L' M1LESTAR E N L e [' L T (' R A 3053
junto al Eros y que con él comparte la dominación del mundo. Ahora, creo, el
sentido de la evolución cultural ya no nos resultará impenetrable; por fuerza
debe presentarnos la lucha entre Eros y muerte, instinto de vida e instinto de
destrucción, tal como se lleva a cabo en la especie humana. Esta lucha es, en suma,
el contenido esencial de la misma, y por ello la evolución cultural puede ser defi
nida brevemente como la lucha de la especie humana por la vida 1708. ¡Y es este
combate de los Titanes el que nuestras nodrizas pretenden aplacar en su «arrorró
del Cielo»!
VII
P tural?
qué nuestros parientes, los animales, no presentan semejante lucha cul
OR
Pues no lo sabemos. Es muy probable que algunos, como las abejas,
las hormigas y las termitas. hayan bregado durante milenios hasta alcanzar las
organizaciones estatales, la distribución del trabajo, la limitación de la libertad
individual que hoy admiramos en ellos. Nuestra presente situación cultural queda
bien caracterizada por la circunstancia de que, según nos dicen nuestros senti
mientos, no podríamos ser felices en ninguno de esos estados animales, ni en
cualquiera de las funciones que allí se confieren al individuo. Puede ser que otras
especies animales hayan alcanzado un equilibrio transitorio entre las influencias
del mundo exterior y los instintos que se combaten mutuamente, produciéndose
así una detención del desarrollo. Es posible que en el hombre primitivo un nuevo
empuje de la libido haya renovado el impulso antagónico del instinto de destruc
ción. Quedan aquí muchas preguntas por formular, sin que aún pueda dárseles
respuesta.
Pero hay una cuestión que está mús a nuestro alcance. ¿A qué recursos apela
la cultura para coartar la agresión que le es antagónica, para hacerla inofensiva
y quizá para eliminarla? Ya conocemos algunos de estos métodos, pero segu
ramente aún ignoramos el que parece ser más importante. Podemos estudiarlo
en la historia evolutiva del individuo. ¿Qué le ha sucedido para que sus deseos
agresivos se tornaran innocuos? Algo sumamente curioso, que nunca habríamos
sospechado y que, sin embargo, es muy natural. La agresión es introyectada,
internalizada. devuelta en realidad al lugar de donde procede: es dirigida contra
el propio yo, incorporándose a una parte de éste, que en calidad de super-yo se
opone a la parte restante, y asumiendo la función de «conciencia» [moral], des
pliega frente al yo la misma dura agresividad que el yo, de buen grado, habría
satisfecho en individuos extraños. La tensión creada entre el severo super-yo y
el yo subordinado al mismo la calificamos de sentimiento de culpabilidad; se
manifiesta bajo la forma de necesidad de castigo. Por consiguiente, la cultura
domina la peligrosa inclinación agresiva del individuo, debilitando a éste, des
armándolo y haciéndolo vigilar por una instancia alojada en su interior, como
una guarnición militar en la ciudad conquistada.
El psicoanalista tiene sobre la génesis del sentimiento de culpabilidad una
opinión distinta de la que sustentan otros psicólogos, pero tampoco a él le re
sulta fácil explicarla. Ante todo, preguntando cómo se llega a experimentar este
1708 Para mayor precisión. yuizá convendría agre- adoptar a partir de cierto hecho cardinal, aún descono
gar que se trata de [a forma que esta lucha hubo de cido para nosotros,
3054 SIGMCND FREUD -OBRAS COMPLETAS
sentimiento, obtenemos una respuesta a la que no hay réplica posible: uno se
siente culpable (los creyentes dicen «en pecado») cuando se ha cometido algo
que se considera «malo»; pero advertiremos al punto la parquedad dc esta res
puesta. Quizá lleguemos a agregar, después de algunas vacilaciones, que tam
bién podrá considerarse culpable quien no haya hecho nada malo, sino tan sólo
reconozca en sí la intención de hacerlo, y en tal caso se planteará la pregunta
de por qué se equipara aquí el propósito con la realización. Pero ambos casos
presuponen que ya se haya reconocido la maldad como algo condenable, como
algo a excluir de la realización. Mas, ¿cómo se llega a esta decisión? Podemos
rechazar la existencia de una facultad original, en cierto modo natural, de dis
cernir el bien del mal. Muchas veces lo malo ni siquiera es lo nocivo o peligroso
para el yo, sino, por el contrario, algo que éste desea y que le procura placer.
Aquí se manifiesta, pues, una influencia ajena y externa, destinada a establecer
lo que debe considerarse como bueno y como malo. Dado que el hombre no ha
sido llevado por la propia sensibilidad a tal discriminación, debe tener algún
motivo para subordinarse a esta influencia extraña. Podremos hallarlo fácilmente
en su desamparo y en su dependencia de los demás; la denominación que mejor
le cuadra es la de «miedo a la pérdida del amor». Cuando el hombre pierde el
amor del prójimo, de quien depende, pierde con ello su protección frente a mu
chos peligros, y ante todo se expone al riesgo de que este prójimo, más poderoso
que él, le demuestre su superioridad en forma de castigo. Así, pues, lo malo es,
originalmente, aquello por lo cual uno es amenazado con la pérdida del amor:
se debe evitar cometerlo por temor a esta pérdida. Por eso no importa mucho
si realmente hemos hecho el malo si sólo nos proponemos hacerlo; en ambos
casos sólo aparecerá el peligro cuando la autoridad lo haya descubierto, y ésta
adoptaría análoga actitud en cualquiera de ambos casos.
A semejante estado lo llamamos «mala conciencia», pero en el fondo no le
conviene tal nombre, pues en este nivel el sentimiento de culpabilidad no es,
sin duda alguna, más que un temor ante la pérdida del amor, es decir, angustia
«social». En el niño pequeño jamás puede ser otra cosa; pero tampoco llega a
modificarse en muchos adultos, con la salvedad de que el lugar del padre o de
ambos personajes parentales es ocupado por la más vasta comunidad humana.
Por eso los adultos se permiten regularmente hacer cualquier mal que les ofrezca
ventajas, siempre que estén seguros de que la autoridad no los descubrirá o nada
podrá hacerles, de modo que su temor se refiere exclusivamente a la posibilidad
de ser descubiertos 1709. En general, la sociedad de nuestros días se ve obligada
a aceptar este estado de cosas.
Sólo se produce un cambio fundamental cuando la autoridad es internali
zada al establecerse un super-yo. Con ello, los fenómenos de la conciencia moral
son elevados a un nuevo nivel, y en puridad sólo entonces se tiene derecho a
hablar de conciencia moral y de sentimiento de culpabilidad 1710. En esta fase
también deja de actuar el temor de ser descubierto y la diferencia entre hacer
y querer el mal, pues nada puede ocultarse ante el super-yo, ni siquiera los pen
samientos. Es cierto que ha desaparecido la gravedad real de la situación, pues
1709 j Recuérdese el famoso Mandarín de Rousseau! la existencia del super-yo, sino de su potencia relativa
PUl Todo lector atento comprenderá y tendrá en y de su esfera de influencia. Por otra parte. cuanto
cuenta q tiC en esta exposición panorámica aislamos hasta ahora hemos dicho sobre la conciencia moral y la
artificialmente fenómenos que en realidad ocurren por culpabilidad es conocido por todos y casi indiscutido.
transición gradual; que no se trata, pues, tan sólo de
!:' '- MALESTAR E .v ,_ A CULTURA 3055
la nueva autoridad, el super-yo, no tiene a nuestro juicio motivo alguno para
maltratar al yo, con el cual está íntimamente fundido. Pero la influencia de su
génesis, que hace perdurar lo pasado y lo superado, se manifiesta por el hecho
de que en el fondo todo queda como era al principio. El super-yo tortura al pe
caminoso yo con las mismas sensaciones de angustia y está al acecho de opor
tunidades para hacerlo castigar por el mundo exterior.
En esta segunda fase evolutiva, la conciencia moral denota una particula
ridad que faltaba en la primera y que ya no es tan fácil explicar. En efecto, se
comporta tanto más severa y desconfiadamente cuanto más virtuoso es el hom
bre, de modo que, en última instancia, quienes han Ilegado más lejos por el ca
mino de la santidad son precisamente los que se acusan de la peor pecaminosi
dad. La virtud pierde así una parte de la recompensa que se le prometiera; el
yo sumiso y austero no goza de la confianza de su mentor y se esfuerza, al parecer
en vano, por ganarla. Aquí se querrá aducir que éstas no serían sino dificulta
des artificiosamente creadas por nosotros, pues el hombre moral se caracteriza
precisamente por su conciencia moral más severa y más vigilante, y si los santos
se acusan de ser pecadores, no lo hacen sin razón, teniendo en cuenta las tenta
ciones de satisfacer sus instintos a que están expuestos en grado particular, pues,
como se sabe, la tentación no hace sino aumentar en intensidad bajo las cons
tantes privaciones, mientras que al concedérsele satisfacciones ocasionales, se
atenúa, por lo menos transitoriamente. Otro hecho del terreno de la ética, tan
rico en problemas, es el de que la adversidac\ es decir, la frustración exterior,
intensifica enormemente el poderío de la conciencia en el super-yo; mientras la
suerte sonríe al hombre, su conciencia moral es indulgente y concede grandes
libertades al yo; en cambio, cuando la desgracia le golpea, hace examen de con
ciencia, reconoce sus pecados, eleva las exigencias de su conciencia moral, se
impone privaciones y se castiga con penitencias 1711. Pueblos enteros se han con
ducido y aún siguen conduciéndose de idéntica manera, pero esta actitud se
explica fácilmente remontándose a la fase infantil primitiva de la conciencia,
que, como vemos, no se abandona del todo una vez introyectada la autoridad
en el super-yo, sino que subsiste junto a ésta. El destino es considerado como
un sustituto de la instancia parental; si nos golpea la desgracia, significa que ya
no somos amados por esta autoridad máxima, y amenazados por semejante
pérdida de amor, volvemos a someternos al representante de los padres en el
super-yo, al que habíamos pretendido desdeñar cuando gozábamos de la felici
dad. Todo esto se revela con particular claridad cuando, en estricto sentido re
ligioso, no se ve -en el destino sino una expresión de la voluntad divina. El pueblo
de Israel se consideraba hijo predilecto del Señor, y cuando este gran Padre le
hizo sufrir desgracia tras desgracia, de ningún modo Ilegó a dudar de esa rela
ción privilegiada con Dios ni de su poderío y justicia, sino que creó los Profetas,
que debían reprocharle su pecaminosidad, e hizo surgir de su sentimiento de
culpabilidad los severísimos preceptos de la religión sacerdotal. Es curioso, pero,
¡de qué distinta manera se conduce el hombre primitivo! Cuando le ha sucedido
una desgracia no se achaca la culpa a sí mismo, sino al fetiche, que evidente
17: 1 I'vlark Twain trata en un sabroso cuento breve propio Mark Twain, quien después de haber pronun
-711(" ffl'st me/OH 1 ere,. srole «~El primer melón que ciado el título se interrumpió, preguntándose cual si
jamás robé» )--- este reforzamiento de la moral por la dudara: «¡.Habrá sido el primcro?~> Con 10 que todo
adver:-,idad. El azar quiso que ese primer melón estu qu¡;daba dicho. El primer melón /lO había sido, pUC'3,
viera verde. Tuve ocasión de oír exponer este cuento al el único.
3056 SIGMUND F R E U n o B R A S COMPLETAS
mente no ha cumplido su cometido, y lo muele a golpes en lugar de castigarse
a sí mismo.
Por consiguiente, conocemos dos orígenes del se~timiento de culpabilidad:
uno es el miedo a la autoridad; el segundo, más reciente, es el temor al super-yo.
El primero obliga a renunciar a la satisfacción de los instintos; el segundo im
pulsa, además, al castigo, dado que no es posible ocultar ante el super-yo la per
sistencia de los deseos prohibidos. Por otra parte, ya sabemos cómo ha de com
prenderse la severidad del super-yo; es decir, el rigor de la conciencia moral.
Esta continúa simplemente la severidad de la autoridad exterior, revelándola y
sustituyéndola en parte. Advertimos ahora la relación que existe entrc la rcnun
cia a los instintos y el sentimiento de culpabilidad. Originalmente, la renuncia
instintual es una consecuencia del temor a la autoridad exterior; se renuncia a
satisfacciones para no perder el amor de ésta. Una vez cumplida esa renuncia,
se han saldado las cuentas con dicha autoridad y ya no tendría que subsistir nin
gún sentimiento de culpabilidad. Pero no sucede lo mismo con el miedo al super
yo. Aquí no basta la renuncia a la satisfacción de los instintos, pues el deseo
correspondiente persiste y no puede ser ocultado ante el super-yo. En conse
cuencia, no dejará de surgir el sentimiento de culpabilidad, pese a la renuncia
cumplida, circunstancia ésta que representa una gran desventaja económica de
la instauración del super-yo o, en otros términos, de la génesis de la conciencia
moral. La renuncia instintual ya no tiene pleno efecto absolvente; la virtuosa
abstinencia ya no es rccompensada con la seguridad de conservar el amor, y el
individuo ha trocado una catástrofe exterior amenazante-pérdida de amor y
castigo por la autoridad exterior--- por una desgracia interior permanente: la
tensión del sentimiento de culpabilidad.
Estas interrelaciones son tan complejas y al mismo tiempo tan importantes
que a riesgo de incurrir en repeticiones aun quisiera abordarlas desde otro án
gulo. La secuencia cronológica sería, pues, la siguiente: ante todo se produce
una renuncia instintual por temor a la agresión de la autoridad exterior - -pues
a esto se reduce el miedo a perder el amor, ya que el amor protege contra la agre
sión punitiva-; luego se instaura la autoridad interior, con la consiguiente re
nuncia instintual por miedo a ésta; es decir, por el miedo a la conciencia moral.
En el segundo caso se equipara la mala acción con la intención malévola, de modo
que aparece el sentimiento de culpabilidad y la necesidad de castigo. La agre
sión por la conciencia moral perpetúa así la agresión por la autoridad. Hasta
aquí. todo es muy claro; pero, ¿dónde ubicar en este esquema el reforzamiento
de la conciencia moral por influencia de adversidades exteriores . ~s decir, de
las renuncias impuestas desde fuera-; cómo explicar la extraordinaria intensi
dad de la conciencia en los seres mejores y más dóciles? Ya hemos explicado
ambas particularidades de la conciencia moral, pero cl'lÍzá tengamos la impre
sión de que estas explicaciones 110 llegan al fondo de la cuestión, sino que dejan
un resto sin explicar, He aquí llegado el momento de introducir una idea ente
ramente propia del psicoanálisis y extrai1a al pensar común. El enunciado de
esta idea nos permitirá comprender al punto por qué el tema debía parecernos
tan confuso e impenetrable; en efecto, nos diee que si bien al principio la con
ciencia moral (más exactamente: la angustia, convertida después en conciencia)
es la causa de la renuncia a los instintos, posteriormente, en cambio, esta situa
ción se invierte: toda renuncia instintual se convierte entonces en una fuente
E L MALESTAR E .v L A e u L T U R A 3057
dinámica de la conciencia moral; toda nueva renuncia a la satisfacción aumcnta
su severidad y su intolerancia. Si lográsemos conciliar mejor esta situación con
la génesis de la conciencia moral que ya conocemos, estaríamos tentados a sus
tentar la siguiente tesis paradójica: la conciencia moral es la consecuencia de
la renuncia instintual: o bien: la renuncia instintual (que nos ha sido impuesta
desde fuera) crea la conciencia moral, que a su vez exige nuevas renuncias ins
tin t uales.
En realidad, no es tan grande la contradicción entre esta tesis y la génesis
descrita de la conciencia moral, pudiéndose entrever un camino que permitirá
restringirla aún más. A fin de plantear más fácilmente el problema. recurramos
al ejemplo del instinto de agresión y aceptemos que en estas relaciones se ha de
tratar siempre de una renuncia a la agresión. Desde luego, esto no será más que
una hipótesis provisional. En tal caso, el efecto de la renuncia instintual sobre
la conciencia moral se fundaría en que cada parte de agresión a cuyo cumpli
miento renunciamos es incorporada por el super-yo, acrecentando su agresivi
dad (contra el yo). Esta' proposición no concuerda perfectamente con el hecho
de que la agresividad original de la conciencia moral es una continuación de la
severidad con que actúa la autoridad exterior; es decir, que nada tiene que hacer
con una renuncia; pero podemos eliminar tal discrepancia aceptando un origen
distinto para esta primera provisión de agresividad del super-ro. Este debe haber
desarrollado considerables tendencias agresivas contra la autoridad que privara
al niño de sus primeras y más importantes satisfacciones, cualquiera que haya
sido la especie particular de las renuncias instintuales impuestas por aquella
autoridad. Bajo el imperio de la necesidad, el niño se vio obligado a renunciar
también a esta agresión vengativa, sustrayéndose a una situación económica
mente tan difícil. mediante el recurso que le ofrecen mecanismos conocidos:
incorpora, identificándose con ella, a esta autoridad inaccesible. que entonces
se convierte en super-yo y se apodera de toda la agresividad que el niño gusto
samente habría desplegado contra aquélla. El yo del niño debe acomodarse al
triste papel de la autoridad así degradada: del padre. Se trata, como en tantas
ocasiones, de una típica situación invertida: «Si yo fuese el padre y tú el niño,
yo te trataría mal a ti.» La relación entre el super-yo y el yo es el retorno, defor
mado por el deseo, de viejas relaciones reales entre el yo, aún indiviso, y un ob
jeto exterior, hecho que también es típico. La diferencia fundamental reside,
empero, en que la primitiva severidad del super-yo no es --o no es en tal medida
la que el objeto nos ha hecho sentir o la que le atribuimos, sino que corresponde
más a nuestra propia agresión contra el objeto. Si esto es exacto, realmente se
puede afirmar que la conciencia se habría formado primitivamente por la su
presión de UIla agresión, y que en su desarrollo se fortalecería por nuevas supre
siones semejantes.
Ahora bien, ¿cuál de ambas concepciones es la verdadera? ¿La primera, que
nos parecía tan bien fundada genéticamente, o la segunda, que viene a comple
tar tan oportunamente nuestra teoría? Evidentemente: ambas están justificadas,
como también lo demuestra la observación directa; no se contradicen mutua
mente y aun coinciden en un punto, pues la agresividad vengativa del niño ha
de ser determinada en parte por la medida de la agresión punitiva que atribuye
al padre. Pero la experiencia nos enseña que la severidad del super-yo desarrollado
por el niño de ningún modo ,refleja la severidad del trato que se le ha hecho
3058 SIGMUND FREUD.-OBRAS COMPLETAS
experimentar 1712. La primera parece ser independiente de ésta, pues un niño
educado muy blandamente puede desarrollar una conciencia moral sumamente
severa. Pero también sería incorrecto exagerar esta independencia; no es difícil
convencerse de que el rigor de la educación ejerce asimismo una influencia po
derosa sobre la génesis del super-yo infantil. Sucede que a la formación del super
yo y al desarrollo de la conciencia moral concurren factores constitucionales in
natos e influencias del medio, del ambiente real, dualidad que nada tiene de ex
traño, pues representa la condición etiológica general de todos estos proce
sos 1713. '
También se puede decir que el niño, cuando reacciona frente a las primeras
grandes privaciones instintuales con agresión excesiva y con una severidad
correspondiente del super-yo, no hace sino repetir un prototipo filogenético, ex
cediendo la justificación actual de la reacción, pues el padre prehistórico segu
ramente fue terrible y bien podía atribuírsele, con todo derecho, la más extrema
agresividad. Las divergencias entre ambas concepciones de la génesis de la con
ciencia moral se atenúan, pues, aún más si se pasa de la historia evolutiva indi
vidual a la filogenética. En cambio, se nos presenta una nueva e importante di
ferencia entre estos dos procesos. No podemos eludir la suposición de que el
sentimiento de culpabilidad de la especie humana procede del complejo de Edipo
y fue adquirido al ser asesinado el padre por la coalición de los hermanos. En
esa oportunidad la agresión no fue suprimida, sino ejecutada: la misma agresión
que al ser coartada debe originar en el niño el sentimiento de culpabilidad. Ahora
no me asombraría si uno de mis lectores exclamase airadamente: «¡De modo
que es completamente igual si se mata al padre o si no se le mata, pues de todos
modos nos crearemos un sentimiento de culpabilidad! ¡Bien puede uno permi
tirse algunas dudas! O bien es falso que el sentimiento de culpabilidad proceda
de agresiones suprimidas, o bien toda la historia del parricidio no es más que un
cuento, y los hijos de los hombres primitivos no mataron a sus padres con mayor
frecuencia de lo que suelen hacerlo los actuales. Por otra parte, si no es un cuento,
sino verdad histórica aceptable, entonces sólo nos encontraríamos ante un caso
en el cual ocurre lo que todo el mundo espera: que uno se sienta culpable por
haber hecho realmente algo injustificado. ¡Y este caso, que a fin de cuentas su
cede todos los días, es el que el psicoanálisis no atina a explicar!»
Nada más cierto que esta falta, pero hemos de apresurarnos a remediarla.
Por otra parte, no se trata de ningún misterio especial. Si alguien tiene un sen
timiento de culpabilidad después de haber cometido alguna falta, y precisamente
a causa de ésta, tal sentimiento debería llamarse, más bien, remordimiento. Sólo
1712 Como, por otra parte, tan correctamente lo el de dirigir sus tendencias agresivas hacia dentro. En
han señalado Mclaine Klein y otros autores ingkscs. el niño desamparado. educado sin amor, falta la tensión
1713 En Psychouna/yse der Gnomtpers¡;n/ichkeil entre el yo yel super-yo, de modo que toda su agresión
("Psicoanálisis de la personalidad totah>, 1927), F ranz puede orientarse hacia el exterior. Por consiguiente, si
Alexander consideró con certeza los dos tipos princi se hace abstracción del factor constitucional, que es
pales de métodos pedagógicos patógenos, es decir, el preciso aCeptar, se puede decir que la severidad de la
rigor excesivo y la malcrianza por mirnos, confirmando conciencia moral procede de la conjunción entre dos
el estudio de Aichhorn sobre el desamparo infantil. El influencias ambientales: la defraudación instintual, que
padre «excesivamente blando y condescendiente» fa desencadena la agresión, y la experiencia amorosa, que
cilitará en el niño la formación de un super-yo dema orienta esta agresión hacia dentro y la transfiere al
siado severo, porque a este niflO, bajo la impresión del \'uper-yo.
amor que sobre él se vuelca, no le queda más camino que
E L MALESTAR E .V L A e e L T U R A 3059
se refiere a un hecho dado, y, naturalmente, presupone que antes del mismo
haya existido una disposición a scntirse culpable, es decir, una conciencia moral,
de modo que semejante remordimiento jamás podrá ayudarnos a encontrar el
origen de la conciencia moral y del sentimiento de culpabilidad en general. En
estos casos cotidianos suele suceder que una necesidad instintual ha adquirido
la fuerza necesaria para imponer su satisfacción contra la energía, también li
mitada, de la conciencia moral, restableciéndose luego la primitiva relación de
fuerzas mediante la natural atenuación que la necesidad instintual experimenta
al satisfacerse. Por consiguiente, el psicoanálisis hace bien al excluir de estas
consideraciones el caso que representa el sentimiento de culpabilidad emanado
del remordimiento, pesc a la frecuencia con que aparece y pese a la magnitud
de su importancia práctica.
Pero si cl humano sentimiento de culpabilidad sc remonta al asesinato del
protopadre, ¿acaso no se trataba también de un caso de «remordimiento», aun
que entonces no puede haberse dado la condición previa de la conciencia moral
y del sentimiento de culpabilidad antcriores al hecho? ¿De dónde proviene en
esa situación el remordimiento? Este caso seguramente ha de aclararnos el
enigma del sentimiento de culpabilidad, poniendo fin a nuestras dificultades.
Efectivamente, creo que cumplirá nuestras esperanzas. Este remordimiento fue
el resultado de la primitivísima ambivalencia afectiva frente al padre, pues los
hijos lo odiaban, pero también lo amaban; una vez satisfecho el odio mediante
la agresión, el amor volvió a surgir en el remordimiento consecutivo al hecho,
erigiendo el super-yo por identificación con el padre, dotándolo del poderío de
éste, como si con ello quisiera castigar la agresión que se le hiciera sufrir, y esta
bleciendo finalmente las restricciones destinadas a prevenir la repetición del
crimen. Y como la tendencia agresiva contra el padre volvió a agitarse en cada
generación sucesiva, también se mantuvo el sentimicnto de culpabilidad, forta
leciéndose de nuevo con cada una dc las agresiones contenidas y transferidas
al super-yo. Creo que por fin comprenderemos claramente dos cosas: la parti
cipación del amor en la génesis de la conciencia y el carácter fatalmente inevita
ble del sentimiento de culpabilidad. Efectivamente, no es decisivo si hemos ma
tado al padre o si nos abstuvimos del hecho: en ambos ca~os nos sentiremos por
fuerza culpables, dado que este sentimiento de culpabilidad es la expresión del
conflicto de ambivalencia, de la eterna lucha entre el Eros y el instinto de des
trucción o de muerte. Este conflicto se exacerba en cuanto al hombre se le impone
la tarea de vivir en comunidad; mientras esta comunidad sólo adopte la forma
de familia, aquél se manifestará en el complejo de Edipo, instituyendo la con
ciencia y engendrando el primer sentimiento de culpabilidad. Cuando se intenta
ampliar dicha comunidad, el mismo conflicto persiste en formas que dependen
del pasado, reforzándose y exaltando aún más el sentimiento de culpabilidad.
Dado que la cultura obedece a una pulsión erótica interior que la obliga a unir
a los hombres cn una masa íntimamente amalgamada, sólo puede alcanzar este
objetivo mediante la constante y progresiva acentuación del sentimiento de cul
pabilidad. El proceso que comenzó en relación con el padre concluye en relación
con la masa. Si la cultura es la vía ineludible que lleva de la familia a la humani
dad entonces, a consecuencia del innato conflicto de ambivalencia, a causa de
la eterna querella entre la tendencia de amor y la de muerte, la cultura está ligada
indisolublemente con una exaltación del sentimiento de culpabilidad, que quizá
llegue a alcanzar un grado difícilmcnte soportable para el individuo. Aquí acude
3060 SIGMUND FREUi) --OBRAS COMPLETAS
a nuestra mente la conmovedora imprecación que el gran poeta dirige contra
las «potencias celestes»:
A la \ida nos echúis.
dejando que cl pobrc incurra cn cnlpa:
luego lo dejáis sufrir,
pucs toda culpa se ha de expiar 1714
No podemos por menos de suspirar desconsolados al advertir cómo a cier
tos hombres les es dado hacer surgir del torbellino de sus propios sentimientos,
sin esfuerzo alguno, los más profundos conocimientos, mientras que nosotros
para alcanzarlos debemos abrirnos paso a través de torturantes vacilaciones e
inciertos tanteos.
VIII
L LEGADOSal término de semejante excursión, el autor debe excusarse ante sus
lectores por no haber sido un guía más hábil, por no haberles evitado los
trechos áridos ni los rodeos dificultosos del camino. No cabe duda de que se
puede llegar mejor al mismo objetivo; en lo que de mí depende, trataré de com
pensar algunos de estos defectos.
Ante todo, sospecho haber despertado en el lector la impresión de que las
consideraciones sobre el sentimiento de culpabilidad exceden los límites de este
trabajo, al ocupar ellas solas demasiado espacio, relegando a segundo plano
todos los temas restantes, con los que no siempre están íntimamente vinculadas.
Esto bien puede haber trastornado la estructura de mi estudio, pero corresponde
por completo al propósito de destacar el sentimiento de culpabilidad como pro
blema más importante de la evolución cultural, señalando que el precio pagado
por el progreso de la cultura reside en la pérdida de felicidad por aumento del
sentimiento de culpabilidad 1715. Lo que aún parezca extraño en esta proposi
ción, resultado final de nuestro estudio, quizá pueda atribuirse a la muy extraña
y aún completamente inexplicada relación entre el sentimiento de culpabilidad
y nuestra consciencia. En los casos comunes de remordimiento que considera
mos normales, aquel sentimiento se expresa con suficiente claridad en la cons
ciencia,y aun solemos decir, en lugar de «sentimiento de culpabilidad» (Schu/d
gefohl), «consciencia de culpabilidad» (Schuldbewusstsein). El estudio de las
neurosis, al cual debemos las más valiosas informaciones para la comprensión
de lo normal, nos revela situaciones harto contradictorias. En una de estas afec
ciones, la neurosis obsesiva, el sentimiento de culpabilidad se impone a la cons
ciencia con excesiva intensidad, dominando tanto el euadro clínico como la vida
entera del enfermo, y apenas deja surgir otras cosas junto a él. Pero en la mayo-
t-;'l-l. Goethe, '"Canto del arpista». en ~Villlelm cológica. la educación se conJuce como ,,¡ se ell\'iara a
-\-leister. una expedición polar a gente ve:-.tida COIl ropa de verano
17 15 «Así la conciencia nos hace a todos cobardes... !> y equipada con mapas de los lagos italianos_ En esto
[Thus conscience does make co»·a,.d~· ol us all. Del mo se manifiesta claramen1c cierto abuso de los preceptos
nólogo ell el acto tercero de H([mlel, de Shakeapeare.] éticos, CUy'U severidad no sufriría grall pcrjuicio "j la
El hecho de que oculte a los jó\'ene~ el papel que la educación dijera: «Así tendrían que :'lT los hombres
sexualidad habrá de desempeñar en su vida, no es el para ser felices y hacer felices a los demás; pero debemos
único reproche que se puede aducir contra la educ3ción contar con que no son así,)} En cambio, se deja creer
actual. Además, peca por 110 prepararlos para las al joven que todos lus demús cumple1l los preceptos
agresiones cuyo objeto están destinados a ser. Al entrar éticos, es decir, que todos son virtuosos. justificando así
la juventud a la vida con tan errónea orientación psi la exigencia de que también él hahría de ohedecerlos.