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Apuntes II

El documento narra la invasión de Napoleón a España y Portugal, destacando la ocupación militar y la posterior abdicación de Carlos IV en favor de su hijo Fernando VII, lo que desata un levantamiento popular contra el dominio francés. A medida que las juntas locales se organizan para resistir, se forma un nuevo orden político en España, mientras que en Buenos Aires surgen tensiones entre patriotas y regalistas. La situación culmina en la guerra de independencia española, donde el pueblo se levanta contra las fuerzas francesas y se establecen juntas de gobierno en diversas regiones.

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Apuntes II

El documento narra la invasión de Napoleón a España y Portugal, destacando la ocupación militar y la posterior abdicación de Carlos IV en favor de su hijo Fernando VII, lo que desata un levantamiento popular contra el dominio francés. A medida que las juntas locales se organizan para resistir, se forma un nuevo orden político en España, mientras que en Buenos Aires surgen tensiones entre patriotas y regalistas. La situación culmina en la guerra de independencia española, donde el pueblo se levanta contra las fuerzas francesas y se establecen juntas de gobierno en diversas regiones.

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Jose María Rosa – Los últimos años españoles.

1. Alentado por el triunfo de Austerlitz, Napoleón se siente el


dueño de Europa y quiere imponerse al rey de Prusia, que le
responde con la guerra. El emperador francés deshace a los
prusianos en Jena, y nuevamente a los rusos en Friedland. Reduce
a sus enemigos del continente a aceptarle la paz de Tilsitt:
hegemonía a occidente del Niemen, y tanto Rusia como Prusia,
Austria y los nuevos reinos germánicos aceptaran el “bloqueo”
contra las mercaderías inglesas.

Libre de los enemigos del este de Europa, Napoleón prepara la


ocupación de Portugal y España, que el tratado de Tilsitt le
permite. Sera inútil que el príncipe regente de Portugal se
adhiera el 20 de octubre de 1807, ante el peligro, al “bloqueo
continental” contra Inglaterra rompiendo aparentemente su
secular alianza. No va a detener a Napoleón. Contemporáneamente,
el embajador ingles en Lisboa, lord Strangford, hace firmar al
regente un convenio secreto por el que Inglaterra trasladaría la
familia real a Brasil, y Portugal le compensaba con la isla
Madera como base naval y un puerto en Santa Catalina “u otro
punto de Brasil” para la venta de mercaderías inglesas.

El 27 de octubre Napoleón concluye con el embajador español el


tratado de Fontainebleau, aparentemente para repartirse
Portugal, y en realidad para ocupar militarmente toda la
península. En su cumplimiento las tropas españolas de Garrafa y
las francesas del mariscal Junot, inician la invasión a Portugal
el 19 de noviembre. Tras el primer cuerpo francés, el de Junot,
que ocupa Portugal y se establece en Lisboa el 28 de noviembre
sin lucha alguna, entran otros que muestran a las claras las
intenciones de Napoleón. El 22 de diciembre Dupont se instala en
Valladolid, el 9 de enero Moncey se establece en Burgos, el 16
de febrero Darmagnac en Pamplona y el 28 de febrero Duhesne en
Barcelona. Son 100000 los franceses que hay en España bajo el
comando superior del cuñado de Napoleón, el lugarteniente
Joaquín Murat, gran duque de Berg. A un pedido de explicaciones
de Godoy, Napoleón contesta que lo hace por el peligro de una
invasión inglesa desde Cádiz.

Mientras los franceses ocupan el norte de España, se


desenvuelve en El Escorial, donde la corte española pasa el
otoño, una oscura intriga contra el príncipe heredero Fernando,
que viene a sumar un motivo más a la ansiedad del pueblo
español. Ocupado el norte de España en el invierno de 1808,
Napoleón hace saber a Godoy, invocando la dubitativa conducta
española antes de la batalla de Jena, que no cumpliría el
tratado de Fontainebleau y Portugal quedaría “bajo el control de
Francia”; exige también el matrimonio de Fernando con una
sobrina suya, hija de Luciano, príncipe de Canino, y la libre
entrada de las mercaderías francesas en los puertos
hispanoamericanos. Godoy y Carlos IV, muy débiles, aceptan
cualquier cosa; pero los acontecimientos se precipitaron y estas
medidas no llegaron a cumplirse.

La familia real y Godoy pasaban la temporada de primavera en el


palacio de Aranjuez. La ocupación francesa tenía soliviantado
los ánimos, especialmente del pueblo. Algunos cortesanos tratan
secretamente la huida de la familia real a América con el apoyo
inglés, como lo había hecho la de Portugal. Para calmar al
pueblo, Carlos IV da un manifiesto desde Aranjuez el 16 de marzo
explicando que “el ejército de mi querido aliado el emperador de
los franceses cruza mi reino con las más pacíficas y amistosas
intenciones”. La noche del 17 de marzo estalla el llamado motín
de Aranjuez. El furor popular ha hecho victima a Godoy, que
queda destituido y aprisionado. Pero hay otra víctima: el rey,
que se encuentra sin apoyo y tremendamente impopular. El 19,
Carlos IV en presencia de sus cortesanos y ministros, abdica en
su hijo que pasa a ser Fernando VII. Toda España celebra
jubilosamente el advenimiento del Deseado, de quien se esperaba
el fin de los males y sobretodo el alejamiento de los franceses.

Apenas sabido el motín de Aranjuez, Murat, que estaba en


Castilla la Vieja con los ejércitos ocupantes, cruza la sierra
del Guadarrama y se acerca a Madrid. La prensa francesa noticia
la caída de Carlos IV diciendo que “el trono español está
vacante”. Se anuncia la llegada de Napoleón, que iría a Burgos a
entrevistarse con Fernando. Carlos IV, instigado sin duda por
María Luisa, escribe secretamente a Murat el 21 de marzo que “se
le obligo” a renunciar a la corona y “se echaba en brazos de
grande monarca su aliado (Napoleón) sometiéndose enteramente a
la disposición de él, que es el único que puede resolver su
felicidad. Fernando entra en Madrid en medio de un gentío
inmenso. A los pocos días de hacerlo Fernando, entra Murat al
frente de 19000 granaderos. Napoleón invita a Fernando, a quien
no da tratamiento de rey, a entrevistarse en Burgos; que luego
difiere para la ciudad francesa de Bayona por temor de las
irrupciones populares. Hace llevar a Bayona, poco menos que
aprisionados, a Godoy, María Luisa y Carlos IV.

En Bayona, en presencia del emperador, ocurren escenas


lamentables. Napoleón, arbitro de Europa, transige el 5 la
disputa familiar: Fernando declararía que la abdicación de su
padre era nula: le da tiempo hasta media noche para hacerlo,
bajo pena de considerarlo “rebelde”. A la madrugada del 6,
Fernando firma el documento donde pide perdón a su padre, y
confirma que la abdicación no fue valida. El día anterior,
Carlos IV había renunciado a la corona de España en favor de
Napoleón, refrendado por la firma de Godoy, a cambio de una
pensión vitalicia y una residencia en Francia, pues no se
atrevería a volver a España. Napoleón, a su vez, pasara la
corona a su hermano mayor Jose, en ese entonces rey de Nápoles,
a quien hace llamar con urgencia. El 7 de junio estará Jose en
Bayona, donde le es ofrecida la corona de España e Indias por un
“congreso español” reunido por Napoleón en esa ciudad.

No había finalizado la comedia de Bayona cuando estallo en


Madrid la explosión popular, seguida de una terrible represión,
que incendiara a España como una chispa a un polvorín. Al
saberse los tumultos de Madrid y su feroz represión, toda España
contesta. El alcalde del pueblo Móstoles, Andrés Torrejón,
declara solemnemente “la guerra a Napoleón”; responde
Extremadura, que forma una Junta con representantes de sus
ciudades. Inmediatamente siguen otras: la junta de Galicia
manifiesta “haber reasumido la soberanía… declarándose
independiente del… gobierno de Madrid”; en Sevilla se proclama
que “el reino esta repentinamente sin rey y sin gobierno… el
pueblo reasume legalmente el poder de crear un gobierno”. Se
forman juntas en Asturias, Valencia, Granada, Mallorca, Álava,
La Rioja y Murcia. Toda la parte no ocupada por los franceses se
levanta en la guerra de la independencia española.

La formación básica española era el municipio; pero este había


perdido su importancia de los tiempos de la reconquista. Ahora,
a falta de la monarquía, el poder revierte a los ayuntamientos.
Serán estos quienes declaren la guerra a Napoleón, incitados por
el alcalde de Móstoles. Las “juntas” de representantes de
municipios existían en España antes del levantamiento de 1808:
subsistían como cuerpos de otra época, a título honorifico.

El ejército reglado español reconoce a las juntas y a Fernando


VII, uniéndose al pueblo: junto con las milicias mal armadas
forma los cuerpos de batalla, mientras Zaragoza resiste el sitio
de los franceses y la Sierra Morena se llena de guerrilleros que
combaten en nombre de Fernando VII. Dupont entra en Andalucía
decidido a aplastar la tremenda insurrección del pueblo español;
los generales Castaños y Reding, con tropas armadas por los
ayuntamientos de Sevilla y Granada, lo cercan en Bailen el 19 de
julio de 1808, y contra todo lo esperado los invencibles
granaderos franceses son derrotados por los improvisados
guerreros españoles. Más de dos mil muertos quedan en el campo
de batalla. En esta batalla se bate con denuedo del lado español
el capital Jose de San Martin, del regimiento de Murcia.

Los franceses se ven obligados a levantar el sitio de Zaragoza,


y Jose I abandona Madrid. Poco después se instala en Aranjuez el
25 de septiembre la Suprema Junta Central Gubernativa presidida
por Floridablanca, que unificara la lucha.
2. El periodo que va de la derrota de los ingleses en julio de
1807 a la Revolución de mayo de 1810 es complejo y aparentemente
confuso como toda época prerrevolucionaria. El orden
fundamental, español, herido de muerte desde el tratado de
Utrecht de 1713, se derrumbara en un proceso acelerado por las
invasiones de 1806 y la tremenda crisis de la metrópoli de 1808.
Nace un orden nuevo que escapara, como siempre ocurre, a las
previsiones de todos; aun las de aquellos que anhelaban una
“independencia” más o menos protegida por Inglaterra. Surge una
nacionalidad que estaba subyacente en el pueblo y en los
municipios, cuando los jóvenes seguidores de Miranda imaginaban
un Estado con constituciones a lo Montesquieu o Hamilton,
libertad de comercio a lo Adam Smith y, por supuesto, privilegio
de la “clase racional” a lo Rousseau.

Las tendencias políticas en Buenos Aires, por ser la capital -


en ese momento nunca más cabeza-, como por haber sido el teatro
de la lucha con los invasores y serlo en breve de la Revolución
de Mayo, encontraban su eco en el interior, en apariencia más
tranquilo pero no menos vigoroso en sus sentimientos. Pero,
fuera de algunos funcionarios, clérigos jóvenes y letrados en
correspondencia con el puerto, el interior –Montevideo, Córdoba
y las ciudades altoperuanas aparte- “no era político”. Esa
ausencia de “doctrinas” habría de permitirle, después, el papel
decisivo de representar la realidad argentina.

Volviendo a Buenos Aires. Tenemos en 1808 el gran partido de la


Reconquista y la Defensa que se llamaba a si mismo patriota (de
“patria”, ciudad), integrado sin distinciones de clase:
unanimidad entre las “inferiores” y mayoría en los
“principales”. Todas las milicias urbanas, desde el ultimo
tambor al comandante, pertenecían a él por haber sido formadas
precisamente en el rapto de entusiasmo patriótico siguiente a la
Reconquista. Sus jefes indiscutidos eran Liniers y Alzaga.

El carácter abierto, dócil, simpático y sobre todo el prestigio


que le daba su figuración en la Reconquista habían hecho del
primero el héroe popular y a ese título ocupaba la Fortaleza
como virrey interino. Nada más lejos de un autentico caudillo
que Liniers. Era un hombre común a quien circunstancias
imprevistas pusieron en un cargo que nunca había imaginado. No
había sido ambicioso, pero asombrado de su vertiginosa ascensión
no supo escapar a la vanidad de quienes ocupan un lugar que no
esperaron; tuvo las desconfianzas de los que se han visto
elevados por un golpe de suerte y suponen que otro los reducirá
a la nada. Era un héroe y no un político. Si le hubiese tocado
un tiempo apacible, habría desenvuelto, a pesar de sus flaquezas
humanas y el constante desacierto en la elección de sus
colaboradores, una administración paternalista y honrada. Pero
gobernó en años turbulentos, con la Real Hacienda en penurias,
el Cabildo sujeto por una voluntad más enérgica que la suya y un
gobierno central a los tumbos. Actuó como sus predecesores,
sujeto a una autoridad lejana y absoluta, sin comprender que la
suya emanaba de su prestigio en el vecindario y el apoyo de los
comerciantes del cabildo. Porque este jefe de patriotas era en
el fondo tan regalista como el fiscal Caspe y Rodríguez o el
intendente Francisco de Paula Sanz, y, a pesar de su larga
residencia, veía las cosas criollas con ojos europeos. Para peor
los suyos eran franceses y no españoles. Comprensiblemente
estuvo del lado de Napoleón cuando España se dividió en castizos
y afrancesados, aunque después de Bailen hará equilibrios para
mantenerse en el cargo a la espera que los sucesos fueran
resolviéndose en la península. Se sintió débil, a pesar de su
popularidad, y debio disimular las faltas a la honradez
administrativa de sus partidarios para que estos pasasen sus
flaquezas sentimentales. A sus pies bullía una revolución que no
podía comprender y fue prepotente con sus amigos y sumiso con
sus enemigos para afirmar una autoridad que se le escapaba.

Martin de Alzaga, el otro jefe, era lo opuesto a Liniers. Seco,


adusto, integro, indoblegable, solo podían apreciarlo sus
allegados y no despertaba simpatías populares. Sin embargo, sus
condiciones de jefe eran excelentes: tenia “patriotismo”,
comprensión del momento y el medio, energía, coraje, lealtad con
los suyos y no le faltaba una buena dosis de astucia política.
Como se sabía impopular, quiso ser el poder detrás del trono
manejando las cosas por medio del idolatrado Liniers. Esa unión
del héroe aclamado de la Fortaleza y la eminencia gris del
Cabildo habría sido estable y rendido excelentes frutos, si las
cosas de Europa no hubiesen tomado el rumbo imprevisto de 1808.

No era la facción de los criollos contra los españoles: era de


los arraigados contra los europeizantes, que no es la misma
cosa; aunque uno de sus jefes, Liniers, fuese más europeizante
que americano. Lo formaba la inmensa masa de la población, desde
los orilleros criollos hasta los tenderos peninsulares unidos al
suelo donde habían formado familia y tenían hijos. Se llamaban
patriotas porque su fidelidad era a la patria y al rey, la misma
de los comuneros, no al Estado y al rey como los funcionarios.
Aunque no hubiesen ocurrido en España las cosas de 1808, y
después las de 1814, lo mismo se habría llegado a la
independencia porque el rey ya no era en el siglo XIX el símbolo
de la unión entre América y España.

Formado por la mayor parte de los funcionarios, la totalidad de


las jerarquías eclesiásticas, parte de los oficiales veteranos,
y algunas familias nativas más cercanas a España que a la
ciudad, los regalistas entendían la unidad española como los
ministros de Carlos III: por el predominio de una metrópoli
sobre unas colonias. Se sintieron lastimados por los congresos
de 1806 y 1807 que suspendieron y depusieron a Sobremonte; no
tanto por afecto al virrey cesante, sino por la resistencia al
principio comunero de poner la patria antes que el representante
del rey. Estuvieron con Fernando VII porque era el poder legal,
y con la junta o consejo que lo representase en España porque lo
importante era que el poder viniese de allí.

No deben confundirse los jóvenes “de luces” con los patriotas,


aunque con ellos estarían en 1810 y la historia al uso los
denomine de esta manera. La patria de los alumbrados no era la
ciudad, ni la nación: era una independencia a lo Miranda,
puramente teórica, a establecerse con apoyo de Inglaterra o por
medio de Portugal, que también era el apoyo inglés. Las
intenciones de quienes atizaban esta independencia no estaban al
alcance de los jóvenes “ideólogos” que la ansiaban para
establecer al Estado perfecto de sus lecturas: entidad política
donde tendrían el gobierno por ser la clase ilustrada. Que lo
material quedase para los ingleses y la ocupación militar se
garantizase con los portugueses, no les importaba mucho porque
en su mundo roussoniano de cosas perfectas no cabían las malas
intenciones. Los alumbrados, cuyo sitio obligado de reunión era
el café de Marcos, se creían revolucionarios porque anhelaban
una sociedad perfecta a lo Rousseau. Se manejaban entre nubes y
no advertían que ayudaban a un coloniaje peor que el español.

Los patriotas del interior, donde sobrevivía el antiguo


espíritu de las “republicas” indianas, en esos años de
mercantilismo defendieron la industria territorial contra la
competencia española (más tarde lo harían contra la inglesa).
Los del puerto no estaban interesados en esa defensa porque sus
industrias eran pobres y la base de su producción eran las
faenas rurales; sin embargo, estuvieron contra el librecambio
para mantener la unidad política que colocaba encima de las
patrias locales la Patria Grande concebida como una federación
de municipios americanos. Los regalistas se apoyaban en el
mercantilismo favorable a la península. Los alumbrados eran
librecambistas en economía por liberales y “progresistas”, ya
que Adam Smith era la última palabra de la Ciencia.

Con los patriotas estaba toda la tropa y casi toda la


oficialidad de las milicias porteñas; también los blandengues y
dragones nacidos en el país. Los otros regimientos de línea eran
el apoyo de los regalistas; sobre todo el Fijo de reclutados en
Galicia y los oficiales de marina que tomarían unánimemente
campo por España en la revolución próxima. No había regalistas
en las milicias urbanas, ni siquiera en los tercios “españoles”.
Pero en el interior donde el prestigio de algunos funcionarios
fue grande, hubo milicianos que pertenecieron a esta facción.

Patriotas, regalistas y alumbrados tenían importancia y


prestigio desigual en el Buenos Aires de 1808. Los primeros
contaban más. Pero en 1808 sus jefes tomaron rumbos diferentes:
Liniers por simpatías bonapartistas se inclinó del lado francés,
hasta la noticia de Bailen le hizo modificar prudentemente el
rumbo y quedarse a la espera que los imperiales terminasen con
la resistencia popular de la península y le permitieran jurar a
Jose I sin riesgo. Alzaga tomo una actitud fernandista ortodoxa
que naturalmente choco con la del virrey. Como el prestigio
popular de este era todavía fuerte, sus admiradores vieron
causas personales en esta oposición política y estuvieron con
Liniers sin preguntarse si el virrey estaba con la “patria” o
con Napoleón. Los seguidores de Alzaga fueron sus amigos
personales, el cabildo, donde su influencia era absoluta, el
consulado y la parte más rica y espectable de la ciudad. Les
llamaron sarracenos o godos aunque no todos fueran españoles,
pero casi todos tenían inmediato el antepasado peninsular en una
sociedad de aluvión donde los inmigrantes eran quienes más
prosperaban. En la contradicción entre criollos y sarracenos
había mucho de una oposición entre desposeídos y poseedores.

El 1 de enero los regalistas se pusieron al lado de los


criollos en la defensa del virrey afrancesado. La audiencia y el
obispo lo hicieron más por la institución virreinal que por la
persona de Liniers, pero se opusieron con denuedo al
republicanismo de los sarracenos que querían “junta como en
España”. Era lógico, como es comprensible que los criollos
defendieran a su ídolo contra los sarracenos de la calle de las
tiendas. Los jóvenes de luces, comprensiblemente despistados y
embarcados en la aventura del carlotismo no estuvieron con unos
ni con otros; soñaban con traer la “Ilustración” con la princesa
lusitana apoyada en los buques de sir Sidney Smith y no les
interesaban las rencillas de campanario. Si más tarde incitaron
a Liniers a resistir al nuevo virrey fue para favorecer el juego
de la corte de Rio de Janeiro.

Con Cisneros las cosas se decantan. Liniers y Alzaga


desaparecen del primer plano: aquel se retira a Córdoba para
olvidarse que una vez fue jefe inconsciente de los patriotas y
morir en Cabeza del Tigre junto a los regalistas amigos de
Sobremonte; Alzaga se ira a la vida privada, para ser fusilado
pocos años después, tras una oscura intriga donde hubo tanto de
bajas pasiones como de temor a un resurgimiento. Los sarracenos
se dividen: una parte con Inchaurregui, Matheu y Larrea, estará
con la Revolución; otra, con Elio, se le opondrá desde
Montevideo. Los patriotas conducidos por Saavedra, después de
acercarse al “carlotismo” sin mayor entusiasmo, acabaran
integrados con los jóvenes de luces y algunos sarracenos en el
partido de la Revolución.

3. El 12 de febrero de 1808 informa Alzaga al cabildo la


llegada de la familia real portuguesa a Brasil. La noticia
produce conmoción, pues se temía un propósito ingles de
incorporar América española a la monarquía lusitana. No era
novedad el traslado de la corte portuguesa a Brasil: el destino
lusitano estaba en América y no en Europa.

El príncipe regente estableció su capital en Rio de Janeiro y


formo su gabinete con Rodrigo de Souza Coutinho, luego conde de
Linhares, como ministro de Estado. Coutinho era un político más
ambicioso que discreto, con la idea arraigada del Plan Sabio.
Soñaba con fundar en el Nuevo Mundo un “Imperio americano” que
sirviera de contrapeso al consolidado en Europa por Napoleón, y
compensara con un gran mercado consumidor, el perdido por los
ingleses en el Mundo Viejo. Obstaculizaba sus grandes proyectos
por su prepotencia, que no bastaba a encubrir el almíbar
portugués que ponía al enunciarlo a las mismas víctimas, en
parte por desconocer el medio americano donde actuaba, y en
parte porque nadie contagiado de bonapartismo quería hablar a
los del rio de la Plata en el lenguaje de Napoleón.

Pero el “poder detrás del trono” en Rio de Janeiro era el


prudente y cauteloso embajador inglés, Sidney Smythe, lord
Strangford, encargado de frenar los arrestos de Coutinho. Pues
Inglaterra, después del levantamiento de España contra Napoleón,
tenía medios más eficaces y pacíficos para conquistar el mercado
hispanoamericano sin recurrir al apoderamiento militar y menos a
la formación de un “Imperio americano” que podía escapar de su
control. Otro inglés, Sydney Smith, anduvo enredado en las
intrigas carlotistas, que solo eran el “Plan Sabio” más
disimulado y con formas más cuidadas.

La posición del Reconquistador en Buenos Aires era débil, no


obstante su gloria militar y su indudable prestigio popular. Lo
ayudaba el poder inmenso del cabildo de Buenos Aires, dueño
efectivo de los recursos y brigadier de las milicias, con el
insobornable y duro Alzaga a su frente reelegido alcalde para el
año 1808. La debilidad de carácter de Liniers lo va a hacer el
eje de intrigas que no tardaran en explotar con máxima fuerza.

Por un lado, los comerciantes arraigados españoles e hijos de


españoles, apoyados en los tercios de catalanes, vizcaínos y
gallegos y los artilleros de la Union, cuyo instrumento era el
cabildo, su poder el dinero y su jefe tenía las condiciones de
energía y astucia de Martin de Alzaga. Por el otro los rezagos
de la burocracia sobremontina con la audiencia, las milicias
cordobesas que respondían a Allende como jefe; Paula Sanz,
intendente de Potosí, y Victorino Rodríguez, influyente vecino
de Córdoba. Mas allá el comercio de Montevideo, ligado al
contrabando; mas acá los jóvenes de “luces” que hablaban más o
menos públicamente de independencia, con la Carlota. Junto a
Liniers, tuviera o no razón, en las malas o en las buenas,
estuvo el pueblo criollo de Buenos Aires y su expresión militar
–la Legión Patricia- con el coronel Saavedra al frente,
acompañado de las demás milicias y los tercios de montañeses y
andaluces. Sobre esta trama de fuerzas encontradas, que
amenazaban tempestad, se vino a sumar un factor de perturbación
para el espíritu heroico, romántico y en el fondo muy ingenuo de
Liniers. Había caído en las redes de una mundana de alta esfera,
espía al servicio de todos, que jugaba al pobre Reconquistador
según la veleidad de sus intereses personales.

El 12 de febrero informo Alzaga al cabildo la noticia de bulto


de la llegada de la familia real portuguesa a Brasil: “No
debemos descuidarnos en lo concerniente a nuestra defensa”
recalca el alcalde. Pasan dos meses de intranquilidad, cuando el
22 de abril Liniers anuncia la próxima llegada a Buenos Aires de
un comisionado de la corte de Rio de Janeiro, el brigadier
Joaquín Javier Curado, para “tratar asuntos importantes”; el
mismo 22, el cabildo de Buenos Aires recibe un “pliego
reservado” del ministro Souza Coutinho escrito en extraños
términos. La propuesta “secreta” causo en los capitulares la
impresión imaginable. Nadie vio la falta de experiencia de un
político europeo que quería descargar en otros la prepotencia
usada por Napoleón con Portugal. Alzaga la puso en conocimiento
de Liniers, al tiempo de contestar a Coutinho. En real acuerdo,
Liniers trato la nota con la audiencia en presencia de Alzaga.
Se resolvió comisionar a este a Montevideo para recibir allí a
Curado, y no dejarle llegar a Buenos Aires.

Alzaga va a Montevideo; pero Curado demora. Al poco tiempo


llegan pliegos de España designando autoridades en el Rio de la
Plata. Liniers, a quien la gloria empezaba a embriagarle,
esperaba lo nombrasen “virrey titular”; se encontró con la
desilusión de ser confirmado como “interino”, que ya lo era. S
conducta dejaría notar su resentimiento.

Desde marzo estaba de tránsito en Rio de Janeiro el conde


Enrique de Liniers, hermano mayor del virrey y avecindado en
Buenos Aires. Al saber su presencia, Coutinho lo busco para
usarlo como medio de llegar al virrey. Le repitió el proyecto de
Imperio americano, a la espera de su aprobación. Pero el conde,
francés y bonapartista, andaba en otra cosa. Souza Coutinho, en
el deseo de entrar en cualquier clase de negociaciones con el
virrey (tal vez arrepentido de su prepotencia), le pidió que se
ocupase de un tratado de paz y comercio entre Brasil y el Rio de
la Plata para beneficiar los intereses de ambos. Se dejó decir
por el conde que la “estrecha alianza de Portugal con Inglaterra
era una desgracia presente, pasada y futura”.

Cuando Liniers recibe los informes de su hermano, ya ha llegado


la intimación torpe de Coutinho que lo inhabilitaba a tratar con
él. Pero ve la oportunidad de mostrarse como un auténtico virrey
ante una corte real vecina, y quiere enviar un agente de
“embajador” a fin de concertar con el ministro portugués el
tratado de alianza y comercio “para mutuos beneficios” que
quería este. Informa al cabildo el 2 de junio de las cartas de
su hermano, y este en acuerdo del 11 se opone a tratar con una
corte enemiga, y además porque el nombramiento de agentes
diplomáticos o embajadores, como el manejo de las relaciones
exteriores, eran atribuciones del monarca. Liniers, molesto por
no haber sido confirmado como virrey propietario, se las tomo
con el cabildo. Mantuvo el nombramiento de Rivera. El alcalde se
queda en Buenos Aires y delega en Elio la misión de impedir que
Curado hable con Liniers. La unión de la Reconquista y la
Defensa quedo quebrada. Ahora el virrey popular y el cabildo de
comerciantes “patriotas” serán dos fuerzas enfrentadas.

Pero Rivera no iría a Brasil. Curado había llegado a Montevideo


el 15 de junio, y Elio no le dio autorización para seguir a
Buenos Aires; quedara allí hasta el 2 de septiembre en que
regresaría a Rio de Janeiro dejando una nota explosiva. Coutinho
no tenía interés en diplomatizar con agentes de Liniers, porque
se había enterado de su debilidad.

El resentimiento de Liniers por haber sido nombrado “interino”,


y la conciencia de actuar como un títere en manos de otros pese
a sus desplantes, lo llevaron a actitudes personales
lamentables. El 20 de julio escribe a Napoleón informándole, a
título “de compatriota”, su actuación en la Reconquista y la
Defensa. Todo se lo atribuye. Para el tiempo en que Liniers,
reconociéndose condottieri, escribía esta poco hidalga carta muy
reservada al jefe de su país natal, como francés y admirador de
Napoleón, los españoles se desangraban en una lucha desigual
contra los franceses invasores. Desde luego que Liniers todavía
lo ignoraba. Pero se le había despertado la ambición y esperaba
obtener de Napoleón aquello que Carlos IV no le había dado.

Nueve días más tarde -29 de julio- se recibieron pliegos


oficiales con la abdicación de Carlos IV y proclamación de
Fernando VII ocurridas en Aranjuez en marzo. Se fijó la jura del
nuevo rey para el 12 de agosto. Pero Liniers recibió dos
informaciones por vía particular: una, con la protesta de Carlos
IV del 6 de mayo; otra, con un manifiesto de Murat el 2 de mayo
como “lugarteniente” del reino. Eso lo mueve a postergar sin
fecha la jura de Fernando. Elio contesta el 10 con una carta
reservada diciendo que la jura de un rey no podía suspenderse
por “impresos” que podían ser apócrifos, y si no lo eran, no
eran suficientes para dejar de cumplir una orden emanada del
soberano y su consejo. Notifica que pese a la orden del virrey
en Montevideo se juraría a Fernando VII el día 12 de agosto.

En esos momentos llega a Maldonado una fragata francesa con un


enviado personal de Napoleón ante Liniers, el marqués de
Sassenay. Su llegada, y sus palabras sobre lo ocurrido en
Bayona, produjeron tal indignación a Elio que casi le cuesta la
vida al francés. En Montevideo, Sassenay al observar los
preparativos para la coronación de Fernando VII dijo
inocentemente a Elio que “era un trabajo inútil, pues habían
cambiado de rey en España”. Elio le pidió aclaraciones,
diciéndole el francés que “se hallaba ya coronado y reinaba en
Espala con paz y gusto de toda ella, Jose I Bonaparte”.

Elio mando a Sassenay a Buenos Aires en una zumaca en compañía


de Luis Liniers, hijo del virrey, con palabras para su padre que
“pensase bien el apuro en que estaba por ser francés; no
recibiese al enviado sino públicamente y no ocultase nada”.
Liniers, ya informado de lo ocurrido en Bayona, siguió el
prudente consejo de Elio. Recibió a Sassenay en compañía del
cabildo y la audiencia; le hizo dejar sus papeles que se leyeron
y discutieron en ausencia del marques. El cabildo y la audiencia
le aconsejaron el reembarco “inmediato del enviado por
Napoleón”. Sassenay se embarcó al día siguiente, pero a causa
del mal tiempo llegaría a Montevideo el 19. Elio, cuya ruptura
con Liniers había madurado, se apodero del marques para saber el
objeto real de su misión. Desconfiado, lo apreso en la
Ciudadela. A los diez meses, el desventurado amigo de Liniers
lograra fugarse, pero capturado nuevamente, el implacable
gobernador lo retendrá con grillos otros cinco meses mientras
gestionaba transportarlo a Cádiz. A fines de 1809 fue llevado
allí y arrojado a un pontón; en agosto de 1810 seria incluido en
un cambio de prisioneros, y el marques vera el fin de su odisea.

Al día siguiente de la entrevista con Sassenay, el 15 de


agosto, Liniers da el “manifiesto” prometido sobre la situación
española y las causas de la postergación de la jura de Fernando
VII. Para evitar inconvenientes ha accedido a jurarlo: lo haría
el domingo 21. El manifiesto trasuntaba bonapartismo. Aconsejaba
estar a las resultas de lo que ocurriese en Europa, como en
tiempos de la guerra de Sucesión: “Sigamos el ejemplo de
nuestros antepasados en este dichoso suelo, que sabiamente
supieron evitar los desastres que afligieron a la España en la
guerra de Sucesión esperando la suerte de la metrópoli para
obedecer a la autoridad que ocupe la Soberanía”. No obstante se
juraría por el momento a Fernando VII, “no hallándome con
órdenes suficientemente autorizadas que contradigan las Reales
Cedulas del Supremo Consejo de Indias que asi lo disponen”.

A modo de réplica del manifiesto de Liniers del 15 de agosto,


el cabildo dio un manifiesto al día siguiente de la proclamación
de Fernando VII. Nada de esperar la suerte de España como en
tiempos de Felipe V; América, o por lo menos Buenos Aires, había
hecho su pronunciamiento: si la suerte de Europa llevaba a un
afrancesamiento de la metrópoli, no se seguirían sus huellas. Ya
la independencia de España estaba en el ánimo de muchos. De una
España afrancesada, pues la auténtica parecía perdida.

Al tiempo de llegar Sassenay de regreso a Montevideo, entro a


ese puerto una goleta española con un curioso personaje que
daría mucho que hacer: Jose Manuel de Goyeneche y Barreda,
nativo de Arequipa y brigadier general sin mando efectivo.
Venia, asi le dijo a Elio, con una misión de la Junta de Sevilla
(provincial, aunque se titulaba Suprema de España e Indias) a
“instalar en América, juntas de gobierno semejantes a las
creadas en la metrópoli, se declarase la guerra a Francia y
hacer un armisticio con Inglaterra”.

Sin duda tenía el arte de hablar a cada uno su lenguaje, pues


se despachó contra Liniers en Montevideo, pero en Buenos Aires
se limitó a pedir al cabildo una declaración de guerra contra el
“tirano” Napoleón. Asi lo hizo este el 27 de agosto, sumándose a
la guerra declarada por toda España. Liniers, comprendiendo que
el objetivo de esta declaración era contra suya, se apresuró a
sumarse el mismo día ofreciendo “el regimiento de Patricios para
partir a la lucha”. El 1 de septiembre, por bando, proclamo el
“estado de guerra” declarado por la Junta Suprema; el 9 dio un
manifiesto reconociendo a esta como gobierno de la nación
española engañado por el nombre Suprema, cuando era nada más que
el gobierno de la provincia de Sevilla.

La separación entre el gobernador de Montevideo y el virrey


llego a ser total. Elio era hombre de pocas pero tenaces ideas.
Tal vez no sabía lo que quería, pero sabía perfectamente lo que
no quería: estaba contra Napoleón, que para él representaba lo
extranjero y la revolución francesa. Esta postura negativa le
hacía ponerse, imaginariamente, contra España misma si aceptase
a Napoleón: era la “independencia” de una España afrancesada que
hacia la España hispanista que sobrevivía en América. Liniers,
cuya posición era cada día más débil, simulo tener una idéntica
fe antinapoleonica: “¿Qué más podemos apetecer después de la
llegada de Goyeneche que morir por la patria?”.

La respuesta de Elio fue enviar a Buenos Aires dos pliegos: en


uno mandaba la nota del brigadier Curado –que acababa de irse de
Montevideo- de fecha 2 de septiembre; el otro, dirigido al
cabildo y la audiencia, y “que no debía abrirse en presencia del
Virrey”, era un oficio suscrito por el cabildo montevideano y el
pidiendo lisa y llanamente la destitución de Liniers “por
traidor”. Al saberlo el virrey, y previo acuerdo del cabildo y
audiencia que ven a Elio extremando las cosas, da orden a este
de venir personalmente a explicar su actitud. Elio no acepta y
Liniers, de acuerdo con los dos cuerpos, reitera la invitación,
nombrando “mientras durase su ausencia” gobernador interino de
Montevideo al brigadier Michelena y le da orden de hacerse
cargo. Michelena va a ocupar sus funciones el 20 de septiembre.

No encuentra Michelena apoyo en las tropas regladas ni


milicianas de Montevideo, que respondieron íntegramente a Elio.
Michelena debe escaparse. Al día siguiente el ayuntamiento
invita al vecindario a un cabildo abierto para las 10 de la
mañana porque “un francés sospechoso quiere arrancarnos al gran
Elio, el mejor y más leal español que hemos conocido”.

Se procede como en una revolución de comuneros: la orden de


destitución de Elio debe “obedecerse pero no cumplirse”. Llevan
las cosas más allá: el cabildo abierto se erige en “Junta de
Gobierno” con Elio de presidente, Eugenio de Elías y Lucas Obes
como asesores y Pedro Feliciano Sainz de Cavia de secretario. La
Junta se formaba “a ejemplo de las que se han mandado a crear
por la Suprema de Sevilla”. Se designó un comisionado para
informar a Sevilla la causa del alzamiento. Al saberlo Liniers
ordeno que los navíos de la Real Armada impidiesen el viaje,
pero el cabildo de Buenos Aires, sin pronunciarse abiertamente
en favor del de Montevideo, aconsejo que no se ejecutase.
Seguiría un debate sobre el alcance del nombramiento de
Michelena, “como interino”, sin acuerdo del cabildo. La
audiencia estuvo contra Elio y con Liniers. Integrada por
funcionarios regalistas que temían el mal ejemplo de las
conmociones populares, desconoció la Junta de Montevideo y
ordeno su inmediata disolución.

Alzaga, con el cabildo y el partido de los sarracenos, prepara,


de acuerdo con Elio, la deposición de Liniers por un golpe
militar que se fija para el 17 de octubre. Contaba con apoyo de
los vizcaínos, catalanes y gallegos, y esperaban inclinar a los
demás cuerpos a una revolución “que salvara a Fernando VII del
ahijado de Pepe Botellas”. Pero enterados los comandantes de los
otros regimientos, toman medidas “para impedir las progresiones
de unas agresiones tanto más terribles cuanto más ocultas”.
Saavedra, comandante de Patricios, junto a otros comandantes,
mandan el 10 una nota de adhesión a Liniers que obligara a
postergar el estallido, logrando su cometido.
La llamada revolución del 1 de enero dio fin, por el momento, a
un estado de ansiedad y tensión iniciado desde la ruptura de
Liniers con Elio y el cabildo en septiembre. El 1 de enero se
alzaron los “republicanos sarracenos” que siguen a Alzaga en su
proyecto de crear una junta como en Montevideo. Pero la
popularidad de Liniers arrastraría a la mayor parte de las
milicias a desobedecer al cabildo, del que dependían, no
obstante el bonapartismo indudable del virrey, y pese al
descredito de su gobierno donde los negociados estaban a la
orden del día y la crisis financiera se había hecho sentir. Pero
Liniers había subido a catorce pesos la soldada de los
milicianos y distribuido grados de oficiales entre personas de
su confianza. Ese aparato militar, inusitado hasta entonces,
pero comprensible por el peligro de los portugueses, pesaba
fuertemente en la población: los impuestos sobre los consumos
debieron elevarse, y el virrey acaba de pedir autorización para
hacer circular vales patrióticos como medio de pago.

La revolución fue preparada por los sarracenos para el primero


del año, día en que se renovaba el cabildo. Imbuidos de su valer
no apreciaron las condiciones de Liniers, ni el alcance de su
popularidad en la mayor parte de las milicias. Acumularon
torpezas, mientras el virrey, guiado por los regalistas y
apoyado por los criollos, supo habilidosamente hacer su juego,
dominar la conmoción y eliminar a sus enemigos.

El cabildo preparo el ambiente oponiéndose el 29 de diciembre a


la emisión de los vales patrióticos y encontró tres pretextos
para deponer al virrey: el casamiento de su hija el 26 de
diciembre, el nombramiento de alférez real hecho por Liniers en
favor del joven Bernardino Rivadavia el 31, y la elección de
enemigos personales del virrey como capitulares, que este,
seguramente, vetaría. Desechado por la audiencia el primer
cargo, quedaba el segundo. La noche de Año Nuevo todo Buenos
Aires espera lo que va a ocurrir a la mañana siguiente.

Al amanecer, vizcaínos, catalanes y gallegos toman posiciones


en la plaza y alrededor del Cabildo. El día era de “revolución”,
y de un momento a otro empezaría el combate. Con habilidad
Liniers dispuso las cosas para tener la mejor parte; por lo
pronto, no daría pretexto para romper las hostilidades. A las
ocho de la mañana se reúnen los capitulares ante la expectativa
de la ciudad. Después de oír misa, como era practica antes de la
elección, esperan hasta las once la respuesta de Liniers sobre
el problema del alférez real. Esta llegara cuando se están
haciendo las elecciones: admite que el cuerpo elija alférez,
dejando a salvo los derechos de Rivadavia para hacerlos valer en
España: el segundo pretexto quedaba orillado.
La elección siguió, votando las capitulares la lista de
alcaldes y regidores propuesta por Alzaga. En ese momento toca a
rebato la campana del Cabildo: eran los miñones de catalanes que
habían subido al campanario, y cansados de esperar la revolución
querían apresurarla. Fue inútil que los capitulares y Alzaga
trataran que cesase el alboroto. El toque seguirá por largo
rato, y reúne una considerable cantidad de gente en la plaza que
dirigida por los sarracenos prorrumpía en gritos contra el
francés Liniers, el ahijado de Pepe Botellas, y cosas
semejantes. Entre esa multitud, y al son de los repiques
acelerados de la campana cruzan la plaza los representantes del
cabildo que llevaban al Fuerte el acta de la elección para ser
confirmada o rechazada por el virrey.

La acción se traslada ahora al Cabildo. Vuelven los capitulares


con la aprobación del acta, y con ellos entran en tumulto
quienes estaban en la plaza. Liniers acaba de orillar los
pretextos. Los reunidos tumultuosamente en el Cabildo deciden
entonces la revolución sin pretexto: apoyada en la gente,
mandada o voluntaria, que gritaba en la plaza contra el francés
Liniers, Alzaga, seguido de Mariano Moreno, Santa Coloma, Neyra
y Villanueva, van al Fuerte, notifican a Liniers que acaba de
ser depuesto “revolucionariamente” por el pueblo, y se había
entregado el gobierno a una junta que venía a hacerse cargo.

Saavedra aguardaba los tres cañonazos, pero Liniers temía que


fuesen tomados como la iniciación del combate, y no los había
ordenado. Saavedra entonces, advertido de los apuros del virrey,
sale con su tercio por la actual calle Moreno hacia el bajo;
entra a la Fortaleza por la puerta del Socorro precisamente en
momentos que Alzaga, Moreno y los sarracenos notificaban la
deposición al virrey y este contestaba que “no habría de
permitir el nombramiento de una junta”. Son las dos de la tarde.
Salen los comisionados al entrar los patricios. En esos momentos
empieza a llover con intensidad, quedando por eso, y porque los
catalanes, gallegos y vizcaínos se ponen en posición de combate,
la plaza despejada de gente. Los patricios con los granaderos
ocupan los baluartes de la Fortaleza apuntando al Cabildo y
colocan en la puerta cañones cargados de metralla. Por las
calles laterales los húsares intercambian tiros con quienes
están en la plaza; suenan disparos aislados, uno de los cuales
hiere al mayor de patricios, Eustoquio Díaz Vélez.

El obispo Lúe no quiere derramamiento de sangre. Va al Cabildo


y habla con los revolucionarios: ofrece, con la aprobación de la
audiencia, gestionar la renuncia de Liniers “siempre que no se
estableciera una junta”, temperamento rechazado por los
sarracenos. El obispo parece convencido de “establecer la
junta”, y con los comandantes Santa Coloma y Varela pasa al
Fuerte. La gente, refugiada bajo los arcos de las dos Recobas,
sigue con sus gritos de “¡Junta como en España!”, y los miñones
continúan los toques arrebatados de campana. La comitiva
atraviesa la plaza en medio de la lluvia y entra a la Fortaleza;
Lúe pide la renuncia “voluntaria” de Liniers, y este acepta,
pero pide hacerlo ante una reunión de “notables” con la
audiencia, obispo, canónigos, cónsules y “los dos cabildos, el
saliente y el entrante”. Aquello es extraño, pero Lúe parece
conforme. Solo pide el retiro de patricios, a lo que Saavedra se
aviene siempre “que se retiren los otros antes que yo” debiendo
salir del Fuerte por la puerta principal, con banderas
desplegadas y la banda adelante.

Todo era una maniobra a fin de imponerse Liniers y poder


apresar a los dirigentes. Mientras llegan los “notables”,
Saavedra recorre los cuarteles de arribeños, húsares, andaluces,
montañeses y demás cuerpos partidarios a quienes lleva a las
Temporalidades. Los del cabildo se oponen a que los capitulares,
y sobre todo Alzaga, vuelvan al Fuerte. Pero Alzaga cree en una
botaratada de Liniers para caer de manera espectacular, y va con
los capitulares a la asamblea. A las cinco están reunidos los
notables, entre ellos Ruiz Huidobro que tiene el grado militar
más alto del virreinato: es teniente general por ascenso de la
Junta de Galicia. Liniers toma la palabra, “y después de haber
hablado largo rato concluyo en que hacia dimisión del mando para
que recayese en la persona que designaban las leyes, pero de
ningún modo si había de ser para el establecimiento de la
Junta”. La solución encuentra el beneplácito del obispo, oidores
y demás regalistas, y desde luego, le correspondería el poder.

Alzaga queda desconcertado; los suyos están en minoría en la


sala y lejos de sus tercios y la gente partidaria. Liniers con
astucia le ponía en contra a los regalistas. Mientras se
confecciona el acta de renuncia, vuelve Liniers a decir que la
designación de una junta “ocasionaría la total perdida del
virreinato y aun la de toda la América”, evidentemente para
ganar tiempo. En eso “se oyen voces descompuestas en la sala de
retratos; sale Su Excelencia y vuelve acompañado del comandante
de Patricios, del de la Union, de Granaderos, de Montañeses, de
Húsares, y otros oficiales que gritaban en tropel y en altas
voces y descompasadas que no permitirán la dimisión del mando de
Su Excelencia, y para ese efecto tenían las armas a su
disposición”. Es que patricios, arribeños, andaluces,
montañeses, húsares y demás cuerpos partidarios de Liniers
acababan de tomar posesión de la Fortaleza y emplazado cañones
con las mechas encendidas contra el Cabildo atrincherándose en
la Recoba Vieja, mientras Saavedra y los comandantes subían a
“desarmar al grupo de amotinados, que consiguen fácilmente y
termina la conmoción”, dice el acta del escribano Núñez.
A una señal de Saavedra se intima rendición a los pocos
sarracenos que permanecían frente al Cabildo. “A la segunda
intimación –dice Saavedra- arrojaron las armas y corrieron por
las calles como gamos, buscando cada uno el rincón de sus casas
donde ocultarse”. Liniers sale a la plaza de la Fortaleza, donde
la tropa lo aclama, pasa por el arco de la Recoba y es recibido
por quienes han quedado en Plaza Mayor. Vuelve a la Fortaleza
donde están detenidos ambos cabildos con sus capitulares
vestidos de seda negra, que era su traje de etiqueta; ordena la
libertad de los entrantes y mantiene presos a los salientes “con
toda aquella distinción que merecían unos individuos que eran
padres de la patria”, dice Juan Manuel Beruti en sus Memorias
Curiosas. No fue tanta la distinción con el alcalde Alzaga, el
síndico Villanueva, y Olaguer Reynals, Neyra y Santa Coloma,
sacados esa noche por la puerta del Socorro a la playa y
embarcados en una ballenera con rumbo ignorado.

Los cuerpos de vizcaínos, catalanes y gallegos fueron disueltos


pese a las protestas de sus jefes, pues estrictamente no eran
rebeldes al apoyar a su brigadier que era el cabildo. Hubo
atropellos contra algunas tiendas de los sarracenos. Para
impedir que otra vez se llamase al pueblo a la plaza, Liniers
mando quitar el badajo a la campana del Cabildo. Buenos Aires no
dio la impresión de una ciudad donde hubiese triunfado el
pueblo, sino de una plaza ocupada militarmente. No hubo festejos
populares, ninguna clase de algazara o regocijo por la victoria.
Todos tenían la impresión que los días de Liniers estaban
contados, y los del régimen también.

4. La victoria de tropas deficientemente armadas y guerrilleros


que cargaban trabucos en Bailen el 29 de julio de 1808, debio
ser un llamado de alerta a Napoleón para acabar con la aventura
ibérica. “Yo tengo por enemigos una nación de doce millones de
habitantes bravos y exasperados al extremo –le había escrito su
hermano Jose el 24 de julio-. Estáis en un error… vuestra gloria
se hundirá en España”. Pero Napoleón se siente en el pináculo de
sus triunfos y no quiere abandonar la presa. Lanza contra España
sus mejores divisiones y sus mariscales más capaces, con 200000
hombres escogidos. El mismo vendrá a ponerse al frente.

Contra esa formidable y veterana masa, la Junta de Aranjuez


apenas cuenta con 80000 soldados mandados por Blake, Castaños y
Palafox. Pero tiene algo más y valiosísimo: los guerrilleros que
combaten en todas partes, y darán un carácter popular y
entusiasta a la guerra de independencia española. Por todas
partes los españoles se baten como fieras contra los intrusos.
Pero el formidable empuje napoleónico es irresistible: el 31 de
octubre Lefebvre derrota a Blake en Durango, poco después Soult
entra a Burgos, que pone a saco deliberada y conscientemente;
Moncey vuelve a sitear a Zaragoza, que tomara a sangre y fuero
después de su sitio homérico, el 20 de febrero de 1809. Había
despecho en los mariscales napoleónicos por esta resistencia
aniquiladora donde, a pesar de los triunfos, se hundía la gloria
imperial. Napoleón llega hasta Chamartín, cerca de Madrid, en
diciembre, en la que han entrado sus tropas y reinstalado al rey
Jose mientras la Junta Central escapa a Sevilla.

El tremendo error de Napoleón había puesto a España a merced de


los ingleses. Para la guerra no bastaban la voluntad y el
coraje; eran necesarios fusiles, cañones, balas y pólvora,
dinero en fin. La única que podía proveerlo era Inglaterra. Asi
el Reino Unido que en 1805 había enrollado con Pitt el mapa de
Europa, veía abierto en 1808 un escenario donde combatir con
dinero propio y sangre ajena a su gran enemigo.

Antes de Bailen, la Junta de Asturias había mandado delegados a


Londres a pedir ayuda; después irían de Galicia y Aranjuez.
Jorge Canning, el ministro de Relaciones Exteriores, les dará
algo más que buenas palabras: dinero, armas, buques, y les
promete el ejercito que se estaba preparando para tentar una
tercera aventura en Buenos Aires al mando de Arturo Wellesley,
futuro lord Wellington. No los dará gratuitamente: exige y
obtiene de Juan Ruiz de Apodaca, embajador con “plenos poderes”
de la Suprema en Londres, un tratado de alianza por donde, a
cambio de independencia política, se entregaría su dependencia
económica. Asi se hizo en un “adicional incluido el 21 de marzo.

Acababa el mercantilismo español, arrastrado como tantas cosas


que se llevó la guerra de la independencia. Se abría el imperio
español el provenir de otro Portugal con un análogo tratado de
Methwen: no lo sería la metrópoli, tal vez, pero América
española pasaría a colonia económica de los ingleses. No había
necesidad de mandar más generales a conquistar el Rio de la
Plata, y Canning ordeno al ejército de Wellesley que cambiara de
rumbo y desembarcase en Lisboa. Lo hizo el 22 de abril de 1809.

Entro en Espala con buen pie: en Talavera de la Reina da con


Soult una batalla de resultados indecisos, que es saludada en
Londres como victoria porque por lo menos los franceses no
habían ganado. Se otorga a Wellesley el título de vizconde
Wellington y como lord Wellington se lo conocerá en adelanta;
más tarde sera duque de Wellington, el “duque de hierro”. Pero
su carrera triunfal en España no sera larga. Salvado
providencialmente por Craufurt en el puente del Arzobispo el 4
de agosto, cercado por Massena y Augereau venidos expresamente
de Francia a combatirlo, el lord acabara por encerrarse en el
campo atrincherado de Torres Vedras, en Portugal, donde quedara
diecisiete meses, ahorrando sangre y fuerzas para resurgir
cuando se inicie el colapso napoleónico.
Madrid debe ser abandonada por Napoleón, y la Junta Suprema
deja Aranjuez y se instala en Sevilla el 14 de diciembre de
1808. Se la conoce con el nombre de Central para distinguirla de
las varias “Supremas” habidas antes. La situación es difícil.
Heroicamente resiste Gerona en Cataluña, y subsisten núcleos de
guerrilleros en el norte, pero la Junta controla solamente
Andalucía. Envalentonados por la resistencia española, el
emperador de Austria, el rey de Prusia y algunos príncipes
alemanes habían intentado otra coalición contra Francia, que
Napoleón, regresado con premura de España, aplastara en Wagram
el 5 y 6 de julio de 1809. Fue una gran victoria que le permitió
disponer de 400000 hombres para arrojar sobre España.

La Central pide ayuda a América, como lo habían hecho antes las


“Supremas” de Sevilla y Galicia. Pero previamente renuncia en
nombre de España al carácter de metrópoli; España e Indias serán
otra vez una unidad imperial como en los tiempos de los Austria.
La declaración formulada en Real Orden del 22 de enero de 1809
tiene una importancia magna en los acontecimientos que
sobrevendrán: “Esta Junta considera que los vastos y preciosos
dominios que España posee en Indias no son propiamente colonias
o factorías como las de otras naciones, sino una parte esencial
e integrante de la Monarquía Española”. Era el fin del
mercantilismo colonialista del mismo Jovellanos y anunciaba el
establecimiento de gobiernos autónomos en América. Por pronta
providencia la Real Orden disponía la integración de cada
virreinato y capitanía general de Indias a la Junta Central por
medio de un diputado natural o arraigado en cada reino, elegido
por sorteo entre una lista propuesta por los municipios que lo
formaban. Si los virreinatos de América eran parte integrante de
la monarquía española, tendrían derecho a gobernarse a sí mismos
si se producía el colapso de la península.

Los españoles luchaban por su independencia contra Napoleón


pagando el precio de abandonarse a la dependencia británica. El
poder detrás del trono en Sevilla es el embajador inglés,
marqués de Wellesley, hermano mayor de Wellington, y nada podía
hacerse sin su apoyo o consentimiento. Cuando la Central, ante
la amenaza de llegar los regimientos franceses que habían
luchado en Wagram, pide al marqués de Wellesley una ayuda más
efectiva que el campo atrincherado de Torres Vedras, este
insinúa en respuesta que previamente deberían darse las
prometidas facilidades al comercio inglés, y hacer expeditivo el
gobierno delegándose los poderes en un Consejo de Regencia de
cinco miembros hasta reunirse las Cortes que dictasen una
constitución liberal a la inglesa.

Era un viejo deseo de los liberales españoles convocar a Cortes


Constituyentes. Lo había expresado la Junta de Valencia en 1808,
y renovado en Aranjuez algunos diputados de la “Suprema”. El 22
de mayo la Central de Sevilla llamo a Cortes “deseando que la
España aparezca a los ojos del mundo con la dignidad debida a
sus heroicos esfuerzos”. Una constitución ennoblecería la
campaña del Empecinado. Se llamaba a la institución medieval de
tres brazos o estamentos: grandeza, clero y procuradores de las
ciudades. Pero los tiempos habían cambiado, y el 28 de octubre
se reducen a dos los estamentos: “popular” y de “dignidades”. El
“popular” (único que integraría las Cortes de Cádiz de 1810) se
compondría de un representante cada 50.000 habitantes en la
metrópoli; a América se le darían veintiséis diputados a elegir
por un complicado sistema de grados.

Mientras Wellington permanece en Torres Vedras, y su hermano el


embajador aconseja el remedio de reducir a cinco los miembros
del gobierno y apurar el llamado a Cortes constituyentes, los
sitiados de Gerona y los guerrilleros son los únicos en mantener
la lucha. Pero en octubre entran en España los 400.000 veteranos
de Wagram: el 19 aplastan al ejército español en Ocaña cerca de
Toledo, en noviembre empiezan a desbordarse por los pasos de la
Sierra Morena, el 11 de diciembre cae Gerona después de un sitio
heroico y cesa toda resistencia en el norte; a mediados de enero
los franceses se apoderan de Córdoba y el 1 de febrero están en
Sevilla. La derrota de Ocaña fue la señal del desbande para la
Junta de Sevilla: algunos vocales han querido capitular, pero el
pueblo quiere seguir la lucha y ocurren tumultos en diciembre y
enero. El conde de Montijo consigue a duras penas salvar la vida
de los diputados que huyen. En Jerez son apresados el
presidente, arzobispo de Laodicea, el vicepresidente, conde de
Altamira, y el ministro de Guerra, general Cornel. La multitud
iba a masacrarlos, cuando Montijo se impone, y los salva.

Algunos vocales de la Central llegan a la Villa de la Real Isla


de León, junto a Cádiz, y buscan refugio en los buques ingleses.
No pueden entrar en Cádiz porque una titulada “Junta Suprema” se
ha levantado con el gobierno de la ciudad y los acusa de
traidores. El embajador Wellesley se ha ido prudentemente a
Inglaterra al acercarse los franceses, y ha quedado al frente de
la legación John Hooklam Frere, que no consigue que los
gaditanos se allanen a reconocer otro gobierno que su “Junta
Suprema”. Frere hace desembarcar a los pocos diputados de la
“Central” refugiados en los buques ingleses y el 29 de enero
instala seriamente la Junta Central Suprema en la Isla de León a
los solos efectos de formar una regencia de cinco miembros para
el gobierno nominal “de España e Indias”.

Desde Cádiz, Frere señala a los amedrentados “centrales” cuatro


de los cinco nombres a elegir: al obispo de Orense, al general
de la Armada Antonio Escaño, a Francisco Saavedra, y al marqués
de la romana. Los diputados deben obedecer, “por razones
ineludibles” dicen, pero tienen el gesto de rechazar al marqués
de la Romana y sustituirlo por Esteban Fernández de León. Frere
va entonces personalmente a Isla de León e impone al quinto
candidato: el general Castaños. Poco después Fernández de León
sera sustituido por el mejicano Miguel de Lardizábal y Orube,
por convenir más un americano para representar al Nuevo Mundo.
Los “centrales”, una vez cumplido su cometido, vuelven a los
buques ingleses donde están a cubierto de las iras populares.
Asi queda constituido el 31 de enero el Consejo de Regencia
formado y controlado por el inglés Frere. No gobierna nada
porque en Cádiz la Junta Suprema no quiere someterse y no le
permite llegar hasta allí. Pasa un tiempo hasta que los
forcejeos de Frere consiguen imponer al Consejo que se instalara
en Cádiz como “representación soberana de España e Indias”
reconocida oficialmente por Inglaterra y el regente de Portugal.

Sera durante ese forcejeo por la representación soberana entre


el “Consejo de Regencia” de Isla de León y la “Junta Suprema” de
Cádiz que se produce la ruptura con América: al saberse en
Venezuela la caída de la Junta de Sevilla y no existir un
gobierno nacional reconocido, se formaran en Caracas y Buenos
Aires sendas “Juntas soberanas”. Cuando llegue la noticia del
reconocimiento del Consejo de Regencia y su instalación en Cádiz
seria tarde para volver atrás. En España se luchaba por la
“independencia” contra Napoleón con tal fervor, que se aceptaba
la “dependencia” hacia Mr. Frere. En realidad, en febrero de
1810 solo quedaban las apariencias de España.

5. Como las renuncias al trono de España de Fernando y sus


hermanos eran forzadas, para los legitimistas españoles carecían
de valor; Fernando quedo en Valencay y los otros príncipes en
diversos castillos bajo la custodia de los franceses, y por
tanto no podían, ni aquel ejercer su derecho a reinar, ni estos
hacerlo como regentes o sucesores. En nombre del “Deseado”
gobiernan las juntas que se levantan en España. Pero ¿hasta qué
punto era legitima su invocación a la soberanía? Lo hacían en
nombre de un derecho popular que anteponían a otra
consideración; para los legitimistas, admitirlo era aceptar el
principio revolucionario de encontrarse en el pueblo la fuente
de la soberanía y no en el derecho divino de los reyes. Si
Fernando estaba incapacitado para reinar, y sus hermanos varones
para tomar en su nombre la regencia según el orden de sucesión,
su hermana mayor, Carlota Joaquina, casada con Juan, príncipe
heredero y regente de Portugal, se hallaba en Rio de Janeiro en
condiciones de asumirla. No solo era el pariente, en libertad,
más próximo a Fernando, sino una posible heredera, pues la ley
sálica francesa que impedía reinar a las mujeres, establecida en
España en tiempos de Felipe V, había sido abrogada por Carlos IV
en ocasión del casamiento de Carlota con Juan de Portugal y en
la esperanza de una unión dinástica de la península, a la manera
de Castilla y Aragón en tiempo de los Reyes Católicos.

El principio legitimista era un arma poderosa a la disposición


de Inglaterra y Portugal. Aquella la podía usar contra las
“juntas” españolas si no se mostraban complacientes,
amenazándolas con reconocer a Carlota y establecerla en Buenos
Aires; este en la esperanza de crear el “Imperio americano” de
Souza Coutinho con la unión dinástica de Latinoamérica.

La comedia de la “Infanta de España” fue preparada por


Coutinho. Es cierto que Carlota y su marido no formaban un
matrimonio ejemplar, y en 1806 había estado por declararlo loco
–como a su madre- y asumir la regencia portuguesa, y que la vida
de la Infanta en el palacio de Queluz, cerca de Lisboa, no había
sido un modelo de fidelidad, ni lo era la llevada en Rio de
Janeiro. Pero esto eran menudencias que ocurrían en todos los
matrimonios reales y sobretodo en los borbónicos; Carlota no era
peor ni mejor que cualquier otra princesa de su familia. Pero a
Coutinho le convenía hacer pública una separación conyugal entre
los esposos para dar la sensación que Portugal no pesaba en las
determinaciones de Carlota. Por lo pronto se le empezó a dar el
tratamiento de “Infanta” española y no el de “Princesa Real”
portuguesa; se la hizo vivir en un palacio de la playa Botafogo
en lugar de compartir con su esposo el palacio real de San
Cristóbal. En Botafogo firmaría la “Justa Reclamación” de sus
derechos y el “Manifiesto” a los pueblos hispanoamericanos
anunciándose como regente a nombre de Fernando VII.

En septiembre de 1808 otro juego de intrigas se agito en la


inquieta corte de Rio de Janeiro con relación a la política
inglesa. Por una parte, el embajador Sydney Smithe, lord
Strangford, obraba con instrucciones de Canning, canciller
inglés; por la otra, el vicealmirante Sydney Smith, jefe de la
estación naval británica, actuaba por una interpretación
personal de la política inglesa. Strangford frenaba las
aspiraciones expansivas de Coutinho, ya que Inglaterra no tenía
interés en la conquista, por ella o su aliada, de América
española. Para el embajador el propósito de llevar a Carlota a
Buenos Aires, era bueno como amenaza a las Juntas españolas y
asi manejarlas mejor, pero no debería materializarse. En cambio,
el vicealmirante, independiente del Foreign Office, impulsaba el
proyecto con entusiasmo y convicción; que si las cosas andaban
bien el triunfo seria del Reino Unido, y si fueran mal el
vicealmirante respondería. Parece que Castlereagh, ministro de
guerra, lo apoyaba; en cambio Canning, ministro de relaciones
exteriores, sostenía la política de Strangford.
El marino se entusiasmó con la regencia de Carlota apoyada en
la armada inglesa: una manera de alejar al francés Liniers,
sacar un favorable tratado de comercio y aislar a la Infanta de
Coutinho y los suyos haciéndolo servir exclusivamente al interés
de los británicos. Como Coutinho no tuvo bastante confianza en
Carlota quiso ponerle un “seguro” acollarándola con el infante
Pedro Carlos, hijo del ya fallecido Gabriel de Borbón, hermano
de Carlos IV y la princesa de Beira portuguesa, que había
llegado a Brasil con la familia real. Pedro Carlos conjuntamente
con Carlota también reclamaría sus derechos a la Regencia y
podría establecerse en Buenos Aires o Lima en representación de
Carlota sin renunciar “a sus derechos eventuales”.

Con la firma de Carlota y Pedro Carlos y dirigido al regente


Juan, se redacta el 19 de agosto el documento básico del
Carlotismo. El mismo día, el regente acepta “la saludable
combinación” de su esposa y su sobrino “en bien de los españoles
que son fieles a la Corona”. Tres días después, Carlota y Pedro
Carlos dan sendos Manifiestos “a los leales y fieles vasallos
del Rey Católico de las Españas e Indias”.

La “Justa Reclamación”, la aceptación del regente y ambos


“Manifiestos” se imprimieron en Rio de Janeiro y circularon en
toda América española, acompañados de cartas de Carlota. A
Buenos Aires escribió la princesa a Liniers, la audiencia,
consulado, ambos cabildos, fray Francisco Chambo, Juan de
Almagro y Sobremonte, preso en su quinta de San Fernando. Los
documentos estuvieron en Buenos Aires el 13 de septiembre. Fue
tan extraño que papeles de esa importancia llegaran con un
emisario insignificante, y distribuidos a la volanta, que muchos
dudaron de su autenticidad. La Reclamación, Manifiestos y cartas
llegaron en mal momento: Curado acababa de mandar su nota del 2
de septiembre que anunciaba una próxima invasión portuguesa. Lo
había hecho por su cuenta y movido por el despecho de su larga
antesala en Montevideo, pero contribuía a que no se tomase como
pacifico lo que venía de Rio de Janeiro.

El cabildo contesto el mismo 13. Hizo hincapié en que llamar


“obligada” la abdicación de Carlos IV era “ofensivo a la
rectitud, al modo de pensar y nobilísimo porte y sentimientos de
nuestro Amado Soberano”, protestó contra la “injerencia en estas
posesiones” de la corte portuguesa y rechazo los documentos
mientras no se dirijan “por los respetables conductos de la
Junta instituida para el gobierno de la Nación”. El virrey,
previo real acuerdo de la audiencia, contesto días más tarde:
“Después de haber jurado la majestad del Sr. D. Fernando VII y
reconocido la Junta Suprema de Sevilla que lo representa, nada
se puede innovar a nuestra presente constitución”. En el mismo
sentido lo hacen el consulado, la audiencia y cabildo
eclesiástico. La reclamación había fracasado en Buenos Aires, lo
mismo ocurrió en Montevideo y el interior.

Vivía en Montevideo, casado con una propietaria oriental, un


portugués de ascendencia florentina llamado Felipe Da Silva
Telles Contucci. Hombre culto, de maneras fáciles y trato
amable, hizo amistad con el brigadier Curado durante la larga
estadía de este en la ciudad oriental. Curado lo pone en
contacto con Coutinho como persona de influencia en Buenos
Aires. Como la Reclamación había sido unánimemente rechazada,
busca prosélitos entre los “jóvenes de luces”.

Hizo amistad con Manuel Belgrano, y le pinto un panorama a la


medida de sus sueños: si los jóvenes apoyaban la regencia de
Carlota o de Pedro Carlos rechazada por las autoridades, como
esta habría de establecerse de cualquier manera por el auxilio
inglés, tendrían preferencia en el nuevo gobierno. Por otra
parte, la estada de Pedro Carlos podía ser permanente, y Buenos
Aires pasaría a ser metrópoli. No se necesitaba más para
entusiasmar a quienes se veían postergados por los funcionarios
de ultramar, los capitulares de Alzaga o los negociantes que
rodeaban a Liniers. El reconocimiento a la Junta de Sevilla los
había herido en su sentimiento criollo y conocimiento de las
leyes indianas: América no dependía de España sino del rey.
Ahora la oportunidad les brindaba al rey en América en oposición
a la burocracia de ultramar y tenderos sarracenos. Tomaron la
pluma y escribieron a Carlota con una adhesión entusiasta.
Tuvieron buen cuidado de presentarse como monárquicos leales
opuestos en todo “al republicanismo” de las Juntas.

Junto a la carta, los firmantes entregaron otras para el


regente, Souza Coutinho y el infante Pedro Carlos, concebidas en
análogos términos. Poco antes de partir Contucci con ellas,
Belgrano agrega una quinta para Coutinho a fin de apresurar el
proyecto ante la posibilidad de que estallase y triunfara la
revolución que luego ocurrió el 1 de enero de 1809.

Estaba en Rio de Janeiro aquel James Burke que anduvo de espía


disfrazado de alemán en Buenos Aires en 1804 y luego volvió de
coronel ingles a las órdenes de Whitelocke. Como alto jefe del
Intelligence Service, se entusiasmó en el proyecto de Carlota, y
consiguió que la princesa dejase de lado a Pedro Carlos –que era
desprenderse de Coutinho- y se decidiera a ir personalmente a
Buenos Aires. Pero Strangford se opuso.

Sydney Smith, por el momento con libertad de actuar, busco a


Saturnino Rodríguez Peña, que vivía en Rio de Janeiro de una
pensión pasada por el gobierno inglés y de dolosos negocios de
contrabando, para que redactase una “suplica” que firmarían los
porteños “invitando” a la Infanta a ir a Buenos Aires.
Rodríguez Peña mando a Buenos Aires al cirujano ingles James
Paroissien con el proyecto de “petitorio”, cartas de
introducción a su hermano Nicolás para “mover” a Alzaga,
Sobremonte, Castelli y otros personajes menos significantes de
su relación. De paso, le daba mercaderías para introducir el
contrabando con la franquicia del buque. Aquello era
ingenuamente absurdo. Suponer a Alzaga, Sobremonte, Castelli y
Nicolás Rodríguez Peña entreverados, solo podía ocurrírsele a
Saturnino. Tampoco se trataba ya de la regencia a nombre de
Fernando VII, sino de una “independencia” con un apoyo secreto
que el inglés no estaba autorizado a revelar.

Presas cuando supo que andaba Saturnino en el asunto, advirtió


a Carlota que este era una persona “mal vista” en Buenos Aires
por haber hecho fugar a Beresford, saberse que vivía de una
pensión del gobierno inglés y ser un “republicano” conocido.
Sugirió a Carlota que denunciase a Liniers al enviado como medio
de ganarse la buena voluntad del virrey. En el mismo buque donde
iba Paroissien al Rio de la Plata, viajo un agente de Carlota
con una carta que debería entregar al capital a la llegada a fin
de detener al cirujano e incautarse de su equipaje y
correspondencia, y una nota para Liniers acusando a Paroissien
de “llevar correspondencia tendiente al establecimiento de una
imaginaria república, proyectada por una porción de hombres
miserables y de pérfidas intenciones”. Paroissien quedo detenido
y las cartas fueron secuestradas. Se le hizo un proceso; el
fiscal pidió pena de muerte, pero no fue ejecutado porque la
Revolución de Mayo llegaría a tiempo. Resultaba peligroso
meterse con Carlota, y lo ocurrido al cirujano debio llevar a la
reflexión a sus partidarios de Buenos Aires.

En vez de llegar la princesa, vendría Burke en abril de 1809


con cartas de Sydney Smith para Elio y Liniers “a fin de
arreglar el conflicto entre vosotros”, y en realidad para
ponerse al habla con los carlotinos porteños. Tanto Liniers como
Elio conocían al personaje; Elio respondió a Smith que echo a
Burke “sin darle audiencia por ser un sujeto odioso, detestado
en esta ciudad por lo que no podía responder de su seguridad”.
Liniers lo recibió para decirle “que me había visto en Madrid en
tiempo de guerra pasando por francés, había viajado al interior
de Sudamericana sin permiso, engañado a todos sus predecesores
como oficial alemán y debería salir del país inmediatamente”.
Burke guardo silencio, pero hizo saber a los edecanes de Liniers
que conocía la correspondencia de este con Napoleón, “pero no la
revelaba porque no podía divulgar secretos de su país”. Y la
venganza que tomo fue dolorosa y poco caballeresca. En el
momento de embarcarse mando al virrey las pruebas de hallarse
Anita Perichon al servicio de Inglaterra y haber girado contra
los fondos secretos del Foreign Office el precio de los
transportes amorosos que su anciano amante atribuía a
inclinación sentimental. El desengañado y dolido Liniers la
mandaría a Rio de Janeiro para no verla más.

Possidonio da Costa, el eficaz informante de Coutinho en Buenos


Aires, tenía desde hacía tiempo puestos los ojos en Saavedra,
cuyo prestigio en los cuerpos militares era grande después del 1
de enero de 1809. Alguien le trajo la versión que el comandante
de Patricios había dicho “que en caso de perderse Europa,
defendería los derechos de la Serenísima Señora Doña Carlota”, y
gestiono de la Infanta una misiva personal “para llenarlo de
placer por la honra que recibirá”. Carlota le escribe el 26 de
junio y se la manda a Saavedra por intermedio de Belgrano,
constituido en el centro del carlotismo porteño.

Belgrano estaba distanciado del comandante de Patricios, pero


no pudo negarse a la misión, y aunque “temiendo me denunciara”
visito a Saavedra, le entrego la misiva principesca y le hablo
de la conspiración carlotista. El comandante quedo honradísimo
pero se mostró cauto. Días más tarde Vieytes hablara a Saavedra
en el mismo sentido y obtuvo una respuesta semejante. Pero
Saavedra escribe a la princesa el 1 sin tanta cautela: después
de mencionar la justa causa de la Infanta, se “postra en el más
sumiso acatamiento ante V. Alteza Real suplicándole digne mandar
impartirle las ordenes que fueren de su Real agrado”. No quiere
entenderse con Carlota por conducto de Belgrano, pero por su
cuenta hace manifestaciones de entusiasta carlotismo que
Possidonio informa a Rio: llega a decir que “el 1° de enero no
había sostenido a Liniers y si a la autoridad regia”, que
“sustentaría, reconocería y haría reconocer a la legitima
heredera”. También da el portugués como partidarios a Mariano
Moreno y Juan Jose Paso. Esos días son los culminantes de la
resistencia a la asunción de Cisneros, y Possidonio informa a
Rio de Janeiro que la posición de Saavedra arrastraría a los
demás comandantes a resistir al nuevo virrey y establecer un
gobierno o junta provisional que llamaría a la Infanta.

Pueyrredón sera convertido por Belgrano a su regreso de España.


En las horas de la resistencia a Cisneros habría de ser el más
abierto de los jefes militares carlotistas, Saavedra inclusive.
Entre los clérigos hacia propaganda al franciscano fray
Francisco Chambo, corresponsal de Presas. Chambo dijo a Saavedra
que el clérigo Francisco Argerich difundía un manifiesto
carlotista redactado por el Dr. Manuel Jose-García, hijo del
comandante de Montañeses, y en ese momento subdelegado en Pasco,
provincia de Potosí. También por la misma época, Contucci y
Possidonio trabajaron al cabildo sarraceno despechado contra
Liniers. Para tener todas las cartas en sus manos, Contucci
trato de captar al mismo Liniers. Por un lado incita a Belgrano
a estrechar vínculos con Liniers llevándole un proyecto de
apertura al comercio inglés, por el otro acusa de republicanismo
y anglicismo a sus mismos agentes para ganarse al virrey.
Liniers se negó a escuchar al representante de Carlota.

La llegada de Cisneros en julio de 1809, pondrá al cabildo de


su lado y por lo tanto en contra de Carlota. No obstante, sera
en esos momentos, de mediados a fines de julio, cuando la
intriga carlotista estuvo a punto de imponerse en Buenos Aires
si los comandantes militares se hubiesen decidió a resistir a
Cisneros y establecer una Junta que trasmitiese el poder a la
Infanta. Pero Liniers lo impediría, como veremos.

Perdida la oportunidad de julio de 1809, el carlotismo se


diluirá. La causa es que Inglaterra ha perdido interés en la
intriga, y su motor, el vicealmirante Smith, ha sido sustituido
y llevado lejos de Rio. Ahora Strangford puede manejar las cosas
sin interferencia de los suyos y tanto borra de la mente de
Coutinho al Imperio americano como quita pájaros de la cabeza de
Carlota. Lo ayudara –guardando las distancias- el embajador de
la Junta de Sevilla en Rio, marques de Cara-Irujo.

Belgrano escribe a Carlota con asiduidad el año 1809 para


informarle el estado de la causa, pero la Infanta no llegara ni
contestara sus cartas. Pueyrredón, que debe escapar a Rio de
Janeiro porque Cisneros ha ordenado su detención, va provisto de
cartas de Belgrano y demás carlotistas para insistir a la
Infanta cuanto convenía se trasladase a Buenos Aires. Se asombra
porque la futura regente no lo recibiera ni hiciera caso de él,
y al final queda tirado e inútil en la capital brasileña. Algo
andaba mal en el carlotismo que Belgrano con perspicacia
atribuye a miras políticas inglesas.

Con el sentido de las proporciones de quienes creen jugar los


intereses extranjeros para sus miras políticas, el grupo
carlotista porteño escribe el 22 de agosto una larga carta al
canciller inglés para convencerlo que traer a Carlota “es trazar
el vasto edificio de un nuevo Imperio español-americano que
iguale, cuando no exceda, en poder al europeo”, donde Inglaterra
encontraría compradores para sus muselinas y vendedores del
algodón y lana que necesitaba. Como Canning y Castlereagh han
dejado el gabinete en septiembre la carta queda sin respuesta.

Belgrano empieza a cansarse de su media correspondencia con la


Infanta y acaba por no escribir más, olvidándose del asunto. El
ultimo carlotista argentino sera el deán Funes, que todavía en
febrero de 1810 escribe desde Córdoba que Carlota se deberá
acompañar en su gobierno por un “grupo de hombres sabios e
incorruptibles” entre los cuales esperaba contarse. Durante la
Revolución el carlotismo pareció revivir en ciertas medidas de
la Junta de Mayo y en algunas instrucciones diplomáticas a
Sarratea de 1811. Pero ya no andaba: haber sido carlotista sería
una acusación clásica lanzada contra todo enemigo: el deán Funes
y Saavedra, en 1811; Rivadavia y Pueyrredón, en 1812.

6. Sin jurarla expresamente, las autoridades de Buenos Aires y


Montevideo habían reconocido a la titulada “Junta Suprema de
España e Indias”, entidad municipal establecida en Sevilla a
poco del levantamiento contra Napoleón. Se lo hizo sin un
estudio formal, y solo por la palabra de Goyeneche que se decía
su representante. No era momento de pensar mucho las cosas, y
tanto los de Buenos Aires como los de Montevideo querían pasar
por más ortodoxos unos que otros apresurándose a reconocer
cualquier cosa. Como las noticias posteriores mostraron a España
profundamente dividida, la Audiencia de Charcas negó el
reconocimiento de Sevilla con disgusto de Liniers, para quien
“viniendo de España debería reconocerse aunque fuera un
escuerzo”. Con el mismo criterio debio tener por virrey a Ruiz
Huidobro, llegado en La Prueba en noviembre con el título
virreinal dado por otra “Junta Suprema”, la de Galicia. Pero
como Ruiz Huidobro no estaba muy convencido de la legalidad de
su título, se contentó con que se lo restituyese como gobernador
de Montevideo; maniobra para reemplazar a Elio y su Junta que
estos no aceptaron. Debio quedarse en Buenos Aires a la espera
de un mejor destino. Hemos visto como el 1 de enero espero ser
virrey interino al anunciarse la renuncia de Liniers.

El 6 de enero de 1809 llegaron pliegos con el establecimiento


en Sevilla de la Junta General Gubernativa del Reino. No era el
momento de hacer objeciones a cinco días del 1 de enero, y ni
Liniers ni la Audiencia regalista querían hacerlo. Por bando del
7 se mandó pregonar el reconocimiento, circulado a las demás
intendencias y ciudades del virreinato; el 8 las autoridades
juran “reconocer en la Junta Central Gubernativa la
representación y autoridad Real de nuestro Augusto Soberano el
Señor Don Fernando VII, conservar la integridad y unión de
España y estos dominios y sostener invariable el sistema
monárquico”, párrafo para que no hubiese duda que ya no quedaban
“republicanos” en Buenos Aires. Liniers juro con la tropa
recordando “lo que hicisteis, hoy hace ocho días”. También hubo
él te-deum de costumbre; solo falto la concurrencia popular.

La situación de Montevideo preocupaba a la Junta Central, y la


manera de resolverla seria el reemplazo de Liniers y Elio.
Todavía era grande el prestigio del primero como héroe de la
Reconquista, y se atribuían los díceres sobre su bonapartismo a
enemistades políticas pues las exterioridades lo mostraban como
un leal vasallo de Fernando VII. Pero estaba el desorden de su
administración, la vida cara, la falta de recursos financieros,
y los negociados de allegados al virrey. Se sabía que era
honrado y pobre, pero se lo juzgaba inepto y complaciente.
Liniers había salvado a Buenos Aires, ahora había que salvar a
Buenos Aires de Liniers. El 8 de febrero la Junta ofreció el
virreinato de Buenos Aires al ministro, almirante Antonio
Escaño, que no acepto. Mientras se encontraba otro reemplazante,
se busca el modo de endulzar a Liniers la cesantía: el 13, en
merito a su actuación en las invasiones, se le hizo merced de
título de Castilla, hereditario, con cien mil reales de renta.
Al recibir el 14 de mayo la merced, Linier opto por denominarse
conde de Buenos Aires y asi lo comunico a Sevilla.

Cinco días antes de otorgarse a Liniers la “merced de título de


Castilla” la Junta Central había ofrecido el 8 de febrero el
virreinato al almirante Escaño, que no acepto. El 11 lo oferta a
otro marino: el teniente general de la Real Armada Baltasar
Hidalgo de Cisneros, por entonces capitán general de Cartagena y
vicepresidente de su junta local. El 24 de marzo se le dieron en
Sevilla las instrucciones. Fuera de los motivos administrativos,
mencionados incidentalmente, la causa de la sustitución de
Liniers era solucionar el problema con Montevideo; no se le
imputaba al virrey el motivo del cisma, pero no estaba en
condiciones de darle fin. Pero a principios de abril, antes de
la partida de Cisneros, llego a Sevilla la noticia del 1 de
enero deformada con imputaciones gravísimas contra Liniers.

Se decía que estaba rodeado de franceses (en parte, era


verdad), que había izado en el Fuerte la bandera francesa el 1
de enero y al frente de doce mil criollos ordenado el degüello
de los españoles. Esas noticias y algunos informes llegados a la
Junta, movieron el 9 de abril a modificar las instrucciones en
un sentido favorable a Elio y opuesto a Liniers.

El 2 de mayo se embarca Cisneros en Cádiz acompañado del


mariscal de campo Vicente Nieto, nuevo gobernador de Montevideo.
El 30 de junio esta en Montevideo: disuelve sin resistencia la
Junta de gobierno, y el 6 de julio manda a su edecán Manuel de
Goicolea a Buenos Aires informando que estaría el 12 de julio en
Colonia. Goicolea hablo de más, e hizo saber que si bien la
Junta de Montevideo había sido disuelta, Elio habría de ser
exaltado a jefe de las fuerzas militares y los tres tercios
sarracenos disueltos el 1 de enero serian restablecidos. Aseguro
a las familias de Alzaga y Santa Coloma que el nuevo virrey
estaría con ellos. Se empezó contra los leales del 1 de enero
una campaña de pasquines que produjo en el partido criollo una
amenazadora efervescencia, hace notar el espía Da Costa a Rio de
Janeiro; hubo reuniones de comandantes, donde Pueyrredón, que
había retomado la comandancia de Húsares después de su regreso
de España, incitaba a resistir al nuevo virrey.
A principios de julio había habido una reunión para planear la
resistencia, donde fueron Belgrano, Pueyrredón, Díaz Vélez,
Viamonte, Urien, Terrada, Azcuénaga y Martin Rodríguez entre los
militares, y Castelli, Passo, Nicolás Rodríguez Peña y Vicente
Anastasio Echevarría entre los civiles. Faltaron Saavedra y
Pedro Andrés García, aquel por estar enfermo y este por haber
sido citado por Liniers; pero se los sabia “absolutamente
decididos a oponerse a Cisneros” –según los informes de Da
Costa-. En la reunión hubo dos opiniones: Belgrano, Pueyrredón,
Castelli, Passo, Rodríguez Peña y Viamonte eran revolucionarios
y querían dar “un paso de inobediencia al ilegitimo gobierno de
España” sosteniendo a Liniers contra Cisneros; los otros
siguieron a Echevarría, a quien le pareció “intempestiva y poco
sensata en el momento” una ruptura que “llevaría a una guerra
civil”. Belgrano, Castelli, Pueyrredón y los suyos abandonaron
la reunión, “declarando y en voz fuerte que actuarían con
libertad y como pensaban”. Mientras tanto, Liniers ha mandado
llamar a Saavedra y García para decirles que no contasen con su
apoyo para resistir al nuevo virrey, proponiendo tratar
pacíficamente la seguridad de los cuerpos y sus comandantes.

Al salir García, “entraron la comisión de patriotas que se


proponían obrar revolucionariamente”; pero las palabras del
virrey saliente demostraron –dice Belgrano- “que Liniers no
tenía espíritu, ni reconocimiento a los americanos que lo habían
elevado y sostenido y ahora lo querían por mandón… abrigaba, por
opinión o por el prurito de todo europeo, mantenernos en el
abatimiento o en la esclavitud”.

Desde el 19 de junio se conocía en Buenos Aires el


levantamiento de Charcas y la deposición de las autoridades. Se
habló de hacer algo semejante. No se pensó que en Charcas se
había hecho contra los carlotistas, y en Buenos Aires seria en
favor de estos; solo pensaron en el hecho de la revolución. Como
Liniers no quiere resistir a Cisneros, se habló de formar una
Junta Conservadora “para mantener estos dominios bajo la
soberanía del Sr. D. Fernando VII” que podría integrarse con el
“virrey entrante si estuviera de acuerdo”. La Junta, una vez
afirmada, mandaría llamar a la infanta Carlota. Otros, por no
estar con el carlotismo, propusieron un Triunvirato, con
Pueyrredón en representación de los criollos, el concuñado de
Liniers, Lázaro de Rivera, como hombre de la confianza de este,
y el oidor decano Dr. Tomas de Anzoátegui por los regalistas. No
paso de proyecto, esperándose una reunión de los comandantes de
cuerpos. Pueyrredón, en cuya casa se hacían las reuniones, dijo
“que era preciso no contar solo con la fuerza sino con los
pueblos”. Saavedra opino por resistir a Cisneros, pero fue
contradicho por García y los demás, que “solo trataban de su
interés particular”. Finalmente, Saavedra, “carácter apagado”,
se plegó con sus compañeros de armas. Se resolvió entonces que
Martin Rodríguez fuese con Liniers a Colonia a tratar con
Cisneros sobre la seguridad de los jefes de cuerpos criollos.

El nuevo virrey tenia recelos de entrar en Buenos Aires hasta


no aclarar las cosas. Durante su estada en Montevideo pudo
informarse de mucho, escapado a la Junta Central; entre otras
cosas, que Liniers no era hombre de hacer resistencia, y menos
si lo trataban con tacto. Y que no convenía el nombramiento de
Elio en el cargo militar indicado en Sevilla.

El 12 de julio esta en Colonia, donde lo esperaban las


comisiones de la audiencia y el cabildo de Buenos Aires, que al
día siguiente le prestan juramento de obedecerle. Se lo entera
de lo que ocurre en Buenos Aires, y espera a Liniers que ha
fijado su llegada para el 15; por las dudas manda a Nieto a
Buenos Aires a hacerse cargo de las fuerzas militares.

El 25 Liniers está en Colonia. La entrevista de Liniers y


Cisneros es afectuosa. Este lo encontrara “inepto pero ni
infidente”, informa a Sevilla. Liniers obtiene del nuevo virrey
que las milicias y sus comandantes no fueran modificados, y que
Elio no hubiera de ser subinspector. Trato las condiciones de su
retiro, que Cisneros acepta, pero resiste a irse “con una misión
honrosa a España” como le pide Cisneros. El 29 de julio llega
Cisneros a Buenos Aires. El recibimiento preparado por el
cabildo es grandioso, y se desborda el entusiasmo popular.

7. La situación económica del Virreinato en 1809 no era mala;


el país era una estructura con los elementos necesarios para su
desarrollo. El litoral exportaba cuero a Europa, empezaba a
llevarse tasajo a Cuba, y las necesidades de la guerra habían
hecho que Inglaterra comprase sebo, o directamente a través de
España o indirectamente por el contrabando. Cuyo, La Rioja y
Catamarca producían vino y alcoholes suficientes para el consumo
interno, tabaco había en Paraguay y Salta, y harinas en Mendoza
que cubrían parte de las necesidades locales, importándose el
remanente de Chile, Rio Grande y Filipinas; el algodón de
Tucumán abastecía los talleres artesanales del interior y las
fábricas de Cochabamba; la yerba mate de Corrientes, Misiones y
Paraguay, cubría el gran consumo de la población local y se
exportaba al exterior; las telas bastas de Córdoba, Catamarca y
Corrientes llenaban las necesidades internas; en Buenos Aires la
fabricación de zapatos era importante.

Pese a la competencia ruinosa de las producciones inglesas


traídas de contrabando, la industria nativa se mantenía. El
transporte se hacía en embarcaciones fluviales construidas en
Santa Fe, Corrientes y Asunción con las maderas regionales; el
terrestre con las carretas de Tucumán o Mendoza, o las recuas de
mulas criadas en Entre Ríos y Santa Fe e invernadas en Salta.
Las importaciones eran artículos de lujo consumidos
principalmente en Buenos Aires: además de harinas de Brasil,
tabaco de Filipinas, había vinos de Chile y España, y aceite de
esta última. La producción minera de Potosí, aunque no tenía las
proporciones del siglo XVII, era todavía elevada.

A esa buena situación económica no correspondía una idéntica


prosperidad financiera. Los gastos militares de las invasiones
inglesas, pago de indemnizaciones y proveedurías, mantenimiento
de fuertes milicias con una soldada diaria de $14, compra de
armas y pólvora, confección de uniformes, etc., habían exigido
un esfuerzo considerable cuyo resultado había sido el
desbarajuste financiero, atraso de los sueldos y falta de pago a
proveedores. A lo que debe agregarse el desorden administrativo
de Liniers con el auge del contrabando y su consecuencia que era
la disminución del impuesto de aduana y la entrada de géneros
perjudiciales a la industria vernácula. Al dejar Liniers el
mando se debían cinco meses de sueldos y se amontonaban en
Tesorería las cuentas sin pagar. Se buscó una solución o
paliativo con un proyecto de vales patrióticos que circularían
como dinero, pero que el cabildo rechazo; y también
contribuciones patrióticas obligatorias resistidas por los
comerciantes y propietarios. Apurado por la situación, Liniers
había recurrido a la venta de vasos y ornamentos sagrados de las
Misiones, que se guardaban desde la expulsión de los jesuitas, y
a los secuestros a los comerciantes partidarios de Alzaga.

El problema financiero se debía más al desorden administrativo


que a los grandes gastos militares. Era, relativamente, de fácil
solución: con modificar el cobro de los tributos, especialmente
el de aduana, para conseguir una recaudación más fácil, el
Virreinato hubiese tenido unas florecientes finanzas sin
necesidad de disminuir los gastos militares, que no tenían en
1809 la urgencia de años atrás. Liniers no estuvo en condiciones
de hacerlo ni podía bajar las soldadas. Aquello porque sus
administradores se beneficiaban de ese desorden, y esto porque
las milicias populares eran su principal apoyo y no hubiese sido
político rebajarles su soldada y menos disminuirlas.

El problema financiero fue trabajado por los partidarios del


libre comercio para sacar, a pretexto de una mejora de la
recaudación aduanera, la apertura del puerto. Belgrano en
primera línea: había evolucionado de su mercantilismo a un
liberalismo económico, al darse cuenta del fracaso de España
como productora de industrias. Su idea de una América pastoril y
agrícola era la misma de 1794; antes en beneficio de una España
industrializada, ahora la productora industrial seria
Inglaterra. Belgrano dice en sus Memorias que hablo con Liniers
“…de franquear el comercio a los ingleses en la costa del rio de
la Plata” imitando lo que hacía Elio en la otra banda. Liniers
compartió su opinión “para debilitar a Montevideo, como para
proporcionar fondos para el sostén de las tropas”.
Conferenciaron entre junio y julio de 1809; pero, dice Belgrano:
“desgraciadamente cuando llegaba a sus manos una Memoria que yo
le remitía para tan importante objeto con que yo veía se iba a
dar el primer golpe a la autoridad española, arribo un ayudante
del virrey nombrado, Cisneros, que había desembarcado en
Montevideo, y todo aquel plan vario”.

Por ese tiempo la diplomacia inglesa había obtenido de la Junta


Central, en el adicional del 21 de marzo del tratado Apodaca-
Canning, que se dieran “facilidades al comercio ingles en forma
de reglamentaciones, etc”, mientras se dictaba un convenio
comercial amplio. Las necesidades de guerra ya habían obligado a
los españoles a permitir la entrada de mercaderías británicas.

Cisneros fue nombrado virrey de Buenos Aires el 11 de febrero


de 1809, y se embarcó en Cádiz el 2 de mayo. Entre su
nombramiento y embarque estuvo en constante comunicación con la
Junta de Sevilla; por lo tanto, está fuera de duda que conocio
el adicional del 21 de marzo. No necesitaba mayor perspicacia
política para comprender que el comercio libre era el objetivo
fundamental de la política inglesa. Tanto se tuvo en América por
seguro que de un momento a otro se abrirían los puertos a las
producciones inglesas, que apenas llegado Cisneros se llenó la
rada de navíos ingleses cargados de mercaderías: el 16 de
agosto, a los quince días de haberse hecho cargo del gobierno,
había veinte buques procedentes en su mayoría de Rio de Janeiro,
donde las condiciones de la plaza, debido al atiborramiento de
mercaderías inglesas, no resultaban ya favorables.

El 16 de agosto Dillon y Thwaites piden a Cisneros les


permitiese bajar y vender las mercaderías que estaban a bordo
del buque Speedwell, con pago de los derechos correspondientes.
El virrey sabe que concedida la excepción, deberá extenderla a
los demás buques de la rada, aunque tuviesen mercaderías que
“perjudicasen a las fábricas de la nación”. Tanto por el tratado
de Apodaca-Canning, como por las angustias del erario que se
verían aliviadas con los aranceles de las mercaderías inglesas,
deseaba conceder la petición. Pero no quiere hacerlo sin
distribuir responsabilidades, y ordena vistas al consulado y al
cabildo con copias del petitorio de Dillon y Cía., haciendo
mérito de la urgente necesidad de arbitrar recursos “para cubrir
el déficit del erario” y adelantando opinión favorable por
tratarse “del comercio de una nación amiga y aliada”.

El consulado lo pasa a dictamen de su síndico sustituto, Manuel


Gregorio Yañiz, por encontrarse con licencia el titular Juan
Larrea. Su escrito es una inteligente defensa de la industria
nativa. El escrito de Yañiz tuvo gran repercusión. Pero se
movieron los resortes de la Fortaleza para que el consulado se
pronunciase, aunque con retaceos, por la apertura del puerto
invocando “la Ley Suprema del Estado que es la salvación de la
Patria”, ante la cual “deben callar todas las disposiciones que
en circunstancias tranquilas se dictaren”. Redacta un reglamento
de libre comercio: entiende que puede hacerse lugar a la entrada
de mercaderías inglesas siempre que la descarga la hicieran
consignatarios del país, se prohíba la introducción de ropas
hechas, muebles, coches, etc., el retorno seria por dos terceras
partes en cueros al pelo y la otra en demás frutos del país,
considerando al oro y plata como mercaderías sujetas a arancel;
y que el permiso se dé “a título excepcional”, exclusivamente a
buques ingleses y solo por dos años hasta que desaparecieran
“las penurias del erario”.

De modo semejante se pronuncia el cabildo el 12 de septiembre.


Si la entrada de géneros ingleses debe tolerarse por
consideraciones políticas, imposibilidad de perseguir el
contrabando y la necesidad de aumentar los recursos, no puede
olvidarse que es un mal, y por lo tanto debe sujetarse a un
límite de tiempo, que los consignatarios no sean ingleses, no se
introdujeran géneros “que perjudiquen a las manufacturas del
país, como ropas hechas, muebles de casa, ponchos, fresadas,
jergas, sobrecinchas y otros que con el mayor abuso hemos visto
introducirse clandestinamente”, que se cobren los derechos de
circulo calculado en 18 a 20%, se retomen por los menos las dos
terceras partes en frutos del país, pagándose por el oro y la
plata como si fueran mercaderías sacadas al extranjero y no
moneda de pago.

Las reglamentaciones propuestas por el consulado no podrían


impedir ni la introducción subrepticia de mercaderías en
competencia con las del país ni la salida más o menos
clandestina de metálico. Para evitarlas solicita vista Miguel
Fernández de Agüero, apoderado del Consulado Universidad de
Cargadores a Indias de Cádiz, que evacúa el 4 de septiembre,
antes de dar el cabildo su informe. Debe defender los intereses
de los cargadores gaditanos y las ideas del mercantilismo
español, pero su alegato resulta una elegía del desarrollo
manufacturero del país cuya muerte pronostica. Entiende que si
se permitiese el comercio con extranjeros, aun en la forma
limitada propuesta por el consulado, “se consumaría la ruina del
comercio nacional… y las ultimas reliquias de nuestra marina…
las artes, la industria y aun la agricultura en estos dominios
llegarían al último estado de desprecio y abandono”. América
dejaría de ser una aparente colonia mercantil española para ser
una real colonia económica británica “pasando a manos del
extranjero nuestras riquezas”. Se perjudicarían las fabricas
catalanas de mercaderías finas: “¿sus excelentes pintados podrán
acaso venderse a la par de las zarazas y pañuelos que nos
introducen los ingleses? Pero sobre todo se arruinarían los
talleres criollos de géneros baratos.

El formidable alegato de Agüero que apuntalaba al dictamen de


Yañiz, y los pronunciamientos retaceados del consulado y
cabildo, parecieron hundir el propósito del virrey. Los
importadores ingleses comprendieron que se hacía necesario
“hacer ambiente” para que aun en la forma limitada y retaceada
se iniciase una política liberal. Fue entonces que pidió vista
del expediente un señor Jose de la Rosa en nombre de un grupo de
“hacendados y labradores”. Era un procurador de Belgrano, a
quien este, vinculado con la Banda Oriental, había transferido
algunos poderes gestionados a los cabildos locales orientales
con la promesa de “incrementar la extracción de los frutos del
país, especialmente los cueros, perjudicados por las pocas
personas de los mercaderes o comerciantes de giro pasivo de que
se componen el consulado y el cabildo de Buenos Aires”. Belgrano
es el “principal interesado en el asunto” dice De la Rosa al
reiterar el poder del cabildo de Soriano, pero no podía aparecer
en el expediente por su condición de secretario de él.

El 6 de octubre de la Rosa presenta su escrito, que firma sin


patrocinante, “la Representación de los Hacendados”. Tiene dos
partes: una política y otra económica. En la primera se detiene
en la necesidad de allanarse a las pretensiones inglesas. En la
segunda trata de ridiculizar los escritos de Yañiz y Agüero, con
apreciaciones que llegan a la ofensa. Después de afirmar su
superioridad en esos párrafos, el autor de la Representación se
encastilla en la “Ciencia de la Economía de los Estados que
tiene ciertos principios”. A las razones prácticas de Yañiz y
Agüero contesta con una andanda de libros. El autor de la
Representación contesta con citas de Filangieri y los
fisiócratas a los perjuicios a la industria que Yañiz y Agüero
han mostrado en la competencia de la producción maquinofacturada
inglesa. Se alarma con aristocrático desdén por haberse invocado
las conveniencias de los artesanos. Llega a decir que la
introducción de mercaderías inglesas, lejos de ser un mal para
la industria nativa, sera un gran bien al permitir que los
criollos imitaran las mercaderías inglesas. Sigue la
Representación con un proyecto de reglamento a la entrada de
productos ingleses. Admite que se los limite a dos años
“reservando su continuación al juicio soberano de la Suprema
Junta”; que los consignatarios sean españoles, pero sin
obligación de ser comerciantes “sino cualquier persona por el
solo hecho de ser natural del reino” elegida por los vendedores
o compradores ingleses; se paguen los aranceles “en la misma
forma y cantidad que para los permisos particulares”; se exporte
en retorno “la mitad en frutos del país” considerándose el
metálico como una mercadería. No era un alegato para los
productores criollos sino para los exportadores e importadores
ingleses. Termina con un cálido elogio a Inglaterra.

El 14 de octubre, a nombre de la audiencia lo hace el fiscal


Villota: opta por el término intermedio de permitir la
introducción de géneros ingleses en buques españoles. El 31 el
Dr. Julián de Leiva da un dictamen en favor de la apertura
basado en la imposibilidad de vigilar el contrabando.

El 2 de noviembre se reúne una Junta Consultiva citada por el


virrey para dar forma al Reglamento a dictarse: la integran el
regente de la audiencia y su fiscal en lo civil, los contadores
de la Real Hacienda, comandantes de cuerpos militares, prior,
cónsul y síndico del consulado, y diversos funcionarios de la
administración. En representación de los hacendados va Castelli
y de los comerciantes Bernardo de Gregorio y Las Heras y Tomas
Antonio Romero. Se delibera, y encarga el 6 a Castelli que
redactase el pronunciamiento que firmarían el virrey y la Junta.

Se aceptaría la introducción de mercaderías extranjeras bajo


las siguientes condiciones: los consignatarios serian
comerciantes y españoles; no habría prohibiciones en
manufacturas, pero tendrían un recargo del 12% “los artefactos y
efectos groseros que perjudiquen a la industria del país”; se
prohibían “los aceites, vinos, vinagres y aguardientes
extranjeros”; se cobrarían derechos de circulo; se prohibía la
extracción de oro y plata amonedados o en pasta.

Cisneros acepto el comercio inglés como un mal inevitable. Le


diría al informar al ministro de la Central, Francisco de
Saavedra, el 24 de noviembre: “Las estrechas circunstancias en
que me hallo sin tener fondos, ni recursos para ocurrir a los
gastos, me han obligado a admitir el comercio de efectos
extranjeros con las limitaciones y restricciones oportunas… pero
luego que varíen las circunstancias tendré especial cuidado que
se observen (las leyes de Indias) exactamente”.

Cuando fue visible que los comerciantes ingleses burlaban el


reglamento extrayendo metálico en pago de sus géneros, ordeno en
diciembre la expulsión, en el plazo de ocho días, de los
ingleses entrados fuera de la ley. Que eran todos. Los afectados
organizaron la Sociedad de Mercaderes de Londres con Alejandro
Mackinnon como presidente, y reclamaron el 28 del capitán de la
fragata de guerra Lightning, de estación en el Plata, que
gestionase del virrey la revocatoria. Asi lo hace el capitán al
día siguiente invocando los sentimientos de amistad y armonía
que debían reinar entre españoles e ingleses. Cisneros,
presionado por Strangford, acabo por conceder un plazo
improrrogable que vencería el 19 de mayo de 1810.

Los derechos percibidos a la introducción fueron cuantiosos: de


$72.477,6 ¾ en 1809 por el almojarifazgo de entrada, pasaron a
$510.191,3 ¾ en 1810; en cambio, el almojarifazgo de salida
acuso una merma. Es decir que el retorno, pese a las
prohibiciones, se hizo en metálico, y no salieron por ultramar
los cueros ni sebos de los “hacendados o labradores”.

9. El nuevo virrey se sabe en difícil situación. Si las cosas


de la península mejoraran, tal vez se podría, con tino y
comprensión, impedir la perdida de América; de ahí que tratase
de evitar los roces con las distintas facciones porteñas. Claro
que todo depende de lo que ocurrirá en Europa, pero eso está
fuera de su control. Trata de mantenerse, como buen marino, a la
capa mientras pasa a su lado la tormenta; el tiempo suele traer
remedio a los problemas más difíciles. Pone inteligencia y
acierto en el manejo político, pese a las arrogancias de Elio y
los “escarmientos” de Goyeneche en La Paz. En Buenos Aires
tratara de no dar motivo de queja a los criollos, sin perseguir
a nadie fuera de Pueyrredón, que se le había ordenado desde
Sevilla. Cena con Saavedra y Pedro Andrés García, a los que
consulta sobre reformas militares, y tolera a los jóvenes
independentistas sus reuniones y publicaciones (a Belgrano, que
tanto hizo en contra suya, le da autorización y ayuda para
editar el Correo de Comercio), contentándose con vigilarlos
discretamente. Solamente persigue a los agentes foráneos, hasta
donde sus retaceadas posibilidades lo permitían.

Como consecuencia de las invasiones inglesas, el gobierno


virreinal se encontraba sentado sobre un barril de pólvora que
podía estallar en cualquier momento: eran las milicias,
numerosas, adiestradas y armadas, infinitamente más eficaces que
las fuerzas regladas. Las milicias siempre fueron foco de
comuneros; lo serían ahora como en los años de la Conquista. Se
debio recurrir a ellas porque las fuerzas regladas resultaron
incapaces para expulsar a los ingleses. Desde ese momento
tuvieron el control de la política, y acababan de imponerle
condiciones a Cisneros, que este debio aceptar.

Su organización, debido a las invasiones y al peligro portugués


que obligo a mantenerlas, las asemejaba a fuerzas veteranas. Ya
no eran las huestes comunales armadas a su propia costa,
ejercitándose los domingos y reuniéndose para los alardes y
fonsados al darse la señal de la patria en peligro: ahora tenían
sus cuarteles, depósitos de armas, cumplían servicios diarios y
recibían la paga correspondiente a un estado militar. Sus
oficiales no tenían estudios especializados, pero su prestigio
ante sus cuerpos era grande y sus conocimientos les bastaban
para manejarse en una lucha callejera.

Cisneros trato con prudencia el problema de las milicias. No le


era posible suprimirlas del todo y se limitó a reducir sus
efectivos con el pretexto de economías. El 11 de septiembre de
1809 suprimió los regimientos de Infantería ligera de Carlos IV,
Cazadores, Migueletes, Castas de artillería, 2° y 3° de Húsares
y 3° de Patricios. Los demás quedaron disminuidos en sus plazas
y reemplazado su nombre por una numeración: fueron el regimiento
n°1(Patricios); n°2(Patricios); n°3(Arribeños); n°4(Montañeses)
y n°5(Andaluces). Los Granaderos de Fernando VII serían la
escolta del gobierno; también quedaron Castas y Artillería
volante. Las solas milicias de caballería serian el 1° de
Húsares (de Pueyrredón), llamado en adelante Húsares del Rey.
Las plazas rentadas de todas las milicias no pasarían de 3448.

A los 3448 milicianos “rentados” y acuartelados no podían hacer


sombra los escasos 609 veteranos de la ciudad, tropas
disciplinadas que obedecían pasivamente a sus jefes y fueron el
solo apoyo que pudo contar el virrey el 25 de mayo de 1810.

La oposición de los comandantes leales a Liniers el 1 de enero


impidió a Cisneros restablecer los catalanes, vizcaínos y
gallegos, como hubiera sido justicia. Se limitó a integrarlos en
un batallón del comercio de 600 plazas, especie de “reserva” sin
cuartel ni uniformes ni jefes ni soldada ni armas.

De 7253 plazas que tenían las milicias en octubre de 1806,


habían disminuido a 3448 en la revista del 12 de mayo de 1810.
Eso, en cuanto a sus efectivos con soldada y armas, pero en caso
de necesidad la ciudad entera estaría en sus cuarteles. En
cambio, los 1329 veteranos de 1806, apenas si eran 609 cuatro
años más tarde, pues ya no venían “soldados” de España. Cisneros
hubiera querido traer el “presidio” de Montevideo para reforzar
a los veteranos de la capital, pero –dice Contucci- no lo hizo
por temor de disgustar a Saavedra.

“En merito a haber llegado la noticia… de que en estos dominios


se iba propagando cierta clase de hombres malignos, afectos a
ideas subversivas que propenden a trastornar y alterar el orden
público y gobierno establecido”, Cisneros organizo el 25 de
noviembre el Juzgado de Vigilancia Política con facultades para
dictar penas de extrañamiento. Su titular fue el fiscal del
crimen de la audiencia, Caspe y Rodríguez. No consiguió
averiguar más de lo que se sabía; pero puso vigilancia a los
agentes portugueses que debieron alejarse con prudencia. No pudo
hacer lo mismo con los ingleses. Ante esa intromisión, el
Juzgado de Vigilancia entro en una explicable atonía. Contucci,
Possidonio y Álvarez volvieron a Buenos Aires a seguir sus
informes y mantener el fuego agonizante del carlotismo. Cisneros
comprendió que no podía combatir las actividades de quienes eran
los dueños virtuales de la política española y tampoco molestar
a sus aliados. Otra vez se sintió en Trafalgar.

El 22 de enero de 1809 la Junta Central había dictado la Orden


para elegir los representantes de América que la integrarían.
Llamaban a elegir diputados del Nuevo Mundo a razón de uno por
cada virreinato o capitanía general, Filipinas inclusive.
Liniers había notificado la Real Orden el 27 de mayo a todos los
municipios. Solamente catorce eligieron su candidato por el
doble procedimiento de la elección y sorteo. La caída de la
Junta Central y consecuente Revolución de Mayo dejaron sin
efecto la elección y sorteo definitivo.

Una campaña, iniciada a la llegada de Cisneros, había imputado


a la “Junta Central” hallarse entregada a los franceses y venir
el nuevo virrey a asegurar el dominio de Jose I. La especie,
recogida más o menos de buena fe por quienes quisieron en julio
de 1809 formar la “Junta Conservadora de los derechos del Sr.
Fernando VII”, fue lanzada por los agentes portugueses Contucci
y Possidonio da Costa. Esta campaña continúo a pesar del
alejamiento temporario de los espías al crearse el Juzgado de
Vigilancia, y llego a convencer a muchos.

Había cierta base de veracidad, no en el virrey, pero si en los


hechos y palabras de los funcionarios que para conservar su
empleo estaban dispuestos a jurar a Jose I; a quienes debe
agregarse todos los regalistas para quienes la sujeción a la
península debería mantenerse “aun reconociendo un escuerzo”.
“Creo –escribe el 10 de junio de 1810 Strangford a Wellesley-
que existe un fuerte y formidable partido francés en la América
española. Los españoles nativos simpatizan con Francia como
natural consecuencia de su aversión por Inglaterra, arraigada e
inconmovible; ellos… en el caso de la subyugación de la Madre
Patria estarían deseosos de involucrar a las colonias en análogo
destino… Una clase enteramente adicta a Francia es la
constituida por los funcionarios de la magistratura…” No
diremos, como Strangford, enteramente adicta, pero si proclive,
por oposición a una “republica indiana”, o a una “independencia
protegida” por Inglaterra, a lo Miranda. Eso explica porque
Saavedra, Martin Rodríguez y tantos otros que escribieron sus
Memorias de los días de Mayo han dicho que “la Revolución se
hizo para no seguir la suerte de España y pasar a ser
franceses”, y porque Liniers seria fusilado por oponerse a ella.

Un error difundido atribuye una intervención preponderante a


Cisneros en el nombramiento del cabildo ordinario de 1810. Por
su indicación se habrían partido los cargos capitulares entre
cinco españoles y cinco criollos. No hay tal: el cabildo se
componía de seis regidores cadañeros, uno perpetuo y dos
alcaldes. No debe dársele mayor trascendencia. El cabildo no
estaba “dividido” entre españoles y nativos, sarracenos o
criollos. Representaba la clase gobernante de la ciudad, formada
por comerciantes y propietarios poco propicios a revoluciones.

El 11 de enero, el General Advertiser de Liverpool dio la


noticia de la caída de la heroica Gerona en manos de Augereau el
11 de diciembre, después de siete meses de sitio. El periódico
llego a Buenos Aires alrededor del 20 de marzo.

Cisneros la informo a los intendentes por circular el 23 de


marzo; en la misma fecha dio orden a Montevideo de detener las
noticias de la península. No obstante, los díceres y versiones
corrieron abultados, y Cisneros creyó prudente imprimir una
carta de Casa Irujo desde Rio diciendo que a pesar de la caída
de Gerona los ejércitos españoles se mantenían firmes y con
espíritu de lucha. El 8 de abril llego un navío ingles zarpado
de Plymouth el 13 de febrero con la versión, sin confirmar, de
encontrarse los franceses en Sevilla el 29 de enero y huido los
integrantes de la Junta Central a Cádiz; no obstante las
precauciones, se difundió rápidamente. El 27 de abril una
reservada del virrey pidió a los intendentes que tratasen de
mantener el orden ante las noticias que llegaban casi
diariamente de la metrópoli sobre el desastre español.

El 29 de abril el regidor Dr. Tomas de Anchorena pide en el


cabildo que se esté preparado para asumir el gobierno y salvar
“la Patria de cualquier tirano”. Entendía por tirano un poder
extranjero”. El cabildo resolvió estar a la espera de noticias
definitivas antes de tomar ninguna resolución.

La guerra de Europa hizo que algunos funcionarios españoles, al


mismo tiempo que los criollos, considerasen la situación de
América si ocurría la perdida de España. Luis V. Varela atribuye
al virrey de Perú, Abascal, el propósito de reunir Cortes
Indianas de representantes de las divisiones administrativas
americanas, “que defendiese al Rio de la Plata contra una nueva
invasión inglesa que tuviese por objeto, no la conquista como en
1806, sino amparar a los nativos que trabajaban por la
independencia de estas provincias desde aquella época”.

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