que hacia el sol miraba: nunca con tal
fijeza lo hizo un águila.
325
Y así como un segundo rayo suele del primero salir volviendo arriba, cual
peregrino que tomar desea, este acto suyo, infuso por los ojos en mi
imaginación, produjo el mío,
y miré fijo al sol cual nunca hacemos. Allí están permitidas muchas
cosas que no lo son aquí, pues ese sitio para la especie humana fue
creado.
Mucho no lo aguanté, mas no tan poco que alrededor no viera sus
destellos, cual un hierro candente el fuego deja; y de súbito fue como si
un día
se juntara a otro día, y Quien lo puede con otro sol el cielo engalanara.
En las eternas ruedas por completo fija estaba Beatriz: y yo mis ojos fijaba
en ella, lejos de la altura.
Por dentro me volví, al mirarla, como Glauco al probar la hierba que
consorte en el mar de los otros dioses le hizo.
Trashumanarse referir per verba
no se puede; así pues baste este ejemplo a quien tal experiencia dé la
gracia.
Si estaba sólo con lo que primero de mí creaste, amor que el cielo riges, lo
sabes tú, pues con tu luz me alzaste.
Cuando la rueda que tú haces eterna al desearte, mi atención llamó
con el canto que afinas y repartes, tanta parte del cielo vi
326
encenderse por la llama del sol, que lluvia o río nunca hicieron un lago tan
extenso. La novedad del son y el gran destello de su causa, un anhelo me
inflamaron nunca sentido tan agudamente.
Y entonces ella, al verme cual yo mismo, para aquietarme el ánimo
turbado,
sin que yo preguntase, abrió la boca, y comenzó: «Tú mismo te entorpeces
con una falsa idea, y no comprendes lo que podrías ver si la desechas.
Ya no estás en la tierra, como piensas;
mas un rayo que cae desde su altura no corre como tú
volviendo a ella.» Si fui de aquella duda desvestido, con sus
breves palabras sonrientes, envuelto me encontré por una nueva, y dije:
«Ya contento requïevi
de un asombro tan grande; mas me asombro cómo estos leves cuerpos
atravieso.»
Y ella, tras suspirar piadosamente, me dirigió la vista con el gesto
que a un hijo enfermo dirige su madre, y dijo: «Existe un orden entre
todas las cosas, y esto es causa de que sea
a Dios el universo semejante.
Aquí las nobles almas ven la huella del eterno saber, y éste es la meta a la
cual esa norma se dispone.
Al orden que te he dicho tiende toda naturaleza, de diversos modos,
de su principio más o menos cerca; y a puertos diferentes se dirigen
327
por el gran mar del ser, y a cada una les fue dado un instinto que las guía.
Éste conduce al fuego hacia la luna; y mueve los mortales corazones;
y ata en una las partes de la tierra; y no sólo a los seres que carecen de
razón lanza flechas este arco,
también a aquellas que quieren y piensan. La Providencia, que ha
dispuesto todo,
con su luz pone en calma siempre al cielo, en el cual gira aquel
que va más raudo; ahora hacia allí, como a un sitio ordenado, nos lleva la
virtud de aquella cuerda
que en feliz blanco su disparo clava.
Cierto es que, cual la forma no se pliega a menudo a la idea del artista,
pues la materia es sorda a responderle, así de este camino se separa
a veces la criatura, porque puede torcer, así impulsada, hacia
otra parte; y cual fuego que cae desde una nube, así el primer impulso,
que desvían falsos placeres, la abate por tierra.
Más no debe admirarte, si bien juzgo, tu subida, que un río que bajara
de la cumbre del monte a la llanura. Asombroso sería en ti si, a salvo de
impedimento, abajo te sentaras,
como en el fuego el aquietarse en tierra.» Volvió su rostro entonces
hacia el cielo.
328
CANTO II
Oh vosotros que en una barquichuela deseosos de oír, seguís mi leño
que cantando navega hacia otras playas, volved a contemplar vuestras
riberas: no os echéis al océano que acaso
si me perdéis, estaríais perdidos.
No fue surcada el agua que atravieso; Minerva sopla, y condúceme
Apolo y nueve musas la Osa me señalan. Vosotros, los que, pocos, os
alzasteis al angélico pan tempranamente
del cual aquí se vive sin saciarse, podéis hacer entrar vuestro navío en
alto mar, si seguís tras mi estela
antes de que otra vez se calme el agua.
Los gloriosos que a Colcos arribaron no se asombraron como haréis
vosotros,
viendo a Jasón convertido en boyero.
La innata sed perpetua que tenía de aquel reino deiforme, nos llevaba
tan veloces cual puede verse el cielo. Beatriz arriba, y yo hacia ella miraba;
y acaso en tanto en cuanto un dardo es puesto y vuela disparándose
del arco,
me vi llegado a donde una admirable cosa atrajo mi vista; entonces ella
que conocía todos mis cuidados,
329
vuelta hacia mí tan dulce como hermosa,
«Dirige a Dios la mente agradecida dijo que al primer astro nos condujo.»
Pareció que una nube nos cubriera, brillante, espesa, sólida y pulida,
como un diamante al cual el sol hiriese.
Dentro de sí la perla sempiterna nos recibió, como el agua recibe los
rayos de la luz quedando unida.
Si yo era cuerpo, y es inconcebible cómo una dimensión abarque a
otra, cual si penetra un cuerpo en otro ocurre, más debiera encendernos
el deseo
de ver aquella esencia en que se observa cómo nuestra natura y Dios se
unieron.
Podremos ver allí lo que creemos, no demostrado, mas por sí evidente,
cual la verdad primera en que cree el hombre.
Yo respondí. «Señora, tan devoto cual me sea posible, os agradezco
que del mundo mortal me hayáis sacado. Mas decidme: ¿qué
son las manchas negras de este cuerpo, que a algunos en la tierra hacen
contar patrañas de Caín?»
Rió ligeramente, y «Si no acierta me dijo la opinión de los mortales
donde no abre la llave del sentido, punzarte no
debieran ya las flechas del asombro, pues sabes la torpeza con que va la
razón tras los sentidos.
330
Mas dime lo que opinas por ti mismo.» Y yo: «Lo que aparece diferente,
cuerpos densos y raros lo producen.»
Y ella: «En verdad verás que lo que piensas se apoya en el error, si bien
escuchas
el argumento que diré en su contra.
La esfera octava os muestra muchas luces, las cuales en el cómo y en el
cuánto pueden verse de aspectos diferentes.
Si lo raro y lo denso hicieran esto, un poder semejante habría en todas, en
desiguales formas repartido.
Deben ser fruto las distintas fuerzas de principios formales diferentes,
que, salvo uno, en tu opinión destruyes.
Aún más, si fuera causa de la sombra la menor densidad, o tan ayuno
fuera de su materia en la otra parte este planeta, o, tal como comparte
grueso y delgado un cuerpo, igual tendría de éste el volumen hojas
diferentes.
Si fuera lo primero, se vería al eclipsarse el sol y atravesarla
la luz como a los cuerpos poco densos.
Y no sucede así. por ello lo otro examinemos; y si lo otro rompo, verás tu
parecer equivocado.
Si no traspasa el trozo poco denso, debe tener un límite del cual
331
no le deje pasar más su contrario; y de allí el otro rayo se refleja como el
color regresa del cristal
que por el lado opuesto esconde plomo.
Dirás que se aparece más oscuro el rayo más aquí que en otras partes,
porque de más atrás viene el reflejo.
De esta objeción pudiera liberarte
la experiencia, si alguna vez lo pruebas, que es la fuente en que manan
vuestras artes.
Coloca tres espejos; dos que disten de ti lo mismo, y otro, más lejano,
que entre los dos encuentre tu mirada.
Vuelto hacia ellos, haz que tras tu espalda te pongan una luz que los
alumbre
y vuelva a ti de todos reflejada.
Aunque el tamaño de las más distantes pueda ser más pequeño,
notarás
que de la misma forma resplandece. Ahora, como a los golpes de los
rayos se desnuda la tierra de la nieve
y del color y del frío de antes,
al quedar de igual forma tu intelecto, de una luz tan vivaz quiero llenarle,
que en ti relumbrará cuando la veas.
Dentro del cielo de la paz divina un cuerpo gira en cuyo poderío
332
se halla el ser de las cosas que contiene.
El siguiente, que tiene tantas luces, parte el ser en esencias diferentes,
contenidas en él, mas de él distintas. Los círculos restantes de otras
formas la distinción que tienen dentro de ellos disponen a sus fines y
simientes.
Así van estos órganos del mundo como ya puedes ver, de grado en grado,
que dan abajo lo que arriba toman.
Observa atento ahora cómo paso de aquí hacia la verdad que deseabas,
para que sepas luego seguir solo.
Los giros e influencias de los cielos, cual del herrero el arte del martillo,
deben venir de los motores santos;
y el cielo al que embellecen tantas luces, de la mente profunda que lo
mueve toma la imagen y la imprime en ellas.
Y como el alma llena vuestro polvo por diferentes miembros,
conformados al ejercicio de potencias varias, así la inteligencia en
las estrellas despliega su bondad
multiplicada, y sobre su unidad va dando vueltas.
Cada virtud se liga a su manera con el precioso cuerpo al que da el ser,
y en él se anuda, igual que vuestra vida.
Por la feliz natura de que brota, mezclada con los cuerpos la virtud brilla
cual la alegría en las pupilas. Esto produce aquellas diferencias de la luz,
no lo raro ni lo denso:
333
y es el formal principio que produce, conforme a su bondad, lo turbio o
claro.»
CANTO III
El sol primero que me ardió en el pecho, de la verdad habíame mostrado,
probando y refutando, el dulce rostro; y yo por confesarme corregido y
convencido, cuanto convenía, para hablar claramente alcé la vista; mas
vino una visión que, al contemplarla,
tan fuertemente a ella fui ligado, que aquella confesión puse en olvido.
Como en vidrios diáfanos y tersos, o en las límpidas aguas remansadas,
no tan profundas que el fondo se oculte, se vuelven de los
rostros los reflejos tan débiles, que perla en blanca frente
no más clara los ojos la verían;
vi así rostros dispuestos para hablarme; por lo que yo sufrí el contrario
engaño
de quien ardió en amor de fuente y hombre. En cuanto me hube
dado cuenta de ellos, creyendo que eran rostros reflejados,
para ver de quién eran me volví; y nada vi, y miré otra vez delante, fijo en
la luz de aquella dulce guía que, sonriendo, ardía en su mirada.
«No te asombre me dijo que sonría de tu infantil creencia, pues
tus plantas en la verdad aún no has asentado, mas vuelves a lo vano,
334
como sueles: lo que ves son sustancias verdaderas, puestas aquí pues
rompieron sus votos. Mas
háblales y créete lo que escuches;
porque la cierta luz que las aplaca no deja que sus pies se aparten de
ella.»
Y a la que parecía más dispuesta para hablar, me volví, y comencé casi
como aquel a quien turba un gran deseo:
«Oh bien creado espíritu, que sientes de los eternos rayos la dulzura
que, no gustada, nunca se comprende, feliz me harías si me revelaras
cuál es tu nombre y cuál es vuestra suerte.» Y ella, al momento y con ojos
risueños:
«Puerta ninguna cierra nuestro amor
a un justo anhelo, como el de quien quiere que se parezca a sí toda su
corte.
Fui virgen religiosa en vuestro mundo; y si hace algún esfuerzo tu
memoria,
no ha de ocultarme a ti el ser aún más bella, mas reconocerás que soy
Piccarda,
que, puesta aquí con estos otros santos santa soy en la esfera que es más
lenta. Nuestros afectos, que sólo se inflaman con el placer del Espíritu
Santo, gozan del orden que él nos ha dispuesto.
335
Y nos ha sido dado este destino que tan bajo parece, pues quebramos
nuestros votos, que en parte fueron vanos.»
Y dije: «En vuestros rostros admirables un no sé qué divino resplandece
que vuestra imagen primera transmuta: por ello en recordar no estuve
pronto; pero ahora me ayuda lo que has dicho, y ya te reconozco
fácilmente.
Mas dime: los que estáis aquí gozosos
¿deseáis un lugar que esté más alto
y ver más y ser más de Dios amigos?» Sonrió un poco con las otras
sombras; y luego me repuso tan alegre,
cual si de amor ardiera al primer fuego:
«Aquieta, hermano, nuestra voluntad la caridad, haciendo que queramos
sin más ansiar, aquello que tenemos. Si estar más elevadas deseásemos,
este deseo sería contrario
a lo que quiere quien aquí nos puso; lo cual, como verás, es imposible, si
estar en caridad aquí es necesse
y consideras su naturaleza. Esencial es al bienaventurado con el querer
divino conformarse,
para que se hagan unos los quereres; y así el estar en uno u otro grado en
este reino, a todo el reino place
336
como al Rey que nos forma en sus deseos. Y en su querer se encuentra
nuestra paz:
y es el mar al que todo se dirige
lo que él crea o lo que hace la natura.» Vi claramente entonces cómo el
cielo es todo paraíso, etsi la gracia
del sumo bien no llueva de igual modo.
Mas como cuando sacia un alimento y aún tenemos más ganas de algún
otro, que uno pedimos y otro agradecemos,
hice yo así con gestos y palabras, para saber cuál fuese aquel tejido
que hasta el fin no labró su lanzadera.
«Perfecta vida y méritos encumbran me dijo a una mujer por cuya
regla se visten velo y hábito en el mundo, para que hasta el morir se
vele y duerma con esposo que
acepta cualquier voto que a su placer la caridad conforma.
Del mundo, por seguirla, jovencita me escapé, refugiándome en sus
hábitos,
y prometí seguir por su camino.
Hombres no al bien, al mal, acostumbrados, luego del dulce claustro me
raptaron.
Dios sabe cómo fue mi vida luego.
337
Y aquel otro esplendor que se te muestra a mi derecha y a quien
ilumina
toda la luz que brilla en nuestra esfera, lo que dije de mí, también lo
digo;
fue monja, y de igual forma le quitaron de la frente la sombra de las
tocas.
Mas cuando fue devuelta luego al mundo contra su voluntad y buena
usanza, nunca el velo del alma le quitaron.
Esta es la luz de aquella gran Constanza que engendró del segundo al
ya tercero y último de los vientos de Suabia.»
Así me dijo, y luego: «Ave María» cantó y cantando se desvaneció
como en el agua honda algo pesado.
Mi vista que siguió detrás de ella cuanto le fue posible, ya perdida,
se dirigió al objeto más querido, y por entero se volvió a Beatriz;
pero ella fulgió tanto ante mis ojos, que al principio no pude soportarlo,
y por esto fui tardo en preguntarle.
CANTO IV
Entre dos platos, igualmente ricos y distantes, por hambre moriría
338
un hombre libre sin probar bocado; así un cordero en medio de la gula de
fieros lobos, por igual temiendo;
y así estaría un perro entre dos gamos: No me reprocho, pues, si me
callaba,
de igual modo suspenso entre dos dudas, porque era necesario, ni me
alabo.
Callé, pero pintado mi deseo en la cara tenía, y mi pregunta,
era así más intensa que si hablase. Hizo Beatriz lo mismo que
Daniel cuando aplacó a Nabucodonosor
la ira que le hizo cruel injustamente; Y dijo: «Bien conozco que te atraen
uno y otro deseo, y preocupado
tú mismo no los dejas que se muestren. Te dices: "Si perdura el buen
deseo, la violencia de otros, ¿por qué causa
del mérito recorta la medida?" También te causa dudas el que el alma
parece que se vuelva a las estrellas, siguiendo la doctrina de Platón.
Estas son las cuestiones que en tu velle igualmente te pesan; pero antes
la que tiene mas hiel he de explicarte. El serafín que a Dios más
se aproxima,
Moisés, Samuel, y aquel de los dos Juanes que tú prefieras, y también
María,
no tienen su acomodo en otro cielo que estas almas que ahora se
mostraron,
339
ni más o menos años lo disfrutan; mas todos hacen bello el primer círculo,
y gozan de manera diferente sintiendo el Soplo Eterno más o menos. Si
aquí los viste no es porque esta esfera les corresponda, mas como
indicando
que en la celeste ocupan lo más bajo. Así se debe hablar a
vuestro ingenio, pues sólo aprende lo que luego es digno de intelecto, a
través de los sentidos.
Por esto condesciende la Escritura a vuestra facultad, y pies y manos
le otorga a Dios, mas piensa de otro modo; y nuestra Iglesia con figura
humana
a Gabriel y a Miguel os representa, y de igual modo al que sanó a Tobías.
Lo que el Timeo dice de las almas no es similar a lo que aquí se muestra,
mas parece que diga lo que siente.
Él dice que a su estrella vuelve el alma,
pues desde allí supone que ha bajado cuando natura su forma le diera;
y acaso lo que piensa es diferente del modo que lo dice, y ser pudiera
que su intención no sea desdeñable.
Si él entiende que vuelve a estas esferas de su influjo el desprecio o la
alabanza, quizá a alguna verdad el arco acierte.
Torció, mal comprendido, este principio a casi todo el mundo, y así Jove,
Mercurio y Marte fueron invocados.
340
Menos veneno encierra la otra duda que te conmueve, porque su malicia
no podría apartarte de mi lado.
El que nuestra justicia injusta sea a los ojos mortales, argumento es
de fe, no de herética perfidia.
Mas como puede vuestra inteligencia penetrar fácilmente esta verdad,
como deseas, he de darte gusto.
Aun cuando aquel que la violencia sufre a quien la fuerza nada le concede,
no están por ello estas almas sin culpa: pues, sin querer, la voluntad no
cede, mas hace como el fuego, si le tuerce, aunque sea mil veces, la
violencia.
Si se doblega, pues, o mucho o poco, sigue la fuerza; y así hicieron
éstos, que al lugar santo regresar pudieron.
Si su deseo firme hubiera sido,
como fue el de Lorenzo en su parrilla, o con su mano a Mucio hizo severo,
a su camino habrían regresado del que sacados fueron, al ser libres; mas
voluntad tan sólida es extraña.
Y por esta razón, si como debes
la comprendes, se rompe el argumento que te habría estorbado aún
muchas veces.
Mas ahora se atraviesa ante tus ojos otro obstáculo, tal que por ti mismo
no salvarías, sin cansarte antes.
341
Yo te he enseñado como cosa cierta que no puede mentir un alma santa,
pues cerca está de la verdad primera; y después escuchaste de Piccarda
que Constanza guardó el amor del velo; y así parece que me contradice.
Muchas veces, hermano, ha acontecido que, huyendo de un peligro, de
mal grado se hacen cosas que hacerse no debieran;
como Almeón, que, al suplicar su padre que lo hiciera, mató a su propia
madre,
y por piedad se hizo despiadado.
En este punto quiero que conozcas que la fuerza al querer se mezcla,
haciendo
que no tengan disculpa las ofensas. La Voluntad absoluta no consiente el
daño; mas consiente cuando teme que en más
penas caerá si lo rehúsa. Así, cuando Piccarda dijo aquello
de la primera hablaba, y yo de la otra; y las dos te dijimos la verdad.»
Fluyó así el santo río que salía
de la fuente en que toda verdad mana; así mis dos deseos se aplacaron.
«Oh amada del primer Amante, oh diosa, cuyas palabras dije así me
inundan,
y enardecen, que más y más me avivan, no son mis facultades tan
profundas que a devolverte don por don bastasen;
mas responda por mí Quien ve y Quien puede.
342
Bien veo que jamás se satisface sino con la verdad nuestro intelecto,
sin la cual no hay ninguna certidumbre.
Cual fiera en su cubil, reposa en ella en cuanto que la alcanza; y puede
hacerlo;
si no, frustra sería los deseos.
Por ello nacen dudas, cual retoños, al pie de la verdad; y a lo más alto,
cima a cima, nos lleva de este modo. Esto me invita y esto me da fuerzas a
preguntar, señora, reverente,
aún por otra verdad que me es oscura.
Quiero saber si pueden repararse los votos truncos con acciones
buenas, que no pesaran poco en la balanza.»
Y Beatriz me miró, llenos sus ojos de amorosas centellas tan divinas,
que, vencida, mi fuerza dio la espalda, casi perdido con la vista en tierra.
CANTO V
«Si te deslumbro en el fuego de amor más que del modo que veis en la
tierra, tal que venzo la fuerza de tus ojos,
no debes asombrarte; pues procede
de un ver perfecto, que, como comprende, así en pos de aquel bien
mueve los pasos.
Bien veo de qué forma resplandece la sempiterna luz en tu intelecto,
343
que, una vez vista, amor por siempre enciende; y si otra cosa vuestro
amor seduce,
de aquella luz tan sólo es un vestigio, mal conocido, que allí se refleja.
Quieres saber si con otras ofrendas, halla reparo quien rompe su voto,
tal que en el juicio su alma esté segura.» Así Beatriz principio dio a este
canto;
y como el que el discurso no interrumpe, prosiguió así sus santas
enseñanzas:
«El don mayor que Dios en su largueza hizo al crearnos, y el que más
conforme está con su bondad, y él más lo estima, tal fue la libertad del
albedrío;
del cual, a los que dio la inteligencia, fueron y son dotados solamente.
Ahora verás, si tú deduces de esto, el gran valor del voto, si se hace
cuando consiente Dios lo que consientes:
porque al cerrar el pacto Dios y el hombre se hace holocausto
de aquel gran tesoro, que antes te dije; y lo hace un acto suyo.
¿Así pues qué reparo se hallaría?
Si piensas que usas bien lo que ofreciste, con latrocinios quieres dar
limosna.
Ya lo más importante te he explicado; mas puesto que la
Iglesia los dispensa y esto a lo que te digo contradice,
344
en la mesa es preciso que aún te sientes, pues el seco alimento que
comiste, para su digestión requiere ayuda.
Abre tu mente a lo que te revelo
y guárdalo bien dentro; pues no hay ciencia si lo que has aprendido no
retienes.
Dos cosas intervienen en la esencia de este gran sacrificio: una es la cosa
que se ofrece; y la otra el pacto mismo.
Esta segunda nunca se cancela
si no es cumplida; y con respecto a ella antes te hablé con toda precisión:
por ello los hebreos precisaron
el seguir ofreciendo, aunque la ofrenda se pudiera cambiar, como ya
sabes.
La otra, que te mostré como materia, bien puede ser de un modo que
no hay yerro
si por otra materia se permuta.
Mas la carga no debe transmutarse libremente, y precisa de la vuelta de
la llave amarilla y de la blanca;
y sabrás que los cambios nada valen, si la cosa dejada en la cogida
como el cuatro en el seis no se contiene.
Y por ello a las cosas tan pesadas que la balanza inclinan por sí mismas,
345
satisfacer no puede otra ninguna No bromeen con el voto los mortales;
sed fieles; mas no hacerlos ciegamente,
como Jefté ofreciendo lo primero; quien hubiera mejor dicho
"Mal hice",
que hacer peor cumpliéndolo; y tan necio podrás llamar al jefe de los
griegos, por quien lloró Ifigenia su belleza,
y con ella las necios y los sabios que han escuchado de tal sacrificio.
Sed, cristianos, más firmes al moveros: no seáis como pluma a cualquier
soplo, y no penséis que os lave cualquier agua.
Tenéis el viejo y nuevo Testamento,
y el pastor de la Iglesia que os conduce; y esto es bastante ya para
salvaros.
Si otras cosas os grita la codicia,
¡sed hombres, y no ovejas insensatas, para que no se burlen los judíos!
¡No hagáis como el cordero que abandona la leche de su madre, y por
simpleza, consigo mismo a su placer combate!»
Así me habló Beatriz tal como escribo;
luego se dirigió toda anhelante
a aquella parte en que el mundo más brilla.
Su callar y el mudar de su semblante a mi espíritu ansioso silenciaron,
que ya nuevas preguntas preparaba; y así como la
346
flecha da en el blanco
antes de que la cuerda quede inmóvil, así corrimos al segundo reino.
Allí vi tan alegre a mi señora,
al encontrarse en la luz de aquel cielo, que se volvió el planeta aún más
luciente.
Y si la estrella se mudó riendo,
¡yo qué no haría que de mil maneras soy por naturaleza
transmutable!
Igual que en la tranquila y pura balsa a lo que se les echa van los peces
y piensan que es aquello su alimento, así yo vi que mil y aún más
fulgores venían a nosotros, y escuchamos:
«ved quién acrecerá nuestros amores».
Y así como venían a nosotros se veía el placer que las colmaba en el claro
fulgor que desprendían.
Piensa, lector, si lo que aquí comienza no siguiese, en qué forma sentirías
de saber más un anhelo angustioso;
y verás por ti mismo qué deseo tenía de saber quién eran éstas, cuando
las vi delante de mis ojos.
«Oh bien nacido a quien el ver los tronos del triunfo eternal fue
concedido,
antes de que dejase la milicia.
347
de la luz que se extiende en todo el cielo nos encendemos; por lo cual, si
quieres de nosotros saber, sáciate a gusto.»
De este modo una de esas almas pías me dijo; y Beatriz: «Habla sin miedo,
y cree todas las cosas que te diga.»
«Bien puedo ver que anidas en tu propia luz, y que la desprendes
por los ojos, porque cuando te ríes resplandecen;
mas no quien eres, ni por qué te encuentras alma digna, en el grado de la
esfera
que a los hombres ocultan otros rayos.»
Esto dije mirando a aquella lumbre que primero me habló; y entonces
ella se hizo más luminosa que al principio. Y como el
sol que se oculta a sí mismo por la excesiva luz, cuando disipa
el calor los vapores más templados, al aumentar su gozo, se ocultó
en su propio fulgor la santa imagen; y así me respondió, toda encerrada
del modo en que el siguiente canto canta.
CANTO VI
«Después que Constantino volvió el águila contra el curso del cielo, que
ella antes siguió tras el esposo de Lavinia,
más de cien y cien años se detuvo en el confín de Europa aquel divino
348
pájaro, junto al monte en que naciera; a la sombra de las sagradas plumas
gobernó el mundo allí de mano en mano, y así cambiando vino hasta las
mías.
César fui, soy el mismo Justiniano que quitó, inspirado del
Espíritu,
lo excesivo y superfluo de las leyes.
Y antes de que a esta obra me entregara, una naturaleza en
Cristo sólo
creía, y esta fe me era bastante; mas aquel santo Agapito, que fue sumo
pastor, a la fe verdadera
me encaminó con sus palabras santas.
Yo le creí; y claramente veo
lo que había en su fe, como tu ves en la contradicción lo falso y cierto.
Y en cuanto que eché andar ya con la Iglesia, por gracia a Dios le plugo el
inspirarme
la gran tarea y me entregué de lleno; y a Belisario encomendé las tropas,
quien gozó tanto del favor del cielo, que fue señal de que en él reposara.
Ahora ya he contestado a tu primera pregunta: mas me obliga a que te
añada su condición algunas otras cosas,
para que veas con cuánta injusticia se mueve contra el signo sacrosanto
quien de él se apropia o quien a él se opone.
Mira cuánta virtud digno le hizo de reverencia; ya desde la hora
349
en que murió Palante por su reino. Sabes que en Alba tuvo su morada
más de trescientos años, hasta el día que por él combatieron tres y
tres
Y sabes lo que obró en siete reinados, del mal de las Sabinas a
Lucrecia,
venciendo en torno a los pueblos vecinos.
Y lo que obró llevado contra Breno por los magnos romanos, contra
Pirro, y las otras repúblicas y príncipes; donde Torcuato y Quincio, a
quien dio nombre su pelo descuidado, Fabios, Decios ganaron fama
que con gusto incienso.
Luego humilló el orgullo de los árabes que tras Aníbal las alpestres
rocas
de las que bajas tú, Po, atravesaron.
Bajo aquél, siendo aún jóvenes, triunfaron Escipión y Pompeyo; y a ese
monte
a cuyo pie naciste, le fue amargo.
Luego, cercano el tiempo en el que el cielo quiso ordenar el mundo a su
manera, César por gusto de Roma lo obtuvo.
Y lo que obró desde el Varo hasta el Rin, lo vio el Isara, el Era y lo vio el
Sena
y los ríos que al Ródano engrandecen.
350
Lo que obró luego al marcharse de Rávena y cruzó el Rubicón, fue tan
aprisa
que ni pluma ni lengua alcanzarían.
Luego marchó con sus tropas a España, luego a Durazzo, y tal golpe en
Farsalia
dio, que hasta el Nilo se dolió del daño. A Antandro y al Simoes, patria
suya,
vio otra vez, y el lugar que a Héctor sepulta; y partió para mal de
Tolomeo.
De allí fue como un rayo contra Juba; y desde allí se volvió al occidente
donde escuchó la trompa pompeyana.
Por lo que obró en las manos del siguiente, en el infierno ladran
Bruto y Casio,
y se dolieron Módena y Perugia. Aún lo llora la triste de
Cleopatra,
que, escapando de aquél, con la culebra se dio la muerte atroz e
inesperada.
Con él llegó a la orilla del mar Rojo, con él en tanta paz al mundo puso,
que las puertas de Jano se cerraron.
Mas lo que el signo del que estoy hablando, hizo primeramente y luego
haría,
351
por el reino mortal al que subyuga, se vuelve en apariencia oscuro y poco,
si en manos del tercer César la vemos
con vista clara y con afecto puro; pues la viva justicia que me inspira,
le concedió, en las manos del que digo, la gloria de vengar su santa cólera.
Y asómbrate de lo que digo ahora: corrió después con Tito a hacer
venganza
de la venganza del pecado antiguo. Y al morder los lombardos a la Santa
Iglesia con sus dientes, Carlomagno
la socorrió, venciendo, con sus alas. Ahora puedes juzgar a esos que antes
me escuchaste acusar, y sus pecados, que son causa de todas vuestras
penas.
Uno al signo común los amarillos lirios opone, y otro se lo apropia,
y es difícil saber quién más se engaña.
Urdan los gibelinos, urdan tretas bajo otro signo, que mal sigue a éste
aquel que de él aparta la justicia;
y que este nuevo Carlos no lo abata con sus güelfos, mas tema de sus
garras que a leones más fuertes han vencido.
¡Muchas veces los hijos han llorado por las culpas del padre, y no se crea
que Dios cambie su emblema por las lises!
Esta pequeña estrella se engalana de los buenos espíritus activos para
que fama y honra les alcance; y cuando a esto dirigen sus deseos,
desviándose así, más apagados del verdadero amor los rayos sienten. Mas
352
comparar los méritos y el premio de nuestra dicha también forma parte,
no viéndolos mayores ni menores.
Tal nos endulza la viva justicia el afecto, y por ello no se puede ya a la
malicia nunca desviarlo.
Diversas voces cantan dulces notas; tal los diversos grados de esta vida
dulce armonía en estas ruedas forman. Y dentro de esta perla en la que
estamos luce la luz de Romeo, de quien
fue su gran obra mal agradecida. Pero sus enemigos provenzales no
ríen; pues camina erradamente
el que se duele del bien de los otros. Cuatro hijas tuvo, y las
cuatro reinaron, Raimundo Berenguer, y esto lo hizo Romeo, un
hombre humilde y peregrino Y luego las calumnias le movieron a pedirle
las cuentas a este justo,
quien devolvió siete y cinco por diez, tras de lo cual partió, viejo y
mendigo; y si el mundo supiera su coraje mendigando su vida hogaza a
hogaza mucho lo alaba, y más lo alabaría.
CANTO VII
«Ossanna, sanctus Deus sabaoth, superilunstrans claritate tua felices ignes
borum malacth!»
353
De este modo, volviéndose a sus notas, escuché que cantaba esa
sustancia, sobre la cual doble luz se enduaba;
y reemprendió su danza con las otras, y como velocísimas centellas
las ocultó la súbita distancia.
Dudoso estaba y me decía: «¡Dile!
Dile, dile decía a mi señora
que mi sed sacie con su dulce estilo.» Mas el respeto que de mí
se adueña tan sólo con la B o con el IZ,
como el sueño la frente me inclinaba. Poco tiempo Beatriz consintió esto,
y empezó, iluminándome su risa,
que aun en el fuego me haría dichoso:
«Según mi parecer siempre infalible, cómo justa venganza justamente
ha sido castigada, estás pensando; mas yo desataré pronto tu mente;
y escúchame, porque lo que te diga te hará el regalo de una gran certeza.
Por no poner a la virtud que quiere un freno por su bien, el no nacido,
se condenó a sí mismo y su progenie; por lo cual los humanos
muchos siglos en el error yacieron como enfermos, hasta que al
Verbo descender le plugo, y la naturaleza extraviada
de su creador, añadió a su persona, sólo por obra de su amor eterno
Ahora atiende a lo que ahora se razona: a su hacedor unida esta natura,
354
cual fue creada fue sincera y buena; mas desterrada fue del Paraíso
estando sola, pues torció el camino de la verdad y de su propia vida.
Y así la pena de la cruz, medida
con la naturaleza que asumiera, aplicóse más justa que ninguna; y así
ninguna fue tan injuriosa,
si a la persona que sufrió atendemos, a la que se juntara esa natura.
Mas tuvo un acto efectos diferentes: plació una muerte a Dios y a los
judíos; hizo temblar la tierra y abrió el cielo.
Ya no te debe parecer extraño, al escuchar que una justa venganza
castigó luego un justo tribunal. Mas
ahora veo oprimida tu mente
de un pensamiento en otro por un nudo, que ardientemente desatar
esperas.
Te dices: "Bien comprendo lo que escucho; mas porque Dios quisiera, se
me esconde, de redimirnos esta forma sólo."
Sepultado está, hermano, este decreto a los ojos de aquellos cuyo
ingenio en la llama de amor no ha madurado.
Y en verdad, como en este punto mucho se considera y poco se
comprende,
diré por qué este modo fue el más digno.
La divina bondad, que de sí aparta cualquier rencor, ardiendo en sí,
destella las eternas bellezas desplegando.
355
Lo que sin mediación de ella destila luego no tiene fin, porque su impronta
nunca se borra en donde pone el sello. Lo que sin mediación llueve de ella
del todo es libre porque no depende de la influencia de las nuevas cosas.
Más le placen, pues más se le asemejan; que el santo amor que toda cosa
irradia, es más brillante en la más parecida.
Tiene ventaja en todos estos dones la humana criatura, y si uno falta,
privada debe ser de su nobleza. Sólo el pecado es el que la encadena del
sumo bien haciéndola distinta,
por lo que con su luz poco se adorna; y a aquella dignidad ya nunca vuelve
si no llena el vacío de la culpa
con justas penas contra el mal deleite.
Vuestra naturaleza, al pecar tota en su simiente, de estas dignidades,
como del paraíso, fue apartada; sin poder recobrarla, si lo piensas
bien sutilmente, por ningún camino que por estos dos vados no
atraviese:
o que Dios solo generosamente perdonara, o el hombre por sí mismo
diese satisfacción de su locura.
Ahora clava la vista en el abismo del eterno saber, a mis palabras
cuanto puedas atentamente fijo. No podría en sus límites el hombre
satisfacer, pues no puede ir abajo luego con
humildad obedeciendo, cuanto desobediente quiso alzarse;
356
y es esta la razón que incapacita a reparar al hombre por sí mismo.
A Dios, pues, convenía con sus medios al hombre devolver la vida
entera, con uno digo, o con los dos acaso.
Mas pues la obra es tanto más querida por quien la hace, cuanto más nos
muestra
el pecho bondadoso del que sale, la divina bondad que el mundo sella,
de proceder por todos sus caminos
gustó para volvernos a lo alto.
Y entre la última noche y el primero de los días, un hecho tan sublime
por uno y otro, ni hubo ni lo habrá:
pues fue más generoso al darse él mismo, para hacer digno al hombre
de elevarse, Dios, que si hubiera sólo perdonado; y ningún otro modo le
bastaba a la justicia, si el Divino Hijo no se hubiese humillado al
encarnarse. Ahora para calmar cualquier deseo, vuelvo para aclararte
sólo un punto para que puedas, como yo, entenderlo.
Tú dices: "Veo el fuego, y veo el agua, la tierra, el aire y sus
combinaciones que se corrompen y que duran poco;
y creadas han sido sin embargo;
por lo que, si es verdad lo que me has dicho de corrupción
debieran verse libres." Los ángeles, hermano, y este puro
país en el que estamos, fueron hechos tal como son, en su
357
entera existencia; pero los elementos que has nombrado y aquellas
cosas que proceden de ellos de creada potencia toman forma.
Creada fue la materia que tienen; creada fue la potencia formante
en los astros que en torno suyo giran. Las luces santas sacan con su rayo
de su virtualidad y con sus giros
el alma de las plantas y los brutos; pero sin mediación la vuestra
exhala la suprema bondad, y la enamora
de sí, tal que por siempre la desea.
Y deducir aún puedes de este punto vuestra resurrección, si otra vez
piensas cómo la humana carne fue creada
al ser creados los primeros padres.»
CANTO VIII
Solía creer el mundo erradamente que la bella Cipriña el amor loco desde
el tercer epiciclo irradiaba; y por esto no honraban
sólo a ella con sacrificios y votivos ruegos
en su antiguo extravío los antiguos; mas a Dione honraban y a
Cupido, por madre a una, al otro como hijo, y en el seno de Dido lo creían;
y por la que he citado en el comienzo, le pusieron el nombre a
358
aquella estrella que al sol recrea de nuca o de frente. Hasta ella ascendí
sin darme cuenta; pero me confirmó que en ella estaba el ver aún más
hermosa a mi señora. Y cual la chispa se
observa en la llama, y una voz se distingue entre las voces,
si una se para y otra el canto sigue, en esa luz vi yo otras luminarias
dar vuelta más o menos velozmente, acordes, pienso, a su
visión interna. De fría nube vientos no descienden, tan raudos, ya
visibles, ya invisibles, que ni lentos ni torpes pareciesen a quien hubiese
esas luces divinas visto venir, dejando aquella
danza que empezaba en los altos serafines; y en los primeros que se
aparecieron tal hosanna se oía, que las ansias
de escucharlo otra vez nunca he perdido.
Entonces uno se acercó a nosotros y dijo: «Estamos todos preparados
para darte placer y recrearte.
Girarnos con los príncipes celestes con un mismo girar y una sed misma,
de la cual tú en el mundo ya cantaste:
«Los que moveis pensando el tercer áeio»; y tal amor nos colma, que no
menos dulce, por complacerte, es el pararnos.»
Luego de haber mis ojos reverentes puesto en mi dama, y que ella les
hubiera satisfecho mostrando su aquiescencia,
volviéronse a la luz que una tan grande promesa había hecho, y:
«Quiénes sois» dijo mi voz de gran afecto llena.
359
¡Y cuánto y cómo vi que se crecía con esta dicha nueva que aumentaba su
dicha, al dirigirle mi pregunta!
Dijo, así transformada: «Poco tiempo del mundo fui; y si más hubiera
sido, muchos males que habrá, no los habría.
Mi contento no deja que me veas porque brillando alrededor me oculta
como animal en su seda encerrado. Mucho me amaste, y tuviste motivos;
pues si hubiese vivido, hubieras visto de mi cariño más que sólo hojas.
Aquella orilla izquierda que al mezclarse bañan el río Ródano y el Sorga,
por señor a su hora me esperaba, Y aquel cuerno de Ausonia limitado
por Catona, por Baria, por Gaeta,
donde el Verde y el Tronto desembocan.
Ya lucía en mi frente la corona
de aquella tierra que el Danubio riega cuando abandona la
margen tedesca. Y la hermosa Trinacria, que se anubla entre
Peloro y Pachino, en el golfo que el ímpetu del Euro más recibe,
no por Tifeo sino del azufre, aún hubiera esperado sus monarcas, de
Carlos y Rodolfo en mí nacidos,
si el mal gobierno, que atormenta siempre a los pueblos sujetos no
forzase
a gritar a Palermo: "Muerte, muerte." Y si mi hermano hubiese esto
previsto, de Cataluña la pobreza avara
360
evitaría que daño le hiciese; pues proveer debieran ciertamente, él u
otros, a fin de que a su barca
cargada, aún otra carga no se agregue.
Y su carácter que de largo a parco bajó, precisaría capitanes
no preocupados de amasar dinero.»
«Puesto que creo que la alta alegría que tu hablar, señor mío, me ha
causado,
donde se inicia y cesa todo bien la ves del mismo modo que la veo,
me es más grata; y también me causa gozo pues contemplando a Dios la
has advertido.
Gusto me diste, ponme en claro ahora, pues me han causado dudas tus
palabras, cómo dulce semilla da amargura.»
Esto le dije; y él a mi «Si puedo mostrarte una verdad, a tu pregunta el
rostro le darás y no la espalda.
El bien que todo el reino que tú asciendes alegra y mueve, con su
providencia
hace que influyan estos grandes cuerpos.
Y no sólo provistas las naturas son en la mente que por sí es perfecta,
mas su conservación a un tiempo mismo: por lo que todo aquello que
dispara
este arco a su fin previsto llega, cual se clava la flecha en su
361
diana. Si así no fuese, el cielo que recorres tendría de este modo efectos
tales que no serían arte, sino ruinas;
y esto no puede ser, si los ingenios que las estrellas mueven no son
torpes, y torpe aquel que las creó imperfectas.
¿Quieres que esta verdad te aclare un poco?» Y yo: «No; pues ya sé que
es imposible que a lo que es necesario Dios faltase.»
Y él: «Dime, ¿no sería para el hombre peor si no viviese en sociedad?»
«Sí respondí y la causa no preguntó.»
«¿Y puede ser así, si no se tienen diversamente oficios diferentes?
No, si bien lo escribió vuestro maestro.» Fue hasta aquí de este modo
deduciendo; y luego concluyó: «Luego diversas
serán de vuestros hechos las raíces: por lo que uno es Solón y el otro es
Jerjes,
y otro Melchisedec, y el otro aquel que, volando en el aire, perdió al hijo.
La circular natura, que es el sello de la cera mortal, obra con tino,
mas no distingue de uno al otro albergue.
Por eso ya en el vientre se apartaron Esaú de Jacob; y de un vil padre
nació Quirino, a Marte atribuido.
La natura engendrada haría siempre su camino al igual que la
engendrante, si el divino poder no la venciese.
Ahora tienes delante lo de atrás: mas por que sepas que de ti me gozo,
362
quiero añadirte aún un corolario. Si la naturaleza encuentra un
hado adverso, como todas las simientes fuera de su región, da malos
frutos. Y si el mundo de abajo se atuviera al fundamento que natura pone,
siguiendo a éste habría gente buena. Mas vosotros hacéis un religioso de
quien nació para ceñir espada,
y hacéis rey del que gusta de sermones; y así pues vuestra ruta se
extravía.»
CANTO IX
Después, Bella Clemencia, que tu Carlos las dudas me aclaró, contó los
fraudes que debiera sufrir su descendencia;
mas dijo: «Calla y deja andar los años»; nada pues os diré, sólo que un
justo duelo vendrá detrás de vuestros males.
Y ya el alma de aquel santo lucero se había vuelto al sol que le llenaba
como aquel bien que colma cualquier cosa.
¡Ah criaturas impías, necias almas,
que el corazón torcéis de un bien tan grande, hacia la vanidad volviendo
el rostro!
Y entonces otro de los esplendores vino a mí, y que quería
complacerme el brillo que esparcía me mostraba Los ojos de
363
Beatriz, que estaban fijos sobre mí, igual que antes, asintieron dando
consentimiento a mi deseo.
«Dale compensación pronto a mis ansias, santo espíritu y muéstrame
le dije-
que lo que pienso pueda en ti copiarse.» Y aquella luz a quien no conocía,
desde el profundo seno en que cantaba, dijo como quien goza el bien
haciendo:
«En esa parte de la depravada Italia que se encuentra entre Rialto y las
fuentes del Brenta y del Piave, un monte se levanta, no muy alto,
desde el cual descendió una mala antorcha que infligió un gran estrago a
la comarca.
De una misma raíz nacimos ambos:
Cunizza fui llamada, y aquí brillo pues me venció la lumbre de esta
estrella.
Mas alegre a mí misma me perdono la causa de mi suerte, y no me duelo;
y esto tal vez el vulgo no lo entienda.
De la resplandeciente y cara joya de este cielo que tengo más cercana
quedó gran fama; y antes de extinguirse, se quintuplicará este mismo
año:
mira si excelso debe hacerse el hombre, tal que otra vida a la vida
suceda.
364
Y esto no piensa la turba presente que el Tagliamento y Adigio rodean: ni
aun siendo golpeada se arrepiente; mas pronto ocurrirá que Padua
cambie
el agua del pantano de Vincenza, porque son al deber gentes
rebeldes; y donde el Silo y el Cagnano se unen, alguien aún señorea
con orgullo,
y ya se hace la red para atraparle. Llorará también Feltre la traición de
su impío pastor, y tan enorme
será, que en Malta no hubo semejante.
Muy grande debería ser la cuba que llenase la sangre ferraresa,
cansando a quien pesara onza por onza, la que dará tan cortés sacerdote
por mostrar su partido; y dones tales al vivir del país se
corresponden.
Hay espejos arriba que vosotros llamáis Tronos, y Dios por medio de
ellos
nos alumbra, y mis dichos certifican.» Aquí dejó de hablar; y me hizo un
gesto de volverse a otra cosa, pues se puso
una vez más en la rueda en la que estaba.
El otro gozo a quien ya conocía como preciada cosa, ante mis ojos
era cual un rubí que el sol hiriese.
Arriba aumenta el resplandor gozando, como la risa aquí; y la sombra
crece abajo, al par que aumenta la tristeza.
365
«Dios lo ve todo, y tu mirar se enela le dije santo espíritu, y no puede
para ti estar oculto algún deseo.
Por lo tanto tu voz, que alegra el cielo con el cantar de aquellos fuegos
píos que con seis alas hacen su casulla,
¿por qué no satisface mis deseos? No esperaría yo a que preguntaras
si me intuara yo cual tú te enmías.»
«El mayor valle en que el agua se vierte sus palabras entonces me
dijeron-
fuera del mar que a la tierra enguirnalda, entre enemigas
playas contra el curso del sol tanto se extiende, que ya hace meridiano
donde antes horizonte.
Ribereño fui yo de aquellas costas entre el Ebro y el Magra, que divide en
corto trecho Génova y Toscana. Casi en un orto mismo y un ocaso
están Bugía y mi ciudad natal,
que enrojeció su puerto con su sangre.
Era llamado Folco por la gente que sabía mi nombre; y a este cielo,
como él me iluminó, yo ahora ilumino; que más no ardiera la hija de Belo,
a Siqueo y a Creusa dando enojos,
que yo, hasta que mi edad lo permitía; ni aquella Rodopea que engañada
fue por Demofoonte, ni Alcides
cuando encerró en su corazón a Iole.
Pero aquí no se llora, mas se ríe, no la culpa, que aquí no se recuerda,
366
sino el poder que ordenó y que provino.
Aquí se admira el arte que se adorna de tanto afecto, y se comprende
el bien que hace que influya abajo lo de arriba.
Y a fin de que colmados tus deseos lleves que en esta esfera te han
surgido, debiera referirte aún otras cosas.
Quieres saber quién hay en esa hoguera que aquí cerca de mí lanza
destellos como el rayo de sol en aguas limpias. Sabrás
que en su interior se regocija Raab; y en compañía de este coro,
en su más sumo grado resplandece.
A nuestro cielo, en que la sombra acaba de vuestro mundo, aún antes que
alma alguna
por el triunfo de Cristo, fue subida.
Convenía ponerla por trofeo en algún cielo, de la alta victoria obtenida
con una y otra palma,
pues ella el primer triunfo de Josué favoreció en la Tierra
Prometida,
que poco tiene el Papa en la memoria. Tu ciudad, que es retoño del
primero que a su creador volviera las espaldas,
cuya envidia ha causado tantos males, crea y propaga las malditas
flores
367
que han descarriado a ovejas y a corderos, pues al pastor en lobo han
convertido.
Por esto el Evangelio y los Doctores se olvida, y nada más las
Decretales
se estudian, cual sus márgenes indican. De esto el Papa y la curia se
preocupa; y a Nazaret no van sus pensamientos, allí donde Gabriel
abrió las alas.
Mas pronto el Vaticano y otros sitios elegidos de Roma, cementerios
de la milicia que a Pedro siguiera, del adulterio habrán de verse libres.»
CANTO X
Con el Amor que eternamente mana del uno al otro, contemplando
al Hijo la Potencia primera e inefable cuanto en espacio o mente se
concibe con tanto orden creó,
que estar no puede sin gustar de ello aquel que vuelve a verlo.
Alza, lector, hacia las altas ruedas con la mía tu vista, hacia aquel sitio
donde dos movimientos se entrecruzan; y allí comienza a
disfrutar del Arte de aquel maestro que tanto lo ama
en sí, que nunca de él quita la vista. Mira cómo de allí se aparta el círculo
oblicuo que conduce los planetas, satisfaciendo al mundo que
368
los llama. Pues no siendo inclinado su camino, vano sería el influir del cielo
y casi muerta aquí cualquier potencia; y si más o si menos se alejara
girando, de la perpendicular,
se rompería el orden de los mundos. Quédate ahora, lector, sobre tu
banco, meditando en aquello que sugiero,
si quieres disfrutar y no cansarte.
Te lo he mostrado: come tú ahora de ello; que a ella reclama todos mis
cuidados esa materia de que soy escriba.
De la naturaleza el gran ministro, que la virtud del cielo imprime al mundo
y es la medida, con su luz, del tiempo,
a aquella parte arriba mencionada junto, giraba por las espirales
que le traen cada día más temprano; y yo estaba con él; mas del subir
no me di cuenta, como aquel que nota, tras la idea, de dónde le ha
venido.
Era Beatriz aquella que guiaba
de un bien a otro mejor, tan raudamente que el tiempo no medía sus
acciones.
¡Cuán luminosa debería ser
por sí, la que en el sol donde yo entraba no por color, por luz era visible!
Aunque costumbre, ingenio y arte invoque
no diría lo nunca imaginado; mas puede ser creído y desear verlo.
369
Y si son bajas nuestras fantasías
a tanta altura, no hay por qué extrañarse; que más que el Sol no hay ojos
que hayan visto.
Tal se mostraba la cuarta familia del Alto Padre, que siempre la sacia,
mostrando cómo espira y cómo engendra.
Y comenzó Beatriz: «Dale las gracias al angélico sol, puesto que a éste
sensible te ha traído a gusto suyo.» Nunca hubo un
corazón tan entregado a devoción y a someterse a Dios prestamente
con toda gratitud,
como yo al escuchar esas palabras; y tanto todo en él mi amor se puso,
que a Beatriz, eclipsó en el olvido.
No se enfadó; mas se rió en tal forma, que el esplendor de sus risueños
ojos mi mente unida dividió en más cosas. Muchos
fulgores vivos y triunfantes vi en torno nuestro como una corona,
en voz más dulce que en rostro lucientes: ceñida así la hija de
Latona
vemos a veces, cuando el aire es denso, y retiene los restos de su halo.
En la corte celeste que he dejado, bellas y ricas se hallan muchas joyas que
no pueden sacarse de aquel reino; y de éstas era el canto de las luces;
quien no tiende sus plumas a lo alto, como de un mudo espera las
noticias.
370
Luego, cantando así, los rojos soles a nuestro alrededor tres vueltas
dieron,
cual astros cerca de los polos fijos, pareciendo mujeres que no
rompen su danza, más calladas se detienen para escuchar la nueva
melodía;
y escuché dentro de una de ellas: «Cuando el rayo de la gracia,
en que se enciende un verdadero amor que amando aumenta,
tanto ilumina en ti multiplicado, que por esa escalera te
conduce que nadie baja sin subir de nuevo; quien te negase el vino de su
bota para tu sed, más libre no sería
que el agua de correr hacia los mares. Quieres saber qué flores engalanan
esta guirnalda con que se embellece
la hermosa dama que al cielo te empuja.
Yo fui cordero del rebaño santo que conduce Domingo por la senda
que hace avanzar a quien no se extravía. Este que a mi derecha está más
cerca fue mi hermano y maestro, él es Alberto de Colonia, y yo soy
Tomás de Aquino.
Y si quieres saber de los demás sigue con tu mirada mis palabras dando la
vuelta en este santo círculo.
Sale aquel resplandor de la sonrisa
de Graziano, que al uno y otro fuero dio su ayuda, ganando el paraíso.
371
Quien cerca de él adorna nuestro coro fue el Pedro que al igual que
aquella viuda,
su tesoro ofreció a la Santa Iglesia. La quinta luz, de todas la
más bella, respira tanto amor, que todo el mundo saber aquí desea sus
noticias;
dentro está la alta mente, en la que tanto saber latió, que si lo cierto es
cierto,
a tanto ver no surgió aún un segundo.
Ve la luz de aquel cirio, junto a ella que aun en carne mortal por dentro
supo
la angélica natura y sus oficios. En la luz pequeñita está riendo el abogado
de tiempos cristianos
cuyos latines a Agustín sirvieron. Ahora si el ojo de la mente llevas de
luz en luz tras de mis alabanzas,
ya de la octava te encuentras sediento. Viendo todos los bienes dentro
goza el alma santa que el mundo falaz de manifiesto pone a quien le
escucha: el cuerpo del que fue
arrojada yace allá abajo en Cieldauro; y a esta calma vino desde el
martirio y el destierro
ve más allá las llamas del espíritu de Isidoro, de Beda y de
Ricardo,
que en su contemplación fue más que un hombre.
Esa de la cual pasa a mí tu vista,
372
es la luz de un espíritu que tarde meditando, pensaba que moría: esa
es la luz eterna de Sigiero
que, enseñando en el barrio de la Paja, silogismo verdades
envidiadas.»
En fin, lo mismo que un reloj que llama cuando la esposa del
Señor despierta
a que cante maitines a su amado, que una pieza a la otra empuja y
urge,
tintineando con tan dulces notas,
que el alma bien dispuesta de amor llenan; así vi yo la rueda gloriosa
moverse, voz a voz dando respuesta tan suave y templada, que tan sólo
se escucha donde el gozo se eterniza.
CANTO XI
¡Oh cuán vano el afán de los mortales, qué mezquinos son esos silogismos
que las alas te arrastran por el suelo!
Tras de los aforismos o los Iura iban unos, o tras del sacerdocio
o del mandar por fuerza o por sofismas. tras negocios civiles o robando,
o envueltos en el gozo de la carne se fatigaban, o en la vida
373
ociosa, cuando, de todas estas cosas libre, con Beatriz por el cielo
caminaba de forma tan gloriosa recibido.
Después que cada uno volvió al punto del círculo en el que antes se
encontraba, se detuvo, cual vela en candelero.
Y yo escuché dentro de esa lumbrera que antes me había hablado,
sonriendo, palabras que le daban aún más lustre:
«Igual que yo con sus rayos me enciendo, así, mirando en esa luz eterna,
adivino el porqué de lo que piensas.
Tú dudas y deseas que te aclare con un lenguaje claro y manifiesto, para
entender aquello que te digo,
donde antes dije: «Por donde se avanza», o donde dije: «No nació un
segundo»;
y es necesario distinguir en esto.
La Providencia que gobierna el mundo de modo que derrota a cualquier
mente creada, antes que llegue a ver el fondo, para que caminase a su
deleite
la esposa de quien quiso desposarla con su bendita sangre a grandes
voces, sintiéndose más fiel y más segura,
dos príncipes mandó para ayudarla, y en una cosa y otra la guiasen.
Todo en fuego seráfico uno ardía; por su saber el otro fue en la tierra de
querúbica luz un resplandor.
374
De uno hablaré, si bien de ambos se habla alabando a cualquiera de los
dos,
puesto que a un mismo fin se encaminaron.
Entre Tupino y el agua que baja de la cima escogida por
Ubaldo, fértil ladera pende de alto monte,
que el frío y el calor manda a Perugia por la Puerta del Sol; y detrás lloran
Nocera y Gualdo su pesado yugo.
Por donde esta ladera disminuye
su pendiente, nacióle un sol al mundo, como hace a veces éste sobre el
Ganges. Y así pues quien a aquel lugar nombrara que no le llama Asís,
pues esto es poco, sino Oriente, si quiere ser exacto.
No se hallaba del orto muy distante, cuando a la tierra por su gran
virtud logró hacer que sintiese algún consuelo; que por tal dama, aún
jovencito, en guerra con su padre incurrió, a la cual las puertas del
gozo, cual a muerte, no abre nadie;
y ante toda su corte espiritual
et coram patrem a ella quiso unirse; luego la amó más fuerte cada día.
Ésta, privada del primer marido, mil cien años y más vivió olvidada
sin que nadie, hasta aquél, la convidase; no valió oír que al lado de
Amiclates segura la encontró, al oír sus voces, aquel que fue el terror del
mundo entero; ni le valió haber sido tan constante
y firme, que al quedar María abajo, ella sobre la cruz lloró con Cristo.
375
Pero para no hablarte tan oscuro, Francisco y la Pobreza estos amantes
has de saber que son de los que te hablo.
Su concordia y sus rostros tan felices, amor y maravilla y gestos dulces,
inspiraban muy santos pensamientos; tanto que aquel Bernardo venerable
se descalzó, y detrás de tanta paz corrió, y corriendo tardo se creía.
¡Oh secreta riqueza! ¡Oh bien fecundo! Egidio se descalza, el buen
Silvestre, tras del esposo, así a la esposa place
De allí se fue aquel padre, aquel maestro con su mujer y su demás familia
que el humilde cordón ya se ceñía. No le inclinó la frente la
vergüenza de ser hijo de Pietro Bernardone, ni porque pareciera
despreciable; mas dignamente su dura intención
a Inocencio le abrió, y de aquél obtuvo el permiso primero de su orden.
Después creciendo ya los pobrecillos detrás de aquél, cuya admirable vida
mejor gloriando al cielo se cantara, de segunda corona el Santo Espíritu
ciñó, por mediación de Honorio, aquel Honorio II aprobó
definitivamente la Orden en .
santo deseo de este archimandrita. Y después que, sediento de
martirio, en la presencia del Sultán soberbia
predicó a Cristo y quienes le siguieron, y encontrando a esas
376
gentes demasiado reacias, para no estar inactivo, volvióse al fruto del
huerto de Italia, en el áspero monte entre Arno y Tiber de Cristo recibió el
último sello,
que sus miembros llevaron por dos años. Cuando el que a tanto bien le
destinara quiso hacerle subir al galardón
que él mereció por hacerse pequeño, a sus hermanos, como justa
herencia, recomendó su dama más querida,
y les mandó que fielmente la amasen; y de su seno el ánima preclara
quiso salir y volver a su reino,
y para el cuerpo otra caja no quiso.
Ahora piensa en quien fuese aquel colega digno con él de mantener la
barca
de Pedro en alta mar derechamente; y este segundo fue nuestro
patriarca;
por lo cual, quien le sigue, como él manda, sabe que carga buenas
mercancías.
Mas su rebaño, de nuevas viandas se encuentra tan ansioso, que es
difícil que por pastos errados no se pierda;
y cuanto sus ovejas más se apartan y más lejos de aquél vagabundean,
más tornan al redil faltas de leche.
Aún hay algunos que temen el daño
y a su pastor se estrechan; mas tan pocas
377
que a sus capas les basta poca tela. Ahora, si te han bastado
mis palabras y si me has escuchado atentamente, si recuerdas
aquello que te he dicho, en parte habrás tus ganas satisfecho al
ver por qué la planta se marchita, y verás por qué causa yo te dije
"Que hace avanzar a quien no se extravía".
CANTO XII
Tan pronto como la última palabra la bienaventurada llama dijo,
a girar comenzó la santa rueda;
y aún su vuelta no había completado, cuando otra rueda giró en su
redor, uniendo canto a canto y giro a giro; canto que
tanto vence a nuestras musas y sirenas en esas dulces trompas,
como la luz primera a sus reflejos. Como se ven tras la nube ligera dos
arcos paralelos y de un mismo
color, cuando a su sierva envía Juno, que aquel de fuera nace del de
dentro, al modo del hablar de aquella hermosa que agostó Amor cual sol
a los vapores, haciendo que la gente esté
segura,
por el pacto que Dios hizo a Noé, que al mundo nunca más anegaría:
así de aquellas rosas sempiternas
las dos guirnaldas cerca de nosotros giraba, respondiendo una
378
a la otra. Cuando la danza y otro gran festejo del cántico y del mutuo
centelleo, luz con luz jubilosa y reposada, a un mismo tiempo y voluntad
cesaron, como los ojos se abren y se cierran juntamente al placer que les
conmueve; del corazón de una de aquellas luces
se alzó una voz, que como aguja al polo me hizo volverme al sitio en que
se hallaba;
y comenzó: «El amor que me hace bella me obliga a que del otro jefe
trate
por quien del mío aquí tan bien se ha hablado. Justo es que, donde esté el
uno, esté el otro:
y así pues como a una combatieron, así luzca su gloria juntamente.
La milicia de Cristo, que tan caro costó rearmar, detrás de sus banderas
marchaba escasa, lenta y recelosa,
cuando el Emperador que siempre reina ayudó a su legión en el peligro,
por gracia sólo, no por merecerlo.
Y, ya se ha dicho, socorrió a su esposa con dos caudillos, a cuyas
palabras
y obras reunióse el pueblo descarriado.
Allí donde se alza y donde abre Céfiro dulce los follajes nuevos, de los que
luego Europa se reviste, no lejos del batir del oleaje
tras el cual, por su larga caminata, el sol se oculta a todos ciertos
días, está la afortunada Caleruega bajo la protección del gran escudo
379
del león subyugado que subyuga: allí nació el amante infatigable de la
cristiana fe, el atleta santo
fiero al contrario y bueno con los suyos; y en cuanto fue creada, fue
repleta
tanto su mente de activa virtud que, aún en la madre, la hizo profetisa.
Al celebrarse ya en la santa fuente los esponsales entre él y la
Fe,
la mutua salvación dándose en dote, la mujer que por él dio
asentimiento, vio en un sueño ese fruto prodigioso que saldría de aquél y
su progenie;
y porque fuese cual era, aun de nombre, un espíritu vino a señalarlo
del posesivo de quien era entero.
Fue llamado Domingo; y hablo de él como del labrador que eligió Cristo
para que le ayudase con su huerto. Bien se mostró de Cristo mensajero;
pues el primer amor del que dio prueba fue al consejo primero que dio
Cristo.
Muchas veces despierto y en silencio lo encontró su nodriza echado en
tierra cual diciendo: «He venido para esto.»
¡Oh en verdad padre suyo venturoso!
¡Oh madre suya Juana verdadera, si se interpreta tal como se dice!
No por el mundo, por el cual se afanan hoy detrás del Ostiense y de
Tadeo, mas por amor del maná sin mentira, en poco
380
tiempo gran doctor se hizo; por vigilar la viña, que marchita pronto, si el
viñador es perezoso.
Y a la sede que fue más bienhechora antes de los humildes, no por ella,
por aquel que la ocupa y la mancilla, no dispensas de dos o tres por seis,
no el primer cargo que libre quedara, no
decimas, quae sunt pauperum Dei, sino pidió contra la gente errada
licencia de luchar por la semilla
donde estas veinticuatro plantas brotan. Después, con voluntad y con
doctrina, emprendió su apostólica tarea
cual torrente que baja de alta cumbre; y en el retoño herético su fuerza
golpeó, con más saña en aquel sitio donde la resistencia era más dura.
De él se hicieron después diversos ríos donde el huerto católico se riega,
y más vivos se encuentran sus arbustos.
Si fue tal una rueda de la biga con que se defendió la Santa Iglesia y su
guerra civil venció en el campo.
bien debería serte manifiesta
la excelencia de la otra, que Tomás antes de venir yo te alabó tanto. Mas
la órbita trazada por la parte superior de su rueda, está olvidada;
y ahora es vinagre lo que era antes vino.
Su familia que recta caminaba tras de sus huellas, ha cambiado tanto, que
el de delante al de detrás empuja;
381
y pronto podrá verse la cosecha de tan mal fruto, cuando la cizaña
lamente que le cierren el granero
Bien sé que quien leyese hoja por hoja nuestro Ebro, un pasaje aún
hallaría donde leyese: "Soy el que fui siempre." Pero no de
Casal ni de Acquasparta,
de donde tales vienen a la regla, que uno la huye y otro la endurece.
Yo soy el alma de Buenaventura
de Bagnoregio, que en los altos cargos los errados afanes puse aparte.
Aquí están Agustín e Iluminado, los primeros descalzos pobrecillos
con el cordón amigos del Señor. Está con ellos Hugo de San Víctor,
y Pedro Mangiadore y Pedro Hispano, que con sus doce libros
resplandece; el profeta Natán, y el arzobispo Crisóstomo y Anselmo, y
el Donato que puso mano en el arte primera.
Está Rabano aquí, y luce a mi lado
el abad de Calabria Joaquín dotado del espíritu profético.
A celebrar a paladín tan grande me movió la inflamada cortesía
de fray Tomás y su agudo discurso;
y conmigo movió a quien me acompaña.»
CANTO XIII
382
Imagine quien quiera comprender lo que yo vi y que la imagen retenga
mientras lo digo, como firme roca quince estrellas que en zonas diferentes
el cielo encienden con tanta viveza
que cualquier densidad del aire vencen; imagine aquel carro a quien el
seno basta de nuestro cielo noche y día
y al dar vuelta el timón no se nos marcha; imagine la boca de aquel
cuerno
que al extremo del eje se origina, al que da vueltas la primera esfera,
haciéndose dos signos en el cielo, como hiciera la hija
del rey Minos sintiendo el frío hielo de la muerte; y uno poner sus rayos en
el otro,
y dar vueltas los dos de tal manera que uno fuera detrás y otro
delante; y tendrá casi sombra de la cierta constelación y de la doble
danza
que giraba en el punto en que me hallaba:
pues tan distante está de nuestros usos, cuanto está del fluir del río
Chiana del cielo más veloz el movimiento.
Allí cantaron no a Pean ni a Baco, a tres personas de naturaleza divina, y
una de ellas con la Humana. Las vueltas y el cantar se terminaron; y
atentas nos miraron esas luces, alegres de pasar a otro cuidado.
Rompió el silencio de concordes númenes luego la luz que la admirable
vida
383
del pobrecillo del Señor narrara, dijo: «Cuando trillada está una paja,
cuando su grano ha sido ya guardado, a trillar otra un dulce amor me
invita.
Crees que en el pecho del que la costilla se sacó para hacer la hermosa
boca
y un paladar al mundo tan costoso, y en aquel que, pasado por la lanza
antes y luego tanto satisfizo,
que venció la balanza de la culpa, cuanto al género humano se permite
tener de luz, del todo fue infundido por el Poder que
hiciera a uno y a otro; por eso miras a lo que antes dije, cuando conté que
no tuvo segundo quien en la quinta luz está escondido.
Abre los ojos a lo que respondo, y verás lo que crees y lo que digo
como el centro y el círculo en lo cierto.
Lo que no muere y lo que morirá
no es más que un resplandor de aquella idea que hace nacer, amando,
nuestro Sir; que aquella viva luz que se desprende
del astro del que no se desaúna, ni del amor que tres hace con ellos, por
su bondad su iluminar transmite,
como un espejo, a nueve subcriaturas, conservándose en uno
eternamente.
384
De aquí desciende a la última potencia bajando de acto en acto, hasta
tal punto, que no hace más que contingencias breves; y entiendo que
son estas contingencias
las cosas engendradas, que produce con simiente o sin ella el cielo móvil.
No es siempre igual la cera y quien la imprime; y por ello allá abajo más
o menos
se traslucen los signos ideales.
Por lo que ocurre que de un mismo árbol, salgan frutos mejores o peores;
y nacéis con distinta inteligencia. si perfecta la cera se encontrase,
e igual el cielo en su virtud suprema, la luz del sello toda brillaría;
mas la natura siempre es imperfecta, obrando de igual modo que el
artista que sabe el arte mas su mano tiembla.
Y si el ardiente amor la clara vista del supremo poder dispone y sella, toda
la perfección aquí se adquiere.
Tal fue creada ya la tierra digna de toda perfección animalesca;
y la Virgen preñada de este modo; de tal forma yo apruebo lo que
opinas,
pues la humana natura nunca fue ni será como en esas dos personas.
Ahora si no siguiese mis razones,
"¿pues cómo aquél no tuvo par alguno?" me dirían entonces tus palabras.
385
Mas porque veas claro lo confuso, piensa quién era y la razón que tuvo,
al pedir cuando "pide" le dijeron.
No te he hablado de forma que aún ignores que rey fue, y que pidió
sabiduría
a fin de ser un rey capacitado;
no por saber el número en que fuesen arriba los motores, si necesse
con contingentes hacen un necesse; no si est dare primum motum
esse, o si de un semicírculo se hacen triángulos que un recto no
tuviesen.
Y así, si lo que dije y esto adviertes, es real prudencia aquel saber sin
par donde la flecha de mi hablar clavaba; y si al
"surgió" la vista clara tiendes, la verás sólo a reyes referida,
que muchos hay, y pocos son los buenos.
Con esta distinción oye mis dichos; y así casan con eso que supones
de nuestro Gozo y del padre primero.
Plomo a tus pies te sea este consejo, para que andes despacio, como el
hombre cansado, al sí y al no de lo que ignoras:
pues es de los idiotas el más torpe, el que sin distinguir niega o
afirma en el uno o el otro de los casos;
puesto que encuentra que ocurre a menudo que sea falsa la opinión
ligera,
y la pasión ofusca el intelecto.
386
Más que en vano se aparta de la orilla, porque no vuelve como se ha
marchado, el que sin redes la verdad buscase.
Y de esto son al mundo claras muestras Parménides, Meliso, Briso, y
muchos, que caminaban sin saber adónde;
Y Arrio y Sabelio y todos esos necios, que deforman, igual que las
espadas, la recta imagen de las Escrituras.
No se aventure el hombre demasiado en juzgar, como aquel que aprecia
el trigo sembrado antes de que haya madurado;
que las zarzas he visto en el invierno cuán ásperas, cuán rígidas mostrarse;
y engalanarse luego con las rosas;
y vi derecha ya y veloz la nave correr el mar en todo su camino, y perecer
cuando llegaba a puerto.
No crean seor Martino y Doña Berta, viendo robar a uno y dar a otro,
verlos igual en el juicio divino;
que uno puede caer y otro subir.»
CANTO XIV
Del centro al borde, y desde el borde al centro se mueve el agua en un
redondo vaso,
según se le golpea dentro o fuera: de igual manera sucedió en mi mente
esto que digo, al callarse de pronto
387
el alma gloriosa de Tomás, por la gran semejanza que nacía de sus
palabras con las de Beatriz,
a quien hablar, después de aquél, le plugo:
«Le es necesario a éste, y no lo dice, ni con la voz ni aun con el
pensamiento,
indagar la raíz de otra certeza.
Decidle si la luz con que se adorna vuestra sustancia, durará en vosotros
igual que ahora se halla, eternamente; y si es así, decidle cómo, luego
de que seáis de nuevo hechos visibles, podréis estar sin que la
vista os dañe.» Cual, por más grande júbilo empujados, a veces
los que danzan en la rueda alzan la voz con gestos de alegría, de igual
manera, a aquel devoto ruego las santas ruedas
mostraron más gozo en sus giros y notas admirables.
Quien se lamenta de que aquí se muera para vivir arriba, es que no ha
visto
el refrigerio de la eterna lluvia.
Que al uno y dos y tres que siempre vive y reina siempre en tres y en dos y
en uno, nunca abarcado y abarcando todo,
tres veces le cantaba cada una de esas almas con una melodía, justo
precio de mérito cualquiera.
388
Y escuché dentro de la luz más santa del menor círculo una voz modesta,
quizá cual la del Ángel a María, responder: «Cuanto más dure la dicha del
paraíso, tanto nuestro amor
ha de esplender en tomo a estos vestidos.
De nuestro ardor la claridad procede; por la visión ardemos, y esa es
tanta, cuanta gracia a su mérito se otorga.
Cuando la carne gloriosa y santa vuelva a vestirnos, estando completas
nuestras personas, aún serán más gratas; pues se acrecentará lo que
nos dona de luz gratuitamente el bien supremo, y es una luz que verlo
nos permite; por lo que la visión más se acrecienta,
crece el ardor que en ella se ha encendido, y crece el rayo que procede de
éste.
Pero como el carbón que da una llama, y sobrepasa a aquella por su brillo,
de forma que es visible su apariencia; así este resplandor que nos circunda
vencerá la apariencia de la carne
que aún está recubierta por la tierra; y no podrá cegarnos luz tan grande:
porque ha de resistir nuestro organismo a todo aquello que cause
deleite.»
Tan acordes y prontos parecieron diciendo «Amén» el uno y otro coro, cual
si sus cuerpos muertos añoraran: y no sólo por ellos, por sus madres, por
sus padres y seres más queridos, y que fuesen también eternas llamas. De
claridad pareja entorno entonces,
nació un fulgor encima del que estaba,
389
igual que un horizonte se ilumina.
Y como a la caída de la noche nuevos fulgores surgen en el cielo, ciertos
e inciertos ante nuestra vista, me pareció que en círculo dispuestas unas
nuevas sustancias contemplaba por fuera de las dos circunferencias.
¡Oh resplandor veraz del Santo Espíritu!
¡qué incandescente apareció de pronto a mis ojos que no lo soportaron!
Mas Beatriz tan sonriente y bella
se me mostró, que entre aquellas visiones que no recuerdo tengo que
dejarla.
Recobraron mis ojos la potencia de levantarse; y nos vi trasladados
solos mi dama y yo a gloria más alta. Bien advertí que estaba más arriba,
por el ígneo esplendor de aquella estrella,
mucho más rojo de lo acostumbrado.
De todo corazón, con la palabra común, hícele a Dios un holocausto,
como a la nueva gracia convenía.
Y apagado en mi pecho aún no se hallaba del sacrificio el fuego,
cuando supe que era mi ofrenda fausta y recibida;
que con tan grande brillo y tanto fuego un resplandor salía de sus rayos
que dije: «¡Oh Helios, cómo los adornas!» Cual con mayores y menores
luces blanquea la Galaxia entre los polos
del mundo, y a los sabios pone en duda; así formados hacían los rayos
390
en el profundo Marte el santo signo que del círculo forman los cuadrantes.
Aquí vence al ingenio la memoria; que aquella Cruz resplandecía a Cristo,
y no encuentro un ejemplo digno de ello; mas quien toma su
cruz y a Cristo sigue, podrá excusarme de eso que no cuento viendo en
aquel albor radiar a Cristo.
De un lado al otro y desde arriba a abajo se movían las luces y brillaban
aún más al encontrarse y separarse: así aquí vemos, rectos o torcidos,
lentos o raudos renovar su aspecto los corpusculos,
cortos y más largos, moviéndose en el rayo que atraviesa
la sombra a veces que, por protegerse,
dispone el hombre con ingenio y arte. Y cual arpa y laúd, con tantas
cuerdas afinadas, resuenan dulcemente
aun para quien las notas no distingue, tal de las luzes que allí
aparecieron a aquella cruz un canto se adhería,
que arrebatóme, aun no entendiendo el himno.
Bien me di cuenta que era de altas loas, pues llegaba hasta mi «Resurgi»
y «Vinci» como a aquel que no entiende, pero escucha. Y me sentía
tan enamorado,
que hasta ese entonces no hubo cosa alguna que me atrapase en tan
dulces cadenas.
Tal vez son muy atrevidas mis palabras, al posponer el gozo de los ojos,
391
que si los miro, cesan mis deseos; mas el que sepa que los cielos vivos
más altos más acrecen la belleza,
y que yo aún no me había vuelto a aquéllos, podrá excusarme de lo que
me acuso
por excusarme, y saber que no miento: que aquí el santo placer no está
excluido, pues más sincero se hace mientras sube.
CANTO XV
La buena voluntad donde se licúa siempre el amor que inspira lo que es
recto,
como en la inicua la pasión insana, silencio impuso a aquella dulce lira,
aquietando las cuerdas que la diestra del cielo pulsa y luego las acalla.
¿Cómo estarán a justas preces sordas esas sustancias que, por darme
aliento para que hablase, a una se callaron?
Bien está que sin término se duela quien, por amor de cosas que no
duran, de ese amor se despoja eternamente.
Cual por los cielos puros y tranquilos
de cuando en cuando cruza un raudo fuego, y atrae la vista que está
distraída,
392
y es como un astro que de sitio mude, sino que en el lugar donde se
enciende no se pierde ninguno, y dura poco:
tal desde el brazo que a diestra se extiende hasta el pie de la cruz, corrió
una estrella de la constelación que allí relumbra;
no se apartó la gema de su cinta, mas pasó por la línea radial
cual fuego por detrás del alabastro.
Fue tan piadosa la sombra de Anquises, si a la más alta musa damos fe,
reconociendo a su hijo en el Elíseo.
«O sanguis meus, o superinfusa gratia Dei, sicut tibi cui
bis unquam celi ianüa reclusa?» Dijo esa luz llamando mi atención;
luego volví la vista a mi señora,
y una y otra dejáronme asombrado; pues ardía en sus ojos tal sonrisa,
que pensé que los míos tocarían el fondo de n ú gloria y paraíso.
Luego gozoso en vista y en palabras, el espíritu dijo aún otras cosas
que no las entendí, de tan profundas; Y no es que por su gusto lo
escondiera, mas por necesidad, pues su concepto al ingenio mortal se
superpone.
Y cuando el arco del afecto ardiente se calmó, y se abajaron sus
palabras a la diana de nuestro intelecto, la cosa que escuché
primeramente
393
«¡Bendito seas fue tú, el uno y trino, que tan cortés has sido con mi
estirpe!» Y siguió: «Un grato y lejano deseo, tomado de leer el gran
volumen
del cual el blanco y negro no se mudan, has satisfecho, hijo, en esa luz
desde la cual te hablo, gracias a ésa que alas te dio para tan alto vuelo.
Tú crees que a mí llegó tu pensamiento de aquel que es el primero,
como sale del uno, al conocerlo, el seis y el cinco; y por ello quién soy, y
por qué causa más alegre me ves, no me
preguntas, que algunos otros de este alegre grupo. Crees bien; pues los
menores y mayores de esta vida se miran al espejo
que muestra el pensamiento antes que pienses; mas por que el sacro
amor en que yo veo
con perpetua vista, y que me llena de un dulce desear, mejor se calme,
¡segura ya tu voz, alegre y firme suene tu voluntad, suene tu anhelo, al
que ya decretada es mi respuesta!»
Me volví hacia Beatriz, que antes que hablara me escuchó, y sonrió con un
semblante
que hizo crecer las alas del deseo. Dije después: «El juicio y el
afecto, pues que gozáis de la unidad primera, en vosotros
operan de igual modo,
porque el sol que os prendió y en el que ardisteis, en su calor y luz es tan
igual,
394
que otro símil sería inoportuno.
Mas querer y razón, en los mortales, por causas de vosotros conocidas,
tienen las alas de diversas plumas;
y yo, que soy mortal, me siento en esta desigualdad, y por ello agradezco
sólo de corazón esta acogida.
Te imploro con fervor, vivo topacio, precioso engaste de esta joya pura,
que me quede saciado de tu nombre.»
«¡Oh fronda mía, que eras mi delicia aguardándote, yo fui tu raíz!»:
comenzó de este modo a responderme.
Luego me dijo: «Aquel de quien se toma tu apellido, y cien años ha girado
y más el monte en la primera cornisa, fue mi hijo, y fue tu bisabuelo:
y es conveniente que tú con tus obras a su larga fatiga des alivio.
Florencia dentro de su antiguo muro, donde ella toca aún a tercia y
nona, en paz estaba, sobria y pudorosa.
No tenía coronas ni pulseras, ni faldas recamadas, ni cintillos
que gustara ver más que a las personas.
Aún no le daba miedo si nacía
la hija al padre, pues la edad y dote ni una ni otra excedían la medida. No
había casas faltas de familia; aún no había
enseñado Sardanápalo lo que se puede hacer en una alcoba. Aún no
estaba vencido Montemalo por vuestro Uccelatoio, que cayendo lo
395
vencerá al igual que en la subida. Vi andar ceñido a Belincione Berti con
piel de oso, y volver del espejo a su mujer sin la cara pintada;
y vi a los Nerli alegres y a los Vechio de vestir simples pieles, y a la rueca
atendiendo y al huso sus esposas.
¡Oh afortunadas! estaban seguras
del sepulcro, y ninguna aún se encontraba abandonada por Francia en
el lecho.
Una cuidaba atenta de la cuna, y, por consuelo, usaba el idioma
que divierte a los padres y a las madres; otra, tirando a la rueca del pelo,
charloteaba con sus familiares
de Fiésole, de Roma, o los troyanos. Entonces por milagro se tendrían
una Cianghella, un Lapo Saltarello, como ahora Cornelia o
Cincinato.
A un tan hermoso, a un tan apacible vivir de ciudadano, a una tan fiel
ciudadanía, y a un tan dulce albergue, me dio María, a gritos invocada;
y en el antiguo bautisterio vuestro fui cristiano a la par que Cacciaguida.
Moronto fue mi hermano y Eliseo; desde el valle del Po vino mi esposa,
de la cual se origina tu apellido.
Luego seguí al emperador Conrado; y él me armó caballero en su milicia,
tan de su agrado fueron mis hazañas.
396
Marché tras él contra la iniquidad de aquella secta cuyo pueblo usurpa,
por culpa del pastor, vuestra justicia. Allí fui yo por esas torpes gentes,
ya desligado del mundo falaz, cuyo amor muchas almas envilece;
y vine hasta esta paz desde el martirio.
CANTO XVI
Oh pequeña nobleza de la sangre, que de ti se gloríen aquí abajo
las gentes donde es débil nuestro afecto,
nunca habrá de admirarme: porque donde el apetito nuestro no se tuerce,
digo en el cielo, yo me glorié.
Eres un manto que pronto se acorta: tal que, si no se agranda día a día,
el tiempo va en redor con las tijeras. Con el «vos» que primero sufrió
Roma, y que sus descendientes no conservan, comenzaron de nuevo mis
palabras; por lo cual Beatriz, que estaba aparte
la que tosió, al reírse parecía, al primer fallo escrito de Ginebra.
Yo le dije: «Vos sois el padre mío; vos infundís aliento a mis palabras;
vos me eleváis, y soy más que yo mismo.
Por tantos cauces llena la alegría mi mente, y de sí misma se recrea pues
soportarlo puede sin fatiga. Habladme pues, mi caro antecesor, de los
mayores vuestros y los años
397
que dejaron su huella en vuestra infancia; decidme cómo era en aquel
tiempo
el redil de san Juan, y quiénes eran los dignos de los puestos elevados.»
Como se aviva cuando el viento sopla el carbón
encendido, así vi a aquella luz brillar con mi hablar respetuoso;
y haciéndose más bella ante mis ojos, así con voz más dulce y más suave,
mas no con este lenguaje moderno,
me dijo: «Desde el día en que fue dicho "Ave", hasta el parto en que mi
santa madre, se vio libre de mí, que la gravaba,
a su León quinientas y cincuenta y treinta veces este fuego vino
a inflamarse otra vez bajo sus plantas.
Mis mayores y yo nacimos donde primero encuentra el último distrito
quien corre en vuestros juegcos anuales.
De mis mayores basta escucha esto: quiénes fueran y cuál su
procedencia, más conviene callar que declararlo. Todos los que podían
aquel tiempo entre el Bautista y Marte llevar armas, eran el quinto de los
que hay ahora.
Mas la ciudadanía, ahora mezclada de Campi, de Certaldo y de Fegghine,
pura se hallaba hasta en los artesanos.
¡Oh cuánto mejor fuera ser vecino de esas gentes que digo, y a
Galluzzo y a Trespiano tener como confines, que tener dentro y aguantar
la peste
398
de ese ruin de Aguglión, y del de Signa, de tan aguda vista para el fraude!
Si la gente que al mundo más corrompe no hubiera sido madrastra
del César, mas cual benigna madre para el hijo, quien es ya florentino y
cambia y merca, a Simifonte habría regresado,
donde pidiendo su abuelo vivía;
de los Conti sería aún Montemurlo; los Cerchi habitarían en
Acona,
los Buondelmonti acaso en Valdigrieve. Siempre la confusión de las
personas principio fue del mal de las ciudades,
cual del vuestro el comer más de la cuenta; y más deprisa cae si ciega el
toro
que el cordero; y mejor que cinco espadas y más corta una sola muchas
veces.
Si piensas cómo Luni y Orbisaglia han desaparecido, y cómo van
Sinagaglia y Chiusi tras de aquéllas, oír cómo se pierden las estirpes
no te parecerá nuevo ni fuerte,
ya que también se acaban las ciudades. Tienen su muerte todas vuestras
cosas, como vosotros; mas se oculta alguna que dura mucho, y son cortas
las vidas.
Y cual girando el ciclo de la luna las playas sin cesar cubre y descubre,
así hace la Fortuna con Florencia: por lo cual lo que diga de los grandes
florentinos no debe sorprenderte,
399
que ya su fama en el tiempo se esconde.
Yo vi a los Ughi y a los Catellini, Filippi, Creci, Orrnanni y
Alberichi, ya en decadencia, ilustres ciudadanos; y vi tan grandes como los
antiguos, con el de la Sanella, a aquel del Arca, y a Soldanieri y Ardinghi y
Bostichi.
junto a la puerta, que se carga ahora de nueva felonía tan pesada
que hará que vuestra barca se hunda pronto, los Ravignani estban, de los
cuales
descendió el conde Guido, y los que el nombre del alto Bellinción
después tomaron.
Los de la Pressa sabía ya cómo gobernar, y tenía Galigaio ya en su casa
dorados pomo y funda. Era ya grande la columna oscura, Sachetti,
Giuochi, Fifanti y Barucci, Galli y a quien las
pesas avergüenzan. La cepa que dio vida a los Calfucci era ya grande, y ya
fueron llamados los Sizzi y Arrigucci a las curules.
¡Cuán altos vi a los que ahora están deshechos por su soberbia! y las bolas
de oro
con sus gestas Florencia florecían. Así hacían los padres de esos que,
cuando queda vacante vuestra iglesia, engordan acudiendo al consistorio.
Esa insolente estirpe que se endraga
tras los que huyen, y a quien muestra el diente o la bolsa, se
amansa cual cordero,
400
iba ascendiendo, mas de humilde origen; y a Ubertino Donati no placía
que luego el suegro con ella le uniese. Ya hasta el mercado había el
Caponsacco de Fiésole venido, y ciudadanos
eran ya buenos Guida e Infangato.
Diré una cosa cierta e increíble: daba la entrada al recinto una puerta que
de los Pera su nombre tomaba.
Los que hoy ostentan esa bella insignia del gran barón con cuya prez y
nombre la fiesta de Tomás se reconforta,
de él recibieron mando y privilegio; aunque se ponga hoy junto a la plebe
quien la rodea con franja de oro.
Ya estaban Gualterotti e Importuni; y aún estaría el Burgo más tranquilo,
ayuno de estas nuevas vecindades. La casa en que naciera vuestro llanto,
por el justo rencor que os ha matado,
y puso fin a vuestra alegre vida, era honrada, con todos sus secuaces:
¡Oh Buondelmonti, mal de aquellas bodas huiste, y el consuelo nos
quitaste! Alegres muchos tristes estarían,
si al Ema Dios te hubiese concedido, cuando llegaste allí por vez primera.
Mas convenía que en la piedra rota que el puente guarda, hiciera un
sacrificio
Florencia al terminarse ya su paz.
401
Con estas gentes, y otras con aquéllas, vi yo a Florencia con tan gran
sosiego, que no había motivos para el llanto.
Con esas gentes yo vi glorioso
y justo al pueblo, tanto que su lirio nunca al revés pusieron en el asta,
ni fue hecho rojo por las disensiones.»
CANTO XVII
Como acudió a Climene, a consultarle de aquello que escuchara en contra
suya, quien remiso hace al padre aún con el hijo;
tal me encontraba, y tal lo comprendían Beatriz y aquella luz santa que
antes por causa mía se cambió de sitio.
Por lo cual mi señora «Expulsa el fuego de tu deseo dijo y que éste salga
por tu imagen interna bien sellado: no para acrecentar lo que sabemos
al decirlo: mas para acostumbrarte a que hables de tu sed, y
otros te ayuden».
«Cara planta que te alzas de tal modo que, cual saben los hombres que
no caben dos ángulos obtusos en un triángulo, igual sabes las cosas
contingentes
antes de que sucedan, viendo el punto en quien todos los tiempos son
presentes;
402
mientras que junto a Virgilio subía por la montaña que cura las almas, o
por el reino difunto bajando, dichas me fueron respecto al futuro
palabras graves, y aunque yo me sienta a los golpes de azar como el
tetrágono; mi deseo estaría satisfecho
sabiendo la fortuna que me aguarda:
pues la flecha prevista daña menos.»
Así le dije a aquella misma luz
que antes me había hablado; y como quiso Beatriz, fue mi deseo
confesado.
No con enigmas, donde se enviscaba la gente loca, antes de que muriera
el Cordero que quita los pecados, mas con
palabras claras y preciso latín, me respondió el amor paterno, manifiesto
y oculto en su sonrisa:
«Los hechos contingentes, que no salen de los cuadernos de vuestra
materia,
en la mirada eterna se dibujan; Mas esto no los hace necesarios,
igual que la mirada que refleja
el barco al que se lleva la corriente. De allí, lo mismo que viene al oído el
dulce son del órgano, me viene hasta mi vista el tiempo que te
aguarda. Como se marchó
Hipólito de Atenas por la malvada y pérfida madrastra,
así tendrás que salir de Florencia. Esto se quiere y esto ya se busca,
403
y pronto lo han de ver los que esto piensan donde se vende a Cristo cada
día.
Se atribuirá la culpa a los vencidos, como se suele hacer; mas el castigo
testimonio será de la verdad.
Tú dejarás cualquier cosa que quieras más fuertemente; y. esto es esa
flecha
que antes dispara el arco del exilio. Probarás cuán
amargamente sabe el pan ajeno y cuán duro es subir
y bajar las ajenas escaleras.
Y lo que más te pesará en los hombros, será la ruin y necia compañía
con la que has de caer en ese valle; que ingrata, impía y loca contra ti ha
de volverse; mas al poco tiempo ella, no tú, tendrá las sienes rojas.
De su bestialidad dará la prueba su proceder; y grato habrá de serte haber
hecho un partido de ti mismo.
El refugio primero que te albergue será la cortesía del
Lombardo
que en la escalera tiene el ave santa; que te dará tan benigna acogida, que
de hacer y pedir, entre vosotros,
antes irá el que entre otros el postrero. Con él verás a aquel que fue
signado, tanto, al nacer, por esta fuerte estrella, que hará notables todas
sus acciones.
En él nadie repara todavía
404
por su temprana edad, pues nueve años sólo esta rueda gira en torno
suya;
mas antes que el Gascón engañe a Enrique, de su virtud
veremos los fulgores, despreciando la playa y las fatigas.
Y sus magnificencias tan famosas serán entonces, que sus enemigos
no podrán evitar el referirlas.
Pon la esperanza en él y en sus mercedes; por él será cambiada mucha
gente, mudando condición rico y mendigo;
y llevarás escrito sin decirlo
en tu memoria de él»; y dijo cosas que no creyese aun quien las
escuchara. Dijo después: «La explicación es esto de lo que te fue dicho; ve
las trampas que se esconden detrás de pocos años. Mas no quiero que
envidies a tu gente,
pues sabrás que tu vida se enfutura más allá que el castigo de su
infamia.» Cuando al callar mostró que concluido ya había el alma santa el
entramado
de la tela en que yo puse la urdimbre, yo comencé lo mismo que el que
anhela,
en la duda, el consejo de personas que ven y quieren rectamente y
aman:
«Bien veo padre mío, cómo aguija contra mí el el tiempo, para darme un
golpe tal, que es más grave a quien más se descuida;
405
de previsión por ello debo armarme, y si el lugar más amado me quitan,
yo no pierda los otros por mis versos.
Por el amargo mundo sempiterno, y por el monte desde cuya altura me
elevaron los ojos de mi dama,
y en el cielo después, de fuego en fuego, aprendí muchas cosas, que un
agriado
sabor daría a muchos si las cuento; mas si amo la verdad tímidamente,
temo perder mi fama entre esos hombres que a nuestro tiempo han de
llamar antiguo.»
La luz donde reía mi tesoro, que allí encontré, centelleó primero, como al
rayo de sol un áureo espejo; después me replicó: «Sólo a una mente, por
la propia vergüenza o por la ajena turbada, será brusco lo que digas.
No obstante, aparta toda la mentira y pon de manifiesto lo que has visto;
y deja que se rasquen los sarnosos. Porque si con tu voz causas molestia
al probarte, alimento nutritivo
dejará luego cuando lo digieran.
Este clamor tuyo hará como el viento, que las más altas cumbres más
golpea; y esto no poco honor ha de traerte.
Por ello se han mostrado a ti en los cielos, en el monte y el valle doloroso
sólo las almas de notoria fama, pues fe no guarda el ánimo que escucha ni
observa los ejemplos que escondidas
o incógnitas tuvieran las raíces, ni razones que no son evidentes.»
406
CANTO XVIII
Se recreaba ya en sus reflexiones
aquel beato espejo, y yo en las mías, temperando lo amargo
con lo dulce; y la mujer que a Dios me conducía dijo: «Cambia de idea;
porque estoy cerca de aquel que lo injusto repara.» Yo entonces me volví
al son amoroso de mi consuelo; y no he de referiros
el mucho amor que vi en sus santos ojos: no sólo es que no fíe en mis
palabras, sino que la memoria no repite,
sin una gracia, lo que la supera. Sólo puedo decir de aquel instante,
que, volviendo a mirarla, estuvo libre mi afecto de cualquier otro deseo,
mientras el gozo eterno, que directo irradiaba en Beatriz, desde sus ojos
con su segundo aspecto me alegraba.
Vencido con la luz de su sonrisa, ella me dijo: «Vuélvete y escucha; no está
en mis ojos sólo el Paraíso.»
Como se ve en la tierra algunas veces el afecto en la vista, si es tan
grande, que por él todo el alma es poseída, así en el flamear del fulgor
santo
al que yo me volví, supe el deseo que tenía aún de hablarme un poco más,
y él comenzó: «En este quinto grado del árbol de la cima, que
407
da fruta siempre y que nunca pierde su follaje, hay almas santas, que
en la tierra, antes
que vinieran al cielo, tan famosas fueron que harían rica a cualquier
musa. Contempla pues los brazos de la cruz: los que te
nombraré aparecerán
como el rayo veloz hace en la nube.» Por la cruz vi un fulgor que se movía
al nombre de Josué, nada más dicho;
no sé si fue primero el ver que el nombre.
Y al nombre de aquel grande Macabeo vi que otro se movía dando
vueltas, y era cuerda del trompo la alegría.
Así con Carlo Magno y con Oriando siguió dos luces mi mirar atento
como a su halcón volando sigue el ojo. Después vi a Rinoardo y a
Guillermo y al duque Godofredo con la vista por esa cruz, y a Roberto
Guiscardo. Yendo a mezclarse luego con los otros, me mostró el alma que
me había hablado qué clase de cantor era en el cielo.
Me volví entonces hacia la derecha para ver si Beatriz, o por su gesto o
sus palabras, mi deber mostraba. Y contemplé sus luces tan serenas,
tan gozosas, que a los demás vencía su semblante y al último que tuvo. Y
como por sentir mayor deleite obrando bien, el hombre día a día se da
cuenta que aumenta su virtud, así yo me di cuenta que girando
junto al cielo mi círculo crecía, viendo aún más luminoso aquel milagro.
408
Y como se transmuta en poco rato en blanca la mujer, cuando su rostro de
la vergüenza el peso se descarga, tal fue en mis ojos, cuando me volví, por
su blancura la templada estrella sexta, que en ella habíame acogido.
Yo vi en aquella jovial antorcha el destellar del amor que allí estaba
signando el alfabeto ante nosotros. Y cual aves que se
alzan de la orilla, casi alabando ya el haber comido, hacen
bandadas largas o redondas, así en las luces las santas criaturas
al revolotear iban cantando, haciéndose una D, una I, una L. Al compás de
su canto se movían;
y al formar luego uno de aquellos signos, callaban deteniéndose un
momento.
¡Oh pegasea diosa, que a los sabios los haces gloriosos y longevos,
y ellos contigo a reinos y a ciudades, ilústreme tu ayuda, y haz que
muestre tal como aparecieron sus figuras:
y en breves versos tu poder demuestra!
Se me mostraron cinco veces siete unas vocales y otras consonantes;
y en cuanto se formaban las leía.
«DILIGITE IUSTITIAM», verbo y nombre
fueron los que primero se formaron;
«QUI IUDICATIS TERRAM», las postreras.
Luego en la eme del vocablo quinto ordenadas quedaron; y tal plata
bañada en oro Júpiter lucía.
409
Y vi otras luces que a la parte alta bajaban de la eme, y se quedaban
cantando, creo, el bien que las traía. Luego, como al chocar de los tizones
ardientes, surgen chispas a millares, donde los necios suelen ver augurios,
pareció que de allí surgían miles
de luces que subían, mucho o poco, tal como el sol que las prendió
dispuso;
y en su lugar ya quietas cada una, vi de un águila el cuello y la
cabeza representada en el fulgor distinto. Quien pinta allí no tiene quien le
guíe,
sino que guía, y de aquél se origina la virtud que a los nidos da su forma.
Las otras beatitudes, que dichosas de enliliarse en la ema parecieron,
moviéndose siguieron la figura.
¡Oh dulce estrella, cuáles, cuántas gemas me demostraron que nuestra
justicia es efecto del cielo que tú enjoyas!
Y yo pido a la mente en que comienza tu virtud y tu obrar, que vuelva a
ver de dónde sale el humo que te nubla; tal que se encolerice
nuevamente
del comprar y el vender dentro del templo murado con milagros y
martirios.
¡O milicia de cielo que ahora miro, ruega por los que se hallan en la tierra
detrás del mal ejemplo desviados!
Antes se hacía con armas la guerra;
410
y ahora se hace quitando a unos y a otros el pan que a nadie niega el
santo Padre.
Pero tú que borrando sólo escribes, piensa que aún viven Pedro y Pablo,
muertos
por la viña que ahora tú devastas. Puedes decir: «Tan fijo está mi amor
en quien quiso vivir en el desierto
y fue martirizado por un baile,
que al Pescador y a Pablo desconozco.»
CANTO XIX
Apareció ante mí la bella imagen con las alas abiertas, que formaban las
almas agrupadas en su dicha; un rubí parecía cada una
donde un rayo de sol ardiera tanto, que en mis ojos pudiera reflejarse.
Y lo que debo de tratar ahora ni referido nunca fue, ni escrito,
ni concebido por la fantasía;
pues vi y también oí que hablaba el pico, y que la voz decía
«mío» y «yo»
y debía decir «nuestro» y «nosotros».
Y comenzó: «Por ser justo y piadoso estoy aquí exaltado a aquella
gloria que vencer no se deja del deseo;
411
y dejé tan completa mi memoria en la tierra, que abajo los malvados
aun sin seguir su ejemplo, la veneran.» Como un solo calor de
muchas brasas, de entre muchos amores, de igual modo, salía un solo
son de aquella imagen.
Y entonces respondí. «Oh perpetuas flores de la alegría eterna, que uno
sólo
me hacéis aparecer vuestros aromas, aclaradme, espirando, el gran ayuno
que largamente en hambre me ha tenido, pues ningún alimento hallé en
la tierra. Bien sé que si en el cielo de otro reino la
justicia divina hace su espejo veladamente el vuestro no la mira.
Sabéis que atentamente me: dispongo a escucharos; sabéis cuál es la
duda que en ayunas me tuvo tanto tiempo.» Como halcón al que quitan
la capucha, que mueve la cabeza y bate
alas
ganas mostrando y haciéndose hermoso, contemplé a aquella imagen,
que con loas a la divina gracia era formada, con cantos que conoce el
que lo goza. Dijo después: «El que
volvió el compás hasta el confín del mundo, y dentro de éste guardó lo
manifiesto y lo secreto,
no podía imprimir su poderío en todo el universo, de tal modo que su
verbo no fuese aún infinito.
Y esto confirma que el primer soberbio, que de toda criatura fue la
suma,
412
por no esperar la luz cayó inmaduro; mostrando que cualquier
naturaleza menor, es sólo un corto receptáculo del bien que no se acaba
y no se mide. Por lo cual nuestra vista, que tan sólo ha salido de un rayo
de la mente
de que todas las cosas están llenas, no puede valer tanto por sí misma,
que no sepa que está mucho más lejos su principio de lo que se le
muestra.
Por eso en la justicia sempiterna la vista que recibe vuestro mundo,
igual que el ojo por el mar, se adentra; que, aunque en la orilla
puede ver el fondo,
no lo ve en alta mar; y no está menos allí, pero lo esconde el ser profundo.
No hay luz, si no procede de la calma imperturbable; y fuera es la tiniebla,
o sombra de la carne, o su veneno.
Bastante ya te he abierto el escondrijo que te escondía la justicia viva,
que con tanta frecuencia cuestionaste; diciendo: "Un hombre
nace en la ribera del Indo, y no hay allí nadie que hable de Cristo ni
leyendo ni escribiendo;
y todos sus deseos y actos buenos, por lo que entiende la razón del
hombre,
están sin culpa en vida y en palabras. Y muere sin la fe y sin el bautismo:
¿Dónde está la justicia al condenarle?
¿y dónde está su culpa si él no cree?"
413
¿Quién eres tú para querer sentarte a juzgar a mil millas de distancia
con tu vista que sólo alcanza un palmo?
Cierto que quien conmigo sutiliza, si sobre él no estuviera la Escritura, su
dudar llegaría hasta el asombro.
¡Oh animales terrenos! ¡Mentes zafias!
La voluntad primera, por sí buena,
de sí, que es sumo bien, nunca se mueve. Sólo es justo lo que a ella se
conforma: ningún creado bien puede atraerla,
pero aquella, espiendiendo, los produce.» Igual que sobre el nido vuela
en círculos tras cebar a sus hijos la cigüeña,
y como la contempla el ya cebado; hizo así, y yo los ojos levanté, esa
bendita imagen, que las alas
movió impulsada por tantos espíritus. Dando vueltas cantaba, y me decía:
«Lo mismo que mis notas, que no entiendes, tal es el juicio eterno a los
mortales.»
Al aquietarse las lucientes llamas del Espíritu Santo, aún en el signo
que a Roma hizo temible en todo el mundo,
volvió a decir aquél: «No sube a este reino, quien no creyera en Cristo,
antes o después de clavarle en el madero.
Mas sabe: muchos gritan "¡Cristo, Cristo!" y estarán en el juicio menos
prope
414
de aquel, que otros que a Cristo no conocen; serán por el etíope
afrentados
cuando los dos colegios se separen, los para siempre ricos y los pobres.
¿A vuestros reyes qué dirán los persas al contemplar abierto el libro
donde escritos se hallan todos sus pecados? La que muy pronto moverá
las plumas y que devastará el reino de Praga,
de Alberto podrá verse entre las obras. La pena podrá verse que en el
Sena causará, la moneda falseando,
quien por un jabalí hallará la muerte. La insaciable soberbia podrá verse,
que al de Inglaterra y al de Escocia ciega, sin poder aguantarse en sus
fronteras.
Veráse la lujuria y vida muelle
de aquel de España y del de la Bohemia, que ni supo ni quiso del valor.
Veráse al cojo de Jerusalén su bondad señalada con la I,
y con la M el contrario señalado.
Veráse la avaricia y la vileza
de quien guardando está la isla del fuego, donde Anquises su larga edad
dejara;
en abreviadas letras su escritura para dar a entender cuán poco vale,
que mucho anotarán en poco espacio.
Enseñará las obras indecentes
415
de su tío y su hermano, que una estirpe tan egregia y dos tronos
ensuciaron.
El que está en Portugal y el de Noruega allí se encontrarán, y aquel de
Rascia que mal ha visto el cuño de Venecia.
¡Dichosa Hungría, si es que no se deja mal conducir! ¡y dichosa
Navarra,
si se armase del monte que la cerca! Y creer se debiera como
muestra de esto, que Nicosia y Famagusta se reprueban y duelen de su
bestia,
que del lado de aquéllas no se aparta.
CANTO XX
Cuando aquel que da luz al mundo entero del hemisferio nuestro así
desciende que el día en todas partes se consuma,
el cielo, que aquél solo iluminaba, súbitamente vuelve a hacerse claro,
con muchas luces, que a una reflejan.
Recordé este fenómeno celeste, cuando calló aquel símbolo del mundo y
de sus jefes su bendito pico;
pues que todas aquellas vivas luces entonaron, luciendo aún más,
cantigas
416
que se han borrado ya de mi memoria.
¡Oh dulce amor que de risa te envuelves, qué ardiente en esos sistros te
mostrabas, de santos pensamientos inspirados!
Cuando las caras y lucientes piedras de las que vi enjoyado el sexto cielo
sus angélicos sones terminaron,
creí escuchar el murmurar de un río que claro baja de una roca en otra,
mostrando la abundancia de su fuente.
Y como el son del cuello de la cítara toma forma, y así del orificio
de la zampoña por donde entra el viento, de igual manera, sin tardanza
alguna, por el cuello del águila el murmullo subió, cual si estuviese
perforado.
Allí se tornó voz, y por el pico salió en palabras, como lo esperaba mi
corazón, en donde las retuve.
«La parte en mí que ve y que al sol resiste siendo águila mortal me dijo
entonces- ahora debes mirar atentamente, pues de los fuegos que hacen
mi figura, esos por los que brillan mis pupilas, son los más excelentes de
entre todos. Ese que en medio luce como el iris, fue el gran cantor del
Espíritu Santo,
que el arca trasladó de pueblo en pueblo: ahora sabe ya el mérito del
canto,
en cuanto efecto fue de su deseo,
por el pago que le ha correspondido. De los cinco del arco de
417
mis cejas,
quien del pico se encuentra más cercano, consoló a aquella viuda por su
hijo: ahora sabe lo caro que resulta
el no seguir a Cristo, conociendo esta vida tan dulce y su contraria.
Y aquel que sigue en la circunferencia que te digo, en lo más alto del
arco, con penitencias aplazó su muerte: ahora sabe que el juicio
sempiterno
no cambia, aun cuando dignas oraciones de lo de hoy abajo hace
mañana.
El que sigue, conmigo y con las leyes, bajo buena intención que dio mal
fruto, por ceder al pastor se tornó griego: ahora sabe que el mal que ha
derivado de aquel buen proceder, no le es dañoso aunque por ello el
mundo se destruya.
Y aquel que está donde el arco desciende, fue Guillermo, a quien llora
aquella tierra que a Federico y Carlos ahora sufre: ahora sabe en qué
modo se enamora
de un justo rey el cielo, y en el brillo de su semblante así lo manifiesta.
¿Quién creería en el mundo en que se yerra que el troyano Rifeo en este
arco
fuese la quinta de las santas luces?
Ahora ya sabe más de eso que el mundo no puede ver de la divina
gracia,
418
aunque su vista el fondo no discierna.» Como la alondra que vuela en
el aire cantando, y luego calla satisfecha de la última dulzura que la
sacia, tal pareció la imagen del emblema del eterno poder, a cuyo
gusto todas las cosas adquieren su ser.
Y aunque yo con mis dudas casi fuese cristal con el color que le recubre,
no pude estar callado mucho tiempo, mas por la boca: «¿Qué cosas son
éstas?» me impulsó a echar la fuerza de su peso:
por lo cual vi destellos de alegría. Y luego, con la vista más ardiente, aquel
bendito signo me repuso para que yo saliera de mi asombro:
«Ya veo que estas cosas has creído pues yo lo digo, mas no ves las causas;
y te están, aun creyéndolas, ocultas.
Haces como ése que sabe de nombre las cosas, pero si otros no le explican
su sustancia, él no puede conocerla. Regnum caelorum sufre la violencia
de ardiente amor y de viva esperanza, que vencen la divina voluntad:
no como el hombre al hombre sobrepuja, mas la vencen pues quiere ser
vencida,
y con su amor, así vencida, vence. La primer alma y quinta de las cejas ha
causado tu asombro, pues las ves
pintando las angélicas regiones.
No dejaron sus cuerpos, como piensas, gentiles, mas cristianos, con fe
firme en los pies por clavar o ya clavados.
Pues una del infierno, donde nunca
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se vuelve al buen querer, tornó a los huesos; y esto fue en premio de
esperanza viva: de una viva esperanza que dio fuerzas
a la súplica a Dios de revivirle, para poder corregir su deseo. El alma
gloriosa de que hablo,
vuelta a la carne, en la que estuvo un poco, creyó en aquel que podía
ayudarla;
y creyendo encendióse en tanto fuego de verdadero amor, que en su
segunda muerte, fue digna de estas alegrías.
La otra, por gracia que de tan profunda fuente destila, que nadie ha
podido ver su vena primera con los ojos, puso todo su amor en la justicia:
y así, pues, Dios le abrió, de gracia en gracia la vista a la futura redención;
y él en ella creyó, y no toleraba la peste de su antiguo paganismo; y
reprendía a las gentes perversas.
Las tres mujeres que viste en la rueda derecha le sirvieron de bautismo,
antes del bautizar más de un milenio.
¡Oh predestinación, cuán alejada se encuentra tu raíz de aquellos ojos
que la causa primera no ven tota!
Y vosotros mortales, sed prudentes juzgando: pues nosotros, que a
Dios vemos, aún no sabemos todos los que elige; y nos es dulce ignorar
estas cosas, y nuestro bien en este bien
se afina, pues lo que Dios desea, deseamos.» Por la divina imagen de
este modo, para aclarar mi vista tan escasa,
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me fue dada suave medicina.
Y como a un buen cantor buen citarista hace seguir el pulso de las
cuerdas,
por lo que aún más placer adquiere el canto, así, mientras hablaba, yo
recuerdo
que vi a los dos benditos resplandores, igual que el parpadeo se
concuerda, llamear al compás de las palabras.
CANTO XXI
Volví a fijar mis ojos en el rostro de mi dama, y mi espíritu con ellos, de
cualquier otro asunto retirado.
No se reía; mas «Si me riese dijo te ocurriría como cuando
fue Semele en cenizas convertida: pues mi belleza, que en los escalones
del eterno palacio más se acrece,
como has podido ver, cuanto más sube, si no la templo, tanto brillaría
que tu fuerza mortal, a sus fulgores, rama sería que el rayo desgaja.
Al séptimo esplendor hemos subido, que bajo el pecho del León ardiente
con él irradia abajo su potencia.
Fija tu mente en pos de tu mirada, y haz de aquélla un espejo a la figura
que te ha de aparecer en este espejo.»
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Quien supiese cuál era la delicia de mi vista mirando el santo rostro, al
poner mi atención en otro asunto,
sabría de qué forma me era grato obedecer a rrú celeste escolta,
si un placer con el otro parangono. En el cristal que tiene como nombre,
rodeando el mundo, el de su rey querido bajo el que estuvo muerta la
malicia,
de color de oro que el rayo refleja contemplé una escalera que subía
tanto, que no alcanzaba con la vista. Vi también que bajaba los peldaños
tanto fulgor, que pensé que la luz toda del cielo allí se difundiera.
Y como, por su natural costumbre, juntos los grajos, al romper del día, se
mueven calentando su plumaje; después unos se van y ya no vuelven;
otros toman al sitio que dejaron,
y los demás se quedan dando vueltas; me pareció que igual aconteciese
en aquel destellar que junto vino, al llegar y pararse en cierto tramo. Y
aquel que más cercano se detuvo,
era tan luminoso, que me dije:
«Bien conozco el amor que me demuestras. Mas aquella en que espero el
cómo y cuándo callar o hablar, estáse quieta; y yo bien hago y, aunque
quiero, no pregunto.» Por lo cual ella,
viendo en mi silencio, con el ver de quien puede verlo todo, me dijo:
«Aplaca tu ardiente deseo.»
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Y yo comencé así. «Mis propios méritos de tu respuesta digno no me
hacen;
mas por aquella que hablar me permite, alma santa que te
hallas escondida dentro de tu alegría, haz que yo sepa por qué de mí te
has puesto tan cercana; y por qué en esta rueda se ha callado
la dulce sinfonía de los cielos, que tan
piadosa en las de abajo suena.» «Mortal
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