7.
Consideraciones sobre
el populismo
Laura Petrino
Introducción
El populismo es una expresión política intrínsecamente ligada a la his
toria y el presente latinoamericano. Hijos de esta forma de entender el
poder son figuras que han marcado nuestra geografía como el brasi
leño Getulio Vargas y Juan Domingo Perón (Romero, 2017); incluso,
podríamos incluir a Carlos Menem como un neopopulista, y a Hipólito
Yrigoyen como un caso de populismo temprano (Freidenberg, 2011).
La extensa capacidad de adjetivación que presenta el concepto tor
na difusos los límites de su definición y dificulta su estudio. A lo
largo de la historia, una gran variedad de líderes y movimientos
sociales y políticos fueron denominados de esta forma sin explicar
qué cuestiones lo justificaban, dificultando su conceptualización.
Las posturas negativas respecto del populismo enfatizaban los pe
ligros que encierra para la democracia representativa en el contex
to de desencanto de los ciudadanos con la política. Las visiones po
sitivas, por su parte, destacan los procesos populistas como formas
de “resistencia” a la intrusión de agencias estatales y capitalistas,
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Fernando Pedrosa, Florencia Deich, Cecilia Noce (compiladores)
que surgen desde abajo y se apoyan en las tradiciones, las costum
bres y normas éticas del lugar (Nun, 2015).
La proliferación de populismos latinoamericanos llevó a que mu
chos teóricos interpreten que la aparición de figuras carismáticas
de corte populista se debe a características económicas y sociales
propias de la región. Sin embargo, se debe advertir que, en los últi
mos años el populismo es también un fenómeno político poderoso
en los países centrales con democracias altamente institucionaliza
das; el caso más emblemático ha sido el arribo de Donald Trump a
la presidencia en Estados Unidos.
A partir del ascenso global del populismo, se han multiplicado sus
estudios y se han formulado definiciones que abordan la proble
mática desde diferentes y variados ángulos. De hecho, se lo ha
estudiado como un particular tipo de régimen político, una forma
de gobierno, un estilo de liderazgo, una determinada ideología, un
tipo de política pública, una apelación discursiva o una cultura po
lítica. En este capítulo, a diferencia de lo propuesto en los anterio
res, se estudiará el populismo desde las teorías del liderazgo.
Esta multiplicidad de enfoques complejiza su abordaje académico
y reclama una interpretación amplia. Entender a qué se refiere la
calificación “populista” y qué aspectos de la política y el discurso
alinea bajo un único concepto será el intento que haremos en las
siguientes páginas.
Para lograr este objetivo recorreremos, en la primera sección tres
enfoques que han abordado su estudio. En la segunda sección, nos
centraremos en una definición concreta de populismo, tomando
como punto de referencia la conceptualización elaborada por Frei
denberg (2007 y 2011). En la tercera y cuarta nos detendremos en
los fenómenos del populismo, en primer término a nivel global
y en segundo término en dos casos de gobiernos populistas en la
historia argentina: Hipólito Yrigoyen y Juan D. Perón.
Herramientas para el análisis de la sociedad y el Estado
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Tres enfoques sobre el populismo
Diversos autores explican los populismos con diferentes enfoques:
1) Una primera perspectiva se relaciona con el contexto socioe
conómico de pobreza y marginalidad social que experimentan los
países latinoamericanos. Debido a crisis cíclicas los populistas
aparecen como líderes delegativos (véase el Capítulo 6 de P. Berti
no) que devuelven la esperanza en el Estado como actor ordenador
capaz de revertir la constante de retrocesos económicos y sociales.
Bajo esta impronta, Touraine (1999) y Vilas (1988) definieron el
populismo como un modelo político que potencia y visibiliza un
Estado presente que interviene en aspectos sociales. Esta forma
de hacer política, característica de países dependientes, apela re
currentemente al pueblo/ciudadanía y a la centralidad del Estado
como agente de transformación.
En este sentido, se podría afirmar que los populismos latinoame
ricanos presentan vínculos estrechos con la democracia delegativa
presentada por O’Donnell (1992), ya que en ambos casos los ciu
dadanos encomiendan, entregan, confían el poder al ganador de
la elección. Aunque es importante destacar que los populismos no
representan ejemplos puros del tipo delegativo de democracia.
El populismo plantea un modelo de Estado que interviene en
crisis socioeconómicas y la delegación del poder característica
de las democracias delegativas.
2) Una segunda perspectiva define el populismo como el resultado
de la crisis de representación de los partidos políticos tradiciona
les. En este caso, los líderes populistas aparecen como la opción
personalista de representación colectiva, que permitiría superar la
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Fernando Pedrosa, Florencia Deich, Cecilia Noce (compiladores)
crisis e iniciar un nuevo proceso de confianza entre la sociedad y
sus representantes.
Freidenberg (2007 y 2011) señala que populismo es un concepto
relacionado a un determinado estilo de liderazgo que se caracteriza
por la relación directa entre líder y seguidores (véase la noción de
carisma en el Capítulo 2 de P. Gómez Talavera).
Estos líderes son carismáticos, personalistas y paternalistas y no
reconocen mediaciones institucionales. En este sentido, Freiden
berg plantea que, dado que la política supone una unión en clave
identitaria, los líderes populistas tienen dificultades para integrar a
quienes no están de acuerdo con su proyecto político.
Para que este fenómeno se produzca los seguidores se encuentran
convencidos de las cualidades extraordinarias del líder y confían
en sus métodos redistributivos y en su relación clientelar por me
dio de la cual, estiman, obtendrán mejoras.
En este punto, el populismo puede pensarse como una estrate
gia política llevada a cabo por un líder personalista para ejer
cer el poder sin intermediación institucional, a través del apo
yo directo y desorganizado de un gran número de seguidores
(Weyland, 2010).
3) Una tercera explicación se centra en la característica discursiva
del populismo y sostiene que el liderazgo carismático se constituye
en un terreno ideológico discursivo y es el resultado de un comple
jo ciclo de producción, circulación y recepción de discursos.
Laclau (1986) y De Ipola (1983) definen el populismo como un
tipo de discurso político que es capaz de articular un conjunto de
demandas insatisfechas de la sociedad a partir de una cadena de
equivalencias. Este modelo discursivo divide el campo político en
Herramientas para el análisis de la sociedad y el Estado
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dos, y se caracteriza por la descalificación constante de “los otros”,
que están en contra de la cadena equivalencial, y por la interpela
ción de los individuos como miembros de un colectivo.
Lo que convierte a un discurso ideológico en populista es su ape
lación al pueblo como referente básico.1 En este enfoque, el líder
es lo que Laclau (1986) llama “el significante vacío” que expresa
y condensa todas las demandas de la cadena equivalencial, por lo
que la lealtad de sus seguidores se expresa hacia su figura, en lugar
de hacia un programa como sucede en los partidos tradicionales.
El populismo, para el tercer enfoque, es un tipo de discurso po
lítico que articula demandas insatisfechas, a la vez que divide
de los “otros”.
el campo político en dos, mediante la descalificación constante
Estas tres explicaciones engloban una gran cantidad de teóricos
que analizan las diversas situaciones y actores políticos, y vinculan
el término con el régimen político y la calidad de la democracia
(véase el Capítulo 6 de P. Bertino).
A partir de lo visto en las páginas anteriores, se proponen algunos
rasgos comunes para definir los liderazgos populistas como tam
bién algunos ejemplos.
Cinco elementos para definir el liderazgo populista
En esta sección nos centraremos en el liderazgo populista, es decir
en el tipo de relación que se instaura entre el líder y sus seguidores.
Según esta perspectiva desarrollada por Freidenberg (2011), la de
f
inición del concepto populismo se relaciona con el accionar de sus
1. De Ipola, Emilio (1980: 157-158).
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Fernando Pedrosa, Florencia Deich, Cecilia Noce (compiladores)
líderes, y las diferencias que plantean con otros tipos de liderazgos.
La relación entre el líder populista y sus seguidores al tipo ideal
carismático que plantea Weber y que se analiza en el Capítulo 2
de Gómez Talavera, según el cual las características personales de
un líder legitiman las reglas que regulan la sociedad y sostienen la
dominación del Estado.
En lo que sigue, exponemos las características comunes a los lide
razgos populistas según Freidenberg (2011): mostrarse como alter
nativa al poder tradicional; mantener una relación directa con los
seguidores; polarizar las sociedades; tejer coaliciones entre secto
res dispares; presentarse como líder extraordinario.
En primer lugar, el líder populista se constituye como una alterna
tiva concreta que busca cambiar el sistema político, frente a otros
actores tradicionales a los que acusa por el estancamiento que sufre
el país (Freidenberg, 2011).
La “herencia recibida” se transforma en la excusa para el desarro
llo de planes de gobierno sin mecanismos de control. En tanto las
instituciones son utilizadas y luego descartadas, en las democra
cias con liderazgos populistas se agota la capacidad de control de
unas instituciones sobre otras y se tensiona el Estado de derecho.
En la pérdida de controles institucionales, el liderazgo populista
se relaciona con la conceptualización de democracias delegativas
propuesta por O’Donnell y desarrollada por Bertino (Capítulo 6)
en esta compilación.
El populismo se presenta públicamente enfrentado a los intere
ses tradicionales de la política y la economía aunque efectiva
mente no lo esté.
En segundo lugar, el liderazgo populista es resultado de la re
lación directa entre líder y seguidores, en la cual no existen
Herramientas para el análisis de la sociedad y el Estado
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intermediarios (ni personales, ni institucionales). Como conse
cuencia, los gobiernos populistas se caracterizan por una escasa
intervención ciudadana, excepto en lo discursivo. Los ciuda
danos deben esperar durante un período constitucionalmente
establecido para que el líder extraordinario los salve. La figura
del líder también se legitima a partir de una relación clientelar,
por medio de la cual obtiene apoyo de numerosas personas que
reciben ayuda del Estado.
Nadie puede intermediar en la relación directa y personal del lí
der con su pueblo. Por eso el populista no cree en instituciones
formales ni en partidos políticos.
En tercer lugar, en tanto líderes con un discurso radical, los po
pulistas polarizan la sociedad a partir de la exclusión discursiva
de quienes no opinan como ellos. Freidenberg (2007) plantea que
estos liderazgos ofrecen “vínculos de suma cero: se está totalmente
a favor o totalmente en contra”, no hay términos medios.
El líder populista polariza la sociedad asociando a sus posicio
nes con el pueblo y la nación.
En cuarto lugar, si bien su discurso es estricto y excluyente, el
éxito electoral y político de estos líderes se sostiene mediante una
coalición plural de sectores sociales que encuentran en el Estado
un lugar donde representar sus intereses.
Por este motivo, el discurso populista se basa en la legitimidad
mayoritaria que la cual sustenta el desarrollo de sus proyectos de
cambio y justifica sus acciones (Freidenberg, 2011). De modo que
en los gobiernos populistas, mientras las decisiones atiendan la vo
luntad e intereses de la mayoría, no podrán ser objetadas.
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Fernando Pedrosa, Florencia Deich, Cecilia Noce (compiladores)
Las acciones que lleva a cabo el líder populista siempre son pre
sentadas por él mismo como si fueran producto de decisiones
de la mayoría.
En quinto y último lugar, aparece a forma carismática, personalista
y paternalista de ejercer el poder, a su vez legitimada por supuestas
cualidades extraordinarias, presentan un escenario con seguidores
convencidos de sus características únicas. En este punto, aparece el
problema de la continuidad de los gobiernos populistas, dadas las
dificultades para reemplazar características personales.
El líder populista es para sus seguidores una persona extraor
dinaria en la que se debe confiar ciegamente debido a sus dotes
poco comunes.
Populismo global
Como vimos en el caso de nuestro país, también América Lati
na tiene una larga tradición de liderazgos populistas, algunos de
cuyos principales protagonistas contemporáneos se mencionaron
en la introducción. El siglo XXI inauguró una oleada de líderes
regionales que dio una nueva impronta a estos liderazgos y que
llegó a gobernar a más de los dos tercios de los habitantes del
continente.
Este populismo compartió una serie de políticas públicas que fun
cionaron como péndulo de los años neoliberales precedentes: mul
tiplicaron la presencia del Estado, focalizaron sus esfuerzos en re
tener los recursos obtenidos de la exportación de materias primas;
ampliaron derechos políticos y sociales e intentaron llevar adelante
mecanismos de redistribución de la riqueza.
Herramientas para el análisis de la sociedad y el Estado
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El compendio de políticas públicas se basó en el precio récord que
tuvieron las materias primas y derivadas de actividades extractivas
en los primeros años del 2000, como el petróleo, la minería, pro
ductos agrícolas y ganaderos. Una vez que estos valores volvieron
a sus precios históricos, los líderes populistas se enfrentaron a pro
fundas crisis (Casullo, 2019).
Para sustentar este tipo de políticas buscaron engrandecer sus figu
ras con mitos del pasado (por ejemplo Bolívar o Eva Perón) y sobre
todo, inventaron enemigos comunes: los medios de comunicación,
los organismos de crédito y Estados Unidos que funcionaron como
opuestos discursivos.
Se buscaba así fragmentar a la sociedad entre quienes apoyaban al
líder, y el supuesto cambio que traía y quienes se oponían, quienes,
sin importar sus intenciones, eran acusados de ser defensores de
las oligarquías en sus diferentes formas.
La radicalización del discurso amigo-enemigo fue uno de sus ras
gos políticos centrales. A partir de allí fundaron solidaridades y
cimentaron movimientos culturales que les permitieron encarar los
momentos de crisis, cuando las políticas de redistribución econó
mica ya no podían sostenerse y el déficit de los Estados comenzaba
a agigantarse.
El triunfo electoral del populismo en países desarrollados demostró
que el discurso y los liderazgos populistas no son casos aislados.
Por el contrario, es un tipo de liderazgo que se instaló en el mundo.
Posiblemente el caso más paradigmático es el del ascenso al poder
de Donald Trump en los Estados Unidos, un outsider de la política,
que reunió tres características: polarizó la sociedad entre el trabajo
y el mundo financiero, despreció el sistema de partidos y se forta
leció bajo un proyecto nacionalista “Make american great again”
y con tintes discriminadores como fue la propuesta del muro de
separación en la frontera con México.
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En América Latina los líderes populistas recientes se han autoi
dentificado con tradiciones ligadas a la izquierda; en Europa, el
populismo se identifica con partidos de derecha. En Europa, go
biernan o han gobernado con características discursivas populis
tas: Austria, Dinamarca, Finlandia, Holanda, Noruega, Suiza y
Hungría.
En esta ola no se puede dejar de mencionar el triunfo del Brexit en
Gran Bretaña, con un discurso de claras connotaciones populistas.
En Asia también existe este tipo de liderazgo. Esto puede verse con
el éxito de Narendra Modi en la India, que llegó al poder con un
programa xenófobo y nacionalista hindú (Casullo, 2019).
Todas estas expresiones, buscaron dividir a la sociedad entre un
ellos causante de los problemas recientes (la inmigración, el mun
do financiero y la tecnocracia multinacional), y un nosotros (los
trabajadores nativos perjudicados por un mundo que les niega su
grandeza).2
En todos los casos, se desprecia a las instituciones democráticas
y se las sitúa en el lugar de impedimento para el desarrollo de los
planes de gobierno, los parlamentos o las organizaciones suprana
cionales son las responsables del fracaso del líder, el cual necesita
el poder absoluto para llevar adelante la salvación del país.
Dos casos paradigmáticos del populismo en la Argentina.
Yrigoyen y Perón
El yrigoyenismo y el peronismo conjugaron en el momento de su
nacimiento un conjunto de demandas democráticas y sociales de
2. Esto se encuentra estrechamente vinculado a uno de los cinco elementos que
retomaremos para
la definición de populismo, y es la idea de polarización de la sociedad a partir de
la exclusión de
quienes opinan diferente, dividiendo a dicha sociedad entre los que están a “favor”
y en “contra”
del líder.
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sectores que se encontraban fuera del sistema y sin representación
política.
Ambos movimientos elaboraron a partir de fuertes liderazgos un
discurso basado en antinomias (véase el Capítulo 2 de P. Gómez
Talavera y el Capítulo 6 de P. Bertino): el “pueblo”, se presentaba
como enfrentado al “régimen” en el primer caso o a la “oligar
quía”, en el segundo.
La conducción carismática de Hipólito Yrigoyen provocó que el
radicalismo abandonara el componente impersonal propio de sus
orígenes. En ese sentido Romero (2017: 81) afirma que “el partido
se fundía con su figura […] y empezó luego a estimular una suerte
de culto a su persona […] el país se llenó de sus retratos”.
Es decir, la organización política se convirtió en un movimiento
que buscaba redefinirse expresando al conjunto de la sociedad a
partir de la figura cautivante de su líder, el cual, consiguió delimi
tar la contienda en sus propios términos.
Durante el primer mandato de Yrigoyen, entre 1916 y 1922, el Co
mité Nacional del radicalismo elaboró un manifiesto en el que se
afirmaba que: “la Unión Cívica Radical es la nación misma bre
gando desde hace veinticinco años por liberarse de gobiernos usur
padores y regresivos”3 frente a un “régimen falaz y descreído”, que
se visualizaba como corrupto, inmoral y fraudulento, oponía “la
causa” que representaba el bien, dispuesta a romperse pero jamás
doblegarse moralmente.4
Con la instauración de una dictadura conservadora y el posterior
fallecimiento de Yrigoyen, la Unión Cívica Radical volvió a sus
orígenes. A medida que esto iba sucediendo, años más tarde, la
3. Manifiesto UCR (Unión Cívica Radical) del 1 de mayo de 1916.
4. Esta cuestión se vincula con la excusa de la herencia recibida, desarrollada
dentro de los cinco
elementos que se retoman para definir el populismo.
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f
igura de Perón asumía un rol social de líder indiscutido adoptando
las características de lo que se considera el liderazgo populista.
Una vez consolidado como presidente, su palabra adquirió el valor
de ley para el Partido Peronista primero y para el Partido Justicia
lista, después. Para Perón esta era la manera elegida de canalizar
las disímiles demandas y lograr el entendimiento entre las distintas
corrientes ideológicas de su movimiento.
Al privilegiar el factor organizativo a expensas del pluralismo de
mocrático, identificó su movimiento con el “pueblo” enfrentando
a los que consideraba simples “vendepatrias”. Buscó equiparar in
tencionalmente su movimiento con la nación misma y en la oposi
ción solo podían encontrarse “traidores” a esos ideales.
Tanto Yrigoyen como Perón construyeron liderazgos carismá
ticos. Si bien ambos líderes mantuvieron diferentes tipos de re
lación con sus partidarios, los dos concitaron la misma pasión
en sus seguidores y, por consiguiente, la misma intensidad de
odio en sus detractores.
La presencia de liderazgos providenciales, la ambigüedad de sus
discursos y la identificación del líder con la nación fueron herra
mientas que ambos utilizaron para vencer las resistencias de los
sectores opositores al avance.
Una diferencia clave entre ambos y que de algún modo atenúa la
cuestión del populismo en Yrigoyen es que la Unión Cívica Ra
dical preexistía a su liderazgo y, además, no fue una organización
que pudiera manejar a su antojo. De hecho, tuvo fuerte oposición
de grupos internos conocidos como “antipersonalistas”. En el caso
de Perón, el Partido Peronista y, luego, el Justicialista, fueron cons
truidos por el líder desde el Estado para consolidar su poder y no
funcionaron como espacio para condicionar al líder.
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Otro elemento clave que los diferencia es la sucesión. Los líderes
populistas, al considerarse a sí mismos los únicos que pueden lle
var adelante la representación del pueblo y al ser igualados con los
intereses de la nación, difícilmente puedan ser reemplazados por
otro personaje igual.
Por eso, tienden a perpetuarse en el poder ya que no habrá otro como
ellos. Yrigoyen, sin embargo, nunca intentó reformar la Constitu
ción para lograr ser reelegido (la ley de esa época no lo permitía) y
además designó como su sucesor a Marcelo T. de Alvear, un político
que no se encontraba en el círculo de confianza del líder radical.
Perón, en cambio, reformó las leyes (incluida la Constitución)
para consolidar su poder y en el tercer periodo presidencial (1974
1976), designó a su propia esposa como vicepresidenta.
En todos estos casos, más allá de las diferencias, el papel del
liderazgo, el rol de los seguidores y la relación entre ambos
resultan claves para definirlos como populistas.
En este punto, cabe destacar que no se trata simplemente de deter
minar si un líder populista es más o menos carismático o si es afín
a ideas de izquierda o derecha, sino el tipo de relación que estable
ce con las reglas institucionales y sociales, así como el vínculo que
desarrolla con sus seguidores.
Como síntesis final podemos decir que el populismo es una manera
de construir poder con liderazgos fuertes que se ubican por encima
de los partidos.5 Los líderes populistas de los países latinoameri
canos realizaron un fuerte cuestionamiento del orden institucional
5. Estos estilos de liderazgo fuerte también se encuentran presentes en los modelos
delegativos
de democracia (véase el Capítulo 6 de Bertino), en cuyo caso se suma la necesidad
de una lógica
hiperpresidencialista.
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establecido, construyeron un discurso con la dialéctica amigo-ene
migo y rechazaron todo aquello que limitar su poder.
El populismo tiende a construir su poder sin intermediación de las
instituciones, ni de los partidos políticos. De esta forma, sus defen
sores se muestran como protectores del pueblo en su conjunto, al
que deben proteger de posibles “ataques” internos o externos.
En este tipo de fenómenos, el líder establece una relación personal
y no mediatizada con sus seguidores, los cuales aceptan que se
subordinen las instituciones de la democracia a sus decisiones per
sonales, todo esto sucede bajo un discurso antagonista que tiende a
la polarización y genera identidad política.
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