En el hueco mismo del arte
“Crear es hurgar en los huecos”, dice Margarita Molfino, bailarina y actriz rafaelina
instalada en Buenos Aires desde hace doce años, sosteniendo una búsqueda artística en
permanente expansión. “El arte es arte porque expresa todo aquello a lo que no le
encontramos forma ni color ni palabras”, sigue diciendo. Y entonces se piensa en esa
búsqueda como en un batallar contra lo hueco: aunque haya la impresión de completud,
aunque a veces un instante fugaz haga suponer que todo está colmado, la falta vuelve a
emerger. La arena se desmorona, el castillo siempre se termina disolviendo. Pero es
necesario. Ocurre así para que sea posible seguir buscando, para que tenga sentido,
justamente, volver a construir sumando de a granitos. Margarita, o mejor, Margui, como
es nombrada desde siempre por todos, va a hablar de los huecos. Esa orfandad.
Infausta
El año pasado, Margui actuó en la obra “Dr. Faustus”, dirigida por Emilio García Wehbi
y Marisel Álvarez. García Wehbi es uno de los directores argentinos más reconocidos
en el exterior. Fundó, junto a Daniel Veronesse, el mítico grupo “Periférico de objetos”,
y desde hace más de diez años sus puestas recorren las salas y los festivales más
importantes de casi todo el mundo. En “Dr. Faustus”, la obra se sostiene en el
desempeño de cuatro actrices-bailarinas que, principalmente, operan sobre el
movimiento improvisando sus recorridos en el espacio. En un rincón hay una quinta
actriz, que es alemana y lee, de punta a punta, en inglés, el “Fausto” de Gertrude Stein,
una versión absolutamente feminista en donde la autora, a diferencia del texto de
Goethe, concede poder, razón y saber a la mujer, y en donde asimismo se interna en una
lucha o juego con la fonética de las palabras. Esa preeminencia del significante hace que
el texto roce la locura. Este es, si se quiere, el punto de partida de “Dr. Faustus”, aunque
hay muchas otras voces reconocibles: “Anticristo”, el film de Lars Von Trier, y “Etan
Donné”, la última instalación de Marcel Duchamp, son capas que subyacen, resuenan y
le otorgan espesor al cuerpo general de ese universo. Un entramado que sedujo a varios
intelectuales más o menos célebres, como el escritor Marcelo Cohen, el crítico teatral
Federico Irazábal y la ensayista Beatriz Sarlo, quienes salieron encantados con la
creación de García Wehbi. La obra tiene un único texto en castellano; se trata del
monólogo “Texto político Carla Bruni”, escrito por el propio García Wehbi e
interpretado por Margui. Es, como su nombre lo indica, una puesta en cuestión del
imaginario femenino en un tiempo claramente machista. “La obra tiene una potencia
visual muy fuerte”, cuenta Margui, y explica que el proceso le resultó desafiante “ya
desde la idea de ser dirigida por García Wehbi, que es casi un mito viviente para el
teatro de Buenos Aires. Si bien por momentos no coincidía en algunas cosas, porque
sentía que era una obra excesivamente intelectual, en general fue una experiencia muy
enriquecedora, como actriz y como bailarina.”
Haciendo cine
Pero antes de “Dr. Faustus” hubo otras cosas, muchas. Por ejemplo, “Ilusión”, la obra
de danza teatro con la que estuvo en el Festival local hace un par de años. Y también
“Los quiero a todos”, una obra escrita y dirigida por Luciano Cuilici, que fue su primer
trabajo como actriz. “Se trata de un grupo de chicos burgueses que se reúnen a comer un
asado y van desnudando sus historias, sus dramas, sus pequeñas tragedias y comedias
cotidianas. Estaba jugada desde un registro realista y, si bien no era un trabajo genial, lo
más interesante fue que la obra derivó en la realización de un largometraje. Luciano
pasó el texto a guión de cine, y hace poco filmamos la película. Ahora se está editando y
supongo que se estrenará en los próximos meses, dentro del circuito independiente.”
Con esta experiencia, sumada al trabajo en varios cortometrajes, Margui se dio cuenta
de que el cine es el lenguaje artístico que más le interesa. “No me refiero solamente al
hecho de poder actuar en cine, sino como modo de operar sobre el mundo, como trabajo
sobre la mirada. Encuadrar es precisamente eso, poder recortar y componer un mundo.
Es también el pensamiento, el cine ha reinventado el pensamiento humano, su
velocidad, su capacidad para construir y sintetizar imágenes mentales. El inconsciente
no se entendería sin el cine. Si hoy tuviese que dejar de hacer danza para dedicarme al
cine, no lo dudaría ni un segundo…”
De maestros y amaestrados
Si se va a hablar de los huecos, se debe hablar del padre. Del maestro que enseña, que
dicta la ley, y a veces de un modo tan crudo que puede oprimir. “Un día me llama Julio
Chávez y me propone dictar clases de danza en su estudio. Vi que era la oportunidad,
así que empecé a estudiar teatro con él. Fueron dos años muy interesantes, pero al final
necesité buscar otros rumbos. Julio es un tipo brillante, muy exigente, y no descuida la
parte teórica: todo el tiempo propone lecturas y análisis de textos, que es algo
sumamente necesario, pero yo ya lo había hecho en la UBA cuando estudiaba Artes. Así
que empecé a sentir la necesidad de explorar más, de actuar, improvisar, probar; no
quería tener que ponerme a pensar sobre un texto al que ya había analizado mil veces en
la facultad. Como método y escuela, para alguien que no ha leído mucho teatro, está
buenísimo, pero yo necesitaba otra cosa: tirarme a la pileta y poner el cuerpo en escena.
Entonces aproveché lo que me sirvió y fui a tomar clases con Alejandro Catalán.
Encontré otro mundo, me divertí mucho. Catalán está siempre tirando consignas,
trabajando a un ritmo frenético, no te deja un instante en paz. Es como entrar en un
delirio escénico todo el tiempo, y eso era justamente lo que yo quería probar. Y este
último año estudié con Mariana Obersztein, que me mostró un universo precioso en
donde vi otro costado de la palabra. En sus clases hay que dejarse poseer por la palabra,
hay que saber construir una obsesión de lo textual. Ella le pone un nombre especial: ‘la
catarata’, ráfagas de palabras como balas de ametralladora. Sería algo así como entrar
en un continuo deslizarse por las cosas pero dejándose arrastrar por la fuerza de la
palabra. Lo que hice con Mariana me sirvió mucho más que todo lo que estudié con
Chávez, porque me animaba a probar.”
¿Sentías que te neutralizaba el peso del nombre del “maestro”?
Sí, me dieron ganas de correrme un poco de esa especie de cliché que es ir a estudiar
con ‘El’ maestro. En Buenos Aires pasa mucho eso. Julio Chávez, Pompeyo Audivert,
Alejandro Catalán, son los maestros del momento y generan como un séquito de
fanáticos que no me interesa para nada. Muchas veces me ponía tan nerviosa el hecho
de pensar que me estaba viendo Julio Chávez, que me olvidaba de la escena que tenía
que hacer.
Porque si el arte es un hueco, en algún momento hay que poder arrojarse solo,
¿no?
Y sí. Es no retroceder ante la incomodidad que genera el estar en el sitio de la
exposición más íntima. Si todo se reduce a aprender una coreografía o un texto, y luego
repetir de una manera sorda, no creo que haya una obra artística. Hay procesos creativos
en los que no se la pasa necesariamente bien. Pero el arte es eso, es la convivencia con
ese agujero, con lo incompleto de uno mismo.
¿Ves algún estilo o marca autoral nueva en el teatro independiente?
No se si hay una sola cosa predominante, porque el panorama es muy diverso. Hay
puestas de textos clásicos, hay un montón de obras de autor, hay realismo, hay absurdo.
Hay mucho de todo. Lo que puedo decir es lo que a mí me resulta novedoso. Por
ejemplo el teatro de Romina Paula, que es una dramaturga muy joven. Su obra “El
tiempo todo entero” me conmovió profundamente. Es simple, bastante realista, pero me
interesó el costado filosófico de lo que ella escribe. Siento algo en su mirada que es
como muy puro, muy sensible, y que yo no había visto antes. Se me ocurre vincularla
con la filosofía de Gilles Deleuze, con esa idea del tiempo. También me gusta lo que
hace el grupo “Piel de lava”, que son cuatro actrices que autogestionan sus obras. La
última se llama “Tren”, y tiene actuaciones geniales y un tipo de humor que me encanta.
¿Cómo ves lo que se genera en Rafaela a nivel artístico?
Me parece que es muy positivo, creo que es una ciudad fructífera en un montón de
cosas. Pero me gustaría que haya más diversidad, que haya más grupos de teatro, de
danza, que haya gente que haga performances, que haya más arte contemporáneo.
¿Cómo sentís tu vínculo con la ciudad en el plano artístico?
Por ahora siento que mi lugar para crear está en Buenos Aires, pero no descarto para
nada que algún día pueda llevar adelante un proyecto artístico en el que Rafaela esté
involucrada de algún modo. Igual, no me interesa hacerlo por una cuestión de cumplir
con el supuesto mandato de tener que volver a mis raíces, sino desde un lugar más
genuino.
¿Te planteás dirigir alguna obra acá?
No. Yo no dirijo. Todavía no siento la necesidad de hacerlo, ni tampoco me siento
preparada. No es un camino que quiera recorrer por ahora. Estoy en pleno florecimiento
de mi proceso creativo, me sentiría perdida en el lugar de directora. Y tampoco quiero
venir a pasar una coreografía que yo traiga de Buenos Aires, porque no me parece…
Venir a poner una música linda, con una coreografía linda, no es algo que me interese.
Yo puedo venir a dar clases, mostrar algún material para que sirva como punto de
partida y que luego otros lo continúen desarrollando. Me interesa que haya una
búsqueda. De hecho, es muy probable que, junto a Leticia Mazur, durante este año
hagamos un proyecto en el que vengamos a dar clases de danza y a trabajar con el grupo
Danzarte.
Pensando en el azar
A veces se pregunta internamente qué le gusta más, si la danza o el teatro, y comprende
que es inútil: “la danza es algo que viene conmigo, es mi modo de estar en el mundo.
No puedo pensar ‘quiero hacer danza’; por más que no quiera, se me sale del cuerpo.”
Esa vibración que viene de lejos, de lo más medular de uno mismo, de la masmédula,
como diría Girondo, y que irrumpe en el afuera. Ese cuerpo moviéndose, solo, en el
espacio vacío, ¿qué es? ¿Qué cosas arrastra? “Todo puede ser danza contemporánea, y
eso es ya un abismo. Es la manifestación más pura de lo innombrable, de lo que no se
sabe. En teatro me dan ganas de probarme como actriz, como instrumento en escena.
Tengo más ganas de sumergirme en teatro porque es un terreno más desconocido, que
me mostró que tengo un montón de ataduras, de pantallas, de incomodidades. Y me
interesa todo lo que me descoloque, lo que me sacuda, lo que me obligue a apagar el
piloto automático.” Llega hasta ahí, Margui, luego se calla. No es habitual que lo haga.
Un terreno blando. Actuar, sostener una presencia, decir un texto, construir silencio
como si fuera una escultura. Los pies hundidos. Estar parada sobre un suelo que
lentamente va cediendo.
Ahora está pensando en el azar, en la fluidez de lo que ocurre porque sí, en la estructura
que no llega jamás a definirse. En el rizoma. Está pensando en la disolución de las
causalidades. Al fin y al cabo, “las cosas circulan como quieren”, dice. Es verdad. El
poder del arte, entonces, no reside tanto en oponer fuerzas contrarias sino en cultivar un
saber para recibirlo mejor. Al azar.
Por Santiago Alassia.-
Tapa:
Más danza
Entrevista a fondo con Margarita Molfino, destacada bailarina y actriz rafaelina que se
va consolidando en Buenos Aires.